GORILAS EN LA NIEBLA
BIBLIOTECA CIENTÍFICA SALVAT
DIAN FOSSEY
13 años viviendo entre los gorilas
SALVAT
Versión española de la obra original
inglesa Gorillas in the mist, publicada
Hodder and Stoughton, de Londres.
Traducción de Marcela Chinchilla y
Manuel Crespo.
Cubierta: Foto original de la película
cedida por Warner Bros.
© 1988 Salvat Editores, S. A. Barcelona
© 1983 Dian Fossey
ISBN: 0 340 28734 9 Edición original
ISBN: 84 345 8743 2
Depósito Legal: B. 580/1990
Publicado por Salvat Editores, S. A.,
Mallorca, 47 – Barcelona
Impreso por Cayfosa. Sta. Perpétua de
Mogoda – Barcelona
Printed in Spain
Prólogo
Consagró su vida a los gorilas de
montaña, y su dedicación le llevó a
morir por ellos. Dian Fossey fue
asesinada el 27 de diciembre de 1985 en
el Parque Nacional de los Montes
Virunga, en el mismo lugar donde había
establecido su campamento veintiún
años atrás, y por los mismos cazadores
furtivos que ella había combatido con
una determinación más propia de un
héroe que de un simple mortal.
Cuando leímos Gorilas en la niebla para
considerar su posible inclusión en
nuestra Biblioteca Científica, nos
cautivó desde las primeras páginas
porque además de proporcionar una
completa información sobre la vida y
comportamiento de los gorilas es
también un subyugante libro de
aventuras, lleno de humor y sembrado de
anécdotas. Nunca imaginamos que, por
desgracia, acabaría convirtiéndose
también en el testamento literario de una
etóloga que estudió y amó
profundamente a estos parientes tan
próximos de nuestro linaje.
Pero el sacrificio de Dian Fossey no ha
sido en vano. Su labor científica está
siendo continuada por biólogos de todo
el mundo, y las ayudas a la Fundación
Digit se han ido incrementando. El
resultado no puede ser más
esperanzador: por primera vez desde
hace muchas décadas, la población de
gorilas de montaña va en aumento.
Nuestro ferviente deseo al publicar
Gorilas en la niebla es que se generalice
el sentimiento de que no sólo los
gorilas, sino todos los seres vivos tienen
derecho a ocupar un lugar en ese,
acogedor planeta que llamamos Tierra.
Los editores
A la memoria de Digit,
Uncle Bert, Macho y Kweli
Agradecimientos
Muchos de nosotros tenemos sueños o
ambiciones que esperamos satisfacer
algún día. Por mi parte, puede que nunca
hubiera conseguido ir a África a estudiar
el gorila de montaña de no haber sido
por la familia Henry, de Louisville
(Kentucky), que me avaló el crédito que
pedí para mi primer safari por África en
1963. En ese viaje me encontré con los
gorilas de los volcanes Virunga en la
entonces República Democrática del
Congo, y con el Dr. Louis S. B. Leakey
en la garganta de Olduvai, en Tanzania.
Tres años después, el Dr. Leakey me
elegía para realizar un estudio de campo
a largo plazo sobre el gorila de
montaña. Desde ese día hasta su
fallecimiento en 1972, fue un manantial
inagotable de estímulo y optimismo.
Nunca olvidaré la última vez que lo vi,
de pie en la terraza del aeropuerto de
Nairobi, viéndome partir hacia Ruanda
para encontrarme con los gorilas.
Mientras sus blancos cabellos ondeaban
al viento, agitaba alegremente en el aire
sus muletas de aluminio. Rodaba ya el
avión por la pista, y todavía era visible
el resplandor metálico que producían las
muletas del Dr. Leakey diciéndome
adiós.
Su inquebrantable fe en que el proyecto
de investigación sobre el gorila de
montaña llegaría a ser tan fructuoso
como el formidable estudio de la Dra.
Jane Goodall sobre los chimpancés en
libertad, movió a uno de sus amigos más
próximos, Mr. Leighton A. Wilkie, a
proveer los fondos necesarios para
emprender mi proyecto. Guardo una
profunda deuda de gratitud con la Wilkie
Brothers’ Foundation, no sólo por su
apoyo inicial, sino también por su
generosidad al financiar la renovación
del programa después de que la primera
fase concluyera con una rebelión, y por
su continuada ayuda económica para la
recopilación de datos en América.
El Comité de la National Geographic
Society para la Investigación y la
Exploración brindó su magnánimo apoyo
al Centro de Investigación de Karisoke
en 1968, prolongándose hasta la fecha
sus generosas aportaciones. Esta
institución no sólo ha hecho posible el
primer estudio a largo plazo del gorila
de montaña, sino que se ha desviado de
su propia trayectoria para proporcionar
asistencia técnica, material y equipo a
mí y a numerosos estudiantes. Entre los
miembros de la Sociedad que han
prestado tan incansablemente su tiempo,
esfuerzos y apoyo figuran: el Dr. Melvin
M. Payne, presidente de la Junta de
Fideicomisarios; Edwin W. Snider,
secretario del Comité para la
Investigación y la Exploración; Mary G.
Smith, de Proyectos de Investigación
Subvencionados; Robert E. Gilka, de
Fotografía; Joanne M. Hess, directora de
Audiovisuales; Ronald S. Altemus,
también de Audiovisuales; W. Allan
Royce, subdirector de Ilustración, y
Andrew H. Brown, codirector de
Redacción.
En años recientes, a medida que la
investigación fue a más, la L.S.B.
Leakey Foundation ofreció su generoso
apoyo económico a proyectos
específicos. Deseo manifestar mi más
profundo agradecimiento a los muchos
miembros de la fundación que han
contribuido al estudio del gorila de
montaña. Entre ellos figuran el difunto
Allen O’Brien, fundador de la L.S.B.
Leakey Foundation, y Mr. Jeffrey R.
Short hijo, que nos ofreció, además de
su amistad, consejos y ayuda económica.
Hago extensible mi permanente gratitud
a Mary Pechanec y Joan Travis, que
asumieron las metas de la Fundación
desde la desaparición del Dr. Leakey.
Qué no deberé al profesor Robert
Hinde, de la Universidad de Cambridge,
que con tanta paciencia y meticulosidad
supervisó la realización de mi
doctorado y de varios artículos
científicos. El estímulo del Dr. Hinde
significó mucho para mí, en particular
durante el largo período en que la tesis
distó bastante de ser una realidad.
Por la excelente documentación gráfica
y la profunda amistad que trabé con
ellos, quisiera expresar mi
agradecimiento a Robert M. Campbell,
Allan Root, y Warren y Grenny Garst,
todos ellos fotógrafos de excepción por
respetar la personalidad de los gorilas
por encima de todo deseo personal de
obtener fotos y más fotos. Además,
quiero dar las gracias a Joan y Allan
Root por una camaradería que se inició
en 1963 en Kabara, donde, gracias a su
indulgencia, tuve el privilegio de verme
por vez primera ante los gorilas de
montaña. En años posteriores, ambos
contribuyeron de manera decisiva a
convertir mi sueño en realidad al
compartir conmigo sus conocimientos
sobre África.
Durante los dos primeros años de
investigación pude contar con la cordial
hospitalidad y calurosa amistad de Mr.
Walter Raumgartel, propietario del
Travellers Rest Hotel de Kisoro, en
Uganda. Él fue un pionero que se cuidó
de los Virunga y los gorilas mucho antes
de que la mayor parte del mundo
empezara a preocuparse por su futuro.
Son muchas las personas en Ruanda que
me han ofrecido lealtad y amistad
durante las épocas de soledad y
desamparo. Siempre recordaré a Mrs.
Alyette DeMunck que me brindó su
ayuda, sentido común y compañía
cuando puse en marcha el Centro de
Investigación de Karisoke. Asimismo,
vaya mi agradecimiento a Mrs.
Rosamond Carr, de Gisenyi, Ruanda,
cuya simpática y efusiva personalidad
fue tan bien recibida a lo largo de todo
mi período de estudio. Quiero dar
también las gracias a la Dra. Lolly
Preciado, cuyo ilimitado entusiasmo,
unido a su experiencia médica, tanto
hicieron por Karisoke, a pesar de su
agotador trabajo con los leprosos de
Ruanda.
Lolly, Mrs. DeMunck y Mrs. Carr son
sólo tres entre las muchas personas que
siempre estaban disponibles para lo que
fuera, en una tierra donde los lazos de
amistad y la entrega de uno mismo
parecen ser una forma de vida.
Además, han sido muchos los miembros
de la Embajada norteamericana en
Ruanda, con sede en Kigali, que dejaron
sus ocupaciones para ayudarme o ayudar
a los estudiantes de Karisoke a salvar
los obstáculos, diríase que insuperables,
que de vez en cuando surgían. Entre los
muchos que echaron una mano a
Karisoke quisiera dar las gracias a Mr.
y a Mrs. Kramer, que tan
desinteresadamente dedicaron su tiempo
y esfuerzos a resolver los problemas que
yo no podía atender desde lo alto de la
montaña. Al embajador Frank Crigler y
a su esposa les debo una buena parte de
mi ánimo y la supervivencia de
Karisoke, sobre todo en las épocas
bajas. Nunca olvidaré su apoyo moral,
constante y activo.
He de hacer extensiva mi gratitud a los
innumerables estudiantes que han
participado en la recopilación de datos
a largo plazo, así como en el
mantenimiento del centro durante mis
ausencias. Citaré, entre otros, a T. Caro,
R. Elliot, J. Fowler, A. Goodall, A.
Harcourt, S. Perlmeter, A. Pierce, 1.
Redmond, R. Rombach, C. Sholley, K.
Stewart, A. Vedder, P. Veit, D. Watts,
W. Weber y J. Yamagiwa.
Deseo prestar un especial homenaje a la
memoria de una mujer joven cuyo anhelo
de trabajar con los gorilas de montaña
nunca fue satisfecho: Debbie
Hamburger. Debbie trabajaba como
ayudante de investigación arqueológica
en otra región de África, y sus
colaboradores africanos la llamaban
Mwelu, que significa «toque de brillo y
luz». Debbie murió de cáncer poco antes
de su proyectado período de
investigación en Karisoke. Sus cenizas
fueron esparcidas por los senderos que
podría haber recorrido en los Virunga.
Su deseo de tener «un poco de tiempo»
no le fue otorgado, pero sus palabras se
han convertido es un símbolo para todos
aquellos que han podido trabajar con los
gorilas de Karisoke.
La larga investigación en la soledad de
los montes Virunga habría sido
imposible sin la ayuda de mi abnegado
personal africano, buena parte del cual
ha permanecido a mi lado desde que
comenzó el estudio: Gwehandagaza, el
porteador jefe, único vínculo de
Karisoke con el mundo exterior, que
recorría impávido dos veces por semana
el largo sendero fangoso a la población
de Ruhengeri, la más próxima,
trayéndonos las provisiones y el correo;
Nemeye y Rwelekana, dos infatigables
rastreadores cuya habilidad permitía a
los investigadores de Karisoke alcanzar
con facilidad sus objetivos; y
Kanyaragana y Basili, domésticos que
contribuyeron considerablemente a
hacer del campamento algo así como un
oasis en medio de un «desierto
húmedo».
Doy las gracias al Gobierno de Ruanda
por su generosidad al permitirme
establecer el Centro de Investigación en
el Parque de los Volcanes. Me siento
profundamente obligada con su
presidente, el general mayor Juvenal
Habyarimana, cuyo interés y apoyo a la
conservación de especies amenazadas
ha sido irreductible y sincero. Me
gustaría agradecer a los miembros del
Ministerio de Asuntos Exteriores la
autorización concedida a los estudiantes
extranjeros de Karisoke. Además, hago
extensible mi gratitud a la Oficina de
Turismo y Parques Nacionales de este
país por el privilegio de poder continuar
la investigación sobre los gorilas de
montaña.
Paulin Nkubili, ex jefe de las brigadas
de Ruhengeri, merece una medalla por
su integridad, inflexibilidad e
inconmovible y genuino esfuerzo en pro
de la conservación de la fauna y la
persecución de los cazadores furtivos
que amenazan la inviolabilidad del
sector ruandés de los volcanes Virunga.
Las demostraciones de valor del Sr.
Nkubili frente a ellos nunca serán
olvidadas.
Otras muchas personas han contribuido y
siguen contribuyendo a la supervivencia
de los gorilas. Estoy profundamente
agradecida a los centenares de personas
interesadas que me han enviado
donativos al Digit Fund. El objetivo de
esta sociedad anónima, exenta de
impuestos, no lucrativa, creada en
memoria del gorila asesinado Digit y
atendida por voluntarios, es financiar las
patrullas antifurtivos de los Virunga. Los
donativos pueden ser remitidos a The
Digit Fund, Karisoke Research Centre,
c/o Rane Randolph, C.P.A., P.O. Box
25, Ithaca, Nueva York 14851. Todos
los donantes reciben periódicamente un
boletín informativo.
Quisiera agradecer encarecidamente los
esfuerzos del Dr. Glenn Hausfater, que
hizo posible mi estancia en la
Universidad de Cornell en marzo de
1980, y que se ocupó con santa
paciencia del «síndrome de abstinencia»
que sufrí al volver a la civilización. Fue
suya la idea de crear la Junta de
Directores Científicos de Karisoke,
comité pensado para dar continuidad a
la investigación científica y asegurar el
mantenimiento del Centro de
Investigación durante el ínterin de mi
estancia en Estados Unidos.
Esta obra pasó de su fase embrionaria a
su publicación definitiva gracias a la
inagotable paciencia y la constructiva
capacidad de dirección de Anita
McClellan, editora que fue más allá del
cumplimiento del deber al tratar con una
«espesa» autora. Anita se convirtió en
fiel partidaria de los gorilas y
comprendía por qué ciertos
acontecimientos traumáticos en África
ponían trabas a la primera fecha de
publicación. Me siento muy en deuda
con Anita. Además, quiero dar las
gracias a Stacey Coil, de la Universidad
de Cornell, que mecanografió en limpio
los borradores de los capítulos y se sabe
el texto casi de memoria, y a David
Minard, el ilustrador, que ha logrado
combinar el arte y el rigor en sus
espléndidos dibujos.
Por último, quiero expresar mi más
profunda gratitud a los gorilas de
montaña por haber permitido que llegara
a conocer su singular nobleza.
Dian Fossey
Prefacio
Gorilas en la niebla recoge algunos
acontecimientos ocurridos durante los
trece años que pasé con los gorilas de
montaña en su hábitat natural, e incluye
datos de quince años de trabajo de
campo ininterrumpido. Los gorilas de
montaña viven sólo en seis de los
volcanes que forman la cadena, de los
Virunga, los extintos, y no frecuentan los
dos que permanecen en actividad. La
región habitada por los gorilas tiene
unos cuarenta kilómetros de largo y un
ancho variable de diez a veinte
kilómetros. Dos tercios del área
protegida quedan en el Zaire (otrora
conocido como República Democrática
del Congo) y forman el Parque Nacional
de los Virunga; unas 12.000 hectáreas de
territorio protegido pertenecen a Ruanda
y constituyen el llamado Parque
Nacional de los Volcanes. El resto del
hábitat del gorila de montaña, un
pequeño sector al noreste, cae en
Uganda y recibe el nombre de Santuario
de los Gorilas de Kigezi.
Mis investigaciones sobre este
majestuoso y grave primate
antropomorfo —amable aunque
calumniado— dan una idea de los
medios esencialmente armoniosos
mediante los cuales los gorilas
organizan y mantienen sus grupos
familiares; además, permiten
comprender algunas complejas pautas de
comportamiento, de cuya existencia
nunca se había sospechado.
En 1758, Carl von Linne, el primer
estudioso serio de la clasificación de
los seres vivos, reconoció oficialmente
la estrecha relación entre el hombre y
los monos. Creó el orden Primates para
englobarlos a todos y subrayar su
encumbrada posición en el reino animal.
El hombre y los tres grandes monos
antropomorfos —el orangután, el
chimpancé y el gorila— son los únicos
primates sin cola y, como la mayoría de
los miembros de este orden, tienen cinco
dedos en las manos y los pies, el
primero de los cuales es oponible. Las
características anatómicas compartidas
por todos los primates son: dos mamas,
órbitas oculares dirigidas hacia delante
para permitir la visión binocular, y, por
lo general, un total de treinta y dos
dientes.
A causa del incompleto registro de
antropomorfos fósiles, no existe acuerdo
general acerca del origen de las dos
familias, Póngidos (los antropomorfos)
y Homínidos (el hombre), que se
separaron hace ya millones de años.
Ninguno de los tres grandes
antropomorfos es un antecesor directo
del hombre, pero comparten con él
características físicas exclusivas. De
ellos podemos aprender mucho sobre el
comportamiento de nuestros antepasados
evolutivos, y ello tiene gran importancia
porque, a diferencia de los huesos, los
dientes, o los utensilios, el
comportamiento no se fosiliza.
Hace varios millones de años, las ramas
evolutivas del chimpancé y del gorila ya
se habían separado una de la otra —la
del orangután ya se había separado antes
—. Durante todo el siglo XIX reinó una
considerable confusión a la hora de
distinguir entre orangutanes, gorilas y
chimpancés. El orangután fue el primero
en hacerse acreedor de un género aparte,
gracias a su remoto hábitat en Asia. Por
fin, en 1847, y merced al estudio de un
único cráneo procedente del Gabón, el
gorila fue confirmado como género
independiente del chimpancé.
Como en el orangután y el chimpancé,
existen varias subespecies de gorila, con
diferencias morfológicas relacionadas
fundamentalmente con el hábitat en que
viven. En África occidental —
concretamente, en las selvas adyacentes
al Golfo de Guinea— quedan de 9.000 a
10.000 gorilas de las tierras bajas
(Gorilla gorilla gorilla) en libertad. Ésta
es la subespecie que se ve más a
menudo en cautividad o disecada en
colecciones de museo. A unos 1.500 km
al este, en los volcanes Virunga del
Zaire, Uganda y Ruanda, viven los
últimos gorilas de montaña (Gorilla
gorilla beringei), los sujetos de mi
estudio de campo. Sólo quedan unos 240
gorilas de montaña en libertad. La
tercera subespecie es la de los gorilas
de las tierras bajas orientales (Gorilla
gorilla graueri), que habita
principalmente en el Zaire oriental.
Apenas quedan unos 4.000 graueri en
libertad, y menos de dos docenas en
cautividad.
Existen unas veintinueve diferencias
morfológicas entre el gorila de montaña
y el de las tierras bajas, casi todas ellas
adaptaciones relacionadas con la altitud.
El gorila de montaña, el más terrestre de
los dos y el que vive a mayor altura
dentro del área de distribución del
gorila, tiene el pelo más largo, las
ventanas de la nariz más dilatadas, una
mayor circunferencia pectoral, la cresta
sagital más pronunciada, los brazos más
cortos, un paladar muy alargado, y las
manos y los pies más cortos y anchos.
Hoy en día sólo viven unos 4.000
gorilas (incluidas las tres subespecies)
en áreas calificadas como protegidas.
Los partidarios del establecimiento de
poblaciones de gorilas cautivos creen,
por tanto, justificado intentar conservar
estos grandes antropomorfos
amenazados en zoológicos o
instituciones similares. Pero, debido a
los fuertes lazos sociales que existen en
las familias de gorilas, la captura de un
individuo joven puede implicar el
asesinato de otros miembros de su grupo
familiar, y, además, no todos los
animales arrebatados a la naturaleza
llegan vivos a su destino. Por otra parte,
se han sacado tres veces más gorilas de
su medio natural que nacimientos haya
habido en cautividad, y las muertes de
gorilas en confinamiento continúan
superando en número a los
alumbramientos. Así pues, no puedo
estar de acuerdo con aquellos que
abogan por salvar a los gorilas de la
extinción mediante la captura de
individuos libres.
La conservación de cualquier especie
amenazada ha de comenzar con medidas
rigurosas para proteger su hábitat
natural, descargando todo el peso de la
ley contra la invasión humana de los
parques y demás refugios faunísticos.
También deberían fomentarse sistemas
de confinamiento que reemplacen las
solitarias jaulas de hierro y cemento por
recintos para grupos, más naturales, en
vez de gastar energías en adquirir más
especies exóticas para su exhibición.
Los gorilas cautivos habrían de disponer
de árboles para trepar y de materiales
como paja, ramas o bartibú para
construirse nidos. Se les debería
distribuir el alimento en pequeñas
raciones a lo largo del día, y convendría
que los gorilas se vieran obligados a
manipularlo para comérselo (por
ejemplo, pelar los tallos) o incluso a
buscar productos distribuidos
aleatoriamente en varios puntos del
recinto. Se les ha de proporcionar un
acceso al aire libre —en contra de la
opinión popular, los gorilas disfrutan
muchísimo tomando el sol—. De capital
importancia para el gorila recluso son
los nichos oscuros donde poder
ocultarse, si lo desea, no sólo de la
gente, sino también de sus congéneres,
como es costumbre de la especie en la
naturaleza.
A quienes cargan con la pesada
responsabilidad de cuidar gorilas
cautivos, se les debería animar a
intercambiar individuos no
reproductores entre poblaciones,
proceso inherente a la vida de los
gorilas en libertad, que evita la
endogamia y, además, estimula la
reproducción. Una vez mejoradas las
condiciones físicas en que son
mantenidos los gorilas, debería buscarse
un mayor éxito reproductivo del que
ahora se da en un número exagerado de
yermos cubículos para las colonias
aisladas de gorilas cautivos.
El difunto Dr. Leakey se percató, casi
proféticamente, de que el gorila de
montaña, identificado y descrito en
1902, podía verse condenado a la
extinción en el mismo siglo en que ha
sido descubierto. Por esa razón, el Dr.
Leakey quería impulsar un estudio de
campo exhaustivo sobre esta subespecie,
que sólo había sido estudiada en la
naturaleza por George Schaller.
El plan del Dr. Leakey era, en verdad,
una quimera. En los seis años y medio
transcurridos entre el magnífico trabajo
de Schaller y el comienzo del mío, la
proporción de machos a hembras adultos
en la zona de Kabara de los volcanes
Virunga había disminuido de 1:2,5 a
1:1,2; caída que vino acompañada de
una mengua de la población a la mitad.
Más del 40 % del hábitat protegido del
gorila de montaña estaba en proceso de
apropiación con fines agrícolas. La
presión humana en los parques de los
Virunga ha obligado a los grupos de
gorilas a una mayor superposición de
sus territorios, generando agresión entre
ellos. Si el gorila de montaña ha de
sobrevivir y propagarse, se han de
acometer con urgencia muchas más
medidas de conservación activa. Pero el
interrogante subsiste: ¿no es ya
demasiado tarde?
Entre todos los investigadores que han
trabajado en África, me tengo por uno de
los más afortunados al haber tenido el
privilegio de estudiar al gorila de
montaña. Espero haber hecho justicia a
los recuerdos y observaciones
acumulados en mis años de
investigación del que considero el más
grande de entre los grandes
antropomorfos.
Índice de capítulos
1. En los prados montanos de Carl
Akeley y George Schaller 16
2. Un segundo comienzo: el Centro de
Investigación de Karisoke,
en Ruanda 32
3. Impresiones de campo en Karisoke 55
4. Las tres generaciones de una familia
de gorilas: el grupo 5 74
5. Huérfanos unidos por la cautividad:
Coco y Pucker 128
6. Visitantes animales en el Centro de
Investigación de Karisoke 145
7. Disgregación natural de dos familias:
los grupos 8 y 9 156
8. Visitantes humanos en el Centro de
Investigación de Karisoke 170
9. Cambio de jefe en el grupo 4 183
10. Aumento de la estabilidad: grupo 4
198
11. La plaga de los cazadores furtivos se
ceba en el grupo 4 217
12. Atisbo de esperanza por la
formación de una nueva familia:
el grupo de Nunkie 244
Epílogo 254
1. En los prados montanos
de Carl Akeley
y George Schaller
Durante muchos años abrigué el deseo
de ir a África, por su condición de
continente virgen y su gran diversidad
de fauna salvaje. Finalmente me di
cuenta de que los sueños se hacen
realidad por sí solos en muy raras
ocasiones. Con el objeto de evitar más
dilaciones, me embarqué en un préstamo
bancario a tres años para poder
financiar un safari de siete semanas de
duración por aquellas zonas de África
que más me atraían. Tras unos meses de
espera dedicados a la planificación del
itinerario, que discurría en su mayor
parte a gran distancia de las rutas
turísticas normales, alquilé un chófer
por medio de una compañía de safaris
de Nairobi y emprendí el vuelo a la
tierra de mis sueños en septiembre de
1963.
Los dos objetivos principales de este
viaje a África consistían en visitar a los
gorilas de montaña de los Montes
Virunga, en el Congo, y encontrarme con
Louis y Mary Leakey en la garganta de
Olduvai, en Tanzania. Ambos deseos se
hicieron realidad. Todavía hoy recuerdo
intensamente el vivo interés del Dr.
Leakey al enterarse de que me dirigía a
la parte congoleña de los Montes
Virunga para realizar una breve visita a
los gorilas de Kabara, donde George
Schaller había trabajado con
anterioridad durante algunos años. Louis
Leakey me habló con enorme entusiasmo
del excelente trabajo de campo de Jane
Goodall con los chimpancés en el
Centro de Investigación del río Gombe,
en Tanzania, por aquel entonces en su
tercer año de existencia, y resaltó la
importancia de los estudios de campo a
largo plazo sobre primates. Creo que en
aquel preciso momento arraigó en mí, si
bien inconscientemente, la idea de que
algún día volvería a África para estudiar
los gorilas de montaña.
El Dr. Leakey me autorizó a recorrer
algunas zonas de excavación nuevas de
Olduvai, una de las cuales contenía un
fósil de jirafa recién descubierto. Al
bajar por una abrupta pendiente, vi
hacerse añicos de pronto tanto mi júbilo
de libertad bajo el cielo africano como
mi tobillo derecho, pues caí en la zanja
donde se hallaba el fósil de jirafa. El
súbito dolor que experimenté al
romperme el tobillo me produjo un
vómito poco ceremonioso, que fue a
parar sobre el valioso fósil. Como si
ello no fuera humillación suficiente,
hube de ser transportada
ignominiosamente a cuestas fuera de la
garganta por los disgustados miembros
del equipo de Leakey. Con toda su
amabilidad, Mary Leakey me sirvió un
zumo fresco de limón, mientras
contemplábamos cómo la hinchazón de
mi tobillo pasaba por diversas
tonalidades desde el azul al negro. Tanto
ella como mi chófer pensaron que debía
abandonar la idea de ir a los Montes
Virunga. No se dieron cuenta de que lo
único que consiguió el accidente fue
reavivar en mí la determinación de
alcanzar el principal objetivo de mi
viaje a África: encontrarme con los
gorilas.
Dos semanas después de la visita a los
Leakey, y con la ayuda de un bastón
tallado por un compasivo africano que
encontramos en la carretera, yo, el
chófer y una docena de porteadores que
transportaban el equipo de acampada y
la comida iniciábamos un arduo ascenso
de cinco horas a los lejanos prados de
Kabara. Dicho lugar se encuentra a
3.000 m de altitud, justo al lado del
monte Mikeno, de 4.438 m, en el Parque
de los Montes Virunga, en el Zaire. Unos
tres años antes de mi visita, en 1960,
Kabara había sido el lugar de estudio de
George B. Schaller, eminente científico
norteamericano. Él fue la primera
persona que llevó a cabo un estudio de
campo serio sobre los gorilas de
montaña, acumulando un total de 458
horas de observación en la zona. Estos
prados albergaban también la tumba de
Carl Akeley, naturalista norteamericano
que animó al gobierno belga a crear el
Parque Nacional Alberto para la
protección del gorila de montaña y su
hábitat volcánico, de unos 400.000 años
de antigüedad.
Desde 1890, las montañas fueron objeto
de una discusión entre Bélgica (que
representaba la parte del Zaire actual),
Alemania (sector de Ruanda) y Gran
Bretaña (lado de Uganda). Hasta 1910
no se fijaron finalmente los límites
fronterizos. En 1925 se acotaron unos
490 km2 y se fundó el parque que
recibió el nombre de Parque Nacional
Alberto. Carl Akeley convenció al rey
Alberto de Bélgica de la necesidad de
ampliar el área protegida, que hacia
1929 incluía ya la mayor parte de los
Montes Virunga. En 1967, el sector
zaireño recibió el nombre de Parque
Nacional de los Virunga, y el ruandés el
de Parque Nacional de los Volcanes. El
territorio de los gorilas virungueses
situado en Uganda fue bautizado en 1930
con el nombre de Santuario de los
Gorilas de Kigezi. Akeley murió en
1926, cuando visitaba de nuevo estos
prados, y fue enterrado, según sus
deseos, en el límite de la pradería.
Consideraba que Kabara era uno de los
lugares más tranquilos y encantadores
del mundo.
En mi primer viaje a esta zona, en 1963,
tuve la suerte de encontrarme con Joan y
Alan Root, fotógrafos de Kenia que se
hallaban acampados en los prados
trabajando en un documental fotográfico
sobre los gorilas de montaña. Tanto
Joan como Alan perdonaron
amablemente la intromisión de una
turista norteamericana, coja y
preguntona, y me dejaron acompañarlos
en algunos de sus extraordinarios
contactos con los gorilas de Kabara,
relativamente poco acostumbrados a
estas visitas. Las observaciones y
fotografías que realicé durante esa breve
estancia se debieron por entero a la
generosidad de Joan y Alan, así como a
la pericia de Sanwekwe, un guarda
congoleño del parque. Sanwekwe había
trabajado de niño para Carl Akeley,
siguiendo la pista de los gorilas, y de
adulto para George Schaller. Casi veinte
años después se convirtió en mi amigo y
ayudante.
Nunca olvidaré mi primer encuentro con
los gorilas. El ruido precedió a la visión
y el olor antecedió al ruido en forma de
una abrumadora mezcla de olor humano
y tufo almizclado. A continuación, el
silencio quedó rasgado de pronto por
una serie de ruidosos gritos seguidos de
un rítmico rondó de golpes secos en el
pecho, ejecutado por un macho de dorso
plateado oculto tras lo que parecía un
muro de vegetación impenetrable. Joan y
Alan Root, situados a unos diez metros
delante de mí, me indicaron con la mano
que permaneciera inmóvil. Los tres nos
quedamos como estatuas hasta que se
desvaneció el eco de los gritos y los
golpes en el pecho. Sólo entonces
empezamos a arrastramos bajo la densa
cubierta arbustiva hasta que pudimos
distinguir a unos quince metros un grupo
de primates negros, de semblante
lampiño y cabeza peluda, que nos
observaba con tanta atención como
nosotros a ellos. Bajo la robusta frente,
sus ojos vivaces nos observaban
nerviosamente, como si intentaran
adivinar nuestras intenciones. Me
impresionó de inmediato la
magnificencia física de sus enormes
cuerpos, color negro azabache, que
contrastaban con el verde del espeso
follaje forestal.
La mayoría de hembras se habían
refugiado con sus pequeños en la
retaguardia del grupo, dejando la línea
de frente para el jefe —el macho de
dorso plateado— y varios machos más
jóvenes que se mantenían erguidos,
tensos y con los labios apretados. De
vez en cuando, el macho dominante
insistía en sus golpes en el pecho para
intimidamos, produciendo un ruido que
retumbaba a través del bosque. Su
exhibición desencadenaba otras
similares, aunque de menor magnitud, en
los gorilas agrupados en tomo a él. Alan
instaló su cámara tomavistas y empezó a
filmar. La tranquilidad de sus
movimientos y el sonido de la cámara
despertaron la curiosidad de otros
miembros del grupo, que se subieron a
los árboles para poder vernos mejor.
Como si compitieran para llamar la
atención, varios animales se entregaron
a una serie de acciones tales como
bostezos, alimentación simbólica, rotura
de ramas y golpes en el pecho. Después
de cada una de estas exhibiciones, los
gorilas nos miraban con curiosidad,
como tratando de averiguar el efecto
causado. La impresión más fascinante de
este primer encuentro con el más grande
de los simios antropomorfos fue su
personalidad, unida a la cautela de su
comportamiento. Abandoné Kabara a
regañadientes, pero con la absoluta
certeza de que, de una forma u otra,
volvería para aprender algo más sobre
los gorilas de las neblinosas montañas.
Mi reencuentro con Kabara, Sanwekwe
y los gorilas fue consecuencia directa de
una visita realizada por el Dr. Leakey a
Louisville, en los EE.UU., donde yo
proseguía mi trabajo como terapeuta
profesional para poder devolver el
ingente préstamo bancario empleado en
mi primer safari. Louis Leakey, que me
recordaba vagamente como la torpe
turista de tres años atrás, se fijó en
algunas fotografías y artículos que había
publicado desde mi retorno de África.
Tras una breve entrevista, sugirió que
me convirtiera en la «chica de los
gorilas» que él había estado buscando
para llevar a cabo un estudio de campo
a largo plazo. Finalizó la conversación
afirmando que era absolutamente
necesario operarme del apéndice antes
de aventurarme en las remotas soledades
del hábitat de los gorilas de montaña. En
aquel momento habría accedido a casi
todo, y arreglé con presteza los trámites
para la apendicetomía.
Unas seis semanas más tarde, de vuelta
del hospital y sin apéndice, encontré una
carta del Dr. Leakey. Empezaba así: «En
realidad, la extracción del apéndice no
es una necesidad imperiosa. Es sólo la
forma que tengo de probar la resolución
de los aspirantes.» Éste fue mi primer
contacto con su peculiar sentido del
humor.
Transcurrieron ocho meses más antes de
que el Dr. Leakey pudiera obtener
fondos para emprender el estudio sobre
los gorilas. Durante este tiempo acabé
de pagar mi safari de 1963, y me
aprendí casi de memoria los dos
excelentes libros que George Schaller
había publicado sobre sus estudios de
campo llevados a cabo de 1959 a 1960
con los gorilas de montaña, así como
una gramática elemental de swahili. Fue
muy difícil abandonar mi trabajo de
terapeuta, decir adiós a los niños que
habían sido mis pacientes durante once
años y despedirme de mis amigos de
Kentucky y de mis tres perros. Éstos
parecían darse cuenta de que se trataba
de una separación definitiva. Los
recuerdo todavía corriendo detrás de mi
coche, cargado de equipaje, cuando
partí hacia California para despedirme
de mis padres. No hubo manera de
poder explicar a perros, amigos y
familia la necesidad que sentía de
retomar a África para emprender un
estudio a largo plazo sobre los gorilas.
A finales de 1966, Leighton Wilkie, la
persona que financió el largo estudio de
Jane Goodall sobre los chimpancés,
habló con el Dr. Leakey de la
posibilidad de iniciar una investigación
del mismo tipo sobre los gorilas. Creía,
al igual que Louis Leakey, que el estudio
de los parientes vivos más próximos del
hombre, los grandes antropomorfos,
arrojaría alguna luz acerca del
comportamiento de nuestros antecesores.
Con su ayuda se resolvió la parte
económica de mi proyecto.
Así, en diciembre de 1966 me hallé de
nuevo ligada a África. Esta vez, mi
único objetivo eran los gorilas. Por un
increíble golpe de suerte, en el
aeropuerto londinense de Heathrow me
tropecé con Joan Root mientras
esperaba un vuelo con destino a
Nairobi. Joan se quedó de una pieza al
enterarse de que pensaba ir en automóvil
desde Nairobi hasta el Congo —unos
1.200 km— para conseguir el permiso
del gobierno para trabajar en Kabara y,
por último, realizar la investigación yo
sola. Compartía la opinión de muchos de
mis amigos de que una mujer sola y
recién llegada de América no podía
aspirar a salvar siquiera uno de estos
«imposibles».
Una vez en Nairobi, Joan me acompañó
en mis numerosas compras. Por su larga
experiencia en safaris, su colaboración
me supuso un ahorro considerable de
tiempo y, sin lugar a dudas, de
equivocaciones. Me ayudó en la
elección del equipo de acampada —
tiendas, lámparas, hornillos, equipo de
dormir—. El Dr. Leakey adquirió, tras
algunas peligrosas pruebas de
conducción por las atestadas calles de
Nairobi, un anticuado Land Rover con
techo de lona, que más tarde bauticé con
el nombre de «Lily». No imaginaba yo
entonces que, unos siete meses después,
Lily iba a salvarme la vida.
Cuando por fin logré reunir todo el
equipaje, Jane Goodall me invitó
amablemente a visitar el Centro de
Investigación del río Gombe durante dos
días, para mostrarme sus métodos de
organización del campamento, de
recogida de datos y, también, para
presentarme a sus encantadores
chimpancés. Creo que no fui un huésped
muy agradecido, debido a mi
desesperado anhelo de llegar a Kabara y
ver los gorilas de montaña.
Finalmente, Alan Root, aún sumido en
dudas sobre mi cordura y la del Dr.
Leakey, se ofreció a acompañarme en su
Land Rover durante el largo trayecto
desde Kenia hasta el Congo. Sin Alan no
sé si habría conseguido que Lily
atravesara algunos de los escarpados
caminos de cabras en que se convertían
a veces las carreteras de África por
aquel entonces. Ni tampoco habría
superado muchas de las complejidades
de la obtención de los permisos
gubernamentales precisos para trabajar
en Kabara, dentro del Parque de los
Virunga.
La mañana del 6 de enero de 1967, Alan
y yo, acompañados por algunos guardas
del parque y por dos africanos deseosos
de quedarse conmigo como personal del
campamento, llegábamos al pequeño
poblado de Kibumba, al pie del monte
Mikeno. Allí, exactamente tal como
había hecho unos tres años antes,
escogimos varias docenas de
porteadores para que llevaran los
pertrechos de acampada a la remota
pradería de Kabara. Ni el poblado de
porteadores, ni los enormes y viejos
árboles musgosos de la selva parecían
haber cambiado durante mi ausencia.
Ascendí alborozada los casi mil
doscientos metros de desnivel entre
Kibumba y Kabara, y allí instalé mi
campamento, en el corazón de la región
de los antiguos e inactivos volcanes. Me
emocionó encontrar Kabara igual como
la dejé, incluidos dos cuervos
(Corvultur albicollis) deliciosamente
traviesos. Se apropiaban de cualquier
resto de comida que encontraban a la
vista, y con el tiempo aprendieron a
levantar el faldón de la tienda para
coger los alimentos allí escondidos.
Allan sólo pudo permanecer en Kabara
dos jornadas, pero durante ese tiempo
trabajó las veinticuatro horas del día. En
el campamento supervisó algunas de las
más necesarias obras de
acondicionamiento, tales como la
construcción de una letrina protegida
por muros hechos con sacos de patatas,
el emplazamiento de los depósitos para
el agua y la excavación de zanjas de
desagüe alrededor de mi tienda. Para
nuestro disgusto, no llegamos a ver
gorilas durante dos días, aunque
pudimos oír a dos grupos intercambiar
alaridos desde lo alto de las laderas del
monte Mikeno. Encontramos también
huellas frescas de un grupo de gorilas en
un collado bastante llano adyacente a la
montaña. Presa de excitación, me
adentré rápidamente por la senda abierta
por los gorilas a través del denso follaje
herbáceo, con la certeza de que no
tardaría en dar con ellos. A los cinco
minutos de rastreo, me percaté de que
Alan no me seguía. Perpleja, volví sobre
mis pasos y lo esperé sentada
pacientemente en el punto donde
habíamos encontrado la pista.
Con una suprema delicadeza británica,
Alan me dijo: «Dian, si quieres
establecer contacto con los gorilas,
debes seguir sus huellas en la dirección
en que avanzan y no hacia donde ya han
estado.» Aquélla fue mi primera lección
de rastreo, y nunca la he olvidado.
Al día siguiente, cuando partió Alan,
tuve un momento de pánico al ver que
desaparecía en el follaje colindante con
el margen inferior de los prados de
Kabara. Era mi último vínculo con la
civilización que yo conocía, y, aparte de
mí, la única persona angloparlante de la
montaña. Me agarré al palo de la tienda,
simplemente para no salir corriendo
detrás de él.
Instantes después de la partida de Alan,
uno de los dos africanos del
campamento, con la intención de
ayudarme, me dijo: «¿Unapenda maji
moto?» Olvidando todas las palabras de
swahili que había memorizado durante
el último año, rompí a llorar y me
deslicé precipitadamente en la tienda,
tratando de huir de «amenazas»
imaginarias. Al cabo de una hora, harto
consciente de lo ridículo de mi
proceder, pedí al congoleño que me
repitiera la frase poco a poco. «¿Quería
agua caliente?» No especificó si era
para el té o para el baño, pero fue la
panacea precisa para superar mi mal
momento. Acepté unos ocho litros de
agua caliente, con muchos asantes
(gracias), esperando que los africanos
se dieran cuenta de que apreciaba
profundamente su preocupación por mí.
La mañana siguiente la dediqué a la
búsqueda de los gorilas, empresa en la
que me empeñé con preferencia absoluta
sobre la lista de tareas del campamento,
como instalar tendederos para secar la
ropa, colocar los depósitos en lugares
óptimos para la recogida del agua de
lluvia y enseñar a mi personal el manejo
de los hornillos y las lámparas de
queroseno adquiridos en Nairobi. Cual
aburrida ama de casa, relegué estos y
otros quehaceres a las horas vespertinas.
El día pertenecía por completo a los
gorilas.
En mi primera jornada completa en el
campo, apenas había andado algo más
de diez minutos desde que salí del
campamento cuando vi un gorila macho
solitario, tomando el sol en un tronco
horizontal que se proyectaba sobre un
pequeño lago, situado en un rincón del
praderío de Kabara. Antes incluso de
que pudiera sacar los prismáticos del
estuche, el animal saltó asustado del
árbol y desapareció en la densa
vegetación de la falda próxima de la
montaña. Pasé todo el día intentando
alcanzarlo, pero, a todas luces, mi
habilidad trepadora no podía rivalizar
con la de un gorila asustado. Por extraño
que parezca, esta breve observación ha
sido la única que he hecho de un gorila
descansando en una zona tan despejada.
Me llevó tiempo aprender que los
gorilas procuran evitar tanto los prados
abiertos como las masas de agua
relativamente extensas, con toda
probabilidad porque en dichas zonas
tropiezan más a menudo con el hombre.
Al segundo día se presentó un guarda
del parque para servirme
transitoriamente de rastreador hasta que
llegara Sanwekwe, el extraordinario
guía que había conocido anteriormente
con Joan y Alan Root. El sustituto no
tenía experiencia en rastreo, y la larga y
agotadora jomada que empleé vagando
con él de un lado a otro no nos deparó el
más mínimo indicio de los gorilas. El
tercer día tampoco dio nada de sí en lo
que a gorilas se refiere, aunque,
retrospectivamente, fue para morirse de
risa. El guía y yo habíamos seguido
durante varias horas un rastro que
atravesaba el denso follaje herbáceo,
cuando divisamos de repente un objeto
negro del tamaño de un gorila, que
parecía estar tomando el sol a unos
treinta metros de distancia, en la
vertiente opuesta de un profundo
barranco. Saqué los prismáticos poco a
poco de su funda y preparé el cuaderno
de notas, la pluma y el cronómetro antes
de encontrar un punto estratégico
disimulado, desde el cual observar al
animal, que parecía solearse a placer en
la despejada ladera. Durante más de una
hora, el objeto a estudiar permaneció
inmóvil. El guía roncaba tranquilamente
detrás de mí, mientras el cronómetro
marcaba con su tic tac el tiempo
transcurrido. Aunque ya sabía que las
observaciones de gorilas requieren
paciencia, esta «premiere» parecía
excesiva, pues al cabo de una hora mi
cuaderno de notas seguía absolutamente
en blanco. Por último, desperté al guía y
le pedí que se quedara donde estaba
mientras yo trepaba hasta una posición
más próxima al animal. Nunca olvidaré
la desilusión que me llevé al darme
cuenta de que el «gorila» era en realidad
un hilóquero, artiodáctilo parecido al
jabalí. Al divisarme, el animal se
adentró en la espesura y desapareció.
Dos días después encontré su viejo
cuerpo en el suelo del bosque, bajo una
gran Hagenia. Al parecer había muerto
por causas naturales.
Las sorpresas no se daban sólo durante
el día. A la cuarta noche fui despertada
por unas violentas sacudidas que me
echaron del catre, y fui rodando al otro
lado de la tienda metida aún en el saco
de dormir. Todo se estremecía como si
las furias contenidas en los volcanes
extintos se hubieran desatado y se
prepararan para una gran erupción. Al
oír esos profundos y retumbantes
sonidos, sentí más cólera que miedo al
pensar que la investigación, apenas
iniciada, iba a tener un brusco final.
Pasó más o menos un minuto de
sacudidas y estruendo antes de que
percibiera ciertas claves sonoras y
olfativas que me permitieron adivinar la
causa de todo aquello: tres tembas
(elefantes) habían descubierto que los
postes de la tienda constituían
excelentes rascadores para sus costados.
Uno de ellos dejó una colosal y olorosa
tarjeta de visita justamente al lado de la
tienda. Estos tres individuos, y algunos
otros, se iban a convertir en visitantes
frecuentes del campamento,
conmoviéndome siempre su curiosidad y
osadía. No pude evitar que durante sus
visitas destrozaran mi huerto, y tras su
tercera incursión comprendí que debía
renunciar a cultivar hortalizas.
Gracias a los encuentros diarios con
elefantes, búfalos, hilóqueros y, por
supuesto, gorilas, el tiempo pasado en el
campo era muchísimo más apasionante
que las horas consumidas en el
campamento. Casi de inmediato me vi
colapsada por el papeleo, situación que
hasta el momento no he logrado superar.
Había que mecanografiar cada noche las
cuantiosas notas escritas durante la
jornada acerca de todo tipo de temas,
desde el tiempo atmosférico hasta las
observaciones de plantas y animales, las
actividades de los cazadores furtivos y,
por supuesto, todos los detalles sobre
mis Contactos con los gorilas. Los 2 por
3 m de la tienda se convirtieron en una
mezcla de dormitorio, oficina, baño y
secadero de ropa, constantemente
húmeda en el clima de la selva
ecuatorial. En el interior de mi
habitáculo, cajones de madera cubiertos
con telas nativas de colores exóticos se
convirtieron en escritorios, sillas,
armarios y archivadores. Cocinaba y
comía en la segunda habitación de la
cabaña de los hombres, una pequeña
construcción de madera. Mi equipo, que
pasó a constar de tres personas con la
llegada de Sanwekwe, preparaba su
comida en una fogata en medio de su
dormitorio. El humo constante que
invadía toda la cabaña, y que a menudo
me ahogaba y me hacía saltar las
lágrimas, no parecía incomodarles lo
más mínimo.
La comida de los hombres de mi equipo
consistía esencialmente en raciones
descomunales de patatas, boniatos,
alubias multicolores, maíz y, de vez en
cuando, hortalizas frescas procedentes
de Kibumba, su poblado, situado al pie
de la montaña. Al principio me sentía
incómoda por consumir una dieta mucho
más variada que la suya; pero pronto se
esfumaron mis escrúpulos, porque ellos
se burlaban educadamente de la comida
enlatada que constituía la base de mi
régimen alimenticio. Una vez al mes, en
Kisoro, un pequeño pueblo ugandés a
dos horas en coche del pie del monte
Mikeno, me abastecía de latas de
salchichas y jamón, leche en polvo,
margarina, carne en conserva, atún,
picadillo de carne y diversas hortalizas,
así como de cajas de tallarines,
espaguetis, harina de avena y bolsas de
golosinas. El pan, el queso y otros
alimentos frescos se conservaban en
buen estado sólo unas dos semanas. El
mes, por tanto, quedaba dividido en dos
partes; una de comilonas y otra de
ayuno. Los huevos al menos eran
abundantes, gracias a una prolífica
gallina llamada Lucy. Sanwekwe me la
regaló con su pareja, Dezi, pensando
que los engordaría para acabar en la
olla. Pero, en vez de eso, se convirtieron
en mis primeros animales domésticos de
África, y mi aprecio por ellos fue en
aumento con el paso del tiempo.
En momentos de escasez me las
arreglaba perfectamente sólo con
patatas; en puré, fritas, cocidas o
hervidas. A decir verdad, tuve mucha
suerte de que me gustaran las patatas. A
veces, a final de mes se me agotaban los
cigarrillos, al mismo tiempo que a
Sanwekwe su tabaco de pipa, y eso sí
que era un verdadero sacrificio para
ambos. En tales ocasiones nos veíamos
obligados a racionar nuestras menguadas
reservas de tabaco: él lo hacía
mezclando hojas secas con el tabaco que
le quedaba; y yo, por mi parte, cada vez
que tenía ganas de fumar daba sólo dos
o tres chupadas a un cigarrillo que
guardaba como oro en paño. Lo absurdo
de estos «contratiempos» nos provocaba
inevitables risas, sintiéndonos como dos
escolares delincuentes.
Sanwekwe poseía un maravilloso
sentido del humor, además de ser un
incansable rastreador y una persona
profundamente preocupada por los
gorilas y otros animales de la selva. Me
enseñó todo lo que yo necesitaba
aprender sobre rastreo, y demostró ser
un excelente compañero durante los
muchos días de marcha a pie por aquel
escarpado terreno, de ordinario bajo
lluvias torrenciales. Gracias a la ayuda
de Sanwekwe pude al fin encontrar tres
grupos de gorilas en el área de estudio,
unos cinco kilómetros cuadrados de las
laderas del monte Mikeno.
Los gorilas forman grupos sociales
considerablemente estables y
cohesionados, cuya composición resulta
alterada de vez en cuando por
nacimiento, muertes y emigraciones o
inmigraciones ocasionales de algunos
individuos. El número de gorilas que
componen cada grupo oscila entre dos y
veinte animales, con una media de unos
diez. Un grupo típico está formado por
un macho adulto de dorso plateado, de
unos quince años de edad y unos 140
kilos de peso —el doble que una hembra
—, que es el jefe indiscutible; un macho
de dorso negro, sexualmente inmaduro,
de entre ocho y trece años y con unos 95
kilos de peso; tres o cuatro hembras
sexualmente maduras, de unos ocho años
de edad y 75 kilos más o menos,
vinculadas en general de por vida al
macho dominante; y, finalmente, de tres
a seis individuos inmaduros, menores de
ocho años. Entre estos últimos se
pueden distinguir tres clases: jóvenes
casi adultos —entre seis y ocho años—,
con un peso aproximado de 65 kilos;
jóvenes —entre tres y seis años—, con
un peso de 45 kilos; y crías —desde el
nacimiento hasta los tres años—, que
pesan entre 0,75 y 11 kilos.
El prolongado período de convivencia
de los jóvenes con sus padres, hermanos
y demás parientes ofrece a los gorilas
una organización familiar peculiar y
segura, afirmada por estrechos vínculos
de parentesco. Cuando los machos y las
hembras se acercan a la madurez sexual,
suelen dejar a sus grupos de nacimiento.
La dispersión de los individuos en edad
de copular es probablemente una pauta
de comportamiento destinada a reducir
los efectos de la consanguinidad, aunque
parece ser que la migración de animales
al alcanzar la madurez sexual es
superior en grupos que no ofrecen
ninguna probabilidad de reproducción.
Durante los primeros días de estudio en
Kabara fue difícil establecer contacto
con los gorilas, ya que éstos no estaban
habituados a mi presencia, y por lo
general huían al verme. Con frecuencia
podía escoger entre dos tipos de
contacto: a escondidas, de modo que los
gorilas no se sabían observados, o al
descubierto, cuando eran conscientes de
mi presencia.
Los contactos a escondidas eran
especialmente interesantes para
comportamientos que de otra forma
habrían sido inhibidos. La desventaja de
este método radica en que no contribuye
en absoluto al proceso de habituación.
En cambio, los contactos al descubierto
me ayudaban a ganar poco a poco la
aceptación de los gorilas. Dicha
aceptación se vio muy facilitada cuando
aprendí que la imitación de algunas de
sus actividades ordinarias, como
rascarse, alimentarse, o emitir
vocalizaciones de contento, relajaba
más a los animales que si me limitaba
simplemente a observarlos y tomar
notas. También envolvía siempre los
prismáticos con enredaderas para
intentar disimular los cristales, una
amenaza potencial para los asustadizos
animales. Para ellos, al igual que ocurre
a menudo en el hombre, la mirada fija y
directa significa una amenaza.
Mi objetivo no era sólo acostumbrar a
los gorilas a la criatura de pantalones
vaqueros que se había introducido en su
vida diaria, sino también conocer —y
reconocer— a los distintos miembros de
cada grupo, cada uno de los cuales
poseía unas características y una
idiosincrasia peculiares. Tal como había
hecho George Schaller unos siete años y
medio antes que yo, para identificarlos
me basé principalmente en las
características de la nariz. Los gorilas
de cada grupo tienden a parecerse entre
sí, sobre todo en las líneas maternas. De
la misma manera que no existen dos
personas con las mismas huellas
dactilares, no hay dos gorilas que tengan
las mismas «huellas nasales» —la forma
de las ventanas de la nariz y de los
conspicuos surcos de la piel que
recubren el apéndice nasal—. Como al
principio los gorilas no estaban
acostumbrados a mi persona, tuve que
usar prismáticos, pero incluso a
distancia pude tomar apuntes rápidos de
los caracteres nasales de los miembros
más curiosos del grupo cuando me
observaban a hurtadillas desde sus
escondrijos en la densa vegetación.
Estos apuntes me fueron de un valor
inapreciable para ir identificándolos,
pues desde luego no podía fotografiarlos
de cerca. Además, habría necesitado
tres manos para utilizar la cámara, los
prismáticos y tomar notas.
Sin embargo, de vez en cuando me
llevaba la cámara fotográfica,
especialmente en días despejados. Es
muy posible que una de las fotos más
publicadas de gorilas en estado natural
sea la que tomé en Kabara durante el
segundo mes de estudio, cuando el grupo
al que yo solía seguir empezaba a
confiar en mí. En la foto aparece una
hilera de dieciséis gorilas, posando a
modo de otras tantas tías Matilde con un
pórtico de fondo. El grupo estaba
tomando el sol en su lugar de descanso
diurno cuando entré en contacto con
ellos; a mi llegada se retiraron,
temerosos, y se escondieron tras el
espeso follaje. Frustrada, pero resuelta a
verlos mejor, decidí trepar a un árbol,
tarea que no es precisamente una de mis
principales habilidades. El árbol estaba
resbaladizo y, a pesar de todos mis
esfuerzos y resoplidos, apenas pude
alcanzar algo más de un metro de altura.
Estaba a punto de abandonar, con gran
disgusto por mi parte, cuando llegó
Sanwekwe en mi auxilio y le dio un
fuerte empujón a mi prominente trasero.
Me sentí tan inepta como un bebé dando
sus primeros pasos, mientras a
Sanwekwe le dio un ataque de risa —
silenciosa, eso sí— tan intenso que se le
saltaban las lágrimas. Por fin conseguí
agarrarme a una rama y me icé a una
altura considerable —unos seis metros
—. Estaba totalmente convencida de que
el ruido producido por los jadeos, las
palabrotas y la rotura de ramas durante
los primeros intentos de ascensión
habría ahuyentado al grupo de gorilas.
Por eso me quedé estupefacta al
comprobar desde mi atalaya que todos
los animales habían vuelto y se hallaban
sentados frente a mí como si fueran
espectadores de una comedia teatral de
poca categoría. Lo único que faltaba
para completar el cuadro eran unas
cuantas bolsas de palomitas de maíz
tamaño gorila. Éste fue el primer
auditorio que tuve en mi vida y, sin lugar
a dudas, el más inesperado.
Lo que me sucedió ese día es un
magnífico ejemplo de cómo la gran
curiosidad de los gorilas puede ser
utilizada para entrar en contacto con
ellos. En aquella ocasión, casi todos los
miembros del grupo se pusieron al
descubierto, olvidando ocultarse tras la
pantalla de vegetación, pues se daban
perfecta cuenta de que su observador
estaba ocupado trepando a un árbol,
actividad que podían comprender
perfectamente.
La estimulación de la curiosidad de los
gorilas es sólo uno de los aspectos del
proceso de habituación que aprendí con
el tiempo. Más tarde, también me di
cuenta de que permanecer erguida —
quieta o caminando— cuando me
encontraba en su campo visual,
aumentaba el recelo de estos primates.
A raíz de este descubrimiento empecé a
andar apoyándome en las manos. El
hecho de andar a cuatro patas o
permanecer sentada cuando estaba cerca
de ellos, no sólo me situaba al nivel
visual de los gorilas, sino que además
les transmitía la impresión de que no iba
a inmiscuirme en sus asuntos. También
aprendí que si me iba escondiendo
después de ser avistada, su curiosidad
les empujaba inevitablemente a salir
entre el espeso follaje o a subir a los
árboles para no perderme de vista. Así
pues, para facilitar mis observaciones
etológicas decidí cambiar de técnica y,
en vez de trepar a los árboles para ver a
los gorilas, pasé a quedarme en tierra y
que los gorilas se encaramaran para
verme a mí.
Al principio tenía que esperar hasta
media hora haciendo ver que comía
hojas antes de que los venciera la
curiosidad y subieran a los árboles
circundantes. Una vez satisfechas sus
ansias de fisgonear, se olvidaban de mi
presencia y reanudaban sus actividades
normales, que eran precisamente el
objetivo de mi estudio.
Durante unos meses imité el redoble
pectoral de los gorilas golpeándome los
muslos con las manos, en estudiada
imitación de su ritmo. Dicho sonido
despertaba de inmediato su atención,
sobre todo a distancias superiores a
treinta metros. Me creía muy inteligente
al hacer eso, y no me percataba de que,
en realidad, estaba transmitiendo a los
gorilas una información inadecuada. Los
golpes en el pecho son una señal de
excitación o alarma para los gorilas, con
lo cual mi pretendido mensaje de
apaciguamiento tenía en realidad un
significado totalmente distinto. No volví
a imitar este comportamiento, y ahora
sólo lo uso cuando intento retener a
algún grupo recién descubierto, cuya
curiosidad al oír los golpes de pecho
procedentes de un ser humano vence
casi siempre al instinto de huida.
Cuando me aproximaba a un grupo para
establecer contacto con él, intentaba
escoger un lugar en el que hubiera algún
árbol recio al que pudieran subir los
gorilas. En muchas ocasiones, sin
embargo, la fatiga me impedía cumplir
planes tan razonados. Esto ocurría por
ejemplo después de ascender durante
varias horas por cuestas de cuarenta y
cinco grados, de avanzar con dificultad
a través de zonas pantanosas, de abrirme
paso entre la vegetación con ayuda de un
machete o de gatear un buen rato entre
plantas espinosas. Mi nariz, muy
prominente, era más vulnerable a los
pinchazos que el resto del cuerpo,
protegido con guantes fuertes, ropa
interior larga, pantalones vaqueros
resistentes, calcetines y botas altas. Al
evocar África, la mayoría de las
personas imagina unas llanuras secas,
abrasadas bajo un sol implacable.
Cuando yo pienso en África, en cambio,
sólo me vienen a la mente imágenes de
la lluviosa selva montana de los
Virunga, fría y neblinosa, con una
precipitación media anual de mil
ochocientos treinta milímetros.
Las mañanas acostumbraban ser
soleadas, pero pronto aprendí a no
fiarme de las apariencias. Por tanto,
llevaba siempre en la mochila ropa de
lluvia, además de los pertrechos
indispensables de todos los días:
cámara fotográfica, objetivos, película,
cuaderno de notas y el gran lujo de un
termo con té caliente. El peso normal de
esta mochila, entre cinco y ocho kilos,
se hacía casi insoportable en trechos
largos, cuando añadía a la carga un
magnetófono Nagra, que con su
micrófono direccional pesaba unos once
kilos. Recuerdo vívidamente la tentación
de abandonar el equipo durante ciertas
jornadas de rastreo particularmente
penosas. En esos momentos, la
esperanza de encontrar a los gorilas era
lo único que me mantenía con fuerzas
para seguir adelante.
Los grupos de Kabara me enseñaron
mucho sobre el comportamiento del
gorila. Con ellos aprendí a no violentar
bajo ningún concepto su capacidad
natural de tolerancia. Todo observador
es un intruso en los dominios de un
animal salvaje, y no ha de olvidar que
los derechos de éste imperan frente a los
propios. Asimismo, ha de tener siempre
presente que, en un animal, el recuerdo
de un día de contacto con el hombre
puede reflejarse perfectamente en su
comportamiento del día siguiente.
Mis planes con los gorilas de Kabara se
vieron truncados el 9 de julio de 1967,
cuando Sanwekwe y yo volvíamos por
la tarde al campamento tras una de
nuestras habituales jornadas empleadas
en observar a los gorilas. El
campamento estaba rodeado de soldados
armados, quienes me informaron de que
había estallado una rebelión en la
provincia de Kivu, en la que yo me
encontraba, y que debía ser «evacuada
para mi propia seguridad».
A la mañana siguiente descendía de la
montaña, «escoltada» por soldados y
porteadores cargados con mi equipo de
acampada, mis pertenencias personales
y mis queridos Lucy y Dezi. Sobre
nuestras cabezas revoloteaban los dos
cuervos semidomésticos, diríase que tan
confusos y perplejos como yo por la
brusca pérdida de nuestro hogar. Al
llegar al pie del monte Mikeno, después
de tres horas de viaje, las aves me
abandonaron para volver a los prados y
a la superficie vacía y desolada que
había ocupado mi tienda durante seis
meses y medio.
Pasé dos semanas encerrada en
Rumangabo, un poblado en el que se
encontraban a la vez las oficinas
centrales del parque y un campamento
militar. Mi situación, sumamente
desagradable, se veía agravada porque
desde mi habitación veía las
encumbradas laderas del monte Mikeno,
mientras me preguntaba una y otra vez si
podría retornar con los gorilas de
montaña.
Al final de la primera semana, ningún
empleado de las oficinas del parque
parecía querer o poder explicarme la
causa de mi detención. Los temores del
personal aumentaron notoriamente
cuando los soldados del vecino
campamento militar bloquearon los
accesos a las oficinas. Por fragmentos
de conversaciones pude deducir que
estaban construyendo barricadas para la
protección de un general que pronto
llegaría a Rumangabo procedente del
asediado pueblo de Bukavu, donde se
hallaba al frente de un alzamiento. En
una «visita» al campamento militar me
percaté, al leer un cable, de que se me
reservaba para el general. Al ver que
disminuían las posibilidades de
liberación a cada hora transcurrida en
cautividad, decidí escapar urdiendo una
artimaña en tomo a la placa de matrícula
de Lily.
Por aquel entonces, Lily era todavía
keniata, y el cambio de matrícula de
Kenia a Zaire costaba unos 400 dólares.
Me las arreglé para convencer a los
soldados de que todo mi dinero estaba
guardado en Kisoro, Uganda, y que me
harían un gran favor si íbamos allá y lo
recogíamos, pues entonces yo ya podría
registrar a Lily en el Zaire. La tentación
de «confiscarme» una cantidad tal de
dinero y de adquirir anticipadamente el
vehículo fue demasiado fuerte para los
soldados. Convinieron en «escoltarme»
hasta Uganda.
La noche anterior al viaje me las ingenié
para cargar subrepticiamente en Lily mis
libretas de notas, el equipo fotográfico y
a Lucy y Dezi. Había llevado conmigo a
Kabara una pequeña pistola automática
del 32 que, por supuesto, jamás había
utilizado. Al llegar a Rumangabo se la
había entregado a un amable guarda del
parque para que la tuviera a buen
recaudo. Ese buen hombre me ayudó
durante mi detención, dándome a
escondidas comida fresca y
manteniéndome al corriente de la
situación política. La víspera de mi
partida hacia Uganda me devolvió
sigilosamente el arma y me advirtió que
la tuviera a mano durante el viaje, sobre
todo en la frontera entre el Zaire y
Uganda. Me explicó que Bunagana, el
puesto fronterizo, estaba fuertemente
custodiado por soldados zaireños que
quizá no acogerían con agrado mi salida
del país, aunque sólo fuera temporal. El
problema logístico residía entonces en
cómo tener una pistola a mano, aunque
fuera pequeña, y al mismo tiempo
apartada de la vista de la media docena
de soldados que constituirían mi
«escolta». Finalmente resolví
arriesgarme y esconderla en el fondo de
una caja de Kleenex medio vacía, que
deposité discretamente en la guantera
del cuadro de mandos. La falqué con
tomillos oxidados y otras herramientas
pequeñas del coche, con la esperanza de
que permaneciera en su sitio cuando
recorriéramos la accidentada carretera
de pedruscos de laya sin pavimentar que
nos llevaría hasta la frontera. ¡Lo único
que me faltaba era que en uno de los
baches fuera a parar sobre las rodillas
del soldado sentado en el asiento
contiguo al mío!
Reinaba la animación entre los soldados
cuando iniciamos el viaje a la mañana
siguiente, y fue en aumento a lo largo del
camino como consecuencia de las
numerosas paradas que efectuamos
forzosamente en los «bares» locales
para beber pombe (la cerveza nativa). Y
claro, no notaron la extraña fascinación
que ejercía sobre mí la caja de Kleenex
en cada bache.
Lo que ocurrió al llegar a la frontera
coincidió punto por punto con las
previsiones de mi amigo el guarda del
parque: se entabló una interminable y
atropellada batalla verbal. Los militares
apostados en la frontera opinaban que yo
podía recorrer andando los ocho
kilómetros y pico que nos separaban de
Kisoro, dejando el Land Rover con
ellos; los soldados de Rumangabo se
negaban a caminar y no querían dejarme
sola bajo ningún concepto. Las
autorizaciones que permitían mi entrada
«temporal» en Uganda, expedidas en
tenues papeles en el campamento militar
de Rumangabo, saltaban de mano en
mano, de soldados bebidos a
funcionarios de la aduana en igual
estado etílico. Tras varias horas de
acalorada discusión, durante las cuales
permanecí en absoluto silencio, Lucy
puso un huevo. Entonces me puse a
desempeñar el papel de loca, saltando
de un lado a otro, aplaudiendo y
alabando con absoluta insensatez el gran
talento de la gallina. Los soldados
enmudecieron al instante y me miraban
estupefactos. Por último, todos ellos,
tanto militares como aduaneros,
coincidieron en que era una perfecta
bumbavu (idiota) y, por lo tanto,
inofensiva. Y la barricada se abrió.
Doce años antes de que tuvieran lugar
estos acontecimientos, una maravillosa
persona, Walter Baumgartel, había
construido en Kisoro un delicioso
«hogar lejos del hogar» para turistas y
estudiosos de los gorilas. Su Travellers
Rest Hotel fue un oasis para muchos
científicos que me precedieron, entre
ellos George Schaller. Conocí a Walter
en mi primer safari, en 1963, y durante
mis seis meses y medio de trabajo en
1967 pasó a ser uno de los amigos más
amables y encantadores que he tenido en
África. Volviendo ahora a mi relato,
diez minutos después de atravesar la
frontera ugandesa, desvié el coche hacia
el camino de acceso al hotel de Walter y
en cuanto llegué a él cogí las llaves del
coche y atravesé a la carrera la puerta
principal, donde se había apiñado de
repente un grupo de boquiabiertos
refugiados del Zaire. Seguí corriendo
hasta meterme en la habitación más
remota del hotel, y sumergiéndome en
telarañas me escondí debajo de la cama,
donde permanecí muerta de miedo hasta
que se acalló el alboroto producido por
la rápida actuación de Walter, que avisó
a los militares ugandeses para que
arrestaran a los soldados zaireños. Lo
primero que hice al salir fue felicitar de
forma muy efusiva a Lucy por su
oportuna puesta.
Tras varios días de interrogatorios en
Kisoro, donde llegó la noticia de que me
matarían si intentaba retornar al Zaire,
me dirigí en coche a Kigali, la capital de
Ruanda, para ser sometida a más
preguntas. Luego partí en avión hacia
Nairobi para mi primera reunión en siete
meses con el Dr. Leakey, aunque no se
trataba precisamente del tipo de
encuentro que habíamos previsto.
El Dr. Leakey me esperaba en el
aeropuerto de la ciudad keniata con una
sonrisa de oreja a oreja que daba a
entender: «Qué, los engañaste, ¿no?»
Tras una breve discusión, convinimos en
que sería mejor regresar a los Virunga
que trabajar con los gorilas de las
tierras bajas en África Occidental o con
los orangutanes de Asia. En Nairobi
supe que había sido declarada
desaparecida y dada por muerta por el
Departamento de Estado de los Estados
Unidos, de modo que el Dr. Leakey y yo
nos pusimos de inmediato en contacto
con la embajada. El encargado de
negocios de la misma declaró,
categóricamente, que no podía volver a
Ruanda porque, según sus palabras
textuales, «se concedería mi extradición
inmediata a Zaire como prisionero
evadido».
Éste era el tipo de reuniones que
gustaban al Dr. Leakey. Él y los
representantes de la embajada me
pidieron que saliera de la habitación y
cerrara la puerta. Durante casi una hora
pudieron oírse sus voces retumbando
por los pasillos del edificio. Al fin
apareció Leakey con su entusiasmo
habitual, y un vivo centelleo en sus ojos
delataba que había asistido a un debate
especialmente divertido en el que había
tenido un éxito total.
Gracias de nuevo a la generosidad de
Leighton Wilkie pude reunir en Nairobi
el equipo básico para mi segunda
oportunidad. A las dos semanas volaba
hacia el sector ruandés de los Virunga.
Quedaban todavía en el mundo gorilas
que estudiar y montañas a las que subir.
Me sentía como si hubiera vuelto a
nacer.
Mi establecimiento en Ruanda fue
bastante fácil gracias a la ayuda de una
belga extraordinaria, Alyette DeMunck,
nacida en la provincia de Kivu, en el
Zaire, que poseía un conocimiento
preciso del país y de sus tradiciones.
Gracias a ella casi inmediatamente
después de mi llegada pude empezar un
censo de los gorilas que ocupaban el
sector ruandés de los Virunga.
La búsqueda de un campamento tan
idóneo como el de Kabara fue una
aventura desafiante. Empecé explorando
el volcán Karisimbi, de 4.506 m de
altura, situado al sureste del monte
Mikeno. Pero mi desilusión fue enorme
al descubrir que las laderas del monte
estaban atestadas de rebaños de vacas,
de modo que tuve que subir hasta unos
3.500 m de altitud para encontrar una
zona deshabitada en la que poder
instalar la tienda de campaña, a media
hora de la frontera con el Zaire. Habían
transcurrido diecinueve semanas desde
que viera por última vez un gorila, pero
la suerte estaba de mi parte, pues
encontré una pista fresca que me llevó a
uno de los tres grupos que había
estudiado en Kabara. El encuentro fue
uno de los más maravillosos regalos de
bienvenida que jamás haya recibido. Los
gorilas me reconocieron y se
mantuvieron cerca de mí, a unos quince
metros de distancia. Pude comprobar
que en mi ausencia se había producido
un nuevo nacimiento.
Realicé una prospección de once días
por gran parte del sector ruandés de
Karisimbi. Los resultados de la
prospección fueron descorazonadores:
abundancia de rebaños y de cazadores
furtivos por todo el parque y ausencia
total de huellas de gorilas. Pero una
mañana de un día resplandeciente, trepé
a los desiertos prados alpinos del
Karisimbi, hasta un lugar estratégico que
me permitía ver toda la cadena de
volcanes de los Virunga, de cuarenta
kilómetros de longitud. Con ayuda de los
prismáticos, divisé una prometedora
zona en un terreno de suaves
ondulaciones que constituía un paso
natural entre los montes Karisimbi y
Visoke. Mientras contemplaba, sentada
en los elevados y ventosos prados, el
paisaje en el que posteriormente se
desarrollarían mis investigaciones, dos
cuervos remontaron el vuelo desde el
vasto océano verde de la selva.
Graznando con insistencia, planearon
para mendigar los restos de mi comida.
Su relativa timidez me hizo pensar que
probablemente no se trataba de la pareja
de Kabara, pero su presencia en aquel
momento y en dicho lugar me pareció de
buen augurio.
Mientras escribo estas líneas, más de
diez años después, diviso desde la
ventana de mi despacho el mismo retazo
de prado alpino que contemplé entonces.
La alegría que experimenté al ver el
corazón de los Virunga por primera vez
desde aquellas distantes alturas es tan
vivida como si hubiera ocurrido hace
poco tiempo. He construido mi hogar
entre los gorilas de montaña.
2. Un segundo comienzo:
el Centro
de Investigación
de Karisoke, en Ruanda
Ruanda es uno de los países del mundo
más densamente poblados. Con sólo
26.000 km2, aproximadamente un octavo
de la extensión de Kenia, Ruanda
alberga 4.700.000 personas, población
que probablemente se habrá duplicado a
finales de siglo. La llamada «pequeña
Suiza de África» es, a la vez, uno de los
cinco países más pobres del mundo; un
95 % de su población se las arregla para
sobrevivir en diminutas parcelas de una
hectárea, las shambas. Con la
construcción de terrazas se consigue
aprovechar poco menos que todo el
terreno apto para la agricultura. Empero,
aun con estas rigurosas medidas de
escalonamiento, la población vive por
encima de la capacidad de
mantenimiento que puede brindar el
suelo. Cada año, 23.000 familias más
necesitarán nuevas parcelas para
cultivar alimentos y mantener el ganado.
En 1969 se destinaron 8.900 hectáreas
del Parque Nacional de los Volcanes al
cultivo del pelitre (Pyrethmm
cinerarifolium), planta de la familia de
las compuestas de la que se extrae un
insecticida, y que se vende en los
mercados europeos a cambio de divisas.
El resto del parque consta de sólo
12.000 hectáreas, o sea un 0,5 % del
territorio ruandés. Así y todo, el
Ministerio de Agricultura está
considerando la posibilidad de dedicar
otro 40 % de lo que queda —unas 4.800
hectáreas— a programas de ganadería
para apacentar una parte de las 680.000
cabezas de ganado vacuno existentes en
el país —ganado que se mantiene a
pesar de la fortísima presión
demográfica—. No hay ninguna zona de
transición entre los cultivos y el
territorio de los gorilas. Las fértiles
tierras contiguas al parque albergan a
unos 300 habitantes por kilómetro
cuadrado. La gente entra y sale
tranquilamente del parque para recoger
leña, poner trampas —práctica ilegal—
a los antílopes, recolectar miel de las
colmenas silvestres, apacentar ganado y
sembrar patatas y tabaco.
La invasión de estos dominios puede
hacer que el gorila de montaña se
convierta en una de las siete especies
raras de animales a la vez descubiertas y
extintas dentro de este siglo.
Alyette DeMunck me ayudó a realizar
los preparativos para emprender un
segundo safari por los prometedores
collados que yo había divisado desde
los altos prados alpinos del monte
Karisimbi. Con el Land Rover «Lily» y
la furgoneta Volkswagen de Alyette
DeMunck cargados de material de
acampada, pusimos rumbo al noreste
bordeando las estribaciones del
Karisimbi y del Visoke por pistas sin
pavimentar, con baches descomunales,
sembradas de cantos rodados y
atravesadas por incontables rebaños de
vacas y cabras. A las tres horas de
camino, la pista se perdía en una zona
intensamente cultivada, a unos 2.400 m
de altitud, entre shambas y campos de
pelitre. Contratamos varias docenas de
porteadores para que cargaran con todos
mis bártulos durante una subida de cinco
horas hasta un collado situado a 3.000
m, cubierto por la densa selva montana,
adyacente al monte Visoke, eclipsado
por la niebla a lo lejos.
Casi todos los porteadores eran
bahutúes de raza bantú, los principales
agricultores de la zona. Hace más de
cuatro siglos, los batutsi —de raza
camítica— bajaron del norte y
sometieron a los bahutu, habitantes de la
región que llegaría a ser conocida como
Ruanda, circunstancia que hizo
desarrollarse una especie de feudalismo
a medida que los batutsi, propietarios
del ganado, tomaban posesión de la
tierra. Por aquel entonces, los bahutu
tenían que pagar con bienes o servicios
el derecho a servirse del ganado y de
los pastos, con lo que, a la larga, se
convirtieron en siervos de los reyes
batutsi. Los dos pueblos siguieron
enfrentados durante la mayor parte de
los períodos coloniales alemán y belga,
hasta 1959, año en que los bahutu
consiguieron derrocar a sus amos
batutsi. Ruanda se independizó de
Bélgica en 1962, con los bahutu en el
poder. La revolución y sus secuelas se
prolongaron hasta 1973, y conllevaron
el asesinato de miles de batutsi y el
éxodo de muchos miles más. Al
presente, pervive aún cierto odio entre
ambas razas.
Buen número de los batutsi que
permanecieron en Ruanda cuidaban
ganado; y, ante la escasez de tierra, a mi
llegada en 1967 apacentaban —
ilegalmente— inmensos rebaños dentro
de los límites del parque. Al cabo de
trece años de investigación en aquellas
tierras, llegué a conocer muy de cerca a
una familia batutsi. Y aún me encontré
con una tercera raza, los batwa, en
especial dentro del Parque de los
Volcanes, miembros de una tribu
semipigmea ubicada en el peldaño más
bajo del sistema de castas ruandés. Son
por tradición cazadores y pescadores
furtivos, y recolectores de miel. Sus
escandalosas actividades en el ámbito
del parque iban a tener una fuerte
repercusión en mi vida y en la de los
gorilas que conocí.
Los descalzos porteadores bahutu se
mostraban alegres mientras acomodaban
diestramente la carga que Alyette
DeMunck y yo repartíamos entre ellos.
Acto seguido, y antes de coger el bastón,
o fimbo, cada individuo arrancaba
largas madejas de hierba para formar
una almohadilla circular, compacta, con
que acolchar su cabeza para la carga.
Los bastones, como pronto descubrí, les
servían para equilibrarse en los tramos
resbaladizos por el barro; también
resultaban muy útiles para buscar apoyo
y hacer fuerza en los profundos
cenagales donde se paseaban los
elefantes. Por entonces no se
encontraban botas en Ruanda, y el
calzado de plástico que se podía
adquirir en los mercados locales no
servía de nada ante la succión de una
senda fangosa, donde el barro llega a
menudo hasta las rodillas.
Después de dejar el Land Rover
rodeado de aldeanos curiosos y vigilado
por un guarda zamu, DeMunck y yo nos
pusimos las últimas en la fila de
porteadores, quienes, impacientes,
habían empezado a abrirse paso a
empujones entre la nube de chiquillos
que se amontonaban a su alrededor. Las
mujeres quedaron atrás, pues era de su
diaria responsabilidad cuidar los
campos, cortar y recoger leña, ir por
agua y cuidar de los pequeños. Muchas
de ellas estaban en avanzado estado de
gestación, pero ello no les impedía
cargar con los críos a la espalda, al
tiempo que echaban una mirada al
vacilante chiquitín próximo a sus pies.
Mientras la larga caravana de
porteadores avanzaba por el angosto
laberinto de sendas que atravesaban los
campos de cultivo, hubo un animado
intercambio de saludos entre nuestros
hombres y las atareadas mujeres.
Parecía haber gente por doquier, todo lo
contrario de la subida a mi primer
campamento desde la pequeña aldea
congoleña de Kibumba, con aquel
repentino zambullirse en la absoluta
quietud reinante en el sombrío bosque
debajo de Kabara. No obstante, unos y
otros —los nativos de Kibumba y los de
esta aldea ruandesa, Kinigi— eran
curiosos y amigables. Hombres y
mujeres iban envueltos en holgadas
telas, no en las ropas europeas de
desecho que luego se convertirían en su
atuendo predilecto. Los niños, al igual
que los adultos, iban descalzos, y no
parecían darse cuenta de sus diversos
grados de desnudez, que variaba desde
ir sin nada hasta llevar unos andrajosos
trozos de arpillera. Llovía a cántaros.
Dentro de mi impermeable, sentí un
estremecimiento viendo a aquellos
chiquillos reír alegremente, al paso de
nuestra caravana, sin que nadie, al
parecer, se ocupara lo más mínimo de
ellos.
Según avanzábamos entre los campos de
pelitre recién sembrados, la espesa
niebla nos ocultaba buena parte del
deplorable clareo de la selva. Así y
todo, a ambos lados de la senda podían
verse los tocones quemados de viejas
Hagenia, únicos vestigios de lo que
otrora fue un magnífico bosque. Eché a
faltar la alegre sensación de regocijo
que siempre sentía al emprender la
subida a Kabara. En aquella ocasión, la
vía de ascenso parecía más bien un
paseo por un lugar arrasado por las
bombas.
Una media hora antes de abordar las
primeras pendientes del Visoke,
llegamos a una zona de bambúes que en
otro tiempo también estuvo incluida en
el parque, pero que ahora estaba
condenada a la entresaca para dar
cabida al pelitre y a la gente. Hoy día,
en esa misma zona hay seis casetas de
hojalata y un gran aparcamiento para
comodidad de los turistas. Me
congratula haber conocido esta región en
1967, pues ya nunca será lo que fue.
Una vez en el denso «bosque» de
bambúes, sentí tibiamente el embrujo de
la salvaje soledad al descubrir
excrementos frescos de elefante, además
de huellas de gorilas. Después de la
zona de bambúes, la pista seguía por un
fresco túnel horadado en la lava, de un
metro y medio de ancho por unos diez de
largo. Los desmoronados costados del
túnel de lava llevaban la impronta de
años de roces debidos al áspero pellejo
de los elefantes, que utilizaban aquella
galería natural como paso entre el
bosque superior y el bosque de bambúes
inferior. El firme suelo mostraba el leve
y ondulado dibujo de las huellas de
aquellos animales; en la húmeda
atmósfera flotaba su olor. Diez años
después, cuando la mayor parte de los
elefantes del parque habían sido
abatidos por los cazadores furtivos, los
costados del túnel se cubrieron de una
gruesa capa de musgo, borrándose para
siempre las señales de una de las
muchas especies animales que figuraban
entre los habitantes originales de los
volcanes Virunga.
El túnel venía a ser el pórtico de entrada
al mundo de los gorilas. Servía de
pasadizo entre la civilización y el
silencioso mundo de la selva, pues en su
extremo se abría a un panorama de
laderas densamente forestadas, donde
imponentes Hagenia tapizadas de musgo
formaban una bóveda discontinua a los
lados de la senda.
La Hagenia abyssinica es el árbol más
común en los collados de los Virunga, y
va haciéndose progresivamente menos
abundante en las faldas superiores de la
montaña, quizá porque las pendientes
más empinadas no aguantan su pesada
mole. Parece darse poca regeneración
en las laderas situadas entre 2.600 y
3.300 m de altitud, si bien en las zonas
subalpina y alpina han comenzado a
crecer numerosos retoños. George
Schaller describe de forma maravillosa
la Hagenia, de ella dice que tiene «la
apariencia de un anciano bondadoso y
despeinado». El tronco, que puede
alcanzar los dos metros y medio de
diámetro, y las inmensas ramas,
acolchadas como un sofá, prestan
soporte a una profusa variedad de
musgos, líquenes, helechos, orquídeas y
otros epífitos. El árbol rara vez
sobrepasa los 20 m, y en los collados
del parque las copas de Hagenia cubren
sólo un 50 % de la región, de modo que
puede crecer un rico sotobosque de
vegetación herbácea. Los gorilas
prefieren muchos de los epífitos de las
ramas de Hagenia a las largas hojas
pinnadas de los propios árboles o sus
colgantes racimos de flores color lila.
Uno de los alimentos preferidos de los
gorilas es un helecho de hoja estrecha
(Pleopeltis excavatus) que cuelga,
suspendido de gruesas almohadillas de
musgo, de las ramas inferiores de las
Hagenia dispuestas en sentido casi
horizontal. Los gorilas suelen
acomodarse en un blando cojín de
musgo, toman un grueso pedazo del
mismo, se sientan con él en el regazo y
se entregan, ociosos, a arrancar el
helecho hoja por hoja. Muchos troncos
viejos de Hagenia, parcialmente
ahuecados, proporcionan abrigo a gran
diversidad de animales, tales como
damanes de los árboles (Dendrohyrax
arboreus), ginetas (Genetta tigrina),
mangostas (posiblemente Crossarchus
obscurus), lirones (Graphiums murinus)
y ardillas (quizá Protoxerus stangeri).
