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Levítico: Desafíos y Significado

El documento presenta una introducción al libro bíblico del Levítico. Explica que el Levítico contiene muchas reglas extrañas sobre tabúes alimenticios, higiene y rituales que desaniman a los lectores. Sin embargo, también transmite un profundo mensaje religioso sobre la relación entre Dios y el ser humano. Surge en un contexto histórico donde los judíos carecían de independencia política y dependían del Templo y la Torá como fuente de cohesión cultural.
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Levítico: Desafíos y Significado

El documento presenta una introducción al libro bíblico del Levítico. Explica que el Levítico contiene muchas reglas extrañas sobre tabúes alimenticios, higiene y rituales que desaniman a los lectores. Sin embargo, también transmite un profundo mensaje religioso sobre la relación entre Dios y el ser humano. Surge en un contexto histórico donde los judíos carecían de independencia política y dependían del Templo y la Torá como fuente de cohesión cultural.
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LEVÍTICO

Introducción
De todos los libros del Antiguo Testamento, el Levítico es el más extraño, el más erizado e
impenetrable. Tabúes de alimentos, normas primitivas de higiene, insignificantes
prescripciones rituales acobardan o aburren al lector de mejor voluntad. Hay creyentes que
comienzan con los mejores deseos a leer la Biblia, y al llegar al Levítico desisten.

1 Es verdad que este libro puede interesar al etnólogo, porque encuentra en él, cuidadosamente
formulados y relativamente organizados, múltiples usos parecidos a los de otros pueblos,
menos explícitos y articulados. Sólo que no buscamos satisfacer la curiosidad etnológica. El
Levítico es un libro sagrado, recogido entero por la Iglesia y ofrecido a los cristianos para su
alimento espiritual como Palabra de Dios.
El Levítico, libro cristiano, ¿no sería mejor decir que es un libro abolido por Cristo? Todos
los sacrificios reducidos a uno, y éste renovado en la sencillez de un convite fraterno; todas
las distinciones de animales puros e impuros arrolladas por el dinamismo de Cristo, que todo
lo asume y santifica. Desde la plenitud y sencillez liberadora de Cristo, el Levítico se nos
antoja como un catálogo de prescripciones jurídicas abolidas, como país de prisión que
recordamos sin nostalgia. Este sentido dialéctico del libro es interesante, desde luego, y
llegará hasta ser necesario para denunciar la presencia reptante del pasado entre nosotros,
para sanarnos de la tentación de recaída. Entonces, ¿aquellas leyes eran malas? ¿Cómo las
atribuye la Escritura a Dios? Tenemos que seguir buscando un acceso vivo a estas páginas,
y no es poco que desafíen nuestro conformismo y curiosidad. El Levítico nos obliga a buscar,
y esto es algo.
Contexto histórico en el que surgió el Levítico.
En el s. V a.C. los judíos formaban una provincia bajo el dominio de Persia. No tenían
independencia política ni soberanía nacional y dependían económicamente del gobierno
imperial. No tenían rey ni tampoco, quizás, profetas, pues la época de las grandes
personalidades proféticas había ya pasado. Pero eran libres para practicar su religión, seguir
su derecho tradicional y resolver sus pleitos. Muchos judíos vivían y crecían en la diáspora.
En estas circunstancias el Templo y el culto de Jerusalén son la gran fuerza de cohesión, y
los sacerdotes sus administradores. La otra fuerza es la Torá, conservada celosamente,
interpretada y aplicada con razonable uniformidad en las diversas comunidades. Es así como
surgió el enorme cuerpo legislativo conocido posteriormente con el nombre de Levítico –
perteneciente al mundo sacerdotal o clerical– con todas las normas referentes al culto, aunque
contiene algunas de ámbito civil o laico.
Con cierta lógica, el recopilador insertó este código legal en la narrativa del Éxodo, en el
tiempo transcurrido –casi dos años– desde la llegada de los israelitas al Sinaí (Éx 19) y su
salida (Nm 10). Es así como el libro del Levítico llegó a formar parte del Pentateuco.
Mensaje religioso.
