FORMA VS CONTENIDO - SEXO Y DINERO - Ken Wapnick PDF
FORMA VS CONTENIDO - SEXO Y DINERO - Ken Wapnick PDF
Sexo y dinero
La preocupación casi universal sobre las cuestiones del sexo y del dinero puede ser rastreada hasta
llegar a la agenda oculta del ego en nuestras mentes —concretamente su plan para mantenernos
arraigados en el cuerpo y en el mundo para que así nunca lleguemos al verdadero origen del dolor y
del conflicto, que es la decisión de la mente de mantener la separación de Dios pero sin
responsabilizarse por ello. En el contexto de los principios del ego y su doctrina del especialismo y
de los intereses separados, tanto el sexo como el dinero pueden ser vistos como formas de
comportamiento que expresan el contenido de nuestras mentes. El enfoque de este libro, por lo
tanto, reside en identificar el contenido que da lugar a la culpa, el conflicto, los mitos y obsesiones
asociados con el sexo y el dinero. El perdón nos permite pasar nuestra atención desde la
complejidad del comportamiento hasta la simplicidad del propósito. De este modo, el sexo y el
dinero, que han surgido para expresar el sistema de pensamiento inductor-de-culpa del ego de uno o
el otro, se transforman para que tengan el propósito de reflejar el principio sanador del Espíritu
Santo de juntos, o de ningún modo.
Prefacio
1. Introducción
La Mente y la mente dividida
La estrategia del ego —inconsciencia
El cuerpo: una solución inadaptada para un problema inexistente
La corrección
Introducción al sexo y el dinero
2. Sexo
Introducción
La importancia del sexo en el sistema de pensamiento del ego
El sexo como un aula
Conclusión: Sexo —forma y contenido
3. Dinero
Introducción
El dinero como la desigualdad del especialismo
Dinero y culpabilidad
4. Sumario
"Tu función especial"
Mirar con Jesús
5. Conclusión: Forma frente a amorfía (ausencia de forma)
Apéndice
Preguntas y respuestas: Sobre la comida
Prefacio
Este libro —Forma vs contenido: Sexo y dinero— es una transcripción editada del taller del mismo
nombre, celebrado en la Fundación en el año 2002. Es la continuación de una serie de clases y
publicaciones que se ocupan de la aplicación de los principios del Curso en los aspectos concretos
de nuestra vida. La serie informal comenzó hace años con la publicación de un pequeño libro sobre
el tema del comer en exceso. Aunque el foco de estos libros puede variar, todos ellos reflejan la
importancia de ver la actividad —y por consiguiente los problemas que la rodean— dentro de la
perspectiva más amplia de la estrategia del ego de enraizar nuestra atención en la forma, para omitir
el contenido. Esto se discutirá en la introducción, así como a lo largo del libro.
El taller comenzó con una extensa introducción que resumía los fundamentos metafísicos del tema
de la forma-contenido. La comprensión de estos es esencial para poder apreciar el uso que tanto el
ego como Jesús hacen del sexo y del dinero. Puesto que este resumen se puede encontrar en
diferentes formas en muchas publicaciones —audio, vídeo y libros—, especialmente en Todos son
llamados, primera parte del libro El mensaje de Un Curso de Milagros, se ha abreviado en gran
medida para así centrarnos únicamente en la estrategia antes mencionada del ego. Esto nos llevará a
la discusión sobre el sexo y el dinero, dos áreas que se encuentran entre las más cargadas de culpa
en el vasto repertorio del ego de los objetos potenciales para sus proyecciones.
Al igual que con los otros libros de esta serie sobre la práctica de Un Curso de Milagros, hemos
editado la transcripción del taller original para hacerla más legible, al mismo tiempo que se intenta
conservar el carácter informal del taller. Se ha añadido también algún material adicional, incluido el
extracto resumido (que se encuentra en el capítulo 4) de preguntas sobre la forma, sacadas de una
clase celebrada al día siguiente cuyo tema principal era otro.
Para hablar de la forma y el contenido tal como se aplican en nuestra vida diaria, concretamente en
el sexo y el dinero, tenemos que empezar por el Principio. Dios es el primer y único Contenido,
junto con Su creación, Cristo. Dios y Cristo, Padre e Hijo, son uno en Pensamiento, unidos en
Mente. Cuando lo imposible pareció haber sucedido —la diminuta y alocada idea de que el Hijo
podía estar separado de su Fuente— surgió un nuevo contenido: la separación, en la cual la Mente
de Cristo parecía estar dividida entre Mente y mente.
La mente dividida se divide ahora de nuevo, entre mente recta y mente errada, el hogar del Espíritu
Santo y del ego respectivamente. Estos representan dos maneras mutuamente excluyentes de mirar a
la diminuta y alocada idea. El ego la ve como algo real, mientras que el Espíritu Santo no la ve en
absoluto, pues la separación de Dios nunca ocurrió —el principio de la Expiación. Así, el Contenido
de la Mente de Dios —amor— se sustituye por los dos contenidos de la mente dividida: la
separación y la Expiación. Una tercera parte de la mente —el tomador de decisiones— elige entre
ambos contenidos. Enamorado de la separación, la cual garantiza su existencia como una entidad
separada, el Hijo de Dios —equiparado con el tomador de decisiones— se alía con el pensamiento
del ego y cree ser un ser autónomo e independiente que ya no forma parte de la Unidad
indiferenciada e íntegra (individida). Para recurrir a una de las principales metáforas del Curso,
podemos decir que el Hijo de Dios se durmió y comenzó su sueño de separación, conservando sin
embargo un recuerdo de su realidad en el estado pre-separación del espíritu —el del único Hijo de
Dios tal como Dios lo creó.
El ego, recién salido de su victoria sobre el Espíritu Santo, se encuentra ahora cara a cara con un
enemigo mortal —el Hijo de Dios mismo. Deseando únicamente conservar el ser separado que
ganó, la parte de la mente que eligió al ego quiere asegurarse de que la mente nunca cambie su
decisión, pues su existencia como un ser especial y diferenciado depende del poder de la mente del
Hijo para creer que se ha creado a sí mismo en vez de haber sido creado por Dios. En seguida
veremos cómo este poder de auto-creación se convierte en un pensamiento importante en las áreas
del sexo y el dinero. Si esa creencia es retirada, el ser separado del ego desaparecerá de vuelta en la
nada de donde provino. Por lo tanto, el ego percibe el poder de la mente del Hijo para elegir como
su mayor amenaza, y debe hacer algo para anular esta espada de Damocles que pende sobre su
tenue cabeza —el poder del Hijo para elegir contra el ego y a favor del Espíritu Santo.
Ahora entra en escena la estrategia del ego para idear un plan para que el Hijo nunca cambie de
opinión/mentalidad. El objetivo del ego es simple, y conseguirlo requiere ingeniosidad. Su único
propósito es dejar al Hijo de Dios sin-mente (inconsciente de la mente), pues si el Hijo ya no sabe
que tiene —y es— una mente, no puede cambiarla. Así que el ego adopta el plan de hacer que la
mente sea tan aborrecible y aterradora que el Hijo voluntariamente desee salir de ella, volviéndose
así inconsciente de la mente, lo que garantiza que la decisión original a favor del ego siga siendo
permanente y de este modo su existencia quede asegurada.
El plan del ego se centra en infundir en la mente del Hijo el miedo a Dios. Le cuenta al Hijo una
historia —un mito cósmico— cuyo objetivo es inducir al Hijo de Dios a que huya de su mente, para
no volver jamás. El bloque básico del relato del ego es la falsa trinidad del pecado, la culpa y el
miedo. Esta es la historia, brevemente resumida:
Hemos pecado contra Dios. Al querer egoístamente nuestra separación, por nuestra libertad había
que pagar un precio —Dios tenía que ser destruido, ya que la unidad y la separación no pueden
coexistir. Donde una está, la otra jamás puede estar. Y puesto que creemos que estamos separados,
esto significa que la Unidad viviente de Dios tiene que haber sido sacrificada. Por lo tanto nuestra
existencia individual se equipara para siempre con el pecado, que queda incrustado en el tejido de
nuestra propia existencia —si existo debo ser un pecador, porque el pecado es la manera en que me
separé.
La culpa, por consiguiente, es la consecuencia inevitable, pues nos dice que no solo hemos
cometido un pecado irredimible al destrozar la Unidad del Cielo, destruyendo a nuestro Creador y
crucificando a Su Hijo, sino que somos inherentemente irredimibles porque somos pecaminosos —
nuestra individualidad ahora entrelazada inextricablemente con el pecado.
Por último, nuestro pecado merece castigo. Puesto que el objeto de nuestro pecado es Dios, nuestro
recién-hecho enemigo vuelve ahora de la tumba para recuperar la vida que nosotros creemos que Le
habíamos robado. Y por lo tanto tememos Su Amor, creyendo que nos destruirá.
De esta manera la mente, hasta ahora el hogar donde celebrábamos nuestra existencia, se convierte
en un campo de batalla y de muerte, en el cual no hay duda de que caeríamos en las coléricas manos
de nuestro Dios, empeñado como está en devolvernos el cumplido de apoderarse de la vida. Ahora
tenemos un serio problema ante nosotros —la aniquilación instantánea. Sin embargo, recuerda que
este es un problema inexistente, pues no existe un Dios enfadado, ni un pecado que tenga que ser
castigado. Esto no es más que la historia inventada por el ego para inducirnos a elegir la
inconsciencia (alejarnos de la mente). El verdadero problema es que nosotros —el Hijo único de
Dios— hemos creído al ego en vez de al Espíritu Santo, y al haber tomado esa decisión, todo lo que
siguió a continuación fue simplemente una manera de preservar nuestra decisión errónea. Este
importante punto es la base de lo que discutiremos después acerca del sexo y del dinero. Este
problema de nuestra elección equivocada es un problema que el ego jamás quiere que
reconozcamos; de lo contrario, no cabe duda de que cambiaríamos nuestra decisión. Date cuenta de
con cuánta astucia el ego urde un problema falso, empezando con la boda de la individualidad con
el pecado. Por lo tanto, su relato del pecado, la culpa y el miedo es intencional. En el Curso, Jesús
nos dice que cuando entendemos el propósito lo entendemos todo, y que lo único que deberíamos
preguntar sobre cualquier cosa es ¿para qué es; qué propósito tiene? (T.17.VI.2.1-2). Por
consiguiente, para entender el sexo y el dinero, primero tenemos que entender el propósito que el
ego tiene para el mundo y el cuerpo: distraernos de lo que el ego considera su auténtico problema
—el tomador de decisiones de la mente— para que nunca podamos volvernos a identificar con ese
poder de elegir en contra del ego.
Prosiguiendo con su estrategia, el ego procuró expulsarnos de nuestra mente —tanto literalmente
como en sentido figurado*— para conseguir su objetivo de sin-mentalidad (inconsciencia). El ego
logró bloquear de nuestra conciencia el Contenido del Amor de Dios al convencernos de que
eligiéramos en contra de su contenido reflejado, el principio de la Expiación del Espíritu Santo.
Esto hizo que solo quedara el contenido de separación del ego, ahora identificado con el pecado. Al
hacer esto, el astuto ego trasladó el problema desde la mente tomadora de decisiones hasta el falso
problema del pecado y su certera consecuencia de destrucción. Para "resolver" este problema, el ego
nos aconsejó que huyéramos de la mente —el lugar percibido del problema— y buscáramos refugio
en el mundo y el cuerpo. De este modo fue "creado" el universo físico por medio de la dinámica de
la proyección, con miedo al castigo de Dios. El problema inventado del ego del pecado y la culpa
—su contenido— se veía ahora en el mundo de la forma —la vida de sufrimiento y dolor del
cuerpo. No obstante, todo eso era inventado (imaginario) —una solución inadaptada para un
problema inexistente. Y así fue posible conservar nuestro ser individual, ya que el ego consumó con
éxito su estrategia de dejar al Hijo de Dios sin mente, convertido en uno entre billones de
fragmentos del Hijo de Dios.
*Nota del traductor: En inglés drive us out of our minds, que significa ambas cosas: expulsarnos de nuestra mente
(sentido literal) y sacarnos de quicio o de nuestras casillas (sentido figurado).
Para sellar nuestro destino de estar separados, el ego hizo que cayera un velo sobre nuestras mentes,
para que no tengamos ningún recuerdo de que somos hijos del ego, ya ni hablemos de que somos
hijos de Dios. Al ahora creer que somos cuerpos, el contenido tanto del amor como de la culpa ha
sido enterrado debajo de la forma; el Ser del amor ha sido ocultado por el ser que ha tomado la
decisión a favor de la culpa, el cual a su vez ha sido ocultado por el cuerpo, la encarnación o
personificación del sistema de pensamiento de separación del ego. Así que nos identificamos como
criaturas sin mente, sin tan siquiera capaces de usar la palabra —ya que sin mente significa que
carecemos de una mente, la cual ahora ni siquiera sabemos que existe— y nos consideramos a
nosotros mismos solamente como cuerpos, gobernados por un cerebro, determinados por un código
genético e influidos por nuestro entorno.
Fue ese pensamiento de uno o el otro el que literalmente dio origen a nuestra existencia separada y
continúa sosteniéndola. Esto explica por qué nuestras vidas están llenas de culpa, miedo y conflicto
—las ideas no abandonan su fuente— como tan frecuentemente es el caso con el sexo y el dinero.
Podemos ver cómo el cuerpo, tanto física como psicológicamente, fue hecho específicamente a
imagen y semejanza del contenido subyacente del ego. Examinemos de nuevo lo que el ego ha
hecho al desarrollar su mito. Su historia del pecado, la culpa y el miedo hace que aparezca un
problema inexistente en lugar del verdadero problema del ego que es el poder de la mente para
elegir contra él. Así que el ego elaboró un problema para ocultar el verdadero problema, y luego
proyectó su problema para formar una multiplicidad de problemas inexistentes. Todos ellos están
relacionados con el cuerpo, y abarcan las preocupaciones por el oxígeno, el agua, la comida, el
alojamiento, la soledad, la enfermedad y la muerte. El sexo se convierte en la necesidad de asegurar
la supervivencia de la especie, y secundariamente para satisfacer las necesidades hormonales y
emocionales, mientras que ganar dinero es esencial para la supervivencia del individuo. Dado que
las ideas no abandonan su fuente, los problemas del mundo son la sombra del problema de la mente
del inexistente campo de batalla de uno o el otro, mata o muere. ¡Cuán lejos nos lleva esto,
entonces, de la mente tomadora de decisiones que es el problema y la respuesta!
Evidentemente, no hay manera de que podamos sobrevivir como seres físicos/psicológicos a menos
que resolvamos nuestros problemas básicos de tener satisfechas nuestras necesidades. Por ejemplo,
un niño aprende muy temprano a resolver el problema del hambre o la sed. Llora, consiguiendo la
atención de sus padres. Poco después, cuando desea atención, busca comodidad o quiere que le
tomen en brazos, coge una rabieta o sonríe con dulzura. De este modo, comenzamos nuestra vida en
el cuerpo aprendiendo rápidamente a resolver los problemas de la vida y a conseguir satisfacer
nuestras necesidades. Por consiguiente, en el mundo todo es un intento de resolver un problema. Y,
repitámoslo, todos nuestros problemas se centran en el cuerpo —la solución inadaptada del ego al
problema inexistente de permanecer en la mente. El ego, brillantemente, ha inventado un problema
que requiere una solución, la cual se convierte en otro problema, y luego en otro, y en otro, y así
sucesivamente. Tan pronto como resolvemos un problema, surge otro para ocupar su lugar, tal como
se expresa convincentemente en dos lecciones paralelas del Libro de ejercicios, la 79 y la 80:
"Permítaseme reconocer el problema para que pueda ser resuelto" y "Permítaseme reconocer que
todos mis problemas se han resuelto". Obviamente, en realidad no se resuelve nada porque ahí no
hay nada para resolver.
Mirando el cuerpo de manera objetiva, puede verse fácilmente la estrategia del ego de crear
problemas perpetuos para tener un perpetuo mal-estar*; por ejemplo, puede que resolvamos los
problemas de comida, dinero o salud hoy, pero ¿qué pasa con el futuro? Puede que finalmente haya
aprendido a satisfacer mis necesidades, pero eso no significa que el mismo plan seguirá
funcionando mañana, la próxima semana o el próximo año. Nuestra atención —como individuos y
también como miembros de la sociedad— está, por lo tanto, continuamente enfocada en problemas
inexistentes que exigen soluciones inadaptadas, pues el mundo de la forma (el cuerpo) fue hecho
específicamente para defendernos del mundo del contenido (la mente) —es el estado de sin-
mentalidad que el ego ve como la salvación.
*Esta frase está tomada de la descripción que hizo el historiador Charles Beard de la política exterior de Estados
Unidos desde la 2ª Guerra Mundial de librar una guerra perpetua para la paz perpetua.
La corrección
no es la forma que adopta el error lo que hace que este sea una equivocación. Si lo que la forma
oculta es un error, la forma no puede impedir su corrección. (T.22.III.5.1-2)
El problema no es la forma, sino los usos que le hemos dado: el contenido —el cual significa el
propósito de erigir una cortina de humo física para que nunca veamos el problema real, que es la
parte de nuestra mente que eligió al ego en vez del Espíritu Santo. No hay dos áreas que se adapten
mejor que el sexo y el dinero al propósito específico de unirnos a la forma para que no miremos el
contenido, como veremos en seguida. El siguiente pasaje de "La razón y las distintas formas del
error" resume muy bien el propósito del ego para el cuerpo: ver el mundo de la forma y ocultar el
contenido de la mente:
Los ojos del cuerpo ven únicamente formas. No pueden ver más allá de aquello para cuya
contemplación fueron fabricados. Y fueron fabricados para fijarse en los errores y no ver más allá de
ellos. Su percepción es ciertamente extraña, pues solo pueden ver ilusiones, al no poder ver más allá
del bloque de granito del pecado y al detenerse ante la forma externa de lo que no es nada. Para esta
forma distorsionada de visión, el exterior de todas las cosas, el muro que se interpone entre la verdad
y tú, es absolutamente real. Mas ¿cómo va a poder ver correctamente una visión que se detiene ante
lo que no es nada como si de un sólido muro se tratase? Está restringida por la forma, habiendo sido
concebida para garantizar que no perciba nada, excepto la forma.
Esos ojos, hechos para no ver, jamás podrán ver. Pues la idea que representan [la realidad del pecado
de la separación] nunca se separó de su hacedor [el tomador de decisiones], y es su hacedor el que ve
a través de ellos. ¿Qué otro objetivo tenía su hacedor salvo el de no ver? Para tal fin, los ojos del
cuerpo son los medios perfectos, pero no para ver. Advierte cómo los ojos del cuerpo se posan en lo
exterior sin poder ir más allá de ello. Observa cómo se detienen ante lo que no es nada, incapaces de
comprender el significado que se encuentra más allá de la forma. Nada es tan cegador como la
percepción de la forma. Pues ver la forma significa que el entendimiento ha quedado velado.
(T.22.III.5.3—6.8)
Este no es más que uno entre docenas de pasajes a lo largo de Un Curso de Milagros que explican
que el cuerpo fue fabricado para ver sin ver, oír sin oír, pensar sin pensar. Por lo tanto, los ojos no
ven, los oídos no oyen, los cerebros no piensan, pues fueron hechos para percibir únicamente lo que
el ego les dijo que percibieran, y para pensar únicamente lo que fueron programados para pensar —
separación, pecado y culpa; en otras palabras, para fijar su mirada en el error de la forma, sin ver la
mente que se encuentra más allá de ella.
