Filosofía a la gorra
Por Diego Singer
Giorgio Agamben - Julio Cortázar
Infancias y larvas
Julio Cortázar
Axolotl (En Final de juego, 1956)
Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín
des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros
movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo
real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y
L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones
y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios.
Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y
mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente
con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas
larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que
eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el
cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de
vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la
estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son
comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de
bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes.
Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios
sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los
acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer
momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante
seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante
el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el
mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y
musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el
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cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado,
sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en
el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las
otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las
estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros,
terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de
nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola,
pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos
dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos
orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida
pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo
y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los
inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con
lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por
el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se
adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra
sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres
ramitas rojas como de coral, una excrecencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único
vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a
bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con
suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino;
apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen
dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl.
Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con
una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo
de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple
ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que
pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los
restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos
semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida
diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía
inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo
infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el
cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían
ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable
que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día
en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono
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revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La
absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi
reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas...
Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la
cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía.
Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una
metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes,
esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión
desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo
terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía
musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían
mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En
ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por
penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal
había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de
algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan
espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también
fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad
implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián,
no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me
decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta
de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro.
Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia.
Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando
lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena
noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen
párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al
inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo
alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban
algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de
los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la
inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba
de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme
que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo
sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al
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vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro
sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin
transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el
vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo
comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en
el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi
cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de
comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna
comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento
fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo.
El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de
axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl,
condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando
una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto
a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan
claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre,
incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara
del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi,
me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por
nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar
mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más
que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y
yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que
al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y
mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si
pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su
imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los
primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve,
me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va
a escribir todo esto sobre los axolotl.
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Giorgio Agamben
Por una filosofía de la infancia (1996) en Teología y lenguaje, Las cuarenta.
En las aguas frescas de México vive una especie de salamandra albina que ha atraído la
atención de los zoólogos y estudiosos de la evolución animal por largo tiempo. Quien haya
tenido la oportunidad de observar un espécimen en un acuario, habrá sido sorprendido por
la apariencia infantil, casi fetal de este anfibio: su cabeza relativamente larga encastrada en
su cuerpo, su piel opalescente, levemente veteada de gris en el hocico y encendida en
plateado y rosa en las excrecencias alrededor de sus agallas, sus delgadas patas en forma de
lirio y dedos rojos como pétalos.
El axolotl (éste es su nombre) fue clasificado en principio como una especie discreta, una
que mostraba la peculiaridad de mantener a lo largo de su tiempo vital, características que
son, para un anfibio, típicas de la larva, como la respiración branquial y un hábitat
exclusivamente acuático. Que ésta era una especie autónoma, sin embargo, fue probado
más allá de toda duda por el hecho de que, a pesar de su apariencia infantil, el axolotl fue
perfectamente capaz de reproducirse. Sólo después, una serie de experimentos confirmó
que, seguido de la administración de hormona tiroidea, el pequeño tritón experimentaba la
metamorfosis normal de los anfibios: éste perdería sus agallas y, desarrollando la
respiración pulmonar, abandonaría la vida acuática para transformarse en un espécimen
adulto de la salamandra manchada (ambistoma tygrinum). Esta circunstancia podría
conducir la clasificación del axolotl a un caso de regresión evolutiva, un desafío en la lucha
por la vida que compele a un anfibio a renunciar a la parte terrestre de su existencia y a
prolongar indefinidamente su estado larval.
Pero éste no es el caso; y es precisamente este infantilismo obstinado (paedomorphosis o
neotenia) el que ha ofrecido la llave a una nueva forma de entender la evolución animal.
¿Qué seguiría, en este sentido, si los seres humanos no hubieran evolucionado inicialmente
a partir de individuos adultos, sino de bebés primates que, como el axolotl, habrían
adquirido prematuramente la capacidad de reproducirse?
Esto explicaría un número de características morfológicas humanas (desde la posición del
agujero occipital a la forma de la auricular del oído, desde la piel sin pelo a la estructura de
las manos y los pies) que no se corresponden con aquellas de los antropoides adultos sino
con las de sus fetos. Rasgos que son transitorios en los primates, en los humanos se han
vuelto definitivos, de alguna manera traspasando, en carne y hueso, el tipo del eterno niño.
Más allá de todo, sin embargo, la hipótesis nos permite explicar de un nuevo modo el
lenguaje y toda la tradición exosomática (cultura) que, más que cualquier marca genética,
caracteriza al homo sapiens.
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Intentemos imaginar un infante que, al contrario del axolotl, no sólo se instala en su entorno
larval, sino que también se adhiere tanto a su falta de especialización y a su totipotencia que
rechaza cualquier destino y cualquier entorno específico para solamente seguir su propia
indeterminación e inmadurez. Mientras otros animales (¡los maduros!) simplemente
obedecen las instrucciones específicas escritas en sus códigos genéticos, el neoténico
infante se encuentra a sí mismo en la condición de también ser capaz de prestar atención a
aquello que no está escrito, de prestar atención a las posibilidades somáticas arbitrarias y no
codificadas. En su infantil totipotencia, estaría arrojado fuera de sí, no como lo están otros
seres vivientes, en una aventura y un entorno específicos, sino, por primera vez, en un
mundo. En este sentido, el infante estaría verdaderamente a la escucha del ser y de la
posibilidad. Y, con su voz libre de toda directiva genética, con absolutamente nada que
decir ni expresar, el niño podría, al contrario de cualquier otro animal, nombrar las cosas en
su lenguaje y, de este modo, abrirse ante sí mismo una infinidad de mundos posibles.
