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Tutupaka Llakta PDF

Este cuento cuenta la historia de un joven que apuesta con el diablo y pierde, quedando comprometido a viajar al pueblo de Tutupaka en seis meses. En su viaje atraviesa un mar con la ayuda de un cóndor y llega al pueblo, donde sigue las instrucciones del cóndor para enfrentar al diablo.

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Este cuento cuenta la historia de un joven que apuesta con el diablo y pierde, quedando comprometido a viajar al pueblo de Tutupaka en seis meses. En su viaje atraviesa un mar con la ayuda de un cóndor y llega al pueblo, donde sigue las instrucciones del cóndor para enfrentar al diablo.

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TUTUPAKA LLAKTA

CUENTO ANÓNIMO.

O EL MANCEBO QUE VENCIÓ AL DIABLO

Había un joven que diariamente salía al camino a tentar fortuna


en los juegos de azar. Solía apostar tanto con los viajeros que
subían como con los que bajaban al pueblo. Tenía mucha suerte,
ganaba siempre y de esta manera conseguía dinero en
abundancia. Cierto día pasó un arriero arreando una
innumerable recua de las mulas cargadas. El joven lo detuvo y le
dijo:

—Juguemos una partida, señor.

—Juguemos para divertirnos —contestó el arriero.

Echaron los dados y jugaron. El joven le aventajó en un principio:


ganó las mulas, las cargas e, incluso, al propio dueño. Entonces el
arriero le propuso:

—Juguemos, nuevamente.

Y jugaron una segunda rueda. Esta vez el arriero fue el ganador


rescató las acémilas, las cargas y el dinero; el propio joven
resultó finalmente empeñado. El arriero le dijo entonces:

—Joven, ahora me perteneces. Te llevaré a mi pueblo.

Este arriero era el diablo que había tomado apariencia humana.


El joven ignoraba que era el propio Satanás y le contestó:

—No me es posible ir hoy mismo a tu pueblo. Te seguiré


inmediatamente después.
—Tú solo no podrías llegar a mi pueblo. Son tres meses de
camino. Mi ciudad se llama Tutupaka—le dijo el diablo:

—De todas maneras yo llegaré a tu pueblo —contestó el joven.

Entonces acordaron por escrito, muy claramente, que el joven


tenía seis meses de plazo para llegar a ese pueblo. Y el diablo le
advirtió: “Te mandarás hacer tres pares de sandalias de fierro y
un gran bordón de Llokke. Después caminarás tres meses
enteros hasta llegar a mi pueblo. Seguirás el camino guiándote
por las pisadas de mis mulas”. Cuando todo estuvo convenido
perfectamente, se despidieron.

El demonio, arreando sus acémilas, encaminose hacia su pueblo.


Como un inmenso cordón marchaban sus mulas en fila,
convirtiéndose el camino en polvo menudo que se levantaba
como una nube a la vista del joven, quien entonces comprendió
que había pactado con el propio diablo. El joven volvió al pueblo
y apenas ingresó a su hogar les dijo a sus padres:

—Padre mío, madre mía, hoy día jugué con el diablo y he


perdido. Hemos convenido en que llegaré a su pueblo dentro de
seis meses. Solamente tres que quedan para permanecer a
vuestro lado, mientras preparo mi largo viaje.

Los padres, queriendo oponerse, le dijeron:

—Es imposible que te vayas.

Pero el hijo repuso:

—De ninguna manera puedo quedarme. Debo marcharme como


sea— y, enseñándoles el pacto escrito añadió: —Aquí está el
compromiso escrito.
Desde ese día inició sus preparativos para el viaje. Se mandó
hacer tres pares de sandalias de acero y un bordón de madera de
llokke. También se mandó preparar buena cantidad de vituallas y
fiambres. El tiempo transcurrió rápidamente, cada mes pasó
como si fuera un día.

Sus progenitores, hasta el último momento, se obstinaron en


disuadirlo. A pesar de todo, al cumplirse el tercer mes, el joven
emprendió su largo viaje. Se despidió de sus padres y empezó a
caminar como si marchara hacia la muerte. Sus desconsolados
padres le decían:

—No podrás salir del infierno. Ya no volverás nunca.

—Regresaré si consigo vencer al diablo. Pero si no puedo


dominarlo, ya nunca volveré.

—les contestó el hijo al tiempo de alejarse.

Así fue como el joven anduvo y anduvo, noche y día, hacia el país
lejano, siguiendo los rastros dejados por las mulas. Pasaron cerca
de tres meses y apenas pudo llegar a la vista de un mar enorme,
en cuyas orillas desparecían las huellas de las bestias. En las
arenas de la playa se había borrado los vestigios de los cascos sin
que pudiera vislumbrarse hacia dónde seguían. Los tres pares de
sandalias de acero se habían gastado y hacía tres o cuatro días
que el joven caminaba sin probar alimento. En vano rastreó las
playas buscando las huellas de las acémilas del demonio, no
encontró ni una señal en las arenas. Entonces divisó a una señora
sentada con dos niñitos en la cima de un montículo próximo.
Uno de los pequeñuelos era algo mayor y el otro, parvulito. La
señora los distraía haciéndoles jugar cuando el viajero se acercó
y, después de saludarla, le dijo:
—Señora mía, permitidme una pregunta. ¿Hacia dónde queda el
pueblo de Tutupaka?

La matrona le respondió:

— ¿Con qué motivo buscas ese pueblo?

—Hice una apuesta con Satanás —dijo el joven caminante—. El


plazo que me dio va a cumplirse y si no llego en el término
indicado al pueblo de Tutupaka, el diablo me cargará en un carro
de fuego.

—Yo no conozco el pueblo de Tutupaka. Sin embargo, se lo


preguntaré a mi hijito, acaso él sepa dónde queda —dijo la
señora. Y efectivamente se lo preguntó al mayor de sus niños.

—Tampoco yo conozco ese pueblo —contestó el niño.

El hombre entonces se echó a llorar delante de la soberana


quien, según cuentan, era nuestra Señora.

—Decidme, madre mía, qué debo hacer en este trance —suplicó


sollozando el joven.

La señora, que no era una mujer común sino, según cuentan, la


propia Virgen, le ordenó a su niño:

—Hijo mío, has resonar por los aires la trompeta. Toca a reunión.
Tal vez han visto ese pueblo los que vuelan por las alturas.

Y el niño mayor sopló la trompeta; hizo resonar el instrumento


para que fuera escuchado por toda la región. Entonces llegaron
parvadas de pájaros, bandadas de avecillas poblaron la colina.

La soberana, después de contar todos los pájaros, preguntó a


cada uno:
— ¿Conocéis el pueblo de Tutupaka?

—No. No lo conocemos —respondieron las diversas avecillas.

—Entonces marchaos. Tan solo para eso fuisteis llamadas —dijo


la Virgen. Y volaron los pajarillos cortando los aires.

—Hijo mío, vuelve a tocar la trompeta —le ordenó la soberana a


su niño. Y el clamor de la bocina se extendió nuevamente por los
espacios, al impulso del aliento del niño. En seguida llegó una
multitud de gavilanes, águilas, gallinazos, cernícalos y toda clase
de aves mayores que pueblan y surcan los cielos. Sólo el cóndor
dejó de venir.

También a esas aves les preguntó la señora, luego de contarlas,


una por una:

— ¿En dónde queda el pueblo de Tutupaka? ¿Vosotras lo


conocéis?

Todas las diversas aves contestaron:

—No. Nunca lo hemos visto ni lo conocemos.

Y todas estas aves se marcharon, cuando la señora les dio


permiso diciéndoles: “se pueden ir”.

Luego, la Virgen ordenó nuevamente al niño:

—Toca la trompeta otra vez, hijo mío, toca a “llamada”. Hizo


resonar el niño la voz potente del caracol sonoro, haciéndolo
vibrar aún más alto. Entonces descendió el cóndor.

—Tú conoces el pueblo de Tutupaka? ¿Dónde queda ese pueblo?


—Le preguntó al mallku la soberana.

Y el cóndor habló:
—El pueblo de Tutupaka está muy lejos. Yendo por tierra son dos
meses de camino.

El pueblo de Tutupaka, mi soberana, es el pueblo del demonio.

Al oír tal noticia, el hombre se echó a llorar.

— ¡Qué haré ahora, oh madre mía! —le dijo a la señora—. Ya


que me encuentro en vuestra presencia, os ruego me ayudéis en
alguna forma.

Entonces la matrona le preguntó al rey de los aires:

-No dudo de que conozcas ese pueblo. ¿Cuál es el camino más


corto para llegar a él?

Y habló el cóndor:

—El demonio corta camino a través del mar. El mar para él es


cómo si se le extendiera un puente. Por allí transita. El camino
terrestre es muy largo. El océano se extiende a gran distancia.
Este joven se encuentra ahora justamente a medio camino. Y la
virgen le ordenó al cóndor:

—Mallku, conduce tú a este joven.

—Bien, mi soberana—dijo el cóndor.

La matrona les dio unos panes al mallku y al joven. Ambos


comieron pequeños trozos y se saciaron. Luego, la señora indicó
al joven:

—Este señor del espacio sabrá aconsejarte. Haz solamente


cuanto te indique— y al cóndor le dijo: —Ahora, cárgalo.

El mallku se echó al joven a las espaldas y le advirtió:


—Cierra fuertemente los ojos. De ningún modo debes abrirlos.
Cuando yo te diga y ordene “Mira”, entonces los abrirás.

Y así cargó al joven por los aires. Volando noche y día lo hizo
cruzar el gran mar.

Cortaron por el medio la inmensidad del océano. Estuvieron


volando tres noches y tres días completos. Al acabar la travesía,
el mallku le habló al joven:

—Abre los ojos y mira.

El joven abrió los ojos y vio que ya habían atravesado el océano.


El mallku descargo al hombre, lo hizo descender en la
inmensidad de una llanura sin fin. Luego le dijo:

—Aquello que divisas es el pueblo de Tutupaka.

Y cuando el viajero miró hacia donde el cóndor señalaba,


descubrió una población cubierta de un humo denso que
temblaba en la lejanía. Todos los edificios tenían techos de zinc y
reverberaban en lontananza. El mallku comenzó entonces a darle
avisos e instrucciones al joven:

— No ingreses al pueblo inmediatamente. Descansa primero en


este lugar. Allá reside tu contendor.

En ese instante vinieron tres niñas a bañarse en el mar. La


primera vestía de amarillo, la segunda de verde y la última de
color púrpura. El mallku continuó:

—Esas tres niñas que vienen son las hijas del demonio. La de
vestido verde se desnudará en la orilla. Observa con mucha
atención dónde deja sus ropas. Debes levantar su vestido sin que
te vea, mientras se está bañando. Esconderás muy bien ese
vestido verde y luego simularás no haber visto nada. Te echarás
encima del vestido mirando hacia otra parte. Después de
haberse bañado, ella saldrá y buscará sus ropas. Se acercará a ti y
te preguntará, pero tú nada confesarás. A lo sumo podrás
decirle: “No he visto ropa alguna”. Junto con su vestido estarán
sus anillos y un prendedor de oro de su blusa. Sacarás ambas
joyas y las enterrarás aparte. Ella volverá nuevamente a
interrogarte, cuando sus hermanas se hayan ido dejándola sola.
Insistirá en sus ruegos, diciéndote: “Entrégame mis ropas,
dámelas por favor. Yo sé que tú las tienes”. Y repetirá
apremiándote: “Devuélveme mis ropas, entrégamelas de todos
modos”. Ante sus exigencias, tú le revelarás el motivo de tu
presencia en este lugar y le dirás: “Tengo un compromiso
firmado con tu padre, por eso he venido. Hoy día se cumple el
plazo para presentarme ante él”.

Así le instruyó el mallku. Y todavía le dio nuevos consejos,


diciéndole:

—Luego le devolverás sus vestidos, pero no las alhajas. “Te


devuelvo tus vestidos con la condición de que en algo me ayudes
cuando esté en tu casa”, vas a decirle. La niña se retirará
entonces con sus prendas de vestir, diciéndote: “Pierde cuidado
que yo te ayudaré en lo que pueda. Cuanto me pidieres te lo
concederé”. Pero, todavía una vez más regresará. “Mis anillos
estaban dentro de mis ropas y los echo de menos”, ha de decirte.
Tú debes responderle: “Solamente he encontrado tu vestido,
ningún anillo he visto”. Nada más debes declarar. Entonces, para
que le devuelvas sus anillos, ella mencionará cierto asunto.

Solamente entonces debes hablar y haz un buen convenio.


También acerca de la ayuda que te prestará en su casa le
hablarás en ese momento. Cuando tengas segura su promesa, le
devolverás sus dos anillos. La otra joya no has de entregársela de
ningún modo.

Así le instruyó puntualmente el mallku y cuando hubo terminado


remontó el vuelo sobre las nubes.

El hombre permaneció en el mismo lugar, como le había dicho el


cóndor. Sin perderlas de vista, miraba embelesado a las tres
bellas niñas que llegaron hasta la playa, se desnudaron y,
dejando sus vestidos en la orilla, penetraron poco a poco en el
mar para bañarse. Se sumergieren casi hasta las profundidades
del océano; luego flotaron sobre las ondas y se divirtieron
jugando y nadando.

Mientras tanto, el joven, arrastrándose a gatas, ocultamente, se


apoderó del vestido verde. Hizo un bulto bien disimulado y
echándose encima permaneció tranquilamente, como si no
hubiera hecho nada, mirando en dirección opuesta.

Las doncellas, después de haberse bañado, salieron de las aguas.


Cada una fue a recoger su vestido. Dos de ellas se vistieron y la
otra se echó a buscar sus ropas. Las tres niñas se dieron cuenta
de que allí había un hombre. La que había perdido sus ropas se le
aproximó para preguntarle:

—Señor, ¿por casualidad has recogido mis ropas? Las dejé en la


orilla mientras entré a bañarme en el mar.

