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Reseña Crítica La Historia Es Literatura Contemporánea

Este documento defiende la escritura de historia como literatura. Argumenta que la historia siempre ha estado acompañada por la poesía y la literatura para registrar la vida humana. Sin embargo, con el avance de la ciencia positivista, la historia emergió como disciplina separada de la literatura. El autor analiza el libro de Ivan Jablonka que propone que la historia es literatura contemporánea y que los recursos literarios enriquecen la comprensión del pasado al darle sentido a los hechos. El documento concluye instando a los escrit

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Reseña Crítica La Historia Es Literatura Contemporánea

Este documento defiende la escritura de historia como literatura. Argumenta que la historia siempre ha estado acompañada por la poesía y la literatura para registrar la vida humana. Sin embargo, con el avance de la ciencia positivista, la historia emergió como disciplina separada de la literatura. El autor analiza el libro de Ivan Jablonka que propone que la historia es literatura contemporánea y que los recursos literarios enriquecen la comprensión del pasado al darle sentido a los hechos. El documento concluye instando a los escrit

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ESCRManifiesto por las aldeas: una defensa para la escritura

Bryan Andrés Mosquera Romero

En tiempos de posverdad, parece ser que tambalea el sentido de la vida. Durante mucho
tiempo, la verdad parecía un juego de canicas, donde la anterior empujaba a la que seguía, y
así, en lo que parecía un infinito falseamiento, empezó a perder validez ese juego. Hoy día,
ya no importa qué canica empuja, ni la lógica del juego; nos sumergimos en el sinfín
reconfortante de la fuerza, la violencia, de quitar la canica que seguía y creer que por el
extremismo de lo individual, estamos llamados a imponernos sobre el otro. Ivan Jablonka,
en su libro “La historia es una literatura contemporánea”, nos hace buscar, en términos de
lo duradero, cómo podemos escribir de nuevo la Historia, y cómo la Historia, además de ser
un método disciplinar, es la inagotable búsqueda del sentido. Ya no es verdad, es sentido. Y
el escritor, sin aspavientos, está llamado a encontrar el sentido de lo que investiga y
construye; el orfebre debe, ante la dictadura de lo establecido, encontrar su aporte, su
propio canon irrepetible.

En Latinoamérica, y sobre todo en Colombia, la búsqueda por el sentido que desdibuje


verdades, límites y cánones, ya tiene un trecho bien fundado. Personajes como Rodolfo
Walsh, García Márquez, Martín Caparrós, Leila Guerriero, Alfredo Molano, son dignos
ejemplares que, en su tiempo, y en buena hora, supieron enfrentarse al imperio de lo
establecido. La historia desde abajo, las historias desde el testimonio, las historias que
narran sin pretensiones de ciencia, debían de tener una bonanza duradera en estas tierras de
penurias. No es gratis, entonces, que Jablonka, casi medio siglo después y al otro lado del
mar, haga el llamado de que Operación Masacre, la obra insigne de Rodolfo Walsh, es una
cátedra metodológica de cómo escribir, dando sentido a lo investigado, y con una
rigurosidad que sortea lo científico. Es famosa, también, la introducción que hace Fals
Borda a la obra de Alfredo Molano, donde, en términos del patriarca de los científicos
sociales, nos dice que Molano es todo y nada a la vez, que en él no se sabe en qué momento
habla el sociólogo y nutre al antropólogo, en qué momento compara el historiador y
humaniza el literato; son todas esas disciplinas juntas a la vez en el cerebro del
investigador, dice Fals. Aquí, entonces, descansa el valor del sentido: buscar el sentido
escrito a lo que se investiga, comprender las infinitas posibilidades. Entender que cada
realidad necesita su propia forma de ser narrada.

