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Símbolos en Psicoterapia: Clave del Cambio

El documento describe la importancia de los símbolos en el proceso de psicoterapia. Explica que para que el análisis sea exitoso, el cliente debe poder relacionarse a nivel simbólico e interpretar los significados de eventos de su vida y sueños. También contrasta las actitudes racionales frente al proceso, como esperar un diagnóstico o tratamiento unilateral, con la necesidad de una dimensión simbólica para un genuino cambio. Finalmente, analiza un sueño de una paciente para ilustrar cómo los símbolos pueden tener un efect

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Símbolos en Psicoterapia: Clave del Cambio

El documento describe la importancia de los símbolos en el proceso de psicoterapia. Explica que para que el análisis sea exitoso, el cliente debe poder relacionarse a nivel simbólico e interpretar los significados de eventos de su vida y sueños. También contrasta las actitudes racionales frente al proceso, como esperar un diagnóstico o tratamiento unilateral, con la necesidad de una dimensión simbólica para un genuino cambio. Finalmente, analiza un sueño de una paciente para ilustrar cómo los símbolos pueden tener un efect

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Editorial Fata Morgana, S.A. de C.V.

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Símbolos y Transformación - El significado de los


Símbolos dentro del Proceso Analítico.

Por Dr. Paul Brutsche

Los símbolos juegan un papel esencial en la psicoterapia. Son de tal


manera importantes en ésta, que para que el proceso tenga algún
efecto, es decir, para que el análisis sea exitoso, el cliente debe ser
capaz de relacionarse en una dimensión simbólica. Si alguien no es
apto en usar su fantasía, de trabajar ampliamente con el terapeuta en
descubrir los posibles significados de los eventos de su vida o de
confiar y dar crédito al inconsciente y a sus sueños, entonces será muy
dudoso que la terapia proporcione efecto alguno. Es posible darle al
cliente asesoramiento y reorientación, puede recibir ánimo y apoyo,
pero si la sensación de una dimensión simbólica no está presente,
finalmente ningún cambio real ocurrirá. Una conditio sine qua non para
una verdadera transformación de la personalidad y para un genuino
proceso de cambio es la habilidad que tenga el analizado, de abrirse
hacia una dimensión simbólica.

Cada niño tiene la habilidad de pensar simbólicamente. Sin embargo,


mucha gente parece perder al menos parte de esa habilidad, y por
varias razones. Hablando en general, las personas detienen el
pensamiento simbólico porque dan prioridad al pensamiento lógico
abstracto.

Parte I: Consciencia Simbólica.

Quisiera primero diferenciar y describir dos actitudes: la racional y la


simbólica.

Primero, la actitud racional:

1. Esta es la actitud que nosotros vemos cuando, por ejemplo,


quien es analizado espera que el proceso traiga la curación a
través de un diagnóstico claro de las perturbaciones en su
psique, como si fuera una enfermedad en la cual es posible
aplicar medidas adecuadas. El eje del tratamiento puede
describirse así: una terminología precisa puede aplicarse a una

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enfermedad definida, que existe como tal e independiente del


individuo, y pueden tomarse los pasos adecuados para
eliminarla.

Algunas personas desconocen realmente de qué se trata en el


análisis y debido a eso, aplican en forma automática un modelo
que les es familiar, el del tratamiento médico. Pero ellos no son
los únicos que creen que el “especialista erudito” puede dar el
nombre correcto al problema y, por así hacerlo, como si las
palabras adquirieran un poder mágico, desaparecerlo. He visto a
personas muy preparadas, que saben mucho acerca de
psicoterapia y que tienen la misma creencia. Usando su talento
con las palabras y términos especializados, pueden formular un
auto-diagnóstico. Lo hacen muy bien, pero ese “enfoque
psicológico” no les ayuda: no elucida el problema y no los libera;
al contrario, los hace sentir inseguros y ansiosos. También es
obvio que este enfoque no contribuye a un desarrollo ni a un
cambio psíquico genuino, más bien lo contrario: adherirse a
conceptos racionales hace imposible la transformación.

2. Otra forma de actitud racional es la del paciente que


instintivamente espera que el tratamiento sea una acciòn
unilateral de la parte del terapeuta. Me refiero a que el terapeuta
es considerado como un especialista provisto de conocimiento y
experiencia, que se sentará junto a él y lo convertirá en objeto
de sus esfuerzos y receptor de sus conocimientos. Entre paciente
y terapeuta no hay interacción ni intercambio genuinos. Los
papeles han sido clara y unilateralmente asignados: el terapeuta
es el especialista con conocimiento y el paciente el receptor
pasivo del tratamiento.

Este modelo vertical y su desigual interacción entre médico y


paciente, expresa también una percepción racionalista del
tratamiento, como una aplicación del conocimiento que uno de
ellos –el médico- ha adquirido a través del entrenamiento y la
experiencia, y que el otro –el paciente- no posee, pero a quien le
es aplicado. No hay iniciativas de intercambio ni de un proceso
compartido.

Así mismo, personas capaces de razonar por su propia cuenta


pueden adoptar esta actitud –no solo los clientes con menor
preparación. Pero en estos casos, la figura del especialista con

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conocimientos superiores no es transferida al terapeuta, más


bien es experimentada como una figura interior que aparecerá
en sueños, por ejemplo, un ánimus dominante. Notoriamente
ésta tendrá características de super-ego: hará al individuo
grandes demandas, haciéndolo sentir incapaz. Este espíritu
racionalista toma posesión de la persona, requiriéndole un auto-
desarrollo constante, logrado a través de acrecentar la
consciencia y el conocimiento de sí mismo. Sin embargo, el
desarrollo psíquico requiere de la experiencia simbólica y no del
conocimiento racional.

