0% encontró este documento útil (0 votos)
115 vistas8 páginas

Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma

Este documento resume tres tradiciones peruanas escritas por Ricardo Palma. La primera habla sobre el Padre Pata, un sacerdote que criticaba al general San Martín y fue castigado por él cambiando su apellido. La segunda trata sobre un maestro que azotó a sus estudiantes para celebrar el día de San Simón Garabatillo en honor a Simón Bolívar. Y la tercera presenta a Don Dimas, un abogado astuto que engañó al diablo en un trato.

Cargado por

leo_elvis_92
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
115 vistas8 páginas

Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma

Este documento resume tres tradiciones peruanas escritas por Ricardo Palma. La primera habla sobre el Padre Pata, un sacerdote que criticaba al general San Martín y fue castigado por él cambiando su apellido. La segunda trata sobre un maestro que azotó a sus estudiantes para celebrar el día de San Simón Garabatillo en honor a Simón Bolívar. Y la tercera presenta a Don Dimas, un abogado astuto que engañó al diablo en un trato.

Cargado por

leo_elvis_92
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

VALORANDO LAS TRADICIONES PERUANAS

(TEXTOS ESCOGIDOS POR ANGEL CAYETANO LÒPEZ)

Don Ricardo Palma autor de las tradiciones peruanas y otros.

TRADICIONES PERUANAS

Tradiciones: Conjunto de ideas, usos o costumbres que se comunican, se transmiten o se mantienen de


generación en generación

Es el título con el que se conoce el conjunto de los escritos que el escritor peruano Ricardo Palma publicó en
varios años en periódicos y revistas. Se trata de relatos cortos de ficción histórica que narran, de forma
entretenida y con el lenguaje propio de la época, sucesos basados en hechos históricos de mayor o menor
importancia, propios de la vida de las diferentes etapas que pasó la historia del Perú, sea como leyenda o
explicando costumbres existentes. Su valor como fuente histórica es limitado y no confiable. Su valor literario es,
sin embargo, enorme.

Las Tradiciones peruanas surgieron en el ambiente periodístico donde se movió su autor. Las primeras se


publicaron como artículos en diarios o revistas de la época. La forma, en un inicio, no estaba ni pensada ni
definida. La idea de narrar un suceso llevaba al autor a ponerle nombres como "articulito", "reminiscencia fiel",
"cuento", etc.

Las Tradiciones de Palma tienen características propias, entre otras:

 Usan un lenguaje popular repleto de refranes, proverbios, canciones, coplas, entre otros.

 Se basan en un suceso histórico que tiene sustento en archivos o documentos. Palma fue el
bibliotecario de la Biblioteca Nacional del Perú.

 Tono oral e informal, en muchas ocasiones dialogan con el lector.

 Propio del romanticismo, el drama es cargado cuando la narración así lo requiere.

 Crítica de las instituciones y costumbres políticas y religiosas de la época, que se describen después
incluso de interrumpir brevemente la narración antes iniciada.

 Al ser relatos cortos, los personajes son diversos.

Las tradiciones tienen un gran valor ya que, si bien no fue invención de Palma, con él se da una revitalización del
género de la tradición, y al mismo tiempo crea un producto literario peruano propio por sus características,
donde el suceso histórico tocado está lleno del costumbrismo del país y donde la historia del Perú sirve como
ambiente y almacén de la memoria colectiva de un pueblo. Palma recurre a ella para conectar el relato con el
lector.

Recordemos algunas de las tradiciones peruanas.

1. EL PADRE PATA                
El padre Pata y el general San
Mart{in

Cuando el general San Martín desembarcó en Pisco con el ejército patriota, que venía emprender la ardua faena
complementaria de la  Independencia americana, no faltaron  ministros del Señor que, como el obispo Rangel,
predicasen atrocidades contra la causa libertadora y sus caudillos.

Que vociferen los que están con las armas en la mano y arriesgando la pelleja es cosa  puesta en razón; pero
no  lo es que  los  ministros de  un Dios de paz  y de concordia, que en medio de  los estragos de la guerra
duermen bien y comen mejor, sean los que más aticen el fuego. Parécense a aquel que en la catástrofe de  un
tren daba alaridos:

-¿Por qué se queja Usted tanto?

-Porque al brincar se me ha desconcertado un pie.

-Cállese usted, so marica. ¡Quejarse  por un pie torcido cuando ve tanto muerto que no chilla!

