Espíritu Propio - Maloney, Robert
Espíritu Propio - Maloney, Robert
SUMARIO:
Introducción
I. Siguiendo a Cristo que «se describe a sí mismo como el evangelizador de los pobres»
1. Él trae la buena nueva a los pobres
2. Comparte su vida con muchos otros y los une a su ministerio
3. Él tiene una visión universal
4. Él vive en la persona de los pobres
II. El desarrollo de una «relación filial con el Padre y del amor al prójimo»
1. Amor y reverencia al Padre y docilidad a su Providencia
2. De pie ante el Padre en oración
3. La predicación de palabra y de obras
III. Cultivando las «facultades del alma de toda la Congregación»
1. Sencillez
2. Humildad
3. Mansedumbre
4. Mortificación
5. Celo
Introducción
Las Constituciones de la CM (=C.) de 1984 hablan muy claramente de esta materia en los
artículos 4 al 8. Esquemáticamente, el espíritu de la CM se describe de este modo:
ESPIRITU VICENCIANO ES EL ESPÍRITU DE CRISTO ENVIADO
A PREDICAR LA BUENA NOTICIA A LOSPOBRES (C. 5),
COMO SE PRUEBA EN LAS MÁXIMAS EVANGÉLICAS
EXPLICADAS EN LAS REGLASCOMUNES (= RC CM) (C. 4),
CONCRETADAS PARTICULARMENTE EN:
AMOR Y REVERENCIA HACIA EL PADRE
AMOR COMPASIVO Y EFECTIVO HACIA EL POBRE
DOCILIDAD A LA PROVIDENCIA (C. 6)
SENCILLEZ
HUMILDAD
MANSEDUMBRE
MORTIFICACIÓN
CELO POR LAS ALMAS (C. 7).
«JESUCRISTO ES LA REGLA DE LA MISIÓN»
Y EL CENTRO DE SU VIDA Y ACTIVIDAD (C. 5)
Esta formulación contemporánea del espíritu vicenciano, realizada por los representantes de
la Congregación de la Misión de todo el mundo, refleja certeramente la herencia que s. Vicente dejó
a su Compañía. Siguiendo esta guía, este trabajo analizará el espíritu vicenciano en tres fases: 1. El
seguimiento de Cristo que se define a sí mismo como «el Evangelizador de los Pobres» (XI, 725) 1;
2. El desarrollo de una «relación filial con el Padre y de caridad con el prójimo» (VI, 370) 2; 3. El
desarrollo de las «facultades del alma de la toda la Congregación» (XII, 591; RC CM II, 14).
Bajo estos títulos, el autor tratará de descubrir las raíces evangélicas de la espiritualidad de s.
Vicente y de describir brevemente algunas formas contemporáneas de actualizarla. Desde el
comienzo, deberíamos recalcar, para que no se pierda entre los detalles, que el espíritu de s. Vicente
y el de su Compañía, es profundamente misionero y profundamente evangélico (cf. III, 181). San
Vicente se apoya fuertemente en ejemplos concretos y en «máximas» de los evangelios confiando
que «la enseñanza de Cristo nunca fallará» (RC CM II, 1); el Cristo que él encuentra en el Nuevo
Testamento es un misionero, enviado por el Padre a predicar la buena nueva a los pobres (XI, 638.
643).
11
Mezzadri señala cuán poderosamente la concreta visión que san Vicente tiene de Cristo como venido al servicio de
los pobres ha influenciado su concepción de la formación del clero; cf. o.c., 330-332.
12
XI, 56. Aunque a veces habla con un lenguaje lírico sobre el servicio a los pobres, san Vicente no tiene en modo
alguno una visión romántica de su ministerio. Cf. XI, 725: «No debo considerar a un pobre campesino, hombre o mujer,
según su aspecto exterior, ni según lo que aparece de la capacidad de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la
figura ni el espíritu de las personas razonables, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis
con las luces de la fe que son éstos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre…».
Empezando en 1648 con la misión de Madagascar, comienza a enviar miembros de la
Congregación a diversas partes del mundo. «Mirad el precioso campo que Dios nos abre en
Madagascar, en las Hébridas y en otros lugares. Pidámosle que inflame nuestros corazones con el
deseo de servirle. Démonos a él para que haga lo que quiera con nosotros» (XI, 762s). Antes de
acabar su vida, Vicente pudo ver misioneros en Italia, Polonia, Argelia, Túnez e Irlanda. Y hasta
soñó con enviarlos (e ir él mismo) a las Indias.
