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Fundamentos de la literatura argentina

El documento resume una encuesta realizada en 1913 por la revista Nosotros sobre si el poema Martín Fierro de José Hernández podía considerarse el poema épico nacional de Argentina. La encuesta generó un debate sobre la identidad nacional argentina y su relación con la inmigración. Definir a Martín Fierro como el poema épico nacional no era sólo un asunto literario, sino que también afirmaba la identidad nacional y su legitimidad en el pasado de la nación.

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Fundamentos de la literatura argentina

El documento resume una encuesta realizada en 1913 por la revista Nosotros sobre si el poema Martín Fierro de José Hernández podía considerarse el poema épico nacional de Argentina. La encuesta generó un debate sobre la identidad nacional argentina y su relación con la inmigración. Definir a Martín Fierro como el poema épico nacional no era sólo un asunto literario, sino que también afirmaba la identidad nacional y su legitimidad en el pasado de la nación.

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Carlos Altamirano

La fundación de la literatura argentina

02-08-2016 Beatriz Sarlo, Carlos Altamirano

¿Sobre qué elementos "se funda el desarrollo de ese documento de la conciencia colectiva"
que es la literatura argentina? Un trabajo de referencia capital para lectores y críticos, parte
del libro Ensayos argentinos de Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo, publicado originalmente en
1983, que encuentra una edición definitiva ahora, vía Siglo XXI.

Por Carlos Altamirano.

En 1913 y a lo largo de varios números, la revista Nosotros publicó las respuestas al


cuestionario que había hecho circular entre “un distinguido núcleo de hombres de letras”
acerca del significado del Martín Fierro.

¿Poseemos [decía la encuesta elaborada por la revista] un poema nacional en cuya estrofa
resuena la voz de la raza? El acercamiento establecido por los críticos entre los varios poemas
gauchescos, recogidos oficialmente en los programas de literatura de los estudios secundarios,
¿importa acaso un enorme error de apreciación sobre el diverso valor estético de aquellos
poemas? ¿Es el poema de Hernández una obra genial de las que desafían los siglos, o estamos
creando por ventura una bella ficción para satisfacción de nuestro patriotismo?

Respondió todo el mundo. Desde Martiniano Leguizamón a Alejandro Korn, pasando por arlos
O. Bunge (bajo seudónimo), Manuel Gálvez, Rodolfo Rivarola, Manuel Ugarte… Y si no
figuraban dos nombres conspicuos del momento, Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas, la
actividad de ambos estaba presente en el origen mismo de la encuesta y en las polémicas
respuestas que ella suscitó. Hoy en día, aquella iniciativa de Nosotros podría ser, a su vez,
interrogada. Se vería entonces que la encuesta anuda varias significaciones y que tanto las
preguntas como las respuestas ponen de manifiesto una problemática intelectual cuyo centro
de gravedad está más allá del campo literario. Más aún: la fundación de la literatura argentina,
es decir, el movimiento que por esos años consagró la existencia de una literatura argentina y
se aplicó a trazar las líneas de una tradición literaria nacional, se inscribe en esa problemática.
Tratemos de razonar esta idea.

Ante todo, veamos lo que podrían llamarse las motivaciones inmediatas de la encuesta. Están
en primer lugar las conferencias sobre Martín Fierro que Lugones dictó en el teatro Odeón en
1913. Las exposiciones, seis en total, fueron un acontecimiento; y ante un público a cuya
cabeza estaban el presidente Roque Sáenz Peña y su gabinete, Lugones definió la obra de
Hernández como el poema épico de la Argentina, insertándolo en una prestigiosa genealogía
literaria que se remontaba a la Ilíada. Otro hecho conectado directamente con la encuesta es
la creación de la cátedra de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras. En el
discurso con que se hace cargo de ella, Ricardo Rojas proclama: el Martín Fierro es para los
argentinos lo que la Chanson de Roland para los franceses y el Cantar de Mio Cid para los
españoles, es decir, el poema épico nacional. Y sólo para enfatizar que el asunto estaba en el
orden del día, recordemos la conferencia que en agosto del mismo año, 1913, pronunció
Carlos O. Bunge en la Academia de Filosofía y Letras sobre literatura gauchesca y en la cual
impugnó la atribución del carácter épico al poema de Hernández. En este clima y formando
parte de él, aparece la encuesta de Nosotros.

