Cambio Urbano: Hiperconcentración y Desarticulación
Cambio Urbano: Hiperconcentración y Desarticulación
Los procesos de Urbanización por los que atraviesan los distintos países parecen dejar atrás
o debilitan las explicaciones de la urbanización industrial –que inicia a finales del siglo XVIII
y declina en la segunda mitad del siglo XX, proceso documentado en la literatura
especializada desde los años setenta que a su vez arrancan años atrás. Ello ha sido
calificado como nueva fase también llamado cambio urbano.
El artículo tiene tres partes: la primera, aborda las distintas perspectivas de los procesos en
el territorio que sostienen el cambio urbano en contextos desarrollados; la segunda,
distingue aquellas tendencias globales de los procesos propios en América Latina, donde
dicha tendencia es una hipótesis en exploración y; la tercera, presenta reflexiones de cierre.
1
El New Urbanism norteamericano remite a tres tipos de prácticas: estilo estético, diseño urbano y forma de
urbanización (Ascher, 2004: 88).
que se suceden espacios con formas y funciones diversas, con mayores y menores
densidades habitacionales, cohesionados por diversos nodos o centralidades, pero que en
su totalidad participan de una u otra forma y a todos los efectos de la civilización y la cultura
urbanas. Todo lo cual no contradice la crisis de las grandes ciudades, los fenómenos de
dispersión, fragmentación, glocalización, más bien son los procesos que permiten explicar la
ya efectiva urbanización de todos los espacios sociales. Por tanto, lo que corresponde ahora
es la lectura global del territorio, analizar la ciudad en el campo y el campo en las ciudades.
c) Configuración morfológica descentrada. Un aspecto suficientemente documentado es el
cambio en la configuración morfológica que conlleva el aumento de escala y forma, pues las
principales transformaciones se reportan en las periferias urbanas pero a la vez más allá.
Según Capel (2003) uno de los rasgos más frecuentemente citados con referencia a la
urbanización actual es el que se refiere a la aparición de la “ciudad difusa”. Desde luego,
todo depende de la escala a que situemos la observación. A la escala pequeña, la de los
países y los continentes o el conjunto del mundo, puede decirse que la concentración
urbana continúa, y que actúan procesos circulares y acumulativos de reforzamiento de las
áreas urbanas ya existentes, los cuales desde hace medio milenio están obrando a favor de
las grandes ciudades, primero, y de las áreas metropolitanas más tarde. Pero si nos
situamos a otra escala las cosas cambian. A la escala municipal, metropolitana o regional es
evidente que existe una dispersión de la urbanización y la aparición de lo que podemos
coincidir en calificar como “ciudad difusa” y en la que ya se cuenta con documentación
especializada.
Las raíces de esta difusión o dispersión son varias, según Capel, hay elementos de
continuidad con los procesos de descentralización que se iniciaron en el siglo XIX, y a veces
incluso en el XVIII, reforzados por innovaciones técnicas (ferrocarril, telégrafo, teléfono,
tranvía, autobús) que permiten la localización periférica de unas actividades que
normalmente se situaban en el casco urbano. Se explica por la evolución de los
desplazamientos de población y de la industria del centro de la ciudad, posteriormente se
agrega el desplazamiento de la terciarización. Más reciente es el negocio de la construcción
de autopistas para el automóvil privado. A lo cual se han unido los cambios introducidos por
la transformación de los procesos productivos y las modificaciones en las formas de vida y
en los gustos, que valoran las localizaciones periféricas, en un momento en que los medios
de transporte lo permiten.
Ahora bien, cuando el crecimiento de las áreas periurbanas fue mayor que en las ciudades
centrales, se dijo que iniciaba otro aspecto del proceso de urbanización. Ello se empieza a
registrar en la década de los cuarenta primero en Estados Unidos y en ciudades de Europa,
hacia los años setenta el cambio urbano ya era un proceso en marcha. A finales de 1960 los
mapas de la extensión de las áreas de movimientos pendulares diarios en torno a las
grandes ciudades norteamericanas resultaban ya espectaculares, a la vez que se observaba
la difusión de la urbanización sobre los espacios intermetropolitanos, que hasta entonces
habían estado perdiendo población, lo que llevó a Berry a proponer el término de
“contraurbanización”. El mismo autor reconocía que “la escala y el patrón de crecimiento
urbano está siendo transformado continuamente y con creciente rapidez”, y que por ello era
preciso redefinir las áreas metropolitanas. Poco después en Europa se registró el mismo
proceso, que se llamó “la rurbanisation ou la ville éparpillée”. Ambos procesos fueron
paulatinamente documentados como nueva expresión en la realidad urbana. Luego de una
extensa documentación, Capel dice “Si algo esta claro es que se ha producido un profundo
cambio en la estructura urbana, que conduce a lo que simplificadamente podemos seguir
llamando ciudad difusa y a la aparición de formas de policentrismo (Capel 2000: 204).
En otra cuidadosa revisión bibliográfica, por su parte Ferrás (2007) escribe sobre la
aparición del un nuevo modelo de asentamiento humano, identificado por Berry. La
contraurbanización implica el movimiento demográfico y la desconcentración en las áreas
urbanas, el cual parece conformar un nuevo proceso de distribución espacial de la población
y la definición de un nuevo modelo de asentamiento de la población en el espacio. Esta tesis
es un paso adelante a la Teoría del Lugar Central, y del Rango- Tamaño, que se basaba en
una organización jerárquica de los asentamientos y la preeminencia demográfica y
económica, tanto absoluta como de flujos, de los asentamientos mayores. Lo que ahora se
tiene resulta en una diversidad social e incluso la aparición de nuevas clases sociales en el
campo y nuevas relaciones urbano-rurales. Con el examen a la bibliografía especializada en
contraurbanización, se afirma que dicho proceso se encuentra presente en la mayoría de las
sociedades del mundo occidental, tanto el Europa como en América, en países más
desarrollados, beneficiándose de ello determinadas áreas rurales que conocen un nuevo
período de desarrollo económico y de crecimiento demográfico luego de una fase obscura
de declive.
