La persona con discapacidad:
sujeto protagonista
de la pastoral
La persona con discapacidad, en su entrañable riqueza, es un desafío constante para la
Iglesia y la sociedad, un llamado para que se abran al misterio que ella presenta.
La persona con discapacidad es, con pleno derecho, sujeto protagonista de la pastoral.
La discapacidad no es un castigo. Es un lugar cualificado en el que Dios manifiesta su
amor, y que será coronado con la gloria de la resurrección.
Esta ficha quiere ser una ayuda para descubrir en la persona con discapacidad un sujeto
protagonista de la acción pastoral de la Iglesia y en la Iglesia.
Se les confía a todos, para que integren e incorporen a pleno título a las personas con
discapacidad en la vida de la Iglesia y de la sociedad, valorando los dones que ellas
poseen y fomentando la reconciliación allí donde se hayan cometido faltas contra ellas,
para crear, en el espíritu del Gran Jubileo, una mentalidad de aceptación, promoción y
solidaridad.
El Comité Organizador
Roma, 7 de abril de 2000
Tomado de:
[Link]
LA PERSONA CON DISCAPACIDAD:
SUJETO PROTAGONISTA DE LA PASTORAL
Premisa
“Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos
administradores de las diversas gracias de Dios. Si alguno habla, sean palabras de Dios;
si alguno presta un servicio, hágalo en virtud del poder recibido de Dios, para que Dios
sea glorificado en todo por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los
siglos de los siglos. Amén”(1Pe 4,10-11).
La persona con discapacidad, creada a imagen de Dios, lugar de la manifestación
de su amor y testigo cualificado de humanidad, es responsable, en modo directo, de su
propia historia y de su vida, como cualquier otra persona.
El Señor Jesús llama a todos a ser sus discípulos, a abrirse al don de la comunión
con el Padre y con los hermanos/as en la fe, a compartir con los demás las riquezas que
Dios da a cada uno (cf. 1Cor 1,5-7; 7,7; 14; Rm 12,6-8; Ef 4,7-16). Por ello, también las
personas con discapacidad reciben del Señor la misma llamada a vivir el discipulado en
modo responsable y activo, y a enriquecer al pueblo de Dios con los dones que el Señor
les confía, para hacer que su Esposa resplandezca (cf. Ef 5,27).
La Iglesia, Esposa de Cristo, solícita y sensible con todos sus hijos e hijas, pone su
interés en ellos, para que puedan progresar en modo responsable y personal en el
crecimiento de la fe, en la comunión con Dios, en el descubrimiento de los dones de
Dios recibidos para el bien común y en las posibilidades de poner estos dones a
disposición de los demás. Para esto, ella sale al encuentro de las personas con
discapacidad para comunicarles “la multiforme gracia de Dios” y para asignarles el
lugar que les corresponde en cuanto personas bautizadas, que como las demás “son
iguales en dignidad frente a Dios y tienen la misma llamada divina” (Obispos de
[Link], Lineamientos para la celebración de los Sacramentos con Personas con
discapacidad, 1995).
Sujetos de la pastoral
“Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a
sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu
beneplácito”(Lc 10,21).
“Pero bien sabéis que una enfermedad me dio ocasión para evangelizaros por primera
vez; y, no obstante la prueba que suponía para vosotros mi cuerpo, no me mostrasteis
desprecio ni repulsa, sino que me recibisteis como a un ángel de Dios: como a Cristo
Jesús”(Gal 4,13-14).
“Todos los miembros del pueblo de Dios son sujetos de la acción eclesial, que ha
de actuarse con diferentes modalidades y competencias, según los diversos carismas y
ministerios” (Midali, 1992).
Las personas con discapacidad dan los impulsos más fuertes y ofrecen grandes
recursos morales y espirituales para construir un mundo según el plan de Dios. Ellas
ofrecen una contribución de esperanza y de amor a la historia humana. Revelan al
hombre lo que es el hombre: la persona vale más por lo que es que por lo que tiene o
sabe hacer (GS 35), especialmente en una sociedad en donde lo que cuenta es la
belleza física, la afirmación de sí mismo, la búsqueda del poder y de la primacía sobre
los demás. Muestran el carácter de criatura, que es común a todos, y la dependencia de
la criatura del Creador, su confianza y dependencia de los otros; y confirman que esta
unión es fuente de vida, puesto que “la criatura sin el Creador desaparece” (GS 36).
