1.atrapada - Azminda Cangar
1.atrapada - Azminda Cangar
Azminda Cangar
ATRAPADA
2014 Azminda Cangar
Primera Edición Julio 2014
Todos los derechos reservados.
ISBN— 10: 1494754495
ISBN—13: 978—1494754495
Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibido, la reproducción
total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni la trasmisión de ninguna forma o por
cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros medios, sin el
permiso previo del autor. Así como la distribución de ejemplares mediante el alquiler o préstamo
públicos.
Esta historia es pura ficción. Sus personajes y las situaciones vividas son producto de la
imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es coincidencia.
Las marcas y nombres pertenecen a sus respectivos dueños, son nombrados sin ánimo de
infringir ningún derecho sobre la propiedad de ellos.
© Edición, Diseño y Portada Azminda Cangar
Agradecimientos
A Papá Dios
Porque nací bendecida. Porque siempre me da más de lo que merezco. Porque nací con el poder
de decisión.
A Julián, Hannah y Arturo
Que los quiero y los adoro, incluso cuando no me dejan escribir. Son la luz de mi vida.
A Ser, Ara y Fabi
Que siempre me alientan sin importar el tema de lo que escriba. Y mejor aún, porque se sienten
orgullosos de la persona que soy.
A mi familia y amigos
Porque me regalan mucho material para escribir. Porque se emocionan conmigo. Y porque no
se rieron en mi cara cuando dije que estaba escribiendo un libro.
A todos los que me leen
Han hecho posible que me sienta satisfecha conmigo misma. Les aprecio tanto, que tiemblo
cuando pienso en ustedes. Sé que hay muchas opciones cuando escogen un libro. Muchas, muchísimas
gracias, por escoger el mío.
El amor es un juego muy fácil de jugar;
Si lo piensas, no lo haces. Deja de pensarlo y vívelo.
Tabla de contenido
Así empezó
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Así Término
Capítulo 46
Epílogo
Dedicatoria
Nota del Autor
Para contactar a la autora
Disfruta de “Mis Hombres”
Así empezó
—¿Ya tienes todos los teléfonos? ¿Las direcciones?
—Sí. Ya todo está apuntado y memorizado. No te preocupes.
Chris lleno sus pulmones y volvió al ataque
—No te dejes mangonear.
Me advirtió. Me reí encantada, aunque chiquita, Chris era todo un Capitán América. Ella
defendía y protegía sin pensar en las consecuencias.
—Y mantén en raya a la novia de Chucky.
Las dos bufamos intentando esconder la misma preocupación. Mi mamá y yo teníamos una
relación… bueno, una relación. Decir que ella y yo no estábamos en la misma página era lo menos.
Mi madre y yo no pertenecíamos al mismo libro, vaya, que ni siquiera nos hallábamos en la misma
biblioteca.
—¿Vas a estar bien?
—¡Claro! No te preocupes. Lo único que lamento es que no vayas a estar en la boda.
Mentira. Christine se iba a la Universidad mientras yo me refundía en el pintoresco pueblo de
Great City. Me casaba en tres semanas y no había visto más allá de las murallas que mi madre me
imponía. Lo más lejos que había llegado era al centro comercial de Salina, donde había comprado mi
ajuar de novia. Mi temor más profundo y secreto era el nunca salir de aquí, de no ver más allá de las
murallas, de morir sin la oportunidad de ser vista. La mayoría de las personas tienen miedo a los
cambios, yo tenía miedo de que las cosas nunca cambiaran, por eso me casaba.
—No dejes que la novia de Chucky se salga con la suya siempre. Ya eres mayorcita para seguir
siendo el blanco de sus puñaladas.
Sonreí mientras asentía con la cabeza.
—Vas a venir a visitarme ¿verdad?
Tenía que preguntar aunque ya supiera la respuesta. No. Esa era la respuesta. Olivier, su
hermano. Era un recién egresado de Harvard, que regreso a regañadientes solo para ayudarlos con la
mudanza. Olivier odiaba Great City. Los Adams vendieron su casa y se mudaban cerca de sus hijos.
Las posibilidades de que Christine, Nicole, Jordán e incluso Olivier regresaran, eran casi nulas.
—En mis próximas vacaciones vengo a verte. Quiero saber todo sobre la boda y también tengo
que darle una checadita a George.
Me guiño un ojo mientras nos reíamos. George era su novio. Se habían prometido amor eterno,
aunque las dos sabíamos que, en cuanto saliera de Great City, George era historia.
Además, George era el pretexto perfecto para evitar el tema de nuestra única pelea. Crecí con
Christine, reí, llore, incluso me emborrache con ella y la única vez que peleamos, fue cuando le avise
que me casaba. Estaba furiosa, nunca la había visto tan enojada. Ella no entendía mis motivos. Era
bien sabido que no nos casábamos por amor, nos casábamos por conveniencia. Él necesitaba una
esposa para amortiguar la presión de sus padres y yo necesitaba salir de mi casa.
Chris me rogo, me suplico que no me casara. Fue la primera vez que ignore sus palabras.
—¡Christine! Ya es hora.
La voz de Olivier era muy autoritaria, todo un contraste con lo suave que podía ser. Se
acomodó los lentes y con pasos lentos pero seguros se acercó a nosotras. Nos encontrábamos
sentadas en el jardín de mi casa, justo en frente de la que hasta hace unos días, era su casa. Habíamos
sido vecinos, compañeros y mejores amigos durante toda nuestra vida. Christine y Olivier eran los
únicos amigos que tenía. Sobre todo Christine, Chris era la única amiga que mi mamá me permitía
tener. Olivier en cambio, siempre me ponía nerviosa, ya habían pasado tres años del “incidente” y aun
así, me ponía a temblar cuando estaba cerca.
—Despídete. Ya nos vamos.
Olivier era alto y delgado. De más joven era un hueso andante, hasta ahora es que se le veía uno
que otro músculo. Aun así, con su flacura y mal temperamento, a mis ojos era el ejemplo perfecto del
caballero andante. Tenía los ojos azul claro, que se transformaban en acre cuando lo hacías enojar. El
temperamento del diablo, con el corazón de un ángel. Ni siquiera Chris se le asemejaba a la bondad
de su hermano. Nadie me consolaba como me consolaba Olivier. Solo Nicole con su amor de madre,
se le acercaba. Su único “defecto”, era que nació con labio leporino. Los Adams lo trataron desde
pequeño y solo tenía una ligera cicatriz arriba de su labio que lo hacía ver peligroso. Eso no lo libro
de las burlas, el grupo de los “populares” siempre lo había molestado, en especial el que pronto iba a
ser mi esposo. Tampoco ayudaba que Olivier viera a todos por debajo del hombro y los tratara como
idiotas. Lo eran, pero no tenía que reiterarlo cada vez que los veía.
Christine y yo nos levantamos y nos abrazamos. La quería como a una hermana y lo mejor de
todo, es que el amor era reciproco. Luche con todas mis fuerzas para no llorar, pero las lágrimas se
acumularon en mis ojos y con un sollozo ahogado perdí la batalla.
—No dejes de escribirme.
Sorbí la nariz mientras me limpiaba la cara con las mangas de mi blusa. Christine siempre
había sido más fuerte, más valiente, más hembra.
—Mari, prométeme que te vas a cuidar.
Le sonreí y con la cara llena de lágrimas asentí. ¡Dios, cómo dolía! Pero sobre todo, qué miedo
tenía. Miedo de perderla; Perdía a mi paladín, mi escudo, mi hermana. Si por alguien había
sobrevivido, era gracias a ella y a su familia. ¿Qué Iba a hacer sin ella? ¿Sin ellos?
Nos volvimos a abrazar, me dio un beso en la mejilla y con una lagrima en la suya, se dio la
vuelta y se fue.
Volteé a ver a Olivier y por un segundo me vi con él en el pasado. Si Chris era mi paladín,
Olivier era mi mentor. Era él el que me ayudaba con mis tareas, el que me enseño que la buena
música empezaba por no solo escuchar, sino entender a los Beatles. Y fue él el que me impulsaba a
seguir estudiando “Nunca dejes de estudiar” me repetía. Su gran obsesión y una pérdida de tiempo
según mi madre.
Todo cambio cuando regreso de vacaciones el primer año de Universidad. Me encontró
arrinconada en su cocina llorando, Chris discutía con sus papás para que fueran a hablar con la mía.
Ellos ya lo habían intentado un millón de veces y era una guerra perdida. Con mi madre no se podía
dialogar o llegar a un acuerdo. Sus ideas religiosas eran más fuertes que cualquier argumento que se
le diera. Chris no alcanzaba a entender que eso pasara en pleno siglo XXI; Qué tu madre rigiera tu
vida con absoluta anarquía sin que nadie digiera nada, incluyendo golpes cuando lo consideraba
necesario. Yo todavía tenía la mejilla enrojecida e hirviendo del bofetón que me dio mi madre porque
pregunte si podía pasar mi cumpleaños con Chris y su familia. Me tacho de malagradecida y con una
cachetada me cerro la boca.
—¿Ahora qué te hizo?
Negué con la cabeza y baje la mirada. Me sentía tan avergonzada, tan humillada. Pasaban los
años y no había cambios, mi madre abusaba de mí, su “educación” a base de gritos, ofensas y golpes,
cada vez era peor. No ayudaba mi carácter “dócil” y la exagerada necesidad de sentirme querida.
—Nada. Se enojó y… y nada. Yo tuve la culpa.
Dije en un susurro. Él me abrazo y como muchas otras ocasiones recargue mi cabeza en su
pecho.
—Ya Mari… Ya verás que todo mejora cuando vayas a la universidad.
Asentí sin creerlo. Para mi madre era una pérdida de tiempo que estudiara. Lo mejor para mí –
según ella— era que aprendiera a ser una buena ama de casa y encontrara a un esposo que me
mantuviera. Ella no iba a permitir que me fuera y todos lo sabíamos.
—A ver, enséñame.
Subí la mirada y lo vi a los ojos. Él dejo escapar una mueca y con mucho cuidado acaricio mi
mejilla enrojecida. Olivier había cambiado mucho a raíz de que se fuera a la universidad, pero sus
ojos eran los que más cambiaron. En un segundo se obscurecieron y vi como tensionaba su cara.
Negó bajando los parpados y acerco su boca a mi mejilla. Ese beso de hermandad que me regalaba,
siempre había funcionado cuando era una niña y llegaba corriendo buscando refugio en su casa. Pero
ahora las cosas eran diferentes, ya no éramos niños y en cuanto note su boca acercándose a mi
mejilla, pequeñas mariposas iniciaron su vuelo por todo mi estómago. Con un atrevimiento inusual
en mí, ladee la cara y sus labios aterrizaron muy cerca de la comisura de mi boca. Las alas se
convirtieron en un calor desconocido que invadió mi cuerpo de pies a cabeza. La ola de calor
despertó mi cuerpo, empecé a vibrar. Mi respiración se aceleró y nos quedamos suspendidos en el
tiempo, poco a poco acercamos nuestras bocas y me regalo mi primer beso. Con sumo cuidado
atrapo mi cara entre sus manos y beso mis labios, entreabrí mi boca y probé su sabor. Era un sabor
excitante que me lleno de anhelo. Atrape su cuello y me perdí en la sensación más maravillosa que
había vivido. Una de sus manos se enterró en mi cabello y la otra fue trazando el contorno de mi
cuerpo. Llego a mi cintura y me atrapo entre la pared y su cuerpo. Por instinto abrí más la boca y
sentí su lengua saboreándome. Un gemido nacido desde lo más profundo de mis entrañas lleno
nuestros cuerpos. Todo acabo abruptamente cuando escuchamos los gritos de mi madre llamándome.
Me separe jadeando, baje la mirada y me di la vuelta para salir corriendo.
Nunca hablamos de ese beso. Él volvió a la universidad y cuando regresaba me evitaba. La
única vez que intente estar a solas con él, se levantó del sillón y con un murmullo salió de la
habitación. A mí me pareció escuchar “eres una niña”. Eso rompió mi corazón. Yo tenía quince y él
veintidós cuando nos besamos. Cierto, él era mayor que yo, pero ese “niña” era tan… tan desdeñoso.
Justo como me hablaba mi madre.
Regrese al presente cuando Olivier me extendió una tarjeta.
—Si necesitas algo márcame. Y felicidades por… por tu boda.
Sentí lo incomodo que se sentía al estar cerca de mí. Él era sumamente inteligente, alto, guapo,
bondadoso y también frio como la nieve. En conjunto; alguien inmensamente fuera de mi alcance. Me
dio un ligero apretón en la mano y siguió a su hermana.
Después de unos minutos y agitando mi mano en modo de despedida. Me quede bajo el
asfixiante sol de julio, observando cómo se alejaba la familia que me había cuidado, alimentado,
acogido. La familia que me había querido… mi familia.
1
La mayoría nace con el mejor de los regalos, el poder más grande que se nos puede dar; el
poder de decisión.
Ese poder da forma a nuestra vida. Un “si” o un “no”, las buenas y malas decisiones son las que
van forjando nuestro camino. También hay eventos que se nos escapan de las manos, esos los
asumimos y tratamos de conducirlos a nuestro favor. Pero los más importantes, los momentos de
completa trascendencia, momentos que logran que la vida de un giro de ciento ochenta grados. Son
momentos de cambio, de transición, puntos de inflexión. Esos son puntos que no se olvidan.
Ese momento llego a mi vida mientras veía los ojos vacíos de la persona que iba a tomar mi
existencia entre sus manos.
Dennis, mi esposo. Apretaba su mano derecha en mi cuello forzando que abriera la boca para
poder ingresar un poco de aire a mis pulmones, su mano izquierda era la que tapaba mi boca
queriéndome asfixiar. Esta vez no estaba mostrando ningún tipo de piedad, ni siquiera usaba las
usuales amenazas. Esta vez venía a matar.
Pensé en lo fácil que era cerrar los ojos y esperar a que acabara de una buena vez. Ya habían
pasado dos años de pura miseria y esta era la forma en que iba a terminar. El punto de inflexión fue
cuando tocaron insistentemente la puerta de la casa. Sabía que nadie venía a ayudarme, pero me
dieron lo que nunca se me había dado; Una oportunidad. La puerta no paraba de hacer ruido
distrayendo a Dennis de su cometido del día: Matarme.
Soltó mi cuello y me jalo del cabello hacia la cama. Trague aire, ahogándome con el mismo,
me sentía mareada y débil. No opuse resistencia alguna. Junto mis manos y las amarro torpemente
con su corbata en la base da la cama. Estaba borracho y drogado, cometiendo el error más grande de
su vida; no ajustar el nudo.
Los golpes en la puerta no paraban, lo estaban distrayendo y la oportunidad crecía.
—¡No te muevas!
Gruño bajo con la voz llena de desprecio. Baje los parpados y espere a que cerrara la puerta de
la habitación. Por un largo momento no me moví, mantuve los ojos cerrados y espere a que
regresara a rematarme. Pero la imagen desamparada de mi padre apareció en mi cabeza y me sacudió
para que saliera del infierno.
En absoluto silencio zafe mi mano derecha, la vuelta de la corbata estaba floja y la delgadez de
mi mano lo hicieron casi sencillo. El nudo que sostenía mi mano izquierda era más apretado, con
mucho cuidado lo afloje y finalmente solté mi mano izquierda.
Si Dennis regresaba y me encontraba desobedeciéndole iba a hacer todavía más tormentoso
para mí. Como en trance, fui al closet y de la parte trasera saque uno de sus bates. Me dolía la cara, el
cuello, los brazos, todo me dolía profundamente, pero si no hacía algo, iba a regresar y me iba a
matar.
Mantuve el bate por encima de mi cabeza y con manos temblorosas me posicione justo atrás de
la puerta. Y espere. Empezaba a tener dudas de lo que estaba haciendo, cuando la puerta se abrió. Sin
pensarlo y con todo el miedo acumulado de años de sufrimiento le pegue en la cabeza. Para mi pesar
no se cayó, ni siquiera se tambaleo, solo volteo con los ojos desbordándose de odio.
—¡Maldita perra!
Casi sentí sus manos en mis brazos, cuando levante el bate y en vez de batear, lo clave en su
cara dejando caer todo mi peso. Le pegue justo arriba de su labio y vi con mucho asombro como
empezaba a sangrar. Con los ojos muy abiertos volví a empujar la punta del bate en su cara. Oí
claramente como crujía algo. El grito que soltó lleno la habitación de dolor. Él mantenía los ojos
inyectados de vacío y sangre sobre los míos. Con el puño cerrado me dio un golpe en el estómago
que me saco el poco aire que me mantenía en pie. Caí recargada atrás de la puerta con el bate en mi
regazo. La fuerza que uso para golpearme hizo que se tambaleara, aun así, se las arregló para darme
una buena patada en la pierna.
En ese instante sucedió lo inesperado, alguien o algo me estaba dando oportunidad de luchar…
de vivir. En el momento que se impulsaba para la segunda patada, sus ojos se cerraron y cayó de
frente con todo su peso. Su cara reboto en la pared en la que estaba recargada y la parte superior de
su cuerpo atrapo mis piernas. Instintivamente junte mis piernas a mi pecho, logrando quitármelo de
encima. El tiempo se detuvo y por unos segundos espere en silencio. Nada paso. Él se mantenía en el
piso con los ojos cerrados. Lo único que rompía el silencio era mi respiración llena de agitación.
Después de un tiempo solté el bate y acerque mi mano a su boca, cuando sentí su aliento en mis
dedos me separe rápidamente. El miedo regreso con fuerza renovada; voltee a tomar el bate
nuevamente, me impulse y a gatas me aleje de él. Increíblemente, aun inconsciente no me dejaba ir.
Supongo que sintió mi ausencia, porque en el momento que intente levantarme sentí su mano en mi
tobillo. Di un grito ahogado y sin mirarlo voltee y le pegue… y le pegue… y le volví a pegar. Le
pegue hasta que mis brazos dejaron de responder.
Cansada de todo: del dolor físico, del dolor mental, de sentir mi espíritu destrozado, me
mantuve con los ojos cerrados y hecha un ovillo me recargue en la pared alejándome de su cuerpo
inerte. No abrí los ojos y deje que la inconciencia tomara mi poca cordura.
Desperté adolorida y con mis manos apretando el bate. Por un momento no supe dónde estaba,
hasta que enfoque y lo vi.
Me levante temblorosa y sin soltar el bate me aleje. La conciencia llego poco a poco y por
primera vez vi a mi alrededor. Todo estaba salpicado de sangre; mi sangre, su sangre. Él seguía
inerte en el piso, con todos sus miembros estirados y la boca semi-abierta manchada de sangre. Una
ola de alivio colmo mi cuerpo y por primera vez en casi dos años respire profundo y me hinche de
paz.
Iba a ir a la cárcel y era muy probable que nunca saliera, pero por primera vez en años respire
en paz.
2
Lo rodee y entreabrí la puerta. Su cuerpo no permitía que se abriera completamente, pero fue lo
suficiente para que pudiera salir. Iba hacia la salida con el bate en la mano, cuando algo llamo mi
atención.
Encima de la barra de la cocina estaba un paquete. Era un paquete del tamaño de una caja de
zapatos, estaba forrada con periódico y solo contaba con unos garabatos con los datos de Dennis.
Voltee hacia mi habitación buscando algún signo de vida, pero seguía la quietud que pocas veces se
sentía en la casa. Justo cuando el bate toco el piso lo volví a levantar. Fui hacia la despensa y saque
una bolsa de basura. Con una mueca de dolor metí el bate en la bolsa. Mis manos se habían hinchado
considerablemente, me dolían y me faltaba fuerza. Ese dolor me recordó que yo tenía un plan de
emergencia. Intente con la poca cordura que me quedaba recordar cada uno de los pasos que había
memorizado en caso de crisis.
Todo inicio la primera vez que la ingenuidad callera en mi cara y se instalara en forma de
golpe en su lugar. En cuanto pude corrí a la casa de mis padres en busca de refugio. Ahí la ingenuidad
murió por completo.
—¡¿Cómo me puedes decir eso?!
No lo podía creer. Mi madre me había dado afecto y apoyo a cuenta gotas. Y solo si mantenía la
mirada baja y obedecía cada uno de sus mandatos. Permití que me convenciera y no fui a la
universidad. Me case como me lo pidió, hice todo lo que pude para ganarme su cariño. Algo que
todavía no lograba, algo que nunca logre.
—Mamá, déjame entrar… por favor.
Suplique. No tenía a quién acudir; mi papá a penas y podía con su vida, no quería acercarme a
mi familia política y los tres dólares que tenía en mi pantalón, no eran de gran ayuda. Y ni pensar en
los Adams, me moría de la vergüenza tan solo con pensar en que me vieran así.
—¡No! ¡Vuelve a tu casa! ¿Por qué siempre has sido tan difícil? ¿Por qué no haces lo que debes
de hacer? Ya te lo he repetido un millón de veces. Tu solo sirves para limpiar baños y cambiar
sabanas sucias. No sé de dónde sacaste la idea de que puedes hacer otra cosa. De que eres especial.
Todos tenemos una cruz, yo tengo a tu padre, tú tienes a Dennis. Ya eres una mujer casada y juraste
ante Dios permanecer al lado de tu esposo. En las buenas y en las malas. ¡No voy a permitir que
rompas también esa promesa! ¡Regresa a tu casa!
Y con esa advertencia, azoto la puerta en mis narices.
Cerré mis ojos y deje que la impotencia llenara mi cuerpo. El peso de la desesperación se
instaló en mi pecho y por un momento no me permitió respirar. Me senté en el escalón, esperando
que por obra divina mi vida fuera otra. Sin embargo mi vida había sido así; larga, lenta y llena de
miseria. La única luz en ese instante era mi padre, mi adorado y alcohólico padre.
En un principio hablaba continuamente con Chris. Sin embargo la vida hizo que poco a poco
las llamadas se hicieran más esporádicas. Sabía que ellos me podían ayudar, pero mi vergüenza era
mucha como para pedirles más de lo que ya me habían dado; buenos recuerdos, cariño, respeto, eso
es lo que me habían dado. No quería matar los únicos buenos recuerdos que tenía con mis quejas, así
que nunca me queje.
Con calma aplique el truco que había aprendido hacía tiempo. Respire profundo y permití que
me a travesarán todas las fases; la frustración, la impotencia, el miedo y dejar fluir el pánico para que
no se instalara en mi cuerpo permanentemente. Después de unos minutos u horas, me levante y
renegando me dirigí a la jaula de cristal. Una casa de estilo modernista, llena de ventanales que
permitían ver los muy cuidados jardines, los mismos que habían silenciado los gritos y maltratos que
había sufrido durante los últimos dos años. Muerta pero respirando.
Todo empezó al mes de casados; Dennis llego de muy mal humor del trabajo. Dirigía una
concesionaria de carros que su papá le había regalado cuándo renuncio a la universidad. Su padre era
un abogado muy influyente, su despacho era el más grande de Kansas. Y había hecho lo posible por
mantener a su problemático hijo fuera de radar. Yo le había servido de fachada perfecta; Bonita,
obediente, dócil, sin un pelo de ambición. Una esposa trofeo.
De ahí en adelante las cosas fueron de mal en peor. Nunca sabía cómo iba a ser el día. Si estaba
de buen humor era cariñoso, atento, esplendido, todo un príncipe azul, hasta que algo hacia clic en su
cerebro y se convertía en un dragón maligno que hacia todo lo posible por humillarme.
Después de aceptar que mi madre no iba a permitir que dejara a Dennis, de ver que la familia
de Dennis me daba la espalda sin remordimiento alguno y que mi pobre padre se viera anulado por
mi madre. No tuve otra opción, más que buscar ayuda externa. A escondidas me había acercado a un
centro de familias en crisis, donde ayudaban a mujeres en situación de abuso. Desafortunadamente
para mí, el albergue más cercano se encontraba a una hora de casa en automóvil. La única vez que
trate de irme, Peter, uno de los policías de Great City y amigo de Dennis, me había regresado a
rastras a mi jaula. Pero lo que si logre, fue aprenderme cada uno de los pasos que debía de seguir en
caso de crisis.
~~ § ~ ~
Finalmente me acerque a la caja dudosa, voltee varias veces a mi habitación. La quietud que
salía de ella me dio la fuerza necesaria para seguir.
Dennis se quejaba continuamente sobre el dinero, eso no lo detenía y nunca paraba de apostar.
Pocas fueron las ocasiones donde llegaban paquetes de este tipo, llenos de dinero. Dennis había
ganado la noche anterior. Sonreí diabólicamente en mi mente, si lo hacía físicamente, podía dolerme.
Tome los guantes que usaba para limpiar, agarre la bolsa de basura y me dirigí a la habitación
de huéspedes, una habitación que nunca se usó. Me acerque al closet y de la parte trasera saque mi
mochila de emergencia.
En la mochila mantenía dos mudas de ropa interior, un pantalón de mezclilla, dos tops, una
sudadera y el único regalo que me había dado mi papá, una chamarra para el invierno. Ahí mantenía
lo poco que había ahorrado. También tenía copia de los documentos importantes. Había sido todo un
triunfo conseguir la copia del registro del carro y del acta de matrimonio. Dennis mantenía todos los
documentos bajo llave, pero yo había tenido días enteros para hallar la forma de conseguirlos. Mi
acta de nacimiento y mi certificado de estudios habían sido más fáciles de conseguir. Mi papá se había
encargado de sacarlos de su casa sin que mi mamá se diera cuenta. Todo lo arme siguiendo las
instrucciones que me habían dado en el centro de familias en crisis. Pero sin lugar a dudas, lo más
importante que me ofrecieron y de lo que siempre estaré agradecida; fue apoyo para que no
continuara permitiendo que matara mi espíritu. Las pocas ocasiones que había tenido oportunidad de
ir a una de las sesiones, me habían servido lo suficiente para que no me perdiera en el laberinto de
sufrimiento que era mi matrimonio. Era lo que me había mantenido en pie.
Con mochila en mano me acerque a mi habitación, deje la mochila en el piso y entre. Dennis se
mantenía en el piso en la misma posición. Con los guantes todavía puestos empecé a sacar ropa,
cajones, tire lámparas y termine de deshacer la cama. Mientras lo veía tirado lleno de sangre, arme un
asalto. Sigilosamente saque ropa y me dirigí a la puerta para cambiarme. La poca ropa que traía,
estaba bañada en sangre, la doble y la metí en la bolsa junto con el bate. Justo afuera de mi habitación,
me senté en el piso y me puse calcetas y tenis. Me levante y cargando la bolsa y la mochila me dirigí a
la puerta principal.
Pasaba por la habitación de Dennis cuando mi mirada capto su closet. Deje mi equipaje en la
cama y lo abrí. Busque en las cajas de zapatos que tan metódicamente mantenía arregladas hasta que
encontré lo que tan celosamente escondía. Adentro de una caja de zapatos tenía una caja de madera
cerrada con un candado. Saque la caja y por primera vez deje desordenados sus zapatos.
