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La Perla

Este documento describe a Rosa María, una mujer de 28 años que vive con su anciano padre y criada. A pesar de su vida aparentemente desafortunada, Rosa María encuentra dicha en servir a Dios y en decorar el monumento para la Semana Santa cada año. Ella se deleita contemplando sus nuevas estatuas de ángeles y reflexiona sobre su vida y fe.

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La Perla

Este documento describe a Rosa María, una mujer de 28 años que vive con su anciano padre y criada. A pesar de su vida aparentemente desafortunada, Rosa María encuentra dicha en servir a Dios y en decorar el monumento para la Semana Santa cada año. Ella se deleita contemplando sus nuevas estatuas de ángeles y reflexiona sobre su vida y fe.

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LA PERLA

Poníase al extremo de la sala y recogía la vista para contemplar tanta hermosura.


Al fin, después de siete años de ilusiones y desalientos, de constante pedir y perseverar
sin tregua, veía realizado su sueño. Su sueño no; ella no hubiera alcanzado tanto.
Su pobre fantasía no era capaz de esbozar siquiera lo que ahora tenía ante sus ojos. Sí:
allí estaban aquel par de figuras, a cual más bella, a cual más opuesta en el tipo y la
expresión. Imposible decidir cuál fuera más perfecta: imposible que ella pudiera concebir
algo que superase a aquellas dos imágenes que parecían seres vivientes, en la realidad
beatífica de la Gloria. Se le antojaba que iban a mover los labios para entonar un cántico del
Cielo; que esas dos cabezas inclinadas para adorar acá en la tierra a Dios Sacramentado,
iban a levantarse para glorificarle en el Empírico, siguiendo el coro dela bienaventuranza.
Pero no: sus dos ángeles, las manos puestas, las alas recogidas, en la actitud abismada de la
felicidad inefable, seguían y seguían en su adoración sempiterna.
Cómo brillaban aquellos cabellos sutiles. De un rubio tan diverso. Cuál se tornasolaban
esos ropajes constelados de oro. De qué manera ondeaban o se recogían en esos pliegues:
un trapo de verdad no cayera con tanta naturalidad y tanto abandono. ¿Cómo podrían los
hombres fingir todo esto, con un trozo de madera y unas sustancias colorantes? ¿Pues, y
esos rostros? En la boca, en los ojos, en todo, se les veía la felicidad del Cielo, el amor a
Dios, la posesión de Él. Se les veían esas almas que no podían mancharse ni con la más
leve sombra de pecado; esas almas donde la Trinidad Santísima se reflejaba como en un
espejo. ¿Qué mejor punto de meditación que sus dos ángeles? ¡Qué ventura! ¡Si ella fuese
siquiera un ángel de madera, para vivir de hinojos ante el Santo de los Santos! Pero no…
Eso era un pensamiento que no se lo inspiraba el ángel de su guarda: ella, pecadora y todo,
era un espíritu, un alma, un soplo del Creador, infundido en un pedazo de carne miserable,
era un ser que amaba a Dios, que esperaba en Él, que le tendría algún día en eterna
posesión.

La vida, cualquier vida, aunque pareciese por fuera desventurada, era por dentro una
dicha. Ahí estaba ella: verdad que no había podido realizar sus aspiraciones; que no tenía
dote; que, aunque la tuviese, no podía abandonar a un anciano desvalido a quien debía el
ser el cariño más tierno de la tierra; verdad que había perdido a su madre; que sufría con las
enfermedades del pobre viejecito; que sus cuatro hermanos, agobiados de familia, con nada
podían ayudarle; verdad que ella sola tenía que luchar para sostener a tres personas; pero en
estos mismos infortunios estaba, cabalmente, su ventura; todo eso lo quería Dios; y cumplir
la voluntad divina con gusto y buena cara, había sido siempre el programa de su vida. ¿Y
Dios no habitaba siempre en las almas que se le ofreciesen por morada? Si estaba adentro,
¿a qué afanarse, entonces, por buscarlo en otra parte? ¿Sería más visible su presencia y más
efectiva su posesión dentro de un convento que en una casa cualquiera? Si ella, sin voto
alguno canónico, tenía el alma en clausura, ¿qué mucho que le faltase la del cuerpo? ¡Y
quién lo sabía!: esas ansias suyas de soledad y de retiro, ¿no podrían ser, acaso, por buscar
más bien la propia comodidad? Si el silencio y la calma eran la inclinación natural de su
carácter; si eran uno de sus goces en la tierra; ¿qué mortificación tendría, entonces, en el
claustro? ¿Qué podría ofrecer a su Dios que no se lo ofreciese en casa?

¡Ah! ¡Si viera siempre su vida como en este momento! ¡Pero imposible! Sería la dicha,
la dicha completa, y eso no podía existir aquí abajo. ¿Todas estas cosas se las estarían
inspirando sus dos ángeles? ¿Por qué no? Todo, a su manera y según su naturaleza influía
en la vida. Y lo bello y lo bueno podrían sugerir nunca ni fealdad ni maldades.

