INMACULADA
TEXTOS
1. Anuncio de una nueva humanidad
El dogma de la Inmaculada Concepción, tan discutido y controvertido durante varios siglos
hasta su promulgación por Pío IX el 8 de diciembre de 1854, puede aparecer a primera vista
como un problema especulativo de la teología y sin mayor relación con la vida cristiana.
Podemos preguntarnos, en efecto, qué importancia tiene para la historia de la Salvación el
hecho de que María hubiese sido concebida sin pecado original por una anticipación de los
méritos de la redención de Cristo. Generalmente se arguyó que era necesario por su
condición de madre de Jesús y que la misma santidad del hijo exigía tal santidad en la
madre desde el primer momento de su existencia.
Pero, ¿qué evangelio o buena noticia es este acontecimiento para nosotros, hoy?
Pensamos que no basta hacer un panegírico de María ensalzando el prodigio maravilloso
del que fuera objeto. Si María es signo y prototipo de la Iglesia, su inmaculada concepción
ha de traducirse en algo significativo también para la vida de la comunidad cristiana.
En esta dirección han de orientarse nuestras reflexiones, viendo a María como el símbolo
de todo el linaje humano en lucha contra el pecado hasta vencer en Cristo todo cuanto diga
relación con la «serpiente infernal»; símbolo de la Iglesia, templo santo de Dios, santificado
por el Espíritu Santo.
En fin, en María Dios nos llama a una total y radical santidad.
Hoy celebramos la festividad de la Inmaculada Concepción de María. ¿Qué significa esto
concretamente?
María aparece como la primera redimida por Jesucristo, llena de gracia y de santidad,
viviendo en plenitud la nueva vida que Cristo resucitado derrama mediante el Espíritu.
En este sentido, es reconocer la obra salvadora de Dios en su humilde servidora; y es
alegrarnos con María por su fidelidad al Padre.
Sin embargo, la fiesta de hoy es mucho más aún. María no está aislada de la comunidad
de los que creen. En ella se realiza en forma excelsa y superior algo que debe realizarse en
cada uno de nosotros y en toda la Iglesia, comunidad de los que creen.
María, santa e inmaculada desde su concepción, es una llamada y un modelo de esa
santidad en la cual todos nosotros fuimos concebidos desde el nacimiento en las aguas
bautismales.
También nosotros fuimos concebidos santos e inmaculados por Dios en Cristo, para que
ese Cristo viva en nosotros y despliegue en nuestra vida la fuerza de su liberación.
Si reflexionamos sobre las tres lecturas de hoy, descubriremos todo el significado que
esta festividad tiene para todos "los hijos de mujer".
La primera lectura, llamada comúnmente Proto-evangelio -primer anuncio gozoso de la
salvación-, es una representación simbólica de la larga y constante lucha que se entabla en
nuestro corazón entre el bien y el mal, entre el amor y el egoísmo, entre la luz y las
tinieblas.
En efecto, el texto bíblico del Génesis nos presenta al hombre y a la mujer frente a su
pecado. Dios los descubre y les hace tomar conciencia de esa lastimosa situación que
constantemente los desgarra interiormente: el pecado.
El hombre se siente dividido entre dos «yo» que luchan entre sí; un hombre tironeado por
dos fuerzas opuestas que se disputan el terreno de la conciencia.
Es la lucha que viene desde Adán y Eva, o sea, desde que el hombre es hombre; desde
que nace hasta que muere.
Hombre y mujer reconocen que una serpiente ha anidado dentro de su mismo ser y
desde allí inocula su veneno mortal. Llevan en su interior la semilla del egoísmo, de la
envidia, de la ambición, de la prepotencia, de la mentira, de las excusas encubridoras tan
bien puestas de relieve por el relator del texto. Hombre y mujer viven una permanente
guerra civil interna.
Y desde ese horizonte de constante lucha interior y de sometimiento a la fuerza del
pecado, pecado destructor de la obra del hombre, emerge la Palabra de Dios, el primer
evangelio de la esperanza: "Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la
suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú le hieras el talón."
Es el anuncio de una humanidad que como linaje de mujer alcanzará finalmente la
victoria, aplastando la cabeza del pecado opresor. De la misma humanidad que gime bajo el
yugo de las tinieblas, ha de surgir la salvación.
Tal es el sentido de esta página bíblica que hoy la Iglesia aplica a María y a su hijo.
En efecto, a partir del Nuevo Testamento descubrimos que esta promesa divina se
cumple históricamente cuando un descendiente de mujer, Jesús, vence al pecado en una
vida de perfecta santidad y obediencia al Padre.
Jesús nace "de mujer", de la mujer que es el pueblo de Dios encarnado en la doncella
María. María y Jesús protagonizan la ardua batalla en favor de los intereses de Dios, que
son los intereses del hombre oprimido. María y Jesús se hallan indisolublemente unidos en
la lucha contra el pecado y en la vivencia de la santidad.
En síntesis: María y Jesús son la expresión del amor misericordioso de Dios, que no se
olvida de los hombres; llamados siempre, desde Adán, a la vida de comunión con el Padre.
2. Llamamiento y exigencia a la santidad
Por todo esto, la Iglesia en su liturgia quiere que escuchemos y hagamos nuestras las
palabras de Pablo en su Carta a los Efesios: Dios nos ha bendecido con toda clase de
bendiciones, nos ha elegido y predestinado en Cristo para que fuésemos santos e
inmaculados en su presencia, transformándonos así en hijos y herederos.
No cabe duda de que la liturgia quiere aplicar estas palabras, en primer lugar, a María,
llamada desde siempre a la santidad. Ella es la primera bendecida por Dios, la primera que
recibió a Jesús como una exigencia de vida nueva y de fidelidad a la Palabra.
De ella podemos decir hoy que, como hija y heredera de la gloria divina, fue redimida por
la sangre de Cristo "tras haber escuchado la Palabra de la verdad, la buena noticia de la
salvación, y creído en él, siendo sellada con el Espíritu de la promesa» (Ef 1,13).
Mas también es cierto, como ya hemos insinuado, que María fue elegida y llamada como
primicia de toda la comunidad de los que, después de haber creído como ella en la Palabra
divina, fueron santificados por el Espíritu Santo.
El autor de la Carta a los Efesios (Pablo o algún discípulo suyo) no duda en afirmar que
todos nosotros fuimos llamados desde siempre a la más total y perfecta santidad: para ser
"santos e inmaculados".
En este sentido, la festividad de hoy es un llamamiento y un recuerdo de la exigencia del
Bautismo: vida nueva en santidad, concebidos como hijos de Dios.
Esta festividad debe despertar nuestra vocación a la santidad. María no fue una
semidiosa o un ser extraterrestre que por una serie de prodigios cumplió su misión. No; ella
es la primera creyente del pueblo de Dios, que supo entregarse de lleno al cumplimiento de
la voluntad de Dios, dando su generoso «sí» cada vez que la Palabra la llamaba a un
mayor grado de obediencia: "Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu
palabra."
Como María, toda la Iglesia es llamada «santa». Decimos «la santa madre Iglesia» como
decimos: "la santa madre de Dios", no porque en la Iglesia y en sus miembros no exista la
realidad del pecado, sino porque toda ella ha sido llamada por vocación primordial a la
santidad.
Es santa en Cristo que la redimió y liberó de sus pecados, bañándola en su propia
sangre para transformarla en una esposa santa e inmaculada (Ef 5,26-27).
En síntesis: la festividad de hoy no solamente nos anuncia la buena noticia de que el
linaje de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente, sino que también nos llama a unirnos
a Cristo para aplastar esa empecinada cabeza del pecado, tal como lo hizo María al
concebir por la fe a Cristo.
Y si por la primera madre pudo entrar la rebeldía y el egoísmo al mundo, por la segunda
nos llega la santidad en la obediencia filial y en el amor.
3. Engendrar a Jesús
Es así como la tercera lectura, en el conocidísimo evangelio de la Anunciación, nos
presenta a María en el momento más culminante de su vida. Los tiempos anunciados ya se
han cumplido; la promesa cede el paso a la realidad.
La mujer-humanidad deja de ser maldita para transformarse en "llena de gracia", pues el
«Señor de la liberación» está con ella.
María concibe y engendra, cual nueva Eva, a un hijo que es el santo y el hijo de Dios.
