Curiosidad y origen de la ciencia
Curiosidad y origen de la ciencia
precisión el inicio de un nuevo modo de pensamiento, en filosofía antigua se suele tomar como
referencia ese año como el comienzo del pensamiento científico en occidente (aunque, desde
luego, sabemos que no fue en ese año preciso).
Los primeros científicos griegos abordaron el desafío de explicar el movimiento. Se
enfrentaban, básicamente, a dos tipos de experiencias: las del movimiento de los fenómenos
celestes y los cambios, más variados, que se observaban en la Tierra. Existieron dos focos
geográficos en los cuales se desarrolló la ciencia griega en sus inicios. Uno, en las colonias
griegas en Jonia y otro en las colonias griegas que se desarrollaron en el territorio de la actual
Italia, y que se lo conocía como la Magna Grecia. Una ciudad jónica llamada Mileto estaba
estratégicamente ubicada en la ruta marítima comercial entre Grecia y Oriente próximo.
El intercambio comercial no sólo favorece el desarrollo de la economía, sino que suele ir
acompañado de un interesante intercambio cultural. En esa ciudad, además de Tales, también
podemos mencionar a Anaxímenes y Anaximandro como filósofos y científicos (la diferencia no
existía en esa época) preocupados por dar cuenta del cambio. Es necesario tener en cuenta
que para poder explicar el movimiento son necesarios, al menos, tres elementos: algo que
permanezca estable, algo que se mueva y algo que mueva. El gran problema para los filósofos
milesios era, sin duda, la estabilidad, en tanto es más accesible a la experiencia el movimiento
y lo que mueve. Propusieron, entonces, que, bajo los diferentes cambios que se observan,
existe un elemento estable que subyace a todas las cosas: Tales, por ejemplo, propuso el agua
y Anaxímenes, el aire. A este elemento lo denominaron arché (se pronuncia "arjé), esto es,
"principio", pero no principio en el sentido de origen (el cosmos, para los antiguos griegos, es
eterno), sino como elemento básico unificador de todas las cosas.
Como lo que nos interesa estudiar es el desafío que significó en los albores de la ciencia la
explicación del cambio, nos centraremos, para comenzar, en Parménides y Heráclito, por dos
razones. La primera es que ambos afrontaron directamente el problema que nos interesa y
ofrecieron respuestas dispares. La segunda radica en la importancia que ambos filósofos
tuvieron en el pensamiento occidental.
Parménides: Estamos en el siglo VI AC, en la Magna Grecia (hoy Italia). En diversos
lugares de ella, así como en Mileto y otras ciudades griegas habían comenzado, de
modo incipiente, a desarrollarse diferentes propuestas para explicar la naturaleza. En la
ciudad de Elea, en la costa occidental de la Magna Grecia, un pensador escribe un
poema en el que por vez primera se plantea en Occidente el problema del ser.
Lamentablemente sólo se han conservado fragmentos del poema, algunos extensos,
pero otros de una sola línea. Al parecer, el último que tuvo a su disposición el poema
completo fue Simplicio, en el siglo VI DC. Parménides entiende que lo que todas las
cosas tienen en común es que son, esto es, el hecho de ser. Y sostiene entonces que, si
afirma de las cosas que son, que son, no puede más que obtenerse un discurso
verdadero. Uno puede pensar que no se gana mucho conocimiento al afirmar de las
cosas que son, que son, sino que sólo se está repitiendo dos veces lo mismo, pero lo
que ocurre es que Parménides está realizando la primer gran abstracción que un
pensador se arriesgó a pensar: la abstracción del ser. Aristóteles dirá, dos siglos más
adelante, que la "ciencia del ser", es decir la metafísica, estudia "lo que es en tanto que
es", siguiendo la ruta abierta por Parménides, que lleva más de 26 siglos de vigencia.
Hay una pregunta que gran parte de los lectores se estará haciendo en este momento:
¿y qué pasa si digo, de las cosas que son, algo diferente? (lo cual, convengamos, es lo
que hacemos todos) Bueno, el problema ahí, dice Parménides, es que ya no podemos
afirmar que estamos diciendo algo verdadero, sino que estamos expresando una
opinión. Lo interesante es que no se conformó con afirmar esto, sino que, además,
sostuvo que no todas las opiniones son iguales, sino que hay algunas mejores que
otras. Esto, que parece muy obvio para un lector contemporáneo, inaugura distinciones
gnoseológicas muy importantes: conocimiento/opinión; opinión fundada/opinión
irreflexiva, carente de fundamentos.