3. El racionalismo puede tomar otro camino, el de las


explicaciones causales. Desde esta perspectiva, los problemas
psíquicos tiene una causa, que deberá ser localizada en el
pasado del individuo, es decir, en una constelación familiar
desfavorable. De acuerdo a este razonamiento del tipo causa-
efecto, eventos de la infancia han provocado perturbaciones que
aún están influyendo en la vida presente del cliente. Es posible
eliminar este problema al tomar consciencia de sus causas.

Puede ser que este modelo terapéutico causal no sea aplicado tal
cual lo describo, pero en el fondo siempre está presente. La
aproximación reductiva (como Jung la llamaba), es decir, una
aproximación enfocada en las causas y en la biografía de
infancia, está basada esencialmente en juicios racionales. El
pensamiento causal es uni-dimensional y lineal. Considera el
fenómeno psíquico como producto de hechos pasados objetivos.

Las explicaciones reductivas no solo están presentes en algunos


modelos terapéuticos, también en la forma en que algunos
pacientes piensan, obstaculizando su propia transformación
psíquica: el individuo no deja de pensar en la reconstrucción
mental de su biografía y, aunque esto le puede dar una cierta
satisfacción intelectual, contribuye en muy poco a su evolución
psíquica.

4. Finalmente, una actitud racional está caracterizada por el


hecho de que sigue la lógica del pensamiento abstracto, donde
se establecen una ú otra categorías. Esto lo hace muy adecuado
en el campo de las ciencias naturales, pero no para comprender
la realidad de la psique. El pensamiento intelectual hace
imposible para mucha gente el poder relacionarse con lo

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profundo de su psique y con sus experiencias simbólicas.


Quedan atrapados en tratar de ver las cosas literalmente, en
categorizarlas y en describir relaciones de causa.

Con respecto al análisis, no son sólo los individuos denominados


como “pensantes” quienes caen presa de esta actitud racional.
Pacientes con otra tipología pueden tener la misma tendencia,
dado que la fascinación por el pensamiento lógico tiene más que
ver con racionalismo que con un genuino pensar.

Y ahora, algunas ideas en relación al pensamiento simbólico.

Me gustaría demostrar lo característico de una aproximación simbólica


presentando un sueño. La soñante es una mujer de 50 años, con un
talento fuera de serie para los idiomas; trabaja como profesora.
Previamente, ha tenido ya un par de análisis con otros terapeutas, y
desea comenzar uno nuevo dado que, durante muchos años ella ha
escrito muchos poemas y textos pero sin atreverse a publicarlos. Tiene
la sensación de estar completamente bloqueada para mostrarle a otros
sus escritos y desea encontrar ayuda.

El sueño fue descrito como sigue:

Estoy sentada en un tren lleno, junto a muchos psicólogos,


quienes regresan de un congreso (acerca de psicología de
grupos) que acaba de terminar. Un terapeuta que conozco
(¿Brutsche?) está entre ellos; está sentado enfrente a mí.
Una pareja de desconocidos, un hombre y una mujer se
acercan y toman asiento no muy lejos. Es obvio que
recientemente han tenido una experiencia fuerte –tal vez
una pelea violenta-, en cualquier caso algo que uno no
experimenta todos los días, algo extremo. Brutsche (¿?) les
habla, y menciona una cantata de Johann Sebastian Bach.
Los hace llorar a ambos. Entonces yo comienzo a hablar,
recordándoles un poema de Hölderlin y de un verso en
específico:… “Ustedes (Dioses) sobre nosotros…” [“Ihr
(Götter) da oben…”]. Esto los hace llorar de nuevo. Ahora
se están tomando de las manos.

¿Cómo debemos entender el sueño? Obviamente, un congreso acerca


de psicología de grupos acaba de terminar. Algo curativo está
ocurriendo ahora, justo ahí en el tren, donde terapeuta y paciente se

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encuentran. Ambos están en la misma situación y encuentran a una


pareja de desconocidos.

El congreso ha terminado, un encuentro durante el cual conocimientos


especializados han sido intercambiados, formulados en términos
técnicos específicos. En la vida real, la paciente constantemente
organiza “congresos mentales”, durante los cuales debate temas
psicológicos. En éstos, ella se ve como un caso sin esperanza. Es obvio
–y eso es bueno- que los “debates” psicológicos han llegado a su fin;
parece que ella los ha superado. Ya no piensa tanto en sí misma, ya
no se auto-refleja psicológicamente desde el punto de vista del grupo
y del observador. Ya no más se define sólo por sus síntomas.

Lo que también es nuevo es que el analista se ha convertido en un ser


humano, que ha dejado de escudarse a sí mismo en la “torre de
marfil” de su conocimiento hermético y se mueve a través del mundo
como una persona común. Ha aparecido una nueva imagen del
analista interior, quien ya no funciona como un super-ego dominante;
en vez de eso, su presencia humana se ha convertido en un factor de
curación.

El problema que parece estar descrito es representado por la pareja


que ha tenido recientemente una discusión. Son una pareja
desconocida: podemos asumir que representan un problema general
que aún es ignorado para la paciente. Se sientan cerca de ella –el
problema se va volviendo más presionante, la paciente debe poner
atención. Es un problema que tiene que ver con una escisión, con una
ausencia dramática de unidad o, utilizando la imagen del sueño, con
un conflicto sin remedio entre un hombre y una mujer, entre lo
masculino y lo femenino. Este parece ser el problema personal de la
soñante, pero también tiene un significado más amplio: la ausencia de
cooperación entre los opuestos, de la forma en que están en conflicto.
Esto nos lleva a un antagonismo entre pensamiento y sentimiento,
espíritu y soma, razón e instinto.