Ese hijo es Jesús, hijo de María; y ese hijo es el cristiano, hijo de la comunidad de fe.
María es la figura simbólica del antiguo pueblo de Dios, que por ella llega a la liberación;
y es también la figura del nuevo pueblo que, enraizado en el antiguo, engendra al liberador
y a cuantos escuchan su evangelio de esperanza.
El nuevo pueblo, la comunidad-esposa-madre, lleva en su seno a Cristo; al Cristo de la
fe, quien por la fe engendra nuevas criaturas de una raza maldita y oprimida.
Si la antigua humanidad ("antigua" por el tiempo y por la mentalidad) se dejó seducir por
la serpiente, la nueva se deja impulsar por el Espíritu: el mismo que engendró a Jesús en el
seno obediente de María; el mismo que es derramado en nuestros corazones si nos
abrimos a la Palabra.
Hoy celebramos la festividad de la Inmaculada Concepción de María. Hoy descubrimos a
María, totalmente vaciada de sí misma y de toda sombra de egoísmo, repleta de la gracia
divina, que es el mismo Cristo Jesús, el que da sentido a su vida.
María está llena de Jesús, no solamente porque lo llevó en su seno sino porque lo abrazó
por la fe y lo siguió por el camino de la cruz, cumpliendo de esta forma toda la palabra a
cuyo servicio consagró su vida.
En María descubrimos, a su vez, a la Iglesia, comunidad que cree en la Palabra y que
quiere llenarse de Jesús, Reino de Dios y vida nueva.
La inmaculada concepción de María es el signo de que la salvación de Dios por medio de
Cristo es total v absoluta. Dios se jugó el todo por el todo, y no admite mediocridades
cuando de vivir se trata.
Es cierto que hoy nos felicitamos por la santidad humilde y servicial de María; pero
también es cierto que si esta festividad no nos impulsa a vivir nuestra vocación de santidad,
lo que hacemos en la liturgia sería un tremendo contrasentido.
Pero vale la pena que pongamos los ojos en María, si hacemos nuestro el pensamiento
de la Carta a los Efesios, dando gracias a Dios, que
«nos eligió en la persona de Cristo
para que fuésemos santos e inmaculados ante él por el amor».
La fiesta de la Inmaculada Concepción de María, sin una exigencia de santidad por parte
nuestra, es simplemente una burda farsa.
(·BENETTI-A/1.Págs. 53-59)
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H-19.
1. Anuncio de una nueva humanidad
El dogma de la Inmaculada Concepción, tan discutido y controvertido durante varios
siglos hasta su promulgación por Pío IX el 8 de diciembre de 1854, puede aparecer a
primera vista como un problema especulativo de la teología y sin mayor relación con la
vida
cristiana.
Podemos preguntarnos, en efecto, qué importancia tiene para la Historia de la Salvación
el hecho de que María hubiese sido concebida sin pecado original por una anticipación de
la Redención de Cristo. Generalmente se arguyó que era necesario por su condición de
madre de Jesús y que la misma santidad del hijo exigía tal santidad en la madre desde el
primer momento de su existencia.
Pero, ¿qué evangelio o buena noticia es este acontecimiento para nosotros, hoy?
Pensamos que no basta hacer un panegírico de María, ensalzando el prodigioso
acontecimiento de que fuera objeto. Si María es signo y prototipo de la Iglesia, su
inmaculada concepción ha de traducirse en algo significativo también para la comunidad
cristiana.
En esta dirección han de orientarse nuestras reflexiones, viendo a María como el símbolo
de todo el linaje humano en lucha contra el pecado hasta vencer en Cristo todo cuanto diga
relación con «la serpiente infernal»; María, símbolo de la Iglesia, templo de Dios, renovado
por el Espíritu.
En fin, en María Dios nos llama a todos a una total y radical santidad.
Hoy celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción de María. ¿Qué significa esto
concretamente? María aparece como la primera redimida por Jesús, llena de gracia y de
santidad, viviendo en plenitud la nueva vida que Cristo resucitado derrama mediante el
Espíritu.
En ese sentido, es reconocer la obra salvadora de Dios en su humilde servidora; y es
alegrarnos con María por su fidelidad al Padre.
Sin embargo, la fiesta de hoy es mucho más aún. María no está aislada de la comunidad
de los creyentes. En ella se realiza de forma excelsa y superior algo que debe realizarse en
cada uno de nosotros y en toda la Iglesia.
María, santa e inmaculada desde su concepción, es una llamada y un modelo de esa
santidad en la cual todos nosotros fuimos concebidos desde el nacimiento en las aguas
bautismales.
También nosotros fuimos concebidos santos e inmaculados en Cristo, para que ese
Cristo viva y crezca en nosotros, desplegando la fuerza de la liberación.
P-O/SENTIDO:La primera lectura de hoy -llamada comúnmente Proto-evangelio o primer
anuncio de la salvación- es una representación simbólica de la larga y constante lucha que
se entabla en nuestro corazón entre el amor y el egoísmo, entre la luz y las tinieblas.
En efecto, el texto bíblico del Génesis nos presenta al hombre y a la mujer frente a su
pecado. Dios los descubre y los hace tomar conciencia de esa lastimosa situación que
constantemente los desgarra interiormente: el pecado.
El hombre se siente dividido entre dos «yo» que luchan entre sí; sufre los tirones de dos
fuerzas que se disputan el terreno de la conciencia.
Es la lucha que viene desde «Adán y Eva», es decir, desde que el hombre es hombre;
desde que nace hasta que muere.
Hombre y mujer reconocen que una serpiente ha anidado dentro de su mismo ser y
desde allí inocula su mortal veneno. Llevan en su interior la semilla del egoísmo, de la
envidia, de la ambición, del poder, de la violencia, de la mentira, de las excusas
encubridoras... Hombre y mujer viven una permanente guerra civil interna.
Y desde ese horizonte de constante lucha interior y de sometimiento a la fuerza del
pecado, pecado destructor de la obra del hombre, emerge la Palabra de Dios, el primer
evangelio de la esperanza: «Establezco hostilidad entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la
suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú hieras su talón.» Es el anuncio de una
humanidad que como linaje de mujer alcanzará finalmente la victoria, aplastando la cabeza
del pecado agresor; de la misma humanidad que gime bajo el yugo de las tinieblas, ha de
surgir la salvación.
Tal es el sentido de esta página bíblica que hoy la Iglesia aplica a María y a su hijo
Jesús.
En efecto, a partir del Nuevo Testamento descubrimos que esta promesa divina se
cumple históricamente cuando una descendencia de mujer, Jesús, vence al pecado en una
vida de perfecta santidad.
Jesús nace de mujer, de la mujer que es el pueblo de Dios encarnado en la doncella
María. María y Jesús se hallan indisolublemente unidos en la lucha contra el pecado y en la
vivencia de la santidad.
En síntesis: María y Jesús son la expresión del amor misericordioso de Dios, que no se
olvida de los hombres; llamados siempre, desde Adán, a la vida de comunión con el Padre.
Dios y la humanidad hacen alianza para siempre.
2. Tratamiento y exigencia de santidad
Por todo esto la Iglesia, en su liturgia, quiere que escuchemos y hagamos nuestras las
palabras del autor de la Carta a los efesios: Dios nos ha bendecido con toda clase de
bendiciones, nos ha elegido y predestinado en Cristo para que fuésemos santos e
inmaculados en su presencia, transformándonos así en hijos y herederos.
No cabe duda de que la liturgia quiere aplicar estas palabras, en primer lugar, a María,
llamada desde siempre a la santidad. Ella es la primera bendecida por Dios, la primera que
recibió a Jesús como una exigencia de vida nueva y de fidelidad a la Palabra.
De ella podemos decir hoy que, como hija y heredera de la gloria divina, fue redimida por
la sangre de Cristo «tras haber escuchado la Palabra de la verdad, la buena noticia de la
salvación, y creído en él, siendo sellada con el espíritu de la promesa» (Ef 1,13).
Mas también es cierto, como ya hemos insinuado, que María fue elegida y llamada como
primicia de toda la comunidad de los que, después de haber creído como ella en la Palabra,
fueron santificados por el Espíritu Santo.
El autor de la Carta a los efesios no duda en afirmar que todos nosotros fuimos llamados
desde siempre a la más total y perfecta santidad: para ser «santos e inmaculados».
