El período convencional 1916-1930 ha sido y es considerado como el de la primera experiencia de
democracia política. Aquí, en cambio, se analizará el más amplio, iniciado en 1912.
En términos político-sociales, una cuestión clave del período 1912-1930 es la democratización, que
no puede restringirse al mero plano de la efectiva vigencia de la ciudadanía política universal
masculina y a la sustancial modificación del régimen electoral para permitir la representación de la
primera minoría. En efecto, ella va más allá, incluyendo al Estado y la sociedad. Mas, ¿cuánto se
democratizó el Estado? y ¿cuánto se democratizó la sociedad?
A partir de 1912 se produjo, a nivel nacional, una transición de la dominación oligárquica a la
democrática, proceso que se interrumpe y trunca, no sólo por el golpe militar de setiembre de
1930 sino también por los límites que tienen la propia democratización política (por la exclusión de
las mujeres y de los habitantes de los Territorios Nacionales) y el mismo proceso de transición
(toda vez que formas de dominación oligárquica persisten a niveles provinciales).
Quedan excluidos del derecho a voto las mujeres y los extranjeros de ambos sexos, como también
aquellos varones argentinos comprendidos por razones de incapacidad (dementes, sordomudos),
de estado y condición (eclesiásticos, militares, policías, presos, mendigos) y/o de indignidad (diez
casos, entre ellos el de los dueños de prostíbulos). La ley no se aplica en los Territorios Nacionales,
cuyos habitantes varones argentinos mayores de 18 años no tienen derecho a voto en las
elecciones nacionales.
La ley, impulsada por los sectores transformistas (en el sentido gramsciano, es decir, como acción
política que procura decapitar política e ideológicamente a las clases subalternas mediante la
integración de sus intelectuales) de la burguesía argentina, persigue descomprimir la presión de
los sectores excluidos del sistema de decisión política y, en una dimensión de mayor envergadura,
permitir la libre competencia electoral entre partidos socialmente representativos.
El nuevo sistema se aplicó por primera vez en elecciones para elegir diputados nacionales, el 7 de
abril de 1912. La muerte de Sáenz Peña en 1914, reemplazado por el vicepresidente Victorino de
la Plaza, y los resultados de ese año y del siguiente (en 1915 los radicales ganan la gobernación de
Córdoba, sumando a Santa Fe y Entre Ríos la tercera provincia bajo su dirección) generaron la
ofensiva de los grupos conservadores antirreformistas —particularmente los liderados por el
gobernador de Buenos Aires, Marcelino Ugarte—, promotores de la derogación de la ley. Empero,
las presiones no alcanzaron el objetivo y se llegó a las elecciones presidenciales del 2 de abril de
1916 conforme los deseos del fallecido presidente y las disposiciones de la ley 8.871.
Sobre un total de 1.189.254 inscriptos en el padrón electoral (más o menos el 15 % de la población
total), votaron 745.875. Si bien la participación real (62.7 %) es significativa, no menos cierto es
que apenas rondaba el 10 % de la población total y el 30 % de la población masculina mayor de 18
años.
Ahora bien, como se ha dicho antes, la democracia política que comienza a construirse en 1912
era, al mismo tiempo, ampliada, en un sentido, y restringida, en otro. Ampliada, no tanto en el
sentido asignado por Gino Germani, para quien el período 1916- 1930 es el de la democracia
representativa con participación ampliada —dentro de un contexto que él caracterizaba como de
"integración inestable de la población activa 'movilizada' de las zonas centrales [pampeanas] al
nivel de la participación 'ampliada', a través del existente sistema de partidos"—, sucesión de la
etapa de democracia representativa con participación limitada de los años 1880-1916. Aquí, en
cambio, se plantea una transición del régimen político oligárquico al democrático. Éste es
ampliado no sólo por incorporar al sistema de decisiones políticas "a las clases de formación
reciente" (media y obrera), como en el esquema germaniano, sino, quizás sobre todo, por hacer
efectivamente posible el ejercicio del sufragio masculino en un país en el cual a nivel nacional —no
así en los provinciales y locales— no ha habido, históricamente, formal restricción a su
universalidad.
El temprano acceso a la efectiva práctica del sufragio universal masculino no tiene equivalente en
el otorgamiento del femenino.
Empero, el temprano basamento para construir una democracia política liberal no es lo
suficientemente firme. Tampoco logra modificar una de las claves del sistema político argentino, el
de la bifacialidad o doble lógica de funcionamiento de la mediación política, la partidaria y la
corporatista. Pese a la ley y su decisivo efecto en la constitución de un genuino sistema de
partidos, la lógica corporatista tiende crecientemente a definir el rasgo predominante de ese
sistema. Los años de la transición de la dominación oligárquica a la democrática y la interrupción
de ésta muestran la permanencia y el despliegue de viejos y estructurales componentes y
prácticas de la cultura política argentina: caudillismo, clientelismo, intolerancia, intransigencia,
fraude electoral.
Entre 1912 y 1916 se produce un cambio en el régimen político, el cual no conlleva una crisis de
Estado. No la hay puesto que, según Jorge Graciarena, no se cuestiona la matriz fundamental de la
dominación social. En cambio, sí hay crisis de una forma de Estado: muda la figura de éste —de
Estado oligárquico a Estado democrático—, permanece invariante la relación fundamental de
dominación de clase. La ley Sáenz Peña modificó el régimen político y amplió la participación en el
sistema de decisión política, aun manteniendo sustanciales restricciones, tales como la exclusión
de las mujeres, de los inmigrantes e incluso de los argentinos residentes en los Territorios
Nacionales. Adicionalmente, las provincias demoraron su propio proceso de democratización, en
particular en los casos de mantenimiento del voto censatario o calificado (condición de
contribuyente, por ejemplo) en el plano municipal, el más decisivo para una efectiva
descentralización y democratización del poder, plano que sigue pensándose como administrativo,
no como político. A esta limitación suele sumarse la resultante de vedar el derecho de voto para
elección de autoridades comunales a quienes viven en poblaciones por debajo de un cierto
número de habitantes. La ley Sáenz Peña permitió, en lo sustantivo, la creación de un sistema de
partidos competitivo o, como dice Giovanni Sartori, el pasaje de un sistema de partido
predominante a un sistema de partidos de pluralismo limitado En términos de ejercicio del poder
de clase, la ley hizo posible el pasaje de la hegemonía organicista a la hegemonía pluralista,
proceso rápido en el que la nota dominante fue la continuidad del carácter burgués de la
hegemonía.
También como antes, la dificultad de la clase dominante se encontraba en el ejercicio de la
hegemonía estrictamente política: en este terreno, la fractura burguesa en un sector conservador
que se resistía a abandonar las concepciones y prácticas oligárquicas y en otro democrático que no
podía afirmarse, constituye un aspecto clave. Adicionalmente, la burguesía democrática no podía
—tal vez, incluso, no quería— ampliar la base social de su dominación incorporando más efectiva y
eficazmente a las clases subalternas (clase media urbana, obreros y trabajadores, chacareros). La
solución a esa situación de tensión fue la recurrencia de la burguesía conservadora —incapaz de
afrontar con éxito la disputa por el gobierno y por el poder mediante los procedimientos
democráticos— al golpe de Estado militar. Significativamente, en 1930 la ausencia más notable es
la de las fuerzas democráticas, tanto las burguesas, en primer lugar, cuanto las de las clases media
y obrera.
En el Senado, en cambio, durante la primera mitad del gobierno de Yrigoyen (1916-1919), su
composición permitió inequívocamente el desempeño abrumador de la función de reaseguro
oligárquico. Posteriormente, los conservadores, aun perdiendo miembros, ostentaron una cómoda
mayoría, suficiente para ocluir cualquier intento reformista considerado lesivo a sus intereses.
Vale decir, el radicalismo —y en particular el yrigoyenismo durante el sexenio 1916-1922—
gobernó en un contexto caracterizado por una ambigüedad, por una institucionalización perversa
del conflicto político-social: en efecto, el Poder Ejecutivo fue controlado por una fuerza
democrática con una fuerte base popular urbana, mientras el Poder Legislativo tenía una
composición caracterizada por la mayoría democrática (a partir de 1918) en la Cámara de
Diputados y la mayoría oligárquica, con poder de veto, en la Cámara de Senadores. Por primera
vez, las relaciones entre ambos poderes expresaban fuerzas sociales y políticas diferentes, incluso
contradictorias. Los sectores oligárquicos de la burguesía argentina, con fuerte base estructural
rural, tenían una sobrerrepresentación que les permitía convertir al Parlamento en su principal
trinchera institucional de oposición al reformismo, diluyendo la capacidad y potencialidad
transformadora de éste.
