0% encontró este documento útil (0 votos)
196 vistas21 páginas

El Enfriamiento Espiritual 3

Este documento discute la naturaleza de la fe. Define la fe como el acto por el cual un pecador arrepentido acepta la promesa de perdón y vida eterna a través de Jesucristo. Explica que la fe involucra tanto el entendimiento como el corazón. También advierte que los errores sobre la fe pueden conducir a problemas en toda la vida religiosa de una persona.

Cargado por

Pedro Vivedes
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
196 vistas21 páginas

El Enfriamiento Espiritual 3

Este documento discute la naturaleza de la fe. Define la fe como el acto por el cual un pecador arrepentido acepta la promesa de perdón y vida eterna a través de Jesucristo. Explica que la fe involucra tanto el entendimiento como el corazón. También advierte que los errores sobre la fe pueden conducir a problemas en toda la vida religiosa de una persona.

Cargado por

Pedro Vivedes
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Capítulo 3

El enfriamiento en la fe
«Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe»
(Lucas 17:5).

El creyente debe considerar cada virtud del Espíritu como un elemento integral del
carácter cristiano y, como tal, de un valor incalculable e inestimable. Quizá no sienta
poseerlas todas con la misma intensidad pero —tal como nos sucede con nuestras
capacidades !sicas o mentales, que solo conocemos cuando se desarrollan por causa de
las circunstancias— un creyente no sabe qué virtudes del Espíritu posee hasta que el
trato con un Dios del pacto le lleva a ejercitarlas santamente. Así es como se despliegan
la sabiduría y la bondad infinitas en el trato de Dios con su pueblo. El Padre celestial no
trata a sus hijos arbitraria, impulsiva o innecesariamente; cada golpe de su vara no es
más que la voz atenuada de su amor; cada tormenta lleva en su seno alguna nueva y rica
bendición proveniente de un mundo mejor. ¡Cómo podemos lanzar el más mínimo
suspiro, la menor murmuración, ante el trato de Dios o malinterpretar ni por un
instante sus santos y sabios motivos!
Si toda virtud del Espíritu es, pues, hasta tal punto valiosa e indispensable, el
enfriamiento y el declive de esa virtud en el creyente ha de atraer de forma especial la
atención de Dios y conjurar consecuencias serias y solemnes. Cualquier parte de la gran
obra misericordiosa de gracia que lleva a cabo Dios en el alma que se encuentre en un
estado de declive parece un reflejo de Dios mismo; se le deshonra de una forma en que el
creyente es a duras penas consciente. ¿Qué cosa hay, tras su propio Hijo, que sea más
gloriosa, valiosa y preciada a ojos de Dios? ¿Quizá el mundo? No, no ve gloria alguna en
ello. ¿Acaso los cielos? Tampoco, no son limpios delante de sus ojos, y nota necedad en
sus ángeles; ¿de qué se trata entonces? Del reino que tiene en sus santos, de la gracia
renovadora y santificadora que tiene en su pueblo adoptivo. Después de su Hijo no
existe nada más glorioso y valioso; en comparación con eso no ve belleza alguna en
otras partes; es a esto a lo que dedica sus pensamientos más profundos, aquí deposita su
amor más intenso; todas sus disposiciones en las esferas de la naturaleza, la providencia
y la gracia quedan supeditadas a la consecución, el desarrollo y el perfeccionamiento de

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 1
esto. Imaginemos, pues, lo que debe pensar Dios ante un estado de declive y
enfriamiento de la gracia en el alma, y cuál es el método que adopta para resucitarla y
reanimarla. Tras considerar el enfriamiento espiritual en dos de sus fases, llegamos a
otra igualmente solemne e importante: el enfriamiento de la virtud de la fe. Seguiremos
la misma estrategia para abordarla y, como punto de partida, exploraremos la
naturaleza y las características bíblicas de esta virtud cristiana.
Pocas cuestiones en el vasto campo de la teología cristiana han sido tan
frecuentemente objeto de debate, y puede que de malentendidos, como es la de la fe. Y
tampoco cabe sorprenderse de que quienes afrontan su examen sin atenerse
estrictamente a la simple enseñanza de la Palabra de Dios, y dependiendo por completo
de la iluminación del Espíritu, encuentren dificultades y hasta opacidad al ponderar una
cuestión tan espiritual. Como tampoco Satanás escatima en sus intentos de
entenebrecer las mentes de los hombres cuando ponderan esta gran cuestión. Si hay una
virtud contra la que Satanás lance ataques más directos y constantes esa es sin duda la fe.
Consciente de su naturaleza espiritual y de su crucial importancia, y sabedor de la gran
gloria que reporta a Dios su ejercicio, el astuto y siempre alerta enemigo del creyente
emplea todas las argucias a su alcance para embrollar su sencillez, así como neutralizar
sus esfuerzos. No sorprende, pues, que las opiniones vertidas sobre una cuestión de tal
importancia sean con frecuencia polémicas y que muchas veces las ideas acerca de su
naturaleza no estén claras.
Y, sin embargo, los conceptos escriturarios y espirituales de la fe constituyen los
mismísimos cimientos de la santidad experimental. Un error en lo tocante a la fe, al ser
el punto de partida de la religión experimental, se demostrará forzosamente funesto
para todos los pasos sucesivos. Toda la belleza de esa estructura religiosa, toda la
perfección de su simetría, toda su excelsa arquería, toda la altura de sus torres carecen
de importancia si se basan en una fe deficiente. Si no resisten la prueba de la Palabra de
Dios, ningún sistema religioso, ningún credo doctrinal, ninguna profesión cristiana
tienen valor alguno. Toda mera religión del intelecto, de la imaginación o de los
sentidos —y estas solo gozan de popularidad en el mundo— que descanse en una fe
antiescrituraria y defectuosa no es más que una hermosa quimera; decepcionan en los
momentos di!ciles, engañan en el lecho de muerte, y reportan al alma un sufrimiento
interminable en el mundo venidero. Es de la más solemne importancia, pues, en el
terreno de la religión profesante, que una persona se asegure de que parte de la fe