Para Ferrás, el nuevo proceso urbano-rural se encuentra relacionado con las nuevas formas
de urbanización difusa y representa la superación de la urbanización industrial. De manera
que la contraurbanización puede considerarse como una fase de evolución de las ciudades,
aunque no se sabe si es proceso transitorio o irreversible, por el momento contribuye a la
difusión de la urbanización del territorio y de la sociedad, pues implica difusión de valores,
hábitos, cultura, actividades económicas, entre otros, por el espacio, siendo los flujos de
toda naturaleza los agentes urbanizadores. La ciudad que emana de la contraurbanización
es la ciudad descentrada, dispersa y abierta. De manera específica, para algunas ciudades
de la Europa mediterránea, Indovina (1990 y 1998) propuso el concepto de “ciudad difusa”
para destacar la constatación de que han surgido importantes transformaciones del
fenómeno del asentamiento humano y que es necesario interpretar tales transformaciones
porque no se presentan como especie de prolongación de la fenomenología precedente,
sino porque lo hacen como una mutación de estado.
En esa línea de argumentación, Dematteis (1998) afirma que “con la periurbanización y la
„ciudad difusa" los modelos de suburbanización de tipo latino- mediterráneo y de tipo
anglosajón, que durante mucho tiempo han seguido caminos diferentes, tienden ahora a
converger en un modelo único común a toda Europa de „ciudad sin centro y de estructura
reticular, cuyos nodos (sistemas urbanos singulares) conservan y acentúan su identidad a
través de procesos innovadores de competición y cooperación”. Esto es, las ciudades ya no
se organizan nucleadas por una primacía nacional sino por la multiplicidad de pequeños y
grandes núcleos con organización abierta en el territorio.
Sin embargo, a contrapelo de la nostalgia por la historia urbana en algunos países de
Europa, Secchi (2001) manifiesta lo siguiente: “A diferencia de lo que habitualmente se
piensa, que los Estados Unidos son nuestro futuro y que Europa es el pasado de Estados
Unidos, las grandes estructuras comerciales de nuestros países no se están desarrollando
con grandes centros comerciales como los de Orlando o Minneapolis, esos grandes
shopping-hall americanos, sino que se está desarrollando con la formación de larguísimas
carretera - mercado”. Este autor apunta algunos componentes singulares: sobre las
carreteras se localizan grandes aparadores expositivos y espacios de venta; también es muy
evidente la urbanización continua a lo largo de las carreteras (strada - corredor
aproximadamente del siglo XIX ), es una urbanización a modo de filamento que da lugar a
un modo de habitar, a un modo de vida completamente diferente; y la aparición de
“enclaves” o ”ciudad fortaleza”, se trata de pequeños barrios reservados, con policía privada
en las puertas, a los que se accede únicamente con una tarjeta magnética, son reserva de
ricos –“una minoría”.
El resultado es una ciudad muy extraña, en la cual el uso del territorio es eminentemente
extensivo. En el caso particular de Italia, Secchi sostiene que la ciudad del Siglo XIX ha
sufrido una racionalización, una transformación hacia un proyecto adaptado a los cambios
generados por la modernidad, y se ha convertido en algo completamente diferente a lo que
era. En la “ciudad difusa”, el modo de utilizar las infraestructuras (carreteras, servicios e
instalaciones) poco tiene que ver con las viejas formas de mirar la ciudad. Para cerrar con la
ciudad mediterránea de Europa, donde el argumento principal es que se pasa del
“aglomerado a la red”, Font (2001) indica que la “ciudad dispersa” o “difusa”, o el “campo
urbanizado”, es una ciudad que nace producto de la crisis de la precedente y hay que
analizarla con nuevos argumentos.
En el tránsito de la urbanización con centro a la urbanización sin centro, es la periferia la
base de la explicación, así como antaño lo fue el centro. En la configuración de las áreas
metropolitanas, sus procesos y tendencias principales sucedían como consecuencia de los
efectos favorables para el centro y los negativos para la periferia, sin embargo ello cambia
de significado y valoración conforme el proceso social y territorial invierte al proceso de
urbanización sin centro. En la periferia metropolitana y
en la no-metropolitana, si bien permanece la vieja concepción y argumentación de sus
procesos, también tiene nueva imagen y contenido. Básicamente lo que allí sucede explica
la nueva realidad urbana, la periferia pasa de su vocación metropolitana a la urbanización
abierta, e incluso se desprende del viejo dominio.
De acuerdo con Dematteis (1998), la fase fordista, identifico el centro para la clase burguesa
y la periferia para las clases proletarias y subproletarias, en cambio en la fase posfordista
más reciente, al hacer más compleja la composición y la geografía social de la ciudad, ha
reducido mucho la eficacia de la metonimia social centro- periferia. La periferia de la ciudad
postfordista se define de un modo positivo respecto al centro. Para los sujetos que las
escogen y las habitan, presentan cualidades medioambientales que el centro no tiene
(entonces los gradientes negativos van ahora también de la periferia al centro) y en los
espacios reticulares de la “ciudad difusa” se reduce mucho la vieja dependencia del centro
metropolitano como lugar de trabajo y de los servicios cualificados con la difusión de unos y
otros en el territorio periurbano y en la “ciudad difusa”, y convertidos en sistemas urbanos
reticulares autónomos, se presentan ahora como “periferias sin centro”.