A pesar de que el trabajo de las misiones ad gentes ocasionó grandes dificultades y
numerosas muertes, Vicente permaneció completamente convencido de su importancia y, a pesar de
la oposición, lo defendió como el diseño de Cristo. «Algunos miembros de la Compañía podrán
decir tal vez que Madagascar debe ser abandonada; la carne y la sangre hablarán ese lenguaje y
dirán que no se deben mandar allá más hombres, pero yo estoy seguro de que el Espíritu habla de
otra manera… ¡Vaya Compañía la de la Misión, que, si mueren cinco o seis, se decide a abandonar
el trabajo del Señor!» (XI, 296ss; cf. también XI, 122s. 281).
Una vez más, Vicente incorpora a su ideal un importante tema lucano: la universalidad de la
mentalidad de Cristo13. En el evangelio de Lc Cristo no ha venido sólo para los suyos, sino para
todos los pueblos:
• Jesús es la luz que ilumina a los gentiles (2,32)
• toda la humanidad verá la salvación de nuestro Dios (3,6)
• hay más fe entre los gentiles que en Israel (4,25-27)
• sal por los caminos y las veredas y fuérzalos a entrar (14,23)
• en su nombre se predicará la conversión a todas las naciones (24,47).
15
Para una llamativa afirmación de la actitud de san Vicente ante Dios (cf. XI, 431s. 441s).
16
Esta distinción puede que no sea intencionada por parte de Vicente, pues en sus escritos, las acciones del Padre y las
del Hijo no están claramente deslindadas.
Hablando de la providencia del mismo Jesús para con sus seguidores, san Vicente dice a
Juan Martín en 1647: «De este modo, padre, pidamos a Nuestro Señor que todo sea hecho según su
providencia; que nuestras voluntades se sometan a la suya de tal manera que entre Él y nosotros
haya solamente la unión que nos permita gozar de su amor singular en el tiempo y en la eternidad»
(III, 177). En otra carta al fogoso Bernardo Codoing, en 1644, le escribe: «El consuelo que me
concede nuestro Señor es el pensar que, por la gracia de Dios, hemos tratado siempre de seguir y de
no adelantarnos a la providencia, que tan bien sabe llevarlo todo al fin que Dios ha determinado
para ello» (II, 383). Tres meses más tarde añade: «Y pregunta usted: ¿que vamos a hacer? Haremos
lo que quiere Nuestro Señor, que es mantenernos siempre pendientes de su providencia…» (II,
395).
La enseñanza de san Vicente sobre la providencia se basa en dos piedras angulares: 1.
Profunda confianza en Dios como Padre amoroso; 2. «Indiferencia», que es «querer sólo lo que Él
quiere» (V, 385).
Se puede argumentar que este enfoque de la providencia es también un énfasis lucano 17. El
espíritu del Padre y de Jesús está presente desde el principio en Lucas, guiando el curso de la
historia. Él unge a Jesús con el poder de lo alto y dirige su ministerio y el de los apóstoles18:
• El espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cobijará (1,35)
• recibido el bautismo, el Espíritu Santo descendió sobre él (3,22)
• Jesús, lleno del Espíritu Santo, fue [levado por el Espíritu al desierto (4,1)
• Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu Santo (4,14)
• el Espíritu del Señor está sobre mí (4,18)
• Jesús exultó en el Espíritu Santo (10,21)
• vuestro Padre dará el Espíritu Santo a quien se lo pida (11, 13)
• quien blasfeme contra el Espíritu Santo no será perdonado (12,10)
• el Espíritu Santo os enseñará en ese momento lo que debáis decir (12,12).