Como concluyó la revista al intentar un balance de las respuestas, la mayoría de los escritores
consultados reconoció el valor literario del Martín Fierro. Pero el nudo de la cuestión no estaba
allí, ni por allí pasaba tampoco la preocupación de la encuesta. Las divergencias y la discusión
giraban en torno a otra cosa: ¿era el Martín Fierro nuestro poema épico? Así, mientras algunas
respuestas discurrían acerca de las razones históricas o lingüísticas o estéticas que impedían
considerar a la obra de Hernández como miembro de la especie que integraban los poemas
homéricos y los cantares de gesta medievales, otras, extrayendo sus argumentos más o menos
del mismo arsenal, veían en aquel texto la “expresión de la raza”. Ahora bien, lo que tanto las
respuestas como las preguntas daban como sobreentendido era una concepción de la épica y
la historia literaria que no resulta difícil reconocer: la del historicismo romántico o, para
asignarle el nombre con el que se lo ejercitaba en el estudio de las lenguas y la literatura en el
siglo XIX, la de la filología. Y aunque en el último tercio del siglo pasado se contaminaría con
motivos y principios de origen positivista (“el medio”, “la raza”, etc.), dicha concepción
conservaría algunas de sus premisas. ¿Qué es la historia literaria de un país? La manifestación
del desenvolvimiento del espíritu nacional. ¿Qué es la épica, pero no en su forma culta, propia
de letrados, sino en su forma “natural” y “espontánea”? Aquel tipo de composición que,
generalmente en ciertos tiempos “primitivos” de una formación nacional, canta los orígenes
heroicos de un pueblo y proyecta en uno o varios héroes literarios los caracteres de una raza.

Según estas claves se leían sobre todo las expresiones de la épica medieval y al campo de tales
presupuestos pertenece toda la encuesta de Nosotros. Pero no era sólo un punto de
historiografía literaria o de preceptiva lo que estaba en juego aquí. Se trataba también de la
identidad nacional, porque de acuerdo con los principios de esa misma filología, la épica revela
a una comunidad los signos de su esencia histórica. Lo dice con toda claridad Lugones en su
Historia de Sarmiento (1911). Allí escribe, refiriéndose a Sarmiento y a Hernández:

El país ha empezado a ser espiritualmente con esos dos hombres. Ellos presentan el proceso
fundamental de las civilizaciones, que semejantes a la Tebas de Anfión, están cimentadas en
cantos épicos. Así es una verdad histórica que los poemas homéricos formaron el núcleo de la
nacionalidad helénica. Saber decirlos bien era el rasgo característico del griego. Bárbaro
significaba revesado, tartamudo: nuestro gringo.

Tradición o barbarie

De modo que definir al Martín Fierro como obra épica o “poema nacional” no significaba
únicamente atribuirle, con arreglo a ciertas convenciones, un determinado estatuto genérico
al texto de Hernández. Era también afirmar una identidad nacional, cuyos títulos de
legitimidad se encontraban en el pasado (ahí estaba la epopeya para testificarlo), pero que
proyectaba sobre el presente su significado. Habría que decir más: era esta cuestión, la de la
nacionalidad, la que daba lugar a la otra, la del carácter épico o no del Martín Fierro. De ahí
que en el cuestionario redactado por la revista se insinúe, bajo la forma de la pregunta, que
está creándose “una bella ficción para satisfacción de nuestro patriotismo”. Y de ahí también
que buena parte de las respuestas se deslicen de los juicios sobre el poema de Hernández a
consideraciones sobre la “raza argentina”, su existencia, su pasado o su porvenir. Este es uno
de los temas de la problemática intelectual a que hicimos referencia más arriba. El tema no es
nuevo, dado que se pueden rastrear sus primeras manifestaciones a fines del siglo pasado,
pero sólo alrededor del Centenario madura plenamente. Mejor: es uno de los componentes
del llamado “espíritu del Centenario”.

