DISCURSO EN EL POLITEAMA
Señores:
Los que pisan el umbral de la vida se juntan hoi para dar una lección a los que se acercan a
las puertas del sepulcro. La fiesta que presenciamos tiene mucho de patriotismo i algo de
ironía: el niño quiere rescatar con el oro lo que el hombre no supo defender con el hierro.
Los viejos deben temblar ante los niños, porque la generación que se levanta es siempre
acusadora i juez de la jeneración que desciende.
Niños, sed hombres, madrugad a la vida, porque ninguna jeneración recibió herencia más
triste, porque ninguna tuvo deberes más sagrados que cumplir, errores más graves que
remediar ni venganzas más justas que satisfacer.
La mano brutal de Chile despedazó nuestra carne i machacó nuestros huesos; pero los
verdaderos vencedores, las armas del enemigo, fueron nuestra ignorancia i nuestro espíritu de
servidumbre.
II
Sin especialistas, o más bien dicho, con aficionados que presumían de omniscientes, vivimos
de ensayo en ensayo. donde la ignorancia vanidosa i vocinglera se sobrepuso siempre al saber
humilde i silencioso!
Con las muchedumbres libres aunque indisciplinadas de la Revolución, Francia marchó a la
victoria; con los ejércitos de indios disciplinados i sin libertad, el Perú irá siempre a la derrota.
Si del indio hicimos un siervo ¿qué patria defenderá? Como el siervo de la Edad media, sólo
combatirá por el señor feudal.
La nobleza española dejó su descendencia dejenerada i despilfarradora: el vencedor de la
Independencia legó su prole de militares i oficinistas. aunque siempre existieron en el Perú
liberales i conservadores, nunca hubo un verdadero partido liberal ni un verdadero partido
conservador, sino tres grandes divisiones: los gobiernistas, los conspiradores i los indiferentes
por egoísmo, imbecilidad o desengaño. Por eso, en el momento supremo de la lucha, no
fuimos contra el enemigo un coloso di bronce, sino una agrupación de limaduras de plomo; no
una patria unida i fuerte, sino una serie de individuos atraídos por el interés particular y
repelidos entre sí por el espíritu de bandería. Por eso, cuando el más oscuro soldado del
ejército invasor no tenía en sus labios más nombre que Chile, nosotros, desde el primer jeneral
hasta el último recluta, repetíamos el nombre de un caudillo, éramos siervos de la Edad media
que invocábamos al señor feudal.
III
Si la ignorancia de los gobernantes i la servidumbre de los gobernados fueron nuestros
vencedores, acudamos a la Ciencia, ese redentor que nos enseña a suavizar la tiranía de la
Naturaleza, adoremos la Libertad, esa madre enjendradora de hombres fuertes.
.
Cuando tengamos pueblo sin espíritu de servidumbre, i militares i políticos a l'altura del
siglo, recuperaremos Arica i Tacna, i entonces i sólo entonces marcharemos sobre Iquique i
Tarapacá, daremos el golpe decisivo, primero i último.
En esta obra de reconstitución i venganza no contemos con los hombres del pasado: los
troncos añosos i carcomidos produjeron ya sus flores de aroma deletéreo i sus frutas de sabor
amargo. ¡Que vengan árboles nuevos a dar flores nuevas i frutas nuevas! ¡Los viejos a la
tumba, los jóvenes a la obra!
IV
Nunca menos que ahora conviene el abatimiento del ánimo cobarde ni las quejas del pecho
sin virilidad: hoi que Tacna rompe su silencio i nos envía el recuerdo del hermano cautivo al
hermano libre, elevémonos unas cuantas pulgadas sobre el fango de las ambiciones
personales, i a las palabras de amor i esperanza respondamos con palabras de aliento i
fraternidad.
Sin paciencia de aguardar el bien, exijimos improvisar lo que es obra de la incubación tardía,
queremos que un hombre repare en un día las faltas de cuatro jeneraciones. La historia de
muchos gobiernos del Perú cabe en tres palabras: imbecilidad en acción; pero la vida toda del
pueblo se resume en otras tres: versatilidad en movimiento.
Si somos versátiles en amor, no lo somos menos en odio: el puñal está penetrando en
nuestras entrañas i ya perdonamos al asesino. Alguien ha talado nuestros campos i quemado
nuestras ciudades i mutilado nuestro territorio i asaltado nuestras riquezas convertido el país
entero en ruinas de un cementerio; pues bien, señores, ese alguien a quien jurábamos rencor
eterno i venganza implacable, empieza a ser contado en el número de nuestros amigos, no es
aborrecido por nosotros con todo el fuego de la sangre, con toda la cólera del corazón.
¡Ojalá cada una de mis palabras se convierta en trueno que repercuta en el corazón de todos
los peruanos i despierte los dos sentimientos capaces de rejenerarnos i salvarnos: el amor a la
patria i el odio a Chile! Coloquemos nuestra mano sobre el pecho, el corazón nos dirá si
debemos aborrecerle...
Si el odio injusto pierde a los individuos, el odio justo salva siempre a las naciones. "la
grandeza moral de los antiguos helenos consistía en el amor constante a sus amigos i en el
odio inmutable a sus enemigos". No fomentemos, pues, en nosotros mismos los sentimientos
anodinos del guardador de serrallos, sino las pasiones formidables del hombre nacido para
enjendrar a los futuros vengadores. No diga el mundo que el recuerdo de la injuria se borró de
nuestra memoria antes que desapareciera de nuestras espaldas la roncha levantada por el
látigo chileno.
Verdad, hoi nada podemos, somos impotentes; pero aticemos el rencor, revolvámonos en
nuestro despecho como la fiera se revuelca en las espinas; i si no tenemos garras para
desgarrar ni dientes para morder ¡que siquiera los mal apagados rujidos de nuestra cólera viril
vayan de cuando en cuando a turbar el sueño del orgulloso vencedor!
Parte II La nación y los Hombres