Alejandro Magno
Alejandro Magno
existe un héroe de la Antigüedad, éste es sin duda Alejandro Magno (356-323 a. C.), el
joven rey de Macedonia que simboliza el fin de la Grecia clásica y la instauración de la
cultura helenística.
Con la unión de los datos históricos con lo más íntimo de la personalidad de Alejandro, así
como el contexto social e histórico de la época, Roger Caratini nos presenta una rigurosa
biografía de este personaje, y da incluso muestras de conocer personalmente el recorrido de
las conquistas alejandrinas. Unas conquistas que toparon con los deseos de expansión del
rey persa Darío, cuya rivalidad con Alejandro se convertiría en uno de los motores de la vida
del joven rey macedonio, quien se consideraba un predestinado a convertirse en amo del
mundo.
Guerras, ansias de expansión, luchas políticas, varias esposas y un fiel amante, Hefestión,
convierten la vida de Alejandro, de la mano de Roger Caratini, en una emocionante aventura
que atrapa al lector desde la primera página.
Roger Caratini
Alejandro Magno
ePub r1.0
Mezki 31.07.14
Título original: Alexandre Le Grand
Roger Caratini, 2000
Traducción: Mauro Armiño
Diseño de cubierta: Mezki
Los medos fueron los primeros en unirse y en constituir un reino, con Ecbatana como capital;
pero hubieron de sufrir la dominación de los semitas asirios: el rey asirio Sargón II deportará a Siria
al primer rey medo conocido, Dejoes (en 751 a. C.), y uno de sus sucesores, el famoso conquistador
Asurbanipal, ocupará la Media durante cerca de treinta años. Luego los medos se liberaron del yugo
asirio, destruyeron Asur y Nínive, y Asiría saldrá de la historia durante los reinados de los reyes
medos Ciaxares y Astiages (que muere en 549 a. C.).
El Imperio meda, al que conocemos a través de los escritos de Herodoto y de los anales del rey
babilonio Nabonida, fue un imperio efímero. El rey medo Ciaxares derrotó a los asirios en 612-610
a. C., y a su vez los medos fueron derrotados por los persas de Ciro el Grande en 550-549 a. C.
Corresponde entonces a los persas entrar en escena. Como se ha dicho, habían llegado a Irán al
mismo tiempo que los medos, pero sus reyes habían tenido que sufrir la dominación de estos últimos
durante más de un siglo (de 675 a 550 a. C.). Los reyes persas se vinculaban a un antepasado
legendario, que habría vivido hacia el año 700 a. C. y se habría llamado Aquémenes, de donde deriva
el nombre de su dinastía: los Aqueménidas.
El primer rey persa en tomar el título de Gran Rey fue Ciro I (hacia 640 ? 600 a. C.), cuyo nieto,
Ciro II el Grande (hacia 558 ? 528 a. C.), puso fin al Imperio meda, aunque conservó Ecbatana como
capital y fundó el gran Imperio persa. A partir de sus conquistas (se apodera de Babilonia, luego de
Lidia, en Asia Menor) vemos a Persia avanzar hacia el mundo europeo y amenazar el mundo griego.
El hijo y sucesor de Ciro II, Cambises (528 ? 522 a. C.) conquistará Fenicia y Egipto, y el usurpador
de genio que fue Darío I el Grande (521 ? 486 a. C.) extenderá el Imperio persa desde el valle del
Danubio hasta el del Indo.
Darío I dotará a este Estado gigantesco, donde vivían cien pueblos distintos, de una organización
administrativa centralizada muy notable, si tenemos en cuenta su tamaño (división del Imperio en
satrapías; creación de una ruta real de 2.700 kilómetros de longitud, provista de 511 relevos de
postas, que unía Susa con Sardes, en Asia Menor; y de un sistema monetario (los dáricos de oro).
También fue Darío quien mandó construir la fabulosa capital de Persépolis, y su monumental terraza
real de 130.000 m2.
Visto en conjunto, el Imperio persa era por tanto un verdadero mastodonte político, en
comparación con la Hélade de las mil ciudades. Las distintas provincias que fueron unidas a él nunca
estuvieron asimiladas realmente, sin duda porque la conquista fue muy rápida y, al mismo tiempo,
demasiado heteróclita. Además, a las disputas sucesorias hay que añadir las secesiones de ciertas
satrapías, las revueltas, los cambios de humor de los sátrapas, grandes señores feudales que a veces
se consideraban iguales al Gran Rey. Lo más sorprendente en la historia de los Aqueménidas no es
que hayan creado un imperio tan vasto, sino que su poder haya durado tanto tiempo (dos siglos). La
razón profunda de ello es la ausencia de todo enemigo exterior lo bastante numeroso y poderoso
para lanzarse a una empresa de conquista, incluso parcial, del Imperio persa. Es notable, no obstante,
que sólo las guerras protagonizadas por los persas (las guerras Médicas) se hayan saldado con
repetidos fracasos, a pesar de su enorme superioridad numérica.
En resumen, el ejército persa es terrorífico únicamente por su extensión: el primer ejército
extranjero importante y organizado que lo atacó, el de los macedonios, lo devoró sin mayores
dificultades… pero tenía al frente a un estratega de genio llamado Alejandro.
Prólogo
El objetivo de esta obra es narrar y tratar de explicar la vida de este conquistador de leyenda que
fue Alejandro III el Grande, rey de Macedonia, nacido el año 356 a. C. en Pela, la capital de ese reino,
y muerto de paludismo en Babilonia, en el 323 a. C., al regreso de una expedición fabulosa que lo
había llevado hasta el valle del Indo, en las estribaciones del Himalaya.
Quizá no sea inútil precisar que la antigua Macedonia no era mayor que la Macedonia moderna
(el Estado salido de la explosión de Yugoslavia en 1992, que entró en la ONU el 8 de abril de 1993 y
cuya capital es Skopje). Era, como sigue siendo en nuestros días, un Estado continental, montañoso,
sin acceso al mar, situado en el corazón de los Balcanes. Tenía por vecinos inmediatos: al este,
Tracia, de la que estaba separada por el río Estrimón (el actual Struma); al oeste, el Epiro (la actual
Albania) y, al sur, Tesalia, de la que estaba separada por el macizo del monte Olimpo. En los inicios
de su historia, la capital era Aigai, en el seno de sus montañas, al oeste de la llanura de Pela. Los
macedonios tenían el mismo origen que los griegos; se habían asentado en la región en el siglo VII a.
C. y habían fundado un reino sobre el que imperaba la dinastía de los Argéadas, instaurada en el año
696 a. C. y que alcanzó su apogeo durante el reinado de Filipo II (rey de Macedonia desde 359 a. C. a
336 a. C.), padre de Alejandro Magno. Su capital era entonces Pela, cuyas ruinas están situadas a unos
pocos kilómetros de la ciudad griega actual que lleva su nombre, a una treintena de kilómetros al
noroeste de la moderna Salónica.
Desde el principio de su reinado (en el año 336 a. C.), Alejandro tuvo a su disposición una
cancillería, donde trabajaban cientos de funcionarios, oficiales y especialistas diversos, que
clasificaban y conservaban todos los documentos escritos (en griego antiguo), militares, políticos o
personales, los tratados y los archivos, los textos de leyes, los informes, la correspondencia, en
resumen todo lo que, de cerca o de lejos, tenía alguna relación con su reinado y sus conquistas.
Ninguno de esos documentos nos ha llegado.
Toda cancillería supone un canciller. El de Alejandro se llamaba Éumenes y tenía el grado de
general en el ejército del Conquistador. Era oriundo de Kardianos (Cardía), ciudad del Quersoneso
de Tracia (hoy en día la península de Gallípoli, al norte del estrecho del Helesponto, en Turquía) y
antes había sido el secretario de Filipo II. Ayudado por un tal Diodoto de Eritrea, del que apenas
sabemos nada, Éumenes consignaba cuidadosamente los sucesos cotidianos de la vida de su amo, así
como su correspondencia, en unas Efemérides que, si hubiesen subsistido, serían una mina de oro
para todos los historiadores. Por desgracia, ese diario se quemó en un incendio que consumió la
tienda de Éumenes, en el año 325 a. C., durante la expedición de Alejandro a India.
Alejandro también había llevado a Asia, como testigo de sus conquistas, al sobrino nieto de
Aristóteles (veremos que este filósofo fue el preceptor del Conquistador cuando era joven),
Calístenes de Olinto. Éste se encargaba de describir, día a día, los grandes acontecimientos de que era
testigo, cosa que hizo al parecer con celo y no sin adulación, hasta el día en que cayó en desgracia y
Alejandro mandó ahorcarle después de haberlo torturado. Calístenes pretendía haber salvado una
parte de las Efemérides del general Éumenes y estos documentos, unidos a las notas que él mismo
tomaba todos los días, nos serían sin duda de la mayor utilidad: también han desaparecido. No hay
que confundir a este Calístenes con el autor, griego, de la Novela de Alejandro, cuyas traducciones al
latín y luego al árabe, circularon durante la Edad Media y al que se llama el Seudo-Calístenes.
Otros contemporáneos del Conquistador, compañeros de sus conquistas y conscientes como eran
de vivir una epopeya grandiosa, también pensaron en ponerla por escrito, completando sus notas
personales con los documentos oficiales que pasaban por sus manos. Los personajes más notables
fueron: Aristóbulo de Casandra (siglo IV a. C.), ingeniero civil y miembro de la cancillería de
Alejandro dirigida por Éumenes; el general Ptolomeo (hacia 360-283 a. C.), hijo de un oscuro
macedonio llamado Lago y de una tal Arsínoe, doncella en la corte de Filipo II (más tarde, a la
muerte de Alejandro, se convertirá en primer rey del Egipto conquistado por su señor); el almirante
cretense Nearco que, en el año 326 a. C., condujo el ejército de Alejandro desde Karachi, el puerto de
Pakistán, hasta el fondo del golfo Pérsico.
En la noche del 13 de junio del año 323 a. C. Alejandro Magno moría en Babilonia, víctima de un
mosquito que había introducido en su sangre el agente del paludismo. Calístenes había sido ahorcado
el año 328 a. C. Las Efemérides de Éumenes habían ardido en 325 a. C.: ¿iba a desaparecer también el
recuerdo de las hazañas de Alejandro para dar paso únicamente a leyendas?
¿Desaparecer para siempre? Era posible, pero no ocurrió así. Hacia el año 310 a. C. un griego de
Alejandría, Clitarco, publicaba la Apología de Alejandro que había redactado Calístenes, aumentada
con algunos relatos de procedencia dudosa. Era más una novela que una obra histórica, y en ella se
presentaba al héroe, sin comentario alguno, como una especie de semidiós, valiente hasta la
despreocupación, terrible en sus cóleras, magnánimo en su bondad, sobre un telón de fondo de
carnicerías, de orgías gigantescas y conquistas de un Oriente fabuloso. Así nació lo que en la Edad
Media se llamó la Novela de Alejandro, la versión novelesca de su vida tal como la transmitieron
luego los autores latinos y griegos.
Otros contemporáneos o cuasi contemporáneos del macedonio también escribieron sobre él. Pero
apenas conocemos algo más que sus nombres: Onesícrito, el oficial de marina que pilotaba el barco
real cuando Alejandro descendió el río Indo; Marsias, su amigo de la infancia; Dicearco de Mesena,
un alumno de Aristóteles, y una veintena más: sus obras se han convertido en humo.
Sin embargo, en tiempos de Julio César, de Augusto y Tiberio, los escritos de Calístenes y de
otros seguían circulando en los ambientes romanos y griegos; pero apenas subsiste algo más que
fragmentos inutilizables, que fueron publicados por diversos eruditos a finales del siglo XVIII (por
ejemplo: G. Sainte-Croix, Examen critique des anciennes histoires de Alexandre, París, 1775) y sobre
todo en el siglo XIX y principios del XX (J. G. Droysen en 1833, Pauly-Wissowa en 1905, Jacoby en
1929, etc.).
En última instancia, los historiadores, en total, no tienen como fuentes escritas que nos informen
sobre la vida de Alejandro Magno más que las obras de los cinco autores antiguos siguientes, que
trabajaron varios siglos después de su muerte:
el historiador griego Diodoro de Sicilia (hacia 90-20 a. C.), autor de una Biblioteca histórica que
trata de hacer, sin gran espíritu crítico, un cuadro de la historia universal desde los tiempos más
remotos hasta Julio César y cuyo libro XVII está consagrado a Alejandro Magno;
el historiador latino Quinto Curcio (siglo I), autor de una Historia de Alejandro Magno;
el historiador latino Marco Juniano Justino, conocido con el nombre de Justino (siglo II), autor
de un resumen de la gran Historia universal escrita por el galo Pompeyo Trogo (siglo I), cuya
parte principal estaba consagrada a la historia de Macedonia y que se ha perdido íntegramente;
el biógrafo y moralista griego Plutarco de Queronea (hacia 50-120), que contó con un talento
incomparable la vida de Alejandro Magno en sus famosas Vidas de hombres ilustres, utilizando a
Clitarco, como los anteriores, pero también escritos diversos de orígenes más o menos
dudosos;
el historiador y filósofo griego Arhionos, conocido con el nombre de Arriano (hacia 95-175),
oriundo de Nicomedia, en Bitinia (un antiguo reino griego a orillas del mar Negro), que fue
discípulo en Roma del estoico Epicteto, autor de las Expediciones de Alejandro (esta obra suele
citarse bajo el título de Anábasis de Alejandro, el término griego «anábasis» significa
«expedición»). El interés de esta fuente es de capital importancia: mientras que los autores
anteriores, Plutarco incluido, nos han transmitido, cada cual a su manera, la versión idealizada
de Calístenes vía Clitarco de Alejandría, Arriano, que desconfía de esa versión, y que sin duda
tuvo acceso no sólo al texto de Clitarco sino también a los testimonios —hoy desaparecidos—
dejados por oficiales próximos a Alejandro, como Aristóbulo, Ptolomeo o Nearco, hizo de
ellos un uso crítico que da a su presentación del macedonio un valor más objetivo que el de
Diodoro de Sicilia, de Justino, de Quinto Curcio o de Plutarco.
Perdicas I, primer rey de Macedonia (antes de 650). —La dinastía macedonia de los Argéadas. —Arquelao II, primer gran soberano de
Macedonia (413-399). —Filipo II de Macedonia: su juventud, la influencia del general tebano Epaminondas (h. 382-359). —Filipo,
regente: crea el ejército macedonio (359-356). —Filipo, rey de Macedonia: conquista de las fronteras naturales del reino; unificación del
mundo griego (356-336). —Su asesinato (julio de 336).
1. La leyenda macedonia
Es Herodoto quien nos cuenta los orígenes legendarios de la dinastía macedónica de la que salió
Alejandro Magno (Historias, libro VIH, cap. 137-138); Herodoto es un griego de Asia, nacido
verosímilmente en Halicarnaso, hacia 484 a. C.; pasó la mayor parte de su vida en Turios, colonia
griega cosmopolita del sur de Italia, fundada hacia el año 444 a. C. a instigación de Pericles. La
genealogía que Herodoto propone fue admitida por Tucídides (II, 99), que debió de verificarla en
Tracia, en el transcurso de su exilio, durante la guerra del Peloponeso.
Herodoto nos enseña en primer lugar (VIII, 136) que en el año 480 a. C., durante la segunda
guerra Médica, mientras invernaba en Tesalia, el general persa Mardonio mandó un mensaje a Atenas
por mediación de «Alejandro, hijo de Amintas, macedonio» y nos explica que este Alejandro era
descendiente de un tal Perdicas que se convirtió en rey de los macedonios en unas circunstancias muy
novelescas, más dignas de una serie de «Cuentos y leyendas de Macedonia» que de la obra de un
historiador erudito, y que ante todo vamos a narrar.
Así pues, nos cuenta Herodoto que, a principios del siglo VII a. C., en la ciudad aquea de Argos,
que pasaba por ser la más antigua de Grecia, vivían tres hermanos de la estirpe de Témeno,
descendiente a su vez de Heracles, el hijo de Zeus y de Alcmena, la bella mortal; se llamaban
Gavanes, Aéropo y Perdicas. Los tres jóvenes se habían visto obligados a huir de Argos y habían
llegado a las regiones montañosas de Iliria, a orillas del mar Adriático. Luego de Iliria habían pasado
a esa parte de la Alta Macedonia que se extiende al norte del golfo de Salónica y llegaron a una
pequeña ciudad (no identificada) llamada Lebea. Se pusieron a servir al rey de esa ciudad: Gavanes
guardaba sus caballos, Aéropo sus bueyes y el más joven, Perdicas, las cabras, los cerdos y el ganado
menor.
En ese tiempo, prosigue Herodoto, todo el mundo era pobre, incluso las familias reales, y se
alimentaban de migas de pan. En Lebea, la mujer del rey se las hacía cocer ella misma, sin duda para
evitar que un panadero falto de honradez le robase algunas, porque el trigo era escaso. Un día se dio
cuenta de que la bola de pan destinada al joven y seductor Perdicas, cuando salía del horno era dos
veces mayor que la de sus hermanos y los restantes miembros de la gente de la casa real. La causa de
este milagro era sin duda el amor que sentía por el bello Perdicas la panadera real, que le preparaba
los mejores panes. A su marido el rey le explicó que se trataba de un prodigio, que anunciaba algo
grande relacionado con el bello Perdicas.
Los reyes celosos no creen en los prodigios: el de Lebea despidió a los tres hermanos,
prohibiéndoles volver a poner los pies en sus dominios: los jóvenes le dijeron que aceptaban
marcharse, pero que exigían recibir previamente su salario. Los reyes celosos son a menudo avaros y
el nuestro no era una excepción a la regla: señalando la mancha de luz que sobre el suelo de su casa
formaban los rayos del sol que caían desde el orificio por donde solía escapar el humo del horno, les
dijo, con la mente perturbada sin duda por algún dios: «Aquí tenéis el salario que habéis merecido:
¡cogedlo y marchaos!»
Los dos hermanos mayores, Gavanes y Aéropo, se quedaron cortados sin saber qué responder;
pero el más joven, Perdicas, replicó al punto: «Aceptamos, oh Rey, este salario que nos ofreces, y te
damos las gracias.»
Y cogiendo un cuchillo que llevaba al cinto, dibujó sobre el suelo de tierra batida un círculo
alrededor de la mancha luminosa; luego, inclinándose hacia ella, esbozó por tres veces el gesto de un
hombre que sacase los rayos del sol en el hueco de su mano, e hizo ademán de introducirlos en un
pliegue de su túnica. Finalmente, se retiró con sus hermanos después de haber lanzado una última
mirada a la hermosa panadera.
Cuando se hubieron marchado, uno de los compañeros del rey le hizo observar la gravedad del
gesto ritual de Perdicas: significaba, le dijo, que a partir de ese momento el joven y sus hermanos
podían considerarse amos y señores del dominio real cuyo centro era el círculo luminoso. Como
todos los celosos, al rey acababan de hacerle una jugarreta, y se enfureció. Envió a sus hombres de
armas en persecución de los tres hermanos, con la orden de capturarlos y matarlos. Pero los tres
descendientes de Témeno habían avanzado mucho: habían franqueado un río que, tras su paso, había
crecido tanto que cuando los jinetes del rey llegaron no pudieron vadearlo. Los fugitivos, ahora fuera
del alcance de sus perseguidores, se asentaron al pie de una montaña, en una región donde crecen
rosas de sesenta pétalos y cuyo perfume supera al de las demás rosas. Allí prosperaron, se hicieron
dueños de la comarca, luego de las regiones de los alrededores, más tarde de toda Macedonia, de la
que Perdicas se convirtió en el primer rey. Como Perdicas descendía de Témeno y Témeno de
Heracles, la dinastía que fundó fue llamada dinastía de los Heraclidas. Más a menudo se la llama
dinastía de los Argéadas por alusión a la ciudad de Argos de donde era oriundo Perdicas, y como
referencia al hijo de éste, Argeo, que sería el fundador histórico de la estirpe cuyo último
representante fue Alejandro Magno.
De Perdicas I, el joven enamorado de la mujer de un jefe de aldea macedonio, panadero de
condición, a Filipo II, padre de Alejandro Magno, transcurrió poco más de tres siglos, es decir, tanto
tiempo como entre la época de Juana de Arco y la de Luis XV. Durante esos trescientos años
Macedonia tuvo muchas ocasiones de cambiar de aspecto. El «reino» de los primeros soberanos
estaba cubierto en gran parte de montañas y bosques habitados por poblaciones sedentarias y feroces,
que llevaban una vida de agricultores y pequeños ganaderos en unas poblaciones aisladas unas de
otras. Desconocían todo de la vida urbana y estaban casi totalmente separados de Grecia, de
civilización tan brillante ya en ese momento y sin embargo tan próxima: la primera capital de
Macedonia, Aigai (Egas), de donde, con buen tiempo, se puede divisar la cima nevada del monte
Olimpo, sólo estaba a 320 kilómetros de Atenas.
Los seis o siete primeros reyes macedonios no son para nosotros más que nombres;
indudablemente eran los jefes de una tribu montañesa que había conseguido imponerse a otras en las
montañas de Macedonia. Para los griegos del siglo VI o del V a. C. parecían bárbaros rubios de ojos
azules y tez clara, cuya lengua era incomprensible, y a los que a menudo confundían con los tracios
salvajes, de cuerpo cubierto de tatuajes. Fue Herodoto el primero que llamó la atención de sus
contemporáneos sobre la calidad de la civilización macedonia, con dos sutiles anécdotas como las
que este autor sabía contar.
La primera concierne a una embajada enviada por Megabazo, el almirante del Gran Rey Darío I
—que en ese momento se dedicaba a extender sus conquistas en Europa hasta el Danubio—, al rey
Amintas I de Macedonia (540-498 a. C.). Así pues, a Aigai, la capital, llegan siete embajadores persas
y le piden, de parte de Darío, «la tierra y el agua», es decir, unos territorios y espacios marítimos.
Después de responder afirmativamente a la demanda de los legados, Amintas los invita a una comida
de hospitalidad, y he aquí cómo se desarrolló el asunto, según Herodoto (V, 16-20):
Una vez concluido el banquete, los persas, que estaban bebiendo a discreción, le dijeron lo
siguiente: «Amigo macedonio, nosotros, los persas, cuando ofrecemos un gran banquete tenemos por
costumbre, en tal ocasión, incluir entre los asistentes a nuestras concubinas, así como a nuestras
legítimas esposas. En vista, pues, de que tú nos has acogido con verdadera afabilidad, de que nos
agasajas espléndidamente y te avienes a entregarle al rey Darío la tierra y el agua, sigue nuestra
costumbre.» «Persas —respondió a esto Amintas—, entre nosotros, concretamente, no rige esa
costumbre, sino la de que los hombres estén separados de las mujeres. No obstante, puesto que
vosotros, que sois quienes mandáis, solicitáis este nuevo favor, también veréis satisfecha esta
petición.»
Amintas envía en busca de las mujeres, que se sientan frente a los persas sonriendo. Mas éstos,
animados por el generoso vino de Macedonia, según cuenta Herodoto, piden más:
Éstos, entonces, al contemplar la hermosura de las mujeres, se dirigieron a Amintas diciéndole
que semejante proceder carecía de toda lógica, pues mejor hubiera sido que, de buenas a primeras,
las mujeres hubiesen excusado su asistencia, antes que acudir y, en vez de sentarse a su lado, hacerlo
frente a ellos para tormento de sus ojos. Bien a su pesar, Amintas les mandó, pues, que se sentaran
junto a ellos; y apenas las mujeres hubieron obedecido, los persas, como estaban borrachos perdidos,
empezaron a toquetearles los pechos y hasta es posible que alguno intentara besarlas.
Alejandro, el hijo de Amintas (el que le sucederá bajo el nombre de Alejandro I), se indigna;
ruega a su padre que se retire, pretextando su edad, y que le deje arreglar las cosas. El rey, después de
haber aconsejado a su hijo que se tranquilice, abandona la sala y el príncipe se dirige a sus huéspedes:
Amigos, las mujeres aquí presentes están a vuestra entera disposición, tanto si queréis hacer el
amor con todas o sólo con un determinado número de ellas (sobre este particular vosotros mismos
decidiréis). Pero como ya se acerca el momento de acostaros y veo que estáis bien borrachos,
permitid, si os parece oportuno, que estas mujeres vayan ahora a darse un baño y, a su regreso, una
vez bañadas, podréis haceros cargo de ellas.
Los persas aceptan encantados y siguen bebiendo mientras las mujeres vuelven a sus aposentos.
Entonces Alejandro hace venir a su lado algunos jóvenes, todavía imberbes, les hace ponerse vestidos
de mujer, reparte entre ellos puñales y, cuando están preparados, maquillados y perfumados, los
introduce en la sala donde los persas aguardan, impacientes, a las mujeres que les han prometido.
Alejandro se dirige a ellos en estos términos:
“Persas, me parece que se os ha obsequiado con un completísimo banquete en el que nada ha
faltado, ya que, además de todo cuanto poseíamos, tenéis asimismo a vuestra disposición todo aquello
que hemos podido conseguir para agasajaros; y concretamente —cosa ésta que excede toda norma de
hospitalidad— os ofrecemos, con generosa prodigalidad, a nuestras propias madres y hermanas, con
el fin de que comprobéis a la perfección que, por nuestra parte, recibís los honores a que
verdaderamente sois acreedores, y para que, de paso, podáis explicar al rey que os ha enviado que un
griego, un gobernador de Macedonia, os ha dispensado una buena acogida tanto en la mesa como en
la cama.”
Los persas tienden enseguida los brazos hacia los jóvenes macedonios disfrazados de mujeres,
los hacen sentarse a su lado y, apenas intentan ponerles la mano encima, éstos sacan sus puñales y los
matan a todos. Los pretendidos bárbaros macedonios habían dado una terrible lección de moral a los
enviados del Gran Rey. Cuando la noticia de la matanza llegó a Susa, Megabazo amenazó a los
macedonios con una severa expedición de castigo y envió a su sobrino, Buhares, a Aigai, para hacer
una investigación sobre lo que había pasado. Pero aunque todavía era muy joven, Alejandro conocía
la venalidad de los orientales. Compró a buen precio el silencio de Buhares, le ofreció además su
propia hermana como esposa y el asunto quedó ahí: la virtud de las macedonias había sido
salvaguardada y los persas aprendieron la lección. Ningún heleno lo habría hecho mejor.
La segunda anécdota concierne a los orígenes étnicos de los macedonios, que los griegos de
Atenas, de Tebas y Esparta considerarían bárbaros, es decir, como no-griegos. El anciano rey
Amintas había muerto de vejez en sus montañas, y su hijo, el que había dado una severa lección a los
borrachos persas, se había convertido en rey con el nombre de Alejandro I, en 498 a. C. Dos años
después de su advenimiento, se inauguraban los 71° Juegos Olímpicos de la Hélade, y el joven
soberano decidió participar en ellos.
Así fue como por vez primera, en 496 a. C., un rey de Macedonia pisó el suelo de Grecia, más
exactamente el del Peloponeso, en Olimpia, para participar en las carreras a pie de los Juegos, e hizo
un discurso en este sentido ante las autoridades de Olimpia. La primera reacción de los concurrentes
y los representantes de las distintas ciudades griegas fue de extrañeza ante el hecho de que un bárbaro
pudiera expresarse con elegancia en la lengua del Ática, y la segunda apartarle del concurso que,
según decía, estaba estrictamente reservado a los griegos y prohibido a todo bárbaro, aunque fuese
un rey. Pero Alejandro siguió en sus trece: defendió su causa ante los helanódicos, los magistrados
encargados de hacer respetar los reglamentos de los Juegos, les demostró que era argivo de origen,
que sus antepasados eran de Argos y que descendían de Heracles, el creador de los Juegos y su
primer ganador. Se le admitió entonces en pie de igualdad con los griegos, y llegó el primero ex
aequo en la carrera del estadio: Píndaro celebró su victoria en una oda entusiasta.
El caso provocó gran revuelo en toda Grecia y cada cual le buscó su provecho, tanto los
macedonios como los atenienses. Desde el reinado de Amintas, Macedonia se había desarrollado
mucho y el joven rey que era Alejandro I no había hecho el viaje a Olimpia simplemente por el
placer de ganar una carrera pedestre: al hacerse reconocer oficialmente como griego, y de alta
estirpe, sentaba las bases de una alianza futura, en pie de igualdad, entre Macedonia y las grandes
ciudades helénicas, como Atenas, Esparta o Tebas. En cuanto a los griegos, en 496 a. C. vivían desde
hacía tres años bajo la amenaza de los persas, y sus estrategas sabían que, para los ejércitos del Gran
Rey, la ruta más directa de Susa a Atenas pasaba por el Bósforo, Tracia, Macedonia y Tesalia: entre
sus intenciones figuraba la de hacer entrar a los macedonios en la coalición antipersa, porque su
interés era el mismo que el de los súbditos de Alejandro. ¡El envite bien valía una corona en los
Juegos Olímpicos!
A decir verdad, Alejandro I no era para los griegos un aliado fiable, como el futuro iba a
demostrar. En primer lugar, había ofrecido su hermana por esposa al sobrino del almirante de la flota
persa, para acallar el asunto del asesinato de los embajadores; pero ¿merecía un regalo tan grande
aquel despreciable asunto de costumbres? Además, a diferencia de los griegos, no tenía el sentido
patriótico metido en el cuerpo, no tenía ninguna historia de Macedonia que respetar, carecía de
modelos heroicos como los de la Ilíada, cuyos cantos habían acunado a todos los helenos y eran
tomados como ejemplo. Dada la situación internacional en el Mediterráneo, su país podía elegir entre
dos soluciones: o volverse una satrapía del Imperio persa y vivir en paz bajo su protección, o
zambullirse en el caldo de cultivo nacionalista de los griegos, con todas las perspectivas de guerras y
desgracias que eso suponía. Así pues, se decidió por el Gran Rey. Juró obediencia a Darío en 492 a.
C., y la derrota de los persas en Maratón dos años después no le hizo cambiar de campo: acompañó a
Jerjes en su expedición de 480 a. C. y sufrió con él la derrota de Salamina. No cambió de bando hasta
agosto del año 479 a. C., en Platea, donde traicionó a los persas en favor de los helenos, que honraron
esa traición concediéndole el título de «amigo de los griegos» (Philhellenos), lo que en última
instancia no era demasiado glorioso.
Como los persas ya no eran de temer, Alejandro I helenizó su corte y su capital, atrayendo a la
pequeña Aigai a políticos, sabios, escritores, músicos y pintores griegos. Luego murió, satisfecho,
tras cuarenta y tres años de reinado; dejaba la corona de Macedonia a su hijo mayor, Perdicas II, que
le sucedió hacia 455 a. C. (su otro hijo, Filipo, no tuvo ocasión de reinar). Perdicas imitó a su madre
y, mientras los horrores de la guerra del Peloponeso ensangrentaban la Grecia continental, pacifistas,
poetas, sabios y escritores se volvieron más numerosos que nunca en la colina de Aigai, adonde fue a
vivir incluso Hipócrates, el famoso médico.
En 413 a. C. Perdicas II también murió. Le sucede su hijo, Arquelao, nacido de una concubina y no
de una mujer legítima. Fue, como suele decirse, un gran rey. Al no tener que preocuparse de política
extranjera ni de disputas sucesorias, Arquelao pudo sacar provecho a los catorce años de su reinado
para hacer de Macedonia un país moderno y susceptible de defenderse frente a eventuales invasores.
Trasladó la capital de Aigai a Pela, en la llanura, a unos treinta kilómetros de la costa, en un cerro
que dominaba un lago, unido al mar por un río navegable; la ciudad imitaba a las hermosas ciudades
comerciantes griegas, con un agora, muelles, depósitos de almacenamiento y templos. Macedonia
sólo tenía caminos: Arquelao hizo construir un gran número de carreteras que irradiaban desde Pela,
ciudad que así se unía a todas las regiones del reino, incluidas las más alejadas e inaccesibles.
Construyó numerosas fortalezas, que transformaron Macedonia en un bastión formidable; para
mantenerlas y, llegado el caso, defenderlas, Arquelao puso en pie un poderoso ejército y envió a Pela
a oficiales griegos, e hizo traer armas y armaduras en gran cantidad.
Como su padre y su abuelo, Arquelao era un enamorado de la literatura y las artes liberales.
Acogió con generosidad a los escritores y artistas que, huyendo de la inseguridad de Grecia —
transformada entonces en campo de batalla por la guerra del Peloponeso—, iban a refugiarse en
aquella nueva Atenas: Eurípides, que no podía seguir soportando las infidelidades de su mujer,
estableció allí su residencia y pasó los dos últimos años de su vida (tuvo un final trágico, murió bajo
las fauces de los perros guardianes del palacio real que lo habían atacado); el poeta Agatón, en cuya
casa se había celebrado el memorable banquete al que asistió Platón; Zeuxis, el pintor más famoso de
toda Grecia; el músico Timoteo, etc. Por desgracia, este rey, que tantas cosas hizo por su país,
desapareció muy pronto al ser asesinado el año 339 a. C.
Este crimen sumió a Macedonia en la anarquía durante dos años. Luego la corona recayó en un
sobrino de Perdicas II, hijo de su hermano Filipo y primo hermano de Arquelao, el rey Amintas II
(398-369 a. C.), del que ahora tenemos que hablar. Este monarca presenta, en efecto, tres
particularidades que merecen que se le haga un sitio aparte en este desfile de reyes macedonios: en
primer lugar, sometió al turbulento pueblo montañés de los lincéstidas (en el oeste de Macedonia,
hacia la actual Albania); en segundo lugar, se casó con la hija de uno de los jefes de ese pueblo,
llamada Eurídice, que resultó ser una conspiradora sanguinaria; por último, de ese matrimonio
nacieron cuatro hijos, una mujer cuyo nombre no nos ha llegado, y tres varones, que reinaron uno
tras otro: Alejandro II (369-367 a. C.); Perdicas III (365-359 a. C.) tras dos años de anarquía debidos a
las intrigas del usurpador Pausanias; y finalmente, Filipo II de Macedonia (nacido en 382 a. C., rey de
356 a 336 a. C.), padre de Alejandro Magno, que por lo tanto era lincéstida por parte de madre y
macedonio por parte de padre.
En cuanto a la hija de Perdicas II, se casó con un tal Ptolomeo, que también resultaba ser amante
de su madre Eurídice; cuando el rey Amintas murió en 369 a. C., la corona recayó, como se ha dicho,
en Alejandro II, y Eurídice proyectó matar a su hijo para recuperar el trono, en provecho de su
amante. Ptolomeo se encargó de hacer realidad este proyecto: invitó a Alejandro II a asistir a una
danza guerrera, que debía realizar él mismo con los hombres de su guardia, y en el momento álgido
de la danza, cuando Alejandro II sólo prestaba atención a los danzantes, Ptolomeo se abalanzó sobre
el joven rey y lo mató. Pero los bienes mal adquiridos nunca aprovechan: Ptolomeo no pudo
apoderarse de la corona, que un tal Pausanias, apoyado por una camarilla militar, quería usurpar.
Eurídice pidió el arbitraje de Atenas, que envió a Pela a un militar, el estratego Ifícrates; éste zanjó la
querella sucesoria: Perdicas III sucedería a su hermano (reinó de 365 a 359 a. C.) y, a su muerte, la
corona correspondería a su hijo Amintas, tercero de ese nombre.
2. Filipo II de Macedonia
El destino de los tres hijos de Amintas II y Eurídice tiene algo de contradictorio. El de los dos
mayores, Alejandro II (que reinó dos años) y Perdicas III (que reinó seis), traduce el fin de la
Macedonia tradicional, la de los campesinos belicosos, grandes cazadores y bebedores, semibárbaros
y semigriegos, y la de los señores feudales que desfilaban por Pela, la nueva capital, imitando a los
atenienses de antaño. El reinado del menor, Filipo II, que por lo demás no estaba destinado a reinar,
según el arbitraje de Ifícrates, inaugurará la era de la Macedonia triunfante, que pondrá a toda Grecia
a sus pies.
Alejandro II se puso las botas de su padre recuperando el proyecto que éste había forjado de
conquistar la vecina Tesalia. Empezó apoderándose de sus dos ciudades más importantes, Larisa y
Cranón; pero los tesalios habían llamado en su ayuda a Tebas, la ciudad griega que, después de haber
derrotado a los espartanos y los atenienses —gracias a los talentos de su estratego, el general
Pelópidas—, se había convertido en líder del mundo griego: los macedonios fueron expulsados de
Tesalia y, a su vuelta, Alejandro II fue asesinado en las circunstancias que más arriba se han contado,
por orden de su madre, que quería instalar a su amante Ptolomeo sobre el trono de Macedonia. Se
sabe que ese proyecto no pudo cumplirse: Ptolomeo hubo de contentarse con ser regente de
Macedonia hasta la mayoría de Perdicas III.
Cuando este último hubo alcanzado la edad de veinte años (en 365 a. C.), reivindicó la corona
paterna, Ptolomeo se negó a dejar sus funciones de regente, y Perdicas III, utilizando el viejo método
macedonio, mandó asesinarlo, matando así dos pájaros de un tiro: recuperaba su corona y vengaba la
muerte de su hermano. Pero ahí detuvo su «macedonismo», porque en la corte de Pela empezaban a
helenizarse. Eurídice había aprendido a leer y a escribir (el griego) durante su viudez, y Perdicas III,
que había tenido preceptores griegos en su infancia, era aficionado a la geometría y la filosofía. Una
vez rey, hizo ir a Pela a un discípulo de Platón, Eufraios de Oreos, y sus compañeros solían decir que
el mejor modo de obtener los favores del soberano era ir a hablarle de geometría. Este monarca
filósofo murió joven (a los veintiséis años): los ilirios y los lincéstidas, ese pueblo de montañeses al
que pertenecía su madre Eurídice, se agitaban en el oeste de Macedonia, y Perdicas III hubo de salir
en campaña contra ellos. La primera gran batalla que libró contra estos rebeldes fue un desastre: peor
guerrero que geómetra, Perdicas pereció en ella, con 4.000 de los suyos, en el año 359 a. C., a menos
que fuera asesinado por instigación de Eurídice.
Amintas, hijo suyo, era todavía menor y Macedonia se encontraba en gran peligro. La parte
occidental del país se encontraba invadida por los ilirios; en el norte poblaciones poco civilizadas,
que hasta entonces habían vivido en silencio, empezaban a manifestar deseos de independencia; en el
este, los tracios se volvían amenazadores y las regiones costeras, a treinta kilómetros de Pela, eran
codiciadas por Atenas, que por fin había comprendido que en Grecia había que dedicarse a los
negocios y no a la guerra, y por una recién llegada al concierto de las naciones griegas, la ciudad de
Olinto.
Fue entonces cuando apareció el salvador de Macedonia en la persona de Filipo, tercer hijo de
Eurídice, que a la muerte de su hermano en 359 a. C., tenía aproximadamente veintitrés años.
Cuando Alejandro II, el mayor de los tres hijos de Amintas II, había subido al trono de Macedonia
diez años antes, deseoso de manifestar sus intenciones pacíficas respecto a los ilirios, les había
enviado en calidad de rehén a su hermano menor, Filipo, como era costumbre en la Antigüedad
cuando un Estado quería mantener relaciones de paz con otro Estado. Pero como se sabe, Alejandro
II fue asesinado en 367 a. C. por Ptolomeo, el intrigante amante de su madre, y ésta, una vez regente,
hizo volver a Filipo a Pela y luego lo exilió a Tebas, como rehén de esta ciudad. El joven debía
permanecer allí cerca de tres años y regresó a Macedonia en 365 a. C.: tenía entonces unos dieciocho
años.
Filipo, como todos los jóvenes aristócratas macedonios, despreciaba un poco la cultura tebana.
En Pela estaba de moda admirar todo lo que venía de Atenas y sólo de Atenas: la Beocia, cuya capital
era Tebas, tenía una pésima reputación en materia cultural, y el adjetivo «beodo» era el que se
empleaba en la patria de Platón, de Aristófanes y Demóstenes para calificar a una persona inculta y
pesada de mente. Sin embargo, si en materia de finura de ingenio, de elegancia y galantería los
tebanos no tenían nada que echar en cara al joven príncipe de Macedonia, tenían muchas cosas que
enseñarle en el plano militar, y Filipo tuvo la suerte de darse cuenta.
En Tebas vivía con la familia del famoso general Epaminondas (hacia 418-362 a. C.), que se había
distinguido en la batalla de Mañanea, en 385 a. C., al lado de los espartanos, y más todavía en la de
Leuctra (371 a. C.) contra esos mismos espartanos, convertidos en enemigos de Tebas. Ese día,
Epaminondas había empleado una nueva estrategia que había llenado de admiración a toda Grecia: en
contra de la estrategia tradicional, había concentrado lo más fuerte de sus tropas en el ala izquierda,
las había dispuesto en profundidad y, con esta formación, marchó contra el ala derecha adversaria,
que fue aplastada por este ataque masivo. El ejército espartano se dio a la fuga, dejando 400 muertos
en el campo de batalla, entre ellos Cleombrotos, rey de Esparta. Además, Epaminondas era amigo
íntimo de otro general tebano, Pelópidas: es fácil imaginar cuánto podía apasionarse el joven Filipo
por las conversaciones de los dos hombres, cuya amistad era tal que prácticamente nunca se
separaban. No podía pedir mejores maestros, y a su lado Filipo recibió lecciones de política y ciencia
militar que nunca olvidaría.
Mientras tanto, el asesinato político, ese acelerador privilegiado de la historia macedonia, seguía
su camino. Perdicas III había sacudido el insoportable fardo que representaba la tutela que sufría de
parte de su madre y de Ptolomeo: éste fue asesinado (no se sabe si por Perdicas o por Eurídice), y
Eurídice, la furia, temiendo correr el mismo destino, huyó a ejercer sus talentos en las montañas
natales, entre los lincéstidas. La calma reinó de nuevo en el palacio real, Perdicas III hizo regresar a
los poetas y los oradores griegos que tanto gustaban a su padre y Filipo fue autorizado por los
tebanos a volver a Pela y apoyar a su hermano.
Cuando en el año 365 a. C. llegó el adolescente que dos años antes había partido hacia Tebas, se
había convertido en un joven atlético, entusiasta hasta el exceso, impregnado de cultura ateniense, lo
que le valía la admiración de los aristócratas de Pela, pero sobre todo, razonando sobre los asuntos
de la guerra como nadie, lo que le valía la estima de los oficiales macedonios. A fin de preparar a su
hermano, destinado a sucederle un día, en el arte de administrar, Perdicas III le confió el gobierno de
una provincia; la carrera de Filipo estaba ahora trazada: antiguo alumno de Epaminondas, se
convertiría en jefe del ejército macedonio y, a la muerte de su hermano, sucedería a su joven sobrino
en el trono. Para este destino se preparó, entre 365 y 359 a. C., yendo y viniendo entre la provincia
montañosa que le habían dado para gobernar y Pela, la brillante capital de Macedonia.
En la cerrada sociedad de Pela, Filipo era un personaje fuera de lo común: galante con las
mujeres, rudo con los hombres, persuasivo con los políticos, encantador y pérfido a la vez,
inmoderado tanto en sus placeres como en el trabajo o el combate, tragón más que comedor,
borracho inveterado más que bebedor, mujeriego más que enamorado. En resumen, como se diría en
nuestros días, era toda «una naturaleza», y luego lo demostró sobradamente. Pero también sabía
adormecer la desconfianza de sus rivales y sus adversarios alabándolos, o colmándolos de regalos,
sin dudar en emplear la corrupción cuando no bastaba la fuerza y en traicionar al más débil por el
más fuerte cuando su interés le empujaba a ello. Dicho en otros términos, tal vez fuese una naturaleza,
pero una naturaleza cuyo axioma político y moral era que el fin justifica los medios: el macedonio
Filipo II era todo lo contrario del bueno de Sócrates o el ateniense Platón, era un Bismarck avant la
lettre.
No tardaría en demostrarlo. En efecto, su terrible madre seguía su carrera de conspiradora. En
359 a. C. Eurídice había conseguido sublevar a las tribus de los lincéstidas contra su hijo el rey, que
partió para pacificar su provincia. La expedición costó la vida a Perdicas III. La carrera de Filipo iba
precisándose: el hijo de Perdicas III era demasiado joven para reinar; había que nombrar un regente o
poner de oficio a otro rey en el trono. Los pretendientes eran numerosos, apoyados unos por Tebas,
otros por Atenas e incluso por los persas. Filipo había comprendido que había llegado su hora, y se
dirigió desde su provincia hacia Pela al frente del pequeño ejército que había formado en calidad de
gobernador de provincia: no tuvo necesidad de luchar, porque los macedonios, despreciando a los
demás pretendientes, le ofrecieron no el trono sino la regencia. La historia de Macedonia estaba a
punto de cambiar: iba a convertirse en la historia del mundo.
Durante los años en que concienzudamente había encarnado el papel de gobernador de provincia,
Filipo (mientras se iniciaba en las alegrías de la administración de las poblaciones) había
reflexionado a conciencia en lo que le faltaba a Macedonia para ser una gran potencia. Había quedado
muy impresionado por el orden que reinaba en el estado tebano y que contrastaba con la indisciplina
de las provincias macedonias y las intrigas permanentes de Pela. Al lado de Epaminondas y de
Pelópidas, había comprendido que en aquellos tiempos dominados por la guerra la fuerza principal
de un Estado era su ejército, y que la fuerza principal de los ejércitos era la disciplina y una buena
organización. De ahí que concentrase sus esfuerzos en los asuntos militares y, del mismo modo que
Epaminondas había sabido innovar en el terreno de la táctica, Filipo innovó en lo que hoy en día
podría llamarse logística militar. Lo probó en su provincia, ahora iba a poder transformar el estado
macedonio, empezando por reorganizar el ejército.
La novedad fundamental del ejército macedonio fue convertirse en un ejército permanente y
nacional, a diferencia de los ejércitos griegos que, salvo Esparta, no eran más que milicias
convocadas en caso de guerra.
Con ese objetivo, dividió Macedonia en doce circunscripciones militares, cada una de las cuales
correspondía poco más o menos a regiones provinciales y debía suministrar una unidad de
caballería, una unidad de infantería pesada (hoplitas) y una unidad de infantería ligera; las unidades
llevaban el nombre de la región en que se habían criado. A ese ejército nacional se añadían
contingentes de mercenarios y eventuales aliados.
Dicho ejército, compuesto en esencia por más de 20.000 infantes y unos 5.000 jinetes, siempre
disponible, era sometido a un entrenamiento incesante: gimnasia, marchas hasta cincuenta kilómetros
diarios con traje de campaña, llevando consigo cada hombre una ración de harina para un mes,
entrenamiento con armas, etc. Filipo vigilaba en persona los ejercicios y exigía de todos resistencia y
aplicación. Por ejemplo, un día le informaron de que uno de sus oficiales griegos tenía la costumbre
de tomar baños calientes: «Entre nosotros, en Macedonia, hasta nuestras mujeres recién paridas se
lavan con agua fría», le dijo con desprecio, y lo excluyó del ejército en el acto; en otra ocasión
excluyó de la misma manera a dos oficiales superiores, culpables de haber introducido a una
prostituta en el campamento.
A pesar de ello, era popular entre los soldados, porque participaba en sus juergas, cantaba y
bailaba con ellos por la noche y en los vivaques, les organizaba carreras, competiciones de lucha y
de boxeo; y muy orgulloso de su fuerza, no vacilaba en boxear o luchar él mismo con los campeones
militares.
Los soldados macedonios estaban equipados con una lanza de 4,20 metros de longitud, para los
asaltos, y de una espada corta para el cuerpo a cuerpo; llevaban cotas de mallas, grebas, cascos de
bronce y cada hombre iba provisto de un escudo. La formación de combate era la falange: 16 filas de
256 hoplitas (es decir, 4.096 combatientes), armado cada uno con una lanza: los seis primeros
sostenían sus lanzas inclinadas de forma que las de la sexta fila superasen en más de un metro el
pecho de los hombres de la primera hilera. La falange era una verdadera fortaleza móvil, flanqueada
en las alas por cuerpos de infantería ligera (los peltastas) y precedida por tiradores, arqueros y
honderos. La infantería se reclutaba entre la juventud aldeana y campesina, a la que Filipo enseñó
orden y disciplina. Para luchar en las llanuras del Norte, iba enmarcada por una caballería numerosa,
cuyo núcleo —aproximadamente 600 jinetes— estaba formado por los nuevos señores macedonios, a
saber: grandes terratenientes helenizados cuya clase social había sustituido a la antigua clase de los
jefes de tribus. Estos guerreros de élite eran denominados hetairoi («compañeros») del rey: eran los
comités (término latino que tiene el mismo sentido que la palabra griega) de los reyes francos.
Criados, más que habituados, en la obediencia a las órdenes, enseñados a maniobrar en grupo en
lugar de entregarse a hazañas individuales, los Compañeros de Macedonia fueron para Filipo una
notable fuerza de choque. Con algunos, Filipo forma un cuerpo de jinetes especializados, los
cataphractes («coraceros»), revestidos de una armadura de hierro, algo así como los caballeros de la
Edad Media.
Las guerras para las que se preparaba Filipo eran guerras griegas, es decir, contra ciudades
dotadas de murallas y fortificaciones. Por lo tanto, en su ejército debía tener artilleros e ingenieros o
constructores de máquinas de asedio, que reclutó principalmente entre los tracios, famosos en esa
especialidad (las máquinas eran desconocidas por los griegos, a los que aterrorizaban). El nombre
del ingeniero tesalio que enseñó a los artilleros de Filipo a utilizar la catapulta, inventada por los
siracusanos y que lo mismo lanzaba dardos que obuses de piedra o bolas de plomo, merece ser
tenido en cuenta: se llamaba Polyeidos.
A lo largo de la historia de la humanidad nunca se ha podido hacer la guerra sin el nervio de la
misma: al futuro rey de Macedonia no le faltaba, gracias a las minas de oro de Tracia (Filipo se
aseguró el control del macizo aurífero del Pangeo en 357-356 a. C.), que le permitiría acuñar tantas
piezas de oro como necesitaba, con las que no sólo pagaba los salarios de sus soldados y sus
oficiales, sino que también le servían para comprar las conciencias, los traidores y los asesinos a
sueldo.
Al frente de un Estado relativamente extenso, fuertemente centralizado, con recursos en oro y
plata inagotables en apariencia, con un ejército nuevo formado por 30.000 hombres bien entrenados
(o incluso más si era necesario), organizado como ningún otro ejército en el mundo lo había estado
nunca, Filipo se hallaba en condiciones de enfrentarse a un mundo griego dividido, empobrecido, de
armas extravagantes y, sobre todo, sin ningún ardor militar. Pero antes tenía que apoderarse de la
corona de Macedonia.
El joven regente empezó librándose de sus rivales, es decir, de los cinco o seis pretendientes
serios a la corona de Macedonia, entre los que se encontraba su hermanastro Arquelao. Hizo matar a
unos (entre ellos al propio Arquelao), compró a otros, y en el año 358 a. C. ya no existían
pretendientes; sin embargo, se contentó con el título de regente, y luego, a partir de 357 a. C., empezó
a hacerse llamar «rey», título que se hizo oficial en 356 a. C.
Con la energía feroz de un bárbaro y el espíritu metódico de un griego, Filipo II llevará a cabo
las diferentes fases de un plan que, a posteriori, puede denominarse de unificación y extensión de
Macedonia. Cabe resumirlo así: en primer lugar hacer de Macedonia un estado civilizado,
comparable a los estados griegos, es decir, un estado en que es la ley, y no la fuerza, la que regula las
relaciones entre los individuos (¡siempre que no se trate del rey!); en segundo lugar unificar el
conjunto geopolítico que constituyen Macedonia, Tracia e Iliria, es decir, a grandes rasgos, la parte
de los Balcanes que se extiende al norte de la Grecia del mar Adriático hasta el mar Negro, región
por lo demás relativamente poco poblada, pero cuyos habitantes todavía se encuentran en un estadio
primitivo de civilización; en tercer lugar extender Macedonia hasta sus límites naturales, que son las
costas de Calcídica y de Tracia sobre el Egeo hasta los Dardanelos y, por el oeste, los macizos
montañosos que la separan del Epiro; por último reunir bajo su autoridad a los pueblos griegos,
incluidos los más poderosos, como los de Tebas, Atenas u Olinto, que se desgarran entre sí en luchas
infinitas, con vistas a dirigir una expedición a Asia contra los persas, cuyo expansionismo hacia el
Asia Menor amenaza con resurgir, dadas las divisiones y el debilitamiento del mundo helénico.
El designio de Filipo no era el de un conquistador destructor; se trataba de un plan, sin duda
utópico, de unificación de una región del mundo en cuyo seno se encontraba su patria, Macedonia, y
esto requería tiempo. Pero hay que subrayar que había nacido hacia el año 382 a. C. y que en 358 a. C.
no tiene más que veinticuatro años: sueña sin duda, pero tiene derecho a soñar, y lo que más debe
sorprendernos es que este joven, cuya infancia fue la de un bárbaro, que no recibió ninguna
educación —salvo la que constituía el ejemplo de Epaminondas—, ninguna enseñanza, razona así,
tiene ese sueño y se procura los medios para realizarlo, organizando el ejército que hemos descrito y
fijándose etapas relativamente realistas: desarrollar un poderoso ejército como nunca se había visto
igual en el mundo griego; imponer a su pueblo la obligación de inclinarse ante la civilización
intelectual superior de los griegos (superior no por naturaleza, sino porque ha tenido tiempo para
conseguirlo); asegurarse los medios financieros necesarios, apoderándose para ello, primero y ante
todo, de las minas de oro del macizo del Pangeo, en Tracia: unificar su propio país, imponiendo a las
tribus montañesas la autoridad de la capital (esta unificación había sido facilitada por la creación de
un ejército nacional permanente).
Filipo tardó veintiún años en realizar su plan, al que desde el principio se opuso Atenas por
razones fáciles de suponer. La derrota de 404 a. C. ante Esparta estaba olvidada, los negocios habían
reanudado su marcha habitual, las naves atenienses surcaban de nuevo el mar Egeo y el mar
Mediterráneo, y en los medios políticos atenienses volvía a hablarse de reconstituir la difunta
Confederación marítima de Délos; los atenienses no querían por tanto hablar de unificación del
mundo griego, sino bajo su égida y su autoridad: ahí había una buena razón. Además, su racismo
antibárbaro estaba bien anclado en las conciencias, y no querían volver a ver al mundo griego doblar
la rodilla ante un macedonio. Finalmente, en Atenas siempre hubo un partido que hoy calificaríamos
de «nacionalista a ultranza», partidario de la guerra contra todo lo que pudiese atentar contra cierta
idea de la civilización griega: frente a Filipo, ese partido estará representado por la voz del orador
Demóstenes, que tronará, día tras día, en las famosas Filípicas, irguiéndose como defensor de la
libertad griega y la democracia ateniense.
Pero ¿pretendía Filipo echar abajo ésta o encadenar aquélla? Considerando la envergadura de su
obra, por más inconclusa que haya quedado (como veremos, fue interrumpida por su misterioso
asesinato en 336 a. C.), no es fácil de creer. ¿Y era sincero Demóstenes, o seguía haciendo resonar su
voz de acero hacia y contra todo y todos por simple hábito electoral? ¿Era el poseedor de una verdad
política absoluta? Considerando las cualidades intelectuales y políticas de sus adversarios (Esquines,
Isócrates), también resulta difícil de creer.
En nuestra opinión, en el mundo griego de ayer ocurría lo mismo que en el mundo alemán antes
de Bismarck o en el mundo europeo de hoy, por sólo tomar esos dos ejemplos: troceado, dividido,
prisionero de mil tradiciones locales, no era viable como tal frente a un poder como el de Persia. Y
no es un azar de la historia que la capital intelectual de Occidente se haya desplazado, en un siglo, de
Atenas a Alejandría: Filipo fue un constructor visionario que murió demasiado pronto.
No entraremos aquí en los detalles de las guerras de Filipo contra Atenas. Recordemos que nunca
chocó frontalmente con los griegos —lo cual tendería a probar que no acudía a Grecia como
conquistador— y que supo explotar hábilmente las rivalidades de las ciudades helénicas entre sí,
demostrando de este modo mediante el absurdo, si puede decirse así, que ese mundo corría a su
perdición por sí mismo. Apoyó primero a Olinto frente a Atenas, lo que le permitió tomar Potidea a
los atenienses (julio, 356 a. C.), luego Anfípolis, Metone y Crénides, en el corazón de la región
argentífera de Tracia (en 356-355 a. C.); después apoya a Atenas contra Olinto, apoderándose de esta
ciudad, que vació de sus ocupantes y destruyó; penetró más tarde en Grecia, y ocupó de paso Tesalia.
Se detuvo entonces en su avance conquistador (352 a. C.), que no reinició sino trece años más tarde,
en 339 a. C., y marchó sobre Tebas. Los atenienses corrieron en ayuda de los tebanos, pero Esparta
no se movió y los helenos fueron derrotados en Queronea (339 a. C.).
La Grecia de las ciudades había dejado de existir. Filipo estaba a punto de ejecutar la segunda
parte de su plan, una expedición a Persia que debía ser, en su cabeza, la revancha de los griegos —de
los que aseguraba formar parte—, sobre la guerras Médicas, cuando fue asesinado en julio de 336 a.
C., en Aigai, la antigua capital de Macedonia. El telón del teatro de la historia iba a abrirse a la breve
e increíble saga de Alejandro.
II - El hijo de Zeus-Amón
(356-344 a. C.)
Encuentro de Olimpia y de Filipo en Samotracia: el matrimonio y los presagios de la noche de bodas (octubre-noviembre de 357). —
Nacimiento de Alejandro, a quien su madre considera el hijo místico de Zeus-Amón (21 de julio de 356). —Primera infancia, en Pela: su
nodriza Lanice, su amigo Clito (356-354). —Filipo pierde un ojo en la batalla por Metone (invierno de 355). —Nacimiento de Cleopatra,
hermana de Alejandro (354). —Filipo se apodera de las colonias griegas de la costa tracia (353). —Alejandro confiado a los pedagogos
Lisímaco y Leónidas (349). —Filipo conquista la Calcídica: conversaciones entre Atenas y Filipo: las dos embajadas atenienses (349). —
Guerra sagrada por Delfos, dirigida por Filipo que conquista la Fócida (346). —Bucéfalo (344).
El primer año de la 106a Olimpiada (356 a. C.), en el sexto día del mes que los macedonios
llamaban Panemos y los griegos Ekatombaion (es decir, el 21 de julio de nuestro calendario), en el
palacio real de Pela, capital de Macedonia, Olimpia, hija de Neoptólemo, rey de los molosos (un
pueblo griego del Epiro), y mujer de Filipo II, rey de Macedonia, daba a luz al niño que llevaba en su
seno desde hacía nueve meses. Recibió el nombre de Alejandro, como su tío, el rey Alejandro III: era
el tercero de este nombre en la dinastía de los Argéadas.
La noticia del nacimiento no llegó a oídos de su real padre, que guerreaba en Calcídica donde
acababa de liberar Potidea del dominio de Atenas, hasta el mes de octubre, en medio de una terrible
tempestad otoñal como suele haberlas en los Balcanes en esa estación, mientras los relámpagos
iluminaban esporádicamente el cielo y los truenos no cesaban de retumbar. Según Plutarco, el
mensajero que había llevado a Filipo la noticia de este glorioso acontecimiento tenía dos más que
anunciarle: el primero que Parmenión, uno de los mejores generales macedonios, había avanzado
por el país de los ilirios y les había infligido una dura derrota; el segundo que el caballo del rey
había ganado la carrera de caballos sin uncir en los Juegos Olímpicos, recién inaugurados en
Olimpia el 27 de septiembre. Esto suponía tres noticias felices de un golpe, y Filipo sin duda se
alegró mucho. Según Plutarco, los astrólogos y los adivinos que entonces consultó aumentaron su
alegría explicándole que ese hijo, cuya venida al mundo había sido acompañada por esas tres
victorias (la de Potidea, la obtenida por Parmenión y la de su caballo), sería invencible en el futuro.
Poco después de este nacimiento rodeado de prodigios tan magníficos, y según otra fuente
invocada por Plutarco, se sumó que el templo de Artemisa (Diana) en Éfeso, en Asia Menor, había
ardido íntegramente, y que no había que extrañarse de que la diosa lo hubiese dejado consumirse
porque esa noche asistía, divina comadrona, al parto de Alejandro. Pero cada cual veía las cosas a su
manera: mientras los adivinos macedonios anunciaban a su rey un futuro radiante, para los sacerdotes
y los adivinos de Éfeso el incendio del templo era presagio de futuras desgracias para Asia, porque
aseguraba que ese día se había encendido en alguna parte del mundo una llama que un día habría de
consumirla por completo.
Dejemos las supersticiones y preguntémonos por las circunstancias que presidieron la
concepción del pequeño Alejandro; no para nutrir de leyendas las primeras páginas de nuestro libro,
sino porque pueden aclararnos la personalidad del Conquistador.
Para ello debemos remontarnos unos años atrás y recordar la historia de la ciudad de Anfípolis.
Era una ciudad de Tracia que en el mundo griego tenía una importancia estratégica incomparable:
desde la época de la grandeza de Atenas era el centro de paso obligado para las exportaciones del
trigo tracio hacia el Ática, y, después de las guerras del Peloponeso, había sido integrada en la Liga
de Olinto, creada en 392 a. C., que unía las ciudades griegas de la región. Luego había sufrido por un
tiempo la dominación espartana (en 379 a. C.), para ser tomada de nuevo por los atenienses, que
posteriormente habían vuelto más o menos a perderla. En 359 a. C., Filipo ofrece la paz a Atenas,
comprometiéndose a no oponerse al dominio eventual de ésta sobre Anfípolis; no obstante, en 357 a.
C., rompiendo ese compromiso (nunca había sido especialmente escrupuloso en la materia y
consideraba un tratado como un trozo de papel que podía rasgarse a capricho), decide apoderarse de
la ciudad.
¿Por qué? Por generosidad y por cálculo al mismo tiempo. Por un lado, quería ofrecer a la
ciudad la alegría de proclamar su independencia y unirse a la Liga de Olinto; por otro, sabía que las
minas de oro del monte Pangeo, en la frontera tracia, no estaban lejos (se encuentran a un día de
marcha de Anfípolis) y que necesitaría ese oro para alimentar su esfuerzo de guerra con vistas a la
unificación del mundo griego bajo su dominación.
Ese mismo año —tiene entonces algo más de veinticuatro años, hay que subrayarlo—, el rey
Filipo decide hacer una visita a la isla de Samotracia, a un día de navegación de Anfípolis. Se ignoran
los motivos de esa excursión: ¿inspección de los alrededores marítimos de su dominio de influencia?
¿Turismo? ¿Curiosidad religiosa? No lo sabemos, pero la personalidad de Filipo, descrita por todos
los autores como materialista y supersticiosa al mismo tiempo, tal vez nos permita inclinarnos por
este último motivo.
En efecto, Samotracia era la sede del principal santuario dedicado al culto secreto de los cabires,
las divinidades protectoras de los navegantes y de la navegación, culto cuyos ritos eran secretos, pero
de los que se sabía vagamente que incluían elementos orgiásticos y que los iniciados de ambos sexos
que participaban en ellos quedaban absueltos de sus faltas pasadas, aunque fuesen crímenes. Así pues,
tenemos a Filipo en Samotracia y (aquí Plutarco es nuestra única fuente) en esa ciudad encuentra a
«una niña huérfana» llamada Olimpia: su padre, Neoptólemo, había sido rey de Epiro y se decía
descendiente de Éaco, hijo de Zeus y de la ninfa Egina.
Hay que insistir mucho en estas genealogías mitológicas que tanto gustaban a los antiguos
griegos: eran el equivalente de los futuros cuarteles de nobleza de las grandes casas soberanas
europeas y desempeñaban un papel análogo en la sociedad helénica. Las estirpes a que pertenecían
Olimpia y Filipo se remontaban ambas a Zeus, la de Olimpia por Éaco, la de Filipo por Heracles.
¿Qué hacía la hija del rey de Epiro en Samotracia, tan lejos del palacio real de Dodona donde
había sido educada? Plutarco nos dice que las mujeres epirotas se entregaban, desde los tiempos más
antiguos, a los ritos orgiásticos de Orfeo y de Dioniso y que participaban llenas de ardor en esas
ceremonias místico-sexuales, tan apreciadas por las mujeres de Tracia; añade incluso, a propósito de
Olimpia (sin decirnos sus fuentes):
Olimpia amaba estas inspiraciones y esos furores divinos, y los practicaba más bárbara y
espantosamente que las demás mujeres, en esas danzas atraía a ella grandes serpientes, que se
deslizaban con frecuencia entre las hiedras, con que las mujeres están cubiertas en tales, ceremonias,
y sacaban de los cestillos sagrados que llevaban, se retorcían alrededor de sus jabalinas y sus
sombreros, cosa que asustaba a los hombres más valientes.
Ahora bien, en Epiro había uno de los tres oráculos más frecuentados de Grecia, el de Dodona,
consagrado a Zeus, adorado como dios de la fecundidad (los otros dos eran el oráculo de Delfos, en
Fócida, dedicado a Apolo, y el de Siwah, en Egipto, consagrado al dios egipcio Amón, identificado
con Zeus en toda Grecia bajo el nombre de Zeus-Amón). Interrogado por los mortales, el rey de los
dioses les respondía y los sacerdotes traducían las respuestas del oráculo interpretando los ruidos de
la naturaleza de los alrededores: el rumor de la brisa en el follaje de los árboles, el arrullo de los
pichones, el chapoteo de los torrentes, los sonidos producidos por un jarrón de bronce que golpeaba
un adolescente con un látigo de triple correa. Olimpia, en calidad de hija del rey, debía hacer
frecuentes visitas e interrogarle a menudo; y, como buena bacante adoradora de Orfeo y de Dioniso
que debía de ser, iba a consultar también al oráculo de Samotracia, donde conoció a Filipo de
Macedonia que, según cuenta Plutarco, se enamoró inmediatamente de ella y la desposó en el acto.
¿Por qué tanta prisa? Sólo tenemos a Plutarco para respondernos… y no dice nada sobre este punto.
Sin duda el gozador que era Filipo se sintió atraído por la reputación sulfurosa de esta mujer, y la
pidió inmediatamente en matrimonio a su hermano, que se la concedió.
El matrimonio tuvo lugar en Dodona, evidentemente. De creer a Plutarco, la noche anterior a la
de bodas de los recién casados fue muy movida: en sueños Olimpia vio al rayo penetrar en su seno,
de donde salieron al punto una columna de fuego y varios torbellinos en llamas que se esparcieron
alrededor, mientras que por su parte, Filipo soñaba que ponía su sello, representando un león
grabado, en el vientre de su mujer. Preguntados los adivinos, interpretaron estos sueños: unos dijeron
que Filipo debía tener mucho ojo con su mujer; Aristandro, el adivino oficial, que más tarde
acompañaría a Alejandro en sus campañas, lo habría explicado de este modo:
No se sella un vaso en cuyo interior no hay nada; por lo tanto, es que Olimpia está embarazada de
un hijo que tendrá un corazón de león.
Según nuestro autor, esta interpretación significa que Olimpia estaba encinta antes de casarse (¿de
Filipo?, ¿de Zeus…?, ¿o como secuela de una orgía dionisíaca?). También puede pensarse que el
adivino lo interpretó como un sueño premonitorio que habría tenido el rey. Sea como fuere, la
respuesta del onirromántico debió de dejar a Filipo tan perplejo que, sigue diciéndonos Plutarco, al
observar a su mujer por una rendija de la puerta del aposento, habría visto una gran serpiente tendida
a lo largo de ella y esa visión enfrió los ardores amorosos del joven esposo, que descubría un rival
celeste el mismo día de sus bodas, o el día siguiente.
Así pues, Filipo envió a uno de los suyos, un tal Querón, a Delfos, a preguntar al oráculo sobre el
significado de esa historia de la serpiente metida en la cama con Olimpia, y sobre lo que él debía
hacer. Los sacerdotes de Apolo le respondieron que debía ofrecer cuanto antes un sacrificio a Zeus-
Amón, y reverenciar a ese dios por encima de todos los demás; añadieron que sería castigado por
haber puesto los ojos —de hecho un solo ojo, por la rendija de la puerta— en la intimidad de
Olimpia y de Zeus-Amón. Y esta historia, que nosotros evidentemente juzgamos rocambolesca, se
convirtió en Pela en la verdad oficial: el hijo que iba a nacer no era hijo de Filipo, sino de Zeus-
Amón.
Unos nueve meses más tarde, Olimpia daba a luz un hijo. Se cuenta que, durante el tiempo que
duró el parto, dos águilas permanecieron encaramadas sobre el techo del palacio de Pela, presagio
que anunciaba, según dirán más tarde, que el niño reinaría un día sobre dos imperios.
En el destino de un ser humano no hay nada más importante que las leyendas que han acunado su
más tierna infancia, por más inteligente que se vuelva. Todas ellas participan de la nebulosa que
constituye su inconsciente, que determina en parte su personalidad futura. Este fue el caso —y los
historiadores quizá no lo han subrayado bastante salvo Arthur Weigall, en su Alejandro Magno— del
hijo de Filipo II: fue educado en la creencia de que era hijo del más grande de los dioses, un dios
doble, egipcio-griego; que era más que un hijo de Zeus, lo que implicaban la genealogía legendaria
de su padre y la de su madre, porque también era hijo del Amón egipcio, lo que le daba una
superioridad indiscutible sobre todos los reyes, griegos o persas, de la historia, e incluso sobre su
padre, que sólo podía invocar a Zeus como antepasado mítico.
No obstante, podría observarse que la sangre que corría por las venas de Alejandro estaba lejos
de ser sangre griega. En nuestros días, semejante observación no sólo carece de interés, sino que
además es odiosa; en el mundo griego del siglo IV a. C., donde la estirpe pura y antigua era signo de
nobleza, donde todo lo que no era griego se consideraba «bárbaro», donde, en el interior de una
misma ciudad, las grandes familias —los eupátridas— estaban en el candelero a menudo, y a
posteriori en los estados oligárquicos o monárquicos, eran puntillosos con los casamientos de
distintas clases. Considérese entonces, desde este punto de vista, la molesta situación de Alejandro. Su
padre, Filipo, es un mestizo (tiene un padre griego, un argéada puro, y una madre bárbara, la
lincéstida Eurídice, una iliria que ni siquiera sabía leer el griego cuando se casó con ella), y su
madre, Olimpia, es una bárbara de las montañas, epirota. Para los genealogistas puntillosos,
Alejandro sólo es heleno en una cuarta parte de su herencia; es un obstáculo para un futuro rey del
mundo griego, que su padre Filipo trata de conquistar. Sólo podrá compensarlo recordándose
continuamente a sí mismo que es el hijo místico de Zeus-Amón.
2. Primeros años
Al hijo de Zeus-Amón —porque Olimpia estaba segura de que el dios la había visitado y
fecundado durante esa famosa noche prenupcial— le hacía falta una nodriza de noble cuna. Fue una
tal Lanice, que había tenido varios hijos, uno de los cuales, Proteas, había nacido poco antes que
Alejandro y que fue compañero de juegos de su primera infancia, antes de convertirse más tarde en
uno de los jefes de su caballería y luego de su flota (a él confiará Alejandro la tarea de consolidar la
seguridad en el mar Egeo, cuando en la primavera de 334 a. C. lleve la guerra a Asia).
Lanice también tenía un hermano, Kleitos (al que a veces se cita por la traducción latina de su
nombre, Clito), apodado el Negro: buen caballero, arquero experto, fue el primer héroe del pequeño
príncipe de Macedonia, que más tarde lo convertirá en jefe de su guardia personal (es este Clito al
que matará de un golpe de sansa, la larga lanza de los infantes macedonios, en una crisis de locura
furiosa tras una juerga en Marcanda, la moderna Samarcanda, en el transcurso de la guerra contra los
persas, durante el verano de 328 a. C.).
Durante los dos o tres primeros años de la infancia del pequeño Alejandro, Filipo apenas
apareció por Pela. Ni la reina ni su hijo formaban parte de sus preocupaciones. Todos sus cuidados
iban dirigidos hacia su nuevo ejército, con el que esperaba agrandar su reino.
El año anterior al nacimiento de su heredero había conquistado Anfípolis, a la que generosamente
dejó su autonomía, aunque instalando en ella una fuerte guarnición; en los primeros meses del año
356 a. C., había tomado Pidna y, en julio, Potidea (destruyó la ciudad y dio su territorio a Olinto, su
aliado frente a Atenas). Luego se había dirigido a Tracia, mientras que su mejor general, Parmenión,
había vencido a los ilirios. Desde sus recientes conquistas, su reino, cuya superficie se estima en
28.000 km2 (la de la actual Bretaña), era más vasto que cualquier otro estado griego (el más grande
después del estado macedonio era Tesalia, con 15.000 km2); era también el más poblado, vivían en él
entre 600.000 y 800.000 macedonios, 200.000 de ellos hombres libres y 80.000 «señores», grandes
propietarios en condiciones de equiparse por su cuenta para la guerra. El rey de Macedonia se había
convertido en el soberano más poderoso de los Balcanes: sólo había un estado griego en condiciones
de rivalizar con él, Atenas, cuya poderosa flota estaba intacta y gozaba de un floreciente comercio.
En julio del año 355 a. C. Alejandro entró en el segundo año de su vida. Empezaba a parlotear,
pero todavía no hablaba y, como nunca había estado en presencia de su padre, que se dedicaba a
guerrear en los confines septentrionales de Macedonia, no sabía decir «papá». Su entorno afectivo
estaba totalmente colmado por el amor casi místico que por él sentía su madre: ¿no era, en el
pensamiento de esta antigua bacante, fruto de sus amores con Zeus-Amón? Poco después de julio del
año 354 a. C., llegó a Pela la noticia de que Filipo había tomado la ciudad de Metone, una colonia
ateniense en la orilla occidental del golfo de Salónica, tras un asedio que había durado un año, y que
había perdido un ojo en el curso de un enfrentamiento. Olimpia se conmovió sin duda al saberlo,
pero no por inquietud conyugal: la predicción del oráculo de Delfos se había cumplido y aquel ojo
perdido era el castigo infligido por Zeus-Amón a Filipo, culpable de haber observado por la rendija
de una puerta los retozos amorosos del rey de los dioses con ella. Podemos imaginar fácilmente las
ideas que surgieron en la mente de esta reina, que desde su más tierna edad vivía en una atmósfera de
supersticiones y fanatismo: si Filipo era castigado, había sido desde luego Zeus-Amón, y no una
vulgar serpiente, el que había compartido su cama la noche en que Alejandro había sido concebido.
Es posible que Filipo, después de haber tomado Metone, haya ido a reponerse de sus heridas a
Pela y que haya sido recibido por Olimpia en cama, porque los autores antiguos cuentan que unos
meses más tarde la reina de Macedonia trajo al mundo una niña, que fue llamada Cleopatra, y cuyo
padre fue sin duda Filipo de Macedonia: Alejandro Magno acababa de tener una hermanita.
Luego las relaciones conyugales entre Filipo y Olimpia se simplificaron. Esta última se retiró a
su papel altivo de esposa del dios Zeus-Amón y de madre del hijo de ese dios: nunca se preocupó de
las numerosas amantes que pasaban entre los brazos de Filipo. En cambio, en la medida en que creía
cada vez más en el destino sobrehumano que esperaba a Alejandro, hijo del rey de los dioses, se
volvió verosímilmente una madre exigente, severa, devoradora: para ella no se trataba de que, al
crecer el pequeño príncipe, se volviese semejante al turbulento personaje que era su padre, tan
violento como impulsivo en sus inclinaciones y sus actos.
En 353 a. C. el rey de Macedonia, tuerto pero descansado, vuelve a ponerse en marcha.
Reanudando su plan en el punto en que lo había dejado, en Metone, Pidna y Anfípolis se apodera de
las restantes colonias atenienses de Tracia (y de sus minas de oro vecinas), a saber, Abdera y
Maronea. Mientras tanto, Alejandro salía de la primera infancia, y cuando su madre celebró su sexto
aniversario, su padre —treinta y dos años, tuerto y barbado—, prosiguiendo su marcha victoriosa
hacia el este, franqueaba sin duda el río Hebro: el rey macedonio había llegado a unos cincuenta
kilómetros del Helesponto, que lo separaba del territorio persa.
El día en que cumplió siete años, Alejandro fue separado de su nodriza, como era la costumbre, y
confiado a un paidagogos, un «pedagogo», que debía enseñarle a leer y escribir, pero también la
epopeya de los helenos, tal como la había contado Homero. Se llamaba Lisímaco: por broma, tomó
la costumbre de llamar a su joven alumno «Aquiles» y a su padre el rey «Peleo» (nombre del padre
de Aquiles en los poemas homéricos). Este Lisímaco gustaba más bien poco a Olimpia, que le puso
bajo control de otro maestro, Leónidas, oriundo como ella de Epiro, personaje rígido y severo que
creía en las virtudes del esfuerzo, de las privaciones y la moderación. Partidario de una educación
«dura», llegaba incluso a abrir los arcones de vestimenta y trajes del joven príncipe para comprobar
que no contenían adornos y ropas superfluas, y prohibía al joven comer el rico alimento que
preparaban los cocineros de palacio.
Leónidas lo vigilaba todo, hasta los comportamientos religiosos de su alumno, como se deduce
de una anécdota contada por Plutarco. Un día en que el pequeño Alejandro asistía a una ceremonia
sagrada, y cuando se divertía arrojando desconsideradamente cantidades de incienso al fuego del
sacrificio, el severo Leónidas le reprendió con su gruesa voz reprochándole su derroche, y el futuro
conquistador del mundo aprendió la lección. Las anécdotas de este género no deben tomarse a la
ligera; el hecho de que hayan sobrevivido los cuatro siglos que separan la época de Filipo y de
Olimpia de aquella en que Plutarco escribía, resulta significativo: si fuesen anodinas, habrían
desaparecido de la memoria de los comentaristas y los historiadores intermediarios.
