Guiglielmo CAVALLO y OTROS: El Hombre bizantino; Alianza Ed. Madrid, 1994.
Alice-Mary TALBOT: La Mujer; 153-184
LA MUJER EN BIZANCIO MEDIEVAL
Solo durante estas dos últimas décadas (ahora tres), las mujeres bizantinas con
excepción de las emperatrices, han comenzado a ser objeto de una investigación seria,
pocos
aunque el cuadro no esté completo. Casi todos los bizantinos que han dejado algún
documentos documento sobre su civilización (Historiadores, juristas, hagiógrafos) eran hombres y
sobre
y escritos
sus escritos tienden a centrarse en las actividades de sus colegas. Las fuentes históricas,
x mujeres que ponen énfasis en las intrigas palaciegas y cortesanas, la diplomacia, las
controversias religiosas y los conflictos militares -dominios fundamentalmente
masculinos-, mencionan rara vez a las mujeres, a no ser que se trate de miembros de la
familia imperial. En las Vidas de santos, las mujeres tienen un papel marginal, como
madres o hermanas de los ascetas, o quizá como peregrinas que se dirigen a un santuario
o beneficiarias de un milagro. Las biografías de las mujeres bizantinas que alcanzaron la
santidad (un número más bien pequeño) son, por su escasez, valiosas fuentes de
información. Del mismo modo, se han conservado menos reglas de conventos
femeninos que masculinos, de hecho es probable que en el Imperio bizantino se
escribiera, en proporción, aún menos, puesto que los masculinos superaron ampliamente
a los femeninos. Las compilaciones de derecho civil y canónico con sus respectivos
comentarios, así como las decisiones de los tribunales eclesiásticos, son una fuente más
fructífera sobre la condición legal de la mujer que está esperando un estudio sistemático.
Los documentos monásticos, st los que dejan constancia de donaciones a los
monasterios, arrojan alguna luz sobre el papel de las mujeres terratenientes, lo que
puede decirse tb de los pocos testamentos escritos por mujeres que se han conservado.
El examen de los textos sugiere que la sociedad patriarcal bizantina tiene hacia la mujer
oposicion
una actitud ambivalente, simbolizada de modo clarificador por la antítesis, formulada
eva/maria con frecuencia, entre Eva, injuriada sin cesar por haber tentado y persuadido a Adán de
comer del Árbol prohibido de la Ciencia y haber causado el pecado original, y la Virgen
María, venerada como la Madre de Dios, pura e inmaculada, cuyo hijo vino a purificar
el mundo de sus pecados y a ofrecer la posibilidad de salvación y vida eterna. La poetisa
Casia del IX enunció con agudeza y concisión esta doble naturaleza de la mujer en la
conversación que cuenta haber tenido con el emperador Teófilo, cuando este atacó
mordazmente a Eva, afirmando "Una mujer fue la fuente de todas las tribulaciones
humanas", Casia replicó "Y de una mujer surgió el curso de la regeneración humana".
En Bizancio hay siempre cierta tensión entre el ideal ascético cristiano de la virginidad
y el celibato, por una parte, y la promoción del matrimonio, por otra; el matrimonio
proporciona una salida legítima a las relaciones sexuales y a la procreación,
indispensable para la perpetuación de la especie; al fin y al cabo, el matrimonio era un
sacramento de la Iglesia y la familia, la unidad básica de la sociedad. El papel más
importante de la mujer era ser portadora de hijos y es en su papel de madres como con
más frecuencia se las elogia: encontramos a menudo descr ipciones de mujeres
presentadas como educadoras tiernas y afectuosas, responsables no sólo del bienestar
físico de su prole sino también de su formación espiritual: enseñaban a sus hijos los
Salmos, les contaban historias de la Biblia o narraciones de sant os y santas. En los
romances bizantinos, las mujeres son alabadas por su belleza y sus relaciones amorosas
valoradas positivamente.
Por otro lado, la mujer era considerada constantemente sospechosa de provocar la
tenteción sexual, juzgada periodicamente impura durante las menstruaciones y en los
cuarenta días que siguen al parto, tachada de débil y poco fiable. En consecuencia, la
tension entre el deseo de virginidad y la realidad del matrimonio como unica salida para procrear y a la vez ser mujer decente
mujer era en realidad víctima de muchas formas de discriminación; por ejemplo, en
algunos aspectos de su condición legal, en su acceso a la educación y en su libertad de
movimientos. También la literatura las retrataba de un modo negativo, tanto
abiertamente como a través de una elección inconsciente de palabras y metáforas
(pensar en la descripción de los pecados en femenino).
las unicas Con pocas excepciones, las pocas mujeres que alcanzaron la santidad se habían
virgenes
eran consagrado vírgenes y por lo tanto habían rechazado la sexualidad, o eran viudas cuya
mujeres vida conyugal había concluido. El ideal de mujer santa pasaba por la negación de su
"santas"
y feminidad y por la emulación de los hombres, y huno mujeres que, practicando la
viudas ascética, llegaron a comer tan poco que sus pechos se encogieron y perdieron la
renunciaban menstruación. Es significativo que, cuando la función de general, médico o entrenador
a su feminidad
se valoraba
deportivo estaba normalmente restringida a los hombres, la abadesas se animaran a
que se ponerse al frente de sus tropas, a curar espiritualmente a sus monjas afligidas, a
parecieran
a hombres supervisar unas prácticas ascéticas rigurosas en las personas que estaban a su cargo.
Incluso las ocasionales escritoras no eran siempre inmunes a la presentación de un
estereotipo negativo de su sexo. Así, Teodora Sinadena, la fundadora en el XIV del
Convento de la Virgen de la Esperanza Constante, apremiaba a su abadesa a superar su
innata debilidad femenina, a "remangarse como hombre, diríamos hoy, y a asumir un
temperamento resuelto y masculino; pocos años antes, la emperatriz viuda Teodora
Paleologuina, fundadora del convento de Lips, afirmaba que las mujeres son débiles por
naturaleza y necesitan mucha protección.