Con este planteo, Parménides dejó planteado un desafío a los pensadores posteriores,
ya que sostuvo que acerca de la naturaleza no se puede tener genuino conocimiento,
sino solamente opinión. El mismo se dedicó al estudio de la naturaleza, sosteniendo que
sus opiniones eran mejores que las del común de los hombres, pero negando que se
pueda alcanzar la verdad. En uno los fragmentos que se conservan de este pensador de
hace más de 2500 años afirman que la luz de la luna no es propia, sino que proviene del
sol.
Heráclito: (Éfeso, siglo VI AC) se destaca entre los filósofos presocráticos por varias
razones. Escribió lo que hoy en día identificaríamos como aforismos, sentencias breves,
susceptibles de ser interpretadas de diverso modo, que combinan la estructura de la
prosa con la densidad semántica de la poesía. Fue apodado, ya en la Antigüedad, a
causa de este estilo de escritura, el "Oscuro" (en la imagen de Moreelse se usa a modo
de simbolismo en su vestimenta).
En el centro mismo de su pensamiento se ubica la reflexión acerca del cambio y la
estabilidad. La naturaleza, afirma, "ama ocultarse" (fragmento 123), pues existe una
tensión invisible entre términos opuestos que constituye la estructura del ser de cada
cosa. Para ilustrar esto, Heráclito recurre a una analogía con un arco o una lira, que
existen sólo por la tensión entre la madera y la cuerda. Ahora bien, si uno de los
opuestos sobrepasara al otro, la cosa se destruiría. Por eso, para que el cosmos se
mantenga en orden, existe una racionalidad inmanente, que Heráclito denomina "lógos",
que constituye todas las cosas a modo de una legalidad interna que impide que uno de
los opuestos se imponga sobre el otro. Compara además al lógos con el fuego, pensado
como una energía que atraviesa todas las cosas. Ahora bien, este lógos inmanente a
todas las cosas no puede ser captado por medio de los sentidos. De hecho, Heráclito
critica a la mayoría de los hombres por confiar excesivamente en lo que perciben, y no
darse cuenta de que los opuestos conviven en oposición. El error de los hombres, según
Heráclito, consistiría en quedarse con sólo uno de los opuestos.
Para ilustrar esta oposición entre permanencia y cambio, Heráclito recurrió a la imagen
de un río, el cual, a pesar de renovar sus aguas continuamente, permanece siendo el
mismo. Precisamente, el hecho de que el agua fluya es lo que constituye la condición de
posibilidad de su existencia. La frase "todo fluye" (en griego: "pánta rhêi"), contra lo que
comúnmente se cree, no pertenece a Heráclito, sino, probablemente a un discípulo suyo
llamado Cratilo, quien negaba cualquier tipo de estabilidad. Aristóteles cuenta que
Cratilo sostenía que Heráclito, en vez de afirmar que no es posible bañarse dos veces
en el mismo río (que por el fluir no sería exactamente el mismo), debería haber dicho
que no es posible hacerlo ni una sola vez, en tanto ni el río ni el que entra a bañarse
permanecen siendo los mismos el suficiente tiempo como para constituir una entidad
constante.
del mundo se corresponde con lo que el mundo es? La lista de interrogantes es mucho más
amplia y las respuestas a estas cuestiones no son unívocas.
4. La filosofía de la ciencia como disciplina metacientífica
Hasta ahora sólo hemos incursionado en uno de los múltiples interrogantes que nos plantea la
ciencia si la ponemos en cuestión, es decir si la miramos desde un punto de vista que no es el
que acostumbramos. El cuento de Borges nos invitó a hacerlo. Ahora sabemos que hay
diferentes abordajes que se pueden hacer de la ciencia desde una perspectiva filosófica que,
como dijimos, intenta disipar las familiaridades admitidas. Algunas de las disciplinas que
abordan críticamente la ciencia son la historia de la ciencia, la sociología de la ciencia, la
psicología de la ciencia y la filosofía de la ciencia. Se trata de disciplinas metacientíficas.