El rostro de Dios, que desde la cruz se da a conocer para llenarnos de su gloria, se
muestra en las personas con discapacidad, en su soledad y marginación. Las personas
con discapacidad son como “el ángel de Dios: Jesucristo” (Gal 4,14), que sigue presente
en la historia del hombre.
No sólo con el testimonio de sus vidas, sino también con las actividades que
pueden desenvolver de acuerdo a sus posibilidades, las personas con discapacidad son
sujetos activos de pastoral. Ellas mismas pueden comunicar el “tesoro de la fe” y guiar
a los demás a la comunión con el Padre en Jesús por medio del Espíritu.
También a ellas, como a todos los bautizados, se les confía el mandato
evangélico:“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he
mandado”(Mt 28,19-20).
Y “ellossalieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y
confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban” (Mc 16,20).
“Anuncio, testimonio, enseñanza, sacramentos, amor al prójimo, hacer discípulos,
todos estos aspectos son modos y medios para transmitir el único Evangelio, y que
constituyen los elementos de la evangelización” (Directorio General para la Catequesis,
1997).
Derechos
“En síntesis, la justa y noble espera de nuestros hermanos es la siguiente: la
integración equilibrada pero efectiva en la trama de la convivencia civil, para sentirse en
ella miembros con pleno título. No consideremos la discapacidad como un hecho
dramático e innatural, sino más bien como una condición de debilidad que se traduce
para la sociedad cristiana y civil en una prueba de su nivel de fe y de humanidad…
Son… siempre personas que aspiran a la propia y plena valorización… Es necesario
reconocer con los hechos que la persona con discapacidad es plenamente sujeto
humano con derechos sagrados e inviolables; se le debe facilitar la participación en la
vida de la sociedad en todas las dimensiones asequibles; pues la cualidad de una
sociedad se mide por el respeto que manifiesta hacia los más débiles de sus
miembros” (Juan Pablo II, 1984).
“Ellos tienen derecho a conocer como los demás coetáneos ‘el misterio de la
fe’”(Catechesi Tradendae, 41).
El derecho a conocer a Dios en Jesús y a vivir la plenitud de su amor en el Espíritu,
es parte integrante de la dignidad de la persona con discapacidad. Cuando este
derecho es respetado y promovido, lleva a la persona misma a abrirse a los valores más
altos, que la realizan efectivamente hasta la trascendencia, con el don total y oblativo
de sí a los demás y a Dios, llegando a la plena madurez de la persona en cuanto imagen
de Cristo, es decir a la santidad.
“El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. Por tanto, somos
miembros los unos de los otros. El Bautismo incorpora a la Iglesia... Hecho miembro de
la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo, sino a Aquel que murió y resucitó
por nosotros. Por tanto, está llamado a someterse a los demás, a servirles en la
comunión de la Iglesia... Del mismo modo que el Bautismo es fuente de
responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la
Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido
por los otros auxilios espirituales de la Iglesia” (Catecismo de la Iglesia Católica, nn.
1267/1269).
Las personas con discapacidad no constituyen una excepción a los derechos y
obligaciones del Bautismo. En caso de discapacidad mental seria y profunda, la persona
es llamada a compartir la fe a través del testimonio de amor dado a los demás.
Acción pastoral de las personas con discapacidad
“Las personas minusválidas pueden hacer surgir en sí mismas energías
excepcionales y valores de gran utilidad para toda la humanidad” (Juan Pablo
II,Enseñanzas, 31 de marzo de 1984).
“Él (minusválido) no es solamente alguien al cual se da; debe ser ayudado a
convertirse también en aquel que da, y en la medida de todas sus posibilidades
proprias. Un momento importante y decisivo en la formación se alcanzará cuando
habrá tomado conciencia de su dignidad y de sus valores, y se habrá dado cuenta de
que se espera algo de él, y que él puede y debe contribuir al progreso y al bien de su
familia y de la comunidad”(Santa Sede, A cuantos se dedican al servicio de las personas
minusválidas, 4 de marzo de 1981).
“Uno de los objetivos fundamentales de esta renovada e intensificada acción
pastoral –que no puede dejar de implicar coordinadamente a todos los componentes
de la comunidad eclesial– es considerar al enfermo, al minusválido, al que sufre, no
simplemente como término del amor y del servicio de la Iglesia, sino más bien como
sujeto activo y responsable de la obra de evangelización y de salvación”(Christifideles
Laici, IV, 54).