Por consiguiente, el cuerpo fue hecho para sufrir —la solución inadaptada del ego— física y
psicológicamente, y experimentar conflicto con respecto a las cosas del mundo; por ejemplo, el
sexo y el dinero. El principio del ego aquí es que cuanto más temible e inductora de culpa sea la
forma, menos probable es que nos movamos hasta la mente, donde el Espíritu Santo expone el
propósito del mundo de ser la fuente de la culpa y el miedo. Queremos que nuestros ojos estén
siempre enfocados en el cuerpo —en el nuestro y en el de las otras personas— y nunca en la mente.
El ego sabe que todavía existe una parte de la mente que sabe que el cuerpo no es nada. Al igual que
en la historieta, nuestra mente recta reconoce que el emperador del ego —que gobierna el reino del
pecado, la culpa y el miedo— es imaginario. Además, no solo es que el emperador está desnudo,
sino que no hay emperador. Sin embargo, a la nada se le otorga realidad mediante nuestra temerosa
necesidad de huir de ella y de fabricar un mundo para escapar de un problema que no existe, y
entonces hacer que los problemas corporales completen el escudo defensivo contra el poder
tomador-de-decisiones de la mente.
Como ya hemos comentado, se trata de una estrategia brillantemente concebida y muy exitosa
porque muy pocos a lo largo de la historia han logrado desenmascarar el escudo defensivo del ego
del cuerpo y el mundo. Todavía creemos que ahí fuera hay algo que tenemos que superar, que hay
problemas que tenemos que afrontar. Sin embargo, el único problema que hay que resolver es el
error de creer que hay un mundo y un cuerpo que son la causa del dolor y el sufrimiento. Sabemos
que la percepción miente porque se detiene ante la forma y no va más allá de ella, hasta la mente.
Hemos visto que el aparato sensorial del cuerpo fue fabricado específicamente para posarse en lo
exterior, motivo por el cual no deberíamos confiar en lo que nos informan: "Nada es tan cegador
como la percepción de la forma". Tenemos que reconocer que aquí todo es percepción de la forma,
ya que, de nuevo, el cuerpo fue fabricado para ocultar el contenido de culpabilidad de la mente, el
cual a su vez fue fabricado para ocultar el verdadero contenido del poder de la mente para elegir.
Dentro del sueño, nuestro único concepto de nosotros mismos es el del tomador de decisiones —el
poder para elegir al ego o al Espíritu Santo. En consecuencia, la razón del Espíritu Santo —el
pensamiento de mentalidad correcta— tiene otro propósito para el cuerpo, que es que sea un aula en
la que aprendamos la diferencia entre la forma y el contenido, la ilusión y la verdad. Volviendo a
"La razón y las distintas formas del error", leemos:
La razón te diría que si la forma no es la realidad tiene que ser entonces una ilusión, y que no se
puede ver porque no existe. Y si la ves debes estar equivocado, pues estás viendo lo que no puede ser
real como si lo fuera. Lo que no puede ver más allá de lo que no existe no puede sino ser percepción
distorsionada, y no puede por menos que percibir a las ilusiones como si fuesen la verdad. ¿Cómo
iba a poder, entonces, reconocer la verdad? (T.22.III.7.4-7)
La razón, o la visión, significa que miramos al mundo desde arriba del campo de batalla —es decir,
desde la mente—, la única manera sensata de mirar cualquier cosa del mundo. Esto significa que
regresamos a la parte de la mente que toma decisiones. Cuando lo hacemos, debemos estar con
Jesús porque el ego nunca nos llevaría ahí. En este punto el tomador de decisiones se convierte en
un observador, que mira las actividades del cuerpo y entiende que no son más que el reflejo del
contenido de la mente —esto es mirar desde la perspectiva del soñador, no del sueño. Así que ya no
nos identificamos con la figura del sueño —la persona a la que llamamos nosotros mismos y que
reconocemos cada mañana frente al espejo— sino con el soñador que fabricó el sueño para que
sirviera al propósito de su maestro.
De modo que miramos al ego sin culpa, miedo ni juicio, pues miramos a través de los ojos del
Espíritu Santo y con el amor de Jesús a nuestro lado, dándonos cuenta de que el mundo del cuerpo
no es más que un sueño. Y a medida que entendemos cada vez más la enseñanza de Jesús,
reconocemos que todo lo que experimentamos en el mundo lineal del tiempo y el espacio es un
sombrío fragmento del sistema de pensamiento del pecado, la culpa y el miedo. Por consiguiente,
podemos elegir de nuevo: a Dios en vez del ego, la Expiación en vez de la separación, el contenido
en vez de la forma.
Voy a introducir este tema del sexo y el dinero contando dos historias. Ambas tienen que ver con la
psicoterapia, pero su contenido puede generalizarse a nuestro tema y así proporcionar una buena
introducción.
Me uní a Helen Schucman y Bill Thetford al final de la primavera de 1973*, y tras completar mi
segunda lectura de Un Curso de Milagros en otoño, le pregunté a Helen si había escrito alguna cosa
más. Ella mencionó que había algo sobre psicoterapia que estaba obviamente sin finalizar, pero que
no había problema en que yo pudiera mirarlo. Dados mis antecedentes, con mi formación en
psicoterapia, obviamente estuve interesado en verlo. Lo que Helen me mostró estaba completo a lo
largo de las seis primeras secciones del capítulo 2 de lo que posteriormente se convertiría en el
anexo Psicoterapia: Propósito, proceso y práctica. Tras leer el material le dije a Helen, con cierta
decepción, que eso era exactamente igual que el Curso. Ya no recuerdo su respuesta, aunque
sospecho que probablemente me dijo, en efecto, un tanto incrédula: "¿Qué otra cosa pensabas que
sería?". Está claro que yo había esperado que este material sobre psicoterapia sería diferente, una
especie de manual de instrucciones, lleno de ejemplos, estudios de casos, etc. Los lectores
familiarizados con el anexo Psicoterapia saben que es, naturalmente, justo como Un Curso de
Milagros, en tanto que aplica los principios de la curación —dos personas que se unen para
compartir un interés común— a la psicoterapia.
*Mi libro Ausencia de felicidad narra los detalles de mi relación con Helen Schucman, la escriba del Curso, y su
socio y amigo William Thetford.
La segunda historia se refiere a un taller de una semana de duración que di en un centro de retiro en
Idaho a mediados de la década de 1980. Entre los asistentes había un psiquiatra, y al principio de la
semana me preguntó si podría dedicar algo de tiempo a hablar acerca de Un Curso de Milagros y la
psicoterapia, ya que él había leído el anexo Psicoterapia y estaba interesado en escuchar más sobre
ese tema. Le dije que si había tiempo más tarde en la semana lo haría, lo cual hice casi al final de la
clase. Cuando terminé, él levantó su mano y dijo, haciéndose eco de mi "queja" a Helen: "No has
dicho nada diferente de lo que has estado diciendo toda la semana".
Por lo tanto, quiero advertir a los lectores que lo que voy a decir sobre el sexo y el dinero no va a
ser diferente de lo que he estado diciendo en la introducción —o, para el caso, en cualquiera de mis
obras. El punto de estas dos historias, que en cierto sentido es la base para la discusión sobre el sexo
y el dinero, es que los problemas relacionados con ellas, o con cualquier otra área problemática
específica, son todos lo mismo. Sean cuales sean nuestros problemas en torno al sexo y el dinero —
variaciones del amor especial o del odio especial— ellos no difieren de cualquier otro asunto de
nuestra vida. Desde luego que podría haber incluido también el tema de la comida, puesto que para
muchas personas se trata de un símbolo importante y apunta al corazón ontológico del sistema de
pensamiento del ego, como de hecho sucede también en el caso del sexo y el dinero. Sin embargo
no lo incluí porque, en términos generales, la comida tiende a no ser un fenómeno interpersonal*.
Sin embargo, a modo de ejemplo de cómo los mismos principios se aplican también en los
problemas sobre la comida, en el apéndice he incluido un breve diálogo que tuve con una estudiante
durante una clase reciente. Por último, voy a tratar los temas del sexo y del dinero por separado,
pero es evidente que existe una superposición si tenemos en cuenta sus antecedentes ontológicos y
el propósito subyacente del ego.
*Hace varios años tuve un debate con tres estudiantes del Curso sobre el tema de la comida y los problemas con el
peso. El debate fue grabado y está disponible en una cinta de cassette (#T-26: "Overeating: A Dialogue" ["Comer
en exceso: un diálogo]), y también en forma de libro (#B-12). Para más información, puede verse la sección
"Material relacionado", al final de este libro.
2. Sexo
Introducción
Esta presentación sobre el sexo tiene una historia, que se remonta a la primera vez que di un taller
teniendo el sexo como uno de los temas. Fue en Seattle, a principios de la década de 1980. Antes de
ir allí, mi esposa Gloria y yo nos dimos una vuelta por el Area de la Bahía para visitar a Judy Skutch
y Bill Thetford. Judy acababa de recibir un ejemplar del Manual del sexo espiritual, del cual se
decía que era una canalización de Jesús. Gloria sugirió que yo echara un vistazo al libro, dado que
la autora era del área de Seattle y era posible —como así fue— que los asistentes al taller
preguntaran sobre el tema. Lo hojeé y, para decir algo positivo sobre el libro antes de señalar un
inconveniente, puede servir a un propósito útil, ya que uno de los objetivos del libro es enseñar a
sus lectores a no sentirse culpables con respecto al sexo. Lo que hace que el libro sea inusual, sin
embargo, es que es muy explícito al describir el modo en que uno tiene sexo con Jesús. En una
escena del libro, de hecho, la autora está haciendo el amor con su marido, quien de repente es
reemplazado por Jesús, que consuma el acto, con detalles muy explícitos y concretos sobre el acto
sexual. Con su énfasis en la forma, pienso que el libro se distrajo del sendero, aunque el contenido
de no sentirse culpable con respecto al sexo es, repito, útil.
No suelo comentar sobre otros escritos espirituales, pero saco el tema del Manual del sexo
espiritual porque sienta las bases para nuestro debate sobre el sexo. El error que se encuentra en ese
libro —desde la perspectiva de Un Curso de Milagros— es que se centra mucho en el
comportamiento —en la forma, en vez del contenido. Por lo tanto, al debatir un tema tan lleno de
emociones como es el del sexo, es esencial que se entienda su contexto subyacente, sin el cual el
propósito de separación y defensa del ego prevalecería en última instancia. A propósito, pasé parte
del taller de Seattle hablando sobre sexo, y desde entonces lo he vuelto a hacer de vez en cuando, al
igual que en algunos de mis libros*.
*Véase, por ejemplo, "El significado del amor y de la sexualidad", en el capítulo 4 de mi libro El perdón y Jesús:
El punto de encuentro entre Un Curso de Milagros y el cristianismo. Véase también la divulgación electrónica de
nuestra página web (www.facim.org): Question & Answer Service — Index of Topics: Money; Relationships /
sexuality [Servicio de preguntas y respuestas — Índice de temas: Dinero; Relaciones / sexualidad].
Comienzo con un pasaje del Texto. Lo cito fuera de contexto, pero es su contenido lo que pretendo
que llame la atención. Se encuentra en la sección titulada "Expiación sin sacrificio" (T.3.I), que
contiene la crítica de Jesús a la visión cristiana de la expiación: el plan de Dios del sacrificio para
salvarnos de nuestra pecaminosidad. En el segundo párrafo, Jesús afirma que en el corazón de la
teología cristiana está "la terrible y errónea percepción de que Dios Mismo persiguió a Su Propio
Hijo en nombre de la salvación" (T.3.I.2.4). Entonces dice, y esta es la parte pertinente:
Ni siquiera las mismas palabras tienen sentido. Superar esto [la percepción errónea de que Dios dispuso que
Jesús sufriera por nosotros] ha sido sumamente difícil, pues si bien este error no es más difícil de corregir
que cualquier otro, son muchos los que no han estado dispuestos a abandonarlo en vista de su eminente valor
como defensa. (T.3.I.2.5-6)
El ámbito del sexo, y del dinero también, es un tema difícil porque, entre otras cosas, casi siempre
conduce a los estudiantes de las disciplinas espirituales, incluida Un Curso de Milagros, a
malinterpretar el camino que están siguiendo. La razón de esto es su eminente valor como defensa,
lo que conduce a la confusión de forma y contenido.
Desde un punto de vista biológico, el sexo es la manera en que nos reproducimos y con ello
preservamos nuestra especie —la manera en que creamos vida. Es un hecho biológico que venimos
a la existencia como resultado de la unión del óvulo con el espermatozoide, lo que representa la
separación original de Dios que comenzó en el instante en que el ego creyó que estaba por su
cuenta, dirigiendo el curso de su propia vida. En ese instante nos volvimos auto-creados en vez de
"Dios-creados". Por lo tanto el cuerpo no es ni más ni menos que la expresión en la forma de esta
idea subyacente de que podemos crear vida que es independiente de nuestro Creador y Fuente —el
corazón de la falacia de la separación. En "Las leyes del caos", Jesús dice:
Fuera del Cielo no hay vida. La vida se encuentra allí donde Dios la creó. En cualquier otro estado que no
sea el Cielo la vida no es más que una ilusión. (T.23.II.19.1-3)
Por lo tanto, creemos que hemos usurpado el lugar de Dios en el trono de la creación, y dentro del
sistema de creencia del ego vivimos bajo la ilusión de ser creadores, básicamente negando el relato
bíblico de la creación. La proyección de este sistema de pensamiento inconsciente da lugar a un
mundo de cuerpos, los cuales se convierten entonces en los instrumentos de la auto-creación. Y es
aquí donde radica el problema, lo que explica por qué el sexo, indudablemente en nuestra sociedad,
casi siempre ha sido un problema importante, lleno de culpa, ansiedad, miedo y, sin duda alguna,
especialismo. Recordemos la introducción —el pensamiento original de que estamos por nuestra
cuenta y de que realmente podemos crear vida es equiparado por el ego con el pecado, lo que
conduce a la culpa y luego al miedo de un castigo. En el nivel más básico, por tanto, ser un cuerpo
simboliza la culpa. Por ejemplo, tomar aire es la manera en que mantenemos el cuerpo con vida, lo
que puede interpretarse como una manera de decirle a Dios: "El aliento de tu espíritu no es
suficiente para mí. Necesito algo externo a Ti para sostener mi vida porque Tú no me vas a dar lo
que yo quiero". Nuestra necesidad de comida y agua está diciendo lo mismo, al igual que nuestras
necesidades emocionales, así que continuamente estamos despreciando a Dios ante Su misma cara y
diciéndole que no Le necesitamos, puesto que Él ya ha dejado claro que no reconoce nuestra
existencia.
Cuando se mira dentro de este contexto ontológico, el sexo igualmente Le está diciendo a Dios no
solo que no Le necesitamos, sino que podemos hacer todo lo que Él puede hacer. El colmo de
nuestra arrogancia es la creencia de que podemos hacer las cosas mejor que Él. El verdadero Dios,
por ejemplo, no puede matar, mientras que nosotros somos muy expertos en esa área. Por tanto, no
solo podemos crear vida, sino que también podemos destruirla. Cuando nosotros, como un único
Hijo, hicimos el cosmos, hicimos un mundo increíblemente vasto y, para nosotros al menos, muy
impresionante. Nunca dejamos de sentirnos asombrados ante lo que hemos hecho. En una noche
hermosamente despejada y llena de estrellas miramos hacia arriba y nos sentimos sobrecogidos,
hallando gran inspiración en la inmensa vastedad de los cielos. Nos maravillamos ante la belleza de
un amanecer o de una puesta de sol. Sin embargo, oculto tras todo esto le estamos diciendo a
nuestro Creador: "Ya ves, puedo hacer un mundo tan grande como el Tuyo". Y en el nivel
microcósmico de nuestro sueño, por medio del sexo, ciertamente creamos vida. Cuando el sexo se
entiende desde esta perspectiva, vemos que los muchos problemas que lo rodean no tienen nada que
ver con la conducta sexual, sino con el pensamiento de culpa subyacente que dice: "Yo soy un dios
que ha destruido a Dios, tomando Su vida creativa por mi cuenta". El sexo se convierte
simplemente en otro modo de recordarnos que hemos usurpado pecaminosamente la función de
Dios y Le hemos suplantado.
En el Manual para el maestro hay un potente reporte del error original (M-17), uno de los muchos
lugares en Un Curso de Milagros que exponen claramente la trinidad del pecado-culpa-miedo. Jesús
describe nuestro miedo a que Dios nos atrape y nos pase factura haciéndonos pagar todas juntas, y
describe cómo enterramos en nuestra mente lo que creemos que Le hicimos y que Él nos hará en
represalia. Pero entonces surge este horripilante pensamiento: "No creas que Él se ha olvidado"
(M.17.7.4). En otras palabras, ni por un minuto pienses que Dios se ha olvidado de lo que hiciste;
así que no creas que Él no te va a perseguir y exigir Su mortal venganza. Si el sexo es una de las
maneras más eminentes en que demostramos nuestra divinidad al "crear" vida, imagina la culpa y el
terror inconscientes asociados a este recordatorio repleto de pecado.
Piensa también en el hecho de que cuando el ego hizo su escenario sexual, lo hizo también
placentero. Desde un punto de vista evolutivo esto tiene mucho sentido, ya que había necesidad de
que hubiera una manera de inducir a los miembros de una especie a copular, con el fin de que la
especie se conserve. Sin embargo, tal como podemos ver en el homo sapiens, la conducta se ha
divorciado de su propósito original, así que ahora el sexo se busca con más frecuencia solamente
para el placer, una carga adicional de culpa porque ahora el placer proviene del acto que simboliza
en última instancia la muerte de Dios —que no solo tuvimos éxito en usurpar el rol de nuestro
Creador, ¡sino que ahora lo disfrutamos! Es esta culpabilidad la que se manifiesta en las diversas
cuestiones y problemas que han surgido en torno al sexo: control de la natalidad, aborto, orientación
sexual, sexo antes y fuera del matrimonio, disfunción sexual, etc.
A medida que vamos siendo capaces de unirnos con Jesús para ver el sexo desde su punto de vista
por encima del campo de batalla, fuera del sueño, vemos que todo lo que experimentamos en el
mundo lineal del tiempo y el espacio es un fragmento sombrío de ese único pensamiento original.
¿Cómo no iba a convertirse el sexo en tal símbolo negativo como es el de la relación especial —
amor especial u odio especial, donde la relación se convierte en la fuente del sufrimiento, del dolor
y de la pérdida (odio especial), o del placer, del contentamiento y de la sensación de compleción
(amor especial)?
Permítanme decir, antes de que vaya mucho más allá, que esto de ninguna manera significa que
debamos sentir culpa porque nos gusta el sexo o porque es una parte importante de nuestra vida, del
mismo modo en que no tenemos por qué sentirnos culpables porque nos gusta lo que el dinero
puede hacer por nosotros. Recuerda este importante aspecto de la enseñanza del Curso: una vez que
el mundo fue hecho para un propósito profano —lo cual incluye el sexo y el dinero— se vuelve
neutral. Fabricado para mantenernos en el sueño de separación por medio de la culpa y del
especialismo, el mundo puede seguir usándose con ese propósito, o en vez de eso convertirse en el
medio para nuestro aprendizaje del perdón y para que despertemos del sueño. Más adelante vamos a
citar parte de la sección "Tu función especial" (T.25.VI), una relevante exposición de cómo el
Espíritu Santo utiliza para la curación lo que el ego fabricó para perjudicar.