Procuremos trasladarnos al contexto vital del libro, no por curiosidad distante, sino buscando
el testimonio humano. Pues bien, en estas páginas se expresa un sentido religioso profundo:
el ser humano se enfrenta con Dios en el filo de la vida y la muerte, en la conciencia de
pecado e indignidad, en el ansia de liberación y reconciliación. Busca a Dios en el banquete
compartido; se preocupa del prójimo tanteando diagnósticos, adivinando y previniendo
contagios, ordenando las relaciones sexuales para la defensa de la familia.
El Levítico es en gran parte un libro de ceremonias, sin la interpretación viva y sin los textos
recitados. En este sentido, resulta un libro de consulta más que de lectura. Pero, si superando
2 la maraña de pequeñas prescripciones, llegamos a auscultar un latido de vida religiosa,
habremos descubierto una realidad humana válida y permanente.
Traslademos el libro al contexto cristiano, y desplegará su energía dialéctica. Ante todo nos
hará ver cómo lo complejo se resuelve en la simplicidad de Cristo. Pero al mismo tiempo
debemos recordar que la simplicidad de Cristo es concentración, y que esa concentración
exige un despliegue para ser comprendida en su pluralidad de aspectos y riqueza de
contenido. Cristo concentra en su persona y obra lo sustancial y permanente de las viejas
ceremonias; éstas, a su vez, despliegan y explicitan diversos aspectos de la obra de Cristo.
Así lo entendió el autor de la carta a los Hebreos, sin perderse en demasiados particulares,
pero dándonos un ejemplo de reflexión cristiana.
Contemplando el Levítico como un arco entre las prácticas religiosas de otros pueblos y la
obra de Cristo, veremos en él la pedagogía de Dios. Pedagogía paterna y comprensiva y
paciente: comprende lo bueno que hay en tantas expresiones humanas del paganismo, lo
aprueba y lo recoge, lo traslada a un nuevo contexto para depurarlo y desarrollarlo. Con esos
elementos encauza la religiosidad de su pueblo, satisface la necesidad de expresión y práctica
religiosa. Pero al mismo tiempo envía la palabra profética para criticar el formalismo, la
rutina, el ritualismo, que son peligros inherentes a toda práctica religiosa.
________________________________________________________________________________

SACRIFICIOS Y SACERDOTES
Los sacrificios eran una parte importante en la vida cultual israelita, de ahí que la obertura a
todas las leyes sobre el culto se refiera precisamente a las tres formas o categorías
fundamentales del sacrificio: los holocaustos (1), las ofrendas de cereales (2) y los sacrificios
de comunión y de expiación (3s). Los restantes capítulos (5–7) explicitan el ritual de cada
una de estas modalidades de sacrificio.
1,1s El Señor llama a Moisés.
El libro comienza con la observación de que Dios llama a Moisés para hablarle en la tienda
del encuentro, desde donde le va a dar todo el cúmulo de instrucciones que vienen a
continuación. El relato nos mantiene todavía al pie del Monte Sinaí, donde se acaba de
construir meticulosamente el Santuario, el cual se ha llenado con la Gloria divina (Éx 40,34-
38). Pero para comprender el libro debemos situarnos en la época del exilio, hacia la segunda
mitad del s. VI a.C., y pensar en la corriente sacerdotal (P) que va madurando poco a poco la
idea de la reconstrucción de Israel, reconstrucción que no sólo afectó al Templo y a la misma
ciudad, sino también a la reconstrucción moral y religiosa del pueblo como tal.
La idea que subyace en el libro del Levítico es que Israel cayó en manos enemigas como
castigo; todo lo que le está sucediendo es un castigo merecido por su infidelidad a ese Dios
santo y fiel que, pese a todo, volverá a acogerlos y a perdonarlos. Israel debe responder a ese
gesto divino siendo fiel de la manera más perfecta posible, y eso sólo se puede lograr
mediante un culto perfecto.
3 Con este telón de fondo comprenderemos mejor el porqué de esta clasificación tan rigurosa
de los sacrificios y, en definitiva, de todo lo que tiene que ver con el culto: los profesionales
y los participantes –la asamblea–. No perdamos de vista que muchas de estas prescripciones,
si no todas, están pensadas durante la época del destierro, cuando no había ni Templo, ni
culto; por ello, se trata de ideales que se persiguieron sin duda hasta sus últimas
consecuencias. Pero este sentido ideal trajo, de hecho, consecuencias muy negativas para el
pueblo, tan negativas que el mismo Jesús las denunció como el gran obstáculo para acceder
al amor misericordioso del Padre.