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 2
verdadera. Si, al hacer el balance contable, un comerciante parte de un error en sus
cálculos, ¿puede sorprendernos que ese error se extienda por todas sus cuentas y lo
lleven a conclusiones equivocadas? O, si un viajero camino de su casa elige, de entre
todas las carreteras que tiene por delante, una equivocada, ¿puede llamarnos la atención
que nunca llegue a ella? Apliquemos estos ejemplos a la cuestión que tenemos ante
nosotros. El hombre tiene una larga y solemne cuenta que cuadrar con Dios; es deudor
de una gran suma; debe a Dios una obediencia perfecta a su ley y no tiene «con qué
pagar». Y otro ejemplo más: es un viajero de camino a la eternidad, y cada uno de sus
pasos lo acerca a la culminación de un juicio breve pero en el que será responsable.
Ahora bien, si su religión parte de ideas deficientes, infundadas y antiescriturarias de
cualquier doctrina esencial de la salvación, el error de partida habrá de afectar a toda su
vida religiosa; y, a menos que vuelva sobre sus pasos y descubra y corrija su error, el
final se demostrará funesto para su felicidad eterna. El autor de esta página considera de
la mayor importancia que este capítulo presente una idea escrituraria de la naturaleza,
las características y la tendencia de esta parte esencial del gran plan de salvación. ¡Que el
Espíritu sea nuestro maestro y la Palabra de Dios nuestro manual!
Quizá convenga señalar que los autores de sistemas teológicos han establecido
taxonomías de la fe. Hablan de la fe especulativa; de la fe histórica; de la fe práctica; de la
fe salvadora; de la fe consciente. Pero, dado que todas estas distinciones solo sirven para
embrollar la cuestión y confundir la mente, y a menudo conducen a errores de
envergadura, las dejamos de lado y adoptamos la sencilla nomenclatura de la Palabra
inspirada, que nunca puede confundir o inducir a error al discípulo humilde de Jesús.
El Espíritu Santo solo habla de «una fe» (Efesios 4:5), y de que esa fe es la «fe de los
escogidos de Dios» (Tito 1:1). Aun con todo, tenemos una pregunta recurrente: ¿Qué es
la fe? Dicho de forma escueta y sencilla, es ese acto del entendimiento y el corazón por el
que un pecador arrepentido —un pecador sometido a la poderosa obra del Espíritu
eterno que lo convence de pecado y obra en él una contrición genuina— acepta la
proclamación gratuita que hace Dios del perdón por medio de un Salvador crucificado:
cree, acepta y acoge la promesa de vida eterna por medio del Señor Jesucristo, y de tal
forma «atestigua que Dios es veraz». Hablamos del entendimiento como parte integral de
este acto porque los defensores de la verdad evangélica han sido acusados de proponer
doctrinas que prescinden de toda operación mental, y que reducen la religión a un mero
sentimiento. Este testimonio no es verdadero: sostenemos que en la gran obra de la

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 3
religión del corazón todas las facultades de la mente humana se ejercitan plenamente;
que el Espíritu Santo, al obrar el arrepentimiento y la fe en un hombre, hace más por el
desarrollo de las facultades intelectuales que toda la enseñanza humana junta. ¿Acaso
no hemos visto personas que, con anterioridad a su conversión, no habían dado
muestras más que de las facultades mentales más comunes, convertidas, con la luz del
Espíritu por medio de la Palabra revelada, en intelectos fuertes y poderosos? Se produce
el desarrollo de facultades de raciocinio hasta entonces ocultas; fuentes del pensamiento
hasta entonces selladas quedan abiertas; las cosas viejas pasan y todas son hechas
nuevas. Repetimos, pues, que la religión verdadera tiende a desarrollar y fortalecer el
intelecto humano y a conferir intensidad y agudeza a todas sus facultades. No hay
mente más poderosa que la mente renovada y santificada.
La fe, pues, tiene que ver con el entendimiento y con el corazón. Para que una persona
acepte a Cristo debe ser consciente, en primer lugar, de su estado de perdición y ruina; ¿y
cómo podrá saber tal cosa si no es por medio una mente que haya sido iluminada
espiritualmente? ¡Qué cambio más sorprendente le acontece a la persona! Por medio del
poder del Espíritu Santo se le lleva al conocimiento de sí misma; un rayo de luz, un
acercamiento del Espíritu, ha modificado todas las ideas acerca de sí mismo, le ha dado
una nueva perspectiva; todas sus ideas, sus sentimientos, sus deseos se desvían a un
cauce distinto y opuesto; todas sus ideas jactanciosas de una justicia propia se han
esfumado como un espejismo; sus ideas altaneras han quedado humilladas, sus elevadas
pretensiones quedan rebajadas, y pasa a ocupar su lugar en el polvo ante Dios como un
pecador quebrantado. ¡Qué maravillosa y bendita transformación la del fariseo que
ocupa el lugar del publicano y hace suyo el clamor de «sé propicio a mí pecador», y
exclama: «Soy acreedor de mi perdición y merecedor de la ira eterna; y soy el más vil y
más grande de los pecadores»! Y ahora comienza el ejercicio de la fe; el mismo Espíritu
bendito que ha convencido de pecado es el que presenta al alma un Salvador crucificado
por los perdidos; es el que muestra la salvación plena y gratuita para el más indigno; el
que revela una «fuente que limpia de todo pecado» y revela una justicia en la que «es
justificado todo». Y todo lo que encomienda al pobre pecador convicto para que consiga
esto es sencillamente creer. Ante la pregunta crucial de: “¿Qué haré para ser salvo?»,
esta es la única respuesta: «Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo». El alma angustiada
exclama anhelante: “¿Entonces lo único que tengo que hacer es creer? ¿No tengo que
llevar a cabo grandes obras? ¿No tengo que traer precio alguno, ni presentar ningún

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 4
mérito? ¿Puedo venir tal como soy, sin nada que ofrecer, sin todos mis esfuerzos, sin
dinero, con toda mi vileza y nulidad?». La respuesta sigue siendo: «Cree solamente».
«Entonces, Señor, sí creo —exclama el alma en un arrebato de gozo—, ayuda mi
incredulidad». Esto, lector, es la fe; la fe, esa maravillosa virtud, ese gran acto del que
tanto has oído hablar, sobre el que se han vertido ríos de tinta, y del cual tantos
sermones se han predicado; es el simple acto de depositar el peso de un corazón herido y
sangrante sobre un Salvador herido y sangrante; es el simple acto de aceptar la
asombrosa verdad de que Jesús murió por los impíos —que murió por los pecadores, por
los viles, los arruinados—; que invita y acoge en su seno a todos los pecadores pobres,
convictos y cargados. Al creer este maravilloso anuncio, al prescindir de todas las demás
dependencias y apoyarse únicamente en esto, al aceptarlo, al acogerlo, al regocijarse en
ello, en un instante todo se convierte en paz para el corazón. No olvides, pues, lector, la
sencilla definición de la fe: no es más que creer con todo el corazón que Jesús murió por
los pecadores; y la creencia total en este único hecho reportará paz al alma más
angustiada y castigada por el pecado.
«Habiendo comenzado por el Espíritu», el creyente no debe «acabar por la carne»;
habiendo comenzado su vida divina en la fe, es en la fe como ha de dar cada paso en el
viaje hacia su hogar. Toda la vida espiritual de un hijo de Dios es una vida de fe: así lo ha
dispuesto Dios; y todo el trato paterno-filial que tiene con él está motivado por el deseo
de llevarlo a experimentar eso de forma plena y bienaventurada. En el momento en que
un pobre pecador toca el borde de la túnica de Cristo, y por débil que sea ese acto de fe,
ha dado comienzo esa vida santa y elevada; desde ese mismo momento el alma creyente
profesa haber abandonado la vida de los sentidos, con sus causas segundas, y haber
pasado a una gloriosa vida de fe en Cristo. No es una exageración aplicarle la
declaración del apóstol: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas
vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios»
(Gálatas 2:20). Detallemos brevemente algunas de las bendiciones propias de esta vida.
Está su seguridad; el creyente se tiene en pie por fe: «Por la fe estás en pie» (Romanos
11:20). ¿Por qué has sido guardado hasta el momento presente? Has visto muchos altos
cedros caer por tierra; muchos que parecían «correr bien» pero cuya presunta fe, en el
momento de la tentación, cuando el poder mundanal, la riqueza y la preeminencia
fueron en aumento, naufragó y cayó en diversas concupiscencias y trampas que
ahogaron su alma. ¿Por qué has sido guardado? ¿Por qué tu velero se ha enfrentado a la

