Giovanni Papini
RECOPILACIÓN DE CUENTOS
Don Quijote (1916)
Grande es la potencia del genio aunque esté contenido en la carne de un
heridor, soldado, esclavo, contable, aventurero y preso; en un Miguel poeta
andante y cortesano necesitado.
Así pudo engañarnos la sombra consistente de Don Quijote. Hemos
creído que su vida era un engaño y que él fue el traicionado por los hombres
comedores de carne, por los tiempos debilitados y por los libros imposibles. Su
vida fue verdaderamente engañosa, pero el engañador, el ficticio, fue él, y los
traicionados, hasta ahora, hemos sido nosotros.
Miguel hace de todo para ponernos delante – marioneta larguirucha
armada de hierro viejo y de obsesión – un Don Quijote enloquecido por las
malas lecturas, un Don Quijote engrandecido por su sabiduría discursiva y más
aún por su demencia imitadora; un Don Quijote al que los nacidos después han
podido adorar, mística víctima de un cristianismo puro, armado y burlado,
lleno de odio por la vida universal y eterna de los paganos bautizados, para los
que la regla es verdad; la pereza, sabiduría; la comodidad, bondad; el pan y la
pitanza, única esencia reconocible de los días. Todo heterodoxo de la ley vulgar
se ha tenido por caballero y ha sentido sobre sus propias espaldas los palos que
dieron con él en tierra. En aquella serena sabiduría antigua, en aquel vano amor
por el bien, vieron casi un reflejo de Sócrates, que tuvo que morir por voluntad
de los hombres, porque era mejor que todos los hombres.
Don Quijote era un mártir a medias: no le habían quitado la vida, pero
igual había tenido que sufrir aflicciones, bofetadas, traiciones y desprecios.
Finalmente, el innoble Sansón había conseguido, con alevosía, apagarle el alma
y sólo se había salvado para volver a la cordura, o sea, para volver a la
imbecilidad del mundo y morir en su cama más magro que antes.
Ahora bien: todo eso no fue sino uno de tantos “suaves engaños” que el
arte, rival de la Naturaleza, nos deparó en estos últimos trescientos años.
También Don Quijote nos traicionaba, y ha sido culpa nuestra si no lo hemos
visto antes. También Don Quijote, como todos los seres creados por Dios o por
el Genio y que toca, al menos por un punto, lo Absoluto, tiene un secreto; y ese
secreto, a mí, leal suyo, por tantas velas de armas en mi quijotesca juventud, se
me ha aparecido finalmente claro.
Don Quijote no está loco. No es un loco natural e involuntario. Pertenece
a la especie vulgar de los Brutos y de los Hamlets. Se finge loco. Su docta locura
es simulada y fabricada. Se crea un estilo de extravagancia para escapar de las
muertas costumbres de Argamasilla. Inventa aventuras y dificultades sin temor,
porque sabe que él es su promotor, porque se tiene siempre presente y está
preparado para echar el freno y dar media vuelta. Por eso no es ni trágico ni
desesperado. Toda su aventura es una diversión preparada. Puede mostrarse
sereno porque sólo él conoce el fondo del juego, y en su alma no hay sitio para
verdaderas angustias.
Don Quijote no actúa en serio.
Para ver bien ese misterio tan doloroso es necesario desembarazarse del
libro.
El propio Cervantes, y todos los que han venido después de él, decía que
quería destruir el germen de los libros de caballería, pero esto no hay que
creerlo. Este es uno de tantos trucos literarios a que tuvo que recurrir el Manco,
como, por ejemplo, el de los manuscritos de Cide Hamete Benengeli. El espíritu
equilibrado y, en suma, culto, que fue Cervantes, ni siquiera podía imaginar
una finalidad de este tipo. El mismo libro lo desmiente. Ante todo, en el Don
Quijote no hay tan sólo la sátira de los libros de caballería, sino de todos los
géneros literarios sin excepción. Ya con parodias, ya con ironías, o con juicios
discretos, se condena toda la literatura contemporánea en sus aspectos más
populares: poema, pastoral, teatro.
La máxima acusación de Cervantes contra los libros de caballería es la
inverosimilitud. Extraordinaria acusación de quien comenzó con las
inverosimilitudes pastorales de la Galatea y llenó el mismo Don Quijote de
inverosímiles aventuras trágicas y silvestres; de quien, entre la primera y la
segunda parte del Don Quijote, compuso un drama caballeresco y terminó su
vida después de haber rehecho, en los Trabajos de Persiles y Segismunda, las
intrincadas y marinas inverosimilitudes de las narraciones fantásticas del bajo
helenismo.
Cervantes, hombre de buen gusto y de fantasía, sabía, como todo el
mundo sabe, que toda obra de arte es, por naturaleza, inverosímil, como son
inverosímiles todas las acciones y las obras que emergen de la capa de agua del
pantano inútil, donde cada uno se imagina vivir.
Cervantes, en el mismo Don Quijote, salva y defiende más de un libro de
caballería y no arroja al fuego, con justicia de artista competente, sino aquellos
que no están justificados por la belleza de la expresión y la imaginación.
Cervantes no podía, poniendo como realidad de parangón la España del
seiscientos, pretender juzgar como falsedades inverosímiles los poemas
paladinos de Armórica y de Ardena nacidos entre los siglos X y XII. Tanto más
cuanto que la discordancia entre las maravillas caballerescas y lo cotidiano nos
parece más fuerte a nosotros de lo que en realidad era en La Mancha del siglo
XVI. Casi todas las grotescas jiras campestres de Don Quijote serían imposibles
hoy día, en nuestras tierras ordenadas, y a la primera salida los policías y los
alienistas hubieran detenido al caballero de Rocinante y no le hubieran sido
posibles a éste ni el encuentro con los molinos ni con el Vizcaíno.
Además, este contraste total entre los sueños quijotescos y la vida
ordinaria no existe en la novela; ya en la primera parte, Don Quijote encuentra
cómplices, en el Ventero y en el Cura, que se prestan a sus fantasías por su
gusto; y en la segunda parte, los Duques, el Bachiller y los barceloneses no
hacen sino adaptarse ellos mismos y las cosas al capricho del hidalgo, de modo
que éste pudiera creer que era verdaderamente lo que decía ser. Pensaban que
era su payaso y resultaban ser ellos los servidores de sus payasadas.
Pero esto importa poco. Aun refiriéndose al país y al tiempo, hay
demasiada inverosimilitud en la historia del manchego para que resulte fácil
persuadirse de que Cervantes quisiera verdaderamente acabar con el absurdo
novelesco en nombre de un realismo suyo que, a fin de cuentas, es ocasional y
parcial. Quien crea esto, ni siquiera ha llegado a entender la letra, y no hay
esperanza de conseguir que admita la probabilidad de otros sentidos.
Igualmente imbéciles son los que van buscando – o ven de manera cierta
– un concepto de la vida y del mundo en la obra cervantina. Tipo de estos
profundos errores producidos por un deseo de vana profundidad es la ya vieja
leyenda de que el Don Quijote es una edición rehecha y simbólica del tema
medieval de la oposición entre el alma y el cuerpo. El dueño descarnado sería el
Espíritu, el ideal, siempre contradicho por el servidor obeso, que es la carne y la
inmunda realidad. Todas las demás explicaciones místicas del Don Quijote se
reducen a ésta: Don Quijote, asceta, santo y loco; sus compañeros, astutos,
filisteos y mundanos.
La manera más segura de falsear el Quijote es suponer que hay en él una
filosofía. Cada uno puede tomar las criaturas del libro y adaptarlas a los
símbolos que más le agraden; incluso de las más abstractas palabras. Pero en
este caso es el libro el que presta sus nombres al fantaseador especulativo y no
éste quien sirve al libro, iluminándolo. En cambio, lo que hemos de hacer, es
esforzarnos por ver lo que don Quijote es por sí mismo y no tomarlo como un
farol vacío donde se puede meter la candela que se quiera para dar luz a los
extraviados.
Incluso aceptando el Don Quijote trivial de la letra, no se consigue verle
como quisieran los místicos. Don Quijote no es puro y desinteresado, como
sería necesario para constituirle en la suprema encarnación del idealismo: no es
aquel cristiano altruista que tantos pintan. Quiere deshacer los entuertos y
defender a los débiles, porque ésta es la tradición consignada en las gestas de
los caballeros. Es un imitador que tiene delante una galería de modelos: si
Amadís hubiera sido distinto, despiadado e infiel, también él hubiera sido
distinto. Es vanidoso y soberbio; piensa constantemente en la gloria terrenal,
aspira a bienes materiales y es capaz de inventarse cosas. Tampoco se puede
poner a Sancho como representante del sentido común y de la materia. Sancho
es más creyente que Don Quijote. Don Quijote cree (o finge creer) en los
antiguos caballeros; pero Sancho cree en Don Quijote, lo que es una fe más
difícil. Sancho encuentra en la creciente veneración por su dueño un ideal
terreno inmensamente alejado de sus bienes seguros: tiene un sueño, y cuando
llega a realizarlo en la ínsula, demuestra estar más enamorado de la justicia que
de la riqueza. En el fondo, el único loco verdadero del libro es Sancho, y
cualquier antítesis del acostumbrado género metafísico entre él y el Caballero
resulta, por esta evidencia, imposible. (“Soy más mentecato que él, pues le sigo
y le sirvo” II, X, V.183)
La sustancia del libro – si hemos de decir cuatro palabras sobre ella antes
de volver al héroe engañoso – es muy otra. No se puede tomar en bloque; y
para nosotros, la parte más viva es seguramente un tercio de la obra. El Don
Quijote es una miscelánea fácilmente separable. Encontramos en él:
Poesías burlescas o madrigalescas.
Novelas trágicas, patéticas y románticas.
Crítica literaria (recensiones y juicios sobre géneros y obras: narrativa,
poemas, pastorales. A veces los juicios están expresados en forma de parodias)
Silva de varias lecciones (parrafadas retóricas sobre temas usuales: la
edad de oro, la pobreza, el buen gobierno, el matrimonio, la superioridad de las
armas o de las letras, etc. Repertorio de lugares comunes medievales y
humanísticos)
Toda esta broza que adorna e hincha el libro se reduce a la historia de
dos vagabundos; que es un viaje. Este esquema del viaje liga el Don Quijote a
los libros de la Humanidad. Los libros más profundos y a la vez más populares
son los libros de viajes: La Odisea, La Eneida, La Divina Comedia, y luego,
Gulliver, Robinsón, Simbad, Las cartas persas, Fausto, Las almas muertas.
Porque todo gran libro es un tímido anticipo del juicio final y, para juzgar a
todas las clases de hombres, no hay mejor forma que el viaje. Viaje: diversidad,
posibilidad. Mil veces se ha representado al hombre como peregrino: un
peregrino que tiene la culpa por alforjas y la muerte por meta.
En este cuadro móvil del juicio total de los hombres – cabreros y
religiosos, arrieros y duques, labriegos y caballeros, posaderos y enamorados,
bandidos y bachilleres – hay un viejo con su secreto: un caso de psicología, una
estafa en acción. Pero este viejo no es tan listo como para no dejarse descubrir.
Algunas veces se traiciona. Las bazas principales de su juego aparecen en sus
palabras; la trama de su falso velo sale, a relámpagos, a plena luz.
Don Quijote es el hombre cansado de lo usual.
Igual que a los escépticos, al fin de su carrera, le desasosiega la vida
casera de pobre digno entre sus mujeres y el cura. Le pesa toda su vida cerrada
de provinciano que ha encontrado escasos desahogos en la casa y en la lectura.
Quiere proporcionarse un poco de diversión. La caballería aprendida en las
grandes novelas le ofrece la senda colorida de una mascarada sin riesgos.
Hombre de letras y de experiencia, comprende que, sin el trampolín de la
ficción, no podrá cambiar de punta a cabo su existencia. Sólo la locura se le
ofrece como camino inofensivo de liberación.
Un poco en serio y un poco para armar ruido, se vuelve loco. Locura
noble y literaria, como él, y que no mancha su fe católica, y es más, adquiere el
aspecto de una milicia evangélica, sin salir de los límites de una indispensable
imitación.
Si Don Quijote fuera el cristiano puro y sincero que se imaginan los
ingenuos, no tendría necesidad de ese disfraz caballeresco. Podría dedicarse a
Dios y al Pobre (otro nombre de Dios) sin celada y sin lanza. Humilde como los
sacrificados, podría, sin salir de Argamasilla, darse a quien sufre, remediar las
injusticias, llenar el corazón de los simples de palabras resucitantes. En lugar de
imitar a los caballeros andantes, podría imitar a los santos salvadores. Otros lo
han hecho antes que él: tomaron un modelo y, en su imitación, consiguieron ser
grandes e infelices. San Francisco, que se propuso imitar a Jesús, y quiso
imitarle hasta en las llagas de las manos y de los pies, es un Don Quijote más
verdadero. Cola di Rienzo, que se calienta el alma al leer los hechos de los
romanos y sueña con ser cónsul de una nueva república, es otro Don Quijote;
más desventurado, pero más auténtico. Otros muchos grandes hombres como
estos se han exaltado ante los ejemplos del pasado y han dejado ejemplos de
fuerza para siempre; brillantes, aunque derrotados.
