Un cuento intrigante para niños fantasiosos
Saúl era un niño que vivía rodeado de comodidades y
privilegios. Su padre era un experto cirujano y su madre una
escritora de éxito, así que la familia residía en una enorme
casa con jardín, piscina y un garaje en el que dormían dos
coches de alta gama. A sus once años no le faltaba de nada:
vestía a la última moda, tenía un cuarto privado repleto de
juegos, y en la pared de su dormitorio colgaba una televisión
tan grande que más bien parecía una pantalla de cine.
A pesar de su gran fortuna, Saúl se pasaba el día con el ceño
fruncido y mostrando una actitud tan apática que daba la
sensación de estar enfadado con el mundo. Últimamente no
soportaba madrugar y odiaba tener que ir al colegio cinco
días por semana, sobre todo porque su profesor le parecía un
señor insoportable y cada vez hablaba menos con sus
compañeros de aula. ¿Para qué fingir que sus temas de
conversación le parecían interesantes?… Por si esto fuera
poco, ni una sola asignatura atraía su atención. Malgastaba
el tiempo mirando a las musarañas y abriendo la boca para
soltar ruidosos bostezos cada dos por tres.
Si hacía buen tiempo, cuando a las tres terminaba la jornada
escolar, Saúl cruzaba la calle cargado con su mochila y
caminaba un corto trecho hasta llegar al Parque de los
Almendros. Era su lugar favorito para desconectar de los
problemas de matemáticas y la larga lista de capitales de
países que le obligaban a memorizar. Una vez allí, solía
sentarse en un banco de madera desde el cual podía
contemplar una panorámica preciosa de la arboleda y del
lago con forma de corazón donde siempre chapoteaban unas
cuantas familias de patitos.
Sucedió que, una de esas tardes, se acercó a su banco
habitual, tomó asiento, y al mirar al frente descubrió que a
pocos metros habían colocado una estatua de mármol
blanco. Le llamó mucho la atención, pues representaba la
figura de un niño de su edad, descalzo y cubierto de harapos,
que parecía mirarle fijamente.
– ¡Qué estatua tan deprimente! Podían haber puesto la figura
de un príncipe o una diosa romana en vez de la de un
andrajoso mendigo.
Según pronunció estas palabras, escuchó una voz infantil.
– ¿De verdad crees que solo soy un trozo de piedra al que un
escultor ha dado forma?
Saúl dio un respingo y su corazón empezó a latir a toda
velocidad. Tras unos segundos de desconcierto, se abanicó
con la palma de la mano y trató de recomponerse. ¡El calor
de esos primeros días de verano le estaba haciendo delirar!