Pero ¿qué pueden significar?
Hay en efecto dos maneras de contar la vida de un personaje del pasado. La primera es proceder
como hace Diodoro de Sicilia, yuxtaponiendo, en orden cronológico y sin comentarios, los
acontecimientos de su existencia, como anuncia él mismo al principio del libro XVII de su Biblioteca
histórica:
En este libro, empezaremos nuestro relato continuo de los hechos con el advenimiento de
Alejandro, que tendrá por contenido las acciones de este rey hasta su muerte. Le añadiremos lo que
pasó en las regiones conocidas del mundo habitado durante el mismo período.
DIODORO, I, 2.
La otra forma de aproximación consiste en inspirarse en el ejemplo de Plutarco, que ante todo se
interesa por el personaje al margen de sus acciones, aunque sean gloriosas, porque escribe como
moralista más que como historiador, como él mismo dice en el preámbulo de su Vida de Alejandro:
Es preciso que los lectores recuerden que no he aprendido a escribir de las historias, sino sólo de
las vidas; y las hazañas más altas y gloriosas no siempre son las que mejor muestran el vicio o la
virtud del hombre; sino que muchas veces una cosa ligera, una palabra o un juego, saca a la luz el
carácter de los personajes mucho mejor de lo que lo haría el relato de derrotas en las que hayan
perecido diez mil hombres, o de grandes batallas, o de conquistas de ciudades mediante asedio o
asalto…
PLUTARCO, Vida de Alejandro, I.
Examinemos, pues, esas migajas de información relativas a la primera infancia del Conquistador,
que apasionan mucho a Plutarco y que Diodoro de Sicilia ni siquiera menciona. Lo que nos sugieren
es la omnipresencia de su madre y la huella que sobre su carácter debió de dejar esa presencia, en
contraste con la omniausencia de su padre.
Ahora bien, hace mucho que el psicoanálisis primero, y la psicología infantil después, han
remitido a ese esquema las conductas excesivas que se encuentran en ciertos niños o adolescentes,
como la agresividad, la timidez llamada «enfermiza», el autocastigo, las conductas de éxito o
fracaso, conductas que tendremos ocasión de encontrar en la corta vida de Alejandro (su etilismo, sus
crisis de cólera que llegaban hasta el asesinato, sus caprichos, etc.). Si añadimos a esa inicial
deficiencia paterna el hecho de que creció oyendo repetir continuamente a su madre que era hijo de
Zeus-Amón, hay un fondo de complejos en potencia que son suficientes para explicar las asperezas e
irracionalidades de su biografía.
En 349 a. C. Filipo, que ya había conquistado buen número de colonias griegas de Calcídica y de
Tracia, decidió que era el momento de rematar su plan de conquista de los territorios griegos
(atenienses) del norte, apoderándose de toda la península Calcídica, que se extendía hacia el mar Egeo
como una prolongación de Macedonia, entre las desembocaduras de los ríos Axios y Estrimón. Así
pues, atacó la principal colonia ateniense de la región, la ciudad de Olinto, antigua aliada suya, con el
pretexto de que sus dos hermanastros, que habían intrigado contra él en Pela, se habían refugiado en
esa ciudad. No fue asunto fácil, porque Olinto había conseguido una promesa de ayuda militar del
gobierno ateniense y, en espera del cumplimiento de esa promesa, resistía frente a los macedonios
con la energía de la desesperación. Atenas cumplió su promesa, pero no se comprometió a fondo en
la lucha y Olinto cayó en agosto del año 348 a. C., después de que Filipo hubiese comprado a sus
defensores con el oro de las minas del monte Pangeo. El macedonio mandó ejecutar a sus dos
enemigos que se habían refugiado allí, la ciudad fue arrasada de arriba abajo y sus habitantes,
vendidos unos como esclavos u obligados a trabajos forzados en los dominios de Filipo, otros
deportados a lejanas colonias atenienses: sólo un pequeño número pudo escapar y refugiarse en
Atenas. Una buena parte de la Calcídica fue dividida en dominios que se repartieron, con sus
poblaciones sometidas, entre los grandes señores de Macedonia: Filipo inauguraba así una especie de
sistema feudal, que volveremos a encontrar, con otras finalidades y a propósito de territorios mucho
mayores (y además con la caballería), en la Europa franca de la Edad Media.
La caída de Olinto entrañó la de las restantes ciudades «olintias» de la península. Según
Demóstenes, treinta y dos ciudades de Calcídica dejaron de existir o perdieron al menos su
autonomía; fueron anexionadas a Macedonia y sus caballerías incorporadas al ejército macedonio.
Filipo también hizo saber a los arcontes y los estrategos atenienses que no tenía la intención de llevar
la guerra al Ática: su único objetivo, les dijo, era ser amo en su casa, tanto en sus montañas de
Macedonia como en las costas de Tracia y Calcídica que eran su prolongación natural. Una vez
alcanzado ese objetivo, ya no se oponía a la firma de un tratado de paz.
Así pues, Atenas envió a Pela una embajada de diez miembros, entre los que figuraban tanto
partidarios del acuerdo con Macedonia, como Eubulo y Esquines, como partidarios de la resistencia
a las empresas de Filipo y a la guerra, como Demóstenes. Filipo hizo a los embajadores una
espléndida recepción; luego, uno tras otro, los atenienses expusieron sus puntos de vista, salvo
Demóstenes, a quien una especie de crisis de nervios impidió hablar. El rey de Macedonia les declaró
que no haría ninguna concesión respecto a Anfipolis y Potidea, pero que estaba dispuesto a
considerar un acuerdo de alianza con el Ática.
Los embajadores regresaron a Atenas con estos mensajes de paz, acompañados por dos
delegados macedonios, Antípater y el general Parmenión. Se discutieron las propuestas del rey y, a
pesar de las objeciones de Demóstenes, fue el partido de la paz (Eubulo y Esquines) el que terminó
venciendo. El texto sometido por Filipo fue aprobado mediante la boulé, luego propuesto el 16 de
abril a la ekklesia, que lo adoptó tras una tormentosa sesión. El tratado preveía que los dos estados
conservarían lo que poseyesen en el momento de la ratificación (en lenguaje claro: Macedonia
conservaba Potidea, Anfipolis y la Calcídica), y se comprometían a asegurar de manera conjunta la
libertad de los mares y del comercio, reprimiendo la piratería en el mar Egeo. Cinco días más tarde,
los gobernantes atenienses, en nombre de los ciudadanos de Atenas, juraban respetar este tratado en
presencia de los dos delegados del rey de Macedonia.
Los embajadores sólo tenían que volver a partir hacia Pela, a fin de recibir en la capital
macedonia el juramento de Filipo. Pero perdieron algo de tiempo y se demoraron en el camino;
mientras tanto, el rey, que aún no había jurado nada, aprovechó esa demora para rematar la conquista
de Tracia hasta la península de Quersoneso, que bordea el estrecho del Helesponto. La delegación
ateniense llegó a Pela a principios de julio, Filipo juró a su vez la paz a los atenienses y los
embajadores regresaron a Atenas, todos muy satisfechos, salvo Demóstenes, a quien el tratado
parecía desventajoso y que se negó a participar en el banquete ofrecido por la boulé en su honor.
Con motivo de la segunda embajada ateniense a Pela, Demóstenes habría sido presentado a
Alejandro, que entonces tenía nueve años y que, según dicen, le recitó algunos versos de Homero.
Más tarde, el famoso orador emitirá un juicio curioso sobre el joven príncipe: un niño pretencioso,
dirá, que se las daba de sabio y pretendía poder contar el número de olas del mar, cuando ni siquiera
era capaz de contar hasta cinco sin equivocarse, y que pasaba el tiempo examinando por todas partes
las entrañas de los animales inmolados en los sacrificios. Es la única información, parcial y falaz
(porque procede del enemigo por excelencia de los macedonios) con que contamos sobre la primera
infancia de Alejandro. Tiene por lo menos el mérito, debido precisamente a esa parcialidad
maliciosa, de informarnos de que el pequeño príncipe recibía una esmerada educación, que le gustaba
exteriorizar sus pequeños saberes, debido a la enseñanza de Lisímaco y Leónidas, y que debían de
sacrificarse ritualmente muchos pájaros en el altar del palacio de Pela donde Olimpia (mujer
realmente piadosa hasta la beatería, que se las daba de maga) no dejaba de recordarle continuamente
que era hijo de Zeus-Amón.
Después de la segunda embajada, los acontecimientos se precipitaron. Filipo, que consideraba que
los tratados estaban hechos para ser violados, volvió a coger las armas en cuanto los embajadores
partieron. En esta ocasión, sus reivindicaciones apuntaban a la Fócida, a la que sin embargo había
prometido tratar con dulzura.
El asunto de la Fócida se demoraba desde hacía diez años. Concernía a la ciudad de Delfos, que
era, desde los tiempos más remotos, el lugar religioso por excelencia de la Hélade. La ciudad debía
su nombre y su importancia al dios Apolo, que antaño habría llegado allí en forma de delfín (delphis,
en griego) y habría arrojado del santuario a la monstruosa serpiente hembra Pitón y a Gea, la Tierra
Madre, que ya estaban allí: desde entonces, el dios hacía oráculos a través de la voz de la pitia,
sentada en un trípode encima de una abertura dispuesta en el suelo del espacio sagrado y prohibido
del templo.
Delfos estaba situado en el centro de la Fócida, en la frontera de Beocia y cerca del monte
Parnaso, consagrado a Apolo. Gozaba de una autonomía total, a la vez que era sede de una
confederación religiosa y política —una amphictyonie— que reunía a los doce pueblos de la Grecia
clásica. Cada uno de ellos estaba representado por un guardián de los lugares sagrados, un
hieromemnon, en un Consejo (el llamado Consejo anfictiónico) de poderes muy amplios, de acuerdo
con una legislación escrita y ratificada por todos los pueblos miembros.
Pero en el año 356 a. C., los principales jefes de los focenses, pueblo que formaba parte de la
anfictionía deifica, habían sido hallados culpables de un sacrilegio (se cree que habían cultivado en
provecho propio tierras prohibidas), siendo condenados por ello a una fuerte multa por parte del
Consejo (abril de 356 a. C.); la multa no fue pagada y el Consejo ordenó la confiscación de los
territorios focenses. Esta decisión bastó para provocar la llamada «guerra sagrada» de los pueblos
miembros de la anfictionía coaligados contra las ciudades de la Fócida: se transformó en guerra
generalizada en la que Atenas, Esparta, Tebas y las demás ciudades intervinieron. El rey de
Macedonia aprovechó la ocasión para intervenir en aquella Grecia central que tanto codiciaba, se
puso de parte de Tebas y el conflicto se perpetuaba desde hacía diez años.
En 346 a. C., Filipo se sintió con fuerza suficiente para acabar con la Fócida. Nada más abandonar
Pela los embajadores atenienses, felices por haber alejado el peligro macedonio a cambio de una paz
que creían definitiva, Filipo tomó el camino de Delfos con su ejército el 8 de julio, por Larisa, Feres
y el desfiladero de las Termopilas (ocupada por 4.000 mercenarios focenses a los que ni siquiera
tuvo que combatir: le bastó con comprarlos). Como buen diplomático de mala fe que era, dirigió una
carta de circunstancias a los atenienses, precisándoles que la Fócida no estaba comprendida en los
acuerdos que había firmado con ellos y que actuaba por cuenta del Consejo anfic-tiónico, incluso
tuvo la osadía de invitarles a enviar un ejército que se uniría al suyo para castigar a los focenses.
Es fácil imaginar el efecto que debió de causar esta propuesta en Demóstenes, que se ahogó de
rabia, pero nada podía detener ya el huracán macedonio. En dos palabras: Fócida había dejado de
existir: Filipo se apoderó de sus veintitrés ciudades fortificadas, abatió sus murallas, demolió las
casas y dispersó a sus habitantes en pequeñas ciudades, cada una de las cuales con un máximo de
cincuenta hogares; sus aliados tebanos hicieron otro tanto con las ciudades de Beocia que habían roto
su alianza con ellos, y el rey de Macedonia realizó una entrada triunfal en Delfos, en calidad de
ejecutor de la sentencia del Consejo. Él, el «bárbaro» que despreciaban tantos atenienses, se convertía
a ojos de toda Grecia en el restaurador de los antiguos derechos del santuario de Apolo, y entró con
solemnidad en el cerradísimo círculo de jefes de la comunidad helénica. Los focenses fueron
excluidos de la anfictionía y su asiento se ofreció a Filipo, que tuvo derecho, dado que era rey, a estar
representado por dos hieromemnos a todos los honores y todas las prelaciones. La ciudad sagrada de
Delfos, al tiempo que elevaba una colosal estatua al dios Apolo, erigió una estatua, dorada a su
proxenos («protector») macedonio, sobre el que recayó el honor insigne de presidir, en el mes de
septiembre del año 346 a. C., las Fiestas Píticas. Todos los estados de la anfictionía deifica estaban
representados en ellas, salvo dos, Esparta y Atenas, que habían comprendido, por utilizar una frase de
Tayllerand a propósito de Napoleón, que aquella gran victoria del macedonio era, para el mundo
griego, el principio del fin.
Sin embargo, Filipo no se hacía muchas ilusiones sobre los laureles con que le habían cubierto
los griegos. Tampoco se las hacía sobre su capacidad para unirse entre sí contra la amenaza que
constituía el Imperio persa, que se había vuelto muy poderoso desde que la estrella de un nuevo Gran
Rey se había alzado en Susa, en el año 358 a. C.: la de Artajerjes III, que trataba de resucitar el
prestigio persa por la fuerza y de reconstruir la unidad del antiguo imperio de Darío I, satrapía por
satrapía. Si un día ese monarca se volvía lo bastante poderoso para romper la paz de Calías que su
antepasado Artajerjes I había firmado con Atenas en 449 a. C. y para imponer a los helenos una
tercera guerra Médica, Filipo no se hacía muchas ilusiones sobre el destino de aquellos aliados
griegos incapaces de poner freno a sus querellas.
En cuanto al estado macedonio, desde que se había incrementado con Calcídica, Tracia, y —
después de la guerra sagrada— Tesalia, representaba un bloque compacto y extenso, bien protegido
por las montañas que lo circundaban por el este (las montañas de Tracia) y por el sur (el macizo del
Pindó y sus prolongaciones hacia Fócida y Beocia). Para convertirlo en un bastión inexpugnable,
Filipo debía asegurar todavía su dominio sobre los epirotas y los ilirios, hasta las riberas albanesas
del Adriático, y sobre los tesalios: fue lo que hizo en 345-344 a. C., persiguiendo, en una incursión
devastadora, a los molosos de Epiro y al rey de Iliria hasta el mar (en esta campaña recibió una
herida grave en el brazo), y en 344 a. C., seduciendo a los tesalios, como cuenta su biógrafo casi
contemporáneo Teopompo de Quíos (Historias helénicas):
“Filipo sabía que los tesalios eran gentes intemperantes y licenciosas en su manera de vivir, por
lo que organizó toda suerte de diversiones, tratando por todos los medios posibles de hacerse popular
entre ellos, danzando con ellos, entregándose a orgías con ellos y revolcándose con ellos en
borracheras y libertinajes”. Op. cit., VI, 9.
En ese momento, Alejandro tiene doce años de edad. Ahora es un adolescente de tez pálida y
cabeza inmóvil, inmutablemente inclinada hacia la izquierda (sin duda debido a una ligera parálisis
cervical), con una rojez en la cara. Plutarco nos cuenta que tenía el aliento dulce, que era impetuoso y
violento en sus cóleras, pero «difícil de emocionar con los placeres del cuerpo». No sentía afición
por las actividades gimnásticas, y no le gustaba el boxeo, ni los combates con palos, ni el pancracio
del que tal vez le hablaba Leónidas, su preceptor. Este jovencito reservado, demasiado serio para su
edad —como denotaba la maliciosa observación hecha por Demóstenes durante su estancia en Pela
—, que por su cortesía y su conversación encantaba a los visitantes que acudían al palacio real de
Pela en ausencia de su padre, que tocaba con delicadeza las cuerdas de su arpa, que hacía apasionadas
preguntas a los viajeros sobre los países que habían atravesado, parecía ser un dulce soñador. Pero
este soñador tenía ambiciones, porque en palacio no se hablaba más que de batallas ganadas o de
provincias conquistadas, y cada vez que en Pela se anunciaba una nueva victoria de Filipo, decía a sus
compañeros de juego: «Mi padre tomará todo, y no me dejará nada bello y magnífico que hacer y que
conquistar con vosotros.»
Un día, un tratante de caballos, un tal Filonico, oriundo de Tesalia, llevó al rey Filipo, para
vendérselo, un caballo llamado Bucéfalo, que en griego significa «Cabeza de buey»: quería trece
talentos (una suma enorme, equivalente a más de veinticinco millones de nuestras pesetas actuales).
Era un corcel negro, con una mancha blanca sobre la frente y, en el costado, una marca con forma de
cabeza de buey (al menos, según los cuentistas medievales…): Plutarco no menciona estos detalles en
la anécdota que cuenta sobre él:
Ellos [Filipo y el tratante] bajaron al llano en una bella carrera para probarlo. El animal resultó
tan repropio y feroz que los escuderos decían que nunca podría sacarse nada de él, porque no
soportaba la monta, ni la voz ni la palabra de los señores que estaban alrededor de Filipo: se
encabritaba ante ellos, hasta el punto de que Filipo se desinteresó y ordenó que se llevasen a aquel
animal viciado y salvaje, sin ninguna utilidad. Es lo que habrían hecho los escuderos si Alejandro,
que estaba presente, no hubiese dicho: «¡Dioses! ¡Qué caballo pierden, por no saber utilizarlo, por
falta de habilidad o de valor!» Cuando Filipo oyó estas palabras, no hizo al principio nada, pero
cuando Alejandro se iba, repitiéndolas entre dientes en varias ocasiones, demostrando que estaba muy
decepcionado y despechado de que no comprasen el caballo, le dijo finalmente: «Criticas a gentes de
más edad que tú y que tienen más experiencia que tú, como si supieses más que ellos y como si
supieses mejor que ellos lo que había que hacer para montar y guiar un caballo.» Alejandro
respondió a su padre: «Por lo menos, lo guiaría mejor de lo que ellos hacen.» Filipo replicó: «Y si no
lo consigues, ¿qué multa propones pagar como precio de tu temeridad?» A lo que Alejandro
respondió: «Tanto como valga el caballo.» Todos se echaron a reír ante aquella réplica y ése fue el
envite de la apuesta entre padre e hijo.
Alejandro corrió pues hacia el animal, lo tomó de la brida y le volvió la cabeza hacia el sol, tras
haberse dado cuenta, en mi opinión, de que al caballo lo asustaba su sombra, que caía y se movía
delante de él a medida que se agitaba. Luego Alejandro, acariciándole un poco con la voz y con la
mano, mientras lo vio resoplando y soplando de cólera, dejó por último deslizar suavemente su
clámide al suelo y, con un ligero salto, se lanzó sobre su lomo sin ningún peligro, y manteniéndolo
un poco rígida la brida sin pegarle ni forzarle, terminó por dominarlo; luego, cuando vio que su
montura había soltado todo su fuego de despecho y no pedía otra cosa que correr, tascó las riendas,
ordenándole con una voz más áspera que de costumbre y aguijoneándolo con los pies. Desde el
principio Filipo le contemplaba angustiado, temiendo que se hiciese daño aunque sin decir una
palabra; pero cuando le vio volver grupas hábilmente al final de la carrera y traer el caballo, muy
orgulloso de haber vencido, todos los espectadores expresaron su admiración; en cuanto a su padre,
según dicen, las lágrimas le vinieron a los ojos de alegría, y cuando Alejandro hubo descendido del
caballo, le dijo besándole en la frente:
«Oh, hijo mío, tienes que buscar un reino que sea digno de ti, porque Macedonia no puede
bastarte.»
PLUTARCO, Vida de Alejandro, IX.
A partir de ese momento, las relaciones entre padre e hijo se transformaron. Filipo descubrió que
el joven príncipe tenía una personalidad fuerte, que no se conseguiría nada de él forzándole o
amenazándole, pero que era sensible a los argumentos de la razón. Se sintió feliz al darse cuenta de
que, a pesar de su fragilidad aparente, su hijo no carecía de resistencia ni astucia, y que su paso era
sorprendentemente rápido. Pero Alejandro tenía una cosa molesta en sus relaciones con los adultos:
era inclinado a la crítica y, como había observado Demóstenes, a considerarse más sabio que sus
mayores. Por otro lado, el luchador que era Filipo tenía tendencia a burlarse de la afición de
Alejandro por la poesía o la música (tocaba el arpa) y le hacía rabiar apodándole «el enamorado de
Homero».
El rey veía en estos aspectos tiernos y un tanto afeminados del carácter de Alejandro la influencia
nefasta de su madre, Olimpia la mística y la devoradora, y la de Leónidas, el austero preceptor que
educaba al príncipe como a un futuro sacerdote, cuando había que educarlo como a un futuro rey y
un futuro guerrero. Era urgente que las cosas cambiasen y que aquel muchacho de trece años, que
sabía domar un caballo como lo había hecho y discutir con empecinamiento sobre aquello de lo que
estaba seguro, recibiese una verdadera educación de rey: para ello, le escogió el rey de los
educadores en la persona de Aristóteles.
III - El padre rival
(343-336 a. C.)
Aristóteles en Pela (343). —Alejandro descubre a Homero (343-342). —Maniobras de Artajerjes, que trata de inmiscuirse en el
conflicto entre Atenas y Macedonia (primavera del año 343). —Filipo sitia Bizancio; Alejandro, regente de Macedonia (principios de
340). —Alejandro combate a los medos rebelados contra Macedonia (primavera de 340). —Macedonia contra Atenas y sus aliados
(octubre de 340-abril de 338). —Filipo encargado por Belfos de castigar a la ciudad de Anfisa (primavera de 339). —Reacción de
Atenas y Tebas, guerra contra Filipo que ocupa la posición estratégica de Flotea (octubre de 339). —Batalla de Queronea (2 de abril de
338). —Paz de Démades con Atenas (verano de 338). —Alejandro festeja sus dieciocho años en Atenas (julio de 338). —Filipo de
vuelta; conflicto conyugal (primavera de 337). —Matrimonio de Filipo y Cleopatra, sobrina de Átalo; escándalo: Olimpia y Alejandro
huyen a Epiro (noviembre de 337). —Regreso de Alejandro y de su madre a Pela (primavera de 336).
Había en la corte del rey Amintas II, el padre de Filipo, un médico llamado Nicómaco. Pertenecía
a la gran familia de los Asclepiades, que pretendía descender de Asclepio (el Esculapio de los
romanos), dios de la medicina, de la que también formaba parte el famoso Hipócrates, que había
vivido en Aigai, la antigua capital de Macedonia, durante el reinado de Perdicas II (455-413 a. C.).
Este Nicómaco era oriundo de Estagira, una ciudad calcídica de Tracia, no muy lejos de Pela, y
tenía un hijo llamado Aristóteles, que era aproximadamente de la edad de Filipo (éste había nacido en
382 a. C.; Aristóteles dos años antes). Así pues, los dos hombres se habían conocido de niños, y lo
menos que puede decirse es que, cuando en 343 a. C. el príncipe Alejandro alcanzó los trece años, ya
habían triunfado en la vida. Filipo era el monarca más respetado y temido del mundo griego y
Aristóteles, que entonces tenía unos cuarenta años, ya había logrado una sólida reputación de filósofo
y sabio, aunque aún no hubiese fundado su propia escuela.
Su camaradería cesó en el año 367 a. C., a la muerte de Nicómaco. En esa época, Aristóteles, que
tenía entonces diecisiete años, se fue a Atenas, donde entró en la Academia, la universidad que había
creado Platón en el 388-387, y Filipo fue enviado en calidad de rehén a Tebas. En la Academia,
Aristóteles se reveló como estudiante asiduo y Platón le había apodado «el lector» y «la inteligencia
de la escuela», lo cual no le impedía amar también la vida y las mujeres. Tenía las piernas
delgaduchas, ojos pequeños y muy móviles, debilidad por los ropajes bellos, llevaba anillos en los
dedos y se rasuraba; de sus amores con la cortesana Herpílide le había nacido un hijo, al que puso el
nombre de su padre, Nicómaco. En el año 356 a. C., cuando el estudiante que era empezaba a
convertirse en un maestro y cuando en el seno mismo de la Academia formaba sus primeros
discípulos, habría recibido de Filipo la noticia del nacimiento de Alejandro, en forma de una carta
(cuya autenticidad rechaza, con razón, la crítica moderna: en 356 a. C. Aristóteles tiene veintiocho
años y nada permite afirmar en ese momento que será una de las luminarias del pensamiento griego)
que nos ha transmitido Aulo Gelio y que rezaba:
Esto es para hacerte saber que acabo de tener un hijo, por lo que doy gracias a los dioses, no sólo
por su nacimiento sino también porque ha nacido en tu tiempo: espero que se convierta en tu alumno
y que se muestre digno de mí y de la sucesión al trono.
AULO GELIO, Noches áticas, IX.
Después de la muerte de Platón en 347 a. C., Aristóteles fue a vivir a Misia, a la corte de su amigo
Hermias, tirano de la ciudad de Atarneo, del que ciertos autores dicen que fue su favorito y otros su
suegro (en tal caso, se habría casado con su hija Pitia, pero algunos pretenden que esa hija de
Hermias habría sido de hecho la concubina de éste: en ambos casos, Aristóteles necesitaba del
permiso del tirano de Atarneo).
Hermias, alumno de Atenas, apasionado por la filosofía y la política, había trazado el plan de
liberar a todas las ciudades griegas de Asia Menor del yugo de los persas, cosa que cuando menos
era utópica de su parte. Un tránsfuga griego llamado Mentor, a sueldo del gran rey Artajerjes III,
atrajo al tirano de Atarneo a una emboscada, lo hizo estrangular en 344 a. C. y su cadáver fue
crucificado. Este drama afligió profundamente a Aristóteles, que en tal ocasión escribió un poema
fúnebre a la memoria de su amigo, así como un epigrama que fue grabado sobre su estatua:
Para escapar de los sicarios de Artajerjes, Aristóteles se refugió con Pitia en la isla de Lesbos, en
Mitilene, y allí seguía en el año 343 a. C. cuando Filipo lo llamó a su lado, a Pela, para que educase a
su hijo. La elección del rey era juiciosa. Necesitaba para Alejandro un maestro cultivado de forma
distinta que el meticuloso Lisímaco o el riguroso Leónidas, que no le arrastrase por la vía del
misticismo ni el ocultismo a la que quería empujarle Olimpia, y Aristóteles ya gozaba de la
reputación de ser lo que hoy llamaríamos un positivista, que quería ver y tocar las cosas antes de
emitir juicios sobre ellas; además, no era un personaje austero: era elegante de aspecto y modales,
aficionado a los buenos vinos y a la buena mesa, su mujer, Pitia, era hija de un rey, y así demostraba
con el ejemplo que se podía ser a un tiempo un gran sabio y un hombre de mundo.
Aristóteles aceptó la invitación sin dudarlo; desde la muerte de su amigo Hermias, no tenía nada
que hacer en Asia Menor, se aburría en Lesbos, y Atenas, con sus disputas intestinas, no le atraía
demasiado. Además, en 343 a. C., Macedonia era el país del mundo helénico más tranquilo
políticamente y más poderoso militarmente, al abrigo de las empresas del Gran Rey. Así pues,
recogió sus cosas y partió sin pena hacia a Macedonia, con su mujer, sus libros y sus manuscritos.
Ya tenemos al filósofo en Pela. Sin duda no reconoció la ciudad de su juventud, de la que había
salido hacía veinte años, en 367 a. C. Filipo lo recibe amistosamente y poco después de su llegada le
autoriza a levantar las ruinas de Estagira, su ciudad natal: no sólo la ciudad fue reconstruida, sino que
todos los estagiritas que habían sido expulsados de la ciudad o enviados a la esclavitud pudieron
regresar, y Filipo mandó construir cerca de la villa, entre los olivos y los jardines, un edificio (el
Nymphaeos), destinado a acoger a profesores y estudiantes. La enseñanza se daba allí al aire libre, a
la sombra de los árboles, y en tiempos de Plutarco todavía se mostraban los asientos de piedra donde
se sentaban el maestro —siempre impecablemente rasurado y tartamudeando un poco— y sus
estudiantes, entre los que por supuesto estaba Alejandro y los hijos de la nobleza macedonia.
Bajo la dirección de Aristóteles, Alejandro aprendió ciencias morales y políticas, gramática,
geometría, retórica y filosofía, así como ciencias naturales, medicina y astronomía. Indudablemente
el Estagirita experimentó en el Nymphaeos y en Pela los principios de su futura pedagogía, que
difundirá de manera sistemática en el Liceo, la escuela que había de crear en 335-334 a. C. en los
suburbios de Atenas. Su enseñanza comportaba una clase por la mañana, dedicada a las cuestiones
científicas más arduas, que él mismo denomina «acromáticas», y una clase por la tarde sobre
«nociones comunes», las «exotéricas». De este modo Aristóteles favoreció el amor que el joven
príncipe profesaba por Homero; él mismo había preparado una edición de la llíada (perdida en la
actualidad), anotada y corregida, que ofreció a Alejandro; éste se la llevó a todas sus campañas y, por
la noche, la colocaba bajo su almohada junto a su puñal (se la llamaba «la edición de la cajita»).
Alejandro parece haber tenido una elevada idea de la enseñanza de su maestro. No tanto por su
contenido cuanto porque tenía la impresión de haberse vuelto, gracias a él, el depositario de un saber
inaccesible al común de los mortales. Las lecciones que más tomaba eran las acromáticas, las que hay
que haber oído de boca misma del Maestro para conocerlas y comprenderlas. Y cuando más tarde,
estando en el confín remoto de Asia, supo que Aristóteles había publicado algunos libros, es decir,
había desvelado a todos aquel saber que hacía de sus discípulos hombres fuera de lo común, le envió
una carta de protesta que refiere Plutarco:
Este «Adiós» —siempre que la carta reproducida por Plutarco no sea leyenda— marca el fin de la
influencia del filósofo sobre el hombre de acción. Sin embargo, Alejandro nunca olvidó a quien le
había enseñado a pensar. Siempre honró a Aristóteles, nos dice nuestro autor, como a su propio
padre: «Del uno —decía—, he recibido el vivir, y del otro el bien vivir», y nunca «le salió del alma el
deseo y el amor a la filosofía, que desde su infancia había dejado huella en su corazón».
No obstante, si contamos ahora esta anécdota que figura en el Seudo-Calístenes, fuente que hay
que utilizar con mucha precaución, podemos pensar que Plutarco miraba por su maestro y se hacía
una idea algo etérea de Alejandro. En cierta ocasión (¿cuál?, nuestra fuente no la precisa), Aristóteles
preguntó a sus ricos y principescos alumnos cómo le tratarían cuando hubiesen tomado posesión de
su herencia. Uno dijo: «Yo haré de modo que todos te honren y respeten, y cenarás todas las noches a
mi mesa.» Otro le respondió que le convertiría en su principal consejero, pero cuando el Estagirita
planteó la pregunta a Alejandro, éste se enfureció: «¿Con qué derecho me haces semejante pregunta?
¿Cómo sabré yo lo que me reserva el futuro? ¡No tienes más que esperar, y entonces lo verás!»
«Buena respuesta —habría exclamado Aristóteles—. ¡Un día, Alejandro, serás realmente un gran
rey!»
De todos modos, Alejandro sólo permaneció dos años bajo la tutela filosófica de Aristóteles, que
debía seguir difundiendo su buena palabra en el Nymphaeos, a la sombra del bosque de las Ninfas,
hasta 335 a. C. La razón de Estado, tal como la concebía Filipo, iba a propulsarle precozmente a la
escena de la política y la guerra: el rey de Macedonia se disponía a organizar una cruzada griega
contra la Persia de Artajerjes III, que ahora adelantaba sus peones en Asia Menor: el asesinato
reciente de Hermias, el amigo de Aristóteles, era un ejemplo.
En efecto, en la primavera del año 343 a. C., el Gran Rey, que nunca había perdido de vista Grecia
(reclutaba de forma permanente mercenarios para sus campañas en Asia y en Egipto), había decidido
intervenir en la lucha entablada entre Atenas y Macedonia. Las maniobras de Filipo en Asia Menor le
parecían sospechosas: el rey de Macedonia había dado asilo a varios sátrapas rebeldes, había
mantenido relaciones con el tirano Hermias de Atarneo, había mandado a Aristóteles (yerno de este
último) a Pela, y Tracia hervía de campamentos militares y colonias macedonias. Filipo amenazaba
abiertamente en concreto las colonias atenienses del Quersoneso, península que bordeaba el estrecho
del Helesponto, vía de invasión del mar Egeo ideal para la flota persa que estacionaba en el mar
Negro. Así pues, a Artajerjes le pareció prudente enviar una embajada a Atenas, la única potencia que
podía intimidar a Macedonia debido a la importancia de su flota, para proponerle renovar los
antiguos tratados de amistad que en el pasado había firmado con Persia. Pero la susceptibilidad de los
atenienses prevaleció sobre la prudencia diplomática: al embajador persa se le respondió, muy
secamente, que los atenienses mantendrían su amistad con el Gran Rey si éste no emprendía nada
contra las ciudades griegas.
Filipo aprovechó de inmediato esa torpeza diplomática. Inició negociaciones con Artajerjes y
concluyó con él un tratado de alianza y amistad: Macedonia se comprometía a no seguir apoyando a
los adversarios del Gran Rey, que por su parte renunciaba a intervenir en Grecia. Tras este cambio de
situación diplomática, sólo había un perdedor: Atenas. Sin la amenaza de un acuerdo pérsico-
ateniense, Filipo ya no tenía necesidad de andarse con cuidado. Aún hubo algunas tentativas de
negociación, pero los atenienses crearon una alianza antimacedónica (con la Eubea, Quíos y Rodas) y
el estado de guerra volvió a instalarse una vez más entre Filipo y los aliados de Atenas, en los
Balcanes y en Asia Menor. A principios del año 340 a. C., Filipo asedia Bizancio y Perinto, ciudades
que sostenían en la distancia a Persia, pero no sacó otro provecho que una herida en el hombro, casi a
la vista de su hijo, que asistió a su primer combate en las ruinas de Perinto.
La guerra se anunciaba larga y difícil. Filipo, que trataba de mantener intacta la fidelidad de su
pueblo hacia la corona, envió al joven Alejandro a Pela para desempeñar el papel de regente. De este
modo, el príncipe accedía a la edad de dieciséis años a las más altas responsabilidades del estado
macedonio. Poco después, en el mes de octubre del mismo año, Atenas y sus aliados declaraban la
guerra a Macedonia: la suerte estaba echada.
Iniciada oficialmente en octubre de 340 a. C., esta guerra, que debía desembocar en el fin de la
Grecia de las ciudades, duró casi dos años: concluyó el 2 de abril de 338 a. C., en la llanura de
Queronea, en Beocia. Durante esos dos años, Alejandro cumplió concienzudamente sus funciones de
regente.
Recibió primero en Pela una embajada de Persia, enviada por el Gran Rey, para solventar
pacíficamente el problema de las colonias griegas instaladas en el mar de Mármara, la Propóntide,
como la llamaban los antiguos. Los embajadores quedaron seducidos por aquel joven de pelo rubio,
que les hacía mil preguntas sobre su país, las distancias que había entre las principales ciudades, el
estado de las rutas, la personalidad de Artajerjes y sobre muchas cosas más; quedaron tan
impresionados por Alejandro que luego declararon que los talentos, ya muy célebres, del rey de
Macedonia no eran nada en comparación con los de su heredero.
En la primavera del año 340 a. C., el joven regente hubo de enfrentarse a una revuelta de tribus
rebeldes implantadas en el alto valle del Estrimón, las de los medos (en la actual Bulgaria, entre Sofía
y el Danubio). Con el entusiasmo de la adolescencia, decidió ponerse al frente en persona de una
expedición de castigo en la región y, cuando le hicieron observar que era muy joven para partir a la
guerra y no tenía la edad requerida para mandar un ejército, respondió con orgullo: «¡Aquiles era
más joven todavía cuando partió para la guerra de Troya!»
Esta primera campaña de Alejandro se saldó con victoria: la ciudad de los medos fue tomada tras
un sitio en regla, sus habitantes fueron expulsados o llevados para ser vendidos como esclavos.
Imitando entonces, no a Aquiles, sino a su padre, Alejandro decidió instalar una colonia macedonia y
cambiar el nombre de la ciudad para ponerle el suyo: Alejandría (Alexandropolis). Fue la primera
ciudad que llevó su nombre. Cuando el heredero de Macedonia regresó triunfalmente a Pela, se había
convertido en el ídolo de los soldados, que ya decían entre sí, a modo de broma, que Alejandro era el
rey y Filipo su capitán.
Filipo no se sintió vejado, pero, temiendo que su hijo se expusiese de nuevo a peligros que un
príncipe heredero no tenía derecho a correr, lo llamó a su lado y juntos regresaron a Pela. En el
camino de vuelta, al atravesar el país de los medos, los macedonios fueron atacados por aquellas
tribus insumisas. Durante el combate, el caballo de Filipo resultó muerto de una lanzada, que también
atravesó el muslo del real jinete; Alejandro echó pie a tierra inmediatamente y cubrió el cuerpo de su
padre con su escudo, hasta que fue levantado por sus soldados. La herida de Filipo no era muy grave,
pero tuvo por secuela una cojera permanente, de la que el rey a veces se quejaba y que deploraba:
«¿Cómo puedes, padre mío, quejarte de esa lisiadura que te recuerda a cada paso tu valor?»
La frase era generosa de parte del hijo, pero no gustó al padre que, con un ojo de menos, un
omóplato fracturado y un muslo en pésimo estado perdía poco a poco prestigio en comparación con
aquel jovenzuelo imberbe de cabellos de oro, que no tenía entonces más que dieciséis años mientras
él tenía cuarenta y dos, y cuando ya algunas canas empañaban el negror de su barba de guerrero
macedonio.
En la familia real de Macedonia las cosas iban mal.
Desde el paso de Aristóteles por Pela y la reconstrucción de Estagira, Olimpia sentía que su hijo
se le escapaba. Aquél filósofo tartamudo le había apartado de la religión, le había enseñado que los
dioses del Olimpo eran personajes de cuentos para niños, que el hombre era un animal como los
demás pero dotado de razón, y que sólo un razonamiento riguroso puede llevar a la verdad. Por su
parte, Filipo no soportaba a su mujer y ahogaba sus preocupaciones en continuas borracheras con
soldados viciosos y afeminados, hasta el punto de que no los llamaban «Compañeros del rey»
(hetaiwí), sino «compañeras» (hetairaí). Además, coleccionaba «esposas secundarias», es decir,
amantes, con las que ya tenía hijos.