Es la “ciudad sin centro” que aparece en toda Europa en las décadas de 1980 y 1990. Las
periferias postfordistas, sirven de “laboratorios” sociales y territoriales en los que se
experimentan innovaciones y cambios importantes en la forma de habitar, en los estilos de
vida, en las relaciones sociales y asimismo en los movimientos políticos2. Es más, durante
los últimos años la periferia ha sido metrópolis, en el sentido etimológico de ciudad-madre (
métér-polis), generadora de nuevos modelos culturales, sociales y políticos. Así la
globalización, entendía como acceso directo a las redes globales de los intercambios y de la
información, no es una prerrogativa de los grandes centros urbanos, sino que está ahora al
alcance de los sistemas territoriales periféricos y de sus actores locales.
Siguiendo con los procesos en la franja externa metropolitanas, y más allá de las periferias
reorganizadas, resurgen estudios en “lo urbano y lo rural” para criticar su capacidad
explicativa, pues es cada vez menos nítida y menos aceptable como base de examen, allí
surgen múltiples formas de hibridación y conlleva la construcción de nuevos soportes
conceptuales para esa interfase, intersticios o porciones intermedias.
Para Simon y sus colegas (2006), quienes tienen como marco de análisis el caso de
Inglaterra, el término rural-urbano generalmente se ha usado como mutuamente excluyente,
ahora es otro aspecto que cambia. Ello se debe al rápido crecimiento demográfico y
expansión del área construida, cambios tecnológicos, reestructuración de la economía
global y el impacto de las políticas de ajuste económico dirigidas desde el exterior que
tienden alterar la interfase entre lo urbano y lo rural en muchos lugares en forma profunda.
Cuando la ciudad se encuentra con su entorno inmediato la línea ya no es nítida, la ciudad
tiende a diseminarse rápidamente pero no uniformemente.
Como resultado existen diferentes zonas de transición entre la ciudad y el campo –entre lo
que es ambiguamente urbano y supuestamente típicamente rural. Algunas zonas pueden
adquirir forma de dispersión relativamente uniforme, otras parecen estructuras de enjambre
de abeja o bien dirigen el crecimiento a lo largo de corredores específicos. Estas zonas de
transición generalmente conocidas como áreas peri-urbanas en Inglaterra –varía en
amplitud y naturaleza, y son sujetas de rápidos cambios con el incremento de la presión
urbana. Muchos pueblos indígenas, previamente localizados en áreas rurales a considerable
distancia de la ciudad, han experimentado inmigración, crecimiento y cambios en
composición de población, uso del suelo y base económica.
Como una generalización registrada, Simón y otros (2006) indican que mientras más
próximo a la ciudad, es más pronunciada la transición de lo rural hacia las características
urbanas. Eventualmente estos asentamientos forman parte del área urbana construida, las
cuales se componen de una mezcla compleja de viviendas formales, pueblos pobres,
cobertizos rurales y otros tipos de casas provisionales. Subsecuentemente, la frontera refleja
cambios, resultados de un rápido crecimiento que puede incluso cambiar su estatus
administrativo.
2
Aunque la periferia fordista, fue el lugar del conflicto capital-trabajo, que han producido su mediación, en el
“pacto social” del welfare state . Incluso más atrás, la revolución industrial ha sido, en Inglaterra del siglo XVIII, un
hecho esencialmente “periférico” y sustancialmente antiurbano, en conflicto con el orden corporativo de tenía en
las ciudades sus centros de poder (Dematteis, 1998).
d) La “post-ciudad” en una dimensión subjetiva Frente al conjunto de interpretaciones sobre
los cambios en las ciudades, se dice que ellas históricamente han abarcado la explicación y
construcción racional material no la dimensión subjetiva. Hiernaux (2006), sugiere repensar
la ciudad desde una dimensión ontológica, lanza la pregunta si ¿estamos todavía frente a lo
que tradicionalmente se ha llamado “ciudad”?, se sigue usando la voz “ciudad” para calificar
las urbanizaciones extensas, “ciudad difusa”, que buscan entender las interminables
periferias de las metrópolis mundiales, a las formas innovadoras de ocupación del espacio
que impactan el intelecto y los sentidos, como si nada hubiera cambiado desde la “polis”
griega, desde el nacimiento del burgo feudal en el Medioevo europeo o desde la ciudad
industrial decimonónica.
En este afán de abordar tales cambios, el autor, prefiere una metarreflexión cercana a la
filosofía más que a los estudios tradicionales que consideran las dimensiones demográficas,
morfológicas o económicas. Más aún, si las fronteras entre lo urbano y lo rural se antojan
cada vez más endebles a la luz de la creciente “urbanización del campo”. Hiernaux,
construye su razonamiento, para la definición de lo urbano tomando en cuenta tres
categorías fundamentales: lo laberíntico, lo fugaz y lo fortuito, dicha triada no es una simple
yuxtaposición de “ocurrencias”, permite una redefinición de lo que la ciudad es en su
esencia, lo que hace que una ciudad sea. Lo laberíntico remite a lo espacial desde lo
geográfico, o bien la organización del espacio mental. En tanto que lo fugaz refiere a lo
temporal y, lo fortuito a la innovación social. Se considera así una complementariedad,
articulados y difícilmente separados, de una característica que es la marca de referencia que
define la ciudad.
En buena medida se habla de la no linealidad del espacio, del tiempo y de las acciones
sociales. De aceptar la ausencia de un trazado fiable, permanente, seguro para nuestras
acciones en el tiempo y en el espacio – como lo hacen los pretendidos modelos científicos
de la ciudad. Por tanto las características fundamentales de la ciudad no remiten a la
morfología sino a los modos de vida. La cuestión es reconocer que quizá estamos entrando
en una fase de “post-ciudad” en donde reina la urbanización sin ciudad.
