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Antología

Relata
Talleres Literarios
Antología
Relata
Crónica, Cuento, Novela,
Dramaturgia, Poesía y Opinión

Talleres Literarios

2017
Red Nacional de Talleres
de Escritura Creativa
Antología Relata 2017
crónica, cuento, novela,
dramaturgia, poesía y opinión
Talleres Literarios 2017
Red de Escritura Creativa - RELATA

Ministra Textos logrados en los talleres de


Mariana Garcés Córdoba escritura creativa del año 2017

Viceministra Corrección, diseño y diagramación


Zulia Mena García Taller de Edición • Rocca® S. A.
Brenda Serán ~ Revisión de textos
Secretario General [Link]
Enzo Rafael Ariza
Impresión y acabados
Directora de Artes
Guiomar Acevedo Gómez
Aliados de RELATA
Coordinadora Grupo de
Literatura y Libro Banco de la República
María Orlanda Aristizábal B. Jefe de Servicio al Público
Luis Roberto Téllez
Asesores de los talleres de
escritura creativa Relata Departamento de Red de Bibliotecas
José Zuleta Ortiz, Banco de la República
Programa Libertad Bajo Palabra Sergio Sarmiento

Grupo de Literatura y Libro Instituto Distrital de las Artes - Idartes


Vanessa Morales Rodríguez Gerente de Literatura
María Juliana Serrano Ochoa Alejandro Flórez
Felipe Martínez Cuéllar
Coordinador de Escrituras de Bogotá
Editora Ricardo Ruiz Roa
Janeth Posada Franco

© Ministerio de Cultura,
República de Colombia
© Red de Escritura Creativa, RELATA Primera edición, noviembre de 2017
© Derechos reservados para los autores ISBN 978-958-5445-03-1
Índice

Presentación15
Grupo de Literatura y Libro

Ganadores
cuento
El correr del río 19
Andrés Felipe Cuéllar Rojas

La lavandera 22
Natalia Rozo Vanegas

Alguien ha tocado la ventana 24


Carlos Fernando Gutiérrez Trujillo

La glorieta 26
David Cabarcas Salas

Perro Negro 30
Yulieth Mora Garzón

Por la llanura de Esparta 34


Óscar Godoy Barbosa

poesía
Confesiones de un mal poeta a su musa 40
Cristian Camilo Hidalgo García

Vendas al viento 43
Ana Milena López Cifuentes
Broza del bosque
(Cinco instantes barrocos) 45
Felipe García Quintero

Tríptico para Eduardo Carranza 49


Hugo Armando Arciniegas Díaz

TEXTOS REPRESENTATIVOS
ASISTENTES TALLERES RELATA
Nodo Caribe Oriente
cuento
Fingiendo que llueve 55
Daniel Alonso Carbonell Parody

Aquel día 58
Cristina Herrera Miranda

El último café 60
Cindy Herrera

El armario oscuro 63
Aurora Elena Montes Rebollo

El rey de Agrabáh 65
Daniela Guzmán Gutiérrez

Huellas en lo prohibido 67
Yeraldín Mejía Díaz

El monstruo del armario tiene miedo 73


Anny Katherín Sánchez Díaz

El pastor 77
Asceneth Bonilla de Paz

El atravesa’o 78
Amparo Herrera Salazar

La disputa 82
Armando Jaimes Pérez
poesía
El curso de la mancha de agua
Homenaje póstumo 87
Ricardo Alfonso Pacheco Soto

Pecho de pájaro 92
Francisco Bárcenas Feria

Réquiem94
Mario Alberto Bermúdez

Abcdiario al desnudo 96
José Alfonso Vergara Herazo

Nodo Centro
cuento
Guerra interna 101
Víctor Camilo Ronchaquira Gamboa

Julián, el alcalde honesto 105


Nixon Felipe Sandoval Fuentes

La última pelea de mi padre 108


Ramiro Octavio Saldaña Fonseca

Bruma111
Juan Esteban Quintero

Francisco, ¿dónde estás? 114


Mario Castro Ibarra

Al compás de un sorbete 116


Miguel Antonio Peña Peña

Agosto120
Salomé Cohen Monroy

El olor a dulce de guayaba de la


mirada de Mery Yolanda 123
Luis Eduardo Valdés
Una mancha en la alfombra 127
Hernán Aragonez Trujillo

crónica
Ya quedó chuzado 131
John Jairo Ortega

novela
Si yo fuera un hámster
(fragmento)135
Natalie Sánchez

poesía
Salón142
Alejandro Cotacio

Animales descalzos colección 143


Álex Duván Cardozo Gómez

Nodo Sur Occidente


cuento
El danzarín 148
José David Tabares

El lápiz labial de mamá 151


Sonia Emilce García Sánchez

La senda del perdedor 155


Yeison Medina

Una simple firma 157


Guillermo Salazar Jiménez

Detrás del diploma 161


Gloria Álvarez Arrieta

Nadie sabe por qué 163


Alexánder Giraldo
Minicuentos166
María Inmaculada López

El hilo de la vida 168


Teresa Aidee Encalada Arboleda

crónica
Yo, genio y loco 171
Benjamín Ríos Escarria

dramaturgia
Amatista181
Jesús David González Romero

opinión
La educación en Colombia,
un viaje sin esperanza 189
Clarivel Naranjo Rodas

poesía
Barcarola193
Carlos Bedoya Correa

Lunario194
Carlos Bedoya Correa

Ciega noche de mariposas 196


Daniel Sanmartín

Poema responsorial 197


Olga Liliana Toro Pineda

Visión de la maestra 202


Rubby Cecilia Santander de Eraso

Poemario204
Eliécer Villegas

A dónde fuiste ahora 206


Mónica Lucía Vivas Albán
TALLERES VIRTUALES
cuento
La herencia 209
Catalina Calle Arango

poesía
Octubre213
Naiver Urango

LOS AUTORES 214


John Taylor
In memorian

John Taylor tenía el pelo despeinado y la mirada relajada. Solo con verlo
andar, se sabía que era de otro lugar, se diría que de otro tiempo. Mitad
pastuso, mitad isleño, nunca tuvo prisa por llegar a ninguna parte y siem-
pre supo ser la cara más amable que uno podría encontrarse en una calle,
y quizá en la vida misma. Viajero, fue marinero, vivió en Noruega, recorrió
mundo, y terminó en una choza luminosa frente al mar de los siete colores,
donde tenía libros, especias de Turquía, condimentos chinos y ron. John
sabía lo que era la buena vida. No se dejaba confundir y entendía que el
mar y un buen pescado son todo lo que un hombre necesita para ser feliz.
Llevó las letras a la isla, donde dirigió el taller RELATA para el Ministerio
de Cultura durante más de diez años. Y fue su cara amable, su costumbre
de acompañar el saludo con una Milky Way que le iba soltando a uno en el
bolsillo, lo que me hizo conocerlo, volverme su amiga y admiradora de su
laxa sabiduría y su ternura caribeña. Hace unos meses, John se fue de este
mundo. Es una gran pérdida para la Isla de Providencia, para RELATA, para
la cultura en el caribe colombiano, y para todos los que tuvimos el honor
y el privilegio de compartir con él. Buen viaje, maestro.

Melba Escobar
Escritora
Ignacio Izquierdo
In memorian

Ignacio Izquierdo era un hombre silencioso y de bajo perfil, incluso se


podría decir que misterioso. Quien lo haya conocido, recordará que “el
profe” solía ser atento en su mirada de las cosas, pero prudente en sus
juicios públicos. Tal vez por eso escribía. Y sabemos que escribía más de
lo que mostraba y aún más de lo que llegó a publicar. Nacido en Cereté
(Córdoba) un 13 de agosto de 1979, Ignacio estudió Español y Literatura
en la Universidad de Córdoba (Montería) y en esos años terminó por ena-
morarse más de la poesía, de autores como Borges, Benedetti, Cortázar,
del misterio de la escritura; así que en 2006 ingresó al Taller Literario Raúl
Gómez Jattin de Cereté (RELATA - Ministerio de Cultura), dirigido por
Naudín Gracián, y el cual pasó a coordinar desde el 2011 hasta su reciente
fallecimiento en 2017.
No podría decir que vivió lo suficiente, pero sí afirmar que fue un
hombre entregado a animar la labor de la escritura en los más jóvenes,
porque eso sí, Ignacio tenía un espíritu joven y será joven para siempre.

Irina Henríquez
Poeta
Presentación

La Antología Relata 2017, fruto del esfuerzo de 56 talleres de escritura creativa


—53 de ellos presenciales y 3 virtuales— en 39 municipios de Colombia, es
un reflejo de la vida cotidiana del país, tamizado por las múltiples miradas
de los 56 autores que, en esta ocasión, participan en el libro.
Esta obra es una selección de los textos representativos de cada uno
de los talleres. Los temas, como es habitual, se corresponden con las expe-
riencias significativas de la vida humana: el amor, la muerte, la soledad, la
infancia, la violencia, la alegría o la tristeza. Sin embargo, se destaca, en esta
oportunidad, que los autores han podido encontrar estos hechos reveladores
en los detalles sencillos del día a día. Las relaciones familiares, las rutinas de
trabajo, el uso de la tecnología, la observación de la naturaleza, los medios
de transporte, entre otros, son los contextos entre los que transcurren las
historias que hilan este libro. Y el humor y la ironía son herramientas con
las cuales muchos de los autores abordan sus argumentos. Así, la solemni-
dad o la reverencia de los temas se ven acá aligerados por cargas oportunas
de cinismo y capacidad de burlarse de sí mismos. La mirada es capaz de
alejarse para tener mejores perspectivas y puntos de vista más amplios.
Para el Ministerio de Cultura es un orgullo presentar una nueva ver-
sión de la Antología Relata. Año a año, la red se consolida como uno de los
espacios literarios más importantes del país, haciendo un énfasis especial
en aquellos lugares alejados de los grandes centros urbanos en los que la
escritura creativa y la literatura son un pretexto para contar las historias
personales y para la interpretación artística de un país que, como muestra
este libro, está interconectado por múltiples relatos.

Grupo de Literatura y Libro


Dirección de Artes
Ministerio de Cultura

15
Ganadores
cuento
Andrés Felipe Cuéllar Rojas
Primer puesto · Asistente
Tolima · Ibagué
Taller RELATA, Liberatura

El correr del río

El reflejo de la luz en el retrovisor me golpeaba los ojos, era insoporta-


ble, no podía distinguir muy bien el ancho del camino. Martha tenía las
piernas contra el pecho, apretaba los párpados mientras repetía sin parar
un padrenuestro que ya no tenía sentido. Me estaba desesperando, la ora-
ción volvía a empezar. “Igualita al hermano” pensé, no ayuda con nada,
no pasaba tiempo con Dani. Se contentaba con ir los fines de semana a la
casa y comprarle un helado. El padrenuestro empezó de nuevo, Dani se
iba a despertar, luego vendrían las preguntas, el llanto ahogado y el asma.
Martha no tardaría en empezar a llorar.
Eran las cinco de la tarde cuando salimos de la finca, regresábamos a
casa después de pasar todo un día revisando los cultivos de café. Las tres
estábamos agotadas. Dani ya empezaba a quedarse dormida en el asiento
trasero, así que le dije que se pusiera el saco y los guantes. Habíamos salido
a eso de las seis de la mañana desde el pueblo hacia lo profundo de las mon-
tañas, una zona que siempre ha sido considerada como de alto riesgo por la
vegetación espesa, las fincas ubicadas muy lejos de la carretera y esa oscu-
ridad que devora el campo en cuestión de minutos. Se hacía tarde, Martha
intercalaba miradas entre su reloj y las montañas, sabía que no podíamos ir
más rápido, además, si al carro le pasaba algo, yo no soportaría otra cantaleta.
El recorrido tardaba cerca de tres horas y media. La carretera del Cauca
hacia La Plata era destapada y bordeaba las montañas; calculaba que a buen
paso llegaríamos más o menos a las ocho o nueve de la noche. Dani tenía que
estudiar al otro día a las siete de la mañana. No tuve tiempo de plancharle
su uniforme ni lustrar los zapatos desde el sábado, y ahora debía preparar
mi parte del informe y lavar la ropa sucia de esta visita. El barro empezaba a

19
Antología Relata

secarse, el color café oscuro de las manchas se degradaba hasta quedar muy
claro, luego se caía solo a pedazos y era más fácil limpiar la ropa. Miré a Dani,
las botas parecían tener dos suelas, la segunda casi negra, con pasto y trozos de
ramas, ni qué hablar del resto de la ropa. Martha giraba el anillo de su dedo,
lo sacaba, lo pasaba de una mano a otra, solo miraba el espejo lateral, tenía
que viajar a Neiva a las seis de la mañana para una cita médica. Las noticias
de las últimas semanas no eran muy alentadoras, la delincuencia no paraba
y los atracos eran pan de todos los días. La luz empezaba a agotársenos.
Encendí las exploradoras, apenas se alcanzaban a distinguir las siluetas
de las montañas, de aquellas de donde habíamos partido hacía un rato. El
azul del cielo empezaba a mezclarse poco a poco con el verde oscuro del
relieve, pronto sería negro y nada más. Habíamos trabajado lo más rápido
posible; recorrimos las cinco hectáreas revisando la existencia de plagas y
el estado de los granos, lo más probable era que solo tuviéramos que hacer
una última visita, la cosecha sería muy pronto y ya no sería asunto nuestro.
La carretera se angostaba. Quería acelerar, llegar a casa, tomar algo caliente,
acostar a Dani en su cama, saber que ya era lunes.
El camino empezó curvarse, así que desaceleré. Martha lo notó, me
miró sin decir nada y luego volvió al espejo. Se acomodaba cada tanto,
cambiaba de posición, tenía los brazos rayados; le había advertido que
llevara una camiseta de manga larga para protegerse, pero prefirió esco-
ger a su antojo. Dani ya estaba dormida, se había estirado sobre el asiento
abrazando la muñeca que le regaló Álvaro después de que le rogó meses.
El ruido del motor hacía un eco que solo era acompañado por el sonido
de los insectos que volaban frente al auto, en esos escasos seis metros de
mundo que teníamos ante nosotras. A lo lejos podían verse en las monta-
ñas algunos puntos de luz que provenían de pequeñas fincas en medio de
tanta espesura, allá seguramente había personas cenando, tomando agua
de panela con pan o ya preparándose para ir a dormir con guantes, pasa-
montañas y una cobija cuatro tigres. No hay nada más que hacer en esa
zona después de las seis, los agricultores salen a amarrar los perros y luego
van de regreso directo a sus casas.
La carretera se ponía más difícil. El río Páez apareció a un lado del
camino. No podía avanzar mucho, faltaría una hora tal vez para llegar al
pueblo. Tanto silencio me producía cierto nerviosismo. Iba a poner algo
de música, pero Martha se adelantó y quitó el radio. —Sabes cómo son las
cosas por aquí —dijo. Intenté conversar, pero el silencio siempre retornaba.
Miró a Dani, suspiró—. La voy a extrañar mucho —dijo por fin.

20
Talleres Literarios 2017

El sonido de una moto rompió la noche, no estaba muy lejos. Pre-


sioné firme el acelerador y miré atrás, Dani seguía dormida. No faltaba
mucho para llegar al pueblo. El ruido se fue haciendo intenso, aguijoneaba
mis oídos. Pude ver el reflejo de la luz de su farola en el espejo retrovisor.
Martha no había hecho ningún comentario, ahora miraba al frente, sin
parpadear mucho y con los brazos dentro del auto. El camino era angosto,
la moto estaba atrás.
Nos miramos.
—Desacelera y dale espacio para que pase —dijo Martha. Acerqué
el carro lo más que pude a la orilla y bajé a cuarenta la velocidad, pero la
moto no pasó, la luz y el motor seguían atrás de nosotras. Martha se quitó
los aretes y el anillo, empecé a temblar. La luz estaba allí y el ruido empezó
a calar más hondo. Dani no pararía de llorar, pensé. Le dije a Martha que
sacara el inhalador de la guantera y lo guardara en su bolsillo.
Recordé que se había hecho costumbre que botaran en el monte
las llaves de los carros antes de escapar; estaríamos varadas, sin comida
hasta que empezaran a circular los primeros carros en la mañana, y ese era
incluso el mejor escenario. La moto seguía atrás, no aceleraba, no paraba,
ese maldito reflejo. Ya conocía la rutina, nos harían sentar a un lado de la
carretera, inspeccionarían el carro, luego vendría la requisa y finalmente
la decisión sobre qué hacer. No llevábamos gran cosa, apenas cincuenta
mil pesos. Iba a decirle a Martha que no escondiera las joyas, pero ya se
las estaba poniendo de nuevo, ella sabía cuál era la forma en que por aquí
suelen completar el botín cuando no hay cosas de mucho valor. Empezó a
rezar, rezaba entre los dientes con un seseo desesperante.
­—Tengo hambre —dijo Dani. La miré, no respondí. El reflejo en
el espejo se hizo insoportable—. Mami, tengo hambre —dijo de nuevo.
Martha me miró, le dije que estacionaría el carro, no soportaría seguir así.
Disminuí la velocidad y conduje hasta el borde del camino después de una
curva muy cerrada—. ¿Ya llegamos? —preguntó Dani. Martha la tomó de
la mano y la llevó a sus brazos—. Vamos a rezar juntas —le dijo. La miré,
sus ojos me interrogaban. “¿Dónde estaría Álvaro?”, pensé. Nadie más pudo
cuidar de ella ese fin de semana. Martha la abrazó fuerte, ahora sabía más
que antes que no podría volver a hacerlo tan seguido. Apagué las luces
delanteras y el pequeño foco del interior. Cerré los ojos. El seseo se duplicó,
me atravesaba la espalda. El ruido de la moto se apagó, tomé las llaves entre
mis dedos. “Se acabó, no la volverá a ver”, pensé en ese momento y por un
instante pude escuchar con claridad cómo corría el río Páez.

21
Natalia Rozo Vanegas
Segundo puesto · Asistente
Huila · Neiva
Taller José Eustasio Rivera, RELATA Huila

La lavandera

La madre lo lleva al río envuelto entre colchas, lo sostiene en los brazos


mientras le acaricia el rostro, después la cabeza. Lo besa y lo apretuja con-
tra su pecho. Esquiva los charcos. Sus zapatos están untados de lodo y uno
que otro rastro de maleza e insectos.
La niña va a su lado. La mujer casi nunca permite que la acompañe,
porque no le gusta que la vea trabajar, pero hoy, aunque está a punto de
anochecer, y no es hora para lavar, ella va al río. Justo cuando iba a salir de
la casa, volteó, miró a la niña, se acercó y le dijo que la acompañara, que
le llevara unas cosas.
Su cabello, que hace algunos días llevaba suelto sobre los hombros,
ahora lo tiene recogido, envuelto en una pañoleta. Por el camino, mira de
reojo a la niña para cerciorarse de que no se ha quedado atrás. La mujer
no dice nada, suspira.
Llegan al río. La madre camina lentamente hasta la orilla, se arrodilla
cerca del agua en la misma posición que utiliza para lavar. Se está ensuciando
el vestido, el color gris de la tela se mezcla con el lodo, con los pequeños
insectos que empiezan a brincar sobre sus piernas. No se ve bien, su rostro
está pálido, no hay sonrojo en sus mejillas como hace algunos días. Pide
a la niña que le entregue la batea, la coloca en el suelo, mira al bebé, le
quita la colcha, lo acuesta con delicadeza; su escuálido y pequeño cuerpo
no alcanza a sobrepasar la largura del lecho de madera.
La mujer tiene el rostro mojado, el agua escurre por sus mejillas, como
si la transparencia de sus ojos estuviera derritiéndose. Empieza a desnu-
darlo: primero le quita las medias, que ella le había tejido hace algunos
meses. Cuenta cada pequeño dedo, besa las plantas de los pies; después,

22
Talleres Literarios 2017

lentamente, le quita el pantalón y la camisa, aprieta entre sus manos aque-


llas telas y las lleva hasta la nariz.
Empieza a bañarlo. La niña le entrega el único jabón que hay en la
caja de madera. Las manos de la madre recorren con suavidad el cuerpo del
bebé. Cuando llega a la cabeza, la toma entre sus manos, jabona los escasos
y delgados cabellos, el cuello, la nuca, termina y deja descansar nuevamente
la cabeza en la batea. Después, le echa agua con mimo, evitando que entre
agua en los oídos, la boca y los ojos cerrados. El bebé tiene los labios mora-
dos, las mejillas no tienen color, sus dedos están azules. La madre lo viste,
le cuesta mucho hacerlo, las manos le tiemblan.
La niña le pide que le entregue el jabón para guardarlo en la caja, ella se
lo entrega y le dice que lo lleve en las manos. Se levanta, toma al bebé entre
sus brazos y lo acuesta dentro de la caja. La niña lo mira; quiere abrazarlo,
acariciarlo, así como la mujer lo hizo cuando estaban caminando, pero solo
se atreve a rozar con los dedos el pequeño rostro del bebé. Lo siente frío.
La madre tapa la caja con las puntillas y el martillo que trajo la niña. Se
levanta, toma la caja entre sus brazos y empieza a caminar de vuelta a casa.

23
Carlos Fernando Gutiérrez Trujillo
Ganador · Directores de taller
Quindío · Armenia
Taller de Lectura y Escritura Creativa: Café y Letras, RELATA Quindío

Alguien ha tocado
la ventana

Golpean. Tres golpes secos sobre la ventana del cuarto. Los reconocía. Abrí
rápido. Una mano ancha y recia contenía tres mandarinas frescas, bañadas
por el rocío. Las tomé como un tesoro. Tras ellas, el rostro endurecido de mi
padre. Sonreímos. Desde aquí se veía el río, limpio y claro como el paisaje.
Años después las dragas y la maquinaria pesada, junto al río, eran una
ruina. Primero llegaron los paisas con sus mercancías ambulantes, tras ellos
las putas y el vicio. En esas épocas de oro y ambición nadie se quedaba
quieto. Todo empezó en un socavón en el río, luego siguieron muchos, hasta
ver la orilla como un lodazal que supuraba. Al regresar a la vieja casa no
había lugar para mí. Los nuevos dueños me alquilaron un derruido cuarto
al fondo de la cocina. Los inquilinos trataban de sobrevivir arañando las
pocas arenas que secaron los tulipanes y los guaduales de las orillas. María,
la nueva dueña, se cansó de contar la interminable fila de muertos que bajó
por el cauce. A la mayoría les abrían el estómago para que no flotaran. Pero
el río es terco y escribe su memoria.
Una noche, alrededor de un café, un desconocido narró la última
masacre cometida en el caserío cercano. Cincuenta hombres, vestidos de
militares, entraron al lugar, cerraron las entradas y convirtieron la plaza
central en una carnicería. Los que sobrevivieron tomaron sus pocas perte-
nencias, abandonaron sus cafetales y se marcharon a lamer miserias callejeras
en la capital de la provincia.
La vieja se mantenía molesta y triste con sus inquilinos. Se quejaba
de no poder comer, nadie le pagaba el alquiler. La antigua casona se fue

24
Talleres Literarios 2017

convirtiendo en una balsa detenida en la miseria. Dos mujeres y un anciano


habitaban el cuarto central, solo salían al caer la tarde y regresaban en las
madrugadas, deshechos. Un hombre y su hijo pequeño intentaban atrapar,
entre las aguas viscosas, una o dos pepas de oro con una pala y una batea de
madera. Las antiguas canoas de los pescadores naufragaron en sus ruinas.
Los nuevos propietarios sembraron de ganado y miseria la comarca. A
veces llegaban en sus camionetas blindadas, pero salían rápidamente hacia
sus lejanos y seguros hogares. Nuevos nombres fueron tomando las antiguas
fincas cafeteras. Alguien narraba del rumor de voces que permaneció en
los surcos, de las épocas de cosecha y la música de carrilera en bares y can-
tinas. De cientos de hombres que venían de cosechar algodón en el Cesar,
de recoger arroz en el Tolima, de raspar coca en los Llanos. Venían a estas
tierras cafeteras en la cosecha de octubre y la traviesa de marzo. Había plata
para todos. Pero hoy la noche trae un eco solo. Apretujados en la cocina
de la casona todos esperamos algo. La anciana recuerda a mi padre, su voz
saludando en los caminos. Contó historias de mi vida infantil pescando
corronchos y sabaletas junto al río.
Era de noche. El río traía un olor a lluvia en las orillas. Desde lejos se
escuchaba el canto de los guácharos. Monte adentro escuché un rumor de
pasos lejanos que se acercaban. En la casa, apenas se oía un eco de voces,
un jadeo leve, un llorar lento. Una tos seca y definitiva. Quizás los años nos
reunían en su ruina. Había vuelto a la casa después de rodar por soles y tierras
lejanas. Tras las paredes alguien rumoró que había venido a morir de viejo.
Esa noche estuve despierto hasta la madrugada, tras la ventana se
escuchaba el río machacar las piedras, la noche traía un olor vegetal de café
maduro, un rumor de tórtolas en la madrugada. Alguien tocó la ventana,
sabía quién era. Abrí y reconocí la mano ancha y recia. Un olor a mandari-
nas se escabulló en el cuarto. Sujeté esa mano para no volver.

25
David Cabarcas Salas
Mención de honor · Asistente
Cundinamarca · Bogotá
Taller de Cuento Ciudad de Bogotá

La glorieta

A Luz Salas, Adrián y Sebastián Cabarcas 

Todas las noches Tony del Vecchio soñaba que ingresaba en una habitación


amplia, de poca luz y rodeada de puertas infinitas. Era la misma habitación
a la que llegaba una vez cerraba los ojos, pues, a pesar de la muerte transi-
toria que experimentaba al dormir, la reconocía con la certeza propia del
que está despierto y vivo. La soñó por primera vez la noche en que se juró
a sí mismo no volver a apostar jamás, muy a pesar de haber ganado en su
última partida. Recordaba ese triunfo y se atormentaba porque no sacaba
de su mente el as de picas y la jota de diamantes de un rojo fuerte con las
que le ganó en el Blackjack al turco Asik, quien para pagar el precio de lo
apostado se cercenó uno de sus dedos con un puñal de dientes.
Tenían todo el dinero para apostar, pero habían descubierto que el
azar trae consigo la fascinación de comprobar cómo se ensaña el destino
a través de las posibilidades. No era un asunto de ganar o perder, sino de
retar los designios mismos de la vida. Fue entonces cuando el turco Asik le
propuso que en vez de dinero apostaran en una sola partida el valor de
cortarse el dedo índice de la mano izquierda. Tony del Vecchio aceptó,
motivado por una ansiedad que lo hacía sudar y le provocaba un temblor
notorio en las manos. Tuvo la fortuna y el alivio de encontrarse con las dos
cartas en la primera repartida y el sinsabor de ver cómo fluía la sangre de
la mano del turco.
Esa noche durmió a intervalos y fue cuando lo sorprendió el sueño en
el que ingresaba a una habitación de múltiples puertas. Abrió una de ellas

26
Talleres Literarios 2017

y al cruzarla se encontró al otro lado con una glorieta oscura por donde
sólo un auto blanco se desplazaba de forma circular y constante. Intentó
detenerlo sin percibir con claridad al conductor, pero, por más que trataba,
el auto proseguía. Descubrió que había un único paradero, en el cual se
distinguían dos zonas, una roja y otra negra, donde era de esperarse que
el auto se detuviera; pero este continuaba. Cuando por fin creyó que el
auto blanco se iba a detener justo sobre la zona negra, se despertó asus-
tado, tembloroso y con esa sensación de querer apostar sobre cualquier
circunstancia de la existencia.
Desde entonces había durado seis años en un sobrevivir permanente a
las ganas de apostar. Se dejaba llevar por la trepidante evocación del ruido
de las cartas del poker, por el golpe seco de las fichas del dominó y la rever-
beración de la bolita al dar tumbos en la ruleta. Pero ese deseo lo reprimía al
instante. Pudiera pensarse que era en el extraño sueño donde Tonny del Vec-
chio aprovechaba para volver a experimentar con las posibilidades. Y en
efecto, cada vez que accedía a la habitación cambiaba de puerta. Elegía
alguna de forma aleatoria, solo que luego se topaba con la misma imagen:
el auto que se movía constante por la glorieta y que jamás se detenía; y
cuando este ya parecía detenerse en la zona negra, él se despertaba asus-
tado y con las ansias de apostar. Al principio pensó que su sueño no era
más que el recuerdo del casino, aunque también imaginó que su determi-
nación de no volver a apostar jamás era vapuleada por un impulso interno
que lo instigaba a jugar.
Sus amigos apostadores lo llamaban a diario y entre ellos habían pac-
tado una apuesta de cincuenta millones para quien lograra convencerlo. En
alguna oportunidad el polaco, un viejo amigo de juego, lo llevó frente a la
iglesia para esperar el final de la misa de las seis de la tarde, con la intención
de apostar tres millones al que fuera capaz de proponerle matrimonio a la
primera mujer de zapatos rojos que vieran salir. Tony del Vecchio comenzó
a sudar al escuchar la apuesta. Un temblor incontrolable se apoderó de sus
manos y una corriente fija y orgásmica se centró en el punto de su ombligo.
Decidido a apostar, miró al polaco con el rostro tallado con tres arrugas en
la frente, las pupilas dilatadas, un rubor en lo amplio de sus mejillas y dos
lágrimas que pretendían ganarle a su voluntad. Sin embargo, respondió con
un NO tajante que emergió de las fuerzas más recónditas de su espíritu. Al
polaco no le quedó más que desistir.
Hasta que cierto día, el turco Asik lo convenció casi que por la fuerza
para que participara en un reto de comida que se hacía por beneficencia en

27
Antología Relata

uno de los barrios marginales de la ciudad. Tony del Vecchio aceptó, en parte


porque no soportaba ver el dedo del turco a la altura de la falange medial.
La apuesta consistía en comer la mayor cantidad posible de pollo asado.
Su contrincante era Silverio, otro apostador reconocido; un negro alto y
delgado que parecía saciarse solo con el viento. Los ubicaron en una mesa
vieja de madera, con al menos veinte pollos para cada uno, servidos en
dos bandejas grandes.
Distintos apostadores y curiosos se reunieron alrededor, y muchos
celebraban el regreso a las apuestas del gran Tony del Vecchio. La algarabía
aumentaba en la medida en que los comensales devoraban los pollos pasán-
dolos con sorbos de agua. Silverio tragaba con una precisión de relojero,
partía los pedazos de pollo y se los introducía a la boca con una decencia
de conejo domesticado. Metodología esta que contrastaba con el estilo
antropófago de del Vecchio, quien prácticamente se atragantaba con cada
pollo. El polaco anunció el conteo; cada uno de ellos había comido diez.
Con un volumen exagerado la música sacudía el espacio con La Pere-
grina de Richie Ray y Bobby Cruz. Pasado poco tiempo, Tony del Vecchio se
levantó de la mesa mientras terminaba el último pollo de la bandeja. Miró
a Silverio y se fijó en los tres pollos que aún le faltaban al negro. Sintió el
triunfo, la sudoración le brotó avasallante y se deslizó por su espalda. Las
manos le temblaban y saboreó esa gloria fascinante que solo da el azar. Mor-
dió de nuevo la victoria en las últimas presas de pollo, pero un hueso quedó
incrustado en su garganta y él empezó a darse golpes de pecho para bajarlo;
los amigos aplaudían a rabiar ese gesto y entre el retumbar de los timbales
y el piano de Richie Ray gritaban otra fortuna más del gran Tony, quien en
ese momento ya saltaba desesperado para bajar el hueso. El turco Asik y
el polaco saltaban con él para unirse al festejo. Del Vecchio trataba de bal-
bucear alguna palabra de ayuda, se agarraba el cuello como quien tuviera
la idea de estrangularse. Su cara ya estaba roja. Una vena larga y pronun-
ciada le subía desde el cuello hasta la frente. Todos coreaban su nombre
y él parecía agradecerles con señales de auxilio que la gente interpretaba
como muestras de júbilo.
Se puso morado y se desplomó en el piso.
Luego ingresó a una habitación de puertas infinitas. Quiso que la suerte
eligiera. Escogió una puerta de manera aleatoria y al atravesarla encontró la
glorieta oscura y el auto blanco que la recorría de manera circular sin dete-
nerse. Se acercó al paradero y lo vio dando vueltas. Hasta que finalmente

28
Talleres Literarios 2017

se detuvo a su lado y justo en la zona roja. Se subió al auto sin fijarse en el


conductor. Y emprendió un giro perpetuo por aquella glorieta.

29
Yulieth Mora Garzón
Mención de honor · Asistente
Cundinamarca · Bogotá
Taller de Cuento Ciudad de Bogotá

Perro Negro

Perro Negro me encontró otra vez. Anoche cuando llegué del trabajo entró
al apartamento en el que vivo ahora. Debió ser que dejé la puerta de la calle
abierta, mientras sacaba la basura. Subí, cerré con doble llave y lo vi en el
baño tragando agua del inodoro. Me fui a la cama en puntas de pie. Perro
Negro me siguió. Me recosté despacio. Cerré los ojos. Intenté, lo más que
pude, sostener una respiración normal. Me hice hielo.
La primera vez que Perro Negro me atacó tenía siete años. Mi madre
abría el local de una nueva casa a la que recién nos habíamos mudado. Los
sábados sacábamos una mesa para vender obleas a los niños que pasaban
por el camino de flores que dividía los interiores. Era paso obligado para
ir al parque.
Solo teníamos que esperar a que los niños salieran de casa —con sus
juegos de woki toki, un balón o un tamagotchi— y pasaran para comprar
obleas o helados, que también vendíamos.
Era un sábado al mediodía, yo alineaba los ingredientes para preparar
obleas sobre la mesa; a la izquierda las frágiles galletas, de ahí en adelante,
los recipientes de queso rallado y arequipe, un cuchillo sin filo, dos salse-
ras de puntas impecables, como nuevas, la blanca con crema de leche, la
roja con dulce de mora, al borde de la mesa el servilletero a tope. Debajo
un mantel de arabescos.
Mamá organizaba bebidas en la nevera.
Perro Negro pasó como una sombra por el respaldo del camino de
flores. Le vi el rabo enrollado mientras terminaba de ordenar. Mi madre
seguía ocupada, organizando los productos. Me senté a esperar en nuestra
silla de madera.

30
Talleres Literarios 2017

Volví a ver a Perro Negro ya debajo de la mesa. No parecía un simple


perro y lo confirmé cuando haló el mantel con furia. Subí de un salto a la
silla, me empiné por encima de la mesa que todavía se mantenía en pie.
Nos vimos por primera vez a los ojos.
Perro Negro era grueso, de ojos brillantes con una mordida que no
encajaba de la rabia. Un monstruo baboso de pelaje abundante y rebelde,
cuatro patas de fiera.
Intenté bajarme de la silla. En el primer movimiento Perro Negro
abrió de nuevo el hocico como una nueva máscara, pegó dos ladridos, me
mostró los dientes, sacó su lengua ancha y roja, olisqueó el suelo y sentí
su mirada mientras se tragaba el queso. Alguien cerró una ventana en el
segundo piso de la casa de en frente y mi madre se me acercó por la espalda.
Perro Negro ya no estaba. No pude moverme.
Mi madre preguntó qué había pasado. Me eché a llorar sobre su pecho
y me rodeó con sus brazos congelados. Me lavó la cara, me calmé. Ella se
encargó de recoger todo lo que había en el suelo. Tuvimos que volver a
rallar queso —quedaba poco— y a reenvasar el arequipe. Sacó un helado
de la nevera para mí.
Después, me mandó hasta la panadería a comprar una libra de queso
costeño; como había llorado, tenía la cara roja, no quería ver a nadie a los
ojos. Me concentré en el helado, era de vainilla, con chispitas de chocolate
y cono de galleta crocante.
Pasé el parque, primero la cancha por el borde —sin salirme de la
línea blanca—, donde estaban jugando un partido de fútbol, luego avancé
por la mitad de la cancha de baloncesto que estaba vacía. Llegué a la pana-
dería, olía a pan recién horneado. Saqué el billete de la media. Pedí una
libra de queso costeño en bloque y con las vueltas compré dos panes para
compartir con mamá que era fanática del pan caliente.
Hundí lo más que pude la bola de helado en el cono —no fuera a ser
que se me cayera—, metí la bolsa del queso entre la del pan, para que no
se resbalara la más liviana, me la colgué en el brazo, porque en esa mano
todavía tenía dos monedas: una de $100 y otra de $500. Metí las monedas
entre la media y en el segundo paso se bajaron a la planta del pie.
De regreso corrí para sacarme las monedas rápido. Pasé de nuevo
por la cancha de baloncesto, volví hasta la de fútbol y el partido de antes
estaba en receso, así que lo recuerdo: corrí por la mitad, con mi cono en
la mano, el helado hundido en la punta, sin el riesgo de derramarlo, corrí

31
Antología Relata

con fuerza, cada vez con más velocidad para regresar a casa y sacarme las
monedas de los pies, pero apareció Perro Negro.
Me embistió de frente. Puso sus dos patas delanteras encima de mis
hombros. Me tumbó al suelo. Encima, su hocico de monstruo me empapó
la mejilla, lamió mi frente. Intenté ponerme de pie y me mostró los dien-
tes, que ya conocía pero no de cerca; sus dientes amarillos salían de unas
encías moradas asquerosas y sus babas se estiraban hasta caer en mis ojos y
resbalar cerca de mi boca. No solté el cono, se lo tragó en mi mano.
Acabó el helado, me puso sus patas traseras sobre el estómago y me
enterró las uñas negras, llenas de tierra. Mientras rompía las bolsas, pude
levantarme, corrí con las manos llenas de helado, la cara mojada, y sentí
que Perro Negro corría detrás de mí y ladraba sin parar. Nunca di vuelta.
Los jugadores —listos para el segundo tiempo— se reían a carcajadas.
Escuché sus burlas durante mi carrera.
Llegué a casa agitada, con la camiseta trozada, sin mencionar una
palabra. Solté un llanto que no podía pararse con nada. Mi madre entró
la mesa; no vendimos. Ella cerró las puertas, y me lavó las manos y la cara
de nuevo, puso a calentar agua, y cuando me quitó la ropa para bañarme
salieron a volar las monedas, tenía marcados cara y sello en la planta del
pie. Me bañó a totumadas de agua tibia. Lloré todo el tiempo. Preparó
arepuelas para contentarme. Vimos televisión hasta que nos dormimos.
La mañana siguiente es mi primer recuerdo de un domingo sin sol.
Mi madre me llevó a misa en la capilla frente al parque de la segunda sec-
ción de casas. Al salir se encontró con su amiga —que nos recomendó ese
lugar para mudarnos— y sus dos hijas. Me invitaron a jugar y dije que no.
Tenía miedo de correr en el parque y que Perro Negro me atacara, pero no
les expliqué, simplemente dije que no.
Nos sentamos sobre una piedra junto a su amiga. Vi a las niñas jugar
a las cogidas, y luego a los congelados, con otros niños. Cuando me decidí
a correr con ellos vi a Perro Negro husmeando en una caneca de basura,
le halé el saco a mi madre, le dije en el oído que tenía ganas de ir al baño
y que tenía que hacerlo pronto. Se despidió de su amiga y las niñas, nos
fuimos corriendo a casa.
Yo vigilaba siempre por detrás para que Perro Negro no me persiguiera.
Cuando llegamos a casa, mamá entró al baño conmigo para ayudar con la
urgencia. Me sentó en el inodoro. Oriné dos gotas. Ella se puso histérica.
Me subió los pantalones y dijo: “No vas a hacer tu voluntad. ¿No te gusta

32
Talleres Literarios 2017

aquí?”, se me escurrieron las lágrimas. Ella rompió mi silencio. “Así es la


vida. Tienes que aprender a vivir con esto”. Me sequé la última lágrima.
Aún no me acostumbro a Perro Negro. Cuando apareció anoche, me
lamió la cara muy despacio, me puso el hocico ya viejo en la oreja, me exa-
minó la nariz y las comisuras. Su olor repugnante se mezclaba con olor de
queso para untar —seguro lo había dejado destapado sobre el comedor
cuando desayuné—. Sacó los dientes y me rodeó el cuello con su lengua
partida. Después mordió mi camiseta negra y, ante la falta de respuesta, se
quedó con un pedazo, quizá se lo tragó.
No moví un dedo, me hice la muerta…
Se cansó. Bajó de la cama chillando como un cachorro.
Perro Negro ladró y aulló un buen rato, hasta que acabamos dormidos.

