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Antonio Gonzalez - Pecado Original - Ed Art

1) El documento analiza la doctrina del pecado original y cómo ha sido interpretada en la teología occidental. 2) Explica que el pecado original no debe entenderse como un hecho histórico puntual sino como un "pecado fundamental de la humanidad" que consiste en creer que podemos justificarnos por nuestros propios actos en lugar de confiar en Dios. 3) Indica que esta estructura de autojustificación está en la raíz de los problemas que afligen a la humanidad en sus relaciones con Dios, con los demás y consigo misma.

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Antonio Gonzalez - Pecado Original - Ed Art

1) El documento analiza la doctrina del pecado original y cómo ha sido interpretada en la teología occidental. 2) Explica que el pecado original no debe entenderse como un hecho histórico puntual sino como un "pecado fundamental de la humanidad" que consiste en creer que podemos justificarnos por nuestros propios actos en lugar de confiar en Dios. 3) Indica que esta estructura de autojustificación está en la raíz de los problemas que afligen a la humanidad en sus relaciones con Dios, con los demás y consigo misma.

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PECADO ORIGINAL

La doctrina del ``pecado original'' tiene una importancia teológica fundamental, pues en
definitiva ella trata de decirnos respecto a qué tiene lugar la salvación cristiana. ¿Es la
salvación cristiana una liberación respecto a nuestros defectos morales, una redención de
las ataduras de la materia, o una liberación de las injusticias estructurales que sufre nuestro
mundo? ¿Qué sentido tiene afirmar que Cristo nos salva de la culpa de Adán? ¿En qué
sentido la contraposición entre Adán y Cristo, tal como aparece en la Escritura (Ro 5,12-19;
1 Co 15,22.45), puede tener significado actual?

1   El pecado fundamental


Sería un perfecto anacronismo pretender encontrar en los textos usualmente aducidos (Gn
3, Sal 51,7) una doctrina del pecado original tal como fue desarrollada en la teología
occidental, tanto católica como protestante, a partir de Agustín de Hipona. Sin embargo,
esto no significa que en la Escritura no se pueda encontrar ningún tipo de ``diagnóstico''
sobre la situación de pecado que sufre la humanidad. En lugar de prescindir totalmente de
la doctrina del pecado original (Haag, 1966), la teología debe tratar de traducir los relatos
bíblicos a un lenguaje actual. En el relato del Génesis encontramos un modo de pensar,
propio de las sociedades tradicionales, en las que las historias que se relatan sobre el
fundador del clan pretenden de algún modo describir las características y los problemas
posteriores de todos miembros de ese clan (Lohfink, 1989, 167-199). Es lo que sucede, por
ejemplo, en los relatos del Génesis sobre Ismael o sobre Esaú. Pues bien, ``Adán'', cuyo
nombre hebreo significa ``ser humano'', es el patriarca del clan humano, de modo que los
relatos sobre su desobediencia pretenden decir algo sobre la humanidad de todos los
tiempos. Sobre nosotros. Una traducción actual del mensaje bíblico difícilmente puede
convertir el relato bíblico en una información histórica sobre el primer homo sapiens o
sobre el primer australopiteco. Más bien tiene que tratar de decirnos en qué consiste, desde
el punto de vista de la revelación bíblica, esa condición de pecado de la que Cristo nos
libera.

