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Elogio del placer en la lectura

Este documento presenta un elogio de la lectura. Comienza hablando sobre la importancia de las palabras y la voz en la experiencia humana. Luego discute brevemente la historia de la escritura y la lectura, desde los primeros registros hasta la invención del códice y el libro moderno. Finalmente, argumenta que la lectura debe ser tanto una fuente de conocimiento como de placer, y cita a Borges para ilustrar cómo la lectura puede ser una experiencia gozosa de descubrimiento.

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Elogio del placer en la lectura

Este documento presenta un elogio de la lectura. Comienza hablando sobre la importancia de las palabras y la voz en la experiencia humana. Luego discute brevemente la historia de la escritura y la lectura, desde los primeros registros hasta la invención del códice y el libro moderno. Finalmente, argumenta que la lectura debe ser tanto una fuente de conocimiento como de placer, y cita a Borges para ilustrar cómo la lectura puede ser una experiencia gozosa de descubrimiento.

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1

ELOGIO DE LA LECTURA

María Eugenia Góngora


Universidad de Chile

Introducción

Esta presentación, que he titulado ‘Elogio de la lectura’ es, por cierto y en


primer lugar, un elogio de las palabras; un elogio de las palabras y un elogio de
la voz: ellas están en nuestro origen y las buscamos siempre de nuevo,
especialmente en nuestras experiencias de amor y amistad más significativas1.

Por eso, antes de entrar en los saberes y sabores que nos aguardan en la palabra
escrita, en los primeros registros históricos, en la crónica, el gran ensayo y en el
poema, en la novela y la carta de amor, en todos los libros de una biblioteca, en
el papel volandero, en el diario de vida o el diario de viajes, quiero leer un
anónimo poema, encontrado totalmente al azar. Es un poema religioso, de la
tradición musulmana sufí y creo que puede ser entendido como una oración y
como un poema de amor; dice así:

Tu silencio me duele
tanto como la vida,
tanto como el tiempo.
Tus palabras me sostienen
tanto como la tierra,
tanto como el cielo.

La escritura y la lectura, como sabemos, son actividades humanas relativamente


recientes si las consideramos históricamente, desde los ideogramas escritos en
papiro y desde las diversas grafías en la piedra, en las tablillas de cera, en los
rollos o volúmenes romanos hasta el establecimiento del códice como soporte
de lectura hacia el siglo 4 D.C. y luego, desde el libro, el pliego suelto, el
tabloide periódico y ahora también la página de Internet que nos devuelve al
1
Quiero recordar en este sentido el texto de Walt Whitman, Leaves of Grass/ Hojas de Hierba (Starting
from Paumanok), sobre el que volveré al final de esta presentación: “…Have you practis’d so long to
learn to read? Have you felt so proud to get at the meaning of poems? Stop this day and night with me
and you shall possess the origin of all poems,/ you shall possess the good of the earth and sun, (there are
millions of suns left,)/ You shall no longer take things at second or third hand, nor look/through the eyes
of the dead, nor feed on the spectres in books/…” “¿Te ha costado tanto aprender a leer? ¿te
enorgullece comprender el sentido de los poemas/?Quédate conmigo este día y esta noche y serás dueño
del origen de todos los poemas,/Serás dueño de los bienes de la tierra y del sol (aún quedan millones de
soles),/ Ya no recibirás de segunda o de tercera mano las cosas, ni mirarás/ por los ojos de los muertos,
ni te alimentarás de los espectros de los libros/…(Selección, traducción y prólogo, J.L.Borges,
Barcelona:Lumen 1991) p.22-25.
2

modo de lectura continua del antiguo rollo. En cada caso, nuestros ojos,
nuestras manos y nuestra posición corporal son esenciales para comprender
históricamente los aprendizajes relacionados con la lectura y la escritura,
aprendizajes que en la actualidad se nos aparecen como elementos básicos y
casi obvios del conocimiento; se trata por cierto de procesos complejos que
involucran destrezas corporales y motrices, así como el ejercicio de la memoria
y la comprensión de aquellos códigos, necesidades y expectativas sociales
precisas que no son generalizables ni siquiera en la historia de un mismo país.
Los procesos masivos de alfabetización no garantizan la comprensión de textos
relativamente complejos, como bien sabemos, y la valoración social de la lectura
responde a muy diversas motivaciones y circunstancias históricas. En nuestro
ámbito, la escuela y la universidad son (todavía) los lugares en los que la lectura
es una actividad fundamental, pero a veces olvidamos que la inmensa mayoría
de las personas, y también nosotros mismos, usamos el aprendizaje escolar
como un instrumento para leer noticias, instrucciones y avisos, para hacer
negocios, para escribir o leer un documento legal o notarial, así como para estar
‘al día’ en las opiniones y acontecimientos políticos que se publican en diarios y
revistas. Esos usos más habituales de la lectura, muchas veces efímeros u
ocasionales, son importantísimos también, desde mi punto de vista, y no
deberíamos considerarlos menores; son una parte esencial de nuestra
experiencia actual de lectores y ciudadanos.