Hoy19 está en revisión la idea de la providencia, para articular una teología que,
reconociendo varios niveles de causalidad, dé razón tanto de lo racional como de lo irracional en la
existencia humana, y pueda encontrar un sentido donde experimentamos caos, desorden, violencia y
apatía. Una teología de la Providencia es una teología del sentido. Trata de salvar el abismo entre
las polaridades de la experiencia humana: propósito/caos, salud/enfermedad, vida/muerte,
gracia/pecado, amor/desamor, plan/confusión, paz/violencia. Los ministros de la providencia son
hoy los hombres y mujeres que dan sentido y pueden hablar de sentido. Docilidad a la providencia
es una actitud de confianza reverente ante el misterio de Dios, tal como se revela en Cristo, en quien
vida, muerte y resurrección están armonizadas. La providencia está, al final, basada en la fe
profunda y la confianza en un Dios personal cuya sabiduría guía todas las cosas. Una de las señales
cruciales de esta fe es la oración confiada, como se verá más adelante. La confianza en la
providencia también se manifiesta en la capacidad de ver, más allá de los hechos particulares, la
17
Cf. J. Schultz, Gottes Vorsehung bei Lukas, ZNTW 54 (1963) 104-116.
18
El libro de los Hechos continúa este tema del «Evangelio del Espíritu Santo». En ese libro aparecen 57 referencias al
Espíritu. Cf. Fitzmyer, o.c., 227.
19
Toda la publicación de Proceedings of the FortyFourth Annual Convention of the Catholic Theological Society of
America XLIV, Louisville 1989.
esencia más amplia, esperando con paciencia y perseverancia. Pero la providencia también es
honrada, como lo indica san Vicente (V, 374: «Esperemos con paciencia, pero actuemos; y, por así
decirlo, apresurémonos despacio»), al usar los medios que Dios nos depara para obtener nuestros
fines. Si alguno tuviera la tentación de interpretar la enseñanza de san Vicente sobre la providencia
como una actitud pasiva, debería recordar las palabras del Fundador a Edmundo Jolly: «Ud. es uno
de los pocos hombres que honra grandemente a la providencia de Dios al procurar los remedios
contra los males previsibles. Le doy gracias a Dios en mi humildad por esto y ruego a Nuestro
Señor que continúe iluminándole cada vez más para que esa luz se irradie a través de la Compañía»
(VII, 267).
21
RC CM X, 7; C 47, §1. El artículo de las Constituciones no coincide exactamente con el primer párrafo de las Reglas
Comunes; es más bien un esfuerzo por adaptarlas a las circunstancias de hoy.
22
Cf. Evangelii Nuntiandi 30-39; Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre «Libertad cristiana y
evangelización», 99. Vicente se dio cuenta de la necesidad de afrontar los problemas sociales de su tiempo con
soluciones estructuradas e institucionalizadas (p. e. las comunidades que fundó), pero no fue consciente, como tampoco
sus contemporáneos, de lo que hoy llamamos «estructuras sociales de pecado». En general, él aceptó la situación
política y social (como lo hizo san Pablo con la esclavitud). No obstante, dentro de este contexto, él vio la necesidad de
actuar políticamente al tratar las situaciones de pobreza y usó su influencia en la Corte y en el Consejo de Conciencia
para estos fines. Cf. L. Mezzadri, San Vincenzo de Paul, Paoline, Milano 1986, 69-79; 83-86.
buena gente se vieron tan tocados de Dios, que acudieron a hacer su confesión general… Aquél fue
el primer sermón de la Misión» (XI, 700).
En sus conferencias y cartas, con frecuencia se imagina un Cristo que tiende sus manos al
pecador, con una esperanza confiada en su perdón y enmienda. «¡Oh Salvador! ¡qué dichosos eran
los que tenían la gracia de acercarse a ti! ¡Qué rostro! ¡Qué mansedumbre, qué cordialidad les
demostrabas a todos, para atraerlos! ¡Qué confianza inspirabas a todos los que acudían a tu lado!
¡Oh, qué señales de amor!» (XI, 478). Frecuentemente se centra en el corazón de Jesús: «Echemos
una mirada al Hijo de Dios. ¡Oh, qué corazón tan caritativo! ¡Qué llama de amor!» (XI, 555). Por
este amor tierno es por lo que la Palabra se hace carne: «¡Qué cariñoso era el Hijo de Dios!… Ese
cariño es el que lo hizo venir del cielo; veía a los hombres privados de su gloria y se sintió afectado
por su desgracia» (XI, 560).
En el evangelio de Lucas, a veces llamado el «Evangelio de la Misericordia» 23, el tierno
amor de Jesús por los pecadores es otro de los temas distintivos24
• la pecadora (7,36-50)
• la oveja perdida (15,1-7)
• la moneda perdida (15,8-10)
• el hijo pródigo (15,11-32)
• el fariseo y el publicano (18,9-14)
• Zaqueo (19,1-10)
• el buen ladrón (23,39-43).