Pero Don Quijote es más modesto y diletante. Un artista, un charlatán,
con algo sincero dentro: veleidades de guerrero, de aventurero, de benefactor.
Pero todo a flor de piel, sólo para dar tono a sus discursos y proporcionar una
justificación a su salida.
Vista de cerca, su locura es un pretexto bien ideado para correr mundo y
meterse en varios líos, diversos y remediables. También hay un poco de
masoquismo espiritual y corporal: el confuso deseo de encontrarse en medio de
desastres, pero sin consecuencias graves. Su misma máscara de noble paladín le
protege de exponerse demasiado; no puede combatir con villanos y, sin
embargo, desde el primer día sabe que casi siempre, por fuerza, tendrá que
habérselas con villanos.
Don Quijote quiere parecer loco porque le conviene. Si no le tuvieran por
loco, no podría darse buena vida, vagar al aire libre y exponerse a las corrientes
de lo imprevisto. Sufriría sanciones inmediatas, no tendría excusas ante los que
encuentra, ni, como con frecuencia le sucede, útiles complicidades para sus
diversiones.
Todo esto explica por qué la locura de Don Quijote no nos parece nunca
ni grave ni trágica. Si fuera locura seria y verdadera, cada vez, a cada revés, a
cada golpe de cabeza contra la dura realidad, habría una reacción, un dolor, un
desgarramiento. En cambio, cada vez que los hechos o los hombres le
convencen de que se ha equivocado, Don Quijote permanece tranquilo.
Enseguida se desengaña, se resigna, vuelve a situarse en lo ordinario sin
lamentarse demasiado. A veces, él mismo se ríe del fingido error; en otros casos
tiene siempre dispuesta la simple escapatoria de los encantadores que le
persiguen, buena patraña para Sancho que al principio la cree, y luego termina
por servirse de ella, volviéndola contra su dueño, cuando le obliga a ver en las
labradoras montadas en borricos a otras tantas princesas montadas en buenas
jacas.
Toda vuelta de Don Quijote a la verdad se produce sin amargura. Un
loco serio, un héroe convencido, sentiría angustia y desazón ante tantos mentís
de la materia. Sufriría mil muertes al verse tan obstinadamente contradicho.
Pero Don Quijote, que es muy listo y embrolla a conocidos y desconocidos, no
se entristece, no sufre. Acepta con naturalidad las derrotas y sólo se lamenta de
las costillas rotas y de los desmayos, inconvenientes inevitables, calderilla con la
que se paga los gastos de su insólito pasatiempo. Don Quijote es capaz de reír.
Bromea de Sancho y de sí mismo. Tiene el espíritu libre, suelto. Conoce la
última palabra de la maquinación agradable y no consigue fingir hasta el dolor
inimitable. Hace reír porque él mismo no sabe llorar.
No es una calumnia. Quien quiera las pruebas de esta verdad, hasta
ahora escondida, no debe hacer otra cosa que releer todo el libro con espíritu
desconfiado.
En el Don Quijote hay un centro que los comentaristas, extraviados por
las bestialidades corrientes, no han visto, y que da la clave de todo. Este centro
es la locura fingida de Sierra Morena. Todo el mundo recuerda el episodio.
Llegado al medio de los desolados pedregales de la montaña, Don quijote
anuncia a Sancho que se hará el loco hasta su regreso, en honor y gloria de
Dulcinea. El listo se descubre al simple; engarza una locura confesada en la más
amplia locura simulada.
Comienza por declarar su método – la imitación – pero imitación
calculada, es decir, ni demasiado fatigosa ni demasiado peligrosa: “Quiero
imitar a Amadís, haciendo aquí del desesperado, del sandio y del furioso, por
imitar juntamente al valiente Don Roldán...” Pero con juicio: Orlando era
demasiado furioso. “Y, puesto que yo no pienso imitar a Roldán... parte por
parte, en todas las locuras que hizo, dijo y pensó, haré el bosquejo, como mejor
pudiere, en las que me pareciere ser más esenciales” Y termina con la conciencia
de su lúcido propósito: “Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú vuelvas con
la respuesta” Añade “Si la respuesta es buena, yo dejaré de hacer el loco; si es
adversa, me volveré loco de verdad, y ya no sentiré el dolor que me
proporcionaría” No se podría desear un reconocimiento más explícito del
secreto de Don Quijote; sabe que no es loco, pero quiere hacer cosas de loco, y
estas locuras no serán otra cosa que imitaciones de locuras famosas. Lo que en
este pasaje confiesa, por algo queridamente loco, sobrepuesto a la locura
ordinaria, es, en todos los demás casos no confesados, su regla.
En estas mismas páginas se encuentra también su teoría, una de las más
profundas del libro, de volverse loco sin causa ni razón. A Sancho, que le
pregunta por qué quiere hacer tanta penitencia si Dulcinea no ha hecho nada
que lo justifique, Don Quijote responde: “Ahí está el punto, y ésa es la fineza de
mi negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni
gracias; el toque está en desatinar sin ocasión...”
Las pruebas de esta postura suya de loco voluntario y sin causa
verdadera se encuentran a cada paso. Don Quijote tiene conciencia de las
transformaciones que deben sufrir las cosas reales para adaptarse a la comedia
que representa. Sabe perfectamente, por ejemplo, quién es Dulcinea (“Bástame a
mí pensar y creer que la buena Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta” I, XXV)
pero no quiere detenerse en aquella gorda y sudada pueblerina que ha
escogido, por refinada ironía, como mujer de sus pensamientos; y explica a
Sancho que, no pudiendo existir en la Naturaleza mujer perfecta, ha escogido a
la última de todas para mejor demostrar la potencia de su voluntaria fantasía
deformadora y reformadora: “Píntola en mi imaginación como la deseo”.
Cuando Sancho le cuenta su visita a la amada, él la traduce punto por punto a
su lenguaje, aun sabiendo que Sancho describe la verdad tal como la ha visto. Y
más tarde, al alba, cuando las campesinas aparecen en el camino y Sancho
quiere hacerle creer que se trata de Dulcinea y de sus doncellas, Don Quijote no
quiere aceptar la alucinación, porque le viene impuesta por otro, por un
inferior, sino que ve a las mujeres tal como son, y, para no descubrirse, recurre a
la acostumbrada historia de los encantadores que le transforman los objetos
ante los ojos. Pero luego acaba por admitir que Dulcinea es una persona
fantástica e imaginaria, cosa que un auténtico loco nunca podría reconocer.
(Dice Don Quijote: “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es
fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha
de llevar hasta el cabo” II, XXXII. Nótese con que delicadeza irónica Don
Quijote evita responder, dando a entender que es mejor no buscar; él sabía por
qué.)
Por otra parte, en otros casos, Don Quijote confiesa haberse equivocado,
admite las alucinaciones y tiene conciencia del engaño en que dice haber caído.
Pero cuando le conviene, ve las cosas como todo el mundo y ya la posada no le
parece castillo, sino verdadera posada, y reconoce que el yelmo de Mambrino es
una bacía de barbero, pero que eso parece a los otros para que a nadie entren
ganas de robárselo. Su principio – que debía enseñar la fisura de su ficción y al
mismo tiempo encierra el único principio efectivamente idealista de todo el
libro – es que los objetos, por sí mismos, no son ni de esa manera ni de otra, sino
como los hombres diversos saben y pueden verlos diversamente. Su sistema
podría definirse como una “voluntad de creer” anticipada tres siglos sobre las
teorías pragmáticas, a menos que no esté con un retraso de veinte siglos sobre
las teorías de Protágoras.
Esto explica, finalmente, la visible y cotidiana sabiduría de Don Quijote.
Todo el mundo se maravilla del buen sentido de sus discursos cuando no tocan
asuntos caballerescos; todo el mundo le llama y le considera un “cuerdo loco” o
un “loco cuerdo” Y al final, él mismo proclama, sincero otra vez, que no es loco.
¿Y acaso no confiesa, sin parecerlo, haber inventado de raíz la maravillosa
fantasmagoría de la gruta de Montesinos?
Desde que sale del mundo subterráneo, Sancho mismo duda de su
veracidad, y Don Quijote, en casa del Duque, hace un cínico pacto con su
escudero: “Cree en mi historia de Montesinos y yo creeré en tu historia del
cielo” II, XXV. Pero la invención descarada queda desde entonces manifiesta, y
la confesión implícita no es otra cosa que una confirmación superflua.
Don Quijote no ha sabido regirse en la simulación perfecta y estos fallos
de su comedia procuran un doble esfuerzo a nuestro descubrimiento: Don
Quijote no tomaba tan en serio su juego como para jugarlo demasiado cerrado.
Don Quijote es un loco fingido que se traiciona en la alegría. Su tranquilidad, su
astucia, declaran contra él; en su vida no hay drama. No puede haber drama
donde no hay seriedad. Don Quijote bromea, pero los locos verdaderos no
bromean.
La profundidad de Don Quijote –porque hay algo profundo en este
Burlador de la Mancha – está en otras cosas.
Los procedimientos de Don Quijote – deformación y simbolismo – son
los mismos del arte moderno, y tienen un significado que trasciende los
superficiales contrastes vistos hasta ahora en esa grotesca epopeya.
La deformación voluntaria de las cosas tiene su principio en el idealismo
arbitrario, y hoy día se la reconoce como característica de toda creación. Ver lo
que se quiere ver, representar solamente lo que se escoge y lo que se escoge
cambiarlo, exagerarlo, empequeñecerlo, según las necesidades internas de la
obra, que es creación, y por esto, acto permanente de voluntad. En ese sentido,
Don Quijote es un artista; artista en la vida, por cuanto de origen literario, pero
verdadero artista moderno.
Es, en fin, un simbolista, y un simbolista satírico. Sus errores voluntarios
obedecen a un plan preestablecido y están coordinados por un juicio sarcástico
sobre la vida de los hombres. Hay que tomar a la letra sus atribuciones,
aparentemente falsas y locas, como el descubrimiento de una asociación
invisible, necesaria conclusión a que llega su escepticismo. Consideremos los
más notorios de entre estos fingidos errores de visión: las ovejas, para él, son
soldados; los venteros, caballeros; las bacías, yelmos; las prostitutas, doncellas;
las mozas de mesón, señoras enamoradas; las campesinas, Beatrices; los
galeotes, esclavos inocentes.
Estas sustituciones que Don Quijote atribuye maliciosamente a su locura,
para no comprometerse, no son casuales, sino que descubren, en el hidalgo, una
conciencia crítica y sin prejuicios del mundo. En realidad, según él, los soldados
son ovejas que se llevan al matadero; los castillos de los señores, hosterías
disfrazadas, donde es preciso pagar la hospitalidad con la servidumbre; los
gigantes son molinos que viven de viento y de latrocinio, imaginaciones para el
hurto; las vírgenes que se encuentran en la sociedad son prostitutas de
incógnito, más viciosas que las otras, que se entregan por hambre; las mozas de
mesón son más dignas de ser abrazadas que muchas señoras; una campesina
ignorante, pero pura y no maleada, puede ser la castísima inspiradora de un
genio que sepa verla; y los condenados que se encuentran por los caminos
encadenados pueden ser más inocentes que los esbirros que los llevan a las
galeras.
Estas identificaciones, queridas y pensadas, entre seres que para la
mayoría son distintos y están alejados entre sí, nos permiten entrever lo que
Don Quijote pensaba de los hombres. Había reflexionado en la soledad y, por
fin, los había conocido: como todos los que saben, por último, de qué especie de
semejantes estamos rodeados, no le quedó otra elección que odiarlos o
divertirse a su costa. Prefirió, héroe flaco, reír y burlarse. E imaginó ser
caballero para que los demás, creyendo que se reían de él, le sirvieran de
diversión; su ficción fue su venganza sobre la vida. Venganza conseguida
porque ha permanecido oculta hasta nosotros. Pero Don Quijote había nacido
para ser hermano mío hasta lo último; primero según la letra; ahora, según el
espíritu. Él y yo nos entendemos.