De hecho, es el caso que en la psique de esta mujer dichos polos están


muy separados. Este estado “dia-bólico”, es decir, este ser no-
simbólico, esta ausencia de uno con uno mismo es también muy típica
de nuestro tiempo. Es un tema que concierne a mucha gente y la
soñante es confrontada con éste “en el tren de nuestro tiempo”. Puede
ser descrito brevemente con expresiones como “ausencia de alma” y
“ausencia de relación”.

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La curación no surge de una interpretación psicológica muy elaborada.


Esto sólo satisfacería al intelecto y crearía una mayor distancia entre
los polos, que deben de ser acercados uno al otro.

En vez de eso, el analista interno menciona una cantata de Bach y


provoca lágrimas que liberan. Él en realidad, está hablando acerca de
algo que expresa una experiencia general humana en forma poética y
musical. Y la soñante hace lo mismo, al mencionar un poema de
Hölderlin, que habla de una dimensión trascendental: “Ustedes
(Dioses) sobre nosotros…”. El espíritu al que ella se refiere, y que en
este caso tiene poderes curativos, es el espíritu de la expresión
artística a través de la música y la poesía. Son la imaginación y la
fantasía quienes son capaces de dar un significado superior a lo que
sólo “existe”. Aquí, un espíritu creativo e inspirador toma el lugar de
un espíritu intelectual, del tipo de pensamiento desilusionado. Este
espíritu artístico piensa en símbolos y crea símbolos y esto establece
una conexión con elementos “superiores”, con los arquetipos. Es este
espíritu quien tiene capacidades curativas. Cura mediante la
reconexión de los opuestos, permitiendo que se expresen el
sufrimiento y los sentimientos. Por otro lado, la actitud racional, que
ya hemos discutido, no cura. No es capaz de “rescatar”, es decir, hacer
un todo de nuevo ni de conectar con algo más grande. La actitud
racional forma estructuras de acuerdo a las categorías de reflexión
científica. Esto lo despoja del potencial de transformación que es
específico al pensamiento simbólico. Cuando alguien piensa
simbólicamente, utiliza más que su intelecto: está tocado
emocionalmente, lo que ofrece una nueva experiencia psíquica que
provoca un cambio.

En efecto, este sueño muestra bellamente los distintos aspectos que


son específicos al conocimiento simbólico. Permítanme sumarizarlos:

Percibir simbólicamente requiere el ver en imágenes, entender a


través de nuestros sentimientos, adquirir una comprensiòn intuitiva y
lograr una forma de consciencia integral.

Estas características específicas le dan a la percepción simbólica el


poder de curar el alma. Es un tipo de percepción que se adapta a la
naturaleza de la psique. Y esto significa que es una percepción que
activa el potencial de transformación contenido (sólo) en la psique.

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Parte II: Realidad Simbólica.

Pasemos a la segunda parte de este escrito, en donde me gustaría


mirar hacia la “realidad simbólica” –en diferencia a la “consciencia
simbólica”-, de la cual escribí en la primer parte.

El análisis, a menudo, hace a las personas experimentar por primera


vez la existencia de la realidad simbólica, paralela a la realidad
concreta, material. Ya sea que uno comience a creer que algo en
nosotros mismos está realmente empezando a cambiar, o ya sea que
uno esté convencido que todo permanece igual, depende del
descubrimiento de la realidad simbólica interior. Este descubrimiento
puede también permitir a la persona sentirse psíquicamente viva en
lugar de en una atmósfera de tedio mortal.

Algunas personas parecen estar atrapadas en un concretismo terreno.


Para ellos, hay una sola realidad, la del mundo que los rodea. Pierden
contacto con la realidad de su propia persona o continuamente la
apartan de si.

Permítanme describir algunas formas que puede tomar esta extraña


auto-negación, o si se prefiere, de esta dependencia del mundo
exterior.

Algunos individuos están totalmente identificados con su persona


social. Para ellos, criterios como su prestigio, estatus social, la imagen
de una familia perfecta con, por ejemplo, hijos bien educados y con
grados académicos, éstos y otros signos de logros y éxito juegan un
papel central. El valor del individuo está definido por su imagen. Por
imagen, me refiero a la apariencia física, al estatus social y posición
profesional, todos éstos medidos en relación a los estándares oficiales
que definen qué hace exitoso a un individuo. Una existencia que está
definida de manera colectiva es colectiva, y se rige por aspectos
demasiado concretos. Uno olvida que el individuo existe como una
personalidad interior, muy independiente de las normas oficiales y
valores visibles de prestigio.

También puede suceder que las personas se olviden de si mismas en


sus relaciones. Estoy pensando, por ejemplo, en la madre sobre-
protectora que encuentra valía sólo en su hijo, o en la paciente que

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nunca deja de hablar de su esposo. Estas personas pierden una gran


parte de la relación con ellas mismas porque la relación con otros
seres significativos toma demasiado espacio. Ésto es señal de la
ausencia de sentimiento de la psique interior y de la realidad
simbólica.

Factores externos pueden asimismo ser sobrevaluados cuando la gente


pone demasiada importancia en aspectos somáticos, o los ve como
una especie de valor absoluto. Puede ser observado en parejas para
quienes la relación se reduce a la sexualidad; o puede ser expresado
en la tendencia a considerar que los problemas psíquicos tienen una
causa fisiológica.