Pero en la mente de san Vicente, la liberación que Jesús ofrece a los pobres es una liberación
integral. Por eso, envía a las Hijas de la Caridad a servir a los pobres «espiritual y corporalmente»
(IX, 73. 535: XI, 253. 273). Organiza a las Cofradías y a las Damas de la Caridad para trabajar por
estos mismos fines. A los miembros de la Congregación de la Misión les pone sobre aviso de que
no deben pensar en su misión en términos exclusivamente espirituales: «De modo que, si hay
algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para
cuidarlos; para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que
asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás… Hacer esto es
evangelizar de palabra y de obra» (XI, 393). Deben incluir en sus afanes a los enfermos, los
huérfanos, los locos y hasta los más abandonados (XI, 273).
Estas dos dimensiones de la misión de Jesús confluyen con frecuencia en los escritos de san
Vicente; él ve la evangelización y la promoción del hombre como mutuamente complementarios:
«En esta vocación vivimos de modo muy conforme a nuestro Señor Jesucristo que, al parecer,
cuando vino a este mundo, escogió como principal tarea la de asistir y cuidar a los pobres. Misit me
evangelizare pauperibus. Y si se le pregunta a Nuestro Señor: —¿Qué es lo que has venido a hacer
a la tierra?. —A asistir a los pobres. —¿A algo más? —A asistir a los pobres… ¿No nos sentiremos
23
Cf. Lc 6,36: «Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso». El mismo tema se repite
frecuentemente en el segundo libro de Lucas, los Hechos: cf. 2,38; 3,19; 5,31; 8,22; 10,43; 11,18; 13,24. 38; 17,30;
19,4; 20,21; 26,18; 26,20.
24
Cf. Fitzmyer, oc., 223: Cuando Lc repasa el acontecimiento-Cristo, otro modo como resume su efecto es «el perdón
de los pecados»…
felices nosotros por estar en la Misión con el mismo fin que comprometió a Dios a hacerse
hombre?» (XI, 33s).
Hoy, la unión entre la evangelización y la promoción humana, parte tan natural del espíritu
de san Vicente, es uno de los pivotes de la doctrina social de la Iglesia25.
1. Sencillez
El espíritu de Cristo (IV, 450) es un espíritu de sencillez, que consiste en hablar la verdad
(XII, 463; RC CM II, 4), diciendo las cosas tal como son (I, 200), sin ocultar ni disimular nada (I,
309; V, 440), y refiriéndolo todo a Dios solo (XII, 463; RC CM II, 4). San Vicente está tan
convencido de su importancia que la llama «mi evangelio» (IX, 546), «mi virtud más amada» (I,
310). «¿Sabéis dónde habita Nuestro Señor? –pregunta–. Entre los sencillos» (IX, 726).
Vicente subraya aquí un tema básico del Nuevo testamento: la dedicación de Jesús a la
verdad. El evangelio de Juan enfatiza este rasgo de Cristo:
• Jesús es la verdad (4,6)
• los que andan en la verdad vienen a la luz (3,21)
• la verdad os hará libres (8, 32)
• Jesús da testimonio de la verdad (18,37)
• todo el que es de la verdad escucha su voz (18,37)
Además de estos y otros textos joánicos (cf. Jn 1,17; 4,24; 5,33; 14,6; 16,13; 17,17), el
Nuevo Testamento acentúa la dedicación a la verdad como imperativo moral basado en un dicho del
Señor que aparece en contextos diferentes: «Decid sí, cuando sea sí y no cuando sea no (Mt 5,37;
cf. Sant 5,12; 2Cor 1,17-20).
25
Cf. Sínodo de los Obispos, 1971, Justicia en el mundo, AAS LXIII (1971) 924: «…actuar en favor de la justicia y
participar en la transformación del mundo son elementos integrantes de la predicación del evangelio»; cf. también
Centesimus annus, 5.
26
«Ved la fuerza y el poder de las máximas evangélicas, de entre las que, por ser muchas, he escogido aquellas que son
más apropiadas para los misioneros» (XI, 586). Además de detenerse en los hechos de la vida de Cristo, san Vicente ve
en el Nuevo Testamento una serie de máximas y dichos de los que Cristo es el «autor». Pide a sus seguidores que hagan
lo que Jesús hizo y practique lo que enseñó, sea por un mandato directo o por medio de estas máximas.
