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Silencio y Oración Interior

Este documento describe la importancia del silencio interior y del corazón en la oración y los ejercicios espirituales. Señala que el verdadero silencio es rico y nace espontáneamente desde adentro cuando una persona se deja aferrar por Dios. Los tiempos libres pueden indicar el grado en que alguien se implica realmente en la experiencia espiritual, ya que las cosas rezadas o contempladas volverán espontáneamente a la mente. Un silencio forzado y tenso desde fuera pero no desde adentro

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Silencio y Oración Interior

Este documento describe la importancia del silencio interior y del corazón en la oración y los ejercicios espirituales. Señala que el verdadero silencio es rico y nace espontáneamente desde adentro cuando una persona se deja aferrar por Dios. Los tiempos libres pueden indicar el grado en que alguien se implica realmente en la experiencia espiritual, ya que las cosas rezadas o contempladas volverán espontáneamente a la mente. Un silencio forzado y tenso desde fuera pero no desde adentro

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1. LA INTELIGENCIA, LA SENSIBILIDAD...

EL CORAZON

"Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu
Padre que está allí en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará". (Mt 6,6)

Escucha la invitación de Cristo a retirarte a tu celda. Jesús hace aquí alusión a un "taméion", una
bodega, es decir el lugar donde se guardan las provisiones. Allí está tu porción de desierto. Se trata de una
habitación retirada a la que no tiene acceso ningún extraño y que está toda ella impregnada de silencio y de
soledad. Más adelante insiste en el carácter secreto de esta morada en la que huyes de la mirada de los
hombres. Es preciso que tu única preocupación sea ponerte bajo la mirada de Dios sólo para que tu oración
pase desapercibida. Lo que importa, es orar con intención pura. Puedes así reservar en tu habitación un
lugar reservado sólo a Dios. Que haya en ella una bella imagen ante la cual arde una lámpara, símbolo de
tu oración continua.

El verdadero lugar de tu oración, es tu corazón y no tu inteligencia o tu sensibilidad. Muy pocos


hombres consiguen llegar a este nivel profundo de su ser; muchos de ellos ni siquiera sospechan su
existencia. El Espíritu Santo habita y vive en el fondo de tu corazón para introducirte en las profundidades
del misterio de Dios y revelarte sus secretos (1 Cor 2,10). Desgraciadamente estas maniatado interiormente
por estos "nudos del corazón" que te enmarañan en un personaje. Encuentras dificultad para orar porque
maquillas tu rostro con máscaras. La oración es el acto de un hombre libre. Ponte en verdad delante de
Dios, tal como eres, sobre todo con lo que El tiene de mejor en ti.

Y luego cierra tu puerta con llave. No dejes que penetre en ti ninguna presencia indiscreta. Hazte en
tu interior una morada estable y sólida en la que nadie tenga la posibilidad de entrar, de encontrarte, de
molestarte: silencio del corazón, de la imaginación, de la memoria, de la inteligencia y de la voluntad. Muy a
menudo, sufres en tu soledad profunda ante Dios porque te descubres pobre. No sabes que hacer porque
no tienes vida personal. Disponerte a orar, es hacer silencio a las amarguras, a las preocupaciones, a los
pesares vanos, a las situaciones no digeridas, a los afectos demasiados sensibles.

Lo que importa sobre todo, es hacer callar tu "yo" invasor, que, inconscientemente se impone a
Dios. No se trata de que experimentemos el vacío, sino que bajes al fondo de tu corazón para compartir al
Dios que vive en ti.

Pues el fin de la oración no es descubrir tu propia interioridad sino colocarte ante el Padre, que
"penetra" tu secreto, con una mentalidad de hijo. Entre Dios y tú, existe un lazo mucho más profundo que
con tu padre de la tierra. Él te ve con una mirada de amor. Gusta de permanecer en este gran silencio bajo
la mirada del Padre. Sobre todo no multipliques las palabras pues el silencio es una precaución para el
amor. Cuando se ama, uno se calla ante el otro para mirarle sencillamente con todo el deseo de su corazón,
sin querer echar mano de él. No tienes que decir nada a Dios pues el Padre sabe muy bien lo que necesitas
antes de que tú se lo pidas (Mt 6,8).

¿Qué da el Padre a los que hacen silencio y oran? Te dará el Espíritu para aprender a orar: "Si
pues vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará
el Espíritu Santo a los que se lo pidan!" (Lc 11,13). No sabes lo que tienes que pedir para orar como quiere
el Padre (Rom 8,26). Entonces el Espíritu viene en ayuda de tu debilidad; se une a tu espíritu para hacerte
gritar: "¡Abba! ¡Padre!" (Rom 8,15).

Orar, es dejar a Jesucristo que diga en el interior de tu corazón: "¡Padre!" en el dinamismo de su


Espíritu. Tendrás que dejar atrás muchas zonas de tu ser para descubrir en ti esta vida del Espíritu
escondida bajo los aluviones del tener y del parecer. Cava en profundidad para detectar este filón de agua
viva que fluye del corazón de Cristo al tuyo.

Jean Lafrance
Ora a tu Padre
Narcea,[Link] Ediciones,1991.pág 136-138
2. ENTRAR EN ORACIÓN.
La palabra "entrar" puede ser considerada una palabra clave en el camino espiritual. Podemos
hablar de "entrar en la oración", de "entrar en el Reino", "entrar en el espíritu del Evangelio"..., entendiendo
con esta expresión toda una serie de disposiciones de ánimo y de movimientos del corazón que nos sitúan
en la verdad de una relación.

En el encuentro de Jesús con el joven rico, el evangelista Mateo nos presenta una interesante
corrección de vocabulario. El hombre pregunta: "Qué debo hacer de bueno para poseer la vida eterna". Y
Jesús respondió: "Si quieres entrar en la vida, observa los mandamientos" (Mt 19, 126-17).
La vida de fe no es una cosa para hacer ni una posesión, sino una relación personal en la cual "entrar" a
través de la fidelidad a las cláusulas de la alianza observadas con sentimientos filiales. La palabra "entrar"
sugiere toda la riqueza afectiva de una vida de fe vivida como relación personal.

