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Arg. Número3

El documento resume los resultados sorpresivos de recientes votaciones como el plebiscito sobre la paz en Colombia y el Brexit, que muestran una brecha creciente entre la lógica política y las percepciones reales de la gente. Esto alimenta la desconfianza y abandono ciudadano de la política, dando paso a la demagogia. En Venezuela, la pérdida de confianza en los políticos está acelerando la emigración de profesionales, debido a que prolongar la incertidumbre agota la esperanza de la gente. Para recuperar

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El documento resume los resultados sorpresivos de recientes votaciones como el plebiscito sobre la paz en Colombia y el Brexit, que muestran una brecha creciente entre la lógica política y las percepciones reales de la gente. Esto alimenta la desconfianza y abandono ciudadano de la política, dando paso a la demagogia. En Venezuela, la pérdida de confianza en los políticos está acelerando la emigración de profesionales, debido a que prolongar la incertidumbre agota la esperanza de la gente. Para recuperar

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“Los flecos de la Guerra Civil siguen contando”

por José Andrés Rojo.


Publicado en el diario El País de España, en fecha 21 de
noviembre de 2016.

El afán de saber lo que pasó reúne a gentes de muy distintas


ideologías
No va a cambiar el mundo si a estas alturas nos enteramos de
que hubo unos cuantos espabilados del bando franquista que
cruzaron el río Manzanares unos días antes de la fecha que los
historiadores han dado hasta ahora por buena, y que llegaron
incluso hasta Argüelles, donde hubo escaramuzas con las
fuerzas republicanas. Lo que se ha venido explicando, lo que
está más o menos fijado por los estudiosos de la Guerra Civil,
es que las tropas de los militares rebeldes solo consiguieron
cruzar el río tras haber conquistado la Casa de Campo, y que
recién lo hicieron el 15 de noviembre de 1936, unos meses
después del infame golpe de julio. No les sirvió de mucho.
Madrid consiguió resistir, y la guerra se prolongó.
Pero resulta que hay unos cuantos papeles que dan cuenta de
que hubo un asalto anterior, tal como contaba este diario ayer
en sus páginas de Cultura. Un asalto que no llegó muy lejos y
que no logró fijar una posición sólida, como ocurrió después
cuando las fuerzas franquistas llegaron a la Ciudad
Universitaria y se enquistaron ahí hasta el final de la guerra.
¿Es esto relevante y llegará a cambiar el relato sobre la batalla
de Madrid? Seguramente no, salvo que aparezcan otras
evidencias de mayor peso, pero lo que de verdad importa es el
hecho de volver sobre los documentos, de seguir tirando de
manera incansable de los flecos, de continuar explorando. El
pasado es siempre un vasto territorio desconocido, y muchos
tratan de él como el que toca una compleja partitura de oído.
Lo que seguramente muestran estos papeles es que, así en la
paz como en la guerra, muchas veces se esconde la verdad:
porque no conviene, porque complica las cosas, porque da una
imagen distinta de la que queremos proyectar. A los
republicanos no les venía bien que se supiera que los
franquistas habían llegado tan lejos tan pronto, muy poco
después de iniciar esa ofensiva sobre la capital que pretendían
fuera la definitiva. Y a los franquistas les fastidiaba que (esos
zaparrastrosos) los hubieran obligado a retirarse. Fue una
llamarada, habituales en una guerra; como se apagó, ya nadie
puso mayor interés.
Salvo esos cuantos que siguen escarbando, y que siguen
preguntando, y que persiguen incansables todas las pistas para
que el relato de lo que ocurrió se ajuste cada vez mejor a lo
que de verdad sucedió en aquellos aciagos (y caóticos) días.
Muchos de esos infatigables curiosos forman parte del Grupo
de Estudios del Frente de Madrid (Gefrema).
No está de más subrayar que lo que importa en ese grupo es el
afán de conocer lo que pasó, e investigar y profundizar en todo
aquello que queda por descubrir y explicar. Algunos proceden
de familias que estuvieron en la guerra con los rebeldes y otros
son descendientes de los defensores de la República o de los
que andaban como locos para hacer la revolución. El saber los
hermana más allá de sus respectivas ideologías y, bueno, es
una manera inteligente de volver al pasado. No para ajustar
cuentas pendientes: para conocerlo mejor.