1,3-17 Holocaustos.
El holocausto era la categoría de sacrificio más común en el Templo. Su principal
característica era que la víctima sacrificada, a excepción de la piel/cuero, era quemada
completamente. De este hecho derive quizás el nombre griego, que significa precisamente
«quemado por completo». A su vez, el holocausto se divide en tres tipos: de ganado mayor
(3-9), de ganado menor (10-13) y de aves (14-17). El oferente impone la mano sobre el animal
de ganado mayor o menor antes del sacrificio. Nótese cómo cada clase de sacrificio debe
hacerse en un punto determinado del altar: al norte (11), o al este (16). Los holocaustos más
comunes y abundantes eran los de ganado menor, y todavía más los de aves, dadas las
condiciones socioeconómicas del pueblo; sólo los ricos podían darse el lujo de ofrecer un
novillo. En las tres modalidades se repite la fórmula que determina la finalidad del sacrificio:
«es un holocausto: ofrenda de aroma que aplaca al Señor» (9.13.17).
2,1-16 Ofrendas de cereales.
Otra modalidad de sacrificio que no incluye la matanza es la ofrenda de cereales. Su principal
característica es que sólo una parte de ella es quemada en el altar; el resto es «para Aarón y
sus descendientes» (3) es decir, para los sacerdotes. Podía tratarse de cereal crudo, que
consistía en una cantidad de harina de la mejor calidad mezclada con incienso (1-3), o bien
podía ser el cereal preparado y cocido según tres métodos: al horno (4), a la sartén (5) o a la
parrilla (7). En los tres casos se excluye la levadura, pero se emplea el aceite y la sal (13); la
miel no se admite en las ofrendas. Respecto a la sal, se dice específicamente que es «la sal
de la alianza» (13), lo cual tiene un alto valor simbólico para los israelitas (cfr. Ez 43,24);
puede ser una manera de simbolizar la fidelidad, ya que la sal asegura la durabilidad y
preserva de la corrupción. Se conoce por otros textos que griegos y árabes comían sal en el
momento de sellar algún pacto. Como cristianos, nosotros estamos invitados por el mismo
Jesús a ser sal de la tierra (Mt 5,13). Respecto a la miel, no está clara la razón de su
prohibición en las ofrendas; podría tratarse de una forma de evitar cualquier similitud con los
cultos paganos, donde sí era frecuente el uso de la miel. Los versículos 14-16 regulan la
ofrenda de las primicias o primeros granos de la cosecha de los cereales.
3,1-17 Sacrificios de comunión.
Los sacrificios de comunión difieren de los holocaustos en que las víctimas sacrificadas no
son quemadas completamente: algunas partes se queman en el altar y otra parte es consumida
en un banquete que ofrece el oferente a su familia e invitados (7,15; 19,6-8). Se mantiene la
4 distinción entre animales de ganado mayor (1-5) y animales de ganado menor (6); estos
últimos se clasifican en corderos (7-11) y cabritos (12-16). En todos los casos se mantiene el
mismo esquema ritual: imposición de la mano sobre la víctima antes de sacrificarla y
aspersión del altar por los cuatro costados con su sangre –como en los holocaustos–, función
que realizaba el sacerdote.
Hay varias interpretaciones respecto a la imposición de la mano sobre la víctima. Algunos
piensan que se trata de un gesto mediante el cual se «descargaban» sobre el animal las culpas
y los pecados del oferente para obtener el perdón divino. En realidad, quien debía ser
sacrificado por sus faltas era la persona, pero Dios le permitía ser sustituido por un animal.
Esta interpretación no sería válida en los casos en los que se ofrece un sacrificio en acción de
gracias, y no por los pecados. Además, el único caso en que se explicita que la imposición
de manos sobre la víctima es para descargar sobre ella los pecados de los oferentes es el del
macho cabrío el día de la expiación. Al haber recibido sobre sí los pecados del pueblo, el
animal quedaba impuro y, por tanto, no era apto para ser sacrificado ante el Señor; el macho
cabrío del gran día de la expiación se llevaba al desierto y era arrojado por un despeñadero.
