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Rita Segato-Entrevistas.

La antropóloga Rita Segato analiza la reciente multiplicación de crímenes contra mujeres en Argentina. Según Segato, esto ocurre en el contexto de una "pedagogía de la crueldad" que es necesaria para el capitalismo actual basado en la "rapiña" y la explotación sin límites. La violencia contra las mujeres transmite el mensaje de que no hay empatía ni protección de la vida. Además, la "masculinidad" está más disponible para la crueldad debido a su historia de vinculación con la guerra y el capitalismo rapiñador.

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Rita Segato-Entrevistas.

La antropóloga Rita Segato analiza la reciente multiplicación de crímenes contra mujeres en Argentina. Según Segato, esto ocurre en el contexto de una "pedagogía de la crueldad" que es necesaria para el capitalismo actual basado en la "rapiña" y la explotación sin límites. La violencia contra las mujeres transmite el mensaje de que no hay empatía ni protección de la vida. Además, la "masculinidad" está más disponible para la crueldad debido a su historia de vinculación con la guerra y el capitalismo rapiñador.

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Viernes, 29 de mayo de 2015 – Página 12 – Suplemento Las 12.

Entrevista

La pedagogía de la crueldad
La antropóloga argentina Rita Segato es una de las voces más lúcidas e inquietas a la hora de
pensar y ubicar políticamente la violencia contra las mujeres que ahora mismo conmueve y
moviliza a la sociedad, cruzando por fin la barrera de aislamiento en el que suelen tratarse estos
temas. Para Segato, no se puede pensar esta violencia por fuera de las estructuras económicas
capitalistas “de rapiña”, que necesitan de la falta de empatía entre las personas –de una
pedagogía de la crueldad– para sostener su poder. El cuerpo de las mujeres es el soporte
privilegiado para escribir y emitir este mensaje violento y aleccionador que cuenta con la
intensificación de la violencia mediática contra ellas como “brazo ideológico de la estrategia de la
crueldad”. En esta entrevista la antropóloga desafía su propio pensamiento, a la vez que lamenta
estar lejos de su país de origen y no poder participar de ese hecho histórico que significa una
manifestación masiva como la que se augura el próximo 3 de junio en casi todo el país para
decirles “basta” a los femicidios que día a día pueblan las noticias.

Por Veronica Gago

Rita Segato, antropóloga argentina y residente hace décadas en Brasil, tiene una forma de hablar
que se arremolina de ideas. Enhebra, vuelve una y otra vez. Pregunta si lo que dice “hace sentido”.
No deja que la interrumpan si está en el envión de una idea. Luego escucha a fondo y hace de la
pregunta un insumo de su razonamiento. Entrevistarla es un placer de la conversación. Con un
zigzag propio, con enmiendas, porque lo que dice asume un riesgo: el del ritmo del pensamiento.

Esta vez se trata de hablar del tema que nos tiene a todas tomadas. La proliferación de los crímenes
contra mujeres que no dejan de sucederse, replicarse, mediatizarse en nuestro país. Segato fue
pionera en ponerle a esta realidad una hipótesis política. En el libro Las Estructuras Elementales de
la Violencia (Prometeo 2003 y 2013) ya hablaba de la “violencia expresiva” en los crímenes de
género. Formulación que la condujo a interpretar los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez en La
escritura en el cuerpo de las mujeres (Tinta Limón) como violencia que ve en el cuerpo femenino
un tapiz sobre el cual escribir un mensaje. En la edición mexicana del ensayo que le da continuidad,
Las Nuevas Formas de la Guerra y el Cuerpo de las Mujeres (Pez en el Arbol), escribimos en el
prólogo junto a Raquel Gutiérrez Aguilar: “Hay una novedad, incluso en su repetición. La guerra
toma nuevas formas, asume ropajes desconocidos. Y no es casual la metáfora textil: su principal
bastidor en estos tiempos es el cuerpo femenino. Texto y territorio de una violencia que se escribe
privilegiadamente ahí. Una guerra de nuevo tipo. La dificultad de comprensión, creemos, debe
analizarse como un elemento estratégico de la novedad: como una verdadera dimensión
contrainsurgente”. En Argentina, la realidad del femicidio exige volver sobre la idea-fuerza de
Segato: ¿qué mensaje se transmite en estos crímenes que, ahora, parecen no tener límite doméstico,
sino que acontecen en medio de un bar, un jardín de infantes o la calle misma? Se trata de una
“pedagogía de la crueldad”, esgrime la entrevistada, indisociable de una intensificación de la
“violencia mediática” contra las mujeres.

¿Cómo entender esta multiplicación de crímenes contra mujeres, cada vez más públicos?

