Sócrates
Sócrates
La familia de Sócrates pertenecería a la clase media baja, a juzgar por el arte ejercido por el padre, el de
cantero o escultor, remontando su ascendencia hasta Dédalo, al igual que lo hacían los médicos, quienes
afirmaban descender legendariamente de Asclepio. Genealogía mítica que explicaba que estos oficios se
transmitían de padres a hijos, por lo que es probable que Sócrates habría sido educado en este oficio, el
cual nunca ejercería por preferir su entrega a la filosofía, actividad por la que no recibiría ningún salario,
y al no contar con mayores recursos económicos, habría de permanecer “en gran pobreza” [1], como
refiere Platón. Se diferencia de todos los primeros filósofos por su origen plebeyo y su escasa formación
académica; siempre se mostró enemigo de toda profesión y todo arte, así como de la ciencia natural [2].
Juventud y madurez
Su juventud y madurez transcurrió en el apogeo del poder ateniense y el florecimiento clásico de la poesía y el arte de
Atenas, y visitaba la casa de Pericles y Aspasia. Los griegos estaban desbordantes de orgullo y satisfacción, si tenemos en
cuenta que la guerra con los persas terminaría formalmente en el año 449 a. de C. con el tratado de Calias; convencidos más
que nunca de la superioridad de los helenos sobre los bárbaros –desde sus remotos orígenes se vanagloriaban de habitar en
los mismos lugares donde naciera el género humano y donde los humanos habían recibido aquellos recursos de vida que se
suelen considerar como dones especiales de los dioses y, por último, que el ombligo de la tierra estaba en el lugar sagrado del
templo de Delfos– [3], y de su modo de vida sobre el de los demás.
Atenas, de manera particular, viviría un período de gran esplendor gracias a su pujante desarrollo
económico y cambios de orden político por la radicalización de la democracia emprendida por Efialtes y
Pericles. Aunque al promover la igualdad política de los ciudadanos hasta sus últimas consecuencias, se
abría camino, en última instancia, al dominio de los demagogos. Pericles es quien evitó por mucho
tiempo que estas consecuencias negativas se produjeran, pues, desde la muerte de Efialtes en el 461 a. de
C., se convertiría en la figura preponderante de la política ateniense.
Pericles fue el gran artífice de la reconstrucción y desarrollo de Atenas, actividad que se hacía contando
con el apoyo de los dioses, particularmente de la diosa virgen Atenea, con quien mantenían una estrecha
relación de fidelidad. El Partenón, era el nuevo templo dedicado a la diosa Atenea y por decisión de
Pericles, sobrepasaría a todos los demás templos en tamaño y esplendor, proclamando la gloria de
Atenas.“No es fácil analizar lo que significaba la diosa Atenea para el ateniense ordinario o incluso
extraordinario –comenta Maurice Bowra–, pero son evidentes sus principales características. Era la
diosa guerrera –por eso estaba en el exterior del templo– para proteger a los suyos; era su vez, la diosa
virgen, que la capacitaba para ser el apoyo de las empresas viriles, la leal compañera de sus acciones y
aventuras…Su virginidad significaba independencia y confianza en sí misma y superioridad frente a la
común atracción de la carne. Para los atenienses significaba un desapego similar y un control de sí
mismo en el servicio de la ciudad…El cometido del Partenón era excitar el entusiasmo y el amor por la
grandeza ateniense” [4].
Y por supuesto que Pericles supo no sólo ofrecerles a los suyos un proyecto de reconstrucción y
desarrollo sino de expansión natural, para dar satisfacción a la desmedida naturaleza humana, que
fácilmente se olvida de la mesura y cae en su opuesta, la desmesura, aunque esta la quiera justificar en
términos religiosos. “En la Atenas que él amaba –anota Rex Warner–, el soldado sería tan bravo en el
campo de batalla como cualquier espartano; pero su coraje nacería de la reflexión, del conocimiento de
lo que estaba en juego, de una disciplina natural y voluntariamente adoptada, antes que de la tenacidad
que engendran los años de arduo adiestramiento, o de la emulación, que es una forma propia de la
consideración. Pericles no sustentaba la opinión de que una virtud es incompatible con otra. Su ateniense
ideal poseería todas las virtudes y las desplegaría con gracia y versatilidad peculiares. El ateniense había
de ser semejante a un dios, sólo que un dios con una ciudad y con una tarea que cumplir” [5].
La Guerra del Peloponeso (431- 404) es el acontecimiento que señalaría el fin de la civilización helénica
[10]; y, en ésta participó disciplinada y valientemente Sócrates –comenta Platón– [11]; distinguiéndose
por su valor, su sangre fría y su resistencia física, como si los padecimientos propios de la guerra no le
afectasen. En su condición de hoplita, o soldado de a pie, participó meritoriamente en tres batallas. Al
comienzo de la guerra entre el 431-430 en la expedición y batalla de Potidea, donde le salvó la vida a
Alcibíades –según refiere Platón en el Banquete– [12], fue su compañero de mesa y se distinguió como
superior a todos al soportar las fatigas propias de la campaña militar. También participó en Delión en el
año 424, donde al decir de Laques –en la versión de Platón–, se distinguió por su valentía a tal punto
que, si los demás se hubieran comportado como él, Atenas no hubiera sufrido semejante fracaso [13]. Y
por último en el 422, estuvo prestando servicios en Anfípolis. Estas tres ocasiones, fueron las únicas
veces que, por motivo de la guerra y en el cumplimiento de sus deberes como ciudadano-soldado, se
ausentó de su amada ciudad.
Sócrates, en el año 423 a. de C., a la edad de 46 años, cumpliendo con una de sus obligaciones como
ciudadano, contrajo matrimonio con Jantipa, una madura doncella de veinte años, que tenía el caballo en
su nombre, prueba infalible de que pertenecía a la antigua aristocracia, entre la que se reclutaban las filas
de la guardia de caballería. Motivo suficiente para sospechar que el matrimonio era conveniente para
ambos; para él, porque encontraba un apoyo a su vida doméstica bien descuidada; y, ella, un marido y
posible protector en tanto se de a trabajar o exija una paga por las enseñanzas que imparte, alejándose
del quehacer filosófico o juego lógico que ejercía rodeado de jóvenes ociosos con quienes jugueteaba
con la lógica, como cachorros, destruyendo muchas cosas en busca de la verdad.