La filosofía de la ciencia o epistemología (ver NOTA), en tanto que es una rama de la filosofía,
posee algunas proposiciones básicas que son de naturaleza filosófica. Estos enunciados
pueden ser o no compartidos con los científicos: por ejemplo, que la naturaleza presenta una
cierta legalidad y que el intelecto humano puede llegar a comprenderla es una afirmación de
carácter filosófica (tesis ontológica y gnoseológica respectivamente), pero mientras que el
científico no necesita fundamentar estas tesis, el filósofo sí debe hacerlo. La filosofía de la
ciencia tiene como objeto estudiar el modo en que se producen y se legitiman los
conocimientos científicos. Aunque se propone identificar las propiedades características del
conocimiento científico, no es una disciplina meramente descriptiva si no que incorpora una
dimensión normativa dado que estudia, por ejemplo, cuáles serían las condiciones para que
una hipótesis o teoría pueda ostentar el status de conocimiento científico. Reflexiona también
sobre los diversos métodos científicos. Además, aborda problemas tales como el rol de la
ciencia y la tecnología en relación con la naturaleza, la cultura y la sociedad y la relevancia de
los resultados científicos en el pensamiento filosófico, por ejemplo, el planteo de nuevas
cuestiones éticas (bioética) y antropológicas (filosofía de la mente) que la ciencia obliga a
pensar.
5. TEORÍAS
Geocentrismo
Sol, Mercurio y los demás planetas que se observan a simple vista, se encontraban, cada uno
de ellos, fijados a una esfera transparente. Las esferas giraban con centro en la Tierra y así los
cuerpos describían sus órbitas alrededor nuestro. Las estrellas conformaban la esfera más
alejada de la Tierra formando una cáscara que era el confín del universo. Más allá de ellas no
había nada, ni espacio ni materia. Dado que todas estas estrellas giraban juntas, sin separarse
unas de las otras, la esfera que las contenía era la “esfera de las estrellas fijas”. Esta esfera de
las estrellas fijas era la que, con su movimiento, arrastraba a las de más adentro de modo que
todos los demás cuerpos celestes viajaban alrededor de la Tierra a distinta velocidad que las
estrellas. Tales cuerpos eran llamados planetas (palabra que en griego significa astro errante),
ya que parecían atrasarse o adelantarse respecto del giro de las estrellas. Según esta
definición, los planetas eran el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.
Los demás planetas que conocemos hoy no estaban en la lista, porque recién fue posible
observarlos con la ayuda de los telescopios casi dos mil años después. El universo de
Aristóteles estaba lleno de materia, no existía el vacío y los cielos estaban divididos de modo
que la esfera de la Luna y las más externas eran la zona supralunar, en donde reinaba la
perfección y no había cambios; más aquí de la Luna, en la zona sublunar, las cosas eran
imperfectas y todo estaba sometido a diferentes cambios y movimientos. En el modelo
aristotélico se distinguían dos zonas.
La zona sublunar abarcaba desde la Luna hacia dentro (sin incluir la Luna). Aquí se
encontraban la tierra, el aire, el agua y el fuego (los cuatro elementos de los cuales se creía
que todo cuerpo estaba formado). En esta zona se observaban cambios: cuando se deja libre
una piedra, cae verticalmente; cuando se deja libre al fuego, sube verticalmente; cuando se
deja evolucionar libremente a una semilla, se transforma en planta. Es decir que la zona
sublunar era una zona de cambios y movimientos. Los movimientos que mencionamos recién
eran movimientos naturales según Aristóteles y sus seguidores, ya que no hace falta ejercer
ninguna acción para que tales cambios sucedan. Entonces, los movimientos de caída vertical
eran una muestra de que esos cuerpos tenían su lugar natural en el centro del Universo y por
ello se dirigían en esa dirección naturalmente. El fuego, en cambio, tenía su lugar natural en la
periferia del Universo y por eso fugaba del centro (en dirección vertical hacia arriba).
En cambio, para lograr que una flecha alcance su blanco es necesario que algún agente (algo
que realiza alguna acción) le imprima una fuerza al arco y éste a su vez impulse a la flecha
para que salga disparada. Los aristotélicos se preguntaban: ¿acaso alguna vez han visto que
cuando se deja libre a una flecha, ésta salga disparada hacia su blanco sin que nadie le ejerza
una acción? Por lo tanto, el movimiento de la flecha no era un movimiento natural.
dejan de tirar de la carreta, ésta se siga moviendo a la misma velocidad? El hecho de que las
carretas a poco de ser dejadas libres se detuvieran, era para Aristóteles una confirmación de
que el movimiento de la carreta no era natural. No atribuía la detención de la carreta a las
fuerzas de rozamiento. Debían pasar muchos siglos todavía.