La transferencia de la realidad psíquica hacia un mundo exterior,


objetivo, o hacia el nivel de las relaciones, o del cuerpo, pueden darse
en otra forma: algunas personas hacen de una actividad concreta el
centro absoluto de sus vidas.

Las cuatro actitudes anteriores tienen en común el hecho que, en


última instancia, sólo una realidad tiene valor: aquella del mundo
concreto, exterior, colectivo. Al mismo tiempo, atribuyen muy poco
valor a otro aspecto –el simbólico, interior, a la realidad individual del
alma.

El análisis, efectivamente, apunta hacia descubrir que, junto a la


realidad de las cosas concretas hay también una realidad simbólica,
aquella de la imaginación y –dado que la psique en esencia se expresa
a sí misma en imágenes y fantasías- del contacto con la realidad
psíquica a través de la experiencia con nuestra propia fantasía.

Me gustaría presentar otro sueño que nos ayudará a ver de nuevo los
aspectos que son específicos a la realidad simbólica.

Esta soñante es una mujer de 40 años de edad, quien trabaja como


maestra y vive con un periodista. Ella sufre la ausencia de relaciones
genuinas, con su actual pareja y con su familia.

Éste es el sueño:

Mi pareja llega a donde vivo. Él tiene mucha prisa, tiene que


atender algunos asuntos con su hermano. No tiene tiempo
para mí.

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Por la tarde, conozco a un hombre en un restaurante con


quien espontáneamente me siento muy bien. Tenemos una
relación íntima, es decir, de forma sorpresiva compartimos
una experiencia erótica en este lugar neutral.

Entonces, tengo que ir a una conferencia pública, durante la


cual mi pareja hará una lectura. Hay numerosas personas,
famosas y elegantemente vestidas.

Además de mi pareja, yo tengo un amante oficial. Ambos me


piden que elija a uno de los dos.

El hombre desconocido a quien conocí en la tarde aparece de


nuevo. Voy a caminar con él. Le describo mi situación, es
decir, la situación de mis dos parejas. Mientras estoy
hablando, me doy cuenta que tengo que decidir por mi
misma, no por uno ú otro hombre.

Así es el sueño ¿qué nos muestra? Nos muestra a una soñante que
tiene una relación con dos tipos distintos de pareja. Uno está
conectado con su actual pareja de vida y una especie de amante
oficial, el otro con un amante a quien ella no conocía hasta entonces y
con quien experimenta un contacto íntimo.

Estos dos tipos de hombres representan dos actitudes distintas que


están presentes en la psique de la mujer. Hay un hombre en ella
quien, así como su pareja en el sueño, está muy ocupado en cosas
concretas que son consideradas de absoluta prioridad. Es una especie
de obsesión mono-maniaca con objetos reales y concretos. La relación
con el ego del sueño, es decir, la relación con la propia persona de la
soñante parece ser de segunda importancia. La actitud de la pareja en
el sueño aparenta como una posesión del ánimus, lo cual pone a la
soñante en estado de indefensión. Dado que la energía se invierte en
lograr cosas concretas, el ego de la soñante no obtiene lo que
necesita. Es empujado al fondo y olvidado, dado que objetos,
propósitos y logros tienen absoluta prioridad.

Un amante oficial está ahí para consolar al ego frustrado. En realidad,


su función es probablemente la de proporcionar momentos de placer y
gozo que compensarán la frustración que emerge de la obsesión de la
soñante con el mundo objetivo. Éste compensar, este “hacer la paz” al

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ego olvidado, puede tomar varias formas: ella puede papacharse,


puede comprarse algo o permitirse a sí misma, de vez en cuando,
hacer algo que le dé gozo. Así es como, en general, “el amante oficial”
consuela al ego desatendido, ofreciendo algún gesto compensatorio.
Por poco tiempo, el ego obtiene lo que necesita, pero no de la forma
en que sería apropiado para la psique: el ego sólo satisface un instinto
voraz.

Sin embargo, el sueño muestra que otra actitud sería posible. Aún es
incierto cual sería –pero está representada por el hombre desconocido
a quien ella conoce por la tarde en un lugar neutral, en un restaurante.

Éste hombre se concentra por completo en la soñante. Parece que está


tomando lugar un proceso complejo de encuentro consigo misma a
través del otro. Provee al ego con un profundo sentimiento de
aceptación y cercanía, acompañado por una sobrecogedora experiencia
de satisfacción interior.

En este sentido, el hombre parece representar una actitud que la


soñante aún tiene que descubrir, una actitud que se enfoca en ella
misma, percibiéndose como un ser de características encantadoras,
valiosas y únicas.

Considero típico el hecho de que, el encuentro con el hombre


desconocido, que se relacionará con el ego soñante, tome lugar “por la
tarde”, es decir, por la tarde de la vida, después de la mitad de la vida.
También me es interesante que este encuentro tome sitio en un “lugar
neutral”, “en un restaurante”. El aspecto “neutral” puede significar
que, para que este encuentro tenga lugar, el mundo exterior debe ser
primeramente “neutralizado” –lo que permitirá percibir una realidad
subjetiva.

