LOS BOTONES DE ORO
Había una vez una ambiciosa y astuta mujer que tenía por marido a un pobre peón de
caminos. Un día el marido encontró en plena carretera una bolsa de cuero, llena de
monedas de oro. Pero como era algo despistado, creyó que eran botones dorados.
Cuando llegó a casa, le dijo a su mujer: - ¡Mira qué bonitos botones dorados me
encontré! Servirían para abrochar mis pantalones ... Pero, a decir verdad, seguramente
hay alguien que los ha perdido. Mañana me los llevaré para devolverlos a su dueño.
Ojalá de con él. La mujer, que había notado
el equívoco y deseaba quedarse con las
monedas, consideró que la decisión del
marido era una estupidez. Entonces optó
por seguirle la corriente y le dijo:
- ¡Nunca había visto unos botones tan
bonitos! Pero tú debes irte a la cama
porque te encuentras mal. No hay, sino que
ver tu cara. Debes de tener una grave
enfermedad.
Cuando el marido se acostó, la mujer le dio unas hierbas para que durmiera. Luego
fue el gallinero, sacó dos huevos y los puso entre las sábanas. En seguida roció de leche
el balcón del cuarto.
Al día siguiente despertó el marido y la mujer le dijo: -Todavía tienes mala cara.
Sería mejor que no fueras a trabajar, pues toda la noche ha llovido leche y el suelo esta
resbaladizo.
El marido vio que el suelo del balcón estaba lleno de leche y que en la cama había
dos huevos. -¡Ay, Dios mío! -exclamó- Es verdad que ha llovido leche y que yo estoy
muy enfermo, pues esta noche he puesto dos huevos ... Pero creo que debo ir a trabajar.
Se levantó y se fue. Cuando llegó a la carretera encontró a un señor, que le preguntó:
¿No has encontrado una bolsa de cuero?
-Sí, ayer la encontré y la tengo en mi casa. Si usted quiere venir conmigo, se la
entregaré. Llegaron a la casa y el peón le dijo a su mujer:
-Dame la bolsa de cuero que te di ayer.
- ¿Qué bolsa? Tú no me has dado nada.
-Sí, mujer, ¿No recuerdas? Aquella bolsa llena de botones dorados.
-No sé de qué hablas. ¡Debes de estar loco!
-Pero si te la di en la mano y te enseñé el contenido.
-¿Pero cuándo fue eso, que yo no recuerdo nada en absoluto? -le preguntó la astuta
mujer.
-Fue el día que llovió leche y yo puse dos huevos. ¿Lo recuerdas?
Entonces la mujer le dijo al otro, que escuchaba sorprendido:
-No le haga caso, señor. Ya lo ve usted: está loco.
Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha es una novela que desde hace más de cuatrocientos años ha sido
leída por toda clase de gente, que encuentra en ella inspiración para su vida. Vamos a
leer el prólogo o la introducción a una adaptación de esta obra para niños.
Un día Don Quijote decide imitar a los caballeros andantes de los libros que había leído... Se
pone una armadura, monta a caballo, se hace acompañar de un escudero, y sale a los
caminos en busca de injusticias para ponerles remedio. Su valor no tiene límites: lo
impulsa a realizar empresas que parecen imposibles, a enfrentarse a gigantes y magos
perversos, con tal de que el bien triunfe sobre el mal. Es un hombre de palabra: se
esfuerza por cumplir lo que dice, y le basta decir algo para sentirse comprometido. Vive,
además, enamorado, porque un caballero andante sin amores es como un árbol sin
hojas ni frutos. Un enamorado siempre fiel, que nunca –aunque lo persigan las
muchachas más bellas– traiciona el amor por su dama. Con todo esto, Don Quijote no es
soberbio, porque sabe que está al servicio de los ideales de la caballería, que se hallan
por encima de cualquier caballero en lo individual, y sabe que es el amor de su dueña, la
sin par Dulcinea del Toboso, lo que da fuerza a su brazo. Su ambición mayor es dedicar
la vida a perseguir esos ideales, y decir de su amor que "en tan hermoso fuego
consumido, nunca fue corazón". La ambición más grande de Sancho Panza es satisfacer
las necesidades de la vida diaria: tener que comer, un lugar donde dormir, ropa limpia,
dinero... Lo tienta la idea de resolver de una vez por todas los apremios económicos y
por eso se deja convencer de su vecino para irse con él, como su escudero, tras la
promesa de que lo hará gobernador de una isla. Sancho es un hombre prudente y
pacífico, enemigo de pleitos. Se permite sentir miedo. No le interesa meterse con nadie
ni que se metan con él. Tiene un perfecto sentido de la justicia y sobre todas las cosas
ama a su familia. Respeta y quiere a su mujer, Teresa, con un amor tan sólido, tan
pegado a la tierra como los refranes que continuamente dice. Sancho es un hombre leal,
dispuesto a hacer casi todo por su amo –no a dejarse azotar, por ejemplo–; vence sus
temores y sus fatigas por lealtad y termina contagiado por los ideales de su patrón, a
quien él llama el Caballero de la Triste Figura. Don Quijote y Sancho Panza son dos
buenos modelos; es mucho lo que podemos aprender de ellos. Es importante tener
ideales, y es importante ocuparse de los asuntos de todos los días