Alejandro parecía indiferente a las mujeres, y su madre había llegado a temer que fuese el
favorito de algún oficial. Por eso había escogido a una prostituta de Tesalia para espabilarlo, una tal
Calixena, cuyos méritos eran eminentes; pero los resultados del intento habían sido decepcionantes:
por más que Calixena fuese instalada por Olimpia en el aposento del príncipe, éste no se interesaba
por ella, sumido como estaba en la lectura de la Ilíada o de algún poeta. Todos sus biógrafos
antiguos, empezando por Plutarco, subrayan que llevaba hasta el apasionamiento su amor por la
literatura y los grandes hechos; la preocupación por su gloria futura le obsesionaba, pues había
comprendido que estaba a su alcance. A riesgo de parecer anacrónicos, diremos que se había vuelto
un «joven lobo» a quien parecía que todo había de salirle bien y, si se quiere comparar su conducta
con la de nuestros contemporáneos, habría que pensar más en los golden boys estadounidenses de los
años ochenta que en un César o un Bonaparte. Quería todo, y lo quería en el acto, presintiendo que su
vida podría ser breve, de suerte que, como escribe Plutarco, siempre tuvo más inclinación por la
gloria y los grandes hechos que por el placer.
También Filipo estaba preocupado por la indiferencia que su hijo mostraba hacia las mujeres. Se
preguntaba si era impotente o simplemente homosexual, hecho que, lo mismo en Macedonia que en
Grecia, no tenía nada de escandaloso, a condición de ser «amante» (erastos) y no «amado»
(eromenos). Existía incluso, en el ejército tebano, un «Batallón Sagrado» (Plutarco escribe: «la Banda
Sagrada»), en el que cada soldado e incluso cada oficial tenía un amante claramente de mayor edad
que él, a veces incluso un anciano. No obstante, las eternas disputas entre las ciudades griegas iban a
darle ocasión de apreciar las cualidades viriles y guerreras de su hijo.
En efecto, en la primavera de 339 a. C., el Consejo anfictiónico de Delfos había condenado a los
montañeses de la ciudad de Anfisa, una ciudad situada a varios kilómetros de Delfos, por haberse
apropiado de unas cuantas decenas de hectáreas de tierras consagradas a Apolo y, en la sesión del
mes de octubre, había encargado oficialmente a Filipo recuperarlas, manu militan. Para el macedonio
era la ocasión ideal de restablecer su prestigio, comprometido tras sus fracasos ante Bizancio y
Perinto, y de mostrar su fuerza a los tebanos y los atenienses; movilizó inmediatamente a su ejército
y decidió llevar consigo a Alejandro, que entonces iba para los dieciocho años. El ejército
macedonio se pone en marcha desde Pela, atraviesa Tesalia, penetra en Grecia central por el obligado
desfiladero de las Termopilas y, en lugar de ir directamente contra Anfisa, que está junto a Delfos,
Filipo establece su puesto de mando en Elatea, a la salida del desfiladero, ciudad considerada
tradicionalmente como la llave de la Grecia central, en la ruta que lleva directamente a Tebas y luego
a Atenas (a 120 kilómetros de Elatea). Luego, sin pérdida de tiempo, Filipo fortifica la ciudad y envía
emisarios a Tebas, rogando a las autoridades tebanas que no se opongan al paso de sus tropas, que
tienen una misión sagrada que cumplir.
No hacía falta más para desencadenar el molino de palabras antimacedonio que era Demóstenes.
El fogoso orador parte de inmediato hacia Tebas, donde se encuentra en presencia de los emisarios
de Filipo, y utiliza toda su elocuencia para convencer a los tebanos —en principio aliados de
Macedonia— a fin de que cerrasen su país al ejército macedonio, y multiplica las promesas: Atenas
pagará los gastos de la guerra, pondrá su poderosa flota a disposición de los tebanos y los beocios y
les dejará incluso el mando de las fuerzas aliadas.
Durante el invierno de 339-338 a. C., los dos campamentos se preparan: Tebas y Atenas envían
embajadas al Peloponeso, a Eubea y Etolia para asegurar las alianzas de las ciudades de este país en
torno de Atenas y Tebas, mientras que Filipo, como buen estratega, completa la fortificación
alrededor de Elatea y restaura las plazas fuertes de Fócida.
Las operaciones militares se inician a principios del verano de 338 a. C., con una estratagema de
Filipo: en una carta que dirige a uno de sus generales que se han quedado en Pela —Antípater— le
informa de que debe partir de inmediato para Tracia, a fin de reprimir una revuelta. Esto le obliga a
renunciar a castigar a Anfisa. Se las arregla para que los habitantes de esa ciudad, que caen en la
trampa, se hagan con la misiva: la guarnición de Anfisa recoge sus bártulos y se marcha a las
montañas, donde Filipo, que está al acecho, destroza sus efectivos y vuelve para apoderarse de la
ciudad. En Delfos exultan, aclaman al macedonio, el oráculo lanza maldiciones contra Atenas,
mientras Demóstenes, con aire de suficiencia, se burla y dice a todo el que quiere oírle que la pitonisa
«filipiza».
Por su parte, Filipo regresa a Elatea y trata por última vez de convencer a tebanos y atenienses de
que firmen la paz. Les envía embajadas, pero es trabajo perdido: Demóstenes ha convencido a todo el
mundo de que había que luchar. El rey de Macedonia se decide, muy apesadumbrado, a ir al combate:
conoce sus fuerzas y sabe que va a ganar, pero respeta el pasado de Atenas y esa victoria, que no
puede escapársele, le entristece y le asusta a la vez.
Ha escogido su campo de batalla. Será la llanura de Queronea, junto a la ciudad del mismo
nombre, que bordea el pequeño río Cefiso. El 2 de abril, antes del alba, las fuerzas griegas (10.000
atenienses, 10.000 beocios, 5.000 mercenarios y el Batallón Sagrado de los tebanos), se sitúan a lo
ancho de la llanura. El ejército macedonio (30.000 soldados de infantería y 2.000 jinetes) les hace
frente: Filipo mandaba el ala derecha, que formaba una enorme falange, y Alejandro, para quien la
batalla era su auténtico bautismo de fuego, tenía a sus órdenes la famosa caballería macedonia —los
Compañeros de Macedonia— en el ala izquierda.
Los atenienses atacan fogosamente el ala derecha macedonia: Filipo da a sus oficiales la orden de
retirarse despacio, mientras su ala izquierda, con Alejandro al frente, avanza, carga y desorganiza las
líneas griegas: la falange, reconstruida, emprende su marcha hacia adelante y masacra literalmente a
las fuerzas enemigas, que huyen en total desorden: «¡Estos atenienses —dirá Filipo— no saben cómo
se ganan las batallas!»; entre los que huían estaba Demóstenes, cuyas ropas se engancharon en un
matorral de espinos y que imploraba, con los brazos levantados, que le perdonasen la vida. Los
atenienses dejaron mil muertos en el campo y abandonaron dos mil prisioneros: en cuanto a los
beocios, también sufrieron grandes pérdidas y todos los hombres del Batallón Sagrado, amantes y
amados, perecieron.
Después de la batalla, Alejandro partió para dormir en su tienda el sueño del justo, y Filipo se
emborrachó con sus oficiales. Vinieron a preguntarle qué había que hacer con los miles de
prisioneros, que estaban reunidos en una ciudad vecina. Entre dos eructos respondió que con los
tebanos había que esperar, pero que los atenienses debían ser liberados de inmediato. Luego siguió
bebiendo y, al alba, se dirigió, tambaleándose y completamente ebrio, al campo de batalla. Lloró ante
los cadáveres amontonados del Batallón Sagrado, luego vagó entre los grupos de prisioneros
atenienses: «¡Ah, ah! ¡Qué revancha sobre Demóstenes! ¿Os acordáis de sus discursos contra mí?»
Y se puso a recitar, escandiéndolas, golpeando con las manos y batiendo los pies, las primeras
líneas de una de las Filípicas que el orador ateniense había pronunciado contra él. Un prisionero
ateniense, el orador Démades, que había sido en la boulé el adversario de Demóstenes y el defensor
de Filipo, cuyas teorías unificadas aprobaba, le apostrofó: «Rey, el destino te ha elegido para ser un
nuevo Agamenón, ¿no te da vergüenza hacer el papel del bufón Tersites?»
Filipo se calló bruscamente. Comprendió que había superado los límites y había dado un
espectáculo lamentable en presencia de aquellos atenienses, dignos y respetables, cuyos antepasados
habían sido las glorias más hermosas de Grecia. Y se durmió, con el sueño roncador de los
borrachos.
Cuando despertó, recibió a sus capitanes, que acudían para recibir a su vez las órdenes para
destruir Atenas, puesto que acababa de ser vencida; Filipo les respondió: «¿Destruir Atenas? ¿Yo? Yo
que he sufrido todos estos tormentos para conseguir la gloria, ¿destruiré la ciudad de todas las
glorias? ¡No lo quieran los dioses!»
El vencedor fue generoso con los atenienses. Hizo colocar a sus muertos sobre unas piras con
honores militares y las cenizas fueron devueltas a sus familias, los prisioneros fueron liberados
inmediatamente y sin rescate y el orador Démades, también liberado, fue el encargado de llevar a sus
compatriotas la buena nueva. Filipo se inclinaba ante la gloria pasada de Atenas y no tenía ninguna
intención agresiva hacia la ciudad y sus habitantes, al contrario. Un comité de paz formado por
atenienses (Esquines, Démades y Foción, un general ateniense que siempre había preconizado la
alianza con Macedonia) y macedonios (el propio Alejandro y los generales Antípater y Alcímaco) se
encargó de redactar un tratado de paz sobre bases sanas y duraderas.
El artesano de ese tratado, Démades, era un hombre de baja extracción, antiguo marinero y
autodidacta, de elocuencia popular y convincente, carente de la pompa de Demóstenes, amante del
lujo y los placeres, que no se preocupaba de prejuicios ni virtudes y que sólo tenía un objetivo: la paz
a cualquier precio, y la paz que de ella resultaría para él y para Atenas. Los términos del tratado que,
con justa razón, se llamó la «Paz de Démades» (verano del 338 a. C.) eran los siguientes: la
Confederación marítima de Atenas, que ya no tenía mucho sentido, quedaba disuelta, pero la ciudad
conservaba la mayor parte de sus posesiones de ultramar (sus colonias en el mar Egeo) y algunas
tierras arrancadas a Beocia; ninguna tropa macedonia sería acantonada en el suelo del Ática y ningún
navío de guerra sería enviado al puerto del Pireo; los dos Estados hacían juramento de una alianza
recíproca.
Con los tebanos, las cosas fueron distintas. Tebas fue castigada por haber sido infiel a sus pasadas
promesas. Después de enterrar a sus muertos, los prisioneros tebanos fueron vendidos como
esclavos, los funcionarios de la ciudad que le habían sido hostiles fueron desterrados y sustituidos
por funcionarios que habían estado en el exilio debido a sus sentimientos promacedonios, y por toda
la Beocia se instalaron tropas de ocupación.
Luego Filipo hizo una gira por Grecia que se parecía a una gira de propietario: todas las ciudades
hicieron acto de fidelidad al macedonio. Sólo Esparta se envolvió en su dignidad espartana y su
laconismo. Cuando Filipo exigió a sus jefes que reconociesen su primacía, le respondieron:
—Si crees que tu victoria sobre los griegos te ha hecho más grande de lo que eras, ¡mide tu
sombra!
—Pero ¿consentiréis en recibirme al menos en vuestra ciudad como huésped?
—No.
—¿Ni siquiera si voy con mi ejército?
—No podrás impedirnos morir por nuestra patria.
—No tendréis necesidad de morir: si consigo conquistar vuestro país, sería generoso…
—«Sí» —respondieron lacónicamente los espartanos.
El viaje de Filipo a Grecia duró algo menos de un año; durante el otoño de 337 a. C., el rey de
Macedonia regresa, cargado de gloria, a Pela.
Alejandro no acompañó a su padre en ese crucero helénico. Festejó sus dieciocho años en Atenas,
mientras se disponían a elevar una estatua en honor de Filipo en el agora; luego volvió a Pela, donde
su madre le abrió los brazos, tanto más cuanto que estaba solo, sin su padre. Tal vez Olimpia
esperaba recuperarlo después de haber perdido su influencia sobre él. Pero cuando Filipo regresó a
su vez a Pela, en noviembre del 337 a. C., la situación familiar se tensó de nuevo. Plutarco, como
buen moralista antifeminista que era, culpa de estas disensiones al comportamiento de Olimpia:
La disensión y los celos de las mujeres penetraron hasta separar los corazones de los reyes
mismos [Filipo y Alejandro], de lo que fue causa principalmente la agria naturaleza de Olimpia, la
cual, siendo mujer celosa, colérica y vengativa por naturaleza, iba irritando a Alejandro y
aumentando los descontentos que tenía de su padre.
PLUTARCO, Vida de Alejandro, XIV
La razón más aparente de este desgarramiento familiar fue la mujer que Filipo introdujo en el
palacio real: Cleopatra —sin duda la primera Cleopatra de la historia que haya hecho hablar de ella
—; era sobrina de uno de sus generales llamado Átalo (Attalos). El rey tenía entonces cuarenta y
cinco años, y se había enamorado locamente de esa joven, que debía de tener dieciocho o diecinueve
y trataba de que su viejo enamorado («fuera de edad y de estación», escribe Plutarco) se casase con
ella. Pero el viejo enamorado no estaba dispuesto a hacerlo. Temía sin duda la furia de Olimpia, su
mujer legítima, y los reproches de su hijo; también temía sin duda algunas complicaciones dinásticas
futuras. Por eso había propuesto a Cleopatra el rango de «esposa secundaria», cosa que, al parecer,
era posible en Macedonia. Pero Cleopatra se negaba a ser tratada como una esposa de segunda clase.
Tenía para ello buenos argumentos: era macedonia y de nacimiento noble, mientras que Olimpia era
una epirota, una bárbara en resumidas cuentas; era capaz de tener hijos, mientras que Olimpia era
demasiado vieja para eso.
Filipo, como cuadragenario enamorado, estaba dispuesto a todo para conservar a su Cleopatra,
que le sugirió repudiar a Olimpia por infidelidad; después de todo, ¿no había reconocido
abiertamente que su hijo Alejandro era hijo de Zeus-Amón, y no de Filipo? Esta historia no se
sostenía, argumentaba Cleopatra: Olimpia la había inventado para camuflar un amorío regio que
habría tenido con un mortal. Debió de añadir incluso, pérfidamente, que con aquella anciana bacante
epirota, que no ocultaba haber participado en orgías báquicas antes de casarse con el ingenuo Filipo,
todo era posible.
El rey quedó impresionado por esta argumentación, y la discutió con Alejandro. Éste, por más
racionalista que se hubiese vuelto gracias a la enseñanza de Aristóteles, estaba profundamente unido a
su madre y no se la imaginaba repudiada y desterrada de la corte de Pela. Invocó, con astucia,
argumentos dinásticos: «Si tienes hijos con esa nueva reina —le dijo a su padre—, cuando mueras,
ellos serán tus herederos legítimos y yo tu bastardo, cosa molesta para tu dinastía.» Objeción a la que
Filipo replicó, sonriendo con aire significativo: «Hijo mío, cuantos más rivales tengas, más razón
tendrás para superarles con tus méritos.»
Finalmente Cleopatra obtuvo la victoria en el plano íntimo y fracasó en sus proyectos políticos:
Filipo repudió a su esposa Olimpia como esposa, pero conservó su rango de reina y Alejandro su
condición de pretendiente legítimo.
No obstante, las cosas no salieron bien, y el destino de Alejandro vaciló. Una vez repudiada
Olimpia, Filipo celebró sus nupcias con Cleopatra, que exigió una ceremonia oficial con gran
pompa, a la que debían asistir la corte, los generales y el mismo Alejandro. Testigo a pesar suyo de
esta humillación pública impuesta a su madre, a la que tanto quería, el príncipe, silencioso e
hirviendo en una cólera contenida, debió sufrir el suplicio del inevitable festín de bodas sin decir una
palabra. Pero perniciosamente el vino macedonio hacía su trabajo. Filipo y Átalo, su suegro, no
tardaron en estar completamente borrachos y lo que debía suceder, sucedió. El general Átalo,
titubeando y tartamudeando, propuso beber a la salud del esposo:
—Por Filipo, nuestro rey, y por el heredero legítimo que nacerá de esta unión.
A estas palabras, Alejandro sale de su silencio, salta de su lecho e increpa a Átalo:
—¡Miserable malvado! ¿Te atreves a tratarme de bastardo?
Y, cogiendo su copa llena de vino, se la lanza a la cabeza. Átalo la esquiva, se apodera de la suya y
la arroja al rostro de Alejandro. Se produjo entonces un tumulto generalizado: todo el mundo se
levantó, las mesas fueron derribadas, platos, cubiletes, vasos y cráteras se estrellaron en el mármol
del suelo, se derramó el vino y por todas partes volaban las invectivas. De pronto se hace el silencio:
Filipo, cuyo único ojo estaba inyectado de sangre, se levanta lenta y penosamente de su lecho real,
saca su espada y avanza, cojeando, hacia su hijo para matarle. Nadie se atreve a interponerse. Pero el
rey es traicionado por su pierna coja, resbala en el suelo mojado y se desmorona con gran estrépito,
aturdido, en medio de un charco de vino tinto. Fríamente, Alejandro señala con el dedo el cuerpo
tendido de su padre que se agita: «¡Ved, macedonios, ved a este hombre que habla de guiaros hasta
Asia, pero que no es capaz de pasar de una mesa a otra sin derrumbarse!»
Y tras estas palabras, corre a los aposentos de su madre, la saca de la cama y, acompañado por
una escolta de hombres de confianza, huye de Pela con Olimpia en la noche, en dirección a las
montañas del Epiro: la conduce a casa de su hermano, Alejandro, rey de Epiro, en el seno del pueblo
del que había salido.
Pasó el invierno del 337-336 a. C. Alejandro se refugió en una tribu lincéstida cuyo jefe era un tal
Pleurias; Filipo, secundado por Átalo, emprendió una desdichada expedición contra los epirotas y
finalmente decidió reconciliarse con su hijo. Plutarco dice que habría sido llevado a esa solución por
una idea que le habría sugerido uno de sus viejos amigos, Demarato de Corinto, que había ido a
visitarle: cuando Filipo le preguntaba cómo se entendían ahora los griegos entre sí, Demarato le
habría respondido: «Realmente, te va bien eso de preocuparte por la concordia entre los griegos,
cuando tú has colmado tu propia casa de tan grandes querellas y de tantas disensiones.»
Estas palabras debieron de lastimar a Filipo, que habría reconocido su falta y habría enviado a
Demarato a la región de los lincéstidas para convencer a Alejandro de que volviese a Pela. El
príncipe aceptó la invitación de su padre, pero puso como condición que también su madre fuese
autorizada a regresar a la corte y fuese tratada en ella con honor, en calidad de madre del príncipe
heredero.
Filipo dio su conformidad y, en la primavera del año 336 a. C., Alejandro y su madre estaban de
vuelta en el palacio real, que corría el riesgo de parecerse, progresivamente, a la corte de Tócame
Roque: ¿cómo iban a poder vivir juntos, bajo un mismo techo, incluso si Filipo y Alejandro estaban
sobre aviso, unas mujeres de intereses tan enfrentados como Cleopatra, Olimpia y la otra Cleopatra,
la hermana de Alejandro? Para complicar aún más la situación, Cleopatra, la esposa de Filipo, estaba
encinta y debía dar a luz en los meses de julio o agosto: ¿qué pasaría si el niño era un varón? Había
además otros pretendientes en potencia al trono de Macedonia: Amintas, hijo del rey Perdicas III, el
hermano mayor de Filipo, y Arrideo, hermanastro bastardo de Alejandro que Filipo había tenido de
una de sus amantes y al que pensaba casar con la hija del rey de los carios. Los sicarios podían afilar
sus puñales.
IV - El rey ha muerto, ¡viva el rey!
(336 a. C.)
Advenimiento de Darío III Codomano (primavera 336). —Filipo casa a su sobrino Amintas, hijo de Perdicas 111, con Ciña, hija de una de
sus amantes (diciembre de 336). —Pixódaro, sátrapa de Caria, ofrece la mano de su hija mayor al príncipe Arrideo, uno de los bastardos
de Filipo (primavera de 336). —Filipo reúne a las ciudades griegas en Corinto con vistas a una cruzada panhelénica contra el Gran Rey
(primavera de 336). —El joven noble Pausanias asesina a Filipo en Aigai (septiembre de 336).
Alejandro III, rey de Macedonia: la matanza de los pretendientes (septiembre de 336). —Reunificación pacífica de la Hélade (octubre de
336). —Congreso de Corinto: Alejandro elegido comandante en jefe de los ejércitos helénicos contra Persia: encuentro con Diógenes
(finales de octubre de 336). —Campañas en los Balcanes contra los bárbaros del Norte y el Noroeste: tracios independientes, tribalos,
getas, ilirios y taulancios: el Danubio, frontera natural de Macedonia (marzo-mayo de 335). —Defección de Atenas y duplicidad de
Demóstenes: rebelión, asedio y destrucción de Tebas (finales del verano de 335). —Segunda unificación de la Hélade (otoño de 335).
Alejandro tenía veinte años y dos meses cuando Filipo fue asesinado. Era joven física, mental y
políticamente, y no tenía, para guiarle en ese oficio de rey que iba a ejercer, ni maestro, ni mentor, ni
ejemplo, salvo el del mítico Aquiles.
Durante los quince primeros meses de su reinado, se vio enfrentado a todas las dificultades y
todos los peligros: negado en sus derechos por unos, despreciado por otros debido a su juventud y
odiado por Átalo, que ya se encontraba en Asia con la mitad del ejército macedonio. Sin embargo,
convencido de haber sido encargado por la Fortuna de cumplir el destino querido por los dioses de
los que descendía, dotado de una ambición poco común, casi patológica, de cualidades físicas
excepcionales, de una voluntad y una energía asombrosas, aquel a quien Demóstenes llamaba con
desprecio «el jovencito» iba, entre septiembre de 336 y abril de 334 a. C., a imponerse a todos y a
revelarse luego como el conquistador más extraordinario de la historia de Occidente.
En unos días Aigai se había vaciado de sus embajadores griegos, de sus oficiales y sus sacerdotes.
Se habían despedido presurosamente de la familia real, preguntándose cómo iba a resolverse la
sucesión de Filipo. La mayoría de ellos pensaba que entre los pretendientes, fuese Alejandro o
cualquier otro, no había nadie capaz de desempeñar con éxito el papel que Filipo de Macedonia había
ejercido durante veinte años sobre la escena internacional helénica.
La partida del ejército macedonio que acampaba a orillas del Estrimón y que aún no se había
puesto en marcha hacia el estrecho del Helesponto, nada más enterarse de la muerte del rey había
aclamado el nombre de Alejandro y su general, Antípater, se había declarado sin vacilaciones su fiel
súbdito. En cambio, la otra mitad del ejército, que ya había pasado a Asia Menor con Átalo al frente,
el enemigo personal de Alejandro y Olimpia, había recibido la orden de someterse al príncipe
Amintas, tercero de ese nombre, hijo del rey Perdicas III; el hermano de Filipo que le había
precedido en el trono de Macedonia y que por ese motivo tenía sobre Alejandro la prioridad del
nacimiento.
La noticia de este golpe de Estado llegó a Pela cuando Alejandro, seguro de su derecho, de su
predestinación y sobre todo del apoyo del general Antípater, había empezado a ejercer su papel de
soberano. Una de sus primerísimas decisiones fue ordenar a uno de sus partidarios, Hecateo de
Cardes, que partiese hacia Asia con el ejército, detuviese a Átalo y, a ser posible, lo trajese vivo a
Pela, donde sería juzgado y ejecutado por crimen de alta traición; si el caso no podía llevarse a buen
fin, Hecateo tenía orden de ejecutar al general felón en el plazo más breve posible, sin importar el
medio. No lo consiguió por sí mismo, pero Átalo será ejecutado finalmente por uno de sus oficiales
mientras que, al mismo tiempo, Alejandro ordenaba encarcelar en Pela a varios miembros varones
de la familia del general. En cuanto a Amintas, consiguió escapar por un tiempo a la persecución,
pero en última instancia fue detenido y ejecutado también.
Ya no quedaba ningún pretendiente vivo al trono de Macedonia. A partir de ese instante Alejandro
podía dormir tranquilo y reinar con el nombre de Alejandro III: tenía de su parte el derecho, la mitad
del ejército y pronto la otra mitad, y sobre todo la simpatía del pueblo que había sido sensible a las
vejaciones que había tenido que sufrir. Admiraban además el valor de que había dado pruebas en la
batalla de Queronea, su cultura y su generosidad de alma.
Tras asegurar de este modo su legitimidad en unas pocas semanas, Alejandro ganó las llanuras de
Tracia, donde recibió el juramento de fidelidad del ejército de Antípater y, en un breve discurso,
declaró a los soldados y los oficiales que en Macedonia nada, salvo el nombre del rey, había
cambiado: ni el servicio militar, ni la organización del ejército, ni los métodos de entrenamiento. Y
mientras la vida recuperaba su curso habitual, Alejandro se hizo cargo del ejército macedonio a fin
de ocuparse de política exterior, es decir, de Grecia, donde la muerte de Filipo había sido acogida
como una liberación.
En efecto, los jefes políticos de Atenas, Esparta, Tebas, Tesalia, Etolia, Argólida, Fócida y Tracia,
que habían participado en la gran campaña panhelénica de Aigai el verano anterior, pensaban haber
calibrado al joven rey: les parecía evidente que Alejandro, incluso en caso de que consiguiese
mantenerse en el trono, nunca sería capaz de ejecutar los proyectos militares de su padre, y que las
ciudades griegas podrían denunciar cuando quisiesen y como quisiesen los tratados de federación o
alianza concluidos con Macedonia.
A pesar de las dificultades que encontraba en su reino, Alejandro puso freno, enseguida y contra
cualquier esperanza, a las agitaciones revolucionarias de los griegos. En octubre de 336 a. C. salió de
Macedonia al frente de un ejército de 30.000 hombres y se dirigió primero a Tesalia: invocó el
antiguo parentesco que unía a tesalios y macedonios desde Heracles, y con su elocuencia consiguió
que le confirmasen el mando de las fuerzas griegas federadas como lo habían acordado con su padre.
Luego marchó sobre el Peloponeso, donde convocó una asamblea general de las ciudades para
hacerles la misma petición. Consiguió lo que pedía de todos los delegados, salvo de los
lacedemonios, que le respondieron orgullosamente que era contrario a sus leyes obedecer a
extranjeros.
Los atenienses fueron más coriáceos. Al enterarse de la muerte de Filipo no disimularon su
alegría y, renegando de la corona de oro que habían ofrecido al rey cuando estaba vivo, votaron una
moción para honrar la memoria de su asesino. Demóstenes, que había sido el primero en conocer la
noticia de la muerte de Filipo, había dado la señal de la rebelión, incitando a las ciudades de la Hélade
a romper el juramento de alianza que habían prestado a Filipo, declarando en la Asamblea que
Alejandro era «un joven necio que nunca se atrevería a salir de las fronteras de Macedonia».
El «joven necio» no tardó en quitarle la razón a Demóstenes.
Negándose a escuchar los consejos de moderación de sus amigos, que le recomendaban llegar a
una reconciliación con Átalo y ganarse a las ciudades griegas con regalos y concesiones, Alejandro
penetró a marchas forzadas en Beocia con su ejército y asentó su campamento en las proximidades de
Tebas, sembrando el terror en la ciudad, que se apresuró a abrirle sus puertas: envió al exilio a los
agitadores, que se refugiaron en Atenas. Cuando en Atenas se supo que el ejército macedonio sólo
estaba a dos días de marcha del agora, reinó el pánico: pusieron las murallas en estado de defensa,
los pastores acudieron a buscar refugio en la ciudad con sus rebaños transformando la ciudad en un
gigantesco establo, y se enviaron embajadores a Alejandro. Éste los recibió con magnanimidad y les
perdonó no haberle concedido rápidamente el mando de las fuerzas federadas que les había pedido.
Entre los miembros de la delegación observó la ausencia de Demóstenes; el orador había ido en
carro, con los otros, pero había dado media vuelta, bien por miedo a que Alejandro le reprochase la
violencia de su política antimacedónica, bien para no tener que dar cuenta de sus relaciones secretas
con el Gran Rey, que había financiado esa política. Alejandro fue generoso, perdonó a los atenienses,
renovó los tratados del pasado y se vio colmado por éstos con más honores de los que habían
concedido a Filipo.
La gira triunfal de Alejandro concluyó en Corinto, donde habían sido convocados los
plenipotenciarios de la Hélade. Éstos votaron, por unanimidad de todas las ciudades salvo una
(Esparta), la moción que habían votado en favor de Filipo dos años antes, referida en los siguientes
términos por Diodoro de Sicilia (IV, 9):
“Las ciudades griegas decretan que Alejandro será el comandante en jefe de los ejércitos
helénicos, dotado de plenos poderes y que se hará una guerra en común contra los persas, en razón de
los crímenes de que se han hecho culpables respecto a los griegos.”
Alejandro pasó unos días en Corinto. De todas partes acudieron para admirar al joven rey
políticos, estrategos, artistas y filósofos. Todos se apiñaban alrededor de él, tratando de conseguir
una mirada, una sonrisa, una palabra de este príncipe que había sido alumno del gran Aristóteles.
Sólo Diógenes el Cínico permaneció tranquilamente junto a su tonel, calentándose al sol, cerca del
estadio que estaba situado a la entrada de la ciudad. Se cuenta que Alejandro se hizo llevar hasta él y
le dijo:
—Yo soy el gran rey Alejandro.
—Y yo soy Diógenes el perro —respondió el filósofo.
—¿Por qué te has llamado el perro?
—Porque acaricio a los que me dan, ladro a los que no me dan y muerdo a los que son malvados.
—Pídeme lo que quieras y lo tendrás —dijo entonces Alejandro.
—Lo que quiero es que te apartes de mi sol —respondió Diógenes.
A lo cual el rey dijo a los que le acompañaban:
—Por Zeus, si yo no fuese Alejandro, querría ser Diógenes.
Tras haber saboreado durante dos o tres días más las dulzuras del otoño de Corinto, y antes de
regresar a Pela a preparar la expedición contra Persia, Alejandro decidió ir a consultar al oráculo de
Delfos, a fin de hacerle la pregunta que le obsesionaba día y noche: cuál sería el resultado de su
guerra contra los persas.
El oráculo hablaba por la pitonisa, una vieja sacerdotisa de Apolo que era en cierto modo la
portavoz del dios. Cuando Alejandro llegó a Delfos, supo que la pitonisa no estaba preparada para
decir el oráculo: tenía que pasar tres días rezando y ayunando antes de vaticinar y, además, el dios
sólo respondía a las preguntas determinados días. Alejandro se sintió contrariado: no quería esperar,
por lo que se dirigió a casa de la pitonisa. Ésta le respondió que no podía desempeñar sus funciones
sin preparación y que, además, la pregunta que deseaba hacer el rey era difícil y exigía una larga
deliberación previa entre ella y los sacerdotes de Delfos. El joven rey insiste y luego, agarrando a la
vieja sacerdotisa de la mano, le pasa el brazo por la cintura y la arrastra hacia el templo. La pitonisa
protesta, pero se deja llevar y dice a Alejandro: «Decididamente, hijo mío, nadie puede resistirte, eres
irresistible.» Al oír estas palabras, Alejandro suelta la mano de la sacerdotisa: «El oráculo acaba de
hablar por tu boca —le dijo, satisfecho—. No te importunaré más; ¡ahora sé que el Gran Rey
tampoco podrá resistirme, porque soy irresistible!»
Se acercaba el invierno. Alejandro regresó a Macedonia hacia finales del mes de noviembre de
336 a. C. con objeto de preparar su gran expedición contra los persas, sus anábasis, como se dice en
griego. Pero antes de partir para Asia Menor, que debía ser la primera etapa de su campaña, tenía que
poner Macedonia al abrigo de las incursiones de las tribus salvajes que vivían en el norte de Tracia,
hacia el valle del Danubio: las más peligrosas eran las de los ilirios, los tracios independientes, los
tribalos y los getas; como escribe Amano, su biógrafo más serio:
“En el momento en que emprendía una expedición que debía llevarle tan lejos de su patria, no le
parecía posible más solución que dejarlos completamente vencidos y sometidos. [… ] Ahora que
Filipo estaba muerto, aquellos bárbaros pensaban que había llegado el momento de recuperar su
independencia y sus antiguas costumbres de bandidos y piratas.”
Historia de Alejandro, I, 1, 4-8.
La mayor parte de las fuerzas macedonias estaba acantonada en la costa tracia, en la
desembocadura del Estrimón. En la primavera de 335 a. C. Alejandro decide acabar con las
tentaciones de hacerle daño que podían tener sus turbulentos vecinos del norte; parte de Anfípolis y,
en una decena de días, franquea el Nesto, circunvala el macizo del Ródope y llega al pie de las
montañas del macizo que en nuestros días se llama el Gran Balean (el monte Hemo de los antiguos),
cuyas crestas ocupaban los tracios independientes, en el nivel del actual puerto de Chipka. Disponían
de carros muy pesados, de los que se servían como de una trinchera desde la que podrían rechazar al
enemigo si éste conseguía franquear los desfiladeros que llevaban a la montaña, y tenían intención de
dejar rodar cuesta abajo esos carros sobre la falange macedonia en el momento en que los soldados
de Alejandro trepasen las escarpadas pendientes del Gran Balean.
Pero Alejandro había comprendido el peligro e ideó la forma adecuada de conjurarlo: «En el
momento en que los tracios suelten sus carros —les dijo a sus hombres—, aquellos de vosotros a
quienes la anchura del camino permita romper las filas se apartarán, y los carros pasarán entre ellos
para ir a estrellarse contra las rocas, mucho más abajo; los que se encuentren en las partes estrechas
del camino avanzarán codo a codo, sin dejar ningún espacio entre sus escudos: los carros de los
tracios, debido a la velocidad adquirida, saltarán por encima de los escudos, sobre los que rodarán
sin hacer ningún daño a sus portadores.»
La maniobra tuvo éxito y, una vez pasados los carros, los hoplitas corrieron contra los tracios
lanzando su grito de guerra, mientras los arqueros, situados por Alejandro a la derecha de la falange,
mantenían a distancia a los tracios que trataban de cargar. Al cabo de poco tiempo, los bárbaros,
barridos por los hoplitas, incapaces de protegerse de las salvas de flechas que se clavaban en sus
torsos desnudos, sin corazas ni escudos, huyeron al otro lado de la montaña, dejando cinco mil
muertos sobre el terreno. En cuanto a las mujeres y los niños que los habían acompañado, como era
su costumbre en la guerra, fueron capturados y se convirtieron en el botín de los macedonios
victoriosos: fueron vendidos como esclavos en los puertos del mar Negro.
Después de haber aniquilado a los tracios, Alejandro se volvió contra las tribus guerreras de los
tribalos. Su rey, que se llamaba Sirmo, había previsto desde hacía mucho la expedición del
macedonio, enviando a las mujeres y los niños de su pueblo a una isla en medio del Danubio para
evitarles el funesto destino de los tracios si resultaban vencidos; él mismo y sus hombres se habían
replegado hacia el sur y atrincherado en un valle por el que corría un afluente de ese río. Informado
de sus movimientos, Alejandro dio media vuelta y marchó contra Sirmo, a quien sorprendió
estableciendo su campamento en el valle en cuestión. Para hacerles salir, ordenó a sus arqueros
acribillarlos a flechas: los tribalos, que combatían casi desnudos, corrieron hacia los arqueros, para
enfrentarse a ellos cuerpo a cuerpo. Era el momento que Alejandro esperaba: cuando los tribalos se
encontraron en campo raso, dio la orden de entrar en combate a la falange y a su caballería y los
asaltó por todas partes. Al final de la jornada había tres mil cadáveres de tribalos en la llanura: las
pérdidas de los macedonios se limitaban, según Arriano, a once jinetes y cuatro soldados de a pie.
El tercer día después de este combate, siempre según Arriano, Alejandro llegó a orillas del
Danubio, que entonces estaba considerado el mayor río de Europa (se ignoraba la existencia del
Volga). Al norte del Danubio vivía otra tribu tracia, la de los getas (los antepasados de los dacios de
la moderna Rumania), que se habían reunido en gran cantidad en sus orillas septentrionales,
totalmente decididos a obstaculizar el paso al joven Conquistador, de cuyas recientes proezas habían
oído hablar. Había allí cuatro mil jinetes y más de diez mil guerreros de a pie, desplegados en orden
de batalla, a cinco o seis kilómetros de una de sus ciudades, por otra parte mal fortificada. Por su
parte, Alejandro había ordenado al comandante de la flota macedonia, que estaba fondeada en uno de
los puertos del Bósforo, remontar el curso del Danubio y dirigirse hasta el país de los getas. La
empresa se anunciaba peligrosa: las orillas del río estaban habitadas por tribus agresivas y las
trirremes macedonias debían cruzar los territorios inhóspitos de los escitas y los sármatas antes de
penetrar en los de los getas.
Pero Alejandro tenía la temeridad de la juventud. La flota del Bósforo aparejó y los navíos de
guerra macedonios la encontraron acampando en la orilla sur del río, a la altura de la actual Bucarest.
Los llenó de arqueros y soldados de infantería y los condujo, con las velas desplegadas, hacia la isla
de los tribalos, con la intención de desembarcar allí. Pero todos los futuros conquistadores de la
historia aprenderán a sus expensas que es muy difícil, si no imposible, desembarcar en una isla
enemiga cuando está bien defendida. Los getas, apostados a orillas del río, hicieron causa común con
los tribalos asediados en su isla y atacaron los navíos macedonios en el lugar en que habían atracado:
en cuanto a la isla, parecía inexpugnable, porque los altos acantilados que la bordeaban volvían
azaroso cualquier desembarco; por fin la corriente del río, cuyas aguas eran altas en ese período del
año (en el mes de mayo), era particularmente violenta.
¿Qué hacer? Alejandro, nos dice Arriano, estaba dominado por un deseo imperioso de cruzar el
Danubio y atacar a los getas, lo mismo que le ocurrirá a César, dominado por el mismo deseo de
franquear el Rin y atacar a los germanos cerca de tres siglos más tarde. Amontonó arqueros y
hoplitas en las trirremes venidas del mar Negro y ordenó reunir todas las embarcaciones de pesca
disponibles (barcas rudimentarias, hechas de un tronco de árbol vaciado, y había muchas en la
región), que también llenó de arqueros y soldados: en total hicieron la travesía quinientos jinetes y
cuatro mil infantes.