En esta relación viva se entra con todo el ser, implicando todas las dimensiones de la propia
persona: el cuerpo (en las varias posiciones y actitudes según aquello que se busca o se desea expresar;
de pie, de rodillas, sentados...), la memoria, la inteligencia, la voluntad, los sentimientos, los afectos...
el corazón. Cuando la relación personal es viva y auténtica, toda la persona es afectada.

El motivo más frecuente de tantas dificultades para entrar en la oración, o bien de una oración que
deja frío el corazón, consiste en el hecho de que algunas dimensiones de la persona permanecen fuera. Tal
vez simplemente por una educación equivocada acerca de lo que significa "orar"; otras veces por miedo,
censuras o represiones varias. Si persisten las dificultades para entrar en la oración, es oportuno
interrogarse para individualizar cuánto y qué cosa de la persona esta excluido en la relación con Dios.

Bendice al señor, alma mía,


y todo mi ser bendiga su santo nombre.

Así nos invita a orar el salmo 103,1. Toda la persona, en efecto, está llamada a tejer el himno de
alabanza y de bendición al Señor. ¿Por qué entonces esto no sucede espontáneamente y debemos
frecuentemente suscitarlo?

Algunas veces se trata de descuidos del aspecto corpóreo y se pretende encontrar al Señor en
actitudes superficiales y confianzudas: estirados, desgarbados, sin ningún "respeto"... En estos casos,
puede ser suficiente el tratar de asumir una posición del cuerpo más respetuosa de la Presencia, más apta
para manifestar aún físicamente los sentimientos (alabanza, adoración, súplica...) que se desean expresar
al Señor.

Otras veces -y aquí el discurso se torna más empeñativo- se busca un encuentro con el Señor
hecho de reflexiones y razonamientos, como si la comunicación verdadera con una persona sucediese
sólo o sobre todo a nivel de ideas. Aquí es importante hacer emerger en la persona la dimensión
afectiva, esta riqueza que cada uno lleva dentro y que es descubierta, purificada y canalizada
positivamente. Cada uno de nosotros es un ser humano viviente, que piensa... recuerda... desea... quiere...
ama... sufre... se equivoca...

Todo este mundo debe entrar en la oración; debe emerger en nuestra relación con Dios, si
queremos que ésta no sea artificial sino verdadera. "Soy un hombre y nada de lo humano me es
extraño": así expresaba San Agustín la profunda carga de humanidad que él llevaba dentro de su
experiencia de fe.
Los salmos de la biblia nos invitan a hacer entrar en la oración todas las dimensiones de nuestra vida:
alabanza, adoración, agradecimiento, súplica, intercesión, lamentación...

Sólo cuando introducimos todo nuestro ser en la oración, la relación con Dios es
verdaderamente auténtica. Y nuestra fe se hace más humana. No existe, en efecto, camino de fe que no
pase por nuestra humanidad, a la cual somos llamados a reconocer y asumir, purificar y reordenar a la luz
de la palabra de Dios.
Si descuidamos esta verdad esencial, nosotros renegamos de uno de los dogmas fundamentales de la fe
cristiana: la Encarnación.

"Con la Encarnación el Hijo de Dios se ha unido, en cierto modo, a cada hombre. Ha


trabajado con manos de hombre, ha pensado con la inteligencia de hombre, ha obrado con
voluntad de hombre, ha amado con corazón de hombre..." (GS 22).
3. SECRETOS DEL ENCUENTRO

El silencio del corazón

El fruto de los ejercicios está condicionado ciertamente por el silencio exterior; pero está, sobre todo, ligado
al silencio del corazón y a la calidad de este silencio. Dejar de estar centrados sobre uno mismo, el
desapego de los propios problemas, la capacidad de confianza en el Señor introducen en esta zona secreta.
El silencio pedido en los ejercicios es un silencio rico, sabroso, que nace espontáneamente de adentro,
signo de que el Señor y su Palabra te están aferrando.
En este sentido, los tiempos libres más allá de los momentos ligados a la oración son una señal de cuanto
uno se esté dejando aferrar por el Señor. Si en los tiempos libres algunas de las cosas rezadas o
contempladas vuelven espontáneamente o toman nuestra persona con gusto y suavidad, esto puede ser un
buen termómetro de cuanto ella, la persona, está íntimamente involucrada en la experiencia que está
haciendo. Si en cambio, los tiempos libres son ocupados para otras cosas y no reaflora nada, hay que
preguntarse sobre el nivel real de implicación.

Puede suceder que el silencio sea sólo exterior, forzado y lleno de tensiones, esto pone en evidencia que,
tal vez haya resistencias fuertes de nuestra parte o que deseamos dirigir nosotros el camino espiritual en
vez de dejarlo hacer a El. Con las palabras de San Agustín, podemos decir que en los ejercicios debemos
aprender a "callar con los labios para gritar con el corazón".

Silencio y Palabra

Dos realidades aparentemente opuestas, pero que, por el contrario, revelan una sorprendente afinidad. La
Palabra proclamada sobre nosotros, sentida adentro, produce silencio; el silencio a su vez introduce al
gusto íntimo de la Palabra. Más aún, a medida que se progresa en una verdadera experiencia humana y
espiritual, se advierte que el punto hacia el cual van las relaciones personales auténticas es un progresivo
silencio. Al principio se tiene necesidad de muchas palabras con las personas; pero, a medida que crece
una comprensión recíproca profunda, las palabras son cada vez menos necesarias, los gestos y los
silencios se vuelven suficientes y más expresivos.
Lo mismo sucede en el desarrollo de la oración: de las muchas palabras y de los muchos razonamientos
iniciales se va hacia la presencia simple y amorosa del Señor o al misterio contemplado.

Soledad y comunión

Se trata de otras dos realidades para recomprender desde el interior de la vivencia espiritual. Quien vive
una experiencia de auténtica soledad con el Señor adquiere una conciencia más nítida de su propia
identidad; llega ser capaz de comunicarse a sí mismo y de ayudar, en tal modo, a los otros a ser ellos
mismos.
Sólo la persona auténtica es capaz de una verdadera comunión con los otros; pero la verdad sobre nosotros
mismos se adquiere, sobre todo, aprendiendo a estar delante de Aquel a imagen del cual hemos sido
plasmados.
Sin soledad -cosa que esbien distinta del aislamiento- no existe verdadera identidad y sin identidad no
existe una verdadera comunión entre las personas.
4. ¿QUÉ SE MOVILIZA EN EL CORAZÓN?