Ellos no sólo son destinatarios del anuncio del Evangelio, sino que a su vez lo
anuncian con la propia vida y misión, y participan así en la construcción del Reino de
Dios. Su discapacidad, redimida por la Muerte y Resurrección de Jesús, los hace
misioneros en modo inmediato, intuitivo y no reflejo de los verdaderos valores de la
humanidad: la confianza, la solidaridad, la diaconía, la interdependencia, la inmediatez,
la hermandad, el compartir, el escuchar, la aceptación, la alegría, el amor.
No son errores de la creación. Tienen su propia tarea, que no es ciertamente la última,
es decir la de desenmascarar constantemente el cómodo conformismo que se basa en
el egoísmo y el bienestar, y el llamar al orgullo y a la presunción a asumir una medida
más veraz.
Llegan a ser las “manos de Dios” (cf. Lc 10,35), en una visión justa y valorizada del
hombre y del plan de amor de Dios por la humanidad, la cual alcanza su cumbre en la
gloria de la resurrección, cuando “le veremos tal cual es” (1Jn 3,2).
Las capacidades de sus corazones y el servicio de caridad que pueden prestar,
ayudan a romper las barreras del miedo; sus vidas vulnerables y su inocencia ayudan a
crear lugares donde reina la caridad y la acogida.
Y allí donde no existen, según algunos parámetros de comprensión, signos de
respuesta, es la fe de la Iglesia, de los padres y de los demás la que suple.
Hay que recordar siempre que la oración de las personas con discapacidad,
especialmente con discapacidad mental, tiene una fuerza particular. La Providencia no
dirá jamás que no a esta oración, porque un padre no puede olvidar a sus hijos más
buenos y faltos de felicidad (cf. Sant 5,16).
En el anuncio y el testimonio que dan con su vida, con la donación de sí mismos, junto a
la ofrenda litúrgica de Cristo al Padre en el Espíritu, y con el servicio diaconal al Cuerpo
de Cristo y a todos los hombres, las personas con discapacidad contribuyen, según la
vocación recibida por Dios, al crecimiento y a la koinonía del pueblo de Dios, de la
Iglesia.
Tanto en el perdonar y en el darse cuenta de que los otros, indistintamente, son
algo precioso y tienen algo precioso para dar, como en la fiesta, el poder expresar la
novedad, la creatividad, la posibilidad de relacionarse con los demás, y el compartir
distintas maneras de estar juntos, de caminar y de construir, dan sentido a la
Resurrección.
Respuesta de la Iglesia a las personas con discapacidad
“La Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más
aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y
paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a
Cristo” (LG 8).
“No basta pues un mero acercamiento asistencial, es necesario profundizar y
respetar su ser en plenitud Hijos de Dios, sus predilectos, y por lo tanto, testigos
vivientes del amor salvífico del Padre” (Card. Martini, Discurso de apertura del Simposio
“Integralidad de la educación y derecho a lo espiritual”, Milano, 3-5 de mayo de 1990).
La Iglesia, para ser verdaderamente Esposa de Cristo, debe considerar a la
persona con discapacidad y a cuantos la rodean, como lugar teológico donde “Dios
obra sus maravillas”, realiza su amor por el hombre e invita a la comunidad a la
conversión y al discernimiento de los valores evangélicos.
La Iglesia lleva a cabo todo esto cuando:
- Proclama la verdad sobre el hombre, sobre la dignidad el valor absoluto y la
trascendencia de cada persona, en su situación y estado, y por consiguiente, de las
personas con discapacidad, que son creadas a imagen y semejanza de Dios, redimidas
por Cristo y glorificadas en Él.
- Promueve con opciones valientes y proféticas la vida y el respeto de la vida de
quien es débil, frágil y sin voz, de las personas con discapacidad.
- Pone su atención, tanto interna como externa, en la plena aceptación e
integración de las personas con discapacidad.
- Ofrece a ellas y a sus familias solidaridad, participación, cercanía y compasión
auténticas.
- Distribuye a todos, por medio de una catequesis adecuada, los tesoros espirituales
y humanos de su rico patrimonio, que su Señor y Redentor le ha confiado:
sacramentos, palabra de Dios, vida en la Iglesia.
