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Masoneria Cripticos Chile

Este documento describe el significado de los grados crípticos en la Orden Real de Heredom de Kilwinning. Los grados crípticos se refieren a las bóvedas subterráneas donde se desarrollan los trabajos iniciáticos. La caverna simboliza el lugar del segundo nacimiento espiritual y la iluminación interior del iniciado. El laberinto representa las pruebas previas a la iniciación, mientras que la caverna es el lugar donde se completa la iniciación propiamente tal.

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Masoneria Cripticos Chile

Este documento describe el significado de los grados crípticos en la Orden Real de Heredom de Kilwinning. Los grados crípticos se refieren a las bóvedas subterráneas donde se desarrollan los trabajos iniciáticos. La caverna simboliza el lugar del segundo nacimiento espiritual y la iluminación interior del iniciado. El laberinto representa las pruebas previas a la iniciación, mientras que la caverna es el lugar donde se completa la iniciación propiamente tal.

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Masoneria + Orden Real de Heredom-

Kilwinning +Gran Capitulo Soberano para


Chile+
La filiación iniciática de la Orden, reúne las cuatro corrientes o Piedras Angulares del
esoterismo cristiano: 1) La Salomónica, transmisora de la leyenda de la construcción del
Templo de Salomón. 2) La Pitagórica, transmisora del conocimiento de la Geometría
Sagrada. 3) La Hermética, transmisora del Arte Real, alquímico y constructivo. 4) La
Templaria, transmisora de la Vía Caballeresca por medio de los Altos Grados escoceses
pertenecientes a la Casa de Estuardo y a las Logias "Jacobitas"

miércoles, 15 de junio de 2011


SIGNIFICADO DE LOS GRADOS CRIPTICOS
Significado de los Grados Crípticos
         
                Los Grados Crípticos son,
etimológicamente, los Grados de la CRIPTA, pues
sus Trabajos se desarrollan en una Bóveda
subterránea. En la Orden Real de Heredom de
Kilwinning corresponde a los Grados IV° y V°,
pues sus Leyendas aluden a la Caverna iniciática.
En el VI° Grado el iniciado sale nuevamente a la
superficie de la tierra y se produce el Pasaje de
las aguas simbolizando el cambio de estado y el
ascenso a los estados superiores del Ser.

                 En el presente análisis, sobre el


significado de la CAVERNA, tomamos como base
de los escritos del Querido Hermano René
Guenón y extrayendo desde su obra “Símbolos
Fundamentales de la Ciencia Sagrada” logramos
la claridad para la necesaria docencia de este
Grado. Es así que resumimos varios capítulos
para una mejor comprensión del tema que nos
ocupa.

         La iniciación al Grado IV°, lejos de lo que


algunos podrían considerarla, esto es, como una
muerte, resulta ser lo contrario. Para nosotros es
como un “segundo nacimiento”, y como un paso
de las tinieblas a la luz. Pero el lugar de este
nacimiento es también la caverna, por lo menos
en los casos en que la iniciación se efectúa en
ella, real o simbólicamente. Lo mismo aparece por
lo demás, incluso exotéricamente, en el
simbolismo cristiano de la Natividad, con igual
nitidez que en otras tradiciones; y es evidente que
la caverna como lugar de nacimiento no puede
tener precisamente la misma significación que la
caverna como lugar de muerte o sepultura. Se
podría hacer notar, sin embargo, por lo menos
para vincular entre sí esos aspectos diferentes y
hasta en apariencia opuestos, que muerte y
nacimiento no son, en suma, sino las dos fases de
un mismo cambio de estado, y que el paso de un
estado a otro se considera siempre como que debe
efectuarse en la oscuridad; en este sentido, la
caverna sería más exactamente, pues, el lugar
mismo de ese tránsito: pero esto, aun siendo
estrictamente verdadero, no se refiere aún sino a
uno de los aspectos de su complejo simbolismo.