Regresando a la perspectiva ontológica del sexo, se puede entender fácilmente cómo se convirtió en
un símbolo tan eminente. En lugar de ser simplemente una función biológica entre otras, es ahora
una función biológica importante. Para muchas personas se ha vuelto tentador espiritualizar el sexo,
convirtiéndolo en algo sagrado. Sin embargo, nada relativo al cuerpo podría ser sagrado —o
profano—, pues es neutral. Una vez más, la actividad corporal puede servir al santo propósito de
perdón del Espíritu Santo, o al propósito profano de reforzar el especialismo. Para reiterar este
punto, el cuerpo no es nada de por sí, así que tener sexo no es una actividad espiritual ni profana. Su
valor depende únicamente del propósito para el que se utilice.
Por lo tanto, es crucial entender las raíces ontológicas del sexo, porque van a explicar por qué es un
tema tan ardiente en nuestro mundo. Recuerdo a un profesor de historia de mis días universitarios
—un encantador caballero británico que expresaba las cosas de una forma diferente a casi todos los
demás miembros del departamento— que dijo que la historia del mundo se escribe en los
dormitorios: si quieres entender cómo y por qué sucedieron las cosas a lo largo de la historia,
estudia qué ocurría en las alcobas de los reyes y gobernantes.
La sección del Texto titulada "Los obstáculos a la paz" se refiere a nuestra atracción por la culpa, el
dolor y la muerte, las cuales pueden catalogarse bajo la categoría más general de atracción por el
cuerpo (T.19.IV). Queremos que el cuerpo sea real, y no importa si se trata de un dolor insoportable
o del éxtasis del placer sensual. Es obvio que el sexo hace al cuerpo real, ya sea como una manera
de producir hijos, de pasar un rato agradable, o una combinación de ambas; tanto si el sexo es un
inductor de culpa como si es una fuente de repetitivo placer. El cuerpo sigue siendo el foco central,
y ese foco es la verdadera atracción. Esto es también válido para casi cualquier otra actividad
corporal, pero el sexo es una defensa especialmente útil, una manera más eficaz de tratar con la
forma en lugar del contenido. Eso no convierte al sexo en más o menos significativo que cualquier
otra actividad física o psicológica, pero ayuda a explicar nuestra obsesión con él. Casi nunca se le
considera como una actividad humana normal, lo que pondría virtualmente en crisis las industrias
del entretenimiento y de la moda. En la Avenida Madison no se venden ni siquiera pasta de dientes
o coches sin insinuaciones sexuales o mensajes sexuales subliminales.
Una de las razones por las que Freud estaba tan apegado a su teoría sexual era el vínculo entre esa
teoría y la biología. Para él, el sexo era algo más que la actividad genital. Él habló de las etapas de
la sexualidad infantil y en general definió el sexo como la base de la energía humana. Freud
comenzó su carrera como neurólogo y médico, y al final de su carrera predijo que su teoría de la
mente (sic) llegará un día en que será explicable electroquímicamente. Estoy simplificando
demasiado su posición, pero esta conexión electroquímica era muy importante para él porque
enraizaba el sexo en el cuerpo. Formaba parte de su ferviente defensa de que el sexo debía tener sus
principios básicos en lo físico. Como en tantas otras áreas, el padre del psicoanálisis estaba sobre la
pista de algo importante, pero no por las razones que él pensaba. El sexo confirma la realidad del
cuerpo, y no se puede enfatizar lo suficiente que el ego hizo el mundo y el cuerpo para que
estuviéramos distraídos, asegurándose así de que nunca regresáramos a la mente. El resultado es
nuestro constante enfoque en la forma, a expensas del contenido.
Desde el punto de vista de la relación especial, el sexo ocupa un lugar tan central en el sistema de
pensamiento del ego debido a que no es algo que puedas hacer con todo el mundo —al ser una
expresión corporal solamente puede realizarse con relativamente pocas personas, e inevitablemente
demanda exclusividad—, ¡a pesar de los mejores esfuerzos de algunas personas! Al principio de la
gran ópera de Mozart, Don Giovanni (Don Juan), el héroe ha dejado plantada a otra de sus amantes,
Donna Elvira, que queda emocionalmente hundida porque ella ingenuamente creía que Don
Giovanni la amaba. Tratando de consolarla, el sirviente de Don Giovani, Leporello, un compañero
chistoso realmente, le canta su famosa Aria del catálogo (Madamina, il catalogo e questo). Él saca
de repente su "no pequeño libro" (questo non piciol libro), en el que están registradas todas las
conquistas de su amo, lo que incluye 640 italianas, 231 alemanas, 100 francesas, 91 turcas, y en
España ¡"ya son 1003" (son gia mille e tre)! No es sorprendente que los psicólogos hablen de
"complejo de Don Juan", en el que un hombre desea tener a tantas mujeres como sea posible, lo que
refleja la fantasía última de conquistar el mundo y por lo tanto convertirse en Dios.
A pesar del complejo, el sexo es claramente algo que sucede entre personas separadas, en oposición
a la idea del amor, la cual abarca a los Hijos de Dios como uno. El sexo, por definición, es
exclusivo —tienes sexo con una persona, o en algunos casos incluso con más de una persona a la
vez; pero no puede ser con todo el mundo, lo que claramente refleja el fundamental sistema de
pensamiento egoico de la separación y la exclusividad. El sexo es uno o el otro, lo que el ego le dijo
a Dios al comienzo: "Voy a obtener mi placer a Tus expensas". Cualquier cosa del mundo que
refuerce la separación, la exclusividad y el especialismo —diferentes palabras para el mismo
fenómeno— encaja perfectamente con la estrategia del ego de hacer cuerpos sin mente que
parezcan mantenernos separados a los unos de los otros: "Así fue como surgió lo concreto [es decir,
los cuerpos]" (L.161.3.1).
Jesús dice en el Texto: "Las mentes están unidas; los cuerpos no" (T.18.VI.3.1). En la mente, la idea
del amor une a todos como uno. Por otro lado, la expresión del amor en el cuerpo es limitada, y en
este sentido el sexo es una actividad limitada, y por lo tanto un símbolo de la limitación del ego, al
igual que lo es el cuerpo mismo (T.18.VIII.1.1-4). Esto no lo convierte en algo bueno o malo, sino
en simplemente un hecho perceptual que oculta de nosotros el subyacente pensamiento del ego que
dice que la separación es real. Una vez más, esto explica la atracción general que sentimos hacia el
sexo —ya sea "negativamente" como un problema a ser resuelto, o "positivamente" como algo que
apreciamos. No obstante, puede utilizarse con un propósito diferente, tema al que regresaremos
luego. Sin embargo, el motivo principal por el que resulta tan problemático es su valor como
defensa, que nos protege de que logremos regresar a nuestras mentes.
Recuerda que para el ego el problema fundamental es la amenaza inherente del poder de la mente
del Hijo para elegir. El ego teme al tomador de decisiones, pero como parte de su estrategia de
supervivencia afirma que este no es el problema, que el problema, en cambio, es el pecado, la culpa
y el miedo. Así el problema ya no es que decidimos separarnos, sino que estamos separados, un
estado que el ego equipara con el pecado. Al hacer que el sistema de pensamiento de mentalidad
errada fuera algo real y una constante preocupación, el ego ha bloqueado de nuestra conciencia
nuestro verdadero concepto de nosotros mismos como tomador de decisiones. El problema
imaginario del pecado, la culpa y el miedo a nivel de la mente, nos impide regresar al único
problema —la decisión errónea del tomador de decisiones en favor del ego. Al haber reemplazado
el verdadero problema por este otro problema ilusorio y horripilante, el ego dice que la única
decisión concebible es negar el "problema" por completo y proyectarlo con la mágica esperanza —
aunque el ego omite el adjetivo mágica— de que estaremos libres de él para siempre, pues ahora
está en el mundo. Y así tenemos el cuerpo —cargado de innumerables e interminables necesidades
y preocupaciones.
El cuerpo, entonces, es la solución que ofrece el ego para su problema inventado del pecado, la
culpa y el miedo en la mente del Hijo. Sin embargo es una solución que genera una multitud de
nuevos problemas —físicos y psicológicos— que pasamos el resto de nuestra vida intentando
solucionar, ajenos al hecho de que fueron específicamente fabricados para que no se resolvieran. De
este modo nuestra atención es desviada cada vez más y más lejos del tomador de decisiones, la parte
inconsciente de nuestro ser que quiere ser un individuo separado e independiente, pero que no
quiere ser castigada por su pecado. Esa parte anhela los problemas, ya que cuanto más problemas
tengamos menos probable es que regresemos al problema original en la mente, donde con toda
seguridad sería deshecho. Estos problemas incluyen obviamente el ámbito de lo sexual, de ahí los
problemas, cuestiones y preocupaciones sexuales que cargamos como individuos y como sociedad.
Lo que puede ayudarnos a afrontar estas preocupaciones es separar la forma del contenido, lo cual
podemos conseguir al concentrarnos en el propósito. Esto nos permite descubrir la verdadera
naturaleza del problema, y aún más importante: que es algo inventado (ficticio). Por lo tanto
aprendemos que queremos tener un problema, preocupación o inquietud corporal —cualquier cosa
que exija nuestra atención, un medio extraordinariamente eficaz para mantenernos sin mente—, tal
es el método en la locura del ego.
Podemos ver, por lo tanto, lo extremadamente valioso que es el sexo en la jerarquía de defensas del
ego. Todo el mundo tiene un cuerpo, del que una parte inherente es la sexualidad, junto con sus
muchos y variados problemas y cuestiones. Por ejemplo, la sociedad determina qué comportamiento
sexual es normal y cuál es desviado. Desde un punto de vista sociológico o antropológico, podemos
observar que las costumbres y los valores cambian. Esto no tiene nada que ver con ningún
fenómeno biológico inherente, porque no existe un fenómeno biológico inherente. Nuestras
preferencias —ya sean con respecto al cuerpo, la comida o cualquier otra cosa— no tienen su
origen en el cuerpo. Y a pesar de que nos estamos volviendo cada vez más hábiles para ver las
conexiones entre la constitución genética y las adicciones, los problemas alimentarios, las alergias y
los impulsos sexuales, el hecho sigue siendo que los genes no son la causa de nuestros problemas y
necesidades:
Los apetitos son mecanismos para "obtener" que representan la necesidad del ego de ratificarse a sí mismo.
Esto es cierto tanto en el caso de los apetitos corporales como en el de las llamadas "necesidades más
elevadas del ego". El origen de los apetitos corporales no es físico. (T.4.II.7.5-7; cursivas añadidas)
Por tanto el cuerpo es una invención cósmica del ego —la parte de la mente que quiere seguir
separada— para distraernos de la única amenaza real para nuestra existencia: el poder de la mente
para elegir.
El sexo está en la parte alta de nuestra lista de problemas, pero es útil que nos demos cuenta de que
la dinámica que convirtió al sexo en un problema es independiente del cuerpo, no teniendo nada que
ver con lo que los investigadores del sexo puedan decirnos, sino que tiene que ver con el propósito
subyacente que es común a todos nosotros. Este es el motivo de que el primer y más importante
principio de los milagros es que no hay grados de dificultad entre ellos (T.1.I.1.1). Cada problema
es el mismo, independientemente de su forma. Recordemos esta importante cita del Texto: "Nada es
tan cegador como la percepción de la forma" (T.22.III.6.7). Forma significa cuerpo, al igual que
sexo. Y cuerpo se refiere no solo a lo físico, sino también a lo psicológico.
Por consiguiente, la forma más sanadora de trabajar con los problemas sexuales es, en última
instancia, divorciarlos de su expresión conductual —no en términos del acto sexual, sino en cuanto
a cómo pensar acerca de ellos— viéndolos en el contexto más amplio desde encima del campo de
batalla, desde donde reconocemos que no son diferentes de cualquier otra cosa. El anexo
Psicoterapia explica, en el contexto de la enfermedad física, que la forma de los síntomas puede
revelar la forma de falta de perdón que hay en la mente, pero Jesús señala rápidamente que esta
intuición sobre la forma de la falta de perdón no va necesariamente a ayudarte. Solo el perdón cura:
(...) un estudio riguroso de la forma que adopta una enfermedad revela claramente la forma de falta de
perdón que representa. No obstante, ver esto no produce una curación. Esta se logra mediante un solo
reconocimiento: que únicamente el perdón cura una falta de perdón (...). (P.2.VI.5.3-5)
En otras palabras, no es necesario conocer la relación específica que hay entre un síntoma y el
pensamiento egoico subyacente, porque al final lo único que necesitamos hacer es perdonar. Esto
significa no dar a lo externo ningún poder sobre nosotros. Con esta toma de conciencia el problema
desaparece, independientemente de su forma. Por lo tanto, si analizamos cualquier síntoma sexual,
descubriremos que está expresando un pensamiento subyacente —algún aspecto de la creencia del
ego en la separación y el especialismo. Por ejemplo, la frigidez en ambos sexos —el miedo a la
penetración o a la impotencia— puede remontarse a abusos pasados, fantasías de ataque o
castración; pero la línea de fondo sigue siendo el miedo al castigo por nuestro pecado de separación.
Así que la incapacidad para funcionar sexualmente podría entenderse en última instancia como la
necesidad de retener el amor como un medio de proteger el ser. O en las experiencias de celos,
podemos ver fácilmente la proyección de la creencia de que el amor se ha conseguido por medio del
robo y del engaño, planteándose el inevitable castigo de que nos ocurra lo mismo a nosotros. Como
explica el Texto:
(...) los que proyectan se preocupan por su seguridad personal. Temen que sus proyecciones van a retornar a
ellos y a hacerles daño. Puesto que creen haberlas desalojado de sus mentes, creen también que esas
proyecciones están tratando de volverse a adentrar en ellas. (T.7.VIII.3.9-11)
Una de las contribuciones más significativas de Freud fue su entendimiento de que los sueños son el
cumplimiento de los deseos. Jesús toma esa misma idea y la expande para incluir todos nuestros
sueños —del dormir y de la vigilia. Cumplen el deseo del tomador de decisiones de mantener su
identidad separada como una entidad individual, pero sin asumir la responsabilidad por ello. Para tal
fin se necesitan los cuerpos, ya que la existencia física hace posible concluir, por ejemplo: la razón
de que no soy feliz es que mi vida sexual no es la adecuada, o que ni siquiera tengo una vida sexual;
o soy infeliz porque fui abusado sexualmente cuando era niño. Sin embargo, estas no son las
razones por las que somos infelices. En vez de en eso, la causa radica en nuestra decisión contra el
Espíritu Santo. Por cierto, esto no significa que no debamos buscar ayuda profesional, ni tampoco
ignorar los efectos del abuso, etc. Puesto que creemos que somos cuerpos, la ayuda casi siempre
tiene que empezar donde creemos que estamos. A la larga, sin embargo, debemos llegar a reconocer
que la verdadera curación ocurre solo en la mente, pues eso es lo único que hay. Volveré pronto a
este tema del cambio de comportamiento.
Cada experiencia en el mundo cumple este deseo subyacente de nuestro ego de mantener la
separación que robamos de Dios pero culpando a todos los demás por ello, lo que significa culpar al
cuerpo: culpo a tu cuerpo por lo que me ha hecho; culpo a mi cuerpo por la forma en que me ha
fallado; culpo a los cuerpos de mis padres por sus efectos adversos sobre mí; culpo a los cuerpos de
mis vidas anteriores por la manera adversa en que me han afectado; culpo a la estructura genética
que he heredado. La forma de la acusación no importa, ya que el contenido del deseo sigue siendo
el mismo.
Otro factor que refleja los orígenes del sexo es su asociación con la violencia, ya sea en formas
extremas como la violación o el incesto, o en formas más sutiles como la violencia psicológica. En
el mito del ego, la idea de la separación original fue violenta —la violación del Cielo. Esto, por
supuesto, no tiene nada que ver con la realidad o con el verdadero Dios, Quien no sabe nada de todo
esto. Sin embargo, una vez que el ego comenzó a tejer su espeluznante mito de pesadilla de lo que
le hicimos a Dios, y de lo que Él nos hará en venganza, nos convenció de que habíamos cometido
un pecado inimaginablemente atroz, despreciable e imperdonable: violamos y forzamos a nuestra
Fuente, arrebatándole con justa indignación (T.23.II.11.2) lo que en nuestra demencia creíamos que
nos pertenecía; tomamos la Vida de Dios y Su poder creativo, por lo que ahora tenemos poder sobre
Él. Por esta razón, en lo profundo de la mente de todos —hombres o mujeres— se encuentra el
pensamiento espantosamente culpable: soy el violador original. Para algunas personas esto se
manifiesta en la forma de la violación física, pero en lo profundo de todos existe este pensamiento
de ser culpables de este pecado —al igual que en lo profundo de nuestras mentes todos somos nazis,
terroristas y malhechores, todos ellos diferentes términos para lo que el ego nos dijo que ocurrió en
la separación. ¡Y jamás ocurrió nada de eso en absoluto!
Por consiguiente todos nacemos en este mundo con una abrumadora culpa. De hecho, Jesús nos
dice que el mundo "es el sistema ilusorio de aquellos a quienes la culpabilidad ha enloquecido"
(T.13.introd.2.2). Por lo tanto, ¿cómo no iba a estar cualquier cosa del cuerpo llena de esta
sensación permanente de pecado? Una vez más, el sexo, debido al lugar único que ocupa en la vida
humana —física y psicológicamente, individual y socialmente— está unicamente capacitado para
ser el almacén de nuestra culpabilidad y de nuestros problemas con la violencia y el placer, con la
separación, la exclusividad y el especialismo.
El sexo como un aula
Una vez que entendemos que los problemas con el sexo, como todos los demás problemas, no son
lo que parecen, hay esperanza. Ya no tenemos que tratar de resolver un problema que no tiene
solución. Esa es la esperanza que ofrece el primer principio de los milagros, el cual podemos
parafrasear así: No hay grados de dificultad en la curación. El problema es solo uno, como lo es la
solución: la creencia en la separación, deshecha por la creencia en la Expiación. En consecuencia, lo
que necesitamos hacer es valernos de la Respuesta que se encuentra en nuestras mentes. Es aquí
donde el sexo puede servir a un poderoso propósito, y esto es ahora nuestro foco.
Nuestro punto de partida es la vida en el cuerpo, donde creemos que estamos. Dentro del sistema
del ego, el fundamento de la existencia es que nosotros encarnamos la idea de la culpabilidad,
condenados y obligados a repetirla una y otra vez —para tomar prestado el concepto de Freud de la
compulsión a la repetición— como el error que nos trajo inicialmente aquí: el continuo deseo de
separarnos de Dios y destruir Su Amor, arrancándolo y canibalizándolo para poseerlo y que sea el
nuestro propio, conforme derribamos violentamente el Cielo para satisfacer nuestra egocéntrica
necesidad de existir.
