Tema: “Como un Fuego ardiente, encerrado en mis huesos”
Texto: Jeremías 20: 7-9
3 términos particulares en hebreo se utilizan para designar a los profetas; el
más usual nabhi, se usa unas 300 veces en el AT. Esta palabra viene de una
raíz que significa “Llamar”, o “uno que es llamado”. Los otros 2 son ra´ha y
hazad ambos relacionados con la idea de “ver” y traducidos al castellano como
“vidente”.
También se les llamaba is elohim, (varón de Dios). La palabra nabhi se
traduce al griego prophetes, es decir, “alguien que habla a nombre de”. En el
NT hereda este uso.
El profeta era una persona que recibía una revelación de Dios y la trasmitía a
los hombres. La condición de profeta era un llamamiento directo de Dios, no se
heredaba. No pertenecía, entonces, a ningún linaje especial.
El mensaje que Dios le revelaba muchas veces no era del agrado del profeta
mismo, pero tenía que trasmitirlo de todas maneras. Tampoco agradaría a los
oyentes, pero no podía evitar pronunciarlo. Muchos mientras ejercían su
ministerio, eran considerados consejeros reales, otros sin embargo, fueron
rechazados y perseguidos.
Si analizamos el inicio del libro del profeta jeremías, notamos que DIOS en su
omnisciencia, había puesto, había fijado sus ojos en él, y expresa: “Antes que
te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses, te santifiqué, te di por
profeta a las naciones.” (Jeremías 1:5).Y a pesar de que jeremías presenta una
serie de argumentos, ó excusas para tratar de evadir la responsabilidad que se
le estaba imponiendo, no logro convencer a su Dios, por el contrario se
encontró con una orden directa del altísimo, “porque a todo lo que te envíe iras,
y dirás todo lo que te mande”. Y añadió diciendo: “no temas delante de ellos,
porque contigo estoy para librarte”. Luego ocurrió algo maravilloso el Señor
extendió su mano y tocó su boca y le dijo Jehová; He aquí he puesto mis
palabras en tu boca.
Y un día, Dios le dio a su profeta una palabra para Israel. Luego él lo mandó a
la entrada del templo a profetizar. Jeremías pronunció estas palabras: “Así ha
dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Yo traigo sobre esta ciudad y
sobre todas sus aldeas todo el mal que hablé contra ella, porque han
endurecido su corazón para no oír mis palabras.” (Jeremías 19:15).
Pasur era gobernador del templo en ese tiempo. Y se airó por las palabras de
Jeremías. Inmediatamente, se enojo tanto que le pego al profeta. Luego llamo
a sus asalariados y les mando que encerraran a Jeremías en el cepo. Debían
ponerlo a la puerta de la ciudad, donde fuera humillado a la vista de todos. El
cepo era un instrumento de tortura; y Jeremías estaría en dolor constante por
veinticuatro horas. Primeramente, su cabeza estaría en cierta posición; luego
su cuerpo estaba contorsionado, con los brazos cruzados. Él debía permanecer
en esa posición torturante por una noche y un día, cuantas cosas pasarían por
la mente del profeta, durante esas 24 horas de tortura.
Y pasur pensó que con este terrible castigo iba poder callar al profeta, que lo
iba a silenciar, que lo iba hacer desistir, pero no ocurrió así, inmediatamente le
quitaron el cepo, volvió y abrió su boca y le profetizó nuevamente diciendo:
“Porque así ha dicho Jehová”………….
Esta labor había traído a su vida los siguientes acontecimientos:
- Se le había Prohibido la entrada al templo
- Fue amenazado de muerte
- Sus coterráneos de ananot habían intentado matarle
- Fue encarcelado
- Fue tirado en las cisterna llena de lodo y se hundió en el cieno
Y luego viene el lamento:
Me sedujiste, oh SEÑOR, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me
venciste; cada día he sido escarnecido; cada cual se burla de mí. Porque
desde que hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra
del SEÑOR me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me
acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre. Pero, fue en mi corazón
como un fuego ardiente y metido en mis huesos; trabajé por sufrirlo, y no pude.
Otra Versión:
Me persuadiste, oh SEÑOR, y quedé persuadido; fuiste más fuerte que yo y
prevaleciste. He sido el hazmerreír cada día; todos se burlan de mí. Porque
cada vez que hablo, grito; proclamo: ¡Violencia, destrucción! Pues la palabra
del SEÑOR ha venido a ser para mí oprobio y escarnio cada día. Pero si digo:
No le recordaré ni hablaré más en su nombre, esto se convierte dentro de mí
como fuego ardiente encerrado en mis huesos; hago esfuerzos por contenerlo,
y no puedo.
No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente.