GOBIERNOS AUTÓNOMOS HOY
EL DESAFÍO DE LOS CAMBIOS
E l proceso constituyente boliviano, que permite el reconocimiento de la plurinacionalidad
como base para la construcción de nuestro Estado, alberga también dentro de sí el
proceso político y social de las autonomías. La característica plurinacional, el ordenamiento
autonómico, y la economía plural, son los tres pilares sobre los cuales se sostiene el nuevo
orden constitucional.
Este orden constitucional es fruto de un complejo proceso de construcción de un nuevo
pacto político, que recoge acuerdos territoriales, sociales y económicos bajo el nuevo
paradigma del Vivir Bien, donde las autonomías son un elemento imprescindible. Entre
otras, el pacto político constituyente ha sido capaz de recoger e integrar dos demandas
históricas que hacen a la debilidad estructural del Estado boliviano. Desde su mismo
surgimiento, el orden republicano marginó a los pueblos indígena originarios, negando
su derecho a ejercer su cultura y sometiéndolos a procesos de explotación y genocidio;
al mismo tiempo que centraba la vida económica alrededor de la explotación minera,
ignorando y subvalorando grandes extensiones del territorio, privando a las poblaciones
en ellos asentadas de su protección y beneficios.
Fruto de ambas ausencias surge por un lado la reivindicación de los pueblos originarios
para ser incluidos en el Estado boliviano desde sus características propias y sobre la base del
reconocimiento de sus derechos culturales colectivos, mientras que desde el oriente boliviano
se expresa la voluntad autonomista como un necesario proceso de descentralización.
A partir del año 2000 con la Guerra del Agua, los movimientos sociales reivindican la
necesidad de un nuevo pacto político nacional para superar la democracia pactada a través
de un Estado realmente participativo y democrático, para todos los bolivianos y bolivianas.
El ciclo de protestas que se inaugura entonces, pone en duda los principios del sistema
neoliberal, que habían reducido la participación estatal en la economía, privatizado las
empresas públicas y desde la democracia pactada, limitando la participación social en las
decisiones políticas y estructurales.
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Fruto del remezón y los desplazamientos políticos que produce el ciclo de protestas, no
tarda en surgir una agenda paralela sostenida por las elites salientes ahora parapetadas en
causas regionales, que en un primer momento exigen el “respeto al estado de derecho”, y
luego construyen la exigencia de las autonomías, al recoger y apropiarse de una demanda
histórica del oriente boliviano.
Hasta septiembre de 2008 conviven así dos visiones enfrentadas de país, que se
manifiestan concretamente por un lado con la agenda de octubre de 2003, que exige la
nacionalización de los hidrocarburos y la realización de la Asamblea Constituyente; y por
otro lado la agenda de enero de 2004, promovida por la elite cruceña fundamentalmente.
Ambas visiones se vieron continuamente confrontadas entre 2003 y 2008. De este modo,
por ejemplo, en diciembre de 2005 la elección de Presidente se da junto a la elección de
prefectos a nivel departamental; y en 2006 son elegidos los representantes constituyentes
al mismo tiempo que se realiza un referéndum por autonomías departamentales.
Es recién en agosto de 2008, cuando el Presidente Evo Morales es ratificado en el
referéndum revocatorio, que se manifiesta con claridad el respaldo popular a su gobierno,
lo cual llevaría en los meses siguientes (septiembre y octubre de 2008) a debatir el texto
constitucional hasta alcanzar los acuerdos de Cochabamba, destrabando el pacto político
nacional sobre la base del horizonte político del Estado plurinacional y con autonomías. En
esas negociaciones, el régimen autonómico (la definición de su amplitud y profundidad)
se constituye en el principal eje articulador del acuerdo constituyente.