Las imágenes de todo tipo, por otra parte, son y han sido desde siempre
entendidas como un apoyo fundamental para la comprensión de todo tipo de
realidades, desde las realidades espirituales hasta las más prosaicas y
cotidianas. Desde que hay registro, podemos también ‘leer’ las imágenes que
fueron y siguen siendo, como escribió el papa Gregorio el Grande (540-604)
hacia el año 600, la ‘Biblia de los iletrados’2, aunque no necesariamente
restringimos, por cierto, nuestra comprensión y nuestras lectura a las imágenes
religiosas en los que pensaba Gregorio en su escrito. Por otra parte, las
imágenes que están codificadas como escritura, es decir los ideogramas y
pictogramas, son equivalentes a un alfabeto en algunas culturas, como es el caso
de la cultura maya, de la China y el Egipto. Y cuando J.W.T. Mitchell ha escrito
hace ya más de una década sobre el giro pictórico’ en nuestra cultura3, está
dando cuenta del proceso cultural en el cual la ‘lectura’ de las palabras como
paradigma del conocimiento, está dando lugar a la hegemonía de la
2
Hacia el año 600, Gregorio el Grande escribió dos cartas a Serenus, obispo de Marsella. Oponiéndose
por cierto a la adoración de las imágenes que temía Serenus, Gregorio defendió su utilidad para que los
iletrados pudieran leer en ellas lo que no `pueden leer en los textos.
3
Mitchell, W. J. T. ,“The Pictorial Turn” en Picture Theory. Essays on Vebal and Visual
Representation.Chicago: University of Chicago Press, 1994., pp. 11-34. Sobre el carácter visual de todo
texto: “Writing, in its physical, graphic form, is an inseparable suturing of the visual and the verbal, the
“imagetext” incarnate” (95).
3

comprensión de la realidad gracias a la conjunción de palabra e imagen (como


en la obra del poeta y pintor William Blake, del siglo XVIII y, por cierto, en los
manuscritos iluminados de la Edad Media) o, defintivamente, gracias a la sola
imagen. Esto significaría que la imagen ya no es simplemente un apoyo o una
ilustración de la palabra escrita, sino que se nos presenta con igual fuerza y
potencia que ésta, para que aprendamos a descifrarla.

Elogio de la lectura

Quisiera iniciar entonces mi elogio de la lectura en este marco histórico e


institucional: en la universidad leemos porque la lectura es nuestra fuente de
conocimiento y de placer a un tiempo. El aprendizaje, para ser verdaderamente
tal, supone al mismo tiempo una disciplina y un placer, como lo entendían los
antiguos maestros, y por eso hay que enseñar deleitando. Sabemos por cierto
que nuestro aprendizaje no es siempre placentero, que siempre hay aspectos de
éste que, al menos en los primeros años, sentimos como difíciles,
incomprensibles o inútiles. Sin embargo cuando hemos concluido un ciclo,
solemos percibir que incluso esos momentos duros de nuestro aprendizaje
fueron instrumentos útiles, en definitiva, para nuestra formación.

Esta relación del placer y la lectura, del placer y el conocimiento está ya


presente sin duda en las metáforas que asocian el libro con el mundo, como lo
ha descrito Ernst Robert Curtius en su libro sobre los tópicos literarios en la
Literatura Latina y la Edad Media Europea: el mundo está abierto como un
libro ante nosotros, para que lo descifremos, y al descifrarlo, aprendamos a
gozar de su belleza y de la belleza de su Autor. En el cristianismo y en las
llamadas religiones del Libro, el Autor del mundo es el Escritor en cuya obra
está su signatura y cuyo sello está presente en cada uno de sus elementos 4. En
esta perspectiva, la lectura permite así un encuentro con la verdad del mundo
creado y un modo específico de conocimiento gozoso que es muy semejante a
aquella experiencia plena que recrea Borges cuando escribe del mundo de los
libros en su cuento “La Biblioteca de Babel”:

“…La Biblioteca es total […] en sus anaqueles se registra todo lo que es dable
expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las
autobiografías de los ángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de
catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, […]la relación
verídica de tu muerte […].
4
E.R. Curtius: European Literature and the Latin Middle Ages, New York: Harper&Row 1953, pp. 32-
347 cap. 16 En este contexto, podemos citar al escritor Alanus de Insulae (s. XII) se le atribuyen estos
versos: Omnis mundi creatura/quasi liber et pictura/nobis est speculum./Nostrae vitae, nostrae
mortis,/nostri status, nostrae sortis/fidele signaculum. “Toda criatura del mundo como libro y como
pintura es para nosotros un espejo, señal fiel de nuestra vida, de nuestra muerte, de nuestra condición, de
nuestra suerte” (trad. María Isabel Flisfisch) Citado por E.R.Curtius, p. 319.
4

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera


impresión fue de extravagante felicidad”.

