Neoliberalismo, exclusión social y la deconstrucción de la
ciudadanía
Autor: Walter F. Brites
Resumen:
En el presente artículo analizamos las transformaciones que han generado en sociedad
argentina la imposición y desarrollo de un modelo económico-político altamente conservador y
excluyente, como ha sido el neoliberalismo de los años ‘90s. Modelo no solo responsable de la
reestructuración del Estado, la libertad de mercado, el crecimiento de la pobreza y la exclusión
social, sino protagonista indiscutible en el recorte de los derechos sociales de ciudadanía.
Palabras claves: Reforma del Estado. Neoliberalismo, Exclusión Social, Derechos Sociales.
Ciudadanía.
Neoliberalism, social exclusion and the degradation of the citizenship
Abstract
In the present article we analyzed the transformations that have generated in Argentine society the
imposition and development of a model economic-political highly excluding, as has been the
neoliberalism of the years 90s. Model nonsingle it has generated the reform of the State, the
freedom of market, the increase of the poverty and the social exclusion, but unquestionable
protagonist in the reduction of the social rights of citizenship.
key words: Reform of the State. Neoliberalism. Social marginalization. Citizenship. Social rights
Introducción
A principios de los ‘90s el neoliberalismo se había convertido en la ideología hegemónica o, dicho
en términos menos elegantes en el discurso político aceptado para las masas. Desde esta
perspectiva se abogó por una concepción del cambio coherente y global que abarcó la
reorganización del Estado, la economía, la estructura de clases y hasta los valores personales, en
donde se ha propugnado el advenimiento de una nueva sociedad y no meros cambios económicos
orientados a incrementar las ganancias en una coyuntura. Su principal argumento fue que el
vigente esquema social no podría solventar un “gasto de financiamiento” como el que obligaba la
aplicación estricta del modelo del Estado de bienestar sin el serio riesgo de quedar bajo niveles de
competencia respecto de otros países a escala mundial.
En este marco, el esquema de la seguridad social no fue para el modelo neoliberal un derecho
social sino un simple gasto social y como todo gasto, susceptible de sufrir sucesivas
reducciones para adecuar la estructura del Estado a los nuevos “paradigmas de la
globalización”. En este contexto se erigió un discurso hegemónico antiestatista desacreditando las
viejas funciones administrativas del Estado y respaldando la incorporación de la iniciativa privada.
La prédica ideológica entonces consistió en la racionalización del Estado, en función de ello y con
el objetivo de redefinir el campo de lo público y lo privado, una de las opciones ha sido desestatizar
algunas actividades que se encontraban a cargo del Estado, buscando aumentar la eficacia y la
productividad de la administración. A partir de este supuesto la principal vía es la privatización de
empresas públicas que se traspasaron a manos privadas, y ligado a ello por otro lado progresó la
desregulación, por la que se remueven barreras a la entrada de nuevos competidores, lo que en la
actualidad constituye un prerrequisito para aumentar la competencia potencial en los mercados,
para así restaurar la “supuesta” eficiencia perdida.
De allí en más, es solamente el mercado el que posee la virtud de asignar eficazmente los
recursos y fijar a los diversos actores sociales los niveles de ingresos[i]. De este modo en el plano
ideológico discursivo se han difundido concepciones “eficientistas y privatistas” en función del
supuesto de que la administración privada es la mejor en última instancia para TODOS: el ajuste
como única salida.[ii] Así, el paradigma implementado fue todo un éxito desde el punto de vista
consensual, ya que logró incorporar al sentido común de la sociedad, la idea de que “no hay otra
alternativa” que el modelo neoliberal de Estado. O dicho en términos de Souza Santos (1998) el
nuevo Estado ha creado una sociedad civil a su imagen y semejanza.