Esta modalidad de sacrificio incorpora la figura del banquete sagrado, común a otros pueblos
y culturas del Cercano Oriente. El oferente cumplía uno de los dos objetivos siguientes: 1.
Dar gracias a Dios por algún motivo especial –Sal 107 menciona unos cuatro motivos, pero
podían ser más–. 2. Ofrecer un sacrificio votivo, donde se pedía al Señor algún beneficio.
Al parecer, los israelitas tenían muy claro que esas comidas no las realizaban con Dios, sino
en presencia de Dios. La sacralidad del alimento se debe, en primer lugar, a que Dios permite
al oferente consumir parte de esa víctima que pertenece toda ella a Dios, porque a Él
pertenece toda vida. A esto hay que sumar el lugar de sacrificio y de la comida, el Santuario;
la sacralidad misma del altar, refrendada cada vez con la sangre de las víctimas; y el contacto
con las personas sagradas, los sacerdotes consagrados en exclusiva al Señor.
La convicción de que Dios no necesita que le ofrezcan alimentos se encuentra reflejada en
Sal 50. A diferencia de Israel, los pueblos vecinos creían que sus divinidades tenían las
mismas necesidades humanas e idénticas sensaciones de hambre, sed, etc.
4,1-35 Sacrificios de expiación.
La cuarta clase de sacrificios estipulada en Levítico tiene como finalidad restablecer las
relaciones rotas con Dios por el pecado. No se trata de pecados cometidos intencionalmente
–de lo que se hablará después–, sino de faltas inadvertidas que atentan contra la pureza ritual
y cultual.
La preocupación básica era que la presencia de Dios era incompatible con la impureza, la
cual podía ser contraída aun de manera inadvertida. Aquí no se subraya tanto el aspecto ritual
del sacrificio, aunque se estipula de hecho la aspersión y la quema de algunas partes del
animal para resaltar más la calidad de las personas, que se catalogan en: sumos sacerdotes
(3-12), toda la comunidad israelita (13-21), un jefe (22-26) y alguien del pueblo, el cual podía
5 optar entre ofrecer una cabra o una oveja (27-35).
La intención es siempre la misma: la purificación mediante la expiación. Conviene resaltar
que, de acuerdo a la categoría de la persona, su falta puede llegar a contaminar a todo el
pueblo y de este modo poner en peligro a toda la nación, como es el caso del sumo sacerdote
(3).
5,1-6 Casos particulares.
Especifica cuáles pueden llegar a ser los motivos concretos de contaminación que requieren
confesión de la culpa y expiación de la misma. Se mezclan los casos que podríamos llamar
éticos, en cuanto que hacen referencia a la rectitud en el obrar (1.4), y los casos de contacto
físico con algo impuro (2s). En todos los casos es necesaria la expiación mediante un
sacrificio.
5,7-13 Casos de pobres.
Para que nadie quede excluido por su condición social del sistema sacrificial, se legisla de
acuerdo a unas mínimas exigencias, a partir de un par de tórtolas o pichones para los pobres
(7-10) o veintidós decilitros de harina de la mejor calidad para los muy pobres (11s).
Seguramente, hubo muchas personas que ni esto último podían ofrecer, por lo que fueron
quedando marginados y señalados como los excluidos del amor de Dios. Ya podemos
empezar a entender cómo se van creando las condiciones para la Encarnación.
5,14-19 Sacrificio penitencial.
Dos casos distintos de culpa inadvertida contra el Señor, uno de fraude involuntario (15) y
otro de infracción involuntaria de alguno de los preceptos divinos (17). Siempre se debía
presentar un carnero para el sacrificio. Aunque ambos son involuntarios, en el primer caso
se requiere la restitución, más una quinta parte a modo de multa.
5,20-26 Fraude contra el prójimo.