Si hemos leído el cuento de Borges hasta el final, nos damos cuenta de que su
Biblioteca de Babel, eterna y laberíntica, no es precisamente el lugar donde
reside la felicidad humana. Pero al comentar estas líneas que acabo de citar, el
historiador Roger Chartier ve en esta Biblioteca de Babel borgiana un sueño que
ha atravesado la historia europea y occidental, en la búsqueda de una biblioteca
que reúna todos los saberes acumulados, todos los libros jamás escritos. Ese
sueño, escribe Chartier, “fundó la constitución de las grandes “bibliotecas”, ya
fueran reales, eclesiásticas o privadas; justificó la búsqueda tenaz de los libros
raros, de los textos perdidos, de los textos desaparecidos. Gobernó el gesto
arquitectónico dedicado a construir edificios capaces de acoger la memoria del
mundo” 5. Este sueño es también el que justifica los grandes sistemas de
clasificación de bibliotecas, que no son sino un ejemplo de los dispositivos del
poder y del orden sobre los libros, pero también sobre nuestras lecturas, hasta
el día de hoy. Los actuales códigos numéricos y las palabras clave para la
búsqueda de las obras escritas son por cierto los herederos de los “códigos”
mencionados por Umberto Eco en El nombre de la Rosa para su gran biblioteca
benedictina.. Esta biblioteca laberíntica, un intertexto explícito del relato La
Biblioteca de Babel de Borges, está dividida en secciones según los países de
origen de los autores cuyas obras se encuentran allí representadas, y nos
encontramos aquí de nuevo con el mundo y sus grandes espacios geográficos y
culturales.

Esta búsqueda de un saber sin fin, de la biblioteca infinita que lo contiene todo
y la búsqueda obsesiva de nuevos textos, nos conduce a otro aspecto de la
lectura que me interesa atraer a este “Elogio”. Hemos leído una militante
“Defensa de la Lectura” como la que escribió el gran poeta Pedro Salinas y que
es, sobre todo, una discusión sobre la cultura y la biblioteca pero, igualmente,
una defensa de la lectura personal y libre. La elección del título de mi
presentación tiene otra intención, más allá de una posible “defensa” de la
lectura frente a la realidad de la llamada ‘cultura de masas’: si tenemos alguna
experiencia como lectores, el “Elogio de la lectura” nos traerá el recuerdo del
“Elogio de la locura”, del humanista Erasmo de Rotterdam (1436/9-1536). Su
Locura es por cierto la Moria de los griegos, la insensatez o la locura, en su
traducción castellana más habitual. Así como la Sabiduría se alaba a si misma
en los libros bíblicos6, así la Locura de Erasmo escribe de si misma que ha
5
Roger Chartier. “Bibliotecas sin muros” en El orden de los libros, Barcelona: Gedisa Editorial 2000,
(1992), pp. 69-70.
6
Proverbios 8: 15 y 22-24.“Por mí, los reyes reinan / y los magistrados administran la justicia/Por mí
los príncipes gobiernan / y los magnates, todos los jueces justos”(Prov. 8:15).
‘Yahveh me creó, primicia de su camino, antes que sus obras más antiguas.Desde la eternidad fui
fundada,Desde el principio, antes que la tierra,Cuando no existían los abismos fui engendrada (Prov. 8:
5

nacido en las Islas Bienaventuradas, en medio de la fertilidad que recuerda la


Edad de Oro cantada por los poetas, en un verdadero jardín del Paraíso7.