Sin embargo la experiencia acumulada en los últimos años, indica que se están materializando los
impactos inesperados de las diversas formas económicas y sociales emprendidas. La
vulnerabilidad de las poblaciones más pobres ha aumentado y a ello se han sumado en muchos
casos, la pobreza y la vulnerabilidad de los grupos de clase media, que ahora también se hallan
sujetos a riesgos sociales, como el desempleo, la pérdida de su capacidad de consumo y la
exclusión social (Bauman, 2000). Estos impactos inesperados se encuentran obstruyendo el
desarrollo social equitativo, la cohesión social, y los derechos sociales de ciudadanía. En tal
dirección los principios organizadores de la solidaridad y la concepción tradicional de los derechos
sociales han fracasado y ya no permiten dar cuenta de la situación actual de los excluidos. En tal
sentido y, como sostiene Rosanvallon (1995) cabría preguntarnos qué perfil deberá asumir el
escenario de construcción de la ciudadanía social, en contextos de exclusión masiva. De este
modo cabe indagar si existe algún punto de encuentro entre ciudadanía social y exclusión ¿serian
los pobres y excluidos portadores de la condición de ciudadanía?
El paradigma neoliberal
En el marco del auge neoliberal, la profunda crisis macroeconómica latinoamericana y sus
consecuencias sociales han dado lugar, a lo largo de las dos últimas décadas a una nueva
dinámica de procesos sociales de exclusión de amplios sectores de la población. Esta nueva
dinámica ha derivado de una serie de procesos guiado por recetas neo-conservadoras, como la
desregulación de los mercados, la reducción del déficit fiscal y del gasto social, la desarticulación
de la estructura productiva, los nuevos procesos de reformas del Estado, fuertes programas de
privatizaciones, mayor cabida al capital internacional (capital financiero) y, mayor difusión de los
sectores privados. En función de ello la condición Sine qua non será la construcción de un nuevo
estado neoliberal desligado de todo tipo de intervención social y políticas bienestaristas[iii]. En este
contexto la desregulación implica de antemano la despolitización de la sociedad y la
economía[iv] provocando una transferencia de este poder económico y social al gran capital
(corporaciones) (Grassi; Hintze; Nuefeld, 1994).
En tal sentido, el advenimiento del nuevo Estado neoliberal, reduce los derechos al mínimo con la
actuación del mercado. Incluso privatizando los servicios públicos y terciarizando la prestación de
esos servicios (Faleriros, 1995). De este modo se fue configurando un nuevo escenario social
signado por lo que Zermeño llamó “debilitamiento de lo público”. Así la cambiante transición de lo
público a lo privado y sobre todo la crisis y el desmantelamiento de las tradicionales instituciones
del Estado de Bienestar repercuten o se traducen como la crisis de los principios de organización
del conjunto del sistema social (Barbeito y Lo vuolo, 1997). El Estado de esta forma se disocia de
lo social y su carácter universal de las regulaciones/intervenciones sociales se va tornando más
particularista hasta el punto de pulverizar y minimizar el componente social de las políticas
económicas provocando verdaderos retrocesos y crisis sociales.
En lo que a la dimensión social de la crisis se refiere, uno de los rasgos más llamativos, lo
constituye el abarcativo proceso de desintegración social, producido en vastos sectores de la
población latinoamericana, procesos que ha englobado y expresado diferentes modalidades de
disolución de la cohesión social, y de la ruptura de los derechos sociales de ciudadanía. Proceso
que en Latinoamérica ha impactado diferencialmente en función de las particularidades nacionales
o regionales.