Desde este punto de vista, más que hablar de un pecado ``original'', en el sentido de un
hecho histórico puntual, cuyas consecuencias se habrían transmitido de alguna manera a las
generaciones posteriores, parece más apropiado entender el ``pecado original'' como un
``pecado fundamental de la humanidad''. El pecado de ``Adán'' es el pecado de todos
nosotros. Pero, ¿en qué consiste este pecado? No parece que el problema consista en la
unión sexual, o en el placer que puede producir la comida de los frutos, como en ocasiones
se ha interpretado el texto bíblico. Tanto la sexualidad como el disfrute de los árboles del
Edén aparecen en los relatos bíblicos como algo explícitamente querido por Dios. El
problema tampoco está en que los seres humanos quieran conocer a Dios con
independencia de su revelación, como a veces se ha insinuado. El relato presupone que es
Dios quien se da a conocer, y no entra en más complicaciones relativas a la ``teología
natural''. Más adecuadas parecen aquellas interpretaciones que apuntan a las dimensiones
morales del problema, pues en definitiva lo que está en juego no son unos frutos
cualesquiera, sino los frutos del árbol del bien y del mal. Sin embargo, este árbol no ha sido
ocultado por los dioses para que los humanos no lo puedan conocer, tal como sucede por
ejemplo en la epopeya babilónica del Gilgamesh. El problema no es ver los frutos, sino
comer de ellos. Dicho en otros términos: lo que se cuestiona no es la autonomía moral del
ser humano, su capacidad para discernir (``ver'') el bien y el mal, sino algo más radical.

2   La autojustificación
¿Dónde está entonces el problema? En el lenguaje bíblico, la imagen de ``comer los frutos''
designa el hecho de cargar con las consecuencias de las propias acciones, buenas o malas
(Pr 11,30; 12,14; Is 3,10, etc.). Adán no ha creído a Dios; ha creído a la serpiente. Por eso
ha comido de los frutos del árbol del bien y del mal. Tratemos de interpretar
sistemáticamente este dato bíblico. ¿Qué se nos dice aquí sobre el ser humano de todos los
tiempos? La biografía humana se estructura necesariamente respecto a ciertas esperanzas.
El ser humano se hace una idea de lo que puede esperar en su vida, en función de lo que
otras vidas humanas le testimonian explícita o implícitamente. Nadie puede por sí mismo
vivir todas las vidas posibles, y después elegir la más conveniente. Tiene que fiarse de lo
que otros antes que él han experimentado, y elegir su propio rumbo sin poder probarlo por
adelantado (Segundo, 1982, I, 13-26). Ahora bien, cabe hacer ciertos cálculos sobre el
porvenir. En el mundo se pueden constatar ciertas regularidades que me permiten prever los
resultados de las propias acciones. Si conozco estas regularidades, puedo establecer ciertas
reglas o leyes: si actúo correctamente, obtendré los resultados esperados. Puede tratarse de
leyes ``técnicas'' o de leyes ``morales''. Tanto unas como otras tratan de lo que es actuar
``bien'' y actuar ``mal''. Y tanto unas como otras nos dicen en qué consisten los frutos del
bien y del mal.

Desde esta perspectiva, la ``justicia'' no consiste simplemente en cumplir unas normas