Dos Imágenes en un Estanque
¿Sólo para volver a ver mi rostro en un estanque muerto, lleno de hojas
muertas, en un jardín estéril, me detuve después de tanto tiempo en la pequeña
capital? Cuando me aproximaba a ella no pensaba tener otro motivo que
éste.Regresando del mar y de las grandes ciudades de la costa, sentía el deseo
de las cosas ocultas, de las calles estrechas, de los muros silenciosos y un poco
ennegrecidos por las lluvias. Estaba seguro de hallar todo eso en la pequeña
capital, en la ciudad donde había estudiado durante cinco años, con maestros
de clásicas barbas blancas, las ciencias más germánicas y más
fantásticas.Recordaba a menudo la querida ciudad, tan sola en medio de la
llanura, como una exiliada (he pensado siempre que existen también ciudades
desterradas de su propia patria), sin río, sin torres ni campanarios, casi sin
árboles, pero totalmente quieta y resignada en torno al gran palacio rococó, en
el que charla y duerme la corte. En las calles, a cada cien pasos, hay un pozo y
junto al pozo una fuente y sobre cada fuente un guerrero de terracota, pintado
de azul y rojo pálido.Recordaba también la casa en que viví durante los años de
mi aprendizaje científico. Mis ventanas no se abrían sobre la plaza sino sobre un
gran jardín, cerrado entre las casas, donde había, en un rincón, un estanque
circuido por rocas artificiales. A nadie le importaba el jardín: el viejo señor
había muerto y la hija, aburrida y devota, consideraba a los árboles como
herejes y a las flores como vanidosas. También el estanque había muerto por su
culpa. Ningún chorro brotaba ya de su seno. El agua parecía tan cansada e
inmóvil como si fuese la misma desde hacía una cantidad enorme de años. Por
lo demás, las hojas de los árboles la cubrían casi enteramente e incluso las hojas
parecían haber caído allí en otoños míticamente lejanos.Este jardín fue el sitio
de mis alegrías mientras viví en la pequeña capital. Tenía la libertad de poder
visitarlo cada hora y cuando los maestros no me llamaban me sentaba con
algún libro junto al estanque, y cuando estaba cansado de leer o la luz
menguaba, intentaba mirar mis ojos reflejados en el agua o contaba las viejas
hojas y seguía con estática ansiedad sus lentos viajes bajo el hálito desigual del
viento. Alguna vez las hojas se apartaban o se reunían todas en el fondo y
entonces veía en el agua mi rostro y lo contemplaba tan largamente que me
parecía no existir más por mí mismo, con mi cuerpo, sino ser solamente una
imagen fijada en el estanque por la eternidad.
Fue por eso que corrí inmediatamente al jardín, apenas llegué a la pequeña
capital. Habían pasado muchos años, pero la ciudad se mantenía igual. Por las
mismas calles estrechas pasaban las mismas mujeres enanas y amarillentas, de
cofias ajadas, y los guerreros de terracota, inútiles y ridículos, se apoyaban en el
puño de las espadas sobre las habituales fuentes.
Y también el jardín estaba tal como yo lo había dejado, también el
estanque estaba como yo lo vi por última vez, antes de regresar a mi patria.
Alguna mata de más en los canteros, algunas hojas más en el estanque y todo el
resto como antaño. Quise entonces volver a ver mi cara en el agua y me di
cuenta de que era diferente, muy diferente de aquella que tan lúcidamente
recordaba. El encanto de ese estanque, de ese sitio volvió a apoderarse de mi.
Me senté sobre una de las rocas artificiales y con la mano moví las hojas
muertas para formar un espejo más grande a mi rostro palidecido y
transfigurado. Permanecí algunos minutos mirando mi imagen y pensando en
las leyes del tiempo cuando vi dibujarse en el agua otra imagen junto a la mía.
Me volví bruscamente: un hombre se había sentado a mi lado y se reflejaba
junto a mí en el estanque. Lo miré sorprendido -volví a mirarlo y me pareció
que se me asemejaba un poco. Dirigí de nuevo los ojos al estanque y contemplé
otra vez su imagen reflejada sobre el fondo sombrío. Al instante comprendí la
verdad: ¡su imagen se parecía perfectamente a la que yo reflejaba siete años
antes!En otro tiempo, quizás, aquello me hubiera espantado y seguramente
habría gritado como quien se halla preso en el circulo de alguna invencible
obsesión. Pero yo sabía ahora qué solamente lo imposible se vuelve real algunas
veces y por lo tanto no sentí el menor asomo de terror. Tendí la mano al
hombre, que me la estrechó, y le dije: -Sé que tú eres yo mismo, un yo que pasó
hace mucho, un yo que creía muerto pero que vuelvo a ver aquí, tal como lo
dejé, sin cambio visible.Y no sé, oh mi yo pasado, qué deseas de mí yo presente,
pero sea lo que fuere no sabré negártelo.
El hombre me miró con cierto estupor, como si me viera por primera vez,
y respondió después de unos instantes de vacilación:
"Quisiera estar un poco contigo. Cuando tú creíste partir definitivamente
yo permanecí aquí, en esta ciudad donde no pasa el tiempo, sin moverme, sin
hacer nada, esperándote. Sabía que regresarías. Habías dejado la parte más sutil
de tu alma en el agua de este estanque y de esta alma yo he vivido hasta hoy.
Pero ahora quisiera unirme nuevamente a ti, permanecer estrechado a ti,
viviendo contigo, escuchando de ti el relato de tus vidas de todos estos años. Yo
soy como tú eras entonces y no conozco de ti más que lo que tú conocías
entonces. Comprende mi ansiedad de saber y de escuchar. Hazme de nuevo tu
compañero hasta que partas una vez más de esta ciudad exiliada del mundo y
del tiempo."Asentí con la cabeza y salimos del jardín tomados de la mano, como
dos hermanos.
Comenzó entonces para mí uno de los periodos más singulares de mi
vida, esta vida mía tan diferente ya de la de otros hombres. Viví conmigo
mismo -con mi yo transcurrido- algunos días de imprevista alegría. Mis dos yo
caminaban por las calles mal empedradas, en medio del silencio que reinaba
desde hacía tanto tiempo en la pequeña capital -¡un silencio que databa del
siglo decimoctavo!-, y conversaban incesantemente tratando de recordar las
cosas que vieron, los hombres que conocieron, los sentimientos que los
agitaron, los sueños que dejaron un amargo sabor en sus espíritus. Las dos
almas -la antigua y la nueva- buscaron juntas la universidad, silenciosa y
sepulcral como un monasterio montañés -recorrieron el jardín a la francesa,
detrás del palacio rococó, donde las estatuas, mutiladas y ennegrecidas, no
concedían más de una mira da a las alamedas infinitas- y se aventuraron hasta
el Liliensee, una chacra mal excavada que por decreto de los viejos príncipes
había llegado a obtener el nombre de lago. ¡No puedo recordar aquellos días de
paseos y de confidencias sin que desfallezca por un instante mi corazón! Pero
luego de las primeras horas de efusión, después de los primeros días de
evocaciones, comencé a sentir un tedio inenarrable al escuchar a mi compañero.
Ciertas ingenuidades, ciertas brutalidades, ciertos modos grotescos que
continuamente exhibía me desagradaban. Me percaté, además, al hablar
extensamente con él, de que estaba lleno de ideas ridículas, de teorías ya
muertas, de entusiasmos provincianos hacia cosas y seres que yo ni siquiera
recordaba. Confiaba en ciertas palabras, se conmovía con ciertos versos, se
exaltaba ante ciertos espectáculos que a mí, en cambio, me inspiraban muecas o
sonrisas. Su cabeza estaba llena todavía de ese romanticismo genérico,
desproporcionado, hecho de cabelleras desmelenadas, de montañas malditas,
de bosques tenebrosos, de tempestades y de batallas' con redoblar de truenos y
tambores, y su corazón se deshacía en aquel pathos germánico (flores azules,
luna entre nubes, tumbas de castas novias, cabalgatas nocturnas, etcétera) del
cual vivían los esmirriados petimetres melancólicos y lar, señoritas rubias un
poco obesas.Su ingenuo orgullo, su inexperiencia del mundo, su ignorancia
profunda de los secretos de la vida, que al principio me divertían, terminaron
por cansarme, por suscitar en mí una especie de compasión despreciativa que
poco a poco llegó a la repugnancia.Durante algunos días aún supe resistir mi
deseo de insultarlo o de huir, pero una mañana, luego de que hubo declamado
con gran énfasis un lied estúpidamente conmovedor, sentí que mi desprecio iba
transformándose en odio."Y sin embargo, pensé, yo mismo he sido en otra
época este hombre del que me burlo, este joven ridículo e ignorante. Él es
todavía, de alguna manera, yo mismo. Durante estos largos años yo he vivido,
he visto, he adivinado, he pensado y él ha permanecido aquí, en la soledad,
intacto, perfectamente igual a ese que era yo el día en que dejé estos lugares.
Ahora mi yo presente desprecia a mi yo pasado -y sin embargo en ese tiempo
yo creía, más que hoy todavía, ser el hombre superior, el ser alto y noble, el
sabio universal, el genio expectante. Y recuerdo que entonces despreciaba a mi
yo pasado, mi pequeño yo de niño ignorante y sin refinamiento todavía. Ahora
desprecio a aquel que despreciaba. Y todos estos menospreciadores y
menospreciados han tenido el mismo nombre, han habitado el mismo cuerpo,
se presentaron ante los hombres como un solo ser vivo. Después de mi yo
presente, se formará otro que juzgará a mi alma de hoy tal como yo juzgo hoy a
la de ayer. ¿Quién tendrá piedad de mí si yo no la tengo para mí
mismo?"Mientras yo pensaba esto, el yo antiguo me hablaba y declamaba. Yo
no tenía nada ya para decirle y callaba; él no tenía nada más para decirme, pero,
en vez de callar, fabricaba frases y recitaba poesías horriblemente extensas.
¿Qué había ahora de común entre nosotros? Habiendo agotado los recuerdos
del pasado lejano, yo no podía hablar con él del pasado próximo, de todo mi
mundo reciente de bellezas conocidas, de corazones amados y destrozados, de
paradojas improvisadas en torno de la mesa de té, y mucho menos del sueño
doloroso que ocupa ahora íntegramente mi alma. Era inútil decirle todo eso; él
no me comprendía. El sonido de ciertas palabras que me sugería toda una
escena, las asociaciones de ideas de un perfume, de un nombre, de un rumor
nada le decían a su alma. Me rogaba que le hablara, y si consentía, me
escuchaba con curiosidad pero sin sentir, sin comprender, sin revivir conmigo
lo que yo le narraba. Sus ojos se perdían en el vacío y apenas yo enmudecía
recomenzaba sus declamaciones y sus melosidades sentimentales.Llegó, pues,
un día en que el odio contra ese pasado yo mío no supo ya contenerse. Le dije
entonces con mucha firmeza que no podía más vivir con él y que debla
separarme de su compañía para acabar con mi disgusto. Mis palabras lo
sorprendieron y lo entristecieron profundamente. Sus ojos me miraron
suplicando. Su mano me estrechó con más fuerza.
"¿Por qué quieres dejarme -dijo con su odiosa voz de teatral
apasionamiento-; por qué quieres dejarme una vez más tan solo? ¡Te he estado
esperando durante tanto tiempo en silencio, durante tantos años he contado las
horas que me acercaban a estos momentos! Y ahora que estás conmigo, ahora
que te amo, que hablamos del amor y de la belleza del mundo, de los pesares de
sus criaturas, ¿quieres dejarme solo en esta ciudad tan triste, tan lentamente
triste?"
No respondí a sus palabras sino con un gesto de rabia. Pero cuando me
adelanté para irme sentí su brazo aferrarme con violencia y escuché de nuevo
su voz que me decía sollozando:
"No, tú no partirás. ¡No te dejaré partir! Soy tan feliz ahora de poder
hablar a alguien que puede comprenderme, a alguien que todavía tiene un
corazón, ardiente, que viene de las ciudades de los vivos, que puede escuchar
todos mis gemidos y acoger mis confesiones. ¡No, tú no partirás, no podrás
partir! ¡No permitiré que te vayas!"Tampoco esta vez respondí y todo el día
permanecí con él sin hablar. Él me miraba en silencio y me seguía siempre.
Al día siguiente me preparé para irme pero él se plantó ante la puerta y
no me dejó salir hasta que no le hube prometido que me quedaría con él
durante todo el día.Así pasaron todavía cuatro días. Yo intentaba eludirlo, pero
él me perseguía constantemente, aburriéndome con sus lamentaciones e
impidiéndome, aun por la fuerza, abandonar la ciudad. Mi odio mi
desesperación crecían de hora en hora. Finalmente, al quinto día, viendo que no
podía liberarme de su celosa vigilancia, pensé que sólo me quedaba un medio y
salí resueltamente de casa seguido de su lamentable sombra.
También aquel día anduvimos por el estéril jardín donde tantas horas
había pasado yo con su alma, y nos aproximamos, también aquel día, al
estanque muerto cubierto de hojas muertas. También aquel día nos sentamos
sobre las falsas rocas y separamos con la mano las hojas para contemplar
nuestras imágenes. Cuando nuestros dos rostros aparecieron juntos sobre el
espejo sombrío del agua, me volví rápidamente, aferré a mi yo pasado por los
hombros y lo arrojé de cara al agua, en el sitio donde aparecía su imagen.