Por otra parte, en la zona supralunar en la que se hallaban la Luna y los demás astros, como
no había agentes que ejercieran acciones, los movimientos debían ser todos de tipo natural.
Los movimientos naturales de los astros eran circulares alrededor del centro del Universo en
donde se hallaba la Tierra inmóvil. Si realizaran un movimiento diferente de la circular,
entonces sería debido a que algún agente ejercía cierta acción para desviar a los astros de su
movimiento natural, cosa que era inimaginable tratándose de una zona de perfección y en la
que no ocurren cambios. Estas ideas iban a mantenerse con tanta convicción durante años que
los nuevos pensadores dedicados a la naturaleza iban a encontrar gran dificultad en mostrar el
equívoco.
Según este modelo, como cada cuerpo celeste da vueltas alrededor nuestro siempre al mismo
ritmo y atrasándose siempre una misma cantidad respecto del giro de las estrellas fijas, nunca
podría observarse que el planeta empezara a recuperar camino como si girara más rápido que
las estrellas fijas que lo arrastran, no podía haber cambios. Pues bien, el planeta Marte (y otros
también) mostraba este comportamiento (la retrogradación de los planetas) y el modelo de
Aristóteles tuvo que enfrentar esas observaciones (anomalías de la teoría).
La retrogradación de los planetas: las estrellas fijas (las que formaban constelaciones)
giraban en torno a la Tierra que estaba ubicada en el centro del universo. La esfera de
estas estrellas fijas arrastraba al resto de las esferas concéntricas interiores. En cada
una de estas esferas estaba "empotrado" uno de los planetas (según esta cosmovisión:
Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno). Dado que cada esfera era
arrastrada por las esferas exteriores en un movimiento eterno de velocidad angular
constante, no podía haber cambios en esos movimientos. Según este modelo defendido
por Aristóteles, entre otros, los astros errantes (planetas) debían moverse de este a
oeste como el resto de las estrellas, pero no al mismo ritmo. Así, cada planeta se vería
noche a noche un poco más atrasado respecto de las constelaciones de fondo. Si
utilizáramos la constelación de Orión (donde se encuentran Las Tres Marías) para
registrar el movimiento de los planetas, podríamos tomar nota de en qué lugar del cielo
se encuentra el planeta Marte, por ejemplo, en cada noche del mes y del año. A medida
que pasan las noches, observando siempre a la misma hora y desde un mismo lugar
(por ejemplo, cuando las Tres Marías se encuentran justo encima del Partenón y
nosotros ubicados con nuestra silla todas las noches en el mismo lugar) encontraríamos
que el planeta se ubica en las posiciones 1, 2, 3, ... sucesivamente. Sin embargo, se
conocía el problema de la retrogradación de los planetas. Si el modelo estaba en lo
correcto, los planetas se atrasarían una y otra noche para finalmente reaparecer por
delante de las constelaciones de las que se estaban alejando. Del mismo modo que en
una carrera los autos más rezagados son sobrepasados por los más rápidos que les
"ganan una vuelta", así los planteas se atrasarían paulatinamente de modo que las
constelaciones de las que se alejaban, tarde o temprano los alcanzarían. Los planetas
observaciones del movimiento anómalo de Marte. Sin embargo, año a año los seguidores de
Ptolomeo deberían agregar más y más movimientos circulares ya que los cálculos difícilmente
se ajustaban con las nuevas observaciones.
Pese a las diferencias entre los cálculos y las observaciones para el resto de los astros, era
necesario conocer los movimientos del Sol y las estrellas con el objetivo de determinar las
épocas del año. También las posiciones en el terreno se podían determinar por las mediciones
astronómicas. Es decir que los cielos nos proveían del mejor reloj para el calendario de la
agricultura diciéndonos cuándo era la época de la siembra, cuándo el de la cosecha y cuándo
eran los tiempos de sequía o de inundaciones. Paralelamente nos permitían determinar las
posiciones en el terreno para fijar los límites de los campos y nos servían para ubicarnos en la
navegación. Los cielos marcaban el tiempo y las distancias. Solamente teníamos que aprender
cómo mirar las estrellas para saber en qué parte de nuestro mundo nos hallábamos y en qué
época del año.
