CARTA A VALENTINA
“No soy malvado, trato de enamorarte
Intento ser sincero con lo enfermo que estoy
Y entrar en el maleficio de tu cuerpo
Como un río que teme al mar,
Pero siempre muere en él.”
Raúl Gómez Jattin
¡Fantasía!- Gritaba después de leer el último tomo de la Rue de Velveur- Que agonía,
sentir el pesar de este libro en mis pupilas ya tristes. La noche es quebrada, la habitación un
snob de Baudelaire. El humo de la pipa se confunde con el aire toxico de estos tiempos.
Sepa, el que leyere esto, que esta ciudad es la profana, la santísima ciudad de las mil
verdades. También sepa que mis estudios no me permiten para más, que soy pobre y
desdichado, que la suerte es una perra de las más grandes y que todo lo que vivo no es más
que un producto de un azar que no logro comprender. Mi nombre es Urier de la Santa
Bodom, no sé muy bien escribir, mis poetas son los de siempre, las noches son las mismas,
y escribir eso es tan vacuo como las clases en la Universidad, como el café de la media
mañana, o esas cabezas que caminan agachas. Siempre he tenido una fascinación por la
literatura; el escribir, leer, llorar y fumar son mi vida. Pienso, luego leo, o leo y luego
pienso. Que vanidad todo. A saber; donde está la diosa de los lirios, la que canta cada
mañana, la quimérica diosa de los mil y un amores, de la ubicuidad y otredad, del deseo
mío que es a la ves el deseo profano de la humanidad. ¿A donde va todo el amor de los
seres? Perras, todo es una perra triste, una salvajada y explotación. Anoche soñé con lo
absoluto, con unos libros, en algún lugar de todo este mierdero de ciudad, la jarra llena de
un wiski y hielo, la prostituta tirada y la pipa encendida, escuchando jazz, pasando después
por el hermoso piano de Harlow, llegando a la voz de Lavoe, y terminar en el violín de
Pupi. La música, el sexo, los libros, lo profano. La dicha mundana. Fue un buen sueño, de
los mejores que he tenido en mucho tiempo. Mi vida es sencilla, no merezco mucho porque
no soy nada, agradezco el no ser, porque el ser cansa. El absurdo de la huida es más
cómodo que la acción de afirmarse como subjetividad. Pero aun así, es bueno siempre
afirmarse. No soy un absurdo, solo que en ocasiones no logro la ambigüedad existencial.
Tácito, ebrio, con el jazz en la boca, la ambigüedad así es muy difícil.
II
Que vanidad tu cuerpo, con que suavidad se deja tocar en las noches, en el pretil, en la
esquina de la calle. Anoche casi muero con Gonzalo, estábamos solos en la habitación,
fumando lo que las personas fuman, y leyendo esos libros nadaistas que tanto nos encantan.
Sigo pensándote aún más, pienso mucho en tus senos, en tus labios y esa forma de mirar
tacita. Te deseo aquí, junto a mí, tan cerca; lo más posible de esta entidad llamada hombre
que se confunde en el crepuscular de la noche, fumando lo imposible y pensando.
Todas las mañanas son la mañana, así que todos los hombres son el hombre, y mi deseo por
ti es un deseo cualesquiera de un hombre por una mujer. Aún recuerdo cuando te conocí, en
la vaguedad de un concierto, con el aire enfermo de humo, los sonidos fuertes y ese circo
en la mitad, que era la representación vana de todo a su alrededor. Siento ese momento
como mío, de los dos, perfecto entre todo ese caos. Tu cara sonriente, con ese imperfecto
corte, una voz frígida y un cuerpo obsceno. El perfume bohemio en tu cuerpo, un saco
chándal de muy mal gusto y un pantalón jean que ya ni recuerdo. Estabas mundana, como
siempre, porque la característica tuya no es la belleza aunque lo seas, aunque tus rasgos
sean cuasi perfectos, eso no es lo que importa, a saber, lo maravilloso de tu aspecto es la
mundanidad, la imperfecta perfección del ser humano reflejada en ti. Tú belleza; única,
altísima, símil a los mil ojos de Argos, a la ubicuidad, a lo sublime. Tiene el aspecto
terrenal, de poderla tocar, tener, aprehender y guardar en una cajita y ponerla en el tocador,
tenerla ahí y a cada nada volver para apreciarla y llenar de belleza el espíritu.
Todo fue abrupto, el tiempo de mirarnos, los coqueteos nulos, los abrazos. Parecía que todo
se fundiría en un comercio sexual, en la vanidad, en el deseo. Ya ves que las cosas
cambian, como la canción. Todo es tan absolutamente absurdo, deberíamos reinventar todo,
como el artista, como un poeta. Nunca negarnos a soñar, a vivir, a inventar nuevos mundos.