El paso se hizo de noche, a mediados de mayo, en un lugar en que se extendía, sobre la orilla
derecha del Danubio, un enorme campo de trigo cuyos tallos eran muy altos, porque estaba cerca el
tiempo de la siega. Alejandro había ordenado a sus hombres arrastrarse, llevando sus largas lanzas
(sansas) pegadas transversalmente al suelo; les seguían, como podían, los caballos. Cuando
estuvieron fuera del campo cultivado, Alejandro puso la falange en formación rectangular, bajo el
mando de Nicanor, el hijo de Parmenión, se puso él mismo al frente de la caballería y dio la orden de
carga. Los getas, aterrorizados, sin comprender cómo aquel ejército había podido pasar en una sola
noche, sin puente, el mayor río del mundo, huyeron a su aldea; luego, como ésta se encontraba mal
fortificada, con murallas defectuosas y poco altas, cargaron mujeres, niños, viejos, armas y bagajes
sobre sus caballos y se fueron hacia el norte, tan lejos como pudieron.
Alejandro se apodera de su ciudad y de los botines que los getas habían acumulado, que hace
trasladar a las ciudades del litoral tracio. Luego ordena arrasar la ciudad que acaba de conquistar sin
perder un solo hombre y ofrece un triple sacrificio: a Zeus Salvador, a su antepasado Heracles, y al
dios del Río mismo, por no haberse opuesto a su paso.
Los días siguientes, los demás pueblos ribereños del Danubio enviaron embajadores al joven rey
de Macedonia para ofrecerle su amistad y, entre ellos, unos celtas que habitaban cerca de las orillas
del mar Adriático; escuchemos lo que nos dice Arriano a propósito de estas tribus (se trata de tribus
célticas que se desparramaron por Europa Occidental durante el período llamado de La Téne, a partir
del siglo IV a. C.):
“Estos celtas eran de gran estatura y tenían una alta opinión de sí mismos. Todos dijeron que iban
a pedir a Alejandro su amistad, y Alejandro les dio prendas y las recibió de ellos. Pero, además,
preguntó a los celtas qué era lo que más miedo les daba entre las cosas humanas: esperaba que su
gran fama hubiese llegado hasta los celtas y más allá, y que fuesen a contestarle que era él quien más
miedo les daba. Pero la respuesta de los celtas engañó su expectativa: en efecto, dado que vivían lejos
de Alejandro, en una comarca difícilmente accesible, que además se daban cuenta de que la marcha de
Alejandro tomaba otra dirección, respondieron que tenían miedo a que un día el cielo cayera sobre
sus cabezas y que, aunque admiraban a Alejandro, no era por miedo ni por interés por lo que habían
ido en su busca como embajadores. Y después de haberlos llamado amigos suyos y concluido con
ellos una alianza, Alejandro los despidió, limitándose a añadir que los celtas eran unos fanfarrones.”
Historia de Alejandro, I, 4, 4.
La impresión producida sobre los demás pueblos que vivían en la orilla derecha del Danubio
había sido inmensa. Con sus victorias sobre los tribalos y los getas, Alejandro había establecido el
dominio de Macedonia sobre todos los pueblos que vivían al sur del Danubio, convirtiendo a este río
en la frontera natural septentrional de su reino. Podía partir tranquilo hacia Asia: unas cuantas
guarniciones en el Danubio bastarían para garantizar la seguridad de Macedonia. No le quedaba más
que regresar a Pela y concluir los preparativos para su guerra persa.
Estamos a finales del mes de mayo del 335 a. C. Alejandro había decidido volver a Pela pasando
por el valle del Iskar (que los griegos llamaban Oskios). Cuando llegó cerca de la actual capital
búlgara, Sofía, unos mensajeros procedentes de Pela salieron a su encuentro y le anunciaron que
Clito, rey de los ilirios, se había sublevado contra el poder macedonio y había arrastrado a la
rebelión a un pueblo vecino al suyo, el de los taulancios, cuyo rey se llamaba Glaucias. Los
territorios de estos dos pueblos eran ribereños del mar Adriático. Según las últimas noticias, ilirios y
taulancios marchaban hacia Pelio, una antigua fortaleza en las montañas, junto al lago Lychnis,
construida hacía unos años por Filipo para cerrar el valle del río Haliacmón, que llevaba de Iliria a
Pela, a 150 kilómetros de esta última ciudad. Según los mensajeros, las tropas de Clito ocupaban no
sólo la ciudad, sino también los bosques de las alturas cercanas, dispuestos a caer sobre el ejército
macedonio si intentaba liberar la fortaleza.
Estas noticias eran inquietantes. Alejandro se encontraba todavía a ocho jornadas de marcha de la
frontera occidental de Macedonia, que los ilirios, procedentes de la actual Tirana, ya habían
franqueado. Si no llegaba a tiempo, ilirios y taulancios coaligados se lanzarían a través del valle del
Haliacmón, cerrarían a sus ejércitos la ruta de Grecia y, quién sabe, tal vez llegasen a poner sitio a
Pela. Bastaba que los pueblos de Tracia, cuyos territorios debía atravesar Alejandro para ganar el
oeste de Macedonia, obstaculizasen el avance de su ejército unos días para que sus planes y su futuro
de conquistador se desmoronasen. Por suerte no ocurrió nada. Alejandro conocía la resistencia de sus
soldados, sometidos a un entrenamiento físico intenso. Su ejército remontó el valle del Cerna a paso
de carga, franqueó el Axios (el actual Vardar), se adentró en el valle del Erigón (el actual Cerna,
afluente del Vardar) y llegó a la vista de la fortaleza de Pelio antes de que Clito y Glaucias hubiesen
realizado su unión.
El macedonio levantó su campamento frente a las murallas de Pelio, mientras que, según la
costumbre de los bárbaros ilirios, Clito procedía a un sacrificio ritual inmolando tres muchachos,
tres muchachas y tres carneros negros. Luego lanzó algunos de sus hombres que estaban ocultos en
los bosques que dominaban la fortaleza para desafiar a los macedonios al cuerpo a cuerpo; pero
éstos se lanzaron valientemente al ataque, y los bárbaros tuvieron que romper el combate y
abandonar las víctimas del sacrificio al pie del altar para correr a refugiarse detrás de las murallas de
la ciudad, cuyo asedio organizó Alejandro. Sin embargo, los taulancios se habían quedado fuera de la
fortaleza, en las colinas circundantes, y los macedonios no tardaron en encontrarse entre los dos
ejércitos aliados y cortados de sus líneas de avituallamiento. De asediadores se habían convertido en
asediados: Alejandro había caído sin darse cuenta en una trampa clásica, que un estratega más
experimentado habría evitado sin duda.
Consiguió salir mediante una maniobra de una audacia loca, que sólo un ejército muy entrenado
como lo estaba el ejército forjado por Filipo era capaz de ejecutar y salir victorioso. Para explicarlo
mejor tenemos que detallar esa maniobra movimiento por movimiento.
1. Alejandro colocó primero su ejército en orden de batalla, frente a las colinas arboladas donde se
encontraban los taulancios con una falange de 120 líneas de profundidad, flanqueada, en sus dos
alas, por 200 jinetes. No debía lanzarse ningún grito de guerra, los soldados tenían que
permanecer en silencio y cumplir rapidísimamente las órdenes.
2. Ordenó a los hoplitas mantener sus sarisas levantadas; luego, a una señal convenida, inclinarlas
como para cargar, orientarlas una vez a la izquierda, una a la derecha, otra vez a la izquierda,
otra a la derecha, y así en repetidas ocasiones.
3. Dio entonces a la falange la orden de avanzar, deslizándose alternativamente del ala derecha al
ala izquierda.
4. Después de hacer maniobrar a la falange varias veces así, ante la mirada pasmada y admirativa
de los enemigos que contemplaban el espectáculo desde lo alto de las murallas de la fortaleza,
Alejandro lanza una orden: «¡Formad el triángulo, hacia el ala izquierda! ¡Y adelante, en
marcha!» Acto seguido un monstruoso triángulo de bronce y acero carga a paso rápido y avanza
hacia las filas enemigas, que agachan la cabeza ante la lluvia de flechas que las acribilla.
5. Sin esperar a que se acerque la terrible falange que nada parece poder detener, el enemigo
retrocede y abandona las primeras alturas.
6. Alejandro ordena entonces a sus soldados cargar deprisa, lanzando el famoso grito de guerra
macedonio y golpeando con sus lanzas contra sus escudos. Los taulancios, asustados, abandonan
las colinas y bosquecillos y corren a refugiarse detrás de las murallas de la fortaleza. Los
macedonios se convierten en dueños del terreno.
Sin embargo, una tropa de taulancios no había tenido tiempo de refugiarse en la ciudadela y
seguía ocupando un cerro, que cortaba la ruta que llevaba a Macedonia. Alejandro lanza contra ellos
un destacamento de Compañeros, los Hetairoi, y unos cuantos hombres de su guardia real: los
taulancios abandonan el cerro y se repliegan: la ruta de Macedonia estaba libre.
Pero Alejandro aún no tenía la intención de tomarla. Antes debía aniquilar a los taulancios, que
acampaban cerca de Pelio, a la orilla del río, cosa que hizo mediante un audaz golpe de mano
nocturno dos o tres días más tarde. Por otra parte, el rey quería recuperar Pelio de los ilirios, pero
éstos no esperaron que fuesen a desalojarlos: incendiaron la fortaleza y huyeron hacia el oeste, a sus
montañas, perseguidos por los macedonios triunfantes. Las cosas habían ido bien: la campaña había
empezado a finales del mes de mayo de 335 a. C. y cuando Alejandro regresa a Pelio sin haber
podido capturar a Clito y a Glaucias en las montañas de Iliria, aún no había empezado el verano. Pero
de aldea en aldea, de ciudad en ciudad, todos cantaban las primeras proezas de Alejandro, el Aquiles
de Macedonia, mientras en las antecámaras del poder, en Susa, en Atenas, en Tebas y Esparta corría el
rumor de que había muerto.
Desde que a principios de la primavera del año 335 a. C. había dejado Pela para someter a los
bárbaros de Tracia, salvo sus soldados, que peleaban con él, nadie había visto a Alejandro. En Pela
había corrido el rumor, después de su victoria sobre los getas, en mayo-junio del mismo año, que
habría perecido en un combate en las orillas del Danubio. Después de la reconquista de Pelio sobre
los ilirios, contaban en los medios calificados tradicionalmente de «bien informados», que había
resultado herido en la cabeza por una piedra lanzada con una honda, cuando había partido en
persecución de Clito y de Glaucias en las montañas de la moderna Albania; otros pretendían que
también habría recibido un golpe de maza en la nuca.
Estos «cotilleos» se habían propagado de Pela a Tesalia, de Tesalia a Grecia y finalmente a
Atenas, donde Demóstenes les sacaba provecho. Desde la muerte de Filipo, el famoso orador
cuestionaba sin cesar los tratados de alianza firmados entre Atenas y Filipo primero, entre Atenas y
Alejandro luego. Tenía varias malas razones para obrar así. La primera era su vanidad herida:
cuando Filipo había empezado su carrera de unificador de las ciudades griegas, Demóstenes se
convirtió en el paladín del nacionalismo ateniense y del mantenimiento del statu quo helénico, en
adversario del súper-Estado que el rey de Macedonia quería poner por encima de las ciudades
griegas, algo así como en nuestros días en los países europeos existen políticos que son feroces
adversarios de la idea de una Europa supranacional o de la moneda única europea. Filipo y
Alejandro, decía Demóstenes, habían obligado por la fuerza al mundo griego a constituirse en un
Estado federal bajo el dominio macedonio, pero los juramentos de alianza que se habían pronunciado
y los tratados que lógicamente les habían seguido perdían todo valor desde que Filipo y, ahora,
Alejandro habían muerto.
El razonamiento de Demóstenes era engañoso, pero convenía a la clase dominante ateniense, la de
los comerciantes, armadores y banqueros, que preferían hacer fortuna solos que tener que participar
en las obligaciones jurídicas y financieras del ejército macedonio en gestación. Además, y esto no
podía confesarlo el orador, Demóstenes estaba a sueldo del Gran Rey, y sin duda no era el único: el
emperador persa otorgaba regularmente subsidios a los enemigos de los macedonios, y sobre todo a
Demóstenes —a quien había pagado todas sus deudas— porque, según decía, «sólo piensa en el bien
y la libertad de los helenos».
Darío III Codomano, que había festejado el asesinato de Filipo como un acontecimiento feliz para
Persia, empezaba a inquietarse ante los éxitos de Alejandro. No se contentó con comprar
discretamente las conciencias de algunos políticos; dirigió un mensaje oficial a los helenos para
incitarlos a la guerra contra Macedonia y envió subsidios con ese fin a diversos estados griegos.
Atenas, en particular, recibió un presente de 300 talentos de oro (cada talento pesaba unos 26 kilos),
que rechazó con dignidad, y la Asamblea del pueblo mantenía la opinión de que había que devolver
ese oro al Gran Rey, enemigo hereditario de los griegos; pero Demóstenes se hizo cargo de ese
dinero, declarando que lo emplearía en provecho de los intereses del Estado y el generoso donante-
corruptor.
Por tanto, el partido antimacedonio en Atenas con ese talentoso corrupto (que dicho sea de paso
mantenía una correspondencia regular con los generales de Darío y les informaba de las actividades
de Alejandro) al frente, pero también con el incorruptible Licurgo, antiguo alumno de Platón, y todas
las personalidades políticas de la ciudad. Demóstenes decidió a los más reticentes, que argüían el
juramento de alianza prestado a Alejandro, presentando en público un testigo de última hora —
comprado con toda verosimilitud por él— que declaró haber combatido al lado de Alejandro contra
los ilirios y juró haber visto al rey de Macedonia expirar ante sus ojos. Como dirá luego el orador
Démades, que era en Atenas el jefe del partido promacedonio, este testigo causó el mismo efecto que
si se hubiese exhibido el cadáver de Alejandro.
Demóstenes no se limitó a predicar la guerra santa contra Macedonia en Atenas. Se las ingenió
para excitar a los numerosos exiliados tebanos que vivían en la ciudad, donde cada día estallaba
alguna noticia falsa: que los macedonios habían sufrido una grave derrota ante los tribalos, que la
mitad del ejército de Alejandro había perecido en el Danubio, que en Pela se conspiraba para poner
un nuevo rey en el trono de Filipo, y otras pamplinas. En resumen, cuanto más se prolongaba la
ausencia de Alejandro, más valientes y turbulentos se volvían los antimacedonios de Atenas, y lo
mismo ocurría en el Peloponeso, sobre todo en Esparta, en Mesena, en las ciudades de Arcadia, como
Orcómeno y Mantinea, así como en Etolia y Fócida; el antimacedonismo se difundía, pues, por la
Grecia continental como una mancha de aceite.
En el mes de agosto del año 335 a. C. Demóstenes, que se había convertido en el colaborador jefe
del Gran Rey, consideró que había llegado el momento de prender fuego a la pólvora y contactó con
los demócratas tebanos que vivían en Atenas, adonde habían sido exiliados por Alejandro un año
antes. Les animó a volver a Tebas, su patria, donde algunos compatriotas suyos los reclamaban, los
armó para ello, les dio dinero (motor indispensable de toda sublevación) y les prometió la ayuda y la
asistencia de Atenas en caso de desgracia.
Los desterrados tebanos, como los llamaban, abandonaron en secreto Atenas y se introdujeron de
noche en la ciudad de Tebas dormida. Se dirigieron primero hacia la acrópolis, donde estaba la
guarnición macedonia, que no sospechaba nada: las noches son dulces en Grecia cuando acaba el
verano y las primeras tormentas han suavizado los calores estivales, turbadas únicamente por el
croar de las ranas y los sapos, y las murallas de la fortaleza eran sólidas. Dos oficiales macedonios,
Amintas y Timolao, montaban guardia al pie de la Cadmea (era el nombre de la acrópolis tebana, que
según la leyenda local habría sido fundada por el héroe Cadmo): los hombres del comando tebano se
apoderaron de ella y los degollaron. Amanecía cuando los tebanos, despertados por toda aquella
agitación, se reunieron en su agora. Ante una asamblea del pueblo improvisada, los desterrados
tebanos, invocando el derecho sagrado de los pueblos griegos a la libertad y la independencia,
incitaron a sus conciudadanos a rebelarse, a expulsar a la guarnición macedonia de la fortaleza y a
desembarazarse, sin pérdida de tiempo, del opresor macedonio cuyo jefe, además, acababa de morir
en Iliria.
Era éste un discurso que todo pueblo oprimido escucha con placer, incluso si es contrario a la
realidad de las cosas: un pueblo sometido no puede ser a un tiempo nacionalista y realista, por suerte
para la moral de las naciones, incluso si discursos semejantes son quiméricos y hacen correr sangre
hasta el exceso. El pueblo tebano, provisionalmente liberado, decretó mediante sus aclamaciones la
sublevación contra las autoridades macedonias, y alrededor de la Cadmea se levantó un asedio.
La insurrección tebana despertó a las ciudades griegas. A la vista de los primeros éxitos de los
tebanos, los atenienses, que hasta entonces habían permanecido prudentemente neutrales a pesar de
los encendidos discursos de Demóstenes, especialista en arengas patrióticas, toman la decisión de
entrar en liza a su vez: envían una llamada de socorro a toda la Hélade y empiezan a negociar con los
embajadores del Gran Rey, con la perspectiva de una alianza contra Macedonia. Eolia, Etolia, Arcadia
y Mesenia responden a su llamada, y desde el Peloponeso se envía un contingente de hoplitas como
vanguardia hacia Beocia, por el istmo de Corinto. Todo hace presagiar una alianza helénica primero,
y luego grecopersa, contra Macedonia. ¿Va a cambiar el equilibrio de fuerzas en esa parte del
mundo? ¿Se verá surgir en ella un imperio políticamente persa y culturalmente griego que, en un
abrir y cerrar de ojos, devorará todo el Occidente romano, limitado entonces a la península italiana?
Nadie había contado con el genio político y militar de Alejandro. Éste, tras haber perseguido
fugazmente a los ilirios y los taulancios en las montañas albanesas, ha vuelto a Pelio y se prepara
para regresar a Pela con el fin de invadir el Asia Menor primero y luego Persia. Informado de los
sucesos de Tebas, no los considera despreciables: no es que tema a los tebanos, teme la astucia de los
atenienses, capaces de caminar cogidos de la mano con los persas, y el poder militar de los
lacedemonios. Decide acabar con la revolución griega en su origen y parte inmediatamente de Pelio
con su ejército.
Su rapidez de movimiento, que no tardará en resultar proverbial, desmantela a sus adversarios. En
trece días recorre los cuatrocientos kilómetros que separan Pelio de Onquesto (a un día de camino de
Tebas), en buena parte por terreno montañoso: de camino, recluta mercenarios en Fócida e incluso en
Beocia. En Tebas las falsas noticias siguen predominando sobre las verdaderas: no es Alejandro el
que manda el ejército macedonio, sino el general Antípater, que es mucho menos de temer, y el
Alejandro que guía la expedición no es el hijo de Filipo, sino otro Alejandro que no tiene nada en
común con el rey de Macedonia, dado que éste, como todo el mundo sabe, ha muerto en Iliria.
Al día siguiente Alejandro y su ejército están ante las puertas de Tebas. Espera que su sola
presencia incite a los tebanos a pedir la amnistía y les hace saber que les concede un último plazo
antes de pasar al ataque, para permitirles, en caso de que se arrepientan de sus proyectos criminales,
enviarle embajadores para tratar. Los tebanos responden a este ofrecimiento con el envío de un
escuadrón de caballería, de una compañía de infantería ligera y de arqueros que matan a buen número
de soldados macedonios, instalados en los puestos de avanzada.
Al verlo, Alejandro rodea al día siguiente la ciudad, se instala con todas sus fuerzas en la ruta que
va de Tebas a Atenas, y establece su campamento frente a una doble línea de trincheras enemigas, que
impiden el acercamiento a la ciudad. Su inteligencia militar le aconseja atacar, pero su inteligencia
política le dice que espere: si ataca, vencerá, pero se producirá una carnicería que desencadenará una
revolución general de las ciudades griegas, apoyadas por los persas. Así pues, se contenta con
acampar pacíficamente en la llanura, al pie de la Cadmea, frente a los tebanos. Dentro de la ciudad los
tebanos que comprendían la situación y veían que la solución más favorable para el interés público
era la negociación proponen enviar embajadores a Alejandro. No obstante, los desterrados tebanos,
que dominan entonces a la opinión pública, no quieren saber nada de negociaciones; afirman que
Tebas no tiene ninguna posibilidad de ser tratada con benevolencia por Alejandro y exhortan al
pueblo a la guerra al grito de: «¡Viva Beocia libre!» Impasible, Alejandro sigue sin atacar la ciudad.
Cree en las virtudes de la negociación y teme las consecuencias irremediables de una conquista de
Tebas por la fuerza.
Por desgracia, si el jefe era perspicaz, sus oficiales lo eran menos. Uno de ellos, Perdicas,
encargado de la guardia del campamento con su unidad, toma la iniciativa de atacar las avanzadillas
tebanas, atrincheradas detrás de las empalizadas: las arranca y da a sus hombres la orden de cargar; le
secunda su lugarteniente Amintas, que también envía sus hombres al ataque de las trincheras tebanas.
Pero su asalto sale mal. Los tebanos se recuperan y, después de retroceder, hacen frente de nuevo y
ponen en fuga a los destacamentos macedonios.
Al ver a sus hombres perseguidos por el enemigo, Alejandro se siente obligado a intervenir y
lanza la falange contra los tebanos que los persiguen. Cuando la terrible máquina de guerra
macedonia se pone en marcha, no hay nada que pueda detenerla. Los tebanos son perseguidos hasta
las murallas de su ciudad, que abre sus puertas para acogerlos; pero, bajo el empuje de la falange, no
pueden volver a cerrarlas y el ejército macedonio penetra en la ciudad, donde se lucha cuerpo a
cuerpo al son de las trompetas y los gritos de guerra, pero esta vez bajo la dirección de Alejandro.
Presionados por todos lados, los jinetes tebanos huyen a la llanura seguidos por los soldados de
infantería, en medio de un sálvese quien pueda general y bajo la mirada impasible de los macedonios
y de su jefe; en la ciudad sólo quedan los civiles, las mujeres y los niños, refugiados en sus casas o
amparados en los templos.
La ciudad, vacía de soldados, fue entregada a la matanza y al pillaje. Alejandro, tanto para
vengarse de las arrogantes proclamas de los tebanos contra él como para dar que pensar a los
atenienses y los demás griegos sobre las consecuencias engendradas por insurrecciones semejantes,
decidió tratar a los vencidos con mayor severidad de la que había empleado hasta entonces. Según
Diodoro de Sicilia y Justino, los muchachos y las muchachas fueron arrastrados para ser violados
repetidas veces por la soldadesca macedonia, antes de ser llevados como esclavos con todas sus
familias. También hubo por toda la ciudad una gigantesca matanza, perpetrada no tanto por los
macedonios cuanto por sus aliados griegos, focenses, plateenses, beocios.
Se vio entonces, escribe horrorizado Diodoro, griegos asesinados despiadadamente por griegos.
De este modo fueron muertos más de seis mil tebanos, y se reunió a más de treinta mil
prisioneros, que fueron vendidos como esclavos. No obstante, Alejandro ordenó que los sacerdotes y
las sacerdotisas fueran liberados, así como los miembros de la familia de Píndaro y todos aquellos
que en el pasado habían dado hospitalidad a su padre o a él mismo. En cuanto a los macedonios, sus
pérdidas se elevaban a quinientos hombres; Alejandro los hizo enterrar allí mismo.
También se saqueó una gran cantidad de objetos preciosos. A este respecto, Plutarco cuenta una
anécdota que, verdadera o falsa, arroja sin embargo una luz instructiva sobre las disposiciones de
Alejandro:
“Algunos soldados tracios que habían arrasado la casa de Timoclea, una dama tebana de bien y
honrada, de noble linaje, se repartieron sus bienes entre ellos. La mujer misma fue cogida por la
fuerza y violada por su capitán, que le preguntó si había escondido el oro o la plata en alguna parte.
La dama le respondió que sí y, llevándole solo a su jardín, le mostró un pozo en el que, según ella, al
ver la ciudad tomada, había arrojado todas sus alhajas y cuanto tenía de más bello y valioso. El tracio
se agachó para mirar dentro del pozo y la dama, que estaba detrás de él, lo empujó dentro y echó
encima muchas piedras, tantas que lo mató. Cuando lo supieron los soldados, la prendieron
inmediatamente y la llevaron, atada y encadenada, ante el rey Alejandro […] que le preguntó quién
era. Ella le respondió:
—Soy la hermana del Teágenes que marchó al frente de los tebanos contra el rey Filipo, durante
la batalla delante de Queronea, donde murió en defensa de la libertad de Grecia.
Alejandro, impresionado por esta respuesta digna y también por la forma en que la mujer había
actuado, ordenó que la soltasen y que la dejasen ir libre, donde ella quisiera, con sus hijos.”
PLUTARCO, Vida de Alejandro, XX.
Una vez más, el «jovencito» había vencido. La noticia dejó estupefacta a toda Grecia. Los
arcadios, que habían partido de su país para ayudar a los tebanos, regresaron a su tierra y condenaron
a muerte a los que les habían hecho decidirse por Tebas. Las ciudades griegas de Etolia y de la Elide,
que habían desterrado a los suyos que eran partidarios de Macedonia, volvieron a llamar a sus
exiliados y les presentaron excusas; los etolios llegaron incluso a enviar embajadores a Alejandro
para pedirle perdón por haber apoyado a Tebas en sus errores. Todas las ciudades que habían sido
antimacedonias se cambiaban de chaqueta sin ningún pudor, pero el macedonio no se engañaba.
Alejandro aprovechó la ocasión para vengarse de Tebas y, sobre todo, para reconstituir la
federación panhelénica sobre las ruinas de la ciudad vencida antes de finales del otoño de 335 a. C., es
decir, antes de la época que había fijado para partir contra los persas. Reunió a los delegados de los
griegos y confió al Synedrión, el Consejo federal de la Liga de los Estados griegos que había creado
su padre, el cuidado de decidir el destino de la ciudad vencida.
Ante ese consejo, los delegados de Beocia y de Fócida se convirtieron en fiscales de los tebanos,
que, según ellos, y a lo largo de toda su historia, habían servido a los intereses de los bárbaros contra
los griegos:
“En los tiempos de Jerjes (el vencido de Salamina y de Platea) —dijo su orador—, ¿no habían
combatido los tebanos al lado de los persas? ¿No habían hecho campaña contra Grecia? De todos los
griegos, ¿no eran ellos los únicos honrados como bienhechores, en la corte de Persia, donde, delante
del Gran Rey, ponían sillones para los embajadores tebanos?”.
Cf. DIODORO, XVII, 14,2.
La elocuencia de los focenses y los beocios triunfó sobre los escrúpulos: los delegados de toda la
Hélade decretaron que Tebas debía ser arrasada hasta sus cimientos, que los tebanos en exilio o en
fuga serían merecedores de extradición, y que los territorios de Tebas serían repartidos entre los
demás estados griegos… entre ellos los focenses y los beocios, que fueron los grandes beneficiarios
de esta medida, lo cual permite dudar de la sinceridad de sus delegados. Así fue como Tebas
desapareció definitivamente de la historia, en vísperas del otoño del año 335 a. C.
Quedaba por resolver el caso de Atenas. Los atenienses estaban ocupados celebrando los Grandes
Misterios de Eleusis. Las ceremonias sagradas en honor de Deméter, la diosa del trigo y las cosechas,
duraban nueve días y empezaban el 13 de diciembre de cada año. Acababan de comenzar cuando
llegaron, despavoridos y en harapos, algunos tebanos que habían escapado a la matanza. Contaron lo
ocurrido a las autoridades atenienses y a los sacerdotes que, dominados por el espanto,
interrumpieron inmediatamente los cortejos, los cantos y los sacrificios. En un abrir y cerrar de ojos,
los atenienses abandonaron las instalaciones que tenían en las campiñas circundantes para ir a
refugiarse tras las altas murallas de la ciudad.
El pueblo se reunió en asamblea en la colina de Pnyx y, a propuesta del orador Démades,
decidieron enviar a Alejandro una comisión formada por diez embajadores, elegidos entre los
miembros del partido promacedonio, que le llevarían las felicitaciones de Atenas por sus victorias
sobre los bárbaros del Norte (los tribalos y los ilirios) y por el castigo infligido a los tebanos
sublevados. El rey de Macedonia recibió a los embajadores con desprecio, volviéndoles la espalda,
pero en una carta dirigida al pueblo ateniense que les remitió, exigía que le fueran entregados cinco
políticos (Demóstenes, Licurgo, Hiperides, Polieucto y Mérocles) y cinco estrategos (Cares,
Diótimo, Enaltes, Trasíbulo y Caridemo), porque, decía en su carta, esos hombres eran, con sus
discursos y sus acciones, responsables del desastre sufrido por Atenas en Queronea y el
comportamiento inadmisible hacia él de la ciudad ateniense.
Cuando los embajadores transmitieron la respuesta del joven rey a Atenas, se produjo la
consternación general. Demóstenes lanzó uno de esos discursos pomposos que le ganaron la fama y
que tal vez serian admirables si no fuesen hipócritas: «No hagáis como los corderos de la fábula —
suplicó—, no entreguéis vuestros perros de guarda al lobo.» El demócrata estafador que era
Demóstenes, bien alimentado por el Gran Rey, fue interrumpido por el aristócrata Foción, al que
llamaban «el hombre de bien» por su virtud y su integridad; Foción era el jefe del partido de la paz
sin haber predicado nunca a favor de Macedonia, y había sido elegido cuarenta y cinco veces
estratego: «Estos hombres cuya extradición pide Alejandro —dijo gravemente— deberían tener el
valor, como nuestros héroes de antaño, de sufrir voluntariamente la muerte por la salvación de la
patria; al negarse a morir por su ciudad, dan prueba de su cobardía.» Pero Foción fue expulsado de la
tribuna por los griegos del pueblo, que aclamaba a Demóstenes.
Mediante un hábil discurso, éste sugirió a la Asamblea del pueblo ofrecer una prima de cinco
talentos (130 kilos de oro aproximadamente) al orador Démades, que estaba bien visto por el rey de
Macedonia, a fin de que convenciese a este último de que dejase la tarea de juzgar a los culpables al
tribunal del pueblo de Atenas.
Así fue como Foción (gratuitamente, por amor a la patria) y Démades (que sacaba 130 kilos de
oro) fueron juntos a pedir a Alejandro autorización para que fuesen los atenienses mismos quienes
juzgasen a los diez hombres que había designado en sus propios tribunales. El rey apenas prestó oído
a las palabras de Démades, pero escuchó atentamente a Foción, porque había oído decir a viejos
servidores que su padre, Filipo, hacía mucho caso a este hombre. Así pues, le dio audiencia, lo
escuchó con mucho respeto y respondió favorablemente a su petición: le pidió incluso consejo sobre
qué debía hacer en el futuro: Foción le respondió gravemente: «Si lo que buscas es la paz, depón las
armas y deja de hacer la guerra, salvo para defenderte; pero ¿quién osaría atacarte? En cambio, si lo
que buscas es la gloria militar, vuelve tus armas contra los bárbaros y no contra los griegos.»
En última instancia, Alejandro escogió la paz. Exigió simplemente que Atenas exiliase al
estratego Caridemo, un aventurero sin escrúpulos, más o menos espía del rey de Persia, cosa que fue
concedida; el personaje en cuestión huyó a Susa, a la corte del Gran Rey, seguido por algunos
aventureros más de su especie, donde no tardaremos en volver a encontrarlo.
Alejandro quedó impresionado y emocionado a un tiempo por Foción. En los años que siguieron
el anciano fue, junto con Antípater, la única persona a la que escribió como se escribe a un amigo. Le
regaló 100 talentos de oro (2,6 toneladas) que le fueron llevados a Atenas; a quienes fueron a
entregarle esa importante cantidad de oro cuando había tantos habitantes en Atenas, Foción les
preguntó por qué Alejandro le enviaba aquel regalo sólo a él:
—Porque estima que tú eres el único hombre de bien y de honor de tu ciudad —le respondieron.
—Entonces, que me deje seguir siéndolo hasta el fin de mi vida —habría replicado Foción—. Si
cojo este oro y no me sirvo de él, será como si no lo hubiese cogido; y si me sirvo de él, entonces
todo Atenas hablará mal tanto de tu rey como de mí.
Estamos en el mes de septiembre del año 335 a. C. Alejandro III de Macedonia había cumplido los
veintiún años dos meses antes, y hacía uno apenas que reinaba en Macedonia. En un solo año, había
apartado a todos los pretendientes a la corona, castigado a los asesinos de su padre, impuesto su
autoridad al ejército, llevado las fronteras septentrionales de Macedonia hasta el Danubio, acabado
con los peligrosos ilirios, reconstituido la Confederación de Corinto que su padre había creado y que
de hecho se había desintegrado, sobre todo atenienses, tebanos y espartanos, castigado la rebelión
tebana de la forma más terrible, puesto término a la vanidad política, a la hipocresía y al egoísmo de
los atenienses. El mundo griego era realmente suyo, y sólo corría un peligro, aunque era grande: el
de ser devorado por el dragón persa, cuyos dientes habían crecido. Alejandro III de Macedonia, hijo
de Zeus-Amón y de la bacante Olimpia, empezaba a creer que, como nuevo Aquiles, había sido
enviado a la tierra para vencer.
VI - La conquista de Asia Menor
¿Por qué emprendió Alejandro la gran guerra contra los persas? —La partida del Gran Ejército (abril de 334). —El paso del Helesponto
(abril de 334). —Alejandro en Troya (abril de 334). —Rendición de Lámpsaco (mayo de 334). —La victoria sobre el Gránico (principios
de junio de 334). —Rendición de Sardes. —Toma de Éfeso (mediados de junio de 334). —Estancia de Alejandro en Efeso, su retrato por
el pintor Apeles (junio-julio de 334). —Sitio y toma de Mileto (julio-agosto de 334). —Alejandro licencia a su flota (principios del otoño
de 334). —Memnón, comandante supremo de los ejércitos persas. —La princesa Ada (septiembre de 334). —Sitio y toma de Halicarnaso
(septiembre-octubre de 334). —Organización de Caria y partida de los soldados con permiso para Macedonia (noviembre de 334). —
Parmenión en Sardes (finales de noviembre de 334). —Alejandro en Easélida (diciembre de 334-enero de 333). —Complot de
Alejandro el lincéstida contra Alejandro (diciembre de 334-enero de 333). —Sumisión de Licia, Panfilia y Pisidia (enero-febrero de
333). —Sumisión de la Gran Frigia (marzo-abril de 333). —Llegada de Alejandro a Gordio (abril de 333).
¿Por qué la Grecia de las ciudades, la de Sócrates y Platón, la de los sofistas, de la segunda
generación de los pitagóricos, de Pericles y la democracia hizo la guerra a los persas? Simplemente
porque el imperio de los grandes reyes se extendía entonces hasta las islas y las ciudades griegas
asiáticas del mar Egeo, digamos hasta las orillas mediterráneas de la Turquía moderna, y porque en
el siglo V a. C., antes incluso de la expansión de Macedonia, los griegos tenían dos buenas razones
para expulsarlos de allí: en primer lugar, los persas oprimían o parecían oprimir a los griegos de
Jonia y de las islas del mar Egeo; en segundo lugar, su flota de guerra, que cruzaba permanentemente
el mar Egeo, constituía una amenaza continua para el comercio y la seguridad de las ciudades
marítimas o cuasi marítimas como Atenas, las ciudades de Eubea o de Calcídica. De ello resultaron
cincuenta años de guerras Médicas, que terminaron con la retirada de las fuerzas navales persas del
mar Egeo, aunque siguieron manteniéndose las satrapías persas en Asia Menor.
¿Por qué Filipo II pensó en llevar la guerra a los persas cuando ya no amenazaban el mar Egeo?
Por una razón totalmente distinta de estrategia política: Filipo soñaba con un gran Estado helénico
unificado, bajo la dirección de Macedonia, y pensaba que una gran guerra contra un enemigo persa
común era el mejor medio de estrechar los lazos entre las ciudades griegas y Macedonia.
¿Por qué emprendió Alejandro esa guerra contra los persas que quería su padre? No era desde
luego por las mismas razones que los griegos de Maratón, Salamina y Platea: desde la unificación de
los estados griegos realizada por Filipo, la «amenaza persa» ya no pesaba sobre el mundo griego. La
unidad del mundo griego bajo la férula macedonia se había conseguido desde la destrucción de Tebas
por el propio Alejandro.
¿Entonces? ¿Era para hacer «como papá», porque el joven carecía de imaginación política? ¿Era
para conquistar Egipto (de nuevo bajo dominio persa desde el año 341 a. C., después de haberlo
estado del 528 al 404 a. C.), porque «mamá» le había repetido una y otra vez desde su más tierna
infancia que era hijo de Zeus-Amón, cuyo mayor santuario, el del oasis de Siwah, se encontraba en
Egipto, en el corazón del desierto de Libia? ¿Era quizá porque tenía veinte años, porque estaba
dotado de una personalidad hipertrofiada, de una ambición relacionada con esa hipertrofia y porque
creía que todo le era posible? La respuesta es sin duda: por todas estas razones a la vez. Y buen
historiador será quien sepa desenredar el embrollo.
Sea como fuere, Alejandro partió de Pela a principios de la primavera del año 334 a. C. (sin duda
a finales del mes de marzo), con un pequeño ejército de 30.000 soldados de infantería y 4.000 jinetes),
para conquistar un país cuya geografía y poblaciones ignoraba por completo, pero del que todo el
mundo sabía que era enorme y que el sátrapa persa que era su responsable, Mázaces, podía reclutar
un millón de hombres si quería. Lo menos que puede decirse es que era una locura, pero Alejandro
salió victorioso de la empresa. Y los ataques bruscos y violentos que asestó al mundo mediterráneo
oriental, unidos a los que los romanos iban a dar, a partir de los siglos siguientes, en el mundo
mediterráneo occidental, debían contribuir a hacer nacer el mundo en el que hoy vivimos.
En el mes de agosto o en el mes de septiembre del año 335 a. C., Alejandro vuelve a sus estados y
dedica el otoño y el invierno siguiente a preparar su expedición persa.
Su ejército no es otro que el que había creado su padre, y los autores antiguos nos lo han descrito.
Está formado por macedonios (12.000 soldados de infantería y 1.900 jinetes), de griegos (7.000
soldados de infantería y 2.400 jinetes, 1.800 de ellos tesalios) y de mercenarios procedentes de Tracia
o de los Balcanes y de las ciudades griegas de Asia Menor (en total, 13.000 soldados de a pie y 900
jinetes). La suma total es de 32.000 soldados de a pie y 5.200 jinetes, a los que hay que añadir los
regimientos de arqueros, los técnicos de la artillería (catapultas), de ingenios (se encargan de
construir los arietes que hunden las puertas de las ciudadelas, las máquinas de los asedios, los
puentes, etc.; su jefe es el general Aristóbulo de Ca-sandra), de lo que hoy llamaríamos el tren de
equipamientos (se ocupan de los carros y de las bestias de carga: a menudo se trata de comerciantes
civiles), del servicio de sanidad (médicos, ambulancias) y los servicios administrativos. Precisemos
desde ahora que este ejército cambiará de cara a medida que la expedición adquiera importancia: en
particular, después de 330 a. C., cuando el macedonio invada India, su efectivo alcanzará el número
de 120.000 combatientes, la mitad de ellos extranjeros (sobre todo persas o indios). Añadamos que
este ejército tiene dos puntos débiles: su flota es insuficiente (se trata principalmente de una flota de
transporte) y a Alejandro le falta dinero (ha partido de Pela con sólo 70 talentos de oro y 30 días de
víveres).
