Leyendas Bolivianas: El Tigre Gente
Narra Erlan Rojas.
Antes existían grandes sabios de los Movimas, ellos dominaban la mente. Realmente
hacían maravillas hasta incluso se transformaban en animales, en el animal que ellos
deseaban. Los sabios se apartaban de las tribus a lo más profundo de la naturaleza y de
allá retornaban con más sabiduría. Al regresar, ellos ya tenían en mente cómo querían
trabajar, si querían ser músicos o si querían transformarse. Aprendían todo por medio
de la mente, por medio de los astros del cielo, por decir mediante la luna, el sol, lo
hacían por medio de eclipses del sol, de la luna.
Pero los antiguos prohibían enseñar esa sabiduría a otras personas, y actualmente se ve
cómo nuestra cultura está prohibida.
Me contaban mis abuelos, mi abuela, nacida el año 1898 ya en el pueblo de Santa Ana
de Yacuma. En esos tiempos, cuando ella era chica dice que sucedían estos casos, le
contaba su mamá a ella. Le contó así que cuando recién llegaron a Santa Ana, había una
familia que apellidaba Pobosno, la madre de esa familia era una gran sabia, se
transformaba en animal. Pero, en ese tiempo, los sabios no lo hacían para hacer alguna
maldad sino para poder sobrevivir en sus cacerías, porque en ese tiempo no había
ganadería en Santa Ana de Yacuma. Ellos Vivían sólo de la cacería de animales
silvestres, cazaban ciervos, taitetuses ariscos. Para eso aprendían a transformarse en
animales, se transformaban en tigres.
Resulta que un día llega una mujer blanca y la convence a esta indígena, a esta
Pobosno, para que le enseñe y la sabia movima quebranta la ley de los indígenas.
Desobedece y le traspasa su conocimiento a una persona desconocida, esa persona
extraña aprende bien.
En ese tiempo, en San Francisco había un coquinal, era el mes de los coquinas, el mes
de febrero. Entonces, se va un jovencito a recoger coquina con su hermano que era una
criatura. Se van, llegan a San Francisco que es lejos del pueblo, dista a unos 10 km. de
la población.
El joven se sube, arriba de una coquina y allá menea lo gajos, y caen los coquinos
maduros. El pequeño los va recogiendo, cuando de repente, se aparece un animal, un
tigre y le coge a esa criatura. El hermano arriba, queda calladito:
Caramba, una fiera, un tigre. ¿Qué hago? —dice el muchacho y se queda quietingo
arriba, no mueve ni un gajo.
Ve cuando el tigre arrastra a su hermanito, lo mete a un chichapisal y ahí lo tritura, se lo
come, completamente. Termina de comerlo al niño y el tigre se va. Ahí, en San
Francisco, antes, cuando llegaban los indígenas hacían sus pozas, su pauro, ahí tomaban
agua, se bañaban y sacaban barro para sus casas, para hacer sus adobes. Ahí dejaron
un totoral con agua clarita y este tigre se fue ahí. Dice que el tigre se desvistió y salió en
cuero a la loma a la orilla de un tapizal, era una tigra, una mujer blanca tigre. Se va dice
a la poza, desnuda como Eva, llega y se aplasta en las orillas del pozo y desata el nudo
de su cabello, lo exprime, pura sangre, se lava la cabeza.
Mientras ella se estaba lavando, se baja el joven que estaba arriba del coquino.
Despacito, llega abajo, donde ella estaba agachada con el cabello inundado, pura
sangre, lavándose; espera el chico que termine de lavarse el cabello. Cuando la mujer
tigra termina de lavarse lo ve al jovencito y éste la agarra del cabello y la arrastra. Se la
lleva con destino al pueblo. Grita la mujer, le clama le dice que le deje ponerse su
vestido, el joven no quiere, se la lleva. Llegan al pueblito, entonces no había calles, eran
sólo sendas, caminos carreteros. La mujer sigue gritando, salen los pobladores, los
indígenas. Le quitan a la mujer, cogen al muchacho, quieren aplicarle la ley comunitaria
pero el muchacho dice:
La traje porque ésta no es un ser humano, es un animal, es un tigre, y ahí está su
cuero, esa es mi prueba, se lo comió a mi hermanito.