Compartiendo los collados con la
Hagenia se encuentra el hipérico de la
especie Hypericum lanceolatum. Es un
árbol más delicado que la Hagenia, con
una distribución altitudinal más amplia;
crece desde los límites del parque, a
2.600 m, hasta los 3.700 m
aproximadamente, en la zona alpina,
donde presenta un porte más
achaparrado. En los collados, el
Hypericum alcanza de 12 a 18 m de
altura, pero los troncos y las ramas,
relativamente delgados, no pueden con
las pesadas almohadillas musgosas tan
características del Hagenia. Entre el
enrejado de pequeñas y agudas hojas
lanceoladas y flores de céreos pétalos y
brillante color amarillo, cuelgan los
largos y delicados filamentos del liquen
Usnea, emparentado con la «barba de
capuchino». El árbol sirve también de
hospedador al Loranthus
luteo aurantiacus, una planta parásita de
flores rojas perteneciente a la familia
del muérdago y muy apreciada por los
gorilas como alimento. La elasticidad y
delgadez de las ramas del Hypericum
son posiblemente la causa de que sean
utilizadas tan a menudo por los gorilas
como material para el nido, ora
recogidas en el suelo, ora —menos
frecuentemente— en el propio árbol.
El tercer árbol en orden de abundancia
que comparte zonas restringidas de los
collados y las laderas inferiores del
Visoke con la Hagenia y el Hypericum,
es la Vemonia adolfi friderici. La
Vemonia puede alcanzar una altura de 7
a 9 m y, allí donde crece, su densa
bóveda suele impedir el desarrollo de
vegetación herbácea. El árbol tiene
hojas anchas, de textura suave, ramas
muy resistentes y pedúnculos de los que
brotan yemas o racimitos de flores de
blancos pétalos. A los gorilas les gusta
el sabor a nuez de los brotes de
Vemonia, y se sientan en el árbol o
simplemente doblan la rama hasta el
suelo para tirar de ellos uno por uno,
igual que cualquiera de nosotros con un
racimo de uvas. La madera del árbol
también figura entre los alimentos
predilectos del gorila, ya sea mojada, ya
carcomida. Hay numerosas zonas de los
Virunga en las que la Vemonia ha sido
utilizada tan in extenso por los gorilas
como alimento y para actividades de
nidificación y juego, que en ellas sólo
quedan tocones deshechos: ello da una
idea de lo que en otro tiempo fue la
población de gorilas.
El sendero que seguimos a continuación,
entre las herbosas laderas a la derecha y
el collado un poco más abajo, a la
izquierda, estaba mejor definido de lo
que había estado en la aldea, porque lo
mantenían despejado los elefantes y los
búfalos, además de la abundancia de
agua de los innumerables arroyos que
discurrían por la montaña.
La primera hora y media de ascensión
fue la más dura; según aumentaba la
altitud, la respiración —al menos en mi
caso— se hacía un tanto dificultosa: se
me abrió el cielo cuando los
porteadores pidieron hacer un alto para
descansar y fumar un cigarrillo. El lugar
escogido fue un pequeño claro herboso
donde los excrementos de elefante y
búfalo se amontonaban junto a un
riachuelo que fluía por el centro de la
pradería. El aire era un elixir de pureza;
el agua, de un estimulante frescor. La
llovizna y la impenetrable niebla
empezaban a dar paso a la promesa de
un sol reconfortante. Por primera vez
pude apreciar toda la inmensidad de la
vegetación herbácea que cubría las
fragosas laderas del Visoke por el
flanco norte de nuestra senda. El terreno
parecía muy apropiado para el gorila.
Entonces se desató en mí un tremendo
anhelo por descubrir lo que se extendía
ante nosotros, al oeste, en lo más
recóndito del corazón de los Virunga.
Muy aprensivos, los porteadores se
mostraban ahora más silenciosos de lo
que habían estado allá abajo, en su
aldea. Sin embargo, estaban dispuestos a
continuar, aunque, por lo visto, sólo
unos pocos se habían adentrado antes
tanto por las montañas. Proseguimos la
subida por una pendiente más suave
durante más de una hora, hasta llegar a
un amplio corredor pradeño, alfombrado
con un denso tapiz de hierba. Repartidas
por toda la pradería, cual poderosos
centinelas, levantábanse imponentes
Hagenia, barbadas por las largas y
diáfanas hebras de los líquenes que
nacen en sus ramas cargadas de
orquídeas. Iluminada a contraluz por el
sol, la escena cobraba una dimensión
espectacular que ninguna cámara podría
captar, ni mirada alguna dar crédito.
Aún no he visto en todos los Virunga un
lugar más impresionante ni más idóneo
para la investigación del gorila.
A las cuatro y media en punto del 24 de
septiembre de 1967, fundé, a 3.048 m de
altitud, el centro de investigación de
Karisoke: «Kari» por las cuatro
primeras letras del monte Karisimbi,
que dominaba el campamento por el sur,
y «soke» por las cuatro últimas del
monte Visoke, cuyas laderas se elevaban
por el norte a 3.710 m, justo detrás
nuestro.
Elegido el sitio, el siguiente paso fue la
selección del personal del campamento
entre los porteadores. Varios de ellos
deseaban un trabajo permanente, así que
en muy poco tiempo tuve lo que serían
los orígenes de la plantilla de Karisoke
ayudando a montar tiendas, hervir agua,
recoger leña y desempaquetar el equipo
y las provisiones necesarios. Instalamos
mi tienda junto a un arroyo de rápido
fluir. Unos cien metros más atrás, en el
prado, arrimada a las laderas del
Visoke, se levantó otra tienda para el
recién designado personal africano.
Desde aquel día, nunca he tenido la más
mínima dificultad en recordar la alegría
que sentí al poder reanudar mi
investigación sobre el gorila de
montaña. Cómo iba a imaginar entonces
que, plantando dos tiendas de campaña
en la soledad de los Virunga, había
sentado los antecedentes de lo que se
convertiría en un centro de investigación
de renombre internacional, utilizado a la
larga por científicos de muchos países.
Como pionera, hube de sobrellevar el
aislamiento, pero he cosechado una
inmensa satisfacción que mis sucesores
nunca podrán disfrutar.
La barrera del lenguaje entre los
ruandeses y yo fue un hecho palpable en
los días que siguieron a la fundación de
Karisoke. Alyette DeMunck, que tenía
un dominio excelente de los idiomas, se
despidió después de pasar unos días en
el campamento. Yo sólo hablaba
swahili, y los ruandeses sólo
kinyaruanda. Así pues, buena parte de la
comunicación se realizaba mediante
gesticulación manual, señales hechas
con la cabeza o muecas faciales. Los
africanos tienen una gran facilidad para
aprender idiomas, porque no suelen
confiar en la muleta de los libros; por
eso me fue más fácil enseñarles swahili
que aprender kinyaruanda.
La mayoría de los porteadores
ruandeses que contraté aquel día han
seguido a mi lado cual leales y
abnegados ayudantes. Unos se sentían a
gusto en el bosque, de modo que los
adiestré, como otrora hiciera Sanwekwe
conmigo, en el arte del rastreo. Otros
preferían quedarse en el campamento y
aprendieron los principios básicos de la
limpieza de tiendas, del lavado de ropa
y platos y también a cocinar de manera
muy rudimentaria. Los leñadores tenían
que ser robustos y cumplir a rajatabla
una regla de oro: no se talarían árboles
en pie pertinentemente localizados, ni
tampoco los caídos que fueran soporte
de vida animal o vegetal. La naturaleza
humana, por ser como es, se manifestó
en una renovación más rápida de los
leñadores que de los rastreadores o el
personal doméstico.
En 1967, el Parque de los Volcanes de
Ruanda contaba sólo con una docena de
guardas y con un conservador al que
todo le daba igual. La mayoría de los
hombres eran completamente ajenos al
bosque y le tenían miedo, así que
preferían quedarse en sus aldeas con la
familia y los amigos. El parque estaba
bajo la jurisdicción del Directeur des
Êaux et Forêts (Director de Aguas y
Bosques) del Ministerio de Agricultura.
No existía un organismo central, como
ahora ocurre, para la gestión del parque.
Los recolectores de miel, apacentadores
de vacas y cazadores furtivos —en
muchos casos, amigos o parientes de los
guardas— tenían paso franco para entrar
y salir del parque cuando les viniera en
gana. A excepción de un puñado de
residentes europeos que de vez en
cuando subían o acampaban por la noche
en las montañas, el parque no merecía
prácticamente el interés de nadie que no
fuera sus ilegales invasores. A decir
verdad, cuando llegué a Ruanda,
numerosos europeos me advirtieron que
vivían pocos gorilas, si es que alguno,
en el lado ruandés de los Virunga, y que
perdería el tiempo buscándolos. Yo me
sentía inclinada a pensar de otra forma.
Las principales presas de los cazadores
furtivos en los Virunga son dos especies
de antílope: el antílope jeroglífico
(Tragelaphus scriptus) y el duiker bayo
(Cephalophus nigrifrons). Estos
elegantes animales son abatidos de
forma directa con lanzas o flechas, o
bien sufren una lenta agonía una vez
apresados en trampas resorte con lazos
ocultos de cáñamo o alambre, las cuales
se disparan a la más mínima presión
para atrapar la pata de cualquier animal.
Durante sus incursiones por el parque,
cazadores furtivos y pastores viven en
estructuras muy simples, las ikiboogas,
construidas en torno a los grandes
troncos huecos de viejas Hagenia. Por
regla general, los cazadores furtivos
pasan varias jomadas en el bosque —
depende de la suerte a la hora de cazar
— y tienen por costumbre fumar hachís
alrededor de las fogatas durante la
noche. Cuanto mayor sea la pieza
ambicionada para el día siguiente, tanto
mayor es la cantidad de hachís necesaria
para alentar el valor de los cazadores.
Cuando dejan las ikiboogas y emprenden
la cacería, los hombres, de ordinario
batwas, ocultan las pipas de hachís, los
lazos de alambre de repuesto, la carne
de antílope ahumada o la comida que
hayan traído de la aldea en los
profundos recovecos de los troncos de
Hagenia. Los pastores también ocultan
sus ibianzies (jarros de leche) en la
densa vegetación, cerca de las
ikiboogas. No costaba mucho aprender a
buscar las ilegales pertenencias de los
cazadores furtivos o los pastores para
desanimar a semejantes invasores.
Si aspiran a una pieza pequeña, como un
antílope, los cazadores furtivos suelen
viajar solos o en bandas reducidas,
acompañados a menudo de perros con
cencerros de metal hechos a mano y
sujetos al animal mediante collares de
piel de antílope. Esos cencerros van
rellenos con hojas mientras los
cazadores andan a la busca de la pista
del animal. Cuando los perros
encuentran un rastro fresco, ya no hay
necesidad de silencio, de modo que les
quitan las hojas a los cencerros y siguen
a los perros para que les conduzcan
hasta la presa. Me es imposible recordar
cuántas veces, rastreando gorilas en las
altas laderas del Visoke, habré oído los
gritos de los cazadores furtivos
mezclados con los ladridos de sus
perros y con el característico estrépito
de los cencerros, en persecución de su
presa, por lo común hasta la muerte. De
tanto en tanto, las batidas se daban en
los prados abiertos, 150 a 300 m más
abajo. Hubo ocasiones en que aplaudí en
silencio a la vista de un duiker o un
antílope jeroglífico, próximo al
agotamiento, que conseguía escapar a
sus perseguidores cambiando
inteligentemente de dirección de acá
para allá, por los pequeños claros
herbosos, hasta alcanzar la densa y
protectora vegetación de las faldas del
Visoke. Esas huidas dejaban a cazadores
y perros confundidos, corriendo en
círculo por el prado mientras la presa
descansaba en su refugio de zarzas y
cardos. Me preguntaba si, cuando menos
alguna vez, la presencia de dos tiendas,
de mí misma y del reducido personal de
Karisoke lograría desalentar las
actividades de los cazadores furtivos.
Durante los primeros días de la
investigación, agitando lanzas o
blandiendo arcos y flechas, saltaban
incluso por encima de las clavijas de mi
tienda tan alegremente como el antílope
que ellos y sus perros perseguían por el
prado del campamento.
En una ocasión, siguiendo con disimulo
una de estas partidas, vi a un muchacho
de unos diez años que, acurrucado
detrás de un árbol, apuntaba con una
flecha en dirección a un antílope
jeroglífico que otros cazadores furtivos
intentaban hacer salir de un espeso
matorral en las laderas del Visoke.
Conseguí echarle el guante —era hijo
del principal cazador furtivo de los
Virunga, Munyarukiko— y me lo llevé
con armas y todo a mi tienda, con la
esperanza de que su captura me
permitiera concertar un parlamento con
el padre y otros destacados cazadores.
Tenía que hablar con ellos cara a cara
sobre la urgencia de dejar al menos las
faldas de la montaña libres de trampas y
de persecuciones cinegéticas en atención
a los gorilas que aún quedaban. El rehén
disfrutó de dos días de estancia en el
campamento. Hizo de suplicante
mediador, junto con los ruandeses de mi
personal, siendo al fin intercambiado
por la promesa de Munyarukiko de que
las laderas del Visoke serían
consideradas sacrosantas frente a toda
nueva cacería. Por un tiempo, que yo
sepa, Munyarukiko cumplió su palabra.
Sin embargo, en 1967, los collados, que
albergaban grandes rebaños de
elefantes, búfalos y antílopes, se
convirtieron en terreno de caza de los
furtivos, en particular porque los años
de caza furtiva habían diezmado las
presas en las zonas contiguas a los
límites del parque. A medida que la caza
se hacía más escasa en las cotas
inferiores del Parque de los Volcanes, la
lucha antifurtivos se convirtió en parte
importante de la batalla diaria de
Karisoke por la supervivencia de los
gorilas y de otros animales que
ocupaban los collados.
Dar con una hilera de trampas y poder
cortarlas antes de que hayan atrapado
alguna víctima, es siempre gratificante.
No lo es menos poder soltar un antílope
indefenso a poco de haber sido laceado,
y verlo alejarse a saltos de una muerte
segura. Los flexibles postes necesarios
para una trampa resorte son, por lo
general, de bambú. Resultan fáciles de
detectar en las zonas verdes, forestadas,
de vegetación herbosa, pero dar con
ellos en un bosque de bambúes es más
complicado. Las trampas solían estar tan
bien camufladas que al cabo de varias
horas de búsqueda por los densos
laberintos de bambú, veía espejismos
por doquier. Los rastreadores y yo
encontrábamos muy cómico, aunque
humillante, vemos a gatas o caminando
por los espesos cañaverales en busca de
trampas, y de repente sentir que te tiran
de muñecas y tobillos desde abajo al
caer inadvertidamente en los lazos
ocultos bajo una ligera capa de tierra.
Siempre volvíamos con lazos al
campamento, que quemábamos o
arrojábamos a la letrina como garantía
de que no serían utilizados de nuevo.
Por idéntica razón, cuando los
descubríamos, cortábamos los postes
que servían de anclaje a los lazos.
En las trampas foso, de 2,5 a casi 4 m
de profundidad, había un piso de
afiladas estacas de bambú, donde
quedaba ensartada cualquier inocente
criatura que tuviera la desgracia de caer
en ellas. Yo fui una de esas inocentes
criaturas cierto día en que iba sola,
abriéndome paso por un alto y cerrado
ortigal con mi panga, herramienta
cortante similar a un machete. Si en este
instante iba renegando de hallarme sobre
la capa de tierra, al siguiente me vi dos
metros y medio por debajo de ella,
sintiendo las descargas eléctricas de los
incontables verduguillos de las ortigas
que tapizaban el foso. Por suerte, era
una trampa vieja, abandonada hacía
tiempo, con las estacas podridas y
caídas.
Sentí pánico cuando al dirigir la mirada
a lo alto, al radiante azul, me di cuenta
de que era muy de mañana. La gente del
campamento no me buscaría hasta el
anochecer, muchas horas después.
Afortunadamente, la panga había caído
conmigo, de manera que me puse a
excavar una especie de peldaños para
las manos y los pies en las
desmenuzables paredes del foso, hasta
que pude alcanzar las raíces de un
matorral que crecían cerca de la boca.
Ésa fue una de las contadísimas
ocasiones de mi vida en que agradecí mi
metro ochenta y tres centímetros de
altura.
Entre los enmarañados zarzales era
corriente encontrar lazos corredizos
estranguladores. Podían ser accionados
en el acto por la cabeza de un
ramoneante antílope al llevar el hocico
hacia los frutos y brotes tiernos que
crecen en el espeso matorral. Las
víctimas pilladas en tales trampas se
estrangulaban poco a poco hasta morir;
sus inútiles esfuerzos por librarse
servían sólo para apretar aún más el
asfixiante lazo.
Un tipo de emboscada cada vez más
raro, probablemente a causa del
reducido tamaño de los rebaños,
consistía en una estacada de troncos
junto a los rastros de búfalo, que
conducía siempre a precipicios donde
los cercados se angostaban hasta quedar
reducidos a estrechos pasos abiertos en
el borde del barranco. Similares a los
construidos por los primitivos indios
americanos, esos corrales en forma de
embudo dejaban al búfalo sin
escapatoria posible. Hombres y perros
empujaban a los animales por detrás,
mientras otros, con lanzas, esperaban
abajo la caída de las víctimas. Siempre
que los rastreadores y yo encontrábamos
vestigios de esas emboscadas en la
selva, los hombres traían a la memoria
relatos de esas masacres que habían
oído de boca de sus padres. Los
ocasionales cementerios de búfalos
situados al pie de los acantilados,
contaban el resto.
Uno de nuestros visitantes descubrió por
casualidad otra clase de trampas de las
que, por fortuna, hasta ahora sólo hemos
tropezado con unas pocas. Estaba el
recién llegado gateando por la espesa
vegetación, a punto de adelantar una
mano para apoyarse, cuando,
instintivamente, un escalofrío le recorrió
el cuerpo. Observando el punto exacto
donde la mano habría ido a parar, vio un
lazo de resorte de alambre, muy bien
disimulado, cubierto en parte por
inmundicia. Siguiendo con la mirada la
línea ascendente del alambre, reparó en
que estaba unido a tres enormes troncos
de unos 60 cm de diámetro y un metro
ochenta de largo, suspendidos a cosa de
un metro de su cabeza. Al instante se dio
cuenta de que la más ligera presión
sobre el área circunscrita por el lazo de
alambre hubiera dejado libres los
troncos, aplastándolo mortalmente. Con
extraordinaria presencia de ánimo, el
estudiante salió con sumo cuidado de
debajo de la emboscada y, una vez fuera
e incorporado, hizo saltar el tenso
alambre. Sin daños ni víctimas, los
troncos rompieron contra el suelo con un
sordo retumbo.
Sigo devanándome los sesos acerca del
propósito específico de este modelo de
trampa. Las que he podido ver no tenían
la altura necesaria para atrapar un
búfalo, y pesaban más de la cuenta para
matar antílopes, capturados de ordinario
mediante el mucho menos sofisticado
método del lazo de alambre o cáñamo
sujeto a postes. Yo diría que este tipo de
emboscada estaba destinado al jabalí de
río (Potamochoerus porcus), pieza que
los miembros más jóvenes del personal
africano de Karisoke recordaban como
abundante en 1967, cuando empezaban a
cultivarse tierras del parque.
Sin embargo, en mi época era evidente
que las reservas de fauna, sobre todo a
bajas altitudes, no estaban en
consonancia con el número de animales
que los cazadores furtivos extraían del
parque. Por esta razón, sus incursiones
de caza les llevaban montaña arriba, al
bosque, y con más frecuencia al hábitat
del gorila.
Aunque no eran, por regla general, las
víctimas escogidas de las trampas, los
gorilas también caían en ellas. La
tremenda fuerza de un gorila le permite
soltarse y escapar con el lazo de
alambre apretado alrededor del tobillo o
de la muñeca; pude observar a tres
gorilas con uno de esos lazos atados en
la muñeca. Habían aprendido a servirse
de los pies para la preparación y
sujeción de los alimentos; no obstante,
se debilitaron sensiblemente antes de
desaparecer del grupo. Nunca más los
volvimos a ver.
Un cuarto caso bien documentado es el
de una joven gorila de cuarenta y cuatro
meses, que fue estudiada con
continuidad desde el día de su
nacimiento hasta el de su muerte. Fue
una jovencita animada, juguetona y
encantadora hasta la mañana en que, sin
saberlo, corrió alegremente hacia un
lazo de alambre camuflado. El alambre
la cogió por el tobillo y la retuvo
prisionera junto al poste. Los restantes
miembros del grupo se agitaban
histéricos a su alrededor —corriendo,
rompiendo ramas, golpeándose el pecho,
gritando de impotencia sin saber qué
hacer para soltarla—. Ese mismo día,
presa de desesperación, pudo
desprenderse del poste aunque con el
alambre todavía en el tobillo. Durante
sesenta agonizantes días, el alambre se
fue clavando más y más en la carne de la
demacrada jovencita, hasta que murió
por fin de gangrena combinada con una
neumonía. A lo largo de ese período, su
debilitamiento fue en aumento. El grupo
aflojaba el paso para que no se rezagara,
pero la joven gorila estaba condenada
desde un principio.
En otros dos casos de jóvenes laceados
por la muñeca, parece ser que el jefe de
dorso plateado consiguió liberarlos de
inmediato, usando los caninos para
deslizar el alambre por encima de sus
manos cuando todavía estaban sujetos al
poste de la trampa. Sin duda, ese gorila
«dorsicano» era mucho más experto en
trampas que el jefe del grupo de la
anterior joven condenada. Otro
individuo, una hembra adulta,
posiblemente fue víctima de una trampa
en su juventud, porque le faltaban varios
dedos en ambas manos la primera vez
que fue vista como adulto. Cuando con
el tiempo dio a luz, me conmovió
observar la destreza con que era capaz
de cuidar del recién nacido a pesar de
su tremenda inferioridad.
Algunos grupos de gorilas parecían más
«entendidos en trampas» que otros,
quizá por haber tenido más contacto con
los estragos por ellas ocasionados. Un
día vi a un grupo desviarse ex profeso
de una fila bastante visible de postes de
bambú arqueados, sujetos bajo tensión a
letales lazos de alambre. Aunque la
batería de trampas estaba recién
instalada, una ya había atrapado un
duiker, muerto al cabo de una inútil
lucha por librarse del alambre. Los
rastreadores, un huésped del
campamento y yo misma nos
distribuimos para derribar la docena
aproximadamente de trampas aún
cargadas, antes de que pudieran infligir
más daño. Me preocupaba el efecto que
tendría en los gorilas —que se dirigían
hacia la vegetación mucho más densa de
más abajo— el ruido que hacíamos al
cortar los postes. Empero, daban la
impresión de estar tranquilos, quizá
porque nos habían visto y reconocido, y
no nos relacionaban con los cazadores
furtivos.
En el preciso momento en que habíamos
terminado de abatir la totalidad de las
trampas, nos llegó un espantoso aullido
por el lado de los gorilas, a los que
semiocultaba la alta vegetación del pie
de la ladera. Horrorizados, corrimos
hacia un poste que subía y bajaba, pues
su víctima se debatía por el apretón del
lazo. A pesar de la presencia del grupo,
rompí involuntariamente una de mis
reglas cardinales (permanecer en
silencio estando cerca de ellos) y
comencé a gritar «¡no, no, no!»,
convencida de que otro gorila había sido
laceado. Cuando llegamos a la trampa,
los animales, sobrecogidos por mi
comportamiento —cómo no—, ya
habían emprendido la huida. Qué
indescriptible alivio sentimos al
encontrar un duiker joven, y no un
gorila, en indómita lucha con el lazo de
alambre.
La larga experiencia nos dictaba la
rutina a seguir para la liberación de
antílopes laceados. El primer paso era
tapar la cabeza del animal, por lo
general con una chaqueta, pues esto
sirve para apaciguar un tanto la
violencia del desesperado denuedo del
antílope. Acto seguido, se le inmovilizan
las frágiles patas para impedir que la
víctima se rompa los huesos o se rasgue
los ligamentos y los músculos. La
sujeción de las patas exige fuerza y
agilidad, porque la exasperación de un
animal aprisionado, luchando por su
vida, parece darle una fuerza
extraordinaria. Sólo entonces se puede
retirar el lazo y comprobar si la víctima
ha sufrido algún daño. Si el antílope
parece capaz de apañárselas por su
cuenta al ser liberado, se le destapa la
cabeza.
A punto de iniciar la operación de
desenlazar la pata de este valiente
duiker, se me ocurrió mirar en la
dirección que los gorilas habían tomado,
y no pude contener la risa: los cuatro
machos adolescentes del grupo estaban
sentados en fila sobre una gruesa rama
de Hagenia, a unos seis metros de
distancia. Diríase que estaban totalmente
fascinados con nuestras diligencias. La
intensidad de su ensimismamiento
prestaba cierto apoyo moral a nuestros
esfuerzos. Más retrasado, se podía
divisar el resto del grupo, asomando por
encima de la vegetación y con la mirada
clavada en nosotros. Con una
«hinchada» como ésta, nada podía
fallar. Bastante seguros, destapamos la
cabeza del antílope liberado, se puso en
pie y, de un salto, desapareció en la
vegetación circundante. Los cuatro
gorilas lo siguieron con los ojos
brevemente, se golpearon el pecho y,
dando por terminado el espectáculo,
descendieron del árbol con toda
tranquilidad. Una vez más, me maravilló
la curiosidad que llegan a tener los
gorilas.
Nos llevó unos cuatro años despejar de
ganado los collados entre los montes
Visoke, Karisimbi y Mikeno, y reducir
la actividad de los cazadores furtivos en
dicha región. A la sazón, los gorilas
pudieron abandonar las sobrepobladas
laderas de las montañas y extender sus
dominios por los collados. Sin embargo,
cuando un grupo se trasladaba lejos del
campamento y tropezaba con una fila de
trampas o con cazadores furtivos en un
terreno no familiar, había que acudir a
lo que yo llamaba el arreo.
La drástica decisión de arrear un grupo
de gorilas se tomaba sólo cuando
estaban en zonas de peligro potencial,
bien por cazadores furtivos, bien por
trampas; y siempre lo hice con gran
renuencia, porque ello entrañaba
molestar deliberadamente al grupo e
influir en su habitual pauta de
movimientos.
La preparación del arreo consistía en
repartir entre toda la gente del
campamento, tanto personal de plantilla
como estudiantes voluntarios, los
cencerros de los cazadores furtivos que
me había ido agenciando durante años
de rapiñar en las ikiboogas. A
continuación localizábamos el grupo
amenazado, pero sin establecer contacto
directo con él. Manteniéndonos ocultos
y en silencio, formábamos un gran arco
de aproximadamente unos cincuenta
metros por detrás del grupo. Una vez
cada cual en su sitio, lanzábamos lo que
casi podía pasar por un verdadero
ataque de cazadores furtivos, haciendo
sonar los cencerros e imitando los gritos
de caza de aquéllos. El fingido «ataque»
se planeaba de modo que los gorilas
pudieran ser arreados en una dirección
segura, por lo general hacia las laderas
del Visoke. No hacíamos un ruido
continuado: primero sólo el suficiente
para que los animales se pusieran en
camino, y luego únicamente cuando se
detenían demasiado tiempo durante su
retirada o cuando estaban a punto de
salir del cerco y regresar al punto de
partida. Huyendo de aquellos invisibles
«vaqueros», los gorilas dejaban a su
paso defecaciones diarreicas y en el aire
un abrumador olor a miedo. Si en el
grupo había dos gorilas de dorso
plateado, el macho dominante asumía el
mando para marcar el rumbo y la
velocidad de la marcha a las hembras y
jóvenes que le seguían inmediatamente
detrás. El segundo gorila de dorso
plateado, ahora un subordinado, cuidaba
la retaguardia cual fiel cancerbero —
una defensa complementaria para los
animales vulnerables del centro—. Por
lo general, al cabo de aproximadamente
un cuarto de hora de estampida,
aminoraban el paso para descansar un
rato. Una vez el grupo quedaba fuera de
la zona de peligro y encarrilado de
vuelta al terreno familiar, dejábamos a
los animales en paz, sin intentar
establecer contacto de nuevo con ellos
durante esa jornada. Sólo en contadas
ocasiones llegamos a utilizar esta
técnica contundente, pero efectiva; la
tengo, con mucho, como un mal menor,
cuando pienso en lo que podría haber
sucedido si, rodeado de cazadores
furtivos o esperado por trampas, hubiera
quedado el grupo a merced de sus
propias defensas.
Patrullando por los collados, enseguida
me di cuenta de que los cazadores
furtivos no se tomaban a la ligera que
les destruyeran las trampas. Una forma
de manifestar su disgusto era el sumu,
vocablo africano que significa
«veneno», pero que en la región central
de África se utiliza para hacer
referencia a la magia negra. A veces los
cazadores furtivos cortaban dos ramas,
formaban con ellas una cruz y la
clavaban en el suelo junto a la senda que
conducía a la fila de trampas. Este
símbolo cristiano tenía por objeto
transmitir una amenaza de muerte a
quienquiera que pasara allende el punto
donde estaba clavado. Varios hombres
que trabajaban en el bosque en las
patrullas antifurtivos sentían verdadero
terror por dicho signo y se negaron a
entrar en la zona protegida. Había
conseguido quitarles yo de la cabeza
otro tipo de aprensiones, pero el sumu
ejercía una influencia muy poderosa en
la vida cotidiana de muchos ruandeses,
sobre todo entre los que vivían en las
regiones más remotas, cerca de la
provincia Kivu del Zaire, donde lo
practicaban los más prodigiosos
umushitsi (médicos hechiceros).
El pombe (cerveza de plátano) cargado
con una pócima era la forma más
corriente de administrar el sumu, si bien
había otros métodos. Según sus
creencias, el entierro de una costilla de
animal junto a la senda por la que la
deseada víctima ha de pasar, es muy
eficaz, aunque sobre el hueso enterrado
no caiga más que la sombra de la
persona. Un procedimiento sumu más
costoso consiste en el sacrificio de una
cabra o de una gallina a manos de un
umushitsi de alto rango, mientras entona
palabras mágicas y el nombre de la
supuesta víctima. Estuviera donde
estuviese, era opinión común que la
víctima caería enferma al tiempo que la
bestia inmolatoria fuera degollada. No
sé de nadie que haya muerto a causa de
esta práctica.
En uno u otro momento, todos los
africanos que trabajaban en el
campamento se vieron expuestos a la
malignidad del sumu. Si daban en creer
que habían sido envenenados, en general
por algún elemento extraño añadido a su
pombe, tenían el absoluto
convencimiento de que nada ni nadie
podía ya salvarles, como no fuera el
poder de un experto umushitsi.
Empezaban a preparar su propio funeral,
vistiendo a diario sus mejores galas
para estar a punto cuando llegara el
hado; de esta forma, se aseguraban que
las ropas serían enterradas con ellos y
que no caerían en manos de cualquier
persona. El antídoto dispensado por un
umushitsi competente es increíblemente
caro: el equivalente aproximado del
salario de un mes. Al principio, cuando
pedían dinero para el tratamiento, creía
que era un pretexto. Sin embargo,
cuando vi que algunos empezaban a
consumirse materialmente delante de
mis narices, hube de admitir que el sumu
ejerce una influencia entre los africanos
que desborda la capacidad de
comprensión del extranjero. A la larga,
acabé adaptándome a su fe en el poder
de la magia negra. Pagaba los treinta
jornales por los remedios, de venta
exclusiva en la choza de un médico
hechicero, y procuraba disimular el
asombro que me producía ver a la gente
volver al trabajo totalmente recuperada,
vistiendo ropas de diario.
No todos los sumus estaban pensados
para matar. Seregera, un viejo oriundo
de la muy supersticiosa provincia de
Kivu, en el Zaire, solicitó trabajar en el
campamento como zamu (guarda). A mí
se me antojó un tanto inquietante por su
aspecto y por sus maneras; los tres
miembros más jóvenes del personal del
campamento acabaron intimidados por
él. Uno de ellos, Kanyaragana, tuvo
valor suficiente para presentarme
pruebas de que Seregera estaba
realizando práctica de sumu en el
campamento. Una tarde, muerto de
miedo por su osadía, hete aquí que se
me presenta el ruandés en mi tienda y se
saca del bolsillo un objeto que parecía
una cabeza momificada y reducida,
cubierta en parte de pelo. Un examen
más detenido me reveló que la «cabeza»
era una burda talla de madera pesada,
que guardaba un lejano parecido con mi
semblante de aguileña nariz. Me dijo
que el cabello era mío, recogido de mi
cepillo por Seregera durante varias
semanas. Según Kanyaragana, una vez la
cabeza estuviera cubierta por completo
con cabello de su modelo, sería
pulverizada por un médico hechicero y
vertida en la comida y el té de la
presunta víctima, en este caso yo.
Después de esto, se suponía que
quedaría totalmente sometida a los
caprichos del recolector de cabello,
siempre y cuando, claro está, no notara
nada extraño en mi comida o mi té.
Devolví aquella cosa a Kanyaragana
para que pudiera reintegrarla en su sitio
antes de que Seregera descubriera su
ausencia, y en lo sucesivo procedí a
limpiar puntualmente el cepillo para el
pelo, hábito que he conservado durante
muchos años, incluso una vez ya en
América.
Ignoraba por aquel entonces que
Seregera era además un cazador furtivo;
y se convirtió en uno de los mayores
cazadores de elefantes de los Virunga
cuando se hizo con un rifle de caza, más
o menos por la misma época en que
Munyarukiko obtenía también uno.
Los cazadores furtivos eran usuarios del
sumu, probablemente porque muchos de
sus ingredientes procedían de los
animales y de la vegetación del bosque.
Con el valor tonificado por el hachís,
mataban gorilas de dorso plateado para
arrancarles las orejas, la lengua, los
testículos y los meñiques. Con los
trozos, y algunos potingues facilitados
por un umushitsi, preparaban un brebaje
que, por lo que se decía, dotaba al
receptor de la virilidad y la fuerza del
gorila descuartizado. Entre la gente más
joven del campamento, algunos
admitieron de mala gana que sus padres
creían en el poder de la poción de gorila
dorsicano, si bien ellos se lo tomaban a
broma. Por suerte, hoy en día la práctica
parece estar en decadencia. A los
gorilas, y en particular a los de dorso
plateado, también se los mataba por el
valor de su cráneo y de sus manos. Los
horripilantes trofeos se vendían a los
turistas o a los residentes europeos de
las cercanas ciudades de Ruhengeri y
Gisenyi por el equivalente de 20
dólares.
Esta moda pasó pronto; así y todo,
alcanzó a cobrarse al menos una docena
de gorilas.
Dada la brutalidad de los crímenes de
los cazadores furtivos, me era mucho
más fácil aceptar las invasiones de los
pastores batutsi, aun teniendo en cuenta
que sus vacas ocasionaban enormes
daños en la vegetación del parque. La
tradición del apacentamiento de vacas
en los volcanes Virunga se remonta a no
menos de cuatrocientos años, y los
nombres de la mayor parte de los prados
y montañas han sido transmitidos
durante siglos por los pastores batutsi.
Son los miembros varones de cada
familia los encargados de apacentar los
rebaños familiares, responsabilidad que
comparten hasta tres generaciones.
Mientras los mayores andan fuera, con
las vacas, los más jóvenes permanecen
en la ikibooga cuidando de ésta, de los
temeros y de la sempiterna fogata del
campamento. Las ibianzies, recipientes
de madera ahuecada en los que se
ordeña a las vacas y que ocultan en tomo
a la ikibooga del bosque, pasan de padre
a hijo. Incluso las vacas y las zonas
concretas dedicadas al pastoreo en el
interior del parque pasan de una
generación a otra.
Los descendientes de cierta familia
batutsi habían utilizado los prados que
circundan Karisoke durante un
sinnúmero de años antes de mi llegada;
consideraban la zona como propia,
aunque sabían que estaban ilegalmente
en un santuario del parque. El jefe de
esta familia concreta era un regio
anciano de edad indefinida y de nombre
Rutshema. Dos de sus hijos, Mutarutkwa
y Ruvenga, y los hijos menores de éstos,
le ayudaban en el cuidado y arreo de
300 cabezas de ganado vacuno: uno de
los mayores rebaños dentro del parque.
Considerando que esa familia, uno de
los numerosos clanes batutsi, llevaba
años frecuentando los prados entre
Visoke y Karisimbi, se me hacía muy
difícil insistir en que tenían que sacar el
ganado fuera de los límites del parque.
El lector, no falto de razón, se
preguntará: «Bueno, entonces, ¿por qué
hacerlo?» Mi respuesta ahora, como lo
fue hace quince años, es muy simple: no
se puede poner en peligro los objetivos
de conservación de un parque definido
como tal.
A mi vez podría preguntar: «¿Se han
creado los parques para proteger la
fauna y la flora y para que se conserven
intactos, o han de ser explotados por los
invasores en beneficio propio?»
Durante varios años, pasé innumerables
días sacrificando observaciones sobre
los gorilas, por la necesidad de arrear
vacas fuera del parque. Otra faena que
exigía menos tiempo, aunque resultaba
igual de antipática, era la de mezclar los
rebaños de los distintos clanes batutsi.
Esa maniobra creaba el caos entre los
toros, al tiempo que, claro está, destruía
las tan cuidadas líneas consanguíneas de
los distintos clanes familiares. Tras
varios años de lucha «Fossey versus
vacas», los batutsi abandonaron
definitivamente el parque, para
apacentar sus rebaños en otros lugares.
Aunque parezca mentira, Mutarutkwa,
del clan de Rutshema, nunca me guardó
el más mínimo rencor, y con el tiempo
se convirtió en uno de mis mejores
amigos, así como en jefe de las patrullas
antifurtivos que establecí para expulsar
a esa gente del parque.
Una forma de captar la inmensidad del
problema del ganado en los Virunga era
por aire. En 1968, una mañana temprano
sobrevolé los dos volcanes activos del
Zaire y los seis dormidos que comparten
el Zaire, Ruanda y Uganda. Ese vuelo
sólo puede ser calificado de experiencia
etérea.
Fuimos primero al más oriental, al
monte Muhavura, de 4.127 m, cuyo
nombre significa «el guía, el que conoce
el camino». Considerada como montaña
sagrada donde sólo pueden reposar los
espíritus bondadosos, Muhavura detenta
la más dilatada historia oral y escrita de
la invasión humana y ganadera.
Alrededor de un tercio del Muhavura
está en Uganda; allí se creó en 1930 el
santuario de gorilas Gizelli.
Inicialmente, la reserva abarcaba unos
46 km2, pero la presión agrícola la
redujo a 23 km2 en 1950, y desde
entonces se ha achicado aún más. Vi las
altas y peladas laderas de la montaña
escarchadas por el granizo, en fuerte
contraste con los cultivos y las densas
masas de bambú que orlaban su base. La
montaña era mucho más inhóspita de lo
que en principio me había imaginado, y
ello por la extensión de las yermas
superficies rocosas, tapizadas sólo de
líquenes enanos.
Una franja herbosa y llana separaba el
monte Muhavura del menos espectacular
de todos los volcanes, el monte Gahinga,
de 3.475 m de altitud. Gahinga significa
«la montaña del cultivo», porque los
collados circundantes han sido
tradicionales lugares de paso para los
campesinos ruandeses que iban a los
herreros de Uganda en busca de azadas.
Las laderas relativamente uniformes de
la montaña están cubiertas de bambú y
de bosques de Hypericum hasta la
misma cima, que consiste en un cráter
pantanoso de abruptos bordes. Gahinga
parecía ofrecer más posibilidades para
los gorilas que Muhavura, pero está
limitado por el tamaño y la abundancia
del bambú, alimento estacional donde
los haya. Los prados entre Gahinga y
Muhavura al este y Sabinio al suroeste
me dieron la impresión de ser lo
bastante estrechos como para que los
gorilas se aventuraran a viajar de
Gahinga a las montañas vecinas. El
problema era que cuando esos
corredores fueran utilizados por seres
humanos, por lo general contrabandistas,
los gorilas no se atreverían a salvar los
claros entre las montañas.
A continuación dimos unas vueltas sobre
la tercera montaña de la cadena, el
monte Sabinio, de 3.645 m, cuyo nombre
significa «padre de los dientes», alusión
a las cinco talladas y desiguales crestas
de su cumbre. El Sabinio, que pasa por
ser la montaña más antigua de los
Virunga, resultaba tan impresionante
desde el aire como visto de perfil en
tierra. Las cotas altas ofrecen una
apariencia yerma y poco acogedora, si
bien por debajo de la zona alpina crecen
cerrados bosques de Hypericum,
esparcidos entre los más diversos
árboles a lo largo de crestas de abruptas
vertientes, separados por quebradas con
una profusa vegetación herbácea. La
base del Sabinio está ribeteada por un
amplio cinturón de bambú que, como en
todas las montañas, linda directamente
con las tierras de cultivo. Sus estrechas
crestas limitan muchísimo los
movimientos del antílope, y, por tanto,
atraen a los tramperos dada la relativa
facilidad con que tales piezas pueden
ser atrapadas. Por esa misma razón, la
montaña resultaba más problemática
para los vaqueros que cualquier otra del
grupo de los Virunga.
Un angostísimo corredor herboso separa
el Sabinio de un pequeño volcán
cubierto de bambú, el Muside, separado
a su vez del monte Visoke por doce
kilómetros de pequeñas eminencias
revestidas también de bambú. En 1966,
este cordal aún servía de pasillo entre
los tres volcanes orientales que acabo
de describir y los tres occidentales. Por
consiguiente, las poblaciones de gorilas
de las dos mitades del macizo de los
Virunga todavía no estaban aisladas
entre sí. Pero, ya entonces, el estrecho
cordal sufría el lento ramoneo agrícola,
que en poco tiempo se tradujo en la
separación permanente de las dos
regiones y de sus respectivos habitantes
animales.
Una vez sobre el Visoke, de 3.711 m de
altitud, el piloto hizo perder altura al
avión, sobrevolando tan de cerca el
campamento que el personal creyó
realmente que íbamos a bajar a por una
taza de té. Visoke significa «lugar donde
los rebaños abrevan». El término no
hace referencia al gran lago del cráter,
sino a uno utilizado desde antiguo por el
ganado como abrevadero, el lago Ngezi,
pegado a la falda noreste de la montaña.
Ésa fue la primera vez que vi la
magnífica caldera de la cima, de unos
120 m, con sus escarpadas orillas de
florida vegetación alpina. Hasta
entonces, tampoco me había hecho cargo
de la enorme superficie de la montaña,
que aún mostraba pocas marcas de
erosión. La vegetación herbácea cubre
una gran parte de las laderas, lo que
hace de ellas un hábitat poco menos que
ideal para el gorila. Salvo por el flanco
oriental, el resto de la montaña está
circundado por una planicie que se
prolonga hasta los montes Karisimbi y
Mikeno. Ésta es la zona a la que me
refiero al hablar del corazón, del núcleo
de los volcanes Virunga. Seguramente se
convertirá en el último baluarte de los
gorilas de montaña.
Desde el aire se podía apreciar en su
plenitud hasta qué punto el parque había
sido invadido por la agricultura. Los
vestigios de la antigua línea de árboles
perennifolios que marcaba por el lado
ruandés los límites originales —los de
1929— de los seis volcanes dormidos,
permanecían en pie cual fatigados
soldados en una plaza arrasada. Por
encima de ellos, el devastado bosque se
llagaba con el humo de las incendiadas
Hagenia allí donde se desmontaban
pequeñas parcelas de terreno para el
cultivo del pelitre. El pillaje se extendía
hasta los 2.700 m en el Visoke y hasta
los 2.950 en el Karisimbi.
Los planes del Mercado Común con
relación al pelitre han influido
enormemente en la distribución tanto de
los gorilas como del elefante y del
búfalo, por efecto de la escisión de las
8.900 hectáreas del Parque Nacional de
los Volcanes. En lo fundamental, el
terreno secuestrado correspondía a
bosques de bambú, aunque incluyó algo
de bosque de Hagenia. En 1967, un año
antes de mi vuelo, en la base del monte
Visoke, establecí contacto con uno de
los grupos de gorilas cuyo territorio
estaba a punto de verse totalmente
invadido por los cultivos. El grupo
marginal, que pasó a ser conocido como
grupo 6, tuvo que desplazarse Visoke
arriba, donde su área de distribución
lindaba y se superponía con la de los
principales grupos en estudio. Mi primer
encuentro con el grupo en cuestión tuvo
lugar en un bosque de Hagenia intacto
que con el tiempo se convertiría en
terreno de acampada y aparcamiento
para turistas. En 1971, seis años
después del establecimiento de las
shambas, los catorce animales aún
andaban en busca de zonas no aradas
entre los vastos campos de pelitre. El
grupo 6 seguía esas minúsculas
extensiones boscosas, ninguna de las
cuales llegaba a quince metros de ancho,
alimentándose de la vegetación
autóctona. Haciendo caso omiso de los
campos de guisantes, judías y patatas,
los gorilas no se separaban de aquellas
reliquias de bosque, y, como si buscaran
el paradero de lo que otrora fueron sus
dominios, llegaban a alejarse hasta
trescientos metros de la montaña. En
varias ocasiones, los aldeanos subieron
al campamento y me pidieron que
hiciera retroceder al grupo hacia las
laderas del Visoke, tarea que
realizábamos enseguida para que los
gorilas no sufrieran daño alguno. Hubo
ocasiones en que me crucé con el grupo
6 en la vertiente oriental del Visoke
contigua a las shambas. Acostumbraba
trabajar bien adentro del bosque, no
podía hacerme a la idea de ver gorilas
con el acompañamiento de las voces de
los aldeanos, de los balidos y mugidos
del ganado y de los cacareos de las
gallinas. El grupo 6,
sin embargo, parecía ignorar los ruidos
de la civilización a escasos cincuenta
metros por debajo de ellos, cuando esos
mismos animales habrían huido casi
siempre de inmediato si hubieran oído
voces humanas en lo más profundo del
bosque.
En 1975 se marcaron las nuevas
fronteras entre el parque y las tierras de
labor con retoños de eucalipto y de
árboles perennifolios. Más adelante, en
un fútil esfuerzo por hacer la frontera
más impresionante, se adquirieron doce
casetas de hojalata que se instalaron a
intervalos de aproximadamente cinco
kilómetros, bordeando todo el flanco
ruandés del parque. Este plan podría
haber sido eficaz si los guardas lo
hubieran supervisado, pero, tal como
fueron las cosas, las cabañas se
utilizaron en contadísimas ocasiones: se
deshicieron o las trasladaron al
aparcamiento de la base del Visoke para
uso de los turistas.
Por la época de mi vuelo, el bosque aún
tenía que asistir a un nuevo asalto. Tres
años después, dicen que con propósitos
de «conservación», talaron y quemaron
dentro del parque una franja de entre 12
y 15 m de ancho a lo largo de 4 km de la
frontera entre el Zaire y Ruanda. La
nueva frontera internacional se ajustaba
al mapa sólo allí donde las curvas de
nivel del terreno lo aconsejaban. La
larga cicatriz a través de la selva
montana parecía producto de un tomado.
Un auxiliar técnico europeo, entusiasta
partidario del proyecto, creía de verdad
que ni los cazadores furtivos ni la caza
atravesarían la pelada divisoria entre
Ruanda y el Zaire, por haber quedado
ésta marcada definitivamente. Tuve la
tentación de preguntarle adonde tenía
que ir yo a solicitar los visados para los
gorilas, elefantes, búfalos o antílopes
deseosos de visitar a sus parientes del
otro lado.
Luego sobrevolamos mi patio trasero,
unos ocho kilómetros de collados entre
el Visoke y los 4.436 m del monte
Mikeno. Mikeno, uno de los dos Virunga
más viejos, significa «pobre» y hace
referencia a un lugar de inhospitalarias
pendientes que rechaza toda ocupación
humana. Para mí, ésa fue una parte muy
nostálgica del reconocimiento aéreo:
había pasado casi un año desde que dejé
los prados de Kabara. Se me hizo difícil
dominar la emoción cuando el avión
pasó casi rozando los árboles del denso
bosque, en dirección al pequeño claro
herboso que teníamos enfrente. El
maravilloso prado de mis recuerdos
estaba ahora lleno de vacas, y la cabaña
que anteriormente sirviera de abrigo a
los guardas había sido demolida.
Dejando Kabara a nuestras espaldas, el
avión remontó finalmente más de 1.200
m hacia los desolados y solitarios
pináculos del monte Mikeno, donde las
masas de roca viva titilaban cubiertas de
granizo. Durante el ascenso, pese a
intentar olvidar lo que había visto en
Kabara, un pensamiento me
atormentaba: si había pastores con
vacas, seguro que los cazadores furtivos
no andaban lejos. ¿Qué sería de los
gorilas que había conocido allí? Mi
abatimiento encontraba cierto alivio en
los extraordinarios primeros planos que
se nos ofrecían de los valles, cañones y
baluartes de roca casi vertical de las
alturas del Mikeno. Su desolación
parecía hacerlos más formidables; casi
sobrenaturales.
De mala gana, descendimos para volar
más al oeste, hacia el Zaire, rumbo a los
dos volcanes activos: el monte
Nyiragongo (3.470 m), llamado así por
el espíritu de una mujer, y el monte
Nyamuragira (3.055 m), que significa
«Jefe» o «Capataz». Mientras trabajé en
Kabara, siempre vi en esos dos volubles
volcanes las bulliciosas hermanas
menores del Mikeno. Incluso desde el
aire podían verse con gran claridad
varias comentes de lava negra, largas y
digitiformes, que arrollaban kilómetros
de denso bosque: eran el resultado de
las erupciones menores de año anterior,
erupciones que habían teñido el cielo
nocturno de Kabara de un
resplandeciente carmesí. Qué
emocionante picar hacia los sulfúreos y
un tanto satánicos cráteres de los
embrionarios volcanes; aquellos
volcanes que todavía vomitaban,
abriéndose paso hacia la madurez,
probablemente de la misma manera que
los dormidos, ahora alojamiento de
gorilas, durante el último millón de
años.
Retrocedimos hacia Ruanda para
explorar el monte Karisimbi, de 4.056
m. Dice la tradición que las almas de los
virtuosos habitarán hasta la eternidad en
la cumbre del Karisimbi —nombre
derivado del término nsimbi, que
significa «concha blanca».
Ninguna otra palabra podría definir
mejor a esta montaña, cuya cumbre está
a menudo tapizada de granizo. El cono
superior del Karisimbi está rodeado de
vastos cinturones de pradería que llegan
a los 3.660 m de altitud y albergan
numerosas lagunas y cursos de agua.
Como me esperaba, los prados estaban
repletos de vacas, unas 3.000 cabezas en
total, repartidas en incontables rebaños.
Cinco minutos después de dejar los
prados de Karisimbi, dimos la vuelta y
aterrizamos en la herbosa pista de
Ruhengeri. Una vez los dos motores del
avión acallaron sus ensordecedores
rugidos, tuve la impresión de haber
volado durante un millón de años en
noventa minutos escasos.
3. Impresiones de campo
en Karisoke
El conocimiento del destino de Kabara
que tuve desde el aire hizo que mis
proyectos de investigación en Karisoke
me parecieran más urgentes que nunca.
Sin embargo, ni siquiera la perspectiva
de gorilas desconocidos a los que
identificar y habituar conseguía disipar
mi aprensión por la suerte de los de
Kabara.
En Kabara había estudiado tres grupos,
con un total de 50 individuos. Durante
mi primer año en Karisoke, concentré
mis observaciones principalmente en
cuatro grupos —51 individuos en total
—, que vivían en la zona de estudio,
unos 25 km2 alrededor del campamento.
Éstos, identificados por un número
según el orden en que me tropecé con
ellos, eran los grupos 4, 5, 8 y 9.
Encontré también otros grupos
marginales cuyo territorio lindaba o se
superponía con el de los mencionados.
Procuraba distribuir las horas de
observación por igual entre los cuatro
grupos estudiados, por lo cual se podían
dar lapsos de varios días entre contactos
sucesivos con cualquiera de ellos. Mi
habilidad para rastrear mejoró —a la
fuerza—, porque las pistas eran más
antiguas y largas que si hubiera seguido
a cada grupo a diario, y los ruandeses
que formaban mi equipo todavía no eran
expertos rastreadores.
Pasaron sus buenos seis meses antes de
que mis hombres se sintieran
suficientemente seguros para ir al
bosque y rastrear ellos solos. Aun
entonces, saltaba a la vista que preferían
no alejarse más de una hora del
campamento, y se mostraban reacios a
seguir pistas con más de dos o tres días
de antigüedad por las distancias que
suponían. Cuando la pista era vieja,
salían dos rastreadores juntos en vez de
uno. Desconocían todavía buena parte
del terreno y albergaban un natural
recelo ante posibles encuentros con
fieras o cazadores furtivos.
Fue muchísimo más fácil enseñar a
rastrear a los ruandeses que a los
estudiantes que, con el tiempo, llegaron
a Karisoke. Los sentidos de los
indígenas, en particular la vista, eran
más finos. Cuando entrenaba a alguien,
durante un par de días yo iba siempre
delante y le explicaba al aprendiz los
factores que determinaban la ruta
seguida. A veces me separaba adrede de
la verdadera pista (ocasiones hubo en
que no tan adrede) para ver cuánto
tardaba el que venía detrás en darse
cuenta del error. Otro ardid docente muy
útil consistía en marcar a escondidas las
huellas de mis nudillos en una zona
fangosa, en dirección contraria a la que
llevaban los gorilas que estábamos
siguiendo. ¡Cuánto le habría gustado a
Sanwekwe esta artimaña! Los ingenuos
aprendices descubrían mis huellas
excitadísimos, y llenos de confianza se
lanzaban a seguirlas, sólo para descubrir
finalmente que no tenían ningún rastro de
gorila delante. Este método se reveló
como la mejor manera de enseñar a la
gente a no andar a tontas y a locas en las
pistas difíciles —como las que
transcurrían por prados cespitosos o
laderas rocosas, donde incluso la huella
de una bota puede destruir un indicio
vital—.
Seguir el rastro de los gorilas en medio
de una vegetación herbácea densa es
cosa de niños. La mayor parte de la
vegetación se curva en el sentido de la
marcha del grupo y se pueden descubrir
esporádicamente marcas de nudillos en
terrenos o sendas lodosos; las cadenas
de defecaciones proporcionan otros
indicios sobre la dirección seguida por
los primates. Los individuos de un grupo
que se desplaza tranquilamente no viajan
uno tras otro, de modo que puede haber
casi tantos rastros como miembros tiene
el grupo; en ese caso,
intento siempre seguir la pista más
central. Se presentan muchos callejones
de salida dondequiera que los
individuos se apartan de la ruta
principal para perderse y comer por su
cuenta. Aprendí, a la larga, que se
podían identificar las pistas falsas por la
presencia de dos capas de vegetación.
La superior, curvada en la dirección en
que marcha el grupo, y la inferior en la
contraria, allí donde el animal abandona
su camino para seguir al grupo.
En medio de una fronda alta y muy
densa, cabía ahorrar mucho tiempo de
tortuoso rastreo buscando, delante de la
pista del grupo, signos de alteración en
la masa vegetal o en las ramas de los
árboles distantes donde los gorilas
pudieran haber trepado para comer. Esta
técnica era de particular utilidad en los
collados, pues allí el rastro de un gorila
podía quedar prácticamente borrado por
el paso de un elefante o de una gran
manada de búfalos. Señales en el suelo,
con posibilidades de sobrevivir entre
los cráteres en miniatura dejados por las
pezuñas de los elefantes, son las típicas
defecaciones trilobulares o los restos de
comida, como las inconfundibles
peladuras de cardo o los tronchos de
apio. A menudo, la pista del gorila se
confunde durante un breve trecho con la
del búfalo, o entra y sale de ella.
Cuando esto ocurre y los indicios
visuales están ocultos por la vegetación,
busco con la punta de los dedos las
profundas huellas de las hendidas
pezuñas del búfalo para comprobar si
voy por mal camino. Como los gorilas
buscan siempre vegetación fresca y no
pisoteada para alimentarse, rara vez
marchan por las pistas de los búfalos.
Por desgracia, lo contrario no es verdad.
De claro natural bovino, el búfalo es
muy dado a seguir pistas, sobre todo en
medio de una vegetación tupida. Cuando
se cruza con pistas de gorila, suele
seguirlas como hacen tantas y tantas
vacas al dirigirse al establo. En varias
ocasiones, sin buscarlo, me encontré
siguiendo gorilas que a su vez eran
seguidos por búfalos. Por dos veces, los
gorilas, fuera por irritación o quizá por
divertirse, se giraron y cargaron en línea
recta contra los búfalos, que dieron
media vuelta precipitadamente y se
lanzaron sin querer sobre mí. Mirando
hacia atrás, las subsiguientes situaciones
tenían todos los ingredientes cómicos de
una película de «El Gordo y el Flaco».
Tenía la opción de trepar a cualquier
árbol a mi alcance o bien zambullirme la
cabeza en la vegetación —harto a
menudo ortigas— que bordeaba la pista
de la manada que se me venía encima.
Nunca se me ocurrió poner en duda la
preferencia de paso de los búfalos. Ésta
es una de las primeras reglas que hay
que conocer cuando se trata con
animales salvajes, y que algunos
aprenden a muy alto precio.
El rastreo es un reto divertido, aunque
hay ocasiones en que el rastreador llega
a pensar que su presa de cuatro patas ha
echado alas, tan imperceptibles son los
rastros. Esto es particularmente cierto
cuando se trata de seguir la pista de un
gorila solitario de dorso plateado o las
de más de una semana de antigüedad, o
las que cruzan regiones relativamente
peladas, como prados o coladas de lava,
o bien las recorridas por ungulados que
comparten los dominios de los gorilas.
Cierta mañana, siguiendo el rastro a un
gorila solitario de dorso plateado, me
metí reptando por un largo y húmedo
túnel techado por un tronco caído de
Hagenia y flanqueado de enmarañadas
enredaderas. Sentí un gran alivio al
divisar una abertura iluminada por la luz
del día a unos cinco metros delante de
mí; me arrastré hacia ella cual
entusiasmado gusano mientras tiraba de
mi mochila. Al alcanzar la salida, traté
de asir lo que parecía la base de un
arbolito para salir de los confines del
lóbrego túnel. El pretendido soporte no
sólo me sacó de allí, sino que me
revolcó por las ortigas un buen trecho,
hasta que se me ocurrió soltar lo que, en
realidad, era la pata izquierda de un
sorprendidísimo búfalo. Las odoríferas
señales de su justificado terror tardaron
varios días en desaparecer de mis ropas
y mis cabellos.
Un día, al seguir la pista de un gorila de
dorso plateado, descubrí por casualidad
que podía seguirla mucho mejor
gateando que caminando. Me di cuenta
de ello al buscar las trazas de su acre
olor corporal, parecido al del sudor
humano, que impregnaban la vegetación
por donde había pasado unas
veinticuatro horas antes. Hay dos tipos
de glándulas sudoríparas en la piel de
los gorilas. La región axilar de los
machos adultos contiene de cuatro a
siete capas de glándulas apocrinas
responsables del «olor a miedo» que
despiden los gorilas en determinadas
circunstancias; en los machos de dorso
plateado dicho olor es muy intenso,
mientras que en las hembras es muy
débil. Las palmas y las plantas de
machos y hembras contienen glándulas
apocrinas y muchísimas glándulas
ecrinas, con una importante función
lubricante. Ambos tipos de glándulas
parecen ser adaptaciones evolutivas
para comunicarse por medio del olfato,
cuando se desplazan de un lugar a otro,
sobre todo entre los gorilas macho
adultos.
El olor más sobresaliente en una pista
fresca de gorila proviene de los
excrementos. Los gorilas sanos dejan
ristras de defecaciones lobuladas,
similares en textura y olor a las del
caballo. Cuando van a paso lento,
pueden depositar porciones de tres
boñigos en cadena, unidos entre sí por
cordones de vegetación fibrosa. Si los
animales han estado comiendo fruta,
sean moras (Rubus runssorensis) o
frutos del Pygeum africanum, del tamaño
de una ciruela, las semillas, o incluso el
fruto entero, pueden aparecer intactos en
los excrementos y proporcionar pistas
sobre el lugar donde el grupo ha estado
vagando. Se puede establecer la
antigüedad de un excremento por el
número de moscas que pululan en él, así
como por el número de huevos puestos
por aquéllas en la superficie. A los
pocos minutos de la defecación ya han
depositado incontables centenares de
diminutos huevos blancos, que
eclosionan transcurridas de ocho a doce
horas, según el estado del tiempo.
Siempre hay que contar con las
condiciones meteorológicas al fijar la
antigüedad de una pista. Los días
cálidos y soleados hacen que rastros
recientes, como excrementos o
desperdicios vegetales, parezcan viejos
al secarse a las pocas horas de
exposición, mientras que la lluvia o una
niebla espesa tienen exactamente el
efecto opuesto.
Durante el período en que aprendía a
seguir pistas, volvía al campamento con
muestras frescas de excrementos y restos
de vegetación, y observaba su proceso
de envejecimiento en diferentes
condiciones meteorológicas. La
repetición de este sencillo experimento
afinó en seguida mi habilidad para
precisar con exactitud la antigüedad de
las pistas. Para estimar mejor las
distancias, planté unas estacas fuera de
mi tienda, a distancias variables entre
15 y 75 m; así me familiarizaba con las
medidas reales.
Los excrementos de las hembras en
período de lactancia presentan a menudo
una vaina blanquecina, debido
posiblemente a su tendencia a comerse
las heces de sus crías durante los
primeros cuatro a seis meses de vida de
éstas. Los excrementos diarreicos, con o
sin vaina mucosa o manchas de sangre,
cuando los deposita un solo individuo
del grupo, suele significar que está
enfermo. Si son muchos los animales del
grupo que depositan excrementos
diarreicos a lo largo de la pista, es
síntoma de que andan inquietos por
causa de otro grupo o, más probable, de
los cazadores furtivos. Esta clase de
defecaciones aparece siempre en pistas
de huida, dejadas cuando el grupo se
aparta a toda prisa, prácticamente en
fila, de una amenaza potencial. Cuando
seguía una pista de huida, el tiempo se
me hacía angustiosamente largo ante el
creciente temor por lo que podría estar
aguardándome a su término.
De vez en cuando, diferentes grupos
eran parasitados por el gusano
Anoplocephala gorillae, la infección por
este gusano no parecía estar
correlacionada con ninguna pauta
estacional o territorial. Abultados
segmentos del acintado gusano, de unos
3 cm de largo, aparecen con mucha
frecuencia en las heces depositadas en
los nidos nocturnos; heces que,
examinadas a primera hora de la
mañana, diríase que están vivas,
rebullentes de actividad.
Es un hecho comprobado que el gorila
—no importa de qué sexo ni de qué edad
— se come sus propios excrementos y,
en menor medida, los de otros gorilas.
Es muy probable que la coprofagia se dé
al término de los prolongados períodos
de reposo diario propios de la estación
lluviosa, época en que se reduce el
tiempo dedicado a viajar y a
alimentarse. Cuando realizan esta
actividad, los gorilas mueven un poco el
trasero y recogen el excremento con una
mano antes de que caiga al suelo. Luego
le hincan el diente, y mientras lo
mastican chasquean los labios con
manifiesto deleite. El consumo de
excrementos se da en muchos
vertebrados —seres humanos incluidos
— cuando padecen deficiencias
nutritivas. En el caso de los gorilas, se
cree que la coprofagia desempeña
funciones dietéticas, porque permitiría
que las vitaminas sintetizadas en el
intestino grueso —en particular la
vitamina B12— sean asimiladas en el
delgado. Como dicha actividad es
característica de los períodos de tiempo
frío y húmedo, yo diría que esas
«comidas» son algo así como los platos
calientes instantáneos que algunos se
preparan cuando están viendo la
televisión.
El tamaño de los excrementos varía
mucho según el sexo y la edad: oscila
entre los 8 cm de los machos mayores y
los 1 a 2,5 cm de las crías. El análisis
del contenido excremental de los nidos
nocturnos permite determinar la
composición de un grupo, y también es
un medio fiable de saber si ha habido
nacimientos o migraciones en los grupos
en estudio. (La mayoría de los
alumbramientos se producen durante la
noche y los nidos nocturnos recogen casi
la mitad de los excrementos depositados
por un individuó en un período de 24
horas.)
Los gorilas, que son animales diurnos,
construyen todas las noches sus nidos en
un emplazamiento distinto. El 98 % de
los nidos nocturnos de gorila están
hechos de vegetación no comestible,
pues los productos alimenticios, como
cardos, ortigas y apio, no son buenos
materiales de nidificación. Los nidos de
los adultos son estructuras compactas,
robustas, que a veces parecen bañeras
ovales, frondosas, confeccionadas con
plantas corpulentas como la
lobelia (Lobelia giberroa) y el senecio
(Senecio erici rosenii). El trabajo de
construcción se centra en el borde del
nido, compuesto de múltiples tallos
curvados, cuyos extremos foliosos están
plegados alrededor y debajo del cuerpo
del animal para formar un fondo central
más «acolchado». Hacen los nidos en
los árboles y también en el suelo, siendo
estos últimos los más frecuentes debido
al gran peso de los gorilas adultos.
Durante la estación de las lluvias, los
lugares de nidificación predilectos son
los huecos abrigados de los árboles, que
los protegen de los elementos; en ese
caso, los nidos pueden estar hechos de
musgo o suelo blando.
Los niños de los individuos jóvenes
suelen ser endebles amasijos de hojas
hasta que la práctica les permite la
construcción de un nido sólido, práctico.
El animal más joven al que vi construir
correctamente su propio nido nocturno y
dormir en él, tenía dos años y tres meses
de edad. Por lo común, los pequeños
duermen en el nido de la madre hasta
que ésta da a luz otra vez.
Se observa cierto determinismo en la
elección del emplazamiento del nido
nocturno cuando los gorilas están en
zonas contiguas a los límites del parque
o cerca de las rutas frecuentadas por los
cazadores furtivos. En estos casos
tienden a elegir montículos o laderas
despejadas que ofrezcan buenas atalayas
desde donde dominar el terreno
circundante; digamos, de paso, que
manifiestan idéntica predilección
cuando andan cerca otros grupos de
gorilas. En la tría del lugar de descanso
diurno demuestran menor selectividad,
si bien en los días soleados las zonas
con una buena exposición solar óptima
son mucho más frecuentadas que las
zonas de umbría, con densa vegetación.
Durante muchos años, las laderas
situadas inmediatamente detrás del
campamento formaron parte del
territorio de los grupos 4 y 5. En
muchísimas ocasiones me encontré con
que las hembras y los miembros más
jóvenes del grupo construían los nidos
nocturnos unos 30 m más arriba, en la
ladera próxima al campamento, mientras
los adultos de dorso plateado anidaban
en la base de la montaña. Esta
disposición hacía casi imposible que
nadie se aproximara a los gorilas sin ser
detectado. Cuando cualquiera de los dos
grupos, el 4 o el 5, anidaba detrás del
campamento, me acercaba con suma
cautela nada más romper el día con la
esperanza de poder observar los
animales antes de que despertaran. No
hubo manera, siempre acababa poco
menos que pisando a algún centinela de
dorso plateado oculto en la alta
vegetación de la base de la ladera. Sería
difícil decir quién de los dos se llevaba
un susto mayor, pues el animal, tras tan
rudo despertar, se ponía en pie de un
salto y daba el grito de alarma antes de
salir de estampía montaña arriba para
«defender» a la familia, a la sazón
totalmente despierta.
Los rastros de los nidos arbóreos
perduran hasta cuatro años, mucho más
que los construidos en la vegetación del
suelo, que sobreviven unos cinco meses,
según la ubicación o las condiciones
meteorológicas. Los grupos de nidos
nocturnos, construidos con robustas
lobelias, proporcionan a menudo
información interesante acerca de la
frecuencia y duración del uso de ciertas
zonas por parte de los gorilas. Las
lobelias siguen creciendo en altura aun
después de que sus cimeras coronas
foliosas hayan sido partidas para algún
nido. He calculado que esas plantas
crecen de 5 a 8 cm por año. Una zona
con círculos de tallos de lobelia, de
unos 3 m de alto, indica que allí se
edificaron nidos quizás unos 30 años
antes.
Cabe cierta especulación en torno a si
los nidos nocturnos protegen de la
intemperie o si son una actividad innata,
reminiscencia de los antecesores
arborícolas del gorila. Ambos puntos de
vista son verosímiles. He observado
numerosos gorilas de zoológico nacidos
en cautividad que, al parecer de forma
innata, disponen alrededor y debajo de
su cuerpo objetos remotamente
adecuados para formar un nido, de
manera muy similar a como lo hacen los
gorilas que viven en libertad. En una
ocasión vi volar al cercado de un zoo un
gran sombrero de señora, de paja, que
de inmediato capturó un gorila hembra
adulto. El animal lo deshizo a
conciencia en pedazos para «construir»
un ridículo nido en su derredor, al
tiempo que defendía con firmeza su
material de nidificación frente a los
demás individuos de la jaula.
Por regla general, los grupos de gorilas
pasan el 40 % de su jornada en reposo,
el 30 % alimentándose y el restante 30
% viajando o bien comiendo y viajando
a la vez. En torno a los 15 km2 de la
zona de estudio del Centro de
Investigación de Karisoke hay siete
grandes zonas de vegetación, todas ellas
atractivas para los gorilas en diferentes
momentos del año según la estación y el
estado del tiempo.
Los collados presentan un terreno
relativamente llano, que se extiende
entre los tres volcanes occidentales (los
montes Visoke, Karisimbi y Mikeno),
salpicado de colinas y crestas de no más
de 30 m de altura. Esta zona alberga una
rica variedad de enredaderas y
vegetación herbácea, además de abundar
mucho en ella las Hagenia y los
Hypericum.
La zona de Vemonia se encuentra
localizada en reducidos enclaves de los
collados, así como en las laderas
inferiores del Visoke. Tanto las flores
como la corteza y la pulpa de estos
árboles son uno de los alimentos
predilectos de los gorilas. Los eligen
con tanta frecuencia para actividades de
juego y nidificación que se están
volviendo cada vez más raros en ciertas
zonas donde antes abundaban.
La zona de ortigas ocupa pequeñas
localidades de los collados y las laderas
inferiores del Visoke, pero el grueso de
la misma se localiza en la base
occidental del Visoke, en un denso
cinturón de anchura variable entre 300 y
600 m.
La zona de bambúes es una región
restringida, ubicada sobre todo a lo
largo del límite oriental del parque. Esta
zona es responsable de los movimientos
estacionales del grupo 5. En el territorio
del grupo 4 sólo crecen unas pocas
masas de bambú; cuando éste empieza a
brotar, el grupo abandona las laderas de
la montaña y se dirige indefectiblemente
a esas fuentes de alimento estacionales y
localizadas.
La zona arbustiva se distribuye
principalmente por las crestas de las
laderas del Visoke y, en menor
extensión, por los collados. La
considero una zona aparte porque
contiene una elevada densidad de
codiciados árboles y arbustos frutales,
como la zarzamora, el Pygeum, y otros
cuya corteza es muy buscada por los
gorilas.
Las lobelias gigantes aparecen entre los
3.500 y los 3.800 m en las laderas
superiores del Visoke. Esta región es
frecuentada por los gorilas durante los
meses más secos, cuando la vegetación
de la alta montaña retiene la humedad de
las nieblas nocturnas. Por esta causa, sus
árboles, arbustos y hierbas
característicos son muy jugosos.
La zona afroalpina abarca la mayor
parte de las cumbres montañosas; la
cubierta vegetal está constituida
principalmente por prados gramíneos o
por líquenes. Es un territorio ralo,
inhóspito, con poca vegetación del
agrado de los gorilas.
Los gorilas viajan más de prisa por las
zonas con recursos alimenticios
limitados o cuando emprenden «salidas
de reconocimiento» —es decir,
incursiones por terrenos no familiares
—. Tales correrías parecen ser el medio
del que se vale un grupo o un macho
solitario de dorso plateado para ampliar
su territorio por los collados. La
ampliación del territorio por dicha zona
evita una dilatada superposición con los
territorios de otros grupos, como era el
caso en las laderas del Visoke a finales
de los años sesenta. Con frecuencia,
mientras seguía a los gorilas durante
esas largas excursiones campo a través,
me imaginaba a los machos de dorso
plateado animando a los miembros del
grupo, diciéndoles: «¡Venga, chicos,
vamos a ver qué hay al otro lado de esa
colina!» No era raro que acabaran en
algún sitio totalmente inadecuado, y que
se vieran obligados a ir de aquí para
allá tras los pequeños oasis de
vegetación alimenticia, antes de
reemprender la búsqueda de un terreno
satisfactorio. A veces, sus itinerarios
eran tan erráticos que me parecía que
andaban perdidos o muy desorientados
—sobre todo los días brumosos, cuando
las cumbres permanecían ocultas a la
vista—.
La conquista de nuevos territorios es
más fácil en los collados que en las
laderas, porque los afables dominios de
aquéllos ofrecen mayor diversidad y
abundancia de vegetación comestible.
Los gorilas consumen unas 58 especies
vegetales, repartidas entre las siete
zonas del área de estudio. Las hojas,
brotes y tallos tiernos componen el 86 %
de su dieta; los frutos, apenas el 2 %.
También comen excrementos, tierra,
cortezas, raíces, gusanos y caracoles,
pero en cantidades muy inferiores a la
verdura. Las plantas herbáceas de
consumo más corriente son los cardos,
las ortigas y el apio —que puede
alcanzar 2,5 m de altura—. El grueso de
la dieta del gorila lo constituye un
escuálido Galium trepador, muy
posiblemente porque, a diferencia de
otra vegetación, crece en todos los
niveles del bosque, desde el denso
sotobosque hasta la punta de las ramas
de los árboles, donde pueden alcanzarlo
con mayor facilidad los jóvenes que los
adultos.
Cabe la posibilidad de que los gorilas
mejoren, involuntariamente, su hábitat en
la alta vegetación herbácea tanto de los
collados como de las laderas de la
montaña. Las vacas y los búfalos, con
sus duras y córneas pezuñas, rompen al
pasar los tallos de las plantas; por el
contrario, las manos y los pies de los
gorilas, con sus almohadilladas plantas,
presionan la vegetación herbácea contra
el suelo y, por tanto, aceleran la
regeneración al aumentar el número de
renuevos que brotan de los nudos de los
tallos semienterrados. Marcando
pequeñas parcelas de vegetación, unas
atravesadas sólo por gorilas, otras
frecuentadas sólo por bóvidos y unas
terceras de uso común, comprobé que,
en un período de seis semanas, las
recorridas por los gorilas presentaban
un crecimiento vegetal muchísimo más
denso, en particular de ortigas y cardos.
Rara vez se observan entre los gorilas
disputas por los recursos alimentarios, a
no ser que el abastecimiento de los
productos predilectos sea limitado, bien
por escasez estacional, bien por estar
concentrados en zonas reducidas. Valga
como ejemplo de esto último el Pygeum,
árbol frutal con el porte de un roble, de
unos 20 m de alto, localizado
exclusivamente en algunas crestas de la
región. Por la relativa escasez de estos
árboles y su breve período de
fructificación —dos a tres meses
escasos al año—, en las crestas que los
sostienen se dan cita a un tiempo
diferentes grupos de gorilas. Es un
espectáculo impresionante ver a los
corpulentos machos de dorso plateado
trepar con cautela a las más altas ramas
en busca de los delicados manjares. Por
su rango, los dorsicanos tienen prioridad
de recolección, mientras los animales
inferiores aguardan su tumo abajo,
esperando que los patriarcas
desciendan. Después de coger con las
manos y la boca toda la fruta que
pueden, los gorilas se trasladan
diestramente a algún sólido posadero
para sentarse y disfrutar de su con
frecuencia magro botín.
Otro de los alimentos escasos muy
buscados es una planta parásita
emparentada con el muérdago, el
Loranthus luteo aurantiacus. A altitudes
por encima de los 3.000 m crece sobre
árboles de largo tronco, como el
Hypericum. Aquí, los animales jóvenes
se defienden mejor en la recolección de
los frondosos tallos floridos que los
pesados adultos; éstos han de sentarse
debajo de los árboles a la espera de que
caigan las golosinas del Loranthus. Los
jóvenes que cometen el error de bajar
confiados al suelo del bosque para
regalarse más cómodamente con su
cosecha, pueden tener por seguro que
sufrirán las molestias de los rateros
adultos, los cuales no vacilarán en
«intimidar» a los jovenzuelos para que
suelten su botín.
Otro bocado especial es un hongo
parásito de los árboles, Ganoderma
applanatum, que forma excrecencias con
forma de visera adherida al tronco.
Desprender del árbol esas excrecencias
no es fácil, de modo que los animales
más jóvenes tienen que pasar los brazos
y las piernas alrededor del tronco en
incómoda postura y contentarse con roer
el manjar. Los animales mayores que
consiguen arrancar el hongo se retiran
con él a varias decenas de metros,
protegiéndolo a capa y espada de los
intentos de los individuos dominantes
para arrebatárselo. La escasez de
hongos y la afición de los gorilas a ellos
es causa de numerosas disputas
intragrupales, muchas de las cuales son
zanjadas por el macho de dorso plateado
quedándose con el objeto de la
contienda.
También se producen peleas cuando se
dan condiciones de apiñamiento en
lugares en los que se concentra algún
alimento apreciado. El caso más
corriente sobreviene cuando todo un
grupo trata de acceder a una limitada
extensión de bambú, como las que se
encuentran en los collados. Idéntica
situación se produce en los meses de
sequía, cuando los gorilas van a comer
tierra a las cretas del Visoke, donde
algunas zonas son especialmente ricas
en calcio y potasio.
Durante muchos años, cierta cavernosa
«excavación» contó con las preferencias
del grupo 5. La cresta, asentamiento de
buen número de árboles, había sido tan
excavada por los gorilas que las raíces
se convirtieron en nudosos y
desguarnecidos soportes de las enormes
cuevas creadas por el reiterado excavar
de los animales.
Ya en esta región, el jefe del grupo 5
tomaba la iniciativa, como siempre, y
los restantes miembros del grupo se
limitaban a esperar fuera de la
codiciada caverna. Era fantástico ver al
enorme macho desaparecer mágicamente
debajo de una telaraña de raíces y
sumirse en la oscuridad. Al salir,
cubierto con las arenosas migajas de su
banquete, se alejaba, cediendo la
caverna al resto del grupo. Los
subsiguientes chillidos y gruñidos
reflejaban las condiciones de
apiñamiento.
El grupo 4 optaba por la tierra de los
deslizamientos arenosos. Año tras año,
tales deslizamientos atraían también a
las golondrinas como lugar para bañarse
y anidar. Al igual que el grupo 5, el 4 se
dirigía a esas zonas peladas durante la
estación seca para excavar en el suelo
con las manos e ingerir puñados de
tierra. Aun después de horas y horas de
observación en esos lugares, jamás vi
que los gorilas intentaran apresar
golondrinas adultas, ni polluelos, ni
huevos.
Como lo fundamental de su dieta son los
vegetales, la preparación del alimento
exige destreza manual y oral,
habilidades bien desarrolladas en los
gorilas. Quizá por esta razón aún no se
les ha visto que forjen objetos de su
entorno como herramientas. En cambio,
los chimpancés que viven en libertad
son célebres por sus inteligentes
adaptaciones de ramitas y hojas a modo
de herramientas para la obtención de
comida y agua.
Quizá no se ha visto a ningún gorila
improvisar útiles para la obtención de
alimentos porque los recursos de su
hábitat satisfacen sus necesidades. Una
vez, después de una sequía de cuatro
meses, en 1969, las termitas asolaron
por miríadas la zona de estudio. Creí
que los gorilas, al estilo del chimpancé,
improvisarían ramitas para sacar las
termitas de los tocones podridos. Sin
embargo, las ignoraron olímpicamente y
pasaron por delante de las zonas
infestadas para alimentarse en la
vegetación circundante.
En los días soleados y calurosos,
cuando el contento del grupo está en su
cénit, los períodos de reposo y
alimentación suelen ir acompañados de
un suave ronroneo parecido al regoldar
del estómago, que yo llamo
«vocalizaciones eructivas». Estas
vocalizaciones suenan algo así como
naum, naum, naum, y el animal que las
emite manifiesta de este modo su
bienestar. Esto desata una cadena de
respuestas similares en los animales
próximos, definiéndose así la
localización e identificación de los
individuos que participan en el
intercambio. Estos sonidos son un medio
de comunicación perfecto para los seres
humanos a la hora de iniciar los
contactos con grupos parcial o
totalmente ocultos por la vegetación.
Mediante su empleo, puedo informar a
los animales de mi presencia y disipar
cuantas aprensiones pudiera haber
despertado el ruido de la vegetación.
¡Qué sensación tan extraordinaria poder
sentarse en medio de un grupo de gorilas
en reposo y participar en un satisfecho
coro de eructantes vocalistas!
La vocalización eructiva es una forma
muy corriente de comunicación
intragrupal. En su versión larga expresa
contento, pero en la forma ligeramente
abreviada puede servir de suave
llamada a la compostura para los
jóvenes. Una vocalización disciplinaria
más enérgica es el «gruñido»; una serie
de sonidos ásperos, en staccato —que
recuerdan a un cerdo comiendo en la
pocilga—, muy usados por los machos
de dorso plateado cuando ponen punto
final a discusiones entre miembros de su
grupo. Las hembras se dirigen en estos
términos a otros adultos en caso de
conflictos por la comida o cuando en las
marchas sale a relucir el «que yo voy
primero», y también a las crías, sobre
todo durante las postreras etapas del
destete. Los jóvenes se gruñen entre sí
para quejarse durante los rudos juegos
que practican con hermanos y
compañeros.
La literatura popular describe gritos,
ruidos o wraaghs como elementos
fundamentales del vocabulario de los
gorilas. A decir verdad, ésos fueron los
sonidos más frecuentes que oí de los
gorilas todavía no habituados, en la
primera parte de mi estudio, toda vez
que mi presencia era interpretada como
una amenaza. Las voces de los gorilas
siempre me han interesado; a ellas he
dedicado muchos meses de grabaciones
en el campo y posteriores análisis
espectrográficos en la Universidad de
Cambridge. Tanto más provechoso me
resultó el trabajo en cuestión cuando las
voces de alarma, de alta frecuencia,
fueron dejando paso, poco a poco, a las
voces intragrupales de costumbre:
sonidos que utilicé para hacerme aceptar
más por los gorilas.
A finales de 1972, cuando empezaron a
trabajar estudiantes en Karisoke, una de
las primeras lecciones que debían
aprender era el arte de vocalizar
eructos. Algunos de los recién llegados
nunca consiguieron imitar bien el
sonido. Hubo uno cuyos eructos sonaban
igual que el balido de una cabra, pero,
al cabo de varias semanas, hasta los
gorilas se acostumbraron a su peculiar
salutación.
A veces los estudiantes, y yo misma, nos
dábamos de narices con los gorilas por
no habernos percatado de su
proximidad. Tales encontronazos podían
desatar cargas, sobre todo si se estaban
produciendo luchas entre grupos, si los
animales marchaban por un territorio
inseguro (como podía ser uno
frecuentado por cazadores furtivos), o
en el caso de un alumbramiento reciente.
No es de extrañar que semejantes
circunstancias desataran estrategias
altamente protectoras en el jefe del
grupo. Una vez me vi embestida
mientras trepaba por una abrupta colina,
hundida en la alta vegetación, al
encuentro del grupo 8, que imaginaba a
varias horas de distancia. De repente,
cual vidrio roto, el aire a mi alrededor
se hizo añicos con los gritos de los
cinco machos del grupo en su arrollador
descenso entre la vegetación. Es muy
difícil describir la embestida de un
grupo de gorilas. Al igual que en otras
cargas que había experimentado, los
gritos eran ensordecedores; no podía
localizar la fuente del ruido, sólo sabía
que el grupo estaba embistiendo desde
arriba, y de pronto la alta vegetación se
abrió como si un tractor sin control se
dirigiera en línea recta hacia mí.
