Matar la vaca
Un viejo maestro quería enseñar a un joven discípulo que una vida llena
de conformismo y mediocridad coarta nuestro desarrollo. Fueron a
visitar el pueblo más pobre de la comarca, y dentro de él buscaron la
casa más humilde. En ella malvivían el padre, la madre, cuatro hijos y
dos abuelos. La familia contaba con una sola posesión que para ellos
era muy preciada. Una vaca... una flacucha y escuálida vaca que con
su escasa leche permitía a la familia sobrevivir.
Maestro y discípulo pasaron la noche en aquella casa, pero antes del
amanecer el maestro se levantó y degolló a la pobre vaca. "¿Qué has
hecho maestro? ¿Cómo has podido dejar a esta familia en la ruina total
y sin la única posesión que tenían?", preguntó el joven.
Un año más tarde, los dos hombres volvieron a aquel pueblo para ver
qué había ocurrido con la familia. Buscaron en vano la humilde vivienda,
porque donde antes se encontraba la ruinosa casucha ahora se
levantaba una casa grande y suntuosa. Y ante su sorpresa vieron salir
de la casona al mismo hombre que un año antes les había dado posada.
Su aspecto era impecable.
Le saludaron y el hombre -que ignoraba que el maestro y el joven eran
los responsables de la muerte de la vaca- les contó que algún maleante
había degollado al animal, y que para no morirse de hambre se habían
puesto a sembrar. Decidimos limpiar la parte de atrás de la casucha -
les dijo- y allí sembramos hortalizas y legumbres. Como la improvisada
granja producía más de lo que necesitábamos para nuestro sustento,
comenzamos a vender vegetales a los vecinos, y con esa ganancia
compramos más semillas.
El joven, que escuchaba atónito la increíble historia, entendió finalmente
la lección que su maestro quería enseñarle. La vaca simboliza todo
aquello que nos mantiene atados a la mediocridad. Las vacas más
comunes son las excusas, que sirven para eludir nuestras
responsabilidades y para justificar nuestra acomodada posición
buscando culpables fuera de nosotros.
El perrito, la pantera y el mono
Un señor va de cacería a África y lleva con él a su perrito. Un día, el
perro se aleja del grupo y se extravía por la selva. En eso, ve a lo lejos
que viene una pantera enorme a toda carrera.
Al ver que la pantera lo va a devorar, piensa rápido qué puede hacer.
Está en eso, cuando ve un montón de huesos de un animal muerto y
empieza a mordisquearlos.
Cuando la pantera está a punto de atacarlo, el perrito dice: "¡Ahhh, qué
rica pantera me acabo de comer!". La pantera lo alcanza a escuchar y
frenando en seco, gira y sale despavorida pensando: ¿Quién sabe qué
animal es ése? Mejor me voy antes de que me coma.
Un mono que estaba en un árbol, oyó y vio la escena... Sin más, salió
corriendo tras la pantera para contarle cómo la había engañado el
perrito: ¡Cómo serás de tonta... Esos huesos ya estaban ahí! Además...
¡Es sólo un perrito! La pantera, enfurecida, sale corriendo a buscar al
perro con el mono montado en el lomo. El perrito ve a lo lejos que viene
la pantera con el mono y se da cuenta de que se han percatado del
engaño.
¿Y ahora qué hago?, piensa asustado. Entonces, en vez de salir
corriendo, se queda sentado dándoles la espalda, como si no los
hubiera visto, y en cuanto la pantera está a punto de atacarlo de nuevo,
el perrito exclama: ¡Este mono maldito, hace media hora le mandé a
traerme otra pantera y aún no aparece!
La moraleja es que en momentos de crisis, la imaginación es tan
importante como el conocimiento, y la audacia vale más que la fuerza.
Hay que procurar ser imaginativo como el perro, evitar ser tan crédulo
como la pantera y nunca ser tan malo como el mono.
La lechera.