La verdad es que, muy lejos de constituir un


lugar tenebroso, la caverna iniciática está
iluminada interiormente, de modo que, al
contrario, la oscuridad reina fuera de ella, pues el
mundo profano se asimila naturalmente a las
“tinieblas exteriores” y el “segundo nacimiento” es
a la vez una “iluminación”. Ahora, si se pregunta
por qué la caverna es considerada así desde el
punto de vista iniciático, responderemos que la
solución se encuentra, por una parte, en el hecho
de que el símbolo de la caverna es
complementario con respecto al de la montaña, y,
por otra, en la relación que une estrechamente el
simbolismo de la caverna con el del corazón.
Sin embargo, la Caverna no puede ser
confundida con el “Laberinto”, ya que este último
es el acceso a determinado lugar donde no todos
pueden penetrar indistintamente; solo los que
están “cualificados” podrán recorrerlo hasta el fin,
mientras que los otros se verán impedidos de
penetrar o extraviarán el camino. Se ve
inmediatamente que hay aquí la idea de una
“selección”, en relación evidente con la admisión
a la iniciación misma: el recorrido del laberinto
no es propiamente, pues, a este respecto, sino
una representación de las pruebas iniciáticas; y
es fácil comprender que, cuando servía
efectivamente como medio de acceso a ciertos
santuarios, podía ser dispuesto de tal manera
que los ritos correspondientes se cumplieran en
ese trayecto mismo. Por otra parte, se encuentra
también la idea de “viaje”, en el aspecto en que
esa idea se asimila a las pruebas mismas, como
puede verificárselo aún hoy en ciertas formas
iniciáticas, la masonería por ejemplo, donde cada
una de las pruebas simbólicas se designa,
precisamente, como un “viaje”. Otro simbolismo
equivalente es el de la “peregrinación”; y
recordaremos a este respecto los laberintos que
se trazaban otrora en las lajas del piso de ciertas
iglesias, cuyo recorrido se consideraba como un
14 sustituto” del peregrinaje a Tierra Santa; por
lo demás, si el punto en el que termina ese
recorrido representa un lugar reservado a los
“elegidos”, ese lugar es real y verdaderamente una
“Tierra Santa” en el sentido iniciático de la
expresión: en otros términos, ese punto no es
sino la imagen de un centro espiritual, como todo
lugar de iniciación lo es igualmente.
La caverna es el lugar en que se cumple la
iniciación misma, sin embargo, el laberinto, es el
lugar de las pruebas previas. Recordemos cuando
se dice en algunos rituales que el profano, en el
caso del Primer Grado y en grados siguientes, el
candidato debe transitar mediante la “Marcha
Laberíntica”. Entonces, la Caverna no es el
camino que conduce a la iniciación, sino que el
Laberinto se constituye en el obstáculo que veda
el acercamiento a los profanos “no cualificados”.

Ha de hacerse notar aún que, cuando la


misma caverna es a la vez el lugar de la muerte
iniciática y el del “segundo nacimiento”, debe
entonces ser considerada como acceso no solo a
los dominios subterráneos o “infernales”, sino
también a los dominios supraterrestres; esto
también responde a la noción del punto central,
que es, en el orden “macrocósmico”, al igual que
en el “microcósmico”, aquel donde se efectúa la
comunicación con todos los estados superiores e
inferiores; y solamente así la caverna puede ser,
la imagen completa del mundo, en cuanto todos
esos estados deben reflejarse igualmente en ella;
de no ser así, la asimilación de su bóveda al cielo
sería absolutamente incomprensible. Pero, por
otra parte, si el “descenso a los Infiernos” se
cumple en la caverna misma, entre la muerte
iniciática y el “segundo nacimiento”, se ve que no
puede considerarse a ese descenso como
representado por el recorrido del laberinto, y
entonces cabe aún preguntarse a qué
corresponde en realidad este último: son las
“tinieblas exteriores”, y a las que se aplica
perfectamente el estado de “errancia”, si es lícito
usar este término, del cual tal recorrido es la
exacta expresión. Este asunto de las “tinieblas
exteriores” podría dar lugar a otras precisiones,
pero nos harían traspasar los límites del presente
estudio.

         El Hno. René Guenón hace interesantes


anotaciones en lo referente a la Caverna y el
“Corazón” y su consecuencia en la comprensión
de una representación de un centro espiritual.
        
Para este, explica el papel desempeñado por
la caverna desde el punto de vista iniciático en
cuanto a la representación de un centro
espiritual. En efecto, el corazón es esencialmente
un símbolo del centro, ya se trate, por lo demás,
del centro de un ser, o, analógicamente, del de un
mundo, es decir, en otros términos, ya se coloque
uno desde el punto de vista “microcósmico”, ya
desde el “macrocósmico”; es, pues, natural, en
virtud de esa relación, que el mismo significado
pertenezca igualmente a la caverna; pero se trata
ahora de explicar más completamente esa
conexión simbólica misma.
La “caverna del corazón” es una conocida
expresión tradicional: la palabra guhâ, en
sánscrito, designa generalmente una caverna,
pero se aplica también a la cavidad interna del
corazón y, por extensión, al corazón mismo; esta
“caverna del corazón” es el centro vital en el cual
reside no solamente el jîvâtmâ, sino también el
Atmâ incondicionado, que es en realidad idéntico
al propio Brama. La palabra guhâ deriva de la
raíz ghu-, cuyo sentido es ‘cubrir’ o ‘esconder’, el
mismo que el de otra raíz similar gup-, de donde
gupta, que se aplica a todo lo que tiene un
carácter secreto, a todo lo que no se manifiesta al
exterior; es el equivalente del griego kryptós, de
donde la palabra “cripta”, sinónimo de “caverna”.
Estas ideas se refieren al centro, en cuanto punto
el más interior y por consiguiente el más
escondido; a la vez, se refieren también al secreto
iniciático, sea en sí mismo, sea en cuanto
simbolizado por la disposición del lugar donde se
cumple la iniciación, lugar escondido o “cubierto”
(masónicamente: ”estar a cubierto”), es decir,
inaccesible a los profanos, ya esté defendido el
acceso por una estructura “laberíntica”, ya de
otro modo cualquiera (como por ejemplo los
“templos sin puertas” de la iniciación extremo-
oriental), y siempre considerado como imagen del
centro.
Por otra parte, importa destacar que ese
carácter escondido o secreto, en lo que concierne
a los centros espirituales o a sus figuraciones,
implica que la verdad tradicional misma, en su
integridad, no es ya accesible a todos los hombres
indistintamente, lo que indica que se trata de una
época de “oscurecimiento” por lo menos relativo;
esto permite “situar” tal simbolismo en el curso
del proceso cíclico.