–Creo que un primer telón de fondo que hay que aclarar es la fase actual de la explotación, que
involucra un tipo de retorno al trabajo servil, semiesclavo e incluso esclavo, producido por la caída
de la centralidad del salario. Esta modalidad de sujeción de personas como mercancía demanda una
insensibilidad particular. Hay una idea que estoy trabajando, donde elaboro algo que empezó como
una broma y ahora es serio: estaríamos hoy en tiempos de conquistualidad del poder, más que de
colonialidad del poder, como propuso Aníbal Quijano en su célebre formulación. Me refiero a una
nueva fase de conquista de los territorios, de rapiña de todo, sin límites legales. Una característica
esencial de la conquista fue la suspensión del derecho, de los códigos de justicia de la época, por la
cual la corona pasó a tener una existencia en gran medida ficcional como poder central. Hoy
estamos en un momento semejante debido a la ferocidad de las apropiaciones territoriales, al
desalojo de los pueblos de sus espacios de vida, realizados con una truculencia extrema. Muchas
veces esa crueldad se exhibe aun más en el cuerpo de las mujeres. Es lo que pasa, por ejemplo, en
los desplazamientos de poblaciones en el Pacífico colombiano.

Es tu idea de la violencia expresiva...

–El paradigma de explotación actual supone una variedad enorme de formas de desprotección de la
vida humana, y esta modalidad de explotación depende de la disminución de la empatía entre
personas que es el principio de la crueldad. De ahí hay sólo un paso a decir que el capital hoy
depende de una pedagogía de la crueldad, de acostumbrarnos al espectáculo de la crueldad.

Efectivamente, tengo la propuesta de entender siempre la violencia como expresiva. En este caso, la
violencia nos está hablando de presiones que se originan en el espacio público, en el mundo del
trabajo, en la presión productivista, en la exigencia competitiva, en esa intemperie y desprotección
de la vida hoy, en ese riesgo de la sobrevivencia que nos afecta a absolutamente todos los que
vivimos de nuestro trabajo, y acaba interfiriendo y lesionando el espacio de la intimidad porque
atraviesa y alcanza las relaciones afectivas, y finalmente hay una captura del espacio de la intimidad
y de los sentimientos por el modo de explotación al que estamos sujetos. La violencia íntima en el
espacio público, como está curiosamente ocurriendo hoy en la Argentina, no es otra cosa que un
enunciado del carácter también público del problema íntimo, y del modo en que el estado de
intemperie e indefensión frente a la agresión generalizada a la vida y a los territorios deviene y se
expresa en agresión a las mujeres frente al ojo público. Es la exhibición incontestable de la unidad y
naturaleza indisociable del problema, de la correlación y articulación innegable entre lo que pasa en
la atmósfera de violencia y desamparo en el mundo de la reproducción material de la existencia, y
lo que pasa en el mundo de los sentimientos entre las personas. Es al mismo tiempo una ejecución
ejemplar –pues las ejecuciones en el ojo público tienen esa dimensión de ejemplaridad, de
advertencia– y una queja, un reclamo gritado a los cuatro vientos.

¿Qué papel juega la subjetividad masculina?

–Evidentemente la masculinidad está más disponible para la crueldad porque el entrenamiento para
volverse masculino obliga a desarrollar una afinidad significativa, a lo largo de la historia de la
especie, entre masculinidad y guerra, entre masculinidad y crueldad, y entre masculinidad y
capitalismo en esta fase rapiñadora y anómica. En este sentido, es muy importante no guetificar la
cuestión de género. Esto quiere decir no considerarlo fuera de su contexto histórico, no verlo sólo
como una relación entre hombres y mujeres, sino como el modo en que esas relaciones se producen
en el contexto de sus circunstancias históricas. No guetificar la violencia de género también quiere
decir que su carácter enigmático se esfuma y la violencia deja de ser un misterio cuando ella se
ilumina desde la actualidad del mundo en que vivimos. Claro que la vemos de forma fragmentada,
como casos dispersos de letalidad de las mujeres –aunque cada vez más frecuentes–, pero son
epifenómenos que parten de circunstancias plenamente históricas de las relaciones sociales y con la
naturaleza. En este sentido, diría que hay una extraña afinidad, o mejor dicho: una concurrencia, en
el presente, entre: 1. La explotación económica característica de nuestra época con su uso abusivo
del cosmos natural del que retiramos la posibilidad misma de la vida; 2. El accionar de una élite que
predica y practica un proyecto económico que tiende a la concentración extrema y que tiene como
horizonte el mercado global, viendo como antagonistas a los mercados locales, y 3. El moralismo de
los valores de esta élite, a diferencia de los capitalistas del pasado, modernizadores y desarrollistas,
que predicaban la modernización del estilo de vida y la gestión de los cuerpos.

¿Qué tipo de concurrencia?


–Que esta élite es intensamente moralista a la vez que estamos en una circunstancia de abuso y
rapiña al nicho natural de toda vida, es decir, la tierra. Entonces, son tres dimensiones a la vez: las
elites que conducen la economía, la fase del capital rapiñadora con relación a todo aquello de lo que
puede extraerse riqueza bajo la ideología de la acumulación por desposesión o despojo y un
moralismo feroz con relación a la sexualidad, al aborto, a los intereses de las mujeres en general.

¿Qué significa ese moralismo?