Lo que es más, de acuerdo al sueño, el encuentro se da en un


restaurante, en un lugar donde la gente se reúne, donde comen fuera
de sus hogares, tal vez reunidos con amigos para una ocasión
especial. Podemos ver ésto como significando que, cuando se toma
interés en uno mismo, cuando se encuentra uno con su Ser, no puede
ser un auto-reflejo solipsista; es un proceso que debe darse en un
contexto más amplio de encuentro humano. Aquí, un mundo de
comunión y comunicación toma el sitio del mundo de las cosas y
provee alimento para el alma. El individuo que es acogido en este
mundo siente que es más que sólo una cosa. Se experimenta a si

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mismo como un ens symbolicum comunicativo, como un individuo


simbólico viviendo del intercambio con otros.

El sueño describe después la actividad de la pareja: él “da una lectura


frente a un grupo de personas elegantemente vestidas”. Ésto podría
significar que, cuando se enfoca en el mundo exterior, la soñante
desea impresionar a los demás con palabras. Este tipo de auto-
representación en realidad no ayuda al ego a expresarse a si mismo.
No es el individuo en el sueño quien es escuchado, sino su pareja. La
soñante misma es forzada al papel del que escucha en forma pasiva,
de quien tiene que aceptar refinadas ideas, formuladas por alguien
más.

La pareja y el amante oficial están celosos uno del otro y demandan


que la soñante escoja a uno de los dos. Ella debe tomar una decisión.
Ésto muestra qué tan poderosa es esta percepción objetiva de la
realidad y cuan ambivalente puede hacer a las personas –es una
disyuntiva entre sólo obtener logros y la adicción al placer, pero
también entre ser guiado por normas absolutas o ser guiado por
instintos básicos.

El hombre desconocido, por otro lado, no provoca una situación de lo


uno ú lo otro. Él no hace demandas absolutas con cargo al ego. Para la
búsqueda de la mujer, él significa el presente y un “thou”. Al hablar
con él, ella entiende mejor algunas cosas. En este sentido, el hombre
representa otra percepción de la realidad, una que toma en cuenta la
realidad del individuo y sirve como un espejo interior para la reflexión
consciente. Ésto significa que él está ahí para respresentar una
realidad psíquica interior de entendimiento y de elaboraciòn simbolica
de la experiencia del individuo: la habilidad de crear imágenes,
fantasías y de imaginar, con lo cual uno puede volver sobre sì y
percibir las cosas simbólicamente. Lo que estamos viendo aquí es una
destreza implícita para percibir simbólicamente la experiencia creada
por el individuo, opuesto al simple “funcionamiento” que va de acuerdo
a objetivos y normas colectivas.

El sueño sugiere que la actitud básica de la paciente necesita este tipo


de transformación. Es un reto psíquico que todos debemos afrontar.
Las personas, no importa quienes sean, deben encontrar la forma de
relacionarse con su realidad psíquica interior. Deben experimentar su
imaginación y percepción simbólica como algo real y dinámico.

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Podemos preguntarnos ¿cuál es el papel del análisis en este proceso


de movernos fuera de este mundo de objetos y opiniones
preestablecidas, hacia un mundo de percepción individual? En el
análisis, alentamos a las personas a no ver las cosas de la forma en
que ellos piensan deben ser vistas. Tratamos de ayudarlos a tomar en
cuenta sus reacciones y sentimientos personales y a confiar en lo que
se les expresa a través de fantasías e imágenes. En este sentido,
reforzamos una realidad simbólica y creamos un espacio en el que se
puede desarrollar la realidad psíquica.

La realidad simbólica sólo puede manifestarse a si misma cuando soy


capaz de voltear a verme. Ésto ocurre con la ayuda de alguien más, es
decir, a través del analista que muestra interés en mi mundo interior.
En esta atmósfera de empatía –y sólo entonces- comienzo a sentir que
no funciono exclusivamente en una realidad exterior y unidimensional,
sino que además poseo una realidad psíquica que merece respeto, y la
cual es igualmente vàlida.

Parte III. La realidad de los Símbolos.

Me gustaría dirigir la atención hacia un tercer aspecto, el proceso a


través del cual los símbolos ofrecen una transformación. Hemos
hablado acerca de una forma simbólica de consciencia y acerca de la
realidad de una imaginación simbólica. Lo que ahora tengo en mente
es mostrar cómo, en si mismo, trabajar con símbolos procura una
transformación. Los símbolos contienen un potencial específico de
cambio y transformación. Aquí, estoy pensando en sueños, pinturas,
fantasías espontáneas o imaginación activa. Todo este material del
inconsciente tiene efectos y estos efectos traen una transformación.

Permítanme entrar a más detalle acerca de los siguientes dos


aspectos: las propiedades efectivas de los símbolos y su potencial de
transformación. Primero, ¿qué tipo de efectos tienen los símbolos? Yo
veo cuatro distintas dimensiones:

1. Los símbolos son imágenes que provocan reacción.

Es sorprendente cómo los símbolos pueden conmovernos,


“movernos”, dado precisamente a su forma de expresar las
cosas en imágenes. Supongan, por ejemplo, que un analista

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fuera capaz de traducir el significado de un sueño en palabras


abstractas y comunicara estos conceptos al paciente, como
simples ideas y sin la “carne” de las imágenes. El efecto nunca
sería el mismo de aquél con un “insight” directo y duradero –en
el sentido del “así me siento”- provocado por el lenguaje
imaginario del sueño. Un paciente joven me dijo recientemente
lo sorprendido que estaba de que los sueños pudieran tener tales
y tan fuertes efectos. Sin embargo, él no estaba hablando acerca
de los esfuerzos que habíamos hecho juntos para empezar a
entender sus sueños. A lo que se refería era a las imágenes en
los sueños, y no a nuestras reflexiones. Por supuesto que estaba
en lo correcto y cualquier terapeuta sabe que, es sólo después
de que el material simbólico ha emergido, que esta otra
dimensión comienza a trabajar, precediendo al proceso, desde la
sutil reflexión personal hasta una profunda experiencia
emocional. Una percepción que no es sostenida por una imagen
no estimula el movimiento y por lo tanto, no transforma nada.
Los símbolos, por el otro lado, presentan lo que debe ser
captado en forma imaginaria y son, entonces, capaces de tocar
emocionalmente a la persona y lograr una transformación.