Desempeñando interinamente el curato de Chancay estaba el franciscano Fray Matías Zapata, quien era  un godo
de  primera agua, el cual después de cada  misa dominical, se dirigía  a los feligreses, exhortándolos con calor
para que se mantuvieran fieles a la causa del rey, nuestro amo  y señor. Refiriéndose  al generalísimo, lo
menos  malo que contra el presidente era lo siguiente:

Cristianos hermanos: sabed que el nombre de ese  pícaro insurgente San Martín es  por si solo  una blasfemia,  y
que esta en  pecado  mortal todo el  que  lo  pronuncie,  no siendo para execrarlo-¿Qué tiene de santo ese
hombre malvado?. Llamarse San Martín ese sinvergüenza, con agravio del caritativo santo San Martín de Tours,
que dividió su capa entre  los  pobres? Confórmense con llamarle sencillamente Martín, y  le estará  bien,  por  lo
que tiene de semejante con su colombroño el pérfido hereje Martín Lutero, y porque, como éste, tiene que arder
en  los profundos  infiernos. Sabed  pues, hermanos  y oyentes  míos, que declaro excomulgado vitando a todo el
que  gritare ¡viva San Martín!,  porque es  lo  mismo que mofarse impíamente de la santidad que Dios acuerda  a
los buenos.

No pasaron muchos  domingos sin que el generalísimo trasladase su ejército al norte y sin que fuerzas patriotas
ocuparan Huacho y Chancay. Entre  los tres  o cuatro  vecinos  que por amigos de la justa causa, como decían  los
realistas,  fue preciso  poner en chirona, encontrase el energúmeno frailuco, el cual fue conducido ante el
excomulgado caudillo.

 -Conque,  señor  Godo – le dijo San Martín-, ¿es cierto que me ha comparado con Lucero y que le ha quitado una
silaba a  mi apellido?

En eses  momento al  infeliz le entró temblor de  nervios, y apenas si pudo hilvanar la excusa de que había
cumplido órdenes de sus  superiores, y añadir que estaba llano a  predicar devolviéndole a su señoría la silaba.

No me devuelva usted nada y quédese con ella- continuó el general-; pero sepa  usted que yo, en castigo de
su  insolencia,  le quito también la  primera sílaba de su  apellido, y entienda que  lo fusilo sin misericordia el día
que se  le  ocurra firmar Zapata. Desde  hoy no es más que el padre Pata; y téngalo muy  presente, padre Pata.

Y cuentan que, hasta 1823, no hubo en Chancay partida de nacimiento, defunción u otro documento parroquial
que  no  llevase por firma fray Matías Pata. Vino Bolívar,  y  le devolvió el uso y el abuso de  la sílaba eliminada.

                                                               Ricardo Palma
 

2. La fiesta de San Simón Garabatillo

El pueblo de Lampa - Puno

Faustino Guerra habíase encontrado en la batalla de Ayacucho en condición de soldado raso. Afianzada la
independencia, obtuvo licencia final y retirose a la provincia de su nacimiento, donde consiguió ser nombrado
maestro de escuela de la villa de Lampa.

El buen Faustino no era ciertamente hombre de letras; mas para el desempeño de su cargo y tener contentos a
los padres de familia, bastábale con leer medianamente, hacer regulares palotes y enseñar de coro a los
muchachos la doctrina cristiana.

La escuela estaba situada en la calle Ancha, en una casa que entonces era propiedad del Estado y que hoy
pertenece a la familia Montesinos.

Contra la costumbre general de los dómines de aquellos tiempos, don Faustino hacía poco uso del látigo, al que
había él bautizado con el nombre de San Simón Garabatillo. Teníalo más bien como signo de autoridad que como
instrumento de castigo, y era preciso que fuese muy grave la falta cometida por un escolar para que el maestro le
aplicase un par de azoticos, de esos que ni sacan sangre ni levantan roncha.

El 28 de octubre de 1826, día de San Simón y Judas por más señas, celebrose con grandes festejos en las
principales ciudades del Perú. Las autoridades habían andado empeñosas y mandaron oficialmente que el pueblo
se alegrase. Bolívar estaba entonces en todo su apogeo, aunque sus planes de vitalicia empezaban ya a eliminarle
el afecto de los buenos peruanos.

Sólo en Lampa no se hizo manifestación alguna de regocijo. Fue ese para los lampeños día de trabajo, como otro
cualquiera del año, y los muchachos asistieron, como de costumbre, a la escuela.