Cuando el pueblo aprueba la nueva Constitución Política del Estado, el 25 de enero de 2009
y cuando ésta es promulgada el 9 de febrero del mismo año, se manifiesta con absoluta
claridad la victoria de la fuerza social y política indígena popular, que había propugnado la
necesidad de escribir un nuevo pacto político que reconozca nuestra plurinacionalidad y
selle la unidad de las bolivianas y los bolivianos.
8 Ensayos sobre la autonomía en Bolivia
I. Contexto histórico en el que surge el proceso autonómico
El proceso autonómico boliviano surge en un contexto histórico muy particular,
que determina en gran medida la filosofía que lo sustenta y sus características
básicas. Si bien el ordenamiento autonómico responde a dos reivindicaciones que
hunden sus raíces en procesos históricos de largo alcance (la lucha de los pueblos
indígenas y la lucha regional cruceña, fundamentalmente), éste se cristaliza en
el periodo 2006 – 2010 como parte de la reconstrucción del Estado boliviano a
través de la Asamblea Constituyente, que termina también sellando un nuevo
pacto social alrededor de un horizonte de época hegemónico. Este horizonte de
época está sustentado en tres pilares: Estado plurinacional, régimen autonómico,
industrialización de los recursos naturales al interior de una economía plural.
Sin embargo, ampliando la mirada al tiempo que abarca el llamado ciclo de
protestas (iniciado el año 2000 con la Guerra del Agua), vemos que el proyecto
estatal autonómico se va construyendo en un proceso, en primer lugar, de
develamiento de una crisis estatal que constata:
La insuficiencia y corrupción de los mecanismos de representación social,
La existencia de una gobernabilidad falaz porque se sustenta en pactos que
reproducen apenas la cáscara de la formalidad democrática, y
La ausencia casi total de movilidad social en los espacios de representación
política.
Esta constatación, unida al creciente distanciamiento entre Estado y sociedad civil,
quiebra la hegemonía que hasta entonces había permitido la perpetuación de la
élite económica urbana en las estructuras estatales (que había llegado a conformar
incluso una “clase política”).
Este develamiento de la crisis estatal, convertido en sentido común, da paso
en segundo lugar a la lucha política por el control del poder estatal. Esta lucha
política expresa y fortalece, en la misma medida en que es puesta en práctica, la
voluntad de poder de las clases subalternas. Así, entre 2003 y 2008 vivimos lo que
se ha llamado empate catastrófico: dos visiones de país y dos modelos de estado
confrontados entre sí, en un contexto de insurrección del orden simbólico que
generaba incertidumbre e inestabilidad política exacerbadas.
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De este modo no fue suficiente la toma del poder estatal formal por parte de
la corriente subalterna indígena, campesina y popular. Se produce entonces una
lucha territorial por el poder, cuyo desenlace pasa inclusive por la demostración de
fuerza de masa en las calles, y por la demostración de la capacidad de sustentar y
mantener dicha fuerza de masa.
Pero la superación del empate catastrófico no pasa solamente por poner en
práctica la fuerza y el número: también pasa por la capacidad de articular proyectos
históricos que hasta ese momento se habían mantenido ajenos y diferenciados
entre sí. A partir del año 2000, las fuerzas populares van tejiendo encuentros y
pactos políticos y discursivos. En la crisis de octubre del 2003 se manifiesta de
forma natural y espontánea una unidad reivindicativa (la Agenda de Octubre)
capaz de contener dentro suyo una densidad histórica y una fuerza moral tal,
que dispara un proceso político estructural de cambio estatal profundo y de
descolonización social.
Esta capacidad de articulación es posible, en gran parte, por la capacidad de
propuesta política concreta. Así, mientras las antiguas élites políticas se parapetan
tras la bandera autonómica en el oriente boliviano (que en lo sustantivo gira
alrededor del “déjenme hacer lo que quiera en mi acotada hacienda”), el bloque
indígena, campesino y popular construye una propuesta de alcance estatal nacional,
que logra finalmente expresarse a través de la compleja dinámica constituyente, y
también a través de los necesarios pactos políticos alcanzados en Cochabamba y
en el Congreso, en septiembre y octubre de 2008.