“El peso de las incertidumbres”


de Gustavo Roosen.
Publicado en el diario El Nacional de Venezuela, en fecha 20
de noviembre de 2016.

Colombia y el plebiscito sobre el acuerdo de paz, Inglaterra y la


decisión de dejar la Unión Europea, Estados Unidos y la
elección presidencial son apenas tres casos en los que la
sorpresa ha superado la presunción, pero son además, y muy
especialmente, tres demostraciones de la distancia creciente
entre la lógica política y la gente, entre el dibujo de las
encuestas y el cuadro de las percepciones y aspiraciones
reales y profundas de la sociedad. El resultado de esta brecha,
alimentada por el olvido o el desconocimiento de la gente, no
es otro que el surgimiento de la desconfianza, el abandono de
las responsabilidades de ciudadano en la acción política y el
florecimiento de muy variadas formas de anarquía y
demagogia.
Pocas cosas hay posiblemente más peligrosas para la libertad
y la democracia que la pérdida de confianza en los políticos, la
sensación de la gente de no ser comprendida o de ser incluso
engañada por quienes aspiran a representarla o dirigirla. En
Venezuela, en concreto, unos sienten que las propuestas no
responden a sus aspiraciones de país; otros, que la atención se
ha concentrado en el juego político con desmedro de los
verdaderos intereses de la población. En cualquier caso,
crecen más las dudas que las certidumbres.
A raíz de los primeros acuerdos entre el gobierno y los
representantes de la oposición organizada en la Mesa de la
Unidad estos sentimientos han cobrado fuerza inesperada.
Pese al intento de explicar la estrategia y las intenciones se
percibe que la representación política de la oposición no
expresa con la fuerza que debería la gravedad de la situación y
la urgencia de las soluciones; que no alcanza las objetivos
políticos que propone y se propone; que declara plazos y
metas que no puede sostener; que desperdicia su capital
político y de apoyo popular; que no está haciendo lo que
debería para mantener el entusiasmo; que hay un discurso
hacia el interior de las mesas del diálogo y otro para la calle;
que las explicaciones sobre el tono y la estrategia no suenan
suficientemente convincentes. La gente entiende que se
negocie, pero quiere ver que se avance. La gente espera que
se resuelvan los puntos que están sobre la mesa, no porque
crea que sean únicos, pero sí porque los percibe como
inmediatos, como de emergencia.
El resultado de esta pérdida de confianza comienza a acelerar
un proceso en el cual no se puede correr más la arruga de la
esperanza. Quien puso límites para su plan B, siente ahora que
no puede seguir postergándolo. De allí el aumento de la
emigración. De allí, por ejemplo, el número creciente de
médicos venezolanos rindiendo prueba en Chile para trabajar
en la red pública de ese país. El año pasado fueron 338, este
año son ya 847. Y como estos médicos, miles de otros
profesionales y de emprendedores que cancelan su sueño de
oportunidades en el país para buscarlas fuera. El desconcierto
no permite a muchos correr más la arruga. Llega un momento
en el que las razones reales, las de la economía y las
personales, no dan para más. Prolongar la situación agota la
esperanza de la gente. Y frente a eso, no basta con recordarla
consigna de que el que se cansa pierde.
El ejercicio de la política tiene hoy más que nunca el imperativo
de agudizar la percepción sobre la gente, sus motivaciones,
sus aspiraciones, sobre lo más inmediato y visible pero
especialmente sobre lo profundo, lo que se dice y lo que se
calla, lo que se declara en público y lo que se sostiene en
privado, lo que se descubre frente a los demás y lo que se
guarda en el fuero interno. Interpretar correctamente a la gente,
comprender sus aspiraciones, sus motivaciones, sus temores,
sus expectativas es, por  lo  mismo, el único camino para llegar
a la sociedad y para hacerse comprender por ella. Lo ha dicho
Luis Ugalde: “A los demócratas les falta informar y escuchar a
la gente para que en la cabeza y el corazón de las
negociaciones estén los dolores y esperanzas de la población”.
Si lo que se pretende es alimentar la confianza y la esperanza,
esa buena comunicación es, sin duda, condición obligante.

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