La oración es un encuentro con la Persona del Señor.


La Palabra de Dios quiere suscitar este encuentro y se manifiesta viva y eficaz hasta escrutar hasta el fondo
"los sentimientos y pensamientos del corazón" (Heb 4, 12).
No hay que maravillarse de que el hombre se acerque a esta palabra con un cierto miedo de ser puesto al
desnudo en lo más profundo de sí.

Puesto que el encuentro personal verdadero no sucede solamente a nivel de ideas y razonamientos sino
que implica todo el hombre y en particular la afectividad profunda, caracterizan este encuentro las
resonancias humanas tales como la alegría, el sufrimiento, el miedo, la duda, las resistencias, la
incomodidad, etc. Estas manifestaciones son signo de que la persona está viva y reacciona como un ser
viviente.

También en la oración nosotros entramos con toda la riqueza y el peso de nuestra humanidad. Si no se
registrase ninguna de estas manifestaciones típicas, habría que interrogarse sobre la verdad del encuentro
con Dios. Cuando no se mueve nada dentro, no es buen signo.
Es verdad, sin embargo, que la mayor parte de las veces muchas cosas se están moviendo, pero la
persona no es capaz, todavía, de registrar y de objetivar lo que está sucediendo. También los dos
discípulos de Emaús sentían algo profundo cuando Jesús les explicaba las Escrituras, pero sólo después
han tomado conciencia de lo que sucedía ya al comienzo.

Esto nos debe mantener atentos a un dato muy obvio. Lo vivido y lo temático, es decir, experiencia viva y
conciencia refleja, no coinciden; el primer elemento, efectivamente, será siempre más rico que el
segundo. Se requiere tiempo y ejercicio para hacer aflorar a la luz tantos estados de ánimo que vivimos
frecuentemente por mucho tiempo sin llegar a comprenderlos.
El salto de lo vivido a lo temático es como un pasaje de la sombra a la luz; a medida que las cosas vividas
entran en el campo de nuestra conciencia, se comienza a reconocerlas, a objetivarlas, a darles un nombre;
"dar el nombre" es el primer paso hacia el discernimiento.

La importancia de estas operaciones puede resultar todavía más clara si se considera que la mayor parte
de nuestras elecciones de cada día suceden no en base a razonamientos y conclusiones, sino bajo la
influencia real, aunque no consciente, de sensaciones, sentimientos, deseos, miedos, etc; y esto sucede
sobre todo en el campo de las relaciones personales: advertimos una cierta incomodidad o miedo de
aproximarnos a esta influencia; nos movemos instintivamente al encuentro de las cosas que nos atraen, y
así vamos adelante.
Aquí no se trata de ver si aquello que hacemos está bien o mal, sino de tomar conciencia de cuanto sucede
dentro de nosotros, aún si lo ignoramos, de modo que progresemos siempre más hacia una mayor
transparencia.

No hay verdadero progreso espiritual si no se toma conciencia del mundo que llevamos dentro.
El camino de fe propuesto en la Biblia, en particular el camino de los discípulos que se ponen en el
seguimiento de Jesús, está caracterizado por el aparecer progresivo de estas reacciones humanas: celos
recíprocos, deseo de los primeros puestos, miedo de preguntarle sobre ciertos temas, etc.
Precisamente porque estas realidades escondidas salen a la luz, Jesús tiene la posibilidad de educar a sus
discípulos, purificando los pensamientos y los sentimientos de su corazón. Si en cambio estos movimientos
permaneciesen en la sombra, continuarían ejercitando su acción al resguardo, dejándonos en la ilusión de
estar encaminados por los senderos de Dios.

Uno de los motivos principales por los cuales tantos ejercicios espirituales no alcanzan el fruto esperado es
quizá porque se habla demasiado a la inteligencia y poco al corazón; porque se está preocupado en educar
las ideas, pero no se pone suficiente atención en evangelizar los sentimientos, los deseos y los afectos, de
los cuales depende la mayor parte de nuestra elecciones concretas.
Para que esto se verifique, sin embargo, es necesario que en la oración esta realidad aflore a través de toda
la gama de sentimientos humanos. La revisión de la oración es un momento fundamental para adquirir
conciencia de nuestras resonancias delante de la palabra de Dios.
Cuando los ejercicios son vividos, sobre todo, como reordenamiento de la afectividad, las relaciones
humanas que nacen de esta purificación son estimuladas para volverse siempre más vivas y más
transparentes.
Se aprende además a comunicar a los demás toda la riqueza de la propia persona, y tantas cosas vividas
en los grupos y en la comunidad adquieren un sabor más humano y más espiritualmente encarnado.

NOTA: Siendo la oración un encuentro personal con el Dios Viviente, hay que esperar que en ella emerjan
las riquezas y, conjuntamente, las contradicciones de la persona.
Algunos métodos orientales (orar al ritmo de la respiración, meditación profunda de varios tipos...) están hoy
muy difundidos en el mundo cristiano y pueden ofrecer una contribución válida para despertar en la oración
una cierta conciencia de sí: desde el simple gusto de existir al gusto de las cosas que nos circundan.