El orden resultante, que es la nueva Constitución Política del Estado, si bien
expresa a las fuerzas políticas y su capacidad de negociación, expresa ante todo
ese nuevo sentido común que nace del cuestionamiento a un Estado ajeno y a
un orden social y económico injusto, excluyente y antinacional. Pero no se basa
solamente en la negación, sino que más que nada se sustenta en la afirmación de
las diversidades que nos componen como país, y en la pertinencia de las mismas
al vislumbrar un mejor ejercicio del poder estatal.
El proceso histórico que da a luz a nuestro proyecto estatal autonómico, determina
en consecuencia las particularidades del mismo:
1. Nace de un proyecto histórico vencedor, por tanto hegemónico, que logra
instituirse en horizonte de época plurinacional. Este horizonte propugna
la democratización del Estado (en lo formal, lo territorial y lo simbólico), el
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incremento de la participación estatal en la economía, y el fortalecimiento de
las instituciones propias de las naciones originarias.
2. Dicho proyecto histórico resulta vencedor en un doloroso y angustiante proceso
de polarización política, con numerosos pasajes de violencia política y violencia
racista, que se suceden en la calle de manera pública, cuestionando las bases
mismas de la economía moral de la sociedad boliviana. Este proceso desnuda
la lógica dual que hasta entonces había gobernado, de manera socapada pero
definitiva y totalizante, las relaciones sociales en el país: indio / blanco, pobre /
rico, campo /ciudad, civilización / barbarie, etc.
3. El proyecto estatal autonómico nace de un proceso nacionalizador, en el
sentido de que pretende superar al Estado excluyente, ausente de la mayor
parte del territorio nacional, por un Estado que parta del reconocimiento de la
existencia de múltiples naciones, en el que todos y todas se sientan incluidos
y representados. Ante la pretensión de algunas élites políticas regionales de
utilizar la reforma autonómica para institucionalizar prácticas separatistas, la
polarización política reciente tiene resultados nacionalizadores en la medida
en que su resolución contribuye a consolidar el proyecto nacional, gracias
al fortalecimiento del Estado y a la inclusión de las clases subalternas en los
espacios de poder y decisión.
4. El proyecto estatal autonómico parte de un trípode societal: plurinacionalidad,
autonomías, economía plural. Este trípode no solamente es complementario,
sino que también es indivisible. Así, para entender el proyecto estatal
autonómico, es necesario tomar en cuenta los principios de la plurinacionalidad
y del nuevo orden económico que propugna la Constitución, no solamente
como expresiones de la diversidad, sino también y fundamentalmente como
concreción de un proyecto histórico y proyección de un futuro deseable.
Habiendo sido promulgada la nueva Constitución Política del Estado en febrero
de 2009, el proyecto estatal autonómico termina de consolidarse en julio de
2010, con la promulgación de la Ley Marco de Autonomías y Descentralización
Andrés Ibáñez. Queda así configurado un orden autonómico complejo, con cuatro
tipos de autonomías: departamental, indígena originario campesino, municipal,
y regional. Se precisan competencias para las autonomías y para el nivel central
del Estado, y se definen mecanismos de coordinación para asegurar un proceso
armónico y ordenado.
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II. Escenario político actual
En los recientes años de mayor efervescencia política, la proyección del régimen
autonómico nos ha tenido acostumbrados a la grandilocuencia: cabildos
multitudinarios, sonoros pronunciamientos de comités cívicos, radicales amenazas
de enfrentamiento y catástrofe, profusa simbología que, sobre todo en el oriente,
acaparaba el paisaje urbano, etc.
Una vez superado el empate catastrófico, la discusión autonómica se ha replegado
a espacios más discretos, aunque sin abandonar completamente los escenarios
del debate público.