Empujé su cabeza bajo la superficie y la sostuve quieta con toda la energía de
mi odio exasperado. Él intentó resistirse; sus piernas se agitaron violentamente
pero su cabeza permaneció bajo el remolino trémulo del estanque. Después de
algunos instantes sentí que su cuerpo se aflojaba y debilitaba. Entonces lo solté
y cayó aún más abajo, hacia el fondo del agua. Mi odioso yo pasado, mi ridículo
y estúpido yo de otros años había muerto para siempre. Abandoné con calma el
jardín y la ciudad. Nadie me molestó jamás por este hecho. Y vivo ahora
todavía en el mundo, en las grandes ciudades de la costa, y me parece que me
falta algo cuyo preciso recuerdo no poseo. Cuando me asalta la alegría con sus
tontas risas pienso que soy el único hombre que ha matado a su yo y que vive
todavía. Pero esto no es suficiente para que permanezca serio.
El Día no Restituido
Conozco muchas viejas y hermosas princesas pero solamente a aquellas
que son tan pobres que apenas tienen una pequeña mucama vestida de negro y
que están reducidas a vivir en alguna degradada villa toscana, una de esas
escondidas villas donde dos cipreses polvorientos montan guardia junto a un
portal de rejas murado.
Si encontráis a alguna en el salón de una condesa viuda y fuera de moda
llamadla Alteza y habladle en francés, ese francés internacional, clásico, inco-
loro que podéis aprender en los Cantes Moraux del abate Marmontel; el francés,
en fin, de las gens de qualité. Mis princesas responderán casi siempre y luego que
hayáis penetrado en sus pobres almas —pequeñas y llenas de polvo y de quin-
callería, como oratorios de fines del siglo XVII— os daréis cuenta de que la vida
puede ser aceptada y que nuestra madre no ha sido tan necia como parecía
poniéndonos en el mundo. ¡Qué secretos extraordinarios me han susurrado mis
hermosas y viejas princesas! Ellas adoran los polvos faciales pero quizás todavía
más la conversación y aunque todas sean alemanas —una sola es rusa, pero por
azar— su delicioso francés anden régime algunas veces me regala emociones de
ningún modo ordinarias, y en ciertos momentos mi corazón se conmueve y
siento casi ganas —lo confieso— de llorar como un estúpido enamorado. Una
noche, no demasiado tarde, en el salón de una villa toscana, sentado sobre un
sillón de estilo Imperio ante la mesa donde me habían ofrecido un té
excesivamente aguado, yo callaba junto a la más vieja y la más bella de mis
princesas. Vestida de negro, su rostro estaba rodeado de un velo negro y sus
cabellos, que yo sabía blancos y siempre algo rizados, se hallaban cubiertos por
un sombrero negro. Parecía que a su alrededor flotase como una aureola de
oscuridad. Esto me agradaba y me esforzaba en creer que aquella mujer fuera
solamente una aparición provocada por mi voluntad. El hecho no era difícil
porque la habitación se hallaba casi en tinieblas y la única vela encendida
iluminaba únicamente y débilmente su rostro empolvado. Todo el resto se
confundía con la oscuridad de modo que yo podía creer que tenía ante mí
solamente a una cabeza pensil, una cabeza separada del cuerpo y suspendida
cerca de mí a un metro del pavimento.
Pero la Princesa comenzó a hablar y toda otra fantasía era imposible en
ese momento. —Ecoutez done, monsieur —me decía— ce qui m'arriva il y a
quarante ans, quand j'étais encoré assez jeune pour avoir le droit de paraítre
folie.1 Y continuó con su grácil voz narrándome una de sus innumerables
historias de amor: un general francés se había dedicado a ser actor por amor a
ella y había sido asesinado de noche por un payaso borracho.
Pero ya conocía yo ese estilo suyo de imaginación y quería otra cosa
mucho más extraña, más lejana, más inverosímil. La Princesa quiso ser gentil
hasta el final:
"Me obliga usted —dijo— a narrarle el último secreto que me queda y
que ha permanecido siempre secreto justamente porque es más inverosímil que
todos los otros. Pero sé que debo morir dentro de algunos meses, antes de que
termine el invierno, y no estoy segura de hallar otro hombre que se interese
como usted por las cosas absurdas... "Este secreto mío empezó cuando tenía
veintidós años. En esa época yo era la más graciosa princesa de Viena y todavía
no había matado a mi primer marido. Esto ocurrió dos años más tarde, cuando
me enamoré de... Pero usted ya conoce la historia. Passons! Sucedió, pues, que
cuando llegaba al término de mis veintiún años recibí la visita de un viejo señor,
condecorado y afeitado, quien me solicitó una breve entrevista secreta. No bien
estuvimos solos, me dijo: “Tengo una hija que amo inmensamente y que está
muy enferma. Tengo necesidad de volverla a la vida y a la salud y para ello
estoy buscando años juveniles para comprar o tomar en préstamo. Si usted
quisiera darme uno de sus años se lo devolveré poco a poco, día a día, antes de
que termine su vida. Cuando haya cumplido los veintidós años, en vez de pasar
al vigésimo tercero usted envejecerá un año y entrará en el vigésimo cuarto.”
"Es usted todavía muy joven y casi ni se dará cuenta del salto, pero yo le
devolveré hasta el último de los trescientos sesenta y cinco días, de a dos o tres
por vez, y cuando sea vieja podrá recuperar a su voluntad las horas de
auténtica juventud, con imprevistos retornos de salud y de belleza. No crea
usted que habla con un bromista o con un demonio. Soy simplemente un pobre
padre que ha rogado tanto al Señor que le ha sido concedido hacer lo que para
los demás es imposible. Con gran trabajo he cosechado ya tres años pero tengo
necesidad de tener todavía muchos más.
¡Déme uno de los suyos y no se arrepentirá nunca!
“En esa época estaba habituada ya a las aventuras curiosas y en el
mundo en que vivía nada era considerado imposible. Por lo tanto, consentí en
realizar el singular préstamo y pocos días después envejecí un año más. Casi
nadie se dio cuenta y hasta los cuarenta años viví alegremente mi vida sin
acudir al año que había dado en depósito y que debía serme restituido.”
"El viejo señor me había dejado su dirección junto con el contrato y me
solicitó que le avisara por lo menos un mes antes acerca del día o la semana en
que yo deseara disfrutar de la juventud, prometiéndome que recibiría lo que
pidiese en el momento fijado.
"Después de cumplir mis cuarenta años, cuando mi belleza estaba por
ajarse, me retiré a uno de los pocos castillos que le habían quedado a mi familia
y no fui a Viena más que dos o tres veces por año. Escribía con la debida
anticipación a mi deudor y luego participaba de los bailes de la Corte, en los
salones de la capital, joven y hermosa como debía ser a los veintitrés años,
maravillando a todos los que habían conocido a mi belleza en decadencia. ¡Qué
curiosas eran las vigilias de mis reapariciones! La noche anterior me adormecía
cansada y fanee como siempre y por la mañana me levantaba alegre y ligera
como un pájaro que hubiese aprendido a volar hacía poco, y corría a mirarme
en el espejo. Las arrugas habían desaparecido, mi cuerpo estaba fresco y suave,
los cabellos habían vuelto a ser totalmente rubios y los labios eran rojos, tan
rojos que yo misma los habría besado con furor. En Viena los galanteadores se
apiñaban a mi alrededor, gritaban maravillas, me acusaban de hechicería y, en
el fondo, no entendían nada. Poco antes de vencer el período de juventud que
había solicitado, subía a mi carroza y volvía furiosa al castillo, en donde
rehusaba recibir a nadie. Una vez un joven conde bohemío que se había
enamorado terriblemente de mí durante una de mis visitas a Viena logró entrar,
no sé cómo, a mi departamento y estuvo a punto de morir del estupor al ver
cuánto me parecía a su adorada pero también cuánto más fea y más vieja era
que aquella que lo había embriagado en las calles de Viena.
"Nadie, desde entonces, logró forzar mi voluntaria clausura,
interrumpida sólo por la extraña alegría y la profunda melancolía de las raras
pausas de juventud en el curso lamentable de mi continua decadencia. ¿Puede
imaginarse aquella fantástica vida de largos meses de vejez solitaria separados
cada tanto por los fuegos fugitivos de unos pocos días de belleza y de pasión?
"Al principio esos trescientos sesenta y cinco días me parecían inagotables y no
imaginaba que pudieran terminar alguna vez. Por eso fui demasiado pródiga
con mi reserva y escribí muy a menudo al misterioso Deudor de Vida. Pero éste
es un hombre terriblemente exacto. Una vez fui a su casa y vi sus libros de
cuentas. Yo no soy la única con la que hizo contratos de ese género y sé que
contabiliza muy cuidadosamente la disminución de sus entregas. Vi también a
su hija: una palidísima mujer sentada sobre una terraza llena de flores.
"Nunca he podido saber de dónde saca la vida que restituye tan
puntualmente, en cuotas de días, pero tengo motivos para creer que recurre a
nuevas deudas. ¿Cuáles serán las mujeres que le han dado los días que me
restituye a mí? Quisiera conocer a algunas de ellas pero por más que le haya
hecho hábiles preguntas muy a menudo nunca he tenido la suerte de
descubrirlas... \/ais, peut éíre, elles ne seraient pas si étranges que je crois... "De
todos modos ese hombre es extraordinariamente interesante, lo que no le
impide hacer bien sus cuentas. Usted no puede imaginar qué espantosa se
volvió mi vida cuando me anunció, con la calma de un banquero, que no
quedaban a mi disposición sino once días solamente. Durante todo ese año no
le escribí y por un momento tuve la tentación de regalárselos y de no
atormentarme más. ¿Comprende usted la razón, no es cierto? Cada vez que yo
me volvía joven, el momento del despertar era siempre más doloroso porque la
diferencia entre mi estado normal y mis veintitrés años se hacía, con la edad,
mucho más grande. "Por otra parte, era imposible resistir. ¿Cómo puede usted
pensar que una pobre vieja solitaria rechace cada tanto una jornada o dos o tres
de belleza y de amor, de gracia y de alegría? ¡Ser amada por un día, deseada
por una hora, feliz por un momento! Vous étes trop jeune pour com-prendre tout
mon ravissement!
"Pero los días están por acabarse; mi crédito va a concluir por la
eternidad. Piense: ¡me queda solamente un día para disfrutar! Después, seré
definitivamente vieja y estaré consagrada a la muerte. ¡Un día de luz y luego la
oscuridad para siempre! Medite bien, se lo ruego, en la imprevista tragedia de
mi vida. Antes de solicitar este día...
"¿Pero cuándo lo pediré? ¿Qué haré con él? Hace tres años que no vuelvo
a ser joven y en Viena casi nadie me recuerda ya y toda mi belleza parecería
espectral. Y sin embargo, siento necesidad de un amante, un amante sin
escrúpulos y lleno de fuego. Tengo necesidad de que todo mi cuerpo sea
acariciado una vez más. Esta cara rugosa se volverá de nuevo fresca y rosada y
mis labios darán, por la vez última, la voluptuosidad. ¡Pobres labios, blancos y
agrietados! Todavía quieren ser por un día más rojos y cálidos, por un solo día,
para un último amante, para una última boca!
"Pero no llego a decidirme. No tengo el valor para gastar la última
monedita de verdadera vida que me queda y no sé cómo hacerlo y tengo un
loco deseo de gastarla..."
¡Pobre y querida Princesa! Unos momentos antes había levantado su velo
y las lágrimas abrieron surcos sutiles en el polvo del rostro. En ese momento los
sollozos, aunque aristocráticamente contenidos, le impidieron continuar.
Experimenté entonces un gran deseo de consolar a todo costo a la deliciosa vieja
y caí a sus pies —al pie de una princesa arrugada y vestida de negro— y le dije
que la hubiera amado más que cualquier caballero loco y le rogué, con las más
dulces palabsas, que!me concediera a mí, a mí solo, el último día de su bella
juventud.
No recuerdo precisamente todo lo que le dije pero mi actitud y mis
palabras la conmovieron profundamente y me prometió, con algunas frases
algo teatrales, que sería su último amante, durante un solo día, dentro de un
mes. Me dio una cita para cierta fecha en la misma villa y me despedí muy
perturbado, luego de haberle besado las magras y blancas manos.
Mientras regresaba a la ciudad, ya de noche, la luna no totalmente llena
me miraba insistentemente con aire piadoso, pero pensaba demasiado en la
bella princesa para tomarla en serio. Ese mes fue muy largo, el mes más largo
de mi vida. Había prometido a mi futura amante que no la volvería a ver hasta
el día fijado y mantuve mi galante compromiso. A pesar de todo, el día llegó y
fue el más largo de aquel larguísimo mes. Pero llegó también la noche y luego
de haberme elegantemente vestido fui hacia la villa con el corazón estremecido
y el paso inseguro. Vi desde lejos las ventanas iluminadas como no las había
visto nunca y al acercarme hallé la puerta de hierro abierta y el balcón lleno de
flores. Entré en la residencia y fui introducido en un salón donde ardían todas
las antorchas de dos fantásticas arañas.
Me dijeron que esperara y esperé. Nadie venía. Toda la casa estaba
silenciosa. Las luces ardían y las flores perfumaban para la soledad. Después de
una hora de agitada expectativa, no pude contenerme y pasé al comedor. Sobre
la mesa estaban preparados dos cubiertos y flores y frutas en gran cantidad.