El esquema del corazón es un triángulo con el


vértice hacia abajo (“triángulo del corazón” es otra
expresión tradicional); y ese mismo esquema se
aplica también a la caverna, mientras que el de la
montaña, como el de la pirámide que a ella
equivale, es, al contrario, un triángulo con el
vértice hacia arriba; esto muestra que se trata de
una relación inversa, y también, en cierto sentido,
complementaria. Agregaremos, acerca de esta
representación del corazón y la caverna por el
triángulo invertido, que es uno de los casos en
que a éste no se vincula, evidentemente, ninguna
idea de “magia negra”, contra lo que harto a
menudo pretenden quienes no tienen del
simbolismo sino un conocimiento por completo
insuficiente.

Volvamos a lo que, según la tradición hindú,


se oculta en la “caverna del corazón”: es el
principio mismo del ser, principio que, en ese
estado de “envoltura” o “repliegue” y con respecto
a la manifestación, se compara a lo que hay de
más pequeño (la palabra dáhara, que designa la
cavidad donde aquél reside, se refiere también a
esa idea de pequeñez), cuando en realidad es lo
que hay de más grande, así como el punto es
espacialmente ínfimo y aun nulo, aunque sea el
principio por el cual todo el espacio se produce, o
del mismo modo que la unidad aparece como el
menor de los números, aunque los contenga
principialmente a todos y produzca de por sí toda
su serie indefinida. También aquí encontramos,
pues, la expresión de una relación inversa, en
cuanto el principio se encara según dos puntos
de vista diferentes; de estos dos puntos de vista,
el de la extrema pequeñez concierne a su estado
oculto y, en cierto modo, “invisible”, el cual no es
para el ser sino aun una “virtualidad” pero a
partir del cual se efectuará el desarrollo espiritual
de ese ser; allí, pues, está propiamente el
“comienzo” (initium) de ese desarrollo, lo que se
halla en relación directa con la iniciación,
entendida en el sentido etimológico del término; y
precisamente desde este punto de vista la caverna
puede ser considerada el lugar del “segundo
nacimiento”. A este respecto, encontramos textos
como el siguiente: “Sabe tú que este Agni, que es
el fundamento del mundo eterno (principial), y
por el cual éste puede ser alcanzado, está oculto
en la caverna (del corazón)”, lo que se refiere, en
el orden “microcósmico”, al “segundo nacimiento”
y también, por transposición al orden
“macrocósmico”, a su análogo, que es el
nacimiento del Avatâra.