Lo importante es que no se recurra a estos métodos para crearse una sensación de bienestar físico y
psicológico, alejando los problemas reales por medio de un vacío artificial.
La oración cristiana nos dispone a dejarnos escrutar en "los sentimientos y pensamientos del corazón"; la
Palabra de Dios crea un espacio de silencio para hacer emerger la persona con su vitalidad y su nudo de
problemas y situaciones: para iluminar, para purificar, para curar y abrir a la esperanza. El miedo de mirarse
y de dejarse mirar dentro lleva frecuentemente a buscar métodos de oración aparentemente pacificadores,
donde la persona tiene una sensación inmediata de bienestar pero no se da cuenta de que después de la
oración se reencontrará con todas las situaciones no miradas y no resueltas a la luz del Señor.
5. ACTITUDES FUNDAMENTALES

EN LA ORACION

La oración es un encuentro personal con el Dios Viviente. Como en cada encuentro entre personas
no bastan los discursos y los razonamientos para entrar en comunión con el otro, así también en la oración.
La oración es una de aquellas realidades de la vida que no se dejan encerrar en una fórmula; se comprende
de a poco, a medida que nos es dado vivirla y hacer experiencia de ella.
A la luz de esta premisa importante, he aquí algunas actitudes fundamentales para un encuentro
verdadero con el Señor, que se pueden recoger de la experiencia de quien las ha vivido personalmente.

1. Respeto y familiaridad

El respeto expresa que el Señor es siempre el Señor, el Dios lejano, tres veces Santo. La
familiaridad expresa que este Dios se ha hecho cercano, convirtiéndose en el Emmanuel, el Dios-con-
nosotros. El respeto y la familiaridad son como la resonancia psicológica del corazón del hombre ante la
trascendencia y la inmanencia de Dios; respeto y familiaridad expresan, al mismo tiempo, nuestra condición
de criatura y de hijos. En la Biblia se habla, a menudo, del "temor de Dios", que no significa miedo, sino,
sobre todo, temor reverencial mezclado con confianza; tal vez lo propio de las actitudes complementarias de
respeto y familiaridad nos ayudan a traducir este concepto en términos actuales.

Podemos decir que respeto y familiaridad son dos actitudes complementarias de la oración cristiana.
Cuando falta una de ella, falta una cosa esencial. El respeto sin familiaridad puede significar una oración,
más bien, fría y formal, que no es propia de los hijos. La familiaridad sin respeto puede indicar que hay una
especie de camaradería con el Señor, un olvido de que Dios es siempre Dios, tal vez, con este modo se
defiende de dejarse poner, de verdad, en cuestionamiento por su palabra.

2. Libertad del uno y del otro.

En una relación humana auténtica, aún cuando se expresa el máximo de la familiaridad, el otro
permanece siempre otro. Ninguno de los dos debe ser absorbido ni desaparecer. En la unión o en la
comunicación cada uno debe permanecer uno mismo.

Un discurso análogo se debe hacer sobre la relación con Dios. Cuando hacemos experiencia
auténtica de El, tenemos la sensación de no haber sido, jamás, tan nosotros mismos. Si, en cambio, la
oración es algo alienante, en la cual tenemos la impresión de ser inauténticos, es necesario interrogarse
sobre este tipo de experiencia religiosa.
El contacto verdadero con Dios suscita y promueve el bien de la persona; también las correcciones son
percibidas como un gesto paterno de misericordia.

La experiencia de fe suscita la libertad y debe ser vivida en la libertad recíproca. Esto implica que el
encuentro se prepare cuidadosamente, como cuando se está convencido de su importancia ,no ceder a la
improvisación.
Al mismo tiempo, sin embargo, donde se ha preparado la oración y se está dispuesto con empeño, se deja
al Otro toda la libertad de revelarse cuando quiera y como quiera. Después de haber preparado todo, se
dispone a la escucha, evitando sofocar la palabra del Señor con nuestras palabras y con nuestros
esquemas.

En resumen, la oración se prepara cuidadosamente pero no se programa, del mismo modo que los
encuentros personales importantes se preparan cuidadosamente pero no se pueden programar con
anticipación.

3. Gratuidad de las relaciones interpersonales


Es necesario tomar conciencia de que podemos vivir varias formas de instrumentalización de la
oración. Hacemos una hora de oración para preparar la homilía, o bien para preparar la conferencia o la
catequesis. Permanecemos, con mucho gusto, rezando mientras tenemos gratificación; pero escapamos
rápidamente apenas no sentimos nada o nos parece perder el tiempo.

La oración debe enseñar a respirar un clima de gratuidad, de pureza de intenciones, que se


expresan, por ejemplo, en la fidelidad al tiempo de oración, más allá de la consolación o desolación. Cuando
uno aprende a estar allí para el Señor, esperando que se comunique con libertad, cuando y como quiera, se
ha hecho un verdadero progreso en la calidad de las relaciones: en el centro está, verdaderamente el Señor
y la relación es vivida con transparencia.

Las formas de oración que mayormente manifiestan este crecimiento son la alabanza y la
adoración, en ellas la persona expresa su propia admiración y la alegría de estar, amorosamente, ante de
El, descubierto como la vertiente de la propia vida.

Cuando se respira este aire de gratuidad, se comienza a comprender que la oración, antes que un
problema de tiempo es un problema de corazón ordenado. Si uno busca en todo al Señor con pureza de
intención, entonces no le será difícil encontrarlo, también en los momentos de intimidad. Si, en cambio, el
corazón está lejano y las opciones no se dan en el Señor, se vuelve, verdaderamente difícil ponerse delante
de El de verdad.

Concluyendo,

Decíamos que respeto y familiaridad, libertad y gratuidad son actitudes fundamentales en la


relación con Dios, son actitudes esenciales también en la relación con las personas. Progresar, en
ellos en la oración significa hacer, al mismo tiempo, las relaciones humanas más auténticas.
6. LA REVISION DE LA ORACION

1. Un modo de hacer la revisión

Preguntarse sobre la oración con la mente fresca, enseguida después del ejercicio, ayuda a
objetivar lo que se ha vivido y a pasar, gradualmente, de criterios de evaluación más superficiales a criterios
seguros de la autentica tradición espiritual de la Iglesia. El hombre es llevado, naturalmente, a pensar que la
oración anduvo bien si se han verificado grandes iluminaciones o gratificaciones, o bien si el tiempo ha
pasado velozmente, o si se concluye con una gran carga emotiva.
Al contrario, uno puede estar tentado de evaluar negativamente su oración si no llega a recoger nada, si ha
sentido aridez o ganas escapar, etc.
Cuando se madura en la fe, uno aprende a desprenderse de la necesidad de gratificación y a estar,
entonces, más gratuitamente delante del Señor, buscándolo a El y no a nosotros mismos, reconociendo
efectivamente que en una experiencia de aridez, recibida humildemente, el Señor se ha revelado de un
modo más vivo y más verdadero.