Seguramente esto tiene que ver con el masivo repliegue de las dirigencias
regionales autonomistas, una vez puesto en duda su interés cívico y vislumbrados
posibles intereses más oscuros y trágicos alrededor de sus constantes llamados a
la movilización ciudadana, sobre todo en Santa Cruz. Pero más que ello, tiene que
ver de manera definitiva con la victoria política del bloque indígena, campesino
y popular, la cual tiene entre sus principales consecuencias haber definido para
las autonomías un sentido y una dirección muy diferente a la propugnada por la
tradicional elite política parapetada en los departamentos de la “media luna”.
El texto resultante de la Constitución Política del Estado dota a las autonomías
de un contenido acorde a las luchas populares y a la construcción del nuevo
Estado Plurinacional, el cual no se manifiesta solamente a través de un nuevo
régimen de descentralización, sino que también asegura mayor representatividad
en los espacios estatales, una ampliación de los espacios democráticos, mayor
presencia del Estado en la economía, espacios políticos más incluyente y abiertos
a la sociedad civil, etc.
De este modo, cuando se hace público el proyecto de la Ley Marco de Autonomías
y Descentralización Andrés Ibáñez, no sucede la rearticulación del Bloque de la
Media Luna, ni se llevan a cabo masivas manifestaciones en el oriente autonomista,
ni hay tampoco una importante resistencia al proyecto gubernamental. Existe sí
el debate, en algunos casos intenso respecto de aspectos concretos (y no poco
relevantes) del proyecto de ley; pero el debate y la aprobación en sesión de
Asamblea Legislativa Plurinacional no se produce rodeada de movilizaciones ni
ultimátum.
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Después de su aprobación, son otros los temas que copan la agenda mediática,
reclamando la atención de ciudadanos y autoridades.
Del otro lado, los primeros meses posteriores a la elección de las primeras
autoridades autonómicas en la historia del país, están dedicados a la compleja
tarea de la adecuación institucional (lo cual no es poca cosa si hablamos de
autonomía departamental, tomando en cuenta que se pasa de una institución que
básicamente representa al Presidente en las regiones, a una institución autónoma
llamada a gobernar el territorio departamental). Esos primeros seis a ocho meses
el trabajo es arduo en los gobiernos departamentales sobre todo. Temas que van
desde definir cómo se va a tratar el tema de permisos de viajes y viáticos, hasta
la negociación de presupuesto para las asambleas departamentales, son asuntos
que merecen la atención de los directamente involucrados. En este rosario de
decisiones y definiciones burocráticas no está mayormente presente la prensa,
pero es en estos meses donde se va conformando la nueva cultura organizacional
de esos nuevos gobiernos departamentales.
El tránsito es menos trabajoso para los gobiernos municipales, que desde mediados
de los años noventa ejercen un manejo autónomo de su institucionalidad.
Se puede decir que es desde mediados del 2011 que los gobiernos municipales y
departamentales levantan la cabeza y dejan de ocuparse únicamente de lo interno,
para posar su mirada en lo que alrededor de ellos crece y muta, incluyendo sus
propios territorios y sociedad civil.
Sin embargo, a pesar del repliegue noticioso respecto de las autonomías, cada
cierto tiempo las empresas de información vuelven la mirada hacia el proceso
autonómico para hacer un recuento de los avances y novedades del mismo. Y si
bien es siempre saludable tomar en cuenta las características del proceso histórico
inmediato en el cual se gestó y alumbró el régimen autonómico, también resulta
necesario esbozar algunas características del momento actual, que de una u otra
forma inciden en la gestión pública local:
1. El cuestionamiento de la representatividad de los espacios del poder estatal,
que ocurre primero en la esfera del gobierno nacional (2003 en adelante), se
expande en un segundo momento también a los espacios de poder político
regional. A medida que el fenómeno se extiende y se fortalece, se afianzan
a la par liderazgos regionales que antes sólo aspiraban a copar espacios
en las organizaciones sociales populares. De este modo, las elecciones
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departamentales y municipales de abril de 2010 alumbran un nuevo escenario
político, donde las autoridades electas comparten en general dos características
importantes:
Vienen de la lucha política desde las organizaciones de la sociedad civil, y
Nunca antes habían desempeñado cargos en la estructura estatal.