morales. La justicia consiste en ``ajustarse'' a las regularidades de este mundo, obteniendo
los resultados de las propias acciones, buenas o malas. La serpiente, símbolo de la astucia y
de los poderes mágicos en el Oriente antiguo, representa bien esta sabiduría. Al justo le irá
bien. Al injusto le irá mal. Al que conozca las leyes de este mundo, y actúe conforme a
ellas, le irá bien. Al que las desconozca, le irá mal. Es posible entonces lograr un
ajustamiento a este mundo como resultado de las propias acciones. El futuro deja de ser una
incógnita. Ciertamente, la idea monoteísta de una creación puede reforzar enormemente
este punto de vista. El mundo está bien hecho, y sus regularidades han sido queridas por
Dios. Por eso, se puede pensar que el Creador ha de ser en último término el garante de este
modo de justificación. Sin embargo, el Dios bíblico ha prohibido a Adán comer de los
frutos del bien y del mal. También en la religión de la India, Krishna le dice a Arjuna que
no quiera comer de los frutos de las propias acciones (Bhagavad-Gita, III, 19). Pero en el
monoteísmo, esto resulta extrañamente paradójico, pues el mismo Dios creador de las
regularidades de la naturaleza nos prohibe utilizar estos ``elementos del mundo'' para
justificarnos. En lugar de fiarse de Dios, cabe pensar que Dios nos está ocultando algo. Uno
puede fundar sus esperanzas en la creación misma, en alguna criatura como la serpiente. O,
lo que es lo mismo, el ser humano puede fundar sus esperanzas en la propia justicia:
actuando correctamente, de acuerdo a las leyes de este mundo, me irá bien. El futuro estará
asegurado.
Este modo de estructurar la propia praxis es lo que en otro lugar hemos llamado ``esquema
de la ley'' (González, 1999). Conviene observar, de entrada, que esta estructura conlleva
una lectura de la historia. Si al que es bueno le va bien cabe pensar recíprocamente que al
que le va bien, es porque es bueno. Del mismo modo, al que le va mal, es porque es malo.
El bien y el mal, tal como son experimentados en la historia, aparecen como una
consecuencia de nuestras acciones, correctas o incorrectas. La enfermedad, el dolor, la
pobreza, serían los resultados merecidos de nuestras acciones. La prosperidad, la salud, la
riqueza, serían también las consecuencias que nos hemos merecido por nuestros actos. No
es una perspectiva exclusiva de las sociedades tradicionales. También las sociedades
modernas tienden a presentar a las víctimas como autoculpables: el enfermo no ha llevado
un ritmo de vida saludable, y los pobres no han seguido las estrategias económicas
correctas. Por eso tantos relatos modernos nos aseguran que ``los buenos'', tras mil
peripecias, siempre terminan triunfando. No estamos por tanto ante una simple sutileza
teológica. Algún economista, con independencia de toda teología, ha señalado que esta
``fuerte tendencia de la naturaleza humana'' es una de las principales razones de la
pervivencia de la pobreza y las diferencias sociales en nuestro mundo (Costas, 1999).

3   La raíz del pecado


El propio relato bíblico ha reflexionado sobre las implicaciones del ``pecado de Adán''. De
hecho, el relato de Génesis forma parte de una sección que se extiende hasta capítulo 11.
De algún modo se nos indica que la estructura básica del pecado adámico (o ``pecado
fundamental de la humanidad'') está en la raíz última de los problemas que afligen a la
humanidad, tanto en sus relaciones con Dios, como en sus relaciones con los demás, con la
naturaleza, o consigo misma. Veámoslo brevemente.

Creer a la serpiente en lugar de creer a Dios implica, de entrada, la idolatría que pone a la
criatura en lugar del Creador. Pero no sólo eso. Quien pretende justificarse por los
resultados de las propias acciones percibe a Dios como un juez que sopesa tales resultados.
De ahí el miedo (Gn 3,8) ante Dios. Y este miedo implica la necesidad de sacrificios.
Curiosamente, el relato bíblico presenta a Caín y Abel ofreciendo unos sacrificios que Dios
no ha pedido (Gn 4,1-16). Sacrificios que pueden ser oblaciones, donde se espera la
benevolencia de Dios como resultado de la acción sacrificial. O sacrificios que pueden ser
expiaciones. En la expiación, quien obra mal se siente, de acuerdo con la lógica adámica,
como merecedor de un castigo. Ahora bien, si uno mismo se infringe a sí mismo el castigo,
destruyendo algún bien precioso que de algún modo nos representa, la situación anterior a
la falta quedará restablecida. La expiación sangrienta de Abel es, en esta perspectiva, más
eficaz que la simple oblación de Caín. El sacrificio fácilmente se convierte en una
manipulación religiosa. La necesidad de producir resultados puede conducir a pensar en la
posibilidad de utilizar a la divinidad para producir los resultados deseados. En el relato
bíblico, las hijas de los hombres se unen con seres divinos para engendrar a los héroes de la
antigüedad (Gn 6,1-5). Finalmente, la voluntad de autojustificación, cuando está provista
del poder técnico, económico y político necesario, puede convertirse en una abierta
competencia con la divinidad, en la que los imperios tratan de ``tocar el cielo'' con sus
grandes logros (Gn 11).
En el plano de las relaciones humanas, la pretensión de justificarse por los resultados de las
propias acciones conlleva, de entrada, la desconfianza antes los demás, pues ellos pueden
en todo momento evaluar los que yo produzco. En la historia bíblica, Adán y Eva se dan
cuenta de que están desnudos, y se tienen que cubrir (Gn 3,7). Esta desconfianza se puede
traducir, cuando los resultados son francamente negativos, en un intento de eludir la propia
responsabilidad inculpando a los otros (Gn 3,12). Esto no agota las posibles variedades del
pecado. Quien se quiere justificar por los resultados de las propias acciones puede utilizar a
los demás para producir esos resultados, dando lugar a diversas formas de dominación. En
el relato bíblico, Eva utiliza a Adán para producir aquello que las civilizaciones antiguas
consideran como el ``fruto'' por excelencia de una mujer: los hijos. Pero esta utilización se
entreteje con otra, en la que el varón domina a la mujer (Gn 3,16). Los sistemas de
utilizaciones mutuas no son sin embargo la única plasmación posible del pecado
fundamental. Caín y Abel aparecen compitiendo entre sí por presentar los mejores
resultados de su trabajo ante la divinidad. La competencia engendra envidia y violencia
homicida entre los hermanos.