Por eso quería ella a los niños, las flores y las estrellas; por eso se encantaba con las
golondrinas y las palomas, con el agua y con las nubes, y hasta con las hormigas y las
abejas. Ella era, de veras, una bobalicona; una chiquilla que aún podía jugar a las muñecas.
Razón tenía su hermano Pedro: en vez de Rosa María, debería llamarse Cándida… sin
Rosa, porque una rosa tan fea como ella, era, pesara a sus padres que tal la pusieron, un
contrasentido ,muy risible.

¡Pero qué manos más raras tenían esos ángeles tan grandes! Parecían de niño; parecían
de mujer y parecían de hombre. ¡Ah! ¡Si fuera escultor, como ese señor Calcina! Habría de
hacer un Corazón de Jesús que tenía en la cabeza. ¡Mentiras! Vanidad de mujer… y nada
más: ella no era capaz de farfullar ni un mamarracho. Ni siquiera al estilo de La Muerte del
Justo y La Muerte del Pecador que tenía el padre Ramos en la capilla de San José.

¡Y qué garbo el de sus ángeles! ¿Sería el garbo del Cielo? Si en esa sala tan pobre y tan
feíta se veían así, ¿cómo iría a ser en el monumento, entre tantas flores y tantas luces y
cerca del Santísimo? No pensara ella en su vida que Dios le tuviese preparado, aquí en la
tierra, un goce tan grande y tan legítimo. ¡Habían acostado un horror de plata, pero eran
regalados! ¡Y qué señor más bueno más cachaco ese de Medellín! ¡Haberle encargado las
estatuas sin ella haber completado su valor! Ya sabía ella que era muy religioso y ejemplar.
Tendría que mandarle un detente de seda y oro, que no lo bordaran mejor las mismas
carmelitas de la Gloria.

Segura estaba de que con el bazar de Pascuas ajustaría la suma. Si no, el Santísimo
sabría cómo la sacaba del apuro. Ya los tres curas, los sacristanes y dos o tres personas que
estaban en el secreto, tenían bien preparado el golpe. Nadie había de sospechar ni
remotamente la presencia de ángeles en el pueblo. ¡Y qué efecto el del jueves, cuando se
descorriese la cortina! ¡Hasta irreverencias irían a haber!

Lo malo era que esas tinieblas se eternizaban y que la gente, embelecada con la
curiosidad por todo arreglo, ni desocupaba, ni hacía, ni dejaba hacer. Sí: ya veía el pesebre;
ya se sentía, como otras veces, encaramada en las escaleras y haciendo maromas en los
andamios, lo mismo que una mica en función. ¿Cómo evitarlo? Los hombres eran tan
torpes, que todo lo arrugaban y lo echaban a perder. Para eso que aquel parapeto del
monumento era más alto que la torre de Babel. El domingo serían las fatigas para los
encargados de flores y de frutas. Por fortuna que los campesinos eran tan decididos por el
culto. ¡Gracias a Dios que ya había entregado el último trapo y el último sombrero! La
tenían hasta la coronilla las cintas, los encajes y la mercancía toda. Siquiera cambiaría de
faena por una semana. Era eso la única obra que ella podía dedicarle a Dios. ¿Qué limosnas
iba a dar una pobretona? ¿Qué servicios podía prestar una alquilada? El monumento era
todo, y tal vez no sería ni por piedad: bien podría serlo por hábito o por tradición de familia,
pues la suya, de tiempo atrás, había sido siempre la encargada de ese arreglo máximo de
Semana Santa. Y a ella, a una beata tan poco servida en el ramo, le correspondía, más que a
sus tías y a sus hermanas ocupadas.

¿Este año iría a parecerle a la gente tan feo como el anterior? ¡Ya vería! Pero…
¿estaría ella por agradar al mundo y no a Dios? Ni lo quería, ni lo pensaba; ¡pero, de
seguro, era eso! Sí: ¡la maldita vanidad! Ya habían determinado en el pueblo que ella era la
única que tenía inventiva, buen gusto y mejor ejecución; y ella, ¿cómo no? Se lo estaba
creyendo, bien creído. Pero… si era cierto, ¿por qué no creerlo? No era justo, ni verídico.
Ni cosa de agradecidos, negarse uno a sí propio lo que Dios le concedía. La cuestión era
creer en ello, sin por ello envanecerse. ¡Ahora sí! ¡Estaba lucida! Vanidad por arte y
vanidad por virtudes. ¡La última era la peor! Que Dios la librara de todas; pero,
especialmente, de creerse buena. Era la del diablo, la vanidad letal, y… ¡tantas otras cosas!

Todas éstas pasaban por la cabeza de Rosa María la noche del Viernes de Dolores,
como a eso de las nueve, al son de los ronquidos del padre y de la tos asmática de la vieja
criada.

No era Rosa María fea, ni mucho menos, por más que le creyese. Tenía veintiocho
años, buenas formas y bastante garbo; cara pálida y correcta, unos ojos entregarzos,
sumamente dulces y decidores, y unos dientes intachables.