La legislación bizantina protegía algunos derechos de la mujer, por ejemplo, el de
heredar y legar propiedades. Hijos e hijas tenían derechos a partes iguales sobre la
propiedad familiar. La mujer tenía garantizada la recuperación de la dote que su fam ilia
entregaba al marido en ocasión de la boda. Este derecho a la herencia y a la transmisión
de los bienes familiares permitió a muchas amasar fortunas considerables que podían
utilizar en sus iniciativas de mecenazgo artístico, con fines caritativos, par a fundar un
legislación monasterio, adquirir más tierras o invertir en negocios. Una gran parte de la legislación,
sobre las
mujeres no obstante, como las leyes sobre el divorcio y el adulterio, discriminaban a la mujer y
las colocaban en una posición de desventaja. Podían comparecer a nte tribunales en
calidad de demandantes, demandadas o testigos, pero en general sus testimonio era
considerado menos fiable que el de los hombres, en un documento sinodal de 1400
afirmaba que la declaración de una tal Ana Peleologuina no era fiable porque era mujer
y se contradecía así misma. Los Instituta de Justiniano preveían que las mujeres no
pudiesen ser testigos de un testamento y esto fue recogido por la legislación posterior.
La novella 48 de León VI prohibía a las mujeres actuar como testigos en contratos de
negocios, justificando la nueva ley en función de que ellas no debían frecuentar los
tribunales donde había muchos hombres y no debían verse envueltas en cuestiones que
solo concernían al ámbito masculino. La misma ley, sin embargo, consentía a las
mujeres testificar en algunas situaciones concernientes a la esfera femenina, en lo
relativo al nacimiento de un niño por ejemplo. En todo caso, pese a las prohibiciones
legales, algunos documentos llevan de hecho las firmas de mujeres actuando como
testigos.
- Edades de la mujer.
La vida de la mujer media bizantina puede dividirse en tres etapas, niñez, casada y
maternidad y viuda y vejez. La niñez en Bizancio era breve y peligrosa y más para las
niñas porque los niños eran tratados de forma preferente. Los padres rezaban por tener
varones y se alegraban doblemente. Hay pruebas del recurso al infanticidio femenino
por asfixia o abandono, para tener bajo control el tamaño de las familias, aunque estaba
prohibido por la ley civil y canónica. Parece que las niñas morían antes al ser mas
vulnerables por ser destetadas antes. Las niñas tenían pocas oportunidades de recibir
una educación. Probablemente no asistían regularmente a la escuela, pero desde los seis
o siete años sus padres o tutores les daban clase en casa. La referencia de Pselo a los
condiscípulos de su hija Estiliana sugiere que en ocasiones un tutor pudo enseñar a un
educacion:pocas
mujeres la grupo de niñas. En los conventos se impartían clases de modo mas sistemático pero en
recibian general estaban restringidas a las huérfanas recogidas o a las jovencitas novicias
destinadas a pronunciar sus votos. Con pocas excepciones, la educación de las niñas se
limitaba al aprendizaje de la lectura y la escritura, la memorización de los Salmos, y el
estudio de las Escrituras. Las mujeres de la aristocracia tenían más oportunidades de
seguir estudiando y algunas desarrollaron un serio interés por la literatura. Pero hasta
una mujer como Irene Cumno, alabada por un historiador contemporáneo por la
profundidad de sus conocimientos y devoción al estudio de las Escrituras y doctrina
eclesiástica, escribía cartas plagadas de faltas de ortografía y errores gramaticales. Solo
en casos excepcionales, como el de la princesa imperial Ana Comnena, una joven
llegaba a leer un amplio espectro de autores antiguos y estudiar otras disciplinas; pero,
incluso en este caso cuenta Jorge Tornices, sus padres no la animaron a estudiar
literatura profana.
La información sobre las actividades de las jóvenes antes del matrimonio es escasa pero
da la impresión de que las doncellas solteras pasaban la mayor parte del tiempo recluida
en sus hogares, protegidas de la mirada de hombres extraños y de cualquier amenaza a
su virginidad. Cuando los enviados imperiales llegaron a la morada de Filareto el
Misericordioso en busca de una esposa adecuada para Constantino VI, a Filareto no le
gustó la petición de ver a sus nietas "por muy pobres que seamos, nuestras hijas nunca
han dejado sus habitaciones". Teodoro Estudita elogió a su madre por cómo había
protegido a su hermana del trato con hombres y Cecaumeno recomendó a los padres que
mantuvieran a sus hijas recluidas e invisibles. Si las jóvenes salían, aún con propósitos
loables como ir a la iglesia, estaban obligadas a ir acompañadas de sus padres,
familiares o sirvientas. La Vida de san Nicón menciona una joven a quien su madre
envió a buscar agua al pozo, pero evidentemente pertenecía a la clase baja. Así pues,
pasaban la mayor parte de su juventud aprendiendo las tareas domésticas como
preparación para su vida de casadas, de amas de casa. Desde pequeñas aprenden a hilar,
tejer, bordar. Una de las pocas descripciones conservadas de la vida de una niña se
encuentra en el encomio de Miguel Pselo por su única hija Estiliana que murió a los 9 ó
10 años, probablem de viruela. Pselo alababa su piedad, pudor y habilidad con la aguja,
como erudito aprobaba igualmente su devoción por el estudio. Estiliana acudía a los
oficios eclesiásticos regularmente, tanto maitines como vísperas, disfrutaba cantando
salmos e himnos y sentía especial devoción por ciertos iconos. Ya de muy pequeña
participaba en obras de caridad, ayudando a cuidar enfermos y pobres. La niña era muy
cariñosa, solía abrazar a sus padres y sentarse sobre sus rodillas; su muerte fue un duro
golpe para ambos.