Fui a la mesa donde dejaba sus llaves, ahí estaba su cartera y su maletín. Agarre todo y lo metí
en la bolsa del bate.
Camino a la salida fui tirando lo que me encontraba: cuadros, florero, lámparas. Llegue a la
barra de la cocina y me organice. Todo lo hice calmada y sin culpa. En transe metí la caja en la bolsa
de mi ropa, revise que no hubiera huellas o pisadas con sangre, no me pareció ver nada acusatorio.
Tranquilamente, en paz trastornada, mi maltrecho espíritu y yo nos dirigimos a la puerta principal.
Cuando llegue al recibidor tome mi bolso, levante la vista al espejo que estaba encima de la
mesa y me observe. Vi un reflejo con ojos vacíos de lastima o remordimiento. Simplemente
contemple en lo que me había convertido.
Tome un pañuelo desechable y limpie mi cara, me quite los guantes y los metí a la bolsa del
bate. Voltee a ver la que había sido mi prisión por dos años; todo estaba desordenado y
magistralmente lleno de ira. Llene mis adoloridos pulmones y salí para nunca más volver. En el
último segundo me pareció escuchar un quejido, eso me dio el impulso final. Con paso tembloroso
pero firme metí las bolsas en la parte trasera del carro, me subí y me dirigí a ver a mi papá.
3
En uno de los semáforos vi a un amigo de Dennis, me saludo con un asentamiento de cabeza,
yo le respondí y volví a avanzar. Nadie parecía notar nada, mi mente se mantenía en blanco mientras
el mundo seguía su curso. Los moretones no eran extraños en mi cara, la gente se había
acostumbrado a ellos. Parecía que formaban parte de mí desde pequeña.
Llegue al café donde mi papá normalmente se escondía de mi madre y estacione. Baje del carro
y entre al café con la cabeza baja, sabía que mi ojo estaba tornándose morado y mi boca estaba
hinchada.
Mi papá no fue una presencia constante en mi niñez. Todo lo contrario, desaparecía por meses y
cuando aparecía, lo hacía inundado de alcohol y los ojos llenos de tormento. Nunca fue agresivo,
aunque tampoco pude contar con él. Fue hasta que los Adams se fueron de Great City que mi papá se
convirtió en mi apoyo. Dennis le dio un motivo para dejar de beber; la primera vez que llegue con un
ojo morado a su casa y mi mamá no me permitió entrar, mi papá dejo de beber. Él sabía que yo lo
necesitaba para sobrevivir.
El café estaba casi vacío. Era un café pequeño con cuatro o cinco mesas pequeñas. El olor era
lo mejor, una mezcla de café puro y galletas que invitaban a sentarte y no moverte jamás. En su
rinconcito habitual estaba mi padre, con un café en sus manos y su vista perdida en el horizonte. En
cuanto me vio se formó una sonrisa, que inmediatamente cambio a una mueca de preocupación.
—¡Dios! Ese infeliz ¡lo voy a matar!.
El odio en la voz de mi padre, era la contraparte de la impotencia y culpa que cargaba en sus
hombros.
—No. Ya lo hice yo.
La calma de mi voz no reflejaba lo que acababa de hacer. No tenía culpa o remordimientos.
Simplemente tenía paz.
—¿Cómo?
Mi padre abrió más los ojos y por un instante me vio como si no me conociera, como si fuera
una extraña. Los cerro y me tomo de la muñeca, por reflejo hice una mueca de dolor.
—Enséname las muñecas.
Con los ojos cerrados y la cara llena de vergüenza subí las mangas de la sudadera.
—¡Esa bastardo!
Siseo. La tez de mi padre se tornó del mismo tono que mis muñecas y manos. Entre el forcejeo
para soltar mis manos de su corbata y la presión con las que Dennis me había agarrado. Mis muñecas
estaban amoratadas y mis manos se hinchaban cada vez más, por cada minuto que pasaba.
Me acerco a él y me abrazo fuerte. Por primera vez en el día me dieron ganas de llorar, sentir
su amor por mí, sin importar lo horrible que era. Me hizo sentir querida.
—Pa, necesito ir a la policía. En el carro tengo un poco de dinero, quiero que lo uses para
conseguir un abogado. No sé cuánto es, pero de algo debe de servir.
En el camino, después de ver al amigo de Dennis, me arrepentí. No de haberme defendido, pero
sí de huir. No podía dejar a mi papá, yo no hubiera sobrevivido sin él, él no iba a sobrevivir sin mí.
—¡No! Siéntate y dime qué paso.
Nos sentamos mientras mi papá volteaba frenéticamente hacia la ventana en busca de algún
indicio de la policía. Me pidió un café y le platique todo lo que había pasado, cada detalle. En su
mirada nunca vi reproche o repulsión, por un momento vi orgullo. Él me quería por sobre todas las
cosas, incluso sobre él mismo, pero nunca fue lo suficiente como para defenderme. Él no era fuerte.
—¿Alguien te vio salir de la casa con las bolsas?
—No, no creo.
Recordé si había alguien en la calle o las ventanas. Mi jaula estaba muy apartada de las demás,
dudaba que alguien me hubiera visto.
—Espera aquí. No te muevas.
Asentí, era buena siguiendo esa orden. Mi papá se levantó y salió del café. Guie mi vista al café
y con mucha tranquilidad lo saboree. Iba a ser mi último café en libertad y lo quería disfrutar.
No lograba concentrarme en nada, solo me enfoque en saborear mi café. Después de un rato mi
papá regreso apresurado.
—Todavía no se sabe nada. Toma esto, es poco, pero te debe de servir para algo.
Mi papá me dio en la mano unos cuantos billetes, saco su cartera y me dio hasta el último dólar
que tenía. ¿Qué quería que hiciera? ¿Qué lo dejara? Yo pretendía decir que me había atacado por toda
la casa y que no había tenido otra opción más que defenderme.
—Pa, no…
—Tu. No. Haz. Hecho. ¡Nada! Alguien se metió en tu casa y los asalto. Dennis llego y los
enfrento... Piensa Mari, tú no has hecho nada.
Estaba dudosa, no sabía si resultaría.
—Tú no has hecho nada. Tú no has hecho nada…
Mi papá no paraba de repetirlo, mientras nos comunicábamos con la mirada.
—No me hables, no me busques, ya estoy muerto. ¿Entiendes?
Negué, aun cuando entendía lo que quería decirme.
—No pa...
Suplique.
—Escucha Mari. Olvida, olvida todo y no regreses nunca. ¿Entiendes?
Asentí. Pero la idea de no volverlo a ver se me hacía imposible.
—¡Pa! Ya sé… ¿Te acuerdas de Jerry? Tu amigo de la escuela. Soy Jerry ¿está bien?
Jerry era de los pocos compañeros de mi papá con el que mantenía contacto después del
accidente. Le llegaban un par de cartas al año y mi madre nunca se había entrometido, no lo conocía.
—No Mari ¡Nada! No te comuniques para nada.
Negué con terror en las entrañas. No volver a ver a mi papá era algo que no podía concebir. Era
él, el que me había dado fuerza para luchar.
Nos levantamos y nos abrazamos. Me mantuve en los brazos de mi padre y deje salir un par de
lágrimas.
—No llores...
No hice caso, él tampoco se hizo caso.
—Cuídate mucho y olvida Mari, olvida todo. Tu puedes.
Asentí mientras me separaba de los brazos de la persona que más me necesitaba en el mundo.
—Ve.
Murmuro. Suspire muy profundo y grave la mirada de mi padre en mi corazón. Di la vuelta y
salí sin mirar atrás.
4
Seguí manejando aun cuando todo dolía: las manos, la cara, la cabeza, las piernas, era una
tortura respirar. Me resistí a parar, maneje hasta que la luz de la gasolina empezó a parpadear. Ahí fue
donde llego un poco de conciencia a mi cuerpo. Me dedique a manejar derecho y ni siquiera me había
fijado a que dirección iba. Afortunadamente en la siguiente salida encontré la señalización de
gasolinera, área de descanso y varios negocios de comida rápida.
Llegue a la gasolinera con la leyenda “Yo no hice nada” tatuado en mi mente. Baje con toda la
calma que me fue posible, reacomode mi ropa tratando de ocultar mis heridas. La chamarra del pants
tenía capucha, la levante y escondí mi cara debajo de ella. Había poca gente y pague la gasolina
mientras agarraba unos lentes de sol que se encontraban en un stand junto a la caja. Esos lentes me
dieron la seguridad que necesitaba. ¡Fueron mágicos para mí! En cuanto oculte mis ojos, las cosas se
fueron dando más fáciles: Llene el tanque, estacione y volví a entrar a la tienda. Me compre agua, un
par de sándwich y unos analgésicos, el “bum, bum” de la cabeza me estaba matando. Busque un mapa
y pague. Me senté en el carro y me ubique mientras comía. Estaba a las afueras de la ciudad de
Kansas City, era el momento exacto para decidirme hacia donde me dirigía; Norte, sur o seguía
derecho hasta que me encontrara con el Atlántico. Nunca había visto el mar, pero lo había pedido
tanto, que si alguien me buscaba, las ciudades cerca del mar iban a ser las primeras en la lista.
Después de un volado decidí dirigirme al norte. Termine de comer y cambie la ruta 70 por la 35.
Seguí hasta que los ojos ya no dieron más. Volví a llenar el tanque de gasolina y busque un motel.
En cuanto entre a la recepción las piernas me empezaron a temblar. Jamás había estado en un
lugar así y mucho menos solicitar una habitación. Con un esfuerzo memorable, me envaine y hable lo
mejor que pude. Fue increíble lo fácil que resulto. Aceptaban efectivo y solo garabatee una firma.
El cuarto era muy sencillo: una cama, dos sillas, una televisión y un baño. Fui explorando con
mi equipaje en las manos, también había un microondas y un refrigerador pequeño. Cerré bien la
puerta, las cortinas, atranque la puerta con una de las sillas y con una exhalación me deje caer en la
cama.
—¡Abre! ¡Abre maldita puta!
Los gritos de Dennis no prometían nada bueno. Moví la sabana intentando recordar qué hice o
qué no hice. Todavía estaba adormilada y las ideas no eran muy claras. Dennis se escuchaba borracho
y Dios sabrá qué más.
—¡No! Vete a tu cuarto.
Busque mi bata y me la puse rápidamente. La silla mantenía bien atrancada la puerta y no la iba
a poder abrir. Tenía meses durmiendo de esa manera; Antes de que él llegara del trabajo me
encerraba en mi habitación y atrancaba la puerta con una silla, si venia en sus cinco sentidos, no había
problema: cenaba lo que le preparaba, veía la televisión y no me molestaba, era como si viviera solo.
El infierno era cuando venía borracho o drogado; Llegaba a media noche gritando y golpeando lo
que se le atravesará. Las primeras veces abrí mi puerta tratando de calmarlo, gran error, nunca
funciono y yo terminaba con un ojo morado.
De algún modo nos acostumbramos a vivir así. Los dos éramos completamente infelices, pero
para él yo era su propiedad y podía hacer conmigo lo que se le diera la gana. Su infelicidad venia de
otro sitio. Para mí no había opción, yo había nacido sin oportunidad.
De repente se escuchó un golpe seco, como si se hubiera caído. Di dos pasos y me acerque a la
puerta. Junte mi oído a la puerta y espere. No se escuchaba nada, ni un solo ruido. Me senté en la
cama y espere. Pasaron los minutos y solo se escuchaba mi respiración. Pensando que se había
dormido, con mucha cautela quite la silla y abrí la puerta.
El dolor llego apresuradamente, era infernal. No me dio tiempo de moverme y el golpe dio
directo en mi ojo.
—¡No Dennis! ¡Por favor!
No sé por qué me molestaba en hablar, sabía que no tenía caso, pero mi boca se abría por
voluntad propia.
—¡Dennis! Por favor…
Venia borracho. Vi cómo se tambaleaba, luchando para mantenerse parado. Ni así pude con él.
Soy una mujer alta, pero él era lo doble de fuerte.
Mi cabello era muy corto —me encargaba de mantenerlo de esa forma, así se le complicaba
agarrarme de ahí—, aun así se las arregló para jalarme y aventarme a la cama. Me retorcí con todas
mis fuerzas tratando de zafarme sin lograrlo.
—¡Así puta! Me gusta que luches. ¡Fuerte! ¡Más fuerte!
Con un sorbo me deje caer. Si luchaba le gustaba más, siquiera cuando me estaba quieta, era
más rápido.
Me toco los senos estrujándolos con mucha fuerza. Reprimí un gemido de dolor y puse mis
manos en su pecho para tener una barrera entre nosotros. Me tomo de las muñecas e hizo que
levantara las manos. Encajo sus dedos con tanta saña en mi piel, que el dolor corrió hasta mis
hombres. Voltee la cara hacia un lado y espere. Él seguía jadeando.
—Eres mi maldita puta, una puta barata ¿verdad? Te gusta excitarme así.
Cerré los ojos y rece para que acabara pronto. Me levanto la playera y reprimí un grito que
salió desde el fondo de mi pecho. Me mordió tan fuerte el seno izquierdo que temí que mi piel se
fuera entre sus dientes.
—¡Grita puta! ¡Grita fuerte!
Mantuvo una de sus piernas entre las mías, dejando caer todo su peso en mí.
—¡Abre la boca!
Escondí mis labios entre mis dientes y moví la cara de un lado a otro, hasta que me atrapo con
los suyos. No entendía como le gustaba eso. No besaba, solo mordía y mordía duro.
—¡Me gustan tus labios! Les gusta que los jodan.
Siseo. Entretanto yo luchaba con mi subconsciente para poder perder el sentido.
—¡No te muevas!
Con una mano mantuvo mis manos arriba de la cabeza y con la otra se desabrocho el pantalón.
Puso una rodilla en mi pecho y saco su flácido pene. Habían pasado meses desde la última vez que
había tenido una erección. No me violaba, lo intentaba, pero no lo lograba. Su abuso se limitaba a lo
físico y lo mental.
Se estrujo muy fuerte sin conseguir nada. Flácido e inútil como su dueño. La sonrisa se formó
sola, algo que sucedía sin que yo lo planeara, a mi subconsciente le gustaba burlarse de él.
—¡¿De qué te ríes puta?! ¡Es tu culpa que no se me pare!
Aflojo el peso en mi pecho y vi la oportunidad de escapar. En cuanto vio que hice el intento, me
agarro del cuello y me forzó a hincarme en la alfombra.
—¡No me muerdas!
La última vez que intento meter su flacidez en mi boca, lo mordí con todas mis fuerzas, sangro
y tuvo que caminar cojeando por semanas. Me dio una buena paliza, pero valió la pena cada uno de
los golpes. Sonreí con el recuerdo y casi desee que lo intentara de nuevo. Necesitaba saborear su
sangre otra vez. Vio mis intenciones en los ojos porque volvió a abrocharse e hizo que me levantara.
—Te voy a matar puta.
No fue una amenaza o advertencia. Era un hecho. Tomo fuerza y me saco el aire con un
puñetazo en el estómago.
5
—¡No!
¿Dónde está? Con trabajo me di cuenta que me encontraba sola en el cuarto del motel. El dolor
del estómago termino de despertarme, mientras corría al baño para vomitar. Después de acomodar
mis vísceras nuevamente en su lugar, logre meterme en la regadera y deshacerme de cualquier
vestigio de él. El agua y jabón lograron el cometido prometido, toda la sangre y el sudor
desaparecieron, ahora faltaba ver cómo me iba a deshacer de todo el sufrimiento que me carcomía
por dentro.
Hacía mucho me había prometido no llorar por él, pero me iba a ahogar si no me desasía de un
poco de presión. Recargada en los mosaicos y dejando que la calidez del agua me envolviera, llore.
Toda la angustia de las últimas horas y el pesar de haber dejado atrás a mi padre, salió y se mezcló
con el agua.
Cuando salí del baño me encontraba mucho mejor. Lo único que me sorprendió fue la absoluta
falta de culpa. No tenía un solo vestigio de remordimiento. No por haberme defendido, al contrario,
era algo que debí haber hecho desde el primer síntoma de abuso. Pero tampoco sentía remordimiento
por haber dejado a un ser humano tirado sin un poco de ayuda, al fin y al cabo, era humano. Al
contrario, esperaba ser una asesina a sangre fría y ni siquiera lo lamentaba. Tampoco encontré rastro
de culpa por dejar a mi madre atrás, sin una sola palabra de despedida. Lo que sentía, era una
sensación completamente nueva para mí. Era libertad. Una libertad que nunca había probado.
Más calmada organice mis pertenencias. Encontré un minisúper en la esquina del motel y
compre algo para desayunar, unas tijeras, tinte y guantes. Mi única preocupación, era deshacerme de
toda la evidencia que me acompañaba. Mientras desayunaba corte la ropa, las tarjetas y todo el
contenido de su cartera. El bate era el mayor problema ¿Cómo me iba a deshacer de el? Lo lave con
tanta fuerza que las letras que venían impresas desaparecieron. En las bolsas del súper repartí toda la
evidencia. Al salir del motel tire una en el fondo del basurero que se encontraba en la parte trasera del
estacionamiento.
Con toda tranquilidad me subí al carro, deje las bolsas restante en la parte trasera y me dirigí
nuevamente hacia el norte. En el camino me deshice de las otras dos bolsas de basura. Cuando llegue
a la siguiente gasolinera solo quedaba conmigo el bate. Ya había contado el dinero en el motel y tenía
la fabulosa cantidad de $5,338.00 dólares. Era un dineral considerando que yo solo había ahorrado en
casi dos años $225.00. Las ganancias de Dennis fue lo que salvo el día. $5,000.00 en una noche de
juego. Segura de que Dennis nunca se imaginó que sus ganancias iban a acabar en mis bolsillos, y
mucho menos para ayudarme a escapar. Me felicite.
Al entrar al estado de Illinois encontré una concesionaria pequeña de compra-venta de
automóviles. Después de una pequeña negociación y que el encargado sintiera lastima por mi estado,
logre vender el carro de Dennis. $7,000.00 por un Mustang 2014 era un robo. Aunque considerando
que solo tenía una copia del título, había resultado bien.
Ya me había pintado mi cabello y lo había cortado todavía más. Era castaña clara, pero Dennis
insistía en que me lo pintara de rubio, le gustaban las rubias. Así que tenía dos años sin ver el color
de mi cabello. Me lo pinte de negro, quería ocultarme, simplemente desaparecer.
Tome un autobús y me dirigí a Evanston. El viaje duro dos horas y me sirvió para pensar. Tenía
una cantidad considerable para empezar, lo importante era pasar desapercibida y dejar que pasara el
tiempo. Lo primero de mi lista era conseguir una identificación falsa. Con eso bastaba para empezar
de nuevo.
Mi subconsciente disfrutaba de las vacaciones, mientras un pedacito de mi conciencia,
empezaba a despertar.
6
Llegue a Evanston a las once de la mañana. Me recibió un sol resplandeciente, el lago Michigan
y una brisa con olor a libertad. Afortunadamente era joven y la gente dio por hecho que era una
estudiante más, eso facilito todo. Conseguí un cuarto que se encontraba muy cerca de la universidad
de Northwestern. Con la ciudad llena de universitarios, nadie me noto. Nadie se detuvo a preguntar
sobre el ojo morado o por qué me presentaba en la ciudad a la mitad del semestre.
Todos estaban enfrascados en clases y horarios. Lo que menos les venía a la mente, era la
violencia doméstica. La gente me trataba tan normal, sin pena en sus ojos, sin que apareciera el
estigma de abusada en la frente. La gente me trato normal y empecé a actuar normal.
A los tres días de llegar, entre a desayunar en una cafetería mexicana, necesitaba encontrar
trabajo y en la ventana tenían el anuncio de ayuda. Además, esperaba que los dueños realmente fueran
mexicanos y mi español les impresionara.
Me senté en la barra esperando que una mujer saliera de la puerta que supuse era la cocina. Para
mi buena fortuna, no salió una mujer, ni un hombre. Salió el que se convertiría en mi hermano;
Altísimo y musculoso, con el cabello increíblemente corto y pintado de rubio platinado. Usando una
sonrisa y una playera con la bandera de México cubriendo su pecho. Lo espectacular eran los tacones
de aguja altísimos. Abrí tanto los ojos que seguro parecía una caricatura. Cosa que no estaba fuera de
lugar considerando que un hombre así, solo lo había visto en la ficción. Se acercó al lugar donde me
había sentado y me pregunto:
—¿Qué te sirvo?
Casi brinco de la intensidad de su voz. Demasiado grave para los tacones de aguja. Nunca había
escuchado una voz tan profunda e intimidante. Como era de esperarse me quede callada con la mirada
hacia abajo, esperando reunir fuerzas para salir corriendo de ahí. Sentí su mirada en mi cabello y me
rehusé a levantar la cara.
—Un tequila te serviría, dicen que da valor. Aunque a mí lo que me ha dado, son resacas y
malas decisiones en la cama.
En ese momento paso lo imposible, sin querer, me relaje. Su voz, aunque demasiado grave,
también llevaba un deje de simpatía, de solidaridad y de candidez infecciosa.
—Pero lo único que puedo ofrecerte es té o café ¿Qué prefieres?
No salió palabra de mi boca. Poco después sentí como se movía. Tenía un pie en el piso para
salir corriendo de ahí, cuando escuche el tintinar de una taza enfrente de mí.
Reuniendo un poco de valor levante las manos y envolví la taza con ellas. Lo caliente del té me
reconforto de tal manera que calentó todo mi cuerpo. Con esfuerzo levante la cabeza para
agradecerle. En el momento que nuestros ojos hicieron contacto, sus ojos color esmeralda se
intensificaron.
—Espero que el mal nacido que te hizo eso, se haya llevado un buen rasguño.
Enseguida volví a bajar la cabeza avergonzada. Sentí su enorme mano en mi barbilla
forzándome a levantar la cara. Intente apartar la mirada pero su fuerza era abismalmente mayor a la
mía.
—¿Se llevó un buen rasguño?
Su voz se convirtió en un susurro dándome la fuerza necesaria para asentir.
—¡Bien! ¡Eso está muy bien!
Y extendió su brazo por encima de su cabeza con la mano abierta. No entendí que es lo que
esperaba de mí, hasta que con una mueca me mostro que quería que chocáramos manos. Mi
perplejidad me dejo fuera de balance, no soy chaparrita, al contrario. Aun así tuve que ponerme de
rodillas sobre el taburete, recargar una mano en la barra para sostenerme y levantar el brazo lo más
alto que pude para chocar nuestras manos. El hombre era una bestia.
La carcajada que salió de su pecho fue una ráfaga de alegría que ningún ser humano podía
resistirse. Y por primera vez en años me reí.
Así conocí a Teo Jerez. Cocinero, mesero y gerente de “¡Viva México!”. También era cantante,
bailarina y productora. Nunca había conocido a una persona tan alegre, tan desinhibida y con tanta
hambre de vivir. Su filosofía de vida era: “Si lo pienso, no lo hago”. Así que evitaba pensar y se
dedicaba a vivir.
Hablaba mucho y no esperaba mis respuestas. Era divertido y logro que me olvidara de quién
era. Después del té, me sirvió de todo: huevos, panqués, jugo y fruta. Todo lo comí con absoluta
voracidad. Claro, tenía que compensar años de inanición.
—Estas muy flaca, así no vas a trabajar mucho. Necesitamos que tengas un poquito de carne.
Así como la ves, esta es la cafetería más concurrida de todo Evanston.
Lo decía con mucho orgullo, aunque yo lo dudaba. El local estaba casi vacío, pero era tal su
convicción que por un momento lo creí.
—Nos servirías muy bien de mesera. Eres muy guapa, aunque un poco huesuda.
Sonreí un poco y asentí.
—Además tienes una sonrisa muy mona.
Eso hizo que todos los colores se subieran a mi cara. Yo nunca recibía halagos.
—Qué ternura, te llenaste de colores… Solo hay que esperar a que se cure ese golpazo que te
dieron.
Gruño un poco y continúo.
—Ojala los rasguños se le infecten, le dé gangrena y se pudra en el infierno.
Asentí bajando la cabeza. Si él supiera.
Mis reservas con Teo cayeron estrepitosamente. Yo necesitaba un hombro para poder descansar
y él estaba en el momento y el lugar indicado. Sobre todo después de que me invitara un tequila.
Cante como un canario. Le platique lo que pude sobre el abuso, no mencione mi sospecha de haber
cometido un asesinato, aunque sus ojos entendían que no podía decirle todo. Mi amor por él fue amor
a primera vista, instantáneo. Desde Christine, nunca me sentí acompañada otra vez y Teo era muy
bueno escuchando. La conexión que logramos fue súbita, firme. Teo pago mi honestidad con
honestidad. Su padre era pastor, cuando le confeso que era un hombre de opciones múltiples, como él
se describía, lo alejo de la familia. Le insistió que se fuera a la universidad y le pidió que no
regresara. Teo esperaba el apoyo de su madre, pero su padre no lo permitió. Lo único que permitió
es que intercambiaran cartas. Teo no regreso a su casa, dejo la escuela y estaba en busca de su
vocación. En ese momento, era ser chef de comida mexicana.
—¿Tienes papeles? ¿Lograste sacar algún documento?
Le respondí asintiendo.
—¿Ya tienes una nueva identificación?
—No. Apenas y he tenido tiempo para conseguir donde dormir y… ¿trabajo?
Susurre. Esperaba que de verdad me ofreciera trabajo.
Por lo que había dicho, el dueño tenía que darme el visto bueno.
—También… también necesito averiguar quién me podría conseguir una falsa.
Alzo la mano como si estuviera en clases.
—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo sé!
Y por tercera o cuarta vez en el día sonreí. Tenía años de no sonreír tanto. Su entusiasmo era
contagioso.
—¿Ya sabes cómo te vas a llamar?
—No, ni siquiera he pensado en eso.
—¡Oh! Esas son decisiones importantes.
Entrecerró los ojos y me dio una repasada.
—Lulú, no. ¡Lisa! No, algo más fuerte...Mmm ¿Diane?
Titubeando susurre
—A mí… a mí me gusta Nicole.
Agache la cabeza esperando la reprobación, pero no llego. Me tomo de la barbilla e hizo que
levantara la cabeza. En su mirada solo había cariño y aceptación.
—Nicole no baja la mirada ¿Crees ser una buena Nicole?
Su voz era un murmullo muy suave. En la compañía de una lágrima que se me escapo asentí. Sí,
yo iba a ser una buena Nicole. Él me sonrió con ternura y aceptación, ahí termine de enamorarme de
él.
—Aunque… ¿Sabes? No sería difícil que hicieras un cambio de nombre. En este país te puedes
cambiar de nombre, como de calcetines. No sería difícil.
Ni siquiera se me había ocurrido contemplar la posibilidad de hacer las cosas “bien”. Sin
esconderme.