Dijimos que esa problemática tenía su centro de gravedad más allá del campo literario.
Lugones, en el final de la cita transcripta más arriba, lo señala: “Bárbaro significa revesado,
tartamudo: nuestro gringo”. Se trataba, pues, de nuestro bárbaro, el inmigrante. En efecto, en
el curso de la primera década de este siglo había ido tomando forma la certidumbre –paralela
a la imagen ya consolidada de la inmigración como “agente de la prosperidad”– de que
constituía un factor anárquico y disolvente para la convivencia social. Esa certidumbre brotó y
halló eco sobre todo entre los miembros de la élite de “viejos criollos” y de allí surgió también
el movimiento dirigido a dotar a la figura del gaucho de una nueva función cultural. Es decir,
no ya tema de evocación nostálgica, sino elemento activo de identificación: “Todo cuanto es
propiamente nacional viene de él”, dirá Lugones en El payador. Y, en medio de este fermento
ideológico, la tradición y el pasado adquirirán también nuevas significaciones. Escribía Rojas en
1909:

No constituyen una nación, por cierto, muchedumbres cosmopolitas cosechando su trigo en la


llanura que trabajaron sin amor. La nación es, además, la comunidad de esos hombres en la
emoción del mismo territorio, en el culto de las mismas tradiciones, en el acento de la misma
lengua, en el esfuerzo de los mismos destinos.

Acaso resulte útil para aferrar la novedad con que se significa ahora la tradición hacer un breve
rodeo.

Nacionalidad, espíritu nacional, tradición, ¿estas nociones no habían integrado también la


visión de la élite liberal que condujo la Organización Nacional? Ciertamente, nutridos en el
espíritu del historicismo decimonónico, también para ellos la nación era el sujeto histórico por
excelencia y cuando hicieron historiografía fue la formación de la nacionalidad lo que se
propusieron evocar (Mitre, López). Para los miembros de esa élite, liberalismo y nación eran
dos términos de una ecuacion cuya verdad estaba presente en los mismos “orígenes”, es decir
antes de la independencia, y, precisamente, era la búsqueda de esa ecuación lo que daba
sentido al proceso que había desembocado en la constitución de un Estado nacional. La
Argentina, organizada como nación liberal, se insertaría en un mundo de naciones que sería, a
su vez, un mundo liberal. La cuestión de la tradición se planteaba en función de esta
perspectiva. La revolución de la independencia, le escribe Mitre a Joaquín V. González, en
1889, por
la obra y la voluntad de los criollos que la hicieron, la dirigieron y la hicieron triunfar dándole
su organización política, fue americana, republicana y civilizada. Este es el nudo de la tradición
que el historiador y el filósofo debe desatar.

Bien, una suerte de incertidumbre comenzó a corroer algunos de los presupuestos de aquella
visión cuando se ingresó en el siglo XX. Pese a los logros que la llamada generación del ochenta
podía exhibir, sobre todo en términos de desarrollo económico-social, se propagaba, incluso
entre algunos de sus herederos, el sentimiento de que algo andaba mal. En ciertos casos eran
los cambios o la agitación introducidos por ese mismo desarrollo lo que provocaba el malestar
y para algunos intelectuales la noción de progreso adquirió connotaciones negativas.

Desgraciadamente [se lamentaba Rafael Obligado], la electricidad y el vapor, aunque cómodos


y útiles, llevan en sí un cosmopolitismo irresistible, una potencia igualatoria de pueblos, razas y
costumbres, que después de cerrar toda fuente de belleza, concluirá por abrir cauce a lo
monótono y vulgar.