Una lechera llevaba en la cabeza un cubo de leche recién ordeñada y
caminaba hacia su casa soñando despierta. “Como esta leche es muy
buena”, se decía, “dará mucha nata. Batiré muy bien la nata hasta que
se convierta en una mantequilla blanca y sabrosa, que me pagarán muy
bien en el mercado. Con el dinero, me compraré un canasto de huevos
y, en cuatro días, tendré la granja llena de pollitos, que se pasarán el
verano piando en el corral. Cuando empiecen a crecer, los venderé a
buen precio, y con el dinero que saque me compraré un vestido nuevo
de color verde, con tiras bordadas y un gran lazo en la cintura. Cuando
lo vean, todas las chicas del pueblo se morirán de envidia. Me lo pondré
el día de la fiesta mayor, y seguro que el hijo del molinero querrá bailar
conmigo al verme tan guapa. Pero no voy a decirle que sí de buenas a
primeras. Esperaré a que me lo pida varias veces y, al principio, le diré
que no con la cabeza. Eso es, le diré que no: “¡así!”
La lechera comenzó a menear la cabeza para decir que no, y entonces
el cubo de leche cayó al suelo, y la tierra se tiñó de blanco. Así que la
lechera se quedó sin nada: sin vestido, sin pollitos, sin huevos, sin
mantequilla, sin nata y, sobre todo, sin leche: sin la blanca leche que le
había incitado a soñar.
El vuelo de los gansos
El vuelo de los gansos es el más claro ejemplo de las ventajas de
trabajar en equipo. Vuelan formando una V, porque cada pájaro, al batir
sus alas, produce un movimiento en el aire que ayuda al ganso que va
detrás. Volando en V, el grupo aumenta un 70% su poder de vuelo,
comparado a que cada pájaro lo hiciera solo.
La unión hace la fuerza.
Cada vez que un ganso se sale de la formación y siente la resistencia
del aire, se da cuenta de la dificultad de volar solo y de inmediato se
reincorpora al grupo, para beneficiarse del poder del compañero que va
delante.
Unidos vencemos, divididos caemos.
Cuando un líder de los gansos se cansa, se pasa a uno de los puestos
de atrás y otro ganso toma su lugar.
Todos debemos estar dispuestos a asumir responsabilidades.
Los gansos que van detrás producen un sonido y lo hacen con
frecuencia para estimular a los que van delante a mantener la velocidad.
Una palabra de aliento aumenta las fuerzas.
Cuando un ganso enferma o cae herido, dos de sus compañeros se
salen de la formación y lo siguen para ayudarlo y protegerlo, y se
quedan con él hasta que esté nuevamente en condiciones de volar, o
hasta que muere.
Si sólo tuviéramos la inteligencia de un ganso, nos mantendríamos uno
al lado del otro, ayudándonos y acompañándonos.
El gato y los ratones
Un gato estaba persiguiendo dos ratones, pero éstos fueron más
rápidos y lograron refugiarse en un pequeño hueco que encontraron.
El gato desde fuera esperaba la salida de su alimento. "Miau, miau,
miauuu...", decía.
Dentro, los ratones murmuraban: "Ojo que ahí está el gato", decía uno
al otro.
De pronto se oyó el ladrido de un perro: "Guau, guau, guau".
Y en ese momento un ratón le dice al otro: "Llegó un perro y seguro que
ahuyentó al gato, aprovechemos y corramos hacía la ratonera".
Cual no sería la sorpresa de los ratoncitos al ver al gato fuera
esperándolos para darse un gran banquete con ellos.
En un dos por tres, el gato estiró sus dos patas, abrió las garras y los
atrapó.
Mientras disfrutaba de su banquete, el gato decía: "Hoy en día, el que
no hable al menos dos idiomas se muere de hambre".
La hormiga productiva y feliz
Todos los días, muy temprano llegaba a su empresa la hormiga
productiva y feliz. Allí pasaba sus días, trabajando y tarareando una
antigua canción de amor. Ella era productiva y feliz, pero ¡ay! no era
supervisada. El abejorro gerente general consideró que eso no era
posible, así que se creó el puesto de supervisor, para el cual contrataron
a un escarabajo. La primera preocupación del escarabajo supervisor fue
organizar la hora de llegada y de salida de la hormiga, y también preparó
informes. Pronto fue necesario contar con una secretaria para que
ayudara a preparar los informes, así que contrataron una arañita que
organizó los archivos y se encargó del teléfono. Mientras, la hormiga
feliz trabajaba y trabajaba. El abejorro gerente estaba encantado con
los informes del escarabajo supervisor, así que pidió cuadros
comparativos y gráficos, indicadores de gestión y análisis de
tendencias.Entonces fue necesario contratar una abeja ayudante para
el supervisor y fue indispensable un nuevo ordenador con impresora a
color. Pronto la hormiga productiva y feliz dejó de tararear sus melodías
y comenzó a quejarse de todo el papeleo que había que hacer ahora.