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 5
tormenta pero tus pies se mantuvieron firmes sobre la roca? Porque «por la fe estás en
pie»; «la fe de los escogidos de Dios» te ha guardado; y aunque seas profundamente
consciente de muchos y graves descarríos —puede que pecados que, de ser conocidos
por un mundo impío e ignorante, te harían objeto de burla y mofa—, nunca se te ha
permitido desvincular tu alma de Jesús por completo; has descubierto tus pecados y los
has lamentado y confesado, y has buscado el perdón por medio de la aplicación
renovada de la sangre expiatoria, y por la fe sigues en pie. Ah, si la fe no te hubiera
guardado, ¿dónde estarías ahora? ¿A dónde te habría llevado la tentación? ¿A qué
consecuencias te habría expuesto ese pecado? ¡Pero ese quebrantamiento, esa
contrición, ese lamento, esa búsqueda renovada de la fuente, demuestran que había algo
en ti que te impedía apartarte por completo! Quizá el cedro haya sido tirado por tierra,
pero se ha vuelto a poner en pie; quizá el velero haya sido zarandeado en la tormenta, y
quizá hasta haya sido dañado por la tempestad, pero al final ha llegado a su puerto: «la
fe de los escogidos de Dios» te ha guardado. «No te ensoberbezcas, sino teme». Tu
vigilancia, tus facultades y tu sabiduría se habrían demostrado pobres defensas de no
ser por la fe inmortal que mora en ti.
La vida de fe tiene una bendición propia: «Por fe andamos, no por vista» (2 Corintios
5:7). Este caminar por fe reúne todas las circunstancias del devenir cotidiano;
comprende un caminar por fe a cada paso: mirar por encima de las pruebas, de las
necesidades, de las perplejidades, de lo inverosímil y lo imposible, por encima de las
causas segundas y, ante las dificultades y las decepciones, seguir adelante apoyándose en
Dios. Si el Señor desplegara el mar Rojo ante nosotros y alineara a los egipcios a
nuestras espaldas, asediándonos por doquier y, sin embargo, nos emplazara a avanzar,
sería el deber y el privilegio de la fe obedecer de inmediato —con la creencia de que
cuando nuestros pies tocaran el agua Dios, en nuestra situación crítica, dividiría el mar
y nos permitiría cruzarlo pisando tierra firme. Esta es la única vida santa y
bienaventurada del creyente; si abandona esta senda un solo instante e intenta caminar
por vista, las dificultades se agolparán a su alrededor, los problemas se multiplicarán, las
menores pruebas se tornarán pesadas cruces, las tentaciones de apartarse del camino
justo y recto aumentarán en número y fuerza, el corazón flaqueará ante las decepciones,
se entristecerá al Espíritu y Dios será deshonrado. Tengamos siempre presente esta
valiosa verdad: «Por fe andamos, no por vista».
La fe es una pieza esencial de la armadura espiritual: «Sobre todo, tomad el escudo de la

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 6
fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno» (Efesios 6:16). La fe se
describe asimismo como la coraza del creyente: «Pero nosotros, que somos del día,
seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe» (1 Tesalonicenses 5:8). No hay
un solo momento, ni el de mayor santidad, en que no estemos expuestos a los «dardos
de fuego» del adversario. A menudo el ataque se produce en el momento más
insospechado, en épocas de especial cercanía a Dios, de santo goce: «Porque no tenemos
lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los
gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las
regiones celestes», que muchas veces son el momento escogido para el ataque. Pero,
pertrechados con esta armadura —el escudo y la coraza de la fe—, ningún arma
utilizada contra nosotros podrá derrotarnos; los «dardos de fuego» quedarán apagados
y el enemigo será puesto en fuga. La fe en un Salvador crucificado, resucitado, vencedor
y exaltado; la fe en una Cabeza presente e inmortal; la fe que avista la gloria venidera, la
corona resplandeciente y la palma ondeando ante sí; esa es la fe que vence y triunfa. La
fe que tiene un trato sencillo y constante con Jesús —que acude a su sangre expiatoria,
se aprovisiona de su plenitud y con!a en él en todo momento y lugar— siempre hará
que un alma en conflicto sea más que vencedora: «Esta es la victoria que ha vencido al
mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo
de Dios?» (1 Juan 5:4, 5).
La fe es una virtud purificadora: «Purificando por la fe sus corazones» (Hechos 15:9);
«Para que reciban, por la fe en mí, el perdón de pecados y herencia entre los que han sido
santificados» (26:18 LBLA). Es un principio de naturaleza y propensiones santas; el más
santo es quien más fe tiene; quien menos fe tiene más expuesto está a los ataques de sus
corrupciones interiores. Si algún hijo de Dios tiene un deseo de conformidad con Dios,
de un mayor espíritu de Cristo, de una separación del mundo, una crucifixión y una
mortificación diarios cada vez mayores, esta debería ser su oración incesante: «Señor,
aumenta mi fe». La fe en Jesús refrena el poder del pecado, destruye la corrupción
interior y capacita al creyente para que se sostenga «como viendo al Invisible».
Esta es asimismo una virtud que allana el camino y aligera la carga diaria y «glorifica
a Dios en los valles» (Isaías 24:15); es «la certeza de lo que se espera, la convicción de lo
que no se ve» (Hebreos 11:1); con!a en la Palabra de Dios porque él lo ha dicho; y protege
al alma en medio de todos los conflictos y las pruebas, salvaguardándola para la gloria
eterna: «Guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación» (1

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 7
Pedro 1:5). Pero lo que debemos tratar fundamentalmente es el enfriamiento de esta
preciada virtud.
Ya hemos señalado que ninguna virtud del Espíritu es esencialmente omnipotente
—imaginar tal cosa sería deificar semejante virtud—, que, aun cuando la regeneración
es una obra espiritual, y todas las virtudes implantadas en el alma son obra del Espíritu,
y por fuerza han de tener una naturaleza espiritual e indestructible, pueden decaer en su
fuerza y llegar a estar tan debilitadas y enfermas que parezcan estar «al borde de la
muerte». Esto es especialmente cierto en lo referido a la fe; quizá no haya una parte de la
obra del Espíritu que sufra ataques más frecuentes y agresivos, y por tanto más expuesta
al enfriamiento, que esta. Quizá convenga examinar los ejemplos que nos ofrece la
Palabra de Dios. Podemos citar el caso de Abraham, el padre de los fieles; al observarlo
atando a su hijo a un altar a instancias de Dios, levantando el cuchillo dispuesto al
sacrificio, exclamamos unánimemente:
«Ciertamente, nunca hubo una fe como esta. Aquí tenemos la fe de un gigante; una fe
que ninguna prueba puede hacer flaquear, cuyo lustre ninguna tentación puede
empañar». Y, sin embargo, si ahondamos en la historia del patriarca, vemos a este
mismo gigante resquebrajarse y ceder a una prueba muchísimo menos di!cil y terrible;
aquel capaz de poner la vida del hijo que se le había prometido —ese hijo del que Jesús
sería descendiente directo— en manos de Dios, fue incapaz de confiarle la suya propia.
Vemos a Job: al comienzo de su dura prueba le vemos justificando a Dios; los anuncios
de nuevas desgracias se suceden uno tras otro, pero él no profiere la menor queja; y
cuando la copa, ya rebosante, llega a sus labios, qué hermosa suena la voz de su santa
resignación: «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito» (1:21); «En
todo esto no pecó Job con sus labios» (2:10): ¡y, sin embargo, la mismísima fe que con tal
humildad se inclinaba ante la vara, llegó a debilitarse de tal modo que lo llevó a maldecir
el día de su nacimiento! Vemos a David, que en un tiempo llegó a enfrentarse a Goliat,
huyendo de una sombra y exclamando: «Al fin seré muerto algún día por la mano de
Saúl» (1 Samuel 27:1). Y advirtamos la forma en que se debilitó el vigor de la fe de Pedro,
que en cierto momento fue capaz de caminar valerosamente sobre las aguas
tempestuosas del mar y en otro negó a su Señor, aterrorizado ante la voz de una
sirvienta. ¿Quién podrá negar que la fe del más santo hombre de Dios puede ser muy
grande en un momento para luego quedar tristemente debilitada?
Pero no hace falta ir más allá de nosotros mismos para hallar ejemplos y muestras de

