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Belgrano y Moreno en Historia de La Educación Argentina

Mariano Moreno tradujo El contrato social de Rousseau en 1810 para educar al pueblo argentino sobre sus derechos políticos. Manuel Belgrano estableció las primeras escuelas públicas en el norte de Argentina a través de su Reglamento para las Escuelas del Norte en 1813, el cual enfatizaba la importancia de una educación de calidad y accesible para todos. Ambos líderes revolucionarios jugaron un papel clave en promover la educación y los ideales de libertad durante los inicios de la independencia argentina.
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Belgrano y Moreno en Historia de La Educación Argentina

Mariano Moreno tradujo El contrato social de Rousseau en 1810 para educar al pueblo argentino sobre sus derechos políticos. Manuel Belgrano estableció las primeras escuelas públicas en el norte de Argentina a través de su Reglamento para las Escuelas del Norte en 1813, el cual enfatizaba la importancia de una educación de calidad y accesible para todos. Ambos líderes revolucionarios jugaron un papel clave en promover la educación y los ideales de libertad durante los inicios de la independencia argentina.
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Lecturas Complementarias Historia de la Educación Argentina

EJE 2
Prof. Silvia Diz

Mariano Moreno y la traducción del Contrato Social de Rosseau.


Manuel Belgrano y el Reglamento para las Escuelas del Norte.

Belgrano era ocho años mayor que Moreno pero los dos, nacidos en Buenos
Aires, valores representativos de 1810, eran al mismo tiempo hombres de pensamiento y
de acción, escritores de garra y figuras que actuaron con eficiencia en cargos directivos,
políticos o militares.

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Mariano Moreno y El contrato social

El 4 de marzo de 1811, a los 32 años, moría en alta mar Mariano Moreno


mientras se dirigía a Inglaterra en misión diplomática. La Revolución perdía así a uno
de los más entusiastas defensores de la libertad, gran impulsor de las ideas modernas de
su tiempo, infatigable luchador por los derechos indígenas, promotor de la biblioteca
pública y fundador del periódico La Gazeta de Buenos Ayres.
Había estudiado en la Universidad de Chuquisaca. Allí trabó amistad con el
canónigo Terrazas, que le facilitó el acceso a su biblioteca. Fue en esa misma biblioteca
donde tomó contacto por primera vez con los pensadores del “siglo de las luces”. Quedó
profundamente impresionado por Jean-Jacques Rousseau y en 1810 publicó la
traducción que él mismo realizó de El contrato social.
En el Prólogo a la traducción de El contrato social, Moreno expresaba, entre
otras cosas:
La gloriosa instalación del gobierno provisorio de Buenos Aires ha producido
tan feliz revolución en las ideas, que agitados los ánimos de un entusiasmo capaz de las
mayores empresas, aspiran a una constitución juiciosa y duradera que restituya al
pueblo sus derechos, poniéndolos al abrigo de nuevas usurpaciones.
Los deseos más fervorosos se desvanecen, si una mano maestra no va
progresivamente encadenando los sucesos, y preparando, por la particular reforma de
cada ramo, la consolidación de un bien general, que haga palpables a cada ciudadano las
ventajas de la constitución y lo interese en su defensa como en la de un bien propio y
personal.
Esta obra es absolutamente imposible en pueblos que han nacido en la
esclavitud, mientras no se les saque de la ignorancia de sus propios derechos que han
vivido. La España nos provee un ejemplo muy reciente de esta verdad: cuanto presenta
admirable el heroísmo de los pueblos antiguos se ha repetido gloriosamente por los
españoles en su presente revolución.
Tan reciente desengaño debe llenar de un terror religioso, a los que promuevan
la gran causa de estas provincias. En vano sus intenciones serán rectas, en vano harán
grandes esfuerzos por el bien público, en vano provocarán congresos, promoverán
arreglos y atacarán las reliquias del despotismo; si los pueblos no se ilustran, si no se
vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se
le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo
entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos, sin destruir la
tiranía.
Me lisonjeo de no haber mirado con indiferencia una obligación tan sagrada, de
que ningún ciudadano está exceptuado, y en esta materia creo haber merecido más bien
la censura de temerario, que la de insensible o indiferente: pero el fruto de mis tareas es
muy pequeño, para que pueda llenar la grandeza de mis deseos; y siendo mis
conocimientos muy inferiores a mi celo, no he encontrado otro medio de satisfacer éste,
que reimprimir aquellos libros de política que se han mirado siempre como el catecismo
de los pueblos libres, y que por su rareza en estos países son acreedores a igual
consideración que los pensamientos nuevos y originales.
Entre varias obras que deben formar este precioso presente, que ofrezco a mis
conciudadanos, he dado el primer lugar al Contrato Social, escrito por el ciudadano de
Ginebra, Juan Jacobo Rousseau. Este hombre inmortal, que formó la admiración de su
siglo, y será el asombro de todas las edades, fue, quizá, el primero que disipando
completamente las tinieblas con que el despotismo envolvía sus usurpaciones, puso en
clara luz los derechos de los pueblos, y enseñándoles el verdadero origen de sus
obligaciones, demostró las que correlativamente contraían los depositarios del gobierno.
El estudio de esta obra debe producir ventajosos resultados en toda clase de
lectores; en ella se descubre la más viva y fecunda imaginación; un espíritu flexible
para tomar todas sus ideas; un corazón endurecido en la libertad republicana y
excesivamente sensible; una memoria enriquecida de cuanto ofrece de más reflexivo y
extendido la lectura de los filósofos griegos y latinos; en fin, una fuerza de
pensamientos, una viveza de coloridos, una profundidad de moral, una riqueza de
expresiones, una abundancia, una rapidez de estilo y sobre todo una misantropía que
se puede mirar en el autor como el muelle principal que hace jugar sus sentimientos y
sus ideas . Los que deseen ilustrarse encontrarán modelos para encender su
imaginación, y rectificar su juicio; los que quieran contraerse al arreglo de nuestra
sociedad, hallarán analizados con sencillez sus verdaderos principios; el ciudadano
conocerá lo que debe al magistrado, quien aprenderá igualmente lo que puede exigirse
de él; todas las clases, todas las edades, todas las condiciones participarán del gran
beneficio que trajo a la tierra este libro inmortal, que ha debido producir a su autor el
justo título de legislador de las naciones.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