En los argumentos que hemos ubicado en el cambio morfológico, tanto el centro
metropolitano, la periferia metropolitana extendida, como las transformaciones de las franjas
más externas de las ciudades, cada una de dichas porciones al momento reportan procesos
que constatan una nueva realidad y confrontan tanto patrones conocidos como marcos
conceptuales construidos. También se ha agregado la visión subjetiva que sugiere la
eliminación del vocablo ciudad.
e) Las teorías de la urbanización, en la mirilla. Durante muchas décadas, los procesos de
urbanización y distribución de la población han sido sustentados desde la Teoría del Lugar
Central, la jerarquía urbana y la relación centro-periferia. Los supuestos clásicos de la
urbanización sostienen, un sucesivo movimiento de concentración de población, y por tanto
cualquier cambio en dicha linealidad significa un nuevo status. Así la contraurbanización
rompía con la urbanización, y actualmente el cambio urbano , pretende eliminar los
elementos constitutivos de la evolución sociocultural y su emplazamiento, como ya se ha
expuesto arriba.
Cuando Berry, en 1976 propone la contraurbanización, como un proceso de ruptura con lo
anteriormente conocido, significaba volver a poner a prueba las nociones de jerarquía
urbana y de centro - periferia, muy enraizadas en la fase metropolitana.
Dichas nociones deberían ser sustituidas por el concepto de multipolaridad, vinculado a una
estructura urbana menos jerarquizada, propia de una nueva organización territorial basada
en sistemas de ciudades (Arroyo, 2001).
En una lectura que realiza Arroyo (2001) a este cambio sita el proceso precedente: la
urbanización. El fenómeno de urbanización se identifica como el proceso de concentración
constante de población en áreas urbanas que implica dos tipos de movimientos: unos de
carácter centrípeto y otros de carácter centrífugo. Como había señalado Hawley en 1950,
los movimientos de carácter centrífugo se habían iniciado ya en el siglo XIX con la atracción
de poblaciones rurales a los centros fabriles de las ciudades industrializadas, suponía que
las ciudades en crecimiento absorben paulatinamente territorios vecinos y núcleos de
población adyacentes, eliminando la autonomía y heterogeneidad de pueblos circundantes
en una organización territorial y económica única, el área metropolitana.
En su evolución, más adelante, estos núcleos conformarían una organización económica
más amplia, la comunidad metropolitana o región metropolitana, cuya formación se vio
favorecida por la aparición de medios de comunicación gradualmente más avanzados y
progresivamente capaces de alcanzar mayores distancias. Los movimientos centrípetos
hacen posible un desarrollo suficiente del centro para que se mantenga la integración y la
coordinación del complejo de relaciones en expansión, en cambio, los movimientos
centrífugos son el proceso por el que nuevos territorios y nuevos grupos de población se
incorporan en una organización única.
Teniendo como mecanismo ambas fuerzas -centrípeta y centrífuga- los centros
metropolitanos resultan de la progresiva concentración y que ejercen un papel centralizador
de sus regiones circundantes. Las áreas periféricas de esos centros metropolitanos, por su
parte, sólo pueden crecer según los requerimientos de los centros metropolitanos. Esta
definición implica el proceso de metropolización y su paralelo de suburbanización.
Berry, en 1976, partiría precisamente de estas consideraciones sobre el proceso de
urbanización para señalar que las diferencias observadas entre el número de habitantes de
las áreas metropolitanas y de las áreas no metropolitanas suponían un cambio de tendencia
de carácter estructural: no obedecían a una simple perturbación causada por la crisis
económica de los años setenta, sino que implicaban un cambio de modelo en los procesos
de poblamiento de las grandes áreas urbanas. Para Berry, la "desconcentración acelerada"
de las poblaciones residentes en los centros metropolitanos habría dado lugar a la
"emergencia de una potente fuerza de contraurbanización" que por sus mismas
características se distinguiría de la concentración progresiva, propia de los procesos de
urbanización.
Como era de esperar se inicia el debate sobre la contraurbanización, surgen posiciones que
lo estiman como un proceso que debe inscribirse en el mismo desarrollo del capitalismo,
como una más de las condiciones de su propia lógica espacial, es decir, como la simple
continuación de la suburbanización -la salida definitiva de poblaciones sobrantes[overspill]
desde las grandes áreas metropolitanas-, a las posiciones desde las que se considera la
contraurbanización como algo completamente nuevo, como una ruptura [clean break] con el
pasado (Arroyo, 2001).
Luego se diría que la urbanización constante de menor a mayor grado no asegura un
proceso infinito, así surge el planteamiento que sostiene un “ciclo de urbanización” que
registra un sistema urbano (Cuadro 1). Un gran número de países con niveles avanzados de
urbanización actuales decrecieron entre 1965 y 1990, esto es ahora reconocido como
procesos que indican la redistribución de población lo cual implica, el rápido crecimiento
relativo de lugares urbanos pequeños o el decline absoluto de las grandes ciudades. El
cambio en la incidencia del fuerte crecimiento de población fuera de las grandes ciudades
en un sistema urbano nacional ha sido denominado “polarización inversa” (polarization
reversal ) o, más comúnmente “contraurbanización” (Pacione, 2005).
Siguiendo el planteamiento de la evolución de la urbanización, la extensión de las formas de
vida sobre todo el territorio en Europa occidental, ya reporta alrededor de cuarenta años, y
diversas fases han sido descritas, mismas que reconstruye Nel-lo (1998:39): de “crecimiento
de la ciudad ´en mancha de aceite´ (por simple agregación sin solución de continuidad con
el espacio construido preexistente) a la suburbanización (la aparición de periferias
metropolitanas más o menos densas, a menudo sin solución de continuidad, como la ciudad
central); de la suburbanización a la periurbanización (la integración en las dinámicas
metropolitanas de los antiguos núcleos rurales); de la periurbanización a la rururbanización
(la difusión de las dinámicas metropolitanas hasta los antiguos espacios rurales más
alejados de los núcleos primigenios)”. Son procesos que han sido calificados según
postulados teóricos que han surgido de mediados del siglo XX en adelante, que a su vez se
basaron en las que dieron inicios a finales del siglo XIX, las teorías clásicas de localización.