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 8
esta tremenda verdad que estamos tratando: que cada creyente haga un ejercicio de
introspección. ¿Cuál es, lector, el verdadero estado de tu fe? ¿Está tan viva, vigorosa y
activa como cuando creíste por vez primera? ¿No ha experimentado enfriamiento
alguno? ¿Es el Objeto de tu fe tan glorioso a tus ojos como lo era entonces? ¿Te fijas
ahora en cuestiones indirectas en tu trato con Dios en lugar de elevar la mirada y fijarla
exclusivamente en él? ¿Cómo es tu fe al orar? ¿Acudes con valentía al trono de gracia y
pides sin vacilar? ¿Llevas a Dios todas tus pruebas, tus necesidades y tus debilidades? ¿En
qué estado se encuentra tu comprensión de las cosas eternas? ¿Ejerces en ese terreno la
fe de forma santa y constante? ¿Vives como un peregrino y un viajero «escogiendo antes
ser maltratado con el pueblo de Dios» que vagar por la feria de los deleites de este
mundo? ¿Qué poder mortificador tiene tu fe? ¿Mortifica tu pecado y te aparta del
mundo, y te impulsa a caminar humildemente con Dios y cerca de Jesús? Y cuando el
Señor te presenta una cruz y te dice: «Carga con ella por mí», ¿aceptas raudamente y de
buen grado «toda cruz, todo sufrimiento y todo sacrificio por [tu] Señor»? Esa es la
forma de comprobar la naturaleza y la intensidad de tu fe; llévala a la piedra de toque de
la verdad de Dios y determina su carácter y el grado de enfriamiento que ha sufrido.
Permítasenos aducir un breve elenco de causas a las que, por regla general, se puede
achacar una fe en estado de enfriamiento y debilidad.
Cuando las sesiones de oración de un creyente decrecen tanto en número como en
espiritualidad, podemos estar seguros de que su fe se enfriará. La oración es el canal a través
del cual la fe recibe su alimento y su energía. Imaginar que la fe mantendrá un aspecto
sano, vigoroso y fértil una vez cortado el suministro de la oración es tan improbable
como pensar que un valle mantendrá un aspecto verde y lozano si cortamos los
manantiales y arroyos que corren montaña abajo. Existe una hermosa relación entre la
fe y la oración, la influencia entre ellas es recíproca: una oración constante y ferviente
fortalece la fe, y el ejercicio de la fe estimula la oración a su vez. El hombre que ora será
un hombre creyente, y el hombre de fe será un hombre de oración. Se dice que María
Estuardo temía más las oraciones del reformador John Knox que todos los ejércitos que
se le opusieran. ¿Pero qué infundía tal poder a las oraciones de John Knox que las
tornaba tan «temibles como un ejército con sus estandartes»? Era su gran fe; y su gran fe
le confería un gran poder en su oración. Aquí, pues, tenemos una de las causas más
habituales de la débil fe de muchos cristianos profesantes: viven alejados de Dios, y a
causa de ello la fe no recibe alimento; se acude a Jesús en raras ocasiones, se recurre

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 9
poco a su sangre, apenas se busca aprovisionarse de su plenitud, olvidando que, tal
como él es el Autor de la fe, también es su Sustentador, y que el alma solo vive en la
medida en que vive «en la fe del Hijo de Dios». Lector, ¿se encuentra tu fe en un estado
débil y languideciente? Examina tu aposento de oración habitual, asegúrate de que la
causa no resida allí. ¿Cuáles son tus hábitos de oración? ¿Cuánto tiempo dedicas a Dios a
lo largo del día? ¡Cómo! ¿Dedicas todo tu tiempo al trabajo, a la familia y a los
compromisos mundanales? ¡Cómo! ¿Solo dedicas unos pocos minutos a la oración,
unos escasos instantes ociosos a Dios? ¿No reservas una porción de las horas dedicadas a
cuestiones seculares a la santa comunión filial con tu Padre en la intimidad? ¿Dedicas
casi todo el tiempo a ti mismo, a tus afanes, confusiones y emociones mundanales? No
te sorprendas por que tu fe se encuentre débil, languideciente y a punto de extinguirse.
¡Despierta de tu temible sopor! ¡Tu situación, profesante somnoliento, es sumamente
peligrosa; duermes sobre terreno encantado, tu yelmo y tu coraza yacen a tu lado y
todos tus enemigos se congregan a tu alrededor en temible número! Solo el regreso a la
oración podrá reportarte seguridad.
Limitarse en exceso a la vida de los sentidos es uno de los grandes motivos de
enfriamiento en la fe. Si deseamos ver nuestro camino a cada paso que damos hacia
nuestro hogar tendremos que dejar de lado el ascenso por fe que, a pesar de ser más
di!cil, ofrece muchas más bendiciones. Es imposible caminar por fe y por vista a un
tiempo: ambos caminos van en dirección opuesta. Si el Señor nos revelara el cómo y el
porqué de todos sus actos, si tan solo tuviéramos que avanzar viendo el siguiente punto
donde apoyar el pie, o si tan solo tuviéramos que salir una vez sabido el lugar hacia el
que nos dirigimos, ya no viviríamos una vida de fe, sino de vista. Habríamos cambiado
la vida que glorifica a Dios por una vida que le deshonra. Cuando Dios estaba a punto de
liberar a los israelitas de Faraón y les ordenó que avanzaran, lo hizo antes de revelarles
la forma en que iba a rescatarlos. Las olas del profundo mar Rojo rompían a sus pies y no
veían un solo punto en el que pudieran hacer pie; y, sin embargo, este fue el mandato
que recibió Moisés: «Di a los hijos de Israel que marchen» (Éxodo 14:15). Debían «andar
por fe, no por vista». Si hubieran esperado a que las aguas se separaran y a tener un
camino seco abierto ante sí, no habrían demostrado la menor fe en Dios, ni confianza
alguna en su promesa y en su fidelidad, como tampoco habrían «exaltado su nombre
sobre todo nombre». Pero, tal como sucedió con los patriarcas, no “[dudaron], por
incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se [fortalecieron] en fe, dando gloria a