Era ya más de mediodía cuando don Faustino mandó cerrar la puerta de la calle, dirigiose con los alumnos al
corral de la casa, los hizo poner en línea, y llamando a dos robustos indios que para su servicio tenía, les mandó
que cargasen a los niños. Desde el primero hasta el último, todos sufrieron una docena de latigazos, a calzón
quitado, aplicados por mano de maestro.

La gritería fue como para ensordecer, y hubo llanto general para una hora.

Cuando llegó el instante de cerrar la escuela y de enviar los chicos a casa de sus padres, les dijo don Faustino:

-¡Cuenta, pícaros godos, con que vayan a contar lo que ha pasado! Al primero que descubra yo que ha ido con el
chisme lo tundo vivo.

«¿Si se habrá vuelto loco su merced?», se preguntaban los muchachos; pero no contaron a sus familias lo
sucedido, si bien el escozor de los ramalazos los traía aliquebrados.

¿Qué mala mosca había picado al magister, que de suyo era manso de genio, para repartir tan furiosa azotaina?
Ya lo sabremos.
Al siguiente día presentáronse los chicos en la escuela, no sin recelar que se repitiese la función. Por fin, don
Faustino hizo señal de que iba a hablar.

-Hijos míos -les dijo-, estoy seguro de que todavía se acuerdan del rigor con que los traté ayer, contra mi
costumbre. Tranquilícense, que estas cosas sólo las hago yo una vez al año. ¿Y saben ustedes por qué? Con
franqueza, hijos, digan si lo saben.

-No, señor maestro -contestaron en coro los muchachos.

-Pues han de saber ustedes que ayer fue el santo del libertador de la patria, y no teniendo yo otra manera de
festejarlo y de que lo festejasen ustedes, ya que los lampeños han sido tan desagradecidos con el que los hizo
gentes, he recurrido al chicote. Así, mientras ustedes vivan, tendrán grabado en la memoria el recuerdo del día
de San Simón. Ahora a estudiar su lección y ¡viva la patria!

Y la verdad es que los pocos que aun existen de aquel centenar de muchachos se reúnen en Lampa el 28 de
octubre y celebran una comilona, en la cual se brinda por Bolívar, por don Faustino Guerra y por San Simón
Garabatillo, el más milagroso de los santos de achaques de refrescar la memoria y calentar partes pósteras.

3.    Don Dimas de la Tijereta

  Imagen de don Dimas, el abogado que  le engañò al diablo

Cuenta la tradición que existía un escribano viejo y  pícaro que era la persona más avara del  mundo. Se llamaba
Don Dimas de la Tijereta. Un día se  le cruzó en su camino una joven llamada Visitación de la cual se
enamoró   hasta la coronilla .Dicha  joven era  una gentil muchacha de  veinte primaveras , con un  palmito y  un
donaire y  un aquel capaces de  tentar al mismísimo general de  los  padres betlehemitas, una cintura pulida y
remolona de esas de  mírame y  no  me toques, tenía  los  labios colorados como guindas y dientes como
almendrucos.

El escribano se  propuso conquistar el corazón de dicha doncella. Le confesó su amor, pero ella la rechazó. Fue
entonces que cuando don Dimas andando y andando, perdido en sus cavilaciones, llegó una media  noche al pie
del cerrito las Ramas, donde  invocó a  un diablo cualquiera para que se  llevase su almilla a cambio del amor de
esa caprichosa criatura llamada  Visitación.

Esta  invocación llegó a  los oídos del mismo Satanás, quien envió a su servidor Lilit con un contrato y  le dijo: “Ve
y dale este contrato a ese viejo para que  lo firme, ya que abriga  tanto desprecio a su alma que hasta la llama
almilla”.

En el contrato decía  lo siguiente: “Conste  por el presente que yo don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al rey
de los abismos a cambio del amor y  posesión de una  mujer. Me  obligo satisfacer la deuda dentro de  tres años”.
Y aquí seguían las firmas de las altas  partes de  los contratantes y el sello del demonio.
Satanás cumplió con su parte y Visitaciones enamoró perdidamente de don Dimas.