El ejército persa es incomparablemente más numeroso y rico. Cuando van a empezar las
hostilidades, Asia Menor proporciona a Darío III Codomano 100.000 hombres, el conjunto Armenia-
Siria-Cilicia-Egipto otros 40.000 hombres, y las satrapías orientales (de Babilonia a India) varios
cientos de miles más. En cuanto a los recursos financieros de Persia, son inagotables.
¿Mantuvo Alejandro consejos de guerra con sus generales para establecer un plan general de
invasión del Imperio persa? No lo sabemos, pero es dudoso. Como joven seguro de sí mismo, se
fiaba de sus conocimientos librescos. Había leído la Anábasis de Jenofonte, que relata la expedición
emprendida en el año 401 a. C. por Ciro el Joven con el objetivo de apoderarse del Imperio persa
sobre el que reinaba su hermano Artajerjes; para ello, Ciro había reclutado 13.000 mercenarios
griegos («los Diez Mil») cuya vuelta a Grecia cuenta la Anábasis. Por último, desde su más tierna
infancia Alejandro preguntaba a los embajadores y viajeros que regresaban de Persia por la
fisonomía del país, las distancias entre ciudades, etc. Al parecer no hubo plan de invasión
propiamente dicho, sino aquel cuyas líneas generales habían sido expuestas ante el Synedrón por
Filipo en la primavera del 336 a. C. Podemos decir por tanto que la partida de Alejandro para la
guerra contra Persia, si no fue improvisada, parece haberse hecho con recursos escasos e implicaba
un gran número de incertidumbres (dos mil quinientos años más tarde, Napoleón partirá hacia Moscú
con la misma despreocupación: ya se sabe lo que ocurrió).
En esas incertidumbres pensaban los allegados del joven rey cuando le suplicaron casarse antes
de partir y esperar el nacimiento de un heredero: ¿qué sería de la dinastía si le pasaba algo?
Alejandro no quiso atender a razones y no se casó, pretextando que el momento era demasiado serio
como para pensar en fiestas y noches de bodas.
También se cuenta que antes de partir donó a sus amigos todas sus posesiones: tierras, dominios,
aldeas, puertos, prerrogativas y rentas diversas. Y cuando Perdicas, uno de sus lugartenientes, le
preguntó qué le quedaba después de todas aquellas larguezas, Alejandro respondió lacónico: «La
esperanza.» Entonces Perdicas le dijo: «En ese caso, déjanos compartir contigo esa esperanza», y
renunció también a sus rentas y bienes, y lo mismo hicieron otros amigos de Alejandro. El
entusiasmo era general.
Antes de abandonar el suelo de Macedonia, Alejandro quiso celebrar las fiestas tradicionales en
honor de Zeus que todos los años tenían lugar en Dión, una ciudad de la Macedonia meridional.
Duraban nueve días, y cada día estaba dedicado a una musa: el primer día fue consagrado a Calíope,
musa de la poesía épica; el segundo a Clío, musa de la historia; el tercero a Euterpe, musa de la
poesía lírica; el cuarto a Melpómene, musa de la tragedia; el quinto a Terpsícore, musa de la danza;
el sexto a Erato, musa de la poesía amorosa; el séptimo a Polimnia, musa de los cantos sagrados; el
octavo a Urania, musa de la astronomía; el noveno y último a Talía, musa de la comedia. Luego se
anunció que había en la región de Dión una estatua de Orfeo, hecha de madera de ciprés, que estaba
permanentemente cubierta de gotitas de sudor. El adivino vinculado a la persona de Alejandro,
Aristandro, explicó al rey el prodigio: significaba que todos los poetas, épicos, líricos o hímnicos,
cuyo patrón era Orfeo, tendrían mucho trabajo para celebrar con sus cantos las hazañas futuras del
héroe Alejandro.
Poco después de estos festejos, una hermosa mañana de abril del año 334 a. C., Alejandro partió
hacia el Helesponto, que hoy llamamos el estrecho de los Dardanelos, al frente de su ejército. Su
madre, Olimpia, había querido acompañarle hasta las puertas de Asia, de donde nunca había de
volver, ni a Macedonia, ni a Grecia. Pero eso Alejandro lo ignoraba: los adivinos no pueden saberlo
todo.
La expedición de Alejandro a los países de los persas fue una especie de gigantesco viaje militar,
político y místico, sin que podamos decidir cuál de esos tres caracteres predomina sobre los demás.
Lo que a primera vista sorprende cuando se sigue su itinerario en un mapa, es su naturaleza
esencialmente continental: por primera vez, un ejército griego penetraba en el interior de un enorme
país y perdía incluso toda esperanza de volver a ver un día el mar. Los antiguos griegos tenían un
término para designar un viaje por el interior de las tierras, lo llamaban una anábasis («ascensión»).
Pero esa anábasis no empezó inmediatamente. El grueso de las tropas de Alejandro estaba
concentrado en la llanura que separa los dos ríos que desembocan uno en el golfo de Salónica, otro
en el golfo de Orfani: el Axios (el actual Vardar) y el Estrimón (el actual Struma). La gran partida
tuvo lugar pues desde Anfípolis (en la desembocadura del Estrimón), en el mes de abril de 334 a. C.,
y Alejandro, cuyo primer objetivo era entrar en Asia cruzando el Helesponto, tomó tranquilamente la
ruta que bordea el litoral tracio, pasando a pie las montañas que la bordean, franqueó el Nesto, cruzó
sucesivamente Abdera y Maronea, pasó fácilmente el Hebro (el actual Maritza), atravesó Ainos,
luego Cardia, al pie de la península que los antiguos llamaban Quersoneso y que nosotros
conocemos como península de Gallípoli. Así llegó al extremo de esa península, a la ciudad de Sesto,
después de haber hecho recorrer a sus soldados de infantería seiscientos kilómetros en tres semanas,
verosímilmente en los primeros días del mes de mayo de 334 a. C. En Sesto, Alejandro se despidió
solemnemente de su patria y su madre, que le conminó, una vez más, a ir a visitar el oráculo de
Amón (su esposo místico) a Siwah, en Egipto. Olimpia volvió a Pela con su escolta, dejando,
emocionada y confiante, a su hijo frente a su destino.
En ese mismo momento Darío III Codomano tomaba sus disposiciones para impedir que el
ejército macedonio penetrase en Asia. Hacía muchísimo que, desde Susa, su capital de invierno
(situada a unos 3.000 kilómetros del Helesponto), el Gran Rey había enviado a los sátrapas y a los
gobernadores de sus provincias la orden de dirigirse con sus tropas a los alrededores del estrecho.
Así pues, en la llanura que bordea el Helesponto desde el lado asiático, había unos cincuenta mil
jinetes llegados desde el confín remoto de Persia, de Bactriana, Hircania, Media, Paflagonia, Frigia,
Capadocia y otras partes, mandados por los mejores generales de Darío, el más notable de los cuales
era un griego de Rodas, Memnón, encargado sobre todo de la vigilancia de las costas de Asia Menor.
Los generales persas odiaban a este mercenario por un doble motivo: era un heleno y era el favorito
del Gran Rey. También se había ordenado a la flota persa, que disponía de 400 trirremes de guerra,
cien de ellas procedentes de Jonia y las otras de Chipre y Fenicia, que navegase cerca de las costas.
Cuando Alejandro llega a Sesto, la flota griega ya está agrupada en el Helesponto: 160 trirremes
y un buen número de navíos comerciales esperan allí a su ejército. Encarga a su lugarteniente
Parmenión (el antiguo lugarteniente de su padre) embarcar en las trirremes a su caballería y a una
buena parte de su infantería y desembarcarlas en el otro lado del estrecho, en Abidos (era una colonia
de la ciudad de Mileto, cuyo emplazamiento está cerca de la ciudad turca moderna de Cannakkale). En
ese lugar la anchura de los Dardanelos no supera los cuatro o cinco kilómetros. Mientras tanto,
Alejandro, seguido por su regimiento de élite, se dirige hasta la extremidad de la península de
Gallípoli, donde se encontraba la pequeña colonia ateniense de Eleunte, cuyas murallas dominaban el
Helesponto.
Los versos de la Ilíada cantaban en su memoria. Desde ese promontorio podía ver el cabo Sigeo,
en la orilla asiática, donde Agamenón, que había partido de las riberas de Beocia para «llevar la
desgracia a Príamo y a los troyanos», había amarrado sus navíos; y se veía, avanzando sobre las
huellas de Aquiles, desembarcando en la misma tierra que sus pies ligeros habían hollado. Allí había
caído el primer griego que pereció en la guerra de Troya, Protesílao el Belicoso, que también fue el
primero en saltar de su nave a suelo troyano y fue traspasado de un lanzazo por Héctor. Antes de
franquear el Helesponto, el nuevo Aquiles se recoge ante la tumba del héroe homérico y pide a los
dioses no sufrir la misma suerte. Este gesto algo teatral era inútil: no había un solo persa al otro lado
del estrecho, en aquella Tróade (así se llamaba el país troyano) ocupado desde Filipo por tropas
macedonias. Pero Alejandro empalmaba, consciente o inconscientemente, con el hilo de la epopeya:
por todo guía no tenía más que al poeta ciego cuyos hexámetros conocía de memoria.
Partiendo de Eleunte, revestido pese al calor con su armadura completa, tocado con su casco de
plumas blancas, pilotó como en un sueño la nave real. Llegado al centro del estrecho, degolló un toro
en honor de Poseidón y de las Nereidas, las divinidades del mar que personificaban las olas
innumerables, una de las cuales, Tetis, había sido la madre legendaria de Aquiles: y de pie, bajo el
sol, tomando una copa de oro llena de vino, ofreció una libación a la divinidad marina, derramando
en las olas el líquido, brillante y dorado, que contenía.
Su navío abordaba ya las riberas de la Tróade. Alejandro lo guía hacia una bahía llamada «el
puerto de los aqueos» porque, según la leyenda, allí era donde habían desembarcado Agamenón y los
héroes de la guerra de Troya. Desde la proa, donde se mantenía de pie, el joven rey lanza
simbólicamente su jabalina hacia tierra, significando con ese gesto que tomaba posesión de aquella
tierra, y salta el primero, completamente armado, sobre el suelo de Asia. Es fácil imaginar la
emoción de Alejandro, repitiendo en aquellos lugares las gestas legendarias de Agamenón: al
abandonarlos, ordenará que se levanten altares a Zeus, protector de los desembarcos, su padre
místico; a Heracles, su padre dinástico, y a Atenea, para conmemorar estos instantes que para él serán
inolvidables y con el fin de señalar estos lugares a los pueblos futuros.
Como es lógico, antes de ir a luchar contra los persas, debía hacer una peregrinación a los
lugares donde antaño se alzaban las murallas de la antigua Troya, la Ilion homérica bajo cuyos
muros se habían librado en el pasado tantos combates memorables. La escalada del cerro sobre el que
se alzaba la Ilion moderna (la de su época), construida no lejos del cabo Sigeo por colonos
atenienses sobre las ruinas de la antigua ciudad y, del mismo modo que había restablecido lazos con
la epopeya saltando el primero (como el infortunado Protesílao) sobre el suelo de la Tróade, ofreció
un teatral sacrificio a los manes de Príamo, el viejo rey troyano, padre del valiente Héctor. Se trataba
de aplacar su cólera hacia la descendencia de Neoptólemo, el guerrero griego que en otro tiempo
había degollado al viejo rey y que era origen de la dinastía de la que él, Alejandro, era el último
representante. Pero Alejandro honró sobre todo la memoria de Aquiles, el antepasado mítico de su
raza. Depositó una corona de oro sobre su tumba, e incluso su amigo Hefestión depositó otra sobre la
tumba de Patroclo, el amigo indefectible del héroe homérico. Y, acordándose de las lecciones de su
maestro Aristóteles, Alejandro dijo cuan grande había sido la felicidad de Aquiles por haber tenido
un heraldo como Homero para perpetuar su memoria.
Sin embargo, no habría que achacar únicamente a la «imaginación novelesca» (A. Weigall) de
Alejandro, o a cualquier otro misticismo latente transmitido por su madre, estos gestos y esta
peregrinación troyana. Desde que ha montado sobre Bucéfalo con la espada en la mano, en los
Balcanes, desde que ha eliminado el poder tebano y hecho doblegarse a Atenas y Grecia ante su
poder, se ha vuelto un jefe consciente y organizado, cuyas acciones, y en particular los actos
públicos, tienen una finalidad. Sabe que todavía hay entre los macedonios hombres que dudan de su
legitimidad; entre los griegos que le acompañan hay hombres que en su fuero interno lo consideran
un bárbaro: acaba de confirmar ante todos que es digno heredero de Agamenón, que el lejano
fundador de su estirpe, Neoptólemo, era un griego, un aqueo, y que por lo tanto, a ojos de todos,
Alejandro encarna la legitimidad.
En la Grecia antigua no había buen inicio de guerra sin presagios ni adivinos. No faltaron a la
cita. Antes de abandonar la Tróade con su regimiento de élite, Alejandro quiso honrar también a
Atenea. Cuando llegó al santuario consagrado a la diosa, el sacrificador que le había acompañado
observó en el suelo, delante del templo, una estatua de Ariobarzanes, un antiguo sátrapa de Frigia:
«Es un buen presagio —dijo el sacrificador—. Significa que tendrá lugar un gran combate, y que
matarás por tu propia mano a un general enemigo.»
Para dar las gracias a la diosa, que había soplado esta predicción al adivino, Alejandro le
consagró su escudo y se apoderó del más sólido de los que estaban depositados en el templo: de esta
forma Atenea le protegerá como había protegido a Aquiles durante la guerra de Troya.
Desde Ilion, Alejandro marchó hacia el este, hasta la aldea de Arisbe, cerca de Abidos, donde
encontró al resto de su ejército, reunido por su lugarteniente Parmenión, que le había hecho pasar el
Helesponto: 24.000 lanceros macedonios y griegos, 5.000 infantes traaos e ilirios, cerca de 5.000
jinetes, griegos, tesalios o macedonios, un millar de arqueros lo esperaban, dispuestos a partir.
La partida tuvo lugar al día siguiente. Para hacer la guerra sólo quedaba encontrar al ejército
enemigo: como los exploradores le habían anunciado que éste se movía hacia la Frigia marítima —
provincia medianera con la Tróade—, Alejandro decidió marchar a su encuentro, continuando su
avance hacia el este, a lo largo de las riberas del Helesponto.
El ejército greco macedonio atraviesa, sin demasiada prisa, la Frigia marítima. Unos tras otros,
burgos y aldeas caen en manos de Alejandro sin combate, en particular Lampsaco (la ciudad de
Memnón) y la plaza fuerte de Príapo, a unos cuantos kilómetros de un riachuelo costero de curso
rápido, el Gránico, que desciende por las faldas del monte Ida. La fortaleza dominaba toda la llanura
de los alrededores; constituía una posición estratégica de la mayor importancia, sobre todo porque
los persas, según un informe del general macedonio que mandaba la vanguardia del ejército de
Alejandro, estaban concentrados más lejos, hacia el este, y descendían en gran número hacia el mar,
siguiendo la orilla derecha del Gránico.
Los sátrapas de la región y los generales persas habían celebrado consejo de guerra en la llanura
vecina (llanura de Celia). Habían llegado demasiado tarde para impedir a los macedonios atravesar el
Helesponto, retraso cuya responsabilidad debía recaer en Darío: el Gran Rey, que desconfiaba de sus
gobernadores, les prohibía cualquier iniciativa, y estos últimos habían tenido que esperar sus órdenes
para abandonar sus acantonamientos. Ahora tenían que decidir una estrategia para rechazar a los
greco macedonios hacia el mar.
La que Memnón preconizaba, de haber sido adoptada, habría cambiado el desarrollo de los
acontecimientos: «El ejército de Alejandro es menos numeroso que el nuestro [según las fuentes, el
ejército persa contaba con 60.000 hombres, dato que por otra parte no es seguro], pero está
incomparablemente mejor entrenado y es más eficaz; además, combate ante los ojos de su rey, lo cual
lo vuelve mucho más peligroso. Si atacamos de frente y resultamos vencedores, se retirará, desde
luego, pero para él no será otra cosa que un aplazamiento: no habrá perdido nada irremediable; pero
si, por desgracia, somos nosotros los vencidos, perdemos para siempre la Frigia, la Tróade, las
orillas del Helesponto y quién sabe qué pasará entonces.»
En consecuencia, Memnón recomendaba a sus colegas retirarse lentamente, incendiando las
cosechas y los campos, quemando los graneros y destruyendo los forrajes, arrasando en caso
necesario las ciudades, y dejar que el ejército de Alejandro se agotase en el sitio por falta de víveres.
Mientras, los persas enviarían otro ejército a invadir Macedonia por mar, y de este modo trasladarían
el teatro de las operaciones a Europa, al suelo de los invasores.
La opinión era sensata, pero los otros jefes persas no quedaron convencidos. Unos pretendían,
con cierta grandilocuencia, que esa estrategia no formaba parte de las costumbres persas, que era
indigna del espíritu caballeresco de los soldados del Gran Rey y que éste no la admitiría; otro,
Arsites, sátrapa de la Frigia marítima, opuso a Memnón un argumento relacionado con su conciencia
profesional de administrador: «No permitiré que se deje devastar, aunque sea por un motivo
estratégico, los territorios que el Gran Rey me ha confiado, ni que se toque una sola casa de mis
administrados.»
Los restantes miembros del consejo de guerra se sumaron a la opinión de Arsites y Memnón
hubo de renunciar a su estrategia de tierra quemada; de mala gana ordenó a sus tropas colocarse en
orden de batalla en la orilla derecha del Gránico. Su decisión convenía perfectamente a Alejandro,
que sin duda estaba animado por el deseo de atacar cuanto antes, no porque estuviese, como el
«hirviente Aquiles», ávido de combates y victorias, sino porque había hecho el mismo razonamiento
que Memnón: si dejaba que pasase el tiempo, corría el riesgo de perderlo todo.
La «batalla del Gránico», como la llamaron más tarde los historiadores, tuvo lugar a principios
del mes de junio del año 334 a. C.
Sabemos que Alejandro consiguió la victoria, pero ¿cómo se desarrolló? Los autores antiguos
nos dan dos versiones distintas. Según Arriano y Plutarco, Alejandro habría llegado al final del día al
río, no habría escuchado los prudentes consejos de su lugarteniente Parmenión, cuya opinión era
esperar al día siguiente para atacar, y se habría lanzado a cuerpo descubierto a través del río y habría
debido la victoria a esa cabezonada impetuosa y a la suerte; según Diodoro de Sicilia, habría
escuchado a Parmenión y no habría librado batalla sino hasta la mañana siguiente, al modo clásico.
El detalle de los combates es prácticamente el mismo en las dos versiones.
Adoptaremos aquí la primera por una razón que nos parece evidente. Si hubiese escuchado a
Parmenión y atacado al alba (es el relato de Diodoro de Sicilia), habría tenido el sol levante frente a
él, puesto que venía del oeste y los persas estaban al este del Gránico. Ahora bien, en esas tierras
soleadas todos los guerreros sabían que no era razonable realizar un ataque con el sol de cara; no es
posible apuntar a ningún blanco, ni con el arco ni con la jabalina, y no se ven llegar los dardos. Es
difícil pensar que Alejandro haya cometido un error tan burdo, colocándose desde el principio de la
batalla en situación de inferioridad: atacó a los persas al final del día, cuando tenía el sol a la espalda.
Así pues, ya tenemos a Alejandro y su ejército acercándose al Gránico, al final de un hermoso día
de junio de 334 a. C., según nos dicen nuestras fuentes. Unos exploradores llegan, a toda la velocidad
de sus caballos, para anunciarle que en la otra orilla del río los persas están dispuestos ya en orden de
batalla. Podemos imaginar que entre el macedonio, su lugarteniente Parmenión y Hegéloco,
comandante del destacamento de reconocimiento, se desarrolla la siguiente conversación:
Tras esto, los dos ejércitos se sitúan frente a frente en las dos orillas del Gránico. A la agitación
del principio le sucede una calma trágica: en total había allí casi cien mil hombres que sabían que la
mayoría de ellos iba a morir, y a ambos lados del río se produjo un profundo silencio. Los
macedonios, inmóviles, parecían tomar impulso para saltar a las aguas del Gránico, y los persas los
acechaban, dispuestos a caer sobre ellos en cuanto se hubiesen adentrado en el cauce del río. De
repente, Alejandro encabrita su caballo, saca su espada y se lanza hacia adelante, exhortando a sus
jinetes con la voz y el gesto, al son de las trompetas y los gritos de guerra, velando por mantener sus
líneas en posición oblicua en relación a las orillas. Al punto los infantes persas, situados en lo alto
como se ha dicho, lanzan vigorosamente sus jabalinas y provocan una lluvia de dardos sobre los
jinetes macedonios.
Pronto estos últimos se encuentran en situación crítica: los cascos de sus caballos resbalan en el
cieno que tapiza el lecho del río, y deben combatir además a un enemigo que los domina desde la
altura. Se ven obligados a retroceder, pero retroceden en línea oblicua, hacia Alejandro. El combate
se agiliza, haciéndose más duro; como escribe Arriano, se combatía a caballo, pero aquello se
parecía más a un combate de infantería: la lucha soldaba a los combatientes entre sí, caballo contra
caballo, hombre contra hombre. Alejandro, montado sobre Bucéfalo, está en todas partes a la vez; se
distingue su penacho blanco girando entre los cascos de los Compañeros de Macedonia, ese cuerpo
de élite creado por Filipo. Pero su lanza se rompe: un compañero le presta la suya y, viendo al yerno
de Darío, Mitrídates, que trata de romper la línea formada por la caballería macedonia, carga contra
él y, de un lanzazo en el rostro, lo abate muerto a los pies de su caballo. Entonces el hermano de
Mitrídates, que luchaba a su lado, se precipita sobre Alejandro y le asesta con la espada un golpe que
le hiende el casco. El rey vacila bajo el choque, pero abate a su contrincante de un golpe de jabalina
que le traspasa la coraza y luego el pecho.
El combate se extiende. Los jinetes persas, atacados por todas partes por los caballeros
macedonios y griegos, deben sufrir aún el asalto de la infantería ligera. Empiezan a replegarse, su
centro cede, las alas también y, perdiendo repentinamente toda esperanza de vencer, huyen a galope
tendido. Alejandro no trata de perseguirlos y se vuelve contra los infantes enemigos, en su mayoría
mercenarios. Han permanecido de pie, frente al río, sin moverse; Alejandro empuja a la falange
contra ellos, luego ordena a sus jinetes rodearlos; casi todos fueron despedazados y los que no
murieron fueron hechos prisioneros.
La noche había caído. Según Plutarco, del lado persa murieron 20.000 infantes y 2.500 jinetes, y
los griegos hicieron 2.000 prisioneros; del lado griego, hubo que deplorar la muerte de 25
compañeros, caídos durante el primer ataque, de 60 jinetes y de unos 30 infantes.
Al día siguiente Alejandro hizo enterrar a sus muertos con sus armas y su equipo, y concedió a
sus padres y sus hijos la exención vitalicia de cualquier impuesto sobre bienes raíces y sobre su
fortuna. Visitó también a los heridos, pidiéndoles que contasen cómo habían sido alcanzados y en qué
circunstancias. En cuanto a los persas, también los hizo enterrar y los mercenarios prisioneros
fueron encadenados y enviados a Macedonia a purgar una pena de trabajos forzados por haber
combatido, a pesar de ser griegos, a otros griegos en provecho de los bárbaros. Había entre ellos
tebanos, que se habían exiliado tras la destrucción de su ciudad; fueron objeto de una medida de
gracia y liberados ese mismo día: Alejandro, dicen, alimentaba en un rincón de su corazón el
remordimiento de haberse comportado muy cruelmente con Tebas. También quiso hacer partícipes a
los griegos de esta victoria, y envió a los atenienses 300 armaduras persas completas, con sus
escudos, para que expusiesen ese botín en el templo de Atenea, sobre la acrópolis de Atenas:
subrayaba de este modo el carácter panhelénico de su expedición, cuya iniciativa dedicaba al orador
Isócrates y a los atenienses. También ordenó que se grabase en las armaduras la siguiente inscripción:
Alejandro, hijo de Filipo, y los griegos, menos los lacedemonios, conquistaron este botín frente a
los bárbaros de Asia.
Cada una de las palabras de esta fórmula decía claramente lo que quería significar: no eran los
«macedonios» los que habían vencido, sino «Alejandro y los griegos», es decir, el jefe de la Liga de
Corinto (cuando de hecho la victoria había sido conseguida por la carga de la caballería macedonia),
y lo aprovechaba para mandar un aviso a Esparta y a los lacedemonios; finalmente el término
«bárbaros» pertenecía al vocabulario de Isócrates, era un homenaje a las ideas panhelénicas. En
cuanto a los objetos preciosos abandonados por los jefes persas en su huida, su vajilla de oro y plata,
las colgaduras de púrpura y otros muebles de estilo persa que Plutarco califica de «deliciosos»,
Alejandro mandó llevárselos casi todos a su madre.
La provincia de Frigia marítima (la región costera del Asia Menor, en las orillas del Helesponto),
que administraba el sátrapa Arsites, fue confiada a un oficial macedonio llamado Cala. Los bárbaros
que habitaban en ella y que se habían refugiado en las montañas bajaron para someterse: en esta
ocasión supieron que su estatuto no se modificaría y, en particular, que tendrían que pagar los
mismos impuestos que los que les exigía Darío.
La victoria del Gránico era, en sí misma, una victoria pequeña: la Frigia marítima que caía entre
las manos de Alejandro apenas era otra cosa que una banda de tierra a orillas del Helesponto. Sin
embargo, constituía la primera victoria de su cruzada, que tenía por objeto prioritario la liberación
de las ciudades griegas de Asia Menor, en manos de los persas desde hacía más de dos siglos (desde
su conquista por Ciro el Grande hacia el año 550 a. C.) y, sólo en segundo lugar, enviar a los persas a
su casa, en la llanura iraní, y aislarlos definitivamente del mundo griego y el mar Egeo.
Por eso Alejandro no persiguió al ejército persa derrotado y no se adentró inmediatamente en el
interior del país, en la larga vía real que llevaba a Susa. Tampoco olvidaba que la flota del Gran Rey
estaba fondeada en el mar Egeo y que, si marchaba hacia Oriente, esa flota aprovecharía que él volvía
la espalda para consolidar la presencia persa en las satrapías costeras de Asia Menor. Por eso,
después de enviar a Parmenión a tomar posesión de la ciudad (griega) de Dascilio, en Bitinia,
Alejandro se dirigió hacia Sardes, capital de la satrapía de Lidia: a unos 170 estadios (1 estadio
equivalía a 211 metros), es decir, a poco más de un día de marcha de la ciudad. El comandante persa
de la guarnición, un tal Mitrenes, se presentó para entregarle la ciudadela y sus tesoros. Alejandro lo
mantuvo a su lado con los honores propios de su rango, envió a un compañero a ocupar la fortaleza,
permitió a los habitantes de Sardes y los demás lidios conservar sus leyes y sus costumbres, y les
dejó libres debido a la amistad que en el pasado habían tenido con los griegos los antiguos reyes de
Lidia.
Para honrar a la ciudad de Sardes, Alejandro decidió levantar en ella un templo a Zeus Olímpico
y un altar. Mientras inspeccionaba la acrópolis de la ciudad, que estaba en la parte más alta, en busca
de un lugar favorable, se dice que de pronto estalló una tormenta, con violentos truenos y trombas de
agua como a menudo estallan en el mundo mediterráneo en verano: «Zeus nos señala el
emplazamiento de su templo —dijo el rey—. Se construirá aquí.»
Luego, después de nombrar los nuevos jefes griegos de la ciudad en sustitución de las autoridades
persas (un nuevo sátrapa de Lidia, un recaudador de impuestos, un comandante de la guarnición),
después de instalar los efectivos militares (jinetes e infantes) que le parecían adecuados a la situación
del momento, Alejandro dejó Sardes con el grueso de sus fuerzas y se dirigió hacia Jonia, cuyas
ciudades también sufrían desde hacía tanto tiempo el yugo persa, por lo demás sin lamentarse
demasiado, ya que gozaban de una gran autonomía administrativa.
Unos días más tarde (hacia mediados de junio), Alejandro se dirige hacia Éfeso, la más bella y
famosa de las ciudades jonias, cuyo pueblo había expulsado por sí mismo a sus opresores en el año
338 a. C., en la época de su padre Filipo II; los persas habían vuelto a hacerse dueños de la situación,
masacrando a la población e instalando un régimen oligárquico. Cuando corrió el rumor de su
próxima llegada, los efesios se sublevaron contra los oligarcas, las tropas persas emprendieron la
huida y se produjeron sangrientos arreglos de cuentas. El rey entró en la ciudad sin tener que
combatir, restauró la democracia, puso término a la matanza fratricida e impuso, a la manera griega,
la amnistía general de todos los efesios que se habían puesto de parte de los persas: «Sabía de sobra
—nos dice Amano—, que si se dejaba hacer al pueblo, haría perecer tanto a los inocentes como a los
culpables, bien para saciar rencores privados, bien para apoderarse de las riquezas de los que fuesen
condenados»; y, concluye nuestro autor, «si Alejandro mereció alguna vez su reputación, fue desde
luego por su manera de actuar en Éfeso».
Tres semanas después de la victoria del Gránico, Alejandro era ya dueño, sin haber tenido que
sacar la espada, de la Frigia marítima, de Lidia y, junto con Éfeso, de Jonia. Mientras estaba en esa
ciudad, delegados de las ciudades jonias (Trales, Magnesia) y carias (la Caria era una satrapía
limítrofe con Jonia, que tenía Halicarnaso por capital) fueron a su encuentro para someterle sus
ciudades, de las que se habían marchado las guarniciones persas, pero que todavía estaban en manos
del partido oligárquico. Alejandro puso fin en todas partes a los regímenes oligárquicos instaurados
por los persas, restableció la democracia y devolvió a las ciudades sus propias leyes. A raíz de estas
purgas, más políticas que militares, los oligarcas fueron expulsados de la isla de Quíos y la tiranía de
la isla de Lesbos fue derrocada.
Todavía permaneció Alejandro unas semanas en Éfeso, donde había establecido su cuartel
general. Hacía dos meses que había partido de Macedonia, el verano se anunciaba tórrido y sus
soldados necesitaban descanso. Él mismo dedicaba la mayor parte de su tiempo a elaborar planes
para el desarrollo de las ciudades del litoral jonio recuperadas a los persas, que parecían expulsados
definitivamente de Jonia. Gracias a él, ciudades como Esmirna y Clazómenas vieron regresar a sus
habitantes que se habían diseminado a lo largo de la costa, mientras que el templo de Artemisa, en
Éfeso, era objeto de todas sus atenciones; ofreció un sacrificio solemne a la diosa y encabezó,
alrededor de su sagrada morada, una procesión con todo su ejército, con armas y en orden de batalla.
Por último, en Éfeso Alejandro encontró a Apeles, el pintor más célebre de la antigua Grecia, al
que había conocido en Pela en vida de Filipo II y que hizo su retrato:
“Cuando Apeles lo pintó con el rayo en la mano, no representó su verdadero color, sino que lo
hizo más pardo y oscuro de lo que era en el rostro, porque era por naturaleza blanco, y la blancura
de su tez estaba mezclada a una rojez que aparecía en su cara y su estómago. Y recuerdo haber leído,
en los comentarios de Aristóxeno, que su encarnadura olía bien, y que tenía el aliento muy dulce, y
que de toda su persona emanaba un olor muy suave, como si las ropas que tocaban su carne
estuviesen como perfumadas.”
PLUTARCO, Vida de Alejandro, VI.
Fue a finales del mes de julio o principios del mes de agosto del año 334 a. C. cuando Alejandro
decidió marchar sobre Mileto, la ciudad más famosa de Jonia, que en los siglos VII-VI a. C. había
sido la más poderosa de las ciudades marítimas del litoral asiático del mar Egeo. Se alzaba al sur de
la desembocadura del Meandro (el Buyuk Menderes de la actual Turquía), cerca de la moderna aldea
turca de Akkoy Esta ciudad tenía un pasado glorioso: había sido colonizada por jonios procedentes
de Ática durante la guerra de Troya, y sus navegantes habían recorrido en el pasado el Mediterráneo
y el mar Negro, donde Mileto había creado media docena de colonias. Era en Mileto donde se había
fundado, en el siglo VI a. C., la primera de las escuelas filosófico-científicas griegas, en las que
brillaron Tales de Mileto, Aristandro y Anaxímenes. Luego se había convertido en una ciudad vasalla
de los reyes de Lidia (Creso), más tarde la conquistaron los persas, que fueron expulsados en el año
479 a. C. y que le dejaron su independencia y constitución democrática. En esta especie de «guerra
mundial» que constituía el enfrentamiento entre los greco macedonios y los persas, Mileto trataba de
preservar su neutralidad con muchas dificultades.
Alejandro salió de Éfeso con los infantes que le quedaban (había ido dejándolos en las ciudades
que había tomado), sus arqueros, su caballería tracia, tres escuadrones de caballería y el escuadrón de
los Compañeros de Macedonia. La defensa de Mileto había sido confiada por Darío a un milesio
llamado Hegesístrato que, sabiendo que Alejandro estaba en Éfeso, había escrito una carta al
macedonio para proponerle la entrega de la ciudad; luego, tras saber que la nota del Gran Rey, con
400 navíos, principalmente chipriotas y fenicios, ponía rumbo a su ciudad, se había arrepentido de
sus propuestas y Alejandro había ocupado los suburbios de la ciudad, pero la ciudadela propiamente
dicha seguía resistiendo.
Por desgracia para ese veleta, la flota helénica, al mando del almirante Nicanor, se había
adelantado a los persas y sus 160 trirremes fondearon en la pequeña isla de Lade, frente a Mileto,
donde se encontraba el principal puerto de la ciudad. Para reforzar sus posiciones en la isla,
Alejandro trasladó a ella su caballería tracia y 4.000 mercenarios: si la flota persa trataba de fondear,
encontraría con quién discutir. Además, la flota griega recibió la orden formal de cerrar el acceso a
todas las radas de los alrededores de Mileto. Tres días más tarde llega la flota persa. Al tener vedado
el acceso a la isla de Lade va a fondear al pie de un promontorio vecino, el cabo Micale. Pero su
situación es crítica, porque los únicos puntos de agua, indispensables para abrevar tanto a sus tropas
como a sus caballos, estaban en la entrada de Mileto, por la parte del mar, y guardados por los
griegos. Parecía inevitable la batalla naval, y numerosos generales de Alejandro la deseaban. Hasta
Parmenión, gran maestro en materia de temporización, opinaba así: pretendía haber visto un águila
posada en el muelle, cerca de la popa de la trirreme de Alejandro, que estaba fondeada, lo cual le
parecía un presagio particularmente fasto: de todos modos, decía, no se arriesgaba nada luchando en
el mar, salvo perder el combate y dejar el control de los mares a los persas, pero como éstos ya lo
tenían su victoria no cambiaría para nada el equilibrio de fuerzas.
No era ésa la opinión de Alejandro. Con 160 navíos frente a 400, Alejandro estaba seguro de
perder, cuando ya había conseguido una reputación de invencibilidad en los combates terrestres: «Mis
macedonios, imbatibles en los combates terrestres —le dijo a Parmenión—, no merecen ser
sacrificados a los bárbaros en un elemento que no conocen, y mi fama se vería empañada
definitivamente. Además, si has visto un águila en la orilla y no sobre mi barco, eso significa que
debo convertirme en dueño de la flota persa a partir de la orilla y no en el mar.»
En éstas, un notable de Mileto, que se llamaba Glaucipo, se presentó como embajador ante
Alejandro: le hizo saber que los milesios pretendían permanecer neutrales, que estaban dispuestos a
abrir su puerto y su ciudad a los griegos y los persas y que, en tales condiciones, lo lógico era que se
levantase el asedio. La respuesta del rey fue áspera: «No he venido a Asia para contentarme con lo
que quieran ofrecerme. Sólo a mí me corresponde juzgar si debo dar muestras de clemencia o
severidad con una ciudad como Mileto, que ha incumplido la promesa que me hizo. Tengo un
consejo que darte —añadió a Glaucipo—, y es que vuelvas detrás de tus murallas y te prepares para el
combate, porque he venido no a escuchar tus propuestas, sino a informar a los milesios de que la
ciudad va a ser tomada al asalto sin tardar.»
De hecho, al día siguiente arietes y catapultas entraban en acción y no tardaron en abrir una
amplia brecha en las fortificaciones, lo que permitió a los macedonios penetrar en la ciudad mientras
los marineros griegos anclaban sus trirremes en el puerto, borda con borda, con la proa mirando
hacia alta mar, para impedir que los milesios fuesen a refugiarse en los navíos persas. Acosados por
los macedonios, privados de toda ayuda procedente de los persas, los combatientes milesios huyeron
como pudieron: unos, sobre su escudo convertido en balsa de fortuna, se refugiaron en los islotes
vecinos, otros en barquitas, pero fueron interceptados por las trirremes griegas; los que todavía
trataban de luchar en la ciudad fueron muertos, hasta que Alejandro ordenó el final de los combates e
hizo saber a los milesios que no habría represalias: les dejaba a todos la vida y la libertad, porque no
había ido a Asia para castigar a griegos, sino a los bárbaros.
Quedaban los persas, llegados por mar para ayudar a Mileto. También ellos se encontraban en
mala posición: bloqueados por las trirremes griegas, estaban sitiados en sus propios navíos y
empezaba a faltarles agua dulce. El almirante persa intentó entonces una última maniobra. Colocó sus
navíos en línea, frente al puerto de Lade, para atraer a los macedonios hacia alta mar, y quince de sus
barcos penetraron en una pequeña rada, entre la isla y tierra firme, con la intención de incendiar los
navíos griegos que se encontraban fondeados allí y cuyas tripulaciones estaban en tierra. Cuando
Alejandro se dio cuenta del movimiento, lanzó diez trirremes a toda velocidad contra los cinco
navíos persas, con orden de embestirlos de frente. Al verlo, los persas viraron de bordo y se
refugiaron, con los remos fuera, junto a su propia flota, que terminó por hacerse a la mar y alejarse
de Mileto: Alejandro había ganado su batalla naval o, más exactamente, no la había perdido.