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 10
Dios» (Romanos 4:20). No cuentes demasiado con los sentidos si quieres contar con la fe.
No esperes ver siempre el camino. Puede que Dios te llame a un lugar sin hacerte saber
hacia dónde te diriges; pero, tal como Abraham, tu deber será obedecer. Lo único que
tienes que hacer es marchar, dejando en manos de Dios todas las consecuencias, te basta
con que el Señor, en su providencia, te diga: “¡Marcha!». Puede que eso sea lo único que
oigas; tu deber es responder de inmediato: «Acudo a tu llamamiento; pídeme que acuda
a ti, aunque sea por aguas tumultuosas».
La ausencia de un ejercicio de la fe en momentos de providencia oscura y di!cil conduce a
su enfriamiento. El ejercicio de la fe fortalece de la misma forma en que descuidarla la
debilita. Lo que proporciona al brazo toda su fuerza es su utilización constante; ¡si
lleváramos el brazo colgando constantemente a nuestro costado sus tendones pronto se
contraerían y su fuerza acabaría por desaparecer! Lo mismo sucede con la fe, el brazo
derecho de la fortaleza del creyente; cuanto más se ejercita, más poderosa se torna; si la
descuidamos y permitimos que se mantenga ociosa e inactiva, su fuerza se desvanecerá.
Ahora bien, cuando providencias oscuras y pruebas y tentaciones di!ciles se congregan
en torno a una pobre alma creyente, es entonces cuando la fe ha de ejercer su fuerza y
salir a presentar batalla. Dios nunca somete a un hijo a dificultades, ni le hace cargar con
una cruz, si no es para llamarlo a ejercitar su fe; y si desaprovecha la oportunidad para
mejorarla, tal cosa tendrá por efecto un debilitamiento del principio y una pobre
demostración de su fuerza en la siguiente prueba. No olvidemos que, cuanta más fe
aplicamos, más aumentará esta; a menudo, la situación contraria es la causa de su triste
enfriamiento.
Entregarse de forma habitual, o hasta ocasional, a una duda temerosa con respecto a su
porción en Cristo, contribuirá de forma sustancial al debilitamiento y el deterioro de la fe
de un creyente: no puede haber una causa más clara en sus efectos que esta. Si, tal como
hemos demostrado, es cierto que el ejercicio de la fe desarrolla su fuerza, es igualmente
cierto que entregarse a una constante duda temerosa en lo referente al perdón y la
aceptación roerá por fuerza la raíz de la fe como un gusano. Cada recelo que
albergamos, cada duda que acariciamos, cada temor al que cedemos, cada oscura
providencia con la que nos obsesionamos tiende a desvincular el alma de Dios y a
enturbiar la visión cálida y cercana que tiene de Jesús. Dudar del amor, de la sabiduría y
de la fidelidad de Dios; dudar de la perfección de Cristo; dudar de la obra del Espíritu en
el corazón: ¿qué puede contribuir más al debilitamiento y el deterioro de esta valiosa y

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 11
costosa virtud? Cada vez que el alma se hunde bajo la presión de una duda en lo
referente a su porción en Cristo, el efecto será un debilitamiento invariable de la idea
que tiene el alma de la gloria, la perfección y la completa suficiencia de la obra de Cristo.
Pero el cristiano vacilante puede ser muy poco consciente de la deshonra que le inflige a
Jesús, de la sombra que proyecta sobre su gran obra, con cada duda incrédula que
alberga. Se trata de una herida oculta que se inflige a Cristo, por mucho que el alma
eluda llegar a tal conclusión; es devaluar y desvirtuar la obediencia y la muerte de
Cristo. Esa gloriosa obra de salvación en la que el Padre se ha mostrado complacido; esa
obra con la que la justicia divina se ha declarado satisfecha; esa obra sobre cuya base
todo pobre salvador convicto obtiene la salvación, y sobre cuyo fundamento millones de
espíritus redimidos y glorificados se postran en torno al trono ahora mismo; esa obra,
repetimos, queda deshonrada, devaluada y despreciada con cada duda y temor que un
hijo de Dios alberga secretamente o expresa de forma abierta. En el momento en que un
creyente se fija más en su propia indignidad que en la justicia de Cristo, cuando imagina
que no hay méritos suficientes en Jesús para compensar la ausencia de méritos propios
ante Dios, ¿qué está haciendo si no es poner su pecado y su indignidad por encima de la
plenitud, la suficiencia y el valor infinitos de la expiación y la justicia de Cristo? Cuánta
humildad espuria hay entre muchos de los queridos santos de Dios. Hay algunos que
son de la opinión de que dudar perpetuamente del perdón y la aceptación propios es
señal de tener un espíritu humilde. En realidad, permítasenos decirlo, es señal de todo
lo contrario de una mente humilde. La verdadera humildad es la que da crédito al
testimonio de Dios, la que cree porque él lo ha dicho, la que con!a en la sangre, la
justicia y la completa suficiencia de Jesús porque afirmó que «todos los que en él
creyeren serán salvos». Esta es la auténtica humildad, la bendita obra del Espíritu Santo.
Acudir a Jesús tal como soy, como un pobre pecador perdido e impotente; acudir a él sin
más preliminares; acudir gloriándome en mi debilidad y mi pobreza, para que la libre
gracia y la complacencia soberana, y el mérito infinito de Cristo, queden revelados en
mi perdón absoluto, mi justificación y mi gloria eterna. Cuando un alma se niega a
aceptar plenamente a Jesús esconde mucho más de ese farisaísmo, de ese orgullo sin
mortificar y de ese principio que pretende convertir a Dios en deudor de la criatura, del
que cabe imaginar. En cambio, cuando alguien se entrega a Cristo con una fe sencilla,
como un pecador arruinado que lo busca en toda su justicia, todo su perdón y toda su
gloria, hay una humildad mucho más profunda de lo que cabe concebir a cualquier

