Propedéutica del Arte
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Una antigua creencia oriental afirma: «Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están
destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede
estirar o contraer, pero nunca romper». Pero y ¿si no fuese uno sólo, sino muchos? ¿Qué
pasaría si se enredan? , ¿Si se rompen?
By Paola Rojas H- Photography.
El documento a continuación ha sido extraído de la revista “Signo y Pensamiento”, No.20, Primer semestre de 1992
Colombia.
MÁS ALLÁ DEL VER ESTÁ EL MIRAR
(PISTAS PARA UNA SEMIÓTICA DE LA MIRADA)
Por Fernando Vásquez Rodríguez1
“Al principio nada fue.
Sólo la tela
blanca y en la tela
blanca, nada...
Por todo el aire
clamaba,
muda,
enorme,
La ansiedad de la Mirada”.
Pedro Salinas
Una semiótica de la mirada, es decir, una lectura de la mirada como
signo, nos invita a establecer una serie de precisiones. Precisiones que buscan,
sobre todo, proponer distinciones y crear diferencias.
1. Cara, rostro, máscara
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Licenciado en Literatura de la Universidad Javeriana. Actualmente es Director del
Departamento de Expresión y profesor del área de semiótica en la Facultad de Comunicación
Social, Pontificia Universidad Javeriana.
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Antes de hablar de la mirada, debemos ubicar primero una zona mucho
más amplia que es el rostro. He dicho rostro y no cara, ¿por qué?
Establezcamos diferencias. La cara es física, natural; el rostro es una obra
humana. El rostro es una construcción.
La cara forma parte del cuerpo; el rostro está prendido a nuestras
imágenes. Sabemos de nuestra cara por los demás, pero cuando ellos nos la
describen, casi nunca coincide con la que nosotros creemos poseer. Nuestro
rostro es una arquitectura. Pensemos en las veces que, mirándonos en un
espejo, tratamos de grabar un rasgo, una característica de nuestra cara, pero
luego -aunque tratemos- no podemos reconstruirla cabalmente. La cara sólo
permanece por la idealización hecha por el rostro. El rostro detiene el fluir de la
cara. Y así como el rostro paraliza la acción temporal inherente a la cara, así la
máscara detiene, momifica, la metamorfosis del rostro. La máscara es la
Gorgona del rostro.
Rostro y máscara. La máscara endurece el gesto. Y de las variables
transfiguraciones del rostro sólo guarda una forma, un arquetipo. La máscara
tipifica, modeliza; conviene el viento en roca, el agua en lava seca. Ponerse
una máscara, fuera de ocultar nuestra cara, es también polarizar cualquier
avatar del rostro. Por lo mismo, usar máscara es una estrategia de defensa o
de intimidación; las máscaras nos defienden de los dioses o nos convierten en
uno de ellos. Si el rostro es contingente y mutable, la máscara es todo lo
contrario. De allí su poder ritual y religioso: la máscara evita el gesto, o mejor,
detiene el tiempo.
La máscara es lo eterno.
Somos guardianes, guardadores de rostros, no de cuerpos. y cuando
reclamamos una presencia, lo que ansiamos es la evidencia de un rostro. Estar
presente es tener un rostro. Quizá por ello, ante la mentira, lo monstruoso o la
falta, nos cubrimos la cara y, así, cubiertos, construimos el rostro de la
vergüenza, el temor o la culpa. Vivimos entre caras; convivimos con rostros.
2. Ver, mirar
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Valga otra distinción. El ver es natural, inmediato, indeterminado, sin
intención; el mirar, en cambio, es cultural, mediato, determinado, intencional.
Con el ver se nace; el mirar hay que aprenderlo. El ver depende del ángulo de
visión de nuestros ojos, el mirar está en directa relación con nuestra forma de
socialización, con la calidad de nuestros imaginarios, con todas las
posibilidades de nuestra memoria.
Para el ver, la desnudez; al mirar, el desnudo. En la desnudez se está; al
desnudo se llega. He aquí una distinción paralela a la que hay entre placer y
goce. El placer, cercano a los órganos; el goce, vecino de la imaginación.
Ver y mirar. El ver busca cosas; el mirar, sentidos. Y si las ciencias
naturales han mejorado las limitaciones de nuestro ver, son las ciencias de la
cultura las que han conquistado y legitimado las diversas formas de mirar. Ver
es reconocer; mirar es admiramos.