Sin embargo, con el correr de los años, vinieron los hijos: Lamprocles –que era adolescente en el
momento de su ejecución– [14], Sofronisco y Menexeno –el tercero y último, engendrado cuando el
filósofo tenía 69 años– [15], y Sócrates no cambiaría de forma de vida –incumpliendo sus deberes como
ciudadano–, condenando a vivir a su familia en un permanente estado de zozobra, salvo la ayuda
esporádica que les ofrece Critón y los trabajos de lavandería que realizaría la abnegada mujer y madre
que empeoraría su ya difícil e indomable carácter [16].
Entereza moral
Hacia el final de la guerra en el 406 a. de C., justo dos años antes de la derrota final de Atenas, Sócrates tuvo ocasión de
manifestar su independencia y honradez al oponerse a la ilegal condena sumarísima de los almirantes acusados de no recoger
a los náufragos del combate marítimo de las Arginusas; manteniéndose a partir de esa fecha al margen de sus obligaciones
políticas como ciudadano.
La condena fue ilegal porque los almirantes atenienses fueron juzgados conjuntamente, en lugar de
considerar sus causas por separado. Además de que no se consideraron las circunstancias y atenuantes
particulares; puesto que los almirantes encausados se habían visto incapaces de sacar a sus muertos del
agua, después de la batalla en la que habían salido victoriosos, por temor a perder más vidas en medio de
la tormenta que los amenazaba. Al volver a casa sin los cuerpos de sus compatriotas, lo que constituía un
grave incumplimiento de las costumbres atenienses y de las obligaciones religiosas; la asamblea
ateniense, votó por procesar y finalmente ejecutar a los generales transgresores sin considerar sus
comprensibles argumentos. Como suele suceder en momentos de crisis, las decisiones del colectivo
siempre resultan ser insensatas. “En plena guerra –advierte Michael Scott–, Atenas mató a sus propios
líderes militares victoriosos. Atenas se dejó a sí misma sin cabeza visible, y si quien lleva la voz
cantante era una turba tan vengativa, no era de extrañar que resultara difícil encontrar a hombres
talentosos que ocuparan el lugar de los almirantes muertos” [17].
Dos años después, en el 404 a. de C., Sócrates, se mostrará digno de seguir su propio camino. Al margen
de los partidos políticos, haciendo caso a su más íntima convicción de lo que era justo; mas aún, cuando
en esta ocasión la decisión que él consideraba injusta la tomaba la recién establecida oligarquía de los
Treinta –entre los que sobresalían Critias y Cármides, parientes de Platón–, impuesta por Esparta
liderada por Lisandro que humilló a la orgullosa Atenas obligándole a entregar su armada, permitir la
vuelta de todos los partidarios de la oligarquía y enemigos de la democracia, y derruir sus propias
murallas. Los Muros Largos que habían definido y protegido a la amada ciudad de Pericles, fueron
destrozados con lo que pudieran tener en sus manos por los espartanos y todos los que odiaban a Atenas.
El gobierno de los Treinta Tiranos fue muy corto por los múltiples abusos de autoridad que cometieron;
en uno de ellos, tratando de implicar a Sócrates, le ordenaron a él y a otros cuatro más arrestar a un
hombre rico, llamado León de Salamina, para ejecutarlo. Critias, el más destacado y sanguinario de los
oligarcas, y los otros líderes creyeron que contarían con su apoyo por haber sido años atrás miembros de
su círculo filosófico y, además, sabían de sus críticas al sistema democrático ateniense, pero
subestimaban su respeto por la legalidad. Sócrates se marchó a su casa [18], negándose a cumplir la
orden –demostrándoles no con palabras, sino con hechos, que a él la muerte le importaba un bledo–, y
cuidando de no realizar nada injusto e impío; como sí hicieron los otro cuatro obedientes ciudadanos que
arrestaron a León el solimano para darle muerte.
Esta digna y valerosa acción le hubiese costado la vida, como él mismo reconociera, si el régimen no
hubiera sido derribado rápidamente restaurándose la democracia en el verano del 403 a. de C.; y, en esta
ocasión, fue irónicamente la victoriosa Esparta quien propuso la ordenadora solución, restaurar la
democracia. Es decir, en un solo año Atenas había perdido su “imperio”, su orgullo, sus murallas, su
democracia, había sufrido una guerra civil interna y había visto restaurada su democracia, sin gozar de la
preciada autonomía. Entre los restauradores sobresalía Anito, uno de los más poderosos políticos
demócratas, que había aceptado en conversación con los espartanos las siguientes medidas: conceder
amnistía para todos excepto para los Treinta Tiranos, a los que persiguió y castigo; permitir a todo
ciudadano que no se sintiera cómodo en la Atenas democrática fuera a vivir a Eleusis; y, olvidar todos
los procesos pendientes de carácter político.
Enfrentando su destino
Sin embargo, ninguno de los demócratas podía olvidar que figuras preeminentes de la pasada época violenta, entre los que
sobresalían Alcibíades, Critias, Cármides, entre otros, habían sido íntimos amigos de Sócrates; y, por otro lado, todos
conocían sus frecuentes burlas y observaciones críticas a la democracia –aquella del igualitarismo indiscriminado o la
perversa inclinación a privilegiar o reconocer el gobierno de los peores– de la que eran fervorosos partidarios. De tal manera
que, no podían sentirse seguros hasta que no eliminasen al peligroso “sofista” Sócrates, como lo había popularizado desde
hace veinte años Aristófanes en Las nubes; pero, debían procesarlo sin recurrir a cargos políticos para evitar no cumplir con
la amnistía decretada.