El abejorro gerente, entonces, consideró que era momento de tomar
medidas.Así crearon el cargo de gerente del área donde trabajaba la
hormiga productiva y feliz. El cargo fue para una libélula que alfombró
su oficina e hizo comprar un sillón especial. El nuevo gerente necesitó -
claro está- un nuevo ordenador, y cuando se tiene más de un ordenador
hay que montar una red local. El nuevo gerente pronto necesitó un
asistente (que había sido su ayudante en la empresa anterior) para que
le ayudara a preparar el plan estratégico y el presupuesto para el área
donde trabajaba la hormiga productiva y feliz. La hormiga ya no
tarareaba sus melodías y cada vez estaba más irascible. "Vamos a tener
que realizar un estudio de clima laboral", dijo la libélula. Pero un día el
gerente general, al revisar las cifras, se dio cuenta que la unidad de
negocios (donde trabajaba la hormiga productiva y feliz) ya no era tan
rentable como antes. Así que contrató al búho, prestigioso consultor,
para que hiciera un diagnóstico. El búho estuvo tres meses en la
empresa y pronto emitió un sesudo informe: "Hay demasiada gente en
este departamento". Así, el gerente general siguió el consejo del
consultor y... despidió a la hormiga productiva y feliz.Moraleja: Si eres
hormiga productiva y feliz, no pierdas el tiempo en una organización
donde no valoran tu potencial; mejor inicia tu propia empresa. Si eres el
abejorro gerente, identifica a las hormigas productivas y felices de tu
empresa para ascenderlas y darles oportunidades.
El campesino y el burro
En nuestra vida como emprendedores tendremos situaciones muy
difíciles. Es un camino de arduo trabajo y mucha persistencia. En esta
breve historia llamada: El campesino y el burro, aprenderemos sobre
cómo sobrepasar ciertas situaciones que parecían adversas,
transformándolas en positivas.
Un buen día, un campesino andaba con su burro por el campo y este
último cayó a un pozo. El pobre animal lloró fuertemente durante varias
horas mientras al campesino pensaba cómo lograr sacarlo de ese lugar.
Luego de pensar, decidió que como el burro ya estaba muy viejo y el
pozo estaba seco, de todas maneras necesitaba ser tapado. No valía la
pena sacar al burro del pozo. Pidió ayuda de sus vecinos para que lo
ayudaran en esta decisión. Cada uno de ellos se acercó con una pala y
empezaron a tirar tierra al pozo.
El burro al darse cuenta de lo que pasaba, lloró. Pero luego que un poco
de tierra entró al pozo, el animal se quedó quieto. La gente no sabía lo
que pasaba. El campesino intrigado miró al fondo del pozo y se
sorprendió con lo que vio. Con cada porción de tierra echada en el pozo,
el burro se sacudía y la pisaba formando un piso cada vez más alto.
Pronto todos vieron como el burro llegó hasta la boca del pozo, pasó
por encima del borde, salió trotando y haciendo ruidos que
probablemente hayan sido de felicidad por su libertad.
¿ERES COMO EL ROBLE O LA CAÑA?
Seguro has escuchado antes esta fábula sobre el roble y la caña de
Jean de La Fontaine, que tiene una gran enseñanza para la vida, pero
también para los emprendedores y las estrategias que tienen que tomar
en relación a su empresa. Lee esta historia para reflexionar: ¿eres como
el roble o la caña?
Cuenta la historia que en el borde de un extenso lago crecieron muy
cerca un roble y una caña. Con el tiempo el roble creció fuerte y robusto.
Este siempre miraba a la caña y le decía:
“Mira qué pequeña y débil eres. Hasta un simple pajarillo es para ti un
grave peso; la brisa más ligera, que riza la superficie del agua, te hace
bajar la cabeza. En cambio, mírame, mi frente detiene los rayos del sol,
desafía también a la tempestad”.
A la caña le daba mucha pena ver como el roble se había convertido en
un ser presumido y soberbio. Un día llegó una tormenta muy fuerte.
