Historia de la Educación y la Pedagogía, de Lorenzo Luzuriaga.
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tanto griega como latina, por medio de los poetas y clásicos respectivos. En el lenguaje hay
que atender a la corrección, a la claridad y a la elegancia. Y ello ha de conseguirse por
medio de la costumbre y la práctica principalmente, y aquí hace también una observación
de interés: "Yo juzgo que se debe escribir cada palabra cómo suena, si no lo repugna la
costumbre".
1 Quintiliano, Instituciones Oratorias. Madrid. Hernando. 2 vol-. (Biblioteca Clásica).
Pero la literatura, además de su valor estético, tiene un valor espiritual, ético; en este
sentido se debe empezar por Homero y Virgilio "para levantar el espíritu con la grandeza
del verso heroico" y también deben leer "lo que les fomente el ingenio y aumente las
ideas", dejando la erudición para otro tiempo. Además de la gramática y la literatura, el
alumno debe aprender lo que se llama la enciclopedia. En primer lugar, la música, aunque
como todos los romanos, no le da la importancia que los griegos, limitándola a la que
necesita el orador para el manejo de su voz. En cuanto a las matemáticas, sobresalen en ella
el cálculo y la geometría. Tampoco se excede Quintiliano en el uso de los ejercicios físicos,
reduciéndolos a los más elementales, y especialmente a los ademanes y gestos.
Finalmente, viene la escuela de retórica, de carácter superior y especial para la
formación del orador. Ésta debe hacerse sobre la base de narraciones históricas, ejercicios
dialécticos, lecturas y comentarios de clásicos, elocuencia, derecho, etc. Pero sin incluir la
filosofía, por las razones antedichas.
Si nos preguntamos ahora por el valor de la pedagogía de Quintiliano, habría que
señalar: 1º su reconocimiento del estudio psicológico del alumno; 2º su acentuación del
valor humanista, espiritual de la educación; 3º su finura con respecto a la enseñanza de las
letras; y 4º su reconocimiento del valor de la persona del educador. De éste ha hecho el
primer estudio de carácter psicológico que se conoce en la historia de la pedagogía.
CAPÍTULO VII
LA EDUCACIÓN CRISTIANA PRIMITIVA
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Con la aparición del cristianismo cambia el rumbo de la historia occidental.
Prescindiendo de sus circunstancias teológicas, aquél arranca, históricamente, de la religión
hebreas y de la cultura helénica. De la primera recibe los libros del Antiguo Testamento y
la emoción religiosa; de la segunda, la visión filosófica y la actitud ética. Sobre ambas se
eleva la actitud espiritual cristiana propia.
Referido a la educación, el significado del cristianismo, históricamente, puede
reducirse a lo siguiente:
1º El reconocimiento del valor del individuo como obra de la divinidad.
2º La superación de los límites de la nación y el Estado y la creación de la conciencia
universal humana.
3° La fundamentación de las relaciones humanas en el amor y la caridad.
4º La igualdad esencial de todos los hombres, sea cual fuere su posición económica o
su clase social.
5º La valoración de la vida emotiva y sentimental sobre la puramente intelectual.
6º La consideración de la familia como la comunidad más inmediata personal y
educativa.
7º La desvalorización de la vida presente terrenal en vista del más allá, y por tanto la
subordinación de la educación a éste.
8° El reconocimiento de la Iglesia como el órgano de la fe cristiana y por tanto como la
orientadora de la educación.
Esto dicho en términos muy generales y siempre con una finalidad didáctica. En lo
que sigue nos referiremos primeramente a la educación cristiana primitiva, dejando su
desarrollo ulterior al estudio de la educación medieval.