Salen, los padres del joven, lo reconocen al hijo y le preguntan:
¿Y tú hermano?
Se lo comió ella.
Entonces los padres abogan por el joven, le llaman al Cacique. Antes no había autoridad
más que el Cacique. Era la máxima autoridad de la población, él era el que dominaba a
toda la gente. Después envían una comisión a San Francisco, llegan allá. Efectivamente
pillan el cuero. Dice que se movía, se movía ese cuero, estaba vivingo, lo ponen en un
palo que nosotros llamamos chichapi. Alzan el cuero entre dos y la comisión vuelve al
pueblo. En el pueblo dicen que lo que contó el muchacho era cierto. Queman el cuero y
la mujer muere, eso es lo que sucedió en Santa Ana de Yacuma.
Y realmente, desde entonces, ya los nativos prohibieron ese aprendizaje, prohibieron
esa cultura. Dijeron que no servía porque mucho desobedecían, enseñaban a otra gente
y otra gente lo ocupaba para otras cosas, para otros fines, ya no lo ocupaban como
nuestros ancestros. Los indígenas utilizaban para el sustento cotidiano de ellos mismos,
es una leyenda porque eso existió, fue una cosa verídica que ocurrió en Santa Ana de
Yacuma, antes de la evangelización.
Lo que les voy a contar sucedió realmente, y no me importa si me creen o no.
¿Ven? Ya empecé con una mentira. Cómo no me va a importar. Quiero que me crean. Para eso
cuento. Aunque cuando termine se rían un poco y piensen que traté de engañarlos desde el
principio, quiero que me crean por lo menos mientras están acá, en mi historia: mientras estoy
contando.
Ahora pienso que era un chico cuando esto sucedió. Pero eso lo pienso ahora, desde la distancia,
viendo a mis hijos de esa edad. En ese momento me sentía grande y me parecía ridículo que me
obligaran a llevar pantalones cortos, como se usaba entonces.
Las discusiones entre mis padres me hacían sentir más grande todavía. Papá se iba dando un
portazo. Mamá se quedaba muy pálida, sin llorar, y prendía un cigarrillo. No me molestaba que
fumara en casa. En cambio me daba vergüenza que prendiera un cigarrillo en la calle, o en un
restorán, sobre todo cuando papá no estaba presente. Me parecía que todos nos miraban.
La que sí lloraba era mi hermanita. Yo la consolaba tratando de convencerla de que nuestros padres
no habían tenido una pelea sino un "intercambio de opiniones", como decían ellos. Nos daba mucho
miedo la idea de que se separaran. Cuando yo era chico los divorcios eran raros. En la escuela
había una sola nena que tenía padres separados y todos hablaban del tema en susurros, como si
fuera huérfana o algo peor todavía, porque nadie se muere a propósito y en cambio sus padres se
habían separado porque querían.
Vivíamos en una casa de Caballito, frente al Parque Rivadavia (los mayores le decían Plaza Lezica).
Papá me había enseñado a molestar a la gente que caminaba por la plaza haciendo reflejos de sol
con un espejo desde la terraza.
Por esa época entró Luisa a trabajar a casa. Era una chica santiagueña unos años mayor que yo,
morochita, muy flaquita, con el pelo largo, negro, lacio, los dientes marrones y unos ojos salidos
como de pescado o de lechuza. Usaba una bolsita de cuero siempre colgando del cuello. Mamá
decía que adentro debía tener alcanfor (aunque no se olía): mucha gente creía que el alcanfor
protegía de las enfermedades.
Pronto descubrimos que Luisa les tenía miedo a los sapos. Pronto descubrimos que no era
solamente miedo: era terror pánico y una irremediable sensación de asco.
Cuando papá no venía a la hora de la comida (últimamente venía poco), Luisa se sentaba a la mesa
con nosotros. No sabíamos qué le hubiera pasado si se le acercaba un sapo vivo de verdad, pero
bastaba que se mencionara en la mesa la palabra "sapo" para que ella tuviera que encerrarse en el
baño a vomitar.