En particular, el proceso de suburbanización de las ciudades europeas occidentales (del
noroccidente al mediterráneo) sufre un cambio considerable a partir de finales de los años
sesenta. No sólo los núcleos centrales de las grandes ciudades comienzan a perder
población, sino que también las “coronas” suburbanas comienzan a ralentizar su crecimiento
hasta el extremo de que, hacia los años setenta, en muchos grandes sistemas urbanos tanto
los núcleos como las coronas entran en una fase de desurbanización, presentando pérdidas
conjuntas de población (Dematteis, 1998). Es una fase que teóricamente se espera.
Geyer y Kontuly (1993) han incorporado estos conceptos en la teoría de la urbanización
diferencial la cual postula que ciudades grandes, intermedias y pequeñas van atravesando
periodos sucesivos de lento y rápido crecimiento en un ciclo de urbanización
.
La fase de la ciudad primada, rápido crecimiento en la ciudad primada dentro de un país,
proporción creciente de actividad económica y de población en forma concentrada (a su vez
pasa por tres etapas de evolución);
Fase de la ciudad intermedia, el lento crecimiento de la ciudad primada y la
desconcentración espacial de la población urbana está frecuentemente acompañado por el
crecimiento de las ciudades intermedias próximas a la ciudad primada. Este regreso de la
población, ha sido calificado como polarización invertida (polarisation reversal) (presenta dos
etapas de evolución) y:
La fase de la ciudad pequeña, representa una continuación de las etapas previas durante
las cuales la descentralización de la ciudad primada y de la cuidad intermedia toma en los
centros urbanos menores los cuales pueden eventualmente crecer más rápido que las otras
ciudades. Al final de las fases sucesivas de los tres tamaños de ciudades, el sistema urbano
se ha enriquecido hasta un “punto de saturación” donde la población rural no puede estar ya
más reducida y la migración rural-urbana cesa de ser el principal contribuidor en el ciclo de
urbanización. A su vez el crecimiento de la población a través del incremento natural puede
ser también muy lento.
El concepto de “un ciclo de urbanización” ha sido empleado por Klaassen y otros (1981) y
Van den Berg y otros (1982) para estudiar los patrones de crecimiento dentro de una
aglomeración individual.
Se han distinguido cuatro etapas del desarrollo urbano:
• Urbanización : cuando ciertos asentamientos crecen a costa de sus entornos rurales;
• Suburbanización o exurbanización : cuando el anillo urbano (el cinturón del commuting)
crece a costa del centro urbano (ciudad físicamente construida);
• Desurbanización o contraurbanización: cuando la pérdida de población del centro urbano
excede las ganancias en población del anillo, resultando una pérdida de población en la
aglomeración en conjunto y;
• Reurbanización: cuando la tasa de pérdida de población del centro disminuye
gradualmente [la caída es menos grave], o el corazón comienza a recuperar población
cuando el anillo todavía sigue perdiendo población. El modelo se basa en cambios en la
dirección y tasa de movimiento de la población entre el centro urbano (core) y el anillo
urbano (ring), las cuales juntos comprimen el funcionamiento relativo de un sistema
urbano diario. Dos tipos de cambios, el absoluto cuando la dirección del cambio de
población en las dos zonas (centro y anillo) difiere, y cambios relativos cuando el cambio
ocurre en la misma dirección pero a tasas diferentes.
Hasta aquí, se explíca la diferencia entre el fenómeno de suburbanización en tanto fase que
cambia de forma y escala por el avance de la urbanización y, el cambio urbano que se
refiere a la urbanización de la sociedad y su territorio. En los argumentos presentados existe
distinción entre las relaciones del capitalismo y su espacio y, las relaciones de la sociedad y
su territorio, ambos fenómenos interrelacionados se encuentran en la base de explicación de
la urbanización contemporánea. Ahora corresponde, realizar el recorrido analítico para los
países periféricos o en desarrollo de América Latina.
3
Para Rostow, los estadios de desarrollo, se distinguen una vez que una sociedad tradicional comienza su
modernización, ellos son: el período transicional cuando las precondiciones para el despegue son creadas,
generalmente en respuesta a la intrusión de un poder extranjero convergiendo con fuerzas internas que
contribuyen a la modernización; el despegue ; luego el empuje hacia la madurez , que generalmente abarca las
vidas de dos generaciones más y; entonces finalmente, si la elevación del ingreso ha igualado la difusión del
virtuosismo tecnológico … la desviación de la economía completamente madura hacia la provisión de bienes de
consumo duraderos y servicios (así como el Estado de Bienestar) para su población crecientemente urbana, y
después suburbana (Rostow 1990 citado en Almandoz, 2008).
padecían profundas distorsiones en comparación con experiencias de modernización
exitosas de otros continentes donde se probó la teoría de Rostow.
No obstante, la industrialización ha seguido a la urbanización, y ello tuvo como correlato que
los contingentes urbanos no fueran absorbidos por la industria y sectores productivos. La
mayor parte de la migración del campo, había sido empujada por un sector primario con
reformas agrarias demoradas o inexistentes, así como por políticas de énfasis urbano
llevadas adelante por los Estados corporativos. Los niveles de urbanización duplicaban la
participación industrial de las economías, ello se calificó como “inflación urbana” o
“superurbanizaicón” y a su vez las tasas de crecimiento urbano eran seis veces mayores
que las rurales. Buena parte del excedente de población improductiva acabaría viviendo en
barriadas y dependiendo del sector informal. En los años setenta, la sobreurbanización,
reportaba la hipertrofia del sector terciario y de la economía informal que ocultaba el
excedente de la fuerza de trabajo en las ciudades complementada con la proliferación de
asentamientos no controlados y en pobreza, esta masa fue descrita como “marginal”. De
manera que debido al contexto de las ciudades y su industrialización truncada, el cambio
hacia otra fase de desarrollo quedaría cancelado.