1. LA PRIMERA EDUCACIÓN CRISTIANA
Como es sabido, el cristianismo se desarrolló dentro del Imperio romano y convivió
con él durante cerca de cinco siglos. La educación cristiana se realizó en los primeros
tiempos directa, personalmente. Los educadores fueron Jesús mismo -el Maestro por
excelencia-, los apóstoles, los evangelistas y en general los discípulos de Cristo. Es una
educación sin escuelas, como lo fue la budista, la judaica y en general todas las religiones
en los primeros tiempos de su existencia.
El medio o ambiente educativo en esta primera época es, de una parte, la comunidad
cristiana primitiva, que poco a poco va convirtiéndose en la organización de la iglesia, y de
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otra la familia, que constituye el núcleo inmediato de la vida y la educación y que subsiste a
través de todos los cambios históricos.
Sin embargo, lentamente surge una forma propia de enseñanza, no con carácter
pedagógico, sino religioso, de preparación para la vida ultraterrena, y más concretamente
para el bautismo, que se hacía en la edad adulta. Surge entonces la instrucción catequista.,
dada por la iglesia misma o por delegados especiales que instruían a los catecúmenos, como
maestros, y a los que se llamaba "didascales". Esta preparación, al principio muy elemental,
fue desarrollándose poco a poco, hasta convertirse en escuelas propiamente dichas, que
estaban a cargo de los sacerdotes. El contenido de esta instrucción era naturalmente el
catecismo, aunque más tarde se añadieron el canto y la música. En la época de la
persecución religiosa estas enseñanzas y estas escuelas funcionaban, como es sabido,
clandestinamente, en los lugares dedicados al culto y a los enterramientos (catacumbas).
Durante mucho tiempo la educación cristiana primitiva estuvo reducida a esta
instrucción elemental catequista. Pero paulatinamente se comprendió la necesidad de contar
con personal docente especialmente preparado para la educación y surgieron las escuelas de
catequistas, la primera de las cuales fue la Escuela de Alejandría, creada hacia 179 por
Panteneus, un filósofo griego convertido. En ella se daba enseñanza religiosa desde un
punto de vista superior, enciclopédico y teológico a la vez. Al fundador de la Escuela le
sucedieron dos de los más sobresalientes Padres de la Iglesia: San Clemente y Orígenes. La
Escuela llega convertirse en el centro de la cultura religiosa y sacerdotal más importante de
su época.
Más adelante surge un tipo nuevo escolar, la escuela epicospal para la formación de
eclesiásticos, y cuyo ejemplo más distinguido es la fundada por San Agustín en Hipona. En
estas escuelas se daba una instrucción superior a los aspirantes a la iglesia (diáconos,
sacerdotes, etc.), consistente en la enseñanza de la teología y el servicio eclesiástico, en
tanto que* la cultura humanista la recibían en las escuelas tradicionales romanas.
Finalmente, después de las invasiones de los bárbaros, nace un tipo de escuela
elemental, de radio más vasto que el anterior, la parroquial o escuela presbilerial, la escuela
en las iglesias rurales. El Concilio de Vaison, de 259, ordena "a todos los sacerdotes
encargados de parroquia recibir en calidad de lectores a jóvenes, con el fin de educarlos
cristianamente, de enseñarles los salmos y las lecciones de Escritura y toda ley del Señor de
modo que puedan preparar entre ellos dignos sucesores". Esta recomendación fue repetida
por otros Concilios como el de Mérida, en España, en 666.
Todas estas escuelas que hemos indicado tienen, sin embargo, un horizonte muy
limitado: la formación de eclesiásticos; la mayoría de la población quedaba sin instrucción
o la recibía en las escuelas romanas ordinarias, hasta que éstas desaparecieron con la
invasión de los bárbaros. Entonces la enseñanza se dio en los monasterios, como los únicos
sostenedores de la educación y la cultura.