–Hay una relación a pensar entre la presión por el despojo y el moralismo en la gestión de los
cuerpos. En otras épocas, las élites modernizadoras no eran moralistas, sino que más bien eran
liberalizadoras respecto a las conductas. Hoy no. Junto a la no preservación del suelo nutricio de la
vida, de la tierra, hay una insensibilidad para esa agresión del nicho. A esto se suma una progresiva
crueldad hacia el cuerpo de las mujeres, y a los cuerpos feminizados en general. Es una totalidad
que, si no la entendemos bien, no podemos atacar las bases de lo que nos hace sufrir como mujeres.
Pero vinculado a esto hay que entender las presiones que sufren en el momento presente todos los
sujetos que viven de su trabajo. No sólo manual, sino también intelectual. Todxs estamos sujetos a
una tremenda presión, una especie de intemperie y riesgo permanente que revela que nuestras
circunstancias son las de un sálvese quien pueda, ya que en cualquier momento podemos ser
impugnados, desechados, vueltos prescindibles, defenestrados de nuestra posición, perseguidos,
despojados. Es una indefensión generalizada. Lo social deviene un marco de peligro. Ahí funciona
el discurso de las vidas precarias que no son sólo de los que consideramos vulnerables (migrantes,
pobres, etc.), sino de todos y cada unx, debido a que la lógica de la productividad se vuelve más y
más asfixiante en todos los campos de la vida. Pensemos en las 85 personas que concentran la mitad
de la riqueza mundial: no se trata ya sólo del pecado de la desigualdad por acumulación y
concentración, sino que tienen poder de vida y de muerte sobre la humanidad porque su capital
compra muerte, cambia leyes, suspende derechos. La situación, en este sentido, es apocalíptica. Lo
que les sucede a las mujeres no puede desvincularse de este momento apocalíptico del proyecto
histórico del capital.

¿Tiene una especificidad en América latina?

–Esta intemperie de la vida con derechos suspendidos se relaciona con algo que digo que encuentro
en una situación de violencia como la que acontece en Bolivia, donde sucedió un franco proceso
democratizador en términos étnicos y de género. En Bolivia, a la vez que muchas de las mujeres del
Parlamento son de pollera, que no abdicaron de su indigenidad, vemos que es un país de enorme
letalidad para las mujeres. A pesar de que hay pocos homicidios (medidos por cien mil habitantes,
como se hace en las estadísticas de los organismos internacionales), hay un gran enigma porque
mientras la relación entre la totalidad de homicidios y los cometidos contra de mujeres en el mundo,
en media, es de un 17 por ciento, en Bolivia esa relación supera el 50 por ciento. Algunas feministas
dicen que el género masculino reacciona al avance de las mujeres en el campo del trabajo y la
autoridad política. Pero en el caso de Bolivia esta tesis no se sustenta porque las mujeres siempre
tuvieron una posición dominante en el mercado y respecto al dinero, y tuvieron autoridad política
desde su parcialidad, el espacio doméstico, que en las sociedades comunitarias, a diferencia de las
sociedades modernas, es pleno de politicidad. Por eso, el problema es el espacio que ocupan hoy en
el campo del Estado y del avance del Estado sobre la comunidad, destruyendo los vínculos
comunitarios y colectivistas, aun, muchas veces, en nombre de los buenos propósitos del discurso
modernizador. Ahí se generan tensiones en la medida en que el frente estatal no es solamente
estatal, sino estatal-empresarial y mediático, es decir, indisociable de los intereses empresariales-
corporativos. Este pacto estatal-empresarial va rasgando el tejido comunitario. En esta situación de
avance del frente estatal, siempre colonial, empresarial y mediático, el hombre de esa comunidad, el
hombre indígena, se transforma en el colonizador dentro de casa, y el hombre de la masa urbana se
convierte en el patrón dentro de casa. En otras palabras, el hombre del hogar indígena-campesino se
convierte en el representante de la presión colonizadora y despojadora puertas adentro, y el hombre
de las masas trabajadoras y de los empleos precarios se convierte en el agente de la presión
productivista, competitiva y operadora del descarte puertas adentro.
¿Qué relación le ves con sociedades que no tienen esa trama comunitaria?

–Lo que quiero decir es que el hombre campesino-indígena a lo largo de la historia colonial de
nuestro continente, así como el de las masas urbanas de trabajadores bajo la regla del capital, se ven
emasculados como efecto de su subordinación a la regla del blanco, el primero, y del patrón, el
segundo, y en general, como sabemos, al patrón blanco o blanqueado de nuestras costas. Y es al
retornar a su nicho familiar que se redime de esta emasculación, restaurándose en la plataforma de
masculinidad mediante la violencia. Ese es su mandato masculino. En el mundo de las grandes
urbes, sometido a la explotación anómica del trabajo propia de estas nueva fase del capital, el
hombre se transforma en el patrón del hogar, pues llega a su casa contaminado por la regla del
patrón, ya que, como sabemos, el hombre es más vulnerable a la regla del poder, porque se percibe
escindido entre dos lealtades: su lealtad a su familia, a su comunidad, a su gente, a sus afectos, por
un lado, y su lealtad al otro hombre, el que lo domina y oprime, al que va a emular, por efecto de su
mandato de masculinidad, que nos acompaña a lo largo del tiempo de la especie, y que debemos
insurgir, entre todos, hombres y mujeres, con sus diversidades sexuales, porque a todos nos hace
sufrir.... yo diría que en la misma medida, a pesar de diferentes formas. En el caso de la fase actual,
apocalíptica, del capital, esta situación desata una violencia nueva: la frontera porosa del espacio
familiar hace que el hombre lleve hasta allí la crueldad que impera en los espacios circundantes.
Inclusive, cuando la atmósfera es francamente bélica, como es en los escenarios en expansión de las
nuevas formas de la guerra en América latina, con la proliferación del control mafioso de la
economía, la política y amplios sectores de la sociedad, lo que atraviesa e interviene el ámbito de
los vínculos de género es la regla violenta de la atmósfera propia del crimen organizado y las
pandillas, maras, corporaciones armadas de la guerra informal, sicariatos. Es por todo esto que de
forma alguna podemos abordar el problema de la violencia de género y la letalidad en aumento de
las mujeres hoy como si fuera un tema separado de la intemperie de la vida con todas sus presiones.
Presiones y niveles de anomia característicos de los cambios de época, pues de hecho estamos
asistiendo a un tránsito entre épocas que hace que el momento actual presente características de
liminaridad y suspensión de las normativas que dan previsibilidad y amparo a las gentes, dentro de
una gramática compartida. Es probable que los tiempos de la conquista, como dije anteriormente,
por la suspensión de prácticamente toda norma excepto la del saqueo, y la revolución industrial, por
la novedad que impuso a las relaciones de trabajo, hayan expuesto a los pueblos a circunstancias
semejantes.