—No he visto ropa alguna —contestó el hombre—. Me he


echado aquí tan cansado que no podría haber levantado ningún
vestido.

La doncella volvió entonces al lugar donde dejara sus ropas y


continuó buscándolas, pero no las pudo encontrar. Sus dos
hermanas retornaron al hogar, mas ella fue nuevamente a donde
yacía el joven y le dijo:

—Solamente tú, señor, puedes tener mis vestidos. Te ruego que


me los devuelvas.

Te daré en cambio lo que me pidas.

El joven entonces le contestó:

—He firmado un trato con tu padre y hoy debo presentarme


ante él.

Y la niña le respondió:

—Ya sé quién eres. Esta mañana mi padre decía: “Un hombre


debía haber llegado hoy, pero aún no ha venido. Le aguardaré
hasta el anochecer, pero si no llega iré a buscarlo en un carro de
fuego”. Ese hombre debes ser tú. Yo velaré por ti en mi casa. Te
daré lo que pidas. Lo único que te ruego es que me devuelvas
mis vestidos.

A su vez el joven le suplicó:

—Yo también te ruego que me ayudes y favorezcas en todo lo


que tu padre me ordene.

La doncella prometió concederle al joven cuanto le demandara.


El joven, por su parte, le devolvió sus prendas.

Ella se retiró y se vistió. Ya vestida regresó donde el joven y le


dijo: —Dentro de mis ropas tenía dos anillos y un prendedor de
oro de mi blusa. Ten la bondad, señor, de entregarme esas
alhajitas.
—No he visto ningún anillo. Lo único que encontré fue el vestido
—dijo el joven y se cerró en no declarar nada más. La niña
insistió, lo apremiaba sobremanera, le decía:

—Tanto mi padre como mi madre me reconvendrán: “¿Dónde


dejaste tus joyas?

¿Dónde las has extraviado? Corre a buscarlas”, me dirán. Te


suplico devolvérmelas.

Pero el hombre se empecinó en negar todo:

—No he visto nada. No tengo nada.

La doncella entonces le propuso:

—Mira, me gustaría ser tu novia. Si me prometes casarte


conmigo, te protegeré de todo cuando estemos en mi casa.

El mozo, alborozado, le respondió:

— ¡De acuerdo!

Entonces la niña instruyó al mancebo de esta manera:

—Toma este anillo que te defenderá si algo ocurriera en mi casa.


Ven ahora tras de mí y entra a la habitación en que yo entre.
Luego hablarás con mi padre de esta manera:

“¡Señor, cuan fatigado llego aquí! ¡Qué lejos queda vuestra casa!
Pero he cumplido mi palabra y aquí estoy”. Así le hablarás. Y mi
padre te dirá: “Pasad, buen señor, sentaos y cenaremos”. A la
puerta principal, en un rincón, estará tendido un enorme perro
guardián llamado Ninassu. Junto a él te echarás a descansar. En
ese lugar te hará servir una opípara cena. Tú la recibirás, pero no
debes comerla. Se la darás al perro Ninassu. Luego, mi padre te
indicará: “Descansad en esta pequeña alcoba”. Tú te fijarás en un
aposento chico de puerta verde, que estará abierta. Las
habitaciones de otro color estarán cerradas. A una de ellas te
conducirá mi padre: “Hospedaos en esta alcoba”. “Disculpad,
gran señor, allí no puedo albergarme “, le contestarás y
franqueando la puerta verde te arrojarás en la cama. Sólo esa
cama has de aceptar y de ningún modo probarás los potajes que
te brinde. Yo me encargaré de llevarte alimentos por la noche y
entonces te diré lo que conviene hacer cada día.

Así le instruye puntualmente la niña y luego ambos se separaron.


La doncella tomó la delantera hacia su casa y el hombre la siguió
de lejos, sin apartarse ni un punto de sus huellas. Por la misma
puerta por donde ella ingresó también entró el hombre y se
tendió en el suelo.

— ¡Señor, cuan rendido llego! —dijo el joven al tumbarse en el


piso.

En el ángulo exterior de la mansión dormía echado un enorme


perro. Casi junto al animal se tendió el joven.

— ¡Oh, qué distante queda tu morada, mi señor! Pero al fin he


llegado, exactamente en el día que me citaste—dijo el viajero.

El demonio, que en ese momento estaba sentado a la mesa


dispuesto a comer, le contestó:

— ¡Ah! No hace mucho pensaba, observando el camino:


“¿Cuándo llegará ese joven?”

En seguida, le invitó, cortésmente:

—Entrad, señor. Sentaos y comeremos juntos.


—Poderoso soberano, no podré hacerlo pues estoy muy
fatigado. Dejadme descansar aquí —dijo, excusándose,
cortésmente el joven.

Entonces, el señor del Averno le mando llevar una cena


abundante al sitio donde se había echado. Le hizo servir una gran
variedad de potajes que el joven recibió con toda cortesía. Pero
el joven echaba el contenido de los platos al perro guardián,
quien en un instante lo devoró todo. El joven devolvió la vajilla,
fingiendo haberse servido.

—Mi soberano, os doy las gracias. Que nuestro Señor retribuya


vuestra generosidad

—Agradeció al devolver los platos.

El demonio hizo que sus criados retiraran el servicio, mientras el


joven continuaba tendido en un rincón junto a la puerta y
sigilosamente observaba cuál de las habitaciones estaba
totalmente abierta. Así vio el aposento de puerta verde abierta
de par en par, y las demás piezas totalmente cerradas.

Satanás le señaló una de las piezas y le dijo:

—Dormid aquí, señor, y descansad.

Entonces el viajero se excusó.

—Gran soberano, disculpadme que no pueda entrar en esa


alcoba cerrada. Os ruego hospedarme en este pequeño cuarto
que está abierto —dijo entrando de hecho al aposento. Y se
tendió a plomo sobre el pavimento.

Ante esta actitud el demonio no tuvo más que mandar una cama
a la habitación escogida por el mancebo. El huésped recibió la
cama, él mismo la tendió y se tumbó encima para dormir.
Por la noche, el demonio volvió a invitar al joven.

—Acompañadme, ahora. Sentémonos juntos y nos serviremos


una sopa —le dijo cortésmente.

—Perdonad, mi señor. Tengo un cansancio tan atroz que no


podré levantarme —se excusó el viajero.

—Está bien. Descansad y recobraos de la caminata. Ordenaré


que os lleven la comida a vuestra alcoba. Empero, mañana
temprano estaréis en pie para segarme una pequeña parcela. Un
sirviente os conducirá.

—Está bien, señor —contestó secamente el joven.

Esa noche, el soberano hizo que un criado le llevara al joven la


comida a su alcoba. Pero él no probó nada, sino que se la dio
toda al perro guardián.

A medianoche, la doncella hija del demonio ingresó a la alcoba


llevando alimentos.

El joven comió Io que le brindó la niña. Ella luego le preguntó:

— ¿Qué te ordenó mi padre?

—Me dijo que mañana debo segar un pequeño trigal adonde me


conducirá un criado.

— ¡Ah, ese trigal es inmenso! No acabarías de segarlo ni en diez


años. Mi padre es un tirano que te ha ordenado esto para
doblegarte. No sabemos qué otras cosas imposibles te ordenará.

— ¿Y cómo podré hacer ese trabajo tan grande? —preguntó el


mozo.

La niña le dijo
—A cambio de eI que tienes te daré este otro anillo, al que le
dirás: ¡Ay, sortijita, sortijita preciada! Quisiera ver este trigal
todo limpio, segado y tendido”. Dichas estas palabras, dejarás la
sortija sobre el trigal. Pero antes vas a cortar un poco de trigo, a
fin de que el guía te vea trabajando. Luego formarás gavillas; en
seguida colocarás la hoz en actitud de estar cortando la mies.
Después has de postrarte con la cara en tierra y la hoz de por sí
cortará toda la mies. Sólo tus oídos estarán escuchando el ruido
del alcacer cortado y nada más. Esa sortijita dirigirá la faena.
Cuando ya no se escuche el sonido de la hoz, levantarás la vista y
mirarás. Intencionalmente te quedarás todavía un tiempo en el
trigal.

Luego regresarás y en cuanto llegues a la mansión dirás: “Apenas


he podido acabar la siega, gran soberano. Era enorme la
extensión de tus trigales”.

Así instruyó la doncella al joven. Y cuando hubo acabado


durmieron juntos esa noche.

Al rayar la aurora, la doncella se fue a su propio dormitorio.

En seguida hizo almorzar al joven como acostumbraban los


peones campesinos y le alistó el fiambre. Las viandas del
demonio eran inmundas, pero la niña le llevó ricas comidas
aderezadas.

A la madrugada, el diablo hizo que un criado le llevara al joven el


desayuno al aposento donde había dormido. El joven recibió el
desayuno, pero lo echó al bacín, al tiesto de orinar. Se levantó en
seguida de la cama y salió.
En ese momento el demonio hizo que le dieran una hoz y que su
ordenanza lo llevara al trigal. Este ordenanza lo llevó sólo hasta
la orilla de los trigales.

—Esta es la cementera —le dijo, y se marchó.

El hombre aparentó cortar el trigo, sólo para ser visto por el


ordenanza, y entrecruzó las primeras gavillas.

Después, conforme a las indicaciones de la hija del demonio,


colocó la hoz como si estuviera segando la mies y repitió las
palabras mágicas que le enseñara:

— ¡Ay, mi sortijita, sortijita preciosa! Quisiera ver este trigal


tendido y segado con todo esmero.

Pronunciada la fórmula mágica, colocó el anillo sobre la gavilla


recién cortada.

El trigal aparecía ante sus ojos como una extensión enorme,


inacabable, que cubría lomas y quebradas. A pesar de todo, se
tendió cara al suelo. De por sí, la hoz comenzó automáticamente
a cortar la mies y el joven creía escuchar a una multitud
trabajando.

Percibía el ruido particular de la paja que se siega.

Poco tiempo duró la siega. Cuando hacía un buen rato que el


sonido de las hoces se había silenciado, el joven levantó la cara y
se puso a observar. Todo estaba segado con un corte parejo y
hermoso. El anillo permanecía donde lo había dejado. Con cierto
respeto reverente, el joven lo levantó:

“Era cierto cuanto me dijo la niña”, pensó. “De todos modos


tengo que casarme con ella”.
Prosiguió cavilando un momento:

“Me quedaré aquí sin hacer nada, porque si vuelvo en seguida el


soberano me diría: “¿Tan rápido has terminado?”

Así se enfrascó en sus meditaciones durante un buen rato


cuando, de pronto, apareció una carta delante de él. La levantó y
la leyó. La hija del demonio le enviaba un mensaje urgente.
Cuando hubo terminado de leerlo, optó por quedarse en el lugar.
Solamente al atardecer regresó a la casa y se presentó ante el
soberano.

—Concluí, señor, la siega que me ordenaste. Era una inmensidad


tu sementera y difícilmente he acabado —le dijo.

—¿Pudiste acabar? Cuidado con mentirme —dijo preocupado el


señor.

—Manda si quieres un emisario para que lo compruebe —repuso


el joven.

—Así que. . . —dijo Satán asintiendo dubitativamente—. Mañana


alistarás la era y reunirás allí la cosecha.

—Está bien, mi señor —contestó el joven.

Esa noche, cuando todos se habían retirado a dormir, la niña


volvió a visitar al joven en su alcoba y le preguntó:

—¿Hiciste todo lo que te dije?

—Sí. Así lo hice —dijo el joven—. Todo lo que indicaste se


realizó: el trigo quedó totalmente segado.

La niña le preguntó nuevamente:

— ¿Qué tarea te ha señalado mi padre para mañana?


—Me dijo que prepare la era y que junte allí la mies.

La niña entonces volvió a darle avisos e instrucciones:

—Toma nota, atentamente. Pedirás mañana dos sogas, pero que


sean muy largas. Has de pedir eso y todo lo necesario para
aventar la mies. Mi padre se opondrá, diciendo:

“¿Para qué necesitas tantas cosas?” “Nosotros en nuestro


pueblo no trabajamos sin estos utensilios”, vas a responderle.
Sólo entonces te darán lo que hayas pedido y podrás marchar a
la era, donde alistarás ese lugar para iniciar el trabajo, sin omitir
nada. Cuando estén dispuestas todas las herramientas agrícolas,
como para empezar la faena, dirás: “¡Ay, mi anillito! ¡Sortija
preciosa! Desearía ahora que la era quede hecha, totalmente
acabada”.

Dichas estas palabras, te postrarás en tierra y al cabo de un rato


observarás el campo. La era estará totalmente pareja, como una
linda llanura. Entonces estirarás las sogas como para cargar.
Sobre las sogas pondrás unas gavillas, luego dirás esto: “¡Ay,
sortijital ¡Joya preciosa! Quisiera ver ahora todas las gavillas de
trigo hacinadas sobre la era, en perfecto orden”. Así has de
proceder —dijo finalmente la niña y se echó a dormir junto al
joven.

Al día siguiente, a la madrugada, la niña le sirvió el almuerzo a su


amante, según es costumbre entre los campesinos. En ese
momento. Satanás comenzó a llamar desde su habitación:

—Sírvanle el desayuno a ese hombre. Tiene que irse a trabajar la


era —dijo con voz enérgica.

Los criados le llevaron el desayuno al forastero, quien les pidió


los instrumentos para el trabajo.
—Dadme cuanto es menester para la faena. Además necesito
dos sogas, las más largas que haya —les dijo.

Los criados volvieron donde el demonio.

—El forastero pide dos sogas, las más largas que haya —le
dijeron.

—¿Para qué necesita tantas cosas? —dijo Satán.

—Ha dicho que así acostumbran trabajar en su tierra —le


informaron.