- Considera a las personas con discapacidad “como protagonistas, como sujetos de
la obra de la evangelización” (Sínodo sobre los Laicos, 1987-1988, n. 53) porque ellas
son agentes morales de transformación de la Iglesia y de la sociedad, impulsándolas
cada vez más hacia la integración social de todo tipo de discapacidad.
- Acompaña a todos, también a las personas con discapacidad, en el camino hacia el
Padre.
- Da a todos la certeza de ser amados por Dios, y de ser sostenidos en su
participación en la historia, con sus límites, debilidades, fragilidades y contradicciones
con la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.
- Se reconcilia con las personas con discapacidad y con sus familias, pidiendo perdón
por las faltas de certeza, aplazamientos, retrasos, faltas de caridad, situaciones de
soledad, indiferencias individuales y colectivas.
- Muestra cómo entrar en el misterio de la discapacidad y cómo permanecer en él
con una actitud de participación contemplativa, descubriendo la riqueza de humanidad
que encierra a persona con discapacidad.
- Quita las barreras físicas, arquitectónicas, mentales e ideológicas, de comunicación
y de lenguaje que bloquean la plena integración de las personas con discapacidad en la
vida de la Iglesia y de la sociedad.
- Favorece la participación de las personas con discapacidad en las acciones
litúrgicas y en la vida de la Iglesia, según la vocación de cada uno, así como en todos los
sacramentos, también el matrimonio y el ministerio sacerdotal, y la vida consagrada.
- Prepara a las personas con discapacidad a ser catequistas cualificados del
“misterio de la fe”, para anunciarlo adecuadamente.
- Prepara, con un cambio de mentalidad, a los futuros pastores, sacerdotes,
diáconos, y a cuantos ofrecerán su servicio y ministerio a las personas con
discapacidad, en modo apropiado, respetuoso y promovedor de su dignidad de hijos e
hijas de Dios.
- Encuentra con creatividad y en modo profético, soluciones que integren a la
persona con discapacidad en el mundo del trabajo, especialmente donde se tiene en
cuenta, como criterios de progreso, sólo la productividad, la libre competencia, la
eficiencia, la afirmación de sí mismo, la competencia y el éxito, dejando a un lado a las
personas con discapacidad que no entran en estos parámetros.
- Colabora con las estructuras y las organizaciones socio-políticas y culturales para la
promoción de las personas con discapacidad y ofrece propuestas alternativas cuando
los métodos y los fines ofrecidos no reflejan la dignidad de la persona; trabaja en modo
que tales estructuras y organizaciones se transformen desde adentro, condenando
incluso las propuestas y soluciones degradantes, y reafirmando así la verdad sobre el
destino del hombre.
- Se presenta en cuanto Iglesia, comunidad de cristianos, como punto de referencia
para encontrar, también en términos de cultura civil y social, una grandeza cada vez
mayor de la realización de la integración de las personas con discapacidad en cada
realidad y ámbito de la vida cotidiana de la que todos participan.
Testimonios de vida
(En lugar de “persona con discapacidad”, hemos dejado la terminología usada por los
autores).
El testimonio de Esteban
Esteban se ha doctorado en filosofía. Usa una silla de ruedas para trasladarse y se
expresa por medio de un educador que traduce en palabras los sonidos débiles que
emite.
Ante todo quisiera decir que la expresión “catequesis de discapacitados” no me gusta
mucho. Pienso, en realidad, que la catequesis debe ser única, adaptada a cada persona,
más allá que tenga o no una deficiencia.
Es muy importante que las personas discapacitadas participen en la catequesis como
todos los demás. Y también es importante que los discapacitados se preparen para ser
catequistas, para dar una contribución ulterior, que proviene de su experiencia de vida.
La presencia de los portadores de minusvalidez podrá favorecer la obra de educación
de la comunidad en la acogida de todo aquel que es distinto.
El testimonio de Carmela
Carmela es maestra y catequista.
Las personas con minusvalía tienen un modo todo suyo de vivir la fe. La catequesis que
quiere ser eficaz debe tenerlo en cuenta. Y corresponde justamente a los agentes
pastorales entrar en sintonía con ellos, tocando las cuerdas justas.