Semejante al caso anterior, pero aquí se refiere al fraude contra el prójimo. Para resarcir la
culpa era necesario reconocer la falta ante el sacerdote y presentar un carnero para el
sacrificio; para obtener el perdón completo se exige compensar el perjuicio causado al
prójimo restituyendo lo robado o lo ganado por explotación indebida más un veinte por
ciento, una quinta parte más. Este pasaje nos recuerda a Zaqueo; al ser acogido por Jesús, y
sin necesidad de invocar esta ley, se adelanta a confesar sus acciones indebidas contra el
prójimo y supera en mucho la restitución debida (cfr. Lc 19). Lo más interesante de este
último tipo de sacrificios es la relación que se establece entre el daño ocasionado al prójimo
y la ofensa contra Dios. Dejando de lado la meticulosidad de las normas sacrificiales, es
importante rescatar esta visión tan clara de la relación directa que existe entre el mal
ocasionado al prójimo y la ofensa contra Dios y, consecuentemente, la relación entre la
restitución del daño al prójimo y el perdón del prójimo y de Dios.
6,1–7,38 Derechos y deberes sacerdotales.
Estos dos capítulos cierran la sección sobre el ritual de los sacrificios estipulados en los
6 capítulos 1–5. El tema principal es la comida de la carne ofrecida en sacrificio y las
condiciones de pureza para consumirla. Como se ha dicho, estas leyes están siendo redactadas
cuando no hay Templo ni culto, y por eso exceden a veces lo real. Pero tienen un trasfondo
histórico, ya que en Israel existía cierto régimen sacrificial previo al exilio. Seguramente no
sería tan drástico ni meticuloso, pero sí exigente, al punto que los profetas denunciaron
repetidas veces la excesiva preocupación por los holocaustos y sacrificios y la
despreocupación por lo más importante, el amor y la misericordia hacia el prójimo (cfr. Is
1,11-17; Os 6,6; Am 5,22-25, entre otros).
La escuela sacerdotal (P) sistematiza y regula algo que ya funcionaba, pero buscando el
máximo de perfección. Para esta corriente teológico-literaria, la destrucción de Jerusalén y
del Templo obedeció a las fallas cultuales; luego la restauración tendrá que tener en cuenta
el perfeccionamiento del culto y de todo lo que tenga que ver con él, no sea que atraigan de
nuevo el castigo y con consecuencias incluso peores. Desde esta perspectiva hay que entender
cada detalle.
Hay muchos aspectos interesantes en esta legislación; algunos incluso recobran actualidad,
pero el gran peligro que estuvo siempre latente y el error en que seguramente se incurrió a
menudo, fue absolutizar la norma, desubicarla de su función como medio para convertirla en
un fin en sí misma, trastocando su sentido. La consecuencia más directa es la grave injusticia
en que se incurre al desplazar y alejar cada vez más a un gran número de personas del
«círculo» de los buenos, de los que sí pueden contar con la amistad y la presencia de Dios.
En este sentido, Dios se vuelve propiedad del pequeño grupo que, según la norma, sí cumple
las condiciones legales para el rito, para el culto; los demás, que cada día van en aumento,
no; esos son los que la Ley considera malditos.
Ante este panorama podemos imaginar el impacto que tendrá la persona de Jesús y su
mensaje entre esta mayoría excluida y alejada de Dios, no por su propia voluntad, sino por
voluntad de una norma elevada a la categoría de absoluta. A esta gente maldita, impura,
desheredada de Dios, Jesús les dice que Dios los ama; les anuncia que Él es Padre y que así
se le debe invocar, «Padre nuestro...»; ¿no es ésa la «Buena Noticia» por excelencia?
Conviene que la comunidad cristiana mantenga abierta la reflexión y se autoexamine de
aquello que hoy margina y aleja a muchos y muchas del amor de Dios, quizá normas y leyes
supuestamente hechas en nombre de Dios y hasta del Evangelio.
8,1-36 Consagración de Aarón y sus hijos.
Este capítulo describe dos ceremonias distintas, aunque relacionadas entre sí: 1. La
consagración del altar, del tabernáculo y de Aarón como sumo sacerdote (6-12). 2. La
consagración u ordenación sacerdotal de Aarón y de sus hijos mediante una serie de ritos
sacrificiales y de purificación que se extienden a lo largo de siete días (13-36).
Tan sagrados resultan ser los servidores del culto como los objetos y el lugar mismo, de ahí
los ritos de oblaciones y unciones. Vemos la vestimenta y los ornamentos especiales del sumo
sacerdote, ya descritos en Éx 29,1-37, que coinciden con los que fue investido el sumo
sacerdote después del exilio. Todo está ambientado en el Sinaí para dar a cada detalle del
7 culto un carácter de disposición divina, disposiciones que son transmitidas por medio de
Moisés, gran mediador entre Dios e Israel.
