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Baguazo: Conflicto y Consecuencias en Perú

El documento resume el conflicto ocurrido en Bagua, Perú en 2009 entre la policía peruana y manifestantes indígenas. Los indígenas protestaban contra decretos legislativos que afectaban sus derechos sobre la tierra. Un enfrentamiento entre la policía y los manifestantes dejó 33 muertos. Aún quedan procesos penales sin resolver relacionados a este suceso.
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Baguazo: Conflicto y Consecuencias en Perú

El documento resume el conflicto ocurrido en Bagua, Perú en 2009 entre la policía peruana y manifestantes indígenas. Los indígenas protestaban contra decretos legislativos que afectaban sus derechos sobre la tierra. Un enfrentamiento entre la policía y los manifestantes dejó 33 muertos. Aún quedan procesos penales sin resolver relacionados a este suceso.
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REPORTAJE DEL BAGUASO

El 5 de junio del 2009 se registraron incidentes en Bagua (Amazonas) que


dejaron como saldo la muerte de 33 personas, incluidos 23 policías, y graves
violaciones de los derechos humanos. Pasaron ocho años y solo uno de varios
procesos penales que se abrieron tras el 'Baguazo' fue resulto. 

El día del 'Baguazo', agentes de la DINOES (dirección Nacional de Operativos


Especiales) con apoyo de las Fuerzas Armadas se enfrentaron a cientos de
nativos que estaban atrincherados más de 50 días en la zona conocida como
‘Curva del diablo’.

La orden era despejar la carretera Fernando Belaunde Terry. En un inicio


lanzaron bombas lacrimógenas y después usaron armas de fuego, agravando
la situación. Los manifestantes tomaron rehenes entre los que se encontraba el
mayor Felipe Bazán, de quien hasta ahora se desconoce su paradero. La
versión oficial dijo que hubo 33 muertos.

Causa del conflicto. El ‘Baguazo’ se originó porque el segundo Gobierno de Alan


García (2006 - 2011) promovió una política de inversiones como parte de la
ejecución del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos. Varios
decretos legislativos suscritos afectaban directamente a las comunidades
indígenas de la Amazonía. La ira de los nativos fue debido a que la minera
Afrodita pretendía ocupar una zona protegida legalmente; después del conflicto
social, la compañía transnacional suspendió sus actividades.

‘Curva del diablo’. El proceso duró más de siete años y culminó el 22 de


septiembre de 2016 con la absolución de todos los casos a los nativos. Entre
quienes están los dirigentes Alberto Pizango y Santiago Manuin, acusados de
haber sido los instigadores. El fallo fue emitido de manera unánime. 

Otros casos. Los casos que aún se encuentran en desarrollo son ‘Estación 6


de Petroperú’, en Imasita, donde los indígenas tomaron como rehenes a 39
personas (38 policías y un ingeniero), a quienes golpearon con sus lanzas.
Diez de ellos fueron asesinados, entre los que se encontraba el comandante
PNP Miguel Montenegro. También falta resolver la desaparición del mayor
Felipe Bazán.

UNO El peor conflicto social en la historia reciente del Perú estalló una mañana del
2009 en unmonte de belleza incomparable. Fue en la selva del Condorcanqui, un
territorio en plena región amazónica que inunda los sentidos con sus paisajes, sus
olores, sus sonidos infinitos. También es conocido como territorio tradicional de las
comunidades indígenas wampi y awajún. El día de la tragedia, una muchedumbre de
nativos se levantó en protesta por unas normas que consideraba lesivas para sus
derechos sobre la tierra. La masa tomó una estación petrolera y bloqueó una
carretera. El gobierno envió desde Lima un contingente policial para controlar la
protesta. Lo que quedaría de ese episodio en el imaginario de muchos peruanos fue
un enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre indígenas y policías, con gases
lacrimógenos, disparos desde helicópteros, personas desaparecidas y un lugar
llamado la Curva del Diablo, cerca de la ciudad de Bagua. La pregunta que hasta
ahora sigue sin respuesta es: ¿Quién fue el responsable? La balanza se inclina
dependiendo de quién y cómo mire los hechos. Entre 2011 y 2014, unos amigos y
yo decidimos hacer un documental que se acercara lo más posible a la verdad .
Esta es la historia detrás de ese esfuerzo.

DOS Nunca habíamos contemplado la luna tan de cerca como en Santa María de

Nieva, rojísima y colosal encima del Marañón. Además, la pequeña cámara de alta

definición que llevábamos embellecía todos los lugares. Por ejemplo, en Imacita, el

monte donde once policías fueron asesinados lucía espléndido y luminoso en video.