El libro de Jablonka es, ante todo, una defensa. En la Francia que le tocó vivir, siempre
quiso ser escritor, pero desde la Historia. Su afición lo llevó a narrar la vida de sus abuelos,
con un olfato de sabueso entrenado, que buscó y revolcó el archivo y todo vestigio del
pasado posible que le permitiera, con la paciencia de un relojero, construir la Historia de
los abuelos que nunca tuve. Este libro, sin embargo, debía tener un sustento teórico y
académico, donde Jablonka, con su bagaje literario e histórico, justificara porqué hoy día la
historia es literatura contemporánea; quitar el tan mentado estudio científicamente
elaborado, y dotarlo de una calidad humana y tan cercana a todos, que ahora sería un
estudio que busca darle sentido a lo sucedido. Así es que nace La historia es una literatura
contemporánea.

Jablonka da una espada y un escudo muy bien dotado a todo aquel que quiera escribir en
sus términos. Empieza desde el riguroso y humilde Herodoto, hasta el peculiar y reformista
Ginzburg. Nos habla cómo, desde siempre, tanto en tiempos de túnicas, sotanas y harapos,
como en el de la tela, lino y seda, la poesía y la literatura acompañó al hombre y lo ayudó a
registrar su vida. Pero, ante el avance del positivismo, de la ciencia, ante el descalabró de la
sociedad estamental, ante la supuesta desarmonización de la vida, ante los nuevos riesgos
del hombre moderno y su afán por ordenarse, la Historia nace como disciplina, pero más
como aliada. En esos tiempos, a su vez, nace la novela realista, la cual Jablonka comprueba
que sirve de insumo para Ranque, por decir un ejemplo, y cómo Flaubert, en un buen
aforismo de su época, tuvo la sensatez de decir que en algún tiempo la literatura sería tan
científica como se pregonaba por aquel entonces. Fue cuando se intentaron las novelas
históricas de Chautebrand, Walter Scott, Balzac y Baudelaire, que como lo demuestra
Jablonka, fueron insumo de rigurosidad y escritura para la recién creada disciplina
histórica; tanto desde el punto de vista, como desde la investigación a contra punto con la
sociedad, donde nace la tercera persona, el narrador omnisciente, el escritor que no se
interesa por los pensamientos, sino por las acciones y sus condiciones de posibilidad. Sin
embargo, cuando empezó la dictadura de lo homogéneo, y la literatura pasó a un segundo
plano por no llegar a tiempo al tren del progreso comprobable, sucumbió a lo peyorativo,
así se demuestre que sirvió de insumo para los Anales y sus generaciones, para los
marxistas británicos, para todo aquel que quiere entender la realidad. La disfrutaban con
tanto pecado, que por momentos se les salía uno que otro delirio, como dotar al
Mediterráneo de cualidades humanas. Esto trata de rastrear Jablonka: cómo, tras
bambalinas y entre líneas, los escritores canónicos narraron reyes taumaturgos que hablan
y sufren en escenas, de los mil y un Guillermos Mariscales que tienen una vida de leyenda,
y hasta sienten y lloran; de un sin fin de posibilidad de narrar según requiera lo investigado.
Por fortuna, hoy día, los apoyamos, y bajo ninguna pretensión científica osamos
perdonarlos.

Ahondar el dilema de la ficción y la realidad, en términos de Jablonka, es un despropósito


para nuestros tiempos. Lo que él llama “ficción del método”, es una apuesta por poner de
cabeza el enigma de la escritura científica, su camándula de hierro que por momentos
parece pesarle más de lo que le funciona. Esta técnica, la ficción del método, es tan vieja
que permanece en Braudel y March Bloch, quienes fundan y mantienen el canon de la
Historia hoy día. Lo que quiere Jablonka es potenciarla: enseñar la potencialidad cognitiva,
el aporte de los distintos focos de los personajes, las escenas que intrigan, la narración que
salta, va y viene, al mejor estilo Faulkneriano. Y, por favor, sin tomar a los recursos
literarios como un sublime abrigo de plumas que engalana e impresiona, sino como un
ejercicio visceral que apunta y revuelve, que encuentra y da sentido. No es priorizar forma
o contenido: es un ir y venir entre estos dos. Pensar que es tan solo un recurso persuasivo es
una afrenta. Confiar en que es un recurso que revaloriza el sentido y profundiza lo contado,
es una ofrenda en nuestros tiempos.