En nuestro país a comienzos de la década de los ‘90 surgen numerosos estudios que ponen de
relieve que, las profundas transformaciones estructurales y los fuertes cambios en la constitución
de la sociedad y el Estado, estarían afectando directamente a su estructura de clases. (Bustelo,
1990; Minujín, 1993; Lo Vuolo, 1993). Tales investigaciones acentúan que el deterioro de las
condiciones de vida de vastos sectores sociales es hoy un claro indicativo de los procesos de
exclusión y polarización social; en donde la misma expresión de “nuevos pobres” (pauperizados)
[v] haría referencia a este proceso de extinción o erosión de las clases medias y trabajadoras, que
atraviesan por fuertes procesos de declive en términos de una movilidad social descendente
(Minujín, 1992); situación que es acompañada por la crisis y transformación del mercado de
trabajo[vi] que ha provocado una caída de las remuneraciones de manera pronunciada, afectando
especialmente a los trabajadores de bajo nivel de calificación, multiplicando así las situaciones de
inestabilidad y precariedad (Beccaria, 1992). En tal sentido los sectores que son progresivamente
expulsados o desplazados estarían conformados en su mayor parte por trabajadores, empleados
públicos, profesionales y hasta pequeños comerciantes, que día a día se tornan más vulnerables y
más pauperizados. Sin embargo, lo importante a señalar es que en este contexto, los procesos de
vulnerabilización de amplias franjas de la población impactarían de manera diferencial en aquellos
sectores más carenciados, en donde las condiciones de precariedad y carencia son ya históricas.
Estado residual, dictadura de mercado y exclusión social
Las actuales reformas del Estado y el proceso de ajustes estructural han generado efectos
perturbadores en las condiciones de vida de amplios sectores sociales; en un contexto en donde la
restricción y reducción constante de los gastos estatales globales y, las expensas sociales avanzan
rápidamente, conjuntamente con los programas de privatizaciones que han transformado los
modos de regulación bienestaristas, y han arrojado y sometido a amplias franjas sociales a una
mercantilizada dependencia. (Boron, 1997; Grassi, 1994: 3).
En tal sentido el acceso a los servicios públicos ha sido reducido indirectamente al establecer
sistemas de aranceles para servicios que anteriormente eran gratuitos y universales (como la
atención médica; la educación; comidas escolares, etc.) o, reduciendo o eliminando los subsidios
para bienes y servicios sociales básicos. Con tales transformaciones, se pretende restaurar al
mercado su papel de regulador principal del funcionamiento del sistema y al capital privado, el del
protagonista central de los procesos de acumulación y crecimiento.[vii]
Por otro lado las actuales políticas económicas y sociales delineadas por el modelo neo-
conservador, han impactado directamente en el incremento del desempleo, el subempleo, el
mercado de trabajo informal, la carencia o falta de servicios, la acentuación de la segregación
socioespacial, y dualización social etc.; el desequilibrio estructural del modelo exclusionario ha
desembocado en inestabilidades socioeconómicas casi permanentes[viii]. Como sostiene Luis
Coraggio, (1994) dentro del contexto internacional, el proceso contemporáneo de globalización
exige en América Latina abrir su mercado interno a la competencia mundial y descentralizar el
Estado Nacional, reduciendo el papel de éste como regulador y compensador social. Se
desmantelan así las estructuras de integración social que produjo el desarrollismo, sin sustituirlas
por otras equivalentes. Por el contrario, se afirma la centralidad del mercado mundial, como
mecanismo de regulación económica y de atomización de la sociedad en comunidades cotidianas,
locales, como nuevo sujeto “pre-social.”(Coraggio: 1994, p.1-2)
En esta dirección los profundos cambios y costos socioeconómicos de los planes de ajuste
estructural, son evidenciados actualmente, a partir de la inequidad en la distribución del ingreso y la
riqueza social; los altos niveles de pauperización y vulnerabilidad, desencadenantes de la
precariedad del capital humano y social. En suma perpetúan y acrecientan la desigualdad y la
exclusión social. Contradictoriamente, también preparan el terreno para que los grupos sociales
con mayores recursos económicos y políticos -fuerza, organización, capacidad de negociación-
accedan a mejorar sus posiciones y obtener privilegios en desmedro de las capas más carenciadas
de la población (Insuani: 1993; Tenti Fanfani: 1991) Así el nuevo régimen de desmantelamiento y
reestructuración estatal despliega un programa rígidamente planificado, generando una sociedad
segmentada y piramidal que establececohesión clasista en la cima, fragmentación en el centro y
atomización en la base. (Petras, 1994).