No he visto otra imagen tan representativa de nuestra contradicción como país. En

cambio hoy, en el centro de Lima, todo es ruidoso, gris y hostil cuando llegamos al

Parque Universitario, donde nos esperan policías de distintos rangos que

participaron en el operativo en Bagua. Aunque no aceptan salir en cámaras, cuentan

por primera vez su versión de lo ocurrido ese día. ¿Qué recuerdan primero? Que el

plan policial era relativamente sencillo: a las 4 de la mañana un grupo de agentes

debía tomar la colina conocida como La Curva del Diablo. A las 5:45 de la mañana,

estarían ya posicionados en la parte superior de la colina, con una vista estratégica a

la zona de bloqueo. A las 5:50 de la mañana, un escuadrón de operaciones

especiales llegaría por la carretera Fernando Belaunde para reforzar el cerco. A las 6

de la mañana, el escuadrón empezaría a lanzar gases lacrimógenos contra los

nativos; estos intentarían subir por la colina, donde serían atajados por el primer

equipo policial. En poco más de una hora el bloqueo debía estar disuelto.

A las cuatro en punto, sesenta policías iniciaron sigilosamente la toma de la colina,

eludiendo a los manifestantes que dormían en la carretera. No tenían mucho tiempo,

porque se acercaba el amanecer y su presencia no tardaría en ser advertida por los

vigías awajún. El problema era que no había rastro del escuadrón que se suponía

debía venir de refuerzo. Además, las

radios no funcionaban. Así dieron las 6

de la mañana. Entonces todo se desató

muy rápido: los primeros gritos awajún

que advirtieron de la presencia policial,

los cientos de manifestantes que


subieron con lanzas por la colina, los policías que reaccionaron con pánico y

empezaron a lanzar gases lacrimógenos. En cierto momento el viento hizo que los

gases regresaran contra los propios agentes. Alguien se puso nervioso y soltó el

primer disparo. Apenas los primeros indígenas cayeron, los pobladores awajún y

wampis prendieron hogueras con las ramas secas del lugar, que pronto se volvió un

infierno. La visibilidad era terrible entre el humo y los gases agitados por el viento.

Trescientas personas empezaron a rodear a los sesenta policías de la cima.

El líder nativo Santiago Manuin subía la colina cuando recibió una ráfaga que lo

impactó ocho veces. Al creerlo muerto, la furia del pueblo indígena se expandió

mucho más. El estallido hizo que los policías optaran por regresar a su ubicación

original, en un descenso torpe y peligroso por las laderas. El mayor Felipe Bazán y

otros oficiales trataron de ganar tiempo para sus compañeros, y por eso subieron un

poco más, pero terminaron acorralados contra un precipicio. Los primeros policías

murieron a golpe de lanzas y machetes; otros, se lanzaron al abismo. El mayor

Bazán fue capturado. Se le despojó de las armas y el uniforme. De regreso a la

carretera, un manifestante le tomó la última foto en que quedaría de él, aterrado, con

el rostro sangrante y sin camisa, rodeado de sus captores como un prisionero de

guerra.

Recién una hora más tarde, a eso de las 7 de la mañana, el escuadrón terrestre apareció por
la carretera y se topó con el clímax del levantamiento indígena. Algunos nativos portaban la
ropa y el equipamiento policial que les habían quitado a los primeros policías. Los agentes de
refuerzo sintieron eso como un ultraje y respondieron abriendo fuego de manera
descontrolada. Cerca de doscientos heridos de bala se contabilizaron en la zona esa mañana.
La cantidad de cuerpos caídos hizo que los medios informaran de un etnocidio, una versión
que inflamó los ánimos en toda la región. Parecía que una confusión arrastraba a otra, cada
cual más fatal que la anterior.
TRES

Estuve desmayado unos minutos a causa del cansancio y el calor. Robinson Díaz, gran amigo

y mano derecha del rodaje, me despertó y me alcanzó una botella de agua que bebí entera.

Dos aves negras volaban sobre nosotros haciendo círculos. Alrededor, el terreno estaba seco y

ardía bajo un sol apabullante. A unos metros de allí estaba el lugar donde fue capturado el

mayor Felipe Bazán, y donde habían muerto sus compañeros. Estábamos en la cima de La

Curva del Diablo. La carretera rodea esta colina haciendo un giro peligroso: el apodo viene a

causa de un historial de accidentes de tránsito. También podría serlo por el calor infernal.

Como fuera, la tragedia de Bagua, le dio nuevos sentidos al nombre: hace recordar a los

muertos, los cuerpos quemados en medio del estallido. Las autoridades locales quisieron

cerrar el debate y –en un gesto tan ridículo como inútil– rebautizaron como La Curva de la

Esperanza. Casi nadie se ha enterado.