Enseguida la caña se dobló, mientras el roble luchaba con todas sus
fuerzas para mantenerse en pie
Durante un tiempo lo consiguió, pero el tiempo empeoró y la tormenta
se convirtió en un tornado. La fuerza del viento fue tal que arrancó el
roble. Cuando el temporal amainó, unos leñadores aparecieron y lo
cortaron en unas horas.
La caña, triste por su vecino, pensó:
“Me doblo, pero no me rompo. Que pena que tanta soberbia y vanidad
le hayan llevado hacia tal extremo”.
El campesino y el burro
En nuestra vida como emprendedores tendremos situaciones muy
difíciles. Es un camino de arduo trabajo y mucha persistencia. En esta
breve historia llamada: El campesino y el burro, aprenderemos sobre
cómo sobrepasar ciertas situaciones que parecían adversas,
transformándolas en positivas.
Un buen día, un campesino andaba con su burro por el campo y este
último cayó a un pozo. El pobre animal lloró fuertemente durante varias
horas mientras al campesino pensaba cómo lograr sacarlo de ese lugar.
Luego de pensar, decidió que como el burro ya estaba muy viejo y el
pozo estaba seco, de todas maneras necesitaba ser tapado. No valía la
pena sacar al burro del pozo. Pidió ayuda de sus vecinos para que lo
ayudaran en esta decisión. Cada uno de ellos se acercó con una pala y
empezaron a tirar tierra al pozo.
El burro al darse cuenta de lo que pasaba, lloró. Pero luego que un poco
de tierra entró al pozo, el animal se quedó quieto. La gente no sabía lo
que pasaba. El campesino intrigado miró al fondo del pozo y se
sorprendió con lo que vio. Con cada porción de tierra echada en el pozo,
el burro se sacudía y la pisaba formando un piso cada vez más alto.
Pronto todos vieron como el burro llegó hasta la boca del pozo, pasó
por encima del borde, salió trotando y haciendo ruidos que
probablemente hayan sido de felicidad por su libertad.
¿ERES COMO EL ROBLE O LA CAÑA?
Seguro has escuchado antes esta fábula sobre el roble y la caña de
Jean de La Fontaine, que tiene una gran enseñanza para la vida, pero
también para los emprendedores y las estrategias que tienen que tomar
en relación a su empresa. Lee esta historia para reflexionar: ¿eres como
el roble o la caña?
Cuenta la historia que en el borde de un extenso lago crecieron muy
cerca un roble y una caña. Con el tiempo el roble creció fuerte y robusto.
Este siempre miraba a la caña y le decía:
“Mira qué pequeña y débil eres. Hasta un simple pajarillo es para ti un
grave peso; la brisa más ligera, que riza la superficie del agua, te hace
bajar la cabeza. En cambio, mírame, mi frente detiene los rayos del sol,
desafía también a la tempestad”.
A la caña le daba mucha pena ver como el roble se había convertido en
un ser presumido y soberbio. Un día llegó una tormenta muy fuerte.
Enseguida la caña se dobló, mientras el roble luchaba con todas sus
fuerzas para mantenerse en pie
Durante un tiempo lo consiguió, pero el tiempo empeoró y la tormenta
se convirtió en un tornado. La fuerza del viento fue tal que arrancó el
roble. Cuando el temporal amainó, unos leñadores aparecieron y lo
cortaron en unas horas.
La caña, triste por su vecino, pensó:
“Me doblo, pero no me rompo. Que pena que tanta soberbia y vanidad
le hayan llevado hacia tal extremo”.
LOS CIEGOS Y EL ELEFANTE
Había una vez en la antigua India un mercader que viajaba siempre con
su elefante. El animal le servía como medio de carga y también para
impresionar y ahuyentar a posibles enemigos. Cuenta la leyenda que
un día este mercader llegó a una ciudad habitada solo por ciegos.
Desconfiados, enviaron a seis jóvenes para investigar quién era este
extranjero que pretendía ingresar a su ciudad. Los muchachos
impacientes fueron corriendo uno tras otro para conocer al visitante. El
primero de los jóvenes, quien corrió bastante rápido, fue el primero en
llegar chocando contra un flanco del animal. El olor y el tacto le dieron
indicios sobre un animal. Trató de medirlo y le pareció que no tenía fin.