33
Óscar Godoy Barbosa
Mención de honor · Director
Cundinamarca · Bogotá
Taller de Novela IDARTES

Por la llanura
de Esparta

Esparta fue un rotundo fiasco. La gran ciudad guerrera del Peloponeso, con
su nombre evocador de héroes y batallas, se presentó ante nuestros ojos
como una aglomeración de calles, casas y edificios con poco pasado para
contar. De pie junto al autobús que nos había traído, tras día y medio de ruta
desde el santuario de Delfos, no acabábamos de creer el contraste entre la
imagen que nos habíamos formado y aquella realidad ruidosa y desgastada.
—La culpa es nuestra —le dije a Vanessa—. Nos dejamos ganar por
el nombre.
—No hables por mí —fue lo que respondió, con un gesto enfurru-
ñado que empezaba a inquietarme.
No eran tiempos de internet. Todavía se viajaba con una guía de rutero,
algún talento para hablar con la gente, buenas dosis de olfato y una abierta
propensión a la aventura. Ni en los sueños más sublimes imaginamos que
algún día los viajeros dispondrían de completas guías virtuales, mapas per-
sonalizados y monitoreos por google earth que eliminan de tajo el azar, la
posibilidad de la sorpresa.
Esparta, la ciudad guerrera. Con solo descubrir el nombre en el mapa
insistí hasta el cansancio para aquel cambio de planes. Como mínimo ima-
giné anfiteatros, estadios, templos a los dioses de la guerra, murallas, caminos
empedrados, huellas del antiguo esplendor, como las que encontramos en
Delfos. Pero caminamos hasta que se hizo de noche, preguntamos a unos y
otros, y al final tuvimos que aceptar el paso en falso: la espartana no había
sido una sociedad preocupada por la posteridad. Vanessa resoplaba, agotada

34
Talleres Literarios 2017

su paciencia. Sin este desvío hacia el sur, la noche nos habría alcanzado en
Epidauros, o tal vez en Atenas, la gran meta de nuestro viaje.
—No te preocupes —le dije, ya cansado de caminar, tras invitarla
a sentarse conmigo en una banca del único parque encontrado en aquel
caos—. Lo que debemos hacer es cerrar los ojos y conversar con los dioses.
Intentaba sacarle una sonrisa. Cerré los ojos y crucé mis brazos por
detrás de la cabeza a manera de almohadas. Pero cuando los abrí Vanessa
ya no estaba. ¿Cómo pudo desaparecer tan rápido? Corrí a la velocidad
que me permitía el peso del morral y la carpa. Di vueltas, lancé miradas
en todas direcciones, abandoné el parque, me interné por las calles de los
alrededores. La noche avanzaba y ya no era posible ubicar su blusa azul,
su morral verde oscuro, su cabello negro y largo. Me ganaba la angustia.
A la vuelta de una esquina divisé la estación de autobuses. Nunca
tuvimos un plan sobre lo que haríamos en caso de perdernos, pero pensé
que aquel podría ser un sitio de encuentro. Entré y recorrí la rústica sala
de espera. Ningún autobús se preparaba para partir. Sentado en una banca
de madera, intenté tranquilizarme. ¿Por tan poca cosa se cortaba un lazo
como el nuestro? Las jornadas de sol y sed a la espera de un auto que nos
recogiera en las autorrutas francesas, las caminatas a medianoche rumbo
a algún camping alejado, las aguantadas de hambre al borde de carreteras
sin ninguna huella humana, la alegría por cada ciudad conquistada, los
sabores locales, los paisajes, los museos y las obras de arte nos habían con-
vertido, más que en compañeros de viaje, en cómplices a toda prueba. Me
negaba a creer que después de tantas cosas Esparta fuera una razón para
quebrar la magia.
¿Sería su reacción a lo que venía ocurriendo? En París, en la reunión de
colombianos donde me deslumbró por primera vez, supe que cinco años
de edad y de expectativas nos separaban. Solo teníamos algo en común:
yo soñaba con un viaje largo de morral a la espalda, ella con una historia
para contar a su regreso a Colombia. Yo hablaba bellezas del viaje de aven-
tura, de la caminata, el aventón, el tren y el autobús en tarifa de pobre, sin
agencias de viaje ni reservas. Había viajado en autostop por Colombia y
algunos países del sur, y ya sabía sobre las legiones de jóvenes en ese plan
que pululaban por Europa durante el verano. Ella le temía, pero no decía
que no, pues terminada su beca no contaba con dinero para un viaje de
otro nivel. Una tarde me llamó: cuenta conmigo. Yo no lo podía creer: via-
jaría con la belleza. Pero no te hagas ilusiones, niñito, me dijo, para dejar
en claro el pacto que nos disponíamos a sellar. Compañeros de viaje nada

35
Antología Relata

más. De carpa, pensaba yo, con semejante mujer. Como hermanitos, recalcó
ella. De carpa, sonreía yo.
Hasta Delfos su pacto se cumplió. La Costa Azul, Mónaco, Pisa, Flo-
rencia, Venecia, Roma, Nápoles, Brindisi, Epidauros, Kalambaka… Los
mapas de bolsillo y la guía del rutero habían hecho valer su información.
En cada lugar ubicamos un camping barato, visitamos museos y calles y
plazas, hicimos rendir cada billete. Como socios aprendimos a armar la
carpa en pocos minutos, a compartir las rutinas diarias de la cocina, la
compra y la lavada de ropa, a hacer amigos efímeros en aquel enjambre de
viajeros en el mismo plan. Y nos descubrimos afines en esa sed de paisajes
y de pasados que nos consumía. Caíamos agotados cada noche en la carpa,
y yo no encontraba manera de propiciar algo más. En las conversaciones
diarias mi vida se quedó sin secretos para ella, pero entonces, sentado en
la estación de autobuses, caí en cuenta de su mutismo. Unas pocas cosas
sabía de ella, las más obvias: su ciudad natal de tierra caliente, su mamá, la
maestría que cursó en París. Vanessa esquivó cada pregunta que apuntara
a conocerla mejor. En las noches, cuando cerrábamos la cremallera de la
carpa, se envolvía en su saco de dormir hasta el cuello, me daba la espalda
y empezaba su respirar profundo, como si dispusiera de un botón de pren-
der y apagar. Yo permanecía un buen rato despierto, inquieto, incapaz de
tomar alguna iniciativa, hasta que me vencía el cansancio del día. Como
hermanitos, había dicho ella, y a la vuelta de un mes me sorprendió la sen-
sación de que ese era justamente el cuadro de nosotros dos.
Hasta Delfos.
Hasta coronar el sendero empedrado que ascendía por la montaña,
flanqueado de ruinas en piedra y mármol, vestigios del diálogo de los hom-
bres antiguos con sus dioses, y encontrar el paisaje más sublime de todo
el viaje. Deslumbrados, nos quedamos de pie, uno al lado del otro, inca-
paces de hablar, como si veinticinco siglos después fuéramos nosotros los
que conversáramos con el más allá. Y fue lo más natural del mundo alzar
mi brazo y rodear sus hombros. Apretar por primera vez, de verdad, aquel
cuerpo que me obsesionaba desde la primera noche en la carpa. Y sentir
que su cabeza se recostaba contra mi hombro.
Sentado en la estación de autobuses, me atenazaban las dudas. Aque-
lla noche en Delfos, y la siguiente en Olympia, primera etapa de nuestro
desvío hacia Esparta, mucho había cambiado dentro de la carpa. Su saco
de dormir ya no se ajustaba hasta el cuello. Conocía la textura de su piel,
la verdad de sus aromas. En las conversaciones empezaban a asomar las

36
Talleres Literarios 2017

confidencias. Alguien la esperaba en Colombia. ¿Explicaba eso su misterio,


su desaparición repentina?
Salí de la estación y me interné de nuevo por las calles. Importaba
continuar el viaje, llegar a Atenas, de pronto a Estambul si alcanzaba el
dinero. No ocurriría nada que ella no quisiera, le diría, como si algo no
hubiera ocurrido ya.
La busqué de nuevo por Esparta. Entré en almacenes, cafés y restau-
rantes. Exploré los andenes. A lo lejos divisé el parque donde la perdí de
vista. No lo pensé más y aceleré el paso.
El parque menos colmado de gente. La oscuridad sobre los prados.
Distinguí una figura familiar, solitaria y un tanto encorvada. Me estremecí al
descubrir a Vanessa allí, sentada en la banca donde yo había cerrado los ojos.
Con su morral sobre las piernas, como desconfiando del entorno, lanzaba
miradas en todas direcciones. El respingo en su rostro cuando me acerqué.
—¿Dónde te metiste? —me dijo. Alivio y rabia se mezclaban en su
voz—. ¡Saliste corriendo!
Con premura brotaron los reclamos, la angustia represada. Arriesgamos
teorías sobre le ceguera selectiva, esa que nos borra de los ojos a la mujer
que apenas se alejó unos pasos para recoger el mapa caído de su bolsillo, y
al muchacho que echó a correr como impulsado por la locura. Y luego el
entrecruzar de calles en una búsqueda inútil. Cuántas veces se asomó ella
a la calle por la que yo acababa de respirar. Cuántas miré hacia el fondo de
un bazar por el que aún circulaba su perfume. En qué momento tomó la
decisión de regresar al parque del principio, justo cuando yo lo divisaba
desde la distancia. Los dioses de Esparta nos dispersaron y nos juntaron a su
antojo, concluimos, sin saber si darnos un abrazo o continuar la discusión.
Nos sentamos en la banca, con la respiración todavía agitada. Consulté
la guía e identifiqué la ruta al camping. Nos esperaba una buena caminata.
Compramos una botella de agua y echamos a andar. Antes de salir de la
ciudad encontramos un puesto callejero de souvlaki, deliciosa carne en tro-
zos envuelta en pan de pita, y saciamos el hambre de la que no habíamos
hecho conciencia hasta ese momento.
Cerca de las diez de la noche nos internamos por una carretera sin
pavimentar y sin alumbrado público. Cuatro kilómetros nos separaban del
camping. Temí que nos perderíamos en la noche sin luna, pero la grava
blanca del camino resultó una guía inmejorable. Seguíamos enfurruñados.
Vanessa no hablaba, y yo no sabía qué decir.

37
Antología Relata

Pronto escuchamos carcajadas y sentimos pasos que nos alcanzaban.


Una veintena de muchachos y muchachas de varias nacionalidades, morral
a la espalda, saludaron y se juntaron a nosotros. Risas al descubrir que nos
dirigíamos al mismo destino. De repente hacíamos parte de una caravana que
rompía el silencio de la llanura espartana con voces en al menos siete idiomas.
La energía del grupo nos contagió. Con la práctica de las últimas
semanas entablamos charlas chapuceando cada idioma, pero al poco rato
nos dimos cuenta de la imposibilidad de conversaciones más ricas. Y no
éramos los únicos frustrados.
Fue uno de los alemanes el que concibió la fórmula para salir de aquel
complejo de Babel que nos consumía.
Comenzó a cantar.
No una letra, apenas un tarareo. Un tarareo potente: la marcha triun-
fal de Ayda.
Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, el grupo entero lo acom-
pañó, al principio con risas nerviosas, luego con voces firmes en diversos tonos.
Las luces del camping se dibujaron en la distancia.
Unos hacían de trompetas, otros de tambor o de violines.
Vanessa tomó mi mano y sonrió. Sin pensarlo mucho, nos sumamos
al coro de trompetas a todo pulmón.
Una muchacha sueca, o finlandesa, propuso el siguiente tarareo:
Carmen.
Otras luces del camping se encendieron ante nuestro bullicio. Un
hombre corpulento, el administrador, caminó de prisa hacia nosotros a
exigir silencio. Con furia nos indicó que la gente ya dormía.
El grupo dejó de cantar entre risas cómplices. Antes de disolvernos
por el camping brotaron, espontáneos, los abrazos de despedida. Compar-
tíamos una noche, una alegría sin nombre, una travesura.
No he vuelto a sentir nada igual.
Los dioses de Esparta sonreían sobre nuestras cabezas.
En nuestro lugar del camping levantamos la carpa con urgencia. Los
ojos de Vanessa me seguían en la oscuridad.
Al día siguiente todavía reíamos al saludarnos de abrazo con el grupo
de la noche anterior.
Y luego cada quien, como Vanessa y como yo, desapareció por los
caminos.
Efímeros desde siempre.
Solo Esparta permaneció.

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poesía
Cristian Camilo Hidalgo García
Primer puesto · Asistente
Antioquia · Envigado
Taller Plumaencendida

Confesiones de un
mal poeta a su musa

I
Llego con retraso a mis mejores citas
y me pierdo de aquello de los dioses,
del fruto de la vida,
de decir dulcemente un verso cuando toco.
Me pierdo de mí mismo
como todo fracasado.
Si tal vez la palabra fuera mano,
cuerpo que estremece desde adentro,
boca que enciende la sangre y la reanima.
Si tal vez quemara lo vivido,
como verso insoportable,
filosófico,
destruyera a quien lo lee,
por lo menos viviría
un instante como dioses
y eso basta.

40
Talleres Literarios 2017

II
Soy un hombre que teme
a la oscuridad prolongada,
a los animales con rabia,
a mi propia vejez.
Le tengo miedo a mi cuerpo
que camina sobre el filo
de un cuchillo oxidado.
Vivo con poemas cansados
que regañan todo el tiempo
mi rostro en el espejo.
Soy cazador del verso
que vive al otro lado de la ventana
y que no logro escribir.
Seré el primero en llegar tarde
a la cita con la muerte.
Este poema solo
es escrito para no encontrarme.
El poema es un gato sin hambre
que nunca busca mi mano.

III
No pongo mis palabras en el tiempo,
sabe bien el eco que estos versos
son plegarias oscuras a futuro.
Mi presente es incierto.
Colecciono palabras
que no sé encajar en escrito alguno.
Terminaré siendo carne para olvido
y me despedazan todo el tiempo
agonías que llegan a nombrarme.
Por retener mi dolor,
riego las palabras por el suelo
y alimento hormigas que

41
Antología Relata

mañana serán hombres…


Nunca la enfermedad
tuvo cara de tigre como ahora
que se abalanza sobre mí
con enfurecidas garras…
Música
es una palabra que me impulsa
a las calles insomnes
a buscar lo preciso para mi canto.
Yo nací el día
en que la poesía odió el mundo
y aun así la busco
y me aferro a ella
como un niño a su madre muerta.

IV
Alguien dice
que no quiere escribir,
que es trabajo para otros,
¡bienaventurado!
Yo vivo mojado de letras
y con gripa.
Cuando escampa
tengo tos
y nadie se contagia,
todos huyen sanos
a su muerte,
sin detenerse siquiera
a patear mis versos,
sin condolerse de esta música
que heredé a nadie.

42
Ana Milena López Cifuentes
Segundo puesto · Asistente
Risaralda · Pereira
Taller La Poesía es un Viaje

Vendas al viento

Hoy he lavado mis vendas


desde la salida del sol
hasta el ocaso.

De tanto en tanto ceñía a mi cintura


el platón rebosado
y volvía a las cuerdas del patio.

Ese gran telar de cielo y grama… ¡vibra!


Por él se sube y se baja
anudando nudos,
descargando vendas.
Llegada a las diez docenas, aparece en el cielo de mi boca una estrella.

Ellas, vendas, son para vendar corazones heridos.


No conocen otro, solo el mío.

En mi bautizo, madre llenó una canasta con regalos-vendas.


Cuando caminé,
abuela me regaló una caja de seis
marcadas con hilo fino.

No tuve que esperar mucho para utilizarlas.


Que si padre… que si hermanos… que si amigos…
Que si palo, que si piedra, que si vidrio…

43
Antología Relata

Que si padre…
¡Con él hube de usar todas las vendas que tenía en casa!
Acosar al tendero de la esquina para apilonarlas.

Gastar mis monedas nuevas, escarbar bajo las piedras.


Y vaya usted a ver… cuando salí al mundo me regaló una docena más.
Sabía que iba a necesitarlas.

Pasé el dintel de la puerta y aseguré mi carga. ¡Ya iban todas usadas!

De amores y vendas sé bastante…

Cada noche la he pasado en vela


ocupada en restañar mi sangre.
Coser las heridas me ha hecho dedal.
Para cada herida, distinta puntada:
cadeneta, sombra, punto de cruz, calado y pasada.
Hay heridas hondas.
Hay heridas… como las de la última noche de Hypathia.

Hoy de madrugada, desvendé mi corazón una vez más.


Tiempo me tomará dejar las vendas nuevamente blancas.
No es bueno mostrar que uno tiene sangre en su patio colgada.

Posdata.

El encordado en el patio de ropas de mi hija ya está pronto.


Veo su corazón.
Parece hecho de materiales propios a prueba de dioses, de cuchillas, de
 compasión, de lamentos.
¡Cosecha de trópico y vida!
Otras vendas… otros vientos…

44
Felipe García Quintero
Ganador · Directores de taller
Cauca · Popayán
Taller Permanente de Formación Literaria

Broza del bosque


(Cinco instantes barrocos)

Eucalipto (mañana)
Antes del aire estuvo el bosque perdido en su prisa. Y primero el hierro
con su savia que la niebla más profunda.
Antes del fuego el reposo de la noche oculta en cada piedra. Y un
camino de sombras que ilumina la soledad de la primera estrella.
Antes del agua fue el silencio un cristal cualquiera, sin rostro ni corona
de espinas. O solo risa a la deriva para el miedo que ahoga sus fiebres de
arena.
Antes de la tierra el sueño donde las raíces despiertan. Por siempre hendi-
dura el hueso desatado, como un puño de luz, del viento entre las manos.
Y antes de las cosas, su mirada, cuando la mañana en los labios deja el
soplo sin pisadas del adiós que nos talla.

Sauce (mediodía)
I
Mientras el cielo arde, sin caer aún, el relámpago se calcina con el res-
plandor invocado de sus raídos huesos.

45
Antología Relata

Llega hasta la hierba, que agitara la quietud del sueño, para cubrir el aire
de cada cuerpo, cuando la voz es latido de otros desvelos.

II
Mientras todo color asiente, despunta lejanía de los párpados, y lo cer-
cado del murmullo en la sangre oscurece a su paso.
A solas el temblor donde anida la belleza que siega el relámpago. Lati-
dos da a la memoria, este pulsar el frío solitario de las manos.

III
Mientras el sol atesora la tierra en el fondo húmedo de las pupilas, sobre
un rostro desconocido el agua, como follaje, mece lo oscuro y la luz se
apacigua.
Al nervio que despierta de sus temores lo sosiega acariciar el horizonte,
antes solo un claro marchito de nubes inconclusas.

IV
Mientras en cada rincón otea la sombra del ayer junto al aire, arraiga la
flor desnuda en lo mirado por nadie.
Mas el alma espera sus remansos, como un secreto incendia sus adentros;
el clavo en el madero es lo insondable del pensamiento.

V
Mientras el hambre estrecha sus migas, así el pan en la boca, íntimo
rebosa, y pródigo el mediodía bulle entre tanta ceniza.
Para otear el destello sin eco del vuelo, y al cabo tener con nosotros un
trozo de paisaje, toda mirada se oculta en la voz más antigua.

Araucaria (tarde)
I
Luego está el cuerpo, con su aire a solas, donde pastan sombríos ani-
males, y el cielo que siembra en la hierba la persistente oquedad de sus
huesos.
A solas, donde todavía la lengua y el beso batallan con sus secretos, da
voces el agua atenta que escucha el silencio de la piedra.

46
Talleres Literarios 2017

II
O el rostro, luego del espejo, abre sus ojos en la memoria, y mira la pie-
dad de lo yerto, bajo el alero vencido que junta la luz tras la puerta.
Más adentro de cada paso persiste la pregunta por lo bello; en la calma
del grito su carne impura es vaho que alienta y aterra.

III
Luego del párpado cerrado queda el latido de la tarde. Y bajo el sol lo
abierto en cada mano; soledad de la mirada si guarda el follaje de su canto.
Aunque de a poco la alegría vuelve a ser semilla, alcanza la rama de
aquella gota que crece con el jadeo desnudo de la lluvia.

IV
Y la infancia luego, de ronda por el huerto, vive en el costado herido de
quien a solas juega con su murmullo vacío.
A su recuerdo el paisaje se extiende, y uno a uno los colores huyen como
un solo grito del horizonte, ya sin nudos.

V
Luego el silencio será albergue del último gesto. Así el pájaro elige la
parca frágil de su paso en la inscripción del viento.
Cuánta luz gana lo mirado para sus adentros. Con lo dicho, la voz no
abandona el instante del alma ausente que visita sus moradas.

Pino (noche)
Serás bosque en los pasos del horizonte y brasa anterior de cada instante.
Ahora sobre el agua la piedra enterrada, donde el cuerpo fuera raíz y
huésped de la noche.
Serás voz de mirada naciente sobre las ruinas. Pues al volver atrás lo visto
arroja un hueso lejano, y la lengua hace nuestro el silencio del paisaje.
Serás refugio que la intemperie nunca deshace; fulgor labrado del aire
con el hierro de su carne inmarchitable. O penumbra en la mano al
empuñar el fuego acallado de los labios.

47
Antología Relata

Serás tierra en las palmas donde el vaho surca los campos que siem-
bran de preguntas la mirada. Ya las flores beben la calma al pie de esas
pisadas.
Serás de nuevo el viento desatado de las últimas palabras. No más rumor
ni hálito deshecho en la fuga del latido que busca por lo hondo su camino.

Guayacán (alba)
I
Sin lugar en la tierra,
el día es la mirada
de cada sombra cualquiera.

Por el camino habla


quien entrega al eco sus huesos.

Hasta el alba los pasos


se encuentran y, sin voz, batallan.

II
Donde el árbol talado exhala susurros,
al viento lo cerca el vaho del mundo.

El rocío abriga el abandono de la hierba.

Bajo los párpados, el aire más distante,


aún la luz que torna pájaro
la flor desnuda de la montaña.

Y un nido de quietud en las manos


acecha el bosque huido de cada mañana.

48
Hugo Armando Arciniegas Díaz
Mención de honor · Asistente
Santander · Bucaramanga
Taller RELATA UIS

Tríptico para
Eduardo Carranza

I
He aquí que un hombre se sienta a la orilla de un río.
Gris es su frente como el alma del sauce que se derrama en las aguas.
Un fragmento de la mañana se ha desprendido del día, y ha cesado tam-
bién el aleteo musical de las garzas.
La tierra ha adormecido su palpitación secreta, y la rosa del alba ha sus-
pendido sus pétalos sobre las tejas del aire.
El río es ahora un ancho cielo de cristal, un espejo de escarcha.
Una luna desnuda, tendida y dispuesta como una muchacha.
Como si fuera uno más de los sauces, contempla el hombre su rostro en
las aguas sosegadas, contenida la corriente de piedrecillas y peces.
Refrenada su avidez de sombras, reprimida su voracidad de viento, res-
quebraja el sol los cristales entre sus dedos de ámbar.
Entretanto dos ángeles, amparados en el sosiego absoluto de las almas,
descienden a enjugar apaciblemente sus alas.
Apenas la claridad retira las manos de los párpados del hombre, ya los
ángeles reparan en el súbito temblor de las aguas.
Como si palpitara el corazón huracanado del río, un estrépito colosal
retumba entre los árboles, seguido por un rumor de voces lejanas.
Los dos ángeles, blancos los ojos entre las cuencas blancas, se posan
temerosos tras el hombre, de rodillas postrado en la tierra blanda.

49
Antología Relata

Y arriba en el follaje azul, acurrucados entre el celaje, otro grupo de


ángeles observan, perplejos, cómo luces y formas asoman desde el fondo
de las gélidas aguas.

II
Una muchacha delgada, suave piel de lirio, salta y salta entre el puente
de piedras pulidas por el agua, seguida de una corte azul de mariposas
de seda.
Otra muchacha abriga entre sus manos, cálidas como el arrullo de alas
angélicas, un fresco ramo de azucenas, desamparadas por el sol desleído
entre cortezas y ramas.
Está también la que pulsa las cuerdas de un arpa de hielo, al tiempo que
una pareja de turpiales se posa sobre su hombro y entonan, melancóli-
cos, una cántiga de amor.
Una muchacha siente cómo su sombra se desprende de su cuerpo, y tras
ella se posa con un peine hecho todo de plumas, mientras una parvada
de golondrinas desciende de las alturas con una corona blanca.
Otra muchacha extrae de las aguas una manzana roja que palpita entre su
mano, y con cada bocado salpican gotas gruesas de sangre por sus dedos,
a la par que se percibe, unánime, el clamor armónico de los amantes
desdichados de la tierra.
Están también dos muchachas mellizas que sostienen en sus manos sen-
dos ramos de orquídeas, y una a una las ofrecen a las muchachas del río,
tras una reverencia en que danzan sus holgados vestidos, arroyuelos por
donde nadan peces de todos los colores.
Tres muchachas morenas, firmes cántaros en sus manos, enjugan entre
sí sus largas y negras cabelleras, cubiertas apenas por velos diáfanos a la
altura de sus muslos, aferrados a sus cuerpos como si pretendieran fun-
dirse con su piel.
Y está la muchacha que marcha entre las venias de sus hermanas, y
adopta, con cada paso, la forma y el signo de una y de todas, solo para
detenerse en la orilla y, con ternura, besar la frente marchita del impasi-
ble hombre que las observa…

50
Talleres Literarios 2017

III
Y he aquí entonces que un hombre, postrado a la orilla de un río, mueve
de pronto sus dedos al compás pausado de su aliento, y hunde después
sus manos en la arena tibia.
Como si algún dios exhalara vida dentro de su cuerpo, se infla de golpe
el pecho del hombre, y este emite apenas un sollozo seco, como si musi-
tara una lengua de otro tiempo, como si regresara de la muerte.
En torno a este hombre, el sol ha sucumbido entre las hojas de los
sauces.
Desolado, el río susurra un canto sombrío: el eco de un coro bajo las
aguas.
Desnuda como la luz, despunta la luna entre el follaje negro.
La enredadera del aire, en su lenta carrera, impregna con su escarcha la
piel de las flores, de las piedras, de las almas.
Al canto de la última garza en vela, asoma el hombre su rostro en los
cristales diluidos, espejos de líquida luz tras los primeros roces de la
luna.
Despliega el hombre los párpados, dos hojas negras entre la alta noche,
antes de que la luz, con su paleta de sombras, termine de trazar un río
laberíntico en su frente.
Sin plegar sus párpados jamás, se pone de pie y se da la vuelta de espal-
das al río, en tanto de su mano se despeña una cascada de arena sobre las
aguas.
Y camina a pasos quedos en dirección a la noche, firme el bastón entre la
tierra blanda, mas no vuelve la vista atrás en instante alguno, en tanto en
la lejanía, desde el pecho mismo del río, aquel coro encumbra la voz una
última vez para despedirle.
Y ahora en sus ojos despuntan apenas rastros del río, dejos que se preci-
pitan a morir entre la desembocadura de su boca, donde, trémula, asoma
ahora una sonrisa leve, una leve sonrisa de agua.

51
Textos representativos
asistentes talleres
Relata
Nodo Caribe Oriente
Atlántico · Bolívar · Cesar · Córdoba ·
La Guajira · Norte de Santander · San Andrés,
Providencia y Santa Catalina · Santander · Sucre
cuento
Daniel Alonso Carbonell Parody
Atlántico · Barranquilla
Taller Literario José Félix Fuenmayor

Fingiendo que llueve

Uno finge que llueve porque así niega y escapa. Fingir que llueve para irse.
Así, desde la oficina, en el despliegue de las persianas y con un vaso de café,
siento la calle vibrar silenciosamente, un taconeo que se repite, las bocinas
de los autos detenidos, el piso mojado que justamente se ha mojado porque
así lo finjo. De pronto visito una frutera y compro una naranja, o gozo con
mirar caer esa lluvia imprevista sobre los impermeables de los niños, para
quienes los arroyos de la ciudad son un verdadero caudal.
Para fingir que llueve hay que quedarse a oscuras, siendo las cuatro de
la tarde la hora de la lluvia tierna. Preferible en octubre. Se puede hacer
café. Se puede uno rodear del cliché que ofrece el cine o la fotografía, que
pega especialmente fuerte si una es mujer, en el que la lluvia es un fenó-
meno repetido, vertical hasta el hartazgo, sedante, como una dosis de algo
a la misma hora. Empero, no hace daño inventarse una lluvia singular.
Imaginar la sacudida de un árbol concreto, la superficie resbalosa de un
embaldosado, un ave que gotea en un tejado cualquiera. Fingir que llueve
no es otra cosa que abrirse a la posibilidad de un movimiento evasivo.
No se finge que llueve por simple fuerza de voluntad. Es preciso tener
de fondo un sonido consistente, pero lejano, como el de un ventilador
que requiere de limpieza o el suave gimoteo de una cafetera. Reproducir
grabaciones de la lluvia es considerado vulgar porque traiciona a la propia
entereza del que finge. Y el que finge se sabe fingidor. La intención no es
creer que llueve, sino hacer llover.
—¿Quieres que pase por ti?
—No puedo, llueve muy fuerte por acá.

55
Antología Relata

En un país sin meteorólogos, Abel es un hallazgo singular. Recién


licenciado en Ciencias de la Atmósfera de la Universidad de Buenos Aires,
trabaja en la Oficina de Prevención de Desastres al otro lado de la ciudad.
Es un tipo alto, de manos grandes y boca gruesa, pálido como él mismo, con
ojos que parecieran siempre disculparse. Cuando quiere pasar a recogerme,
yo finjo que llueve. El hombre ha trazado un plan sistemático de insistencia
que yo respeto sin concesiones. Durante dos meses ha preguntado, no sin
cierta timidez, qué día puede pasar por mí para tomar algo. La respuesta
es siempre la misma. Los otros días, cuando no lo pregunta, solemos tener
conversaciones telefónicas que me inquietan. En el momento me hacen
olvidar una cucharada de comida a puertas de mi boca, o que tengo los
pies en remojo y que descubro muy arrugados al colgar.
Yo creo que la lluvia también conmueve a los meteorólogos. Trazar la
línea en que la belleza se vuelve objeto de estudio, en que el clima es clima
y no signo vital, en que el oficio no sea mera persecución de la forma y se
busque lo otro, una ruta parecida a la alegría. Yo no sé qué piense Abel
de la lluvia.
Si algo me faltaba decir es que no se puede fingir que llueve todos
los días porque a una se le llena la cabeza de agua. Nada más la semana
pasada en que me lo permití tres veces sentía, a la altura del sábado, antes
de dejar mi oficina, el oído izquierdo tapado. Por la noche, en mi cama,
el hilito de agua tibia se escurrió de mi oído para mojarme los hombros.
El domingo por la mañana cancelé una cita con viejos amigos para
quedarme fingiendo que llovía. Abel llamó por la tarde.
—¿Qué tal lo de la plaza?
—Los arroyos no me dejan salir.
Yo no soy una persona de muchos deseos. Apenas me contenta ver
un sol lluvioso al mediodía, inesperado, que pinta la calle de un amarillo
sin saturación, húmedo. La calle vaporosa se da cuenta de que va a llover
realmente, pero no hay alarmas para ello. No es hasta que cae la primera
gota que el mundo se empieza a recoger, que los paraguas se despliegan
y el paso se apura, pero nadie va fingiendo allí, porque ya está lloviendo.
Hay días en los que sencillamente no se puede fingir que llueve. No
da el tiempo para buscar el sobrecogimiento. No siempre se puede com-
batir con el cuerpo adormecido de las cuatro de la tarde, hora en que uno
quiere acostarse para pensar en el resoplido del viento y sentir el agua-
cero, pero estoy segura de que si uno empezara a fingir a diario, desde el
comienzo del día, por ejemplo, empezaría a crecer un arroyito dentro de

56
Talleres Literarios 2017

la cabeza. Con el pasar de las semanas iría gestándose un riachuelo de agua


lluvia, el agua que va goteando despacio allá donde uno la finge caer. Sé
que si pidiera vacaciones y pasara los días en casa solo fingiendo que llueve,
tendría que estar colmada en algún punto de esa soledad acuosa que la
lluvia ha promovido, mojada también de tanto paraje húmedo. En algún
momento, cercano al final de las vacaciones, advertiría sin asombro que
está mojada la planta de mis pies, que una gotera que no conocía empieza
a llorar por las noches, que está empapado mi cabello sin lavar. Las horas,
solo contadas, para volver al trabajo, entrar al edificio y subir el elevador.
En mi piso, camino hasta la oficina goteando como si acabara de cruzar un
río que llega hasta la cadera. No dudo de que colocaría mis manos sobre el
escritorio y vería salir toda el agua lluvia, amontonarse en los poros como
el mador de una noche calurosa, toda yo, y el agua, escapando. Se regaría
sobre la superficie del escritorio de caoba, se extendería como la mancha
de un vaso de agua derramado, inagotable, hasta escurrirse por las patas del
escritorio y tocar el piso. Qué otra cosa puede hacer sino seguirse derra-
mando hasta inundar la habitación. Y yo de buena gana abriría la puerta
para que toda el agua corriera con prisa por las estancias, inundando los
cubículos, importunando a mis compañeros con el agua que asciende ver-
tiginosamente, que en cuestión de minutos ha llenado todo el octavo piso
del edificio y ahora va escurriéndose por las escaleras, en una marejada
de agua lluvia, papeles de oficina y lapiceros. El cielo se ha ennegrecido
mientras aquello ocurre. Al salir la caudalosa corriente por la puerta frontal
del edificio ya estarían puestas bajo alarma las autoridades sanitarias. Pero
nadie ha descubierto dónde está el grifo que deben cerrar, de dónde sale
toda el agua que a la sazón va inundando las calles del vecindario y estan-
cando los autos. La noticia llega a oídos de Abel, empleado de la Oficina
de Prevención de Desastres. Le han dicho que un torrente imparable está
volcando los árboles, que las señales de tránsito flotan sobre la multitud
de aguas, que los autos ya son arrastrados según el antojo del caudal. Sabe
que el río sale de mi edificio. Me llama. Su voz de flauta dulce, y no por
eso dulce. Su voz es como el silbido de un niño.
—Dicen que llueve.
—No, no llueve.

57
Cristina Herrera Miranda
Atlántico · Barranquilla
Taller Caminantes Creativos

Aquel día

Allí estaba yo frente a las enormes piedras que me recordaban aquel beso
inolvidable.
Al recordarlo me da demasiada alegría, ¿por qué? Sencillamente porque
es el mejor beso que di y que me han dado, además esas piedras interpre-
tan a dos personas que están abrazadas dándose un beso. Así como el que
nos dimos aquel día, él y yo.
Me dio tanta alegría que soñé despierta, me imaginé frente a las piedras
con él, sí, con la persona que por primera vez me dio un beso. Estábamos
abrazados con una gran fuerza, tan grande como el amor que sentimos
mutuamente, y él me decía que no me quería perder y siempre iba a estar
conmigo, a pesar de los problemas que nosotros tuviéramos.
Al despertarme de ese sueño me di cuenta de que él no estaba con-
migo, pero yo sabía que algún día lo íbamos a estar.
Allí me la pasé toda la tarde, porque en casa no tenía nada que hacer
y tampoco me iba a devolver, ese lugar está lejos.
Fueron pasando los días y yo quería saber de aquella persona que tanto
amo, así que decidí llamarlo:
Yo: Deseo hablar con…
(Al escuchar mi voz no me dejó terminar de hablar y enseguida
respondió)
Él: Me imagino que debe ser conmigo.
Yo: Claro, pues con quien más.
Él: De pronto puedes estar buscando a otra persona.
Yo: No. Te llamo porque quiero saber cómo estás y cómo te ha ido.
Él: Me ha ido bien gracias a Dios. ¿Y por qué quieres saber de mi vida?

58
Talleres Literarios 2017

Yo: Porque me haces demasiada falta, me importas y te amo.


Él: Tú también me haces falta, quisiera verte, abrazarte y demostrarte
todo el amor que te tengo.
Yo: ¿Cuándo vienes?
Él: No lo sé porque tengo mucho trabajo, pero trataré de ir lo más
pronto posible.
Yo: Aquí te estaré esperando con los brazos abiertos.
Él: Eso lo tengo más que seguro, te amo.
Yo: También te amo, cuídate y que te vaya bien en todo lo que hagas.
Chao, hasta cuando nos volvamos a encontrar.
Él: Gracias e igualmente cuídate.
Aquella conversación me dejó un poco mejor porque escuché su voz.
Ya han pasado dos semanas y nada que llega, sin embargo, aquí lo
estoy esperando frente a las enormes piedras.
Vi pasar a alguien por mi lado y pensé que ya había llegado, pero no
era él. Ya el sol se está escondiendo y mis esperanzas de que llegue poco a
poco se van perdiendo.
No sé si sean mis imaginaciones, pero veo a una persona que se está
acercando a mí. Me estoy alegrando porque creo que es él.
Sí es él, qué alegría volverlo a ver: eso fue lo primero que se me vino
a la mente.
Estamos frente a las enormes piedras viendo este hermoso atardecer,
me está abrazando tan fuerte, pero tan fuerte, que no sé si reír de la alegría
o llorar del abrazo tan fuerte que me está dando.

59
Cindy Herrera
Bolívar · Cartagena
Taller de Escritura Creativa: Cuento y Crónica

El último café

—Todas las noches es la misma maricada. Ya le dije que no están.


—Yo no vine por ellos, no se haga la loca.
—Pensé que no volvería por esta casa.
—Tenía que hablar con usted. Me fui amarrado a muchas cosas.
—¡Pues lo desamarro!
—Mujer, usted en verdad me alucina. ¿Me va a dejar entrar?
—Pase ya, siéntese. ¿Quiere café?
—No, agua.
—No hay. La que tengo es para el jardín de manzanillas del patio,
¿se acuerda?
—¿Entonces me hace un té de manzanilla?
—De eso no tomamos aquí desde que usted se fue. Ellos aborrecie-
ron el olor.
—Le recibo el café entonces y le pido, por favor, no me interrumpa.
—Pero sin azúcar; ya sabe, las hormigas, las cucarachas, las moscas.
Últimamente se cruzan toda la sala para irse hasta el patio. ¡Ah! Se me olvi-
daba, los partieron.
—¿Qué cosa?
—Los pocillos del café.
—¿Quiénes?
—Los muchachos. Me los reventaban en la pared, o terminaban en el
fondo del patio, como usted… debe saber. Como todo en esta casa.
—Mejor no traiga nada, mujer, ya es tarde, usted debería saber a qué
he venido.

60
Talleres Literarios 2017

—¿Tiene mucho afán? Mire que ni el café me ha dejado hacerlo bien,


hasta para los velorios esa vaina hay que hacerla bien. Es más, el café le va
a sentar, no va a dejar que se duerma.
—¡Si lo que quiero es descansar, mujer!
—Entonces hable. ¿Qué es lo quiere? ¿A qué vino?
—A preguntarle algo. Después de todo creo que merezco una res-
puesta, ¿no? Eran mis hijos.
—A usted le gusta meter el dedo en la llaga, ¿verdad? Como si no lo
conociera. Viva o muerta usted no me va a dejar. Usted es como el Coco del
patio con el que castigaba a los muchachos cuando eran niños. ¿Recuerda
cuando les cerraba la puerta de noche? Ellos siempre regresaban llorando,
y se socorrían bajo mi falda, gritándome que no lo volverían a hacer. Que
se portarían bien, que no romperían nada más; pero en realidad nunca
aprendieron la lección.
—Ya casi no tengo recuerdos. Pero cierto es que, desde que me fui,
todos los días intento que usted me abra la puerta, corriendo siempre el
riesgo de que se me olvide a lo que he venido.
—¿Qué intenta saber de mí que ya no sepa? Dos hijos, una casa vieja,
un patio horroroso con olor a muerto, una vida de porquería que me dio.
Todo está en las fotografías. ¿Quiere verlas? Las tengo por aquí…
—Carmen, he venido a hacerle una pregunta, solo una.
—Miente. Usted no ha venido por mí ni para contarme su hazaña de
volver, no me crea tan pendeja. Vino por ellos y ya le dije que no están, y
sabrá Dios o el diablo si resucitaron. Ujumm ¡el café!, ¡la estufa!, bendito
Dios, ¿si ve?
—Pensé que te gustaba el patio, y los niños. Lo siento, Carmen. Creo
que ya es hora de irme.
—Ah, ahora se va y me dejará hablando sola, con el café servido y sin
preguntarme al fin nada.
—Siempre has estado hablando sola.
—¿Lo de los muchachos? ¿Es eso, verdad? ¡Por favor! Si eran unos mal-
criados, todo me lo estrellaron, me lo partieron, hasta las manzanillas del
patio los muy infelices, sin compasión. Todo dizque por ti, ¡qué tal!, por
ti, como si hubieras sido la gran cosa. ¡El gran padre! Los libré, más bien.
A todos. Incluso a ti. En todo caso ya es tarde para lamentos, señor Fran-
cisco, tarde para lamentos.
—Tú pareces la muerta.

61
Antología Relata

—Lo sé, tal vez sí. Igual los niños ya no pasan de la puerta del patio,
solo tú la tocas, y creo que será por el desgracia’o amarre ese que hace el
cura el día del matrimonio. Infeliz ese también, no quiso presidir las exe-
quias en el patio.
—¿No te da remordimiento? Digo, con ellos; no conmigo.
—A veces. Después te acostumbras a los gritos de la noche, a los olo-
res fuertes que se levantan a medio día, a las levantadas en la madrugada,
a los llamados a la puerta, a los pocillos rotos, en fin, a esas cosas normales
que arrastran las decisiones.
—Veo que vives tranquila, eso es triste.
—He aprendido a hacer más llevaderas las soledades, a eso se expone
quien sufre primero y queda vivo para echar su propio cuento.
—¿Y… tus almas en pena? ¿No te dan miedo?
—No te preocupes, ya te he dicho que no vienen por aquí, se quedan
en el patio todos los días. Después de todo, aprendieron a respetar a sus
mayores. Y tú no me das miedo. Ya no.
—¿Y con mi ausencia también aprendiste a vivir?
—Ya van tres preguntas.
—No puedo evitarlo. Respóndeme.
—No, con tu ausencia no; con los remordimientos sí. Después de todo,
por eso estás aquí, creo. Sus conciencias son un tanto menos dolorosas, sus
palabras un poco menos dañinas, y solo quizás me muestran a una niña
atormentada en ocasiones. Me dañaste, hombre, me dañaste.
—Mañana volveré para tomarnos el café.
—El último, espero. Y si te encuentras a los niños, no los traigas, déja-
los que duerman hasta tarde.

62
Aurora Elena Montes Rebollo
Cesar · Valledupar
Taller José Manuel Arango

El armario oscuro

El rayo de sol atravesaba la ventana bañando la mesa desnuda del comedor


y el viejo aparador con las copas polvorientas. Ese mismo rayo moría sobre
los pies de la mujer sentada en el piso. La mujer tenía las piernas recogidas
y se abrazaba a ellas mientras sus ojos miraban a ninguna parte. Junto a ella
el cuerpo de un hombre viejo estaba tendido boca arriba y un pequeño
charco de sangre se había formado bajo su cabeza. El hombre tenía la piel
verdosa y la cara marcada por cicatrices de varicela; vestía un pantalón azul
turquí, una camisa blanca con estampados rojos y mocasines marrones. Sus
manos eran ridículamente pequeñas; en una de ellas llevaba un anillo de
mujer. Ella hizo un movimiento con la cabeza y miró al hombre. Con un
dedo tocó el charco de sangre que ya estaba gelatinoso, lo miró, lo olió y
pasó su lengua por él. Después se levantó, caminó cuatro pasos a la derecha
y se paró frente a un espejo de cuerpo entero que colgaba de una pared
sucia. Se acomodó la blusa dentro del pantalón y ajustó la correa. Volvió a
la mesa del comedor y recogió el bolso. Sacó un labial y se pintó sin mirarse
al espejo. Lo guardó nuevamente y abrió el bolsillo más grande del bolso,
ahí estaba la pistola. Aún se sentía el olor a pólvora.

Le gusta sentarse en el banco grande porque le cuelgan los pies y ella


puede entonces moverlos y jugar con ellos. Lo hace mientras muerde el
Bonbonbum; lo que molesta a su madre, porque mientras los otros niños
lamen y se entretienen largo rato con el dulce, ella en diez minutos se come
dos. El banco está a un costado del andén y permanece invadido por ven-
dedores ambulantes. Su madre es una de esas vendedoras, su chaza llena de
mercancía barata está cubierta de un plástico verde que las protege del sol.