Al reconocerme, el macho dominante
del grupo frenó rápidamente hasta
detenerse a un metro de distancia, lo que
hizo que los cuatro machos que le
seguían se amontonaran por un momento
encima de él de una manera muy poco
elegante. Entonces me dejé caer poco a
poco al suelo, adoptando una actitud lo
más sumisa posible. Tenían el pelo de la
nuca erizado (piloerección); los caninos,
muy visibles; los ojos, por lo general de
un delicado color pardo, centelleaban
amarillos —más propios de un gato que
de un gorila—; un abrumador olor a
miedo impregnaba la atmósfera. Durante
una buena media hora, los cinco machos
persistieron en sus aullidos al más
ligero movimiento por mi parte.
Transcurridos esos treinta minutos, el
grupo me permitió simular que comía
mansamente vegetación y, a la postre, se
perdieron de vista montaña arriba.
Sólo entonces pude levantarme e
investigar la causa de los gritos humanos
que había oído, procedentes de la base
de la ladera, un centenar de metros más
abajo. Allí, en una senda muy utilizada
por las vacas en esa temprana etapa de
mi trabajo, se había concentrado un
grupo de pastores batutsi, atraídos por
los chillidos de los gorilas desde
diferentes partes del bosque contiguo
donde apacentaban el ganado. Después
supe que, dando por seguro que me
harían picadillo, al verme sana y salva
supusieron que estaba protegida por una
clase especial de sumu contra la cólera
de los gorilas, a quienes temían
profundamente.
Cuando se hubieron marchado, continué
—a distancia— en pos del grupo 8, y
descubrí que había tenido el altercado
con el 9 cuando intenté establecer
contacto con él. Las señales en la pista
indicaban que el grupo 9 también había
tomado parte en la carga, pero que se
detuvo antes de alcanzarme. Cuando
descendía por esa ladera, descubrí un
macho solitario de dorso plateado justo
debajo de mí. Ahora se explicaba la
carga del grupo 8. Al oír los sonidos de
mi acercamiento entre la cerrada
vegetación, los gorilas debieron creer
que yo era el macho solitario cuya
presencia ningún grupo habría tolerado.
Aunque sepas que las cargas de los
gorilas son un simple acto defensivo y
que no pretenden infligir daño físico, el
instinto te mueve a huir, impulso que
invita en el acto a la persecución. Estoy
convencida del carácter intrínsecamente
afable de los gorilas y creo que sus
cargas son, en lo esencial, un farol, de
modo que nunca vacilé en mantenerme
firme. No obstante, dada la intensidad
de sus gritos y la velocidad de sus
embestidas, creo que la única manera de
afrontar una de esas cargas es abrazarse
con desespero a la vegetación de los
alrededores. Sin ese apoyo, seguro que
hubiera dado media vuelta y echado a
correr.
Como todas las cargas, la culpa de ésta
fue totalmente mía, por haber trepado
por la abrupta pendiente para acercarme
directamente a los animales desde
abajo, sin haberme identificado primero.
La reacción fue la misma cuando los
estudiantes, también por casualidad,
cometieron el mismo error. Censadores
que se cruzaron con grupos de gorilas
desconocidos fuera de la zona de
estudio, tuvieron que volver varias
veces a sus campamentos para
cambiarse los calzoncillos a causa de la
reacción refleja desatada por las cargas.
La gente que se mantenía firme, por lo
general no salía lastimada, a menos que
fueran desconocidos; y aun así, sólo
recibían una comedida manotada de
algún animal desmandado. Los que
corrían no lo pasaban tan bien.
Cierto estudiante muy competente
cometió en una ocasión el mismo error
que cometí yo al acercarme al grupo 8
por abajo. Subía entre una vegetación
tupidísima por una zona frecuentada por
cazadores furtivos, tirando ruidosos
tajos a la vegetación con el panga,
ignorante por completo de la proximidad
del grupo. El incorrecto acercamiento
provocó la embestida del macho
dominante, que no podía ver quién se
acercaba. Cuando el muchacho,
instintivamente, dio media vuelta y echó
a correr, el macho arremetió contra la
figura que escapaba. Lo tumbó de un
golpe, le arrancó la mochila y a punto
estaba de hincarle los dientes en el
brazo cuando lo reconoció como uno de
los observadores habituales. Entonces
retrocedió al momento con lo que yo
llamaba una «expresión facial llena de
disculpas», y se reunió con el resto del
grupo sin echar una sola mirada hacia
atrás.
Otro de los que salió corriendo ante la
carga de un grupo desconocido, fue uno
que siempre se había burlado de la
necesidad de apaciguar los gorilas con
vocalizaciones de presentación en el
momento de abordarlos. Su proceder
con los gorilas solía ser brusco, casi
agresivo; incluso así consiguió pasar
cerca de un año trabajando con animales
habituados antes de que su buena suerte
lo abandonara. Al frente de un numeroso
grupo de alegres turistas, se aproximó
directamente desde abajo a dos grupos
que estaban enzarzados en una
escaramuza, y, como era lógico suponer,
en un abrir y cerrar de ojos tuvo encima
un macho de dorso plateado, rodando
los dos juntos unos diez metros;
resultado: fractura de tres costillas y un
profundo mordisco en la cara dorsal del
cuello, mordisco que hubiera sido
mortal de haber atravesado la vena
yugular en la cara ventral. Este
personaje sobrevivió para jactarse de
haber «escapado por un pelo», pero sin
reconocer su violación del protocolo
básico de los gorilas.
En otra ocasión, un joven turista intentó
agarrar una de las crías del grupo 5 para
«abrazarlo», a pesar de los gritos
iracundos de los demás gorilas. Antes
de que llegara a poner las manos encima
del pequeño gorila, la madre y el jefe
del grupo cargaron defensivamente,
haciendo que el muchacho diera media
vuelta y echara a correr. Cayó al suelo y
al instante los padres se le subieron
encima, mordiéndole y destrozándole las
ropas. Muchos meses después, en
Ruhengeri, vi que todavía conservaba
profundas señales del encuentro en
brazos y piernas.
Las historias de cargas no hacen justicia
a los gorilas. Si no fuera por la invasión
humana de su territorio, los animales
únicamente cargarían — téngase por
seguro— para defender sus grupos
familiares de las intrusiones de otros
gorilas. Me preocupa muchísimo haber
habituado a los gorilas a los seres
humanos, y ésa es una de las razones por
las que no los he habituado a los
miembros de mi personal africano. En el
pasado, los gorilas sólo han conocido
africanos en su carácter de cazadores
furtivos. El segundo que necesita el
gorila para determinar si un africano es
o no amigo, es un segundo que puede
costarle la vida, a causa de una lanza,
una flecha o una bala.
Cuán absurdo es que un centenar escaso
de individuos, armados de arcos y
flechas, lanzas o escopetas, se hayan
permitido atormentar la fauna de los
parques, último baluarte del gorila de
montaña. La estrategia más eficaz ante
los atentados de los invasores contra la
fauna de los Virunga quizá sea la de una
conservación activa.
Conservación activa: una cuestión muy
sencilla. El primer paso consiste en
ofrecer incentivos personales a los
africanos, según el principio de uno a
uno, no sólo para que se sientan
orgullosos de su parque, sino para que
asuman personalmente parte de la
responsabilidad de la protección de su
patrimonio. Existiendo un acicate, la
conservación activa se practica con un
equipo muy elemental: botas para los
guardas, ropa decente, chubasqueros,
comida abundante y salarios adecuados.
Así pertrechados, centenares de
patrullas antifurtivos han partido de
Karisoke rumbo al corazón de los
Virunga para cortar trampas, confiscar
armas a los invasores y sacar de los
lazos a los animales recién atrapados.
Este sistema en un santuario
internacional, progresivamente
recortado, lleno de cazadores furtivos,
trampas, pastores, agricultores y
recolectores de miel, necesita el
complemento del peso de las leyes
ruandesas y zaireñas contra los
invasores, así como fuertes multas por la
venta de los productos de la caza ilegal,
ya se haga por la carne, la piel, los
colmillos, o por beneficio económico.
Por otra parte, no excluye ninguna otra
medida de conservación a largo plazo.
La conservación teórica contrasta
marcadamente con la anterior. Para un
país empobrecido como Ruanda, resulta
más atractivo un enfoque de tipo más
abstracto que práctico. La conservación
teórica trata de estimular el desarrollo
turístico mejorando las carreteras que
circunvalan las montañas del Parque de
los Volcanes, renovando las oficinas del
parque, el alojamiento de los visitantes
y atrayendo a los gorilas a los límites
del parque para que los turistas hagan su
visita y los fotografíen. Este tipo de
conservación cuenta con todos los
parabienes del gobierno ruandés y de
los funcionarios del parque, ansiosos —
no deja de ser comprensible— de ver
cómo el Parque de los Volcanes recibe
el aplauso internacional y de justificar
su existencia económica en un país
necesitado de tierra. Estos esfuerzos han
atraído un número creciente de
visitantes. Sólo en 1980, los ingresos
del parque por turismo fueron más del
doble de los obtenidos en 1979.
Nadie parece darse cuenta de que las
urgentes necesidades de los 200 gorilas
de montaña que quedan, y de la restante
fauna de los Virunga que ahora lucha día
tras día por sobrevivir, no se satisfacen
con los objetivos a largo plazo de la
conservación teórica. Los gorilas y otros
animales del parque no pueden esperar;
basta una sola trampa, una sola bala
para acabar con un gorila. Por esta
razón, es urgente que los esfuerzos
conservacionistas se concentren
activamente en los peligros inminentes
que existen dentro del parque. Al lado
de estos esfuerzos, todo lo demás es
pura teoría. Educar a la población local
para que respete a los gorilas y trabajar
para atraer turismo no ayuda a
sobrevivir a los 242 gorilas que quedan
en los Virunga para disfrute de las
futuras generaciones de turistas. Los
buenos objetivos a largo plazo de la
conservación teórica ignoran inútilmente
las desesperadas necesidades
inmediatas.
Lejos de la mirada del público, la
conservación activa prosigue en el
Parque de los Volcanes con un puñado
de gente abnegada que, sin descanso,
trabaja tras los bastidores para proteger
el parque y su fauna. Una persona
excepcional, que arriesgó su puesto por
aquello en que creía, es Paulin Nkubili.
Como jefe de las brigadas ruandesas,
impuso fuertes multas a los compradores
y vendedores de piezas cazadas
furtivamente en el parque. Con su
actuación acabó, asimismo, con el
mercado de trofeos y la consiguiente
venta de cráneos y manos de gorila
como recuerdos. Hay miembros del clan
batutsi de Rutshema, gente que durante
generaciones y pese a la prohibición
apacentó sus vacas en el parque, que se
convirtieron en activos
conservacionistas, dirigiendo patrullas
antifurtivos. Paulin Nkubili, el fiel
personal del centro de investigación de
Karisoke y las patrullas, todos están
íntimamente comprometidos en una
callada tarea sin otra recompensa que la
conciencia de conocer sus logros. El
futuro de los Virunga está en manos de
gente así.
4. Las tres generaciones
de una familia
de gorilas: el grupo 5
Por ironías de la vida, fueron los
cazadores furtivos quienes me
presentaron el primer grupo del monte
Visoke, el grupo 4. Dos batwa habían
estado cazando duikers con arco y
flechas y, al oír un griterío procedente
de las laderas del Visoke, se acercaron
al campamento para comunicarme el
paradero de los gorilas.
Los seguí hasta el grupo y regresé al
campamento muy contenta de haber
establecido contacto con los gorilas un
día después de instalado el campamento
de Karisoke. Esa noche, mientras pasaba
a máquina mis notas de campo, oí golpes
en el pecho y vocalizaciones de gorila
procedentes de las faldas del Visoke
adyacentes a la parte posterior de mi
tienda. Los sonidos provenían de un
punto situado a cosa de un kilómetro y
medio de donde había dejado al grupo 4
ese mismo día. Como los grupos de
gorilas no suelen recorrer más de
350 400 m por día, concluí que éste
debía ser el segundo grupo en estudio de
Karisoke, el grupo 5.
A la mañana siguiente, subí al lugar de
donde procedían las vocalizaciones de
la noche anterior, topé con la pista de
los gorilas y la rastreé hasta una cuesta
con gruesos árboles, situada muy por
encima del campamento de tiendas. Al
verme, los animales desaparecieron
como por ensalmo; todos excepto un
joven que se refugió en un árbol para
ofrecerme un redoble de pecho y un
llamativo balanceo entre las ramas,
antes de, con un salto, dar contra la
vegetación del suelo. Al instante lo
bauticé como Icarus. Los restantes
miembros del grupo, quince en total por
lo que supe después, se retiraron unos
seis metros más allá del lugar donde
habían estado comiendo, y me echaban
disimuladas miradas entre la densa
vegetación. Pero el diablillo de Icarus
volvió a trepar descaradamente a un
árbol, no sé si para demostrar su talento
de acróbata o para observar con
detenimiento al primer ser humano que
veía ronzar troncos de apio silvestre.
A la media hora de relación con el
grupo 5, me di cuenta de que había dos
machos de dorso plateado que ocupaban
posiciones defensivas en los flancos,
rodeando a las hembras y los jóvenes.
Los dos machos eran de fácil
localización e identificación por sus
inarmónicas vocalizaciones. El
dominante, de más edad, emitía graves
wraaghs de alarma y le puse el nombre
de Beethoven; al dorsicano más joven,
de voz más aguda, lo llamé Bartok.
Después identifiqué otro joven
dorsinegro casi adulto, y no pude
resistirme a llamarle Brahms.
Alcancé también a ver cuatro hembras
transportando crías de diferentes
edades. Uno de los adultos, una hembra,
se sentó calmosamente debajo del árbol
donde Icarus realizaba su animada
exhibición, apretó contra su pecho a su
pequeño con ademán protector y dejó
traslucir cierta preocupación por las
payasadas de Icarus. Tuve por seguro
que era la madre del joven trapecista
por su enorme parecido facial y por la
periódica necesidad de aquél de
acercarse a ella en busca de seguridad.
Sin ninguna razón particular la llamé
Effie, y a la cría de ojos claros que
apretaba contra sí, Piper. Al cabo de
casi una hora de observación, los
gorilas empezaron a marcharse para ir a
comer. Como una de mis normas básicas
es no seguir nunca a un grupo decidido a
ausentarse, también me retiré; Icarus aún
se quedó un momento entre las ramas del
árbol.
La habituación del grupo 5 fue sobre
ruedas merced a la regularidad de mis
contactos; pude acercarme hasta seis
metros de los animales durante el primer
año de trabajo en Karisoke. Beethoven
se desentendía de los dos machos
adultos, Bartok y Brahms, pues parecía
confiar en ellos como perros guardianes
para la protección de las hembras y los
jóvenes del grupo. La hembra de más
alto rango, Effie, junto con su hija Piper,
de unos dos años, e Icarus, de cinco o
seis, se mantenía en la más estrecha
proximidad de Beethoven, quien se
mostraba indulgente y de buen talante
siempre que su hijo jugaba en torno a su
inmensa y plateada mole. La segunda
hembra en el escalafón, Marchessa,
parecía temer a Effie, aunque su hija,
Pantsy, de un año y medio de edad, no
dudaba en mezclarse con el clan de Effie
para jugar con Piper e Icarus. Le puse el
nombre de Pantsy por su estado de
asmática crónica que afectaba a sus
vocalizaciones. Muy a menudo, los ojos
y la nariz de Pantsy goteaban muchísimo,
pero nunca vi que Marchessa intentara
limpiar la cara de la criatura. Dos de las
cuatro hembras restantes del grupo
nunca recibieron nombre; quizá fuera
por su tendencia a permanecer ocultas
en la densa vegetación. Las otras dos
hembras, Liza e Idano, fueron los
últimos individuos del grupo 5 en ser
bautizados una vez perdieron su timidez
y pude identificarlas con claridad.
Icarus intensificó los contactos con el
grupo por su incansable curiosidad y
osadía; éste ejecutaba a menudo
arriesgadas exhibiciones en árboles de
todos los tamaños, desde largos y
delgados retoños hasta robustas y viejas
Hagenia. Cierto día, mientras intentaba
un número nuevo en una rama de árbol
no muy sólida para aquel tipo de
gracias, el pequeño duende orejudo fue
a dar contra el suelo, involuntariamente,
junto con la rama en que se había estado
columpiando. Apenas apagado el ruido
de las astillas, el aire se llenó con los
gritos y rugidos indignados de
Beethoven y Bartok. Los dos machos
cargaron sobre mí con las hembras
cerrando la marcha como si todos me
consideraran responsable de la caída.
Los animales se detuvieron a unos tres
metros de mí al ver a Icarus, todavía
intacto, trepar a otro árbol, insensible al
furor que había suscitado. El travieso
diablillo parecía un dechado de angélica
inocencia, pero los dos machos de dorso
plateado permanecían en tensión. En la
atmósfera se palpaba su acre olor a
miedo.
Solté mi frío y húmedo asidero de
vegetación al que me había abrazado
cuando, para mi consternación, la
hermana de Icarus, Piper, trepó al
arbolito roto que aquél acababa de
desechar. La pequeña se lanzó a una
anárquica serie de giros, piruetas,
patadas y palmadas pectorales. Hacía
gala de una presumida indiferencia,
viendo la atención de todos, la mía y la
de los gorilas, centrada en ella. Ningún
funámbulo ha tenido jamás un público
tan absorto. La mirada de los machos
dorsicanos iba de aquí para allá, entre
Piper y mi persona, como si esperaran
que yo saltara hacia ella y tratara de
asirla. Cuando nuestros ojos se
encontraban, rugían en señal de
desaprobación. De repente, Icarus
rompió el nerviosismo que se estaba
incubando entre los miembros del grupo.
Trepó alegremente hasta el árbol de
Piper y empezaron a jugar a perseguirse,
juego que les llevó de vuelta al vigilante
grupo. Entonces, los machos de dorso
plateado descargaron toda la tensión
acumulada golpeándose el pecho y
corriendo a través de la alta vegetación,
antes de ponerse al frente del grupo y
alejarse montaña arriba.
En una pendiente, los gorilas siempre se
sienten más seguros cuando se ven por
encima de los humanos, o incluso de los
gorilas próximos. Nunca me agradó
llegar a un grupo directamente desde
abajo, pero hubo veces en que la
espesura de la vegetación me obligó a
hacerlo. Recuerdo como si fuera ayer
uno de esos contactos, mientras andaba a
gatas hasta el grupo 5 con un pesado
magnetófono a cuestas. A unos seis
metros por debajo de los gorilas, que
podía oír comiendo, vocalicé
suavemente para hacerles saber mi
presencia. Instalé el micrófono en un
árbol próximo y estabilicé la grabadora
en el suelo. Varios pequeños y jóvenes
curiosos se subieron a los árboles para
observar con atención el insólito
instrumental. Al reconocerme,
empezaron a jugar con gran estrépito
entre los endebles retoños de Hagenia.
Los sonidos que hacían al comer los
adultos, todavía invisibles en lo alto de
la ladera, cesaron en cuanto los
temerarios jovenzuelos se lanzaron a
acrobacias más ruidosas y frenéticas.
Como era de esperar, los machos
llevaron a las hembras, gritando todos
como histéricos, a una carga de
intimidación que los dejó a tres metros.
A causa de la increíble intensidad de los
gritos, la aguja del indicador del
volumen de grabación se salió de madre
y se colocó muy por encima del nivel de
entrada conveniente. Intenté agacharme
para ajustar el volumen, pero el más
insignificante movimiento provocaba
nuevas embestidas de los
sobreexcitados animales. Olvidando
totalmente el micrófono, susurré para
mí: «¡De ésta no sales viva!» Cuando la
cinta llegó al final, permanecí inmóvil, a
la expectativa —no podía hacer otra
cosa—, mirando ora a los inquietos
dorsicanos que tenía justo delante, ora al
frenético girar de la bobina en la
grabadora que tenía a mis pies. Por fin,
el grupo se perdió de vista y pude
desconectar el aparato. Aquella noche,
al escuchar la cinta en la cabaña, mis
teatrales palabras, apretujadas entre dos
vociferantes cargas, fueron toda una
sorpresa y me hicieron prorrumpir en
carcajadas; con tanto alboroto, las había
borrado por completo de mi mente.
Meses después realicé un análisis
espectrográfico de las vocalizaciones y
descubrí que las diferencias
individuales perceptibles al escuchar
los wraaghs de los machos dominantes y
otras llamadas, también aparecían en los
fonogramas. Con lo cual, cabe afirmar
que los gorilas se reconocen entre sí
mediante las vocalizaciones emitidas
incluso a grandes distancias.
En 1969, segundo año de investigación
en Karisoke, aún no habíamos logrado
despejar de vacas todos los collados, de
modo que el grupo 5 permanecía
tenazmente pegado a las laderas
surorientales del Visoke, región de
profundos barrancos enmarcados por
abruptas crestas. A menudo se podía
rastrear el grupo por el filo de la cresta
y descubrir a los animales abajo,
tomando baños de sol como tantos y
tantos vagos de playa. En tales
ocasiones, me mantenía oculta a fin de
observar las relaciones entre los grupos
sin interferir con mi presencia.
Cierto día soleado como pocos, me
llegaron vocalizaciones eructivas de
satisfacción procedentes del grupo 5,
retirado en una de sus cuencas favoritas
de rica vegetación herbácea. Gateé
quedamente hasta el borde de la cresta
adyacente, me escondí entre los arbustos
y me dediqué a observar la pacífica
familia con los prismáticos. El
patriarca, Beethoven, se encontraba
sentado tomando el sol, y parecía un
enorme montículo plateado que doblaba
en tamaño a las hembras apiñadas a su
alrededor. Su peso debía de andar por
los ciento cincuenta kilos, y su edad
rondaría los cuarenta años. El plateado
se prolongaba por los muslos, cuello y
hombros, más agrisados que la casi
blanca región cóncava de su dorso.
Otros caracteres con dimorfismo sexual,
aparte del plateado y el tamaño, eran los
caninos y la cresta sagital, rasgos físicos
nunca observados en las hembras.
Beethoven, moviendo poco a poco su
enorme mole, se volvió sobre sus
espaldas, echó una mirada complacida y
se quedó contemplando caviloso al
último de sus hijos, Puck, de seis meses.
El pequeño se restregaba alegremente
contra la barriga de su madre, Effie, que
exhibía una desmesurada mueca de
placer. Con cuidado, Beethoven cogió a
Puck por el cuello, levantó a la eufórica
cría sobre su cuerpo y se puso a
espulgarlo sosegadamente. Puck poco
menos que desaparecía de la vista bajo
la inmensa mano, que por último lo
devolvió a la barriga de Effie.
Valga esta observación de un macho de
dorso plateado con su hijo como
ejemplo de escenas similares que se
repitieron a lo largo de los años que
pasé con los gorilas. La extraordinaria
dulzura del macho adulto con sus hijos
desmiente toda la mitología kingkoniana.
Como jefe del grupo 5, Beethoven tenía
preferencia absoluta de apareamiento
con Effie, Marchessa, Liza e Idano,
hembras que había adquirido tras varios
años de interacciones con otros grupos,
o heredado por muerte natural del
anterior jefe del grupo 5. Beethoven
toleraba la presencia de los machos
subordinados, Bartok y Brahms, en el
grupo. No sería de extrañar que
estuvieran emparentados con él, dado el
sorprendente parecido facial. Sin
embargo, al llegar a la madurez sexual,
los dos dorsicanos más jóvenes no
pudieron continuar en el grupo 5 porque
no había posibilidades de apareamiento
para ellos: Effie, Marchessa, Liza e
Idano pertenecían a Beethoven. Así que
Bartok y Brahms abandonaron el grupo 5
y se convirtieron en dorsicanos
periféricos; estuvieron merodeando en
un radio de doscientos cincuenta metros
durante nueve meses para acabar como
«dorsicanos solitarios», momento en que
empezaron a trasladarse a mayores
distancias en busca de unos territorios
adecuados. En tales ocasiones, ambos
entraban a menudo en contacto con otros
grupos, pues intentaban hacerse con
hembras para establecer su harén
individual y, a la larga, su propio grupo.
En 1971, Bartok y Brahms habían
elegido dos territorios disyuntas,
contiguos al del grupo 5: Bartok, en las
laderas orientales del Visoke, muy por
encima del túnel de los elefantes;
Brahms, en las colinas y en el collado
entre los montes Visoke y Karisimbi.
En los últimos cuatro años, los
ruandeses llegaron a ser excelentes
rastreadores, capaces de seguir las rutas
de los principales grupos en estudio, así
como las de los dorsicanos solitarios y
los grupos marginales que
ocasionalmente entraban en la zona de
trabajo de Karisoke. Una mañana, a
primera hora, llegaron dos rastreadores
muy excitados y me contaron que habían
localizado la pista de un gorila solitario
de dorso plateado justamente al sur del
campamento; a continuación me
condujeron a la Mlima Moja, o Primera
Colina. Mientras examinábamos el nido
nocturno del susodicho dorsicano, llegó
hasta nosotros un griterío de terror
procedente de la base de la colina, unos
ciento veinte metros más abajo.
Corrimos hacia la fuente del ruido, y en
seguida vimos a Brahms que huía de un
cazador furtivo, quien a su vez corría en
dirección contraria enarbolando un arco
y flechas por encima de la cabeza. Al
alcanzar la senda inferior llegamos al
punto de la trayectoria de huida de
Brahms donde él y el cazador furtivo se
habían cruzado. El rastro del gorila
estaba marcado por hojas salpicadas de
sangre y defecaciones diarreicas;
el del cazador, por grandes zancadas de
pies descalzos, pues salió pitando del
escenario del encuentro. Instintivamente,
ambos habían intentado defenderse:
Brahms embistiendo, y el cazador
furtivo disparando una flecha al pecho
del animal.
Durante casi tres horas seguimos al
macho herido, que parecía decidido a
poner cuanta distancia fuera posible
entre él y el lugar del ataque. De vez en
cuando descansaba y dejaba a su paso
un anillo circular de vegetación
empapada de sangre. Hubiera dado por
seguro que estaba herido de muerte a no
ser por los intermitentes rugidos,
redobles de pecho y ruidos de
vegetación rota con que el enloquecido
animal desahogaba sus indignadas
reacciones de rabia y dolor.
Mucho más tarde, en ese mismo día,
Brahms alcanzó las faldas inferiores del
Karisimbi, donde no pudimos seguirle
por temor a provocarle
innecesariamente si nos descubría. A la
mañana siguiente, los rastreadores
advirtieron que su vacío nido nocturno
tenía poca sangre, y que su rastro, que
ganaba altura en dirección al monte
Karisimbi, se alejaba de la zona de
estudio de Karisoke.
Transcurrió otro año antes de que
Brahms conquistara dos hembras de los
grupos del Karisimbi. Con ellas tuvo
luego dos hijos, y ése fue el comienzo de
su propio grupo. Me pregunto si la
experiencia de Brahms con el
desconocido cazador furtivo no le
predispuso a temer más los peligros que
podían amenazar no sólo su seguridad,
sino la de sus hembras e hijos.
Brahms y Bartok se separaron del grupo
5, que es de suponer era su grupo natal,
en junio de 1971. Seis meses antes, en el
curso de una escaramuza con el grupo 4,
Beethoven se había hecho con una
hembra nulípara —es decir, que todavía
no había dado a luz a ningún hijo—, a la
que dimos el nombre de Bravado. Las
hembras nulíparas suelen ser «raptadas»
por machos de dorso plateado solitarios
o que poseen grupos reducidos, porque
el rango de las hembras se corresponde
con el orden en que son adquiridas. Por
esta razón, me extrañó muchísimo
encontrar a Bravado en el grupo 5, que
ya tenía una jerarquía de dominio
establecida entre las concubinas más
viejas de Beethoven: Effie, Marchessa,
Liza e Idano.
Durante los diez meses siguientes a su
llegada al grupo 5, Bravado no pareció
integrarse ni un solo momento en el
grupo familiar; en octubre de 1971, pudo
reanudar las relaciones con los
miembros de su grupo natal en el
transcurso de un encuentro de dos días
entre los grupos 4 y 5. El encuentro tuvo
lugar justo detrás del campamento, en
una zona conocida con el nombre de
Crestas de Contacto. Las dos crestas,
separadas una de la otra por un pequeño
barranco de unos treinta metros de
ancho, marcaban por aquel entonces los
límites de los territorios de ambos
grupos. Uno y otro fueron a encontrarse
en la región donde las crestas ofrecían a
los dorsicanos de cada grupo la máxima
visibilidad del otro, lo cual realzaba la
magnitud de sus impresionantes
despliegues.
Beethoven era un jefe de grupo bastante
más ducho que Uncle Bert, el macho
dorsicano del grupo 4. Daba la
impresión de que casi perdonaba la vida
al macho más joven, que continuamente
se pavoneaba, rompía ramas y se
tamboreaba el pecho en lo alto de su
cresta. Las exhibiciones de Uncle Bert
se acompañaban también de largos
bocinazos, precursores por lo general
del redoble de pecho. Los bocinazos,
una vocalización emitida por los
dorsicanos durante las luchas, pueden
oírse a casi un kilómetro y medio a
través del bosque.
El primer día del encuentro, Beethoven
sólo respondió a unos cuantos bocinazos
de Uncle Bert; las hembras adultas del
grupo 5 tampoco parecieron mostrar más
interés por las exhibiciones del joven
dorsicano. Bravado, sin embargo, se
sintió atraída al instante hacia su antiguo
grupo y cruzó el amplio barranco,
seguida por los jóvenes Icarus y Piper
del grupo 5. Una vez en el lado del
grupo 4, se entregaron a locas cabriolas
con varios de los animales más jóvenes
por las pendientes que Uncle Bert
dominaba desde arriba. Aunque habían
pasado diez meses desde el último
encuentro, saltaba a la vista que
Bravado era recordada por su grupo de
origen. Los jóvenes se apiñaron
entusiasmados a su alrededor y la
abrazaron antes de iniciar una
prolongada sesión de juego.
Hacia la caída de la tarde, Uncle Bert
decidió, imprudentemente, pasar al
flanco beethoviano del barranco,
acompañado por una desordenada
procesión de miembros de su grupo,
además de Bravado, Icarus y Piper. La
temeraria iniciativa del novato
dorsicano no admitía ignorancia por
parte de Beethoven; éste lanzó una
fulminante mirada sobre la tumultuaria
línea del fondo del barranco y salió a su
encuentro con paso majestuoso, dejando
tras de sí a los miembros de su propio
grupo. Los jefes se acercaron a un metro
de distancia, cara a cara, adoptando una
postura rígida, con la mirada desviada.
Los animales de uno y otro grupo se iban
quedando inmóviles y silenciosos a
medida que se propagaba la tensión de
los dorsicanos.
De repente, incapaz de aguantar más
tirantez, Uncle Bert se incorporó sobre
sus pies, se golpeó el pecho y sacudió
estrepitosamente la vegetación que le
separaba de Beethoven. Era lo que
faltaba para hacer estallar al macho de
más edad, que hasta entonces había sido
un modelo de tolerancia. Rugiendo de
indignación, Beethoven embistió a Uncle
Bert. El joven dorsicano huyó montaña
abajo, cubierto de ignominia, con el
resto del grupo siguiéndole y gritando
todos como histéricos. En vez de
perseguirlo, Beethoven se limitó a
quedarse donde estaba y mirar fija y
desdeñosamente a los confundidos
miembros del grupo 4. Uncle Bert se
detuvo quince metros más abajo y,
sintiéndose sin duda más seguro con la
distancia, reanudó el despliegue con
redobles de pecho, bocinazos y carreras
por la vegetación. Con todo el desprecio
del mundo, Beethoven se dio media
vuelta y se dirigió contorneándose
montaña arriba, hacia lo alto de la cresta
donde le aguardaban los miembros de su
familia. Por dos veces se detuvo y fingió
comer hojas de cardo, arrancándolas
con deliberada lentitud para no perder la
oportunidad de examinar las acciones de
Uncle Bert. Tras Beethoven fue su joven
hija, Piper, pero Icarus y Bravado se
habían quedado en el fondo de la cresta,
mirando melancólicamente hacia el
grupo 4.
Una vez más, Uncle Bert hizo la
patochada de volver a la base de la
cresta del grupo 5 en un esfuerzo por
.llevar a Bravado de vuelta a su grupo.
Beethoven, colérico, cargó montaña
abajo, haciendo con ello que el
dorsicano más joven se retirara hacia su
desasosegado grupo 4. Después de un
prolongado plante, mirando de frente a
Uncle Bert, giró sobre sus talones,
empujando a Bravado e Icarus hacia lo
alto de la cresta, y se perdió de vista.
Según se alejaban para comer, hubo un
intercambio de sonoras vocalizaciones
eructivas entre el jefe y los miembros de
su grupo, el 5. El grupo 4, tras un breve
descanso, prosiguió en la misma
dirección, pero a una cota más baja y en
silencio.
Como el escenario de la lucha estaba
exactamente detrás del campamento, creí
que oiría a los dos machos intercambiar
bocinazos o redobles de pecho durante
la noche. El ulterior silencio me hizo
creer que los grupos se habían separado
para volver al corazón de sus
respectivos territorios. Así es que, al
regresar a la mañana siguiente a los
Crestas de Contacto, me sorprendió oír
a Uncle Bert «calentándose» con
redobles de pecho y bocinazos de
lastimero tono para el segundo día de
lucha.
Llena de presentimientos por la falta de
modales del joven dorsicano, subía por
el barranco entre las dos crestas cuando
me encontré a Bravado, que conducía de
nuevo a Icarus, Piper y a la joven hija de
Marchessa, Pantsy, hacia la cresta del
grupo 4. Fueron recibidos eufóricamente
por los jóvenes de ese grupo y se inició
otra despreocupada sesión de juego a
base de lucha libre y volteretas.
Unos doce metros por encima de ellos,
en lo alto de la cresta, Uncle Bert
continuaba exhibiéndose con toda
energía a base de carreras, redobles de
pecho y bocinazos, aunque rara vez
obtuvo una respuesta abierta de
Beethoven. Apenas apagados los ecos
de un despliegue, ya se levantaban los
sonidos del siguiente. Pasaron casi dos
horas antes de que Beethoven
abandonara lentamente su posición de
centinela y con paso tardo, pero
silencioso, se dirigiera al grupo 4,
seguido de sus hembras y crías. Uncle
Bert dejó de vocalizar en el acto. Se
pavoneó cresta arriba, cresta abajo, con
movimientos tan afectados y exagerados
que parecía como si tuviera las patas
traseras sujetas al cuerpo con cuerdas,
tales arcos describían antes de tocar el
suelo. El olor que emanaba de ambos
dorsicanos era cada vez más
perceptible, incluso desde donde yo
estaba sentada, a unos veinticinco
metros. Beethoven subió despacio al
encuentro de Uncle Bert, hasta que lo
tuvo cara a cara, y acrecentó su tamaño
mediante la adopción de posiciones de
una jactancia extrema con el pelo de la
cabeza erizado.
Al cabo de unos segundos, cual
soldados mecánicos, los dos machos
dieron media vuelta y se separaron,
Beethoven contorneándose colina abajo
y Uncle Bert hacia su callado grupo, al
que se había unido Bravado. De repente,
Beethoven se giró y corrió a meterse en
medio de todos ellos sin lograrlo, pues
el grupo entero avanzó hacia él, gritando
excitadísimo. Como no quería renunciar
a su propósito, embistió de nuevo contra
el grupo en dirección a Bravado, quien
se arrodilló sumisamente al verlo
acercarse. La agarró por el pelo del
cuello y arreó con ella fuera del grupo,
que ahora se apiñaba detrás de Bravado.
Al bajar de la cresta se cruzaron con los
otros tres miembros del grupo 5;
Beethoven, autoritario, les gruñó para
que le siguieran. Ellos obedecieron con
expresiones faciales de temor y los
labios fruncidos. Cuando estuvieron
todos a unos veinticinco metros por
debajo del grupo 4, Uncle Bert rompió
el silencio con un redoble de pecho y
bocinazos. Al punto, Beethoven se
detuvo y se giró para clavar la mirada,
feroz y desafiante, en el macho joven
antes de seguir conduciendo a su
caprichosa familia hasta la base de la
colina. Una vez abajo, los cuatro
jóvenes se lanzaron a jugar a
perseguirse para dar escape a la tensión
Beethoven se ocultó a la vista de Uncle
Bert, sentándose entre la densa
vegetación: una maniobra táctica de
retaguardia.
Al cabo de unos minutos, Uncle Bert —
siempre imprudente bajó,
contorneándose, seguido de los tres
miembros más jóvenes de su grupo, que
imitaban cómicamente su descocado
pavoneo. Beethoven, oculto en la
vegetación y conocedor del
acercamiento de Uncle Bert, parecía
reflexionar sobre una confrontación
definitiva. Decidió no hacer caso y
reemprendió el acarreo de sus fugitivos
hacia el grupo 5, poniendo así punto
final al encuentro. Al día siguiente,
ambos grupos estaban tranquilos en sus
respectivos territorios y, como es típico
después de un encuentro entre grupos, el
descanso y la comida predominaban
sobre el desplazamiento.
Esta interacción concreta, una de las
primeras que pude observar en su
totalidad, fue un ejemplo impresionante
de los extremos a que llegan los machos
de dorso plateado para evitar
enfrentamientos físicos. El más viejo del
grupo 5, el veterano Beethoven, podría
haber infligido fácilmente graves
lesiones al novato jefe del grupo 4,
Uncle Bert, de haberlo querido así. En
vez de eso, empleando despliegues de
intimidación paralelos, ritualizados,
pudo evitarse el daño corporal.
Muchos años más tarde, después de
miles de horas pasadas en el campo,
estimé que los enfrentamientos entre
distintas unidades sociales —machos
solitarios o grupos— daban razón del 62
% de todas las heridas observadas en
gorilas macho y hembra. De 64 muestras
de esqueleto recogidas en los seis
volcanes Virunga, el 74 % de los restos
de machos de dorso plateado
presentaban signos de heridas craneales
cicatrizadas y el 80 % habían perdido
los caninos o los tenían rotos.
La capacidad de recuperación de los
gorilas nunca dejó de asombrarme;
valga como ejemplo de ello los dos
cráneos de dorsicanos desconocidos que
hallamos. Clavada en cada una de sus
crestas supraorbitales, descubrí una
punta de canino procedente del diente de
otro gorila plateado. Las dos víctimas
mordidas debían haber recibido sus
heridas durante los años de formación,
como lo ponía de manifiesto la extensión
del tejido óseo desarrollado alrededor
de la zona de penetración. Estos dos
hallazgos patentizan vívidamente la
enorme fuerza y poder de los machos de
dorso plateado y obliga a reflexionar
acerca de qué características evolutivas
—físicas y de comportamiento— les han
permitido actuar con tanto éxito como
pacíficos ordenancistas en el seno de
sus grupos familiares.
En agosto de 1972, once meses después
de los dos días del encuentro entre los
grupos 4 y 5, Bravado dio a luz a su
primer hijo, un macho encantador,
llamado Curry. Era la sexta criatura
nacida en el seno del grupo 5 desde
1967. Curry tenía por padre, como los
otros recién nacidos, a Beethoven, único
macho sexualmente maduro del grupo.
Yo esperaba que el nacimiento de
Curry, prueba tangible del vínculo de
Bravado con el dorsicano dominante,
mejoraría la posición de la nueva madre
en el seno del grupo. Sin embargo,
continuó recelando de las cuatro
hembras de rango superior; Effie,
Marchessa, Liza e Idano. Bravado
pasaba incluso más tiempo en la
periferia del grupo, con lo que privaba a
Curry de las oportunidades de relación
social. Sólo cuando Curry cumplió
nueve meses y se convirtió en una cría
activa y bien dispuesta socialmente,
Bravado permitió que los otros hijos de
Beethoven cuidaran, abrazaran y jugaran
con la más reciente alta del grupo. Creí
que, por fin, terminaba el dilatado
período de ostracismo social de
Bravado.
Pero entonces ocurrió un imprevisto. En
abril de 1973, cuando Curry tenía casi
diez meses de edad, un rastreador
encontró el descuartizado cuerpo de la
cría, abandonado en una pista de huida
después de una lucha entre el grupo 5 y
un dorsicano. El examen del cadáver
reveló diez heridas por mordedura, de
diversa consideración. Un mordisco le
había fracturado el fémur y un segundo
desgarrado el intestino, causándole una
peritonitis y la muerte instantánea. En el
transcurso de la medición y toma de
fotografías de los restos, observé que
las uñas habían dejado unas incisiones
rojizas en las palmas de ambas manos.
Curry me puso, por vez primera, ante el
infanticidio entre los gorilas del Visoke.
A la mañana siguiente de recuperar el
cuerpo de Curry, la reconstrucción de
los hechos demostró que el macho
solitario embistió contra el grupo 5
durante el período de reposo diurno. El
consecuente choque entre el grupo y el
macho solitario debió ser de una
violencia extraordinaria, como lo ponían
de manifiesto los numerosos
excrementos diarreicos y cuajones de
sangre a lo largo de la pista de huida.
Curry fue abandonado a casi medio
kilómetro del lugar de la lucha, pero el
grupo 5 siguió corriendo durante cerca
de un kilómetro y medio, y se detuvo
para construir toscos nidos nocturnos.
Cuando, por último, establecí contacto
con ellos, vi que Beethoven, Effie,
Marchessa e Idano presentaban graves
mordeduras, quizá debidas al
desconocido dorsicano.
Al poco tiempo de la muerte de Curry,
el comportamiento de Bravado
experimentó un cambio: se entregó a
acciones lúdicas altamente sociales con
los animales más jóvenes del grupo;
aquella mirada inquieta de su época de
madre responsable desapareció de su
rostro en cuanto empezó a jugar como un
joven. Me resultaba difícil comprender
su conducta, sobre todo porque me
sentía muy apenada por la inopinada
muerte de Curry y, en mi interior,
esperaba que Bravado mostrara alguna
señal de pena. Aún tenía que aprender
que casi todas las madres primerizas —
es decir, las que dan a luz por primera
vez— reaccionan igual que Bravado
ante la pérdida de su hijo por
infanticidio. Este tipo de
comportamiento podría ser un método
mediante el cual la hembra trata de
reforzar sus vínculos sociales con los
demás miembros del grupo, a raíz del
trauma de que haya muerto su cría.
También cabría una explicación en
términos de un súbito retorno a la
libertad de movimientos después de
haberse visto impedida durante tantos
meses por la constante necesidad de
atender a su cría mientras comían y
viajaban.
Dos meses después de la muerte de
Curry, el grupo 5 se enzarzó en una
refriega con un reducido grupo marginal
supuestamente integrado por sólo dos
individuos: un macho de dorso plateado
y uno de dorso negro. Bravado, junto
con la hija de Effie, Piper, a la sazón
con casi ocho años de edad, emigraron
del grupo 5 al nuevo grupo, que
merodeaba por las laderas del monte
Karisimbi, muy lejos de la zona en
estudio. Por tal razón, después del mes
de julio de 1973, nunca más volvieron a
ser identificados. Me dolió perder el
contacto con las dos hembras, porque
las conocía desde su infancia y, también,
por el hecho imponderable de que su
destino futuro se borraba para siempre
de los anales de Karisoke.
La emigración de las dos hembras y la
partida de Bartok y Brahms redujo el
grupo 5, de quince individuos que
encontré al principio en 1967, a los diez
de julio de 1973, incluyendo entre ellos
los cuatro nacimientos viables habidos
durante el mismo período. Al poco
tiempo de la muerte de Curry, se
produjo otro incidente —el
fallecimiento de la tímida, ya mayor,
Idano— que privó al grupo 5 de otra de
sus hembras adultas. Idano había
mostrado indicios claros de debilidad y
empeoramiento poco antes de morir.
Durante los últimos días de su
enfermedad, Beethoven adaptaba la
marcha del grupo para que pudieran
seguirles el paso; y durmió cerca de ella
la noche en que murió. La autopsia,
practicada en la Universidad de Butare,
reveló que padecía de enteritis crónica,
peritonitis y pleuresía, pero el dictamen
fue que había muerto de hepatitis
bacteriana. La misma autopsia demostró
que había tenido un aborto en fechas
recientes, seguramente mientras
intentaba mantenerse a la altura del
grupo durante la traumática huida que
siguió a la muerte de Curry.
De las tres hembras adultas que
subsistían en el grupo 5 —Effie,
Marchessa y Liza—, la dominante Effie
parecía ser la madre más experta y uno
de los gorilas más imperturbables que
jamás he conocido. Su paciencia y
tranquilidad, su fuerte instinto maternal y
su extraordinaria intimidad con
Beethoven, padre de su progenie, le
permitieron criar a su prole con notable
éxito. Con una justa mezcla de disciplina
continuada y demostraciones de afecto,
Effie proporcionó a sus hijos cariño y
seguridad durante sus años de formación
y una gran confianza en sí mismos, que
conservaron hasta la madurez. Existía
una relación muy especial entre Effie y
sus tres hijos; Tuck, de cuarenta meses;
Puck, de cincuenta y cinco; e Icarus, al
que le calculábamos once años en 1973.
Los cuatro parecían formar una estrecha
trama, una unidad minifamiliar dentro
del grupo 5. Eran numerosas las
similitudes de sus relaciones de
comportamiento con otros miembros del
grupo, así como de sus características
físicas. Estructuralmente, excepto por
las diferencias de tamaño, todos se
parecían mucho a Effie por tener
«impresiones nasales» casi idénticas,
mechones de pelo canoso alrededor del
cuello y estrabismo. Este defecto, típico
del clan effiano, no parecía menoscabar
la visión lo más mínimo.
El segundo clan del grupo 5, por
ascendencia materna, estaba encabezado
por Marchessa, hembra cuya edad
estimé, la primera vez que la vi, en unos
veinticinco años. En 1967, Marchessa,
mayor que Effie pero sin su éxito
reproductivo, tenía sólo una hija, Pantsy,
que contaba unos diecisiete meses de
edad. En enero de 1971, cuando Pantsy
rondaba los cuatro años y medio,
Marchessa dio a luz un macho
larguirucho, que llamé Ziz. El clan de
esta hembra tenía asimismo una tara
física en forma de sindactilia, rasgo
heredita-
rio caracterizado por la unión de dos o
más dedos, de las manos o de los pies.
Los dedos de los pies de Marchessa y
sus hijos estaban afectados en grado
diverso. Este carácter, quizá debido a la
endogamia, también fue observado en
gorilas de otros grupos de los Virunga.
Como el estrabismo, la sindactilia no
parecía ser un impedimento para los
animales, en ningún sentido.
Ziz era a todas luces el preferido, pero
rara vez vi a Marchessa aplicar las
imparciales tácticas maternas de Effie.
A diferencia de los emprendedores hijos
de esta última, Ziz se pegó, como quien
dice, a las faldas de su madre y solía
armar grandes escandaleras siempre que
la perdía de vista por algún tiempo. Con
tres años cumplidos, Ziz todavía
mamaba regularmente y gimoteaba como
un condenado si Marchessa trataba de
impedírselo.
Liza era la tercera hembra adulta que
quedaba en el grupo 5 a finales de 1973,
y la de rango inferior. Su hija mayor,
Nikki, tenía casi siete años cuando salió
del grupo, allá por la época de la
migración de Bravado y Piper. El
traspaso de Nikki se llevó a cabo de
noche, y se manifestó en la huida del
grupo 5 a casi seis kilómetros del lugar
de la lucha con aquel macho solitario.
La repentina partida de Nikki dejó a
Liza con sólo una cría, Quince,
encantadora hembra de tres años. Ésta, a
diferencia de su madre Liza, era
aceptada sin problemas por los demás
miembros del grupo, sobre todo cuando
promovía sesiones de juego o de
espulgamiento. Quince tenía una
vocación materna fortísima; ya de joven,
se le permitía abrazar, espulgar y cargar
con los pequeños de Effie y Marchessa.
Aunque sólo siete meses mayor que Ziz,
Quince siempre se mostraba muy
solícita con el hijo de Marchessa cuando
éste tenía que separarse
momentáneamente de su madre o no se
le permitía mamar.
En la mayoría de los pequeños
observados durante los años de
investigación, el destete —muy
traumático para ellos— se produjo en
torno al año y medio o dos años de
edad, momento en que la madre
recupera, en general, el ciclo menstrual
regular o queda de nuevo embarazada.
Quizá fuera la prolongada lactancia de
sus hijos lo que determinaba en
Marchessa el distanciamiento de los
embarazos. Considerando sólo los
alumbramientos viables (aquellos en que
el recién nacido sobrevivió), los
períodos de lactancia de Marchessa
duraban, en promedio, casi cuatro años
y medio, mientras que los de Effie
duraban unos tres años y medio.
Como es habitual en los clanes de
ascendencia materna, a Marchessa, Ziz y
Pantsy se les veía casi siempre juntos
durante los períodos de reposo diurno,
pero en la periferia del grupo. Todo lo
contrario del clan effiano, que
permanecía muy cerca de Beethoven o
incluso de Liza.
Pantsy empezó a pasar menos tiempo
con su madre al término del séptimo año
y a raíz de sus primeras ovulaciones
periódicas. En once gorilas hembra
adolescentes la hinchazón perineal
primaria se presentó entre los seis años
y cinco meses y una edad estimada de
ocho años y once meses, siendo la
media de siete años y medio.
Durante dos a cinco días por mes y
coincidiendo con la ovulación, Pantsy
adquiría un gran atractivo para los
miembros más jóvenes del grupo, Icarus
en particular. No era nada raro ver a
Pantsy abordar a Icarus, que en 1973
debía rondar los once años y, por tanto,
era sexualmente inmaduro. Si las
invitaciones a que la montara se
producían cerca de Beethoven, padre de
todos los jóvenes del grupo 5, el cabeza
de familia solía separarlos corriéndolos,
gruñendo o zurrándoles, para acabar
montando él mismo a Pantsy. Por esta
razón, Icarus, muy discreto, trataba de
ignorar las insinuaciones de la joven
cuando Beethoven andaba cerca, si bien
le respondía presto en las demás
ocasiones.
Como es típico de las hembras jóvenes,
Pantsy era bastante coqueta a la hora de
lucir sus recién adquiridas artes
sexuales. En el grupo 5, como en la
mayoría de grupos, la presencia de una
hembra en celo, sea adolescente, sea una
adulta apta para la reproducción,
provoca muchísima actividad sexual
sustitutiva entre los otros elementos del
grupo; valgan como ejemplo los
cubrimientos entre individuos del mismo
sexo o entre animales de edades muy
dispares. Los cubrimientos unisexuales
son dos veces más frecuentes en los
machos que en las hembras, mientras
que los cubrimientos discordes en
cuanto a edad se manifiestan muy a
menudo en la monta de inmaduros por
parte de machos adultos. Las dos únicas
combinaciones no observadas fueron
inmaduros montando a machos adultos o
machos montando a sus propias madres.
Así que Pantsy alcanzó la madurez
sexual, sus inclinaciones maternales,
nunca tan notorias como las de Quince,
más joven, encontraron una salida
cuando, en agosto de 1974, Liza dio a
luz a Pablo, una criatura con orejas de
elfo, la primera que nacía en el grupo 5
desde hacía dos años. Pantsy, como es
característico entre las hembras jóvenes
que aún no han tenido descendencia
propia, andaba particularmente
fascinada con el bullicioso Pablo y no
perdía ocasión de «secuestrarlo» para
practicar como madre. Los métodos de
Pantsy para transportar al lactante
carecían de delicadeza; por suerte,
Pablo casi nunca ponía reparos a que la
joven se lo llevara de espaldas sobre su
hombro o cabeza abajo entre los brazos.
Liza siempre vigilaba con calmosa
atención esas actividades antes de
intervenir plácidamente para rescatar a
su hijo.
Liza era una madre afable, responsable,
que parecía disfrutar con las travesuras
del pequeño «muñeco» que había traído
al mundo. Para Pablo, las normas
existían para quebrantarlas, los
observadores humanos se acercaban a él
para que los divirtiera, y los miembros
del grupo familiar existían para su
propia fruición. El jolgorio de Pablo fue
como una plaga, pues su extrovertida
personalidad, desarrollada sin trabas
durante su primer año de vida, atrajo a
su alrededor a muchos otros inmaduros.
El nacimiento de Pablo mejoró la
posición de Liza en el grupo, como lo
demostraba la creciente cantidad de
tiempo que se le permitía pasar en la
proximidad de Beethoven. La nueva
situación benefició también a la hija de
Liza, Quince, que tenía poco más de
cuatro años cuando nació Pablo: Quince
pasaba más tiempo que cualquier otro
individuo espulgando a Beethoven,
actividad que además reforzaba su
posición social en el grupo y fortalecía
los vínculos familiares con sus
hermanastros y hermanastras.
Seis meses después del nacimiento de
Pablo, Beethoven copuló con su hija
Pantsy. Al cabo de siete meses, la
personalidad de la joven, que entonces
tenía ocho años y nueve meses de edad,
sufrió un cambio radical. Disminuyeron
mucho sus relaciones sociales con otros
miembros del grupo y permanecía
discretamente en la periferia del mismo,
junto a su madre Marchessa. A los tres
meses de la fecundación de Pantsy,
Marchessa entró en celo y concibió
también un hijo del jefe del grupo. Sin
embargo, la criatura vivió sólo un día
después de su nacimiento en diciembre
de 1975. A pesar de la dilatada
búsqueda por la zona del
alumbramiento, no encontramos ni rastro
del cuerpo.
El primer hijo de Pantsy, Banjo, nieto de
Marchessa, nació en octubre de 1975.
Todo el aspecto externo de la cría
parecía saludable, pero gimoteaba más a
menudo que la mayoría de los recién
nacidos. La inexperiencia maternal de
Pantsy se reflejaba en la torpe manera
de tratar a su hijo. Diríase que estaba
abatida y molesta por la responsabilidad
que acababa de adquirir.
Banjo tenía tres meses de edad cuando
Marchessa perdió a su recién nacido por
causas desconocidas. Sólo entonces se
la vio buscar la proximidad de Pantsy,
que se benefició de la protección de su
madre en los encuentros antagónicos con
el clan de Effie. Las riñas eran cada vez
más frecuentes, quizá porque Effie
andaba embarazada de su quinto hijo
con Beethoven. La hembra dominante
adoptaba una actitud de desmedida
intransigencia siempre que Marchessa y
Pantsy intentaban usurparle el sitio para
ganarse las atenciones de Beethoven.
La creciente tensión dentro del grupo se
vio acrecentada con el resultado de un
violento choque entre el grupo 5 y un
desconocido grupo marginal en abril de
1976. Encontré el escenario de la lucha
salpicado de sangre, mechones de pelo
de dorsicano, charcos de excrementos
diarreicos e innumerables arbolitos
tronchados. Siguiendo una larguísima
pista de huida, di con el grupo, y cuál no
sería mi horror al ver la cabeza del
húmero izquierdo de Beethoven,
rodeada de ligamentos y haces
musculares, asomar a través de la piel
del codo. Que Icarus, por entonces de
catorce años de edad, había ayudado a
su padre durante el feroz encuentro, era
evidente por las ocho profundas
mordeduras que presentaba en los
brazos y la cabeza.
Beethoven —a quien yo le calculaba
unos cuarenta y siete años— dependía
cada vez más de la ayuda de Icarus en
las luchas con otros grupos o con
machos solitarios. Como Icarus se iba
acercando a la madurez sexual, buscaba
otras unidades sociales, único medio de
conquistar nuevas hembras jóvenes para
él. En cambio, hacía ya tiempo que
Beethoven había formado su harén y no
estaba para enfrentamientos
intergrupales. El equipo padre hijo
suponía un acuerdo muy a propósito
porque respaldaba al anciano Beethoven
y al mismo tiempo proporcionaba una
valiosa experiencia al adolescente en el
trato con los dorsicanos extraños.
Beethoven conservaba su dominio sobre
Icarus por sus fuertes vínculos
parentales.
En el transcurso de las semanas que
siguieron al violento choque, era digno
de ver a Beethoven e Icarus con las
cabezas juntas durante prolongados
períodos de descanso diurno,
intercambiando suaves vocalizaciones
eructivas como si se consolaran
mutuamente de sus respectivas heridas.
El hijo sanaba más deprisa que el padre,
e Icarus no tardó en cansarse de las
largas sesiones de reposo que precisaba
Beethoven. El joven dorsicano, en
compañía de muchos miembros del
grupo 5, solía trasladarse a varias
decenas de metros de los nidos de día en
busca de comida. Beethoven se quedaba
solo, sentado, la cabeza ladeada,
escuchando las vocalizaciones de su
familia como el anciano que intenta oír
un débil receptor de radio. Atento a sus
obligaciones como jefe y juez del grupo,
Beethoven se levantaba al cabo de diez
o quince minutos de soledad para seguir,
con paso lento y pesado, la pista del
grupo. Por supuesto, si Icarus hubiera
albergado la más mínima idea de
hacerse con el poder por la fuerza, los
seis meses del período de recuperación
de su padre habrían sido el momento
oportuno para ello.
Hubo ocasiones durante la
convalecencia de Beethoven en que
Icarus se dejó llevar de su nuevo
prestigio, lanzándose a correr como un
descosido en medio de las hembras del
grupo. Pantsy era el blanco más
frecuente de las provocaciones del
joven cuando Beethoven se quedaba
atrás, en el lugar de nidificación. Pantsy
contaba con la ayuda de Marchessa en la
protección de su vulnerable pequeño,
Banjo, frente a las corridas y el
comportamiento amenazante de Icarus,
Effie y sus dos hijos, Puck y Tuck.
Juntas, las dos hembras reducían con
más eficacia la tensión dentro del grupo
manteniéndose apartadas unos treinta
metros de los restantes miembros del
grupo, sobre todo de Icarus. Marchessa
era la única del grupo 5 que no tenía
lazos de sangre con Icarus, hermanastro
de Pantsy. Cabe la posibilidad de que
Pantsy fuera como un sustituto de
Marchessa, a quien Icarus no podía
atacar directamente por su larga relación
con Beethoven.
Para cuando Banjo cumplía su sexto
mes, Pantsy ya era una experta madre,
que llevaba al pequeño en posición
ventral (posición protectora), apretado
contra el pecho, dada la frecuencia de
los despliegues de Icarus. La mayoría de
las crías son transportadas en posición
ventral hasta los cuatro meses de edad,
momento en que las madres las animan a
subirse a sus espaldas. Por el
hostigamiento que sufría Pantsy, se
comprende que Banjo fuera llevado
ventralmente, a menudo oculto a la vista.
Por eso, no me extrañó, cierto día, no
alcanzar a ver a Banjo con claridad;
Pantsy se hallaba oculta entre la densa
vegetación, comiendo con Marchessa, a
cierta distancia del grupo. Sin embargo,
tres días después era palmario que
Banjo había desaparecido. Pantsy
volvió al despreocupado y salvaje
comportamiento lúdico de su juventud,
exactamente como hizo Bravado tres
años antes a raíz de la muerte de Curry.
Emprendimos todos una búsqueda
intensiva del pequeño desaparecido,
pero era como dar con una aguja en un
pajar. Noche tras noche volvíamos al
campamento con las manos vacías, aun
después de haber cubierto el área de
más de un kilómetro cuadrado donde el
grupo merodeó siete días antes y
después de haber sido notada la
ausencia de Banjo. Sólo encontramos
vestigios de riñas intestinas en forma de
arbolitos rotos y excrementos
diarreicos. Ninguna pista conducente al
territorio del grupo 5 indicaba que se
hubiera producido un encuentro con una
segunda unidad social.
Empeñada en no dejar sin resolver el
misterio de otro pequeño desaparecido,
como en el caso del recién nacido de
Marchessa, decidí recoger todos los
excrementos depositados en los nidos
nocturnos del grupo de la semana
precedente. Banjo no podía haberse
esfumado sin dejar rastro, y el único
indicio pasado por alto en la infructuosa
búsqueda eran los excrementos. Me
estremecía la posible existencia de
canibalismo entre los gorilas, aunque
semejante comportamiento era un hecho
confirmado en chimpancés que vivían en
libertad. Por entonces llevaba nueve
años trabajando con el grupo 5, de modo
que no tenía dificultad en identificar al
ocupante de un nido nocturno mediante
el simple examen de los excrementos, la
estructura del nido y su ubicación
respecto de los circundantes.
Volvíamos al campamento con las
mochilas llenas de excrementos,
envueltos, etiquetados y fechados los de
cada nido. Entonces comenzaba la
tediosa faena de colar cada boñigo en el
arroyo del campamento. Pasamos horas
y días tamizando y buscando indicios
que pudieran dar una respuesta a la
desaparición de Banjo. Al cabo de una
semana de lavar excrementos,
empezamos a encontrar astillas de hueso
y de diente que sabíamos, ciertamente,
que procedían de los nidos nocturnos de
Effie y de Puck, su hijo de ocho años.
Por desgracia, la cantidad de astillas
recuperada sólo daba razón de parte del
esqueleto de un gorila pequeño. Se sumó
a ello otra complicación: el hallazgo de
pelo de cría únicamente en los
excrementos de Effie, sin pequeños en
aquel tiempo, y de Puck.
En un esfuerzo adicional por resolver el
misterio de la desaparición de una cría
aún dependiente de su madre, sin la cual
no podía sobrevivir, recogimos todos
los excrementos depositados en las
pistas del grupo, en un período de siete
días en tomo a la desaparición de Banjo.
La nueva y pesada tamización aportó
más fragmentos del cuerpo.
Lamentablemente, los excrementos de
las pistas no admitían una asignación tan
indefectible como los de los nidos, pero
los boñigos que proporcionaban
fragmentos de esqueleto se parecían
muchísimo a los excrementos de los
nidos de Effie y Puck. Lavado todo el
excremento, obtuvimos un total de 133
trozos de hueso y diente, lo que
constituía algo así como un dedo
pequeño frente al esqueleto completo de
la cría. La minúscula muestra no
brindaba una explicación significativa
de adonde había ido a parar la mayor
parte del cuerpo; por tanto, no cabía
concluir tajantemente que Banjo había
sido víctima del canibalismo. No
descarto todavía esa posibilidad. La
cantidad de restos de esqueleto
recuperados en el equivalente a una
semana de excrementos de nidos y
pistas, presentaba un máximo en los dos
días posteriores a la desaparición de
Banjo. Esto es algo que tampoco me
explico.
Durante todos estos años de
investigación con gorilas en libertad, se
han estudiado extensamente los
excrementos en diferentes ocasiones. Un
estudiante de Karisoke se pasó dieciséis
meses analizando con el microscopio
centenares de muestras de más de mil
boñigos y no descubrió nada que se
pareciera ni de lejos a un trozo de hueso
o diente. Demasiada coincidencia que
Banjo desapareciera y al mismo tiempo
se detectaran fragmentos de hueso en los
excrementos de dos miembros de su
grupo. Si desaparece otro pequeño,
habrá que realizar de inmediato el
lavado de excrementos. Quizá se pueda
dar entonces una respuesta satisfactoria
a la cuestión de si existe o no
canibalismo entre los gorilas.
A los tres días de la desaparición de
Banjo, se alivió algo mi pesar por la
pérdida del pequeño cuando Effie —se
sabía que no podía tardar en parir, dada
su enorme gordura y los prominentes
pezones— dio a luz el primero de abril
de 1976. El precioso pequeño, una
hembra llamada Poppy, nacía cuarenta y
siete meses después de su hermana
Tuck, haciendo de Effie la única hembra
con cuatro hijos vivos en el grupo. (Su
hija mayor, Piper, había dejado el grupo
tres años antes.)
A diferencia del pequeño y travieso
Pablo, por entonces de veinte meses de
edad, Poppy sólo podía ser calificada
de bonita, con sus dulces ojazos pardo
oscuros enmarcados por cejas largas y
delicadas. La pequeña presentaba, en
menor grado, el estrabismo
característico de Effie y sus hijos.
La personalidad propia y desenvuelta de
los hijos de Effie florecía a una edad
temprana. Poseían un sentido de
profunda curiosidad por los objetos
naturales hallados sobre el terreno, y no
digamos por los extraños, como
objetivos fotográficos, termos y todos
los cachivaches que llevaba conmigo al
campo. Su interés por tales objetos
facilitaba las observaciones de su
comportamiento, porque los animales
propendían más a permanecer en el
campo de visión del observador en vez
de ocultarse detrás de tupidas pantallas
de vegetación. No era mi intención
proporcionarles juguetes, pues esto
habría condicionado fuertemente su
comportamiento natural y las relaciones
de unos con otros. Empero, en muchas
ocasiones me vi desbordada por las
codiciosas manos de los impacientes
jovenzuelos, que no me daban tiempo
material para guardar todas mis
pertenencias.
En una reducida parcela de la zona de
distribución del grupo 5, crecía un fruto
duro, del tamaño de un pomelo,
conocido como mtanga tanga por la
población indígena. Era muy apreciado
por los elefantes, que iban como locos
después de una comilona de
mtanga tanga, pero a los gorilas no se
les había visto comer ese fruto. Los
pequeños de Effie, sin embargo, se
salían de su camino para trepar a los
árboles de los que pendían esos frutos, y
tirarlos al suelo con el propósito de
jugar con ellos. Puck, cuando era sólo
una cría, empleaba el fruto como objeto
de exhibición, agarraba el troncho con
los dientes y golpeaba el fruto contra su
pecho. Esto producía un redoble
pectoral profundo, retumbante que,
probara lo que probara, no conseguía
imitar. El fruto servía también a los
jóvenes del grupo 5 como pelota de
fútbol o de baloncesto, depende del tipo
de juego iniciado.
Los períodos de reposo diurno del grupo
5 continuaron siendo largos mientras
Beethoven se recuperaba de su herida en
el brazo. Al parecer, Beethoven no
conseguía dormir lo suficiente.
Dormitaba profundamente durante varias
horas al día, emitiendo profundos
ronquidos con la boca abierta, agitando
sus cortas patas como si estuviera
soñando, y contrayendo los músculos
faciales cada vez que oía sonidos
extraños, como voces humanas distantes.
Llegado el tercer mes de convalecencia,
algunos de los animales más jóvenes,
Puck en particular, andaban
desasosegados por aquel aletargado tipo
de vida del grupo.
Hasta cierto punto, Puck se encontraba a
gusto en compañía de Effie y las dos
hermanas más jóvenes, Tuck y Poppy,
pero a menudo figuraba entre los
primeros en hacer ostensible su fastidio
durante las tediosas horas de reposo
diurno. Exteriorizaba su mal humor
dándose golpecitos con el índice en un
brazo, o bostezando y buscando
alrededor algo para entretenerse. Las
zumban-
tes moscas eran uno de los pasatiempos.
Absorto, se incorporaba, trataba de asir
el insecto y, si era suficientemente
rápido, lo atrapaba en la palma de la
mano. Por ser estrábico como Effie y sus
hermanos, sus ojos casi se cruzaban al
intentar enfocar la mosca a varios
centímetros de su cara. Acto seguido,
estrujaba la víctima entre el pulgar y el
índice para luego reducirla a pedacitos,
y aún estudiaba detenidamente cada
trozo antes de desecharlo. A más largo
proceso de disección, más extática era
su expresión facial, hasta colgarle el
labio inferior de una manera más propia
de un chimpancé que de un gorila. Una
vez acabada la mosca, fruncía los labios
en una mueca de disgusto, mientras
buscaba alrededor nuevas fuentes de
distracción.
En esos momentos, Puck recurría por lo
general al contenido de mi mochila —
cámara fotográfica, objetivos y
prismáticos—, de todo lo cual se valía
el inventivo jovencito para mirar con
ellos o reflejar su imagen. Miraba por
los prismáticos por el lado equivocado,
pues ésa era la única forma de
adaptarlos a su distancia interocular.
Estoy segura de que miraba de verdad
por ellos, que no se limitaba a imitar sin
más el comportamiento humano, dadas
sus reacciones. Movía rítmicamente los
dedos de una mano delante de los
prismáticos para luego bajar la lente,
curioso, partiendo de la punta de los
dedos, como si comprobara su unión con
la mano. Su perplejidad ante la
distorsión de los objetos circundantes
era tan fascinante como cómica de ver.
Puck inventó el juego del almirante con
un objetivo de 300 mm, girando como si
estuviera en un barco terrestre cuando
exploraba la lejana vegetación o a otros
miembros del grupo, muchos de ellos
picados por la curiosidad al ver tamaño
ingenio manipulado por alguien de su
propia especie. También jugaba al
investigador, apuntando
deliberadamente el objetivo de 300 mm
hacia el suelo y concentrando su mirada
en la vegetación observada a través de
la lente.
Algunas piezas del equipo eran bastante
caras, pero Puck lo manejaba todo con
cuidado y lo protegía con sumo celo de
las manos de otros miembros del grupo.
De tanto en tanto, el grupo se iba a
comer antes de que Puck hubiera
acabado de investigar un objeto. En
seguida dejé de aterrorizarme al ver
unos valiosos prismáticos o un objetivo
desaparecer entre la densa vegetación.
Sin embargo, me sentía ridícula cuando
tenía que andar a gatas en busca de
algún objeto abandonado después de la
partida del grupo.
Casi al término de la convalecencia de
Beethoven, durante uno de los largos
períodos de reposo diurno, se me brindó
una oportunidad magnífica de fotografiar
primeros planos de los animales
descansando. No quería dejar la cámara
a Puck, a pesar de sus insistentes tirones
de la Nikon que colgaba de mi cuello.
Transcurridos diez minutos, renunció de
mal humor y se alejó unos pasos para
construir su nido diurno.
Acompañándose de movimientos más
que exagerados, empezó a aplastar
vegetación para el nido como si la tarea
fuera un puro fastidio. Con un
deliberado plop, se instaló en la
descuidada estructura y estuvo dando
vueltas y frunciendo el ceño durante casi
una hora, mientras el resto del grupo
descansaba tranquilamente. Con el
ánimo de apaciguar al murriado
jovenzuelo, rompí una de mis reglas —
no ofrecer objetos extraños a los gorilas
— y alargué a Puck un National
Geographic. Me maravilló la destreza
con que pasaba las páginas, y mostraba
vehemente interés por las grandes
fotografías a color de rostros. No dio
ninguna indicación vocal de si le placía
o no lo que veía, pero al menos no
estaba aburrido.
Al cabo de media hora, dejó la revista y
el grupo se levantó para comer.
Inmediatamente, Puck se incorporó, vino
hacia mí y me dio unas palmadas con
ambas manos, como si hubiera estado
planeando este castigo durante todo el
período de reposo. Beethoven, que no
estaba a la vista, emitió un gruñido
sordo e inquietante ante los golpes de
Puck contra mi traje de plástico para el
agua. Al oír las vocalizaciones
disciplinarias de su padre, el
malhumorado joven se detuvo un
momento y luego se irguió de nuevo para
golpearme aún más fuerte con las manos.
¡Qué hizo! Beethoven corrió hacia
nosotros, gruñendo de enojo, y se detuvo
al lado de mi postrado cuerpo. Con la
frente arrugada y los labios apretados,
Beethoven echaba fuego por los ojos
sobre Puck, que había buscado refugio
al otro lado, quedando yo de por medio.
El jefe del grupo 5, silencioso, mantuvo
su rígida postura hasta que Puck,
mansamente, se escurrió montaña abajo
con expresión ofendida.
Restablecida la tranquilidad, Beethoven
se abrió paso entre los espectadores del
grupo, los reunió por ver si todo estaba
bien y se los llevó para la comida de la
tarde. Dejé pasar unos minutos antes de
incorporarme cuando, al hacerlo,
descubrí, para mi asombro, a Puck
masturbándose frenéticamente. Tenía la
cabeza doblada hacia atrás, los ojos
cerrados y una expresión semisonriente,
mientras con el índice de la mano
derecha se acariciaba la región genital.
Durante un par de minutos, hubiérase
dicho que Puck estaba obteniendo un
gran placer con sus manipulaciones;
luego se detuvo, se espulgó y siguió a
los demás por la pista. Creyendo que la
marcha de Puck era definitiva, empecé a
rehacer la mochila y a recuperar los
objetos hurtados. Pero, cuando menos lo
esperaba, se me presentó otra vez
corriendo. Se detuvo a mi lado, se
levantó sobre sus pies como si quisiera
darme una última y potente palmada, se
lo pensó y entonces salió pitando para
alcanzar al grupo.
Ese contacto lo tengo grabado en la
mente. Es la única vez que he visto a un
gorila en libertad masturbarse
activamente. Que Puck había gozado de
las consecuencias de su manipulación,
era obvio; sin embargo, la masturbación
parecía un medio insólito de
autosatisfacción, desencadenada en este
caso por la acción disciplinaria de
Beethoven. Otro detalle significativo de
ese contacto fue que Puck conservó su
rencor hacia mí durante dos horas,
tiempo que yo consideraba
extraordinario. Me preguntaba cuánto
tiempo los gorilas, que viven en una
estructura de grupo, conservan su
resentimiento hacia el vecino después de
una riña o de un desacuerdo sin
trascendencia.
A diferencia de Puck, Quince, la
apacible hija de Liza, de seis años de
edad, parecía muy apenada por la grave
herida del brazo de Beethoven. A la
jovencita, la espulgadora más
incansable del patriarca, nunca se la vio
ni siquiera intentar espulgar a su padre
en los seis meses de recuperación. En
cambio, pasaba mucho tiempo sentada a
su lado, contemplando ansiosamente su
rostro como si tratara de consolar a
Beethoven con su presencia.
Liza y sus hijos Quince y Pablo pasaban
ahora mucho tiempo cerca de
Beethoven, quizá por el fuerte atractivo
de Quince para su padre, así como por
la tolerancia de éste con su hijo menor,
Pablo, que parecía tomar al sociable
jefe del grupo por un cómodo, sólido y
plateado arrimadero. Una vez
recuperado, desapareció del semblante
de Quince aquella mirada preocupada y
pudo reanudar el diligente espulgado de
la enorme mole de su padre. A menudo
la veía sentada cerca de él, mirándole la
cara más con adoración que como
cachorro en espera de una caricia.
Cuando volvía hacia ella su penetrante
mirada, su cuerpo entero se estremecía.
En una ocasión, después de un largo
período de reposo diurno, Quince se
presentó al lado de Beethoven después
de haber estado jugando y espulgándose
con otros miembros del grupo. Al
sentarse la joven junto a su padre para
escudriñarle el rostro, Beethoven emitió
una larga serie de vocalizaciones
eructivas con que anunciaba su intención
de irse a comer. Respuestas similares se
produjeron en otros miembros de la
familia, elevándose un coro de voces
isócronas dirigido por Quince y
Beethoven: sonaba más como una jauría
de sabuesos que como un grupo de
gorilas.
Quince sabía orientar buena parte de su
cariñoso y considerado temperamento
hacia su hermano menor Pablo. La
traviesa personalidad del pequeño
necesitaba una vigilancia casi
permanente tanto por parte de Quince
como de Liza, que compartían la
responsabilidad de recuperar al audaz
pequeño del regazo, la cabeza o las
espaldas de mí misma o de otros
observadores que se habían incorporado
al equipo de investigación.
Cierto día soleado, al término de un
contacto excelente con el grupo 5, éste
se alejó para comer. El pequeño Pablo,
que entonces contaba unos dos años y
medio de edad, terco como siempre,
decidió no seguirlos. En vez de eso, se
acomodó en mi regazo cual gato mal
acostumbrado, sin mostrar voluntad
alguna de moverse, ni siquiera cuando
Liza volvió sobre sus pasos para gru-
ñirnos, autoritaria, a los dos. Confiando
en que ella me viera tan indefensa como
me sentía, eché el cuerpo hacia atrás
para animarla a coger al cabeza dura de
su hijo y que se fuera. Gruñendo con
más fuerza, Liza empezó a tirar de uno
de los brazos de Pablo. Éste, sin
pensárselo dos veces, le devolvió los
gruñidos y se aferró encarnizadamente a
mi chaqueta con la mano libre,
empeorando aún más la situación.
Entonces ella se me acercó, y dirigiendo
suaves gruñidos a Pablo le abrió a la
fuerza los dedos para que soltara mi
chaqueta y lo recogió en sus brazos de
madre. Mientras Liza se alejaba con él a
sus espaldas, Pablo se giró, mirándome
con un mohín acusador hasta que se
perdió de vista.
Pablo, como la mayoría de los gorilas
jóvenes, era un impenitente ladrón de
guantes. Un día me cogió uno antes de
que pudiera ponerlo a buen recaudo y,
como si se deleitara con su botín, se
alejó hacia Beethoven haciendo
cabriolas y agitándolo en el aire. Pablo
arrojó con fuerza el guante a las rodillas
de aquél, donde aterrizó con un seco
plop. El viejo dorsicano se levantó de
un salto y aullando de pánico dispersó a
todo el mundo a su alrededor. Una vez
vieron que no había señales de peligro,
se acercaron de nuevo, pero por algún
tiempo se quedaron mirando burlones a
su jefe. Avergonzado, Beethoven volvió
también a su nido de día, aparentando
una total falta de interés por el solitario
guante.
Los días que Pablo estaba
insoportablemente travieso, solía
sentirme como un pulpo, tratando de
poner a salvo el contenido de mi
mochila o las notas de campo. Una
tarde, después de un fructífero contacto
de tres horas, deposité en tierra mi
cuaderno de notas, que contenía las
observaciones de comportamiento del
día. Estaba la mar de contenta
preparando el equipo fotográfico para
guardarlo cuando, de repente, Pablo se
adelantó y me arrebató, jubiloso, el
cuaderno. Empecé a gatear tras él, pero
el muy pícaro corría en línea recta hacia
Beethoven; allí se sentó y con mucho
método fue arrancando página tras
página todos mis datos cuidadosamente
registrados. Tuve que sentarme,
impotente, y verle masticar cada hoja
hasta convertirla en pulpa, mientras su
madre, Liza, y su padre, Beethoven, lo
contemplaban con cierto escepticismo.
Esperando poder recuperar algo al día
siguiente, dediqué cierto tiempo a
buscar entre los excrementos del nido
nocturno de Pablo, pero, ¡ay de mí!, fue
inútil. El mundo académico lo habría
tildado de cochino ladrón de datos.
Pablo, prácticamente refractario a la
disciplina, incitaba a otros jóvenes del
grupo a molestar a Beethoven
toqueteándolo. Tuck, veintisiete meses
mayor que Pablo, era uno de sus
compañeros de juego favoritos. Al ser
ella la mayor, era quien aguantaba lo
más recio de la indignada reacción de
Beethoven cuando le despertaban de su
profundo sueño el ruido y los golpes de
aquellas pequeñas manos y pies contra
su plateada mole. En tales ocasiones,
Pablo, la imagen misma de la inocencia,
pasaba inadvertido mientras Beethoven
agarraba a Tuck por donde podía y le
mordía suavemente un brazo o una
pierna, gruñendo en señal de
amonestación.
El cabeza de turco de Tuck reaccionaba
como un crío humano al recibir un
tratamiento injusto: fruncía poco a poco
la cara, y se ponía a llorar
desconsoladamente. Si el llanto se
prolongaba o arreciaba demasiado,
Beethoven volvía la cabeza hacia ella y
abría y cerraba la boca de golpe,
produciendo un fuerte chasquido con los
dientes que enviaba a Tuck a los brazos
de Effie en busca de consuelo, tras lo
cual seguía una sesión de
autoespulgamiento que parecía ser la
forma de resolver su conflicto interno, al
estilo de las personas que se rascan la
cabeza o la piel en situaciones
peliagudas.
A mediados de 1976 Beethoven se había
recuperado ya totalmente de sus graves
heridas y empezó a comportarse con la
misma malicia que un perrito al que
acaban de quitarle la correa. Desarrolló
una nueva táctica de acercamiento a mi
persona: primero fingía indiferencia
hasta situarse muy cerca, entonces se
tamboreaba el pecho, golpeaba la
vegetación encima de mí, aporreaba el
suelo a mi vera, e incluso se revolcaba
por tierra y daba patadas al aire, todo
ello con la expresión del más redomado
pícaro. Di la bienvenida a tan poco
serio proceder después de aquellos
largos meses de languidez. Antes de ese
final feliz, había dudado algunas veces
de sus posibilidades de supervivencia,
sobre todo cuando la herida comenzó a
destilar una copiosa cantidad de
exudado maloliente que atraía nubes de
insectos hacia él. Dada la localización
de la herida en el codo, Beethoven no
había podido limpiársela con la boca, lo
que era, sin duda, una de las razones de
que hubiera tardado tanto en curar.
Desde luego, la vuelta del viejo macho a
la salud fue otro ejemplo de la increíble
capacidad de recuperación de los
gorilas.
El patriarca andaba otra vez rodeado de
sus hembras y pequeños y dejaba que
Icarus —que entonces tenía catorce años
y medio de edad— hiciera de guardián
del grupo. Un día, cuando me acercaba a
ellos para establecer contacto, al
levantar la mirada hacia una alta y
corpulenta Hagenia descubrí que Icarus
me observaba tranquilamente cómo
avanzaba a cuatro patas después de
haber dejado atrás al rastreador, a unos
veinte metros del grupo. Icarus parecía
un panda gigante fuera de sitio, con su
enorme cuerpo plateado tumbado boca
abajo sobre una rama y sus dos
minúsculas patas oscilando libres de
aquí para allá como si estuviera en un
columpio. Cuando llegué a la base del
árbol, se deslizó cual rollizo bombero,
me miró, afable, a la cara y empezó a
construir un complicado nido diurno,
tipo bañera, entre el grupo y yo. Hasta
que no se durmiera, poco podía hacer
aparte instalarme donde estaba,
encantada, sin embargo, con su
confianza. Una vez se hubo dormido, no
pude menos que reparar en la vasta red
de cicatrices y cortes en curación que
zigzagueaban por su sólida cabeza:
prueba visible de pasados encuentros
con machos adultos de otros grupos.
Mientras contemplaba las antiguas
heridas, el rastreador, que había
quedado atrás, tropezó sin querer con
una rama. El resultado fue apenas un
leve chasquido, pero Icarus salió al
instante de su sueño, miró fijamente en
la dirección de donde vino el ruido, se
levantó y, como gato que acecha al
ratón, se dirigió a la fuente del crujido;
me impresionó la vigilancia que ejercía
aun estando al parecer dormido. Por
suerte, Nemeye estaba tan alerta como
Icarus, y al darse cuenta de que el gorila
se acercaba, se retiró a toda prisa antes
de que llegara a él.
Para entonces, iba para cuatro meses
que Banjo había muerto. Me di cuenta de
que Icarus había alcanzado la madurez
sexual por la frecuencia de sus cópulas
con Pantsy. Beethoven ya no manifestaba
ningún interés sexual por ella, ni
intentaba interferir en los apareamientos
entre sus dos hijos. Marchessa había
vuelto a encelarse y Beethoven estaba
muy interesado por su periódica
receptividad.
Aunque no me percaté en su momento,
ambas —madre e hija— habían quedado
embarazadas, con unos días de
diferencia, de dos machos distintos:
Pantsy de su hermanastro Icarus y
Marchessa del padre de aquélla,
Beethoven. Después de la concepción,
Marchessa permaneció en la periferia
del grupo, en tanto que Pantsy pasaba
más tiempo junto al clan de Effie. Pantsy
mostraba prudencia siempre que se
acercaba a Icarus y su recién ganada
madrastra, emitiendo una suave
vocalización eructiva y evitando el
contacto corporal directo con Effie y sus
hijos Puck, Tuck y Poppy.
En una ocasión, durante un largo período
de reposo diurno, observé en su
totalidad uno de los prolongados y
deliberados acercamientos de Pantsy a
Icarus, que descansaba en la inmediata
vecindad de su madre y hermanas.
Pantsy se tumbó junto al joven macho y,
con el dorso de la mano derecha, le
golpeaba la cabeza y las espaldas.
Icarus respondió alargando la suya para
acariciarle suavemente el pelo del
brazo, al tiempo que adoptaba una
expresión facial interesada. A la postre,
se incorporó y clavó su mirada en los
ojos de Pantsy, la frente arrugada,
interrogativa, la boca torcida en una
sonrisa indescriptible. Temblando,
atrajo la grupa de ella hacia él, y le
cubrió el cuerpo en un estrecho abrazo.
Intercambiaban largos suspiros y dulces
y susurrantes vocalizaciones eructivas,
ajenos, al parecer, a la presencia de
Effie, de sus curiosos hermanos y de mi
persona.