¿Esto lo vinculás a que varios de los homicidas después se autolesionen?

–El dolor es un dolor social. No creo que las mujeres deban aislarse en su sufrimiento. Yo, como ya
lo he dicho alguna vez, justamente en una entrevista que me hiciste hace ya algún tiempo, soy
feminista de segunda generación. No soy una nueva conversa. El nuevo converso es siempre más
dogmático, más intransigente, incapaz de ver los tonos de gris, las ambigüedades propias de la vida
como ella es. Creo que el problema es de hombres y de mujeres, ambos padecen, pero resuelven de
formas diferentes su padecimiento. Infelizmente, como expliqué, los hombres son más vulnerables
por el mandato de emulación de la posición de poder que los somete pero cuyo patrón de conducta
se convierte en su modelo de comportamiento. El hombre, entonces, es violento porque es frágil,
porque es constitutivamente inseguro en su masculinidad, y porque, en nuestras costas, es decir, en
el paisaje marcado por la colonialidad que habitamos y que nos constituye, es permanentemente
emasculado por su condición subordinada y capturado por el modelo de masculinidad de su opresor.
Es por esto que digo que el sirve de bisagra, entre los mundos del dominador y de los dominados.
Su situación es de una indigencia existencial absoluta. Si a esto le sumamos el tema de la mirada
rapiñadora sobre el planeta y sus criaturas (y no olvidemos la raíz común de las palabras rapiña y
rape, violación en inglés), tendremos el cuadro completo de la transformación de la vida en cosa, la
transformación de las personas en mercancía, en primer lugar el pasaje de las mujeres a esa
condición de objeto, a su disponibilidad y desechabilidad, ya que la mímesis de los hombres con la
posición de poder de sus pares y opresores encuentra en ellas las víctimas a mano para dar paso a la
cadena de mandos y expropiaciones.
¿Cómo ves al feminismo frente a esta realidad?

–Creo que las mujeres nunca tuvimos más leyes, políticas públicas, discurso cívico e instituciones
de apoyo que ahora. Sólo que esos derechos no pueden ser usufructuados porque el lecho en el que
ellos están suscriptos presiona en sentido contrario. Entonces, o atacamos ese proyecto histórico del
capital o no vamos a solucionar el problema de las mujeres. El feminismo hegemónico ha apostado
todas sus fichas a la conquista de derechos. Esto muestra una fuerte influencia europea, donde la
relación entre Estado y sociedad es bien distinta por razones históricas. En América latina, nuestros
estados republicanos fueron creados por las élites criollas y por tanto son herederos de la modalidad
de administración colonial de la cual descienden. Los llamamos estados de la misma forma que
llamamos a los estados europeos, pero en Europa y en América latina esta entidad no es la misma,
como consecuencia de la historia que la constituyó. Los estados europeos y los de nuestras costas ni
están conformados de la misma forma ni pueden representar a la sociedad de la misma manera. La
hegemonía del feminismo europeo nos convenció de hacer una apuesta casi exclusiva a las luchas
en el campo estatal. Pero en América latina la lucha no pueden ser ésa, porque ya tuvimos muchas
victorias en ese campo y, aún así, el Estado en nuestras sociedades tiene su foco en la protección de
los bienes y no ha dado muestras de ser capaz de proteger a las personas.

¿Cuál es la estrategia?

–Las mujeres debemos sacar los pies del campo estatal. Esto no quiere decir abandonarlo, como a
veces se han interpretado mis palabras. No se pueden abandonar las luchas en el campo estatal, por
leyes, políticas e instituciones propias. Pero lo que quiero decir es que debemos llevar adelante otras
luchas, sólo nuestras y en un campo otro, marginal con respecto a la égida del Estado, con
estrategias autogestionadas de autoprotección. Necesitamos vínculos más fuertes entre mujeres,
vínculos que blinden los espacios de nuestras vidas, independientemente de las leyes y las
instituciones, y que rompan el modelo de la familia nuclear.

