AQUÍ TE PILLO; AQUÍ TE…
Alma Nº 11
Creo que esta es la primera vez que me despierto antes de que suene
el despertador. Y ahora mismo estoy jugando a no pestañear para
presenciar el instante en el que los dígitos del reloj cambian de minuto.
Ya falta poco…
¡Mierda! Las seis y media ―he pestañeado― Paso de este juego.
―Estás raro ―me dice Cloe, secuestrándome de mis
pensamientos―. Desde que volviste ayer a casa…no sé, te noto
ausente. ¿Pasa algo?
Hacía tiempo que no me despertaba antes que mi mujer. Me ha
pillado desprevenido. No quiero contarle lo del Cáncer. Aún no. No
estoy preparado, así que le miento. O más bien, omito la verdad:
―No, no pasa nada.
―¿Estás viendo a otra?
No me da tiempo a contestar cuando dibuja en su boca una
sonrisa vacilante mientras mete su mano derecha en mis calzones. Me
acaricia el pene. Tiene la mano cálida. Es invierno, así que ha tenido
que recalentárselas antes. ¿Cuándo? No lo sé.
Mi respiración se agita, mi ritmo cardíaco se acelera. ¡Podría
correr una maratón! Estoy preparado, y ella...ella no deja de mirarme,
no deja de tocarme, no aparta la vista. Me siento como en uno de esos
duelos del oeste. No voy a decirle la verdad, aunque no estoy seguro
de si eso es lo que pretende conseguir.
Me acerco para comerle la boca y ella se aleja sutilmente; no
quiere que me acerque…quiere jugar. Sus pupilas se dilatan y su
mirada se desvía a mis labios cada medio segundo. Se excita, y a mí
me excita aún más que se excite por mí. No deja de mirarme y
tampoco deja de tocarme el pene. A cada centímetro su masaje tiene
más recorrido, y eso hace que se pierda en un lento parpadeo, se
muerda el labio y exhale aire tibio en una veloz convulsión.
Me gusta su confianza, su seguridad…esa forma tan salvaje de no
pedir permiso y tomar lo que por derecho, ante Dios y ante las
sábanas, es suyo: mi cuerpo.
Con un lento movimiento, agarra mi mano derecha y la mete en
sus bragas. La presión de sus dedos abrazando mi muñeca me indica
que ella quiere llevar la batuta: está mandona. Está húmeda, lo noto al
adentrarme en sus dominios: el microclima que reina desde su pelvis
hasta su vagina es como un desierto con lluvia; sus bragas de lencería
ayudan a mantener ese su efecto invernadero de dejar entrar, pero no
dejar salir. Mi corazón palpita acompañado de mi anular en el interior
de su vagina. Ahora mismo son los dedos más felices del mundo.
Pinto sus paredes con mis nudillos; balanceo mis dedos hacia
dentro y hacia fuera y su palma sobre mi mano controla el ritmo, el
tempo…y el tiempo se detiene cada vez que cierra los ojos en una
convulsión. Lo nota, sí, lo nota y sus gemidos en SÍ mayor dan la nota…
me marcan el camino.
Mi dedo índice se une sin previo aviso a la fiesta y ella gime…y yo
sonrío. ‹‹¿Ahora quién manda?››, pienso y expreso mi soberbia
satisfacción apretando los músculos de la boca.
Su ritmo acariciando mi pene es cada vez más irregular; se está
centrando en sí misma. ¡Bien!
Con un rápido movimiento se coloca encima de mí. Su mirada…su
mirada me dice que hay algo en mí que le hace querer hacer cosas que
no debería hacer. Reconozco esa mirada, es como la de la primera vez,
cuando perdimos la virginidad. Yo inexperto y ella llena de miedos y
evangelios, rebelándose por primera vez contra todo lo que hasta en
aquel momento sus padres y sus creencias le habían prohibido.
Se saca la parte de arriba del pijama; no lleva sujetador. Me pide
que haga lo mismo solo con la mirada y cumplo con su petición. Hace
frío, tirito disimuladamente, pero ella se da cuenta, me conoce, sabe
que soy muy friolero. Coloca sus palmas sobre mi pecho para
calentarme –en todos los sentidos de la palabra– y me dice:
―Aquí te pillo.
―Aquí te vivo ―contesto.
Es una de nuestras muchas cosas. La frase “aquí te pillo, aquí te
mato” le parecía demasiado obscena y decidimos modificarla…hacerla
más bonita.
Aun habiéndose separado de sus padres extremadamente
devotos a los cultos religiosos de la iglesia católica y a las enseñanzas
de la Biblia, Cloe seguía siendo creyente e iba los domingos a misa.
Parte del odio –¿odio?– sí, odio. Parte del odio que me tienen sus
padres se debe a que no creo en Dios. Bueno, creo en algo, pero no en
la iglesia ni en las religiones, y creo que eso les molesta mucho más
que mi “situación económica”.
Cloe se ata una improvisada coleta con su propio pelo. Al
recogerse la melena su cara queda totalmente desnuda. Es guapa, su
belleza me hace pensar y eso hace que sea aún más preciosa. Acaricio
su cuerpo con mi mano, paseando mis dedos desde su cuello hasta su
ombligo. Su cuerpo es como un texto lleno de comas y puntos
suspensivos que hay que aprobar. Sus tensos pezones se ven
suspendidos al vacío sobre sus tetas que pretendo probar.
Hago un vano esfuerzo por incorporarme, y ella me empuja
contra la cama, se acerca a mí lentamente, me besa, aparta su boca
hasta mi oreja y me susurra:
―Fóllame.
Desvío la mirada al serpentear el cuello como reacción a la
excitante demanda de Cloe, y veo cómo los dígitos del reloj cambian
de minuto: de las 07:01 a las 07:02.
¿Serendipia?
―Cariño.
―Sí, dime ―me gime.
―Tengo Cáncer.