Actualmente, en la medida en que la estructura social se ha modificado sustancialmente por el
masivo empobrecimiento, fue dando espacio al surgimiento de una sociedad notablemente
desigual, segmentada y polarizada. Proceso que acompañado de la reestructuración del Estado ha
generado fuertes repercusiones en las condiciones de vida de amplios sectores de la población, en
el sentido de que ciertas responsabilidades de “funciones sociales” fueron desplazadas del Estado
y asumidas por el mercado[ix], ámbito en el cual los derechos sociales fundamentales son
reducidos a meras mercancías[x], de manera que el consumidor pasa a tener más
importancia que el ciudadano.
En el marco de tales cambios y transformaciones, el nuevo paradigma
exclusionario mercadocéntrico (Cavarozzi, 1998), no sólo aniquila al Estado en su rol de
integrador social, sino que crea una sociedad polarizada o dualizada, una sociedad de dos caras,
conformadas por: élites altamente organizadas y masas totalmente fragmentadas. En este sentido
el nuevo panorama de organización social no se ubica cerca de toda posibilidad de acceso a un
nivel de vida más equitativo, sino que por el contrario abre una brecha cada vez más pronunciada
entre los que siguen acumulando riqueza y quienes siguen sumando pobreza. Sin embargo en el
marco de tales transformaciones, se establecen una serie de intervenciones sociales que
privilegian la compensación coyuntural, a través de un conjunto de medidas asistenciales,
extremadamente focalizadas sobre aquellos sectores profundamente excluidos. En tal dirección la
focalización asistencial se encuadra en una racionalidad inmediatista y de corto alcance, que
operaría simultáneamente como el muro de contención de la pobreza extrema,[xi] acción cuya
importancia es fundamental para contrarrestar los efectos del desmantelamiento de los derechos
sociales.
En este nuevo panorama el Estado al divorciarse de la sociedad (retirarse de la intervención) y
subordinarse al mercado contribuiría a erosionar y debilitar las condiciones de vida de sectores
sociales bien definidos. (Lo Vuolo, 1993) En tal sentido la vigencia del propio mercado
autoritariamente desregulado daría lugar a verdadero y auténticos mecanismos de “exclusión
social”, generando profundas fisuras y transformaciones en el sistema de integración social, como
consecuencia de la remercantilización de la función estatal de bienestar.[xii] (Esping Andersen,
1992).
En líneas generales, el Estado al disociarse de lo social incrementa los procesos de exclusión, que
de hecho vulnerabilizan a franjas crecientes de la población, ya que al ser privados del acceso a
bienes colectivos fundamentales deterioran progresivamente sus condiciones de vida. En este
sentido los “recortes y ajustes” (y el consecuente paquete de reformas) realizados en el
presupuesto social acarrearían a importantes descensos en la calidad de vida de los ciudadanos;
conduciendo a su vez a niveles crecientes de dificultades para acceder a bienes y servicios
básicos, como el trabajo; la vivienda; la educación; la salud; etc. lo que dispara en alza la
vulnerabilidad y la exclusión social
Robert Castel (1995) define la vulnerabilidad como un “proceso” de desintegración social,
caracterizado por situaciones de precariedad laboral y fragilidad de los soportes relacionales, de
manera que el proceso afecta en grados diversos las diferentes modalidades de integración, tanto
en sus dimensiones económicas como sociales. El plano económico define situaciones que van
desde la integración (empleo estable) a través de distintas formas de ocupación precaria,
intermitente o estacional, hasta la completa pérdida del trabajo que es la exclusión. El vector social
por su parte hace referencia a la plena “inserción” en redes socio- familiares estables de
sociabilidad hasta el total aislamiento.