Hubo una viralización de videos de chicas que denunciaban algún tipo de violencia... ¿Cómo
ves esos fenómenos?

–Creo que nosotras debemos construir nuestros propios blindajes. Volvernos agentes de nuestra
propia protección por la ineficacia del Estado. Claro, los videos son un camino rizomático. Pero las
estrategias no pueden tener un aspecto, un formato, una estética vanguardista. Veo negativamente
toda forma de vanguardismo porque éstos se apartan de la sociedad como ella es y se constituyen en
tutelas de quienes creen estar en la cresta de la onda, en general grupos o logias de illuminati, que
están al tanto de lo hay que saber y hacer, pero por eso mismo acaban haciendo daño a lo que dicen
defender. Es necesario que las estrategias de autodefensa proliferen pero no como prácticas
vanguardistas, sino como prácticas de las rutinas, de las calles, de las casas, en la vida cotidiana de
la gente tal como es. Las campañas de Twitter y Facebook son interesantes porque son formas de
dispersión a través de las redes. Pero mucho más interesante es la palabra que circula boca a boca y
en la calle. Uno de los problemas del feminismo es que se salió de la calle. El precio que tuvimos
que pagar por institucionalizarnos, transformar lo que hacemos en carreras y en profesiones es
precisamente que abandonamos el día a día y el cuerpo a cuerpo, en la calle y en los vínculos entre
mujeres, que en el feminismo de los años setenta era muy fuerte y eficaz.

¿Cómo interviene la reproducción mediática en la lógica de estos hechos?

–En este contexto tenemos unos medios que colaboran con exhibir públicamente la agresión a las
mujeres y al mismo tiempo afirman, declaran, y se suman al clamor de “ni una más” o “ni una
menos”. ¿Cómo se entiende que los medios que rapiñan el cuerpo de las mujeres, dando lección de
burla, de crueldad y de ataque a la dignidad de las mujeres, luego dicen sumarse a estas campañas?
¿Qué pretende Tinelli cuando dice esas consignas si él vive como proxeneta de los culos y las tetas
de las mujeres que captura con la lente de su cámara y exhibe en su escaparate para el escarnio
público? Creo que hay que desentrañar la operación: lo que hace es intentar desacoplarse. Tinelli
sabe que la pedagogía de su programa televisivo enseña el ejercicio de la crueldad en los hogares y
en la calle. Lo sabe, y por saberlo busca desacoplarse, escamotear, desmarcarse de su vínculo
estrecho con ese sujeto que golpea y mata a una mujer. Hay una identidad común entre ese sujeto
femicida y la cámara de Tinelli al explotar los cuerpos expuestos en su programa. Afinidad esta que
Tinelli, cuando adhiere a la fórmula del “ni una menos”, pretende disimular. Frente a esto, pienso
que la expansión de los derechos humanos siempre ha sido la expansión de la lista de nombres del
sufrimiento humano, avanzar en el campo de los derechos siempre ha sido avanzar en el intento de
nombrar las formas de sufrimiento y sus causales. A partir de la segunda mitad del siglo veinte
hemos visto la proliferación de nombres para las modalidades de violencia contra las mujeres:
violencia física, sexual, psicológica, moral, financiera y patrimonial. Todavía está por nombrarse la
violencia alimentaria, ya que las mujeres comen menos y, cuando hay menos alimento en un hogar,
las mujeres son las primeras que lo sienten, especialmente en el campo. También hemos nombrado
el femicidio, que incluye los crímenes de la intimidad, como también los cometidos por los
efectivos a mando de las mafias que operan en las nuevas formas de la guerra, y, en los países
asiáticos, el desecho de las niñas. Incluyo allí, en esa categoría, también la trata y la explotación
sexual porque hay mujeres en esa situación que viven en condiciones concentracionarias, o sea, en
condiciones constitutivas del crimen de genocidio. Pero nos falta dar vida a un concepto
fundamental en esta historia...

Te escucho...

–La fantástica herramienta del concepto de violencia mediática contra las mujeres, que ya forma
parte de la ley 26.485, y que propongo aquí como categoría jurídica en el campo de los derechos
humanos a la que debemos dotar de un elenco de contenidos precisos y activar con acciones
concretas en la Justicia. Para que la victimización de las mujeres deje de ser un espectáculo de fin
de tarde o de domingos después de misa. Para que los medios tengan que explicarnos por qué no es
posible retirar a la mujer de ese lugar de víctima sacrificial, expuesta a la rapiña en su casa, en la
calle, en la televisión de cada hogar, donde cada una de estas ejecuciones ejemplarizantes es
reproducida hasta el hartazgo en sus detalles mórbidos por una agenda periodística que se ha vuelto
ya indefendible e insostenible. Judicializar de verdad esta agenda violenta y reproductora del daño
como solaz no sólo obtendrá, en algunos casos, sentencias por parte de los jueces, sino también, con
su eficacia retórica, hará que la gente comience a sentir y pensar en los medios como violentos.
Tenemos que trabajar para transformar la sensibilidad de las audiencias frente a la crueldad como
diversión y ante los medios como objetables. Pasaríamos así a entender e interpelar a los medios
con nociones afines a la de “autoría intelectual” y a la de “instigación al delito”, develando que, con
relación a las mujeres y a los sujetos feminizados, funcionan como “brazo ideológico de la
estrategia de la crueldad”.
“La construcción del otro como antagónico es letal”

Publicada el 22/9/16 en sitio internet: El lobo suelto. Entrevista a Rita Segato.