9,1-21 Primeros sacrificios públicos.
Hay toda una intencionalidad teológica por parte de la corriente sacerdotal (P) en relacionar
su concepto y doctrina sobre la creación con el culto en Israel. En 8,33.35 estipulaba que la
consagración del sumo sacerdote y los demás sacerdotes debía durar siete días, tiempo que
debían permanecer en la tienda del encuentro; esos siete días evocan simbólicamente los seis
días de la creación y el séptimo del descanso divino. Sólo el octavo día está la obra
completada, dispuesta a funcionar con un fin determinado, y por eso sólo el octavo día se da
inicio al culto público. A partir de entonces, la comunidad puede empezar a disfrutar de su
culto, pero sobre todo puede contar con que, gracias a ese culto, la presencia de Dios se
encuentra en medio de ellos (4-6.24).
Si la creación divina tiene como antecedente el caos, la oscuridad y el abismo vacío, el culto
de Israel tiene como antecedente un pueblo que todavía no era pueblo, sino una masa informe
de esclavos. Por ello, para la corriente sacerdotal (P) lo central del Sinaí no es la alianza, sino
el lugar de origen del culto puesto bajo la autoridad divina y que otorga identidad y forma al
pueblo, de modo que cuenta con la presencia permanente de Dios.
9,22-24 Bendición.
El signo de la aprobación divina a todo lo que se ha realizado en esos ocho días es la irrupción
del fuego que sale de la presencia de Dios y que devora el holocausto (24), idéntica a la
aprobación y confirmación que recibe Elías como profeta del Señor en el monte Carmelo
delante de los profetas de Baal (1 Re 18,20-40). La aprobación y confirmación divinas
también quedan ratificadas y reconocidas por parte de todo el pueblo, que aclama y cae rostro
en tierra (24). El culto israelita queda establecido con la bendición de Aarón, sumo sacerdote,
y de Moisés (22s), con la presencia de la Gloria de Dios (23b) y con la postración del pueblo
(24b). Cualquier desviación de las estipulaciones confirmadas y aceptadas hasta aquí
acarrearán incluso la muerte, como muestra el relato del siguiente capítulo.
10,1-7 Muerte de Nadab y Abihú.
En medio de todo este compendio de leyes, la corriente sacerdotal (P) inserta este breve
relato. En el libro sólo aparecen dos pequeñas secciones narrativas: ésta y 24,10-16, que
también ilustra las graves consecuencias que acarrea la trasgresión de la ley divina. La
intención es, ante todo, pedagógica, una manera de advertir a los recién ordenados sacerdotes
y a todos los sacerdotes futuros del gran cuidado que deberán tener en la ejecución de cada
ritual, puesto que Dios no transige ni siquiera en un asunto tan simple como tomar las brasas
para el incensario de otro lugar que no sea el sagrado.
A nuestros ojos, este caso compromete demasiado la imagen de Dios, que ahora podemos
intuir diferente; pero para el israelita, o mejor dicho para la corriente sacerdotal (P), era algo
8 lógico. Recordemos que su intuición de Dios es su absoluta santidad, así como su gran
misericordia y bondad al acercarse al ser humano, ya fuera por medio de la nube o del fuego.
Esa cercanía exigía una disposición perfecta por parte del pueblo y aún más por parte de los
responsables de la mediación de dicha presencia, el culto. Por tanto, no debemos tomar este
relato al pie de la letra; basta con que entendamos su intencionalidad pedagógica,
intencionalidad que también necesitamos discernir a la luz del gran criterio de justicia y amor
divinos que debemos aplicar a cada pasaje de la Escritura.
10,8-20 Avisos a los sacerdotes – Caso de conciencia.
Estos versículos tratan de completar las rúbricas de los sacrificios y la disposición personal
de los encargados del culto. Seguramente obedecen a ciertas dudas sobre algunas formas
externas del culto que en algún momento habrían atormentado la conciencia de los
sacerdotes.