Y quizás no casualmente, muchas veces en la historia de los siglos modernos en


Europa y en América, la lectura ha sido asociada a los excesos de la
imaginación, a un placer excesivo y también a la manía o, incluso, a la locura.
Tradicionalmente, la lectura de la poesía y de las novelas de amor ha sido
considerada peligrosa y la causante de los desórdenes de la fantasía,
especialmente entre las mujeres lectoras. Es interesante recordar que no solo las
mujeres de las élites europeas se apasionaron por la lectura, sobre todo a partir
del siglo 18; según algunos testimonios, también las mujeres trabajadoras “leían
con avidez comedias, novelas, poemas, [aprendían] de memoria escenas
enteras, párrafos o estrofas, e incluso discurrían sobre las penas del joven
Werther”8; en esa misma perspectiva, el novelista francés Henri Beyle,
Stendhal9, relata en su Correspondencia10 que mientras la femme de chambre lee a
autores como Paul de Kock (1793-1871), la femme de salon prefiere una novela en
octavo, más respetable, y que se precia de cierto valor literario. Cualquiera
fuera la posición social de las mujeres, durante mucho tiempo se las consideró
el principal público lector de la ficción popular y romántica, como correspondía
a su género, es decir, a seres dotados de un exceso de imaginación y, por otra
parte, de pocas exigencias intelectuales. La ficción fue, pues, ‘feminizada’,
mientras los periódicos y los tratados científicos y morales fueron considerados
el objeto ‘natural’ de la lectura de los hombres. En el siglo 18, por otra parte, y
asociada a una ampliación masiva de las posibilidades de lectura, se produjo en
Alemania una verdadera locura o manía lectora, la llamada Lesewut11. La lectura

22-24)
7
“Nací en medio de estas delicias [en las Islas Bienaventuradas] y no amanecí llorando a la vida, sino que
sonreí amorosamente a mi madre. Así no envidio al altísimo Júpiter la cabra que le amamantó, puesto que
a mí me criaron a sus pechos dos graciosísimas ninfas, la Ebriedad, hija de Baco, y la Ignorancia, hija de
Pan, a las cuales podéis ver entre mis acompañantes y seguidores. Si queréis conocer sus nombres, os los
diré, pero, ¡por Hércules!, no será sino en griego”. (Moriae Encomium, Elogio de la Locura, cap. 8.
Traducción, Pedro Voltes Bou, www.cervantesvirtual.com)
8
Un autor vienés, citado por Reinhard Wittmann en el capítulo “¿Hubo una revolución de la lectura a
finales del siglo XVIII?”, en Cavallo, G. y Chartier, Historia de la Lectura en el mundo occidental,
Madrid: Taurus 1998, pp. 437-472 (p. 447)
9
Henri Beyle, Stendhal: Grenoble 1783-Paris 1842.
10
Henri Beyle, Stendhal: Correspondance, ed. Paupe-Chéramy, Paris, 3 vols., vol.3, pp. 89-92, citado por
Martyn Lyons en “Los nuevos lectores del siglo XIX: mujeres, niños, obreros” en Cavallo, G. y Chartier,
Historia de la Lectura en el mundo occidental, Madrid: Taurus 1998, pp. 473-517, p. 483.
11
Darnton, Robert, “El lector como misterio” en Journal of French Studies (No. 23, 1986),: “A pesar de
sus aciertos, los historiadores cuantitativos han descuidado algunos esquemas estadísticos significativos,
y estoy seguro de que sus hallazgos serían aún más impresionantes si fuesen algo más que un empeño por
hacer comparaciones entre un país y otro. Por ejemplo, las estadísticas son un indicio de que el
renacimiento cultural de Alemania en las postrimerías del siglo XVIII tiene alguna suerte de relación con
esa epidémica fiebre de lectura denominada comúnmente Lesewut o Lesesucht. El catálogo de Leipzig no
alcanzó sino hasta 1794 el nivel que había fijado antes de la Guerra de los Treinta Años, cuando concluyó
1 200 títulos de libros recientemente publicados. Con la efervescencia del Sturm und Drang, el catálogo
se elevó a 1 600 títulos en 1770; luego a 2 600 en 1780 y a 5 000 en 1800. Los franceses siguieron un
esquema diferente. La producción del libro creció de modo estable durante un siglo después de la paz de
6

de novelas de amor habría causado no solo una ‘manía lectora’ más o menos
inofensiva, sino que, de acuerdo a una tradición probablemente exagerada, la
lectura de las Desdichas del joven Werther, que Johann Wolfgang von Goethe
(1749-1832) publicó en 1774, y cuyo protagonista culmina su amor desgraciado
en el suicidio, habría provocado a su vez una ola de suicidios entre sus
lectores12.

El ejemplo más célebre de locura asociado a la lectura en nuestra literatura


castellana es por cierto el de Don Quijote (1605). En el primer capítulo leemos:

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo


que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo
corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches , duelos y
quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos,
consumían las tres partes de su hacienda (…)
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los
más del año—, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó
casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y llegó
a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de
sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa todos
cuantos pudo haber dellos (…)
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de
claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se
le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo
aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas,
desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de
tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas
invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo13.