2. Queda pendiente la tarea de investigar de manera meticulosa y científica ese
momento, pero lo que en general sucede es una especie de choque cultural:
los recién llegados entran a los gobiernos locales cargados de sus prácticas
organizativas, de sus agendas sectoriales y de una actitud aún sorprendida
respecto de los nuevos espacios conquistados.
Y precisamente ese nuevo espacio conquistado, atravesado de la nueva lógica
constitucional y del mandato de la reciente reforma autonomista, les recibe sin
haber aún experimentado en la realidad de los procesos y de las relaciones,
mutaciones significativas ni reformas burocráticas que reflejen el espíritu de
los cambios.
Sucede entonces que los recién llegados representantes del pueblo deben no
sólo ocupar la casa (la nueva casa) sino también, desde el instante mismo de
su arribo, imaginar y ejecutar reformas para responder a las expectativas de los
sectores a los que representan, en un escenario institucional que en sí mismo
está siendo cuestionado y reformulado.
3. El proceso descentralizador sucede en un momento histórico de nuevo y
fortalecido protagonismo del gobierno nacional.
Este acierto tiene que ver en su raíz con una característica primordial de nuestro
proceso, y es el hecho de que la fuerza moral del proceso revolucionario
popular se canaliza en gran medida a través del liderazgo del Presidente Evo
Morales, como encarnación de la lucha y del deseo del pueblo.
Una segunda característica primordial es la disponibilidad de recursos
económicos para emprender los diversos proyectos de integración y desarrollo
en todos los territorios del país. Las nuevas autoridades que ejercen en espacios
en proceso de cambio institucional, asisten y son parte también de un proceso
concreto y extendido de construcción del país.
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De este modo, mientras la Asamblea Legislativa Plurinacional construye las
leyes del nuevo Estado, desde los ministerios y las empresas estratégicas se
canalizan proyectos de infraestructura caminera, electrificación, generación
de energía, industrialización, etc., que van construyendo también, desde lo
concreto del territorio, el nuevo Estado que deja de ser aparente para irradiar
su presencia en todos los municipios y comunidades del país.
4. Tenemos entonces que la autonomía sucede y busca su profundización, en un
momento histórico de expresión de un liderazgo clave, el del presidente Evo
Morales, que aglutina a su alrededor la fuerza moral del proceso político y la
concepción nacionalista y abarcadora del accionar del Estado.
5. Otra característica, no menos importante y resultante de las anteriores, es que
se ha superado ya una primera fase de construcción del bloque hegemónico
popular, con su lucha discursiva, polarización política y enfrentamiento físico
real.
Lo relevante es que la definición y cierre de esa primera fase se dio a la par
de un trabajo también tortuoso de diseño, fundamentación y consolidación
de los cimientos económicos (entre otras medidas, la nacionalización de los
hidrocarburos) que permiten hoy esa construcción concreta y territorial de la
nación boliviana – que como hemos dicho se expresa a través de obras de
infraestructura básica que constituían una deuda histórica y estructural con las
regiones, sus pueblos y su contribución a la riqueza y desarrollo del mundo;
pero que también se expresa a través de una lógica redistributiva dirigida
no solamente a luchar contra la pobreza, sino también a cerrar las brechas
económicas y las desigualdades sociales, económicas y territoriales.
6. Nos encontramos entonces en una nueva fase del proceso, donde ya no se
discute el horizonte histórico, y se asume como (casi) natural la presencia de
un Estado fortalecido, protagonista y decisor, que ejecuta iniciativas, promueve
políticas públicas, plantea agenda a nivel mundial. Un Estado que, consolidada
su base hegemónica en lo político y en lo económico, se declara capaz de
plantear(se) una agenda concreta que mira con confianza y ambición al futuro:
la Agenda del Bicentenario.