A partir de ese día Teo fue mi ángel de la guarda, mi hermano por elección. Fuimos al
ayuntamiento y casi sin trámites hice un cambio de apellido, no tenía antecedentes penales, eso me dio
esperanza, Dennis no estaba detrás de mí. Mi nombre se convirtió en Nicole Jerez; Nicole, mi
segundo nombre, el nombre que mi padre me había dado y el nombre de la única mujer que me había
querido, Nicole Adams. Y Jerez, por ser el apellido de Teo. Ahora éramos hermanos: Teo y Nicole
Jerez, los dos contra el mundo.
Hice mi examen de conducir y en menos de un mes ya tenía hasta pasaporte. También me
inscribí en un taller para personas abusadas, eso era lo realmente necesario.
Con Teo podía hablar de todo y sin tapujos. Una característica que me fascinaba era que no
presionaba, te permitía hablar hasta que llegaras al límite.
—Teo ¿No te molesta que a veces me quede a la mitad de la historia?
Mi ángel contesto con mucha determinación, ronroneando con esa voz ronca de comercial.
—A los ojos tristes hay que hacerles menos preguntas y darles más abrazos.
Y me abrazo.
7
A las dos semanas de llegar a Evanston me comunique con mi papá. Fue claro cómo se alegró
de saber algo de mí, me hablo en español, eso solo lo hacía cuando estaba realmente contento. Mi
papá, era un hombre de muchos defectos, pero me quería incondicionalmente, de eso no tenía duda.
Su familia era originaria de Chihuahua México. En sus años mozos fue un ingeniero muy
reconocido en New México, con cierta debilidad por el alcohol. Un día cuando venía de regreso a
casa, tuvo un aparatoso accidente. Había tomado tres cervezas y aunado al cansancio, fue suficiente
para que perdiera el control de su camioneta. Se estampo contra un árbol, se rompió las dos piernas y
ya no volvió a caminar bien. Tenía problemas de espalda y por consecuencia ya no pudo trabajar en
forma otra vez. Yo tenía dos años cuando el accidente sucedió. A los dos años perdí a mi papá, lo
recupere cuando Dennis me dio el primer golpe.
—¿Estas bien princesa?
—Si pa. Un poco asustada todavía, pero… me siento bien.
Y así era, me sentía bien, tranquila.
De repente nos encerramos en un silencio incómodo. Él por darme malas noticias y yo por
preguntar por ellas. Además, estaba el asunto de mi mamá. Por las noches me preguntaba si en algún
momento me extrañaba.
Finalmente yo me decidí.
—¿Cómo esta mamá? ¿Está muy enojada? ¿Crees que algún día me perdone?
El silencio que siguió me dio las respuestas. Si, si estaba enojada, por decir poco. Y no, mi
madre no me iba a perdonar.
—Dale tiempo, estoy seguro que un día te va a decir cuánto te quiere.
Mi papá quería mucho a mi madre, algo que nunca entendí.
—Mari…
—Nic pa. Ahora me puedes llamar Nicole ¿recuerdas?
—Nicole…
Repitió mi papá con nostalgia. Así se llamaba su mamá, él había insistido que me llamaran así,
pero lo más que logro, fue darme mi segundo nombre. Mi mamá insistía en llamarme Mari y un buen
día todos olvidamos que tenía otro nombre.
—Nic… Dennis no murió.
Mi cuerpo respondió llenándose de miedo. En un instante toda la tranquilidad desapareció.
—Todavía está hospitalizado. Está en coma. Tiene un buen golpe en la cabeza, fractura en la
quijada, tres costillas rotas y se quedó sin dos dientes. Pero no murió. Los doctores le indujeron el
coma para que se recupere mejor y según el pronóstico, si sale de esta.
Empecé a temblar y con un sollozo pregunte:
—¿Estará muy enojado?
Mi papá contesto con una carcajada y con orgullo.
—Por supuesto que está enojado, le diste una buena paliza.
Yo temblaba de miedo y mi papá sonaba satisfecho.
— Él muy cobarde dijo que los habían asaltado y que a ti te habían secuestrado. Fue todo lo que
dijo antes de perder el conocimiento en la ambulancia. Su padre hizo una denuncia y en teoría te están
buscando. Pero nadie está moviendo un dedo. Todos sospechan que la paliza se la diste tú. Que
finalmente te decidiste y lo dejaste. Ni siquiera su familia creyó su versión. A sí que no te preocupes,
todo está bien.
Ahora lo que tienes que hacer, es mantenerte a distancia. No llames, ni dejes recados y si
llamas, hazlo como ahora, a mi celular y de números privados. En cuanto cuelgues yo borro la
llamada y así nos aseguramos que tu mamá no se dé cuenta de que te comunicas conmigo.
Eso me sorprendió. Cierto, mi madre estaba al pendiente de todos los movimientos de mi papá,
pero no creía que le revisara hasta el teléfono.
—¿Por qué te va a revisar el teléfono?...
Una idea cruzo por mi mente. Me negaba a creerla, era… increíble. Aunque no imposible.
—Ella… ella ¿Si le creyó, verdad?
El silencio de mi papá me lo confirmo.
—En lo que te tienes que concentrar ahora es en mantenerte lejos. Él no puede ir puerta tras
puerta preguntando por ti. Tú concéntrate en olvidar y dedícate a vivir. No te preocupes por nada más.
Silenciosamente le agradecí su amor. Y me mentalice para poder hacer lo que él me pedía.
Tenía que olvidar y recuperarme.
~~ § ~ ~
—¿Y por qué te quedaste?
La pregunta del millón. ¿Por qué me quede? Katy, mi nueva terapeuta era todo amor y ternura,
también era analítica y no permitía que evadiera ninguna pregunta. Presionaba sin presión.
—Cuando me grito la primera vez… creo… creo que peque de inocente. Deseaba tanto creerle
cuando se disculpó. Me prometió que no iba a volver a suceder y yo desee que fuera verdad. Que
nunca más se iba a repetir.
La segunda vez me convenció de que era mi culpa… y yo le volví a creer. La tercera hable con
mi madre para pedirle que me dejara regresar a casa. Me dijo: “Si fueras una buena esposa, él nunca
tendría que gritar”. Las cosas empeoraron cuando ya no fueron gritos, sino empujones o
zarandeadas. Volví a hablar con mi madre, pero me negó la entrada a su casa.
Siempre trate de hacerla feliz, de hacer lo que ella pedía y todo se convirtió en un círculo
vicioso. Ahí fue cuando busque ayuda en el centro de crisis familiares… me costó mucho trabajo ir a
pedir ayuda… me sentía muy avergonzada. Me siento muy avergonzada.
Katy me escuchaba con infinita paciencia. No me juzgaba, ni tampoco me reprochaba. Sentí,
como si pudiera purificarme con solo hablarlo.
—No tenía dinero. Él me daba diez o quince dólares a la semana. La despensa, la gasolina…
todo lo pagaba él. Nunca tuve acceso a las cuentas y cuando intente conseguir trabajo me encerró por
días en la casa. Era…es muy vergonzoso.
Sentía que era imposible dejarlo. Mi mamá me repetía que era mi culpa y yo le creí. Aun
cuando por dentro… muy adentro… sentía que no era verdad.
Katy dejo la pluma y el cuadernillo en el asiento que tenía a un lado. Y estirándose tomo mis
dos manos.
—Repite conmigo Nic.
Me quede callada esperando su absolución.
—¿Lista?
Asentí titubeante.
—Yo…
Espero hasta que repetí.
—…yo
—No tuve la culpa.
Las palabras se acumularon en mi garganta y se negaron a salir. Un sollozo escapo de mi boca
y las lágrimas se desbordaron sin permiso. Intente zafarme, pero su agarre era firme. Cerré los ojos,
negándome a escucharla.
—Repite Nic… Yo…
Intente respirar. Intente escapar. Intente desaparecer. Pero nada de eso me iba a salvar. Después
de luchar contra mí misma, tuve la entereza para poder susurrar.
—Yo…no tuve la culpa.
—¡Más fuerte Nic!
Se me escapo otro sollozo y titubeante conteste:
—Yo no… tuve la culpa.
—Créelo Nic. Yo. No. Tuve. La. Culpa.
Finalmente abrí los ojos y repetí mirándola a los ojos.
—Yo no tuve la culpa.
—¡Así es Nic! Tú no tuviste la culpa.
Se hinco y acercándose a mi tembloroso cuerpo, me abrazo. Ese abrazo fue la absolución que
estaba buscando. Todo el pasado que me estaba abrumado, empezó a formar parte de malos
recuerdos y de lo que ya no podía cambiar.
—Tú no eres culpable por lo que paso, pero eres responsable de sanarte. Lo que tenemos que
hacer, es trabajar para que sigas con tu vida.
Así era. Lo que si podía cambiar, era mi futuro.
Finalmente me explico el patrón que siguen las personas abusivas. En mi caso; Dennis me hizo
económicamente vulnerable, me hizo creer que era incapaz de mantenerme por mi misma.
Desafortunadamente conto con la ayuda de mi madre y su “educación”. Me convertí en alguien
pasiva, ansiosa y depresiva. Ni siquiera vi la posibilidad de una vida diferente.
Me alegre mucho de tener alguien con quien hablar. Además, por si fuera poco, me felicito por
mi plan de seguridad. Por un segundo me hizo sentir orgullosa de mi misma.
Tenía mucho trabajo por delante, para empezar el aceptar que no estaba sola. Teo no me dejo
un solo momento y cada vez que hable con mi padre, me reiteraba lo que yo ya sabía: Que me quería.
La terapia con Katy nunca resultaba tradicional. Algunas veces pintábamos, otras escribíamos,
pero la que más me gustaba era la de baile. Movíamos los muebles y nos poníamos en medio de la
sala a bailar y a cantar desde “Just a girl” de No doubt, pasando por “Respect” de Aretha, hasta
Christina Aguilera y “Can't Hold Us Down”. Obviamente Be Beyoncé con “Run The World”. Mi
favorita era “Woman’s world” de Cher. No paraba de cantarla.
8
El ruido de una puerta abriéndose violentamente me despertó. Poco a poco se acercó la
conciencia a mi lado. Había tenido una pesadilla ¡otra pesadilla! Tenía periodos donde el miedo
tomaba el timón del barco. Y yo estaba justo a la mitad de un mar muy picado.
—¡No Teo! Yo puedo. Deja que me calme sola, necesito aprender a hacerlo sola.
Teo se había acercado a mi cama y tenía los brazos extendido hacia mí, listo para acunarme.
—No fierecilla.
No le importo mi resistencia y acerco mi cabeza a su pecho.
—No tienes por qué pasar por esto sola. Ya viviste ese infierno, has asumido las consecuencias
y ya las estas arreglando. Ahora tienes que entender que ya no estás sola. Aquí me tienes, no voy a ir a
ningún lado. Así que, deja de ser tan testadura y déjame apapacharte.
Me deje acunar y empecé a llorar. Teo no me soltó hasta que volví a caer en el mundo de los
sueños. Lo último que escuche de su boca fue:
—Mañana es día de deleite: Compras, chocolate y película. Duerme para que podamos empezar.
Desperté con Teo a mi lado. Muy avergonzada. Me levante y fui a la cocina a preparar el
desayuno.
A las pocas semanas de conocerlo me pidió que me fuera a vivir con él. No era raro, me la
pasaba pegada a él. A mí me daba seguridad, a él le era más fácil vigilarme. Nunca lo dijo, pero
siempre se mantenía alerta por si algo sospechoso pasaba. Algo, como que mi marido se presentara
en la puerta.
Sentí movimiento a mi espalda y di un pequeño brinco. Un reflejo que todavía no podía evitar.
—No puedes estar asustada todo el tiempo. No trates de escapar, ya fue suficiente. Tienes que
enfrentarla.
—Soy una mala persona.
Dije decidida. Hoy era el cumpleaños de mi madre. Llevaba días sufriendo por eso.
—Nic, aunque lo intentes con todo tu ser. Tú simplemente no puedes ser mala. Las
circunstancias no te han ayudado, pero definitivamente no eres mala.
¡Eso! Eso era lo que necesitaba. Teo era la conciencia que tanta falta me había hecho. Si hubiera
seguido sola, hacia un tiempo me hubiera hundido en las profundidades de la desolación. Teo
mantenía una cuerda enrollada a mi cintura y por más que yo me quisiera tirar. Él jalaba fuerte hasta
que lograba levantarme.
Se levantó de la silla y rodeo la encimera para arroparme en sus brazos y transmitirme su
fuerza.
—Todo lo que te hizo daño… todos los que te hicieron daño. Todo eso de lo que tratas de
escapar, es lo que te persigue sin descanso. Tienes que detenerte y afrontar abiertamente todos tus
miedos. Tienes que apechugar y obligarte a luchar. Te prometo que puedes lograr más de lo que te
imaginas. Y sin dudar, te aseguro que vales más de lo que crees.
Yo sabía que tenía razón. Katy en los últimos meses me lo habían repetido constantemente. No
con esas palabras, pero si con el mismo significado. Me tenía que obligar a dejar de sentir miedo.
—Lo sé Teo. De veras lo sé. El problema es: que es más fácil decirlo, que hacerlo. Ya sé toda la
teoría, ya sé que solo de mí depende. Pero hacerlo, sacar la casta, eso es lo que me causa problemas.
Recorrió mi espalda con sus enormes manos y con un azote en mi trasero me separo de su
cuerpo.
—¡Tú lo puedes hacer! ¡Te prometo que sí! Sé que eres una fierecilla, que eres fuerte y que
puedes con todo lo que venga. Solo tienes que sacar esa casta que tienes guardada.
Con una sonrisa que siempre alumbraba lo que le rodeara. Termino de alumbrarme.
—Y también sé, que esa fierecilla escondida quiere salir. ¡Sácala Nic! Sácala y que de uno o dos
gruñidos. Te vas a sentir mucho mejor. Ya verás.
Pasaron dos horas, pero finalmente hice lo que debí hacer desde un principio.
—¿Mamá?
~ ~ § ~ ~
Mi madre colgó. Todas y cada una de las veces que intente hablar con ella. Aunque mantuve una
conversación muy productiva con su buzón de voz. Solo esperaba que ella en algún momento
escuchara mis mensajes y se diera una idea de cuánto la quería y cuanto lamentaba no ser lo que ella
quería.
—Recuerda que el amor no se debe mendigar. Si ella no te quiere, es su perdida, no la tuya.
Con esa primicia que Teo me repetía cada vez que colgaba el teléfono, deje ir a mi madre. Todo
el dolor, la desesperanza y el resentimiento que cargaba a cuestas con un letrero de María Jones al
frente, se diluyo. Y con un poco más de perseverancia, también logre diluir la culpa, la baja
autoestima y el miedo.
Amar a otra gente, empieza por amarse a uno mismo y aceptarnos como somos. Con todos
nuestros defectos, que en mi caso eran muchos. Y también con todas nuestras virtudes. Que en mi
caso era lo más difícil. Nunca aprendí que también tenía cosas buenas, siempre se me dijo lo tonta, lo
malagradecida que era y me lo creí. Encontrar cada una de esas virtudes fue lo duro del proceso.
Poco a poco y con un proceso de estimulación continua, gracias a Katy, las encontré. Era honesta, era
bella, a veces graciosa, pero sobre todo. Era inteligente. ¡Eso fue el mayor de mis hallazgos! Era
inteligente y podía pensar por mí misma. Ya nadie podía decirme como vestir, como pensar, como
hablar. Yo era dueña de mi misma.
9
Era doloroso, vergonzoso, pero lo tenía que hacer.
Segura de que las puertas estuvieran cerradas, que la grabadora estuviera apagada y que no
escribiera notas. Finalmente me envalentone y acepte.
—Vamos por algo sencillo. ¿A qué edad empezaste a tener relaciones sexuales?
Suspire intentando calmar la ansiedad.
—Cuando tenía dieciocho, en mi noche de bodas.
—¡¿Llegaste virgen al matrimonio?!
El asombro de Katy me hizo gracia. Sabía que era un bicho raro y esto lo confirmaba.
—Bueno, mi madre fue muy… clara en ese aspecto. Como ya nos hemos dado cuenta, yo
consideraba una prioridad complacerla y espere hasta que estuviera casada. Ayudo el hecho de que
Dennis no me presionara, él estaba de acuerdo con mi madre. Consideraba que eso me hacía más
“suya”.
—¿Fue una buena experiencia?
—Fue… dolorosa, pero no… no completamente dolorosa. Requerimos de tres noches para
asegurarnos que había perdido mi virginidad. Dennis se quejaba de mi estreches. Además, él tampoco
tenía mucha experiencia, presumía mucho de ella, pero no, él estaba igual que yo.
—Durante los últimos meses ¿cuantas veces tuvieron relaciones?
¡Diablos! Esto era humillante y vergonzoso. Limpie mi frente tratando de secar un sudor
inexistente.
—Lamento que las preguntas sean tan personales. Pero la sexualidad es una parte importante de
la personalidad de cada uno. Tenemos que sanarla, si ese es el caso, igual que sanamos la autoestima
o la confianza para hablar.
—Está bien, está bien.
Me repetí en voz alta.
—Bueno, como te he dicho, las cosas se volvieron complicadas a un par de meses de habernos
casado. Él se mantenía cada vez más tiempo en la oficina y yo encerrada en mi habitación, evitándolo.
—Nic, mírame.
No me había percatado que estaba hablando con el piso. Tome aire y subí la mirada. Después de
sonreír disculpándome. Conteste.
—Una o dos veces al mes, bueno, eso fue los últimos meses que dormimos juntos. Antes de
huir, pasamos ocho meses en habitaciones separadas.
—¿Lo disfrutabas?
Guarde silencio intentando entender la pregunta.
—Tu respuesta física a las relaciones sexuales ¿Cómo era?
—No sé… No era precisamente doloroso, se sentía más bien como fricción. ¿Si entiendes?
Frotar, restregar.
Asintió y estaba segura que tomando notas mentales.
—Algunas veces me sentí un poco… protegida.
—Sí, pero la sensación. ¿No sentiste algo? Algo, creciendo dentro de ti, algo poderoso. ¿Un
placer qué hace que se tensionen los músculos?
—Sí, había cierta tensión, sí.
—¿Y experimentabas un buen alivio?
—¿Cuándo se terminaba? Si, absolutamente. Un tremendo alivio.
Katy entrecerró los ojos y se aclaró.
—Nic, estamos hablando de orgasmos. ¿Alguna vez sentiste un orgasmo?
Con la vergüenza llenando cada centímetro de mi cuerpo fui honesta.
—No lo sé. Tal vez.
—No Nic. Si lo hubieras sentido, te aseguro qué lo sabrías. Es algo que realmente se sabe.
—¿De veras?
—Si
Reflexione un par de minutos y me di cuenta de mi inexperiencia.
—Bueno, entonces no. Supongo que nunca he tenido un orgasmo.
—¿Ni cuando te tocas?
—¿Tocarme? Oh no, yo no hago eso.
Katy sonrío protectoramente.
—¿Por qué no? ¿Por qué no te puedes tocar? Es tu cuerpo. Si alguien tiene derecho a tocarlo,
eres tú.
Negando, analice lo que me acababa de decir.
—Mi madre decía que eso es pecado. Qué uno no debe tocarse… esas partes.
Respiro un par de veces y se aclaró la garganta.
—Hoy en la noche, cuando estés sola y calientita bajo las sabanas, quiero que te toques. Esa es
tu tarea de esta semana. Tócate, averigua donde se siente rico, donde se siente incómodo, donde no
puedes parar de tocar. Yo te aseguro que no es pecado, que no te vas a ir al infierno y que algunas
veces me dan ganas de ir a ver a tu madre y explicarle ciertas cosas. Las mujeres debemos tener un
orgasmo al menos una vez al día.
Dijo picara. Una risa de alivio surgió de mi pecho. Aun cuando sabía que las creencias de mi
madre eran extremistas, pocas veces la desobedecía. Y cuando lo hacía, dejaba a mi paso gente mal
herida.
Esa noche fue tormentosa, lo intente, de veras lo intente, pero me fue imposible ir más allá de
mi pecho. Me llevo tres noches y que Teo me advirtiera que si no lo hacía yo lo hacia él, para que
finalmente me tocara. Descubrí muchas cosas en esas noches: Que era suave, húmeda, que había dos o
tres puntos más sensibles que otros y que había un punto en particular sumamente placentero. Pero
fue hasta que Teo me diera el mejor de los presentes que entendí a lo que se refería Katy. Barney, mi
amoroso, sensible, tierno, apasionado, fogoso y siempre dispuesto, amante morado. Barney me
enseño cosas sorprendentes sobre mi cuerpo ¡Era tan diferente! Que de solo pensarlo me sonrojo.
Fue como los zapatos. Creciendo con una madre que repetía constantemente “Las damas deben
tener pies pequeños” y “Tu eres talla 3, talla 3, talla 3”. Como era de esperarse siempre compre
zapatos talla número 3. Fue hasta que un día, Teo y yo fuimos de compras y me dijo “Sabes Nic. Te
he observado durante semanas y te aseguro que no eres talla 3” Escogió unos zapatos talla 4 y me los
puso. ¡Fue como si estuviera caminando entre nubes! F.A.N.T.A.S.T.I.C.O. Así fue mi primer orgasmo.
Fue una sensación que dejo drenado mi cuerpo completamente, que barrio cada centímetro de el. Fue
un alivio demoledor.
10
Siempre había sido delgada y a raíz de mi separación perdí algo más de peso, eso, aunado a mi
metro con setenta y siete centímetros de altura, me hacía lucir estética. La cascada de cabello castaño
claro, mis ojos ámbar-amarillosos y mi 87-67-93 llamaba mucho la atención.
Algo que siempre considere una desventaja, de la noche a la mañana se convirtió en mi mayor
ventaja. Un buen lunes, Vicky, la dueña de una de las mueblerías locales, me invito a hacer unas
fotografías para promocionar su mueblería. Eran fotos mostrando los muebles, nada de desnudos o
poca ropa. Me aseguro que todo iba a ser muy profesional, las fotos las iba a hacer un amigo suyo
que venía de Nueva York exclusivamente para la sesión. También iba a traer una modelo, pero en el
último momento le cancelo porque la paga era muy poca para realizar el viaje. Después de unos
minutos de persuasión, me decidí a hablar con Teo.
—¡Sí! ¡Por supuesto que sí!
—Pero… ¿No crees que es muy arriesgado? ¿Y si alguien me ve y decide venir?
—Mira Nic. De eso se trata, de que todos te vean, de que todos te admiren. Ya estuvo bueno de
vivir entre las sombras. Además, en ese pueblucho de mierda ni siquiera saben leer. Nadie se va a
enterar sobre un anuncio de una mueblería al otro lado del país
—No sé… ¿y si no salgo bien?
Teo saco el aire y empezó a contar uno, dos, tres…
—A ver Nic, dime todas tus cualidades.
Uno de los ejercicios de Katy era que yo reconociera mis virtudes. Algo que me costaba mucho
trabajo.
—Soy… Soy confiable, leal…
—Bien, muy bien, eres un perro. Ahora dime las humanas.
Cerré los ojos y me concentre.
—Soy inteligente, trabajadora, luchadora… alta… guapa.
—¡Eso es! Eres una mujer muy guapa. Y eso es lo que se necesita para ser modelo.
Así acepte mi primer trabajo como modelo. Con el conocimiento de que tenía las virtudes de un
perro y el físico de una humana guapa.
Teo no me dejo en ningún minuto, decía que en el mundo del modelaje si te descuidabas un
momento terminabas anoréxica, adicta o sobreexpuesta. Algo que él no iba a permitir. Después de
hacer una serie de fotos completamente inocentes, en pantalón de mezclilla y camisa blanca. Teo fue
el primero en decir que mostrar un poco de piel no me iba a matar. Me pagaron cincuenta dólares y
me regalaron todas las fotos que no usaron para la campaña. A mí me pareció el mejor trabajo del
mundo.
A partir de ese momento Teo se convirtió en mi agente. En su tiempo libre se dedicaba a
buscarme trabajo en agencias grandes, medianas y chicas, negocios locales, publicidad en internet,
bueno, hasta disfrazada de pollo afuera de un Kentucky. Chicago estaba a dos pasos, es una ciudad
grande y nunca faltaba el trabajo. Ayudaba el que nunca nos negáramos a trabajar, nuestros requisitos
eran mínimos y no dábamos problemas. Después de unos meses, hasta Teo modelaba. Teo era un
hombre muy guapo, un poco tosco, pero guapo al fin. No era de una belleza delicada, sin embargo si
querías ver un buen torso, él era el indicado.
Yo imaginaba que la palabra “Modelo” evocaba una vida de glamour: descansando junto a
piscinas, comiendo palitos de apio y comprando vestidos talla cero. En realidad, pasamos días
enteros haciendo prueba tras prueba y por lo general, de rechazo en rechazo. Nuestra vida callo en
algún lugar entre el glamour y la penuria.
Teo y su habilidad de vender fueron de gran ayuda, se vendió y me vendió. Después de tocar
puertas, ventanas y cortinas, una agencia finalmente expresó su interés por nosotros. El problema
surgió cuando nos comunicaron que el trabajo era en Nueva York. Después de que Teo usara todos
los métodos de persuasión existentes, nos envalentonamos y con mucha ilusión nos mudamos. Era
estupendo iniciar un nuevo futuro; Era horrible dejar a mi queridísima Katy.
Firmamos con Ford Models en mi cumpleaños número veintiuno. No podía permitirme el lujo
de pagar por mi educación, algo que realmente me hubiera gustado. Sin embargo, hice algunos
trabajos de catálogo y terminé un cuatrimestre como interprete medico de pregrado. Mi papá y su
insistencia en hablarme en español, finalmente daba frutos.
Al principio, nuestra nueva carrera nos costó dinero. A veces la gasolina para ir a castings y el
aparcamiento, se comía el poco dinero que ganábamos del trabajo.
Fue hasta que en uno de los eventos al que nos colamos. Que Teo se filtró en la conversación de
un fotógrafo de una de las agencias más importantes. Después de observarme dos o tres ocasiones y
de que Teo durmiera con él —cuatro o cinco ocasiones—, conseguimos la portada de la revista Salud
de la Mujer, yo estaba más que encantada.
Además de la gran exposición, pensamos que una portada pagaba un montón de dinero. Nos
apachurramos cuando me pagaron la infame cantidad de doscientos cincuenta dólares. Las pasarelas
eran aún peores. A veces nos pagaban con el "comercio", lo que significa que recibíamos un poco de
ropa gratis, pero no había dinero. En Nueva York nos acomodamos a vivir escuetamente con un
guardarropa de infarto.