Una de las pocas formas de diversión a la que tenían acceso las niñas era ir a los baños
públicos, donde podían entretenerse charlando o merendando con las amigas. Una joven
de buena familia como Teófano, futura esposa de Leon VI, no se aventuraba a ir a los
baños hasta el atardecer para reducir las oportunidades de exponerse a mirada de
extraños y hacía el trayecto muy bien custodiada por sus sirvientes. Se les consentía tb
acompañar a sus padres en la visita a un santuario, un hombre santo o a una procesión.
Hacían muñecas de cera o arcilla y jugaban a la pelota con bolas blandas de cuero o a un
juego similar a las tabas (pentálitha) con 5 piedrecitas. Les gustaba disfrazarse,
Teodoreto de Ciro por ejemplo nos habla de unas pequeñuelas que se vestían de monjes
y demonios. Pero el biógrafo de Simeón el Loco miraba con recelo a las niñas que
cantaban en la calle, diciendo que con el tiempo acabarían de prostitutas. En Bizancio,
para muchas niñas la infancia terminaba bruscamente cuando comenzaba la pubertad
que normalmente se encadenaba con los esponsales y el matrimonio.
Lo normal era casarse a edad temprana y procrear enseguida, la otra alternativa era
ingresar en un convento. En un principio, la legislación bizantina permitía que una niña
se prometiera a los siete años, límite que más tarde se retrasó a los 12, pero con
frecuencia se hacia caso omiso y podían ser prometidas a los 5. La edad mínima para el
matrimonio eran los 12 para ellas y 14 para ellos, aunque lo normal era acercarse a los
15 y 20 respectivamente. Rara vez encontramos mujeres casadas a los veinte o más
tarde como Tomaide de Lesbos que no tomó marido hasta los 24. Uno de los motivos
por los que se prefería matrimonios entre adolescentes era la importancia que se le daba
a la virginidad de la novia. Otra razón el deseo de aprovechar los años de fertilidad, a
causa de la alta tasa de mortalidad infantil, una mujer tenía que engendrar muchos hijos
para asegurar la supervivencia de unos pocos. Además, dado que muchas morían
jóvenes, esperanza vida 35 años, era menester que se casaran y empezaran a procrear
cuando fuera físicam posible.
Los matrimonios eran negociados por los padres, para quienes primaban las
consideraciones económicas y conexiones familiares; la ceremonia de los esponsales
incluía la presentación de los arra sponsalicia, un regalo prenupcial de la familia del
novio que asumía naturaleza de contrato formal garantizando el compromiso mutuo. Si
la joven lo rompía, su familia tenía que devolver el regalo con una suma equivalente en
dinero. Si era el novio, la joven tenía derecho a quedarse con las arras. Normalmente
ellas aceptaban al prometido elegido por la familia, aunque a veces se resistieron por
parte de quienes preferían hacer votos monásticos y vivir como vírgenes consagradas
como por las que ponían objeciones al novio elegido. Una niña de 12 años del Epiro,
por ejemplo, prometida a los 5, amenazó con suicidarse si la obligaban a llevar a cabo el
matrimonio y su familia consiguió de los tribunales la anulación de los esponsales. Los
documentos de tribunales eclesiásticos dan testimonio de los resultados trágicos de
algunos esponsales y matrimonios prematuros, como el de la niña cuyo matrimonio se
consumó cuando tenía once años provocando una lesión irreversible en sus órganos
genitales. Hacia 1300, Simonis, hija de Andrónico II, entregada en matrimonio al
soberano de Serbia cuando tenía 5 años, mientras él era ya de mediana edad; las
relaciones sexuales prematuras lesionaron también a Simonis quien por ello ya no pudo
tener hijos.
Elemento esencial del matrimonio era que los padres de la novia presentaran al novio
una dote. la esposa seguía siendo propietaria de la dote con carácter vitalicio, lo que
significaba que tenía parte en la herencia familiar, pero su marido tenía garantizado el
usufructo de la suma de dinero o propiedad que conformaba la dote y el derecho a
administrarla. Si el moria antes que ella o terminaba en divorcio, la esposa tenía derecho
a recuperar la dote. Si ella moría antes, la dote debía volver a su familia si no había
tenido hijos. El contrato de matrimonio preveía también que el marido hiciera una
donación sustancial a su esposa. Esta contribución exigida al marido se llamaba
originalmente donatio propter nuptias, y en época justinianea su suma igualaba a la de la
dote; mas tarde su valor disminuyó. A partir del IX, esta donación se llamó hipóbolon y
equivalía normalmente a la mitad o tercera parte de la dote. Si el marido moría antes y
no habían tenido hijos, la esposa recibía el hipóbolon en su totalidad; si no se repartía
con los niños. A partir del X, está atestiguada una donación matrimonial suplementaria
por parte del marido, el theóretron. Ascendía a una doceava parte de la dote y estaba en
su totalidad bajo control de la esposa, manteniendo su carácter de propiedad exclusiva
de ella si el matrimonio acababa en divorcio o el marido moría.
Aunque los padres arreglasen la boda, no por ello dejaban de existir amores románticos.