Entonces Satanás ordenó a uno de sus súbditos:

— ¡Qué importa! ¡Dadle lo que pide!

Así fue como le entregaron al joven todos los utensilios agrícolas


que pidió. Apenas los hubo recibido, se dirigió al trigal. Habiendo
llegado a la cima donde estaba la era, comenzó a disponer las
herramientas para aventar la mies y religiosamente acomodó en
el suelo el anillo mágico. Se postró en tierra y pronunció el
sortilegio:

—¡Ay, anillito, linda joya! Desearía en este momento que esta


era aparezca toda igualita, trabajada al ras.

A los pocos instantes, cuando el joven se levantó, el campo de la


era estaba maravillosamente igualado y hermoso.

El joven acomodó entonces las sogas como para liar los tercios
de trigo. Y pronunció la fórmula mágica:

—¡Ay, sortijita, sortijita preciada! Quisiera en este instante que


todas las gavillas de esta sementera queden hacinadas sobre la
era en perfecto orden.
Luego se postró en tierra. Y sus oídos percibieron que las gavillas
eran levantadas con el sonido propio de la mies que se lía, carga
y traslada. A los pocos instantes, cuando se acallaron los ruidos,
el hombre se levantó y con gran sorpresa pudo contemplar la
mies perfectamente hacinada en la era. Luego, con sumo
respeto, recogió la joya prodigiosa.

El joven comprobó que aún era muy temprano. Entonces apreció


delante de él, en la misma chacra, una misiva de la niña, cuyo
texto decía: “Mi padre ha enviado ocultamente un observador.
Ponte a trabajar y no te quedes sentado”.

Advertido de esta manera, el hombre hizo ademán de espigar los


tallos caídos en el campo. Un comisionado había llegado a
espirarlo. Pasado un buen rato, cuando el joven había recogido
parte de las espigas desparramadas, el comisionado se marchó
en busca de Satán y le dijo: “Ese peón está trabajando”.

También el joven regresó a la mansión de Satán. Cuando éste lo


vio, le preguntó:

— ¿Has terminado tu trabajo? ¿Has acabado tu tarea?

—La he acabado, señor. Aquí te devuelvo los utensilios agrícolas


que me diste.

Y sin decir más, ingresó en su aposento, para echarse en su


lecho. El dueño de casa ordenó que le llevaran los alimentos. El
los recibió como para comerlos, pero todo se lo dio al perro
Ninassu. No probó absolutamente nada. Esa noche, el demonio
se acercó a su puerta y le ordenó:

—Mañana llevarás las bestias para pisar el trigo.

Con indiferencia, le contestó el joven:


—Está bien, señor.

A medianoche, cuando todos se habían acostado, la niña visitó al


huésped llevándole sus alimentos. Después de haberle servido, la
niña le preguntó: — ¿Qué te ha ordenado mi padre que hagas
mañana? —Me ha dicho que vaya a trillar con las bestias —le
dijo el joven.

A esto la niña respondió:

—Te será impasible arrear las bestias. Te matarían, pues son muy
chúcaras. Tienes que pedir que lo haga mi anillito. Primero
abrirás la puerta del corral de los caballos y en esa misma puerta
has de decir: “¡Ay, anillito, anillito! Ahora deseo que estas bestias
aparezcan en la cima de la era”. Cuando estén allí los animales,
levantarás unas cuantas gavillas. Esparcirás en círculo esa
porción de siega en medio de la era y dirás: “¡Anillito, anillito!
Quisiera ahora que esta mies sea desparramada uniformemente
y quede lista para ser trillada por los animales”.

Luego dirás: “ ¡Ay, anillito, anillito! Ahora quisiera que este trigo
se amontone como para ser aventado”. Y cuando el grano ya
esté como un montículo, dirás:

“ ¡Anillito, anillito! En seguida quisiera que estos animales


vuelvan a su corral”.

Después de que lo hubo aleccionado en esta forma, la niña y el


joven se acostaron juntos.

A la madrugada, la niña le dijo al joven:

—No debes comer ni un bocado ni probar las viandas de mi


padre. Mientras permanezcas en esta casa solamente yo debo
servirte. Si acaso comieras el alimento de mis progenitores, mi
padre te ¡dominaría.

Prevenido de esta manera, el joven le preguntó:

— ¿No sería posible que yo te visitara en tu dormitorio?

—No. Mis hermanas se darían cuenta y se lo contarían a mis


padres. Nuestros padres no quieren casarnos jamás. Quieren
conservarnos solteras toda la vida. Los padres de este pueblo
proceden así con sus hijos. Por eso yo deseo casarme contigo. Ya
llega el momento de irnos a tu pueblo y bien puedes ver cómo te
cuido y te ayudo.

—Estoy de acuerdo en todo contigo. No es posible que tú, que


tanto me cuidas y me atiendes, dejes de ser mi esposa.

Solamente de esto hablaron hasta el amanecer, hasta el primer


canto del gallo.

Esa mañana, la niña le sirvió a su amante un almuerzo


extraordinario. Cada mañana lo atendía con el mismo esmero y
nunca se olvidaba tampoco de su fiambre diario. Le hacía comer
opíparamente las mejores viandas y le brindaba al mancebo
amorosos cuidados.

En ese momento, el demonio llamó desde su habitación.

—Llevadle el desayuno a ese hombre —ordenó a sus siervos—.


Debe salir a trillar.

¡Daos prisa! —recalcó, todavía.

Los criados se apresuraron en llevarle el desayuno y le dijeron al


joven:

—Dice el amo que debes salir al momento para la trilla.


Prestamente se levantó el joven de su cama. Al mismo tiempo se
levantó también Satanás y, tomando una horqueta, se la entregó
al joven y, por escoba, le dio una maraña de alambres de largas
púas, provista de un grueso mango.

—Yo no puedo trabajar con esta escoba que es un enredo de


alambres de púa

—Refunfuñó el joven—. Dadme una escoba corriente de paja —


le pidió enfadado. Y Satán tuvo que darle una horqueta normal,
una escoba corriente y un aguijón.

Cargado con estos utensilios, el joven se fue a la caballeriza,


abrió la puerta y repitió el ensalmo:

— ¡Ay, anillito, anillito! Quiero que estas mulas aparezcan al


instante encima de la era.

Apenas pronunció el conjuro, las mulas comenzaron a marchar


en fila, de una en una, por sí solas. Como un cordón
ininterrumpido que se desenrolla, trotaron directamente a la
cima de la era. A buena distancia, el mozo iba en pos de los
animales.

Rápidamente habían llegado las mulas a la era; en seguida llegó


también el joven.

Con ambos brazos levantó una porción de trigo, lo esparció en


círculo y devotamente colocó en el suelo el anillito.

— ¡Ay, sortija, anillo precioso! —le dijo—. Quisiera ver en este


momento que todo el trigo hacinado de esta era se esparza
uniformemente a la redonda para ser pisado y trillado por las
mulas.
Después, se postró con el rostro en tierra y sus oídos escucharon
que el rastrojo desparramado silbaba, gritaba.

Cuando al cabo de un momento el joven se irguió, pudo ver el


trigo totalmente desparramado en la redondez del llano. Colocó
entonces la horqueta como para levantar las gavillas. Puso la
escoba en actitud de barrer y después de hacer girar un latiguillo
en el aire, lo colocó en el centro de la era. Luego pronunció la
fórmula del hechizo:

—¡Ay, sortija, sortija linda! Deseo que en este instante la mies


sea pisada y desmenuzada completamente por las mulas —dijo.

En seguida se echó en tierra, detrás de unas matas de paja,


mientras ingresaban las mulas a pisar el trigo. Lo mismo que en
las eras donde pisan muchos animales, así se escuchaba el crujir
y gemir de las espigas bajo los cascos de las mulas. Como un
griterío se quebraba el rastrojo en todo el inmenso ámbito del
llano. Transcurría la trilla como si en loca algazara unos seres
invisibles estuvieran incitando a las bestias a trotar sobre la paja.

Solamente los oídos del hombre percibían esto.

Luego, todo enmudeció. Después que el silencio se hizo patente


por un largo espacio, el hombre levantó la cabeza, detrás de las
pajas de su escondite, y vio que el cereal estaba completamente
desmenuzado y que las acémilas, apeñuscándose, entropadas,
permanecían quietas de cansancio al margen de la era. Entonces
le habló nuevamente al amuleto:

—Oh, sortija, sortijita, linda! Cómo quisiera que en este


momento esta mies pisada se reúna en un solo montón, lista
para ser aventada. Y se arrojó en tierra. Sus oídos atentos
escucharon el juntarse y amontonarse de la mies barrida.
Cuando levantó la vista apareció la mies amontonada ante sus
ojos. Era un cerro hermoso y colosal, semejante a los inmensos
cúmulos de las dunas. Y reiteró la frase ritual ante el amuleto,
para que las acémilas volvieran a su caballeriza:

—¡Oh, anillito, anillo! Desearía que en este momento las mulas


vuelvan y lleguen sin novedad a su lugar.

Como una exhalación, alargándose en fila como un cordón


infinito, se dirigieron los animales por el camino que llevaba a la
cuadra. El hombre permaneció en la cima donde se había
realizado la trilla. Mucho después volvió a su alojamiento.

El demonio estaba a la entrada de la mansión y el joven le dijo:

—Ya he acabado, poderoso señor. Hice trillar el trigo


completamente, con mucho esmero ha sido pilado y las gavillas
están totalmente desmenuzadas.

—¡Formidable! —Exclamó Satán-. Pero mañana te toca aventar


el trigo. Lo trasladarás en las acémilas sin desperdiciar ni un solo
grano.

—Perfectamente, gran soberano y señor —contestó el joven, sin


añadir nada más.

Por la noche se entregó al sueño, hasta que la joven diablesa le


llevó la cena y le dio de comer. Mientras comía le niña le
preguntó:

— ¿Qué te dijo hoy mi padre?

—Me ordenó que vaya mañana a aventar el trigo.

—Imposible que puedas aventar solo tanto trigo. Pero pierde


cuidado, el anillito hará todo el trabajo. Le suplicarás de esta
manera: “¡Oh, anillo, anillito! Quisiera que este trigo sea
aventado y quede muy limpio y puro”. Pedirás también otra
escoba y colocarás ambas escobas en actitud de estar barriendo.
Introducirás las dos horquetas por ambos lados del trigo
acumulado. No tienes sino que implorárselo al anillito, la joya se
encargará de hacerlo todo.

Mientras conversaban así, la niña y el joven se quedaron


dormidos.

Muy temprano, a la madrugada, la joven alistó prontamente un


buen almuerzo para el joven y se lo sirvió. No se olvidó tampoco
de ponerle el fiambre para el refrigerio.

Al amanecer. Satán comenzó a llamar desde su lecho:

—Que inmediatamente vaya ese hombre a aventar el trigo.


Dadle el desayuno —gritó desde el interior de su alcoba.

—Dice el amo que vayas en seguida a aventar el trigo —le


dijeron al joven los criados, mientras le servían el desayuno.

El joven les pidió:

—Tenéis que darme otra horqueta y una escoba más.81

Perú, Cuento Popular

Cuando le entregaron lo pedido, el hombre se echó al hombro


ambos instrumentos y se alejó.

Una vez llegado a la cima de la era, colocó una escoba a cada


lado del cereal desmenuzado y metió a ambos lados las
horquetas. Al medio acomodó en el suelo la piedra ara. Encima
puso el anillito.
— ¡Oh anillo, anillito! Hoy te suplico que aparezca este trigo
limpio y puro, completo y esmeradamente aventado —pidió a la
prenda.

Y prestamente se arrojó en tierra. Entonces se suscitó un viento


vehemente que soplaba sin parar. Sus oídos escucharon la mies
aventada al compás del aire que rugía.

Pasado un buen tiempo, todo calló. El joven contempló la era:


ante su vista se extendía el grano dorado, fruto excelso y
hermoso, completamente limpio y puro. El cereal aventado
parecía un cerro o collado enorme. Con profunda reverencia, el
joven levantó su anillito. Y volvió a mirar la ingente cantidad de
trigo. Parecían pequeños granos de pedrusco, cual arena
escogida. Tomó el hombre una porción del noble cereal en
ambas manos y lo llevó como muestra a Satán. Ingresó a la
mansión y le dijo al señor:

—Ved aquí un trigo excelente, todo de primera. He concluido


con esmero mi trabajo.

Satanás por toda respuesta le ordenó:

—Corre ahora trasládalo en las acémilas.

Al decir esto, le entregó costales, una aguja de arriero y pitas


para coser. Los costales sumaban millares.

Un solo costal era tan grande como para que dos hombres lo
abrazaran. El joven probó su peso y no pudo levantarlo solo.
Entonces dijo a Satán:

—Hoy no podría transportarlo todavía. Me he cansado


aventando el trigo. Mañana podré hacer esta tares.

Satanás asintió.
Esa noche le consultó a su amante:

—Mira lo que me ha ordenado: que trasladara en acémilas el


trigo. ¡Cómo podría haber cargado tanto cereal! Al no saber qué
hacer no le obedecí.