El tiempo dejo que todo madurara. Tu ausencia desde el primer encuentro me peso poco, y
confieso que fui un aventurado procrastinador. Hasta antes de ti, el tiempo pasaba entre la
droga, los libros, los clubes, la música latina- que tú sabes que me fascina-, por supuesto la
trova, un poco de libertad y poesía, mujeres y prostitución. Mi existencia era nada, aunque
sigue así, he optado por subordinar el nadaísmo a algo más amplio, a algo más terrenal.
Las noches son la noche, la oscuridad el vacío, este vino las uvas de ayer, escribí un día
pensando en ti. Ya te amaba hace mucho, ya soñaba con tu sexo, con tus senos, con la
carnalidad del comercio, con tus besos y con tu amor. Ya sabía que eras tan mía como esto
que escribo, que me deseabas, que nuestra vida tendría que coincidir una vez más.
La ciudad grande, las autopistas, todo tan extraño. Empezamos siendo dos entidades
solitarias en este rio de gente. La soledad ¡Oh soledad! ¡Amiga nuestra! ¿A donde te has
ido? Lejos de aquí, vete entre el vacío. No puedo amarte más que en este momento, pero no
prometo amarte de la misma manera toda la vida, sería muy aburrido este amor así. Con el
tiempo he pasado de amar tu cuerpo, tus senos, tu sexo; a amar tu sonrisa, la forma en la
que duermes, tus impaciencias ante el absurdo- que a mí me fascina tanto- las horas tristes,
y todo eso que te conecta a este mundo, porque solo así salgo de la idea divina que tengo
sobre ti. Aquí, ahora, tu yo tan mío, tan sujeto a esta otredad, a este sujeto que no sabe
cómo expresar su amor si no es escribiendo. ¡Oh dulce mía, mía para siempre, tuyo eterno!
Tu escritor esta triste por tu ausencia de estos días. Tu poeta llora, se angustia. Sueño
contigo cada momento que no te tengo, esta dependencia a tu existencia es un absurdo. No
dependo de ti en lo absoluto, mi emancipación está asegurada. Sin embargo necesito que
estés aquí, conmigo. Porque tu llenas un vacío que todo ser tiene, y es encontrar al otro
desde la otredad. Te necesito no para objetualizarte sino para tener paz en mí, por
cuestiones espirituales necesito tu ser conjugado con el mío.
Con Gonzalo hablamos sobre el idealismo alemán, y un poco sobre Marx. Ya sabes, las
típicas discusiones filosóficas que talvez te aburran en exceso. Te llevo en mí todo el
tiempo, a cada segundo de cada minuto, en cada minuto de toda hora, a toda hora de cada
día. El amor, que vaguedad. Una vanidad, porque es ilusorio pensarlo más allá de ti, del
otro, de esa otredad que menciono tanto. Musa mía, pintura de Dalí, soneto de Chopin. Un
pequeño fragmento de Cortázar “Pero el amor, esa palabra… Moralista Horacio, temeroso
de pasiones sin una razón de aguas hondas, desconcertado y arisco en la ciudad donde el
amor se llama , con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los
pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los
olvidos o los recuerdos.” Y esto otro “Lo que mucha gente llama amar consisten en elegir
una mujer y casarse con ella. La elijen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en
el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad
del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al verse. A Beatriz no se
la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos
cuando salís de un concierto.” Retomo a Cortázar amor mío, porque mucho de él es
nuestro. Desde el principio; “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para
encontrarnos.” Es preciso que estas dos entidades se encontraran en esta existencia. ¡Que
hubiera sido sino! Me calaste, lo sé, lo sabes. Irrumpiste en mí con violencia desde el
primer encuentro, porque a pesar de no probar tu savia, tú quedaste impregnada en mí.
Sepa, querida mujer, que desde esa primera mirada, siempre he querido estar con usted.
Preciso, que jugaba a tenerte entre mí, a abrazarte y compartir mi existencia con la tuya. Es
repetitivo esto, y es porque en realidad soy un pésimo escritor, pero sé que a ti te alegra
leerme, y a mí me alegra que tú me leas. Sigo: no deje de pensarte un poco en todo ese
tiempo de ausencia, no siempre igual, en ocasiones me turba el pensamiento carnal, en otras
la sensibilidad y ternura, pero siempre me doblego tu inteligencia, esa forma de hablar de
Nietzsche, de filosofía, de libros. Estaqueado. Blasfemo contra el que te cambio, aunque ya
has vuelto, desde viaje espiritual. Ya sos la misma de antes, aunque eso nunca impidió que
te amara. Pero me hace muy feliz tenerte completa, en tu cuerpo y en tu ser.
Hasta ahora hemos tenido una existencia conforme. Me gustan nuestras discusiones
dogmáticas, que te cierres y cerrarme. Que encuentre poder alguno para cambiar. Todo eso
es tan bello, porque en el fondo todo eso es terrenal. Porque sin eso, el absoluto me
doblegaría, me subordinaría a ti. Te dejo ahora, porque mi tiempo es poco, necesito volver
a las lecturas típicas de un filósofo, además del nadaísmo que me encanta y los poetas
malditos. Espero que solo logre separarnos el fin de nuestro existir.
Muy tuyo.