Pasada la fecha  límite. Lilit fue a reclamar la almilla del viejo. Este empezó a desprenderse de  su almilla o jubón
interior y  el diablo  le dijo no se  preocupe en desvestirse  que yo tengo fuerzas para llevármelo vestido y
calzado  en fin haga  lo que  Ud. le  plazca  todavía le queda  un  minuto de su libertad. El escribano siguió en
la  operación hasta quitarse la almilla o  jubón interior y pasándola a Lilit le dijo:-Deuda pagada y traiga  mi
documento, Lilit se echó a reír con todas  las ganas de que es  un  diablo alegre. Y¿ qué quiere que haga con
esta  prenda?-Toma esta  prenda, se  llama almilla y eso es  lo que te he vendido y  a  lo que estoy  obligado.
Documento canta. Repase  Ud.. Señor  diabolín, el contrato, y si tiene conciencia se dará por  bien pagado. Yo no
entiendo nada señor don Dimas, y véngase conmigo y  guarde sus palabras para cuando esté delante de  mi amo.
En eso expiró el minuto y  Lilit  se echó al hombro a Tijereta. Tijereta gritaba  por la calle  diciendo “injusticia”,
Luego ambos acudieron a  primera  y segunda instancia  para el fallo, pero como el tramite era
engorroso  decidieron ambas  partes consultar a   la autoridad del diccionario de la lengua española, es así como
el  pícaro escribano demostró  que estaba en su derecho. De esta manera don Dimas se salva del caldero
hirviente del infierno y  dejó sorprendido hasta el mismísimo diablo.           

                                                              Ricardo Palma                                                     

4.    El alacrán de Fray Gómez   

          Estaba  una mañana Fray Gómez en su celda entregado a la meditación, cuando dieron a la  puerta unos
discretos  golpecitos, y  una voz de  quejumbroso timbre dijo:-Deo gratias… ¡Alabado sea el señor!

-Por siempre  jamás, amen, entre hermanito-contestó Fray Gómez. Y penetró en la humildísima celda un
individuo algo desarrapado, vera efigie de los hombres a quien acongojan, pobrezas, pero en cuyo rostro se
dejaba adivinar la proverbial honradez del castellano viejo.

Todo el mobiliario de la celda se componía de cuatro sillones de vaqueta, una mesa mugrienta,  y una tarima sin
colchón, sábanas ni abrigo, y con una  piedra por cabezal  o almohada.

-Tome asiento, hermano, y dígame sin rodeos lo que por acá le  trae-dijo Fray  Gómez.

-Es el caso padre que soy hombre de bien a carta cabal…

-Se  le conoce  y que  preserve deseo, que así merecerá en esta vida terrena la paz de  la conciencia, y  en
la  otra  la bienaventuranza.

-Y es el caso que soy  buhonero, que vivo cargado de familia y que  mi comercio  no cunde por falta de  medios,
que  no  por holgazanería y escasez de industria en  mí.

-Me alegro hermano, que a quien honradamente trabaja Dios le acude.

-Pero es el caso, padre, que hasta ahora Dios se me hace el sordo, y en acorrerme tarda…

-No desespere, hermano,  no desespere.


-Pues es el caso que a  muchas puertas he  llegado en demanda de habilitación por quinientos duros, y todas las
he encontrado con cerrojo y cerrojillo. Y es el caso que anoche, en  mis cavilaciones, yo  mismo  me dije
a  mi  mismo:-¡ Ea!, Jeromo, buen ánimo y ve a pedirle el dinero a Fray  Gómez, que si el lo quiere, mendicante
y  pobre como es, medio encontrará para sacarte del apuro. Y es el caso que aquí estoy porque he venido, y a su
paternidad le pido y ruego que  me preste  esa puchuela  por seis  meses, seguro que no será por  mí por quien se
diga.

-¿Cómo ha  podido imaginarse, hijo, que en esta  triste celda encontraría ese  caudal?

-Es el caso, padre, que  no acertaría en responderle: pero tengo fe que  no me dejará  ir desconsolado.

-La fe  lo salvará, hermano. Espere un momento.

Y paseando los  ojos por las desnudas y blanqueadas paredes de la celda, vio un alacrán que caminaba
tranquilamente sobre el marco de la ventana. Fray Gómez arrancó una página de  un libro viejo, dirigióse a la
ventana, cogió con delicadeza a la sabandija, la envolvió en papel, y  tornándose hacia el castellano viejo le dijo:

-Tome  buen hombre, y empeñe esta alhaja; no olvide, sí, devolvérmela dentro de seis  meses.

El buhonero se deshizo en frases de agradecimiento, se despidió de Fray Gómez y  más que de prisa se encaminó
a la tienda de  un  usurero.

La joya era espléndida, verdadera alhaja de  reina morisca, por decir  lo  menos. Era un  prendedor figurando un
alacrán. El cuerpo lo formaba  una magnífica esmeralda engarzada sobre oro, y la cabeza un grueso brillante con
dos  rubíes por  ojos.