En consecuencia, la acusación se limitó a ofensas contra la religión del estado: negarse a reconocer los
dioses de la ciudad, introducir la creencia en otros dioses nuevos y de pervertir a la juventud [19]. El
principal acusador era Meleto –quien representaba a los poetas y firmaba la acusación–, Licón, que
actuaba en nombre de los oradores; y, Anito, el auténtico acusador y enemigo de Sócrates, representante
de los curtidores y comerciantes. Las condenas por impiedad religiosa –como lo había dispuesto el
decreto de Diopites en el año 431 a. de C.– en la tolerante Atenas eran pretexto para obligar que se
fueran quienes no eran bien vistos en la ciudad, así procedieron años atrás con Anaxágoras, Diágoras y
Protágoras, quienes sin más se retiraron de la admirada ciudad. Pero Sócrates no quería marcharse de la
ciudad, y esto lo sabemos por Platón y Jenofonte –totalmente ajenos a que las cosas lleguen al extremo
con la muerte del acusado–; pues, de Sócrates dependió no presentarse [20], escoger el destierro como
castigo [21], adular y suplicar en contra de las leyes [22]; y, por último, le habría sido muy fácil huir
como lo había preparado su viejo amigo Critón y sus jóvenes amigos de Tebas, Simias y Cebes, que
ofrecían la cantidad de dinero necesaria para salvarlo [23]. Sin embargo, Sócrates, que consideraba no
haber cometido falta alguna como lo había demostrado en su defensa y, que el marcharse podría
interpretarse como una confesión, además que estaba dispuesto a seguir enseñando o dejar de vivir, optó
por la muerte.
La sentencia se ejecutó al mes de haberse celebrado el juicio y no de inmediato como era la costumbre
[24]; pues, circunstancialmente los atenienses en la víspera del juicio de Sócrates, habían enviado el
barco a Delos en misión religiosa –como un ritual en honor a Apolo después del éxito de Teseo al poner
fin al tributo anual de vidas jóvenes que se pagaba al Minotauro en Creta–, por lo que la ciudad hasta
que regrese de Delos la peregrinación, permanecía en estado de pureza religiosa, estando prohibido que
se realicen ejecuciones oficiales.
Durante este largo tiempo que Sócrates llevó en la cárcel lo hizo manteniendo el régimen de vida al que
estaba acostumbrado, dialogar y permanecer el mayor tiempo posible con sus jóvenes amigos –tal como
lo relata Platón en el Critón–; y, del último día de su vida nos queda la maravillosa exposición que
Platón hiciera en el Fedón.
Todos los presentes –cuenta Platón siguiendo la narración de Fedón, puesto que él estuvo ausente por
encontrarse enfermo– se encontraban en una situación extraña, porque por ratos les embargaba la alegría
y placer de la conversación y, a la vez, de pesar, al reflexionar que el maestro estaba a punto de morir.
Al caer la tarde y como si finalizara la representación teatral, Sócrates se dispuso a beber la cicuta sin
dejar de ironizar –advirtiendo que primero se bañaría para evitar dar trabajo a las mujeres de lavar su
cadáver [25]– sobre la circunstancia más seria a la que se enfrenta todo ser humano, la muerte. Bebió, se
acostó esperando que los efectos del veneno vayan subiendo desde los pies a las partes superiores de su
cuerpo; y, cuando ya estaba casi fría la zona de su vientre se descubrió y dijo a sus amigos: “Critón le
debemos un gallo a Asclepio. Así que págaselo y no lo descuides” [26], no hubo más sólo el silencio y
sobrecogimiento de la muerte. Así concluye esta obra, “uno de aquellos pocos libros –advierte Romano
Guardini– por medio de los cuales los hombres son exhortados continuamente a que se examinen si son
dignos de su nombre” [27], como sí lo demostró con creces el legendario «tábano» ateniense.
Sin embargo, después de su muerte, las polémicas en torno de Sócrates se irán acrecentando; empezando
por el significado del último pedido que le hiciera a su viejo y leal amigo, pues, éste ha sido interpretado
de diversas maneras. “La verdadera inteligencia de este piadoso encargo –nos aconseja Antonio Tovar–
está en la interpretación pesimista de la vida que tantas veces aflora en los griegos. El gallo se ofrendaba
a Esculapio precisamente en agradecimiento por la salud recuperda; y así, si Sócrates consideraba que
había llegado el momento de hacer este sacrificio en acción de gracias, es que se encontraba curado de
una enfermedad, de la enfermedad que es la vida…Era, desde luego, una curación de la tremenda
enfermedad que es vivir, y habían de rendirse por ello gracias precisamente al dios que en la religión
ateniense había logrado sólidamente el puesto del dios médico. Asclepio, un dios moderno, cuyo culto se
consolida en Atenas precisamente en vida de Sócrates” [28].
Sócrates es todo un enigma por cuanto no dejó nada escrito y el comportamiento que tuvo durante toda
su vida; siempre se muestra ambiguo, desconcertante e inquietante para quien quiera profundizar en su
enseñanza siguiendo a algunos de sus admiradores o detractores. De ahí, "La imposibilidad de trazar
cualquier “retrato sistemático” de este hombre no sólo se debe al hecho que –según anota Francesco
Adorno–, como es sabido, no escribió nada y que poquísimos y a veces contradictorios son los datos que
tenemos de su vida, sino, sobre todo, al hecho de que las “fuentes mismas” (desde Aristófanes hasta
Platón, Jenofonte, Aristóteles…) son todas ellas “interpretaciones”, sin duda ancladas en la Historia,
pero, precisamente por eso, modos diversos de colocar la función de Sócrates según el tiempo y la
personalidad del autor, su modo de concebir, su formación, múltiples aspectos con los que han
fructificado las semillas de Sócrates."[29] .
Por este motivo, me voy a permitir una interpretación más de las ya delineadas a lo largo de la historia
de la filosofía sobre este célebre filósofo, paradójicamente de origen plebeyo en la refinada, orgullosa y
desmesurada Atenas.