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 12
mente mortal. La duda es siempre hija del orgullo; la humildad es siempre la sirvienta
de la fe.
Y tampoco podemos obviar otra de las causas más habituales de enfriamiento de la fe,
esto es, el poder del pecado que aún permanece en el corazón. Puede que no haya nada que
obre de manera más inadvertida y eficaz contra el vigor de la fe que esto. La fe, como
hemos visto, es un principio santo que mora en nuestro interior. Tiene su raíz en el
corazón santificado y renovado, y su crecimiento y sus frutos dependen en gran medida
de la fertilidad del terreno en el que se encuentra plantada: si se permite que las malas
hierbas del terreno natural crezcan y ocupen el corazón y cobren preeminencia, esta
planta celestial se debilitará y enfermará de forma inexorable. Para hacernos una idea
de la absoluta incongruencia de una vida de fe que conviva con el poder del pecado sin
mortificar en el corazón, no tenemos más que imaginarnos el caso de un creyente que
vive en la práctica del pecado sin mortificar. ¿Qué verdadero poder tiene la fe en él?
¿Qué fuerza puede tener? ¿Dónde están sus gloriosos logros? ¿Dónde podemos
encontrar los trofeos que ha ganado en el campo de batalla? Buscamos los frutos de la fe
—el espíritu humilde y contrito, la conciencia sensible, la búsqueda diaria de la sangre
expiatoria, la confianza en la gracia que es en Jesús, la aplicación de los principios
cristianos, la crucifixión del mundo, la paciente sumisión a una vida de sufrimiento, la
humilde resignación a la disciplina de un Padre, una vida vivida como viendo a aquel
que es invisible, una comprensión viva y constante de las realidades eternas—,
buscamos esos frutos y nos los encontramos. ¿Y por qué motivo? Porque hay un gusano
de pecado sin mortificar royendo la raíz; y hasta que no haya sido exterminado la fe
estará enferma y débil, «al borde de la muerte». «Así que, hermanos, deudores somos, no
a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne,
moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis» (Romanos
8:12, 13).
Apartar la mirada de Cristo contribuirá en gran manera a la debilidad y la esterilidad
de la fe. Se suele decir que los ojos del águila se fortalecen gracias a una disciplina
paterna desde muy temprana edad; al ser situada en cierta posición desde muy joven
para que mire fijamente al sol, su capacidad de visión se ve aumentada de tal forma que
al final logra observar el sol del mediodía sin dificultad y alcanza a ver a la perfección los
objetos más remotos. El ojo de la fe resulta fortalecido por medio de la misma disciplina,
su vigor crece al observar de continuo el Sol de Justicia. Cuanto más fijamente observa a

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 13
Jesús, más fortalecido resulta; y cuanto más fuerte es, más gloria descubre en él, más
belleza ve en su persona y más perfección advierte en su obra. Fortalecido de tal manera,
puede ver cosas en la lejanía: las promesas que Dios ha hecho de guardar su pacto, la
esperanza de vida eterna o la corona de gloria. Puede observarlas, casi tocarlas: «Es,
pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Hebreos 11:1).
Y el propio Espíritu documenta idénticas cosas acerca de los personajes del Antiguo
Testamento: «Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido,
sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros
y peregrinos sobre la tierra» (Hebreos 11:13). ¡Qué valiosa y costosa virtud del Espíritu
eterno! ¿Quién no habría de poseerte? ¿Quién no habría de mortificar todo lo que te
zahiere, debilita y deteriora?
Solo nos queda por mostrar la forma en que el Espíritu Santo aviva, fortalece y refuerza
la virtud languideciente de la fe. Y esto lo hace, en primer lugar, descubriendo al creyente
la causa de su enfriamiento, impulsándolo a acometer la obra de su eliminación y
fortaleciéndolo a tal propósito. El Espíritu induce al creyente en estado de enfriamiento al
deber espiritual del examen de conciencia. Cuando una virtud del Espíritu se encuentra
enferma y debilitada, una situación tan dolorosa ha de tener una causa que es preciso
determinar: la mayor dificultad en lo referente a un alma descarriada es llevarla al
deber necesario y espiritual del autoexamen. Hay algo tan humillante en ello, tan ajeno
a las inclinaciones naturales del corazón, y a lo que el mismísimo enfriamiento del alma
ofrece tanta resistencia que se requieren fuertes dosis de la gracia del Espíritu para
impulsarlo a hacerlo sincera y exhaustivamente. Tal como el comerciante, consciente
de sus apuros económicos, elude estudiar con detenimiento sus libros contables, así el
relapso consciente evita examinar con honradez su corazón descarriado. Pero tal como
la cura de una enfermedad, o la corrección de cualquier mal, dependen del
conocimiento de su causa, así el avivamiento de un creyente en estado de enfriamiento
está íntimamente vinculado al descubrimiento y la eliminación de la causa de tal
enfriamiento. Creyente frío, ¿cuál es la causa de la debilidad de tu fe? ¿Por qué esta
hermosa y fructífera flor está marchita y a punto de morir? ¿Qué es lo que ha enturbiado
tu vista, ha paralizado tu mano y ha debilitado tu caminar por fe? Quizá pueda achacarse
al hecho de que hayas descuidado la oración: puede que hayas vivido días, semanas y
meses sin tener comunión con Dios; no has acudido constantemente a tu habitación
para orar; no has contendido con Dios; no has tenido comunión con tu Padre. No te

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 14
sorprendas, querido lector, por que tu fe languidezca, enferme y flaquee. Sorprende más
aún que tengas fe siquiera; que no esté completamente muerta, arrancada de raíz; y de
no ser por el gran poder de Dios y la incesante intercesión de Jesús a su diestra, así
habría sido desde hace largo tiempo. ¿Pero cómo podrás avivarla? Vuelve a orar de
inmediato; vuelve a frecuentar tu lugar de oración; reconstruye tu altar derruido; aviva
la llama al borde de la extinción; busca al Dios que has abandonado. ¿Cómo podrá la fe
ser avivada y crecer si se descuida la oración privada que contiende con Dios a diario? El
Espíritu eterno, al manifestar esto a tu corazón, al mostrarte tan terrible negligencia, e
insuflando en ti un espíritu renovado de gracia y súplica, te dará un nuevo y bendito
impulso a la fe.
Quizá hayas estado malinterpretando el trato providencial que te ha dispensado el
Señor; te has entregado a ideas incrédulas e ingratas en cuanto a tus pruebas, aflicciones
y decepciones; te has dicho a ti mismo: “¿Cómo puedo ser un hijo y sufrir tales
aflicciones? ¿Es posible que me ame y me trate de esta forma?». ¡Qué idea! ¡Qué
suposición! Si hubieras escrutado el corazón de Dios cuando te envió tal prueba, te
infligió tal aflicción, sopló sobre esa flor y echó por tierra tus mejores planes, jamás se te
habría ocurrido murmurar: habrías visto tanto amor, tanta ternura, tanta fidelidad y
tanta sabiduría que tu boca habría quedado sellada ante él. No te sorprendas por que, al
entregarte a tales recelos e interpretar con semejante óptica el trato de un Dios de amor
en el seno del pacto, tu fe haya quedado dañada. Es posible que no haya nada tan
proclive a separar el alma de Dios, engendrar desconfianza, ideas hostiles y
sentimientos rebeldes que este tipo de dudas acerca de la bondad y la fidelidad de Dios
en la disciplina que se ha complacido en imponer. Pero la fe, al observar a través de los
negros nubarrones, elevarse por encima de las montañas y anclarse en la veracidad
divina y el amor inmutable de Dios, saldrá fortalecida sin la menor duda de todas las
tormentas que la azoten.
¿Han sido los encantos del mundo los que se han apoderado de tu fe? ¿Te han
seducido, te han hechizado con su resplandor, te han fascinado con sus cantos de sirena,
y te han abrumado con sus innumerables afanes? Escapa de él, aléjate; renuncia a su
comunión vacua, a su conducta contemporizadora, a su sabiduría y sus deleites
carnales, a su conformidad pecaminosa. Todo ello enturbia la visión y debilita el
asimiento de la fe. El mundo, el amor a él y la conformidad con él pueden complacer y
satisfacer la vida de los sentidos, pero son antagónicos a la vida de la fe y serán un lastre