—Es una fobia —decía una amiga de mamá, que estudiaba psicología, una carrera rara y nueva que
habían empezado a enseñar en la universidad.
Con ponerle nombre no adelantábamos mucho. El que sí adelantaba era yo, que iba descubriendo
cada día nuevas y más sutiles formas de atormentar a Luisa. Me daba mucha risa que una
santiagueña le tuviera miedo a los sapos. Hacía distintos experimentos mostrándole de repente una
foto de un sapo en el Tesoro de la Juventud, un dibujo de un sapo en la revista Billiken. Hasta llegué
a comprar un sapo de goma en una casa de chascos y lo dejaba a propósito en el bolsillo cuando
dejaba la camisa para lavar.
Luisa me odiaba. Se vengaba haciendo zapallitos rellenos dos veces por semana, escondiéndome el
álbum de estampillas y la carpeta de recortes, cambiando las cosas de lugar cuando arreglaba mi
pieza, corriéndome apenas el botón de arriba de la camisa para que me apretara el cuello y, en fin,
de todas las maneras posibles, que eran muchas, porque mamá trabajaba afuera (tenía una boutique
en la galería) y ella se ocupaba de todo en la casa.
Nunca me quejé a mis padres. Tampoco ella me denunció por la historia de los sapos. Esta era una
guerra estrictamente privada en la que nadie más tenía que intervenir. En cambio mi hermanita Susi
adoraba a Luisa, que la cuidaba y la mimaba con auténtico cariño. La chiquita se enojaba mucho
conmigo por molestarla a su amiga y eso me divertía todavía más.
Uno de mis entretenimientos era recortar noticias raras del diario y pegarlas en una carpeta. Me
acuerdo de la primera noticia que recorté en el diario sobre el puma suelto en Caballito. Era una de
esas típicas notitas de la segunda página de La Razón que venían con un signo de admiración y uno
de interrogación como título y que nadie se creía del todo. Se hablaba de que una anciana había
denunciado la presencia de un puma suelto en el Parque Chacabuco. Como ningún puma se había
escapado del zoológico, el diario se preguntaba si era posible que un puma se hubiera adentrado de
tal modo en la ciudad sin que nadie se diera cuenta hasta entonces.
En los días que siguieron descubrí que la historia del puma seguía adelante. Eran siempre notitas
muy cortas, a las que evidentemente no se les daba importancia más que como curiosidad. Un
hombre decía que mientras paseaba de noche con su perro, un puma se les había cruzado y los
animales habían entablado feroz combate. Un carnicero aseguraba que era un puma el animal que le
había robado media res de ternera. Nunca había suficientes testigos. En el diario que papá leía a la
mañana, que era más serio, las noticias del puma ni siquiera se mencionaban.
Empecé a interesarme por las costumbres de los pumas. Un día le pregunté a Luisa si había pumas
en Santiago y puso cara de no entender.
—Pero sí tiene que haber —le dije—. Mirá aquí el mapa con la distribución de la fauna —y le mostré
un mapa de mi manual de geografía donde se veía el dibujito de un puma que se repetía en casi
todas las provincias.
—¡Qué me decís puma!, ¿si no ves que es tigre? —dijo Luisa, reconociendo el dibujo—. Tigre sí que
hay por allí, en el estero hay.
—¿Y tigres sin cola? —le pregunté, acordándome de que eso me había llamado la atención en una
de las noticias: el dueño del perro decía que su animal se había peleado contra un puma sin cola.
—Tigre sin cola no es tigre de verdad: es tigre gente —dijo Luisa. Y ya no quiso hablar más del
tema.
Esa noche mis padres se fueron al cine. Como era viernes a la noche, se quedó a dormir en casa
Miguel Ángel, un compañero del colegio. Le mostré mi carpeta de recortes y se interesó mucho en el
puma. Pensamos que quizás se le había escapado a su dueño, alguien que podría haberlo traído del
campo para tenerlo en la casa como mascota, o algo así. Mientras hablábamos me di cuenta de que
Luisa estaba escuchando a escondidas. No era la primera vez. Me dio mucha rabia. Abrí de golpe:
como estaba apoyada en la puerta, estuvo a punto de caerse.