Más recientemente al examinar algunos procesos en las principales áreas urbanas de
América Latina, de Mattos (2008) sostiene que las tendencias descritas del cambio urbano
se encuentran presentes, pues se derivan de la modernización del capitalismo imperante.
“Lo que significa que estas tendencias son las que modelan su evolución actual, imponiendo
una forma urbana que puede considerarse como inherente a esta fase…”. Argumenta de
Mattos, que la transformación morfológica de las principales ciudades latinoamericanas,
parece evolucionar desde un modelo de ciudad que tenía básicamente como referente a la
ciudad compacta de corte europeo, hacia la ciudad difusa que muestra una mayor afinidad
con el patrón que caracteriza a las grandes aglomeraciones norteamericanas (el urban
sprawl ). En dicho trabajo sostiene la presencia del cambio urbano cuyo sustrato explicativo
son las estrategias del capitalismo.
En otro trabajo, de Mattos, (2006) identifica cinco tendencias que solamente pueden
explicarse como componentes estructurales del paradigma tecno–económico actualmente
vigente. Esas tendencias definen una nueva forma urbana y pueden considerarse como
constitutivas de la modernización capitalista. Durante las últimas tres décadas, bajo los
efectos combinados de la formación de un nuevo sistema tecnológico y de la aplicación de
un nuevo enfoque de política económica, comenzó a ganar impulso en casi todo el mundo
un proceso de reestructuración productiva que ha desembocado en lo que estricto sentido
puede considerarse como una nueva fase de modernización capitalista, de la que
constituyen aspectos medulares la globalización y la informacionalización de la economía
mundial, calificado como paradigma tecno- económico. De manera que las ciudades se
encuentran impactadas por el nuevo modelo, y ello es observable en las ciudades grandes
latinoamericanas de los países más globalizados, veamos las tendencias.
Primera tendencia, indica que a nuevas estructuras productivas le corresponde una nueva
dinámica urbana. La evolución respectiva dio un impulso al proceso de urbanización de la
economía, donde las grandes ciudades se transformaron en los focos dominantes en la
atracción de los nodos y los flujos transnacionales. En la configuración urbana policéntrica
emergente se identifica una diversidad de promontorios territoriales o centralidades donde
se cristalizan las conexiones intermodales entre distintos tipos de flujos reticulados como
expresión de una evolución todavía inconclusa de este nuevo fenómeno territorial.
Segunda tendencia, se refiere a la desregulación, mercados de trabajo y ciudad desigual. La
persistencia y acentuación de las desigualdades constituye un rasgo inseparable del
escenario urbano resultante de esta metamorfosis, en el cual riqueza, pobreza y exclusión
social aparecen como componentes inseparables. Por una parte, se observa una tendencia
a la acentuación de la homogeneidad social en barrios ricos, producto de la preferencia de
sus habitantes. Lo que Bauman (2003: 61 citado por de Mattos) caracteriza como “la
secesión de los triunfadores” que tiene como manifestación culminante la tendencia a la
guetización voluntaria, materializada en la explosión de los condominios y barrios cerrados.
Habría que agregar las peculiaridades de las áreas ocupadas por los sectores medios,
donde la periurbanización y la gentrificación, aparecen como dos modalidades residenciales
que influyen de manera importante en la nueva morfología urbana. Por otra parte, en
contraposición a estos mundos de la riqueza, el panorama se completa con la ciudad de los
tugurios, que se explica, por la reestructuración de los mercados de trabajo, evolución de las
categorías socio-ocupacionales y transformación socio-territorial metropolitana.
Tercera tendencia, marcada por los negocios inmobiliarios. La plusvalía urbana ha ganado
importancia como criterio urbanístico, pues las inversiones privadas inmobiliarias juegan un
papel crucial en la transformación urbana. Ello se explica por el abandono de la concepción
de la planificación urbana racionalista y su reemplazo por un enfoque en el que priman los
criterios de neutralidad y subsidiaridad del Estado en la gestión pública, lo que ha
contribuido a consolidar un escenario más favorable para las decisiones privadas en la vida
urbana. Así mismo, la financierización de la economía mundial cobra significado para la
oferta de capital inmobiliario. A las que se han agregado las estrategias de competitividad
urbana y city marketing , impulsadas en las ciudades con el deliberado propósito de atraer
inversión externa, que han ocasionado un aumento significativo de la importancia de la
inversión inmobiliaria privada.
Cuarta tendencia, la explosión de la movilidad. Un explosivo aumento de la movilidad,
impulsó la ampliación territorial del campo metropolitano de externalidades, así como
cambios en el comportamiento locacional tanto de las familias como de las empresas,
provocando una radical mutación de la morfología urbana, marcada por incontrolables
procesos de periurbanización y policentralización.
Estas tendencias se pueden comprobar no solamente en las metrópolis de mayor dimensión
sino también en algunas más pequeñas. La periurbanización, por su parte, se explica por el
aumento en el ingreso medio de las familias y su consecuente aumento en la demanda de
espacio residencial que se expresan en tipologías generalmente cerradas que han
alcanzado una magnitud desconocida bajo el estímulo del automóvil y las TIC y como
respuesta a la agudización de fenómenos como la delincuencia, la conflictividad, la violencia
urbana, la contaminación y la congestión.
Quinta tendencia, se refiere a los nuevos artefactos del paisaje urbano. Se registró la
aparición y proliferación de artefactos arquitectónicos emblemáticos, que son indicativos de
que las grandes ciudades registran proceso de globalización y ahora caracterizan un tipo de
paisaje urbano, aunque coexiste con extensas áreas tugurizadas, donde la miseria, el
desorden y la fealdad alcanzan niveles indescriptibles, consecuencia de la persistencia de
una estructura social extremadamente desigual. Hoy en día no hay ciudad latinoamericana
que carezca de este paisaje de la miseria y de la fealdad.
