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Rodeados - Dean R. Koontz

El documento describe a Mike Tucker, un ladrón elegante que renunció a la herencia de su padre. Llama a Clitus Felton, un enlace criminal, para obtener información sobre un posible trabajo en California planeado por Frank Meyers.

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Rodeados - Dean R. Koontz

El documento describe a Mike Tucker, un ladrón elegante que renunció a la herencia de su padre. Llama a Clitus Felton, un enlace criminal, para obtener información sobre un posible trabajo en California planeado por Frank Meyers.

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Mike Tucker es un joven elegante, de rasgos finos y con un cierto

aire aristocrático. Lleva consigo el estigma de la respetable y


adinerada familia de la que procede. Sin embargo, ha renunciado a
todos los millones de su padre, con el que no es capaz de mantener
una relación amistosa. Pero no por ello ha tenido que prescindir de
su lujoso apartamento en Nueva York, que comparte con una
espectacular modelo, ni se ha visto obligado a abandonar una
afición que en su caso constituye una verdadera pasión: coleccionar
arte. Tucker es un hombre al que le gusta disfrutar de los placeres
de la vida.
Para conseguir el dinero que le permita satisfacer todos sus
caprichos sin la ayuda de su padre, Mike Tucker ha sabido labrarse
una brillante carrera en el mundo del crimen: Es un buen ladrón,
tiene buenos contactos y sabe planear sus golpes con maestría.
Ahora se traslada a Santa Mónica, acompañado por el mejor
desvalijador de cajas fuertes de los últimos tiempos y de otra vieja
gloria del hampa neoyorquina. Su objetivo es un centro comercial de
alto standing. Hay un maravilloso botín en perspectiva. Y dada la
personalidad de Tucker, es más que probable que, una vez más
consiga burlar a la policía…
Dean R. Koontz

Rodeados
Tucker - 02

ePub r1.0
GONZALEZ 02.11.16
Título original: Surrounded
Dean R. Koontz, 1974
Traducción: Miguel Ángel Portillo

Editor digital: GONZALEZ


ePub base r1.2
1
UN hombre delgado y algo despeinado entró en el vestíbulo del
Hotel Americana, dejando tras de sí la cacofonía originada por el
tráfico de la Séptima Avenida. Iba bien vestido y resultaba elegante,
seguro de sí mismo y de su mundo; en su rostro de finos trazos
podía apreciarse un cierto deje aristocrático, aunque en sus ojos se
apreciaba la presencia vaga e inconfundible del miedo.
Una cosa era que el hijo de una respetable familia se labrase
una carrera criminal llena de éxitos, y otra que pudiera llegar a
aceptar esta forma de vida tan poco convencional a nivel visceral.
Sabía que era un buen ladrón y que llevaba a cabo planes con gran
maestría, pero siempre esperaba que le apresaran. Todavía no
trabajaba en el nuevo asunto, no andaba metido en nada ilegal, pero
estaba preocupado y con los nervios a flor de piel.
Se abrió paso entre el grupo de hombres que asistían a las
diversas convenciones en compañía de sus esposas, y llegó a la
elegante escalera de mármol que descendía hasta los restaurantes
del hotel. Al llegar al final de los escalones, echó un vistazo a las
hileras de teléfonos públicos y decidió no utilizarlos. Llegó hasta la
entrada del Columbian Coffee Shop, dobló la esquina y caminó por
el largo corredor hasta llegar al segundo grupo de cabinas, situado
en la parte posterior del hotel. Estas eran menos utilizadas que las
que había junto a la escalera principal. Aquí estaba a solas. El
pasillo se hallaba en calma, como un oasis de serenidad en el
centro de la ciudad.
Desde aquí no podrían escuchar su conversación. Era esencial
estar a solas. No tanto por su propia tranquilidad sino a fin de evitar
el peligro de que cualquier detalle de su conversación revelase sus
actividades criminales.
Depositó una moneda y marcó para realizar una llamada a través
de operadora. Tuvo que esperar a que el teléfono sonase dieciocho
veces antes de que esta se dignara contestar y pasase su llamada a
Harrisburg, Pensilvania, como si le estuviera haciendo un favor.
—Librería Felton —contestaron en Harrisburg.
Era la voz de un anciano: cascada, seca, llena de cansancio.
—¿Clitus?
—¿Sí?
—Soy Mike Tucker —dijo el hombre de ojos oscuros.
Se inclinó más sobre el teléfono, tratando de mantener el
máximo de privacidad con la ayuda de las placas de plexiglás que
rodeaban el aparato.
Felton dudó y cuando habló, inconscientemente bajó el tono de
voz.
—Mira Mike, ahora estoy ocupado. Tengo la tienda llena de
clientes. Eh… ¿Te llamo dentro de cinco minutos?
—Muy bien —respondió Tucker.
La llamada en sentido contrario formaba parte de la rutina normal
que empleaban cada vez que necesitaban ponerse en contacto.
—Te doy el número desde el que llamo. ¿Tienes algo para
escribir?
—Un momento… Sí, aquí hay un lápiz. Adelante, Mike.
Después de que Tucker le diera el número, el viejo lo leyó en voz
alta para comprobar su anotación. Ninguno de los dos mencionó el
prefijo, una omisión que hacía que el número no sirviera para nada
si es que había alguien interviniendo la línea.
—No me gustaría tener que esperar mucho —pidió Tucker.
—Te llamaré dentro de cinco minutos. Te lo prometo.
El hombre de ojos oscuros colgó. Todos los documentos que
llevaba encima —el permiso de conducir, las tarjetas de crédito, el
carné del museo— le identificaban como Michael Tucker, aunque
Tucker no era su verdadero apellido. Su apellido legal hubiera
resultado muy familiar a los lectores del New York Times y de los
artículos sobre finanzas, pues la fortuna de su padre causaba
respeto y envidia a la vez. Sin embargo, lo cierto es que se sentía
más a gusto con el alias, pues la identidad de Tucker no había sido
contaminada por su padre. No solo odiaba al viejo, sino que este le
repugnaba. Cuando actuaba bajo la personalidad de Michael Tucker
se sentía fresco y ligero, y casi llegaba a convencerse de que no
había lazos de sangre entre ambos. Su identidad como Tucker le
liberaba de desagradables asociaciones y de ciertas
responsabilidades muy pesadas. Además, cuando se transgrede la
ley para vivir, resulta muy conveniente utilizar un nombre que no
guarde relación alguna con el verdadero.
El pasillo del hotel permanecía en silencio. Al otro extremo, tras
los salones abiertos al público y la entrada del bar, que abriría a
última hora de la tarde, se oía el entrechocar de platos y tazas,
proveniente de la cafetería. Alguien rio, las voces se elevaron y en
ellas podían apreciarse tonos de buen humor, pero nadie apareció
por la esquina en dirección a donde se hallaba Tucker.
El teléfono sonó por fin.
—¿Clitus?
—Hola, Mike. ¿Cómo te van las cosas?
Había salido de la librería y realizaba la llamada desde un
teléfono público. El ruido del tráfico llenaba la atmósfera.
—Bien —respondió Tucker—. ¿Cómo está Dotty?
—Estupendamente —contestó Felton—. Ahora asiste a clases
de danza del vientre.
Tucker se rio.
—¿Qué edad tiene… sesenta y cuatro?
—Sesenta y tres —corrigió Felton—. Ya le he dicho que creo que
está haciendo una tontería, pero ¿sabes una cosa? Cuando llega a
casa después de las clases y me enseña lo que ha aprendido, me
excita tanto que es como si volviera a ser un recién casado en viaje
de luna de miel.
Rio y su propia risa encontró eco en la de Tucker.
—Pero seguro que no has llamado para que te explique eso.
¿Has recibido mi carta?
—Hace una hora —dijo Tucker.
La carta había aparecido con el correo de la mañana en el
apartado de correos que Tucker poseía en una estafeta de algún
lugar de Manhattan: un sobre blanco sin remite. Antes de abrirlo
supo que era de Clitus ya que más o menos cada mes recibía una
exactamente igual. Aproximadamente la mitad de ellas contenían
propuestas interesantes. Clitus Felton ejercía como enlace entre
criminales independientes de la Costa Este. Él también había
pertenecido al negocio y, como media, había llevado a cabo un par o
tres de golpes importantes al año. Pero ahora ya era viejo, tenía
sesenta y ocho años, casi cuarenta años más que Tucker. Se había
retirado porque Dotty temía que se le acabara la suerte. Había
pasado seis meses en la librería y se había dado cuenta de que se
sentiría desgraciado mientras permaneciese apartado del viejo estilo
de vida, de la antigua excitación. Por ello había entrado de nuevo en
contacto con los viejos conocidos y amigos, ofreciendo sus servicios
como enlace. Tenía todos los nombres, alias y direcciones en su
cabeza, y cuando alguien entraba en contacto con él a fin de
encontrar a los socios adecuados para un trabajo, Felton
consideraba las posibilidades y escribía unas cuantas cartas.
A cambio, se llevaba el cinco por ciento del botín si el trabajo se
llevaba a cabo tal y como había sido planeado. Se trataba de vivir la
excitación desde la barrera, pero le ayudaba a continuar vivo.
—En tu carta mencionabas un trabajo en un banco —dijo Tucker
—. Ya sabes que no me gustan ese tipo de faenas.
—En la carta también te decía que se trataba de algo diferente
—respondió Felton—. Es algo muy diferente, algo seguro, con unos
beneficios superiores a lo usual.
—¿Dónde?
—En California.
—Eso está muy lejos de aquí —aseguró Tucker.
—Siempre es mejor trabajar de ese modo —afirmó el viejo—.
¿No crees?
—Creo que sí.
Al otro extremo del pasillo, una pareja joven dobló la esquina y
dirigió sus pasos hacia Tucker. La muchacha rebuscaba en el
monedero y le daba unas monedas al chico. Estaba claro que iban a
utilizar uno de los teléfonos.
—No puedo entretenerme mucho más —anunció Tucker—.
¿Podemos remitirnos a los hechos concretos?
—Deberás ponerte en contacto con Frank Meyers —dijo Felton
—. ¿Le conoces? ¿Has trabajado alguna vez con él?
—No.
—Pues está en tu ciudad.
—¿Es un trabajo suyo?
—Sí. Ha vivido un tiempo en California; allí es donde se le
ocurrió la idea —explicó Felton—. Es un buen tipo.
—Ya veremos —respondió Tucker mientras observaba acercarse
a la joven pareja.
El muchacho llevaba el cabello largo y su aspecto resultaba
extraño a pesar de ir embutido en un traje de buen corte. La chica
era morena y bonita.
—¿Cuándo podrás concertar una cita?
—Te voy a dar su dirección —respondió Felton.
Tucker frunció el ceño.
—¿No le importa que yo la sepa? ¿Tan poco cuidado tiene?
—No se trata de que tenga poco cuidado —aseguró Felton—. Es
que…
—No quiero trabajar con un hombre que no puede separar su
vida profesional de su vida privada.
—No todo el mundo se lo toma tan a pecho como tú —dijo el
viejo—. Hay montones de tipos que han estado en el negocio
durante muchos años, sin separar nada, y que no han tenido ningún
tropezón. Puedo decirte el nombre de un montón.
—Tarde o temprano les llegará la hora —aseguró Tucker.
—¿Entonces no estás interesado? —preguntó Felton.
—Sí, lo estoy —respondió Tucker.
Tenía que interesarle porque necesitaba el dinero. Sacó una
libreta y un bolígrafo del bolsillo de su chaqueta y anotó la dirección
de Frank Meyers.
—Estoy seguro de que te gustará el asunto en cuanto Frank te lo
explique —aseguró Felton—. Si no es así… dile a Frank que me lo
haga saber y procuraré encontrarle a alguien que si lo esté.
—Así lo haré —aseguró Tucker.
—Es un trabajo muy fácil, Mike.
—Eso espero, porque lo necesito. Si no fuese así ni me lo
pensaría dos veces.
—Frank es un buen tipo. Te lo garantizo.
—Dale recuerdos a Dotty —dijo Tucker cuando la joven pareja se
detuvo en el teléfono de al lado.
—Buena suerte, Mike.
—Gracias —respondió Tucker, y colgó el auricular.
Sonrió a la chica, saludó al muchacho, y dirigió sus pasos hacia
las escaleras principales.
2
EL edificio de apartamentos de la calle 79 todavía no se hallaba en
un estado lo suficientemente ruinoso como para ser necesaria su
demolición, pero poco le faltaba. Los escalones de la entrada
estaban en pésimas condiciones, agrietados, y el pavimento parecía
tener la consistencia de la arena. Desvencijada, dañada por la
intemperie, la puerta del vestíbulo enmarcaba una hoja de vidrio
pesado, agrietado y lleno de porquería. El vestíbulo en sí, sucio y
escasamente iluminado, mostraba un suelo cubierto por un mosaico
bastante complejo, del que habían saltado más de un centenar de
baldosines.
Tucker comprobó en los buzones la dirección que le había dado
Clitus Felton: Meyers, 3.º C. No tuvo que llamar a Meyers por el
portero automático para entrar en el edificio, ya que la cerradura
interior estaba estropeada. Cualquiera que se lo propusiera podía
entrar y salir a voluntad.
Tucker entró y subió por la escalera hasta el tercer piso.
El hombre que abrió en el 3.º C daba la impresión de ser más
bien un montón de músculos que un cerebro pensante. Mediría
alrededor de un metro ochenta, y pesaría casi cien kilos; siete
centímetros y medio y treinta kilos más que Tucker. Tenía el rostro
cuadrado y duro, enmarcado por un cabello rubio muy corto y
animado con un par de ojos de un azul intenso.
—¿Meyers? —preguntó Tucker.
—¿Sí? —respondió una voz de tono bajo y áspero.
Tucker conocía aquel tono y lo que significaba. Alguien había
pisado con fuerza sobre la garganta de aquel tipo, confiriéndole
aquel tono amenazante. Su cuello no aparecía inflamado o herido, lo
que indicaba que aquello había sucedido hacía tiempo.
—Soy Tucker.
Meyers bizqueó, sorprendido. Se pasó una mano por el rostro,
como si tratase de desembarazarse de la confusión que le
embargaba. Su mirada daba la impresión de estar ligeramente
desenfocada.
—Pero… Si acabas de llamar no hace ni un par de minutos.
—Lo hice desde la cabina de la esquina.
—Ah…
Tucker se impacientaba al tener que seguir en aquel pasillo
indecente, corriendo el riesgo de que alguien le viese al entrar o salir
de cualquier otro apartamento.
—¿Puedo pasar o tengo que darte una contraseña o algo
parecido?
—¿Qué? —preguntó Meyers.
—Que si necesito alguna contraseña para entrar.
—Oh, no. Perdona —dijo el grandullón, retrocediendo para dejar
pasar a Tucker—. Es que no esperaba que vinieses tan pronto. Me
has cogido con la guardia baja.
Tucker tenía la desagradable certeza de que no hacía falta
mucho esfuerzo para pillar a Meyers con la guardia baja. ¿Cómo
podía alguien tan cuerdo como Clitus Felton involucrarse con un tipo
como aquel?
Entró en el apartamento, pasó junto a Meyers, y penetró en un
sombrío recibidor. La sala de estar medía unos dieciocho metros
cuadrados y contaba con cuatro ventanas, pero tenía un aspecto
miserable. Las paredes, que en alguna ocasión habían sido blancas
y limpias, amarilleaban y se tornaban marrones en los extremos,
como si estuvieran sometidas a un foco de calor constante. Los
muebles, que parecían achicharradas masas informes, eran todos
ellos oscuros, pesados y horribles. Todo parecía demasiado lleno de
cosas. Había de todo: un par de sofás grises, tres butacas de
diferentes estilos, una mesilla de café, mesas rinconeras, lámparas
de pie, lámparas de mesa, un escritorio, una camera, una
televisión… Tucker pensó que el apartamento debía ser amueblado
y que Meyers había añadido una considerable cantidad de objetos y
pertenencias a las suministradas por el propietario.
—¡Siéntate, siéntate! —rogó el hombretón, dirigiéndose hacia las
butacas. Tucker se sentó en uno de los sofás—. ¿Puedo ofrecerte
algo para beber?
—No, gracias —respondió Tucker.
—¿Una cerveza? Tengo escocés, vodka, ron… ¿Te apetece un
Cubalibre?
Meyers no hacía más que frotarse las manos incesantemente.
Las tenía callosas y producía un sonido sibilante.
Tucker se daba cuenta del nerviosismo de Meyers, de su
agitación. Aunque no le apetecía nada tomarse una copa a las once
y media de la mañana, estaba dispuesto a aceptarla si eso iba a
relajar al otro.
—Vodka con hielo. Que sea muy poco.
—Claro —asintió Meyers—. Enseguida te lo traigo. —Salió en
dirección a la cocina, en donde empezó a remover botellas y vasos.
Tucker estudió la habitación con más detenimiento y se dio
cuenta de que el cuarto no solo estaba atestado de muebles, sino
que por todas partes se veían vasos de whisky sucios, periódicos
viejos, cajetillas de tabaco vacías y estrujadas… La gastada
superficie de la moqueta daba la impresión de no haber sido
limpiada desde hacía semanas, tal vez meses. Las mesas
rinconeras, la televisión y las mesitas de café se hallaban cubiertas
por una capa de polvo.
¿Podía Frank Meyers ser un tipo con cerebro, un líder? La idea
resultaba absurda por lo que a Tucker respectaba. ¿Cómo podía
aquel hombre concebir, planear y ejecutar una intrincada operación,
cuando ni siquiera era capaz de limpiar su sala de estar? ¿Qué
pasaba con Clitus Felton? ¿Por qué trabajaba con un tipo así? ¿Tal
vez el viejo había conocido a Meyers hacía años, cuando era un tipo
de persona diferente al que aparentaba ser en la actualidad?
Meyers regresó de la cocina y ofreció la bebida a Tucker,
llevándose la suya hasta una de las butacas, en la que se sentó,
sujetando el vaso con ambas manos.
Por primera vez, Tucker vio que aquel hombre reflejaba
exactamente el descuidado estado de su apartamento. Llevaba los
pantalones sin planchar y su camisa era un amasijo de arrugas. No
se había afeitado en un par de días y una rala barba rubia
empezaba a sombrearle el rostro.
—No eres como me imaginaba —dijo Meyers.
—¿Cómo?
—Creía que eras mayor.
—Tengo veintinueve —respondió Tucker.
—Eso es ser tremendamente joven —aseguró Meyers que, a
continuación, dio un trago a su whisky y observó a Tucker por
encima del borde del vaso.
Tenía los ojos grandes y ligeramente enrojecidos.
—¿Y tú?
—Cuarenta y uno.
—No me llevas tanto.
—¿Cuánto hace que estás en el negocio?
—Unos tres años y medio —le respondió Tucker.
—Hice mi primer trabajo hace más de veinte años —dijo Meyers,
con un deje de nostalgia, como un deportista de instituto recordando
su mejor partido y deseando revivir tiempos pasados.
Eso era una mala señal. Cuando un hombre empieza a añorar el
pasado es que algo no marcha bien en el presente. Y cuando un
ladrón suspira por el pasado también significa que espera ser
atrapado por la policía en un futuro próximo. Todo ello daba a
entender que había perdido la fe en sí mismo y que no podían
confiar plenamente en él.
Tucker supo que tenía que levantarse y salir de allí. Sabía que
Meyers significaba problemas. Pero necesitaba el dinero… Ya había
gastado la parte que le correspondía del golpe que habían dado,
apropiándose de unos cobros de la Mafia, hacía solo tres meses, a
pesar de que se trataba de una cantidad considerable. Vivía muy
bien, y quería seguir haciéndolo; deseaba seguir en el apartamento
de Park Avenue, con la artesanía, con todo…
Últimamente le habían ofrecido un par de trabajos, pero los
había rechazado porque no respondían a uno u otro de los tres
criterios en los que Tucker creía para llevar a cabo un robo. El
primero era no robar nunca a individuos, sino a instituciones:
compañías aseguradoras, bancos, grandes almacenes, y a la Mafia,
aunque solo por una vez. En segundo lugar, solo trabajaba en caso
de ser reconocido como jefe único, cuando los planes de la
operación eran realizados bajo su atenta y personal supervisión.
Finalmente, el trabajo debía caerle bien, por decirlo de alguna
forma, tenía que tocarle un resorte especial que, por muy
indescifrable e indefinible que fuera, nunca le había fallado. Había
rechazado muchas propuestas que después habían sido llevadas a
cabo por otra gente. Pasó por alto estupendas oportunidades. Sin
embargo, la precaución y sus tres criterios le habían mantenido
alejado de la cárcel.
—Quiero decirte algo más sobre ti —anunció Meyers, que
todavía le observaba por encima del borde del vaso.
Tucker aguardó el comentario.
—No aparentas lo que eres.
Tucker continuó sin despegar los labios.
—¿Qué aspecto tengo yo? —preguntó Meyers, para después
responderse a sí mismo—: Solo músculos. Parezco un matón
barato. Pues así es como empecé en este negocio y nunca cambié
de imagen. —Apuró el contenido del vaso, que depositó sobre la
mesita de café—. De todos aquellos con los que he trabajado…
podía afirmarse que estaban en el negocio. Lo llevaban marcado.
Pero tú pareces un joven ejecutivo de altos vuelos.
—Gracias —respondió Tucker.
—No quería ofenderte.
—No lo has hecho.
—Solo quería decir que no tienes aspecto de matón, y eso está
bien. Es un tanto a favor en este negocio nuestro.
—Es que no soy un matón —explicó Tucker—. Soy un ladrón.
—Es lo mismo —aseguró Meyers, aunque para Tucker no era
así—. Con tu aspecto, tan cuidado, podrías ser una fachada
estupenda para cualquier operación.
Tucker sostenía el vaso de vodka, aunque no había bebido casi
nada de su contenido. Era demasiado temprano para empezar a
beber. Además, tras estudiar a Frank Meyers y su apartamento,
Tucker se preguntaba por el grado de limpieza del vaso, que
finalmente depositó sobre la mesita.
—Hablando de operaciones, ¿qué hay de la tuya?
—Todavía no te conozco demasiado —dijo el hombretón,
moviéndose nerviosamente en la butaca.
—¿Qué necesitas saber?
—Clitus te recomendó. Creo que eso debería ser suficiente…
¿En qué has trabajado y con quién?
Tucker apoyó de mala gana la espalda sobre el hediondo sofá.
No quería quedarse en aquel lugar más tiempo del necesario, pues
el desorden y la suciedad le sacaban de quicio. Sin embargo,
Meyers empezaba, solo empezaba a parecer un hombre despierto.
Tal vez era mejor de lo que le había parecido. Después de todo,
aquel trabajo le reportaría buenos beneficios.
—¿Has oído hablar alguna vez del golpe del camión blindado de
Boston, hace un par de años? Aquel camión de la Allied Transport
reventó con un botín de seiscientos mil. Cuatro hombres llevaron a
cabo el trabajo.
—Me suena. ¿Fuiste tú? —preguntó Meyers interesado,
echándose hacia delante.
Tucker le explicó cómo había sucedido y con quién habían
trabajado. Lo contó sin añadirle nada, tal y cómo había sucedido. No
necesitaba dorar la píldora, ya que había sido un golpe perfecto,
planeado con inteligencia desde el principio. Lo cierto es que no
había manera de mejorar el relato aunque se lo hubiera propuesto.
—Ahora te toca a ti —pidió Tucker, cuando terminó de hablar
sobre sí mismo.
Tanto si los había planeado él como si no, lo cierto es que Frank
Meyers había participado en buenos asuntos a lo largo de su
carrera, y había trabajado con buenos elementos. En la actualidad
no daba la impresión de ser un fuera de serie, pero por lo que
explicaba, lo había sido.
Fue tan directo y breve en sus explicaciones como lo había sido
Tucker. Su récord no era tan ostentoso como el del joven, pero tenía
un historial sólido e impresionante.
—¿Hay algo más que quieras saber acerca de mí? —preguntó
Meyers.
—Sí. ¿Cuál es el trabajo que estás preparando ahora?
—No te gustan los preámbulos, ¿eh? —dijo Meyers sonriendo.
—No.
El hombretón sorbió el agua de los cubitos de su vaso de whisky
y se puso en marcha.
—Vamos a la cocina, así podremos hablar mejor de nuestros
planes.
La cocina era pequeña y tenía el mismo aspecto descuidado que
la sala de estar. El fregadero estaba lleno de platos sucios. El cubo
de la basura rebosaba servilletas de papel usadas, envases de
cartón vacíos y latas de comida abiertas que mostraban restos de
los alimentos que una vez contuvieron. El gastado linóleo del suelo
estaba sucio y recubierto de una fina capa de mugre acumulada día
a día.
Una cucaracha se estaba dando un banquete a base de migas
de pan junto a la nevera y, al escuchar pasos, buscó refugio debajo
del horno.
—Nos pondremos en la mesa —dijo Meyers.
Lo siguiente que hizo fue apartar de su superficie un plato sucio
y los cubiertos del desayuno, o tal vez de la cena de la noche
anterior, y pasó una de sus manazas por encima, satisfecho de que
no hubiera nada pegajoso o húmedo que impidiera el movimiento.
—Clitus me explicó que se trataba de un banco —dijo Tucker,
que permanecía de pie a un extremo de la mesa, sin querer
sentarse.
—Eso es —carraspeó Meyers—. Y está chupado.
—No me gustan los asuntos en los que hay bancos de por medio
—respondió Tucker—. Demasiado arriesgados. Tienes que
habértelas con modernos sistemas de alarma, circuitos cerrados de
televisión, cajeros con ansias de heroicidad, jefes asustados,
guardias, vías de escape limitadas…
—Se trata de algo diferente —aseguró Meyers, haciéndose eco
de las palabras de Clitus Felton.
Fue hasta la panera que reposaba sobre el armario cercano al
fregadero y sacó un papel grande y doblado de debajo de una
bandeja de rollos de primavera.
—Cuando veas el plan, te gustará.
Tucker pensó que, cuando se enterase del plan, todavía tendría
más ganas de reírse en la cara de Frank Meyers y de salir de allí de
una condenada vez.
Pero no tenía nada que perder si se quedaba a escuchar el plan
de Meyers. Después de todo, puede que tuviera algo bueno que
decir. La mirada distraída había desaparecido de sus ojos azules.
Parecía estar más despierto, menos nervioso y más inclinado a
actuar y pensar con sentido común. Todavía conservaba aquel aire
desmañado y un cierto olor agrio, pero ya no tenía aspecto, de
formar parte de aquella pocilga de apartamento. Resultaba obvio
que el pensar en el golpe del banco le había dado energías. De todo
aquello podía resultar algo que valiese la pena, o quizás nada.
Meyers desplegó el papel encima de la mesa de la cocina y
retrocedió a fin de que Tucker pudiera gozar de una perspectiva
amplia del asunto. Se trataba del diagrama de una gran edificación,
realizado con suma destreza. El plano tenía un metro veinte de lado
y la escala era de un centímetro por cada treinta metros. La
reproducción era excelente, e incluía muchos nombres y
descripciones en taquigrafía.
—¿Es el banco? —preguntó Tucker, impresionado por lo
detallado del mapa. Se inclinó algo más a fin de desentrañar el
significado de las anotaciones.
—No —respondió Meyers—. Es el mapa completo de un
pequeño centro comercial cercano a Santa Mónica. Diecinueve
tiendas, todas bajo un mismo techo.
—Diecinueve tiendas —repitió Tucker, sin creérselo—.
Diecinueve tiendas… y un banco.
—Eso es.
—Y tú quieres dar un golpe en un banco situado en el centro de
un maldito centro comercial —dijo Tucker, incrédulo—. ¿No es así?
Apartó la mirada del diagrama para depositarla, cargada de
dureza, sobre Meyers. Pensó que aquel tipo debía estar de broma.
Lo cierto es que hablaba en serio y en su rostro se dibujaba una
sonrisa tímida pero sincera.
—Quiero dar el golpe en el banco, naturalmente. Pero también
me gustaría echar mano a un par o tres de las mejores tiendas del
lugar.
Tucker siguió con la mirada fija en Meyers.
—Tiendas —repitió Meyers—. Joyas, pieles, antigüedades…
—Ya te he entendido la primera vez.
—¿Te importa mucho la logística? —preguntó Meyers.
—¿Y a ti?
—No.
—Pues debería importarte.
—Si te fijas en el plano con más atención —dijo Meyers—, verás
que tan solo existen cuatro entradas para penetrar en la zona
comercial. —Levantó cuatro gruesos dedos, como si Tucker tuviera
necesidad de dicho refuerzo visual—. Podemos hacernos con el
control de todas las puertas y limpiar todo lo que valga la pena.
Se rio ante la expresión que vio reflejada en el rostro de Tucker.
—Parece cosa de locos, ¿a que sí?
—Desde luego —respondió Tucker alejándose de la mesa—. Y
no esperes contar conmigo.
Meyers dejó de sonreír.
—Espera un momento —pidió, al tiempo que posaba una de sus
manazas sobre el hombro de Tucker—. Puede hacerse; no hay
peligro alguno. Es lo más fácil que se me ha puesto por delante.
Tucker hizo una mueca y se encogió de hombros.
Meyers captó la indirecta y apartó la mano.
—Mira —empezó a decir Tucker—, aunque te hicieras con el
control de las cuatro entradas del centro comercial, ¿qué harías con
todos los clientes? Ese lugar debe de estar lleno de gente a todas
horas y durante toda la semana. Gente yendo arriba y abajo, de
aquí para allá…
—Me doy perfecta cuenta de ello.
—Me alegro de oírlo.
La ronca voz de Meyers delataba una cierta ansiedad.
—Créeme, lo tengo todo calculado. No soy ningún aficionado.
Toda esa gente no supondrá ninguna molestia.
Tucker le ignoró, puesto que estaba plenamente convencido de
que cualquier cosa que Meyers hubiera «calculado» estaría llena de
interrogantes.
—¿Y qué vas a hacer con los teléfonos?
—¿Los teléfonos?
—En un centro comercial de esa magnitud debe de haber un
centenar o más de teléfonos públicos y privados. ¿Serás capaz de
inutilizarlos todos antes de que a alguien se le ocurra avisar a la
policía?
—Los teléfonos no son ninguna preocupación —aseguró
Meyers.
Volvió a sonreír, aunque con una expresión dudosa en el rostro.
Daba la sensación de ser un perrazo grandote en busca de afecto,
aprobación y felicitaciones, aunque en sus ojos se reflejaba una
desesperación genuinamente humana.
—Además —continuó Tucker—, necesitarás todo un ejército
para mantenerte allí, eso si has conseguido hacerte con el lugar.
—Solo cuatro o cinco hombres —respondió Meyers, con
impaciencia.
—¿Es eso cierto? —preguntó Tucker, volviéndose desde la
puerta de la cocina.
—Espera un instante —pidió Meyers—. No soy ningún estúpido.
Sé de lo que estoy hablando.
La rabia que mostraba era fingida. Tan solo deseaba detener a
Tucker, conseguir que le escuchara unos instantes. Alcanzó a
Tucker en el interior de la atestada sala de estar y le agarró por el
brazo.
—No vamos a dar el maldito golpe en horas de atención al
público. No he dicho algo así.
Tucker suspiró y se zafó de la mano del hombretón, ajustándose
la americana.
—Sigue sin gustarme. Sería el doble de difícil que dar un golpe
normal fuera de horas. Tienes dos alarmas con las que enfrentarte,
la del centro comercial y la del banco.
Meyers agitó la pesada cabezota y sus cortos cabellos brillaron
como púas metálicas.
—No hay alarmas.
—¿Un banco sin alarmas?