La antropóloga e investigadora argentina, que hace años está radicada en Brasil, pasó por Rosario
y dictó un seminario sobre “Contra-pedagogías de la crueldad”. En esta entrevista se refirió a las
situaciones de violencia racial, social y de género que hoy viven los países latinoamericanos, la
relación de la sociedad con el Estado y su punto de vista en cuanto a encaminarse a soluciones que
acerquen a los ciudadanos a una vida más de comunidad y no de enfrentamientos.

Por Carina Toso y Sonia Tessa

En su último libro, La Nación y sus Otros. Raza, etnicidad y diversidad religiosa en tiempos de
Políticas de la Identidad, la antropóloga e investigadora Rita Segato plantea entre otros ejes el
siguiente: “La lucha de los movimientos sociales inspirados en el proyecto de una ‘política de la
identidad’ no alcanzará la radicalidad del pluralismo que pretende afirmar a menos que los grupos
insurgentes partan de una conciencia clara de la profundidad de su ‘diferencia’, es decir, de la
propuesta de mundo alternativa que guía su insurgencia. Diferencia que aquí entiendo y defino no
con referencia a contenidos substantivos en términos de ‘costumbres’ supuestamente
tradicionales, cristalizadas, inmóviles e impasibles frente al devenir histórico, sino como diferencia
de meta y perspectiva por parte de una comunidad o un pueblo”.

Rita Segato es pionera en sus ideas y análisis al momento de abordar temas como la violencia de
género, los componentes expresivos que la violencia corporal de la sociedad patriarcal
intercambia como mensaje y que deja una “escritura en el cuerpo”, una cicatriz social como signo
para la dominación. Desde su concepto de “pedagogías de la crueldad”, la antropóloga argentina
abordó la violencia que se da sobre el cuerpo de las mujeres en Latinoamérica para incorporar el
componente expresivo que enmarca dichas violencias en tramas sociales, simbólicas y culturales
que le otorgan legitimidad y, al mismo tiempo, una impunidad institucional alarmante. Se radicó
en la década del ’70 en Brasil donde hasta hoy se dedica a la docencia, aunque actualmente pasa
gran parte del año en el norte argentino, específicamente Tilcara. Trabajó con diferentes
experiencias relacionadas a la violencia de género e institucional en México como los crímenes de
Ciudad Juárez y en Guatemala fue parte de los especialistas que participaron de un juicio por
delitos de lesa humanidad contra mujeres indígenas. También realizó investigaciones en Brasil y
Argentina.

Segato visitó Rosario para dictar un seminario de tres días en la Facultad Libre, donde a sala llena
recorrió temas como dominación, poder y feminidades de diseño; las fracturas de la Nación, la
discriminación y los derechos humanos; y la colonialidad del poder.
Escucharla es al mismo tiempo analizar, conversar y generar nuevas formar de ver determinadas
situaciones sociales relacionadas a distintos tipo de violencia que están a la vuelta de la esquina o
un poco más allá, en otros territorios urbanos. Es aprender. Es descubrir otros puntos de vista, un
ejercicio que muchas veces desde las esferas más altas intentan sosegar. “Es muy valorable
encontrar un espacio para pensar juntos, en las universidades formales hoy sólo tenemos el
productivismo, la cuantificación de esos productos, la gente hace todo con una calculadora en la
cabeza”, afirmó la investigadora al comenzar su seminario.

Para Segato “la historia de la burocracia y la del Estado es la historia del patriarcado, donde las
mujeres no están incluidas, los crímenes contra ellas están todos bajo la bandera de ese
patriarcado. Y hay que cruzarlo con las formas de discriminación que hay en una Nación”. Sus
críticas hacia las cúpulas de las esferas públicas son claras y apuntan a una herencia muy marcada
de las sociedades más primitivas y dominantes de la historia. Esto deriva en una preocupación:
hasta qué punto un Estado puede dar respuestas ante situaciones violentas como las que se viven
en la ciudad y el país por estos tiempos en donde los distintos sectores sociales atraviesan
realidades diferentes.

“Yo cada vez tengo más dudas sobre cuáles son las demandas que un Estado puede resolver ya
que son Estados muy vulnerables a la apropiación en los países latinoamericanos. Siempre hay una
relación de exterioridad desde el poder. Basta con ver a alguien que atiende tras un mostrador de
cualquier oficina pública, uno ve ya desde la puerta que mantiene con el público una relación de
exterioridad. Ya dejó de ser parte de la sociedad. Estos Estados tienen características casi
coloniales, son herederos de las riquezas, de territorios, recursos, que vienen desde la
colonización, son administradores exteriores de los bienes de las repúblicas. A partir de ese
Estado, enseguida se generan fuerzas paraestatales en su interior, muy fácilmente sus agentes de
seguridad pasan a actuar dentro de una modalidad doble, paraestatal, y tienen una relación bélica
con la sociedad. Cuando se pide seguridad del Estado, se lo está llamando para una guerra, ese
Estado lo entiende como una confrontación y no es la forma en que se pacifica una sociedad”.