La violencia no es, como se presenta en ocasiones, el pecado fundamental de la humanidad,


sino una consecuencia del mismo. Ciertamente, hay una conexión entre la violencia y el
mimetismo (Girard, 1972) de quienes tratan de producir los mismos resultados. Sin
embargo, la raíz última de la violencia está precisamente en esa pretensión de justificación
mediante los logros de las propias acciones. En este sentido, el pecado de Caín remite, más
profundamente, al de Adán. Ahora bien, en la lógica del pecado fundamental, cada quien ha
de recibir el resultado merecido por sus acciones. El homicida ha de ser matado. Esto da
lugar, en último término, a una espiral creciente de venganzas y contra-venganzas. Es lo
que en el texto bíblico expresan las palabras de Lámec a sus mujeres (Gn 4,23-24). El
estado, como monopolio de la violencia legítima, trata de poner límites a esta espiral,
asumiendo él mismo las retribuciones. No deja de ser interesante que el relato bíblico
presente a Caín como el primer fundador de una ciudad-estado (Gn 4,17). Sin duda, cuando
una institución humana asume la tarea de dar a cada quien lo merecido, de alguna manera
asume funciones propias de los dioses, y entra en competencia con Dios. En realidad, quien
quiere producir grandes resultados, quiere poder. Es el poder que da la técnica, la
dominación económica, militar o política. Un poder que busca el reconocimiento de los
otros, pero que solamente termina por dividirlos. En este sentido, el imperio de Babel es la
culminación del dinamismo expresado en la desobediencia de Adán.

Otras dimensiones del pecado tocan a la relación del ser humano consigo mismo y con la
naturaleza. Quien se pretende justificar por los frutos de las propias acciones, no sólo está
expuesto permanentemente al tribunal de Dios o de los demás seres humanos. También está
el tribunal de la propia conciencia, que presenta todas las faltas como merecedoras de un
castigo. Es la culpa que caracteriza la situación existencial de Caín (Gn 4,13-14). Por otra
parte, la voluntad de justificarse por los frutos de las propias acciones conlleva una carrera
incesante por producir resultados. El trabajo deja de ser un apacible cuidado del jardín de
Dios (Gn 2,15) para convertirse en una carrera frenética para obtener resultados. Una
carrera frenética que agota y destruye a la naturaleza, que de este modo queda afectada por
el pecado. Y una carrera que solamente culmina con la muerte. La muerte deja de ser el fin
natural de la vida para convertirse en algo muy distinto. Quien ha pasado toda la vida
tratando de producir resultados que le justifiquen, obtiene como resultado final la muerte
(Gn 3,17-19). Bajo la lógica de Adán, no cabe ninguna duda de que la muerte es ``la paga
del pecado'' (Ro 6,23).