Prácticamente, para la revisión de la oración hace falta tener siempre presente un dato
fundamental: la oración es un encuentro de dos libertades, la mía y la del Señor. Una parte del
encuentro depende de mí y debo saberla ejercitar con empeño y buena voluntad; la otra parte depende de
la pura libertad del Señor y debo aprender a descubrirla y a acogerla con admiración y reconocimiento.

La dos libertades principales en juego pueden ser expresadas así:

disponerse con todo el propio ser al encuentro,


reconocer y acoger el don recibido

 Disponerse con todo el propio ser al encuentro

Preparación cuidadosa del texto, elección de un lugar y un tiempo para la oración, ponerse en la
presencia del Señor, esfuerzo por entrar en la situación encontrando, también la posición del cuerpo que
más me ayuda, pedido confiado de cuanto siento y deseo en profundidad, paciencia en las distracciones...
son todos detalles de cuidado que pueden depender de mi ingenio y voluntad. Es el modo concreto para
decir que el encuentro para mí es importante y que deseo vivirlo con libertad y gratuidad, buscando de no
dejar fuera de la oración nada de aquello que soy y vivo: cuerpo, memoria, inteligencia, voluntad,
sentimientos, corazón. Cuando uno "pone todo" de su parte, es imposible que no ocurra nada en la oración,
o sea, que el Señor no se revele de algún modo, Esto deriva de la convicción y de al experiencia viva de los
santos: el Señor está siempre dispuesto a comunicar sus dones; nosotros frecuentemente, estamos poco
en sintonía de recibir y es necesario, por lo tanto, disponerse.

 Reconocer y acoger el don recibido

Tomando de a uno los puntos de meditación, o bien contemplando una escena del evangelio,
algunos aspectos suscitan dentro de mi diversos tipos de "resonancia". La Palabra de Dios, cuando cae en
el terreno preparado, que se intentó describir antes, no deja indiferente; algo "resuena", vibra en lo
profundo. Se tratará de una internalización nueva de algunas frases sentidas tantas veces; o de una
atracción gustosa hacia algunas realidades del evangelio que advierto importantes para mi; o bien, aún de
miedo, de resistencia, de rechazo... En una experiencia prolongada de oración como la de los ejercicios, no
es posible que no se mueva nada; ordinariamente se descubre como necesario preparar a la persona para
advertir cuanto se está moviendo dentro en modo imperceptible pero real. Reconocer los movimientos del
corazón, aprender a darles el nombre justo, es el primer paso para distinguir, para discernir, para reconocer
y acoger la voluntad de Dios en la propia vida.
2. Utilidad de la revisión de la oración

Después de la revisión es útil tomar, cada vez, algunos breves apuntes que se revelarán preciosos
por varios motivos.

Para el coloquio con el director espiritual

Cuando el examen de la oración ha sido bien hecho y se han tomado nota de los puntos esenciales,
el coloquio con el director espiritual, en los ejercicios, se hace más preciso y esencial; "no vale el perro por
el collar", pero se refiere simplemente a aquello que se ha vivido, los puntos fuertes y los problemáticos. Si
en cambio no ha habido revisión de la oración, el ejercitante no hace experiencia personal de lectura de los
movimientos del corazón, el coloquio con el guía se vuelve fatigoso y genérico porque está poco atento a
los datos de base sobre los cuales reflexionar.

Para recoger el fruto de los ejercicios

Al término del camino de algunos días de ejercicio, el fruto nace, sobre todo, cuando hacemos
memoria de cuanto el Señor ha obrado en el curso de toda la experiencia. Los apuntes se hacen preciosos
porque se supone que han registrado los puntos más significativos del dialogo; además, se corre menos el
riesgo de orientarse hacia propósitos paralelos a lo que realmente ha surgido en la oración.

Para el discernimiento fuera de los ejercicios

La revisión de la oración y el coloquio frecuente con el director espiritual, ayudan, de a poco, a


descubrir como el Señor se manifiesta y como habla al corazón del hombre. Aprender a reconocer el estilo
de Dios es uno de los dones más preciosos para quien hace los ejercicios; la capacidad de discernimiento
que de ello deriva será, posteriormente, de gran ayuda para reencontrar al Señor en las personas y en los
acontecimientos que caracterizan la vida de todos los días.
7. LECTIO-MEDITATIO-CONTEMPLATIO

La lectio-meditatio-contemplatio es un método de oración de origen monástico que de a poco ha


entrado en la vida de las comunidades cristianas. Particularmente hoy este método está muy difundido y se
va revelando particularmente útil después que el Vaticano II ha devuelto la Biblia a las manos de todo
creyente. Aprender a leer y a rezar la Sagrada Escritura dejándose guiar por este método particular,
significa entrar cada vez más en el mundo bíblico y permitir a la Palabra de Dios la interpelación y
transformación de nuestra vida según sus caminos. Limitándonos a lo esencial, he aquí como se presenta el
método.

La lectio nos recuerda que la primera actitud correcta delante de la Escritura consiste no en
preguntarse "¿qué me dice este trozo?, sino más bien "¿qué dice?. El mismo, de hecho, debe ser leído con
atención amorosa y con objetividad, en su contexto inmediato y en el contexto más amplio del libro y de la
historia de la salvación, evitando sofocar la Palabra de Dios con nuestra palabras y con nuestras
divagaciones sobre la Palabra ("yo pienso..., me viene la idea..."). Leído así, a la luz de la milenaria
experiencia de la Iglesia, con la ayuda de alguna persona preparada o de algún libro, el texto se revela con
una riqueza sorprendente y lleno de preguntas para la existencia del creyente.

La meditatio es el segundo momento. Profundizando el mensaje, se nos interroga sobre su


significado para nuestra vida, para la vida de nuestras comunidades cristianas, sobre los pensamientos y
actitudes que deben cultivarse. En otras palabras, hemos pasado a la pregunta:¿el texto qué dice para mi,
para nosotros? Si el primer momento (la lectio) se ha abierto al mensaje pleno del texto y nos hemos dejado
arrastrar hacia el mundo bíblico( el mundo de Dios), la meditación resultará muy viva, llena de contenidos y
de aspectos para profundizar y asimilar.