Eloy Morales de cuadros muestran la singularidad de caras humanas
( y mente mezcla paciencia )
3. Mirada y símbolo, estética del mirar
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El salto de la vista a la mirada es un acto simbólico. Toda mirada
configura, da nueva figuración. La Mirada es la primera manifestación artística
del hombre; un arreglar el mundo. La mirada es ya principio estético.
El hombre abrió los ojos y vio muchos seres, muchas cosas... lo que
anhelaba ver y no encontraba, lo que ansiaba tener y no veía, lo convirtió en
mirada. Lo hizo obra suya.
Del ver no proviene la belleza; es al mirar a quien le corresponde la
gestación, el anhelo de lo perfecto. Las formas artísticas son, de por sí,
miradas. Armonía, proporción, equilibrio, son estrategias del mirar; creaciones,
símbolos de una antigua batalla entre la especie y la historia; una lucha entre lo
dado y lo creado.
4. Mirones, miradores
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Así como hay una distinción entre ver y mirar, debemos diferenciar entre
el mirón y el mirador. El mirón (otros lo llamarán voyeur) es alguien que
curiosea. El mirón es el puente entre el ver y el mirar. Un mirón es un ser
medianero. Una mirada de primer nivel. El mirador es otra cosa. Un mirador es
un sibarita: usa sus ojos para hacer espectacular lo que ve. El mirador
convierte, transforma lo inmediato (visto por el mirón) en mediatez; lo obvio en
obtuso, diría Barthes. Un mirador dispone, arregla, ilumina, agrega, superpone,
maquilla, oscurece, emborrona, se acerca, se aleja... Un mirador de gusta,
cata, rumia lo que el mirón traga con premura. Un mirador estudia, tiene un
estudio; el mirón -por su afán y su pereza- se contenta con que otros le presten
o le hagan la tarea. Un mirón no participa del juego; el mirador es un jugador.
El mirón es morboso; el mirador, erótico. El mirón busca la satisfacción
rápida del placer; el mirador la lenta y nunca abarcable piel del goce. Por eso el
mirón se aburre con facilidad, y de allí también la necesidad de nuevas cosas
para ver; el mirador nunca se cansa de mirar el mismo cuerpo, la misma figura,
el mismo rostro. Un mirador descubre nuevos tintes, nuevas formas; otras
sombras, otros gestos. El mirador nos revela lo que el mirón apenas reconoce.
Un mirador, además de ser una persona, es un lugar. Como el señor
Palomar, ese personaje de Italo Calvino, meticuloso, atento, exquisito; ese
explorador de la mirada que podía leer una ola, una estrella, los amores de las
tortugas o la piel de las iguanas. El señor Palomar, mirador de la luna de la
tarde, la luna que nadie mira y que necesita mirarse "puesto que su existencia
está todavía en veremos". El señor Palomar, mirador insigne que, desde una
terraza, desliza miradas de pájaro sobre la ciudad:
"La forma verdadera de la ciudad está en ese subir y bajar de los techos,
tejas viejas y nuevas, acanaladas y chatas, cumbreras gráciles o pesadas,
pérgolas de cañizo y cobertizos de fibrocemento ondulado, barandillas,
columnitas que sostienen macetas, albercas de chapa, tragaluces, lumbreras
de vidrio, y sobre todas las cosas se alza la arboladura de las antenas de
televisión, derechas o torcidas, esmaltadas u oxidadas, en modelos de
generaciones sucesivas, diversamente ramificadas y retorcidas y aisladas, pero
todas flacas como esqueletos e inquietantes como totems".