Llegados a este punto, podemos entonces constatar que el ``pecado original'' no sólo es el
pecado fundamental de la humanidad, sino más precisamente la estructura fundamental de
su pecado. Los pecados particulares y, más radicalmente, la situación empecatada de la
humanidad, se presentan como plasmación concreta de una misma estructura fundamental.
Aunque teología clásica tendió a pensar el pecado de Adán como un hecho histórico, no por
ello dejó de entrever este aspecto más radical del pecado original como estructura
fundamental de todo pecado (Agustín de Hipona, Enchiridion, 45). Ahora bien, si ``Adán''
designa a toda la humanidad, no estamos ya ante un esquema cronológico según el cual un
pecado vendría antes que otros. Estamos más bien ante la revelación crítica, en forma de
relato, de la estructura fundamental que subyace a todo pecado. Tanto los pecados
``individuales'' como los pecados ``estructurales'' obedecen en el fondo a un mismo
dinamismo, y son por eso inseparables. El pecado original no es el pecado social o
estructural, sino la raíz última del mismo, susceptible de plasmaciones tanto individuales
como colectivas. No cabe duda, por ello, que la doctrina del ``pecado original'' se ha de
desarrollar en el marco del ``pecado del mundo'' (Jn 1,29), entendiendo por tal el conjunto
de los pecados humanos (Schoonenberg, 1966). Sin embargo, el ``pecado original'' no nos
habla primeramente del aspecto ``impersonal'' y ``antecedente'' del pecado del mundo, sino
más bien ante todo de su estructura fundamental, de su lógica interna, de su raíz siempre
presente en los pecados particulares.

4   El pecado y la salvación


El pecado original, así considerado, no constituye una doctrina pesimista sobre la
naturaleza humana. De hecho, el discurso sobre el ``pecado original'' como estructura
fundamental del pecado solamente tiene sentido desde la salvación que ha tenido lugar en
Cristo. En este sentido, una hermenéutica cristiana de los textos bíblicos relativos al pecado
solamente es posible a la luz del conjunto canónico de la Escritura. Si estos textos nos
hablan de la estructura fundamental de todo pecado, es precisamente porque los cristianos
creemos que en Cristo ha acontecido una liberación tan radical del pecado, que la raíz
última del mismo ha sido curada. El presunto pesimismo es en realidad un optimismo que
desde la liberación acontecida y celebrada reflexiona sobre la situación pasada. La
salvación ya sucedida en Cristo es la que nos abre los ojos para entender en qué consiste, en
su raíz última, el pecado humano, y también para esperar una liberación definitiva del
mismo.

Tomás de Aquino definió el pecado original diciendo que éste consistía formalmente en una
privación de la justicia originaria, y materialmente en concupiscencia (Summa Theologica
I-II, q. 82, a. 3). Esta definición clásica, que recogía las dos grandes tendencias del estudio
medieval del pecado original, puede ser parafraseada tras nuestro análisis diciendo que la
estructura fundamental del pecado consiste negativamente en una falta de fe y
positivamente en la vana pretensión de autojustificarnos mediante la correspondencia entre
nuestras acciones y sus resultados. Esto nos permite mostrar varias dimensiones del pecado
en relación con la salvación.
En primer lugar, resulta claro que la salvación cristiana tiene una dimensión universal
precisamente porque la falta de fe es universal. Nadie tiene la fe por nacimiento. Y esto
significa que el ser humano, en la medida en que carece de fe, está abocado a organizar su
vida según aquellas esperanzas que se basan en las regularidades que observamos en
nuestro mundo. Dicho en otros términos: el ser humano, fuera de la fe, está abocado a la
autojustificación. Por supuesto, queda la cuestión abierta sobre si puede haber fe fuera de la
confesión cristiana explícita (véase ``fe''). Pero sí resulta claro que la carencia de fe implica
la autojustificación. Esto nos permite aproximarnos a entender la situación de los recién
nacidos. El pecado original no es una epidemia hereditaria, trasmitida de padres a hijos en
virtud de la concupiscencia presente en la generación, como en algún momento pensó
Agustín de Hipona (Enchiridion, 26, 34). Lo que sucede es que nadie tiene la fe por
nacimiento. En el recién nacido no se puede afirmar la presencia de la vana pretensión de
autojustificación. Pero sí se puede señalar la ausencia de la fe, la cual terminará abocando,
si la fe no aparece, a la necesidad de autojustificarse. Afirmar en los infantes la presencia
del pecado original no es otra cosa que afirmar la universal necesidad de la salvación que
viene de Cristo por la fe.