—Lechuzona, espiona, cara de sapo —le grité. Y como me di cuenta de que nada era más efectivo,
seguí insistiendo. —Cara de sapo, cara de sapo, ojos saltones, cara de sapo sapo sapo sapo sapo
sapo...
Luisa se fue corriendo y llorando a encerrase en su pieza. Pronto se escucharon los pasitos de mi
hermana yendo para ese lado. Susi siempre se asustaba de noche, las sombras le parecían
monstruos, los bultos de ropa podían ser animales feroces, tenía miedo de los ladrones y de los
vampiros al mismo tiempo. Por eso, cuando salían mis padres, se metía en la pieza de Luisa para
tener compañía. Escuchaban juntas la radio, sobre todo a un cantante santiagueño que me parecía
espantoso (a mí solamente me interesaban los Beatles) y que se llamaba Leo Dan.
El sábado a la mañana lo invité a Miguel Ángel, que era de otro barrio, a recorrer el Parque
Rivadavia. Quería mostrarle todo: el colchón de hojas de otoño que se formaba cerca del
monumento a Bolívar, el anfiteatro verde donde tocaba los domingos la banda Municipal y desde
donde se podían espiar y molestar, por los agujeros entre las tablas, a las parejas que se besaban
en los bancos de atrás. También las distintas clases de trompitos de eucaliptos. Los más finitos, del
árbol de adelante, sobre la calle Rosario, y los gordos, los mejores de todos, que eran los más
difíciles de conseguir porque había que meterse en el patio de la casilla del guardián.
Pero el Parque, que era como mi casa, estaba raro esa mañana. Lo llevé a Miguel Ángel al estanque
para divertirnos tirándoles piedras a los patos. Y los patos no estaban más. Había un montón de
plumas tiradas por todos lados y algunas manchas de sangre sobre las piedras. En la casilla del
guardián vimos gente amontonada. Nos acercamos abriéndonos paso. El guardián gordo estaba
tirado en el suelo, rígido y temblando al mismo tiempo, con la cara azulada. Una baba espumosa le
salía de los labios. Un compañero trataba de meterle algo en la boca. El caído tenía unos raros
arañazos en la cara. No nos gustaba lo que estábamos viendo, pero tampoco podíamos sacarle los
ojos de encima.
—Es un ataque de epilepsia —nos dijo alguien.
—¿Y los arañazos? —pregunté.
—Siempre se lastiman cuando se ponen así —me contestaron.
También pregunté, a nadie en especial, si se sabía lo que había pasado con los patos del estanque.
Una de esas señoras que parece estar enterada de todo me explicó que un grupo de vagabundos les
habían retorcido el cuello para comérselos al asador. Eso era lo que se suponía, porque en realidad
nadie los había visto.
En los días que siguieron hubo varios robos en la zona, incluso un asalto a mano armada. El portero
de casa comentó que a los patos no le habían retorcido el cuello sino que los habían matado los
ladrones a balazos para practicar puntería.
—¡Qué vergüenza! —decía mi papá—. ¡Teniendo la Escuela de Policía a dos cuadras!
Yo seguía, como siempre, planeando maldades contra Luisa. Conseguir un sapo vivo verdadero en
plena ciudad no era fácil. Pero cuando el colegio nos llevó en excursión al Museo de Ciencias
Naturales, aproveché para comprar a la salida un hermoso sapo embalsamado.
El jueves a la tarde, el día de salida de Luisa, entré en su pieza para meterle el sapo en algún lugar
estratégico. Cuando abrí el cajón de la mesita de luz, encontré mi carpeta de recortes y un montón
de plumas de pato. Me resultó tan inesperado que me guardé el sapo y salí casi corriendo. Mi
hermanita estaba tomando la leche en la cocina.
—Susana... ¿vos sabías que Luisa tenía plumas en su pieza?
—¡Claro, si me está haciendo un abanico!
Por primera vez tuve una sensación de sospecha. Mientras tanto Miguel Ángel, que seguía muy
interesado en el misterio del puma, estaba haciendo algunas averiguaciones sobre el "tigre gente".