Hoy, como en tiempo de san Vicente, la sencillez significa hablar la verdad y es tanto una
importante cualidad como una difícil disciplina, sobre todo cuando está en juego la propia
conveniencia y la verdad es comprometedora. Tal sinceridad o sencillez continúa siendo muy
atractiva al hombre moderno. Sencillez también significa dar testimonio de la verdad, o la
autenticidad personal que hace la vida coherente con las palabras. Hoy somos igualmente
conscientes de que esto conlleva buscar la verdad como investigadores más que poseerla como
«propietarios». Como en tiempos de san Vicente, la sencillez comprende la pureza de intención y
practicar la verdad a través de las obras de justicia y caridad, el llevar un estilo de vida sencillo y el
uso de un lenguaje transparente, especialmente en la predicación. En la Iglesia contemporánea se
pone mucho énfasis especialmente en programas de formación, en integración (un equilibrio de los
distintos valores vitales) que es otra forma de sencillez, o de integridad o de unicidad.
2. Humildad
La humildad, la virtud de Cristo (XI, 745), que él nos enseña «de palabra y con los
ejemplos» (RC CM 7), conlleva el reconocimiento de que todo bien nos viene de Dios (I, 235; VII,
90s). Implica la confesión de nuestra pequeñez y pecados (RC CM 7), junto con una exuberante
confianza en Dios (III, 256; V, 152). Vicente urge a la Compañía, sobre todo, a meditar en «este
admirable modelo de humildad, Nuestro Señor Jesucristo» (XI, 274). Se maravillaba de cómo el
Hijo de Dios «se vació de sí mismo» (XI, 411; cf. Fil 2,7).
Aunque los otros evangelistas y Pablo destacan la humildad (cf. Mt 20,28; Mc 9,35; Jn
13,12-15; Fil 2,5-12), éste es también un tema específicamente lucano, conectado con la llegada de
la salvación a los pobres. Empezando por las narraciones de la infancia, Lc presenta la venida de
Jesús a los humildes. Dios «miró a su sierva en su pequeñez» (1,48); «destronó a los poderosos de
sus tronos y levantó a los pobres en su lugar» (1,52); porque todo el que se exalta, será humillado y
el que se humilla será exaltado (11,14; cf. también 18,14). Jesús recuerda a sus discípulos que el
que es de veras importante se hace pequeño (22,26) y que El está en medio de ellos «como el que
sirve» (22,27). También es Lc el que desarrolla, pone más énfasis en el desarrollo del tema de la
exaltación a través de la humillación (cf. 9,22; 12,50; 24,7. 26. 46). En el libro de los Hechos, repite
que ésta es la clave para entender las Escrituras (Act 8,26-40).
Hoy, como en los días de san Vicente, la humildad comprende el reconocimiento de que
somos criaturas y redimidos, uno y otro signos del amor de Dios. Se manifiesta en la gratitud por
los dones y en verlo todo como venido de la gracia. La humildad se hace concreta en el desarrollo
de una «actitud de siervos», en la voluntad de emprender tareas, incluso meramente manuales, al
servicio del pobre. También se manifiesta en el deseo de ser evangelizados por los pobres «nuestros
amos y señores», como dice san Vicente.
3. Mansedumbre
El mismo Jesús nos dice que Él es manso, escribe san Vicente (RC CM II, 6). Para san
Vicente esta virtud tiene la habilidad de controlar la ira (XI, 475), sea suprimiéndola (XI, 476), sea
expresándola (XI, 476) de una manera controlada por el amor (XI, 476s). Combina la suavidad y la
firmeza (XI, 477). San Vicente escribe a santa Luisa de Marillac, el 1 de noviembre de 1637: «Si la
dulzura de su espíritu necesita un poquito de vinagre, pídale prestado un poco de su espíritu a
Nuestro Señor. ¡Oh, señorita, qué bien sabía El buscar el agridulce cuando era menester!» (I, 408).
Normalmente es el evangelio de Mateo el que cita Vicente al hablar de la mansedumbre de
Jesús (Mt 11,29; cf. 5,5; 21,5). Pero, aunque Lc nunca usa la palabra «mansedumbre» como tal, el
tema es tan característico del tercer evangelio que Dante presenta a Lucas como «el escriba de la
mansedumbre de Cristo» (De Monarchia, I, 18). La misericordia de Jesús (Lc 3,36s), su amor
(15,1s), sus palabras afables (4,22) y su alegría (10,21) difuminan en el evangelio de Lucas el
áspero cuadro pintado por Mc.