En los procesos de la exclusión Castel distingue tres zonas de organización o cohesión social: A-
una zona de integración, que no plantea grandes problemas de regulación social, B- una zona de
vulnerabilidad, que constituye una zona de turbulencias caracterizada por una precariedad en
relación al trabajo y por una fragilidad de los soportes relacionales, y C- una zona de exclusión, de
gran marginalidad, de desafiliación, en la que se mueven los más desfavorecidos: los que están
desprovisto de recursos económicos, de soportes relacionales, y de protección social. Las
condiciones de fragilidad, de inseguridad, de vulnerabilidad, cuando adquieren ciertas
características de permanencia alimentan situaciones alienantes, como la desafiliación o la
exclusión.[xiii]
En tal sentido los procesos exclusión social, como un fenómeno ligado a situaciones de pobreza,
pone de manifiesto los defectos de la estructura social y evidencia los riesgos de una sociedad dual
o fragmentada, consecuencia de la ruptura de la cohesión social. (Xiberras, 1994) Entendida de
esta manera, la pobreza se define como exclusión de una parte importante de la población de los
trabajos mejor remunerados; de la educación; salud; vivienda adecuada; de voz en la política y por
ende de la capacidad de tomar decisiones.[xiv] Por lo tanto la población más pobre no sólo está
excluida económicamente sino en especial política y socialmente, razón por la cual su capacidad
de ejercer presión sobre los gobiernos es escasa realimentándose así el círculo vicioso de la
desigualdad y la exclusión social. (Calderon y Szmukler, 1995).
Los procesos de exclusión signados por los cambios en los procesos macro sociales, repercuten
directamente en las condiciones de vida de los diferentes sectores sociales, ampliando o
intensificando sus situaciones de precariedad; así, la sostenida caída (escasez) de ingresos, el
deterioro de las condiciones de empleo, la reducción de las políticas sociales del Estado (entre
otros factores) inciden en el proceso de despojo de los tradicionales derechos sociales que fueron
jurídicamente adquiridos[xv]. Situación que por otra parte ha profundizado la distancia que los
separa de las formas de participación en la vida social.
Desciudadanización y remercantilización del bienestar
Durante décadas en Latinoamérica el régimen liberal capitalista asumía para su conservación
determinado interés por las cuestiones sociales, en donde las intervenciones sociales del Estado
se vinculaba a garantizar a los ciudadanos sistemas de protección frente a la emergencia de
situaciones que pueden suponer riesgos para el bienestar individual o familiar: enfermedad,
incapacidad laboral, vejez, familia numerosa, son los ejemplos mas frecuentes de riesgos vitales
previsibles, protegidos por instituciones reguladas por la autoridad estatal. En tal sentido la
ciudadanía social puede ser definida como un vínculo de integración social que se construye a
partir del acceso a los derechos sociales siempre cambiantes en una comunidad[xvi].
La noción de ciudadanía social se refiere a la definición establecida por Marshall (Marshall, 1950).
El acceso a la ciudadanía social se efectúa mediante el juego de los derechos sociales en el que
operan una redistribución de la riqueza que se realiza fuera de los mercados del trabajo y del
capital. En este sentido, los derechos sociales contribuyen, utilizando los términos de Polanyi, a
“desmercantilizar” la fuerza del trabajo (Polanyi, 1944). La introducción de derechos sociales
significaba que el individuo podía vivir independientemente del mercado (de trabajo)[xvii]. Gracias a
los derechos sociales, la reproducción social puede efectuarse independientemente del mercado
del trabajo (Esping-Andersen, 1990). Mientras más general es la base de extensión de los
derechos sociales, más importante es su función de desmercantilización. En efecto el Estado de
bienestar es el sistema que más ha contribuido a reconocer la ciudadanía social de sus miembros
articulada en torno al trabajo. Sin embargo desde que esa modalidad estatal ha entrado en crisis y
el neoliberalismo ha afianzado sus postulados, la protección social se ha debilitado.