La amante lo asesoró y le dijo:

—Mañana por la mañana, muy de madrugada, aun antes de que


la servidumbre esté en pie, cargarás los costales en las mulas.
Únicamente tienes que suplicarle al anillito diciéndole:

“¡Oh, anillito, anillo! Quisiera que en el acto y ordenadamente


estos costales sean cargados en las mulas”. Verás cómo el anillito
se encarga de hacerlo. Luego volverás a pedirle así:

“¡Oh, anillo, anillito! Quisiera que en seguida todas estas bestias


aparezcan en el campo de la era”. Y cuando hayan llegado al
lugar indicado dirás: “¡Ay, anillo, anillito! Que todo el trigo sea
prestamente vertido en los costales traídos por las mulas”.
Cuando el grano esté ya encostalado, ensartarás un piolín en la
gran aguja y la meterás en la boca de uno de los sacos como si
estuvieras cosiendo y dirás nuevamente: “¡Oh, anillito, anillo!
Ahora desearía que estos costales sean muy bien cosidos con
esta aguja y esta pita”. Cuando todos los costales estén cosidos,
dirás: “¡Oh, anillito, anillo! Ahora desearía que estos sacos sean
cargados al lomo de las mulas”. Y cuando los sacos hayan sido
cargados, pedirás una vez más: “¡Oh anillito, anillo! Quisiera que
en este instante las mulas cargadas se encuentren ante la
mansión, sin faltar ni una, antes que el dueño o la servidumbre
hayan salido y que en cuanto vayan llegando descarguen en un
ángulo de la puerta principal todos los sacos”.
Así pedirás, más el primer costal tienes que cargarlo tú mismo en
una de las mulas. Las bestias se resistirán, te morderán,
procurarán desgarrarte las carnes, te darán coces y te
zarandearán corcoveando. A pesar de todo, tú tienes que echarle
la carga a una de las primeras mulas: No te olvides de pedir
mañana todas las sogas necesarias.

Efectivamente, cuando llegó la mañana, muy de madrugada,


como le había indicado la niña, el joven ingresó a la cuadra.
Escogió el saco más pequeño e intentó cargarlo en una de las
acémilas. Las bestias se alborotaron; lo mordisquearon
procurando desgarrarle la carne, le largaban coces y le daban
manotadas como para arañarle. A pesar de todo,
dificultosamente consiguió cargar una mula y arreó hacia la
puerta a todas las demás, aunque porfiaban en resistir. Entonces
le suplicó al anillo:

— ¡Oh, anillo, anillito! Quisiera que en este momento todos los


costales sean cargados en el lomo de las acémilas.

Sin ninguna dilación, apenas pronunciado el ensalmo, los sacos


estuvieron cargados sin faltar ninguno. Y dijo el joven:

— ¡Oh anillo, anillito! Es mi deseo que todas estas acémilas se


encuentren en la cima de la era.

Alargándose en fila, como si fueran un cordón interminable, las


mulas se encaminaron a la cima de la era. Tan pronto hubieron
llegado, el joven repitió la fórmula secreta:

— ¡Oh, anillo, anillito! Quisiera ahora que estos sacos se llenen


con el trigo puro como arena escogida.

El joven no hizo sino ocultarse tras una mata de árnica que por
allí crecía, cuando sus oídos empezaron a escuchar el rumor del
trigo rellenando los costales. Cuando alzó los ojos, ya todos los
costales estaban repletos del cereal. Rápidamente ensartó
entonces un cordel a la aguja de arriero, le dio unas puntadas a
la boca de un costal y repitió la fórmula mágica:

— ¡Ay, anillito, anillito! Ahora te pido que todos los costales sean
cosidos.

Dichas estas palabras se escondió y, tras unos minutos, cuando


volvió a mirar, las bocas de todos los sacos estaban cosidas. Y
pronunció el siguiente ensalmo:

— ¡Oh, anillo, anillito! Quisiera ahora que todos los sacos, sin
faltar uno, sean cargados en las mulas.

Rápidamente volvió a ocultarse y al poco rato cuando alzó la


cabeza para mirar, vio a todas las mulas con su carga, paradas
pero inquietas. Entonces le rogó nuevamente a la sortija:

— ¡Oh, anillo, anillito! Quisiera que estas mulas cargadas lleguen


sin novedad a la casa. Que antes de que el señor ni nadie las
observe, por sí sólitas se descarguen. A medida que hayan
retornado, que los costales sean apilonados en un ángulo del
portón principal.

Dicho esto, se tendió en el suelo. Pasados unos instantes, alzó la


cabeza para mirar y no vio a las acémilas que ya habían
retornado. Inmediatamente, él también se marchó, corrió
apresuradamente. Cuando llegó a la casa, todas las mulas
estaban tranquilamente paradas en la puerta exterior, ya
descargadas. Los costales llenaban todo el ancho de la puerta.
Felizmente Satán no había visto el arribo de los animales y el
hombre pudo acercarse al señor de los Avernos para decirle:

—Mira, señor, que ya he trasladado el trigo en las acémilas.


—¿Qué? Puedes entonces descargarlo —contestó Satán.

—Ya lo descargué —contestó el hombre.

Satán salió entonces a la puerta para echar un vistazo. El trigo


estaba apilonado en incontables costales. Revisó unas muestras
del cereal y calladamente volvió a entrar a la casa en busca de su
mujer, quien era una diablesa vieja

—No comprendo cómo este joven ha podido hacer en cinco días


todo lo que le ordené —le dijo Satán.

La mujer respondió coléricamente y reconviniéndole:

—¿Para qué llamas a cualquier clase de gente? ¡Verás cómo te


domina!

Satanás se puso a reflexionar. “¿Esta vez qué puedo ordenarle?


¿Cómo voy a aventajarlo?”, se repetía a solas. Llamando al
forastero, le dijo:

—Mañana por la mañana, terminado el desayuno, nos iremos


todos, incluso los criados, a bañarnos en eI mar. Entretanto, tú
trabajarás y en el centro de este patio formarás un jardín, con
sus asientos y sus veredas, con una fuente de agua que salte por
siete ojos y con las más variadas y bellas plantas en plena
floración. Convertirás este espacio en un fresco campo de
intenso verdor.

—Bien, mi señor —contestó el joven con sequedad.

Pero, apenado en su interior, se decía: “¿De dónde podré sacar


agua: ¿De qué manera procederé?.

Así anduvo tristemente durante todo el día. Ya en la noche, su


amante ingresó en la alcoba llevándole la cena y le preguntó:
—Qué dice mi padre? ¿Qué orden te ha dado?

—Me ha dicho: “Edificarás un jardín. Acabado el desayuno,


después de haber mascado la coca, todos los moradores de esta
casa iremos de paseo a bañarnos en el mar y retornaremos para
el descanso vespertino. En ese lapso debes concluir el jardín que
tendrá un surtidor de agua con siete ojos, toda suerte de plantas
escogidas en plena floración, el campo libre, cubierto de un vivo
pasto verde, con senderos y asientos para descansar. Si no
hicieras este trábalo, te habré vencido”.

La niña le dije, consolándole:

—No tengas pena. De todas sus órdenes la más fácil de cumplir


es ésta.

—Dime entonces qué debo hacer —le respondió el joven.

—Te daré este otro anillo en cambio del que tienes —dijo ella.

El joven y la niña trocaron los anillos y ella le instruyó de esta


manera:

—Mañana, apenas hayamos salido; debes cerrar muy bien la


puerta porque mi padre puede regresar adrede, pretextando
haberse olvidado de algo sólo para ver cómo te las arreglas.
Cerrada la puerta, barrerás el suelo, trazarás los senderos
marcándolos con estaquitas, ubicarás los lugares de los asientos
y el sitio por donde ha de saltar el agua, sin omitir detalle. Luego,
colocarás el anillito en el centro del patio y le dirás: “¡Ay anillito,
anillo! Deseo que en este ámbito aparezca un hermosísimo
jardín, con toda clase de plantas preciosas en plena floración”.
Dicho esto te irás de un brinco a tu habitación donde te
encerrarás herméticamente. Solamente saldrás cuando escuches
el rumor del agua. Luego abrirás las puertas de entrada a la casa
y, aparentando darle los últimos toques a tu obra, te quedarás
hasta el momento en que toda la familia regrese. Por todo el
ámbito del jardín puedes pasearte a tu gusto.

Acabadas las instrucciones, ambos amantes se acostaron juntos y


durmieron toda la noche.

Al día siguiente, Satanás hizo que desayunaran todos para


dirigirse en seguida hacia el mar en un solo grupo. Antes de salir,
le encargó al joven:

—Harás puntualmente todo lo que te he ordenado, pero ten


presente que si no lo hicieras, he de arrojarte al fuego para que
te achicharres.

Hecha esta advertencia, Satanás se unió al grupo y todos se


marcharon. Sin esperar más, el joven cerró las puertas, siguiendo
los consejos de su amante. Barrió y aseó todo el patio, trazó los
senderos, señaló los sitios de los bancos y de la fuente y una vez
hecho todo esto colocó en el piso el anillito prodigioso, devota y
reverentemente, y pronunció la fórmula de ritual mágico:

— ¡Oh, anillo, anillito! Que en este instante aparezca en el patio


de esta casa un bellísimo jardín todo florecido de las más
diversas y hermosas flores con sus senderos para pasear, sus
bancos para el descanso y una fuente de aguas vivas que brote
de siete ojos.

Dicho esto, se metió de un brinco en su aposento, donde se


encerró firmemente. Al cabo de un rato escuchó el agua de la
fuente de los siete ojos que escapaba a chorros, que salía
gritando.

El joven entreabrió la puerta y miró ávidamente. ¡Oh, maravilla


para sus ojos! El patio se había convertido en un bellísimo jardín;
las flores polícromas, en toda su lozanía, resplandecían al sol y el
verdor en la grama reverberaba. Manaba el agua de la fuente y
mojaba como rocío las plantas del jardín haciéndolas todavía
más hermosas.

Lo primero que hizo el joven, apresuradamente, fue abrir la


puerta principal de la mansión. Luego se dedicó a pasear entre
las flores del bello jardín. En ese momento, el demonio, después
de su baño marino, regresaba charlando con su mujer, a quien le
decía:

—¿Habrá hecho ese joven lo que ordené? Seguramente no ha


podido. De qué medios podría valerse, de dónde sacaría el agua.
Esta vez sí que lo he derrotado. Ahora sí lo arrojaré al fuego
devorador.

Así hablaba el rey de Tutupaka con su mujer cuando ingresó a su


mansión y vio al joven que se paseaba Entonces le dijo:

—¡Hola! ¿Has hecho ya lo que te ordené?

—¡Vedlo! Ahí tenéis el jardín —contestó el joven.

Al ver esa maravilla, Lucifer se moría interiormente de rabia. Su


esposa y sus hijas observaron la obra con indiferencia. Flores
delicadas, raras y preciosas realzaban el jardín, un verdor intenso
trillaba en todo el espacioso patio de la señorial mansión.
Silencioso y mudo el amo de Tutupaka se dirigió a su aposento.
Comió con su esposa y sus hijas e invitó cortésmente a joven a
que pasara:

—Entrad. Esta vez de todas maneras comeremos juntos.

—Disculpadme, pero me encuentro cansado. No puedo


permanecer sino recostado.
Tanto trabajo me habéis dado que me siento completamente
rendido —dijo el joven declinando la invitación.

Con este pretexto entró a su aposento y fingió recostarse en la


cama. Satanás se vio obligado a mandarle la comida con un
criado.

Su mujer le recriminaba a Lucifer de esta manera:

—¡Cómo te jactabas tú diciendo “Ya lo dominé, voy a hundirlo


sin remisión en el fuego abrasador”! Dime, ¿a quién has
dominado? Más bien él, te ha vencido.

Satanás, sonrojándose, no profirió ni una sílaba. Parecía triste y


asustado. —Con alguna de nuestras hijas debe haberse
entendido; por eso te ha derrotado hasta ahora

—continuó reconviniéndole la mujer.

Ocultamente, la amante del joven escuchaba cuanto decía su


madre. El demonio, entretanto, pensaba para sí. “¿Cómo podré
conocer la razón de que hasta ahora no haya podido yo
doblegarlo?”.

La mujer convino, entonces, en la siguiente propuesta de su


marido:

—Lo haremos bailar con nuestras hijas, él y ellas con los ojos
vendados. Así descubriremos cómo ha conseguido vencernos
hasta ahora. Mañosamente los haremos bailar en el jardín que
ha edificado y le diremos: “Te desposaremos con aquella de
nuestras hijas que consigas coger casualmente, sin hacer uso de
ninguna treta”.

Y el marido continuó diciendo:


—A las hijas nada les diremos, entre ellas pueden ponerse de
acuerdo.

Aquel día nada, pues, les dijo Lucifer. Apaciblemente se paseaba


por el jardín. Nada le ordenó tampoco al joven y sólo se concretó
a decirle:

—Tu obra ha quedado muy bonita. Me parece perfecta. Hoy día


puedes descansar.

A medianoche, cuando ya todos se habían retirado a dormir, la


niña se dirigió al aposento de su amante llevándole la comida y le
preguntó:

— ¿Qué te ordenó esta vez?

—Nada me ha ordenado. Solamente ha dicho que descanse.

—Debes saber lo que mi padre y mi madre han tramado. En el


jardín que has edificado nos harán danzar a ti y a nosotras tres,
sus hijas. A ti han de colocarte a un lado y a nosotras al otro y te
dirán que has de casarte con aquella que casualmente tropiece
contigo.

De esa manera piensa conocer la razón de que hasta ahora tú no


te hayas doblegado ante mi padre. Así lo han acordado, pues mi
madre sospecha que tienes relaciones conmigo, aunque mi
padre no piensa lo mismo. Pero tú no has de ser tonto. Cuando
estemos bailando, si chocamos casualmente, yo te daré un
empellón; entonces tú me agarrarás sin soltarme y dirás: “Con
esta tu hija me casaré”. Y no me soltarás por nada, te sacarás
inmediatamente la venda porque, si no te la sacas, mi padre
aprovechará que estás con los ojos vendados para lanzarte al
báratro ardiente, donde los condenados rechinan eternamente.
Mi padre se disculpará diciendo: “¡Aja! ¿Con que tú querías
casarte con mi hija?”, y te empujará al fuego. En cambio, si
chocas con cualquiera de mis hermanas, ellas no te darán ningún
empellón como señal y tú no cogerás entonces a ninguna de
ellas.

De esta manera, detalladamente la niña aleccionó a su amante y


esa noche durmieron juntos.