5. Mirada flecha, mirada rayo
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La mirada es un vector. Una flecha, un rayo. La mirada es algo que uno
"lanza" o recibe de otro. Mirar es lanzarse. Cuando la mirada es flecha, juega a
la velocidad, al tiempo; cuando es rayo, la mirada es luz, espacio. Rápida como
una flecha, coruscante como el rayo. La mirada brilla, resplandece. No sólo
traspasa sino que, además, asombra. La Mirada es un impacto de luz. Un
flechazo que hiere nuestros ojos. Perseguir, dirigir, echar, clavar, tirar, posar,
intimidar...son verbos que acompañan la acción de mirar. Es que la mirada
posee un doble origen: por ser hija de la flecha es humana, pero, por ser su
padre el rayo, es divina. La sangre y el fuego le pertenecen. Por eso, por su
calidad de lanza, de saeta, el mirar es un campo de batalla. De una parte se
intenta invadir, penetrar con la mirada y, de otra, resistir, aguantar, sostener la
mirada. Al mirar entramos en un campo de mirada de fuerzas:
"Y lo miré fijo a los ojos, y él me miró con esos suyos, tan azules y
profundos, tan hermosos: los mismos ojos del abuelo Antonio en esa única
fotografía que quedó de él, ojos de expresión grave, de sujeto orgulloso, bien
portado, hosco y altanero. Ojos de tipo gritón y arisco, desconfiado y
autosuficiente... Enrico me miró y yo le sostuve, la mirada y al cabo acomodó
los cubiertos sobre el plato sucio y sólo dijo, suavemente y bajando apenas
esos ojos impresionantes: 'tenés razón'. Y al cabo de un silencio que era en
cierto modo un ruego y a la vez una declaración de principios, agregó: 'hagas lo
que hagas, siempre, ésta será tu casa', y después suspiró y yo también y creo
que en ese momento nos quisimos más que nunca pero no fuimos capaces de
decirlo..."
6. Miradas pesadas, miradas livianas
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Si tuviéramos que hacer una taxonomía de la mirada, una clasificación,
yo empezaría por una categoría lo suficientemente general. Hay una serie de
miradas que quitan la vida y otras que la restituyen. Miradas que matan;
miradas que alientan. Las que matan y sus diversidades, están hechas de
plomo. Pesan. Dan pesares. Son miradas duras y duraderas. Miradas que
aplastan, imposibilitan, encarcelan, intimidan o nos dejan ciegos. La otra clase
de miradas son las que vivifican, las que nos dan un nuevo aire, una
esperanza. Miradas livianas éstas, imperceptibles, sutiles. Miradas que son
como aire, como brisa; miradas aladas, miradas liberadoras y liberatorias.
Valga de paso una aclaración. La mirada puede dársenos como premio o
como castigo. Lo que en Narciso, por ejemplo, era mirada gratificante, fue
luego, mirada terrible, dolorosa. La levedad de una mirada compasiva, si es
falsa, puede convertirse en humillación. Y la pesadez de la mirada de odio,
parece de aire, cuando se torna perdón. Pesadez y levedad dicen de la mirada
su constancia y su ritmo, su frecuencia y sus intervalos. La mirada, flecha de
luz, sabe que ella contiene la posibilidad de la sonrisa o el llanto.
La mirada y sus taxonomías. Milan Kundera escribe: "sería posible
dividimos en cuatro categorías, según el tipo de mirada bajo la cual queremos
vivir.
La primera categoría anhela la mirada de una cantidad de ojos
anónimos, o dicho de otro modo, la mirada del público...
La segunda categoría la forman los que necesitan para vivir la mirada de
muchos ojos conocidos...
Luego está la tercera categoría, los que necesitan de la mirada de la
persona amada...
Y hay también una cuarta categoría, la más preciada, la de quienes viven
bajo la mirada imaginaria de las personas ausentes. Son los soñadores..."
7. Firmeza y torpeza en el mirar
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Miramos desde lo que somos. "Todo es según el color del cristal con que se
mira", dice un adagio. Es imposible, por lo mismo, encontrar sentidos fuera, si
no los hay primero dentro de nosotros. Un ritmo pictórico, una forma exquisita,
un gesto imperceptible, no cobran sentido sin un ojo educado, sin un ojo
cuidadoso capaz de mirarlos: "un ángel sólo puede estar en la mirada de quien
lo descubre". Digamos que hay grados en la mirada; desde la más obvia, la
más cercana al mero ejercicio de ver, hasta la más fina y aguda, la mirada de
Sherlock Holmes:
"- Me pareció que observa usted en ella muchas cosas que eran
completamente invisibles para mi.
-Invisibles, no Watson, sino inobservables. Usted no supo mirar, y por eso se le
pasó por alto lo importante. No consigo convencerle de la son las uñas de los
pulgares, de los problemas que se solucionan por un cordón de los zapatos...