En la actualidad la mayoría de las atenciones están dirigidas a los fenómenos de exclusión
mediante intervenciones puntuales destinadas a paliar los desequilibrios sociales generados por el
modelo económico. En otras palabras se ha producido un desplazamiento o simplificación de la
cuestión social, pasando de un análisis o consideración global del sistema social a un enfoque
centrado en el segmento más vulnerable de la población (Repetto y otros, 2001). En tal sentido
esta hegemonía asistencial como estilo de intervención impuesto, descalifica lo social en tanto
genera una cultura profundamente arraigada de subordinación, pasividad, mezquindad, en donde
las personas “son consideradas como objetos, portadoras de problemas, miserables, incómodas,
cuando no peligrosas y pasivas” (Levín; 1995: p.350). En este sentido las nuevas intervenciones
sociales parten de considerar al excluido como un necesitado y no un ciudadano portador de
derechos sociales. Así el actual diseño e implementación de las políticas sociales incide sobre los
derechos sociales de ciudadanía, como advierte Donati[xviii]: “revelar o descubrir que una cierta
política social es fallida tiene el efecto de problematizar los derechos involucrados”.
La aplicación a ultranza del salvaje modelo neoliberal, en pos del crecimiento económico y social
(discurso eufemísticamente retórico) acareó tanto a la Argentina como a Latinoamérica en general,
a un abismal proceso de empobrecimiento y desintegración social. Los “recortes y ajustes”
realizados sobre el presupuesto social, implicaron de antemano “el recorte de los derechos
sociales”conjuntamente con el avasallamiento de los preceptos de la ciudadanía. Los ciudadanos
indefensos ante el capital y el Estado, son crecientemente excluidos, son expropiados de sus
condiciones históricas de vida, dejados afuera de la participación social, de sus entornos, de sus
hábitos, y de sus “reconocimientos” y subjetividades, violentados en lo más profundo de su ser
como individuos, privados de su propia identidad (Mecle Armiñana, 2001: 54). Todo este conjunto
de desposeído genera un nuevo espacio de des-ciudadanización, entendido éste como la pérdida
de los derechos políticos, sociales y humanos, y conformándose así una situación francamente
peligrosa que atenta contra los principios básicos de la democracia equitativa (ibídem: 43).
Las leyes de reformas del Estado y las políticas de privatizaciones, se acomodan funcionalmente a
una verdadera dictadura del mercado (aparejadas a los nuevos valores incorporados por el
mercado, para el mercado, y por sus defensores) que autoritariamente se orienta hacia la
búsqueda de la completa mercantilización de la vida social. De este modo todo está colocado a
merced del mercado, la salud, la educación, la cultura, la información, etc. Transformar todo en
mercancía, es concebir que el dinero y no el derecho son las formas de acceso a estos bienes; lo
que implica también la creación de una “sociedad de consumidores” (clientes) y, en la cual solo
hay lugar para quienes disponen del poder adquisitivo. En tal sentido el resultado contrario de las
recetas neoliberales ha sido la generación de una masa creciente de marginados, una “sociedad
de excluidos”, fenómeno que pone de relieve que los derechos sociales fueron cada vez más
vulnerados, y en donde inevitablemente la des-ciudadanización se ha disparado en alza.
Conclusiones
Las decisiones políticas acuñadas en el marco del modelo neoliberal, (y su darwinismo social de
mercado)[xix] generaron efectos desastrosos en lo que hace a las condiciones de vida de amplias
franjas sociales, ya que han abolido programas generales de creación de oportunidades,
exterminado así con una dinámica social que buscaba –en cierta medida- mejorar las
oportunidades de vida para el conjunto de la población. En su reemplazo la sustituyeron por
acciones focalizadas, que a final de cuentas fueron diseñadas para contener y minimizar los daños
y agresiones que el propio modelo ha generado. El neoliberalismo hoy en día ha mostrado todo lo
contrario de lo que propuso ser: un “sistema más eficiente de organizar el Estado”, puesto que su
accionar en el mismo generó verdaderos desequilibrios sociales, acrecentando la inequidad, la
desigualdad y la exclusión social. Cuestiones que en su momento eran de responsabilidad
ineludible del Estado.