Así una parte de la sociedad comienza a ver que hay un “otro” que debe combatir, y ese “otro”
también tiene su “otro”. Para ese entonces la guerra está declarada dentro de un país entre todos
sus “otros”.

“La construcción del otro antagónico en nuestra historia nacional es letal. La generaron aquellos
que solamente estaban interesados en una masacre. En un genocidio. Esa construcción de
antagonismo, que además es muy característica de la Argentina, el otro como un antagonista para
el que no hay lugar dentro de una sociedad común”, afirma Segato.

– ¿Cómo se acentúa esa otredad si nos vamos a las zonas más pobres de una ciudad?

– Rita Segato: Es ahí donde se dan las ejecuciones extrajudiciales. Que victimizan a los portadores
de cara. Acá no sé hasta qué punto tienen estadísticas de ejecuciones extrajudiciales por raza, creo
que no las debe haber pero en Brasil sí las hay: en diez años fueron asesinados 500 mil jóvenes,
niños y adolescentes negros, sólo por ser afrodescendientes. Esto fue un genocidio, creo que en
Argentina también lo hay pero no está ni contado ni nombrado todavía. En Brasil existe lo que se
llama el kit bandido, la policía mata en la calle en una ejecución extrapolicial y te planta un kit
bandido, algo que te incrimina. Pero esta forma de gatillo fácil es legal porque si el policía
argumenta que corrió riesgo físico legalmente puede defenderse y convertirse simultáneamente
en policía y juez. El árbitro legal. Esa es una forma cotidiana y básica de paraestatalidad. Desde eso
hasta otras muchas formas, la duplicación del Estado es la forma normal que tiene de administrar
y gestionar, controlar el comportamiento de las personas, en algunas épocas se expande, en otras
disminuye pero nunca desaparece.

– ¿Qué pasa cuando una muerte tiene más valor que otra según de dónde provenga la víctima?

– R.S.: Claro, aparece una bolsa de valores de la vida humana, hay muertes que aparecen
enseguida en los diarios y hay otras muertes que son cuerpos tirados. Y a ese cuerpo tirado
muchas veces nadie lo reclama, ni siquiera es contado en las estadísticas. Y también se da una
revictimización de estos muertos merecedores de morir. La sociedad va acomodando de esa forma
su dolor ante esto. Necesita buscar una razón para ese dolor. En estas situaciones son las fuerzas
de seguridad las que cuentan con varios privilegios sobre la vida del otro. El castigo, la punición y
la violencia del Estado lo que hace es escalar la violencia de la sociedad, alimentarla. Es así como la
sociedad aprende a vivir de forma bélica. Otro punto importante es entender que el autoritarismo
de Estado, nunca desapareció, para nosotros que estamos incluidos en un circuito del trabajo y en
la educación, hubo un cambio, vemos al Estado como protector. Pero para la gente que está en los
márgenes de la sociedad, que no participan de esa inclusión, la tortura nunca disminuyó. Los
informes sobre cárceles de la Comisión por la Memoria, se ven cosas tan terribles como en las
cárceles de la dictadura, sólo que es una crueldad que se aplica en cuerpos pobres y en su gran
mayoría no blancos o villeros. Ahí se sigue aplicando la tortura constantemente a través del
hambre, la falta de medicamentos, etc.

– ¿Cuál sería la forma de comenzar a sanear esta situación?

– R.S.: Ahí lo que fallan son los medios. Saben que si dejan de hacer su papel anestésico la cosa
cambia. La sociedad busca también en los medios un espectáculo. Hay que reeducar a la sociedad
para que busque en los medios información y no un espectáculo. Es un trabajo arduo de todos los
frentes. Y a quién le interesa no anestesiar a la sociedad y despertarla, mostrarles un espejo. Yo
digo que falta el espejo de la reina madre, falta mirarse en un espejo que te dice la verdad aunque
no te guste, el espejo de los cuentos. Y los medios se ocupan todo el tiempo de cambiar ese
espejo, de poner un espejo falso y mentiroso ante la sociedad. Alimentan el morbo, la curiosidad
por el sufrimiento del otro y acostumbran a ese sufrimiento, que es lo que llamo la pedagogía de
la crueldad. Esa pedagogía es muy precisa: es el papel de los medios y personas que se instalan
como pedagogos de la crueldad para enseñar que ese horizonte de sufrimiento es la normalidad.
Que la crueldad es habitual, un paisaje normal, y eso va disminuyendo la empatía con el otro,
nuestra sensibilidad y nuestro espanto frente al sufrimiento de los otros.

– ¿Los medios serían hoy los grandes difusores de esa pedagogía de la crueldad?

– R.S.: La pedagogía de la crueldad no es más que el acostumbramiento al dolor, a que el mundo


es cruel, la compasión no tiene por qué ser parte del paisaje. La televisión antes no mostraba las
formas de crueldad que se ven hoy a las tres de la tarde en las pantallas. Antes se contaba que
había una muerte, hoy se muestra el morir, la saña, se muestran aspectos que antes no eran
visibles. Todo eso es parte de la política del acostumbramiento a la muerte. En los noticieros
mismos cada vez se muestra más. Una alumna en Brasil se tomó el trabajo de contar cuántas veces
se cuenta un femicidio por la televisión. Eso se transforma en una promoción de la mimesis
feminicida. Hay gente que con esto se tienta por estar en el espectáculo, porque eso es existir.