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 15
para ella. Una vigorosa vida de fe y un amor pecaminoso al mundo son cosas tan
opuestas como las naturalezas de la carne y el Espíritu, las tinieblas y la luz, el pecado y
la santidad. ¡Profesante del evangelio, protégete del mundo! Es tu gran azote: evita
conformarte a él en tu forma de vestir, en tu forma de vivir, en la educación de tus hijos,
en los principios, los motivos y los criterios por los que te riges. Le diríamos a todo
profesante que, en lo tocante a esto, sea un independiente: sepárate del mundo —ese
mundo que crucificó a tu Señor y Maestro y que desearía crucificar la fe que hay en ti—,
no toques lo impuro porque «sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo
adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las
tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9). ¿Deseas “[fortalecerte] en fe, dando gloria a
Dios»? Entonces presta obediencia a la voz que, con lengua ultraterrena, exclama a
todos los hijos profesantes de Dios: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos
por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la
buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Romanos 12:2).
¿Es el pecado sin mortificar lo que roe la raíz de tu fe? Llévalo a la cruz de Cristo,
condénalo allí, clávalo allí, y no cejes hasta que puedas exclamar: «Mas a Dios gracias,
el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús» (2 Corintios 2:14).
¿Son los temores incrédulos y deshonrosos los que afectan a tu porción en Cristo?
Espárcelos al viento; un hijo de Dios no tiene motivos para la duda y la incredulidad;
puede que en él haya muchas cosas que sean motivo de desánimo, pero nada en la
verdad en que profesa creer; no hay nada en el objeto de la fe, nada en Cristo, nada en la
obra de Cristo, nada en la Palabra de Dios, susceptible de engendrar dudas o temores en
el corazón de un pobre pecador. Por el contrario, todo ello tiene el propósito de inspirar
confianza, fortalecer la fe y estimular la esperanza. ¿Pide a gritos la condenación su
pecado? La voz de la sangre de Emmanuel reclama con más fuerza su perdón. ¿Le
condena su justicia propia? La justicia de Cristo absuelve. De esta forma, nada hay en
Cristo que siembre dudas incrédulas en un pobre pecador convicto. Él mismo puede
dudar —dudar de su capacidad para salvarse a sí mismo, de su capacidad para mejorar
su estado, de hacerse más digno y aceptable—, pero que jamás dude que Cristo es todo
lo que necesita un pobre pecador perdido y convicto. Que no dude que Jesús es el Amigo
de los pecadores, y que no se sabe de nadie que acudiera a él humilde y contrito,
buscando su gracia misericordiosa, y fuera echado fuera. Lector, busca alcanzar ideas
más sencillas de Jesús; ideas más claras de su gran obra completa; pon ante él cada duda

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 16
que te asalte, cada temor que te invada; y recuerda que, independientemente de cuál sea
la vileza que descubras en ti y que te aplaste, Jesús tiene todo lo necesario para sacarte
del muladar y ponerte junto a los príncipes. Al mostrar al relapso estas cuestiones, al
hacerle conocer las causas del enfriamiento de su fe, el Espíritu eterno de Dios da el
primer paso en la gran obra del avivamiento.
El siguiente paso con que el Espíritu Santo aviva la fe languideciente del creyente es
inducirlo a confiar más simplemente en la fidelidad de Dios. Qué restauradoras son para la
fe debilitada estas declaraciones de la Palabra divina que presentan a Dios como
infinitamente inmutable y fiel: «Yo Jehová no cambio» (Malaquías 3:6); «Toda buena
dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay
mudanza, ni sombra de variación» (Santiago 1:17); «Te desposaré conmigo para
siempre» (Oseas 2:19); «Será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su
cintura» (Isaías 11:5); «Ni falsearé mi verdad» (Salmo 89:33); «Grande es tu fidelidad»
(Lamentaciones 3:23); «Fiel es el que prometió» (Hebreos 10:23). ¡Y recordemos además
que la incredulidad del creyente nunca afecta a la fidelidad de Dios! «Si fuéremos
infieles, él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo» (2 Timoteo 2:13). Este es el
único anclaje seguro y verdadero para una pobre alma zarandeada por las olas de la
duda y la perplejidad: saber que Dios no puede faltar a su palabra; que es imposible que
mienta, que si se desviara de su perfección infinita ya no sería un Ser perfecto y, por
tanto, dejaría de ser Dios; saber, de igual manera, que él es fiel aun a pesar de la
infidelidad y las constantes desviaciones de su hijo, fiel en las profundidades de la más
profunda de las aflicciones, fiel cuando las esperanzas terrenales se desvanecen y
cuando las cisternas humanas se resquebrajan, y cuando el alma se siente impulsada a
exclamar: “¡Ha fallado su fidelidad». ¡Qué manantial es para la fe puesta a prueba y
debilitada este concepto que Dios mismo nos ha dado de su carácter glorioso y perfecto!
No es cosa desdeñable que la fe camine con Dios cuando las tinieblas rodean el alma y no
se divisa luz; sentir que él es fiel en medio de las olas tempestuosas; que aun cuando él
nos mate, el alma puede confiar en él; que aun cuando nos privara de todo lo demás,
jamás privaría a su pueblo de sí mismo. ¡Qué glorioso triunfo de la fe! “¿Quién hay entre
vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de su siervo? El que anda en tinieblas y carece
de luz, con!e en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios» (Isaías 50:10).
Otra cosa que contribuye en gran medida al avivamiento de una fe débil y
languideciente es recordar que cuando el Señor se dispone a conceder determinada

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 17
misericordia siempre exige un esfuerzo de fe por ella. El creyente experimenta algunas de
las misericordias más exquisitas del pacto por medio de un esfuerzo de fe: quizá sea un
proceso arduo y doloroso; puede que la fe sea fuertemente puesta a prueba durante largo
tiempo y, sin embargo, la bendición que reportará compensará con creces todo el llanto,
el sufrimiento y las lágrimas que haya ocasionado. No te sorprendas, pues, ante
cualquier dura prueba de fe; ten por seguro que cuando sufres semejante prueba, Dios
está a punto de conceder a tu alma alguna gran misericordia que quizá no habías
experimentado hasta la fecha. Quizá se trate de un esfuerzo de fe para alcanzar una
bendición espiritual, y que el resultado sea una profundización de la obra en tu corazón,
un incremento de tu espiritualidad, una pérdida de confianza en la criatura para confiar
de forma infantil en el Señor, un conocimiento más íntimo y santificador del Señor
Jesús. O puede que se trate de un esfuerzo de fe para alcanzar una misericordia terrenal,
para proveer alguna necesidad, para salir de algún apuro económico, para ser liberado
de alguna dificultad concreta; pero, independientemente del carácter de la prueba de fe,
el resultado es siempre seguro y glorioso. El Señor puede llevar a su hijo por caminos
di!ciles y angostos, puede rodearlo de espinas para que no tenga escapatoria, pero el
motivo no es otro que llevar al alma a confiar más plenamente en él; que, en situaciones
extremas, cuando ninguna criatura venga en su ayuda, cuando se ha quedado sin
refugio y nadie se preocupa por su alma, que en tal circunstancia la fe acuda a aquel que
nunca reniega de su obra, sino que siempre responde a la manifestación más temblorosa
y presta oídos al clamor más débil. «De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo. Señor, oye mi
voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica» (Salmo 130:1–2); «En mi angustia
invoqué a Jehová, y clamé a mi Dios. El oyó mi voz desde su templo, y mi clamor llegó
delante de él, a sus oídos» (Salmo 18:6); «Engrandeced a Jehová conmigo, y exaltemos a
una su nombre. Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores» (Salmo
34:3–4); «Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias» (Salmo
34:6). Aquí tenemos una fuerte prueba de fe, y aquí vemos que tuvo un resultado
bienaventurado. De este modo, se demuestra cierta la Palabra de Dios cuando declara
que «por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría» (Salmo 30:5); «Irá
andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo,
trayendo sus gavillas» (Salmo 126:6).
Pero, no solo eso, la prueba de fe sirve para demostrar la intensidad de esta. No somos
conocedores de la fe que tenemos hasta que el Señor nos llama a ejercitarla; podemos