En un creciente contexto neoliberal conservador, donde el mercado gana mayor peso e
importancia, el bienestar, los derechos sociales, y la equidad parecen ser aspectos que no pueden
ser resueltos por los mecanismos de éste último. De este modo, la problemática de la equidad, la
exclusión social y el despojo de los derechos ciudadanos configuran una nueva cuestión
social. Los nuevos tipos de intervención social que privilegia el Estado, continúan esquivando el
principal problema social: la creciente desigualdad en la distribución del ingreso y la riqueza,
consecuentemente su carácter es meramente residual, actuando con los sectores definidos como
vulnerables, o sea, actuando tan solo donde el mercado no llega (entre otras cosas porque no hay
mercado).
En tal sentido la imposición y desarrollo de un modelo económico-político altamente conservador y
excluyente, implico entre otras cosas, que la responsabilidad del bienestar de “la ciudadanía social”
transite del Estado al mercado, ámbito el cual los derechos sociales fundamentales son reducidos
a meras mercancías. En ese marco se inscribe la compleja deconstrucción de la ciudadanía.
En la actualidad se hace necesario que las intervenciones del Estado efectivamente logren
objetivos acumulativos e integrales: combatir la pobreza, construir ciudadanos y eliminar la
exclusión. Aquí sin duda la integración supone extender los derechos ciudadanos hacia amplios
sectores de la población, así como impulsar políticas sociales que enfrenten las tendencias a la
dualización, y a la exclusión social; lo que entra en contradicción con el achicamiento en funciones
y recursos del Estado de bienestar. Para ello debemos transitar por el camino de construir
verdaderos ciudadanos. Ciudadanos con derechos individuales y políticos, pero también con
derechos sociales, derechos a acceder a bienes y servicios básicos, cuyo ejercicio aún está
reconocido en las leyes del Estado.
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Autor:
Brites Walter*
* Licenciado en Antropología Social y maestrando en Políticas Sociales. Docente del Departamento
de Antropología Social. Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales. Universidad Nacional de
Misiones Argentina. Investigador del Proyecto Actores Instituciones y Poder en la Provincia de
Misiones. UNaM- CONICET.
[i] La hoy tan mentada “teoría del derrame” es prueba fidedigna de la ‘creencia’ que el
neoliberalismo logra inculcar: “los ajustes producirán un crecimiento económico que cuando sea
voluminoso, elevará los niveles de ingreso de la población y resolverá por rebalse la situación de
los desfavorecidos” (olvidando que las empresas privatizadas sirven para enriquecer a un puñado
de compradores privados monopolistas).
[ii] En la actualidad una argumentación preferida en el discurso económico ortodoxo (marcada por
“el pensamiento único”) es la alegación de que las medidas que se adoptan son las únicas
posibles. No habría otro curso de acción alternativo. Por tanto los graves problemas sociales que
crean son inevitables.
[iii] Mientras el estado, de un lado se replegó y fue perdiendo eficacia reguladora sobre importantes
aspectos de al vida economico-social, (sea como consecuencia de la crisis o como resultado de
sus políticas) por otro lado, amplió y dinamizó sus funciones de orientación y coordinación
económica frente a las fracciones y grupos dominantes, intensificó su capacidad de
disciplinamiento social de cara a los sectores sociales medios y populares excluidos o marginados
de la dinámica central del modelo desplegado.
[iv] Para el marxista inglés Perry Anderson el neoliberalismo tiene como punto programático
fundamental la llamada desregulación económica, y el resto de los fenómenos que pudieran
acontecer en el campo de lo social no serían más que proyecciones a partir de dicha
desregulación.
[v] Los pobres pauperizados como un fenómeno en auge se caracterizarían por la creciente
restricción en el consumo, y un descenso en la escala social, en el sentido de que transitan por una
pobreza relativa en términos de privación y en donde muchos pierden lo que esperaban tener o
conservar: un estilo de vida socialmente aceptable o acostumbrado. En tal dirección el
empobrecimiento creciente de importantes sectores de al clase media aparece como una nueva
manifestación de la pobreza que hace su aparición para sumarse a la ya conocida pobreza
estructural.