—Regresemos a la cocina —pidió Meyers, casi implorante. Su
desesperación, proviniese de donde proviniese, se iba acrecentando
con el paso del tiempo—. Mira el diagrama y escúchame con
atención. No te llevará mucho tiempo. Pero… en estos momentos
todavía no sabes qué es lo que guardo en la manga.
—Y no quiero saberlo —apostilló Tucker.
—¡Pero si Felton trabaja conmigo! —arguyó Meyers.
Su voz susurrante contenía ahora un cierto acento de orgullo,
una cierta dignidad que no estaba a tono con su descuidada
apariencia.
—No soy ningún perdedor. He estado en este negocio durante
toda mi vida y con bastante éxito.
Tucker reposó la mirada sobre las sucias paredes, la moqueta
sin limpiar y el desvencijado mobiliario.
—Si tanto éxito has tenido, ¿qué haces en un lugar como este?
Meyers siguió la mirada del joven y pareció que era la primera
vez que veía el apartamento. Tosió, se pasó ambas manos por el
rostro, como si desease deshacerse del insustancial pero
desconcertante rastro de una pesadilla.
—He tenido una debilidad.
—¿Cuál?
—Las mujeres.
—Eso no es ninguna debilidad.
—En mi caso sí lo ha sido.
Meyers se llevó la mano derecha al cuello y, con los dedos,
buscó y palpó una serie de vagas y pálidas cicatrices que Tucker vio
por primera vez. Alguien le había saltado al cuello y se lo había
rebanado con un cuchillo. En esos instantes, Meyers sintió de nuevo
abrirse la carne bajo la hoja de metal.
—Salí adelante, participé en unos cuantos buenos asuntos, me
hice con una reputación, e imaginé que ya no tendría problemas…
Entonces me lie con una mujer, que se lo llevó todo. Ya sabes cómo
es eso. Las mujeres son parásitos.
—Tal vez lo sean las tuyas —respondió Tucker—. En mi caso no
es así.
—Entonces es que tienes una jodida buena suerte —sentenció
Meyers—. Para mí siempre han sido parásitos.
Había un tinte falso en su voz, una cierta falta de convicción. No
tenía aspecto de ser un misógino, ni tampoco alguien que dejase
que nadie, hombre o mujer, le quitara su dinero.
—Mira, no estamos aquí para hablar de mujeres. Volvamos a la
cocina. Dame diez minutos y te lo explicaré todo. Estoy seguro de
que querrás participar en cuanto te enteres del asunto.
—Ya estoy enterado —dijo Tucker con amargura—. Es un
trabajo en un banco, con altos riesgos. No estoy tan desesperado
por el dinero.
—Seguro que sí —le contradijo Meyers, y soltó una risita—. Si
no lo estuvieras, hace tiempo que te habrías ido. Eres pequeño,
pero no hubieras permitido que te detuviera tan fácilmente, a menos
que desearas que lo hiciera. Me hubieses enviado a la mierda y te
habrías largado. No… La verdad es que deseas que te explique
todo el plan, pero estás tratando de jugar para saber más cosas
acerca de mí.
Tucker sonrió. Meyers tenía toda la razón y el que se hubiera
dado cuenta de la situación era algo que le honraba. Tal vez fuera
mejor tipo de lo que aparentaba.
—¿Diez minutos?
—De acuerdo —concedió Tucker.
—Vamos a la cocina y volvamos a echar una mirada al diagrama
—apostilló Meyers, iniciando la marcha.
Quince minutos más tarde, Meyers golpeaba la superficie de la
mesa de la cocina con el puño cerrado.
—Ese es el plan, con todos los detalles. Chupado. ¿Qué te
parece?
—Es muy inteligente —admitió Tucker, que seguía concentrado
sobre la planta del Oceanview Plaza, el centro comercial—. Pero le
veo unos cuantos inconvenientes.
La ansiedad volvió a abrirse camino en la voz de Meyers.
—¿Inconvenientes?
—No pareces haber contado con las armas —dijo Tucker—.
¿Dispones de alguna?
—No necesitaremos nada del otro mundo —afirmó Meyers,
frotándose las manos como si las tuviese bajo un grifo de agua
caliente—. Cada uno de los participantes puede llevar la suya.
—No estoy de acuerdo con eso —replicó Tucker—. En los
preliminares de la operación tendrás que habértelas con dos
guardias profesionales, seguramente ex polizontes, y tendrás que
reducirles rápidamente. Uno de ellos será el clásico héroe. Pero lo
cierto es que se convertirá en una amenaza menor si se enfrenta a
un arma que le intimide. Cuanto más grandes y feas son las armas,
menos problemas surgen con la gente que está al otro extremo del
cañón. Es solo psicología aplicada.
Meyers continuó frotándose las manos con jabón invisible.
—Pero no podremos esconder ametralladoras bajo las
chaquetas.
—No tienen por qué ser ametralladoras.
—Entonces, ¿qué?
—Deja que yo me ocupe de eso. Tengo un buen contacto y
encontraré algo adecuado.
Meyers se pasó la lengua por los labios.
—No esperaba financiar la operación.
—Yo me encargaré de las armas —afirmó Tucker.
—¿Quiere eso decir que te interesa?
Tucker contempló el diagrama durante un rato y admiró el trabajo
desarrollado por Meyers. Después paseó la mirada por la cocina,
desde los platos sucios del fregadero hasta el par de cucarachas
que habían aparecido en la otra esquina, desafiando la presencia
humana.
—Me interesa… pero solo si es mi trabajo.
—Es tuyo —dijo Meyers.
—No sé si me has entendido —empezó a decir Tucker, mientras
enrollaba el diagrama del centro comercial—. Yo tomaré todas las
decisiones a partir de ahora.
Meyers asintió con rapidez. Fue hasta el fregadero, se dio la
vuelta, se apoyó contra el escurridor y, acto seguido, caminó
nerviosamente de vuelta hacia la mesa, mientras Tucker terminaba
de plegar el plano. Meyers volvió a frotarse las manos.
—Clitus me explicó tu forma de trabajar. Tú siempre mandas en
los trabajos en los que participas. Muy bien, de acuerdo.
—Así estarán las cosas claras entre nosotros desde el principio.
—No me preocupa —dijo Meyers—. Tienes una buena
reputación y confío en ti. Lo único que de verdad cuenta es reunir un
grupo y llevar a cabo el trabajo.
Meyers se iba agitando cada vez más, llegando a estar como
estaba en un principio cuando Tucker llegó al apartamento. Se
moría por llevar a cabo el trabajo y acabarlo lo antes posible.
Aparentemente necesitaba el dinero más que Tucker. Sin embargo,
daba la impresión de quererlo para algo más esencial que comida,
un apartamento nuevo o una nueva mujer.
—¿Cuál será tu parte?
—Un tercio —informó Tucker.
Meyers hizo una mueca, se dio la vuelta, volvió a mirar a Tucker,
y no dejó de frotarse las manos.
—Eh, eso es mucho.
—Es lo mismo que tú te llevarás.
Tucker le devolvió el plano, sobre todo para que dejase de
frotarse las manos.
—Solo necesitaremos uno más para llevar a cabo el plan, y
dividiremos el botín en tres partes. Partes iguales para todo el
mundo.
—¿Un hombre más?
—Alguien que reviente la caja, o dos cajas, si es necesario —dijo
Tucker.
—Pero no podemos hacer el trabajo con menos de cuatro o
cinco hombres —insistió Meyers.
Tucker sonrió.
—Tú fíjate.
3
EL negocio de Imrie no tenía el aspecto de ser una tienda de venta
ilegal de armas. Se trataba de un edificio de ladrillo de tres pisos en
una tranquila calle de clase media baja, en Queens. Aunque algo
viejo y sucio, era también sólido y poseedor de una cierta dignidad,
un respetable edificio estilo colonial de principios de siglo.
Compartía la manzana con una tienda de comestibles de barrio, una
farmacia, una tintorería y unos cuantos edificios de apartamentos en
buen estado. Al aire de serenidad que inspiraba, se añadían unos
cuantos olmos grandotes y algo maltrechos que sombreaban parte
de la calle y las aceras. En la puerta de cristal de la sala de
exposiciones de Imrie, situada en el primer piso, se leía en una
inscripción dorada: ANTIGÜEDADES Y MUEBLES USADOS.
El negocio de antigüedades era una fachada que escondía el
mucho más lucrativo negocio de las armas.
Tucker abrió la pesada puerta y penetró en el interior. En la parte
posterior de la tienda sonó un timbre, semejante a la llamada de un
pájaro de la selva, cuyo sonido quedó amortiguado por la jungla de
sillas de respaldo de caña, mesas, lámparas bajas, aparadores,
gramófonos, fregaderos y montones de otros artículos con y sin
valor, que Imrie había ido acumulando.
Las sombras, los rincones oscuros, el polvo, y unas cuantas
lámparas sin pantalla contribuían a crear el ambiente general. Imrie
se sentaba en una vieja silla de brocado marrón, situada en una de
las escasas zonas iluminadas, justo al otro lado de la puerta.
—Siento haber tardado tanto —se disculpó Tucker—. Me ha
costado encontrar un taxi y el tráfico estaba fatal.
—Siempre lo está —respondió Imrie, con un gemido que
denotaba auténtica angustia física.
Solo medía uno sesenta y cinco, pero pesaba más de noventa
kilos. Su constitución, su rostro de piel fina, astuto y taimado, y la
franja de crespo cabello gris que rodeaba su calva cabeza, le daban
el aspecto de un vicioso monje medieval. Apartó la vista de la novela
pornográfica que leía y se ajustó los amplios pantalones, que
tendían a caer por debajo de su vientre. Había comido galletas y
tenía restos sobre la camisa. Observó con desagrado su estado
general y se sacudió las migas.
—Estoy contigo en un momento, Tucker.
Cerró la puerta de la calle y colocó el cartel de CERRADO.
—¿Qué tal te ha ido? —preguntó Tucker.
—No muy bien —respondió Imrie mientras bajaba la persiana de
la puerta delantera—. He tenido problemas de estómago.
Se dio la vuelta y se palmeó el vientre.
—Es a causa de este negocio. Todo el mundo acaba con
úlceras. Demasiados problemas.
Dejó reposar las manos sobre el estómago como para
asegurarse de que todavía permanecía allí.
—No hace mucho tiempo —empezó a decir tristemente— que un
hombre como yo podía hacer su trabajo sin ser molestado, sabía
qué lugar ocupaba en el mundo. —Se trataba del tema de
conversación favorito de Imrie o, más bien, de monólogo—. En la
actualidad, tienes que preocuparte de los capullos antiarmas, de los
liberales blandos, de los fanáticos de la paz, de todo ese revoltillo de
chicos pacifistas… Dios Santo, hacen que me sienta como si fuera
un criminal.
Si se quería hacer negocios con Imrie se estaba obligado a
pasar un cierto tiempo escuchando sus quejas. Tucker trató de
parecer comprensivo, y dijo:
—Ya veo qué es lo que te arruina las digestiones.
—Para acabar con el tema —dijo Imrie mientras se acariciaba el
estómago, como consolándolo—, doy gracias a Dios por la mayoría
de americanos decentes que comprenden que debemos tener
armas a fin de mantener libre a este país. Si no tuviéramos armas,
¿cómo podríamos mantener a raya a los comunistas? La mayoría
de la gente reconoce que no hay nada sucio ni diabólico en un
tratante de armas. Mira, no soy ningún degenerado. La mayoría
sabe que tal clase de comerciante no es peor que el vendedor de
coches de su concesionario Ford o que el amistoso simpático del
vecindario.
Eructó de nuevo y se llevó la mano a los labios.
—Y bien, Tucker, ¿qué puedo hacer por ti?
—Quiero tres armas. Algo lo suficientemente feo como para
aterrorizar al ciudadano medio. Algo que pueda intimidar a un
hombre y evitar que haga locuras.
—Ya veo —respondió Imrie, con una sonrisa—. Sé exactamente
lo que quieres. Puedo conseguirlo.
—Estaba seguro de ello —afirmó Tucker.
Se dirigieron hacia la parte trasera de la tienda caminando por un
estrecho pasillo lleno de armarios, rinconeras, librerías, biombos
chinos, y todo tipo de muebles, todos ellos apilados unos sobre
otros, y dotados de puertas y cristaleras perfectamente
conservadas. Cuando llegaron a la parte posterior de la habitación,
pasaron a través de una raída cortina amarilla, subieron al segundo
piso, en donde vivía Imrie, por una escalera escasamente iluminada,
y siguieron hasta el tercero, que era donde el gordo guardaba las
armas.
—No podré entregártelas hoy mismo, si es que contabas con ello
—informó Imrie al terminar de subir las escaleras—. Los acabados
no están listos.
—No voy a necesitarlas hoy —dijo Tucker.
En el tercer piso, al igual que en el primero, los tabiques habían
desaparecido para conformar una enorme habitación. Pero mientras
que el primer piso contenía muebles viejos, curiosidades y
antigüedades, este albergaba una mercancía mortífera: más de dos
mil rifles, escopetas, pistolas, ametralladoras, metralletas. Todas
esas armas estaban colgadas en la pared sobre tableros de clavijas,
amontonadas en estanterías metálicas y de madera, apoyadas
sobre mostradores, colocadas cuidadosamente en el interior de
estuches de coleccionista forrados de terciopelo, o bien envueltas
en bolsas de papel. La habitación contenía también maquinaria para
trabajar el metal, tornos, y una pequeña forja con un alimentador de
gas y varias cazuelas en las que se podía fundir y dar forma a los
metales.
A pesar del desorden reinante no había polvo, como sucedía en
el primer piso, y todos los rincones estaban iluminados. La
atmósfera estaba bien ventilada, algo que no ocurría en el piso
inferior. Resultaba obvio que el corazón de Imrie permanecería en la
parte superior del edificio incluso en el caso improbable de que el
negocio de las antigüedades llegase a ser más provechoso que la
venta de armas.
—He creído entender que no te interesaban las ametralladoras
—dijo Imrie—. De ser así lo habrías dicho.
—Algo feo y que dé impresión… pero que no abulte mucho —
pidió Tucker, midiendo un arma imaginaria con sus delgadas manos.
—¿Tres?
—Eso es.
El gordo se rascó la reluciente calva, se tocó la franja de pelo
gris, frunció y desfrunció los labios y sonrió como si hallara una
súbita inspiración.
—Dame un par de minutos.
Empezó a revolver entre su desordenada colección y, cinco
minutos después, llamó a Tucker para que se acercara a la mesa
principal de trabajo.
—Aquí tienes lo que puedo ofrecerte —informó, colocando
cuidadosamente tres pistolas sobre la superficie de la mesa.
Se trataba de tres pesadas pistolas automáticas negras, dotadas
de culata retráctil metálica que podía ser desplegada para
transformarlas en subfusibles ametralladores de una cierta
categoría. Por el momento, las culatas retractiles estaban plegadas
sobre los cañones, no obstante las pistolas tenían un aspecto
imponente y mortífero.
—Estas serán perfectas —dijo Tucker, y levantó una para
comprobar el peso sobre la palma de su mano—. Nunca había visto
nada parecido.
—Son Skorpion, de fabricación checoslovaca —informó Imrie,
con un cierto deje de cariño en la voz.
—¿De la Segunda Guerra Mundial?
—Así es.
—Parecen treinta y ocho —aventuró Tucker.
—No. Solo son del calibre treinta y dos —replicó Imrie, y cogió
una de las otras—. Pero puedes creerme, no es un arma de mujer.
Causa más daño que cualquier otra treinta y dos jamás fabricada.
Tucker giró la pistola entre sus manos con tanto cuidado como si
se tratase de una serpiente extremadamente venenosa, y la
examinó atentamente. Era pesada, bien definida, de numerosos
planos; poseía un aspecto maligno e incluso alienígena, como de
algo salido de la delirante portada de una vieja revista de ciencia
ficción.
Aunque inanimada, irradiaba una helada malevolencia animal,
una amenaza que resultaba excitante y tangible a la vez. Dado que
Tucker era un hombre básicamente no violento que operaba en un
mundo de violencia, era capaz de valorar el arma desde el punto de
vista del criminal y de la víctima. Desde cualquiera de ambas
perspectivas, la Skorpion pasaba satisfactoriamente el examen.
—Es un buen trabajo —afirmó Imrie.
—Sí.
—Estaban orgullosos del resultado de su trabajo.
Tucker sostuvo en alto la pistola observándola desde el cañón
hasta la culata retráctil.
—Imponente. Pero ¿es precisa?
—Cuando se utiliza como pistola, resulta tan precisa como
cualquier otra que hayas manejado. Al menos así será cuando haya
acabado con ellas.
—¿Y como subfusil ametrallador?
—Entonces solo conserva la mitad de su precisión. Pero cuando
utilizas un subfusil ametrallador no necesitas tanta precisión como al
usar una pistola. ¿No es cierto?
—Así es.
—Si necesitas utilizarla, lo más seguro es que lo hagas como
pistola —dijo Imrie.
—¿Vas a trabajar mucho en ellas?
Imrie miró las tres pistolas y las herramientas que descansaban
sobre la mesa de trabajo y se pasó la lengua por los dientes
mientras pensaba la respuesta.
—Bueno… Creo que podré tenerlas listas el lunes al mediodía.
¿Te va bien?
—Estupendo —respondió Tucker—. ¿Y la munición?
—Ya la tengo —aseguró Imrie—. Es material de fabricación
propia; empaquetado a mano y garantizado.
Tucker depositó sobre la mesa la pistola que había examinado.
—¿Cuánto quieres por ellas?
—Ten en cuenta —empezó Imrie—, que tendré que trabajar
bastante para dejarlas a punto. Y además…
—¿Cuánto?
—No te olvides de que ninguna de estas piezas tiene historia.
Están tan limpias como el culito de un bebé. Si te pillan haciendo el
trabajo no tendrás que preocuparte por si tal vez llevas un arma
empleada para dar un gran golpe, en un asesinato, o en algo por el
estilo.
Tucker sonrió.
—¿Cuánto, Imrie?
Imrie se lo dijo.
—Es demasiado.
Regatearon el precio durante unos minutos, intercambiaron
historias sobre la carestía de la vida y, finalmente, llegaron a un
acuerdo. Mil dólares por las pistolas y la munición.
—El lunes, cuando vuelvas —dijo Imrie—, bajaremos al sótano y
podrás probar una de las Skorpion en la galería de tiro.
Tucker frunció el entrecejo.
—¿Es que no funcionan del mismo modo que cualquier otra
arma automática?
—Exactamente igual —afirmó Imrie—. Pero nunca está de más
conocer un arma y lo que puede llegar a hacerse con ella.
—¿Incluso cuando no esperas tener que utilizarla?
—Sobre todo en ese caso —sentenció Imrie.
Tucker pensó en el Oceanview Plaza, en lo curioso de los
agitados movimientos de Frank Meyers, y asintió.
—Creo que tienes toda la razón.
4
AQUELLA misma tarde, a las tres y media, Tucker estaba de nuevo
en la planta baja del Hotel Americana depositando monedas en el
teléfono hasta que la operadora se dio por satisfecha. Al otro
extremo de la línea sonó otro teléfono, y Clitus Felton respondió a la
llamada.
—Soy Mike —dijo Tucker—. ¿Estás ocupado?
—Sí, bastante —contestó Felton.
Tucker le dio el número desde donde llamaba y colgó.
El pasillo del hotel permanecía desierto. A lo lejos se oía el
tintineo de platos y cubiertos, y había voces que se elevaban por
encima del rumor general provenientes de la cafetería que había al
doblar la esquina del pasillo. El suelo acababa de ser fregado y el
corredor olía a pino y detergente, pero no se veía por ninguna parte
al personal de la limpieza.
Cada uno de los cinco minutos siguientes le parecieron largos
como una hora, en parte porque a Tucker le preocupaba el tener
que hablar con Clitus en presencia de compañías no deseadas y, en
parte, porque empezaba a preguntarse si no habría cometido un
grave error al involucrarse en aquella operación. Todo parecía un
poco demasiado atrevido, demasiado complejo. Siguió pensando en
Frank Meyers, la forma en que este vivía, cómo vestía, la
desesperación que se reflejaba en sus claros ojos azules…
Sacó un tubo de caramelos del bolsillo de la chaqueta, desgarró
el envoltorio por uno de los extremos y se llevó a la boca uno con
sabor a lima.
Finalmente, sonó el teléfono.
—¿Clitus?
—¿Vas a unirte a Frank Meyers, verdad? —preguntó Felton, en
tono jubiloso.
—Así es.
—Lo sabía —aseguró el anciano—. Es un gran tipo, un
profesional.
Tucker empujó el caramelo a un lado de la boca con ayuda de la
lengua.
—Puede que lo fuese en otro tiempo.
—¿Qué? —respondió Felton, sorprendido—. ¿Qué ocurre?
—En primer lugar, vive en un agujero infecto. Tampoco se
preocupa mucho de su aseo personal; tiene casi domesticadas a las
cucarachas. Es desaseado, está cansado y nervioso. Es un hombre
al borde del desastre.
—¿Cómo ha sucedido?
—Dice que dejó que una mujer se llevase todo su dinero y que
ahora está destrozado.
Felton suspiró con un «ah…» hueco que, a través del teléfono,
pareció ser la llamada de un espíritu.
—Les ocurre incluso a los mejores.
—Pues a mí no me parece que sea eso lo que le pasa —afirmó
Tucker, tragando saliva con sabor a lima—. Quiero que indagues
sobre él durante una semana. Contacta con cualquiera que haya
trabajado con él recientemente. Mira a ver si puedes sacar algo en
claro.
—¿Como qué?
—No lo sé —respondió Tucker, deseando poder saberlo—.
Cualquier cosa que pudiera explicar qué le ha conducido a su actual
estado.
Felton se aclaró la garganta.
—Muy bien, Mike… Lo intentaré. Pero es bastante probable que
sea solo una pérdida de tiempo. Si hubiera algo sobre Frank lo
sabría, de hecho lo sé.
El viejo respetaba a Tucker y sabía que era uno de los mejores
en el negocio. Al mismo tiempo, creía conocer a Frank Meyers; si
bien no alcanzaba el nivel de Tucker, lo cierto es que era un hombre
en quien se podía confiar.
—Una cosa más —añadió Tucker, descansando su peso sobre el
otro pie y cambiando el auricular de la mano izquierda a la derecha
—. Voy necesitar a alguien que entienda de cajas fuertes. Me
gustaría poder contar con Edgar Bates. Creo que está en algún
lugar de la ciudad, ¿no es cierto?
—Así es —concedió Felton.
—Consigue sus servicios. Quiero que trabaje conmigo. Concierta
una entrevista para que pueda hablar con él, digamos mañana, en el
Museo de Historia Natural.
—¿A qué hora?
—Pongamos… al mediodía. En la sala en la que tienen todos
esos tótem esquimales.
—¿Y si no le encuentro antes de eso? —preguntó Felton.
—Bueno, ya me daré cuenta cuando no aparezca mañana —dijo
Tucker—. Te volveré a llamar el lunes para ver qué has averiguado
acerca de Meyers. Hasta la vista, Clitus. —Y colgó. Masticó lo que
quedaba del caramelo y se tragó los dulces fragmentos. Sus fosas
nasales se inundaron de un suave aroma a limas.
Tomó un taxi frente al Americana y se mostró tan serio con el
chofer como este lo estuvo con él. A causa del estado del tráfico, los
diez minutos que le separaban de su casa se convirtieron en
veinticinco, por lo que tuvo tiempo para preocuparse sobre Frank
Meyers y consumir tres caramelos más.
Al llegar al edificio que albergaba el apartamento en donde
residía, en Park Avenue, fue saludado por un portero uniformado
que le doblaba la edad.
—Bonito día, ¿verdad, señor?
—Así es, Harold.
—Septiembre y octubre son los únicos meses buenos en esta
ciudad —aseguró el portero.
El sol de principios de octubre arrancaba destellos a los
pequeños botones metálicos del negro uniforme del portero.
Una vez en el interior del edificio, el recepcionista también sintió
deseos de hablar del tiempo. El ascensorista, por su parte, pensaba
que el otoño era su estación del año favorita en Nueva York. Tucker
sonrió, asintió, y estuvo de acuerdo con ambos mientras pensaba en
el Oceanview Plaza…
Entró en su apartamento de nueve habitaciones del décimo piso,
y lo hizo acompañado de los compases del Minueto en sol de
Beethoven, interpretado por la Philadelphia Orchestra con Eugene
Ormandy. La música caía sobre él como un líquido frío. Algunas de
sus preocupaciones sobre Meyers —y el miedo, controlado pero
constante, que siempre le acompañaba mientras adoptaba la
personalidad de Tucker— desaparecieron. Se sintió más cómodo y
más relajado de lo que se había sentido durante el resto de la
jornada.
Sin embargo, todavía no era hora de servirse una copa y
sentarse con Elise. Había algunos detalles… Fue hasta el enorme
armario de la sala de estar y abrió la caja fuerte, dejando en el
interior la cartera que contenía los documentos a nombre de Tucker.
Sacó su propia cartera y se la metió en el bolsillo de la chaqueta,
cerró la redondeada puerta de metal e hizo girar la esfera de la
combinación. Ahora ya podía tomarse una bebida y dedicar su
tiempo a Elise.
La mujer se encontraba en la cocina de tonos blancos, sentada
junto a una gran mesa, bebiendo una copa y leyendo el periódico. Él
colocó sus manos sobre los hombros femeninos, se inclinó y la besó
en el delicado cuello, dejando sus labios reposar sobre aquella piel
lo suficiente como para notar el pulso de la sangre al circular por las
arterias del cuello.
La muchacha levantó la cabeza y su rubio cabello pareció cobrar
vida.
—Espera un momento. Estoy leyendo algo acerca de mí.
—¿Sales en el New York Times?
—Chist —respondió ella, a la vez que se inclinaba más sobre el
diario.
Él se quitó la chaqueta, la colocó sobre otra silla y regresó al
salón principal, dirigiéndose hacia el bar, donde se preparó un vodka
con martini y admiró dos de sus más preciadas pertenencias.
Mientras sus manos trabajaban con las botellas y los cubitos de
hielo, estudió las dos piezas de arte primitivo que tan escuetamente
decoraban la pared color crema que tenía enfrente. Se trataba de un
fragmento de un escudo Edo del siglo V, apenas la mitad de un
óvalo de cobre magníficamente realizado y ribeteado de plata, con
pequeñas incrustaciones de marfil trabajado a mano. El artesano
africano que lo había modelado vivió en la orilla oriental del río
Níger, entre gentes amantes de la paz que fabricaban escudos y
que raramente iban a la guerra. Poseía también una lanza de caza
con un intrincado astil de madera tallada de dos metros setenta y
punta de hierro adornada con marfil; una pieza procedente de la
misma tribu aunque de diferente artesano. Tucker había pagado,
seis meses antes, cuarenta mil dólares por el fragmento de escudo.
En agosto había vendido algunas piezas menores de su colección y
echado mano de los ahorros a fin de reunir los sesenta y cinco mil
que le costó la lanza. Era esta última adquisición la que había
agotado sus recursos y le había obligado a buscar otro trabajo. Pero
no le importaba. La enorme lanza era una pieza de increíble belleza
por la que valía la pena sufrir cualquier insolvencia pasajera.
Además, la lanza y el escudo, así como otras piezas del
apartamento, le ayudaban a mantener su cobertura como
comerciante independiente de artesanía antigua. Y esa cobertura
resultaba esencial. Era algo que satisfacía a Elise y que le servía
para parar los pies a los detectives contratados por su padre. No es
que de sus negocios de arte obtuviera grandes beneficios, lo cierto
es que no sacaba lo suficiente como para llevar el estilo de vida que
le gustaba, pero eso era algo que los hombres de su padre tan solo
podrían averiguar si accedían a los informes de Hacienda.
—Ahora ya puedes venir y besarme —le llamó Elise desde la
cocina.
Tucker regresó y la besó, la levantó de la silla y la puso en pie
para que pudieran abrazarse. Cuando ella dejó de besarle, Tucker
dijo:
—¿Qué es eso de que sales en el New York Times?
Ella se deshizo del abrazo y cogió el periódico, depositándolo
sobre la mesa de la cocina para que él pudiera leerlo desde donde
se encontraba.
—En las páginas de economía. El artículo sobre publicidad —dijo
ella, con una sonrisa amplia y luminosa.
Tucker se inclinó sobre la mesa, apoyando las manos sobre la
superficie plana, y leyó el breve artículo. Trataba sobre las carreras
de algunas de las más famosas modelos de los anuncios de
televisión, y concedía a Elise la más alta puntuación en cuanto a
belleza, encanto y profesionalidad.
—Con una copia de esto en tu book —dijo Tucker—, podrás
aumentar considerablemente tu tarifa en la próxima campaña.
La muchacha sonrió y se le formaron unos graciosos hoyuelos
en las suaves mejillas, confiriéndole un aire muy diferente al de una
fría y sofisticada actriz.
—Piensas igual que yo: exprimir a esos mamones todo lo
posible.
«Si tú supieras», pensó Tucker, recordando los planes que tenía
con respecto al Oceanview Plaza.
—No te preocupes —dijo—. Tu presencia no tiene precio.
El periodista del New York Times tenía razón en cuanto a su
belleza. Elise era alta y esbelta como una bailarina; medía uno
setenta y cuatro, mientras que Tucker alcanzaba el metro setenta y
siete. Sus piernas eran largas y bien torneadas, la cintura era muy
estrecha, como si llevase corsé, los senos altos, redondeados y
firmes. Una auténtica rubia de ojos verdes, natural, saludable y
provocativa. Tenía el tipo de una modelo de Playboy, lo que le
permitía interpretar tanto papeles de ingenua como de mujer fatal.
Tucker estaba constantemente sorprendido de que quisiera vivir
con él, ya que era el tipo de mujer que normalmente aparece
acompañada por tipos altos y guapos de espaldas tan anchas como
armarios. Aún así, ella había llegado, se había quedado con él, y
ambos se sentían felices en mutua compañía.
Su relación era fresca y honesta en todos los niveles, excepto en
uno. Iban y venían libremente, sin decepciones, mentiras o celos.
No hacían planes con respecto a un futuro en común porque no
querían obligar al otro a aceptar un guión preparado. No poseían al
otro, sino que trataban de merecerlo. Ella pagaba la mitad del
alquiler y de los gastos, y también la mitad de la comida, porque
solo de esa forma permanecería con él. Confiaban el uno en el otro
y se respetaban como iguales. Sin embargo, cuando se trataba de
sus «negocios», Tucker la engañaba.
No es que pensase que ella le rechazaría y le delataría a la
policía al saber que era un ladrón, simplemente, no quería verla
involucrada en sus actividades criminales a fin de evitar que sufriera
las consecuencias.
Apartó el periódico y la rodeó de nuevo con sus brazos. Elise
llevaba un ligero vestido de punto que pareció disolverse entre
ambos.
—El New York Times piensa que eres hermosa —dijo.
—Entonces es que debo de serlo.
—Eres una celebridad.
—¿Impresionado?
—Totalmente.
—¿Quieres un autógrafo?
—En un póster gigante.
Ella le besó en la barbilla.
—¿Alguna vez te has ido a la cama con una celebridad?
—Nunca.
—Ahora tienes la oportunidad —ofreció ella.
—¿Me estás haciendo proposiciones?
—Exactamente.
En el dormitorio principal, ella le desvistió y él le devolvió el favor.
Los botones del vestido de punto se desabrocharon con facilidad. El
liviano tejido parecía deshacerse sobre su cuerpo al caer y
amontonarse a sus pies.
Tucker dijo, con voz suave, casi inaudible:
—Eres hermosa, Elise.
—¿Te crees todo lo que sale en los periódicos? —preguntó la
muchacha.