—Las personas que se convierten en tigre llevan siempre encima un pedacito de piel de animal, un
cuerito. Cuando quieren, lo ponen en el suelo, se revuelcan encima y ya salen hechos tigre.
Mi hermana era la única que podía tener alguna información al respecto.
—Susita... ¿Vos viste alguna vez lo que lleva Luisa en la bolsita que le cuelga del cuello?
—Es un secreto.
—Si me decís, te regalo cuatro estampillas con mariposas. Y si no me decís... ya sabés.
"Ya sabés" era la frase que yo usaba para referirme al castigo máximo: la tenía amenazada con
ensuciarle la cara con lápiz-tinta al Muñeco de Ojos Lindos.
—Cuatro estampillas con mariposas y cuatro con animales de Australia —dijo Susana, que era
buena negociante.
Así fue como me enteré qué era lo que Luisa llevaba en la famosa bolsita: un trozo de piel de animal,
de color marrón clarito. Ella le había contado a Susana que el cuero era de un gatito rubio que había
tenido y que se lo mataron los perros, allá en Santiago. Susana me contó haciéndose la misteriosa
que el pedacito de piel parecía un animalito vivo, que cuando Luisa se lo ponía en la palma de la
mano y lo acariciaba, se movía de verdad. ¡La muy tarada era capaz de creerse cualquier cosa!
Esa noche quise ir a ver si Luisa estaba durmiendo en su pieza y no sé si me sorprendí o encontré lo
que esperaba cuando ví la cama vacía. Lo que sí me sorprendió fue la forma en que mi mamá, que
había venido despacito detrás mío, me agarró de la oreja.
—¡¿Qué estás haciendo acá?! —me gritó, mucho más fuerte de lo que hacía falta.
—¡Luisa no está, mamá! ¡Mirá! ¡Se escapa de noche!
—Pero sí, hijo, qué novedad. Pobre chica, encerrada toda la semana como un pájaro en una jaula.
Se escapa para encontrarse con el novio. Lo mismo me podría pedir permiso. Mientras se levante
temprano, a mí qué me importa.
Empecé a mirar a Luisa con más respeto. Por las dudas, guardé bien escondido mi sapo
embalsamado. Un día junté coraje y le dije, como hablando en broma, que estaba buscando quién
me enseñara a convertirme en tigre gente.
—Si no necesitás magia para eso —me dijo riéndose, mostrando esos dientes marrones, arruinados
por el agua mala, con arsénico, de Santiago. —Vas a ser buen mozo y con plata: ya con eso alcanza
para ser tigre.
Me gustó que me dijera buen mozo, aunque fuera hablando en futuro. Y me sentí un chiquilín por
haber pensado en esas tonterías. Desde entonces ya no me parecía tan fea Luisa, me gustaba su
pelo tan liso, tan espeso; hasta me olvidé de sus ojos saltones.
Sin embargo, esa semana hubo una noche en que hubiera querido volver a ser un bebé para no
enterarme de lo que estaba pasando entre mis padres. Esta vez la que se fue dando un portazo fue
mamá. Papá caminaba por el living a grandes pasos y parecía de verdad un tigre en el zoológico, un
tigre un poco pelado y gordo pero de muy mal humor. A las 11 de la noche mamá no había vuelto.
Papá había hecho varias llamadas por teléfono, no sabíamos bien a quién porque no nos atrevíamos
a dirigirle la palabra. Finalmente se puso un impermeable, aunque no llovía y salió de golpe.
Enseguida volvió a entrar y nos miró por primera vez, como si acabara de recordarnos. Por la forma
en que nos acarició la cabeza, debíamos tener cara de asustados.
—No se preocupen —nos dijo—. Vuelvo con mamá y les prometo que voy a hacer todo lo que haga
falta para que no se nos escape nunca más. A dormir que mañana hay clase.
A dormir. Es fácil decirlo. Pero quién iba a poder dormir esa noche. A las doce se escucharon ruidos
de llaves en la puerta y Susi corrió a abrir gritando "mamá".