Al día siguiente, Satán hizo llamar a los juglares, tañedores de


quenas y de pífanos.

Hizo venir también al joven y sus tres hijas y les dijo:

—Hijas mías, vais a danzar ahora con este joven. Aquella de


vosotras que mientras esté bailando choque casualmente con él,
con él se casará.

Esta fue la disposición del señor de Tutupaka.

—Bien, gran soberano. No tengo ningún inconveniente —se


concretó a responder el mancebo.

Como había sido dispuesto, los juglares, músicos y cantores


empezaron a entonar sus canciones. Los instrumentos tañían un
aire de danza. Satán vendó los ojos de los cuatro bailarines,
luego colocó a sus tres hijas en un extremo del jardín y al
adolescente en el otro y dio la señal de iniciar la danza.

Las tres niña; solteras se divertían danzando hasta que


casualmente el joven chocó con la mayor, pero ella no le hizo
ningún caso. Continuó la ronda y chocó con la menor, pero
tampoco ella hizo nada. La segunda de las hijas pasaba y volvía a
pasar delante del joven en una serie de figuras de danza. En uno
de sus pasos artísticos la niña chocó con el joven y lo empujó
entonces violentamente. El muchacho la agarró sin dilación y sin
soltarla, se quitó rápidamente la venda de los ojos. Luego gritó
triunfalmente:

— ¡Con esta hija tuya voy a casarme!

El demonio, perplejo, enmudeció. Al cabo de un buen rato dijo


desganadamente.

—Está bien, así sea.

La vieja diablesa se moría de rabia. En su interior se decía: “Este


viejo tonto se ha hecho dominar también en esto”.

El joven no soltaba por nada a la niña. El demonio arguyó


todavía:

—No podrás casarte de inmediato con mi hija. Tengo que


pensarlo.

—De acuerdo-asintió el joven.

La hija fue encerrada en su dormitorio con candado por el


demonio. Entretanto, sentado en su habitación y a solas, el joven
rumiaba diversos pensamientos en su mente y se decía: “Ella ya
no podrá salir”. A pesar de todo, muy entrada la noche, la niña
ingresó al aposento del joven y dijo:

—Conseguí escaparme. En este momento mis padres cambian


pareceres. Mi madre dice: “Viejo inútil a nuestra propia hija la
llevas por mal camino. ¿Qué nuevos ultrajes permitirás que te
haga? Mi padre, entretanto, piensa de qué manera podrá
sojuzgarte.

Pero falta poco más bien para que tú lo sojuzgues a él. Por mi
parte, estoy planeando minuciosamente la forma de escaparnos.
Y he tomado nota cuidadosa de los tesoros de mi padre.
Después de convenir en sus propósitos de huida, ella prosiguió
diciendo:

—Algo más te comunicaré mañana por la noche.


Obstinadamente, te negarás a ejecutar ningún mandato suyo.
“No voy a trabajar en nada más”, le tienes que decir. Has de
mostrar todo tu coraje, no debes acobardarte. Aunque me tenga
encerrada con candados, yo procuraré seguir escapándome las
próximas noches.

Y se entregaron juntos al sueño.

A día siguiente. Satanás no le ordenó nada al joven, quien pasó el


día sin hacer nada.

Mientras tanto, la vieja diablesa y su marido el demonio pasaron


el tiempo maquinando sus planes. El demonio le dijo a su mujer;

—Mandemos lanzar tu anillo con un doméstico en medio del


mar.

—De acuerdo —contestó la vieja.

Llamaron en seguida a un doméstico y le dijo el demonio:

—Lleva este anillo de mi esposa y arrójalo en medio del mar.

El doméstico se llevó la joya y la arrojó exactamente en medio


del océano. El anillo destellaba en la profundidad de las aguas.
Era una joya de oro puro, por eso relumbraba de esa manera.

Cuando el doméstico hubo regresado. Lucifer le preguntó:

—¿Arrojaste la sortija como te indiqué?

—Sí, así lo he hecho. Está en medio del mar, relumbrando igual


que la luna.
El amo de Tutupaka llamó esa noche al forastero y le dijo:

—Bañándose en el mar, mi mujer ha extraviado su sortija. Debes


ir a buscarla. Por descuido la ha dejado en la misma ribera, no
está en ninguna otra parte.

—Señor, solamente este mandato vuestro voy a cumplir. Nada


más haré después.

He cumplido todas las órdenes que me diste. Cuando haya


extraído ese anillo, debo casarme con vuestra hija, sin más
dilaciones. No podré volver a obedeceros, pues en este
momento ya os he superado —le contestó enérgicamente el
joven.

Satanás le respondió:

—En el momento en que encuentres la sortija, me habrás


vencido.

El demonio se expresó así con la seguridad de vencer esta vez al


muchacho, quien, acongojado se retiró a dormir. Satanás encerró
a su hija con las mayores seguridades y recaudos, aseguró con
llave una buena cerradura en la puerta y al sonar cada hora la
llamaba por su propio nombre. “Padre mío, padre mío”, le
respondía la joven al escucharle.

En el silencio nocturno, el joven y la niña desde sus respectivos


aposentos lo escuchaban todo.

—Cómo podrá ahora indicarme ella la manera de encontrar el


anillo —se decía el amante sentado en su cama, completamente
abatido, sin poder dormir.

En estas circunstancias no sabemos cómo su espíritu maligno


liberó a la muchacha.
Dicen que puso un anillito dentro de su almohada y le dio este
encargo:

—¡Oh, anillo, anillito mío! En vez de mí oirás cada llamada de mi


padre y con el propio timbre de mi voz le responderás: “Padre
mío, padre mío”. Asegurada de este modo, la joven pudo
dirigirse a la alcoba de su joven amante.

— ¡Oh qué bien hiciste en escapar! Dominado por la tristeza, ya


no estaba en mí.

Dime qué haré para encontrar una joya, pues la orden que me ha
dado es la siguiente:

“Al ir a bañarse mi mujer, me dijo tu padre, ha olvidado su sortija


en el mar. Tú tienes que traerla. Muy de mañana vas a buscarla,
está en la ribera misma del mar”.

Visiblemente afectado, el joven le contó de esta manera a su


amante la orden recibida. Ella le dijo:

— ¡Oh, no! No creas que está en la orilla del mar. Se encuentra


en medio del océano, donde la arrojó un criado por orden de mi
padre. Él te ha engañado a propósito, para desorientarte y
vencerte.

—Te suplico que me digas cómo haré para sacarla —le pidió el
joven.

—Hasta para nuestro anillito eso es imposible. Mi padre ha


llegado al colmo de la perversidad.

Se callaron, con los oídos atentos para escuchar lo que pasaba.


Lucifer seguía llamando y el anillo respondía con el mismo timbre
de voz de la niña: “Padre mío, padre mío”. La joven se alegró al
escuchar esto y dijo:
—Mi anillo sigue contestando. Este es el momento en que
debemos marcharnos.

La niña poseía una tina nueva para bañarse y asearse que se


llevaron junto con un cuchillo muy filudo. Caminaron, caminaron
mucho. . . y finalmente arribaron a las riberas del océano
llevando siempre los dos utensilios y la niña le dijo al joven:

—Ahora debes descuartizarme. En esta tina recogerás mi sangre,


sin que se derrame ni una gota. Cortarás todo mi cuerpo en
grandes pedazos y luego penetrarás en el mar, cautamente.
Llegarás hasta donde hay un resplandor como el de la luna,
arrojarás allí mis carnes, procurando acertar en el resplandor. Si
algo de mi sangre quedara pegado en el recipiente, lo enjuagarás
con agua y esos residuos lavados de mi sangre los vaciarás en el
mismo mar. Si por desgracia, desperdiciaras mi sangre, no podré
volver. Viviré, si he de vivir; y si he de morir, moriré en el corazón
del océano. Mas tu implorarás de rodillas al borde del mar, a
nuestro Señor le pedirás que yo pueda salir. Si hasta el alba yo no
apareciera, te irás por tu cuenta adonde quieras, no regresarás
donde mi padre. Si yo salgo, lo haré a media noche, al canto del
gallo. Veremos si aún el destino nos ayuda; pero, si la suerte nos
es adversa, no volveremos a encontrarnos jamás.

De esta manera le habló la niña, sumamente consternada.


Ambos amantes se abrazaron llorando, en la más amarga y triste
despedida, y se separaron acariciándose con infinito amor y
ternura.

La niña y el joven se quitaron sus ropas y se quedaron desnudos


como habían nacido.

Así realmente ocurrió.


Acongojado, llorando intensamente, el amante descuartizó a la
muchacha. Como ella le había indicado partió el cuerpo en
grandes pedazos y no dejó caer ni una pequeña gota de, sangre
al suelo. Llevando los trozos de carne en la tina, penetró todo lo
posible en el mar, hasta que vio el anillo brillante como la luna.
Con todas sus fuerzas, con el deseo de alcanzar el lugar
centelleante, el joven aventó las carnes ensangrentadas. Con
agua marina lavó la tina, pero se olvidó de lavar el puñal
ensangrentado; cuando cayó en cuenta de su olvido, lo lavó de
prisa en el agua misma del mar. Así sucedió todo.

Después de haberse internado en aquel piélago, el joven amante


salió a la orilla y de rodillas le rezó llorando a nuestro Señor.
Empapado en sus lágrimas repetía: “Si ella no vuelve, no me
queda sino arrojarme y hundirme en las profundas aguas del
mar”. Largo rato siguió llorando de la misma manera. Cerca ya
del segundo canto del gallo, el inmenso océano empezó a
agitarse, las turbulentas aguas se encrespaban en olas como
cerros, rugían furiosamente de un extremo al otro. Un maremoto
comenzaba a suscitarse y el joven contemplaba lo que ocurría
presa de tremenda pena, mientras sus lágrimas corrían
sentidamente. En ese instante, como una ninfa, la niña emergió
sonriente de entre las ondas, al medio del océano, trayendo en
alto la aúrea joya, el anillo de oro puro. El amante la contempló
risueño y feliz.

—He aquí el anillo —exclamó ella triunfalmente.

La niña se dirigió en busca de sus ropas y se vistió


completamente, lo mismo que el joven. Llevando la jofaina y el
puñal retornaron a la mansión. Al llegar, se pusieron a escuchar
lo que ocurría en la casa y comprobaron que el anillito
maravilloso seguía contestando las llamadas del demonio.
Sigilosamente, ingresaron al dormitorio del joven.

Una vez allí la niña le dio los siguientes avisos e instrucciones:

—No volverás a obedecer ninguna orden de mi padre, sea la que


fuere. Le dirás solamente: “Hice y he cumplido lo que me
ordenaste, he aquí la joya que pude recuperar del mar”. Con aire
molesto, se la presentarás a mi propia madre. “Tuve que
buscarla toda la noche y me amanecí en el mar”, le dirás.
Agregarás todavía: “Con mucha dificultad logré encontrarla, esta
joya estaba en medio del mar”. Se la llevarás al dormitorio donde
ella duerme. Mi padre y mi madre quizás sospechen de mí, no
tomes ningún interés en mi persona: por el contrario debes
decir: “Ya no deseo ni a vuestra hija, ni pienso ya casarme con
ella. Por mis trabajos, pagadme en dinero lo que es justo, pues
debo retornar a mi tierra.

Pero antes me tomaré un buen descanso por todas las fatigas


pasadas”. Debes portarte muy virilmente, de lo contrario te
ordenará algo mucho más difícil. Mañana convendremos en lo
que debemos hacer.

Entretanto, había amanecido. Y continuó la niña:

—Anda en este instante, llevando la sortija. Aparenta haber


salido del mar. Debes aparentar que vienes de afuera, toca por lo
tanto el portón.

Apresuradamente, apenas hubo dicho esto, la niña se retiró a su


dormitorio. Retiró inmediatamente el anillo que pusiera bajo su
almohada, se desvistió de prisa y se acostó en su cama.
Entretanto, el mozo se dirigió a la playa, simuló primero estar
caminando por allí y, luego, que de la playa regresaba a la
mansión.

Pasado un breve tiempo. Lucifer llamó a su hija. Repetidas veces


repitió su nombre, pero la hija no le oía Llamó entonces a un
criado y le ordenó:

—Ve a buscar a mi hija, que no escucha cuando la llamo.

El criado fue a buscarla y al regresar informó a su amo:

—Su cuarto está asegurado con candado, tal como lo dejaste.

Lucifer le volvió a ordenar:

—Ve a mirar el cuarto donde duerme ese joven. Fíjate si ha


salido.

El criado fue a ver y no halló al joven. Entonces le informó a su


amo:

—No está, mi señor. Seguramente ha ido en busca de la joya.

Satanás reflexionó en voz alta:

—Seguramente no la ha encontrado, por eso no vuelve todavía.

En ese instante, el joven llamó a la puerta principal. El criado se


apresuró a abrir y cuando entró el joven le preguntó:

— ¿Encontraste el anillo? La señora soberana trata


continuamente de saberlo.

El joven respondió con acritud:

—Sí, lo he encontrado.

El criado le exigió entonces:


— ¡Dámelo! Yo se lo llevaré.

—Eso no —le increpó el joven—. Yo se lo llevaré a vuestra


madrecita soberana.

El joven se negó a entregar la joya, mientras Lucifer escuchaba.


El criado regresó prontamente a informarle:

—Ese joven dice haber encontrado el anillo, pero se muestra


airado y no ha querido entregármelo. “Soy yo quien debe
ponerlo en manos de vuestra soberana”, me ha dicho.

— ¡Recíbela! ¡Recíbela! —le ordenó Satán.

El criado volvió al encuentro del joven y le dijo:

—Dice mi amo que yo debo llevarle el anillo.