63
Antología Relata

La calle es una hilera de chazas con techo verde donde se puede encontrar
toda clase de mercaderías mientras un enjambre de gentes circula con sacos
de comida, alambres para cerca y utensilios de cocina. Ella acompaña a su
mamá cuando no hay clases porque le gusta mirar a la gente subir y bajar por
la enorme calle que palpita por el ruido de bocinas agónicas y voceadores
que invitan a comprar, le gusta el olor que desprenden los aceites donde
se fritan los chorizos en los fogones ambulantes y también le gusta mirar
a su madre mientras trata de vender la mercancía diciéndole mentiras a la
gente. Su mamá le muestra un vestido a una señora gorda que lo mira con
poco interés, la mujer le señala un sostén con faja que cuelga de un gancho.
Mientras la mujer toma la medida del sostén, su madre la observa morder
el palito blanco del bombón. La mira con ternura y le lanza un beso, ella
le sonríe desde el banco donde está balanceando sus pies, le sonríe y saca
su lengua roja. La tarde está cayendo y su madre guarda ya la mercancía; le
dice que recoja los juguetes, que su padre vendrá por ellas. Ella acomoda
sus cositas en el morral y vuelve a sentarse en el banco. Alcanza a ver al
hombre que viene en la esquina bajando por el andén, lo reconoce. El hom-
bre sube las cajas de mercancía sobre la chaza mientras su madre lleva las
botellas de gaseosa a la tienda. El hombre se le acerca, le acaricia la pierna
y le da un beso en la mejilla, ella trata de ocultar el rostro tras el morral
para limpiarse la saliva que le dejó el beso. El hombre vuelve a sobarle la
rodilla, ella se baja del banco y espera a su madre con impaciencia. Ya han
guardado todo y ella trata de agarrar la mano de su madre para irse a casa.
Pero su madre se ha adelantado y es el hombre quien toma su mano pega-
josa. Él, con esa mano rara que tiene.

64
Daniela Guzmán Gutiérrez
Cesar · Pelaya
Taller La Voz Propia

El rey de Agrabáh

Simón, rey de Agrabáh, quería un libro de cuentos sin letras, sin trazos,
sin dibujos, sin nada.
¿Pero cómo sería eso posible?… Sus siervos y adivinos, magos y sabios,
buscaron por todo el reino un libro de cuentos con estas características,
pero no lo encontraban, ¿de dónde sacarlo?
Buscaron en plazas, campos, parques, cabañas, en las pocas biblio-
tecas del reino, debajo de cada cama, en los rincones de las casas, ¡pero el
cuento parecía no existir!
El rey, cada vez más enojado, dijo al oído del Primer Ministro, si hoy
no me entregan mi libro de cuentos, serán ejecutados todos los escritores
y sabios de Agrabáh.
El primer ministro llamó a sus consejeros y estos a sus heraldos; en
pocas horas, todo el pueblo se enteró de la fatal determinación. Niños,
jóvenes, adultos y ancianos, temerosos.
Se comprometieron a tratar de encontrarlo.
Pasados tres días, y al no obtener respuesta a su requerimiento, el
primer ministro recibió la orden de arrestar a todos los escritores y sabios
del reino.
Esa mañana el rey, que llevaba más de seis meses sin poder dormir,
debido a su obsesión, recibió la visita de un extraño personaje. Después
de las reverencias de rigor y de postrarse ante el rey para recibir su aten-
ción, le dijo:
—Rey de Agrabáh, señor de estas tierras, tengo lo que deseas.

65
Antología Relata

El rey lo tomó por el cuello y comenzó a exigirle que le mostrara el


libro de cuentos; a punto de morir asfixiado, el recién llegado entregó un
cuaderno nuevo, que guardaba dentro de sus vestidos.
El rey lo abrió apresuradamente y descubrió que estaba en blanco…
ni un letra, dibujo, trazo, nada… nada.
—¿Qué dice este libro?…
—“Ordena liberar a los presos y lo sabrás”.
El primer ministro recibió la orden y de inmediato la ejecutó, minutos
después el rey se abalanzó nuevamente contra el hombrecillo.
—No aceptaré órdenes de nadie, dime qué dice ese libro, pero dímelo
ya…
—Escucha bien lo que dice: “Rey de Agrabáh, entrégame todo lo que
tienes, tus tierras, tus ganados, tu reinado, o sufrirás los misteriosos rigores
del juicio final”.
El rey abrió desmesuradamente sus asustados ojos y exclamó:
—¿Cómo ocurre esto, ese libro me está mandando?
—Estas son las consecuencias de leer el libro de cuentos sin letras,
sin trazos, sin dibujos, sin nada.
En una mazmorra olvidada del palacio, Simón, reía a carcajadas, mien-
tras continuaba la lectura interminable del libro de sus sueños.
Así es como Liam Graham gobierna en Agrabáh…

66
Yeraldín Mejía Díaz
La Guajira · Riohacha
Taller Cantos de Juyá

Huellas en lo
prohibido

La única cosa importante en la vida son las huellas de amor,


que dejamos atrás cuando tenemos
que dejar las cosas sin preguntar y decir adiós.
Albert Schweitzer

Mis amoríos con Gloria fueron cortos. No porque así lo quisimos. Fue su
suegra, que se convirtió en sabuesa, no la dejaba en paz, hasta que logró
separarnos.
Nos veíamos en misa. Me lanzaba miradas tiernas e insinuantes, me
guiñaba el ojo entre el cabello y el velo; yo le quería corresponder y me
encontraba con los ojos de doña Elda. La suegra la cuidaba a sol y sombra,
debido a los comentarios mal intencionados y envidiosos que las vecinas
deslenguadas le hacían de su nuera.
Y es que Gloria, mala fama sí tenía. Las mujeres del barrio le apoda-
ban La acaba hogares, La buscona, La culo suelto, La horizontal, La perra,
La fulana, La care’bruja, La mujerzuela, entre muchos otros. Yo le decía:
“Mi potranquita”, por su caminar arrebatado e inconfundible. Acelerada
siempre. Ella era joven, de escasos veinticinco años, aparentaba mucha
ingenuidad; de rostro menudo, ojos exóticos y mirada penetrante; me hacía
salir de la piel. La nariz aguileña y una boca bien delineada, parecía un pico.
Lo único que no me gustaba de ella era su sonrisa de dientes diminutos y

67
Antología Relata

separados. La primera vez que me sonrió, observé cómo se desdibujaba su


rostro, entonces entendí de dónde salía el apodo de La care’bruja.
Un día pasó por mi casa moviendo su trasero africano y robándose las
miradas de todo el vecindario. Los dos sabíamos que ese vaivén de caderas
era un coqueteo para mí.
—Buenos días, Gloria.
—Buenos días, don Manuel —respondía, con voz aterciopelada,
camuflando un “Yo quiero contigo”.
Apenas iniciaba mi suspiro cuando escuché la voz de la suegra:
—A las mujeres casadas no se les mira tanto —refutó doña Elda.
Como siempre, salía de lugares inimaginados.
—¿De qué habla, doña Elda?
—De la manera en que mira a la esposa de mi hijo.
—Solo saludaba —expresé con fingido enojo—. Yo soy un hombre
de respeto.
Y así, muchas veces, la perseguidora suegra rompía los momentos
mágicos: en la iglesia, en el parque y en la tienda de la esquina, no daba
oportunidad a nada. Entre Gloria y yo todo estaba dicho.
Cierto domingo llegué más temprano a misa. La iglesia estaba casi
vacía. Unos cuantos feligreses oraban por el perdón de sus pecados, mien-
tras yo paseaba la mirada buscándola. Estaba en la fila del confesionario,
detrás de la suegra, con un vestido blanco que le llegaba a la altura de las
rodillas; agarraba el velo con las manos, y su mirada me quemaba. Quedé
inmóvil cuando la vi venir hacia mí, caminé hacia el lado derecho de la
iglesia y me detuve debajo de la imagen de san Martín de Loba.
—Hola.
—¡Qué hermosa estás!
Le miré los labios de forma insinuante y posé mi mirada en su busto
pequeño y bien formado. Creí que se iba a sonrojar. Ante mi provocación,
introdujo el dedo índice en su boca y empezó a lamerlo. Miré para todos
lados por si alguien nos miraba, cosa que a ella no le importaba. Pasó su
humedecido dedo por mi boca y mi reacción fue tocarle su feminidad; para
mi sorpresa, estaba totalmente expuesta. Mi sangre empezó a irrigar con
más fuerza en todo el cuerpo. Ella, calmada y sonriente, tomó el control
de la situación, sacó un papelito de sus pechos y lo metió en el bolsillo de
mi camisa. Dio la vuelta, no sin antes fijar su astuta mirada en mi notoria
expresión física. Doña Elda seguía confesándose y ella volvió a tomar el
lugar en la fila.

68
Talleres Literarios 2017

No tuve equilibrio en la misa. Saqué el papel que Gloria metió en mi


bolsillo y observé un número telefónico con un beso rojo encima; esto ter-
minó de volverme loco. La miraba y ella me hacía señas que yo no entendía
por el estado de alborozo en que me encontraba; se pasaba la lengua por los
labios y yo sudaba como un adolescente. No supe cuál fue el sermón, mis
manos estaban frías y mi mente imaginaba las múltiples formas de poseerla.
Terminada la misa, aproveché la multitud y me dirigí al patio de la
iglesia, creí haber entendido una de tantas señas que me hizo. Al instante
estaba detrás de mí. Probé el dulce sabor de sus besos, sentí el olor a man-
zanilla de su ensortijado cabello recién lavado, toqué su piel trigueña en
cada curva debajo del vestido blanco y el velo cayó al suelo de tanto afán
que traíamos. Cuando creí que iba a tocar el cielo:
—¡Gloria!
—¡Mi suegra! —Recogió el velo mientras yo quedaba paralizado—.
Escóndase en los baños.
“Vieja bruja”, pensaba con los puños apretados, mientras corría lejos
del alcance de la entrometida suegra.
—Te busqué en toda la iglesia.
—¿No puedo ir al baño sola?
—Juan José está de viaje.
—¿Por eso no puedo ir al baño?
—Debo estar pendiente de ti.
—¡No soy una niña, deje de cuidarme! —expresó molesta mientras
entraba a la iglesia para luego dirigirse a casa de su suegra.
—Es por tu bien, no quiero comentarios sueltos.
Gloria levantó los ojos al cielo en señal de resignación.
Duré un tiempo prudente sudando en el baño; con la ropa empapada
planeaba cómo deshacerme de la suegra de mi amada. Al salir de la casa de
Dios lo hice sin remordimientos, pensaba que el cura, tal vez, había hecho
peores cosas allá adentro.
La suegra vivía en la misma acera de Gloria, exactamente a tres casas
de distancia. Yo vivía diagonal, en un apartamento pequeño, después de
mi separación decidí quedarme solo. No esperaba conocer a esa mujer,
me robó la calma. Unos meses atrás llegó al barrio, después de casarse con
Juan José, el único y mimado hijo de doña Elda. Juan la adoraba y nunca
creyó en tantos chismes que le decían de ella. Desde novios. Muchos decían
que Juan José se casó virgen, pues nunca le conocieron novia, nada más a
Gloria, quien con sus múltiples episodios de cama obtuvo la destreza para

69
Antología Relata

idiotizarlo. Ella no era santo de la devoción de la suegra, pero la toleraba


por no pelear con el hijo.
Gloria era todo lo contrario a lo que aparentaba, tenía cara de Semana
Santa, pero caderas de carnaval. Coqueta y fogosa como ella sola, hacía
gestos de niña buena y en realidad era perversa.
No supe cuántas veces marqué el número del teléfono ese día, sin
obtener respuesta. Después del calor del mediodía, el cielo se encapotó
anunciando una tormenta que no cayó hasta que la noche abrió sus puer-
tas. Llovió hasta escurrir el cielo. Se fue la energía eléctrica y la soledad en
las calles era absoluta. Yo estaba impaciente. Volví a marcar, esta vez con
mejor suerte:
—Buenas noches.
La voz sensual al otro lado de la línea me sacó de control.
—Buena noche, habla Manuel.
—Creí que no me llamaría.
—Perdí la cuenta de las veces que he marcado.
—Apenas pude despegarme de mi suegra.
¡Ay, esa voz me volvía un ocho!, me llevaba, me traía: ¡qué mujer tan
sensual! Hablamos durante varias horas, nos conocimos mejor, nunca había-
mos tenido tiempo de hablar bien. Me contó de su niñez y adolescencia;
me explicó que la cicatriz que tenía en la mano izquierda era producto de
una quemadura cuando era niña, desmintió la versión de las señoras del
barrio, quienes argumentaban que era un ácido que le echaron por andar
con un marido ajeno.
Le conté de mi separación, de mi trabajo como abogado, y tuvimos
la sensación de conocernos desde hacía tiempo. Me invitó a su casa esa
noche, quería que llegara desnudo; dijo que la puerta estaría abierta para
que entrara enseguida.
Esperamos a que se hiciera tarde hablando por teléfono; me decía
palabras sucias al oído que ejercían su poder afrodisiaco, me incitaba con
meloserías, al punto de llegar a desesperarme por tenerla. No era bonita
doña Gloria, era ardiente, y eso la hacía llamativa para todos los hombres,
se le notaba en todo, hasta en el caminar.
Su despedida por teléfono fue:
—¡Te espero ansiosa!
Salí con un pantalón de pijama corto en franela, planeaba quitármelo
a mi llegada. Aún lloviznaba; sentí el frío del piso mojado en mis pies y la
brisa en toda la piel. Yo era presa de la felicidad, ¡por fin solos! Crucé la calle

70
Talleres Literarios 2017

y llegué a su casa, la reja estaba sin candado. El barro del jardín se pegaba
a mis pies; todo estaba muy oscuro. Mi masculinidad estaba en todo su
esplendor; bajé mi pijama hasta los muslos y casi muero de la impresión:
unas manos ásperas y pequeñas se prendieron de mi órgano reproductor,
tiraban con fuerzas, con intención de arrancármelo.
De entre las plantas del jardín salió la suegra; estaba al acecho.
—¿Quién eres, desgraciado?
No pude quejarme, pues la vieja reconocería mi voz.
—¿Vienes a robar o te espera mi nuera?
Forcejeé con la obsesiva suegra, traté de empujarla, pero ella me some-
tía, prendida ferozmente de mi miembro; lo retorcía, lo jalonaba. Dimos
vueltas por casi todo el jardín en aquella batalla muda. Atemorizado, decidí
zafarme acosta de lo que fuera, un hombre de tanto prestigio no podía
quedar en evidencia. Solo pensar que ese chisme llegara al despacho me
acobardaba. Le puse las manos en el pecho y la empujé con todas mis fuer-
zas, hasta que logré tumbarla. Subí mi pijama y salí corriendo despavorido.
—¡Un ladrón, atrápenlo!
La vieja gritaba como loca y yo corría como alma que lleva el diablo,
en dirección contraria a mi casa, para no levantar sospechas. Por suerte, la
energía eléctrica llegó en la madrugada y pude aprovechar la oscuridad para
dar la vuelta a la cuadra y regresar con mucho sigilo a mi hogar. Una vez en
mi cama, más tranquilo, comencé a sentir el ardor del maltrato recibido
de doña Elda. ¡Vieja desgraciada! Mis amoríos con Gloria eran imposibles.
Tuve la sensación de estar masticando vidrio durante horas, y sacándole la
madre a la entrometida anciana me quedé dormido.
Al día siguiente vi la puerta de la casa de mi amada abierta. La pesa-
dilla de suegra estaba con ella.
—Buenos días. ¿Cómo amanecen?
—Buenos días, don Manuel.
—Adelante— me invitó doña Elda—. Tómese un café.
Me pareció extraña la invitación, pero acepté.
—¡Ay, don Manuel, anoche casi me roban! —dijo Gloria con su acos-
tumbrada expresión de inocencia.
—¿Cómo así?
—Se metió un hombre.
Puse cara de asombro mientras doña Elda me entregaba un café
—Así como lo oye, era un tipo alto —expresó la sagaz señora, escu-
driñándome—. ¿Usted cuánto calza?

71
Antología Relata

—¿Por qué la pregunta, doña Elda?


—El tipo tenía unos pies grandes como los suyos
Dejé salir una fingida carcajada. La vieja bruja estaba segura de que
era yo. Me tomé el café y me despedí. Cuando estaba en la salida, sentí la
voz detrás de mí:
—Anoche, después que se fue el tipo, fui a mi casa, regresé con una
lamparita, le eché harina de trigo a una de las huellas que dejó y la tapé
con mi abanico de mano.
Volteé la mirada hacia el interior de la casa. Los ojos de Gloria la dela-
taban, se le notaba el susto.
—Ojalá atrapen al ladrón.
La vieja se vino detrás de mí y, una vez en el jardín, me dijo:
—Ponga su pie aquí en la huella.
Increíble, ahí estaba mi pie pintado con el blanco de la harina.
—Yo no soy Ceniciento —me hice el ofendido—. Usted a mí me
respeta.
Salí de la casa y de la vida de Gloria para siempre. De la noche ante-
rior, aún sentía el ardor de la piel donde me haló la suegra sabuesa. Preferí
alejarme de los problemas.
Han pasado muchos años y todavía conservo en mi billetera un pape-
lito arrugado con un número telefónico y un beso rojo encima. La huella de
un corto amorío prohibido en el corazón y la certeza de que el honorable
miembro, a jalonazos, nadie lo arranca.

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Anny Katherín Sánchez Díaz
Norte de Santander · Cúcuta
Taller RELATA Cúcuta

El monstruo del
armario tiene miedo

Todas las noches era lo mismo: “Que no quiero ir a dormir, mamá”. “Que
sí, Ignacio”. “Que no”. “Que sí y no lo repito”. Y cuando mamá decía “no
lo repito” se ponía cantaletera insoportable. Al final, a dormir solo; mamá
ya no me dejaba dormir con ella: “ya estás bastante grande, Ignacio”, decía,
y cuando no me quería tomar la sopa, ahí cambiaba a: “aún eres un niño,
Ignacio”. Mamá dice lo que le conviene, y yo creo que le gusta tener la
cama para ella sola, ni a Mango lo deja montarse, y eso que él le hace pirue-
tas para ablandarla. Pobre, tampoco le funciona. No sé cuál es el motivo
por el que Mango le menea la cola para que lo deje subir a la cama, pero
mi motivo sí que es grave, gravísimo, es de vida o muerte. Se trata de un
monstruo grande, que no se lava las orejas y que nunca se corta las uñas.
No es que lo haya visto directamente, pero he visto su sombra rascándose
las orejas y he escuchado su rasguñar y sus rugidos de monstruo. A las diez
en punto empieza, arañando la puerta del armario, luego da unos golpes
suaves y después… ruge.
Anteayer, justo el último día de clases, pregunté a mis amigos qué
hacer. “Déjale dentro del armario un balde con agua y jabón para que se
lave las orejas”, me dijo Marlon. “Mejor déjale una tarea de matemáticas
bien difícil”, dijo Catalina. “Lo que necesitas es una carta amenazadora”,
dijo Katty. “A mí me gustaría que me dejaran una bolsa llena de dulces; mi
papá dice que eso se llama ‘soborno’ y que siempre funciona”, dijo Pepito.
Da miedo intentar todo y que nada funcione: no quiso lavarse las orejas
y el agua con jabón la dejó intacta. La tarea de matemáticas solo la hizo

73
Antología Relata

hasta la mitad. La carta amenazadora se la comió y solo dejó en un rincón


del armario migas de papel llenas de saliva color verde. La bolsa de dulces
sí la dejó vacía y el armario como un cochinero, pero en la noche volvió.
Miré al armario dos horas pensando: “es hora de tomar cartas en el asunto”.
Enfrentaría al monstruo y para hacerlo armé un kit antimonstruosdelarmario.
Me haría millonario vendiéndolo en la escuela y en muchas otras
escuelas cuando regresáramos a clases o cuando mamá me quite el castigo
por decirle que no iría a mi cama: una semana sin usar el teléfono. Cuando
venda muchos kits me compraré un teléfono bonito. De seguro otros niños
tendrían el mismo problema en todo el mundo y el kit será su solución.
KIT ANTIMONSTRUOS DEL ARMARIO: Armé el kit con una lin-
terna, bombas de agua, jabón líquido, perfume, flores (imaginé que a los
monstruos no les gustan) y mi remedio para el resfriado, ese que sabe a
manzanas podridas. Estaba listo. Faltaban diez para las diez y me había ves-
tido con un conjunto deportivo negro, como veía en la televisión. Respiré
profundo y conté hasta diez, hasta veinte, hasta cincuenta… Y ya faltaban
cinco minutos para las diez. Tomé el cerrojo de la puerta y lo deslicé. Estaba
oscuro. Prendí mi linterna y alumbré, pero aún no veía a nadie. Mi armario
se veía muy grande; caminé sigilosamente sin ver al monstruo. Junto a mi
camisa favorita vi un pie, de uñas largas, escondido detrás de mi uniforme
de la escuela. Lo alumbré. Con la mano temblorosa halé mi uniforme y
alumbré con la linterna. Ni siquiera se me ocurrió gritar; tenía enfrente al
monstruo del armario y no era como lo imaginaba: era de color naranja,
sin un solo pelo y con nariz de zanahoria.
Nos quedamos mirándonos y ahí sí que gritamos. Salí de mi armario
decidido a nunca volver, cerré la puerta y la tranqué; pensé ir con mamá y
recordé sus amenazas de esa mañana: “una sola palabrita, señor, y lo dejo
durmiendo en la calle”. En la calle estaría peor; al monstruo lo tenía ence-
rrado en el armario. No dejó de rugir esa noche ni las siguientes, y supe
que debía enfrentar al monstruo (era mi armario y no el suyo. Nunca le
di permiso de dormir en él). Me armé de valor, alisté mi kit de antimons-
truosdelarmario, dispuesto a atacar antes. Si el monstruo siempre llegaba
a las diez, yo debía llegar primero que él.
CÓMO ATACAR A UN MONSTRUO: entré en mi armario a las 9:30 p.
m. con suficiente jabón líquido “limpia todo”, para sus orejas. Lo atacaría
con jabón. Esperé treinta minutos eternos hasta que vi una luz y escuché
unos pasos. En la poca luz creció su silueta con algo en las manos, que no
veía bien. Esperé silencioso, pasmado del miedo, sudando frío. Cuando lo

74
Talleres Literarios 2017

tenía muy cerca presioné la boquilla del jabón y sentí que disparó. ¡Había
dado al blanco! La silueta del monstruo se cubrió la cara, enjabonada, y yo
seguí ahí, en silencio, aterrado, esperando una pregunta o una respuesta,
sin imaginar lo que haría. Y fue cuando él empezó a llorar y no supe qué
hacer, siempre escuché que los monstruos no lloran.
MANUAL PARA CONSOLAR A UN MONSTRUO: 1. Mantener la
calma. 2. Sobarle la barriga en forma circular. 3. Seguir manteniendo la
calma. 4. Cantarle una canción.
Seguí estos pasos cuando empezó a llorar desconsoladamente. Tenía
miedo, pero me sentía culpable. Así que lo primero que se me ocurrió
fue sobar su panza. Mi corazón latía a mil sobando esa piel lisa y gruesa.
Seguía llorando, le canté la canción de mi abuela; dejó de llorar, pero
salió corriendo y lo perdí de vista. No sabía si buscarlo o volver a mi cama.
Empecé a alumbrar con la linterna. Descubrí sus pies detrás del disfraz
ninja del año pasado.
“¿Qué haces?”, pregunté. “Deja mi armario”, insistí a su silencio. Su
voz opacó la luz: “no puedo, es mi lugar de sueño asignado”. “¿Lugar de
sueño?”. “Sí”. “¿Como tu cama?”. “Sí”. “Busca otro”, le pedí. “Cada mons-
truo tiene su armario, no se puede cambiar”. “¿Qué traes en la mano?”. “Mi
almohada y mi cobija”. “¿No vienes a asustarme?, pregunté, y el respondió:
“Tú eres quien me asusta”. “Entonces ¿por qué arañas mi armario?”. “Me
pican las uñas, perdí mi cortaúñas hace mucho”. “¿Y por qué lo golpeas?”.
“Me aburro”. “Y ¿por qué ruges?”. “Es mi estómago, me da hambre”. Vi
cómo movía su pie nerviosamente. “¿Por qué no sales?”, me atreví a pre-
guntar. “Tengo miedo”. “Y yo tengo miedo de ti”, le dije. Me miró triste y
preguntó: “¿Entonces qué hacemos?”. “Tengo una idea, juguemos piedra,
papel o tijera: si gano, te vas de mi armario; si ganas, te dejaré quedar”.
“Me parece bien”. “Después de tres: piedra, papel o tijera. Uno, dos, tres.
El monstruo sacó su mano de detrás del disfraz, extendida igual que la mía.
Ambos sacamos papel. Sacamos varias veces lo mismo. “Qué haremos”,
preguntó la voz nerviosa del monstruo. “… Quizás podemos compartirlo”,
dije. El monstruo se quedó en silencio. Salí del armario con sueño y dormí
sin miedo por primera vez en mucho tiempo.
Quería hacerle muchas preguntas la noche siguiente. Conocía a un
monstruo, vivía en mi armario. El día se me hizo larguísimo: nada en la
televisión y lluvia toda la tarde. Mamá me mandó a dormir a las nueve y
esperé una hora sentado en mi cama. A las diez en punto abrí mi armario
y entré. Busqué al monstruo hasta las once y me fui a dormir con muchas

75
Antología Relata

preguntas y desperté igual: ¿a dónde se había ido? ¿Habría conseguido un


traslado de armario? ¿Y el nuevo monstruo? Pasada una semana, al recordar
que antes había comido dulces, compré un litro de helado de brownie y
lo dejé junto a una carta de “bienvenido a mi armario”, como ofrenda de
paz. Esperé poco, lo vi salir de una puerta que no sabía que existía en mi
armario. Se comió el postre en un bocado. Tomó la carta, la miró, la olió
y la devoró. ¡Tanto esfuerzo y se la había devorado! Salí y con voz suave
le dije: esa es… era mi ofrenda de paz. Él se asustó, brincó, se pegó en la
cabeza, se puso a llorar y yo de nuevo le sobé el estómago diciéndole: “No
te asustes, quiero hacerte compañía”. Era más alto que yo, pero sentado se
veía de mi altura. “Cómo te llamas”, pregunté. “Phill”. “Por qué te comiste
mi carta, Phill, era una carta de paz para ti”. “Estaba deliciosa, la otra tenía
un sabor amargo”. “Me alegra que esta te haya gustado. Phill, ¿por qué me
tienes miedo?”. “Porque unos humanos parecen fantasmas y otros perdieron
su corazón, hablan un lenguaje horrible y raro. Solo los niños nos pueden
ver. Los monstruos somos muy tímidos, pero sí nos lavamos las orejas”.
Entonces lo vi niño y me sentí grande.
Ni el monstruo ni yo tenemos miedo ahora, dormimos tranquilos y
felices. Las cosas a veces no son lo que la gente dice y en cada armario de
un niño hay un monstruo con miedo al que le gusta que le soben la panza.
Cuando conocí al monstruo del armario, yo fui para él, el monstruo del
armario y ambos teníamos miedo. Ahora he comprendido que mamá estaba
asustada por muchas cosas; y por mí, que a veces ella necesita que le acari-
cien la pancita, que tengo ganas de crecer y conocer más allá del armario
de mi vida, y que crecer no es no volver a ver los monstruos de la infancia,
sino llegar a ser amigo de ellos.

76
Asceneth Bonilla de Paz
San Andrés, Providencia y Santa Catalina · Isla de Providencia
Taller RELATA Providencia

El pastor

El pastor de un pueblo era muy estimado en su comunidad. Los feligreses


le hacían caso, lo admiraban por ser muy humano, sus sermones eran escu-
chados porque, como buen orador, los tenía convencidos de que poseía el
don de hacer milagros. Las feligresas veían en él a un hombre atractivo y
además alegre, quien valiéndose de la admiración que ellas le profesaban
las convencía y llevaba al campo o a la playa en sus tiempos libres, donde
las hacía posar desnudas para pintarlas.
Luego vendía esas obras de arte; con ese dinero completaba su magro
sueldo, para poder costear sus gustos y los de su familia. Era casado y tenía
dos hijos.
Cuando quedaba en soledad pensaba: ¿qué pasaría si esto se llega a
descubrir?… Sentía mucho miedo y remordimiento.
Una tarde, en la playa, sentado sobre la arena, miró al cielo y pidió
a Dios que lo ayudara a dejar estos necesarios menesteres. Lo pidió con
tanta fe que Dios lo escuchó.
El pastor miró hacia el horizonte y vio algo que le parecía un ave que
venía volando… Era un demonio que llegó, suazzzzzzzzzzzz, y se lo comió.

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Amparo Herrera Salazar
Santander · Bucaramanga
Taller Bucaramanga Lee, Escribe y Cuenta

El atravesa’o

Alrededor de la lámpara Coleman, junto a sus hermanos, Ana escuchaba


atentamente las historias de miedo que contaba su padre. No era de extra-
ñarse que en ese pueblo se fuera la luz un lunes, cuando la noche apenas
comenzaba. No era casualidad que hubiera salido la luna y que justo en
frente de la casa se sintiera ese aire frío y las siluetas de los parroquianos,
envueltas en sus abrigos, deambularan sin ser reconocidas. No había veci-
nos, salvo por una pareja de viejos que atendía el restaurante de al lado,
sin niños, y que se alegraban cuando ella y sus hermanos pasaban por allí
a preguntarles la hora o si conocían el nombre del alcalde, para una tarea,
o si habían comprado El Tiempo.
Los niños jugaron al escondite desde que las luces se apagaron. Las
sombras se apoderaron lentamente del juego, lo hacían tan inquietante
que el corazón de Ana saltaba como el de un conejo asustado, mientras se
ocultaba tras unos arbustos de higuerilla conteniendo la respiración para
no delatarse. Luego corrió con todas sus fuerzas.
—Un, dos, tres por mí, ¡salvo la patria!
Clara, que había hecho el conteo sin mirar, con la cara tapada, de cinco
en cinco hasta cien, se echó a llorar y el juego acabó. Ana era la última que
faltaba por descubrir, la más pequeña. Clara no quiso aceptar su derrota.
Comieron y el padre encendió nuevamente la lámpara; toda clase
de insectos nocturnos gravitaban alrededor de los niños. Siete, eran siete
apenas; los demás, los hermanos más grandes, ya se habían marchado de
casa en busca de su futuro o de su ruina particular.
—Papá, cuéntenos la historia del atravesa’o.
—¿Otra vez?

78
Talleres Literarios 2017

—Sí, otra vez ­­­—respondió el coro de niños.


El ambiente de la sala-comedor, iluminado solo en una pequeña parte,
por la lámpara, recuperaba los rostros de los niños dejando todo lo demás
en tinieblas, haciéndolos parecer más blancos de lo que eran; su palidez
contrastaba con el rostro entre rojizo y oscuro del padre, sus azulados ojos
y esas manos que para Ana eran negras y que con el paso del tiempo se le
revelaran casi traslúcidas, desprovistas de esa otra piel de hollín que las
cubrió durante tantos años de labor.
—Transcurrían los tiempos de la violencia —empezó a contar el
padre—, siempre era peligroso salir en la noche y habíamos ido con el
compadre Rey hasta una vereda que queda cerca del cruce de Guavatá. Yo
todavía no conocía a Ema y trabajaba en el hotel de mi madrina; el compa-
dre vino y me convidó a visitar a una tal Briceida de la que él gustaba, pues
ella estaba de cumpleaños y al parecer sus papás ofrecerían una moya llena
de chicha y abundante comida. Nos fuimos en un caballo que consegui-
mos prestado. Salimos al igual que el animal, desbocados, con la fuerza de
nuestra juventud, sin tener precauciones de nada. Las riendas sueltas con
el pensamiento fijo en Briceida. Yo la había visto en misa un par de veces;
nunca descubría su rostro totalmente, al parecer obligada por sus padres a
usar mantilla. Era alta, espigada como mis tías. Mi compadre pensaba en
sus tobillos bien plantados, su caminar acompasado, y desde ese día que
la vio bailar el torbellino en la plaza, con su hermano, ya no pudo suspirar
por ninguna otra. El frío se iba apoderando del camino, las tinieblas no
nos atemorizaban, pero había algo en el ambiente que obligaba a avanzar
muy rápido, como huyendo. Una hora y media después llegamos a la casa.
Dos gozques intranquilos salieron a recibirnos.
—Chispas, Aleluya, pa’ dentro —gritó una mujer—. Sigan, no son
bravos, no han mordido a nadie en la última semana —masculló entre risas.
—¿Y el caballo?
—Pueden dejarlo amarrado a ese árbol, ya les traigo algo pa’ la sequía.
Y continuó diciendo:
—Era la mamá de Briceida, una mujer de palabra amable, pero con un
mirar tan agudo que con solo pasar la vista juzgaba a los visitantes. Aden-
tro, la casa estaba llena de gente desconocida, mi compadre Rey recibió de
manos de un niño una totuma y sin respirar bebió hasta el fondo. La mía
la trajeron después. Yo traía mis temores y no quise beberla de una vez.
—Y, ¿por qué iban a caballo, papá, no había carros? —preguntó Ana.

79
Antología Relata

—Pues cómo les parece que no. Por lo menos acá poco se veían. Ade-
más, las carreteras de ese entonces eran solo trochas por donde no pasaban
sino cristianos de a pie y a caballo.
—Y ¿a qué le tenían tanto miedo? —preguntó Clara, mientras los
demás permanecían callados y se desesperaban porque el padre no con-
tinuaba la historia.
La lámpara parpadeaba de vez en cuando y la madre lavaba los trastes
mientras prestaba atención en silencio.
—Nos despedimos —continuó el padre sin responder a la pregunta—,
con la noticia de que Briceida se casaría pronto, claro que con otro paisano.
El compadre no pudo aguantar su desazón y se empujó varias totumadas de
chicha, las que yo acompañé con mucho menos. Teníamos que pasar por
el cruce de Guavatá de vuelta y ya con esos tragos en la cabeza las cosas no
se verían igual. Pensamientos revueltos agitaban aún más al compadre Rey,
quien apretaba las riendas y azuzaba de tal manera al caballo que perdía por
momentos la orientación zigzagueando por aquella oscura senda. Negros
arbustos parecían hablarnos o gritarnos en advertencia. De pronto algo se
interpuso en nuestro camino, era un bulto blanco, algo sin rostro que se
nos apareció de la nada. Un bulto grande, más grande que el tamaño de
un hombre adulto. Un objeto que se movía de lado a lado quitándonos la
voz y la borrachera. Rey intentaba esquivarlo invocando el padrenuestro
y arreando el caballo, pero este, al parecer también asustado, ya no obe-
decía a su jinete.
Diciendo esto, el padre tomó una sábana escondida detrás de su
asiento, se cubrió el cuerpo extendiendo sus manos por dentro, y, movién-
dose como el bulto mencionado en la historia tornó su voz misteriosa y le
habló a los niños:
—Vengo del más allá a advertirles…
Los niños se pararon de sus sillas y entre el miedo y la risa esquivaron
al padre, quien trató de cogerlos y continuó.
—Vengo del más allá a advertirles, ja, ja, ja, ja, que al que coja primero…
Y repitiendo esto varias veces los persiguió por la sala-comedor uno
por uno, como jugando a la gallina ciega.
Los niños salieron corriendo puerta afuera en medio de la noche
mientras el padre se retiró la sábana del rostro.
—Un momento, niños, no he terminado —los atajó el hombre—; el
asunto es que Rey sacó un crucifijo que llevaba colgado al cuello y lo alzó,
como desafiando aquella visión; aferrado a él, con los dedos pegados a ese

80
Talleres Literarios 2017

pedazo de metal, cayó desmayado encima mío. Yo me bajé con cuidado,


tranquilicé al caballo, acosté al compadre atravesa’o en la bestia, volví a
montar y proseguí mi camino a trote suave mientras desaparecían todos los
temores y fantasmas. Al día siguiente mi compadre no podía despegar los
dedos del crucifijo, el brazo lo tenía entumido y tuvimos que friccionarlo
con manteca de marrano.
Todos rieron asqueados y siguieron jugando cuclí, hasta que la madre
los llamó para dentro a dormir. Ya era muy tarde.

81
Armando Jaimes Pérez
Santander · Bucaramanga
Taller RELATA UIS

La disputa

En un tiempo yo llegué a estar muy urgido por conseguir dinero. Mi exmujer,


al enterarse, me llamó para que fuera a su casa pues me iba a ayudar una
vez más. “Ayudar” fue como ella dijo. Pero yo no estaba muy seguro de
recibir esa “ayuda”.
Imagino que me llamaba desde la casa en la que viví con ella y hablaba
desde el teléfono que compré para la mesa del comedor; para marcar hay
que girar el disco de números. Me arrepentí de haberlo puesto en el come-
dor, porque siempre sonaba cuando era la hora de comer. “Buenas, ¿está
Tere?”. “¡Se llama Teresa y no está!”. Ahora me arrepiento no solo de haber
puesto allí el infeliz aparato, sino de haber comprado la línea, y tantas otras
cosas, para abandonarlo todo en esa casa.
La verdad, mi exmujer no representa ningún peligro. Pero no me ape-
tece ir a esa casa por evitar verle la cara risueña a Fredy. Ya he tenido un par
de veces la misma sensación de romperle los dientes cuando se asoma a mi
taller, con tan mala suerte para mí, que ha sido rápido en esquivar el martillo.
En mi mesón de trabajo puedo desenredar todos los circuitos eléctri-
cos y desmenuzar las piezas mecánicas. Con el tiempo he formado un banco
de partes sueltas y olvidadas que yo llamaría “trabajo pendiente”. Tengo
una olla pequeña de acero en la que preparo café todos los días; utilizo
el fogón eléctrico para hervir el agua. A los clientes les ofrezco una taza
mientras yo hago mi parte. Aquí el café se toma cerrero para ahorrarme el
costo del azúcar, pues el trabajo se ha venido abajo desde la aparición de
los neumáticos “Teamwells”.
Fredy se moviliza en una moto Suzuki blanca 2016. El muy cínico ha
venido en un par de ocasiones para que lo despinche. De los talleres fuera

82
Talleres Literarios 2017

de la ciudad escoge venir al mío. Una vez estuve por contratar a unos pillos
del centro para que le hicieran una visita a la moto de Fredy. Pero esa visita
significaba un mes de arriendo completo. El dinero me ha hecho muy
reflexivo. Y me he replanteado, varias veces, conseguir un trabajo nuevo…
Pero como en qué.
Con el tiempo, las posibilidades se van reduciendo. Llega el día en
que terminas dentro de un garaje oscuro, entre un poco de chatarra con
óxido y grasa o aceite regados por allí; y te sientas a esperar a que, de alguna
forma, encuentres un poco de diversión. También con el tiempo echas de
menos el folículo piloso.
Necesitaba el dinero, sí. Para encontrarlo no me podía desanimar. Le
comenté a unos colegas vecinos, pero me dieron un no como respuesta
porque no les habían pagado en la empresa. Cuando les pagan, ya está
todo comprometido. Y pasan dos cosas: o dejan de frecuentar el casino y
las máquinas pagamonedas del centro, o se convierten en sus clientes fre-
cuentes. En todo caso, uno los deja de ver.
En esos días sonó el teléfono de mi taller. La voz de Teresa me daba la
noticia de que, muy pronto, pasaría a traerme el dinero. Que lo recibiera.
Que no fuera orgulloso. Me preguntó que si he comido bien, y le dije que
sí, que estuviera tranquila, que no me falta nada. Que no era orgulloso.
Solo evito causar más molestias. Y le colgué. No volví a saber de ella por
unos días. Yo evitaba pensar que jugaba con mis necesidades, que se hacía
la de rogar, en fin, que me quería dar una lección. ¿Y si no fui muy claro
con ella? A veces hablamos tanto con una persona que nunca logramos
entender sus motivos. Poco a poco, entraban neumáticos por despinchar o
alguien preguntando por una dirección que no era la del taller.
Tenía un material duro en la prensa y estaba por perforarlo con el
taladro de mano cuando llegaron. Le di el último respiro a mi cigarro y lo
apagué. No quería que Teresa me viera fumar.
—Henry, cariño, cómo estás —se quitó el casco y me besó en la meji-
lla—. ¿Para qué es el dinero que necesitas, y otra cosa, cuándo piensas ir
por los libros que dejaste en la casa?
De ser otra, se los hubiera quedado, como una herencia cuando yo
falte… Pero no es lo que ella espera heredar. Enseguida le sonó el telé-
fono y tuve la impresión de que sería incómodo para ella contestar en ese
momento. Conozco los gestos de Teresa y eso Fredy no lo ha notado aún.
—¿Será que puedo usar tu teléfono?