Reparemos en primer lugar en su aspecto físico, es definitivamente desagradable; nariz chata, labios
gruesos, ojos saltones y, como el mismo reconociera, dotado por la naturaleza de las pasiones más
vehementes. Platón, cuenta en el Banquete que Alcibíades, buscando elogiar a Sócrates por medio de
imágenes, lo compara con esos Silenos existentes en los talleres de escultura, que cuando se abren en
dos mitades, aparecen estatuas de dioses en su interior; y, además, que no sólo se parece por el exterior a
los Silenos sino por ser un lujurioso, tal como se mostraban los acompañantes de Diónisos [30].
Sin embargo, vayamos con cuidado –“en él todo es exagerado, advierte Friedrich Nietzsche, bufo,
caricatura, todo es a la vez oculto, lleno de segundas intenciones, subterráneo” [31]–; la apariencia casi
monstruosa, cómica y desvergonzada de Sócrates, similar a la de un Sileno, pero sin la flauta, sólo es
una fachada y una máscara, pues, esconde su verdadera naturaleza. La belleza exterior –y hay que
recordar que en aquel tiempo esta belleza era un mérito, abiertamente reconocido y celebrado– a él no le
correspondía, pero a cambio poseía la belleza interior, la belleza del alma que había que cuidar y
cultivar. El mayor bien para un hombre es el autoconocimiento –el conocerse a sí mismo–, tener
conversaciones cada día acerca de la virtud y del bien; pues, “una vida sin examen –sentencia Sócrates–
no tiene objeto vivirla para el hombre” [32] ; y, este examen, los llevará a persuadirse que no es en el
cuidado de los cuerpos ni en el de los bienes materiales donde se encuentra la virtud, sino en el cuidado
del alma [33]. Conocimiento que él ha logrado individualmente a través de la reflexión, apartado del
común de los mortales que lo ha llevado a alejarse de los cánones tradicionales y mostrarse hasta el
último momento de su vida seguro de sí mismo; pues, “no sólo ahora sino siempre –reitera Sócrates para
negarse a escapar como se lo propone Critón–, soy de condición de no prestar atención a ninguna otra
cosa que al razonamiento que, al reflexionar, me parece el mejor…Si no somos capaces de decir nada
mejor en el momento presente, sabe bien que no voy a estar de acuerdo contigo, ni aunque la fuerza de
la mayoría nos asuste como a niños con más espantajos que los que ahora en que nos envía prisiones,
muertes y privaciones de bienes”[34] .
Decisión y modo de vida que él atribuye a la “voz”, que desde niño escucha, de “algo divino y
demónico” , que le disuade sobre lo que debe hacer y ha realizado a lo largo de su vida: compartir con
los demás dicha sabiduría, ya sea joven o viejo, forastero o ciudadano, y más con los ciudadanos por la
cercanía de origen y compartir las mismas preocupaciones; cuestión que sus conciudadanos deben tomar
como el mayor bien que les haya otorgado el dios , y que él gustoso repetiría a sí tuviese que morir
muchas veces[35] . Así es como se defiende y justifica su accionar y vivir: haber escuchado la “voz”, de
lo divino-misterioso y ha actuado y vivido en consonancia con lo escuchado, mas aún si se trata de lo
divino ; y, esta imprecisión para referirse a lo divino-misterioso, nos permite conjeturar que Sócrates
habría escuchado en esa «voz», su propia voz, la voz de su conciencia, de ese “yo” filosófico-
especulativo que peligrosamente empieza a apartarse y desentenderse de las costumbres tradicionales de
la polis[38] .
Este particular actuar de Sócrates,“sería algo así como el umbral más sobrio de la filosofía de Platón –
observa Werner Jaeger–, en el cual se evitan las audacias metafísicas de éste, y rehuyendo la naturaleza
para limitarse al campo de lo moral, se intenta en cierto modo fundamentar teóricamente una nueva
sabiduría de la vida orientada hacia lo práctico” [39] .
Una nueva sabiduría en la que el maestro no enseña nada y lo que “enseña” lo hace dialogando e
ironizando a sus ocasionales contertulios. Sócrates se enmascara a sí mismo, se presenta como el que no
sabe nada, escudándose en que así lo ha proclamado la “voz” de Apolo. Él sólo ha confirmando –
después de haber entrevistado a muchos personajes reconocidos por su sabiduría– lo que ha querido
decir el oráculo de Delfos, interrogado por su vehemente amigo Querefonte, cuando tuvo la audacia de
preguntar si había alguien más sabio que él; y, la Pitia respondió que nadie era más sabio. Y su sabiduría
consiste en que a diferencia de otros que creen saber algo y no lo saben, él reconoce no saber; afirma en
la Apología: “¦yo así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber” [40]. Confesión que ha quedado
sintetizada en la famosa sentencia: “sólo sé que nada sé”, derivada de las referencias platónicas sobre
Sócrates y el saber que habría impartido.
Sócrates finge ignorancia y se muestra insolente. “Siempre está en disposición amorosa con los jóvenes
bellos –advierte Alcibíades en el Banquete–, que siempre están en torno suyo y se queda extasiado, y
que, por otra parte, ignora todo y nada sabe, al menos en apariencia. ¿No es esto propio de un
Sileno?...Pasa toda su vida ironizando y bromeando con la gente; mas cuando se pone serio y se abre, no
sé si alguno ha visto las imágenes de su interior. Yo,…las he visto ya una vez y me parecieron que eran
tan divinas y doradas, tan extremadamente bellas y admirables, que tenía que hacer sin más lo que
Sócrates mandara…Sus discursos son muy semejantes a los Silenos que se abren. Pues si uno se
dedicara a oír los discursos de Sócrates, al principio podrían parecer totalmente ridículos. ¡Tales son las
palabras y expresiones con que están revestidos por fuera, la piel, por así decir, de un sátiro insolente!
Habla, en efecto, de burros de carga, de herreros,…y siempre parece decir lo mismo con las mismas
palabras, de suerte que todo hombre inexperto y estúpido se burlaría de sus discursos. Pero si uno los ve
cuando están abiertos y penetra en ellos, encontrará, en primer lugar, que son los únicos discursos que
tienen sentido por dentro; en segundo lugar, que son los más divinos, que tienen en sí mismos el mayor
número de imágenes de virtud y que abarcan la mayor cantidad de temas, o más bien, todo cuanto le
conviene examinar al que piensa llegar a ser noble y bueno”[41] .