El contrato social de Rousseau


En 1762, Jean-Jacques Rousseau publicó una de sus obras maestras: “El contrato
social: o los principios del derecho político”. Se trata de una obra de la filosofía política
en la que Rousseau habla sobre la igualdad y la libertad de todos los ciudadanos dentro
de un Estado formado por medio de “un contrato social” entre los que lo componen.

La obra comprende 4 libros, aunque hay autores que piensan que es una obra
inacabada.
El primer libro establece la tesis de que los hombres nacen libres e iguales,
aunque enfatiza que el pacto social es lo que iguala a todos. Rousseau hace referencia al
estado originario de los seres humanos, donde la familia era “el primer modelo de la
sociedad política”, y distingue entre tres tipos de libertades: la libertad natural, la
libertad civil y la libertad moral.

El segundo libro se ocupa de la “voluntad general”. Según Rousseau, el


ejercicio de esta voluntad es lo que se llama “soberanía”. Es el momento en el que el
pensador concede al pueblo la potestad de mandar sobre la nación. En ella establece que
el fundamento legítimo de la sociedad reposa en un contrato que liga al pueblo consigo
mismo. El autor demuestra cómo el pueblo constituye el único origen posible de un
gobierno legítimo que pueda mantenerse y perdurar muchos años.

El tercer libro, habla de las diferentes formas de gobierno que pueden existir.
Rousseau acaba por concluir que el gobierno no es otra cosa que “el ejercicio legítimo
del poder ejecutivo”. Es muy crítico respecto a la extensión y poderes que puede
alcanzar el ejecutivo, ya que para él: “Cuanto más crece el Estado, más disminuye la
libertad”. Además, establece cuáles son las características básicas de un buen gobierno y
arremete contra las letras y las artes, a las que culpa de “traer la decadencia a los
pueblos”.

Por último, el cuarto libro habla de la bondad humana y la rectitud de los


hombres. Destaca la habilidad de aquellos sin preocupaciones para resolver los
problemas y hace una larga reflexión sobre la historia de Roma. Como colofón final,
ataca a la religión cristiana, ya que la entiende como algo incompatible con la república.
Rousseau aboga por profesar una fe completamente civil, en lugar de las creencias de la
Iglesia.