_________________________________________________________________________

PUREZA RITUAL Y EXPIACIÓN


Acabamos de leer que el oficio de los sacerdotes es distinguir lo puro de lo impuro, lo santo
de lo profano. Con el capítulo 11 comienza esta distinción. Por ser tal, es orden que clasifica
y regula. El orden tiene como punto de vista el culto y la aptitud del hombre israelita para
participar en el culto de la comunidad; a esta participación se ordenan también animales,
vestidos, casas. El orden es sacro, pero no es estático; una serie de normas regulan el paso de
un estado a otro y piden la vuelta constante al estado de pureza. El culto ordena al hombre, y
por él ordena el mundo. En teoría, querría abarcar toda la vida del hombre; en la práctica,
ofrece una selección significativa: alimentos y vajilla correspondiente, partos, enfermedades
de la piel y contagios de ajuar y vivienda, vida sexual. Éste es el valor global del código de
«pureza»; sus detalles son para nosotros en gran parte inaccesibles.
11,1-47 Ley sobre los animales.
Este capítulo puede dividirse en dos partes relacionadas entre sí: 1. Animales puros e impuros
(3-23), y 2. Animales que contaminan (24-45). El título general del capítulo y el objeto de
estas leyes lo podemos tomar tal cual de los versículos 46s: «Ésta es la ley sobre...». Una vez
establecido el sistema sacrificial y consagrados los profesionales del culto, viene el «manual»
de alimentos puros e impuros que el sacerdote debe manejar a la perfección, según lo
establecido en Lv 10,10 como una de sus funciones.
Los animales se dividen en «puros» e «impuros» y se clasifican en cuatro categorías, cuyo
posible criterio de clasificación parte de los miembros del movimiento, sus patas y –en parte–
su régimen alimenticio: 1. Animales terrestres (2-8), 2. Acuáticos (9-12), 3. Volátiles (13-
23) y 4. Reptiles (29-31.41-44). Se subraya la advertencia de que los animales impuros no
sólo no se pueden comer, sino que sus cadáveres causan contaminación ritual, de ahí que de
tanto en tanto se den las indicaciones para la necesaria purificación (25.27.32.35.40).
Hasta el momento no se ha ofrecido ninguna explicación convincente para estas medidas que
9 regulan el régimen alimenticio de los israelitas, elevado aquí a carácter de norma divina. Es
probable que antes de la redacción de este documento el pueblo ya rechazara en su dieta todos
o parte de estos animales, en la mayoría de los casos quizá por repugnancia, de modo
irracional. En algunos casos, como el cerdo, que puede transmitir enfermedades mortales al
ser humano, puede haber en el fondo preocupaciones sobre la higiene o la salud, pero esta
explicación no es válida en todos los casos. En definitiva, el carácter de legislación sagrada
viene por el hecho de tratarse de órdenes dadas por Moisés y transmitidas a Aarón y sus
descendientes de generación en generación, hasta el día de hoy.
Un rezago de estas preocupaciones por lo puro y lo impuro que probablemente creó
problemas de conciencia a los primeros cristianos, en su mayoría provenientes del judaísmo,
lo encontramos en forma de teología narrativa en Hch 10, donde se asume definitivamente
que no hay animales ni alimentos impuros. En la nueva era imaginada por Jesús, ésta ya no
es la preocupación principal, porque Dios ha declarado puro/bueno todo lo creado.
12,1-8 Partos mujeres.
Tras el manual de animales puros e impuros, comestibles y no, se trata el parto. Al igual que
la menstruación, acarrea la impureza ritual –no moral– por la presencia de la sangre. El
alumbramiento acarrea para la mujer una doble prescripción: en primer lugar, aislarse de la
comunidad, del culto, y abstenerse de tocar los objetos santos (4); el aislamiento varía según
el sexo de la criatura (2-4.5-7). En segundo lugar, se ordena su purificación mediante el
sacrificio de un cordero para el holocausto y un pichón o una paloma para el sacrificio
expiatorio (6). El versículo 8 nos resulta familiar, ya que dos tórtolas o pichones fue lo que
María pudo ofrecer como purificación por el nacimiento de Jesús (cfr. Lc 2,22-24), una
concesión para las mujeres más pobres.
13,1-46 Enfermedades de la piel.