Más tarde, salieron del dormitorio y fueron a la cocina para preparar


la cena. Tucker preparó los filetes y aliñó la ensalada mientras ella
lavaba y troceaba la lechuga, el apio y las zanahorias. Bebieron vino
barato y terminaron con Tía María y café.
—Me siento un poco aturdida —dijo Elise.
—Yo también.
—Indefensa —añadió la muchacha.
—¿Lo dices de veras?
—Completamente indefensa.
Tucker volvió a llevarla al dormitorio y la ayudó a quitarse el
cómodo albornoz acolchado, y luego se aprovechó. Esta vez duró
más, fue más lento, y resultó más completo para ambos.
Bastante tiempo después, Elise dijo:
—Ah, has recibido una llamada del abogado de tu padre.
Tucker se incorporó sobre un codo y la miró. Elise tenía el rostro
medio envuelto en sombras púrpuras, tan suaves como vapor de
terciopelo, e iluminado a medias por la cálida luz anaranjada de la
lámpara de noche. La oscuridad modelaba su cuerpo y enfatizaba
sutilmente sus líneas perfectas.
—¿Quieres decir que ha llamado Littlefield? —preguntó Tucker.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Sobre la una de la tarde.
Elise estaba tendida de espaldas y tuvo que girarse para mirarle.
Las sombras desaparecieron de su rostro.
—¿Por qué no me lo has dicho antes?
—Sabía que nos estropearía la tarde —respondió Elise—.
Estaba cachonda, como ya debes de haber visto. Y sabía que si te
preocupabas por tu padre o por Littlefield todo iba a estropearse.
Tucker sonrió, tomó uno de sus pechos y lo besó.
—¿Qué quería ese bastardo?
—La verdad es que no lo sé —dijo ella—. Tienes que llamarle.
Ha dejado el número de teléfono de su casa por si le llamabas a
partir de las cinco.
—Que se vaya al infierno —dijo Tucker, volviendo a echarse
sobre la almohada.
Elise se sentó y se mesó el largo cabello rubio, que cayó como
una brillante cortina.
—Será mejor que le llames, Michael. Tal vez le haya sucedido
algo a tu padre. Puede que esté enfermo o herido.
—A menos que se trate de la muerte del viejo chivo —afirmó
Tucker—, no quiero que Littlefield me moleste.
—Eso es muy cruel —concluyó Elise.
Lo era, y le dolía.
—Pero también es cierto.
—Llámale igualmente —pidió ella, al tiempo que se colocaba un
mechón de cabello detrás de la oreja. Sus orejas parecían delicadas
conchas—. Te tendré preparada una copa para cuando acabes de
hablar con él.
Elise se quedó mirándole, esperando su respuesta. El reflejo de
la lámpara de noche ponía el brillo de una estrella en el centro de
cada uno de sus ojos verdes.
—Puede que al final tu padre haya acabado convenciéndose.
Tucker se rio.
—No, en serio. Tal vez esté dispuesto a dejarte tomar posesión
de tu herencia.
—Me extrañaría —contestó Tucker—. El viejo nunca afloja una
vez que se ha decidido. Se vuelve cada vez más firme. La única
forma de recuperar lo que me dejó mi madre es llevarle de juicio en
juicio.
Había un incontrolable acento de amargura en su voz, y sus ojos
oscuros se oscurecieron todavía más cuando pensó en su padre.
—Ya le has llevado dos veces ante los tribunales —dijo Elise—,
y no has conseguido nada.
—Tarde o temprano lo conseguiré —aseguró Tucker—.
Encontraré un juez al que no le impresione ni el nombre ni el dinero
de mi padre. Un juez honrado. Y entonces, los poderosos y caros
abogados del viejo cometerán un error…
La muchacha no respondió.
Tucker la miró y supo qué pensaba en esos momentos. Suspiró.
—Demonios… Siempre existe la posibilidad de que enferme. Y si
enferma lo suficiente tal vez decida que ya es hora de ceder en
algunos puntos.
Se puso en pie y se enfundó en el albornoz de seda azul marino.
—Voy a necesitar esa copa cuando regrese.
—Aquí la tendrás —aseguró Elise.
Tucker se dirigió al pasillo, camino del estudio.
Albert Littlefield, el abogado de más confianza de su padre,
poseía una voz fina y aflautada que siempre lograba irritar a Tucker.
No tenía el matiz de una queja, como hubiese sucedido de
pertenecer a otro hombre, sino que se trataba de algo parecido a la
mofa. Lo cierto es que encajaba con la apariencia magra, protectora
y negativamente aristocrática de Littlefield.
—Me alegro de que llames, Michael. ¿Cómo estás?
Habían ocupado posiciones enfrentadas en suficientes batallas
judiciales como para que Tucker fuera capaz de fingir una cierta
amistad hacia Littlefield. Incluso le resultaba difícil ser mínimamente
educado con él.
—¿Qué es lo que quiere?
—Me gustaría verte mañana —dijo Littlefield.
—¿Para qué?
—Tengo una proposición para ti, Michael. Una oferta muy buena
de parte de tu padre.
—Dígamela ahora.
—¿Por teléfono?
—¿Por qué no?
—Ten en cuenta que es un esfuerzo que hace tu padre para
llegar a un compromiso —le comunicó el abogado—. Creo que lo
mínimo que podrías hacer es venir a mi oficina y oírlo. Además, no
es un asunto que pueda arreglarse por teléfono. Estamos hablando
de términos muy complicados, de grandes sumas de dinero…
—No estoy interesado en compromisos —respondió Tucker—.
Solo quiero lo que es mío, mi herencia. Quiero que el viejo deje de
interferir en los deseos de mi madre.
—¿Has olvidado, Michael, que el último deseo de tu madre fue
que tu padre mantuviese el control sobre tu herencia y la utilizase
junto con su propia y enorme fortuna para incrementar su valor
hasta que llegase el día en que tú…?
A Tucker casi le rechinaron los dientes y, cuando habló, cortando
la perorata de Littlefield, lo hizo con voz tensa.
—Cuando mi madre se moría, cuando ya deliraba, cuando ya no
sabía lo que hacía, él consiguió hacerla firmar ese maldito papel que
le otorgaba la custodia de la herencia. Usted ya sabe que eso no era
lo que ella quería.
Littlefield se percató de que Tucker estaba a punto de colgarle.
—Por favor, Michael, no discutamos. Todo eso ya pasó, no lo
estropeemos más.
Tucker no respondió.
—Ven por aquí y hablemos —pidió Littlefield—. Te gustará lo que
tu padre tiene que proponerte. Debes estar tan cansado de
tribunales como nosotros. Ven y almorzaremos juntos, por favor.
—No me va bien ir a almorzar —fue la respuesta de Tucker.
—¿Entonces te va bien a las tres?
Tucker pensó en ello. Si pudiera hacerse aunque solo fuese con
una fracción de su herencia, sería millonario. Ya no tendría
necesidad de ir a California, ni de preparar el trabajo del Oceanview
Plaza, no debería involucrarse sin remedio con un tipo tan inestable
como Frank Meyers, no correría más riesgos. Dispondría de más
tiempo para dedicarse a sus intereses artísticos. Incluso podría
convertir su actual estatus en ese campo en un negocio viable que
rindiera beneficios. Y, lo que era más importante, tendría más tiempo
para estar con Elise, para preocuparse de su carrera, para ofrecerle
el apoyo y confianza que tantas veces había obtenido de ella…
—A las tres —aceptó, finalmente.
—Estupendo —respondió Littlefield.
—Solo usted y yo.
—¿Cómo dices? —inquirió el abogado.
—La entrevista —aclaró Tucker—. Tendrá lugar únicamente
entre nosotros dos. ¿De acuerdo?
—Bien, claro. Michael…
—No me gustaría nada que de repente apareciese el viejo.
—Solamente nosotros dos —le aseguró Littlefield—. Estoy
seguro de que mañana llegaremos a un acuerdo, a pesar de lo
ocurrido en los últimos años.
—Ya veremos —dijo Tucker, y colgó.
Volvió al pasillo y se detuvo unos minutos frente al escudo y la
lanza Edo, con la esperanza de que su contemplación pudiera
calmarle los nervios, como había sucedido en los meses anteriores.
En esta ocasión, la belleza de los objetos no tuvo ningún efecto
sobre su estado de ánimo. Seguía estando tenso y nervioso incluso
después de tomarse la copa que le había preparado Elise. Tuvo
dificultades para dormir. Pasó la noche de pesadilla en pesadilla y,
en todas ellas aparecía su padre, Frank Meyers, el Oceanview
Plaza, y docenas de policías armados…
5
DESDE que Elise le llevara allí, una tarde de invierno en el mes de
diciembre último, el Museo de Historia Natural se había convertido
en uno de los lugares favoritos de Tucker en Nueva York. Contenía
de todo, desde esqueletos de dinosaurios y secciones de
gigantescos secuoyas, hasta muestras de insectos y roedores; lo
enorme y lo insignificante juntos y amontonados en el interior de un
grandioso y viejo edificio. Una visita al museo proporcionaba un
cúmulo de experiencia y un sentido del tiempo que se convertía en
algo más que un simple estímulo intelectual. Lo cierto es que se
trataba de una experiencia emocional, sobre todo para un hombre
que, como Tucker, apreciaba lo antiguo y primitivo. Paseando por
sus salas y vestíbulos, se sentía siempre impresionado por el hecho
de presenciar millones de años de cambios que, a través del
paradigma de su revelación, probaban el escaso papel
desempeñado por la humanidad en la enorme tarea del universo.
Una hora en aquel lugar hacía que sus problemas parecieran
nimiedades sin importancia.
Este impacto, el hecho de ser consciente de todo ello, se hacía
patente cuando disponía de un momento de tranquilidad para poder
pensar, cuando cesaba el griterío de los grupos de revoltosos
escolares que, como criaturas salvajes, recorrían los empedrados
pasillos y salas. Uno de los lugares idóneos del museo en el que
encontrar tranquilidad era la sala de los tótem esquimales. Aunque
los profesores hacían hincapié en dinosaurios, secuoyas y otras
maravillas, pocos de ellos mencionaban la cultura esquimal a sus
agitados alumnos. Por ello, los niños corrían, gritaban y jugaban al
escondite en otras salas, dejando aquella zona a personas mayores
y más tranquilas.
Como era habitual, la sala estaba sumida en un extraño y
lúgubre silencio, tan solo alterado por el zumbido de un ventilador
eléctrico que reposaba sobre una tarima, junto a una de las puertas,
y que atormentaba a los tótem con oleadas de aire frío. La
iluminación era tenue, como de costumbre, y el techo estaba
envuelto en misteriosas sombras. Uno tras otro se levantaban los
gigantescos tótem, majestuosos, toscos y bellos a la vez, con sus
rostros nudosos mirando hacia el frente, o bien observando a
cualquier hombrecillo que se atreviese a caminar bajo ellos.
Edgar Bates se encontraba en mitad del pasillo principal y
observaba un dios-pájaro de fiero aspecto que, a su vez, parecía
devolverle la mirada.
—Esos malditos críos —dijo a forma de saludo, cuando Tucker
llegó a su altura—, me producen un terrible dolor de cabeza.
—Apenas vienen por aquí —informó Tucker.
Las voces de los chavales, apenas susurros, parecían abrirse
camino por la sala de atmósfera fúnebre.
—Me he tomado cuatro calmantes —dijo Bates—, pero me
siento como si fueran a arrancarme la cabellera.
—¿Qué tal te ha ido?
—Muy bien, hasta que me tropecé con esos críos. Chillan como
llevados por el diablo.
—¿Has trabajado mucho últimamente?
—No puedo quejarme.
—Necesito un revientacajas.
—Aquí estoy para oír lo que tengas que decir —respondió Bates.
Era un hombre macizo, cuatro o cinco centímetros más bajo que
Tucker, y con veinte kilos de más, aunque no por eso estaba gordo.
Con sus hombros redondeados, su ancho pecho y sus cortas y
gruesas piernas, podría haber sido un campesino ruso que pasase
la mayor parte de su vida en el campo.
También su rostro era eslavo, cuadrado y bien definido, coronado
por una densa mata de pelo blanco.
Aunque tenía sesenta años y no era mucho más joven que Clitus
Felton, Edgar estaba todavía lejos de la jubilación. No solo le
gustaba lo que hacía, sino que se definía casi por completo en
términos de su no muy ortodoxa profesión. No tenía esposa ni hijos.
Sus habilidades lo eran todo para él, no solo porque podía obtener
con ellas grandes sumas de dinero, sino porque le daban un valor
como hombre, le hacían ser respetado y apreciado por sus iguales.
Era bueno, el mejor revientacajas que Tucker conocía. Era casi un
artista. Podía reventar, abrir o cortar con ácido una caja, por las
buenas o por las malas, bastante antes que cualquiera de la
profesión. Si trabajaba durante otros veinte años, seguiría siendo el
mejor revientacajas del país.
—Hay un centro comercial en California que ha sido construido
para ser atracado —anunció Tucker.
—¿Un centro comercial?
—Has oído bien.
—¿Un centro comercial? —preguntó de nuevo Bates, arrugando
el rostro.
—Ya sé que parece ridículo, pero no lo es.
—Sigue.
—Se trata de un lugar muy exclusivo —explicó tranquilamente
Tucker, con una voz que resultaba prácticamente inaudible para el
resto de la gran sala de exposición—. No es para gente corriente.
Es como si reunieras veinte de las mejores tiendas de la Quinta
Avenida y las colocases bajo el mismo techo. Allí hay un puñado de
las tiendas de moda más exclusivas: Markwood and Jame,
Sasbury’s… Hay también una peletería, una galería de arte cuyos
precios empiezan a partir de cinco mil dólares, un concesionario de
la Rolls Royce, un sastre de estilo inglés… Y lo mejor de todo, un
banco.
—Ah —dijo Bates, mientras asentía y sonreía, todavía mirando
hacia arriba, al dios-pájaro.
Tucker también contemplaba el maligno semblante de madera.
Desde lejos, parecían estar hablando con el tótem.
—Vamos a dar un golpe en el banco. Pero es probable que la
caja esté abierta.
Bates apartó la vista del tótem y compuso una mueca parecida a
la del rostro del dios-pájaro.
—¿Abierta? ¿Significa eso que el golpe va a ser en horas de
oficina? ¿Para qué me necesitas, entonces?
—El trabajo lo haremos después de que cierren al público —le
aseguró Tucker.
—¿Y la caja seguirá abierta?
—Es lo más probable. Te explicaré el porqué a su debido tiempo.
Lo primero…
—Pero si está abierta —empezó a decir Bates—, ¿para qué me
necesitas?
—Para el caso de que no esté abierta —explicó Tucker—.
También necesitaremos reventar la caja de la joyería de al lado.
—¿Vais a llevaros joyas? —preguntó Bates.
—Piedras sin engastar.
Bates meneó la cabeza en un gesto de desaprobación, se volvió
y miró hacia arriba, en dirección al tótem. Su rostro aparecía
revestido de una cierta dureza y la suavidad eslava había
desaparecido. Los ojos eran una rendija, pesados pero alerta.
—Os vais a llevar mercancía —dijo con sarcasmo—. Tendréis
que hacer peritar ese maldito material. Y ya sabes el riesgo que ello
supone.
—Ya lo sé. Pero…
—Es un riesgo tan alto como el que representa llevarse el
material de la tienda —dijo bruscamente—. ¿Y qué es lo que
puedes sacar de un perista? ¿Un tercio del valor real? Lo cierto es
que, con suerte, conseguirás solo una cuarta parte.
—Puedo sacar un tercio —aseguró Tucker.
—Eso es calderilla.
—Tal vez algo más.
Bates se aclaró la garganta y hubiera escupido contra el suelo de
no haber estado en un museo.
—Siempre es mejor llevarse dinero en efectivo. Solo efectivo.
Nunca mercancía.
—Estoy de acuerdo en eso —concedió Tucker—. Ya has
trabajado antes conmigo y me conoces. Sabes que normalmente
acepto trabajos que me proporcionan efectivo. Pero lo cierto es que
las piedras sin engastar son un material que se puede pulir a través
de un perista. Y las de este golpe pueden valer medio millón. Tal vez
saquemos doscientos mil cuando las hayamos vendido. Me
sorprendería que consiguiéramos más de cien mil por lo del banco.
—¿Medio millón en piedras sin tallar en la caja fuerte de una
pequeña joyería? —preguntó Bates, sorprendido.
—Se trata de una caja grande y cara —respondió Tucker, con
una sonrisa—. Edgar, ya te dije que no se trataba de un centro
comercial normal. La joyería hace anillos y collares por encargo. No
se dedican a vender relojes de cuatro cuartos.
—Explícame algo más —pidió Bates.
Tucker se lo explicó todo, el plan completo con todas y cada una
de las fases. Trató de que pareciese especialmente bueno, ya que
prefería trabajar con un revientacajas como Edgar Bates antes que
con cualquier otro. Aunque gozaba de la reputación de ser alguien
extremadamente frío y tranquilo en su profesión, Tucker se sentía
asustado y tenso cuando se hallaba involucrado en un robo a mano
armada, sin que influyese en ello lo bien o mal que fuese la
operación. Proyectaba siempre un aura de seguridad, dispuesto en
cualquier momento a tomar las decisiones con la seguridad de un
comandante, aunque la procesión fuese por dentro. Sin embargo,
cuando trabajaba con hombres como Edgar Bates, se sentía
considerablemente más relajado que cuando debía lidiar con los del
tipo de Frank Meyers.
—Si la caja de la joyería no se te resiste demasiado, deberíamos
acabar con toda la operación en menos de una hora —miró a Bates
de reojo—. ¿Te parece razonable?
—Claro que sí —aseguró Bates, y alejó la mirada de la artesanía
esquimal—. ¿Y qué me dices de ese tal Frank Meyers?
—¿Qué pasa con él? —inquirió Tucker.
—¿Confías en él?
—¿Le conoces? —preguntó a su vez Tucker.
—Creo que he oído su nombre en alguna parte, pero nunca
trabajé con él. ¿Crees que se quedó con todos los detalles
necesarios? ¿No pasaría por alto guardias o alarmas?
—Lo tuvo todo en cuenta —aseguró Tucker, y recordó el cuidado
extremo que observó en el diagrama del Oceanview Plaza.
No mencionó sus otras reservas acerca de Meyers. Si Bates se
apuntaba, entre ambos podrían compensar cualquier fallo que
Meyers pudiera cometer.
—¿Entonces, estás con nosotros? —preguntó Tucker.
—¿Eres tú el jefe?
—Siempre lo soy.
—Solo me aseguraba.
Bates miró arriba y abajo de la sala y vio que estaban solos, a
excepción hecha de un joven barbudo imbuido en la contemplación
de un tótem, a unos veinte metros. Volvió a posar la mirada sobre el
dios-pájaro, estudió el pico abierto y los brillantes ojos saltones. Un
grupo de treinta o cuarenta colegiales gritones pasó junto a una de
las puertas, llenando la cámara de ecos alocados y retazos de
carcajadas altisonantes. Cuando el silencio volvió a cubrirlo todo
como una niebla, el viejo dijo:
—Entonces, voy con vosotros.
Tucker casi suspiró de alivio.
—¿Cuándo? —preguntó Bates.
—El próximo miércoles.
—Me va bien.
—Estaremos en Los Ángeles —anunció Tucker—. He
seleccionado un hotel. Tiene más de cuatrocientas habitaciones, así
que más tarde nadie podrá acordarse de nosotros. Nos
registraremos por separado y desde allí nos dirigiremos al centro
comercial en cuestión.
—¿Tendremos la oportunidad de echarle un vistazo antes? —
preguntó Bates.
—Claro que sí. Podremos explorarlo durante toda la tarde, antes
de que cierren y demos el golpe.
—Tres hombres —musitó Bates— no me parecen suficientes.
—Ya verás como sí.
Repasaron hasta los menores detalles sobre horarios y lugares
de encuentro en Los Ángeles y después abandonaron la sala por
puertas diferentes. Los rostros pintados de mirada maliciosa y nariz
ganchuda de los monstruosos tótem siguieron mirando fija e
intensamente cuando ellos se marcharon.
6
—SÓLO se trata de un compromiso, no de una rendición
incondicional —dijo Albert Littlefield al sentarse en la silla de cuero
de alto respaldo situada tras el escritorio—. Quiero que te quede
bien claro desde el principio, Michael. Tu padre desea mostrarse
generoso, pero no por ello accederá a todas tus demandas.
No se andaron con rodeos. El hielo que había entre ellos
resultaba demasiado grueso como para poder romperlo. Littlefield
notó cuál era la actitud de Tucker y supo que cuanto menos durara
la reunión mejor sería para ambos.
—Siga, entonces —dijo, sabiendo de antemano que no tenía
sentido que el abogado continuase, ya que un compromiso no iba a
ser suficiente.
La oficina de Littlefield parecía haber sido diseñada para hacer
juego con la atmósfera glacial que separaba a ambos hombres. Las
paredes eran blancas, sin mácula, como pedazos de nieve. Los
muebles de vinilo azulado tenían un aspecto frío e incómodo, con
sus formas angulosas, cuadradas y simples. Los lomos de cientos
de textos legales —verdes, marrones, granates— armonizaban y
resultaban estériles, casi hipnotizando la mirada.
El hombre encajaba en su oficina, pensó Tucker.
Littlefield era alto, esbelto y de rasgos angulosos. Su rostro era
alargado y delgado, con un cutis fresco aunque ligeramente pálido.
La recta nariz estaba ligeramente abocinada en las ventanas, como
si continuamente se viera obligado a soportar un olor ofensivo. Sus
labios descoloridos formaban dos líneas rectas. Era evidente que
había sido criado en el bienestar y desde una buena posición,
aunque no poseía ni el encanto ni la facilidad de trato que por lo
general suelen ir parejos a la autoconfianza propia del aristócrata.
Lo cierto es que era lo suficientemente reservado y estirado como
para encajar en el papel de un director de escuela del siglo
dieciocho.
Littlefield apoyó las manos sobre el escritorio con la punta de los
dedos tocándose.
—Como ya sabes, Michael, tu padre ha establecido para ti una
pensión de diez mil dólares procedente de los beneficios que genera
tu fideicomiso. Hasta el momento, ya han sido emitidos cuarenta y
dos cheques por dicha cantidad. Como te has negado a aceptarlos,
han sido depositados en una cuenta especial a tu nombre.
Tucker ni se molestó en explicar el motivo por el que había
rechazado tan expeditivamente estas aparentes ganancias
inesperadas. Ambos sabían que el hecho de aceptarlas significaría
otorgar a su padre el control sobre las pertenencias de su madre,
incluso antes de que pudiera gastarse el primer dólar. Al aceptar,
renunciaría a emprender cualquier otro pleito ante un tribunal
federal, y ello le limitaría al papel de un menor por el resto de la vida
de su padre, si no de la suya propia. Además, diez mil dólares al
mes no eran suficientes, no cuando una simple lanza Edo costaba
sesenta y cinco mil…
—En el pasado —continuó el abogado— afirmabas que las
condiciones resultaban inaceptables, demasiado restrictivas.
—Estoy seguro de que mi reacción se tradujo en términos más
tajantes que esos —dijo Tucker—. Probablemente afirmé que no tan
solo resultaban inaceptables, sino también inmorales y criminales.
La sonrisa del abogado era frágil.
—Bueno… Tu padre ha redactado unas nuevas condiciones que
serán más de tu agrado y que no se interpondrán entre tú y tu
pensión.
Littlefield abrió una carpeta manila que reposaba sobre el
escritorio y sacó una única hoja de papel amarillo, que alargó hacia
Tucker inclinándose sobre el escritorio, tratando de que este la
cogiese.
—Si haces el esfuerzo de leer esto, te darás cuenta de cuan
generosa resulta la oferta.
—¿Por qué no me lo lee? —preguntó Tucker, sin ni siquiera
molestarse en levantarse de la silla para hacerse con el papel.
Littlefield se sonrojó ligeramente y volvió a sentarse.
—Bien, en vez de aburrirte con legalismos, te haré un resumen
de los puntos principales.
—Estupendo —dijo Tucker.
Littlefield puso el papel sobre la mesa y, durante un instante, se
miró las cuidadas y manicuradas uñas de las manos.
—En primer lugar, tu pensión mensual aumentará hasta alcanzar
los quince mil dólares, por lo que estará más en consonancia con
tus anteriores pretensiones. Esta medida supone una pérdida en las
ganancias del fideicomiso, pero es un compromiso que tu padre está
dispuesto a asumir.
Tucker esperó.
Littlefield se aclaró discretamente la garganta parapetándose tras
una mano y, a continuación, volvió a mirar el documento legal.
—Segundo: todo el dinero que te ha sido pagado hasta el
momento, y que no has cobrado, podrá hacerse efectivo de una sola
vez.
Levantó la vista del documento, miró a Tucker, y suspiró al no
recibir respuesta. Agitó la cabeza y apoyó la espalda en el respaldo
de la silla.
—Además, tu padre ya no te pide que trabajes para él como
condición para aceptar la pensión. De hecho, no pretende que
trabajes para él a jornada completa.
—¿A tiempo parcial, entonces? —preguntó Tucker con
amargura.
Littlefield asintió.
—Dos días a la semana.
—Ya comprendo.
—Incluso siguiendo ese horario gozarás del tiempo suficiente
para ir aprendiendo, de forma gradual, los entresijos de las
compañías de tu padre y hacerte cargo de una parte de la gestión
de la fortuna familiar.
Tucker levantó la palma de la mano, en un gesto destinado a
silenciar al abogado.
—No quiero hacerme cargo de una parte de la gestión de la
fortuna familiar —dijo en tono de hastío—. Creía que a estas alturas
ya estaba claro. Como ya debería saber, lo último que deseo es
convertirme en un administrador de bienes como mi padre. Quiero
disfrutar de la vida. No quiero desperdiciar el tiempo en bancos y
consejos de administración, criando úlceras. Puede que esta actitud
espante a mi padre, pero no a mí. Por eso arrancó esa firma a mi
madre cuando esta se moría. Pero no hay forma alguna de que
pueda manipularme y hacerme entrar en ese mundo.
—¿Estás rechazando su oferta? —preguntó Littlefield.
—Eso es.
—Me gustaría que reconsiderases…
—No es posible —aclaró Tucker, al tiempo que se ponía en pie.
—Has juzgado a tu padre con demasiada dureza.
—¿Usted cree? —preguntó Tucker, mirando al abogado y
tratando de controlar la rabia que sentía—. Estaba tan ocupado con
sus planes para ganar más y más dinero que perdió todo contacto
con su familia. Y una vez que perdió ese contacto, también perdió la
capacidad de amarnos. Éramos una familia de extraños. Me envió a
internados, me veía en período de vacaciones, nunca me escribió…
Si mi madre no hubiera sido tan débil y blanda de carácter, se
hubiera divorciado de él, ya que también se había convertido en una
extraña para él. Apenas se hablaban, y pasaban días y días sin
verse. Él mantenía una corte de amantes, por lo que ni siquiera
necesitaba dormir con ella. Demonios, hacía gala de esas mujeres
no ya como si no la amase, sino como si además pretendiese
herirla.
Si su madre se hubiera parecido a Elise, pensó Tucker, se habría
librado del viejo. ¿Por qué no habría sido más fuerte?
—¿Y usted piensa que le he juzgado con demasiada dureza?
Dios mío, he sido blando con él.
—¿No es acaso una muestra de cariño por parte de tu padre el
que desee que te hagas cargo de los negocios de la familia? —
Preguntó Littlefield—. ¿No crees que…?
—No hay cariño alguno en ello —afirmó Tucker—. Simplemente
es una cuestión de orgullo. Está decidido a doblegarme. No
descansará hasta que me haya forzado a cumplir sus deseos.
Littlefield, mi padre ha perdido el contacto conmigo hace tanto
tiempo que ni siquiera se da cuenta de que soy un hombre con mis
propias ideas. Insiste en creer que soy un muchacho malo que debe
ser castigado, amenazado y engañado, a fin de que haga lo que él
quiere.
Se dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta cruzando la
alfombra de color azul acero.
—Michael —llamó el abogado cuando Tucker giró el pomo de la
puerta—. Una cosa más.
Tucker se volvió.
—¿De qué se trata?
Littlefield se había levantado de la silla y permanecía de pie, muy
tieso.
—Sea cual sea la forma en que te ganas la vida, resulta menos
merecedora de admiración que la forma en que lo hace tu padre.
Tucker sintió que se le aceleraba el corazón y soltó el tirador.
—¿Qué hay de malo en negociar con arte primitivo? —inquirió.
Littlefield sonrió satisfecho.
—Ambos sabemos que no puedes estar sacando mucho de todo
eso.
—¿Ah, no? —preguntó Tucker, que se sentía asustado y
divertido a la vez por el giro que había tomado la conversación.
—Tarde o temprano descubriremos de dónde procede tu dinero
—anunció Littlefield, en un tono de voz más bajo de lo
acostumbrado—. Y entonces no tendrás más remedio que llegar a
un compromiso.
—¿Insinúa que estoy involucrado en algo ilegal? —aventuró el
joven, esperando que su voz denotase auténtica sorpresa.
Littlefield no dijo nada, solo permaneció allí con aquella maldita
mueca de superioridad en el rostro. Hubiera sido un buen jefe de
camareros o portero en un restaurante de moda, pensó Tucker.
—¿Por qué no me echa encima a la policía? ¿O a Hacienda?
—No queremos verte en la cárcel —aseguró Littlefield—. Solo te
queremos en el lugar al que perteneces… De nuevo en la familia.
—Ustedes piensan que pueden manejar las relaciones humanas
como si se tratase de una fusión comercial —dijo Tucker—. Son
unos bárbaros.
Abrió la puerta y dio un portazo al salir. Tendría que volver a
estar al tanto por si le seguían. Por lo que había oído, daba la
impresión de que su padre estaba a punto de contratar a otro grupo
de detectives privados para descubrir la verdad sobre la vida de su
hijo.
7
TUCKER llamó a Frank Meyers desde una cabina próxima a Central
Park para decirle que todo estaba listo para el próximo miércoles en
California y, a continuación, se marchó a casa. Decidió caminar
porque había desaparecido la usual capa de polución gris verdosa y
el sol otoñal filtraba sus rayos, como cortinas doradas, por entre los
edificios. Se mantuvo a la expectativa por si le seguía uno de los
detectives contratados por su padre, pero lo cierto es que no detectó
a nadie. La fiebre del viernes por la tarde había dado comienzo y las
aceras estaban repletas de gente con prisas por llegar a ninguna
parte, pero poseía la certeza razonable de que no le habían
seguido.
Ya en su apartamento, se preparó una copa y se sentó en el
estudio pensando en Meyers, en Edgar Bates y en el nuevo trabajo.
Dio mil vueltas a la operación del Oceanview Plaza, como un gato
jugando con un ovillo. Encontró unos cuantos cabos sueltos. Sin
embargo, se sintió felizmente incapaz de atarlos. El plan era bueno.
Elise llegó justo antes de las cinco, entró en el estudio y se sentó
en el brazo de su butaca.
—¿Cómo te ha ido con Littlefield?
—Fatal.
—Creí que querían llegar a un acuerdo.
—Ese era el problema —respondió Tucker.
Salieron a cenar fuera, al Spanish Pavilion, bebieron mucha
sangría y regresaron a casa para descansar y dormir. Eso marcó el
tono general del resto del fin de semana. Fueron a ver un par de
buenas películas, leyeron algo, vieron una vieja película de terror en
la televisión, hicieron el amor en más de una ocasión, y en general,
gandulearon.
El único momento malo de aquel fin de semana idílico, fue una
vívida pesadilla de la que Tucker despertó el domingo por la
mañana. Una vez más, había soñado en el centro comercial que iba
a atracar, y en su padre, y en docenas de policías que le perseguían
por interminables pasillos de cristal y alrededor de mostradores en
donde se amontonaban joyas y otros objetos de valor. En esta
ocasión, hubo muchos tiros y mucha sangre. No pudo volver a
dormirse con facilidad porque las impresiones de la pesadilla
pesaban sobre él. Al día siguiente, Elise y la vida parecían el doble
de preciosas que hasta entonces.

El lunes por la mañana, después de que Elise se hubiera marchado


para acudir a varias entrevistas de trabajo para publicidad, Tucker
colocó sus credenciales verdaderas en la caja fuerte de la sala de
estar y recogió las pertenecientes a Tucker. Luego salió a la calle y
tomó un taxi hasta el Radio City Music Hall, y llamó a Clitus Felton
desde una cabina cercana.
Lo primero que dijo Felton en cuanto le devolvió la llamada fue:
—Me temo que esto sea tirar el dinero.
—¿No te has enterado de nada?
—He preguntado por ahí, pero no había mucho de lo que
enterarse.
—Puede que no hayas preguntado a mucha gente.
—He preguntado a todos los que he podido encontrar. A todo el
mundo. Demonios, Mike, ya sabes cómo trabajo —dijo en un tono
de voz que demostraba cuánto le hería que Tucker pusiera en duda
sus habilidades.
Inactivo como estaba en esos días, la reputación era todo lo que
Clitus Felton tenía, y por ello la guardaba celosamente.
Con el auricular todavía apretado contra la oreja, Tucker suspiró
en voz alta, cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el teléfono,
quedándose pensativo durante unos instantes.
—¿Cuál fue su último trabajo?
—Ah —dijo Felton—. Frank trabajó en lo de aquel camión
blindado de Milwaukee.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace seis meses.
—Creo que ya lo recuerdo.
—Deberías recordarlo —afirmó Felton—. Frank lo hizo
extremadamente bien.
—¿Quiénes fueron sus socios en el asunto? —preguntó Tucker;
abrió los ojos y miró las colillas de cigarrillos y los envoltorios de
chicle que llenaban el suelo de la cabina.
—Lindsay, Phillips, Spooner y Pierce —informó Felton, como si
hubiera leído el nombre de una firma de abogados de las altas
finanzas.
—¿Has hablado con todos ellos?
—Con Lindsay y Pierce —confirmó Felton—. No he podido
encontrar a los otros dos.
—¿Qué dijeron Lindsay y Pierce?
—Ya te lo he dicho, Mike. Nada. Piensan que Frank es un gran
tipo, un buen profesional.
Tucker dejó de apoyarse en el teléfono y miró hacia el techo en
lugar de continuar mirando el sucio suelo.
—¡Maldita sea, sé que hay algo raro en él!
—Escúchame —pidió Felton—. Hay algo que…
La operadora de larga distancia interrumpió la conversación en
demanda de más monedas. Felton refunfuñó, hizo mucho ruido al
sacar un puñado de calderilla y depositó en el aparato lo que pedía
la telefonista.
—¿Qué? —preguntó Tucker, cuando dejó de escucharse la voz
de la operadora.
—¿Te has dado cuenta de la forma en que habla Frank? —
preguntó el viejo.
—Sí, como una rana.
—Le trataron muy mal hace dos años y medio. Estuvo mezclado
con gente que no debía… con el crimen organizado. ¿Sabes a lo
que me refiero?
—Italianos —respondió Tucker.
—La mayor parte —asintió Felton—. Bueno, el caso es que salió
malherido. Estuvo más de ocho semanas en el hospital, y no pudo
volver a hablar en seis meses. Ese tipo de cosas pueden cambiar a
un hombre; pueden meterle el miedo en los huesos.
—Se trata de algo más que de miedo —dijo Tucker.
—Tal vez no —aventuró Felton—. Y aunque Frank esté más
nervioso de lo habitual, ten en cuenta que es un buen tipo.
—Creo que tendré que creérmelo —respondió Tucker.
—¿Si no lo tienes claro, por qué no lo dejas y ya está? —inquirió
Felton.
—Porque estoy desesperado —dijo el joven.
—Siento tener que oírlo.
—No es culpa tuya —afirmó Tucker—. Adiós, Clitus.
Colgó y empujó la puerta de la cabina para salir. En la calle, paró
un taxi y dio al chofer una dirección de Queens situada a escasas
manzanas del lugar real de destino: el negocio de Imrie.
—No me gusta ir a Queens —dijo el conductor.
Era un hombre grandote y de aspecto agradable, con el cabello
entrecano muy bien cortado. Guardaba un gran parecido con Peter
Lawford y se parecía más a un ejecutivo escapado de la rutina que a
un taxista.
—Le daré una propina del cincuenta por ciento —aseguró
Tucker.
El conductor sonrió.
—Eso es muy amable de su parte. Es imposible conseguir una
carrera de vuelta desde allí. Y cada minuto que voy de vacío, pierdo
dinero.
—Claro —concedió Tucker. Cuando se hubieron adentrado en el
flujo del tráfico, preguntó—: ¿Siempre ha sido taxista?
—Debe de hacer un año —respondió el chofer, sonriendo por el
espejo retrovisor.
—Apostaría a que antes era un ejecutivo.
—Se equivoca —respondió el taxista—. Era físico en la NASA.
Pero el futuro ya no le importa a nadie.
—Eso es cierto —concedió Tucker.
Una vez en Queens, después de pagar al taxista y esperar a que
el vehículo desapareciese de su vista, Tucker consultó su reloj. Eran
las 12.01. Ya tenía ganas de recoger las Skorpion. Sabía que
cuando las tuviera en su poder, una vez que hubiese optado por
correr el riesgo de estar en posesión de armas ilegales, se sentiría
más confiado en la operación y más seguro de sí mismo.
A las 12.45 ya había probado las armas en la galería de tiro de
Imrie y las había pagado.
Imrie colocó las tres Skorpion en una vieja y usada maleta,
añadió algunas cajas de munición y lo acolchó todo con periódicos
viejos. Tucker cogió la maleta y salió a la calle, caminó a lo largo de
cuatro manzanas hasta llegar a la parada del autobús y se subió al
que le devolvería a Manhattan. Llegado a Penn Station alquiló una
taquilla en la consigna automática, dejó la maleta en el interior, cerró
la puerta reforzada, comprobó la cerradura y se guardó la llave roja
en el bolsillo.
Poco después de las tres, ya de nuevo en el apartamento de
Park Avenue, preparó una segunda maleta, esta vez llenándola con
su ropa y los artículos de baño. Cuando estuvo convencido de que
no olvidaba nada se sentó a la mesa de la cocina con una taza de
café, un bloc de notas y un lápiz, y escribió una nota para Elise:

«He de resolver un negocio y esta tarde volaré a San


Francisco para negociar la venta de una talla de jade del siglo
XII, de la dinastía Sung septentrional. Intentaré sacar un buen
precio y volveré dentro de unos días. Si no, te llamaré.
Besos,
Mike».