La contemplatio es el tercer paso de este método de oración. El texto bíblico, leído y rumiado
interiormente, comienza a mover no sólo la inteligencia sino también, y sobre todo, el corazón, es decir
aquel centro de la persona en el que nacen las decisiones vitales. ¿Qué se puede "sentir" en este punto?
Toda la gama de los sentimientos espirituales: dulzura de la Palabra de Dios, atracción y gusto por una
vida según el evangelio, sentido de fuerza y esperanza en las dificultades, miedos de distinto tipo, intentos
de fuga, resistencias, cerrazón...
Estamos en el corazón de la oración; tocados en nuestra intimidad comenzamos a reaccionar. Aquí el
encuentro entre nosotros y el Señor se vuelve extremadamente personal, el dialogo no es con la idea de
Dios sino con la persona del Señor que nos está interpelando... personalmente. El texto bíblico, de "objeto
de estudio" pasa a ser "sujeto" que nos interpela y nos cuestiona.
Estamos llamados a contemplar su rostro y su mensaje de vida, a encontrarnos y desencontrarnos
precisamente con El. Aquí las palabras deben dar el lugar a la experiencia directa: estamos, de hecho,
dentro del misterio de las relaciones entre el Creador y su criatura, entre el Padre y los hijos en el Hijo, entre
Su libertad y nuestra libertad.

LA CONTEMPLACION

Una forma de oración típicamente cristiana. Una característica de la fe cristiana es que el Señor se
ha revelado y se revela en la historia: a través de las obras de la creación, a través de los acontecimientos
(la salida de Egipto...), a través de las personas (reyes, profetas, apóstoles, evangelistas...), a través de las
comunidad de los creyentes que vive lo que cree.

La realidad visible contiene una realidad invisible a descubrirse. Pasar de lo exterior a lo interior,
aprender a leer dentro de la realidad y dentro de los acontecimientos es propio de una fe madura. Para
llegar a esta actitud es necesario haber contemplado largamente, y asimilado el modo con el cual el Señor
mira el mundo y particularmente a las personas.

El movimiento de este tipo de oración está señalado por tres verbos:


 Ver a las personas

 Escuchar lo que dicen

 Mirar lo que hacen.

Es un progresivo entrar en la situación para hacerse partícipe, para dejarse tomar y plasmar. Entrar
en la escena contemplada significa, ante todo, la implicación de las varias dimensiones de la persona, en
particular de la afectividad profunda.

Llegamos a ser lo que contemplamos

Hoy sabemos bien lo que sucede a quien contempla ordinariamente imágenes distorsionadas del
amor: sin darse cuenta se encuentra dentro de una serie de pensamientos, fantasías, deseos, actitudes,
etc. que van en el mismo sentido de las cosas que ha asimilado. A estas personas sugerimos, ante todo,
una cuidadosa higiene mental que purifique el fondo; después buscamos proponer modelos alternativos
correctos y constructivos. Sólo así se reconstruye un tejido interior lastimado y se prepara para hacer
elecciones ordenadas y serenas.
Lo mismo se verifica en la contemplación de los misterios de la vida de Jesús: si entramos con las debidas
predisposiciones no permanecemos indiferentes; de a poco, imperceptiblemente pero real, se da una
purificación de nuestros pensamientos, sentimientos y actitudes, una asimilación de los gustos y de los
valores de la persona que amamos. Contemplando, largo tiempo, la vida de Jesús en la variedad de las
escenas que los evangelios nos ofrecen, experimentamos un sentido de dejar de ser el centro de nosotros
mismos para volvernos atentos al misterio; descubrimos qué aspectos particulares estamos llamados a
vivir. Los frutos que la contemplación obra se dan a nivel profundo: reordenamiento de los pensamientos,
sentimientos, actitudes, valores.
8. EL SACRAMENTO

DE LA RECONCILIACION

Los Sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Jesucristo para nuestra
santificación. Catecismo de Pío X.
La gracia de Dios no es una "cosa" para hacer, para recibir, para acumular...
La gracia en la Biblia es una relación vital: es el don de su amistad, es la experiencia de la bondad de
Dios.
El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse y rico en gracia y fidelidad, que mantiene
su amor por miles de generaciones..(Ex 34,6-7)
Recibir la gracia, crecer en la gracia significa, por esto, acoger su amistad, crecer en esta relación vital con
El.
Pero no se puede vivir y crecer verdaderamente en esta relación vital con Dios ( que la Biblia llama gracia,
alianza, pacto, testamento, esponsal...) si, al mismo tiempo no se desarrollan las relaciones vitales con los
hermanos.
Si alguno dice:" yo amo a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso. Quien, de hecho, no ama al propio
hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve...(1 Jn 4,20)
Aún las expresiones más bellas del culto a Dios pueden ser oscurecidas cuando falta la atención a las
relaciones vitales con los hermanos.
Si estás presentado tu ofrenda en el altar y allí te recuerdas que tu hermanos tiene algo contra ti, deja tu
ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego regresa a ofrecer el don... (Mt
5,23-24)
El perdón es amar dos veces, es de modo gratuito volviendo a ligar la amistad, recomenzando a caminar
juntos.

