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Capítulo Segundo

El capítulo aborda la responsabilidad del ser humano en relación con la creación, enfatizando la conexión entre todas las criaturas y la necesidad de cuidar el ambiente como un bien colectivo. Se critica la interpretación errónea de la dominación sobre la naturaleza y se propone una visión de colaboración y respeto hacia todas las formas de vida, destacando la importancia de las relaciones con Dios, el prójimo y la tierra. Además, se sugiere que la solución a la crisis ecológica requiere un enfoque multidisciplinario que incluya la espiritualidad y diversas formas de sabiduría.
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Capítulo Segundo

El capítulo aborda la responsabilidad del ser humano en relación con la creación, enfatizando la conexión entre todas las criaturas y la necesidad de cuidar el ambiente como un bien colectivo. Se critica la interpretación errónea de la dominación sobre la naturaleza y se propone una visión de colaboración y respeto hacia todas las formas de vida, destacando la importancia de las relaciones con Dios, el prójimo y la tierra. Además, se sugiere que la solución a la crisis ecológica requiere un enfoque multidisciplinario que incluya la espiritualidad y diversas formas de sabiduría.
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Capítulo segundo – El Evangelio de la creación

Retoma la riqueza de la tradició n judeo-cristiana, sobre todo los textos bíblicos y la


elaboració n teoló gica basada en ellos.
Para afrontar la problemá tica del capítulo anterior, el Papa Francisco relee los relatos de
la Biblia, ofrece una visió n general que proviene de la tradició n judeo-cristiana y articula
la «tremenda responsabilidad» (90) del ser humano respecto a la creació n, el lazo íntimo
que existe entre todas las creaturas, y el hecho de que «el ambiente es un bien colectivo,
patrimonio de toda la humanidad y responsabilidad de todos» (95).
En la Biblia, «el Dios que libera y salva es el mismo que creó el universo», y «en É l se
conjugan el cariñ o y el vigor» (73). El relato de la creació n es central para reflexionar
sobre la relació n entre el ser humano y las demá s criaturas, y sobre có mo el pecado
rompe el equilibrio de toda la creació n en su conjunto. «Estas narraciones sugieren que
la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente
conectadas: la relació n con Dios, con el pró jimo y con la tierra. Segú n la Biblia, las tres
relaciones vitales se han roto, no só lo externamente, sino también dentro de nosotros.
Esta ruptura es el pecado» (66).
Por ello, aunque «si es verdad que algunas veces los cristianos hemos interpretado
incorrectamente las Escrituras, hoy debemos rechazar con fuerza que, del hecho de ser
creados a imagen de Dios y del mandato de dominar la tierra, se deduzca un dominio
absoluto sobre las demá s criaturas» (67). Al ser humano le corresponde «“l abrar y
cuidar” el jardín del mundo (cf. Gn 2,15)» (67), sabiendo que «el fin ú ltimo de las demá s
criaturas no somos nosotros. Pero todas avanzan, junto con nosotros y a través de
nosotros, hacia el término comú n, que es Dios» (83).
Que el ser humano no sea patró n del universo «no significa igualar a todos los seres
vivos y quitarle al ser humano ese valor peculiar» que lo caracteriza ni «tampoco supone
una divinizació n de la tierra que nos privaría del llamado a colaborar con ella y a
proteger su fragilidad» (90). En esta perspectiva «todo ensañ amiento con cualquier
criatura “es contrario a la dignidad humana”» (92), pero «no puede ser real un
sentimiento de íntima unió n con los demá s seres de la naturaleza si al mismo tiempo en
el corazó n no hay ternura, compasió n y preocupació n por los seres humanos» (91). Es
necesaria la conciencia de una comunió n universal: «creados por el mismo Padre, todos
los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de
familia universal, [...] que nos mueve a un respeto sagrado, cariñ oso y humilde» (89).
Concluye el capítulo con el corazó n de la revelació n cristiana: el «Jesú s terreno» con su
«relació n tan concreta y amable con las cosas» está «resucitado y glorioso, presente en
toda la creació n con su señ orío universal» (100).
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Debido a la extrema complejidad de la crisis ecoló gica y si de verdad queremos construir
una manera de vivir que nos permita sanar todo lo que hemos destruido, entonces
ninguna rama de las ciencias por si sola tiene la solució n. Deberíamos reconocer que las
soluciones no pueden lograrse mediante un modo ú nico de interpretar y transformar la
realidad, es necesario también buscar orientació n en las diversas culturas, el arte, la
poesía y principalmente dentro de la vida interior y a la espiritualidad. Ninguna forma
de sabiduría puede ser dejada de lado, tampoco la religiosa con su propio lenguaje (63).
Los relatos de la Biblia, nos ofrecen una visió n sobre la “inmensa responsabilidad” (90)
del ser humano con respecto a la creació n. Sobre la íntima unió n que existe entre todas
las creaturas, y el hecho de que “el ambiente es un bien colectivo, patrimonio de toda la
humanidad y responsabilidad de todos” (95).
Por ello, aunque “si es verdad que algunas veces los cristianos hemos interpretado
incorrectamente las Escrituras, hoy debemos rechazar con fuerza que, del hecho de ser
creados a imagen de Dios y del mandato de dominar la tierra, se deduzca un dominio
absoluto sobre las demá s criaturas” (67). Al ser humano le corresponde administrar,
“labrar y cuidar” el jardín del mundo (cf. Génesis 2,15). Donde labrar significa cultivar,
arar o trabajar, y cuidar significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar
(administrar). Sabiendo que “el fin ú ltimo de las demá s criaturas no somos nosotros.
Pero todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término comú n,
que es Dios” (83). Que el ser humano no sea el patró n del universo, “no significa igualar
a todos los seres vivos y quitarle al ser humano ese valor peculiar” que lo caracteriza ni
“tampoco supone una divinizació n de la Tierra que nos privaría del llamado a colaborar
con ella y a proteger su fragilidad” (90). Nos enseñ a también que todo ensañ amiento con
cualquier criatura «es contrario a la dignidad humana» (92), pero «no puede ser real un
sentimiento de íntima unió n con los demá s seres de la naturaleza si al mismo tiempo en
el corazó n no hay ternura, compasió n y preocupació n por los seres humanos»

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