2. Los símbolos tienen un significado que sorprende.

Es imposible dejar de sorprendernos de lo certeros que son los


sueños para representar situaciones psíquicas. Es muy
impresionante ver que los sueños no son sólo el “bote de
basura” al cual los residuos del día son arrojados. Ellos son
compilaciones originales, aún brillantes, de las experiencias de
las personas. Me parece como si ellos fueran una puesta en
escena hecha por un director con inventiva extraordinaria, o
mejor aún de un autor quien, al dirigir sus propios mensajes al
consciente, muestra un inmenso talento para la síntesis, la
descripción, la comparación, etc., en pocas palabras para la
expresión artística. La experiencia de que algo detrás del
material simbólico tiene su propia forma de pensamiento
conlleva, por si mismo, este tipo de efecto, aún antes de que
uno entienda qué idea es la que se nos está expresando. Por lo
tanto, tiene sentido aceptar que hay otro tipo de espíritu
trabajando, pensando al lado de nuestra consciencia. En si
mismo, esto tiene un enorme efecto.

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3. Los símbolos utilizan un lenguaje elemental que provoca una


reacción emocional.

Parece que los símbolos están dirigidos siempre hacia un Ser


arcaico que aún vive en nosotros. Nos activan un lado más
natural, más primitivo, más genuino. Y al parecer tocan algo del
pasado, que tiene que ver con la experiencia del infante y con lo
humano arcaico. Esta dimensión elemental –la histórica y la
arcaica- siempre está presente en los símbolos y tiene un efecto
muy intenso. Es lo que sucede cuando nos reconectamos con el
infante olvidado, o con nuestro lado arcaico perdido, y
escuchamos lo que ellos tienen que decirnos.

4. Los símbolos tienen un efecto porque nos fascina su


naturaleza misteriosa.

Un filósofo francés escribió: “Le symbole est quelque chose qui


donne à penser” (el símbolo es algo que nos hace pensar). El
contenido de los símbolos provoca nuestra curiosidad porque
realmente parecen inescrutables. Nos invitan a estar abiertos al
significado oculto. Esto misterioso, carácter sublime del símbolo,
nos refiere a un nivel superior, y también, por supuesto, puede
ser mal utilizado. Es fácil encontrar ejemplos en la historia,
donde regímenes políticos se envuelven en determinadas
doctrinas e imágenes, con el objeto de explotar el efecto
numinoso de los símbolos. Sin embargo, en lo que al análisis
concierne, podemos decir que este efecto fascinante de los
símbolos es muy importante, pues si logran fascinar a nuestra
consciencia, también ayudarán al ego a enfocarse menos en la
satisfacción inmediata y más en objetivos espirituales.

En resumen, podemos decir que dadas sus características formales, los


símbolos tienen efectos por el mero hecho que están ahí: su cualidad
imaginaria provoca reacción, su significado oculto nos asombra, su
naturaleza elemental nos impresiona y sus aspectos sublimes nos
fascinan.

Este carácter multidimensional libera al ego consciente de estar atado


a si mismo, es decir, lo hace alerta de que existe algo mayor a él y
que tiene efectos en la consciencia. El ego es entonces alentado a
unirse al juego con el espíritu superior, casi un espíritu Dionisiaco
expresándose al tocar todos los sentidos.

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Parte IV. Transformación a través de los Símbolos.

Veamos ahora lo que entiendo por “transformación” en relación a los


símbolos. ¿Qué tipo de transformación es ésta? De nuevo, tenemos
que diferenciar. ¡No puedo remediarlo dada mi psique Junguiana!,
debo distinguir entre cuatro aspectos:

1. La transformación que es provocada por los símbolos es,


primero que todo, el resultado de una experiencia fundamental
del ego como parte de una realidad psíquica más grande.

A través de esta experiencia, el individuo aprende que el mundo


interior existe y que es tan grande y tan real como el mundo
exterior. El mundo interior rebasa al ego y éste llega a saberlo.
Por ejemplo, los sueños utilizan memorias muy antiguas del
pasado del soñante o traen aspectos de fuera de la propia vida
del individuo, mostrando temas y situaciones del contexto de
épocas anteriores. Las fronteras del limitado mundo del ego son
cruzadas, hay un retorno al pasado, a la historia personal del
soñante, pero también a la historia colectiva; pueden incluso
haber elementos pertenecientes al futuro. Como todos sabemos,
los productos simbólicos del inconsciente tampoco están
limitados a fronteras de espacio: por lo tanto, están situados
fuera de ambos, tiempo y espacio.