Mientras se aproximaba el momento en
que Marchessa y Pantsy parirían, el
grupo aflojó el paso en los
desplazamientos para amoldarlo a los
mayores requerimientos nutricionales de
las dos hembras. Tres meses antes de
dar a luz, Marchessa aparecía siempre
cerrando la marcha del grupo y, por lo
tanto, era el primer individuo con quien
me cruzaba al establecer contacto con la
familia. Si no estaba a la vista de los
demás, se sentía amenazada por mi
presencia y lanzaba gritos de alarma o
se alzaba sobre los pies para
tamborearse el pecho. El redoble
pectoral de Marchessa no era una acción
fácil de contrapesar. A cada pesado
golpe de sus ahuecadas manos contra la
región abdominal superior, veía
quintillizos saliendo de su inmensa
gordura. Cuando tenía la suerte de
encontrarla descansando cerca del
grupo, no podía dejar de pensar que si le
atara una cuerda a una de sus patas y le
diera un fuerte soplo, se elevaría y
surcaría los aires como un enorme y
negro globo de helio.
En el año 1976, un día de diciembre que
llovía a mares, me encontré a Pantsy en
la retaguardia del grupo. Me quedé
espantada al ver que tenía todo el lado
derecho de la cara malherido. El ojo,
cerrado e hinchado, rezumaba una
mucosidad espesa, lo mismo que las
ventanas de la nariz. Deshicimos con
cuidado todo el rastro, pero no vimos
señales de que otro grupo o algún macho
solitario se hubiera cruzado con el grupo
5. Sólo cabe concluir que Pantsy, una
vez más, había sido víctima de una
agresión intragrupal, perpetrada
seguramente por Effie o por sus dos
hijas mayores. Pantsy pasó los
siguientes dos meses y medio sola en la
periferia del grupo, encorvada, abrazada
a su propio cuerpo, con el mentón
clavado en el pecho.
A últimos de diciembre de 1976, mis
dos principales preocupaciones eran la
salud de Pantsy y el hinchado cuerpo de
Marchessa. Estaba tan segura de que
Pantsy iba a morir como de que
Marchessa tendría mellizos. En la noche
del 27 de febrero de 1977, Marchessa
dio a luz a un delicado macho al que
llamé Shinda, palabra africana que
significa «superar». Tres noches
después, Pantsy alumbraba una hembra
de leonado pelo, a quien llamé Muraha,
por el nuevo volcán que acababa de
entrar en erupción en el Zaire.
Marchessa se convertía en abuela por
segunda vez.
El contraste entre los dos bebés, el tío
Shinda y su sobrina Muraha, no podía
ser más contundente. La primera vez que
lo vi pegado como un renacuajo al
vientre de su madre, el color de la piel
visible de Shinda era rosado, con el
pelo ralo, negro, corto y lustroso. El
único rasgo físico que tenía en común
con Muraha era el típico, protuberante,
como embrionario morro porcino. Al
término del primer mes, observé que
Muraha fijaba la mirada a su alrededor y
parecía capaz de centrar la vista en
flores o incluso objetos en movimiento,
habilidades no compartidas por su
jovencísimo tío.
El casi simultáneo alumbramiento hizo
de Marchessa y Pantsy un equipo
defensivo fuerte, sobre todo cuando las
respaldaban los respectivos padres de
sus hijos, Beethoven e Icarus. Por vez
primera, me sentí tranquila por su
seguridad, pasara lo que pasara en el
grupo. Me satisfizo asimismo notar la
rápida vuelta de Pantsy a un magnífico
estado de salud, a raíz del nacimiento de
su criatura.
Los dos nacimientos desplazaron a Liza
de la proximidad de Beethoven. Como
Pablo rondaba los tres años de edad,
cabe que Liza estuviera recuperando sus
ciclos; no obstante, Beethoven la
ignoraba y las otras madres no toleraban
bien su turbulento hijo. Para Pablo,
Muraha y Shinda representaban dos
juguetes nuevos que tenía decidido
investigar. Sus perturbadores
acercamientos a ellos desataban tal
algarabía de gruñidos que Icarus o
Beethoven, o ambos, tenían que
interponerse entre las hembras con
gruñidos para poner orden.
Ya nadie trataba de «proteger» a Pablo
de sus invitaciones a jugar conmigo o
con otros observadores. Al contrario,
creo que todo el grupo se había sentido
encantado si lo hubiera metido en la
mochila y traído al campamento hasta
que se le pasara la edad de las
travesuras.
Su capacidad para escabullirse, unida a
los recios apretones y golpes de sus
manos y pies, hacían de él un
ingobernable perro faldero. Sus dientes,
aunque pequeños, eran afiladas navajas
que me atravesaban fácilmente los
pantalones vaqueros y la ropa interior
de abrigo. Siempre procuraba
protegerme de sus juguetones mordiscos
porque me obligaban a encogerme,
reflejo que alarmaba a los animales que
estaban cerca de mí. A la larga, descubrí
que si a hurtadillas le daba un pellizco,
abría de inmediato los dientes que me
atenazaban. Entonces, el ofendido
jovenzuelo retrocedía, se frotaba la zona
pellizcada y me miraba
inquisitivamente.
Antes de los tres años, Pablo ya andaba
preocupado en exceso por las
actividades sexuales de los demás
animales del grupo. A menudo intentaba
examinar el pene de los machos
mayores, pero, por lo general,
Beethoven, Icarus o Ziz lo despachaban
a empellones. Muchas sesiones de juego
con Poppy, veinte meses más joven,
terminaban con Pablo cubriendo a la
pequeña ventrodorsalmente. Tales
juegos sexuales podían producir una
erección en Pa-
blo, que, con perpleja sonrisa, se
recostaba y jugaba con el pene. Si no
había más jóvenes alrededor para que
Poppy siguiera jugando, ésta se sentaba
a observar a Pablo con interés o, a
veces, incluso le chupaba el pene.
Como Liza, Effie también pasaba menos
tiempo junto a Beethoven a raíz de los
partos de Marchessa y Pantsy. Al
permanecer más tiempo en la periferia
del grupo, la prudente Effie evitaba,
para sí y para la pequeña Poppy, tener
que aguantar disputas. Un día vimos que
estaba comiendo la mar de satisfecha a
unos seis metros del grupo; Poppy, a
cosa de dos metros detrás de su madre,
jugaba y se columpiaba ella sola en un
Senecio. Había un observador a la vista
de ambos animales, mirando a Effie
comer, cuando, de repente, ésta se giró y
clavó los ojos en Poppy. Siguiendo la
alarmada mirada de Effie, el estudiante
reparó en que la pequeña se había caído
y que colgaba por el cuello de una
estrecha horquilla del árbol. La criatura
sólo podía agitar desmayadamente los
brazos y las piernas mientras el collar
empezaba a cortarle la entrada de
oxígeno. Effie corrió de inmediato hacia
su hija. Con gran esfuerzo, tiró de
Poppy, tratando de liberarla de aquella
posición potencialmente mortal. Su
rostro presentaba una angustiada
expresión de miedo, similar a la de una
madre humana cuyo hijo está en peligro
de muerte. En medio de su denuedo por
soltar a la pequeña, Effie lanzó una
acusatoria mirada al observador, si bien
es posible que sólo quisiera ayuda,
viniera de donde viniera, en un momento
en que cada segundo contaba. El
observador, con buen juicio, permaneció
inmóvil, decisión difícil de tomar en
tales circunstancias, aunque correcta,
pues cualquier movimiento precipitado
podría haber desatado una reacción
histérica del grupo, colocando a Poppy
en un peligro aún mayor. Por fin, Effie
consiguió sacar a su hija de la horquilla
del árbol. Cuando hubo recuperado el
aliento, Poppy empezó a lloriquear;
luego se pegó al pezón de su madre
durante unos minutos, hasta que ésta se
la llevó, en posición ventral, hacia el
grupo, que no se enteró de todo el drama
desarrollado a sus espaldas.
Esta singular observación brindó un
ejemplo único de la fuerte inclinación
maternal de las hembras de los gorilas.
Un elemento asombroso del incidente
fue que Effie, de espaldas a la pequeña,
se percatara de la difícil situación de
Poppy incluso antes que el espectador
humano, de cara a ambos animales, se
diera cuenta de que pasaba algo malo.
Después de nacer Shinda y Muraha, el
grupo 5 se marchó lejos, al suroeste de
su habitual zona de distribución. Por el
camino se cruzaron con un reducido
grupo marginal de dos gorilas de dorso
plateado y uno dorsinegro. El
indefectible choque dejó heridos a
Beethoven, Icarus, Puck y Effie. Las
lesiones de Effie eran mucho más graves
que las infligidas a los otros animales y,
con la salvedad de una profunda brecha
en el brazo, estaban todas perfectamente
localizadas en la parte posterior del
cuello, la cabeza y los hombros, de
modo que no podía limpiárselas
convenientemente.
Al cabo de una semana, las mordeduras
exudaban de mala manera; y de no ser
por Tuck, la hija de Effie, de cinco años,
habrían tardado en curar mucho más de
lo que lo hicieron. Tuck se nombró
atenta y casi demasiado entusiasta
enfermera de Effie, apartando a cuantos
interferían sus servicios. Hacía a un
lado incluso las manos de aquella que,
seguramente por malestar físico, sólo
quería que la dejasen en paz. Tuck lamió
y exploró, tenaz, las heridas hasta que
todas hubieron sanado seis meses
después de infligidas.
Durante ese corto período de tiempo,
Tuck desarrolló una original salutación
girando la cabeza, que sólo empleaba
cuando se acercaba a Effie para una
sesión de limpieza. Nunca pude entender
qué trataba de comunicar. La joven iba
hasta su madre y giraba la cabeza a tal
velocidad que mis propios ojos apenas
podían seguir los movimientos. Después
de casi un minuto de giros, Tuck
comenzaba a limpiar las heridas, atenta,
dejándome mareada después de haber
tratado de seguir cada movimiento de la
cabeza, y a su madre con un semblante
tan perplejo como el mío ante el extraño
comportamiento de su hija —
comportamiento que no se le observó
nunca más una vez sanaron las heridas
de Effie—.
El grupo 5, quizá porque procuraba
evitar otro choque con el reducido grupo
marginal, se trasladó aún más al
suroeste de su propio territorio,
adentrándose en un terreno que, por lo
que yo sabía, no habían explorado con
anterioridad. Al parecer desorientado,
Beethoven condujo el grupo a la región
de prados subalpinos, a casi 4.000 m,
contigua al monte Karisimbi. Allí, los
animales se pegaron a las exiguas
franjas forestales de achaparrados
Hypericum, rodeadas de extensas zonas
abiertas de hierba y pantanos. Era una
región predilecta de todos los cazadores
furtivos, porque se podía abatir
fácilmente la caza con lanza en las
despejadas praderías, o atraparla con
lazos en las angostas franjas forestales
que separaban los prados.
La meseta estaba a varias horas de
distancia —y de subida— del
campamento, de modo que los cazadores
furtivos podían recomponer las trampas
más deprisa que nosotros cortarlas. Me
parecía cuestión de días que algún
miembro del grupo 5 cayera en un lazo
de alambre. Así, mal que me pesara,
hube de tomar finalmente la decisión de
pedir a los rastreadores y a un simpático
estudiante que condujeran al grupo hacia
el territorio contiguo al monte Visoke.
El traslado se llevó a cabo felizmente.
Beethoven, empujado por invisibles
«cazadores furtivos», conducía a su
familia al Visoke, e Icarus —por
entonces todo un experto en relacionarse
tanto con humanos como con otros
gorilas— ocupaba posiciones
defensivas en la retaguardia del grupo.
A decir verdad, en 1977, a escasos diez
años de cuando me crucé con él por
primera vez, Icarus se había convertido
no sólo en padre, sino —y más
importante— en subjefe del grupo de su
progenitor. Su seguridad en sí mismo a
veces me preocupaba. Icarus, a
diferencia de Brahms, que había
abandonado el grupo nueve años antes y
se había cruzado con cazadores furtivos
como dorsicano solitario, parecía
tenerse a sí mismo por invulnerable. El
estudiante que supervisó el arreo del
grupo desde los prados altos a su
territorio habitual me contó que Icarus
parecía ansioso por verse las caras con
sus invisibles perseguidores y que, en
determinado momento, los arbustos
«estallaban» mientras el joven
dorsicano permanecía oculto a la espera
de sus hostigadores.
Después del traslado, el grupo descansó
en las laderas del Visoke varios días y
aceptó observadores sin dificultad. Creí
tenerlos «en casa», pero surgieron otros
peligros. La temporada del bambú
estaba al caer; los máximos estacionales
se dan en junio y diciembre, cuando el
bambú integra el 90 % de la dieta del
grupo 5. Sólo una quinta parte del
territorio del grupo contiene bambú, y es
precisamente la zona que linda con las
tierras de labor escindidas del parque
original.
No existe ninguna zona de transición
entre el parque y los campos de pelitre,
de manera que nada más fácil para los
campesinos que montar trampas para
antílope en el interior del parque a unos
minutos de la puerta de su cabaña. El
personal de Karisoke y yo siempre
procurábamos patrullar la franja de
bambú que se extiende por el límite
oriental del Parque de los Volcanes,
para destruir cuantas trampas se
hubieran instalado desde la última
estancia de los gorilas en aquella zona.
Esta vez el grupo bajó antes de que
pudiéramos dar una batida.
Mis temores por la seguridad del grupo
se aquietaban un tanto recordando que
Beethoven, posiblemente por sus
numerosas experiencias pasadas con
trampas, había conseguido en una
ocasión liberar a Puck de un lazo de
alambre inmediato a la zona del bambú.
Sabía que Beethoven tenía «ojo clínico
para las trampas», confianza confirmada
en varias ocasiones en las que se le vio
conducir el grupo esquivando las
trampas montadas en medio de pistas
muy usadas por duikers, pequeños
antílopes (Tragelaphus scriptus) y
gorilas.
Íbamos el rastreador Rwelekana y yo en
pos del grupo 5, cuando oímos fuertes
voces de campesinos procedentes de un
punto de la frontera conocido como
risco Jambo. Temiendo que les hubiera
ocurrido algo malo a los animales,
echamos a correr para alcanzarlos. Para
mi consuelo, todo el grupo estaba
sentado en el risco, mirando hacia
abajo, curiosos, a los campesinos que
habían estado escardando los campos de
pelitre. Los gorilas no parecen temer a
los seres humanos cerca de los límites
del parque, porque es una zona donde
ahora es frecuente hallar gente; en
cambio, en el corazón del bosque, los
sonidos humanos aterran a los animales.
Asimismo, los campesinos mantienen
una actitud de respeto hacia los gorilas;
saben que nada de los campos de pelitre
atrae a los animales salvajes.
El retorno periódico del grupo 5 a los
límites del parque siempre llama la
atención de los aldeanos. Se reúnen
gritando «¡Ngagi! ¡Ngagi!»: «¡Gorila!
¡Gorila!» Ese día, el grupo, después de
un breve vistazo, dejó el risco Jambo
para continuar comiendo, y los
campesinos siguieron escardando. Sin
embargo, cuando subí al risco para ir
tras el grupo, me llegó de la gente de
abajo un nuevo estallido de gritos y
voces. «¡Nyiramachabelli!
¡Nyiramachabelli!», gritaban, lo que
significa: «La vieja que vive en el
bosque sin un hombre.» Aunque mi
nuevo nombre sonaba agradablemente
lírico, he de admitir que no me gustaban
sus connotaciones.
Durante varias semanas, los
rastreadores y yo persistimos en la tarea
de comprobar la existencia de trampas
en la ruta cotidiana del grupo, hasta que
creímos que la zona del bambú, de unos
seis kilómetros cuadrados, era segura y
que se podían reanudar las
observaciones a tiempo pleno, dejando
de lado la destrucción de trampas. Fue
más o menos por entonces, una tarde del
mes de julio de 1977, que el grupo
decidió descansar de día en un pequeño
calvero, como una taza de té, rodeado
por la densa espesura del bosque de
bambúes y no lejos del límite del
parque. Los gorilas daban la impresión
de no sentirse cómodos con aquella
forzada proximidad. Al cabo de media
hora de reposo, Ziz, de seis años y
medio de edad, se levantó para irse a
merodear por el bosque de bambúes
contiguo. Al instante le siguieron su
madre, Marchessa, su hermana, Pantsy, y
los pequeños de esas hembras, montados
sobre ellas en posición dorsal. Aunque
molestos por tener que moverse otra
vez, los demás componentes del grupo
no tardaron un minuto en seguir la ruta
del clan de Marchessa. Beethoven
cerraba la marcha.
De repente, una vez que todos los
animales hubieron desaparecido en la
oscuridad de la bóveda de bambú, se
desató una violenta algarada de gritos.
Éstos alcanzaban una intensidad
insoportable antes de que Beethoven
emitiera una larga y áspera serie de
gruñidos, coreados por los roncos
gruñidos de los demás. El arranque duró
casi tres minutos y reflejaba un estado
de terror histérico muy similar al
provocado por un encuentro inesperado
con cazadores furtivos. Como los
gorilas no manifestaban intención alguna
de huir, decididamente no eran los
cazadores furtivos la causa de su temor.
Una trampa, ésa era la única
explicación.
Gateé por el tupido bosque de bambúes,
pero sólo pude vislumbrar un corro de
formas negras delante de mí. Beethoven,
emitiendo roncos gruñidos, se abría
paso entre los gorilas congregados
alrededor de un tenso poste de bambú
arqueado. En un segundo, sus plateadas
espaldas quedaron ocultas por los
negros cuerpos del corro. Como yo
estaba de rodillas en la única pista que
podía ofrecer una vía de retirada al
grupo, salí poco a poco del túnel de
bambú en dirección a la luz del día.
Pocos minutos después, Beethoven,
seguido de Ziz y el resto del grupo,
aparecía en el claro. Ignorándome por
completo, los animales empezaron a
confortarse mutuamente con
vocalizaciones eructivas, al tiempo que
retrocedían en línea recta hacia las
laderas del Visoke, su habitual refugio
después de momentos de tensión. Intenté
seguirlos a una prudente distancia para
ver quién podía llevar el temido lazo de
alambre, pero me fue imposible ir a su
paso.
Al día siguiente, Rwelekana y yo
volvimos al lugar del alboroto. Después
descubrimos un redondel de tierra
revuelta, de unos seis metros de
diámetro, rodeado de arbolitos y demás
vegetación tronchados. La tierra estaba
cubierta de excrementos diarreicos,
grandes mechones de pelo de gorila y
huellas de los pies descalzos de un
hombre. Alguien se nos había
adelantado. Los indicios mostraban bien
a las claras los detalles del incidente del
día anterior. Aquella misma mañana, el
trampero había retirado
precipitadamente el poste de bambú, el
lazo y las estacas que lo aguantan hasta
que el animal lo dispara al pasar.
Además, el individuo trató de borrar de
un modo chapucero el rastro de los
gorilas alrededor de la trampa.
Arrastrándonos a gatas, Rwelekana y yo
logramos detectar una débil pista
humana que conducía a otra trampa de
alambre, aún dispuesta, justamente
debajo del lugar donde el grupo 5
anidara el día anterior. El arco curvado
de bambú y el alambre que aquél
sostenía tuvieron que ser vistos por el
grupo desde el lugar de melificación.
Esto explica su nerviosismo, lo apiñado
de los nidos y el repentino cambio de
dirección. Seguimos gateando por la
pista humana contigua al límite del
parque y dimos con otras ocho trampas
preparadas, lo cual nos dio la
oportunidad de confiscar los lazos y de
derribar a tajos los postes de bambú que
los sustentaban. Las huellas conducían a
los campos de pelitre adyacentes al
parque, donde se perdían en la red de
senderos que utilizaban los aldeanos.
Era evidente que iba a ser imposible
rastrear al cazador furtivo hasta la
puerca de su casa, así que emprendimos
la larga subida montaña arriba para
localizar al grupo 5.
La víctima de la trampa había sido Ziz.
El joven macho llevaba las pruebas: una
fina y profunda herida en carne viva le
rodeaba la muñeca como un brazalete,
tenía rasguños aún frescos y rosados en
las almohadillas palmares de la mano
derecha y largos cortes que le corrían
desde el bíceps hasta la muñeca.
Reconstruyendo los acontecimientos del
día anterior, en particular las acciones
de Beethoven, llegué a la conclusión de
que el viejo dorsicano consiguió sacar
el alambre pasando los dientes entre
aquél y el brazo de Ziz y tirando hacia
abajo hasta que el ceñidor metálico dejó
libre la mano de su hijo.
Ziz nunca hubiera podido soltarse solo;
cuando el lazo le atrapó la muñeca tiró
de ella hacia arriba, quedando
demasiado alta para llegar a ella con sus
propios dientes. Los grandes y
rechonchos dedos de Beethoven habrían
tenido dificultades para abrirse paso
entre el apretado alambre y la carne de
Ziz, de la misma forma que yo no
lograría soltar de mi muñeca un lazo de
alambre con los guantes puestos.
Además, los gorilas adultos tienen cierta
aversión a tocar objetos extraños con las
manos. Seguramente, Beethoven sujetó
el brazo de Ziz con una mano, deslizó
los dientes por el brazo del joven (de
ahí los largos cortes) e hizo palanca en
el alambre que atenazaba la muñeca. Por
último, debió tirar del alambre con los
dientes, lo que habría producido los
rasguños en la palma de Ziz.
Al cabo de una semana, Ziz ya no se
preocupaba de su mano cuando
caminaba o jugaba. El resto del verano
transcurrió sin más incidentes en la zona
del bambú. Por lo visto, los tramperos
se dieron cuenta de que el grupo 5 tenía
contactos diarios con observadores de
Karisoke. Con las patrullas contra los
cazadores furtivos, los invasores
habrían perdido más de lo que podían
ganar montando nuevas trampas.
Muraha y Shinda tenían por aquel
entonces casi seis meses de edad. El
contraste observado entre ellos al nacer
se había multiplicado
considerablemente. Shinda continuaba
siendo el renacuajo esmirriado y gritón
que no se despegaba del regazo de su
madre, y eso que Marchessa llevaba
intentando hacerle subir a sus espaldas
desde que tenía tres meses. En cambio,
Pantsy no animó a Muraha a que montara
dorsalmente hasta el término de su
cuarto mes de vida.
Desde el día de su nacimiento, Muraha
fue un velludo, sonriente y juguetón
ovillo de vivacidad. Pantsy, a diferencia
de Marchessa, mostraba todos los
indicios de disfrutar plenamente con su
hija. Durante los períodos de reposo
diurno, Pantsy, con una amplia sonrisa,
solía columpiar a su cría por encima de
su cabeza hasta que ambas, madre e hija,
rompían a reír, un sonido muy parecido
a la risita sofocada de las personas. El
balanceo de Muraha cumplía un
propósito funcional. El movimiento
estimulaba la emisión de las heces
amarillas y líquidas del pequeño,
excreción normal en los lactantes, pues
su principal alimentación es la leche
materna. A Marchessa nunca la vimos
columpiar a Shinda de la misma manera,
lo que podía ser una explicación de por
qué tenía el pelo abdominal
profusamente teñido de amarillo rojizo
por la época en que Shinda rondaba los
cuatro meses de edad. Pantsy dejaba
asimismo que Muraha jugara mucho
tiempo a solas sobre su enorme
corpachón, usando el abdomen de su
madre como tobogán y sus miembros
como «compañeros de lucha». Una
sonrisa dentona, de conejo, expresaba a
menudo el deleite del lactante con
semejantes juegos.
A los tres meses, Muraha echaba los
dientes y continuamente intentaba
masticar tallos de planta. Sus vacilantes
esfuerzos por hacerse con ellos
recordaban a un borracho que ya ve
doble intentando alcanzar una copa que
se niega a quedarse quieta. A la misma
edad, su tío Shinda se contentaba con
mirar sin ver la vegetación que le
rodeaba y cogiendo, con un esfuerzo
considerable, trozos de plantas
abandonados en el regazo de su madre.
Al cuarto mes, Muraha ya era capaz de
alejarse a trompicones de su madre a
distancias de tres metros, si bien la
mayoría de las crías de los gorilas
permanecen al alcance de la mano de su
madre —unos dos metros, más o menos
— hasta casi los seis meses de edad.
Los brazos la aguantaban bastante bien,
pero las piernas cedían con frecuencia,
quedándole estiradas hacia atrás como
dos fideos demasiado cocidos. La
locomoción de todos los gorilas jóvenes
tiene un desarrollo similar. Desde el día
de su nacimiento, la cría ha de confiar
en sus manos y brazos para agarrarse a
la superficie ventral de la madre, sobre
todo en situaciones de tensión tales
como un desplazamiento rápido, cuando
su progenitora no puede sujetarla. Las
piernas, más cortas y con dedos aún
insignificantes, apenas les sirven de
asidero secundario a la mayor
circunferencia materna en las
proximidades de la región del estómago.
Cuando tenía cuatro meses, Muraha me
dejó un día un recuerdo inolvidable. El
grupo descansaba tranquilamente en las
laderas del Visoke cuando establecí
contacto con ellos. Me senté a unos dos
metros y medio de Pantsy, que estaba al
alcance de la mano de Icarus. Muraha,
acomodada entre su padre y su madre,
me miró no sólo con interés, sino con
cierto cálculo, antes de volverse,
vacilante, hacía mí. Pantsy e Icarus se
incorporaron con una expresión burlona
cuando se alejó de ellos. Muraha se
acercaba más y más con las piernas
extendidas sin gracia hacia atrás,
mientras, torpe y desmañada, salvaba la
enmarañada vegetación del sotobosque.
La desproporcionada sonrisa de la
pequeña se ensanchaba según venía
hacia mis piernas, que debían parecerle,
para sus treinta centímetros de altura, un
formidable obstáculo montañoso azul
tejano.
Una vez a mi lado, Muraha tocó
delicadamente mis vaqueros con los
dedos extendidos de la mano derecha y
luego se los llevó a la nariz para
olerlos. Icarus y Pantsy parecían
extrañados por ese impulso explorador
de su hija; yo, por mi parte, me
encontraba aguantando la respiración,
sin atreverme a mover un dedo. Cuando
Muraha se dispuso a trepar a mi regazo,
Pantsy se levantó, bostezó y me miró con
una expresión facial casi de pedir
disculpas. Se vino despreocupadamente
a mi lado, fingió interesarse por el
trasero de Muraha oliéndolo y
lamiéndolo, y cogió a la cría con
suavidad para devolverla al nido. Me
pareció un proceder muy diplomático.
Pero la cosa no terminó ahí. Una vez
Pantsy e Icarus se reacomodaron, la
«pasión por ver mundo» volvió a
Muraha. Se separó de nuevo del lado de
su madre y se acercó a trompicones,
gateando, hasta mis piernas. Pantsy, que,
como antes, parecía bastante
avergonzada, vino a recogerla,
desviando su mirada de la mía. Tras el
consabido pretexto de examinar el culete
de su cría, se la colocó debajo del brazo
y se perdió lentamente de vista entre la
tupida vegetación de los alrededores. La
emoción de esa maravillosa prueba de
confianza no ha disminuido todavía.
Pese a que de buena gana me permitió
unos breves segundos de contacto con
Muraha, Pantsy se mostraba cautelosa
cuando los animales más jóvenes del
grupo trataban de acercarse a la
pequeña. Cuando contaba sólo catorce
meses de edad, Poppy intentaba «hacer
de madre» de las dos crías, como
Quince y Pablo habían hecho con ella un
año antes. Siendo no más que una
criatura, Poppy era capaz de actuar
taimadamente con mucho disimulo
cuando se aproximaba a alguna de las
crías: se acercaba a ella dando pasitos
menudos, se sentaba a bostezar o
espulgarse cuidadosamente, avanzaba de
nuevo, y así iba acercándose poco a
poco hasta echar mano del pequeño
cuando éste no estaba en brazos de su
madre. Shinda, todavía pegado al cuerpo
de Marchessa, no resultaba tan atractivo
para los jovenzuelos del grupo como
Muraha. Esto podría atribuirse a las
diferencias entre las crías, o a las
imprevisibles reacciones de Marchessa.
Quince, cuyas inclinaciones maternales
fueron las más fuertes que yo haya
observado jamás en una hembra joven,
parecía profundamente abatida cuando
Marchessa o Pantsy se negaban a que
sus crías fueran abrazadas, transportadas
o espulgadas por ella. Quince tenía
entonces siete años, de modo que sólo le
faltaba un año para convertirse en
adulta. Ella y su hermano de tres años,
Pablo, compartían la expresión mohína
del rostro, como de chimpancé. Cuando
se les impedía el acceso a las dos crías,
se iban con paso airado y el labio
inferior colgando, expresión insólita
entre los gorilas.
Para Pablo, los primeros meses de 1977
fueron terribles. No sólo estaba pasando
el destete, sino que, además, recibía los
coletazos de una creciente ola de rigor
por parte de los restantes miembros del
grupo. Debía preguntarse qué le estaba
ocurriendo al mundo que tan propicio se
le había mostrado hasta su tercer año de
vida. Si hubiera sido un niño, me
imagino que habría metido sus
pertenencias favoritas en una bolsa y
habría partido en busca de una nueva
familia, una que le quisiera más.
Los mejores días de Pablo eran los dos
o tres de cada mes en que su madre
entraba en celo. En esos momentos. Liza
abandonaba su posición marginal en la
periferia del grupo y provocaba,
coqueta, relaciones lúdicas con otros
miembros del grupo. Cuando volvió a
tener ciclos regulares al tercer año de
edad de Pablo, sus pechos eran
extraordinariamente desiguales. El
izquierdo, el favorito de Pablo, estaba
muy dilatado y glanduloso, mientras que
el derecho colgaba vacío y liso. Pablo
podía mamar más a su gusto en los días
de celo de Liza, porque ésta andaba
distraída por el mayor interés que
despertaba en otros miembros del grupo.
Beethoven, sin embargo, aún ignoraba
sus invitaciones a copular.
Aunque Tuck se desvivía por apaciguar
a Pablo, jugando o espulgándole cuando
se irritaba, era evidente que Effie estaba
a punto de perder la paciencia con él
por su porfía en buscar gresca con
Poppy. Cierto día, Pablo, con todo
descaro, mordió ligeramente a Effie en
un brazo cuando le gruñía por tirar de
una pierna de Poppy. Si lo hubiera
hecho con cualquier otro adulto del
grupo, habría recibido una severa
reprimenda, pero Effie continuó
acariciando a Poppy sin más. Atrevido
como él solo, Pablo se acercó de nuevo
a Poppy y se sentó a prudente distancia
para dirigir una mueca a Effie. Minutos
después, Poppy, por impulso propio, se
fue hacia él, pero empezó a gimotear
cuando el juego cobró violencia. Al
instante, Effie dio un gruñido y Pablo se
retiró un poco. Una vez consolada por su
madre, Poppy volvió a las andadas, con
lo que se repitió la misma historia. Esta
vez, sin embargo, Effie agarró a su hija,
dio un mordisco simbólico a Pablo y
regresó al nido con Poppy firmemente
cogida debajo del brazo. Frustrado ante
la injusticia de la vida, Pablo se sentó y
meneó la cabeza durante casi un minuto,
con la cara deformada por una mueca y
los ojos casi cerrados. Por último se
levantó, miró fijamente a Effie y a mí, y
se fue lloriqueando en busca de su
madre, Liza, que se encontraba alejada
del grupo.
Poppy era la «niña bonita» del grupo 5.
Había algo encantador y atrayente en
ella. No podía hacer nada mal. A
diferencia de Pablo, no sentía interés
por objetos extraños, tales como
cámaras o películas; se contentaba con
lo que tenía en su entorno. Los nidos de
pájaro abandonados ejercían en ella una
especial fascinación; acostumbraba
golpearlos contra su cuerpo o contra el
suelo hasta dejarlos hechos trizas.
También disfrutaba lo suyo
destejiéndolos laboriosamente, brizna
por brizna, con idéntico resultado.
De vez en cuando, a Poppy le gustaba
posarse, melindrosa, en el regazo de los
observadores, como si quisiera que la
acariciaran. Por lo general, cuando nos
«honraba» con su atención, recibíamos
gruñidos o miradas amenazadoras de
Beethoven, Effie y otros miembros del
grupo. Las más de las veces, Beethoven
dejaba su nido para acercarse a Poppy y
empujarla suavemente lejos de nosotros
con su maciza cabeza. Los más jóvenes
del grupo, Puck, Tuck, Quince y Pablo,
mostraban igual inquietud cuando Poppy
andaba con observadores, y solían
recuperarla para llevársela con ellos.
Semejante vigilancia del grupo hacia
Poppy contrastaba con su desinterés
cuando el aventurero Pablo se
relacionaba con seres humanos.
La tercera hija de Effie, Tuck, tuvo que
renunciar a las atenciones de su madre a
raíz del nacimiento de Poppy, pero casi
nunca detecté señales de celos en la
joven hembra. Sólo en contadas
ocasiones, con Puck absorto en el
espulgamiento de Effie, que a su vez
hacía atentamente lo mismo con Poppy,
se vio a Tuck adoptar una expresión
facial taciturna, lo que yo llamaba
semblante «¡ay de mí, la hermana
intermedia!». La mayoría de las veces el
afectuoso y buen carácter de Tuck
superaba la tendencia a la tristeza.
Cuando quería estar en contacto físico
con su madre, se ovillaba en su regazo,
sin importarle que los brazos de aquélla
estuvieran monopolizados por Poppy. Y
si ésta se hallaba jugando con otros
animales, Tuck solía sacar partido de la
situación yendo derechito a los brazos
de Effie, con la cara fruncida como si
pensara: «Al fin, toda mía.»
El temperamento serio y formal de Effie
contribuía no sólo a afianzar el
desarrollo de sus hijos, sino también al
mantenimiento de su alto rango en el
harén de Beethoven. En ocasión de un
período de reposo diurno, un día
lluvioso, Effie y Pantsy construyeron
grandes nidos tipo bañera con espesas
ramas de Hypericum y se instalaron todo
lo cómodas que pudieron mientras
duraba el aguacero. Beethoven se había
preparado un nido descuidado y mal
hecho en el que se aposentó, resignado,
mientras la lluvia arreciaba.
Transcurrida una media hora empezó a
valorar la situación más cómoda de
Effie y Pantsy. Se levantó de golpe, se
acercó pavoneándose al lado de Effie, y
clavó en ella una mirada acusadora.
Effie cambió de posición y pretendió
ignorarle. Con cierta expresión de
disgusto, Beethoven se fue jactancioso
hacia Pantsy, a unos veinte metros, y de
nuevo adoptó una posición intimidadora
afectada, echándose prácticamente
encima de la joven madre y dejando
poco lugar a dudas acerca de la
naturaleza de sus pretensiones.
Yo estaba convencida de que Pantsy se
escurriría por el lado izquierdo de su
nido, obedeciendo al gesto conminatorio
de Beethoven. Pero, en vez de eso, dejó
muy claro que con ella no valían
categorías, le miró cara a cara y le
gruñó en tono áspero. Con cuanta
dignidad pudo reunir, Beethoven se
retiró presto, y con el semblante un tanto
disgustado retrocedió de nuevo hacia el
nido de Effie y se situó a su lado. Con
suavidad, le puso la mano en el hombro
y le dio un ligero empujón, pero Effie se
limitó a estrechar su abrazo en torno a
Poppy. Tuck, también en el nido, se
apretó aún más contra su madre.
Beethoven, calado hasta los huesos, se
las arregló para introducir en el atestado
nido su enorme mole contra el trasero de
Effie. Buena parte del cuerpo del viejo
macho sobresalía por el borde, y
parecía cualquier cosa menos cómodo;
diríase que quería aceptar el
compromiso que la tolerancia de Effie
había permitido.
Como Effie y Marchessa tenían lactantes
de menos de dos años de edad, que
dependían totalmente de ellas, Liza era
el único miembro del harén de
Beethoven que tenía ciclos sexuales
regulares; sin embargo, él seguía
ignorándola después de casi un año de
receptividad periódica. Sus crecientes
exigencias de atención eran causa
frecuente de disputas, pues se lanzaba
salvajemente en medio del grupo,
atropellando a los individuos próximos
que no conseguían apartarse de su
camino. El único animal con quien Liza
copulaba con cierta asiduidad era Puck,
que se abandonaba pasivo a las
atenciones sexuales de la hembra. A
medida que Quince se aproximaba a los
ocho años, cuando sería clasificada
como adulto, los períodos de celo de
Liza tendían a coincidir con los de su
hija. No obstante, a diferencia de su
madre, a Quince la montaban de buena
gana Ziz e Icarus, siempre que no
anduviera obsesionada con su
«prohijamiento» de los pequeños Shinda
y Muraha.
En diciembre de 1977, nueve meses
después del destete total de Pablo, Liza
volvió a espulgar a Pablo y a darle de
mamar, y parecía tener abundancia de
leche. Tal comportamiento era típico de
las hembras que estaban a punto de parir
o que habían tenido alumbramientos
inviables. Además, últimamente Liza
pasaba buena parte del tiempo destinado
a comer en los flancos del grupo, otro
proceder característico de las hembras
embarazadas. Llegué a pensar que
quizás había tenido un aborto que ni los
rastreadores ni yo habíamos conseguido
descubrir en los lugares de nidificación
del grupo. La reincorporación de Liza al
grueso del grupo y sus solícitas
atenciones hacia Pablo duraron seis
meses. Entonces ocurrió lo imprevisto.
A raíz de una escaramuza, no observada,
con el grupo marginal 6, que merodeaba
por las laderas orientales del Visoke,
Liza desapareció. Me parecía increíble
que Liza fuera cedida al otro grupo y
dejara atrás, en el grupo 5, a Quince, de
ocho años de edad, y a Pablo, de cuatro.
Por eso me asombró encontrarla
cómodamente instalada en el grupo 6
como si siempre hubiera pertenecido a
él.
Liza era la segunda hembra adulta, de la
que teníamos noticia, que emigraba del
grupo donde fue localizada por primera
vez y donde había concebido hijos del
jefe dorsicano. Las dos transferencias
tenían en común que las hembras en
cuestión estaban desperdiciando sus
posibilidades de reproducción en sus
respectivos grupos. Esto era evidente
porque una y otra habían recuperado el
ciclo regular tras la transición de sus
hijos del estadio infantil al juvenil; y,
sin embargo, las peticiones de
cubrimiento a sus machos fueron
ignoradas durante casi un año. Además,
a los hijos de ambas, incluso con casi
cuatro años de edad, se les había visto
mamar de vez en cuando antes de ser
abandonados por sus madres en el grupo
natal. Cabe pensar que la dilatada
lactancia es responsable de un
retraimiento de la concepción, pues las
hembras dieron a luz catorce meses
después de su emigración a los nuevos
grupos. Tales migraciones no sólo
fueron ventajosas en cuanto a la
reproducción para las dos hembras, sino
que su rango mejoró. Cada una de ellas
figuraba entre las primeras
adquisiciones del grupo receptor, y,
como ya dijimos, el orden de dominio en
las hembras depende del orden de
adquisición.
Para mi sorpresa, Pablo manifestó
algunos síntomas de depresión tras la
partida de Liza en julio de 1978. Pasaba
mucho más tiempo cerca de Beethoven
durante el día y anidaba con él de noche.
También tenía a su hermana Quince para
espulgarle y abrazarle, y a ella acudía en
busca de atenciones casi maternales.
Quince se convirtió en hembra adulta el
mismo mes que Liza emigraba. Su
ternura y su preocupación por los
demás, en particular por su padre,
hermano y medios hermanos,
continuaron como siempre, como cuando
era sólo una cría. Me pareció que
Quince estaba hecha para ser madre y
que el destino de Icarus era ser padre de
su primer hijo.
Pero también Quince se quedó muy
abatida con la marcha de su madre. Pese
a que a todas horas se la veía espulgar a
Beethoven y a los jóvenes del grupo,
buena parte de su vitalidad y
espontaneidad se marchitó lenta e
inexplicablemente.
Una mañana, tres meses después de la
partida de Liza, encontramos varios
depósitos de tejido sanguinolento en el
nido nocturno de Quince. Como sólo
tenía ocho años, me parecía demasiado
joven para haber concebido un bebé o
haber tenido un aborto, aunque no se
podía descartar tal posibilidad. Según
pasaban los días, era palmario que el
estado físico de Quince empeoraba a
ojos vistas; sin embargo, se la veía
decidida a dedicar sus habituales
atenciones maternales y de
espulgamiento a los miembros de su
familia.
A las dos semanas de los anormales
depósitos en el nido de Quince, su
debilitado cuerpo le obligaba a dedicar
casi toda su energía a ir al paso del
grupo, cosa que hacía arrastrándose,
vacilante, sobre rodillas y muñecas, o
codos, con evidente sufrimiento.
Beethoven era el único del grupo que se
mostraba claramente preocupado por la
joven hembra. Reducía la marcha del
grupo y el ritmo de las comidas para que
pudiera seguirlos, y la defendía de los
cada vez mayores abusos de los otros
gorilas. Cuanto más débil, más a menudo
se convertía en blanco de embestidas,
puntapiés y gruñidos, sobre todo de
parte de los tres hijos de Effie. Quince
hacía débiles y patéticos esfuerzos por
defenderse, ya fuera gruñendo, dando
una desmayada patada o mordiendo a
los miembros de la familia que durante
toda su vida había amparado.
Quizás existe una explicación plausible
a eso que, para un ser humano, se
presenta como un abuso injustificado y
desgarrador. A causa de su debilidad,
Quince ya no estaba en condiciones de
reaccionar como un animal normal al
comportamiento agresivo dirigido contra
ella. Era incapaz de responder
físicamente con las acciones de enérgica
defensa o sumisión que trataban de
desencadenar quienes la rodeaban. A
mayor debilidad de Quince, más
persistentes los esfuerzos de los demás,
incapaces de provocar en ella las
reacciones de costumbre. En mi opinión,
no cabe hablar de «crueldad» en el
tratamiento que Quince recibía, porque
ambos, sus «atacantes» y ella, estaban
actuando de forma anómala en las fases
terminales de su enfermedad.
En el mes de octubre de 1978, veintidós
días después de la hemorragia
descubierta en su nido nocturno, moría
la bondadosa Quince. Encontré su
demacrado cuerpo todavía caliente
debajo de un tronco en el lugar de
nidificación nocturna del grupo 5. Los
demás animales daban vueltas unos
cincuenta metros más allá. Con toda la
rapidez y sigilo posibles, los
rastreadores sacaron su cuerpo de la
fresca penumbra de la bóveda forestal
que cubría su lugar de muerte. Enterré el
cuerpo de la joven a unos treinta metros
de mi cabaña de Karisoke, en el suelo
de sus montañas.
La muerte de Quince dejó a Pablo como
único testimonio visible del paso de
Liza por el grupo 5. Pablo,
despreocupado patán, siguió como bufón
del grupo aun después del fallecimiento
de su hermana. Dormía con Beethoven
durante la noche y se divertía jugando de
día, sobre todo con su favorito de turno,
la pequeña Poppy, de dos años y medio
de edad. Effie toleró la presencia de
Pablo hasta el punto de que, en los días
fríos y lluviosos, le permitía acurrucarse
al lado de ella, junto con Tuck y Poppy.
Ella y Tuck, de seis años y medio, lo
espulgaban regularmente. Pablo, con sus
cuatro años, parecía muy contento sin
madre ni hermanos.
Quizá por su estrecha asociación con el
clan de Effie, Pablo desarrolló el mismo
temperamento curioso de aquéllos. Una
vez, él y Tuck encontraron un duiker
chiquitín solo, casi oculto en la densa
vegetación. Pablo abrió al máximo la
válvula de su curiosidad tirando de las
patas y el pelo del cervatillo, fisgando
en su cuerpo o llevándose su cabeza a la
nariz para olerlo, mientras el duiker
gimoteaba sin parar. Tuck, tan
interesada por el animal como Pablo, se
contentó con mirarlo fijamente, olerlo o
pasar la mano por el tembloroso cuerpo.
Tuck intentó que Pablo no molestara al
pequeño antílope; le gruñó, le apartó las
manos con brusquedad, pero todo fue
inútil. Al cabo de una hora de pesquisas,
Tuck y Pablo perdieron el interés por su
hallazgo y, como habían arrancado la
vegetación que ocultaba a la cría, la
dejaron al descubierto. Mi esperanza era
que su madre diera con ella antes de que
los cazadores furtivos se aventuraran
por allí.
En otras ocasiones vimos a los gorilas
acechando en broma a los duikers, con
más malicia que si de verdad hubieran
intentado cazarlos. Casi todo lo que se
moviera —desde un duiker hasta una
rana— parecía servir de aliciente para
una breve caza. Por extraño que parezca,
las orugas y los camaleones no sufrían
persecución: les asestaban un golpe o
los empujaban cautelosamente.
Cuatro meses antes de morir Quince, en
junio de 1978, por razones que no
comprendí, Puck empezó a pasar cada
vez más tiempo alejado de su madre
Effie y sus hermanas Tuck y Poppy. Muy
a menudo lo encontraba comiendo o
caminando retrasado respecto al grupo,
alejado de los demás.
En una ocasión me tropecé con el joven
que holgazaneaba a unos veinte metros
del grupo, en una zona plagada de
retoños de Vemonia, por donde los
animales no habían pasado en los
últimos catorce meses como mínimo. El
ralo sotobosque contenía poca
vegetación del gusto de los gorilas, por
ello me sorprendió ver a Puck detenerse
de golpe para mirar concentradamente a
lo alto de una moribunda Hagenia. Los
primeros nueve metros del tronco
estaban envueltos en una densa maraña
de enredaderas y arbustos. El tramo
medio del árbol ofrecía cierta
apariencia de vida, y más allá de ese
punto estaba rematado por ramas
muertas y peladas.
Durante unos tres minutos, Puck continuó
mirando como si estuviera calculando
algo, y luego abordó resuelto la tupida
red de lianas que partía de la base del
árbol. A unos cinco metros del suelo,
hizo una pausa para estudiar la ruta de
subida hasta las ramas superiores
muertas. Una vez allí, arrancó con las
dos manos un gran trozo de corteza,
poniendo al descubierto un enorme
panal lleno de abejas. Puck descendió
inmediatamente a cuatro patas por el
tronco como un bombero. Ya en el
suelo, se alejó prácticamente al galope
tras el grupo. Yo corrí con igual
celeridad en dirección contraria, pues en
un santiamén la Hagenia empezó a
rezumar salvajes, coléricas y zumbantes
abejas que oscurecieron el cielo.
Después de dar un gran rodeo, alcancé
de nuevo al grupo 5, sólo para descubrir
a Puck comiendo entre ellos con toda
tranquilidad, como si nada hubiera
ocurrido. La observación fue de
particular interés por la retención
memorística que Puck había demostrado
ante una colmena situada fuera de la
vista de otros miembros del grupo, que,
como él mismo, no habían estado en la
zona en catorce meses. Puck era una
inagotable fuente de sorpresas para mí.
El 14 de noviembre de 1978, ¡el joven
«macho» Puck dio a luz! Al oír la
noticia de boca de un incrédulo
estudiante que regresaba de realizar una
observación del grupo 5, exclamé: «¡No
puede ser!» («It can’t be!»). De ahí vino
el nombre del primer hijo de Puck:
Cantsbee.
Puck resultó ser una madre ejemplar e
hizo de Effie la segunda abuela del
grupo 5. Puck dio a su hijo el mismo
tipo de seguridad que su madre le había
dado. A finales de 1978, el clan de Effie
mantenía una constante vecindad
protectora entre sí: Effie, que había
quedado embarazada de Beethoven poco
después de nacer Cantsbee; Puck, de
once años, con su bebé; Tuck, de seis
años y medio; y Poppy, de dos años y
ocho meses.
Tras un período de cierta calma, Effie
abortó un feto de dos o tres meses. El
suceso se produjo tras el acoso de un
equipo de filmación francés que
persiguió sin descanso al grupo 5
durante dos semanas. Hasta ese aborto,
el promedio de tiempo transcurrido
entre partos de Effie había sido de tres
años y siete meses. Con esta
interrupción forzada de su regularidad
reproductiva, Effie no volvió a dar a luz
hasta junio de 1980. La sexta y última
cría de Effie recibió el nombre de
Maggie; como todos sus hijos anteriores,
lo era también de Beethoven.
Por la época en que Maggie se
incorporaba a la prole de Effie, el clan
de Marchessa parecía asimismo salir
adelante bajo la jefatura del viejo
Beethoven y su hijo Icarus. En agosto de
1980, Pantsy, la hija de Marchessa y
Beethoven, de catorce años y medio de
edad, criaba con éxito una nieta de
aquélla, Muraha, y esperaba dar a luz en
diciembre de 1980 a otro nieto, que
bautizaríamos como Jozi, siendo Icarus
el padre de los dos. Los otros dos hijos
de Marchessa, Ziz, de nueve años y
medio, y Shinda, de cuarenta y dos
meses, habidos ambos con Beethoven,
completaban la descendencia matrilineal
de Marchessa.
Sin embargo, y al cabo de trece años, el
clan de Marchessa continuaba
subordinado al de Effie, a pesar de que
Pantsy había fusionado las líneas
consanguíneas con Icarus, hijo de Effie.
Por primera vez, la estirpe matrilineal
subordinada compartía el acervo
genético con la dominante, merced a
dicho apareamiento. Marchessa era el
único miembro del grupo 5 que no
compartía vínculos de sangre con Icarus.
El 5 de agosto de 1980, un estudiante
que observaba regularmente al grupo 5
encontró a la mayoría de sus miembros
comiendo en las laderas del Visoke. Al
cabo de media hora, se oyeron
bocinazos y redobles en el pecho de
Icarus en el collado, unos treinta metros
más abajo. El grupo se dirigió a la
fuente del ruido, seguido por el
estudiante. Descubrió a Icarus
corriendo, tamboreándose el pecho y
golpeando la vegetación que rodeaba la
inmóvil figura de Marchessa, tendida
bajo una Vemonia. La vieja hembra
estaba muerta o en estado comatoso y,
por fortuna, ajena a lo que estaba
ocurriendo.
Los miembros del grupo se congregaron
alrededor para observar las acciones de
Icarus. Todos los animales, con la
excepción de Effie, examinaron
brevemente el cuerpo de Marchessa. Al
cabo de dos horas de despliegue, Icarus
tiró de la desmayada figura fuera de la
Vemonia y empezó a golpearla con
ambas manos. El maltrato se prolongó
tres horas más, sólo interrumpido de vez
en cuando por Beethoven cuando el
cuerpo de Marchessa era arrastrado.
Marchessa, como la joven Quince veinte
meses antes, estaba más allá de toda
respuesta a las injurias que su cuerpo
recibía. Los «ataques» de Icarus se
tornaron más frenéticos. Además de
golpearla, comenzó a saltar en el aire
para aterrizar con todo su peso, ya de
pie, ya de culo, en la masa inerte de
Marchessa.
A la mañana siguiente, los miembros del
grupo 5 permanecían todavía
concentrados alrededor del cadáver. Por
lo visto, Icarus la había arrastrado
varios metros más durante la noche. El
examen de los nidos nocturnos mostró
que Shinda había anidado con su padre,
Beethoven. Icarus continuaba empeñado
en el maltrato corporal de Marchessa.
Sólo cuando se tomaba un descanso,
podía Shinda intentar, lastimosamente,
mamar y gatear bajo el frío e insensible
brazo de su madre. Otros jóvenes del
grupo investigaron con cuidado el
cadáver de Marchessa, metiendo los
dedos o la lengua en su boca o en su
ano. Poppy, la hija de Effie, de
cincuenta y dos meses, se lanzó contra
Marchessa y la empujó, golpeando y
saltando también sobre el indefenso
cadáver. Muraha espulgaba el cuerpo de
su abuela cuando Icarus descansaba de
sus ataques casi rituales. Todo apuntaba
a una posible coacción instintiva para
suscitar una respuesta en la difunta,
miembro fundamental del grupo 5
durante mucho tiempo.
La autopsia de Marchessa, practicada en
el hospital de Ruhengeri, demostró la
presencia de numerosos quistes
hidatídicos en el bazo que podrían —es
una posibilidad— haber resultado
mortales. Más importante aún, la
autopsia reveló que no estaba encelada
ni embarazada.
La humanización de la secuencia de
acontecimientos que rodearon la muerte
de Marchessa, aunque tentadora, es un
grave error. Esa muerte cerraba
probablemente las puertas de la
reproducción a Beethoven, cuya única
hembra, Effie, tenía una cría de dos
meses, Maggie, en el momento de morir
Marchessa. Effie no estaría en
condiciones de concebir durante un
mínimo de dos y medio a tres años.
Cabría pensar que la no existencia de
parentesco entre Marchessa e Icarus
animó la histérica reacción de este
último; esto no es sino pura
especulación. En otros grupos de
gorilas, cuando han muerto individuos
por causas naturales, ni a los dorsicanos
no emparentados, ni a los miembros del
grupo con parentesco próximo se les ha
visto atacar o maltratar los cuerpos de
los fallecidos de la forma que Icarus lo
hizo con Marchessa.
Al repasar la historia del grupo 5, me
siento un tanto abrumada por todo un
mosaico de recuerdos —divertidos,
misteriosos, tristes, tiernos, amorosos
—. Durante todos esos años, treinta y un
individuos han contribuido al acervo
genético del grupo 5 y a la estabilidad, a
largo plazo, de su unidad familiar. De
los quince miembros que encontré al
principio, sólo cuatro sobreviven:
Beethoven, Effie, Icarus y Pantsy.
Me siento muy afortunada por haber
podido observar el crecimiento y el
desarrollo de gorilas como Icarus,
Pantsy y Puck desde los períodos de
aprendizaje de su infancia hasta la
madurez a medida que iban obteniendo,
a veces dolorosamente, la experiencia
necesaria para convertirse a su vez en
padres con éxito.
Más que ningún otro grupo de los cinco
estudiados en Karisoke, los miembros
del grupo 5 me han enseñado cómo los
fuertes lazos de parentesco contribuyen
a la cohesión de la unidad familiar en el
transcurso del tiempo. El éxito de este
grupo queda como ejemplo de
comportamiento para la sociedad
humana, una herencia que nos lega
Beethoven.
5. Huérfanos unidos
por la cautividad:
Coco y Pucker
A los catorce meses de haber fundado el
Centro de Investigación de Karisoke, la
llegada de la temporada de vacaciones,
a finales de 1968, me hizo temer
seriamente no poder impedir el
incremento de las actividades de los
cazadores furtivos en el Parque de los
Volcanes. Durante las vacaciones, la
demanda de carne y trofeos cazados de
manera ilegal crecía junto con los
precios pagados por las matanzas en el
mercado negro. Un cazador furtivo con
suerte podía obtener unos ingresos
sustanciales durante este período. En
aquel tiempo, las únicas patrullas contra
los cazadores furtivos en el Parque de
los Volcanes eran las que yo organizaba
por mi cuenta. Dichas patrullas estaban
formadas por guardias del parque a los
que yo pagaba los salarios y les
proporcionaba alimentos y uniformes —
peticiones que de buena gana satisfacía
con la esperanza de reemplazar su
conformismo por una motivación
personal hacia su trabajo—.
Por esta razón, me encantó ver llegar al
campamento, poco antes de Navidad y
sin anunciarse, al conservador ruandés
del parque acompañado de varios
guardas. Su llegada indicaba que la
administración del parque estaba
dispuesta a aceptar la responsabilidad
de la lucha contra los cazadores. Por
tanto, sentí como un mazazo cuando el
conservador me pidió que le ayudara a
capturar un gorila pequeño de uno de los
grupos en estudio. Me dejó aturdida. El
conservador —confesó que nunca había
entrado en el parque hasta mi llegada en
septiembre de 1967— me dijo que unos
funcionarios municipales de Colonia,
Alemania, de visita por Ruanda, habían
pedido un gorila de montaña para el zoo
de aquella ciudad. A cambio,
prometieron donar un Land Rover y una
cantidad no especificada de dinero para
obras de conservación en el Parque de
los Volcanes. El conservador hizo la
petición con tanta naturalidad como si
hubiera preguntado qué hora era.
Le expliqué largo y tendido por qué los
funcionarios ruandeses no debían
siquiera considerar tal propuesta. Hice
hincapié en la fuerza de los lazos
familiares del gorila y subrayé que
habrían de matar a la mayoría de los
miembros del grupo antes de que
permitieran que uno de sus hijos fuera
capturado. La perspectiva de una
matanza no diría que impresionó al
joven funcionario —encargado de
volver con un gorila joven, cautivo—
tanto como las posibles repercusiones
internacionales que podrían producirse
si intentaba seguir adelante con la
captura. Pareció reflexionar
detenidamente sobre estas cuestiones, y
esto puso punto final, así lo creí, a la
propuesta. Mi ingenuidad me cegó ante
el hecho básico de que la mayoría de los
funcionarios consideraban a los gorilas
como artículos de trueque utilizables
siempre que fuera bien para objetivos
materiales o políticos. Los cargos
relacionados con la conservación
estaban ocupados por personas no
capacitadas, o insensibles a las
complejidades de la protección de la
fauna o del parque frente a los cazadores
furtivos autóctonos o las delegaciones
internacionales. En los tres países que
comparten los Virunga, los gorilas nunca
fueron una prioridad de la conservación.
Las vacaciones iban acompañadas de
gran cantidad de antílopes, búfalos y
elefantes sacrificados. Que yo supiera,
sin embargo, ningún gorila se había
visto afectado de manera directa por las
repetidas intrusiones de los cazadores
furtivos. En febrero de 1969, la
investigación y la habituación de los
grupos de estudio de Kariseke marchaba
sobre ruedas. Incluso la invasión del
parque por vacas y personas había
disminuido considerablemente. Y así
andaban las cosas cuando el 4 de marzo
me llega al campamento un amigo de la
ciudad más cercana, Ruhengeri, para
decirme que los cazadores furtivos
habían capturado un gorila joven, unas
seis semanas antes, y que ahora estaba
preso en una pequeña jaula metálica en
la oficina del conservador.
Al punto bajé de la montaña y me dirigí
a las viejas y laberínticas
construcciones cuarteladas que servían
de oficina a los innumerables
funcionarios vinculados con el parque
en aquellos días. En la pequeña y
descubierta plaza de la fachada
posterior del desvencijado edificio
había una serie de cobertizos, el mayor
de los cuales servía ahora de garaje al
nuevo Land Rover del conservador.
Escondido entre el vehículo y un montón
de madera había una caja, como un
ataúd, rodeada de un enjambre de gente
riendo, niños sobre todo. Una jaula
metálica yacía cerca, abandonada.
Apartando a los insolentes críos,
descorrí poco a poco el cerrojo de la
puerta de la caja para ver al cautivo, que
se había retirado tan al fondo del oscuro
interior como le fue posible. La cerré en
seguida de un portazo; mientras tanto la
gente se apiñaba alrededor riendo
estrepitosamente ante una injusticia que
no comprendían.
Llevé la caja al despacho del
conservador, donde reinaba una relativa
tranquilidad. Contra sus deseos, abrí la
puerta del ataúd, esta vez para dejar
salir a la cría. La pequeña bola de
pelusa se precipitó hacia delante como
un rayo. Y antes de que el conservador
pudiera moverse, le había clavado los
dientes en la pierna. A continuación
corrió hacia las ventanas, donde la gente
se había concentrado para aplaudir
ruidosamente aquella acción. El
asustado gorilita golpeaba los vidrios
con tal fuerza que tuve por cierto que los
haría pedazos. Arrojaba charcos de
excrementos diarreicos al tiempo que
corría de aquí para allá entre las
ventanas, y por su estado de
deshidratación, se detuvo a lamerlos.
Con un cenicero lleno de agua, conseguí
atraerlo a la caja.
Sin más preámbulos, y deseando por
encima de todo llevarme a la cría al
campamento en cuanto fuera posible,
pregunté al conservador cómo había
conseguido el gorila. Cada minuto que
pasaba hablando, era quitarle un minuto
de vida, eso si llegaba a sobrevivir. Sin
ninguna vergüenza, el conservador
admitió haber pedido al principal
cazador furtivo del parque,
Munyarukiko, que organizara una partida
para capturarlo. Qué dinero enjugó qué
manos en este asunto, no lo sé ahora, ni
me preocupó entonces. Aquellos sujetos
subieron al monte Karisimbi y eligieron
al azar un grupo que tuviera un pequeño.
Después supe que habían muerto diez
gorilas de ese grupo en la cacería.
El animal fue atado con alambre de
brazos y patas a una pértiga de bambú, y
lo transportaron a una aldea próxima al
límite del parque. Mantenido durante
dos semanas en una jaula metálica
especialmente construida, que los
guardas tenían a punto, sin espacio para
ponerse en pie o darse la vuelta, fue
alimentado con maíz, plátanos y pan
hasta ser traído a Ruhengeri. Allí lo
trasladaron a la caja de madera en forma
de ataúd y añadieron sopa a su menú
porque estaban preocupados por su
estado y no acertaron a hacer nada
mejor.
Nunca entenderé cómo el huérfano se las
arregló para sobrevivir en un rincón de
la jaula con tan exigua dieta y con
aquellas heridas, ahora infectadas,
producidas por las ataduras de alambre.
De algún modo había descubierto una
razón para vivir dos semanas más en
Ruhengeri, hasta que oí hablar de él. No
deseando perder más tiempo en la
oficina del conservador, le comuniqué
que iba a llevarme al pequeño conmigo
al campamento. No puso ningún reparo a
ello; parecía más que feliz cargándome
la responsabilidad del destino del
cautivo; o sea, su muerte casi segura.
Las necesidades más inmediatas del
pequeño eran líquido, vitaminas y
glucosa, si bien mi intención era
ofrecerle cuanto antes vegetación
natural. Por desgracia, para conseguir
los medicamentos necesarios hube de ir
a Kisoro, Uganda, retrasando así otro
día el viaje del gorila a las montañas y
al campamento.
Lily (el Land Rover) consiguió
transportar la caja lejos del ruido de
Ruhengeri, a la casa relativamente
tranquila de una pareja de europeos que
vivían bastante cerca de los límites del
parque, a los pies del Visoke. Una vez
allí, puse el gorila en el parque de los
niños y lo cerré con clavos, en
preparación de la caminata del día
siguiente hasta el campamento. El
traslado de un alojamiento al otro —
motivo de tensión— conllevó un cortejo
de gritos de la cría, gritos de rabia y
temor, pues estaba pasando otra penosa
experiencia. Una vez en el parque, le di
unos trozos de ortiga y de Galium, que
comió en seguida; luego, agotado, se
sumió en un profundo sueño. Dormí
junto al parque para confortarlo cuando
gritaba en sueños.
Durante esa larga noche, tomé la firme
decisión de que, si vivía, le devolvería
la libertad, muy posiblemente en el seno
del grupo 8, en vez de permitir que lo
metieran en otra jaula en el zoo de
Colonia. Calculaba que tendría entre
tres y cuatro años de edad —lo bastante
mayor para poder sobrevivir en la
naturaleza bajo la protección de gorilas
adultos—. Era una hembra y le puse el
nombre de Coco en memoria de otra, ya
vieja, del grupo 8 que había fallecido,
hacía poco, de muerte natural.
A la mañana siguiente comenzaba la
segunda etapa del viaje de la pequeña
Coco. Los cuarenta minutos de
conducción por la desigual carretera de
lava, desde la casa de los europeos
hasta la base del Visoke, fueron de
agonía. La pequeña gritó de sufrimiento
y miedo durante casi todo el traqueteante
recorrido del camino. En la base de la
montaña contraté ocho porteadores, que
hicieron turnos para llevar el parque de
niños hasta el campamento. Una vez
hubimos subido la primera y abrupta
pendiente, fuera del ruido de las
shambas, y alcanzamos el otro extremo
del túnel de roca. Coco manifestó un
vivo interés por el familiar entorno
boscoso. De vez en cuando emitía
lastimeros quejidos como los que dejan
oír los gorilas en la naturaleza cuando se
ven separados de su madre. Me
preguntaba si la cría recordaría la vida
que había conocido antes de su captura.
No podía hacer nada para consolarla,
sólo vocalizaciones tranquilizadoras y
periódicas paradas para echarle algo de
vegetación en el parque durante las
cinco horas de subida al campamento
por la fangosa y resbaladiza pista de
elefantes que hace las veces de sendero.
El personal de Karisoke había
preparado la segunda habitación de mi
cabaña para recibir a la cautiva. En una
nota enviada al campamento por un
porteador, pedí que clavaran tela
metálica en las ventanas con el fin de
proteger los vidrios, así como a Coco, y
que instalaran también una puerta de
alambre entre su habitación y la mía.
Pedí, además, que cubrieran el suelo del
cuarto con vegetales comestibles y
vegetación apta para construir un nido, y
que calzaran pimpollos de Vemonia
entre el piso y el techo para que pudiera
trepar. Para cuando Coco y yo
arribamos al campamento, la habitación
había quedado convertida en una copia
en miniatura del hábitat de un gorila.
«¡Chumba tayari!» Los hombres me
gritaban, excitados, que el cuarto ya
estaba a punto, mientras la fila de
porteadores se perfilaba en el prado del
campamento. A fe que me quedé
impresionada por la transformación que
gracias a sus esfuerzos había sufrido la
cabaña. En el interior colocaron dos
cazuelas con agua y grandes piedras
para que la deshidratada cautiva no
pudiera beber demasiado de una vez.
Luego, con muchos gritos y órdenes en
kinyarwanda, los porteadores
consiguieron hacer pasar el parque de
niños por las puertas de la cabaña y
depositarlo entre los árboles que a la
sazón brotaban entre las tablas del
suelo. De repente, me quedé a solas con
la cría en medio de una deliciosa calma.
Con cautela, levanté la tapa del parque
sin saber bien qué reacción esperar.
¿Sería una cría tímida, agresiva o
aletargada? Me emocioné cuando Coco
abandonó de inmediato el parque de
niños y avanzó, aturdida, por la
vegetación, pasando la mano por hojas y
tallos como si se asegurase de que eran
reales. Por su estado de debilidad, hizo
sólo un débil intento de pavonearse
junto a mí para indicar que se proponía
hacerse cargo de esta nueva situación.
Entonces se puso en pie, me miró
fijamente durante casi un minuto y luego,
muy indecisa, gateó hasta mis rodillas.
Sentí deseos de abrazarla, pero me
abstuve de hacerlo por temor a
comprometer el primer atisbo de
confianza que había podido depositar en
un ser humano.
Coco se instaló en mi regazo, tranquila,
por unos minutos y al rato se dirigió a un
largo banco debajo de las ventanas que
dominaban las cercanas laderas del
Visoke. Con grandes dificultades se
subió a él y contempló las montañas. De
pronto empezó a sollozar y derramar
verdaderas lágrimas, algo que nunca vi
hacer a un gorila, ni antes, ni después.
Por último, cuando creció la oscuridad,
se hizo un ovillo en un nido de
vegetación que yo le había preparado y
lloriqueó dulcemente hasta dormirse.
Tenía que ausentarme de la cabaña
durante una hora más o menos, pero
confiaba en encontrarla durmiendo
todavía a mi regreso. Al abrir la puerta,
en vez de eso me encontré con el caos
más absoluto. La estera «a prueba de
gorilas» que los hombres habían
clavado sobre la despensa del
campamento, con las provisiones
almacenadas en estantes a lo largo de
una de las paredes de la habitación de
Coco, había sido arrancada. En medio
de una mare mágnum de latas y cajas
abiertas, Coco, sentada, probaba con
satisfacción azúcar, harina, jamón, arroz
y tallarines. Mi momentánea
consternación ante los estragos que
había ocasionado dio en seguida paso al
placer de ver que había tenido la
curiosidad y la energía para crear
semejante revoltijo.
Durante los dos días siguientes, Coco
ingirió cantidades cada vez mayores de
vegetación natural, Galium, cardos y
ortigas, y —después de un choque de
voluntades— aceptó una mezcla de
leche con todos los medicamentos que
yo consideraba esenciales para su salud.
No obstante, seguía gritando con
frecuencia, sobre todo cuando miraba
por la ventana de su cuarto. Un día se
oyeron las vocalizaciones del grupo 5
procedentes de las laderas contiguas al
campamento, haciendo que Coco se
excitara más que nunca. Y aunque de
inmediato puse la radio a todo volumen
para apagar los sonidos del grupo, Coco
siguió mirando hacia las laderas durante
la mayor parte del día, lloriqueando
suavemente, sabiendo que sus propios
congéneres andaban por allí cerca.
Al tercer día, la parcial satisfacción de
la cría con su nuevo medio disminuyó
bruscamente. El mismo tipo de
transición se presentó en todos los
gorilas recién capturados que conocí.
Todos parecen tener mucho coraje y
voluntad de sobrevivir, pero el trauma
brutal de la captura, combinado con la
negligencia física de los capturadores,
es con frecuencia muy difícil de superar.
La ayuda, por lo general, llega
demasiado tarde. Coco dejó de comer
por completo y sus excrementos
rezumaban charcos de un líquido
sanguinolento. Permanecía acurrucada
en un montón de vegetación para anidar,
temblando sin ningún control. Nada de
lo que yo hacía, incluida la
reproducción sonora de registros en
cinta de otros gorilas, conseguía
sacudirla de ese letargo semicomatoso.
La atiborré de antibióticos, pero no
había indicios de respuesta a ninguna de
las medicaciones y continuaba
consumiéndose a un ritmo preocupante.
Al sexto día de permanencia en el
campamento, la llevé a dormir conmigo
para pasar lo que suponía sería su
última noche de vida. Calor y seguridad
era todo lo que yo podía darle. A las
cinco de la madrugada, en vez de verme
con un cadáver en los brazos, me
encontré a Coco todavía con vida y a
ambas tumbadas en una cama empapada
de excrementos diarreicos. Como
parecía algo más animada, abrigué la
esperanza de que pudiera haber
superado la crisis durante la noche.
Después de suministrarle la medicación,
la saqué afuera, a un gran recinto de
alambre contiguo a su habitación, para
que pudiera tomar el sol. La puerta entre
el cuarto y la jaula estaba cerrada, de
modo que pudimos limpiar hasta el
último centímetro de su cuarto para
ponerle arbolitos y vegetación fresca.
Mientras estábamos trabajando, oí de
repente voces de porteadores que se
acercaban. Salí corriendo y vi a seis
hombres que llevaban lo que parecía un
enorme barril de cerveza, suspendido
entre dos largas pértigas aguantadas a
hombros. El porteador de cabeza me
entregó una nota de un amigo de
Ruhengeri que había subido a ver a
Coco cuando estuvo tan terriblemente
enferma. «Han capturado otro gorila.
Quieren que lo cuides, pero no saben
cómo hacértelo llegar, así que he
improvisado esto. Espero que todo vaya
bien con el primero. Dudo que éste
sobreviva.»
Cavilosa, pagué a los porteadores e hice
que trajeran el barril al cuarto de Coco,
dejando a ésta afuera, en el soleado
parque de niños. Me parecía más que
probable que, dos semanas antes, el
conservador estuviera ansiando
deshacerse de Coco por creerla
prácticamente muerta. No sería de
extrañar que hubiera hecho capturar un
segundo gorila para complacer al
zoológico de Colonia. Mucho después
supe que éste también había sido
capturado en el monte Karisimbi, pero
en un grupo distinto del de Coco. El de
ahora provenía de un grupo de ocho
animales y, como los del grupo de Coco,
todos habían muerto al intentar defender
al joven.
Retiré los clavos del barril. A
diferencia de Coco, el recién llegado se
negó a dejar el recipiente y permaneció
acurrucado en lo más hondo. Aunque
traje a Coco a la habitación para que
sirviera de señuelo, el nuevo animal no
reaccionó, de modo que los dejé solos y
observé sus reacciones desde mi cuarto.
Coco mostró gran curiosidad por él y
miraba a hurtadillas dentro del barril,
emitiendo suaves gruñidos siempre que
el recién llegado se movía ligeramente.
De vez en cuando, se tendían la mano
uno a otro, que retiraban rápido cuando
estaban a punto de tocarse.
Sin embargo, el cautivo no manifestaba
intención alguna de salir del barril. Por
último, fui a la habitación, puse el barril
de lado y lo vacié con suavidad sobre el
piso cubierto de vegetación. Me
horrorizó ver que la joven hembra, a la
que eché de cuatro y medio a cinco años
de edad, estaba mucho más demacrada
de lo que Coco había estado. Rezumaba
pus por las heridas, al parecer de panga,
de la cabeza, muñecas y tobillos, y de
profundos cortes donde, evidentemente,
había estado atada con alambre. Por la
amplitud de las infecciones y su
desmedro, juzgué que había sido
capturada más o menos al mismo tiempo
que Coco, pero que debió pasar casi una
semana más con sus capturadores.
Ante mi presencia, la nueva cautiva se
retiraba lo más lejos posible y se
acurrucaba en un rincón oscuro debajo
de la mesa. Coco comenzó a pavonearse
de aquí para allá delante de ella, una
forma de locomoción muy típica de los
gorilas durante los preámbulos. Me
complació ver a Coco, a sólo unas horas
de su gravísima enfermedad, mostrar un
renovado interés por la vida, si bien
dudé de que Pucker, que en inglés
significa «fruncido» —nombre que se
ganó por su malhumorada y abatida
expresión facial—, llegara a manifestar
en algún momento semejante vitalidad.
Traje apios frescos, cardos, Galium y
una bandeja de moras silvestres
recogidas por el personal del
campamento. Pucker mostró una chispa
de interés por los familiares alimentos,
pero, quizá porque evocaban recuerdos
del pasado, comenzó a emitir gritos
lastimeros, quejumbrosos, exactamente
igual que había hecho Coco en la misma
situación. Como si se condoliera de la
reacción del recién llegado, Coco
lloriqueó y frunció los labios como
respuesta y luego fue a escoger algunas
moras maduras del montón. Dejé la
habitación para observarlas por la
puerta de alambre. Pucker se acercó
poco a poco a la fruta para coger,
vacilante, una mora. Hubo una breve
disputa a gruñidos entre ambas mientras
vivían su primera experiencia de
«compartir». Acto seguido,
agarraron cuantas moras les cupieron en
las manos y se llevaron el botín a
rincones opuestos del cuarto para
comérselo, mientras proferían suaves
gruñidos. Supe entonces que el competir
entre ellas podía muy bien ser el secreto
de su supervivencia.
Ese primer día de conocimiento mutuo
fue una combinación de comportamiento
levemente antagonista con una patética
conciencia de la necesidad que tenían
una de otra. Al final de la jomada, sin
embargo, se apretaban en un único nido,
proferían blandos gritos y se dormían en
un estrecho abrazo.
Tres días pasaron antes de que lograra
persuadir a Pucker de que aceptara la
misma leche reforzada que le daba a
Coco; y entonces lo conseguí sólo
porque la pequeña estaba cayendo en el
mismo peligroso estado de letargia en
que había caído Coco a su llegada al
campamento. Existían otras dos
similitudes entre las dos cautivas; igual
que Coco, Pucker aceptó de buena gana
la vegetación natural y tomó gusto a los
plátanos. Su afición a los plátanos, fruta
que no crece silvestre en los volcanes
Virunga, denotaba que habían sido
mantenidas por los cazadores furtivos el
tiempo suficiente para desarrollar cierta
inclinación a la exótica fruta que les
proporcionaban sus capturadores.
Durante la fase crítica de la enfermedad
de Pucker, Coco multiplicó
considerablemente su dependencia de mí
para que la abrazara, la cogiera y jugara
con ella. Si sus demandas de atención no
eran satisfechas de inmediato, su
gimoteo se tomaba ruidoso; cogía tales
rabietas de mal genio que Pucker, desde
su retirado nido en lo alto de un estante
vacío, emitía vocalizaciones eructivas
como si tratara de consolar a la joven
cautiva. El estímulo constante de la
presencia de Coco y su absoluta
aceptación de mi persona dieron a
Pucker el incentivo necesario para
superar buena parte de su abatimiento.
Recuperó poco a poco el interés por la
comida, e incluso demostraba ánimo
suficiente a la hora de defender su
ración de exquisiteces gastronómicas
cuando Coco trataba de quitárselas.
A decir verdad, fueron días difíciles.
Para empeorar las cosas, el nuevo
cocinero renunció cuando le pedí que
me ayudara a preparar la receta y a
esterilizar botellas. Me hizo saber,
arrogante, en swahili, que «yo soy un
cocinero para europeos, no para
animales». Varios más en el
campamento estuvieron a punto de
marcharse por las continuas exigencias
de alimentos frescos del bosque y la
limpieza de los excrementos, aún más
frescos, del cuarto. Mutarutkwa, que
todavía apacentaba ilegalmente sus
vacas en el parque a cierta distancia del
campamento, fue de gran ayuda en
aquella época.
Un día, un rastreador joven, Nemeye, y
yo habíamos salido a lo que era nuestra
cotidiana, y exigente en cuanto a tiempo,
tarea de buscar las moras más grandes,
jugosas y maduras —un producto escaso
aun en plena temporada—, cuando nos
cruzamos con Mutarutkwa. Después de
observar nuestros inexpertos esfuerzos
durante un rato, el mututsi dio un brinco
de gacela y desapareció en el espeso
matorral. Al cabo de media hora, tiempo
en que Nemeye y yo apenas habíamos
reunido una docena de moras, ya estaba
de vuelta el espigado pastor tan
silencioso como se había ido. Con una
sonrisa tímida, extendió sus manos hacia
nosotros. Cada una de ellas contenía
grandes hojas de Lobelia llenas de las
más lozanas y magníficas moras que
jamás yo haya visto. Perpleja y
agradecida, las acepté. Fueron sólo las
primeras de las muchas que Mutarutkwa
tuvo el placer de proporcionamos para
los gorilas cautivos, ahorrando a los
residentes del campamento horas y horas
de búsqueda en el bosque.
Por suerte, Coco había cogido gusto a la
taza de leche medicinal que le daba tres
veces al día; y no sólo a la suya, sino
también a la ración de Pucker. Ésta no
acababa de entender el ansia de Coco
por aquella pócima que ella —era
notorio— encontraba asquerosa. De
nuevo, la pugna resolvió el problema. A
más empecinamiento de Coco por la taza
de leche de Pucker, empujando y
gruñendo, más enérgicos los esfuerzos
de Pucker por defenderla. Finalmente,
con muy malas caras, Pucker se bebía el
reforzante antes de que Coco
consiguiera llegar a él.
Agradecí en el alma la ayuda
involuntaria de Coco porque, aun
después de ocho días, a Pucker no le
gustaba todavía que la tocara y ni
siquiera se me acercaba, en franco
contraste con el comportamiento inicial
de Coco. Pucker, que debía ser un año
mayor que Coco, se deprimió y encerró
mucho más en sí misma con los cambios
ocasionados por su captura. Y a pesar
de mis constantes promesas
tranquilizadoras de que no iba a sufrir
más daños, permanecía muy temerosa,
sobre todo cuando se oía o se observaba
gente muy cerca del cuarto de las
pequeñas o de la jaula exterior.
La primera vez que Pucker se me acercó
fue con el pretexto de «proteger» a
Coco, que iba a distraerse cada vez más
con el rudo y turbulento juego de
arrancar la estera de la pared y el techo.
Coco había descubierto que la estera era
desmenuzable y masticable, y que su
empeño en tales actividades le permitía
acceder a todo el techo de la cabaña.
Costó varias semanas reforzarlo lo
suficiente para poner coto a sus
esfuerzos exploratorios y devolver mi
media cabaña a su original condición
libre de orines.
Cuando tenía que persuadir
mañosamente a Coco de que abandonara
las consabidas diabluras, Pucker
intentaba que la pequeña se alejara de
mí con carreras y gruñidos, sin omitir
golpes y suaves mordiscos a mis
piernas. Diríase que lo único que quería
era participar en el juego, o quizá que la
abrazara, aunque rechazaba de plano
confiar en mí hasta tal medida. Este
comportamiento celoso y un tanto
«neurótico» me parecía conmovedor. Lo
justificaban, sin duda, las terribles
experiencias de su captura y posterior
confinamiento en manos de sus
apresadores. Con un gran sentimiento de
culpabilidad, continué centrando mi
atención en Coco, no sólo porque lo
pedía, sino también en un esfuerzo por
sacar a Pucker de su estado de
introversión. Estaba convencida de que,
a la larga, la pugna por llamar la
atención iría tan bien como la
desarrollada por la comida.
Una noche, casi dos semanas después de
su llegada, Pucker se acercó
sigilosamente a Coco y a mí cuando
jugábamos en un banco de su cuarto.
Pucker agarré a Coco por un brazo,
intentando arrancar a la sonriente
jovencita de mis rodillas. Cuando Coco
se negó a moverse, Pucker,
relamiéndose de inquietud, trató de
quitar una de mis manos del cuerpo de
aquélla. Con suavidad, empecé a
acariciar a Pucker. Ésta retrocedió al
instante, con el cuerpo envarado,
temerosa, y apartó la cabeza. Al
tocarme, como mínimo había hecho un
tímido intento de acercamiento a un ser
humano. Durante dos días persistió en
esta actitud y me arañaba ligeramente
las manos siempre que cogía a Coco.
Intentaba aplicarle la medicación para
curarle las heridas de las manos, muy
infectadas, cuando la tenía cerca, pero
casi siempre se escabullía y me retiraba
su confianza durante el resto del día.
Llegó por fin el día en que Coco estuvo
bastante recuperada para permitirle
moverse libremente por las arboledas y
calveros de los alrededores del
campamento. Pucker aún no había
sanado lo suficiente de sus heridas, y
dudaba de mi control sobre ella. En
nuestra primera aventura fuera de la
cabaña, tuve que llevar a Coco a las
espaldas, pues parecía amilanada por la
enorme extensión de espacio abierto que
la rodeaba. Ni siquiera cuando nos
sentamos en un gigantesco tronco de
Hagenia cargado de Galium y otras
suculentas para gorilas, se animó a dejar
mi regazo..
Esa reintroducción de treinta minutos a
la «naturaleza» no nos llevó a más de
cincuenta metros de la cabaña. Pucker,
que había salido a la jaula exterior para
vemos marchar, empezó a gimotear
suavemente. Según nos alejábamos, los
gemidos se convirtieron en ruidosos
sollozos rematados por chillidos y
alaridos. Tuve que volver mucho antes
de lo previsto, aunque Coco parecía
ignorar los gritos de Pucker. El
berrinche amainó con mi obediente
retomo, pero, cosa muy típica de Pucker,
nuestra reaparición mereció total
indiferencia al tiempo que fingía un
inusitado interés por la comida. Este
comportamiento podía resultar cómico
por su similitud con el de los niños
mimados; estaba convencida de que era
el reflejo de una profunda sensación de
desamparo.
Salí con Coco a solas varios días más,
siempre con el acompañamiento de
gritos y alaridos de Pucker desde la
cabaña. Coco se acostumbró en seguida
a los alrededores del campamento;
ambiente, por cierto, no muy propio de
un gorila, integrado fundamentalmente
por prados abiertos, regañonas gallinas
y mi siempre paciente y juguetón perro,
Cindy. A Coco le encantaba correr
detrás de las gallinas y agarrarlas por
las plumas de la cola en cuanto se
descuidaban. También le entusiasmaba
montar a cuestas de Cindy, y perseguirla
dando vueltas y más vueltas hasta que se
desplomaban, mareadas, en un agotado
amasijo de pelo negro y leonado.
Una mañana en que ya tenía decidido
sacar a las dos pequeñas fuera, se
presentaron, sin previo aviso, los
guardas del parque. Coco y Pucker
estaban en el patio exterior cuando
llegaron los guardas metiendo mucho
ruido y armados de lanzas y escopetas.
Aterradas, las crías volaron hacia su
habitación, treparon al estante más alto y
allí permanecieron abrazadas todo el
resto del día. Los guardas pidieron que
les devolviera de inmediato los gorilas
para enviarlos al zoo de Colonia. Al
cabo de una hora conseguí
desembarazarme de los intrusos, al
convencerles de que los gorilas aún no
estaban en condiciones de partir —la
verdad, al menos en el caso de Pucker
—. Pasaron dos días antes de que,
valiéndome de todos los mimos
posibles, pudiera sacar a las pequeñas
de la habitación.