Jamás se preocupó de su figura; y, en realidad de verdad, su encanto no estaba en lo


físico: estaba en su carácter, en su ser moral. Era una mujercita tan suave, tan ingenua y tan
discreta; una mezcla tan extraña de travesura y seriedad, de reserva y de franqueza. Tenía
clara inteligencia y especiales facultades para las Bellas Artes. En otro ambiente hubiera
descollado en poesía. Desde niña fue devota, y a los dieciocho años era una mística, sin
puerilidades ni gazmoñerías, con mucha libertad de conciencia, bastante vuelo mental y
extremada delicadeza de sentimientos. Todo esto estaba como enmarcado en su prenda
máxima: una naturalidad tan noble y atractiva, que ella sola le bastara para robar corazones.
Y robó muchos. Había alguno que todavía esperaba. ¿Amores a Rosa María?

La que vestía y arreglaba a todas las elegantes de villorrio, nunca se puso sombrero ni
gastó guantes. La austeridad casi monástica de su traje no la alteraba más adorno que el
fleco del pañolón o la blonda de la mantilla.

Nunca usó más afeites que el agua y el jabón, y se peinaba liso y asentado, como se
peinan ahora algunas modernistas. A fuerza de no usar el adorno bárbaro de los zarcillos, se
le cerraron las orejas. Bien se ve por esto que sí era artista por temperamento, no a paso
aprendido, como se estila en ocasiones.
La muerte de su madre, acaecida cuando apenas contaba trece años, contribuyó no
poco a la seriedad, al recogimiento y a la lucha de su juventud. Era la menor y la única
soltera de la casa y, por ende, la llamada a velar por el padre, viejo, achacoso y paupérrimo.

Rosa María proveyó, desde muy niña, a las necesidades de aquel hogar triste y
silencioso, ayudando a una hermana pobre y malmirada, con cuanto podía escatimar en su
casa.

En fin, “La Perla”, como la llamaba el párroco Salas, su director espiritual, no


desmentía el sobrenombre.

Desde el domingo, conforme lo pensara, principió el afanarse y el correr. Toda clase de


menesteres, así bajos como altos, así masculinos como femeninos, se le esperan a la gran
directora, que en todo tiene que ejecutar la mayor parte.

La inauguración de los ángeles requería mucho arte, mucho aparato; y Rosa María, de
acuerdo con el padre Villalonga, el único medio esteta del triunvirato, se metió en un
monumento de romanos. Por fortuna que ya tenía todo lo de la carpintería y decorado,
había para rato. El miércoles, a las once y media de la noche, después de trasegar por arriba
y por abajo, de hacer equilibrios en escaleras y tablados con el último brete de aquella
fábrica, tirose la pobre Rosa María por ahí en un escaño. Medio muerta y todo, eleva a Dios
el hacimiento de gracias por el término feliz de esa obra magna.

En acabando, hace ver el efecto. Ahora sí que iba a desvanecerse hasta el vértigo: aquel
fondo con nubes e irradiaciones; aquellas ocho gradas con sus respectivos cortinajes; esas
treinta y dos columnas, de a cuatro por peldaño, rematadas en canastillas y enlazadas a lado
y lado por festones de malvarrosa; la combinación de josefinas y cinerarias en plena
florescencia; la escala libre del centro para subir hasta la urna, que parecía tallada en
alabastro; las hileras de candelabros; los ángeles allá arriba; todo… le parece una visión
reveladora: algo como la escala de Jacob.

No sería ella para subir oraciones por esa escala: estaba tan pagada y satisfecha de sí
misma, que en castigo a tanto orgullo, se imponía la pena de no mirar su obra al día
siguiente. Si tal hiciera, ni comulgar podría: con actos de fatuidad y de soberbia no podía
prepararse a ese jubileo que conmemoraba la humildad del Verbo que se hiciera carne para
nutrir a los hombres y habitar en la tierra.

Comulgar: ¡ser uno con Dios! ¿Quién podría concebir tanta grandeza en el hombre
miserable y pecador?

Se arrodilla, y, con el alma dilatada, enternecida, reza la fórmula: “Te visito con el
afecto! ¡Oh amor mío sacramentado! ¡Te adoro con mi corazón!...”.

Cuando termina, llueve y llueve, con esa lluvia menuda e insistente, tan propia de las
regiones altas.

Muy abrigada, y bajo enorme paraguas, sale, poco antes de la una.

El jubileo pudo ganarlo acostada: una fiebre altísima la consumía; una opresión extraña
y dolorosa la postraba grado a grado.

Salas torna desfigurado. Preguntan, indagan.

“La Perla” se va. ¡Se la llevan sus ángeles!...

Dice, y vuelve al confesonario.

Mañana de Pascua. El sol, el Cielo y la vida glorifican a Cristo; la música estruendosa


le manda un “Hosanna”; las campanas, a vuelo, retañen “Aleluya”. El resucitado asoma La
Cumbre, y… “La Perla” se va.

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