Heliocentrismo
El Sol y la Luna
La Luna era el cuerpo celeste que mejor obedecía al modelo geocéntrico de Aristóteles luego
corregido por Ptolomeo. Hoy diríamos que era el único cuerpo celeste que realmente giraba
alrededor nuestro. El movimiento del Sol no se ajustaba bien al modelo geocentrista de
Aristóteles. A finales del siglo XV y primera mitad del XVI, en época del Renacimiento, el
problema de entender los movimientos del cielo se había tornado indispensable. Los cálculos
con la teoría de Ptolomeo eran cada vez más complicados y siempre inexactos en sus
predicciones. Por otra parte, con la llegada de Colón a América y el comercio que se realizaba
a través de los océanos, la navegación cobró gran importancia. Por eso se hizo indispensable
la confección de tablas más precisas con la información anticipada de cómo se encontrarían los
astros en cada día (noche) del año para la ubicación de los barcos. Por otra parte, la astrología
(el estudio de los astros en relación con la influencia sobre las personas) regía la vida de
gobernantes y gobernados según las creencias de aquella época (y que persiste en muchas
personas de nuestro tiempo). Los astrólogos realizaban sus pronósticos sobre la base de las
posiciones de los distintos astros y así indicaban si sería un buen momento para los negocios,
la exploración o el amor. Por lo tanto, era de vital importancia encontrar una manera de
conocer mejor los movimientos de los astros.
En 1530 Nicolás Copérnico lanzó una idea revolucionaria: en el centro del universo estaba el
Sol y no la Tierra. El Sol estaba quieto y a su alrededor giraban todos los demás cuerpos
conocidos. La Tierra, además de este movimiento de traslación alrededor del Sol, giraba sobre
solamente por el éxito predictivo, el modelo heliocentrista habría perdido la batalla contra el
geocentrista, mientras que de hecho fue la semilla de un nuevo pensamiento que, aceptado
recién un siglo y medio después, produjo un cambio revolucionario en la ciencia.
La contribución de Galileo: El modelo copernicano había desafiado a la astronomía aristotélica.
Se podía mostrar que los movimientos de los astros podían explicarse (aunque no sin gran
desajuste con los datos) si se suponía que la Tierra realizaba un movimiento de giro sobre su
eje y a su vez una traslación alrededor del Sol. Pero el modelo copernicano nada decía de los
movimientos que realizaban los cuerpos aquí en la Tierra. Si las piedras caían porque, según el
modelo aristotélico, su lugar natural es el centro del universo, entonces ¿por qué caen hacia el
centro de la Tierra si ésta ya no es el centro del universo? Si Copérnico tenía razón, entonces
los objetos deben caer por otro motivo.
Galileo se dedicó, entre otras cosas, al estudio de la caída de los cuerpos. No llegó a darnos un
motivo por el cual caen los cuerpos, como lo hizo Newton años más tarde, pero nos dejó una
nueva manera de estudiar la naturaleza. Galileo observó la naturaleza esperando encontrar
regularidades, leyes de la naturaleza. La observación y la recolección de datos tenían un papel
importante en la obtención de la forma matemática de esas leyes. Los razonamientos y los
experimentos mentales (imaginados), en cambio, le servían de guía para proponer las distintas
relaciones entre fenómenos. De su estudio de la caída de los cuerpos Galileo concluyó que,
cuando el rozamiento con el aire es despreciable, todos los cuerpos caen con la misma
aceleración (en un mismo lugar de la Tierra). Para alcanzar esta conclusión Galileo se nutrió,
como dijimos, de dos vertientes diferentes. Por un lado, acumuló una gran cantidad de datos
midiendo el tiempo de caída de diferentes cuerpos desde una misma altura. Por otra parte,
pensó que, si un cuerpo más pesado caía más rápidamente, entonces, al atar dos ladrillos
iguales, el conjunto caería más rápidamente que cada una de sus dos mitades, y esto le
pareció absurdo.