¿Cómo hacer entender a una niña con minusvalía psíquica que Dios nos ama, a pesar de
todo? Frente a este problema, he intentado tener presente la experiencia de la niña,
que vive en una familia muy unida y particularmente afectuosa con ella. De allí, o sea,
desde la vida de todos los días, he tomado los ejemplos para hacerle comprender el
amor paterno de Dios para con nosotros.
El testimonio de una persona ciega
“La Cruz contiene una orientación intrínseca e insoslayable hacia la victoria de la
Resurrección… ¿Cómo anticipar tal experiencia de vida y de gozo, tal victoria sobre el
sufrimiento, también en elcuerpo?”(Juan Pablo II, Enseñanzas, 31 de marzo de 1984).
“Esta victoria” de la resurrección la hemos experimentado todas las veces que hemos
participado, como miembros activos, incluso minusválidos, en la vida de las
comunidades eclesiales, como alumnos de las clases de catequesis o como catequistas,
como lectores durante las celebraciones eucarísticas o como participantes de los
sacramentos de la Eucaristía y de la Confirmación, aun cuando algunos de nosotros son
minusválidos físicos o mentales graves; como participantes en el ministerio de la
diaconía de la caridad, en Cáritas diocesana, en asociaciones parroquiales, en
comunidades eclesiales de base, donde también nosotros, considerados habitualmente
objetos pasivos del amor de los otros, llegamos a ser sujetos activos.
De una entrevista a Jean Vanier
Ud. dice que los minusválidos y las personas que sufren son “maestros de humanidad”,
¿por qué?
Nos atraen, es más, nos llaman, a veces físicamente, y si los escuchamos, nos hacen
entrar en la compasión que es el corazón del Evangelio: “sed misericordiosos como el
Padre mío es misericordioso; no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis
condenados, perdonad y seréis perdonados”. Nos enseñan, si entramos en relación con
ellos y nos tocan, a abrir el corazón a una relación que yo definiría de persona a
persona, en la que Dios está presente.
¿Qué es para Ud. el amor, y sobre todo cómo se hace para amar?
En Comunidad, amar a alguien quiere decir revelarle que es importante, que vale. Lo
hacemos a través de la escucha, de la comprensión de sus necesidades, de sus
sufrimientos, de su reclamo profundo, y también a través de la comprensión de su lugar
en la Iglesia. Este amor consiste en entrar finalmente en una relación de comunión, en
un sentido de pertenencia de los unos a los otros. Y entonces, este amor nos lleva al
perdón, porque nos herimos mutuamente y estamos llamados, por consiguiente, a
entrar en el misterio del perdón.
Testimonio, deseo, cuestionamiento
Soy un minusválido de 74 años. A la edad de 12 meses fui afectado de una parálisis
espástica. A los 8 años perdí a mi madre y desde entonces vivo en un instituto.
Veo que la sociedad, no obstante progrese en todos los sectores, margina cada vez
más al que no “rinde”, o sea: al enfermo, al anciano, al minusválido, y esta es una
constatación que comporta gran sufrimiento a quien se encuentra en estas
condiciones.
También hace sufrir el ver cómo tantos sacerdotes, que se preocupan y se esfuerzan
por tantas cosas, descuidan a estas personas a quienes sólo la fe, con su ayuda, podría
sostener y hacerles mucho bien.
Sería bueno que el párroco escribiese, al menos en Navidad y en Pascua, una carta a
todos los que sufren en su parroquia, pidiéndoles como caridad el ofrecer las penas y
las oraciones por las necesidades de la comunidad, para hacerlos partícipes de la vida
comunitaria, evitando así que se sientan inútil y una carga.
Es tiempo de reavivar en las comunidades parroquiales la fe en la Providencia, a través
del don más precioso que la comunidad posee, o sea de la ofrenda cotidiana del
sufrimiento de estos “predilectos de Dios”. La ayuda que tendría toda la Parroquia a
partir de esta ofrenda de sí, sería enorme.
Reconocer a Jesús en el pobre, en el enfermo y en el minusválido o en el anciano,
quiere decir también amarlo y ayudarlo. ¿Y por qué, entonces, no dar la posibilidad
también a algún minusválido o anciano que no tenga dificultad en el habla, como
lamentablemente me sucede a mí, que haga una lectura litúrgica o realice un trabajo en
la secretaría o incluso como catequista? No basta haber derribado las barreras
arquitectónicas; hay otras barreras mucho más difíciles para derribar. Tenemos
necesidad de sentirnos amados, para sentirnos “normales”.