Nunca confié en las impresiones generales, amigo, concéntrese en los
detalles".
La mirada atenta, perspicaz, la "mirada de lince o de Linceo" sabe que la
importancia de lo infinitamente minúsculo e incalculable, y que la punta visible
del iceberg no es sino una novena parte de todo su volumen invisible. La
mirada más viva y penetrante, la que infiere y abduce, es la mirada policíaca.
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8. Silencios que miran, miradas que hablan
La mirada dice sin hablar. Es un lenguaje especial. Un acto, una
pragmática. De allí su poder y su carga de seducción. Sin que pronunciemos
una palabra, la mirada establece puentes de comunicación, inaugural
sentimientos, enciende pasiones. La mirada comunica y comunica
ambiguamente. Es misteriosa. Abre y oculta a la vez. Sólo un mirador avisado
conoce bien las fases del mirar, sus ciclos, sus tonalidades. La mirada, en su
ambigüedad, puede conducir a un lado o a otro; y importancia de las mangas,
de los sugerentes que lo que leemos como cerrazón, mirándolo con
detenimiento, puede llegar a ser disponibilidad, apertura. Con la mirada nos
entregamos o nos guardamos; nos colocamos distantes o nos situamos -sin
movemos- al lado, junto a alguien que deseamos. La mirada, entonces, opera
como un código en donde cada signo pronuncia palabras inaudibles. Mirar es
aprender a auscultar con los ojos.
La mirada es el habla del silencio. Callar es hablar con la mirada. Por
eso los mayores dolores, las más grandes felicidades las expresamos con
miradas. En silencio. Y ese dicho que afirma que los ojos son la ventana del
alma, no hace sino corroborar una idea anterior: la mirada no está en los ojos.
Es más que ellos. La mirada sale de nosotros por la ventana de nuestros ojos,
alumbra. El cuerpo, solidez de carne, deja entrever un centro de luz cuando
abrimos los ojos. Adentro, lo opaco es claridad.
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9. El poder de la mirada, la mirada del poder
La mirada es un dominio. Ser mirado es estar expuesto. Mirada y
desnudez son polos de un mismo acto. Cuando miramos develamos o
desvelamos: quitamos los velos o el sueño. Ser objeto de mirada es como
andar desnudo. Cuando alguien nos mira ejecuta en nosotros una expoliación.
Pensemos que buena parte de la "urbanidad de la mirada" estriba en ese no
desnudar de una vez, en mirar con cierto disimulo, en mirar discretamente. Y
en esa misma urbanidad del mirar se inscriben también el pudor y la
perversión.
La mirada, hemos dicho, también es un lugar. Digamos ahora que hay
sitios especiales para que la mirada "goce". La ventana, el balcón, el palco, el
mirador, la terraza, el altillo. En todos estos lugares lo que se busca es un sitio
privilegiado. Un lugar excepcional, entre otras cosas, por estar en lo alto.
Arriba. Tal deseo de querer mirar por encima, abarcando la mayor parte
posible, puede ayudarnos a entender la fascinación del hombre por los tronos,
los pedestales, las tribunas. Son innumerables las relaciones que hay entre
mirada y poder. Desde lo alto logramos mirar todo o casi todo. A la par que nos
hacemos menos tocables, podemos controlar, dominar con nuestra mirada.
Superioridad e inferioridad son coordenadas del mirar.
Digamos de paso que cuando otro nos mira en totalidad consigue un
poder omnímodo sobre nosotros. De pronto sea esa la razón por la cual nos
desnudamos en la penumbra; para que el otro no posea sino fragmentos de
nuestra piel. Quizás ese sea el encanto del claroscuro: dejar ver y ocultar al
mismo tiempo. A lo mejor el acierto de algunos desnudos consiste en el manejo
de la sombra -siempre pudorosa- que se resiste a la mirada total de la luz.
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10. Memoria de la mirada, la mirada fotográfica
Una fotografía es un ver y un mirar. Como resultado del ojo mecánico o
electrónico, participa de las mismas características del ver humano. En cuanto
que el fotógrafo la elige, la delimita, la selecciona, la encuadra, la revela, la
fotografía es un mirar. Mecánica y tacto; química e imaginación la forman, la
conforman. Una parte de la fotografía (la lente) es limitación; la otra (el mirador)
es horizonte ilimitado.