En este sentido, la festividad de hoy es un llamamiento y un recuerdo de la exigencia del
bautismo: vida nueva en santidad, concebidos como hijos de Dios.
Esta festividad debe despertar nuestra vocación a la santidad. María no fue una
semidiosa o un ser extraterrestre que por una serie de prodigios cumplió su misión.
No; ella es la primera creyente del pueblo de Dios, que supo entregarse de lleno al
cumplimiento de la voluntad de Dios, dando su generoso "sí" cada vez que la Palabra la
llamaba a un mayor grado de obediencia: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí
según tu palabra.» Como María, toda la Iglesia es llamada «santa». Decimos «la santa
Madre Iglesia» como decimos: "la santa Madre de Dios", no porque en la Iglesia y en sus
miembros no exista la realidad del pecado, sino porque toda ella ha sido llamada por
vocación primordial a la santidad. Es santa en Cristo, que la redimió y liberó de sus
pecados, bañándola en su propia sangre para transformarla en una esposa santa e
inmaculada (Ef 5,26-27).
EVA/M:M/EVA:En síntesis: la festividad de hoy no solamente nos anuncia la buena
noticia de que el linaje de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente, sino que también
nos llama a unirnos a Cristo para aplastar esa empecinada cabeza del pecado, como hizo
María al concebir por la fe a Cristo.
Y si por la primera madre pudo entrar el egoísmo y la rebeldía en el mundo, por la
segunda nos llega la santidad en la obediencia filial y en el amor.
Concluyendo...
Hoy celebramos la festividad de la Inmaculada Concepción de María. Hoy descubrimos a
María, totalmente vaciada de sí misma y de toda sombra de egoísmo, repleta de la gracia
divina, que es el mismo Cristo Jesús, el que da sentido a su vida.
María está llena de Jesús, no solamente porque lo llevó en su seno sino porque lo abrazó
por la fe y lo siguió por el camino de la cruz, cumpliendo de esta forma toda la Palabra a
cuyo servicio consagró su vida.
En María descubrimos, a su vez, a la Iglesia, comunidad que cree en la Palabra y que
quiere llenarse de Jesús, Reino de Dios y vida nueva.
La Inmaculada Concepción de María es el signo de que la salvación de Dios por medio
de Cristo es total y absoluta. Dios se jugó el todo por el todo, no admite mediocridades
cuando de vivir se trata.
Es cierto que hoy nos felicitamos por la santidad humilde y servicial de María; pero
también es cierto que si esta festividad no nos impulsa a vivir nuestra vocación de santidad,
lo que hacemos en la liturgia sería un tremendo contrasentido.
Pero vale la pena que pongamos los ojos en María, si hacemos nuestro el pensamiento
de la Carta a los efesios, dando gracias a Dios, que «nos eligió en la persona de Cristo
para que fuésemos santos e inmaculados ante El por el amor».
La fiesta de la Inmaculada Concepción de María, sin una exigencia de santidad por parte
nuestra, es simplemente una burda farsa.
(·BENETTI-B/1.Págs. 25 ss.)
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H-20. ICONO ·DAMASCENO-Juan-SAN
La Virgen de las tres manos
Las Iglesias orientales tienen múltiples y muy bellas representaciones de María. Una de
ellas, muy peculiar, es la de «la Virgen de las tres manos». La historia de este curioso icono
parece remontarse al siglo Vlll, época en que en el Imperio de Constantinopla hubo una
fuerte polémica entre los defensores y los detractores de los iconos.
En esta lucha se distinguió un gran defensor de los iconos, Juan, natural de Damasco. El
emperador León Isáurico, que se oponía a los iconos, le cortó la mano derecha y la expuso
en público. Cuenta la leyenda que Juan, durante la noche oró ante un icono de María,
prometiendo que usaría siempre la mano derecha en servicio de la Virgen si la recuperaba.
Así sucedió y, en agradecimiento, aquel Juan Damasceno, además de componer muchos
himnos y homilías en honor de María, hizo colgar como exvoto sobre el icono ante el que
había orado, una mano de plata. De ahí surgió ese peculiar icono que se conserva en el
monte Athos y del que existen numerosas copias.
La historia es bonita, como tantas otras leyendas y tradiciones del pasado que muestran
la devoción del pueblo cristiano hacia la madre de Dios. Como ya sabéis, los dos últimos
dogmas marianos: el de la Inmaculada y el de la Asunción de María, han brotado, de una
forma muy importante, de la fe del pueblo cristiano.
INMA/DOGMA:Incluso en el dogma de la Inmaculada concepción, hubo grandes santos
que consideraban que la Virgen María no necesitaba este título. Especialmente
representativo es san Bernardo, un hombre que se distinguió por su gran fervor mariano y
que insistía en que María no necesitaba de este título que los fieles querían atribuirle. La
gran dificultad de los teólogos medievales para admitir la concepción inmaculada de María
era la necesidad universal de la redención de Cristo: todos los hombres, también María,
necesitaba esa redención.
Fue la piedad popular la que intuyó que esa mujer, a la que el libro del Génesis
presentaba estableciendo hostilidades con la serpiente, era un protoevangelio, una primera
buena noticia, de la que iba a ser madre de Dios y, también, inmaculada. El pueblo cristiano
intuyó aquello que luego formularía académicamente la teología: "Potuit, decuit, ergo fecit»
(«Dios tenía poder para hacerla inmaculada; era conveniente que así lo fuese la que iba a
ser madre de Dios y, por tanto, así lo hizo Dios". Es un argumento, que parece frío e
intelectual en su formulación, pero que expresa la valoración del pueblo sencillo hacia la
madre en general y, en concreto, hacia la destinada a ser madre de Dios.
La liturgia elige para la fiesta de hoy, con todo acierto, un fragmento de la Carta a los
efesios en el que se presenta el destino final al que están llamados los cristianos. Hay un
término que se repite hasta tres veces: "En la persona de Cristo". Porque es "en la persona
de Cristo" en la que los cristianos nos sentimos llamados, elegidos y destinados a la
plenitud de los hijos de Dios.
Vendrá un día en que todo seguidor de Cristo llegará a esa plenitud. Mientras tanto,
proclamar a María Inmaculada es afirmar que, «en la persona de Cristo», ella fue bendecida
plenamente con toda clase de bienes espirituales y celestiales; fue elegida para ser santa e
irreprochable por el amor; fue destinada a la plenitud de la gracia. Por eso es, sin esperar al
fin de los tiempos y desde su concepción, inmaculada, la sin pecado. Y todo ello, «en la
persona de Cristo», por los méritos de Cristo, por el que nos viene la redención universal.
Lo que Dios podía hacer -potuit-; lo que era oportuno que hiciese -decuit-; realmente lo
hizo
en María -fecit- «en la persona de Cristo».
La iconografía de la Iglesia occidental no es menos bella que la oriental en la
representación de María. Y uno tiene que pensar en las maravillosas Anunciaciones -el
relato del evangelio de hoy- de aquel fraile dominico, el beato Angelico de Fiesole, que
según la tradición pintaba de rodillas. No son representaciones de la Inmaculada -como las
famosas Purísimas de nuestro Murillo-, pero están reflejando la pureza, la inocencia de
María.
Fue precisamente al recibir el mensaje del ángel cuando María escuchó una alabanza,
que es otra forma de llamarla inmaculada: kecharitomene, la «llena de gracia». Y se dio ese
título no a una muchacha vestida como las damas florentinas, ni en los bellos jardines de la
Toscana que pintaba Fra Angelico. Fue en una pobre gruta, como la de la cripta de la
Basílica de la Anunciación en Nazaret, donde María recibió ese título de «llena de gracia»,
que es otra forma de llamarla -ahora de manera positiva- inmaculada.
Hoy confesamos a María «Inmaculada», de la misma forma que el pueblo cristiano
español la llamó «Purísima». Y ese nombre suscita resonancias profundas en nosotros: nos
sentimos atraídos por la limpieza, la frescura, la inocencia y la verdad de aquella mujer en
que se hizo realidad plena esa santidad a la que lo mejor del corazón humano se siente
elegido y destinado. Cuando hay en nosotros tanta ambigüedad, tanto deseo inconfesado,
tanta hipocresía y falsedad, tanto barro y miseria..., sentimos la atracción por la verdad pura
de la que fue Inmaculada, Purísima.