Es preciso, a su vez, saber contra quien se choca el escudo y se blande la espada, y mucho
más conocer la sagacidad del enemigo, y el tiempo que lleva en el trono. Escribir en
Historia es, desde que se empieza, un ejercicio estéril, que raya con lo maquinal y
establecido. Aunque se reconozcan aportes como el de Gonzalo Sánchez, Molano, y por
momentos Archila y Álape, que buscan dotar de sentido lo narrado, y hacer una historia
que, aunque reciente, igual de valiosa, el entusiasmo de un joven escritor naufraga en el
duro mar de la academia, y, sorprendentemente, estos francotiradores sin bando, cuyo
honor y tenacidad no fue jamás un equívoco, son considerados escritores, por sobre todas
las cosas, y hasta periodistas, sin que se les pregunte; se les sigue citando en cuanto trabajo
académico, porque lograron hacer mella dentro del sistema. Daniel Pecaut cita a Molano,
así Molano se haya escapado de sus manos cuando decidió dejar el doctorado que le
asesoraba el francés, por el solo hecho de escribir para la gente. Álape, hoy día, que revive
testimonios como del gran paro cívico del 77, o de la biografía de Marulanda Vélez, o del
funesto Bogotazo, es tan vilipendiado que, así no aparezca en muchos trabajos de
historiadores, sí figura con un libro muy bien posicionado en la última encuesta que
englobó los 100 mejores libros de la vida republicana de Colombia. Para desconcierto de
los historiadores, y ágape de los escritores, ningún libro de Historia ocupa un puesto
estimable, pero, libros de no ficción, tan rigurosos como lo envidiaría otro historiador, y
que no necesitan inventar para dar en la realidad, tienen un puesto envidiable. Algo está
saliendo mal.

El reto está más que dilucidado. El libro de Jablonka ofrece toda la justificación para hacer
mella por dentro. Lograr la apreciación de los lectores y no la consideración académica,
jamás es un asunto de desdicha, todo lo contrario, es una motivación necesaria. Debemos
aprender que andamos sobre hombros de gigantes, como pregonaría Newton, y no sobre
ingenuos que no sabían qué hacían, como se escucha entre los pasillos. Dejar los bandos y
desdibujar límites; escribir como mejor parezca. La defensa está ahí. Es nuestro trabajo,
entonces, asumirlo, con las veintiocho letras y con transpiración, jamás con inspiración.
Saber que no hay un solo lector, sino varios lectores; y no hay una sola forma de hacer
Historia. Pinta tu aldea y serás universal. En tiempos del absolutismo de la posverdad,
necesitamos tantas aldeas como sean posibles para encontrarnos, saber otras posibilidades
de vivir, y no solo hoy día, sino en el pasado. Empecemos ya.
Apreciación sobre el curso:

Nadie desconoce la calidad de orador que tiene el profesor y su manejo del tema. Mis
criticas, entonces, no van para él. El pregrado es absurdamente desconectado. Las
asignaturas de teoría, que deberían ser un fuerte en tiempos de pensarse el mundo, y de
revitalización de lo contemplativo, parecen nadar a contra corriente, llevando Introducción,
Teoría 1 y Teoría 2, un ritmo y unas aguas tan distintas, que el revolcón es inevitable, y en
el medio, por supuesto, nosotros los estudiantes. El único salvavidas que tenemos es la
biblioteca, y la curiosidad por entre los pasillos y la disposición del profesor. Sin esto, es
imposible llegar a buen término, y mucho más alcanzar una calidad y claridad teórica que
tanto se necesita a la hora de afrontar una realidad cada vez más espiral y menos compacta.
Debemos reformularnos las cátedras. Y más en épocas de acreditación.

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