VALORANDO LAS TRADICIONES PERUANAS
(TEXTOS ESCOGIDOS POR ANGEL CAYETANO LÒPEZ)
Don Ricardo Palma autor de las tradiciones peruanas y otros.
TRADICIONES PERUANAS
Tradiciones: Conjunto de ideas, usos o costumbres que se comunican, se transmiten o se mantienen de
generación en generación
Es el título con el que se conoce el conjunto de los escritos que el escritor peruano Ricardo Palma publicó en
varios años en periódicos y revistas. Se trata de relatos cortos de ficción histórica que narran, de forma
entretenida y con el lenguaje propio de la época, sucesos basados en hechos históricos de mayor o menor
importancia, propios de la vida de las diferentes etapas que pasó la historia del Perú, sea como leyenda o
explicando costumbres existentes. Su valor como fuente histórica es limitado y no confiable. Su valor literario es,
sin embargo, enorme.
Las Tradiciones peruanas surgieron en el ambiente periodístico donde se movió su autor. Las primeras se
publicaron como artículos en diarios o revistas de la época. La forma, en un inicio, no estaba ni pensada ni
definida. La idea de narrar un suceso llevaba al autor a ponerle nombres como "articulito", "reminiscencia fiel",
"cuento", etc.
Las Tradiciones de Palma tienen características propias, entre otras:
Usan un lenguaje popular repleto de refranes, proverbios, canciones, coplas, entre otros.
Se basan en un suceso histórico que tiene sustento en archivos o documentos. Palma fue el
bibliotecario de la Biblioteca Nacional del Perú.
Tono oral e informal, en muchas ocasiones dialogan con el lector.
Propio del romanticismo, el drama es cargado cuando la narración así lo requiere.
Crítica de las instituciones y costumbres políticas y religiosas de la época, que se describen después
incluso de interrumpir brevemente la narración antes iniciada.
Al ser relatos cortos, los personajes son diversos.
Las tradiciones tienen un gran valor ya que, si bien no fue invención de Palma, con él se da una revitalización del
género de la tradición, y al mismo tiempo crea un producto literario peruano propio por sus características,
donde el suceso histórico tocado está lleno del costumbrismo del país y donde la historia del Perú sirve como
ambiente y almacén de la memoria colectiva de un pueblo. Palma recurre a ella para conectar el relato con el
lector.
Recordemos algunas de las tradiciones peruanas.
1. EL PADRE PATA
El padre Pata y el general San
Mart{in
Cuando el general San Martín desembarcó en Pisco con el ejército patriota, que venía emprender la ardua faena
complementaria de la Independencia americana, no faltaron ministros del Señor que, como el obispo Rangel,
predicasen atrocidades contra la causa libertadora y sus caudillos.
Que vociferen los que están con las armas en la mano y arriesgando la pelleja es cosa puesta en razón; pero
no lo es que los ministros de un Dios de paz y de concordia, que en medio de los estragos de la guerra
duermen bien y comen mejor, sean los que más aticen el fuego. Parécense a aquel que en la catástrofe de un
tren daba alaridos:
-¿Por qué se queja Usted tanto?
-Porque al brincar se me ha desconcertado un pie.
-Cállese usted, so marica. ¡Quejarse por un pie torcido cuando ve tanto muerto que no chilla!
Desempeñando interinamente el curato de Chancay estaba el franciscano Fray Matías Zapata, quien era un godo
de primera agua, el cual después de cada misa dominical, se dirigía a los feligreses, exhortándolos con calor
para que se mantuvieran fieles a la causa del rey, nuestro amo y señor. Refiriéndose al generalísimo, lo
menos malo que contra el presidente era lo siguiente:
Cristianos hermanos: sabed que el nombre de ese pícaro insurgente San Martín es por si solo una blasfemia, y
que esta en pecado mortal todo el que lo pronuncie, no siendo para execrarlo-¿Qué tiene de santo ese
hombre malvado?. Llamarse San Martín ese sinvergüenza, con agravio del caritativo santo San Martín de Tours,
que dividió su capa entre los pobres? Confórmense con llamarle sencillamente Martín, y le estará bien, por lo
que tiene de semejante con su colombroño el pérfido hereje Martín Lutero, y porque, como éste, tiene que arder
en los profundos infiernos. Sabed pues, hermanos y oyentes míos, que declaro excomulgado vitando a todo el
que gritare ¡viva San Martín!, porque es lo mismo que mofarse impíamente de la santidad que Dios acuerda a
los buenos.