Pero María no sólo fue negativamente inmaculada, la sin-mancha, la sin-pecado. María,
como dice la Carta a los efesios, fue santa e irreprochable en el amor. María fue mucho
más que incontaminación, pureza o inocencia. María fue sobre todo «irreprochable en el
amor», y el amor es mucho más que la incontaminación, que la falta de pecado. Amor es
entregarse a uno mismo, es volcar la propia vida en los otros.
Si Jesús llega a afirmar que a María no le habría valido para nada haberle llevado en su
vientre, si no hubiese cumplido la voluntad de Dios, creo que también podemos decir que
de nada le hubiese valido haber sido la «sin-mancha», si no hubiese sido irreprochable en
el amor, si no hubiese vivido positivamente todo lo que el amor significa. Por eso el mismo
evangelio de la anunciación, que la llama «llena de gracia», continúa con el relato del viaje
apresurado de María a servir y a dar alegría a su prima Isabel en la montaña de Judea. Eso
es ser "irreprochable en el amor".
Es lo que refleja la contemplación de las manos de María: manos cálidas y fuertes de
María que acariciaron y sostuvieron a su Hijo..., «pero manos callosas, endurecidas por el
voltear de la piedra que muele el trigo, o por el partir de la leña del fuego. Manos ásperas y
cortadas del agua fría del río. Manos manchadas de grasa y de hollín. Manos temblorosas
cerrando los ojos del esposo querido. Manos que desearon ser de pluma y algodón para
recibir el cuerpo llagado del hijo bajado de la cruz». Así fueron también las manos de María
y no sólo las que pintaron Murillo o el beato Angelico de Fiesole.
En la fiesta de san Luis Gonzaga la liturgia dice que «si no hemos sabido imitarle en su
vida inocente, sigamos al menos fielmente su ejemplo de penitencia». Podríamos hoy decir
que, ya que estamos lejos de la inocencia, de la verdad, de la limpieza de María
Inmaculada, intentemos luchar para imitarla en el amor; un amor que tendrá ciertamente
ambigüedades, incoherencias, miserias. Porque no podemos imitar a las manos
inmaculadas y sin mancha que pintaban Murillo o Fra Angelico, pero sí podemos luchar por
vivir en el amor con las manos manchadas de grasa y hollín, de ambigüedad e intereses
propios, abiertas por nuestras resistencias y luchas interiores ante las exigencias del
amor.
Desde ahí adquiere un nuevo símbolo aquel icono de la Virgen de las Tres Manos de
Juan de Damasco. Algunos la han interpretado como la mano protectora de la madre de
Dios que nos ayuda en nuestras necesidades, como hizo con san Juan Damasceno. Esa
mano puede ser hoy también nuestra propia mano; una mano no de plata sino manchada
de hollín y grasa, que no es santa e irreprochable en el amor, pero que intenta ser una
mano fuerte, una mano amiga, una mano que sirve, una mano que ama.
(·GAFO-J-2.Pág. 396 ss.)
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H-21. MARÍA, RECREACIÓN DE DIOS
Desde muchos ángulos --de la intelectualidad y de la cultura popular-- se ha solido lanzar
la idea de que Dios, si existe, es un Dios lejano y displicente, totalmente despreocupado del
devenir de la historia y de los hombres. Un Dios embebido en su propia contemplación,
impasible el ademán, narciso hasta el infinito.
Y, sin embargo, a nada que uno profundice en eso que llaman «ópera Dei ad extra»,
tiene que ir reconociendo a un Dios «preocupado», que «empleó mucho tiempo»
--perdonad todos los antropomorfismos-- en la tarea de «enriquecer al hombre». Un Dios
perfeccionista que primero «pensó» las cosas muy bien y, después, las llevó a la práctica
mejor. Y digo estas cosas pensando en María Inmaculada, a la que hay que contemplar en
tres momentos.
SU PREHISTORIA.--«Dios vio que todo era bueno». Eso va diciendo el Génesis, al
hablar de Dios-creador. Buenos eran el firmamento y la luz. Buenos los mares y la tierra.
Buenos los animales y plantas. Bueno el hombre «creado a su imagen». Y buena la
libertad, ya que, con ella, podría también el hombre hacer cosas buenas. Pero ahí estuvo
precisamente el problema, ya que el hombre, acostumbrado a tanta bondad, dejó caer,
sobre la blancura de la historia, la mancha de su suficiencia, contaminándolo todo.
Pues, bien. Pudo ahí haberse roto la baraja. Pero fue justamente al revés. Ya que,
entonces, surgió en Dios --¿Dios displicente?-- la idea de una nueva creación. Pensó en un
nuevo firmamento --¡María!-- en el que pudiera «poner su morada» el mismísimo Hijo de
Dios, la luz indeficiente. Eso quieren decir aquellas palabras: «Pondré enemistades entre ti
y la Mujer...». Ahí comenzó el Adviento. Y luego, «En la plenitud de los tiempos...».
SU HISTORIA.--La conocéis. Bajó el Angel a Nazaret y pronunció el piropo de la historia:
«Dios te salve, llena de gracia». Es decir, la Inmaculada. Es decir, la re-creación de Dios.
Es decir, la «digna morada» para Aquel que nos traía la «salvación». María, ya lo sabéis,
dio su consentimiento. Y, al hacerlo, además de hacer realidad al Enmanuel, dio ocasión al
P. Astete para que escribiera aquel asombroso párrafo que siempre se nos atrangantaba:
«En las entrañas de la Virgen María formó el Espíritu...».
LA POST-HISTORIA.--Somos tú y yo, amigo. La poshistoria es darnos cuenta de que
también a nosotros, por ese Enmanuel que ella nos trajo, se nos ha dado la posibilidad de
«ser santos e inmaculados», de «borrar nuestras culpas en la sangre del cordero», de
poder aspirar a «ser perfectos como el Padre celestial», de «no solamente llamarnos, sino
ser de verdad hijos de Dios», de tener, en fin, la suerte de pertenecer a «un pueblo santo, a
una nación consagrada, a un pueblo sacerdotaL.. ».
¿Dios lejano y distraído, embebido en su propia contemplación? Basta mirar a la
Inmaculada para tener certeza de todo lo contrario. Era conveniente --decuit-- que fuera así
de «inmaculada» y «llena de gracia» la que iba a ser la madre del «autor de la gracia».
Como era omnipotente, podía hacerla: «potuit». Luego, «la hizo». ¡Sólo faltaba! ¡Fecit!
Pero que me perdone San Anselmo, porque quiero aplicarme los tres históricos verbos
del silogismo a mí. Era conveniente que Dios perdonara al hombre su pecado. ¿Qué es el
hombre para que Dios se acuerde de él? Podía hacerlo, ya que es «dives in misericordia».
Luego, se inventó la Inmaculada.
Admirad y contemplad, por favor, en este día, alguna bella imagen de la Señora. Y, al
hacerlo, considerad por qué bello camino de blancuras nos llegó la Salvación. Eso es la
post-historia.
(·ELVIRA-1.Págs. 112 s.)
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H-22.
Frase evangélica: «Hágase en mí según tu palabra»
Tema de predicación: LA MUJER NUEVA
1. La escena de la anunciación tiene lugar en una casa humilde, en un pueblo ignorado.
El saludo del ángel va dirigido a «una virgen» totalmente fiel a Dios y perteneciente al
pueblo de los pobres de Israel. El ángel le llama «llena de gracia», porque goza del favor de
Dios. Será la madre de Jesús, que significa «Dios salva». Su fecundidad será obra del
Espíritu de Dios. Es la «sierva del Señor».
2. Para nuestro pueblo, María es la Madre (con el niño) que concibe y fructifica; la
Dolorosa (viuda a la que le matan el hijo), llena de dolores injustamente infligidos, y la
Purísima (sin mancha), inmune a todo pecado por una gracia singular de Dios. Por el
contrario, todos los seres humanos están dañados en su raíz. La contemplación de una
mujer inmaculada, purísima, revela la decisión de Dios de hacer una nueva creación. La
Inmaculada es «el orgullo de nuestra naturaleza corrompida», la creación nueva sin
pecado.
3. Todas las festividades marianas tienen una connotación de fiesta popular dulce y
entrañable. María, el polo femenino de un catolicismo «masculino», lleva a cabo lo
imposible: engendrar bajo la sombra del Espíritu de Dios. No vive en sueños, sino muy
despierta, siempre receptiva al mensaje de Dios, escuchando y hablando lo justo,
constantemente en movimiento, «llevando» o «visitando», y vive la entrega hasta el final, al
pie de la cruz. Por ser la Inmaculada, es asunta a los cielos.