En las capas superiores podríamos mencionar la pasión de Andrónico I por Felipa, hija
de Raimundo de Poitiers, con la que vivió una historia de amor en Antioquía, y el
affaire con su prima Teodora Comnena con la qu se fugó al Cáucaso. La Vida de Irene
de Crisobalanto conserva la triste historia de una pareja de prometidos de Capadocia;
ella decidió romper el compromiso y hacer los votos monásticos en Constantinopla,
pero pronto comprendió que había cometido y error, se consumía de amor e intentaba
escaparse en vano del convento, amenazando con suicidarse incluso. Su prometido no
pudo olvidarla y recurrió a un brujo para recuperarla. La propia abadesa Irene, para
liberar a la monja de su pasión, se vio obligada a quemar las imágenes de ambos. Cierta
simpatía a los amores románticos se refleja en la persistente popularidad, al menos en
algunos círculos, de las novelas tardoantiguas y la recuperación de ese género en el XII.
Aunque se interpreten alegóricamente como la lucha del alma por la salvación y su
anhelo de Dios, tb disfrutarían con ellas.
Boda. Epithalamia, cantos nupciales. Escolta a la casa. Resto sigue la fiesta.
El objetivo 1ºl de la boda era la procreación; continuadores de la línea familiar, los hijos
transmitían los bienes familiares de generación en generación, eran el apoyo de sus
padres en la vejez y les aseguraban su funeral y conmemoración póstuma. Por ello, la
esterilidad era motivo de gran pesar para una mujer y su marido. Un lugar común en la
hagiografía es la esterilidad de los padres del futuro santo, lo que sugiere que pudo ser
un problema para muchas parejas. Las visitas a iglesias, rezos, si no se completaban
debían ayudarse de brebajes a base de sangre de conejo, grasa de oca o trementina que
decían favorecían la fertilidad. A los médicos tb se recurría con grandes sumas.
Amuletos. O simularlo todo y comprar un niño o adoptarlo como Pselo tras la muerte de
su hija.
El número de hijos era elevado, pero por la alta tasa de mortalidad infantil sobrevivían
pocos, 2 de 5 más o menos. Aunque daban a luz en sus casas con matronas y parientes y
vecinas, sentadas o de pie o echadas en la cama, a veces acuden a una maternidad como
las refugiadas indigentes de Alejandría en el VII donde estaban una semana y se les
daba al irse 1/3 m. oro. Si hay dificultades asistencia médica o mágica -espiritual. Las
reliquias st. Si no, embriotomía o desmembración del feto con instrumental quirúrgico
para salvar a la madre. Todo el proceso de alumbramiento es considerado impuro y por
eso la parturienta excluida de la comunión durante los 40 días posteriores salvo peligro
de muerte. Que amamanten o usen nodrizas tiene relación con el nivel social. Si querían
limitar el nº hijos que habían sobrevivido, abstinencia sexual, incluso vivir como
hermanos. También espermicidas, pomadas con hierbas, amuletos de higado de gato o
un útero de leona en un tubo de marfil atado al pie izquierdo. Las leyes civiles y
canónicas prohibían el aborto y lo castigaban con exilio, azotes o excomunión. Pero era
inevitable que adúlteras, solteras o prostitutas, quisiesen librarse de embarazos no
deseados. De la mujer de Justiniano prostituta-actriz se dice abortó varias veces y una el
padre le quitó el hijo. Los brujos daban pociones abortivas.
Casadas, las mujeres trabajan mucho, confeccionan ropa, cosméticos, ungüentos,
comido, y labores domésticas y cuidado niños, desde molienda del grano. El resto
supervisaba a las doncellas y bordan y tejen, porque la rueca y el telar estaban unidos a
las mujeres y se considera que la confección de ropa era la ocupación más apropiada
para ellas. Las de los artesanos ayudan en el taller y en el campo las labores son más
duras hasta huerto y viñedo cercano a la casa.
Vestidos. Cuidado cuerpo.
Como en todas partes, de la esposa se espera que sea obediente y sumisa, le diera hijos
herederos y sacara adelante su casa. Por supuesto existe tb el adulterio, divorcio y
huidas a un monasterio en caso de maltrato reiterado. El concubinato tb, si no podían
tener hijos y eran normalmente de clases inferiores y a veces sirvientas.. El adulterio es
severamente castigado por leyes, el código civil en los primeros siglos del imperio
preveía la pena de muerte, la legislación posterior era más indulgente con mutilación
adulterio cortando la nariz a las partes culpables. La mujer a veces enviada a un convento como
y divorcio
castigo y su marido se queda con la dote. Los maridos solo castigados si tenían
relaciones con una mujer casada. El derecho canónico excomunión y penitencia.
Aunque ambos códigos insistían en la indisolubilidad, algunas parejas afrontan el
divorcio. En época de Justiniano un marido podía conseguirlo si la mujer era adúlte ra o
de conducta deshonesta (comía o se bañaba con un extraño o iba al circo o teatro sin su
consentimº). Otra causa era la locura o impotencia del marido. Una alternativa era la
separación de la pareja que abrazaba la vida monástica, mediante acuerdo amistoso o
por solucionar una crisis previa.
La viuda quedaba desamparada pese a que quedase con la dote y parte herencia, por eso
algunas instituciones le ayudaban o entraban en conventos. Ahora bien, ya no eran
vistas como vehículos de tentación sexual sino personas maduras, de fiar y respetables.
Incluso en los comienzos de la Iglesia se creó una orden eclesiásticas de viudas que
realizaban obras de caridad. Al recuperar el control dote las generosas hacían obras de
caridad, mecenazgo y fundaron iglesias. Se ponían al frente de su hogar en realidad.
Las mujeres fuera de casa.