No pasaron muchos domingos sin que el generalísimo trasladase su ejército al norte y sin que fuerzas patriotas
ocuparan Huacho y Chancay. Entre los tres o cuatro vecinos que por amigos de la justa causa, como decían los
realistas, fue preciso poner en chirona, encontrase el energúmeno frailuco, el cual fue conducido ante el
excomulgado caudillo.
-Conque, señor Godo – le dijo San Martín-, ¿es cierto que me ha comparado con Lucero y que le ha quitado una
silaba a mi apellido?
En eses momento al infeliz le entró temblor de nervios, y apenas si pudo hilvanar la excusa de que había
cumplido órdenes de sus superiores, y añadir que estaba llano a predicar devolviéndole a su señoría la silaba.
No me devuelva usted nada y quédese con ella- continuó el general-; pero sepa usted que yo, en castigo de
su insolencia, le quito también la primera sílaba de su apellido, y entienda que lo fusilo sin misericordia el día
que se le ocurra firmar Zapata. Desde hoy no es más que el padre Pata; y téngalo muy presente, padre Pata.
Y cuentan que, hasta 1823, no hubo en Chancay partida de nacimiento, defunción u otro documento parroquial
que no llevase por firma fray Matías Pata. Vino Bolívar, y le devolvió el uso y el abuso de la sílaba eliminada.
Ricardo Palma
2. La fiesta de San Simón Garabatillo
El pueblo de Lampa - Puno
Faustino Guerra habíase encontrado en la batalla de Ayacucho en condición de soldado raso. Afianzada la
independencia, obtuvo licencia final y retirose a la provincia de su nacimiento, donde consiguió ser nombrado
maestro de escuela de la villa de Lampa.
El buen Faustino no era ciertamente hombre de letras; mas para el desempeño de su cargo y tener contentos a
los padres de familia, bastábale con leer medianamente, hacer regulares palotes y enseñar de coro a los
muchachos la doctrina cristiana.
La escuela estaba situada en la calle Ancha, en una casa que entonces era propiedad del Estado y que hoy
pertenece a la familia Montesinos.
Contra la costumbre general de los dómines de aquellos tiempos, don Faustino hacía poco uso del látigo, al que
había él bautizado con el nombre de San Simón Garabatillo. Teníalo más bien como signo de autoridad que como
instrumento de castigo, y era preciso que fuese muy grave la falta cometida por un escolar para que el maestro le
aplicase un par de azoticos, de esos que ni sacan sangre ni levantan roncha.
El 28 de octubre de 1826, día de San Simón y Judas por más señas, celebrose con grandes festejos en las
principales ciudades del Perú. Las autoridades habían andado empeñosas y mandaron oficialmente que el pueblo
se alegrase. Bolívar estaba entonces en todo su apogeo, aunque sus planes de vitalicia empezaban ya a eliminarle
el afecto de los buenos peruanos.
Sólo en Lampa no se hizo manifestación alguna de regocijo. Fue ese para los lampeños día de trabajo, como otro
cualquiera del año, y los muchachos asistieron, como de costumbre, a la escuela.
Era ya más de mediodía cuando don Faustino mandó cerrar la puerta de la calle, dirigiose con los alumnos al
corral de la casa, los hizo poner en línea, y llamando a dos robustos indios que para su servicio tenía, les mandó
que cargasen a los niños. Desde el primero hasta el último, todos sufrieron una docena de latigazos, a calzón
quitado, aplicados por mano de maestro.
La gritería fue como para ensordecer, y hubo llanto general para una hora.
Cuando llegó el instante de cerrar la escuela y de enviar los chicos a casa de sus padres, les dijo don Faustino:
-¡Cuenta, pícaros godos, con que vayan a contar lo que ha pasado! Al primero que descubra yo que ha ido con el
chisme lo tundo vivo.