Sin nosotros saberlo, estamos representando esta violenta idea en nuestra vida cotidiana, y de hecho
vamos por la vida reforzando esta culpabilidad una y otra vez, hasta que en algún punto alzamos
nuestras manos con desesperación y gritamos: "Tiene que haber otra manera". El dolor de vivir en
el cuerpo se vuelve demasiado grande, no solo en cuanto a los problemas sexuales, sino ante el
dolor que envuelve a prácticamente todas las actividades. A medida que envejecemos, más
rápidamente de lo que quisiéramos, nuestras necesidades corporales demandan cada vez más
atención. El cuerpo nunca funcionó a la perfección, eso para empezar; pero además, con el paso de
los años se vuelve cada vez más imperfecto y nos damos cuenta de que ninguna cosa del mundo
ayuda significativamente, porque los problemas nunca quedan verdaderamente resueltos. Como
mencioné anteriormente, en referencia a las lecciones 79 y 80 del Libro de ejercicios, tan pronto
como resolvemos un problema surge otro para tomar su lugar. Este proceso inútil sigue y sigue,
hasta que reconocemos nuestra necesidad de otro Maestro. Al pedirle ayuda, nuestras vidas se
transforman en aulas de aprendizaje.
Al principio percibimos nuestras vidas como prisiones, en las que mágicamente esperamos poder
encarcelar a otros para quedar libres nosotros mismos. Estos otros se convirtieron en los culpables
pecadores a los que Dios va a castigar. Sin embargo, estos mismos enemigos se convierten ahora en
nuestros salvadores, pues nos hemos vuelto a la sabia y libre-de-ego Presencia interior, a la que Un
Curso de Milagros llama Espíritu Santo o Jesús, aunque cualquier símbolo funcionará siempre que
refleje esta amorosa Presencia libre de juicios. La ayuda que recibimos es única, pues nos enseña a
mirar de un modo diferente el mundo, y en concreto nuestras relaciones individuales, mostrándonos
que ellas pueden servir a un propósito diferente. Esta ayuda no está dirigida a que nosotros
tengamos que hacer cosas en el mundo, sino a que cambie nuestra percepción de él. Por otro lado,
las situaciones de aprendizaje más eficaces son las que presentan mayor conflicto, miedo y ansiedad
—todos ellos aspectos del especialismo— porque ellas sacan a relucir los más profundos recovecos
de culpa de la mente, una culpa que ahora experimentamos como cuerpos. Jesús nos ayuda a
comprender que nuestras experiencias como cuerpos en el sueño no son más que proyecciones de
una vida que hicimos real en nuestras mentes. Y esta vida interior es en sí misma una defensa contra
el verdadero problema, que es el uso equivocado que el tomador de decisiones le ha dado a su poder
de elección.
Cada vez que recurrimos a Jesús en busca de ayuda, su respuesta será que lo que experimentamos
fuera es una proyección de lo que hemos hecho real dentro: el mundo es "la imagen externa de una
condición interna" (T.21.introd.1.5) —la proyección da lugar a la percepción. Primero miramos
dentro y vemos el sistema de pensamiento del ego de separación y culpa. Al hacer eso realidad, lo
proyectamos con la ilusoria esperanza de que ya no va a estar en nosotros, sino en algún otro,
liberándonos así de su dolorosa presencia. Una vez más, todas nuestras preocupaciones y problemas
externos provienen de los intentos inadaptados del ego para eliminar un problema que es en sí
mismo irreal.
Al elegir aprender el sistema de pensamiento que nos enseña Jesús, disponemos de un contexto en
el que situar nuestras experiencias cotidianas. Es sumamente importante que nos centremos en estas
experiencias, y que no hagamos un viaje metafísico con nosotros mismos pensando que como el
Curso enseña que el mundo y el cuerpo son ilusiones, que nosotros ya lo creemos. Tenemos que
empezar desde donde creemos que estamos —en el cuerpo—, pues de otro modo Jesús no va a
poder enseñarnos. Así que tenemos que centrarnos en lo que sucede en nuestra vida diaria. Para
decirlo de nuevo, el aula es esta vida, y las relaciones especiales —con nuestro cuerpo y los de los
demás— constituyen el plan de estudios que nuestro nuevo maestro utiliza para instruirnos. Por lo
tanto, tenemos que ver el sexo como parte del plan de estudios, tanto si somos sexualmente activos
como si no —no porque el sexo sea mejor o peor que cualquier otra cosa de nuestra vida, sino
debido a que es una parte tan significativa de nuestra aula en este mundo físico. De esta manera,
Jesús puede ayudarnos a reconocer que lo que experimentamos en términos del cuerpo es el
sombrío fragmento de lo que hemos hecho real en la mente.
No se puede decir lo suficiente que el conocimiento de los fundamentos metafísicos del sistema de
pensamiento del Curso es de gran ayuda, ya que provee el marco dentro del cual podemos dar
sentido a nuestra vida, otorgándole un propósito poderoso. Lo que la mente hace con la sexualidad
tiene una intención, como ocurre con cada aspecto de nuestra experiencia corporal. Hasta ahora, el
cuerpo tenía el negativo objetivo de demostrar que la separación es real, el mismo objetivo que
comparten los asuntos concretos de victimización y el continuo placer-dolor. Uno de los propósitos
de la sexualidad, por lo tanto, era demostrar que algo externo a la mente da placer y felicidad. Por
otro lado, un mito importante de la sexualidad ha sido el de que nos hará enteros y completos —en
la conducta heterosexual, por ejemplo, hombre y mujer se juntan y se vuelven uno. De hecho,
Platón nos enseñó en su magnífico mito que en el principio éramos andróginos —siendo a la vez
tanto hombre como mujer— y posteriormente nos volvimos separados. Este tipo de idea, entonces,
se convierte en la justificación del ego para que busquemos la unión a través del cuerpo. Por otra
parte, la sexualidad puede ser fuente también de pecado y culpa, de vergüenza y miedo, por lo que
las religiones han encontrado justificación para su creencia en la abstinencia sexual como una clave
para el avance espiritual. Ambas posturas son erróneas, pues la verdadera santidad y falta de
santidad tienen su ubicación en la mente, donde se toma la decisión en favor del ego o del Espíritu
Santo.
Esto pone de relieve la importancia de la línea que cité anteriormente: "Las mentes están unidas; los
cuerpos no" (T.18.VI.3.1). Lo que te une con otra persona no es la copulación, sino el propósito
compartido. Este se puede expresar en una relación sexual y en una no sexual. Se puede expresar en
cualquier lugar, en cualquier momento. Tal como dice Jesús al principio del Manual, puedes estar
saliendo de un ascensor cuando de repente un niño tropieza contigo, pero no juzgas al niño (M.3.2).
En ese instante santo no ves al niño como separado de ti. Este es el significado de la unión.
Más que cualquier otra cosa, por lo tanto, el sexo es un aula para aprender la unión, lo que refleja el
aprendizaje que sucede en la mente. Por ejemplo, si has usado el sexo como un instrumento de
separación o exclusión, de obtener placer a costa de otra persona, de satisfacer tus necesidades sin
que te importe la otra persona, entonces puede convertirse en una poderosa aula de aprendizaje —
no debido a que haya algo inherente en la conducta sexual per se, sino debido al modo en que has
hecho un mal uso de ella. Esto no es diferente de usar la comida como una forma de autoabuso, lo
que implica que la comida puede ser un poderoso símbolo para aprender a ser amable y gentil
contigo mismo. Está claro, pues, que el aprendizaje no tiene nada que ver con la conducta sexual o
con la conducta con la comida, sino con el propósito que tu mente le ha dado. Del mismo modo, si
has estado usando tu vivienda como un medio de reforzar la separación, la exclusión y la
victimización, o como un sustituto especial de tu hogar en el Cielo, eso, también, se convierte en un
maravilloso vehículo de aprendizaje para ti, para aprender a mirar las casas y los apartamentos de
un modo diferente. Por último, si has usado los coches como una manera de autoengrandecerte,
como algunas personas hacen —un modo de jactarte de cuán fuerte, rico y maravilloso eres; o, a la
inversa, de tu pobreza, miseria e indignidad— entonces los coches asumen el potencial de
convertirse en importantes símbolos de perdón.
Recuerda que el ego habla primero y está siempre equivocado (T.5.VI.3.5; 4.2). Cuando el ego
habla, habla en pensamientos, porque todo es pensamiento. Y el pensamiento se proyecta en la
forma —"Todo pensamiento produce forma en algún nivel" (T.2.VI.9.14)— pues todo lo que esté
en la mente errada se proyecta, al igual que el Amor de Dios en la Mente siempre se extiende. Sin
embargo, esta extensión no es en el tiempo o en el espacio, y no puede entenderse en nuestro estado
separado. Esto también es cierto de la culpa, excepto que la culpa se proyecta en vez de extenderse.
Por lo tanto el amor se extiende y la culpa se proyecta —la ley fundamental de la mente. En
realidad, hay un único pensamiento egoico —el de separación— que se fragmentó cuando el
pensamiento fue proyectado. Aunque parece que proyectamos una multitud de formas, todos
nosotros compartimos el mismo pensamiento básico que nunca ha abandonado su fuente en la
mente del único Hijo.
Al igual que "todos los caminos conducen a Roma", todos los caminos externos conducen a la culpa
—la sede del poder del ego. Los significados individuales de nuestros caminos son diferentes; por
ejemplo, para alguien el sexo puede simbolizar pecado y condenación, al tiempo que para otra
persona puede expresar santidad y amor. Por ese motivo es importante no juzgar la conducta de otra
persona —sus aulas y su plan de estudios. El contenido es el mismo; las formas difieren. Así que
cualquier cosa que nosotros hayamos usado para mantenernos separados y sentirnos especiales, el
Espíritu Santo la usa para enseñarnos un contenido diferente —perdón en lugar de culpa.
El ego nos ha convencido de que el problema básico es nuestro inherente estado incompleto o de
carencia —el principio de escasez. Este es el corazón de la relación especial, así que es el corazón
del sistema de pensamiento del ego. El ego nos dijo que cuando nos separamos de Dios algo se
estropeó terriblemente, que hicimos algo terriblemente mal, lo cual es testificado por nuestra culpa.
El ego entonces dio un paso más allá y dijo que lo que se ha estropeado nunca va a poder arreglarse,
que lo que está mal nunca podrá ser corregido. Somos pecaminosos y culpables —"La morada del
mal, de las tinieblas y del pecado" (L.93.1.1). No obstante, la situación no es desesperada, afirma el
ego, pues puede hacerse algo con respecto a este depresivo sentimiento de carencia e incompletitud:
simplemente tomemos de lo externo para completarnos.
Este es el foco de "La decisión de alcanzar la compleción" (T.16.V), una de las secciones más
importantes del Texto sobre las relaciones especiales. Tanto el ego como el Espíritu Santo nos
proporcionan una opción para completarnos. El ego nos ofrece la relación especial para que nos
complete, mientras que el Espíritu Santo ofrece la Expiación. Por lo tanto Él está de acuerdo con el
ego en que algo ciertamente se ha perdido en nosotros; excepto que lo que el Espíritu Santo sabe
que es la verdad realmente no se ha perdido en absoluto, simplemente está oculto y astutamente
escondido por la estrategia del ego de sacarnos de la mente. Por consiguiente, nuestra compleción
no llega a través de la unión externa, sino a través de la unión con Aquel que refleja la compleción
del Cielo. Esta compleción interna —el amor que es la compleción del Cielo— se extiende de
forma automática a través de nuestra mente y por el mundo, que nunca ha abandonado su fuente.
Como hemos subrayado, el sexo juega un papel importante en el plan del ego. Casi universalmente
se cree que no podemos sentirnos completos como hombre o mujer si no tenemos pareja sexual. Es
inevitable, entonces, que tener éxito en ese nivel se puede convertir en una búsqueda que consume
todo el tiempo disponible. Si logramos el éxito en esa búsqueda, nos sentimos completos y plenos
—hasta el día siguiente, cuando tenemos que hacerlo todo de nuevo —el ya mencionado complejo
de Don Juan, en el que uno nunca es suficiente. La compleción a través del sexo nunca puede ser
suficiente, porque siempre es externa. Lo mismo es cierto del hambre —la experiencia de carencia
en nuestro estómago. Lo llenamos y nos quedamos satisfechos, hasta varias horas más tarde, o
incluso varios minutos más tarde, cuando tenemos que comer de nuevo. Al llegar la noche nos
sentimos cansados, así que nos acostamos para dormir y nos sentimos frescos por la mañana. Pasan
las horas y volvemos a sentirnos cansados otra vez, con lo que nos vemos en la necesidad de repetir
la experiencia de la noche anterior. Así es la vida en el cuerpo, por lo que el mundo nunca es
suficiente; tal vez por ahora sí, pero no más tarde. A nivel psicológico, por supuesto, sucede lo
mismo. Puedes estar siendo cariñoso, amable, atento y considerado conmigo ahora, ¿pero esto
seguirá siendo así en el futuro? Por lo tanto tengo que atraerte continuamente a mi red de
especialismo para que me sigas dando lo que necesito para sentirme entero y completo.
Es interesante que este error en particular es casi idéntico a la práctica de muchos gnósticos de los
primeros siglos de cristianismo, aunque no los de las escuelas gnósticas más elevadas. Uno de los
elementos clave de la creencia gnóstica es que el mundo no fue hecho por Dios. Ellos no habrían
utilizado la palabra ego, pero los gnósticos eran muy explícitos sobre que el mundo no es divino,
por lo que el Dios de la Biblia era una falsa deidad. Algunos gnósticos sentían un odio horrible por
el cuerpo y el mundo, y la peor cosa imaginable era pensar que Dios tuviera algo que ver con el
cuerpo o el mundo. En consecuencia, había grupos que creían que la manera de demostrar que ellos
no estaban bajo las leyes de este mundo (es decir, del ego) —el cual provenía de los arcontes:
poderes de otro mundo que no eran de Dios— sería violarlas de forma deliberada. ¿Y adivinas que
tenía máxima prioridad en su lista? Al igual que algunos estudiantes del Curso casi dos milenios
después, ellos tendrían relaciones sexuales con cualquiera, dejando sin valor las leyes del mundo y
demostrando que ellos habían transcendido todos los obstáculos a su vida como espíritu.
Por tanto, es importante estar alerta al error de confundir la forma (cuerpo) con el contenido
(mente). El ego está siempre interesado en la forma para así excluir el contenido, mientras que Jesús
se interesa únicamente por el contenido, y para él, una vez que el sueño quedó establecido, la forma
se volvió neutra. Recordemos la lección de cerca del final del Libro de ejercicios que dice: "Mi
cuerpo es algo completamente neutro" (L-294), pues puede utilizarse en favor del propósito tanto
del ego como del Espíritu Santo.
Cada vez que te ves tentado a pensar que algunas cosas del mundo pueden acercarte a Dios o
conducirte al infierno, date cuenta de que estás aceptando la primera ley del caos del ego —que hay
una jerarquía de ilusiones (T.23.II.2). Estás diciendo que el mundo tiene poder; por ejemplo, que el
sexo puede llevarte al infierno debido a su perversa y pecaminosa naturaleza, o que puede llevarte
al Cielo porque expresa tu unidad con Dios. Sin embargo el sexo no es nada, porque todo lo que hay
aquí es nada. El mundo no es nada porque no hay mundo, es solo una proyección. Lo que da su
significado a las cosas y a los eventos es el propósito determinado por la mente, no el mundo en sí.
Esto es lo que enseña Jesús en las primeras lecciones del Libro de ejercicios, una parte vital de
nuestro entrenamiento: Nada del mundo significa nada porque nosotros le hemos dado a todo lo de
aquí su significado; al hacer que parezca que hay un mundo significativo fuera de la mente, el ego
demuestra que la separación es real.
Piensa en la famosa cita de Hamlet: "pues no hay nada bueno o malo, sino que es el pensamiento el
que lo hace así" (II,ii). No hay nada inherentemente bueno o malo con respecto al mundo, el cuerpo
o cualquier actividad aquí. Solo nuestro pensamiento lo hace así. Tan pronto como piensas que una
actividad es especialmente perjudicial, perversa o incorrecta, o especialmente útil, sagrada y
correcta, simplemente la estás haciendo real, que es la estrategia del ego para mantenernos sin
mente. Si haces que el mundo sea real en tu experiencia o teología, si le das poder a alguna cosa del
mundo, estás cayendo en la trampa del ego al darle al mundo una realidad que no tiene. Y esto,
pues, es el propósito tras la conducta. No se trata de que el sexo sea maravilloso o aberrante —al
ego no le importa que parezca una cosa o la otra, siempre que veas al cuerpo como una fuente de
placer o de dolor —siempre que pienses que es algo, y por lo tanto lo conviertas en algo importante.
Es muy conocido el comentario de Krishnamurti con respecto al sexo: "Ten sexo o no lo tengas,
pero llévate bien con ello". En otras palabras, deja de convertirlo en algo importante. El sexo es
como cualquier otra cosa. No nos detenemos a preguntar si deberíamos respirar o no. Simplemente
respiramos. En realidad el sexo no es diferente. Es un hecho biológico que todos tenemos
sensaciones sexuales. Desde este punto de vista, el sexo es como cualquier otra actividad corporal:
hazlo o no lo hagas, pero llévate bien con ello. No hay nada en Un Curso de Milagros que diga que
deberías tener una vida sexual activa; no hay nada en Un Curso de Milagros que diga que no
deberías tenerla. En el Curso no hay nada en absoluto sobre eso. Te aseguro que a Jesús no le
importa lo que haces con tu cuerpo. A él le importa mucho, en cambio, lo que haces con tu mente —
si le eliges a él o al ego como tu maestro. Si él se preocupara por el cuerpo estaría en un montón de
problemas, al igual que nosotros. Sin embargo, al Jesús de los evangelios le preocupa el cuerpo y
eso se ha convertido en una fuente de mucho dolor en el mundo. Los cristianos han estado
confundiendo constantemente la forma con el contenido, al no darse cuenta de que todo está en la
mente, en la que no hay más que dos pensamientos: el de separación y exclusión, o el de unidad e
inclusión. Los cuerpos no pueden unirse, pero las mentes sí. De hecho, las mentes ya son una, por lo
que en realidad ni siquiera necesitan unirse.
Como estudiantes de Un Curso de Milagros, por lo tanto, se nos pide que soltemos todas las
barreras que reflejan separación, las cuales mantienen a la mente en un estado de pecado y culpa.
Una vez en ese estado, proyectamos automáticamente el contenido de la mente y convertimos
nuestros cuerpos en símbolos de separación y exclusión.
***********
Pregunta: Entiendo que no podemos solucionar nuestros problemas por medio de cambiar la forma,
pero ¿no hay situaciones en las que uno tiene que detener una conducta antes de poder llegar al
nivel más profundo del contenido? Supongamos que alguien está abusando del alcohol hasta la
muerte; tendría que dejar de beber antes de conseguir una respuesta al verdadero problema.
Respuesta: Por supuesto. En las primeras semanas del dictado del Curso, Jesús le dijo a Helen que
él no estaba en contra de disciplinar el comportamiento. Sin embargo, un cambio de
comportamiento, si es genuino, estará reflejando un cambio del pensamiento. Puesto que las
adicciones reflejan nuestra decisión en favor del ego —una decisión a favor del especialismo—
beber, o cualquier otra conducta autodestructiva, se convierte en un símbolo de la elección de la
culpa. Cuando nos asociamos con Jesús como nuestro maestro y le pedimos ayuda con nuestro plan
de estudios —en este caso, el alcoholismo— la verdadera ayuda es en el nivel del contenido. En
otras palabras, Jesús nos ayuda con lo que nuestro abuso de la bebida está simbolizando. Así que
nuestra renuncia a la bebida —o a cualquier otra conducta adictiva— no tiene nada que ver con
renunciar a la bebida como tal, sino que simboliza renunciar al ego. Eso toma la forma de dejar el
alcohol porque esa es la forma en que estábamos expresando nuestra historia de amor con el ego. La
forma no cambia necesariamente —el foco sigue estando en el alcohol— pero cambia el contenido
o propósito. Una vez más, nuestra renuncia a la conducta refleja nuestra renuncia al ego, al igual
que nuestro abuso del beber reflejaba nuestra elección por el ego. Es importante destacar que,
puesto que nos identificamos a nosotros mismos como cuerpos, debemos permanecer dentro de ese
simbolismo para que se nos ayude. Recuerda que Jesús necesita un plan de estudios y un aula en la
que él pueda enseñar. Como hemos visto, el Espíritu Santo no nos quita nuestras relaciones
especiales, pero cambia su propósito y por lo tanto las transforma.