La mujer se mantenía bajo estrecha vigilancia, st las de buena familia para proteger
virginidad y reputación. Entre las casadas variedad, según su clase social, lugar de
residencia (ciudad o campo) y época en que vivieran. La campesina, obviamente, tenía
que pasar tiempo fuera de casa atendiendo huerta y alimentando ganado. Las de la
ciudad, de baja condición, debían ir al mercado ellas mismas y a veces hacían labores
fuera del hogar. Puesto que vivían en casas pequeñas carecían de habitaciones propias a
las que poder retirarse. Las mujeres de clase media y alta, solían estar más confinadas
en sus casas y puede que pasaran la mayor parte del tiempo en ciertas habitaciones
reservadas a propósito: el historiador Agatias comenta que después del terremoto de 557
el orden social de la capital se había visto perturbado porque las mujeres de la nobleza
se mezclaban libremente con hombres por la calle. En 1042 durante la revuelta popular
que derribó a Miguel V y llevó a Zoe al trono, Pselo señala con asombro que algunas
mujeres "a las que nadie hasta entonces habia visto salir de sus habitaciones se
mostraron en público gritando y golpeándose el pecho y profiriendo terribles lamentos
por la desgracia de la emperatriz". Nota Pselo la presencia de mujeres jóvenes en la
turba que atacó y destruyó mansiones pertenecientes a la familia de Miguel V. El
historiador Ataliates, al describir el terremoto de la capital de 1068, comenta que las
mujeres, olvidando su pudor innato, corrían por las calles. A mediados del XIV, cuando
la gran cúpula de Santa Sofía se derrumbó parcialmente en otro terremoto, las nobles se
precipitaron a la iglesia para ayudar a sacar los escombros.
En tiempos de guerra, especialmente durante los años de asedio, las mujeres dejaban sus
casas para contribuir a la defensa de la ciudad: transportaban piedras para reparar la
muralla o como proyectiles para catapultas y hondas, llevaban vino y agua a las tropas
sedientas, atendían heridos. Incluso a veces asumían el mando de las tropas, como
cuando Irene esposa de Juan Cantacuzeno, se puso al frente de la guarnición de
Didimótico durante la guerra civil de 1341-47, o en 1348 cuando tomó la
responsabilidad de la defensa de la capital en ausencia de su marido. E incluso en
circunstancias normales, podían con frecuencia encontrarse fuera del hogar para
trabajar, acudir a la iglesia, distraerse o asistir a un funeral.
Los deberes princiapales en el hogar eran criar a los hijos, comida, y hacer la ropa.
Muchas de las tareas que realizaban fuera del hogar eran una extensión de las
domésticas básicas. Las empleadas como cocineras, panaderas, lavanderas,
desempañaban tareas tradicionalmente femeninas, pero se les pagaba para que las
hicieran en otros hogares o instituciones. Hay testimonios de que algunas hacian ropa en
talleres de la ciudad. Un breve tratado del IX, obra de Miguel Pselo, describe la
festividad constantinopolitana de Ágata, 11 mayo, celebrada por mujeres que trabajaban
en cardar e hilar lana y tejer ropa. La festividad incluía oficios religiosos en una iglesia,
pero también bailes; en un determinado momento de la ceremonia las participantes
debían reunirse en torno a una representación (un fresco?) de mujeres cardando y
tejiendo, unas menos hábilmente que otras; a las trabajadoras poco competentes se les
azotaba. Estas puede que fuesen miembros de un gremio de tejedoras, hay incluso
evidencias seguras de que algunas formaban parte del gremio de artesanos de la seda.
Pero dsiponen de pocos datos de artesanas o trabajadoras, probablemente ayudan a
maridos o hijos, como sugiere un cofrecillo de marfil de Darmstadt donde está
representada una herrería en la que Eva maneja el fuelle mientras Adán están en la
fragua.
También se dedicaban a la venta al por menor, st productos alimenticios, están
atestiguadas proveedoras de pan, verdura, pescado y leche. Esto se vería como
ocupación apropiada para mujeres porque trataban st con otras mujeres o sus doncellas
que hacían la compra. Las vendedoras al por menor iban a veces ofreciendo sus
productos por las casas, evitando que los clientes tuviesen que salir. Pero ni la
producción de ropa ni el comercio al detall eran labor exclusiva de mujeres porque hay
tejedores, tenderos, carniceros y pescadores. A veces eran dueñas de almacenes y
talleres. Las fuentes mencionan una tienda de perfumes-ungüentos, una lechería, al
frente de oficinas de cambio, comerciaban, invertían en operaciones mineras o poseían
molinos. Algunas categorías profesionales atañían a mujeres como casamenteras,
ginecólogas, enfermeras del pabellón femenino de un hospital, comadronas, nodrizas,
enfermeras pediatras, doncellas, diaconisas, peluqueras y asistentes en los baños
públicos de mujeres. Con frecuencia mencionan mujeres médicos, que hacian de
tocólogas, ginecólogas o se ocupaban de mujeres. Entre los médicos que se encargaban
del pabellón femenino del hospital del monasterio del Pantocrátor había una mujer y
mujeres eran las enfermeras y sus asistentes. Y tenían el mismo sueldo que su s colegas
masculinos del hospital, pero por razones poco claras la única doctora recibía la mitad
del salario de sus compañeros, tres nomismata en vez de seis y una ración menor de
grano 26 módioi en vez de 36. En el hospital del convento de Lips, que rese rvaba 12
camas a mujeres, el personal era masculino a excepción de las lavanderas. Las doctoras
y nodrizas podían ser requeridas en procesos judiciales en calidad de expertos:
pronunciarse sobre la virginidad de una novia, determinar un embarazo o testigo del
nacimº un niño.
Las ocupaciones de mala reputación como las de prostitutas, mesoneras y taberneras,
que ejercían a veces ambas, o las que trabajaban en mundo espectáculo como bailarinas
o actrices.