Seis años después
Del Aeropuerto Internacional Leonardo da Vinci en Roma, al Kennedy de Nueva York fueron
las ocho horas con quince minutos más largas de la historia. No era una linda manera de pasar mi
sexto aniversario —nunca olvidaba festejaba mi salida de Great City—. Había tantos niños que el
avión parecía guardería. No me dejaron dormir, no me dejaron leer y el ruido casi acaba con mi
paciencia. Era el precio a pagar si querías estar en casa para tu fiesta de graduación, el que
coincidiera con el fin de verano y todos los turistas regresando a casa, era un plus. Pero todo valía la
pena, si con eso lograba llegar a casa para cenar con Teo y Nastia y disfrutar de la gran fiesta. No
podía faltar, era en mi honor.
Me urgía ver a Teo, afortunadamente estaban en Nueva York y no tenía que esperar mucho para
verlo. Aunque el día siguiente fuera otro día de aeropuertos para finalmente llegar a casa.
La energía que mantenía en mi cuerpo por el trabajo en Italia, la libertad que sentía cuando
estaba en una pasarela o sesión de fotos, me habían sanado. Me habían dado una seguridad envidiable.
Venia feliz de mi viaje. Esa energía aunada a la felicidad de haber llegado a tierra conocida hicieron
que mi humor mejorara considerablemente. Algo que duro quince largos minutos, hasta que me llego
un texto.
Fierecilla: Nastia está en el hospital Mount Sinai (Nada grave) No voy por ti al aeropuerto,
te espero en el hospital.
XOXO (¿Me trajiste algún gladiador?)
Era lo único que me faltaba. Conseguir un taxi, cargar cinco maletas y pasar la noche en un
hospital. Me di por vencida y deje que el espíritu del Grinch me poseyera. Hasta que recordé a Nastia.
Me dispuse a entrar a la ola de calor. El sol se había puesto de acuerdo con mi humor y estaba
haciendo un calor insoportable. Era finales de agosto y eso en Nueva York equivalía a shorts, top y
lentes de sol.
Estaba por subirme al taxi cuando me llego el mensaje de bienvenida de Teo.
¿Ya? ¡Te estoy esperando!
Como pude llegue a Urgencias del Mount Sinai. Me sentí como bicho en extinción desde que
entre a urgencias. Todos me veían pelear con mis cinco maletas, bolso y neceser, pero nadie se
acercó para darme una mano. Finalmente me quite la mascada con la que sostenía mi cabello,
esperanzada de que mi cabello fuera reconocido por alguien –había publicada una foto de mi cabello
en casi todas las revistas, mi último trabajo había sido para una marca de champú—, y se acercaran
para ayudarme.
—¡¡¡Fierecilla!!!
Deje caer todo y corrí a los brazos de mi ángel. Pasaba el tiempo y Teo continuaba llenando mi
tanque de esperanza y amor. Ni siquiera el espíritu del Grinch opaco la felicidad que sentí al verlo.
Teo era toda la seguridad y solidez que necesitaba, para mí, él era la definición del hombre perfecto,
era una lástima que fuéramos hermanos. Era la primera vez que pasábamos tanto tiempo separados y
lo había extrañado horrores.
—¿Cómo estás? ¿Cómo te fue? ¿Qué tal el vuelo? ¿Firmaste el contrato que te mande?
Me reí y hundí mi cara en su cuello. Había llegado a casa.
Nastia debía salir en cualquier momento, pero Teo llevaba dos horas esperando y no había
pasado nada. Encargamos mis maletas el vigilante, que muy amablemente coqueteo con Teo y nos
fuimos a la cafetería. Después de explicarle con puntos, comas y asteriscos todo lo relacionado a mi
salud, estancia en Italia, vuelo y contratos. Y él me explicara la ridícula caída de Nastia, regresamos a
urgencias. Dos segundos después de sentarnos en las incomodas sillas de emergencias, yo dormitaba
en su hombro.
Sentí una mirada que causo que mi piel se erizara. Abrí los ojos alarmada por la angustia que
saturo mi cuerpo en un segundo, un torbellino de emociones lleno mi pecho. Sin saber exactamente
qué o quién había alarmado a mi subconsciente, me senté con la espalda rígida buscando con frenesí
la raíz de la alarma en mi cuerpo. Teo me soltó la mano y por instinto me cubrió los hombros con su
brazo, mientras su cuerpo se ponía alerta.
Lo sentí antes de verlo. Alce la mirada y por un instante regrese doce años atrás; Lloriqueando
en una cocina, en los brazos protectores de un amor imposible. En cuanto nuestras miradas hicieron
conexión el tiempo paro su curso. Olivier me veía con los ojos muy abiertos, con una mirada mucho
más intensa que cuando éramos niños. Su boca se abrió pero no salió palabra de ella.
—Cariño, cierra la boca.
Me susurro Teo. Cerré la boca por reflejo, no me había percatado de que la había abierto. Teo
se levantó e interpuso su cuerpo entre Olivier y yo.
—¿Si?
Le hablo a Olivier con esa voz profunda que caracterizaba a Teo. Olivier parpadeo y solo en
ese momento me perdió de vista. Vi claramente cómo se endurecían sus facciones y erguía su cuerpo.
—¡¿Y tú quién diablos eres?!
Olivier se enfrentó a Teo sin importar los dos metros de su blindado cuerpo. Yo lo recordaba
frio, pero en ese momento el tono de su voz era gélido. ¡Había cambiado tanto! Su voz era más
ronca, más profunda, más masculina.
—El que te va a romper la cara si no retrocedes.
Teo dio el pasito que los separaba y con los ojos desorbitados vi como apretaba los puños.
Solo en ese momento reaccione. A partir del incidente con Adam, Teo tomo clases de boxeo y con la
influencia de Nastia, se convirtió en un hombre que podía protegía a los suyos.
—Teo, espera…
Me levante y tomando a Teo del brazo lo separe de Olivier. Pase el nudo de emociones que se
instaló en mi garganta y susurre:
—Olivier…
Olivier se olvidó de Teo y se centró en mí. Él estaba igual o más afectado que yo. Levanto una
mano y con una delicadeza que recordaba y me había obligado a enterrar en un rinconcito de mi
mente, me acaricio una mejilla. El toque fue sutil, pero nos daba a los dos la certeza de que realmente
estábamos ahí; uno en frente del otro.
—¿Estas bien?
Asentí ligeramente. Y como si solo existiéramos él y yo, nos abrazamos. Ese cuerpo que fue mi
refugio durante toda mi niñez, me acogió como si no nos hubiéramos separado nunca. Lo rodeé por
la cintura mientras sentía sus labios en mi cabello. Me apretó a su cuerpo y todo el tiempo, el dolor,
todo el sufrimiento que había pasado, dejo de existir.
—No lo puedo creer…
Me negué a abrir los ojos para no correr el riesgo de que lo estuviera imaginado. Me apreté
más a su cuerpo y deje salir un sollozo de infinita alegría. ¡Olivier! ¡Estaba abrazando a Olivier
Adams! Mi amigo, mi mentor, mi amor imposible.
—Déjame verte ¿Cómo estás? ¿Dónde has estado?
Antes de que pudiera contestar una voz se nos adelantó.
—¡Dr. Adams! ¡Oliver!
Me separe apresuradamente de Olivier. La voz de la mujer era lava pura. Una mujer demasiado
perfecta para ser natural, peleaba contra los tacones para no echar a correr y matarme. Cuando
finalmente llego a nosotros ya me había matado con la mirada un par de ocasiones.
—¡¿Quién diablos es esta… esta…?!
Teo volvió a usar su cuerpo como escudo. La tarde se había convertido en una serie de batallas.
Usando nuestra experiencia en el mundo de la moda, los dos observamos a la mujer de arriba—abajo
con desdén. Él giro su cabeza y con una mueca burlona hizo un desaire muy altivo que sonó a un
“Naa” . Yo asentí y gire los ojos en muestra de mi poco interés hacia la recién llegada.
Olivier me veía asombrado. Sus ojos azules se intensificaron y vi el orgullo cruzar por su
mirada. Con una sonrisa que nunca había visto, me tomo de la mano y sin importarle que
estuviéramos en una batalla de miradas, se la acerco a su boca. La beso y con voz orgullosa me
sorprendió.
—¡Dios! ¡Cómo has cambiado! Estas… estas… impresionante.
Pestañee varias veces. Un cumplido de Olivier Adams era algo muy extraño. No pude
murmurar un “gracias” porque volvió a besar mi mano dejándome sin palabras. Mientras, a la recién
llegada le explotaban los ojos.
—¡Olivier!
Olivier bajo nuestras manos y sus ojos volvieron a ser de ese azul gélido que te paralizaba.
—Baja la voz.
No grito, solo siseo. Pero fue suficiente para que la muñequita de pastel se callara y diera un
paso atrás.
—¿Quién?… ¿Quién es ella?
Pregunto con voz mucho más modulada.
—Nadie que te incumba. Regresa a la sala de conferencias y avisa que no regreso hoy.
La muñeca abrió mucho la boca sin decir palabra. Para mi sorpresa, agacho la cabeza y dio la
media vuelta.
Teo iba a empezar con el interrogatorio cuando salió Nastia requiriendo toda la atención de los
presentes en la sala de espera. Una costumbre que la caracterizaba. Venía en silla de ruedas, con una
pierna en alto y el brazo envuelto en un cabestrillo.
—¡Nastia!
El grito de Teo mato a mi guardián y lo convirtió en la reina de la fiesta. Teo corrió hacia
Nastia y con movimientos dignos del mejor estilista le arreglo el cabello.
—¡No puedes salir así! ¿Y si hay paparazis?
Di un paso hacia ellos, pero la mano de Olivier me detuvo. Cruzamos miradas y el tiempo
volvió a detenerse; nadie ni nada importaba, nada existía, solo esos ojos azules que me miraban con
devoción.
12
Me arrastro hacia un consultorio. La presión de su mano era simplemente fuerte, sin una pizca
de agresividad. Además de que me dio la absoluta e inequívoca certeza, de que me deseaba con la
misma intensidad que lo deseaba yo.
Después de cerrar la puerta, me invito a sentar. Me recargue en la única superficie que se
encontraba en el consultorio, la cama. No me senté, para no darle oportunidad a la lujuria. Olivier
estaba muy, muy… cambiado.
Se acercó y con mucho tiento capturo mi cara con sus largas y cuidadas manos. Era la primera
vez en años, que permitía que un hombre me tocara con ese tipo de intimidad. Aparte de Teo y mi
Adam, nadie me había tocado.
—Pensé que estabas en México.
¿México? Ni siquiera se me había cruzado por la mente.
—¿Qué haces aquí? Lo último que supe es que te ibas a especializar en Cardiología, que
seguías en Boston.
Murmurábamos, cuidando que nadie nos oyera. Era absolutamente innecesario. Pero era una
intimidad que los dos buscamos sin saber por qué.
—Sí. Solo vine a dar una conferencia sobre pruebas cardiacas invasivas.
No tenía idea de que era eso, pero sonaba complicado. Me sorprendió ver la manera en cómo
me veía; Con los ojos muy abiertos y llenos de admiración. Me sorprendió todavía más, cuando me
vi encapsulada en sus brazos. Con un grito ahogado me deje querer, cerré los ojos, baje la cabeza y
me recargue en su hombro. Nunca me había sentido tan segura, como en ese momento en toda mi
vida. Segura, protegida, reconfortada y extrañamente ¡muy excitada!
—¿Estas bien? ¿Cómo has estado?
Se escuchaba la preocupación en su voz.
—¿Sabes lo que hice?
Me quería morir, me sentí tan avergonzada. Oliver era de los pocos hombres rectos que había
conocido, él era toda bondad. Jamás se burló de mí y nunca vi que levantara la voz a alguien.
—Por Christine nos enteramos… Llevamos años preguntándonos ¿Cómo estarías? ¿Dónde
estarías? Te busque… te buscamos durante meses… yo..
Me separe de su pecho con la mirada baja.
—No vas a decir nada ¿verdad?
—¿Decir? ¿A quién? Estas loca si crees que hablaría con él. Él mal nacido no para.
La ferocidad de su voz me golpeo. ¿Dennis seguía buscándome? Por un momento sentí que me
desmayaba. Él lo noto porque me sostuvo más fuerte.
—¿Dennis?
Una ráfaga de miedo me golpeo con tal intensidad que tuve que recargarme en él para no caer
en seco contra el suelo. Junto con la alegría de ver a Olivier, también llegaron los recuerdos de lo
que había pasado.
Poco a poco me deje caer al suelo con Oliver a mi lado.
—Mari... Mari
Di un respingo al escuchar ese nombre. Nadie me había llamado así en seis años. Tragando
grueso y con un miedo tan grande como el espacio, pregunte.
—Dennis ¿Dennis sigue buscándome?
Me vio con los ojos muy abiertos y con la sorpresa reflejada en la cara.
—Por supuesto que sigue buscándote.
Toda la seguridad que había recuperado salió por la puerta. ¿Cómo era posible? Mi papá no
volvió a mencionar a Dennis después de que me avisara que se había casado otra vez. Después de
acongojarnos por la pobre ingenua, jamás lo volvimos a mencionar. Con el arma bajo el brazo sobre
su poligamia, había solicitado el divorcio, algo que estaba en mi lista de espera. Solo quería
olvidarme de que alguna vez se había cruzado en mi camino y tontamente supuse que Dennis ya se
había olvidado de mí.
—¿Creías qué había parado?
Me mantuve callada tratando de pensar en algún lugar donde esconderme. Cada vez estaba más
expuesta y aunque físicamente era otra persona, nunca se podía estar segura.
—Después del asalto tardo casi un año en recuperación. En cuanto se pudo poner en pie se ha
dedicado a buscarte. Ofreció una recompensa para quien tuviera información sobre ti, tu secuestro.
Intente concentrarme para aclarar las ideas y ver cuál iba a ser mi próximo paso. No estaba
resultando, el miedo me atrapo y no me permitía pensar.
—Mari ¿no hubo secuestro verdad?
Negué intentando guardar un poco de calma.
—¿Qué te hizo?
El gruñido de Oliver me puso alerta, pero la suavidad con la que me toco me desconcertó. Sus
palmas se sentían frescas, suaves. Me cubrió la cara con ambas manos y me transmitió una sensación
de protección que no me dio otra opción, más que la de sucumbir. Cerré los ojos y me entregue a la
preciosa sensación de seguridad que tanta falta me hacía en ese momento.
—Dime qué te hizo.
Murmuro muy cerca de mi boca.
Lo lógico es que me levantara y corriera a esconderme, o eso me decía mi instinto. Sin
embargo un cosquilleo intenso recorrió mi cuerpo, instalándose en mi vientre. Lo siguiente que supe
es que estaba hablando sin parar, susurrando el infierno que viví.
—No sé qué me paso. Pero si hubiera esperado que regresara, ya estaría muerta. Me veía con
odio, con rencor, con mucho desprecio. Estaba segura que me iba a matar. Pensé en mi papá y en lo
mucho que iba a sufrir. No podía permitir que sufriera. Me levante y me defendí. Estaba segura que lo
había matado, poco después mi papá me aviso que solo lo deje en coma.
Un escalofrió me atrapo por el simple pensamiento de que mi vida hubiera sido más sencilla, si
realmente lo hubiera matado.
—Por favor… por favor no le menciones a nadie que me encontraste. Puedo desaparecer...
El pavor se estaba apoderando de mi cuerpo. Lo tome de la camisa y lo aferre con mis dos
manos. Lo acerque a mi cuerpo y le implore.
—Por favor. Por favor no…
Sus labios atraparon los míos y no me permitieron seguir rogando. Me atrapo. Sus labios se
abrieron y con ellos sensaciones completamente nuevas para mí. Dulzura, seguridad, excitación,
deseo. Sobre todo deseo. Un deseo tan grande que me mareo. Abrí mis labios y lo deje entrar en mí.
Su lengua se enroscaba con la mía causando que estruendosos rayos se conectara de mi boca a mi
vientre, dando una pasada por mis adoloridos senos.
Se separó un segundo y los dos nos abastecimos de aire para volver a esa danza que me estaba
causando escalofríos. Entramos en un aura donde solo nosotros dos existíamos. Bajo su mano
derecha para atrapar mis cintura y acercarme todavía más a él. Gustosa permití que mis senos se
frotaran a su pecho, necesitaba la fricción para poder sobrevivir al deseo que quemaba mi pecho.
—¿Nic?... ¡Nic!
La voz burlona de Teo me saco del aura en que Oliver me había envuelto.
Me pare rápidamente tratando de recomponer mi compostura y bajar el deseo que se había
desatado en mi cuerpo.
—¿Por qué te llama Nic?
Pregunto Olivier. No conteste y por unos segundos quise desaparecer. Era demasiado como
regalo de aniversario.
—¿Quién es?
La voz de Teo me decía que más valía que tuviera una buena explicación. Teo se acercó a
Oliver sugestivamente, un gesto que usaba para clasificar a las personas. Con exquisita posesión
Olivier agarro mi mano y me acerco a él. Me dio gracia que me usara como barrera ente él y Teo, las
cosas no solían ser así.
—¡Teo, compórtate! Es Oliver, un ….
¿Un qué?
—Un… amigo.
Teo me dio una de esas miradas inquisitorias que te sacaban toda la información.
—Ya veo. No sabía que tuvieras amigos.
—Bueno pues ya ves que sí. Oliver es mi amigo.
Teo entrecerró sus ojos y asintió despacio.
—Nos tenemos que ir, Nastia necesita descansar.
Nastia se había caído en una pasarela el día anterior, se había reusado a ir al doctor para no
perderse la fiesta que se organizaba siempre tras una pasarela, la famosa afterparty. Para Nastia y Teo
era pecado no asistir. Ahí es donde se hacían los contactos. Después de que Nastia lograra manejar las
relaciones publicas de Bond, uno de los mejores restaurantes de Boston. Hasta yo les daba la razón.
Siempre teníamos una mesa a nuestra disposición en uno de restaurantes más exclusivos de la ciudad.
—Ya voy.
Espere a que Teo se diera la vuelta para enfrentarme a Oliver.
—Promete que no le vas a decir a nadie que me viste.
Negó con la cabeza sin soltarme la mano.
—Necesito hablar contigo ¿Dime cuando nos podemos ver?
—Tengo trabajo y no tenemos nada de qué hablar. Solo promete que no le vas a decir nada a
nadie.
—No. Primero necesitamos hablar.
Sabía que Oliver era incapaz de decir algo. Bien podía dejarlo ahí y olvidar que lo había visto.
Él no habría dicho una sola palabra, pero me dio mucho gusto verlo. Me dio gusto y algo más…
—Dame tu número y te llamo.
—No, no lo vas a hacer. Los acompaño. Denme diez minutos, ahora regreso.
Me dio un beso muy ligero en la comisura de la boca y recorrió mi mejilla; primero con la
nariz y después rozando sus labios en mi piel. No fue un beso, solo un roce que estremeció cada una
de mis células. Se dio la media vuelta y se fue.
No me pude mover. Vi como desaparecía atrás de la puerta y yo seguía observando el punto
donde había desaparecido. Solo el chillido de Teo me saco de transe.
—¡Aaaahhhh!
Empezó a brincar alrededor mío cada vez más alto.
—¡Por fin Nic! Por fin te hiciste de un hombre ¡Y qué hombre! ¡Viste su boca! Esa cicatriz lo
hace ver malo, muy malo…
Gruño Teo.
—Y esos ojos… ¡Uf! ¡Claro que los viste! ¡Te lo estabas comiendo! ¡Eres una devoradora de
hombres!
Solté una carcajada ahogada por la vergüenza.
—¡Basta Teo! ¡Ya déjalo!
—¡No! ¿Quién es? ¿De dónde lo conoces? ¿Por qué no me habías hablado de él?
Teo sabía mi historia de memoria, pero ciertos pensamientos, sentimientos, iban a morir
conmigo. Olivier era mío… solo mío.
—Déjalo Teo. ¿Nos vamos o no?
—No fierecilla. El adonis me dijo que nos acompañaba y yo no quiero perderme el placer de su
compañía. Así que mejor me vas diciendo quién es.
Teo no lo iba a dejar pasar. Era muy necio, no, lo que le seguía de necio. Salí de ahí y me dirigí
a Nastia, la abrace, la bese y en dos oraciones les dije que era un amigo de la infancia. Teo estaba a
punto de pedir más explicaciones cuando vimos que Olivier se nos acercaba.
Incómodo y callado. Así fue el camino de regreso al hotel. Después de dejar a Nastia y Teo en
su habitación estuve tentada a invitarlo a la mía, pero como buena niña que era, me contuve y escondí
mis garras.
Olivier observaba, no miraba. En veinte minutos se dio cuenta que Teo era mi ángel guardián y
que manteníamos una relación irrompible. También se dio cuenta que la relación entre Nastia y Teo
iba más allá del trabajo. Y que entre los tres, habíamos aparecido en casi todas las revistas de moda.
Teo siempre llevaba una para demostrarlo.
Bajamos al bar del hotel, pero el cansancio empezó a hacer de las suyas en mi cuerpo. Había
pasado todo el día en un avión; mal comida, mal dormida, estresada, lo que menos me apetecía era
hablar. Él lo entendió y muy amablemente me dejo en mi habitación. No antes de que verificara mi
teléfono y mi dirección con Teo.
En las pocas palabras que intercambiamos, me informo que él seguía en Boston. ¡Habíamos
vivido en la misma ciudad los últimos dos años! Y cuando nos encontramos, lo haciamos en una
ciudad caótica como Nueva York. Nunca más cierto aquello que dice: “Cuando te toca, aunque te
quites. Cuando no, aunque te pongas” Y este era el momento exacto donde el universo me decía
“Nena, te toca”.
13
La vida había dado un giro de ciento ochenta grados después del dificultoso inicio de nuestra
carrera. Afortunadamente dimos con el modelaje tipo “ajuste"; es un tipo de modelaje que puede ser
mucho más lucrativo. Ajustan a los modelos con las medidas del cuerpo que responden a un estándar
industrial para la producción de ropa, y si entras en este estándar, te contratas con un sello para
adaptarse a su línea, se puede trabajar de forma constante con ellos durante años. Trabajas como una
especie de maniquí vivo, tratando prototipos y que pagan más de doscientos cincuenta por hora.
¡Todo un dineral para nosotros! Por supuesto, tuvimos que pagar a la agencia una comisión, así
como los impuestos, pero después de ganar varios clientes, empezamos a trabajamos todos los días
durante varias horas al día. Nos empezó a ir muy bien.
Con mis medidas se me considero de muy buen tamaño para el sector. Además que ayudaba, el
que no tomara, no fumara y no me drogara. No daba lata con el maquillaje y el peinado, era muy
accesible con los horarios y era puntual. ¡Todo un tesoro para la industria!
Así que después de vivir unos cuantos años fuera de Great City, estaba haciendo dinero
constante y sonante como modelo. Al cabo de tres años, ya tenía una lista de clientes constantes y una
buena reputación.
Después de un tiempo, me dieron ganas de hacer crecer mis ingresos para tener un poco de
seguridad financiera. Vivíamos en una ciudad muy cara que nunca duerme. Empezamos a movernos y
conseguimos un contrato maravilloso en Europa.
En mi aniversario número cuatro estaba en una sesión de fotos para Zegna en Paris y ganando
arriba de dos mil dólares por noche o día, dependía del día. Fue uno de mis mejores aniversarios.
Sin darme cuenta, estaba ganando muchísimo dinero trabajando tres noches a la semana; Y no
arrinconada en una esquina esperando el siguiente golpe. Felizmente nos instalamos en el clásico y
estereotipado papel de modelos, haciendo un ingreso combinado de una saludable cifra de siete
dígitos. Éramos unos grandes entusiastas de vivir en una ciudad con la mejor comida en el mundo,
así que me tuve que convertir un poco, en rata de gimnasio. Había visto como el peso de un embarazo
o simplemente si ganabas un kilito de más, terminaba con carreras. La industria era voluble y desleal
—perdí un cliente con el que trabaje perfectamente bien durante un año. Debido a un nuevo diseñador,
que dijo que era demasiado “grande”—.
Parecía que vivía en un sueño; Vives cómodamente, trabajas unas cuantas horas probándote
ropa, accesorios, zapatos. Pero la realidad es que lo mejor fue encontrar la camaradería. Había de
todo, como en todas partes, pero en el transcurso del tiempo me encontré con grandes amigas, la
mejor de ellas es Nastia, mi siempre vigorosa eslovena.
Mantenerse lejos de los hombres, temer el contacto de otros hombres. Esas reglas no aplicaron
conmigo, yo fui la excepción de la regla. Teo se encargó de romperlas.
Él permanentemente me tocaba: la mano, el cabello, el brazo, además de unas propulsoras
nalgadas. Era un hombre muy corpulento y con el tiempo aprendí que no todo hombre quería
lastimarme, o que todos los hombres concedían dolor. Al contrario. En Teo tenía un claro ejemplo de
lo bueno que puede ser un hombre. Me quedo claro que hay de hombres a hombres. Así como
también hay toda clase de mujeres.
Toda la seguridad que me brindo Teo se vio reflejado en el trabajo. No temía a los fotógrafos o
a los asistentes, Teo me enseñó a ser segura, a ser independiente a no dejarme vencer. Aprendí a
llevarme bien con los hombres, al fin y al cabo era una gran ventaja de mi trabajo trabajar con los
hombres más guapos del planeta, en realidad me gustaban mucho. Aunque siempre mantenía una
distancia muy respetuosa con ellos.
Teo es un hombre de obsesiones; Primero fue el modelaje y cuando lo consiguió, paso a la
siguiente etapa; conseguirme pareja.
—Nic, eres demasiado linda para pasar una noche de viernes enclaustrada. ¡Vamos! Además
necesitas conocer a alguien que te haga cosquillitas.
Negué con mis palomitas en las manos.
—No Teo, yo prefiero quedarme aquí. Voy a ver una película y no quiero cambiarme.
Usaba una pijama de algodón; Un top que dejaba poco a la imaginación y un pantalón holgado.
Me senté, subiendo las piernas al sofá y me tape con la manta que teníamos siempre disponible en
caso de frio. Me dispuse a prender la televisión con el control remoto mientras Teo seguía
enfurruñándose.
—¿Tampoco quieres cosquillitas?
Se sentó junto a mí y me arrebato las palomitas.
—¡Oye! No, no quiero cosquillitas.
Le quite las palomitas mientras me hacía un puchero. Me compadecí y le regale un puño de
palomitas en las manos. Se le ilumino la mirada y a mí el corazón. Amaba a Teo.
—Necesitas tener sexo. No es normal que no tengas relaciones a tu edad. Ya debes ser virgen
otra vez. Con lo que duele la primera vez, lo mejor es mantenerse en práctica.
Recargue la cabeza en el respaldo y suspire.
—Con la práctica que tuve fue suficiente. Ya no necesito más.
Me tomo de la mano y se la llevo a los labios. Ese gesto siempre me consolaba, me hacía sentir
querida.