Pasé a un pequeño salón, suavemente iluminado y desierto. Finalmente llegué a
una puerta que yo sabía era la del dormitorio de la Princesa. Di dos o tres
golpes, pero no tuve respuesta. Entonces me hice de coraje pensando que un
amante puede olvidar la etiqueta y abrí la puerta, deteniéndome en el umbral.
La habitación estaba llena de suntuosos vestidos tirados por todas partes como
en el furor de un saqueo. Cuatro candelabros esparcían alrededor una luz
alegre. La Princesa estaba echada en un sillón frente al espejo, ataviada con uno
de los más espléndidos vestidos que yo jamás viera. La llamé y no contestó.
Me acerqué, la toqué y no hizo el menor movimiento.
Me di cuenta entonces que su rostro estaba como siempre lo había visto,
pequeño y blanco y algo más triste que de costumbre y un poco asustado.
Posé una mano sobre su boca y no sentí respiración alguna; la coloqué
sobre su pecho y no sentí ningún latido. La pobre Princesa estaba muerta; había
muerto dulcemente de improviso mientras acechaba ante el espejo el retorno de
su belleza. Una carta que hallé en el piso, junto a ella, me explicó el misterio de
su inesperado fin. Contenía unas pocas líneas de escritura vertical y marcial, y
decía:
"Gentil Princesa: Me duele sinceramente no poder restituiros el último
día de juventud que os debo. No logro ya encontrar mujeres lo suficientemente
inteligentes para creer en mi increíble promesa y mi hija se halla en peligro.
Realizaré todavía nuevas tentativas y os comunicaré los resultados,
porque es mi más vivo deseo satisfaceros hasta lo último. Consideradme, ilustre
Princesa, vuestro devotísimo..."
1
En francés en el original: "Escuche, pues, señor, lo que me ocurrió hace
cuarenta años, cuando yo era todavía demasiado joven para tener el derecho de
parecer loca".
FIN
El Mendigo de Almas
Había gastado, en las primeras horas de la noche, los últimos cinco
céntimos que me quedaban para un café sin que la habitual bebida me hubiese
dado la inspiración que buscaba y de la cual tenía urgente necesidad. En
aquellos tiempos padecía casi siempre de hambre, hambre de pan y de gloria, y
ningún padre ni hermano existían para mí en el mundo. El director de una
revista -un hombrón pálido y taciturno- aceptaba mis cuentos cuando no tenía
nada mejor que publicar y me daba cada vez cincuenta liras, ni más ni menos,
cualesquiera fuesen el valor y la extensión de lo que le llevaba. En aquella noche
de enero el espacio estaba lleno de viento y de campanas; de un viento nervioso
y gruñón y de campanas horriblemente monótonas. Había entrado en el gran
café (luz blanca, caras soñolientas) y había vaciado lentamente mi taza,
esforzándome por despertar en mi cerebro la reminiscencia de alguna curiosa
aventura, obstinándome en aguijonear mi imaginación para que creara una
historia cualquiera que me diese de vivir por algunos días. Tenía necesidad de
escribir un cuento esa noche misma para llevárselo a la mañana siguiente al
director, quien me anticiparía lo suficiente como para poder comer hasta
saciarme. Por lo tanto, me hallaba dolorosamente atento al río de mis
pensamientos, pronto a saltar sobre la primera idea, la imagen inicial que se
prestara a llenar el montoncito de hojas blancas ya numeradas dispuesto ante
mí. Pasaron así cuatro horas y cuarto de inútil y nerviosa espera. Mi alma
estaba vacía, mi imaginación lenta, mi cerebro cansado. Renuncié: puse sobre la
mesa las últimas monedas y salí. No bien estuve afuera, una frase imprevista se
apoderó de mi mente -una frase que había escuchado repetir muchas veces y
cuyo autor no recordaba. "Si un hombre cualquiera, incluso el más simple,
supiese narrar su vida entera construiría una de las más grandes novelas que se
hayan escrito nunca." Durante cerca de diez minutos esta frase ocupó y dominó
mi mente sin que yo fuera capaz de extraer de ella ninguna consecuencia. Pero
cuando estuve cerca de casa me detuve y de improviso me pregunté: "¿Por qué
no hacer esto? ¿Por qué no contar la vida de un hombre cualquiera, un hombre
verdadero, del primer hombre común con que tropiece? Yo no soy un hombre
común y, por otra parte, he contado mi vida tantas veces en mis cuentos que no
sabría que cosa nueva agregar. Es necesario que yo encuentre ahora,
inmediatamente, a un hombre cualquiera, alguien que no conozca, un hombre
normal, y que lo fuerce a decirme quién es y qué ha hecho.
¡Esta noche tengo absolutamente necesidad de una vida humana! ¡No
quiero pedir a nadie una limosna en dinero pero pediré y exigiré por la fuerza
una limosna biográfica!" Este proyecto era tan simple y singular que decidí
ejecutarlo en seguida. Volví la espalda a mi casa y me dirigí hacia el centro de la
ciudad, donde en esa hora tardía aún podría encontrar hombres. Y así marché,
nuevo y extraño mendigo, en busca de la víctima que usufructaría. Caminé
rápidamente, mirando hacia adelante, clavando la mirada en el rostro de los
transeúntes y tratando de elegir bien a quien debía saciar mi hambre. Como un
ladrón nocturno o un agresor ratero me situé al acecho en una encrucijada y
esperé el paso de un hombre cualquiera, el hombre común a quien implorar la
caridad de una confesión.
Al primero que pasó bajo el farol -estaba solo y me pareció de mediana
edad- no quise detenerlo porque su cara surcada por extrañas arrugas era
demasiado interesante y yo quería realizar la experiencia en las condiciones
menos favorables. Pasó también un jovencito envuelto en un gabán pero sus
cabellos revoloteantes y sus ojos de mascador de hashish me detuvieron porque
adiviné en él a un soñador, un fantasioso, un alma no suficientemente usual y
común.
El tercero que pasó, viejo y completamente lampiño, canturreaba para sí,
con inflexiones melancólicas, un motivo popular español que debía recordarle
toda una vida plena de sol y de amor, una vida dorada, báquica, meridional.
Tampoco él me servía y no lo detuve.
Yo mismo no sé recordar con exactitud mi exasperación de esos
momentos.
Imaginen a este singular bandolero mendicante, hambriento, excitado,
que espera en una encrucijada a un hombre que no conoce, que desea escuchar
una vida que ignora, que arde en el deseo de arrojarse sobre una presa
desconocida. Y como por un absurdo y despectivo azar los hombres que pasan
no son los que él busca: son hombres que llevan en la cara los signos de su
originalidad y de su vida fuera de lo ordinario. ¡Cuánto había dado en esos
instantes para ver ante mí a uno de aquellos innumerables filisteos de rostros
rosados y tranquilos como los de los cerdos jóvenes que me habían provocado
náuseas o divertido tantas veces! En esa época yo era empecinado y animoso y
esperé todavía bajo el farol que a ratos se oscurecía o resplandecía según los
vaivenes del viento. Las calles estaban ya desiertas a esa hora y el viento había
alejado a los noctámbulos. Sólo algunas sombras presurosas animaban la
ciudad. Una de ellas pasó finalmente bajo el farol donde esperaba e
inmediatamente vi que me servía. Era un hombre ni joven ni viejo, ni
demasiado buen mozo ni desagradable de rostro, de ojos calmos, bigotes bien
rizados y cubierto de un pesado gabán en buen estado.
No bien pasó a mi lado di algunos pasos y lo detuve. El hombre se echó
hacia atrás del susto y levantó un brazo como para defenderse pero lo calmé en
seguida: -No tema usted nada, señor- le dije con mi voz más suave -; no soy ni
un asesino ni un ladrón ni tampoco un mendigo. Un mendigo, en realidad, sí,
pero no pido monedas. No le pediré más que una cosa, y una cosa que no le
costará nada: el relato de su vida.
El hombre abrió desmesuradamente sus ojos y nuevamente se echó hacia
atrás.
Advertí que me creía loco y por eso continué con la mayor calma: -No
soy lo que usted cree, no estoy loco. Soy solamente algo parecido, o sea un
escritor.
Debo escribir para mañana un cuento y este cuento me salvará del
hambre y quiero que me diga quién es y cuál ha sido su vida hasta ahora para
que con ella pueda tener el argumento de mi relato. Tengo una total necesidad
de usted, de su confesión, de su vida. No me niegue esta gracia, no rehúse
ayudar a un miserable. ¡Usted es lo que yo buscaba y con la materia que me dé
quizás escriba mi obra maestra!
Al oír estas palabras el hombre pareció conmoverse y no me miró ya con
miedo, sino más bien con piedad.
-Si mi vida le es tan necesaria- dijo -, no tengo ninguna dificultad en
contársela, tanto más que es de una simpleza absoluta. Nací hace treinta y cinco
años de padres acomodados, honestos y bien pensantes. Mi padre era
empleado, mi madre tenía una pequeña renta. Fui hijo único y a los seis años
comencé a ir a la escuela. A los once completé los estudios primarios sin que
hubiese estudiado mucho o poco. A esa edad ingresé en la escuela preparatoria,
a los dieciséis en el liceo, a los diecinueve en la universidad, a los veinticuatro
me gradué, siempre sin dar pruebas de inteligencia demasiado brillante o de
necedad irremediable. Cuando obtuve el título mi padre me consiguió un
empleo en el ferrocarril y me presentó a mi prometida. El empleo me absorbe
ocho horas diarias y no requiere más que un poco de memoria y de paciencia.
Cada seis años mi sueldo aumenta automáticamente en doscientas liras. Sé que
a los 64 años tendré una jubilación de 3453 liras y 62 centavos.
Mi prometida me convenía y me casé con ella al año. Nunca hubo entre
nosotros inútiles sentimentalismos. Iba a visitarla tres veces por semana y dos
veces al año -para su cumpleaños y en Navidad- le llevaba sendos regalos y le
daba dos besos. De ella he tenido dos hijos: un varón y una niña. El varón tiene
diez años y será ingeniero; la niña tiene nueve y será maestra. Vivo tranquilo,
sin sobresaltos y sin mareos. Me levanto todas las mañanas a las ocho y a las
nueve, por la noche, voy a un café donde hablo de la lluvia y de la nieve, de la
guerra y del gobierno con cuatro compañeros de la oficina. Y ahora que le he
contestado, déjeme irme porque han pasado diez minutos de la hora en que
debo regresar a casa.
Y dicho esto, con gran calma el hombre hizo ademán de irse. Quedé por
un momento perturbado por el miedo. Aquella vida monótona, común, regular,
prevista, medida, vacía me llenó de una tristeza tan aguda, de un temor tan
intenso que casi estuve a punto de romper en llanto y escapar. Y sin embargo,
me demoré todavía. "¡He aquí -me dije- el famoso hombre normal y común en
nombre del cual los médicos austeros nos desprecian y nos condenan como
dementes y degenerados! Aquí está el hombre modelo, el hombre tipo, el
verdadero héroe de nuestros días, la pequeña rueda de la gran máquina, la
piedrecita de la gran muralla; el hombre que no se nutre de sueños malsanos ni
de locas fantasías. Este hombre que yo creía imposible, inexistente, imaginario
está ante mí, medroso y terrible en la inconsciencia de su incolora felicidad."
Pero el hombre no esperó al término de mis pensamientos y se adelantó para
irse. Todavía aterrorizado, pero con obstinación lo seguí y le pregunté:
-En verdad, ¿no hay nada más en su vida? ¿Nunca le sucedió nada?
¿Ninguno ha tratado de matarlo? ¿Su mujer no lo ha traicionado? ¿Sus
jefes no lo han perseguido?
-Nada de eso me ha ocurrido- respondió con una cortesía algo molesta -;
nada de lo que me dice. Mi vida ha transcurrido en calma, igual, regular, sin
demasiadas alegrías, sin grandes dolores, sin aventuras...
-¿Sin ninguna aventura, señor -lo interrumpí-; por lo menos una? Trate
de recordar bien, busque en su memoria; no puedo creer que no le haya
sucedido nada, nunca, siquiera una sola vez. ¡Su vida sería verdaderamente
demasiado horrible!
-Le aseguro que no he tenido nunca ninguna aventura- respondió el
Hombre Común con un esfuerzo extremo de gentileza-, por lo menos hasta esta
noche. Mi encuentro con usted, señor novelista, ha sido mi primer aventura. Si
tiene necesidad de ella, cuéntela.
Y sin darme tiempo para contestarle se fue tocándose ligeramente el ala
del sombrero. Yo permanecí todavía algunos momentos parado en ese lugar
como bajo la pesadilla de una cosa increíble. Volví por la mañana a mi cuarto y
no escribí el cuento. Desde esa noche no logro más reírme de los hombres
comunes.
Historia completamente absurda
Hace ya cuatro días, mientras me hallaba escribiendo con una ligera
irritación algunas de las páginas más falsas de mis memorias, oí golpear
levemente a la puerta pero no me levanté ni respondí. Los golpes eran
demasiado débiles y no me gusta tratar con tímidos.