4. El Vaticano II recomendó que al hablar de la Virgen se evitase «toda falsa
exageración» y una «excesiva estrechez de espíritu». María es una mujer sencilla
encarnada en el pueblo, madre de los creyentes por la palabra recibida y cumplida, figura
de liberación y modelo de compromiso.
REFLEXIÓN CRISTIANA:
¿Tenemos un justo aprecio de María?
¿Qué rasgos de María debemos ensalzar hoy?
(·FLORISTAN-1.Pág. 319)
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H-23.
Preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original
El prefacio de la misa de hoy da pie a una serie de comentarios. El primero hace
referencia al tema central de la fiesta de hoy. Históricamente costó admitir universalmente
el dogma de la Inmaculada Concepción de María, que no fue definido como tal hasta el año
1870. Aunque era venerado desde mucho antes.
La primera lectura de la misa de hoy nos hace escuchar el relato del primer pecado. La
narración del Génesis es muy clara: Dios hizo buena toda la creación. El pecado es culpa
humana. Buen momento para reflexionar sobre nuestra condición pecadora. Y buena
ocasión también para reconocer la bondad de Dios que, en María, nos da prueba de su
deseo primordial de salvar a toda la humanidad. María, nos dirá el Concilio Vaticano II, es
la
primera redimida. Esperamos, confiamos y pedimos ser, también nosotros, admitidos en
esta redención.
Para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo
La causa de la preservación de María de toda mancha de pecado original es la redención
del mundo. Y esta redención es obra de Jesucristo. María es, pues, el instrumento para
hacer llegar el Salvador al mundo. Y ella es ya así la primera salvada. "Alégrate, llena de
gracia", dirá el mensajero celestial. Expresamos una realidad, de la que se hace también
eco el prefacio de la misa de hoy: "en la plenitud de la gracia... ". Esta plenitud de la gracia
de Dios, también será expresada por Isabel cuando, al recibir la visita de María, exclamó:
"Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre". Así María es preparada por
Dios como digna Madre de su Hijo eterno, que se dispone a entrar en el mundo para
salvarlo.
Comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo
María es figura de la Iglesia. De la misma manera como María ha sido escogida y
preparada desde el primer instante para ser una madre digna del Hijo de Dios, la Iglesia ha
sido destinada a ser la madre que engendra por el bautismo nuevos hijos de Dios. Por eso
este prefacio de hoy la llama "esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura".
Ciertamente la Iglesia es santa e inmaculada, pero está a la vez formada por hombres y
mujeres pecadores. La solemnidad de hoy nos invita a pedir a Dios la purificación de su
Iglesia y el perdón de nuestros pecados. Y, a la vez, el compromiso de llevar una vida
santa, ya que todos -como María- hemos sido llamados a la santidad. Ésta podría ser hoy la
oración dirigida a Dios por intercesión de María, ya que como dice el mismo prefacio "es
abogada de gracia y ejemplo de santidad ".
(·BABURÉS-J._MI-DO/95/15)
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H-24.
¿Donde estás?
La pregunta del Señor sorprende a Adán fuera de su sitio, lo mismo que Eva. Por eso su
respuesta es disparatada. Primero la negación de la evidencia, Adán no quiere reconocer
su propia desobediencia y echa las culpas a la compañera. Es el segundo paso, la
insolidaridad. Y finalmente, la irresponsabilidad. Tampoco Eva reconoce su desobediencia
y echa las culpas a la serpiente. Así es como Adán y Eva, rota la solidaridad, vuelven a
unirse en la complicidad, que es todo lo contrario. Porque la complicidad acaba cuando ya
no resulta ventajosa para los intereses individuales. La solidaridad, en cambio, que no se
basa en el egoísmo sino en el amor y servicio al otro, busca siempre el bien común.
Aquí está la esclava del Señor.
Pero si Adán y Eva no supieron mantenerse en su sitio, María sí supo y quiso. Ante la
visita del ángel y la invitación para ser la madre de Dios, María supo estar en su sitio, en el
de la humanidad, reconociéndose como esclava del Señor. Y supo estar también en el sitio
de la responsabilidad, aceptando incondicionalmente la propuesta del Señor: Aquí estoy,
hágase en mí según tu palabra. E1 sí de Marías es el acto por el que ella se incorpora
plenamente a los planes de Dios, y así nos incorpora también a nosotros en la persona de
Jesús, el hijo que ha de nacer. Ese «sí» de María es la manifestación de su inocencia. En
ese sí podemos ver la mujer libre y responsable, la mujer solidaria con la humanidad entera,
la anti-Eva que no nos ofrece la maldición del fruto prohibido, sino el fruto bendito de su
vientre, Jesús, el Salvador.
María, la Inmaculada.
La fiesta que hoy celebramos, la inmaculada concepción de María, no es un privilegio
que la separe y la encumbre aparte y por encima de todos los hombres y mujeres, sino más
bien una gracia por la que el Señor está con ella; y por ella, el Señor está también con
nosotros. Libre por la gracia de Dios, libre de cualquier sombra de complicidad y de
pecado,
es libre y solidaria para decir sí al Padre y ser madre de Jesús, para decir sí a Jesús y ser
la madre de todos los hombres. Como dirá Pablo, si por un hombre y una mujer entró la
muerte en el mundo, por otro hombre, por otra mujer, entrará en el mundo la vida y la
esperanza para todos. Por eso nos unimos al gozo de María, celebrando esta fiesta en su
honor. Ella es la bendita de generación en generación.
Una nueva solidaridad.
Dios ha querido restaurar por María, en Cristo, una nueva solidaridad entre los hombres.
Esta solidaridad no depende de la carne o de la sangre, de la descendencia de Abraham o
de otra cualquier alcurnia, raza o nación, no depende de nada que no sea el mandamiento
del amor. Es solidaridad y comunión en lo santo: en la fe y en el bautismo, en la esperanza
y en la gracia de Dios, en el cuerpo y en la sangre de Cristo que se entrega por todos los
hombres, en la devoción y amor filial a María, la elegida por Dios. Sólo en Cristo, unidos a
Cristo, por la gracia de Cristo nos libramos de toda suerte de complicidad y de pecado y
recobramos la inocencia original y una nueva llamada a la solidaridad y a la fraternidad.
Éste es el sentido de la fiesta que celebramos, la solidaridad de María con la humanidad
entera, al dar su consentimiento a la voluntad salvífica del Padre.
Seamos solidarios, no cómplices.
Podría pensarse que tal vez no somos ni cómplices, ni solidarios. Pero si lo segundo
parece más que evidente por los hechos, lo primero habría que demostrarlo. En efecto,
abunda la insolidaridad. La gente no está para nadie, cada uno va a lo suyo y no quiere
complicarse la vida con los demás. Esta indiferencia ante los demás, esta despreocupación,
cuando no discriminación o menosprecio, es un modo de querer lavarse las manos y pasar
de largo ante los problemas del prójimo. Y eso es, a todas luces, complicidad, ya que o
somos cómplices o solidarios y no hay término medio. Así como Jesús no se lavó las
manos, como Pilato, sino que dio su vida; y así como María, no se lavó las manos ante la
misiva del ángel, sino que se comprometió por todos; así es como debemos aprender esta
nueva forma de solidaridad los cristianos. Sólo así, por la gracia de Dios y con la gracia de
Dios, nos veremos libres como María del pecado de origen: la insolidaridad de nuestros
primeros padres, aquel primer intento de disculparse, echando la culpa a los demás, en vez
de asumir con todas sus consecuencias la propia responsabilidad.
¿Somos cómplices o solidarios? ¿Tenemos intereses de clase, de grupo, de raza o
sexo... que nos impidan ser solidarios de los otros? ¿Seguro que no hay nada de racismo,
sexismo, clasismo?
Es fácil ser solidario en casos extremos, ¿somos solidarios habitualmente? ¿Somos
solidarios no sólo dando cosas, sino dando comprensión, apoyo, compañía?
¿Qué significa para nosotros la Inmaculada Concepión? ¿Tratamos de entender el
sentido y alcance de la fiesta? ¿Qué lugar ocupa en nuestra religiosidad la devoción a
María?