Es más que posible que cuando el propósito cambia, la conducta cambie, y si la transición ha sido
de mentalidad correcta no experimentarías ninguna sensación de pérdida. El problema con muchas
adicciones es que la gente renuncia a ellas sin cambiar de maestros, así que vuelven a la conducta
adictiva una semana, un mes o años más tarde, o bien encuentran otra adicción. Por ejemplo, las
personas pueden dejar el alcohol o una adicción sexual, pero en vez de eso se vuelven adictas a la
Pepsi Light o a una religión. Puede decirse que una es menos perjudicial que la otra, pero la culpa
sigue en su sitio, no obstante. Por lo tanto, aunque por una parte dejar el alcohol o una conducta
sexual adictiva sería un paso positivo, y en vez de eso tomar bebidas suaves o practicar la
abstinencia, lo que realmente te interesa es dejar tu dependencia del ego. Trabajar dentro del ámbito
del mundo de los símbolos —nuestro hogar como cuerpos— se convierte en una parte esencial del
programa del Espíritu Santo para sanar nuestras mentes.
P: Al principio del Texto se habla de que la ayuda física es a veces útil porque lo peor que uno
puede hacer es añadir miedo al miedo.
R: Sí, ahí es donde Jesús enseña que no es un pecado tomar medicamentos (T.2.IV.4-5). Y no es un
pecado si dejas la bebida o cualquier otra adicción. Sin embargo, una vez más, el quid de la cuestión
es que la adicción en el nivel del contenido no se detendrá hasta que pases de la culpa al perdón.
Renunciar a la adicción en el nivel de la conducta es un buen primer paso, pero tal como Jesús dirá
en El canto de la oración, quieres la canción completa, no solo un trozo de ella; quieres ir a la cima
de la escalera, no subir solo uno o dos peldaños por encima del suelo (O.1.I).
R: Por supuesto. Y tenemos que empezar donde pensamos que estamos. Por esa razón, por lo
general recomiendo a quienes tienen una conducta adictiva, independientemente de su forma, que
entren en algún tipo de programa de tratamiento que les ayude a librarse de la adicción. Sin
embargo, si verdaderamente quieren curarse, deben continuar con el proceso, lo que significa sanar
la mente. Dejar la adicción en el nivel de la conducta puede ser un importante primer paso para que
puedan aclararse lo suficiente como para empezar a trabajar en los asuntos subyacentes de la culpa
y la proyección. Una vez más, la disciplina nunca es una mala cosa, a menos que se vuelva dura y
punitiva. Recuerda que, puesto que el ego hizo la forma como el medio para evitar el contenido, es
esa misma forma la que Jesús utiliza para llevarnos de vuelta al contenido —el suyo. Si negamos la
una, estaremos en realidad negando el otro.
P: ¿Estás diciendo que antes de tener una relación sexual debo pasar unos minutos meditando o
pensando acerca de mi propósito al tener sexo?
R: ¡Cielos, no! ¿Meditarías o pensarías sobre tu propósito antes de cenar, o de tomarte una ducha?
Trata de ser normal, y haz lo que hacen las personas normales. El sexo solo debería ser una cuestión
si hay conflicto en torno a él, y en caso de haberlo, pide a Jesús que te recuerde que el problema no
es lo que parece, tal como hemos estado diciendo. Enfocarse en el sexo, como con tu idea de la
meditación o de pensar sobre él antes de entrar en la habitación, puede convertirse muy fácilmente
en un modo de mirar en el lugar erróneo para buscar el origen del conflicto —el cuerpo en lugar de
la mente. Y luego esperar mágicamente que la meditación te ayudará.
Por lo tanto, trata de ver el sexo como simplemente otra aula en la que estás invitando a Jesús a que
te instruya —no en la forma, sino en el contenido. Él te ayudará a ver tus preocupaciones como
proyecciones de la decisión de la mente de excluir al amor, lo que hace que te sientas culpable e
indigno de él. Mirar al propósito, entonces, significa tomar conciencia de la inversión del ego en
mantenerte enfocado en la culpa experimentada en el cuerpo, en vez de en la decisión de tu mente
de hacer la culpa real.
3. Dinero
Introducción
Nuestra comprensión del fenómeno del dinero —ciertamente en nuestra sociedad— tiene sus raíces
en el fundamental y ahora familiar principio de uno o el otro. Al comienzo, como un solo Hijo, le
dijimos a Dios: "Tienes algo que yo quiero, y puesto que no me lo vas a dar, lo voy a tomar —voy a
tenerlo y tú no lo vas a tener". En términos simples, este principio establece que si yo tengo algo, tú
careces de eso; y si lo tienes tú, entonces soy yo quien carezco de eso. No puede ser que ambos
tengamos lo mismo. Por ejemplo, aunque ambos podamos tener mil de dólares, no podemos tener
los mismos mil dólares. Ese principio de uno o el otro —intereses separados— da comienzo al
sueño del ego, del cual emana todo. Esta es la clave para entender qué es lo que va mal con nuestro
uso del dinero, y cómo ese uso indebido puede corregirse y ser deshecho.
Este concepto central del ego de los intereses separados consiste en que ambos no podemos tener la
misma cosa —o Dios es Dios, o yo soy Dios, pero solo puede haber un Creador. En realidad, somos
co-creadores con Dios, pero Dios sigue siendo la Primera Causa y nosotros Su Efecto.
Estrictamente hablando, por supuesto, en la perfecta Unidad del Cielo no puede haber primero o
segundo, y Jesús nos enseña que Dios es el primero en la Sagrada Trinidad, sin un segundo
(T.14.IV.1.7-8; T.25.I.5.1-3) —es decir, no hay un Padre, Hijo y Espíritu Santo tal como se indica en
la teología cristiana —únicamente Dios. En el sistema del ego, sin embargo, Dios es el número uno
y nosotros el número dos, una situación totalmente inaceptable. En nuestro sueño nos rebelamos y
usurpamos el lugar de Dios, con lo que nosotros quedamos en lo más alto. Este es el núcleo de la
realidad del ego, el contenido de la mente separada: robé la vida de Dios, así que yo la tengo y Él
no. Pero ahora temo que Él me la va a robar a mí, dejándome sin vida —el pensamiento
fundamental que proyectamos y re-vivimos en cada relación especial.
Dentro del sistema del ego, insisto, la carencia es el paradigma primordial —el principio de escasez
que hemos mencionado antes— cuyo principio cardinal es uno o el otro. Por lo tanto, cuando
hicimos el mundo como defensa contra el amenazante contenido de nuestra mente, hicimos de la
escasez una parte integral del sistema —algunos tienen aquello de lo que los demás carecen. Por
consiguiente el cuerpo, tal como señalé en los comentarios sobre el sexo, se hizo para que fuera el
instrumento de la escasez. Si no lleno mis pulmones de oxígeno, mi cuerpo de comida y agua, y mi
cuerpo psicológico de amor y atención, seguramente sucederá algo terrible. La naturaleza del
cuerpo es tal que se encuentra perpetuamente en un estado de carencia o necesidad —una verdadera
máquina de necesidades— debido a que nuestro origen ontológico es un pensamiento de carencia y
necesidad.
Para recapitular, el ego ideó una estrategia que asegura brillantemente su deseo de mantener nuestra
separación, pero teniendo a algún otro a quien culpar por ello. Esto es lo que se experimenta como
carencia en el mundo, donde automáticamente miramos cómo hacer responsable a otra persona por
nuestro estado miserable. De hecho, sea cual sea la necesidad, alguien es siempre responsable, pues
el ego nunca nos va a permitir mirar cuál es nuestra parte en causar nuestra condición. En el mundo
del ego, por tanto, la escasez inevitablemente conduce a la creencia en la privación o carencia,
descritas en la cuarta y en la quinta leyes del caos del ego (T.23.II.9-13). Esto es una pieza
fundamental en la estrategia del ego, pues si alguien nos está privando de algo, entonces tiene que
haber alguien ahí. En otras palabras, es necesario que exista un mundo de individuos separados para
justificar las proyecciones de la responsabilidad por nuestra situación de escasez. Esto también
significa que queremos que haya otros que tengan más de lo que nosotros tenemos, porque eso nos
permite declarar que hemos sido tratados injustamente.
Esto es lo que está tras la enfática advertencia de Jesús: "Cuídate de la tentación de percibirte a ti
mismo como que se te está tratando injustamente" (T.26.X.4.1). La privación es una tentación
poderosa, porque siempre que creo que estoy siendo tratado injustamente —lo cual no es difícil de
hacer en nuestro mundo— me libro de tener la culpa. Además, mi infelicidad, miseria y pobreza
demuestran claramente que existe un yo que siente estas cosas, y sin embargo yo no tengo la culpa.
Una vez más, me las arreglo para tratar de tener el pastel de mi ego y además comérmelo*. Cuanto
más sufro, más le gusta eso a mi ego; así que en lo íntimo de mi mente deseo vivir en un mundo de
injusticia, de desigualdad. De hecho, el mundo es un estado de desigualdad porque no ha
abandonado su fuente de desigualdad, que en última instancia se basa en la percepción de que Dios
tiene el poder y yo no. Esto es un campo de batalla, y las condiciones desiguales son percibidas por
el ego como injustas. Dios es Dios, y Él me va a destruir, a pesar de que creo que yo le destruí a Él.
*Nota del traductor: se utiliza una frase hecha en inglés, sobre no poder tener intacto un pastel y comérselo
también. Significa que no se pueden tener las ventajas de algo sin tener también sus desventajas. En nuestro
ejemplo, no podemos tener el pastel de nuestra individualidad y además evitar la inevitable culpa y
escasez/carencia que la individualidad acarrea, pero el ego trata de convencernos de que podemos lograr eso y
comernos el pastel sin dejar de conservarlo: echándole las culpas de las desventajas a algún otro.
Lo único de lo que somos conscientes ahora es del universo de desigualdad en el que viven nuestros
cuerpos, en el que una experiencia de victimización sigue a otra. Esto explica nuestro nacimiento
como niños indefensos, víctimas inocentes del mundo que nos rodea. En consecuencia, no es culpa
mía que yo sea infeliz: no es culpa mía que yo naciera, que mi madre bebía mientras me llevaba,
tomaba cocaína o tenía SIDA; no es culpa mía que no se me alimentara cuanto estaba hambriento;
el destino fue ciertamente cruel cuando nací en la pobreza, en medio de la riqueza de otras familias
—no es culpa mía. Evidentemente no hay ninguna persona que no esté de acuerdo con esta
estimación del mundo como injusto. Sin embargo, lo que es injusto es únicamente el pensamiento
egoico que subyace a estas experiencias.
Uno de los grandes símbolos de desigualdad del mundo es el dinero. Algunos lo tienen, otros no. Y
la mayoría de la gente gana el dinero a costa de otras personas. Los recientes escándalos
empresariales son ejemplos flagrantes, pero estos no son inusuales. Por lo general —y siempre hay
excepciones— las personas emprenden negocios para tratar de ganar dinero, y si son astutas,
gastarán lo menos posible en el producto y obtendrán lo máximo que puedan a través de su venta.
Esto se ve como algo normal en el capitalismo, incluso cuando no se abusa del sistema. No nos
importa realmente lo que otros obtengan, siempre y cuando nosotros consigamos lo que queremos.
Los excesos del sistema abundan, e incluyen la sustitución de las personas por máquinas, buscar
personas inmigrantes o ilegales, vulnerables, menores de edad, para explotar a los trabajadores y
obtener un mayor beneficio, e inflar el sueldo de los empresarios a costa del beneficio de los
trabajadores. No todos tienen una empresa como esa, por supuesto, pero ciertamente parece ser la
norma debido a que los intereses están separados: el cliente quiere el mejor producto posible; el
empresario necesita venderlo para obtener un beneficio. Cada uno está tratando de conseguir la
mejor oferta, por lo que inevitablemente hay intereses en conflicto. Dada su origen en el sistema de
pensamiento del ego, tal práctica de los intereses separados es inherente a la condición humana.
Vivimos en un mundo en el que un porcentaje muy pequeño de la población posee la mayor parte
del dinero, mientras que el porcentaje mayor vive por debajo del nivel de pobreza. Esto no debería
ser una sorpresa, pues la situación simplemente refleja cómo y por qué se hizo el mundo, que para
decirlo una vez más, fue tomar el sistema de pensamiento de la mente —de desigualdad, injusticia,
escasez y poder— y proyectarlo para que no se vea ni se pueda corregir. La cuestión no debería ser
cómo podría suceder esto, sino cómo podríamos dejar de reconocer que esta es la situación. De ahí
la importancia de comprender al ego, especialmente el concepto de proyección. Familiarizarnos con
esto nos ayuda a ver cómo lo que está dentro parece estar fuera; y, además, que cualquier cosa que
percibamos tiene que venir inicialmente de dentro. El contenido tiene que ser el mismo, pues las
ideas no abandonan su fuente. Como dice el Texto, en un pasaje que ya hemos citado parcialmente:
La proyección da lugar a la percepción. El mundo que ves se compone de aquello con lo que tú lo
dotaste. Nada más. Pero si bien no es nada más, tampoco es menos. (...) Es el testimonio de tu estado
mental, la imagen externa de una condición interna. Tal como el hombre piense, así percibirá.
(T.21.introd.1.1-3,5-6)
El dinero no es normalmente visto como un instrumento para expresar los intereses compartidos. En
cambio, casi siempre expresa el sistema de pensamiento de los intereses separados. En
consecuencia, la mayoría de las personas quieren tanto dinero como puedan conseguir. Tal vez
algunos piensan que es por motivos altruistas: lo quiero para mi familia, mi negocio, mi
organización sin fines de lucro que hace trabajos humanitarios. Sin embargo, casi siempre se trata
de mi familia, mi negocio, mi organización, mi orgullo y reputación —no se trata de un nuestro
colectivo y universal.
La mayoría de las relaciones se desarrollan desde esa base, tal como enseñan los principios del
Curso sobre las relaciones especiales. Yo quiero algo de ti —tu amor, atención, adulación —lo que
sea que necesite. En realidad tú no me importas, a pesar de que mis palabras pueden estar diciendo
eso. Yo quiero lo que tú tienes porque hay algún tipo de carencia en mí. De hecho, me molesta
particularmente tener que acudir a ti, pues lo que necesito era originalmente mío y tú lo tomaste.
Esa es la razón por la que tú lo tienes y yo no. Recordemos, la escasez conduce a la privación. La
relación especial está diseñada de tal manera que tengo que negociar para conseguir el amor y la
atención que necesito. Así que averiguo la manera de satisfacer tus necesidades —aunque tan
mínimamente como pueda— para que sientas que estás obteniendo algo de mí, a cambio de lo cual
me darás lo que yo necesite.
Los pasajes sobre las relaciones de amor especial son quizá los más perturbadores que podemos
encontrar en Un Curso de Milagros, porque llegan a lo más hondo —el sistema de pensamiento del
ego que nunca queremos volver a ver. Ellos revelan lo que sucede por debajo de la superficie del
especialismo, y no es un cuadro agradable. La fea esencia de la relación especial es que te he dado
algo que sé que no tiene valor: yo mismo. Si realmente yo valiera algo o tuviese algún mérito, no te
necesitaría para que satisfagas mi carencia. Así que trato de comerciar con mi pequeño yo, el cual
ya he juzgado como que no es nada, y lo visto de gala metiéndolo en un precioso envoltorio, atado
con una brillante cinta de hermoso color arco iris. Finjo que te estoy dando este regalo precioso
cuando en realidad sé que no hay nada dentro del envoltorio. Espero que no lo notes, rezo para que
no te des cuenta, para que estés tan enamorado del bonito envase que nunca abras el envoltorio, o
cambiando a la metáfora de la sección "Los dos cuadros", te sientas tan atraído por el marco del
especialismo que nunca te fijes en el cuadro de muerte que está contenido en él (T.17.IV). En este
intercambio, una vez más —la dinámica central del especialismo— obtengo lo que valoro, dándote
a cambio algo de escaso o ningún valor.
Es raro que las dos partes de un acuerdo de negocios se sienten y discutan de manera amigable y
honesta lo que ambas partes necesitan, para entonces proceder a negociar desde esa base. Casi
siempre, tal como he estado diciendo, cada uno quiere conseguir tanto como le sea posible, dando lo
mínimo que pueda dar por ello. Los sindicatos de trabajadores surgieron para corregir los abusos en
la gestión de las empresas, pero tal como la historia ha demostrado, ellos también cayeron en la
misma tentación de los abusos de poder. Si los intereses compartidos fueran el principio reinante,
empleador y empleado no necesitarían más que un apretón de manos entre personas inherentemente
iguales sentadas ante una mesa de café. Desafortunadamente, sin embargo, el dinero se ha
convertido en el gran vehículo para esta dinámica de separación, en un enorme símbolo del poder
de satisfacer los intereses de uno a costa de los intereses de otro. Esto se convierte en la norma o
política no solo de los individuos, sino de los gobiernos, de los gobiernos corruptos y de grupos de
diversa índole. Por ejemplo, los gobernantes que desean permanecer en el poder han sabido
mantener a sus súbditos/ciudadanos dependientes y empobrecidos, reduciendo de esta manera la
probabilidad de una rebelión. Y, por supuesto, ellos requieren de enormes defensas y defensores
para proteger sus intereses.
Regresamos al principio central del especialismo —dar poco y recibir mucho— y nos desviamos un
momento para ver esta dinámica en funcionamiento en la práctica de la religión. Una vez que el
escenario de la separación empezó a desarrollarse, tratamos de comprar a Dios, lo que dio origen a
las religiones formales. Estas representan el intento de comprar el Amor de Dios, que es la idea que
hay tras la respuesta de Jesús sobre el rol de la religión en la psicoterapia: "La religión
formal/institucionalizada no ocupa ningún lugar en la psicoterapia, pero tampoco tiene un auténtico
lugar en la religión" (P.2.II.2.1). Por religión formal, Jesús se refiere a la práctica ordinaria del
hinduismo, budismo, judaísmo, cristianismo e islam —no a sus formas de expresión más
espirituales o místicas. Las formas o rituales establecen las reglas de la negociación con Dios, a
menudo con el dinero como su símbolo más prominente. Piensa en la extraña idea del diezmo: Dios
nos ha dado el regalo del amor y de la vida, y ahora tenemos que darle una décima parte de nuestras
ganancias. En este convenio hay siempre un elemento de sacrificio. Si somos honestos con nosotros
mismos, reconoceremos que parte de nosotros se resiente amargamente de tener que sacrificarnos
—que tenemos que pagar por el amor— porque en algún nivel creemos que se nos debería dar todo.
Esta dinámica, por cierto, puede también tomar la forma de decir: "Como he sido tan bendecido,
quiero dar algo a cambio". Esto niega el hecho de que todos hemos sido bendecidos con todo. La
confusión entre la forma y el contenido sigue siendo la característica principal del sistema de
pensamiento del ego tal como se expresa en el mundo.