Tucker se incorporó, disgustado ante la necesidad de mentir,


recogió la maleta y salió del apartamento. Fuera, el portero le paró
un taxi con el que regresó a Penn Station. Retiró las Skorpion de la
taquilla y tomó el tren de última hora de la tarde para Filadelfia. Este
era el primer paso de un complejo y cuidadosamente preparado
viaje hasta Santa Mónica, California.
8
FRENTE a la autopista principal y al Océano Pacífico, el centro
comercial se extendía sobre una gran extensión de excelente
terreno. Tendría unos trescientos metros de lado, siendo una gran
estructura cuadrada de cemento blanco enguijarrado, con
relucientes puertas de cristal. Aunque las tiendas del interior se
hallaban todas situadas en el mismo piso, el techo se elevaba como
si fuera una falsa vertiente cubierta de paja, imitando las cabañas de
techo de paja puntiagudo de los Mares del Sur. Podría haber
resultado un fiasco, pero afortunadamente el arquitecto había sido
un hombre de talento, con un buen sentido de la armonía.
Sombreado por hileras de cimbreantes palmeras y setos bien
cuidados, el Oceanview Plaza tenía el aspecto fresco, agradable y
decididamente exclusivo. En el exterior no había ningún cartel ni
letreros llamativos que indicasen la existencia de tiendas o de
ofertas especiales. Una sola fila de aparcamientos flanqueaba el
paseo tachonado de árboles que se abría frente al edificio. Por el
lado sur serpenteaba una carretera de un solo carril, sin
aparcamientos. En su lugar, el terreno se hallaba mezclado, era
rocoso, punteado de ocasionales palmeras y matojos, descendiendo
hasta la autopista y más allá, hasta una reluciente playa de arena
blanca. Al norte, había un aparcamiento para unos quinientos
coches; lo mismo sucedía en la parte trasera, en el lado este. La
mayoría de los automóviles aparcados allí eran Cadillacs, Mark-IV,
Thunderbirds, y caros coches deportivos.
—Frank, mira todas esas maravillas de lujosos coches —dijo
Edgar Bates desde el asiento trasero, al aproximarse al Oceanview
Plaza.
—¿Qué les ocurre? —preguntó Meyers, mientras frenaba su
propio vehículo.
—¿Por qué no podías robar un estupendo Cadillac en lugar de
este? —preguntó Bates, al tiempo que la vieja y medio oxidada
camioneta en la que iban irrumpía quejumbrosamente por la
carretera de acceso al centro comercial.
—Lo siento de veras, Edgar —respondió Meyers, que se
encontraba más en forma de lo que había estado anteriormente—.
Pero esto fue lo único que encontré con las llaves puestas.
Los tres habían llegado hasta allí aquella tarde en un Pontiac
alquilado por Edgar, y ahora habían regresado en un vehículo
robado, que no podría ser relacionado con ninguno de los tres. Si
algo iba mal y la furgoneta debía ser abandonada en un momento
de crisis, podrían hacerlo sin que significase peligro alguno para
ellos.
La policía no sacaría nada de ella. Sin embargo, a la mañana
siguiente ya sería una patata caliente. Pero eso no importaba. Solo
la necesitaban durante una o dos horas.
Meyers entró la furgoneta de color melocotón en el aparcamiento
del lado norte, pasó junto a los Cadillacs, que brillaban en la
oscuridad con reflejos púrpura provenientes de las luces de arriba.
Estuvo dando vueltas hasta detenerse junto a algunos Ford y
Chevrolet de la gama media y a algunas importaciones baratas.
—Tal y como os dije —señaló Frank a los otros dos—. Aquí está
el empleado del aparcamiento —dijo, y apuntó a través del
parabrisas hacia la entrada posterior del centro comercial—. Todos
los empleados y encargados salen por esa puerta.
Tucker echó una mirada al reloj.
—Las nueve y media —anunció—. Cerrarán dentro de media
hora. Será mejor que movamos el culo.
Abrió la maleta que reposaba en el asiento entre Frank Meyers y
él, y sacó las Skorpion y la munición.
—Tienen un aspecto endemoniado —comentó Edgar Bates. Al
igual que Tucker, solía trabajar con armas, pero nunca había
confiado en ellas ni le habían gustado—. ¿Mike, estás seguro de
que no sería mejor llevar un par de anticuados cuarenta y cinco?
—Estoy seguro —respondió Tucker sin volverse a mirar al
revientacajas—. Estas son las mejores.
Meyers levantó la pistola por encima del nivel de la ventana y la
miró fijamente mientras con el dedo recorría los perfiles del arma y
de la culata retráctil.
—Ahora comprendo lo que querías decir cuando hablabas de
psicología, Tucker. ¿Quién demonios intentaría mover un dedo
contra algo tan condenadamente feo?
—Nadie —concluyó Tucker—. Eso espero.
—Nunca he usado nada como eso —aseguró Bates—. ¿Cómo
se maneja?
—Apunta y aprieta el gatillo —le explicó Tucker.
—¿En serio?
—¿Algo más?
—¿Qué tal el retroceso? —preguntó Bates, escéptico.
—No está mal.
—¿Has probado alguna?
—He probado las tres —aseguró Tucker.
—¿Hacia qué lado se desvía la mía, a la derecha o a la
izquierda? —preguntó Bates.
—No se desvía.
—¿Ni siquiera un poco?
—Ni siquiera un poco.
—Nunca he usado una pistola que se mantuviera perfectamente
fija sobre el blanco —dudó el viejo.
Tucker habló:
—El tipo que me las ha proporcionado es un armero de primera.
Las limpió e incluso rectificó los cañones. Están mejor que nuevas.
Reconoció el nerviosismo de Edgar y simpatizó con él.
Esperaba que su tranquila y casi susurrada explicación calmara
al viejo.
Cargaron la munición a la tenue luz violeta que se filtraba por las
ventanillas. Frank Meyers respiraba pesadamente pero, por otra
parte, parecía haber mejorado. De hecho, daba la impresión de
haber mejorado muchísimo en muy poco tiempo.
Tal vez era la clase de hombre que se echaba a perder con la
inactividad pero que volvía a brillar en cuanto se hallaba en plena
acción. No obstante, Tucker desconfiaba de los súbitos cambios de
personalidad incluso cuando creía conocer las causas que los
provocaban.
—¿No tuviste que pasar por el detector de metales de los
aeropuertos? —preguntó Bates, echándose hacia delante desde el
asiento posterior—. ¿No registraron tu equipaje? Por la forma en
que lo controlan todo a causa de los secuestros aéreos, no puedo
imaginarme cómo has podido transportar esas cosas a través de
todo el país.
—Tomé un tren hasta Filadelfia —explicó Tucker, mientras se
guardaba la abultada pistola en el cinturón y se abotonaba la
americana por encima—. Después volé en un chárter en dirección a
Cleveland.
—¿Y en un chárter no registran los equipajes? —inquirió Bates.
—No en las pequeñas compañías regionales —aclaró Tucker—.
No disponen ni de los recursos ni del tiempo necesarios.
Meyers escondió su Skorpion bajo el ancho cinturón, ocultándola
con la chaqueta de sirsaca[1] a rayas azules y blancas.
—¿Adónde fuiste desde Cleveland?
—Tomé otro chárter hasta Kansas City.
En Kansas City había cogido el primer vuelo que salía hacia
Denver, desde donde llegó a Reno en un tercer avión. En Reno
subió a un autobús Greyhound para realizar el corto trayecto hasta
San Francisco.
—Desde allí tomé otro avión hasta Los Ángeles —explicó—. He
tardado bastante más que si hubiera volado directamente desde
Nueva York, pero no hubiera podido subir a un vuelo costa a costa
con las Skorpion.
Bates sacudió la cabeza con admiración.
—¿Y no has tenido que pasar a través de ningún detector de
metales o ni siquiera abrir la maleta para que fuera inspeccionada?
—Así es.
—Creo que ya sé por qué nadie nunca pone objeciones a que
seas el jefe —dijo Meyers.
Su voz contenía una nota de auténtico regocijo, algo de lo que
parecía incapaz cuando Tucker le conoció en Nueva York. ¿Por qué
ese cambio? ¿Cuánto tiempo duraría?
Tucker volvió a mirar su reloj.
—Estamos perdiendo el tiempo. ¿Todos listos?
Salieron de la camioneta y cerraron las puertas. Edgar Bates
bajó con su maletín lleno de herramientas y se quitaron los finos
guantes de algodón que habían utilizado mientras estuvieron en el
interior del vehículo robado, guardándoselos en el bolsillo para
volver a utilizarlos más tarde, por la noche. Las posibilidades de
dejar tras de sí una huella dactilar o cualquier otro indicio que no
fuese un vaso acabado de lavar, no valían la pena de ser tenidas en
cuenta. La televisión y el cine habían exagerado la importancia de
los análisis de huellas y su impacto sobre el mundo del crimen. No
obstante, tomaron la precaución de ponerse guantes. Tucker insistió
en ello.
—Muy bien —dijo Meyers—. ¿Vamos a ganarnos el pan?
9
CADA uno de los lados del edificio del Oceanview Plaza poseía una
entrada precisamente en su parte central. Cada una de estas
pesadas puertas de cristal se abría sobre un amplio corredor de
terrazo con tiendas a ambos lados. Los pasillos públicos que
convergían bajo el techo puntiagudo de la construcción se hallaban
decorados con macetas rectangulares de piedra llenas de palmeras,
helechos en miniatura, y otras plantas tropicales.
El centro del edificio estaba ocupado por un vestíbulo circular de
poco más de cien metros de diámetro, dotado de paneles de
madera oscura y de un techo inclinado que alcanzaba los quince
metros de altura en su punto más elevado. Aquí y allá se veían
bancos almohadillados en los que los cansados compradores
podían descansar y recuperar fuerzas. Las paredes estaban
revestidas de espejos a intervalos regulares, siendo lugares ideales
donde comprobar a hurtadillas, mientras se pasaba junto a ellos,
que la propia apariencia seguía siendo impecable. La zona principal
de descanso contenía más plantas que los pasillos, lo que le
confería una atmósfera fresca, natural y relajada. Justo en el centro
de esa zona se encontraba un profundo estanque circular, de unos
doce metros de diámetro, rodeado de piedras semejantes a lava y
de verdes helechos enanos. Cientos de eyectores escondidos en las
piedras proyectaban surtidores de agua que dibujaban diversos
motivos en el aire, para después caer como una cortina sobre la
superficie del estanque, produciendo un sonido siseante. Un
colorido cartel, situado en las inmediaciones del estanque,
informaba a los compradores de la representación de un
mundialmente famoso espectáculo de buceo que tendría lugar en el
centro comercial, cada día, a partir de la semana siguiente.
Aparentemente, incluso los más exclusivos centros comerciales
llenos de las tiendas más caras, necesitan llevar a cabo
promociones de forma ocasional.
Tucker se sentó en uno de los bancos con las manos cruzadas
sobre el regazo para asegurarse de que su chaqueta no dejara
traslucir los contornos de la Skorpion. Habían entrado juntos en el
edificio por la puerta oriental y después se habían separado por
razones tácticas. Ahora, mientras esperaba el momento propicio
para reunirse con Meyers y Bates en el punto convenido, se dedicó
a observar el flujo comercial que tenía lugar a su alrededor.
Solo cuatro negocios estaban situados de tal forma que sus
escaparates daban a la zona de descanso y sobre la fuente. En la
parte nororiental de la sala circular se hallaba Shen Yang’s Orient,
un tienda de importación con el escaparate repleto de excelentes
piezas de marfil y jade, alfombras tejidas a mano, y biombos
realizados también a mano. Nada de lo que estaba a la venta en
Shen Yang’s Orient llevaba etiqueta con el importe, lo que le daba
un cierto aire de dignidad, a la vez que permitía que los objetos
triplicasen el precio con respecto a su valor real. En la tienda había
pocos compradores, y el propietario japonés empezaba a cerrar. En
el lado noroccidental de la sala estaba el restaurante Henry’s
Gaslight, el lugar favorito en Santa Mónica para almuerzos a media
mañana y cenas a primera hora de la noche, que había servido ya
los últimos postres y daba a entender a sus clientes, educada pero
firmemente, que era hora de cerrar. En el extremo suroccidental se
hallaba la librería House of Books, que todavía bullía de actividad,
aunque el encargado había empezado a apagar algunas de las
luces del fondo del local. Por lo que Tucker había podido ver, esta
era la única librería fuera de Nueva York que no vendía libros de
bolsillo, y que únicamente trataba con los más caros, los de tapa
dura y de regalo. Tras él, en la esquina sudoriental de la sala, se
encontraba Young Maiden, una tienda de ropa para la muchacha
tradicional, que acababa de cerrar sus puertas.
Estos cuatro comercios resultaban indicativos del estado de los
quince restantes. Tan solo un puñado de compradores seguía
moviéndose por el lugar. Pronto no quedaría nadie. Los empleados
y encargados también se marcharían. Y el trabajo podría por fin
empezar.
El asunto iba a funcionar. En un principio, cuando Frank Meyers
le había hablado de ello, la operación le había parecido el desvarío
de un loco. Parecía demasiado arriesgado, demasiado peligroso,
pero iba a funcionar.
Tenía que funcionar.
Aparte del hecho de que necesitaba el dinero, Tucker no podía
soportar el fracaso. Era un neurótico del éxito. Solo aceptaba un
trabajo cuando sentía que podía llevarlo a cabo. Si llegaba a fallar,
aunque fuese solo una vez, caería en manos de su padre, lo que le
preocupaba más que la idea de pasar diez años en una prisión
federal.
Solo una cosa empañó su optimismo. Vio un local que no
aparecía en el diagrama de Meyers. En el pasillo occidental de la
parte delantera del edificio había una puerta de madera oscura en la
que podía leerse: «Oficina Comercial del Oceanview Plaza». Supo
que la existencia de dicha oficina no alteraría sus planes, pero le
molestó el que Meyers la hubiera omitido en el plano. ¿Por qué lo
habría hecho?
Miró la hora que marcaba su reloj y decidió que había llegado el
momento de ponerse en marcha. Se incorporó, se ajustó la
chaqueta para asegurarse de que continuaba disimulando la
presencia de la Skorpion, y regresó por el corredor oriental, que era
el mismo por el que había entrado. A la izquierda estaba la tienda de
Rolls-Citroën-Maserati-Jaguar, una brillante sala de exposición llena
de elegantes automóviles. Después vio Surf y Subsurface, una
tienda de deportes diseñada con gusto y dinero en donde podían
comprarse tablas de surf y bombonas de submarinismo sobre caras
moquetas, así como escopetas expuestas en estuches de terciopelo
azul que hubieran hecho parecer plebeya cualquier otra pieza de
lujo. A su derecha se asentaba el Toolbox Lounge, en donde se
insistía amable pero reiteradamente en decir adiós a los últimos
borrachos de la alta sociedad que permanecían en el
establecimiento. Después del bar venían la entrada al almacén
general del centro comercial y el centro de mantenimiento. Allí fue
donde Tucker abrió una puerta de color gris sobre la que se leía
«Solo empleados», y se introdujo en el interior, desapareciendo del
pasillo.
Meyers y Bates le esperaban con las Skorpion desenfundadas.
—No disparéis —dijo Tucker.
—¿Qué pasa por ahí fuera? —inquirió Meyers, bajando la
pistola.
—Están cerrando.
El hombretón sonrió.
—A la hora justa.
—Meyers, he echado un vistazo general al lugar y me he
preguntado por qué no incluiste la oficina comercial en el diagrama
—preguntó, sin apartar la vista del rostro de Meyers.
—¿Ah, no la puse? —Preguntó Meyers—. Se me debe de haber
pasado.
La intuición le dijo a Tucker que se debía a algo más que a un
descuido, pero no vio razón alguna para seguir insistiendo en el
tema. Le gustaba la nueva personalidad de Meyers, esta nueva
versión resultaba más competente. No quería hacer nada que
provocase la aparición del matón de Nueva York.
—Solo tenemos que esperar —aseguró Bates, secándose el
sudor de la amplia frente.
Nunca se sentía cómodo en un golpe hasta que trabajaba en la
caja, haciendo gala de sus habilidades. Entonces se sentía seguro,
firme, a gusto.
—Esperar —repitió.
El almacén era tan amplio como cualquiera de las tiendas del
edificio e incluso más grande que algunas de ellas. Tendría unos
ciento veinte metros de largo, dieciocho de ancho y seis de altura.
Justo al otro lado de la puerta había una mesa de trabajo, un torno,
una sierra de vaivén y un sinfín de herramientas necesarias para
que el equipo de mantenimiento trabajase en el edificio. El resto del
almacén era empleado como depósito. El suelo estaba dividido en
diecinueve secciones de vanado tamaño, cada una de ellas
correspondiente a una de las tiendas del centro, y llena de cajas,
cajones de embalaje y varios artículos que serían transportados
mediante carros eléctricos y brazos mecánicos a los diversos
comercios. Estos vehículos eléctricos estaban aparcados en hilera,
junto a los productos de limpieza y encerado del local. En la pared
del extremo oriental había dos puertas metálicas onduladas de
garaje que llegaban hasta el techo, lo suficientemente amplias como
para permitir la entrada de la parte trasera de un camión grande. El
almacén no disponía de ventanas. Con las puertas del garaje
cerradas y bien atrancadas, como ahora, toda la luz provenía de los
fluorescentes colocados en reflectores metálicos, a seis metros de
altura. Esta fría y azulada iluminación, combinada con las paredes
de ladrillo gris descubierto y el suelo de cemento, constituían un
conjunto que hacía pensar en hospitales y prisiones. Tucker se
sintió molesto y miró su reloj.
—Son casi las diez en punto —dijo Bates, a coro con Meyers,
que acababa de mirar el suyo—. Quince o veinte minutos más y
podremos actuar. —Miró a Meyers—. ¿Estás seguro de que no hay
nadie de mantenimiento en el edificio?
Meyers sonrió levemente y dio una palmada al viejo en la
espalda. El suave sonido produjo un eco apenas audible
proveniente del techo y de las frías paredes.
—¿Me he equivocado en algo? Los de mantenimiento trabajan
con horario regular: de nueve a cinco. Hace rato que se han ido.
Nadie va a llegar y nos va a pillar por sorpresa.
Bates se pasó una mano robusta de dedos gordezuelos por el
blanco cabello y trató de sonreír. Pero solo pudo componer una
mueca dolorosa.
—No me hagas caso —dijo—. Nunca me ha gustado la espera.
Tucker sacó la Skorpion de su cintura y se apretó el cinturón.
—¿Y qué hay del perro guardián?
—Está donde te dije que estaría —aseguró Meyers, señalando
por encima del hombro.
—Vaya perrazo —comentó Edgar.
Tucker echó a andar. Pasó junto a sus dos compañeros,
dirigiéndose a través de un estrecho pasillo, formado por cajas de
mercancías de tres metros de altura, hasta llegar al otro extremo de
la habitación. El perro, un saludable y joven pastor alemán de
hermoso pelo, se encontraba allí, alertado por los pasos de Tucker.
Estaba encadenado a una gruesa anilla de hierro fijada a uno de los
bloques de cemento de la pared. El perro se echó hacia delante con
las orejas plegadas hacia atrás, enseñando sus poderosos colmillos
hasta que la cadena se tensó, y fijó sus fieros ojos negros sobre la
figura de Tucker. Emitió un gruñido desde el fondo de la garganta
pero no ladró ni hizo amago de embestir contra el hombre.
—Bonito perro —dijo Tucker, acuclillándose hasta ponerse a la
altura del animal, pero manteniendo unos cuantos metros de
distancia entre ambos.
El perro gruñó un poco más fuerte, emitiendo un sonido parecido
al de un motor bajo capas y capas de material aislante. A través de
los dientes brillaba la saliva que caía por las comisuras de sus
negros labios.
—Buen perro —dijo Tucker, aunque aquella maldita cosa le
asustaba—. Eres un perro bueno y tranquilo.
En esta ocasión el pastor alemán trató de morderle y echó las
patas hacia delante, tratando de acortar la distancia que les
separaba.
Tucker volvió a incorporarse.
—Asqueroso chucho de mierda —acabó diciendo.
Los dos vigilantes nocturnos habían traído el perro con ellos
cuando entraron a trabajar a las nueve. Formaba parte del servicio
de protección que el centro comercial había contratado: dos
hombres y un perro. Los guardias le habían encadenado allí y, a las
nueve y media, se habían dirigido al interior del centro comercial
para ayudar a vaciar el lugar de clientes rezagados. Echarían una
última ojeada y cerrarían las zonas públicas de descanso,
inspeccionarían todos los rincones y callejones sin salida a fin de
asegurarse de que ningún extraño se quedaba en el interior, ya
fuera por accidente o intencionadamente, tras la hora de cierre.
Cerrarían las entradas norte, oeste y sur, y comprobarían que todos
los empleados, vendedores y encargados se marchasen por la
salida este, la puerta trasera. Después, una vez solos en el edificio
—a excepción del delegado y el interventor del banco, que, de
acuerdo con los informes de Meyers, los miércoles se quedaban
hasta más tarde—, los guardias regresarían al almacén para desatar
al perro. Pero aquella noche el pastor alemán iba a quedarse donde
estaba, encadenado a la pared.
Tucker cruzó de nuevo la habitación y se detuvo junto a la
puerta, con Bates y Meyers.
—¿Va todo bien?
Meyers asintió con vigor. La sonrisa era tan amplia que resultaba
casi estúpida; sus ojos brillaban.
—Nada fuera de lo común. Va a ser un trabajo de relojería. Ya se
han marchado unos cuantos, y el resto no tardará en hacerlo.
Tucker escuchó pegado a la puerta gris. Oyó reír y hablar a unos
cuantos vendedores que pasaban junto a la entrada del almacén
para salir por la puerta este, unos cuantos metros pasillo abajo. La
mayoría daba las buenas noches a alguien llamado Chet y a otro
hombre que respondía al nombre de Artie. Probablemente Chet y
Artie eran los dos vigilantes nocturnos.
Tucker se apartó de la puerta y posó la mirada sobre un par de
estanterías que tenía a su derecha, viendo por primera vez dos
termos y dos fiambreras de brillante aluminio. Aunque se trataba de
objetos inanimados, había algo patético en ellos. Chet y Artie no
tendrían la oportunidad de comer aquella noche o de divertirse
jugando a las cartas, como seguro que solía ocurrir.
Al cabo de un rato miró de nuevo su reloj.
—Las diez y cuarto —anunció.
—Todavía es pronto —dijo Meyers, agarrando la Skorpion con
ambas manos e introduciendo un grueso dedo por la guarda del
gatillo.
—¿Qué hay del perro? —preguntó Bates, que sudaba
profusamente y tenía el rostro pálido. Su voz apenas era un susurro.
—¿Qué pasa con él? —inquirió a su vez Tucker.
Las cejas de Bates relucían a causa del sudor, como dos orugas
gemelas abriéndose paso a través del rocío. Hizo un movimiento y
se enjugó el salado fluido de los ojos.
—Tiene mala pinta el muy bastardo, ¿verdad? —Comentó, y se
estremeció al pensar en el pastor alemán—. Podría arrancarte un
brazo si quisiera.
Tucker y Meyers se miraron. Antes de que Meyers pudiera decir
algo, Tucker se le adelantó.
—Escucha, el perro está encadenado a la pared, y estará
encadenado a la pared mientras permanezcamos aquí.
—Claro, claro —asintió Bates, con un deje de autoconmiseración
en la voz—. Ya lo sé, no os molestéis en explicármelo. No me
hagáis caso. Es que esperar me pone enfermo, me pone muy
nervioso. Pero estaré en forma en cuanto llegue el momento de la
verdad.
—Me pregunto si será así —susurró Meyers, lanzando a Bates
una mirada dura y fría.
—Créeme —aseguró Tucker—. Edgar lo hará. Siempre lo hace.
Al principio se pone nervioso, pero una vez puesto a trabajar en la
caja, es firme como una roca.
—¿Y qué ocurre cuando acaba de trabajar en la caja? —
preguntó Meyers, como si hablaran de alguien que no estuviera
presente.
—Entonces —contestó el mismo Bates—, estoy tan maravillado
de mi trabajo que floto durante días.
—Es cierto —aseguró Tucker.
—Mira —explicó Bates a Meyers—, para mí no hay nada
excepto el trabajo. Sin trabajar me siento vacío.
Tucker sabía que lo que Bates contaba se acercaba mucho a la
verdad. Excepto cuando se las había con una caja fuerte o una
puerta de seguridad, el viejo estaba falto de confianza en sí mismo.
Era extremadamente suave, pasivo y retraído, víctima de un
complejo de inferioridad. Ahora se sentía sobre todo desamparado,
tan vulnerable como un niño. Pero cuando empezase a trabajar en
la caja, adquiriría la autoconfianza de Superman.
—Las diez y veinticinco —anunció Meyers, al mirar su reloj—. Ya
no debería quedar nadie en el interior.
Levantó la fea Skorpion hasta apuntar a la puerta gris y volvió a
sonreír de forma idiota.
Un momento después cesaron todas las risas y las
conversaciones provenientes del pasillo. Ahora solo bromeaban
Chet y Artie mientras comprobaban y cerraban las puertas de cristal.
Edgar tragó saliva.
—Aquí vienen —susurró Tucker.
Meyers se puso rígido.
Los dos guardias abrieron la puerta del almacén y entraron en él.
Ambos medirían sobre el metro ochenta, eran hombres de mediana
edad que se habían retirado de un auténtico cuerpo de policía al
cabo de veinte años de servicio, empezaban a engordar y tenían
una capacidad de reacción inferior a la de otros tiempos. Estaban
tan metidos en la historia que explicaba uno de ellos que ninguno de
los dos se dio cuenta de la presencia de los tres intrusos.
Caminaron una docena de pasos hacia el interior del almacén antes
de darse cuenta de que algo iba mal. Entonces, en el momento
crítico de la historia en la que estaban sumergidos, levantaron la
mirada y se quedaron helados, sorprendidos ante la presencia de
tres hombres con armas automáticas.
—No se pongan nerviosos —dijo Tucker en un tono de voz
tranquilo que inspiraba seguridad—. No traten de sacar las pistolas.
Los guardias bizquearon estúpidamente. Todavía no sabían lo
que ocurría. Resultaba evidente que hacía ya tiempo que habían
dejado la policía. Actuaban como aficionados.
—Si sacan un arma —añadió Meyers, levantando la Skorpion—,
tendré que volarles la tapa de los sesos.
Debido a su tono de voz grave y severa, la amenaza sonó
auténtica.
Ahora ya estaban totalmente comprometidos. Habían llegado
demasiado lejos como para poder marcharse y olvidarse del asunto.
Se habían hecho con el control del Oceanview Plaza sin verter una
sola gota de sangre, tal y como Frank Meyers había prometido. Fue
fácil. La verdad es que parecía demasiado fácil, y a Tucker eso le
preocupaba.
10
CABREADOS como un par de perros de cara chata, los vigilantes
estaban sentados en el suelo, con la espalda apoyada contra la
pared y las piernas estiradas frente a ellos. Tenían las manos atadas
a la espalda y los tobillos ligados con hilo fuerte de cobre que Edgar
Bates había sacado del gastado maletín en donde guardaba sus
herramientas.
El más grandote de los guardias, cinco centímetros y seis kilos
más alto y gordo que su compañero, era un hombre rojizo cercano a
la cincuentena. Por debajo de su abultado vientre cervecero y de la
brillante y enrojecida nariz de alcohólico, parecía gris y mezquino.
Tenía los ojos cercados por grandes bolsas de grasa y las arrugas
cruzaban sus mejillas como heridas de espada. Tucker pensó que
probablemente habría sido un gran jugador de fútbol en el instituto,
un soldado que habría entrado en combate, y un auténtico hijo de
perra con uniforme de policía. Como la mayoría de tipos de aquel
estilo, una gran parte de su imagen agresiva era pura fachada. Sin
embargo, en algún profundo lugar de su interior debía poseer aquel
peligroso, peculiar y violento sentido del machismo americano. Por
él sería capaz de hacer cualquier locura. El tipo miró hacia Tucker
cuando Bates se retiró con lo que sobraba del hilo de cobre, y dijo:
—No saldrás de esta, bastardo.
Tucker sonrió.
—Tú ves mucho la televisión, ¿verdad? Has estado muy
convincente al interpretar tu parte.
El guarda enrojeció, frunció el ceño y compuso una mueca de
odio.
—Tengo tu rostro grabado y he memorizado cada uno de sus
detalles. Demonios, tengo vuestras caras completamente
memorizadas.
Frank Meyers apuntó casualmente al rostro del hombre con la
Skorpion mientras se echaba hacia delante; era una amenazante
presencia con su voz de película de terror.
—Eres un capullo —dijo, con desprecio, fijando la vista en los
ojos del guarda.
—Ya está bien —dijo Tucker, parando a Meyers antes de que el
vigilante pudiera responder y exacerbar la situación.
Tucker percibió un antagonismo casi natural entre ambos
hombres. Eran del tipo que reacciona químicamente desde el primer
momento, de la clase que salta a la yugular del otro a la menor
provocación. Y eso no podían permitírselo. Se arrodilló junto al
guarda y le sonrió.
—¿Tú quién eres, Chet o Artie?
Ambos dieron un respingo.
—Escuché tras la puerta y oí como todo el mundo os daba las
buenas noches.
El ex policía se disgustó consigo mismo por no habérselo
imaginado.
—¿Tú quién eres? —insistió Tucker con mucha calma.
—Chet —le dijo el que tenía las ganas de bronca.
Tucker sabía que lo más importante era tratar de recomponer el
orgullo herido de Chet, curar su machismo vapuleado. Cuanta
menos bronca tuviera ganas de organizar, más cooperativo se
mostraría.
—Chet, ya sé que no eres de la clase de hombres que se toman
estas cosas a la ligera. No estás acostumbrado a dejar que nadie se
te suba a la parra. Pero ahora ya ha sucedido, y tendrás que
apechugar con ello. Mi amigo —dijo, y señaló a Frank Meyers—
estará al otro lado de la puerta del pasillo, controlando la salida este.
De vez en cuando os echará una mirada y no le gustaría ver que
hacéis lo posible por soltaros. Creo que no existe ninguna razón
para que aquí muera nadie esta noche.
Chet le miró sin decir nada. Su boca se contrajo aún más y los
ojos se convirtieron en rendijas.
—Nadie va a pensar mal de ti porque nos hayas dejado seguir
adelante —dijo Tucker, con paciencia—. Os hemos cogido por
sorpresa. Qué demonios, podría haberle pasado lo mismo a
cualquiera. Lo hicisteis todo bien, pero nosotros tenemos
ametralladoras, y somos más que vosotros…
El guardia pareció relajarse ligeramente. Perdió algo de rigidez y
sus labios recuperaron el color. Cesó en sus intentos por desasirse
de las ligaduras.
Tucker miró al segundo hombre. Físicamente era solo un poco
menos imponente que Chet, pero no estaba alimentado por el
mismo fuego interior. Estaba pálido y obviamente se sentía
asustado.
—Tú no ves razón alguna para hacerte matar, ¿verdad que no,
Artie? —preguntó Tucker.
—No —respondió Artie.
—Eso está bien —concedió Tucker.
Chet dirigió una fría mirada al otro hombre, después volvió a
mirar a Tucker, y dijo:
—He memorizado vuestros rostros de tal manera que la policía
podrá hacer un dibujo exacto de todos vosotros. Vuestras caras
aparecerán en todas las estaciones del país. Nunca podréis
escapar. Nunca.
—Tal vez estés en lo cierto —dijo Tucker, poniéndose en pie.
—Lo estoy. Ya lo veréis.
—Solo tenemos que aprovechar las oportunidades.
—No tenéis oportunidades —aseguró Chet, pero ahora no se
mostraba genuinamente beligerante.
Tan solo estaba asumiendo un papel, llevando a cabo una
representación.
—Son las once menos veinte —anunció Edgar Bates—. Los del
banco no estarán trabajando toda la noche. Será mejor que
empecemos.
Tucker vio el intercambio de miradas de curiosidad que se
produjo entre los vigilantes a la mención de «los del banco», pero
supuso que se hallaban tan aturdidos que solo ahora caían en la
cuenta de lo que iban a robar.
—Vamos —dijo, llevándose a Meyers y a Bates del almacén.
Frank se quedó atrás, en el pasillo oriental, a fin de vigilar las
puertas por las que pronto abandonarían el Oceanview Plaza, y para
cerciorarse de que los vigilantes no interferían.
Tucker y Bates recorrieron el pasillo rápidamente y en silencio,
pasaron junto a Surf and Subsurface, ante la tienda de los Rolls
Royce, por el bar… La fuente todavía funcionaba en la zona de
descanso del centro comercial, y el agua caía y parecía bailar sobre
la superficie del profundo estanque. Evidentemente, el agua se
bombeaba mediante un mecanismo de control situado en el
almacén, mecanismo que Chet y Artie no habían tenido la
oportunidad de desconectar. Eso estaba bien. El repiqueteo del
agua encubriría cualquier ruido involuntario que pudieran provocar.
Situado junto a la fuente, Tucker gozaba de una clara perspectiva de
cada uno de los tres pasillos restantes, todos ellos bien iluminados y
desiertos. Al final de cada uno, se veían las puertas de cristal
cerradas. En la parte interior del edificio, a un metro de dichas
puertas, se veían otras de barras metálicas que, saliendo del techo,
habían ido a encajar en unas aberturas del suelo. Nadie podía entrar
o salir por ninguna de esas tres entradas.
—Es tal y como lo describió Frank, hasta el último detalle —
aseguró Bates—. Me siento cada vez mejor.
Tucker pensó en la puerta de madera oscura, en la oficina
comercial que había tras ella, y en que ese era el único detalle que
no aparecía en el diagrama de Meyers… Después se encogió de
hombros, tratando de sacudirse la impresión de que algo no
acababa de ir bien. No tenía sentido preocuparse hasta que algo
empezase a ir mal. Y, por ahora, nada de eso ocurría. Toda la
operación funcionaba como un mecanismo de relojería.
Torcieron a la izquierda desde la zona de la fuente y penetraron
en el pasillo sur. A su derecha quedaban la House of Books y
Sasbury’s, una de las dos tiendas de ropa más grandes de todo el
centro comercial. A la izquierda estaban Young Maiden, la peletería
Harold Leonard, la joyería Accent y, finalmente, la Caja de Crédito y
Ahorro Countryside, en donde depositaban sus ganancias diarias la
mayor parte de las tiendas y donde los compradores tenían cuentas
personales que utilizaban en caso de agotar la línea de crédito de
las tiendas.
Sabiendo por experiencia que la aproximación directa era
siempre lo mejor, Tucker y Bates tenían la intención de ir al banco y
tomarlo, sometiendo al último delegado que pudiera estar
trabajando, así como al interventor, sin tener que esconderse. Pero
no iba a ser tan fácil. Las puertas correderas de cristal del banco
estaban cerradas a cal y canto. En el interior, la oscuridad apenas
revelaba dos lámparas nocturnas por encima de la puerta de la
cámara acorazada e inmediatamente detrás de la corta hilera de
ventanillas. No había ningún delegado ni interventor que se hubiera
quedado a hacer horas extras. El banco se hallaba desierto.
—Dios —dijo Bates con desaliento—. Lo más seguro es que se
hayan quedado a trabajar todos los miércoles por la noche, un mes
tras otro, hasta hoy.
Tucker apretó el rostro contra el cristal y examinó el interior del
banco. Estaba claro que allí dentro no había nadie. Meyers había
dicho que las puertas estarían abiertas y que tal vez la cámara
acorazada lo estuviera también. Había asegurado que tan solo
habría un par de dóciles trabajadores de banca con los que lidiar. Y
he aquí que resultaba estar vacío y cerrado.
—Tendrás que hacerlo por las malas, Edgar.
—Volaré esta caja y la de la joyería.
—Y evitando que salten dos juegos de alarmas.
—Por alguna razón pensé que este sería un trabajo fácil —dijo el
viejo, obviamente satisfecho de que el reto fuese mayor del
anunciado. Estaba en su elemento. Ya no se le veía nervioso.
Depositó el maletín en el suelo, se enfundó un par de finos guantes
de algodón y echó una mirada a la juntura de los paneles de vidrio,
estudiando la barrera transparente que los separaba del banco.
—Apostaría a que aquí también hay una alarma.
—No tienes por qué preocuparte —aseguró Tucker.
—¿Ah, no?
—Chet o Artie tendrán las llaves.
—¿Del banco?
—Deben de tener las llaves para hacer frente a cualquier
situación de emergencia o por si se declara un incendio en
cualquiera de los comercios —Tucker sonrió al ver las cejas
enarcadas del viejo—. No te preocupes, Edgar. No tendrán la
combinación de la caja. Todavía te queda mucho por hacer.
Bates enrojeció.
—Bueno, yo solo…
En alguna otra parte del centro comercial resonaron cinco
disparos en rápida sucesión.
11
CUANDO Tucker corrió de regreso por el pasillo meridional y penetró
en la zona de descanso común situada bajo el alto techo, vio que
Frank Meyers no se encontraba en la salida oriental, donde se
suponía que debía estar. El pasillo estaba desierto. Tucker supo
inmediatamente dónde buscar: al otro extremo del almacén donde
se encontraban los vigilantes reducidos, en esa habitación que
Meyers había omitido en el diagrama. Corrió pasando junto a la
fuente y se metió por el pasillo del oeste. Pasó junto al restaurante
Henri’s Gaslight, la librería House of Books, una tienda de ropa para
quinceañeros, un importador de calzado, una floristería, la tienda de
regalos Craftwell… Con la respiración entrecortada y el corazón
latiéndole como un martillo sobre el yunque, se detuvo frente a la
puerta entreabierta de la oficina comercial del Oceanview Plaza.
—¿Frank? —llamó, y se apartó de la línea de fuego, aunque
cubrió la puerta con la Skorpion.
—Estoy aquí dentro —respondió la familiar y ronca voz.
—¿Qué ha pasado?
—Nada. Ya ha pasado.
—¿Estás bien?
—Sí —dijo Meyers, más animado que nunca, mientras se
acercaba a la puerta desde el otro extremo de la oficina—. Ya se ha
terminado. Entra.
—Maldito bastardo —replicó Tucker—. Lo tenías planeado,
¿verdad? Andabas detrás de alguien, ¿no es así?
Meyers sonrió.
—Y le cacé.
Tucker entró en la pieza, confuso y cabreado. Se trataba de la
recepción que precedía a la oficina. Las paredes estaban pintadas
de color crema, la moqueta era de un verde profundo, el mobiliario
de tonos oscuros, pesado y de estilo vagamente mediterráneo. Tres
óleos le llamaron la atención durante unos instantes.
En el centro de la habitación se encontraba una preciosa joven,
sentada tras un enorme escritorio. Tendría unos veintitantos años,
de tez morena y espeso cabello negro que le caía hasta los
hombros. Se la veía aterrorizada y sus ojos castaños aparecían
enormemente blancos. Estaba sentada, tiesa como una estatua.
Sus manos reposaban sobre el secante del escritorio en donde
probablemente Meyers le había indicado que las mantuviera, y los
finos dedos aparecían fuertemente entrelazados; sus nudillos
estaban blancos.
—¿Quién es? —preguntó Tucker.
—Su secretaria —respondió Meyers.
—¿La secretaria de quién?
Meyers señaló hacia la puerta abierta que daba paso a la oficina
interior.
Tucker entró y vio a los muertos. Uno de ellos se encontraba en
el suelo, a la derecha del escritorio, en el centro de un gran charco
de sangre. En la mano llevaba una pistola que no había podido
utilizar, y tenía el aspecto de ser un guardaespaldas. Había otro
muerto sentado en una silla giratoria tras el escritorio, de unos
cincuenta años, rechoncho y feo. Mostraba dos agujeros en el
pecho y uno en el cuello, y parecía sonreír a Tucker.
Tucker se sintió desfallecer. Deseaba regresar por donde había
venido y liquidar a Meyers tal y como este había hecho con aquellos
dos. Pero era incapaz de hacerlo, al igual que habría sido incapaz
de cometer los asesinatos sin sentido llevados a cabo por Meyers.
Desvió la mirada de la masacre porque no podía mirar a un
muerto sin experimentar íntimamente la sensación de su propia
mortalidad. Miró a Meyers, luchando por contener la rabia y el
disgusto, y dijo:
—¿Quién era?
—Rudolph Keski —dijo Meyers—. El otro era su protección.
Bueno, no demasiado —añadió, riéndose.
Tucker hizo una mueca de cansancio.
—¿Por qué le buscabas? —preguntó Tucker, en voz baja y fría.
Nadie tendría que haber muerto.
—Keski fue el que me proporcionó esta voz —reveló Meyers—.
Me envió al hospital durante meses.
Por primera vez cayó en la cuenta de que Tucker no se tomaba
los asesinatos a la ligera, como él. Ahora Meyers trataba de
justificarse.
—¿Mafia? —inquirió Tucker.
A Meyers le hizo gracia la pregunta.
—Demonios, no.
—Ciertos amigos de Harrisburg aseguran que estuviste
mezclado con sicilianos.
—Eso es solo un rumor —respondió Meyers—. Keski era el jefe
de la organización local. Pero era polaco, no de la Mafia. No hay
ninguna relación entre él y ningún grupo nacional. No es que fuera
una organización pequeña, pero tampoco era grande.
—¿Por qué no me hablaste de él? —preguntó Tucker.
—No te hubieras asociado conmigo —confesó Meyers,
sonriendo alegremente.
El cambio de personalidad que se había producido entre Nueva
York y Los Ángeles era ya firme.
—Nadie hubiera querido llevar adelante el negocio… Así que dije
que solo se trataba de un robo; lo cual todavía está en pie.
—Me gustaría saber toda la historia; más tarde —dijo Tucker y
miró a la mujer, tratando de sonreír, aunque todavía se sentía mal a
causa de la matanza—. ¿Se encuentra usted bien?
—No la he tocado —dijo Meyers.
—¿Se encuentra usted bien? —le preguntó de nuevo Tucker,
ignorando la respuesta de Meyers.
La muchacha asintió, trató de hablar pero no pudo. Emitió un
sonido extraño y retorció los dedos todavía más.
—No se preocupe —aseguró Tucker, que luchaba para que su
voz sonase tranquila y amable—. No va a pasarle nada.
Ella le miró como si fuese sordomuda.
—No le ocurrirá nada —volvió a decirle—. Tendrá que venir con
nosotros hasta el almacén y tendremos que atarla, pero no le vamos
a hacer daño alguno.
—Él mató al señor Keski —articuló la muchacha con voz suave,
seductora y deliciosa. Estaba fuera de lugar en aquel depósito de
cadáveres.
—Ya sé que lo hizo —respondió Tucker, acercándose a ella y
separando las manos de la chica y tomando la derecha entre las
suyas con tanta ternura como si fueran amantes—. Pero había algo
entre él y Keski. No tiene nada que ver con usted. Ahora todo lo que
le preocupa, y lo que me preocupa a mí es llevarnos algún dinero de
la caja del banco del pasillo. Tendremos que atarla mientras lo
hacemos. ¿Lo entiende?
La mano de la muchacha estaba fría y no abandonó el refugio
que le brindaban las de Tucker.
—¿Lo entiende?
—Sí.
—Muy bien —dijo Tucker.
Dejó de sostenerle la mano y rodeó el escritorio para retirar la
silla en la que se sentaba y hacer que se pusiera en pie.
—No trate de escapar. No hay ningún sitio adonde ir. Limítese a
cooperar y no le ocurrirá nada malo. Bajo…
Tucker dejó de hablar cuando ella salió de detrás del enorme
escritorio y él se acercó inclinándose para echar una ojeada al lugar
que ella acababa de desocupar. Lo que había creído ver era cierto,
no se trataba de una ilusión ni de una sombra, no era ninguna
mancha en la moqueta. Estaba allí.
—¡Dios mío!
—¿Qué? —inquirió Meyers.
—Eres un estúpido —dijo Tucker por toda respuesta.
En el espacio para las piernas, bajo el escritorio, la moqueta
verde aparecía cortada en círculo y remachada en los bordes con un
remate metálico. En el centro de este espacio despejado había un
pequeño pedal rectangular, como un acelerador de coche en
miniatura.
—Es una alarma —confirmó Tucker.
Se incorporó y miró a la mujer. Tucker se sintió como un alambre
al ser tensado entre dos tornos.
—¿Lo ha utilizado?
Ella se apartó de su lado y retrocedió hasta topar con la pared,
apoyando la cabeza contra un óleo con un marco rococó.
—¿Lo ha utilizado? —repitió él.
—No me maten.
—No vamos a matarla —respondió Tucker.
—Por favor… —rogó la muchacha con ojos asustados.
Daba la impresión de que la sangre se hubiese retirado de su
encantador rostro. Su tono moreno natural había desaparecido,
dando paso a una extrema palidez.
Tucker se acercó a la muchacha y volvió a tomar la mano
femenina entre las suyas, se la llevó a los labios y le besó los dedos.
Ella le miró como si estuviera loco.
—Ya sé que está muy asustada. Le aseguro que siento
muchísimo todo esto.
Ella parpadeó, y Tucker se dio cuenta de que en sus ojos
aparecía una expresión plana; el choque de la impresión se
adueñaba de la chica.
—¿Cómo se llama? —preguntó él, que trataba de establecer una
rápida comunicación.
—¿Qué?
—Su nombre. ¿Cómo se llama?
Si la policía estaba en camino, todos aquellos segundos
resultaban preciosos, pero la paciencia era la única forma de
establecer contacto con la chica, que no acababa de recobrar el
sentido de la realidad.
Tucker sabía que su estado habría sido el mismo si hubiera sido
él quien se hallase en el lugar de la chica y hubiera visto a Meyers
acabar con Keski.
—Evelyn Ledderson —replicó, como si su propio nombre le
resultase extraño, como si para ella esas sílabas no tuvieran ningún
significado.
—Evelyn —empezó a decir Tucker, en un tono de voz tan suave
que Meyers tenía dificultad en oírle—, ¿te das cuenta de que no
queremos hacerte daño alguno? No tenemos nada que ganar con
ello. Solo quiero que me digas si ese pedal que hay debajo de tu
mesa está conectado a alguna alarma en una comisaría de las
cercanías.
Tucker estaba sorprendido de poder mantener un tono de voz
razonable y tranquilo. En su interior gritaba y no hacía otra cosa que
andar en círculos.
—Tenemos que saberlo, Evelyn… ¿Has usado el pedal?
Ella le miró a los ojos y pareció calmarse al hacerlo, como si
leyera la sinceridad que había en ellos, como si el mensaje estuviera
grabado en la retina de Tucker. Todavía sentía miedo, pero ya podía
dominarlo. Ya no la paralizaba.
—Sí —respondió—. Puede apostar a que lo hice.
Tucker miró a Meyers.
—Salgamos de aquí —apremió el hombretón, perdidos los
buenos modos.
Tucker agarró a la chica por el brazo.
—Tienes que venir con nosotros —dijo, forzándola a salir de la
oficina, detrás de Meyers.
La chica no quería ir, pero sabía que al resistirse solo
conseguiría empeorar las cosas. Se quitó los zapatos de tacón para
no tropezar y corrió tras él.
Se oían sirenas a lo lejos.
12
CUANDO entraron en el pasillo del este vieron a Edgar Bates al otro
lado, junto a la tienda de deportes Surf and Subsurface, frente a la
entrada del almacén. Había cogido un juego de llaves de uno de los
vigilantes e insertado una de ellas en la ranura de la pared,
activando la puerta de barras metálicas que bajaba desde el techo.
Se oía el zumbido apagado de un motor eléctrico. La puerta que