Poca información sobre campesinas. Cultivan huertos cercanos, atender ganado,
viñedos, a veces viñadoras durante la vendimia, colaborar en cosecha cereales. Pero un
texto del XIII señala que las mujeres ayudan en la siega solo en momentos especiales
como tiempos de guerra. El biógrafo Cirilo, Fileotes, cuent a que la mujer del santo
trabajaba la tierra con ayuda de sus hijos mientras el se retiraba dentro de casa. Había
niñas y mujeres de pastoras; caso inusual el de las mujeres valacas que se disfrazaban de
hombres para poder pastorear en el Monte Atos habitado por comunidades monásticas y
eremíticas y al que tenían las mujeres prohibido el acceso. El escándalo fue grande
cuando se supo que pastoras servían queso y leche a los monasterios.
Las casadas tambien pasaban la mayor parte del tiempo en casa, st en co mpañía de
familiares y sirvientes. A veces tenían animales domésticos, pájaros, perritos. Si había
invitados varones quedaban en sus habitaciones. Como en otras sociedades en las que
las mujeres llevaban una vida recluida, el culto religioso tenía un papel vital en las vidas
de las mujeres de Bizancio. Para las seglares, la asistencia a servicios religiosos,
procesiones y visitas a santuarios eran las únicas oportunidades bien vistas socialmente
de salir de casa; por otra parte, tales actividades satisfacían sus necesidades espirituales.
Las de clase superior podían ir a los oficios en capillas privadas anejas a sus casas, pero
la mayoria iba a la iglesia de su barrio o a otras. En la iglesia estaban separadas de los
hombres, siendo relegadas a una galería superior o una nave lateral en función del
tamaño y planta de la iglesia. A 1º XIV el patriarca Atanasio sugería una justificación a
esta discriminación sexual, al criticar a las nobles que acudían a Santa Sofía no por
devoción sino para lucir sus joyas, galas y maquillajes. A fines ese siglo, un peregrino
ruso describió cómo en Santa Sofía ellas permanecían en las galerías detrás de cortinas
de seda traslúcida, para no ser vistas por los hombres. Una actividad favorita era visitar
santuarios donde rogaban por la salud y salvación de su alma y su familia o buscan
curaciones milagrosas. Tomaide de Lesbos que llegó a ser santa a pesar de estar casada
y tener hijos solía rezar en iglesias ubicadas en distintas zonas de la capital, incluso
quedandose vigilias nocturnas en el santuario de la Virgen de las Blaquernas. Durante
los primeros siglos hubo mujeres, st aristócratas y familia imperial, que hacían el largo
peregrinaje a Tierra Santa; después de la conquista árabe pocas se aventuraban e iban a
santuarios bajo control bizantino.
Excluidas de la vida política, muchas se vieron implicadas en las controversias
religiosas. En VIII y IX, cuando los emperadores adoptaron una política iconoclasta,
prohibiendo el culto de las imágenes, estas se opusieron. Eran devotas de los iconos a
los que veneraban en iglesias y tenían en sus casas como valiosas pertenecias. Pselo
hace una descripción del apego de la emperatriz Zoe a su icono de Cristo, embellecido
con metales preciosos. Creía que el icono podía predecir el futuro y en momentos de
ansiedad lo estrechaba entre sus brazos y le hablaba. En los comienzos de la
iconoclastia, cuando un soldado fue enviado a destruir la imagen de Cristo que presidía
la puerta Calce del Gran Palacio, un grupo de monjas capitaneado por Teodora echó
abajo la escalera donde estaba subido. Otra monja, Santa Antusa de Mantinea, fue
sometida a tortura esparciendole ardientes rescoldos de iconos sobre la piel. Muchas
mujeres de la familia imperial se opusieron a la política de padres y maridos y segu ían
venerando iconos en sus habitaciones. Fueron dos emperatrices quines restauraron el
culto tras la muerte de sus maridos, Irene en 787 convocó el Segundo C. de Nicea y en
843 Teodora viuda de Teófilo presidió la restauración definitiva. A fines del XIII una
mujer tuvo un papel importante en la oposición a la política de Miguel VIII de unión de
las iglesias de Roma y Constantinopla; algunas familiares del emperador fueron incluso
enviadas al exilio por condenar la Unión de Lyon en 1274.
diaconisas
Estaban excluidas del clero excepto en el orden de las diaconisas que sobrevivió hasta el
XII. Las diaconisas administraban el bautismo a mujeres en época en que se bautizaba
por inmersión; la evolución de la orden comportó su transformación en un grupo que
llevaba a cabo obras de caridad, instruyendo a sus hijos en la fe, enseñandoles el salterio
y contandoles historias de santos. Otras organizan grupos privados de lectura o estudio
como sabemos por la Vida de Atanasia de Egina que reunía a las mujeres de la vecindad
los domingos y días de fiesta y les leía las Escrituras inculcándoles temor y amor de
Dios. Una actividad permitida fuera del hogar era la caridad. Las ricas podían ayudar al
necesitado indirectamente mediante donaciones de fondos a instituciones de servicios
sociales como orfanatos, casas de desamparados, asilos, hospitales, monasterios. Otras
se implicaban de forma personal en el cuidado de enfermos y pobres. Algunas trabajan
como voluntarias en hospitales, ayudando a dar de comer y bañar pacientes; visitaban
prisiones, daban ropa y comidas a mendigos. Este espíritu filantrópico estaba motivado
por la piedad cristiana y se consideraba y modo honorable de servir a Cristo. En IX y X
unas pocas mujeres como Maria de Bizie y Tomaide de Lesbos llegaron a ser santas p or
su devoción en el auxilio de pobres.