La educación de los monasterios merece un capítulo aparte por la importancia que
tuvo en toda la Edad Media. La educación monástica surgió en Oriente, entre los monjes
que se retiraron al desierto y que organizaron los primeros monasterios. En ellos recibieron
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novicios a los que se daba una educación más ascética y moral que intelectual. Sin
embargo, ésta no quedaba excluida ya que aquellos deberían poder leer las Sagradas
Escrituras. En la Regla de San Pacomio, hacia 320-340, se prescribe que si un ignorante
entra en el monasterio se le dará para aprender veinte salmos o dos epístolas. Si no sabe leer
aprenderá con un monje letrado, a razón de tres horas de lección por día, las letras, las
sílabas y los nombres. Por su parte, la Regla de San Basilio ordena que se admita desde la
primera infancia a los niños que les lleven sus padres o a los huérfanos para enseñarles a
leer y conocer la Biblia. Lo mismo recomendará San Juan Crisóstomo hacia 375. Pero toda
esta educación, como la anterior, sigue reservada a una minoría; en aquélla de eclesiásticos;
en ésta de monjes. Tal educación se extiende también a los monasterios de monjas, a las
que se obliga a aprender a leer, a consagrarse a la lectura y a la copia de manuscritos.
El movimiento de la educación monástica culmina con la Regla de la Orden de San
Benito (hacia 525), que da el patrón para este tipo de educación en toda Europa. En ella se
dispone la lectura de textos sagrados durante la comida de los monjes; la admisión de niños
para su educación; el trabajo de los monjes ya que "la ociosidad es el enemigo del alma" y
las horas de lectura fuera le las comidas, tomando los libros de la biblioteca que debe haber
en el monasterio, instituyéndose un inspector para hacer que se realicen las lecturas. En
suma, la orden de los benedictinos llegó a convertirse en un verdadero centro de cultura y
educación, como veremos más adelante.
2. LOS PRIMEROS EDUCADORES Y PEDAGOGOS CRISTIANOS
En los primeros siglos de la Iglesia, los pensadores que constituyen la llamada
patrística, o sea los Padres de la Iglesia, casi todos son educadores; la mayor parte de ellos
se formaron en la cultura y filosofía griega y romana, especialmente en el neoplatonismo y
estoicismo, y trataron de conciliar aquéllas con la nueva fe. No constituyen una escuela
filosófica, ni son filósofos propiamente dichos, sino más bien predicadores y educadores,
aunque algunos, como San Agustín, llegaron como filósofos a una altura intelectual
incomparable. Entre ellos se destacan los siguientes:
Clemente de Alejandría (150-215 ). Educado en la filosofía griega, y convertido al
cristianismo, fue uno de los rectores de la importante Escuela de Alejandría, como se ha
dicho. Al mismo tiempo escribió el primer tratado cristiano de educación, el Pedagogo. En
él trata de conciliar los estudios humanísticos y científicos con la fe cristiana, subordinando
naturalmente aquellos a ésta. Para él el maestro es el logos, que cuando dirige los hombres
a la virtud se llama logos pedagogo, y cuando enseña la verdad logos didascalo. San
Clemente diferencia claramente diversos tipos de educación. "Así es -dice- una cosa la
educación del filósofo, otra la del retórico y otra la del hombre de mundo; así hay también
propiamente una organización de la vida, que, surgiendo de la pedagogía de Cristo, es
adecuada a un estado de espíritu satisfactorio y bello, y por la naturaleza son corno
consagrados el caminar y el descansar, el alimento y el sueño, la comunidad de amor y la
obra de la vida, así corno todos los restantes bienes educativos; pues tal educación no es
exagerada por el logos, sino más bien equilibrada" 1.
Orígenes (185-254). Discípulo de San Clemente, le sucedió en la dirección de la
Escuela de Alejandría, y poseyó una gran cultura. Recomienda el estudio de las ciencias,
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especialmente de las matemáticas y considera a la filosofía como la coronación del saber y
el preámbulo para la doctrina religiosa, pues la virtud puede ser enseñada y aprendida. Pero
lo decisivo son los evangelios y la tradición apostólica, accesibles a todos. Orígenes
escribió obras filosóficas importantes, entre ellas una Suma Ideológica-metafísica que
influyó grandemente en la cultura posterior. Pero cayó en la heterodoxia, como era tan
frecuente entre los pensadores de esa época en que aún no estaba constituido,
rigurosamente, el dogma cristiano. Su importancia como educador está en la escuela que
dirigió en Alejandría y en la que fundó más tarde en Cesárea y que alcanzó una gran fama.
