Primer misterio
La Oración en el Huerto
Reflexión
Vamos a contemplar La escena de Getsemaní, que nos conforta
y anima a realizar un esfuerzo voluntario de aceptación. La aceptación
incondicional del sufrimiento, cuando es Dios quien lo quiere o permite:
“No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Palabras que desgarran y curan,
porque enseñan a qué grado de fervor puede y debe llegar el cristiano
que sufre, unido a Cristo que sufre. Ellas nos dan, como en última
pincelada, la certeza de méritos inefables, el merecimiento de la vida
divina para nosotros, vida palpitante hoy en nosotros por la gracia,
mañana en la gloria.
Intención
En este misterio se presenta ante nuestra mirada una
intención particular: “la preocupación por todas las Iglesias”. Solicitud
que impulsa con apremio la oración diaria del Santo Padre, como el
viento que azotaba el lago de Genesaret, “viento contrario”.
Pensamiento anhelante en las situaciones más comprometidas de su
altísimo ministerio pastoral. Preocupación por la Iglesia, que, esparcida
por la redondez de la tierra, sufre unida a él, y él, por su parte, unido a
ella, presente en él y sufriendo con él. Afán dolorido por tantas almas,
porciones enteras del rebaño de Cristo, sujetas a persecución, sin
libertad de creer, de pensar, de vivir. “¿Quién desfallece que no
desfallezca yo?”
“Participar en el dolor del prójimo, padecer con quien padece,
llorar con quien llora” es un beneficio, un mérito para toda la Iglesia. La
“comunión de los santos” es este tener en común, todos y cada uno, la
Sangre de Cristo, el amor de los santos y de los buenos, y, también,
Dios mío, nuestros pecados, nuestras debilidades. ¿Se piensa lo
suficiente en esta “comunión”, que es unión, y, como diría Jesucristo,
casi unidad, “que sean uno”? La cruz del Señor no sólo nos eleva a
nosotros, sino que atrae a las almas. Siempre. “Y yo, cuando fuere
levantado de la tierra, atraeré todos a mí”. Todo. A todos
Segundo Misterio
La flagelación del Señor
Contemplación
El misterio trae al recuerdo del suplicio despiadado de latigazos
innumerables sobre los miembros santos e inmaculados del Señor.
El hombre es cuerpo y alma. El cuerpo está sujeto a
tentaciones humillantes. La voluntad, más débil aún, puede ser
arrastrada fácilmente. Se hallará en el misterio una llamada a la
penitencia saludable, que lo es porque implica y causa la verdadera
salud del hombre, al ser higiene del vigor corporal y juntamente
confortación en orden a la salvación espiritual.
Reflexión
De aquí se desprende una valiosa enseñanza para todos. No
estaremos llamados al martirio sangriento; pero a la disciplina constante
y a la diaria mortificación de las pasiones, sí. Por este medio, verdadero
“via crucis” de cada día, inevitable, indispensable, que en ocasiones
puede incluso llegar a ser heroico en sus exigencias, se llega paso a
paso a una semejanza cada vez más estrecha con Jesucristo, a la
participación en sus méritos, a la ablución por su sangre inmaculada de
todo pecado en nosotros y en los demás.
La Madre, dolorida, lo vio así de flagelado. Pensemos con
qué amargura. Cuántas madres querrían poder gozar del éxito en la
perfección de sus hijos, dispuestos, iniciados por ellas en la disciplina de
una buena educación, en una vida sana, y en cambio tienen que llorar la
pérdida de tantas esperanzas, el dolor de que tantos afanes se hayan
perdido.
Intención
En las Avemarías del misterio pediremos al Señor el don de la
pureza de costumbres en la familia, en la sociedad, particularmente para
los corazones jóvenes, los más expuestos a la seducción de los sentidos.
Y juntamente pediremos el don de la firmeza de carácter y de la
fidelidad a toda prueba a las enseñanzas recibidas, a los propósitos
hechos.
Tercer Misterio
La coronación de espinas
Contemplación
La contemplación del misterio se orienta de modo particular
hacia aquellos que llevan el peso de graves responsabilidades en la
sociedad. Es, en efecto, el misterio de los gobernantes, legisladores,
magistrados. Sobre la cabeza de Cristo, rey, una corona de espinas.
Sobre la de ellos también otra corona, innegablemente aureolada de
dignidad y excelencia, símbolo de una autoridad que viene de Dios y es
divina, pero que lleva en su urdimbre elementos que pesan y punzan, y
causan perplejidad, y llegarán incluso a la amargura. Espinas y
disgustos, en suma. Sin hablar del dolor que causan las desgracias y
culpas de los hombres cuando se les ama tanto y se tiene el deber de
representar ante ellos al Padre celestial. Entonces el mismo amor llega a
ser, como para Jesucristo, una corona de espinas con que corazones
duros hieren la cabeza de quien les ama.