Pero el joven se resistió y no soltó la joya. Satanás se moría de


rabia y se decía: “No me explico cómo ha podido encontrarlo”.
Finalmente ordenó desde su dormitorio:

— ¡No importa! Que le lleve el anillo a la señora.

El joven entró entonces a la habitación de la señora llevándole el


anillo y le dijo:

—He encontrado la joya, mi respetada señora, y aquí os la traigo.


Con gran dificultad la hallé, después de buscarla toda la noche.
Hasta el amanecer no he podido dar ni una pestañada. He
cumplido todas vuestras órdenes y ya no me interesa nada, ni
siquiera vuestra hija. Pagadme lo justo por todos mis trabajos en
dinero contante y sonante. Deseo regresar a mi pueblo, no
quiero quedarme en este país.

Así, enérgicamente, le habló el joven a la mujer del demonio. Y


en el mismo tono agregó:
—No vaya a ser que nuevamente me digáis: “Haced esto, haced
esto otro”. Os repito que no trabajaré más. Tantas cosas me
ordenasteis que me siento rendido. He decidido permanecer uno
o dos meses en esta mansión: al menos así me resarciré de las
múltiples labores que he realizado.

La mujer del demonio se indignó terriblemente al escuchar todo


esto. Y estalló en reproches contra su marido:

— ¡Este viejo es el único culpable! Trae gente de toda laya y


luego se hace vencer.

Se pavonea cacareando: “Voy a derrotarlo, voy a vencerlo”. Y al


final, nada hace.

Satanás, entretanto, se había levantado de la cama y lo primero


que hizo fue dirigirse a la habitación de su hija. Abrió la puerta y
la vio sumergida en un sueño de muerte; seca como un tronco,
dormía de una pieza. Satanás la riñó:

— ¿Por qué sigues durmiendo? ¿Por qué no escuchas mis


llamadas?

—No he descansado toda la noche porque continuamente me


estabas llamando.

Ahora acabo de dormirme —le respondió la niña.

— ¡Basta! —grito Satán y dio media vuelta.

Entró en seguida a la alcoba de su esposa. La vieja diablesa lo


recriminó ásperamente:

—Mira en que han parado tus fanfarronadas. “Voy a dominarlo”,


decías. Dime, ¿cómo lo has dominado?
Para eludir los violentos reproches de su mujer, el diablo le
preguntó:

— ¿Qué te ha dicho ese sujeto?

Detalladamente le informó la vieja:

—Ha dicho: “Me tomaré un buen tiempo de descanso, porque


estoy agotado con tantos quehaceres. En dinero contante me
pagaréis lo justo”. También me dijo que ya no desea casarse con
nuestra hija, que solamente se irá cuando le paguemos en
efectivo lo que justamente se le debe.

El diablo y su mujer opinaron finalmente: “Así tendrá que ser. No


nos queda sino pagarle el dinero, pues nos ha vencido”.

A la subsiguiente noche, la niña volvió, a su vez, a dirigirse al


dormitorio del mancebo y le preguntó:

—Qué te dijo mi padre? ¿Qué te dijo mi madre?

—Respondí a tu madre conforme me indicaste y casi se muere


de cólera

—respondió el joven.

La muchacha le contó entonces:

—Mi padre y mi madre están acordando la forma de pagarte en


dinero contante. Se han dicho: “No importa, le pagaremos en
plata”.

Después de estas palabras, los jóvenes amantes empezaron a


planear lo que iban a hacer. Al final convinieron en esto que dijo
la muchacha: “En el curso de estos días alistaremos nuestra
partida, sin que mis padres se enteren”.
Como habían convenido, dedicaron los siguientes días a sus
preparativos de viaje.

Ocultamente, la niña fue trasladando a su alcoba los tesoros de


sus padres. Poco a poco, se apoderaba de toco. La última noche,
volvió al aposento donde pernoctaba el joven y le anunció:

—Mañana por la noche nos iremos. Para entonces, todo estará


ya debidamente enfardelado y dispuesto, sin que falte nada.
Huiremos apenas yo venga a buscarte.

El joven se concretó a dar su asentimiento.

La noche postrera, el joven se preparó tal como habían


convenido. Cuando estuvo listo se puso a esperar a la muchacha.

Lucifer no había vuelto a echar candado al cuarto de su hija,


desde el momento en que el joven dijo que no le interesaba
casarse con ella. La noche de la evasión, la niña aparentó
entregarse al sueño y se desnudó, no sin antes dejar a la puerta
de sus padres cierto anillo suyo.

—Ay, anillo, anillito! Esta vez haz dormir de una pieza, como
muertos, a mis padres y a todos los criados de la casa, para que
no me adviertan.

Acabada esta invocación ritual, la niña entró al aposento del


joven y lo instó, apresuradamente:

— ¡Vamos ya! ¡Huyamos pronto!

— ¡Vamos! —asintió el joven.

Trasladaron todos sus bultos a la puerta exterior de la mansión,


sin olvidar ni uno solo.
Luego la niña penetró en la cámara del tesoro de sus padres,
donde estaban seguramente guardadas las más ricas preseas y
joyas de oro y de plata. Sustrajo las más preciosas prendas, lo
más granado y raro del patrimonio familiar, incluso un sillón de
plata.

En seguida ingresaron ambos a la caballeriza, al lugar donde


estaban los caballos escogidos.

La niña llamó a cada uno por su nombre. El mejor de todos era


un hermoso animal, de color cabritilla y piel brillante, llamado
Apulino y después de él destacaba un brioso par: un caballo
llamado T’okkopipi y una linda yegua, que respondía al nombre
de Wapachula.

La niña escogió primero al mejor de los caballos:

—Caballo Apulino, sal afuera —le ordenó imperativamente.

Seguidamente, llamó a los dos animales más vigorosos de la


caballeriza, T’okkopipi y Wapachula, que salieron a la carrera,
uno en pos de otro. Sin pérdida de tiempo cargaron este par con
sus bultos. Luego la niña recogió su anillo y ambos montaron en
el veloz caballo color cabritilla. Cuando se había apartado un
breve trecho de la mansión de Lucifer, la niña le habló a su
anillito:

— ¡Oh, anillito mío, mi anillito! Que cuando mañana despierten


mis padres, vean convertido en un basural este vergel construido
por mi prometido y que el trigo por él cosechado se convierta en
arena.

Dichas estas palabras, la niña espoleó los ijares de Apulino y


partieron a toda velocidad, como una exhalación. En breve
tiempo llegaron a las orillas del mar, sobre cuyas aguas se tendió
un puente a través del cual continuaron galopando. Cuando ya
estaban muy lejos clareó el día, amaneció el universo.

A la alborada, Satán se levantó prestamente de su lecho. Al salir


de su alcoba, lo primero que hizo fue mirar el jardín, pero el
jardín se había trocado en un basural. Con profunda extrañeza
exclamó:

— ¡Qué es esto! ¡Cómo ha podido convertirse en un basural!. . .

Las flores habían desaparecido, no quedaba ni una. Tampoco


estaba la fuente que surtía agua por sus siete ojos.

Satán se dirigió al dormitorio de su hija. La pieza estaba


completamente vacía, no quedaba siquiera un mueble.

Fue a ver el cuarto del joven, y contempló lo mismo: una


habitación totalmente desocupada. Al comprobar estos hechos,
Lucifer se asustó y exclamó desconcertado:

— ¡Qué ha sucedido! ¡Adonde se han marchado!

Paso a paso fue en busca de su cónyuge, la vieja diablesa, y le


comunicó:

— ¡Ve, mira hacia afuera! ¡No existe nada del jardín! ¡También
nuestra hija ha desaparecido!.

Al escuchar tal noticia la vieja se levantó apresuradamente de su


lecho. Revisó todo, un aposento después del otro, sin dejar
resquicio y comprobó que todo había desaparecido.

Sus mejores caballos; tampoco estaban. La arena se derramaba


de los costales de trigo, apilonados en el zaguán. Examinó cada
saco: en todos, sin faltar ni uno, había solamente arena. La
diablesa se desató en improperios contra su marido. Al
contemplar tantas pérdidas lo insultó a su antojo:

“Se han largado, no hay duda”, murmuró Satanás y, montando


en uno de sus caballos, partió en persecución de los fugitivos,
orientado por las huellas de los animales.

Casi inmóvil, desde una almena del torreón de su castillo, la vieja


observaba a su marido y vio como se acercaba a su hija.

En ese instante la niña volvió la cabeza y vio que alguien venía en


pos de ella.

Entonces le dijo a su acompañante:

—Detrás de nosotros viene mi padre. No sé cómo saldremos de


este trance.

Apresuradamente convirtió a los caballos con sus cargas en un


canchón cercado, muy grande. Ella misma se transformó en flor,
pero antes le indicó al joven:

—Tú te transformarás en un viejito, con una azada mutilada. Mi


padre te preguntará:

“¿No han pasado por aquí una niña y un joven a caballo?” Le


contestarás: “No han pasado”.

Tendrás cuidado de que no arranque las flores para llevárselas.


No lo permitirás de ninguna manera. “Te voy a tundir”, lo
amenazarás con tu azadoncito roto. Entonces se irá.

Efectivamente, se transformaron como ella había dicho. Satán, el


padre de la niña, llegó a ese lugar donde florecían las plantas, a
ese canchón que en el momento de la llegada de Satán era un
bellísimo vergel cercado donde con un azadoncito averiado un
pobre viejo se ocupaban en regar las plantas. Satanás le dijo:

—Buen hombre, quiero preguntarte algo.

—Pregunta no más lo que quieras—le contestó el anciano.

—Quizá han pasado por aquí una adolescente y un mozalbete a


caballo que conducían dos cabalgadura cargadas.

—Hace tiempo que no he visto a nadie. Año tras año


permanezco en este lugar cuidando estas flores y nadie ha
pasado por aquí. Tú eres el único que ha llegado a este canchón.

Mientras hablaba el ancianito, Lucifer se puso a contemplar las


flores, con tal arrobamiento que se olvidó de su hija. Alargó la
mano hacia las plantas para arrancar una flor y dijo:

-Regálame, por favor, una de tus florecitas.

Levantando su azadita mocha, el viejito le amenazó con asestarle


un mazazo. Lucifer se asustó cuando vio la azada levantada y
pronta a caerle encima.

—El dueño de estas flores me echaría la culpa. Me diría que


quién soy yo para arrancarlas con mis manos sucias —farfulló
amostazado el viejito.

—Me voy entonces —dijo Satán, y montando su caballo regresó


a su mansión.

Su mujer, la vieja diablesa, seguía observando lo que pasaba


desde la almena.

Según dicen, los demonios pueden ver a cualquier distancia, por


eso la vieja esposa de Satán lo seguía observando, y cuando
hubo llegado le preguntó:
— ¿Los encontraste?

— ¿A quiénes? —dijo intrigado el demonio.

— ¿No fuiste acaso en busca de nuestra hija? —replicó la vieja


diablesa.

— ¡Ah!. . . —respondió el demonio, como si estuviera atontado.


Solamente entonces recordó haber salido en busca de su hija.

—No los encontré —dijo-; únicamente llegué hasta un jardín


sumamente hermoso.

— ¡Viejo pestífero! ¿Cómo puedes creerte gente? ¿Esas flores no


eran acaso nuestra hija? ¿Ese viejito no era el joven? —le Increpó
la vieja hasta hacerlo desvariar.

—Ah! ¿Así pasaron las cosas? —dijo el viejo, atontado.

—Esa era nuestra hija, viejo tonto! Debiste arrancar esas flores y
traerlas —le regañó la vieja y le ordenó en seguida? — ¡Corre,
pues! ¡Vuelve a buscarlos!.

Obligado por su mujer, el viejo partió nuevamente en


persecución de los fugitivos.

Entretanto apenas su padre emprendiera el retorno a la


mansión, la hija aprestó con toda seriedad las cargas y prosiguió
la huida con el joven.

Hicieron muchas jornadas de camino, cabalgaron durante varios


meses. El viejo galopaba tras ellos a toda velocidad, volaba en su
caballo, pero no podía alcanzarlos.

De repente, dominada por un impulso espontáneo, la niña volvió


la cabeza y exclamó:
— ¡Mi padre está nuevamente detrás de nosotros! No podemos
convertirnos, otra vez, en flores. Mi madre ya lo ha prevenido
muy bien. Esta vez nos trasformaremos en animales. Tú serás
ahora un viejito pastor.

En efecto, los caballos con sus cargas se convirtieron en un


aprisco muy grande. La niña se transformó en un rebaño de
ovejas; el joven, en un viejito pastor con su chocita, un pequeño
recinto pan el cuidado de la dehesa.

Esperando la llegada del demonio, el viejito pastoreaba las


ovejas. El corral estaba lleno de corderitos que: balaban: “¡bee,
bee, bee!”, confundiendo su voz con la de las ovejas madres, en
un bullicio continuo. Finalmente llegó Satanás y preguntó:

—Buen hombre, permitidme que os interrogue: ¿no han pasado


por aquí un joven y una niña montados a caballo?

El viejito le respondió:

—Por aquí no ha pasado persona alguna. Año tras año apacento


mi ganado y jamás he visto a nadie. Tú eres el primero que llega
hasta aquí.

— ¡Ja!. . . se concretó a gruñir Satanás, y, volviendo a olvidarse


de su hija, agregó:

—Tus ovejas son hermosas y muy lindas las crías. Regálame


siquiera unita.

— ¡No! —Dijo el viejito—. No son de mi propiedad. Están


contadas. El dueño de este rebaño es un blanco y me levantaría
graves cargos, hasta de mi ropa me despojaría.

— ¡Esta bien, entonces! —dijo incomodado Satán, montó a


caballo y partió a toda velocidad hacia su palacio.
Cuando la hija vio marcharse a su padre, reasumió su figura
humana y partió a su vez a caballo con el joven. Habían
adelantado bastante en su fuga.