—Tú sabes que eso no cuenta. Él era un depravado y eso no fue sexo ¡eso fue abuso!
Teo no soportaba que habláramos de Dennis. Intentábamos nunca mencionar su nombre, si
llegaba a surgir, al pobre Teo le salían manchitas rojas en su nueva inmaculada piel de porcelana por
el disgusto.
—Oye. ¿Y cómo sabes que duele? ¿A los niños también les duele?
—¡Oh! Mi pobre Nic… No nena, para los hombres lo difícil es mantener el mástil erguido.
Entre los nervios y lo precoz, a veces el mástil naufraga.
Intente imaginarme la escena, pero mi risa se interpuso en nuestra analogía.
—No te rías, es muy serio el asunto. ¿Tú crees que para los hombres es fácil? Los hombres
tenemos mucha presión. Se supone que tenemos que saberlo todo y dejar a la mujer satisfecha.
Cuando lo único que pensamos es “teta-cola” en ese orden. No sabemos nada de excitar o de puntos
G, H o D. Simplemente queremos entrar y amasar tetas. A veces es mejor con los hombres, somos
más fáciles de complacer.
Los dos suspiramos añorando. Él porque deseaba una pareja estable para practicar y yo porque
nunca había mejorado. Lo único que conocía era “entrar y amasar”.
—Vete y consigue con quién practicar. Yo pienso quedarme aquí, imaginando como tu mástil
naufraga.
Me dio un beso en la frente y se paró.
—Tonta. Yo nací siendo un maestro en esa arte. Viene en mis genes.
Yo no quería iniciar una relación, solo quería recrear la vista con mis compañeros. Hasta que
llego Adam a mi vida. De él quise un poco más.
Lo conocí en una de las fiestas donde atendimos. Era un ingeniero que venía de visita a Nueva
York. Él vivía en Filadelfia, pero viajaba mucho por su trabajo. En cuanto me vio, se lanzó
descaradamente.
—Soy Adam Duncan. ¿Te apetece cenar conmigo?
Era un hombre muy guapo; Alto, musculoso, de facciones firmes. Con unos ojos color miel
verdosos apabullantes.
Si no hubiera sido tan firme en su agarre —me había tomado de la mano y arrastrado atrás de
una columna— hubiera salido corriendo de ahí. Era obvio, que era un hombre que estaba
acostumbrado a salirse con la suya. Y yo le hubiera permitido todo, si mis miedos no hubieran
aparecido.
Abrí mucho los ojos y busque refugio en la columna. Un mal movimiento, ya que él acerco
todo su poderío a mí y con todas sus intenciones reflejadas en los ojos se acercó a mi boca.
—¡¿Qué diablos?!
Cuando deje de parpadear, Teo se encontraba a mi lado con un brazo torcido en la espalda y su
cara aplastada contra la columna.
—¿Quién diablos eres tú?
Teo había tratado de felicitarme por mi nueva hazaña –o eso pensó él— y termino derribado.
Mi pobre ángel nunca había peleado físicamente en su vida. Adam lo había vencido con los ojos
cerrados.
—Vete a la mierda.
Siseo Teo con el poco aire que tenía.
—¡Déjalo! ¿Qué haces?
Le di un puñetazo a Adam, él ni siquiera parpadeo.
—¿Es tu novio?
Adam hablaba tranquilamente, mientras mantenía a Teo aplastado contra la columna fácilmente.
De hecho, cómodamente.
—Es mi hermano ¡Déjalo!
Y sin querer sonreí. Era gracioso ver lo fácil que derribo a mi ángel. Teo se ponía morado y yo
por primera vez en mi vida coqueteaba.
—¡Wow! Que linda sonrisa, señorita…
Dejo alargar la palabra para que le diera mi nombre. Pero yo no paraba de sonreír tontamente.
—¿Les importa?
Refunfuño Teo. Adam lo soltó y dejo que se acomodara el saco.
—Lo siento hermano. Yo también tengo una hermana y sé lo que es que los perros la acechen.
Aunque te voy a decir que ella no necesita ayuda. En vez de asustarse, los asume. A salido con tantos
tipos que ya perdimos la cuenta.
Sonreí todavía más. Era alto y fuerte, pero al hablar de su hermana sus rasgos se habían
aligerado. Era obvio que adoraba a su hermana.
—Somos tres hombres y aun así, se las arregla para manejarnos a todos.
Teo refunfuño y se acercó a mí.
—Bueno, pues bien por tu hermana. Porque con bestias como tú, más le vale saber defenderse.
Eso en vez de molestarle le hizo gracia. Soltó una carcajada que nos contagió. En segundos Teo
y yo nos reíamos con este extraño como si fuéramos amigos de toda la vida.
Una vez que se calmó, le extendió la mano a Teo.
—Lo siento de veras. No fue mi intención hacerte daño. Solo quería una respuesta de tu
hermana.
—¿Respuesta?
Teo le recibió la mano y aquí no ha pasado nada. Así es Teo, no guarda ninguna emoción
negativa en su cuerpo, por eso era capaz de brindar tanto amor.
—Sí, la invite a cenar y estoy esperando su respuesta.
Teo ni siquiera volteo a verme cuando contesto por mí.
—La respuesta es sí. Deja te doy la dirección.
Y sin más se alejaron. Adam volteo y alzando la voz pregunto:
—¿A las 7?
Asentí lentamente.
—Bien.
Me sonrió y como si fuera su reflejo, le devolví la sonrisa.
~~ § ~ ~
—¡Eres una perra! Ese hombre esta como para encerrarlo y no dejarlo salir hasta que te
empaches de él.
Brinque hacia sus brazos y lo bese en la mejilla.
—¿Y eso?
—No tienes una idea de cómo me gusta que me digas así.
—¿Cómo? ¿Perra?
—¡Sí! Es una de mis palabras favoritas.
Tenía tantos deseos de ser libre y para mí, ser perra, era sinónimo de libertad, de
independencia, de amor hacia ti misma. Amaba ser una perra.
—Y por eso, no voy a ir.
—Sí, si vas a ir. Deja de esconderte y empieza a vivir. ¡Caray Nic! A veces cuestas más trabajo
que un bebe.
Eso me llego al corazón. Tenía razón, de perra pasaba a bebe en menos de un segundo.
—¡No! No es cierto.
Me acerco a su pecho y me consoló.
—Soy una bestia. Perdóname. Si no quieres, no vayas. Igual y me presento en tu nombre.
Nos reímos y me apure a alistándome. No fuera a ser que deberás me sustituyera.
Salí a cenar con Adam y se comportó como un verdadero caballero. Era divertido de una
manera seria. Si eso tenía sentido. Hablamos sobre su trabajo, sobre el mío. Pase una velada
maravillosa. Pero cuando llego la hora del beso me reprimí. No podía, no lo sentía natural.
Finalmente me decidí y le di un beso en la mejilla.
—Algo te paso, eso es claro. Pero vamos a ser claros en una cosa. Yo jamás te dañaría, jamás te
lastimaría en ninguna forma. ¿Entiendes?
Asentí apenada. ¡Madre, qué vergüenza!
—No es nada, lo que pasa es…
—No Nic, no me mientas. Ya somos amigos ¿Cierto? Entre amigos no nos mentimos.
Tomo mis manos y acaricio mis palmas con sus pulgares.
—No te voy a presionar, ni siquiera vivo aquí. Pero prométeme que vamos a ser buenos
amigos. Prométeme que nos vamos hablar de vez en cuando y que cuando estés lista, vamos a cenar
nuevamente y vamos a terminar revolcándonos como bestias salvajes.
Sonreí ampliamente y asentí. Él acepto mi respuesta con otra sonrisa.
—Ahora dame un beso.
—Dijiste que no me ibas a presionar.
—Un trato se tiene que cerrar con un beso, sino no es un trato.
Dijo muy serio, aunque con los ojos brillantes. Era sexy como el demonio.
Di un pasito y quedamos a centímetros. Le sonreí antes de cerrar los ojos y acercar mis labios a
los suyos. Él entreabrió los suyos deleitándome con su sabor. Pero era un caballero, no presiono para
más. Solo fue un beso para cerrar el trato. Nos separamos sonriendo, con la sensación de haber
conseguido una buena amistad.
Adam y yo nos seguimos hablando constantemente, es atento, guapo, y un verdadero
mujeriego. Un encanto de hombre. Coincidimos en Nueva York, Boston, una vez hasta en California.
Siempre salimos a cenar y como lo prometió, jamás ha presionado.
15
Me encontraba a un paso de la locura cuando finalmente anunciaron nuestro vuelo. Teo no
había dejado de presionar con el tema “doctor Adams”.
—Deje ir a Adam, pero Olivier no se nos escapa.
Me reí del cansancio. Teníamos tres horas esperando un vuelo de una hora con minutos. Si
hubiéramos manejado ya estaríamos en casa. No conteste y cerré los ojos.
—¡Déjala en paz! Acaba de llegar. Estuvo trabajando por meses sin parar. ¿Y aparte tiene que
aguantarte? Si quiere fornicar con él lo va a hacer, contigo o sin ti. ¡Déjala!
—¿No te parece enfermizo que no tenga sexo?
—¡Oh, por dios! ¡Aquí estoy! Si van a hablar de mi vida sexual, háganlo cuando no esté
presente ¡Carajo!
Me levante de la incómoda silla y tome mi bolsa. Inmediatamente me volví el foco de atención
de la terminal cuatro del aeropuerto JFK. Con una sonrisa fabricada en horas y horas de sesiones
fotográficas, hice un asentimiento de cabeza y camine hacia los baños. Lo último que escuche fue a
Nastia decirle a Teo que se mantuviera callado, que ya no quería escuchar nada más.
Nastia y Teo mantenían una relación odio-amor muy, muy fuerte. No se soportaban, se
desafiaban, pero llegaban a casa y tenías que apartarte del camino, los dos corrían directo a la
habitación. Desde el momento que se vieron, se engancharon. Y yo tenía que vivir con las
consecuencias.
La tranquilidad de estar en casa llego cuando Noah —mi portero—, dejo la quinta maleta y
cerró la puerta tras de él. Nastia y Teo se quedaron en el departamento de ella y eso significaba paz
por las siguientes horas. Me deje caer en el único sofá —extra esponjoso— que teníamos y me
maraville de la vista del rio Charles. Nada como estar en casa después de ocho meses de arduo
trabajo.
Teo y yo seguíamos viviendo juntos. No tenía caso que yo mantuviera un lugar, si pasaba la
gran mayoría del tiempo fuera del país. Eso era algo que tenía en mi lista de “cosas por hacer”,
conseguir un lugar donde vivir. El modelaje es una profesión muy vacía y con fecha de expiración
marcada desde el inicio. Realmente no es una carrera, es una actividad donde no ganas ninguna
habilidad, más que la de lucir “bonita”. Mientras más pasaba el tiempo, más me preocupaba el futuro,
empecé tarde en la industria y aunque aparentaba menos edad de la que realmente tenía, me inquietaba
mi vida después de los treinta. Algo a mi favor fue que aprendí a comunicarme fácilmente. Había
aprendido Italiano y Francés y con mi español, ya eran cuatro idiomas los que manejaba. Así que si
alguien necesitaba que le tradujera el menú del restaurante, yo podía ayudar. Pero nada más. El recién
ganado, papelito de interprete no me garantizaba trabajo, y si en una solicitud se me ocurría poner
modelo, como trabajo anterior, no se me iba a tomar muy en serio. Necesitaba un trabajo serio, que
no requiriera experiencia y que pagaran lo suficiente para mantener mi estilo de vida. Fácil y
sencillo. ¡Con esta economía! era muy probable que terminara dependiendo de Teo o sirviendo mesas
otra vez.
Para Teo fue más estable. Tenía más de la mitad de la carrera en administración, después de dos
años de modelar renuncio. Anqué nunca renuncio al negocio. Siguió siendo mi agente y poco a poco
consiguió más clientes. Se dedicó a aprender y entender el mundo de la moda, se hizo de contactos e
inauguramos “infinity models management” nuestra agencia, hacía dos años. Lo hicimos en Boston,
ya que el mercado en Nueva York es casi impenetrable, una agencia en Boston tenía más futuro. Teo
planeaba abarcar toda el área de Nueva Inglaterra y seguir con los contratos de Europa. Boston era
ideal para empezar. Y yo lo seguí, con los ojos cerrados.
A veces, me imaginaba un mundo donde las cosas hubieran sido diferentes, me hubiera
encantado tener la solvencia para poder estudiar… medicina, biología… algo que me hiciera sentir
“útil”. Y cuando logre la solvencia, mi mente estaba completamente enfocada en el modelaje. Pero
como el hubiera no existe, me dedique a seguir el lema de Teo. Vivir y no pensar.
Aun con la paz que me provoco estar en casa, no dejaba de sentir que algo me torturaba. Algo
con nombre Olivier Adams.
La idea del amor desapareció de mi vida, como dientes de bebe. Se fue, como algo natural. No
pensé en ello, no suspire por ello, solo deje de pensar en ello. Y como no se puede extrañar lo que no
se ha tenido. Llene mi vida de amistad, hermandad y trabajo. Hasta ahora.
—Lo siento Teo, pero no quiero. Todavía no me siento preparada para salir con nadie, menos
con él. Ya hice mucho daño y no quiero empeorar las cosas. Mejor no nos arriesgamos y
permanecemos así. Además, la fiesta es intima, él es un hombre muy ocupado y no quiero que se
sienta obligado a venir.
En cuanto Teo cruzo la puerta el día siguiente, lo primero que hizo fue presionar nuevamente
con el tema Olivier Adams. A Teo no le gusto mi respuesta, pero habíamos aprendido que una parte
de mi recuperación, era darme el tiempo necesario para tomar decisiones por mí misma. Mi tiempo,
el tiempo que yo determinara y Teo sabían que no debía presionar. Con un gruñido de frustración
contuvo la queja que amenazaba por salir de su boca. Justo antes de que se cerrara la puerta que me
dejaba nuevamente sola en la cocina, la dejo salir.
—¡No se trata de que seas una sobreviviente! ¡Se trata de que vivas! Recuerda que el miedo es la
más grande de las discapacidades. Ojala un día venzas el miedo y te vuelvas capaz.
Me dejo con la boca abierta y el corazón lagrimeando. Era verdad, yo seguía guiada por el
miedo. Había superado muchas barreras, pero el tema “pareja”, era un tema que me sentía incapaz de
vencer.
Me dio dos minutos para recapacitar, volvió a entrar a la cocina y observándome con esos ojos
color esmeralda que me adoraban, se acercó y después de quitarle importancia al asunto –aunque
nunca se retractaba de sus golpes bajos—, me consoló.
—Fierecilla, ¿Te acuerdas lo qué te dijo Katy cuándo empezamos con lo del modelaje?
Guarde silencio, aunque las palabras de Katy eran el eslogan con el que inicie en el modelaje.
—“El milagro no es que termines, si no que tengas el coraje de empezar”. Date una
oportunidad. Empieza…
Temblando asumí que moría por verlo. Así que claudique. Le marque y lo invite a mi fiesta
sorpresa de graduación.
16
Ya estaba listo mi manicure, pedicure, facial, corte de cabello y todavía no recibía el mensaje de
Teo, que me indicara que era tiempo de llegar a casa y fingir sorpresa. Hacia dos meses que llego mi
diploma como intérprete medico a casa, todo un logro considerando que solo me había tomado cinco
años e interminables peleas con mi laptop por la conexión. En teoría, iba a dejar el modelaje para
buscar trabajo como interprete, pero ya tenía firmado un par de contratos que me iban a mantener
ocupada durante los siguientes meses. Sin embargo el conseguir mi diploma significo mucho para mí
y merecía una fiesta.
Prepárate para el ruido, esto está a reventar
Al fin llego el mensaje y con el, un entusiasmo desmesurado. No quise analizar mi entusiasmo;
podía ser el hecho de que tenía meses alejada de las personas que me vieron nacer en el modelaje o
que iba a ver a Olivier. Pero cualquiera que fuera el motivo, estaba que reventaba de emoción.
Mientras me acercaba a nuestro piso, se empezó a escuchar el bum—bum de la música. Me vi
en el espejo del elevador por última vez y me dirigí al departamento. Justo cuando metí la llave para
abrir la puerta, la música ceso. Como sorpresa dejaba mucho que desear, aunque lo importante era la
intención. Abrí la puerta y un segundo después decenas de personas gritaban “¡Sorpresa perra!”. Me
doble de la risa por la bienvenida. Finalmente Teo si me sorprendió.
En seguida me acercaron una copa de champagne y brinde con mis compañeros de trabajo,
Teo, Nastia y Olivier, que se encontraba absolutamente fuera de su zona de confort.
Teo garraspo e hizo que todos guardaran silencio.
—Todos queremos embriagarnos, así que voy a ser breve… Mi preciosa fierecilla…
“Perra” lo corrigieron entre chiflidos. Teo rio e inicio nuevamente.
—Mi preciosa fierecilla.
Los callo con la mirada y continúo.
—Soy su hermano y soy el único que tiene derecho a decirle así. Así que ¡a callar!
Se escucharon risas y murmullos de aceptación.
—Solo voy a decir que eres preciosa, inteligente y muy capaz. Y que estoy muy orgulloso de ti.
¡Por mi hermana, la perra!
Me sonroje y cruce copas con Teo y Nastia. Levante mi copa en señal de salud con mis
compañeros y amigos, y dije.
—Por mí, porque gracias a Dior me parezco a mi hermano, y por Nastia, que me hizo trabajar
como perra para conseguir ese papelito ¡Santé!
Todos se unieron a mi brindis entre risas y felicitaciones. Disfrute que el champagne tintineara
en mi garganta y se expandiera por mis venas. Ayudo a que el entusiasmo se controlara.
—¡Diablos! Esto esta rico.
Abrace a Teo y le agradecí su apoyo. Ese papelito que tanto trabajo me costó conseguir, fue un
trabajo en equipo entre Teo, Nastia y yo. Teo me dio el tiempo; trabajaba en la agencia sin parar,
mientras yo me dedicaba a verme bonita y sonreír como tonta. Nastia me regalo su tiempo; mi título
era como interprete y Nastia era la que hablaba seis idiomas —los europeos tienen un gen multi-
idiomas, que no corría por mi sangre. Nastia habla húngaro, italiano, francés, español, inglés y
obviamente esloveno—, todo su tiempo libre era para mí. Solo logro enseñarme francés e italiano,
mi cerebro ya no daba para más. El diploma debía tener el nombre de los tres y no solo el mío. Había
sido un trabajo en conjunto que me brindaba un futuro, no podía estar más agradecida con ellos.
La música volvió a sonar, e inmediatamente intente dirigirme a Olivier pero fue imposible. Los
que pertenecemos a la industria de la moda somos sumamente egoístas, todos queremos ser el centro
de atención. Voltee a ver a Olivier mientras uno de los fotógrafos de la agencia me saludaba. Le
sonreí ampliamente y le guiñe un ojo coquetamente, él contesto mi guiño con uno de su parte,
alborotando una flama de excitación en mi vientre. Alzo su copa en forma de saludo y se perdió entre
la gente. Me tomo cerca de una hora llegar a él.
El departamento es pequeño, aun así, se las arregló para albergar a decenas de egocéntricas y
famélicas personas. Y yo adoraba a cada una de ellas, incluso a las coladas. Desde el inicio de mi
carrera nos dimos cuenta que la clave para triunfar en el modelaje constaba de tres simples pasos.
Uno: Aprender a caminar propiamente en tacones, plataformas o cualquier superficie con más de
quince centímetros de altura. Dos: El modelaje es una fantasía y tienes que lucir como una fantasía,
nada era real, ni siquiera la “amistad”. Hay modelos que pueden matar por ciertos contratos. Y tres:
Entablar relación con “Los jefes”; El jefe de maquillaje, de peinado, de staff, de fotografía. Son ellos
los que dan las órdenes para que luzcas bien. Ellos eran los importantes. Y por eso mi pequeño
departamento estallaba de gente, en vez de tener una pequeña reunión con cuatro personas.
Finalmente llegue a Olivier, estaba sentado —escondido— en mi habitación, usaba el banco de
dos plazas que mantenía junto a mi ventana, era mi sitio favorito para leer, era mi rincón.
—¿Estas asustado?
Le hice una señal con la mano para que me hiciera espacio en el banco —Tenía las piernas muy
separadas para que nadie se sentara a su lado—. Se hizo a un lado y me senté junto a él.
—Un poco
Contesto con una semi sonrisa. Juntamos nuestras bebidas y brindamos.
—¿Te puedo preguntar algo?
—Claro
Dije más segura de lo que realmente me sentía mientras bebía mi Moet Chandon.
—¿Por qué te dicen perra?
Solté una carcajada muy impropia de mí. Una muestra de mi nerviosismo y el exceso de Moet
Chandon. Me sonrió y el corazón empezó a querer salir de mi pecho. Tratando de controlar mi risa le
conteste.
—La primera vez que trabaje en una pasarela estaba que me moría de los nervios. Las salas de
maquillaje suelen ser ruidosas y llenas de gente. Como era la primera vez, quise dar una buena
impresión y llegue muy temprano. Cuando entre a la sala salude, “Buenas tardes” nadie me contesto.
Había poca gente y estaba segura que me podían escuchar. Volví a repetir “Buenas tardes” y otra vez
nadie me contesto. Entonces cuchichee, “Perras famélicas”, en ese momento todos los ojos se
dirigieron a mí. Pensé que me iban a correr o peor aún, a mal maquillar. Pero no, una se rio y otra la
siguió, y de repente todos me dieron la bienvenida, incluso las perras famélicas. Así me gane lo de
“Perra”.
Olivier se veía divertido y al mismo tiempo disgustado.
—¿Pasa algo?
Lleve mi copa a los labios y espere su respuesta mientras calmaba los nervios con champagne.
Cuando lo volví a ver, él veía muy concentrado mis labios.
—Olivier ¿Te molestaste? Es solo un sobrenombre, no tiene importancia.
—No, no es eso. Lo que pasa es… que no te conozco.
Asentí dándole la razón. Si, era otra persona.
—Sí, tuve que cambiar. Ya no soy la misma.
La angustia se apodero de mi pecho. Sonaba a despedida y yo no me quería despedir. Me
sorprendió cuando dejo su trago en el suelo y atrapo mi cara con sus manos, acercando su cara a la
mía. Se formó un aura alrededor de nosotros que ni la más poderosa de las bombas la habría podido
atravesar.
Cerré los ojos y termine de acercar mis labios a los suyos. Fue un beso tierno, con labios
tímidos intentando traspasar unos labios indagatorios. Termino mordisqueando mi labio inferior y
no lo soltó. Abrí los ojos con una sonrisa, él me soltó y me regreso la sonrisa.
—Ahí estas.
Mi sonrisa se amplió.
—Sí. Aquí estoy.
Segundos después de que soltara mi cara sonó un Bip. Se disculpó apenado y en tres minutos se
marchó, tenía una urgencia médica. Pero no antes de que me invitara a cenar al siguiente día y me
diera un último beso. ¡Mi graduación resultado ser todo un éxito!
17
Me di la vuelta para apagar de un buen golpe el despertador y termine dándome de bruces sobre
la alfombra. El champagne había hecho su cometido; estaba desorientada, con dolor de cabeza y
excitadísima por soñar con cierto medico malhumorado.
—¡Mierda!
La carcajada de Teo empeoro la humillación.
—Fierecilla ¿Qué haces besando la alfombra?
Con trabajo logre sentarme y recargar la cabeza en la cama.
—Sacando mi frustración matinal.
Gruñí
—Necesito un poco de acción antes de ir al GYM.
Se retiró de la puerta y se sentó junto a mí, estiro la mano y apago el escandaloso despertador.
—¿Cuál es el plan?
—¡Uf! Mal desayunar, GYM, acabar de desempacar, ir al centro de ayuda para reportarme y…
¡Ah! Hoy ceno con Olivier.
Teo no se tragó mi intento de desestimar mi cita. Intente disimularlo, pero la emoción de verlo
se había apoderado de mi cuerpo y de mi mente. No dejaba de pensar en él, en lo cambiado que lo
había visto, en sus manos tocándome, en sus ojos, en su boca…
Si seguía por ese camino nunca iba a levantarme de la alfombra. Hicimos un repaso rápido de
la agenda y me ayudo a escoger mi atuendo para mi esperada cita. Siempre se podía contar con Teo,
si querías lucir como escort de primera clase.
Entre al restaurante cinco minutos tarde, considerando que me llevo veinte minutos salir de mi
auto y enfrentarlo, no fue tanto. Sentí las miradas a mi paso y eso me brindo confianza. Elegimos un
vestido color mostaza que realzaba el dorado de mi piel, con un velo que mal cubría desde el escote
hasta la espalda baja. En el instante en que me vio se levantó y acerco a mí. Un pequeño jadeo inicio
en mis entrañas y subió a través de mi cuerpo. Nunca en mi vida lo había visto tan guapo, tan varonil.
Mantenía una especie de aura dictatorial que lo hacía ver todavía más… hombre. Tan alto, tan
inteligente, tan mío. ¡Ups! No, él no era mío… todavía. Sacudí esos pensamientos de mi cabeza y me
acerque a él.
—¡Estas impresionante!
Me dio un beso muy ligero en la comisura de la boca. Eso fue suficiente para que perdiera el
hilo de mis pensamientos. Me sonroje y buscando una salida fácil, me senté. Subimos la mirada y sin
decir palabra, subió la mano para tomar la mía. Un remolino de emociones revolotearon en mi
pecho. Un cosquilleo en la mano amenazaba con propagarse en todo mi cuerpo y por primera vez no
me resistí. Busque su mano y entrelace los dedos con él.
—Disculpa la tardanza. Había tráfico.
—No te preocupes, por ti merece la pena esperar lo que sea necesario.
En las nubes, estaba en las nubes. Bastaron unas cuantas palabras para que el muro que protegía
mi corazón se derrumbara. Perfección. Esa era la palabra exacta para la unión de nuestras manos. Tan
diferentes y al mismo tiempo tan hechas para encajar perfectamente. Con las manos entrelazadas nos
sonreímos, no había necesidad de muchas palabras. Nos miramos con la libertad que nunca habíamos
tenido. Nos miramos con otros ojos, con la madurez que solo da el tiempo y el cumulo de
experiencias. Las mías malas, las de él buenas. Al fin y al cabo se necesita la oscuridad para poder
apreciar la luz.
El mesero se acercó y nos sacó de nuestra ensoñación. Mientras esperábamos las bebidas, nos
dedicamos a ponernos al día; ¿Cómo has estado? ¿Cómo está la familia? Me alegre de saber que
Christine se había convertido en una reconocida abogada. Se especializaba en representar a
celebridades. El escandalo siempre fue su fuerte. Tenía un par de años residiendo en California. El Sr.
y la Sra. Adams vivían en New Hampshire, estaban sanos y felices. Cómo debía ser.