bloquearía el pasillo completamente hacía mucho ruido al bajar.
—¿Qué es lo que haces? —gritó Meyers, con su voz rasposa.
Bates se volvió para mirarles. Tenía el rostro congestionado y los
ojos tan abiertos y grandes como los de Evelyn Ledderson cuando
Tucker la vio, nada más entrar en la oficina. Cuando el grupo llegó
junto a él, justo cuando la puerta descendía sobre el terrazo del
suelo, Bates dijo:
—La poli está en el aparcamiento.
Meyers pasó junto a él y asió la puerta, la sacudió y trató de
apartarla.
—¡Maldito bastardo! Nos has dejado atrapados.
Bates se rio sin ganas, con los ojos brillantes y planos.
—¿Quién es el maldito bastardo? ¿Es que no lo ves, Frank? Ya
estábamos atrapados.
Tucker se movió hacia la puerta, llevando a la mujer consigo.
Miró hacia el exterior por entre el enrejado de finas barras de metal,
a través de las puertas exteriores de cristal que se hallaban a un
metro escaso, y vio un coche patrulla, del que no apreció el color a
causa de las hileras de luces de vapor de mercurio del exterior, que
ya se había detenido a unos cuatro metros de la entrada del centro
comercial. Ahora se hacía realidad para todos lo que Tucker había
dicho a Evelyn Ledderson pocos minutos antes: que no había
ningún lugar al que escapar. De repente, apareció un segundo
coche patrulla junto al primero, aparcando tan cerca de este que
casi le rascó la pintura, y frenando tan súbitamente que los
neumáticos chirriaron y el vehículo se balanceó sobre sus ejes.
—Podemos abrirnos paso a tiros —aseguró Meyers.
—Olvídalo —dijo Tucker.
—Tenemos que intentarlo.
—No recorreríamos ni dos metros —aseguró Tucker.
Edgar Bates estaba ocupado sellando la puerta a los agujeros
del suelo.
—Ni siquiera pasaremos de esta puerta —dijo por encima del
hombro.
—Tiene razón —dijo Tucker a Meyers—. Ha hecho lo correcto al
sellarlas. No vamos a salir por aquí. Todo lo que podemos hacer es
asegurarnos de que no van a entrar.
—No podemos encerrarnos en este lugar —dijo Meyers.
—Ya lo sé.
El espectro del fracaso, asociado a la imagen de su padre, se
abrió paso desde lo más profundo de su mente.
Meyers señaló hacia la puerta.
—Entonces, ¿qué vamos a conseguir cerrando la puerta?
—Tiempo —reveló Tucker.
—Tiempo para que lleguen más coches de policía —contestó
Meyers, con una mueca de amargura en el rostro.
—Conseguiremos algo más —insistió Tucker, mientras
observaba cómo los cuatro policías se acercaban a la puerta de
cristal.
—¿Como qué?
—Encontraremos otra forma de escapar.
—¿Cómo?
—Todavía no lo sé.
—Si no podemos salir por esta puerta —dijo Meyers—, no
podremos hacerlo por ninguna otra. Seguro que también tienen
cubiertas las demás.
—Ya lo sé —dijo Tucker—. Pero todas las entradas se cierran
desde dentro. Los muelles de descarga del almacén están cerrados.
Así están las cosas. No pueden entrar a cogernos.
—Sigues insistiendo en lo mismo —continuó Meyers—. Haces
que parezca que gozamos de una gran ventaja. Pero lo cierto es
que no podemos sentarnos aquí y esperar que ellos sigan allá fuera.
Dos de los policías trataban de abrir las puertas exteriores, y
extendieron sus manos sobre las cejas para protegerse los ojos del
reflejo de las luces del aparcamiento tratando de vislumbrar lo que
ocurría dentro.
Con la mujer sujeta justo donde imaginó que los policías podrían
verla, Tucker pasó el cañón de la Skorpion a través de una de las
aberturas del enrejado de la puerta metálica y apuntó hacia los dos
policías.
Frank Meyers hizo otro tanto.
—¡Retroceded! —Gritó Tucker—. ¡Quedaos más atrás!
Pero no necesitaban que se lo repitieran. En cuanto vieron las
pistolas, saltaron de la trayectoria de disparo como marionetas, y
corrieron a refugiarse tras los coches patrulla. Estaban excitados,
gritándose unos a otros. Tucker no pudo entender lo que decían.
—Puedes apostar a que no se quedarán ahí por mucho tiempo
—dijo Meyers—. Lo que deberíamos hacer es…
—Cállate —ordenó Tucker.
La orden fue tan tajante y cargada de tanta rabia, que Meyers
obedeció y parpadeó estúpidamente; apretó los delgados labios y se
preguntó qué podía responder. Tucker habló:
—No estaríamos en esta situación si no hubieras ido tras Keski,
así que no me cabrees y acepta la responsabilidad como un
profesional. La culpa es tuya y solo tuya. Tienes que aceptarlo así y
cerrar la boca.
Meyers se aclaró la garganta y agitó la cabeza para expresar
una mezcla de consternación, rabia y respeto.
—Te permites el lujo de hablarme como te da la gana.
Tucker le miró.
—Así es.
Después de un corto duelo de miradas, del que Tucker salió
victorioso, Meyers dijo:
—Pero tienes que admitir que estamos en una ratonera.
—Nunca he dicho lo contrario.
—Pues no sé qué es lo que esperas.
—Escuchad —intervino Edgar Bates—, tenemos tres rehenes.
Podemos usarlos como escudo —añadió con voz temblorosa.
—Es una buena idea —apostilló Meyers.
Evelyn Ledderson se puso rígida y trató de alejarse de Tucker,
aunque sin convicción.
—Usted me dijo que no me harían nada, y ahora quieren
esconderse detrás de mí.
—Ella tiene razón —dijo Tucker—. Es una mala idea. Nunca he
sabido de nadie que pudiera escapar utilizando rehenes. La policía
nos dispararía igualmente. En los tiempos que corren no parece
importarles demasiado las vidas inocentes. E incluso si nos permiten
llegar hasta la camioneta y largarnos, nos seguirían hasta que
dejásemos libres a los rehenes. Entonces acabarían con nosotros.
—Pero, entonces, ¿qué otras opciones tenemos? —preguntó
Bates.
—Tengo un par de ideas —aseguró Tucker—. Pero antes de
empezar a hablar de ellas, quiero telefonear a la policía. Quiero
hacerles entender que tenemos rehenes.
—Ya vieron a la chica —dijo Bates.
—Pero tal vez crean que se trata de uno de los nuestros.
Meyers se pasó el dorso de la manga por el rostro.
—Saben que tenemos a los vigilantes.
—Y tal vez crean que nos los hemos cargado —dijo Tucker, y
miró a Bates—. Lleva a Evelyn al almacén y átala junto a Chet y
Artie.
Bates recogió su pistola, que había dejado en el suelo, junto a la
puerta, y apuntó a la muchacha.
—Vamos, por favor.
Evelyn miró a Tucker, con una sombra de duda en el rostro.
—No te preocupes —aseguró él—. Este hombre no cometerá
ningún error; no te hará daño alguno.
La muchacha precedió a Edgar Bates con aire cansado y no sin
dudas. El viejo se dio la vuelta antes de cerrar la puerta del almacén
y dijo:
—Me he dejado el maletín en el banco y tengo el cable dentro.
¿Qué utilizo para atarla?
—Tiene que haber algo de cable en los estantes del almacén —
aseguró Tucker—. Mira por ahí.
—Ah —musitó Bates distraídamente, como si estuviera medio en
trance—. Sí, claro. Debería haberlo pensado… —acabó diciendo
mientras seguía a la muchacha al interior del almacén.
—No va a sernos de mucha ayuda si la situación empeora —
comentó Meyers, que había seguido al viejo con la mirada.
—Tengo más dudas acerca de ti —dijo Tucker, con la vista
clavada en el hombrón.
Meyers enrojeció. Sus ojos azules no pudieron aguantar la
mirada de los ojos oscuros de Tucker.
—Mira, admito que me pasé. Debería haber sabido tanto sobre
la oficina de Keski como sobre el resto del centro comercial. Debería
haber conocido la existencia del pedal de alarma, y…
—Déjalo para más tarde —cortó Tucker—. Tengo que llamar a la
policía antes de que cometan alguna estupidez.
Miró más allá de Meyers, a los dos coches del otro lado de la
puerta, a las luces rojas que giraban en los techos de los vehículos,
y a los movimientos llenos de cautela de los cuatro policías.
—Trata de vigilar todos sus movimientos, pero no empieces
ningún tiroteo.
—Claro que no.
—Confío en ello.
—Puedes contar conmigo —aseguró Meyers.
Tucker sonrió de mala gana. «Seguro que sí», pensó, «seguro
que puedo confiar en él». Deseó no tener que dar la espalda al
hombretón para dirigirse hacia la zona de descanso del centro
comercial.
Cerró las puertas de la cabina telefónica, logrando reducir gran
parte del ruido producido por la fuente. Aunque consiguió una cierta
calma, tuvo que soportar el penetrante olor que impregnaba la
cabina, un aroma casi tangible dejado por el último usuario. Arrugó
la nariz, trató de respirar superficialmente y depositó una moneda en
la ranura para llamar a la operadora.
—Operadora —contestó la empleada, como si el cliente no
recordara a quién había llamado.
—Me encuentro en el centro comercial Oceanview Plaza —dijo
Tucker—. Necesito hablar con la policía. ¿Sabe qué comisaría se
encarga de esta zona? ¿Podría marcar el número, por favor? Se
trata de una emergencia.
—En ese caso debe marcar el número de Información —dijo la
telefonista, como si accidentalmente se hubiera metido una de las
clavijas en la nariz.
—Olvídese de Información —dijo Tucker.
—Lo siento, señor. No puedo ayudarle…
—Ya le he dicho que se trataba de una emergencia —repitió
Tucker—. Se está cometiendo un atraco. Póngame ahora mismo
con la policía. La mujer dudó.
—Un momento, señor.
—No dispongo de ningún momento.
Pasaron unos cuantos segundos, durante los cuales escuchó el
sonido de varios relés. También pudo escuchar una distante
conversación entre dos viejas, debida a un cruce de líneas. Volvió a
escuchar relés, y un teléfono sonó al otro extremo de la línea.
—Policía —respondió una bronca voz masculina.
—¿Con quién hablo?
—Con el sargento Brice —dijo el policía, disgustado de que
alguien quisiera saberlo. La gente que informaba de crímenes no
solía querer saber el nombre del agente de guardia. Solo los
sinvergüenzas gustaban de ese toque de familiaridad.
Tucker respiró hondo.
—Sargento, escuche atentamente lo que voy a decirle. No se lo
repetiré. Se está cometiendo un atraco en el centro comercial
Oceanview Plaza. Ya han llegado algunos coches patrulla —hizo
una pausa y continuó—. Soy uno de los ladrones y…
—¿Pero qué dice? —preguntó Brice.
—Sargento, ¿me escucha?
—¿Qué significa eso de que es uno de los ladrones?
—Le llamo desde una de las cabinas del interior del centro
comercial —informó Tucker.
—¿Dentro?
—Eso es, veo que lo ha entendido —dijo Tucker, con sarcasmo
—. Quiero que le trasmita cierta información a quien lleva la
operación.
—Espere un minuto —interrumpió Brice.
—No voy a esperar ni un segundo —respondió Tucker—. Voy a
decírselo rápidamente y después colgaré. Si no actúan
correctamente habrá gente que morirá sin ninguna necesidad.
—Usted está en el interior del centro comercial —dijo Brice—. Y
es un ladrón.
Se notaba que hablaba para sí mismo, preguntándose qué
situación era aquella.
Tucker continuó:
—Solo hay seis vías para entrar en el centro comercial y
tenemos selladas todas y cada una de ellas. Esto es una auténtica
fortaleza. Su gente no podrá abrirse camino a menos que estén
dispuestos a morir en el intento.
—Está usted realmente en apuros —dijo Brice, en tono
amenazador.
Ahora estaba haciéndose el bravucón, al igual que hiciera Chet.
Pero, al menos, había comprendido que no se trataba de ninguna
broma.
—Además —añadió Tucker—. Tenemos rehenes. Tenemos a los
dos vigilantes nocturnos y también a Rudolph Keski, quien
aparentemente es dueño de una parte del centro comercial. El señor
Keski me ha pedido que les trasmita que confía en que actuarán con
cautela en esta situación.
Tucker sabía que hubiera sido un error anunciar la muerte de
Keski. Si la policía se enteraba de que se habían cometido dos
asesinatos, no respetaría a los rehenes. Puede que tratasen de
entrar y de rescatarles. Por si acaso, Tucker trataba de parecer un
hombre desesperado, pero no alguien que no tuviese nada que
perder.
—También tenemos al guardaespaldas de Keski y a su
encantadora secretaria, Evelyn Ledderson. Cuatro hombres y una
mujer, sargento Brice. Mataremos a los cinco si alguien trata de
entrar a buscarnos.
—Está usted chiflado —afirmó Brice—. Nunca se…
Tucker le interrumpió.
—Estamos armados con subfusiles ametralladores, y podemos
hacer mucho daño si nos lo proponemos. Somos siete.
El exagerar en el número no podía perjudicarles y haría que la
policía se lo pensara dos veces antes de intentar cualquier cosa.
Una banda de tres ladrones era poca cosa, mientras que siete
constituían un pequeño ejército que imponía un cierto respeto.
—Van a arrepentirse de haberse metido en algo así —aseguró
Brice con severidad, como un padre reprendiendo a una criatura—.
Lo mejor que pueden hacer es salir de ahí ahora mismo, antes de
que las cosas empeoren para ustedes. Ríndanse. —Pareció darse
cuenta de la inutilidad de seguir con la línea abierta—. ¿Qué quieren
de nosotros?
—Ahora mismo —dijo Tucker—, tan solo quiero que su gente se
esté quieta, que nos dejen en paz.
—¿Por cuánto tiempo?
—Hasta que yo se lo diga.
—Quiere vía libre para salir de ahí a cambio de los rehenes que
mantienen en su poder.
—Todavía no. Pero esa es una opción que quiero mantener
abierta. Consideremos una tregua de un par de horas.
—No pueden estar ahí para siempre.
—Lo suficiente.
—¿Qué demonios quieren hacer ahí dentro? ¿Por qué seguir
con una locura así?
—Queríamos atracar el banco —anunció Tucker—. Tal vez
todavía lo queramos.
—Espere un momento —pidió Brice, sintiendo que Tucker estaba
a punto de colgar—. ¿Cuál es el número de teléfono desde el que
llama?
—¿Para qué?
—Tal vez queramos hablar con ustedes. Puede que surja algo.
En caso de producirse una crisis, pensó Tucker, no estaba mal
tener una línea abierta con el otro lado. Le dio el número a Brice y
colgó antes de que el sargento pudiera añadir nada más.
Cuando salió de la cabina, escuchó más sirenas acercándose
por encima del sonido de la fuente.
13
MIENTRAS Bates permanecía de guardia en el corredor este, Tucker
condujo a Frank Meyers al interior del almacén; pasaron junto a los
tres rehenes y se metieron entre las cajas y embalajes a fin de
mantener una conversación privada. Las zonas iluminadas por los
fluorescentes se alternaban con pozos de sombras azules. La
atmósfera era pesada y húmeda.
—No sé por qué quieres saber de qué se trata —dijo Meyers
cuando Tucker se detuvo y se apoyó contra una sólida pared
formada por cajas de cartón que alcanzaba los tres metros de altura.
—Me gustaría poder entender por qué me has involucrado en
todo esto —dijo Tucker.
—No te he involucrado en nada.
—Asesinato.
—He sido yo quien les ha matado —dijo Meyers, tratando de
disminuir la presión de Tucker con un rápido balaceo de su cabezota
—. No pueden involucrarte en ello.
—Me pueden empapelar como cómplice.
Meyers no tenía respuesta para eso.
—¿Quién era Rudolph Keski?
—Mira, Tucker…
—¿Quién era?
Meyers era bastante más alto y fuerte que Tucker, pero este no
tenía miedo alguno. Estaba tan acostumbrado a tratar con su padre
y con los sabuesos de este, que nunca podría asustarse ante un
hombre que disponía de una ventaja puramente física. El padre de
Tucker siempre había sido capaz de herirle emocionalmente tanto
como financiera y físicamente. Comparado con el viejo y con los
poderosos abogados, banqueros y políticos comprados por este,
Frank Meyers no representaba amenaza alguna. Podía ser
peligroso, violento y tal vez astuto, pero él podría manejarlo con
facilidad.
Meyers miró al suelo, algo acobardado por la seguridad que
emanaba de la voz de Tucker, y con la punta del pie dibujó
imaginariamente un círculo en el suelo, un poco como un niño al ser
reprendido.
—Keski trabajaba para las bandas de Nueva York hace unos
veinticinco años —dijo, y siguió mirando al suelo, incapaz de
encararse con Tucker—. Entonces vino al Oeste y se instaló por su
cuenta. Aquí, en Santa Mónica, empezó con un bar, en donde había
juego en la parte de atrás. Después reunió a un grupo de chicas y
se dedicó a la prostitución. De ahí pasó a hacer de camello,
traficando con drogas: hierba, hachís, anfetas, incluso heroína.
Tampoco le hacía feos a atracar bancos, algún secuestro de vez en
cuando, cobro de protección…
—¿Cómo le conociste?
—Éramos amigos en Nueva York. Cuando empezó a organizar
atracos a bancos de allí, me pidió que me uniese a él. Llevamos a
cabo cuatro trabajos a lo largo de los años.
—Y la última vez que trabajaste con él fue hace dos años y
medio —siguió Tucker.
Meyers frunció el entrecejo.
—¿Cómo te has enterado?
—Me lo dijo Felton.
—No tenía por qué…
—Yo tenía ciertas dudas acerca de ti —dijo Tucker—, y quise
que Clitus me diera unas cuantas respuestas. Si no lo hubiera
hecho, nunca me habría metido contigo en esto.
Meyers se limpió el sudor del rostro con un sucio pañuelo y dijo:
—La última vez que trabajé con Keski no fue en un robo, fue en
un asesinato.
Tucker esperó. Sabía que el hombrón iba a explicárselo todo con
pelos y señales, pero que lo haría a su manera. No tenía por qué
darle prisas.
—Durante la mayor parte de los últimos veinticinco años —dijo
Meyers—, Keski tuvo un socio, un hombre llamado Teevers. Iban al
cincuenta por ciento en todo, incluso en los riesgos. No es que
fueran íntimos, pero tampoco se odiaban. Hará unos cuatro años,
Keski decidió que ya era hora de invertir todo su dinero en negocios
legales. Quería abandonar las operaciones peligrosas tipo tráfico de
drogas, juego y protecciones. Teevers estaba chapado a la antigua.
No lo veía de la misma manera. Era lo suficientemente tonto como
para creer que había más dinero en el crimen organizado que en los
negocios legales.
—Y Keski pensó que la mejor forma de acabar con el
desacuerdo era matando a Teevers.
—Así es —confirmó Meyers—. Keski me llamó. Íbamos a hacerlo
nosotros dos solos. Lo planeamos muy bien, parecería un accidente
incluso para la policía y los del seguro. Era perfecto.
—Keski y tú erais los únicos que sabríais la verdad —comentó
Tucker—. Pues qué bien.
—Sí.
—¿De verdad no imaginaste lo que vendría a continuación? —
preguntó Tucker, incrédulo.
Meyers le miró con inocencia.
—La verdad es que no.
—Keski trató de matarte.
—Casi lo consigue —dijo Meyers, e intentó componer una
sonrisa; algo que no consiguió.
—¿Cómo? —preguntó Tucker—. Eres bastante más grande de
lo que él era.
—Me pagó la mitad por adelantado —dijo Meyers—, y se
suponía que iba a entregarme el resto una vez que estuviera hecho
el trabajo. Nos encontramos en un hotel de Los Ángeles para
hacerme entrega del resto… Bueno, mira, ya había trabajado con él
en otras ocasiones y siempre se había comportado bien. Le di la
espalda porque nunca pensé que pudiera… Se acercó a mí con el
sigilo de un gato… Y me rebanó el pescuezo… —La voz susurrante
de Meyers se hizo más profunda—. Cuando alguien te hace algo
así, estás tan ocupado tratando de cerrar el tajo que no piensas en
protegerte de nada más. Cuando caí al suelo me pisó el cuello y
casi me destroza la tráquea. Después se marchó, dejándome por
muerto.
—Eso fue un error.
—Ahora ya lo sabes. No me cortó la yugular; aunque me hizo
bastante daño, no me alcanzó la yugular —acabó, y en esta ocasión
sí pudo sonreír.
—De todas formas debiste de haberte desangrado. Debiste…
—Me salvó mi debilidad —dijo Meyers.
—¿Tu debilidad?
—Había una mujer conmigo —dijo Meyers—. La había ocultado
en el cuarto de baño a la llegada de Keski. No quería que fuese
testigo del pago. En el momento en que Keski se marchó, la chica
salió y vio lo que me había sucedido; a continuación llamó a
recepción y pidió una ambulancia. Podría haber muerto igualmente,
pero sucedió que tres pisos más abajo había una ambulancia que
había acudido a atender una urgencia, un viejo que había sufrido un
fatal ataque al corazón. Subieron enseguida a por mí. El viejo murió,
pero yo salí adelante.
—Y desde entonces has querido cargarte a Keski.
—Así es —concedió Meyers, acariciando la Skorpion como si
estuviese viva—. Un año más tarde volví aquí y alquilé un
apartamento. Entonces empecé a seguir a Keski. Descubrí que se
había vuelto decente, tal y como había sido su deseo. Había
comprado la participación mayoritaria de este centro comercial,
poseía moteles y restaurantes a lo largo de la costa, y una docena
de cosas más. Le seguí hasta esta oficina, cada día, durante dos
meses, en busca de una oportunidad. Pero por entonces llevaba dos
guardaespaldas.
—¿No te vio nunca? —inquirió Tucker.
—No me hubiera reconocido aunque lo hubiese hecho —
contestó Meyers—. Antes solía vestir mejor y llevaba el pelo muy
corto. También había llevado bigote, pero me lo afeitaron en el
hospital y nunca me lo volví a dejar.
—Así que, cuando te dedicaste a seguir a Keski, te aprendiste la
distribución del lugar.
—Empecé a darme cuenta de que sería un trabajo estupendo —
confirmó Meyers, asintiendo con la cabeza—. Creí que podría
combinar el liquidar a Keski con el trabajo aquí. Sabía que el muy
bastardo se sorprendería al verme entrar en su despacho una hora
después de cerrar las puertas y apuntarle con una pistola. Y me
pareció una buena idea «limpiar» el centro comercial después de
haberme deshecho de él.
—Era Keski quien se quedaba los miércoles hasta tarde —dijo
Tucker—, y no el delegado del banco.
—Así es.
—Mentiste.
—No tenía opción.
—Eso no cambia nada —afirmó Tucker—. Mentiste a Felton. Me
mentiste a mí. Si logras salir de esta, estarás acabado para los
negocios.
—Tuve que mentir para que el plan te gustase —dijo Meyers con
la mayor seriedad. Veía la rabia en la mirada de Tucker, una llama
contenida pero perenne—. Estaba contra las cuerdas, Tucker.
Todavía puedo conseguir algunos trabajos, pero entre un trabajo y
otro todo resultaba un desastre. Me sentaba en aquel apartamento
de Nueva York y no hacía más que pensar en ello. Tenía que
liquidar a Keski antes que todo el maldito asunto acabara
devorándome. —Se aclaró la garganta y miró a Tucker hecho un
amasijo de nervios—. ¿Es que no lo entiendes?
—No.
—Casi me mata. Él…
—Ese era tu problema —dijo Tucker—. No el mío, ni el de Edgar.
—Escucha —aventuró Meyers—. Podemos reventar la caja del
banco tanto si el delegado está como si no.
—Podíamos —dijo Tucker, con retintín—. Pero te olvidaste del
pedal de alarma que había debajo de la mesa de Evelyn
Ledderson…
—¡Qué asco! —replicó Meyers, como si durante la conversación
hubiera olvidado que estaban en una ratonera y que coches
cargados de policías rodeaban el edificio.
Al llevar a cabo su venganza y matar a Rudolph Keski, Frank
Meyers no había recuperado su sentido común y su autocontrol. Su
talento y sus nervios nunca volverían a ser como antes de que Keski
le rebanase el pescuezo. Seguía siendo un hombre destrozado que
actuaba bajo un imperativo.
—Teníamos que habernos abierto paso a tiros mientras tuvimos
ocasión.
—Ahora ya es demasiado tarde para eso —replicó Tucker.
—Ya lo sé, pero si me dejases…
—Creo que he dado con algo mejor —cortó Tucker, alejándose
de la pared de cajas y ajustándose la chaqueta con un rápido
movimiento de los hombros—. ¿Sabes qué es eso que tienes ahí al
lado?
Meyers miró a derecha e izquierda, perplejo.
—En el suelo —indicó Tucker.
Meyers miró hacia abajo, lo vio, pero continuó estando perplejo.
—Es un desagüe. Eso es todo.
Tucker se arrodilló junto a la rejilla del desagüe, con la mitad del
diámetro de una tapa de alcantarilla normal.
—Ahí fuera, detrás del centro comercial, hay algunas colinas
escarpadas y vacías. Cuando llueve debe bajar mucha agua hacia
el aparcamiento. Seguro que disponen de un sistema de desagüe
en caso de tormentas.
—¿Y qué? —preguntó Meyers, y también se arrodilló.
—Un desagüe para las tormentas suele ser de gran tamaño —
dijo Tucker, pensativamente.
A través de los agujeros de la rejilla miró hacia el túnel que se
extendía por debajo. Tras el entramado metálico solo se apreciaba
oscuridad, una oscuridad negra y aterciopelada como la de un cielo
sin estrellas.
—Está diseñado para conducir grandes cantidades de agua
durante cortos períodos de tiempo. Debe de ser lo suficientemente
grande como para permitirnos gatear hasta la salida.
Meyers se metió un dedo en la oreja como si no hubiera
escuchado con claridad el comentario de Tucker.
—¿Lo dices en serio?
—Debería funcionar.
—¿Pasar por una alcantarilla?
—No es una alcantarilla —corrigió Tucker, con impaciencia—.
Tan solo es una conducción para el agua de lluvia. Ahora tiene que
estar seca, o casi seca.
—Pero si nos metemos por ahí —siguió Meyers—, ¿cómo
saldremos?
Estaba claro que no veía clara la idea de utilizar el desagüe
como vía de escape.
—No lo sé —admitió Tucker—. Pero estoy seguro de que
encontraremos una salida. —Dejó la pistola a un lado—. Ayúdame a
quitar la tapa.
Se puso en pie y metió los dedos entre el enrejado metálico.
De mala gana, Meyers dejó la Skorpion en el suelo junto a la de
Tucker, se incorporó, y agarró la tapa por el otro lado.
Consiguieron levantarla entre ambos, la arrastraron y la
depositaron a unos pocos metros de distancia.
Tucker regresó junto al agujero y se arrodilló de nuevo.
—Sigo sin poder ver nada. Ve a las mesas de trabajo y mira a
ver si puedes encontrar una linterna.
Meyers recogió su Skorpion y, durante unos instantes, la sostuvo
con ambas manos.
—¿Algo más?
—Tal vez deberías echar una mirada al pasillo y ver si a Edgar le
va todo bien.
—¿Le explico lo del desagüe? —preguntó Meyers, señalando el
agujero.
Tucker levantó la cabeza.
—Sí, díselo. Tal vez no sea mala idea. Aunque no nos lleve a
ninguna parte, le animará durante unos minutos. Lo más seguro es
que se encuentre bastante mal.
—Yo tampoco estoy muy bien —añadió Meyers.
—Ya —respondió Tucker—. Todos estamos igual.
14
TUCKER se sentó al borde del agujero de desagüe y después saltó,
lanzándose a la oscuridad, cayendo sobre un suelo de acero
ondulado. Encendió la linterna que le había alcanzado Meyers y
descubrió que la tubería era más grande de lo que había imaginado,
ya que era casi tan alta como para permanecer en pie y lo
suficientemente ancha como para caminar con holgura.
—¿Cómo lo ves? —preguntó Frank Meyers, que se hallaba
arrodillado por encima de Tucker, en el suelo del almacén, mirando
por la entrada circular del desagüe.
—Tal vez hayamos dado con algo —aventuró Tucker.
Dirigió el haz de la linterna hacia las paredes. El túnel estaba
seco, un poco oxidado, y manchado aquí y allá con luminiscente
musgo de color verdoso. Entre las ondulaciones podían apreciarse
algunas telarañas. Varios ciempiés colgaban del techo, y algunos
insectos se movían nerviosamente arriba y abajo, y cuando la luz los
iluminaba, corrían a buscar refugio entre las sombras. Aunque las
paredes estaban secas, el suelo de la tubería estaba encharcado y
el agua desprendía un penetrante hedor. Tucker se hallaba en pie
en una especie de charco de lodo fangoso que brillaba como el
aceite cuando era iluminado.
—¿Quieres que baje? —preguntó Meyers.
—Todavía no.
—Te esperaré aquí arriba.
—Muy bien.
Tucker enfocó la linterna hacia el interior de la tubería, primero
miró hacia el sur y después hacia el norte. En ambas direcciones el
túnel conducía a una oscuridad sin relieves, como una arteria de la
tierra. Recordó que hacia el sur no había aparcamiento alguno, y
que los cuidados terrenos sobre los que se levantaba el centro
comercial daban paso a un paisaje de abruptas y melladas colinas,
formaciones rocosas, bosque bajo castigado por el sol, algunas
palmeras, y a varios barrancos producto de la erosión semejantes a
docenas de cauces secos. Después el terreno caía hacia la
carretera principal o hasta llegar al mar. Si las canalizaciones
destinadas a encauzar el agua de las tormentas se vaciaban en
algún lugar, tendría que ser en ese terreno baldío.
Se volvió hacia el sur y empezó a caminar, inclinándose para no
dar con la cabeza contra el techo. Sus pisadas retumbaban sobre el
suelo metálico, produciendo ecos por todas partes. Cuando metía el
pie en un charco el sonido retumbaba amplificado hasta parecerse
al incesante rumor de la fuente gigante de la zona de descanso del
centro comercial.
El aire estaba viciado pero no resultaba desagradable; recordaba
al de un armario lleno de ropa vieja. Y si iba a conducirles hasta el
dulce aire de la libertad, entonces podría resistirlo.
Un poco más adelante, el túnel torcía hacia la izquierda.
Cuando Tucker dobló el recodo de la tubería, el aire cargado
pareció vivificarse y convertirse en una fresca brisa nocturna, y de
repente supo que se acercaba al final del sistema de desagüe.
Apagó la linterna y permaneció inmóvil hasta que sus ojos se
acostumbraron a la intensa oscuridad. Poco a poco fue capaz de ir
discerniendo una zona de menor oscuridad situada a unos dos
metros por delante de él que, como un etéreo círculo de una
extrema y débil luz gris que contrastaba con la oscuridad total de las
paredes del túnel, atrapó su atención, como una lejana baliza.
Avanzó con cierta cautela, haciendo el menor ruido posible. En la
boca del desagüe, que se hallaba al comienzo de un barranco a un
metro y medio por encima del suelo, Tucker se detuvo y echó una
ojeada al exterior. Trató de apretarse contra la pared cuanto le fue
posible para que su presencia pasase lo más inadvertida posible en
caso de que pudieran dispararle, aunque constató que las balas
rebotarían contra las paredes de metal que le rodeaban por todas
partes…
Miró las colinas teñidas de sombras y la vertiente que descendía
hacia el bravío mar nocturno. Allí solo se movían dos cosas: una
espesa nube que venía procedente del mar en dirección este y una
hilera de automóviles sobre la autopista principal, a unos cien
metros de distancia.
Entonces oyó voces cada vez más cercanas.
Tucker se puso rígido.
A unos treinta metros colina abajo, en el borde del barranco,
aparecieron dos haces de luz provenientes de linternas.
Tucker comprobó que la Skorpion estuviera cargada. Lo estaba.
Detrás de las linternas aparecieron tres policías. Se quedaron a
un lado de un estrecho canal erosionado mientras miraban hacia la
boca del desagüe en la que Tucker se ocultaba. Aparentemente no
pudieron penetrar lo suficiente en la oscuridad del túnel como para
verle, ya que no realizaron esfuerzo alguno para protegerse o bien
para ocultar sus movimientos. En vez de eso, descendieron
ruidosamente por el costado del barranco, resbalando y tropezando
en el cauce seco, en donde tomaron posiciones tras una serie de
rocas, a menos de veinte metros de la salida del desagüe. Las
linternas parpadearon casi al mismo tiempo.
La noche cayó sobre todos súbitamente.
Tucker desplegó la culata retráctil de la Skorpion y la observó. Si
los policías se decidían a remontar el barranco y trataban de entrar
en el centro comercial a través del túnel, emplearía la pistola como
subfusil ametrallador. Deseaba con todas sus fuerzas que
permanecieran donde estaban.
A Tucker le llegaban los ecos de las voces traídos por la suave
brisa del mar, pero no podía oír claramente lo que decían. Pasaron
unos minutos hasta que la conversación perdió intensidad,
convirtiéndose en un murmullo ininteligible.
Los automóviles continuaban deslizándose por la carretera.
Grandes masas de nubes grisáceas se acercaban desde el mar,
como gigantescos navíos.
Tucker pensó sin querer en Elise y conjuró una vívida imagen
mental del rostro de la muchacha y de su esbelto cuerpo; pensó en
la forma en que caminaba y hablaba, en cómo bromeaban juntos, en
cómo hacían el amor y compartían sus vidas… Sintió un retortijón,
sintió frío y cansancio, y se sintió terriblemente solo. Si perdía a
Elise perdería todo lo que más le importaba; eso era algo que no
siempre se había admitido a sí mismo. A pesar de toda su fría
sofisticación, de todas sus charlas sobre ser capaz de seguir
caminos separados, lo cierto es que se necesitaban el uno al otro.
Cuando contemplaba la posibilidad de perderla, se sentía casi
paralizado…
Lo cual no era nada bueno. Todavía no le habían derrotado, y no
lo conseguirían si se incorporaba, se movía y lo impedía. En los
otros catorce trabajos que había llevado a cabo se había labrado un
nombre y se había mostrado digno del seudónimo de «Tucker», que
significaba «espabilado». Se sentía más orgulloso de su identidad
falsa que de la verdadera. Así que este no era el momento de
echarlo todo a perder y arruinar su vida. Saldría de esta de algún
modo.
De la autopista de abajo llegaba una sinfonía de bocinas y de
bruscos frenazos que, al cabo de unos instantes, dieron paso a un
tráfico fluido.
Cuando Tucker hubo observado las rocas y escuchado a los
policías durante al menos cinco minutos, estuvo seguro de que no
intentarían acercarse más. Tan solo les habían enviado a cubrir el
desagüe a fin de que nadie intentase escapar por allí.
Tucker sonrió inexorable. Quienquiera que estuviese al mando
de la operación policial era un tipo sagaz y peligroso, alguien que
pensaba en lo inverosímil y se preparaba para lo improbable.
«Pero poco importa» —pensó Tucker, iniciando una
conversación interior—. «Sea quien sea ese bastardo, puede ser
derrotado. Todo el mundo puede ser derrotado; no importa lo duro o
inteligente que sea».
—Excepto yo —dijo en voz baja, como coletilla a su
pensamiento.
Se rio tranquilamente y eso le hizo sentirse mucho mejor que la
conversación interior.
Se incorporó y se dio la vuelta, tratando de no tropezar con las
ondulaciones. Caminó en dirección norte por donde había venido,
sin molestarse en encender la linterna hasta que estuvo a una
distancia de veinte pasos tras el recodo de la tubería y de vuelta al
aire viciado del conducto principal.
Frank Meyers le esperaba en el agujero del suelo del almacén,
con el rostro asomado al interior de la tubería, mostrado ansiedad.
—Empezaba a preocuparme.
—No hay necesidad —dijo Tucker, alargándole la linterna y la
Skorpion.
—¿Conduce al exterior? —le preguntó Meyers.
—Ayúdame a subir —pidió Tucker.
El hombretón le ofreció una mano. Tucker se la cogió y se alzó
por encima del borde del agujero, saltando sobre el suelo de
cemento.
—¿Conduce al exterior? —volvió a preguntar.
—Sí.
—¿Podemos utilizarlo?
—No —respondió Tucker, recobrando el aliento—. Ellos también
pensaron en lo mismo y han apostado tres hombres en el exterior.
El rostro de Meyers se convirtió en una máscara de rabia, odio y
frustración.
—¡Mierda!
—Yo pienso lo mismo.
—Entonces, lo único que podemos…
Meyers se vio interrumpido por Edgar Bates. El viejo se asomó a
la puerta desde el pasillo del este, en donde montaba guardia, y
gritó para que Tucker le escuchase:
—¡Uno de los teléfonos de la zona de descanso está sonando!
—¿La poli? —aventuró Meyers.
Tucker asintió y se puso en pie.
—Te apuesto a que es para mí.
15
EL teniente Norman Kluger, el oficial que, treinta minutos antes,
había sido puesto al mando de la respuesta policial a la crisis del
centro comercial Oceanview Plaza, estaba encantado de asumir
toda la responsabilidad del asunto. Sabía que su inmediato superior
del turno de noche se había sacado el caso de encima, tratando de
no verse involucrado en un trabajo que era potencialmente
peligroso, tanto en la vertiente política como en la física. Era cierto
que moriría gente antes de que acabase la noche, y en ella incluía
tanto policías como atracadores. Y tal vez todo acabara con cientos
de miles de dólares en pérdidas. Por la mañana la prensa se habría
encarnizado con la policía por la forma en que habían desalojado a
aquellos sinvergüenzas. Pero a Kluger no le preocupaba nada de
todo aquello. Había recorrido un largo camino dentro de la policía en
un relativamente corto espacio de tiempo, y ganado promociones y
ascensos precisamente a causa de que estaba dispuesto a emplear
todos los medios a su alcance y a hacerse cargo de las peores
situaciones. Tenía puesto el ojo en el puesto de jefe del
departamento y quería ocuparlo para cuando cumpliese los
cuarenta, convirtiéndose así en el jefe de policía más joven del
cuerpo. Y, de eso estaba convencido, en uno de los mejores.
Kluger estaba en la cabina telefónica de la plataforma elevada
que había en el servicio de correos automático del centro comercial,
en la esquina nororiental del aparcamiento. El aparato estaba junto
a su hombro izquierdo. A su derecha, tras la cabina, se encontraba
un mostrador cuadrado para los dispensadores de sellos, las
básculas y los buzones. Justo enfrente, visible a través de la clara
pantalla de plástico, estaba el Oceanview Plaza y la mayoría de los
veinte patrulleros de los que Kluger era responsable en aquellos
momentos. Observó a sus hombres, y oyó sonar el teléfono una y
otra vez al otro extremo de la línea…
De treinta y cinco años, y con aspecto de tener un par menos,
Norman Kluger poseía un innegable porte de autoridad. Medía uno
ochenta y ocho, era elegante y musculoso; contaba con los largos
brazos y manos de las estrellas del baloncesto. Su rostro era
cuadrado y sin arrugas, pero duro y frío como el hielo. Tenía la
mandíbula parecida a la de Ronald Reagan, y lo sabía, y por ello la
erguía hacia delante tan consciente y efectivamente como siempre
hizo Reagan. Los ojos eran oscuros y nerviosos, profundamente
protegidos bajo una amplia frente que contenía las únicas escasas
arrugas de todo su rostro. Afortunadamente, su cabello color caoba
había empezado a encanecer en las sienes; y era ese toque, ese
detalle, más que el tamaño de su mandíbula, lo que le hacía parecer
lo suficientemente viejo y experimentado como para merecer el
mando.
En el centro comercial, el teléfono dejó de sonar. Una voz
tranquila y firme contestó:
—¿Diga?
—Me llamo Kluger —dijo el teniente—, y estoy al mando de la
policía que rodea el lugar.
—¿Y?
—Pues —dijo Kluger, tratando de apaciguar la irritación que
sentía—, quisiera saber qué es lo próximo que van a hacer.
—Eso depende de ustedes —dijo el desconocido.
—¿Cómo?
—Sí, depende de si ustedes actúan o no con inteligencia. Si
intentan cualquier heroicidad, si tratan de forzar la situación…
Bueno, eso no sería nada inteligente.
El teniente frunció el ceño y juntó las espesas y rojizas cejas,
dando estas la impresión de convertirse en una sola. Había confiado
en escuchar una nota de desesperación en la voz de aquel hombre.
Después de todo, aquel desconocido y los demás rufianes se
hallaban atrapados como serpientes en un saco. Pero el que estaba
al otro lado de la línea parecía no sentir miedo alguno, casi parecía
sereno.
—El sargento Brice me ha informado de que retienen a unos
rehenes.
—A cinco —confirmó el hombre.
—Entonces eso quiere decir que los utilizarán.
—Lo dudo.
—Mientras estén en su poder tendremos que dejarles en paz —
dijo Kluger—. No tenemos elección. No queremos que ningún
inocente salga herido.
—Eso son chorradas —contestó el hombre del teléfono—. Si
tratamos de utilizarlos como escudo, y si a ustedes se les ocurre
pensar que tienen una oportunidad, nos freirán a tiros. Confiarán en
la puntería y en la suerte para no dar a los rehenes, y si matan a
alguno por equivocación, entonces harán todo lo que esté en su
mano para culparnos a nosotros, que por entonces ya no estaremos
vivos para contradecirles.
Eso había sido, aproximadamente, lo que había pasado por la
mente de Kluger durante los últimos veinte minutos. Se sintió
incómodo ante la perspicacia de aquel extraño.
—De momento, todo lo que queremos de ustedes —dijo el
hombre del interior del centro comercial—, es lo que ya le dijimos a
Brice: que se vayan de aquí. Retrocedan y quédense ahí. No traten
de entrar a por nosotros.
—No me diga —respondió Kluger—. ¿Y qué es lo que van a
hacer? ¿Cuánto tiempo puede durar todo esto? ¿Es que van a
quedarse a vivir ahí dentro?
El desconocido se rio. Su risa era suave y modulada, como la de
un actor. A Kluger no le gustaba nada la gente que se reía
demasiado, o demasiado bien.
—Al menos —dijo el hombre de dentro—, es un placer tratar con
un policía con sentido del humor.
Kluger dio un respingo ante su propio reflejo sobre la pantalla de
plástico que protegía el teléfono.
—Mire, sea quien sea, no va a ser nada divertido —dijo, con
rudeza—. Le he hecho una pregunta muy en serio ¿Cómo diablos
pensáis, chorizos de mierda, que vais a poder esconderos ahí
dentro?
El hombre permaneció en silencio durante unos instantes,
tratando de ajustarse a los nuevos modales de Kluger.
—Vamos a permanecer aquí dentro hasta que podamos escapar.
Tal vez tardemos unas horas, o tal vez unos días.
—¿Días? —preguntó Kluger, que no daba crédito a lo que oía.
—Eso es lo que he dicho.
—Estás loco.
El desconocido no respondió nada.
—Estáis en una situación desesperada.
—¿De veras?
—Sabéis que así es —afirmó el teniente.
—Pues yo no lo sé —contestó el otro—. A primera vista, da la
impresión de que no podremos salir de aquí sin ir a parar a vuestras
manos.
—Parece que te has dado cuenta.
—Pero —continuó—, igualmente, vosotros tampoco podéis
entrar sin caer en las nuestras. Puede que estemos sitiados, pero
también es cierto que nos hallamos en el interior de una fortaleza,
en la que mantenemos a unos rehenes. Si tratáis de entrar por estas
puertas moriréis como moscas, Kluger. Y a propósito, será mejor
que no nos envíes a esos tres hombres apostados en el desagüe.
Solo conseguirán que les vuelen la cabeza antes de llegar al
almacén.
Kluger empezó a transpirar copiosamente por la frente. La
conversación no seguía por los cauces que él había imaginado, y en
cambio tomaba unos caprichosos derroteros que le dejaban
perplejo.
—¿Cómo sabes que están ahí?
—Tenemos un par de nuestros hombres en el desagüe —dijo el
de dentro—. Ellos vieron a tus hombres entrando por el barranco un
par de minutos antes de que llamases.
Kluger deseó poder destrozar la cabina con el puño, pero se
contuvo.
—Hay una cosa que no me creo —dijo, tratando de cambiar de
tema; algo que le costó—. No sois siete, como has dicho. No me lo
creo.
—¿Ah, no?
—Con todas esas luces encendidas podemos mirar a través de
las puertas con los prismáticos y ver qué es lo que sucede. Solo
hemos visto a tres de vosotros. Tres, no siete.
—Y los dos del desagüe, recuerda.
—Puede que en el desagüe no haya nadie —dijo Kluger con
rabia; tenía la cara enrojecida.
—Tal vez no estén ahí —dijo el desconocido, añadiendo más
confusión y frustración al estado del teniente—. Pero no intentéis
comprobarlo.
Durante unos instantes se hizo el silencio entre ambos extremos
de la línea. Luego Kluger dijo:
—Tengo una oferta para vosotros.
—Hazla, pues.
El teniente habló lisa y llanamente, despacio, pero con mucha
tensión acumulada, con su barbilla tipo Ronald Reagan estirada al
máximo.
—Voy a enviar dos hombres al interior, dos policías desarmados.
Haréis salir a los rehenes y, a cambio, os quedaréis con mis
hombres.
—De ninguna manera.
—¡No dispararemos contra los nuestros! —insistió impaciente
Kluger.
¿Por qué aquel desconocido no entraba en razón? ¿Por qué no
estaba de acuerdo en nada? ¿Qué era lo que le hacía tan
condenadamente diferente a los cientos de otros maleantes que
Kluger tan bien había manejado en el pasado?
—Dos patrulleros constituirán una mejor protección que los cinco
que ahora tenéis, maldita sea.
—Ya he dicho que no. ¿Deseas algo más?
A Kluger le chorreaba el sudor por las sienes. Los músculos de
su cuello se abombaban y daban la impresión de ser cuerdas
tirantes.
—Sea lo que sea lo que penséis hacer, tened en cuenta que no
funcionará. No tenéis enfrente a una pandilla de desgraciados. Serví
cuatro años en el Sudeste Asiático. Fui voluntario. Estáis tratando
con un veterano, señores.
—Vaya, así que eres todo eso —dijo el desconocido. Y se rio,
para decir después—: Escucha, ¿cuál es vuestro número de
teléfono?
—¿Para qué?
—Bueno… Puede que sienta deseos de llamarte para rendirme
—aventuró el extraño.
Kluger no respondió de inmediato, ya que debía calmarse antes
de poder contestar.
—Has desaprovechado la oportunidad, sabelotodo —dijo,
finalmente.
El desconocido volvió a reírse.
—Vamos, teniente. Dame tu número.
Kluger se lo dijo.
—Es una cabina del aparcamiento. Pondré a un hombre aquí
permanentemente para coger la llamada. Si tienes algo en la
cabeza…
El extraño le cortó.
El teléfono zumbó, mudo, en su oído.
Kluger se volvió y golpeó el auricular al colgarlo, produciendo un
ruido semejante al de un disparo a causa de lo reducido del espacio
de la cabina. Cuando se volvió y empujó las puertas para salir, un
mosquito le picó en la nuca. Maldijo y lo aplastó con la mano, donde
se le quedó pegado. Se miró la palma de la mano y vio que el
mosquito era extraordinariamente grande, enrojecido a causa de la
sangre del teniente que había succionado. Aunque el bicho ya
estaba muerto, lo hizo rodar entre las manos, hasta que no quedó
nada de él, excepto una manchita marrón.
En la zona de descanso del Oceanview Plaza, Michael Tucker
abrió la puerta de su cabina y emergió de la nube de perfume
francés. Se acercó a la fuente y metió una mano en el estanque,
refrescándose el rostro con el agua fría. Eso le hizo sentirse bien. El
agua resbaló por su cuello y empapó su camisa, y eso también le
hizo sentirse bien. El líquido elemento tuvo la virtud de hacer
desaparecer el penetrante perfume y el desagradable olor que
imaginaba que se le había pegado al hablar con Kluger.
Una vez refrescado, volvió a cruzar la sala, dirigiéndose hacia la
entrada del pasillo este y, de pronto, se vio asaltado por una súbita e
increíble idea. Corrió de nuevo hacia la fuente, totalmente absorbido
por el plan que acababa de ocurrírsele y se sentó sobre las falsas
rocas de lava que configuraban el borde del estanque. Durante
largos minutos observó la caída del agua sin dejar de pensar.
Cuando se incorporó se reía como un loco, aunque sabía a ciencia
cierta que no lo estaba. Tal vez funcionase…