(_EUCA/95/55)
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H-25. LA MUJER Y LA SERPIENTE
La conversación de Dios con Adán y Eva después de su expulsión del paraíso refleja la
situación de todos nosotros: el hombre huye de Dios, se oculta ante él y ante los demás.
Vive en angustia. La serpiente ante la que el hombre, según la sentencia del versículo 15
debe temer, representa en último extremo la peligrosidad de la tierra, la situación de
amenaza en la que vive el hombre, y su abandono. Apunta finalmente al poder de la muerte,
el cual nos puede afectar en todas partes; nosotros tratamos de pisotearla, y, sin embargo,
no podemos dominarla. Sin embargo, el poder que nos ha dado la ciencia sobre la tierra no
ha cambiado desde entonces: precisamente debido a la técnica que trata de asegurarnos
ante los peligros de la naturaleza, nos ronda de nuevos modos el estímulo de la muerte
para dañarnos. Para el escritor bíblico, la serpiente simboliza asimismo el poder del pecado,
que abre la puerta a la muerte. Para este contexto hoy somos bastante sordos: incluso el
que cree en Dios, frecuentemente de tal mensaje no saca apenas nada, pues piensa que
Dios no puede ser, en fin de cuentas, tan pequeño. Pero los apuros en los que se
encuentra la actual sociedad nos podrían enseñar de nuevo la dependencia que existe
entre el pecado y la muerte: ¡cuán difícil les es a los hombres el mantenerse a la altura de
la humanidad! ¡Cuántos caminos descarriados se ofrecen ante él: el recurso a la bebida, la
entrega a la corrupción, a la pereza. Donde se resquebraja la fuerza moral, la humanidad se
convierte en algo asqueroso, y la concordia entre los hombres se hace añicos.
El cristianismo ha leído la sentencia del versículo 15 que refleja esta tragedia de la
humanidad, a partir de su fe, como una palabra de promesa. Ahí se advierte el cambio de la
perspectiva: de la desesperación a la perspectiva de la esperanza, la cual se da siempre
que entra en juego la fe cristiana. En el texto veterotestamentario, el futuro no es claro.
No se ve claro si existe una victoria en el enfrentamiento entre el acechar y el aplastar. A
través de la resurrección de Jesucristo, esas palabras adquirieron otro sentido; de la
nebulosa doble luz surgió la aurora: ahora se hizo claro que lo último no es el acechar de la
serpiente de la muerte, sino su aplastamiento, y que, en definitiva, lo que queda a flote es la
victoria de la vida. La sentencia de muerte sobre el hombre se transforma en el mensaje
mesiánico, en el «proto-evangelio». A este primer evangelio pertenece la mujer, pertenece
María: ella es efectivamente la «madre de los vivientes». En ella la serpiente no tiene parte.
Así, éstos se convierten en unas auténticas palabras de adviento. Con mucha frecuencia
nos vemos inclinados a desconfiar del hombre. Los poetas de hoy lo describen como una
sucia cloaca: incluso su bondad, puesta a la luz, sería solamente hipocresía. Lo que se
opone a tal desesperación es el ser humano que es puro. Pero, para tal oposición, tenía
necesidad del ser humano en el que no tuvo parte alguna el pecado y se convierte así en la
puerta a través de la cual puede entrar Dios en el mundo y unirse con el hombre. A partir de
María quedó bien establecido que el ser humano no es sólo un egoísta, él es y continúa
siendo siempre, de una manera traslúcida y transparente, para Dios. Toda la vida de María
consiste en aquellas palabras: «Hágase lo que has dicho o según tu palabra». En esta
entrega a la voluntad de Dios, logra el fruto del árbol de la vida y así supera el gesto de
Eva, que se dedicó a aquello que era un placer para la vista (o «hermoso a la vista»)
(versículo 6) y que luego se convirtió en el fruto de la muerte. Entre ambos árboles, entre
ambos frutos, entre el ser dominados por el «placer de la vista» y la apertura de la voluntad
a la palabra de Dios, nos hallamos nosotros. La fe significa el ponerse en camino en la
dirección de adviento del acechar y del aplastar y hacia el «sí» de María, y así hacia
aquello donde se da el juicio para la salvación y para la vida eterna.
(·RATZINGER-5..Págs. 114-116)
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H-26. INDICACIONES HOMILÉTICAS.
Con la elección de las tres lecturas (Gén 3,9-15.20; Ef 1,3-ó.11-12, Lc 1,26-38), la liturgia
intenta suscitar la alabanza de Dios por su plan salvífico, que se realiza plenamente en
María. Si a veces se ha imaginado a la Inmaculada como un monte cubierto de nieve,
iluminado por el sol pero demasiado distante de nosotros e inalcanzable, la palabra de Dios
nos revela que ella forma parte de una historia de salvación en la que también nosotros
estamos implicados. La Inmaculada se convierte en una verificación de nuestra condición y
de nuestro destino: no alienación, sino concienciación y compromiso personal.
El ambiente opaco sobre el cual destaca la figura de la Inmaculada es el descrito por el
Génesis, que se propone de diversas formas en las varias épocas: la condición paradójica
del hombre, victima de la mordedura del sufrimiento, desgarrado por las multiformes
variaciones del mal, marcado por la culpa como individuo y como miembro de la sociedad.
El eterno problema del dolor encuentra en la meditación sapiencial del hagiógrafo una
respuesta etiológica: en su actual configuración, el mundo es fruto de una trágica ruptura
del hombre con Dios. Los hombres, tipológicamente representados por la pareja de sus
progenitores, pecaron cediendo a la instigación de la serpiente, personificación del poder
maléfico hostil a Dios. El pecado de Adán y Eva consiste sustancialmente en una decisión
soberbia de autonomía, que suplanta a Dios, considerado como rival del hombre. La meta
contemplada por la serpiente —"seréis como Dios" (Gén 3,5)— es en la práctica la muerte
de Dios en el corazón del hombre, pues sus imposiciones morales son sentidas como límite
de las libres opciones humanas. El pecado es no fiarse de Dios y colocarse fuera de su
influjo en un intento de titánica autosuficiencia. Alterada la relación de comunión familiar
con Dios, todas las demás armonías quedan alteradas: tendencia instrumentalizadora entre
hombre y mujer (Gén 3,7), escisión entre la humanidad y la tierra maldita (Gén 3,17), lucha
sangrienta y diaria entre la estirpe humana y la descendencia de la serpiente (Gén 3,15). El
pecado de los progenitores se convierte en el pecado del mundo, mostrando lo maléfica y
destructora que es su raíz, o sea, el querer prescindir de Dios. La historia se convierte en
una sucesión de vana soberbia cerrada al diálogo (torre de Babel: Gén 11,4-9), de violencia
homicida (Caín-Abel: Gén 4 811), de corrupción moral (diluvio: Gén 6,5-12). Una trágica
letanía de males se desgrana a través de siglos y milenios, llegando hasta nosotros:
injusticias, opresiones, guerras fratricidas, terrorismos, contaminación ecológica,
enfermedades físicas y psíquicas... Todo esto marca el ocaso del sueño iluminista de una
sociedad feliz. No obstante, nada hay más ajeno al texto bíblico que una actitud
fatalistamente resignada ante la dramática situación. El hombre está empeñado en una
lucha sin cuartel contra las fuerzas del mal, consciente de que debe aplastar la cabeza de
aquella serpiente que se arroja contra su calcañar para herirlo mortalmente con su
mordedura venenosa. En esta lucha inevitable el veredicto de Dios está en favor del
hombre y de la mujer, cuya victoria final se entrevé; en efecto, mientras que Dios deja a la
serpiente con su maldición, cuida solícitamente de la primera pareja humana (Gén 3,21) y
especifica en el curso de la historia posterior su promesa de salvación en el sentido de una
bendición en favor de la humanidad (Set, Noé, Sem) y del pueblo elegido (Abrahán, Isaac,
Israel) hasta la llegada de la descendencia de la mujer, a saber: Jesucristo (Gál 3,16; Mt
2,15). Es sabido que la interpretación del protoevangelio ha especificado a la mujer y su
estirpe, que en el texto bíblico indican genéticamente a Eva y su descendencia en el
sentido del mesías victorioso de Satanás (padres griegos), y por tanto de María asociada a
esta victoria (traducción latina). Será la historia la que especifique post eventum el sentido
pleno del primer anuncio de salvación.