El usurero, que era hombre conocedor, vio la alhaja con codicia  y  ofreció al necesitado adelantarle dos  mil
duros por ella: pero nuestro español se empeñó en no aceptar  otro préstamo que el de quinientos duros por
seis  meses, y con  un interés judaico, se entiende. Extendiéronse y firmáronse los documentos o papeletas de
estilo, acarició el agiotista la  joya con esperanza de que a la  postre el dueño de  la prenda acudiría por más
dinero, que con el recargo de  interés lo convertiría en propietario de joya tan valiosa por su mérito intrínseco y
artístico.

Y con este capital le fue  tan prósperamente en su comercio, que a la terminación del plazo pudo desempeñar la
prenda, y, envuelta en el  mismo papel en que la recibiera, se la devolvió a Fray Gómez. Éste tomo el alacrán,
lo  puso sobre el alfeizar de la ventana, le echó  una bendición y dijo: - Animalito de Dios, sigue tu camino. Y el
alacrán echó a andar libremente  por  las  paredes de la celda. / Autor: Ricardo Palma, tradicionista peruano/

3.   Agua mansa

 El tenienet Mantilla

El teniente Mantilla, de los Húsares de Junín, habiase portado como un bravo en la guerra de Colombia y después
en la del Perú. Era un llanero de las pampas de Venezuela, el gran jinete y lanza  certera. Era lo que se  llama un
oficial cuartelero, respetuoso con los superiores, cumplidor de su deber, y  tenia la ordenanza en la  punta de la
uña. Dotado de  un carácter servicial y benévolo, bautizáronlo sus compañeros, de quienes era  muy  querido, con
el apodo de “Agua mansa”.
Su bravura  la empleaba solo en el campo de batalla, pero pasádose el fragor de ésta, volvía a ser un buen
muchacho, sin gota de  hiel,  y listo siempre para hacer un favor a  una camarada.

Tal es el retrato que de el me hizo el comandante Gatiesa, que fue alférez  de su escuadrón.

Ahora voy a contarles a  ustedes el como, de la mañana a la noche, se convirtió el agua mansa en agua brava.

A principios del año 1826, cuando la  Independencia del Perú era hecho consumado,  pues apenas si quedaba en
todo el  territorio sombra de realista en armas, creyó el gobierno oportuno practicar arreglos que, por lo  pronto,
dejaron sin colocación a  una docena de oficiales. El teniente  Mantilla fue  uno de  los desventurados a
quienes,  por  falta de  padrinos la cesantía partió de  medio a  medio.

Paso varios meses en Lima comiéndose los codos  y esperando la bienaventuranza; es decir, que el Gobierno lo
destinase en filas, que para oficinista no tenía vocación ni aptitudes el llanero.

Una mañana apuróle la gazuza, se abotonó el raído uniforme,  y paso a paso fue a estacionarse en la  puerta del
Ministerio de Guerra.

Era  por entonces ministro de Guerra el general Tomas Heres, antiguo capitán de Numancia y favorito de Bolívar,
hombre de talento, audaz para la intriga, sereno para el combate y en ocasiones, áspero de  genio.

Aquella mañana traía el señor  ministro los  nervios sublevados, cuando le salió al frente Mantilla, y cuadrándose
militarmente le dijo:

-Dios guarde a Ud. mi general.

-¿Qué dice el teniente?

-Señor, el teniente dice que  no puede aguantar más  miseria, que quiere volverse a Colombia,  y ruega a Ud. que,
como paisano y jefe,  lo atienda y socorra mandándole las cuatro pagas que se le deben, para con ese dinerillo y
la superior licencia aviarse y no parra hasta su tierra.

- No hay  plata- contestó con sequedad el ministro.

- Y ¿Cómo vivo,  mi general? ¿Del aire?

- Repitió Mantilla como interrogándose a si  mismo.

-Si señor; del aire… o échese Ud.  a robar

-¿Hablo latín?- repuso amoscado su señoría-. Si señor; métase a ladrón, que  es un oficio como  otro cualquiera.

-Si, ¿eh? Pues con su permiso, mi general.

Y el teniente Mantilla se llevó la mano la gorra, saludó  militarmente,  y se marchó a  su  posada.

Tres días después celebrábase en Lurín la fiesta de San Miguel, fiesta que duraba una semana, que era romería
para  los  limeños, y en la que había corridas de toros, lidia de gallos, ancho  jolgorio y  “ timbirimba” en grande.