Volvió a los pocos minutos a la ciudad gritando: “¡Es un animal y es
como un muro!”. El segundo en llegar se topó de frente con la trompa
del elefante. El animal resopló y tras tocarlo apenas, el muchacho
regresó corriendo diciendo que era una serpiente gigante. El tercero se
topó con un gran colmillo del elefante. Sintió el marfil frío y afilado y
volvió gritando que el animal era como una lanza. El cuarto muchacho
se encontró con una de las patas traseras del animal. Trató de rodearla
con los brazos y el elefante molesto, levantó su pierna para soltarse. El
joven volvió donde lo esperaban los demás habitantes y les explicó que
era un animal que además parecía el tronco de un árbol enorme, muy
fuerte y que se movía.El quinto arriesgado explorador sólo se topó con
la cola del elefante y se sorprendió de las reacciones y el alboroto de
sus compañeros. Dijo: “Es solo una vieja cuerda desgastada”.El sexto
muchacho ciego llegó cerca a la oreja del animal. Sintió que con los
movimientos del elefante, sus orejas movían gran cantidad de aire.
“Parece un abanico gigante”, les dijo a los demás ciudadanos.
Tras los 6 jóvenes salió uno de los sabios de la ciudad. Mayor y
experimentado, se acercó al elefante, lo rodeó, tocó y cuando hubo
examinado completamente el animal, regresó caminando lentamente y
riendo por las prisas de la juventud, al tiempo que recordaba que él
también había sido igual de impetuoso de joven. Cuando llegó donde
estaban los demás pobladores, se dio con la sorpresa que cada uno de
los jóvenes había convencido a cierto grupo de la población con su
descripción: - Es un muro, decían unos. - No, es una serpiente,
respondían otros. - Están equivocados, es una lanza, replicaban por otro
lado.- ¡Es un tronco! - ¡Una cuerda vieja! - ¡Un abanico! El anciano no
paraba de reír al escuchar todo esto.
EL LOBO Y EL PERRO
El emprendedor Martín Garrone suele contar una fábula, “El Lobo y el
Perro”, para ilustrar los motivos que lo hicieron volverse un
emprendedor y comprar las Cabañas del Francés. En la inmensidad de
la montaña más fría y nevada, un lobo muy flaco y hambriento camina
en búsqueda de un techo y alimento. Casi en la ladera se encuentra con
un perro gordo, limpio y bien cuidado. El lobo sorprendido le pregunta:
- ¿En que lugar estás cazando, para estar tan bien comido y tan limpio
y bien perfumado?
- Yo cuido la casa de mi patrón y él me da los huesos de su propia mesa
y un refugio donde dormir. De modo que, sin cazar, siempre tengo techo
seguro y que comer.
El lobo pensó que cuidar la casa del patrón a cambio de tanta
satisfacción era demasiado tentador, y le dijo:
- ¡Que lindo ser perro y cuanto más fácil sería vivir bajo el techo de tu
patrón y saciarme tranquilo con la comida que le sobra…
Mientras caminaban, vio el cogote lastimado del perro.
- Dime, amigo -le dijo-: ¿Qué es esa marca en tu cogote?
- No es nada – dijo el perro, con un poco de vergüenza en su intimidad
– es apenas la marca de la cadena.
- ¿Cómo? -se asombra el lobo – ¿Tu patrón te tiene atado? – Entonces
el precio de la comida es la cadena…?
- Lo que pasa es que soy demasiado inquieto -repuso el perro- me atan
durante el día para que duerma y vigile cuando llega la noche.- Pues
entonces -contestó el lobo- disfruta vos de esa comida, porque yo no
quisiera ser ni rico, ni poderoso a condición de no ser libre.-
El lobo volvió feliz corriendo a la montaña, con frío y con hambre, pero
con la satisfacción de poder elegir su propio destino y con la convicción
de ser capaz de pasar el invierno y después disfrutar de la primavera y
el caliente verano de la montaña.
LA LUCIERNAGA
Cuenta la leyenda, que una vez, una serpiente empezó a perseguir a
una luciérnaga; ésta huía rápido y con miedo de la feroz depredadora,
pero la serpiente no pensaba desistir. Huyó un día y ella no desistía,
dos días y nada. En el tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga paró y
dijo a la serpiente:
– Puedo hacerte tres preguntas?
– No acostumbro dar este precedente a nadie, pero como te voy a
devorar, puedes preguntar.
– ¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?
– No.
– ¿Yo te hice algún mal?
– No.
– Entonces, ¿Por qué quieres acabar conmigo?
– Porque no soporto verte brillar.