Mucho se ha escrito y hablado sobre las escuelas donadas  por Belgrano con su
premio por el triunfo en la batalla de Salta “en las que se enseñe a leer, escribir, la
aritmética, la doctrina cristiana y los primeros rudimentos de los derechos y
obligaciones del hombre en sociedad hacia ésta y el gobierno que la rija, en cuatro
ciudades, a saber, Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero, que carecen de un
establecimiento tan esencial e interesante a la Religión y al Estado y aun ni arbitrios
para realizarlos”, constituyéndose en el primer propulsor de la educación popular en
nuestra historia.
El “Reglamento” que redactó para el funcionamiento de dichos establecimientos
educativos es revelador de la lúcida concepción que Belgrano tenía de lo educativo y de
su importancia en la sociedad, lo que ya había demostrado como secretario del
Consulado español en el Río de la Plata durante los años previos a Mayo.  A su impulso
se crearon una Escuela de Náutica y otra de Geometría y Arquitectura, además de
imprimirse cartillas para que los agricultores sacaran mejor provecho de sus labranzas.   
En el artículo 1° del citado reglamento privilegia la buena retribución al
maestro estableciendo que se destinen quinientos pesos anuales para cada escuela, de
los que cuatrocientos serán para su pago y los cien restantes para “papel, pluma, tinta,
libros y catecismo para los niños de padres pobres que no tengan como costearlo”.
Para evitar el “dedazo” o “acomodo” imponía el sistema del concurso u
oposición: Con documentos que calificaran la idoneidad y buenas costumbres de los
postulantes, Dicho concurso, como lo indica el artículo 4°, debía abrirse cada tres años,
para garantizar que el maestro fuera el más capacitado para ejercer tan delicada tarea.
No era ajeno a la voluntad de don Manuel el estímulo a los jóvenes que así lo
merecieran: “Se les dará asiento de preferencia, algún premio, distinción de honor,
procediéndose en esto con justicia” (artículo 6°).
Prudente en penitencias y castigos, en épocas propensas a los mismos, siempre
obsesionado por la justicia, Belgrano propone que “si hubiese algún joven de tan mala
índole o de costumbres tan corrompidas que se manifieste incorregible, podrá ser
despedido secretamente de las escuela con la intervención del alcalde, el regidor más
antiguo y el vicario de la ciudad, quienes se reunirán a deliberar en vista de lo que
previa y privadamente les informe el preceptor”. Insiste en que a los alumnos “por
ningún motivo se les expondrá a la vergüenza pública (artículo 15°).
Tendrá también maravillosas expresiones hacia el maestro, de sorprendente
actualidad: “Procurará con su conducta en todas sus expresiones y modos inspirar a sus
alumnos amor al orden, respeto a la religión, moderación y dulzura en el trato,
sentimientos de honor, amor a la verdad y a la ciencia, horror al vicio, inclinación al
trabajo, despego del interés, desprecio de todo lo que tienda a la profusión y al lujo en el
comer, vestir y demás necesidades de la vida, y un espíritu nacional que les haga
preferir el bien público al privado y estimar en más la calidad de americano que la de
extranjero” (artículo 18°). En seguida, en el artículo 19°, nos seguirá asombrando:
“Tendrá gran cuidado en que todos se presenten con aseo en su persona y vestido, pero
no permitirá que nadie use lujo aunque sus padres puedan y quieran costearlo”.
Quizá lo más remarcable del “Reglamento” de don Manuel Belgrano es la
jerarquía que confiere a la tarea del educador. Tanto es así que en el artículo 8° no duda
en indicar, ejemplarmente: “En las celebraciones del Patrono de la ciudad, del
aniversario de nuestra regeneración política y otras de celebridad, se le dará al maestro
en cuerpo del Cabildo, reputándosele por un padre de la Patria”.
Aunque las circunstancias lo obligaron al fragor de las batallas para hacernos
independientes, nuestro prócer coincidiría con lo que Epicteto había afirmado siglos
antes: “Sólo las personas que han recibido educación son verdaderamente libres”.    
"Es lo mejor que tenemos en la Patria”, escribiría al gobierno de Buenos Aires
un San Martín indignado, luego de recibir órdenes para que don Manuel se reportase
para ser juzgado por la derrota de Ayohúma. Pero nada de eso valió cuando solicitó
ayuda económica en penoso viaje desde el norte para tratarse de su grave enfermedad en
Buenos Aires. Quien había donado los veinte mil pesos que le correspondieron por su
comandancia del Ejército del Norte para la construcción de las cuatro escuelas debió
conformarse con los avaros trescientos pesos que el gobernador de Buenos Aires,
Idelfonso Ramos Mejía, le hiciera llegar a través de uno de sus edecanes. Don Manuel
le agradeció con asombrosa magnanimidad: "Doy a V. S. las gracias, bien persuadido de
que el estado de las rentas no le permite usar de la generosidad que me manifiesta, sin
que merezca tanto favor". Luego vendría la muerte, en soledad y olvido, tanto que un
solo periódico de Buenos Aires (“El Despertador Filantrópico”) se hizo eco de la
misma, y mezquinamente.

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