Hoy, como en el tiempo de san Vicente, la mansedumbre conlleva la habilidad de controlar
la ira de una manera positiva. Puesto que la ira es una energía natural que surge espontáneamente
dentro de nosotros cuando percibimos algo como malo, puede ser bien y mal usada. Por desgracia,
hay muchos «iracundos» en las comunidades. Pero el ejemplo de san Vicente nos enseña que la ira
puede ser usada para bien. Su escándalo ante la situación de los pobres fue una fuerza poderosa que
le incitó a establecer las Cofradías y las Damas de la Caridad, los Paúles y las Hijas de la Caridad.
También el ejemplo de Vicente muestra que uno puede crecer en amabilidad y acogida.
Confiesa que su inclinación personal era sombría, pero «me convertí al Señor y le pedí con ahínco
que me concediese un espíritu de benignidad y amabilidad. Y, con la gracia de Nuestro Señor, pres
tanda atención a la supresión de los impulsos turbulentos de mi naturaleza, me he curado en parte de
mi triste disposición» (ABELLY, III, 177s).
Hoy la mansedumbre, igual que en tiempos de san Vicente, involucra un crecimiento en la
amabilidad y receptividad que le caracterizaron a él, y también la capacidad de aguantar las ofensas
con valentía e indulgencia.
4. Mortificación
Jesús es modelo de mortificación. «No perdamos de vista la mortificación de Nuestro Señor,
viendo que, para seguirle, estamos obligados a mortificarnos siguiendo su ejemplo» (XI, 524).
Vicente define la mortificación como la sujeción de las pasiones a la razón (IX, 694). En sus
conferencias tiene un lugar preferente. En ellas, la describe como la negación de los sentidos
externos (vista, oído, gusto, tacto y olfato: IX, 41. 696. 770. 846. 873. 968; XI, 574), de los sentidos
internos (entendimiento, memoria y voluntad: IX, 770, 846, 873), de las pasiones del alma (de las
que, para él, las más importantes son amor-odio, esperanza-desesperanza: IX, 848). Para motivar a
sus comunidades a practicarla, cita con frecuencia dichos del Nuevo Testamento que la
recomiendan (cf. IX, 169, 697s. 967).
Una vez más, el lector se dará cuenta de que éste es un tema prominente en Lucas, cuyo
primer libro es a veces llamado «Evangelio de la Renuncia Absoluta»:
• los discípulos lo dejan todo para seguir a Jesús (5,11)
• deben tomar la cruz y seguirle (9,23)
• no se puede poner la mano en el arado y volver atrás (9,26)
• deben venderlo todo y darlo en limosnas (12,33)
• deben odiar padre, madre, esposa; hijos, hermanos, hermanas, incluso la propia vida
(14,62)
• tienen que renunciar a todo (14,33)
• Jesús ha de sufrir mucho antes de establecer el reino de Dios (17,25)
• era necesario que fuera crucificado (24,7)
• Cristo ha de sufrir para entrar en su gloria (24,26)
• tiene que sufrir y resucitar (24,46).
Hoy día la mortificación es mal entendida y, por ello, impopular, tal vez debido a algunas
distorsiones de los escritores espirituales en su teoría y práctica. Pero es un valor evangélico muy
importante. El «ascetismo funcional» contemporáneo enfatiza que la mortificación es una renuncia
de algo bueno por algo mejor. Conlleva definir nuestros fines y canalizar nuestras limitadas
energías hacia ellos. También es, como lo expresa K. Rahner27: «practicar la muerte», que es nuestra
última renunciación. En su práctica puede conllevar cosas como: responder prontamente a las
necesidades de la comunidad, particularmente la aceptación de los destinos; ser fiel a los deberes de
nuestro estado en la vida y darles preferencia cuando entran en conflicto con otras cosas más
agradables; trabajar fuerte, levantarse pronto por la mañana para fortalecer la oración de la
comunidad; ser parcos en obtener y aceptar bienes materiales; ser moderado en la comida y la
bebida; usar con sentido crítico la televisión, la radio, el cine y otros medios de comunicación
social; reprimir expresiones críticas y que causan división; ser moderados en pedir privilegios;
buscar la compañía de los que nos son menos agradables tanto como la de los que nos atraen; dar
generosamente de nuestro tiempo para tomar parte en los procesos modernos para tomar decisiones.