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III. Las fuentes y el escenario: los desafíos del proceso
autonómico
Al interior del proceso autonómico también hemos ingresado en una nueva fase.
Superada la discusión respecto de las características del modelo autonómico
boliviano a partir de la aprobación y promulgación de la Ley Marco de Autonomías,
y consolidada la distribución competencial, la marcha del proceso ya depende
menos de las dinámicas nacionales y sí depende más de los procesos locales.
Hemos hablado del fortalecimiento del Estado Plurinacional. Existe sin embargo,
una distancia entre la fortaleza del gobierno nacional y la situación de los
gobiernos autónomos, ya que el escenario nacional general no se corresponde
necesariamente con los escenarios locales restringidos, donde se desarrollan otras
pugnas y se resuelven otros pactos, atravesados por dinámicas que muchas veces
suceden soterradas, pero que de tiempo en tiempo suben a la superficie para
desplegar su fuerza y sus reivindicaciones.
Es cierto que el escenario municipal ha cambiado a partir de la nueva Constitución:
alcaldes y alcaldesas son electas/os en listas separadas respecto de los miembros
del Concejo Municipal. De esta forma, ya no son los concejales y concejalas
quienes deciden quién será el alcalde o alcaldesa, sino que la elección la realiza
directamente el pueblo que vota. Esto ha demostrado otorgar mayor continuidad
a la gestión, ya que el cargo de alcalde / alcaldesa ya no es resultado de pactos
políticos temporales y prebendales.
La lucha política que actualmente sucede al interior de los municipios toma
sin embargo otros cauces, y tiene que ver, cuando se presentan problemas de
gobernabilidad, con pugnas entre dirigentes de organizaciones sociales, líderes
políticos y autoridades electas, alrededor de reivindicaciones sectoriales o alrededor
de las pugnas por el liderazgo local.
Un desafío importante para la autonomía municipal es trabajar la consolidación
de la institucionalidad del municipio, superando la lógica antigua que concibe los
espacios de gobierno como espacios para el más discrecional ejercicio del poder,
como si tal como un dueño de hacienda dispone de todo lo que en ella habita y
existe, también se pudiera disponer, desde el gobierno municipal, de todo lo que
en el municipio otorga oportunidades económicas y políticas.
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Superar esa visión colonial implica concebir al gobierno municipal como un espacio
de gestión pública gobernada con lógica institucional, que más que un feudo, se
trata de un lugar desde donde se ejecutan medidas y mecanismos dirigidos al vivir
bien de todos y todas. Lógica institucional por tanto, pero también visión social,
lógica redistributiva, transparencia, participación. Este cambio pasa entonces por
la construcción, en lo local, de un nuevo modelo de ejercicio del poder (alejado
de la cultura patronal), el cual deberá ser en primer lugar encarnado por las
mismas autoridades municipales en su trabajo cotidiano, para luego proyectarlo
al conjunto social.
En lo técnico y limitándonos todavía al ámbito municipal, las autoridades enfrentan
un desafío muy preciso, que es el de disponibilidad de conocimiento y habilidades
técnicas, administrativas y financieras, sobre todo en municipios alejados donde
queda casi todo por hacer, pero donde los técnicos con formación universitaria no
llegan, por las enormes distancias que deben recorrer o por la exigua retribución
que ese municipio les puede ofrecer.
Decíamos antes que las empresas de información habían replegado su interés
respecto de los temas autonómicos en los últimos años, y esto es más verdad
todavía cuando hablamos de las autonomías indígenas, que son tal vez el mejor y
más preciso medidor respecto de la inclusión de la pluralidad en la construcción
del Estado Plurinacional. En efecto, en los once municipios en conversión a
autonomías indígenas y a partir del referendo del año 2009, se han venido dando
significativos procesos de deliberación social y participativa respecto de la norma
fundamental de los futuros gobiernos indígena originario campesinos en Bolivia.