El demonio regresó donde su mujer, otra vez con malas nuevas:

—Nada he encontrado, en vano me mandaste —le dijo.

Su mujer le respondió con impaciencia:

— ¿Esas ovejas con sus crías no eran acaso nuestra hija?

—No —dijo el demonio—. Había un viejito cuidando de la


dehesa.

— ¡Eres un viejo imbécil! —replicó ella—. Las ovejas eran


nuestra hija y el pastor viejito era el joven.

Y le propinó una gran paliza a su viejo, mientras le increpaba: “


¡Has hecho mil disparates!” Luego le hizo contemplar el
horizonte y le señaló:

— ¡Mira! ¡Que lejos está ya nuestra hija!

Era cierto: pi do comprobar que su hija se hallaba a una enorme


distancia.

Encorajinado, Lucifer tomó una decisión: montó en otro potro y


salió, una vez más, en persecución de los fugitivos.

La diablesa, su vieja mujer, seguía observándole desde la almena.


No lo perdía de vista. Cuando muy lejos iba ya dándole alcance a
la hija, la niña volteó la cara para mirar atrás y advirtió un jinete
que se acercaba.

—Mi padre ha regresado otra vez. No podemos volver a


despistarlo. En esta ocasión tenemos que matarlo no nos queda
otra cosa —dijo inquieta la joven diablesa—. Voy a convertirme
en río; nuestras caballerías serán riberas, y tú te transformarás
en puente, en un puentecito despreciable de palos endebles.

Efectivamente, la niña se convirtió en un río de aguas


tumultuosas, las caballerías se transformaron en riberas de ese
río. El joven se trocó en un puentecito viejo, de mala muerte,
armado con haces de fajinas endebles.

En su galope forzado, Lucifer llegó hasta las orillas del río. Y sin
descabalgar, ni precaverse, se metió de golpe en el puente.
Cuando ya estaba en el centro, el puente se partió por la mitad.
El joven había quebrado su espinazo para que el demonio cayera
en el río, en cuyas turbulentas aguas se hundió. Luchaba
esforzadamente junto con su caballo por salir del agua, pero le
era imposible. Mientras pugnaba desesperadamente por salvarse
a todo trance, el joven le molió la cabeza a pedradas. Lo destrozó
y le hizo tiras el cráneo.

Allí murió el demonio, irremisiblemente. Apenas expiró, los


fugitivos prosiguieron contentos y a todo galope su evasión.

La diablesa, la reina y matrona de Tutupaka, desde las almenas


del castillo, no dejó ni un instante de contemplar cómo la hija
asesinaba a su propio padre. Al ver el alevoso crimen, la señora
no atinó, en su desesperación, a hacer nada. Comprobada la
muerte del marido, daba patadas en el suelo, se estrujaba las
manos presa de dolor, en la puerta de su mansión, adonde había
bajado lamentando su duelo. Y, mordiéndose los labios, gritaba:

— ¡Juzgad y medid la longitud del crimen de mi hija! ¡Los perros


están devorando mis entrañas! Pero yo seré quien la alcance
para escarmentarla.
Cabalgó entonces en un aguilucho y partió. Iba a gran velocidad,
levantando una inmensa polvareda.

En ese momento, la hija echó un vistazo hacia atrás.

—Viene mi madre. A ella nada podemos hacerle, pero ella


tampoco podrá hacernos nada. Dejémosla que corra tras de
nosotros. No importa que nos encuentre —dijo aguijoneando a
las cabalgaduras.

Por fin la diablesa consiguió darle el alcance a su hija y le habló


de esta manera:

— ¡Criatura, por qué sigues huyendo! A tu propio padre le has


dado muerte atroz.

Yo no te perdonaré si te empecinas en tu propósito de unirte a


este hombre para toda la vida. Por causa de él asesinaste a tu
progenitor. Nunca jamás volverás a decir de mí:

“Era mi madre”. Con la leche de mis pechos te derramo —y


maldiciéndola exprimió sus pechos hasta derramar leche encima
de su hija. Volvió a montar en su caballo y retornó a su mansión.

La hija se abalanzó hacia su madre y deshecha en llanto se


despidió de ella:

—Si el destino permite que nos veamos, nos veremos aún. Y si la


muerte nos separa, nos separará —decía, mientras caían gruesas
lágrimas de sus ojos.

No sabemos hasta cuándo se separaron. El mancebo y la niña


continuaron viaje.

La madre volvió a su hogar para vivir llorando en soledad. Eso fue


lo que aconteció.
El mancebo condujo a la niña a su pueblo. Se lo señaló a la
distancia:

—Este es mi pueblo —dijo

—Y tu casa, ¿cuál es? —preguntó la niña.

El novio se la mostró, extendiendo el brazo:

—Aquella es mi casa

La casa del mancebo estaba en el centro del pueblo.

—Esta noche pernoctaremos aquí no más, en los suburbios del


pueblo. No llegaremos todavía a tu casa. Tú solo irás mañana,
para saber dónde nos alojarán tus padres. Donde te indiquen,
llevaremos nuestro equipaje-dijo la joven.

Cuentan que en las afueras de la población una viejita tenía su


casa. Allá llegaron los amantes para hospedarse y le suplicaron a
la ancianita:

—Señora nuestra, ten la bondad de alojarnos en tu casa a los dos


y darnos también un sitio para nuestros caballos.

—Caballero, dormid aquí. Dormid aquí también, niña —


respondió la viejita, quien según dicen era una persona
sumamente amable.

Los dos viajeros descargaron los bultos de las caballerías y las


llevaron al corral de la casa, donde había abundante forraje seco
y en pacas para alimentarlas. Ese buen pienso les había
proporcionado la viejita. Los amantes pernoctaron en esa casa.

Cuentan que la viejita criaba una gallinita crespa y un gallito


crespo. Al ver ese par de aves de corral, el joven le dijo a la
ancianita:
—Señora mía, ¡qué lindos son tu gallito de plumas revueltas y tu
gallinita, qué hermoso par!

— ¡Sí, son muy lindos! Además, este gallito y esta gallinita saben
relatar historias cuando cantan —contestó la ancianita.

—Haz, pues, señora, que nos canten algo —le suplicó el joven.

—Ahora no pueden cantar. Solamente lo hacen en las casas


donde hay fiesta.

Ante la respuesta de la viejita, el joven se dijo en su interior:


“¿Cómo se darán cuenta unas gallinas de lugar donde deben
cantar? Mañosamente lo dice”. Después de charlar brevemente,
la viejita y sus huéspedes se acostaron y descansaron.

Al día siguiente, la niña le dijo a su prometido:

— ¡Anda, ahora! Ve a la casa de tus padres y pregúntales dónde


nos alojarán.

Infórmales acerca de mí. Pero te advierto que ni remotamente


debes dejarte abrazar por mujer alguna. Puedes hacerlo con
varones, pero si te abraza alguna mujer, me olvidarías.

Cuidadito que no vuelvas por ese motivo. Si así ocurriera, en un


carro de fuego te conduciré a mi pueblo.

Su prometido le respondió al salir:

—Es imposible que te olvide y menos todavía que no regrese. En


seguida vuelvo.

Era muy de mañana cuando dejó a la niña en compañía de la


ancianita. Al ingresar a su pueblo, niños y adultos salieron a su
encuentro. Hombres y mujeres querían abrazarlo, en son de
bienvenida; pero él esquivaba los abrazos de las mujeres, sólo
permitía que lo hicieran los varones. Cuando franqueó la casa
paterna, su padre y su madre lo recibieron efusivamente,
derramaron lágrimas de gozo al verlo de nuevo, sano y salvo. Al
recibir el beso de su madre, no se olvidó de su novia, pero
cuando estaba por decirles: “He venido comprometido”, la
cocinera de la casa, una ancianita que apareció
apresuradamente, le dio de pronto un vehemente abrazo.

—Has vuelto, señorito, corazoncito. Ya no lo veré más, me decía


yo. Pero tengo la felicidad de verte todavía —decía esta vieja
inoportuna, que hasta le dio un beso al mancebo.

Con sólo esto, el joven se olvidó completamente de su amante.


No pensó en regresar ni se acordó de nada. Se dejó abrazar por
todos, hombres y mujeres, indistintamente.

Ni el padre ni la madre sabían nada de su prometida. Por esa


razón, creyéndolo solo, únicamente a él lo atendían y lo servían.
Y la multitud de personas que venía a saludarlo, les decía a sus
padres:

—Lo casaremos, para celebrar su regreso.

—Efectivamente —respondían los padres.

Cuando la gente se retiró empezaron a insinuarle:

— ¡Búscate una mujer! Elige la que quieras e iremos a hablarle,


pediremos su mano llevando la coca, comprometeremos a sus
padres.

El mancebo respondió:

—Pudiera ser con una, pudiera ser con otra, pero deseo que sea
hija de personas acomodadas. En el pueblo, según dicen, había
una muchacha jovencita, hija de un hombre acaudalado. A la
casa de esta muchacha fueron los padres del mancebo,
llevándole el atadijo de coca para comprometerla a ella y a sus
padres.

Mientras tanto, en la casa de la ancianita, la amante seguía


esperando a su prometido:

—Quizás se ha dejado abrazar por alguna mujer —decía


llorando.

Viéndola así, le dijo la viejita:

—Niñita, señorita, ¿Cuál es la causa de tu llanto y de tu pena?. —


Mi prometido, ese joven que llegó conmigo, me ha traído de mi
pueblo. Ha ido a ver a sus padres y no vuelve. Me habrá echado
al olvido. Hace ya dos meses que se marchó. Por esta razón lloro.
No hallo modo de saber qué ha ocurrido. No tengo a nadie a
quién preguntar.

La viejita le replicó:

—Niñita, con toda confianza dime todo lo que te ocurra. No soy


gente mala. Verás cómo lo averiguo todo, cuando vaya al pueblo.

— ¡Ah, qué bueno fuera, señora mía, si lo averiguaras! Ya no hay


pienso que dar a mis caballos. ¡Y hasta cuándo seguiré cuidando
los tesoros de mis padres que juntos hemos traído! Por cuIpa
suya, di muerte a mi padre. Y también a causa de él mi madre me
echa al olvido. Exprimiéndose la leche materna me maldijo para
siempre.

Así le contó todo a la viejita, quien después de oírla le dijo:

—No te aflijas!, niñita, señorita. Iré al pueblo y averiguaré


minuciosamente todo. Indagaré en su propia casa.
—Ojalá pueda; hacerlo, señora mía. Yo me quedaré al cuidado de
tu morada.

La anciana dejó a la joven y se fue al pueblo, donde anduvo


preguntando a los vecinos conocidos que encontraba.

— ¿Qué novedades han ocurrido últimamente en nuestro


pueblo? Hace casi dos meses que no vengo por aquí —les decía.

La gente del pueblo le daba noticias como éstas:

—La única novedad es el regreso del mancebo que venció al


demonio. Es lo único que se ha festejado desde hace dos meses.

“Iré a ver al joven. A él mismo le preguntaré”, se decía la


anciana; pero no dejaba de interrogar a cuantas personas veía, y
le daban siempre la misma noticia. Así llegó al hogar del
mancebo. Todavía ante la puerta de la casa siguió preguntando a
quienes veía en la vecindad. A estos vecinos les decía:

—Qué novedades hay, qué se prepara en estos días?

Los vecinos le informaron:

—El mancebo que venció al demonio se casará pasado mañana.

La viejita, entonces, ingresó a la casa y les dijo a los dueños:102

Cuento Popular A ndino. Bolivia, Ecuador, Panamá, Perú

—Me dicen que ha llegado el joven señor. Me gustaría verlo.

—No está aquí, ha salido —le contestaron.

—En qué estaréis ocupados los días próximos? —preguntó la


ancianita.

—En el casamiento de nuestro hijo con la hija de un caballero


muy acomodado, vecina nuestra de esta comunidad.
—Si es así, aunque soy pobre, de alguna manera cumpliré con él
—dijo cariñosamente la viejita.

—Muchas gracias, señora nuestra —contestaron los padres.

—La viejita, entonces, se despidió:

—Me voy, ya. Adiós.

Antes de marcharse la viejita se informó cuidadosamente de


todo, inclusive del día de la boda. Hecho esto, se fue
directamente a su casa, donde esperaba la niña, llorando a
mares. La ancianita le dijo al llegar:

—Mi niña querida, no llores, pues. Todo lo he averiguado, todo


lo sé. Quien era tu prometido, solamente dentro de tres días se
unirá públicamente en matrimonio con otra mujer. Lo he sabido
perfectamente, su misma madre me lo contó.

La niña le rogó con íntima confianza:

—Qué puedo hacer, señora mía? Te suplico que me aconsejes,


que me orientes, pues eres mujer como yo.

—Niñita, cuéntamelo todo, a mí sola. Dime lo que sucedió en tu


pueblo, lo que hiciste en favor de ese hombre. Dime qué
servicios le prestaste, de qué aprietos lo has sacado.

Cuéntamelo todo, sin olvidar nada. Esta mi gallinita sabe contar


historias en su canto. Le enseñaremos tu historia y el día en que
vaya a casarse ese hombre se la llevaré. Mi gallinita le contara
todo, sin faltar nada. De esa manera, tu prometido se acordará
nuevamente de ti.
La niña relató, punto por punto, toda su larga historia. La anciana
llamó a su gallito y a su gallinita y los aleccionó. “Cantarás así y
cantarás asá”, les enseñó minuciosamente.

Luego le dijo a la gallinita: “Mira cómo llora esta niñita. Cuando


tu gallito esté mareado y se tumbe en un rincón, tú comenzarás
a contar su historia, cantando”.

Durante los tres días anteriores a la boda, la gallinita y el gallito


fueron instruidos esmeradamente y se les hizo ensayar
cuidadosamente lo que iban a decir.