En línea con la función sacerdotal de separar lo sagrado de lo profano, lo puro de lo impuro
(10,10), se presenta aquí una complicada casuística sobre las posibilidades de impureza por
alguna afección física relacionada con la piel. No se ha establecido aún qué tipo de afecciones
cutáneas son las que se mencionan aquí; el hebreo utiliza un término genérico que algunos
traducen por lepra, pero podría tratarse de alguna otra afección, como una dermatitis, una
soriasis o un eczema, que obviamente están muy lejos de tener un tratamiento semejante al
de la lepra.
En todo caso, el afectado debía seguir puntualmente las indicaciones del sacerdote, el cual
debía ser un experto en esas cuestiones. Lo más terrible que podía pasarle al enfermo era ser
declarado efectivamente leproso, pues ello implicaba el aislamiento total de la comunidad
con las características que prescribe el versículo 46. Diez de estos leprosos son los que gritan
de lejos a Jesús, implorando su favor; tras quedar limpios y presentarse al sacerdote para que
les diera el «certificado» de pureza, uno solo se vuelve para dar gracias a Jesús (cfr. Lc 17,12-
19). Los otros nueve estaban más preocupados por la cuestión legal –simbolismo del Israel
10 obstinado–.
13,47-59 Infección de ropas.
Es posible que los que vivimos en países de clima tropical o semitropical compartamos la
experiencia de encontrar las prendas de vestir con manchas y fuerte olor después de algún
tiempo guardadas, aunque estuvieran limpias. Lo que ataca el paño, el lino, el cuero e incluso
los muros de las casas, y que nosotros llamamos moho, hongos o musgo, también es materia
de legislación.
Se prescribe un seguimiento u observación rigurosa, como en la primera parte del capítulo
sobre las afecciones cutáneas. Se llega incluso a la necesaria destrucción de la prenda o del
muro en caso de no presentar «mejoría». Nos suena muy extraño, a nosotros que con agua y
sal solucionamos el problema; pero para los israelitas, en concreto para los sacerdotes, se
trataba de un obstáculo para mantener el ambiente de pureza exigido en el culto y en la vida
ordinaria de un pueblo en el que Dios había decidido establecer su morada.
14,1-32 Purificación de los enfermos de lepra.
Este capítulo es la segunda parte del anterior. Como puede verse, el sacerdote debe examinar
al afectado y declararlo puro o impuro, dictaminar su aislamiento o no y el tiempo de su
aislamiento; le corresponde además realizar los sacrificios y ritos de purificación. También
esta casuística contempla el caso de los más pobres, para los cuales se establece una ofrenda
acorde con sus capacidades económicas.
14,33-57 Infecciones de casas.
Como en el caso de las prendas de vestir, también debía hacerse el seguimiento de los muros
de las casas que presentaran alguna anomalía y dictaminar, o la destrucción completa (45), o
su purificación, después de seguir cada uno de los pasos prescritos.
15,1-33 Impurezas de orden sexual.
Se dan las normas de procedimiento en caso de enfermedad venérea del varón y dada la
presencia de secreciones en el órgano genital de quien la padece.
La polución del hombre también es declarada motivo de impureza ritual –no moral– por la
misma razón, la secreción, aunque en este caso no sea patológica, sino natural.
En el caso de la mujer también hay dos motivos de impureza, dependiendo del flujo: la
menstruación como algo natural (19-24) y la hemorragia fuera del periodo menstrual, en este
caso anormal (25-27). En ambos casos hay impureza y se necesita la purificación mediante
el rito.
Ante esta normativa tan rígida, en concreto en el caso de la mujer con hemorragias continuas,
podemos hacernos una idea de aquella mujer que hacía doce años soportaba ese mal, según
nos relata el evangelio. Sabía que no podía estar entre la gente, que no podía tocar a nadie;
sin embargo, se mete entre la gente y, para colmo, toca el manto de Jesús. Jesús tampoco está
muy preocupado por cumplir la norma establecida. Él sabía qué tenía que hacer la mujer para
11 quedar restablecida en la comunidad (15,28); pero él la restablece de otro modo: cumple con
la norma, pero de una manera humanizadora. Hace hablar a la mujer, le devuelve su dignidad
y su voz en la comunidad (cfr. Mc 5,25-34).

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