Un Sileno, que cuando estaba ebrio –y Sócrates se embriagaba, frecuentemente, conversando o bebiendo
vino–, poseía una sabiduría especial y el don de la profecía, saber que era lo más preciado para los
griegos. Y qué mejor que la del Sileno, leal compañero de Diónisos-Apolo –hijo de Pan y padre de los
sátiros–, que en medio de sus excesos y la : locura, por la parte apolínea, habla o más que hablar ayuda a
hacerlo a otros a través del diálogo; y, en él se revelan los conceptos o definiciones de los asuntos
morales de los que tratan, por lo general, sus conversaciones. Sócrates, ejerce sobre los demás “el arte de
partear y es por esto por lo que profiero encantamientos –le reconoce al joven Teeteto– y te ofrezco que
saborees lo que te brindan todos y cada uno de los sabios, hasta que consiga con tu ayuda sacar a la luz
tu propia doctrina”[42] . Una doctrina que deja de lado los instintos y sólo confía en la razón deductiva,
en la lógica dialéctica, que sólo se interesa en la belleza interior, determinada, limitante y ordenadora de
Apolo, el dios “que hiere de lejos” con sus palabras enigmáticas, manteniéndose él distante de los
comunes mortales ávidos de sabiduría que, incesantemente se preguntan por el sentido de la existencia.
Sócrates no daba nada y sin embargo con sus preguntas te llevaba a cambiar completamente de vida
cuestionándote la que llevabas. Todos los que lo conocieron y vivieron esas conversaciones, quedaron
muy impresionados con su inquietante personalidad, que el recuerdo de las conversaciones sostenidas en
diversos lugares de la ciudad, inspiró un género literario, los diálogos socráticos, que imitan los debates
orales de Sócrates con diversos interlocutores; género que cultivará magistralmente Platón; de ahí que
Platón no esté al margen de poseer sus propias máscaras [45] . Hay el Platón de las enseñanzas orales y
el que se muestra en los escritos; y, en ellos hay múltiples facetas o personajes. Y es que esto, parece ser
inevitable. “Todo lo que es profundo ama la máscara…–sentencia Friedrich Nietzsche–,…Todo espíritu
profundo necesita una máscara: más aún, en torno a todo espíritu profundo va creciendo continuamente
una máscara, gracias a la interpretación constantemente falsa, es decir, superficial, de toda palabra, de
todo paso, de toda señal de vida que él da” [46].
En los diálogos de Platón, que constituirán los primeros escritos de la literatura filosófica, Sócrates sólo
está ausente en uno de ellos, el de las Leyes; en los otros veinticinco, se convirtió en un máscara, un
personaje del que Platón se valdrá para presentar sus propias teorías y conjeturas. Diálogos, que por la
bella forma y sutileza de las argumentaciones,“tienden a provocar en el lector un efecto similar al de los
discursos de Sócrates en vida –advierte Pierre Hadot–. El lector es quien se encuentra ahora en la misma
situación que el interlocutor de Sócrates, puesto que desconoce hacia dónde le conducirán sus preguntas.
La máscara, el de Sócrates, desconcertante e inaprensible, desorienta el alma del lector y le lleva a una
toma de conciencia que puede alcanzar la conversión filosófica” [47], el fin último de la educación
filosófica.
Sócrates: ¿Diónisos?
Cuando Sócrates vive, la Atenas de Pericles y sus herederos, se ve amenazada por una serie de cambios sociales, políticos y
culturales; todos los valores heredados se esfuman en un abrir y cerrar de ojos al soplo de una exacerbada locuacidad. “Es
entonces cuando aparece Sócrates –señala Werner Jaeger–, como el Solón del mundo moral. Pues es en el campo de la moral
donde se ven socavados en estos instantes el estado y la sociedad. Por segunda vez en la historia de Grecia, el espíritu ático
invoca las fuerzas centrípetas del alma helénica contra las fuerzas centrífugas, contraponiendo al cosmos físico de las fuerzas
naturales en lucha, creación del espíritu investigador jónico, un orden de los valores humanos. Solón había descubierto las
leyes naturales de la comunidad social y política. Sócrates se adentra en el alma misma para penetrar en el cosmos moral”
[48].
Efectivamente, es en alma-intelecto que Sócrates quiere encontrar la esencia permanente de lo justo, lo
bueno, lo bello, etc; conceptualizarlos o definirlos confiando únicamente en la razón o el intelecto
especulativo-deductivo, lógico-dialéctico, que ignora o niega el papel de las emociones, instintos o
pasiones como causas explicativas de la acción humana. Sócrates, es el filósofo que vive y quiere
explicar la vida a través de conceptos, que se muestra como Sileno –lleno de máscaras y ambigüedades–,
compañero de Diónisos que es también Apolo, que hiere con sus palabras, que no puede entender ni
aprehender con su mortal intelecto; pero que él contradictoriamente no acepta, imponiendo su propio y
nuevo camino, que transita porque escucha la “voz”, que puede ser de la divinidad o la voz de su
conciencia, de ese “yo” filosófico-especulativo que peligrosamente empieza a apartarse y desentenderse
de las costumbres tradicionales de la polis
Analicemos estas contradicciones. Sócrates-Sileno reconoce que no sabe nada, ¡sólo sabe que no sabe
nada!; y, que su sabiduría consiste “en no estar dispuesto a enseñar –anota el maduro Platón–, sino a
aprender de los demás yendo de un lado a otro, sin siquiera darles las gracias” [49] . Quizá, Sócrates,
efectivamente no sólo no pueda enseñar sino que tampoco se siente capaz de comunicar algún saber,
pues, sería extraordinario “que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que –le reconoce a Agatón–,
al ponernos en contacto unos con otros, fluyera de lo más lleno a lo más vacío de nosotros, como fluye
el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de la más llena a la más vacía”[50] . Y es que las
palabras no alcanzan para definir lo que se pretende conceptualizar, por ejemplo, la justicia; o la misma
vida. Así se lo reconoce a Hipias, quien le reclama por qué tanta pregunta sobre la justicia en vez de
proceder a definirla, “…si no lo explico con palabras –afirma Sócrates–, lo explico con mis hechos.¿O
es que no te parece que la acción es más convincente que la palabra?”[51] . De tal manera que de la
teoría –insatisfactoria y limitada– se pasa, sin más, a la experiencia, confiando únicamente en su propio
razonamiento. “Sócrates –confiesa Alcibíades–, me obliga a reconocer que, a pesar de estar falto de
muchas cosas, aún me descuido de mi mismo y me ocupo de los asuntos de los atenienses” [52]. Es
decir, lo instiga a dejar de lado los asuntos de la polis de Atenas para ocuparse de sí mismo, y, por
supuesto fiarse sólo de su propio razonamiento, ateniéndose únicamente a aquello que considere justo.