Al día siguiente, a la misma hora, oí llamar nuevamente; esta vez los
golpes eran más fuertes y resueltos. Pero tampoco quise abrir ese día porque no
estimo absolutamente a quienes se corrigen demasiado pronto.
El día posterior, siempre a la misma hora, los golpes fueron repetidos en
tono violento y antes de que pudiese levantarme vi abrirse la puerta y
adelantarse la mediocre figura de un hombre bastante joven, con el rostro algo
encendido y la cabeza cubierta de cabellos rojos y crespos que se inclinaba
torpemente sin decir palabra. No bien encontró una silla se arrojó encima y
como yo permanecía de pie me indicó el sillón para que me sentara. Después de
obedecerlo, creí tener el derecho de preguntarle quién era y le rogué, con tono
nada cortés, que me indicara su nombre y la razón que lo había forzado a
invadir mi cuarto. Pero el hombre no se alteró y de inmediato me hizo
comprender que deseaba seguir siendo por el momento lo que hasta entonces
era para mi: un desconocido.
-El motivo que me trae ante usted -prosiguió sonriendo- se halla dentro
de mi cartera y se lo haré conocer enseguida.
En efecto, advertí que llevaba en la mano un maletín de cuero amarillo
sucio con guarniciones de latón gastado que abrió al momento extrayendo de él
un libro.
-Este libro -dijo poniéndome ante la vista el grueso volumen forrado de
papel náutico con grandes flores de rojo herrumbe- contiene una historia
imaginaria que he creado, inventado, redactado y copiado. No he escrito más
que esto en toda mi vida y me atrevo a creer que no le desagradará. Hasta ahora
no le conocía más que su nombradía y sólo hace unos pocos días una mujer que
lo ama me dijo que es usted uno de los pocos hombres que no se aterra de sí
mismo y el único que ha tenido el valor de aconsejar la muerte a muchos de sus
semejantes. A causa de esto he pensado leerle mi historia, que narra la vida de
un hombre fantástico al que le ocurren las más singulares e insólitas aventuras.
Cuando usted la haya escuchado me dirá que debo hacer. Si mi historia le
agrada, me prometerá hacerme célebre en el plazo de un año; si no le gusta me
mataré dentro de veinticuatro horas. Dígame si acepta estas condiciones y
comenzaré.
Comprendí que no podía hacer otra cosa que proseguir en esa actitud
pasiva que había mantenido hasta entonces y le indiqué, con un gesto que no
logró ser amable, que lo escucharía y haría todo lo que deseaba.
"¿Quien podrá ser -pensaba entre mí- la mujer que me ama y le habló de
mí a este hombre? Jamás he sabido que me amara una mujer y si ello hubiera
ocurrido no lo habría tolerado porque no hay situación más incómoda y
ridícula que la de los ídolos de un animal cualquiera..." Pero el desconocido me
arrancó de estos pensamientos con un zapateo poco elocuente pero claro. El
libro estaba abierto y mi atención era considerada necesaria.
El hombre comenzó la lectura. Las primeras palabras se me escaparon;
puse mayor atención en las siguientes. De pronto agucé el oído y sentí un breve
estremecimiento en la espalda. Diez o veinte segundos más tarde mi rostro
enrojeció; mis piernas se movieron nerviosamente; al cabe de otros diez
segundos me incorporé. El desconocido suspendió la lectura y me miró,
interrogándome humildemente con la mirada. Yo también lo miré del mismo
modo e incluso como suplicando, pero estaba demasiado aturdido para echarlo
y le dije simplemente, como cualquier idiota sociable:
-Continúe, se lo ruego.
La extraordinaria lectura continuó. No podía estarme quiero en el sillón
y los escalofríos recorrían no sólo mi espalda, sinó también la cabeza y el cuerpo
entero. Si hubiese visto mi cara en un espejo tal vez me hubiera reído y todo
habría pasado, ya que probablemente reflejaba un abyecto estupor y un furor
indeciso. Traté por un momento de no seguir oyendo las palabras del calmo
lector pero no logré sino confundirme más y escuché íntegra, palabra por
palabra, pausa tras pausa, la historia que el hombre leía con su cabeza roja
inclinada sobre el bien encuadernado volumen. ¿Que podía o debía hacer en tan
especialísima circunstancia? ¿Aferrar al maldito lector, morderlo y lanzarlo
fuera del cuarto como a un fantasma inoportuno?
¿Pero por qué debía hacer eso? Sin embargo, aquella lectura me producía
un fastidio inexpresable, una impresión penosísima de sueño absurdo y
desagradable sin esperanza de poder despertar. Creí por un momento que
caería en un furor convulsivo y vi en mi imaginación a un enfermero
uniformado de blanco que me ponía la camisa de fuerza con infinitas y
desmañadas precauciones.
Pero finalmente terminó la lectura. No recuerdo cuántas horas duró, pero
aún en medio de mi confusión noté que el lector tenía la voz ronca y la frente
húmeda de sudor. Una vez cerrado el libro y guardado en su maletín, el
desconocido me miró con ansiedad aunque su mirada no tenía ya la avidez del
comienzo. Mi abatimiento era tan grande que él mismo lo advirtió y su
admiración aumentó enormemente al ver que me restregaba un ojo y no sabía
que contestarle. Me parecía en ese momento que nunca más podría volver a
hablar y hasta las cosas más simples que me rodeaban se presentaron a mis ojos
tan extrañas y hostiles que casi tuve una sensación de repugnancia.
Todo esto parece demasiado vil y vergonzoso; pienso lo mismo y no
tengo indulgencia alguna para mi turbación. Pero el motivo de mi desequilibrio
era de mucho peso: la historia que aquel hombre había leído era la narración
detallada y completa de toda mi vida íntima interior y exterior. Durante aquel
lapso yo había escuchado la relación minuciosa, fiel, inexorable de todo lo que
había sentido, soñado y hecho desde que vine al mundo. Si un ser divino, lector
de corazones y testigo invisible, hubiese estado a mi lado desde mi nacimiento
y hubiera escrito lo que observó de mis pensamientos y de mis acciones, habría
redactado una historia perfectamente igual a la que el ignoto lector declaraba
imaginaria e inventada por él. Las cosas más pequeñas y secretas eran
recordadas y ni siquiera un sueño o un amor o una vileza oculta o un cálculo
innoble escaparon al escritor. El terrible libro contenía hasta sucesos o matices
de pensamiento que ya había olvidado y que recordaba solamente al
escucharlas.
Mi confusión y mi temor provenían de esta exactitud impecable y de esta
inquietante escrupulosidad. Jamás había visto a ese hombre; ese hombre
afirmaba no haberme visto nunca. Yo vivía muy solitario, en una ciudad a la
que nadie viene si no es forzado por el destino o la necesidad, y a ningún
amigo, si aun podía decir que los tenía, le había confiado nunca mis aventuras
de cazador furtivo, mis viajes de salteador de almas, mis ambiciones de
buscador de lo inverosímil. No había escrito nunca, ni para mí ni para los
demás, una relación completa y sincera de mi vida y justamente en aquellos
días estaba fabricando fingidas memorias para ocultarme a los hombres incluso
después de la muerte.
¿Quien, pues, podía haberle dicho a ese visitante todo lo que narraba sin
pudor y sin piedad en su odioso libro forrado de papel antiguo color
herrumbre? ¡Y él afirmaba que había inventado esa historia y me presentaba, a
mi, mi vida, mi vida entera, como una historia imaginaria!
Me hallaba terriblemente turbado y conmovido, pero de una cosa estaba
bien seguro: ese libro no debía ser divulgado entre los hombres. Aun cuando
debiera morir ese increíble infeliz autor y lector, yo no podía permitir que mi
vida fuese difundida y conocida en el mundo, entre todos mis impersonales
enemigos.
Esta decisión, que sentí firme y sólida en mi fuero íntimo, comenzó a
reanimarme levemente. El hombre continuaba mirándome con aire consternado
y casi suplicante. Habían transcurrido sólo dos minutos desde que terminó su
lectura y no parecía haber comprendido el motivo de mi turbación.
Finalmente, pude hablar.
-Discúlpeme, señor -le pregunté-. ¿Usted asegura que esta historia ha
sido verdaderamente inventada por usted?
-Precisamente -respondió el enigmático lector ya un poco tranquilizado-,
la he pensado e imaginado yo durante muchos años y cada tanto hice retoques
y cambios en la vida de mi héroe. Sin embargo, todo ello pertenece a mi
inventiva.
Sus palabras me incomodaban cada vez más, pero logré formular todavía
otra pregunta:
-Dígame, por favor: ¿está usted verdaderamente seguro de no haberme
conocido antes de ahora? ¿De no haber escuchado nunca narrar mi vida a
alguien que me conozca?
El desconocido no pudo contener una sonrisa asombrada al oír mis
palabras.
-Le he dicho ya -contestó- que hasta hace poco tiempo no conocía más
que su nombre y que solamente hace unos días supe que usted acostumbraba
aconsejar la muerte. Pero nada más conozco sobre usted.
Su condena estaba ya decidida y era necesario que no demorase en ser
ejecutada.
-¿Está siempre dispuesto -le pregunté con solemnidad- a mantener las
condiciones establecidas por usted mismo antes de comenzar la lectura?
-Sin ninguna duda -respondió con un ligero temblor en la voz-. No tengo
otras puertas a las que llamar y esta obra es mi vida entera. Siento que no
podría hacer ninguna otra cosa.
-Debo entonces decirle - agregué con la misma solemnidad, pero
atemperada por cierta melancolía- que su historia es estúpida, aburrida,
incoherente y abominable. Su héroe, como usted lo llama, no es sino un
malandrín aburrido que disgustará a cualquier lector refinado. No quiero ser
demasiado cruel agregándole todavía más detalles.
Comprobé que el hombre no aguardaba estas palabras y me dí cuenta de
que sus párpados se cerraron instantáneamente. Pero al mismo tiempo reconocí
que su poder sobre mí mismo era igual a su honestidad. De inmediato reabrió
los ojos y me miró sin temor y sin odio.
-¿Quiere acompañarme afuera? -me preguntó con voz demasiado dulce
para ser natural.
-Cómo no -respondí, y luego de ponerme el sombrero salimos de la casa
sin hablar. El desconocido llevaba siempre en la mano su maletín de cuero
amarillo y yo lo seguí delirante hasta la orilla del río que corría caudaloso y
resonante entre las negras murallas de piedra. Una vez que echó una mirada a
su alrededor y comprobó que no se hallaba nadie que tuviese aspecto de
salvador se volvió hacia mí diciendo:
-Perdóneme si mi lectura lo hartó. Creo que nunca más me tocará aburrir
a un ser viviente. Olvídese de mí no bien le sea posible.
Y estas fueron justamente sus últimas palabras, porque saltando
ágilmente el parapeto y con rápido empuje se arrojó al río con su maletín. Me
asomé para verlo una vez más pero el agua yo lo había recibido y cubierto. Una
niña tímida y rubia se había percatado del rápido suicidio pero no pareció
asombrarla demasiado y continuó su camino comiendo avellanas.
Volví a casa después de realizar algunas tentativas inútiles. Apenas entré
en mi cuarto me extendí sobre la cama y me adormecí son demasiado esfuerzo,
como abatido y quebrantado por lo inexplicable.
Esta mañana me desperté muy tarde y con una extraña impresión. Me
parece estar ya muerto y esperar solamente que vengan a sepultarme. He
tomado inmediatamente previsiones para mi funeral y fui personalmente a la
empresa de pompas fúnebres con el fin de que nada sea descuidado. A cada
momento espero que traigan el ataúd. Siento ya pertenecer a otro mundo y
todas las cosas que me circundan tienen un indecible aire de cosas pasadas,
concluidas, sin ningún interés para mí.
Un amigo me ha traído flores y le dije que podía esperar para ponerlas
sobre mi tumba. Me pareció que sonreía, pero los hombres sonríen siempre
cuando no comprenden nada.
Una Muerte Mental
De uno de los más recientes suicidios en los últimos años no se conocería
la verdadera historia si yo no tuviese el vicio de andar en busca de los raros con
la esperanza -casi siempre superflua- de hallarme con un grande.
Todos nosotros sabemos, qué defectuosas son las estadísticas -digo a
propósito defectuosas en él sentido de insuficientes. Aunque algunos
equilibrados vegetantes lamenten con cara de pavor el crecimiento continuo de
las muertes voluntarias, sé bien, por mi parte, que no todas son registradas.
Entre los enfermos y los aparentes asesinados, los suicidas menudean.
Constituyen, quizás, la mayoría. Algo me impulsa casi a decir que cada muerte
es voluntaria. Pero ¿cómo? ¿De qué manera? ¡Ay de mí! ¡De maneras comunes,
vulgares, vulgarísimas! Falta de sabiduría, falta de voluntad .-pocos son los que
prevén y pueden-: un arrojarse al encuentro del destino casi como pájaros
dentro de la serpiente o locos -en la hoguera. Hombres que no han querido vivir
y han preferido el breve presente al largo y cierto porvenir. Leopardi aprobaría:
pero quién puede negar que ésas, son vidas truncadas?.