En la pedagogía monástica propiamente dicha habría que, citar en esta época:
San Basilio (330-379), a quien se debe la fundación de los monasterios del mundo
católico oriental, hombre de gran cultura, y cuyas Reglas revelan un gran sentido
pedagógico. Acentúa sobre todo el sentido social, de comunidad, insistiendo en la
necesidad de la caridad y el auxilio mutuo. Con él surge por primera vez la escuela
monástica que tanto desarrollo alcanzó posteriormente. Como medios de educación
recomienda el trabajo y la lectura de los Evangelios; las letras deben aprenderse con relatos
y nombres de éstos, especialmente el libro de los Proverbios.
San Jerónimo (340-420). Se distinguió en la educación, además de por su acción
monástica, por las dos cartas que escribió sobre la educación de las niñas, y que revelan el
tipo de educación femenina del cristianismo primitivo, aunque siguiera frecuentemente las
ideas y los métodos de, Quintiliano. Así recordando, sin duda, a éste, dice de la primera
educación: "La experiencia nos enseña que lo que aprendimos en la niñez y se mama con la
leche difícilmente se olvida, pues es dificultoso que la lana pierda el color y la tinta que le
dieron al principio y le vuelvan su propia blancura por más que la laven, y que la olla
pierda el olor y el sabor de lo primero que echaron en ella". Y recomendando la educación
doméstica, materna, advierte: "El maestro principal de vuestra hija habéis de ser vos, y vivir
de tal manera que la niña tierna se admire de vuestras santas costumbres, y no vea en vos,
ni en su padre, cosa que si la hiciere sea pecado. Acordaos, Pues, que sois madre de una
doncella y que podrá ser mejor enseñada con ejemplos que con voces y gritos" 1. San
Jerónimo recomienda una educación ascética, hasta rechazar los baños, y una instrucción
basada esencialmente en las oraciones, la lectura de libros religiosos y las labores manuales
y domésticas.
1 San Clemente, El Pedagogo, Vol. 1, Cap. XII.
San Benito (480-543). El gran fundador de la orden benedictina y del Monasterio de Monte
Casino, tiene especial significación pedagógica más que por sus escritos por su acción
educativa, que trascendió a toda Europa. Como se ha dicho, recomendó el trabajo manual,
la lectura en alta voz y la copia de manuscritos. También estableció en los Monasterios
escuelas para los externos.
3. SAN AGUSTÍN
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El más grande de los Padres de la Iglesia y uno de los pensadores más importantes
de todos los tiempos, Aurelio Agustín, nació en Numidia, cerca de Cartago, en el África
romanizada, el año 354, de padre pagano y madre cristiana. Educado en la tradición
helénica, en la escuela de retórica de Cartago se despierta en él la vocación filosófica
leyendo a Cicerón. En su inquietud espiritual adopta las ideas de la secta maniquea, escuela
cristiana con mezcla de elementos orientales, y se dedica a la enseñanza de la retórica y la
elocuencia en su país natal. Después se dirige a Roma y Milán, donde se pone en contacto
con el gran obispo San Ambrosio, quien le convierte al cristianismo ortodoxo. En Roma
ocupa la cátedra más elevada de retórica, hasta que regresa a. África, donde se dedica a la
meditación y es ordenado sacerdote primero y después consagrado obispo de Hipona. Allí
funda una comunidad religiosa que al poco se convirtió en un gran centro de cultura
eclesiástica y de donde salieron distinguidos sacerdotes y obispos. Falleció en 430.