En la vocación humana específica, la infancia es, en este sentido, la preeminente
composición de lo posible y de lo potencial. No es una cuestión, sin embargo, de simple
posibilidad lógica, de algo no real. Lo que caracteriza al infante es que él es su propia
potencia, él vive su propia posibilidad. No es algo parecido a un experimento específico con
la infancia, uno que ya no distingue posibilidad y realidad, sino que vuelve a lo posible en
la vida en sí misma. Es en vano que los mayores intenten chequear esta inmediata
coincidencia entre la vida del niño y la posibilidad, confinándola a tiempos y lugares
limitados: la guardería, los juegos codificados, el tiempo de jugar, y los cuentos de hadas.
Ellos saben muy bien que la cuestión no es de fantasear, sino que en este experimento el
niño arriesga toda su vida, poniéndola en juego literalmente en cada instante. El
experimentum potentiae del niño, de hecho, ni siquiera separa su vida biológica: el niño
juega con su función fisiológica, o, mejor, la juega, y de este modo, se complace en ella.
Los buenos maestros saben esto, son aquellos que entienden que los juegos son la autopista
a la experiencia infantil. Es por eso que ellos triunfan al lograr que el niño adquiera ciertas
costumbres y hábitos. Para que un niño aprenda a bañarse, por ejemplo, es esencial
transformar el baño en un juego; y es jugando que el futuro adulto adquiere su forma de
vida.
Heidegger describió la inquietud y el movimiento específico de ser-en-el-mundo por la vía
del término Dasein, estar-ahí, estar en el propio-lugar. Es una pregunta, diríamos, acerca de
una trascendencia sin un en otra parte, de un ser fuera de sí mismo y en su propio camino
hacia su verdadero tener-lugar (Heidegger una vez expresó esta condición como ‘ser por
dentro un afuera’). ¿Cuál es el Dasein de un niño? Uno podría decir que es una inmanencia
sin lugar ni sujeto, un aferrarse que no se aferra ni a una identidad ni a una cosa, sino
simplemente a su propia posibilidad y potencialidad. Es una absoluta inmanencia que es
inmanente a nada.
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En este sentido el niño es el paradigma de una vida que es absolutamente inseparable de su
propia forma, una absoluta forma-de-vida sin resto. ¿Qué significa ‘forma de vida’ en este
caso?
Significa que el niño nunca es nuda vida, que nunca es posible de aislar en un niño algo
como la nuda vida o la vida biológica.
Las políticas con las que estamos familiarizados están caracterizadas desde su origen por la
diferenciación en la esfera de la nuda vida (zoé, la simple vida natural, como opuesta al
bios, la vida que está políticamente cualificada por los hombres libres), la que, en la polis
clásica, fue confinada a los recintos de la casa (el lugar de las mujeres, de los niños, de los
esclavos) y que, en la ciudad moderna, ha incrementadamente y todavía más
profundamente llegado a entrar en la esfera política (que, al final, se convierte en esta
incesante decisión de vida: el campo de concentración como lugar de la nuda vida).
Si el niño parece escapar a esta estructura y nunca permite, en sí mismo, la diferencia de la
simple vida, no es, como se suele sostener, porque el niño tiene una vida irreal y misteriosa,
una hecha de fantasía y juegos.
Es exactamente lo opuesto lo que caracteriza al niño: éste se aferra tan estrechamente a su
propia vida fisiológica que se convierte en indiscernible de ella misma. (Éste es el
verdadero sentido del experimento con lo posible que mencionábamos con anterioridad.) Al
igual que la vida de la mujer, la vida del niño es inaferrable, no porque trascienda hacia otro
mundo, sino porque se aferra a este mundo y a su propio cuerpo de un modo que los adultos
encuentran intolerable.
Los latinos tenían una expresión singular, vivere vitam, que pasó a los idiomas romances
modernos como vivre sa vie, vivere la propria vita. La fuerza transitiva completa del verbo
‘vivere’ debe ser restaurada en este punto; una fuerza, sin embargo, que no toma un objeto
(¡esto es una paradoja!), sino que, diríamos, no tiene un objeto otro que sí misma. Es una
absoluta inmanencia que no obstante se mueve y vive.
Tal es, entonces, la vida del niño. Y es por eso que el niño es el único ser íntegramente
histórico, si la historia es, precisamente, aquello que es absolutamente inmanente, sin haber
sido identificado de hecho (la batalla de Waterloo no es ninguno de los hechos que la
componen, y ni siquiera su suma –y sin embargo no hay nada más que estas cosas). La vida
del niño, como resulta, en vez de parecer completamente dividida en pequeños hechos y
episodios faltos de sentido e historia (como la vida de los primitivos), permanece
inolvidable, la cifra de una historia mayor.