EI himno cristológico de la carta a los Efesios (13-14) interpreta en el sentido de
bendiciones espirituales (o intervenciones salvíficas) los dones destinados a los hombres
por el amor del Padre: vocación, vida divina, redención, revelación del misterio de Cristo y
de la iglesia (compuesta por judíos y paganos). En particular se subraya la elección por
gracia a ser santos, es decir, pertenecientes a Dios y consagrados a su servicio, e
inmaculados, o sea, caracterizados por la pureza de las ofertas sacrificiales exigida por el
AT (Lev 1,3.10): los cristianos han de llevar una vida irreprochable y alejada del pecado. La
bendición, prometida a los padres como dones materiales, se realiza en Cristo, redentor y
prototipo de vida filial, y se derrama como "riqueza de gracia" (Ef 1,7) en los cristianos.
Pablo no menciona a María como primera beneficiaria de la bendición de Dios en Cristo,
como lo hará Lucas (1,28.42); pero anticipa su plenitud de gracia y su camino inmaculado
en la descripción de los efectos de la redención sobre los miembros de la iglesia. La victoria
les está ya adjudicada mediante "la excelsa grandeza de su poder" (del Padre), que se
ejerce en Cristo salvador y en el Espíritu Santo santificador (Ef 1,13.19). Salvando las
diferentes modalidades de redención, existe por tanto una real comunicación de destino
entre María y los cristianos, los cuales deben sentirse amados por Dios desde la eternidad
y estarle agradecidos mediante la alabanza por las bendiciones recibidas.
Si Pablo se limita a hablar de Cristo y de los cristianos en el contexto del plan de amor
del Padre, Lucas en su "evangelio áureo" (1 ,26-38) presenta la figura de María como
aquella en la cual se realiza la vocación salvífica de la hija de Sión de modo único y
ejemplar. María es invitada a la alegría por la venida de Dios en medio de su pueblo, según
las profecías veterotestamentarias (Sof 3,14-15; Zac 2,14; 9,9): en su benevolencia
gratuita, el Señor la ha elegido para ser la madre del Hijo del Altísimo. El ángel la saluda
"llena de gracia", que literalmente significa "tú que has sido y permaneces colmada del
favor
divino" (Biblia de Jerusalén). La gracia equivale en el AT a favor real (ISam 16,22; 2Sam
14,22; 16,4) o relación de amor (Cant 8,10): aplicado a María, este término —lo mismo que
en Ester— une los dos significados e indica el amor real de Dios por ella como persona
predilecta. Indudablemente no hay que olvidar que aquí, como en los anuncios
veterotestamentarios, el favor divino recae sobre María en cuanto destinataria de una
misión salvífica para con el pueblo. Esta perspectiva dinámica no impide, sino que exige,
una transformación interior que haga capaz de realizar la obra confiada por Dios. Por eso el
favor divino se traduce para María en el envío del Espíritu, que no sólo la habilita para
engendrar virginalmente al Hijo de Dios, sino que le hace pronunciar aquel acto de fe total
en vano esperado por el pueblo elegido. La perfecta disponibilidad de la "esclava del
Señor" (Lc 1,38), que se abandona confiadamente a Dios y arriesga la existencia sobre su
palabra, se explica con la nueva creación obrada en ella por el Espíritu. Este retrato lucano
de la mujer en positivo es una antítesis —como lo vieron Justino e Ireneo— con la figura
de
la mujer del Génesis: María es lo contrario de Eva porque en ella no prevalece el pecado,
sino la adhesión cordial al querer de Dios.
El plan divino presentado por las lecturas elegidos para la solemnidad de la Inmaculada
Concepción se articula en sus dos fases de la caída y de la salvación, del pecado y de la
santidad; mas no de modo unívoco, porque permanece la lucha entre el mal y el bien. Con
Cristo es introducida en el mundo una fuerza salvífica poderosa, capaz de derrotar
definitivamente al mal. Esa fuerza se revela en María, su madre, totalmente envuelta en el
amor del Padre y cubierta con la sombra del Espíritu, que da a Dios el consentimiento de la
fe. En ella —como lo ha comprendido la iglesia a lo largo de los siglos— el mal no hace
presa, porque es objeto permanente del amor de Dios en cuanto madre del Salvador. Por
eso la iglesia proclamará a María como "aquella cuya existencia —no obstante el pecado
del mundo, por el que ella ha debido también sufrir— está rodeada desde el principio por la
gracia victoriosa de Dios, que la ha salvaguardado y ha salvaguardado con suave poder su
libertad como inmaculada, y no cederá a una envidia pseudodemocrática, la cual no soporta
que no todos tengan en la historia la misma función.
Reconocer a María inmaculada es un acto doxológico de alabanza por las "grandes
cosas" obradas en ella (Lc 1,49); un motivo de esperanza, porque indica la marcha de la
historia en el sentido del triunfo de la gracia sobre el pecado, un estar involucrado en la
actividad salvífica mediante la opción fundamental por Cristo siguiendo la huella de la
respuesta de fe de María.
(·FIORES-S-DE. _DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 936-938)
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H-27.
Hablar de la bondad de las gentes y de su empeño por hacer de la convivencia de cada
día una fiesta permanente de la paz suena a ingenuidad cuando no a incompetencia.
Suponen, los listos, que el prestigio es premio que se concede a quien sabe destapar
alcantarillas y hace que salgan a relucir los hondones de la miseria humana. El mal es
noticia. Aunque nos agradaría que no lo fuera.
La bondad se ha empeñado en ir por otros caminos: los de la sencillez y de la humildad.
La fiesta de la Inmaculada, y toda la riqueza de la fe profunda que en la historia de María se
desvela, es como un callado e incontrovertible alegato en favor de la justicia y del bien.
Porque justicia hay que hacer a los que trabajan por la paz, a los que saben perdonar, a los
que dan sin que la otra mano se entere, a los que ayudan a construir esa ciudad siempre
inacabada de un mundo mejor.
Me sedujiste, Señor, me has agarrado y me has podido. Así se lamenta el profeta. Pero la
seducción de Dios siempre conduce a la bondad. Porque todas las cosas llevan al bien
para aquellos que aman a Dios. El pecado siempre deja en el alma el vacío del mal. Por el
contrario, la bondad y la justicia colman la vida, hasta rebosar, de gracia y de virtud. Por
eso María, la Virgen Inmaculada, llena de gracia, purísima y santa, no tuvo en su vida
mayor afán que estar pendiente de la voluntad de Dios. Dios se fijaba en la humildad de su
esclava. Y María proclamaba la grandeza de su Señor.
El mal nos había seducido y el pecado se adueñó del corazón del hombre. El orgullo llevó
a la prepotencia y al desprecio del desvalido. Y el corazón se llenó de resentimientos. El
egoísmo hizo causa con la avaricia. Y la dureza del corazón anuló la capacidad para amar.
Lo que de luz había sido colmado, quedó en manos de las tinieblas del pecado. Pero el
Señor de la creación era rico en misericordia y, donde hubo pecado, quiso que
sobreabundara la gracia redentora de Cristo. María, la Madre, había de ser la primera entre
todos los redimidos, la más pura y la más santa. Pues, en virtud de los méritos de su Hijo
Jesucristo, desde el primer instante de su concepción fue preservada de pecado y llena de
toda gracia y del favor de Dios.
Por el pecado llega la muerte. Porque muerte es no querer, ni amar, ni servir, ni perdonar,
ni llorar con el que llora, ni hacer fiesta con el que recibió alegría. Con Cristo llega la vida,
que es misericordia y afanes de justicia, compartir el pan con el hambriento y servir al
desvalido. También esto lo puede hacer el hombre sin fe. Y lo hará bien y tendremos para
él homenaje y reconocimiento. Pero es que nosotros, no sólo servimos porque creemos,
sino que demostramos tener fe porque vivimos en el amor fraterno. En esto conocemos que
hemos pasado de la muerte a la vida: en que amamos a los hermanos. Es el atinado criterio
que nos ofrece el evangelista Juan.
Cristo está siempre pendiente del hombre para redimir y levantar. Para salir al encuentro
del hijo que, como pródigo, se aleja de la casa y del amor de su padre. Como buen pastor
dispuesto a dejar las ovejas para buscar al que está lejos y desprotegido. Cristo es el único
que redime y que salva.