5. Celo
El celo es el amor ardiente que llena el corazón de Jesús. «Pidamos a Dios este espíritu para
toda la Compañía, este corazón, este corazón que nos hace ir a cualquier parte, ese corazón del Hijo
de Dios, corazón del Hijo de, Dios, que nos dispone a ir como Él iría y como El habría ido si
hubiera creído conveniente su sabiduría eterna marchar a trabajar por la conversión de las naciones
pobres» (XI, 190). El fuego del amor habilita al misionero para ir a cualquier parte y hacer todas las
cosas: «Sí, la Misión lo puede todo, porque tenemos en nosotros el germen de la omnipotencia de
Jesucristo» (XI, 123). «El amor de Cristo nos empuja» (2Cor 5,14) se convierte en el lema de las
Hijas de la Caridad.
El celo es la virtud de la acción misionera. «Si el amor de Dios es el fuego, el celo es su
llama; si el amor es el sol, el celo son sus rayos» (XI, 590s. 553). Su fin es «extender el reino de
Dios». Es el amor en acción. «Amemos a Dios, hermanos míos –clama Vicente a los misioneros–
amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente.
Pues muchas veces los actos de amor a Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes
afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin
embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo» (XI, 733).
El amor efectivo, encendido en el deseo de extender el reino de Dios, es naturalmente el
meollo del Nuevo Testamento. Es también la virtud por la que Vicente de Paúl es mejor conocido y
en servicio de la cual organizó a tantos hombres y mujeres. Se podrían citar muchos textos del
Nuevo testamento (cf. Mt 25,31-46; Rm 13,8; 1Cor 13,13) que apuntan su importancia. Tal vez los
más numerosos sean los del conjunto de textos de Juan (cf. Jn 3,16; 13,34s; 1Jn 2,10; 3,16. 18. 23;
4,7s. 11. 19-21; 5,1s).
San Vicente contrapone el celo genuino a sus dos extremos: la pereza (o falta de fervor) y el
entusiasmo indisciplinado (RC CM XII, 11). La primera aparece escondida bajo la capa de
27
Sobre la teología de la abnegación, en Escritos de Teología III, 61-71.
preocupación por la propia salud; el otro, dice, enmascara con frecuencia el egoísmo o la ira y
puede resultar en daño propio y de los demás. Acerca de este último tuvo que poner sobre aviso a
Luisa de Marillac (I, 158), y a sus cohermanos Bernardo Codoing y Pedro Escart (II, 116).
Hoy el celo se presenta como «disponibilidad», o voluntad de ir a donde sea para servicio
del evangelio. Es un amor que es «inventivo hasta el infinito» (XI, 65) y es, por ello, creativo,
perseverante y fiel. Por ello, la persona de celo, sobre todo en tiempos de cambio, se entrega a la
formación continuada para adaptarse a nuevas obras o nuevas circunstancias o a la «modernidad»
dentro de su vida (como «una segunda profesión» o «el retiro»). El celo, al ser contagioso y
expansivo, se manifiesta también en un anhelo de trabajadores para la cosecha.
Los dos extremos de los que habló san Vicente también tienen ropajes contemporáneos. La
«insensibilidad» aparece hoy con frecuencia como lo que los filósofos contemporáneos llaman
«inatentividad» (incapacidad para percibir o ser afectado por los clamorosos problemas del mundo
moderno, tal como la disparidad creciente entre ricos y pobres), uno de los grandes pecados
modernos. El «entusiasmo indiscriminado» sigue apareciendo bajo la forma de trabajo excesivo y
agotamiento.
Una palabra para terminar. El espíritu vicenciano aquí descrito, si ha de permanecer vivo y,
por tanto, verdadero espíritu, debe, por una parte, estar firmemente enraizado en la tradición
vicenciana y, por otra, estar continuamente renovándose en cada época histórica. Las formas
concretas en que este espíritu toma cuerpo pueden, y a veces deben, cambiar y variar
significativamente de tiempo en tiempo. Por esta razón la Congregación debe, a través de una
meditación llena fe sobre el evangelio y una atención creativa a las necesidades de los pobres y del
clero, permanecer en un estado continuo de renovación (C 2).