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 18
llamarnos a engaño en lo tocante a su naturaleza y su grado: quizá caminar sobre aguas
tempestuosas nos parezca cosa fácil, o que dar testimonio de Cristo es sencillo, pero el
Señor pone a prueba nuestra fe. Nos pide que acudamos a él sobre las aguas, y entonces
comenzamos a hundirnos; permite que nos ataquen nuestros enemigos, y nos
arredramos ante esa cruz; pone a prueba nuestra fe y entonces descubrimos lo débil que
es.
La prueba de fe es también una forma de comprobar su naturaleza. Es el horno que
pone a prueba el mineral: quizá sea bronce, o hierro, o arcilla, o quizá valioso oro; pero
el crisol lo probará. Hay muchas cosas que pasan por ser fe genuina y no lo son; hay
mucho metal falso, espurio; es la prueba lo que demuestra su verdadera naturaleza. El
verdadero carácter de Judas no salió a relucir hasta que su codicia fue puesta a prueba; la
fe espuria de Simón el Mago no quedó en evidencia hasta cuando hubo pensado en
comprar el don de Dios con dinero; Demas no abandonó al apóstol hasta que el mundo
lo apartó. Nuestro Señor expuso tal verdad de forma solemne: «El que fue sembrado en
pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene
raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por
causa de la palabra, luego tropieza. El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye
la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se
hace infructuosa» (Mateo 13:20–22). Pero la fe verdadera resiste la prueba; donde hay
una auténtica obra de gracia en el corazón, no hay aflicción, persecución o poder de este
mundo capaces de expulsarla de él; pero si todo es paja, el viento lo dispersará; si todo es
escoria y oropel, el fuego lo consumirá. Que el creyente humilde y puesto a prueba
muestre, pues, su gratitud a Dios ante cada prueba que muestre la verdadera naturaleza
de su fe y demuestre que es «la fe de los escogidos de Dios». Dios pondrá a prueba su
obra en el alma que disfruta de gracia; toda virtud de su Espíritu será puesta tarde o
temprano en el crisol; pero él nunca apartará la vista; «se sentará para afinar y limpiar
la plata» (Malaquías 3:3) y vigilará para que no se consuma una sola mota del metal
precioso; acompañará a su hijo en todas y cada una de sus aflicciones; no lo dejará solo
ni un momento. Que cada prueba a la que el Padre fiel y bondadoso somete su propia
obra de misericordia sea recibida con gratitud en lugar de murmuraciones, con gozo en
lugar de tristeza, «para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el
oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y
honra cuando sea manifestado Jesucristo» (1 Pedro 1:7).

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 19
Ten cuidado de no convertir la fe en un salvador. Existe el peligro —y nunca podemos
ser lo suficientemente cautos en este sentido— de sustituir la obra de Cristo por la obra
del Espíritu; este error es el que conduce a muchos santos a buscar en su interior, y no
fuera de ellos, las pruebas de su llamamiento y su aceptación; y así, igualmente, son
muchos los que se mantienen durante todo su camino espiritual en un estado de
cautiverio y temor, sin que la gran cuestión quede zanjada de forma definitiva o, lo que
es lo mismo, sin que lleguen a estar del todo seguros de su filiación. La obra de Cristo es
una gran obra completa; es tan gloriosa que no admite comparación, tan completa que
no permite añadidura alguna, y tan esencial que no da lugar a sustituciones. Por valiosa
que sea la obra del Espíritu Santo en el corazón, y aun cuando sea esencial para la
salvación del alma, quien la pone en el lugar donde debiera estar la obra de Jesús
trastoca el orden del pacto, obstruye la fuente de su seguridad y se granjeará sin la
menor duda la angustia y la incertidumbre para su alma. La justicia, la paz y el gozo son
el fruto de una creencia plena en el Señor Jesucristo; y quien los busque en algún lugar
distinto de la cruz se llevará una decepción: pero sí se encuentran en Jesús. Quien aparte
la mirada de sí mismo, de su vileza, su culpa, su vacuidad y su pobreza, y crea firme y
plenamente en Jesús, sabrá lo que es el perdón y experimentará el amor de Dios
derramado sobre su corazón en abundancia.
Si tu fe, pues, está débil y sometida a prueba, no te desanimes; la fe no te salva.
Aunque sea un instrumento de salvación, y como tal de inmensa importancia, no es más
que el instrumento; la obra completa de Emanuel es el fundamento de tu salvación, es tu
mismísima salvación. No conviertas tu fe, pues, en un salvador; no la desprecies si es
débil, no te jactes de ella si es fuerte, no la pisotees si es pequeña, no la divinices si es
grande; esos son extremos a los que todo creyente está expuesto. Si tu fe es débil y está
fuertemente sometida a prueba, no significa que no seas creyente; pero la prueba de tu
aceptación por el Amado debe derivarse exclusivamente de Jesús; que tu lema, pues, sea
siempre «puestos los ojos en Jesús»; mirarlo tal como eres; mirarlo cuando tu fe sea
débil; mirarlo cuando tu fe sea puesta a prueba; mirarlo cuando tu fe esté
languideciendo, mirarlo hasta cuando temas no tener fe. ¡Levanta los ojos, alma tentada
y puesta a prueba! Jesús es el Autor y el Sustentador de tu fe, y será su Consumador. En
él está todo lo que necesitas: un solo atisbo de su cruz, por débil que sea; un roce de su
túnica, por leve que sea; te elevará desde las mayores profundidades, aligerará tu carga
más pesada, iluminará tus más oscuras previsiones, y cuando llegues a la orilla del

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 20
Jordán te llevará a salvo a través de sus corrientes y te depositará en las verdes orillas de
Canaán. Que esta sea tu oración, pronunciada incesantemente ante el trono de gracia
hasta recibir respuesta: «Auméntame la fe», y entonces, junto con el santo Pablo, se te
capacitará para exclamar con humilde certidumbre: «Yo sé a quién he creído, y estoy
seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día» (2 Timoteo 1:12).

Winslow, O. (2013). El enfriamiento espiritual. Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.
Exportado de Software Bíblico Logos, 22:02 7 de julio de 2020. 21

También podría gustarte