Si Cristo se acerca al hombre es porque le ama. Pero el hombre es libre, igual que el hijo
para alejarse de la casa de su padre. En esa libertad también se manifiesta el amor de
Dios. Pues si libertad no nos hubiera dado, ni tendríamos responsabilidad en el pecado ni
mérito en el amor. Buen regalo es éste de la libertad, pues de su brazo llega el poder para
hacer el bien y para trabajar en hacer que todos los días lo sean de paz.
En Cristo se nos han dado todas las bendiciones. Y entre esas gracias y favores, la de
tener a María, la Madre de Dios, como Madre y Señora nuestra. Como abogada e
intercesora, como modelo y servidora en la fe. Si a ella nos acercamos es porque como a
Madre la reconocemos. Si devoción sincera queremos profesar, que no se piense en
motivos de sentimentalismos, sino en leal coherencia con nuestra fe en el Hijo de Dios
metido en nuestra carne y en nuestro mundo gracias a la aceptación de María. Si imitar
queremos sus virtudes es que como modelo Dios nos la ha dado.
Por obra y gracia del Espíritu Santo, el Verbo de Dios se encarnó en las entrañas
benditas de María. Maravillosa gracia del Espíritu, que hace de esta bienaventurada mujer
la Madre de Dios. Gran poder es éste del Espíritu, pues a Dios le hace hombre sin dejar de
que fuera Dios. De la Virgen hace Madre. Y de los hombres, hijos de Dios.
En nuestro peregrinar hacia la celebración del Gran Jubileo del año 2000, este año que
iniciamos está particularmente dedicado al Espíritu Santo. Señor y dador de vida, el que
manifiesta la profundidad del misterio de Dios y hace comprender el amor manifestado por
el Padre en el Hijo. Dios-en-nosotros, presencia viva, íntima, escondida y eficaz en tal
manera que transfigura al hombre en Cristo.
María, escribe Juan Pablo II, que concibió el Verbo encarnado por obra del Espíritu Santo
y se dejó guiar después en toda su existencia por su acción interior, será contemplada e
imitada a lo largo de este año como la mujer dócil a la voz del Espíritu, mujer del silencio y
de la escucha, mujer de esperanza y modelo para quienes se fían con todo el corazón de
las promesas de Dios.
Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Cumplió María la voluntad
del Padre, aprendió como discípula y enseñó como madre. Llevó al hijo, antes en el
corazón, para llevarlo también en su cuerpo. Primero vino la fe, después la encarnación del
Verbo de Dios. ¡Salve, Santa Señora, porque has creído, y lo que Dios te ha dicho se
cumplirá! Y de tanta promesa sacaremos colmado beneficio, pues el hijo de tan santas
entrañas anunciará el año de gracia, dará libertad al cautivo y se cuidará de los pobres.
Parabienes a cuantos andan por los caminos de la bondad. Hoy es vuestra fiesta y con
vosotros la celebramos. En la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima
Virgen María bendecimos a Cristo, Redentor del hombre, que hizo de tan Santa Señora la
primera entre todos los que habían de merecer la gracia de reconocidos como los hijos de
Dios. Y que no quede en el olvido el buen consejo del apóstol: unos piden escándalos y
cosas portentosas. Nuestra fuerza está en la debilidad del bien, pues es sabiduría de Dios.
Y fortaleza para los limpios de corazón. Pues el camino del bien no lo es de blanduras y
evasiones sino de compromisos y de responsabilidades.
Carlos ·AMIGO-VALLEJO-C. Arzobispo de Sevilla _ABC/DIARIO 8-12-1997
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H-28. HPT/INMACULADA
Gn 3, 9-15.20: De la estirpe de la Mujer surge quien vence el mal.
Salmo 97, 1.2-4: El Señor reveló a las naciones su justicia.
Ef 1, 2-6.11-12: Dios nos llama a ser santos e irreprochables por el amor.
Lc 1, 26-38: El Hijo de María es el Hijo de Dios.
La lectura del libro del Génesis trae hoy el texto que se conoce como el Protoevangelio, y
que señala cómo una mujer extraordinaria vencerá el poder de la serpiente. Esto significó,
con el desarrollo de la historia, que María nos da a Cristo quien destruye la muerte y el
pecado.
Todas las lecturas apuntan a explicar que después del triste episodio del Paraíso, Dios
no olvida su proyecto. Continúa llamándonos y ayudándonos en este proceso total que se
llama salvación. Un día su poder vencerá del todo el pecado y la muerte.
La Iglesia nos enseña, basada en el Evangelio que en María no tuvo cabida el pecado, ni
siquiera el pecado de origen, es decir, la limitación natural de todos los humanos para el
bien, que luego puede llevarnos a pecados personales que nos apartan del Señor.
Por el cariño de Dios hacia quien sería su madre en la tierra, María tuvo la plenitud de la
bondad: fue perfecta desde el comienzo de su existencia. Por toda esa bondad, podemos
exclamar con el salmista: "El Señor ha hecho maravillas".
Si bien nosotros no recibimos este privilegio, la promesa de Dios nos alienta. Nosotros no
estamos solos. Por la acción de Cristo en nuestras vidas podemos vencer el pecado; él nos
llama a "ser santos e irreprochables ante Él por el amor" como nos lo dice la carta a los
Efesios que hemos leído hoy. Después de la muerte seremos confirmados en gracia para
siempre, es decir, luego de luchar aquí en la tierra, recibiremos esa plenitud que María
obtuvo desde su nacimiento por especial privilegio del Señor.
En el relato de la Anunciación descubrimos el proyecto de Dios que quiere acercarse a
nosotros, para que nuestra humanidad sea algo tan perfecto como nadie imaginó. Ahora es
posible aquel sueño que la serpiente en el paraíso: Seréis como dioses. Dios se hizo
persona humana para que los humanos pudiéramos llegar a ser divinos.
La actitud humilde y confiada de María, quien acepta ser la Madre de Dios, nos motiva a
nosotros a entregarnos también al Señor llenos de esperanza. Hoy sería la ocasión para
preguntarnos si con nuestras actitudes de la vida diaria buscamos, como María, avanzar
hacia una identidad con Jesús. En otras palabras, si nuestra vocación a ser plenamente
humanos, responde a la vocación de ser cristianos.
SERVICIO BIBLICO _LATINOAMERICANO
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H-29.
Martes 8 de diciembre de 1998
Gn 3, 9-15.20: El hombre fugitivo
Ef 1, 3-6.11:Jesús, una herencia para todas las naciones
Lc 1, 26-38: Disponibles a la voluntad de Dios
La fiesta de la Inmaculada Concepción es una celebración muy significativa para el
pueblo cristiano. En ella se conmemora la asunción de la humanidad a la presencia de Dios
por medio de una mujer que entregó su vida al Señor.
Esta mujer, que con su pueblo aguardaba el día de la redención definitiva, supo recibir la
esperanza de una humanidad oprimida en su seno. Su vida estaba totalmente volcada
hacia Dios y, aunque tuvo que recorrer el camino con los discípulos, señaló el derrotero que
la humanidad habría de reconocer como senda de salvación. Por eso, su canto (Lc 1,
46-55) es uno de los himnos más sorprendentes del Nuevo Testamento. Muchos han
tratado de bajarle el tono, de hacerle explicaciones mitigantes. Pero, tiene tal fuerza en su
contenido y en la boca de quien lo entona que los esfuerzos por atenuarlo resultan inútiles.
Es como tapar el sol con un dedo.
El pasaje que hoy leemos y que muchos recitamos de memoria al rezar el "Ave María"
está íntimamente conectado con el Magnificat . Forma parte del patrimonio popular y es
fuente de esperanza para todo el pueblo cristiano. En él se condensa la historia del diálogo
intenso y fecundo de Dios con la humanidad. Especialmente con la humanidad que está
dispuesta a escuchar al Señor y a seguir su camino. Sorprende, pues, que algo tan grande
y magnífico, sea expresado con tanta sencillez. Con un 'sí' definitivo y fructífero inicia una
nueva etapa en la historia de la humanidad. Y empieza precisamente de un lugar de donde
se cree que nada puede venir: de la periferia, la marginación y pobreza. De la humildad de
una mujer ignorada por la historia oficial que anuncia la realización de la historia de
Salvación en su Hijo, esperanza de la humanidad.
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