Meyers y Bates le esperaban en la puerta, al final del pasillo.


—¿De qué trataba la llamada? —preguntó Meyers.
Bates no dijo nada. Estaba pálido y temblaba más que antes.
—Esperad aquí un minuto —pidió Tucker.
Entró en el almacén y sonrió a Chet, Artie y a Evelyn Ledderson.
—¿Qué sucede ahí fuera? —inquirió Chet.
—Vamos a robar el banco —informó Tucker—. Y después nos
escaparemos.
—No contéis con ello —dijo Chet.
Artie no dijo nada, pero la muchacha no estuvo de acuerdo con
Chet. Miró a Tucker y dijo:
—Lo hará y huirá.
Tucker le guiñó un ojo.
La chica no respondió, aunque le había mirado abiertamente y le
había estudiado con frío interés.
Tucker buscó y encontró el panel de los interruptores que
controlaban las luces del centro comercial. Pudo descifrar las
abreviaturas de debajo de los conmutadores, y apagó dos de cada
tres hileras de fluorescentes que colgaban del techo en cada uno de
los cuatro pasillos principales del centro comercial. Tras regresar al
pasillo y cerrar la puerta del almacén tras de sí, explicó a Meyers y a
Bates la razón por la cual deberían operar con una mínima
iluminación.
—Ese Kluger es muy listo, y si pudiera vigilarnos durante un
tiempo, pronto se daría cuenta de que solo somos tres. Cuando
estuviera seguro de ello podría tratar de entrar por una de las
puertas.
—¡Pero si tenemos rehenes! —dijo Bates.
—Kluger es un tipo duro —aseguró Tucker, que recordaba al
hombre malhumorado con el que había hablado y su voz, que
parecía sacar chispas—. No se detendrá ante nada.
—Pero seguramente no querrá cargarse a los rehenes —
aventuró Bates—. ¡Y uno de ellos es una mujer!
—Intentará no hacerlo —dijo Tucker—. Pero si accidentalmente
ocurriera, saldría de ello con otro ascenso. Es de ese tipo.
—Si se atreve a llegar hasta aquí, perderá muchos hombres —
aseguró Meyers, y levantó la Skorpion.
—Si llega hasta aquí —corrigió Tucker—, ya no importará.
Porque, amigos míos, ya no estaremos para verlo.
Bates y Meyers le miraron sin comprender lo que significaban
sus palabras, como si se hubieran perdido algo.
Entonces, el viejo bizqueó, se aclaró la garganta, y dijo:
—Has pensado algo, ¿verdad que sí? —preguntó, todavía pálido
y tembloroso, aunque sonreía.
—¿Has encontrado una manera de fugarnos? —preguntó a su
vez Meyers.
—Una manera de fugarnos —respondió Tucker, no sin cierta
teatralidad—. Pero no exactamente un medio de salir.
Meyers y Bates se miraron.
—Sí —dijo Tucker—. Esa es la mejor forma de describirlo; es de
una frase de Alicia en el País de las Maravillas. Para ser exactos, es
un medio de salir, pero no es una forma de salir.
—¿Qué significa todo eso? —preguntó Meyers—. ¿Es un
acertijo?
Creía que Tucker había dado con algo, pero creía también que
se había vuelto loco.
—Y lo mejor de todo —anunció Tucker—, es que podemos
continuar y dar el golpe en el banco y en la joyería.
—¿En serio? —preguntó Edgar.
Las luces rojas de los coches de policía aparcados en el exterior
brillaban con más intensidad en el oscuro pasillo que cuando se
hallaban encendidos todos los fluorescentes, y confería al lugar una
atmósfera etérea, como teñida en sangre…
—Podremos llevarnos el dinero y las piedras —anunció Tucker.
—¿Hablas en serio? —inquirió Meyers, que se acercó al joven y
le miró a los ojos.
—Claro que sí.
Meyers sonrió sin mucho entusiasmo, después pareció hacerlo
con más seguridad, y poco después se reía con todas sus fuerzas.
—¡Serás bastardo, lo dices en serio! —dijo el hombrón riéndose
y palmeando el hombro de Tucker.
Bates también se rio, pero más nervioso.
—Explícanoslo, por Dios —pidió.
Tucker así lo hizo.
16
LA puerta de la cámara acorazada de la Caja de Crédito y Ahorro
Countryside medía dos metros y medio por dos, y tenía, de acuerdo
con el criterio profesional de Edgar Bates, entre veinticinco y treinta
centímetros de grosor. Había sido construida empleando entre
veintiocho y cincuenta y cuatro capas de aleación de acero,
resistente al calor y a las explosiones, y la habían colocado en la
pared tan ajustadamente como había sido posible, con junturas
biseladas que la unían a un marco de acero de un centímetro de
profundidad y dos y medio de anchura. Tanto en la parte superior,
como en la inferior y en el lado derecho, dichas junturas habían sido
rellenadas con una carga de gelignita, un explosivo plástico de color
gris parecido a la masilla de carpintero, aunque era algo más
elástico y más cohesivo.
En el lado derecho, allí donde se unían la puerta y el marco,
había tres enormes bisagras tan grandes como amortiguadores de
automóvil, de treinta centímetros de largo y diez de diámetro. Se
hallaban protegidas de cualquier asalto por unas pesadas ruedas de
acero azulado a las que se había dado forma de goznes cilíndricos,
y que habían sido remachadas una vez instalada la puerta.
Edgar Bates había modelado unos ciento setenta gramos de
gelignita sobre cada una de las carcasas.
—Esta es una de las mejores cámaras acorazadas que existen
—informó Bates mientras trabajaba. Se le veía muy animado y feliz
—. Es de la Pekins and Boulder Company de Ashland, Ohio.
Siempre representan un reto.
Tucker estaba arrodillado en el suelo, al otro lado del maletín
abierto de Bates, frente a la puerta de la cámara.
—¿Hay alguna de estas cajas que se te haya resistido? —
preguntó al viejo.
A Bates no le gustó la pregunta, y no hizo esfuerzo alguno para
ocultar la irritación que sentía.
—Demonios, claro que no. Ya sabes que soy muy bueno.
Tucker sonrió.
—Perdóname por preguntar.
—He reventado unas treinta a lo largo de los años. Y en ninguna
de esas ocasiones he tenido problema alguno. Más bien al contrario,
siempre me he divertido mucho.
El tirador de la puerta, tipo escotilla, era una rueda de sesenta
centímetros de diámetro —cuyo diseño había sido extraído
directamente de las puertas estancas de los submarinos— cargada
también de gelignita en todas y cada una de sus juntas. Era
demasiado lisa y tenía apenas espacio entre las juntas como para
saltar con facilidad, pero no iban a perder nada por probarlo.
Bates había desencajado la esfera de la combinación manual de
encima de la rueda, también había sacado la placa de seguridad
que se hallaba soldada por debajo de ella y había introducido unos
cuantos gramos de gelignita en los mecanismos principales de la
puerta. Los explosivos estaban sujetos alrededor de la rueda y
conectados a los que rellenaban las juntas de la puerta, mediante un
grueso cable del mismo material.
Tucker consultó su reloj de pulsera y anunció:
—Es la una menos cinco. ¿Te falta mucho?
—Ya está —anunció Bates, que a continuación se puso de pie y
se masajeó los muslos.
Volvía a tener el aspecto de campesino ruso tratando de
deshacerse los nudos musculares tras un largo día de trabajo en los
campos.
—Me falta el detonador.
Tucker rebuscó en el maletín y sacó un fulminante la mitad de
grande que un panecillo. Se lo alargó a Bates, cerró el maletín del
revientacajas, lo sopesó, y se puso en pie.
Tras examinar la batería y el reloj del fulminante para asegurarse
de que funcionaban, Bates lo programó para que estallase pasados
dos minutos. En el momento en que hundió las dos púas de la base
en la gelignita de una de las bisagras, dijo:
—Salgamos de aquí.
Corrieron esquivando los escritorios que encontraron tras las
ventanillas de caja y pasaron por una puerta baja de batientes que
hallaron en el vestíbulo del banco. Ya en el pasillo sur, siguieron
corriendo unos veinte o veinticinco metros hasta llegar a una
jardinera de piedra, deteniéndose tras ella, en espera de la
explosión.
Tucker tendió a Bates el juego de llaves maestras que le había
quitado a Chet, el guarda nocturno.
—En cuanto estemos seguros de que la puerta ha saltado, ya
puedes ir a la joyería. Limpiaré la caja de dinero y luego me reuniré
contigo. No tenemos tiempo que perder.
—Lo estamos haciendo muy bien —comentó Bates—.
Podemos…
La explosión fue como el retumbar envolvente de un trueno. El
cristal que cerraba la parte delantera del banco saltó hecho pedazos
y los trozos avanzaron por el pasillo como una ola de brillantes
fragmentos. A continuación hizo su aparición el humo que, como
espuma de mar, siguió el recorrido de los cristales.
En el interior del banco empezó a sonar ruidosamente una
alarma.
—Vamos —dijo Tucker.
Avanzaron hacia la entidad de crédito aplastando cristales,
mientras trataban de apartar el humo haciendo aspavientos con los
brazos. La puerta de la cámara acorazada se había desprendido de
dos de las bisagras y colgaba, suelta, de la tercera. La rueda había
desaparecido, y el mecanismo de relojería era un amasijo de trozos
de metal. Alrededor de la entrada de la cámara, la pared estaba
agujereada y chamuscada, aunque no había fuego alguno a la vista.
—Qué hermosura —dijo Bates, con orgullo.
Tucker tosió a causa del humo y se restregó los ojos llorosos con
las manos.
—Es una maravilla —concedió.
—Es perfecto.
—Ve a abrir la joyería.
A pesar de que el aire estaba impregnado de olor a explosivo,
Bates se dio la vuelta y desapareció silbando por el pasillo.
Tucker pasó junto a las ventanillas y regresó al lado de la puerta
de la cámara, deseando poder acabar con el estridente ruido de la
alarma. Pero eso le llevaría un cierto tiempo. Y ahora necesitaban
todos y cada uno de los minutos disponibles si querían llevar a cabo
el nuevo plan, antes de que llegase Kluger y los detuviese.
Entró en la cámara acorazada, y pasó junto a la puerta de
múltiples capas que la gelignita se había encargado de pelar como
si fuese hojaldre. En el interior encontró una puerta de acordeón que
le separaba del dinero. Levantó la Skorpion, colocó el cañón junto a
la cerradura de la puerta y la reventó, tras lo cual apartó fácilmente
la barrera. En una esquina del interior, encontró una estantería de
caoba sobre la que reposaban sacas de tela de las usadas para
transportar dinero, y sobre las que se leía «Caja de Crédito y Ahorro
Countryside». Tucker tomó dos de ellas y empezó a llenarlas con los
gruesos fajos de billetes que ocupaban los estantes y los
mostradores, así como los cajones de la cámara interior.
Diez minutos más tarde, cuando se reunió con Edgar Bates en la
parte trasera de la vecina joyería, vio que el viejo todavía silbaba
lleno de alegría.
—¿Cómo va por aquí?
Bates le miró con una amplia sonrisa de satisfacción, dejó de
silbar, y dijo:
—Después de la maravilla de Pekins and Boulder, esto es pan
comido.
—Eres una joya.
—Ya lo sé.
—¿Cuánto tardarás?
—Un par de minutos.
La cámara de la joyería Accent no era tan grande como la del
banco, pero también era un modelo en el que se entraba y resultaba
igualmente enorme. Tucker supuso que habría sido un trabajo
bastante difícil para casi todo el mundo, excepto para Edgar Bates.
—¿Tienes el dinero? —preguntó Bates mientras examinaba y
ajustaba el detonador.
—Todo menos las monedas.
—¿Cuánto había?
—No me molesté en contarlo.
—Calcula más o menos.
Tucker mostró los dos sacos grises.
—Bueno, parece que hay más de lo que pensé en un principio.
Bates enarcó las blancas cejas.
—¿En serio? ¿Más de cien mil?
—Tal vez el doble.
—Ah… —dijo Bates, que había acabado con el detonador y lo
hundía en la gelignita.
Salieron al pasillo y esperaron la explosión, que, cuando se
produjo, fue la mitad de violenta que la primera. Las ventanas de la
tienda saltaron hechas añicos que se desparramaron por el pasillo.
Empezó a sonar otra alarma, y el humo hizo acto de presencia
atravesando la rota fachada de la tienda.
—Estupendo —dijo Bates.
Penetraron en el interior de la joyería para hacerse con las
piedras.
Las tres paredes del interior de la cámara se hallaban repletas
de cajones metálicos, cientos de ellos, que las cubrían por completo,
desde el suelo hasta el techo. Cada uno de los cajones medía unos
cincuenta centímetros, aunque su profundidad apenas alcanzaba los
ocho. En cada uno de los cajones descansaba una sola hilera de
gemas dispuestas cuidadosamente sobre terciopelo azul, ordenadas
de acuerdo a su calidad, tamaño y color.
—Aquí debe de haber por lo menos dos mil piedras —dijo Bates
—. Parece que dimos con el premio gordo de nuevo.
Empezaron a abrir cajones y a vaciarlos en los dos sacos que
contenían los billetes. No se detuvieron en separar los diamantes de
las esmeraldas, rubíes y otras gemas. No disponían del tiempo
necesario para ello.
Al cabo de veinte minutos, cuando ya vaciaban los últimos
cajones, apareció Frank Meyers.
—Todo listo —le dijo a Tucker.
Frank echó una ojeada a las sacas abiertas, a los billetes y a las
relucientes piedras.
—Decidme que no estoy soñando.
—No estás soñando —confirmó Tucker.
Él y Meyers tomaron una saca cada uno; las arrastraron fuera de
la cámara, a través de la joyería, y las sacaron al pasillo sur. Les
siguió Edgar, que se hallaba en estado de gracia, llevando la
Skorpion y el maletín de las herramientas.
—Muy bien… Tan pronto como movamos a Chet, Artie y
Evelyn… —empezó a decir Tucker, respirando entrecortadamente.
—Ya los he trasladado —interrumpió Meyers.
—¿Sí? ¿Cómo lo hiciste?
—Con una de las carretillas eléctricas del almacén —respondió.
Se encaminaron hacia la zona de descanso y Tucker aminoró la
marcha al acercarse al lugar.
—Entonces quieres decir que los pusiste uno a uno sobre la
carretilla…
—Después maniobré por el almacén, descargué junto al maldito
perro, y volví para coger a otro —finalizó Meyers.
—Eres aún más fuerte de lo que pareces —dijo Tucker.
Meyers se rio.
—Bueno… Bueno, estamos casi listos para irnos.
—Funcionará —aseguró Bates.
El viejo flotaba en el aire a causa del éxito obtenido. Estaba tan
colocado que parecía haber tomado drogas. Nada podría deprimirle
durante las próximas horas.
—Esperemos que tengas razón —dijo Tucker.
Llegaron al final del corredor este mientras las alarmas seguían
sonando y las rojas luces de los coches patrulla lanzaban destellos
desde el exterior. Dejaron las sacas y las Skorpion junto a la puerta
del almacén.
—Apagaré el resto de las luces y efectuaré la llamada telefónica
—anunció Tucker—. Vosotros dos podéis empezar a prepararos.
El joven abrió la puerta del almacén y penetró en el interior
mientras sus compañeros emprendían la marcha en dirección
opuesta. Una vez frente al panel de control, pulsó cuatro
interruptores y las últimas hileras de fluorescentes del techo de los
pasillos. Kluger sería incapaz de ver nada. Y eso era esencial.
17
EL teniente Norman Kluger estaba acuclillado detrás de la puerta
abierta de un coche patrulla, a unos seis metros de la entrada este
del centro comercial cuando se apagaron las últimas luces de los
pasillos. Eso no le pilló por sorpresa. Cuando les oyó volar la
cámara del banco y hubo obtenido confirmación del hecho desde la
central de alarmas de la comisaría, supo que harían alguna locura.
Si a pesar de no tener escapatoria se atrevían a robar el banco, era
que intentarían algo. El apagar todas las luces era solo el primer
paso de algún estúpido plan. Aunque ya antes habían reducido la
cantidad de luces encendidas, sus hombres habían sido capaces de
ver sombras moviéndose de aquí para allá. Ahora no veían nada.
Con un cierto tono de desafío calculado que sabía que no iba a
pasar desapercibido para el resto de los allí presentes, se puso en
pie y se frotó la nuca, lleno de consternación.
—¿Qué demonios pretende ese bastardo?
—Van a hacer algo que no quieren que veamos —dijo el joven y
mofletudo patrullero que se hallaba junto a él.
—¿No me digas? —preguntó Kluger, con sarcasmo.
El novato, un chico llamado Muni, bizqueó y asintió.
—Bueno… ¿De qué otra cosa puede tratarse, señor? —
preguntó, sin percatarse del sarcasmo.
Kluger permaneció durante un rato mirando fijamente la puerta
de entrada del centro comercial. Pero no sucedió nada. Y estuvo
convencido de que nada pasaría hasta que él quisiera. De aquí a
poco tiempo, él y sus hombres tendrían que ponerse en marcha,
golpeando rápida y certeramente, tal y como aprendió cuando
mandaba tropas en Vietnam. Tendrían que entrar en el edificio y
hacerse con el control.
Estaba considerando las maneras en que podía llevar a cabo la
operación, tratando de decidir el mejor método, cuando el patrullero
Hawbaker —otro novato tan desgarbado y feo como Muni pero más
gordo, aunque paradójicamente no carecía de cierta gracia— corrió
hacia él desde la cabina de teléfonos para decirle que tenía una
llamada.
—Es el tipo de dentro —dijo Hawbaker, y señaló hacia el edificio.
La nuez de la garganta se le movió de arriba a abajo
compulsivamente—. Quiere hablar con usted ahora mismo, señor.
Kluger siguió a Hawbaker por el aparcamiento, atravesando
amplias zonas de penumbra y otras iluminadas por la luz púrpura de
la estafeta postal automática. Entró en la primera cabina de una
serie de tres y cerró la puerta.
Hawbaker le miró como un espectador que observara a un
animal enjaulado del zoo.
Kluger abrió la puerta y dijo:
—Hawbaker, lárgate.
—¿Cómo dice, señor?
—Que te largues.
—Ah —respondió Hawbaker, que se dio la vuelta y se alejó una
docena de pasos para detenerse frente al centro comercial, de
espaldas a Kluger.
Kluger cerró otra vez la cabina, cogió el auricular y dijo:
—¿Diga?
—¿Kluger?
—¿Qué es lo que quieres?
—¿Qué tal estás?
—¿Cómo?
—Que si estás bien —preguntó el desconocido.
—¿Pero, esto qué es?
—Solo quería asegurarme de que no te ponías nervioso —dijo el
del centro comercial—. Apuesto a que te están presionando para
sacarnos de aquí.
—¿Y qué?
Lo cierto es que no se hallaba bajo ninguna presión específica,
excepto la que él mismo se había creado, una presión interna que
siempre le ayudaba a superarse en el trabajo policial. En estos
momentos tan solo había dos periódicos enterados de la situación, y
por el lugar únicamente se veían tres periodistas y dos fotógrafos. A
esas horas, ninguno de ellos había enviado nada a sus respectivas
centrales; muy poca gente sabía lo que ocurría. La mayoría de los
políticos y otros buscadores de publicidad se encontraban en sus
casas. Incluso era posible que ni siquiera el jefe de la policía hubiera
sido informado. El jefe se enfurecía como un oso herido cuando le
despertaban en medio de una crisis, y normalmente no le avisaban
hasta que se había producido el primer muerto. Por todo ello, Kluger
disponía todavía de al menos una hora, y tal vez de un poco más,
para arreglar todo aquello a su manera, con sus condiciones, sin
que nadie interfiriera en sus métodos.
—Solo llamo para que te relajes —dijo el desconocido—. Casi
hemos acabado.
—¿Qué?
—Ya podéis entrar —aseguró la voz.
—¿Lo dices en serio?
—Esperad unos quince minutos —pidió el de dentro—, y
después podréis entrar; no nos resistiremos.
—¿Os rendís? —preguntó Kluger.
Era demasiado bueno para ser cierto, aunque de alguna manera
estaba disgustado de que no fuera a producirse tiroteo alguno.
—¿Rendirnos? —dijo el hombre—. Podéis entrar porque no
vamos a estar aquí para deteneros.
—¿Cómo?
—Que nos marchamos.
—¿Que os qué? —preguntó Kluger, sintiéndose como un disco
rayado, incapaz de hablar coherentemente.
No hacía más que darle vueltas al asunto tratando de encontrar
lo que se le había pasado por alto acerca del centro comercial.
—Hemos encontrado un medio de fugarnos, teniente.
—Y un cuerno.
—Si no me crees —anunció la voz—, te convencerás cuando
entréis de aquí a quince minutos.
—¡Tenemos cubiertas todas las salidas!
—Os habéis olvidado de una cosa.
—¡No es cierto! —aseguró Kluger.
Su rostro estaba rojo de furia y las sienes le palpitaban
ostensiblemente. Tenía las mandíbulas tan apretadas que le dolían.
—Lo siento, pero sí que lo es.
—Espera, vosotros…
—Recuerda —siguió el desconocido—: quince minutos. Si
entráis un minuto antes tendremos que matar a los rehenes.
—No sé qué es lo que pretendéis con…
—Lo que pretendemos es escapar —añadió el de dentro,
riéndose y después le colgó, como ya había hecho anteriormente.
El teniente abrió la puerta de la cabina de un portazo, casi
sacándola de los goznes, y salió al exterior.
—¿Teniente? —preguntó Hawbaker, que se volvió hacia él.
—¡Cierra el pico! —ordenó el teniente—. Déjame pensar.
Kluger permaneció junto a la estafeta postal, con las manos
sobre las caderas y dio un repaso visual al centro comercial. Paseó
su mirada por el nivel inferior, por las dos caras —la norte y el este
— que podía ver desde donde se encontraba. Dos entradas
públicas, ambas cerradas. Disponía de dos hombres apostados en
las puertas orientales, tres en la entrada septentrional. No había
ventanas. Los únicos lugares que suponían un cierto problema eran
las dos grandes puertas de los muelles de descarga, en la pared
oriental, que configuraban la entrada para los camiones al almacén.
Pero también estaban cerradas; sus hombres lo habían comprobado
nada más llegar. Para abandonar el centro comercial por ahí, los de
dentro tendrían que armar un ruido infernal. Y los hombres de
Kluger verían levantarse las puertas mucho antes de que cualquiera
pudiese salir por ellas. Kluger disponía de seis hombres cubriendo
los muelles de descarga, y sabía que por allí no vendrían los
problemas.
Pero ¿entonces qué?
Cerró los ojos durante un instante y trató de recordar el aspecto
de las caras sur y oeste. Cada uno de dichos lados tenía una puerta
doble de acceso. No había ventanas. No existían muelles de
descarga. Contaba con los hombres suficientes en ambos lugares
para hacer frente a cualquier intento de salida.
¿El techo?
Levantó la mirada hacia el llamativo y picudo techo de paja e
inmediatamente lo descartó. Incluso contando con que consiguieran
llegar hasta el techo —y Kluger lo dudada—, ¿adónde podrían ir? A
ningún sitio.
¿El desagüe de tormentas?
Kluger no había sido de los primeros hombres enviados a
investigar el motivo de la alarma originada en el Oceanview Plaza y,
por lo tanto no había caído sobre el asunto totalmente desprevenido.
Se encontraba en la comisaría, en tiempo de descanso, utilizando
sus treinta minutos libres para tramitar un montón de informes
atrasados. En eso estaba cuando el sargento Brice recibió la
primera llamada de la gente de dentro, lo que le dio la oportunidad
de enterarse de los detalles antes de que le pusieran al mando del
caso. Cuando lo hicieron, poco después de dicha llamada, ya había
enviado a un hombre al juzgado para que consiguiera una copia de
los planos del centro comercial, y a continuación había salido
disparado hacia el lugar de los hechos. Antes de que llegasen los
mapas ya había enviado a tres hombres al pedazo de terreno baldío
de detrás del centro comercial, con órdenes de que buscasen y
montaran guardia junto a cualquier desagüe de ciertas dimensiones.
Había sido un estupendo trabajo policial. Una vez que llegaron los
planos y los hubo desplegado sobre el asfalto, detrás de un coche
patrulla, supo que existía un camino hacia el interior del lugar a
través del desagüe; el mismo que ya vigilaban sus hombres. Era la
única salida lo suficientemente grande como para permitir el paso de
un hombre. Estaba seguro de haber descifrado los planos
correctamente.
Por lo tanto, los desagües quedaban descartados…
¿Qué más había?
Nada más.
Entonces, ¿qué significaba aquella amenaza de fuga? ¿Un truco,
un farol?
Un mosquito bastante gordo zumbaba con denodada
persistencia alrededor de la cabeza del teniente y trataba de
aterrizar en su oreja izquierda. En esta ocasión no lo mató. Lo alejó
de un manotazo, sin pensar, sin ser realmente consciente del
movimiento.
Por todo el aparcamiento resonaban las chirriantes y misteriosas
voces de los operadores de radio de las emisoras policiales, que
llenaban la noche como fantasmales mensajes provenientes de otro
mundo. Llegaban hasta donde se hallaba el teniente, pero este no
las escuchaba, de momento. Sus pensamientos estaban en otra
parte. Estaba revisando todos los hechos y volviéndolos por el forro.
¿Sería un farol?
¿Pero qué esperaban ganar con un farol?
Nada. De eso estaba seguro.
Si, en, quince minutos, el teniente conducía a sus fuerzas al
interior del edificio, y esos bastardos seguían allí dentro, esperando,
daría comienzo un tiroteo. Morirían algunos policías. Era inevitable;
en todas las batallas se producían bajas. Pero ¿qué podían ganar
con ello los ladrones? Acabarían hechos picadillo. A menos que
quisieran salir a tiros… Pero estaba seguro de que el hombre con el
que había hablado por teléfono no era de los que montan un gran
tinglado solo para ver unos cuantos fuegos artificiales. Ese hombre
era de los que quieren vivir.
¿Un truco?
En aquellas circunstancias no resultaba más viable que un farol.
Se sentía tentado de no hacer caso y seguir, tal y como hubiera
hecho si el desconocido no hubiera llamado para explicarle ese
cuento de la fuga… Algo en la voz de ese hombre, algo en su
manera de decir las cosas, demostraba una innegable confianza en
sí mismo, que hacía que Kluger creyese que iba a hacer lo que
había dicho, a pesar de la aparente imposibilidad de llevarlo a cabo.
Había dicho que tanto él como sus hombres iban a escaparse. Y si
resultaba que decía la verdad…
Kluger miró su reloj.
Era la 1.34.
Había malgastado casi cinco minutos, y de repente se dio cuenta
de que habían sido los cinco minutos más valiosos de toda aquella
noche. Esos quince minutos de espera que le había pedido el
hombre del interior eran un límite completamente artificial. Kluger
estaba cabreado consigo mismo por haber caído en la trampa. Si los
de dentro habían encontrado una forma de salir, a aquellas horas ya
la habrían utilizado. Habrían abandonado a los cinco rehenes y ya
no podrían hacerles daño alguno.
Cada minuto que Kluger se retrasaba, cada minuto que seguía
allí, sobre sus enormes pies planos, permitía que los ladrones se
alejaran más y más. Ya debían de estar fuera de su alcance.
—¡Hawbaker!
El novato se volvió de inmediato.
—¿Diga, señor?
—Cuando salí hacia aquí, traje conmigo uno de esos sopletes de
acetileno que hay en la comisaría para cortar puertas en caso de
necesidad.
Hawbaker bizqueó sin comprender.
—Está en el maletero de mi coche. Cógelo y tráemelo. Vamos,
rápido.
—Sí, teniente.
—Hawbaker, no te olvides de la bombona.
—No lo haré, teniente —aseguró Hawbaker, que salió corriendo.
Kluger volvió a echar una ojeada al edificio, pensó en el hombre
del teléfono, pensó en la promoción que necesitaba y en el sillón de
jefe…
—¡Maldita sea! —dijo, y corrió hacia la entrada oriental del
edificio, a la vez que gritaba a sus hombres—: ¡Estad atentos!
¡Vamos a entrar!
18
KLUGER agarró el soplete y la manguera de alimentación con una
mano, levantó la bombona de aire comprimido con la otra, y caminó
sobre la alfombra de vidrios rotos que hasta entonces habían sido
las puertas exteriores del centro comercial, y que dos de sus
hombres habían destrozado provistos de sendos martillos. Ahora
era el único en encontrarse allí. Los demás se habían retirado tal y
como había ordenado, tomando posiciones más resguardadas tras
los coches patrulla.
En los nueve años y medio que llevaba de servicio, Norman
Kluger nunca había dudado en arriesgar su vida si la ocasión lo
exigía. Gozaba de una reputación de temerario y atrevido, pero no lo
era. Lo cierto es que había un tanto de actuación para la galería en
sus intervenciones, con la intención de que su trabajo fuese
apreciado por los que estaban por encima de él en el departamento.
Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones en que corría riesgos y
se abría paso a tiros, lo hacía porque no sabía de qué otra forma
hacer su trabajo; y porque hacía mucho que había decidido que era
uno de esos tipos con suerte, alguien que podría caminar por un
nido de serpientes sin ser mordido. Había pasado un par de años en
el Sudeste Asiático, en primera línea, y se había reenganchado
durante dos años más cuando se acabó su período de servicio.
Durante todos aquellos años no sufrió ni una herida, mientras que
todos morían a su alrededor, y por ello llegó a sentir que nada
podría herirle. Estaba bajo un hechizo, protegido.
También creía que esa especial magia personal le mantendría a
salvo de cualquier investigación y del retiro forzoso en caso de que
alguien llegara a acusarle de llevar demasiado lejos su autoridad
policial y de hacer caso omiso de los derechos de las personas con
las que tenía que tratar. Mucho antes de que el gobierno Nixon
hubiera empezado a rescindir las decisiones liberales de las últimas
décadas, Norman Kluger había hecho lo que le había dado la gana
con sospechosos de cuya culpabilidad estaba seguro, más allá de
cualquier duda razonable. Claro que, a veces, había golpeado a
gente inocente, había magullado a los que consciente o
inconscientemente se habían interpuesto en su camino, pero
siempre cumplía con la misión encomendada. Y aunque sus
métodos suscitaban comentarios y protestas, nunca nadie le había
interpuesto una demanda o le había acusado de algo. Era como si
estuviese bajo una mágica protección. Sabía que estaba destinado
a ocupar el sillón del jefe en menos de cinco años. O tal vez antes
de lo que imaginaba. Nunca se sabe cuándo puede sonreír la
fortuna.
Al llegar junto a la puerta de barrotes metálicos, depositó la
bombona en el suelo. Miró la puerta y, como un soldado que
montase su arma en la oscuridad, unió la manguera de alimentación
con el soplete y con la válvula reguladora de la bombona, haciendo
todo el trabajo con sorprendente rapidez a la escasa luz roja
procedente de las sirenas de los coches patrulla.
Más allá de donde se encontraba, pasada la puerta, el pasillo
oriental del centro comercial estaba completamente a oscuras. Allí
podían estar esperándole tanto tres como siete hombres, con las
ametralladoras apuntando a su cabeza.
Kluger no miró ni una sola vez al interior.
Con la respiración entrecortada por el peligro que corría, tomó un
par de gafas ahumadas de un bolsillo y se las puso, limpiando los
oscuros cristales con el reverso de la camisa. Se puso los guantes
de amianto que estaban sujetos a la manguera, ajustándoselos
hasta sentirse cómodo. Abrió la válvula del gas, encendió el soplete,
tiró la cerilla, y ajustó la intensa llama azulada. Después movió el
soplete hacia la puerta, dirigiéndolo hacia el cerrojo de la izquierda,
a unos tres centímetros del suelo enmoquetado.
De la llama llovieron miles de chispas, que cayeron sobre sus
guantes, dibujando interesantes formas de color rojo, azul y amarillo,
que se reflejaron en los cristales de las gafas. Se oyó un intenso
siseo, como el producido por mil serpientes, y el metal se partió por
la acción del fuego. Una sección de un barrote de acero saltó
despedida de la puerta, golpeando contra los demás barrotes y
cayendo sin hacer ruido sobre la moqueta. Poco después, Kluger
había abierto el espacio suficiente como para poder llegar al cerrojo
interior, algo que consiguió en poco más de un minuto.
La moqueta se consumía lentamente, pero era ignífuga y el
fuego no llegó a prender.
Kluger cargó con la bombona hasta el interior, la dejó en el suelo
y empezó a trabajar de nuevo. El segundo cerrojo le resultó tan fácil
como el primero. Acabó con él apenas cinco minutos después de
haber iniciado el trabajo.
Apagó el gas y la brillante llama desapareció al instante. Se
incorporó y se quitó los guantes y las gafas; lo tiró todo al suelo y lo
apartó de su camino de una patada. A continuación, gritó en
dirección a los coches patrulla:
—¡Cuatro de vosotros! ¡Venid a ayudarme!
Muni, Hawbaker, y dos veteranos —Peterson y Haggard—
llegaron rápidamente y agarraron la puerta, forzando esta a elevarse
lo suficiente como para permitir el paso de Kluger. Una vez que este
estuvo al otro lado, asió los barrotes y relevó a Muni, que pasó a su
vez por debajo.
—Está oscuro como el agujero del culo —dijo Hawbaker.
—Cálmate —aconsejó Peterson—. Si alguien tuviera intención
de dispararnos ya lo habría hecho.
Kluger fue explorando a tientas la pared de la izquierda hasta
localizar la entrada del almacén. Se quedó a un lado y giró el pomo
de la puerta, que abrió a continuación. La luz salió a borbotones del
interior, pero nadie abrió fuego.
—¡Los de ahí dentro! —llamó el teniente.
Varias voces excitadas respondieron a la vez, todas ellas
tratando de elevarse por encima de las otras, sin que pudiera
entenderse nada.
—¿Qué demonios pasa? —preguntó Peterson.
Kluger asomó la cabeza y vio las mesas de trabajo, la sierra y las
carretillas eléctricas, así como una gran cantidad de cajas y
mercancías almacenadas. No se veía a nadie.
—Dos de vosotros, venid conmigo —ordenó.
Peterson y Hawbaker le siguieron, el primero sumiso y el
segundo resignado.
El griterío procedente del extremo opuesto del almacén se hizo
más audible, más frenético y, por consiguiente, menos inteligible. A
causa del eco producido por las altas paredes, el almacén daba la
impresión de ser el interior de un manicomio.
Penetraron en los pasillos formados por cajas de mercancías, y
Kluger dijo:
—Vamos a ver qué es lo que tenemos aquí.
Lo que vieron fue a tres rehenes histéricos: los dos vigilantes
nocturnos y una joven de veintitantos años, extremadamente
atractiva. Estaban atados por las muñecas y los tobillos mediante
cable y sentados en el suelo, cerca de la pared de cemento. Dejaron
de chillar en cuanto vieron al teniente.
—¡Gracias a Dios! —exclamó la chica.
Sus ojos oscuros eran enormes y su tez aterciopelada. A Kluger
le gustó.
—¿Les han cogido? ¿Han atrapado a ese bastardo que estaba
al mando? —preguntó el más grandote de los vigilantes.
—No —contestó Kluger—. ¿Saben dónde se encuentran?
—¿Pasaron por delante de ustedes?
—No.
—Bien —dijo el guardia—. Entonces todavía deben de estar
aquí, en alguna parte.
Hawbaker se adelantó y empezó a desatar a la muchacha,
mientras Peterson se dedicaba al más parlanchín de los vigilantes.
—No se preocupen —aseguró Kluger—. Les cogeremos.
Mientras lanzaba dicha afirmación captó una extraña mirada en
el rostro de la joven y se volvió hacia ella.
—¿No lo cree?
Una vez que tuvo las manos libres, la chica empezó a
masajearse los dedos y muñecas entumecidos. Eran los dedos más
delicados y las muñecas más finas que Norman había visto jamás.
—¿No cree que vayamos a atraparles? —repitió a la chica.
—No —respondió ella, con firmeza. Su voz era cálida y
encantadora—. Seguro que no pueden coger al que estaba al
mando.
—¿Ah, no? ¿Por qué?
—Porque —dijo ella—, no es de la clase de hombre que pasaría
una sola noche en la cárcel.
19
A las tres de la mañana, una hora y cuarto después de que Kluger
hubiera conducido a la policía al interior del Oceanview Plaza, todas
las patrullas de búsqueda regresaron para informar al puesto de
mando del teniente, situado junto a la fuente de la zona de descanso
del centro comercial.
El agente Peterson y otros dos hombres habían buscado en
todas la tiendas del pasillo este. Habían mirado en todos los
rincones de Surf and Subsurface, y en cada grieta de Shen Yangs
Orient. En la tienda de los Rolls, buscaron en el interior y debajo de
cinco brillantes automóviles de muestra; levantaron las tapas de los
maleteros con el temor de ser alcanzados en pleno rostro al hacerlo,
e incluso levantaron los capós para asegurarse de que nadie se
escondía acurrucado sobre el motor. En el Toolbox —un bar muy
caro que basaba su nombre de caja de herramientas en un
decorado compuesto por martillos, destornilladores y llaves inglesas
gigantescas— miraron bajo mesas y asientos con la ayuda de
linternas; también lo hicieron detrás de la barra y en el pequeño
almacén de las bebidas, e incluso en las dos neveras. Junto al bar,
en Young Maiden, violaron el sanctasanctórum en donde las
mujeres se empolvan la nariz y descorrieron las cortinas de los
probadores. Fueron de un extremo al otro del almacén del centro
comercial, comprobaron los pasillos principales, los laterales, los
que carecían de salida; incluso rompieron algunos de los embalajes
más grandes con la idea de que los ladrones tal vez pudieran
haberse metido allí para hacerse pasar por mercancías.
Mientras el grupo de Peterson recorría frenéticamente el extremo
oriental, el agente Haggard y dos hombres más exploraban las
tiendas a lo largo del pasillo septentrional. Su mayor reto fue
Markwood and Jame, una de las dos tiendas más grandes del lugar,
ya que estaba llena de mostradores y de secciones que ofrecían
miles de posibilidades a alguien que quisiera esconderse; de hecho,
los hombres de Haggard alcanzaron un grado tal de paranoia
durante el registro de dicha tienda, que todos ellos tenían la
sensación de que los ladrones se deslizaban a su espalda,
gateando de mostrador en mostrador y moviéndose siempre fuera
del alcance de su visión. Sin embargo, no encontraron a nadie. En
comparación, resultó bastante más fácil registrar los probadores de
la sastrería Archer’s y declarar el lugar vacío. Igualmente, fue fácil
repasar y encontrar vacía Gallery Gallery, la galería de arte más
cara del centro. La tienda Tie and Kerchief ofrecía pocos lugares en
los que esconderse y todos ellos estaban limpios. Freskin’s Interior
Decoration se hallaba dividido en habitaciones de muestra, pero
todas estaban tranquilas y sin inquilinos.
—Me siento como un niño jugando al escondite —comentó uno
de los hombres de Haggard, disgustado con todo el asunto.
—Hay una diferencia —puntualizó Haggard—. Cuando eras un
niño jugando al escondite, no había ninguna posibilidad de que te
volaran la tapa de los sesos.
Los novatos Hawbaker y Muni trabajaban a las órdenes del
agente Shrout, en el pasillo occidental, en dirección a la entrada
principal del centro. No pudieron asomarse a la oficina comercial del
lugar, porque estaba repleta de detectives de homicidios y de
técnicos del laboratorio de la policía. Pero tuvieron que comprobar
todo lo demás. Permanecieron juntos y con los revólveres
desenfundados; a Shrout le separaban siete meses del retiro y no
iba a dejar que le matasen y le privaran de su pensión, mientras que
los patrulleros Hawbaker y Muni eran demasiado jóvenes para ser
otra cosa que dos tontos asustados. Recorrieron la floristería y la
tienda de regalos Craftwell con mucha precaución, para después
continuar por una zapatería de moda y seguir por The New Place,
una tienda de ropa último grito, con precios en consonancia. En la
librería House of Books, donde algunos estantes de libros
alcanzaban los dos metros y medio de altura, pasaron un momento
de apuro cuando Hawbaker y Muni chocaron entre sí, provenientes
de diferentes pasillos, y casi se dispararan el uno al otro,
aterrorizados. El restaurante Henry’s Gaslight, con sus
compartimientos individuales y su espaciosa cocina llena de
armarios y neveras, fue la parte más farragosa de la búsqueda, pero
también estaba vacío. A la zona sur se habían desplazado técnicos
del laboratorio policial para trabajar en la joyería y en la Caja de
Crédito y Ahorro Countryside. Si hubiera habido alguien escondido
en cualquiera de esos dos lugares, a aquellas horas algún policía ya
habría dado con él. Por ello, el agente Brandywine y sus dos
hombres concentraron su búsqueda en Sasbury’s, la otra gran
tienda de ropa del centro comercial. Tal y como había sucedido con
el grupo de Haggard en Markwood and Jame, los hombres se
pusieron muy nerviosos y miraban más por encima del hombro que
hacia los lugares que debían. Tampoco encontraron a nadie.
Cruzaron el pasillo cubierto de cristales, nerviosos a causa de los
crujidos que provocaban al pisarlos, y se dirigieron hacia la peletería
Harold Leonardo, en donde echaron una ojeada a las cámaras
isotérmicas llenas de pieles de animales. Todo cuanto se ocultaba
en aquel lugar era un penetrante hedor a visón muerto.
Cuando el agente Peterson, responsable de la última patrulla de
búsqueda, llegó con un informe negativo sobre la presencia de los
ladrones, el teniente Kluger levantó la barbilla y empezó a gritarles.
Descargó el puño contra la mesa de juego que utilizaba como
escritorio y elevó la voz hasta ahogar el susurro de la fuente que se
encontraba tras él.
—¡Tienen que estar aquí! ¡No hay forma de que hayan podido
salir! ¡Es imposible!
Peterson, Haggard, Shrout, Brandywine y los demás se
quedaron mirándole, incapaces de decir algo que pudiese agradarle.
—Tienen que seguir escondidos por aquí —dijo Kluger entre
dientes—. Tienen que hallarse en algún lugar del centro comercial,
tenéis que haber pasado por alto algún lugar lo suficientemente
grande como para ocultar a tres hombres —aseguró, y miró a sus
subordinados, esperando que alguno de ellos se atreviese a replicar.
Como siguieron mudos, el teniente continuó—: Cambiad las
patrullas. Esta vez buscaréis por pasillos diferentes. Peterson, tú lo
harás en el pasillo norte; Haggard, vuelve sobre el terreno cubierto
por Shrout en el extremo occidental y mira a ver si puedes encontrar
algo que él no haya visto. Shrout, dirígete al corredor meridional.