Parados en plena colina donde se desató el infierno, imaginamos a esos nativos awajún,

acostumbrados a su selva, viajando durante días hasta este punto árido para reclamar sus

derechos. Por más de cincuenta días soportaron el calor y algunas enfermedades para

mantener su protesta. ¿Cómo pudieron? Semanas después nos lo explicarían con tonos de voz

que iban del cansancio a la rabia, de la firmeza a la angustia: “fue la convicción de estar

luchando por algo urgente lo que nos hizo resistir ahí”. Recordar eso me sonroja: nunca he

sentido una convicción semejante. Nunca el gobierno ha creado decretos que puedan hacer

peligrar mi hogar. O tal vez sí, y no me entero. O tal vez me entero, y no reclamo. O sí

reclamo, pero se me pasa al rato. En cambio, la de ellos es la convicción de quien se juega el

pellejo.
CUATRO

Para llegar a este lugar hay que seguir una secuencia de transbordos: tomar un bus de Lima a

Chiclayo, en la corta norte del Perú; luego abordar un auto de transporte colectivo de

Chiclayo hasta Bagua, ya en la región Amazónica; y luego hay que subir a una camioneta que

te llevará hasta Santa María de Nieva, un pueblo famoso como escenario de La casa verde,

una de las más celebradas novelas de Mario Vargas Llosa. Desde ahí, hay que enrumbar hacia

a las comunidades nativas en una barca a motor. Son tres días de viaje ininterrumpido para

llegar a Santa Rosa Pankintsa, comunidad awajún que sería nuestra ‘base de operaciones’.

No llegamos con cámaras al hombro para entrevistar a todo el mundo o grabar danzas y

rituales. Llegamos para convivir con la comunidad. Eso decía cuando los vecinos de la

comunidad nos preguntaban qué hacíamos allí. La desconfianza fue evidente desde que

empezó el proyecto. Meses antes había ocurrido un congreso regional con 42 líderes awajún.

Delante de ellos tuve que exponer la idea de hacer un documental que incluyera su visión

acerca del episodio que el resto de peruanos conocemos hasta hoy como el Baguazo. Les

aseguré que nuestra intención era comprender. Durante la protesta, los awajún habían sido

considerados promotores del retraso, gente en contra del desarrollo del país. Luego del 5 de

junio, fueron acusados por el Gobierno de ser traidores a la patria y asesinos de policías. Nos

interesaba escuchar su descargo.

Los líderes debatieron durante más de dos horas. La discusión fue en awajún y, aunque no

entendí nada, se sentía muy acalorada. De vez en cuando alguno me hacía una pregunta y yo

respondía que no éramos periodistas, tampoco antropólogos ni miembros de una ONG. De

cuando en cuando, alguno me señalaba, enfadado. Al final dijeron que no nos permitirían el

ingreso. Esa noche, mi productora Kathy Subirana y yo paseamos por la plaza, pensando que

teníamos otro proyecto abortado. Uno de los líderes nos buscó y nos dijo que la idea no era

mala, pero debíamos ofrecer algo nuestro, algo que ellos puedan aprender y transmitir a los

suyos. Al segundo día, me presenté nuevamente en el congreso nativo y ofrecí dictar un taller

de vídeo a jóvenes awajún. Luego dejaría como donación los equipos. Así podrían registrar

imágenes o testimonios en cualquier situación, sin esperar a que llegara la prensa. Uno de los

líderes más ancianos recordó, en español, que con el cine habían tenido una muy mala
experiencia: en los años 80, un alemán ingresó a tierras awajún para hacer una película

extraña y obligó a los indígenas a quitarse la ropa para que lucieran más salvajes en el rodaje.

Al tercer día, el extranjero fue expulsado de manera violenta. Su nombre era Herzog y el

rodaje era el de Fitzcarraldo. Prometí en todos los modos posibles que nuestro proyecto era

distinto, y solo entonces aceptaron conversar. La negociación tomó tres meses.

Dos semanas después de nuestra llegada a la comunidad Santa Rosa, iniciamos el taller con

dieciocho jóvenes llegados de nueve comunidades distintas. La primera clase fue aprender a

encender y apagar las cámaras, y manejar los trípodes. La segunda fue grabar paisajes,

árboles, ríos. La tercera etapa fue hacernos entrevistas, fingir que éramos periodistas. En la

última clase, debíamos hacer películas de acción. La comunidad tiene electricidad una hora al

día. A través de unas donaciones, los vecinos habían conseguido una TV y un lector de DVD

y un paquete de películas de Jean Claude Van Damme. Entonces nos dedicamos a recrear esas

escenas en que Van Damme da implacables lecciones de full-contact a villanos de todo tipo.