El material simbólico está caracterizado por los atributos “sin


tiempo” y “sin espacio” y, al afectar la percepción del ego, tiene
un potencial de transformación. El ego comprende que no está
aislado en el presente ni en un lugar arbitrario del cosmos –se
siente conectado con el tiempo y la historia, con el mundo y con
la raza humana. El encuentro con los símbolos, y el trabajo con
su contenido, brindan una experiencia de algo que, en otra
forma, permanecería como concepto filosófico: el descubrir que
uno puede sentirse contenido, como individuo, en una realidad
psíquica mayor y que puede ser conducido por esta entidad. Ésto
corresponde a un cambio importante en la actitud “normal” del
ego. Usualmente se ve a si mismo dentro de los límites de
espacio y tiempo definidos por la consciencia y dentro de un tipo
de realidad única (monádica). A través del trabajo con los

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sueños, las personas pueden descubrir que el ego que daban por
hecho está ligado a una realidad mayor. Esto permite que tome
lugar un cambio gradual, un proceso que llevará a una situación
completamente nueva, donde el individuo sabe que está
contenido en un cosmos mayor que provee seguridad, o si lo
desean, salvación –un individuo que ha experimentado un poder
curativo.

2. Otro tipo de transformación efectuada por los símbolos tiene


que ver con la ampliación de la percepción que el ego tiene de si
mismo y aún de voltear al revés por completo.

Cada individuo tiene cierta imagen de si mismo, de acuerdo a lo


que trata de vivir. El material simbólico, provisto por el
inconsciente, le muestra que esta imagen no es –o ya no es-
adecuada, o que vive de una manera muy distinta a lo que su
propia imagen dicta. En este sentido, de nuevo el ego consciente
es liberado de una percepción muy estrecha que está ligada a su
propia imagen. Es confrontado con otros aspectos de la
personalidad, con otras formas de pensamiento o incluso con
posibilidades desconocidas.

De nuevo, algo es “puesto de cabeza”, es decir, transformado.


Este tipo de cambio se conecta con un videatur et altera pars,
con un revolucionario paso, en el cual las cosas son percibidas
desde una perspectiva situada fuera del ego-consciente. La
visión sugerida desde aquí no es solo nueva en el sentido de que
modifica la imagen de si misma del individuo, es también
diferente porque apunta hacia una totalidad y renovación que
son ajenas al ego. Por naturaleza, el ego se enfoca en las cosas
y, como resultado, solo se interesa en aspectos personales
idiosincrásicos. Es además típicamente posesivo y prefiere
mantenerse con lo que conoce; el ego se resiste al cambio.

El material simbólico introduce al ego hacia otro lado de la


realidad, hacia otros aspectos del individuo, y ésto le permite
una constante revisión de su propia imagen y adaptarla a las
circunstancias cambiantes de la vida. En este sentido, podemos
decir que los símbolos son los “motores” de una permanente
revolución psíquica. Este proceso de transformación debe tener
lugar constantemente para que un individuo sea psíquicamente
sano. Los símbolos ayudan al individuo a satisfacer este

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prerrequisito, dado que conectan al ego-consciente con una


dimensión mayor de evolución psíquica –algo que el ego es
incapaz de hacer, debido a la ya mencionada tendencia a
resistirse al cambio.

3. Los símbolos tienen también efectos transformadores porque


unen a los opuestos y están dirigidos hacia una mayor totalidad.

El ego-consciente –a quien debemos tomar en cuenta-


necesariamente tiende a diferenciar y separar. Clasifica de
acuerdo a categorías: categorías espaciales (arriba-abajo,
izquierda-derecha), categorías de tiempo (ahora-después, hoy-
ayer), pero también de acuerdo a criterios morales (bien-mal) y
a reacciones emocionales (agradable-desagradable, adecuado-
inadecuado). El ego necesita esta diferenciación para poder
orientarse a si mismo en el sentido concreto del mundo, es decir,
encontrar su camino en tiempo y espacio concretos, pero
además saber en donde se encuentra, psíquica y
espiritualmente, en relación a la vida. Sin embargo, la constante
clasificación de las cosas puede tener consecuencias negativas:
bloqueos y unilateralidades, que gradualmente forman un “lecho
de hierro de Procrusto” alrededor del alma y le impiden respirar
y moverse. Estoy pensando, por ejemplo, en convicciones,
valores, ideales y actitudes religiosas que ya no son la expresión
de una verdad psíquica que haga que el individuo se sienta vivo
y que se convierten en fórmulas, rutinas ú obsesiones.

Una característica de los símbolos es que reconectan a la psique


con aspectos incompatibles, reprimidos en el ego por necesidad.
Uno no puede esperar que el ego adopte una postura mientras al
mismo tiempo se declara favorable a su opuesto. Es por lo tanto
natural que esta actitud lo haga unilateral y pedante.

Al traer a juego material subversivo, los símbolos brindan una


transformación en el sentido de una conversión moral. No lo
hacen para que el ego se sienta inseguro ni para indeterminar su
postura. Lo hacen para ayudar a la psique a encontrar una mejor
relación con una realidad básica, es decir, con la realidad del
self. Son la naturaleza y vitalidad del self quienes son
expresadas cuando nuevas conexiones son establecidas entre
opuestos aparentemente irreconciliables, cuando una conjunctio
oppositorum toma lugar. Cuando los opuestos son rebasados y

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trascendidos, todos estos elementos se añaden para formar lo


que Jung llamó el proceso de individuación.

Sin los símbolos, este proceso de confrontación con los opuestos


y de mediación entre los opuestos, permanecería teórico. Con
ellos, se convierte en una experiencia genuina. Los sueños traen
al juego a la sombra y al mal y por lo tanto, encaminan al
individuo a reconsiderar la ideología que ha guiado su vida. Por
ejemplo, pueden mover a un ateo a superar su resistencia a
aceptar que él también tiene que confrontar aspectos
sobrenaturales. O pueden mostrar a un creyente que algo en su
imagen de Dios ya no es adecuada.