Sin embargo nuestra sinceridad era superflua, no habíamos tocado ningún tema escabroso, lo más
que logramos es que le explicara mi cambio de nombre —le agrado saber que ahora era homónima
de su mamá—. Pero mientras más pasaba el tiempo la sensación de bienestar que sentí cuándo lo vi,
se iba diluyendo en palabras y acciones que no queríamos mencionar.
Justo cuándo nos servían el plato fuerte su semblante cambio y apareció mi vía de escape.
—¡Diablos!
Mascullo. Voltee a ver qué es lo que pasaba. Una muñequita de pastel, eso pasaba. La muñequita se
dirigía a nosotros con la furia tatuada en el rostro. Intentaba caminar con pulcritud, pero la furia le
estaba ganando la partida. Se tambaleaba un poco y los tacones de quince centímetros luchaban por
no romperse.
—¡¿Por esta?! ¡¿Por esta, me estas cambiando?!
Un silencio incomodo se apodero del restaurante. Yo siempre había luchado por mantener un perfil
bajo. Me había costado muchas terapias aprender que una cosa era perfil bajo y otra muy diferente
mantener la cabeza agachada.
Levante el mentón con altives. La nueva muñeca no se amedranto y mostrando muy poca clase,
empezó a patalear.
—Si crees que me lo vas a quitar, estas muy equivocada. Él es mío. ¡Mío! ¡Mío y de nadie más! No
voy a permitir que venga una fulana y se interponga entre nosotros.
—¡Peggy compórtate! Estas haciendo un escándalo.
¿Peggy? ¡Anda con el nombre! Eso me motivo todavía más, era hora de sacar la garra.
Olivier se levantó colérico y la tomo del codo. Ella se zafo con un movimiento no muy agraciado y
poco falto para que se le saliera un busto de su escotado vestido.
—¿Cómo me puedes hacer esto?
Chilloteó. Era obvio el exagerado dramatismo en su voz. Los chillidos en vez de causar simpatía,
causaban pena ajena. Me empecé a sentir mal por la mujer. Era indiscutible que invertía mucho
tiempo en su apariencia y en estos momentos estaba perdiendo la poca belleza que tenía. Porque
físicamente era una belleza; Morena, de ojos grandes y negros, labios llenos y una melena color
cobre envidiable. Anqué la envidia de sus ojos y el veneno que escupía con cada una de sus palabras
era evidente su falta de corazón.
Llevo las manos a su cara para cubrir las inexistentes lágrimas e intento refugiarse en el pecho de
Olivier. Él dio un paso atrás, como si lo hubieran quemado. Era lógico, ella estaba demostrando ser
tan corriente, que la electricidad lo podía electrocutar. Cuándo se dio cuenta que él no la iba a
consolar, dirigió su furia hacia otro objetivo. Yo.
—¿Crees qué se va a quedar contigo? ¿Crees qué no te va a engañar? El doctor Adams tiene listas
enteras de pordioseras como tú. Que brincan cuándo él truena los dedos.
En ese momento chasqueo para darle más énfasis a sus palabras. Temí que se fuera a fracturar los
dedos, sus uñas postizas eran más largas de lo recomendado y se atoraron entre ellas.
—¡Pero siempre regresa a mí! Yo soy la que siempre lo recibe cuándo pierde a un paciente. Es en mi
cama dónde se desahoga cuándo el trabajo lo agobia. ¡Yo soy la que le da fuerza!
Sus palabras mellaron en mí –a veces, debilitada— autoestima. Guarde las garras para otra ocasión y
aproveche la llegada de un par de meseros junto con el gerente para levantarme. Con toda la gracia
adquirida en las pasarelas tome mi bolso, me di la vuelta y camine a la salida.
—¡Mari! ¡Nic!
—¡No Olivier! ¡Mírame! ¡Yo te amo!
Los deje discutiendo y con una calma que estaba lejos de sentir, salí a la calle. Busque las llaves
de mi auto desesperadamente, tenía que salir de ahí inmediatamente. Las lágrimas amenazaban con
salir a borbotones.
Justo cuándo las encontré, sentí su mano en mi brazo.
—¡Espera! ¡No te vayas!
Vi en sus ojos la frialdad que usaba como escudo y era una constante en su juventud. Y también
vi algo que nunca antes había visto: vi temor.
—¡Suéltame! Me quiero ir.
—Déjame hablar, permíteme explicarte.
—No es necesario. Entiendo perfectamente.
El amarre se hizo muy fuerte y con un gesto de dolor le hice saber que me hacía daño.
Inmediatamente me soltó, aunque recargo la mano en la puerta del carro para evitar que entrara en el.
—No entiendes nada. No es lo que parece.
—Sí. Si es lo que parece. Tú sales con ella, aparecí yo y viste la oportunidad de quitarte la
espinita que venias arrastrando desde hace años.
Una mueca de disgusto lleno su cara. Sus cejas estuvieron a punto de tocarse, pero lo gélido de
sus ojos fue lo que me turbo.
—¡En el momento que supe que habías desaparecido deje todo! Fui corriendo al inmundo
pueblucho que hizo mi vida miserable para saber que te había pasado. Pase meses buscándote;
abrimos reportes, denuncias, llegue a pegar anuncios en los centros comerciales. Fue hasta que tu
padre hablo con mi mamá, cuándo nos dimos cuenta que no habías desaparecido. Qué lo que había
pasado es que habías huido. Pasamos meses con la esperanza de que te comunicaras con nosotros.
Christine paso horas esperando tu llamada, una llamada que no llego. ¡Porque a ti te importamos tan
poco, qué no fuiste lo suficientemente amable para avisar que estabas viva!
Trago aire para que la bestia que tenía dentro no le ganara la batalla.
—Mi mamá paso horas en vela rezando para que estuvieras bien. Para que no pasaras frio o
hambre. Mi papá se cansó de intentar sacarle información a tu padre. Nosotros fuimos tu familia.
Nosotros…nosotros… te queremos. Tú no eres ninguna “espinita de juventud”. ¡Tú! ¡Yo!... ¡Ya no sé
quién diablos eres!
¡Dios, ¿Qué había hecho?! Estaba tan inmersa en mi burbuja, en mi pequeño mundo, que me
olvide de quién siempre me brindo su casa, su amor. Nunca me había sentido tan miserable como en
esos momentos. Tragándome la vergüenza le rogué.
—Por favor… por favor dame el teléfono de Christine y tu mamá.
Intento volver a tocarme y por reflejo retire mi brazo.
—No estoy dispuesto a perderte otra vez. ¿Está claro?
¡No dejaba de ser un idiota! No conteste y él saco arrebatadamente de la cartera su tarjeta. En el
reverso anoto tres cosas; el teléfono de su mamá, el celular de Christine y su dirección. Tome la
tarjeta, subí al carro y me aleje de él sin mirar atrás.
Turbada maneje a casa, de lo único que realmente estaba segura, es que Olivier y yo, ya no
éramos los mismos. Él olía distinto, tenía los ojos más oscuros, una mirada diferente. Era más frio,
ya no tenía esa bondad que tanto ame en él. Y yo, ahora me veía preguntado ¿Cómo dormiría? y ¿Con
quién diablos dormiría?
18
—¿Bueno?
La voz de Christine no había cambiado nada. No me había dado cuenta de cuanto la extrañaba,
hasta que la oí.
—¿Bueno?... Cuándo decidan qué es lo que quieren. Ya saben mi número.
Antes de que colgara conteste.
—¿Chris?…
—¿Quién es?
—Chris… soy…
Temí que colgara cuándo le dijera quién era. Me había comportado muy mal con ella.. con
ellos. Ellos siempre me habían brindado apoyo, amor. Y yo los había olvidado, borrado, junto con mi
pasado.
—¿Mari? ¡Oh Dios! ¿Mari, eres tú?
Me limpie la nariz ruidosamente, había empezado a llorar. Chris se rio, aunque también escuche
un sollozo de fondo.
—Siempre fuiste una mocosa, me alegra saber que eso no ha cambiado.
Con esas simples palabras, borro los años que nos habían distanciado.
—Marque a tu casa un millón de veces. Cuándo finalmente me di por vencida, me tome tres
caballitos de tequila para tomar valor y marque a la casa de Chucky.
Eso me hizo reír, Chris no cambiaba.
—Lo primero que me dijo, es que habías muerto ¡Imagínate el susto que me metió! ¡Casi me
desmayo de la impresión! Lo peor es que inmediatamente colgó, no me dio tiempo de preguntar
nada. Toda idiota le marco a mi mamá, sin pensar en nada más que en llorar. Obviamente cuándo le
digo a mi mamá lo que me dijo la novia de Chucky, se puso histérica. Ahí caí en cuenta de lo idiota
que era. ¿Cómo le decía a mi mamá eso? Mi papá tomo el teléfono y finalmente le platique lo que
había pasado. A mi pobre padre se le fue el aliento y sin más me colgó. Así que me quede con el
cargo de conciencia por no tener tiento y sin hombro para llorar.
—Lo siento tanto Chris…
Era una malagradecida, una… una… ni siquiera tenía nombre por lo que les hice.
—Eso no es lo peor. Cuándo no encuentro consuelo en mis papás, le marco a Olivier. Y sin
haber aprendido la lección, le digo sin ningún tipo de prudencia, que habías muerto. Mi pobre
hermano sufrió un paro cardiaco. Se quedó sin vida mientras yo berreaba como loca.
Afortunadamente es cardiólogo y él solito se resucito ¿Y qué es lo primero que hace después de
revivir? ¡Me empieza a gritar! Que ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Por qué? Yo no sabía nada…
En ese momento se empezó a reír a carcajadas. No entendí por qué, lo que si entendí es que yo
era una desagradecida, una ingrata, una...
—¡Histérico! ¡Verdaderamente histérico! Nunca lo había escuchado tan ido, creo que mato al
paciente que estaba atendiendo.
No paraba de reír, mientras mi angustia iba en aumento.
—Después de que me olvide de mi pena para consolar a Olivier. Decidimos ir a ver a mi mamá.
—¿Dejaron su trabajo? Por... por…
—¡Por ti! Por supuesto. Por ti dejamos todo, Olivier nunca había dejado el trabajo por nada, fue
impresionante. Finalmente llegamos con mi mamá que estaba desconsolada y Olivier, un poco más. A
mi pobre hermano se le había ido el poco color que tiene. Llegando a la casa, mi mamá saco su vieja
agenda y empezamos a hablar a todos los habitantes de Great City. Pero nadie nos decía que había
pasado, nada; evasivas, pretextos, nada concreto. Así que nos decidimos y nos fuimos a Nebraska.
—¡¿Fueron a Great City por mí?!
No lo podía creer.
—Creo que no entiendes Mari. ¿Tienes una idea de por qué mis papás se mantuvieron en ese
pueblucho perdido de la vista de Dios? Muy simple ¡Tu! Si por mis papás hubiera sido, te hubieran
adoptado oficialmente. Tu mamá es la que lo hizo todo difícil.
—¿Cómo? ¿Por qué? No entiendo…
—Mira, estas cosas se tienen que hablar de frente. ¿Dónde estás?
—En Boston.
—¿En Boston? Ahí vive Olivier.
—Sí, ya sé. Me lo encontré en un hospital y...
—¿Por qué? ¿Qué tienes?
—Nada, nada. Estaba esperando a una amiga y él me vio. Intercambiamos teléfonos y así
conseguí el tuyo.
No podía decirle que su hermano y yo habíamos intercambiado un poquito más que el número
de teléfono. No tenía idea de lo que pensarían si supieran que mi interés por Olivier, no era
precisamente fraternal.
—¡Vaya! Me alegra que lo hayas visto. No tienes idea de cómo se puso cuándo pensamos que
habías muerto. Qué bueno que estas en contacto con él.
¡Huy! Si ella supiera como deseaba ponerme en contacto con Olivier.
—Ahorita estoy muy liada con el trabajo, pero seguro en Navidad voy a la casa de mis papás.
Tal vez nos podemos ver ahí.
—No sé Chris, tengo que revisar mi agenda.
—¿Tu agenda? ¡Huy! Eso suena muy profesional, platícame a que te dedicas.
Pase cerca de dos horas contando todo el camino después de dejar Great City; Teo, las terapias,
el modelaje. También me disculpe un millón de veces, ella se disculpó por no estar conmigo. Una
disculpa completamente innecesaria, yo había sido la idiota que no levanto la voz para pedir ayuda.
Algo de lo que nunca me perdonare.
~~ § ~ ~
Después de hablar con mi papá sobre los Adams, me confirmo lo que Chris y Olivier me
habían dicho. Ellos fueron los únicos que se preocuparon por mí. Por saber dónde estaba. Llego un
momento que fue tanta su insistencia, que pensaron en unirse con Dennis para buscarme. Ahí es
cuándo mi papá los freno. No les dijo dónde estaba. Solo les dijo que estaba bien y les dio a entender
que me había defendido de una agresión de mi “esposo”. Obviamente los Adams pararon todo intento
de localizarme. Chris se encargaba de hablarle de vez en cuando a mi papá para saber cómo estaba.
Mi papá contestaba “bien” y colgaba.
Ahora era tiempo de disculparme con los que fueron mi apoyo durante toda mi niñez y me
enseñaron que la vida no era solo gritos e insultos. Los Adams. Con Nicole sobre todo. Ella fue la
mamá que nunca tuve.
Jordán y Nicole Adams eran una pareja dispareja. Él media 1.90m, ella 1.65m. Él era analítico,
centrado; Ella era desgarbada y efusiva. Entre los dos, encontrabas lo más poderoso de un buen
matrimonio: sonrisas, abrazos, sabiduría, consejos, aceptación y tanto amor, que era imposible que
alguien rompiera su escudo. Y yo, les había fallado.
Tenía quince minutos estacionada afuera de su casa en New Hampshire. Una casa de estilo
victoriano blanca, con ventanales dondequiera y flores color lila en cada una de las ventanas. Vivian a
solo una hora de mi casa. Tan cerca y tan lejos. Era mediados de Agosto y el viento empezaba a dar
muestras de crueldad, en Nueva Inglaterra el verano dura dos meses, ya empezaba el otoño. Después
de enrollarme en tres vueltas de mi mascada, ajustar mi chamarra y plantar mis botas en el suelo, me
afiance al resguardo de mi ropa para tomar un poco de valor y finalmente salir del carro.
Había participado en grandes pasarelas, me había relacionado con grandes diseñadores,
personalidades de la farándula y las clases más altas de la sociedad y nada de eso me habían
producido los nervios que sentía en esos momentos. Confiaba en que me recibieran, pero no estaba
segura de merecer su perdón.
Dos segundos después de tocar la puerta escuche pasos acercándose. En cuanto Nicole me vio,
llevo sus manos al pecho y ahogando un jadeo se le llenaron los ojos de lágrimas. La miseria de mi
cuerpo crecía y crecía.
El señor Adams se acercó a su mujer y con los ojos abiertos desmesuradamente, estiro los
brazos y me encerró en ellos. Cuándo sentí el cuerpo de Nicole abrazándome por la espalda. Fue el
momento más feliz que había vivido en mi vida hasta ese momento. Cariño, amor, perdón, confianza
¡Todo! lo que brinda una verdadera familia, estaba recibiendo en ese abrazo. Finalmente había
regresado a casa con mi familia.
Su casa era un hogar lleno de calor humano. Me disculpe entre lágrimas, les explique que no
había sido mi intención olvidarme de ellos, pero después de pasar dos años bajo la sombra de
Dennis, mi cabeza no estaba funcionando muy bien. Ellos no solo lo entendieron, también lo
aplaudieron.
—Era necesario que enterraras el pasado, para que pudieras vivir un presente y formar un
futuro. No te disculpes Mari. Hiciste lo que tenías que hacer.
Después de calmarme un poco y que mis sollozos permitieran que hablara. Les explique mi
cambio de nombre, la suerte de haber encontrado a Teo, mi carrera y el encuentro con Olivier. No
comente el par de besos y las cosquillitas que se habían instalado en mi pecho desde que lo había
visto en el Mount Sinai. Pero fuera de eso, les conté todo.
—¿Así que ahora eres Nicole?
La sonrisa enorme que se instaló en la cara de Nicole me dijo que le agradaba el nombre.
—Sí, Nic Jerez.
—¿Jerez?
—Sí. Teo se apellida Jerez y tome su apellido prestado.
—Mmm, está bien.
A Nicole se le instalo una congoja en su preciosa cara.
—¿No te gusta?... ¿No te parece apropiado?
—No, no, no. Nada de eso… Pero me hubiera gustado que pensaras en nosotros, en el Adams.
Tú eres una Adams.
—No Nicole. Nicole Adams solo hay una.
Le sonreí y dije la verdadera razón.
—Yo… yo no merezco llevar su apellido.
Se acercó a mí y paso su brazo sobre mis hombros para darme un beso en la frente.
—¡Pero qué tontería! ¡Tú siempre has sido una Adams!
Lo siguiente me impacto de tal manera que no deje de llorar hasta entrada la tarde.
Los Adams me conocieron cuando yo tenía cinco años. Flaquita y descuidada. Mi mamá pasaba
todo el día entre la iglesia y la busca de mi padre. Mi padre, aunque nos quería, siempre estaba
sumergido en el alcohol. Su enfermedad lo manejaba y aunque nunca dejo de llevar dinero a casa, no
estaba capacitado para hacerse cargo de una niña de cinco años y una esposa obsesionada con la
religión.
Mi mamá, que era la sobria, se le olvidaba alimentarme, vestirme, cuidarme. Simplemente se
olvidó de mi existencia. Los Adams fueron los que se hicieron cargo de mí. Nicole se convirtió en mi
escudo, en mi protección y Jordán en mi maestro, en mi guía. Ellos dos se convirtieron en mis
padres. A mi mamá le convenía y pasaban días sin que fuera a buscarme. Así fue hasta que una tarde,
los Adams intentaron hablar con ella sobre la posibilidad de que les cediera mi custodia. Ahí, María
Jones empezó a voltear hacia mí. Se negó rotundamente y los corrió de su casa. Nicole pasó días
llorando hasta que llegue a su casa nuevamente.
Tenía ocho años cuando entre por la cocina muerta de hambre, mi madre me había encerrado
en mi cuarto y tenía dos días sin probar bocado. Cuando no aguante el hambre me escape por la
ventana y corrí con los Adams. Nicole me recibió con los brazos abiertos. Mi mamá me busco tres
días después, jalándome de los brazos y gritándome, pero jamás volvió a resistirse a que pasara
tiempo con “los vecinos”, como ella les decía despectivamente.
Esos recuerdos los tenía muy escondidos en mi cabeza, no tenía conciencia de ellos. Pero
mientras lo hablábamos, fui recordando el dolor y el rechazo que me producía el desprecio de mi
madre. Fui recordando las amenazas y la indiferencia con las que me trataba. Yo solo era una niña
¿Qué pude haber hecho para que no me quisiera?
Nicole me abrazo y me arrullo por horas. Caí en cuenta de que no se trataba de mí, se trataba de
ella. Del dolor y el resentimiento que llenaba su corazón. Mi pobre madre tenía una vida miserable,
llena de prejuicios e infelicidad. Fue hasta ese momento que realmente la perdone y me perdone por
no ser digna de su amor.
En el refugio que me brindaban los brazos de Nicole, fue donde me di cuenta de lo equivocada
que había vivido toda mi vida. Yo había tenido la mejor madre y padre que un niño puede pedir.
Nicole y Jordán Adams eran sus nombres.
Me prometí olvidarme de los prejuicios y miedos que tan bien me había enseñado María Jones.
De ese sentimiento que de vez en cuando seguía cazándome, buscando su aceptación, sobre todo
cuando consideraba la posibilidad de encontrar una pareja. Sin imaginarlo, hablar de lo infeliz que
me sentí en la infancia, fue la puerta para dejar salir a mi madre de mi vida y cerrarla con seguro tras
su partida. Y abrir una ventana a la esperanza.
Salí de la casa de los Adams —mi casa—, llena de confianza y amor. Ahora solo me faltaba el
más difícil de los Adams e inconscientemente, también el más importante para mí.
19
Mande a Teo a que le sonsacara la información a su secretaria para que me indicara dónde
estaba Oliver. Le marque un par de veces y la secretaria se negó a darme más información, que un
simple “está dando una conferencia”. No me dijo en dónde o cuándo regresaba. Le marque un par de
veces a su celular, pero me mandaba directo a buzón.
Sandra, su secretaria. Se mostró más abierta con Teo. Olivier no había salido de Boston, solo
tenía una semana pesada; operaciones en la mañana, conferencia en la noche. Se encontraba en el
hotel Fifteen Beacon, uno de los más elegantes de Boston, justo en el centro de la ciudad. Como
buena cobarde, yo quería esperar a que acabara su semana y con más calma poder hablar con él. Teo
no estuvo de acuerdo, lo más que logre fue aplazarlo al jueves y eso porque él tenía trabajo.
Me vistió con uno de los vestidos que más me favorecían; azul eléctrico con escote tipo “V”, y
como dictaba la moda, la “V” cada vez llegaba más bajo. El azul resaltaba mis ojos que fueron
maquillados en tonos humo para que resaltaran todavía más. En pocas palabras, iba a matar.
Olivier salió a las seis de su conferencia —que no era más que un grupo de doce o quince
personas—. Lo seguimos con la mirada, esperando a que se quedara solo y poder abordarlo. Se
dirigió al bar del hotel acompañado con un grupo de cinco personas, la mayoría mayores que él.
Después de un rato se retiraron y él se quedó solo. Aunque no durante mucho tiempo; Una chica de
zapatos muy altos y falda muy corta se sentó junto a él y le pregunto algo. Él sonrió y contesto
negando con la cabeza. La chica se acabó su trago y se levantó.
Nos quedamos en un rincón del bar observándolo, era divertido ser una acosadora. Me dio
oportunidad de observarlo con más detalle; Estaba muy cambiado; Embarneció, tenía los hombros
más anchos y se veía mucho más fuerte. Ya no había señales de acné, solo un cutis liso y fresco
marcado con una o dos cicatrices. La cicatriz de su labio era casi invisible, se le hacían unas ondas
muy suaves en su frente. Sus ojos azules seguían transparentes como el agua. Lo mejor era su barba;
una barba poblada muy corta que podía rasguñar tu piel ligeramente haciéndola vibrar de deseo.
Una ráfaga de calor recorrió mi cuerpo tan fuerte que la raíz de mi recién alaciado cabello se
humedeció. “Si pudiera estar con él…” desee. ¡¿Pero qué diablos pasaba conmigo?! No era posible
que pensara así, yo solo quería disculparme. Tenía años de no verlo y obviamente no le faltaba
compañía femenina, yo solo era… algo así como su hermanita. Aunque la manera como me había
besado indicaba que me extraño y no como su hermanita. Su cabello se veía sedoso y me entraron
unas ansias terribles de pasar la mano y arreglar esas ondas rebeldes. Recordé lo que sentí cuándo me
beso y me cosquilleo la cara por el deseo. Trague muy grueso, la saliva se estaba acumulando, si no
tenía cuidado iba a empezar a babear.
—No lo pienses, ve por él.
Teo murmuro en mi oído despertándome de mi ensoñación. Voltee a verlo y todas mis dudas se
disiparon cuándo me guiño un ojo y asintió. Solo necesitaba ese empujoncito. Aspire profundo y me
moje los labios.
—No me esperes Teo.
Me dio una nalgada y con las garras bien afiladas, fui por él.
Toque su espalda ligeramente. Volteo y después de la primera impresión sus ojos se le llenaron
con el mismo deseo que reflejaban los míos. Mi respiración se agito aparatosamente, sin preámbulo
se acercó y me beso. Me mordisqueo el labio superior logrando que mis ojos se cerraran por inercia.
Cambio al labio inferior y me separe jadeando. No podía hacer esto aquí.
—Vamos.
Susurre. Saco un billete, lo dejo en la barra y salimos de ahí sin dudar por un segundo.
Cinco minutos después, cerraba la puerta de una habitación muy amplia de color blanco con
beige, eso fue todo lo que logre ver. En cuanto se cerró la puerta, junto su cara a la mía, el aura
indestructible volvió a aparecer. Una de sus manos fue a la parte trasera de mi cabeza enredando su
mano en mi cabello, empujándome a él. Su otra mano toco mi mejilla, dibujando gentilmente la línea
de mi mandíbula. Poco después sus dedos estaban en mis labios, dibujando su figura, sintiendo su
suavidad. Gemí suavemente, atreviéndome a saborear sus dedos dentro de mi boca.
Repentinamente, su boca estaba en la mía. Fuerte e insistente, demandando mi rendición. Mi
boca se abrió, mi lengua se enredó con la suya. Me di completamente, abiertamente, dejando que mi
necesidad brillara. Dejo de mordisquear mi labio superior y se retiró dejando la distancia de una
nariz. Había tenido un enamoramiento por Olivier Adams desde que era una niña; Con ese beso,
había valido la pena cada minuto de la espera.
—¿Estas bien?
No conteste. Solo él me había besado así y me permití saborearlo. Estaba disfrutando del deseo
que se había apoderado de mí, hasta que en un rinconcito de mi cerebro apareció el pensamiento “Yo
venía a hablar”. Me separe y me recargue en la pared para poder enfriar el ambiente. No funciono. En
cuanto mi cabeza toco superficie sólida, mis piernas dejaron de tener fuerza.
Baje la mirada y revise mi vestido. Con los años deje de tener problema con mi cuerpo, de
hecho, me sentía perfectamente a gusto con el. Desafortunadamente no era lo mismo con el sexo.
Definitivamente tenía problemas con iniciar una nueva vida sexual. Con Dennis fui capaz de pretender
interés, nunca de disfrutarlo, sabía que con Olivier iba a ser diferente y temía ser… inadecuada. Ya no
se trataba de una lectura que me hacía estremecer, o de mi –siempre dispuesto— Barnie que andaba
corto de pila, ahora se trataba de una persona real. Una persona que me deseaba. Y ¡Dios! Yo lo
deseaba a él.
Me arrebato de mis pensamientos cuándo volvió a besarme atrapando el contorno de mi cara,
ahora el beso fue más delicado, más íntimo. Me estaba dando tiempo a que me hiciera a la idea o a
que saliera corriendo. Finalmente se decidió, corrió la mano a mi nuca y me apretó ligeramente. Si
tenía una duda, en ese instante murió; La conciencia, la precaución que pude llegar a tener ¡Puf! Se
evaporaron.
Levante mis manos a su cuello y ya no lo solté. Nos convertimos en manos, bocas, labios,
lenguas. Nunca había sentido esa desesperación, ese deseo por estar con alguien. Mi cara, pecho y
vientre cosquilleaban con tal intensidad que por un momento pensé que me iba a desmayar. A
tropezones me dirigió por el cuarto, toque la cama con mis piernas y todas las sensaciones se
expandieron. Me sentía mareada del deseo tan fuerte por estar con él. Si llego a tener vergüenza mi
cuerpo, se fue junto con mi vestido. Toda la inseguridad de estar con alguien nuevo, desapareció,
como desapareció mi ropa interior. Lo único que deseaba en ese momento, era estar con él y que él
estuviera dentro de mí.