Ley de caída libre: Galileo descubrió que el espacio recorrido por un cuerpo en caída
libre (s) a medida que transcurre el tiempo (t) obedece a la ley cuadrática: s = k.t 2 y la
velocidad del cuerpo en la caída se incrementa en la misma cantidad en cada segundo
de caída, de modo que la velocidad v y el tiempo de caída t cumplen con la ley lineal: v =
a t La constante de proporcionalidad k y la aceleración a no dependen del cuerpo.
El argumento de la torre: No obstante, los avances que pudo realizar con su
descubrimiento de la ley de caída libre, Galileo tendría que enfrentar las objeciones de
los defensores del geocentrismo. Su descripción de la caída libre parecía oponerse al
modelo heliocéntrico. Si la Tierra se mueve según el modelo copernicano al que adhería
Galileo, ¿cómo es que una piedra que se suelta desde lo alto de una torre cae al pie de
ella y no desplazada? Si la torre se mueve junto con la Tierra mientras la piedra cae,
entonces la piedra deberá caer a cierta distancia hacia atrás de la base de la torre.
Galileo propuso que la piedra, por haber estado sostenida en lo alto de la torre, había
adquirido el movimiento de la torre, y que la caída no afectaría tal movimiento. Así la
piedra tendría una inercia que, según Galileo, consiste en que un cuerpo conserva el
tipo de movimiento que tenía previamente. Con esto Galileo intentaba compatibilizar el
movimiento de una piedra con el de todo el planeta Tierra.
Observaciones de Galileo: Por otra parte, Galileo se dedicó al estudio del cielo con la
ayuda de un telescopio que modificó él mismo para mejorarlo. Con ayuda del telescopio,
Galileo descubrió que Venus tenía fases como la Luna, que la Luna tenía montañas y
valles, que Júpiter tenía lunas, que había más estrellas que las que se podían ver a
simple vista y que Saturno tenía unas salientes (como orejas) que cambian con el
tiempo (aunque no pudo determinar que eran anillos). Incluso llegó a descubrir y dibujar
las manchas solares. Cada uno de estos descubrimientos estaba en contra del modelo
aristotélico.
Galileo había observado con su telescopio "astros vagabundos" que giraban alrededor
de Júpiter, así como los valles y montañas de la luna y multitud de estrellas que no se
observaban a simple vista. Todas estas observaciones fueron publicadas en 1610 bajo
el nombre Siderus nuncius (en latín-que era la lengua que se utilizaba para
publicaciones científicas en ese entonces- "mensaje de los astros")
Las montañas de la Luna: Galileo modificó un telescopio para darle mayor poder y con
ello poder observar con más detalle la superficie de la Luna. Sin embargo, esta
modificación también producía efectos no deseados, aberraciones, de modo que era
necesario distinguir entre los aspectos de la imagen que eran amplificadas y los
aspectos que solamente aparecían como un defecto del instrumento. Para esa época no
se disponía de una teoría óptica, sino que el conocimiento sobre las lentes era un
conocimiento técnico basado en la tradición de pulir las lentes para obtener diferentes
grados de aumento. Por este motivo era difícil para Galileo respaldar sus observaciones
de rasgos en la superficie de la luna que sus oponentes no querían aceptar. Galileo
respaldaba el uso del telescopio mostrando que con este instrumento se podían
observar detalles de un barco que todavía no llegó a puerto y luego verificar que esos
detalles estaban en el barco. Esto constituía un método de prueba que garantizaba que
el telescopio no creaba las imágenes, sino que las amplificaba. Sin embargo, esta
prueba solo sirve para objetos que más tarde podemos inspeccionar de modo directo.
Esto restringe el método de prueba a un rango de distancias y objetos de modo que no
es el mismo modo respaldo que necesitamos para garantizar las imágenes que nos
llegan de la superficie lunar. Galileo tenía un método de respaldo que no podía
extrapolarse al rango en el que era necesario hacer las observaciones. Que el telescopio
no crea imágenes, sino que las amplifica era algo probado para un rango, pero lo que
estaba en discusión no tenía ningún respaldo y sería necesario tener una teoría (óptica)
para obtener ese respaldo. Las observaciones que realizó Galileo le dieron la convicción
de que en la superficie de la Luna había cráteres y montañas. Esto no era aceptable
para el modelo geocentrista defendida por la mayoría de los científicos de su época.