Aunque el ego no sería capaz de iniciar el proceso


espontáneamente, sabemos que este tipo de transformación no
es un “lujo espiritual”. Tampoco es arbitrario y corresponde a
una necesidad psíquica. El punto es que, para permanecer
psíquicamente sanos, necesitamos estar en la misma dirección
de las actitudes cambiantes en las que el self se mueve para
realizarse a si mismo, en nuestra vida y en nuestras creencias.

4. Y finalmente, la transformación mediante los símbolos tiene


una cuarta dimensión: Los símbolos son un puente hacia cosas
nuevas, con las cuales no estamos aún familiarizados.

Los alquimistas decían: Habentibus symbolum facile est


transitus, aquellos que tienen un símbolo encuentran más fácil
hacer la travesía. Sabemos que Jung consideraba
extremadamente importante este elemento anticipador del
símbolo. Escribió que el símbolo es “… la mejor expresión posible
de un hecho complejo que aún no ha sido claramente
comprendido por la consciencia” (1954). Con respecto a la
función creativa del símbolo, es decir, en la concerniente a su
función de partera y de intermediario hacia el futuro,
recordemos que, desde un punto de vista histórico, ha sido
siempre en el mundo de las artes –es decir, en un mundo donde
los símbolos juegan un papel central- que los cimientos de
tendencias y tiempos nuevos se prepararon.

En lo concerniente al análisis, también podemos demostrar que


los símbolos que aparecen en sueños, etc., tienen una
característica teleológica. Nos es difícil aceptar que somos

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incapaces de ver hacia el futuro. Los especialistas tratan de


utilizar las estadísticas para predecir la evolución de la economía
y, a veces, algún profeta puede ser hábil en predecir el futuro
sin el uso de una computadora. Pero básicamente, estamos
atrapados en el presente, nuestra consciencia no alcanza a llegar
dentro del futuro.

Sin embargo, la psique es capaz de ir más allá de la consciencia


presente. Los sueños pueden hablar de cosas que, hasta ahora,
no nos han ocurrido. O pueden utilizar imágenes en las que algo
nuevo está tomando forma, a un nivel no-verbal y mucho antes
que la consciencia comprenda de qué se tratan. El poder que
está creando, y las imágenes creadas, nos permiten captar algo
que aún no hemos sido capaces de entender ni de analizar
conscientemente. Este algo puede movernos a un campo más
amplio de nuestra percepción consciente y orientar nuestra
antena en una dirección específica, hasta que comencemos a
entender. Es como si hubieran sido puestos imanes en el campo
de lo que no conocemos, y atrajeran al ego lejos de lo que
conoce.

Me parece claro que el proceso mediante el cual los símbolos


ejercen una fuerza de atracción, desde dentro del campo de lo
desconocido, ofrecen un cambio absoluto y que es a este nivel
que se encuentra su potencial de transformación. El ego es
incapaz de iniciar este proceso, dado que le es imposible tener
ideas totalmente nuevas en forma espontánea. Solo puede llegar
a ser creativo cuando el inconsciente se expresa a si mismo a
través de los símbolos, abriendo nuevos canales hacia lo
desconocido. Lo que es más, el ego es absolutamente incapaz de
prever su propio desarrollo personal.

Sin embargo, el ego necesita este tipo de apertura hacia el


futuro. También necesita que estos impulsos sean formulados en
términos que se sientan como expresiones genuinas de la psique
–y no como pura invención. Sin el potencial de evolución de la
psique que está contenido en el símbolo, el individuo
permanecería bloqueado. Estos bloqueos pueden tomar la forma
de estrategias de curación “caseras”, o pueden manifestarse en
síntomas psicosomáticos. La salud mental y psico-física no son
posibles si la vida psíquica no evoluciona y no cambia para
incluir nuevos elementos. De cualquier forma, este movimiento

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hacia delante no debe ser guiado por programaciones ilusorias;


debe estar cimentado en impulsos de transformación genuinos
que provengan del alma individual. Los símbolos indican lo que
desea la psique y muestran el camino inesperado, ilógico y no-
lineal por el cual esta renovación puede tomar lugar.

Esta es mi conclusión: Los símbolos son los guías-exploradores en la


búsqueda de una constante renovación. También son los compañeros
de un ego que está constantemente alcanzando más allá de sí mismo y
por lo tanto en permanente cambio.

Referencias

Jung, C.G. (1954) The Transcendent Function, 148 in The Structure


and Dynamics of the Psyche, The Collected Works, Vol. 8

Material originalmente publicado en:

Images, Meanings and Connections, Essays in Memory of Susan R.


Bach, edited by Ralph Goldstein, Daimon Verlag, Switzerland (1999),
Chapter 10, Symbols and Transformation – The Meanings of Symbols
within the Analytical Process, by Paul Brutsche.

Acerca del autor, Dr. Paul Brutsche:

• Psicoterapeuta Junguiano, Analista entrenador y Conferencista.


• Presidente de la “International School of Analytical Psychology
Zurich, (ISAPZURICH)”.
• Ha sido Presidente de la “Swiss Jung Society” y del “[Link]-
Institute Zürich”.
• Imparte y publica diversos Seminarios, Pláticas y Artículos, dentro y
fuera de Suiza, principalmente en los temas de interpretación de
imágenes, simbolismos en el arte y cuestiones relativas a la
creatividad.

Traducción al español:

Traducción y corrección de estilo: Carole Milnes


Revisión Final: Dr. Paul Brutsche
Supervisión: Dra. María Abac K.

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