Yrigoyen —tal vez más que el propio radicalismo— enfatiza la condición de coalición social de la
UCR, la cual permite pensar a la agrupación más como movimiento y menos como partido stricto
sensu. No es sólo explicación de analista: explícitamente hay una renuencia, si no una renuncia,
radical a definirse como partido político (como se aprecia, por ejemplo, en el Manifiesto del 13 de
mayo de 1905). Esa renuncia es coherente con la confusión radicalismo=Nación. Como bien lo
advirtieron Ezequiel Gallo y Silvia Sigal, se trata de una notable contradicción: la de una agrupación
defensora de la democracia representativa que, al no concebirse como "parcialidad", niega, de
hecho, "la posibilidad de disensión mínima necesaria para el funcionamiento de una sociedad
pluralista"
la aspiración socialista de construir hegemonía desde el campo de la sociedad civil, apelando a una
multiplicidad de instituciones, desde los sindicatos obreros hasta las de educación y cultura
populares. En contrapartida, el radicalismo era capaz de ganar para su causa la adhesión de
trabajadores, aun cuando el denominado "obrerismo" de Yrigoyen muestra su contracara en
aquellas situaciones en las que la movilización social se intensifica o radicaliza y/o en aquellas en
las cuales la protesta obrera aparenta superar las posibilidades de su control por las fuerzas
policiales: en esos casos, la acción del gobierno fue decisivamente represora.
Importa señalar también que, coherente con la distinción entre política de conciliación y política
de represión, el radicalismo —como el peronismo más tarde— no derogó la represiva Ley de
Residencia promulgada en 1902 por el gobierno del general Roca. Tampoco la de "Defensa Social",
de julio de 1910.
Durante estos años, el radicalismo se enfrentó con la tensión generada por dos demandas
presentes en la sociedad, a las cuales no pudo —ni, tal vez. quiso— procesar o atender de modo
conjunto: la de democracia política y la de democracia (expresada como justicia) social. Tal como
se estructuró la sociedad argentina, cada una de esas demandas resulta privativa de clases sociales
diferentes: la clase media reclamaba democracia política y no tenía demasiado interés en la
democracia social; la clase obrera exigía la justicia social y descreía, en sus corrientes mayoritarias,
anarquistas y sindicalistas, de la democracia política. Los radicales se definieron por la primera y
prestaron menor atención a la segunda, si bien algunas de sus acciones gubernamentales
contribuyeron a debilitar la propia democracia política. En cuanto a los socialistas, su fracaso en
lograr la adhesión mayoritaria del electorado y en constituirse en una efectiva alternativa de poder
relegó a un plano secundario el hecho de ser la única formación partidaria que bregaba,
simultáneamente, por ambas, incluso por una mayor profundización de la democracia política (al
reclamar el derecho de sufragio femenino)
Con la convicción de la necesidad de proceder a la "reparación nacional", devolviendo a los
pueblos de las provincias los derechos usurpados por la oligarquía, Yrigoyen procedió a intervenir
las provincias dominadas por los conservadores o afectadas por disidencias internas del propio
radicalismo, con el objetivo práctico, entre otros principistas, de modificar la composición del
Senado nacional.
Con estos criterios, el presidente aplicó la intervención federal en diecinueve ocasiones (quince
por decreto y sólo cuatro por ley), afectando a trece de las catorce provincias (la solitaria
excepción es Santa Fe), un número excesivamente alto, que contrasta con las cuarenta resueltas a
lo largo de los treinta y seis años (1880-1916) de dominio oligárquico y se hace más notable
cuando se advierte que diez de ellas fueron decididas en los dos primeros años de gobierno. De
esas 19 intervenciones, 10 corresponden a provincias gobernadas por los conservadores y 9 por
radicales. En el caso de éstas, se trató de una acción para evitar una fractura o disidencia que
terminara favoreciendo a la oposición y alterara la distribución de las legislaturas, cuyo control era
clave a la hora de elegir senadores nacionales.
la principal fuerza propulsora de la democratización política apeló a una práctica institucional que,
de hecho, ocluía la posibilidad de afirmar y profundizar la democracia,
el vacío que produjo la ineficacia de los partidos y el Parlamento en la mediación política partidaria
tendió a ser cubierto por las asociaciones de interés, reforzando la mediación política corporatista.