Fue tal mi inconciencia que no supe cómo me desvistió, estaba desnuda tendida en la cama
observando su inmaculado cuerpo mientras se desasía del pantalón. Si vestido parecía más alto y
fuerte, desnudo era… perfecto. Su torso estaba perfectamente marcado, músculos y músculos
cubiertos con una ligera capa de vello. Tenía la cintura estrecha, dónde iniciaba la “V” más sensual
que había visto. Había trabajado con muchos modelos y ninguno tenía esa “V” lista para lamer, la “V”
terminaba en una muestra magnifica de masculinidad, el cuadro cerraba con unas piernas largas y
musculosas. Y los brazos, ¡Uf! los brazos gritaban fuerte y claro: ¡Ven, te protejo!
—¿Todo bien?
¿Bien? ¡Excelente! Estaba loca de deseo. Asentí mordiéndome el interior de mi boca para no
rogar y pedir su presencia en mí.
Subió a la cama y a gatas se acercó a mí. Parecía un felino acechando a un ciervo, solo que este
ciervo quería que se lo comieran ¡Ya! Me levante y recargue los codos en la cama para mantener la
vista en alto y no perder de vista al felino de ojos azules que me estaba cazando. Sus brazos gruesos y
musculosos con la piel suave y brillante me tomaron por la espalda, levantándome para acomodarme
y subirme hasta las almohadas. Lo hizo con tal facilidad que una capa de humedad cubrió mi cuerpo.
—¿Estas cómoda?
Trague grueso para poder hidratar mi garganta que se había convertido en el Sáhara.
—Sí. ¿Tú?
Mi voz sonó como un murmullo lleno de excitación.
—Mmhum.
Acerco su boca a mi hombro y con besos muy húmedos lo recorrió hasta mi cuello, mi
barbilla, mis pómulos. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho, el pobre luchaba por
mantener el órgano dentro del cuerpo. Una sensación maravillosa empezó en mis entrañas, recorrió
mi talle, mis senos y se instaló en mis pezones. El recorrido fue tormentosamente lento y se sintió
maravillosamente.
Con exquisita lentitud fue descubriendo cada parte de mi cuerpo; desde los dedos de mis pies
hasta la palma de mis manos. Cuándo finalmente rozo la entrada de mi cuerpo con su masculinidad,
la sensación de plenitud se apodero de mi cuerpo. Pero cuando entro lenta y completamente en mí, el
limbo me poseyó. Gimió muy fuerte cerca de mi oído y entrecortadamente me susurro:
—Estas… estas muy estrecha.
No conteste. Estaba muy ocupada disfrutando la sensación de sentirme llena, completa.
Hizo un movimiento y me vi encima de él. Me brindo un poder que nunca había saboreado. Nos
sincronizamos y los movimientos y gemidos se volvieron más apremiantes. Cada envestida era más
profunda, más exigente, más perfecta. Levante mi talle y él tomo posesión de mi deseoso pecho.
Jugaba con mis senos intercambiando boca y dedos, mientras yo me desasía de placer. La agitación
aumento y entre murmullos de pasión me agarro la cabeza, enredo la mano en mi cabello y jalo hacia
atrás, me besaba todo el escote y golpeaba cada vez más fuerte mis entrañas.
Los orgasmos con Barnie eran cortos y relajantes. El remolino de sensaciones que se formó en
mi vientre y camino sigilosamente por cada célula de mi cuerpo, el orgasmo que Olivier estaba
formando en mi interior, prometía matarme. En medio de un grito de frenesí, contraje mis entrañas y
el placer conquisto mi mundo. Me derretí y caí extasiada sobre el sudoroso y tembloroso cuerpo de
Olivier. Lo apreté y disfrute de un gruñido muy masculino, cuando su miembro se hincho y bombeo
su simiente en lo más profundo de mi cuerpo.
Después de luchar contra mi respiración, logre llenar mis pulmones con un gran bocado de
aire. Deje salir el aire poco a poco y la sensación que dejo en mi cuerpo fue la más completa y
absoluta pureza; plenitud, paz, felicidad. Dormitamos entre besos y murmullos cariñosos. Besaba
nuestras manos entrelazadas y sonreía como si hubiera encontrado el tesoro al final del arcoíris.
Nunca me había parecido tan guapo como en ese momento; absolutamente perfecto.
—Te voy a dar todo.
Me recorrió un escalofrió por la ferocidad de su voz.
—¿Todo?
Sonreí mientras me daba una nalgada juguetona.
—Y tengo mucho que dar.
—Sí, no tengo duda de eso.
—Ten cuidado con lo que pides.
Me advirtió en un susurro. Acerco sus labios a los míos y me volví a perder en la maravillosa
sensación que me brindaban sus besos. Nos separamos solo lo suficiente sin romper el aura de
intimidad que se formaba cada vez que nos besábamos.
—¿Tienes idea de cuánto tiempo he deseado esto?
Acariciaba mi espalda perezosamente, murmurando sobre mis labios. Me recargue en mi codo
para verlo a la cara.
—No. Tú… tú no me hacías caso. Tú me ignorabas. Tu…
—Yo te quería desde pequeña y cuándo crecimos me di cuenta que no te quería de la misma
manera que quiero a Christine. Tú eres diferente. Y después de ese maldito beso… Cada día se volvió
un infierno; verte crecer, resplandecer y saber que no podía acercarme a ti. Así, de esta forma.
Me atrapo en sus brazos y me empezó a besar. Se separó de mi boca y con los labios roso mis
mejillas, mis parpados, mi cuello, mientras en susurros seguía hablando.
—Besarte… abrazarte… amarte... Deseaba tanto hacerlo… Cuándo me entere que te casabas. La
tristeza… melancolía, ¡no sé qué diablos era! Pero te aseguro que se sentía como puñaladas en la
espalda y en el pecho.
Él seguía rozándome con sus labios, mi talle se estremecía de sentir su voz vibrando en mi piel.
Sin embargo sus palabras, cada una de ellas, se estaban tatuando en mi corazón. Empecé a lagrimear
sin descanso. Subió la vista y se acomodó entre mis piernas, para acercar su boca a la mía y verme a
los ojos.
—Pero nada ¡nada! Se compara con lo que sentí, cuando me dijeron que habías muerto…
Susurrando me rogo
—No me vuelvas a hacer eso…
Lo silencie con mis labios, lo bese larga y perezosamente. Le quería dar todos y cada uno de
los besos que le debía. Cada mordisco, cada abrazo, cada caricia que pudo ser, y que no fue. Todos
los sentimientos que no vieron la luz, todo, se lo quería compensar. Durante las siguientes horas nos
retribuimos: fuerte, desvergonzado, lujurioso, delicado y sin reservas, de todo lo que nos debíamos.
Espere a que durmiera profundamente, me vestí y hui. Dejándolo con una preciosa sonrisa en
los labios.
20
—No entiendo Nic. ¿Por qué no te quedaste a desayunar con él?
Negué mientras le daba un trago a mi jugo. Teo no se cansaba de regañarme. Mi teléfono se
llenó de mensajes y no intente averiguar de quién eran, sabía perfectamente de quién eran.
—No entiendes Teo. Olivier es… es mejor que yo. Es inteligente, guapo, tierno, bueno. Él es
bueno. Yo no puedo estar con él ¡no debo estar con él! Lo único que puede pasar si estoy con él, es
que salga dañado. ¡Yo no quiero eso! Me moriría si él sale lastimado por mi culpa.
—¿Por qué saldría lastimado? ¿Le vas a romper el corazón?
Teo reía mientras se acomodaba su café entre las manos.
—No seas tonto Teo. Si Dennis aparece y se da cuenta de Olivier, lo puede matar.
Teo dejo su café en la barra del desayunador y se paró.
—Espera, espera, espera. Me estás diciendo que en cualquier momento Dennis te encuentra y
¿por eso no puedes tener una relación con alguien? Porque el psicópata de tu marido o ex marido te
va a encontrar. ¿Estás loca? ¿Entonces para qué tanta jodida terapia? ¿De veras crees que te va a
encontrar?
Asentí ligeramente mientras fundía mi vista en el té. Aun cuando ya no vivía con el miedo
constante en mi espalda, estaba segura que Dennis en cualquier momento me atrapaba para
regresarme al infierno. O en el mejor de los casos, para matarme.
Teo rodeo la mesa y me atrapo en sus brazos.
—Nadie te va a tocar. Te lo prometo.
Como siempre, cuándo Teo me abrazaba, mi tanque de seguridad se llenaba.
—Además, supongamos que el degenerado de Dennis aparece. ¿Qué puede pasar? ¿Qué te va a
hacer? Ya no eres una mocosa indefensa, ya no estás sola. ¡Carajo Nic! Si te has enfrentado a un
montón de modelos hambrientas. Créeme, no hay nada peor que eso.
Me reí, intentando de asimilar lo que Teo quería meter en mi necia y recién satisfecha cabeza.
—Tienes que aprender a vivir sin miedo, no puedes estar preocupada toda la vida. Eso no es
vivir.
Yo lo sabía. Sabía que tenía razón. Que Dennis estaba fuera del radar y que no podía hacerme
nada. Pero en un rinconcito de mi corazón, de mi ser, había algo que me decía que no bajara la
guardia.
—No vivo con miedo, solo quiero ser… precavida.
—No estas siendo precavida, estas siendo miedosa. Y Nicole Jerez ¡no es miedosa!
Cerré mis ojos y me regañe a mí misma. ¡Carajo! Teo tenía razón. Nicole no era miedosa y yo
estaba fallando. ¡Otra vez!
La vida ya había dado ese giro que tanto deseaba en mi niñez. Ya no debía esconderme, ni física
ni emocionalmente. La física la había superado años atrás, no me habría expuesto si realmente
temiera que Dennis apareciera y me hiciera daño, mucho menos a que cumpliera unos votos hechos
por razones equivocadas. La parte emocional es la que me costaba trabajo. Por esa razón habían
pasado los años, junto con muchas invitaciones, y yo había permanecido impenetrable. Temía ser
dañada emocionalmente, eso es lo que me daba miedo. Pero Olivier… Olivier era la última persona
en la tierra que se atrevería a hacerme daño, de eso estaba segura.
Durante años me construí a mí misma, hacia lo que se me antojaba. No me podía esconder ¡No
debía esconderme! Así que con renovadas energías, escuche sus mensajes: Enojo, frustración, quejas,
aunque también había uno que otro mimo y un muy útil último mensaje.
Ya tienes mi dirección. Cuándo se te quite lo cobarde, ya sabes dónde encontrarme.
—¡Vaya Nic! Te sacaste un cien con el doctorcito.
Los dos estábamos con la boca abierta. El Mandarín Oriental era un impresionante desarrollo
de ultra lujo, en el área de Back Bay de Boston. El edificio albergaba un hotel de cinco estrellas y en
la parte superior cincuenta impresionantes residencias, cada una personalizada. Los departamentos
contaban con ventanas de piso a techo, jardines privados en la azotea, spa, servicios de conserjería.
Además, los residentes podían disfrutar de los chefs de los restaurantes de alta cocina que tenía el
complejo, para que en casa pudieran disfrutar desde un sándwich hasta una cena de cinco platos. Eso
es lo que habíamos investigado en Internet, pero en vivo y a todo color, era todavía más
impresionante.
No es que me sintiera intimidada, pero sin Teo no iba. Mi hermano esperaba abajo a que le
mandara un mensajito y le afirmara que Olivier estaba en casa.
Toque a su puerta ligeramente esperando que no contestara nadie. Cuándo abrió la puerta una
chica de tez chocolatada, cabello negro azulado y unos ojos negros como la noche, desee que me
tragara el piso. Lo único que me faltaba era que tuviera novia.
Me quede callada esperando que el suelo se abriera, mientras volteaba a los elevadores
calculando el tiempo para poder salir corriendo de ahí.
—¿Buscas a Olivier?
Asentí con una sonrisa tenue.
—En este momento no está. ¿Lo quieres esperar o quieres dejar un recado?
Negué por la idea de esperarlo. No necesitaba una situación incómoda con su novia.
—No… yo… Le podrás decir que Nic… Que yo…
No sabía que decir. ¿Cómo le decía a su novia, que lamentaba haberlo dejado en la cama
después de la sesión más maravillosa de sexo que había tenido?
—Yo estoy a punto de irme, soy la chica que le ayuda con la casa. ¿Pero si quieres le marco y le
digo que lo estas esperando? Ya no debe de tardar.
Mi alma volvió a respirar.
—No, no es necesario que le marques. Yo le espero en mi coche.
La chica asintió y yo regrese corriendo con Teo.
Mientras yo le insistía que mejor regresaba después, no sé, en cinco o diez años. Él busco la
entrada al garaje de los residentes y estaciono justo afuera. Me mando por un par de cafés al hotel y
llegamos a un acuerdo.
—Si no ha llegado cuándo nos acabemos el café. Se acabó el papelito de novia desesperada.
Nos vamos y yo le hablo luego.
—Mi fierecilla, cuando yo me acabe este café, tú vas a acabar, pero encima de él.
—¡Qué vulgar eres!
Me dio una buena nalgada y me guiño el ojo. Mi cabecita empezó a volar, a imaginar su cuerpo
abajo del mío, mi boca saboreando su cuerpo. Hasta que el ruido de un motor corto mis lascivos
pensamientos. Por el camino de la entrada se acercó una moto negra deslumbrante. Aunque más
deslumbrante era quién la manejaba: Botas, pantalón, chamarra, guantes y casco, todo en negro y
ajustado. Mostrando un cuerpo delgado y exquisitamente musculoso.
La motocicleta negra con una raya plateada era poderosa y de líneas elegantes. Despacio se
estaciono afuera del garaje y se bajó mostrando el poderío de sus piernas. Una ráfaga de lava lleno
mis entrañas, logrando que se contrajeran. Me moje los labios, los sentía muy secos, algo que
últimamente era constante.
Camino despacio mientras se quitaba los guantes y sonriéndome abiertamente se quitó el casco
a dos pasos de mi congelado cuerpo. Dio dos pasos más y agarrando mi mejilla con toda su palma
murmuro en la comisura de mi boca.
—Estoy muy, muy enojado contigo.
Me dio un beso rápido entreabriendo sus labios y se separó para tomarme de la mano. Mi
cuerpo termino de convertirse en líquido. Por el rabillo del ojo vi la cara de embobamiento de Teo
—que era un reflejo de la mía—, mientras se daban la mano y se despedían. Intente pasar el cúmulo
de emociones que mantenían mi garganta cerrada y lo seguí adentro del edificio. Con una mano le
dije adiós a Teo que seguía con los ojos chispeantes. Olivier simplemente era increíble.
Le entrego las llaves de la moto a un chico del valet parking y sin soltarme de la mano, nos
dirigimos a los elevadores.
—Nunca, nunca vuelvas a hacer eso.
A pesar del tono que usaba, en ningún momento me sentí atacada. Solo denotaba frustración. Me
aprisiono en la esquina del elevador, paso uno de sus brazos por mi cintura, mientras la otra acercaba
mi cadera a la suya. Besando toda mi cara, gruño:
—Nadie puede quererte más que yo. Ya te perdí una vez, no lo voy a volver a hacer ¿Entiendes?
Hazte a la idea, porque no voy a pelear contra ti.
Aunque era un cliché, me pareció el cliché más bonito que me pudo decir. Esperaba mi
respuesta, mientras nuestra sangre empezaba a bullir. ¿Qué le decía? ¿Qué yo no solo lo quería, qué
yo sentía que lo adoraba? Preferí asentir, subir mis manos por sus brazos forrados de piel negra y
atraparlo por el cuello para no dejarlo escapar. Si subió o no gente al elevador, si hicimos una o dos
paradas antes de llegar a su piso, fue lo de menos. Él tocaba mi cuerpo con absoluta posesión y yo,
no volví a dudar.
Mi departamento me gustaba mucho, yo creía que era moderno, elegante, con una vista
envidiable. Todo eso era un disparate, considerando el departamento de Olivier. De tamaño era diez
veces el mío, las habitaciones eran considerablemente más amplias, y aunque también contaba con
solo dos habitaciones, estas no tenían comparación. Era obvio que había pasado la mayoría de su
tiempo invirtiendo y gastando dinero en tecnología. La casa parecía un centro tecnológico: Pantallas,
botones y luces. Pero lo mejor, era la vista. Boston es de las ciudades con más historia en Estados
Unidos, una de las más ricas, pero cuándo se ve desde las alturas, no puedes decir nada más que un
gran ¡WOW!
—Tu vista es impresionante.
—Si, por eso me decidí por este lugar. Había un departamento más grande disponible, pero la
vista de este es…
Me mantenía agarrada de la mano, con un agarre firme y posesivo. Me volteo hacia él y
acercándose a mi cara, lo suficiente para que nuestras narices se tocaran y se formara nuestra aura,
me susurro:
—Promete que no vas a volver a huir.
Beso mis ojos
—No huyas de mí.
Beso mi cuello
—Tú me tienes atrapado, déjame atraparte.
Desabroche su chamarra y sin miedo a dejarme atrapar, lo adore. Antes de volver a revolcarme
cual ninfómana lo detuve.
—Espera… La última vez no nos cuidamos, necesitamos cuidarnos.
—¿No estas tomando la píldora?
Pregunto sin enfado. Cualquier otro se hubiera puesto histérico. Olivier simplemente siguió
besando mi cuerpo y desabrochando mi ropa.
—No, lo siento. Debí decírtelo antes, pero…me entretuviste. Llevo años sin cuidarme.
Paro de besarme y se retiró un poco de mi cuerpo semidesnudo.
—¿Cómo que no lo has necesitado? ¿Cómo te cuidas? ¿No puedes confiar en la gente? Fue mi
culpa. Yo debí detenerme, pero…
Si, los dos estábamos ocupados. Cubrí mi pecho con mis brazos. Mi blusa había desaparecido.
—No lo he necesitado
Me tomo de la mano y me insto a sentarme.
—No entiendo.
La vergüenza había entrado por la punta de mis dedos y avanzo rápidamente hasta mi cara,
ardía de la vergüenza. Se sentó a mi lado y levanto mi pierna para desabrochar mis botas.
—Yo… yo no he tenido…
—¿Sexo? ¡¿No te has acostado con nadie en este tiempo?!
Negué. Permitiendo que la vergüenza me destruyera. En ese punto ¿Ya qué importaba?
Sostuvo mi cara entre sus manos y me forzó a verlo a los ojos.
—No te escondas de mí, no aquí.
Tomo posesión de mi boca. Fue bajando mis brazos, dejando mis senos al descubierto y
alejándose unos centímetros de mi boca, susurro.
—Eres la mujer más bella que conozco.
Con su mano libre fue acariciando cada curva de mi cuerpo, despacio y sin dejar de verme a los
ojos. Cuando llego a mis pezones y los endureció más con la yema de su pulgar, mis ojos se cerraron
por voluntad propia.
—Abre los ojos…mírame… siénteme… Cada parte de ti es perfecta, necesito que me veas
mientras te disfruto.
Acerque mi mano a su cuerpo y siguiendo su ejemplo, lo fui acariciando. Todo él era perfecto;
duro, suave, intenso. Busque el camino hacia su erección y cerré la mano cuando la encontré. Fue al
mismo tiempo, que él entraba en mí con su mano. El jadeo que surgió de su pecho, era un sonido
terriblemente erótico. Sus ojos se cerraron mientras entraba y salía de mí. Moví más rápido mi mano
y apreté más el agarre. Cuándo formo un circulo dentro de mí, mis ojos ya no lo resistieron. Los
cerré y le entregue mi cuerpo, mi alma, mi ser.
~~ § ~ ~
—Y esto que tienes aquí.
Decía mientras me tocaba muy suavemente.
—Se le llama clítoris. Y es parecido a esto, solo que en chiquito.
Tomo mi mano y la llevo a su magnífica erección para enfatizar su clase de anatomía. Cerró
los ojos y gimió muy bajito, mientras me iba familiarizando con el clítoris tamaño mega, mega, que
tenía entre las piernas. Tragando grueso y deteniendo mis manos las retiro de su mega, mega y las
acomodo sobre mi cabeza.
—Solo tiene como función darte placer. No sirve para otra cosa. Solo para hacerte sentir rico…
¿Funciona bien tu clítoris? ¿Sientes rico?
Sentía que me iba a partir en pedacitos. Seguía moviéndose mientras hablaba muy pegado a mi
oído. Mis ojos no respondían y entre gemidos conteste.
—Mmhum.
—Además, nunca deja de funcionar… va a mantener la sensibilidad por el resto de tu vida…
Así que… vas a poder tener orgasmos así… hasta que tengas ochenta años.
Me ilustraba mientras sus movimientos se hicieron más rápidos y fuertes. Mordisqueaba mi
cuello, barbilla y mejillas.
—Solo tienes que ejercitarlo caminando… con veinte minutos que camines al día es sufí…
Mi grito ya no permitió que acabara. Mi vientre se contraía desesperadamente mientras mis
ojos lagrimeaban.
—Shsss, así Osa.
Acabe de sonreír por el apodo. Él me mecía con mucha ternura mientras mi cordura seguía de
vacaciones. Con esa primera clase, me hice fan del curso de anatomía 101 que impartía
exclusivamente para mí. Termine absolutamente relajada. Después de tomar aire me di cuenta que él
seguía con la clase.
—Y deja que te diga que tú tienes un clítoris muy bonito: rosita, chiquito y escondidito. Me
encanta buscarlo.
Me reí mientras le daba un manotazo en el brazo.
—Eres un pervertido…
Intente reñirle, aunque estaba demasiado extasiada para que mi voz fuera fuerte. Me acuno en
sus brazos y dándome un beso en la frente contesto:
—Tu pervertido.
¡Gracias Universo! Con mucho orgullo asentí.
—¡Sí! Mi pervertido.
Tomando aire y estirando mi cuerpo me senté entre sus piernas.
—Permite que te muestre a tu pervertida…
Lo último que vi fue su magnífica sonrisa alumbrando la habitación. Durante un buen rato me
dedique a mostrarle que yo también sabía ser una pervertida. Empezando porque no me había
importado estar en el piso, en medio de la estancia, mostrando a todo Boston mí desnudes y la forma
de amar a Olivier Adams.
21
Después de dormitar unos minutos se quejó.
—Vamos a la cama, la alfombra está acabando con mi espalda.
—Pobrecito, ya estas viejito.
Me apretó a su cuerpo y asintió. Los siete años que nos separaban eran nada. Él tenía un cuerpo
y condición fenomenal, ni siquiera se notaba la diferencia. La única señal de esos siete años, eran
unas adorables marquitas que tenía debajo de los ojos por tanto leer.
—Sí. Ya no es lo mismo.
Mientras me paraba, se agacho y me tomo entre brazos.
—Pero todavía te aguanto.
Di un gritito de felicidad mientras me llevaba en brazos a su habitación.
—¿Recuerdas cuándo te cargaba para sacarte de mi cuarto?
—Eras un pesado. Siempre de genio y estudiando.
—Sigo igual, Osa.
—¡Oh, Diablos! Nunca entendí por qué me decías así, nunca fui gordita.
Soltó una carcajada mientras me acomodaba en su cama y se acostaba a mi lado.
—No era por lo gordita, era por lo encimosa. Siempre estabas abrazando a todo mundo, hasta
mi papá te decía así. “Mari parece una osita ¿verdad?”. De osita nada, de osa todo.
No pude evitar reírme y darle un abrazo de oso. Era cierto, siempre fui encimosa.
~~ § ~ ~
Tengo que ir a comprar pintura… blanca, tal vez perla ¡No! Marfil. Pintura marfil con cortinas
salpicadas de dorado. Un gemido me recordó dónde me hallaba. Cerré los ojos y empecé a imaginar
otra lámpara, otros colores, otra cama, otra persona, otra vida.
—Estas subiendo de peso, cada vez estas más gordita.
Me dijo mientras pellizcaba mi vientre plano.
—No importa, de todos modos me sirves.
Acerco sus labios a mi mejilla y abriendo mucho la boca me mordió increíblemente fuerte. Por
un momento pensé que se iba a llevar mi piel entre los dientes.
—Ya casi.
Gruño, mientras seguía mordiendo, ahora el lóbulo de mi oreja. Inmediatamente me traslade al
lugar secreto que mantengo bajo llave en mi mente. Por un momento desapareció el dolor y anule la
incomodidad.
Con dos movimientos fuertes sentí como vibro dentro de mí. Dejo caer todo su peso, mientras
yo intentaba hacer el menor ruido posible. Con mucho trabajo mantuve la respiración pausada.
Considerando que él pesa casi 100 kilos y yo unos 52, el intento por llenar mis pulmones es casi
maratónico.
Su peso se volvió mayor, señal inequívoca de que estaba a punto de dormirse. Acaricie su
cabello y con mucha cautela dije:
—Dennis, Dennis. Necesito ir al baño.
Si se despertaba repentinamente iba a tener uno de esos arranques que tanto temía. Preferí
mantener un poco de cautela.
Con un gruñido salió de mí y se dio la vuelta para dormir. Levante las cejas sorprendida de la
falta de regaño. Me puse mi bata y salí casi corriendo dirigiéndome al baño. En cuanto cerré la
puerta, volví a respirar. Casi en automático me dirigí a la ducha para deshacerme de cualquier rastro
que tenía de él en mí. Como siempre, entre al baño huyendo del espejo. Constantemente le huía
después de pasar una noche con él. La censura y el reproche que me esperaban en el reflejo no
siempre podía soportarlos. Sin voltear a ese reflejo me deshice de toda la evidencia de mi falta de
carácter. Mientras tanto el cumulo de reproches crecía sin parar. Siempre los mismos reproches;
¿Cómo lo permito? ¿Por qué lo permito? Soy una cobarde.
Finalmente me sentí limpia y con cautela me afronte a lo inevitable. Levante la cara y me vi: vi
una piel cada vez más sin vida, unos ojos color ámbar sin luz, sin fuerza y unos labios hinchados por
todas las mordidas recibidas. Además de una gran marca rojiza en mi mejilla derecha de cada uno de
sus dientes. En silencio derrame mis acostumbradas lágrimas de desahogo, tan necesarias si quería
mantenerme en pie. Y suficientemente calladas para que no las notara.
Desperté entre lágrimas ahogadas. Olivier despertó y enseguida prendió la luz.
—¿Qué pasa?
Mi respiración seguía agitada y la nube de inconciencia se resistía a irse.
—¿Tuviste un mal sueño? ¿Es eso?
Su preocupación termino conmigo. Entre jadeos y sollozos, solo logre murmurar.
—Hazme el amor.