Las lecturas de don Quijote y el registro que de su biblioteca de novelas de


caballería -y de poesía- hacen el cura y el barbero de su aldea (cap.VI) nos
recuerdan también que, históricamente, el acceso a los libros ha sido más bien
limitado para los hombres y mujeres que, aún sabiendo leer, no tuvieron acceso

Westphalia (1648): un siglo de gran literatura, desde Corneille hasta la Encyclopédie, que coincidió con
la decadencia de Alemania”.
12
En su ya mencionado artículo, Reinhard Wittman discute la ‘revolución de la lectura en el siglo 18.
(Ver nota 8). Cita la siguiente observación de Johann Rudolf Gottlieb Beyer, pastor en Erfurt, quien
registra sus observaciones sobre la ‘epidemia lectora’ en 1796: ve cómo “lectores y lectoras de libros que
se levantan y se acuestan con un libro en la mano, que se sientan con él a la mesa, que no se separan de él
durante las horas de su trabajo, que se hacen acompañar por el mismo durantes sus paseos, y que son
incapaces de abandonar la lectura una vez comenzada hasta haberla concluido(…) lo cogen y lo engullen
con un hambre canina. Ningún aficionado al tabaco, ninguna adicta al café, ningún amante del vino,
ningún jugador, [nadie] depende tanto de su pipa, de su botella, de la mesa de juego o del café como
estos seres ávidos de lectura dependen de sus legajos” (Cit. Por R. Wittmann, op.cit.. p.438)
13
Miguel de Cervantes, Primera Parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, Francisco Rico,
ed., Edición del IV Centenario, Madrid: Real Academia Española y Santillana Editores 2004, p. 27-29.
7

a una gran biblioteca. La mayoría de las antiguas bibliotecas privadas tuvieron


un número escaso de volúmenes, mientras que las colecciones monásticas y
eclesiásticas en general, así como las bibliotecas reales, no se hicieron públicas
sino hasta tiempos relativamente recientes. Las universidades han sido
justamente una excepción, puesto que con mayor o menor amplitud, sus
bibliotecas poseen desde antiguo catálogos asociados a los estudios que en ellas
realizan sus profesores y sus estudiantes, y han estado abiertas a sus
comunidades.

Aprender a leer

Durante la Edad Media, como sabemos, la lectura fue un aprendizaje poco


frecuente, independientemente del status social de las personas; de hecho,
sabemos que, con algunas notables excepciones, muchos nobles y aún muchos
reyes no sintieron la necesidad de aprender a leer. Lo habitual fue que los
clérigos y los monjes y monjas aprendieran a leer por razón de su estado, y que
muchos hijos e hijas de campesinos aprendieran a leer o a escribir, justamente
en las escuelas monásticas; es importante recordar asimismo, que lectura y
escritura fueron por mucho tiempo aprendizajes separados. La escritura,
practicada por secretarios y escribas fue, en general, un trabajo extremadamente
duro por las condiciones de la inscripción de las letras con punzones en el
pergamino, y muchas veces fue considerada un trabajo servil.

Otro aspecto fundamental que debemos recordar con respecto a la historia de la


lectura en la Edad Media, en los primeros siglos de la modernidad, y hasta el
día de hoy en algunos medios menos alfabetizados, es que la lectura fue
habitualmente un hecho colectivo: bastaba que una persona supiera leer y
reunía en su torno a un grupo de auditores que participaban así en la lectura sin
leer ellos directamente; en los testimonios recogidos por los historiadores de la
lectura, este hecho queda atestiguado por el uso de la palabra ‘leer’ en el
sentido de escuchar la lectura en la voz de otro. Este hábito de la lectura
colectiva y la relativa escasez de los libros manuscritos durante la Edad Media,
así como de los incunables o de los libros y pliegos de cordel impresos llevaron
a la situación habitual durante los primeros siglos de la modernidad de que los
lectores habituales poseyeran unos pocos libros, leídos una y otra vez. Gracias a
los estudios que se han realizado sobre los libros y la lectura, sabemos que, en el
mundo protestante, incluso en los hogares más modestos de Europa y América
del Norte, una Biblia y un almanaque eran los únicos libros existentes en una
casa, y eran leídos en familia una y otra vez.

Un gran lector y escritor, como lo fue Francisco de Quevedo en España (1580-


1645), alude a esta experiencia ‘intensiva’ de la lectura (por contraposición
8

a la lectura ‘extensiva’ de muchos lectores actuales) en un conocido soneto


suyo, habitualmente llamado ‘Desde la Torre’ (escrito hacia 164114);
significativamente, está dedicado a don José de Salazar, su editor. Escribe
Quevedo que sus libros “[son] pocos, pero doctos”, y en su poema alude
así a su experiencia de lector: “Vivo en conversación con los difuntos y
escucho con mis ojos a los muertos”.