Para otros el foco está en la persistencia de la denominada “política criolla” y por ello en la
fractura entre las prescripciones republicanas y liberales de la Constitución y el régimen
político efectivamente vigente.

Pero, en cualquier caso, una “crisis moral”, se decía, afecta a la Argentina. Rodolfo Rivarola, en
1910, resumía bien este sentimiento difuso:

El año del Centenario mostrará a nuestro país tal como es: con vicios, con groserías, con
perversiones morales, con delitos; pero lo hará también con fuerza de reacción, con la
conciencia de que todo ello debe terminar, junto con la embriaguez de la inmoralidad política
y de los delitos administrativos.

La cuestión de la llamada “crisis moral” fue tematizada de diversos modos. Ya sea buscando
sus determinaciones en la constitución racial de la sociedad argentina, ya en su formación
histórica. O bien, bajo el impulso del “arielismo”, identificando en el espíritu materialista y
mercantil el agente corruptor de raíces éticas preexistentes. Por su parte, la crítica del
radicalismo al régimen oligárquico se cargará también de acento moral al equiparar el reclamo
de democratizar la participación política con la “reparación moral” de la nación.

Y aquí podemos retomar nuevamente el tema de la identidad nacional y de la tradición ya que


conjugados con el de la crisis moral configurarán la problemática intelectual que mencionamos
al comienzo. En el interior de esta problemática, regeneración moral y restauración del espíritu
nacional aparecen como caras de un solo movimiento y ello puede verse en El diario de Gabriel
Quiroga de Gálvez, así como en La restauración nacionalista de Rojas. Ante la amenaza de
disolución a la vez nacional y moral, la tradición es invocada como la reserva. Pero ¿qué
tradición? Las respuestas varían, pero lo que tienen en común es el reconocimiento de que la
invocada hasta entonces resulta insuficiente. Es dentro de este círculo de inquietudes y
demandas donde Martín Fierro se convierte en héroe épico edificante y, por los mismos años,
se funda la literatura argentina. Ricardo Rojas fue el hombre de esa empresa. El Consejo de la
Facultad de Filosofía y Letras, dirá Rafael Obligado al entregarle la cátedra recién creada de
Literatura Argentina, ha “designado a don Ricardo Rojas, al autor de la Restauración
nacionalista, precisamente porque se trata de restaurar el alma argentina en su amplia
vibración”.

¿Por qué hablamos de “fundación”? ¿No estaban acaso ahí los textos, preexistentes, a los que
había, cuanto más y en algunos casos, que exhumar? Sucede que hacia 1913 la existencia
misma de una literatura argentina –no, por supuesto, de libros escritos en la Argentina o por
argentinos– debía ser probada. Como señaló el propio Rojas:

Tócame, pues, la honra de iniciar en las universidades de mi país, un orden de estudios que
interesa no solamente a los fines profesionales de la instrucción superior, sino también a la
misión de afirmar y probar ante el país todo, la idea de que tenemos una historia literaria.

En verdad, se trataba de “afirmar y probar” que una identidad nacional y una tradición literaria
se abrían paso a través de los textos y para ello no era suficiente ni la mera existencia de estos,
ni su ordenación cronológica. Por eso, Rojas no comienza su Historia de la literatura argentina
con “los coloniales” sino con “los gauchescos”. El subtítulo “Ensayo filosófico sobre la
evolución de la cultura en el Plata” legitima la alteración del orden cronológico: los gauchescos
son la roca sobre la que se funda el desarrollo de ese documento de la conciencia colectiva: la
literatura argentina.

El presente ensayo fue tomado de la reedición de Editorial Siglo XXI de Ensayos argentinos. De
Sarmiento a la vanguardia, de Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo, Buenos Aires, 2016.

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