Al fin estaban bastante recuperadas para
divertirse a sus anchas, en la libertad
relativamente ilimitada de su hábitat
natural, con Cindy como segura y
complaciente mascota. El sempiterno
bueno humor de Cindy y su carácter
juguetón conquistaron la confianza plena
de Coco y Pucker. Eso es algo que me
dejó muy impresionada, porque, sin
duda alguna, los cazadores furtivos
habían empleado perros durante la
captura de los gorilas. La capacidad de
las pequeñas para aceptar a una persona
y a un perro después de la brutal
aventura vivida, me pareció
extraordinaria. Quizás una razón de que
las cautivas aceptaran tan pronto a
Cindy fue que ésta, que no había visto a
otro perro en los dos años largos desde
su llegada al campamento, había
olvidado cómo ladrar. Ello, sumado a su
docilidad, reducía aún más el parecido
entre mi perro y aquellos otros con los
que a buen seguro las pequeñas se
habían tropezado.
Cuando estuvieron curadas del todo para
poder jugar, Cindy pasó una temporada
«de perros» capeando su alegría. La
pellizcaban, la mordían con suavidad, le
daban golpes, se montaban encima de
ella, la empujaban, le arrancaban pelos
del morro, la olían, mamaban de ella, la
perseguían y casi la despedazaban
durante las salvajes sesiones de juego al
aire libre. Hubo veces que me pregunté
si Cindy se veía como gorila o como
perro. Para ella, la diferencia más
palmaria debía hacérsele dolorosamente
patente cuando Coco y Pucker se
encaramaban a los árboles, dejándola en
el suelo, agarrada con firmeza al tronco
con toda su inadecuada impedimenta
corporal.
El rato pasado al aire libre con los
gorilas y Cindy constituía el momento
culminante de los días en que el estado
del tiempo permitía tales excursiones
fuera de la cabaña. Las cautivas nunca
superaron la aprensión a los extensos
prados que circundan el campamento,
pero no quedaba más remedio que
atravesar esas zonas descubiertas para
llegar a los montículos boscosos que
tantas posibilidades ofrecían para jugar
y trepar, además de variedad de
alimentos. Había docenas de esas
arboledas bastante accesibles desde el
campamento; pues bien, tanto para ir
como para volver tenía que llevar casi
siempre a Coco en brazos, mientras
Pucker insistía en ir a cuestas o en
pegarse a una de mis piernas. El peso
combinado de ambas, una vez estuvieron
completamente recuperadas, sumaba
unos cincuenta kilos, inquieta carga que,
desde mi punto de vista, convertía el
trayecto de los prados en una angustiosa
caminata.
Intenté animar a Coco a que se valiera
de sus propias patas, pero era como
intentar enseñar a un elefante a volar. Si
se quedaba atrás, por lo general
empezaba a gritar, emitiendo una serie
de quejumbrosos y apagados hu hu hu
que poco a poco iban in crescendo hasta
convertirse en aullante rabieta; lo cual
me obligaba a volver sobre mis pasos
para cogerla. Pucker era mucho más
independiente y, como sospechaba, no
tenía un control absoluto sobre ella.
Desde el primer día que salió de la
cabaña, Pucker se quedaba a menudo
mirando fijamente las laderas de la
montaña con una expresión de nostalgia
que parecía teñida de disimulo. Era
como si se diera perfecta cuenta de que
los gorilas no frecuentan los prados,
sino que permanecen en la densa
vegetación de las laderas o en el
bosque. El conflicto interno de Pucker
afloró un día en que se oyó una ruidosa
algarabía procedente del grupo 5, allá
en lo alto, en las laderas que dominan el
campamento. Y, por supuesto, no tenía
una radio a mano para ahogar las
vocalizaciones.
Sin titubeos, Pucker arrancó a correr
montaña arriba en dirección al sonido.
Coco la siguió de buena gana. Para
cuando las alcancé, ya habían empezado
a subir la ladera; como turistas,
escogieron el camino más visible, en
este caso una senda de elefantes muy
frecuentada. Coco, que había conseguido
ponerse en cabeza, se detuvo ante la
primera huella de elefante, inmensa,
llena de agua; a punto estaba de
volverse cuando Pucker, al ver que me
acercaba sigilosamente por detrás, le
dio un fuerte empujón que la envió de
cabeza a la fangosa charca. Eso era
cuanto Coco necesitaba para salir a
escape hacia mí. Poco podía hacer ya
Pucker sino seguirla.
Aun sin oír la algarabía del grupo 5,
Pucker persistió en el empeño de
llevarse a Coco hacia la falda de la
montaña. Por suerte, a ésta podía
sobornarla fácilmente con plátanos para
que volviera a mí; siempre llevaba una
buena provisión de ellos en los
bolsillos.
Un día, mientras paseábamos por una
zona nueva, Pucker salió corriendo, de
rebato, hacia un grupo de Hagenia en el
lindero del bosque que conduce a la
montaña. Coco saltó de mis brazos en
rápida persecución —lo cual se salía de
la norma—. Pensé que huían hacia la
montaña, y ya estaba sacando a toda
prisa los plátanos cuando las vi
detenerse debajo de uno de los árboles
más grandes. Escudriñaban en el árbol
como niños que miran por la chimenea
la víspera de Navidad. Nunca las había
visto tan fascinadas con un árbol, ni
pude averiguar qué las atraía con tanta
fuerza. Acto seguido, empezaron a
trepar, frenéticas, por el enorme tronco,
dejándome, si cabe, más perpleja. Se
detuvieron a unos nueve metros del
suelo, se intercambiaron unos gruñidos y
se lanzaron a morder, con avidez, una
gran ménsula de hongos. Ya antes me
había percatado de esas masas, a modo
de anaqueles, que sobresalen de los
troncos de Hagenia y recuerdan mucho a
un champiñón superdesarrollado y
solidificado. No abundan en el bosque,
son más bien raras, y hasta que me hice
con Coco y Pucker nunca había
observado a los gorilas interesarse por
ellas. Por mucho que se esforzaron, ni la
una ni la otra consiguieron arrancar el
hongo de su lugar, de modo que hubieron
de contentarse con morderlo a trozos.
Media hora después sólo quedaban
vestigios. Bajaron de mala gana, y
mientras caminábamos se volvían
anhelantes a mirar el árbol con aroma a
hongo. Huelga decirlo, al día siguiente
pedí a todo el mundo en el campamento
que fuera a buscar hongos de esa
especie al bosque.
Otro alimento raro que suscitaba riñas
entre Coco y Pucker era el parásito
Loranthus luteo aurantiacus. Por fortuna
para los gorilas, el personal del
campamento sabía dónde encontrar
sobrada provisión de este manjar.
Aunque por mis investigaciones con los
gorilas sabía que a menudo sacaban
larvas y gusanos de la parte interior
hueca y muerta de los tallos, me
asombró ver que las dos cautivas
pasaban por alto exquisiteces como, por
ejemplo, las moras, para buscar gusanos
y orugas. Con frecuencia, .parecían
saber con exactitud dónde desprender la
corteza de los troncos vivos o muertos
para hallar larvas en abundancia.
Mientras lamían un fragmento de corteza
hasta dejarlo limpio, ronroneando de
satisfacción por el festín, ya arrancaban
otro en busca de fuentes proteínicas más
recónditas. En cuanto descubrían un
gusano, lo cortaban de inmediato por la
mitad —espectáculo bastante repugnante
— y masticaban, entusiasmadas, cada
uno de los trozos, aunque no siempre los
ingerían. Al ver que Coco y Pucker
ansiaban estos alimentos, incorporé una
hamburguesa cocida a su dieta, que se
comían antes que cualquiera de sus
apreciados frutos y hojas.
La libertad de las dos jóvenes se hacía
extensible a la seguridad de su cuarto,
donde tres veces al día se introducían
todos los alimentos naturales de un
gorila, además de los medicamentos
acostumbrados.
Por regla general, la pareja se levantaba
por propia iniciativa a las siete de la
mañana; y no paraban mientes en
hacerme saber que estaban despiertas,
golpeando con gran estrépito la puerta
de alambre que había entre nuestros
cuartos. Después de un intercambio de
abrazos a tres bandas, deseándonos los
buenos días, les servía sus respectivas
leches medicamentosas en sendas tazas
independientes, sujetas a la tapa del
parque de niños. Luego arrojaba
alimentos como plátanos y moras
silvestres al patio exterior para vernos
libres de las pequeñas mientras
fregábamos el piso, los estantes del
cuarto y retirábamos cuantos fragmentos
de vegetación y demás residuos hubieran
quedado del día anterior. Durante ese
rato, otros miembros del personal
recogían plantas frescas con fines
nutritivos y de nidificación; así es que
cuando la puerta de paso se abría de
nuevo, los gorilas podían volver a un
«bosque fresco», aunque, eso sí, con
cierto olor a desinfectante.
Si el cielo estaba encapotado o hacía
frío, pasaban una hora comiendo
tranquilamente y luego se construían el
nido con la vegetación nueva. Si estaba
soleado, pedían que las sacara al aire
libre, donde podían desatar la energía
reprimida, luchando, persiguiéndose y
trepando a los árboles.
Entre las doce y media y la una del
mediodía las traía de vuelta a la cabaña
para repetir la rutina de primera hora de
la mañana: medicación, comida favorita
y vegetación fresca. Las actividades de
la tarde las dictaba asimismo el estado
del tiempo, aunque las muy canallas
preferían descansar durante esa parte
del día. A las cuatro de la tarde sustituía
la vegetación vieja por otra nueva, con
pilas de frondosos arbolitos de Vemonia
para mí, más tarde para ellas, como
material de nidificación nocturna. El
programa de las cinco era prácticamente
idéntico, con la salvedad de que a las
jóvenes se las dejaba tranquilas durante
una hora para comer. Durante ese rato,
sus canturreos de satisfacción y
vocalizaciones eructivas casi apagaban
el ruido que procedía de mi máquina de
escribir en la habitación contigua, lo que
prestaba un aire de serenidad y regocijo
al ya muy próximo ocaso del día.
Una vez habíamos comido las cuatro,
Cindy incluida, hacíamos temblar la
estructura de la cabaña persiguiéndonos,
retozando y luchando en el mini bosque
de su cuarto. Recuerdo aquellas horas
entre las más felices que haya conocido
en el campamento, porque Pucker, un
tanto inhibida durante el día cuando
había más gente alrededor de la cabaña,
se tornaba exuberante y bulliciosa
mientras estábamos las cuatro juntas, a
solas.
En esos períodos de esparcimiento,
aprendí muchas cosas sobre el
comportamiento de los gorilas que no
había advertido antes en los animales en
libertad, por no estar todavía éstos
habituados por completo a mi presencia.
Hacerse cosquillas la una a la otra
provocaba risas estrepitosas y
prolongaba además las sesiones de
juego. A modo de prueba, intenté
primero hacer cosquillas a Coco, y
como la respuesta fue muy favorable, lo
intenté también con Pucker. Al cabo de
unas semanas cambié de método; pasé
de las «cosquillitas» suaves a las más
atormentadoras cosquillas que hacen los
padres y los abuelos cuando hurgan, con
un dedo incordiante, el ombligo de un
chiquillo.
Más adelante tuve ocasión de
cosquillear —de igual manera— a
gorilas jóvenes que vivían en libertad, y
obtuve la misma respuesta regocijada
que dieron Coco y Pucker. Esto lo hacía
muy de vez en cuando, pues el
observador no debe interferir en el
comportamiento de los sujetos salvajes.
Cuando me parecía que estaban
cansadas de tan agotadoras sesiones,
partía los extremos frondosos de las
ramas de Vemonia para colocarlas sobre
lechos frescos de musgo en el anaquel
más alto. Esta operación marcaba el
momento en que las pequeñas debían
irse al nido nocturno. Transcurridas unas
siete semanas, Coco y Pucker eran
capaces de construir sus propios nidos y
elegían las ramas más pobladas como
material de construcción. Ése era
exactamente el tipo de comportamiento
independiente que estaba esperando,
condición indispensable para poder ser
devueltas al estado salvaje. En la
quietud de la noche, a menudo me
entristecía pensar en la inevitable
separación, y, sin embargo, me
emocionaba imaginarlas como miembros
del grupo 8, libres, pasando el resto de
sus vidas en los bosques donde
nacieron.
De improviso nos llegó otra inesperada
visita en la persona del conservador que
Coco había mordido siete semanas atrás
en Ruhengeri, con toda la razón del
mundo. El comportamiento de las dos
jóvenes a su llegada resumía a la
perfección mis propios sentimientos:
Coco se escondió; Pucker fue a la puerta
que separa mi cuarto del suyo y la cerró
de golpe, acto que encontré bastante
divertido.
El conservador había hecho la larga
excursión hasta el campamento para
ordenar el envío inmediato de las crías
al zoológico de Colonia. Por segunda
vez, insistí en que no estaban en
condiciones de viajar. Mientras pedía,
desesperada, más tiempo, llegó de la
habitación vecina ruido de risitas
juguetonas, de carreras y luchas. Las
maldije en silencio por escoger
momento tan inoportuno para jugar, si
bien, por otra parte, era una buena señal
que jugaran a pesar de la presencia del
conservador. Cuanto más suplicaba
retenerlas, más porfiaba él en
llevárselas. Argüía que el zoológico le
estaba presionando para que enviara los
animales, enfermos o no. Lo que no me
dijo es que el zoológico le pagaba un
viaje a Alemania, al parecer en calidad
de «acompañante» de los gorilas. Allí
iba a ser condecorado por las
autoridades municipales y el zoológico.
Para una persona que nunca había salido
de su país, las perspectivas no podían
ser más estimulantes.
Al término de una tortuosa y
controvertida conversación, el
conservador me aseguró, tajante, que si
no soltaba ya a Coco y Pucker, enviaría
a Munyarukiko y otros cazadores
furtivos a capturar dos gorilas más. Me
dejó desarmada. Ese mismo día envié un
telegrama a los funcionarios del
zoológico de Colonia, en el que les
decía que podrían disponer de las dos
cautivas en cuanto creyera que estaban
suficientemente bien para realizar el
largo viaje.
El envío de ese telegrama con el que
evitaba una nueva carnicería fue uno de
los mayores compromisos que contraje
durante mis años de investigación con
los gorilas. En aquel tiempo había pocas
disposiciones legales en lo que se
refiere a exportación o importación de
especies amenazadas. Las intenciones
del conservador de capturar más gorilas
no me dejaban más salida que renunciar
a Coco y Pucker. Una vez se hubo ido,
fui al cuarto de las pequeñas y recibí su
entusiasta bienvenida. Me sentí como
una traidora cuando las estrechaba
contra mí.
Los días se sucedieron como de
costumbre para Coco y Pucker. Su
animado comportamiento recordaba el
de dos ruidosas chiquillas en un
campamento de verano, cuando el
tiempo no parece tener fin. Para mí,
buena parte de la alegría de verlas
convertirse en alegres y casi normales
gorilas jóvenes, se esfumó. Me deprimía
saber que su permanencia en el bosque
sería tan efímera y su futuro tan poco
prometedor, sobre todo porque nada
podía hacer para conjurar su destino.
Escribí al director del zoológico de
Colonia y le supliqué que me permitiera
reintegrar a los gorilas en un «grupo
adoptivo»; pero recibí una contundente
negativa como respuesta.
Varias semanas después de la visita del
conservador, reaparecieron los guardas
del parque en demanda de los gorilas,
esta vez en plan muy agresivo,
blandiendo herrumbrosos rifles ante mí,
las jovencitas y el personal ruandés del
campamento. Para entonces, Coco y
Pucker aceptaban sin reservas a la gente
del campamento, si bien se mostraban
tímidas y aterrorizadas ante
desconocidos de raza negra. Por esta
razón, me sorprendió muchísimo que los
gorilas intentaran «atacar» a los
guardas, gritando y mordiendo
violentamente el alambre que los
separaba de sus potenciales
capturadores. Su proceder fue la señal
que necesitaba para decir a los guardas
que la acogida iba a ser más que
calurosa cuando entraran en el cuarto, y
que, por supuesto, no contaran con mi
ayuda. Nada en el mundo, ni siquiera la
ira del conservador, habría movido a
aquellos hombres a entrar en el parque
de los amenazantes gorilas, así que a los
pocos minutos se marcharon. Después
supe que fueron al conservador con el
cuento de que las jóvenes estaban
todavía demasiado enfermas para viajar.
A los pocos días se presentó el
conservador en el campamento,
acompañado de los guardas; traía una
cajita, a modo de ataúd, pensada y
recién construida para el transporte
aéreo de las cautivas desde Kagali
(Ruanda) al aeropuerto internacional de
Bruselas. De allí volarían a Colonia. La
única abertura de la caja era una
puertecita de treinta centímetros. Ni tan
siquiera habían pensado en la
ventilación. Y, por si fuera poco, el
conservador tuvo la desfachatez de
pedirme que le pagara el contenedor.
Finalmente se fue, contento, con el
equivalente a treinta dólares en el
bolsillo. Mi única satisfacción —muy
débil, eso sí— era que había aplazado
varias semanas la terrible separación
con el pretexto de rehacer la caja por
completo.
Robert Campbell, fotógrafo del National
Geographic, llegó por esa época para
realizar un extenso reportaje fotográfico
sobre los gorilas salvajes, que incluiría
también a Coco y Pucker. Con la ayuda
de Bob, el personal del campamento y
yo logramos reconstruir el cajón.
Después de ampliarlo, de ensanchar la
puerta de entrada y de taladrar docenas
de grandes orificios de ventilación,
colocamos el armatoste en el cuarto de
los gorilas para que se fueran
acostumbrando a él: servía para
suministrarles los alimentos especiales y
el preparado lácteo. Días después, las
jovencitas inventaban un juego de
persecución a su alrededor. Coco
resultó ser la más inteligente de las dos;
descubrió que con un cambio rápido en
el sentido de la persecución pillaba,
inevitablemente, a Pucker con la guardia
bajada, produciéndose un divertido
choque frontal. Otra de las jugarretas de
Coco consistía en subirse a la caja en
plena persecución, dejando a Pucker
correr como una loca hasta que se daba
cuenta de que Coco había desaparecido.
Por más que disfrutaran con su nuevo y
descomunal juguete, yo veía en él un
recuerdo continuo de nuestra inminente
separación y un anticipo de todos los
contratiempos que les aguardaban.
Cuando llegó el día de la temida partida,
Bob Campbell se prestó a acompañar a
las pequeñas hasta el pequeño
aeropuerto de Ruhengeri, desde donde
volarían a Kagali, abandonando así
África para siempre jamás. Todos los
preparativos del viaje habían concluido.
Se libraron páginas y páginas con las
instrucciones para su cuidado entre
Ruhengeri y Colonia. A los lados del
cajón se sujetaron latas que contenían el
preparado lácteo medicinal y se
empaquetó una selección fresca de
vegetación del bosque, algo que no
volverían a probar en su vida. Por
último, puse dos grandes hongos en el
interior del cajón. Cuando las confiadas
jovencitas corrieron a agarrarlos, la
puerta se cerró. Los porteadores que
debían bajar la caja, llegaron segundos
después. Eso fue cuanto pude resistir.
Salí fuera de la cabaña y corrí por los
prados, escenario de nuestros
incontables paseos, corrí bosque adentro
hasta no poder más. No hay palabras
para describir el dolor de perderlas, ni
siquiera ahora, al cabo de más de diez
años.
Durante varios años, un miembro del
personal del zoológico de Colonia me
tuvo al tanto, periódicamente, del estado
de Coco y Pucker mediante boletines y
fotografías. Éstas mostraban muy a las
claras que las cautivas toleraban mal el
ambiente enjaulado. Mientras escribo
este libro, me llega la noticia de que
Coco y Pucker murieron en 1978, con un
mes de diferencia, en el zoológico de
Colonia.
6. Visitantes animales
en el Centro
de Investigación
de Karisoke
Los primeros años de investigación en
Karisoke fueron como los seis meses
iniciales en Kabara, muy gratificantes,
porque pude concentrarme en la diaria
observación de los gorilas con pocas
interrupciones del mundo exterior.
Dediqué incontables días a rastrear y
observar —por lo general, mediante
prismáticos— a los tímidos y todavía no
habituados gorilas. Pasaba los
atardeceres sentada en el catre,
mecanografiando las anotaciones del
día, en una mesa improvisada con un
cajón de embalaje. Lo normal es que
estuviera rodeada de ropa chorreante,
tendida en cuerdas a lo largo de la
tienda, tan cerca del calor de la silbante
lámpara de queroseno como la
prudencia me permitía.
Tenía a la lámpara por un genio amigo,
sobre todo cuando salía al exterior, a la
noche negra, fría como el acero.
Producía cierto pavor y respeto ver en
ella la única manchita de luz, aparte
quizá las ocasionales fogatas de los
cazadores furtivos, de todo el macizo
montañoso de los Virunga. Cuando
contemplaba la inmensa extensión de
tierras montañosas, escarpadas y
deshabitadas que se abría a mi
alrededor, aquella riqueza de soledad
primigenia, me sentía una de las
personas más afortunadas del mundo.
Era imposible sentirse sola. Los ruidos
nocturnos de los elefantes y búfalos que
acudían a beber al cercano arroyo del
campamento, unidos a los chirriantes
coros de los damanes, me rodeaban
como parte de la tranquilidad de la
noche. Fueron tiempos mágicos.
Unos doscientos metros separaban mi
tienda de la de los tres ayudantes
ruandeses, que recogían agua y leña y
que, con el tiempo, convertí en
rastreadores de gorilas. A raíz de la
muerte natural de Lucy y Dezi, las
gallinas de Kabara, el personal me
ofreció una pareja de repuesto, Walter y
Wilma, que compartieron mi tienda
durante varios meses. Walter no era un
gallo cualquiera. Todas las mañanas,
como un perro, me seguía por el campo
a decenas de metros del campamento.
Por la tarde salía corriendo a mi
encuentro con quiquiriquíes de
salutación. De noche dormía en la caja
de mi máquina de escribir, y no movía
una pluma mientras mis dedos corrían de
acá para allá por el teclado.
Al cabo de un año y medio, la tienda
empezó a hacer agua por las costuras.
Algunos amigos europeos de las
poblaciones ruandesas de Ruhengeri y
Gisenyi decidieron construirme una
cabaña pequeña de una habitación, con
ventanas y un hogar de petróleo. La idea
me inquietó al principio, pues
representaba una permanencia, en un
tiempo en que aún conservaba las
cicatrices de mi éxodo de Kabara, en el
Zaire. A pesar de mi falta de fe, la
primera cabaña de Karisoke fue una
realidad en sólo tres semanas de
esfuerzo mancomunado por parte de
todos. Una cadena prácticamente
continua de porteadores subió retoños
de eucalipto de las aldeas que había más
abajo, rectos como una regla, para
levantar el armazón. Se trajeron chapas
de hojalata de Ruhengeri para los
exteriores, y las esteras ruandesas de
paja tejidas a mano sirvieron para aislar
la superficie interior de las paredes, el
techo y el suelo. Del arroyo del
campamento —corriente de seis palmos
de profundidad que surca los prados—
se sacaron piedras, grava y arena con
que construir una montura sólida al
práctico hogar de petróleo. Los
primeros miembros del personal y yo
pasamos horas y horas alisando y
puliendo tablones para construir mesas y
estanterías. Luego hicimos cortinas con
la tela propia de aquella localidad, de
luminosos colores, para dar el toque
final a la primera casa de verdad que
tenía desde que salí de América. En
años sucesivos se construyeron otras
ocho cabañas, a cual más perfeccionada.
Ninguna, sin embargo, llegó a significar
tanto para mí como aquella primera y
sencilla construcción.
La cabaña transmitía una nueva
sensación de seguridad. Me convencí,
finalmente, de que podía dar la
bienvenida a un perrito que necesitara
un hogar, y puse el nombre de Cindy a
una hembra medio boxer de dos meses y
medio, por su costumbre de andar con el
morro metido en las cenizas del hogar.
En un santiamén se convirtió en parte
integrante de la vida del campamento
(tiempo después ofrecería su amistad a
Coco y Pucker, los gorilas huérfanos); y
se desarrolló en seguida un gran afecto
entre ella y el personal. Nunca le faltó
atención humana mientras estuve ausente
con los gorilas; la perrita pasaba las
horas jugando con Walter, el gallo que
se creía perro, una guasona pareja de
cuervos, Charles e Yvonne, e incluso
con los elefantes y búfalos que se
acercaban al arroyo del campamento al
anochecer. En las noches de luna se
despertaba la golfilla que había en
Cindy cuando oía a los elefantes bramar
y trompetear en tomo a la charca. Si
salíamos de la cabaña, arrancaba
siempre hacia la manada de elefantes
más próxima, unos quince a veinte
animales, para corretear, juguetona,
entre sus patas. Nunca olvidaré el
espectáculo de la diminuta cachorrita,
ladrando y corriendo a los pies de los
elefantes cual pesada mosca, evitando a
todo trance verse convertida en una
tortilla tamaño elefante.
Una tarde, cuando Cindy tenía unos
nueve meses, de regreso al campamento
sólo salió a recibirme Walter con sus
quiquiriquíes. No encontré ni a Cindy ni
a ninguno de los hombres.
Transcurrieron varias horas hasta que
volvieron, abatidos, con la noticia de
que Cindy había sido robada, no muy
lejos del campamento, por los pastores
de vacas o por los cazadores furtivos.
Seguimos sus huellas por una senda
fangosa hasta que se confundieron con
las de seis a diez hombres, descalzos,
para luego desaparecer por completo.
No hacía falta ser un avezado rastreador
para ver que habían encontrado a la
perrita y se la habían llevado.
Aunque con la duda de si eran cazadores
furtivos o pastores los responsables del
secuestro de Cindy, decidí que podía
desquitarme robando algunas vacas que
pacían ilegalmente en los prados
próximos al campamento y reteniéndolas
como rescate para exigir la devolución
del animal. Con no pocas dificultades,
conseguimos conducir varias docenas de
vacas batutsi hasta el campamento; allí
emprendimos la construcción de un
corral alrededor de cinco enormes
Hagenia. Mientras los hombres cortaban
arbolitos con que cubrir los espacios
entre los árboles, aproveché mi anterior
experiencia como terapeuta ocupacional
para tejer un nudoso parapeto de red,
usando cuantos trozos de cuerda
encontré a mano en el campamento. A
media noche, la risible estructura estaba
terminada y se juzgó bastante resistente
para guardar siete vacas y un buey, todo
lo que quedaba de nuestro inicial rebaño
cautivo. Empujamos las ocho grupas al
endeble corral, clavamos una hojalata en
la entrada y reavivamos las fogatas en
tomo a la estacada; así, cansados,
empezábamos una larga noche de
vigilia.
Bajo el cielo estrellado, toda la escena
parecía una estrafalaria película del
oeste. Las vacas mugían en los confines
del corral iluminado por las hogueras,
sus indignados bramidos se unían a los
bufidos curiosos de los búfalos y
elefantes que pasaban camino del
arroyo. La habitual tranquilidad de la
noche quedaba también rota por los
gritos de mis hombres, a quienes había
pedido que anunciaran a voces por el
bosque circundante, en kinyarwanda,
que mataría una vaca por cada día que
Cindy estuviera ausente. Entre mensaje y
mensaje dormitaba a ratos, soñando de
vez en cuando que laceaba elefantes a
lomos de un búfalo o que intentaba
encerrar elefantes en una estacada de
cuerda. A punto estaba de rayar el alba
cuando Mutarutkwa —que suyas eran las
vacas capturadas— salió de los prados
del bosque que rodea el campamento
para transmitirnos un mensaje
relacionado con el paradero de Cindy.
Durante la noche, Mutarutkwa había
emprendido investigaciones para dar
con los verdaderos culpables y
descubrió que los cazadores furtivos,
dirigidos por Munyarukiko, se habían
llevado a Cindy a una ikibooga en las
laderas superiores del monte Karisimbi.
Esa misma mañana «armé» al personal
del campamento y a Mutarutkwa con
buscapiés y máscaras para la operación
rescate de Cindy. Al estilo de la
infantería de marina, los cuatro hombres
cargaron contra la ikibooga, arrojaron
los buscapiés a la fogata y, en medio de
la confusión, recuperaron a Cindy al
tiempo que los cazadores furtivos huían
del escenario de la acción. Sus
salvadores me contaron después que era
cualquier cosa menos una cautiva triste.
La habían encontrado muy feliz,
acomodada en medio de todos los
perros de Munyarukiko, royendo
alegremente los huesos de las piezas
muertas por los cazadores furtivos. Con
Cindy de nuevo en el campamento,
devolví de buen grado las vacas a
Mutarutkwa, dando las gracias a que el
giro de los acontecimientos no me
hubiera obligado a echarme atrás en mi
fanfarronada.
Nueve meses después, los cazadores
furtivos, capitaneados por Munyarukiko,
volvieron a robar a Cindy. Esta vez se la
llevaron directamente a la aldea batwa
próxima al límite del parque, a los pies
del monte Karisimbi, donde la ataron
junto con los perros de caza. El grave
padre de Mutarutkwa, Rutshema, la
rescató y me la devolvió, e hizo amargas
observaciones acerca de los modales de
ladrón de los cazadores furtivos batwa.
Con los años, acabé debiéndoles muchas
cosas a esta familia batutsi. Mutarutkwa
se incorporaría más adelante a mi
personal, y dirigiría las patrullas contra
los cazadores furtivos en los dominios
del parque de los Virunga.
Al año de la llegada de Cindy y poco
después de la partida de Coco y Pucker
hacia el zoológico de Colonia, conseguí
un nuevo compañero para el
campamento. En una gasolinera de la
ribereña ciudad de Gisenyi se me
acercó, cauteloso, a la puerta de mi
vehículo, un individuo de sospechosa
mirada con una cestita en la mano. Me
pidió el equivalente a treinta dólares por
el contenido. Durante un rato fingí que
no me interesaba; luego, al abrir por
casualidad la cesta, descubrí en su
interior un pequeño cercopiteco, una
diadema azul (Cercopithecus mitis
stuhlmanni) de unos dos años de edad,
acurrucado tímidamente en el fondo y
más muerto que vivo. Agarré de
inmediato la cesta, puse en marcha el
vehículo y amenacé al cazador furtivo
con la prisión si capturaba algún otro
animal del parque, donde estaban
protegidos por la ley. Mientras el tipo
huía, reparé en un par de inmensos ojos
pardos que, turbados, me observaban.
Así empezó un asunto amoroso que iba a
durar once años.
Sólo me faltaba eso, un mono
cercopiteco azul (Cercopithecus mitis)
viviendo en un medio que no era el suyo.
Hay cercopitecos azules en los bosques
de bambúes al pie de los Virunga, hasta
los 2.700 m, pero no a los 3.000 m de
altitud de Karisoke.
La cautiva, llamada Kima, término
africano que significa «mono», fue
trasladada al campamento al día
siguiente; a partir de entonces, la vida en
él nunca volvió a ser lo que había sido
—hecho que cualquiera que haya
visitado o trabajado en Karisoke
confirmará en seguida—.
Kima aprendió pronto a robar las frutas
y hortalizas traídas con la ayuda de
porteadores desde el mercado público
de Ruhengeri, sin olvidar los brotes de
bambú cuidadosamente seleccionados,
procedentes de altitudes inferiores del
parque, donde viven otros
representantes de su especie. Al cabo de
un mes, también había desarrollado una
decidida afición por los alimentos
humanos, como judías cocidas, carne,
patatas fritas y queso. Su carta de
postres se ampliaba para incluir
pegamento, píldoras, película
fotográfica, pintura y queroseno.
Las simiescas e innatas tendencias
destructivas de Kima se mitigaron un
tanto al aceptar finalmente «bebés», que
hice primero con calcetines viejos.
Luego le proporcioné muñecos de felpa.
Un koala con su grande y lustrosa
nariz botón y unos ojos oscuros muy
parecidos a los suyos, era su favorito. A
falta de otros de su propia especie,
Kima pasaba horas y horas espulgando y
cargando con sus «bebés» por el
campamento. Como no creo en los
animales confinados, a Kima se le
ofreció libertad de casa y de bosque,
aunque nunca se apartaba mucho del
campamento. Mi cabaña se convirtió en
paradigma de pulcritud, pues cualquier
cosa que dejara descuidada, téngase por
seguro que acabaría en lo alto de una
Hagenia o sería desmenuzada en
trocitos.
Cada tarde, cuando regresaba al
campamento después de observar a los
gorilas, Kima, Cindy, Walter y Wilma
componían un insólito comité de
bienvenida. En las noches frías, Kima se
quedaba en mi cabaña, por lo general en
una jaula de alambre con una puerta de
doble sentido que le permitía salir. Qué
sensación tan deliciosa y agradable
mecanografiar las notas de campo junto
al hogar crepitante, de noche, perro y
mono amodorrados a un lado y, afuera,
las voces de los búhos, damanes,
antílopes y elefantes.
Dos años después de llegar Kima, pasé
siete meses en la Universidad de
Cambridge. En mi ausencia, perdió un
ojo por accidente. Superó ese trauma,
pero sucumbió nueve años más tarde, en
1980, mientras yo enseñaba en la
Universidad de Cornell. Ni el
campamento ni mi vida volverán a ser lo
que fueron sin su cariñosa, aunque
endiablada, personalidad.
En agosto de 1980, cuando volví a
Karisoke tras una ausencia de cinco
meses, encontré a Cindy, por entonces
con casi doce años y medio a sus
espaldas, a punto de morir. Aunque me
reconoció al instante, de tan desmayada
sólo pudo cojear y menear débilmente la
cola en señal de bienvenida. Juntas
fuimos al montículo próximo a mi
cabaña, donde Kima había sido
enterrada, y Cindy apoyó la cabeza en
una placa de madera con el nombre de
aquélla grabado. Entonces tomé la
decisión de traer a Cindy a América,
donde ha llegado a «habituarse» a la
civilización y ha recuperado la salud. Al
presente, acostumbrada a los aviones y a
los automóviles, sus únicos motivos de
perplejidad son los gatos, que no
conocía con anterioridad, y los
escandalosos ladridos de los perros de
la vecindad. Durante su vida en África,
sólo había oído ladrar, muy de tarde en
tarde, a los perros de los cazadores
furtivos cuando andaban cerca del
campamento y, por consiguiente, nunca
adquirió el hábito de ladrar. Aun ahora
que tiene relaciones con otros canes,
Cindy no ladra.
Con el paso de los años, el campamento
acogió a otros animales, visitantes del
bosque circundante. Una noche clara,
allá por 1977, mientras miraba por la
ventana de la cabaña, pensé que mis
ojos padecían alguna grave enfermedad:
veía un ratón gigante (Cricetomys
gambianus) comiéndose el maíz de las
gallinas. El cuerpo de Rufus, como lo
llamé, medía unos cincuenta centímetros,
y la cola otros tantos. Me pregunté de
dónde podía haber venido, pues, aunque
esos ratones son frecuentes en las
aldeas, me parecía una larga excursión
para sólo unos granos de maíz sobrantes.
Varias semanas después, a Rufus se le
unió Rebecca, luego vinieron Rhoda,
Batrat y Robin. Pronto todas las cabañas
tuvieron su propia familia de ratones
que se reproducían a una velocidad
preocupante hasta que me vi obligada a
cortarles las fuentes de alimento que los
habían atraído hasta nosotros.
A finales de 1979, el campamento se
había convertido en una macilenta
ciudad de nueve cabañas, separadas por
prados pequeños y casi ocultas a la vista
por sotos naturales de vegetación
herbácea, que crecía con profusión al
abrigo de las grandes Hagenia e
Hypericum. Pasear entre las cabañas era
garantía segura de ver un número
creciente de duikers, antílopes
enjaezados y búfalos. Los antílopes y
los búfalos empezaron a buscar la
proximidad del campamento como
refugio contra los cazadores furtivos.
Nunca hubiera imaginado que los
tímidos ungulados llegarían a
acostumbrarse a la presencia de seres
humanos. Constituyen mucho más el
objetivo de los cazadores que los
gorilas, y Karisoke parecía ser su último
refugio —un refugio no pensado para
eso—.
Al primer duiker huésped lo llamé
Primus, por la chispeante y deliciosa
cerveza local. Cuando llegó por vez
primera al campamento con la cola
blanca, vivaracha, los ojos pardos,
como piedras preciosas, y el morro
negro, húmedo, tembloroso, Primus
contaba unos ocho meses de edad. Las
yemas de sus cuernos estaban cubiertas
de graciosos mechones de pelo negro;
luego crecieron hasta convertirse en dos
delicadas espigas afiladas como agujas.
Durante los primeros meses, Primus no
se relacionó nunca con ningún otro
duiker, lo que me hizo pensar que debía
ser huérfana. Además, hubiera dicho que
tenía problemas de identidad y que no
sabía si era duiker, gallina o perro. A
menudo seguía a las gallinas por el
campamento porque constituían un
plumado sistema de alarma al cloquear
ante cualquier hipotética amenaza.
Primus solía pasar los días fríos y
encapotados ovillada alrededor del
hogar central, al aire libre, del
campamento, algo que ningún otro
duiker ha hecho jamás. En los días
soleados y radiantes, participaba en los
juegos habituales de los duikers: darse
cabezazos, el escondite y frenéticas
persecuciones que a menudo terminaban
en cubrimiento entre individuos.
También perseguía, en broma, a las
gallinas o a Cindy, que a su vez era
acosada por la malévola Kima. Hacía
mucho que mi perra había sido
adiestrada para que comprendiera que a
los duikers no hay que perseguirlos, de
manera que su perplejidad era
mayúscula cuando Primus la cogía por
detrás en plan guasón. En muchas
ocasiones, mientras Walter, Wilma y
otras gallinas escarbaban, ociosas, en el
camino principal entre las cabañas,
aparecía Cindy a la carrera con Primus
pisándole los talones y, por si fuera
poco, Kima detrás de ellos. ¡Qué barullo
de plumas, pelos y chillidos provocaban
esos incidentes!
Con el tiempo, Primus comenzó a
perseguir a las personas del
campamento; por lo visto, disfrutaba de
lo lindo acosando a los domésticos
cuando llevaban una carga de platos o
de ropa sucia en equilibrio sobre la
cabeza. Como a Primus nunca la habían
perseguido seres humanos, se mostraba
cauta pero poco temerosa ante
desconocidos. Esto es lo que debería ser
un parque de fauna.
Primus brindó muchas alegrías, y
algunas sorpresas, a los huéspedes del
campamento, sobre todo a varios
africanos. Un día estaba enseñando el
cementerio de gorilas víctimas de los
cazadores furtivos a un grupo de
destacados ruandeses, soldados armados
incluidos. El murmullo de nuestra
conversación atrajo a Primus, que salió
de la densa vegetación y cruzó
despreocupada entre los visitantes,
camino de los prados. Todo el mundo se
quedó parado. Mientras observaban al
duiker pacer delicadamente, abrigué la
esperanza de que algún día los
cazadores furtivos quedarían como cosa
del pasado y los animales del parque
podrían depositar su confianza en todos
los seres humanos.
En otra ocasión, uno de los cazadores
furtivos más hoscos que he conocido,
retenido por un tiempo en el
campamento, estaba siendo escoltado
por el camino principal, cuando vio a
Primus dormitar debajo de un árbol al
borde del camino. El asombro de aquel
cazador al ver un duiker tendido tan
tranquilo a sólo unos pasos de donde él
estaba fue, en cierto sentido, cómico. Y
también conmovedor, pues al individuo
en cuestión le produjo una profunda
satisfacción íntima que el antílope —un
animal en que antes sólo había visto una
presa— demostrara semejante confianza
en él.
El antílope enjaezado era mucho más
retraído que el duiker; de hecho, sólo se
le veía a primera hora de la mañana o al
atardecer, cuando pacía en torno al
campamento. La mayor familia residente
de antílopes enjaezados llegó a contar
con siete animales dirigidos por un
macho enorme, de avanzada edad. De
pelambre negro canoso, visto a distancia
con luz débil, parecía un búfalo, tal era
su formidable tamaño. Es de resaltar que
tanto él como su anciana pareja habían
conseguido burlar las trampas,
cazadores y perros que pululaban por
toda su zona de distribución.
Descubrí que los machos viejos de
antílope enjaezado llevan, por lo común,
una existencia solitaria, con la salvedad
de una circunstancial relación con
duikers. Pudimos observarlo en el
campamento y en muchos otros puntos
del bosque. El duiker hace de centinela
al desplazarse delante del antílope
enjaezado, y lanza penetrantes llamadas,
como silbidos, en cuanto atisba un
peligro potencial. ¿Significa ello que sus
sentidos son más penetrantes? Me
parece más probable que se haya
llegado a tan satisfactorio acuerdo para
facilitar al antílope enjaezado, mucho
mayor, más tiempo de pacedura del que
una vigilancia constante y en solitario le
habría permitido.
Uno de los episodios más memorables
con los antílopes enjaezados de los
alrededores del campamento trajo a mi
memoria las palabras de Jody en The
Yearling: «Pa, hoy me entiendo un
poco.» Como de costumbre, al
levantarme miré por las ventanas de la
cabaña y me encontré con una escena
más propia de una película de Walt
Disney que de la vida real. Todas las
gallinas, capitaneadas por Walter,
avanzaban de puntillas, con el paso
desgarbado, hacia un macho joven de
antílope enjaezado. Las cabezas de los
plumíferos subían y bajaban como
yo yos suspendidos de sus filiformes
cuellos. El curioso antílope se dirigía
hacia ellas con pasitos menudos,
moviendo la cola a ritmo de metrónomo
y estremeciendo el morro. Acto seguido,
todas las gallinas establecieron contacto
pico morro con aquél, satisfaciendo así
ambas especies su franco interés por la
otra. Justo entonces apareció Cindy,
ajena a todo, al trote por el camino, y se
quedó petrificada, con una pata erguida
en el aire, ante el insólito espectáculo
que se desarrollaba ante ella. Su
presencia fue demasiado para el joven
antílope, que huyó con un ladrido, el
blanco estandarte de la cola sostenido
en alto.
Como los antílopes, los búfalos que
rondaban por el campamento eran
claramente identificables por los rasgos
de su personalidad y las diferencias
físicas. Había un macho solitario que
parecía estar en la flor de la vida y que
llamaba la atención por dos razones: su
hocico moteado de rosa y su sociable
afición por las personas; de modo que se
ganó el nombre de Ferdinand. Se
presentó personalmente una tarde, casi
al anochecer. Dos hombres y yo
estábamos terminando algunas obras de
carpintería en la parte delantera de la
cabaña, turbando la calma del
crepúsculo con el ruido del martillo y la
sierra. Al sentir una débil sensación de
temblor debajo de mis pies, me giré y
me esperaba el increíble espectáculo de
un corpulento toro trotando hacia
nosotros. Uno de los hombres corrió a la
casa de inmediato; el otro se quedó
afuera conmigo observando a Ferdinand.
Tras detenerse a unos cinco metros de
distancia, el toro nos miró con
desenfadada curiosidad, sin el más
mínimo atisbo de antipatía o temor. Era
como si quisiera entretenerse. Mi
ayudante y yo reemprendimos nuestra
tarea, y Ferdinand se quedó observando
otros cinco minutos; luego, tan tranquilo,
se dio media vuelta y, sin echar una sola
mirada hacia atrás, se fue a comer.
Desde entonces, me he cruzado varias
veces con él en los alrededores de
Karisoke, sobre todo a primera hora de
la mañana, y continúa reaccionando
pacíficamente cuando ve pasar personas
ante él por el sendero del campamento.
Como el duiker y el antílope enjaezado,
este búfalo es otra prueba de la
confianza del bosque.
Tuvimos un segundo toro, un animal
viejo acompañado al principio por una
hembra de edad, con una presencia tan
impresionante como podía serlo la
personalidad de Ferdinand Desde la
grupa hasta la cruz, su cuerpo estaba
rayado como un mapa de carreteras, con
incontables heridas cicatrizadas,
posibles testimonios de encuentros con
cazadores furtivos, trampas u otros
búfalos. Su pesada testuz debió tener en
otro tiempo un tamaño dos veces mayor,
pero se había ido desconchando
inexorablemente con el paso de los
años. Los vestigios de los cuernos
hablaban por sí mismos de decenios de
luchas; hoy eran apenas dos
protuberancias raídas y destrozadas.
Bauticé al viejo toro con el nombre de
Mzee, que significa «el que es viejo», en
swahili. Era un espectáculo imponente
ver a Mzee seguir a su vieja hembra,
que, hasta su desaparición, diríase que
hizo de perro guardián cuando la vista
del anciano macho empezó a fallar.
Durante su segundo año en los
alrededores de Karisoke, Mzee, cuando
oía mi voz a primera hora de la mañana,
venía hacia mí, paciendo lentamente,
como si buscara compañía; con el
tiempo incluso me permitió rascarle la
marchita grupa. Una mañana temprano,
el leñador encontró el cuerpo del viejo
búfalo tendido en un hoyo herboso
cercano al arroyo del campamento, bajo
las encumbradas siluetas de los montes
Karisimbi y Mikeno. No puedo imaginar
lugar más adecuado para el descanso
final de Mzee. La serenidad de los
alrededores armonizaba con la dignidad
del carácter del toro. Aunque había
vivido a la sombra de los cazadores
furtivos, consiguió desafiarlos hasta la
muerte.
Diez años antes de la muerte natural de
Mzee, cuando no existían patrullas
regulares dirigidas desde Karisoke,
varios búfalos en edad viril hallaron un
espantoso final a manos de los
cazadores furtivos, muy cerca del
campamento. La primera muerte se
produjo durante la segunda estación de
vacaciones desde mi instalación en
Ruanda y antes de que me diera cuenta
de la devastación que suponían las
vacaciones para los animales del
parque. Cometí el error de abandonar el
campamento durante varias semanas
coincidiendo con la Navidad de 1968;
cuando regresé me encontré al personal
encerrado en mi cabaña en
consideración a su propia seguridad.
Allí cerca descubrí los restos de dos
perros, propiedad de los cazadores
furtivos, estrellados contra la orilla del
arroyo. Las entrañas de un búfalo
conducían a una colina próxima, donde
los cazadores furtivos habían
despellejado el cadáver antes de
llevárselo. Según la gente del
campamento, los perros sacaron al
búfalo del bosque y lo persiguieron por
los prados hasta el arroyo, delante de mi
cabaña. El toro, defendiendo su vida,
logró cornear a dos perros; no obstante,
perdió la batalla ante las lanzas que le
arrojaban los cazadores furtivos,
dirigidos por Munyarukiko. Ésa fue la
última vez que dejé el campamento sin
protección durante la época de
vacaciones.
El segundo asesinado sobrevino varios
meses después, cuando el personal del
campamento informó que se oían
bramidos de dolor de una «vaca», no
muy abajo de Karisoke. Llevando una
pistola conmigo, seguí a los hombres a
la fuente del ruido; allí encontramos un
búfalo adulto inmovilizado en el tronco
ahorquillado de una vieja Hagenia. Los
cazadores furtivos también habían oído
los quejumbrosos lamentos del animal
atrapado y le habían cortado las dos
patas traseras con las pangas. Hallaron a
la pobre bestia, desesperada, intentando
mantenerse en pie sobre los dos
muñones en medio de un charco de
sangre y excrementos. Con todo, el toro
consiguió sacudir la cabeza
enérgicamente y bufar ante nuestra
aproximación. Tener que matar un
ejemplar de tanto coraje, un animal que
podía luchar con semejante valor hasta
el último segundo de su existencia, fue
difícil. A continuación regresé al
campamento con el convencimiento de
que acabábamos de perder una de las
criaturas más magníficas de los volcanes
Virunga.
A principios de 1978, había organizado
eficaces patrullas semanales contra los
cazadores furtivos, capaces de recorrer
millas y millas, y de acampar en tiendas
de vivac —o incluso bajo los árboles,
de ser necesario—, en su infatigable
empeño por limpiar de cazadores
furtivos los dominios del parque. Esos
excelentes ruandeses, bajo la guía de
Mutarutkwa, trajeron otros muchos
huéspedes animales a Karisoke para su
recuperación —animales como duikers,
antílopes enjaezados y damanes que
habían quedado abandonados a su fatal
destino en las trampas de los cazadores
furtivos—.
En 1978, las autoridades del parque
zaireño me autorizaron a traer un gorila,
de unos cuatro a cinco años de edad, al
campamento para su posible
recuperación. Aquel macho joven había
caído en un lazo de alambre para
antílopes unos cuatro meses antes; su
demacrado y deshidratado cuerpo había
sido invadido por la gangrena a partir de
los despojos de su mutilada y supurante
pata. Cuando lo recibí, el joven estaba
condenado; sin embargo, no puedo dejar
de admirar al conservador zaireño por
haber hecho todo lo que sabía por la
víctima, así como por su confianza en
poder reintegrarlo a la naturaleza en vez
de venderlo a un zoológico europeo.
Todo lo que hice años antes por Coco y
Pucker lo repetí con el nuevo cautivo,
que fue instalado de inmediato en una
cabaña provista de moras y vegetación
fresca. El joven gorila reaccionó
milagrosamente a los alimentos
familiares, intentando comer y caminar.
Incluso fue capaz de emitir
vocalizaciones eructivas de satisfacción
al reconocer los sonidos, los olores, la
vegetación, el ambiente característico
del bosque. Durante seis días luchó con
denuedo contra la neumonía, la
deshidratación, la postración nerviosa y
la septicemia, pero al final murió.
Aunque sería ridículo decir que murió
en paz, al menos tuvo una fugaz
posibilidad de volver a las montañas
que le vieron nacer, en vez de morir en
el piso de cemento de una jaula con
barrotes de hierro, solo, sin cariño, sin
nadie que lo cuidara. Si hubiera vivido,
le habría llamado Hodari, palabra
swahili que significa «valiente». La
autopsia reveló que los pulmones del
gorila eran sólo dos lóbulos
blancogrisáceos, sin poros. El equipo
médico del hospital de Ruhengeri se
preguntaba cómo había podido
sobrevivir tanto tiempo.
Los capturadores del joven gorila
habían sido localizados cerca del límite
del parque, bajo las laderas sur del
monte Mikeno; por tanto, pedí a las
patrullas que concentraran sus esfuerzos
en esa zona y que buscaran señales del
grupo al que pertenecía el animal. Nunca
se halló nada. Pero encontraron muchos
cazadores furtivos y filas de trampas en
el collado que une el monte Karisimbi
con el Mikeno; rara era la vez que las
patrullas regresaban al campamento sin
un buen número de lazos de alambre o
varias de sus víctimas.
Una tarde, algunos meses después de la
muerte del joven gorila, los africanos
volvieron al campamento transportando
un animal negro. Me precipité hacia
ellos, creyendo que habían encontrado
otro gorila caído en una trampa. Sólo
cuando estuvieron cerca de la cabaña
pude ver que la víctima más reciente de
los cazadores furtivos tenía la cola
larga, con un débil meneo, las orejas
vigilantes, muy afiladas, y unos ojos de
un increíble color esmeralda. La perra,
de mediana edad, había caído esa misma
mañana en una trampa de alambre para
antílopes, y se debatía
desesperadamente en el lazo cuando la
patrulla tropezó con ella. El maldito
alambre había segado la carne hasta el
hueso y ya empezaba a abrirse camino
en aquél, cuando los hombres la
liberaron y la trajeron con cuidado al
campamento. Con su ayuda, vendé la
terrible herida. Me fijé en que la otra
pata presentaba dos estrechas fajas de
pelo blanco a varios centímetros de la
garra, lo que indicaba que ya antes se
había recuperado de otras lesiones de
trampa.
Durante tres meses soportó con
paciencia los diarios lavados y cambios
de vendaje. Por un tiempo temí que fuera
necesario amputarle la parte inferior de
la pata. Aunque me había cruzado con
muchos perros de cazadores furtivos en
el transcurso de los años, éste era el
primero que aceptaba de buen grado la
novedad de una persona blanca. Su
amabilidad, confianza y absoluta calma
al verse dentro de una cabaña entre los
sonidos de la radio, de la máquina de
escribir, de las silbantes lámparas de
queroseno, me convenció de que, como
a Cindy, muy posiblemente la habían
robado a europeos. Se amoldó con
facilidad a la vida del campamento,
pero no podía dejarla suelta por los
numerosos antílopes —en particular
Primus— que también consideraban el
campamento como su casa. La caza
estaba en la sangre de la perra y nada
pude hacer para reprimir su tendencia a
perseguir antílopes, a Kima o a las
gallinas. Kima en seguida aprendió que
la última en incorporarse al campamento
estaba controlada por una cuerda, y se
deleitaba brincando en el techo de
hojalata de mi cabaña para fastidiar a la
perra cuando estaba afuera.
Una vez restablecida, se me planteó el
dilema de qué hacer con el animal.
Mientras me debatía en un mar de dudas,
a mediados de 1979 llegó a Karisoke un
equipo de televisión de la ABC para
filmar a los gorilas. Su presencia fue un
gran placer. Me encontraba muy cansada
y di la bienvenida a la llegada de nueve
caras nuevas del mundo exterior. Entre
ellos estaba Earl Holliman, actor que
había estado relacionado durante mucho
tiempo con organizaciones
norteamericanas preocupadas por el
cuidado humano de animales
domésticos, en particular Actors and
Others for Animals. Al escuchar la
historia de la perra, Earl le puso el
nombre de Poacher. Una noche me
preguntó: «¿Crees que a Poacher le
gustaría vivir en Studio City, en
California?» En aquel momento, poco
me faltó para creer en milagros. Una
semana después, Poacher viajaba en un
reactor rumbo a Hollywood, donde fue
recogida por un veterinario para una
revisión médica completa. Sigue
viviendo allí con Earl como estrella de
televisión por derecho propio y percibe
cuantiosas sumas de dinero por sus
intervenciones en la pantalla, dinero que
se destina en favor de los animales.
7. Disgregación natural
de dos familias:
los grupos 8 y 9
Durante los dos primeros meses de
investigación en Karisoke, mis contactos
diarios con los gorilas se distribuyeron
bastante equitativamente entre el grupo 4
—que deambulaba por las laderas del
sudoeste y oeste del Visoke bajo el
liderazgo de un macho de dorso
plateado al que llamé Whinny— y el
grupo 5 —dirigido por Beethoven, en
las vertientes del sudoeste de la montaña
—. Los dos grupos sumaban veintinueve
animales, si bien la mitad de ellos no
habían sido identificados a satisfacción,
por lo cual no podía sino especular
sobre el grado de parentesco entre los
individuos de más edad. Mis conjeturas
se basaban en la frecuencia de las
asociaciones de intimidad frente a la de
las reacciones agresivas, antagonistas.
Las semejanzas físicas, como
impresiones nasales, color del pelo y
existencia de sindactilia o estrabismo,
eran extraordinariamente importantes
para determinar los lazos de parentesco
en un grupo. El carácter cohesivo de los
grupos de gorilas proporciona, por
fortuna, gran fiabilidad en lo que se
refiere a la ascendencia paterna de la
progenie. Dediqué los primeros días a
tratar de aclarar la composición de los
dos grupos principales y a buscar
indicios que revelaran las conexiones
genéticas entre los individuos que los
integraban.
Mientras tanto, por vez primera desde
mi llegada entró un tercer grupo en la
zona de estudio, al que catalogué con el
número 8. (El 6 era un grupo marginal;
el 7 fue un error, un fallo de
identificación de miembros del grupo 5
en una ocasión en que estaban comiendo
aparte.) La primera observación del
grupo 8 la hice con prismáticos a una
distancia de ciento cincuenta metros, en
las laderas del Visoke. Aun a esa
distancia pude distinguir un viejo macho
de dorso plateado, otro dorsicano más
joven, un apuesto macho dorsinegro en
la flor de la vida, dos machos jóvenes y,
cerrando la marcha, una hembra vieja,
chocha. Ignorantes de mi presencia,
andaban muy despacio y comían por los
ortigales de las laderas del Visoke;
luego cruzaron una ancha senda de vacas
que conducía al bosque. Mientras
observaba al grupo, no pude menos que
admirar la manera en que todos los
animales se paraban de cuando en
cuando para permitir que la anciana
hembra les alcanzara.
Al día siguiente rastreé al grupo 8 por el
collado al oeste del Visoke y establecí
contacto con ellos a una distancia de
veinte metros. Me brindaron la
recepción más tranquila que haya
recibido nunca de un grupo no
habituado. El primer individuo en
percatarse de mi presencia fue el gorila
de dorso plateado
más joven, que se contoneó hasta una
roca y me miró con los labios apretados
antes de alejarse para comer. Lo llamé
Pugnacious, Pug para abreviar. Le siguió
el increíblemente atractivo dorsinegro,
que arrancó una hoja para sostenerla
entre los labios durante unos segundos y
escupirla, habitual actividad sustitutiva
conocida como alimentación simbólica,
e indicadora de una leve intranquilidad.
Después de golpear algunas plantas, el
magnífico macho se contoneó hasta
perderse de vista en la densa
vegetación, diríase que satisfechísimo
de sí mismo. Lo llamé Samson. A
continuación, los dos machos jóvenes se
escabulleron y, traviesos, se giraron
sobre sus espaldas para mirarme.
Andando el tiempo recibieron los
nombres de Geezer y Peanuts,
respectivamente. Cuando la vieja
hembra apareció, me dirigió una mirada
breve, cargada de la más absoluta
indiferencia; luego se sentó junto a
Peanuts y le metió su maculado trasero
casi en las narices para que la
espulgara. La llamé Coco, por su pelo
color chocolate, algo claro; en su
memoria, la primera cautiva recuperada
en Karisoke recibiría ese nombre seis
meses después.
Por último apareció el viejo macho de
dorso plateado. En todos mis años de
investigación, no me he vuelto a cruzar
con otro tan majestuoso y que impusiera
tanto respeto. El plateado del pelo se
extendía desde el borde de los pómulos
al cuello y los hombros, envolvía la
espalda y el vientre, y descendía por los
lados de ambos muslos. Con escasos
elementos de comparación como no
fuera los gorilas de zoológico, estimé su
edad en unos cincuenta años,
posiblemente más. La nobleza de su
carácter me impulsó a buscarle nombre
de inmediato. En swahili, «rafiki»
significa «amigo». Como la amistad
implica respeto y confianza mutuos, el
regio dorsicano recibió el nombre de
Rafiki.
Geezer y Pug se parecían mucho entre sí,
a causa de su perfil ligeramente
hocicudo, distinto del de los otros tres
machos o del de Coco. Los rasgos
físicos, unidos a la afinidad de los dos
machos, apuntaban a una progenitura
común. Dada su edad, su madre debió
de ser una hembra vieja del grupo 8 que
probablemente murió antes de mi
llegada a la zona de estudio. También
por razones de estrecho parecido físico
y de relación, Coco fue considerada
madre de Samson y Peanuts; su padre
era, sin duda alguna, Rafiki.
Coco y Rafiki compartían de ordinario
el mismo nido; parecían un honorable
matrimonio de ancianos que no necesita
palabras para afirmar el respeto del uno
por el otro. La serena presencia de Coco
entre los machos del grupo 8
desencadenaba a menudo el espulgo
mutuo, actividad social y práctica que
suponía una minuciosa separación del
pelo —realizada con los labios o con
los dedos de la mano— en busca de
ectoparásitos, escamas epidérmicas y
restos de vegetación, como cadillos. Por
lo general, una vez comenzaba Coco, la
mayor parte de los miembros del grupo
8 se le unían; en pocos minutos, podía
formarse una cadena de gorilas, todos
entregados a un atento espulgo.
La respuesta desencadenada en los
miembros de este grupo por la presencia
de un ser humano era esporádica y tenía
más de fanfarronería, atrevimiento y
curiosidad que de agresión o miedo.
Este atípico grupo, sin ningún joven que
proteger, pareció aceptar o fiarse de mi
presencia desde el principio y
«disfrutar» con la variación en la rutina
diaria que yo les ofrecía. Samson en
particular reaccionaba más que los
otros, pero, a juzgar por las apariencias,
más bien por un sentido de
autocomplacencia. Peanuts intentaba
imitar las acciones de Samson, y ambos
recordaban a un par de coristas cuando
se erguían derechos para darse casi al
unísono unos redobles de pecho,
seguidos puntualmente de varios golpes
con la pata derecha. Cuando acababan el
repertorio, se quedaban de pie y me
miraban como si calibraran el efecto de
su desafío. Samson también gustaba del
ruido que hacía al romper ramas, y su
ingente mole le garantizaba un sonoro
estrépito. Una vez se subió a un alto
arbolito muerto que quedaba justo
encima de mi cabeza. Como un leñador,
previo la dirección en que caería el
tronco. Después de varios saltos y
bamboleos enérgicos, consiguió que el
árbol cayera exactamente al lado de mi
cuerpo antes de salir corriendo con una
sonrisa de pagado de sí mismo.
A menudo me pregunto cuál ha sido mi
experiencia más gratificante con los
gorilas. La respuesta es difícil, porque
cada hora pasada con ellos brinda su
propia recompensa y satisfacción. Pero
la primera vez que tuve la sensación de
haber franqueado una barrera intangible
entre el hombre y el mono fue con el
grupo 8, unos diez meses después del
inicio de mi investigación en Karisoke.
Peanuts, el macho más joven del grupo,
estaba comiendo a unos cinco metros,
cuando de repente se giró y me miró
fijamente. La expresión de sus ojos era
insondable. Embelesada, le devolví la
mirada —una mirada que parecía aunar
elementos de examen y de aceptación—.
Peanuts puso punto final a ese momento
inolvidable con un profundo suspiro y
continuó comiendo. Eufórica, regresé al
campamento y envié un telegrama al Dr.
Leakey: «Por fin he sido aceptada por un
gorila.» (1)
Dos años después de nuestro
intercambio de miradas, Peanuts se
convirtió en el primer gorila que me
tocaba. El día había comenzado como de
ordinario, si es que algún día de trabajo
en Karisoke podía ser calificado de
ordinario. Me sentía especialmente
inclinada a hacer de ese día algo
excepcional, porque a la mañana
siguiente partía hacia Inglaterra por un
período de siete meses para trabajar en
mi doctorado. Bob Campbell y yo
salimos a establecer contacto con el
grupo 8 en las laderas occidentales del
Visoke. Los descubrimos comiendo en
un barranco poco profundo, cubierto de
densa vegetación herbosa. A lo largo de
la cuesta que conducía al barranco
crecían enormes Hagenia, que siempre
habían servido de excelentes miradores
para escudriñar el terreno circundante.
Bob y yo acabábamos de sentarnos en
una cómoda Hagenia tapizada de musgo
cuando Peanuts, con su expresión de
«quiero que me entretengan», se alejó
del grupo y se escurrió, fisgón, hasta
nosotros. Bajé lentamente del árbol y
simulé masticar vegetación para darle
todas las seguridades de que mis
intenciones eran de lo más pacíficas.
Los brillantes ojos de Peanuts me
miraban por entre una celosía de
vegetación, mientras emprendía un
acercamiento contoneante y jactancioso.
Pronto lo tuve sentado a mi lado,
observando cómo «me alimentaba»,
como si ésa fuera mi forma de
entretenerle. Cuando me dio la
impresión de que se aburría con lo de
comer, me rasqué la cabeza, y casi de
inmediato él empezó a rascarse la suya.
Como parecía totalmente tranquilo, me
eché de espaldas en la vegetación,
extendí poco a poco la mano, la palma
hacia arriba, y la dejé sobre las hojas.
Después de mirarla con detenimiento,
Peanuts se levantó y extendió su mano
para rozar mis dedos con los suyos por
un instante. Conmovido por su propia
osadía, dio rienda suelta a su excitación
con un rápido redoble de pecho antes de
reincorporarse al grupo. Desde ese día,
el lugar pasó a ser conocido como Fasi
Ya Mkoni, «El sitio de las manos». Ese
contacto figura entre los más
memorables de mi vida entre los gorilas.
La habituación del grupo 8 progresó más
deprisa que la de otros grupos, por la
estabilidad del indulgente temperamento
de Rafiki y el hecho importante de que
el grupo no tuviera pequeños que
proteger; así, no había necesidad de
recurrir a un comportamiento con un
fuerte componente defensivo. La «niña»
del grupo era Coco, que recibía la
solícita atención de todos los demás.
Coco daba la impresión de ser aún más
vieja que Rafiki; tenía el rostro surcado
de profundas arrugas, la cabeza y el
trasero calvos, el hocico encanecido y
los brazos débiles, sin pelo. Le faltaban
también varios dientes, lo que la
obligaba a mascar la comida con las
encías. A menudo se sentaba, encorvada,
con un brazo cruzado sobre el pecho,
mientras con el otro se daba palmaditas
en lo alto de la cabeza, en lo que, al
parecer, era un movimiento involuntario.
Sentada en esa posición, los ojos
exudando mucosidad y el labio inferior
colgándole hacia abajo. Coco ofrecía un
aspecto lamentable. Sospecho que tenía
los sentidos del oído y la vista bastante
embotados por la edad.
Las extraordinarias manifestaciones de
afecto entre Coco, Rafiki, Samson y
Peanuts podían ser calificadas de
conmovedoras, aunque no tenga ello
nada de sorprendente si se piensa en los
años que posiblemente llevaban juntos.
Un día conseguí mantenerme oculta de la
vista del grupo, que comía en una
extensa ladera despejada, a unos
cuarenta metros de mí. Estaban muy
dispersos; Rafiki se hallaba arriba,
subiendo la cuesta, y Coco había ido a
parar bastante más abajo al ir comiendo
a lo largo de una errática trayectoria que
la condujo lejos del resto del grupo. De
repente, Rafiki dejó de comer, se detuvo
como si escuchara alguna cosa, y emitió
una aguda vocalización de carácter
interrogativo. Coco la oyó, no cabe
duda, pues cesó de vagabundear y tomó
la dirección de donde procedía el
sonido. Rafiki, que no podía verla, se
sentó y miró cuesta abajo como si la
esperara. Los demás miembros del
grupo siguieron su ejemplo. Coco
empezó a subir poco a poco, parando de
vez en cuando para fijar su paradero
antes de zigzaguear de nuevo en
dirección a los pacientes machos. Una
vez tuvo a Rafiki a la vista, la vieja
hembra se dirigió en línea recta hacia él,
intercambiando suaves vocalizaciones
eructivas de salutación hasta llegar a su
lado. Se miraron directamente a la cara
y se abrazaron. Ella colocó el brazo
sobre la espalda de él y Rafiki hizo lo
propio sobre la de ella; así prosiguieron
la subida, murmurando cual ufanos
conspiradores. Los tres machos jóvenes
siguieron a la pareja, comiendo por el
camino, mientras el dorsicano joven,
Pugnacious, los observaba desde más
lejos, a prudente distancia. También él
se perdió luego de vista en lo alto de la
montaña. No permití que el grupo 8
supiera de mi presencia ese día, porque
pensé que entrometerme con un contacto
abierto habría sido inoportuno.
Trabajar en las laderas occidentales del
Visoke me brindaba con frecuencia la
posibilidad de establecer contacto con
los grupos 4 y 8 en el mismo día, en una
zona de algo más de cinco kilómetros
cuadrados. Los contactos alternos con
los grupos 4 y 8 me proporcionaban
información casi diaria de su situación y
de sus rutas respectivas. Por eso, un día
de diciembre de 1967, quedé perpleja al
oír una serie de gritos, wraaghs y
redobles de pecho procedentes de un
grupo desconocido, ubicado más o
menos en el punto medio de los ocho
kilómetros del collado que une el monte
Visoke con el Mikeno, región que, por
lo que sabíamos, sólo frecuentaba el
grupo 8.
Y comenzó la búsqueda del «grupo
fantasma» que, cuando finalmente fue
hallado, quedó catalogado con el
número 9. El macho dominante de dorso
plateado, de veinticinco a treinta años
de edad, recibió el nombre de
Geronimo. Era un macho muy conspicuo,
con una llamarada triangular de pelo
rojo en medio del abultado caballete de
la frente; un exuberante pelambre
negroazulado enmarcaba sus
prominentes músculos pectorales que
parecían cables de acero. El macho
auxiliar de Geronimo, de unos once años
de edad, tenía el lomo negro y lo nombré
Gabriel porque, por lo general, era el
primero en advertir mi presencia e
informar al grupo con redobles de pecho
y vocalizaciones. El grado de parecido
físico entre los dos machos adultos
indicaba que posiblemente tenían un
progenitor común. Había una hembra
joven, adulta, muy fácil de identificar a
causa de una reciente herida de trampa
que le había dejado la mano derecha
inútil. Esa mano, con los dedos
hinchados, rosados, colgaba inerte de la
muñeca; a menudo se veía a la joven
mecerla. Al cabo de dos semanas, se
había vuelto una experta en preparar la
comida sirviéndose del brazo y el pie
derechos para afianzar los tallos y de la
boca o la mano izquierda para tareas
más complejas, como pelar o desechar
las partes no deseables de una planta.
Podía subir o bajar de los árboles,
aferrándose con el brazo derecho a las
ramas y los troncos en vez de hacerlo
con la mano lesionada. A los dos meses
de verla por vez primera, desapareció
del grupo y la di por muerta. La hembra
dominante entre las cuatro del harén de
Geronimo recibió el nombre de
Maidenform, por sus largos y colgantes
pechos. Cada una de las cuatro hembras
adultas del grupo 9 tenía, al menos, una
criatura que aún dependía de ellas, lo
que mostraba el éxito reproductivo de
Geronimo.
La incorporación del grupo 9 a la zona
de estudio daba un total de cuarenta y
ocho individuos en cuatro grupos
distintos, una población que a principios
de 1968 presentaba una relación machos
a hembras adultos y adultos a inmaduros
de 1:1,1.
Por esa época, Coco, la vieja hembra
del grupo 8, ya no podía ser considerada
apta para la reproducción. Es muy
probable que Peanuts, al que echábamos
casi seis años de edad, fuera su último
hijo. El grupo 8, por tanto, no tenía
hembras reproductoras; por ello, Rafiki,
el viejo pero todavía potente dorsicano
que mandaba el grupo, buscaba
encontrarse con el grupo 4, que contaba
con cuatro hembras que habían
alcanzado recientemente la madurez
sexual o poco les faltaba.
La frecuencia de los enfrentamientos
entre distintas unidades sociales
aumenta cuando las zonas de
distribución se superponen, o cuando
existe una relación desproporcionada de
machos a hembras, como era el caso en
las laderas occidentales del Visoke
durante los primeros años de mi estudio.
No pasó mucho tiempo sin que los
grupos 4 y 8 tuvieran una pelea,
instigada por Rafiki después de seguir al
grupo 4 durante varios días.
Los dos grupos se encontraron primero
en una zona de crestas separadas por
profundos barrancos, en el límite de la
zona de distribución del grupo 8, en las
laderas suroccidentales del Visoke.
Mientras subía hacia los animales, con
un fondo de ruidosas vocalizaciones, iba
mirando al frente cuando observé en una
cresta lo que parecía ser un número
aéreo de cinco dorsicanos voladores:
tres del grupo 4 y Rafiki y Pug del grupo
8 saltaban de árbol en árbol, cargaban
paralelamente unos contra otros, se
tamboreaban el pecho y rompían ramas
con gran estrépito y ruido de astillas.
Sus fornidos y musculosos cuerpos
pasaban, con las sombras, del blanco a
tonos grises apagados, en vivido
contraste con el fondo verde del bosque.
Tan enzarzados estaban en la lucha que
no parecieron darse cuenta de mi
presencia.
Con la esperanza de pasar inadvertida,
gateé hasta una Hagenia próxima, donde
encontré a la vieja Coco acurrucada
resignadamente contra el tronco del
árbol, dándose golpecitos con una mano
en lo alto de la cabeza, la otra cruzada
en el pecho. Me miró tranquila y lanzó
un gran suspiro, como si expresara una
sufrida tolerancia ante el tumulto que se
desarrollaba a su alrededor. De vez en
cuando, Peanuts bajaba a toda prisa a su
lado para asegurarse de que seguía allí.
Después de breves abrazos, volvía a
reunirse con el segundo macho adulto
joven del grupo 8, Geezer, y reanudaba
los redobles pectorales dirigidos a los
tres dorsicanos del grupo 4.
Hubo más excitación que agresión en
este primer choque entre los grupos 4 y
8. Mientras contemplaba la prudencia
del despliegue paralelo de los dos
gorilas de dorso plateado dominantes —
Rafiki del grupo 8 y Whinny del grupo 4
— tuve la impresión de que ambos
sabían de sobra lo que se hacían y eran,
por tanto, capaces de evitar un combate
abierto por el respeto mutuo que se
habían ganado en numerosos encuentros
previos. Avanzada la tarde, los dos
grupos se separaron, aunque siguieron
intercambiando bocinazos y redobles de
pecho durante horas, comunicación que
parecía hacerse más tensa a medida que
aumentaba la distancia entre las dos
unidades familiares.
Dos meses después, en febrero de 1968,
Rafiki abandonaba sus intentos de
enfrentarse con cualquiera de los dos
grupos, el 4 o el 9, que por entonces
también deambulaban por las laderas
del Visoke. La vieja Coco se había
debilitado mucho y, dada su dificultad
para ir al paso del grupo, Rafiki adaptó
el ritmo de los desplazamientos y de la
comida a sus necesidades. El 23 de
febrero, al establecer contacto con el
grupo 8, no encontré señales ni de Coco,
ni de Rafiki. Sólo los cuatro machos —
Pug, Geezer, Samson y Peanuts—
jugando, tan libres de preocupaciones
como niños en una colonia de verano.
Desandando el rastro del grupo,
descubrí que Coco y Rafiki habían
anidado juntos, en nidos contiguos, las
dos últimas noches; luego perdí
completamente la pista. Dos días
después, Rafiki volvió al grupo 8 solo.
Nunca hallamos el cuerpo de Coco.
La desaparición y supuesta muerte de la
vieja hembra conllevó una falta de
cohesión entre los cinco machos. Las
disputas intestinas subieron de tono y se
reanudaron las refriegas con los grupos
4 y 9, cuyas zonas de distribución se
superponían con la suya.
El primer encuentro del grupo 8 con el 9
aconteció unos días después de la
desaparición de Coco, varias crestas
más allá de donde la había visto por
última vez. El rastreador y yo
alcanzamos el grupo 9 en una zona
inesperadamente próxima; mi ayudante
tuvo el tiempo justo de meterse a toda
prisa debajo de una enorme Hagenia
para que los gorilas no advirtieran
nuestra presencia. Gracias a la alta
vegetación, trepé al mismo árbol con el
fin de tener mejor perspectiva del grupo.
Al cabo de unos momentos se oyó un
fuerte ruido de arbustos rotos
procedente de la parte baja. Oculta en la
densa maraña de enredaderas del árbol,
me sorprendió ver a Rafiki dirigirse con
su banda de solteros hacia el grupo 9,
sin los habituales bocinazos y redobles
de pecho que anuncian un encuentro
entre grupos. El único indicio claro de
excitación era el abrumador olor a
dorsicano, procedente en su mayor parte
de Rafiki. Casi de inmediato, Samson y
Peanuts se mezclaron con tres adultos
jóvenes del grupo 9. Rafiki preparó
tranquilamente un nido diurno justo
debajo de mí, en una cavidad de la
Hagenia, sin percatarse de mi presencia
o de la del rastreador. En otro tiempo
había creído que el sentido del olfato
del gorila era superior al del ser
humano; ahora tenía una prueba de lo
contrario.
Transcurridos casi treinta minutos de
quietud, rompí sin querer una rama que
resonó como un tiro en el silencio del
período de reposo. Rafiki abandonó el
nido con un salto y miró hacia arriba,
entre las tupidas e intrincadas faldas del
árbol. Tras un pausado pavoneo
alrededor del tronco fue a colocarse con
gran ceremonia a un metro por debajo de
mí. Me miró, acusador, a la cara y al
mismo tiempo se mordía nerviosamente
los labios, una señal de tensión.
Intentando actuar con toda la candidez
posible, con la única preocupación de
los calambres de mis piernas, miré al
cielo, bostecé y me rasqué; mientras
tanto, el viejo macho se entregaba a una
exhibición de enfado en la base del
árbol, sin saber que tenía al rastreador
acurrucado y oculto a escasos palmos de
él.
Aunque atraídos por la indulgencia de
Rafiki con un ser humano, los miembros
del grupo 9 terminaron por irse a comer,
no sin antes haber contribuido con sus
redobles de pecho y vocalizaciones de
alarma a tan inesperado encuentro.
Rafiki los siguió de inmediato; sin
embargo, estoy totalmente convencida
de que disfrutó con su papel de
intermediario entre un humano habituado
a los gorilas y un grupo de gorilas no
habituado a los humanos.
Las laderas noroccidentales del Visoke
presentaban varias cuestas con árboles
de la especie Pygeum africanum
compartidos por los grupos 8 y 9. Los
frutos de este árbol, muy apreciados por
los gorilas, son una fuente de disputas y
aumentan la probabilidad de choques
entre las distintas unidades sociales. Los
grupos 8 y 9 se encontraban a menudo en
las crestas, y sostenían prolongadas
peleas por su interés en hacerse con los
frutos.
Rafiki, más dominante y con más
experiencia que Geronimo, fijaba por
regla general las pretensiones del grupo
8 por los árboles mejor provistos de las
partes superiores, y Geronimo atacaba
los árboles de las inferiores. Era un
espectáculo asombroso ver aquellos
dorsicanos de ciento cincuenta kilos
trepar por las delgadas ramas de los
árboles, a veinte metros del suelo, para
recoger con la boca y las manos cuantos
frutos podían, antes de bajar y sentarse
cerca del tronco a disfrutar de su
cosecha.
En una ocasión, Peanuts y Geezer,
aburridos ya del largo tiempo dedicado
a comer, corrieron montaña abajo hacia
varios jóvenes inmaduros del grupo 9
con ánimo de jugar. Los dos machos del
grupo 8 no vieron que Geronimo cerraba
la marcha de su grupo. Emitiendo
violentos gruñidos, éste los embistió de
inmediato montaña arriba. Los dos
jóvenes echaron el freno, se
incorporaron sobre sus pies y se
abrazaron con una expresión de terror en
el rostro. Luego se volvieron a toda
prisa, corriendo hacia los suyos
mientras gritaban llenos de miedo.
Geronimo los persiguió hasta lo alto de
la cresta, donde se cruzó con Rafiki, que
bajaba a la carrera para defender a
Peanuts y Geezer. La prudencia se
impuso cuando Geronimo giró sobre sus
talones y condujo a su grupo lejos de los
solteros.
La ausencia de Coco, unida a las
frecuentes interacciones con otros
grupos, aumentó el desasosiego en el
grupo 8, sólo de machos. A la larga, Pug
y Geezer abandonaron su grupo natal
para irse juntos a las laderas
septentrionales del Visoke, a una zona
no muy retirada de la del grupo 8. Su
partida dejó a Rafiki solo con la
presunta progenie de él y Coco: Samson
y Peanuts. No obstante, las riñas entre
Rafiki y su hijo mayor continuaron
durante casi un año. Las fricciones se
producían más a menudo cuando los tres
machos se encontraban con otros grupos
y la excitación de Samson iba más allá
de los límites tolerados por Rafiki. Al
viejo macho le costaba poco templar a
Samson; corría o se pavoneaba en
dirección a su hijo sexualmente maduro,
y éste adoptaba al punto una típica
postura de sumisión, inclinándose sobre
los brazos, la mirada desviada de su
padre y el trasero levantado. Rafiki sólo
tenía que mantener su afectada postura
durante unos segundos, erizado el pelo
de la cabeza, la mirada clavada en
Samson, para restablecer, al menos por
un tiempo, la armonía en el seno del
grupo.
Tres años y medio después de la muerte
de Coco, Rafiki se hizo con dos hembras
del grupo 4, Macho y Maisie, durante
una violenta pelea con este grupo en
junio de 1971. Durante el
enfrentamiento, el ojo derecho de
Peanuts quedó inútil a causa de un
mordisco de Uncle Bert, el joven macho
de dorso plateado que había heredado la
jefatura del grupo 4 tres años antes, a
raíz de la muerte de su padre Whinny.
Con la adquisición de dos hembras
nuevas, Rafiki pareció recuperar el
vigor. Defendía a capa y espada su
harén frente a Samson, lo que provocaba
más fricciones entre padre e hijo. Estaba
clarísimo que Samson desperdiciaba sus
posibilidades reproductoras al
permanecer en su grupo natal. Por tanto,
tuvo que dejarlo como hicieran
Pugnacious y Geezer casi un año antes.
Samson se convirtió en un dorsicano
periférico, es decir, en un macho de
dorso plateado que marcha durante un
tiempo a unos cien o doscientos metros
del grupo natal, hasta que se aleja para
adquirir sus propias hembras
raptándolas de otros grupos y establecer
su territorio. Ambas fases, la periférica
y la solitaria, son, por regla general,
etapas necesarias para todo macho
sexualmente maduro, a menos que
encuentre posibilidades reproductoras
en su grupo natal. La partida de Samson
dejó a Rafiki con Maisie y Macho, las
dos hembras jóvenes arrebatadas al
grupo 4, y con el joven Peanuts.
Samson regresó inesperadamente de su
lejana zona de distribución y se las
arregló para alejar a Maisie de Rafiki,
en septiembre de 1971. Cuatro meses
después, Maisie y Samson fueron vistos
con un gorila recién nacido. En junio de
1973, Rafiki demostró su propia
virilidad cuando su única hembra,
Macho, dio a luz a una chiquitina,
llamada Thor.
El grupo 8 seguía teniendo una singular
composición; lo formaban Rafiki, su
joven pareja Macho, su hijo Peanuts de
once años y una hija recién nacida,
Thor. Contento por lo visto con su
pequeña familia, Rafiki ya no trataba de
encontrarse con otros grupos. Cuando
Thor contaba unos seis meses de edad,
vi a Rafiki en una postrera lucha con el
grupo 4. Noté que los bocinazos y
redobles de pecho del regio y anciano
dorsicano carecían de resonancia y
fuerza; sin embargo, su aspecto físico
parecía tan imponente como siempre. Es
posible que fuera evitando a otros
grupos, porque se daba cuenta de las
limitaciones físicas que conllevaba la
edad.
En noviembre de 1971, cinco meses
después de que Rafiki arrancara a
Macho del grupo 4, los rastreadores y
yo emprendimos una búsqueda intensiva
del grupo 9, al que no habíamos visto
desde hacía siete meses. Por fin
aparecieron en el collado entre el
Visoke y el Mikeno, prácticamente en el
mismo sitio donde fueron detectados por
vez primera cuatro años antes. En lugar
de los trece robustos individuos que
esperaba encontrar, sólo quedaban
cinco. El otrora poderoso cuerpo de
Geronimo estaba enflaquecido, su antes
musculoso pecho, hundido, y el pelo
negroazulado, entrecano y deslustrado.
Tenía la mano derecha deformada y
contraída, quizá de resultas de una
trampa, y se le veían más heridas por la
espalda y los muslos. No lo habría
reconocido jamás de no ser por la
marchita estela de pelo rojo en el centro
de la frente y la presencia de
Maidenform, una de las cuatro hembras
que había tenido anteriormente en el
grupo 9. Intenté no dejarme ver, pero al
cabo de una hora el enfermo macho
sabía que andaba cerca un ser humano.
Con una expresión facial preocupada y
haciendo un tremendo esfuerzo físico,
intentó ponerse en pie para explorar los
alrededores. El olor a miedo, tan
intenso, alarmó a sus dos hembras y a
los pequeños, que se apiñaron junto a él,
prontos a huir. Tuve que revelar mi
presencia, y el asunto quedó zanjado
cuando Geronimo pareció reconocerme;
el grupo continuó comiendo hacia el
monte Mikeno, más al oeste, en el
collado.
Ésta fue la última vez que vi a
Geronimo, si bien Maidenform y otras
hembras fueron localizadas más adelante
en dos grupos distintos que merodeaban
por las laderas noroccidentales del
Visoke y el collado a su oeste. Aunque
nunca sabré si fueron los cazadores
furtivos o causas naturales los
responsables de la desaparición
definitiva de Geronimo, me inclino a
pensar lo segundo. Con los años, sus
excrementos fueron cada vez más
mucosos, plagados a menudo de
Anoplocephala cestoda, y desde luego
no ofrecía buen aspecto la última vez
que fue visto. Su muerte, claro está,
supuso el fin del grupo 9 como unidad
social independiente, porque ningún
grupo familiar de gorilas puede perdurar
sin un jefe dorsicano.
