Ciclo Básico Común - Antropología - Unidad 1
Determinismo biológico y simplificación de lo humano
J. Ghiglino
Es habitual suponer que nuestras conductas arraigan en difusos factores innatos, 2
tales como el temperamento o los genes. Eso, de una forma u otra se nos enseña y lo
aprendemos. Lo innato, lo heredado, adquieren así un valor explicativo de las prácticas
de los sujetos en particular y de las prácticas sociales en general. Así es que tendemos a
pensar los fenómenos y procesos sociales, aunque más no sea en forma implícita, en una
relación de inherencia o determinación biológica. Por ende nos es difícil desarticular
estas ideas -prejuicios-, no sólo en la trama de la vida cotidiana y los discursos públicos,
sino en el quehacer científico. Estas ideas nos otorgan argumentos de aceptación,
mistificación y justificación de las condiciones de dominación y control social.
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Las consecuencias de estos argumentos son diversas, algunos pueden resultar
inocuos y otros no. Veamos: dada la tan amplia gama de conductas humanas, frente a la
cual no disponemos de explicaciones simples y de pronta corroboración empírica, la
interpretación de lo social que apela a “teorías” biológicas, provee de respuestas
“satisfactorias”. Por ejemplo, la sistemática comparación entre el comportamiento de los
animales y el nuestro, como vía de resolución a múltiples interrogantes. “Teorías” que nos
exculpan de toda responsabilidad en torno a la desigualdad social y problemáticas varias
que intentamos soslayar y justificar (p.e. es “natural” que haya pobres y ricos). En un 2
extremo de este tipo de interpretaciones se encuentra la afirmación de postulados racistas
(p.e. la supuesta existencia de diferencias biológicas significativas entre las poblaciones
humanas) o la validación de la violencia social (el supuesto “instinto de agresión”), a partir
del cual las guerras y otras formas de violencia encontrarían su explicación.
Las ciencias hoy, sean la física, la biología, la psicología o la sociología en gran
medida, y a diferencia de las concepciones que han predominado en el siglo XIX y las
primeras décadas del siglo XX, se orientan a pensar los fenómenos de la naturaleza y los
fenómenos sociales desde enfoques que refutan la causalidad y el determinismo. No
obstante, las concepciones deterministas -y en forma concomitante la simplificación de
fenómenos y procesos en términos reduccionistas-, conforman gran parte del conocimiento
difundido como científico en la actualidad. El reduccionismo en el trabajo científico
consiste en subsumir fenómenos de un determinado nivel de análisis, p.e. el nivel socio-
cultural, a otro nivel de análisis, p.e. el nivel biológico. Se produce así una reducción de la
complejidad que caracteriza el primer nivel y de la complejidad en el conocimiento de los
mismos
Las incidencias en el campo de lo social y de lo psicológico de toda teoría
determinista, y sobre todo de teorías deterministas biológicas, no sólo son de orden teórico
y metodológico. Constituyen falacias en el campo específico de la construcción de teorías
científicas y a su vez operan como dispositivos que ocultan y distorsionan distintas
realidades sociales.
Una falacia paradigmática es el “darwinismo social”, tendiente a legitimar en sus
orígenes (siglo XIX) la “superioridad europea” en el marco de la expansión colonial
capitalista. El determinismo biológico, a través de una de sus ideas centrales, la
naturalización de lo social, genera formas sistemáticas que inducen a la aceptación del
orden dado, sea hoy la complejidad y complejidades que encierran los procesos de
globalización. El discurso económico hegemónico, entre otros, “explica” las crisis
económicas en términos de “comportamiento” de los mercados, como si estos tuviesen
vida propia.
Determinación biológica y potencialidad biológica
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Hemos planteado ya que el sustrato argumentativo de las postulaciones racistas es el
determinismo biológico1. Ejemplos de esto lo constituyen formulaciones tales como la
“teoría del criminal nato” y la “craneometría”, entre otras. Estas “teorías” pretenden
explicar a partir de rasgos fisonómicos, tales como el tamaño del cráneo o peso del
cerebro, tendencias criminales o capacidades intelectivas diferentes entre los grupos
humanos. Estas afirmaciones, de tan marcado predicamento hacia fines del siglo XIX, se
reactualizan a través de formas más sutiles, como la utilización de tests de inteligencia con
fines discriminatorios. 2
Desde este tipo de “razonamiento”, los humanos seríamos el resultado de
determinaciones biológicas y no por el contrario, la expresión de la potencialidad biológica
y la variabilidad genética de la especie, entendidas estas dimensiones siempre en relación
con el ambiente y los procesos históricos.