El macedonio extrajo sin dudar las consecuencias de esa no-victoria. Había comprendido que su
flota no estaba en condiciones de medirse con la de los persas, que no le sería de ninguna utilidad
cuando se adentrase en tierras asiáticas y que le costaba muy cara sin aportarle nada. Así pues,
decidió licenciarla, conservando únicamente un pequeño número de barcos de transporte de tropas, y
ocupar a los marinos que servían en sus navíos en tareas más útiles en tierra. Pero a partir del
momento en que renunciaba a su flota, Alejandro debía conquistar la totalidad de las ciudades
costeras de Asia Menor; a partir de entonces, al no encontrar la flota persa ningún puerto en Asia
donde fondear para avituallarse, reparar sus navíos o reclutar tripulaciones, quedaría fuera de
combate sin necesidad de combatir. Así interpretaba Alejandro el presagio del águila: quien tiene los
puertos, tiene los navíos. Y el macedonio ya controlaba las costas de la Frigia marítima y la Tróade
(desde Abidos y Lampsaco hasta Dascilio), de Lidia (Sardes), de Jonia (Éfeso, Mileto); para eliminar
el peligro que constituía la flota persa, sólo le faltaba asegurarse la posesión de las riberas
meridionales de Asia Menor, es decir, de las costas de Caria, de Licia, de Panfilia y la Pisidia.
Entonces sería todo el territorio continental de esa extremidad mediterránea de Asia, es decir Frigia,
la que caería en sus manos como un fruto maduro. La campaña del invierno de 334-333 a. C. se
anunciaba ardua y fatigosa.
Alejandro descansó unos días en Mileto. Se sentía feliz de haber logrado apoderarse de la ciudad
sin demasiados combates y de haber salvado tanto sus monumentos y sus templos como sus
habitantes. Agradecidos, los milesios le otorgaron el título honorífico de stephanephore
(«magistrado portador de corona») eponyme («que da su nombre al año») para el año siguiente (hay
que recordar que el año griego empezaba en julio: por tanto Alejandro debería ser coronado en julio
del año 333 a. C.).
El rey pasó el final del verano y el principio del otoño de 334 a. C. preparando su campaña de
invierno. Sus exploradores y sus espías le habían traído informes muy precisos. Desde Mileto, capital
de Jonia, a Halicarnaso, capital de Caria (el siguiente puerto que tenía que arrebatar a los persas), no
había más que aldeas sin fortificaciones y sin ciudadelas. Halicarnaso, en cambio, estaba bien
defendida. Se hallaba situada al fondo de una bahía y rodeada, por tres de sus lados, de poderosas
murallas que habían sido elevadas antaño por el rey Mausolo —el cuarto lado estaba bordeado por el
mar—. La ciudad poseía además tres fortalezas consideradas inexpugnables: una, la fortaleza de la
Salmakis, a la entrada de la península que formaba la bahía, por el lado de occidente; otra sobre su
acrópolis, al norte de la ciudad, y la tercera el palacio real, construido sobre un islote que controlaba
la entrada de la bahía.
En Halicarnaso se habían encerrado el sátrapa de Caria, Orontóbates, y Memnón, el vencido del
Gránico, que pretendían salvar la última posición clave del Gran Rey en Asia Menor. Casi todas las
fuerzas persas disponibles se habían concentrado allí, así como numerosos mercenarios, y las
trirremes del Gran Rey, cargadas de hombres armados, fondeaban frente al puerto.
Hacia finales del mes de septiembre, Alejandro se puso en marcha hacia Halicarnaso. Al salir de
Mileto vio venir hacia él a una anciana. Le dijo que se llamaba Ada, que estaba emparentada con la
antigua familia real de Caria, donde sus antepasados habían ejercido el poder, y que los persas le
habían arrebatado su reino, del que no había conservado más que una pequeña plaza fuerte, la ciudad
de Alinda: habiéndose enterado de su fama, le suplicaba que la ayudase: «No temas, mujer, yo te
devolveré tu reino», le dijo Alejandro.
Y continuó su camino. Tras haber ocupado sin lucha las aldeas y los pueblos de pescadores que se
encontraban entre Mileto y Halicarnaso, el rey llegó por fin a la vista de esta ciudad en la que en otro
tiempo reinara el rey Mausolo. Asentó su campamento a cinco estadios (un kilómetro
aproximadamente) de la ciudad, en previsión de un largo asedio.
Al día siguiente de su llegada los sitiados hicieron una salida, seguida de un ataque de los puestos
avanzados macedonios: fueron rechazados sin dificultad y enviados detrás de sus murallas. Unos días
más tarde, el rey circunvaló la ciudad con su ejército para examinar las murallas, en busca de un
punto débil en las defensas de Halicarnaso. Pudo comprobar que sus habitantes habían cavado, al pie
de las murallas de la ciudad, un foso de protección de unos quince metros de ancho y siete u ocho
metros de profundidad (las fuentes dicen: treinta codos de ancho y quince de profundidad). En el
curso de este reconocimiento también intentó apoderarse, aunque en vano, de una pequeña ciudad
costera vecina, con objeto de asentar en ella un puesto de apoyo con vistas al asedio que se disponía a
organizar.
En los días siguientes Alejandro hizo venir al cuerpo de ingenieros y a sus artilleros, mandados
por el ingeniero Diades, gran experto en balística y otras máquinas de guerra. Lo primero que hizo
fue rellenar el foso, que impedía la llegada de los arietes y de las torres empleadas en los asedios. Las
gentes de Halicarnaso realizaron una salida nocturna para tratar de incendiar las torres y las
máquinas que ya estaban colocadas, pero a los guardias macedonios no les costó mucho ponerlos en
fuga: el encuentro costó unos setenta muertos al enemigo, mientras que del lado macedonio hubo
dieciséis muertos y trescientos heridos, porque los soldados de Alejandro, sorprendidos durante el
sueño, no habían tenido tiempo de ponerse sus corazas para combatir.
Unos días más tarde, dos infantes macedonios achispados brindaban por sus hazañas pasadas y
futuras. Enardecidos por el vino, se provocaron e hicieron juramento —de borrachos— de ensartar a
los defensores de Halicarnaso en la punta de sus lanzas, incluidos «esos cobardes persas». Se cubren
los dos con su escudo, blanden su pica y corren hacia las murallas de la ciudad, desafiando a los
sitiados con la voz y el gesto. Los guardias —persas o mercenarios— que se encontraban en las
murallas, descienden para castigar a los fanfarrones, pero éstos abaten a todos los que se les acercan
y traspasan con su lanza a los que huyen. Al ver esto, más soldados macedonios acuden en rescate de
sus camaradas, más guardias descienden de las murallas, y se produce un enfrentamiento general. En
última instancia los hombres de Alejandro se imponen, los adversarios se repliegan al interior de la
ciudad, que a punto estuvo de ser tomada a consecuencia de este golpe de mano; una parte de las
murallas de Halicarnaso quedó malparada. Los sitiados apenas tuvieron tiempo, durante la noche
siguiente, de construir un muro de ladrillos con forma de media luna para sustituir las fortificaciones
destruidas.
Luego se produjeron varias tentativas de asalto. Alejandro mandó acercar las máquinas de asedio,
que los persas incendiaron en parte, con la ayuda de antorchas encendidas. Dos o tres días más tarde
atacó de nuevo, pero los asediados realizaron una salida en masa y de nuevo prendieron fuego a las
máquinas. Los griegos y los macedonios los rechazaron, haciendo llover sobre ellos andanadas de
flechas lanzadas desde lo alto de sus torres móviles y bombardeándolos con grandes piedras lanzadas
por sus balistas. Las tropas de Alejandro perdieron cuarenta de los suyos, mataron un millar de
persas y mercenarios, pero Halicarnaso seguía resistiendo. Al cabo de una semana de asaltos fallidos
por parte de los griegos, de salidas que terminaban en carnicería para los asediados, Halicarnaso
estaba a punto de caer. Sin embargo, Alejandro ordenó a su ejército replegarse: no quería tomar la
ciudad al asalto, porque sabía por experiencia que eso significaba el pillaje y la destrucción de toda la
villa así tomada, y todavía conservaba en la memoria el recuerdo de su error tebano, que se había
jurado no volver a cometer nunca. Había decidido esperar una propuesta amistosa de rendición de
parte de los sitiados.
Pero no contaba con el orgullo de los jefes persas, el sátrapa Orontóbates y el general Memnón.
Los dos hombres celebraron consejo y, considerando desesperada la situación, prefirieron incendiar
la ciudad antes que dejarla en manos de los macedonios. Y así, en plena noche, a principios del mes
de noviembre se vieron elevarse imponentes llamas por encima de las murallas de Halicarnaso,
donde también ardían las casas civiles que se hallaban cerca de los muros. Los persas se habían
refugiado, unos en la isla del palacio real, otros en la acrópolis o en el promontorio de la Salmácide,
abandonando a los habitantes —en su mayor parte griegos— a su triste destino.
Mercenarios griegos que se habían desolidarizado de los persas y habían desertado durante la
operación corrieron hasta el campo de Alejandro para avisarlo. En plena noche, el rey salta al punto
sobre Bucéfalo, galopa hacia Halicarnaso y cuando divisa las llamas que se elevan de la ciudad
incendiada, da media vuelta, toma consigo un regimiento de macedonios, entra con ellos en la ciudad
cuyas puertas han ardido, ordena matar a los incendiarios que todavía estén entregados a su tarea y
deja salvos a los habitantes sorprendidos en sus casas.
Cuando amaneció, divisó al ejército persa, o al menos lo que de él quedaba, instalado en la
acrópolis y la isla real. Decidió no perder el tiempo sitiando las ciudadelas en que se habían
refugiado sus enemigos, que ahora, convertido en amo de la ciudad, no eran de ninguna utilidad para
él, e hizo enterrar a los soldados muertos durante la noche. Luego ordenó a sus ingenieros arrasar un
barrio de Halicarnaso que había tomado partido contra los griegos y nombró a la princesa Ada,
aquella mujer que había encontrado al abandonar Mileto, sátrapa de toda Caria. La vieja princesa,
emocionada, dio las gracias a Alejandro, le entregó su plaza fuerte de Alinda e hizo de él su hijo
adoptivo. El rey aceptó tal honor y le confió la responsabilidad de Alinda. Luego se preocupó por su
ejército.
Había entre los soldados macedonios numerosos jóvenes que se habían casado justo antes de
abandonar Anfípolis. Alejandro les ofreció un permiso para pasar el invierno del 334-333 a. C. en
Macedonia y reunirse con sus esposas; partieron como destacamento, mandados por uno de los
miembros de su guardia real, llamado Ptolomeo —nombre muy difundido en Pela—, hijo de
Seleuco, uno de sus lugartenientes más allegados, y por dos generales, los tres también recién
casados. Es probable que esta generosidad de Alejandro, que le granjeó gran popularidad, tuviese una
segunda intención: los soldados de permiso difundirían la noticia de sus victorias por las provincias
de Macedonia; y se había encargado a los generales aprovechar la ocasión del viaje para reclutar el
mayor número posible de infantes y jinetes, a fin de aumentar sus efectivos. Alejandro era tan hábil
difundiendo su propia propaganda como haciendo la guerra.
Estamos a finales del otoño del año 334 a. C. Los soldados de permiso se habían marchado, Caria
estaba sometida y Alejandro reflexionaba sobre el paso siguiente de su gran guerra. Desde que estaba
en campaña, no había visto pasar los días ni las semanas. Únicamente el general Eumenes, que dirigía
no sólo el regimiento de los Compañeros, sino también los servicios administrativos de su ejército,
siendo asimismo su secretario después de haber sido el de Filipo II, le recordaba a veces el día y mes
en que estaban, cuando por la noche redactaba concienzudamente en su tienda el diario de marcha —
las Efemérides— de Alejandro y del ejército macedonio. Cuatro o cinco meses antes, el rey de
Macedonia había celebrado su vigésimo segundo aniversario, entre dos combates. Pero era incapaz
de descansar.
Alejandro se había dirigido a Asia con el fin de liberar las ciudades griegas de la opresión del
Gran Rey, pero sin duda se daba cuenta, a medida que caían en sus manos, que los helenos que vivían
en ellas no siempre lo recibían como a un salvador. Cada día descubría que el yugo del Gran Rey era
muy ligero, que los griegos de Lidia, de Jonia y de Caria lo soportaban alegremente y que el ideal
panhelénico que su padre había blandido como bandera —que los oradores de Atenas y otras partes
invocaban con tanta frecuencia— y del que él mismo se consideraba paladín no era la preocupación
dominante de las gentes de Sardes, Mileto, Halicarnaso y de todas las ciudades que había atravesado.
Estos helenos de Asia vivían muy bien estando sometidos a un soberano lejano y con la paz
instaurada por los Aqueménidas.
En otros términos podemos preguntarnos si, en vísperas del invierno de 334-333 a. C. que se
anunciaba, el sueño de una gran cruzada panhelénica contra aquellos persas que consideraban
«bárbaros» en Atenas o en Pela, estaba a punto de difuminarse en provecho de otro sueño, más
terrible. Poco a poco Alejandro iba embriagándose con sus victorias, abandonaba su papel de
liberador por el de conquistador y tomaba conciencia de un hecho: cuanto más avanzaba, más lejos
quería ir. Por eso, en el mes de noviembre del año 334 a. C., confía la mitad de su ejército a
Parmenión, al que envía a Sardes, a tierras de los lidios, con la orden de marchar hacia el noreste y
adentrarse en el vasto territorio continental de la Gran Frigia, el corazón montañoso de la actual
Anatolia (por la ruta que en nuestros días va de Izmir a Ankara). A principios del invierno, él mismo
parte con el resto de sus tropas a lo largo de la costa meridional de Asia Menor hacia Licia, no para
«liberar» a los griegos, sino para impedir a la flota persa ir a esa región en busca de avituallamiento.
Nada detiene ya al joven conquistador, ni las distancias a recorrer, ni los fríos del invierno que
avanza. Las ciudades se abren a su paso unas tras otras, y cuando no se entregan las toma al asalto.
Entre Halicarnaso y Patara, recibe la alianza de más de treinta ciudades, luego asienta sus cuarteles de
invierno en una ciudad de Licia, a orillas del mar, la bonita ciudad de Fasélida, no lejos de la
moderna Antalia, al pie de las altas montañas que dominan el mar.
Ese año, el invierno era suave, como suele serlo a orillas del Mediterráneo turco, y Alejandro
concedió a sus hombres y a él mismo unos días de descanso. Hizo incluso una fiesta, si hemos de
creer una anécdota referida por Plutarco. Fasélida era la patria de un famoso poeta y orador griego,
llamado Teodecto, que había enseñado en la escuela de Aristóteles, en Estagira, donde el mismo
Alejandro había estudiado cuando era adolescente, y la municipalidad de la ciudad le había erigido
una estatua (en una playa, asegura Plutarco, en la plaza del mercado dicen otras fuentes). Una noche,
después de un banquete bien rociado de vino, a Alejandro se le ocurrió que habría que rendir un
homenaje a Teodecto, por lo que arrastró a sus comensales hasta la playa y emprendió con ellos una
ronda descabellada alrededor de la estatua, después de haberla coronado con una guirnalda de flores.
La estancia de Alejandro en Fasélida fue turbada por un despacho que le dirigió Parmenión en
que le informaba de haber descubierto que se tramaba un complot contra su vida, fomentado por un
príncipe de la tribu de los lincéstidas que llevaba el mismo nombre que él: Alejandro, hijo de
Aéropo, uno de los Compañeros de Macedonia. Este hombre, cuyos hermanos habían participado en
el asesinato de Filipo en 336 a. C. y que habían sido ejecutados por ese crimen, había figurado entre
los primeros que lo saludaron con el título de rey, y él le había recompensado nombrándole
comandante del escuadrón de caballería tesalia, en el ejército de Parmenión. Éste acababa de
descubrir que el príncipe Alejandro estaba en relación con el Gran Rey: sus espías habían
interceptado una carta de Darío dirigida al príncipe, ofreciéndole una importante suma de dinero y la
corona de Macedonia si consentía en organizar el asesinato del rey Alejandro.
A decir verdad, el rey ya estaba al corriente de ese complot: unos días antes había recibido una
carta de su madre Olimpia en la que le advertía del mismo peligro, pero había pensado que ese aviso
era fruto de las obsesiones maternas, que veían en todas partes conspiraciones contra su hijo. Esta vez
no se trataba de temores de madre, sino de un asunto grave de alta traición, con pruebas; no obstante,
a Alejandro le repugnaba ordenar la ejecución pura y simple del príncipe felón y envió a Parmenión
instrucciones para que lo detuviesen y lo mantuvieran en prisión en espera de un proceso regular y
público. Esta mansedumbre para casos semejantes no era habitual en el rey, y tenemos derecho a
preguntarnos cuáles eran los motivos: ¿personales (una amistad de juventud o una amistad
homosexual)?; ¿políticos (no perturbar el círculo cerrado de los Compañeros de Macedonia)?;
¿estratégicos (no hacer estallar, mediante una represión demasiado inmediata, una revuelta nobiliaria,
que haría el juego a Darío)? En nuestras fuentes no encontramos nada que nos permita decidir.
Una cosa parece segura (según Arriano): antes de enviar sus instrucciones a Parmenión,
Alejandro convocó a los Compañeros. Éstos opinaron que había sido un error por parte del rey
confiar la élite de la caballería a un hombre de pasado sospechoso y que había que neutralizarlo lo
más rápidamente posible, antes de que arrastrase a sus jinetes tesalios en su revuelta. La decisión de
posponer el proceso fue debatida con sensatez; tuvo lugar, en debida forma, cuatro años más tarde,
muy lejos de Macedonia, en Afganistán: el príncipe Alejandro fue juzgado según las reglas,
condenado a muerte y ejecutado.
Recordemos una vez más, para la historia pequeña, la siguiente anécdota. En la época en que
ponía sitio a Halicarnaso, Alejandro solía tomarse unos minutos de descanso en la mitad de la
jornada y hacía una siesta reparadora. Mientras dormía, una golondrina vino a revolotear alrededor
de su cabeza, con un chirrido más agudo y ruidoso que de costumbre; el rey, cuyo sueño era
profundo, no se despertaba, pero hacía maquinalmente gestos para echar al pájaro que, lejos de huir,
se posó en la frente misma del durmiente y no se fue hasta que Alejandro se hubo despertado del
todo. Éste vio en el comportamiento del pájaro un signo del destino e interrogó al inevitable
Aristandro sobre él; el adivino le respondió que presagiaba una conspiración urdida por uno de sus
amigos, pero que la conspiración sería desenmascarada. Tras lo cual Alejandro envió a Parmenión
las instrucciones que ya conocemos sobre Alejandro, hijo de Aéropo.
El medio que empleó para hacérselas llegar también merece ser destacado. Le envió a uno de sus
más allegados, llamado Anfótero, acompañado por algunos indígenas de Perga (pequeña ciudad de
Panfilia) como guías y vestido como ellos, para no ser reconocido en el viaje; pero no le entregó
ninguna carta, porque temía —nos dice Arriano— escribir a las claras sobre ese tema, es decir, una
posible interceptación: transmitió de viva voz su mensaje a Parmenión. Y así fue como Alejandro el
lincéstida fue arrestado.
Alejandro dedicó el invierno de 334-333 a. C. a la sumisión de las satrapías persas que unían las
orillas meridionales de Asia Menor al este de Caria, es decir, de Licia, Panfilia y Pisidia, que
constituían su prolongación continental, de las que debía ocuparse Parmenión. Alejandro no había
encontrado ninguna oposición en Licia, y partió de Fasélida en la segunda mitad del mes de enero del
año 334 a. C.; se había fijado como primera etapa la ciudad de Perga, en Panfilia, famosa por su
templo dedicado a Artemisa, protectora de la ciudad.
Panfilia se reduce a una llanura estrecha pero muy rica, incrustada entre el mar Mediterráneo y
las montañas de la cadena del Tauro, que separan Turquía central del Mediterráneo. Dos rutas
llevaban de Fasélida a Perga: una, sinuosa y difícil, franqueaba el alto macizo del Climax («la
Escala»); la otra, que bordeaba el mar, era más corta pero muy peligrosa, porque estaba bordeada
por un muro casi continuo de acantilados, contra el que iban a desplomarse enormes trozos de mar
cuando el viento soplaba del este o del sur, de suerte que sólo podía tomarse con viento del norte, e
incluso en este caso a lo largo de la ruta había ensenadas y pequeñas bahías que estaban sumergidas.
Alejandro decidió hacer pasar la mitad de su ejército por el Climax y la otra mitad por la peligrosa
orilla del mar: como si fuera un milagro, el viento del sur había caído bruscamente y le había
sucedido un viento del norte, seco y frío. Sus soldados, supersticiosos como todos los macedonios,
achacaron este cambio en la dirección del viento a la buena estrella de su jefe, que, como resultaba
evidente, era capaz de imponerse a los mismos elementos.
De este modo, a finales del mes de enero o a principios del mes de febrero del año 333 a. C.
Alejandro llegó sin obstáculos a Perga, precedido de la reputación de un rey ante el que se habían
inclinado las olas del mar. La ciudad se sometió sin lucha, y cuando salió de ella, encontró a los
plenipotenciarios de la ciudad vecina de Aspendo, que acudían a prometerle que le abrirían las
puertas de su ciudad a condición de que no impusiese a los habitantes la humillación de una
guarnición permanente; ofrecían a cambio una contribución de 50 talentos de oro y caballos. El rey
aceptó su propuesta y dejó un destacamento, acantonado a cierta distancia de las murallas de
Aspendo, para vigilar la comarca. La tercera gran ciudad de Licia era Side: tuvo menos suerte y hubo
de aceptar una guarnición, so pretexto de que sus habitantes no hablaban el griego de sus antepasados
y hacían uso de una lengua bárbara a fin de cuentas desconocida.
Alejandro marchó luego contra la única fortaleza verdadera de la región, que se llamaba Silio.
Albergaba una guarnición de mercenarios extranjeros y de persas. Habría podido tomarla en un solo
asalto, pero, cuando se dirigía hacia ella, se le unió un grupo de hombres que había dejado en las
cercanías de Aspendo: le informaron de que los magistrados de esa ciudad no habían pagado los
tributos prometidos, ni el dinero ni los caballos, y que habían cerrado las puertas de la ciudad a sus
enviados. Alejandro hizo alto inmediatamente y llevó su ejército delante de Aspendo: sus habitantes,
que en su mayoría vivían en pequeñas casas diseminadas por la llanura, las habían abandonado para
refugiarse en la ciudadela de la ciudad, construida sobre una altura escarpada.
Cuando vieron que el ejército macedonio volvía sobre sus pasos, se produjo un momento de
pánico alrededor de Aspendo, luego los delegados de la ciudad salieron al encuentro de Alejandro.
Éste habría podido sitiar la ciudadela y asaltarla, pero la plaza estaba bien defendida y era susceptible
de resistir mucho tiempo: prefirió imponer a los ciudadanos de Aspendo un nuevo acuerdo, más
severo que el primero, doblando el tributo que les había pedido antes (100 talentos en lugar de 50), y
se llevó rehenes como garantía. Una vez sometida Panfilia, Alejandro devolvió su ejército a Perga, y
hacia mediados de febrero, se puso en camino hacia el norte, a fin de unirse con Parmenión. Éste
debía esperarle en la Gran Frigia, en concreto en Gordio, en el río Sangario, por donde pasaba la
famosa vía real de 2.700 kilómetros construida ciento sesenta años antes por Darío I el Grande,
uniendo Sardes, capital de Lidia, con Susa, capital de los soberanos persas.
Desde que había franqueado el Helesponto, Alejandro sólo había conocido de Asia Menor su
fachada mediterránea, donde se sucedían, como las perlas de un collar, las ciudades costeras o
cercanas a la costa: Ilion, Éfeso, Mileto, Halicarnaso, Fasélida, Perga, Side, de la misma manera en
que se siguen en nuestra costa del Var o en nuestra costa Azul, Hyéres, Le Lavandou, Saint-Tropez,
Sainte-Maxime, Saint-Raphaél, Cannes, Antibes, Niza, Mónaco y Mentón. Aquellas ciudades eran
griegas en su totalidad, aunque tuviesen un marcado carácter oriental y no se pareciesen a Atenas ni a
Pela. Ahora iba a adentrarse por un territorio desconocido, que sus exploradores tra-cios le habían
descrito como especialmente salvaje y lleno de emboscadas.
Su itinerario cruzaba primero una región de altas montañas esmaltadas de lagos, Pisidia, en cuyos
valles vivían poblaciones bárbaras y belicosas, de lenguas desconocidas, que pasaban la mayor parte
de su tiempo luchando entre sí y cuyas ciudades no eran más que aldeas groseramente fortificadas.
Según sus informadores, había que realizar una decena de días de marcha por senderos de montaña
para atravesar Pisidia, y quince días por lo menos para alcanzar el río Sangario, que marcaba el
límite septentrional de la Gran Frigia. Cerca de este río, en la ciudad de Gordio, le esperaban
Parmenión y su ejército. La capital de la satrapía, Celenas, se encontraba poco más o menos a medio
camino entre Perga y Gordio.
El viaje no se anunciaba muy alegre. Alejandro había decidido renunciar a someter las tribus de
Pisidia una tras otra, valle por valle. Pensaba que sería tiempo y energía perdidos; más valía
combatirlos únicamente si intentaban cortar la ruta al ejército macedonio y dejar la tarea de pacificar
la región a los futuros gobernadores que nombraría para Pisidia. En la Gran Frigia el rey esperaba
negociar la rendición de las plazas con el sátrapa persa… ¡si es que no había huido al anuncio de su
llegada!
Tenemos pues al ejército de Alejandro en ruta hacia Gordio. Deja la risueña llanura de Panfilia y
luego, torciendo hacia el oeste, se adentra en las montañas poco hospitalarias de Pisidia. El camino es
ascendente y pedregoso, el suelo está cubierto de una espesa capa de nieve helada; los caballos y los
hombres resbalan continuamente y todos tiritan de frío. Durante dos días el ejército macedonio
avanza sin encontrar alma viviente. Luego el paisaje se ensombrece. La ruta sube en zigzag por el
fondo de un barranco, entre dos montañas, hasta el puerto; al otro lado se alza la ciudadela de
Termeso, que controla un desfiladero cuyas dos laderas están pobladas de bárbaros armados: los
hombres aptos para la lucha de la ciudad están allí, feroces y dispuestos al combate. Para pasar, será
preciso matarlos a todos.
Alejandro utiliza entonces una estratagema. Hace seña a sus tropas de detenerse y les da la orden
de prepararse a vivaquear en el sitio: de este modo, piensa Alejandro, los termesios, al ver a los
macedonios descansar, creerán que van a pasar la noche allí mismo y no hay peligro inminente, por
lo que se contentarán con que unos cuantos centinelas vigilen el desfiladero. El rey había acertado: la
multitud de bárbaros se retiró y sólo quedaron unos cuantos centinelas apostados en las alturas.
Alejandro ordenó de inmediato el ataque a sus arqueros, lanzadores de jabalina y destacamentos de
infantería ligera: los centinelas no pudieron aguantar bajo los disparos y abandonaron el terreno. El
ejército griego franqueó el desfile, pasó el puerto y acampó delante de la ciudadela.
Al día siguiente le anunciaron la llegada de parlamentarios enviados por la ciudad de Selga. Los
selgeos también eran bárbaros, en guerra permanente contra los termesios: dijeron que acudían a
Alejandro para restablecer las relaciones de amistad con los macedonios y concluyeron un tratado de
alianza contra su enemigo común, los bárbaros de Termeso. Los selgeos cumplían la palabra dada:
desde ese día Alejandro tuvo en ellos unos amigos fieles, que nunca le traicionaron fueran cuales
fuesen las circunstancias.
Una vez asegurada la retaguardia, Alejandro se dirigió hacia la tercera gran ciudad de Pisidia:
Sagaleso, que era de hecho una colina transformada en ciudad. Cuando llegó al pie de la colina,
comprobó que los sagalesos, a los que se habían unido algunos termesios, le aguardaban a pie firme.
El rey no perdió tiempo: envió la falange macedonia, que partió al asalto de la colina. Los hombres
de Sagaleso eran fuertes y valientes, pero luchaban casi desnudos contra unos macedonios con
corazas y superiormente armados: cayeron heridos por todas partes. Murieron quinientos en el
primer asalto y los otros huyeron a gran velocidad, dado que estaban muy ligeramente armados; los
macedonios, debido a sus corazas, sus cascos y sus armas, además de su desconocimiento de la
topografía de la zona, no pudieron atraparlos.
Después de la toma de Sagaleso las restantes plazas fuertes de Pisidia capitularon, en su mayoría
sin lucha: Alejandro veía abrirse ante sí la ruta de la Gran Frigia, el país de los frigios.
Alejandro se había hecho contar la historia de este pueblo del que se sentía un poco el heredero.
En efecto, los frigios estaban emparentados con los tracios y los macedonios; se habían instalado en
Asia Menor en el siglo XII a. C., entre el mar Egeo y el mar Negro, y habían creado un reino cuyo rey
más célebre —y sin duda legendario-había sido el rey Midas, al que Dioniso había dado el poder de
transformar en oro cuanto tocaba y Apolo unas orejas de burro. Este Midas también estaba unido a la
historia legendaria de la dinastía de los reyes de Macedonia: a él pertenecían los jardines perfumados
donde antaño se habían refugiado Perdicas I y sus hermanos. En el siglo VI a. C. el reino frigio había
sido invadido por jinetes nómadas procedentes de las estepas de Asia, los cimerios; luego se había
vuelto vasallo de los lidios y más tarde de los persas.
Después de acabar con los pisidios, Alejandro tardó cuatro días en llegar a Celenas, una ciudadela
encaramada en unas escarpadas alturas. El sátrapa que solía residir en ella había huido y sólo quedaba
una guarnición compuesta por un millar de carios y un centenar de mercenarios griegos para
defenderla. Esta guarnición envió una diputación al rey para hacerle saber que, si las ayudas que les
habían prometido las autoridades persas no llegaban en la fecha concertada, le entregarían la
fortaleza. Alejandro consintió en dejar pasar ese tiempo: organizar el asedio de una ciudadela tan
inaccesible habría requerido varias semanas y le habría costado pérdidas humanas muy
considerables. Esperó diez días y, como las ayudas esperadas por la guarnición no llegaban, dejó
detrás de sí un destacamento de mil quinientos hombres, nombró a su hermanastro Antígono sátrapa
de Frigia y marchó con el resto de su ejército hacia Gordio, donde hizo su entrada en los últimos días
de abril de 333 a. C.
Gordio, antigua capital de los reyes de Frigia, pasaba por haber sido fundada en los tiempos
míticos por el rey legendario Gordio, un mortal que había sido amado por Cibeles, diosa de la
naturaleza y la fecundidad, a la que también llamaban la Gran Madre. De estos amores había nacido el
rey Midas (Mita en frigio), alumno de Orfeo y protector del culto de Dioniso, con el que Alejandro
creía —tal vez confusamente— tener algunos lazos: no por los jardines perfumados que habían
servido de refugio a Perdicas, primer rey de Macedonia, sino porque su madre, Olimpia, había sido
en su juventud sacerdotisa de Dioniso y entonces solía participar en las ceremonias orgiásticas en
honor de ese dios: como hemos visto durante esos frenesíes en Samotracia, había conocido a su
padre.
También dice la leyenda que en el pasado se había difundido por Frigia una profecía que
anunciaba la llegada de un rey de los frigios, montado sobre un carro de campesino, que liberaría a
su pueblo y que así había hecho Gordio su aparición en Frigia. Aquel carro se conservaba en el
templo consagrado a Zeus, elevado sobre la acrópolis de la ciudad de Gordio: su timón estaba unido
al yugo por una clavija de madera atada por un nudo de cuerda de cáñamo, que parecía imposible de
desatar. El oráculo de Zeus había predicho que el hombre que supiese deshacer ese nudo se
convertiría en el amo de Asia. Alejandro conocía, como todos los griegos y los macedonios, esa
profecía: por lo tanto, no fue casualidad que escogiese Gordio como lugar de partida, con su gran
ejército al fin reunido, para conquistar aquel vasto continente, cuyos límites ignoraba.
Alejandro fue el primero en llegar a la cita de Gordio. Recibió allí a los soldados que habían ido
de permiso a Macedonia, de donde éstos habían partido el mes de noviembre anterior: nos dice
Arriano que había allí tres mil infantes macedonios, trescientos jinetes macedonios, doscientos
jinetes tesalios y cincuenta eléatas. Parmenión, que había partido en la misma época desde Sardes con
la mitad del ejército grecomacedonio, fue el último en llegar. En los primeros días del mes de mayo
el gran ejército de Alejandro estaba reunido al completo.
La presencia persa en Asia Menor había sido aniquilada apenas en un año y la región fue
reorganizada según las disposiciones de Alejandro, que había roto las tradiciones militares helénicas
de antaño, las de las expediciones punitivas contra tal o cual ciudad. Sin duda su objetivo era
establecer un vasto Estado griego en Asia, no sólo tomando las ciudades, sino ocupando provincias
enteras, creando en ellas un sistema administrativo y fiscal centralizado, unido a Pela como antes
había estado unido a Susa. No obstante, no se contenta con sustituir los sátrapas persas por sátrapas
griegos o indígenas: les quita sus poderes de reyezuelos y los transforma en funcionarios
administrativos de un nuevo imperio cuyo soberano de hecho es él.
Así se crea, a medida que avanzan sus conquistas, un verdadero Estado asiático, cuya unidad
geopolítica de base sigue siendo la satrapía, pero en la que el sátrapa no tiene otra tarea que
gestionar, por cuenta del nuevo soberano, los impuestos de bienes raíces, las tasas sobre las cosechas
y los rebaños, las tasas aduaneras en los puertos, los ingresos procedentes de la explotación de los
recursos mineros (las minas de Asia se convierten en propiedad del Estado, lo mismo que las minas
de oro de Macedonia), y las patentes comerciales.
A cambio, la unidad democrática es la ciudad concebida a la manera griega, es decir, como una
comunidad local que se extiende fuera de sus murallas (como Atenas y el Ática, por ejemplo), cosa
que por lo demás ya existía en Asia Menor; pero a diferencia de lo que ocurría en el Imperio persa,
estas comunidades se administran por sí mismas, al modo democrático, y tienen sus propias leyes y
sus propias costumbres; no han de obedecer la arbitrariedad de un lejano monarca o un sátrapa que lo
representa; y también son libres de federarse, de formar ligas análogas a la gran Liga de Corinto por
ejemplo. La prueba más notable de esta autonomía recuperada fue el derecho reconocido a todas estas
ciudades-estado de acuñar monedas, monedas que no tienen la efigie del rey, pero que la mayoría de
las veces llevan las armas de la ciudad.
El Asia Menor así conquistada se parecía ahora al Estado pluralista grecomacedonio: fue ese
estado lo que descubrieron, algo más de dos siglos después, los Sila, los Pompeyo y los César.
VII - El paladín de los nuevos tiempos
Memnón comandante en jefe de los ejércitos persas; su muerte (abril de 333). —Darío III Codomano (mayo-junio de 333). —Alejandro
zanja el nudo gordiano (mediados de mayo de 333). —Sumisión de la Gran Frigia (junio de 333) y Capadocia (junio-julio de 333). —
Marcha hacia la Cilicia (julio-septiembre de 333). —Baño en el Cidno y enfermedad de Alejandro (septiembre de 333). —Sumisión de la
Cilicia: Tarso (septiembre de 333). Solos (septiembre-octubre de 333). —Llegada de Darío a Socos (mediados de octubre de 333). —
Cambio de Alejandro y de Darío alrededor de lsos (segunda quincena de octubre de 333). —Llegada de Darío a Isos y matanza de los
heridos macedonios (finales de octubre de 333). —Preparativos de la batalla de Isos (principios de noviembre de 333). —Maniobra de
Alejandro, que regresa de Miriandro hacia Isos (10 de noviembre de 333). —Discurso de Alejandro a sus generales (11 de noviembre
de 333 por la mañana). —Partida de Alejandro y de su ejército hacia Isos (noche del 11 de noviembre de 333). —En Iso: la disposición
de las tropas (mañana del 12 de noviembre de 333). —Batalla y fuga de Darío (12 de noviembre de 333). —Captura de la madre y la
mujer de Darío: la clemencia de Alejandro y su genio político (12 de noviembre de 333 por la noche).
En la corte de Susa nadie comprendía nada, ni el gran rey Darío, tercero de su nombre, ni sus
ministros, ni sus generales, ni sus favoritos. Un joven loco de veintidós años, que nunca había hecho
la guerra, había desembarcado en la tierra imperial en la primavera del año 334 a. C. y, apenas un
mes más tarde, había infligido un severo correctivo a Memnón de Rodas, aquel condotiero heleno al
servicio de Persia que, el año anterior, había obtenido en Asia Menor victoria tras victoria sobre el
ejército grecomacedonio que mandaba Parmenión, entonces lugarteniente de Filipo. Sin embargo,
desde que se había asociado a Alejandro, con el mismo ejército, Parmenión estaba continuamente en
el campo del vencedor. ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué el ejército enemigo, con los mismos
efectivos, los mismos medios y el mismo general, empezaba a ganar todas sus batallas en Asia
Menor cuando el año anterior no había ganado una sola? ¿Qué les pasaba a aquellos occidentales?
Un heleno que se hubiese encontrado en la situación de Darío habría invocado el destino, la mala
interpretación de los presagios o la cólera de uno de los múltiples dioses del Olimpo para explicar
semejante acumulación de desastres. Un semita, tanto los picapleitos como los babilonios, habría
hecho lo mismo o habría invocado alguna brujería, y los judíos, que adoraban a un solo Dios,
habrían remitido aquellas desgracias a la maldición de su pueblo por el Eterno. Pero el soberano
persa, nada supersticioso, y cuya religión era esencialmente naturalista y no implicaba la
consideración de los fines últimos ni el de la salvación de un pueblo, cuyo catecismo moral se
resumía en la simplista fórmula de Darío I, «saber montar a caballo, disparar el arco y saber decir la
verdad», no tenía explicación que dar a las derrotas del ejército persa. Se imponían como un hecho:
de la misma forma que hay hombres más veloces que otros, hay unos que hacen la guerra mejor que
otros, y Alejandro era uno de éstos.
Por esa razón, aunque la noticia de la derrota del Gránico había sido acogida en Susa con cólera,
no había hecho temblar a nadie. Ganaremos la próxima gran batalla, pensaban en la corte; bastará con
enviar contra Alejandro dos veces, tres veces más guerreros.
La gente de Susa, empezando por el propio Darío III, no habría comprendido que Alejandro, al
que se consideraba tan ardiente e intrépido en los campos de batalla, fuese tan prudente y avisado en
sus designios. De hecho, lo que volvía al macedonio temible no era su intrepidez, tampoco su genio
táctico o estratégico, sino su motivación primera: no hacía la guerra para apoderarse de una ciudad y
sus tesoros, o para resolver un litigio de honor o para vengarse, la hacía para liberar pueblos, para
crear un mundo nuevo en que los milesios, los efesios, los sardios, los halicarnasios se gobernasen a
sí mismos, con sus propias leyes, sus propios impuestos, sus propias costumbres. A ojos de estos
pueblos, Alejandro era el «campeón de los nuevos tiempos», como escribe Droysen, mientras que
para el Gran Rey y los sátrapas no era más que un joven guerrero, algo aventurero, incluso un jefe de
banda con suerte, que terminaría mordiendo el polvo un día u otro: los persas no habían
comprendido que, para los griegos de Asia, Alejandro era no un Cimón o un Milcíades, sino una
especie de Robín de los Bosques. Así pareció al menos durante su campaña del año 333 a. C. en
Cilicia, que estuvo marcada por su victoria sobre Darío III Codomano en Iso, el 12 de noviembre.