Fotografiar es solidificar. La fotografía es máscara. Máscara en cuanto
detención definitiva de lo virtual, de lo discursivo de la vida. La mirada del
fotógrafo es la mirada de Medusa. Detener, retener, convertir en piedra. El
trabajo del fotógrafo, lo sabemos, es esculpir con luz. El fotógrafo talla, es decir,
mira. Y cada mirada suya esculpe sobre el papel un rasgo, una parte, un
ángulo. Medusa que repite "Mírame"...
y, al mirar al fotógrafo, él nos fija. Para siempre.
Una fotografía es la memoria de la mirada. El fotógrafo nos revela. Nos revela
la evidencia de ser seres temporales. Cada fotografía nos recuerda, nos
permite reconocer que lo real está hecho de tiempo. Un álbum de fotografías es
un cementerio de miradas.
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11. Basilisco, Medusa, los monstruos mirantes
El monstruo es un símbolo de nuestra intimidad, de nuestra profunda
memoria psicológica. El monstruo es nuestro doble. Un "otro", una segunda
piel, una zona difícilmente cognoscible. Opaca, oscura, múltiple, inconexa,
fragmentaria. Un monstruo no hace sino recoger esa suma de características y
darles una corporeidad, una figura, una representación visible. De allí la
cantidad de brazos, la heterogeneidad de órganos, la unión de partes
contradictorias; de allí esa recurrencia a los mil ojos. O el ojo que mata, o el ojo
que petrifica. El monstruo es un símbolo de lo que ansiamos ver pero que no
podemos mirar. Y, si miramos, debemos morir.
Hagamos memoria: un ave reptil que mataba envenenando con su
mirada; un ser alado, con escamas, con grandes dientes y con serpientes por
cabellos, capaz de volver piedra lo que miraba. Basilisco y Medusa. O los ojos
centellantes que envenenan el aire; los ojos del basilisco "qué sólo mediante su
mirada mata, sin curación alguna, a aquellos quienes mira primero, pues el
veneno que les arroja los emponzoña hasta el corazón". O el rostro tan feo de
Medusa que "quien lo mira queda petrificado por el terror". En ambos casos,
encontrarse frente a frente con el monstruo, mirarlo, es tanto como fallecer.
Y la única salida, la única salvación, es seguir de cerca los consejos de
Minerva a Perseo: "una vez que llegues delante del monstruo, míralo con el
espejo, cuidando de no mirar en otro lado al espeluznante rostro". El espejo es
el amuleto, lo que mata el monstruo. Hermosa imagen para decir o simbolizar el
recorrido oblicuo, transversal, de llegar a nuestro interior. Es a través de un
"tercero" como logramos conocer, mirar, las zonas más espantosas de nosotros
mismos. Sólo con un espejo podemos "detener", fijar, nuestro lado oscuro. Y,
ya hecho máscara, entonces, hacerlo nuestro. Aceptarlo.
El monstruo muere cuando se reconoce. Salir de la monstruosidad es
una tarea de anagnórisis. Somos abisales; es un enorme y laberíntica selva
submarina la que alberga nuestros monstruos: pasiones, pulsiones, fantasías;
grifos y serpientes, quimeras y demonios; esfinges, dragones, bestias,
vampiros... A lo mejor, todo monstruo desea emerger y, de pronto, para
encontramos con algunos de ellos, tenemos que sumergimos en nuestras
aguas más insondables. Si el monstruo emerge, y no estamos prevenidos,
moriremos. Pero si contamos con un espejo -el "espejo de la verdad", dice Paul
Diel- seguramente traeremos a tierra la cabeza de uno de nuestros monstruos.
Ya en la playa podremos contemplarlo en plenitud, mirarlo detenidamente. "Ese
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también soy yo", diremos. Y podremos ponerlo como enseña en nuestro pecho;
sí, como un escudo protector.