Al no estar el grupo 9 por las laderas
noroccidentales del Visoke, la
probabilidad de escaramuzas entre los
grupos 4 y 8 disminuyó de forma
considerable, pues el espacio adicional
reducía la superposición entre los dos
grupos. Rafiki, por su parte, se
contentaba con dejar transcurrir
lentamente los días con su menguado
grupo 8, de singular composición; sin
embargo, Peanuts a veces se alejaba
solo a un kilómetro de distancia o poco
más, como si buscara encontrarse con
otros grupos.
El medio social de la pequeña Thor,
ahora de once meses de edad, era todo
lo contrario del de los sociables jóvenes
del grupo 5 y sus muchísimas relaciones
de camaradería. La falta de compañeros
de juego privaba a Thor de preciosas
oportunidades de aprendizaje. Su
habilidad motora llevaba tres meses de
retraso respecto de la mayoría de los
gorilas de once meses criados bajo el
estímulo de la relación con otros de su
misma edad. Thor contaba con su madre,
Macho, para el juego táctil, y con la
vegetación de los alrededores para jugar
sola. También su peso era cuatro kilos
inferior a la media, y rara vez se la veía
á más de tres metros de Macho, a una
edad en que otras crías solían jugar
fuera de la vista de sus madres. Además
de la falta de incentivos sociales, puede
que Thor fuera menos atrevida por ser
su madre primeriza y carecer de
experiencia previa en el tratamiento de
los hijos.
Mi querido Rafiki, amigo mío durante
siete años, no pudo ser testigo del
desarrollo de su última hija más allá del
undécimo mes. En abril de 1974, el
regio monarca de la montaña moría de
neumonía y pleuresía; dejaba a Macho,
Thor y Peanuts como únicos vestigios
del grupo 8. Unos seis días antes de su
muerte, Rafiki se movía y comía muy
poco, y durante todo ese tiempo, Macho
y Peanuts se buscaron el sustento
alrededor del viejo y debilitado
dorsicano, en un radio de treinta a
sesenta metros.
Recibí la noticia de la muerte de Rafiki
en Kigali (Ruanda), cuando regresaba de
Cambridge (Inglaterra). Un estudiante,
en viaje de vuelta a Inglaterra, llamó a
la puerta de mi hotel; llevaba una
enorme bolsa de plástico que destilaba
un líquido con olor a putrefacción. Sin
preámbulos, el estudiante me espetó:
«Es la piel de Rafiki, quisiera
llevármela a casa.» La cruel declaración
fue un golpe de una fuerza demoledora.
Esta horrible violación de la majestad,
la fuerza y la dignidad de Rafiki me
pareció una falta de respeto intolerable.
Le confisqué rápidamente el trofeo,
asqueada por la petición.
Peanuts, el joven dorsicano hijo de
Rafiki, que entonces contaba doce años
de edad, fue visto marchando con Macho
y Thor. Cuatro semanas después ocurrió
lo inevitable. Con el fallecimiento del
anciano jefe y con sólo el inexperto
Peanuts «al mando» de Macho —una
hembra adulta sin fuertes lazos de grupo
—, Uncle Bert condujo al grupo 4 a lo
que habían sido los dominios del grupo
8. Veintisiete días después de la muerte
de Rafiki, moría Thor —de sólo once
meses— en el curso de un violento
choque entre los dos grupos. Uncle Bert
mordió mortalmente a la pequeña en el
cráneo y la ingle, típicas heridas
infanticidas que causan la muerte
instantánea. Macho cargó con el cuerpo
de Thor todo el resto del día, para
abandonarlo a unos diez metros de su
nido nocturno. A los once días del
infanticidio, vimos a Macho copular con
el inmaduro Peanuts. Cinco meses
después, Uncle Bert se la arrebataba al
joven macho en una nueva y violenta
pelea.
Sucediéronse diecinueve meses de
aprendizaje para Peanuts, durante los
cuales trató, sin éxito, de conquistar
hembras de otros grupos. Como todos
los dorsicanos jóvenes sin posibilidades
reproductoras en su grupo natal, necesitó
este período de deambulación en
solitario a fin de adquirir experiencia
para hacerse con otros individuos con
los que fundar su propio grupo, y de
desarrollar el imprescindible arte del
mando cara a mantener el nuevo grupo
unido frente a la intrusión de otros
machos de dorso plateado más duchos.
Me daba pena ver a Peanuts errar por el
bosque, solitario, pues podía recordarlo
fácilmente como alegre jovenzuelo,
viviendo en el seno de su pequeño grupo
familiar.
En noviembre de 1975, Peanuts fue visto
viajando con un animal más joven, al
que llamé Beetsme, por la incertidumbre
en cuanto a sexo y antecedentes.
Beetsme demostró una insólita
condescendencia con los observadores
y, como había sido adquirida en las
laderas noroccidentales donde antes
anduviera el grupo 9, supuse que el
animal era uno de los hijos de Geronimo
que había madurado a una edad estimada
de unos diez años. Durante dos meses,
Beetsme y Peanuts vagaron juntos, hasta
que Uncle Bert intervino de nuevo y se
llevó a Beetsme al grupo 4.
Probablemente para evitar más
encuentros con Uncle Bert, Peanuts se
trasladó a las laderas norte del Visoke,
fuera de la zona de estudio. Transcurrió
un año entero con sólo alguna que otra
observación o rastro que confirmara que
Peanuts aún viajaba en solitario. Para
entonces, en marzo de 1977, se le vio
con otros cinco adultos, tres de ellos
muy parecidos a las hembras de
Geronimo. Con unos quince años de
edad, Peanuts era sexualmente maduro,
pero su vitalidad había menguado de
manera notable. El joven no llegó a
recuperarse del todo del mordisco
recibido durante la refriega de junio de
1971, cuando su padre, Rafiki, logró
arrancar a Macho y Maisie del grupo 4.
El lado derecho de la cara de Peanuts
seguía hinchado, y el ojo
correspondiente exudaba en abundancia.
Me parecía imposible que consiguiera
retener las hembras que había
conquistado. La verdad es que el grupo
8 pasó a la historia con la muerte del
noble Rafiki, lo mismo que el 9 había
tocado a su fin con la desaparición y
presunta muerte de Geronimo.
8. Visitantes humanos
en el Centro
de Investigación
de Karisoke
Durante los años en que dispuse de
cuatro grupos de estudio importantes
cerca de Karisoke, estaba muy contenta
de pasar varios meses sin ver a nadie
más que al personal del campamento,
Rima, Cindy y los gorilas. Después de
varios años, y debido a la publicidad
dada al centro de investigación, nuestra
paz se vio turbada por extraños que
llegaban sin previos anuncio ni
invitación. Uno de los días había vuelto
temprano a casa y me hallaba pasando a
máquina las observaciones del día
referidas al grupo 5, cuando un sonoro
martilleo hizo estremecer la cabaña
desde sus cimientos. Al abrir la puerta,
vi apoyado en el marco de la puerta a un
norteamericano bastante atractivo, con
barba y cabello largo, y vestido con
pantalones vaqueros muy ajustados —
una indumentaria no precisamente ideal
para ir por la montaña—.
El extranjero dijo:
—He venido a ver a los gorilas.
Su exigente tono desencadenó mi sentido
de hostilidad y, agitando las manos en el
aire hacia el collado, al sur del
campamento, le contesté:
—Ve a buscarlos.
—Me quedaré aquí e iré con usted la
próxima vez que salga a ver a los
gorilas, sea cuando sea —replicó.
—Tendrá que esperar mucho tiempo —
le respondí. Tras lo cual cerré
tranquilamente la puerta. El extranjero
se retiró lentamente hasta donde se
hallaba su porteador, a unos veinte
metros de mi cabaña, y ambos se
instalaron a comer pan y sardinas.
Rápidamente me reuní con el personal
del campamento para planificar el
primero de numerosos juegos de rastreo
encaminados a librarnos de los intrusos.
Veinte minutos más tarde, dos de los
hombres y yo salíamos, en apariencia a
escondidas, del campamento en busca de
los gorilas. Tal como habíamos
esperado, el norteamericano recogió con
gran rapidez su mochila, la arrojó a su
porteador y nos siguió sigilosamente.
Asegurándonos de ir dejando grandes
huellas, avanzamos durante unos treinta
minutos, tras lo cual me escondí en la
vegetación cerca de la pista principal.
Varios minutos después, apareció el
norteamericano gateando, seguido por el
sobrecargado porteador, e intentando
seguir el ritmo del personal del
campamento. Mis hombres lograron
conducir a los intrusos a lo largo de un
camino de tres o cuatro horas,
penetrando y saliendo de algunos de los
barrancos más difíciles de la zona de
estudio. Volví al campamento
sintiéndome sólo algo culpable de haber
engañado al exigente extranjero.
La irrupción de turistas, periodistas y
fotógrafos no invitados en el
campamento era totalmente inesperada.
Como el Centro de Investigación está
situado en un parque público, muchos
intrusos consideraban las cabañas del
campamento de propiedad pública. A
veces llegaban a forzar las puertas y
ventanas de las cabañas, y, además, el
personal ruandés me pedía permiso para
realizar pequeñas tareas para los
extranjeros que intentaban convertir el
centro de estudio en un centro turístico
en miniatura, durante la estación alta.
Una estudiante que hacía sus
necesidades en una letrina junto a su
cabaña, descubrió al levantar la vista a
un turista inmortalizando el momento
con una cámara con teleobjetivo. Ciertas
personas merecían hospitalidad, pero
siempre que se sentaban precedentes
parecía propagarse como el fuego la
noticia de que Karisoke estaba abierto a
todos los visitantes, llegando todavía
más extranjeros de sopetón.
Un día, a última hora de la tarde,
apareció un gran grupo de turistas que
pedía alojamiento y mis servicios como
su guía personal para ver a los gorilas.
El asistente del campamento declaró que
yo estaba en Zaire, mientras que
simultáneamente el leñador insistía en
que estaba en Uganda. Presintiendo
algún engaño, los extranjeros instalaron
obstinadamente sus tiendas a unos
sesenta metros de mi cabaña. Durante
tres días y tres noches estuve cercada en
mi aposento, del que sólo salí por
razones de higiene y para los contactos
diarios con los primates. Para
escabullirme tenía que pedir prestada la
ropa del leñador, cubrirme con un gorro
negro de punto y llevar un ligero
brazado de leña, hasta quedar fuera del
campo visual del campamento.
Uno de los más inolvidables intrusos de
Karisoke apareció en el verano de 1971,
y tomó el camino de mi cabaña antes de
que el personal pudiera detenerlo.
Estaba enfrascada en mis mapas, cuando
de repente oí una voz claramente
británica que chillaba: «Hola, ¿hay
alguien en casa?» Sin dar ningún tipo de
credibilidad a lo que había oído, salí, y
no pude menos que mirar estupefacta a
la persona que, vestida con traje oscuro
de lana, camisa blanca, corbata con el
nudo flojo, calzada con zapatos de
ciudad, y llevando una cartera, avanzaba
hacia la puerta, mientras lo miraba todo
como un viajero de metro que se ha
apeado equivocadamente en una
estación cualquiera. Tras una afectada
conversación, me enteré de que era un
periodista independiente de uno de los
más famosos periódicos de escándalo
londinenses, y que estaba decidido a
entrevistarme. En vez de ello, apacigüé
al reportero con té, galletas y dos
artículos escritos por mí en el National
Geographic sobre gorilas, y regresé a mi
cabaña a trabajar. Mientras él
«entrevistaba» fuera a los artículos, se
oyó un gran escándalo de gritos y golpes
en el pecho procedentes del grupo 4,
ocasionados por una pelea con un macho
de dorso plateado en las laderas del
Visoke, justo detrás del campamento.
Al negarme a ser entrevistada, el
periodista se fue y no pensé más en él
hasta que, unas seis semanas después,
recibí un ejemplar de aquel
periodicucho. En primera plana figuraba
una fotografía mía, acompañada de un
increíble informe relativo a la
investigación sobre los gorilas y a los
peligros que había corrido el periodista
para lograr esta historia. El
exageradísimo artículo describía su
valerosa y solitaria ascensión a través
de la selva, llena de leones, tigres y
hienas, extraordinaria combinación de
animales en cualquier lugar que no sea
un zoo. Relataba cómo, al llegar, había
encontrado mi cabaña rodeada por
gorilas y cómo yo les hice salir de la
selva y acudir al campamento. El falso
artículo acababa: «… y los indígenas la
llaman Nyiramachabelli», es decir, «la
anciana que vive en la selva sin ningún
hombre».
Los equipos de televisión constituían
sólo algunas de las interrupciones de
foráneos a la investigación realizada en
Karisoke. La mayor parte de éstos
dieron tanto como recibieron, y cuando
se iban, normalmente se les echaba en
falta. Esto ocurrió sobre todo con el
equipo de diez personas de la ABC,
entre los cuales se encontraban Earl
Holliman y el grupo «Wild Kingdom»,
Warren y Genny Garst. Gracias a su
generosidad, Karisoke dispuso de un
generador, una nevera y muchos otros
regalos valiosos, como comida, ropa y
material. Todos estos grupos nos
ofrecieron también su amistad y
expresaron su preocupación por el
futuro de los gorilas de montaña. Otros
equipos de televisión llegaban al
campamento con programas inmutables
en su cerebro, incapaces de pensar en
algo más que no fuera en los objetivos
de sus cámaras o en su propia
comodidad. Esta gente dejaba en los
residentes del campamento una
sensación amarga. Además de los
fotógrafos profesionales poco
considerados, se presentaban turistas no
invitados que insistían en ver a los
gorilas habituados de los grupos de
estudio del Centro de Investigación de
Karisoke. La mayoría de ellos
intentaban eludir tanto el campamento
como a Nyiramachabelli. Normalmente
estos turistas llegaban en grupos grandes
e indisciplinados, y sobornaban a los
guías ruandeses del parque para que los
condujeran a ver a los gorilas, aunque
yo tenía un acuerdo con la
administración del Parque de los
Volcanes, según el cual los turistas no
molestarían a los animales objeto de
investigación.
Como la zona de acción del grupo 5
estaba próxima al límite oriental del
parque, y a la pista principal utilizada
por los porteadores para llegar a
Karisoke, dicho grupo sufrió
principalmente la mayor parte de
invasiones de turistas, en especial
durante las vacaciones de verano y los
fines de semana a lo largo de todo el
año. Esta situación se mantuvo igual
incluso después de disponer de otros
grupos de gorilas semihabituados
específicamente a las visitas turísticas.
Muchas veces en que los estudiantes o
yo salíamos para establecer contacto
con el grupo 5, encontrábamos sólo el
rastro de su huida, lleno de excrementos
diarreicos producidos mientras
intentaban alejarse de las masas de gente
que iban en su persecución. Los guías
del parque pronto aprendieron a
rehuirme, pero no tenían manías en
apartar a empujones a los estudiantes de
Karisoke. En diversas ocasiones los
amenazaron con disparar al aire para
asustar a los gorilas si los
investigadores permitían que los turistas
vieran a los animales sometidos a
estudio.
De la misma manera que los grupos 4, 8
y 9, y el recientemente formado (la
familia de Nunkie), tenían que
establecer una rigurosa vigilancia frente
a los cazadores furtivos en las zonas
más remotas de los Virunga, se forzó al
grupo 5 a defenderse de los intrusos.
Icarus y Beethoven aprendieron pronto
que podrían dispersarlos simulando un
ataque, aunque los rifles de los guías les
apuntaran directamente; estos dos
machos de dorso plateado lo único que
pretendían era defender a su familia de
un público exigente y cada vez más
nutrido.
Turistas y equipos de rodaje sin
invitación, en su avidez por obtener
tomas fotográficas, llegaban a
representar una amenaza para los gorilas
casi tan grande como la de los cazadores
furtivos. Un equipo de filmación francés,
del cual ya he hablado anteriormente,
persiguió diaria e implacablemente al
grupo 5 durante seis semanas. Esta
conmoción ocasionó un aborto de Effie.
El grupo 5 se trasladó entonces desde su
territorio habitual, situado en una zona
no frecuentada por los cazadores
furtivos, al interior del parque, donde
los turistas raramente se aventuraban,
pero allí abundaban las trampas de los
cazadores. El equipo francés retomó
triunfante a París para jactarse de un
aplaudido documental televisual, y dejó
que el grupo 5 se recuperara lentamente
de la invasión gala y que el personal de
Karisoke lo condujera fuera de la zona
de trampas.
Dos años después de la fundación del
Centro de Investigación de Karisoke, y
mientras cuidaba de Coco y Pucker, tuve
que admitir a regañadientes que yo era
sólo una persona. Si quería que se
cumplieran los objetivos, tanto de
investigación como de conservación, del
Centro de Investigación de Karisoke
tenía que contar con la colaboración de
estudiantes. El Dr. Louis Leakey,
intentando, como siempre, ayudarme, me
envió un norteamericano de veinte años,
quien al parecer deseaba llevar a cabo
un trabajo de campo en África. Tras las
tres horas de ascenso al campamento, se
desplomó a mis pies. Entre fuertes
jadeos, susurró: «No conseguiré
hacerlo.» En el corazón de la selva se
había dado cuenta, de inmediato, de que
no podría enfrentarse con la soledad
unida al ejercicio físico impuesto por lo
escarpado del terreno. Al oírlo, el
corazón me dio un vuelco, pero entonces
reparé en lo excepcional que era este
joven al reconocer inmediatamente que
la investigación de los gorilas no estaba
hecha para él.
No había aprendido todavía que los
síntomas manifestados por las personas
que llegaban a Karisoke y se veían
incapaces de adaptarse al trabajo en el
campamento o a los estudios de censos
eran tremendamente parecidos a los de
algunos astronautas que se someten a
entrenamientos de aislamiento para
misiones espaciales. El malestar incluye
a veces sudores, temblores
involuntarios, fiebres de corta duración,
pérdida del apetito y depresión grave,
además de largos ataques de llanto.
Denominé esta situación «melancolía
del astronauta», enfermedad totalmente
real. Cuando percibí lo seriamente que
afectaba a algunos individuos, jamás
intenté animarlos a quedarse en el
campamento y a proseguir su trabajo de
campo.
La segunda persona que llegó a
Karisoke fue Bob Campbell, el fotógrafo
del National Geographic que documentó
tan concienzudamente los últimos días
de Coco y Pucker en Karisoke. Durante
un período de casi tres años, y de forma
intermitente, Bob constituyó una
considerable ayuda para seguir de cerca
las evoluciones de los cuatro grupos en
estudio principales y ocuparse de las
patrullas contra los cazadores furtivos,
la construcción de cabañas, la formación
del nuevo personal ruandés y la
reparación de los hornillos y las
lámparas de queroseno. ¡Era siempre tan
descorazonador regresar al campamento
al atardecer, tras un agotador día
lluvioso transcurrido escalando y
tomando páginas de notas, para
encontrarme con que la lámpara de la
cabaña no funcionaba por culpa de un
manguito o de una aguja rota, o por
cualquier otra causa misteriosa que
requería desmontarla totalmente en sus
distintas partes, como muelles, anillos o
arandelas! Bob Campbell fue una de las
pocas personas que vinieron a Karisoke
con la paciencia precisa para enseñar al
personal del campamento —no
familiarizado con las lámparas de
queroseno— cómo mantener el «genio
de la selva» en funcionamiento, en un
momento en que dichas lámparas o sus
recambios no podían adquirirse en
Ruanda. Como uno de mis principios
más inamovibles era, y continúa siendo,
que las notas deben pasarse a máquina y
analizarse por la tarde del mismo día en
que han sido tomadas, el perfecto
funcionamiento de las lámparas de
queroseno se convirtió para mí en una
verdadera obsesión. Los hornillos de
queroseno eran también muy
caprichosos, pero ocupaban el segundo
lugar de mi lista de cosas impertinentes,
simplemente porque el pasar las notas a
máquina era más importante que llenar
un estómago vacío. El estómago puede
esperar, pero las impresiones diarias de
contactos con los gorilas pierden
precisión si no se transcriben de
inmediato.
Al extenderse la investigación sobre los
grupos de Karisoke en estudio, empecé a
sentir más curiosidad acerca de los
grupos marginales que ocupan otros
territorios, así como sobre el número de
gorilas residentes en los Montes
Virunga. Cuando George Schaller
finalizó su excelente estudio de campo
en septiembre de 1960, sus estimaciones
de la población total de gorilas de
montaña eran de 400 a 500. Por
desgracia, la situación política del
momento impidió que Schaller realizara
un recuento exacto de la población de
los gorilas en la parte ruandesa de los
volcanes. Gracias a los seis meses
transcurridos en Kabara en 1967, había
podido correlacionar tres grupos de
estudio de esa zona con otros tres que
había estudiado con anterioridad
Schaller durante seis años y medio.
Establecí la comparación basándome en
algunas similaridades de la composición
de los grupos, en fotografías de ciertos
individuos excepcionales y, sobre todo,
en los límites del campo de acción de
los grupos.
El cambio más evidente experimentado
por los tres grupos en el intervalo entre
la estancia de Schaller y la mía en
Kabara, fue la disminución del número
de gorilas de veinte a doce individuos.
Lo cual representa una pérdida de doce
animales, por lo menos, ya que se sabía
que cuatro de ellos habían nacido tras el
período de estudio de Schaller. Otra
diferencia notable consistía en la
variación de la relación entre adultos y
casi adultos, desde 1,2:1 a 2:1. Además,
se había producido una reducción
considerable de diez, ocho y tres
kilómetros cuadrados respectivamente
en los territorios de cada uno de los
grupos.
Estos aspectos fueron esenciales para
obtener un censo actualizado de los
gorilas restantes en los Virunga. La
apropiación de tierras había aumentado,
por lo que creí necesario saber con
exactitud dónde se concentraban las
poblaciones de gorilas para promover
proyectos de conservación a largo plazo
en dichas zonas.
En 1969, con la ayuda de Alyette
DeMunck y de Bob Campbell, inicié un
trabajo de censos, contando realmente
los gorilas y evaluando los territorios de
los grupos de los Virunga. Las personas
encargadas de los censos vivían en
campamentos de vivac, con toda la
comida y ropa de recambio que
necesitaban, material que
transportábamos en las mochilas. Dos
porteadores llevaban las pequeñas
tiendas, una máquina de escribir portátil,
una lamparita y un hornillo, unos cuantos
potes, recipientes de agua y sacos de
dormir. La duración de cada
campamento provisional dependía tanto
de la proximidad de agua como de la
frecuencia de señales de gorilas
descubiertas a una distancia razonable
de cuatro horas a pie desde el
campamento. Finalmente, con la ayuda
de estudiantes, reclutados normalmente
por correo, amplié el arduo trabajo,
prolongándolo durante casi un año.
Recorrer todas y cada una de las seis
montañas de los Virunga, desde los
collados a las cumbres, explorando cada
hondonada, barranco y ladera, supuso
una verdadera oportunidad de poner a
prueba nuestra resistencia física. Si se
tratara de una tarea más fácil,
posiblemente ya se habría intentado tras
las bases iniciales establecidas por
Schaller. En lo que a mí respecta, las
exploraciones a través de los volcanes
constituyeron una de mis más
memorables experiencias de la selva: el
acicate de la búsqueda, la emoción de
encontrar un nuevo grupo de gorilas, la
impresionante belleza de las montañas
revelada virtualmente en cada una de las
curvas de las pistas, así como el placer
de construir un «hogar» con sólo una
tienda y la benevolencia de la
naturaleza.
Mucho antes de contratar a estudiantes
europeos y americanos para realizar el
trabajo, enseñé a algunos ruandeses a
seguir la pista de los gorilas y a
familiarizarse con los quehaceres menos
complicados, como buscar agua y leña,
necesarios para el mantenimiento de los
campamentos de vivac. En las
expediciones diarias por la selva fue
necesario tomar nota de las señales de
los gorilas, tales como restos de
alimentos, de nidos y de excrementos.
Todos estos indicios se registraban en
un mapa topográfico para ver la
frecuencia con que los gorilas utilizaban
una zona en el transcurso del tiempo.
Más tarde, en Karisoke, las personas
encargadas de los censos se
familiarizaron con la relación existente
entre el tamaño de los excrementos y la
edad y el sexo de un individuo, aunque
existía cierto grado de inexactitud
inevitable cuando se intentaban
diferenciar las edades y los sexos de los
animales inmaduros. Siempre que se
encontraba un rastro fresco de gorilas
(de menos de cuatro días), debía
establecerse un contacto con el grupo, o
al menos realizar recuento de sus nidos
de noche. Prefería que los encargados
de los censos confirmaran la edad y el
sexo de estos tímidos gorilas al menos
mediante cinco recuentos consecutivos
de los dormideros de cada grupo. Esta
técnica, aunque muy pesada, era
absolutamente necesaria para determinar
la presencia de crías, muchas veces
escondidas durante los contactos con
grupos no habituados, así como la de
machos periféricos, los cuales
construyen sus nidos a unos cientos de
metros de distancia del núcleo principal.
Contactado un grupo, las observaciones
con prismáticos posibilitaban tomar
apuntes de las impresiones nasales de
los individuos más atrevidos. Estos
simples esquemas de las ventanas de la
nariz y de la forma de las arrugas
permitían la distinción de los individuos
de un grupo y otro, en especial en
asociaciones de tamaño parecido. Las
anotaciones gráficas eran
complementadas con descripciones del
comportamiento y vocalizaciones,
rasgos que ayudaban a identificar a los
miembros de los distintos grupos.
En el verano de 1970, el Dr. Leakey
envió a Karisoke a otro estudiante para
continuar el recuento iniciado un año
antes por DeMunck, Bob Campbell y yo.
Durante dos semanas se le puso al
corriente de los principales grupos de
gorilas en estudio, se le enseñó algo de
swahili y se le familiarizó con las
costumbres diarias del campamento.
Cuando parecía preparado para el
trabajo, Bob y yo, junto con algunos
porteadores ruandeses, iniciamos una
expedición con él hasta las laderas
septentrionales del Visoke, para fundar
el primer campamento de censos
dirigido por un estudiante. Escogí un
lugar denominado Ngezi, que en
kinyarwanda quiere decir «lugar donde
beben los rebaños», donde abundaban
los gorilas.
Escogimos un delicioso enclave para
instalar la tienda, cerca de un lago
pequeño, que todas las noches era
frecuentado por enormes manadas de
elefantes y búfalos. Bob, el estudiante y
yo pasamos tres días explorando los
terrenos adyacentes. No encontramos
rastros frescos de gorilas, pero
localizamos numerosas huellas de
dormideros de una semana de
antigüedad. Convencidos de que el
trabajo sería muy positivo, Bob y yo
volvimos a Karisoke para dedicarnos a
los cuatro principales grupos en estudio.
Durante las semanas siguientes, un
desfile continuo de porteadores de
Ngezi me trajo informes preocupantes
referentes a las actividades del joven,
muchas de las cuales no estaban
relacionadas con los censos. No tuve
otro remedio que enviarlo de vuelta a
América.
En los once años siguientes llegaron a
Karisoke unas veintiuna personas para
realizar los censos, las cuales, tras un
período de formación, fueron destinadas
a diversos enclaves en los Virunga. La
mayor parte de dichos estudiantes no se
amoldaron a las duras exigencias del
trabajo. Muchos de ellos volvieron a su
lugar de origen después de un breve
período de tiempo. Inconscientemente,
había confiado en que cualquiera que se
dedicara a los censos sentiría el mismo
entusiasmo que yo sobre el prodigio de
las montañas y el privilegio de ver a los
gorilas. Jamás supuse que las agotadoras
marchas por las pistas fangosas, las
noches transcurridas en húmedos sacos
de dormir, los mojados pantalones y las
empapadas botas que debíamos
ponemos al levantarnos y las rancias
galletas que nos servían de alimento no
constituyeran para todo el mundo una
especie de paraíso.
La mayoría de las personas encargadas
de los censos, así como la mayor parte
de los ayudantes científicos eventuales
del Centro de Investigación de Karisoke,
se escogían mediante solicitudes por
correo, acompañadas de excelentes
referencias académicas. Como apenas
abandonaba el campamento durante los
días iniciales del estudio y pasaba muy
breves períodos en América o
Inglaterra, era poco frecuente que
efectuara personalmente la selección.
No obstante, y siempre que podía,
entrevistaba a los solicitantes.
Pronto nos dimos cuenta de que era muy
difícil prever la actuación de incluso los
individuos más prometedores en las
condiciones de aislamiento de la selva.
Por descontado, todos los candidatos
creían que una experiencia previa de
acampada y montañismo en América o
Europa, unida a un sincero interés por el
estudio de los gorilas, les capacitaba
para el trabajo de campo en los Virunga.
Aunque yo hacía hincapié en las
incomodidades y el aislamiento social a
que se verían sujetos, la combinación de
su entusiasmo y de mi optimismo acerca
de las actitudes de los recién llegados
me condujo a diversas situaciones
desagradables con algunas de las
personas llegadas a Karisoke. Otra
fuente de dificultades en nuestras
relaciones fue mi inclinación a concebir
el centro de Karisoke como un conjunto
funcional, mientras que,
incomprensiblemente, muchos de los
estudiantes sólo tenían en consideración
sus propios intereses. Los conflictos que
tuve con los investigadores se debían
casi siempre a la necesidad de continuar
con las patrullas contra los cazadores
furtivos, en especial cuando se
descubrían trampas en la zona en
estudio; o a la construcción de más
cabañas y el mantenimiento de las ya
existentes, así como del material,
lámparas, hornillos y máquinas de
escribir; o al siempre absorbente trabajo
de no retrasarse en las notas diarias de
campo para los registros a largo plazo
de Karisoke. Por otro lado, en casi todas
las estaciones de campo, es normal que
estallen disputas cuando personas
procedentes de medios totalmente
distintos se ven obligadas a convivir en
un ambiente reducido. Los conflictos
surgidos en Karisoke han sido
posiblemente más graves que en otros
centros de investigación a causa de las
inclemencias del tiempo, de la gran
altitud, de la dieta alimenticia y —para
muchos estudiantes— del aislamiento
social.
La selección de los temas de estudio
apenas comportaba problemas; había
mucho que aprender sobre el
comportamiento de los gorilas y la
ecología de los Virunga. Algunos
estudiantes no tenían un interés especial
por determinado tema, aparte la
investigación en general, y se les
permitía escoger uno de los proyectos
de una lista, que comprendía
comportamiento de dominio, desarrollo
de las crías, actividades de
mantenimiento (alimentación, espulgo,
nidificación, cuidado maternal),
vocalizaciones, escaramuzas entre
grupos, modos de establecer el rango
social, parasitología y botánica. La
National Geographic Society continuó
manteniendo con gran generosidad el
Centro de Investigación de Karisoke, a
mí y al personal africano; los estudiantes
de doctorado solían estar
subvencionados por sus universidades o
por organismos con los que habían
acordado una financiación privada antes
de su llegada a Karisoke. La L.S.B.
Leakey Foundation ayudó a subvenir
cualquier tipo de necesidades especiales
respecto al material y apoyó
económicamente proyectos de
investigación a corto plazo. Tanto la
National Geographic Society como la
Leakey Foundation mantuvieron a los
ayudantes de investigación general,
aunque yo no era partidaria de pedir
dinero para los billetes de avión o para
sueldos. Yo nunca había estado a sueldo
y pensaba que la investigación tenía sus
propias recompensas.
A principios de 1975 llegó a Karisoke
un distraído profesor para realizar un
proyecto de estudio botánico exhaustivo.
Todos sus gastos de viaje, su material y
sus provisiones fueron pagados gracias
a una beca que obtuve. Dicha
subvención estipulaba que el material
nuevo se quedara en Karisoke tras la
marcha del botánico y que se preparara
un informe completo de sus conclusiones
en un tiempo razonable a su vuelta a los
Estados Unidos. Lamentablemente, no se
cumplió ninguna de esas dos
condiciones. A los ocho días de su
llegada, el botánico incendió
involuntariamente su cabaña al colgar
las finas láminas para secar las plantas
sobre la estufa de leña. Todo el material
nuevo, los muebles, mi irremplazable
biblioteca sobre botánica, otros libros
excepcionales y la nueva radio de onda
corta de Karisoke fueron destruidos por
el fuego. El personal del campamento y
yo combatimos las llamas durante horas,
acarreando cubos de agua desde Camp
Creek, a unos veinticinco metros de
distancia. Al final del día apenas
quedaba algo de la cabaña y de su
valioso contenido; sólo un revoltijo
apestoso, carbonizado y empapado.
Tanto los africanos como yo sufrimos
graves inhalaciones de humo y otros
daños. Acabábamos de desplomamos
junto a las ruinas humeantes cuando
apareció el botánico, después de haber
pasado el día en el campo. Con una
serie de palabrotas expresó su enfado
por la interrupción temporal de su
estudio. Para mí y para el personal
ruandés, éste fue el primero de los
muchos desastres que iban a abatir el
campamento que habíamos construido
juntos en la soledad de las montañas.
Una estudiante que había dejado su ropa
a secar encima de la chimenea provocó
el incendio de la segunda cabaña.
Durante algunas semanas después del
accidente, esta responsable persona se
dedicó concienzudamente a reconstruir
la cabaña. Sus esfuerzos me ayudaron a
recuperar un poco de confianza en la
gente que venía a trabajar con los
gorilas.
Otro de los estudiantes no tenía sentido
de la orientación, ni tan siquiera con la
ayuda de una brújula y de marcas en las
pistas. Los rastreadores y yo tuvimos
que aceptar su modo de ser, aunque
perdimos muchas horas organizando y
realizando partidas de búsqueda. A
pesar de la reglamentación de Karisoke,
en la cual se indicaba que la llegada de
todo el personal al campamento fuera
como máximo a las cinco y media
(excepto en circunstancias especiales y
en compañía de un rastreador), pronto
aprendimos a buscar al estudiante en los
sitios más inesperados, muchas veces en
una dirección totalmente opuesta a
donde le había dejado el guía, y siempre
de noche. Pero esta persona tímida y
algo solitaria llegó a compenetrarse
perfectamente no sólo con los gorilas,
sino también con los traviesos Kima y
Cindy. Durante los diez meses de su
estancia realizamos juntos algunos
contactos de campo y me alegró
comprobar que anteponía las
necesidades de los gorilas a las suyas.
Nunca forzó a los animales más allá de
los límites de su tolerancia, práctica que
no seguían todos los estudiantes.
Los conflictos referentes a los derechos
de los gorilas me ocasionaron algunos
problemas con varios estudiantes
interesados en obtener datos de
observaciones para sus doctorados. Uno
de ellos adquirió la costumbre de
defecar cuando se hallaba en medio del
grupo 5, sin darse cuenta, al parecer, de
las graves consecuencias que podían
tener tales acciones antihigiénicas sobre
los miembros del grupo. Cuando le
critiqué su comportamiento, me contestó,
muy enfadado, que las observaciones no
podían interrumpirse ni tan siquiera por
los imperativos de la naturaleza.
Un estudiante de veinte años demostró
ser una persona muy idónea para los
censos, y finalmente realizó sus estudios
de doctorado desde el campamento. A
causa de su dedicación inicial, lo dejé a
cargo de Karisoke durante una breve
estancia en la Universidad de
Cambridge. En mi ausencia demostró
sus aptitudes para el mantenimiento tanto
de la investigación en el campo como
del registro de datos en el campamento.
Durante casi un año y medio alternó los
períodos de Karisoke con visitas a su
universidad en Inglaterra. Pero un día,
posiblemente a causa de su mayor
autoconfianza y experiencia en el
campo, cometió la casi fatal
equivocación de intentar ahuyentar a una
hembra de búfalo que se hallaba en una
pista situada a un metro y medio por
encima de él. El estudiante lanzó un
bufido para intentar asustarla, pero en
lugar de ello fue embestido por ella,
enfadada con toda la razón. Cargó contra
él, lo arrolló y lo corneó varias veces.
Aunque casi herido de muerte, el
estudiante se las arregló como pudo para
volver a mi cabaña, donde se desmayó,
debido a la cantidad de sangre que había
perdido. Tuve entonces una buena razón
para agradecer mi formación
hospitalaria, mientras me ocupaba de la
conmoción, de las graves y profundas
heridas y de los múltiples desgarrones.
En pleno delirio, el estudiante acertó a
decir: «Fui un condenado y maldito
estúpido.» Lo cuidé sin descanso
durante cuatro días, hasta que estuvo en
condiciones de ir a Inglaterra para que
lo operaran.
Hubo algunos estudiantes que llegaron a
sentirse en los Virunga como en casa,
igual que yo, y que también anteponían
los animales del bosque a sus propios
intereses. Un día del verano de 1976, me
encontraba conduciendo hacia la base
del Visoke tras dejar a cuatro personas
que se habían encargado de los censos
cerca de la base del monte Mikeno, en
Zaire. No quedaba ningún estudiante en
Karisoke y me preocupaba al pensar
cómo nos las arreglaríamos los
africanos y yo para continuar estudiando
los cuatro grupos principales de gorilas,
así como los marginales, y mantener las
patrullas contra los cazadores furtivos.
En un recodo de la pista paré el coche
para ofrecerme a llevar a un autostopista
muy cargado. Tim White, un
norteamericano que viajaba solo
alrededor del mundo, resultó ser
justamente la persona que cualquiera
desearía para ayudante de campo. Tim
quería pasar un día en las montañas; se
quedó diez meses en Karisoke. Arregló
cabañas y material, siguió a los grupos
en estudio, a los marginales, a los de
censos y, tras algunas frenéticas
lecciones, pasó sus notas de campo
todas las noches. Su serenidad fue una
bendición no sólo para mí sino también
para los empleados ruandeses y algunos
de los estudiantes que con el tiempo
instruyó.
Aunque al principio Tim era un pacifista
convencido, pronto se dio cuenta de que
la matanza ilegal de animales y la
presencia de cazadores furtivos en el
parque no podía tolerarse en Karisoke.
Rápidamente conté con su ayuda en las
patrullas contra los cazadores furtivos.
Cuando llegaron al campamento nuevos
estudiantes, Tim decidió continuar sus
viajes. Acabó pasando cerca de seis
años en África, y durante dieciséis
meses trabajó voluntariamente en un
hospital de misiones en Liberia. Pienso
que cualquiera que conozca a Tim White
ha de quedar enormemente impresionado
por su entrañable bondad y desinterés.
Karisoke siempre lo recordará por la
profunda entrega que nos dispensó
cuando lo necesitábamos.
Cuando Ric Elliot solicitó desde
Inglaterra poder trabajar en el
campamento, su parquedad en el uso de
las palabras yo y mi en sus cartas daba
la impresión de tratarse de una persona
interesada en contribuir a los objetivos
de Karisoke más que alguien que
precisara aquella experiencia para sus
propios fines. Los diez meses que Ric
pasó en el campamento demostraron que
era así. Aunque la formación de Ric y la
de Tim eran distintas, los abuelos de uno
y otro habían sido carpinteros, y ambos
disfrutaron mucho construyendo y
ocupándose del mantenimiento de las
cabañas y del material. Ric estaba
especialmente interesado en veterinaria
y nos fue muy útil para realizar
autopsias de gorilas y estudios de
parasitología. Su partida dejó un vacío
en el personal del campamento y en mí.
Año y medio después de la marcha de
Ric, Ian Redmond, también inglés,
reemprendió ávidamente el proyecto de
parasitología en el punto en que su
predecesor lo había dejado. Ian
disfrutaba con fruición el tiempo que
pasaba encorvado sobre el microscopio
en busca de nuevas especies de
nematodos y cestodos parásitos de los
gorilas. Era un enamorado de su trabajo,
y su entusiasmo disipó incluso la
perplejidad inicial de los africanos, que,
como yo, estaban impresionados por la
dedicación de Ian y los cientos de
botellas, bandejas y bolsas de plástico
para muestras que acumuló gracias a su
trabajo. La curiosidad de Ian abarcaba
todos los animales del bosque, desde los
elefantes a las ranas. Karisoke empezó
pronto a parecer un museo de historia
natural, ya que coleccionó y clasificó
con gran esmero huesos y otras partes de
mamíferos, aves e insectos muertos. Me
las arreglaba para entrar, lo menos
posible, en la cabaña de Ian, ya que
nunca estaba segura de lo que podría
encontrar en su olorosa colección.
Los africanos apreciaban profundamente
a Ian Redmond. Su forma preferida de
finalizar la jomada consistía en sentarse
alrededor de la chimenea para compartir
con ellos la cena a base de maíz, judías
y patatas, o cualquier hortaliza que
tuviera. Ningún europeo se ha
encontrado nunca tan a gusto en la selva
como Ian. Jamás protestó por colaborar
en las patrullas contra los cazadores
furtivos o realizar recuentos de
primates. Podía andar fácilmente unos
dieciséis kilómetros a diario siguiendo
la pista de los gorilas o de los cazadores
furtivos y, cuando se alejaba del
campamento, muchas veces pasaba la
noche confortablemente acurrucado bajo
una enorme Hagenia, con un colchón de
musgo y un poncho como sábana. Su
entusiasmo era tan contagioso, que los
africanos que lo acompañaban en dichas
excursiones nunca se quejaban.
Normalmente llevaba pantalón corto
incluso en zonas de vegetación llena de
pinchos. Yo consideraba esta manía
como un misterio, porque Ian no era una
persona presumida. Un día de frío
glacial, cuando se disponía a salir
alegremente vestido con pantalón corto y
jersey, le pregunté qué intentaba
demostrar. Me contestó lentamente,
como si le diera algo de vergüenza:
«Dian, si llevas pantalón corto en el
campo, te das más cuenta del medio
ambiente que te rodea. Puedes notar la
diferencia entre la vegetación suave de
los collados, las plantas húmedas de los
prados o el frío de la zona alpina.»
Pronunció estas palabras con titubeos,
intentando expresar sus sentimientos,
súbitamente tímido, como si hubiera
revelado demasiado de lo más profundo
de su sensibilidad por todo lo que la
naturaleza podía ofrecer.
Para Ian no había grupo de gorilas, por
alejado del campamento que estuviera,
que no pudiera ser estudiado, ni
tampoco trampas demasiado distantes
para que se mantuvieran intactas. Poco
tiempo antes de que Ian tuviera que
volver con su familia a Inglaterra, un
rastreador nos habló de un grupo
marginal que había encontrado al otro
lado del Visoke. Sin ningún tipo de
dudas, Ian y el rastreador abandonaron
el campamento a primera hora del día
siguiente para intentar identificar a los
individuos y realizar varios contajes de
los nidos nocturnos. El terreno de dicha
vertiente de la montaña está formado por
numerosas crestas frecuentadas por los
cazadores furtivos para instalar sus
trampas. El grupo marginal visto por Ian
había huido del sector montañoso para
trasladarse a la zona contigua del
collado.
La expedición fue anormalmente larga.
Ian y el rastreador se encontraban
siguiendo con suma paciencia las
huellas de los gorilas, cuando se toparon
con tres trampas para duikers recién
instaladas. Mientras estaban rompiendo
de forma totalmente mecánica los postes
de bambú y confiscando los cepos,
pudieron oír el ruido producido por una
tala de árboles a sólo unos cincuenta
metros de distancia. Ian y el rastreador
se escondieron detrás de un montículo
pequeño a esperar que los tramperos se
fueran para poder destrozar las trampas.
Cuando cesaron los ruidos, Ian estaba a
punto de levantarse para ver hacia
dónde se habían ido los cazadores
furtivos cuando, de repente, vio
aparecer tres puntas de lanza a muy
pocos metros de distancia. Resulta
irónico, pero los cazadores furtivos
habían decidido pasar justamente por el
mismo montículo que habían utilizado de
escondite Ian y el rastreador.
Ian se levantó lentamente para que los
cazadores comprobaran que iba
completamente desarmado. Pero la
inesperada proximidad de un bazungu
(europeo) puso nerviosos a los ladrones.
Dos de ellos se escaparon, asustados
por el encuentro. El tercero, mirando
fijamente a Ian, dejó caer su panga y con
ambas manos lo lanceó dirigiendo el
arma a su corazón. Ian, instintivamente,
se tapó el pecho con el brazo izquierdo
y se agachó. Su muñeca recibió toda la
fuerza de la lanzada y, sin lugar a dudas,
le salvó la vida. Cuando se percató de
lo que había hecho, el cazador «puso
pies en polvorosa», según palabras de
Ian.
La herida de la muñeca era grave, pero
después de vendársela, el estudiante y el
rastreador fueron a cortar las otras
trampas. Sólo entonces Ian estuvo
dispuesto a regresar al campamento y
dirigirse después al hospital de
Ruhengeri para que le curaran.
Aparentemente, la muñeca se curó, pero
nunca volvió a estar igual que antes.
Tim White, Ric Elliot y Ian Redmond
destacan entre los estudiantes que
trabajaron en el campamento como las
tres personas que prestaron su ayuda a
Karisoke, no para su promoción
personal, sino con el fin de hacer todo lo
posible para ayudar a los gorilas y
favorecer la conservación activa en los
volcanes Virunga. No soy la única que
los recuerdo como seres excepcionales,
sino que el personal africano también se
acuerda de ellos, y los consideran entre
los mejores amigos que nunca han
tenido.
Huelga decir que el campamento no
podría haber existido sin la lealtad de
los ayudantes africanos, que llegaron a
creer que este remoto puesto, el Centro
de Investigación de Karisoke, podía
fomentar la doble finalidad de
conservación e investigación. Llegamos
a compartir un mismo objetivo, al
trabajar juntos para el futuro de la fauna
de los Virunga. La esencia de nuestro
trabajo era tan sencilla y directa como
lo fue nuestro comienzo, con sólo dos
tiendas, en 1967. Nuestros objetivos se
ampliaron gracias a la ayuda de
africanos de distinta condición, gente
como Paulin Nkubili, Mutarutkwa y
muchos otros zaireños y ruandeses que
se alistaron en las patrullas contra los
cazadores furtivos. Estos hombres, al
igual que Tim, Ric e Ian, creían que no
era menester anunciar a los cuatro
vientos sus esfuerzos para dicha
conservación ni ser aplaudidos por ello:
la única satisfacción provenía
simplemente de lo que hacían. Al igual
que la selva será siempre mi verdadero
hogar, estos hombres serán siempre mis
verdaderos amigos. Ellos aprendieron
de mí como yo aprendí de ellos. Todos
juntos convertimos en realidad el sueño
del Centro de Investigación de Karisoke.
Nuestras mayores celebraciones de
campamento ocurrían en los días
navideños, cuando lo decorábamos todo
con árboles llenos de velas encendidas,
guirnaldas hechas con papel de estaño,
palomitas de maíz y otros adornos
caseros. Bajo el «gran» árbol de mi
cabaña había montones de regalos
envueltos que yo había comprado en
diversos viajes al extranjero para el
personal y sus familias. Aparecían en
Karisoke por lo menos cincuenta
ruandeses y zaireños para celebrar la
Navidad, acompañados de sus mujeres y
sus hijos, vestidos con sus mejores
ropas. Pasábamos el día comiendo,
bebiendo y cantando villancicos en
kinyarwanda, francés e inglés,
acompañados a veces por los lloros de
los numerosos bebés, poco
acostumbrados a tal alboroto.
Durante la tercera navidad en Karisoke,
el personal del campamento me pidió de
improviso que tomara asiento, cuando
estaba ocupada en distribuir refrescos a
los niños. Mukera, el jefe de los
leñadores, hábil tambor y bailarín,
arrastró un gran tambor africano,
guardado en una de las esquinas de la
sala de estar de la cabaña. Inició la
primera de las entradas de canto y danza
que iban a convertirse en parte
importante de nuestras fiestas de
Navidad durante los años siguientes.
Cada hombre había compuesto su propia
canción y sus danzas originales, en las
cuales describía los sucesos ocurridos
durante el año pasado. Mientras cada
hombre cantaba, bailaba y tocaba al
tambor su composición en mi honor, me
sentía completamente abrumada por sus
creaciones. A partir de aquel año, grabé
sus cantos y danzas, que trituraban
literalmente el serrín del suelo. Estas
cintas constituyen uno de mis más
preciados recuerdos de Ruanda y
Karisoke.
9. Cambio de jefe
en el grupo 4
Por muy feliz que a menudo pudiera ser
la vida en el campamento, los regalos
que deparaba la selva eran, sin duda, los
más significativos, sobre todo después
de haber ganado la confianza de los
gorilas. El primer día de investigación
en Karisoke tuvo un comienzo muy
propicio, pues dos cazadores furtivos
batwas me hablaron de un grupo de
gorilas de las laderas del Visoke, cuyas
vocalizaciones habían oído mientras
cazaban duikers en los prados situados
al oeste del campamento. Los dos
hombres me llevaron hasta él, y lo
denominé grupo 4.
Durante unos cuarenta y cinco minutos,
los gorilas no se percataron de mi
presencia, ya que me ocultaba en el lado
opuesto de un barranco, a unos treinta
metros de distancia. Con ayuda de los
prismáticos, pude distinguir tres
animales muy característicos. El viejo
macho de dorso plateado fue el primero
en verme, mientras los escudriñaba
escondida detrás de un árbol. Con un
grito de alarma, retrocedió hasta su
grupo, a veces dando incluso saltos
mortales sobre la fuerte pendiente para
ir más rápido. Bauticé al anciano jefe
como Whinny (relincho), por sus
forzadas y chirriantes vocalizaciones
parecidas a las de los caballos. Jamás
había oído semejante grito en un gorila,
aunque George Schaller lo había
percibido en una ocasión. Más tarde me
di cuenta de que el sonido era atípico y
que, en el caso de Whinny, era
producido por una degeneración
avanzada del pulmón.
Al jefe le seguía una curiosa bola de
felpa a la que con el tiempo llamé Digit
(dedo), porque tenía torcido el dedo
medio, posiblemente por una rotura
anterior. Su gran parecido facial y su
fuerte dependencia del macho dominante
del grupo 4 me hicieron pensar en que
Digit era hijo de Whinny. No se
asociaba con ninguna de las cuatro
hembras adultas del grupo y parecía que
su madre había muerto antes de que yo
conociera al grupo, en septiembre de
1967.
En nuestro primer encuentro, Digit, de
una edad aproximada de cinco años,
daba la impresión de querer dar una
segunda mirada al origen de la alarma,
pero, obedientemente, atendió a la
llamada de peligro de Whinny y huyó
tras él. Entonces, todos los animales
desaparecieron de mi vista, excepto una
hembra adulta, que mantenía una
posición de retaguardia. Con aspecto de
haberse tragado un sorbo de vinagre, me
miraba airadamente con los labios
apretados y una postura rígida e
insolente, que normalmente sólo adoptan
los machos adultos. Por su expresión
facial, no pude evitar pensar en ella
como si de una cabra vieja se tratara, y
de ahí su nombre: Old Goat.
Además de Whinny existían otros dos
machos de dorso plateado en el grupo 4.
Al más joven lo llamé Uncle Bert,
debido a su considerable parecido con
un tío mío (consideré el epíteto como un
cumplido hacia mi tío, pero él jamás me
lo perdonó). El tercer macho de dorso
plateado recibió el nombre de Amok
(loco), debido a la inestabilidad de su
carácter y a sus desconcertantes y
frecuentes despliegues de gritos y
corridas, comportamiento aberrante,
producido posiblemente por una
enfermedad crónica. Las huellas de
Amok, que normalmente se encontraban
justamente al lado de las del grupo 4, o
hasta unos noventa metros de distancia,
se hallaban siempre salpicadas de
excrementos diarreicos, cubiertos de
mucosidades y salpicados de sangre.
Amok, de unos veinticinco años de
edad, parecía demasiado viejo para ser
hijo de Whinny, por lo que llegué a la
conclusión de que el irritable macho de
dorso plateado era medio hermano de
éste, y que en otros tiempos había
compartido un progenitor común. Uncle
Bert, de una edad aproximada de quince
años, se parecía mucho a Whinny y era
perfectamente tolerado por el macho
dominante; esto sugería que eran padre e
hijo.
Durante los primeros meses de
observación del grupo 4, la salud de
Whinny empezó a quebrantarse. Old
Goat, que no tenía ninguna cría cuando
establecí mi primer contacto con el
grupo, asumió un papel cada vez mayor
en los asuntos de mando. Su físico
masculino y su manera de comportarse
eran muy raros. Era Old Goat, y no el
joven Uncle Bert, la que actuaba
preferentemente de guardián del grupo 4
cuando Whinny quedaba rezagado.
A causa del comportamiento de la
hembra, siempre intentaba mantenerme
oculta en los contactos con el grupo 4,
para no molestar a las restantes hembras
del grupo: cuatro jóvenes nulíparas, dos
mayores multíparas —es decir, que ya
habían tenido hijos—, y una cría. Con el
tiempo fui dándoles nombre a todas; las
hembras jóvenes, entre seis y ocho años,
recibieron los nombres de Bravado,
Maisie, Petula y Macho; las dos más
adultas, Flossie y Mrs. X; y la cría,
Papoose. Los nombres de los gorilas se
ajustaban a sus personalidades. Papoose
era una adorable y encantadora gorila
hembra jovencita, cuya madre
desapareció poco tiempo después de
iniciarse el estudio. Mrs. X fue siempre
difícil de identificar a causa de su
timidez durante los primeros meses. Una
de las hembras jóvenes tenía unos ojos
grandes y obsesionantes muy poco
corrientes; su nombre, Macho, es una
palabra swahili que quiere decir «ojos».
A mediados de noviembre de 1967
encontré al grupo de catorce gorilas en
la vertiente opuesta de un ancho
barranco. Me instalé tras la densa
maleza y vi a Old Goat y a otra hembra
adulta, Flossie, desplazándose juntas
con lentitud a unos treinta metros por
debajo del resto de la familia. Flossie
arrastraba con dificultad su gran
corpulencia por la cuesta, arrancando
Galium distraídamente, mientras dejaba
ver una cría recién nacida, lustrosa y de
cabeza negra, que se retorcía en su brazo
izquierdo. La piel rosada de las palmas
de las manos y las plantas de los pies
contrastaba notablemente con el brillo
bituminoso del pelo de la parte posterior
de la cabeza, mientras buscaba el pezón
de Flossie sin la ayuda de su nueva
madre.
Mientras Old Goat ascendía torpemente
por la cuesta, Flossie subía todavía más
arriba, andando a cuatro patas, con su
cría agarrada a la parte baja del pecho.
Al llegar al lugar donde descansaba su
compañera, Old Goat se sentó
apoyándose en la pendiente, con su parte
ventral dirigida hacia mí. Aflojó su
brazo izquierdo y dejó a la vista un
recién nacido, del que colgaban unos
diez centímetros de cordón umbilical. El
bebé tenía las manos muy dobladas
sobre sus muñecas y los pies colgantes y
fláccidos. Old Goat miró a su hijo con
atención, casi con curiosidad, antes de
acariciarlo con la nariz y atraerlo hacia
sí.
Mientras la madre descansaba, la cabeza
de la cría colgaba a un lado como si
estuviera unida al cuerpo por una cinta
de goma. En el mismo instante en que
Old Goat se levantó para trasladarse
hacia el resto del grupo, la cría tensó,
casi en un espasmo, todo su cuerpo,
enderezó la cabeza y automáticamente se
agarró a los pelos del vientre de la
madre con sus larguiruchos dedos.
Mientras Old Goat trepaba, pude darme
cuenta de que caminaba con paso
delicado, gracias al cual ayudaba con la
parte interior de los muslos a que su hijo
no se cayera; este comportamiento
constituye una forma típica de
locomoción de las madres
experimentadas, lo cual indicaba que
esta hembra ya había parido antes,
aunque no tenía ningún tipo de relación
próxima con los dos inmaduros del
grupo 4, Digit y Papoose, ni era
suficientemente vieja como para ser la
madre de ninguna de las hembras
jóvenes, ya adultas. Mientras la
contemplaba al reunirse con sus
compañeros, que descansaban en dicho
momento, bauticé a su hijo Tiger (tigre),
convencida de que cualquier
descendiente de Old Goat haría honor a
ese nombre. Al mismo tiempo, al recién
nacido de Flossie lo llamé Simba,
palabra swahili que significa «león».
Tiger y Simba fueron los primeros de
los 42 gorilas que nacerían entre los 96
miembros de los cinco grupos en estudio
de Karisoke durante los años siguientes.
Al igual que la mayoría de dichos recién
nacidos, las crías de Flossie y de Old
Goat mostraban características físicas y
de comportamiento típicas.
El color de la piel del cuerpo de un
gorila recién nacido es, por lo general,
gris rosado, y puede tener zonas de
color rosa más intenso en las orejas,
palmas de las manos o plantas de los
pies. El color del pelo del cuerpo oscila
entre el castaño y el negro y escasea
bastante, excepto en la parte dorsal. El
pelo de la cabeza es a menudo negro
azabache, corto y liso; la cara es
arrugada y con la región nasal muy
prominente, de modo que recuerda
vagamente el hocico de un cerdo. Las
orejas son también prominentes, al igual
que la nariz, pero los ojos suelen
permanecer entornados o cerrados
durante su primer día de vida. Las
piernas son finas y larguiruchas, y los
dedos están muy doblados, excepto
cuando se agarran al pelo abdominal de
la madre. Las extremidades pueden tener
un movimiento espasmódico
involuntario, en especial cuando buscan
el pezón. Pero, aparentemente, la mayor
parte del tiempo las crías de gorila
duermen.
Durante el primer mes de vida, las
mamadas duran apenas unos cincuenta
segundos. En dicho período, mientras
succionan, la cabeza, por lo general, se
ve agitada por movimientos de búsqueda
o de hurgamiento en el vientre de la
madre. En el primer año no se observa
una preferencia marcada por uno u otro
pecho. Pero conforme crecen, las crías
emplean casi el doble de tiempo en el
pecho izquierdo que en el derecho. El
recién nacido es transportado siempre
en posición ventral cuando la madre se
desplaza. Cuando ésta se sienta, lo mece
contra su pecho o lo deja en el regazo.
Estimé el peso de los recién nacidos en
cerca de un kilo y medio, fracción
infinitesimal del de un adulto.
El grupo 4 se trasladó más lentamente de
lo habitual, descansando durante
períodos más largos, comportamiento
típico después de que se produzcan
alumbramientos. Esto me alegró, porque
Whinny tenía grandes dificultades en
seguir a su grupo, aunque éste ya había
aminorado con anterioridad el paso para
ayudarlo. Cuando Tiger y Simba
cumplieron dos meses, Whinny sufría
largos y agobiantes accesos de tos, que
oscilaban entre lastimosos jadeos y
discordantes gruñidos. Tras estos
accesos, el viejo macho se quedaba
temblando, con los ojos cerrados y la
boca fruncida por una expresión de
dolor. Sólo Old Goat, alerta como
siempre, se sentaba junto a él y lo
contemplaba a menudo con gran
preocupación, aunque Whinny parecía
no enterarse de lo que pasaba a su
alrededor.
Un día encontré a Whinny durmiendo
solo, completamente insensible a los
ruidos que tanto el porteador como yo
habíamos provocado en la vegetación
mientras seguíamos la pista del grupo 4.
Me senté a unos cinco metros de
distancia, observando durante casi dos
horas al macho de dorso plateado
mientras dormitaba. Descansaba sobre
su estómago, posición poco normal, con
la cabeza hacia abajo para facilitar su
trabajosa respiración. Al despertarse,
arrancó, aletargado, unas pocas hojas de
cardos antes de seguir con gran
debilidad la pista del grupo 4, que
conducía hacia la zona alpina, región de
gran altitud que pronto le estaría vedada
por su mala salud.
En mayo de 1968, Whinny no tenía
fuerzas para continuar con su grupo, que
entonces recorría las laderas de la
montaña. El viejo macho se quedó solo
en el collado adyacente al monte Visoke,
en el cual, según las observaciones
realizadas, nunca había vivido el grupo
4. Vagaba en círculos cada vez más
reducidos, comía poco y dedicaba la
mayor parte del tiempo a descansar.
Durante el último mes de su vida,
apenas se desplazaba más de quince
metros al día, zigzagueando del abrigo
de un árbol al de otro, y dejando tras de
sí enormes cantidades de excrementos
diarreicos. Los rastreadores y yo
establecimos diariamente contactos
ocultos con Whinny para proteger los
últimos días del moribundo macho de
dorso plateado contra los cazadores
furtivos que pudieran encontrarlo en su
camino. Nunca se percató de nuestra
presencia ni dio señales de oír ninguno
de los distantes gritos de ira de sus
compañeros, ocasionados por las
refriegas cada vez más frecuentes del
grupo 4.
El 3 de mayo de 1968 fue hallado el
delgado cuerpo de Whinny en su cama,
catorce ramas dispuestas
cuidadosamente a su alrededor. Fue la
segunda muerte acaecida en los grupos
en estudio de Karisoke. Los hombres y
yo atamos su cuerpo a una camilla de
troncos para bajarlo por la montaña
hasta Ruhengeri, con el fin de
practicarle la autopsia. Por el examen de
los órganos supimos que Whinny
padecía de peritonitis, pleuresía y
neumonía avanzadas. Más adelante, el
análisis del esqueleto demostró la
existencia de gran cantidad de agujeros
pequeños en el lado derecho del cráneo,
lo que indicaba una infección muy
extendida, posiblemente meningitis.
Tras la muerte de Whinny, Old Goat
tomó el mando; determinaba la dirección
y velocidad de movimiento del grupo 4
en sus desplazamientos, resolvía las
disputas internas, e incluso se golpeaba
el pecho o me dirigía acciones
intimidantes cuando intentaba establecer
contactos abiertos. Al principio, Old
Goat era apoyada sólo de vez en cuando
por Uncle Bert, que tenía unos cinco
años menos que ella, y que
aparentemente estaba poco seguro de las
responsabilidades que había heredado al
morir Whinny. El afable gorila joven
dorsicano se interesaba más en jugar con
los miembros más jóvenes del grupo, a
los cuales atraía mucho.
En una ocasión, estando escondida, vi a
Digit, que tendría entonces unos cinco
años y medio, echarse en las rodillas de
Uncle Bert, como un cachorro
necesitado de cariño. Éste, sentado
perezosamente al sol, se había dado
cuenta del acercamiento de Digit y,
arrancando con gran rapidez un puñado
de siemprevivas (Helichiysum) blancas,
las movía de acá para allá sobre el
rostro de Digit como si intentara hacerle
cosquillas. Esto provocó fuertes risas y
una amplia sonrisa por parte del
pequeño Digit, que rodó sobre el cuerpo
de Uncle Bert, abrazándose a sí mismo
con éxtasis, antes de escapar corriendo a
buscar compañeros de juego más a su
medida. Me alegré al comprobar que el
pequeño Digit había sufrido sólo un
breve período de abatimiento tras la
ausencia de Whinny, pues pronto
estableció estrechas relaciones con
otros miembros de su grupo, en
particular con las cuatro hembras
jóvenes, que seguramente eran sus
hermanastras.
El juego, junto con el comportamiento
sexual, es una de las primeras
actividades que quedan inhibidas por la
presencia de un observador hasta que
los gorilas están suficientemente
habituados. Esto ocurre sobre todo con
el comportamiento lúdico de las crías,
por la extrema protección que les
dispensan sus progenitores durante los
dos primeros años de vida. Pero, cuando
yo los conocí, Digit y sus hermanastras
eran adultos jóvenes, por lo que apenas
se les vigilaba en sus juegos. La libertad
de éstos dependía en gran manera del
tipo de contacto que yo entablaba con el
grupo. Durante los contactos
encubiertos, cuando el grupo 4 no sabía
que los observaba, Digit y sus jóvenes
hermanastras se enfrascaban en largas
sesiones de lucha y de persecuciones a
distancias de hasta diecisiete metros de
los nidos diurnos de los adultos. La
constante repetición de sus acciones
parecía casi deliberada, simplemente
para provocar una respuesta de sus
compañeros. Uno a uno se iban agotando
y a continuación se situaban junto a los
miembros más viejos del grupo para
descansar un rato. Durante los contactos
al descubierto, en que los miembros del
grupo sabían que estaba presente, gran
parte del comportamiento lúdico de los
inmaturos consistía en reacciones de
respuesta, como golpes en el pecho o en
el follaje, o pavoneos. Cada uno de los
individuos parecía empeñado en superar
al otro en sus acciones para llamar la
atención. Su excitación era muy
contagiosa, y muchos días me hubiera
gustado unirme a ellos en sus aventuras,
no pudiendo hacerlo hasta que perdieran
el recelo por mi presencia.
Un día, el grupo 4 estaba cruzando una
alta ladera herbácea con varias hileras
de Senecio gigante, altos centinelas con
un solo pie de la zona alpina. Guiados
por Uncle Bert, los cinco jóvenes
iniciaron alegremente un juego parecido
al de las cuatro esquinas, utilizando a
los senecios como postes. Corriendo de
un árbol a otro, cada uno de los
animales abría sus brazos para cogerse
al tronco y daba un rápido giro antes de
repetir la misma maniobra con el árbol
siguiente de la línea. Los gorilas, al ir
desparramándose por la colina, parecían
plantas rodantes, y sus travesuras
acabaron en una gran y multitudinaria
confusión de robustos cuerpos y de
ramas rotas. Una y otra vez, Uncle Bert
condujo juguetonamente a la pandilla de
nuevo arriba de la pendiente para volver
a girar sobre los restos de árboles
astillados.
La primera indicación que tuve de que el
joven gorila de dorso plateado tenía
idea de la otra cara, más seria, de la
vida, fue inmediatamente después de la
muerte de Whinny, un día en que Amok
intentó volver al grupo 4 tras varios
meses de merodear cerca de él. Arriba,
en las vertientes del Visoke, se oyó una
violenta algarabía de gritos y rugidos.
Mientras trepaba en la dirección de
donde procedían distinguí a Uncle Bert
corriendo rápidamente hacia los
miembros de su grupo, antes de que
todos huyeran lejos de mi vista.
Habían dejado una gran zona de
vegetación pisoteada y salpicada de
sangre, donde, debajo de un árbol,
Amok permanecía sentado, inmóvil y
con los brazos caídos con la cabeza
descansando sobre su pecho. Unos
minutos después, Amok alargó la mano
para coger unos cuantos Galium, con la
cara deformada por una terrible
expresión de dolor. Lentamente empezó
a lamer el dedo índice de la mano
derecha, pasándoselo repetidamente de
la clavícula a la boca. Sólo cuando dejó
caer el brazo pude ver que tenía todo el
pecho cubierto de sangre, procedente de
un profundo mordisco, de unos nueve
centímetros de longitud, localizado en la
base del cuello. Durante el resto de la
tarde, Amok se dedicó alternativamente
a descansar o a limpiar cuidadosamente
su herida. Al acercarse el crepúsculo,
construyó laboriosamente su nido para
pasar la noche. Desde ese día en
adelante, y durante los seis años
siguientes, no se volvió a ver jamás al
enfermo macho de dorso plateado
mezclarse con los miembros del grupo
4.
Dos semanas después de este encuentro,
el grupo 4 tuvo su primera escaramuza
con el grupo 8 de Rafiki, que por aquel
entonces estaba formado sólo por
machos. Uncle Bert no tenía ningún tipo
de posibilidades frente a la banda de
solteros y demostró su inexperiencia
realizando nerviosas carreras entre los
miembros del grupo 8. El aprendiz de
jefe no era todavía diestro en las
tácticas más sutiles de evitación —como
los despliegues de pavoneo o de golpes
en el pecho— y tuvo mucha suerte en
salir de la situación con heridas de poca
importancia. El grupo 4, con su
inexperto cabecilla y cuatro hembras
adultas y jóvenes, todos a punto de
alcanzar la madurez sexual, iba a
convertirse en blanco frecuente de las
refriegas entre distintos grupos, en
particular con el 8, formado sólo por
machos.
La tercera de las hembras adultas más
viejas del grupo 4, Mrs. X, dio a luz al
último descendiente de Whinny,
precisamente el mismo mes en que se
produjo la muerte del viejo macho de
dorso plateado. Al mismo tiempo,
Flossie perdió a su hijo de siete meses
por causas desconocidas. Para perpetuar
el nombre de Simba, se lo adjudiqué a la
cría hembra de Mrs. X. Diez meses
después, Flossie tuvo el primer hijo de
Uncle Bert.
Al igual que las madres humanas, las
hembras de los gorilas muestran gran
variabilidad en el tratamiento de sus
crías. El contraste era especialmente
notable entre Old Goat y Flossie.
Flossie era muy despreocupada en el
trato, espulgo y sustento de sus dos
hijos, mientras que Old Goat era una
madre ejemplar.
Cuando Simba, la primera cría de
Flossie, desapareció, Tiger, de siete
meses de edad, era un bulto saludable y
resuelto en constante movimiento, cuya
característica más notable era el pelo de
su cabeza, largo, ondulado y de color
castaño rojizo, que formaba rizos
despeinados alrededor de su cara,
colgando en bucles por debajo del
cuello. Su rara melena llameante podía
divisarse desde largas distancias, en
fuerte contraste con el cabello negro
azabache de Old Goat. Como es típico
para su edad, Tiger tenía en el trasero un
mechón blanco que le formaba como un
ligero esbozo de rabo, sus ojos se
estaban convirtiendo en la característica
predominante del rostro, y pesaba unos
cinco kilos. Normalmente se le
observaba en el radio de acción de los
brazos de Old Goat, y había empezado a
desplazarse con regularidad sobre su
espalda más que en los brazos. Sus
tentativas de moverse con independencia
eran todavía torpes y anárquicas. Como
la mayoría de las crías de gorila de unos
siete meses de edad, su sustento
principal provenía de la leche materna.
Sabía arrancar las plantas, pero todavía
no había adquirido la técnica
preparatoria de deshojar las ramas o de
apelmazar las plantas trepadoras. La
destreza de Tiger en estas actividades
aumentó gracias a la observación
constante de cómo se alimentaban los
animales mayores que le rodeaban.
Asimismo, al igual que las otras crías de
gorila, Tiger no intentó jamás arrebatar
la comida de los otros individuos,
aunque su madre quitaba a menudo de su
alcance excrementos u objetos no
comestibles, como flores de brillante
colorido. Él, como todos los gorilas de
su edad que viven en libertad, obtuvo
sus primeros pedacitos de comida de los
restos de vegetación o de corteza caídos
en el regazo de su madre. En octubre de
1969, cuando la segunda cría de Flossie
tenía casi siete meses, la hembra más
joven, Maisie, de una edad estimada en
nueve años y medio, empezó a
demostrar un interés cada vez mayor por
aquella cría. Maisie se dedicaba a
espulgar con frecuencia a la otra madre,
para conseguir así el acceso a su hijito y
poder también espulgarlo o abrazarlo.
Flossie, cuyo parecido con Maisie era
muy grande, se mostraba en extremo
tolerante con ella; esto me hizo
sospechar que entre ellas existía un
parentesco próximo. La madre nunca se
opuso a que la hembra más joven se
llevara a su hijo durante todos los
períodos de descanso diurno para
satisfacer sus inclinaciones maternales.
Esta actitud se denomina, a menudo,
«comportamiento de tía», término que
implica una simple relación de afinidad.
Permite a las crías acostumbrarse a
otros adultos que no sean sus propias
madres y facilita que las hembras
nulíparas —que nunca han parido—
adquieran experiencia maternal.
Uncle Bert reaccionaba de forma
excesivamente protectora hacia su
primer hijo, y con frecuencia intentaba
separar a Maisie de Flossie, pasando a
la carrera o golpeando a la joven
hembra mientras adoptaba una postura
bípeda. Sin yo saberlo, Maisie había
sido también fecundada por Uncle Bert,
pero aquélla defendía a Flossie
mediante gruñidos o con mordiscos
simulados al joven macho, que tenía
todavía mucho que aprender sobre la
forma de tratar a sus hembras. Maisie
dio a luz después de casi un mes de gran
interés por la segunda cría de Flossie.
El parto fue aparentemente difícil,
porque durante su transcurso Maisie
construyó cuatro nidos nocturnos,
separados algunos metros. En cada nido,
así como en el trayecto entre ellos, había
una cantidad anormal de sangre. Su cría
nació muerta, y encontramos el feto
intacto en el último nido. Al día
siguiente, Maisie no mostraba ningún
síntoma de debilitamiento, pero hasta
tres años después no tuvo un nuevo
alumbramiento.
Como la mayoría de los partos, el de
Maisie fue nocturno. Normalmente los
grupos de gorilas no se mueven durante
la noche, y no es probable que los
miembros de otro grupo se inmiscuyan
durante el nacimiento. Las madres
experimentadas paren, por lo general, en
un solo nido nocturno, que suele quedar
empapado de sangre y, a veces, de
pequeños fragmentos de placenta. Las
primerizas o las que tienen crías
inviables, como ocurrió con Maisie,
pueden construir hasta cinco nidos
nocturnos sucesivos cercanos al centro
del grupo.
Las gorilas que viven en libertad tienen
una cría viable y comen siempre la
mayor parte de la placenta, si no toda,
pero la dejan intacta si las crías nacen
muertas. Posiblemente, el comerse la
placenta y después las heces de sus
hijos, representa para las parturientas
ciertas ventajas dietéticas o incluso
antibióticas. El hecho de que las que
están cautivas, es decir, viven en
ambientes artificiales, por lo general
sólo lamen la placenta o raras veces se
la comen y de que no se ha observado,
que yo sepa, que devoren las heces de
sus crías, apoya esta idea.
Maisie fue de las primeras hembras en
mostrar que los intervalos entre partos
son más largos en las primíparas que en
las multíparas. Esto se debe a la
tendencia mostrada por las hembras más
jóvenes a cambiar de macho antes de
elegir a uno, al cual permanecerán
unidas, por lo general durante toda su
vida. Tales cambios hacen que las
hembras más jóvenes tripliquen sus
posibilidades de perder las crías por
infanticidio con respecto a las hembras
que se quedan en un grupo durante sus
años fecundos. Además, las hembras que
se han trasladado tienen que atravesar un
período de formación de vínculos con su
nuevo compañero, en cierta forma
parecido a un período de cortejo, sobre
todo si el macho ya tiene un harén o si
está en camino de conseguir más
hembras.
En el tiempo del parto inviable de
Maisie, Tiger tenía dos años y había
desarrollado su propia personalidad,
peculiar y simpática. A diferencia de la
mayoría de crías, que a su edad pasan un
60 % del tiempo fuera del alcance de
los brazos de sus madres —a una
distancia de unos dos metros y medio—,
Tiger se deleitaba con la indulgente
compañía de Old Goat. Sus semejantes
más próximos de edad del grupo 4 eran:
Simba, hija de Mrs. X, de dieciocho
meses de edad: Papoose, de cuatro años
y medio; y Digit, que en 1969 tendría
unos siete años. A veces, cuando Tiger
jugaba con cualquiera de los tres
inmaduros, interrumpía inmediatamente
sus juegos si Old Goat se alejaba para
comer. Con una expresión de gran
consternación, seguía sólo por el olfato
las huellas de su madre a través de un
laberinto de rastros de otros individuos
para que lo acariciara y lo abrazara,
aunque hubieran estado separados sólo
media hora.
Tiger empezó a construirse nidos a
mediados de 1970, cuando contaba dos
años y medio, más tarde de lo habitual.
Normalmente, a la edad de dieciocho
meses, ya se les puede observar con
cierta frecuencia aplastando pequeños
tallos o intentando colocar ramitas a su
alrededor durante los períodos de
descanso diurno. A los tres años, esta
actividad requería unos cinco minutos, a
causa de las constantes interrupciones
ocasionadas por sus juegos con la
vegetación. (La cría más joven
observada que construía y dormía
siempre en su propio nido tenía dos
años y cinco meses, y su madre
presentaba un estado de gestación muy
avanzado.) Normalmente, los jóvenes
continuaban construyendo pequeños
nidos nocturnos unidos a los de sus
madres durante un año después de la
llegada de sus hermanos más pequeños.
En dicho momento, independientemente
de la edad en que habían empezado sus
primeros intentos, tenían la suficiente
práctica en la construcción de nidos
para fabricar sus propias yacijas cerca
de las de sus madres.
Las primeras intentonas que Tiger
realizó para construirse un nido dejaban
mucho que desear. Una tarde, cuando los
adultos del grupo 4 se habían instalado
confortablemente en sus yacijas
vegetales, Tiger empezó, muy seguro de
sí mismo, a doblar uno a uno los largos
tallos de vegetación hacia su regazo.
Colocado a cuatro patas, intentaba
empujar los elásticos tallos debajo de su
cuerpo, echándose rápidamente encima.
La vegetación de Senecio, poco
servicial, se tensaba de forma natural
hasta la posición erecta; su pequeño
cuerpo no podía controlar todos los
tallos que había logrado romper. Tiger
repitió el proceso cuatro veces hasta que
la confianza en sí mismo dio paso a una
frustración total. Empezó a arrojar los
tallos que quedaban a su alrededor, tras
lo cual se dedicó a saltar y a describir
rápidos círculos, para desplomarse
sobre su espalda, con los brazos y patas
abiertos, en un último y absurdo
esfuerzo de mantener en su lugar la
indisciplinada vegetación. Unos
segundos más tarde, con una mueca
idiota, palmeó su cuerpo y las hojas
mutiladas esparcidas, y agitó sus pies en
el aire como si estuviera yendo en
bicicleta. Entonces se levantó de un
salto y miró con curiosidad a su
alrededor. Con el labio inferior
extendido, Tiger lo chasqueó una y otra
vez como si se tratara de una gruesa
cinta de goma, corriendo después hacia
su madre, Old Goat, para instalarse en
su pulido nido.
En agosto de 1970, cuando Tiger tenía
casi tres años, se inició un período de
doce meses de incrementos y pérdidas
en el número de individuos del grupo 4,
con tres nacimientos, tres muertes y tres
emigraciones. Flossie perdió su primer
hijo de Uncle Bert a los siete meses, por
causas desconocidas. Por la edad de la
madre y por sus costumbres maternales
algo relajadas, pensé que la cría había
tenido un accidente mortal. Unos
veintisiete meses antes había perdido
otro hijo de siete meses, también por
causas desconocidas. Aquella
desaparición y supuesta muerte se
produjo en el momento en que Uncle
Bert asumió el liderazgo del grupo 4,
tras la muerte natural de su padre,
Whinny. Puesto que las pérdidas
infantiles pueden estar muy relacionadas
con nuevos vínculos de parejas entre
machos y hembras sexualmente maduras,
pensé que el primer hijo de Flossie bien
podría haber sido víctima de
infanticidio.
Además, en agosto de 1970 la hembra
primípara Petula trajo al mundo a su
primer hijo, una hembra llamada
Augustus, más que por su sexo, por el
mes en que nació. La recién nacida era
el tercer descendiente de Uncle Bert,
pero el único superviviente. Tras el
nacimiento de Augustus, Uncle Bert se
quedó con tres hembras mayores (Old
Goat, Flossie y Mrs. X) y tres hembras
jóvenes sin hijos (Bravado, Maisie y
Macho). Bravado fue la primera en irse.
En enero de 1971, durante una
escaramuza que no observamos, emigró
al grupo 5. Este traspaso me sorprendió
mucho, porque la hembra nulípara se
introducía en un grupo ya establecido,
con una jerarquía de hembras muy
definida. Bravado, como ejemplar joven
que se unía al harén de Beethoven,
compuesto por cuatro hembras mayores,
no tenía posibilidades de mejorar su
status ni el de cualquier hijo que tuviera
de Beethoven.
El cuarto descendiente de Uncle Bert lo
trajo al mundo Old Goat en abril de
1971, pero no sobrevivió y deduje que
había nacido muerto. Varios días antes
del nacimiento, Old Goat y Tiger, que
entonces contaba tres años y cinco
meses de edad, empezaron a desplazarse
por el collado situado al oeste del
Visoke, por delante del grupo y a
distancias de hasta ochocientos metros.
Uncle Bert, acompañado por los demás
individuos, siguieron pacientemente a
madre e hijo hasta una zona muy poco
utilizada en dicho momento debido a las
interferencias humanas. Old Goat parió
lejos de las laderas del Visoke. Su parto
se prolongó durante tres días y tres
noches consecutivas, marcados por
abundantes cantidades de sangre y
tejidos que empapaban los nidos y las
largas pistas de conexión entre uno u
otro. Tras el nacimiento, tuve sólo una
visión momentánea de Old Goat
arrastrando el cuerpo de la cría.
Momentos después se produjo un
violento y estridente altercado, y todo el
grupo se retiró huyendo un kilómetro y
medio hacia las vertientes del Visoke.
Durante casi una semana, el personal del
campamento, Bob Campbell y yo
buscamos el diminuto cadáver, pero
todo fue en vano. Tras la pérdida de su
hijo, los fuertes vínculos existentes entre
Tiger y Old Goat se hicieron incluso
más fuertes. Tiger volvió a un
comportamiento casi infantil. Old Goat
le dejaba mamar la leche destinada a su
hijo muerto, así como desplazarse
subido a su espalda, aunque pesaba unos
veinte kilos, dedicándose además a
espulgarlo intensamente durante largos
períodos. Su imperiosa necesidad de
estar cerca de Tiger, incluso mientras
comía o durante sus desplazamientos,
produjeron el aislamiento de la hembra
de las relaciones con otros miembros
del grupo 4, la mayoría de los cuales
estaban ocupados con las nuevas
modificaciones surgidas en el grupo.
Un día, después del parto infructuoso de
Old Goat, mientras el grupo 4 volvía
hacia las laderas del Visoke, más
seguras, se toparon con el enfermizo
Amok, que desde su altercado con Uncle
Bert, ocurrido casi tres años antes,
vagaba solo principalmente por la parte
occidental del collado. Cuando el grupo
4 retomaba a la montaña, la vieja Mrs.
X, posiblemente incapaz de seguir al
grupo, fue vista con Amok. La
asociación, que sólo duró dos meses,
tenía un aspecto extraño pero
compatible, porque los dos animales
estaban enfermos, comían poco y se
desplazaban con lentitud.
Tras el abandono de Mrs. X, su hija
Simba, de treinta y siete meses, cambió
repentinamente, y de ser una cría feliz,
amistosa y sociable se convirtió en otra,
lastimosa, introvertida y enfermiza.
Pasaba los días y las noches acurrucada
junto a Uncle Bert, rechazaba todas las
solicitudes de juego, y empezó a comer
sus propios excrementos. El joven
macho, que iniciaba entonces su cuarto
año como jefe del grupo 4, respondió
perfectamente al desamparo de Simba.
Como si fuera una madre, la espulgaba,
compartía su nido con ella y la protegía
escrupulosamente del resto de gorilas
jóvenes, que lo único que querían era
jugar con la desalentada cría.
En mayo de 1971, la anciana Mrs. X
retomó al grupo, acompañada por Amok.
Éste se quedó a unos cien metros del
grupo y empezó a intercambiar golpes en
el pecho y rugidos con Uncle Bert, que
se prolongaron durante casi todo un día.
Amok no hizo ningún intento de seguir al
grupo 4 para recuperar a Mrs. X, sino
que volvió al collado. Durante los tres
años siguientes, fue observado
intermitentemente, cada vez más débil y
siempre solo. Cuando al fin
desapareció, deduje que había muerto,
aunque nunca encontramos su cuerpo en
el amplio collado por el que había
vagado durante sus últimos años.
Tras la vuelta de Mrs. X al grupo 4,
Simba volvió a ser la misma criatura
juguetona de antes, y no mostró ninguna
secuela psicológica del período de dos
meses en que fue privada de su madre.
Simba había sido casi destetada del todo
en el momento de la separación, por lo
cual deduje que la principal causa de su
desaliento era la falta de contacto
corporal con su madre más que la
imposibilidad de mamar.
Cuando Mrs. X retomó al grupo 4,
saltaba a la vista que estaba muy
enferma. Veintitrés días después
desapareció. Buscamos exhaustivamente
su cuerpo, pero fue en vano. A causa de
su larga enfermedad, la di por muerta.