Desde la torre

Retirado en la paz de estos desiertos,


con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,


o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,


de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh, gran don Iosef!, docta la emprenta.

En fuga irrevocable hoye la hora;


pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora15.

Recordando posiblemente este poema, ese gran lector ciego y buen conocedor
de Quevedo que fue Jorge Luis Borges, compuso un poema que tituló
“Mis libros”:

Mis libros (que no saben que yo existo)/ Son tan parte de mi como este rostro/

De sienes grises y de grises ojos/ que vanamente busco en los cristales/

Y que recorro con la mano cóncava./ no sin alguna lógica amargura/

Pienso que las palabras esenciales/que me expresan están en esas hojas/

Que no saben quién soy, no en las que he escrito.

Mejor así. Las voces de los muertos/Me dirán para siempre16. (mi énfasis)

14
David Gareth Walters,” Sobre prisiones y sonetos, el libro del mundo y el mundo de los libros”
(www.biblioteca.org.ar/LIBROS/200489.pdf)
15
Francisco de Quevedo: José Manuel Blecua, ed., Obras completas de Francisco de Quevedo. Poesía. 2
vols. Madrid: Turner 1995, vol. 1, p.103
16
Jorge Luis Borges, “Mis libros” en La Rosa Profunda, Buenos Aires: Emecé Editores 1975, p. 131
9

En estos dos poemas nos encontramos así con el tema del recuerdo y de la
mirada que se asocian en la lectura: se poetiza aquí el antiguo tema del
conocimiento a través de los sentidos y en primer lugar, a través de la vista; la
memoria es, en definitiva, la verdadera fuente del conocimiento y de las
imágenes que nos permiten conservarlo y, como sabemos, a ella se refirió San
Agustín (354-430) en sus Confesiones(ca.398) cuando escribió sobre los grandes
espacios de su memoria:
“Mas heme aquí ante los campos y anchos senos de la memoria, donde están los
tesoros de innumerables imágenes de toda clase de cosas acarreadas por los
sentidos. Allí se halla escondido cuanto pensamos…” (Confesiones X, 8, 12)17

Si tomamos en serio la lectura, debemos tomar en serio sus consecuencias. El


poder de la lectura es real, como real es el poder de toda palabra. Una de las
potencias de la palabra pronunciada (y de la lectura de la palabra escrita) es su
inscripción en la memoria; la palabra servirá pues para traernos el recuerdo de
los acontecimientos y de los hombres y mujeres del pasado. Como sabemos, el
deseo de perdurar en el recuerdo de los hombres ha llevado a la creación de
poemas que tienen que ser cantados y recordados -también a través de su
inscripción como palabra escrita- desde tiempos muy antiguos; así lo atestiguan
los registros históricos, los poemas épicos, y también las grandes elegías por las
ruinas de una ciudad o por la muerte de los héroes.

Por otra parte, el poder de la lectura es fundamentalmente la libertad que ella


otorga a los lectores. Como sabemos, la lectura ha sido muchas veces
restringida por las autoridades de todo orden, civiles y religiosas: ellas han
reconocido siempre el ‘peligro’ que supone la lectura. Desde la lectura colectiva,
en voz alta, en el ámbito de una comunidad de lectores y auditores, la lectura
ha ido progresivamente evolucionando a la lectura individual y silenciosa,
pasando por la ruminatio individual monástica. Esta evolución ha sido asociada
por algunos estudiosos a una progresiva autonomía del individuo lector y a un
grado de libertad que se hace efectivamente peligrosa, porque la lectura permite
la evasión, la abstracción -aunque sea pasajera- de ciertas convenciones sobre la
‘realidad’ y, sobre todo, porque otorga la posibilidad de la interpretación libre
de los textos; la lectura posee así un carácter de seducción que no siempre es
bienvenida. Recordemos también en este punto la fuerza de la palabra escrita, la
que ha sido tradicionalmente asociada a su carácter sagrado, así como lo
atestiguan las especulaciones místicas sobre la letra y su potencia tanto en el
judaísmo como en el cristianismo y en el Islam.