El general Heres, que no  se si era jugador de ocasión  o vicioso, estuvo en una de las  “bancas”, y le fue tan
halagüeña la suerte, que  onza tras onza encerró sesenta  peluconas en la maleta, colocó esta en la grupa del
caballo, y seguido de su ayudante y un par de soldados se emprendió a las seis de la tarde viaje de  regreso a
Lima, calculando hacer en cuatro horas, y  favorecido por  la claridad de la  luna, las siete  leguas que hay
de  travesía. Al pasar  los  viajeros por el sitio llamado La Tablada, se encontraron de  improvisos rodeados
por  un grupo de diez jinetes armados de daga  y trabauco.

-¡Alto, y  pie a tierra! – gritó el capataz de la cuadrilla.

Heres calculó que toda resistencia era  inútil  y obedeció la  intimación.

Se le acercó el bandolero, y  le dijo:

Buenas  noches, mi general. Moléstese en pasarme la maleta.

-¡Ud, teniente Mantilla!¡Un vencedor en Junín! ¡Ud. mi teniente! Exclamó don Tomas Heres tartamudeando de
sorpresa al reconocer al sujeto.
-Yo mismo, mi general. Usted me mandó que robase; y  yo, que  nunca puse  peros a las  órdenes del superior,
he  obedecido como  previene la ordenanza. La subordinación antes que todo,  mi general. Ahora
conversemos  menos,  y déme la “mosca”. No hubo circunloquio valedero, y la maleta cambió de dueño.

Esta cuadrilla de  ladrones  fue el terror  de  los caminantes de la zona de la Tablada hasta 1929.  Posteriormente,


Mantilla fue fusilado en la Plaza Santa Ana.

                                                                          Ricardo Palma

       4. UN BESO  Y  UNA BOFETADA

         Autor: Juan de la Mata Peralta

 El Libertador en pleno baile

Esta curiosa tradición huamanguina tiene relación con el Libertador y ocurre cuando don Simón Bolívar estuvo en
la ciudad de Huamanga entre el 29 de agosto de 1824 y el 19 de septiembre del mismo año para definir
sus  planes y estratagemas de  guerra de la independencia del Perú y expulsión definitiva de  los godos. En  uno
de estos días  la sociedad  huamanguina organizó en su honor un baile de etiqueta en el Cabildo que tenía una
sala espaciosa. Asistieron lo más graneado de la sociedad que todavía respiraba un halo aristocrático.

Entre los asistentes, además de las  principales autoridades, señoras  y señoritas, le causa más afición por su
belleza la Manuelita Toledo que era  una de sus  hijas de Don Andrés de Toledo. Manuela era de aire imponente,
alta, cabellos castaños y ondulados, busto y caderas  perfectos,  probablemente  igual a  las medidas de  una
actual Miss Mundo. Como Don Simón Bolívar era el agasajado central y era más  enamorado que Don Juan
Tenorio; después de efectuar su  primer  baile con la señora  esposa del  intendente , pieza  musical
de  reglamento, echó  ojo a la hermosa Manuelita, que era la que deslumbraba y opacaba en belleza a todas  las
damas aristócratas de aquella noche.

Bolívar se dirigió a Manuelita y le dijo: ¡Hermosura!, ¿Puede honrarme con tu compañía en este  minué?,
“con  mucho gusto, Libertador”, dijo ella.

Comenzó el minué, apretó suavemente las  bellas manos de Manuelita, y sintió, y quedó hechizado todo el yo
cupídico de Don Simón. El baile era seguido y acompañado por más de cien parejas y en cierto momento se
desordenó por el entusiasmo general. Y Don Simón Bolívar iba apretando más  y más  hacia su pecho aquellos
senos  esculturales de Manuelita, y en  un  instante se  oyó un sonoro beso que le estampó el Libertador en
los  labios de la damita. Segundos después un sonado  bofetón se  oía y  una de las  mejillas del Libertador estaba
más roja que  un tomate por  la manotada de la hermosa.

De  inmediato la orquesta se calló, las parejas  pararon de bailar y  hubo  un  silencio  profundo en la gran sala.


¡Alguien decía ahora Manuelita te fusilan!.Aprovechó Don Simón Bolívar el silencio. Habló a la concurrencia, sin
dejar de tomar de  una mano a Manuelita: “Señoras  y señores, este gesto de la  hermosa huamanguina, me ha
gustado, pues indica dignidad y altivez. A cuantas he besado yo, confiado en el alto  honor y  prestancia de mi

También podría gustarte