«¿Si se habrá vuelto loco su merced?», se preguntaban los muchachos; pero no contaron a sus familias lo
sucedido, si bien el escozor de los ramalazos los traía aliquebrados.
¿Qué mala mosca había picado al magister, que de suyo era manso de genio, para repartir tan furiosa azotaina?
Ya lo sabremos.
Al siguiente día presentáronse los chicos en la escuela, no sin recelar que se repitiese la función. Por fin, don
Faustino hizo señal de que iba a hablar.
-Hijos míos -les dijo-, estoy seguro de que todavía se acuerdan del rigor con que los traté ayer, contra mi
costumbre. Tranquilícense, que estas cosas sólo las hago yo una vez al año. ¿Y saben ustedes por qué? Con
franqueza, hijos, digan si lo saben.
-No, señor maestro -contestaron en coro los muchachos.
-Pues han de saber ustedes que ayer fue el santo del libertador de la patria, y no teniendo yo otra manera de
festejarlo y de que lo festejasen ustedes, ya que los lampeños han sido tan desagradecidos con el que los hizo
gentes, he recurrido al chicote. Así, mientras ustedes vivan, tendrán grabado en la memoria el recuerdo del día
de San Simón. Ahora a estudiar su lección y ¡viva la patria!
Y la verdad es que los pocos que aun existen de aquel centenar de muchachos se reúnen en Lampa el 28 de
octubre y celebran una comilona, en la cual se brinda por Bolívar, por don Faustino Guerra y por San Simón
Garabatillo, el más milagroso de los santos de achaques de refrescar la memoria y calentar partes pósteras.
3. Don Dimas de la Tijereta
Imagen de don Dimas, el abogado que le engañò al diablo
Cuenta la tradición que existía un escribano viejo y pícaro que era la persona más avara del mundo. Se llamaba
Don Dimas de la Tijereta. Un día se le cruzó en su camino una joven llamada Visitación de la cual se
enamoró hasta la coronilla .Dicha joven era una gentil muchacha de veinte primaveras , con un palmito y un
donaire y un aquel capaces de tentar al mismísimo general de los padres betlehemitas, una cintura pulida y
remolona de esas de mírame y no me toques, tenía los labios colorados como guindas y dientes como
almendrucos.
El escribano se propuso conquistar el corazón de dicha doncella. Le confesó su amor, pero ella la rechazó. Fue
entonces que cuando don Dimas andando y andando, perdido en sus cavilaciones, llegó una media noche al pie
del cerrito las Ramas, donde invocó a un diablo cualquiera para que se llevase su almilla a cambio del amor de
esa caprichosa criatura llamada Visitación.
Esta invocación llegó a los oídos del mismo Satanás, quien envió a su servidor Lilit con un contrato y le dijo: “Ve
y dale este contrato a ese viejo para que lo firme, ya que abriga tanto desprecio a su alma que hasta la llama
almilla”.
En el contrato decía lo siguiente: “Conste por el presente que yo don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al rey
de los abismos a cambio del amor y posesión de una mujer. Me obligo satisfacer la deuda dentro de tres años”.
Y aquí seguían las firmas de las altas partes de los contratantes y el sello del demonio.
Satanás cumplió con su parte y Visitaciones enamoró perdidamente de don Dimas.
Pasada la fecha límite. Lilit fue a reclamar la almilla del viejo. Este empezó a desprenderse de su almilla o jubón
interior y el diablo le dijo no se preocupe en desvestirse que yo tengo fuerzas para llevármelo vestido y
calzado en fin haga lo que Ud. le plazca todavía le queda un minuto de su libertad. El escribano siguió en
la operación hasta quitarse la almilla o jubón interior y pasándola a Lilit le dijo:-Deuda pagada y traiga mi
documento, Lilit se echó a reír con todas las ganas de que es un diablo alegre. Y¿ qué quiere que haga con
esta prenda?-Toma esta prenda, se llama almilla y eso es lo que te he vendido y a lo que estoy obligado.