Este último aspecto nos debe hacer recordar que tanto en el ámbito de la lectura
individual como en el de la palabra compartida, nos encontramos asimismo con
17
San Agustín, Las Confesiones, Obras de San Agustín tomo II, Madrid:Biblioteca de Autores Cristianos
1945, Ángel Custodio Vega, ed. , p. 481
10

la experiencia religiosa: así, la conversión religiosa e, inversamente, el proceso


de abandono de la religión o la conversión a nuevas creencias han estado
muchas veces relacionadas con la lectura de aquella palabra decisiva que
“define” una conversión. Así como San Agustín relata su conversión en la escena
del jardín y del códice bíblico abierto casi ‘mágicamente’ solo para él, para
responder sus preguntas más íntimas18, así hemos leído o conocido de múltiples
experiencias en las que un cristiano dice haber abandonado su religión “porque
ha leído mucho”, es decir porque se ha internado en las lecturas que lo
‘convirtieron’ a un nuevo estado de creencias. Lo mismo se ha podido decir del
proceso de conversión a las ideas anarquistas y socialistas entre los antiguos
tipógrafos de fines del siglo 19 y de comienzos del siglo 20, justamente de
aquellos artesanos que estaban íntimamente ligados a la palabra escrita a partir
de la imprenta; un proceso semejante es la importante labor de ‘conversión’ a
una gran diversidad de grupos religiosos, esotéricos y políticos a través de las
páginas de Internet: de nuevo, las palabras unidas a las imágenes parecen
abiertas a múltiples lecturas e interpretaciones. De nuevo, la lectura individual
y muchas veces secreta, está significada como la apertura al mundo a través de
la lectura.

La lectura es también, muchas veces, un viaje que nos lleva al conocimiento de


nosotros mismos, y no solo del mundo exterior. Las palabras de otros nos sirven
de espejo y nos ayudan, muchas veces, a conocernos mejor. La imagen del
espejo es por cierto la adecuada, si bien no estamos postulando que la página
escrita sea necesariamente un ‘reflejo’ nuestro en el sentido mecánico de esa
comparación. Recordemos nuevamente en este contexto las palabras de
Gregorio el Grande, cuando escribía que “la lectura nos presenta una especie de
espejo frente a los ojos de nuestra mente, para que nuestro rostro interior pueda
ser visto en él. Así aprendemos a conocer nuestra propia fealdad y nuestra
propia hermosura, (…) porque deberíamos transformar lo que leemos en
nosotros mismos”19

La lectura individual es también uno de los temas que desarrolla Pedro Salinas,
en su ya mencionada Defensa de la Lectura. Salinas escribe así: “Se define al lector
simplicísimamente: el que lee por leer, por el puro gusto de leer, por amor
invencible al libro, por ganas de estarse con él horas y horas, lo mismo que se
quedaría con la amada; por recreo de pasarse las tardes sintiendo correr,
acompasados, los versos del libro, y las ondas del río en cuya margen se
recuesta”20

18
San Agustín, Las Confesiones, VIII, 11-12, p. 403-406
19
Gregorio el Grande, 7. Moralia in Job II.i and I. 33; citado por Mary Carruthers en The Book of
Memory pp. 325
20
Pedro Salinas, “Defensa de la Lectura”, en El Defensor, Madrid: Alianza Editorial 2002, p.
11

Lectura y recuperación del Paraíso

En este mismo sentido, y como lo ha escrito también Roger Chartier, frente al


orden de los autores, de los editores, de los críticos y de los censores, “la
lectura, por definición, es rebelde y vagabunda”21. La lectura quiere recuperar la
voz, la palabra y el conocimiento del mundo; para ello, el lector corre los
peligros que conllevan la imaginación y hasta la locura, pero prefiere correrlos
antes que perder su libertad y el placer de la lectura; todos los que podemos
entrar a mirar los anaqueles de una biblioteca y vagar por ellos, como si fuera la
Biblioteca de Babel descrita por Borges, podemos experimentar ese placer, ese
especial sentimiento de felicidad y de libertad, y nos sentimos por un momento
viajeros en un mundo abierto solo para nosotros.

Para concluir, creo que podemos preguntarnos en este punto “¿por qué vale la
pena leer?” Una respuesta posible nos la propone Michel de Certeau: “Muy
lejos de ser escritores, fundadores de un lugar propio, […] los lectores son
viajeros. [Mientras] la escritura acumula, amontona, resiste al tiempo por medio
del establecimiento de un lugar …[la lectura] no conserva sus adquisiciones, y
cada uno de los lugares por donde pasa es repetición del paraíso perdido”22