Los hombres eran tres. No puedo decir qué tenían puesto, ni siquiera se lo pude decir una hora
después a la policía. Estaban bien vestidos, eso sí lo recuerdo bien porque me llamó la atención. No
se parecían nada a los ladrones de las historietas, que usan ropa de ladrones. El que estaba armado
era uno solo. La empujaron a Susi para adentro, se metieron y cerraron la puerta.
—Quién más hay en la casa —dijo uno. Y no terminé de entenderle porque otro me estaba hablando
al mismo tiempo.
—Hacé callar a tu hermana o te la callo de un golpe.
Abracé a Susi y le puse la mano en la boca. Parecía que nunca iba a poder dejar de gritar, pero sin
embargo se quedó callada enseguida. En eso apareció Luisa. Otro de los tipos la había ido a buscar
a su pieza y la traía de un brazo. Parecía muy tranquila.
Los hombres, en cambio, estaban nerviosos y apurados. Tenían las caras tapadas con bufandas.
Dos se fueron para el dormitorio de mis padres. Por el ruido parecía que estuvieran destruyendo
todo. Tiraban al suelo los cajones, los frasquitos del tocador de mamá, los veladores. El que tenía el
arma me arrebató a Susi y la alzó con un brazo. Amenazando a la chiquita, que ya no se atrevía a
gritar, nos preguntó dónde estaban la plata y las joyas. Las de oro.
—A la nena, le va a convenir soltarla —dijo Luisa.
—¿Porque me lo decís vos, cara de sapo? —contestó el tipo.
—Porque se le está haciendo encima de la ropa: del susto nomás —le explicó Luisa.
El hombre nos sacó la vista de encima para tantearse la ropa. De verdad que ya tenía un manchón
húmedo en el traje. La soltó a Susi tan de repente que la pobrecita dio contra el suelo.
Entonces, dando un salto que nunca hubiera esperado en ella, siempre tan lenta, Luisa se nos puso
delante, entre el Susi y el tipo, protegiéndola con su cuerpo.
—¡A la pieza! ¡Con llave! —gritó.
Corrimos a mi pieza por el pasillo. Yo la arrastraba a la chiquita y aunque el trayecto no tenía más
que unos pasos me pareció que corríamos y corríamos infinitamente. Al entrar choqué contra el
marco de la puerta, pero de eso me iba a dar cuenta mucho después, por el chichón en la frente. En
ese momento no sentí nada. Con llave, había dicho Luisa, pero se olvidó que mamá no me dejaba
tener llave en el dormitorio. Cerré la puerta y empujé la cama contra ella, puse sobre la cama la
mesita de luz y arrimé mi escritorio.
Mientras yo armaba la trinchera y Susi lloraba sin parar, desde el living venían sonidos asombrosos,
terribles. Primero, cuando todavía corríamos por el pasillo, sonó un tiro. Pero después escuchamos
una especie de gruñido sordo, que duró unos segundos y se convirtió en el bramido de un animal.
Lo que siguió fue una confusión de gritos y rugidos. Los gritos de los hombres eran desesperados.
Estábamos aterrorizados. Curiosamente, con el primer rugido, Susi se tranquilizó y cuando me
abracé a ella fue la chiquita la que me alivió el terror con sus caricias. Les aseguro que yo no sabía
bien quién quería que ganara. Busqué mi sapo embalsamado y lo tuve apretado fuerte en la mano,
como si pudiera protegerme de algo desconocido.
Al rato todo quedó en silencio, pero ya no nos animábamos a salir. Cuando quise correr otra vez el
escritorio y la cama, me di cuenta de que no podía. Yo mismo no sé cómo hice para ponerlos allí. El
miedo me había dado fuerzas que normalmente no tenía. Pronto escuchamos las voces asustadas
de mamá y papá llamándonos. Contesté que estábamos bien. Con papá empujando la puerta
mientras yo tiraba de los muebles del otro lado, logramos abrir un huequito para salir. Mamá estaba
llamando a la ambulancia. Luisa estaba desmayada en el suelo en un charco de sangre.
Sin embargo, como supimos después, la bala apenas le había rozado el hombro. En el hospital la
tuvieron un día en observación y después la dejaron volver a casa.
