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Los Pocillos

El documento describe una conversación entre Mariana, su esposo ciego José Claudio y su cuñado Alberto. Mariana siente que José Claudio la rechaza y se ha vuelto agresivo desde que quedó ciego, mientras que busca consuelo y comprensión en Alberto, con quien ha comenzado una relación.

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Los Pocillos

El documento describe una conversación entre Mariana, su esposo ciego José Claudio y su cuñado Alberto. Mariana siente que José Claudio la rechaza y se ha vuelto agresivo desde que quedó ciego, mientras que busca consuelo y comprensión en Alberto, con quien ha comenzado una relación.

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Los Pocillos que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya?

Estoy
podrido de mi notable salud sin ojos."
Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además La época anterior a la ceguera. José Claudio nunca había sido un
importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de especialista en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se
Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el ha olvidado de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este
comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color presentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no
con el platillo de otro. "Negro con rojo queda fenomenal", había sido el podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había
consejo estético de Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo de negado a valorar su amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo se
independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía
del mismo color. siendo tal, aun cuando se rodeara de palabras. José Claudio había
"El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?", preguntó Mariana. La voz se dirigía dejado de hablar de sí.
al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no "De todos modos deberías ir", apoyó Mariana. "Acordate de lo que
dijo nada, pero José Claudio contestó: "Todavía no. Esperá un ratito. siempre te decía Menéndez". "Cómo no que me acuerdo: Para Usted No
Antes quiero fumar un cigarrillo". Ahora sí ella miró a José Claudio y Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree En
pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego. La mano Milagros. Yo tampoco creo en milagros."
de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. "¿Qué buscás?" "¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano".
preguntó ella. "El encendedor". "A tu derecha". La mano corrigió el rumbo "¿De veras?" Habló por el costado del cigarrillo.
y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para
búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana
apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto,
infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella era
encendió un fósforo y vino en su ayuda. "¿Por qué no lo tirás?" dijo, con dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero ésa no era la peor
una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las desgracia. La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por
modulaciones de la voz. "No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba
de Mariana". su protección. Y Mariana hubiera querido --sinceramente,
Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la cariñosamente, piadosamente- protegerlo.
lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado con
marzo de 1953, cuando él cumplió treinta y cinco años y todavía veía. lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la
Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados por un
Gorda, habían comido arroz con mejillones. y después se habían ido a halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía
caminar por la playa. El le había pasado un brazo por los hombros y ella siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose
se había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante. Habían solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una
regresado al apartamento y él la había besado lentamente, discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a
amorosamente, como besaba antes. Habían inaugurado el encendedor decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era
con un cigarrillo que fumaron a medias. increíble como hallaba siempre, aun en las ocasiones menos propicias, la
Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenia poca confianza en los injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el
conglomerados simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás
aquella época? de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el
"Este mes tampoco fuiste al médico", dijo Alberto."¿Querés que te sea incómodo estupor de los otros.
sincero?”. "Claro.""Me parece una idiotez de tu parte." "¿Y para qué voy a Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal.
ir? ¿Para oírle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado "Qué otoño desgraciado", dijo. "¿Te fijaste?". La pregunta era para ella.
funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, "No", respondió José Claudio. "Fíjate vos por mí".
Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. A1 margen de José "Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo". La sonrisa fue
Claudio, y sin embargo a propósito de él. De pronto Mariana supo que se acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel
había puesto linda. Siempre que miraba a Alberto, se ponía linda. El se lo de ironía.
había dicho por primera vez la noche del veintitrés de abril del año Cuando Mariana había recurrido a Alberto, en busca de protección, de
pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que a su
Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado, vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado
desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es decir hasta que de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y
había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y quizá de pudor, había una razonable desesperación de la que ella
segura. ¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había provocado su
gente? Ella hablaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía de gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que
inmediato que él la estaba sacando del apuro. "Gracias", había dicho él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo
entonces. Y todavía ahora, la palabra llegaba a sus labios directamente permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de
desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el
hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue
ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella., querer desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua
había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para
José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él. tan confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante
brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de
insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada
había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es más que eso: Alberto y ella.
decir, cuando él parecía necesitarla más. "Ahora sí podés calentar el café", dijo José Claudio, y Mariana se
A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de inclinó sobre la mesita ratona para encender el mecherito de alcohol. Por
ese primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre todo, un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres,
ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su gratitud, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.
claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de su Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que
hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué
solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían      mantenido  una    delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos
relación  superficialmente  cariñosa,   que  se  detenía  con espontánea largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que
discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido
entrever una solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa.
poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado contracción que le había impedido disfrutar de la caricia. Ahora estaba
con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad, no hacía tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José Claudio era
mucho que Mariana había obtenido la confesión de que la imperturbable una especie de protección divina.
soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con
una imaginaria y desventajosa comparación. beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una
"Y ayer estuvo Trelles", estaba diciendo José Claudio; "a hacerme la especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de
clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes la
por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió
embroma y viene a verme". lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los labios
"También puede ser que te aprecien", dijo Alberto, "que conserven un entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó
buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando
preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno, reservado,
parece de un tiempo a esta parte".
distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre un poco
de temor.
Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia
púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan
perfecta como silenciosa.
"No lo dejes hervir'', dijo José Claudio.
La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la
mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio, llenó los
pocillos directamente desde la cafetera.
Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el
verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el
pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero, antes de dejarlo en sus
manos, se encontró además, con unas palabras que sonaban más o
menos así: "No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo".

Mario Benedetti
"MONTEVIDEANOS"(1959)

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