Según el geocentrismo la Luna, ubicada en la zona supralunar, debía ser perfectamente
esférica. Su superficie no podía tener irregularidades. Estas observaciones entonces
constituían una anomalía para el geocentrismo, siempre que se aceptara que lo que
estamos viendo con el telescopio es algo que corresponde a la superficie lunar y no que
es una imagen creada por el propio telescopio, es decir que no sea una aberración.
los cálculos con las observaciones. Pero ¿qué otro tipo de movimiento que no fuera circular
podían realizar los planetas si, de acuerdo a las creencias de la física aristotélica, los
movimientos naturales que realizaban los astros eran círculos alrededor del centro del
universo? A comienzos de 1600 el astrónomo danés Tycho Brahe había acumulado gran
cantidad de datos astronómicos. Su ayudante, Johannes Kepler, enfrentaría el problema de
encontrar las órbitas planetarias del sistema solar. Propondría unas pocas y simples leyes a las
que los astros parecían obedecer.
Kepler estaba convencido del modelo copernicano y probó durante años combinaciones de
movimientos circulares alrededor del Sol para los planetas y encontró que los datos
astronómicos refutaban cada una de sus órbitas propuestas, hasta que probó con una órbita
elíptica. La hipótesis de movimiento elíptico alrededor del Sol era confirmada por la gran
cantidad de observaciones. Propuso entonces su primera conjetura (creyendo haber
encontrado una ley de la naturaleza):
1. Los planetas describen órbitas elípticas en uno de cuyos focos está el Sol.
El análisis matemático de los datos también le permitió proponer su segunda ley:
2. El segmento que une al Sol con el planeta barre áreas iguales en tiempos iguales.
Dicho de otro modo: el área ΔS recorrida por el segmento que une al Sol con el planeta es
proporcional al tiempo empleado Δt.
Años más tarde descubrió (también por los cálculos y su ajuste con las observaciones) que los
planetas más alejados tomaban más tiempo en completar su órbita y encontró la relación entre
esas dos variables proponiendo la tercera ley:
3. El cubo de la distancia media entre el planeta y el Sol es proporcional al cuadrado del tiempo
que emplea el planeta en completar la órbita. Y esa proporción es la misma para todos los
planetas.
En términos matemáticos la relación es: D3 = k T2
D: distancia media al Sol; T: período orbital (tiempo en realizar un giro alrededor del Sol)
k: constante de proporcionalidad
Esta tercera ley da información comparativa entre planetas, ya que la constante k es la misma
para todos ellos.
El universo newtoniano
El proceso de cambio de cosmovisión que involucró el abandono del
geocentrismo parece culminar en la propuesta de Newton. En esta propuesta
se terminan de producir cambios de gran importancia entre los que se destacan
la unificación de las leyes de movimiento de los astros y de los objetos aquí en
la Tierra; la comprensión de los problemas astronómicos en un universo infinito;
la caída de los cuerpos con diferente peso; el rozamiento con el aire; y otra
serie de cuestiones que habían sido motivo de controversia en diferentes
tramos de este cambio revolucionario que tomó alrededor de 150 años. En esta sección
analizamos esta propuesta y las contribuciones cruciales que el cálculo y la tecnología
(telescopio) aportaron para afianzar una nueva cosmovisión.
Grandes avances se habían hecho para entender el movimiento de los cuerpos y de los
planetas. Copérnico había propuesto un sistema con el Sol en el centro, Kepler había
encontrado la forma elíptica de las órbitas de los planetas, Galileo había descubierto la ley de
caída de los cuerpos, había propuesto la inercia y observado lunas que giraban en torno a
Júpiter. Pero las leyes de Kepler que regían los cielos no parecían relacionarse con las leyes
de Galileo para la caída, la flotación, el péndulo y las trayectorias de los proyectiles que se
aplicaban aquí en la Tierra. Newton conocía la opinión de Galileo de que los cuerpos debido a
su inercia mantienen su estado de movimiento o reposo. Sabía que, si no existía una fuerza en
dirección al centro de la Tierra, los cuerpos no se caerían. Por aquella época (alrededor de
1670) se hablaba de atracción gravitatoria de la Tierra sobre los cuerpos que caen. Se
preguntó si la fuerza que hace caer la manzana del árbol influiría también sobre la Luna.