Aunque según Capel (2003) los reportes de América Latina insisten en la mirada pesimista,
sostienen el discurso del miedo y del temor. Es una visión negativa que no propio de ellas,
se encuentran presentes en áreas metropolitanas de otros continentes elaboradas en
relación con el proceso de globalización. Si bien es una realidad existente, pero no es una
realidad completa de aquellas ciudades, sobre todo si allí se encuentran los recursos para el
dinamismo y capacidad para seguir funcionando. “Las ciudades siguen siendo el lugar del
cambio social, de la mejora de las condiciones de vida, incluyendo las favelas y barrios de
autoconstrucción, donde la población va mejorando sus condiciones de vida. Es también en
las ciudades donde los inmigrantes de origen rural se incorporan a la sociedad de consumo
en la que antes no participaban, lo que tiene aspectos positivos, además de los negativos”
(Capel, 2003:227). Sigue siendo indispensable la demanda y el consumo locales en el
funcionamiento de las áreas metropolitanas. El papel de la ciudad es estimular la actividad
económica, que con la fuerza del proceso de globalización y el énfasis en la competencia
de escala internacional parecía haberse olvidado. Hoy el papel del consumo local vuelve a
ser considerado como algo importante.
b) Saldos de la globalización. A más de dos décadas de globalización económica
contemporánea, con la cual se levantaron expectativas y desconfianzas respecto a lo
impactos favorables y negativos, en las ciudades y la urbanización ya se cuenta con un
diagnóstico preliminar de los resultados. De acuerdo con Borja (2007) en un ejercicio que se
auto impone como reflexión dialéctica, indica dos posturas. De un lado, aquella de la
adecuación de la ciudad a la globalización, su inserción en redes macroregionales, para
ganar posiciones competitivas y conseguir funciones nodales y atraer flujos.
Es la ideología naturalizadora del actual capitalismo que sirve de señuelo para orientar las
políticas urbanas y que se traduce en la arquitectura de autor, la oferta de áreas para la
nueva economía, la gentrificación (o museificación) de la ciudad consolidada, la
mercantilización del valor simbólico del patrimonio, el miedo justificador de los barrios
cerrados, el crecimiento periférico por piezas y funciones especializadas, etcétera. El otro
polo es el de la resistencia a la globalización, o a sus efectos perversos, que se manifiesta
cuando se comprueba: la dificultad de promover un desarrollo sometido a lo global y que sea
compatible con la cohesión social y la sostenibilidad ambiental, la creciente marginación de
poblaciones sacrificadas en aras de la competitividad global, la banalización y pérdida de
identidad de los territorios, etcétera. Reaparece entonces el discurso sobre la ciudad, el
espacio público, la calle, la mezcla social, el perfil de identidad y el patrimonio como
memoria urbana.
Los modelos de desarrollo urbano que Borja (2007) deriva son: el “urbanismo ciudadano” al
que se contrapone el ”urbanismo globalizado”. El modelo de desarrollo urbano característico
de la era de la globalización es el de la urbanización difusa y discontinua mediante
productos urbanos constitutivos de enclaves o parques temáticos mercantilizados y áreas
degradadas o marginales. La urbanización del suelo que puede darse sin crecimiento
económico, en América Latina por ejemplo, o sin crecimiento demográfico en Europa. Por su
parte el “urbanismo ciudadano” es partidario del espacio público y de la ciudad densa, de
construcción de centralidades, de la mezcla social y de funciones. En la realidad los dos
modelos actúan casi siempre a la vez, o más exactamente, ayudan a interpretar tanto las
políticas urbanas y el desarrollo contradictorio de la ciudad. Ambas tendencias pueden
encontrarse en el mismo período y en las mismas ciudades pero conviene conocer qué
fuerzas y qué actores empujan cada una y cuál tiende a imponer su lógica.
El efecto “político” de esta confrontación de modelos es incierto, aunque no cabe duda que
con independencia de las voluntades políticas locales en el marco de la economía
globalizada capitalista, de la propiedad privada del suelo y de la mercantilización de la
vivienda, la tendencia dominante es la “urbanización difusa” y la producción de enclaves o
parques temáticos de ocio. Es el urbanismo de la privatización, de la distinción y del miedo.
Todavía se registra la necesidad de integrar ambos polos. Por una parte las ciudades deben
mejorar su inserción de flujos globales para recuperar la brecha tecnológica, financiera y
económica del último tercio del siglo XX. Por otra parte, los déficits sociales, culturales y de
gobernabilidad democrática deben reducirse si se quiere evitar una crisis urbana
generalizada.
c) Morfología. En Latinoamérica, el estudio de la contraurbanización es escasa, según
Ferrás (2007), aunque entre ellas se dice que aparecían cambios importantes en el
desarrollo urbano (de Mattos, 2000), se habla de la metropolización expandida y los
impactos de la globalización (Parnreiter, 2005) e, incluso de urbanización campesina
(Armijo, 2000). Se observan tendencias de desconcentración demográfica que se traducen
en una expansión mayor de la periferia con respecto al centro, y de flujos migratorios desde
los asentamientos mayores a los menores. Ello se relaciona con el desarrollo en las
ciudades de las deseconomías de aglomeración, la descentralización político-administrativa,
el interés por el medio ambiente, los movimientos pendulares de población (commuting), la
segunda residencia, los cambios tecnológicos en telecomunicaciones y en la percepción
urbano-rural y en los movimientos migratorios. También la contaminación y el crimen o la
segregación social están actuando de factores de expulsión demográfica en las grandes
ciudades, las cuales comienzan a conocer movimientos migratorios hacia su periferia o
hacia asentamientos urbanos menores como las ciudades medias.