El suicidio cuyo misterio he sabido no se parece a ninguno de los
conocidos hasta ahora. Ni la historia ni la crónica nos hablan de otro parecido o
igual.
Era difícil encontrar un medio no utilizado por ninguno. Todos los
expedientes menos obvios fueron descubiertos y utilizados: cada tanto los
diarios, hartos ya desde hace mucho de los habituales pistoletazos y los
cotidianos envenenamientos, exponen alguno, como variedad curiosa, para
hacer sonreír agradablemente al lector optimista. Y sin embargo él lo encontró y
lo practicó. Conocí al futuro suicida de una manera curiosa. (Debo advertir que
de las personas que me han sido presentadas habitualmente no extraje nunca
nada de extraordinario). Hurgaba una mañana en un quiosco ambulante de
libros viejos cuando cayó en mis manos el primer volumen de la traducción
francesa de Los demonios, de Dostoievsky. Lo habla leído hacía ya mucho
tiempo y varias veces; además, era el primer tomo solamente y no tenía, por
ello, ninguna intención de comprarlo. Pero sin saber cómo empecé a hojearlo e
instintivamente di en las páginas en las que el ingeniero Kiriloff expone con
tanta simpleza sus ideas sobre el suicidio. Había notado ya en los márgenes
marcas violentas de lápiz rojo pero aquí se hallaban incluso anotaciones.'
Estaban escritas con lápiz negro y eran borrosas. Sin embargo, las descifré. "Así
no. -Está bien: es necesario superar el temor de la muerte y por lo tanto
prepararse para ultimarnos, pero no ,así. -El suicidio con las manos: cosa de
carniceros. No se llega... -Tener presente la idea de mi método. ?Es necesario
negar, destruir la vida por sí mismo, poco a poco, no destrozar el cuerpo de
golpe: es estúpido..."
Estas pocas líneas, escritas a lo largo de los márgenes, excitaron mi
curiosidad como no me ocurría desde hacía mucho.
¿Quién podía ser el que habla escrito tales palabras? ¿Y cuál era su
método, su muerte sin morir? Seguí nerviosamente hojeando el volumen. Me
sorprendí: sobre la guarda inicial se hallaba: lo que estaba buscando: un sello
-uno de esos horribles sellos Violetas de uso comercial- con un nombre, un
apellido y una dirección.
Ottoné Kressler
Via delle Ruote, 25. 1º piso
Di unas monedas al librero y me fui de prisa a casa con el libro en el
bolsillo. No bien estuve en mi cuarto lo examiné detenidamente: había otras
notas pero no agregaban nada más extraño a los que ya había leído antes. Eran
suficientes aquellas, sin embargo, para que no tuviese paz, hasta que no hubiera
encontrado -al dueño del libro. ¿Pero habría sido él el autor de las notas? Y ese
nombre alemán del sello, ¿seria el del último dueño, y el del misterioso
glosador? Y si fuera él, viviría siempre en la misma casa?, por más conjeturas
que hiciera, no había otra solución que ir tras ese hilo -el único. No podía estar
como sobre ascuas. Retomé el libro y el sombrero y volví a salir.
En pocos minutos -tengo las piernas largas y la prisa de los nerviosos-
llegué al número veinticinco de Via delle Ruote.
Llamé a la portezuela sucia de la calle. Una puerta interior se abrió:
-¿Quién es?
Era una voz de niño. En efecto, una vez que, subí dos tramos de escalera,
vi en el vano a una muchachita pálida de delantal rojo y pies descalzos:
-¿A quién busca?
-¿Vive siempre aquí el señor Ottone Kressler?
La chica abrió los ojos y pensó.. Luego, de pronto:
-¡Mamá! ¡Mamá! Ven.
Se adelantó una mujercita de unos cuarenta años, rostro despectivo y
socia corno la hija. Me miró mal:
-¿Qué, deseaba?
Repetí el nombre. Advertí que mi pregunta no fe, producía placer
alguno.
-¿Lo conoce? -preguntó, recelosa.
-No lo conozco, pero tengo necesidad de verlo inmediatamente, por
negados.
La mujer estaba dudosa, pero predominó el temor,
-No vive más con nosotros El lo hizo tres meses que se fue.
-¿Y dónde está ahora?
-No lo sé.
-¿De veras? ¿Y no hay nadie que pueda saberlo?
-Intente con el vinero vecino y pregunte por Cechino El le recibía las
cartas.
Saludé y bajé, Había, a dos pasos de la casa, una de aquellas vinerías de
visillos rojos, color de sangre sucia y de vino malo, con un botellón pintado
sobre el cartel a la izquierda, Entre. ¡Qué tufo! Por suerte no había nadie, ni
siquiera un parroquiano al mostrador.
-¿No hay nadie aquí? -llamé en voz alta.
Oí en la penumbra del fondo un revolver de paja y de taburetes y vino a
mi encuentro una mujer con el rostro encendido que me miró de pies a cabeza
entre confusa y amenazante.
-¡Hay gente! -gritó sin aproximarse.
Detrás de ella surgió de entre las tinieblas un jovenzuelo rubio de
delantal azul turquí arrollado en torno de la cintura:
-¿Qué deseaba?
-Disculpe, ¿es usted Cecchino?
-Sí, soy yo,
-¿Conocía a un señor Ottone Kressler, que vivía acá al lado?
-Claro que sí. Pero se ha ido.
-¿Y dónde está?
Comprendí que tampoco él tenía deseo alguno de contestarme. Me miró
fijamente y luego me dijo en voz baja:
-Perdón, no es por nada, pero ¿qué se gana con eso? Porque, a decir
verdad, es un pobre desgraciado y ni siquiera él sabe lo que hace. Ha dejado
muchas deudas de poca monta entre los vecinos y me parecería un pecado
mandarle otro acreedor más. Nunca delaté a nadie, Dios mediante, y vivir, vivo
lo mismo...
-Se equivoca: no necesito nada de él. Antes bien, acaso pueda darle algo
y necesito verlo por un asunto muy importante... No lo he visto nunca hasta
ahora.
-Mire, no le hará mucho caso. ¡Si viera que tipo cómico es! Y parece como
si no recordara nada ni le importara nada de nada. A veces suele hablar de sí
mismo... Pero sin embargo es un buen muchacho y cuando tiene, no es estirado
como tantos.
-Escuche: me dijeron que usted sabe dónde vive ahora; dígamelo. Me
hará un bien a mi y también a él.
El jovencito me miró de nuevo fijamente; fuego, sea porque se persuadió
de que yo no era ni policía ni acreedor, sea porque le importase poco el secreto,
me dijo:
-Si no lo llevaron al hospital en estos días está en Via della Stufa Nº 2.
Agradecí y salí rápidamente.
De Via delle Ruote a Via della Stufa no hay mucha distancia y llegué sin
darme cuenta.
El número dos correspondía a uno de aquellos viejos palacios florentinos
de mil cuatrocientos o mil quinientos, con ventanales de arco redondo ornados
de sillares rústicos en piedra marmórea y con la galería ?¡tapiada!? en lo alto.
Algo descascarado y bastante sucio; ventanas semitapiadas, signos de
envilecimiento en todas partes.
Había un portero remendón que sin alzar la cabeza del zapato y sin gesto
alguno de sorpresa contestó a mi pregunta:
-En el último piso, a la derecha.
Subí la escalinata deshonrada por escupitajos y telarañas vez arriba,
llamé. Apareció otra chiquilla. El señor Kressler estaba en casa y me recibió en
el umbral de su cuarto. Quizás olvidaré al pasar de los años su figura, pero
hasta este momento la conservo nítida, intacta y profundamente grabada en mi
mente.
Ottone Kressler era, como me lo imaginaba, alto y enjuto. Su rostro
alargado y estrecho como si le hubiesen comprimido a la fuerza las mejillas
cuando niño parecía la caricatura de una aparición hoffmanniana. Orbitas
profundas, increíblemente profundas, con dos resplandores en el fondo; nariz
larga, curva, espiritual; boca sinuosa pero no de expresión femenina y
voluptuosa sino sarcástica y amarga; dientes caballunos; mentón casi en punta.
La cara, afeitada, era totalmente roja, pero no de ese rojo sano y natural que se
ve en la plenitud de las mejillas sino de un rojo oscuro, como de sangre
revuelta, que invadía todo hasta llegar al cuello. Estaba mal vestido y llevaba
un sobretodo gris apagado y un sombrerete en la cabeza como si estuviera por
salir.
Mi exaltación por verlo habla sido tan grande que no pensé en las
primeras palabras que le diría, en una excusa razonable de mi visita, Mientras
me aproximaba no sabía que decirle. La necesidad me decidió por la franqueza.
-¿Es usted el señor Kressler?
El joven indicó que sí. Necesitaría hablarle inmediatamente.
Me señaló su cuarto y entré. Era una habitación grande y casi vacía que
daba a los tejados. Sobre un largo cajón de embalaje estaba tirado un colchón y
sobre el colchón una alfombra y una almohada. No había sillas: sólo un sillón
de junco. Sobre la pared, suspendidas con cordeles, tablas cargadas de libros y
en un rincón un atril de música, grande y negro, y, por lo que pude apreciar, de
sólida y antigua fabricación. Kressler indicó el sillón y se sentó sobre el falso
lecho, mirándome silenciosamente a los ojos como si esperase de mí todo el
gasto de la conversación.
No perdí mi coraje: extraje del bolsillo el volumen de Dostoievski y se lo
alcancé.
-¿Es suyo este libro?
-Era mío hace un tiempo. Me lo llevaron con otros libros en la casa donde
vivía y vendieron todo para cobrarse. El segundo tomo lo tengo todavía. La
dueña era ignorante...
-¿Y esta nota marginal es suya? -agregué indicándole las líneas
manuscritas junto al párrafo de Kiriloff.
-Es mía. Pero ¿por qué?
El señor Kressler era muy tranquilo y parecía insensible a la
extravagancia de mi visita y de mis preguntas.
-Porque -lo interrumpí abruptamente-, por que he leído estas palabras y
vi en ellas la alusión a un método, a un método nuevo de muerte, a una muerte
sin manos, a un suicidio superior. Me ocupo mucho de esto y tengo algunas
ideas... Busco a todos aquellos que sienten la responsabilidad de la elección y no
se deciden a una salida por una puerta cualquiera. He venido para que me diga
si este método existe, si verdaderamente usted ha encontrado algo y si este algo
se realizará...
A medida que hablaba, mi oyente iba perdiendo algo de su calma. Desde
el fondo de las órbitas las pupilas se acercaban hacia mí y cada ojo salía de su
cuenca como un animal que se asoma a la boca de su cueva.
-Sí, sí... ¡Es así -exclamó- ¿Puede ser posible que alguien piense
seriamente en esto? ¡Y en Italia! ¿Usted vino a verme por el problema de la
verdadera muerte?
-Solamente por esto.
El señor Kressler se levantó. Parecía conmovido. Su mano buscó y
estrechó la mía. Tuve que decirle mi nombre. Vi reflejado en su rostro el deseo
de abrazarme.
-Podríamos conversar ahora -agregué-. Pero, ¿usted salía?
-No, de ningún modo. Estoy vestido siempre así, incluso en casa. No me
gusta desvestirme. Con mucho gusto podemos hablar ahora, en seguida,
cuando quiera. Le contaré todo, le diré lo que usted desea. Antes de morir, la
idea será suya. Transfusión y comunicación: no lo había pensado, no tenía a
nadie. ¡Tantas orejas, pero qué pocos cerebros! ¡Y luego, aquí! Quizás en
Alemania... Pero no puedo volver: ¡la miseria! ¡Mire esto!
Y me señalaba la estancia vacía, las vigas del cielo raso, los vidrios de las
ventanas rotos, emparchados con tiras de papel.
-¿Quiere saber mi historia? ¡Pero si mi historia comienza ahora! El primer
capítulo de mi vida será el último y el epitafio puede servir también como
título. Tengo apellido alemán: mi padre era bávaro; y .emigró a Italia. Pero mi
madre es italiana y vive todavía y no comprende nada -como todas las madres.
Hacía como de empleado o escribiente en un comercio de máquinas. Mi padre
era un hombre moderno, de la era industrial, y con algún toque a lo Bismarck.
Cretino, por lo demás, y empeorado por Goethe y el Chianti, al que se había
aficionado en los últimos años. Yo escribía, copiaba, sumaba y siempre estaba
en mi la idea de la vida. Historia vulgar: usted lo sabrá de memoria. ¿Qué es?
¿Por qué? ¿A dónde vamos? ¿Vale la pena vivir? etcétera, etcétera. Al
anochecer, en vez de salir, lela o preguntaba a todos los libros aquello que
ningún hombre decía. Quería la vida, la más grande y hermosa vida posible y
no la veía a mi alrededor, ni siquiera en aquellos que, según los demás, estaban
bien. Y los ideales de los filósofos no me persuadían. Traté de seguirlos, uno
tras otro, pero fue una carrera de esperanzas abofeteadas. Y sin embargo, sin un
punto de apoyo metafísico, racional, no sabía vivir. Me parecía ser más
despreciable que los perros que comen de limosna, pasean con bozal y orinan
en todas las esquinas. Dejé el empleo y como consecuencia debí separarme de
mi familia. Recorrí el mundo a pie, casi sin dinero; pedía hospitalidad o daba
lecciones donde podía. Fui arrestado dos veces pero liberado a los pocos días.