La mujer tb era la encargada de preparar a los muertos, como a los vivos, amortajando,
ungiendo con aceites, lavandolo, durante el velatorio se ponían al frente de las
lamentaciones, las plañideras demostraban su pesar gimiendo, tirándose del pelo,
lacerando sus mejillas, golpeándose el pecho, arrancándose la ropa. Las parientes y las
profesionales de alquiler entonaban cantos fúnebres, alabando las virtudes y lamentando
la muerte. Seguían plañiendo hacia el cementerio. Para los Padres Iglesia era criticable
por gritos, descrubrir partes cuerpos. La Iglesia quería que los sepelios fueran de modo
digno y solemne y se encargó de suministrar coros entrenados de hombres y mujeres
que cantaran salmos e himnos funerarios. Los parientes hombres y mujeres del difunto
iban al cementerio al tercer, quito y decimocuarto día con ofrendas a la tumba. Además
ellas solian ir para commenorar a parientes fallecidos preparando kollyba, mezcla de
granos de trigo hervidos y frutos secos, y aniversarios muerte.
Cultura.
Es muy escasa la información. Está atestiguado el caso de una mujer siria que en el VII
daba clases de dibujo. Solo se conocen unas pocas copistas y una, Irene, era la hija de
un calígrafo a fines XIII. Teodora Raulena, sobrina de Miguel VIII Paleólogo copió un
códice de Elio Aristides que se conserva en Bib Vaticana. Las mujeres aristocráticas e
imperiales sí desempeñaron un papel importante en la vida cultural st por su mecenazgo
artístico. Encargaron manuscritos de lujo, vasos litúrgicos, fundaron iglesias y
mujeres ricas
podian
ser
monasterios. A 1º VI una fue Anicia Juliana, hija de Olibrio, emperador de Occidente
mecenas por breve tiempo en 472. Como hija única heredó una fortuna y construyó y embelleció
iglesias de Constantinopla, Santa Eufemia en toîs Olybríou, y la inmensa basílica de San
Polieucto excavada en Sarajane, Estambul. Encargó la realización del manuscrito
lujosamente decorado del herbario de Dioscórides, Bib Viena. Nobles y emperatrices
fundaron muchos complejos monásticos en la capital conocidos hoy por la conservación
casual de sus typika o de sus edificios eclesiásticos. Ocasionalmente fundaron
monasterios masculinos, lo normal eran las futuras moradas para sus hijas o para ellas.
La emperatriz Irene Ducas, esposa de Alejo I Comneno, fundó el convento de la
Cecaritomene en XII y redactó larga lista de normas para las monjas que habían de
habitarlo. De época paleóloga el convento de Lips, restaurado por Teodora
Paleologuina, viuda de Miguel VIII, añadió iglesia lado sur como mausoleo de la
familia Paleóloga. MAS. Algo de atípico tiene el convento llamado del Arrepentimiento
fundado por Teodora la esposa de Justiniano para alojar exprostitutas.
La producción literaria, un pequeño número de mujeres de gran formación intelectual
que fueron escritoras o apoyaron a literatos por vía epistolar o con una financiación
económica, prestándoles libros o admitiéndolos en sus salones literarios. La obra más
importante es la Alexíada de Ana Comneno, hija de Alejo I. Una larga y sujestiva
historia fuente histórica fundamental del reinado de su padre y la primera cruzada,
proporciona información de tres generaciones de mujeres decididas, Ana Dalasena,
madre de Alejo, Irene Ducas, esposa y Ana su hija. Algunas aparecen en la poesía y la
himnografía, la mejor la poetisa del IX Casia que ingresó en convento al no conseguir la
mano del príncipe heredero Teófilo. Solo unas pocas hagiógrafas, la abadesa Sergia en
VII escribió breve narración sobre reliquias de sata Olimpia, la madre fundadora.
Teodora Raulena compuso una Vida de los hermanos iconódulos Teodoro y Teófanes
Grapti, siglos después. Luego mecenas hay más.
CONVENTO Y VIDA MONÁSTICA
El convento ofrecía a la bizantina distintas posibilidades y formas de asistencia.
Descrito frecuentemente en las fuentes como puerto seguro y tranquilo, era un lugar en
que las mujeres disfrutaban de las ventajas de una existencia tranquila y ordenada en
compañía de otras monjas, la vida gira en torno a las funciones religiosas y plegarias
por la salvación de la humanidad. Para las jóvenes era la principal alternativa al
matrimonio, refugio de afligidas por problemas familiares, enfermedad o vejez, al pobre
comida y ropa y atención médica. Ofrece tb un entorno institucional en que se espera
que ellas alcancen cierto grado de educación y pudieran detentar puestos de
responsabilidad. Como en occidente, las jóvenes ingresan por inclinación piadosa,
apoyadas por sus padres pese a que algunos las casan contra sus deseos; también por
necesidad por no ser casable al estar picada de viruela o enfermedad mental. Aunque la
mayoría de las reglas declaran que no era necesaria una contribución eca para ingresar,
la norma era que la familia hiciera un donativo sustancial en dinero o una propiedad que
constituyera su dote. Tras noviciado de tres años los votos monásticos. Se
desaconsejaba el ingreso de niñas de menos de diez años, al ser vistas como fuentes de
trastornos, pero hubo casos que fueron llevadas como ofrenda de gracias especialmente
si nacieron tras larga esterilidad o sobrevivieron milagrosamente mientras morían sus
hermanos. Tb podían ser educadas niñas huérfanas que aprendían a leer, escribir, cantar
los oficios, labores manuales. En mayoría edad decidían si permanecer y hacer votos.