La víspera de la boda, por la noche, la viejita llamó a la niña para


decirle: —Niñita, señorita, te quedarás en casa. Mañana ese
hombre contraerá matrimonio con otra mujer joven. Esta noche
será la despedida de solteros. Por esa razón me marcho ahora,
para recordarle su vida.

Después de encargarle la casa y contarle el motivo de su salida,


la viejita se dirigió al pueblo, llevando en brazos su gallinita y su
gallito. La muchacha había quedado al cuidado de la casa, pero al
sentirse sólita en casa extraña, se deshizo en llanto, llorando a
mares.

A la hora del sueño más dulce, ingresó la anciana al hogar del


novio, donde se celebraba su despedida de soltero.

La viejita lo buscó y le habló con palabras zalameras:

—Niñito, palomito, veo que has llegado, que has reaparecido. Al


momento de tu venida estuve muy ocupada, por este motivo no
pude venir a visitarte. Celebro ahora sobremanera tu enlace con
una mujer de tan buena posición, me regocijo muchísimo. Por
esta razón te visito con mi gallinita. Debes saber que esta mi
gallinita tiene la virtud de alegrar a las personas. Siquiera con
esto te divertiré, por tu feliz retorno, querido joven.

El mancebo le agradeció:

— ¡Oh, señora mía, mi paloma! Esto es verdaderamente


soberbio.

Pero en su corazón se decía: “De qué manera me alegrará con


sus aves”. Y mandó servir a la viejita varias copas de los licores
que estaban bebiendo, pero solamente las sobras. Mas la señora
les daba de beber a su gallinita y su gallito los licores que le
servían.

El mancebo con su novia, la parentela de ambos, las amistades y


otras personas de la comunidad del novio, reunidos todos en
alegre compañía, disfrutaban de la reunión, sentados, comiendo
y bebiendo licores y manjares exquisitos. Ora el padrino, ora la
madrina, daban atinados consejos tanto a la niña como al joven.

Todos los invitados estaban listos para el baile que se iba a


celebrar al son de quenas y de flautas. Ya habían llegado los
cantores, así como cuantas personas iban a realzar el acto. El
ambiente comenzaba a caldearse. Las quenas, los flautines, las
zampoñas esparcían sus sonidos, cuando el gallito y la gallinita
salieron a bailar e iniciaron la fiesta.

Así sucedió. Con entusiasmo y gracia bailó el gallito con la


gallinita.

—Ves, niñito, qué bonito baila mi gallinita —le advirtió al


mancebo la anciana.

Viendo bailar a las aves, toda la concurrencia quedó boquiabierta


de asombro. “Era verdad que sabían bailar”, comentaban los
presentes y se reían, festejando tan agradable sorpresa. Desde
ese momento se sirvió a la viejita las mejores bebidas, las más
finas y escogidas. Pero la anciana todo se lo dio al gallito, lo hacía
beber abriéndole el pico.

Cuando estuvo borrachito empezó a dar vueltas y más vueltas,


hasta que se cansó de tanto girar. En un rincón de la sala se
tumbó el gallito borracho, haciendo un extraño ruido al
golpearse y caer. La gallinita, entonces, siguió bailando sólita,
con graciosos giros.

—Oye, levántate! ¡Oye, despiértate! —le decía a su gallito,


picoteándolo.

El gallito estaba seco, dormía de una pieza. No tenía en cuenta


para nada a su compañera. Como si se sintiera desairada, la
gallinita empezó a cantarle al gallito, diciéndole veladas
alusiones.

Del todo, del todo, me habrás olvidado.

¿Para siempre, acaso, me has abandonado?

Escúchame y oye: ¿ya nada recuerdas?..

Con estas estrofas inició su canto. Los concurrentes comentaban


y le decían a la viejita:

—Era de verdad que tu gallinita sabía cantar.

Después se callaron, para oír con atención. Y la viejita les dijo:

—Sí, mi gallinita sabe cantar mil cosas como para morirse de risa.
Ahora la oiréis, cantará mucho más.

Atentos, los invitados se dispusieron a escuchar.


Escúchame, ingrato, ¿de mí no te acuerdas?

Por ti, padre y madre he abandonado. Por ti solamente los eché


al olvido.

Ya no tengo padre, ya no tengo madre.

Mientras te libraba, mientras te salvaba,

solamente entonces me tuviste amor.

Solamente entonces me has acariciado.

Me dejas ahora, me echas al olvido.

Tú ya no recuerdas, tú ya has olvidado

la vez que mi padre junto con mi madre,

combatió empeñoso, luchó duramente,

para sojuzgarte, para superarte.

No te acuerdas ya, acaso olvidaste

los duros trabajos, la siega imposible

que un solo día debiste acabar.

“Trilla todo el trigo, aviéntalo, guárdalo”.

Así te ordenaba, así te exigían.

Sin pensar en nada, sin temor alguno

fui tu sola ayuda, tu único resguardo.

Escúchame, ingrato, mal enamorado,

en eterno sueño habrás de yacer. He de

conducirte al pueblo maldito, Tutupaka


llakta, donde yo nací.

Así cantaba la gallinita la historia que le había enseñado. Al oírla,


el joven parecía recordar. “Yo creo que fui ese amante”, se decía
en su interior. “¿Dónde la he visto? Creo haber conocido en
alguna parte a esta gallinita y a este gallito”, se repetía,
recordando apenas en su interior.

El mancebo se dedicó, entonces, a servirle personalmente las


bebidas a la ancianita.

Le escanció la buena chicha, los licores más finos. La viejita


tomaba una parte y lo demás se lo daba a la gallinita y le decía,
instándola a rememorar:

—Muchos otros relatos sabes. Sigue cantando, todavía.


Recuerdas esas hermosas narraciones que has aprendido.

Y la gallinita, nuevamente, cantó otra historia:

Alma sin cariño, pecho sin amores, ahora te olvidas y ya no


recuerdas las duras tareas que te dio mi padre, los grandes
costales, repletos de trigo, la orden terminante: “Llevarás a la
mula este trigo limpio que sembré en mi tierra”.

No sabías cómo hacer el trabajo, ni un costal de aquellos podías


cargar. Acudí en tu auxilio, corrí en tu socorro, toda tu tarea yo
sola cumplí.

Tu amor ya se ha muerto, no tienes presente la vez que


escondiste mi verde vestido cerca de la mar y así me engañaste,
tampoco recuerdas ni siquiera eso.

Tampoco recuerdas haber recorrido campos de mi pueblo, de día


y de noche con mi joya amada, con mi anillo de oro.
Y la fuente hermosa de aguas cristalinas manando sin cuento por
sus siete ojos, tampoco recuerdas ni me lo agradeces. Te ordenó
mi padre que hicieras al punto, instantáneamente, un jardín
fragante, de verdor eterno, siempre florecido.

Eso no recuerdas, también lo olvidaste.

En este momento ni siquiera dejas mirarme a tus ojos, oírme a tu


oído, hablarme a tu boca, y tu corazón para siempre lejos se
ausenta de mí.

Con estas estrolas dedicadas a su gallito, la gallinita contó la


historia del joven.

Para estimularla, la ancianita le servía copa tras copa e iba


observando al joven mancebo, cautelosamente, haciéndose la
desentendida; pero se daba cuenta de que estaba empezando a
recordar su vida.

El mancebo se decía en su corazón: “Esta es la gallinita de la


anciana que vive a las afuera del pueblo, donde nos alojamos.
Recuerdo que solía decir: ‘Muy lindo sabe cantar mi gallinita’. Y
que yo pensaba: ‘¿Dónde ha de saber cantar?’. Seguramente mi
mujer le ha enseñado. En ese lugar dejé a la elegida de mi
corazón, ¡Cómo puedo haberla olvidado!

Recuerdo que me encargó: “No te dejarás abrazar por mujer


alguna”. ¡Ay! Recuerdo que la vejancona de la cocinera me dio
un abrazo. Por esa razón la he olvidado. ¿Cómo estará?

¿Qué será de ella? ¿Qué me ha pasado para olvidarla? ¿Por qué


he cometido tal desatino?

Ahora, estoy comprometido para desposarme con otra. Así


reflexionaba el joven, víctima de tremenda pena y con la
apariencia de un hombre ebrio. En ese instante, la gallinita
rompió nuevamente a cantarle:

Mal enamorado, mancebo insensible, palomo sin alma, duro


corazón, ¿puede ser posible que ya no recuerdes que me
degollaste y descuartizaste y en el mar me hundiste para
recobrar, según te ordenaron so pena de muerte, el anillo de oro
de mi anciana madre?

Sólo así encontraste la joya perdida, gracias a mi ayuda y a mi


sacrificio.

No pregunté cuáles títulos tenías, patria ni linaje de ti averigüé,


cuando los jardines verdes de mi padre convertí en arena y vil
basural.

Si hubiera sabido con qué ingratitudes ibas a pagarme, ni en esto


ni en ni en nada te hubiera querido ayudar.

Hoy no lloraría si mi fuerte padre te hubiera vencido, preso y


sojuzgado.

La mansión paterna en este momento está convertida en


estercolero.

Señorea el hambre y las bestias mueren en mi amado pueblo.


¡Tú eres el culpable!

Para que esto ocurra tú me sedujiste, de mi hogar y pueblo me


hiciste salir.

Maldición de padre, maldición de madre, ¡sufro para siempre


doble maldición!

Por haber creído tu engañoso amor.

¡Amor sin memoria! ¡Amante perdido!


¡Mal enamorado! ¡Duro corazón!

Así acabó su último canto la gallinita de plumas alborotadas.


“¡Qué cansancio!”, exclamó la gallinita y se sentó. Entretanto,
resplandecía ya la madrugada, el amanecer de un nuevo día. La
ancianita, apenas finalizado el canto de su gallinita, echó un
vistazo al exterior y luego, prestamente, levantó en brazos a sus
dos aves y le dijo al joven:

— ¡Adiós! Por lo menos te he distraído, recordando lo que te


sucediera durante tus andanzas.

Dicho esto se marchó, mientras el mancebo se quedaba atónito y


alelado como un sonámbulo. Consiguió levantarse de su asiento
y entró en su dormitorio, donde, inexplicablemente, encontró
una carta sobre la cama. Rasgó el sobre de prisa y la leyó:

“Por haberme echado al olvido, te voy a llevar en un carro de


fuego. Iré en seguida donde mi madre para pedirle perdón”. Esta
carta era, pues, de la hija de Lucifer.

Cuando leyó el mensaje, el mancebo empalideció de pesar y


angustia. Penetró precipitadamente a la habitación privada de
sus padres y les comunicó:

—Padre mío, madre mía, al llegar acá yo tenía otra mujer, mi


libertadora del infierno.

Sin saber cómo, la olvidé. Ella me había advertido: “No


permitirás que mujer alguna te abrace, salvo tu madre por ser
madre tuya. Si otra mujer te abrazara me olvidarás al instante”.
Efectivamente, cuando llegué, al franquear la puerta de esta
casa, mientras yo saludaba y conversaba con vosotros, sin
permitir que nadie me abrazara, nuestra vieja cocinera salió de
su cocina, corrió hacia mí y me abrazó y me besó. Esto fue
suficiente para que yo olvidara a mi prometida. Permitidme ir
donde ella. A la mujer, con quien me voy a casar ahora, le pediré
perdón.

Con la venia de sus mayores salió de la casa y fue a buscar a la


niña. Pero, entretanto, la viejita ya había llegado a su morada,
donde esperaba la hija del diablo.

—Niñita querida, ya no te apenes. En este momento llegará tu


amante. Esta gallinita hirsuta le ha contado toda la historia de su
vida.

Así dio cuenta la ancianita de lo que había ocurrido, mientras


soltaba sus aves y en ese instante se presentó el mancebo.
Sentidamente caían las lágrimas de sus ojos como de un
manantial. Penetró hasta el centro del patio y se postró de
rodillas:

—Palomita, corazoncito fino, perdóname, por piedad. No tengo


la culpa de haberte olvidado. Yo no permití que nadie me
abrazara. Sorpresivamente, sin que yo me diera cuenta, la
vejancona de nuestra cocinera me abrazó. Por tal motivo te
olvidé, involuntariamente.

Con estas palabras, el joven le pidió perdón a la niña; pero ella,


llorando su infortunio, su tremenda desgracia, no quiso
perdonarlo y, más bien, lo recriminó:

—A ti, que eres un hombre de mala índole, te acogí en mi pueblo


y en mi casa, con la mejor voluntad. En todo lo necesario, hasta
las cosas más ingenuas, sin faltar en nada, te presté mi ayuda
para que dándome un mal pago y haciéndome llorar a mares, me
hayas dejado en el abandono, en el desamparo. Desde hoy ya no
existe para ti mi corazón.
Como así le respondiera y de ningún modo quisiera perdonarlo,
el mancebo se volvió a su hogar con el corazón angustiado. Sus
padres acaban de despedir a la vieja cocinera.

Los invitados de la fiesta de despedida de soltero aguardaban


con todo preparado la llegada del joven. Ese día hicieron casar al
joven con la jovencita escogida de su propia comunidad.

Cuando los recién casados se retiraban del lugar donde se había


celebrado la ceremonia matrimonial, apareció una litera de
fuego ardiente que echando llamas y estremeciendo el espacio,
arrebató al mancebo. Derramando chispas, sembrando lenguas
de fuego, el carro ígneo se perdió tras el cerro llamado Puka
Puka. El humo que despedía cubrió todo el horizonte,
oscureciendo al propio sol.

Los padres del mancebo rompieron a llorar a gritos. Todos los


presentes quedaron sobrecogidos, consternados, atónitos. El
pueblo del mancebo desde aquel día, le cobró pánico al pueblo
de Tutupaka y hasta ahora recuerda la llegada del carro de
fuego, como si se tratara de un hecho reciente.

Así sucedió toda esta historia.

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