Quisiera recordar aquí también los versos escritos por el poeta norteamericano
Walt Whitman (1819-1892) en el Canto a Mi mismo (1855). “¿Te ha costado tanto
aprender a leer? ¿te enorgullece comprender el sentido de los poemas/?Quédate
conmigo este día y esta noche y serás dueño del origen de todos los poemas,/Serás dueño
de los bienes de la tierra y del sol (aún quedan millones de soles),/ Ya no recibirás de
segunda o de tercera mano las cosas, ni mirarás/ por los ojos de los muertos, ni te
alimentarás de los espectros de los libros/23…
Estas líneas parecen proponer el valor de la experiencia amorosa por sobre la
experiencia de la lectura como origen del conocimiento, y contradicen, al menos
en apariencia, mi elogio de la lectura. Aparece aquí también mencionada la
presencia de los muertos: gracias a la experiencia amorosa, escribe Whitman
por su parte, se puede ir más allá de la experiencia habitual de la lectura:
“Quédate conmigo este día y esta noche y comprenderás el sentido de los poemas [y
ya…no] mirarás/ por los ojos de los muertos”.
Quiero recoger por último, nuevamente, el poema de Francisco de Quevedo; en
su texto, el lector intenta “escuchar a los muertos con los ojos”, y también,
añadimos nosotros, intenta recuperar la memoria, recuperar las palabras
originarias. Podemos recordar también en este sentido lo escrito en uno de los
21
Roger Chartier, Prefacio “El orden de los libros” en El orden de los libros, Barcelona: Gedisa Editores,
2000, p. 19-20.
22
Michel de Certeau, L’invention du quotidien, I, “Arts de faire (1980)”, Luce Giard ed., Paris :Gallimard
1990, p.251, citado por Roger Chartier : « Comunidades de lectores » en El Orden de los Libros,
Barcelona: Gedisa Editores 2000, p. 23.
23
(Selección, traducción y prólogo, J.L.Borges, Barcelona:Lumen 1991) p.22-25
12

textos bíblicos más influyentes en la tradición cristiana sobre el valor de las


palabras, el evangelio de Juan: “El Verbo [la Palabra] se hizo carne y habitó
entre nosotros”24. Así, una y otra vez, gracias a tantas palabras e imágenes
provenientes de todos los lugares y tiempos imaginables, en tantos libros
antiguos y nuevos, en todos los soportes de lectura posibles, sentimos que vale
la pena leer y recomenzar una y otra vez esa tarea de ‘recuperación’ del paraíso
perdido.

24
Juan 1, 1
13

ELOGIO DE LA LECTURA. TEXTOS

Introducción
1. Tu silencio me duele
tanto como la vida,
tanto como el tiempo.
Tus palabras me sostienen
tanto como la tierra,
tanto como el cielo.

2. Jorge Luis Borges: “La Biblioteca de Babel”:


“…La Biblioteca es total […] en sus anaqueles se registra todo lo que es dable expresar:
en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los
ángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la
demostración de la falacia de esos catálogos, […]la relación verídica de tu muerte […].
Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión
fue de extravagante felicidad”.

3. Miguel de Cervantes: Don Quijote

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo


que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo
corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches , duelos y
quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los
domingos, consumían las tres partes de su hacienda (…)
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran
los más del año—, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que
olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda;
y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra
de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa
todos cuantos pudo haber dellos (…)
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de
claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se
le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo
aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas,
desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele
de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas
soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el
mundo25.

4. Francisco de Quevedo: Desde la torre

25
Miguel de Cervantes, Primera Parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, Francisco Rico,
ed., Edición del IV Centenario, Madrid: Real Academia Española y Santillana Editores 2004, p. 27-29.
14

Retirado en la paz de estos desiertos,


con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,


o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,


de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh, gran don Iosef!, docta la emprenta.

En fuga irrevocable hoye la hora;


pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.26

5. Jorge Luis Borges, “Mis libros”

Mis libros (que no saben que yo existo)/ Son tan parte de mi como este rostro/

De sienes grises y de grises ojos/ que vanamente busco en los cristales/

Y que recorro con la mano cóncava./ no sin alguna lógica amargura/

Pienso que las palabras esenciales/que me expresan están en esas hojas/

Que no saben quién soy, no en las que he escrito.

Mejor así. Las voces de los muertos/Me dirán para siempre27. (mi énfasis)

6. Walt Whitman. “Leaves of Grass”


“¿Te ha costado tanto aprender a leer? ¿te enorgullece comprender el sentido de los
poemas/?Quédate conmigo este día y esta noche y serás dueño del origen de todos los
poemas,/Serás dueño de los bienes de la tierra y del sol (aún quedan millones de
soles),/ Ya no recibirás de segunda o de tercera mano las cosas, ni mirarás/ por los ojos
de los muertos, ni te alimentarás de los espectros de los libros/…28

26
Francisco de Quevedo, Poesía Completa, 2 vols. Madrid: Turner 1995 p.
27
Jorge Luis Borges, “Mis libros” en La Rosa Profunda, Buenos Aires: Emecé Editores 1975, p. 131
28
W.Whitman, Leaves of Grass/Hojas de Hierba (Selección, traducción y prólogo, J.L.Borges,
Barcelona:Lumen 1991) p.22-25.

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