83
Antología Relata

—Está al fondo, en el cuarto de herramientas. ¡Busca el apagador


detrás del armario…!
Teresa llegó al cuarto y encendió la bombilla. Fredy tenía el casco en la
mano y no se alejaba de la moto. Estaba risueño como siempre. Entonces,
comencé a taladrar el material en la prensa. Le mostraba a Fredy cómo se
hace el trabajo. Apoyaba ligeramente la broca del taladro sobre la pieza
metálica y la hacía girar. Hubiera preferido tener fija su cabeza en la prensa,
para acercarle el taladro a la sien. Él seguía plantado allí, ligeramente recos-
tado a la pared, sin alejarse de la moto. Solté la prensa para pulir con cuidado
la pieza metálica en el esmeril. Luego, me fijé cuando él fue hasta el com-
presor a encenderlo y tuve que suspender mi trabajo:
—¿Qué vas a hacer?
—Le voy a poner un poco de aire a los neumáticos. Aprovechar que
vine al taller…
—¡Al menos pide permiso…!
—¿Me das permiso, Henry?
De la ira le tiré la pieza metálica que había acabado de pulir. Con tal
mala fortuna que, en lugar de ponérsela en la cabeza, fallé, y le di a la caja
de automáticos. Hubo una explosión con chispas en la caja, y los automá-
ticos se dispararon y dejaron el taller a oscuras. Teresa gritó desde el cuarto
donde estaba hablando por teléfono. El esmeril dejó de girar. No se podía
ver mayor cosa y nuestras siluetas se confundían entre el desconcierto. Como
pude me las arreglé para caminar a tientas por entre el mesón de trabajo y
la pared. De una patada tiré al suelo la motocicleta blanca de Fredy. Hubo
más chispas de la caja de automáticos y se restableció la luz. Teresa gritaba
desde donde estaba. Él se molestó mucho porque le había partido los espe-
jos a la moto y pegó un salto de cólera. Con el casco me dio un golpe seco
en la cabeza y caí al suelo. Allí se volvió a ir la luz. Luego los hechos se me
han querido salir por esa herida. No sé si Teresa corrió a ver qué pasaba,
solo sé que tenía a Fredy encima conectando múltiples puñetazos en el
mismo golpe. Me protegía el rostro con los brazos y me daba en el estómago.
Bajaba la guardia al pecho y me conectaba arriba otra vez. Teresa gritaba
en alguna parte. Luego se levantó y me sacudió a patadas. La primera me
dejó sin aire, la segunda me reventó la boca y luego vinieron las demás.
Me tenía bloqueado debajo de él. Simulé el muerto por unos segundos
para demostrarle que había acabado conmigo. Saltaban chispas de la caja.
En su descuido la luz volvió, le agarré la pierna y lo derribé tras un golpe
bajo. En el suelo lo conecté unas tres veces, pero Teresa me tiraba por un

84
Talleres Literarios 2017

lado. Sin querer la empujé para quitármela de encima y la pobre cayó al


suelo. La luz se fue y el tipo me derribó con un golpe rápido en la man-
díbula. De nuevo se vino encima y me pegaba con más fuerza. Yo intenté
escabullirme, pero no pude. Intenté agarrar algo, pero era como prender
a un gato negro en un cuarto oscuro. Teresa llegó a separarnos, y uno de
nosotros le dio a ella y la tiró al suelo. Eso nos enojó muchísimo. Recibí un
golpe de Fredy que fue el fin para mí. Había sido contundente e hizo sonar
las alarmas de un vehículo en camino. Él tuvo que haber seguido solo con
la pelea, desengañándose contra el moribundo en el suelo.
—¡Suéltalo, Fredy! ¡Lo vas a matar…! ¡Suéltalo!
Al final, Fredy soltó mi cuerpo destruido. Tenía los nudillos de las
manos destrozados como los espejos de la moto. No podía distinguir si
había luz o no, porque sentía los ojos muy pesados y no los podía abrir. Pero
escuchaba la voz de Teresa y las chispas de la caja de automáticos. No pude
recuperar el aliento en ese momento, sino hasta mucho tiempo después.
Sentía los labios hinchados y escupía bocanadas de sangre. Entonces, me
desconecté de mi taller. De camino, la línea de mi vida se perdió por unos
minutos. La hallaron en el hospital, en el monitor de los signos vitales.
Aquí se habían encendido todas las luces. “Ha perdido mucha sangre…”.
“¡El paciente es A Positivo!”. “¡Necesitamos un A Positivo en la camilla 13!”.
“Un corte acá y acá”. “Bien, señora. Está estable. Se recupera”.
Escuché algo sobre mis dientes que no me gustó.
Cuando me pude levantar, lo primero que hice fue buscar un espejo.
Trataba de sonreír para ver si faltaba algo. Pero creo que allí estaba todo,
más o menos bien. La incapacidad decía 15 días. Al tercero no soporté más
y, temprano esa mañana estaba abriendo el taller. Noté que Teresa había
ido a hacer limpieza: lavó el baño y recogió las cosas que habían quedado
regadas. Sé que fue ella porque había una fragancia en el baño; desapare-
cieron mis cigarros de la gaveta, y modificó completamente el orden en el
cuarto de herramientas desordenándolo todo.
A Teresa la perdono porque, la muy noble, me dejó en el mesón de tra-
bajo un sobre con el dinero que yo estaba indeciso en recibir. Una “ayuda”,
como dice ella. La nota del sobre decía: De parte de Teresa y Fredy. Por los
daños causados.
Con el dinero que me dio mi exmujer, le pagué a los pillos del centro
para que le dieran al tipo una fuerte paliza.

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poesía
Ricardo Alfonso Pacheco Soto
Atlántico · Barranquilla
Taller Maskeletras

El curso de la
mancha de agua
Homenaje póstumo

Cercana
¿Sientes esta energía que se desboca del cuerpo
y amaga con abrazarte la cara?
¿Sientes el acero de mi sueño, caro a mis manos
poco tuyas y temblando?
¿Ocurre en tu cabeza la idea sin esperanza
de encontrarnos?

Esta lanza de fuegos blancos


se quiebra en mis vacíos cuando pareces verla
se queda sin ganas de escocer los aires
extraviándose en el polvo revolcándose
en unas palabras sin plan
en una manera repleta de estupidez
de confidencia banal

Y en vano me corrijo cuando te hablo de mí


quizá mis ojos reverberan la hondura de un eco
una articulación torpe las extremidades
un bit de escándalo mi perfume cardiaco

87
Antología Relata

Sería mejor tu carne accidental


o con indiferencia
o entregado en dones
ya no construida de un vapor
o cálidamente ajena

Pero luego la fiereza del terreno que es la vida


con tanta piedra en el pecho
tan cerca de tu línea de costado
hurgo en esa niebla un pedazo de la espesura
ionizando una poesía de cercanías
de amistad inútil

Miro la madurez del rostro


que sabes armar de una sola sacudida
miro el mundo que te porta encima
a una distancia que rebana mis entrañas
y me vuelve una daga y un espejo
y acuchillo mi reflejo
que refleja mi suerte de años no contados
apuñalo mi imagen que se mete en la muerte
en lo que tú festejas con el sueño

La fatiga del corazón


Cuando duerme el silencio es un planeta
y la ausencia de su despertar
mancha el aire con un hedor a animal

Me obligo a esperar hasta verlo recobrarse


mi alivio precisa ser atravesado
por el túnel mineral de su propio corazón
Temo a la vez por ese nuevo brote de viveza y ardor
pues significa brillar para él
y correr el riesgo de volver a enfermarlo

Estoy cansado como él de la misma postración


quisiera destruirlo pero eso sería caer en mí mismo

88
Talleres Literarios 2017

profundamente me odiaría en el vacío


de no morir

Por ello soportaré esta oscuridad


y la vigilia de su cansancio después
ya no será necesaria
podré dormir entonces
y despertar en paz

Nunca antes el corazón


Nunca antes el corazón con hambre
había soportado la austeridad
procurándose una dentellada
hasta de lo que fuera el rescoldo cobrizo
de aquel pan de ayeres y grietas

Y volcándose con el carácter de la lluvia


y persistiendo como el invierno
como la fiebre en su resguardo

A su semen están cosidos los augurios


trasminados desde la tortura
y más allá desde los hielos despertares
cadáver sollozo de puntas finas

En su bitácora un kilómetro de presión


por cada día
de pernoctación de bogar
El parabrisas que grita fuegos sin llama
como edades sin aventura
los retrovisores ahogándose con el reflejo del mar
fábula de perseguidor

Y en su última osadía desde el retrato digital


umbroso cayó en su carne
durmió subterráneo desvaneció las estrellas

89
Antología Relata

Pequeño viaje
Tuve que marcharme con la sombrilla raída con los espejos del cerebro
copiando invariables
en las espaldas de un montón de días sin ventura balsa tan espaciosa
como un islote
para volver
Antes de la fuga por aire y roca me había lanzado al experimento de
desandar y esculpir
huecos con el fin de sortearlos
con las uñas
y cegueras
Me llevé tu pelo luna y el pubis cantor de ligeras canciones
las calles de arena de mi cartera
en cada hueco sembraba relojes La lluvia, el sudor, los orines permeaban
sus flores
¡Cuerpos de velocidad!
Siempre había llorado por lo que se escurre de nuestras manos
como un chorro de plumas en los circuitos del viento
no regresa ya tal sino como un espectro
tan vivo como la muerte misma
pútrido como el tiempo
mieles ácidos heridas a la cabeza que se engulle algún color de la
memoria
por ejemplo el clan
Al regresar volví también Compacto el fuego en la raíz de una entraña
humilde más en la palabra artificial
vine a cuidarte y a brincar en tu océano
a penetrar tus olores con una de las sonrisas del muy ayer

He ido lejos sin ti pero contigo regresé (paz de nuevo a las cosas)
que esperabas además
del horizonte
un cuerpo de hombre que se encimara el abrigo de su sombra
abandonada entre tu sexo y tu miedo
cuando la fatiga del sol
y en un foso

90
Talleres Literarios 2017

arrancada mientras contaba recuerdo con desesperación


con los ojos cerrados

Secretos
Por qué llegas como la electricidad
los nervios quedan manchados de luz
se alborotan los perros
sacudes mi polvo

Cuando las lunas se callan


porque sospechan los misterios
secretos del deseo secreto

Y llegas nueva de barro


de una era que se aglutina rápidamente
y se transforma
en fosforescencia

Mientras tanto no podemos


condenar el futuro
aunque nos arrope de hambre
si sigue llegando tan vivo
te mataría
tendrías que matarme
para que calle el misterio
el secreto

91
Francisco Bárcenas Feria
Córdoba · Montería
Taller Grupo Literario Manuel Zapata Olivella

Pecho de pájaro

Instrucciones para hallar un pájaro en el pecho

I
Un pájaro con fuerte latido en sus alas
cae en el abismo que llamas pecho.

Plumas de agua
te hicieron recordar el silencio de versos antiguos
pero no la parte de tu conciencia
que le dio la facultad a tu mano
en el sueño
de quedarse con el pájaro mojado sobre ella.

II
Cambia de ruta,
elige otro fragmento que te obligue
a resolver el ansia.

Cambia el recuerdo y su piel.


Dale, por qué no, un color al pájaro
que confunda sus alas con tu pecho.

Y vuela
abajo

92
Talleres Literarios 2017

profundo
hasta encontrar sentido
al pájaro de tu pecho.

Salí por el ombligo de mi madre


Salí por el ombligo de mi madre
y como un pez
aleteé en un mar de sombras.
Quise sentirme sucio
hasta que me pesaran las manos,
hasta no poder con el peso de mi cuerpo
siempre en ascenso
pero con las entrañas enterradas en el suelo.

Sembré el árbol del miedo


con lo que dejaron mis pupilas en el barro
y me prohibí caminar frente a él.

Sé caminar con la voluntad en los ojos


pero no mantener fija la mirada
en ningún punto.
No en la noche que trae el gato en sus ojos.
Sí en distorsiones pasajeras.
Sí en agujeros negros.
Sí en pájaros nocturnos.

93
Mario Alberto Bermúdez
Norte de Santander · Pamplona
Taller Rayuela

Réquiem

Se guarda una protección en el día señalado. 


No quiere esfumarse como la niebla jugando con el viento fuerte de
oriente y occidente. 
 
El estómago lleno sabe dónde pisar 
Dónde explotar.
Ahora el rostro es rojo. 
Las venas si se tocan
Derraman verdad complicada para los médicos astutos. 
 
Sé que no sentiré la aguja. 
El formol se desplaza por los ojos secos 
Mientras contraigo mis caderas a romperse. 
 
Te amaría si suplicaras. 
Te amaría si llorando dijeras mentiras.
Te amaría si murieras. 
 
En algún lugar se observan las tablas uniéndose. 
El cajón guarda los últimos cabellos de la cabeza y fumamos el globo
terráqueo quebrado. 
¿No serás tú esa misma clave de sol que necesitaba mis gritos? 
¿No serás tú asteroide y yo fugaz piedrita cayendo? 
 

94
Talleres Literarios 2017

Te amaría si congelaras los tiempos amarillentos. 


Te amaría si mi muro se ensuciara en serio. 
Te amaría si yo no existiera jamás. 
 
Los descansos son solo puñados de colores en agua sucia. 
Los descansos son fiesta fúnebre desde que naces hasta que mueres. 
Los descansos se abren, se encierran, descuartizan y crecen. 
 
Mi dulce mirada se desvanece. 
Y los de la morgue morbosean el que fue una vez mi cuerpo. 
Unos leves movimientos… 
aterrorizan a la muchedumbre. 
Otros ríen sin parar los actos teatrales.
Me sostienen entre cuatro personas y me siguen a mi nuevo hogar. 
Duermo. 
Permito que me vean. 
Una fama se describe con recelo en los bostezos de la gente. 
¡Cantan con fervor tontas y miserables canciones y me arrugo de rabia! 
Ciertos cortes en mi piel… 
Según amigos: “Son rayones de niños maltratados por la guerra”. 
 
Te amaría si no me pusieras condiciones
Te amaría si soy lo que ahora soy. 
Te amaría si después odiara.
Te amaría si el amor deja de ser. 
 
Hoy es ya mi tiempo 
Los arbustos se enredan en mí 
Cadáveres toman vida y jamás lavaré sus desgracias. 
Hoy complicando los dibujos luminosos mi religión es destruida y rei-
nará el polvo cósmico. 
Ya mañana mi recuerdo cumple mis amoríos y juego a vivir de nuevo. 
 
Te amaría si el universo en mis manos duerme. 
Te amaría si repito lo necesario. 
Te amaría si volando sueño en alguna ocasión que yo te amé. 

95
José Alfonso Vergara Herazo
Sucre · Sincelejo
Taller Páginas de Agua

Abcdiario al desnudo

Perseguido
Todas las personas me ven desnudo
y entonces
me brotan las imperfecciones,
el intento por tapar todo con mis manos resulta ser un acto de salvación
fallido,
un salto al vacío que se queda corto.
¡No, no, no!
No quiero entrar en el juego colectivo de la ignorancia,
no quiero oír sus opiniones sobre mis días,
su percepción social respecto a lo que pienso debajo y detrás de las
escenas.
Por eso salgo corriendo para dar un grito de libertad, de progresismo, de
un ego que ya es grande, de rebeldía.
Salgo corriendo para buscar dentro de mí las razones.
Y me pierdo.

Reloj-es
Permítenos ver la hora,
creo que nos atrasamos en el tiempo,
el mundo se ha conjugado en ti.

96
Talleres Literarios 2017

Te vi y se empezaron a dormir los contextos


quedaste tú
sola, incandescente, sólida,
todas las rutinas que había tenido duermen en la palma de mi mano,
imponiéndote tú como la nueva y única.

Te veo y me voy a casa en medio de esa aurora,


en el letargo de todos los que van por la calle
sin hablar,
sin correr,
sin tus firmas.
Con los ojos recargados de tanto,
contagiados de tanto,
enamorados de tanto.

Permítenos ver la hora porque creo que nos atrasamos en el tiempo,


y tu recuerdo es el altar
de los que te vimos pasar sin tacones,
de los que no llenamos los papeles del “protocolo”
y nos ha tocado dibujarte.

Permítenos ver la hora porque creo que nos atrasamos en el tiempo,


y tu recuerdo son las páginas del infinito.
Estamos viajando sobre caparazones de tortugas,
y hemos llegado a la estación primavera,
vemos cómo tus pasos han hecho grietas en la avenida,
y en el viento has abierto el camino que se le olvidó a las gaviotas,
nos hemos enredado en las roturas del aire
y a mi reloj
se le calló la manecilla delgada.

Permítenos ver la hora porque creo que nos atrasamos en el tiempo


y perdimos unos instantes.
Porque los libros se han caído,
la palabra descriptiva es catástrofe
y nadie puede salvarnos de tanto daño. 

97
Antología Relata

Ya no creo que pueda arreglar este atraso,


ya no creo.
Si sigues paseándote frente a mis ojos con tanta lentitud,
si vuelvo a evidenciar la escena en que te sueltas el pelo.

Ya no creo que pueda arreglar mi reloj


si frente a mí te vuelves a morder el labio inferior,
no creo que mi psicóloga me ayude,
no creo que dejes de ser eterna.

Entera.
Persistente en esta revolución de pensamientos que manifiesto en letras
que llevan tu nombre.

98
Nodo Centro
Arauca · Boyacá · Caquetá ·
Cundinamarca · Guaviare · Huila · Tolima
cuento
Víctor Camilo Ronchaquira Gamboa
Arauca · Arauca
Taller Arauca, Lee, Escribe y cuenta

Guerra interna

Íbamos por la calle con un caminado clásico de mentiroso en carnaval,


teníamos pinta de domingo y el cabello sin peinar. La gente nos miraba
como si no entendiera tal situación.
—Ya es medianoche —dije y por un momento recordé esa media-
noche en la selva.
—¡No, oye!, son las doce del mediodía.
—¡Nooo! Mira el cielo, obviamente es medianoche —le repetí y volví
a sentir la respiración de ella, sus palabras, su mirada.
—¡Te digo que nooo!, son las doce del mediodía.
—¡Bueno, ya!, como tú quieras —acepté, pero empecé a pensar que
hoy debía ser el día.
Yo y mi otro yo seguíamos discutiendo por cualquier cosa. Íbamos
rumbo a mi casa. Recordaba esos tiempos en los que mi otro yo gobernaba
nuestro cuerpo de manera arbitraria.
Él fue el mejor estudiante en nuestro liceo, el mejor politólogo de su
promoción y, después, el mayor mercenario de su frente guerrillero.
Desde que pisó una mina todo se le derrumbó. Sus camaradas del
frente nos abandonaron con nuestra pierna izquierda colgando.
Ya casi llegábamos a la puerta principal de urgencias del hospital, que
queda a dos cuadras de nuestra casa, y a mí, al ver el arma de uno de los
guardias, me recorrió una sensación de escalofrío. De repente, mi otro yo
cogió su fusil calibre 7,62 mm y comenzó a disparar. Sentía en ese momento
que las balas nos rodeaban, el piso temblaba y éramos el blanco más fácil
que un tirador desearía. Alcanzamos a recibir dos disparos, pero su espí-
ritu guerrero y nervios de acero nos mantenía de pie. Mi otro yo, al verse

101
Antología Relata

desprotegido, salió corriendo hasta el semáforo para poder cubrirse, y en


el transcurso de su huida la prótesis que revestía nuestra pierna averiada se
atascó y caímos como papas. Mientras mi otro yo trataba de pararse, veía
por última vez, de rodillas, cómo los soldados nos encañonaban sin nin-
gún tipo de piedad; entonces volvió mi mal hábito de cerrar los ojos en un
momento de crisis. Segundos después, sentí el olor a plomo proveniente
del cañón de una pistola y en seguida escuché un disparo.
—¿Joven, me ayudarías a cruzar la calle, por favor? —nos dijo una
viejita que iba caminando a nuestro lado.
Caí en la cuenta de que lo anterior solo habla sido un breve juego de
mi mente.
—No, gracias, no quiero que se me peguen sus gérmenes —le res-
pondió mi otro yo.
—No hay problema, abuela, nosotros la llevaremos —intervine antes
de que la viejecita nos insultara.
—No, mejor no. Deja de fumar esas cosas, hijo —dijo la abuelita
mientras nos abandonaba. Le conté a mi otro yo lo que había sentido hacía
un rato, y le pregunté si él había sentido lo mismo.
—No sé de qué me estás hablando, tal vez la viejecita tiene razón:
deja de meter esas cosas, hijo.
Yo no presté atención a lo que él decía, pues para mí había sido tan
real como esas noches de tormenta en las que no podíamos dormir por
miedo a una emboscada del ejército.
Era la última cuadra antes de llegar a casa; un señor que cojeaba más
que nosotros nos pidió candela para prender su cigarro. Mientras trataba
de buscar mi briquet, mi otro yo le preguntaba, de manera imprudente, al
señor sobre su pierna, que cuál era su problema y a cuál de sus dos pier-
nas pertenecía.
—Cuando yo era soldado, un combatiente guerrillero, de esos san-
guinarios, me apuñaló la rodilla derecha quince veces de manera circular,
dejando casi como un colador mi articulación —dijo el señor, un poco
incómodo, pero con mucha calma en sus palabras. Mi otro yo analizó la
situación casi que con una sonrisa.
Yo saqué mi briquet y, para evitar que mi otro yo siguiera molestando
al señor, lo prendí. El señor puso su cigarrillo en los labios y se acercó a la
flama de manera lenta, haciendo que su cara tomara un color anaranjado.
Mientras eso ocurría, mi otro yo fantaseaba la situación que narraba el
hombre como si él fuese el guerrillero que le descuartizó la rodilla. Él se lo

102
Talleres Literarios 2017

imaginaba como una emboscada, en la que el único del escuadrón que no


había sido degollado era este señor. Mi otro yo proyectaba en nuestra mente
cómo entraba en el sector del campamento del ejército, y lo vio recostado
sobre su chinchorro. Sin preaviso le apuñaló la rótula con tal fuerza, que
se escuchó una implosión ósea que lo trajo de nuevo a la realidad.
Terminé de prender su cigarrillo y me despedí del señor con un
apretón de manos. Él me agradeció con una venia, o eso creí, su cojera
me era confusa. Me di vuelta y caminé, mi otro yo tomaba el timón de
nuestro cuerpo. Siempre se había caracterizado por ser crudo y calcula-
dor, sin corazón.
Abrió la puerta de mi hogar y soltó un “¡gran hijueputa!” a todo pul-
món que hizo que retumbaran mis oídos. No observé bien, pero al parecer
a mi otro yo se le había quedado nuestro celular en el centro terapéutico,
en el consultorio del siquiatra encargado de nuestro caso.
El “¡gran hijueputa!” seguía retumbando en mis oídos cuando subía-
mos a nuestro cuarto, en el cuarto piso, sin probar bocado, sin prender
luces, sin quitarnos ninguna prenda, sin más, que un “Hablamos mañana”
de su parte. Se puso en el borde de la cama, nos dejó caer y se durmió.
Ahí fue cuando yo me paré, entré al baño y me lavé el rostro. Mientras me
iba secando la cara con una toalla de papel me miraba en el espejo, y cada
vez que cerraba los ojos por el roce de la toalla, se plasmaba en mí la ima-
gen de ese día en el que mi otro yo era el verdugo de aquella camarada,
la mujer que más había amado. Ella era la única en el campamento con la
que yo podía sentir gusto de hablar, ya que, al igual que yo, la llevaron a
ese sitio obligada.
Él la mató porque la camarada había quedado embarazada, y las reglas
de la revolución no permitían este tipo de situaciones. Así que, sin pensarlo
y sin preguntarme siquiera, se hizo pasar por mí en la noche de guardia
de un lunes, mientras yo dormía, y con su fusil la asfixió contra un árbol
de mango. Me desperté justo antes de que ella tratara de decir sus últimas
palabras: “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por…?”.
—¿Por qué? —le pregunté esa vez, con más tristeza que rabia.
—Sabes cómo funciona todo aquí. Pero no fue por eso que la maté.
La maté porque sabía que ustedes dos se amaban —me dijo entre risas.
Había pensado miles de veces en las palabras que mi maldito acom-
pañante recitó en la muerte de mi amada, también miles de posibilidades
para vengarme, y hoy, con mucho valor y odio en mis ojos, decidí clavarme
un cuchillo al lado del corazón, así que me acerqué a mi mesita de noche,

103
Antología Relata

saqué mi navaja, la levanté y en silencio repetí su nombre, puse la navaja


con mucho cuidado justo entre mi corazón y mi hombro, con fuerza salí
corriendo y me estrellé contra la pared. Mientras me retorcía de dolor, me
puse frente al ventanal, y para asegurarme de su muerte me lancé al vacío.

104
Nixon Felipe Sandoval Fuentes
Boyacá · Jericó
Taller Fernando Soto Aparicio (FERSOAP)

Julián, el alcalde
honesto

En cierta ocasión, en un lejano y pequeño caserío, en el cual había mucha


pobreza, habitaba una familia que tenía dos hijos, uno de ellos muy alegre,
confiado, bondadoso, pero sobre todo muy inteligente. Él se llamaba Julián,
quien era muy querido por los habitantes de su tierra; hacía sus estudios
secundarios en el colegio del pueblo al que llegaba después de caminar
mucho por un camino de herradura. Un cierto día, después de salir de sus
clases se quedó dormido en una silla del parque del pueblo. Pasó por allí
un señor muy elegante y bondadoso, quien al verlo decidió despertarlo.
Julián abrió los ojos muy asustado; el hombre le dijo que lo quería ayudar
a terminar los estudios en otra ciudad. Julián aceptó, pero antes corrió a
su casa a despedirse de su familia y se encontró con la sorpresa de que su
hermana menor, quien tenía tres años, había desaparecido. Él se fue con-
fiado en que la encontrarían; decidió irse de la casa, regresó al pueblo y
se fue con el forastero, quien le ayudó con sus estudios universitarios en
derecho. Al terminar, se dedicó a la política.
Después de muchos años volvió a su tierra. Se encontró que sus padres
sufrían mucho porque pensaban que ya no era solamente su hija a la que
habían perdido, sino también a su hijo porque no volvieron a saber nada de
él. Julián les pidió perdón por el olvido, los llevó a vivir al pueblo y decidió
postularse como candidato a la alcaldía de su municipio, y como la gente
lo quería mucho ganó las elecciones. Pasaron dos meses, se posesionó a
los seis, se casó y formó una bonita familia; además, le estaba yendo muy
bien en su mandato.

105
Antología Relata

El alcalde Julián estaba muy orgulloso de que las cosas le estuvieran


saliendo bien en la gestión para su territorio, porque tenía en cuenta a
los habitantes en cuanto a vivienda, salud, educación, servicios públicos,
entre otros; pero había un problema que lo tenía bastante preocupado;
era consciente de que él era demasiado confiado y honesto y pensaba que
en cualquier momento podría llegar al pueblo una persona que se apro-
vechara de su buena fe.
Una mañana mientras desayunaban, le dijo a su esposa:
—Me considero el mejor alcalde de esta tierra, pero al mismo tiempo
pienso qué pasará si alguno de mis empleados me traiciona. ¿Qué puedo
hacer para encontrarle solución a este problema que no me deja dormir?
—Amor mío, si desconfías mucho, busca a una persona que te cola-
bore y te ayude en los momentos difíciles de tu mandato.
—¡Tienes toda la razón! Ya pensé lo que voy a hacer: nombraré a una
persona para que me colabore cuando alguien intente hacerme una mala
jugada ¡Será mi mejor amigo y mi confidente!
La esposa le contestó:
—Sí, pero debes tener mucho cuidado a la hora de escoger a la persona
honesta y de confianza. Debe ser una persona demasiado justa, educada,
inteligente, que tampoco la vayan a engañar.
Después del diálogo con su esposa, el alcalde salió de su casa a la alcal-
día, reunió a sus diez empleados y les dijo:
—Cada uno de ustedes debe buscar tres personas de las más honestas
del pueblo y citarlas a mi oficina dentro de tres días.
Así lo hicieron.
Tres días después se reunieron en la sala de la alcaldía treinta perso-
nas. Él les dijo lo siguiente:
—Los necesito para un favor, quiero que recorran todas las vere-
das y otros municipios, incluso otras ciudades, serán muy bien pagados si
alguno de ustedes busca a la persona más inteligente de todo el territo-
rio. De todas las personas que ustedes me traigan tendré que elegir a mi
hombre de confianza, tienen que decirles que yo, el mejor alcalde que ha
tenido este municipio, los espera en esta misma sala el próximo sábado,
el día de mercado.
¡A trabajar, porque no hay tiempo que perder!
Las treinta personas salieron en motos, carros pequeños y recorrieron
hasta las tierras más lejanas. Un mes después se reunieron en el salón prin-
cipal del pueblo muchísimas personas deseando escuchar lo que el alcalde

106
Talleres Literarios 2017

Julián tenía para decirles. Llegaron personas de toda clase: ricos, pobres,
jóvenes, viejos, profesores, mineros, agricultores… todos muy contentos,
con el fin de conseguir un empleo y ser la persona de confianza del alcalde.
El alcalde, sentado en su silla, les habló con una voz gruesa y seria.
—Creo que todos ustedes son personas muy inteligentes, pero les
cuento que solo puedo quedarme con uno, voy a hacerles una prueba y
el que la logre será nombrada mi persona de confianza y mi leal amigo.
Todos quedaron asombrados y en aquel salón no se escuchaba abso-
lutamente nada. El alcalde les explicó:
—La prueba es la siguiente: cada uno debe responder diez preguntas
con toda la sinceridad y honestidad, yo sé cuando alguien está mintiendo.
El que lo logre será mi mano derecha.
Entonces comenzó el reto. Ellos no imaginaban que existía un aparato
para detectar mentiras; ya había pasado más de un centenar de personas y
ninguno lo lograba, cuando de pronto apareció una mujer que respondió
todas las preguntas sin mentiras, se ganó la confianza del alcalde, y con el
paso del tiempo y de contarse sus vidas, descubrieron que era la hermana
que había desaparecido cuando estaba pequeña y a la cual una pareja de
gitanos había raptado por los alrededores de su casa. Le contó que había
sufrido mucho hasta que decidió escapar.
Por último, la llevó a casa de sus padres para que la reconocieran; ellos
lloraron de felicidad por este reencuentro y se quedó a vivir con ellos y ayudó
a su hermano para que su pueblo fuera uno de los mejores de la región.

107
Ramiro Octavio Saldaña Fonseca
Caquetá · Florencia
Taller Maniguaje

La última pelea
de mi padre

El gancho de izquierda sobre su mentón fue tan fuerte, que aquel hom-
bre negro, fornido y enorme se desplomó sin la más mínima resistencia.
La gente no lo podía creer. Mi padre, que hasta hacía unos momentos
daba brinquitos y lanzaba puñetazos al aire con la izquierda y la derecha,
se quedó pasmado viendo cómo el gigante de ébano caía rendido frente
a él. Todo fue un caos.
El tío Juan, un hombre cadavérico y bilioso que siempre acompañaba y
azuzaba a mi padre en esas peleas, se quedó en silencio y comenzó a beber y
a fumar desesperadamente. “¡Levántate, levántate!”, gruñía mi padre. Había
mucho en juego y si aquel mastodonte negro no se ponía de pie él y el tío
Juan estarían en serios problemas. Mi madre y yo observábamos en silencio.
Dos o tres segundos más tarde, con esfuerzo, el recién noqueado
comenzó a levantarse. Trastabillando, y atontado aún por el tremendo
izquierdazo, logró ponerse de pie en medio del ánimo de la gente que lo
rodeaba. Mi padre, al oír el alboroto, bebió un enorme trago de cerveza y
comenzó de nuevo a lanzar golpes mientras observaba cómo el Hércules
de color tomaba un segundo aire para seguir peleando.
El tío Juan, más amarillo y seco que nunca, expulsaba bocanadas y
bocanadas de humo al tiempo que seguía alentando a mi padre dándole
palmaditas en la espalda. Mi padre, por su parte, continuaba dando salti-
cos sin sentido que más parecían pasos de un bailarín novato que armas
de defensa de un peleador consagrado. Mi madre, visiblemente enojada,
trató de decirle algo para hacerlo entrar en razón, pero él se le adelantó y

108
Talleres Literarios 2017

con un contundente: “¡mujer, déjame!” consiguió que mi madre se alejara


un poco y se quedara viéndolo con esa expresión que siempre tienen las
mujeres para decirnos a los hombres lo estúpidos que somos a veces. Ahora
pienso que, si las miradas noquearan, mi madre hace rato que hubiera ter-
minado aquella pelea.
La contienda, entonces, comenzó de nuevo en medio de la algarabía
de la gente. Mi padre sudaba como un caballo. Estaba nervioso. Nunca
antes ni después de esa pelea lo vi transpirar de esa manera. De pronto,
sus ánimos disminuyeron y ya no daba brinquitos ni lanzaba puñetazos al
vacío. Ver que aquel hombre había quedado tan mal lo llenó de angustia.
Lanzó aquella mueca que se le dibujaba en la cara cada vez que todo estaba
perdido. El tío Juan se me acercó con sigilo, y con un tufo marchito me
susurró al oído: “Mijo, si ese negro no se levanta nos va a tocar a tu padre
y a mí empacar maletas e irnos a vivir muy, muy lejos”.
Sonó una campana y los ánimos se calmaron un poco. Mi madre huyó
hasta la cocina. La casa apestaba a cerveza, cigarrillos y crispetas quemadas.
Yo no sabía si darle ánimo a mi padre, o ir con mi madre para decirle que a
mí tampoco me gustaban las peleas (aunque eso fuera mentira). “Eso es de
puros salvajes”, decía ella. “Y tu tío, en lugar de alentar siempre al pendejo
de tu padre, debería convencerlo de que hay otras maneras de solucionar
los problemas”. Y tal vez tenía razón.
Sonó otra vez la dichosa campana y la gente comenzó a gritar de nuevo.
“Con tanto maldito alboroto, no demoran en enojarse los vecinos y llamar
a la policía”, sentenció mi madre mientras volvía de la cocina. Los dos
hombres, en efecto, habían reanudado su lucha. Mi padre estaba inmóvil,
con la mirada perdida. Simplemente apretaba sus puños. El tío Juan, en
cambio, ahora gritaba como loco: “¡Defiéndete, marica, defiéndete!”. Fue
entonces cuando llovieron golpes de todas direcciones. Le caían en el ros-
tro, en la cabeza, en el estómago, en la espalda, en los brazos. Fueron tantos
y tan fulminantes, que hicieron que mi padre se desplomara sobre su sofá
favorito. Era un sofá de cuero cuarteado color marrón, cubierto por una
manta de muchos colores y ubicado justo en frente del primer televisor a
blanco y negro que tuvimos en casa.
“¡Levántate, negro, levántate!”, gritaba desesperada la enclenque huma-
nidad del tío Juan, mientras se tomaba la cabeza con ambas manos. El
cigarrillo y la botella cayeron sobre la alfombra preferida de mi madre.
Mi padre, pálido y sin brillo en los ojos, se quedó mirando fijamente la

109
Antología Relata

pantalla del televisor. “Cinco…, seis…, siete…”. “Levántate, por favor, leván-
tate”. “Ocho…, nueve…”. “Maldita sea, Carlos, perdimos”. “Diez, ¡fuera!”.
Tres meses después de aquella pelea, mi padre me regaló en mi cum-
pleaños unos guantes de boxeo. En ese momento él ya no vivía con nosotros.
Ni él ni el tío Juan, al que jamás volvimos a ver. Comimos ponqué y me
preguntó cómo me iba en el colegio y esas cosas. Luego me puse los guan-
tes y jugamos un rato. Yo golpeaba con fuerza las palmas de sus manos, y él
me susurraba cómo debía moverme, defenderme y lanzar golpes. Minu-
tos más tarde, mi madre, luego de recordarle lo de la cuota alimentaria, lo
despachó con esa mirada que noqueaba estúpidos.

(En 1971, Muhammad Ali, el boxeador más grande que ha dado la


historia de este deporte, perdía en Las Vegas con Joe Freizer en la llamada
“pelea del siglo”. Solo perdió cinco peleas en toda su carrera).

110
Juan Esteban Quintero
Cundinamarca · Cota
Taller Voces del Majuy

Bruma

Se veía tan lindo, tan tierno entre el humo. Acostado, pálido, quieto…
Cómo no enamorarse de su figura cuando cerraba los ojos, cuando
no se movía. Así, sencillo, calmado, rígido y despeinado.
Soy pálida. A veces me siento tan blanca como la bruma que se posa
en la montaña. También soy fría, no es que tenga un carácter seco, sino que
mi piel es helada. Pero no siempre fue así.
Todas las mañanas me miraba en el espejo, miraba mis ojos marrones.
Escuchaba a Carlos cantar en la ducha mientras preparaba el desayuno.
Cantaba cosas indescifrables en un inglés incomprensible.
Carlos fumaba, no lo culpo, yo también lo hacía. Me fastidiaba el humo
en el pelo, el olor a tabaco en la casa, la densa bruma que distorsionaba la
luz de las lámparas.
Cuando Carlos salía de la ducha, se vestía, se afeitaba y se perfumaba
tanto que el olor a tabaco se camuflaba un poco. Se ponía su traje, pren-
día un cigarrillo sin filtro, se sentaba con mala cara a esperar el desayuno.
Me decía que su trabajo era una mierda. Que todos en esa oficina
eran una manada de pervertidos, una gran bandada de locos actuando
como cuerdos.
—Algún día, entre noviembre y enero, nos vamos a escapar —me
decía, mientras servía un tinto negro en su pocillo favorito.
—¿Irnos a dónde?
—¿Ves la copa de la montaña? Allí. Entre el bosque que está en la cima
y la delgada línea que forma un camino divisorio —me decía mientras me
abrazaba por la cintura señalando la montaña.

111
Antología Relata

Desayunaba, cogía su maletín, yo le arreglaba la corbata y salía por la


puerta trasera. Prendía el carro, y dentro de él otro cigarrillo. Nada desen-
cajaba del ritmo habitual.
Me bañaba. Peinaba mi cabello negro, liso, largo y suave. Recibía la
correspondencia y preparaba el almuerzo.
En la noche, Carlos llegaba con cara de puño, tumbaba todo a su alre-
dedor. Se convertía en la furia divina, en una orgía de golpes. Danzábamos
discordantes, de un lado de la casa al otro, mientras mi cabeza rebotaba por
todas las sudorosas paredes del lugar que llamábamos “casa”.
Los días pasaban así desde que nos mudamos solos. Desde que legali-
zamos el martirio que, por cuestiones sociales, nos obligaba a estar juntos.
Fue en una mañana de octubre, cerca del día de brujas, cuando me
levanté totalmente pálida. Mi piel estaba helada, mis labios ya no eran rojos.
Mientras Carlos se duchaba, yo intentaba preparar el desayuno. Tenía
rabia y no sé qué me pasó esa mañana. Me sentía tan triste, tan poseída por
el miedo y la desesperación, que no pude cocinar. Estaba bloqueada, vacía.
Me senté en el sofá marrón de la sala, cuando salió del baño. Me encontró
ovillada, con la mirada puesta en su cuadro más reciente. Tenía los ojos
desorbitados, bizcos, sin rumbo.
Carlos caminó hacia mí rompiendo el humo del cigarrillo mentolado
que tenía entre mis dedos. Me gritó cosas que en el momento no pude
digerir, seguro ofensivas.
Salió en el carro, se marchó con prisa y probablemente con hambre.
En la tarde me dieron ganas de ser bruma, de ser el viento que pasaba
por la montaña, de acariciarla suavemente. Me dieron ganas de ser humo,
de volar libre, de desvanecerme. Me dieron ganas de no ser nada.
Volví a la realidad. Me sentía hecha trizas, pero con una sonrisa. Resig-
nada con mi vida. Pensaba tener hijos, criarlos a mi imagen y semejanza,
tal vez en la montaña, que se rodearan de vegetación, o de pronto en un
pueblo calmado, un lugar sano para poder levantar una mísera generación
de niños. Así pasé el día, con tranquila desesperación.
Cuando cayó la noche, Carlos llegó a la defensiva. Tiró todo a su paso,
una orgía de golpes, la ira divina. Maltrató mi cara con las fuertes puntas
de sus nudillos.
Lo persuadí para que nos acostáramos. Con la luz apagada, semides-
nudos. Se veía lindo, tan tierno entre el humo. Acostado, pálido, tan quieto.
Y cómo no enamorarse de su figura cuando cerraba los ojos. Cuando no se
movía. Así, sencillo, calmado, rígido y despeinado.

112
Talleres Literarios 2017

Lo abracé. Acaricié su cara, besé su cuello, desbroché su camisa de


cuadros. Se volteó, me miró con desprecio, como si él fuera un niño y yo
su juguete, su granja de hormigas. Me puso sobre su cadera y procedió a
pintarme el cuerpo con el transparente sudor de sus manos. Le cogí el
pelo, le agarré una mano. Besé su frente y saqué sigilosamente de mi mesa
de noche el cuchillo.
Pasé la mano por su cara mientras él, en el placer que le daba mi
cuerpo, se transportaba a otro mundo, a una realidad abstracta. Puse el
cuchillo en su garganta. Lo pasé de un lado a otro como tocando violín;
él, abriendo los ojos estallados, susurró en mi oído una frase sin sentido.
Volví a pasar el cuchillo por su cuello, esta vez con más fuerza, con
más rabia y odio.
Me alejé arreglándome la camisa, viendo la sangre que se derramaba
sobre su pecho, sobre su silueta. Viendo la sangre como si fuera viento,
como si su cuerpo fuera montaña. Me miró por última vez con un gesto
despreciable, cayó en un sueño retardado, en una sinfonía de sin saberes.
Se veía tan lindo, tan tierno entre el humo. Acostado, tan pálido, tan
quieto…
Cómo no enamorarse de su figura cuando cerraba los ojos. Cuando
no se movía. Así, sencillo, calmado, rígido y despeinado.

113
Mario Castro Ibarra
Cundinamarca · Chía
Taller de Narrativa La Tinaja de Chía

Francisco,
¿dónde estás?

Al fin respiró aliviada. Con un esfuerzo casi sobrehumano empujó a Fran-


cisco hacia un lado liberándose de su peso. Definitivamente ya no estaba
para esos trotes. Como siempre, Francisco la había engatusado con sus
meloserías y su picante lengua, y había logrado “eso” a lo que ella se había
resistido durante una larga temporada: ¡Casi tres años!
Se pasó el dorso de la mano por la frente y comprobó que había
sudado… ¡copiosamente! “Hacía mucho que no sudaba”. Era como si su
piel marchita se transformara en gruesas escamas que taponaban sus poros,
sellándolos.
“¡Pobre Francisco!”. Debía estar muy urgido para haberse inventado
esas historias con las que a pesar de todo se rindió. Nunca había sido buena
para el sexo, ni lo había disfrutado como hasta ese momento. Algo en su
interior le reclamaba airoso por cada prenda que arrancaba de sus carnes
temblorosas y culpables. Ni hablar de las palpitaciones, los ahogos de éxta-
sis y esa fuerza inusitada que hacía estremecer sus caderas en la búsqueda
de un “complemento” gratamente devorado y que le empujaba el ombligo
desde las entrañas. Sentía que iba a desbaratarse.
Esta vez no sintió esos ardores desesperados y esas urgencias que no
admitían aplazamiento. Todo fluyó sin sobresaltos, pero in crescendo y con
una pendiente tan suave que le pareció un orgasmo especialmente dise-
ñado para ella; para ella que era tan recatada. “¡Tan idiota!”. Sí, eso era lo
que era, una perfecta idiota. Nunca fue capaz de reclamar para sí el disfrute

114
Talleres Literarios 2017

de una sexualidad abierta y sana y sin tapujos con Francisco, su marido de


hacía sesenta años.
Francisco debió quedar muy satisfecho, pues no lo sentía. Sin embargo,
él no había sido el Jorge Negrete de otros años. Extrañamente se había
quedado quieto sin bromear ni mordisquearle la barbilla en recompensa
por los favores recibidos. Por eso tuvo que echarlo a un lado.
“Se habrá dormido el muérgano”, caviló despreocupada, mientras con
dificultad se acomodaba dándole la espalda a Francisco. En estos momentos
y por estas épocas ya no debía temer otro ataque por la retaguardia. Fran-
cisco yacía boca arriba con una sonrisa de oreja a oreja mirando fijamente
al techo con los ojos abiertos. Lo miró de arriba abajo; su miembro dormía
tan plácidamente como él. De repente, Sofía se giró impulsada por un pre-
sentimiento. Desesperada y aún sudorosa, le apretó el pecho a Francisco
para reanimarlo. Como pudo se incorporó apoyándose en el antebrazo, y
tomándolo por la quijada lo zangoloteó sin resultado. Con una angustia
que no la dejaba gritar, apenas balbuceó:
—Francisco, ¿dónde estás?
No había duda, Francisco no se había venido, se había ido.