Desde el inicio del cristianismo se ha tenido clara conciencia de que el Señor había transmitido a su Iglesia
la capacidad de perdonar los pecados; y este "poder" ha sido ejercitado principalmente de las dos formas
siguientes:

- la corrección fraterna, a través del dialogo privado con las personas ofendidas por la propia conducta
con las que había algo que aclarar;

- la solemne celebración comunitaria: en caso de pecados graves (por ejemplo homicidio, adulterio,
apostasía...) que habían producido escándalos y heridas a la comunidad misma, después de un largo
tiempo de penitencia y reparación, los pecadores eran reconciliados con Dios y reasumidos en la comunión
eclesial a través de la imposición de las manos por parte de los ministros ordenados (obispos, sacerdotes ).
De a poco, a lo largo de los siglos, nació la forma actual del sacramento de la reconciliación, que se da a
través del encuentro personal con el ministro ordenado. En nombre de Jesús y por encargo de la Iglesia, el
absuelve y reconcilia con Dios y con la comunidad eclesial cuando verifica que en corazón del penitente hay
signos de una auténtica conversión a Dios y de reconciliación con los hermanos

La plena reconciliación con Dios


a través de la reconciliación con la Iglesia

Cuando he ofendido a una persona y al concluir el día, durante el examen de conciencia, pido
sinceramente perdón al Señor, El ya me ha perdonado., Pero si en los días sucesivos, no hago nada para
pedir perdón a la parte ofendida, más aún, permanezco cerrado en mis razones, habría que preguntarse si
el perdón de Dios ha descendido hasta lo profundo de mi corazón. Evadir esta exigencia de relación directa
con el hermanos, con el pretexto de que lo arreglo sólo con Dios, es claramente una cómoda ilusión. Cualdo
en cambio, toy al enauentro y busco de mi parte recomponer las cosas, entonces estos gestos se hacen
signo visible de que el perdón de Dios ha sido recibido plenamente por mí.

La reconciliación concreta y efectiva con el hermano, se hace signo visible de la


plena reconciliación con Dios. Es necesario crecer en la dimensión eclesial para
comprender las ardientes exigencias del perdón de Dios.

La Iglesia cree en el misterio de la "comunión de los santos". Todos los que hemos sido santificados
por el bautismo formamos una unión misteriosa, pero real en Cristo; somos su cuerpo, miembros los unos
de los otros. Si un miembro sufre los otros sufren con el; si un miembro goza, los otros gozan con el.
Estamos unidos en el bien y en el mal. Cristo resucitado ya no sufre más pero continúa sufriendo en sus
miembros los cuales sienten los efectos del bien de los otros y llevan el peso de su mal. Habrá siempre una
parte de la Iglesia que sufre también por los pecados de los otros, que reza e intercede por los pecadores.

Con un ejemplo a nivel mundial podemos decir que hoy las iglesias del tercer mundo están llevando
el triste peso de las conquistas y de los beneficios sacados por los "cristianos" del occidente... desarrollado.

Pero también en nuestras cosas los otros están siempre implicados en aquello que somos, en
aquello que vivimos y obramos. Si yo no estimo a una persona, cuantos gestos de falta de atención se me
escapan y cuantas cosas buenas podría hacer por ella y no las hago. Si yo no cultivo mi fe alimentándola a
la luz del evangelio, sino que la vivo como una serie de prácticas formales y con muchos pequeños y
grandes contratos, mi conducta no es sólo una cuestión personal sino que también se refleja negativamente
en mi familia, en la sociedad de la que formo parte, en el ambiente de trabajo, etc. Mi bien es también bien
de los otros y mi mal, también es mal para los otros.
¿Voy creciendo en esta sensibilidad eclesial, comunitaria?. Sin esta maduración es difícil entender cómo la
plena reconciliación con Dios se de a través de la reconciliación con la comunidad eclesial, herida por mi
pecado. De esta comunidad eclesial el Obispo y el sacerdote son los representantes, los "ministros
ordenados", constituidos a través del orden sagrado transmitido de forma ininterrumpida desde el tiempo de
los apóstoles de Jesús.

El sacramento del perdón

Desde el evangelio de Juan

La tarde de aquel mismo día, el primero de la semana, mientras estaban cerradas las puertas
del lugar donde se encontraban los discípulos por temor a los judíos, apareció Jesús, se puso en
medio de ellos y dijo:" la paz esté con Uds". Dicho esto les mostró las manos y el costado. Y los
discípulos s llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo nuevamente:" la paz esté con Uds.,
como el Padre me envió así yo los envío a Uds." Después de haber dicho esto sopló sobre ellos y
dijo :"reciban el Espíritu Santo, a quienes perdonen los pecados serán perdonados y a los que no
se los perdones quedarán sin perdonar" Jn 20,19-23.

Comentario: Los dones que Jesús resucitado ofrece a sus amigos son el perdón y la paz.
Intentemos imaginar el estado de ánimos de los discípulos en el cenáculo. Están encerrados en la
habitación por temor a los judíos; a la desilusión producida por los acontecimientos del viernes santo se
agrega la amargura de haber abandonado miserablemente, en el momento de la prueba, al amigo más
querido que tenían en el mundo. Todos han traicionado, aún Pedro que proclamaba con tanta soltura su
fidelidad aún a costa de su vida. Jesús en cambio, también durante la pasión, no dejó de pensar en los
otros, en vez de pensar en salvar su propio pellejo. Ha intentado, al menos una vez, llamar a Judas, ha
perdonado a los verdugos, ha prometido el paraíso al ladrón arrepentido. Un amigo así no se encontrará
más. El estado de ánimo que viven dentro es una gran necesidad de perdón y de paz.

Jesús les muestra las manos y el costado, casi como sugiriendo que es el mismo, el crucificado-
resucitado. Aparece manifestando los mismos sentimientos de bondad que conocieron siempre en el, pero
que ahora, después de la traición de todos, parecen nuevos, no merecidos por ninguno.
Y justamente esto es lo desconcertante: ninguno de ellos puede decir ahora que merezca la amistad de
Jesús porque saben bien que todos fueron infieles a las propias promesas. Ahora se hallan en condición de
recibir su amistad gratuitamente, sin mérito alguno; experimentando esto "no sus méritos" sino la riqueza
del perdón de Jesús, que es más fuerte que su pecado, como ha sido más fuerte que la maldad de los
hombres. Su amistad reofrecida gratuitamente cura la herida de su traición y dona la paz al corazón.