12. Mirada y moral, las miradas prohibidas
Orfeo pudo conquistar la felicidad siempre y cuando no hubiera vuelto la
mirada; la esposa de Lot se habría salvado, si no hubiera mirado hacia atrás;
Moisés no debía mirar la zarza ardiendo; algunas leyendas hablan del precio
que se paga por ver el monstruo: descuartizamiento o pérdida de la vida. En
buena parte de Occidente cerramos los párpados de nuestros muertos para
que no miren, para que su mirada fija, impasible, no nos atemorice... No
debemos mirar a nuestra madre desnuda, Edipo; no debemos mirar dentro de
lo sagrado, tabú... La mirada abarca a toda la cultura. Cada pueblo posee sus
propias reglas, sus prohibiciones sobre o alrededor de la mirada.
Es que mirar es tanto como conocer. Y el conocimiento no es para todos
los ojos, ni puede aprenderse todo de una vez. El mirar es una iniciación.
Interdictos y transgresiones nos moldean, nos afinan en el mirar. Mirada y
crecimiento van de la mano: "no debes mirar, ya puedes mirar". Aquí, lo erótico,
permitido; allá, lo pornográfico, prohibido. Aquí la insinuación de las formas,
permisivo; allá el realismo de los órganos, agresivo. Sobre la mirada se legisla;
las morales y los credos la convierten en su comodín: "si miras, te condenas; si
no miras, te salvarás".
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13. La mirada amorosa, la mirada que siembra
Tomas Segovia escribe que "los amantes se miran a los ojos, un punto
antes de que el amor los vea", y Pedro Salinas dice: "lo que se ha mirado así,
día a día, enamorándolo, nunca se pierde, porque ya está enamorado". Son
infinitos los versos, los poemas dedicados a la mirada, más en todos ellos, por
lo general, la mirada que se canta es la mirada del amor. "Pues el mirar es sólo
la forma en que persiste el antiguo deseo", comentaba Luis Cernuda. "Tal vez
amar es aprender a mirar... Las miradas son semillas; mirar es sembrar", nos lo
ha repetido Octavio Paz.
La mirada amorosa, sobre todo, siempre, inventa, puebla mundo:
"sabemos posar un beso como una mirada / plantar miradas como árboles".
Esa mirada amorosa, gestora, es la misma mirada capaz de otorgar un
ser, un nombre:
"de mirarte tanto y tanto / del horizonte a la arena, / despacio / del
caracol al celaje, / brillo a brillo, pasmo a pasmo,/ te ha dado nombre: los ojos /
te lo encontraron, mirándote..."
La mirada amorosa insufla nueva vida; da u otorga fuerza:
"es bajo tu mirada donde nunca zozobro;/ es bajo tus miradas tranquilas
donde cobro / propiedades de agua...".
La mirada amorosa vivifica.
Además de instaurar un territorio de vida, la mirada amorosa también
revela a los amantes. Pone al descubierto secretos, ansiedades. Es el lenguaje
de las más profundas confidencias:
"dice tu mirada / que de noche, a solas / suspiras y dices en la sombra /
las terribles cosas..."
Más esta revelación de la mirada amorosa es un misterio: esconde a la
par que muestra. Seduce:
"en tus ojos, un misterio; / en tus labios, un enigma./ Y yo, fijo en tu
mirada/y extasiado en tus sonrisas".
La mirada amorosa, entonces, es la mirada que reconoce en el silencio
las secretas palabras del deseo.
La mirada amorosa, la que al mirar presiente paraísos, otea sueños,
descubre frescas aguas, es la mirada cantada una y otra vez por Dante:
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"y si alzo los ojos para miraros, se inicia en mi corazón un
estremecimiento que hace que el alma se separe de los pulsos".
Mirada amorosa llena de ansiedad, de susto, de angustia. Mirada
esquiva, a veces; desafiante, otras. Mirada provocativa, incitante, excitante.
Mirada de los indicios. Con ella reclamamos, nos reconciliamos o nos decimos
adiós:
"¿Por qué no despedirse de frente, sí, de frente, ir paso a paso atrás,
pero mirándose, de modo que la última imagen de nosotros fuera siempre la de
unos ojos que aunque ya no ven siguen mirando siempre a lo que quieren"?
La mirada amorosa es la más bella de las miradas porque permite
reconocemos. Porque es la mirada que otorga un rostro a nuestro cuerpo;
porque es la mirada que nos salva de la soledad y del olvido. Así sea,
momentáneamente.