Hemos dicho que lo que reside en el corazón


es a la vez el jîvâtmâ desde el punto de vista de la
manifestación individual y el Âtmâ
incondicionado o Paramâtmâ desde el punto de
vista principial; los dos no se distinguen sino en
modo ilusorio, es decir, relativamente a la
manifestación misma, y son uno en la realidad
absoluta. Son “los dos que han entrado en la
caverna”, y que, al mismo tiempo, se dice que
“permanecen en la más alta sumidad”, de modo
que los dos simbolismos, el de la montaña y el de
la caverna, se encuentran reunidos aquí. El texto
agrega que “quienes conocen a Brahma los
llaman sombra y luz”; esto se refiere más en
particular al simbolismo de Nara-nâràyana, de
que hemos hablado con motivo de la Âtmâ-Gîtâ,
citando precisamente este mismo texto; Nara, el
humano o el mortal, que es jîvâtmâ, se asimila a
Árjuna, y Nâràyana, el divino o inmortal, que es
Paramâtmâ, se asimila a Krshna; pero, según su
sentido propio, el nombre de Krshna designa el
color oscuro, y el de Árjuna el color claro, o sea,
respectivamente, la noche y el día, en cuanto se
los considera como representación respectiva de
lo no-manifestado y de lo manifestado. Un
simbolismo exactamente similar a este respecto
se encuentra, por lo demás, con los Dioscuros,
puestos además en relación con los dos
hemisferios, uno oscuro y otro claro, como lo
hemos indicado al estudiar el simbolismo de la
“doble espiral”. Por otra parte, aquellos
denominados “los dos”, o sea el jîvâtmâ y el
Paramâtmâ, son también los “dos pájaros” o las
“dos aves” de quienes se habla en otros textos
diciendo que “residen en el mismo árbol” (así
como Árjuna y Krshna montan en el mismo
carro), y que están “inseparablemente unidos”
porque, como decíamos antes, no son en realidad
sino uno y solo ilusoriamente se distinguen;
importa destacar aquí que el simbolismo del árbol
es esencialmente “axial”, como el de la montaña;
y la caverna, en cuanto se considera como
situada en la montaña, o en el interior mismo de
ésta, se encuentra también sobre el eje, pues, en
todos los casos y de cualquier modo que se
encaren las cosas, allí está necesariamente el
centro, que es el lugar de unión de lo individual
con lo Universal.

El Hno. René Guenón hace otras interesantes


anotaciones en lo que se refiere a la Caverna y la
“Montaña”; veamos que se desprende de esto.

Existe, pues, una relación estrecha entre la


montaña y la caverna, en cuanto una y otra se
toman como símbolos de los centros espirituales,
como lo son también, por razones evidentes,
todos los símbolos, “axiales” o “polares”, de los
cuales uno de los principales es precisamente la
montaña. Recordaremos que, a este respecto, la
caverna debe considerarse situada bajo la
montaña o en su interior, de modo de encontrarse
igualmente sobre el eje, lo que refuerza aún el
vínculo existente entre ambos símbolos, en cierto
modo complementarios entre sí. Es preciso,
empero, advertir también, para “situarlos”
exactamente uno respecto del otro, que la
montaña tiene carácter más “primordial” que la
caverna: ello resulta del hecho de que es visible
en el exterior, de que es inclusive, podría decirse,
el más visible de todos los lugares, mientras que,
al contrario, la caverna es, según lo hemos dicho,
un lugar esencialmente oculto y cerrado. Puede
fácilmente deducirse que la representación del
centro primordial por la montaña corresponde
propiamente al período originario de la
humanidad terrestre, durante el cual la verdad
era íntegramente accesible a todos (de donde el
nombre de Satya-Yuga [‘período de la verdad’], y
la cúspide de la montaña es entonces el Satya-
Loka o ‘lugar de la verdad’); pero, cuando a
consecuencia de la marcha descendente del ciclo
esa verdad no estuvo ya sino al alcance de una
minoría más o menos restringida (lo que coincide
con los comienzos de la iniciación entendida en
su sentido más estricto) y se hizo oculta para la
mayoría de los hombres, la caverna fue un
símbolo más apropiado para el centro espiritual
y, por consiguiente, para los santuarios
iniciáticos que son su imagen. Por tal cambio, el
centro, podría decirse, no abandonó la montaña,
sino que se retiró solamente de la cúspide al
interior; por otra parte, ese mismo cambio es en
cierto modo una “inversión” por la cual, según lo
hemos explicado en otro lugar, el “mundo celeste”
(al cual se refiere la elevación de la montaña por
sobre la superficie terrestre) se convirtió en cierto
sentido en el “mundo subterráneo” (aunque en
realidad no sea él el que cambió, sino las
condiciones del mundo exterior, y por lo tanto su
relación con éste); y esa “inversión” se encuentra
figurada por los esquemas respectivos de la
montaña y la caverna, que expresan a la vez su
mutua complementariedad.

Según hemos señalado anteriormente, el


esquema de la montaña, al igual que el de la
pirámide o el del montículo, sus equivalentes, es
un triángulo con el vértice hacia arriba; el de la
caverna, al contrario, es un triángulo con el
vértice hacia abajo, y por ende invertido con
respecto a aquél. Este triángulo invertido es
igualmente el esquema del corazón, y el de la
copa, que está generalmente asimilada a aquél en
el simbolismo, según lo hemos mostrado
particularmente en lo que concierne al Santo
Grial. Agreguemos que estos últimos símbolos y
sus similares, desde un punto de vista más
general, se refieren al principio pasivo o femenino
de la manifestación universal, o a alguno de los
aspectos de él, mientras que los símbolos
esquematizados por el triángulo con el vértice
hacia arriba se refieren al principio activo o
masculino; se trata, pues, de una verdadera
complementariedad. Por otra parte, si se
disponen ambos triángulos uno debajo del otro, lo
que corresponde a la situación de la caverna bajo
la montaña, se ve que el segundo puede
considerarse como el reflejo del primero (fig. 12);
y esta idea de reflejo conviene muy bien a la
relación de un símbolo derivado con respecto al
símbolo principal, según lo que acabamos de
decir acerca de la relación entre la montaña y la
caverna en cuanto representaciones sucesivas del
centro espiritual en las diferentes fases del
desarrollo cíclico.
                                           