En realidad, los esqueletos de muchos
de los gorilas desaparecidos y dados
por muertos durante nuestras
investigaciones en los Virunga nunca se
han encontrado a pesar de la frecuencia
con que muchísimos investigadores y
rastreadores han recorrido toda la zona
de estudio. Esto es comprensible si se
considera la inmensidad de la selva, la
capacidad regeneradora de la
vegetación y la naturaleza escarpada de
los Virunga. Además, los animales
moribundos intentan a menudo
esconderse en los troncos vacíos de las
Hagenia, con lo cual complican la difícil
búsqueda de sus cuerpos.
Al desaparecer su madre, Simba volvió
a meterse en su concha, y sólo
reaccionaba ante Uncle Bert, que
reasumió de inmediato su papel de
atento guardián. A pesar de las
persistentes sesiones de espulgo del
macho de dorso plateado, la huérfana,
de tres años y dos meses, sufría al
parecer la falta de cuidados maternales.
Su pelo perdió brillo, su mechón de la
zona anal, antes blanco, estaba muy
sucio, y los ojos y la nariz goteaban con
frecuencia. El signo externo más patente
de la carencia de afecto maternal en
Simba fue el aspecto picado y casi
carcomido de sus pies. Sin su madre,
Simba no tenía la posibilidad de viajar a
cuestas. Ni Uncle Bert, ni otros dos
machos de dorso plateado de otros
grupos que tomaron a su cargo a sendos
animales huérfanos de tres y cuatro años
de edad, fueron nunca vistos
transportándolos a cuestas, ni tan
siquiera durante períodos de
desplazamientos rápidos. En aquellos
momentos, cuando Simba se retrasaba
del grupo, sólo su hermanastro Digit la
esperaba para ayudarla; y los dos iban
juntos a reunirse con sus compañeros.
Un año después de la muerte de su
madre, Simba empezó a construir sus
propios nidos, apilando burdamente las
hojas en pequeños montículos y sin
ningún tipo de intención de darles una
distribución circular. Su técnica se
parecía a la de los gorilas de dos años,
a pesar de que ya tenía más de cuatro
años, y sus obras no ofrecían ningún tipo
de protección contra el frío ni la
humedad de la montaña. Casi siempre
acudía junto a Uncle Bert por la noche,
si las temperaturas eran muy bajas.
Durante todo un año, el joven macho le
prodigó ininterrumpidamente sus
esmerados cuidados. Esta atención
desmesurada aumentó la confianza de
Simba en sí misma hasta el punto de
convertirla en una hembra joven bastante
mimada. Si tenía la más mínima trifulca
en sus juegos con Augustus, Tiger o
Papoose, Simba sólo tenía que lanzar un
chillido para que Uncle Bert se
presentara en seguida para meter en
cintura con gruñidos o falsos mordiscos
a los perplejos compañeros de juego de
su protegida.
Los primeros y tímidos intentos de juego
de Simba fueron suavemente
estimulados por Papoose, de siete años
de edad, tres más que ella. La huérfana,
sin embargo, dudaba en unirse a sus
juegos. Disimulaba acercándose al lugar
del juego hasta unos tres metros, donde
se sentaba y empezaba a espulgarse con
constancia. Esta actividad le permitía
contemplar de cerca a los otros animales
sin verse obligada a participar.
Uncle Bert utilizó una vez una artimaña
parecida con los seres humanos cuando
Simba ya tenía la suficiente confianza en
sí misma para mostrar curiosidad hacia
nosotros cuando la observábamos.
Tratando de intervenir entre su protegida
y los seres humanos, el macho bostezó
—como si intentara demostrar su
desinterés—, fingió que comía y echó a
andar hacia nosotros antes de lanzar un
sonoro e intencionado rugido que
provocó la retirada repentina de Simba.
Uncle Bert volvió entonces al grupo,
tras nuestra también obediente retirada.
Sin lugar a dudas, el joven líder había
realizado grandes progresos en cuanto a
aceptar responsabilidades para mantener
la cohesión del grupo 4 y la protección
de sus miembros. Sin embargo, su
madurez no parecía tan clara cuando, en
junio de 1971 —el mismo mes de la
muerte de la madre de Simba—, las dos
restantes hembras jóvenes adultas,
Maisie y Macho, emigraron hacia el
grupo 8 de Rafiki durante una violenta
pelea. En aquel momento me pareció
que Uncle Bert había perdido a dos
competentes candidatas reproductoras, y
no tomé en consideración que el grupo
8, que estaba formado entonces por
Rafiki, Samson, Geezer y Peanuts, había
ganado dos hembras fértiles muy
necesarias. Además, dicho traspaso
acrecentó el rango social de Macho y
Maisie, ya que la jerarquía femenina del
grupo 4 había estado dominada por Old
Goat y Flossie.
Durante un período de cuatro años de
observaciones, el grupo 4 sobrevivió a
muchos cambios profundos. Perdió a su
jefe Whinny por causas naturales. Los
lazos de sangre permitieron que el hijo
mayor de Whinny, Uncle Bert,
mantuviera unido al grupo con la ayuda
de la hembra más dominante, Old Goat.
No fue un milagro que el grupo 4
pudiera sobrevivir como una unidad
social íntegra; simplemente constituyó
una demostración palpable del papel
que desempeñan los lazos de sangre en
las sociedades de gorilas. Las hembras
jóvenes sexualmente maduras del grupo
4 fueron raptadas por machos adultos de
otro grupo, y, tras este altercado, Uncle
Bert adquirió más experiencia sobre
cómo controlar a su grupo. Y, por
último, el macho de dorso negro Digit
empezó a iniciarse en las
responsabilidades del liderazgo, tal
como lo había hecho Uncle Bert con
anterioridad. En junio de 1971, el futuro
del grupo 4 parecía asegurado.
10. Aumento
de la estabilidad:
grupo 4
Con las emigraciones, en 1971, de
Bravado, Maisie y Macho, Digit perdió
a tres hermanastras, sus compañeras de
juego durante su transición de joven a
macho inmaduro de dorso negro. Tenía
casi nueve años de edad, y era
demasiado viejo para jugar con
Augustus, de un año, Simba, de tres años
y cuatro meses, Tiger, de tres años y
nueve meses, o Papoose, de cinco años;
y no lo suficientemente mayor para
relacionarse estrechamente con las
hembras grandes del grupo, Old Goat,
Flossie y Petula. Quizá por estas
razones, Digit se sintió más atraído por
los humanos que otros gorilas jóvenes
de los grupos en estudio que disponían
de hermanos y compañeros de la misma
edad.
Tenía la sensación de que Digit
esperaba ansiosamente los contactos
cotidianos con los observadores de
Karisoke para entretenerse. Con el
tiempo demostró que podía diferenciar
entre varones y hembras, atacando y
golpeando en broma a los hombres y
comportándose casi con timidez frente a
las mujeres. Siempre era el primer
miembro del grupo 4 que se acercaba a
ver quién había llegado. Parecía
encantarle que llevara gente extraña;
entonces me ignoraba por completo y se
dedicaba a investigar a los nuevos
visitantes, oliéndolos o tocando
ligeramente su ropa y sus cabellos.
Cuando estaba sola, muchas veces me
invitaba a jugar echándose de espaldas,
agitando sus rechonchas patas en el aire
y mirándome con una sonrisa como si
dijera: «¿Cómo puedes resistirte a mis
encantos?» Me temo que en aquellos
momentos se desvanecía mi objetividad
científica.
Al igual que a Puck, del grupo 5, a Digit
le fascinaban los termos, libretas,
guantes y material fotográfico. Siempre
examinaba, olía y manipulaba todo
cuidadosamente, y a veces devolvía
incluso los objetos a sus propietarios.
Esta devolución no se debía a ningún
tipo de reconocimiento de propiedad,
sino sólo al disgusto que le ocasionaba
el montón de bártulos humanos a su
alrededor.
Cierto día, llevé al grupo 4 un espejito
de mano y lo instalé en la vegetación,
donde Digit pudiera verlo. Se acercó
muy decidido, se apoyó en sus brazos y
olfateó el vidrio sin tocarlo. Cuando el
joven de dorso negro vio su imagen
reflejada, con los labios fruncidos, la
cabeza erguida y una mueca burlona
bailándole en la cara, dio un largo
suspiro. Continuó tranquilamente con la
mirada fija en su reflejo y alargó la
mano tras del cristal para «tocar» el
cuerpo de la figura situada delante de él.
Al no notar nada se quedó quieto, se
contempló durante cinco minutos,
suspiró de nuevo y se fue. Muchas veces
me ha dejado perpleja la aceptación y el
aparente placer de Digit al contemplar
atentamente su imagen. Sería arriesgado
por mi parte creer que se reconocía.
Quizá la ausencia de indicios
reconocibles con el olfato le dio la pista
de la ausencia de gorilas.
El Departamento de Turismo ruandés,
intentando atraer visitantes al Parque de
los Volcanes, me pidió la fotografía de
un gorila para un cartel publicitario. Ya
que me hallaba en su país en calidad de
huésped, accedí a la solicitud, de la
misma manera que varios años antes
había proporcionado a correos de
Ruanda algunas imágenes para que
sirvieran de modelo para la primera
serie de sellos ruandeses dedicada a los
gorilas del Parque de los Volcanes.
Seleccioné para la oficina turística una
diapositiva de mi adorable Digit. Muy
pronto grandes carteles a todo color de
Digit, comiendo las hojas de una rama,
llenaron Ruanda —hoteles, bancos, la
oficina del Parque, el aeropuerto de
Kigali— y las agencias de viajes del
mundo entero. El texto del cartel,
traducido a distintas lenguas, decía:
«¡Ven a Ruanda a verme!» Experimenté
sentimientos contradictorios al
contemplar por vez primera los carteles
pegados por todo el país. Hasta aquel
momento, Digit había sido un perfecto
«desconocido»; era, simplemente, un
macho joven que iba creciendo en su
grupo natal. De repente, su cara lo
invadía todo. No podía menos que
pensar que nuestra intimidad estaba a
punto de ser asaltada. Evidentemente, no
quería que el público viniera en tropel a
ver el grupo 4, especialmente en un
momento en que prometía convertirse, al
fin, en una unidad familiar segura y
completa.
En agosto de 1971, Flossie dio a luz a
Cleo, engendrada por Uncle Bert,
exactamente un año después de la
desaparición de su primera cría. Cleo
vio el mundo por vez primera a unos
cientos de metros de distancia del lugar
en que Flossie alumbró a Simba en
1967, cría que desapareció a los siete
meses de edad. La zona, denominada
Birth Gully, ofrece una visibilidad
máxima sobre el terreno circundante.
Como la loma se levanta en el centro de
un amplio barranco de abrupta
pendiente, su acceso es muy difícil, al
menos para los seres humanos.
Flossie demostró por vez primera gran
diligencia maternal con Cleo, el segundo
hijo superviviente de Uncle Bert, de los
cinco que había engendrado. Relacioné
las nuevas atenciones de Flossie hacia
su hijo con la mayor estabilización del
grupo 4 bajo el liderazgo, cada vez más
eficaz, de Uncle Bert, así como al
aumento de la protección y ayuda que
éste dispensaba a las crías de su
manada. Aunque el joven macho, en
proceso de maduración, iba adquiriendo
experiencia en el gobierno interno del
grupo, tenían que transcurrir varios años
y muchas escaramuzas antes de que
empezara a demostrar cierta habilidad
durante las refriegas con otras unidades
sociales.
En octubre de 1971, el grupo 4 se topó
con el 5 en el extremo suroriental de su
territorio. En el curso del encuentro, que
duró dos días, Bravado, que se había
trasladado unos diez meses antes al
grupo 5, fue reconocida por sus antiguos
compañeros. Todos ellos, aparte las
crías, la reconocieron al instante. Digit y
Papoose jugaron con gran entusiasmo
con Bravado y también con Icarus,
Pantsy y Piper, el grupo 5. Su
camaradería me dio alguna idea acerca
de cómo los individuos de los grupos
vecinos de gorilas se conocen durante
sus años de formación, mucho antes de
alcanzar la madurez sexual.
Por desgracia, las reacciones de Uncle
Bert contra Beethoven eran muy
impetuosas. El joven macho de espalda
plateada, ayudado a menudo por Digit,
dirigía numerosos y frenéticos
despliegues hacia su contrincante. Sin
preocuparse de mantener a los miembros
de su grupo a una distancia prudencial
de Beethoven, cargaba con gran
excitación justo en medio de su propia
familia. Esto provocó la huida de
hembras y jóvenes, y puso en peligro la
seguridad de sus crías: Augustus, de
cinco meses, y Cleo, de dos. Cada vez
que Beethoven atacaba, Augustus, a
espaldas de su madre, aplastaba
aterrorizada su cuerpo contra el de
Petula, se cogía con fuerza y lanzaba
fuertes gritos mientras los miembros del
grupo se retiraban en desorden. Cleo,
trasportado ventralmente por Flossie,
dormía durante la mayor parte de la
refriega. Old Goat, con una expresión
muy severa, conducía finalmente a los
jóvenes y hembras lejos de la pelea. La
tarde del segundo día del encuentro;
Beethoven sacó con firmeza a Bravado
del grupo 4 y la recuperó para el 5.
Uncle Bert, en un pueril intento de decir
la última palabra, tras la salida de su
contrincante empezó a pavonear,
seguido de Tiger, Simba y Papoose, que
imitaban divertidos el exagerado
contoneo del joven líder.
Durante estos dos días me maravillaron,
en gran manera, las diferencias de
comportamiento de ambos machos. En
otro tiempo, muchos años antes de mi
entrada en escena, el mismo Beethoven
debía haber sido tan torpe en el
gobierno de los miembros del grupo 5
como lo fue Uncle Bert en aquel
encuentro. La edad, unida a la
experiencia, habían conferido a
Beethoven la costumbre y la capacidad
de controlar la situación sin necesidad
de una agresión abierta e inútil. Estaba
convencida de que sólo el tiempo
permitiría a Uncle Bert enfrentarse con
otros grupos de gorilas o con un macho
solitario con tanta eficacia como
Beethoven. Pero por aquel entonces el
jefe del grupo 4 tenía mucho que
aprender, al igual que los machos
secundarios de ambos grupos: Digit, del
4, e Icarus, del 5.
Digit, aunque era todavía un macho de
dorso negro, o sexualmente inmaduro,
había empezado a asumir
responsabilidades lo mejor que podía.
En calidad de segundo macho, por orden
de edades, del grupo 4, había
respaldado a Uncle Bert durante el
encuentro con el grupo 5, a pesar de que
se apreciaba con claridad que se sentía
intimidado por Beethoven y, al mismo
tiempo, muy excitado por la oportunidad
de reanudar sus vínculos con Bravado.
Aunque no pude determinar si había sido
Digit u Old Goat quien había empezado
a buscar la compañía del otro, de
repente se hizo evidente que la hembra
adulta toleraba muy bien la proximidad
de Digit cerca de la zona límite del
grupo. Esta situación representaba un
gran beneficio para todos los miembros
de aquella unidad social. Old Goat tenía
con quien compartir las obligaciones de
defensa del grupo; Digit adquiría un
papel en su grupo natal; y Uncle Bert
tenía dos «guardianes» en vez de uno
para alcanzar la seguridad familiar.
Las nuevas responsabilidades de Digit
quedaron muy patentes cuando su grupo
empezó a ocupar, a principios de 1972,
los collados con mucha frecuencia. La
utilización de la nueva zona
representaba una forma de alejarse de
los territorios superpuestos compartidos
con los grupos 8 y 9, y además les
proporcionaba gran variedad y
abundancia de árboles y otro tipo de
vegetación. A diferencia de las laderas
de las montañas, los collados, de
superficie relativamente llana, limitaban
la visibilidad de la zona circundante
durante los desplazamientos y períodos
de descanso del grupo 4; por esta causa
Digit y Old Goat reforzaron su alianza
para la protección y defensa del grupo.
Digit, al ayudar a Uncle Bert durante las
refriegas con otras sociedades de
gorilas corría el riesgo de ser herido por
machos más experimentados y viejos, en
especial por los del grupo 8. En marzo
de 1972, tras una escaramuza con este
grupo de la que no fuimos testigos, Digit
recibió varios mordiscos importantes en
la cara y el cuello. Durante más de
cuatro años, la profunda herida del
cuello supuró un líquido pestilente. La
localización de la lesión impedía que el
gorila pudiera limpiársela con la lengua.
Lo único que Digit podía hacer era sacar
el exudado con el dedo índice y después
lamerlo, lo cual explicaba, sin lugar a
dudas, la cronicidad de la infección.
Durante más de cuatro años, todo su
cuerpo desprendía un olor acre; además,
el macho expelía con frecuencia grandes
cantidades de gas, y tenía abundantes
náuseas. Junto a la apatía y decaimiento
que empezaban a embargarle, adoptó un
aspecto jorobado y anguloso, como si
estuviera siempre a punto de sentarse.
Digit sólo recuperaba su estado de
actividad normal los dos o tres días de
cada mes en que Papoose, de siete años
de edad, estaba en celo. Uncle Bert no
se interfirió jamás en las cópulas del
joven macho y la hembra sexualmente
inmadura, pero cuando Old Goat volvió
a tener estros, a mediados de 1972, no
toleraba la proximidad de Digit. En esos
períodos, podía verse al joven macho
solo, en la periferia del grupo,
balanceándose de un lado a otro, en lo
que parecía ser un acto de masturbación,
aunque nunca pudo comprobarse.
Durante varias de las escaramuzas del
grupo 4 con el 8, en que la separación
entre ambos era inferior a treinta metros,
Papoose y Simba abandonaban su grupo
durante breves períodos para jugar con
gran entusiasmo con Peanuts y Macho,
con gran preocupación de Digit. Uncle
Bert y Rafiki demostraron total
indiferencia por los movimientos de las
dos hembras jóvenes. Lo atribuí a la
inmadurez sexual de Papoose y Simba, y
a la edad avanzada de Rafiki, cuyo
interés sobre nuevas hembras había
disminuido.
A medida que avanzaba la madurez
sexual de Digit disminuía el atractivo
que sentía por los observadores
humanos, debido a su papel de centinela
del grupo y de potencial reproductor.
Este comportamiento despejó mis
temores de que Digit se volviera
demasiado antropófilo. Justamente en
aquel tiempo, el joven gorila adquiriría
popularidad mundial gracias al cartel
del Departamento de Turismo.
Tiger, al igual que Digit, desempeñaba
también un papel en el aumento de
cohesión del grupo 4. A sus cinco años,
el joven gorila se hallaba rodeado por
compañeros de su edad, una madre
amantísima y un jefe de grupo muy
protector. Individuo contento y
equilibrado, su entusiasmo por la vida
era casi contagioso para los demás
animales de su grupo. A menudo
expresaba su bienestar con una «mueca»
facial característica. Como si se tratara
de una persona que intentara hacer un
globo con un chicle, contorsionaba la
boca, que se ensanchaba de manera casi
increíble, arrugaba la nariz y entornaba,
o incluso cerraba, los ojos. A diferencia
de Digit, Tiger raras veces buscaba la
compañía de los observadores. Sólo
cuando su energía, aparentemente
infinita, agotaba a sus compañeros,
agradecía imperturbable la presencia
del hombre. Siempre más interesado por
la acción que movido por la curiosidad,
le encantaba un juego en que ambos
participantes, el observador y él, tiraban
de uno de los extremos de un palo hasta
conseguir arrebatárselo, y disfrutaba
claramente de la sensación de toma y
daca, sobre todo cuando lo soltábamos y
causábamos la caída de Tiger sobre su
espalda; entonces se reía de buena gana
antes de volver a repetir la operación.
La compañera favorita de juego de Tiger
era Papoose, de siete años y medio, que
comenzaba a entrar en las desazones de
la adolescencia. Sus juegos rudos con
Tiger no eran precisamente un signo de
feminidad; pero el pequeño Simba
despertaba ya sus instintos maternales.
Las interacciones sexuales de la joven
hembra con Digit empezaban a adquirir
preferencia sobre todo lo demás.
Papoose buscaba también la compañía
de Petula, la hembra de rango inferior
del grupo 4. Su parecido físico y la
fuerte unión entre ellas hacía pensar en
que muy posiblemente eran
hermanastras.
Petula me recordaba mucho a Liza, del
grupo 5; las dos ocupaban el último
puesto del escalafón femenino, su
proximidad no era muy bien tolerada por
las hembras mayores de sus respectivos
grupos, y ambas tenían crías muy
revoltosas. Petula mostraba un
comportamiento maternal contradictorio.
Muchas veces, después de haber reñido
con Flossie u Old Goat, descargaba su
enojo sobre su hija Augustus. Siempre
que su madre le gruñía o le propinaba
falsos mordiscos sin razón aparente,
Augustus arrugaba la cara en una mueca
expresiva y empezaba a lloriquear.
Cuando aumentaba la intensidad de sus
quejidos, Petula volvía a castigar a su
hija.
Durante su primer año, Augustus ideó un
repertorio poco corriente de juegos
solitarios en los árboles, probablemente
a causa de los irregulares cuidados de
su madre y del rechazo de sus
compañeros de mayor edad. Sus
acrobacias en su selvático gimnasio casi
devastaron bosquecillos de jóvenes
Vemonia. De los gorilas que yo
observaba, era el único que utilizaba
con frecuencia las copas de los árboles
para localizar a otros animales, en
particular a Petula, cuando se hallaban
ocultos tras el alto follaje.
Cuando tenía dieciocho meses, Augustus
descubrió que dando palmadas podía
producir un sonido peculiar. Continuó
aplaudiendo hasta los cinco años. No he
observado jamás este comportamiento
en ningún otro gorila libre, aunque no es
raro entre los que viven en cautividad. A
juzgar por las expresiones de sobresalto
de los animales del grupo 4, el ruido
producido al batir palmas era también
nuevo para ellos. Augustus a veces casi
se excedía en esta actividad. Podía
sentarse y aplaudir sin parar durante un
minuto, con una sonrisa bastante
estúpida de satisfacción. (Algunos
ejemplares jóvenes libres dan a menudo
palmadas con las plantas de los pies,
pero eso es debido posiblemente a
razones táctiles más que auditivas.)
Cleo, a los seis meses de edad, se había
convertido en una cría curiosa, que
pasaba los largos períodos de descanso
diarios gateando en el radio de acción
de su madre, Flossie. En ese tiempo,
Cleo sufrió una grave herida en el ojo
por causas desconocidas. La lesión
supuró durante casi dos años, hasta que
finalmente cicatrizó. No parecía
molestarle, y nunca se observó a Flossie
curándosela.
Repitiendo las pautas seguidas con sus
dos hijos anteriores, Flossie volvió a
despreocuparse bastante de sus
obligaciones maternales. Quedé, por
tanto, muy sorprendida un día en que se
abalanzó al lado de Cleo y arrojó dos
trozos recientes de excrementos de
Petula lejos del alcance de la cría. Me
pregunté si la actuación de Flossie se
debía a su instinto maternal o si
constituía una manifestación de dominio
sobre Petula, la hembra de rango
inferior.
Cleo fue el último gorila nacido en el
grupo 4 durante un período de tres años.
A finales de 1973, las tres hembras
adultas empezaban a regularizar sus
estros y solicitaban la cópula a Uncle
Bert. El joven jefe demostraba gran
interés por Old Goat, deferencia frente a
Flossie, y práctica indiferencia por
Petula. Desde que iniciaba su lenta
aproximación, Old Goat tardaba casi
catorce minutos en llegar, con gran
decisión, al lado de Uncle Bert para que
la cubriera. Sus cópulas con ella eran
más intensas y largas que las realizadas
con Flossie o Petula. Uncle Bert
montaba a Flossie con más entusiasmo
cuando su período de fertilidad
coincidía o se superponía con el de
Petula. Ésta solía mostrar más
coquetería que aquélla al ofrecerse a
Uncle Bert, pero éste normalmente la
espulgaba en lugar de cubrirla. De
hecho, Augustus tenía ya tres años y
cuatro meses cuando Uncle Bert volvió
a copular con Petula, y aun así de forma
ocasional.
Ocurre a menudo que cuando una
hembra adulta se hace receptiva, se
producen en su grupo muchísimos juegos
sexuales sustitutivos. Flossie se
dedicaba normalmente a montar al joven
Tiger, superimpasible a este proceder, y
Petula era aceptada favorablemente
siempre que escogiera a Flossie o a Old
Goat para montarlas. La única que no
fue jamás observada solicitando a otras
hembras fue Old Goat. Tiger tenía seis
años cuando su madre regularizó sus
estros, en 1973. Demostraba gran interés
por las actividades sexuales de Old
Goat, pero nunca intentó entrometerse
cuando Uncle Bert copulaba con ella. A
esa edad Tiger empezó a exteriorizar
cierto interés en montar a Simba o a
Papoose, pero sólo si Digit, entonces de
unos once años de edad, no se hallaba
cerca.
Cuando Simba estaba a punto de cumplir
los seis años, Digit empezó a montarla,
y también a Papoose, sin que Uncle Bert
se interfiriera, siempre que una de las
tres hembras adultas estuviera receptiva
en esos días. La edad y la diferencia de
tamaño entre ellos hacían que las montas
fueran bastante grotescas. El afable
aspecto de Simba constituía un cómico
contraste con la seria expresión facial
de Digit, con los labios fruncidos.
En enero de 1974, Uncle Bert empezó a
seguir al grupo 8. En aquel momento, la
sociedad del viejo Rafiki estaba
formada por Peanuts, Macho, su hija
Thor, de siete meses, engendrada por el
líder, y Maisie, que se había unido al
grupo 8 a mediados de 1971. La
experiencia había convertido a Uncle
Bert en un buen estratega, y consiguió
recuperar a Maisie. Durante las
primeras semanas después de su vuelta
al grupo 4, Uncle Bert persiguió y
golpeó a la joven hembra. Cuando un
gorila hembra entra en una sociedad
nueva, se convierte generalmente en
blanco de nerviosos despliegues por
parte del jefe, para reforzar su dominio
sobre ella. El caso de Maisie era algo
distinto porque aquél era su grupo natal,
y conocía a todos los miembros menos a
Cleo, de dos años y medio, nacido
después de su marcha en 1971. Fue
Cleo, especialmente, el que no aceptó
con agrado la vuelta de Maisie, y a
menudo le expresaba su antagonismo
mediante gruñidos o infantiles cargas
simuladas. Por otro lado, Augustus sólo
tenía once meses cuando Maisie emigró,
y se había convertido en una cría de tres
años y cinco meses que buscaba siempre
a la recién llegada con gran interés para
espulgarse y jugar.
Maisie se quedó sólo cinco meses en el
grupo 4. No logró integrarse, como se
desprendía de los muchísimos gruñidos
que le dirigían y de la gran distancia que
mantenía con las hembras adultas del
grupo: Old Goat, Flossie y Petula. En
junio de 1974, Maisie inició una serie
de traslados entre su grupo natal, el 8 y
el macho solitario de dorso plateado,
Samson, anteriormente del grupo 8, con
el cual acabó instalándose.
Tras la muerte de Rafiki, en abril de
1974, Uncle Bert pasaba cada vez más
tiempo cerca o en el interior del
territorio del grupo 8. Un mes más tarde,
los tres miembros restantes del grupo —
Peanuts con Macho, que le hacía de
guía, y el hijo de ésta, Thor,
transportado ventralmente— tuvieron un
violento altercado con el grupo 4. Uncle
Bert mató a Thor. Tal como ocurre en la
mayoría de los casos de infanticidio,
éste se produjo también tras la muerte
del líder del grupo de la cría, después
de lo cual la madre se pasó al grupo del
infanticida. Al matar a Thor, Uncle Bert
eliminó una cría engendrada por un
macho enemigo, ganó una hembra,
Macho, para su propio grupo, y acortó el
tiempo de espera para poder fecundarla.
Este caso fue distinto de la mayor parte
de los incidentes en que ocurren
infanticidios, porque Uncle Bert no se
llevó a Macho en los cinco meses
siguientes al asesinato de Thor.
Había dos factores probables que
explicaban el retraso de Uncle Bert en
recuperar a Macho. Peanuts, el hijo de
Rafiki, que contaban entonces unos doce
años, no era todavía sexualmente
maduro y, por tanto, no constituía un
rival reproductor. Además, en la parte
meridional de su territorio, el grupo 4
estaba sufriendo muchas escaramuzas
con dos machos adultos solitarios,
Samson y Nunkie, más viejo, que
habíamos encontrado por vez primera en
la zona en estudio dos años antes. Uncle
Bert no podía rivalizar con Nunkie y
probablemente hubiera perdido a Macho
frente a éste o a Samson, si la hubiera
alejado de Peanuts en el momento del
infanticidio. Un mes después del
asesinato de Thor, ocurrió algo
totalmente inesperado.
Petula y Papoose emigraron del grupo 4
para unirse a Nunkie, con lo cual
originaron la formación de un nuevo
grupo del Visoke. Papoose abandonó
con toda probabilidad el grupo a causa
de su larga y estrecha asociación con
Petula, supuestamente su hermanastra, y
porque carecía de oportunidades
reproductoras inmediatas.
La emigración de Petula fue bastante
sorprendente. Esta hembra de bajo rango
había abandonado, igual que Liza, del
grupo 5, a su cría de cuatro años,
dejándola junto a su joven padre. Petula,
como aquella hembra, mejoró de
categoría al escapar del escalafón de las
hembras ya establecido de su grupo. El
parecido más importante entre las dos
gorilas adultas era que habían estado
criando a sus hijos, de cuatro años de
edad, más tiempo que el acostumbrado,
y la lactancia prolongada inhibe o
pospone la concepción. Ni Petula ni
Liza podían conseguir cópulas intensas
con sus machos reproductores.
Era muy difícil comparar las
adaptaciones etológicas de los dos
ejemplares juveniles huérfanos de madre
del grupo 4, Simba y Augustus. Ésta
presentaba dos ventajas sobre la
primera: tenía un año más de edad al
perder a su madre, y su padre, Uncle
Bert, estaba en el grupo. Augustus, a
diferencia de Simba, nunca se mostró
reservada, aunque distanció sus juegos
con los otros jovenzuelos. Tras la
marcha de su madre, se la veía cerca de
Uncle Bert durante las comidas de la
jornada y los períodos diurnos de
descanso, construyendo sus toscos nidos
de noche cerca de los del macho.
Uncle Bert jamás mimó a Augustus, cosa
que había hecho con Simba, y maduró
mucho más rápidamente que si su madre
se hubiera quedado en el grupo. Protegía
mucho a Cleo y espulgaba a los demás
individuos del grupo 4, excepto a
Flossie. En ausencia de Petula, de bajo
rango, Augustus pasaba más tiempo con
su padre y así reforzaba sus vínculos
con el grupo.
En agosto de 1974, exactamente a los
tres años del nacimiento de su hija Cleo,
Flossie alumbró una cría macho, Titus.
El intervalo medio entre nacimientos,
registrado durante los años de
investigación de trece hembras, era de
39,1 meses. Si se consideran sólo los
nacimientos viables (aquellos en que
sobrevivían los dos bebés
consecutivos), el intervalo medio para
diez hembras era de 46,8 meses. El
intervalo de partos de Flossie es el más
corto registrado hasta ahora entre dos
nacimientos viables. El nacimiento de
Titus fue una sorpresa total. Aunque se
había observado a Flossie copulando
con Uncle Bert ocho meses y medio
antes, no parecía embarazada, ni había
reducido significativamente el número
de solicitudes de cópula con Uncle Bert
u otras hembras.
Durante el embarazo se produce a
menudo un tipo de comportamiento
asociado a los estros, especialmente en
los últimos períodos; en Flossie se vio
incluso el día antes del parto. Casi todas
las hembras observadas con regularidad
antes del alumbramiento montaban a
machos adultos de su grupo, tanto
dominantes como subordinados, así
como a otras hembras. Los gorilas
objeto de este comportamiento por parte
de las hembras preñadas tenían un papel
normalmente pasivo. Sin embargo, las
hembras no embarazadas que eran
montadas respondían de forma activa a
la atención, con vocalizaciones
copulativas o empujones. Cuando más
dominante era la hembra que iniciaba
este comportamiento, mayor era la
probabilidad de que la receptora
respondiera. Sospecho que este
proceder ayuda a fortalecer los vínculos
sociales de las hembras fecundas dentro
del grupo antes del parto.
Titus fue la segunda cría de Flossie que
no murió durante su infancia, y, al igual
que sus otros hijos, tenía, de recién
nacido, un aspecto subdesarrollado y
larguirucho. Además, presentaba graves
dificultades respiratorias. Con la boca
medio abierta, inhalaba aire en
inspiraciones ruidosas y jadeantes,
acompañadas por movimientos, a modo
de estornudos, de la cabeza. Los agudos
problemas respiratorios de la cría
duraron casi ocho meses. Me
preocupaba cada vez más la aparente
indiferencia de Flossie respecto a Titus,
en especial en sus desplazamientos,
cuando la cabeza de la cría colgaba
sobre el brazo de la madre, utilizado
como casualmente para agarrarlo a su
vientre.
Flossie había envejecido
considerablemente durante los tres años
transcurridos entre los dos partos.
Parecía haberse agotado durante la feliz
crianza de Cleo, y que sólo podía
ofrecer a Titus los cuidados básicos de
la atención materna. O bien ignoraba a
su hijo, o lo descorazonaba, gruñéndole
y mordisqueándole siempre que
intentaba jugar encima de ella.
Flossie espulgaba muy someramente a
Titus. Este apenas intentaba menearse,
patalear o golpear, protestas de las crías
observadas con frecuencia en estos
casos. A diferencia de la mayoría de
ellas, que normalmente son espulgadas
primero por su madre para acabar
haciéndolo por sí mismas, a Titus le
encantaban los cuidados de ella. Pero no
era diferente de otras crías a la hora de
mamar, actividad iniciada siempre por
el hijo y terminada por la madre. Flossie
era más autoritaria con Titus de lo que
había sido con Cleo. Su intolerancia era
probablemente la razón principal de que
el hijo se conformara con acabar
rápidamente las mamadas, para así
evitar la irritabilidad de su madre.
Cuando el parto de Flossie, habían
pasado treinta y ocho meses desde el
alumbramiento inviable de Old Goat;
por tanto, su embarazo se había
retrasado mucho. Aparentemente tenía
ciclos regulares, reflejados en sus
constantes ofrecimientos mensuales a
Uncle Bert. Aparte de una enfermedad
de seis semanas, en septiembre de 1973,
Old Goat parecía disfrutar de excelente
salud y estaba atenta y cariñosa con
Tiger, como siempre.
Un maravilloso día cálido de octubre de
1974 en que me encontraba feliz
disfrutando del sol y la paz en medio del
grupo 4, Old Goat se echó, con
expresión absorta, sobre un costado,
cerca de mí, para contemplar los juegos
de Tiger, que entonces tenía siete años.
Regocijado, el pequeño gorila cogía
puñados de vegetación para aplastarlos
contra el suelo, su cabeza y el costado
de Old Goat, con una expresión facial de
arrebato. Conforme observaba a los dos
individuos me maravillaba de nuevo la
cohesión de los vínculos familiares de
los gorilas.
Al día siguiente descubrí que el grupo 4
había tenido un violento encuentro con
Peanuts y Samson. Durante el altercado,
Samson arrebató a Maisie de Peanuts y
Uncle Bert a Macho, dejando solo a este
joven de dorso plateado. La refriega,
aunque no observada, debió ser cruenta,
a tenor de la amplia superficie que
quedó salpicada de sangre, llena de
mechones de pelo del macho de dorso
plateado e impregnada de un fuerte olor.
El grupo 4 huyó desde el lugar de la
escaramuza a unos seis kilómetros de
distancia, a los lejanos collados y las
vertientes orientales al sur del Visoke.
Peanuts les persiguió a lo largo de todo
el camino, intentando recuperar a
Macho. Durante un mes entero estuvo
entre uno y diez metros de distancia del
grupo, originando muchísimas
escaramuzas de diversa gravedad. Se
habían acabado para el grupo 4 los
meses de tranquilidad.
Se acabó también Old Goat. Después de
aseguramos de que no estaba con
Samson, y de que no había habido otros
grupos marginales en la zona, el
personal del campamento y yo iniciamos
la concienzuda búsqueda de su cuerpo.
Transcurrió todo un mes sin encontrar el
más mínimo resto en los extensos
collados, de dos kilómetros cuadrados y
medio, por la que discurría la ruta de
huida del grupo desde el lugar del
choque. A finales de noviembre, una de
las personas encargadas de la búsqueda
de Old Goat tuvo que subir a un árbol
para huir de una manada de búfalos. Al
notar un olor pútrido a muerte, miró
hacia abajo y divisó el cuerpo en
descomposición de la hembra, dentro de
un agujero de una enorme Hagenia,
prácticamente oculto por enredaderas.
Su cuerpo estaba en tal estado de
putrefacción que tuve que tomar
muestras de sus órganos allí mismo para
su posterior estudio histológico.
Descuartizar el cuerpo de la noble
hembra fue un trabajo asqueroso e
indescriptible (2). Pasaron varios meses
antes de que pudiera superar el
sentimiento de vacío experimentado al
contactar con el grupo 4 sin la presencia
de Old Goat, su hembra de carácter
indomable.
Me sorprendió mucho que Tiger no se
mostrara afectado tras la muerte de su
madre, y atribuí esta falta de angustia a
la presión ejercida por la presencia del
macho solitario Peanuts, que se
prolongó durante un mes. Digit y Tiger
juntos lo mantenían a distancia del
grupo. Cuando se pavoneaban y
contoneaban delante del joven macho de
dorso plateado, me recordaban a dos
niños pequeños jugando a soldados.
Digit, que ya contaba doce años de
edad, no podía todavía emitir los
bocinazos de los machos maduros de
dorso plateado, pero a menudo, antes de
golpearse el pecho, colocaba sus labios
como si esperara que saliera el sonido.
Jamás ocurrió. Tiger, de siete años,
imitaba todas las posturas exageradas,
los pavoneos y los falsos ataques de
Digit en el primer encuentro en que fue
observado enfrentándose directamente
con un macho de dorso plateado. Uncle
Bert se daba cuenta de las maniobras
defensivas de los tres machos.
Interponiéndose entre Peanuts y Macho,
estaba bastante ocupado en copular con
su nueva hembra.
A finales de noviembre de 1974,
Peanuts, desanimado, cansado y herido,
renunció finalmente y se dirigió a las
laderas septentrionales del Visoke, lugar
que ya había ocupado con anterioridad.
Tras su marcha, Digit parecía un joven
de dorso plateado sin ninguna ilusión.
Abandonó su posición normal a
retaguardia del grupo 4 para instalarse,
taciturno, durante largos períodos,
escudriñando hacia la dirección en que
había sido encontrado el cuerpo de Old
Goat. Ni la presencia de observadores
humanos ni la intensa actividad sexual
del líder con Macho pudieron despertar
su interés. Su ensimismamiento
recordaba al de Samson tras la muerte
de Coco, la vieja hembra del grupo 8.
Todavía podían verse los efectos de la
herida del cuello, infligida treinta y dos
meses antes. El tamaño del cuerpo
parecía no estar correlacionado con el
de la cabeza, lo cual le confería un
aspecto desgarbado y
desproporcionado. El profundo
abatimiento del joven macho y su
patético aspecto representaban un
cambio total del alegre y curioso joven
Digit que yo había conocido.
El retorno de Macho al grupo 4 supuso
algunos cambios espaciales poco
corrientes. Simba y Augustus, huérfanos
de madre, procuraban acercarse a la
hembra más vieja dominante, Flossie,
para su seguridad, aunque ella los
ignoraba por completo. Flossie, con su
hijo Titus, de tres meses de edad,
colgando de su vientre, importunaba a
Macho cuando Uncle Bert no estaba
presente. Muy pronto pareció que
Simba, Augustus y Cleo copiaban el
comportamiento antagónico de Flossie,
haciendo muy difícil el primer mes de
Macho en el grupo. La agresividad de
Flossie fue idéntica al comportamiento
que había mostrado hacia la misma
hembra en 1969, cuando estaba
alcanzando la madurez sexual. Creo que
esto podía deberse a la falta de
parentesco entre ellas.
Aunque Flossie se convirtió en la
hembra dominante del grupo 4 tras la
muerte de Old Goat, cuando Uncle Bert
consiguió a la hembra Macho,
sexualmente receptiva, aquélla fue
condenada al ostracismo. Titus tenía
entonces sólo cuatro meses, por lo que
debían pasar al menos dos años y medio
hasta que la pareja, adquirida y no
heredada por Uncle Bert, volviera a
presentar un estro. La vieja hembra
desvió su antipatía hacia la cría,
castigándola por la menor falta. Uncle
Bert parecía no darse cuenta del
comportamiento de Flossie. El líder del
grupo, habitualmente sosegado, pasaba
gran parte del tiempo copulando con
Macho o jugueteando divertido con
Tiger, Simba, Augustus y Cleo. Sus
sesiones de cosquilleos y luchas eran
interrumpidas periódicamente mientras
el jefe, con expresión bondadosa,
abrazaba y espulgaba a los jóvenes.
Cuando Uncle Bert dejó embarazada a
Macho, la ignoró por completo. Flossie
y las tres hembras jóvenes del grupo 4
reemprendieron su hostigamiento en
presencia de él, obligándola a retirarse
a la periferia del grupo, a menudo cerca
de Digit. Macho daba la impresión de
querer estar junto a su nuevo cónyuge,
pero sentía gran recelo cuando los otros
miembros del grupo se hallaban
próximos. Al acercarse caminaba
muchas veces como si pisara huevos.
Kweli nació en julio de 1975. Era el
segundo hijo de Macho y el séptimo de
Uncle Bert. Esta prueba palpable de su
relación con Uncle Bert afirmó el
carácter de Macho. Incluso Flossie
intercambiaba alegres vocalizaciones
con la nueva madre y compartía con
paciencia la proximidad de Uncle Bert
con Macho.
Un día, cuando Kweli tenía unos tres
meses, Macho, sin razón aparente, se
lanzó gruñendo hacia Tiger, de ocho
años de edad, que huyó con grandes
gritos de alarma. Inmediatamente, Uncle
Bert cargó contra Macho, que se agachó
con gran sumisión, mientras él la
vigilaba y emitía violentas
vocalizaciones. Uncle Bert, amenazante,
intentó por tres veces apoderarse de
Kweli, estrechado en los brazos de
Macho, hasta que la hembra, intimidada,
se fue gateando con lentitud. Me
pregunté si Macho se acordaría del
asesinato de Thor, su primer hijo y el
último de Rafiki, ejecutado por Uncle
Bert el año anterior. No he sabido nunca
de un macho de dorso plateado que
matara a su propio hijo; esta estrategia
no puede representarle ningún tipo de
ventaja reproductora.
Cuando Kweli tenía cinco meses, los
jovenzuelos empezaron a unirse contra
Macho, que llevaba todavía
ventralmente a su hijo. La empujaron
hasta el límite del grupo, a la vista de un
impasible Uncle Bert. Era angustioso
contemplar cómo la joven madre se
convertía en una introvertida víctima
propiciatoria. Compartiendo la periferia
del grupo con Digit, Macho adquirió un
tic nervioso. Giraba la cabeza con
rapidez, miraba durante un momento a
Uncle Bert, e instantáneamente bajaba
los ojos y se mordía los labios. Sus
expresiones indicaban un vivo recelo,
aunque el líder parecía ignorarla.
Cuando Macho mostraba dicho
comportamiento, Kweli, excepcional
cría de cinco meses, despabilada y muy
coordinada, se encogía y miraba
angustiada a su madre, con unos ojos tan
grandes y penetrantes como los de ella.
Transcurrió un año sin intervenciones
externas en el grupo 4. En enero de 1976
se produjo un violento altercado con
Peanuts. Tras casi trece meses de viajar
solo, el joven macho de dorso plateado
se había unido a un gorila adulto
desconocido en las laderas
septentrionales del Visoke. Uncle Bert
logró arrebatar a Peanuts a este
individuo, de una edad aproximada de
diez años, el cual, a diferencia de su
comportamiento previo respecto a
Macho, no hizo ningún tipo de esfuerzo
para recuperar a su socio.
Mi perplejidad acerca de la identidad y
el sexo del emigrante era enorme. El
animal, al que llamé Beetsme, tenía un
aspecto desaliñado y desnutrido,
características que se dan a menudo en
los gorilas procedentes de las laderas
septentrionales del Visoke, las cuales se
hallan junto a collados de vegetación
relativamente escasa. Mostraba también
cierta habituación, por lo que podría
tratarse de una cría del grupo 9 de
Geronimo. Aunque físicamente parecía
un macho de dorso negro, Uncle Bert lo
montaba con gran entusiasmo y pasaba
gran parte del tiempo espulgando y
abrazando a Titus, de diecisiete meses
de edad, el cual estaba encantado con
estas insólitas atenciones a su persona.
Con el tiempo, en nuestras anotaciones
de Karisoke asignamos a Beetsme el
sexo masculino; era el primer macho, y
hasta el momento el único, aceptado en
un grupo de gorilas ya establecido. No
podía entender por qué Uncle Bert había
recurrido a la violencia para obtener
otro macho cuando, en aquel momento,
la proporción de machos a hembras era
1:1. Quizás, al alejar a Beetsme de
Peanuts, estaba reduciendo la fuerza de
éste, disminuyendo así las oportunidades
del joven macho de dorso plateado de
formar su propio grupo. Esta
especulación podría implicar
erróneamente cierto grado de
premeditación por parte de Uncle Bert.
Pero, probablemente, dicha estrategia es
sólo un mecanismo evolutivo para la
perpetuación genética, al igual que el
infanticidio.
Al cabo de un mes, se vio claramente
que Beetsme era un agitador nato. Daba
la impresión de que la vida era una gran
vacación estival interrumpida por
ocasionales descansos. Sus rudos juegos
con Tiger, a base de luchas y
persecuciones, junto con sus
desenfrenadas insinuaciones sexuales
hacia Simba y Cleo ocasionaban gran
malestar en el grupo, y exigían castigos
por parte de Uncle Bert. Tiger, por vez
primera en su vida, disponía de un
macho de edad parecida con quien jugar
y, por tanto, abandonó las tareas de
guardia que compartía con Digit tras la
muerte de Old Goat. El comportamiento
tumultuoso del nuevo gorila joven dio a
Macho una segunda oportunidad para
entremezclarse con los miembros del
grupo, sin tener que recurrir a sus
corteses métodos anteriores.
Cuando Macho recuperó la seguridad se
produjo una profunda transformación en
la personalidad de Kweli. El gorilita,
que entonces contaba un año de edad,
rebosaba vitalidad, viviendo
alegremente día tras día, como si no
pudiera dar abasto con todo lo que la
vida le ofrecía. Muy pronto, el
desarrollo físico y social de Kweli
superó el de Titus, un año mayor que él.
Las observaciones sobre las diferencias
cada vez mayores de desarrollo entre las
dos crías me llevaron a creer que Titus
había nacido prematuramente y que
todavía intentaba ponerse al día a pesar
de que estaba ya en su segundo año de
vida. Las atenciones de espulgo y de
juego prodigadas por Beetsme al
pequeño gorila contribuyeron muy
posiblemente, de forma artificial pero
efectiva, a realzar su posición en el
grupo 4. Este comportamiento estimuló
el desarrollo social de Titus y le
permitió mezclarse con sus compañeros
más libremente de lo que lo hubiese
hecho sin el concurso de Beetsme.
Cuando tenía casi tres años, Titus
descubrió que golpeando rápidamente
con ambas manos la barbilla relajada
podía producir un ruido rítmico entre los
dientes superiores e inferiores. Este
sonido era insólito entre los gorilas, al
igual que el producido por Augustus, al
batir palmas, siete años antes. Quizás
algunos gorilas, al carecer de
oportunidades para tener encuentros
sociales normales, tienden a adquirir
modelos atípicos de comportamiento,
sustitutivos del estímulo social. La
costumbre de mecerse del joven Digit
puede deberse a la misma causa, así
como al comportamiento idiosincrásico
de muchos gorilas en cautividad.
Tras la emigración de su madre del
grupo 4, Augustus apenas volvió a batir
palmas; pero cuando Titus empezó con
sus peculiares golpes en la barbilla,
reemprendió su actividad. Los dos
juntos formaban como una pequeña
banda. Algunos días soleados y
tranquilos, sus palmas y percusiones
provocaban alegres piruetas rotatorias
en Simba, Cleo y el pequeño Kweli.
Tras varios meses de atenta observación
de la proeza de Titus, Kweli empezó a
palmearse la barbilla si no tenía
compañeros de juego.
Cuando Flossie volvió a solicitar la
cópula de Uncle Bert, su hijo tenía dos
años. Aunque el líder del grupo 4
carecía de cónyuges receptivos, ignoró a
la vieja hembra. En aquel tiempo —
agosto de 1976—, Simba, de ocho años
y ocho meses de edad, tenía estros
mensuales regulares. Pero Uncle Bert no
demostró ningún tipo de interés sexual
por su protegida. Las solicitudes de la
joven hembra para ser montada se
dirigían a Digit, que entonces contaba
con catorce años y estaba alcanzando la
madurez sexual. Digit respondió con
gran entusiasmo a las coquetas
invitaciones de Simba, con lo cual
demostró otra vez interés por la vida.
Las menstruaciones de Simba afectaron
a casi todos los componentes del grupo
4, sobre todo a Beetsme, que empezó a
montar a Cleo, Augustus y Titus. Ni a
este macho ni a Tiger se les permitió
montar a Simba en sus días fecundos. En
dichos períodos, Digit protegía
firmemente sus potenciales derechos de
reproducción con la joven hembra,
permaneciendo a su lado e impidiendo
que Tiger o Beetsme se le acercaran.
Los dos machos jóvenes fingían a
menudo interés en Simba armando jaleo
delante de ella, pero miraban
subrepticiamente los movimientos de
Digit. Cleo, que hacia finales de 1976
tenía cinco años y medio, se mostraba
muy curiosa por el cambio de situación
de su compañera de juegos, Simba;
contemplaba con gran excitación, desde
la barrera, las actuaciones caprichosas
de los otros y a veces intentaba llamar la
atención de Tiger y Beetsme.
Durante los días receptivos de Simba, la
vieja Flossie podía solicitar la cópula
de Uncle Bert, muy poco entusiasmado
por el tema, o incluso de Macho, que,
junto con su hijo Kweli, estaba entonces
muy integrada en el grupo 4. El único
miembro del grupo que no parecía
afectado por la inminente madurez de
Simba era Kweli, de dieciocho meses
de edad. Éste se había convertido en un
jovenzuelo anormalmente independiente,
cuyas acciones desencadenaban patentes
respuestas cariñosas de su padre.
Un día, cuando Simba era el centro de
atención, Kweli se retiró para comer
con Uncle Bert, que se detuvo para
orinar. Kweli, fascinado, juntó
inmediatamente sus manos a modo de
cuenco bajo el ininterrumpido chorro,
para recoger la orina. Uncle Bert, con
una cómica expresión irritada, se volvió
agitando la mano frente a su joven hijo,
como si se tratara de una mosca. Kweli
se retiró a regañadientes apenas un
metro, se sentó muy enfadado y miró fija
y atentamente a su padre. Uncle Bert se
volvió entonces para coger dos trozos
de sus excrementos antes de que llegaran
al suelo y se sentó, comiéndoselos con
gran placer. Esto le pareció mucho más
interesante al joven Kweli que los
frenéticos comportamientos sexuales que
se desarrollaban muy cerca de allí. (La
coprofagia permite la absorción de
nutrientes de que carecen los vegetales.)
Los días en que Simba no era receptiva,
Digit ocupaba el extremo del grupo 4,
manteniendo su posición de centinela.
Tiger y Beetsme se encontraban
normalmente en el lado opuesto del
grupo, triturando la vegetación de la
selva en juegos extremadamente
violentos de persecuciones y luchas.
Un horrible día, frío y lluvioso, tuve que
resistir la tentación de ir al lado de
Digit, que estaba acurrucado bajo el
aguacero y a unos diez metros de
distancia de los otros animales. Hacía
ya muchos meses que no mostraba
ningún tipo de interés por los
observadores, y no quise romper su
independencia, cada vez mayor.
Abandonándolo a su soledad, me instalé
a varios metros del grupo, conjunto de
formas encorvadas apenas visibles por
la espesa niebla. Después de algunos
minutos, noté que un brazo rodeaba mis
hombros, levanté la vista y topé con los
cálidos ojos castaños claros de Digit.
Estaba de pie, me miraba pensativo, me
dio unas palmaditas en la cabeza y se
echó a mi lado. Puse la cabeza en su
regazo, posición que me daba calor así
como un lugar ventajoso desde el cual
observar su herida del cuello, infligida
cuatro años antes. La lesión ya no
supuraba, pero había dejado una
profunda cicatriz rodeada por numerosas
marcas que se extendían en todas
direcciones a lo largo del cuello.
Saqué lentamente la cámara fotográfica
para hacer una fotografía de la cicatriz.
Estaba demasiado cerca para poder
enfocar bien. Al cabo de una media hora
la lluvia aminoró y, sin previo aviso,
Digit echó la cabeza hacia atrás y abrió
su boca en un gran bostezo. Disparé
rápidamente. La fotografía muestra a mi
bondadoso Digit como un King Kong, ya
que su enorme bostezo deja al
descubierto los grandes caninos.
Poco tiempo después, los caninos de
Digit fueron vistos en una situación
totalmente distinta. En diciembre de
1976, un rastreador, Nemeye, y yo
pasamos cinco horas en balde bajo un
chaparrón, buscando el grupo 4 en la
región occidental del collado, entonces
parte intrínseca de su territorio. Como el
campamento estaba a varias horas de
distancia, dimos la búsqueda por
acabada y regresamos por un ancho y
despejado camino, que unos ocho años
antes era conocido como la Pista del
Ganado.
Nemeye avanzaba a unos tres metros de
distancia por delante de mí cuando,
gracias a una elevación momentánea de
la cortina de niebla, pude ver por un
momento las espaldas encorvadas de los
distintos miembros del grupo 4 apiñados
bajo la lluvia, cerca de la base de las
vertientes del Visoke, a unos cuarenta
metros a la izquierda de nuestra pista.
Tras deliberar los pros y los contras de
realizar un contacto tan tarde y con un
tiempo tan horrible, decidí volver al
campamento. Cuando estaba a punto de
alcanzar a Nemeye, Digit salió por
nuestra derecha de la espesa vegetación,
topándose casi frente a frente y de forma
totalmente inesperada con el rastreador.
Ambos, horrorizados, se quedaron
inmóviles. Digit, en posición bípeda,
lanzó dos gritos terroríficos, y quedaron
al descubierto todos sus caninos al
tiempo que despedía un nauseabundo
olor producido por el miedo. El joven
de dorso plateado parecía dudar entre
huir o atacar. Todavía no me había
visto. Corriendo, me coloqué delante de
Nemeye. Digit, al reconocerme, se puso
a cuatro patas y volvió al grupo, que,
conducido por Uncle Bert, corría hacia
las seguras pendientes del Visoke. Al
cesar de golpe las vocalizaciones de
Digit, el grupo se detuvo, nervioso, para
averiguar la causa de la alarma. El
desafortunado incidente reveló de forma
gráfica el valor de un centinela
periférico para la seguridad de un grupo
de gorilas.
Digit y Uncle Bert había formado, en el
transcurso de años, un equipo de defensa
y cooperación, confiando plenamente en
su ayuda mutua tanto en los conflictos
internos como en los encuentros con
otros grupos. No constituía precisamente
una relación estrecha, como la que había
tenido el jefe con Tiger, pero era muy
armoniosa, a causa del interés de ambos
en la cohesión del grupo familiar.
La confianza mutua de los dos animales
era más palpable cuando su grupo
ocupaba los collados, nunca libres por
completo de cazadores furtivos. Un día,
a principios de 1977, estaba a punto de
contactar con el grupo 4 en la parte más
occidental de las vertientes del Visoke,
cuando oí unos prolongados wraaghs de
alarma producidos por Uncle Bert.
Llena de pavor, corrí hacia el lugar de
procedencia de las vocalizaciones y
encontré al grupo entregado
pacíficamente a su descanso diurno.
Uncle Bert era el único que, sentado
muy erguido, se mostraba inquieto y
alerta como si estuviera de guardia.
Transcurrieron unos cinco minutos, y el
macho de dorso plateado continuaba
sentado y rígido, con una expresión
facial de miedo. De repente, una pareja
de cuervos, que habían estado graznando
por allá cerca, sobrevolaron el grupo y
se lanzaron directamente a la cabeza de
Uncle Bert. Éste se encogió de
inmediato, acobardado, emitió otro
intenso wraagh y se cubrió la cabeza con
las manos. Durante casi una hora, y a
intervalos regulares, los cueros
continuaron gastando pesadas bromas al
majestuoso macho de dorso plateado,
ante la total indiferencia de los demás
miembros de su grupo. Yo estaba muy
violenta por mi noble amigo.
Al marcharse los cuervos, Uncle Bert,
convertido de nuevo en el digno líder
del grupo 4, se llevó a su familia para
comer. Pensando que los gorilas se
habían ido, me levanté lentamente para
fijar su dirección para el contacto del
día siguiente. De repente, oí un ruido a
mi lado, en el follaje, y al mirar vi la
maravillosa y confiada cara de Macho,
que, de pie, me contemplaba. Había
dejado el grupo para venir a verme. Al
percibir la dulzura, la tranquilidad y la
confianza reflejadas en sus ojos, me
abrumó la extraordinaria profundidad de
nuestra compenetración. La intensidad
de su gesto no se extinguirá jamás.
11. La plaga
de los cazadores
furtivos se ceba
en el grupo 4
En enero de 1977, Uncle Bert era ya un
líder autoritario, respetado por todos los
miembros de su familia. Esta
transformación del joven e inexperto
gorila de dorso plateado requirió casi
ocho años. A lo largo de una serie de
refriegas con otros grupos y machos
adultos solitarios, había ido
aprendiendo a zanjar las disputas
intestinas y a adquirir mayor
responsabilidad respecto a sus hijos y a
los de Whinny, su padre muerto. Hacia
el décimo año de estudio en Karisoke, el
grupo 4 estaba formado por once
miembros. Se habían producido ocho
muertes, cinco emigraciones de hembras
jóvenes, seis nacimientos y dos
inmigraciones, primero una hembra y
después un macho.
La inmigración del macho de dorso
negro Beetsme, de unos diez años de
edad, me produjo gran asombro. Los
miembros del grupo 4 no lo toleraban
demasiado, excepto los inmaduros, en
especial Tiger, de ocho años, hijo de la
anterior hembra dominante y del antiguo
líder. Antes de la llegada de Beetsme,
Tiger y Digit, que era ya un macho
maduro de dorso plateado, hacían de
centinelas del grupo 4, ocupando
posiciones de defensa en la periferia del
grupo para vigilar las injerencias
humanas o de otros gorilas en busca de
escaramuzas. Beetsme no demostró
nunca interés por las responsabilidades
de protección. No le unían lazos de
sangre con ninguno de los componentes
del grupo y no contribuía en absoluto a
su cohesión o defensa.
Macho, la hembra adulta que había
abandonado el grupo 4 para volver al
cabo de un tiempo, constituía ahora
parte integral de él. Su hijo Kweli, de
dieciocho meses a principios de 1977,
era muy apreciado por su padre, Uncle
Bert, siendo una de las crías más
despiertas que jamás haya visto. Como
en el caso de Poppy, del grupo 5, Kweli
era aceptado por todos los miembros de
su sociedad para actividades de espulgo
o de juego.
Una mañana cálida y radiante llegué
hasta el grupo, que estaba tomando el
sol en un prado pequeño, en un collado
rodeado de montañas. Al oírme, Uncle
Bert se incorporó bruscamente. Pero,
tras reconocerme, emitió un suave
sonido de saludo y volvió a echarse
bajo el fuerte sol, con una expresión de
sumo contento y felicidad. Macho dio
una vuelta, me observó con sus grandes
ojos, de mirada suave y confiada, y se
acostó junto a su compañero. El alegre
Kweli era demasiado juguetón para
permanecer quieto al lado de sus padres.
Arrastrándose como una oruga, se
acercó apoyado sobre sus codos, con el
mechón blanco a modo de cola dirigido
hacia arriba. Al cabo de pocos segundos
tenía sus ojos frente a los míos y sus
bigotes cosquilleándome la cara,
mientras procedía a olerme el pelo. Tiró
de mi ropa y de mi mochila con
curiosidad, y, levantando encantado sus
talones, rodó hacia atrás chocando
contra Uncle Bert. El ágil gorilita dio a
continuación un salto mortal, cayó sobre
Macho y efectuó una breve mamada.
Madre e hijo se abrazaron suavemente
con juguetonas risitas y una perezosa
sonrisa de felicidad.
Tiger, que estaba en el límite del grupo
ocupado en juegos violentos con
Beetsme, se reunió con la familia,
agrupada alrededor de Uncle Bert, como
siempre. Los lazos existentes entre
ambos machos eran más fuertes que los
de cualquier otro miembro de la
sociedad; había entre ellos un profundo
vínculo social. Los dos presuntos
hermanastros se enfrascaban a menudo
en largas sesiones de juego y espulgo.
Pero aquel día de enero era demasiado
caluroso para realizar actividades
intensas. Tras un somero intercambio de
cosquillas y cuidados, se acostaron,
felices, y se durmieron. Para entonces,
toda la familia excepto Digit, en su
posición habitual de vigía, roncaba
plácidamente en un círculo pequeño. En
aquel momento no podía imaginar mejor
lugar del mundo donde estar que en
medio del grupo 4, disfrutando del sol y
de la tranquilidad con los gorilas.
Al cabo de una media hora de sopor, me
pareció oír un silbido procedente de la
cima de la colina más próxima. Uncle
Bert, que dormía profundamente con la
mandíbula colgando sobre la clavícula,
se incorporó de inmediato y fijó su
mirada en la dirección del sonido. Sus
ojos, orejas y nariz parecían tan
sensibles como antenas receptoras.
Mantuvo el cuerpo erguido durante unos
cinco minutos. Digit, que descansaba en
la ladera por encima del grupo, empezó
a subir lentamente hacia el lugar de
procedencia del ruido. Tiger, serio y
alerta, abandonó a Uncle Bert para
seguir a Digit. Durante una hora hubo un
silencio total. Uncle Bert se distendió,
pero se llevó a su grupo a comer en la
dirección opuesta al sonido.
La seguridad de los movimientos del
grupo me convenció de iniciar la larga
caminata de vuelta al campamento. A
unos veinte minutos de distancia del
lugar del contacto, vi a un cazador
furtivo atravesando a la carrera un
amplio prado despejado, con la lanza, el
arco y las flechas por encima de su
cabeza. Como un antílope, se deslizaba
literalmente a través de la pradera, para
penetrar en la densa selva, donde le
esperaban otros cazadores furtivos y sus
perros. Arranqué a correr todo lo rápido
que pude. Una vez en el bosque, me
oculté e imité sus silbidos para atraerlos
hacia mí. Pero al ver a
«Nyiramachabelli», huyeron corriendo.
Al volver al campamento tras una
persecución infructuosa, pedí a Ian
Redmond y al excelente rastreador
Rwelekana que retomaran la pista de los
cazadores furtivos allá donde yo la
había dejado. Mientras tanto retorné al
grupo 4 para asegurarme de que estaba a
salvo. Al recorrer en dirección contraria
la pista dejada por los cazadores
furtivos, comprobé que habían emitido
el silbido que se oyó mientras me
hallaba con los gorilas. Habían estado
controlando una serie de trampas recién
instaladas, que acababa en la cumbre de
la colina, justo encima del lugar de
descanso diurno del grupo 4. A mi
llegada al prado unas horas antes,
acababan de matar a un duiker con sus
lanzas y se hallaban enfrascados en
descuartizar al animal. Esto explicaba el
comportamiento poco usual del cazador
furtivo, al atravesar un terreno
completamente despejado en un intento,
por cierto conseguido, de alejarme del
antílope muerto. Tras comprobar que los
gorilas se encontraban bien, rompí las
trampas de los cazadores y retomé al
campamento. Al cabo de un rato,
llegaron Ian y Rwelekana con los restos
de seis duikers y las lanzas, arcos,
flechas y pipas para hachís confiscadas
a los cazadores furtivos.
Los meses de verano de 1977 fueron
casi idílicos para el grupo 4, que se
dedicaba a recorrer pacíficamente la
región occidental del collado, sin ningún
tipo de perturbaciones de cazadores o
de otras sociedades de gorilas.
Empleaban sus días, felices y
armoniosos, en tomar el sol, jugar y
comer. Entre agosto y septiembre, una
de las vehementes cópulas de Digit dejó
embarazada a Simba. La joven hembra
interrumpió de golpe sus solicitudes de
cópula, se aisló bastante de los otros
gorilas, y pasaba más tiempo comiendo,
comportamiento típico de una hembra
preñada. Digit, entonces, volvió a su
posición de guardián, con dedicación
exclusiva, alejándose a veces hasta unos
treinta metros del grupo.
Durante todo el año, Ian Redmond, el
personal del campamento y yo
aumentamos los controles contra los
cazadores furtivos en los collados, así
como los períodos de contacto con el
grupo 4, sobre todo desde que éste se
había retirado de las seguras faldas del
Visoke.
El 8 de diciembre de 1977, al acercarme
a ellos, encontré primero a Digit,
sentado solo a cierta distancia de los
demás, en posición encorvada y con un
aspecto de profundo abatimiento. Me vi
obligada a dedicarle parte de mi tiempo
intercambiando con él vocalizaciones
eructivas. Desde que dejó embarazada a
Simba, el joven macho de dorso
plateado volvía a parecer otra vez un
animal sin ilusión por nada. Me decidí a
tomarle unas fotografías, a pesar de su
apariencia taciturna y de que estaba a la
sombra. Al cabo de un rato, Digit
empezó a comer. Al dejarme, adquirió
por un momento su traviesa expresión y
sacudió ruidosamente el follaje, su
forma habitual de decirme adiós.
Cuando me dispuse a entrar en contacto
con el grupo 4, encontré a Uncle Bert,
como un gran Buda negro, rodeado por
sus dos compañeras, Macho y Flossie, y
sus juguetones hijos. Augustus, justo al
lado del líder, daba palmas, divertida,
con las plantas de los pies. Kweli, más
cerca de donde estaba yo, se tambaleaba
de un lado a otro como un marinero
borracho, apoyado en sus patas
superiores, con los ojos entornados y
una sonrisa torcida. Sólo faltaba Digit
para que el pacífico ambiente de
solidaridad del grupo 4 fuera perfecto.
Se acercaba la época de vacaciones, y
con ella la amenaza anual de intrusiones
en el parque. El terror que sentía al
pensar en este momento del año había
disminuido algo, porque nuestras
patrullas actuaban con bastante eficacia,
confiscando las armas de los cazadores
furtivos y destruyendo las trampas. Sin
embargo, la escasez de personal y de
fondos nos limitaba a cubrir cada vez
sólo parte de los extensos collados. Por
tanto, organizamos patrullas en las
distintas regiones, alternándolas de
forma regular.
El 1 de enero de 1978, Nemeye volvió
muy tarde al campamento y manifestó
que no había podido encontrar al grupo
4. Sus pistas se confundían con otras
muchas de búfalos, elefantes, cazadores
furtivos y perros. Nos comunicó también
la terrible noticia de que había
encontrado muchísima sangre a lo largo
de las huellas, además de excrementos
diarreicos de gorila. Conociendo la
existencia de cazadores furtivos y
perros, Nemeye había demostrado ser
muy valiente al seguir al grupo 4 a lo
largo de su ruta de huida, de unos tres
kilómetros, hacia las laderas del Visoke.
Al día siguiente, cuatro de los nuestros
—Ian Redmond, acompañado por
Nemeye, y yo misma con Kanyaragana,
el asistente— abandonamos el
campamento al amanecer para iniciar la
búsqueda del más mínimo indicio que
pudiéramos hallar en los amplios
collados.
Ian encontró el cuerpo mutilado de Digit
en un rincón de una zona de vegetación
aplastada y empapada de sangre. Las
manos y la cabeza del gorila habían sido
cortadas con un machete, y su cuerpo
presentaba múltiples heridas de lanza.
Ian y Nemeye acudieron de inmediato a
buscamos, a mí y a Kanyaragana, que
patrullábamos en otra zona. Querían
comunicarnos la noticia antes de que
descubriera por mí misma el cuerpo de
Digit.
Hay momentos en que no se pueden
aceptar los hechos por miedo a
destrozarse. Mientras escuchaba las
noticias de Ian, discurrió por mi mente
toda la vida de Digit, desde mi primer
encuentro con él hacía diez años,
pequeña bola juguetona de negra pelusa.
Desde entonces viví en una parte aislada
de mi ser.
Digit, centinela principal de su grupo,
fue abatido en acto de servicio por los
cazadores furtivos, el 31 de diciembre
de 1977. Aquel día, Digit recibió cinco
heridas mortales de lanza y se enfrentó
con seis cazadores y sus perros para que
su familia, entre ellos su compañera
Simba y su futuro hijo, se retiraran a las
seguras laderas del Visoke. La última
batalla de Digit fue solitaria y valerosa.
Antes de morir, durante su heroica lucha
logró matar a uno de los perros de los
cazadores furtivos. He intentado no
pensar en la angustia, el dolor y todo el
sufrimiento de Digit al ver cómo se
comportaban los hombres con él.
Los porteadores trasladaron el cuerpo
de Digit al campamento, donde fue
enterrado a varias decenas de metros
delante de mi cabaña. Al sepultar su
cuerpo no enterramos su recuerdo.
Aquella tarde, Ian Redmond y yo nos
debatíamos ante dos opciones: enterrar a
Digit y no difundir la matanza o hacer
pública su muerte con el fin de obtener
más apoyo para la conservación activa
del Parque de los Volcanes, mediante
patrullas regulares y frecuentes que lo
libraran de intrusos.
Ian, relativamente nuevo en estas lides,
sostenía puntos de vista optimistas sobre
todo lo que podríamos ganar si
difundíamos la muerte de Digit. Pensaba
que una protesta pública contra el inútil
sacrificio presionaría a los funcionarios
del gobierno de Ruanda para encarcelar
a los cazadores furtivos durante mucho
tiempo. Creía también que el incidente
podía producir un mayor grado de
cooperación entre Ruanda y Zaire, para
que las partes contiguas de los Virunga
marcharan como un todo.
Yo no compartía el optimismo de Ian.
Cuando Digit murió, yo llevaba once
años trabajando en los Virunga. Había
conocido tan sólo unos pocos guardas o
funcionarios del parque que no hubieran
sucumbido a la inercia y al malestar de
sus pobres y superpoblados países. Sin
lugar a dudas, uno de los principales
inconvenientes de los Virunga es que
pertenecen a tres países, todos ellos con
problemas mucho más urgentes que la
protección de la fauna salvaje.
Coincidía con Ian en que una airada
protesta pública podría suponer para
Ruanda la entrada de grandes
aportaciones de dinero, no canalizadas,
para la conservación, pero se destinaría
muy poco a la formación de patrullas
efectivas contra los cazadores furtivos.
Después de las capturas de Coco y de
Pucker, se habían obtenido tanto
aportaciones económicas como un
Land Rover nuevo para los funcionarios
ruandeses destacados en el parque en
dicho momento; pero ni el dinero ni el
vehículo se destinaron a los intereses de
la zona. Había llegado a convencerme
de que para conseguir objetivos a largo
plazo, la ayuda económica debe correr
pareja necesariamente con la
correspondiente motivación. Lo que más
miedo me daba era que el mundo
respondiera apostólicamente al lema
«salvemos a los gorilas» cuando
informáramos de la muerte de Digit.
¿Íbamos a convertir a este gorila en una
víctima propiciatoria que nos permitiría
obtener sustanciosas ayudas
económicas? Éstos eran mis puntos de
vista, esgrimidos en la discusión que
mantuvimos Ian y yo, para tratar de
dilucidar los pros y los contras de
difundir la muerte de Digit.
La oscuridad de la noche se
transformaba en la bruma gris del
amanecer cuando me di cuenta de que, al
igual que Ian, no deseaba que Digit
hubiera muerto en vano. Decidí crear un
Fondo Digit para apoyar la
conservación activa de los gorilas, cuyo
dinero se utilizaría sólo para ampliar las
patrullas contra los cazadores de a pie
en el interior del parque. Esto
representaría la contratación, formación,
equipamiento y remuneración de los
africanos interesados en trabajar durante
largas y aburridas horas destrozando
trampas y confiscando las armas de los
cazadores, tales como lanzas, arcos y
flechas. Hubiera preferido emplear a
guardas del parque para dicho trabajo.
Es esencial cooperar con el gobierno,
sobre todo cuando se es huésped de un
país extranjero. Los guardas tienen el
derecho legal para capturar a los
cazadores furtivos, y yo no, y además
podrían utilizar sus ingresos
extraordinarios para aumentar sus
sueldos mensuales, de unos sesenta
dólares. Sin embargo, ellos trabajan
para el conservador del Parque de los
Volcanes, el cual a su vez está al
servicio del director de los parques
nacionales de Ruanda y vive en Kigali.
Los guardas reciben indefectiblemente
sus salarios, tanto si van al parque como
si no acuden a él; por tanto, este aspecto
de motivación nunca había sido
suficiente. Durante muchos años, volví a
Ruanda, después de breves viajes a
América, cargada con cajas de botas,
uniformes, mochilas y tiendas para los
guardas. Intenté innumerables veces
animar a los hombres a participar de
forma activa en las patrullas contra los
cazadores furtivos dirigidas desde
Karisoke, en el corazón del parque.
Desde luego, los uniformes y botas
fueron recibidos con impaciencia, así
como la paga extra y la comida del
campamento, pero sus breves esfuerzos
eran insignificantes. Lo único que
querían era volver lo antes posible a sus
pueblos y a los bares locales de pombe,
donde la mayoría de ellos vendían las
botas a ruandeses más ricos para
comprar más bebida. Mi proceder,
totalmente ingenuo, se acabó cuando me
di cuenta de que los cazadores furtivos
habituales del parque mantienen muy
buenas relaciones con los guardas, a los
que pagan con regularidad, en francos o
en carne, para obtener el permiso de
caza en el parque. Aprendí también que
los hombres que, en teoría, habían
capturado los guardas durante sus
estancias en Karisoke, eran, en realidad,
amigos o parientes que siempre se las
ingeniaban para «escapar» cuando eran
escoltados a la prisión. Cometí la
equivocación de pagar una cantidad
extra por cada cazador furtivo atrapado
en vez de un salario fijo por cada día de
trabajo. No repetí jamás este error
cuando más tarde contraté para la tarea a
gente independiente del parque, las
únicas personas a las que podía motivar
personalmente para trabajar con
honradez y eficacia. Fue asimismo
pueril ofrecer una recompensa por cada
trampa que me trajeran, ya que lo único
que conseguía era que las fabricaran
ellos mismos y simularan que las habían
encontrado.
Durante varios días, Ian, el personal del
campamento y yo recorrimos la pista de
los cazadores furtivos de uno a otro
extremo, desde el lugar de la muerte de
Digit, y mantuvimos breves contactos
con el grupo 4 —recluido en las laderas
del Visoke— mientras reflexionábamos
acerca de qué camino emprender.
Descubrimos que Digit no había sido
asesinado para obtener su cabeza y las
manos como trofeo, tal como habíamos
pensado en un principio. Seis cazadores
furtivos habían estado colocando las
hileras de trampas hasta que, de forma
imprevista, se toparon con el grupo 4, al
final de la fila. El cuerpo de Digit yacía
sólo a veinticinco metros de distancia
del último cepo y a unos ochenta metros
de la zona de nidos de día de su familia,
en su puesto de centinela.
Por las expediciones realizadas a lo
largo de la pista de los cazadores
furtivos supimos que éstos se habían
dedicado a matar antílopes y a instalar
trampas durante los dos días anteriores a
su encuentro con el grupo 4. Entonces
huyeron hacia Kidengezi, el poblado del
famoso cazador furtivo Munyarukiko,
contiguo a las laderas orientales del
Karisimbi. Los cazadores furtivos, tras
haberle abatido, decidieron llevarse la
cabeza y las manos de Digit, porque
estas partes eran antes muy bien pagadas
por los europeos. Sentimos habernos
equivocado al pensar, en un primer
momento, que Digit había sido
asesinado con la única idea de conseguir
los trofeos. Hay que decir a la opinión
pública la verdad: Digit no fue
asesinado intencionadamente por los
cazadores de trofeos; dio su vida para
salvar a su familia, que, por desgracia,
estaba en un lugar inoportuno y en un
mal momento, el día de Noche Vieja. Si
la muerte de Digit demostraba ser
económicamente interesante para el
régimen del parque, yo me preguntaba
hasta cuándo podría sobrevivir el grupo
4: ¿un mes?, ¿seis meses?, ¿un año?
Despertaba todas las mañanas pensando
quién sería el siguiente.
Al final, Ian y yo decidimos divulgar el
asesinato de Digit. Unos días más tarde,
los telespectadores norteamericanos
pudieron oír a Walter Cronkite anunciar
la muerte de Digit en el programa «CBS
Evening News». Invitamos al
conservador ruandés del parque al
campamento para ver el cuerpo de Digit
antes de que fuera enterrado. Llegó con
Paulin Nkubili. El jefe de las brigadas
quedó francamente horrorizado al
contemplar el cuerpo mutilado y
prometió hacer todo lo posible para
coger cualquier cazador furtivo
conocido que sus hombres pudieran
encontrar en Ruhengeri. En todas partes
la conservación activa reclama la pronta
aplicación de las leyes.
Seis días después del asesinato de Digit,
estaba escribiendo a máquina en mi
cabaña cuando oí gritar al leñador:
«¡Bawindagi! ¡Bawindagi!» («¡Cazador
furtivo! ¡Cazador furtivo!»). Los dos
trabajadores ruandeses del campamento
se lanzaron de inmediato en persecución
de un desconocido que se había colado
en el campamento intentando matar a uno
de los muchos antílopes que disfrutaban
de la seguridad que les ofrecía
Karisoke. Tras una larga carrera,
lograron cogerlo y lo trajeron hasta mi
cabaña. Iba vestido con una camisa
amarilla, sucia y salpicada de sangre
seca. Llevaba un arco y cinco flechas
también manchadas de sangre. Gracias
al interrogatorio supimos que se trataba,
sin lugar a dudas, de la sangre de Digit.
El jefe de las brigadas subió de nuevo al
campamento con efectivos armados para
vigilar debidamente al cazador furtivo,
que fue posteriormente procesado,
condenado y sentenciado a prisión en
Ruhengeri. Mientras tanto, Nkubili lo
interrogó en Karisoke, y obtuvo los
nombres de los otros cinco cazadores
responsables del asesinato. En el plazo
de una semana fueron capturados dos de
ellos. Los tres cazadores furtivos
restantes —Munyarukiko, Sebahutu y
Gashabizi— se escaparon,
escondiéndose en la selva.
Volví a iniciar los contactos con el
grupo 4, pero durante muchísimas
semanas me encontraba incapaz de
aceptar la realidad de la muerte de
Digit, mirando hacia la zona periférica
del grupo, en busca del valeroso joven
de dorso plateado. Los gorilas me
dejaron acercarme como antes,
privilegio que pensaba no merecer más.
Tiger y Beetsme intentaron sustituir a
Digit en el puesto de centinela del grupo
4. Pero los dos machos se distraían con
frecuencia con sus rudos y alocados
juegos, y dejaban a Uncle Bert toda la
responsabilidad de la seguridad del
grupo. Poco después de su huida a las
laderas del Visoke, el grupo fue acosado
por tentativas de choque por parte de
Nunkie. Uncle Bert volvió con su
familia a los collados para alejarse de
la perseverancia del viejo macho de
dorso plateado, que daba toda la
impresión de intentar apoderarse de
Simba. Se dirigieron al lugar de la
muerte de Digit, dando vueltas alrededor
de la zona durante varios días como si
estuvieran buscando al joven macho,
cuya muerte, por supuesto, no
presenciaron. Su actuación me produjo
gran asombro. Durante los diez años de
investigación, los gorilas habían
evitado, por norma general, volver al
cabo de poco tiempo a los lugares en
que hubieran encontrado rebaños de
ganado, trampas o cazadores.
A causa de las terribles condiciones que
habían soportado los animales, me
mostraba reacia a pensar en la
posibilidad de someterlos al proceso tan
doloroso de obligarlos a retomar a las
laderas del Visoke, relativamente
seguras, alejándolos de la amenaza de
trampas y cazadores furtivos de los
collados. Mi indecisión se disipó
cuando vi una herida reciente de cepo en
la muñeca derecha de Tiger.
El día en que procedimos a llevárnoslos
de la zona fue tan terrorífico para el
grupo 4 como repugnante para mí. Me
volvía loca pensando que los gorilas no
podían saber de ninguna de las maneras
que sus invisibles perseguidores no les
infligirían daño alguno, que su camino
de huida había sido despejado de
trampas y que se les estaba llevando a
propósito a su zona favorita del Visoke,
libre en aquel momento del grupo de
Nunkie. Esto fue lo único que nos hizo
soportar, al personal del campamento y
a mí, los gritos de terror de los gorilas
mientras los conducíamos a las
montañas, guiados por Uncle Bert, y con
Tiger y Beetsme en los flancos.
Veinticuatro horas más tarde, el grupo 4
no mostraba ningún efecto patente del
tormento experimentado. En cualquier
caso, parecía más tranquilos de lo que
había estado desde hacía mucho tiempo,
aunque, lógicamente, la causa de esta
tranquilidad debía ser el cansancio.
El grupo 4 permaneció feliz durante casi
seis meses en las laderas del Visoke o
cerca de ellas, sin toparse con otras
familias de gorilas ni con cazadores
furtivos. Simba, preñada del primero y
único hijo de Digit, mostraba cada vez
más indicios de su estado. Los
inmaduros del grupo se sentían muy
atraídos por la joven hembra, pero ella
seguía prefiriendo pasar la mayor parte
del tiempo sola, comiendo vorazmente.
Dejó que Beetsme la montara varias
veces; Flossie, también en los últimos
estadios del embarazo, solicitaba a
menudo cópulas a Uncle Bert. El gorila
que Flossie llevaba en el vientre iba a
ser su quinto hijo nacido en el grupo
desde el inicio del estudio de Karisoke,
de los cuales sólo vivían dos.
Asimismo, sería el séptimo hijo de
Uncle Bert, cuatro de los cuales habían
sobrevivido. Flossie mostraban más
signos físicos externos de su inminente
alumbramiento que Simba. Ambas tenían
un comportamiento arisco, no sólo entre
sí, sino también, y en especial, contra
Macho. La madre de Kweli, que contaba
entonces dos años y medio de edad, no
presentaba ninguna señal de nuevos
estros y, como antes, ocupaba la zona
marginal del grupo para evitar
enfrentamientos con Flossie y Simba.
Otro signo seguro del estado de Flossie,
muy típico de las hembras que van a dar
a luz, era el mucho tiempo que dedicaba
a espulgar a su joven hijo Titus, de tres
años y medio de edad. El joven macho
disfrutó de los cuidados maternales
totalmente insólitos, igual que su
hermana mayor Cleo había recibido la
misma atención de Flossie antes de
nacimiento de Titus. Kweli, que estaba
pasando por el período más intensivo de
destete, vio, por tanto, reducidas sus
sesiones de juego. Esta tensión,
acompañada de la disminución de sus
juegos con Titus, lo convirtieron en una
cría quejica y llorona, a pesar de
recibir, como siempre, el cariño
constante y amantísimo de Macho.
Tres meses y siete días después del
asesinato de Digit, una parte diminuta de
él llegó al mundo cuando Simba alumbró
a Mwelu, palabra africana que significa
«chispa de resplandor y de luz». La
herencia de Digit fue una extraordinaria
gorilita hembra con largas y onduladas
pestañas alrededor de unos ojos muy
brillantes. La madre demostró gran
intransigencia en la protección de su
cría, ya que, al igual que la mayoría de
los gorilas recién nacidos, Mwelu
despertó gran curiosidad entre los
miembros más jóvenes del grupo.