El ego es una cuestión de poder. Al habernos hecho con el poder en nuestro sueño de separación,
hicimos un mundo en el que nos convertimos en maestros de la vida y de la muerte. El dinero ha
llegado a simbolizar ese poder, que se basa en el principio de los intereses separados que surgió de
nuestra visión distorsionada de nuestra relación con el Creador. A modo de ilustración, digamos que
hemos acumulado una gran cantidad de dinero o que hemos adquirido todos los bienes materiales
que alguna vez pudiéramos llegar a desear. Sin embargo, algo todavía chirría en nosotros y no
estamos totalmente en paz. La razón es que en algún nivel nos damos cuenta de que hemos robado
el dinero y las posesiones que hemos acumulado. Incluso si las hemos adquirido honestamente, el
ego siempre nos va a acusar de haberlas robado. Tiene que ser así porque nuestra adquisición
primigenia —la existencia individual— fue robada de Dios, así que ateniéndose a la cuarta ley del
caos, el ego nos dice que sea lo que sea que tengamos, lo hemos robado de algún otro —posees
aquello de lo que te apropias (T.23.II.9.1-4).
Puede que el mundo no lo vea de ese modo, pero nosotros sí, porque hemos conseguido lo que
queríamos, lo cual nos recuerda el instante ontológico en el que conseguimos lo que queríamos a
expensas de Dios. Puesto que el tiempo no es lineal y todo ha sucedido a la vez, lo que es cierto en
el pasado tiene que ser cierto en el presente. La culpa se instala inevitablemente en nuestras vidas y
nos corroe por dentro. Por consiguiente, sin importar cuántas posesiones podamos tener, persiste
una sensación de que nunca es suficiente. Necesitamos más y más, porque tenemos que tapar
nuestra sensación de culpabilidad. Esto era la base de la doctrina de Juan Calvino de que sabes que
formas parte de los elegidos de Dios si tienes éxito en lo material, y también en otros ámbitos,
mientras que si has fracasado en la vida entonces no formas parte de los elegidos. Al creer que Dios
quiere que seamos ricos, se espiritualiza el dinero. La otra cara es retratada en la Biblia, donde el
dinero es visto como la raíz de todos los males —no puedes adorar a Dios y al dinero, pues tiene
que ser uno o el otro. En consecuencia, muchas personas llegan a la conclusión de que ellas no
pueden ser espiritualmente aceptables para Dios si son ricas, la cara opuesta de la moneda que se
expresa en el calvinismo, que es materializar la santa Voluntad de Dios.
Dinero y culpabilidad
Al igual que con el sexo, la culpa se ha instalado en el dinero porque está basado en la escasez —
uno o el otro— y en el abuso de poder. El sexo y el dinero no son diferentes, en el sentido de que
comparten un mismo propósito: el de hacer real el cuerpo y la culpa. ¿Cómo podrían ser sexo y
dinero asuntos diferentes, si ambos están basados en los intereses separados? Si yo tengo dinero,
para mi ego esto significa que entonces algunas personas no lo tienen. Si todo el mundo se
enriqueciera en el mercado de valores, o apostaran y ganaran con el mismo caballo de carrera, el
mercado y las carreras de caballos no podrían sobrevivir. Unas personas tienen que ganar y otras
tienen que perder. Sin embargo, cuando ganamos, inevitablemente viene el pensamiento de
culpabilidad: "Dios mío, lo he vuelto a hacer: robar y matar para conseguir lo que quería". Todo nos
está recordando el pensamiento original y sus consecuencias. Recordemos esta cita: "No creas que
Él se ha olvidado" (M.17.7.4). Dios se acuerda, y quiere ejecutar Su castigo. Una forma de hacer
frente a la culpa es taparla con más y más dinero, al igual que las personas ansiosas tratan de
sofocar su ansiedad con más y más comida, como si el origen de los pensamientos y sentimientos
egoicos se encontrara en una cartera vacía o en un estómago vacío. Cerca del final de la sección "El
anti-Cristo", Jesús habla de esta característica del ego:
Todo idólatra abriga la esperanza de que sus deidades especiales le han de dar más de lo que otras
personas poseen. Tiene que ser más. No importa realmente de qué se trate: más belleza, más
inteligencia, más riqueza o incluso más aflicción o dolor. (T.29.VIII.8.6-8)
Cualquier forma de defensa lo hará, con tal de que eso refuerce el especialismo que me hace ser
distinto de todos los demás.
Al igual que puede ser complicado disfrutar de una relación sexual sin culpabilidad, también resulta
difícil tener dinero sin que la culpabilidad se cuele de alguna manera. Sin embargo no hay nada
inherentemente bueno o malo con respecto al dinero. Al igual que con el sexo, la fuente de la
culpabilidad es el propósito egoico para el que se usa el dinero: la necesidad de establecer intereses
separados, y luego justificarlos. Recordemos la sabia observación de Hamlet: "No hay nada bueno o
malo, pero el pensar lo hace así". Ganar dinero no es algo bueno, ni tampoco es algo malo. Eso
depende de para qué es. Si de alguna manera estás ganando dinero a costa de otra persona, o estás
siendo deshonesto en tus tratos, puede que tu negocio prospere, pero también prosperará tu
culpabilidad —la cual es el propósito oculto del ego desde el principio.
De modo que, como estudiantes de Un Curso de Milagros, nos corresponde pedir la ayuda de Jesús
para mirar qué tal son nuestras prácticas en los negocios: no solo es posible que estemos viendo a
los potenciales clientes como rivales nuestros, sino a los empleados también —todos con intereses
aparte de los nuestros; ejemplos: podríamos estar utilizando publicidad engañosa, insertando letra
pequeña en los contratos con el objetivo de engañar a los consumidores; o controlar eficientemente
los costes, pero manteniendo o incluso aumentando el precio para maximizar los beneficios; o
reducir la cantidad y/o la calidad de los artículos sin reducir precios, y por consiguiente haciendo
que los consumidores paguen lo mismo o más mientras están recibiendo menos —en este sentido,
una estrategia astuta ha sido reducir ligeramente el tamaño de la caja o bolsa/contenedor, pero
conservando (o incluso elevando) el coste/precio para el consumidor, o aún más disimulado:
mantener el mismo tamaño del envase pero reduciendo la cantidad que contiene realmente dentro.
Si bien es cierto que las corporaciones están obligadas por ley a ganar el mayor dinero posible para
sus accionistas, maximizar las ganancias en el nivel de la forma no se opone a una actitud de
compartir, en la que las personas no estén siendo engañadas ni estemos aprovechándonos de ellas,
ni tampoco los empleados sean explotados para beneficio de la "línea de fondo" (el balance
económico). Mirar estas prácticas de forma abierta y honesta nos va a permitir darnos cuenta de a
qué maestro hemos contratado como consultor en nuestros negocios.
Con el tiempo acabamos llegando al punto en el que el dolor de la culpa se vuelve intolerable. Tener
todo lo que deseamos sigue siendo insuficiente, o la contraparte: agonizar por nunca tener lo que
deseamos —y por lo tanto decimos: "Tiene que haber otra manera". Esta es la invitación a que Jesús
se convierta en nuestro maestro y guía, y le permite enseñarnos que el problema no es el dinero en
sí —su presencia o ausencia— sino nuestra actitud hacia él. Una vez más, los super-ricos y los
super-pobres son las caras opuestas de la misma moneda, pues ambos consiguen grandes beneficios
de sus respectivas situaciones. Quienes tienen dinero no pueden evitar la culpa por haber robado,
mientras que los que no tienen dinero no pueden evitar la culpa que aparece como un dedo acusador
que señala a un mundo culpable, diciendo que si ellos carecen de dinero es porque el mundo les ha
privado de él. Sin embargo, cada uno de nosotros llegamos un día al punto en el que pedimos
ayuda, y la respuesta de Jesús es ayudarnos a entender que simplemente estamos recreando el
pensamiento original del poder y su abuso, de la escasez y de la privación. En otras palabras, él nos
enseña a ver que nuestra situación financiera refleja el sistema de pensamiento del ego de los
intereses separados —uno o el otro.
Es evidente que Jesús quiere que aprendamos que seríamos mucho más felices si basáramos
nuestras vidas en su principio de los intereses compartidos. De hecho, él nos ha dicho que esto es la
única calificación requerida para ser un maestro de Dios (M.1.1.2). Si una persona pierde o ha sido
privada de algo, la totalidad de la Filiación pierde, porque la Filiación es una. Si tratamos de hacer
distinciones significativas entre los miembros aparentemente separados de la Filiación, no
estaremos haciendo otra cosa que crucificar al Hijo de Dios —otra vez. No puede ser que alguien
pierda y nosotros ganemos, o que nosotros perdamos y otro gane. Los capítulos 25 y 26 del Texto
tratan especialmente de la cuestión de la justicia, y Jesús dice que la roca sobre la que descansa la
salvación es que nadie pierda y todos ganen (T.25.VII.12). La roca del ego, sobre la cual construyó
su iglesia, es que si uno ha de ganar entonces tiene que haber sacrificio, lo que conduce a un mundo
de ganadores y perdedores, los que tienen y los que no tienen.
Puesto que el mundo surgió del sistema de pensamiento del ego de ganancia y pérdida, el único
modo de cambiarlo y de aliviar la situación de desventaja económica es que las personas cambien
de parecer (cambiar sus mentes) —cambiando desde la doctrina del ego de los intereses separados
hasta la visión del Espíritu Santo de los intereses compartidos— tomando conciencia de que todos
somos lo mismo. Esto no significa que tengas que renunciar al dinero o las posesiones, más de lo
que cabría renunciar al sexo. El Espíritu Santo no te quita tus relaciones especiales; Él las
transforma (por ejemplo, T.17.IV.2.3; T.18.II.6-7) al cambiar su propósito. Esto es algo que tiene
que ser subrayado, con el fin de no confundir Un Curso de Milagros con otros sistemas. Jesús no
está diciendo que debas renunciar a todo lo que sientes que es importante para ti, sino simplemente
que serías más feliz si abandonaras el sistema de pensamiento del cual tus posesiones son un
símbolo. Para reiterar este punto esencial, la enseñanza de Jesús no tiene nada que ver con el
comportamiento ni con dejar de lado tus habilidades en los negocios, sino que únicamente tiene que
ver con aquel a quien te unes para hacer los negocios —con tu ego o con él—, con quién piensas
acerca del dinero. El dinero, por lo tanto, puede ser tanto un símbolo de amor y de compartir como
un símbolo de separación y de escasez. Lo primero refleja la Expiación del Espíritu Santo —que no
estamos separados— mientras que lo segundo expresa la separación del ego —uno o el otro.
La última sección del Anexo Psicoterapia, "La cuestión del pago", aborda el tema del dinero,
concretamente si los terapeutas deben cobrar a sus pacientes. La respuesta de Jesús, en efecto, dice
que el dinero es neutral:
[Todas las cosas de este mundo pueden ser utilizadas por el Espíritu Santo] para ayudar a que el plan
se lleve a cabo. Incluso un terapeuta avanzado tiene algunas necesidades terrenales mientras esté
aquí. Si necesita dinero, se le dará, no como pago, sino para ayudarlo a desempeñar mejor su función
dentro del plan. El dinero no es malo. El dinero no es nada. (P-3.III.1.2-6)
Esto no significa que no debería haber ningún intercambio de dinero, de bienes o de servicios.
Significa que no hay costo, en el sentido de que no hay pérdida: nadie pierde y todos ganan. Jesús
establece la distinción entre el pago y el costo. El primero expresa el principio de los intereses
compartidos, en la forma en que ambas partes lo necesiten —para uno es el dinero, para el otro es el
servicio ofrecido: "Dar dinero allí donde el plan de Dios quiere que se dé no supone un costo" (P-
3.III.2.7). El segundo, sin embargo, expresa la creencia del ego en el sacrificio —uno recibe y el
otro pierde: "Pero no darlo [el dinero] donde propiamente se debe dar supone un costo enorme" (P-
3.III.2.8).
La manera en que Jesús enfoca este tema es similar al ideal propuesto por Karl Marx: De cada cual
según su capacidad; a cada cual según su necesidad. Este visionario del siglo 19 creía que en la
sociedad cada uno debía dar lo que era capaz de dar, y recibir lo que necesitara. El principio de
Marx, dicho sea de paso, no se debe confundir con algunos sistemas políticos modernos que pueden
llamarse a sí mismos marxistas, ya que el suyo era un ideal utópico basado en la igualdad. En la
década de 1920, Freud escribió perspicazmente que el marxismo fracasaría inevitablemente, no a
causa de ningún factor externo, sino debido a que Marx y sus seguidores no reconocieron la
agresividad y el egocentrismo inherentes en el homo sapiens. Lo que Freud estaba expresando es
que este ideal de personas expresando intereses compartidos —todos dando y recibiendo sin
agendas— era ingenuo. Él sabía muy bien que la codicia, el egoísmo y el odio están en todos, por lo
que todos, inevitablemente, caemos de nuevo en los intereses separados. De hecho, eso fue lo que
nos originó —nuestros padres, el lugar de nacimiento y nuestro hogar. Hasta que este egoico
sistema de pensamiento sea deshecho, no podrá ser que el mundo refleje el amor compartido del
Espíritu Santo en vez del odio divisivo del ego.
La cuestión, una vez más, no es si tener dinero es malo y carecer de él es bueno, o si al revés
(dependiendo del sistema de valores de cada cual), sino la paz que se comparte con todos. Tampoco
se está sugiriendo que las personas acomodadas deberían distribuir su riqueza entre los pobres. El
quid de la cuestión es que antes de que actúes de la manera que sea, primero vayas a tu interior y
pidas ayuda para que desaparezcan todas las interferencias de culpa y especialismo. Solo entonces
tus acciones serán solidarias y amorosas —para todos los implicados. El punto que trataba de
expresar Freud era que, dado que el marxismo se enfocó en lo externo, ignoró lo interno —el
inconsciente sistema de pensamiento del ego que es el único que determina nuestras motivaciones y
acciones. Este principio, por supuesto, es aplicable para todas las cuestiones relacionadas con el
comportamiento. Por ejemplo, puedes estar expresando el principio de los intereses compartidos y
aun así negociar el precio con un vendedor de automóviles, o comprar donde mejor puedas
aprovechar tu dinero (donde encuentres el precio más barato). Sin embargo, carecerías del instinto
asesino del ego, según el cual conseguir el precio más bajo o una negociación "exitosa" significa
victoria, evocando en tu mente —aunque inconscientemente— el triunfo original sobre Dios: "¡He
obtenido algo a cambio de nada!".
Por lo tanto, sería útil que antes de cambiar tu conducta, te apartes a un lado con Jesús y mires
cómo te has estado relacionando con el dinero (o con el sexo) basándote en intereses separados: no
trates de cambiar tu conducta, sino elige más bien cambiar de mentalidad acerca de tu conducta
(T.21.introd.1.7). Esto significa en primer lugar que miras —esto mismo es el cambio, porque el
ego nunca mira. Mira sin juicio ni culpa a lo que has hecho, tanto con respecto a ti mismo como con
los demás. Por ejemplo, "no dije toda la verdad en mi declaración de impuestos porque, a fin de
cuentas, el gobierno consiste en un grupo de ladrones, de todos modos". Dejando al margen las
cuestiones éticas relacionadas con la Agencia Tributaria misma, con una actitud como esa es
inevitable la culpa, porque estás diciendo que otros te hicieron esto a ti primero, y que por lo tanto
está justificado hacérselo a ellos. Ya hemos hablado de las relaciones comerciales en las que, como
comprador, tratas de conseguir la mejor oferta, mientras que como vendedor te preocupas de tu
beneficio y no de tus clientes. Tanto si esta práctica se ejerce dentro o fuera de los márgenes legales,
el contenido del ego sigue siendo el mismo, por lo que una asociación de igualdad donde haya un
intercambio equitativo resulta entonces no ser una opción aceptable.
Para funcionar acordes con la visión del Espíritu Santo de los intereses compartidos no necesitamos
que otra persona esté de acuerdo con nosotros, ni tenemos que invitar a otras personas a que
compartan este principio, a menos que ellas quieran hacerlo así, por supuesto. Este es un cambio
que hacemos dentro de nosotros mismos. No debemos nunca perder de vista el importantísimo
principio de que lo que nos permite sobrevivir —de hecho, lo que nos dio existencia a todos en un
principio— son los intereses separados. Así que instintivamente vamos a volver a caer en esta
tentación, ya sea que estemos involucrados con el sexo, con el dinero o con cualquier otra cosa. Es
imperativo que nos demos cuenta del costo que tiene funcionar de esta manera: el principio de los
intereses separados refuerza el pensamiento original de separación, el cual refuerza a la culpa que
surgió de él; esta, a su vez, refuerza la creencia de que el cuerpo es real. Necesitábamos llegar a esta
conclusión para protegernos de la culpa en la mente. Mantener operativa la creencia en los intereses
separados —sea de manera flagrante o sutilmente— es el medio extremadamente ingenioso e
insidioso del ego para mantener intacto su sistema de pensamiento, incluso mientras estamos
dedicando nuestra vida al Curso. Sin embargo, a pesar de que el dinero, así como el sexo, han sido
utilizados para reforzar la separación, todavía pueden convertirse en una parte útil del plan de
estudios, en un medio maravilloso para que aprendamos a perdonar —nuestra función especial, el
tema del próximo capítulo.
***********
Pregunta: Trabajo en una empresa que realiza prácticas para engañar a los clientes con algunos de
los trucos que has mencionado. ¿Significa esto que debo dejar mi trabajo?
Respuesta: No necesariamente. Antes de que tomes la decisión de salir de una empresa que utiliza
prácticas que tú juzgas como injustas, sopesa lo siguiente: al juzgar a tus jefes, ¿estás en realidad
cometiendo el mismo "pecado" del que les acusas a ellos? Su egoísmo de pensar únicamente en sí
mismos —intereses separados en vez de compartidos— expresa el subyacente sistema de
pensamiento de separación del ego. Sin embargo, al ponerte a favor de las víctimas y en contra de
los abusadores, tú mismo estás expresando también el mismo sistema de pensamiento de separación
—dividiendo a la Filiación en aquellos que pecan y aquellos contra quienes se ha pecado.
Sin embargo, esto no quiere decir que te quedes en ese trabajo; pero recuerda lo que Jesús nos pide:
Si un hermano te pide algo descabellado, hazlo (T.12.III.4.1). Tal vez la cosa descabellada que se te
pide es quedarte con tus egocéntricos jefes, con el fin de ofrecerles el perdón que ellos puede que no
sientan que merecen, y al mismo tiempo ofreciéndotelo a ti mismo. O tal vez lo que se te pide es
dejar tu trabajo, pero con la bendición del perdón para aquellos a quienes dejas. Independientemente
de cual sea tu comportamiento, estarías ofreciendo y recibiendo el perdón que todos buscamos.