Podría causar asombro el que figuremos aquí
el triángulo invertido más pequeño que el
triángulo derecho, pues, desde que éste es reflejo
de aquél, parecería que debería serle igual; pero
tal diferencia en las proporciones no es cosa
excepcional en el simbolismo: así, en la Cábala
hebrea, el Macroprosopo o “Gran Rostro” tiene
por reflejo el Microprosopo o “Pequeño Rostro”.
Además, hay en ello, en el caso presente, una
razón más particular: hemos recordado, con
motivo de la relación entre la caverna y el
corazón, el texto de las Upáníshad donde se dice
que el Principio, residente en “el centro del ser” es
“más pequeño que un grano de arroz, más
pequeño que un grano de cebada, más pequeño
que un grano de mostaza, más pequeño que un
grano de mijo, más pequeño que el germen que
está en un grano de mijo”, pero también, al
mismo tiempo, “más grande que el cielo, más
grande que todos estos mundos juntos”; ahora
bien: en la relación inversa de los dos símbolos
que ahora consideramos, la montaña corresponde
a la idea de “grandor” y la caverna (o la cavidad
del corazón) a la de “pequeñez”. El aspecto del
“grandor” se refiere, por otra parte, a la realidad
absoluta, y el de la “pequeñez” a las apariencias
relativas a la manifestación; es, pues,
perfectamente normal que el primero se
represente aquí por el símbolo que corresponde a
una condición “primordial”, y el segundo por el
que corresponde a una condición ulterior de
“oscurecimiento” y de “envoltura” o repliegue”
espiritual.

Si se quiere representar la caverna como


situada en el interior mismo (o en el corazón,
podría decirse) de la montaña, basta transportar
el triángulo inverso al interior del triángulo recto,
de modo que sus centros coincidan (fig. 13); el
primero debe, pues, ser necesariamente más
pequeño para poder contenerse íntegramente en
el otro; pero, aparte de esta diferencia, el
conjunto de la figura así obtenida es
manifiestamente idéntico al símbolo del “sello de
Salomón”, donde los dos triángulos opuestos
representan igualmente dos principios
complementarios, en las diversas aplicaciones de
que son susceptibles. Por otra parte, si se hacen
los lados del triángulo invertido iguales a la mitad
de los del triángulo recto (los hemos hecho un
poco menores para que los dos triángulos
aparezcan enteramente separados, pero, de
hecho, es evidente que la entrada de la caverna
debe encontrarse en la superficie misma de la
montaña, y por lo tanto que el triángulo que la
representa debería realmente tocar el perímetro
del otro), el triángulo menor dividirá la superficie
del mayor en cuatro partes iguales, de las cuales
una será el triángulo invertido mismo, mientras
que las otras tres serán triángulos rectos.
En el capitulo “La Caverna y el Huevo del
Mundo” encontramos otros interesantes aportes a
nuestro estudio.