Brandywine, tú irás a las tiendas del este y al almacén. —Haggard
empezó a decirle algo a Peterson—. ¡Agente Haggard! —cortó
Kluger—. Preferiría que no le explicase a Peterson dónde ha
buscado usted. Déjele que lo haga por sí mismo, sin ideas
preconcebidas.
Haggard enarcó las cejas y asintió refunfuñando.
—Ahora, moveos —ordenó Kluger.
Evelyn Ledderson llegó cuando los agentes se marchaban.
Aunque ya eran más de las tres de la madrugada, y a pesar de que
había pasado un auténtico mal trago durante toda la noche, tenía
aspecto de acabar de ducharse y maquillarse, como si el día hubiera
empezado para ella un par de horas antes. La minifalda verde y la
blusa blanca estaban arrugadas y algo manchadas, pero ella se
encontraba despierta y atenta, lo que la hacía extraordinariamente
atractiva.
—Me han dicho que quería interrogarme.
Kluger sonrió.
—Así es —respondió, y le indicó una silla plegable, al otro lado
de la mesa de juego—. Siéntese y ayúdeme a atar unos cuantos
cabos sueltos. Estoy seguro de que muy pronto podrá irse a su
casa.
La chica se sentó.
—¿Por qué debo ser interrogada de nuevo?
Kluger se sentó al otro lado de la mesa, en otra silla, y cruzó las
manos sobre la superficie del improvisado escritorio.
—Los otros detectives son de homicidios. Yo soy de la brigada
antiatracos. De modo que hay dos investigaciones en curso al
mismo tiempo —explicó, un poco intimidado por la presencia de la
muchacha.
—Empecemos pues —pidió ella.
—¿Trabajaba usted para Rudolph Keski?
—Sí.
—¿Era el propietario de este centro comercial?
—De su mayor parte.
—¿Usted qué era?, ¿su secretaria…?
Ella sonrió fríamente.
—Sí —respondió.
—¿Solía trabajar por las noches?
—Solo los miércoles por la noche —dijo, volviendo a cruzar las
estilizadas piernas—. El señor Keski y sus asociados cenaban todos
los miércoles en Henry’s Gaslight —explicó, señalando hacia el
restaurante, frente a la zona de descanso—. Después regresaban a
la oficina y hablaban sobre la marcha de los negocios de la semana,
hasta la hora de cerrar. El señor Keski y yo nos quedábamos una
hora más o así, para atender los detalles que podían haber surgido
a lo largo de su reunión.
—¿Estaba alguno de sus asociados con él cuando le mataron?
—preguntó Kluger.
—No. Ese era su guardaespaldas.
—Ya comprendo —aseguró, y pensó en ello durante un rato,
mientras observaba descaradamente su rostro, los hombros
delicados y los senos pletóricos. Después dijo—: Explíqueme lo que
sucedió. ¿Cómo mataron a Keski?
Ella se lo explicó, rápida y sucintamente.
—Fue muy inteligente por su parte el utilizar el pedal de alarma.
—No tan inteligente —aseguró ella—. Estaba aterrorizada.
Él sonrió, y se preguntó si podría pedirle una cita.
—¿Fue entonces cuando la ataron en el almacén?
—Sí —respondió la mujer, e inconscientemente se frotó las
muñecas.
—Ya he hablado con los vigilantes nocturnos —contó Kluger—.
No le haré perder tiempo preguntando cosas que ya han quedado
claras.
—Estoy terriblemente cansada —respondió ella.
—Aprecio su cooperación, señorita Ledderson —dijo, sonriendo
mientras asentía, como para demostrarle lo simpático que era—.
¿O… puedo llamarla Evelyn?
La muchacha se inclinó hacia delante, adoptando una pose
seductora, le guiñó un ojo y dijo:
—¿Por qué no se limita a seguir llamándome señorita
Ledderson?
Los oscuros ojos de la mujer traspasaron a Kluger y vieron
mucho más de lo que él hubiera querido.
Se puso colorado, se miró las manos, desvió la mirada hacia la
fuente, y se sintió como un colegial al que hubieran cogido haciendo
algo sucio.
—Ya me hago cargo… de que todo esto debe resultarle difícil.
Solo trataba de ser amable.
—Ya sé lo que trataba de ser —dijo ella.
En ese momento, cuando Kluger se dio cuenta de que ella no
era la clase de mujer que podía ser conquistada fácilmente, perdió
todo interés por ella. Las mujeres que podían valerse por sí mismas,
aquellas que eran inteligentes y receptivas y que no tenían miedo de
hablar tal y como pensaban, nunca le habían atraído. Ofendían su
sentido de la tradición, de la forma en que debían darse las
relaciones entre hombres y mujeres. Le gustaba el tipo de mujer
dulce y desamparada, que necesita la ayuda y la guía de un hombre
desde el amanecer hasta el anochecer. No quería tener que
competir con una mujer en el dormitorio. Nunca se le había ocurrido,
al menos de forma consciente, que podía tener miedo de perder
dicha competición.
Su voz adquirió un tono más desagradable.
—Usted ya debe de saber que Rudolph Keski no siempre ha sido
un hombre de negocios legal.
—¿Ah, no? —respondió ella, divertida.
—Solía dedicarse a todo tipo de estafas.
Ella sonrió.
—¿Quiere eso decir que estuvo en la cárcel?
—Nunca pudo probársele nada —admitió Kluger.
—Bien, entonces todo se reduce a rumores y habladurías —
contestó ella, y volvió a apoyarse contra el respaldo de la silla.
El malestar del teniente la complacía visiblemente.
—¿Conocía usted su reputación? —insistió Kluger.
—De haberlo sabido —empezó la muchacha—, ¿cuál hubiera
sido la diferencia? No creo que tenga nada que ver con lo sucedido
esta noche. —Su voz se endureció. Ya no había nada divertido en
todo aquello—. Usted está cabreado porque yo he visto lo que
pretendía, y está tratando de irritarme y asustarme. No me quedaré
aquí sentada por mucho más tiempo.
—Usted se quedará aquí sentada hasta que yo le permita
marcharse —afirmó Kluger, con cierto malhumor en su tono de voz.
—No me asusta.
—Usted…
—¿Tiene alguna pregunta seria que hacerme? ¿O está
totalmente desconcertado? Si tiene que preguntarme algo que tenga
sentido, será mejor que lo haga ahora —dijo ella, apartando la silla y
poniéndose en pie.
Kluger se miró las manos, que se habían convertido en puños e
hizo un esfuerzo por relajarse.
—La tapa del desagüe de la entrada del almacén estaba
levantada. ¿Cree que escaparon por ahí?
—No podría decírselo.
—Primero la ataron y la dejaron junto a la pared norte del
almacén. Después uno de ellos utilizó una carretilla eléctrica para
trasladarla al lado sur. ¿Por qué?
—Creo que iban a hacer algo en el lado norte. Algo que no
querían que viésemos.
—¿Podría ser que trataran de huir por el desagüe y que no
quisieran testigos?
La muchacha se encogió de hombros y su cabello negro cayó
como una cascada por debajo de la nuca.
—¿Y qué podía importarles si les veíamos? Estábamos atados.
No podíamos hacer nada para impedirlo.
Kluger se puso en pie porque no quería que ella le mirase desde
una posición de superioridad.
—Puede que desee hablar de nuevo con usted. ¿Cuáles son su
dirección y su número de teléfono?
—Ya se lo di al detective de homicidios —respondió, inclinando
la cabeza con malicia.
—Yo también lo necesitaré.
—Pregúnteselo a ellos.
—Se lo pregunto a usted.
—Puede encontrarme aquí todos los días por la tarde —dijo ella,
ignorando la orden implícita—. Soy una empleada de la compañía y
no del señor Keski. Si la nueva dirección contrata a otra secretaria,
tendré que permanecer aquí durante algunas semanas, para
ayudarla a adaptarse. Estoy convencida de que, para entonces, ya
lo tendrá todo solucionado, teniente.
La muchacha se dio la vuelta y atravesó la zona de descanso,
entró en el pasillo este, y desapareció doblando la esquina.
A las 3.25, el teniente Kluger desenrolló los planos sobre la mesa
de juego y los estudió con más atención de la que había puesto
hasta entonces. No encontró ninguna habitación secreta. No había
pasadizos ocultos ni conductos de aire con las dimensiones
adecuadas para permitir el paso de un hombre. Nada.
A las 3.40, una patrulla de búsqueda formada por tres hombres,
que había sido enviada al sistema de desagüe, regresó sin haber
encontrado nada que valiera la pena. Por lo que habían podido
apreciar, los mapas del conducto se ajustaban totalmente a la
realidad. Las entradas al complejo desde el aparcamiento
resultaban demasiado pequeñas para un hombre. Solo había un
camino para salir de allí: el que habían cubierto los hombres de
Kluger desde el principio, y que iba a dar a aquel terreno baldío de
monte bajo.
A las 4.00, llegó un representante de la principal cadena de
televisión local en busca de un permiso para filmar. Era un hombre
bajo y macizo que vestía de forma demasiado chillona para el gusto
de Kluger y que hablaba demasiado rápido.
—Ya le he dicho —dijo el teniente, irritado—, que no voy a
autorizar la presencia de nadie.
—Los medios de comunicación tienen derecho…
—Por lo que a mí respecta —cortó Kluger—, esos bastardos
todavía no han salido del centro comercial.
El de la televisión miró a su alrededor, perplejo.
—¿Quiere decir que todavía están por aquí?
—Sé que están —respondió Kluger, como un hombre religioso
que repitiera sin cesar el principio supremo de su fe—. Y no voy a
dejar que nadie interfiera en un caso que sigue siendo una auténtica
persecución.
—¿Persecución? —preguntó el hombre. ¿Dónde?
A las 4.10 los técnicos del laboratorio y los detectives de
homicidios decidieron irse a casa. Colocaron barreras frente al
banco y a la joyería, y cerraron y sellaron la habitación en la que
Keski y el guardaespaldas habían sido asesinados. El detective al
mando del caso —un tipo tranquilo y cetrino llamado Bretters— se
acercó a la mesa de juego junto a la fuente para ver cómo le iban
las cosas a Kluger.
—No podéis iros ahora —dijo este—. Deben de estar por aquí
esperando a que nos vayamos.
—No pueden estar todavía aquí —respondió Bretters, con calma.
—Pero es imposible que hayan conseguido salir.
—Resulta un misterio la manera en que se te han escapado —
admitió Bretters—. Pero lo descubriremos en uno o dos días.
—¡No se me han escapado!
—Entonces, ¿dónde están?
—¡Aquí!
—¿Es que tus hombres no lo han registrado todo? —inquirió el
de homicidios.
—Sí, han mirado por todas partes.
—Lo descubriremos en un par de días —aseguró Bretters, y
salió tras los otros.
A las 4.20, Kluger se enteró de que en la comisaría habían
empezado a destinar a sus hombres a otros casos repartidos por la
ciudad.
A las 4.30, Kluger era el único que quedaba, aparte de Hawbaker
y de Haggard, quienes se metieron en el coche patrulla en espera
de que el teniente hiciera lo mismo.
Los reporteros de los periódicos, de la radio, y de la televisión
habían por fin abandonado y se habían largado. El propietario de la
joyería, su nervioso agente de seguros, y el delegado de la Caja de
Crédito y Ahorro Countryside se habían marchado a casa para
seguir en vela el resto de la noche. Los cuatro pasillos y las
diecinueve tiendas permanecían desiertos y silenciosos.
El teniente Kluger se dirigió hacia el estanque y se sentó en su
borde, sobre las falsas piedras de lava.
La fuente se erguía frente a él, y doscientos surtidores elevaban
el agua a seis metros de altura, que caía como una cortina líquida
sobre el estanque artificial, cuya superficie era como una placa de
cristal blanco y opaco a través de la cual no podía verse nada
excepto formas neblinosas, remolinos de espuma y burbujas
plateadas. Era algo tranquilizador que podía mirar mientras daba
vueltas al asunto en busca de cualquier detalle que hubiera podido
pasarle por alto, cualquier cosa.
Los dos vigilantes nocturnos se acercaron a la zona de descanso
para ver si quería o necesitaba alguna cosa.
—Llévense las sillas y la mesa —pidió, acercándose para retirar
los mapas de encima.
Los dos hombres estaban plegando los muebles cuando el más
fornido dijo:
—¿Cómo demonios lo consiguieron, teniente?
—¿El qué? —preguntó Kluger, levantando la vista desde el
estanque.
—Escapar.
—No lo hicieron.
—¿Qué quiere decir?
—Que todavía están aquí.
Los guardas miraron a su alrededor.
—No lo creo —dijo el grandote, mirando a Kluger con pesar.
El otro vigilante, el tranquilo, dijo:
—Después de desatarnos sus hombres nos dijeron que no
tocáramos nada. ¿Hemos de seguir igual o bien podemos dar la
noche por finalizada?
El teniente dudó, y después suspiró.
—Pueden acabar.
—¿Se irá pronto? —le preguntó el primer guardia.
—Sí, pronto —murmuró Kluger.
Recogieron las sillas plegables y la mesa y las sacaron fuera de
la zona de descanso, llevándolas por el pasillo este hasta el
almacén. La moqueta apagó el sonido de las pisadas y en un
instante todo volvió a quedar en calma.
¿Cómo?, se preguntaba Kluger.
¿Por la salida norte? No, había estado muy bien vigilada.
¿A través de la salida oeste? No.
¿Por el techo? Imposible.
¿Siguiendo el desagüe?
Se puso en pie y enrolló los mapas. Siguió pensando en ello y,
mientras salía de la zona de descanso, buscó en su cabeza el
agujero por el que habían escapado.
La fuente dejó de funcionar detrás de él.
Se dio la vuelta y entonces cayó en la cuenta de que los
vigilantes la habrían apagado desde el panel de control del almacén.
¿Por una de las puertas de la cara este?
Imposible.
Caminó lentamente por el corredor oriental, y pasaba bajo la
puerta de metal, ahora abierta, cuando a su espalda se encendieron
dos de las tres hileras de fluorescentes del techo.
—Buenas noches, teniente —dijo Artie, que salió del almacén
tras Kluger—. Mala suerte.
—Sí —concedió Kluger.
—Los atrapará tarde o temprano.
—Sí.
Una vez en el aparcamiento, se encontró solo. El viento
proveniente del Océano Pacífico se abría paso a su alrededor y traía
la fragancia de la sal y las algas. En las últimas horas el cielo se
había tapado aún más, y el olor a lluvia llenaba la atmósfera.
Hawbaker y Haggard no le aguardaban, tal y como había
esperado. Aparentemente, habían sido enviados a cubrir otro caso.
Kluger miró su reloj.
Las 4:43.
Se volvió y miró el Oceanview Plaza, mientras se preguntaba si
en realidad ya habían transcurrido tres horas desde que había
entrado allí, con la ayuda del soplete. Vio cómo uno de los vigilantes
bajaba la destrozada puerta, y nada más. Todo estaba en calma, en
paz, envuelto en la tranquilidad de la madrugada. Pronto
amanecería. El cielo ya parecía iluminarse y la oscuridad
desaparecía tras las nubes.
Avanzó por el asfalto hasta llegar a su Ford sin distintivos, abrió
la puerta y se sentó tras el volante. La radio emitió un ruido sibilante
y balbuceó un mensaje, pero la voz del locutor se perdió en otros
canales. Puso en marcha el motor y salió del aparcamiento, girando
hacia el norte por la carretera principal. Condujo apenas medio
kilómetro, realizó un giro de trescientos sesenta grados, regresó y
aparcó en el arcén de la carretera, a apenas doscientos metros de
Oceanview Plaza, de cara al sur.
—Muy bien —se dijo.
Pensó en el listillo con quien habló por teléfono, en la voladura
de las cámaras acorazadas y en las gemas robadas, así como en
los dos hombres muertos, en la forma en que le había tratado
Evelyn Ledderson, y en la mirada piadosa que recibió de aquel
vigilante panzudo. Todo eso ocupaba su pensamiento y resultaba
indisociable, como si se tratara de un solo insulto. Entre todos
habían cocinado un buen caldo de humillación, sazonado con la
conciencia de haber dado un paso atrás en su marcha hacia la
obtención de un cargo principal.
—Muy bien.
Sacó el revólver de la pistolera que llevaba bajo el sobaco
izquierdo y comprobó que estuviera convenientemente cargado.
—Tendrán que salir a pie puesto que nos llevamos la camioneta
robada —dijo Kluger, aunque allí no había nadie para escucharle.
Colocó el revólver en el asiento contiguo.
—Muy bien —repitió—. Muy bien. Solo tenéis que salir. Empezad
a salir de ahí. Vamos, bastardos.
20
CUANDO Tucker miró hacia arriba, hacia la superficie del estanque,
no pudo ver nada excepto formas neblinosas, remolinos de espuma
y burbujas plateadas. Era como si una placa de cristal blanco y
opaco le impidiese ver lo que había más allá, pero se trataba de
algo más frágil que el cristal y podía desvanecerse en un instante.
Durante las tres horas largas en que tuvo que ocultarse de la policía,
lo que más temió Tucker fue que alguien desconectase la fuente.
Sin la lluvia artificial que, mediante doscientos surtidores, se elevaba
y luego caía como una cascada, la superficie aparecería
transparente. Cualquiera podría acercarse al borde, mirar hacia
abajo, y ver a tres hombres sentados en el fondo del estanque, a
dos metros y medio de profundidad. Tal vez alguien se sintiera
atraído por las tres ruidosas estelas de burbujas que emergían
procedentes de tres unidades independientes de buceo y que ya no
podrían ser enmascaradas por el sonido de la fuente en
funcionamiento. Si apagaban la fuente y la superficie del estanque
se volvía transparente, les atraparían.
Sin embargo, y aunque esta era su mayor preocupación, no era
la única. También le intranquilizaba la reserva de aire —para tres
horas que podían alargarse unos diez minutos más a causa de su
relativa inactividad—, que podía no ser suficiente para resistir
durante todo el registro del centro comercial. Si tenían que subir a la
superficie antes de que la policía decidiese marcharse, toda su
inteligencia al planear aquello no serviría de nada.
También le desasosegaba el hecho de que algún policía con
suerte, que anduviese registrando Surf and Subsurface, descubriera
accidentalmente los contenedores vacíos que una vez estuvieron
ocupados por los trajes y el equipo de submarinismo que Meyers,
Bates y él mismo utilizaban en esos momentos. Meyers aseguró
que, tras hacerse con los equipos, había vuelto a colocar las cajas
tal y como las encontrara, sin dejar ningún rastro. Lo mismo había
hecho con las cajas que contenían los sacos impermeables de color
amarillo chillón, en los que metieron las sacas del dinero, las joyas y
su ropa; también se había asegurado de que el equipo de
presurización con el que habían cargado las bombonas estuviese
apagado y justo en el mismo lugar donde lo habían encontrado. Sin
embargo…
Tucker estaba preocupado. Se preguntó si debía quitar de en
medio el cartel que aparecía junto a la fuente y en el que se
anunciaba el espectáculo de submarinismo que tendría lugar la
semana siguiente. Si Kluger veía el cartel y se tomaba la molestia
de leerlo, ¿se daría cuenta de que el estanque, lo suficientemente
profundo como para albergar un espectáculo de buceo, también
podía ser lo suficientemente profundo como para esconder a tres
hombres desesperados?
Se preguntaba si habría subido de forma apreciable el nivel del
estanque cuando los tres se metieron allí con las sacas del banco y
la ropa. ¿Se daría cuenta de todo aquello alguien que estuviera
familiarizado con el centro comercial? ¿Se había elevado el nivel del
estanque de tal manera que el agua desbordaba por encima del
nivel habitual e inundaba la zona de descanso? ¿Podría la fuente
esconder las burbujas emergentes procedentes de sus respectivos
equipos? ¿O bien su presencia se haría evidente en cuanto una
mirada penetrante y una mente despierta interpretasen todo eso de
la forma correcta?
Estaba preocupado.
Cada diez minutos levantaba la muñeca a la altura de los ojos,
colocaba la esfera de su reloj contra el cristal de su máscara,
perfectamente ajustada, y comprobaba la hora. Con todo el humor
del que era capaz en ese momento, pensó que con aquello podría
realizarse un estupendo anuncio de televisión para la compañía
fabricante del reloj, una convincente demostración de la calidad de
su producto. La delgadas y luminosas manecillas avanzaban lentas
pero inexorables señalando los números verdes, mientras el
igualmente fosforescente segundero giraba, y giraba, y giraba…
Las 2.30.
La pieza de plástico que encajaba entre sus dientes y le
suministraba aire tenía un sabor horrible. Su lengua parecía estar
recubierta de un fluido amargo, y la saliva era espesa y rancia. Poco
a poco se le iba revolviendo el estómago.
Incluso el aire del tanque resultaba rancio, viciado, desagradable
y demasiado rico en oxígeno. Movió los labios tratando de que el
tubo se ajustara mejor, y vio que tanto Frank Meyers como Edgar
Bates estaban ocupados haciendo lo mismo.
Las 3.00.
Tenía la curiosa sensación de frío y calor simultáneos. En el
interior del ajustado traje de goma se sentía mojado debido a la
transpiración nerviosa, aunque percibía al mismo tiempo el frío
penetrante del agua.
Las 3.30.
Apoyó la espalda contra la pared del estanque y trató de pensar
en Elise y en todo lo que habían hecho y harían juntos. Mientras
observaba el agua trémula de color azul verdoso que tenía enfrente,
trató de recordar el escudo y la lanza Edo, así como otros tesoros
más modestos que poseía… Pero eso no hizo que se sintiera mejor.
Sus ojos estaban continuamente fijos en las hileras de burbujas que
soltaban Meyers y Bates, y después las seguían en su camino hacia
la trémula y espumosa superficie…
Las 3.40.
Las 3.50.
Las 4.00.
Seguía preocupado.
Lo cierto es que no tenía nada más que hacer.
Toda aquella ansiedad pareció quedar justificada cuando, a las
4.40, se apagó la fuente. La superficie del estanque dejó de temblar.
La blancura opaca dejó paso a la luz. La película de espuma se
deshizo y desapareció. En dos minutos la superficie se volvió
completamente transparente. Tucker miró hacia arriba y vio el techo
puntiagudo, las rocas falsas del borde del estanque… Imaginó que
era cuestión de segundos el ver aparecer policías uniformados por
todas partes, mirándole.
Sin embargo pasaron cinco minutos sin que nada sucediera. Y
después otros cinco.
A las 4.50, cuando ya solo le quedaba aire para tres o cuatro
minutos más, se puso en pie y, ayudándose con la pared del
estanque, ascendió hasta la superficie tan lenta y cautamente como
pudo en el extraño elemento. Protegido por las falsas rocas, levantó
la cabeza hasta que le fue posible mirar hacia el pasillo este. No se
hubiera sorprendido de haber recibido un tiro en pleno rostro, pero
no ocurrió nada de eso. El pasillo estaba desierto, y la mayoría de
las luces del techo apagadas. Lo mismo ocurría con los pasillos
restantes. El silencio parecía antinatural, casi sepulcral. Esperó
mientras vigilaba las entradas de las tiendas por si se producía
cualquier movimiento, pero no observó nada. Resultaba evidente
que la policía había recogido sus cosas y se había retirado no hacía
mucho; probablemente poco antes de apagarse la fuente.
Se sumergió de nuevo hasta el fondo y dio la señal a Bates y
Meyers. Evitando los movimientos bruscos, conscientes de la
necesidad de actuar en silencio, emergieron hasta que sus cabezas
estuvieron por encima del agua.
Tucker se sacó la boquilla de alimentación y se colocó las gafas
sobre la frente.
—Se han ido —susurró—. Pero los vigilantes deben de estar por
ahí.
Meyers y Bates asintieron para indicarle que habían entendido,
pues no se habían quitado ni las gafas ni las boquillas. Bates se
enjugaba gotas de agua de las pálidas mejillas.
—Tenemos que actuar con calma —susurró Tucker—. Todavía
no hemos salido de esta.
Los otros dos asintieron.
Volvió a colocarse las gafas sobre los ojos, asegurándose de que
ajustaban perfectamente, introdujo de nuevo en su boca la boquilla
alimentadora de oxígeno y la sujetó con fuerza entre los dientes.
Pasó por alto su desagradable sabor, trató de ignorarlo, y volvió a
sumergirse con Meyers y Bates para recuperar su ropa, las Skorpion
y el botín.
Diez minutos más tarde habían salido del estanque y llevado sus
pertenencias hacia la zona de sombras protectoras de la entrada de
Shen Yang’s Orient. En el estanque se habían despojado de los
molestos y pesados equipos y de las máscaras pero no así de los
trajes, que se secaron con extrema rapidez.
—Las pistolas —susurró Meyers.
Tucker se arrodilló y abrió la bolsa amarilla impermeable en la
que había guardado las Skorpion, y repartió las pistolas, que
estaban completamente secas.
Se vistieron, poniéndose la ropa encima de los trajes de goma
negra. Sin que ninguno de ellos tuviera que decirlo, todos sabían
que no disponían del tiempo necesario para deshacerse de dichas
prendas.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Meyers, cuando estuvo
vestido.
Tucker terminó de ajustarse los zapatos y se puso en pie.
—Esperaremos —anunció.
—¿A los vigilantes?
El joven asintió.
—¿Cuánto tiempo? —susurró Meyers.
—Hasta que aparezcan.
Meyers enarcó una ceja.
—¿Crees que seguirán haciendo la ronda como si nada?
Tucker asintió de nuevo.
—¿Después de lo que ha sucedido?
—Especialmente después de lo sucedido —dijo Tucker, en voz
baja.
—¿Y si no lo hacen?
—Entonces ya tendremos tiempo para preocuparnos.
Meyers permaneció oculto entre las sombras de Shen Yang’s
Orient, lejos de la vista de cualquiera que llegase desde el almacén
por el pasillo este. Plantó los pies firmemente sobre el suelo para
mantener el equilibrio, agarró la Skorpion con ambas manos, apoyó
el arma contra su amplio pecho, y se preparó para una larga espera.
Tucker y Bates también estaban de guardia, ocultos en la
oscuridad de la entrada de Young Maiden, al otro lado del pasillo
este.
A las 5.30, Chet y Artie salieron del almacén y empezaron a
andar por el corredor en dirección a la zona de descanso. Iban
hablando sobre la forma en que la policía había llevado el asunto, y
por lo animados que se les veía era obvio que no esperaban tener
más problemas.
Meyers levantó una mano.
Tucker asintió afirmativamente.
Cuando los dos vigilantes alcanzaron la zona de descanso
saliendo del pasillo, Meyers se movió a su derecha y Bates cubrió el
flanco izquierdo, cogiéndolos entre dos Skorpion.
—Si intentáis sacar vuestras armas —anunció Tucker—, sois
hombres muertos. La primera vez lo hicisteis muy bien, así que no lo
estropeéis ahora.
Artie, el tranquilo, gruñó:
—Oh… no. Me siento como si tuviera la misma pesadilla una y
otra vez.
Chet estaba demasiado cabreado como para poder hablar.
Farfulló algo y casi le da un pasmo, aunque todo lo que hizo fue
levantar a medias un puño en un gesto de impotencia; algo que no
impresionó a nadie.
Tucker se colocó detrás de ellos para quitarles los revólveres de
las pistoleras.
—Seguid tranquilos.
—Maldito bastardo —dijo Chet, cuando por fin recuperó el
control de la voz.
Tucker se acercaba a Artie para quitarle la pistola cuando
escuchó un extraño sonido gutural a sus espaldas. A pesar de lo
insólito que resultaba, supo inmediatamente de qué se trataba. El
maldito perro policía estaba suelto.
21
EL pastor alemán, entrenado para seguir los pasos de los vigilantes
nocturnos, había salido por la puerta abierta del almacén y corría
con todas sus fuerzas, acortando rápidamente la distancia que lo
separaba de ellos. Tenía las orejas echadas hacia atrás, y la larga
cola curvada entre las patas traseras. La moqueta era un terreno
excelente para la carrera y ahogaba el sonido de sus patas.
Tucker se volvió completamente para enfrentarse a él y,
automáticamente, levantó la Skorpion. Pero dudó al recordar lo que
un colega del oficio le había contado en una ocasión acerca de
cómo tratar a los perros…
Dos años antes, Tucker se había unido a otros tres hombres
para dar un golpe en unos grandes almacenes, llevándose todo el
efectivo acumulado en el último día de compras antes de Navidad.
En pleno robo, uno de ellos, un profesional todo terreno llamado
Osborne, había sido atacado por un sabueso entrenado. Utilizó
únicamente sus manos y, con eficacia y rapidez, acabó con él sin
que le produjera ni un rasguño. Tras el trabajo, tuvieron que
ocultarse algunos días en una granja abandonada, y durante ese
tiempo Osborne le explicó a Tucker cómo habérselas con cualquier
perro. Osborne lo había aprendido en el ejército, en donde también
le enseñaron a matar hombres, y no le importó enseñarle la técnica.
El perro estaba ya a menos de sesenta metros.
Lo más seguro era que el animal que se acercaba no fuese un
asesino. Después de todo, había sido entrenado para seguir a los
guardias y para actuar en emergencias. Sin embargo, Tucker tendría
que lidiar con él como si lo fuera, pues le causaría problemas hasta
que estuviera o bien muerto o malherido, y podía provocar la
suficiente confusión como para permitir que Chet y Artie sacasen
provecho de la situación. Los hombres lo habían educado en la
violencia, lo habían corrompido, y ahora tendría que pagar por sus
conocimientos inferidos, algo en lo que el perro no había tenido
responsabilidad alguna.
—¡Cuidado! —gritó Edgar.
Al mismo tiempo que el viejo gritaba de forma involuntaria,
Meyers decía:
—¡Por Dios, dispara!
Ni él ni Bates se hallaban en posición de poder hacer uso de sus
armas sin matar a los vigilantes y a Tucker.
—¡Dispara!
Según Len Osborne, cualquier arma imaginable era inútil frente a
un perro guardián bien entrenado. En primer lugar, el animal
constituía una diana muy pequeña, sobre todo si venía de frente.
Incluso un perro pastor grande resultaba demasiado estrecho para
poder ser alcanzado. En segundo lugar, resultaba demasiado
compacto, bravo y rápido. Ni siquiera un tirador de primera
dispondría de tiempo suficiente para apuntar y efectuar un disparo
antes de que el perro se colgase de su brazo o de su garganta.
Disparar desde la cadera, hablando figuradamente, sin apuntar,
ofrecía pocas posibilidades de éxito. Es como si le tirases piedras,
había dicho Osborne.
Tucker bajó la Skorpion y oyó gritar a Bates. «Espero que el traje
de goma no me impida moverme», pensó. Si eso ocurría, sería
hombre muerto, o al menos resultaría gravemente herido. Incluso si
el perro hacía presa en él sin producirle heridas, estaba seguro de
que pasaría una buena temporada en la cárcel.
Solo hay un momento, había explicado Osborne, en que un perro
es vulnerable: cuando está en el aire, después de saltar, en los
últimos segundos antes de producirse el contacto. Hasta ese
instante, el animal puede moverse a voluntad y atacar o cambiar de
opinión en un instante. Pero una vez que se ha decidido y está en el
aire, lanzado hacia su víctima, se halla relativamente indefenso.
Mientras permanece en el aire los dientes todavía se encuentran
lejos del objetivo y las zarpas resultan inofensivas. Las patas
delanteras están plegadas hacia atrás y no las extenderá hacia
delante hasta el instante anterior al contacto. Si uno se mueve con
rapidez y con la suficiente seguridad… Si saltas hacia delante para
interceptarlo, en lugar de alejarte de él, es posible agarrar al perro
por las patas delanteras, torcérselas como se hace con el brazo de
un hombre, mientras uno se deja caer, y arrojar a la bestia por
encima de la cabeza con tanta fuerza como sea posible. Su propia
inercia vaya a parar bastante lejos y que se golpee fuertemente
contra el suelo. Por lo menos, eso lo dejará bastante mal,
demasiado confuso como para volver a lanzarse al ataque de
inmediato. Es bastante probable que se rompa una de las patas. Un
perro lisiado no representa amenaza alguna. Y si se hace bien, se le
puede romper el cuello o partir el espinazo como si fuera un trozo de
leña seca.
Todo eso daba vueltas en el interior del cerebro de Tucker, y
cada apartado de la lección se cernía como una sombra sobre la
intensa luz del miedo. Llegó el momento en que no dispuso de más
tiempo para recordar la lección de Osborne, porque el pastor
alemán ya saltaba hacia él.
Contra todo instinto, Tucker se echó hacia delante, agarró
desesperadamente al animal por una de las patas delanteras, apretó
la mano sobre el hueso y el pelo, retorció, se dejó caer y tiró.
Durante un instante vio pasar un fiero rostro, unos colmillos
desnudos… Estaba seguro de que no había sincronizado
correctamente los movimientos, aunque su cuerpo había hecho gala
de una sincronización natural durante la maniobra.
Escuchó voces a su espalda, y también el ruido de algo que
chocaba pesadamente contra el suelo.
Tucker se puso en pie, apoyándose contra la pared del pasillo, y
ayudándose con ambas manos. Le costaba respirar y los hombros
le dolían horriblemente; pero no se le ocurrió pensar que estaba
sangrando. No mucho. Miró hacia donde estaban los otros y vio que
habían dejado un espacio vacío alrededor del pastor alemán, que
luchaba por mantenerse sobre la pata delantera fracturada. Hizo un
movimiento falso en el aire y miró a Tucker con los ojos inyectados
en sangre. Luego emitió un extraño y patético sonido, rodó sobre el
suelo y murió. Tucker se sintió mal, aunque menos que cuando
descubrió las víctimas de Meyers en la oficina.
Durante unos instantes que parecieron no tener fin, ninguno
abrió la boca, enmudecidos como estaban por la súbita violencia.
Miraron al perro muerto y observaron el charco de sangre que iba
agrandándose. Aunque todos habían presenciado su muerte, el
episodio daba la impresión de ser irreal.
—¡Fiuuu! —pudo exclamar Meyers, finalmente.
Tucker se pasó la mano por el rostro, lleno de sudor.
—¡Fiuuu! —asintió.
Edgar Bates dijo:
—¿En dónde diablos has aprendido eso?
Todos le miraron, incluso los dos vigilantes, interesados en la
respuesta.
—En Milwaukee —respondió el joven.
—¿En Milwaukee? —preguntó Bates.
—Pasé unas Navidades con un ex oficial de comandos.
—¿Y nunca lo habías hecho antes?
—Solo en el interior de mi cabeza. En teoría —respondió Tucker.
Se agachó y recogió la Skorpion, que había dejado a un lado
cuando recordó el consejo de Osborne.
—Atemos a Chet y Artie para que podamos salir de este
endemoniado lugar de una vez.
—Estoy de acuerdo —opinó Meyers.
Tucker aligeró a los guardianes de sus armas, y Chet dijo:
—No saldrás de esta.
Tucker rompió a reír.
22
FRANK Meyers no podía comprender por qué tenían que salir del
edificio a través del desagüe de tormentas. Con su clásica expresión
claustrofóbica de miedo y el rostro lleno de aprensión y terror, miró
el negro agujero del almacén y agitó la cabeza.
—No lo entiendo. ¿Por qué no nos limitamos a salir por la puerta,
tal y como hicimos para entrar?
—Son las seis y diez de la mañana —explicó Tucker, armado de
paciencia—. Es casi de día. Si la policía ha dejado un coche patrulla
de guardia para cubrir el lugar, nos echarán la vista encima nada
más salir.
—Es un riesgo que no debemos correr —apuntó Edgar Bates.
Incluso ahora, a pesar de todo lo que había ido mal en otros
aspectos del trabajo, el viejo todavía flotaba al recordar el éxito de
su intervención.
Meyers frunció el ceño, como si creyese que conspiraban contra
él.
—¿Creéis que la policía seguirá vigilando el lugar después de
haberlo registrado de arriba abajo sin encontrar nada?
—Sí —respondió Tucker.
—¿Por qué? —inquirió Meyers—. ¿Por qué iban a hacerlo?
—Kluger es de los que contemplan todas las posibilidades —
contestó Tucker—. No me sorprendería nada que fuese él en
persona quien aguardase ahí fuera.
—Bueno —dijo Meyers, y se rascó la barbilla mientras cavilaba
—. Hasta ahora no te has equivocado en nada.
—Así es.
Dejó de rascarse la barbilla.
—Pues entonces… Creo que iré por el desagüe contigo.
—No tienes por qué decirlo en un tono tan pesimista —le
contestó Tucker, con una sonrisa.
—Así pues tenemos vía libre —anticipó Bates.
—Todavía no —aseguró Tucker.
Meyers dio un respingo y se frotó la nuca.
—¿Quieres decir que ese Kluger puede haber dejado un hombre
en el desagüe aún después de no encontrar nada tras el registro?
—Si pensase eso —empezó diciendo Tucker—, no nos
largaríamos de aquí de esa manera.
—¿Entonces no quiere eso decir que tenemos vía libre, tal y
como ha dicho Edgar?
—No me gusta tener que escuchar tanta cháchara sobre cómo
vamos a salir, hasta que estemos en ello de verdad —dijo, y rebuscó
en el bolsillo de la chaqueta hasta hallar el tubo de caramelos—.
Lima —les confió—. ¿Alguien quiere?
Ni Bates ni Meyers quisieron.
Tucker se metió el caramelo en la boca, volvió a guardar el tubo,
se sentó en el borde del desagüe y saltó a la tubería. Se volvió hacia
arriba y Bates le alargó los dos sacos impermeables que contenían
el dinero del banco y las piedras sin tallar. El viejo bajó tras él,
seguido a su vez por Meyers.
Disponían de dos linternas con las que hacer retroceder la
oscuridad y los bichos. Alcanzaron el extremo de la canalización
pasados tres o cuatro minutos. Meyers agradeció la visión de la
salida con un suspiro de alivio.
La luz del sol inundaba el barranco y daba un aspecto desteñido
y mortecino a la maleza. La misma luz les hirió los ojos y les
arrebató la protección de la oscuridad para el resto del trayecto.
Pero también les mostró que no había policía alguno apostado tras
las piedras.
Cansados, tensos y doloridos, los tres hombres salieron del
desagüe y recorrieron el barranco, arrastrando los sacos. Se
tomaron un descanso al llegar a la altura de las rocas tras las cuales
se habían refugiado los tres policías la noche anterior.
—Enterraremos aquí las Skorpion —anunció Tucker.
Meyers echó una rápida ojeada a la maleza y a las palmeras
diseminadas aquí y allá, para acabar con los ojos puestos sobre el
Oceanview Plaza, que permanecía oculto por una elevación del
terreno.
—¿Y si las necesitáramos más adelante?
—No las necesitaremos —aseguró Tucker.
Escarbaron en la blanda tierra y depositaron las pistolas en el
hoyo, cubriéndolas a continuación con la tierra sobrante.
—¿Y si la policía las encuentra? —preguntó Meyers, que parecía
dispuesto a exhumar su propia pistola.
—¿Y qué si lo hacen? —preguntó Tucker, a su vez.
—Seguirán la pista hasta dar con nosotros.
—No lo harán.
—¿Estás seguro?
—Vámonos —dijo Tucker, en tono cansado—. Es hora de mover
el culo.
Continuaron por el barranco, frenados por los dos sacos del
dinero y las gemas, pero no por ello disgustados. Las paredes del
barranco, de algo más de dos metros de altura, les proporcionaban
una cobertura excelente, ya que no podían ser vistos por nadie
desde el norte o desde el sur, mientras que por detrás solo había
tierra desierta. Cuanto más se acercaban a la carretera, más ocultos
quedaban de los coches que circulaban por la costa, ya que el canal
erosionado iba haciéndose más profundo, hasta desembocar en un
túnel de la altura de un hombre, que cruzaba bajo el asfalto.
Arrastraron los sacos por el conducto y salieron por el otro extremo,
al otro lado de la carretera, a la última de las suaves colinas
inmediatamente anteriores a la playa.
El aire estaba allí lleno de todo tipo de fragancias.
Las gaviotas se elevaban y bailaban en las corrientes de aire,
entre agudos graznidos.
—Qué hermoso está esta mañana el océano —dijo Edgar Bates
al salir, en último lugar, del conducto.
Aunque le dolían todos los músculos, y a pesar de que le
escocían los ojos y la boca le sabía a rayos, Tucker miró hacia el
ondulante mar y hacia el cielo infinito, y tuvo que asentir.
—Sí que es verdad —apostilló.
Descendieron hacia la playa y torcieron hacia el sur, cruzando la
suave arena amarillenta. En menos de cinco minutos alcanzaron
una carretera de acceso a la playa. Ahora, por encima de ellos,
dominando el panorama, vieron un montón de casas no
precisamente baratas, que parecían resplandecer a la luz de la
mañana.
—Necesitamos un coche —afirmó Tucker, y se volvió hacia
Meyers—. ¿Crees que podrás encontrar uno por ahí arriba?
—Claro que sí.
—Tómate el tiempo que te haga falta.
—Volveré dentro de cinco minutos.
—Tómate el tiempo que haga falta —repitió Tucker—. No
vayamos a estropearlo todo a última hora.
Tucker se sentó sobre los sacos del dinero.
Apoyó los codos sobre las rodillas y la barbilla en las manos, y
observó alejarse a Meyers por la carretera de acceso hasta que
desapareció detrás de un montículo de arena coronado de hierba.
Edgar dejó el maletín en el suelo y se acercó al agua para
remojarse el rostro. Volvió a silbar de contento.
Al cabo de veinte minutos, a las 6.45, Frank Meyers apareció al
volante de un Jaguar nuevecito, de brillante color negro, que rugía
con más suavidad de lo que su nombre pudiera sugerir.
Depositaron los sacos en el maletero, Edgar se subió al asiento
trasero con su maletín de herramientas y Tucker lo hizo en el de al
lado del conductor, junto a Meyers.
—¿Qué te parece esta maravilla? —preguntó Meyers, sonriendo
y dando palmadas sobre el volante.
—¿Tenías que llevarte el más llamativo que había? —inquirió
Tucker—. No nos conviene llamar la atención. Lo único que
necesitamos es regresar a la ciudad como tipos corrientes que van
al trabajo.
—Me gusta —dijo Bates desde su asiento.
—Podría haber escogido cualquier otro entre la media docena
que encontré —dijo Meyers—, pero no me parecieron adecuados.
Con este corría menos riesgos. El motor estaba frío y las llaves
puestas —rio—. No tuve que arrancar cables. El dueño debe de
haber estado de juerga toda la noche, llegó a casa colocado y no se
levantará hasta dentro de unas cuantas horas. Además, no te
preocupes. Parecemos tres tipos ricos corrientes que van al trabajo.
—Y de alguna manera —comentó Edgar Bates—, eso es lo que
somos.
Tucker sonrió, se relajó y se inclinó hacia atrás, apoyándose
sobre el tapizado de cuero auténtico.
—Excepto en lo que se refiere a ir a trabajar; nosotros venimos
de hacerlo. —Se puso el cinturón de seguridad—. Salgamos de
aquí.