No se trató solamente de la incidencia de las asociaciones de interés representativas de la gran
burguesía —Sociedad Rural, Unión Industrial, Bolsa de Comercio, Centro de Exportadores de
Cereales, Confederación Argentina del Comercio, de la Industria y de la Producción, entre otras—,
sino también de los sindicatos obreros y las organizaciones de las colectividades de inmigrantes. La
mediación corporatista tiende a apuntalar una forma perversa de hacer política, caracterizada por
hacer ésta negando hacerla.
Así es como se constituyó una red compleja de instituciones mediadoras, que conectaba a
gobernantes y gobernados en una práctica que tiende a definirse mucho más como económico-
corporativa que nacional-estatal o nacional-popular.
Dicho de otra manera: la doble lógica del sistema político argentino —mediaciones políticas
partidaria y corporatista— generó un comportamiento adicional muy significativo, cual es la
generalización de una cultura política golpista, referida no sólo al clásico golpe de Estado sino
extensible y extendida a procedimientos en el seno de instituciones de la sociedad civil. La cultura
política golpista no es otra cosa que un conjunto de prácticas para resolver toda o cualquier
diferencia o conflicto mediante la expulsión, la fractura o escisión de los disidentes, sin capacidad
de procesar una y otro a través de reglas definidas y efectivamente acatadas
La hipótesis sostenida en este capítulo es la siguiente: durante la hegemonía pluralista de la
burguesía, coincidente con el ejercicio del gobierno por el radicalismo, se hacen explícitas todas las
tendencias estructurales que apuntan, más allá de la apariencia democrática, a trabar
decisivamente la construcción de un orden social y político genuina y sólidamente democrático, en
el marco de una sociedad obviamente definida por relaciones de producción capitalistas.
La relación entre la estructura agraria y la estructura social global es el núcleo de la debilidad
estructural de la democracia en Argentina. En tal sentido, uno de los elementos decisivos es la
retención de una parte muy considerable de poder político por parte de la burguesía (clase
fundamental), al no producirse una ruptura a través de, por ejemplo, una eventual alianza entre
sectores urbanos (obreros y clase media) y chacareros, base de una propuesta como la formulada
por el socialista Juan B. Justo en pro de una democracia agraria.
la hegemonía burguesa dura el tiempo que lleva la definición y consolidación de la estructura
económico-social del país sobre una base agraria. En la década de 1910 ya se tornan claras las
características, la orientación e incluso los límites del modelo societal, de los colectivos y actores
sociales que componen el mismo y de sus expresiones políticas. colisión que potencia la mediación
corporativa no democrática y finalmente se expresa como crisis de autoridad, de representación y
de hegemonía. La breve e inconclusa experiencia argentina de democratización política concluye
con un sonado fracaso.
En términos de clase, la burguesía argentina es mayoritariamente antidemocrática, o bien
indiferente al régimen político. Así, la clase no se organiza en un partido ni desaparece. El dilema
del modo de ejercicio del poder es resuelto mediante dos soluciones, no excluyentes y después de
1930 a menudo combinadas: la mediación corporativa y, en el límite, la apelación al golpe de
Estado ejecutado por los militares
Atendiendo al juego del sistema de partidos, la Argentina del primer y frustrado experimento
democrático no tiene un partido orgánico de derecha, ni uno fuerte de izquierda, como tampoco
expresiones de correspondencia entre partido político y clase social. Sí, en cambio, un partido —
más bien, movimiento— de un centro (excesivamente ancho) que se expande hacia uno y otro
margen del espectro político, sin llegar a los extremos y con mayor inclinación hacia, o penetración
en, la derecha democrática que hacia la izquierda (de hecho habrá que esperar hasta los años
treinta y cuarenta para que surja un ala de izquierda dentro del radicalismo). La vocación "atrapa
todo" de la UCR es, simultáneamente, expresión de su éxito electoral —continuo, sucesivo y
creciente entre 1912 y 1928 (hay un descenso en 1930)— y condición de fracaso y, sobre todo, de
debilitamiento del sistema de partidos y del juego de poder democrático.
En suma, frente a quienes tienen claro que la democracia no es un buen mecanismo para ejercer
la dominación, los sujetos sociales y políticos identificados con ella no alcanzan a constituir un
bloque sólido, homogéneo, fuerte, capaz de asegurarla. Entre 1912 y 1930, es cierto, la
democracia política se amplía. Pero la ampliación no va acompañada por fortalecimiento.