La caverna iniciática, hemos dicho


anteriormente, está considerada como una
imagen del mundo; pero, por otra parte, en razón
de su asimilación simbólica al corazón,
representa particularmente el lugar cósmico
central. Puede parecer que haya en ello dos
puntos de vista diferentes, pero, en realidad, no
se contradicen en modo alguno. El “Huevo del
Mundo” es central con respecto al “cosmos” y, a
la vez, contiene en germen todo cuanto éste
contendrá en el estado de plena manifestación;
todas las cosas se encuentran, pues, en el “Huevo
del Mundo”, pero en un estado de “repliegue” o
“envoltura”, que precisamente se figura también,
por la situación misma de la caverna, por su
carácter de lugar oculto y cerrado. Las dos
mitades en que se divide el “Huevo del Mundo”,
según uno de los aspectos más habituales de su
simbolismo, se convierten, respectivamente, en el
cielo y la tierra; en la caverna, igualmente, el
suelo corresponde a la tierra y la bóveda al cielo;
no hay, pues, en todo ello nada que no sea
perfectamente coherente y normal.
Ahora, falta considerar otra cuestión
particularmente importante desde el punto de
vista iniciático: hemos hablado de la caverna
como lugar del “segundo nacimiento”; pero ha de
hacerse una distinción esencial entre este
“segundo nacimiento” y el “tercer nacimiento”,
distinción que en suma corresponde a la de la
iniciación en los “pequeños misterios” y en los
“grandes misterios”; si el “tercer nacimiento” se
representa también como cumplido en la caverna,
¿de qué modo se adaptará a él el simbolismo, de
ésta? El “segundo nacimiento”, que es
propiamente lo que puede llamarse la
“regeneración psíquica”, se opera en el dominio
de las posibilidades sutiles de la individualidad
humana; el “tercer nacimiento”, al contrario, al
efectuarse directamente en el orden espiritual, y
no ya en el psíquico, es el acceso al dominio de
las posibilidades supraindividuales. El uno es,
pues, propiamente un “nacimiento en el cosmos”
(proceso al cual corresponde, según lo hemos
dicho, en el orden “macrocósmico”, el nacimiento
del Avatâra) y por consiguiente es lógico que se lo
figure como ocurrido íntegramente en el interior
de la caverna; pero el otro es un “nacimiento
fuera del cosmos” y a esta “salida del cosmos”,
según la expresión de Hermes, debe
corresponder, para que el simbolismo sea
completo, una salida final de la caverna, la cual
contiene solamente las posibilidades incluidas en
el “cosmos”, las que el iniciado debe precisamente
sobrepasar en esta nueva fase del desarrollo de
su ser, del cual el “segundo nacimiento” no era en
realidad sino el punto de partida.

Aquí, naturalmente, ciertas relaciones se


encontrarán modificadas: la caverna vuelve a ser
un “sepulcro”, no ya esta vez en razón
exclusivamente de su situación “subterránea”,
sino porque el “cosmos” íntegro es en cierto modo
el “sepulcro” del cual el ser debe salir ahora; el
“tercer nacimiento” está precedido
necesariamente de la “segunda muerte”; que no
es ya la muerte al mundo profano, sino
verdaderamente la “muerte al cosmos” (y también
“en el cosmos”), y por eso el nacimiento
“extracósmico” se asimila siempre a una
“resurrección”. Para que pueda ocurrir tal
“resurrección”, que es al mismo tiempo la salida
de la caverna, es necesario que sea retirada la
piedra que cierra la abertura del “sepulcro” (es
decir, de la caverna misma); veremos en seguida
cómo puede traducirse esto en ciertos casos en el
simbolismo ritual.

Por otra parte, cuando lo que está fuera de la


caverna representaba solamente el mundo
profano o las “tinieblas exteriores”, la caverna
aparecía como el único lugar iluminado, y, por lo
demás, iluminado forzosamente desde el interior;
ninguna luz, en efecto, podía entonces venirle de
afuera. Ahora, puesto que hay que tener en
cuenta las posibilidades “extracósmicas”, la
caverna, pese a tal iluminación, se hace
relativamente oscura, por relación, no diremos a
lo que está simplemente fuera de ella, sino más
precisamente a lo que está por sobre ella, allende
su bóveda, pues esto es lo que representa al
dominio “extracósmico”. Podría entonces, según
este nuevo punto de vista, considerarse la
iluminación interior como el mero reflejo de una
luz que penetra a través del “techo del mundo”,
por la “puerta solar”, que es el “ojo” de la bóveda
cósmica o la abertura superior de la caverna. En
el orden microcósmico esta abertura corresponde
al Brahma-randhra [el séptimo chakra], es decir,
al punto de contacto del individuo con el “séptimo
rayo” del sol espiritual, punto cuya “localización”
según las correspondencias orgánicas se
encuentra en la coronilla, y que se figura también
por la abertura superior del athanor hermético (El
“tercer nacimiento” podría ser considerado,
empleando la terminología alquímica, como una
“sublimación”). Agreguemos a este respecto que el
“huevo filosófico”, el cual desempeña
manifiestamente el papel de “Huevo del Mundo”,
está encerrado en el interior del athanor, pero
que éste mismo puede ser asimilado al “cosmos”,
y ello en la doble aplicación, “macrocósmica” y
“microcósmica”; la caverna, pues, podrá también
identificarse simbólicamente a la vez con el
“huevo filosófico” y con el athanor, según que la
referencia sea, si así quiere decirse, a grados de
desarrollo diferentes en el proceso iniciático, pero,
en todo caso, sin que su significación
fundamental se altere en modo alguno.

Cabe observar también que, con esa


iluminación refleja, tenemos la imagen de la
caverna de Platón, en la cual no se ven sino
sombras, gracias a una luz que viene de afuera, y
esta luz es ciertamente “extracósmica”, ya que su
fuente es el “Sol inteligible”. La liberación de los
prisioneros y su salida de la caverna es una
“salida al día”, por la cual pueden contemplar
directamente la realidad de que hasta entonces
no habían percibido sino un simple reflejo; esa
realidad son los “arquetipos” eternos, las
posibilidades contenidas en la “permanente
actualidad” de la esencia inmutable.