Documento canta. Repase Ud.. Señor diabolín, el contrato, y si tiene conciencia se dará por bien pagado. Yo no
entiendo nada señor don Dimas, y véngase conmigo y guarde sus palabras para cuando esté delante de mi amo.
En eso expiró el minuto y Lilit se echó al hombro a Tijereta. Tijereta gritaba por la calle diciendo “injusticia”,
Luego ambos acudieron a primera y segunda instancia para el fallo, pero como el tramite era
engorroso decidieron ambas partes consultar a la autoridad del diccionario de la lengua española, es así como
el pícaro escribano demostró que estaba en su derecho. De esta manera don Dimas se salva del caldero
hirviente del infierno y dejó sorprendido hasta el mismísimo diablo.
Ricardo Palma
4. El alacrán de Fray Gómez
Estaba una mañana Fray Gómez en su celda entregado a la meditación, cuando dieron a la puerta unos
discretos golpecitos, y una voz de quejumbroso timbre dijo:-Deo gratias… ¡Alabado sea el señor!
-Por siempre jamás, amen, entre hermanito-contestó Fray Gómez. Y penetró en la humildísima celda un
individuo algo desarrapado, vera efigie de los hombres a quien acongojan, pobrezas, pero en cuyo rostro se
dejaba adivinar la proverbial honradez del castellano viejo.
Todo el mobiliario de la celda se componía de cuatro sillones de vaqueta, una mesa mugrienta, y una tarima sin
colchón, sábanas ni abrigo, y con una piedra por cabezal o almohada.
-Tome asiento, hermano, y dígame sin rodeos lo que por acá le trae-dijo Fray Gómez.
-Es el caso padre que soy hombre de bien a carta cabal…
-Se le conoce y que preserve deseo, que así merecerá en esta vida terrena la paz de la conciencia, y en
la otra la bienaventuranza.
-Y es el caso que soy buhonero, que vivo cargado de familia y que mi comercio no cunde por falta de medios,
que no por holgazanería y escasez de industria en mí.
-Me alegro hermano, que a quien honradamente trabaja Dios le acude.
-Pero es el caso, padre, que hasta ahora Dios se me hace el sordo, y en acorrerme tarda…
-No desespere, hermano, no desespere.
-Pues es el caso que a muchas puertas he llegado en demanda de habilitación por quinientos duros, y todas las
he encontrado con cerrojo y cerrojillo. Y es el caso que anoche, en mis cavilaciones, yo mismo me dije
a mi mismo:-¡ Ea!, Jeromo, buen ánimo y ve a pedirle el dinero a Fray Gómez, que si el lo quiere, mendicante
y pobre como es, medio encontrará para sacarte del apuro. Y es el caso que aquí estoy porque he venido, y a su
paternidad le pido y ruego que me preste esa puchuela por seis meses, seguro que no será por mí por quien se
diga.
-¿Cómo ha podido imaginarse, hijo, que en esta triste celda encontraría ese caudal?
-Es el caso, padre, que no acertaría en responderle: pero tengo fe que no me dejará ir desconsolado.
-La fe lo salvará, hermano. Espere un momento.
Y paseando los ojos por las desnudas y blanqueadas paredes de la celda, vio un alacrán que caminaba
tranquilamente sobre el marco de la ventana. Fray Gómez arrancó una página de un libro viejo, dirigióse a la
ventana, cogió con delicadeza a la sabandija, la envolvió en papel, y tornándose hacia el castellano viejo le dijo:
-Tome buen hombre, y empeñe esta alhaja; no olvide, sí, devolvérmela dentro de seis meses.
El buhonero se deshizo en frases de agradecimiento, se despidió de Fray Gómez y más que de prisa se encaminó
a la tienda de un usurero.
La joya era espléndida, verdadera alhaja de reina morisca, por decir lo menos. Era un prendedor figurando un
alacrán. El cuerpo lo formaba una magnífica esmeralda engarzada sobre oro, y la cabeza un grueso brillante con
dos rubíes por ojos.