Llegué a Alemania: tenía nostalgia de la -patria desconocida. Caminaba poco
cada día. No bien encontraba un buen lugar me detenía y me tiraba sobre la
hierba, en los campos, sobre los bancos de piedra de las pequeñas ciudades
tranquilas. Llegaba la noche, surgían las estrellas, pensaba, dormía. Comía
poco; bebía en las fuentes, con la boca en los pozos o en las zanjas; dormía como
podía, en cabañas o en las casas de los pobres. Y pensaba, pensaba siempre.
Pensaba hasta durmiendo. Conocía o adivinaba todas las respuestas a esas
preguntas, y sin embargo la luz me llegó de otro, de un cura. Era un cura viejo
que encontré un día frente a una iglesia campesina Iba caminando al azar por el
prado con la cabeza inclinada y me vio tan cansado y triste que me saludó y
preguntó si quería. beber. Comenzamos a conversar. Le conté algunas de mis
dudas, de mis búsquedas, de mis inquietudes. Y entonces escuché las palabras
que despertaron de pronto mi mente:
"¿Pero no comprende que el sentido de la vida está en la muerte y
solamente en la muerte? ¡Sólo el que quiera morir, el que esté ya muerto en esta
vida desde ahora, sólo éste gozará y saboreará y conocerá la vida!"
"Quizás estas palabras eran el eco de algún lugar común ascético y
carentes, para él, de todo significado profundo. Quizás las extrajo de algún
breviario eclesiástico, de donde las habla copiado en el seminario, por su
apariencia de santa paradoja. No lo sé; para mi fueron el descubrimiento, la
iluminación, el principio de la nueva existencia.
"Esa misma noche, en la casa parroquial -adonde el cura me habla
invitado a comer y a dormir- las analicé y las trastoqué en todo sentido, las
iluminé con todas las luces de mi pensamiento y desenmarañé lo que podían
contener y más todavía. Hoy esas verdades me son de tal modo familiares que
no sé ya casi qué hacer con ellas y si ahora las recuerdo es para informarle a
usted: ¡pero entonces! Que el secreto de la vida se halle en la muerte era algo
que siempre había sospechado, pero en un sentido negativo y físico y al mismo
tiempo tan, arriesgadamente trascendental y fideístico que mi mente no había
querido analizarlo a ningún costo. Un pistoletazo: ¡bum! y luego la luz, la
grande, la eterna, la definitiva luz. ¡Puede ser! ¡Quizás! ¿Y si luego no fuese? El
príncipe Hamlet no era, por más que digan, un imbécil.
"Pero en las palabras del cura campesino habla algo más, no ya la
ruptura brutal e instantánea del cerebro, de la circulación, etcétera, para
hundirse en el mar esperanzado de las posibilidades sino la muerte en la vida,
la realización presente, actual, inmediata del estado de muerte en el estado de
vida.
"¿No comprende?"
Y el señor Kressler calló un momento mirándome desde el fondo de sus
cuencas iluminadas. No supe qué contestarle en ese instante y en la pausa de
silencio que siguió se ?oyó que la puerta se abría bruscamente. Apareció un
hombre bajo, lívido, en mangas de camisa -un hombre vulgarísimo que
inconteniblemente me evocó la imagen de un zapatero vicioso-, el que nos
contempló a los dos con arrogancia. No bien lo vio, Kressler se levantó, corrió
hacia él y salió cerrando la puerta detrás de sí. Inmediatamente estallaron gritos
y blasfemias y puñetazos sobre las mesas y ruidos de sillas arrojadas al suelo...
No comprendí una palabra: un confuso zumbar de rabia plebeya ocupaba
penosamente la casa. Luego de tres o cuatro minutos de silencio, Kressler volvió
a abrir la puerta y nuevamente se arrojó sobre el cajón. Tenía la cara algo más
pálida y de un largo arañazo sobre la frente, justo sobre la ceja izquierda,
descendían gruesas gotas de sangre oscura y densa. El extraño hombre tomó el
pañuelo, se lo apretó sobre la pequeña herida y murmuró como una excusa:
?Quieren echarme de cualquier manera... No tendrán que esperar
mucho...
Advertí que si yo no hubiese estado allí se habría echado a llorar.
Aquella escena imprevista y enigmática me había consternado: me levanté para
irme. Al notarlo, Kressler se levantó también y me tendió la mano. Olvidé en
ese momento mi preocupación y sin pedirlo más le dije dos o tres palabras de
despedida y salí.
Una vez lejos de la casa y de la calle miré a mi alrededor como si me
hubiera despertado entonces de un sueño. La noche se acercaba: todas las cosas
tenían ese aspecto espiritual e indeciso que sucede a la puesta del sol y las hace
parecer como iluminadas interiormente. Los comercios se volvían amarillos y
blancos bajo los últimos resplandores; en las calles todavía no oscurecidas las
sombras humanas corrían más veloces pero sin ruido. El profundo sentido de la
repetida e infinita inutilidad de todo esfuerzo, que vuelve al finalizar cada
muerte del sol como maldición del anochecer, penetraba quizás, hasta en el
ánimo de los carreteros silenciosos y de las muchachas furtivas. Caminaba lento
y pensativo, siempre avanzando, sin saber dónde detenerme, tratando de
recordar sus facciones y sus palabras como si las hubiese visto y escuchado
mucho tiempo antes. Pero todo me distraía: la mirada de una mujer, la
blasfemia de un muchacho, el cartel luminoso de un teatro. Y cada toque de
campana me hacía estremecer: y las memorias y las nostalgias oscilaban a porfía
pero fatigadas en la oscuridad tumultuosa de mi mente.
De improviso, sonó a mi lado una voz:
-Por aquí, por aquí. Estaremos más solos.
Me volví: era Kressler. Kressler, vestido tal como lo había hallado en su
casa, que me miraba como si nada hubiese ocurrido. Me tomó del brazo y lo
acompañé. Había salido tras de mí y me habla seguido. Marchábamos hacia el
río: al fondo del horizonte se vela aún una raya recta, casi blanca. Las llamas
amarillas en doble fila tremolaban a lo largo de la corriente tranquila.
Kressler retomó la palabra:
-Creo que usted ya lo ha comprendido.
Yo entendí todo inmediatamente, la primera noche. Observe que las
palabras del cura no hablan sino de un caso especial de una ley que yo creo y
estimo universal. ¡No solamente el secreto de la vida está en la muerte sino que
el secreto de la luz está en las tinieblas, el secreto del bien está en el mal, el
secreto de la verdad está en el error, el secreto del sí se encuentra en el no! Y
entonces, cada Fausto que desea vivir, cada alma ávida que quiere abrazar la
vida como se abraza a una amante para sentirla toda, para besarla toda, para
gozarla toda debe prepararse para morir, debe meterse dentro de la muerte. Si
nosotros logramos en algún momento, vivir intensamente es porque la vida es
un lento morir y porque cada voluntad es uno de los tantos estremecimientos y
estertores de esta larga agonía.
"Desde ese día yo decidí renunciar a la vida, hacerme un alma de muerto,
morir rápidamente. Pero no de pronto ni con medios externos y materiales. Ser
ya un cadáver antes que fuese necesario el sepelio- y suicidarse de modo que la
muerte parezca natural e involuntaria. He aquí mi descubrimiento: matarse con
la voluntad, con la propia alma y no con las armas, no con las manos, no con
venenos. Morir a fuerza de pensar en querer morir. Eso es lo que estoy
haciendo. Esto es lo que quería saber de mí. ¿Está contento?
Lo miré asombrado porque pronunció estas últimas palabras casi en un
tono de rabia despreciativa. Pero en seguida agregó:
"No se preocupe: la muerte todavía no está completa. La verdad es que el
suicidio como se practica hoy y se ha practicado siempre me produce repulsión.
Esa sangre de los cuchillos, esas contorsiones de los venenos, esos
descuartizamientos de las caídas, esos pistoletazos me han parecido siempre
algo bajo, brutal, carnicero, innoble. ¿Por qué destruir la obra maestra de
nuestro cuerpo con semejantes tajos brutales y anegar la nobleza del alma en
esas matanzas repugnantes? El alma lo puede todo, el alma es todo, la voluntad
es señora del mundo. Basta con querer morir, pero quererlo seriamente,
fuertemente, constantemente, y la muerte poco a poco se instala en nosotros y
nos penetra tan enteramente que un soplo solo, después, nos puede derribar. Y
querer, en este caso, significa no querer. Para vivir queremos continuamente y
para morir es necesario querer siempre menos y querer solamente no querer. La
vida entera está hecha de esfuerzos: no esforzándose más, por nada, de ninguna
manera, la vida se vacía y se desinfla por sí misma, y la aceptación del todo y la
renuncia del todo se equivalen, se funden, son una sola cosa. Difícil es querer
pero más difícil, sin parangón, es el no querer más. Aún no lo he logrado. Me
estoy matando cada día y cada hora pero de ?tanto en tanto, cuando menos lo
espero, el instinto demoniaco de la resistencia y el impulso loco del deseo
vuelven a salir a flote y me empujan hacia atrás, entre los vivos, entre todos.
"Pero, ahora estoy más cerca de la muerte, y por lo mismo, de la
felicidad, entre tantos que buscan en la vida lo que la vida no podrá dar nunca.
Apenas haya muerto, la vida volverá a cogerme como a su hijo preferido y no
me será negado nada de lo que el sol ilumina y colora. Y ahora, ya mismo,
saboreo de antemano estás alegrías. Para los demás, no significa nada -no como,
no leo, no me divierto, no amo, no juego, no gano dinero: estoy ya semimuerto.
Apenas si respiro y me muevo... Y ?sin embargo, no daría estos días por todas
las hermosas mujeres de Londres y todas las cajas fuertes de América, Lo que
para los otros es el cielo para mí es una ventana, y toda la tierra, con sus
océanos, es un peldaño sobre una torre y nada más, y en el silencio de la noche
las músicas que llegan a mi oído son más voluptuosamente dolorosas que las de
Chopin y más místicamente solemnes que las de Bach. Ninguna mujer puede
ser tan perfecta como aquella que me ama en mi pensamiento y que creo cada
día, de la cabeza a los pies, como el buen Dios de la Biblia, y todos los sistemas
y los conceptos de los profundos maníacos que usted y yo conocemos son aros
de papel y cometas sin hilo frente al dominio directo de la realidad fuera de las
rejas del espacio y de las horas del tiempo..."
Kressler calló de pronto, como antes, cuando el hombre amenazante
había aparecido en el vano de la puerta. Miró a su alrededor tratando de
escapar a mi mirada. Me pareció que se arrepentía de haberme hablado y que
casi se avergonzaba.
-Déme su dirección -agregó-; le avisaré cuando sea llegado el momento.
No venga más a visitarme.
Le di mi tarjeta y nos separamos fríamente. - No he visto nunca cara más
triste que la suya en aquel anochecer.
Durante cuatro meses no supe nada de él. Hace pocas semanas una
mujer vino a buscarme de parte suya.
-¿Qué pasa? -pregunté- ¿Está mal? ¿Se muere?
-Parece que sí.
Corrí a Via della Stufa. Lo hallé en una auténtica cama y entre las
sábanas. Una señora vieja estaba sentada junto a él y lo miraba. Habla
enflaquecido más pero el rojo oscuro del rostro no había sido cubierto por la
palidez final. Me acerqué al lecho.
-Yo tenía razón -me susurró en voz baja-; he logrado el descubrimiento.
La voluntad ha sido vencida. Estoy muerto ya. Dentro de pocas horas o pocos
días la última apariencia de vida cesará... Nadie me ha matado... Yo solo... sin
las manos... ¡Qué felicidad! Ninguna lengua humana podría decir.. estoy
muerto... yo mismo me he matado... basta con quererlo... -cualquiera puede
imitarme, usted sabe mi secreto... Este es el verdadero camino -el único...
La señora, en tanto Kressler hablaba, estaba inquieta: parecía que sufría
horriblemente por mi presencia.
Finalmente, no pudo resistir:
-¡Fuera de aquí -me gritó-; fuera de aquí, asesino.
Creo que estaba celosa de mí o quizás me creía uno de aquellos que,
según ella, habían hecho enloquecer y morir a su hijo. Kressler no intentó
desmentirla y entrecerró los ojos como si no quisiera saber más nada. No pensé
ni en discutir ni en persuadirla y salí de allí con el corazón trastornado.
Dos días más tarde Kressler moría en el sentido humano y científico de la
palabra. Detrás de la carroza fúnebre de segunda clase el coche de la madre se
bamboleaba cerrado y lento como un remordimiento.