Cuando les pregunté qué otras películas tenían en su pequeña videoteca, pusieron todos los

DVD frente a mí. Uno me inquietó de sobremanera. Llevaba por título: “Éxitos del Baguazo”

y su carátula tenía fotos de manifestantes en La Curva del Diablo, fotos rodeadas de colores

brillantes, chillones. Le puse play. Alguien se había dado el trabajo de recolectar todas las

imágenes posibles acerca del Baguazo, la peor tragedia social de nuestra última década. Desde

reportajes de cadenas de noticias internacionales hasta vídeos caseros. Lo que podría haber

tomado un año de investigación, estaba ahí, a la mano, en un DVD algo rayado. Cuando

pregunté dónde lo habían conseguido, varios me respondieron a la vez: “Eso lo venden en

cualquier mercado de la región”.


CINCO

Aquella mañana del 5 de junio, el ingeniero Fernando Urízar estaba empapado de sudor. Casi

sin moverse, miraba al exterior por unas rendijas, muy cauteloso. Una turba furiosa de mil

personas rodeaba la Estación 6 de PetroPerú, una base petrolera en medio de la selva virgen,

de la que Urízar era el Ingeniero Jefe. Los hombres y mujeres awajún y wampis gritaban y

lanzaban piedras a las oficinas de la Estación (una pasó muy cerca de la ventana donde estaba

Urízar). Solo un cerco de metal lleno de púas impedía a la turba invadir las instalaciones. No

había a quien pedir ayuda. El ingeniero Urízar trató de entender cómo la situación había dado

un giro tan radical en pocos días.

Semanas atrás, cientos de awajún y wampis habían sitiado la Estación 6 y retenido a los 35

policías y los trece civiles que vivían dentro. Habían tomado el control de la torre de

electricidad y detuvieron los pozos. Fernando Urízar se reunió con los dirigentes awajún y les

increpó: “¿Por qué toman PetroPerú? ¿Por qué nos toca esto a nosotros?” Varios dirigentes

amazónicos le explicaron que ya venían reclamando dos años contra los decretos legislativos

que atentaban contra las tierras amazónicas, que habían enviado cartas a todas las instancias y

no les habían hecho caso, que habían protestado frente a la alcaldía y nada, que habían sitiado

el Poder Judicial y nada, y que como lo único que importaba en la zona era el petróleo,

querían ver si tomando Petroperú el Gobierno les haría caso. Uno de los nativos le preguntó:

“¿Qué haría usted, ingeniero, si un día empiezan a llegar máquinas a su casa, si empiezan las

exploraciones en su hogar sin que le hayan pedido permiso? ¿Acaso no reclamaría? ¿Y qué

pasa cuando usted reclama y reclama y nadie le hace caso?”. Urízar no pudo responder.

Aún aún con el sitio a la Estación 6, se vivía un ambiente de tranquilidad forzada. Los awajún

y wampis hacían marchas alrededor de la Estación 6, lanzaban cánticos, intentaban mantener

la moral en alto. Pero también había momentos en que jóvenes awajún entraban a la Estación

6 para jugar fulbito con los policías. El propio Urízar había desayunado con algunos

dirigentes de esa zona. Ellos ingresaban a la Estación, escuchaban las noticias para saber si

había alguna novedad y luego se retiraban sin mayor problema. Era un acuerdo tácito, una

manera de llevar la fiesta en paz.


Al día siguiente, la mañana del 5 de junio, las radios empezaron a hablar de
una matanza, de genocidio. Se decía que en La Curva del Diablo la policía
estaba asesinando a los manifestantes: diez, veinte, cincuenta muertos en
una hora. A las nueve de la mañana, ya se hablaba de casi cien muertos
awajún y wampis. Los indígenas que un día atrás pensaban irse, no
entendían nada. Lanzaban gritos y miraban con rabia hacia la estación. El
comandante PNP Miguel Montenegro, jefe de los policías en la base
petrolera, intentó transmitir calma a cada momento, pero entonces llegó una
terrible noticia: RPP, la cadena radial de mayor cobertura en el Perú, anunció
la muerte del líder awajún Santiago Manuin. La furia se desbordó

A las diez de la mañana unas dos mil personas rodearon la base. Y así
empezó todo: alguien tiró una piedra, un grupo sacudió el cerco cada vez con
más fuerza. De pronto un vigilante abrió sin querer una puerta y por ahí se
infiltró la muchedumbre. Los 35 policías que custodiaban la estación –algunos
muy jóvenes, de hasta 18 años– fueron sometidos de inmediato y a los
civiles, como el ingeniero Urízar, se los recluyó en el comedor. Todos los
rehenes eran objeto de insultos, golpes, pinchazos con lanzas. Urízar creyó
que había llegado su hora y en ese momento se puso a rezar.

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