El usurero, que era hombre conocedor, vio la alhaja con codicia y ofreció al necesitado adelantarle dos mil
duros por ella: pero nuestro español se empeñó en no aceptar otro préstamo que el de quinientos duros por
seis meses, y con un interés judaico, se entiende. Extendiéronse y firmáronse los documentos o papeletas de
estilo, acarició el agiotista la joya con esperanza de que a la postre el dueño de la prenda acudiría por más
dinero, que con el recargo de interés lo convertiría en propietario de joya tan valiosa por su mérito intrínseco y
artístico.
Y con este capital le fue tan prósperamente en su comercio, que a la terminación del plazo pudo desempeñar la
prenda, y, envuelta en el mismo papel en que la recibiera, se la devolvió a Fray Gómez. Éste tomo el alacrán,
lo puso sobre el alfeizar de la ventana, le echó una bendición y dijo: - Animalito de Dios, sigue tu camino. Y el
alacrán echó a andar libremente por las paredes de la celda. / Autor: Ricardo Palma, tradicionista peruano/
3. Agua mansa
El tenienet Mantilla
El teniente Mantilla, de los Húsares de Junín, habiase portado como un bravo en la guerra de Colombia y después
en la del Perú. Era un llanero de las pampas de Venezuela, el gran jinete y lanza certera. Era lo que se llama un
oficial cuartelero, respetuoso con los superiores, cumplidor de su deber, y tenia la ordenanza en la punta de la
uña. Dotado de un carácter servicial y benévolo, bautizáronlo sus compañeros, de quienes era muy querido, con
el apodo de “Agua mansa”.
Su bravura la empleaba solo en el campo de batalla, pero pasádose el fragor de ésta, volvía a ser un buen
muchacho, sin gota de hiel, y listo siempre para hacer un favor a una camarada.
Tal es el retrato que de el me hizo el comandante Gatiesa, que fue alférez de su escuadrón.
Ahora voy a contarles a ustedes el como, de la mañana a la noche, se convirtió el agua mansa en agua brava.
A principios del año 1826, cuando la Independencia del Perú era hecho consumado, pues apenas si quedaba en
todo el territorio sombra de realista en armas, creyó el gobierno oportuno practicar arreglos que, por lo pronto,
dejaron sin colocación a una docena de oficiales. El teniente Mantilla fue uno de los desventurados a
quienes, por falta de padrinos la cesantía partió de medio a medio.
Paso varios meses en Lima comiéndose los codos y esperando la bienaventuranza; es decir, que el Gobierno lo
destinase en filas, que para oficinista no tenía vocación ni aptitudes el llanero.
Una mañana apuróle la gazuza, se abotonó el raído uniforme, y paso a paso fue a estacionarse en la puerta del
Ministerio de Guerra.
Era por entonces ministro de Guerra el general Tomas Heres, antiguo capitán de Numancia y favorito de Bolívar,
hombre de talento, audaz para la intriga, sereno para el combate y en ocasiones, áspero de genio.
Aquella mañana traía el señor ministro los nervios sublevados, cuando le salió al frente Mantilla, y cuadrándose
militarmente le dijo:
-Dios guarde a Ud. mi general.
-¿Qué dice el teniente?
-Señor, el teniente dice que no puede aguantar más miseria, que quiere volverse a Colombia, y ruega a Ud. que,
como paisano y jefe, lo atienda y socorra mandándole las cuatro pagas que se le deben, para con ese dinerillo y
la superior licencia aviarse y no parra hasta su tierra.
- No hay plata- contestó con sequedad el ministro.
- Y ¿Cómo vivo, mi general? ¿Del aire?
- Repitió Mantilla como interrogándose a si mismo.
-Si señor; del aire… o échese Ud. a robar
-¿Hablo latín?- repuso amoscado su señoría-. Si señor; métase a ladrón, que es un oficio como otro cualquiera.
-Si, ¿eh? Pues con su permiso, mi general.
Y el teniente Mantilla se llevó la mano la gorra, saludó militarmente, y se marchó a su posada.
Tres días después celebrábase en Lurín la fiesta de San Miguel, fiesta que duraba una semana, que era romería
para los limeños, y en la que había corridas de toros, lidia de gallos, ancho jolgorio y “ timbirimba” en grande.