115
Miguel Antonio Peña Peña
Cundinamarca · Fusagasugá
Taller Manuel María Aya Díaz

Al compás de
un sorbete

Durante toda la semana, Gonzalito el viejo no podía apartar de su mente


la imagen del féretro con el cuerpo de Gracielita, en medio de una iglesia
donde solo estaban él, el cura y el sacristán.
Gonzalito el viejo hacía esfuerzos por recordar cuándo habría sido la
última vez que Gracielita salió de su casa. Tal vez en los últimos cincuenta
y tres años, desde aquella tarde en que regresaron de su luna de miel, ella
no se había vuelto a asomar a la puerta ni para abrirla, pues, cuando alguien
llegaba de visita, usaba una cuerda que halaba desde el fondo del zaguán
y que corría la cerradura.
Lo que él no sabía era que, aunque Gracielita permanecía sola en su
casa todo el día —vale decir, sin la compañía de Gonzalito el viejo—, con
frecuencia tenía a alguien de visita. Ya fuera la comadre Magola, alguno
de sus sobrinos o simplemente algún vecino de las casas cercanas o hasta
de las más alejadas del pueblo.
Todo aquel que visitaba a Gracielita lo hacía con una única intención:
enterarse de los más recientes sucesos, públicos o privados, que hubiesen
acontecido en ese pueblo durante el día anterior o durante la última semana.
Casi ningún evento se escapaba del conocimiento de Gracielita; por
eso, casi siempre, la única manera de enterarse de algo era visitándola.
—¿Qué cuenta de nuevo, tía?
—Nada, mijita. Para una por acá encerrada, todos los días son lo
mismo. Entre cuidar el solar, las matas del patio y arreglar la casa, no queda
tiempo para enterarse de nada.

116
Talleres Literarios 2017

—Pero cuénteme, tía: ¿quién se ha casado, quién se separó, quién se


ha muerto?
—No sé, mijita. Por ahí supe que…
Y así empezaba siempre un largo monólogo en el que Gracielita iba
contando, a veces sin que se lo preguntaran y aun antes de que el visitante
supiera que lo quería saber.
Que Emanuel, el carnicero, anda metido otra vez en líos de faldas y
que por eso lo volvió a echar la mujer de la casa y que Emanuel se fue a
vivir donde la Rosalba; pero que eso no dura mucho porque la Rosalba no
se lo aguanta, y porque la mujer vuelve y lo perdona.
Que la hija de la maestra Rita metió las patas con el hijo de un obrero
de la empresa que construye la carretera y el Roberto lo atacó con un cuchillo
cuando se enteró, pero que no lo hirió porque los borrachos de la cantina
del cojo Elías se lo impidieron.
Que vinieron los de la Fiscalía y allanaron la casa del alcalde, que diz-
que buscando pruebas de unos dineros que recibió de un soborno o que
se robó del municipio —No me quedó claro, mijita—, pero el caso es
que parece que pronto lo meten a la cárcel y, ahí sí, el jodido es el pueblo.
Que fue de cáncer de páncreas que se murió el hijo de Parmenio. ¡Y con
lo jovencito que era! Además, qué tristeza, era el primero de la familia que
pisaba la universidad y, pues, era la esperanza de todos para salir de pobres.
Que también se murió Marujita, la que vivía por los lados del Amo-
ladero; pero es que ya tenía como noventa años, y con lo enferma que
estaba… también ya era justo.
—¿Cómo hace usted, tía, para enterarse de todo lo que pasa en este
pueblo si nunca se asoma ni a la puerta?
—No sé, mijita. Noticias que me traen los angelitos… o a veces el
diablo.
Sí. Gracielita era comunicativa, pero ¡preparaba un sorbete de curuba!
De esas curubas frescas y felposas que ella recogía de una mata grande y
frondosa que tenía en el solar, y que batía con leche en esa licuadora vieja
ubicada siempre en el mismo lugar del mesón y que cubría con un pequeño
vestido de tela florido, con un moño en la parte de arriba y un encaje en la
parte de abajo, como formando una falda. Era una delicia verla preparar el
sorbete sin interrumpir, para nada, el recuento de todo aquello que había
pasado en el pueblo durante el día anterior o la última semana.

117
Antología Relata

Todo lo sabía Gracielita… menos la suerte que corrió Gonzalito el


joven desde aquella mañana en que atravesó la puerta de la casa para ir a
buscar trabajo a la ciudad. Desde entonces, no se ha vuelto a saber nada.
Mientras arreglaba el solar o componía las macetas de los novios, Gra-
cielita siempre pensaba con melancolía en Gonzalito el joven. Sin embargo,
un acuerdo tácito entre todos los que la visitaban, para enterarse de los
últimos eventos, impedía que alguien le preguntara por su hijo. Era un
tema que ella no tocaba y, por lo tanto, los demás tampoco. El recuerdo, la
ausencia y el desconocimiento de su paradero no se notaban para nada en
el rostro de Gracielita, pero todos sabían que era un pensamiento constante
en ella. Al contrario de los chismes, de esa nostalgia se enteraban todos sin
necesidad de que ella lo dijera.
Otra cosa que tampoco sabía Gonzalito el viejo era que, llegadas las
seis de la tarde, más o menos, Gracielita no recibía visitas de nadie por-
que se iba para la cocina a preparar la cena para él, que llegaba cansado
por haber salido en la madrugada para ir a la finca a ocuparse del ordeño y
visitar a los vecinos. Luego, de regreso, una vez que había dejado las can-
tinas en la casa con Gracielita, iba a visitar a sus amigos, pasando por la
alcaldía, la tienda de Juan, la comadre Emilia, el billar de Antonio y tantos
otros lugares, y a ella le gustaba escucharlo contándole su día, durante la
cena, después cuando tomaban el tinto, y aun mientras las últimas som-
bras acariciaban la luz de la vela, ella escuchaba el arrullo de su voz, que
le ayudaba a conciliar el sueño.
Durante toda la semana, Gonzalito el viejo recordó con un sentimiento
mezclado de tristeza y cariño que aquella noche, como a las ocho, recién
acabados de meter en las cobijas, cuando él le contaba todo lo que había
visto o escuchado durante el día, como todos los días, ella lo interrumpió
con ternura, lo miró fijo a los ojos y, acomodando su cabeza en la almo-
hada, le apretó la mano y le dijo:
—Adiós, viejo.
Con un suspiro tan fuerte, tan profundo y sonoro, que Gonzalito el viejo
supo al instante que su amada Gracielita se había despedido para siempre.
Como lo habían discutido tantas veces, sin velorio alguno, porque
Gracielita no creía en esas cosas, Gonzalito el viejo habló con el cura y se
programó el sepelio para esa misma mañana. No tuvo tiempo y ni siquiera
se le ocurrió avisarle a nadie. Tal vez por eso, pensó Gonzalito el viejo, la
iglesia estuvo tan vacía.

118
Talleres Literarios 2017

Lo que Gonzalito el viejo no sabía era que nadie se había enterado


de la muerte de su esposa porque —cosa muy rara— nadie había ido por
esos días a visitar a Gracielita para enterarse de los últimos sucesos del día
anterior o de la última semana.

119
Salomé Cohen Monroy
Cundinamarca · Bogotá
Taller de Cuento Ciudad de Bogotá

Agosto

En abril le empezó a quedar en los dedos un polvo fino, suave, casi tras-
lúcido. Se pasaba las manos por la piel de la espalda, las piernas, el pecho.
Y siempre el polvo. Y la rasquiña el día entero. Le preocupaba que la
gente notara sus ganas de rascarse, de arrancarse la piel, entonces termi-
naba haciendo un movimiento involuntario en el que pasaba el peso del
cuerpo de un pie al otro, de un pie al otro, de un pie al otro, hasta que sus
amigas de fútbol le preguntaban ¿Qué te pasa?, ¿quieres ir al baño? Y ella
decía No, y ellas volvían a lo suyo pensando que tal vez era ansiedad por
el partido que iban a jugar.
Su mamá también le había preguntado ¿Qué te pasa?, y ella había dicho
Nada. Y la mamá insistía porque había visto el polvo que volaba cuando
sacudía la ropa. Y ella trataba de esconderlo. No se sentía enferma, no que-
ría que ningún doctor la viera, pero la mamá insistía de nuevo. Entonces
fueron a consultar.
El doctor, un viejo, dijo Usted tiene dermatitis, una condición perma-
nente que deberá controlar con cremas. Cuando ella levantó los ojos del
piso notó que el doctor no las miraba y que la mamá tenía la cara fruncida
en un gesto de preocupación. El doctor le entregó una fórmula, todavía
sin mirarla, y dijo Vuelva para un control.
En mayo todavía faltaban días para el control, y ella sabía que las
cremas no eran remedio. Pasaba los días en la casa que compartía con su
mamá: sentía que ya no podía jugar fútbol como antes: aunque había bajado
de peso no se había vuelto más rápida. Y le aterraba la idea de chocar y
romperse. O chocar y desmoronarse. Se sentía frágil y ya no iba a entrenar.

120
Talleres Literarios 2017

Veía a su mamá limpiar la casa, tres veces al día, frenética, y ella trataba
de soltar menos polvo, procuraba moverse poco y rascarse menos, pero a
veces ciertos lugares inalcanzables de la espalda la podían desesperar. Se
estiraba, se contorsionaba, no quería llamar a su mamá, no alcanzaba, y al
final solo le quedaba en los dedos polvo, como tierra fina, seca.
Y en las sábanas. 
Y en las esquinas de la habitación.
Y en la novia que se alejó.
La novia que era dulce. Que la visitó el día del doctor, que dijo Cuídate
la piel, usa las cremas, mejórate —a ella no le gustó eso que dijo, no le gus-
taba la idea de cuidarse—. La novia que la llamó cuando no fue al partido
y la consoló, pero que cuando la besó no soportó la sensación de agua de
mar seca en la piel. La que trató de ver más allá de la enfermedad, pero que
definitivamente no pudo volver a recorrerle la espalda con la lengua. Que
no pudo volver a esa casa, cada vez más turbia por el polvo que flotaba.
Se armó con una excusa para dejarla. Dijo Has cambiado mucho desde
que te empezó la enfermedad, ahora eres amarga. Y aunque fuera verdad
que había cambiado, no era que se hubiera vuelto gruñona o amarga. Incluso
estaba más tranquila, más queda. No le importó mucho que la dejara la
novia, o eso dijo. Extrañaría, sí, que le metiera el dedo en el ombligo y le
dijera que qué profundo era, que también le gustaba entrar así en ella. Pero
trató de olvidarlo y volver a su rutina. Fue a jugar fútbol con sus amigas.
Quería pretender que nada había cambiado, que no había polvo, pero ellas
la miraban sin esconder el pesar que sentían. Imaginaban que las ojeras,
lo delgada, lo callada, eran síntomas de un corazón roto. Dijeron Pobre,
se está deshaciendo del dolor. 
Aunque sí se estaba deshaciendo, ella no sentía dolor.
En la casa, la mamá barría. Y se asomaba a su habitación. Al principio
inventaba algún pretexto, pronto paró de disimular; había entendido que
a ella le daba igual si hacía como si nada le preocupara o si se quedaba en
el umbral de la puerta mirándola aferrada a la escoba, como si esta fuera
un bastón que las iba a mantener en pie mientras el polvo se tomaba sus
vidas. Barría de nuevo y miraba las bolsas de polvo sin saber dónde tirar-
las. Sabía que ahí adentro había mucho de su hija. Que con esas bolsas
negras se oscurecía la esperanza de que el fútbol les traería gloria, dinero.
Había entendido que no iban a volver a un control, que las cremas no eran
remedio. Que la hija había creado una nueva dependencia, que ella ya no
tendría una vejez holgada.

121
Antología Relata

En julio las amigas empezaron a intuir que no era el corazón roto lo


que la tenía deshecha. Le pidieron que no volviera a los partidos de fút-
bol, que ya no era buena como antes, que ahora se quedaba muy quieta,
mirando el balón rodar, deformarse al recibir patadas, perder sus líneas y
recobrarlas. Que no podían arriesgar el torneo. Que ahora se ensuciaban
aún más en la cancha llena de polvo. Dijeron que irían a visitarla. Y aun-
que lo hicieron alguna vez, les resultó raro estar cerca de ella, con el polvo
que flotaba por todas partes y terminaba por caerles sobre la ropa y el pelo,
como caspa, no importaba cuánto tratara ella de evitarlo. Unas tosían, a
otras les daba impresión pensar que estaban respirándola.
Y la mamá pensaba Qué voy a hacer, qué voy a hacer. Esa pregunta
ya no podía ser Qué vamos a hacer, como hubiera querido. Ella estaba
ausente. No había vuelto a hablar, ni siquiera había vuelto a avisar Tengo
que ir al baño, como lo había empezado a hacer para que la mamá la lle-
vara alzada. Entonces la mamá ahora no solo se valía de escoba y recogedor
para el polvo, sino de traperos y pañuelos para la suciedad que venía de
adentro. Y ella, nada. Ella, fililí. Ella, sumergida en la contemplación. En la
inmensidad de una pelusa, en el olor que su piel había dejado durante mil
sueños entre sus sábanas. En las rayas de polvo iluminadas por el sol de la
tarde. En el silbido de los vientos de agosto. En la vibración que sintió en
la casa, también en el cuerpo, cuando se cerró la puerta de la entrada y la
mamá salió. En el silencio que quedó. Luego en el sonido del polvo que
caía sobre un piso que empezó a extrañar las barridas de la mamá.
Ella miraba cómo las rayas que separaban cada tablón de madera se
difuminaban entre las olas de polvo. Entre las dunas de polvo sobre las
vetas, sobre las mesas, sobre las sillas, sobre las camas. Ella solo esperaba
sentada en una butaquita que había sido suya cuando niña y que de nuevo
le quedaba a la medida.

A veces se reía, y eso era todo lo que hacía, cuando alguna brisa la
acariciaba, cargada del polvo que era ella misma.

122
Luis Eduardo Valdés
Guaviare · San José del Guaviare
Taller Permanente de Escritores Guaviarí

El olor a dulce de
guayaba de la mirada
de Mery Yolanda

Mientras atrás de la casa Mery Yolanda me miraba con sus ojos “verde
gatuno”, junto a la paila, doña Belén, la mama de Mery Yolanda y mi mamá
sudaban a chorros, sendos canaletes de madera en mano revolviendo el dulce
de guayaba, turnándose en la titánica labor de rebullir ese gel rebelde que
de lo único que sabía era de volverse paraman, que momento a momento
se tornaba más difícil de mantener a raya y que, entre escupitajos volcáni-
cos, se empecinaba en pegarse en el fondo
La que recibía la ventura del descanso, usando el instante de quietud
e ignorando la odisea que atravesaba en ese momento su compañera, apro-
vechaba para sofocar la comezón impertinente que durante el momento
de lucha con el canalete dentro del dulce de guayaba candente la había
atosigado, y que por las normas básicas de higiene que se deben guardar a
la hora de preparar un alimento no se pudo sofocar.
Haya sido por la fantasía de los poetas, que dicen que las piedras
hablan, que el corazón suspira, que la lluvia da consejos, que el sol besa las
pieles… o porque en realidad así era. Pero ciertamente, cada vez que Mery
Yolanda sostenía su mirada sobre la mía, en ese jueguito que ella llamaba
“el serio”, el olor a dulce de guayaba se acentuaba con locura. Pero ese
día nadie jugaba al juego del serio; lo de ese día se había dado de forma
espontánea, así como se daba el convite de nuestros padres por el dulce
de guayaba, obedeciendo a la cosecha excesiva que se cernía en las matas

123
Antología Relata

existentes en los potreros, las cuales, sin haber sido sembradas por mano de
hombre alguno, se empecinaban en aparecer como una especie de pandemia
en cualquier claro de los potreros y en producir todo el fruto del mundo.
Mi papá decía que esas plantas aparecían donde defecaban las vacas;
nunca pude entender cómo el estiércol era capaz de producir una planta
con un fruto que produjera un dulce tan delicioso como el dulce de gua-
yaba; lo que en realidad mi papá nunca me explicó era que las vacas se
comían las guayabas y luego en sus heces arrojaban las semillas que se
convertirían en plantas de guayabo que posteriormente darían guayabas
con las cuales mi mamá, doña Belén y el resto de las señoras de la vereda
harían dulce de guayaba.
El convite para el consabido dulce, año tras año, no solo se pulía sino
que iba dando origen a fórmulas más… qué digo más…, mucho más crea-
tivas, ramificándose el dulce en miles de recetas, miles de minutas en los
que la guayaba ya no estaba sola, sino que se hacía acompañar de algarrobas,
arroz, huevos batidos, majule, pepires y semillas de patabá. Doña Belén era
un genio en menesteres de mescolanza de comestibles; ella fue la primera
señora en la vereda que afirmó que los alimentos dulces se podían mezclar
con los salados y viceversa, con lo cual aparecían unos platillos exóticos que
en las ciudades se conocían como alimentos agridulces.
Lo de mezclar alimentos dulces con salados no fue bien recibido por
las señoras de la vereda, y doña Belén se vio en serios aprietos, pues las
vecinas la trataron de remilgosa, de fullera, de “rifififi”, de “dediparada”,
y otras fueron un poco más creativas y la trataron de “remicuica”…
Pese a despotricar de doña Belén, en privado con sus maridos, en
las reuniones de la junta de acción comunal, en las mingas para limpiar
la cuneta, en las fiestas de la madre y en las misas veredales… las señoras,
movidas a curiosidad con aquello de los mentados alimentos agridulces,
preparaban sus propios alimentos agridulces, los cuales brindaban a los
señores (sus maridos), bajo el pretexto de un accidente. Fue así como doña
Aminta le dio a don Getulio una badea con sal, que fue entregada con el
pretexto de que…
“El mugre gato mordisquió el badeo y lo tiró en el bulto e sal”.
Don Getulio, como hombre ahorrativo, no tuvo reparo en ingerir la
badea salada por no desperdiciarla; pero le gustó tanto, que de ahí en ade-
lante todas las badeas corrieron la misma suerte, el chisme de la sabrosura
de las badeas saladas se propagó, como reguero de pólvora, a tal punto que
en pocos días el mismísimo presidente de la junta, don Juan Chelis, ingería

124
Talleres Literarios 2017

sus primeras badeas saladas. Doña Brisas dio a don Arquímedes, su esposo,
un pernil de cachicamo con melao de hartón maduro, con el pretexto de
que se había equivocado de olla a la hora de ubicar el recado en la hornilla.
Las badeas saladas y los perniles de cachicamo en melao de hartón
maduro fueron los antecesores de las guarupayas con salsa de mango, los
muslos de lapa en guarapo curado, las guamas avinagradas en salmuera de
res, las pezuñas de cochino juagadas en dulce de papaya, los huevos de tere-
cay con piña picada, los nicuritos en vapor en salsa de uchuva y otra serie
de delicias que a hurtadillas las señoras copiaban de doña Belén, utilizando
de “gancho ciego” a Mery Yolanda, quien con sus siete años se había con-
vertido en la maestra de culinaria de todas las señoras de la vereda, quienes
bajo pretexto de regalarle algo, la sonsacaban y se la llevaban a sus fincas
para que les entregara las recetas de los platillos agridulces de su madre,
eso sí, de una forma muy sutil a fin de no romper su tesón, pues pese a
todo aún despotricaban de la pobre doña Belén por haber hecho alusión
a los platos agridulces.
El olor que me envolvía ahora era como de frijoles dulces, como de
ñames acaramelados, como de plátanos en chucula… pero al mirar los ojos
verdes de Mery Yolanda, sentía que todos los olores a los que he hecho
alusión desaparecían, y se conservaba como único en el universo el olor
a dulce de guayaba; entonces, pude comprobar que las pieles sí hablan,
que el espíritu sí grita y que en realidad la mirada de Mery Yolanda sí olía
a dulce de guayaba.
Sin importar el concierto de pailones y cucharas, los cotorreos de mi
mamá y doña Belén; sin importar los miles de aromas que provenían de la
cocina… nuestras miradas se sostenían, ahora como en una lucha de poderes.
No sabía a qué horas se había iniciado este duelo de miradas, ni quién lo
había propiciado, posiblemente era de esos actos espontáneos propios de
la naturaleza, movidos con un fin predeterminado que solo sabe el creador.
Entonces, con el deseo de poner fin a todo aquello, pues el estar
mirando tanto rato los ojos de Mery Yolanda me hacía sentir perturbado, le
dije, tratando de imitar a los galanes de las radionovelas que oía mí mamá:
—Mery Yolanda… ¿Quieres ser mi novia?
Ella me miró con mayor intensidad, me pareció tener la nariz metida
en la paila de doña Belén.
—¿Tú me quieres, Fercho? —me dijo con una madurez inusual para
una niña de siete años.
—Sí…

125
Antología Relata

—¿Y por qué me quieres?


Quise traer a mi mente algo de lo que dijeran los galanes de las radio-
novelas que oía mi mamá en el viejo Sanyo de onda corta, para decírselo a
Mery Yolanda, pero al no recordar nada, y en un acto de sinceridad infantil
propia de mis siete años, le respondí:
—Por tu volqueta.
—¿Por mi volqueta?
—Sí. Por tu volqueta…
En ese momento Mery Yolanda dejó de mirarme, y en ese momento
dejé de percibir el olor a dulce de guayaba.
Sin decir palabra, se dirigió al rincón donde yacía la enorme volqueta
de plástico, cuyo platón, desde que tenía uso de razón, estaba atiborrado de
muñecas, de cajas, de pilas, de peluchitos, de espejitos… y de otro poco de
chécheres propios de una niña; con calma volcó el contenido al suelo, luego
tomó la cabuya que amarraba al juguete por la trompa y dirigiéndose hacia
mí, luego de entregarme la punta, se encaramó en el platón para decirme.
—Fercho. Ahora que somos novios, arrástreme.

126
Hernán Aragonez Trujillo
Huila · Neiva
Taller José Eustasio Rivera, RELATA Huila

Una mancha en
la alfombra

Ese veinticinco de diciembre José María Cuéllar se despertó a las cinco


y treinta de la mañana, le dio dos palmaditas a su esposa en la espalda
antes de abandonar la cama y quitarse, doblar y poner sobre la almohada
su pijama; luego cogió la toalla colgada en la pared y se dirigió a la ducha.
María Cabiedes se sentó en la cama, fue a la cocina, sacó una olleta
de aluminio, le echó un poco más de una taza de agua con dos cucharadas
de café y una de azúcar y la puso en la estufa. Cogió una cacerola, la puso
al lado de la olleta, fue hasta la nevera, sacó dos huevos y regresó. Com-
probó que el aceite estuviera caliente y echó los huevos. Volvió al cuarto
a alistar la ropa de su esposo. La dejó sobre la cama y corrió a la cocina al
oler que algo se quemaba.
Él salió de la ducha quince minutos después de lo que llamaba su ritual
de lavado, ingresó al cuarto y se vistió. Cuando entró a la sala, prendió la
radio, como de costumbre, para escuchar las noticias mientras desayunaba.
Vio servidos los huevos sobre el comedor, y a su esposa que salía de la cocina
con la taza de café cerrero en las manos; caminaba zurumbática, como si no
hubiera dormido en horas. Tenía los párpados hinchados y los ojos como
dos esferas rojas de cristal. Ella escuchó una voz grave nombrando los titu-
lares que salían de la radio: “Bala perdida…”. Se acercó, bajó el volumen y
fue hasta el comedor. José cogió la taza y tomó dos grandes sorbos. Agarró
un tenedor y llevó una porción de huevo a su boca, los hizo a un lado al
sentirlos ahumados. Se levantó, fue a la radio y movió el botón para subir
el volumen. La misma voz brotó del aparato: “La triste familia…”. Arrugó

127
Antología Relata

la cara y lo apagó. Caminó hasta la puerta de la calle. Por un segundo, le


pareció escuchar a alguien sollozar y, al dar vuelta, vio la sala de su casa
hecha un desastre, la alfombra todavía manchada. Miró a su esposa y la vio
sentada en el comedor, con la cara entre las manos. Le dio la espalda para
hablarle. Estaba parado en el lindel, con la puerta abierta, la vista puesta
en las manos, como si le hubieran quedado mal lavadas. “¡María!”, dijo,
“asegúrese de limpiar bien la casa”, y al decir esto último bajó el tono de
su voz. “Seguro que va a venir mucha gente”.
Ella seguía en la misma posición. Lloraba. José salió y cerró la puerta.
Notó que el día estaba un tanto gris. Observó el firmamento con aglome-
raciones de nubes oscuras. Pensó que si no andaba rápido se iba a mojar,
así que corrió seis cuadras hasta llegar al parqueadero. Tan pronto se montó
en el carro empezó a lloviznar.
Mientras manejaba por las calles, sintió que un mar de gotas le caía
encima. Tuvo que subir los vidrios de las ventanas cuando un bus pasó a
toda velocidad y lo chispeó con el agua lluvia. Miró a la gente que se res-
guardaba bajo los aleros de los locales comerciales, a los motociclistas que
aprovechaban el desorden provocado por el clima para pasarse los semá-
foros en rojo. Se sintió asqueado por la forma de actuar de la gente.
Al llegar al sitio de trabajo, percibió que hasta los celadores lo miraban
con misericordia. En los pasillos, creyó que varios compañeros a los que
consideraba muy cercanos buscaban su mirada o algo que les permitiera
acercársele. Atravesó los corredores sin siquiera mover una pestaña. Entró
a su despacho y cerró la puerta con delicadeza. Comprobó que todo estu-
viera tal como lo había dejado: los utensilios ordenados sobre la mesa, en
la parte derecha del salón; al lado, unos formatos impresos, sostenidos por
un gancho; un bolígrafo negro, la bata perfectamente doblada con un par
de guantes de látex encima. Se quitó el saco y lo colgó en el gancho de la
pared, atrás de su escritorio. Se puso la bata y los guantes.
Al girar, vio el cuerpo arropado de pies a cabeza sobre la camilla de
metal. Se acercó, respiró profundo, quitó la sábana y lo observó turbado por
unos segundos. Revisó con más atención la trayectoria de la bala. Regresó a
la mesa por el esfero y los papeles para escribir el primer punto del reporte.
Revisión superficial: mujer de tez blanca, cabellera rubia, un metro con cincuenta
y cinco centímetros de estatura. Orificio en lado costal derecho con salida en la
parte precordial de la mitad superior del cuerpo, provocado por arma de fuego.
Edad: quince años. Nombre:… Intentó escribirlo, llenar la casilla correspon-
diente, pero no pudo, como si lo hubiera olvidado. Sintió que el pecho

128
Talleres Literarios 2017

le estallaba, y que esa misma onda explosiva le subía hasta un punto de la


garganta donde se posaba toda la presión, todo el dolor. Se vio en el pre-
ciso instante en el que la bala había alcanzado a su hija; la vio caer sobre la
alfombra, esa misma que ella había manchado años atrás; sus manos con
sangre del joven cuerpo, los gritos de su esposa y la voz de su hija dicién-
dole: “No me dejes, papito, no me dejes”.

129
crónica
John Jairo Ortega
Cundinamarca · Bogotá
Taller de Crónica Ciudad de Bogotá

Ya quedó chuzado

¡Ya quedó chuzado!, dijo el cabrón antes de emprender la huida.


Se perdió entre las callecitas del barrio Pasadena donde lo esperaba
el otro cabrón. Yo solo me quedé viéndolo mientras desaparecía con un
cuchillo en la mano derecha y mi chaqueta en la otra.
¿Ya quedó chuzado?
Como pude me reincorporé y miré para atrás. Sobre el caminito pea-
tonal del puente de la calle cien con autopista estaba tirada mi billetera,
mi maleta y una bolsa llena de ropa sucia. Respiré.
No me robaron todo.
Tengo dinero.
No pasó nada.
Ese fue mi análisis precoz. Me agaché para recoger la billetera y varias
gotas oscuras cayeron sobre el suelo. Me alejé unos pasos y las gotas me per-
seguían. Era sangre. Era mi sangre. Venía de mí. Revisé mi brazo izquierdo
y estaba empapado, la camisa rasgada, y tenía varios hilos rojos deslizándose
en franco caudal desde el hombro hasta la punta de los dedos.
¡Ya quedé chuzado!
Respiré.
Tengo plata.
Recojo mis cosas.
Paso la calle.
Me subo a un bus.
Voy a un centro de salud.
Tercié la maleta y recogí la billetera. Caminé uno, dos, tres, cuatro
pasos, se me fue el aire, y al quinto paso me desvanecí. Simplemente caí.

131
Antología Relata

Sentía las piernas, pero las sentía fuera de mí. Extrañas. No me obedecían.
La cabeza me quedó hundida entre un pastizal de varios meses mirando de
frente hacia un firmamento espléndido. Era casi poético. Respiré.
¿Y ahora?
¿Qué hago?
¿Es mi turno?
¿Tan rápido?
¿Es así como termina?
El tiempo se puso raro. Como si los segundos fueran una pintura
triste que se deshace con la lluvia. El cielo destilaba un brillo formidable.
Las estrellas prendían y apagaban como si hablaran entre ellas. Y sentí que
hablaban de mí. Que me hablaban a mí. Que me invitaban a su bailecito
de destellos. Que me seducían con sus poses relampagueantes y yo caía
rendido ante su juego cósmico de seducción.
De repente la memoria se me llenó de sonidos, olores y texturas. Y
pude escuchar la voz de mi mamá ahogada en llanto, y sentí las manos tibias
de mi papá sobre mi cabeza, y me vi de niño frente al espejo, tan frágil,
tan vulnerable; y percibí el aliento de mis viejos, todo alrededor mío, tan
cerca de mí, tan cálido. Y tuve miedo, un miedo raro, profundo. Un miedo
que era como un adiós.
Quise gritar, pero la voz no me salía.
Quise moverme, pero no podía.
Y luego vino la tos. Una tos seca, continua, una tos dolorosa que a cada
nuevo estertor me laceraba la espalda. Empecé a sentir un ardor que en
poco se volvió insoportable. Y la tos, y la sangre, y la espalda y el ardor… y
mis viejos. Me sentí más solo que nunca, despojado de todo, abandonado.
Lloré.
Me rendí al llanto. Lloré desde las tripas. Lloré por todo, por lo bueno
y por lo malo, por lo acertado y lo fallido. Lloré por los encuentros y los
desencuentros, por los abrazos y los insultos. Lloré por los besos que di y
por los que nunca me atreví a dar. Lloré por las presencias y las ausencias,
por los momentos de honestidad y por las mentiras que aún no me per-
donaba. Lloré como quien llora por última vez.
Y llegaron las sombras. Las recuerdo como dos siluetas espectrales que
aparecieron de entre la nada, primero como un murmullo y luego como
una luz diáfana y absoluta. Se me acercaron, me dieron la mano, me ayuda-
ron a levantar, me cargaron sobre sus hombros. Y mientras nos alejábamos

132
Talleres Literarios 2017

cada vez más, me veía a mí mismo de niño alejándome del espejo mientras
mi reflejo permanecía inmóvil, hundido entre un pastizal de varios meses.
Sonreí.
Tres días más tarde, desperté en el décimo piso del Hospital Militar
con dos enormes tubos que salían de mi espalda y terminaban en sendos
frascos de vidrio encapsulados en un rústico carrito de metal. A un lado
de la cama estaba mi mamá ahogada en llanto y del otro lado mi padre
posando sus tibias manos sobre mi cabeza con los labios temblorosos y
apretados entre los dientes.

133
novela
Natalie Sánchez
Cundinamarca · Bogotá
Taller de Novela IDARTES

Si yo fuera un hámster
(fragmento)

There are worse things I could do


I could stay home every night
wait around for Mr. Right
Take cold showers everyday
and throw my life away
On a dream that won’t come true

Betty Alexander Rizzo, Grease (1978)

Hablando de torturas voluntarias…


La tecnología, una mula muerta
en el camino a la modernidad
La virgen María me dice:
—Tenés un retraso.
Ojalá “virgen María” fuera el apodo cariñoso de mi ginecólogo. Esta
not-bloody-Mary es de hecho una mujercita rubia con las manos en pose
de oración que me mira fijo (y de manera acusadora) desde la pantalla de
mi celular. Me mira sin parpadear desde una aplicación que sirve para
(y estoy citando la reseña del desarrollador): Ayudarte a lidiar con aquel
momento del mes.

135
Antología Relata

En teoría, la aplicación funciona a las mil maravillas: uno puede hacer


uso de un calendario que se programa según las fechas que se introduzcan,
y mediante un algoritmo después del segundo o tercer ciclo menstrual
empieza a hacer predicciones de cuándo cómo y dónde DEBE llegar la
regla con puntualidad inglesa. Por si saber el día, la hora y el minuto en
que se sangrará no es suficiente, también incluye un bestiario de signos
para saber qué le esperará a uno si no está esperando. El espectro es muy
amplio. Se pueden reportar desde jaquecas, proliferación y engrosamiento
del vello facial, equimosis,1 eczemas, hasta peste bubónica.
Las cosas no eran más sencillas entre mi feminidad caótica y yo. El
grueso de la población tiene una regla que llega de acuerdo al calendario
y sabe los malestares que tendrán. Not me: un buen día hay partido de la
Copa Libertadores y el vecino de arriba toca su puta vuvuzela 15 minutos,
y a mí me da un retraso; otro día me como muy rápido un cono, se me
congela el cerebro y ¡BUM!, retraso. No sé en qué momento se me ocurrió
que sería una buena idea tratar de controlar el gato de Schrödinger2 que
llevo como útero con una app diseñada por un preadolescente japonés
que todo lo que sabe de mujeres lo aprendió viendo Hentai3 y por lo que
le pregunta a su muñeca inflable.

El tormento mío eres tú4


No había dado señales de vida a Daniel (la contrapartida genital de toda
esta historia) y andaba mascullando improperios hacia la santurrona esa que

1 No se quede con la duda, cualquier cosa que yo le diga no va a ser ni remotamente


tan divertida como ir a Google imágenes y buscar y asquearse y seguir mirando.
2 La paradoja de Schrödinger es un experimento imaginario de física cuántica en
el que uno nunca sabe dónde se mete un condenado gato. Conclusión del ex-
perimento: los gatos son más complicados que la física cuántica incluso en la
imaginación.
3 Así como cuando uno es asiático y eso de la interacción humana no se le da tanto
y el romance pues muchísimo menos, entonces se inventa el porno manga para
que cientos de jóvenes alrededor del mundo se encierren en su cuarto a hacerse
la paja y a decepcionar a sus padres por no dejar descendencia.
4 Si no entendió esta referencia, lo invito a no perderse este clásico tropical de los
videos virales: [Link]

136
Talleres Literarios 2017

me recordaba que estoy en el jodido culmen de mi fertilidad. De pronto


una vibración en mi pantalón interrumpe todo mi soliloquio neurótico:
un mensaje: una foto de unos canguros abrazados.
Lo dejé en leído.
¿Todo un fin de semana de silencio y me manda canguros?
Ahora bien, ¿el retraso presente es ocasionado porque me enojé gracias
a un tinto con sabor a tierra, o porque me exaspera que mi vecina siempre
riega jugo de basura en el ascensor, o porque tengo un piercing tímidamente
infectado, o porque siempre me quedo sin carga en el celular? O… ¿sim-
ple y llanamente porque descansé en el lecho en pecado con un hombre?
Con el pánico en piloto automático, empiezo a sopesar la posibilidad
de que tenga pan en la puerta del horno.
Ahora bien, ¿cómo es que llegué a estar portando un súcubo5 si la
verdad de todo este asunto es que estoy soltera?
Si bien encontré a un sujeto que tiende la cama, que sabe sacarle la
pepa a un aguacate sin destruirlo, que baila mejor de lo que él cree,6 que
puede cambiar una llanta, que huele bien, que no ronca atonalmente,
que hace deporte pero que no me quiere arrastrar al estadio, que respeta
a su taita, que cuando uno lo manda a la tienda por un tampón no regresa
con un rollo de papel de cocina, que me puede alzar en brazos en caso de
emergencia, que no se haría el siete de un momento a otro, al que no se le
conoce uso de drogas, que no se deja las medias puestas cuando tiramos,
que tampoco se las deja cuando hacemos el amor,7 que no es mujeriego
(que no tiene cara de serlo, por lo menos), que cuida con esmero de su
barba, que no tiene cicatrices prominentes, que no tiene tatuajes nazis, que
no tiene artefactos sospechosos en el cajón de su ropa interior, no tiene un
historial de enfermedades crónicas… no quiero en mis entrañas mi material
genético combinado con el de un fulano con el que me revuelco porque
me parece lo suficientemente higiénico para hacerlo.
Por eso acudo al primer consultorio que me recomiendan, en el que
me aplican en la panza el gel más helado de la vida, me pasan el escáner
para panzas, y hacen una serie de amables (pero inciertos) comentarios

5 O íncubo.
6 Es decir, un millenial que no lo pisa a uno cuando baila salsa.
7 Me dio un microvomitico solo escribir eso.

137
Antología Relata

sobre lo hermosa que es mi vejiga, seguidos de los piropos de la doctora


que confirma mis temores: habemus papam.8
Y como los Red Hot Chili Peppers decían que los Buthole Surfers
solían decir: es mejor arrepentirse de algo que hiciste, que de algo que dejaste
de hacer,9 afronto la situación como una mujer que vive en una época en
donde la humanidad ya tiene un carrito en la superficie de Marte: dejo que
la ciencia me saque del embrollo en el que la ciencia me metió.10
Esto no merece una disertación sobre si dos células heterocigóticas
arrunchadas por un ratico son vida, o si me va a dejar el tren, o si voy a dejar
morir los genes de la familia.11
Esto soy yo decidiendo por mí (para más señas la directamente inte-
resada) que no quiero que una criatura venga a caer en mis garras a este
mundo, así como también decido que no quiero ser musulmana o vegana
o gitana o católica y punto.
Vaya a la droguería por la pastilla mata-bebés, fírmese y cúmplase.

Ir a la droguería por la prueba de des-embarazo


y usarla y creer que una va a morir en el intento
Unos días después de tomarme el Baygón antineonatos que pedí por inter-
net, voy a la farmacia que queda al lado de mi casa (recordé muy tarde que
no hay que hacer eso). Por puro instinto de supervivencia, justo antes de
entrar, me cambio el anillo del dedo de la pistola al dedo de la gente que
recibe en su casa invitaciones marcadas de “Sutanito y señora”. Me pongo
gafas oscuras y sonrío como si estuviera esperando una excelente noticia.

8 Latín para: ¡Tenemos papa! y español para: nadie me va a creer que me fecundó el
espíritu santo porque ese cuento ya alguien se lo gastó.
9 Como dice Mauricio Loza que dicen los Red Hot Chili Peppers que decían los
Buthole Surfers.
10 En el hipotético caso de que fuera culpa del estúpido sistema de la aplicación que
nunca me dejó saber nada con certeza sobre mi cérvix.
11 Que va uno a ver y sí.

138
Talleres Literarios 2017

La droguista12 se asquea con mi felicidad. Apenas le pido la prueba de


embarazo hace cara de limón, así que pago (le boto los billetes en la carota) y
salgo (corriendo). Ya en casa, con el paquete en la mano sin abrir y la puerta
con tranca, lloriqueo un poco porque en lugar de canguros en una pantalla
necesito un humano, pero lloriqueo aún más duro por la posibilidad de
orinarme las manos porque soy pésima orinando en envases pequeños.13
Realizo la operación. Me unto mucho menos de lo que creía posi-
ble, y espero los 4 minutos más largos de la historia del universo. Mientras
espero, leo mil veces las indicaciones:
2 rayas para SÍ
1 raya para NO
1 raya y media para: “Qué inoperabilidad la suya. Vaya, llame a un adulto
y, de por Dios, ¡deje de follar hasta que aprenda a orinar por lo menos!14
[MÚSICA DE SUSPENSO]
Salió una raya reteñida. UNA.
One.
Me veo al espejo, hago el Moonwalk, me dan ganas de guardar la prueba
como dije de la buena suerte y mi útero ya no longer fecundado se pone
de pie y me aplaude.
Un regusto de culpabilidad se asoma, pero luego pienso en Isabella
Rossellini15 y su serie de Youtube Green Porn, en donde representa la repro-
ducción animal. El capítulo pertinente en estas circunstancias es en el que
habla de los hámsteres: Isabella inicia el video como una humana desde la
cárcel diciendo: “no soy un monstruo, sí, maté a mis hijos y me los comí,
pero es que era mi décimo hijo y yo estaba exhausta. Si yo fuera un hám-
ster hubiese sido considerado natural”;16 y va paso a paso mostrando cómo

12 ¿Droguera? ¿Dealer? A la que en otras ocasiones he consultado con descaro para


comprar genéricos de Xanax o relajantes musculares en cantidades ingentes (y no
por necesidades necesariamente terapéuticas).
13 Y en general, orinando en sitios que no sean un inodoro occidental; por ejemplo,
si tengo que hacerlo a campo traviesa, soy de las que termina con los zapatos, los
pantalones y la camisa mojada.
14 Mis berreos por creer que tenía que atinar el chorro en el centro de un esfero Bic
quedaron totalmente injustificados.
15 Y solo pensar en ella, automáticamente me conforta mucho.
16 Vean y amen: [Link]

139
Antología Relata

la hembra puede tener camadas hasta de 10 crías, y si ve que el ambiente


no es sostenible, se va comiendo uno a uno a sus hijos hasta que sienta
que tiene las condiciones para criarlos bien. La madre naturaleza es sabia.
Y aunque yo técnicamente no tuve una camada de diez crías, no puedo
(ni quiero ni debo) criar a una tampoco. Sorry kid, shit happens.
Después del retraso de 21 días, 11 horas y 33 minutos (who’s counting?),
un hilo de sangre me interrumpe en la oficina. Abro la aplicación de la
regla, le saco la lengua a la cerda burguesa que me mira con cara de sufi-
ciencia célibe y la desinstalo.