Pero ¿qué es lo que se ha estado deliberando en los once municipios en conversión a
autonomías indígenas? En primer lugar, la representación de los pueblos indígenas
y los sectores no indígenas en las asambleas estatuyentes, pero también las cuotas
de representación de cada colectivo social: deberemos representarnos ¿por
comunidades? ¿Por sector? ¿Por organización? ¿Cuál es la participación justa de los
jóvenes, de las mujeres? No sólo para la conformación de la asamblea estatuyente,
sino también luego, ya en la deliberación del estatuto, la representatividad ha sido
un asunto de mayor importancia en todos esos procesos. Era de esperarse que
así fuera, pero también ha sido una expresión de las tensiones que actualmente
atraviesan las naciones indígena originario campesinas, porque la modernidad
reconoce sujetos de representación que no coinciden necesariamente con los
sujetos representables al interior de una sociedad indígena tradicional.
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La conformación de los gobiernos autónomos indígenas también da cuenta de
esas tensiones, y los pactos contenidos en los estatutos expresan las soluciones
a las que se han arribado, después de arduos procesos de discusión en algunos
casos. Esos pactos, que por su misma naturaleza seguramente serán revisados en
el futuro, irán dando cuenta de los procesos de fortalecimiento o debilitamiento de
las normas y procedimientos propios, en cada caso.
Dos grandes desafíos se vislumbran en el horizonte de los primeros gobiernos
indígenas de la historia de Bolivia: en primer lugar, el desafío de la gestión. El
“juego de cintura” que las normas administrativo financieras del nivel central
del Estado le permitan a las autonomías indígenas, y la capacidad de las mismas
de mantener un manejo eficiente y transparente de sus recursos, va a marcar el
destino de las futuras iniciativas de autogobierno de los pueblos indígenas. En
segundo lugar hay que recordar que una de las razones de ser de las autonomías
indígenas es la gestión territorial. Los nuevos gobiernos indígenas deberán también
demostrar modelos sostenibles y participativos para garantizar la gestión territorial
en beneficio de todos y todas sus mandantes.
Para ello será necesario desarrollar o fortalecer una visión estratégica del territorio
comprendido al interior de cada unidad territorial, y ése es un desafío para todos
los gobiernos autónomos. Venidos de una tradición colonial donde cada pequeño
territorio era un pequeño feudo, el proceso actual y la Agenda del Bicentenario
desafían a las autoridades autonómicas a ejercer gobierno y a desarrollar una
visión compartida respecto del desarrollo regional.
Pero no se trata solamente de mirar lo que se tiene al interior de cada frontera,
sino más bien de levantar la mirada y a partir de una visión nacional, distinguir las
oportunidades y desafíos que, para cada región, representa la dinámica económica
actual.
Desde un nuevo horizonte histórico, y en este proceso de crecimiento económico
y acelerada vinculación nacional, en un Estado cada vez más incluyente y
abarcador, con nuevas élites en el poder y en una sociedad que ha remozado
sus posibilidades de movilidad social, las autoridades autonómicas están ante el
gran desafío de aquilatar esto que ahora somos y que no éramos antes, esto que
podemos ser, y ejercer el poder ya no desde una visión restringida y personal, sino
más bien desde una mirada extensa y ambiciosa.
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El proceso autonómico se da en un marco de oportunidades: ya no se trata de
administrar la pobreza, sino de articular las potencialidades y las iniciativas locales
al gran proyecto del Estado Plurinacional.
Desde lo pequeño participar en lo grande, desde lo específico alimentar y nutrirse
de lo general; tal vez sea ése el primer desafío de los gobiernos autónomos y de
sus autoridades.
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