[vi] El estado de empleo de un país, es la base de la cual se derivan las condiciones de vida de su
población (Monza, 1993: 65)
[vii] Las estrategias de intervenciones sociales adoptadas en el marco del Estado neoliberal, ponen
en evidencia una racionalidad que subordina enteramente los objetivos del bienestar a los de la
acumulación (Grassi; Hintze; Neufeld; 1994)
[viii] Sí bien para muchos autores (Tokman, 1997; Iglesias, 1998) ya es tradicional la exclusión en
las sociedades de América Latina, no obstante, en la actualidad se asiste a un abismal proceso de
exclusión y desintegración social, responsable de la caída diaria de miles de personas en
situaciones de pobrezas.
[ix] De allí en más, dentro de los beneficiarios de la protección pública podemos diferenciar
entonces a dos grupos: 1) los que tienen ingresos suficientes como para encontrar, si lo desean
una atención privada; y 2) los que no tienen y quedan marginados de la instancia privada de
cobertura, sin tener asegurada su protección social. (Levín, 1997)
[x] De acuerdo a la lógica neoliberal el mercado sustituiría al Estado en su función integradora. Sin
embargo en la realidad el mercado genera mecanismos excluidores, ya que por su insuficiente
dinamismo no puede constituirse en un eficaz integrador social. Instaura una lógica individualista y
privatista (frente a la lógica colectiva del Estado) sofocando los lazos sociales de solidaridad
generando un vació en la población. (Calderon y Szmukle, 1995)
[xi] En el marco de las Políticas Sociales Focalizadas se despliegan intervenciones “únicamente”
sobre franjas sociales sumamente carenciadas, lo cual no es más que focalizar o asistir a “ los más
pobres de entre los pobres”, y a la vez una manera encubierta de racionalizar el mismo
asistencialismo. Así los nuevos criterios de focalización no son más que criterios de selectividad en
la identificación de los grupos más castigados por el modelo económico. (Brites y Nuñez, 2000)
[xii] Desde el enfoque neoliberal la función del estado debe ser mínima siendo el mercado el medio
autorregulatorio y eficiente para la distribución de los recursos. Este modelo establece que los
servicios sociales deben ser privados y pagos para todos aquellos sectores de ingresos suficientes,
no obstante queda margen al sector público que distribuye servicios gratuitos pero focalizados
estrictamente sobre los sectores de menores recursos. (Bustelo, 1990)
[xiii] Para Castel la cuestión de la exclusión social corre el riesgo cuando se la concibe como un
estado cuando en realidad nos encontramos ante un extremo proceso que de hecho esta operando
incluso con antelación a que la gente bascule (balanceé) hacia esas posiciones extremas. (Hilary
Silver, 1994) Así la noción de vulnerabilidad designa un enfriamiento del vínculo social que precede
a su ruptura.
[xiv] Sigal (1981) afirma que la pobreza se sitúa entre la marginalidad y la exclusión política porque
constituye el acceso parcial a los derechos de un ciudadano, reconocidos por el Estado, pero
existen ambigüedades en cuantos a los medios de adquisición de estos bienes.
[xv] La posibilidad de acceso a derechos sociales permite distinguir el reconocimiento del derecho,
como relación social. (Levín, 2001).
[xvi] Según el ya clásico argumento de Mashall, la concepción moderna de la ciudadanía, implica
que los individuos son formalmente iguales entre sí y poseedores de derechos, civiles, políticos y
sociales. Precisamente éste último: “la ciudadanía social” adquiere fundamental importancia en
tanto se refiere a los derechos a la salud, educación, vivienda, seguro social, etc. y sobre los que
se constituyó y expandió los Estados de Bienestar en los países del mundo occidental en el
período de la postguerra (Zicardi; 1998).
[xvii] Existe generalmente el compromiso de proteger a los ciudadanos contra la amenaza de la
pobreza, de permitir a la población mejorar su situación de vida y de proporcionar una red de
seguridad para los ciudadanos que no están en condiciones de competir.
[xviii] P. Donati, “una nueva aproximación a los derechos de ciudadanía”, p. 10.
[xix] La expresión es utilizada por Perry Anderson, para referirse a la desmedida desregulación del
mercado.