Los ladrones no llegaron muy lejos. La policía los detuvo en un allanamiento un par de días después,
en un departamentito donde encontraron también buena parte de los objetos que había robado la
banda. Los tres estaban en muy malas condiciones y contaron una historia ridícula acerca de un tigre
que nadie les creyó.
—Imagínese, tres tipos grandotes con un arma. Les da vergüenza que la flaquita esa que tienen en
su casa haya podido con ellos. Mándele mis felicitaciones —le dijo el comisario a papá.
Luisa los tuvo que ir a reconocer. Yo me salvé por ser menor. Dice papá que los tipos estaban todos
arañados y lastimados, sobre todo el que Luisa reconoció como el que tenía el revólver.
—Ese es el que me dijo cara de ya-sabe-qué —comentó Luisa, que nunca pronunciaba la palabra
sapo.
En cuanto se curó la herida del hombro, habló con mamá y le dijo que no podía seguir con nosotros.
Al novio le había salido un trabajo en un pueblo de la provincia y se quería ir con él.
Mamá y papá se separaron y se volvieron a juntar dos veces. Hoy son una de esas parejas de
viejitos que parecen haber nacido para pelearse y quererse al mismo tiempo. Pero en alguno de
tantos problemas económicos que hubo en el país, mi padre tuvo que liquidar la fábrica.
Y fue por eso que, a pesar de los buenos deseos de Luisa, nunca llegué a tener tanta plata como
para convertirme en tigre.
Sobre el tigre gente
Lo llaman también el capiango. El tigre negro. El tigre uturunco. El runa uturunco. Y eso es, nomás:
un tigre gente.
Tigre, pero sin rayas. Porque así se le llama a los pumas en los lugares donde de verdad hay
pumas.
Uturunco es la palabra quichua para puma. O tigre. En Tucumán se lo encuentra, y en Santiago. En
Mendoza, San Luis, Catamarca, San Juan.
En el Chaco, Misiones, y Entre Ríos, tierra de guaraníes, hay uno parecido: el yaguareté-abá. El
indio tigre, el indio jaguar, le dicen.
Y será por falta de trabajo allá en el campo, que se ha venido el tigre gente a buscar conchabo en la
ciudad.
No podría esconderse en el zoológico, porque es fácil reconocerlo: el tigre gente no tiene cola.
Y es más feroz que un puma común.
Pero no ataca a la gente: nomás le gusta asustarla.
No sufre, como el pobre lobisón, transformaciones indeseadas. Al contrario. Lleva siempre encima
un cuerito mágico, un pedacito de piel de puma que es su talismán.
Cuando quiere convertirse en tigre, lo pone en el suelo y se revuelca encima, primero sobre la mano
izquierda, después sobre la derecha.
Ese cuerito es algo vivo. Da brincos y si lo toca un extraño, trata de escapar.
Asustar a los que se hacen los valentones es su diversión preferida. Imagínense a un hombre o una
mujer cualquiera, gente por lo general callada y tímida, de la que se burlan los demás: como Clark
Kent, exactamente así es el tigre gente.
Pero no siempre es como Súperman. No es de Kripton: es mucho más humano. Alguna vez puede
hacer alguna buena acción por los demás. Pero generalmente se da el gusto, siendo tigre, de hacer
quedar en ridículo a los que lo molestaron siendo persona.
A la hora de comer, elige a los mejores potrillos, a los más carnudos, gordos y tiernos, con hambre
de puma y con inteligencia humana.
Tiene que cuidarse siendo tigre de los tigres o tigras verdaderos. Porque los animales lo reconocen.
Y también porque si se llega a enamorar, estando transformado, de un bicho de verdad, nunca más
va a poder volver a ser persona.
Tiene que cuidarse siendo hombre de emborracharse demasiado: no vaya a vomitar algo que comió
siendo tigre y que los otros puedan reconocer, que así hubo casos.
La lluvia los delata siendo tigres. La lluvia da nostalgia, trae recuerdos, hace hablar de más.
Si te encontrás en un día de lluvia con un puma pensativo, y al acercarte te comenta "Pero mirá qué
lindo llueve", no te quepa duda: es un tigre gente.
Te conviene hacerte amigo.