Por último, importa señalar que los dos


“nacimientos” de que hemos hablado, siendo dos
fases sucesivas de la iniciación completa, son
también, por eso mismo, dos etapas por una
misma vía, y que esta vía es esencialmente
“axial”, como lo es igualmente, en su simbolismo,
el “rayo solar” al cual nos referíamos poco antes,
el cual señala la “dirección” espiritual que el ser
debe seguir, elevándose constantemente, para
finalmente llegar a su verdadero centro. En los
límites del microcosmo, esta dirección “axial” es
la de la sushumnâ [una “arteria” sutil], que se
extiende hasta la coronilla, a partir de la cual se
prolonga “extraindividualmente”, podría decirse,
en el “rayo solar” mismo, recorrido remontándose
hacia su fuente; a lo largo de la sushumnâ se
encuentran los chakra, centros sutiles de la
individualidad, a algunos de los cuales
corresponden las diferentes posiciones del lûz o
“núcleo de inmortalidad” a las que nos hemos
referido anteriormente, de modo que esas
posiciones mismas, o el “despertar” sucesivo de
los correspondientes chakra, son siempre
asimilables igualmente a etapas situadas en la
misma vía “axial”. Por otra parte, como el “Eje del
Mundo” se identifica naturalmente con la
dirección vertical, que responde muy bien a la
idea de vía ascendente, la abertura superior, que
corresponde “microcósmicamente”, según lo
hemos dicho, a la coronilla, deberá situarse
normalmente, a este respecto, en el cenit de la
caverna, es decir, en la sumidad de la bóveda.
Empero, la cuestión presenta de hecho algunas
complicaciones, debido a que pueden intervenir
dos modalidades diferentes de simbolismo, una
“polar” y otra “solar”.

Abordaremos ahora el resultado final del


simbolismo de la Caverna, esto es “La Salida de la
Caverna”, aunque ello nos lleve necesariamente a
dar luces sobre grados superiores. Sin embargo
es necesario hacerlo pues solo entonces es
posible comprender en plenitud el sentido de
nuestro tema.

La salida final de la caverna iniciática,


considerada como representación de la “salida del
cosmos”, parece deber efectuarse normalmente,
según lo que antes hemos dicho, por una
abertura situada en la bóveda, y en el cenit de
ella; recordamos que esta puerta superior,
designada a veces tradicionalmente como el “cubo
de la rueda solar” y también como “el ojo
cósmico”, corresponde en el ser humano al
Brahma-randhra y a la coronilla. Empero, pese a
las referencias al simbolismo solar que se
encuentran en tal caso, podría decirse que esta
posición “axial” y “cenital” se refiere más
directamente, y sin duda más primitivamente
también, a un simbolismo polar: este punto es
aquel en el cual, según ciertos rituales
“operativos”, está suspendida la “plomada del
Gran Arquitecto”, que señala la dirección del “Eje
del Mundo” y se identifica entonces con la misma
estrella polar. Cabe señalar también que, para
que la salida pueda efectuarse así, es menester
que de ese lugar mismo se retire una piedra de la
bóveda; y esta piedra, por el hecho mismo de
ocupar la sumidad, tiene en la estructura
arquitectónica un carácter especial y hasta único,
pues es naturalmente la “clave de bóveda”; esta
observación no carece de importancia, aunque no
sea éste el lugar de insistir en ella.

De hecho, parece bastante raro que lo que


acabamos de decir sea literalmente observado en
los rituales iniciáticos, aunque empero puedan
encontrarse algunos ejemplos, esta rareza, por lo
demás, puede explicarse, al menos en parte, por
ciertas dificultades de orden práctico y también
por la necesidad de evitar una confusión que
corre riesgo de producirse en tal caso (se puede
entrar ni tampoco salir sino por la única
abertura, practicada en la sumidad de la bóveda).
En efecto, si la caverna no tiene otra salida que la
cenital, ésta tendrá que servir tanto de entrada
como de salida, lo que no es conforme a su
simbolismo; lógicamente, la entrada debería más
bien encontrarse en un punto opuesto a aquélla
según el eje, es decir en el suelo, en el centro
mismo de la caverna, a donde se llegaría por un
camino subterráneo. Solo que, por otra parte, tal
modo de entrada no convendría para los “grandes
misterios”, pues no corresponde propiamente sino
al estado inicial, que para entonces ya ha sido
franqueado hace mucho; sería necesario más
bien, pues, suponer que el recipiendario, entrado
por esa vía subterránea para recibir la iniciación
en los “pequeños misterios”, permanece luego en
la caverna hasta el momento de su “tercer
nacimiento”, en que sale definitivamente de ella
por la abertura superior; esto es admisible
teóricamente, pero de toda evidencia no es posible
ponerlo en práctica de modo efectivo. En cierto
sentido puede decirse que los “pequeños
misterios” corresponden a la tierra (estado
humano), y los “grandes misterios” al cielo
(estados supraindividuales); de ahí también, en
ciertos casos, una correspondencia simbólica
establecida con las formas geométricas del
cuadrado y del círculo (o derivadas de éstas), que
en particular la tradición extremo-oriental refiere,
respectivamente, a la tierra y al cielo; esta
distinción se encuentra, en Occidente, en la de la
Square Masonry y la Arch Masonry, que
acabarnos de mencionar.