4. Sumario
Como una forma de resumir lo que hemos estado comentando previamente, repasemos algunos
pasajes de la última parte de la sección "Tu función especial" del capítulo 25 del Texto (T.25.VI). A
medida que recorramos estos pasajes —se trata de un material no específico, como ocurre con la
mayor parte del resto de Un Curso de Milagros— reflexiona en las palabras de Jesús en el contexto
del sexo y del dinero, aspectos de nuestra vida que hemos utilizado para herirnos y mantenernos
separados, los cuales podemos mirar ahora de un modo diferente. Por consiguiente, nuestra función
especial es aceptar la corrección que el Espíritu Santo ofrece para nuestras decisiones equivocadas
en favor del ego, de modo que la culpa que fue proyectada al mundo de la forma pueda ser devuelta
a la mente y perdonada. Al pedir la ayuda del Espíritu Santo miramos por medio de Su visión al uso
que hemos hecho del cuerpo, y al ver únicamente los intereses compartidos de la Filiación, aquello
que hicimos para herir por medio de la separación se convierte ahora en el medio para nuestra
sanación. El sexo y el dinero, que expresan el egoico sistema de pensamiento de uno o el otro, se
transforman en propósito para reflejar el principio del Espíritu Santo de juntos, o de ningún modo
en absoluto (T.19.IV.D.12.8).
(4.1-3) Esta es la percepción benévola que el Espíritu Santo tiene del deseo de ser especial:
valerse de lo que tú hiciste para sanar en vez de para hacer daño. A cada cual Él le asigna una
función especial en la salvación que solo él puede desempeñar, un papel exclusivamente para
él. Y el plan no se habrá llevado a término hasta que cada cual descubra su función especial y
desempeñe el papel que se le asignó para completarse a sí mismo en un mundo donde rige la
incompleción.
La incompleción rige o gobierna en el mundo porque todo lo que hay aquí proviene de un
pensamiento de escasez y de carencia. Nos completamos a nosotros mismos no mediante ninguna
cosa externa —la adquisición de más y más cuerpos a los que adorar en nuestro santuario, o de más
y más dinero con el cual construirnos un altar dedicado al dios del éxito material—, sino al elegir al
Maestro que nos ayudará a sanar nuestra mente del pensamiento erróneo de la incompleción. La
función especial que el Espíritu Santo nos asigna no tiene nada que ver con cosas concretas del
estilo de realizar actividades en torno a Un Curso de Milagros o enrolarnos en diversas causas
filantrópicas. Más bien se relaciona con el plan de estudios que hemos establecido —las relaciones
especiales que hay en nuestras vidas, lo cual podría incluir a determinadas personas, las posesiones,
el dinero, la comida, el alcohol, etc. Nuestra función especial, por tanto, es pedir ayuda para
cambiar el propósito de la relación desde el propósito del ego, que es mantenernos separados, hasta
el del Espíritu Santo, que es curarnos.
Si tengo una adicción, por ejemplo, mi función especial es perdonar la adicción y a las personas a
las que he responsabilizado de eso. Por consiguiente, los perdono al no darles un poder que no
tienen; es decir, que ellos no pueden quitarme la paz de Dios —solo mi propia decisión puede hacer
eso. Si tengo una relación especial contigo —de amor o de odio—, perdonar esa relación se
convierte en mi función especial. Si he tenido una relación especial con el dinero —ya sea
careciendo de él y sintiéndome injustamente tratado, o teniendo un montón de dinero y deseando el
poder que lo acompaña— eso se convierte en el símbolo que utilizo para aprender a perdonar.
(5.1-2) Aquí, donde las leyes de Dios no rigen de forma perfecta, él todavía puede hacer una
cosa perfectamente y llevar a cabo una elección perfecta. Y por este acto de lealtad especial
hacia uno al que percibe como diferente de sí mismo [el compañero de amor u odio especial], se
da cuenta de que el regalo se le otorgó a sí mismo y, por lo tanto, de que ambos tienen que ser
necesariamente uno.
Lo de "una elección perfecta" se refiere a perdonar, en vez de hacer el especialismo real. Digamos
que tienes una relación especial con el dinero, lo que significa que crees que tu felicidad y paz
mental dependen de él. Detrás de esa necesidad por el dinero habría una persona, alguien de quien
tú sientes que te ha privado de algo en el pasado. En reacción a eso, es posible que hayas decidido
prosperar y mostrar lo poderoso que te has vuelto a pesar de lo que esa persona te hizo. Esa es la
persona a la que tienes que perdonar. No se trata del dinero; el dinero no es nada. Simplemente has
usado el dinero como un símbolo de ataque. Desde la otra dirección, si tus padres te hicieron sentir
privación y que te sintieras fatal cuando eras un niño, podrías mostrarles cuán carente sigues
estando ahora, y que todo eso es culpa de ellos. En consecuencia, irías por la vida sin tener nunca
suficiente de nada.
Estas son simplemente las caras opuestas de la misma moneda. Siempre va a haber rostros
asociados con el objeto de nuestra adicción, ya sea que seamos adictos a una sustancia, al sexo, a la
comida o al dinero —eso no importa. La adicción podría ser positiva o negativa —tener mucho o
poco de algo—, sin embargo, una vez más, hay un rostro detrás del sufrimiento que llega con la
adicción. Casi siempre se trata de nuestros padres, pero otros lo harían igual de bien. Y luego
aprendemos que el regalo del perdón nos fue dado a nosotros mismos, y que por lo tanto tenemos
que ser necesariamente uno. Tiene que ser así porque nuestros intereses son uno: los compañeros
especiales para reforzar la separación se convierten en compañeros especiales para recordar nuestra
unidad —primero como Hijos separados, y después como el único Hijo.
(5.3-4) El perdón es la única función que tiene sentido en el tiempo. Es el medio del que el
Espíritu Santo se vale para transformar el especialismo de modo que de pecado pase a ser
salvación.
Sabemos que estamos escuchando la Voz del Espíritu Santo, tomando la mano de Jesús y mirando a
través de la visión de Cristo cuando nuestra actitud hacia una persona no excluye a otra. Aunque el
comportamiento, incluyendo la relación con el sexo y el dinero, está necesariamente limitado en su
expresión, no tiene que excluir de manera específica a nadie mediante un juicio basado en intereses
separados. Para repetir lo que se ha subrayado a lo largo de este libro, la actividad sexual y el
interés por el dinero no son en sí mismos de mentalidad errada. El problema es cuando expresan el
objetivo de intereses separados del ego, y es eso lo que es necesario deshacer mediante el perdón de
los demás y de nosotros mismos. Así que el perdón tiene que ser para todos; de lo contrario no es
para nadie.
(5.6-10) Mas solo es completo cuando descansa sobre todos, y toda función que este mundo
tenga se completa con él. Entonces el tiempo cesa. No obstante, mientras se esté en el tiempo,
es mucho lo que todavía queda por hacer. Y cada uno tiene que hacer lo que se le asignó, pues
todo el plan depende de su papel. Cada uno tiene un papel especial en el tiempo, pues eso fue
lo que eligió, y, al elegirlo, hizo que fuese así para él.
El "papel especial en el tiempo" es el especialismo de nuestro ego. Quisimos ser especiales y por lo
tanto lo fuimos, ya que es nuestro sueño. Observa que Jesús dice: "No obstante, mientras se esté en
el tiempo, es mucho lo que todavía queda por hacer". A pesar de que el tiempo es una ilusión,
mientras sigamos creyendo que estamos en él habrá que completar el trabajo del perdón. Nosotros
usábamos el tiempo para reforzar su ilusoria naturaleza, pero al entregarlo al Espíritu Santo, la
prisión que nosotros hicimos se transforma en un aula en la que aprendemos Sus lecciones de
perdón que deshacen el pasado de pecado, el presente de culpa y el futuro de miedo.
(5.11) No se le negó su deseo, sino que se modificó la forma del mismo, de manera que
redundase en beneficio de su hermano y de él, y se convirtiese de ese modo en un medio para
salvar en vez de para llevar a la perdición.
Jesús en realidad quiere decir "que se modificó el contenido del mismo". Él está diciendo que
nuestro deseo de ser especial no se nos ha negado, pero ahora tiene un significado diferente. En
lugar de ser especiales, exclusivos y separados, aprendemos que tenemos una función especial —
desaprender todo lo que el ego nos ha enseñado. Una vez más, la prisión de especialismo del ego se
convierte en el aula de perdón del Espíritu Santo.
(6.6-8) Dios dispuso que el especialismo que Su Hijo eligió para hacerse daño a sí mismo fuese
igualmente el medio para su salvación desde el preciso instante en que tomó esa decisión. Su
pecado especial pasó a ser su gracia especial. Su odio especial se convirtió en su amor especial.
Lo que habíamos elegido en un principio fue que nuestro comportamiento en relación al sexo y el
dinero sirviera para hacernos daño a nosotros mismos o a otras personas por medio del
especialismo. En la frase 8 Jesús utiliza las palabras "amor especial" en un sentido positivo.
Simplemente cambiamos el propósito de lo que significa ser especial. Para que podamos hacer este
cambio, sin embargo, debemos ser conscientes de cómo hemos abusado del poder, el dinero, el sexo
y todas las cosas del cuerpo, lo cual hicimos cada vez que vimos nuestros intereses como separados
de los de otra persona. Aquí nadie escapa a este principio del ego, y el sentimiento de culpabilidad
es muy contraproducente. De hecho, estamos en el mundo porque colectivamente hicimos eso con
Dios en el comienzo, o eso pensamos; y por lo tanto estamos condenados a repetirlo hasta que
cambiemos de mentalidad mediante el cambio de maestro.
Vemos nuestro especialismo como pecaminoso solo cuando nos sentimos culpables por él. "No te
sientas culpable", es lo que dice Jesús. "No te preocupes por las sombras, pues son el motivo por el
que viniste al mundo [véase T.18.IV.2]. Desde el punto de vista del ego, naciste para hacer las
sombras reales y entonces culpar a todos los demás por ellas. Sin embargo, una vez aquí y dándote
cuenta de lo que has hecho, pediste ayuda y por lo tanto me permitiste usar tus errores como aulas
para enseñarte que estás perdonado. Solo tu culpabilidad enseñaría que tu especialismo fue un
pecado que tiene que ser castigado; pero un error no es un pecado. En realidad, el mero hecho de
haber nacido fue un error, como lo fue la separación de Dios. Sin embargo, no hay una jerarquía de
errores, y es simplemente una tontería, una vez que se ha visto esto, aferrarse al error por medio de
la culpa, en vez de dejar que te ayude a deshacerlo".
(7.7-10) En la luz, lo ves como la función especial que te corresponde desempeñar en el plan
para salvar al Hijo de Dios de todo ataque y hacerle entender que está a salvo, tal como
siempre lo estuvo y lo seguirá estando, tanto en el tiempo como en la eternidad. Esta es la
función que se te encomendó con respecto a tu hermano. Acéptala dulcemente de la mano de
tu hermano, y deja que la salvación se consume perfectamente en ti. Has sólo esto y todo se te
dará.
Sólo tenemos que unirnos con Jesús para inspeccionar nuestra vida —el pasado y el presente— y
ver el mal uso que hemos hecho del poder, ya sea en las relaciones, con el dinero o en cualquier otra
área. Entonces podemos decir y decirlo de todo corazón: "Sí, esto es lo que he hecho, y puedo ver el
dolor que me ha ocasionado, el cual ya no quiero más. Ahora sé a quién acudir para deshacer la
culpa que es la fuente de mi dolor". Esta toma de conciencia es lo único que Jesús nos pide. Eso es
suficiente.
Puede permanecer todavía la pregunta, dada la tensión que rodea a estos temas tan candentes del
sexo y el dinero: ¿basta simplemente con mirarlos, sin hacer nada más? La respuesta es un rotundo
sí —lo único que necesitamos hacer es mirar con Jesús el aparente problema, viendo su intensidad y
energía como parte de la estrategia del ego de enraizar nuestra conciencia en las cosas externas.
Recordemos que antes de hablar específicamente del sexo y del dinero, leí una cita del Texto sobre
la creencia demente de que Dios habría castigado a Jesús debido a nuestros pecados; que aunque
esta creencia no era diferente de cualquier otra ilusión, era más difícil de soltar debido a su gran
valor como defensa. Utilicé esto como una introducción a nuestra discusión porque resulta muy
difícil ver el sexo y el dinero como no diferentes del resto de problemas de nuestra vida. Sin
embargo, la carga emocional que estos dos temas contienen proviene de las proyecciones de la
culpa sobre el cuerpo, y no hace falta decir que el sexo y el dinero están casi totalmente orientados
hacia el cuerpo.
El ego hizo al cuerpo para impedirnos regresar a nuestras mentes. El ego sabe que su existencia está
en jaque, pues si alguna vez regresáramos a la mente no hay duda de que elegiríamos en contra de la
separación. Cuanto más intensamente enfocamos nuestra atención sobre el cuerpo —por ejemplo en
el sexo y el dinero— más remotamente nos alejamos de la mente. Además, tanto el sexo como el
dinero casi siempre reflejan el principio fundamental del ego de uno o el otro. Si voy a obtener lo
que quiero, a tener éxito y conseguir placer y felicidad, debo hacerlo a expensas de algún otro. Esto
es una reminiscencia del pensamiento original de que una de dos: o Dios o mi ser. Si voy a existir
—y yo adoro mi existencia— Dios ha de ser sacrificado. Este pensamiento es el origen de la culpa
que es omnipresente en nuestras mentes, proyectando una sombra sobre las formas concretas del
mundo. El sexo y el dinero son simplemente dos formas altamente cargadas de culpa de esta
dinámica.
Sin embargo, es precisamente debido a su destacado valor como defensas, susceptibles de usarse
para las proyecciones de la culpa, por lo que el sexo y el dinero se convierten en aulas de
aprendizaje tan potentes. Nuestro objetivo es simplemente regresar a la decisión de la mente en
favor de la culpa. Si no lo hacemos no nos vamos a sanar nunca, y estaremos por siempre sumidos
en las profundidades del sistema de pensamiento del ego, sin vía de escape. La estrategia del ego,
por descontado, es evitar este regreso por cualquier medio posible; no dejar que nos volvamos
conscientes de la culpa, y aún así estar siendo dirigidos por ella. En este sentido, cualquier cosa que
nos recuerde que tenemos una mente, impregnada de culpa, es útil.
Por lo tanto, Jesús comienza el proceso de curación ayudándonos a ver las formas en que hemos
sido abusados, o abusamos de otros, en el nombre del sexo o el dinero. Al pedirle ayuda a Jesús
podemos ver la intensidad con respecto al sexo y el dinero como útiles banderas rojas que nos
informan de que hay un serio problema, pero que no es lo que creíamos: "Nunca estoy disgustado
por la razón que creo" (L.5). No podemos negar nuestro conflicto en estas dos áreas, o que para
nosotros se han convertido en preocupaciones —la cúspide de nuestros intereses de amor u odio
especial. Permitirnos alcanzar este nivel de reconocimiento conduce inevitablemente al siguiente
importante paso, que es entrar en contacto con las proyecciones que alimentaron estos problemas.
La enfermedad tiene un propósito similar en la estrategia del ego, ya que es también una gran
preocupación —cuando sentimos dolor, lo único que nos importa es aliviarlo.
Una vez más, el ego ha utilizado el sexo y el dinero para fijar nuestra atención en el mundo y el
cuerpo, lejos de la mente. Sin embargo, cuando finalmente levantamos nuestras manos en gesto de
desesperación, diciendo, "Ayuda, tiene que haber otra manera de ver esto", las preocupaciones, que
han sido tan esenciales para la separación del ego, se convierten ahora en aspectos importantes del
plan de Expiación del Espíritu Santo. La atención, que estaba volcada hacia fuera, puede ahora
volverse hacia dentro, empezando a darnos cuenta de que el problema que estamos experimentando
fuera, en realidad no está fuera en absoluto, sino dentro de la mente.
He mencionado antes que la insistencia de Freud en su teoría sexual se debía en gran parte a que las
raíces del sexo se encuentran en la biología, lo cual era de gran importancia para él. La biología se
refiere al cuerpo, y esto nos ayuda a entender por qué estamos tan preocupados, si no obsesionados,
con los asuntos relacionados con el sexo y el dinero. Estos objetos conflictivos de nuestra
preocupación por lo corporal, una vez más, nos ayudan a regresar hasta el conflicto real, que no
tiene nada que ver con lo físico. Usar a los demás para satisfacer nuestras necesidades —sexuales o
financieras— no es más que la punta del iceberg, que consiste en el "pecado" original de satisfacer
nuestra necesidad a costa de Dios: adquirir la existencia individualizada que ansiábamos,
deshaciéndonos de Dios. Nuestras vidas no son ni más ni menos que una serie de variaciones de
este tema primordial.
Por consiguiente, tenemos que mirar desde este marco de referencia la intensidad que rodea al sexo
y al dinero como parte de la estrategia del ego de fijar la atención en el cuerpo. En ese sentido nos
ha sido muy útil. El ego siempre trata de crear problemas donde no los hay. Y el cuerpo y el mundo
fueron la respuesta del ego a lo que él definió como el problema de la mente —un campo de batalla
que conduciría a nuestra destrucción. Por esta razón, el mundo fue fabricado para resolver el
problema de la culpabilidad de la mente, pero entonces el mundo y el cuerpo, con sus
multitudinarios y complejos componentes, se convirtieron en problemas por derecho propio,
exigiendo soluciones —cuanto más intensa es nuestra experiencia del problema, más intensamente
nos enfocamos en solucionarlo en el nivel corporal: física, psicológica y socialmente. Sin embargo,
una vez más, podemos darle la vuelta a la tortilla del ego si acudimos a Jesús y miramos con él al
ego. Jesús nos ayuda a entender que la intensidad no está causada por el objeto externo, sino por la
enorme culpa y auto-odio internos. Estos a su vez son defensas contra la intensidad del amor que
nos define verdaderamente como Hijos de Dios.
Hay una sección del Texto titulada "La atracción del amor por el amor" (T.12.VIII) que señala al
amor como el origen donde se encuentra la auténtica intensidad, la cual tratamos de ocultar, tal
como se comenta en esta otra cita:
Pues subyacente a los cimientos del ego, y mucho más fuerte de lo que este jamás pueda ser, se
encuentra tu intenso y ardiente amor por Dios, y el Suyo por ti. Esto es lo que realmente quieres
ocultar. (T.13.III.2.8-9)
Es nuestro anhelo de regresar a casa lo que el ego se esfuerza por reprimir y ocultar, produciéndose
la creencia de que nuestro anhelo es por las cosas del mundo —amor, confort y felicidad, incluso
por el Cielo. El ego nos convence de que el sexo y el dinero son dos de las principales maneras de
satisfacer estos anhelos. Cuando nos damos cuenta de que la intensidad vinculada con estos asuntos
corporales oculta la intensidad de la horrenda culpa de la mente, la cual oculta la intensidad del
amor de la mente, nuestras vidas se ven a una luz diferente y nuestros cuerpos adquieren un
propósito diferente.
Por lo tanto, mirar con Jesús estos asuntos significa elevarnos por encima del campo de batalla y ver
el panorama más amplio, tomando conciencia de que el cuerpo no es más que la proyección de la
mente. Cuando se ve de esa manera, la intensidad disminuirá y finalmente acabará desapareciendo,
porque lo que la alimenta es el propósito del ego de mantenernos enfocados en lo externo. De
hecho, la intensidad tiene necesariamente que desaparecer porque en realidad no es alimentada por
el cuerpo —el cuerpo no siente nada, a pesar de nuestra experiencia en sentido contrario. Hablamos
de personas con una alta energía sexual, o con un metabolismo alto (rápido) o con un alto lo que
sea, llamando a estos asuntos "hechos biológicos". ¡Pero no hay hechos biológicos! El cuerpo siente
lo que la mente le dice que sienta. Así que, una vez más, no tenemos que cambiar lo que el cuerpo
siente; solo cambiamos el propósito que le dimos a las sensaciones del cuerpo. Para el ego, el
propósito era mantenernos inconscientes de la mente (sin mente); para el Espíritu Santo, el cuerpo
se convierte en una manera para que regresemos al problema y nos volvamos conscientes de la
mente.