Propiamente en los cambios entre la relación ciudad y su región y el modelo territorial
resultante en países en desarrollo, Sassen (1994) identifica tres aspectos. Hacia finales de
los años ochenta se registra mayor concentración (empresas por kilómetro cuadrado) en el
centro urbano tradicional asociada con el crecimiento de los sectores más importantes y de
las industrias secundarias en los distintos niveles de desarrollo. A la par, se formaron
grandes redes de centros comerciales y núcleos de actividad económica densa en una
región urbana más amplia, pauta que también la registraron los polos de crecimiento de los
países en desarrollo orientados hacia la exportación (Bangkok, Taipei, Sao Paulo, México,
D.F. y Buenos Aires). En dichas ciudades subdesarrolladas la característica ha sido la
dispersión urbana con una metropolización tentacular de la región que circunda a las
ciudades. Otro aspecto, es la intensificación del carácter local o marginal de las zonas y
sectores que operan fuera de este subsistema orientado al mercado mundial, lo que incluye
el aumento de la pobreza y las desventajas.
Bibliografía
Aguilar, Adrián, 2006: “Restructuración económica y costo social en la Ciudad de México.
Una metrópoli “periférica” en la escala global” en Méndez R., Alejandro (Coord.) Estudios
urbanos contemporáneos, México, D. F.: UNAM-IIEc./ Miguel Ángel Porrúa
Almandoz, Arturo, 2008: “Despegue sin madurez.Urbanización, industrialización y desarrollo
en latinoamérica del siglo XX”, en EURE, agosto año/vol. XXXIV, número 102, Santiago
de Chile: Pontificia Universidad Católica de Chile, pp.61-78.
Arroyo, Mercedes, 2001: “La contraurbanización: Un debate metodológico y conceptual
sobre la dinámica de las áreas metropolitanas” en Scripta Nova. Revista Electrónica de
Geografía y Ciencias Sociales, número 97, 15 de septiembre, España: Universidad de
Barcelona.
Ascher, Francois, 2004: Los nuevos principios del urbanismo. El fin de las ciudades no está
a la orden del día, Madrid: Alianza Editorial.
Baigorri, Artemio, 1996: “La nueva dimensión de los rural”, España: Universidad de
Extremadura (Documento del curso de la Universidad de Evora (Portugal) sobre
Desarrollo Rural).
Borja, Jordi, 2007: “Revolución y contrarevolución en la ciudad global: las expectativas
frustradas por la globalización de nuestras ciudades” en EURE diciembre, año/vol.
XXXIII,
Número 100, Santiago, Chile: Pontificia Universidad Católica de Chile, pp. 35-50.
Capel, Horacio, 2003: “Redes, chabolas y rascacielos. Las transformaciones físicas y la
planificación en las áreas metropolitanas” en Número 3 de la Colección Mediterráneo
Económico:”ciudades, arquitectura y espacio urbano”, España: Instituto de Estudios
Socioeconómicos de Cajamar.
Castells, Manuel, 1989: La ciudad informacional. Tecnologías de información,
reestructuración económica y el proceso urbano-regional. Madrid, España: Alianza
Editorial.
Dematteis, Giuseppe, 1998: “Suburbanización y periurbanización. Ciudades anglosajonas y
ciudades latinas” en Francisco J. Monclús (Ed.) La ciudad Dispersa, Barcelona: Centro
de Cultura Contemporánea de Barcelona.
De Mattos, Carlos, 2006: “Modernización capitalista y transformación metropolitana en
América Latina: cinco tendencias constitutivas”, en CLACSO, América Latina: cidade,
campo e turismo , Argentina: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.
De Mattos, Carlos, 2008: “La tercera revolución urbana en América Latina, ¿hacia lo urbano
generalizado?, ponencia presentada al X Seminario Internacional de RII y III Taller de la
RIER, Querétaro, México.
Fernández, Ramón, 1996: La explosión del desorden: la metrópoli como espacio de la crisis
global , Madrid, España: Editorial Fundamentos (3ª edición).
Ferras, Carlos, 2007: “El enigma de la contraurbanización. Fenómeno empírico y concepto
caótico” en EURE, mayo, año/vol. XXXIII, número 098. Santiago, Chile: Pontificia
Universidad Católica de Chile, pp. 5-25.
Font, Antonio, 2001: “Anatomía de una metrópoli discontinua: La Barcelona Metropolitana”
en Xabier Eizaguirre (Ed.), La construcción del territorio disperso. Talleres de reflexión
sobre la forma difusa, Barcelona: Ediciones Universidad Politécnica de Cataluña.
Hiernaux, Daniel, 2006: “Repensar la ciudad: La dimensión ontológica de lo urbano” en
Liminar. Estudios Sociales y Humanísticos, diciembre, año/vol. IV, número 002, San
Cristóbal de las Casas: México Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, pp. 7-17.
Indovina, Francesco, 1998: “Algunas consideraciones sobre la ´la ciutat difusa´”,
Documentos Anales de Geografía 33 Italia: Instituto Universitario de Arquitectura de
Venecia, pp. 21-32.
Pacione, Michael, 2005: Urban Geography. A Global Perspective , New York: Routledge,
(Segunda edición).
Sassen, Saskia, 1994: “El complejo urbano en una economía mundial”, RICS Número 139,
marzo.
Secchi, Bernardo, 2001: “La práctica actual de la proyectación territorial” en Xabier
Eizaguirre (Ed.). La construcción del territorio disperso. Talleres de reflexión sobre la
forma difusa , Barcelona: Ediciones Universidad Politécnica de Cataluña.
Simon D., McGregor D., y Thompson D., 2006: “Contemporary Perspectives on the Peri-
Urban Zones o Cities en Developing Areas”, en McGregor, Duncan,
David Simon and Donald Thompson (Edited), The Peri - Urban Interface. Approaches to
Sustainable Natural and Human Resource Use, London, U.K.: Earthscan / Cedar /
Natural Resoucers Systems Programme,
Veltz, Pierre, 1999: Mundialización, ciudades y territorios. La economía de archipiélago..
Barcelona: Editorial Ariel, S.A.