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14. El grano del mirar, bifrontalidad de la mirada
Lo mejor de la mirada, su destello; lo peor, su fulgor. Espontaneidad y
saturación constituyen el grano del mirar. La mirada inesperada, gratuita, nos
atrae; la mirada previsible, rutinaria, nos repele. Nos fascinan las miradas
esbozadas, sin terminar; nos fastidian las miradas acabadas, concluidas. Las
miradas privadas, cautivan; las miradas públicas, ofenden.
"La mirada acaricia Fijándose y desdeña Apartándose", escribió Luis
Cemuda. El mirar da o no ofrece privilegios. La mirada puede otorgamos un
nombre o dejamos en el anonimato. Caricia cuando somos elegidos; desdén, si
nadie nos elige.
El mirar es bifronte. Uno de sus flancos contiene las anunciaciones; otro,
las renuncias. U no de sus frentes es abundancia de presencias; otro, escasez,
carencia. La mirada es bifronte: o es mapa o laberinto. La mirada puede
indicamos el camino a la ternura o dejamos en la intemperie del abandono...
Amos y esclavos somos del mirar... "¡Mírame, no dejes de mirarme!. No. ¡Ya no
me mires, no quiero tu mirada!. Insisto. ¡Mírame, o ya no merezco que me
mires!... ¡Mírame!”
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15. La mirada y el espejo, el autorretrato
Mirarnos. Ver un espejo y reconstruir la mirada de nuestro ser. Decimos:
ese soy yo. ¿Cuál era el afán de van Gogh que motivó tantos autorretratos?
¿Cuál era la causa de tal insistencia? Rembrandt también fue un obsesivo. Y
Darío Morales, al final de sus días. Hacerse una serie de autorretratos. ¿Para
qué? ¿Qué hay de diferente en nuestro rostro de un día a otro, de un mes a
otro mes? Qué hay de distinto, para que pueda ser mirado. Quizás la mirada
más compleja, la mirada que muy pocos podemos proponernos como tarea sea
la de indagar el lento cambio de nuestro rostro. Su aparición y
desmoronamiento. Un rostro es un paisaje. Y, al igual que la naturaleza, va
asumiendo nuevos pliegues, nuevas manifestaciones. Nuestro rostro cambia
como varía la tierra, imperceptiblemente. Nuestro rostro es otra geografía:
invisible. De allí que la insistencia en el autorretrato sea el oficio de aquellos
trabajadores del mirar, de los topógrafos, de lo orógrafos del tiempo.
Recordémoslo: ese rostro que vemos igual cada día, no es el rostro de ayer, ni
mucho menos el rostro de mañana. Repitámoslo: más allá del ver está el mirar;
más allá del espejo está el tiempo.
José Luis Cuevas hace un autorretrato y José Emilio Pachecho le canta:
"aquí me miro ajeno/ me desdoblo / para mirarme como miro a otro/
lentamente mis ojos desde dentro/ miran con otros ojos la mirada / que se
traduce en líneas y en espacios. Mi desolado tema es ver qué hace la vida /
con la materia humanal cómo el tiempo/ que es invisible / va encarnando
espeso / y escribiendo su historia inapelable / en la página blanca que es el
rostro..."
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16. La mirada imposible, la mirada vacía
Cómo quisiéramos entrar en la muerte con los ojos abiertos, así como
soñaba Adriano, el personaje de la novela de Marguerite Yourcenar; cómo no
mirar ese último paisaje de la vida. Poder mirar la propia muerte. Sin embargo,
esa es la mirada imposible. La no mirada. Quiero que se me entienda bien, la
mirada imposible no porque falten los ojos, sino porque ya no hay tiempo en
nuestras venas. Somos mirada en tanto transcurrimos; después, el silencio de
los ojos. Mutismo de la mirada. La mirada del morir es el espejo de la mirada.
Cambiamos de ruta y empezamos a miramos, a mirar hacia dentro. Eso lo
intuimos, lo imaginamos. Entonces, ¿por qué esa mirada es imposible? Porque
ya no nos sirven los ojos de este mundo, porque tenemos que cambiar de
miradores.
Sabemos que en el sueño miramos, pero lo sabemos porque
despertamos. En la mirada del morir, en cambio, no hay despenar. Sólo fijeza,
máscara. Disparo hacia dentro, luz que apaga un resplandor. Mirada vacía de
mirada.
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