Ofreciendo el perdón a sus amigos, que no podían tener pretensión alguna, Jesús anuncia que
también ellos pueden perdonar del mismo modo con el que fueron perdonados. Sólo quien ha hecho la
experiencia del perdón gratuito y generoso de Jesús puede a su vez perdonar. La Iglesia, desde el inicio, ha
comenzado a vivir de este perdón y ha ofrecerlo a quien se había equivocado: a través de la reconciliación
fraterna, de tu a tu; a través del rito de la reconciliación celebrado de varias maneras (simples o solemnes
junto a toda la comunidad cristiana)
Preparación para la confesión

La palabra "confesión" se puede entender y vivir según estos tres significados:

confessio laudis confessio vitae confessio fide


confesión de alabanza confesión de vida confesión de fe

Confesio laudis significa que yo puedo decir, en forma de oración o de diálogo, lo que me ha alegrado en
el último tiempo, de qué me siento, sinceramente, tener que agradecer a Dios, en qué situación me he
sentido ayudado por El. Le agradezco, por ejemplo, porque he podido encontrarme con una persona de la
que hace tiempo huía, he podido afrontar un problema mío o de otros que me provocaba pena, he logrado
entender una dificultad de oración que no sabía resolver... Cuanto más concretos es mejor porque el bien
es concreto, no abstracto; así reconocemos, realmente, lo que somos.

Confessio vitae: es decir delante de Dios y de la Iglesia, representada por el ministro, lo que en este
tiempo me ha desagradado, lo que hubiera querido que no estuviera en mí, lo que me ha desagradado ante
Dios y quisiera que no hubiera ocurrido. Y aquí se pueden confesar, ante todo, los pecados formales, es
decir, las faltas realmente cometidas. Ayuda mucho, además, reconocer las raíces profundas de los
pecados, o sea, todo aquel submundo de los pensamientos, deseos, atracciones, resentimientos... que si
bien no han sido, aún, manifestados en una falta explícita siguen estando dentro mío y pueden explotar hoy
o mañana.
Todo esto lo presento al Señor, no con amargura, sino diciéndole, simplemente: aquí tienes Señor lo que
soy, aquí está mi riqueza y mi fragilidad... dispón de ellas a tu gusto, en tu gran misericordia.

Conffesio fidei: es el ejercicio de la fe evangélica que salva. Se trata de vivir está fe en la misericordia de
Dios diciendo: Señor tu eres más grande que mi pecado porque eres bueno, misericordioso y paciente. Yo
creo que tu me recibes así como soy, que me amas así como soy. Te agradezco Señor porque no me
reprochas, sino más bien me vuelves a ofrecer tu amistad.
9. COMENZAR A RECOGER LOS FRUTOS DE LOS EJERCICIOS
Los ejercicios son un momento privilegiado, para insertar en un camino anterior y posterior. Por ello
no se puede evaluarlos en modo objetivo si no es a la luz de este horizonte global de la persona.
El diario de navegación, constituido por los apuntes tomados durante el camino, es un texto para consultar
con atención para descubrir, ante todo, como me ha guiado el Señor durante estos días de gracia. El
dialogo íntimo con El, entretejido de consolaciones, desolaciones, resistencias, fugas, etc, y el registro de
mi relación real con Dios constituye el punto de partida para mi futuro.
Los encuentros verdaderos con el Señor son vertientes abiertas en el presente. Si se trató de una
experiencia auténtica y profunda con el Señor, la misma, volverá en el curso de la vida como punto de
referencia, como vertiente siempre abierta en la situación real. Como las gracias particulares han
permanecido vivas y siempre operantes en la vida de los santos, así ocurre con una experiencia verdadera
del Señor. Esto significa, por contraposición, que no se pensará en la experiencia de los ejercicios con
nostálgica añoranza, para evadirse de la realidad, para negarse a caminar; este género de sentimientos es
típico de aquellos que en los ejercicios han vivido una experiencia de euforia espiritual y no el encuentro
verdadero con el Dios viviente que nos devuelve siempre al corazón de la vida.

"Comenzar a", "recoger", "el fruto".

"Comenzar a": significa ante todo, que al final de los días de retiro no es necesario pretender haber
resuelto todos los problemas y ver todo con claridad. Es necesario aprender a acoger con simplicidad lo que
ha emergido en la oración. Las mismas elecciones, ya sean importantes o pequeñas, maduradas en los
ejercicios, esperan una verificación posterior en la vida cotidiana. "Comenzar a" sugiere, finalmente, toda
una serie de actitudes: confianza en el Señor, deseo de querer seguirlo seriamente y de continuar
buscándolo, humildad en esperar todo de su gracia...

"Recoger": expresa el movimiento de las manos abiertas para recibir gratuitamente cuanto nos ha sido
donado gratuitamente. Cuando uno recibe el gesto es diverso, ostensiblemente, del querer aferrar o apretar
contra sí, que puede manifestar un cierto espíritu de pretensión dominante.

"El fruto": indica ante todo una relación con el árbol. Si el árbol ha sido oportunamente, cultivado y liberado
de las varias plagas, dará frutos buenos y abundantes. Hablando fuera de la metáfora, si el camino de los
ejercicios ha conducido a una purificación profunda de los sentimientos y pensamientos del corazón,
entonces, los propósitos que nacerán de ellos estarán bien enraizados y fundados. Si, en cambio, el camino
se ha caracterizado, prevalentemente, por razonamientos y esfuerzos voluntaristas, los propósitos sacados
no serán fruto espontaneo de un corazón convertido sino más bien obra del hombre.

ESQUEMA

1. ¿Qué me ha enseñado el Señor?


- respecto de mi modo de buscarlo.
- respecto de mis actitudes de fondo.
- respecto de mis criterios de elección.

2. "Lugares" donde he sentido más vivamente al Señor


¿ha habido un pasaje de los razonamientos al corazón?
puntos en los que el corazón se ha dejado dar calor
puntos en los que he advertido mis resistencias y cerrazones

3. Mi respuesta
¿las expectativas del inicio de los ejercicios: se confirmaron, se profundizaron, se modificaron?
- zonas de mi vida a seguir con particular atención.
- decisiones particulares que son necesarias para colaborar más generosamente con la gracia del
Señor

Encuentro conclusivo con el propio guía espiritual para verificar juntos el itinerario recorrido y el fruto
recogido.
Oración de ofrecimiento para confirmar los frutos recogidos en los ejercicios, pueden ser muy útiles algunos
textos bíblicos: Dt 26,2-11: ofrecimiento de las primicias de la tierra.

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