Newton comparó la caída de los cuerpos con el movimiento de la Luna. Razonó de la siguiente
manera. Cuando se dispara un proyectil en forma horizontal desde una colina, éste cae a unos
cuantos metros de la base de la colina. Cuanto mayor sea la velocidad del disparo más lejos de
la base de la colina caerá. Con una velocidad inicial suficientemente alta, el proyectil en su
caída iría siguiendo la línea de la superficie esférica terrestre y por lo tanto jamás tocaría el
suelo (fig. 1.19). En este caso diríamos que el proyectil se ha transformado en un satélite de la
Tierra. La Luna es el satélite natural de la Tierra y, debido a la gran altura sobre la superficie y
a la velocidad que lleva, realiza un movimiento de caída hacia el centro de la Tierra en el que
jamás tocará el suelo. En eso consiste su movimiento orbital.
El primer paso estaba dado hacia la unificación de los movimientos en el cielo y los
movimientos en la Tierra. El siguiente paso sería descubrir qué es lo que hace que los cuerpos
caigan, que los planetas orbiten al Sol y que las lunas giren en torno a sus planetas.
Por la misma inercia propuesta por Galileo, Newton entendía que, si un cuerpo viaja en una
dirección, será necesario ejercer una fuerza para que cambie de dirección, para que doble.
Encontró que si a un cuerpo que se mueve con cierta velocidad se le aplica una fuerza
constante hacia un punto fuera de su trayectoria, su movimiento cumpliría con la segunda ley
de Kepler (ley de las áreas). A partir de la tercera ley de Kepler dedujo que la atracción del Sol
sobre los planetas debía ser una fuerza que decayera en proporción al cuadrado de la
distancia. Es decir que al doble (2) de distancia, la atracción sería la cuarta parte (1/4).
Cálculo infinitesimal: Finalmente desarrolló una nueva rama del cálculo matemático para
poder encontrar las órbitas que seguirían los planetas si fueran atraídas por una fuerza
de estas características. Comprobó que las órbitas que siguen los cuerpos cuando son
atraídos por este tipo de fuerzas son elipses. Entonces Newton tuvo entre sus manos
todo lo necesario para dar al mundo una nueva teoría del movimiento, y así lo hizo.
Existe una fuerza de atracción mutua entre todos los cuerpos que llamamos fuerza de
atracción universal. La intensidad de esa fuerza es tanto mayor cuanto más masivos
sean los cuerpos y cuanto más cerca se encuentren. Con este descubrimiento y sus
leyes del movimiento Newton fue capaz de hacer realidad el sueño de Copérnico,
Galileo y Kepler. Las fuerzas gravitatorias rigen la caída de los cuerpos, el movimiento
de la Luna alrededor de la Tierra, el movimiento de ésta y los demás planetas alrededor
del Sol, y el mismo movimiento del Sol entre las estrellas.
Una revolución en el pensamiento científico había culminado. Las caídas de las piedras
ya no eran indicio de que el lugar natural de esas piedras era el centro del universo;
ahora esas mismas caídas se tomaban como indicio de que existía una atracción
gravitatoria que las estaba tironeando hacia el centro del planeta. Los astros ya no
giraban en torno al centro del universo, sino que seguían las órbitas que correspondían
según su velocidad y la fuerza con la que eran atraídos gravitatoriamente por el Sol. Las
mismas leyes de la naturaleza reinaban en los cielos y en la Tierra.
Actividades
1. Galileo y Newton
La Tierra rota sobre su eje. Si tenemos una pelota en la mano cuando estamos
asomados al balcón de un edificio, la pelota está rotando alrededor del eje terrestre por
el solo hecho de estar en reposo respecto del edificio. Si soltamos la pelota, ésta ya no
está fija al edificio y puede caer hacia el centro de la Tierra.
a) ¿Debería la pelota caer atrasada respecto del edificio? Es decir que una vez que la
pelota abandona el edificio, se retrasa en su movimiento de rotación mientras que el
edificio sigue su curso y de esa manera el edificio le va “ganando” en la dirección de
rotación.
b) ¿Se observa que la pelota cae separada del edificio o que cae justo al pie del edificio?
(sin viento, por supuesto).
c) ¿A qué se debe que la pelota caiga en ese lugar?
d) ¿Cómo respondían a las preguntas anteriores los defensores del geocentrismo y los
del heliocentrismo? ¿En cuáles respuestas coincidían y en cuáles no?
2. Film Ágora: Integración sobre la revolución copernicana.