1. El nudo gordiano
En la corte de Susa, Memnón se había confesado no culpable y había repetido, delante de Darío y
sus ministros, el razonamiento que había hecho a los generales persas antes de la batalla del Gránico.
Bastaba reflexionar cinco minutos, dijo, para comprender que un ejército de invasión, sobre todo
cuando es numeroso, debe vivir en el país que invade y, si quiere estar uno seguro de derrotarle, hay
que huir delante de él y aplicar la estrategia de tierra quemada para privarle de recursos; era además
lo que había recomendado. Pero por un lado, los generales persas no escuchaban sus
recomendaciones, ya que le odiaban por ser heleno (Memnón era oriundo de Rodas, y le hablaban «el
rodio» con condescendencia), y por otro lado, cada uno de ellos veía el triunfo a su alcance. Memnón
seguía creyendo —sin duda acertadamente— que, si hubiese sido el único en mandar en el Gránico,
no habría habido derrota porque no habría habido batalla, y el gran ejército macedonio tal vez
hubiese pasado el río, pero habría muerto de hambre y agotamiento antes de llegar a Mileto.
Ahora que el Gran Rey le había nombrado por fin comandante supremo y único de las fuerzas
armadas, por mar y tierra, Memnón había ideado el proyecto de aislar a Alejandro de la Grecia
continental, de encerrarlo en su conquista y convertirlo así, en cierta forma, en prisionero de Asia.
Disponía para ello de una importante flota, que contaba con los navíos persas y, además, con los
barcos procedentes de Fenicia, Chipre, Rodas y de todas las Espóradas; una parte de aquellos navíos
estaban todavía delante de la rada de Halicarnaso, y los otros en Rodas. Por si fuera poco, los
gobernadores de Quíos y Lesbos sólo esperaban una señal para romper su alianza con Macedonia, a
la que les había obligado Alejandro, y aún existía un partido antimacedonio en Atenas, que no
esperaba menos para manifestarse.
Lo primero que había que hacer era cortar las comunicaciones de Alejandro con sus bases
macedonias. A mediados de primavera, Memnón da la orden a su flota de abandonar su fondeadero y
poner rumbo a la isla de Quíos, de la que se apodera con la ayuda de los oligarcas caídos que habían
gobernado antes de la llegada de Alejandro y en la que restaura el régimen oligárquico en provecho
del viejo tirano Apolónides. Luego pone rumbo hacia Lesbos, donde un colono griego de origen
ateniense, Cares, había desembarcado con un destacamento de mercenarios, a fin de expulsar al tirano
Aristónico y asentar allí la democracia: era el mismo Cares que había acogido a Alejandro cuando
éste había llegado al cabo Sigeo después de cruzar el Helesponto. Memnón mandó decirle que no se
proponía llevar la guerra a Lesbos, sino «salvar a su amigo Aristónico»; de hecho, se ganó todas las
ciudades de Lesbos salvo la capital, Mitilene, que quiso permanecer fiel a Alejandro, y que asedió.
Pero de pronto Memnón cayó enfermo y murió. El bloqueo de Mitilene continuó dirigido por
Farnábazo, sobrino de Darío, a quien el general persa había transmitido el mando antes de morir. Por
último, Cares renegó de su alianza con los macedonios y concluyó un acuerdo: la isla conservaría su
régimen democrático, pero acogería una guarnición persa. Fue grande la importancia de la pequeña y
triunfante expedición marítima de Memnón: su presencia en las islas de Quíos y Lesbos daba a los
persas la posibilidad de cerrar el Asia Menor y prohibir a Alejandro tanto salir de ella por mar como
recibir refuerzos de Macedonia o Grecia.
No dejaba de ser menos cierto que la muerte de Memnón libraba a Alejandro de su enemigo más
peligroso y, cuando la noticia llegó a Susa, un mes más tarde, el consejo de guerra que convocó
Darío resultó más bien tormentoso. Según nuestras fuentes, podemos imaginar su tenor: «¿Por quién
sustituir a Memnón en Occidente para no perder Asia Menor?», preguntó sin duda Darío a sus
ministros, y los señores persas, que cultivaban una moral de caballería y fidelidad al soberano, le
aconsejaron que tomase él mismo el mando de su ejército:
—Ante las miradas del Rey de Reyes —dijeron— nuestros soldados y nuestros marinos se
superarán y bastará una sola gran batalla para lograr definitivamente que el macedonio quede en
situación de imposibilidad para perjudicar al imperio de los persas.
En cambio, los tránsfugas griegos que vivían en la corte de Darío no compartían esa opinión.
Uno de ellos, Caridemo, un condotiero ateniense que había preferido exiliarse a Susa antes que
someterse a Alejandro, era más realista:
—Con Alejandro hay que obrar con prudencia, y no arriesgarlo todo al resultado de una sola
batalla, en la que el Gran Rey correría el riesgo de perecer —explicó—. No sacrifiquéis toda Asia
por Asia Menor, que no es más que su umbral. El ejército de Alejandro cuenta, como máximo, con
treinta mil o cuarenta mil hombres, bien entrenados, bien mandados: dadme cien mil hombres, que no
es mucho para Persia, y yo me comprometo a aplastarlo. Posponed el sueño de una gran batalla ante
los ojos del Rey de Reyes, cuya corona no debe jugarse en un golpe de dados.
Los señores persas se rebelaron violentamente contra este discurso: lo que proponía el ateniense
Caridemo era un insulto a su valor y no se acomodaba a la tradición caballeresca de los guerreros
persas. Suplicaron a Darío que no pusiese el destino del Imperio persa en manos de un extranjero que
ya había traicionado a su patria natural, según subrayaron, y bien podría traicionar a su patria de
adopción.
—Os engañáis —les gritó Caridemo—, vuestra presunción os ciega; no conocéis vuestra
impotencia, ni la potencia de los griegos: no sois más que unos orgullosos y unos cobardes.
A pesar de la gravedad de la situación, Darío no podía permitir que sus príncipes y vasallos
fuesen tratados de cobardes por un aventurero griego fuera de la ley. Avanzó hacia Caridemo y rozó
con un gesto hierático el cinturón de su túnica. Este gesto equivalía a una condena a muerte. Entre los
persas, el cinturón era el símbolo del vínculo que une al vasallo con su soberano: al rozarlo, el Gran
Rey hacía saber que ese vínculo estaba roto. Al punto los guardias cogieron al griego y Darío ordenó
que fuese ejecutado de inmediato, mientras el condenado Caridemo le gritaba, debatiéndose:
—Gran Rey, pronto te arrepentirás de tu gesto y recibirás el castigo del suplicio injusto que tu
orgullo me inflige, cuando asistas con tus propios ojos a la ruina de tu imperio: mi vengador no está
lejos.
Caridemo fue ejecutado pero, una vez aplacada su cólera, al Gran Rey no le costó mucho
comprender que había cometido un error gravísimo. Diodoro de Sicilia y Quinto Curcio nos refieren
que se veía hostigado incluso en sueños por el temor a los macedonios, y que en última instancia
Darío III Codomano se encontró forzado a bajarse de su pedestal de descendiente de Vistaspa
(nombre persa del padre de Darío I, Histaspes, que, según la tradición, habría sido protector de
Zoroastro [Zaratustra], el profeta de la religión oficial de los persas) a fin de tomar en persona el
mando de sus ejércitos y combatir para salvar el Imperio.
Decidieron que reunirían el mayor número de mercenarios posible (es decir, de súbditos no
persas del Gran Rey, el equivalente de las antiguas tropas coloniales francesas o británicas),
reclutados entre las tripulaciones de la flota persa —reducida a inactividad desde que Alejandro había
licenciado a la suya—, y que los concentrarían en Trípoli, en la costa fenicia (en el actual Líbano,
cerca de Beirut). Darío también hizo venir tropas de sus satrapías orientales, fijándoles Babilonia
como punto de encuentro, y eligió entre sus allegados los hombres más aptos para mandarlas. Así fue
como, durante el verano de 333 a. C., se vio llegar a la antigua capital de Mesopotamia más de
400.000 infantes y no menos de 100.000 jinetes (según Diodoro de Sicilia, XXXI, 1).
El comandante supremo de las tropas en el frente de Asia Menor fue dejado, hasta nueva orden, en
manos de Farnábazo, con la misión de consolidar mientras tanto las posiciones de la flota en el mar
Egeo; luego el enorme ejército persa, saliendo de Babilonia, se puso en marcha lentamente hacia el
oeste, con el Gran Rey a su cabeza, transportando consigo en sus equipajes no sólo el tesoro real, del
que jamás se separaba, sino también las mujeres y los hijos de sus serrallos.
Desde Gordio, donde se encontraba desde finales del mes de abril del año 333 a. C., Alejandro
había enviado a uno de sus generales, Hegéloco, a proteger el Helesponto con la misión de detener
todos los navíos, persas o atenienses, que penetraran en él en cualquiera de las dos direcciones:
quería preservar sus comunicaciones marítimas con Macedonia en caso de que Atenas hiciese
secesión. Desconfiaba de los juramentos de los griegos, siempre dispuestos a cambiar de bando
cuando giraba la fortuna de las armas. Por el momento, los cuerpos de su gran ejército estaban
reunidos en la capital legendaria de la Gran Frigia: los hombres con que había recorrido aquel gran
rizo, en Asia Menor, a través de Jonia, Caria, Licia, Pisidia, hasta la ciudad del rey Midas, a orillas
del Sangario (el Sakaria de la Turquía moderna), los cuerpos de caballería y de la impedimenta que
habían llegado desde Sardes con Parmenión, y el regimiento de los recién casados con permiso que
volvían de Macedonia.
Estamos a mitad del mes de mayo. Había llegado el momento de que Alejandro reanudase sus
campañas: se había puesto como objetivo para ese año caminar hacia el este hasta el río Halis (el
Kizil de la actual Turquía), luego bajar hacia el sur a través de la Gran Frigia, para llegar a Cilicia y
penetrar en Fenicia. Estaría entonces a pie de obra para pasar a Egipto, aquella tierra misteriosa que
le atraía, y emprender, en los años siguientes, la conquista de Asia. Pero entretanto había que volver a
la acrópolis de Gordio, para contemplar por última vez el carro de Gordio.
Se dirige a la acrópolis acompañado de su estado mayor, y coge entre sus manos el nudo por el
que el yugo estaba unido al carro. Los oficiales que le siguen se detienen, silenciosos. Alejandro
busca con los dedos el extremo de la cuerda de cáñamo que le permitiría desanudarlo: manipuló el
nudo de Gordio durante un largo rato, sin pronunciar palabra. Los asistentes le observan, inmóviles;
unos, supersticiosos, están inquietos, los otros, más realistas, se sienten azorados y temen la cólera
del rey si fracasa. Él mismo se ha metido en la trampa: si no encuentra el medio de deshacer aquel
nudo, sus lugartenientes, sus amigos y sus soldados pueden desanimarse. Sabe que él, el jefe, no tiene
derecho a dejar Gordio sin haber dado cuenta del nudo gordiano. Entonces desenvaina lentamente su
espada de doble filo de su cintura y, de un golpe seco, parte el nudo en dos, separando así el yugo del
timón. Luego, volviéndose hacia todos los que le miran, exclama: «Bien, ya está desatado. ¡Asia es
mía!»
La noche siguiente, Zeus hizo comprender a los griegos que la profecía sobre el nudo gordiano
iba a cumplirse, manifestándose mediante relámpagos y truenos cuyo estruendo sacude las montañas
de alrededor. Al día siguiente Alejandro ofreció un sacrificio al rey del Olimpo para darle las gracias
y, al otro día, una hermosa mañana de mayo, el gran ejército grecomacedonio se dirigió hacia el río
Halis tomando la vía real creada antiguamente por Darío I el Grande, que debía conducirlo en primer
lugar a Ancira (la moderna Ankara).
La ruta bordeaba el pie de la montaña que separa la satrapía de Paflagonia, cuyas costas bañaba el
mar Negro, de la Gran Frigia. Los habitantes de esta región le enviaron embajadores para ofrecerle
su sometimiento, a condición de que su ejército no invadiese los territorios. Alejandro da su
consentimiento, a condición de que su rey acepte obedecer a Cala, el sátrapa macedonio al que había
entronizado en Frigia marítima, a orillas del Helesponto. Llegó a Ancira tres días más tarde e
instauró a un príncipe indígena, Sabictras, sátrapa de Capadocia.
La marcha de un ejército tan grande a través del vasto territorio de Capadocia no podía pasar
inadvertida. En Ancira, Alejandro recibió sin duda delegaciones procedentes de las ciudades griegas
del mar Negro, que estaban gobernadas por tiranos u oligarcas, como Heracles, o por sátrapas
persas, como Sínope. Pero el rey tenía preocupaciones más urgentes: no era el mar Negro lo que
buscaba, sino Cilicia, aquella llanura con forma de triángulo a orillas del Mediterráneo, rodeada por
los montes Tauro y a la que sólo se podía acceder por dos desfiladeros: el primero, cruzado por la
ruta de Ancira, recibía el nombre de las «Puertas de Cilicia»; el segundo, atravesado por la ruta de
Babilonia, se llamaba las «Puertas de Asiria». Así pues, debía llegar a las primeras antes de que el
ejército persa, procedente de Babilonia, llegase a las Puertas de Asiria, donde él acudiría a esperarlo.
Esto parece fácil de escribir cuando se dispone de un buen mapa, pero los atlas de geografía no
existían en esos tiempos y Alejandro únicamente tenía, como informaciones topográficas, las
descripciones del historiador Herodoto y el relato realizado por Jenofonte de la desventurada
expedición emprendida en el año 401 a. C. por Ciro el Joven contra su hermano, el gran rey
Artajerjes II, en la que había participado el propio escritor; así pues, buscó guías indígenas que solían
acompañar las caravanas.
La ruta elegida por Alejandro por consejo de esos guías cruzaba oblicuamente la llanura de
Anatolia, desde Ancira hasta la ciudad moderna de Adana; terminaba en la falda norte del Tauro, que
había que franquear por un estrecho desfiladero —las Puertas de Cilicia— que daba, al otro lado de
los montes, a la vasta llanura cilicia. Era seguro que, si Darío llegaba antes que él a las Puertas y las
cumbres que las dominan, el ejército griego se vería sorprendido en una trampa mortal: por lo tanto
había que marchar deprisa y durante muchas horas, bajo el cálido sol de estío.
El gran ejército de Alejandro llegó al famoso desfiladero durante el mes de septiembre y empezó
su descenso hacia la llanura cilicia. Alejandro, montado siempre en Bucéfalo, partió a toda prisa
hacia Tarso (en la actualidad Tarsus, en la Turquía moderna, a unos sesenta kilómetros al sudoeste de
la moderna Adana), la capital de la satrapía de Cilicia, con su caballería y su infantería ligera. Entró
en ella antes de que el sátrapa persa Arsames hubiese tenido tiempo de destruir los graneros y las
cosechas que contenían.
Agotado por esa terrible carrera, que había durado tres o cuatro días, lo primero que hizo
Alejandro al llegar a la llanura fue tomar un baño en el Cidno, el río nacido en el Tauro, cuyas aguas
heladas atravesaban la ciudad. Era una imprudencia; sufrió una congestión y se fue al fondo (una
desgracia idéntica le ocurrió al emperador Federico Barbarroja en 1190, durante la tercera cruzada).
Repescado por sus soldados, el rey fue trasladado a una tienda donde deliró durante días, sufriendo
una fiebre fortísima y convulsiones; su entorno le creyó perdido: todo su ejército lloraba. Luego
Alejandro recuperó poco a poco el sentido, y su médico personal, Filipo, le preparó una purga,
según las reglas de la medicina hipocrática que le habían enseñado en Pela. Mientras el hombre del
arte mezclaba los ingredientes de su remedio en una copa, fueron a llevar al rey de Macedonia una
carta de Parmenión, en que le invitaba a desconfiar de Filipo, del que se decía que habría sido
comprado por Darío para que le hiciese perecer envenenándolo. Alejandro, que se había recuperado,
leyó la carta sin pestañear, tomó la copa que le tendía Filipo, le dio la carta a leer a cambio y, sin
esperar su reacción, se bebió el remedio de un trago ante la mirada impasible de su médico,
demostrándole así la confianza que tenía en él.
La purga y el temperamento del macedonio obraron maravillas. Esa misma noche, Alejandro ya
estaba dando órdenes. Dado que el ejército persa, mandado por Darío, llegaba desde Babilonia, había
que cerrarle el paso en las Puertas de Asiria, en las montañas que cierran el acceso a Cilicia, en la
ruta de Babilonia; ésa debía ser la misión de Parmenión, que partió inmediatamente hacia el este con
la infantería del ejército grecomacedonio, un regimiento de mercenarios griegos, la caballería tracia
y la caballería tesalia. El rey mismo se dirigió rápidamente hacia el oeste, a fin de recibir el
sometimiento de las ciudades de Cilicia.
La primera que visitó, a un día de marcha de Tarso, fue Anquíalo, que, según decían, había sido
fundada antaño por el último rey de Asiria, el famoso Sardanápalo. Luego se dirigió a Solos (en
griego: Soloi), una colonia de la isla de Rodas, pero muy próxima a los persas (indudablemente a
causa de los orígenes rodios de Memnón), lo cual incitó a Alejandro a instalar allí una guarnición e
imponer a los habitantes de esa ciudad una contribución excepcional de 200 talentos de plata. El
griego hablado en esa ciudad, poco civilizada a fin de cuentas, estaba esmaltado de groseras faltas,
que desde entonces se llaman solecismo en referencia al nombre de la ciudad. Luego Alejandro
partió de Solos con tres batallones de infantes y arqueros, para dirigirse hacia las zonas montañosas
de Cilicia: en una semana consiguió la sumisión de todas las aldeas que las poblaban. La más
importante, Malo, era presa de una guerra civil, a la que Alejandro puso fin; y como se trataba de una
colonia de Argos y él se consideraba descendiente de los Heraclidas de Argos, exoneró a esa
población de impuestos.
Estaba todavía en Malo cuando los exploradores le informaron de que Darío no se hallaba lejos:
acampaba con su formidable ejército en Socos (Sochoi, en griego), en un lugar no identificado entre
Alejandreta y Alepo, en la frontera actual que separa Siria de Turquía, a menos de cinco días de
marcha de Malo. Hacía un mes aproximadamente que el otoño había empezado: desde hacía unos días
llovía mucho y anochecía cada vez más pronto en ese final del mes de octubre.
El Gran Rey había comprendido por fin que Alejandro no era un simple guerrero macedonio con
suerte, sino el jefe de una cruzada que no sólo trataba de expulsar a los persas de Asia Menor, sino
también destruir su Imperio. La anécdota del nudo gordiano, que le habían contado, resultaba
significativa. Por eso, durante la primavera anterior, mientras Alejandro acumulaba éxitos puntuales
en Capadocia, Darío había decretado una especie de leva en masa por todas las satrapías centrales y
orientales del Imperio persa. Las tropas cuyo mando iba a asumir él mismo en Babilonia formaban el
ejército más grande nunca visto en Asia; Diodoro de Sicilia, a quien ya hemos citado, habla de
«400.000 infantes y no menos de 100.000 caballeros», y Arriano nos dice (II, 8, 6) que «en total, el
ejército de Darío reunía alrededor de 600.000 combatientes». Estas cifras son sin duda exageradas,
pero ningún otro dato las contradice.
A través de sus espías y correos, Darío conocía el itinerario de Alejandro. Había admirado su
inteligencia estratégica y comprendido que las ambiciones del macedonio no se limitaban a las costas
del mar Egeo y a Capadocia, cuya rápida conquista no había sido para el hijo de Filipo más que una
entrada en materia, necesaria, por lo demás, para asegurar sus retaguardias y animar la moral de sus
soldados y oficiales. Lo que ahora pretendía Alejandro era en primer lugar Cilicia, la rica Fenicia,
Palestina y, más allá, el fabuloso Egipto. Por eso, razonando de la misma forma que su adversario, el
Gran Rey había previsto que pasaría inevitablemente por el desfiladero de las Puertas de Cilicia, las
Pyíes cilicias: ahí había decidido esperarle y destruir su ejército.
«Pero este diablo de macedonio se me ha adelantado», vociferó.
En efecto, esto cambiaba los datos del problema. Mientras que Darío había esperado dar cuenta
del gran ejército de Alejandro cogiéndolo en una emboscada en la montaña, en las Pyles, el
macedonio le imponía una batalla organizada en campo abierto, una clase de operación en la que el
ejército persa no tenía experiencia y en la que, en cambio, los estrategos griegos, de los que
Alejandro era heredero, resultaban maestros consumados. El resultado de un enfrentamiento así
dependía en gran parte del campo de batalla escogido.
En la segunda quincena de octubre del año 333 a. C., al salir de las montañas de Asiria el Gran
Rey había decidido desplegar sus tropas cerca de un lugar que los autores antiguos llaman Sochoi
(Socos), en el corazón de una vasta llanura, lo bastante extensa para permitirle hacer maniobrar a su
enorme ejército y sacar el mejor partido de su excelente caballería, cuyas cargas eran homicidas.
Pero Alejandro se había retrasado en las montañas, encima de Tarso, y Darío, impaciente por acabar,
en lugar de esperarle en Socos, donde tenía todas las posibilidades de vencer, pensando que
Alejandro no se atrevía a tomar la iniciativa del ataque, decidió marchar hacia él. Envió a Siria, a
Damasco, todo lo que podía retrasar el avance de su ejército, es decir la impedimenta y los serrallos,
y penetró en Cilicia para sorprender al rey de Macedonia.
Pero mientras Darío le buscaba en dirección a Tarso, Alejandro ya se había movido hacia Socos,
a lo largo de la orilla del mar, bordeando el golfo de Alejandreta. Así pues, el macedonio no había
encontrado al ejército persa donde esperaba; de paso, había dejado en Isos a los enfermos y heridos
de su ejército, con la intención de recuperarlos a la vuelta y, siguiendo siempre la orilla del mar,
había llegado hasta los alrededores de la actual ciudad de Isjanderun (ex Alejandreta), en un lugar
llamado Miriandro, a la entrada de Fenicia (en la costa sirio-libanesa actual).
Mientras tanto, Darío, al no hallar al ejército griego en Cilicia, desandaba el camino, con objeto
de volver a Socos. Al pasar por Isos descubrió el hospital de campaña instalado por su adversario,
mató a los enfermos y heridos y se enteró —torturándolos o por medio de sus exploradores— de que
Alejandro y su ejército se encaminaban hacia el sur por la costa del Mediterráneo. De manera
imprudente, Darío concluyó que su enemigo huía delante de él, y sin duda se frotó las manos de
alegría. La pequeña llanura costera por la que huía el ejército macedonio se estrechaba cada vez más
en dirección a Miriandro: iba a verse arrinconado entre el mar Mediterráneo por el oeste y el macizo
montañoso del Amano por el este.
En otros términos, su enemigo estaba en una ratonera geográfica y a él le bastaba con cogerlo;
Darío decidió por un lado encerrarlo en ella instalando sus tropas en un pequeño río que cortaba la
llanura de Isos, el Pínaro, y por otro lado, perseguirle hasta que no pudiese seguir avanzando: «Tan
sólo había que dividir a los miles de macedonios y griegos y despedazarlos», decía a sus generales,
que le daban su aprobación prosternándose hasta el suelo. Todos menos uno, pero el Gran Rey no
había querido escucharle: un tránsfuga macedonio llamado Amintas que le aconsejaba, desde que
había llegado a Socos, no moverse y esperar a Alejandro a pie firme en aquella llanura, donde podría
maniobrar a sus 100.000 jinetes a capricho. «¿Y si él no ataca?», había preguntado Darío. El otro
respondió categóricamente que conocía el temperamento de Alejandro y que éste atacaría a los persas
allí donde se encontrasen.
Darío siguió pues los consejos orgullosos de los señores persas, que le calentaban la cabeza
diciéndole que los cascos de sus caballos aplastarían los cráneos de los infantes macedonios, y se
adentró con sus 600.000 soldados por la estrecha banda de tierra entre el Mediterráneo y el Amano, a
cuyo extremo estaba convencido de que podría acabar con los griegos.
Cuando Alejandro supo por sus exploradores que el Gran Rey, en lugar de permanecer en Socos,
le perseguía con su ejército, no dio crédito a sus oídos; para él era un regalo, porque tendría que
combatir contra un ejército demasiado grande para evolucionar en un campo de batalla demasiado
pequeño. Hasta el propio historiador Arriano se asombra de la iniciativa de Darío:
“Debió de ser necesario algún poder divino para empujar a Darío a un emplazamiento donde su
caballería no le servía de gran cosa, ni la multitud innumerable de sus combatientes, de sus jabalinas
ni sus flechas, un emplazamiento donde ni siquiera podía mostrar el esplendor de su ejército, sino
que, por el contrario, daba a Alejandro y a sus tropas una victoria fácil…”
Op. cit, II, 7, 6.
¿Conque Darío estaba a su retaguardia? Demasiado bello para ser cierto. Alejandro envió a
algunos Compañeros hacia Isos, a bordo de un navio rápido de treinta remeros, para verificar la
información. No les costó mucho constatar que el ejército persa estaba allí. El rey de Macedonia
comprendió que las cartas estaban echadas: iba a convertirse en el amo de Asia. Le bastaba con
interrumpir su marcha costera hacia el sur, dar media vuelta hacia Iso, pasando al pie de las montañas
del Amano, y encontrarse de este modo no seguido por el Gran Rey, sino ante las vanguardias de las
tropas persas, y atacarle cuando no le esperaba y cuando se encontrase en posición desfavorable.
Entonces, lenta y majestuosamente, alzó su brazo derecho hacia el cielo y tiró levemente de las
riendas de Bucéfalo para detenerle; a sus espaldas, su gran ejército se inmovilizó en silencio: podía
oírse el chapoteo de las olas sobre las rocas. Era el 10 de noviembre del año 333 a. C. El sol se ponía
sobre el Mediterráneo, el horizonte se teñía de rojo.
2. La batalla de Isos
en el ala derecha, por la parte de la montaña, bajo su mando, las unidades macedonias de
infantería (Compañeros e infantería ligera) y caballería (1.200 Compañeros, 600 jinetes griegos
y 1.800 jinetes tesalios, que tienen fama de ser los mejores de todos);
en el centro, la infantería griega (3.500 hoplitas y 3.500 peltastas que forman la infantería
ligera);
en el ala izquierda, al mando de Parmenión, el resto de la infantería (12.000 mercenarios,
griegos de Asia Menor o balcánicos) y 1.000 arqueros (agríanos), seguidos por 4.600 jinetes
griegos y 900 jinetes tracios; Parmenión había recibido la orden de permanecer pegado al mar,
para evitar el cerco por parte de los persas, que eran innumerables. Parmenión, hombre muy
piadoso, hizo importantes sacrificios a las divinidades del mar, rogándoles que impidiesen a los
bárbaros forzar sus líneas en la playa de arena que bordeaba el Mediterráneo.
Alejandro avanzaba así, al paso, hacia el río Pínaro, donde se encontraba Darío en el centro de
sus tropas. El Gran Rey había hecho pasar el río a unos 30.000 jinetes y unos 20.000 infantes,
para poner el resto de su ejército en orden de batalla a lo largo del río, sin verse inquietado. Su
formación de combate era la siguiente:
en el centro, 30.000 infantes, mercenarios griegos de Asia en su mayoría, con su séquito, por
cada lado, de unos 60.000 infantes de distintos orígenes; era todo lo que el terreno de batalla
podía contener en línea, porque como hemos dicho era muy estrecho;
en su ala izquierda, pegado a la montaña, frente al ala derecha de Alejandro, 20.000 hombres de
infantería ligera repartidos en fondo y algunos jinetes que ya había colocado al otro lado del
río;
en su ala derecha, del lado del mar, donde la playa era propicia para las evoluciones de la
caballería, el resto de esos jinetes.
El resto de su ejército —unos 500.000 hombres según las fuentes— se había repartido en fondo,
al azar, siguiendo la configuración del terreno. Él mismo, de acuerdo con la costumbre persa,
estaba en el centro de su dispositivo.
Dicho en otros términos, Alejandro podía sacar el máximo partido a su ejército, bien
disciplinado, con buenos jefes y ocupando el terreno en línea, mientras que Darío estaba desbordado
por la multitud de sus hombres de armas: tenía la ventaja del número, pero no la de la posición,
porque se veía totalmente imposibilitado para rodear al ejército griego, debido al poco espacio de
que disponía; por el contrario, cuando Alejandro vio que Darío enviaba su caballería a la playa,
contra Parmenión, desplegó su caballería tesalia por su ala derecha, para apoyar a este último.
Así dispuestas las tropas, Alejandro hizo avanzar las suyas lentamente, con tiempos de parada,
para demostrar a Darío que se tomaba su tiempo para avanzar. En cuanto al Gran Rey, hizo regresar a
los jinetes que antes había enviado hacia la orilla derecha del Pínaro. Luego se mantuvo inmóvil, de
pie en su carro (una cuadriga tirada por cuatro caballos blancos), en el centro de sus tropas, detrás
del Pínaro, en espera del ataque macedonio. Como anota Arriano: «de pronto, a ojos de Alejandro y
su entorno, [Darío] les pareció que tenía una mentalidad de vencido» (II, 10, 1).
Cuando la infantería de Alejandro alcanzó la orilla izquierda del río y estuvo a alcance de tiro,
los persas lanzaron contra los hoplitas griegos y macedonios una lluvia de dardos, pero era tan
abundante el número de flechas y jabalinas que éstas chocaban entre sí y caían al río.
La estrechez del campo de batalla impidió a Darío hacer maniobrar su ejército y envolver al
ejército macedonio. La punta de lanza del ejército persa eran los 30.000 mercenarios griegos del
centro.
Luego en los dos campamentos sonaron las trompetas dando la señal del combate. Los
macedonios, según nos dice Diodoro de Sicilia, fueron los primeros en lanzar su grito de guerra y su
clamor llenó todo el valle; pero cuando luego los numerosísimos persas les respondieron lanzando
el suyo, las montañas de alrededor le sirvieron de eco y el grito de los persas se propagó como un
rugido de rayo de ladera en ladera.
Alejandro y su ala derecha fueron los primeros en saltar al río, tanto para espantar a los persas
con la rapidez del ataque como para llegar lo antes posible al cuerpo a cuerpo, reduciendo así
considerablemente la eficacia de los arqueros enemigos. Ataca el ala derecha (los 20.000 infantes
persas de Darío), que se dispersa bajo el ímpetu de los asaltos de la falange. En cambio, su centro (los
7.000 infantes griegos) es zarandeado por los 30.000 mercenarios griegos de Darío y está a punto de
hundirse; al comprobar que los infantes persas a los que combatía en su ala derecha huyen en
desbandada, ordena a sus hombres volverse hacia el centro y apoyar a sus camaradas en dificultades,
atacando también ellos a los mercenarios de Darío; éstos son rechazados al otro lado del río,
rodeados por los soldados de Alejandro (los del ala derecha y los del centro) y finalmente aplastados.
Mientras tanto, en el ala izquierda de Alejandro, del lado del mar, se desarrollaba un combate
encarnizado entre la caballería tesalia y los jinetes persas. Pero el destino de las armas ya cambiaba:
viendo su centro rodeado y exterminado, los persas pasan el río, perseguidos por los tesalios, que
mataron tantos jinetes enemigos como infantes había matado la falange. En el campo de Darío la
desbandada era general, hasta el punto de que el propio rey, tras comprobar el hundimiento y luego el
exterminio de su ala izquierda por Alejandro, fue presa de pánico y, dando media vuelta a su
cuadriga, huyó a través de la llanura hacia las montañas que la bordean con la caballería de Alejandro
a sus talones.
La huida de Darío fue espectacular y digna de inspirar una de esas películas de gran espectáculo
cuyo secreto tenía Hollywood en otro tiempo. La cuadriga real escapaba a la velocidad del viento
hacia los montes Tauro, tirada por cuatro humeantes corceles, sobre el suelo arenoso de la playa de
Iso. Darío lucía su soberbio atuendo de Gran Rey, con su tocado amarillo de rodetes e incrustado de
piedras preciosas y, flotando al viento, su larga túnica púrpura de mangas abiertas, cruzada por una
ancha banda blanca con dos hileras de estrellas de oro.
Detrás de él galopaban Alejandro y varios de los suyos, entre ellos Ptolomeo, hijo de Lago, su
fiel lugarteniente. Habían perdido de vista el carro del rey, pero podían seguir la huella que sus dos
ruedas habían impreso en el suelo seco y arenoso de la llanura cilicia. Darío es confiado: piensa que
cuando haya alcanzado las montañas, Alejandro será incapaz de encontrarle. Pero cuando, de arenoso
que era, el suelo se volvió rocoso, la velocidad de la cuadriga aminoró y Darío vio a lo lejos la nube
de polvo que le indicaba la aproximación de los jinetes. Abandona entonces su carro, su túnica, su
escudo e incluso su arco y salta sobre un caballo que lo lleva al galope.
Alejandro lo persiguió hasta el fin del día sin encontrarlo. Cuando llegó la noche, volvió al
campamento de los persas, que, entretanto, había pasado a manos de los macedonios. De camino,
encontró en un barranco el carro de guerra de Darío, su túnica, su arco y su escudo, y se unió a los
suyos en Isos, cargado con esos magros pero simbólicos trofeos.
Había llegado la hora de los siniestros balances. Primero intentaron contar los muertos. La
llanura estaba sembrada de cadáveres, hasta el punto de que sólo podían franquearse algunos
barrancos caminando sobre los cuerpos de los enemigos que había amontonados allí. Los persas
habrían tenido unos 100.000 muertos, 10.000 de ellos jinetes —cifras verosímilmente exageradas,
dadas por las fuentes— y se encontraron los cadáveres de cinco de sus jefes. Entre los griegos había
que deplorar 450 muertos según Diodoro de Sicilia, menos de 200 según Quinto Curcio, 280 según
Justino; Arriano no da la cifra total de víctimas, pero menciona que 120 macedonios «de alto rango»
perecieron en la batalla. El propio Alejandro fue herido en el muslo, pero se ignora por quién.
El campamento de los persas fue saqueado, como era la norma de la época, pero el botín fue
relativamente escaso, porque, como se ha dicho, el tesoro real había sido puesto en lugar seguro en
Damasco (adonde Parmenión ira a buscarlo poco más tarde) antes de la batalla: sólo se encontraron
tres mil talentos de oro (1 talento equivalía a 26 kilos) en la tienda del Gran Rey, pero se capturó a las
mujeres de la familia real y a las de los parientes y amigos del Gran Rey que habían acompañado al
ejército, según la costumbre ancestral de los persas, transportadas en carros dorados de cuatro
ruedas, provistos de un techo y de cortinas de cuero. Los vencedores se apoderaron también de los
muebles preciosos, las joyas y los adornos de todo tipo que las mujeres llevaban consigo. Según
Diodoro de Sicilia, que nos describe su infortunio, habrían sido algo maltratadas:
“¡Penoso infortunio el de estas mujeres llevadas a cautiverio! Ellas, a las que antes se transportaba
lujosamente en carruajes suntuosos, sin que dejasen ver ninguna parte de su cuerpo, ahora, vestidas
con una simple camisa, con las ropas desgarradas, escapaban de sus tiendas lamentándose, invocando
a los dioses y cayendo de rodillas ante los vencedores. Despojándose de sus adornos, desnudas, con
el cabello suelto, imploraban gracia, yendo las unas en ayuda de las otras. Pero los soldados las
arrastraban: unos las tiraban de los pelos, otros desgarraban sus ropas y tocaban sus cuerpos
desnudos, que golpeaban con su lanza.”
DIODORO, XVII, 35.
Alejandro había vuelto extenuado de su infructuosa persecución. Habían reservado para su
persona la tienda del mismo Darío, y después de haberse desembarazado de sus armas, entró en la
«sala de baños» del Gran Rey diciendo: «Vamos a lavar y limpiar el sudor de la batalla en el baño de
Darío.» Uno de sus favoritos, que lo esperaba, le habría replicado, diciéndole (según Plutarco): «En
el baño de Alejandro, pues en la guerra los baños de los vencidos pertenecen por derecho propio a
los vencedores.» Se dice también que, cuando penetró en la alta y espaciosa tienda de Darío y vio la
riqueza de sus muebles y, al entrar en el baño caliente, las cajitas de perfume de oro fino, los frascos
y las ricas túnicas, se volvió hacia sus familiares y les dijo: «Esto es ser rey, ¿no?»
Luego, cuando se sentaba a la mesa para cenar, vinieron a comunicarle que le llevaban unas
mujeres llorando: era la madre de Darío, Sisigambis, y Estatira, su esposa, así como dos de sus hijas:
habían sabido que Alejandro había traído la túnica y el arco del Gran Rey, y le creían muerto. No las
recibió, pero uno de sus compañeros, Leónato, fue encargado de comunicarles que Darío estaba vivo
y que había abandonado su arco y su túnica en la huida; les dijo también que Alejandro les concedía a
cada una el título y los atributos de reina, con séquito y guardia real, porque Alejandro no había
hecho la guerra por odio a Darío, sino únicamente para reinar en su imperio.
La anécdota, que cuentan todas las fuentes, es significativa. Lo que revela no es tanto la
magnanimidad de Alejandro cuanto su inteligencia política. El macedonio no está conquistando
Persia para saquearla, o para vengar a Grecia —o a él mismo— de ofensas pasadas: ha ido para
reinar en Persia como reina sobre los griegos y los macedonios, no como un sátrapa o un tirano,
sino para que cada ciudad, cada satrapía viva según el régimen de los nuevos tiempos cuyo paladín es
él, a saber: gobernada por ella misma, según el modo que desee, y en paz con todos los demás.
Este régimen descansa, evidentemente, en una autoridad central —real, si se quiere— distinta de
la del Gran Rey. Alejandro no ha olvidado las lecciones de Aristóteles: una ciudad, un Estado, no es
la simple reunión de seres humanos que se han dado unas reglas para no causarse daños mutuos y
para intercambiar servicios, económicos o de otra clase; una ciudad es una reunión de familias, un
Estado es una reunión de pueblos que se han unido para vivir bien, es decir, para que cada uno de
ellos pueda llevar una vida perfecta e independiente, en relación con lo que podría llamarse su
personalidad política e histórica.
Como ejemplo de ese gran proyecto podemos recordar la manera en que Alejandro trató los
territorios que había conquistado desde que puso los pies en Asia. Cuando liberó Mileto, Halicarnaso,
Lidia, Caria y otras satrapías, no las obligó a someterse a las leyes ni al régimen fiscal de Macedonia;
restableció las leyes bajo las que vivían antes de haberse convertido en vasallos del Gran Rey, y
obligó a sus ciudadanos a pagar impuestos al jefe responsable del Estado que esas ciudades
constituían. Y tales contribuciones no estaban destinadas a aumentar el tesoro de ese jefe, sino al
bienestar de la ciudad-estado