“La búsqueda de la base genética de la naturaleza humana en
las conductas específicas es un ejemplo de determinismo biológico.
La búsqueda de leyes generadoras subyacentes expresa el concepto
de potencialidad biológica. El problema no se plantea en términos de
naturaleza biológica contra lo adquirido no biológico. Tanto el
determinismo como la potencialidad son teorías biológicas; pero
buscan la base genética de la naturaleza humana en niveles (...)
diferentes” (Gould 1988 : 349).
La Sociobiología ejemplifica la primera de las teorías que menciona Gould, o sea
el determinismo biológico, mientras que la potencialidad biológica da cuenta de las
características genéticas que nos constituyen. Estas características abarcan desde
parámetros biológicos -genotípicos y fenotípicos- a diversas aptitudes: motrices,
sensoriales, intelectivas que pueden desarrollarse plenamente o no. Un niño, por
ejemplo, puede tener un “oído absoluto”, como Mozart, pero si dicha aptitud no es
reconocida por su entorno inmediato, sea porque ese entorno jerarquiza otras aptitudes y
prácticas, y no la música, sea porque ese niño y su entorno se encuentran atravesados
por carencias socio-económicas, su vida transcurrirá sin el despliegue de tal aptitud.
La naturaleza humana
La naturaleza humana ha ocupado y ocupa a los hombres en preguntas tales como:
¿qué es aquello que la caracteriza? o ¿qué es aquello que le es distintivo? Sin duda las
preguntas mismas son constitutivas de su carácter, así como las respuestas, sea que
provengan del campo religioso, filosófico, científico, del sentido común o del arte.
Hemos elegido aquí una breve reflexión acerca de las necesidades humanas. La
cuestión de las necesidades básicas y la “función” de las instituciones en tanto respuesta
1
Esta crítica se centra en las concepciones biológicas de lo social, no en la Biología en sí, sino
en las formas de apropiación y extrapolación de teorías biológicas a distintos campos de las
ciencias sociales.
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a las “necesidades básicas” no se agota en la instancia biológica. Toda necesidad
humana es a su vez simbólica y sitúa al hombre en su propia complejidad2.
“Con la palabra complejo no estamos dando una explicación
sino que señalamos una dificultad para explicar (...) si existe un
pensamiento complejo (...) este no será un pensamiento capaz de
abrir todas las puertas (...) sino un pensamiento donde esté presente
la dificultad” (Morin 1995: 421). 2
La multiplicidad de los actos humanos y la multiplicidad de significaciones que
invisten a estos actos, sea los modos de transformación de la naturaleza, sean las
creaciones más bellas de las que hemos sido y somos capaces, como de aquellas más
cruentas y atentatorias hacia nosotros y hacia los otros seres de la naturaleza, sitúa a la
dimensión de la cultura como aquello que nos otorga especificidad.
“La humanidad tiene hambre, es cierto. Pero tiene hambre ¿de
qué? y ¿cómo? Aún tiene hambre en el sentido literal, para la mitad
de sus miembros y este hambre hay que satisfacerlo, es cierto. Pero
¿sólo tiene hambre de alimento? ¿En qué difiere, entonces, de las
esponjas o de los corales? ¿Por qué ese hambre, una vez satisfecho,
deja siempre aparecer otras preguntas, otras demandas? (...) La
humanidad tuvo y tiene hambre de alimentos, pero también de
vestidos y después de vestidos distintos a los del año pasado, tuvo
hambre de coches y de televisión, tuvo hambre de poder y hambre de
santidad, tuvo hambre de mística y hambre de saber racional, tuvo
hambre de calor y fraternidad, pero también hambre de sus propios
cadáveres, hambre de fiestas y hambre de tragedias y ahora parece
tener hambre de luna y de planetas (...) El hombre no puede existir
sino definiéndose cada vez como un conjunto de necesidades y de
objetos correspondientes, pero supera siempre estas definiciones y, si
las supera (...) es porque él las inventa- no en lo arbitrario
ciertamente, siempre está la naturaleza, el mínimo de coherencia que
exige la racionalidad y la historia precedente” (Castoriadis 1993:234-
235).
Señalar nuestra especificidad, no significa erigir al hombre como “rey de la
creación” sino destacar aquello que nos caracteriza como especie, en última instancia la
capacidad de crear representaciones, imágenes, la capacidad de simbolizar que atraviesa
todo acto humano en toda cultura.
2
La noción de complejidad de lo humano no excluye la complejidad de lo no humano.
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