Reflexión
Es el misterio cuya contemplación se ajusta mejor a aquellos
que llevan el peso de graves responsabilidades en el cuidado de las
almas y en la dirección del cuerpo social; por tanto, el misterio de los
Papas, se los Obispos, de los Párrocos; el misterio de los gobernantes,
de los legisladores, de los magistrados. También sobre su cabeza hay
una corona en la cual está, sí, una aureola de dignidad y de distinción,
pero que por ello mismo pesa y punza, procura espinas y disgustos.
Donde está la autoridad no puede faltar la cruz, a veces de la
incomprensión, la del desprecio, o la de la indiferencia y la de la
soledad.
Intención
Podría ser otra aplicación del misterio pensar en la grave
responsabilidad de quien por haber recibido más talentos, está por ello
mismo, más obligado a hacerlos fructificar con abundancia, mediante el
ejercicio constante de sus facultades, de su inteligencia. El servicio del
pensamiento, quiero decir, lo que se espera de quien está mejor dotado,
como luz y guía de los demás, debe prestarse con paciencia serena,
rechazando tentaciones de orgullo, de egoísmo, del distanciamiento que
destruye.
Cuarto Misterio
Cristo con la cruz a cuestas
Contemplación
La vida humana es un continuo caminar, largo y pesado.
Siempre hacia arriba, por la cuesta áspera, por los pasos marcados a
todos en el monte. En este misterio Jesucristo representa al género
humano. ¡Ay, de nosotros si su cruz no fuera para nosotros! El hombre,
tentado de egoísmo o de dureza, sucumbiría en el camino, tarde o
temprano.
Reflexión
Contemplando a Jesucristo que sube al Calvario, aprendemos,
antes con el corazón que con la mente, a abrazarnos y besar la cruz, a
llevarla con generosidad, con alegría, según las palabras del Kempis:
“En la cruz está la salvación, en la cruz la vida, en la cruz está la
defensa contra los enemigos, en ella la infusión de una suavidad
soberana”.
¿Y cómo no extender nuestra oración a María, la Madre dolorosa
que siguió a Jesús, con un espíritu de total participación en sus méritos,
en sus dolores?
Intención
Que el misterio haga pasar ante nuestra mirada el
espectáculo inenarrable de tantos seres atribulados: huérfanos,
ancianos, enfermos, minusválidos, prisioneros, desterrados. Pidamos
para todos ellos la fuerza, el consuelo capaz de dar esperanza.
Repitamos con ternura, y, ¿por qué no?, con alguna lágrima escondida:
“Salve, cruz, única posible esperanza”.
Quinto Misterio
Cruficixión y muerte del Señor
Contemplación
“La vida y la muerte se abrazaron en un duelo sublime”. La
vida y la muerte representan los puntos clave y resolutivos del sacrificio
de Cristo. Con su sonrisa de Belén, que prende en los labios de todos los
hombres en el alba de su aparición sobre la tierra; y su deseo y último
en la cruz, que unió al suyo todos nuestros dolores para santificarlos,
que expió todos nuestros pecados, cancelándolos al fin, he ahí la vida de
Jesús entrando en la nuestra. Y María está junto a la cruz, como estuvo
junto al Niño en Belén. Supliquémosle a ella que es madre; pidámosle
que también ella interceda por nosotros “ahora y en la hora de nuestra
muerte”.
Reflexión
Vida y muerte representan los dos puntos preciosos y
orientadores del sacrificio de Cristo: desde la sonrisa de Belén que
quiere abrirse a todos los hijos de los hombres en su primera aparición
en la tierra, hasta el suspiro final que recoge todos los dolores para
santificarnos, todos los pecados para borrarlos. Y María está junto a la
cruz, como estaba junto al Niño de Belén.
Recemos a esta piadosa Madre a fin de que Ella misma ruegue por
nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte.
Aquí está iluminado también el gran misterio de los pecadores
obstinados, de los incrédulos, de aquellos que no recibieron ni recibirán
la luz del Evangelio, que no sabrán darse cuenta de la sangre vertida
por ellos también, por el Hijo de Dios.
Intención
Pensando en esto de la oración se sumerge en un deseo
magnánimo, en una vehemencia reparadora, en un horizonte mundial
de apostolado. Y se pide, con gran fervor, que la preciosísima Sangre
derramada por todos los hombres, dé al fin, y les dé a todos ellos,
conversión y salvación. Que la sangre de Cristo sea para todos arras y
prenda de vida eterna.