“Sócrates carece de sistema que enseñar –recalca Pierre Hadot–. Toda su filosofía es ejercicio espiritual,
nueva manera de vivir, reflexión activa, conciencia viviente” [53] . La “sabiduría” de Sócrates está
íntimamente relacionada con el oráculo de Delfos, pues, éste lo ha proclamado el más sabio de todos los
ciudadanos atenienses. El “Conócete a ti mismo” délfico, en la esfera humana –no es ni confuso ni
enigmático–, suena como una norma imperiosa de moderación, de control, de límite, de racionalidad, de
necesidad [54] . Para el hombre, la esfera divina es ilimitada, insondable, caprichosa, insensata, carente
de necesidad, arrogante. En cambio, en los asuntos humanos solo cabe atenerse a verdades relativas a las
capacidades y limitaciones humanas. Este consejo lo tendrán en cuenta los sofistas –particularmente,
Protágoras, el más importante de esos maestros–, que afirman enseñar verdades relativas, pues ese es el
saber sensato y respetuoso de la tradición. Una tradición mítico-religiosa que era de salvación ; y, de
gozar de la “bienaventuranza de existir, de participar –si quiera sea de manera fugitiva, recuerda Mircea
Eliade– en la espontaneidad de la vida, en la majestuosidad del mundo… y, en la sacralidad de la
condición humana” [56] . El “solo sé que nada sé” socrático, es contrario –en lo que se refiere a los
asuntos humanos– al consejo délfico y por ende opuesto a la “sabiduría tradicional”; por lo que no hay
motivo suficiente para considerar a Sócrates –como lo proclaman entre otros Giorgio Colli– un sabio,
tanto por su vida como por su actitud frente al conocimiento [57] . Sócrates es más bien quien inaugura
una «perversa y enfermiza» delectación por la lógica y la dialéctica. En medio de la incipiente
decadencia reinante, el primer filósofo ateniense “adivinó que la racionalidad era la salvadora –advierte
Friedrich Nietzsche–, ni él ni sus «enfermos» eran libres de ser racionales,…era su último remedio. El
fanatismo con que la reflexión griega entera se lanza a la racionalidad delata una situación apurada: se
estaba en peligro, se tenía una sola elección o bien perecer o ser absurdamente racionales…En todo
lugar donde la autoridad sigue formando parte de la buena costumbre, y lo que se da no son «razones»,
sino órdenes, el dialéctico es una especie de payaso: la gente se ríe de él, no lo toma en serio. –Sócrates
fue el payaso que se hizo tomar en serio: ¿qué ocurrió aquí propiamente?–”[58] . Fue tomado en serio
por su manera de afrontar la muerte y, de manera más específica, del carácter cuasi voluntario de su
muerte. Nietzsche, que tantos reparos y observaciones le hace a Sócrates, no puede dejar de reconocer
que,“se dirigió a la muerte con la misma calma con que, según la descripción de Platón, es el último de
los bebedores en abandonar el simposio al amanecer, para comenzar un nuevo día; mientras a sus
espaldas quedan, sobre los bancos y por el suelo, los adormecidos comensales, para soñar con Sócrates,
el verdadero erótico. El Sócrates moribundo se convirtió en el nuevo ideal, jamás visto antes en parte
alguna, de la noble juventud griega: ante esa imagen se postró, con todo el ardiente fervor de su alma de
entusiasta, sobre todo Platón, el joven heleno típico” [59] . Sócrates, el amante de la vida, que quiere
danzar “para tener salud o comer y dormir a gusto”[60] , el filósofo juguetón, bromista e irónico, se
entrega a la muerte resignadamente, porque va a sanar –retomando sus últimas palabras en referencia al
gallo que se le debía a Asclepio– no de la vida a secas, sino de la clase de vida que llevaba: lúcida y por
ende más trágica. “Sócrates no es un médico –advierte Friedrich Nietzsche–, se dijo en voz baja a sí
mismo: únicamente la muerte es aquí un médico…Sócrates mismo había estado únicamente enfermo
durante largo tiempo” [61] . Platón, en el Banquete, una de sus obras más hermosas no sólo nos ha
dejado una acabada descripción del maestro sino que ha expuesto simbólicamente la máxima enseñanza
de Sócrates. Al final del diálogo, sólo quedan despiertos con Sócrates, Agatón el poeta trágico, y
Aristófanes, el poeta cómico; y, el maestro les insiste de la necesidad de reconocer que corresponde al
mismo ser humano ser a la vez poeta trágico y poeta cómico ; y, al quedar Sócrates reconocido como el
mejor poeta y el mejor bebedor, es un tácito reconocimiento a su dionisíaca naturaleza, en la que las dos
facetas de la misma divinidad pugnan por prevalecer; aunque el Sócrates filósofo se incline más por la
parte apolínea, abriendo así la puerta para el desarrollo del filosofar platónico, que se impondrá en los
años y siglos próximos, convirtiéndose en un prosopon/máscara para su distinguido discípulo que lo
inmortalizará.
Notas
1) [1] Vid. Apología de Sócrates. 23b. En Diálogos. t. I. p.158. Editorial Gredos, S. A. Madrid,
2002.