En los altos grados de la masonería escocesa,


así ocurre con el grado 13º, llamado del “Arco [de
bóveda] Real”, pero al cual no ha de confundirse,
pese a ciertas similitudes parciales, con lo que en
la masonería inglesa constituye la Arch Masonry
en cuanto diferenciada de la Square Masonry; los
orígenes “operativos” de dicho grado escocés son,
por lo demás, mucho menos claros; el grado 14º o
“Gran Escocés de la Bóveda sagrada”, se confiere
igualmente “en un lugar subterráneo y
abovedado”. Conviene señalar, a este respecto
que hay en todos esos altos grados muchos
elementos de procedencia diversa, no siempre
conservados integralmente ni sin confusión, de
modo que, en su estado actual su naturaleza real
es a menuda difícil de determinar exactamente.
Esta confusión existe, efectivamente, en los
grados escoceses que acabamos de mencionar:
como la “bóveda subterránea” es “sin puertas ni
ventanas”, no se puede entrar ni tampoco salir
sino por la única abertura, practicada en la
sumidad de la bóveda.

Existe en realidad otra solución, que implica


consideraciones en que el simbolismo solar toma
esta vez el lugar preponderante, aunque los
vestigios de simbolismo polar permanezcan
todavía muy netamente visibles; se trata, en
suma, de una especie de combinación y casi de
fusión entre ambas modalidades, según lo
indicábamos al final del estudio precedente. Lo
que importa esencialmente señalar a este
respecto es lo que sigue: el eje vertical, en cuanto
une ambos polos, es evidentemente un eje norte-
sur; en el paso del simbolismo polar al solar, ese
eje deberá proyectarse en cierto modo en el plano
zodiacal, pero de manera de conservar cierta
correspondencia, y hasta podría decirse una
equivalencia lo más exacta posible, con el eje
polar primitivo. Ahora bien; en el ciclo anual, los
solsticios de invierno y verano son los dos puntos
que corresponden respectivamente al norte y al
sur en el orden espacial, así como los equinoccios
de primavera y otoño corresponden a oriente y
occidente; el eje que cumpla la condición
requerida será, pues, el que une los dos puntos
solsticiales; y puede decirse que este eje solsticial
desempeñará entonces el papel de un eje
relativamente vertical, como en efecto lo es con
relación al eje equinoccial. Los solsticios son
verdaderamente lo que puede llamarse los polos
del año; y estos polos del mundo temporal, si
cabe expresarse así, sustituyen entonces, en
virtud de una correspondencia real y para nada
arbitraria, a los polos del mundo espacial; por lo
demás, están naturalmente en relación directa
con el curso del sol, del cual los polos, en el
sentido propio y ordinario del término, son, al
contrario, por completo independientes; y así se
encuentran vinculadas del modo más claro
posible las dos modalidades simbólicas a que nos
hemos referido.

Siendo así, la caverna “cósmica” podrá tener


dos puertas “zodiacales”, opuestas según el eje
que acabamos de considerar, y por lo tanto
correspondientes, respectivamente, a los dos
puntos solsticiales, una de las cuales servirá de
entrada y la otra de salida; en efecto, la noción de
estas dos “puertas solsticiales” se encuentra
explícita en la mayoría de las tradiciones, e
inclusive se le atribuye por lo general una
importancia simbólica considerable. La puerta de
entrada se designa a veces como la “puerta de los
hombres”, quienes entonces pueden ser iniciados
en los “pequeños misterios” como simples
profanos, puesto que no han sobrepasado aún el
estado humano; y la puerta de salida se designa
entonces, por oposición, como la “puerta de los
dioses”, es decir, aquella por la cual pasan
solamente los seres que tienen acceso a los
estados supraindividuales.

Así y suficientemente hemos explicado a la


luz de los escritos del Hno. René Guenón
numerosos tópicos que tienen relación directa
con el tema de la “Caverna” y el significado de los
Grados Crípticos.
Publicado por aquila coronata en 9:04
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