En segundo lugar, la universal necesidad de la salvación no significa que la naturaleza


humana sea en sí misma mala. Como criatura, el ser humano es una realidad buena, salida
de la voluntad creadora de Dios. Lo que sucede es que esa criatura no tiene la fe como un
elemento más de su ``naturaleza''. Y por tanto el ser humano, fuera de la fe, está abocado a
la autojustificación. Esto, lejos de ser una maldición de su naturaleza, es el aspecto negativo
de una dimensión positiva. El ser humano ha sido creado para un encuentro con Dios que
no se deriva de las estructuras de la propia naturaleza, sino en el que se pondrán en juego la
gracia de Dios y la propia libertad. El ser humano no ha sido creado para encerrarse sobre sí
mismo, sobre su propia naturaleza, como un ser ``encorvado sobre sí mismo'' (Lutero). El
ser humano ha sido creado para algo que transciende las propiedades que ``naturalmente''
puede obtener de sí mismo. La realidad humana, por su apertura, está abocada a una
historia personal y colectiva. La doctrina del ``pecado original'' nos muestra que el ser
humano, lejos de agotarse en sí mismo y en las propiedades que tiene por nacimiento, ha
sido creado para un encuentro con Dios que tiene lugar en la historia. La doctrina del
pecado original es una doctrina sobre la historicidad de la salvación.

En tercer lugar, el análisis del ``pecado original'' como estructura fundamental de todo
pecado nos permite distinguir con precisión entre pecado y faltas morales. Ciertamente, la
estructura fundamental del pecado se plasma en pecados particulares, los cuales pueden
tener el carácter de una falta moral. Pero no es posible establecer una ecuación entre pecado
y falta moral. La falta de fe y la pretensión de autojustificación son compatibles con el
discernimiento moral y la libertad. Dicho en los términos cronológicos del relato bíblico:
incluso después de ``Adán'', Caín tenía libertad para no haber asesinado a su hermano Abel
(Gn 4,6-7). Una hipotética conducta éticamente intachable es perfectamente compatible con
la absoluta voluntad de autojustificación: es justamente el llamado ``fariseísmo''. Dicho en
términos más colectivos: las estructuras de pecado son, como hemos visto, plasmación de la
estructura fundamental del pecado. Es posible, por supuesto, mejorar cualquier estructura
económica, social, política o religiosa. La lucha por transformar esas estructuras es por ello
un aspecto de la lucha cristiana contra el pecado. Sin embargo, la lucha verdaderamente
decisiva y eficaz tiene lugar allí donde se busca transformar la raíz de la que surgen todo
tipo de estructuras opresivas. De lo contrario, nuevas formas de dominación tenderán
indefectiblemente a aparecer.