140
poesía
Alejandro Cotacio
Cundinamarca · Bogotá
Taller Universitario de Poesía Ulrika

Salón

Y la desesperación aumenta
Las paredes blancas exageran mi ansiedad
Mis manos sangran mientras golpeo la pintura
muerdo mis heridas para olvidar por un segundo estos sentimientos
y reemplazarlos con el dolor físico que absorbe mi frustración

Todos alrededor pasan y me ven con indiferencia


Porque no entienden y no les interesa saber
y me torturo recreando en mi mente momentos que no fueron felices
pero que me llenan de alivio
alivio que se quiebra al ver la pared blanca y volver a mi verdad

Una verdad donde nadie gana y todo está podrido


tan podrido que el aire ahoga
Y un sabor a hierro en mi boca no desaparece
Solo espero escapar para incrustarme en pesadillas que apacigüen mi
realidad.

142
Álex Duván Cardozo Gómez
Tolima · Ibagué
Taller RELATA, Liberatura

Animales descalzos
colección

Cucaracha
Mi madre desempolva la escoba
para aniquilar a la cucaracha
pero solo consigue
decapitarla

—Parece un demonio —dice

Yo observo el cuerpo en movimiento


saltando desorientado
en busca de su inteligencia

De nuevo
la escoba golpea la figura degollada

Yo en silencio
Pienso
¿Ahora quién masticará los trocitos de mis versos en las sombras?

143
Antología Relata

El ratón ahora come tildes


El ratón que habita mi casa, ahora come tildes. Su víctima ha sido el poema
que había puesto en la antigua mesa de mi biblioteca. No le bastó haber
dejado los desperdicios de mis escritos la noche anterior. La piel de las
palabras regadas por cada esquina de la biblioteca. Los trocitos de huesos
de las letras que él había convertido en trampas puntiagudas, y que hicieron
gritar mis pies toda la noche. Nada de esto llenó de satisfacción al ratón.
Hoy que desperté por el ruido de las tildes chocando con los dientes del
pequeño animal, he pasado horas pensando en un arma que lo destruya y
lo borre de mi biblioteca, de mi casa. Tal vez un poema sin tildes, o borrar
las tildes de todos mis escritos, así se moriría de hambre. Pero he llegado a
la conclusión: ¿qué otro animal me despertaría en la madrugada solo para
parir un poema como este?

Zancudo
¿Qué pensará el zancudo
cuando agarrado de la pared
se queda observando
el murmullo
de nuestros cuerpos?

¿Y en qué idioma nos hablará


cuando se lanza a la aventura
de tocar a la puerta de nuestros oídos?

Será que nos advierte


que por nuestras venas
corren inevitables cementerios

Tal vez sea la razón por la que el zancudo muere


cuando nos pica
no porque lo derrotemos con nuestros trapos
sino porque somos su veneno

144
Talleres Literarios 2017

Serpiente
Marchas
hacia la vértebra del universo

Sientes
cuando la tierra se retuerce
ante el cobertizo de la muerte

No es veneno lo que llevas


es la savia de la tierra

145
Nodo Sur Occidente
Antioquia · Caldas · Nariño ·
Quindío · Risaralda · Valle del Cauca
cuento
José David Tabares
Antioquia · Envigado
Taller Plumaencendida

El danzarín

1
Recuerdo que era niño, muy niño, cuando me llamó mamá y me advirtió
con voz clara y grave:
“¡Si alguna vez vas donde la bruja, tu futuro terminará!”. Y yo, que no
le llegaba a la cintura, tuve miedo. Quiso transmitirme el odio que alimen-
taba ella por la gitana, mismo que no ocultaba su familia.
Jovanka fue desde siempre nuestra vecina. Su fama atravesaba las fron-
teras de la ciudad. Los forasteros llegaban a su casa cautivados por volantes
en los que se garantizaba atraer y amarrar el amor imposible, infiel o ale-
jado. También la solución a problemas de suerte, negocios, impotencia,
frigidez y la cura de enfermedades puestas. Mamá decía que con embustes
confundía a los incautos. Hacía conjuros, les vendía brebajes y amuletos.
Había quienes afirmaban que atesoraba varios cientos de años; mis
abuelos ya hablaban de ella y contaban que sus padres también la conocie-
ron. Cierto o no, la verdad es que los años no parecían estropear su cuerpo.
La veíamos pasar los fines de semana esbelta, con una larga, ancha y floreada
falda que bailoteaba al son del ritmo de sus pasos, y el cabello trenzado y
engalanado con un peinecillo que sostenía una flor. Se dirigía a los bares de
las afueras de la ciudad, pernoctaba bajo un árbol al que llegaban embriaga-
dos parroquianos que a cambio de sus augurios le dejaban generosas sumas
de dinero. Leía las manos a unos, utilizaba el antiguo oráculo de las runas
escandinavas con otros. No sabía leer el alfabeto críptico, pero percibía
vibraciones en cada lance de los guijarros, que manifestaba al ansioso cliente.

148
Talleres Literarios 2017

Contaban los viejos que se quedó cuando por Amelandia pasó una
caravana de gitanos y plantó su carpa en nuestro barrio, justo donde hoy
es la escuela. Puso sus ojos en un joven seminarista, a quien sedujo e hizo
desertar. Lo convirtió en su amante y nunca volvimos a saber de él. Mamá
dice que esa es una de las razones por las que nadie la quiere.
Con el pasar del tiempo advertí que a su casa acudían discretamente,
además de sus tradicionales visitantes, jóvenes provenientes de otros barrios.
Intenté saber la razón, todos se rehusaban. Un día, gracias al azar, descu-
brí algo fascinante: allí practicaban danza y teatro, la gitana compartía en
secreto sus ancestrales conocimientos con los muchachos. Bailar era mi
obsesión. Desde entonces siempre quise entrar a esa casa, pero las palabras
de mamá retumbaban en mi cabeza.
Sabía que la danza era algo más que un espectáculo, bailar era sano
para el cuerpo y para el espíritu. Había tomado clases desde mi infancia;
a la par con los estudios, me esforzaba por ser un gran bailarín. Tenía la
certeza de que la disciplina convertiría mi afición en profesión. Mamá se
mostraba orgullosa.
Terminado el colegio estaba en la disyuntiva de ingresar a la universidad
o continuar en la academia. Se abría la posibilidad de hacer giras exhibiendo
nuestro arte. Pronto el destino marcó el camino. Llegó a Amelandia una
reconocida compañía de ballet, busqué al director y le pedí la oportuni-
dad de hacer parte de su elenco durante la temporada en la ciudad. Antes
tendría que ponerme a prueba, argumentó, sería al día siguiente. Debería
exponer lo que podía hacer. Salí feliz.
De regreso a casa el miedo paralizante apareció. El miedo a equi-
vocarme, a no agradar. Caminé angustiado. Me detuve, quise calmarme.
Levanté la vista y justo estaba frente a la residencia de la gitana. Una idea
cruzó mi mente, entrar y pedirle que predijera mi futuro. Quería conocer
ya qué pasaría mañana.

2
“Sabía que tarde o temprano llegarías, Francois”, afirmó invitándome a
tomar asiento en el lugar dispuesto para sus ritos. Después de examinar
las líneas de mi mano y de varios lances con los guijarros, expresó sorpren-
dida no entender qué sucedía. No percibía ninguna vibración. Sin darme

149
Antología Relata

tiempo a reaccionar, señaló la pista de baile. Restó importancia a lo ocurrido


retándome a exhibir el talento que habría de mostrar al director del ballet.
Asumí el reto. Parado en el centro de la pista, nervioso como nunca,
cerré los ojos en tanto la melodía comenzó a sonar. “Es tu música”, dijo
Jovanka. “Haz que esa maravillosa melodía empiece a vibrar por todo tu
cuerpo, tu mente y tu corazón. Estás frente a tu público. Transmítele tus
sentimientos envolviéndolo con la magia de la danza. Hipnotízalo con tus
dulces ondulaciones, transpórtalo a lugares idílicos, a los parajes de Las
mil y una noches”. Su voz fue mi pensamiento. Me impulsaba, me movía.
“Danza, danza, danza sin parar, mueve tus pies y a la vez los sueños que
mañana habrás de lograr. Mueve el destino de allá para acá”. Iniciaba de
nuevo tras cada desliz. Los pies se entumían, los dedos sangraban. Sentía
que mi cuerpo pendía de un hilo celestial. “Tus manos hablan, tus piernas
y brazos son sutiles como el aire. Sigue, sigue, sigue sin parar, no puedes
dar pausa ni descanso al espectador, te pertenece, no lo dejes ir, róbale el
corazón”… De súbito dejé de verla desde el reflejo del espejo. Al realizar
un cabriole caí, su voz se apagó.
Al despertar en el hospital tropecé con la mirada de mamá que com-
placiente acariciaba mi cabello. Le pregunté por la compañía de ballet.
Indicó que hacía días había concluido la temporada. Traté de levantarme
de la cama sin lograrlo. Entonces una lágrima rodó por su rostro, agachó la
cabeza y relató lo sucedido: al caer sufrí fractura de las vértebras cervicales.
Cerré los ojos y como si no hubiese pasado el tiempo escuché la voz
severa de mamá:
“¡Si alguna vez vas donde la bruja, tu futuro terminará!”.

150
Sonia Emilce García Sánchez
Antioquia · Medellín
Taller de Creación Literaria Comedal

El lápiz labial de mamá

Los aromas de especias y carne despertaron en Maú un apetito voraz; sin


dar espera, bajó del segundo piso en busca de comida.
La mamá, al ver a Maú saboreándose, partió una manzana en trocitos
y, mientras se la entregaba, la acompañó hasta las escalas y le dijo:
—¡Sube!
Maú intentó devolverse, pero, al ver a la mamá con el entrecejo
levantado, dio medio giro y subió varios escalones, sin dejar de mirar por
intervalos hacia abajo.
Su madre, firme, esperó. Cuando vio que estaba en el último esca-
lón, le ordenó:
—Enciende la tv y mira tu programa favorito.
Maú, al ver que la mamá se alejaba, la imitó, repitiendo entre dien-
tes, con enojo:
—¡Ube!
Al llegar al cuarto de estar prendió el televisor, pero antes de sentarse
llevó el plato con los trozos de manzana hasta la nariz. Aspiró con ganas y
al no sentir los aromas que le tenían la boca hecha agua, gritó con enojo:
—¡Nooo!
Apagó el televisor de golpe. Con el plato en la mano, salió con la
intención de ir a la cocina, pero al cruzar el pasillo vio la puerta del cuarto
de sus padres entreabierta. Pensó que allí estaba la mamá, entonces se
acercó y la llamó.
La puerta cedió, y el exceso de luz al filtrarse por el ventanal la encan-
delilló. Maú avanzó. Mientras entreabría los ojos se fue revelando, en un
esplendor jamás visto, el tocador de la mamá.

151
Antología Relata

Embelesada, observó cómo los reflejos de luz, juguetones, salían dis-


frazados de diversos colores al filtrarse por entre las diferentes tapas de
los perfumes.
Sus pupilas se iluminaban con cada uno de los destellos que emitían
los collares y, coqueta, respondía imitando un guiño.
Luego centró su atención en la bailarina del cofre: ¡Tan bella!, ¡tan
sutil!, ¡tan delgada! Tanto que Maú creyó verla danzar sobre un halo de luz.
Y, anhelando ser como ella, dio unos pasitos en punta, pero tropezó.
Contrariada, decidió llamar de nuevo a la mamá. Pero lo hizo casi
en susurro.
Al no obtener respuesta, se acercó a la cama, necesitaba liberarse del
plato; pero al descargarlo, este se deslizó y los trozos de manzana cayeron
en el piso.
Iba a recogerlos cuando vio su rostro en el espejo de tres alas.
Atraída por su imagen, corrió hasta el tocador.
Trepó con dificultada al sillón y, después de menearse varias veces sobre
el centro del cojín mullido, se entregó a la tarea de saborear uno a uno los
olores de mamá: primero quitó las tapas a cada perfume, luego destapó las
cremas de mano y… las de la cara.
Todas las llevó hasta la nariz para percibir sus olores y algunas las untó
en las puntas de sus dedos.
Cuando abrió las sombras de ojos, los colores la llenaron de alegría;
eran tantos, quería lucirlos todos en sus párpados.
Ya iba a meter el dedo en la sombra de color verde esmeralda, cuando
un labial en forma de cisne atrajo su atención. Renunciando a su propósito
de maquillar los párpados, lo cogió.
Con el dedo índice, de uña rapada, repasó las alas del ave y, al seguir
de abajo hacia arriba el estilizado cuello, la tapa cayó y un delicioso olor a
fresa entró por su nariz y la boca se le hizo agua, entonces miró a la son-
riente bailarina y, acercándole el labial, exclamó:
—¡Humm, ico!
Sin poder contener la felicidad por estar allí, sentada en el trono de
su madre, acercó a la bailarina para besarla, pero al aproximarla sus ojos
chispearon, y se detuvo en seco.
Observó la base del cisne que aún conservaba en la mano y la giró:
salió una barra de labial rojo brillante. Entonces lo aproximó y abrió los
labios, como lo solía hacer su madre.

152
Talleres Literarios 2017

Pero, al acercarlo, el olor dulzón de fresa de nuevo le aguó la boca.


Maú tragó de golpe toda la saliva. Al aproximar la barra para aplicarla en
sus labios, un deseo devorador la invadió y terminó dándole un pequeño
mordisco.
Al mirarse en el espejo vio la marca roja y redonda en el centro de
sus labios y se sintió como una marioneta. Sonrió divertida, pero, al ver
de nuevo su imagen, notó los dientes rojos, entonces pasó sobre ellos la
lengua, y un sabor graso le invadió la boca.
Degustó, pero no encontró un sabor agradable.
Contrariada, miró de nuevo la barra: tan roja, tan suculento su olor…
Iba a llevarla de nuevo a la boca, cuando escuchó a la mamá que, mientras
subía las escalas, la llamaba.
Maú saltó de la silla con el labial entre sus manos, y corrió a escon-
derse debajo de la cama.
Allí, en el fondo, se encogió en posición fetal y empezó a chupar la
barra labial.
La mamá entró en la habitación y, al ver los trozos de manzana rega-
dos en el suelo, llamó a
Maú con tono nervioso.
Maú no respondió.
La mamá recorrió la habitación. Al ver los cosméticos y perfumes des-
tapados, volvió a llamarla, pero esta vez con un tono seco.
Todo estaba en silencio. A Maú ni siquiera se le oía respirar.
Entonces la mamá la buscó en el vestier, en el baño, detrás de las cor-
tinas; al no encontrarla, decidió mirar por debajo de la cama.
Efectivamente allí estaba; le ordenó que saliera, pero Maú no se movió.
La mamá, preocupada, la volvió a llamar. Al no obtener respuesta, deci-
dió meterse debajo de la cama y, como pudo, agarró a Maú por la espalda.
A medida que la iba jalando, sintió a la pequeña fría, rígida y engarrotada.
—¡Maú! —llamó una y otra vez la madre.
Cuando por fin la sacó, notó que Maú seguía encogida en posición fetal.
La giró y, al ver que tenía la boca y sus alrededores rojos, sintió pánico, pues,
imaginó que se había ahogado. Sin pensarlo dos veces, la elevó por el aire.
Maú, al sentir que volaba, abrió los ojos, estiró los brazos y, sin soltar
la base del cisne, le dio a su madre la mejor sonrisa, enseñando los dientes
y la lengua rojos.

153
Antología Relata

La mamá, con sentimientos encontrados, acercó a la pequeña contra


su cara. Maú, sin dejar de sonreír, interpuso entre ellas la base del cisne y
llevándolo hasta la nariz de la mamá exclamó:
—¡Humm, ico!

154
Yeison Medina
Antioquia · Itagüí
Taller Tríade Literario

La senda del perdedor

Así comenzó la discusión con su padre el día que decidió abandonar la


casa para iniciar su sueño de vagabundo juglar por los pueblos de la sierra.
—Te morirás de hambre —dijo su padre desde la sala de la casa—.
Inicias hoy la senda del perdedor.
—Son puros pensamientos de viejo, viejo —le respondió tranquilo,
impenetrable—. No lo entiendes y creo que ya no lo entenderás. Hoy ini-
cio mi viaje a pie.
“No me vengas con esos cuentos”, le dijo. “¡Al diablo con todos esos
cuentos orientales, chinos o de dónde sean!”. “Óyeme bien”, lo sentenció,
“verás en tu plato hojas de hierba, y no por gusto como las mulas”.
—¿Sabes cómo empieza La conjura de los necios de John Kennedy
Toole, viejo? —le preguntó en la puerta de la casa que no volvería a ver.
—¿De qué mierda hablas ahora? —gruñó sosteniendo la puerta oxi-
dada que no volvería a abrir.
—Empieza con un epígrafe: “Cuando en el mundo aparece un ver-
dadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se
conjuran contra él”. Jonathan Swift.
El viejo quedó en silencio buscando en su crisma asimilar cada una
de las palabras. El joven marchó lentamente, saboreando cada paso dado
con su mandolín a la espalda a espera de ser tocado, un juego de abalorios
que recordaba a la madre muerta y un solo libro de la biblioteca personal
de su padre: Cien años de soledad.
Llegando a la altura de la casa de su vecino, un inmigrante alemán
que huyó de la persecución, alcohólico y taciturno, conocido en el pueblo

155
Antología Relata

con el mote del lobo estepario, despertó de su conteo de pasos masticados:


diecisiete, al escuchar por última vez la voz de su padre.
—José Manuel, olvida que eres un Arango. ¡A partir de hoy eres mierda,
menos que mierda!
El viejo aguardó a que cayera sobre él una pedrada de insultos o tal
vez una mirada lacerante como respuesta, mas José Manuel Mierda, como
se lo conoce por la sierra y la sabana, la costa y la montaña, no volteó a
mirar ni musitó palabra alguna; siguió contando sus pasos en la mente,
interrumpido solo una vez por un recuerdo: desde que era un niño no le
gustaba ver a los muertos.

156
Guillermo Salazar Jiménez
Quindío · Armenia
Taller de Lectura y Escritura Creativa Café y Letras, RELATA Quindío

Una simple firma

—Cómo putas voy a firmar la planilla, si no sé escribir —dijo. Sentado con


su esposa en el comedor de la casa, se apretaba la cabeza entre las manos.
No había probado la comida. Jesús escuchaba a sus padres por la ventana
abierta de la cocina.
—¿Mijo, qué pasó? Con la ayuda de Dios, todo tiene solución —des-
concertada, mordió sus labios.
—Esta mañana me llamó el jefe de personal, dijo que el pago del
próximo mes será por planilla. ¡No sé qué camino coger!
—Hable con él. Es buena gente.
—¡Qué mierda le puedo decir! Usted nunca supo que yo no sabía leer
ni escribir, menos él.
—¿Puedo yo firmar por usted?
—¡Cómo se le ocurre! Usted es de la casa. Jamás lo permitiré.
A las seis de la tarde salió pensativo de la fábrica, donde se desempe-
ñaba como mecánico a cargo del torno principal.
Caminó despacio.
Entiendo planos y construyo las piezas que necesita la fábrica, pero
no sé firmar. ¡Qué cosas tiene la vida!
Pocas veces lo hacía; entró a la iglesia camino a su casa. El murmu-
llo de dos ancianas que coreaban el rosario rompía el silencio. El helado
ambiente lo movió a pensar en su drama:
Cuánto vale la escuela para aprender a leer y escribir. Por algo mis
ocho hijos estudian, no serán un lungo como yo, nunca pasarán por esta
vergüenza.

157
Antología Relata

Caminó por el pasillo, a la izquierda, y rezó un padrenuestro frente al


vitral donde está san José cargando al niño. ¿Cómo firmar la planilla? Cruzó
por entre las largas bancas, a la derecha, hasta el otro vitral que muestra la
virgen María y su hijo en el regazo. ¿Qué voy a hacer? Rezó un avemaría.
Se arrodilló frente al altar mayor, donde está Cristo de cuerpo entero, en
uno de los vitrales religiosos más grandes del mundo. Rezó cinco padre-
nuestros y cinco avemarías. Dame la fuerza y la voluntad para hacerlo, se
persignó y tomó su cabeza entre las manos.
Algo le impedía salir. Se paró en la puerta de la iglesia y miró la placa
de mármol incrustada en la pared. Una señora entrada en años, de negro
hasta los zapatos, leyó en voz alta: “Cristo Rey, creada por Decreto Episcopal
N.° 269 del 27 de noviembre de 1941 y erigida como Parroquia canóni-
camente el 10 de mayo de 1948”,… su mente en el problema, sus oídos
atentos: “Construida con aportes de los feligreses residentes en los diez
barrios que le pertenecen”.
Juro que algún día no solo voy a leer placas como esta, pensó. Volteó
la cara para limpiar las lágrimas, que rodaban como rocas hasta hacerse
añicos en el fondo. Las campanadas lo volvieron a la realidad: es hora de
la misa, dijo.
Entró de nuevo y se arrodilló en la primera banca que encontró. No
escuchó las palabras del evangelio de san Mateo, pronunciadas por el padre.
¿Cuánto daría por una simple firma? ¡No. No solo firmar, también leer para
comprender el mundo! ¿Dónde?, ¿cómo?, ¿con quién aprender? Sí, es un
problema mío y de nadie más. En el momento de la consagración del pan
y del vino permaneció arrodillado, sus codos descansando en el espaldar
de la banca; entre sus manos reposaba la cabeza. Con esta mano con la
cual aprieto y aflojo tornillos empuñaré el lápiz, tengo que dar ejemplo.
“Podéis ir en paz” —dijo el padre y él volvió a quedar vacío, igual que
la iglesia. No sabía qué hacer ni a quién recurrir.
En dos semanas pueden ocurrir muchas cosas —expresó y se dirigió a
la puerta. Regresó de nuevo y fue hasta la piedra bautismal. Mojó su dedo
índice, sintió el agua oscura y pesada, se echó la bendición—: ¡Mierda,
olvidé lavarme las manos, están sucias de grasa!
La solución no es poner una X en la planilla, tengo que escribir mi
nombre —pensó mientras caminaba hasta la capilla menor. Lo había olvi-
dado, encendió una veladora a Jesús resucitado y se sentó en una banca.
Solitario rememoró la conversación con el jefe.

158
Talleres Literarios 2017

—Ya no entregaremos efectivo. A partir del próximo pago lo haremos


con cheque y deberán firmar la planilla —dijo el jefe de personal.
—¿Y eso por qué? —preguntó.
—Asunto de seguridad.
—¿Todos lo saben? —se sintió incómodo.
—Casi todos. Estoy comunicándoselo a los trabajadores.
—Ahh, entonces ¿ya no es con solo chequear la lista con el nombre?
—Hombre, una simple firma y listo. ¿Cuál es el problema?
—No nada, preguntaba.
Arrodillado detalló la imagen de Cristo resucitado. Le llamó la aten-
ción la cruz que soportaba su mano derecha. Parece un lápiz gigante, es lo
que necesito. Bueno lo importante no es el lápiz, puede ser pequeñito, lo
necesario es estampar la firma. Sonrió.
Trabajo y trabajo nada más, decía, que cuide las vacas, que lleve el
almuerzo a los trabajadores, que desyerbe, que compre arroz y café, que
coja los huevos. ¡Solo trabajo!, se reprochaba. ¿Y el estudio para leer y escri-
bir? Cuál escuela si tuve que salir de Manzanares para Manizales a los siete
años, para aprender a defenderme solo en la vida. Jardinero en la casaquinta
de los dueños de la finca hasta los doce años, cuando entré de ayudante
en el ferrocarril, voleando martillo para asegurar los rieles, y soldador en
las calderas. ¡Trabajo duro y ahora una simple firma me jode la vida! Cayó
en la cuenta de que hablaba en voz alta, cuando una mujer pasó hasta el
altar. Lo miró sorprendida: Buenas noches —susurró. Hasta la puerta de
salida para regresar a su casa lo acompañó el recuerdo de un leve murmu-
llo —Jesús, Jesús, Jesús.
Hace una semana que aprendió a escribir las vocales. El día del padre,
Jesús, su hijo, le regaló cuaderno, lápiz, borrador y sacapuntas. A sus quince
años cursaba tercero de bachillerato en la Normal Nacional.
—Mire, mijo, ya escribí diez hojas con cada una de las vocales y otras
veinte con ellas pegadas. Yo lo que necesito es aprender a firmar.
—No se apure papá. Lo importante es que aprenda a reconocer letras
y las mire unidas en sílabas para después formar palabras. El lunes inicia-
mos la escritura de su nombre. ¿Por qué tan pensativo?
—Noo. Que los santos de la iglesia me ayudaron, pero la solución
estaba en la casa.
A la semana siguiente estampó su nombre tres mil trescientos en la
hoja cincuenta de su cuaderno. Repasaba el nombre escrito por su mano.

159
Antología Relata

El jefe venía en camino. Dobló el cuaderno y lo guardó en el bolsillo tra-


sero del overol.
—¿Qué hace, qué lee? —le preguntó.
—Aquí escribiendo la receta del almuerzo —respondió.
Como el desgastado lápiz no cabía entre sus dedos decidió comprar
otro para firmar ciertos asuntos. Sonrió, como pocas veces, en los últimos
días.

160
Gloria Álvarez Arrieta
Risaralda · Pereira
Taller La Caza de Las Palabras

Detrás del diploma

Contemplo su figura a través de mi ventana. La sigo al transitar cerca de mi


oficina. Ansío tocar su piel canela que combina con la diadema rosa y sus
mejillas, iguales a los jazmines que ornamentan mi despacho. Me apresuro
a abrir la ventana para converger con sus ojos negros; mirada serena y tierna
que arrastra mi alma a saborear la inocencia de sus labios.
El reloj de pared precipita mis sentidos y en un instante me imagino
su silueta. La recorro de arriba abajo. Descubro un olor a fresa dulce que
emana de su cabello. Mis dedos atraviesan los definidos gajos que caen
sobre el lazo de satén que bordea la cintura…
Empiezo a entonarle una canción al oído, y, entre susurros y melodía,
su voz angelical me sigue y entre gritos y saltos, sujeto el frágil cuerpo, y
ya frente a frente, toco su pecho agitado. Me deslizo hasta los bordes de la
falda, adentrándome hasta sus piernas. Levanto la tela del panti blanco y
con la yema de los dedos froto los labios de su sexo. Una y otra vez.
Sus ojos grandes y negros atraviesan los míos cual dardo de cacería.
Extiendo mi mano hasta el portátil y pulso Enter.
—¡Mira las imágenes… ¡cómo lo hacen ellos!… ¡Mm! “Qué rico”. “Qué
rico”. ¿Sí las ves? ¡Mira cómo se tocan ellos! ¡Es un juego rico, mi amor! ¡Es
solo cosquillita! ¡Ven, vamos, ven! ¡Por nada podría cambiarlo!
—¡Vamos, mueve la mano, sóbalo! ¡Mm! ¡Delicia preciosa!
Con mis labios recorro el cuello y subo hasta sus labios, mientras mis
manos frotan los glúteos. ¡Mm! ¡Qué delicia preciosa! Con ímpetu la subo
al escritorio y la penetro. Desgarro su himen. La miro a los ojos y continúo.
—En el escritorio tengo un regalo para ti. ¡La muñeca rizos de oro!
¡La guardé para dártela! Y también los stickers de mariposas y fresitas para

161
Antología Relata

tus cuadernos. Te voy a comprar en los descansos un delicioso helado de


chocolate. ¡Espera un momento!… Tocan la puerta.
—Señor Alonso, ya llegó la alumna.
—¡Dame un segundo, Graciela!
Las manecillas marcan las cuatro en punto. Me limpio el pene y subo
los pantalones. Con el pañuelo me seco cara y cuello. Guardo el computa-
dor en mi escritorio, saco la cámara digital, unos dulces y los guardo en el
bolsillo de mi pantalón. Escondo la llave detrás del diploma.
Extiendo mi mano y abro la puerta.
—Hágala pasar, por favor. Y dígale a la mamá que, como estamos
contiguos a la institución, ella puede seguir viniendo sola.

162
Alexánder Giraldo
Valle del Cauca · Cali
Taller Écheme el Cuento

Nadie sabe por qué

El Padre entra en la habitación de El Hijo. Recoge pantalones, camisetas y


calzoncillos de un hombre delgado. Camina pesado, a veces usa la escoba
como bastón. Olvida abrir las ventanas para liberar el aire estancado, llega
a la cama. Al quitar las sábanas curtidas se sienta al borde del colchón, sin
dejar de pensar que no hay lugar más triste en el mundo que una cama vacía.
Y así, sentado, limpia una mesa de noche en la que hay un vaso con rosas
marchitas. Abre la gaveta, encuentra una pipa y tres moños de marihuana.
El Padre se los guarda en el bolsillo, termina de barrer y sale al corredor
del segundo piso. Va hasta el cuarto de baño, desmenuza la marihuana en
el inodoro y hala la palanca. Hay una distancia grisácea y mecánica en su
rostro. La rodilla le duele, regresa a la realidad. Baja hasta la cocina, saca
un cartón de Tramadol de un estante, se sienta en el comedor y se traga
dos pastillas con un vaso de agua. El Hijo llega de la calle, abre la puerta,
entra a la sala y mira a su padre como si no fuera nadie. Sube al segundo
piso. El Padre lo oye caminar por la habitación, abrir las gavetas, buscar.
El Hijo vuelve a bajar, un poco encorvado, con las manos vacías, ignora a
su padre y regresa a la calle.
Al otro día El Padre despierta temprano, el dolor le atenaza la pierna
derecha como si tuviera un puñado de vidrios enterrados en la rodilla. A
veces no puede distinguir entre el dolor de su cuerpo y el dolor en su cora-
zón. A veces cree que es lo mismo: un dolor en el vacío. Va a la cocina, abre
la gaveta de las medicinas y no encuentra el Tramadol.

El Hijo cumple años hoy. El Padre desciende dos cuadras hasta el


supermercado del barrio. Entra a una farmacia y compra un cartón nuevo

163
Antología Relata

de Tramadol. ¿Y la prescripción?, pregunta el farmaceuta. El Padre saca un


papel amarillento del bolsillo y se lo muestra.
—Disculpe —dice el farmaceuta—, usted sabe cómo es esto.
El Padre lo ignora, paga y se va. El farmaceuta sale hasta la puerta del
local y mira a la figura triste alejarse con su bastón y su pierna arruinada. En
la tienda, El Padre compra arroz, pollo y verduras. Mientras paga la cuenta,
dos mujeres lo observan y cuchichean.
—Mira, ese es —dice una de ellas.
—Al que le…
—Sí.
—Pobrecito.

El Padre está en la cocina, pica ajo y cebolla. El Hijo abre la puerta y


entra en la sala.
—Feliz cumpleaños —dice El Padre. El Hijo lo mira con una expre-
sión vidriosa, opaca y sin vida.
—Gracias —responde.
—No se vaya a perder hoy que vamos a celebrar el cumpleaños.
—Bueno, señor.
El Hijo sube las escaleras tambaleándose, arrastrando los pies. Va hasta
la habitación de su padre, se acuesta en la cama doble, abraza las sábanas
y llora con los ojos cerrados.

Es marzo, es de noche y un aguacero se ha tragado los demás ruidos


de la calle. Huele a polvo, las borrascas arrastran basura hacia las alcanta-
rillas y los rayos iluminan el lomo de las montañas. El Hijo despierta, va
hasta el baño, se cepilla y baja las escaleras como si acabara de despertar
de una larga hibernación. Recuerda que hoy cumple veintiuno y que hay
cosas que no empiezan a la hora de siempre. Hay algo que su mente trata
de retener, pero hay una barrera en su corazón que no lo deja. Siente el
olor a ajo que flota por toda la casa, un olor delicioso a comida que inunda
todos los rincones, hasta los más solitarios y lejanos. Oye el chasquido de
platos y el tintinear de cucharas, se incorpora. Al llegar al comedor su padre
lo espera con dos platos a rebosar de arroz con pollo.
—Feliz cumpleaños —le vuelve a decir su padre. No hay ni alegría
ni sosiego en su voz.

164
Talleres Literarios 2017

El Hijo mira el arroz humeante y pierde el apetito. Quiere tragarse


otros tres tramadoles, pero decide no abandonar la mesa. Quiere pregun-
tarle algo a su padre, algo que lleva atrapado en la oscuridad de su mente.
—Pa… —dice.
—¿Qué? —dice El Padre y trata de configurar una sonrisa.
—¿Hay salsa de tomate?
—Se me había olvidado —dice el padre; se levanta, toma el bastón y
va hasta la alacena por la salsa.
El Hijo riega salsa sobre su plato. Toma el tenedor y hace monton-
citos que deja caer uno sobre otro. La cara de El Padre es ahora la de un
cuadro expresionista.
—No me vaya a dejar nada.
—La verdad es que no quiero, pa.
—Tenemos que seguir adelante.
El Hijo deja el tenedor sobre el plato y lo empuja hasta el centro de la
mesa. El Padre le devuelve el plato, a modo de orden y advertencia.
—No puedo —dice El Hijo.
El padre siente su rostro caliente, mira los hombros de la camisa de su
hijo, desde donde podría agarrarlo con sus manazas. Se contiene.
—¿Usted por qué es así? —pregunta El Padre.
—Porque soy una gonorrea.
El Padre aprieta el bastón, calcula la dureza de la masa. Su corazón se
hunde en la oscuridad. Se desborda:
—Por eso su mamá se mató —dice.
El Hijo se levanta violentamente, le da un puñetazo en la cara y lo
arrincona contra la nevera como a un viejo boxeador. El arroz y las alverjas
ruedan por el suelo. El Hijo lo agarra por la camisa y lo alza. El Padre no
se defiende, ha traspasado un límite, una línea de sombra. Quedan frente
a frente. El Hijo grita:
—¿Por qué?
Lo suelta, agarra su campera y sale de la casa.
El Padre queda en el suelo, se recuesta contra la pared. Va a decir algo,
una cadena de acontecimientos, pero nada tiene sentido. El Padre se queda
callado. Lo único que sabe es que nadie sabe “por qué”. Nadie.

165
María Inmaculada López
Valle del Cauca · Cali
Taller Palabra Mayor

Minicuentos

Pánico
El hombre deja la moto prendida y avanza en dirección a la puerta. Entra y
encañona a la hija, mientras obliga a la madre a entregar el bolso. Un vecino
llama a la policía. Al salir, grita: ¡putas, me robaron la moto!

El muerto
Tres viudas velan a un hombre. La primera dice: solo lo vi desnudo en la
enfermedad. La segunda dice: jamás lo vi desnudo. Y la tercera agrega: no
lo vimos porque solo se sentía en la oscuridad, pero qué bien se sentía.

La tormenta
Los marinos reían y cantaban, mientras una niebla oscura cubría el barco.
En la noche llegó la tormenta, el pánico los invadió, unos rezaban y otros
maldecían. Solo una mujer con sus ojos cerrados imploraba protección
contra demonios y fantasmas en la noche infernal. De repente, una voz
ronca le susurró al oído: ¡estas almas son mías!

166
Talleres Literarios 2017

La tía Pepa
Pepa era una viejita refunfuñona y bien vestida. Cuando murió nos traji-
mos a casa sus cenizas. Nos ausentamos por varios días. Cuando llegamos,
la casa estaba reluciente. Un escalofrío nos invadió. Desde la cocina salió
Nelcy, a quien le preguntamos: ¿Quién le abrió? ¡Su tía Pepa!, respondió.

167
Teresa Aidee Encalada Arboleda
Valle del Cauca · Buenaventura
Taller Voces en el Estero

El hilo de la vida

¡De parte de Dios todopoderoso! No puede ser, es Casilda, la madre de


Pablo, el mejor estudiante que tuve en la primaria. ¿Qué hace parada en
frente de esa ancla? Parece que le hablara a ese gran bloque de hierro. ¿Y
esas flores blancas? ¿Y ese escapulario envuelto en la mano derecha? Sin
dudarlo me acerqué a ella.
—¡Casilda, hace más de diez años que no la veía! ¿Qué hay de la vida
de Pablo?
—¿Se acuerda, profe Rosalía, que desde niñito estaba afiebrado por irse
pa’ los Yores? Aquí en esta ancla, aquí mismito, fue la última vez que hablé con
mi Pablo antes de viajar.
Claro que me acordaba, Pablo siempre andaba con revistas americanas
chicaneando en clase. A veces se iba para el muelle a conversar con los
gringos, le encantaba que le contaran historias de fama y fortuna. Casilda
suspiró profundamente, como si tuviera un gran peso a cuestas y se
quedó mirando de nuevo la oxidada ancla. Se persignó, le dio tres golpes
al monumento con los nudillos de sus dedos y en voz baja empezó a
hablarle a Pablo. Las lágrimas rodaron por sus mejillas y su voz se quebró
de inmediato.
—Mijo, ¿por qué no me escuchó cuando le dije que no se fuera, que en esa
tierra ajena ni su papá ni yo le habíamos sembrado nada? ¿Por qué te pusiste
tan furioso? ¿Pensabas que no te entendía? ¡Pero mi amor, si mi corazón sabía
que si te ibas no te volvería a ver! ¿Creías que yéndote de polizón en uno de esos
barcos ibas a cumplir tu sueño? ¿Verdad? Mírame ahora, yo aquí sin saber qué
fue lo que pasó. En mi mente todavía hacen eco tus últimas palabras: “¡Voy por
lo mío!”. ¡Ay, Pablo!, ¿por qué dejaste que las gaviotas hicieran nido en tu cabeza?

168
Talleres Literarios 2017

Ya han pasado más de quince años desde aquella despedida. Pablo


le pidió la bendición a su madre, se quitó el escapulario que llevaba en
el cuello como recuerdo de su primera comunión, se lo entregó, le dio
un beso en la frente y se fue. Casilda no me mira, es como si realmente
no estuviera a su lado. Se echa la bendición con la mano en la que lleva
puesto el escapulario y pone las flores en la base del ancla. Mientras hace
su ofrenda de amor, retoma su conversación con Pablo.
—¡Jamás pude darte cristiana sepultura! ¡Pablo, mi primer pujo! Ahora solo
me queda aferrarme a este lugar. ¡Sí! A esta ancla que hoy honra tu memoria.
Ahora cada domingo mientras tenga vida y fuerzas para caminar cumpliré mi
cita sagrada contigo.
Con sus manos llenas de cicatrices, la vieja vendedora de pescado
limpia su rostro bañado en lágrimas, se despide de Pablo y le da de nuevo
tres golpecitos al ancla. Pero antes de irse se quita el escapulario, me lo
entrega y con una generosa sonrisa dice: Ay, profe Rosalía, gracias. La espero
el domingo, no me vaya a fallar.

169
crónica
Benjamín Ríos Escarria
Valle del Cauca · Cali
Taller Biblioteca de la Universidad Santiago de Cali

Yo, genio y loco

—¡Váyase para la casa, malparido!


Esa fue la respuesta que me dio mi padre cuando le pedí diez centa-
vos para comprar una kola y un pan, mientras él estaba sentado a una mesa
tomando cerveza con unos amigos.

Ese fue el padre que yo conocí, de nombre José Álvarez, hasta que cum-
plí cuatro años, cuando nos abandonó a mi mamá, a mis dos hermanos y
a mí. Tomaba dos o tres días a la semana, a veces acompañado de muje-
res, y, cuando ya estaba borracho, no faltaba la pelea en la que estuviera
involucrado, en la que era muy diestro tanto con los puños como con el
machete, que siempre llevaba al cinto. Era muy violento, aunque a mi
madre, Ana Clara García, nunca la agredió. Ella era una santa. Su cariño
hacia nosotros suplía las carencias del amor paterno. Le dio tuberculosis a
los siete años, no fue bien tratada y su salud fue precaria hasta que murió
a los sesenta y un años.

Vivíamos en Sevilla, Valle, un pueblo que al igual que otros del norte del
departamento nació de la colonización de arrieros antioqueños. Teníamos
riquezas, pero pasábamos afugias económicas. Mi padre poseía tierras culti-
vadas en pasto para ganado en el corregimiento de Barragán y una finca en

171
Antología Relata

Samaria, entre Caicedonia y Sevilla. Mi madre le rogaba que pusiera unas


vaquitas para tener la leche y el queso, pero a él no le importaba.
Era liberal viviendo en un pueblo de godos. Un día, con un coparti-
dario y amigo de farra, embriagados, entraron al seminario, agredieron a
unos sacerdotes y les robaron dinero. A partir de ese momento los inclu-
yeron en la lista de los que había que matar y tuvo que salir del pueblo y
trasladarse a Palmira. Por cierto, un día le dejaron un panfleto en la finca
en el que le exigían irse inmediatamente de la ciudad, porque de lo con-
trario iban esa misma noche y lo mataban. Él no solamente no se fue, sino
que limpió el revólver, afiló el machete y un cuchillo y los esperó levantado
toda la noche. Al final, nadie apareció.
Cuando mi padre nos abandonó, nos vinimos a vivir a Cali, donde
mis abuelos maternos, quienes nos acogieron muy bien, en una casita en
el centro, cerca del antiguo colegio San Luis. La casa no tenía cielo raso y
había muchos zancudos. Mi madre, para que no me picaran, me metía el
cuerpo en unos talegos en que venía la harina de trigo.
Mi abuelo Jesús María García era médium espiritista, invocaba a los
espíritus de luz y decía que veía y conversaba con los difuntos. Una noche
me desperté asustado porque lo escuché llorando y hablando con un nieto
suyo a quien habían matado en el departamento del Tolima.
Me matricularon en la Escuela Miguel Antonio Caro en el barrio San
Bosco. Aprendía fácil porque mi madre, cuando trabajaba en Sevilla en
una finca preparando almuerzos para los trabajadores, en sus ratos libres
me enseñó a leer y escribir, a sumar y restar. Eso me tenía muy feliz.
Tenía siete años y cursaba el grado primero. Una mañana a la hora del
descanso, un estudiante de raza negra de apellido Mallarino, de diecisiete
años, me hizo señas de que lo acompañara al salón; cerró la puerta, me
tapó la boca, me recostó sobre un pupitre y me violó. Sentí un dolor muy
grande entre las piernas y un odio inmenso hacia los negros. No le conté a
nadie porque él me amenazó y además yo era muy tímido y pensé que los
profesores y compañeros me irían a calificar mal.
Mi desventura tuvo otro capítulo de dolor. Tenía nueve años, estaba
solo en mi casa cuando llegó un pariente, Adolfo Torres, hombre mestizo,
de baja estatura, quien se había ganado la confianza de mi familia. Me
tomó de la mano y me llevó a una de las habitaciones, donde abusó de mí.
Esta vez sí le conté a mi madre, pero el infeliz no volvió a aparecerse. Creo
que a partir de ese día comencé a experimentar cosas raras en mi cabeza.