-¿Hay una violencia hija de otra violencia?

– R.S.: La violencia contra la mujer es la primera pedagogía de la violencia. La primera violencia se


ve en la casa. Vemos a la familia como la salvación y la familia es el lugar donde las personas
aprenden la violencia. La violencia familiar, que es una forma de violencia patriarcal aún en los
nuevos tipos de hogares, aún en los hogares donde hay dos mujeres o dos hombres. La familia es
el primer espacio donde las personas aprenden la asimetría, la desigualdad de poder, de prestigio.
Y también yo creo que todavía, a pesar de que es una discusión dentro del feminismo, en la
historia de la humanidad la subordinación de la mujer fue la primera forma de dominación. Si hay
una escena fundacional para todas las otras violencias es esa.

– ¿De qué nos hablan hoy los modos de violencia que se están dando contra la mujer, es decir, el
incremento de la crueldad y saña en los crímenes?

– R.S.: No sólo aumenta la cantidad de casos de violencias sino que sí, se está dando un aumento
de las formas de crueldad, de cómo dejan los cuerpos. Ahí hay un ir y venir. Cuando me enfrenté
con el tema de Ciudad Juárez y a un librito que circuló poco en Argentina porque se publicó sólo
en México, que se llama “Las nuevas formas de la guerra y del cuerpo de las mujeres”, en ese
momento veía, y lo veo todavía, que era necesario hacer una separación en los crímenes que son
públicos. Es importante enfatizar que existen los crímenes de género de la interpersonalidad y los
crímenes públicos, que tienen que ver con estas nuevas formas de apropiación y de gestión
paraestatal, pero que ahora muchos crímenes domésticos están ya influenciados por la atmósfera
bélica, y esto se ve clarísimo en México donde los agresores participan de algunas formas del
sicariato, de las guerras, y vuelven a su casa con esa violencia. En Guatemala eso también es
clarísimo. Al mismo tiempo, esa violencia bélica viene de los hogares, viene de la jerarquía de las
familias campesino-indígenas y se amplía hacia la guerra.
– Muchas veces también la violencia de género se escuda en aspectos menos visibles como el
humor, el chiste o en una accionar que se justifica con que es costumbre…

– R.S.: Eso pasa tanto con la raza como con el género. Es común la transformación de un crimen en
costumbre. Yo por eso no uso la palabra cultura. Por ejemplo en Brasil con el tema de las
violaciones colectivas que se están dando ya lo resolvieron con un cliché: es una cultura de la
violación. Yo le tengo mucho miedo a todas esas fórmulas, porque así organizamos la realidad de
nuevo, nos calmamos y dejamos de pensar. Cuidado con las recetas y el culturalismo. El
culturalismo es sinónimo de fundamentalismo: explicar algo por la cultura. Esto lo vi en Brasil
cuando empezamos la lucha por los cupos en las universidades para estudiantes negros y el acceso
para estudiantes indígenas, una lucha brutal que dio origen a infinitas formas de persecución y
asedio laboral para mí y para las personas que nos involucramos. La gente decía que eso no era
racismo, era la costumbre. Es increíble. Hay que entender el problema del costumbrismo, del
culturalismo, de la explicación culturalista fundametalista de la subordinación femenina. Una cosa
son las sociedades jerárquicas y otra son los caciques contemporáneos fundamentalistas. Una vez
que resolvamos las cuestiones del pueblo vamos a resolver el problema de las mujeres. La política
es un problema que atraviesa la sociedad por todos lados, el soplo de la historia atraviesa al
pueblo y a las mujeres dentro del pueblo. La explicación culturalista y costumbrista de los
problemas es inaceptables.

– ¿Desde qué lugar hay que pararse en la lucha contra la violencia de género para no caer en un
fundamentalismo ni desde el lugar de hombre ni desde el de mujer?

– R.S.: La relación víctima victimario debe abrirse. Hemos entrado demasiado con nuestras
consideraciones en este globito, en esta cápsula que es un hombre que odia y una mujer que es
víctima. No es una buena política, no es la mía. Algo que es válido es mostrar que estamos
pensando todo el tiempo. Hay que tener mucho cuidado además de que ninguna vanguardia
secuestre el problema, el problema es de todos. Todos los monopolios han hecho mucho daño.
Hay saberes sobre la vida y sobre el poder que están en todas partes y es necesario exponerse a lo
que otros dicen. En el libro “La Nación y sus otros”, yo voy a decir que hay dos formas de un
mundo plural: una es a la manera multiculturalista, que es solamente política de inclusión de las
minorías y la otra el camino de la diferencia radical, donde pueblos diferentes podrían venir con
sus proyectos históricos disfuncionales al capital, proyectos cuyo final no es el consumo. Son
sociedades que tienen otras metas históricas donde se preserva la reciprocidad, el comunitarismo,
el colectivismo y una vida en el arraigo, que es un arraigo local pero sobre todo comunitario. Creo
en que hay que regenerar los lazos comunitarios.

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