El teniente Norman Kluger observó la salida del sol sentado en su


coche. De forma inexorable, según la noche iba retrocediendo para
dar paso a la calidez del sol, la autoconfianza de Kluger también iba
dando paso al enfado, la irritación, la confusión y, finalmente, a la
desesperación. Nadie había salido del centro comercial. ¿Es que
alguna vez había habido alguien allí dentro? Deseó poder hacer
retroceder el sol en el cielo para reabrir el caso desde el principio.
Decidió abandonar bastante después de que hubiese
amanecido, cuando ya el tráfico empezaba a hacerse denso. Se
abrochó el cinturón de seguridad, puso en marcha el motor y
arrancó. Durante todo el trayecto de regreso a la comisaría, pareció
conducir bajo el efecto de una narcosis emocional. Entregó el
vehículo en el garaje de la unidad y penetró en el bajo edificio de
estuco para redactar el informe. Le escocían los ojos y sentía el
aliento seco y rancio. Todo lo que deseaba era regresar a casa y
meterse en la cama.
En la mesa del sargento de guardia había bastante jaleo pero lo
ignoró y se dirigió a su propio escritorio, en la sala principal, donde
rellenó el informe. Su primer fracaso…
Ya se iba cuando le detuvo uno de los agentes libres de servicio
que se encontraba entre los que rodeaban la mesa del sargento de
guardia.
—Oye, ¿no estabas tú en lo del robo del Oceanview Plaza, ayer
noche?
Kluger hizo una mueca.
—Sí —dijo, con un bostezo.
—¿Y qué te parece esto de ahora?
—¿El qué? —preguntó Kluger, despertándose de repente.
—El relevo ha encontrado a los vigilantes de noche atados, otra
vez, hace unos minutos. Da la impresión de que hayan robado dos
veces.
Kluger se quedó allí, sin poder decir nada. Miraba al otro
hombre, pero en realidad veía el sillón de jefe de policía en el que
nunca se sentaría cuando llegase a los cuarenta.

Aparcaron a seis manzanas del hotel en donde se alojarían, en el


centro de Los Ángeles, y Bates fue a recoger el coche de alquiler
que les transportaría los últimos cientos de metros. Cuando llegaron
al hotel, se dirigieron a sus habitaciones, se ducharon y afeitaron, se
cambiaron de ropa y fueron pagando y marchándose a intervalos de
media hora. A continuación, Bates les condujo hasta la zona de Van
Nuys, en donde se registrarían en dos habitaciones del Carriage Inn,
un motel en donde podrían gozar de absoluta intimidad. Estaban
completamente exhaustos, por lo que durmieron buena parte de la
tarde.
Meyers y Bates fueron a la habitación de Tucker a las siete de
esa misma tarde con un montón de comida para llevar de Saul’s, un
restaurante judío de primera clase situado en Ventura. Comieron,
bebieron varias botellas de cerveza y hablaron de todo menos del
trabajo que habían llevado a cabo en las últimas horas.
Cuando acabaron de cenar y retiraron los restos, Tucker abrió
los dos sacos impermeables y las sacas del banco, procediendo a
separar el dinero de las joyas. Contaron dinero durante una hora y
después cotejaron los resultados. El total de lo obtenido en la Caja
de Crédito y Ahorro Countryside era de 212 210 dólares. Después
de que Tucker descontase mil para cubrir el gasto de las Skorpion,
tocaban 70 400 para cada uno de ellos. No estaba nada mal.
—¿Qué vamos a hacer con los diez que sobran? —preguntó
Meyers, y señaló al billete solitario que permanecía en el centro de
la colcha.
—Déjaselo a la encargada de hacer las habitaciones —propuso
Tucker, y lo colocó sobre el escritorio.
—¿Y las gemas? —preguntó Edgar, levantando dos puñados de
piedras y dejando que se escurrieran entre sus dedos—. Tú eres
quien conoce al perista. ¿Te las llevarás a Nueva York?
—Pesan demasiado para llevarlas en una maleta —dijo Tucker
—. Además, algunos modelos de detectores de metal de los
aeropuertos se ponen en marcha ante la presencia de diamantes.
—¿Entonces?
—Por la mañana —empezó a decir el joven— conseguiré tres o
cuatro latas de tabaco de pipa. Las vaciaré de tabaco, las llenaré de
piedras, haré un paquete con todo y me las enviaré por correo a mí
mismo.
Meyers enarcó las cejas.
—¿Estás seguro de que funcionará?
—Las aseguraré —dijo Tucker— en mil dólares.
Le miraron sin comprender, con la boca abierta, hasta que
cayeron en la cuenta y empezaron a soltar carcajadas.
—Si Correos lo pierde —dijo Meyers—, espero que me
devuelvan mis trescientos treinta y tres dólares.
Bebieron unas cuantas cervezas más, hablaron sobre conocidos
en el negocio, y dieron la reunión por finalizada poco después de
medianoche.
Ante la puerta de Tucker, Meyers dijo:
—¿Te vas mañana por la mañana?
—Tengo reserva para el vuelo de las dos —respondió Tucker.
—Creo que me quedaré unos días; seguramente todo el fin de
semana. Cuando regrese a Nueva York, estaré en el mismo
apartamento al menos durante unas semanas. Cuando te pague el
perista ya sabes dónde encontrarme.
—Muy bien. De acuerdo —respondió Tucker.
—Ha sido un placer.
El joven asintió.
—Tal vez volvamos a repetirlo.
—Tal vez —concedió Tucker, aunque sabía que nunca volvería a
involucrarse en un trabajo con Frank Meyers.
23
TUCKER entró en su apartamento de Park Avenue a primera hora de
la noche del viernes, cerró la puerta y llamó a Elise. Cuando se hubo
cerciorado de que ella no estaba en casa, abrió el armario, entro en
él y dio varias vueltas al disco de la combinación de la caja de la
pared. Metió en el interior la cartera llena de documentos a nombre
de Tucker y tomó la que guardaba sus documentos auténticos. Abrió
la más pequeña de las dos maletas, la que compró en Los Ángeles,
y empezó a meter los setenta mil dólares que contenía en el interior
de la caja.
En la mesa de la cocina encontró el correo acumulado durante
los últimos cuatro días, al que dio un repaso. Entre las cartas había
facturas, publicidad, una selección de un club de lectores y revistas;
nada que fuese importante.
Se preparó un bocadillo de rosbif y queso, y una copa, y se
dirigió al salón principal, en donde se quedó observando el escudo y
la lanza Edo mientras comía. Sus ojos repasaban las familiares
formas de los objetos.
Como a las nueve y media Elise todavía no había aparecido,
supo que, o bien trabajaba en una filmación nocturna, o bien había
salido a cenar y a dar una vuelta con unos amigos. Lo más probable
era que no volviese hasta medianoche o más tarde.
Se dirigió al estudio y, de los estantes de la biblioteca, cogió
Historia de China a través del arte, de Smith y Wango, pero su
mente seguía dando vueltas, sin que pudiera concentrarse en las
líneas impresas. Apartó el libro y encendió el televisor.
Permaneció observando la pantalla sin prestar atención a las
imágenes que aparecían en ella, y empezó a pensar en los dos
cuerpos ensangrentados de la oficina comercial del Oceanview
Plaza. Tembló involuntariamente y sintió náuseas. Siempre trataba
de organizar los trabajos de manera que nadie tuviera que morir. No
sentía deseos de apuntar a nadie con una pistola y raramente se
había visto obligado a utilizarla. Hasta entonces, se había sentido
incapaz de emplear una violencia extrema a menos que fuese
absolutamente necesario para salvar su propia vida, lo cual solo
había sucedido en un par de ocasiones. En la primera, se había
visto arrinconado por un sádico y brutal policía que quería partirle
por la mitad; en la segunda se trataba de un socio que decidió matar
a Tucker para evitar el desagradable ritual de repartir el botín de un
robo. En ambas ocasiones, Tucker había echado mano de la única
opción que le quedaba: matar. Pero las pesadillas le habían
atormentado durante meses, y el sentimiento de culpa todavía
seguía allí. Aunque no había tomado parte en las muertes de Keski
y del guardaespaldas, sabía que siempre sentiría una cierta
responsabilidad por lo ocurrido. Las pesadillas volverían a invadir su
sueño.
De repente, se fijó por primera vez en lo que aparecía en el
televisor: era Elise que se pulverizaba perfume sobre las delicadas
muñecas y el cuello. Mientras una voz masculina vendía el producto,
Elise sonreía a la cámara, sonreía a Tucker… Daba la impresión de
ser auténticamente real, no una imagen en una película, sino una
mujer de carne y hueso.
Tucker deseó levantarse y tocarla. Mientras permaneció sentado
en el fondo del estanque del Oceanview Plaza, le había preocupado
la posibilidad de perderla, y ahora se veía inundado por la misma
ansiedad. La necesitaba más de lo que había llegado a reconocer.
Ella se había preocupado por él durante la época de las pesadillas y
en muchas otras ocasiones. Si se ponía a pensar en la gente que
conocía, se daba cuenta de que Elise era su única amiga.
El anuncio acabó y Elise desapareció.
Antes de que sus pensamientos pudieran volver sobre los
hombres muertos del pasado, Tucker se levantó y se preparó otra
copa. Con la copa en la mano fue a colocarse junto al escudo y la
lanza del vestíbulo. Así podría volverse y ver a Elise en el momento
en que esta traspasara la puerta, lo que no ocurriría de inmediato.
DEAN R. KOONTZ (Everet, Estados Unidos, 1945), es un escritor
estadounidense, autor de novelas de suspense, ciencia ficción,
terror y misterio.
Licenciado en Literatura Inglesa en la Universidad de Pennsylvania
en Shippensburg, trabajó como profesor de esa materia en una
escuela secundaria.
A los veinte años obtuvo el premio de novela del «Atlantic Monthly»
y desde 1969 se dedica exclusivamente a escribir. Desde entonces
sus novelas han ocupado frecuentemente los primeros puestos de la
lista de éxitos del New York Times.
Ha escrito con numerosos seudónimos, si bien con el tiempo todas
sus novelas llevan su nombre.
Nota
[1] SIRSACA: tejido de ligamentos ligeros que se crean a base de
fibras o hilos cuya materia textil tiene propiedades de encogimiento
diferentes, produciendo así una superficie arrugada o estriada. Esta
tela para temporadas calurosas y se usa comúnmente en camisas,
trajes, pantalones y principalmente se elaboran en colores pasteles.
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