172
Talleres Literarios 2017

Ese año, al terminar grado tercero, nos regresamos para Sevilla donde
unas tías.

Estudié en el Colegio General Santander hasta quinto de bachillerato. Era


muy inteligente, considero que tenía ideas de genio. En una tarea de inves-
tigación del colegio escribí un ensayo de trescientas sesenta páginas sobre
el origen del universo. Fue el mejor. En esta investigación me anticipé a
toda una generación y hablé sobre los agujeros negros. Desafortunadamente
le di a guardar el trabajo a mi hermano menor, Israel, quien lo perdió,
parece que se lo entregó a los gringos. En mi imaginación vi cómo se creó
el universo y me faltaron segundos para ver a Dios en ese proceso creador.
Escribí también en doce páginas una introducción al cálculo vectorial.
Todos esos escritos los perdí.
En ese colegio y en plena adolescencia fui muy feliz, a pesar de que
tenía compañeros de estudio cuchilleros y pistoleros que nos intimidaban.

La familia de mi madre era espiritista y asistían al culto rosacrucista. Yo


me sentí influenciado por esa escuela y su idea de la reencarnación. Esa
época fue muy importante para mi formación, leí bastante: el Hamlet, de
Shakespeare; Fausto, de Goethe; El jugador, de Dostoievski; Las mil y una
noches y otros más.
Era niño todavía, tenía trece años y me daban unos impulsos de
manosear a mis compañeras que no podía controlar. En una oportunidad,
envalentonado por un señor, llevé a una niña de diez años a un pastizal y
abusé de ella.

Mi entorno familiar era un desastre. Por parte de mi papá tuve quince


hermanos. Edinson, el mayor de ellos, violó a dos de sus hijas y las emba-
razó. Hilarión, mi hermano mayor, era un borrachín, peleador, amigo de
las putas. Su mujer, cansada de tanto sufrimiento al lado de él, consiguió
otro marido. Hilarión, herido en su hombría y amor propio, se suicidó
pegándose un tiro. Mi hermano menor, Israel, fue la excepción. Honrado,

173
Antología Relata

trabajador, técnico en electricidad. Desde muy joven se fue para Venezuela,


se casó y tuvo varios hijos. Hace tres años regresó a Cali y yo voy a visitarlo
ocasionalmente.

Por la violencia que se vivía en Sevilla, nosotros, liberales en un pueblo con-


servador, y por la situación económica, regresamos a Cali donde mis abuelos.
Cursé sexto de bachillerato en Santa Librada. Me fue muy bien en el
estudio y mis compañeros de clase eran excelentes personas.
Presenté los exámenes para ingresar a la Universidad del Valle y saqué el
sexto mejor puntaje entre más de trescientos estudiantes, lo cual me permitió
ingresar a la Facultad de Medicina para cumplir mi sueño de ser médico.

Desde niño comencé a tener problemas con el sueño. Me daban pesadillas y


me despertaba sobresaltado. Una vez soñé que iba por una carretera desierta,
de pronto encontré una casa con las luces encendidas, me acerqué a una
de las ventanas del frente y vi a unas personas moviendo ataúdes y sacando
cadáveres, a los que les daban una pócima que los regresaba a la vida.
Soñé frecuentemente que me violaban introduciéndome los dedos
en el ano.
Muchas veces al despertarme en la noche veía visiones. En una oportu-
nidad vi a una señora vestida de negro, sentada a horcajadas sobre la tapia
que separaba nuestra casa de la casa vecina, y me hacía señas de que me
acercara, aunque no me atreví a hacerlo.
Pero la mejor visión que tuve fue un Viernes Santo. Vi a Jesucristo con
un cuerpo y rostro muy bellos, majestuoso, de sayal blanco y túnica rosada,
ojos azules, cabellos rojo-rubios, de una belleza griega clásica. Nunca he
sentido un bienestar físico tan perfecto como en ese momento.

Me he enamorado una sola vez en la vida. Estaba iniciando tercer semes-


tre de Medicina y conocí a una estudiante de Ingeniería Química llamada
María del Carmen Ricaute Rosasco. Era bella y elegante, me flechó de
inmediato, aunque ella esquivaba la mirada cuando coincidía con la mía.

174
Talleres Literarios 2017

Mis noches de sueño eran compartidas entre las pesadillas que me dejaban
exhausto y el rostro y nombre de ella, que de tanto verlo y pronunciarlo
iban copando mi mente en perjuicio de los conceptos y las teorías aprendi-
dos en la universidad. Para calmar mi angustia, empecé a fumar cigarrillo.
Llegué a fumarme ochenta cigarrillos al día. No podía vivir sin verla ni
escuchar su voz, entonces solicité cambio de plan de estudios y me pasé a
Ingeniería Química. Soñaba con irme con ella a París a estudiar literatura.
Quería ser escritor.
Un día de mayo, al caer la tarde, la abordé en el Centro Deportivo
Universitario (CDU) de San Fernando y le declaré mi amor. Se paró, me
miró con desprecio y se alejó. No la seguí ese día, sentí una opresión en
el pecho y los ojos se me llenaron de lágrimas. Me senté en el sardinel de
cemento hasta que la noche me arropó.
En las semanas siguientes la seguía a todas partes, me arrodillaba a
implorarle que me hablara y que me quisiera un poco. Le escribí mil car-
tas, aunque solo le entregué unas pocas, hasta que las descubrí en el tarro
de la basura, sin abrir.
El interés y dedicación a mis estudios bajó considerablemente. Solo
tenía cabeza para ella. Me refugiaba en mi cuarto o en los baños de la uni-
versidad a masturbarme. Solo me detenía cuando se me nublaba la mente
y las piernas me flaqueaban. Finalizando el segundo semestre me sacaron
de la universidad por bajo rendimiento.
Tenía una confusión tan grande, que unos compañeros de estudio
fueron donde mi tío, hermano de mi madre, y le contaron que yo estaba
enfermo de la cabeza. Él y ella me recomendaron que me saliera de estu-
diar y me pusiera en tratamiento médico.
Un profesor de la Facultad de Medicina me dio una carta para que
fuera a consulta con el doctor León en el hospital siquiátrico San Isidro.
Al entrar y ponerme en lista de espera, observé personas que iban y venían
como sin rumbo, otras hablaban y gesticulaban solas y una se me acercó y
me dijo que la ayudara a salir porque en ese sitio la iban a matar.
Cuando me llamaron a consulta, el doctor León comenzó a interro-
garme y yo a darle respuestas equivocadas con respecto a mi comportamiento.
Deduzco que no pudo emitir un buen diagnóstico acerca de mi enfermedad.

175
Antología Relata

—Álvaro, ¿sigues enamorado de María del Carmen? Esa vieja es una perra.
Eres un pendejo arrastrándote tras ella. ¡Todas las mujeres son unas perras!
—No, ella es pura y casta. Ella no está contaminada por el pecado. Tú
sí, Mario, eres un pervertido. Has asesinado a muchas mujeres y hombres.
Me contaste que mataste a gente que ni conocías. Te vas a condenar y el
mismísimo demonio va a venir por ti.
—Ja, ja, ja, ¿qué pasa Álvaro, estás confundido? Se te escapó la única
mujer de la que te has enamorado o ¿es que en realidad no te gustan las
mujeres sino los hombres?
—No, no, yo la amo de verdad, yo quiero vivir con ella porque es como
una virgen. Mujeres como ella, y los niños, son los únicos santos, puros de
corazón. Ustedes son parientes del demonio.
—Todas las mujeres nacimos para el goce, Álvaro. Nuestro cuerpo se
hizo para ser tocado, poseído por los hombres. Tu María del Carmen es tan
puta como yo, se revuelca en la cama con sus amantes mientras tú solo reci-
bes desaires y desprecio. Anda, cógete otra vieja y dale gusto a tus instintos.
—¡Váyanse por el amor de Dios!
—¡Ni Dios ni Jesucristo existen! ¿De dónde sacaste esas ideas estúpi-
das? Anda, consigue armas y defiéndete de los que están contra ti. No te
dejes joder de nadie.
—Hola, me extraña que menciones a Dios si tú eres comunista y ateo.
¿Se te olvida que memorizabas a Marx, a Sartre y a Camus? ¿Que no crees
en los curas, en los santos ni en la iglesia?
—Me asustan con sus voces, me ofenden porque no los puedo ver. Si
pudiera tenerlos en frente mío los destrozaría a puñal.
—¿Quieres ver mi cara, Álvaro? Mira en el espejo, allí estoy.
—¿Ese eres tú, Mario? Yo te he visto antes. Ese color de piel casi blanco,
cabeza grande con cabello corto y chuzudo, brazos fuertes y abdomen des-
colgado, la boca abierta y desdentada, me recuerda a alguien.
—Ja, ja, ja, claro que me conoces, pendejo de mierda. Cuántas veces
hemos hablado, en cuántas ocasiones te he dicho que eres un perdedor,
que tienes mala sangre. Dices amar a tu madre y sin embargo deseabas
fornicar con ella.
—Calla, calla, espíritu del mal.
Estas agresiones las sufría más en las noches que en el día. Me des-
pertaban solo para insultarme, para provocarme, y yo sin poder hacer nada
porque no veía sus cuerpos, solo escuchaba sus voces que destilaban odio

176
Talleres Literarios 2017

hacia mí. Cuando se iban, quedaba intranquilo, irascible, sin poder con-
ciliar nuevamente el sueño.
Julio César, Mario y Ana María son seres malos, trabajaron para el cartel
de Medellín bajo las órdenes de Pablo Escobar. Cuando hablaban conmigo
para aterrorizarme, me contaban de los encargos que le cumplían al jefe,
las torturas a sus víctimas y las bacanales en que participaban. Me hablan
desde que yo tenía diecinueve años.

Un día de agosto de 1972 iba caminando con mi madre por una calle del
barrio Calima en Cali. De repente, un señor la tomó por el brazo y la invitó
a sentarse con él a la mesa a tomar aguardiente. Vi que tenía un puñal en la
pretina del pantalón y temí que le fuera a hacer daño. De repente escuché
la voz de Julio César que me decía: “Defiende a tu madre, coge un arma y
mátalo antes de que él lo haga con ella”. Sin pensarlo más cogí una botella
que estaba sobre la mesa y se la descargué en la cabeza; cogí el pico con
varias puntas y le propiné treinta y seis heridas en el estómago.
La policía fue a mi casa a buscarme, pero mi madre me escondió y les
dijo que yo había salido de la ciudad.

Era el año 1975, hacía unos diez meses que había fallecido mi madre. Yo
estaba viviendo donde Edison García, un hermano medio. Mi enfermedad
era más notoria, la gente me tildaba de loco y con frecuencia me veía envuelto
en líos. Me echaron de esa casa y me fui a vivir donde mi hermana Dioselina.
Un día estaba sentado en el andén y un marihuanero, sin mediar motivo, me
mentó la madre. No había peor ofensa en aquel momento. Una voz interior,
tal vez la de Mario, me decía ¡mátalo! Saqué un cuchillo de la cocina y lo
desafié. Él tenía un machete y me hizo varios lances que yo esquivé. En un
descuido suyo le enterré el cuchillo en el ombligo. Murió a los tres meses.

Estuve interno en el hospital siquiátrico San Isidro. Los médicos me diag-


nosticaron una enfermedad mental, esquizofrenia, y recomendaron reposo
y tratamiento a base de medicamentos.

177
Antología Relata

Gracias a la intervención de unos amigos, compañeros de estudio


del colegio y la universidad, y de médicos del hospital, me trasladaron a El
Cottolengo, en el municipio de Jamundí, donde el padre Alonso Ocampo
me brindó hospitalidad. Era el 9 de mayo de 1979.
El padre Ocampo, fundador y director de la Institución, era un hom-
bre muy culto, hablaba latín, italiano y francés. Graduado en Filosofía y
Letras, trataba con gran propiedad no solo de temas teológicos, sino de la
cultura universal. Me explicó las cinco vías de santo Tomás (Summa Teoló-
gica), que son las cinco pruebas de la existencia de Dios. Para mí esto fue
muy importante, porque como consecuencia de la muerte de mi madre,
que era lo más amoroso que yo tenía, Dios también murió para mí, al igual
que toda su iglesia. Me permitió entonces reencontrarme con la Fe y el
amor al Ser Supremo.

La permanencia en El Cottolengo no ha sido fácil. Tuve que luchar y aún


continúo luchando contra la ignorancia, la envidia y la intolerancia de los
otros internos. Los que provienen de las zonas marginales son degenera-
dos, pervertidos, no valoran a personajes como Bach, Beethoven, Paganini
y su extraordinaria música.
Uno de los internos, de origen pastuso, cada que me veía me insul-
taba, me mentaba la madre. Un día estaba malhumorado, había dormido
poco porque los tres sicarios me despertaron para decirme improperios y
me topé con él y repitió la ofensa. Cogí una botella, la despiqué y lo chucé.
Murió a los tres días. Por otros motivos, para mí válidos, tuve que golpear
a otros internos, creo que como a diez.
Hace varios años que no me meto en problemas, ya duermo mejor, me
acuesto a las ocho de la noche y me despierto entre las cuatro y cinco de la
mañana. Rezo a mi Dios, único que merece mis oraciones, y me quedo en
la cama hasta que amanece. Vivo contento, el personal administrativo y de
servicio me quiere porque les hago mandados dentro y fuera de El Cotto-
lengo. Si hay algún compañero enfermo, lo acompaño, y si es necesario,
lo baño y le cambio la ropa.
Julio César, Mario y Ana María siguen hablando conmigo, aunque
ya no me ofenden tanto. En ocasiones me despiertan a medianoche, me
dicen cosas sin importancia, pero pronto sus voces se van y puedo seguir
durmiendo.

178
Talleres Literarios 2017

Cuando muera quiero ganarme con Dios la oportunidad de reencar-


nar, seré moralmente cristiano, no diré malas palabras y me dedicaré a la
investigación médica; quiero ser útil sirviendo a los enfermos. En caso de
que nazca en un hogar pobre, seré profesor de matemáticas.

***

179
dramaturgia
Jesús David González Romero
Manizales · Caldas
Taller Permanente de Dramaturgia

Amatista

A Magdalena Vargas, quien con sus historias llenaba de vida mi infancia. Quien
con sus manos servía las mejores tazas de café; quien con sus brazos regalaba
abrigo en los mejores y peores momentos. A ella, víctima del café que dejaba el
mejor insomnio a largas noches de historias y risas. A ella que sabía despertar
sus ojos y los míos con el mejor café. A ella y su café, el de sus ojos, el de sus tazas,
el de sus paredes.

AMATISTA
(Mujer vestida con batola violeta rodea una mecedora, se sienta. Pasa los dedos
por entre sus cabellos para peinarlos, se levanta. Toma un turbante negro y lo
enreda en su cabellera blanca. Saca de su bolsillo una caja de cerillas y comienza
a encender velas que están en tazas llenas de tierra echadas por el suelo. Tararea).

AMATISTA: Una y otra van pasando. Llevan en su rostro las calaveras de


sus hijos, de sus esposos, de sus viejos. (Golpea desde atrás los brazos de
la mecedora con las palmas de sus manos). Caminan en todas direcciones.
Corren, huyen, parece que el alma se les sale con cada paso. Los crímenes
de otros los purgan todas las desdichadas. No son más que piedras secas en
el camino. El polvo les contamina con cada paso endemoniado de botas
de caucho. Como si su rostro mismo hubiese sido aplastado por una gran
bota. —¡Lucía!—. Esa muchacha ya no tiene vida, se la quitaron, se lleva-
ron de su pecho su amor. Ramiro, su hijo, era un buen muchacho; limpio,
sano. No tenía más que la humildad que le vestía y un amor como tesoro
que su madre le heredaba. Se lo llevaron a la fuerza. Unos cuantos días en

181
Antología Relata

cautiverio y luego se lo entregaron a la tierra para que esta lo abrazara. Para


que esta fuera su última morada.
(Se sienta de nuevo). —¡Juan! ¡Tista! Tista, mijo, tráigame un café—. Las
mañanas no son lo mismo si no se les impregna de café. Cada gota baña la
garganta y le da vida, como preparando el cuerpo para lo que Dios quiera
que pase durante el día. A lo lejos se escuchan los muchachos correteando
con las ruedas; ellos y sus manos sucias riegan sonrisas pueblo abajo. Corren
y ruedan las llantas empujadas por la magia de su inocencia. Sus pisadas
están también marcadas en esta tierra; al fin y al cabo, no es tierra de olvido.
(Toma una taza y apaga la vela contenida en ella). —Martha, mija, me duele
la memoria. Necesito una pastica de esas verdes de campo, de esas rojas
de rosas, de esas amarillo medio día. Tráigame dos, no vaya a ser que a
usted también le falle la memoria y me deje mañana sin cuota de compa-
ñía—. A esa muchacha a veces se le olvida que existo, tiene la cabeza en
otro lado, desde chiquita tenía la mirada perdida; pero ahora parece que
nunca más la volvió a encontrar. Dicen que la última vez que la vieron fue
entre el cafetal, el día de la alborada cuando ella apenas se ponía el delan-
tal de plástico para empezar la recolecta. Los gritos de la muchedumbre
fueron más fuertes que los de la pólvora. La pólvora estaba entre el cielo y
el cafetal. Él también. El cafetal ese día estuvo rojo y no era por la cosecha,
estaba bañado y no por el rocío de la madrugada. Su esposo también fue
arrebatado ¡Ay muchacha que tienes labios de acero! La muerte te vistió
de madrugada y en la recolecta tan solo recogiste tristezas de amaneceres
rotos. No quiero más, muchacha. No quiero más de tus tristezas en mi
café. No quiero oír el chasquido de tus dientes en la taza. Déjame la taza
en la mesa y ve a descansar, es tarde para una mujer trabajadora como tú.
Las noches siempre son las mismas, las cigarras cantan como pre-
sagiando que un nuevo día vendrá con su destierro. El éxodo comienza
entonces antes de que salga el sol. Comienza con una taza de agua de
panela bien caliente, unas manos frías por la espera y unos ojos sucios
porque los despertó la madrugada sin licencia de tibiar el agua con un
rayito de sol. Comienza con las botas de caucho a medio limpiar; porque
al fin y al cabo se llenarán de tierra con las horas de caminata. Se suman
los más valientes; los más miedosos no caminan, sino que corren. A esos,
a esos les llamo valientes. Corren dejando bien marcadas en la tierra sus
penas; corren y atraviesan el agua que inunda sus pies. No hay tiempo para
sacar el agua de las botas, solo para lavar un poco las manos, pasarlas por
la frente bañada de sudor y darle así un poco de consuelo a la falta de aire.

182
Talleres Literarios 2017

Las manos se limpian un poco, pero las botas, esas sí que lucen ya limpias
después de atravesar el río.
(Toma otra taza y juega con el fuego de la vela). Una vez soñé que lo
abrazaba, sentía el calor de su respiración justo en mi nuca; como cuando
era pequeño y recostaba su cabecita en mi pecho; entonces dejaba caer
su mentón sobre mi hombro y venía el calorcito para el cuerpo. Primero,
primero el calor merodeaba en el cuello y la espalda, y luego lentamente
bajaba hasta los pies. Y de allí parecía que la tierra lo devolviera como si
fuera su propio aliento; y entonces me sentía más viva por tener los pies
bien sobre la tierra. El calor golpeaba el pecho. Era amor. Era el amor que
me hacía sentir viva. Era su vaporcito de alma lo que me llenaba. Los sueños
no son más que los deseos que el mismo Dios siembra para adormecer el
alma. Los deseos no son más que los rezagos de una vida con vacíos. Ya no
sueño. Ya no sueño porque no lo sueño. Esta lámpara parece apagarse como
yo. Pero no me abandona la luz, como tampoco me abandona el aliento de
un amanecer soleado. Tiemblan los pasos para llegar a la ventana. Como
ese día. Mis manos conocen mejor las paredes que las de cualquier artista
que pasa horas acariciando el barro con sus manos para darle viva forma.
Mis manos plasman en el blanco de la cal las largas horas de soledad. El
tiempo se ha encargado de mancharlas con un café sin sabor, un café amargo
como la ausencia de su voz. —Joaquín, Joaquín, no olvide recoger la leche
en casa de doña Mariela, y dígale que no la he visitado porque el corazón
lo tengo roto, porque las piernas no están muy convencidas de llevarme
para ver sus ojos agrietados por la sal de sus lágrimas. Dígale que no he
ido a verla por puro miedo a romperle con un abrazo. Dígale que la leche
tibia es buena para el hambre del ternero, y que cuando tenga algo de sol,
mis piernas llevarán mis pasos hasta verla. ¡Ah! y no olvide llevarle algo de
café, la pobre no volvió a cosecharlo desde que vio el cafetal rojito como
el amor que le tenía a Isidro—. Las madres no son más que las dolientes
de sus hijos. Desde que paren ya están sufriendo por el llanto de quien a
la vida traen. Vivir duele. Morir no. Pero morir y dejar a una madre viva
con el dolor de la muerte de su hijo, ese es el peor castigo para ellas. Toda
madre quisiera morir primero, antes que ver partir a sus retoños. El cafe-
tal de los Vargas era muy bonito. Hectáreas de verde cubrían la montaña
que en cuestión de meses se volvía como la navidad; se mantenía la espe-
ranza del verde vida y brillaba el rojo punteado entre ella. Parecía que la
montaña hubiera estado bañada por escarlatas redondas que derramaban
dulzura sobre la tierra. La mañana en que doña Mariela justo se levantaba

183
Antología Relata

para dar los tragos a su marido antes de que este visitara el cafetal, no fue
de fiesta de alborada, sino más bien que el escarlata de sus cultivos había
tomado vida. Sí. La vida de su hijo Isidro le había sido arrebatada de entre
los cafetales rellenitos de café. Fue la mejor cosecha para ellos, pero la más
dolorosa también. Tuvieron que recoger el cuerpo de su hijo deshecho por
las balas. No cabía un grano más en sus cafetos como tampoco un tiro más
en el cuerpo del pobre muchacho. —Dios lo tenga en su gloria y le permita
gozar de vida eterna—. (Toma otra taza y enciende su vela). Siempre me he
preguntado por qué rezar por los muertos, cuando son los vivos los que se
quedan sufriendo. —Dale señor fortaleza a su familia—. Era semilla que
las botas de caucho pisaron hasta hundirle bajo la tierra y no precisamente
para que germinara, sino obligándolo a condenarse al peso que tiene la
tierra sobre los cuerpos sin sol. Cala los huesos el frío de esta noche. El
armario está lejos para arrebatarle una cobija. Siempre dormí bien ves-
tida, no fuera que el demonio y sus disparos me atacaran robándome el
sueño y tuviera que salir monte adentro como alma que lleva el… ¿qué es
lo que estoy diciendo? Si el demonio no es más que un cobarde con botas
de caucho y manos de plomo. (Se levanta, toma dos tazas y las choca entre sí.
Las deja de nuevo por el suelo).
Mi nombre es Flor, pero he decidido llamarme Amatista. Ama. Tista.
Ama a Tista. Ama a su hijo. Ama a Bautista. Juan Bautista es mi hijo. Corre
todavía calle abajo. Desde esta ventana lo saludo todos los días cuando pasa
muy apurado para su trabajo. Al pobre siempre le ha costado madrugar.
(Toma una taza vacía).
De pequeño le llevaba un cafecito a la cama para que se levantara
con más energía. Él sonreía y decía que lo despertaba el olor a madre y a
café. Siempre fue un buen muchacho. Tendía bien su cama antes de salir
corriendo para la escuela, no se iba sin besar mi frente. —Dios me lo
bendiga mijo y me lo libre de todo mal y peligro—. (Canta y golpea con la
palma de su mano la boca de la taza). Orri orra san Antonio ya se va. Señora
santa Ana ¿Por qué llora el niño? Por una manzana que se le ha perdido. (Tapa
la taza con la palma de su mano).
Una noche, una de esas últimas en las que la cabeza encontraba alivio
en la almohada, soñé que Tista venía hacia mí. Había algo que no lograba
entender. Corría y miraba hacia atrás. Miraba y sonreía; pero cada vez que lo
hacía, aceleraba más su paso. De pronto gritó a lo lejos “Mi Flor” y entonces
fui yo la que sonrió con sus palabras. Gritaba una y otra vez lo mismo, “Mi
Flor”, “Mi Flor” y su rostro iba cambiando. Miraba atrás más a menudo y

184
Talleres Literarios 2017

su rostro palidecía con cada regreso. Una manzana lo perseguía. Una man-
zana rodaba calle abajo. Una manzana gigante. Abrí las puertas de la casa
de par en par para que entrara en ella antes de que la manzana pudiera
alcanzarlo; gritó de nuevo “Mi Flor” y cayó a mis pies. Lo abracé y luego
lo escondí tras la puerta, que, cerrada, no permitiría entrar a la manzana; y
al girar después de hacerlo, Tista no estaba. Corrí al zaguán para ver si allí
se escondía, pero tampoco estaba; pasé a la cocina y no estaba tampoco; y
cuando crucé al patio, estaba acostado mirando al cielo y sonriendo. Me
despertó su carita sonriente, ese fue mi mejor sueño, su sonrisa.
Una manzana fue la causa. Una manzana que se había perdido. Mi
niño lloraba por una manzana, y yo lloraba por mi niño. (Canta, golpea
nuevamente con su palma y con más fuerza la boca de la taza). Orri orra san
Antonio ya se va. ¡Ya se fue!
Un café por favor. Un café para alivianar la espera. Un café para acom-
pañar la amargura. Un café para acompasar el tiempo. (Canta). Mira qué
bonito lo vienen bajando, con ramos de flores lo van adornando. Orri orra.
—¡Joaquín, mijo, ya vienen con él!—. Las puertas de mi casa se abrieron
para recibirlo de nuevo. Su rostro estaba pálido como cuando hacía pila-
tunas y se sentía descubierto. Cuando lo vi, dejé caer la taza y el café bañó
mis piernas como para mantenerlas despiertas. Su cuerpo tenía rayas de
cebra. Rayas de tierra entre las heridas, que más bien parecían arañazos de
tigre. Como la amatista, rayas de cebra y arañazos de tigre sobre nuestras
pieles. (Toma la taza y la hace girar sobre la palma de su mano).
Un café por favor. Un café de madrugada para despertar bien los ojos.
Un café por favor. Un café que despierte el día. Un café, por favor. Un café
para acompañar la soledad. ¿Qué nadie me escucha? ¡Se hacen los sordos
para no servir café! La ventana es café. Café pálido por las huellas del sudor
en su marco de recostar este viejo cuerpo para verlo todos los días, para
verles sus caras de dolor, para recordar un poco las ruedas y los pasos y los
gritos de nuestros pequeños sonriendo calle abajo.
Esa noche mi frente lloraba. Grité su nombre y no fui escuchada.
¡Corre, corre, no vaya a ser que te alcance la manzana, mi pequeño! No me
escuchó. Mis gritos de madre no lo protegieron. No llegaron a sus oídos
las advertencias de mi sueño. Dicen que lo vieron sonreír antes de partir.
Que dejó una lágrima resbalar por su sien. ¿Por qué llora el niño? (Canta)
Orri orra. Un café por favor para mantenerme alerta. Un café para alargar
la noche. —Martha, mija, me duele la memoria, necesito una pastica de
esas verdes de… de esas rojas… de… de esas amarillo medio día—. ¡Medio

185
Antología Relata

día! (Se levanta, toma varias tazas del suelo y vacía la tierra contenida en ellas
sobre su cabeza). Mi hijo entró a mi casa a medio día. Entró y me partió el
alma. —Martha, mija, me duele la memoria ¡Una pastica para recordar!—.
Venía pálido. Como cuando se ahogaba de pequeño, como cuando corría
empujando su rueda con la mano, como cuando corría para llegar rápido
a la recolecta porque le había costado trabajo despertarse solo. Venía sin
aire y me robó el mío porque no dijo más mi nombre, porque sus labios
estaban cerrados y así se mantendrían. Lo callaron, le robaron el aire, lo
obligaron a ir a casa con las piernas de otros. Le quitaron su voz y a mí la
vida. Mis piernas tiemblan y tambaleo. Un café para mantenerme en pie.
Un café que me despierte de esta pesadilla.
—¡Joaquín, nuestro niño!—. (Se tumba en la silla y Canta). Orri orra.
San Antonio ya se va. Ya se va, ya se fue. Tista no gritó, no tuvo tiempo de
sacar su voz para llamarme. No hubo flor que lo guardara, no llevé flores,
no me dijo “Mi Flor”. (Canta). Señora santa Ana, ¿por qué llora el niño? Por
una manzana que se le ha perdido. Sus botas estaban limpias como las de
buen trabajador, solo tenían marcas de tierra de campo puro con aroma
de café. Mi niño también fue aplastado por las botas de caucho y manos
de plomo. Por las botas de caucho que hacen correr, que incendian, que
quitan, que matan. ¡Ya recordé! ¡Las botas! Sí, las botas. Hay botas que dan
vida, en la mañana, cuando hay que levantarse y calzarlas y labrar la tierra;
en las tardes, para traer los cuerpos cansados de regreso a casa después de
la recolecta del café; y en la noche, cuando se ayudan a quitarlas porque
es hora ya de descansar. A esas botas las llamo hombres, padres, esposos,
hijos, hermanos, primos, sobrinos, nietos, amigos. Las otras botas, las del
demonio, las de caucho y manos de plomo, son aquellas que dan muerte,
desolación, despojo; son las que obligan a salir corriendo de nuestras casas
y atravesar ríos. Son aquellas que alzan fuego en la noche, que quitan el
aliento en las mañanas, y que obligan a llevar flores en las tardes. Son botas
que aplastan las semillas. Son botas que manchan los campos y se quedan
con la vida del cafetal. Se llevan a nuestros hombres y así nuestras vidas.
Traen consigo la manzana de la discordia. Los crímenes de los otros los
pagan las desdichadas. Las hijas que se quedan sin padres, las hermanas
sin hermanos, las esposas sin esposos, las madres que nos quedamos sin
hijos. Lucía, Mariela, Martha. Amatista. ¿Por qué llora el niño? Llora por
una manzana y yo lloro por él. Una manzana, una manzana perdida. Una
manzana de discordia lanzada contra la vida. Una bala. Una bala perdida.

186
Talleres Literarios 2017

Señora Flor, ¿por qué llora? Por una bala perdida, por un hijo caído. (Canta).
Orri orra. San Antonio ya se va. (Se levanta. Balancea la mecedora).
Desde mi ventana las veo. Una y otra van pasando. Llevan en su rostro
las calaveras de sus hijos, de sus esposos, de sus viejos. Caminan en todas
direcciones. Corren, huyen, parece que el alma se les sale con cada paso. Yo
en cambio me quedé inmóvil, marchita aquí en mi ventana, entre el café
de la noche y el de su funeral, entre el café de las paredes manchadas por
mis manos porque ya mis viejos y nublados ojos se murieron en la espera.
Porque mis manos vacías ya no abrazan a mi hijo, sino que buscan su eco
entre estas paredes de cal. Porque los años se llevaron mi vista pero no mis
recuerdos. Porque sus rostros siguen ahí corriendo calle abajo y calle arriba.
Los crímenes de otros los purgan todas las desdichadas. Desde aquí los
pude ver por años, por siempre. Desde aquí los veo con el café de la tierra
que tengo encima, que no me deja ver el sol. Me quedé en la ventana para
ver corretear a Tista calle abajo con su rueda, para ver cómo pasaba calle
arriba buscando la recolecta, para recordar cada beso suyo lanzado desde
esa calle. Mi hijo vino a casa buscando una flor de despedida, buscando a
su Flor, y yo, yo me quedé viviéndolo aun muerta. (Se sienta).
—Juan Bautista, Tista. Tista, mijo, tráigame un café oscuro para ale-
targar el día, un café de espera, un café de compañía, un café de charla
tendida. Un café para saborear la noche, para acompañar la soledad. Un
café por favor. Un café.

Telón.

187
opinión
Clarivel Naranjo Rodas
Valle del Cauca · Tuluá
Taller Nautilus

La educación en
Colombia, un viaje
sin esperanza

Hace poco, mientras pensaba en la tarea de escribir un artículo de opinión,


me dormí y empecé a soñar de manera muy vívida sobre un viaje que empe-
zaba en una terminal de transportes; esperaba, en un bus obsoleto, a que
este por fin saliera hacia el lugar de destino, el cual no conocía en el sueño.
Tenía la angustia de quien espera en el asiento del bus, con el tiquete en
la mano, a que este arranque, mientras los conductores, ajenos a la situa-
ción del pasajero, se divierten conversando animadamente y haciéndose
chanzas, a la espera de nuevos viajeros.
Posteriormente me vi, ya el bus en movimiento, tratando de bajarme
en un sitio despoblado, también afanosamente para alcanzar un tren en el
que debía seguir; finalmente aparecí de nuevo, ahora reposada, en un tren
de pasajeros como el de la antigua ruta Cali-Tuluá-Armenia, divisando un
paisaje en el que solo veía a lado y lado el saludo afanoso de los árboles,
instalados sobre alfombras de pastos de diversos tonos.
Al despertar, pensé que, de algún modo, la educación en Colombia,
campo en el que me desempeño laboralmente, podría pensarse alegóri-
camente como un viaje en el que cada uno de los implicados se desplaza
en un medio de transporte distinto, aunque el destino es el mismo. De un
lado están los estudiantes, quienes con su capacidad, sus posibilidades y
todo un mundo por delante merecen un viaje con la fuerza y la velocidad

189
Antología Relata

del AVE;17 del otro, se encuentran los que sobreviven del sector, entre ellos
directivos y maestros, cuya dependencia de normas y entidades hace que se
vean obligados a viajar en trenes de país en vía de desarrollo; y por último,
el Estado, el gran ordenador del sector, montado en los obsoletos buses
de otras épocas, que depende de ciertos personajes que toman el timón
del automotor y lo dirigen a su antojo, con la despreocupación de quien
devenga sus recursos, bajo sus condiciones, sin preocuparse por los usua-
rios que se sirven de él.
En este sentido, quienes estamos inmersos en la labor educativa y
damos una mirada reflexiva a la misma, vemos cómo el Estado, conocedor
de la importancia de la educación para su desarrollo, dirige normas enca-
minadas a darle el estatus que merece; como ejemplo, “Colombia la más
educada en el 2025”. Lo hace quizá iluminado por pensadores como García
Márquez, que imaginó y escribió “por un país al alcance de los niños”, y
dicta políticas como “ser pilo paga”, pero en el momento de aplicar dichas
normas se encuentran con la voracidad absurda de quienes viven al tanto
de las leyes que desean ponerse en marcha en el sector, con el único fin de
aprovecharse de ellas para sacar partido y esquilmar al Estado; lo vemos
en noticias, algunas recientes, otras refritas, en las que se informa sobre
la situación de los comedores escolares en el Chocó y en La Guajira, para
mencionar las más sonadas, o el no pago de becas de “ser pilo paga”, que
hace que los esforzados provincianos ganadores del programa dejen de
recibir los recursos para su sostenimiento en las universidades donde cur-
san sus estudios. A esto habría que agregarle que a cada norma en la que
aparece incrementado el recurso económico para la educación se “ama-
rran” muchas instituciones, unas de orden estatal y otras privadas, que
con frecuencia son las que ponen palos a la rueda; ejemplos de ellos son
el ICBF, el ICETEX, las universidades privadas y las empresas contratistas,
sin las cuales sería imposible, en la actualidad, movilizar el presupuesto
de la educación, incluyendo los municipios, destinatarios finales de los
beneficios y ordenadores a su manera, como los conductores de los buses
obsoletos, del gasto para las instituciones, donde unos espurios personajes
con el flamante nombre de consejo directivo se ven obligados a trabajar
con los pírricos recursos que finalmente llegan por concepto de “gratui-
dad”, que es el “rótulo” que se le da, desde el Gobierno, a las partidas que
se designan por cada estudiante, cuando en realidad, como nadie ignora,

17 AVE: Alta Velocidad de España (trenes).

190
Talleres Literarios 2017

ello es un derecho constitucional. Eso después de haber hecho el recorrido


desde las arcas del Estado en el bus de la obsolescencia hasta las empobre-
cidas instituciones donde se fragua, según la idea del poeta Rubén Darío,
el capital más valioso de una nación: su niñez y su juventud.
Inmersos en este viaje por la necesidad, la mayoría de los trabajadores
de la educación, pasando por rectores, coordinadores, docentes, adminis-
trativos y empleados de servicios generales de las instituciones, hacen su
viaje en un tren que si bien les permite ir por un camino que por momentos
tiene sus tramos gratos, especialmente al recibir el estipendio por la labor
y la respuesta de algunos estudiantes que obvian las dificultades, tercos en
su afán de ser bachilleres, paralelamente impide en gran medida, a quienes
ejercen el oficio por vocación, ir más allá de la velocidad a la que puede
llevarlos este tren paquidérmico que mantiene su marcha de años de fun-
cionamiento sin mayores adelantos ni reparación, ya que ese viaje, que es
de ida y vuelta, dependiendo del nivel de enseñanza, se vuelve monótono
pues se acompaña a un grupo hasta finalizar su ciclo para empezar con otro
en idénticas condiciones y así hasta “la muerte laboral”.
Visto de esta manera, niños, niñas y jóvenes en un país como el nuestro
no tendrán la oportunidad de viajar con la velocidad del AVE y de sus capa-
cidades. Simplemente se desplazan generación tras generación en medios
de transporte que evolucionan de manera lenta. De allí el estancamiento,
los ciclos que se repiten sin que se tenga la posibilidad de marchar a un
ritmo que permita el avance, y es esta dinámica la que lleva a la abulia y la
apatía, pues por mucho que se afanen, saben que van por lo mismo que han
ido los de anteriores promociones. Su viaje, aunque debiera ser en trenes
veloces y lujosos, no es posible. Para consolarnos, la historia nos recuerda
que el salto del Renacimiento a la Ilustración y de esta a la internet se hizo
de trescientos en trescientos; a años me refiero.
Es así como en el ámbito de la educación se repite la historia para
que el país sostenga unas estructuras en las que unos pocos se mantienen
de manera cómoda en el ápice de la pirámide, haciéndonos parecer a la
mayoría que viajamos en trenes de alta velocidad, cuando en realidad nos
llevan al ritmo de buses destartalados o cuando más en trenes de aque-
llos que algunos recordamos, aunque ya no existan en nuestro país, y cuyo
símbolo son las locomotoras de adorno que perviven en algunos parques
o aquellas herrumbradas carrileras y estaciones a orillas de carretera que se
niegan tercamente a desaparecer de los paisajes citadinos, ante los embates
de la “modernidad”.

191
poesía
Carlos Bedoya Correa
Antioquia · Medellín
Taller de Poesía MECA

Barcarola

En la escuela del dolor tú me diste


a mí una beca.
D.R.A.
 
Huir era lo primero
en caso de buscar quedarse
 
Nubes hilarantes
la ebria desolación
de los adioses
 
A orillas de tu piélago
ventana hermética
chisporrotea una diosa
broche de niebla
donde prestos naufragamos.

193
Carlos Bedoya Correa
Antioquia · Medellín
Taller de Poesía MECA

Lunario

Uno avanza aunque parezca


que no se mueve.
James Thurber
 
Arde la noche
a cada instante
con más angustia
cuando por fin
yacemos
asfixiados
 
Tus ojos ya en mis labios
han partido
hacia el azul eléctrico
al bailar entre tantas
ausencias
burbujeando
sedientas huellas
de invernaderos
en llamas
 
Al descongelarse el sol
una balsa gaguea
sin más destino

194
Talleres Literarios 2017

que el ártico
esplendor
tiritando a ratos
mi lengua
en tu arpa.

195
Daniel Sanmartín
Antioquia · Itagüí
Taller Letratinta

Ciega noche de
mariposas

Tengo un lápiz de dos puntas, una para rascarme los ojos,


otra para decir las últimas palabras.
Palabras que no escribo y el título está guardado en el haz de la mente.
Sigo pensando en la ciega noche de mariposas…
Quiero decir algo importante; que estoy aquí aunque digan que no
existo.
Si no fuera tan yo, tan breve, pensaría que no he muerto.
He mutado hacia un ciclo de palabras delirantes. Entierro los ojos en el
agua,
no me estanco siendo siempre el mismo.
¿Hasta cuándo seguiremos cayendo? Iré por el mundo buscando esa
mirada en el subsuelo.
Ojos del deseo caen en noches destellantes. Ya tu rostro iluminado no
dice nada.
¿De qué sirve la riqueza si el vaso no se llena?
Estas ramas de carne no dejan avanzar, empiezo a buscar otro cuerpo
para contarle una nueva historia.
Me gustó morir, tal vez, esta noche.

196
Olga Liliana Toro Pineda
Antioquia · Apartadó
Taller de Escritores Urabá Escribe

Poema responsorial

En coro al poema respondemos:


“Hagamos el amor a la guerra”

En este mundo agonizante


el amor no tiene guerra con el odio
el odio no tiene guerra con la alegría
el hombre no conoce al hombre
el hombre no se conoce a él mismo
la guerra no conoce al mundo
el mundo conoce la guerra…
¡Mundo insensato!

“Hagamos el amor a la guerra”

Guerra
Permanente te ocultas en el silencio
tus palabras explotan en la brevedad del tiempo
mis pupilas ven la miseria del destino
¿Somos diferentes a esta bestia?
Nosotros, materia mortal del deseo.

“Hagamos el amor a la guerra”

La guerra al campo…
Lo ha abonado de restos frágiles.

197
Antología Relata

Ha fluido del suelo la savia


en cristales de rubí.
La guerra a las flores…
le ha exudado su belleza.
Sus pétalos, sus hojas desecas
yacen en la arena infértil.
Frío, frío
Ya no hay apariencia en el paisaje
todo se ha perdido.
El árbol, el agua, el maíz, el colibrí…
Sin embargo, en la memoria
vuela con los sueños
La fragancia de las flores
que ordena el amor.

“Hagamos el amor a la guerra”

La guerra va a la guerra
la agonía de la paz llega esquiva
el amor es amor… imperfecto
El polvo vuelve a la carne
no hay nada que perder.
Moremos…
Devoremos esta vida enajenante
donde no somos nadie.
Esta noche libertinos
consumemos como la flor al polen
la abeja al néctar el rocío.
Tal vez mañana no asistiremos
al fuego del amanecer
o quizás los pájaros no canten.