Por lo tanto, podemos ver que la intensidad es otra de las líneas de defensa del ego, una manera de
que fijemos nuestra atención en el mundo, ya sea que la intensidad esté relacionada con el sexo, el
dinero, la comida, el prestigio, o la necesidad de tener razón y demostrar que otras personas se
equivocan. La intensidad disminuirá porque había estado mal situada, al ser el deseo demente del
ego de intentar desviar nuestra intensidad desde el Amor de Dios hasta alguna cosa externa. A
medida que tomamos una y otra vez la constante decisión de regresar a casa y perdonar, tendremos
cada vez menos necesidad de defendernos de nuestra culpa. Sin embargo, de vez en cuando el ego
levantará su fea cabeza y sobrevendrá un ataque masivo de ego. Es entonces cuando el ego se
vuelve cruel, lo cual sucede cuando empezamos a tomarnos más seriamente la evaluación que el
Espíritu Santo hace de nosotros (T.9.VII.4.4-7). En otro lugar, Jesús nos dice que el ego se volverá
vengativo cuando tomamos su mano en el viaje:
Siempre que el miedo se interpone en el camino hacia la paz, es porque el ego ha intentado unirse a
nuestro viaje, aunque en realidad no puede hacerlo. Presintiendo la derrota e irritado por ella, se
considera rechazado y se vuelve vengativo. (T.8.V.5.5-6)
Es extremadamente útil entender este principio, de manera que cuando sintamos miedo y
experimentemos odio o culpa, entendamos lo que está ocurriendo y así no hagamos un ataque
egoico del mero hecho de haber tenido un ataque egoico.
Para ser claros, Un Curso de Milagros no está en contra del sexo o de ganar dinero, pero tampoco
está a favor de ellos. A Jesús no le preocupa nada de esto porque para él el cuerpo no es real. Solo el
propósito es importante, y el propósito se encuentra en la mente. Para él, ese es el único punto de
interés. Jesús está en la mente y en ninguna otra parte, porque no hay otra parte. Recordemos que el
cuerpo es inexistente, al ser la proyección dentro de la forma de un pensamiento inexistente. Del
mismo modo, la mente dividida es inexistente, pero mientras pensemos que estamos separados, el
pensamiento de separación se encontrará en la mente. Pensamos que la separación está aquí en el
mundo, pero esta creencia no cambia la verdad. Por ejemplo, si soñamos en Jesús mientras
dormimos, él no está en nuestro sueño, ni tampoco está en nuestro dormitorio. Él es un pensamiento
o símbolo en la mente, el cual proyectamos dentro del sueño. Por lo tanto, igualmente, él no está en
el sueño de cuerpos del mundo.
A medida que estudias su Curso, verás muy claramente que el único enfoque de Jesús es el
propósito —el propósito lo es todo. Y por lo tanto, una vez más, lo que nosotros hicimos para hacer
daño, el Espíritu Santo lo utiliza para sanar. Este es el cambio que caracteriza al milagro. Una vez
que la forma se ha hecho neutral, puede utilizarse para el propósito del ego de reforzar la culpa, la
separación y el sueño, o para el propósito del Espíritu Santo de deshacer la culpa por medio del
perdón y despertarnos del sueño. Por consiguiente, la forma no es ni buena ni mala; simplemente es.
Nosotros hicimos el mundo, y ahora lo único importante es qué maestro elegimos para que nos
ayude a aprender de él. Para decirlo solo una vez más, debido a su prominente simbolismo como
instrumentos de culpa, abuso, poder, placer y dolor, el sexo y el dinero pueden ser unos
instrumentos extraordinariamente útiles para ayudarnos a deshacer el ego y volver a casa. El
siguiente pasaje, del Libro de ejercicios, resume muy bien los dos propósitos posibles que le
podemos dar al cuerpo —intereses separados frente a intereses compartidos:
El cuerpo es un sueño. (...) Hecho para ser temeroso, el cuerpo no puede sino cumplir el propósito
que le fue asignado. Mas podemos cambiar el propósito que el cuerpo obedece si cambiamos de
parecer con respecto a su finalidad.
El cuerpo es el medio a través del cual el Hijo de Dios recobra la cordura. Aunque el cuerpo fue
concebido para condenarlo al infierno para siempre, el objetivo del Cielo ha substituido a la
búsqueda del infierno. El Hijo de Dios busca la mano de su hermano para ayudarlo a marchar por la
misma senda que él. Ahora el cuerpo es santo. Ahora su propósito es sanar la misma mente para dar
muerte a la cual fue concebido. (L.PII.Preg5.3.1,4-5; 4)
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Pregunta: ¿Estás diciendo que a medida que te vuelves más iluminado y que tu mente es sanada, el
sexo no es realmente necesario?
Respuesta: No estoy diciendo o dando a entender eso en absoluto. Sin embargo, definitivamente, el
sexo dejará de ser un problema, al igual que la comida, adquirir posesiones, y cualquier otra cosa
que pensamos que es tan vital para nosotros. Pero esto no quiere decir que a medida que nos
volvemos más iluminados vamos a dejar de respirar, comer, beber o tener sexo. Puede que sí o
puede que no. Estas variadas actividades físicas pueden cambiar de diferentes maneras, pero su
forma no es nada. Lo único que importa es que cualquier cosa que hacemos, la hacemos con amor
en vez de odio, con paz en vez de juicio.
P: Si uno se siente a veces con una sensación de carencia o de estar en aprietos, la mejor solución es
pedir ayuda para perdonar, ¿correcto?
R: Correcto. Cuando estás teniendo problemas, lo primero que necesitas es reconocer que estás
teniendo problemas. En segundo lugar, tienes que intentar superar la tentación de atribuir la causa
de la incomodidad o malestar a algo externo. Ese intento es la invitación al Espíritu Santo, y pone
en marcha el proceso del perdón. Esto implica retirar de los demás la proyección de culpa, situando
la responsabilidad por tu infelicidad dentro de ti mismo, y entonces mirar a la fuente de infelicidad
que has elegido, tomando conciencia de que la elegiste tú mismo y que por lo tanto puedes elegir de
nuevo. La voluntad de atribuir la causa de tu infelicidad a tu decisión mental es la esencia del
perdón, lo cual obviamente no puedes hacer con tu ego. Incluso si no estás pensando
conscientemente en el Espíritu Santo o Jesús, debes haberles pedido ayuda; si no hubiera sido así,
no habrías logrado esa toma de conciencia.
Para repetir: toma conciencia de que elegiste tu situación. Eso es lo único que necesitas saber. No
cambias tu decisión, lo cual es el sentido de la frase: "El milagro establece que estás teniendo un
sueño y que su contenido no es real" (T.28.II.7.1). El pasaje no dice nada de cambiar alguna cosa. El
mero hecho de que estás siendo capaz de mirar al sistema de pensamiento de mentalidad errada sin
juzgarlo ni con culpa señala el final del ego, pues eso es elegir a favor del Espíritu Santo. Este es el
único cambio necesario, y es a lo que se refiere Jesús cuando habla de que nuestra única necesidad
es "la pequeña dosis de buena voluntad" (T.18.IV) —la voluntad de mirar con él al ego. Esto
significa que no tratas de cambiarlo, pues si lo haces, simplemente haces real su sistema de
pensamiento. Por lo tanto, mira a tu ego, pero sin hacer juicios; mira las maneras en que has hecho
un mal uso del sexo, el dinero y el poder, y el tremendo coste que eso ha tenido para ti —pero
míralo sin culpa. El ego te ha costado la paz de Dios. ¿Hay alguna cosa aquí por la que merezca la
pena perder la experiencia de esta paz, y del amor que está justo tras ella?
Concluyo con los dos últimos párrafos de la lección 186, que resumen muy bien cómo el Espíritu
Santo usa las formas de nuestras vidas para conducirnos a la amorfía. Lo que hace que este proceso
sea posible, como ya hemos mencionado, es nuestra voluntad de mirar las formas —los
comportamientos— sin culpa ni juicios. A esto es a lo que Un Curso de Milagros se refiere como
mirar con el Espíritu Santo o Jesús, y es lo único que necesitas hacer. Simplemente has de mirar
apaciblemente la manera en que has estado expresando el sistema de pensamiento del ego por
medio de los intereses separados. Simplemente toma conciencia de esto —"por supuesto, esto es lo
que he querido hacer"— y entonces toma conciencia de cómo los pensamientos de separación y
culpa del ego infunden el mundo que hiciste.
Es esencial que mires con amabilidad y sin acusaciones tanto a ti mismo como a los
comportamientos de tu ego. Reconoce calmadamente que esto es lo que has hecho, y que por lo
tanto estás tan loco como todas las demás personas. Pero ciertamente tomas conciencia de tu
demencia, y de que tus decisiones te han causado un tremendo dolor. Deja de lado por el momento
el tema del dolor que tus decisiones han causado a otras personas, pero sé consciente de cuánto
dolor te han causado tus decisiones a ti. Pues este dolor, que ya no quieres más, te motivará a
renunciar a hacer un uso indebido del mundo como una manera de reforzar tu yo especial, lo que te
permite volverte hacia el Espíritu Santo como tu Amigo, aceptar tu función especial y ser
suavemente conducido por medio de las formas del perdón hasta la Amorfía de Dios:
Su dulce Voz llama desde lo conocido a lo que no conoce. Él quiere consolarte, aunque no conoce el
pesar. Él quiere hacer una restitución, si bien goza de absoluta plenitud; Él quiere hacerte un regalo,
si bien sabe que ya lo tienes todo. Él tiene Pensamientos que satisfacen cualquier necesidad que Su
Hijo perciba, si bien Él no las ve. Pues el Amor solo puede dar, y lo que se da en Su Nombre se
manifiesta en la forma más útil posible en un mundo de formas.
Esas son las formas que jamás pueden engañar, ya que proceden de la Amorfía Misma. El perdón es
una forma terrenal de amor, que, como tal, no tiene forma en el Cielo. No obstante, lo que aquí se
necesite, aquí se concederá. Valiéndote de esta forma puedes desempeñar tu función incluso aquí, si
bien el amor significará mucho más para ti cuando se haya restaurado en ti el estado de amorfía. La
salvación del mundo depende de ti que puedes perdonar. Esa es tu función aquí. (L.186.13-14)
APÉNDICE
Durante una clase celebrada en la Fundación en 2005, una estudiante relató una conversación que
había tenido con otro estudiante del Curso. Habían estado hablando acerca de los alimentos que
ellos consideraban saludables o no saludables. Lo siguiente es una versión editada del diálogo
entre esta estudiante y Kenneth.
Pregunta: Parte de mí sabía que la comida no era el verdadero problema, pero yo pensaba que en
este nivel evitar los alimentos perjudiciales era el reflejo de una decisión que había tomado en mi
mente de no herirme a mí misma. Entonces nos pusimos a hablar sobre el uso de los hornos
microondas. Mi amigo dijo: "Sé que no me va a perjudicar porque estoy usándolo de una manera
amorosa. Estoy usándolo porque así dispongo de más tiempo para mí mismo —es conveniente para
mí. Pero sigo sin querer hacerme daño a mí mismo. Así que el propósito es bueno". Me siento
confundida con respecto a esto. Por un lado, es obvio que podemos ser perjudicados por nuestras
elecciones, sin embargo, si el propósito no es herirnos a nosotros mismos, probablemente
podríamos comer algo que potencialmente fuese dañino y no resultar afectados.
Respuesta: Esta es una cuestión importante. Siempre he dicho a los estudiantes de Un Curso de
Milagros que deberían ser normales. Que cuando practican el Curso deberían usar el sentido común.
Con respecto a la alimentación, por ejemplo, todos tenemos que comer. Es decir, uno está
identificado con su cuerpo y eso significa que al menos una parte de su mente se identifica con el
sistema de pensamiento del ego. No es útil negar eso. Mientras te identifiques con el ego y el
cuerpo, creerás que hay alimentos que son útiles y alimentos que no lo son —comer alimentos
dañinos va a perjudicarte y comer alimentos saludables te beneficiará, porque eso es lo que tú crees.
Negar eso, tal como Jesús nos advierte al principio del Texto, es "una forma de negación
particularmente inútil" (T.2.IV.3.11). Es obvio que crees que eres un cuerpo; por lo tanto, es una
tontería decir entonces que "mis pensamientos son correctos, así que no seré perjudicado". Si tus
pensamientos fueran correctos, no estarías aquí, y ni siquiera abordarías la cuestión; de hecho, ni
siquiera sería una cuestión. Así que creo que es útil comenzar con la premisa de que tus
pensamientos no son correctos. Por lo tanto, deberías comer los alimentos que crees que te harán
sentir bien, y evitar lo que crees que te sentará mal. Y después no pienses más sobre eso. Si crees
que el microondas va a irradiar la comida y tener efectos adversos sobre ti, no deberías usar un
horno microondas. Y si no crees que hará eso, úsalo.
Por lo tanto, la mente no puede tener ningún efecto sobre el cuerpo, pues son niveles que no tienen
nada que ver uno con el otro. Si yo creo que mis pensamientos amorosos me van a permitir comer
alimentos genéticamente modificados sin ser perjudicado, ya estoy perjudicándome a mí mismo,
porque creo que hay un peligro ahí fuera del cual mis pensamientos amorosos pueden protegerme.
Así pues, he cometido el imperdonable "pecado" de este Curso; hacer el error real. Esto no es
diferente de irradiar luz a un punto problemático del mundo o a un órgano problemático, o irradiar
pensamientos amorosos a un microondas. Ese es el error. El error no es usar o no usar el
microondas, sino convertirlo en un problema. Antes cité el dicho de Krishnamurti acerca del sexo:
"Hazlo, o no lo hagas; pero llévate bien con ello". Deja de convertirlo en algo importante, en un
problema. Calentar algo en el microondas no es el problema; lo que el presidente del país decide no
es el problema; el mundo no es el problema. Mi paz no depende de una ley del Congreso, de un acto
de la Casa Blanca, ni de un horno microondas. Mi cuerpo podría depender de eso, y está claro que
no quiero colocar mi cuerpo en una situación vulnerable mientras siga pensando que soy un cuerpo.
Pero tampoco quiero autoengañarme con la ilusión de que el mundo va a darme seguridad. Mi única
protección es el perdón, porque solo él me va a ayudar a identificarme con el amor, nuestra única
seguridad.
P: En el pasado diste ejemplos de personas que tuvieron experiencias o curaciones inducidas por las
drogas, y comentaste que en realidad eso era un reflejo de la decisión de sus mentes de abrirse y
curarse, y entonces la experiencia reflejaba esa decisión; la droga no era realmente la causa. He
pensado que eso podría ser otra parte del error que estoy cometiendo —que tanto la mente recta
como la mente errada se reflejan en nuestras experiencias. Por ejemplo, el mundo fue hecho como
un ataque o una diversión, pero ahora es neutral. Depende del propósito para el que lo esté usando.
Así que también el cuerpo es ahora neutral. ¿Puedo aplicar eso también a un horno microondas? —
que originalmente fue hecho para atacar al cuerpo y a Dios, pero que ahora es neutral, pues el
Espíritu Santo puede usarlo todo para un propósito diferente.
R: Mientras sigas pensando que eres un cuerpo, juzgarás algunas cosas del mundo como nocivas y
otras como beneficiosas. Mientras sigas haciendo eso —lo cual es inevitable como un cuerpo— es
mejor que prestes atención a esa distinción.
R: Sí. Ahora vivimos en un mundo donde prácticamente todo es perjudicial —el aire que
respiramos, el agua que bebemos, los alimentos que comemos, las bombas arrojadas desde aviones.
Este es un mundo dañino y es importante ver eso, pues así veremos con absoluta claridad que no
podemos confiar en nada externo. Solo podemos dirigirnos hacia dentro, que es donde se encuentra
la verdadera esperanza. Sin embargo, repito, mientras estemos en un cuerpo debemos hacer lo que
sintamos que es adecuado. Si desconfiamos del microondas, sería una tontería usarlo; hay otras
maneras de calentar la comida. Si el tiempo es extremadamente importante para nosotros, calentar
la comida en el microondas es maravilloso y por lo tanto deberíamos usarlo. En otras palabras,
hacemos las cosas lo mejor que podemos, respetando nuestras preferencias y sistemas de creencias,
y actuando de acuerdo con eso. Nuestro enfoque debería ser simplemente que no sea dañino para
nosotros ni para nadie más.
Otra advertencia: procura no convertir el tema del microondas en una lección espiritual. Eso es
desviarse de la senda, y obrar así sería hacer el error real, una violación del principio esencial del
Curso, que ya hemos mencionado anteriormente. Tal como afirma explícitamente El canto de la
oración: "No veas el error. No lo hagas real" (O.2.I.3.3-4). Atormentarte por el sexo, el dinero, el
microondas o cualquier otra cosa es darles a las cosas una realidad que no tienen. Ese es el
significado de: "Hazlo o no lo hagas, pero llévate bien con ello". La forma nunca es el problema.
Una vez que has caído en la trampa del ego —especialmente con los asuntos de la comida y la salud
— es difícil no ser crítica con las personas que no están de acuerdo contigo, ya que piensas que lo
que tú haces es muy santo o espiritual. Pero no hay nada santo o espiritual en no calentar la comida
en el microondas. No hay nada santo o espiritual en calentar la comida en el microondas. Se trata
simplemente de algo que hace el cuerpo. Parte siempre de la premisa básica de que estar en un
cuerpo es un ataque contra Dios. De ello se deduce, entonces, que todo es un ataque contra Dios.
Así que hazlo lo mejor que puedas para perdonarte a ti misma.
Por medio del perdón aprendes a usar el cuerpo positivamente, como un aula que refleja de vuelta
hacia ti la decisión de la mente. Si te descubres atormentándote por un microondas, por ejemplo,
mira eso como un medio para ayudarte a tomar conciencia de que estás aterrada del amor que hay
en tu mente, y de darte cuenta de que estás desplazando este conflicto interior que tienes con el
amor, y tu miedo de él, proyectándolo sobre un microondas. La utilidad que tiene ese tipo de
experiencia es que es una bandera roja o señal de alerta que te dice que hay una manera mejor de
mirar esto —esto no tiene nada que ver con el microondas, con comer alimentos genéticamente
modificados, tomar carne o no tomar carne, o tomar un huevo corriente o tomar un huevo de
gallinas criadas más libremente en un corral. Haz una cosa o la otra —cualquiera que sientas que va
a ayudarte. Pero si eso se convierte en un conflicto, entonces sabes que estás desplazando el
conflicto que hay en tu mente, porque estás aterrada de mirar a eso en tu interior y dejarlo ir. En ese
punto, sin embargo, la manera en que resuelvas el problema externo es totalmente irrelevante.
Una vez más, deberías comportarte de cualquier manera que funcione para ti, pero asegúrate de
respetar a otras personas que estén haciendo exactamente lo opuesto. Y una cosa más: deja Un
Curso de Milagros al margen de esto. No lo traigas contigo a un restaurante, a un supermercado, a
tu cocina o dormitorio. Esto sería lo peor que podrías hacer, porque estarías convirtiendo la
situación en algo real y especial, cuando no lo es. El mundo es lo que es —una simple proyección
de un pensamiento de culpabilidad. Deshacer ese pensamiento debería ser tu único foco. Ahí radica
tu verdadera paz y seguridad.