A lo largo de todo el período de estudio,
Simba fue la segunda hembra de la
familia que parió sin el apoyo de su
compañero. Por ironías de la vida, la
misma Simba había sido la primera en
nacer tras la muerte de su padre. Cuando
cría, había dependido sólo de su anciana
madre, Mrs. X, y cuando quedó
totalmente huérfana, de Uncle Bert,
entonces el nuevo líder del grupo 4.
Siempre que cualquier otro gorila de su
familia demostraba un excesivo
entusiasmo por el recién nacido, Uncle
Bert volvía a representar su papel de
protector de Simba así como de la
diminuta Mwelu. Esta tenía ya cuarenta
y cinco días cuando Flossie trajo al
mundo a una cría hembra, a la que llamé
Frito.
Cuando ésta ya tenía un mes de edad, a
mediados de julio de 1978, Uncle Bert
llevó a su grupo desde las laderas del
Visoke a los collados, donde no se
habían visto durante meses indicios de
cazadores furtivos, a causa del aumento
de vigilancia. Durante una semana, los
adultos del grupo 4 disfrutaron felices
del sol, mientras los jóvenes daban
rienda suelta a su ilimitada energía,
subiendo a las enormes Hagenia y
persiguiéndose unos a otros. Todos se
beneficiaban de la exuberante y diversa
vegetación de los collados. Desde el
retomo a su tierra favorita, disfrutaban
de la vida al máximo.
El 24 de julio de 1978, por la mañana,
uno de los cuatro estudiantes instalados
entonces en Karisoke llamó a mi puerta.
Me sorprendió verlo, porque acababa de
irse del campamento hacía sólo una
hora, para contactar con el grupo 4. Al
ver su cara comprendí que había
ocurrido otra desgracia.
Más que preguntar, afirmé:
—Furtivos.
—Han disparado un tiro al corazón a
Uncle Bert y lo han decapitado —
contestó el estudiante.
Aquella mañana, el estudiante demostró
ser muy intrépido. A pesar de ir solo,
había estado buscando al grupo 4 por
los alrededores del cuerpo de Uncle
Bert, todavía caliente, y estaba
dispuesto a volver al lugar de la matanza
para acompañar a los miembros del
campamento. Los hombres pasaron
varias horas clasificando un laberinto de
huellas de huida, que desde el cadáver
de Uncle Bert se dirigían a las laderas
del Visoke. Allí se encontraron con un
grupo marginal no habituado, de trece
animales, que se enfrentaban con gran
excitación a los diez individuos
restantes del grupo 4, valientemente
protegidos por Tiger, de diez años y
medio. Aquéllos, al ver a los
observadores humanos, huyeron,
dejando a la familia de Uncle Bert
agrupada alrededor de Tiger, su nuevo
líder. Como único hijo superviviente de
Whinny, que probablemente fue el
fundador del grupo 4, y de la hembra
dominante del grupo, Old Goat, Tiger
había sido preparado durante su corta
vida para el papel de sucesor en la
jefatura del grupo 4. Debido al gran
parecido del joven macho con Uncle
Bert, con el que asimismo compartía
fuertes vínculos sociales, pensé que con
mucha probabilidad la nueva posición
de Tiger se habría visto favorecida por
la existencia de fuertes lazos de
parentesco con el posible primer líder
del grupo, Whinny.
Kweli fue hallado gimoteando
lastimeramente y Macho había
desaparecido. Supuse que el grupo
marginal había logrado llevársela con
ellos. Aquella noche, Tiger durmió con
su medio primo, Kweli, de tres años de
edad, que nunca lo había hecho solo. El
comportamiento protector de Tiger
constituía una copia exacta del de Uncle
Bert, que, siete años antes y en calidad
de nuevo jefe del grupo, se había
ocupado con gran dedicación de su
hermanastra Simba, cuando ésta se
quedó huérfana.
Volvió todo el horror y la conmoción
por el asesinato de Digit. Quedaban por
esclarecer detalles todavía más
abominables sobre la última matanza.
Dos porteadores y yo seguimos las
huellas de los cazadores furtivos desde
el lugar en que se hallaba el cuerpo de
Uncle Bert, y encontramos un fuego
todavía con brasas, donde los cazadores
furtivos habían pasado la noche, a sólo
dos horas del lugar de descanso del
grupo 4, el 23 de julio. La pista de los
cazadores furtivos, tanto la de acceso
como la de retirada del grupo 4, llevaba
directamente a Kidengezi, poblado de
Munyarukiko. Por las huellas
descubrimos también que la llegada del
estudiante había sorprendido a los
cazadores furtivos, por lo que no
pudieron continuar descuartizando el
cuerpo de Uncle Bert; por eso, las
manos del macho de dorso plateado
estaban intactas. A diferencia de la
matanza, lenta y agonizante, de Digit con
lanzas, flechas y perros, a Uncle Bert lo
habían matado de una simple bala que le
atravesó el corazón. Probablemente no
tuvo más que un breve momento de
terror antes de morir.
Uncle Bert fue abatido muy cerca de los
nidos de noche de su grupo, al comienzo
de lo que podría haber sido otro día
soleado de actividades y felicidad
compartida entre sus compañeros y las
crías. Los cazadores furtivos me dieron,
sin pretenderlo, un pequeño resquicio de
consuelo al dejarme saber que Uncle
Bert no había soportado el mismo
sufrimiento que Digit. Mostrándonos con
descaro la amenaza de su nuevo poder,
las armas de fuego, dejaron intacto el
único agujero de la bala situado sobre el
corazón del gorila. Habían utilizado
cuchillos y pangas para abrir el lado
derecho del pecho del noble gorila y
extraer la bala, prueba que podría
utilizarse en contra de ellos.
Trasladamos el cuerpo de Uncle Bert al
campamento, para enterrarlo cerca de
Digit.
Me fui a Ruhengeri para informar a
Paulin Nkubili de la nueva tropelía. El
jefe de las brigadas organizó en seguida
un comando para efectuar una redada en
el poblado de Munyarukiko, y me invitó
a ir con ellos. Contando con el factor
sorpresa a su favor, el comando podría
rodear el poblado aquella noche,
penetrando luego rápidamente en él para
registrar las pequeñas chozas. En una
hora confiscaron gran número de lanzas,
arcos, flechas y pipas para hachís. Y lo
más importante, en una de las chozas los
soldados encontraron bajo la cama al
tercer cazador furtivo más famoso de los
Virunga, Gashabizi. Más adelante se
demostró que había estado implicado en
la muerte de Digit así como en la de
Uncle Bert. Aunque Munyarukiko había
escapado de nuevo, la captura de aquél
fue la recompensa del trabajo realizado
en aquella larga noche. Finalmente fue
juzgado y condenado a diez años de
prisión en Ruhengeri.
A la mañana siguiente, Nkubili realizó
otra redada por sorpresa en un poblado
pequeño donde vivía Sebahutu, otro
traidor cazador furtivo, con sus siete
mujeres y muchos hijos. Repitiendo los
pasos de la noche anterior, los soldados
rodearon las chozas y luego las
registraron una por una. Los resultados
fueron horriblemente fructíferos. En el
centro del recinto cercado se fueron
acumulando montones de lanzas, arcos,
flechas y pipas para hachís. Más tarde
se descubrieron, bajo un jergón de paja,
las ropas de Sebahutu empapadas y
sanginolentas, así como varios cuchillos
y pangas pegajosos de sangre.
El hallazgo de estas pruebas acusadoras
impulsaron a las esposas de Sebahutu a
proferir fuertes lamentos en que
proclamaban la inocencia de su marido.
En aquel preciso instante, un hombre con
un jersey de color rojo vivo salió
corriendo desde detrás del cerco y
atravesó el poblado al descubierto. Los
comandos lo atraparon y lo llevaron
hasta el grupo de chozas para
interrogarlo. Sebahutu, el cazador que,
según supimos después, había disparado
contra Uncle Bert, fue detenido. Más
adelante, un tribunal lo consideró
culpable y fue llevado a la prisión de
Ruhengeri. El único que quedaba libre
era Munyarukiko.
Cuando estaba a punto de subir al
campamento, me encontré a un porteador
que me esperaba con una nota en la base
del Visoke. Se había encontrado el
cuerpo de Macho a unos cincuenta
metros del lugar en que habían matado a
Uncle Bert. Macho había sido también
alcanzada por una única bala que, tras
atravesar las costillas y la columna
vertebral, salió de nuevo del cuerpo. Al
igual que en el caso de Uncle Bert, los
cazadores habían recuperado la bala.
Aturdida e incrédula, volví hacia
Ruhengeri mientras recordaba el día en
que Macho se me había acercado para
mirarme con aquellos ojos grandes y
confiados, y en la ternura que había
prodigado siempre a Kweli. ¿Cómo
podría sobrevivir este gorila de tres
años sin madre ni padre?
Nkubili reaccionó con terrible ira al
enterarse de otra matanza. Organizó de
inmediato una tercera patrulla y ordenó
que le llevaran a todos los cazadores
furtivos sospechosos para interrogarlos.
Al día siguiente llenamos la furgoneta
VW con soldados armados y un
inspector de policía y los conduje a un
poblado pequeño contiguo al Parque de
los Volcanes. Aparqué fuera del alcance
de la vista de sus habitantes y los
soldados salieron del coche en tropel.
Avanzaron con los rifles sobre sus
cabezas y moviéndose como si se tratara
de un desembarco de soldados de
infantería de marina, hasta que rodearon
la plaza del mercado, con varios
centenares de personas dentro. Aquélla
fue la primera de cinco redadas por
sorpresa realizadas ese día en poblados
próximos al parque. Dieron como
resultado la captura de catorce
rastreadores, que fueron internados en la
prisión de Ruhengeri en espera del
juicio.
Mientras volvía a la base del monte
Visoke, vi al conservador ruandés del
parque andando solo por la carretera y
me ofrecí a llevarlo a su oficina.
Durante el corto trayecto, se dirigió en
rinyarwanda, con brusquedad y rapidez,
al personal del campamento, sentado en
la parte trasera de la camioneta,
mientras me ignoraba por completo.
Cuando se apeó, los hombres me
tradujeron su conversación. La razón
principal de su cólera era, según me
explicaron, el apresamiento de unos
cazadores furtivos ruandeses muy
conocidos. El conservador había
manifestado que iba a exigir la
inmediata liberación de esos hombres
porque Uncle Bert y Macho habían sido
abatidos en la parte zaireña del Parque
de los Virunga. Por tanto, creía que sus
muertes debían ser una responsabilidad
de Zaire y no de Ruanda.
Todos recordábamos perfectamente que
a Digit también lo habían matado en
Zaire, muy cerca de la zona de las
últimas matanzas, y que, según se había
demostrado, todos los cazadores
furtivos relacionados con su muerte eran
ruandeses. Desde el momento en que ni
los cazadores ni los gorilas llevaban
visados, me asombraba que el
conservador pudiera echar la culpa a los
zaireños, que se aventuraban rarísimas
veces cerca de la frontera ruandesa
donde se habían producido las matanzas.
Mientras conducía por la abrupta
carretera de roca volcánica de vuelta a
la base del Visoke, los hombres
continuaban traduciéndome el resto de
los comentarios del conservador. Les
había dicho que acababa de regresar de
una estancia de tres días en Gisenyi,
adonde había ido para recoger a un
gorila joven recién capturado. Al no
encontrar a la víctima, tuvo que volver a
las oficinas del parque,
aproximadamente a mitad de camino
entre Ruhengeri y la base de las
montañas.
Al iniciar la pista del largo y sombrío
ascenso a Karisoke, no hacía más que
recordar las capturas de Coco y Pucker,
utilizadas como artículos de trueque
entre Alemania y Ruanda unos nueve
años antes. Estaba cada vez más
desconcertada sobre los motivos que
habrían producido la brusca marcha del
conservador a Gisenyi para recoger un
gorila joven el mismo día en que habían
matado a Uncle Bert y a Macho. Pedí a
varios ayudantes ruandeses de confianza
que realizaran una investigación
encubierta para dilucidar la relación
existente entre este viaje y las últimas
muertes. Ellos sabían cómo recoger
información de formar discreta de la
gente de los poblados y otras personas
conocedoras de las actividades de los
cazadores furtivos.
Dos días después de la matanza de
Uncle Bert y Macho, llegó a Kigali un
equipo proteccionista europeo
acompañado por un periodista. Su
visita, preparada desde hacía tiempo,
produjo gran expectación en los
funcionarios del parque, que iban a
recibir ayuda financiera, equipo y
materiales del consorcio de grupos de
conservación de los gorilas, formados
tras la matanza de Digit, divulgada a los
cuatro vientos. El director del parque,
sus ayudantes y un asistente belga fueron
a recibir a los proteccionistas al
aeropuerto de Kigali. Se les informó
inmediatamente de las últimas matanzas
de gorilas. El periodista pudo enviar por
teléfono a Londres su artículo fechado
en Kigali.
El equipo pasó dos días más en Kigali
antes de dirigirse a Ruhengeri, donde los
conocí mientras organizaba registros
legales en los poblados, en busca de
cazadores furtivos. Llena de barro,
hambrienta y exhausta, estaba más
deprimida de lo que había estado nunca
en los once años de investigación. La
camioneta con chófer de los europeos se
detuvo al lado de mi furgoneta. El
periodista saltó con gran agilidad,
magnetófono en mano, con la pretensión
de efectuar una entrevista sobre el
terreno de los acontecimientos de los
últimos días. Pasó por mi mente, en un
instante, la larga deliberación que
sostuve con Ian Redmond y la noche
siguiente a la muerte de Digit, hacía seis
meses y medio. Ya que el asesinato de
Digit había demostrado ser tan
provechoso para los funcionarios
ruandeses del parque, ¿existiría alguna
posible relación entre la primera
tragedia y las últimas y oportunas
matanzas? Me negué a la petición del
periodista de permitirle subir a
Karisoke para fotografiar los cuerpos de
los gorilas o sus tumbas, porque no
quería fomentar más publicidad. Hasta
el momento parecía haber tenido sólo
efectos desastrosos sobre los animales
de los grupos en estudio.
Veinticuatro horas después, al cabo de
cinco días de la matanza de Uncle Bert y
Macho, la misión proteccionista europea
abandonó Ruanda. Más tarde leí en un
artículo de un periódico proteccionista
británico que el grupo había estado
sumamente satisfecho de la oportunidad
de su visita, de la ayuda financiera que
habían prestado y prometido al Parque
de los Volcanes, y de la gran atención
dispensada a los artículos del periodista
por el público interesado en el tema.
Incluso ahora, cuatro años después, la
mayor parte de la gente piensa que se
mata a los gorilas por sus cabezas,
práctica que Paulin Nkubili desterró dos
años antes de que acabaran salvajemente
con Digit y Uncle Bert. El que los
gorilas mueran para defender a los
miembros de su familia no tiene, en
muchos medios, tanto interés
periodístico como la historia errónea de
las mutilaciones sangrientas para
obtener trofeos.
Seis días después de la matanza se
descubrió la razón de los incesantes
gimoteos de Kweli. El animal había sido
herido de bala en la parte superior del
hombro derecho, en el mismo momento
en que mataron a sus padres. La bala
había astillado la clavícula de Kweli
antes de salir a través de la musculatura
de la región escapular. Encontraba muy
extraño que, siendo Sebahutu y
Munyarukiko excelentes tiradores,
hubieran fallado al disparar a matar al
joven Kweli, si ésta había sido la
verdadera razón de enfrentarse con el
grupo 4 en aquella fatídica mañana de
julio.
Los ayudantes ruandeses, varios
estudiantes y yo misma, utilizando los
mismos procedimientos de recorrer las
huellas en sentido opuesto, que había
tenido tanto éxito para despejar ciertas
incógnitas tras la muerte de Digit,
desenmarañamos la secuencia de
sucesos implicados en las últimas
matanzas. Kweli había sido la primera
víctima. Sebahutu le disparó desde un
árbol poco después de que el grupo
hubiera abandonado sus nidos nocturnos
para desparramarse y comer según su
habitual costumbre matutina. Macho fue
alcanzada mientras corría desde donde
comía en un vano esfuerzo de proteger a
su hijo. Uncle Bert iba a 1.a cabeza del
grupo, que se retiraba hacia las laderas
del Visoke, cuando los gritos de Kweli y
Macho le hicieron volver y cargar de
frente contra los cazadores furtivos para
defender a su compañera y a su hijo. El
macho de dorso plateado tenía que estar
en posición bípeda para que la bala fatal
le alcanzara como lo hizo. Su corazón
quedó destrozado, y murió antes de
alcanzar el suelo. Sólo la intervención
de sus padres hizo posible que el joven
pudiera huir con el grupo 4. Uncle Bert y
Macho podrían haber escapado a la
muerte si no hubieran intentado por
instinto proteger a su hijo. Dieron sus
vidas para que Kweli siguiera vivo.
Varios días después de haberme
enterado de la existencia de la herida de
bala de Kweli, regresaron al
campamento los hombres a los que había
pedido que recogieran información de la
gente de los poblados adyacentes al
parque. Llevaban en sus bolsillos notas
escritas a mano de lugares, fechas,
momentos, nombres de personas y listas
de sucesos relacionados posiblemente
con las matanzas. Supuse, gracias a mis
informantes, que dos africanos, ambos
extranjeros y, según los del lugar,
congoleños o zaireños, habían visitado
al conservador el día anterior a la
muerte de Uncle Bert y Macho. Pasaron
juntos varias horas, y al marcharse los
extranjeros, el conservador informó por
vez primera a sus empleados que iba a ir
a Gisenyi para recoger un gorila joven
recién capturado, y les pidió que
recompusieran un cercado próximo a su
oficina para la estancia temporal del
gorila joven.
Hasta aquel momento —once días
después de las matanzas— no
comprendí todas las implicaciones de la
conversación del conservador con mi
equipo, en la parte trasera de mi
furgoneta, el día en que me ofrecí a
llevarlo a su vuelta de Gisenyi. Daba
toda la impresión de que Kweli era el
objeto de su captura, pero ni él ni los
cazadores habían previsto el celo con
que los gorilas defenderían a su propia
especie. No obstante, se dieron cuenta
de que si la captura del gorila se
producía fuera de la zona de estudio no
tendría difusión y, por tanto, no
conseguirían ayuda monetaria de los
países extranjeros para la conservación
de los gorilas. Además, para proteger la
parte ruandesa del sector de los Virunga
en que se mueven los animales en
estudio, las capturas de gorilas debían
realizarse sólo en la parte zaireña.
Durante varios años, el grupo 4 y el 5
pasaban de un país a otro, pero el grupo
4 era el único que se encontraba en
Zaire en el momento en que llegó el
equipo proteccionista europeo.
El nuevo huérfano Kweli, que perdió a
su madre, Macho, y a su padre, Uncle
Bert, y además llevaba una herida de
bala, acudía sólo a Tiger para que le
limpiara la herida, abrazarlo y compartir
su calor en los nidos nocturnos. Tiger,
con expresión preocupada, permanecía
cerca del joven de tres años y respondía
a sus lloros con reconfortantes
vocalizaciones eructivas. Como nuevo
líder del grupo 4, regulaba las horas de
comer y los desplazamientos de los
animales, aunque Kweli se quedara
atrás. En agosto de 1978, el desánimo
era en apariencia la peor amenaza para
la supervivencia de Kweli.
Beetsme, que no compartía ningún lazo
de sangre con el grupo, representaba un
peligro considerable para la menguada
solidaridad de sus componentes. El
inmigrante, unos dos años mayor que
Tiger, al encontrarse de macho más
viejo en un grupo guiado por un animal
más joven, manifestó enseguida un
desenfrenado deseo de dominación. A
pesar de su inmadurez sexual, Beetsme
se aprovechó de su edad y corpulencia
para dedicarse a atormentar con
severidad a la vieja Flossie, sólo tres
días después de la muerte de Uncle Bert.
La que más despertaba su agresividad
era Frito, la última hija de Uncle Bert.
Si la mataba, Beetsme destruiría a un
descendiente de un competidor, y
Flossie volvería a ser fértil.
Ni su madre ni Tiger tuvieron la más
mínima posibilidad contra el macho.
Veintidós días después de la matanza de
Uncle Bert, Beetsme mató a Frito, de
cincuenta días de edad, a pesar de los
constantes esfuerzos de Digit y de los
otros miembros del grupo 4 para
defender a madre e hijo. Flossie
trasladó el cuerpo de Frito durante dos
días, hasta que fue obligada a
abandonarlo en defensa propia durante
otro ataque de Beetsme. El diminuto
cuerpo fue enterrado al lado del de su
padre, en el cementerio situado delante
de mi cabaña. La muerte de Frito era una
nueva prueba, aunque indirecta, de la
devastación provocada por los
cazadores furtivos al matar al jefe de un
grupo de gorilas.
A los dos días de la muerte de Frito,
Flossie fue observada solicitando
cópulas a Beetsme, aunque no por
razones sexuales ni reproductoras, ya
que la hembra no había recuperado sus
ciclos y Beetsme era todavía
sexualmente inmaduro. Sin lugar a
dudas, estas invitaciones eran medidas
conciliadoras destinadas a reducir los
castigos físicos que el macho continuaba
infligiéndole. Mientras contemplaba la
destrucción provocada por Beetsme de
todo lo que había logrado crear y
defender Uncle Bert durante los últimos
diez años, no podía menos que sentir
profunda antipatía por aquel macho.
Flossie tuvo la oportunidad de emigrar
del grupo 4 una semana después de la
muerte de su hijo, durante un violento
choque con el grupo de Nunkie. Se
trasladó acompañada de su hija Cleo, de
siete años, y de Augustus, la hija de
Petula, de ocho años de edad. Su hijo
Titus, de cuatro años, se quedó en el
grupo 4. Aunque estas emigraciones
representaron una nueva fragmentación
de la sociedad familiar, me alegré de
que Flossie se fuera. No creo que
hubiera podido soportar durante mucho
más tiempo los abusos físicos de
Beetsme.
Flossie y Cleo se quedaron sólo
diecinueve días con Nunkie, y después
se trasladaron a un pequeño grupo
marginal de cuatro animales, en la
primera oportunidad que tuvieron de
emigrar. Como en aquel grupo había
sólo una gorila hembra, Flossie tenía la
oportunidad de ocupar un escalafón más
alto que en el grupo ya establecido de
Nunkie, con cuatro hembras. Por
desgracia, el segundo traslado de
Flossie y Cleo representó una especie
de despedida, ya que el grupo que
escogieron frecuentaba muy raras veces
la zona de estudio de Karisoke. Esta
unidad social, conocida como grupo de
Suza, se desplazaba normalmente más
allá de la otra orilla del río de este
nombre, en las distantes laderas del
Karisimbi. No obstante, durante los
meses siguientes realizamos
considerables esfuerzos para seguir los
pasos del grupo de Suza. Observamos
con gran alegría que, once meses
después de su llegada, Flossie tenía una
cría recién nacida, hija seguramente de
John Philip, el macho dominante del
grupo. Unos cuarenta meses después,
Flossie se convirtió en abuela por vez
primera, cuando Cleo dio a luz en
diciembre de 1981.
Augustus no acompañó a Flossie y Cleo
porque su madre, Petula, al haber sido la
primera hembra conseguida por Nunkie
cuatro años antes, ocupaba el rango más
alto del escalafón de las hembras.
Augustus, al quedarse en el grupo de
Nunkie, podría compartir probablemente
la situación de su madre y de su
hermanastra, Lee, de tres años de edad,
engendrada por el líder del grupo.
El abandono de Flossie de lo que
quedaba del grupo 4 —Beetsme, Tiger,
Titus, Kweli, Simba y su hija Mwelu—
redujo considerablemente la agresividad
interna, aunque a veces Beetsme atacaba
con carreras o golpes a Titus. Tiger
protegía fuertemente a Titus. Tenía la
ligera esperanza de que la cría de
Simba, de cuatro meses de edad, único
descendiente de Digit, pudiera
sobrevivir.
Me encontraba cada vez más
preocupada por Kweli, que sólo unos
meses antes era la cría más viva y
juguetona del grupo 4. El aletargamiento
y la depresión de este gorila, de tres
años de edad, iba en aumento día tras
día, a pesar de los intentos de Tiger de
hacer de padre y madre del huérfano.
Tres meses después de su herida de bala
y de la pérdida de sus padres, le
abandonaron las fuerzas que le quedaban
para sobrevivir. El día de su muerte fue
encontrado por la mañana, apenas
respirando, en el nido nocturno que
había compartido con Tiger. El gorilita
sólo podía lanzar suaves gritos y
gemidos mientras el grupo se alejaba
con lentitud para comer. Los gorilas
volvieron a su lado varias veces durante
todo el día, respondiendo a sus voces de
angustia, consolándolo con
vocalizaciones eructivas o con suaves
contactos. Una de las veces, Beetsme
intentó incluso levantar a Kweli para
que se sentara, como si pretendiera que
el pequeño moribundo se levantara y
fuera con ellos. Todos los animales
parecían deseosos de ayudarlo, pero no
pudieron hacer nada. Después de pasar
el período de descanso cerca del pobre
gorila, cada uno de los miembros del
grupo se acercó a mirarla fijamente
durante varios segundos antes de
alejarse en silencio para comer. Era
como si los gorilas supieran que la vida
de Kweli estaba a punto de extinguirse.
A última hora de la tarde trasladamos al
campamento el cuerpo del joven Kweli,
fallida víctima de la captura planeada
por los cazadores furtivos, para
enterrarlo entre su madre y su padre,
Macho y Uncle Bert. Todo lo que
quedaba del grupo 4 en aquel momento
eran Simba, su hija Mwelu, de seis
meses, y tres machos, Titus, Tiger y
Beetsme. Éste podía considerarse con
dificultad miembro integrante de la
unidad social por sus continuos abusos
contra los otros individuos en sus vanos
esfuerzos de establecer su dominio, en
especial sobre el indómito Tiger.
En diciembre de 1978, cuatro meses
después de la matanza, Simba siguió el
ejemplo de Flossie aprovechando la
primera oportunidad para irse al grupo
de Nunkie. Con gran pesar por mi parte,
Nunkie, durante una refriega, mató a
Mwelu, el único descendiente de Digit.
Se extinguió la chispa de claridad y de
luz.
La disgregación del grupo 4 dejó a los
machos jóvenes vagando sin descanso
por las laderas del Visoke durante las
seis semanas siguientes a la pérdida de
Simba. Tiger ayudó a mantener la
cohesión cuidando a Titus como una
madre y suavizando el carácter
pendenciero de Beetsme. Gracias a la
influencia de Tiger y a la inmadurez de
los tres machos, permanecieron juntos.
En enero de 1979 se unieron a Peanuts,
gorila de mayor edad que estaba todavía
solo. El grupo, formado únicamente por
machos, abandonó las laderas del
Visoke y marchó, guiado por el joven de
dorso plateado, hacia los collados, por
vez primera desde las muertes ocurridas
en el grupo 4, seis meses antes.
Peanuts, con los nuevos refuerzos de los
tres gorilas, aumentó la extensión de sus
desplazamientos y ganó a dos machos
adultos procedentes de grupos
marginales durante escaramuzas no
observadas, ocurridas en la zona
noroccidental de los collados. Los dos
jóvenes extranjeros, llamado Ahab y
Pattie (este último se pensó al principio
que era hembra), ofrecieron nuevas
posibilidades de juego para los
miembros restantes del grupo 4. La
posibilidad de que éstos pudieran
formar un nuevo grupo bajo el liderazgo
de Peanuts era una idea alentadora. Un
aspecto todavía más consolador en
aquel momento fue la noticia de que los
gorilas de los Virunga tenían más
posibilidades de supervivencia: había
muerto Munyarukiko, el infame cazador
furtivo.
La época de vacaciones de 1979
transcurrió tranquila para los gorilas en
estudio o los marginales instalados
cerca de Karisoke y en zonas próximas.
Las aportaciones económicas del Fondo
Digit se habían utilizado para pagar la
ampliación de las patrullas, dirigidas
desde Karisoke durante unos dieciocho
meses. Este fondo y las donaciones de la
Humane Society of America hicieron
posible que mis hombres dispusieran, al
fin, de botas de agua, impermeables,
tiendas de vivac ligeras, ropa de abrigo
y guantes. Después de haber pasado la
jornada en el campo, destrozando
trampas o confiscando las armas de los
cazadores furtivos, podían volver al
campamento para comer y dormir
confortablemente.
Siempre que los hombres mostraban
cierta aprensión por patrullar a más de
cuatro o cinco horas de distancia del
campamento —ya que la lejanía
aumentaba las posibilidades de
encontrarse con intrusos armados con
rifles—, Ian Redmond o yo misma los
acompañábamos, para infundirles
confianza. A la voluntad de trabajar en
condiciones difíciles se unía su
intrépida honradez y el convencimiento
de tener intereses personales en la
protección de la vida silvestre de los
Virunga. No obstante, estos hombres no
eran guardas del parque desde un punto
de vista legal, sino personas encargadas
de hacer cumplir la política de
conservación del Centro de
Investigación de Karisoke.
Después de tres días de trabajo, la
patrulla de seis hombres volvía todos
las semanas a sus poblados con la paga
en sus bolsillos. Dejaban las botas y las
ropas empapadas en el campamento para
que las lavaran y secaran con vistas al
trabajo de la semana siguiente. Esto,
además de asegurar la duración del
equipo, evitaba cualquier riesgo posible
de pérdidas de material mientras los
hombres no estaban en la montaña.
Durante el primer año y medio de
funcionamiento de estas patrullas del
Fondo Digit, se destruyeron casi cuatro
mil trampas dispuestas por los
cazadores furtivos. Los costos de
comida y sueldo diarios ascendían a seis
dólares por hombre.
Mientras las patrullas de conservación
activa de Karisoke rompían trampas y
confiscaban las armas de los cazadores
furtivos en el corazón de los Virunga,
existían otras organizaciones
proteccionistas que intentaban también
salvar a los gorilas de montaña. Estos
grupos habían conseguido importantes
contribuciones públicas en respuesta a
las noticias de las matanzas de Digit,
Uncle Bert y Macho. Trabajando fuera
del Parque de los Volcanes o cerca de
sus límites, fomentaron la expansión del
turismo, la adquisición de vehículos y
equipos nuevos para el personal del
parque, y programas educativos para
aumentar los conocimientos y el interés
de los ruandeses por los gorilas. Estas
actividades fueron muy celebradas por
los funcionarios ruandeses, ya que
mejoraban la imagen del Parque de los
Volcanes. A pesar de mi consternación
por la suma de dinero destinada a
actividades proteccionistas no activas,
me complacía que los funcionarios
ruandeses estuvieran contentos y que nos
dieran libertad para continuar en
Karisoke, con nuestras patrullas de
conservación activa.
El primero de enero de 1980, llamaron
fuertemente a la puerta de mi cabaña.
Abrí y vi a uno de mis porteadores de
víveres con un abultado cesto de patatas
sobre la cabeza. Estaba a punto de
decirle que no había pedido patatas,
cuando exclamó, nervioso: «¡Iko ngagi!»
(«¡Es un gorila!»). Me dio un vuelco el
corazón. Dejamos el canasto en una gran
habitación, muy poco utilizada. Lo abrí
con cuidado. Una hembra patéticamente
débil, de unos tres años, la edad de
Kweli, salió fuera.
Se la habían quitado a unos cazadores
furtivos zaireños que intentaban
venderla, el día de año nuevo, a un
médico francés de Ruhengeri por el
equivalente a mil dólares. Gracias a la
habilidad del Dr. Vimont se recuperó a
la prisionera de los cazadores furtivos, y
los encarcelaron. De nuevo, la
aplicación de las leyes es esencial para
la conservación activa. No supe jamás
cuántos individuos del grupo habían
matado para capturar a la cría. Lo único
que pude descubrir es que la habían
tenido durante unas seis semanas en un
almacén de patatas, húmedo y oscuro,
próximo a los límites del parque, bajo el
monte Karisimbi, alimentándola con pan
y productos locales. Al igual que todos
los gorilas víctimas de capturas,
presentaba avanzado estado de
deshidratación y grave congestión
pulmonar. Aterrorizada por la presencia
humana, la cría, al verme, se escondió
inmediatamente bajo la cama. Durante
los dos días siguientes, siempre que
entraba alguien en la habitación, se
refugiaba en el mismo sitio. Le llevamos
vegetación tierna para que se alimentara
y materiales para la construcción del
nido. Estuve muy contenta cuando al
final empezó a comer y a utilizar los
nidos que yo le construía para pasar la
noche.
Al cabo de seis semanas de cuidados,
Bonne Année estaba suficientemente en
forma para jugar en los prados de
alrededor del campamento. Se
necesitaron otras seis semanas para que
la cría recuperara su destreza en trepar a
los árboles y las técnicas de preparación
de los alimentos, como pelar los tallos
de apio, limpiar los cardos y apelmazar
los Galium. Era un placer observar la
transformación de la enfermiza
prisionera en una activa gorila joven.
Cindy fue muy útil en la recuperación de
Bonne Année, cuidando de la cría
exactamente igual como lo había hecho
con Coco y Pucker once años antes. La
perra, aunque bastante vieja, atendía a la
cría acunándola o dándole calor cuando
quería descansar. Participaba también
en sus juegos de peleas poco violentas o
persecuciones durante los dos meses de
convalecencia de la cría.
Habíamos informado al director ruandés
del parque, en Kigali, de la llegada de
Bonne Année así como de mi intención
de introducirla en un grupo libre, una
vez se recuperara del trauma de la
captura y del encierro. Estaba encantada
porque mi decisión había sido aceptada.
La aplicación de la legislación, tanto en
Ruanda como fuera, había evolucionado
mucho desde 1969, cuando Coco y
Pucker fueron explotados como artículos
de cambio entre Ruanda y Alemania.
Creía que el grupo 4, heterogéneo,
reciente y el único sin lazos fuertes de
sangre y sin crías, sería el que ofrecería
mayores posibilidades de supervivencia
a Bonne Année. El principal
inconveniente de esta opción era la
manía de Peanuts de conducir a sus
cinco congéneres a los collados, en el
oeste del Visoke, donde todavía se
encontraban cazadores furtivos y
trampas. ¿Liberaríamos a Bonne Année
sólo para que volviera a caer de nuevo
en manos de los cazadores furtivos?
En marzo, Bonne Année estaba
totalmente restablecida. No podía
aplazarse más el tiempo de su
liberación. Primero fue necesario
desacostumbrarla de las facilidades de
Karisoke, como la comida, el calor de la
cabaña y la constante atención y
oportunidades de juego dispensadas por
Cindy y por los visitantes. Para
conseguirlo, se montó un campamento de
vivac, consistente en una tienda pequeña
y sacos de dormir, en el territorio del
grupo 4, lejos de Karisoke. Allí, durante
cuatro días y cuatro noches, Bonne
Année aprendió a vivir sin tantas
comodidades, ayudada de un amable
estudiante, John Fowler, y de un
africano.
El día de la presunta reintroducción de
Bonne Année empezó con mal pie. No
sólo estaba diluviando, sino que,
además, el grupo 4 se había trasladado a
gran distancia del campamento de vivac
y se había enzarzado en una violenta
escaramuza con un grupo marginal no
identificado. Eran muy pocas las
probabilidades de que aceptaran a
Bonne Année en aquel momento, por su
estado de gran excitación. Mientras
volvíamos al campamento provisional
decidimos de mala gana intentar
introducir a la cría en el grupo 5 al día
siguiente. Éste podría ofrecer a Bonne
Année un territorio relativamente libre
de cazadores furtivos, aunque sus fuertes
lazos de sangre tal vez impedirían la
aceptación de una cría no perteneciente
a su reserva genética.
Mis mayores recelos acerca de la
introducción de Bonne Année en el
grupo 5 se referían a la hembra
dominante, Effie, que era la que más
tenía que perder si entraban en el grupo
otros linajes. Sin que yo lo supiera, le
faltaban tres meses para parir (su sexto
hijo nacido en el grupo durante los años
de estudio). Me preocupaba también el
comportamiento provocativo de Tuck, la
hija de Effie, que empezaba a mostrar
ciclos regulares, siendo montada por
Icarus con frecuencia. Un tercer factor
de fortalecimiento de los lazos de sangre
en el grupo 5 fue la concepción del
segundo hijo que Icarus tuvo de Pantsy,
ocurrida durante el mismo mes en que
intentamos dejar en libertad a Bonne
Année. En dicho momento, a principios
de la primavera de 1980, no tenía
todavía demasiadas pruebas de la gran
protección que dispensan los machos de
dorso plateado para conservar la
integridad de su estirpe, aparte de las
aportadas por incidentes ocurridos
durante reyertas con otros machos
maduros externos al grupo. Por esta
razón, no consideré a Icarus una
amenaza potencial para Bonne Année.
Mis dudas iban en aumento mientras
John y yo llevábamos a la cría hacia el
grupo 5. Me asombraba que mis
sentimientos no la afectaran, muy feliz a
cuestas de John durante la larga
expedición matutina. Al llegar al grupo,
arracimado bajo un cielo cubierto en su
período diurno de descanso, sobre las
laderas meridionales del Visoke, nos
alegra observar que no había otros
grupos o machos solitarios cerca. Quizá
este segundo intento de reintroducción
tuviera alguna posibilidad de éxito,
después de todo.
Decidí buscar un árbol cerca del grupo.
Subida a él, Bonne Année tendría la
posibilidad de quedarse con nosotros si
le daba miedo alejarse o de volver si no
era aceptada. Subimos los tres a un alto
Hypericum ligeramente inclinado, a unos
quince metros del grupo. Pasaron cinco
minutos antes de que Beethoven, tras una
doble mirada sobresaltada, lanzase un
corto grito de alarma. Observó a Bonne
Année con curiosidad, como si intentara
saber si era un componente de su grupo.
La cría le devolvió la mirada como si
hubiera conocido al viejo macho de toda
la vida. Era difícil creer que Beethoven
era el primer gorila que veía en tres
meses.
Las vocalizaciones de Beethoven
alertaron de nuestra presencia a los
demás miembros del grupo.
Inmediatamente, Tuck abandonó el grupo
y avanzó pavoneándose hasta la base del
árbol, con los labios apretados y
golpeando nerviosa la vegetación
durante su aproximación. Su madre,
Effie, la seguía con paso también
envarado y con una expresión nada
agradable.
Los seres humanos dejaron de existir
para Bonne Année. La cría abandonó
con lentitud los brazos de John y bajó
del árbol para reunirse con los suyos.
Cuando pasó a mi lado, intenté cogerla,
casi con el mismo gesto instintivo con
que una madre intenta alejar a su hijo
del peligro. Pero entonces, dándome
perfecta cuenta de que no debía
interferirme en la decisión de la
pequeña, retiré el brazo. Bonne Année
bajó hasta donde estaba Tuck. Las dos
gorilas se abrazaron con cuidado, y John
y yo sonreímos, libres ya de todos
nuestros temores y dudas anteriores
sobre la aceptación de la cría prisionera
en el grupo 5. Fue la última sonrisa del
día.
Ocurrió todo lo que nos habíamos
temido. Effie empezó a pavonearse
frente a Tuck, y las dos hembras se
enzarzaron en una pelea para apoderarse
de la cría, tirando de sus extremidades,
arrancándosela a la otra y mordiéndola.
Bonne Année lanzaba alaridos de dolor
y de miedo. Después de diez minutos, no
pude soportarlo más. Mis intenciones de
comportarme como una observadora
científica objetiva se desvanecieron.
Bajé del árbol para rescatar a la cría,
mientras vociferaba: «¡Fuera de aquí!
¡Fuera de aquí!» Se la pasé a John, que
estaba entonces subido al árbol, más
arriba. Effie y Tuck, tras un momento de
temor por mi injerencia, volvieron al pie
de nuestro refugio mirándonos de forma
amenazadora, como si tuvieran la
intención de subir al Hypericum y
recuperar a Bonne Année.
Entonces, con gran sorpresa por nuestra
parte, la cría dejó de nuevo la
protección de los brazos de John y
volvió con Tuck y Effie, sin que yo
realizara el más mínimo movimiento
para persuadirla. Bonne Année estaba
totalmente decidida a convertirse en un
gorila libre.
Tuck y Effie reiniciaron al instante su
juego de tortura, como perro y gato. Los
gritos de la cría empezaron de nuevo.
Era un verdadero tormento contemplar
la brutalidad de las dos hembras del
grupo 5 y oír los gritos de la cría. El
ruido provocó el ataque de Beethoven,
rugiendo, hacia la base del árbol, y la
subsiguiente huida de Effie y Tuck.
Bonne Année, conmocionada, se lanzó
hacia el viejo macho, que la olisqueó
con cierto interés, pero no abrió sus
brazos para cogerla o abrazarla pese a
los patéticos intentos de la cría.
Entonces empezó a llover con
intensidad, y Beethoven dio la espalda a
la pequeña apretándose contra ella para
protegerse del agua en una densa mata
de vegetación. Bonne Année se
acurrucó, empapada y tiritando, contra
su enorme dorso plateado.
Cuando la lluvia cedió un poco,
acudieron otros miembros del grupo a
investigar y oler a la pequeña extranjera.
La presencia de animales jóvenes
parecía darle confianza. Se instaló entre
ellos, sentándose y empezando a comer
con tranquilidad. Prácticamente la
habíamos perdido de vista, cuando los
gorilas se amontonaron a su alrededor, e
iniciaron despliegues de pavoneos y
golpes en el pecho como si intentaran
obtener algún tipo de respuesta por parte
de la cría. De repente, Icarus penetró en
medio de ellos, con los labios
apretados, y los dispersó con
amenazantes contoneos. Realizó una
carrera directamente contra Bonne
Année y, cogiéndola por un brazo, la
arrastró a través de la vegetación. Effie
y Tuck se lanzaron corriendo hacia el
joven macho, para un ataque combinado
contra la cría, golpeándola cada vez que
intentaba levantarse. Sus abusos eran
mucho más exagerados que antes,
debido a la actuación de Icarus. Éste
arrebató con gran crueldad a Bonne
Année de las hembras y se retiró a unos
cinco metros arrastrándola con los
dientes. La cría chillaba aterrorizada. El
ruido provocó la carga de Beethoven y
de otros individuos contra Icarus, que
dejó caer bruscamente a la cría y salió
corriendo.
Mi gratitud por la intervención de
Beethoven fue efímera. Después de un
minuto, el viejo macho abandonó el
campo y se fue a comer solo más abajo
de la ladera. Daba la impresión de que
las limitaciones físicas debidas a su
avanzada edad le impedían castigar a
Icarus. Beethoven parecía encontrarse
también al final de su período
reproductivo, y sus dos hembras
restantes, Marchessa y Effie, no
volverían a ser receptivas con toda
probabilidad hasta al cabo de tres o
cuatro años, por lo menos. Icarus era,
por tanto, el responsable de las
generaciones futuras del grupo 5, la
progenie de Beethoven.
Al irse el viejo macho, Icarus retomó e
infligió torturas todavía más intensas a
Bonne Année. A John y a mí nos daba la
impresión de que pretendían alargar su
sufrimiento lo más posible, sólo para
divertirse. Al final, la pequeña
abandonó sus débiles intentos de
defenderse. Se tumbó y permaneció
inmóvil y silenciosa, en un signo de
derrota total.
Por última vez, Icarus se golpeó el
pecho, la agarró, la arrastró
violentamente pendiente abajo y la lanzó
a un lado antes de finalizar su
despliegue con una carrera y más golpes
en el pecho. De forma totalmente
milagrosa, Bonne Année se las arregló
como pudo para arrastrarse hasta el pie
de nuestro árbol, pero no tenía
suficientes fuerzas para subir. Tardé
casi demasiado en ir en su auxilio,
estupefacta como estaba por la xenófoba
brutalidad manifestada por el grupo 5.
No obstante, pude recuperarla y la
entregué a John, justo antes de que
Icarus y Tuck volvieran al pie del árbol
para miramos con agresividad. John la
escondió bajo su impermeable, y yo lo
único que podía hacer era rezar para que
la pequeña no lanzara vocalizaciones de
disgusto por su encierro. Estaba bastante
segura de que si Icarus oía sus gritos
subiría al árbol y nos la quitaría por la
fuerza.
Cuatro de los animales más jóvenes del
grupo 5 se hallaban ya alrededor del
árbol, preparados a subirse a él para
localizar a Bonne Année. Cuando Icarus
no miraba, me dedicaba a pellizcarlos,
darles pataditas o empujarlos cuando
pasaban por mi lado. Perplejos por mi
raro comportamiento, se retiraban,
aunque demostrando todavía interés por
la recién llegada. Por suerte, nuestra
protegida no se movía ni gritaba. Icarus
dispersó a los jovenzuelos y empezó a
subir al árbol. No olvidaré jamás la
sensación del cálido aliento del joven
macho de dorso plateado, perforando
mis húmedas botas, con la cabeza a
escasos centímetros de mis pies. Lo
único que le impidió continuar la
búsqueda de Bonne Année era que John
y yo estábamos por encima de él, y que
éramos dos.
Icarus y Tuck mantuvieron una
vigilancia hostil al pie del árbol durante
toda una hora, ladrando o gruñendo con
aspereza al más mínimo movimiento de
John o mío. El macho tenía el pelo de la
cabeza erizado y emitía un fuerte olor,
reflejo de su tensión. Los dos animales
abrieron la boca varias veces, dejando
al descubierto todos sus dientes mientras
sacudían rápidamente la cabeza de un
lado al otro. Tenía la impresión de que
querían atacar, pero que carecían del
suficiente coraje para arriesgarse a subir
al tronco con los dos seres humanos que
había encima de ellos. No recuerdo
haberme sentido nunca tan desamparada.
Icarus daba rienda suelta a su tensión
mediante cargas violentas pendiente
abajo, golpes en el pecho y destrozos de
la vegetación. Con gran consternación
por nuestra parte, volvía siempre a su
posición de vigilancia. Al cabo de casi
una hora, el resto del grupo 5 se marchó
para comer. Icarus y Tuck los siguieron,
pero pronto volvieron pavoneándose,
para mirarnos con sospecha. Cuando los
dos gorilas se perdieron de vista,
ocultos en el follaje a unos nueve metros
de distancia pendiente abajo, John pudo
bajar sin peligro del árbol y correr
ladera arriba con la silenciosa cría bajo
su impermeable. Al cabo de cinco
minutos fui tras él, esperando a cada
momento que me saltaran encima. Por la
noche, John me confesó que había tenido
la misma sensación. No nos
tranquilizamos del todo hasta que
estuvimos a más de media hora de
distancia del grupo. El irracional
comportamiento de Tuck, y sobre todo
de Icarus, había roto todos los vínculos
ordinarios de armonía y comunicación.
Era imposible saber si las
consecuencias de la aparente xenofobia
de Icarus fueron tan imprevistas para él
como lo habían sido para nosotros.
Una vez en el campamento, secamos a
Bonne Année y la pusimos a dormir en
su cesto con una caja de fruta al lado.
Sus heridas no eran graves y parecía
contenta de estar otra vez en su ambiente
familiar.
Veinte días después, cuando las heridas
ocasionadas en su primer encuentro con
el grupo 5 se habían curado, Bonne
Année fue introducida con éxito en el
grupo 4. La ausencia de fuertes vínculos
familiares en dicha sociedad hizo
posible que la cría fuera admitida en
seguida en aquel heterogéneo grupo,
formado por dos adultos jóvenes de un
grupo marginal, los tres machos del
antiguo grupo 4, Beetsme, Tiger y Titus,
y el joven líder de dorso plateado,
Peanuts, que entonces contaba unos
dieciocho años de edad. Una hora
después de conocer a su familia
adoptiva, Bonne Année estaba ya
jugando con Titus, de cinco años y
medio. Por fin se había convertido en un
gorila hembra de montaña.
Bonne Année constituyó parte integral
del grupo 4 de Peanuts durante un año, y
era protegida y abrazada por todos sus
miembros. En mayo de 1981 cayó
víctima de una neumonía, después de un
largo período de fuertes lluvias y
granizo.
La muerte de Bonne Année plantea la
pregunta de si se actuó bien dejándola
en libertad. Mi respuesta continúa
siendo afirmativa. Podía argumentarse
que ya que hay sólo unos doscientos
cuarenta gorilas libres, quizá Bonne
Année podría haber sido protegida en un
zoo. Este tipo de razonamiento apoyaría
la idea de la cautividad de la cría
simplemente para su exhibición, por la
rareza de su especie. Ningún gorila de
montaña ha sobrevivido en un zoo; por
tanto, aun suponiendo que se hubiera
adaptado a las nuevas condiciones,
jamás podría contribuir a la
perpetuación de su especie. En la
naturaleza, rodeada de otros gorilas,
tuvo esa oportunidad. Bonne Année, por
los menos, murió libre.
Recuerdo perfectamente las fotografías
de Coco y Pucker durante los años de su
encierro en el Zoo de Colonia, imágenes
que revelaban su depresión a pesar de
que se tenían la una a la otra para
consolarse y hacerse compañía. No me
hubiera gustado de ninguna de las
maneras que Bonne Année hubiera
sufrido el choque de la cautividad como
los dos gorilas hembras, sólo para tener
unos cuantos años más de existencia
estéril. El pequeño gorila hembra
demostró, con su afortunada
reincorporación a un grupo libre de
gorilas, donde vivió feliz durante un
año, que es posible devolver a estos
primates cautivos a su hábitat natural,
siempre que exista una sociedad de
gorilas receptivos. Creo que los
beneficios —especialmente la
perpetuación de la especie— superan a
los riesgos. La causa de la muerte de
Bonne Année fueron las pésimas
condiciones climáticas, a pesar de que
siempre se había considerado a los
cazadores furtivos como su mayor
peligro.
Tiger, de trece años y medio de edad, al
no tener oportunidades para
reproducirse, emigró del grupo de
Peanuts el 4 de febrero de 1981, poco
después de la muerte de Bonne Année.
Se había unido al grupo un tercer
individuo, de unos ocho años de edad,
pero parecía tratarse de un macho.
Nacido con la posibilidad de heredar el
liderazgo del grupo 4 tal como le había
ocurrido a su hermanastro Uncle Bert,
tras la muerte de su padre Whinny, en
vez de ello Tiger se había convertido en
miembro de un grupo de otro macho de
dorso plateado, que además no contaba
con ninguna hembra.
¡De qué forma tan brutal una sola bala
había despojado a Tiger de su
patrimonio, modificando totalmente su
vida! En el momento de escribir estas
líneas, ha pasado casi dos años vagando
solo por las laderas del Visoke y
adquiriendo experiencia en las
escaramuzas con otros grupos, sobre
todo con el de Nunkie, líder mucho
mayor que él y muy autoritario. Es
posible que Tiger tenga que ampliar su
búsqueda de compañeras por otras
montañas de los Virunga. Dondequiera
que vaya en busca de la perpetuación de
su especie, mi ferviente deseo es que
consiga formar y conducir una familia de
gorilas, tal como lo han hecho antes que
él otros machos solitarios de dorso
plateado.
12. Atisbo de esperanza
por la formación
de una nueva familia:
el grupo de Nunkie
Un nuevo e importante personaje
apareció en la zona de estudio de
Karisoke por vez primera en noviembre
de 1972. Se trataba de un macho
entrecano y solitario de dorso plateado y
de una edad aproximada entre treinta y
cinco y cuarenta años, que ocupaba una
parte de la zona meridional del grupo 5,
situada en las colinas que separan el
Visoke del Karisimbi; le llamé Nunkie.
Sus huellas indicaban que había venido
del monte Karisimbi, la región de los
Virunga más invadida por los nativos.
Este animal, bastante gritón, no parecía
habituado, y el esquema de sus
impresiones nasales no coincidía con
los bosquejos o fotografías de ninguno
de los machos de dorso plateado
identificados con anterioridad. Nunkie
desconfiaba por completo de los
humanos. No podía menos que
preguntarme por las razones de que este
viejo macho estuviera solo.
No parecía muy probable que Nunkie
hubiera sido el líder de un grupo ya
establecido diezmado por los cazadores
furtivos, ya que el carácter protector de
los machos de dorso plateado les mueve
a dar la vida en defensa de los
miembros de su familia. Intenté
establecer un paralelismo comparándolo
con otros machos de dorso plateado de
su edad, pertenecientes a las sociedades
en estudio. Amok, el gorila del grupo 4
que había terminado por ir solo durante
casi seis años, era probablemente
incapaz de formar una familia a causa de
su naturaleza enfermiza. Pero el único
defecto físico aparente de Nunkie era la
presencia de una especie de membrana
interdigital en los cuatro dedos del pie
derecho, por lo que sólo quedaba libre
el dedo gordo, y otra membrana de este
tipo entre los dos dedos centrales del
pie izquierdo, características indicativas
de consanguinidad.
No podía comparar al entonces
misterioso macho con Peanuts, que al
principio pertenecía al grupo 8 y que era
un macho joven de dorso plateado
incapaz de adquirir y retener hembras.
Nunkie demostró muy pronto ser
implacable en la búsqueda de gorilas
del sexo opuesto para formar su propio
harén, durante las escaramuzas con otros
grupos. Su comportamiento indicaba que
había sido el jefe de un grupo, aunque
los observadores de Karisoke no
pudimos averiguar nunca qué había sido
de él. Al final, llegué a la conclusión de
que el pasado de Nunkie debía haber
sido similar al de Rafiki, el anciano
líder del grupo 4. Quizá el nuevo gorila,
al igual que éste, había perdido a los
machos de su grupo, que habrían
emigrado por la falta de oportunidades
para reproducirse; tal vez sus hembras
habían muerto por causas naturales,
como las del grupo 8.
Durante los dos años siguientes a su
llegada a la zona de estudio de
Karisoke, Nunkie parecía un fantasma
errante, y se dedicaba a promover
escaramuzas y a intentar apoderarse de
las hembras de los grupos 4 y 5, así
como de varios grupos marginales.
Durante este período, además de
familiarizarse con los individuos de las
distintas familias, iba conociendo el
terreno del monte Visoke y las zonas
contiguas. A diferencia del resto de
machos adultos solitarios de la zona de
estudio, Nunkie no tenía un territorio
fijo, condición necesaria para formar su
propia sociedad.
Nunkie precisaba encontrar un lugar que
no perteneciera a los grupos 4, 5, 8 y 9,
ya establecidos en el Visoke. Se
trasladaba al azar, hasta que empezó a
pasar gran parte de su tiempo en la zona
alta de las laderas del Visoke. No se
trata precisamente de un terreno ideal; la
región próxima a la zona alpina carece
de la exuberancia y variedad de
vegetación de que disfruta la parte de
los collados o las laderas de menor
altitud del Visoke. No obstante, apenas
la ocupaban otros grupos, y Nunkie se
retiró a ella en junio de 1974, tras la
conquista de sus primeras dos hembras,
Petula y Papoose, del grupo 4, que se
quedaron con él para siempre.
Las transferencias de las hembras fueron
complicadas y comportaron múltiples
refriegas. Petula, una vez fuera de su
familia, abandonó a Nunkie dedicándose
a vagabundear sola durante cuarenta y
ocho horas, en busca de su grupo y de su
primera hija, Augustus, de tres años y
diez meses de edad. Pero, antes de
llegar, se unió al solitario Samson, hijo
de Rafiki, que anteriormente había
formado parte del grupo 8. Nunkie,
acompañado por Papoose, siguió a
Petula y, en vez de recuperarla, perdió a
Papoose frente a Samson, que se había
convertido en un poderoso rival. Las
dos hembras se quedaron con el macho
más joven durante sólo tres semanas,
para después retomar con Nunkie.
Supongo que la elección de este macho,
desaliñado y más viejo, se debió a que
tenía más experiencia como jefe de
grupo y que, por tanto, podía ofrecerles
más protección y seguridad que Samson.
Petula había ocupado el último puesto
en el escalafón de las hembras del grupo
4. Como el grado de dominio de las
hembras depende normalmente del orden
de adquisición, ocupó el lugar
predominante de las hembras que con el
tiempo engrosarían el grupo de Nunkie,
y así ha permanecido hasta el momento.
Cuando Petula estaba en el grupo 4,
Uncle Bert no mantenía relaciones
sexuales con ella, a pesar de que hacía
ya cuarenta y seis meses que había
tenido a su hija Augustus, que en aquel
entonces todavía mamaba de vez en
cuando. Fue una de las dos hembras que
vieron inhibida su capacidad de
concebir debido muy posiblemente a la
prolongación de la lactancia. A los once
meses de vivir con Nunkie, Petula
alumbró al primer hijo de éste nacido en
el Visoke. Era hembra y la llamé Lee, en
recuerdo de un gran amigo, el fotógrafo
naturalista Lee Lyon, al que mató un
elefante en Ruanda, por el mismo tiempo
en que se produjo el nacimiento. En
mayo de 1976, diez meses después de
que Lee llegara al mundo, Papoose tuvo
un macho, engendrado también por
Nunkie, al que puse el nombre de
N’Gee, por la National Geographic
Society. Papoose, de nueve años y
medio, es la madre más joven observada
durante todo el período de estudio. La
media estimada de edades de primer
alumbramiento, en nueve hembras, ha
sido de diez años.
Al igual que Thor, la cría de Macho y
Rafiki, Lee fue al principio la única cría
de su grupo. A pesar de carecer de
compañeros de juego, desarrolló
actividades motoras normales durante
los diez meses anteriores al nacimiento
de N’Gee. Lee demostró el mismo tipo
de originalidad en juegos solitarios que
Augustus, su hermanastra del grupo 4. A
la edad aproximada de un año, empezó a
darse palmadas en la barbilla, que
producían un ruido poco común, al
chocar los molares superiores e
inferiores, de forma parecida a la
actividad de batir palmas de Augustus.
(Titus, del grupo 4, cuando tenía casi
tres años, empezó a darse golpecitos en
la barbilla, siendo la primera vez que se
observaba este comportamiento.) Ni en
el grupo 4 ni en el de Nunkie hubo otros
jóvenes que adoptaran estas prácticas
para llamar la atención. El desarrollo de
esta poco común actividad por parte de
Lee nos sugiere, de nuevo, que la
ausencia de hermanos o amigos puede
estimular la invención de formas
originales de entretenimiento.
Durante casi todo un año —período de
formación de vínculos entre Nunkie y
sus primeras dos hembras— el macho
de dorso plateado no intentó conquistar
más compañeras. Pero, un mes después
del nacimiento de Lee, consiguió una
hembra inmadura de un grupo marginal.
Ésta se quedó con él diecisiete meses y
después se trasladó a otra pequeña
unidad social. Cuando Papoose quedó
preñada, Nunkie reinició las
escaramuzas con otros grupos. Un mes
antes del nacimiento de N’Gee se hizo
con dos hembras adultas. Una
permaneció con él sólo diez meses. La
otra, Fuddle, provenía del grupo 6, al
igual que una tercera, Pandora, que se
unió al cada vez más nutrido harén de
Nunkie en agosto de 1976, cuatro meses
después que aquélla. Debido a las
semejanzas de sus impresiones nasales y
a su compenetración, pensé que estas
hembras eran hermanas o hermanastras.
Pandora era la gorila más parecida a
Old Goat, del grupo 4, que he visto en
mi vida. Su valentía y su gran sentido de
la responsabilidad, ayudando a Nunkie
en sus refriegas con otros grupos, eran
dos características de su carácter que
hicieron que la apreciara en seguida.
Las manos eran su peculiaridad física
más significativa. La derecha terminaba
en un muñón, y tenía sólo un dedo, el
pulgar. La izquierda, en forma de garra,
presentaba los dedos atrofiados y
retorcidos. Tenía cicatrices en los
dorsos de ambas manos, lo cual
indicaba que muy posiblemente estas
deformaciones se debían a heridas
antiguas más que a defectos de
nacimiento. Pandora había caído, sin
ninguna duda, en una trampa de
cazadores furtivos, y era uno de los
gorilas afortunados que, al fin, pudo
escapar con vida.
Se tomaba más tiempo para comer que
los otros gorilas. Teniendo en cuenta sus
defectos físicos, demostraba gran
habilidad para arrancar, pelar y
apelmazar la vegetación. Realizaba sus
actividades diarias con gran pericia y
destreza, desarrolladas a lo largo de
años, en los que había aprendido a
sustituir los dedos que le faltaban por
los de los pies y por la boca.
Los intervalos entre la conquista de
Fuddle y Pandora y los nacimientos de
sus primeras crías fueron de veintiséis y
veintisiete meses, respectivamente. Por
razones desconocidas, estos lapsos entre
adquisición y nacimiento fueron mucho
más largos que los de Petula y Papoose,
de once y veintiún meses
respectivamente. Por último, en junio de
1978, Fuddle trajo al mundo un macho,
Bilbo, el tercer hijo de Nunkie, y
Pandora alumbró al cuarto en diciembre
de 1978. Éste lo llamamos Sanduku,
palabra swahili que significa «caja»,
por el objeto confiado a la Pandora de
la mitología griega. Me había
preguntado a menudo hasta qué punto las
deformaciones de sus manos menguarían
su aptitud maternal. Me alegró mucho
observar que Pandora era una madre
competente y consciente. Durante los
primeros meses de vida Sanduku tenía
que agarrarse sin ayuda del estómago de
la hembra con más frecuencia que el
resto de crías, pero no mostraba ninguna
señal de dejadez. Pandora se las apañó
para espulgarlo con la mano izquierda,
mientras lo mecía en su brazo derecho.
Bilbo y Sanduku representaron dos
hermanastros más para Lee, y dos
compañeros de juego. En marzo de
1979, Lee y N’Gee se habían convertido
en unos jovenzuelos despiertos y
socialmente activos, ambos muy
consentidos por Nunkie, quizá por ser
los primeros que había engendrado.
En agosto de 1978, Nunkie ganó para su
grupo a la anciana Flossie, a su hija
Cleo, de siete años, y a Augustus, la hija
de ocho años de Petula, provenientes del
diezmado grupo 4, guiado en aquel
entonces por un gorila muy joven, Tiger.
Rossie y Cleo emigraron muy pronto al
grupo de Suza, la pequeña sociedad
marginal que ofrecía a las hembras
mayores oportunidades de mejorar su
situación que la de Nunkie, compuesta
ya por cuatro hembras. Augustus se
quedó con su madre. Dos años más
tarde, en agosto de 1980, tuvo un hijo,
Ginseng, el séptimo de Nunkie desde
1972. Me parecía imposible que la
pequeña cría que batía palmas, y que
ahora ya tenía diez años, se hubiera
convertido en madre.
La última hembra del grupo 4, Simba, se
trasladó al de Nunkie en diciembre de
1978, durante un violento choque que le
costó la vida a su hija Mwelu, el único
descendiente de Digit; después de esta
emigración, el grupo 4 se quedó sólo
con tres machos jóvenes. Simba, a los
dos años y ocho meses de su llegada,
dio a luz por segunda vez, en agosto de
1981, a Jenny, el sexto hijo vivo de
Nunkie.
Conforme aumentaba esta unidad
familiar, se expansionaba también su
territorio. A principios de 1979,
después de la matanza del grupo 4,
Nunkie empezó a utilizar gran parte del
antiguo territorio de Uncle Bert, tanto en
las laderas del Visoke como en la región
occidental de los collados.
La mañana del 3 de marzo de 1979, el
mismo estudiante que había encontrado
decapitado el cuerpo de Uncle Bert
salió del campamento para establecer
contacto con el grupo de Nunkie, que se
desplazaba entonces por los collados
situados a unos ochocientos metros de
distancia del lugar en que murieron
Uncle Bert y Macho.
Pero regresó al campamento mucho
antes de lo que esperábamos. Nos contó
que había abandonado al grupo de
Nunkie, enfrascado en realizar histéricos
despliegues alrededor de Lee, que tenía
el pie izquierdo atrapado en el lazo de
alambre de una trampa. El estado
frenético del grupo hacía imposible
acercarse para sacárselo.
Utilizando las mismas pistas que nos
llevaron al lugar de la matanza del grupo
4, y con el mismo miedo en el cuerpo,
los miembros del campamento y yo
seguimos al estudiante hasta la escena
de la nueva intromisión de los cazadores
furtivos. El grupo de Nunkie, Lee
incluida, había huido, dejando tras ellos
una gran superficie de árboles rotos y
vegetación pisoteada alrededor del
poste de la trampa, que, con gran
disgusto por nuestra parte, no mostraba
ninguna señal del lazo que habían
utilizado los cazadores furtivos para
atrapar a Lee.
Pasaron varios días hasta que pudimos
ver el alambre, clavándose cada vez
más en los tejidos y el hueso del tobillo
de la hembra de tres años y diez meses
de edad. Aunque tanto Lee como su
madre, Petula, espulgaban con
frecuencia la herida, nunca se les vio, ni
tampoco a Nunkie, intentar sacar el
fuerte alambre. Los gorilas adultos son
enemigos de tocar objetos extraños.
Aunque no fuera ésta la razón, parece
poco probable que los padres de Lee
pudieran comprender el peligro de
muerte que representaba el alambre para
su hijo. Nunkie lo único que podía hacer
era ajustar la norma de los
desplazamientos y comidas del grupo a
las cada vez peores condiciones físicas
de su hija. La herida se gangrenó, cogió
una neumonía y sufrió una dolorosa y
persistente agonía de tres meses de
duración. El 9 de mayo de 1979, Lee,
con quince kilos de peso, la mitad de lo
que sería normal a su edad, se convirtió
en la séptima víctima de los cazadores
furtivos en los doce años de estudio.
Siete meses más tarde, el segundo hijo
de Nunkie, N’Gee, compañero constante
de Lee durante sus efímeras vidas,
desapareció. Encontramos restos de
trampas que indicaban que el grupo se
había topado con cazadores furtivos,
perros y trampas en la región occidental
del collado, muy cerca del lugar en que
Lee había caído en el cepo. La pérdida
del pequeño N’Gee, de tres años y siete
meses de edad, fue el estímulo necesario
para enviar a Nunkie y a su familia, de
diez componentes, de vuelta a la
seguridad de las laderas del Visoke; allá
pasaron la mayor parte de los tres años
siguientes, ampliando su territorio.
Como era de esperar, la vuelta de
Nunkie a las laderas del Visoke, en
1979, provocó una especie de efecto de
dominó sobre otros grupos de gorilas
incapaces también de aventurarse con
tranquilidad en la invadida zona del
collado. El grupo menos afectado por la
presencia humana en la parte occidental
de dicha zona era el 5, cuya parte de
territorio correspondiente a los collados
se hallaba al sur y al sureste de las
laderas del Visoke. Aquí se encuentra la
zona más concentrada de bambúes, de
casi cinco kilómetros de longitud, a lo
largo del límite oriental del parque. El
grupo 5, relativamente a salvo en esta
zona, continuó compartiendo su estancia
entre las laderas y la parte exterior a
ella, excepto durante los meses en que
brotaba el bambú, época que
aprovecharon para quedarse en la parte
baja del Visoke, deleitándose con estas
cañas y con otras plantas parecidas, muy
apreciadas por los gorilas.
No obstante, la superficie del Visoke
puede sólo mantener a unos cuantos
animales. Al llegar la familia de Nunkie,
el consiguiente ajuste entre los
territorios de uno y otro grupo produjo
mayor superposición de aquéllos por
toda la montaña. La situación volvió a
ser muy parecida a la existente a mi
llegada, en 1967, cuando los grupos de
gorilas se hallaban apiñados en las
laderas del Visoke debido a las grandes
injerencias humanas en los collados.
Como Nunkie tenía ahora la
responsabilidad de una gran familia,
buscó un territorio con mayor variedad y
calidad de vegetación que la que
ofrecían las zonas más altas del Visoke.
Empezó por aprovechar toda la
montaña, a diversas altitudes, hasta
acercarse a la parte herbácea del
territorio del grupo 5, cuando éste se
hallaba en la zona de bambúes, e incluso
frecuentar la zona de estas cañas, en el
límite inferior de las pendientes
nororientales del Visoke, región que
nunca le habíamos visto aprovechar. Los
movimientos de Nunkie afectaron a otros
cinco grupos, por lo menos, sobre todo
marginales. Aunque, por supuesto, se
incrementaron los encuentros entre las
distintas unidades sociales a causa de
los extensos desplazamientos de Nunkie,
la mayoría de ellos eran más excitantes
que violentos, muy probablemente
porque el tamaño del grupo excluía la
necesidad de adquirir más hembras.
En diciembre de 1982, la familia de
Nunkie constaba ya de dieciséis
individuos. Había obtenido cuatro
hembras del grupo 4: Petula, Papoose,
Simba y Augustus, las cuales le habían
dado siete hijos. Los dos primeros, Lee
y N’Gee, hijos de Petula y Papoose,
respectivamente, perecieron víctimas de
los cazadores furtivos en 1979. Un mes
después de morir Lee, Petula tuvo una
hija, llamada Darby, y tres años y seis
meses después un macho, de nombre
Hodari. Al cabo de cinco meses de la
muerte de N’Gee, Papoose trajo al
mundo una hembra, a quien puse el
nombre de Shangaza. De las otras dos
hembras procedentes del grupo 4, Simba
y Augustus, Nunkie tuvo a Jenny y
Ginseng, ambas consideradas hembras, y
nacidas en el período de un año, entre
los meses de agosto de 1980 y el de
1981. La progenie engendrada por
Nunkie en estas cuatro hembras, cuatro
nietos y un biznieto, representaba la
perpetuación del linaje de Whinny, el
macho fallecido del grupo 4.
Nunkie obtuvo también dos hembras del
grupo marginal 6, Fuddle y Pandora.
Con ellas había tenido cuatro hijos hasta
marzo de 1982: Bilbo y Mwingu con
Fuddle, y Sanduku y Kazi con Pandora.
Estos cuatro descendientes, que se cree
que son todos machos, constituyen la
contribución de Nunkie a la
prolongación del linaje del grupo 6.
A la séptima hembra adulta adquirida
por Nunkie la llamamos Umushitsi,
palabra local que significa «hechicera»;
dedujimos que procedía de otro grupo
marginal del Visoke y que se había
cambiado durante una escaramuza
encubierta, hacia principios de 1981. En
mayo de 1982, Umushitsi tuvo el
duodécimo hijo de Nunkie. Madre e hijo
desaparecieron, por circunstancias
desconocidas, del grupo de Nunkie poco
después.
La formación y subsiguiente expansión
de un grupo nuevo de gorilas por Nunkie
es un importante éxito histórico. Ilustra
muy bien muchos de los requerimientos
que permiten a un macho de dorso
plateado crear, mantener y aumentar su
grupo familiar, peculiar estructura
cohesiva de los gorilas, favorecida por
fuertes vínculos de sangre. La
inmigración de un gorila a un grupo o la
emigración de él depende, en gran
manera, de los beneficios que
comportará esta acción tanto para la
familia como para el individuo que se
traslada.
Hemos visto cómo se desintegraron los
grupos 8 y 9 por las muertes naturales de
sus jefes, Rafiki y Geronimo. Ninguna
unidad social de gorilas puede existir
sin su fuerza unificadora, el líder de
dorso plateado. En el caso del grupo 8,
mientras vivió la vieja cónyuge de
Rafiki, Coco, la célula familiar
permaneció unida durante un breve
período, pero no como grupo
reproductor. La muerte de esta hembra
dejó un grupo de cinco machos: Rafiki,
tres machos al borde de la madurez
sexual (Pugnacious, Samson y Geezer) y
el hijo más pequeño de Coco y Rafiki,
Peanuts. Los tres machos de mayor edad,
siguiendo una estrategia reproductora
básica, emigraron y se dedicaron a
viajar solos para conseguir hembras.
Peanuts se quedó con su padre, que
inició más tarde la reconstrucción del
grupo 8, consiguiendo hembras de otras
unidades sociales. Si Rafiki hubiera
vivido diez años más, su hija Thor
podría ahora ser casi fértil, a los nueve
años de edad. Esta hembra se hubiera
quedado, con toda probabilidad, en su
grupo natal, el 8, cruzándose con el
tiempo con su hermanastro Peanuts, en
vez de convertirse en una víctima del
infanticidio tras la muerte de Rafiki.
Beethoven, el jefe de dorso plateado del
grupo 5, ha disfrutado de una larga y
productiva vida. Su hijo Icarus se ha
quedado en su grupo natal porque ha
tenido oportunidades para reproducirse
con sus hermanas y hermanastras.
Cuando escrito estas líneas, Beethoven,
que quizá ya no sea fértil, ha
engendrado, al menos, diecinueve hijos,
perpetuando sus genes tanto dentro del
grupo 5, entre las hijas que quedan de él,
como fuera, gracias a las que emigraron.
El viejo líder está pasando a segundo
plano respecto a su hijo de dorso
plateado, que, tras la muerte de su
progenitor, buscará seguramente
hembras en otros grupos para la
expansión genética del suyo,
favoreciendo así la exogamia.
El grupo 4, sociedad con todas las
posibilidades y promesas del 5, se
desintegró después de la matanza, por
los cazadores furtivos, de su noble líder,
Uncle Bert, joven gorila de dorso
plateado que antes de morir en la flor de
la vida sólo pudo engendrar ocho hijos,
de los cuales solamente han sobrevivido
tres. Augustus y Cleo han tenido a dos
de sus nietos en dos grupos distintos. Si
no hubiera sido por la aniquilación
efectuada de Uncle Bert y de su valiente
ayudante, el macho de dorso plateado
Digit, por los cazadores furtivos, las
generaciones futuras de los gorilas de
montaña perpetuarían los linajes de
Uncle Bert y Digit. La única
descendiente del joven macho, Mwelu,
fue víctima de infanticidio, al ser
asesinada por Nunkie durante la refriega
ocurrida cuando Simba se trasladó al
grupo de Nunkie. En realidad, la
verdadera causa del fallecimiento de la
hembra de ocho meses fue la intromisión
de los cazadores furtivos en el supuesto
santuario de los Virunga, el último
baluarte de los gorilas de montaña.
Las transferencias entre los distintos
grupos, o incluso el infanticidio,
constituyen probablemente estrategias
evolutivas que permiten la diseminación
de la variabilidad genética de la
pequeña población restante. Estas
técnicas fueron las que hicieron posible
la formación del grupo de Nunkie. ¿Qué
será de él? ¿Qué ocurrirá en el próximo
decenio con las hembras que ha
obtenido y protegido este macho durante
los últimos diez años? ¿Correrán ellas o
sus crías la suerte de los dos primeros
hijos de Nunkie, Lee y N’Gee, víctimas
de la intromisión humana en su refugio
montañoso delimitado por el hombre
mismo?
El 32% de la región protegida de los
Virunga se halla en Ruanda, que
presenta un crecimiento anual de la
población del 3,8 %. La población del
gorila de montaña, al menos según el
estudio de George Schaller de 1960, ha
ido disminuyendo a un ritmo del 3 %
anual a causa de las actividades de caza
furtiva dentro de los Virunga y por la
apropiación de terrenos del hábitat del
gorila. Asimismo, desde la época de
Schaller se han recortado unas 1.640
hectáreas del Parque de los Volcanes;
esto representa una reducción de casi la
mitad del sector ruandés y de una quina
parte del total de superficie protegida,
recorte del terreno que, por sí solo,
puede explicar una disminución de la
población de gorilas del 60 % durante
los últimos veinte años y pico. Las
12.150 hectáreas restantes del Parque de
los Volcanes ocupan sólo el 0,5 % del
territorio ruandés. Este país, con
5.000.000 de habitantes, es el de mayor
densidad de población de toda África al
sur del Sahara. Un 95 % de la gente
vive, en malas condiciones, de pequeños
campos de 1 hectárea, y la zona
limítrofe al Parque de los Volcanes
aloja a 780 habitantes. Anualmente,
23.000 familias ruandesas precisan de
nuevos terrenos de cultivo. Aunque se
dedicara toda la superficie protegida a
la agricultura, se solventaría sólo el
problema de una cuarta parte del
incremento de población producido en
un año en Ruanda. Desde luego, esto
representaría la aniquilación total del
gorila de montaña y de otros animales
que intentan sobrevivir allí, así como la
destrucción de la selva, elemento
fundamental para la vida de las personas
y de la fauna del país. La perspectiva
real de esta destrucción es tan terrible
como el hecho de que anualmente se
destruyen unas 180.400 hectáreas de
selva del planeta, a un ritmo de 19,9
hectáreas por minuto.
Los extranjeros no pueden esperar que
el ruandés medio, que vive junto al
límite del Parque de los Volcanes y
cultiva pelitre para obtener el
equivalente a unos nueve centavos de
dólar por kilo, mire hacia las cumbres,
aprecie su majestuosa belleza y muestre
preocupación por una especie animal
amenazada que vive en esas brumosas
montañas. Como un europeo que
desamparado en medio de un desierto
viera un espejismo, los ruandeses ven
hileras e hileras de patatas, judías, maíz
y tabaco en lugar de las enormes
Hagenia. Sienten rencor, muy
justificado, de que se les niegue el
acceso al parque para poder convertir su
visión en realidad.
Los conceptos proteccionistas
norteamericanos y europeos, sobre todo
en lo que a fauna se refiere, no son
importantes para los agricultores
africanos que viven ya por encima de las
posibilidades productivas de sus tierras.
Debe educarse a la población local para
que comprenda la absoluta necesidad de
conservar las montañas como zona de
captación de las aguas. Los agricultores
han de saber no lo que piensan los
extranjeros sobre los gorilas, sino que el
10 % de toda la lluvia que cae sobre
Ruanda es captada por los Virunga, y
liberada lentamente para regar las
plantaciones de las zonas bajas. La
subsistencia de cada una de las familias
agricultoras depende de la
supervivencia del Parque de los
Volcanes. Si esta zona vital de captación
se destinara a la agricultura, se
acabarían prácticamente los cultivos
actuales y futuros. Si la importancia del
ecosistema para las vidas de la
población fuera un objetivo local
prioritario, lo cual no es el caso actual,
la selva tendría una posibilidad de
supervivencia, así como los animales
que alberga y las personas que de ella
dependen. Ruanda, país que puede
obtener grandes ventajas de una
conservación activa de sus recursos,
podría servir perfectamente de ejemplo
para Zaire y Uganda, y conseguir así una
cooperación más extensa en la
salvaguarda del futuro de los Virunga,
compartidos por los tres países.
Debería asimismo existir una política
internacional coordinada para la
aplicación estricta de la ley contra
cualquier tipo de interferencia humana
en el Parque de los Volcanes de Ruanda,
el parque de los Virunga del Zaire y el
Santuario de los Gorilas de Kigezi, en
Uganda. La norma, y no la excepción,
debería ser el encierro prolongado de
los intrusos que sean culpables, tal como
ha sostenido y ejecutado con gran
valentía Paulin Nkubili. Al actuar con
imparcialidad en los dominios del
parque, tanto hacia los intrusos africanos
como europeos, el jefe de las brigadas
da un ejemplo digno de seguir por los
otros —ruandeses, zaireños y ugandeses
— y quizás incluso susceptible de
ampliar.
El estudio del gorila de montaña,
realizado en el Centro de Investigación
de Karisoke desde 1967 hasta 1983,
abarca un cortísimo período de tiempo.
Hace siglos, quince años constituían
sólo un momento efímero en la duración
de la vida de una especie. Pero hoy día
se estima que los próximos veinte años
verán la extinción de veinte especies de
animales. La humanidad debe decidir
ahora si el gorila de montaña va a ser
uno de ellos; habrá sido una especie
descubierta y extinguida en el mismo
siglo. El destino de los gorilas está en
las manos de los que comparten su
herencia comunitaria, las tierras de
África, la casa del gorila de montaña.
Epílogo
Los conservacionistas, economistas,
sociólogos y periodistas tienden a
enfocar los complejos problemas de los
países del Tercer Mundo de una manera
cada vez más realista en comparación
con los teóricos de otros tiempos. Este
cambio de orientación se está abriendo
paso en África, donde, hasta hace poco,
las políticas de conservación existentes,
totalmente anacrónicas, poco menos que
ignoraban la complejidad de la
burocracia de cada país, las necesidades
básicas de la población humana y la
corrupción, en mayor o menor grado, de
los funcionarios locales. Este
desconocimiento de la situación real ha
traído consigo una política efímera e
ineficaz, que limita las iniciativas y la
toma de conciencia de la población, por
citar dos de los aspectos más
relacionados con el futuro de la fauna y
la flora. Los encomiables intentos de los
extranjeros por demostrar que la fauna y
la flora constituyen un valioso legado
pasan por alto la realidad de que la
mayoría del pueblo, empobrecido y
pasivo, considera la naturaleza como un
obstáculo para mejorar su nivel de vida,
sólo tolerado si aporta beneficios
económicos prácticos, como colmillos,
carne o pieles.
Por otro lado, la promoción del turismo,
debidamente organizado, podría ser
rentable, y así se conseguiría que el
interés de la mayoría imperara sobre las
ganancias conseguidas por unos pocos
explotando las especies silvestres. La
única manera de conseguir tales
objetivos en África —continente con
tribalismo, nepotismo y regímenes
clasistas característicos— consiste en
ganar para esta causa a personas firmes
e independientes, capaces de anteponer
los intereses de los animales a los suyos
propios.
Sin lugar a dudas, la mayoría de las
especies amenazadas —los 242 gorilas
de montaña que quedan en África, los
1.000 pandas gigantes de China o los
187 osos pardos de América, por sólo
citar tres ejemplos— viven en precario.
Las posibilidades de supervivencia de
estas especies no mejoran mucho
mediante el turismo, y desde luego
podrían tomarse medidas mucho más
oportunas. La conservación activa
incluye patrullas frecuentes para destruir
las armas y demás equipos de los
cazadores furtivos, la estricta y puntual
imposición de la ley, el censo de los
animales en las regiones donde éstos
viven habitualmente, y una fuerte
protección de su hábitat. Tales
actividades no proporcionan beneficios
económicos a nadie, pero brindan a los
animales cuyo número está
disminuyendo una oportunidad de
supervivencia.
Los métodos de conservación activa
deben complementarse con proyectos a
más largo plazo. Sin embargo, los duros
esfuerzos diarios de conservación deben
preceder a la conservación teórica. En
el caso del gorila de montaña, esto
significa destruir las trampas y
encarcelar a los cazadores furtivos; en
el caso de los pandas gigantes, la
investigación minuciosa de sus recursos
alimenticios; en el caso de los osos
grises, la imposición estricta de castigos
a los cazadores furtivos y la vigilancia
rigurosa de la zona teóricamente
protegida en la que viven.
Quisiera manifestar mi profundo
agradecimiento a las intrépidas personas
de Ruanda y Zaire que me han ayudado
en las tareas de conservación del gorila
de montaña. Por Digit, Uncle Bert,
Macho, Lee, N’Gee y tantos otros
gorilas, lamento profundamente llegar
demasiado tarde para cambiar las
costumbres quijotescas de muchos
europeos y africanos que desean un
mañana mejor para el gorila de montaña
y que todavía deben aprender que, si no
se llevan a cabo las tareas básicas de
conservación, Beethoven, Icarus, Nunkie
y su prole se quedarán para siempre en
la niebla del pasado.
[Contracubierta]:
GORILAS EN LA NIEBLA
13 años viviendo entre los gorilas
DIAN FOSSEY
Los Montes Virunga son una agreste
cadena de ocho volcanes situada en la
frontera entre Zaire, Ruanda y Uganda.
En sus cumbres —muchas de las cuales
sobrepasan los 3.000 m de altitud—
vive una reducida población de gorilas
de montaña, la única que queda en
África.
Dian Fossey llegó a estos neblinosos
parajes un día de enero de 1967, con la
intención de estudiar la vida y
costumbres de estos enormes y
apacibles primates. A partir de aquella
fecha, Dian emprendió una lucha titánica
contra la soledad, el húmedo clima y los
cazadores furtivos para lograr su
objetivo.
Pero el esfuerzo realizado tuvo su
recompensa: al cabo de muchos meses
de seguir casi diariamente a los gorilas
en sus desplazamientos, Dian consiguió
por fin que éstos toleraran su presencia
entre ellos. Y, dos años más tarde,
Peanuts, un gorila macho del llamado
grupo 8, tocó su mano como muestra de
amistad.
Dian Fossey dirigió durante 20 años el
Centro de Investigación de Karisoke, en
los Montes Virunga, y alternó dicha
tarea con estancias en diversas
universidades de todo el mundo para
difundir los resultados de sus
investigaciones.
Fue asesinada en 1985, al parecer por
los mismos cazadores furtivos a los que
ella se había enfrentado en muchas
ocasiones.