El general Heres, que no se si era jugador de ocasión o vicioso, estuvo en una de las “bancas”, y le fue tan
halagüeña la suerte, que onza tras onza encerró sesenta peluconas en la maleta, colocó esta en la grupa del
caballo, y seguido de su ayudante y un par de soldados se emprendió a las seis de la tarde viaje de regreso a
Lima, calculando hacer en cuatro horas, y favorecido por la claridad de la luna, las siete leguas que hay
de travesía. Al pasar los viajeros por el sitio llamado La Tablada, se encontraron de improvisos rodeados
por un grupo de diez jinetes armados de daga y trabauco.
-¡Alto, y pie a tierra! – gritó el capataz de la cuadrilla.
Heres calculó que toda resistencia era inútil y obedeció la intimación.
Se le acercó el bandolero, y le dijo:
Buenas noches, mi general. Moléstese en pasarme la maleta.
-¡Ud, teniente Mantilla!¡Un vencedor en Junín! ¡Ud. mi teniente! Exclamó don Tomas Heres tartamudeando de
sorpresa al reconocer al sujeto.
-Yo mismo, mi general. Usted me mandó que robase; y yo, que nunca puse peros a las órdenes del superior,
he obedecido como previene la ordenanza. La subordinación antes que todo, mi general. Ahora
conversemos menos, y déme la “mosca”. No hubo circunloquio valedero, y la maleta cambió de dueño.
Esta cuadrilla de ladrones fue el terror de los caminantes de la zona de la Tablada hasta 1929. Posteriormente,
Mantilla fue fusilado en la Plaza Santa Ana.
Ricardo Palma
4. UN BESO Y UNA BOFETADA
Autor: Juan de la Mata Peralta
El Libertador en pleno baile
Esta curiosa tradición huamanguina tiene relación con el Libertador y ocurre cuando don Simón Bolívar estuvo en
la ciudad de Huamanga entre el 29 de agosto de 1824 y el 19 de septiembre del mismo año para definir
sus planes y estratagemas de guerra de la independencia del Perú y expulsión definitiva de los godos. En uno
de estos días la sociedad huamanguina organizó en su honor un baile de etiqueta en el Cabildo que tenía una
sala espaciosa. Asistieron lo más graneado de la sociedad que todavía respiraba un halo aristocrático.
Entre los asistentes, además de las principales autoridades, señoras y señoritas, le causa más afición por su
belleza la Manuelita Toledo que era una de sus hijas de Don Andrés de Toledo. Manuela era de aire imponente,
alta, cabellos castaños y ondulados, busto y caderas perfectos, probablemente igual a las medidas de una
actual Miss Mundo. Como Don Simón Bolívar era el agasajado central y era más enamorado que Don Juan
Tenorio; después de efectuar su primer baile con la señora esposa del intendente , pieza musical
de reglamento, echó ojo a la hermosa Manuelita, que era la que deslumbraba y opacaba en belleza a todas las
damas aristócratas de aquella noche.
Bolívar se dirigió a Manuelita y le dijo: ¡Hermosura!, ¿Puede honrarme con tu compañía en este minué?,
“con mucho gusto, Libertador”, dijo ella.
Comenzó el minué, apretó suavemente las bellas manos de Manuelita, y sintió, y quedó hechizado todo el yo
cupídico de Don Simón. El baile era seguido y acompañado por más de cien parejas y en cierto momento se
desordenó por el entusiasmo general. Y Don Simón Bolívar iba apretando más y más hacia su pecho aquellos
senos esculturales de Manuelita, y en un instante se oyó un sonoro beso que le estampó el Libertador en
los labios de la damita. Segundos después un sonado bofetón se oía y una de las mejillas del Libertador estaba
más roja que un tomate por la manotada de la hermosa.
De inmediato la orquesta se calló, las parejas pararon de bailar y hubo un silencio profundo en la gran sala.
¡Alguien decía ahora Manuelita te fusilan!.Aprovechó Don Simón Bolívar el silencio. Habló a la concurrencia, sin
dejar de tomar de una mano a Manuelita: “Señoras y señores, este gesto de la hermosa huamanguina, me ha
gustado, pues indica dignidad y altivez. A cuantas he besado yo, confiado en el alto honor y prestancia de mi