Esto nos muestra, en cuarto lugar, las dimensiones sociales de la salvación. El análisis de la
estructura fundamental del pecado nos ha mostrado cómo en las sociedades humanas se
plasman diferentes formas de dominación, de violencia, de búsqueda de prestigio, de
autodivinización y voluntad de poder. En este sentido, la doctrina del ``pecado original''
contiene constitutivamente una crítica social y política. Pero también nos muestra que la
salvación cristiana, en la medida en que cura esa estructura fundamental, da lugar
necesariamente a unas nuevas relaciones sociales. Dicho en términos bíblicos: ``los que son
tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre
ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre
vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero, será siervo de todos'' (Mc
10,42-44). La comunidad cristiana constituye las primicias de una nueva sociedad, la
alternativa de Dios a las formas de opresión que se dan en el mundo. El perdón del pecado
original (simbolizado en el bautismo) es por ello necesariamente y al mismo tiempo una
incorporación a una comunidad creyente.

En este marco es posible repensar la vieja doctrina de la concupiscencia, como término


teológico con el que se quiere designar, no primeramente un desorden de la voluntad o un
problema relativo a la sexualidad, sino la lucha (ad agonem, DS 1515) del creyente una vez
que ha sido liberado de la estructura fundamental del pecado. Y es que el haber creído no
nos garantiza que siempre creamos, ni que organicemos todas las dimensiones de nuestra
vida según la fe. En el creyente sigue habiendo una lucha que le remite siempre a la
necesidad de que Dios renueve en él la salvación que ya le ha dado: ``creo Señor, socorre
mi incredulidad'' (Mc 9,24). Esta increencia no es un problema puramente individual, sino
también colectivo. En la comunidad cristiana se pueden reproducir, bajo formas tal vez más
sutiles y paternalistas, las mismas estructuras de dominación que hay en el mundo. La lucha
cristiana contra el pecado, en su raíz y en sus plasmaciones, es también por tanto, como en
los viejos textos de Israel, una lucha profética para que las estructuras del pueblo de Dios
reflejen la salvación que ha tenido lugar en Cristo. Es decir, para que en el pueblo de Dios
no haya desigualdad, pobreza, ni opresión.

Finalmente, la doctrina del ``pecado original'' nos muestra la necesidad de ser salvados. La
estructura fundamental del pecado no es algo que podamos cambiar por nosotros mismos.
Un intento de salvarnos a nosotros mismos nos mantendría encerrados en nuestras propias
posibilidades, en nuestra propia justicia, en los cálculos sobre los resultados posibles de
nuestras acciones. Si la liberación fuera algo que realizáramos por nosotros mismos, ella
sería un resultado más de nuestras acciones, con el que habríamos alcanzado nuestra propia
justicia. Podríamos sin duda gloriarnos de ello, pero la estructura fundamental del pecado
permanecería intacta, pues no habríamos abandonado la voluntad de autojustificación. La
desobediencia de Adán no la puede curar Adán. Dicho de nuevo en términos bíblicos: unos
querubines están al Oriente del huerto del Edén, y una espada encendida nos impide el
regreso (Gn 3,24). La autoliberación sería autojustificación. No nos podemos dar a nosotros
mismos la salvación (véase). Necesitamos un salvador. La doctrina del ``pecado original''
nos muestra y nos une a los gemidos de la humanidad y de la creación entera que clama por
su Mesías: ¡Ven, Señor, Jesús!

5   Bibliografía
1. Costas, A., ``Más ricos y desiguales'', El País, 30-1-1999, p. 12.
2. Girard, R., La violence et le sacré, París, 1972.
3. González, A., Teología de la praxis evangélica, Santander, 1999.
4. Haag, H., Biblische Schöpfungslehre und kirchliche Erbsündenlehre, Stuttgart,
1966.
5. Lohfink, N., Das Jüdische am Christentum, Freiburg i. B., 1989.
6. Schoonenberg, P., Theologie der Sünde, Einsiedeln, 1966.
7. Segundo, J. L., El hombre de hoy ante Jesús de Nazaret, vol. 1, Madrid, 1982.

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