2) [2] Cf. Nietzsche, Friedrich. Los filósofos preplatónicos. pp. 166-168. Editorial Trotta, S.A.
Madrid, 2003.
3) [3] Cf. Burckhardt, Jacob. Historia de la cultura griega. t. I. pp. 66-68. Editorial RBA, S.A.
Barcelona, 2005.
4) [4] Vid. La Atenas de Pericles. pp. 120, 122 & 127. Alianza Editorial, S.A. Madrid, 1982.
5) [5] Vid. Pericles. El Ateniense. pp. 14-15. Editorial Edhasa. Barcelona, 1989.
6) [6] Vid. Ob. cit. p.146.
7) [7] Lo que domeña a Pericles y, con él al colectivo ateniense –particularmente a Alcibíades–,
es la hybris, uno de los impulsos más poderosos de la naturaleza humana que no sólo lleva a
dominar desmesuradamente a otros sino que incluso alienta las empresas más sangrientas y
homicidas que puedan organizar los seres humanos. Por lo tanto, es incorrecto llamarle
“imperialismo” al des-mesurado proyecto de Pericles, como lo hacen Maurice Bowra,
Hermann Bengtson, Robin Lane Fox, Claude Mossé, entre otros. Serán los romanos, más
prácticos y con la escrupulosa observancia de la pietas religiosa, los encargados de fundar el
Imperium. El Fatum de Eneas fue ese, instaurar una Roma eterna, abierta al infinito, porque
así suena la sentencia de Jupíter que ha escuchado y transcrito Virigilio: «His ego nec metas
rerum nec tempora pono: imperium sine fine dedi» /«Yo no les fijo límites en el espacio ni en
el tiempo: les he dado un imperio sin fin» [Vid. “La Eneida”. I, 278-279]. A este respecto, las
aclaraciones que hace Pierre Grimal son de mucha utilidad para la comprensión del
desenvolvimiento histórico de la aventura humana; pues, el imperio y la política imperialista
romana, “era experimentado como una ordenación querida y garantizada por el dios del
Capitolio, …el orden querido por el dios…es necesario que sea inmutable…Pero (y esto es
una innovación inmensa y una originalidad profunda del espíritu romano) este estado del
universo no es el resultado de la violencia que haría perdurar la fuerza de los vencedores,
sino que nace de las palabra dada, de un compromiso contraído de una vez por todas, tanto
por los propios ciudadanos entre sí como por los pueblos vecinos en relación con Roma, por
medio del cual unos y otros renuncian a la violencia. Paradójicamente, el imperium romanum
expresa una voluntad de paz”[Vid. “El Imperio romano”. pp.15-16]. Y, en un bello libro
dedicado a la cultura romana, Pierre Grimal puntualiza, “L’imperium…Divin dans son
essence, chargé par lui-meme d’un «dynamisme» qui confere a qui le possede une efficace
exceptionalle, il est la source de toute action politique” [Vid. “La civilisation romaine”. p.
128].
8) [8] Así lo reconoce el gran historiador ateniense Tucídides, que resalta “la gran autoridad que
Pericles poseía por su prestigio e inteligencia…, al no haber obtenido el poder por medios
ilícitos, no pretendía halagarla en sus discursos, sino que se atrevía incluso, merced a su
prestigio a enfrentarse a su enojo. Así, siempre que los veía confiados de modo insolente e
inoportuno, los espantaba con sus palabras hasta que conseguía atemorizarlos, y, al contrario,
cuando los veía dominados por un miedo irracional, los hacia retornar a la confianza. En
estas condiciones, aquello era de nombre una democracia, pero, en realidad, un gobierno del
primer ciudadano” [Vid. “Historia de la Guerra del Peloponeso”. II, 65. p.180].
9) [9] Cf. Platón, “Gorgias 515 e. En Diálogos. t. II. [Link] este diálogo, Platón
afirmará a través de su personaje Sócrates que los atenienses han sido corrompidos por
Pericles, pues, él los ha hecho perezosos, cobardes, charlatanes y avariciosos al haber
establecido por vez primera estipendios para los servicios públicos.
10) [10] Sobre esta guerra Tucídides escribió su magistral obra “como una adquisición para
siempre más que como una pieza de concurso para escuchar un momento…un conocimiento
exacto de los hechos del pasado y de los que en le futuro serán iguales o semejantes, de
acuerdo con las leyes de la naturaleza humana..” [Vid. Ob. cit.I, 22. p.50]./ Igualmente, la
exquisita helenista Mary Renault en “Alexias de Atenas”, nos ofrece una bellísima
panorámica de los orígenes y desarrollo de la decadencia de la civilización helénica que se
lee como se degusta el último vino de una agradable cena.
11) [11] Cf. “Apología de Sócrates”. 28e. En Ob. cit. p. 166.
12) [12] Cf. Ob. cit. 219 e. En “Diálogos”. t. III. p.279.
13) [13] Cf. “Laques” 181 a. En “Diálogos”. t. I. p.454.
14) [14] Cf. “Apología de Sócrates”. 34 d. En Ob. cit. p. 175.
15) [15] Cf. “Fedón”. 60 a. En En “Diálogos”. t. III. p.30.
16) [16] Cf. Kraus, René. “La vida privada y pública de Sócrates”. pp. 314 & 327. Editorial
Sudamericana, S.A. Buenos Aires, 1943.
17) [17] Vid. Un siglo decisivo. Del declive de Atenas al auge de Alejandro Magno. pp.34-
[Link] B., S.A. Barcelona, 2010.
18) [18] Cf. Apología de Sócrates. 32c-e. En Ob. cit. p. 172.
19) [19] Cf. Jenofonte, “Recuerdos de Sócrates”, I, 1. p. 19. Editorial Gredos, S.A. Madrid, 1982.
/ También en “Apología de Sócrates”. 24 b. En Ob. cit. p. 159.
20) [20] Cf. Platón, Critón. 45 e. En Ob. cit. p. 197.
21) [21] Cf. Platón, Ibid.52c. En Ob. cit. p. 207.