San Agustín escribió numerosas obras, de las cuales las más importantes para
nosotros son: las Confesiones, autobiografía de su juventud de un gran valor psicológico: la
Ciudad de Dios, que constituye la primera filosofía de la historia y que ha tenido una
enorme repercusión en la posterioridad, y su pequeño tratado, El 1 Maestro en el que
expone sus ideas sobre educación a su hijo.
1 San Jerónimo, Epístola a Leta.
También se debe contar entre sus obras didácticas su tratado Del orden, en el que
explica su concepción de la educación integral humanística.
En la pedagogía de San Agustín se pueden distinguir dos épocas: una en la que
acentúa el valor de la formación humanista y otra en la que afirma sobre todo la formación
ascética. Pero en ambas, lo decisivo para él es la formación moral, la intimidad espiritual,
que ilumina nuestra inteligencia y nos hace reconocer la ley divina eterna. No descuida, sin
embargo, sobre todo en su primera época, el valor de la cultura física, de los ejercicios
corporales, así como de la elocuencia y la filosofía para la vida espiritual. Unos y otros
puestos al servicio de la salvación. Lo decisivo, sin embargo, es la formación de la
voluntad. Por ello dice: "No hay que esperar de los niños la inteligencia, ni hay que aspirar
a ella tampoco, sino que lo primero es, objetivamente, la conciencia, la disciplina:
subjetivamente, la obediencia".
Pero la sabiduría, la cultura humanista, es necesaria para los dirigentes de la iglesia;
en este sentido acepta las artes liberales de la tradición greco-romana, incorporándolas a la
formación religiosa teológica. Sólo hay que evitar la pura erudición, el saber sin objeto. Lo
supremo a que se debe aspirar es el reino de los valores éticos. Y a éstos pueden llegar
incluso los ignorantes y los humildes que tengan pureza de corazón, amor y buena
voluntad. En este sentido advierte: “Lo que importa es que tal sea la voluntad del hombre,
porque si es mala, estos movimientos serán malos, y si es buena no sólo serán inculpables,
sino dignos de elogio, puesto que en todo ellos no son otra cosa que voluntades; porque
¿qué otra cosa es el deseo y alegría sino una voluntad conforme con las cosas que
queremos? ¿Y qué es el miedo y la tristeza sino una voluntad disconforme con las cosas
que queremos?”.
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CAPÍTULO VIII
LA EDUCACIÓN MEDIEVAL
Durante la Edad Media continúa el predominio de la educación cristiana, que llega
ahora a su apogeo y adquiere otro carácter al surgir nuevos factores sociales y culturales.
Esquemáticamente expuestos, éstos son:
1º El cristianismo mismo, que se desarrolla intelectual e institucionalmente hasta
alcanzar su máxima altura con la escolástica y con el nacimiento de las
universidades.
2º El germanismo, que al expandirse, da lugar al feudalismo y con Carlomagno, a un
conato de educación palatina y estatal.
3º El localismo de los municipios y el gremialismo de las profesiones, que dan origen a
un nuevo tipo de estructura social.
Estos factores culturales y sociales influyen en la orientación de la educación de
múltiples modos, a saber:
1º La acentuación del ascetismo con el consiguiente menosprecio de la educación para
la vida terrena.
2º La mayor atención a la vida emotiva y religiosa con perjuicio de la educación
intelectual.
3º El carácter universal, supernacional de la educación al emplearse en ella una lengua
única., el latín, y al crearse universidades, abiertas a los alumnos de todos los países.
4° El predominio de la enseñanza de las materias abstractas y literarias con descuido de
las realistas y científicas.
5° El aspecto verbalista y memorista de los métodos de educación, con menosprecio de
la actividad.
6º La sumisión a tina disciplina rigurosa externa en vez de la libertad de indagar y de
enseñar.
7° La aparición del tipo de educación caballeresca. propio de y heroicas.