“Hagamos el amor a la guerra”

Le pido al amor
bese con sus dulces labios
a la guerra.
Le pido a la guerra

198
Talleres Literarios 2017

sea un volver a ser


se renueve
mude de piel
deje ver su desnudez.
De no ser así que muera
se sumerja a una muerte cierta.
Y si renace…
sea un volver al ser
traiga consigo la Filantropía.
Se forme en un solo cuerpo… guerra y mundo.
—Guerra no olvides que el amor existe al mundo—.
“Hagamos el amor a la guerra”

Danza de la muerte
(Oda a la muerte)
Vagaba
por un camino pedregoso
por un camino polvoriento
de manglares… que adornaban las orillas

Iba rápido
iba lenta
iba y venía
al encuentro con la muerte

La muerte repentina me abrazó.


Llegó a arrancar una a una
las hojas de mi árbol

La muerte las arrancaba…


yo las recogía.
La muerte las arrancaba…
yo las recogía.
Los mangles y mi árbol se unieron
en la danza de la muerte

199
Antología Relata

Yo danzaba
corría
me adelantaba, me devolvía
le esquivaba a la muerte
recogía las hojas
para llevarlas conmigo

La muerte danzaba
corría
me alcanzaba
arrancaba una a una
las hojas de mi árbol

Y todos bullíamos…
Los mangles, mi árbol
la muerte y yo
en la carrera
en la danza de la muerte

La muerte ya cansada
decide regresar… solitaria
en aquel camino oscuro
entre la bruma

Fui testiga
de que vino, estuvo conmigo
y se fue la muerte

Fui testiga
de que arrancó una a una
las hojas de mi árbol

Fui testiga
de ver a mi árbol
alzar sus ramas
a la vida.
Fui testiga
de que nuevamente

200
Talleres Literarios 2017

florecí
Testifico
La danza de la muerte.
Declaro que un día inesperado
las hojas de mi árbol
ya marchitas…
caerán

201
Rubby Cecilia Santander de Eraso
Nariño · Samaniego
Taller José Pabón Cajiao

Visión de la maestra

En su soñar,
ve la Maestra
desde el cristal
del chismoso ventanal
sus semillas germinar.

Mira niños y adolescentes


envueltos en un torbellino,
con clarinetes, libros, trompetas
girando en un remolino.

Mira en plena danza


hombres elegantes, mujeres como hadas
al ritmo de bambuco y contradanza.

Los protagonistas varias generaciones de


colegiales, músicos, danzantes.
En un toque de magia se convierten en
águilas, cóndores, gorriones y sinsontes.

Los cóndores, las águilas emprenden


El vuelo a las alturas.
Las mirlas, los canarios sí pueden trinar
las codornices, los gorriones, sin poder volar.

202
Talleres Literarios 2017

Loros, gavilanes sin poder cantar


distintos destinos, diferentes criaturas.

Ve la Maestra cromáticas libélulas


reflejadas en el agua azul,
con sus alas vistosas
de delicado y transparente tul.

Mariposas de mágicos colores,


inspiración de dibujantes y pintores,
perdidas, con sus alas quebradas,
por siempre en el fango pegadas.
La Maestra llora…

203
Eliécer Villegas
Valle del Cauca · Zarzal
Taller Ítaca

Poemario

Abandono
La casa aún está allí,
Imperturbable…
Desafiando el tiempo,
indiferente al silencio,
Solitaria, pasiva en su abandono.
Es otra vieja barca
inmóvil como yo,
agonizando, encallada
en la noche sin regreso.

Festín de perro
Cansado y abatido por la pesada carga
que inexorable y ciego me asignó el destino,
quiero terminar mi jornada ya larga
en el próximo recodo del camino.

Arrancaré el corazón del descarnado pecho:


desnudo, palpitante, lo llevaré hasta el cerro,
de dolor desgarrado, por desamor deshecho
será festín del hambre de algún perro.

204
Talleres Literarios 2017

Voraz devorará la carne corrompida,


él se hartará de sangre generosa
y desde allí se escapará la vida
huyendo en la noche silenciosa.

Más allá de la muerte nada espero.


Ningún paraíso ni infierno prometido,
ser un muerto olvidado solo quiero
en el estómago de un perro un corazón digerido.

Soledad de perro y hombre


La calle está desierta, silenciosa
un perro callejero pasea su flacura.
Somos dos con figura caprichosa
buscamos pedazos de pan en la basura.
Él, para calmar su hambre perruna,
yo, ansiando atenuar mi soledad.
Él, abandonado aullándole a la luna:
dos espectros perdidos que imploran caridad.

Él busca para su hambre un hueso,


una sombra despreciada, sucia.
Yo tengo necesidad de un beso,
a mi piel no la roza una caricia.

Así es la vida: a los dos nadie nos quiere,


Nada esperamos de la especie humana.
Cada día de nosotros algo muere,
Todo es oscuro, una noche sin mañana.

205
Mónica Lucía Vivas Albán
Valle del Cauca · Cali
Taller El Cuento de Contar

A dónde fuiste ahora

Nunca nos tomamos un trago juntos, tío


Y ahora brindo por ti en Otra parte
Ganas no nos faltaron, pero la alerta
Siempre estuvo en rojo
Cuánto tiempo duraste muriendo
Del hospital a tu casa
De tu casa al hospital
Más pobre tu cuerpo
En cada vuelta
Cuánto tiempo tuviste
Para verte en lo oscuro
A la espera cada madrugada
De que por fin sucediera
Delirando con volver a preparar
los platillos que te gustaban
Narrabas con aire retrospectivamente
Etílico tus travesuras de infancia y
Juventud, ¡tus amigotes!
Ya no habrá ebriedad, ni tamales
De pipián, ni noches sin término
En la cama metálica
¿A dónde fuiste ahora con
Tus kilos de menos y tu silencio
Ganado a pulso con la muerte?

206
Talleres virtuales
cuento
Catalina Calle Arango
Taller Virtual RELATA

La herencia

No siempre fue rico. Paradójicamente, Horacio Elí Arteta Arteta se crio


en la más extrema inopia, misma de la que aprendió el maquiavélico
oficio de justificar fines en medios que, en su caso, muchas veces fueron
inexcusables.
Su madre, quien lo apellidó Arteta dos veces por no recordar bien
cuál era el responsable de donar la semilla, fue su inspiración en los nego-
cios. A los veintitrés años, con la plata que se ganó apostando en la gallera
local, Horacio abrió su primera empresa: un burdel.
Nunca le faltaron mujeres, aunque parezca obvio. Pero cualquiera
que hubiera tenido la oportunidad de verlo sabría que sus encantos repo-
saban, no en su imagen o su carisma, sino en sus bolsillos.
En cada mano, un sexto dedo atrofiado se nutría de la poca belleza
de las demás falanges, pues parecía engordar a diario como sanguijuela.
Los folículos pilosos de la zona occipital de su cabeza, como si se hubieran
trasladado a su nariz y orejas, descubrían unas verrugas purulentas en la
nuca, originando un peinado ridículo y esos brotes capilares lobulares y
nasales asidores de partículas sospechosas. Sonrisa gingival monstruosa,
estructura ósea diminuta y una forma de vestir rayana en la perversión
eran otras de las características que, junto a la turbieza de sus procederes,
lo hacían un ser despreciable.
Pasados los setenta seguía igual de feo y corrupto, pero mucho más
rico. Por eso siempre estuvo rodeado de amigos, familiares y mujeres,
casi todos ellos serviles y mentirosos, expectantes de su deceso, que no
llegaba. Los únicos a juzgar leales eran sus dos hijos: Efraín y Abel, geme-
los, herederos de la desproporción, el cinismo y la bufonería siniestra.

209
Antología Relata

A pesar de la edad, y contrario a lo esperado, gozaba de excelente


salud. Su muerte, cuando al fin llegó, se debió al ahogamiento con la
envoltura de oro que tenía en uno de sus molares, que se desprendió
mientras extraía restos de comida con la pezuñita que se prolongaba en
la mano izquierda.
Ese día, el de su muerte, la casa se llenó de alegres dolientes que
hacían su debut bien ensayado y que junto a los gemelos retrataban un
circo de caprichos. Pero el viejo siempre supo de las intenciones de los
suyos y también había preparado su rol en el acto final de la obra.
El día aguardado llegó. En el juzgado, mujeres de todas las tallas y
edades, tíos, primos y amigos luctuosos y con mentolín en los ojos enu-
meraban mentalmente las causas por las que debían extraer su tajada.
Simultáneamente y como una conveniente coincidencia, las mujeres
recordaban con asco (cosa que les ayudaba a llorar más) cómo eran abusa-
das por sus dedos tullidos, mientras ellas fingían placeres; y los gritos que
suscitaban los recuerdos eran la antesala a una lectura “esperadamente”
inesperada que estaba por empezar.
El abogado pidió silencio. Se rio, ofreció disculpas. Volvió a reír,
tosió. Y en su bien sufragada complicidad, leyó la escritura de constitu-
ción de testamento dictada por el mismo testador:
“Yo, Horacio Elí Arteta, en fiel uso de mis capacidades físicas y men-
tales, declaro: que mi última voluntad y conociendo el profundo afecto
que ustedes, mis herederos, han profesado hacia mí (reventaron llantos
en la sala), dejo a ustedes, antes que cualquiera de mis numerosos bienes
materiales, mi cuerpo. En prueba del amor que me fue profesado, cada
uno de ustedes, mis amigos y hermanos, recibirá una parte de mi carne,
un miembro, que, ante la presencia de mi abogado y notario público, y
con arreglo legal previo, deberá serme cortado y dado para ingestión de
ustedes mis bien amados, antes de su descomposición”.
En la sala no se escuchó el zumbido de un mosquito, pero el ambiente
comenzó a ponerse denso. Las miradas se cruzaban. La sorpresa trans-
figuraba los rostros antes abatidos en irritados y aturdidos. El abogado
continuó leyendo:
Queridos míos: estando bien al tanto de sus preferencias, me he
atrevido a escoger por ustedes la exquisita parte de mi organismo que
cada uno devorará, estoy seguro, febrilmente. No obstante, mis dos dedos
extra de las manos deberán ser preparados juntos en un paté, para que
todas ustedes, mis amantes mujeres, disfruten sobre la sección del cuerpo

210
Talleres Literarios 2017

que les he escogido. Eso sí, les dejo a su elección el modo de elaborar los
aperitivos de los despojos: en bistec, apanados, fritos, asados al carbón,
gratinados… Las opciones serán aquellas que en sus mentes irreprochables
puedan gestarse. Entrañablemente, desde mi lecho de muerte, Horacio”.
Efraín y Abel fueron los únicos capaces de merendarse la parte del
cuerpo legada por su padre, el corazón. Los demás, el mismo día de la
lectura y desconociendo la cláusula de la adjudicación de bienes que
decía: “cualquiera que se atreva a disentir al primer término de este tes-
tamento, séale depuesto el patrimonio asignado y entregado a mis dos
hijos”, perdieron la posibilidad de sacar partido del sacrificio de acom-
pañar al difunto en vida, cediéndola a disgusto a los que fuesen el retrato
y perpetuación de una inquina, tan pronunciada como la suya.

211
poesía
Naiver Urango
Taller Virtual RELATA · Poesía

Octubre

Quisieras escribir al margen de combustiones


Ida Vitale

frotas un trozo de madera mojado


contra otro

en vano
quieres hacerlo lumbre brasa

no importa
sigues frotando
obstinado en tu tarea cotidiana

como la poesía:

quisieras
hacer subir algún vapor de las cosas

213
Los autores
Talleres Literarios 2017

Alejandro Cotacio
Taller Universitario de Poesía Ulrika · Bogotá
Calarcá, Quindío, 1988. Estudiante de décimo semestre de la Licenciatura en Artes Vi-
suales en la Universidad Pedagógica Nacional. Diplomado en Gestión Cultural del Mi-
nisterio de Cultura. Fotógrafo de grupos internacionales como Café Camará y expositor
en el Festival Internacional de Artes de Manizales. Expositor en el Taller Multinacional
de la Ciudad de México.

Alexánder Giraldo
Taller Écheme el Cuento · Cali
Versalles, Valle del Cauca, 1986. Comunicador social - periodista de la Universidad del
Valle.

Álex Duván Cardozo Gómez


Taller RELATA, Liberatura · Ibagué
Ibagué, Tolima, 1989. Docente de Sociales, egresado de la Universidad del Tolima.
Especialista en Pedagogía de la Universidad del Tolima. Miembro del taller RELATA
desde 2015.

Amparo Herrera Salazar


Taller Bucaramanga Lee, Escribe y Cuenta · Bucaramanga
Vélez, Santander, 1971. Diseñadora industrial de la Universidad Industrial de Santander.
Realizó estudios de pedagogía en la misma institución. Se desempeña como diseña-
dora, ilustradora, docente y promotora de lectura. Recibió una beca en el Programa
Departamental de Estímulos a la Producción y Creación Artística en Santander, en la
categoría de literatura infantil ilustrada (2013), con el libro Fábulas de cabeza. En 2015
recibió el reconocimiento al mejor libro ilustrado para niños, otorgado por el Instituto
Municipal de Cultura y Turismo de Bucaramanga, por su libro La casa.

Ana Milena López Cifuentes


Taller La Poesía es un Viaje · Pereira
Palmira, Valle del Cauca, 1954. Ingeniera agrónoma de la Universidad Nacional de Co-
lombia. Magíster en Agronomía de la Universidad Federal de Bahía, Brasil. Participa del
Encuentro de Poetas Colombianas del Museo Rayo desde 2005. Su formación poética
la ha recibido en el Taller de Filosofía Aluna, dirigido por la poeta Marga López Díaz.
Fundadora del Movimiento Poético Musas de la Casa del Virrey en Cartago, Valle, y del
Recital de Velas y Faroles en Quimbaya, Quindío. Con la Gobernación de Risaralda
presentó su libro de poesía Sinfonía para violín de dos cuerdas en la Feria Internacional
de Libro de Bogotá (2016).

215
Antología Relata

Andrés Felipe Cuéllar Rojas


Taller RELATA, Liberatura · Ibagué
La Plata, Huila, 1994. Estudió Derecho en la Universidad del Tolima. Durante sus estu-
dios participó de proyectos de investigación para finalmente llevar a cabo su trabajo de
grado titulado La protección de los tatuajes en el sistema de derechos de autor colombiano.
En la actualidad se desempeña como abogado litigante. Participa en el Taller RELATA
desde hace tres años.

Anny Katherín Sánchez Díaz


Taller RELATA Cúcuta · Cúcuta
Cúcuta, Norte de Santander, 1993. En 2016 se graduó como comunicadora social de la
Universidad Francisco de Paula Santander. Se desempeña en la línea de acción de la co-
municación para el cambio social. Escribe y asiste al taller de escritura creativa RELATA
desde el 2014.

Armando Jaimes Pérez


Taller RELATA UIS · Bucaramanga
Bucaramanga, Santander, 1989. Estudió Humanidades en Medellín, Antioquia.

Asceneth Bonilla de Paz


Taller RELATA Providencia · Isla de Providencia
Ataco, Tolima, 1945. Creció en la ciudad de Cali, donde cursó estudios primarios y
secundarios; desde muy niña ha sido amante de la lectura, la pintura y las artes. Hace
treinta años vive en la isla de Providencia. Ha asistido a talleres de pintura, y a los de
escritura creativa de RELATA dirigidos por John Taylor.

Aurora Elena Montes Rebollo


Taller José Manuel Arango · Valledupar
Valledupar, Cesar, 1971. Profesional en Psicología, asistente al taller desde el 2012. Sus
textos han sido publicados en las antologías de RELATA (2013, 2015) y en la Antología de
narradores del Caribe. Finalista del Concurso Departamental de Cuento Corto (2014) de la
Gobernación del Cesar.

Benjamín Ríos Escarria


Taller Biblioteca de la Universidad Santiago de Cali · Cali
Palmira, Valle del Cauca, 1949. Fue docente en la ciudad de Cali. Es licenciado en Bio-
logía y Química de la Universidad del Valle.

216
Talleres Literarios 2017

Carlos Bedoya Correa


Taller de Poesía MECA · Medellín
Medellín, Antioquia, 1951. Egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Univer-
sidad Pontificia Bolivariana. Poeta, ensayista, traductor y programador musical. Ha
publicado Pequeña reina de espadas (1985), Víspera del vértigo (2004) y Viajes en la cuerda
floja (2006). En 2002 se publicó en Londres, Inglaterra, su traducción de La escultura,
del poeta hindú Aminur Rahman. Distintos trabajos suyos han aparecido en antologías
realizadas dentro y fuera de Colombia.

Carlos Fernando Gutiérrez Trujillo


Taller de Lectura y Escritura Creativa: Café y Letras, RELATA Quindío · Armenia
Quimbaya, Quindío, 1967. Licenciado en Español y Literatura. Especialista en Enseñan-
za de la Literatura de la Universidad del Quindío. Magíster en Literatura de la Univer-
sidad Tecnológica de Pereira. Autor de los libros de poesía: Ensambles (1990), Geografías
interiores (1996), Territorios (1998), Trazos de ciudad (2006). La poesía en el Gran Caldas,
Estudio crítico (2010). Ganador de premios regionales de poesía y cuento. Compilador
de los libros Narrativas en movimiento I, II y III, del Taller de Lectura y Escritura Creativa:
Café y Letras. Columnista cultural de La Crónica del Quindío. Catedrático de literatura
en la Universidad del Quindío y la Universidad Tecnológica de Pereira. Director del
taller Café y Letras, RELATA Quindío, desde 2006. Jurado y capacitador de escritura
creativa del Concurso Nacional de Cuento RCN-MEN. Escribe artículos de viaje. Fina-
lista del Concurso Internacional de Relatos de Viaje Moleskin (Madrid, 2016). Docente
de secundaria en el departamento del Quindío.

Catalina Calle Arango


Taller Virtual RELATA
Medellín, Antioquia, 1978. Profesional en Comunicación y Relaciones Corporativas y
en Artes Plásticas. Aficionada a la escritura. Ha trabajado en diferentes sectores, pero su
pasión son las artes. La escritura, propiamente, es considerada por ella como una forma
de “retratar” o “representar” el mundo.

Cindy Herrera
Taller de Escritura Creativa: Cuento y Crónica · Cartagena
Cartagena de Indias, Bolívar, 1993. Productora de medios audiovisuales de la Universi-
dad de Bellas Artes y Ciencias de Bolívar y estudiante de octavo semestre de Lingüística
y Literatura de la Universidad de Cartagena. Pertenece al Teatro Estudio Universidad
de Cartagena (TEUC). Actualmente cursa talleres de edición y escritura con el Consejo
Británico, es directora de la revista estudiantil Espejo, locutora en UdeC Radio y se
encuentra desarrollando un montaje teatral para el Festival de Arte Universitario Regio-
nal. El cuento “Adela”, de su autoría, hace parte de la antología Gestación, que recoge
nuevas voces de narradores del Caribe colombiano.

217
Antología Relata

Clarivel Naranjo Rodas


Taller Nautilus · Tuluá
Tuluá, Valle del Cauca, 1964. Licenciada en Educación Física en la Unidad Central del
Valle del Cauca. Especialista en Lúdica y Recreación para el Desarrollo Social y Cultural
en la Universidad Los Libertadores de Bogotá. Docente literaria. Ha pertenecido duran-
te más de veinte años a la Estudiantina Cedeño como guitarrista y participa desde hace
cinco años en el taller de escritura creativa.

Cristian Camilo Hidalgo García


Taller Plumaencendida · Envigado
Itagüí, Antioquia, 1992. Estudiante de último semestre de Estadística en la Universidad
de Antioquia. Ha colaborado en proyectos de investigación en economía y en ciencias
de la vida y la salud. Es asistente a talleres literarios de RELATA desde el 2014. Ganador
del Primer Concurso de Poesía de Itagüí Letras para Ser (2014). Segundo puesto en el
Premio Departamental de Poesía José Santos Soto, Tarso, Antioquia (2016.)

Cristina Herrera Miranda


Taller Caminantes Creativos · Barranquilla
Estudiante de décimo grado en la Institución Educativa Las Flores. Le encanta leer y
escribir. Desde 2014 hace parte del taller literario.

Daniel Alonso Carbonell Parody


Taller Literario José Félix Fuenmayor · Barranquilla
Barranquilla, Atlántico, 1993. Estudiante de Licenciatura en Español y Literatura. Gana-
dor del Tercer Premio Regional de Poesía Mesa de Jóvenes de PoeMaRío (Barranquilla,
2017). En el 2010 fue uno de los ganadores de la cuarta versión del Concurso Nacional
de Cuento RCN-MEN, premiado en el marco del Hay Festival en Cartagena. Desde el
año 2011 hace parte del Taller Literario José Félix Fuenmayor.

Daniel Sanmartín
Taller Letratinta · Itagüí
Itagüí, Antioquia, 1990. Ha estudiado en el SENA cursos de emprendimiento laboral.
Participó en el Primer Intercambio de Experiencias Significativas Talleres de Escritores
Municipios de La Estrella e Itagüí (2016), en la Segunda Velada Literaria Municipio de
Don Matías (2016) y en el Primer Intercambio Literario de Escritores de Envigado e
Itagüí, Asedios Verbales a la Cotidianidad (2017). Fundador del programa cultural Poesía
Orgánica, de Itagüí.

218
Talleres Literarios 2017

Daniela Guzmán Gutiérrez


Taller La Voz Propia · Pelaya
Pelaya, Cesar, 2001. Vive en Pelaya, Cesar. Estudia en la Institución Educativa José María
Torti Soriano.

David Cabarcas Salas


Taller de Cuento Ciudad de Bogotá · Bogotá
Barranquilla, Atlántico, 1985. Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana de la
Universidad del Atlántico. En el 2010 se radicó en Bogotá para desempeñarse como
profesor de Español y Literatura de la Secretaría de Educación Distrital. Posterior-
mente logró el título de magíster en Literatura y Cultura en el Instituto Caro y Cuervo.
Finalista del Concurso Nacional de Cuento RCN en el 2007, con “Espejo de burbujas”.
En la actualidad edita la revista pedagógica y literaria Eslabón de la Institución Villas del
Progreso. Dirige el colectivo literario estudiantil Cadáver Exquisito. Ha participado en
talleres de escritura creativa distritales y locales de la ciudad de Bogotá.

Eliécer Villegas
Taller Ítaca · Zarzal
Zarzal, Valle del Cauca, 1949. Periodista, poeta y conferencista. Ha publicado dos libros:
Derecho a soñar (2002) y Huellas (2010). En el 2016 recibió un reconocimiento de la
Alcaldía de Zarzal, que lo distingue como poeta representativo del municipio.

Felipe García Quintero


Taller Permanente de Formación Literaria · Popayán
Bolívar, Cauca, 1973. Profesor titular del Departamento de Comunicación Social de la
Universidad del Cauca. Director del Taller Permanente de Formación Literaria, afiliado
a RELATA. Doctor en Antropología de la Universidad del Cauca. Obtuvo los títulos
de magíster en Filología Hispánica del Instituto de la Lengua del Consejo Superior de
Investigaciones Científicas de España (2005) y el de Estudios de la Cultura de la Univer-
sidad Andina Simón Bolívar, sede Quito, Ecuador (2003). Autor, entre otros, de los libros
de poesía Vida de nadie (Premio Internacional de Poesía “Encina de la Cañada”, España,
1999), La herida del comienzo (Granada, 2005), Mirar el aire (Bogotá, 2009; Buenos Aires,
2016), Algún latido (Valparaíso México, 2016); La piedad. Poesía reunida (1994-2013) (Mé-
xico, 2013) y Cavado (hasta el silencio), con prólogo de María Ángeles Pérez (Sevilla, 2016).

Francisco Bárcenas Feria


Taller Grupo Literario Manuel Zapata Olivella · Montería
Córdoba, Montería, 1997. Estudiante de Licenciatura en Humanidades - Lengua Caste-
llana de la Universidad de Córdoba, Montería.

219
Antología Relata

Gloria Álvarez Arrieta


Taller La Caza de Las Palabras · Pereira
Chinú, Córdoba, 1970. Licenciada en Español y Literatura de la Corporación Universi-
taria del Caribe. Especialista en Ética y Pedagogía de la Fundación Universitaria Juan de
Castellanos; docente y asistente al taller de RELATA La Poesía es un Viaje desde el 2014
y actualmente en La Caza de las Palabras. Participó en la Antología Relata 2015.

Guillermo Salazar Jiménez


Taller de Lectura y Escritura Creativa: Café y Letras, RELATA Quindío · Armenia
Manizales, Caldas, 1947. Reside en el Quindío. Tiene estudios de pregrado y posgrado
en Pedagogía, Administración y Planificación de la Educación, realizados en Colombia
y en Francia. Profesor en colegios y de planta en la Universidad del Valle en la Maestría
en Administración y Planificación de la Educación, desde 1975. Investigador en el grupo
de Educación Popular hasta su jubilación y asesor de varias universidades, países y orga-
nismos internacionales. Escritor de libros académicos.

Hernán Aragonez Trujillo


Taller José Eustasio Rivera, RELATA Huila · Neiva
Neiva, Huila, 1991. Licenciado en Lengua Castellana de la Universidad Surcolombiana.
Finalista del Concurso Departamental de Minicuento Rodrigo Díaz Castañeda (2013 y
2014); segundo puesto del Concurso Departamental de Cuento Humberto Tafur Charry
(2014); tercer puesto del primer Concurso de Microrrelatos Cervantinos (2016), convo-
cado por la librería Pynchon&Co y la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervan-
tes, en Alicante, España, y tercer puesto en el concurso de cuento “El leer no ocupa
lugar” de Tala, Uruguay (2016). Su microrrelato “Absurdo” fue incluido en la antología
Porciones del alma III por la librería Diversidad Literaria, y su cuento “Te acuerdas de
papá” fue incluido en la antología Cuentos cortos para esperas largas del Festival de Lite-
ratura de Pereira, Risaralda.

Hugo Armando Arciniegas Díaz


Taller RELATA UIS · Bucaramanga
Bucaramanga, Santander, 1994. Licenciado en Español y Literatura por la Universidad
Industrial de Santander. Miembro activo del grupo de investigación Glotta, adscrito
a la Escuela de Idiomas de la UIS. Director del taller de escritura creativa del progra-
ma Literatura al Aula (2016) y del taller de escritura del programa LEO (2017), ambos
apoyados por el Instituto Municipal de Cultura y Turismo de Bucaramanga. Director del
taller de escritura creativa Libertad Bajo Palabra (2017) en el Establecimiento Peniten-
ciario de Máxima y Mediana Seguridad de Girón. Poemas, cuentos y ensayos suyos han
aparecido en los libros El desamparo y la compañía (2016), La arcilla de los días (2017) y
Cultura, identidad y música en el Gran Caribe: una aproximación en tres dimensiones (2017),
así como en diversos medios nacionales y extranjeros como La Tercera Orilla, Suma
Cultural, Literariedad y Letralia, entre otros.

220
Talleres Literarios 2017

Jesús David González Romero


Taller Permanente de Dramaturgia · Manizales
Manizales, Caldas, 1986. Licenciado en Artes Escénicas con énfasis en Teatro de la
Universidad de Caldas. Participa en el Taller Permanente de Escritura Dramática, desde
su conformación en abril de 2009. Ha participado en la Cuarta Residencia Artística en
Dramaturgia, Encuentro de Jóvenes Dramaturgos, organizada por la Red Nacional de
Dramaturgia Colombiana (Manizales, 2009); en el curso Memoria y Representación,
réplica del curso dictado por el maestro Arístides Vargas, impartido por el docente
Carlos Molano para integrantes de la Red de Dramaturgia Colombiana (Manizales,
2010), y en el Taller de Dramaturgia Contemporánea, organizado por la Fundación
Gestión Colombia con el apoyo de la Red de Dramaturgia foco Manizales y el Instituto
de Cultura y Turismo (2010). Su obra Roja lluvia ha sido premiada con el primer puesto
en el Concurso Dramaturgia texto corto, y fue publicada por la Revista Colombiana de
las Artes Escénicas, vol. 4 (2010).

John Jairo Ortega


Taller de Crónica Ciudad de Bogotá · Bogotá
Bogotá, Cundinamarca, 1978. Comunicador, locutor y estudiante de Licenciatura
en Educación de la Universidad Javeriana. Se ha especializado en lengua castellana,
escritura creativa y corrección de estilo. Participó del Taller de Escritura Los Habladores
con el maestro Cristian Valencia y del TEUC con el escritor Óscar Godoy. Ganador del
V Taller de Crónica del FCE, dictado por el novelista Sergio Ocampo Madrid. El texto
completo fue publicado en El Tiempo en abril de 2017. Trabajó como jefe de redacción
en la revista Ex-Libris, en la que publicó sus primeros cuentos. Actualmente es editor de
la revista aeronáutica AeroErmo. El texto que aparece en esta edición fue producto del
trabajo realizado en el taller de crónica, con el maestro Julián Isaza.

José Alfonso Vergara Herazo


Taller Páginas de Agua · Sincelejo
Corozal, Sucre, 1997. Graduado como bachiller de la Escuela Normal de Corozal en el
2013. Estudió Fonoaudiología en la Universidad de Sucre. Ha participado en diferentes
recitales poéticos, exposiciones de arte, programas de televisión y radio a nivel local.

José David Tabares


Taller Plumaencendida · Envigado
Envigado, Antioquia, 1965. Empleado en riesgos y medio ambiente del municipio de
Envigado. Integrante del taller desde 2012. Asesor de los periódicos Órbita y La Piedra
del Ayurá, en los que también publica sus escritos. Ha publicado en la revista Arcades y
en el folleto Palabras vivas, muestra literaria del taller.

221
Antología Relata

Juan Esteban Quintero


Taller Voces del Majuy · Cota
Cota, Cundinamarca, 1999. Estudiante del Colegio Departamental Parcelas del munici-
pio de Cota, Cundinamarca Ha ganado varios concursos de cuento y poesía a nivel local.

Luis Eduardo Valdés


Taller Permanente de Escritores Guaviarí · San José del Guaviare
Acacías, Meta, 1966. Realizó estudios de Licenciatura en Lingüística y Literatura de
la Universidad de la Sabana y se especializó en Lúdica y Recreación en la Universidad
Los Libertadores. Autor de las obras: La Casa del aguacate, Una visión, Sueños en papel,
Puinabe, La muerte del mercenario y de la obra monográfica colectiva San José: capital
de la esperanza colombiana, acercamiento a su historia. Ha representado al Guaviare en
eventos literarios.

María Inmaculada López


Taller Palabra Mayor · Cali
Versalles, Valle, 1963. Disfruta pintar, cocinar, leer y escribir. Escribe porque es un ma-
nantial expresivo de puntos de vista, sentimientos y pensamientos.

Mario Alberto Bermúdez


Taller Rayuela · Pamplona
Cumaral, Meta, 1990. Estudia en la Universidad de Pamplona y pertenece al taller desde
febrero de 2017. Desde muy joven se fue interesando por las caricaturas, los cuentos, las
novelas y la poesía; esta última lo introdujo en un mundo en el que ha intentado plas-
mar su mirada de lo que le rodea, a través de la imaginación, sueños e irrealidades.

Mario Castro Ibarra


Taller de Narrativa La Tinaja de Chía · Chía
Barranquilla, Atlántico, 1951. Vive en Chía, Cundinamarca Ingeniero electrónico de la
Universidad Distrital, en donde mantuvo un periódico mural que daba cuenta de la
vida estudiantil de los años setenta. Ingeniero de Telecom y editor de la revista Teleco-
municaciones hasta 2002. Cursó el Taller de Escritura de Guion Cinematográfico por
SYD FIELD (Escuela de Cine Black María). Ha recibido entrenamiento en Adaptación
de Texto Dramático a Guion de Cine (Teatro Nacional), Dramaturgia y Puesta en Escena
(Universidad Distrital) y talleres de dramaturgia con Sandro Romero Rey, Pedro Rozo
y Camilo Ramírez. En 2004 ejerció como crítico teatral para el IX Festival Iberoameri-
cano de Teatro de Bogotá. En 2007 se convirtió en el director de la Fundación Cultural
Cundinamarte. De 2008 a 2011 fue consejero de Cultura. Miembro fundador del Taller
de Narrativa La Tinaja. Ha publicado El Camino fácil a Multimedia (1996) y algunos
cuentos en las antologías I, II, III y IV de La Tinaja. En 2016 obtuvo un premio departa-
mental de narrativa.

222
Talleres Literarios 2017

Miguel Antonio Peña Peña


Taller Manuel María Aya Díaz · Fusagasugá
Bogotá, Cundinamarca, 1965. Abogado de la Universidad Nacional de Colombia y
especialista en Gobierno Municipal de la Universidad Javeriana. Fue coordinador
jurídico de la Alcaldía Local de La Candelaria, en Bogotá, y secretario de Gobierno de
los municipios de Guasca y Gachetá, en Cundinamarca. Actualmente se desempeña
como asesor y consultor independiente. Creador del sitio web [Link].
[Link], especializado en divulgación y orientación de temas jurídicos de interés para la
administración municipal.

Mónica Lucía Vivas Albán


Taller El Cuento de Contar · Cali
Popayán, Cauca, 1964. Vive en Cali, Valle del Cauca. Es promotora de lectura en la Red
Nacional de Bibliotecas de Colombia. Su taller Cocina y Letras convoca a diversos pú-
blicos alrededor de la palabra y el paladar, como herramientas del bienestar humano.

Naiver Urango
Taller Virtual RELATA
Momil, Córdoba, 1990. Ha publicado el libro de poemas Diario de un poeta remanente
(2015), con el cual fue segundo finalista del Premio Nacional de Literatura Manuel
Zapata Olivella (modalidad poesía, 2012). Algunos textos suyos han aparecido en el pe-
riódico digital Panorama Cultural de Valledupar y en las revistas Otro Páramo de Bogotá
y [Link] de Venezuela. Obtuvo mención especial en el II Concurso Mesa de
Poesía Joven de Barranquilla. Administra el blog de literatura [Link]
y es fundador del Colectivo Literario La Garza.

Natalia Rozo Vanegas


Taller José Eustasio Rivera, RELATA Huila · Neiva
Neiva, Huila, 1997. Estudia Derecho en la Universidad Surcolombiana. Se declara una
lectora aficionada que osadamente pretende escribir.

Natalie Sánchez
Taller de Novela IDARTES · Bogotá
Bogotá, Cundinamarca, 1991. Ha escrito para las revistas Papel de Colgadura, Semana y
SoHo. Autora publicada en la antología Bogotá cuenta con la crónica “Ay sí, papi, qué
rico”. Graduada en Comunicación Audiovisual de la Universidad Javeriana. Trabajó en la
librería La Madriguera del Conejo y actualmente es la editora de la revista de arte StopArt.
com. Ganadora de la beca del taller de crónica en Bogotá, la de escrituras creativas de
Chapinero y del taller de cuento con la escritora Fernanda Trías. Actualmente está escri-
biendo la novela La cólera en los tiempos del amor con la tutoría del maestro Óscar Godoy.

223
Antología Relata

Nixon Felipe Sandoval Fuentes


Taller Fernando Soto Aparicio (FERSOAP) · Jericó
Jericó, Boyacá, 2003. Actualmente tiene trece años y cursa el grado octavo en la Sede
Central Kennedy.

Olga Liliana Toro Pineda


Taller de Escritores Urabá Escribe · Apartadó
Apartadó, Antioquia, 1972. Estudiante de Derecho de la Universidad de Antioquia;
integrante del taller de escritores desde hace dieciocho años. Escribe poesía y cuento.
Sus textos han sido publicados en la revista literaria Kalu (2003, 2006), en el libro de
textos escogidos Ambrosía y cicuta (2006), en la antología Policromías literarias, proyecto
ganador de la Segunda Convocatoria de Estímulos al Talento Creativo (2013), del
Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia, y en el libro Antología poética Las musas
cantan, proyecto ganador de la Convocatoria Pública en Cultura y Patrimonio (2016),
del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia.

Óscar Godoy Barbosa


Taller de Novela IDARTES · Bogotá
Ibagué, Tolima, 1961. Comunicador social - periodista de la Universidad Externado de
Colombia, con Diploma de Segundo Ciclo en Estudios de América Latina, con énfasis en
Literatura, de la Universidad Sorbona III, París, y una maestría en Escrituras Creativas en
la Universidad de Texas en El Paso, UTEP. Ejerció el periodismo por doce años en diarios
y revistas de circulación nacional. Profesor del Taller de Escritores de la Universidad
Central (TEUC) desde el año 2000, y de los programas de Creación Literaria (pregrado,
especialización y maestría) de esa misma casa de estudios, desde 2008. Ganador del
Concurso Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira (1999) con Duelo de miradas;
del Concurso Nacional de Cuento para Trabajadores (1998), con “Mis jueves sin ti”; del
Premio Distrital de Cuento Ciudad de Bogotá (2014), con “La castigada”, y segundo
premio en el Concurso Nacional de Cuento Bogotá Capital Mundial del Libro (2008),
con “Susana y el sol”. Ha publicado las novelas Duelo de miradas (2000), El arreglo (2008)
y Once días de noviembre (2015, 2017), y el e-book de cuentos Desde mi ventana (2017). Sus
cuentos han sido publicados en diversas antologías y revistas literarias.

Ramiro Octavio Saldaña Fonseca


Taller Maniguaje · Florencia
Bogotá, Cundinamarca, 1970. Publicista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano (1999),
estudiante de Licenciatura en Lengua Castellana y Literatura de la Universidad de
la Amazonia. Editor y productor de libros como Florencia fotogénica y De La Perdiz a Flo-
rencia: Cien años de municipalidad. Fundador y editor de la Revista Literaria Cuatroletras.

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Talleres Literarios 2017

Ricardo Alfonso Pacheco Soto


Taller Maskeletras · Barranquilla
Barranquilla, Atlántico, 1983-2016. Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana.
Magíster en Literatura Hispanoamericana y del Caribe de la Universidad del Atlántico.
Ejerció la docencia en el sector público del distrito de Barranquilla.

Rubby Cecilia Santander de Eraso


Taller José Pabón Cajiao · Samaniego
Samaniego, Nariño, 1941. Maestra de profesión. Ha trabajado cívicamente desde los
dieciséis años. Ha ocupado los cargos de alcaldesa, personera municipal y revisora fiscal
en la Contraloría del Departamento de Nariño. Hace parte del Concejo Municipal de
Cultura. Cofundadora del Concurso Departamental de Bandas, fundadora de la Escuela
de Música, del Ballet Proyección Folklórica Dancemos y del grupo cívico Amor por
Samaniego.

Salomé Cohen Monroy


Taller de Cuento Ciudad de Bogotá · Bogotá
Bogotá, Cundinamarca, 1992. Editora de literatura contemporánea de Laguna Libros.
Escribe ocasionalmente para revistas y periódicos, como El Espectador, Bacánika y Cartel
Urbano. Estudió Ciencia Política y ha tomado varios talleres de escritura creativa con
autores como Fernanda Trías y Alberto Salcedo Ramos. Tradujo del francés la novela
gráfica Irene y los clochards.

Sonia Emilce García Sánchez


Taller de Creación Literaria Comedal · Medellín
Envigado, Antioquia, 1967. Licenciada en Educación Especial de la Universidad de
Antioquia. Asesora pedagógica. Ha publicado El zoocielo (2014) y Un regalo inusual
(2016). “El lápiz labial de mamá” hace parte de una serie de quince cuentos cortos sobre
Maú Down. Algunos de ellos se han publicado en Cuentos para toda clase de niños, de la
colección Palabras Rodantes de Comfama y el Metro de Medellín; Gotas de Tinta (revista
digital); Antología del taller de escritores - Universidad de Antioquia y Asmedas; Antología del
taller de escritores de la Universidad de Antioquia y Trabajos del taller II.

Teresa Aidee Encalada Arboleda


Taller Voces en el Estero · Buenaventura
Buenaventura, Valle del Cauca, 1967. Docente del Colegio San Sebastián Micolta en
la ciudad de Buenaventura. Licenciada en Español y Comunicación Audiovisual de la
Universidad Tecnológica de Pereira. En 2016 se vinculó de manera permanente al Taller
Voces en el Estero como participante.

225
Antología Relata

Víctor Camilo Ronchaquira Gamboa


Taller Arauca Lee, Escribe y Cuenta · Arauca
Pasto, Nariño, 1999. Actualmente cursa grado undécimo en la Institución Educativa
Simón Bolívar, de Arauca.

Yeison Medina
Taller Tríade Literario · Itagüí
Itagüí, Antioquia, 1988. Su poesía ha aparecido en el folleto literario Dí Arte de la Cor-
poración Cultural Tríade Poliartístico (2013, 2017) y en las revistas peruanas de literatura
El Bosque (2015, 2017) y Sieteculebras (2015). Ha participado en IX Festival de Poesía al
Parque de Itagüí (2013), IV Festival de Poesía Comuna 6 de Medellín (2016), XXVI Fes-
tival Internacional de Poesía de Medellín (2016) y VIII Festival Internacional de Poesía
de Manizales (2017), entre otros. Con su cuento “Suena el silbato…” ocupó el segundo
lugar en el concurso “¿Cuál es tu cuento con el fútbol?”, categoría Adultos, organizado
por la Universidad Pontificia Bolivariana (2017).

Yeraldín Mejía Díaz


Taller Cantos de Juyá · Riohacha
Maicao, La Guajira, 1974. Narradora. Trabajadora social de profesión, con cuentos
publicados en la antología Cuatro lados cuatro caras; una crónica suya fue publicada en
País en una gota de agua, editado por el Banco de la República y la Pontificia Universi-
dad Javeriana.

Yulieth Mora Garzón


Taller de Cuento Ciudad de Bogotá · Bogotá
Bogotá, Cundinamarca, 1992. Comunicadora social y periodista con especialización en
Creación Narrativa de la Universidad Central. En 2012, su cuento “Accidentes pasaje-
ros” obtuvo el segundo lugar en la IV versión del Concurso de Cuentos Bogotanadas,
organizado por Libros y Letras; en 2013 la revista Etcétera de Ambidiestro Editorial pu-
blicó su poema “Los perseguidos” en la edición sobre fobias y filias, y en 2015 su poema
“Calle 45” fue publicado en la revista El Malpensante. Fue periodista de la Revista Séneca
de la Asociación de Egresados de la Universidad de los Andes; sus textos periodísticos
y literarios han aparecido en medios como El Tiempo, Portafolio, El Espectador, Cromos,
Revista Séneca, [Link], [Link], [Link] y revista Etcétera, entre otros. Actual-
mente, dirige su agencia digital Contenidos La Máquina, escribe en su blog todasmis-
[Link] y participa del proyecto [Link].

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