22) [22] Cf. Jenofonte, Ob. cit. IV, 4. pp. 175-176.
23) [23 ]Cf. Platón, Critón. 45 a-c. En Ob. cit. p. [Link]. Platón, Fedón. 58 a-c. En Diálogos. t.
III. pp.25-26. /Cf. Jenofonte, Ob. cit. IV, 8. p. 197.
24) [25] Cf. Ob. cit. 115 a. p.136.
25) [26] Vid.. Platón, Fedón. 118 b. En Diálogos. t. III. p. 142.
26) [27] Vid. La muerte de Sócrates. p.313. Emecé Editores, S.A. Buenos Aires, 1960.
27) [28] Vid. Vida de Sócrates. pp. 391-392. Alianza Editorial, S.A. Madrid, 1984.
28) [29] Vid. Introduzione a Socrate. pp.7-8. Editori Laterza. Roma, 2004.
29) [30] Cf. Platón, Banquete. 215 a-b. En Diálogos. t. III. pp.270-271. /Cf. Jenofonte, Ob. cit.
IV, 8. p.197.
30) [31]Vid. Crepúsculo de los ídolos. “El problema de Sócrates” & 4. p.39. Alianza Editorial,
S.A. Madrid, 1982.
31) [32]Vid. Apología de Sócrates. 38 a. En Ob. cit. p.180.
32) [33] Cf. Ibid. 30 b. En Ob. cit. p.168. .
33) [34]Vid. Critón. 46 b. En Diálogos. t. I. p.198.
34) [35]Cf. Apología de Sócrates. 31 d. En Ob. cit. p.170.
35) [36] Cf. Ibid. 30 b-c. En Ob. cit. p.168-169.
36) [37] Sócrates a este respecto nuevamente muestra su máscara de Sileno, «lleno de segundas
intenciones», pues, no utiliza el término daímon para referirse a los dioses o lo divino, cuyo
uso se había introducido desde los tiempos de Homero, sino que prefiere la palabra
daimonion para describir la experiencia interior única, que, de manera imprevisible y en las
situaciones más diversas, le obligaba a pararse, a decir no y echarse atrás en muchas de sus
decisiones de vida. Pero, el uso de este término podía ser mal interpretado como trato con
espíritus, como un culto secreto ajeno a las creencias tradicionales, por lo cual se mostraba
como sospechoso y contrario a las costumbres de la polis. [Cf. Burkert, Walter. Religión
griega. Arcaica y clásica. p.243-246].
37) [38] El peligroso y disolvente Émile Cioran, señala que poco importa si Sócrates se inventó
de cabo a rabo ese *daimon que escuchaba; pero sí expresa que estaba cercado, solitario, y
“su primer deber era escapar a los que le rodeaban, ocultándose tras un misterio real o
fingido.¿Cómo saber si Sócrates divagaba o empleaba su astucia? Siempre quedará que –
concluye el polémico pensador contemporáneo– , el debate que suscitó respecto a sí mismo
nos sigue interesando: ¿acaso no fue el primer pensador que se planteó como un caso?, y ¿no
es con él con quien comienza el inextricable problema de la sinceridad?”. [Vid. La tentación
de existir. pp.151-152].
38) [39] Vid. Paideia. Los ideales de la cultura griega. p.400. FCE. México, 1985.
39) [40] Vid. Ibid. 21 d. En Ob. cit. p.155.
40) [41] Vid. Platón. Ob. cit. 216 d-e & 222 a. En Diálogos. t. III. pp.273-274 & 283.
41) [42] Vid. Platón. Teeteto. 157d. En Diálogos. t. V. p.206.
42) [43] Vid. Nietzsche, Friedrich. Ob. cit. t. II. “El caminante y su sombra”. & 175. p.172.
Ediciones Akal, S.A. Móstoles, Madrid, 2007.
43) [44] Vid. En los oscuros lugares del saber. pp. 178-179. Ediciones Atalanta, S.L. Girona,
España, 2010.
44) [45] Sobre el significado de la máscara en la Grecia antigua y particularmentre la relacionada
con Diónisos y la tragedia, puede verse en el detallado análisis realizado por Jean Pierre
Vernant & Frontisi Ducroix, “Figuras de la máscara en la antigua Grecia”.[Cf. Vernant, Jean
Pierre. Mito y tragedia en la Grecia antigua. t. II. pp.21-45].
45) [46] Vid. Mas allá del bien y del mal. “El espíritu libre”.& 40. [Link] Editorial,
S.A. Madrid, 1985.
46) [47] Vid. Elogio de Sócrates. p.17. Ediciones Paidós Ibérica, S. A. Barcelona, 2008.
47) [48] Vid. Paideia. Los ideales de la cultura griega. p.404.
48) [49] Vid. República. 338 b. En Diálogos. t. IV. p.76. .
49) [50] Vid. Platón, Banquete. 175 e. En Diálogos. t. III. p.193.
50) [51] Vid. Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, IV, 4,10. p.177.
51) [52] Vid. Platón, Banquete. 216 a. En Diálogos. t. III. p.272.
52) [53] Vid. Ob. cit. p.42.
53) [54] Cf. Colli, Giorgio. El nacimiento de la filosofía. pp. 20-22. Tusquets Editores.
Barcelona, 2000.
54) [55] Cf. Kerényi, Karl. La religión antigua. pp. 201-203. Editorial Herder. Barcelona, 1999.
55) [56] Vid. Historia de las creencias y de las ideas religiosas. t. I. pp. [Link]
Cristiandad. Madrid, 1978.
56) [57] Cf. Ob. cit. p. 118.
57) [58] Vid. Crepúsculo de los ídolos. pp.42 & 40. Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1982.
58) [59] Vid. El nacimiento de la tragedia. pp.124-125. Alianza Editorial, S.A. Madrid, 2004.
59) [60] Vid. Jenofonte, Banquete, II, 16. En Ob. cit. p.318.
60) [61] Vid. Crepúsculo de los ídolos. pp.43.
61) [62] Cf. Ob. cit. 223 d.. En Diálogos. t. III. p.286.
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