Algunas monjas entraron en su madurez o vejez, viudas que tenían que hacer
contribución sustanciosa a cambio de recibir la tonsura y se la mantendría por el resto
de su vida y enterrada allí. En casos la viuda no tomaba los hábitos, sino que vivía como
pensionista seglar o permanecía fuera del claustro y recibía asignación regular de
comida. A veces marido y esposa acordaban acabar su vida de casados y retirarse a
monasterios separados. Otros motivos: esposas maltratadas, refugiadas de invasiones
enemigas o enfermas mentales, era un refugio. Para otras una prisión, caso emperatrices
cuyos maridos eran depuestos, mujeres acusadas de adulterio o brujas y herejes
condenadas por el sínodo a hacer los votos para expiar su conducta. Las monjas eran
normalmente de origen aristocrático o clase media, pero las clases inferiores tb vivían y
trabajaban en conventos como doncellas privadas y ayuda doméstica. A pesar del ideal
de igualdad, algunas encuentran difícil la renuncia a su estilo de vida y se le permite
vivir en apartamentos separados con sus criadas y comida en privado. La superiora
debía ser mujer de negocios perspicaz que conjugara una voluntad severa y disciplina
con temperamento bondadoso hacia las monjas y comprensión. Pero requerían los
servicios de algunos funcionarios para su administración; había encargada liturgia,
sacristana, tesorera, archivera, debían estar bien cualificadas, portera, enfermera. El
administrado o ecónomo era a veces un seglar, pero tb podía ser una monja de
experiencia. Se suponía que debía salir para visitar propiedades remotas, inspeccionar
cosecha, ingresos de la venta de los productos. Pero había limitaciones a su
independencia de la autoridad masculina puesto que no podían ser sacerdotes, el clero
tenía que ir de fuera para oficiar la liturgia, el confesor tb, el médico visit aba
regularmente. Además estaba bajo autoridad de un éphoros (supervisor) que podía
prevalecer sobre la abadesa. Podían salir acompañadas de otras y recibir familiares, al
final, a un santuario, confesor, funerales familia, nombramº patriarca con abadesa.
Mujeres de Familia imperial
Las emperatrices y otras mujeres de la familia pasaban largo tiempo en sus habitaciones,
eran piadosas y frecuentaban la iglesia, filántropas, contribuidoras generosas construcc
o reconstrcc iglesias, monasterios, instituciones caritativas o financian manuscritos y
obras arte. Su rasgo principal es que tenían participación a veces en lides políticas, a
veces tenían un papel clave en la perpetuación de la dinastía, o ejercían de facto la
autoridad en calidad de regentes como soberanos a todos los efectos, e influían sobre
maridos y hermanos, hijos, padres. Si no había heredero, las princesas podían transmitir
el poder a través del matrimonio. Ariadna, hija de Leon I, tomó 1º marido al jefe isaurio
Zenón 474-91, cuando este murió sin dejar hijos casó con Anastasio 491-518. La
princesa Zoe, hija Constantino VIII, prolongó la dinastía macedónica gracias a
sucesivos matrimonios con tres hombres que se convirtieron en emperadores, Romano
III Agiro, 1028-34, Miguel IV Paflagonio 1034-41, y Constantino IX Monómaco
1042-55, y por la adopción de Miguel V Calafates, 1041-42. Viudas como Irene en VIII
y Teodora en IX ejercieron de regentes de sus menores, mientras Ana Dalasena se
encargó de la regencia de su hijo adulto Alejo I Comneno cuando este dejó la capital
para larga campaña militar. Hubo casos de emperatrices que se niegan a apartarse al ser
mayores sus hijos o no tomar consortes, detentando el poder por breves periodos, tras
un decenio de regencia Irene no quería entregar las riendas a su hijo Constantino VI; la
lucha por el poder la llevó a ordenar su arresto y ceguera en 797, gobernando por
derecho propio durante cinco años hasta que fue destronada. En 1042, Zoe, humillada
por la forma en que su consorte Miguel IV y su hijo adoptivo Miguel V la habían
relegado primero a las habitaciones de mujeres y luego a un convento, gobernó durante
pocos meses con su hermana Teodora después de que una rebelión popular expulsara a
Miguel V. Se la convenció para que volviera a casarse no obstante. Tra s la muerte de
Zoe y de Constantino, Teodora, la tercera hija de Constantino VIII, subió al trono en
1055 y gobernó 19 meses. Antes de morir transmitió el poder imperial por matrimonio a
Miguel VI Estratiótico, que le sobrevivió un año. Llegó así el fin de la dinastía
macedónica que a través de las hermanas se prolongó 30 años más.
Legalmente la mujer podía sentarse en el trono pero el gobierno único de una mujer era
considerador irregular e impropio. La posición de una emperatriz era ambigua: Irene
firmaba los documentos como emperador de los romanos, y era alabada por su espíritu
masculino, mientras las acuñaciones llevaba título de emperatriz. Miguel Pselo criticaba
a Zoe y Teodora por su incompetencia, afirmando que ninguna estaba dotada por
temperamento para gobernar, y el imperio necesitaba la supervisión de un hombre.
Pselo comentaba que durante el gobierno solitario de Teodora todos estaban de acuerdo
en que era impropio que una mujer en vez de un hombre gobernase el imperio. El
historiador Ducas criticó la regencia de Ana de Saboya, comparando el Imperio en
manos de mujer con "una lanzadera que hila al azar y altera el hilo de la túnica
purpúrea". Deliberadamente usa el símil de un telar recordando a sus lectores que las
labores del hogar y no los asuntos de gobierno eran el ámbito propio de una mujer.
Otras tuvieron influencia indirecta pero significativa en los acontecimientos
persuadiendo o manipulando a sus maridos. Procopio describe vivamente el episodio en
el palacio en el momento de la sublevación de la Nika (532) cuando Teodora persuade a
Justiniano de que no huyera abdicando, sino que se mantuviera firme y aplastara la
rebelión popular. Este pudo mantenerse y gobernar 33 años más. Recomendaban
ascensos y deposiciones de cortesanos, acompañaban a veces a maridos en campañas
militares, se interesaban apasionadamente por cuestiones reiligiosas y negociaban
casamientos de hijos.