Lo hizo sin dudar, despacio, sin prisa. Acariciando cada centímetro de mi cuerpo, amándolo,
adorándolo. Y con cada caricia, con cada beso, hizo desaparecer todos los malos recuerdos, todos los
miedos, todos los reproches que regresaron para atormentar mi noche.
—Me encanta esto.
Su mano recorría la longitud de mi espalda. Suspire y me recargue en su pecho. Estaba teniendo
problemas en normalizar mi respiración. El orgasmo me había dejado en el limbo, y mi deleite se
negaba a sucumbir ante la conciencia. Después de unos largos momentos logre vencer la lividez y mi
respiración fue lo suficientemente regular para hablar.
—¿Qué? ¿Qué te encanta?
Él seguía recorriendo mi espalda, con su mejilla recargada en mi cabello. Perfecto. El
momento, él, lo que acabamos de hacer, todo era perfecto.
—Esto. Qué sudes encima de mí. Qué no puedas controlar tu respiración. Qué tu pecho se
mueva siguiendo tu cadera.
Mis pechos se volvieron a llenar de necesidad. Todavía estábamos conectados y mi vientre
empezó a extrañar la fricción.
—No hay vista más erótica; Qué tu pecho moviéndose en mi cara esperando que mi boca lo
atrape para poder embriagarme de el.
Una de sus manos atrapo mi pecho y con magistrales movimientos lo amaso a su antojo.
—Sudada, con el cabello suelto y moviéndote encima de mí. Si pudiera, así te tendría todo el
tiempo.
Empecé a mover mis caderas con una cadencia lenta y degustable. A mí también me gustaba
estar así; Saboreando la sensación de ser tocada larga y posesivamente, de besarlo y acariciarlo con
total libertar, de alimentarlo con mi deseo.
Volvimos a hacer el amor y me olvide completamente de todo, excepto de Olivier Adams. Cada
segundo que pasaba con él, el deseo y el amor se hinchaban dentro de mí. Me di cuenta que
finalmente me quería y me aceptaba lo suficiente como para amar a otra persona. Katy me lo repitió
en muchas ocasiones: “Para que puedas amar a otra persona, tienes que amarte y aceptarte primero”.
No siempre se logra. Amarse y aceptarse puede ser lo más difícil de hacer en una persona con
tendencias como las mías. A mí me costó años y finalmente en los brazos de Olivier lo logre. Porque
lo amaba completa e irreversiblemente.
22
Amanecí en una habitación completamente masculina. Ahí no había un solo toque femenino a
excepción de mi presencia. El ambiente gritaba, hombre, hombre, hombre. Hice una lista mental de lo
que iba a cambiar cuando me perdí en el vista, una hermosa vista del amanecer bostoniano.
Mientras él tomaba una ducha y yo veía el amanecer desde la cama, llego la realidad. No quería
marcarle a Teo. No quería despertar del sueño. Ni siquiera quería dejar la cama por temor a que
desapareciera todo lo que habíamos vivido, pero la realidad no da oportunidad de vivir entre sueños.
—Hola
Sonreí encantada con la vista. Mi cerebro volvió a perderse en su precioso cuerpo.
—Hola. Linda vista
Le conteste, guiñándole un ojo.
—Lo mismo digo, Osa.
Volví a sonreír y jale la sabana hasta cubrir mi barbilla. Se acercó y jalando la sabana hacia
abajo acaricio mi busto.
—Lo siento, pero tengo que irme. Tengo una cirugía a las siete. ¿Te levantas y tomamos un café
o prefieres quedarte en cama?
No lo dude, enseguida me levante. Sin importar mi desnudez, levante mis manos sobre mi
cabeza y me estire, un hábito que me enseñaron en terapia. Ahí es cuándo me recordaba que yo
construía mi vida día a día.
—¡No seas mala, Nic! No puedo cancelar la cirugía. Estas jugando con la vida de mi pobre
paciente.
Sonreí sin vergüenza alguna.
—Lo siento.
Mentira. Estaba encantada de saber que podía afectarlo, no importaba si poco o mucho.
Simplemente quería tener un poquito de poder sobre él. Era lo justo, él tenía todo el poder sobre mí.
Con una sonrisa en los labios me dirigí al baño. Era de madrugada para mí, el reloj marcaba cinco,
cuarenta y siete. Regrese a la habitación cuándo recordé que no tenía cepillo de dientes o ropa limpia.
—¿Te molesta si uso tu cepillo de dientes?
—En el lavabo te deje uno nuevo.
Por un segundo lo note ansioso. Tome la bata color perla que saco del closet y regrese al baño.
En efecto, había un cepillo de dientes nuevo junto al suyo. Me cepillaba los dientes cuándo una
flamita de incertidumbre se incendió en mi interior, algo no estaba bien. Nunca fui acosadora, pero
en ese momento no me pude detener. Y como él que busca encuentra, en el último cajón del lavabo
encontré crema hidratante para cuerpo y cara para mujer, un perfume y varios artículos de cuidado
personal. Todos femeninos. Le agregue poder a la flama y mi cuerpo empezó a calentarse. En ese
momento me vi en el espejo y note que la bata no era de él. Un escalofrió cubrió mi cuerpo, me quite
la bata de inmediato y la tire al piso. ¡Si me había dado la bata de otra mujer, lo mataba!
Respire una, dos veces, intentando controlar la inseguridad que invadía mi cuerpo. Después de
calmarme un poco lo recapacite. No tenía por qué sentirme ansiosa o llegar a alguna conclusión. Era
muy posible que otra mujer hubiera estado parada justo dónde yo estaba parada. Eso estaba bien, no
era maravilloso, solo bien. Sabía que no se había mantenido célibe por si alguna vez yo aparecía.
Solo esperaba que no me mintiera y fuera honesto conmigo. Y nada mejor para callar mis dudas, que
hablarlo.
Levante la bata, sin ponérmela. Cuando salí del baño, él ya no se encontraba en la habitación.
Busque una de sus camisas y me cubrí con ella. Salí de la habitación y me guie por el olor a café. No
lo encontré en la cocina o en la estancia, me seguí guiando por el olor y finalmente lo encontré en su
despacho. Con la taza en una mano y revisando el teléfono en la otra.
Antes de habla volví a respirar profundamente. Es más fácil pensar las cosas que hacerlas. No
quería volverme paranoica, ya suficiente tenía con mis inseguridades y mi tendencia a ser
excesivamente dócil. No quería asumir, acusar, solo quería preguntar.
Cuándo sintió mi presencia levanto la mirada.
—Hice café ¿Quiéres…?
—¿De quién es esto?
Avance tres pasos y avente la bata en su escritorio. Enseguida me regañe. Desafortunadamente
mi plan de mantenerme calmada no había funcionado. A parte de que lo había interrumpido, soné
acusadora.
—¿Qué?
—Esto: la bata, las cremas. ¿De quién son? Tienes un cajón lleno de productos femeninos y
hasta dónde yo sé, tu eres hombre.
Entre cerro los ojos mientras le daba un trago a su café. Cuando hablo, lo hizo con voz fría.
—Si revisas mi closet, en la parte de abajo. También vas a encontrar un cajón lleno de ropa que
no es mía.
Cerré los ojos y trague todo el aire que me fue posible para apagar las llamas que estaban sin
control.
—Eso no ayuda.
Las llamas estaban en su máxima capacidad, quemando mi garganta, mi pecho, mis entrañas.
—¿Con cuantas mujeres estas durmiendo?
—¿Estas celosa?
Le brillaron sus ojos cuándo pregunto.
—No. No estoy celosa. Estoy a punto de la histeria. Estoy insegura, enojada. Se bueno Olivier y
dime qué demonios pasa. Esta no es una buena manera de iniciar el día. No me gusta sentirme así.
¿Me diste la bata de otra mujer? ¿Esperas qué use ropa que pertenece a alguna de tus muñecas?
Mis ojos quemaban con la necesidad de llorar. Sin embargo tuve la fortaleza necesaria para
soportar su mirada.
Olivier dejo la taza y el teléfono en el escritorio y lo rodeo para dirigirse a mí.
—El cepillo de dientes es nuevo, la bata es nueva y la camisa que estas usando a partir de este
momento es toda tuya.
Me trague las ganas de llorar y permití que se acercara a mí. Se acercó lo suficiente para crear
esa aura de intimidad que nos rodeaba cuándo su nariz tocaba la mía.
—Mis pensamientos, mi cuerpo, todo lo que tengo en este momento, es tuyo.
La razón de mis lágrimas cambio. Ya no me sentía insegura, ya estaba excitada. El fuego en mis
entrañas se acrecentó. Cerré mis ojos y deje que hiciera conmigo lo que quisiera. No me importo si
mantenía ropa o cremas de otras mujeres, en ese momento no me importaba si mantenía a una de sus
muñecas escondida en el closet. Solo me importo que él fuera mío.
Llevo sus manos a mi trasero desnudo y con un solo movimiento me subió al escritorio.
—Abre las piernas. Muéstrame lo que es mío.
Sin una gota de pudor me abrí y le mostré lo que era suyo. Después de saborearme y hacer que
mi cuerpo y su cuerpo se unieran con una ferocidad animal, terminamos con un gruñido
interminable. Me dio un beso con sabor a mí y se disculpó por no desayunar conmigo. Después de
lavarse se fue.
Para mantener mi salud mental, me dejo instrucciones precisas de hacer de su casa mi casa, de
fisgonear en cada uno de sus cajones y quemar todo lo que yo quisiera.
Sin culpa alguna me dedique a revisar su closet: Ropa, cremas, zapatos, libros con ridículas
dedicatorias, era obvio que en esa casa habían pasado muchas mujeres. Me sentí sucia, yo me había
portado tan bien en los años que estuvimos separados y él había pasado por muchas, muchas camas.
Tenemos que hablar
Me lo imagino
Fue su respuesta.
~~ § ~ ~
Me estaba desquitando de todos los años de abstinencia, pero aun las recién convertidas
ninfómanas, necesitan una ración de realidad. Con ese pensamiento entre a la oficina de Teo.
—¡Ya llego la mejor amiga del Diablo!
Fue lo primero que dijo Teo cuándo cerré la puerta.
—¿Yo? ¿Por qué?
—No solo salva vidas, también vive dónde viven los inmortales y para finalizar, una Ducati de
infierno. Pero Nic, la mirada que te da ¡te devora! Esa mirada solo la reciben las amigas del Diablo.
¿Quién eres? ¿Qué eres?
Reí apenada. ¡Diablos! Teo tenía razón. Yo era buena amiga del Diablo y de Dios, si considerábamos
que en ese momento me sentía completamente en el cielo. Lo único que ensombrecía mi alegría, eran
unas semillitas de celos que crecían a segundo a segundo en mi interior. Intente controlar el
sentimiento y evite hablarlo con Teo, si sentía que empeoraba podía ir a una sesión de grupo. Aunque
lo que realmente necesitaba, era cinco minutos con Olivier y que me diera toda la información que
requería para matar el endemoniado sentimiento.
Pedimos el desayuno y a trabajar se ha dicho. Tenía prueba de vestuario para un catálogo de
Alex & Ani y después gimnasio.
El gimnasio tuvo que esperar, la prueba se alargó, aunque para mí era como trabajar en el
limbo. Cuándo estaba trabajando, estaba segura. Eran momentos dónde lograba olvidarme de los
problemas o el estrés. Nadie me iba a demandar por concentrarme de más en el trabajo, al contrario,
eso nos ayudaba a que Teo lograra establecer más la agencia, y que yo fuera reconocida como una
modelo de elite.
Cuando volví a ver el reloj, ya eran las diez de la noche.
—¿Estas ocupado?
—No, ya estoy en casa. ¿Ya acabaste la sesión? ¿Dónde estás?
—En la mía, acabo de entrar.
—¿Vienes? ¿Voy?
Me senté en mi precioso y solitario sillón y conteste.
—No sé… estoy muerta. Si quieres maña…
—Voy para allá.
Llego veinticinco minutos después, me dio el tiempo suficiente para hacer mi ritual de limpieza
y vestirme con mis pijamas. Sonó el timbre y mi corazón inmediatamente respondió sobresaltado.
En cuanto abrí la puerta grite:
—¡Oso!
Si yo era Osa, él tenía que ser un Oso. Empezó a reírse y me embobe viéndolo. Al reír Olivier
parecía muy joven. Su risa sonaba un poco enmohecida, como si no riera lo suficiente. A mí me
parecía un sonido profundo y muy sensual. Pase el día entero extrañando sus brazos.
Desafortunadamente desde el momento que encontré la evidencia de otras mujeres en su vida, mi
cuerpo no era cuerpo. Era un hoyo negro de celos e inseguridades. Y no me permitía disfrutar
completamente de sus brazos.
En cuanto cerró la puerta, dejo caer una pequeña mochila y la maleta de la laptop para tomarme
en brazos.
—Eres terrible Olivier. Suéltame y dime con cuantas mujeres has salido.
Olivier hecho la cabeza hacia atrás mientras caminaba conmigo en los brazos.
—Me gusta. Directo al punto. ¿Qué me vas a dar a cambio?
—¡Ja! Aparte de que eres un mujeriego ¿Te tengo que dar algo?
Él lo pensó un segundo y asintió.
—Sí, esa información merece algo.
No me lo podía creer ¡Cínico! Pero yo quería esa información. Mis entrañas me la pedían.
—¿Qué quieres?
Refunfuñe, mientras me acomodaba en mi solitario sillón. Parecía que Olivier no sabía que yo
era perfectamente capaz de caminar. Cuándo tenía oportunidad, me llevaba en brazos de un lado a
otro. Algo que por supuesto me encantaba.
—Quiero... Mmm ¿Qué quiero?
Cuándo hacia pucheros era el hombre más dulce y atractivo en la faz de la tierra.
—Solo dime una cosa.
La seriedad de mi voz lo alerto. Girando su cuerpo para quedar sentado enfrente de mi
respondió.
—Dime.
—¿Tienes novia? O ¿Alguien serio?
—¡Por supuesto qué no! ¿Quién diablos crees que soy?
No permití que la frialdad de su voz me amedrentara.
—No sé. En tu departamento hay señales de muchas mujeres. No sé quién eres. Yo… no te
recuerdo así.
—Te recuerdo Nicole, que la que desapareció fuiste tú. Tú fuiste la que tomo la decisión de
casarse con otro. No puedes llegar después de tantos años y esperar que…
Se extra enojo. Hacia unos minutos era todo sonrisas y juegos y yo lo estaba echando a perder.
Cerro los ojos y trago aire para calmar a la bestia.
—He salido con varias personas, nunca he tenido nada serio con nadie. A veces salgo con
alguien más… seguido. Nada serio con nadie. No tengo tiempo para eso ¿Si recuerdas verdad? He
pasado toda mi vida estudiando y trabajando ¿Eso si lo recuerdas?
—¡Eres un patán!
—Y tú eres la mujer más insufrible que existe. Desde que apareciste aquí estoy. Las noches que
se te ha dado la gana aceptarme, aquí estoy. Yo no quiero pasar una sola noche separado de ti ¿Y me
preguntas si tengo novia? Caray Nic, si la tuviera, te importaría muy poco ¿no crees?
¡Zaz! Me quede calladita perdida con la vista al rio. Tenía razón, no me importaba si la lista era
larga o corta. Solo me importaba que dejara a todas por mí.
—Nic… ven acá.
Mi espalda se recargo en su pecho y volví a perderme en Olivier Adams.
—Es muy temprano para promesas…
Guardo silencio y beso mi cabello. Era cierto, era muy temprano para promesas. Teníamos
solo unos días juntos, aunque a mí corazoncito eso no le importaba, el imploraba por promesas de
cualquier tipo.
Después de unos segundos susurro en mi oído.
—Pero te prometo que no te voy a fallar. Tú y yo nacimos para estar juntos. Tú y yo somos
uno.
Deje que las palabras se asentaran en cada una de mis células, en todo mi cuerpo, en todo mí
ser. Después de que invadieran todo mi mundo voltee a verlo y susurre en sus labios con la vista fija
en lo claro de sus ojos.
—No te voy a dejar ir. ¿Estás seguro?
Sonrió y asintió.
—Por favor…
23
—No entiendo por qué usas pijama. No sé si te has dado cuenta, pero ya te he visto desnuda.
Sonreí mientras ajustaba el pantalón de franela que usaba para dormir. Era un pijama muy
mona, de playera y pantalón con rayas escocesas. ¡Súper sexy!
—No logro dormir si no estoy vestida. Es…es por prevención.
—¿Prevención? ¿Qué quieres prevenir?
Me acosté a su lado recargando mi cabeza en su hombro, acerque mi espalda a su pecho y tome
su mano para llevarla a mi pecho.
—¿Qué tal si hay un incendio? El tiempo que tu gastas vistiéndote. Yo ya salí y les hable a los
bomberos.
—¡¿Y me dejas aquí vistiendo?!
Sentí su sonrisa en mi oído mientras lo mordisqueaba.
—¡Sí! Tú tienes la culpa por no usar pijama.
Su risa me encantaba, ronca y oscura como él. Me acomodo y quede recargada en mi espalda.
Él encontró su lugar entre mis piernas.
—Es por salud que quiero que duermas desnuda, no es porque quiera tener tu piel junto a la
mía. Ni siquiera es suave o sedosa.
Con sus manos atrapo mis mejillas acariciando la piel pausadamente. Quise darle un golpe por
la referencia hacia mi piel, en vez de hacer eso, lo atrape del cuello y bese sus mejillas. Se quedó muy
quieto recibiendo mis atenciones. Su piel se calentó, en cuanto sentí su excitación me separe.
—¡Oh, qué diabólica!
Le guiñe un ojo y lo detuve cuando intento acercarse.
—Instrúyeme. ¿Por qué es mejor dormir desnudo?
Se sentó entre mis piernas y me quito mi recién ajustado pantalón.
—Dormir desnudo mejora la salud de las partes íntimas. Si consideras que las infecciones
suelen agravarse en ambientes cargados, lo mejor es recurrir al aire. Mientras más aire mejor.
Me senté indignada.
—Ayudas a la hormona del crecimiento. ¿No quieres tener el pelo y la piel reluciente?
—¡¿Estás diciendo que mi cabello y mi piel no están relucientes?! ¡Mi cabello es de revista!
—¡Sí! Son horribles. Por eso los perros babean cuándo estamos en público.
Me reí por dentro y me volví a recostar. Ciertamente, habíamos salido poco, pero cuando lo
hicimos uno o dos volteaban a verme. Me saco la playera por la cabeza y finalmente me tuvo desnuda
a su disposición.
—Es sumamente placentero y te puedo asegurar que podemos disfrutar más del sexo.
Bajo su cara y empezó a besar mi excitación. Mis quejas se perdieron en mis jadeos y justo
antes de que se perdiera en mí, murmuro:
Y me convenció de lo beneficioso que era dormir desnudo. A partir de ese momento no volví a
usar pijama.
~~ § ~~
Sexo, sexo, sexo. Mi relación con Olivier era muy animal, pasábamos las pocas horas que
teníamos libres buscando nuestros cuerpos como animales en celo. La poca práctica que había tenido
en los últimos años la estaba recuperando con asombrosa rapidez.
Los días pasaron volando y ya era sábado, ese día tenía cita con la ginecóloga. Olivier me
informo que era la mejor ginecóloga de Boston, que para el equivaldría, a ser la mejor ginecóloga
del mundo.
—No puedes hacer citas por mí. Yo también trabajo y tengo una agenda llena. Además, es para
mí, me gustaría escogerla por mí misma.
—Vamos a hacer claros Nic. En cuestión de salud, yo soy el experto, yo soy el que decide y el
que toma decisiones. Y la doctora Ramos es la mejor en su especialidad. No veo el problema.
—El problema es; que es mi cuerpo y yo decido. Lo que menos deseo, es estar desnuda enfrente
de otra de tus muñequitas. Fin de la discusión.
Después de azotar la puerta de mi habitación, escuche como Teo y Olivier se reían de mí.
Teníamos unos minutos de haber terminado de desayunar. Olivier llego a mi casa para no irse.
Entre a buscar ginecólogos en internet y después de un rato, resulto que la doctora Ramos era
la mejor y era casi imposible conseguir una cita con ella.
—¡¿A qué hora es la cita?!
Pregunte sin preámbulo través de mi puerta.
—¡A las doce!
Grito de regreso. Enseguida escuche que volvían a reír, solo que esta vez los acompañe. ¿Así, o
más histérica?
—Hoy manejo yo.
Había tocado muy poco mi precioso carro desde mi regreso, ya era hora de que despertara. No
mostro señales de aceptar o rechazar mi propuesta. Él se movía con la Ducati, le gustaba tener el
control y pocas veces lo cedía.
Mi precioso volvo seguía inmaculado. Un volvo C70 azul cielo convertible con asientos de piel
beige era el carro de mis sueños. La mayoría de mis caprichos eran regalados, lo único que había
comprado con mi dinero, era mi precioso carro y adoraba manejarlo.
—¡Wow! No pensé que tuvieras este tipo de carro.
Sonreí satisfecha. Me gusto sorprenderlo. Él ya lo había visto en nuestra primera cena, aunque
esa ocasión era de noche y estábamos muy ocupados discutiendo. A la luz del día y con el toldo
abajo, mi “Lady” era otra.
—Sube, voy a enseñarte como es maneja.
Subió sin rechistar. Me gusto la confianza que demostró en mí. No hubo ninguna advertencia o
recomendación. Solo subió, se abrocho el cinturón de seguridad y se preparó para disfrutar el viaje.
Arranque y ronroneo como gatito panza arriba. Salí del estacionamiento y me dirigí a Boston
Medical Center.
En cuanto entramos a la interestatal uno me percate que me observaba muy detenidamente a través de
los Ray-Ban azules tipo aviador.
—¿Qué pasa?
Tardo unos segundos en contestar. Seguía observándome muy detenidamente. Salí de la
interestatal uno y entre al tráfico de mediodía de la calle Albany.
—Me recuerdas lo que significa estar vivo. Mi vida siempre ha estado consumida por el estudio
y el trabajo, había olvidado lo que significa disfrutar, relajarse. Tú eres… mil veces más, un millón
de veces más.
Usaba la voz de doctor con un deje de emoción.
—¿Más?
—Sí. Más vida, más calma, más belleza… más.
Un nudo de emoción se instaló en mi pecho y no me dejo contestar. Me quede sin palabras.
Afortunadamente llegamos al centro médico y entre estacionar y registrarnos paso el momento.
La doctora Ramos resulto ser fantástica. Me pareció que realmente se preocupaba por mí. Sin
prisa, se tomó el tiempo para escucharme y hablar conmigo. Comparada con mi doctor anterior,
resultaba ser la mujer maravilla. Me hizo sentir cómoda y recordó todas las cosas que le decía.
Decidí que si había sido muñequita de Olivier, se lo iba a pasar por alto. Con ella, la experiencia de ir
al ginecólogo, resulto ser grata. Después de que ellos se despidieran y me diera un par de cajas de
anticonceptivos, fuimos a almorzar.
Pasamos lo que restaba del sábado y el domingo entre risas, comidas, cariño y sexo.
Conociendo lo que nos faltaba de conocer.
24
Como era nuestra costumbre, Teo y yo desayunábamos mientras repasábamos nuestro horario.
Era una costumbre que adquirimos desde el principio, de esa manera él sabía dónde estaba y yo sabía
dónde buscarlo si algo surgía. Siempre nos manteníamos alerta por si llegaba compañía indeseada.
Oliver abrió la puerta con su llave, dejo su abrigo y laptop en el sillón y fue directo hacia mí.
Me abrazo por la espalda, recargo su cabeza en mi hombro y se dejó caer. Él pobre venia muerto.
Teo le sirvió un café mientras yo le acariciaba el cabello.
—Tienes que descansar, te vas a enfermar si no bajas el ritmo.
El domingo a media tardé lo llamaron por una emergencia, ya no lo volví a ver hasta ahora y
ya era miércoles.
—No puedo, solo tengo tres horas para dormir y regresar.
Tomo la tasa que le ofrecía Teo y le dio un trago. Le agradeció a Teo con un asentamiento de
cabeza y dejo salir un quejido de puro placer. Se sentó en el taburete atrás de mí y se volvió a
recargar en mi hombro.
—Es lo mejor que he tomado en las ultimas cuarenta y ocho horas. El café del hospital es un
asco.
Le di un beso en la frente y volví a acariciar su cabello. Seguí repasando mi itinerario con Teo;
Esa semana tenía dos pruebas de vestuario y una sesión de video para una línea de cosméticos.
Terminaba de desayunar con una mano, cuándo levanto la cabeza y dijo.
—Tengo una convención de una semana el próximo mes.
Enseguida la melancolía se instaló en mi pecho. A duras penas sobrevivía con las horas que él
tenía libre. Dejarlo de ver una semana iba a ser tormentoso.
—Arregla todo porque vienes conmigo.
No fue una pregunta, fue una orden. Lo mejor fue que volvió a bajar la cabeza y con su mano
guio mi brazo para que continuara acariciando su cabello.
Teo y yo nos quedamos con la boca abierta de la incredulidad. Para reír a carcajada abierta dos
segundos después.
—¡Zaz! Ya llego el doctor Adams.
Oliver era tierno, amoroso, compasivo y también muy autoritario. Era un lado de su
personalidad que pocas veces veía. No era agresivo o déspota, simplemente… un poco bestia. Yo
seguí acariciando la cabeza de mi bestia mientras Teo terminaba de alistarse para ir a trabajar. Sentí
que el cuerpo de Oliver se vencia y temí que se cayera. Con mucha calma lo desperté y lo guie a la
habitación, lo arrope y justo cuándo me alejaba me tomo de la mano y me acostó a su lado.
—No te vayas, acuéstate conmigo por favor. Te necesito.
¿Cómo negarme? Me deshice de mi ropa y lo arrope con mi cuerpo. El Gimnasio podía
esperar.
—Nic.
Susurro
—Sé que soy un cretino, pero arregla todo en tu trabajo. Quiero que vengas conmigo a la
convención. Así podemos acabar juntos con Las Vegas.
Sonreí y asentí.
—Si cariño, yo lo arreglo. Ahora duerme.
Y así lo hizo. Mi Oso venia muerto.
~~ § ~~
Empecé a tener una necesidad apremiante por él. Un instinto primario que nunca había sentido.
Necesitaba besarlo, abrazarlo, hablar con él.
Para él era complicado, yo sabía que tenía responsabilidades más allá de mí. Sin embargo mi
necesidad no sabía de razones y no me permitía controlarme. El tiempo corrió lento y la necesidad y
la añoranza por él en vez de disminuir, crecía a pasos agigantados. Nuestros horarios eran un
problema, en teoría él trabajaba de ocho a cinco, pero eso solo era teoría. En realidad él estaba
disponible veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. En medio de una cena un bip, la
cortaba. En medio de un desayuno el bip regresaba. Hubo un momento que empecé a odiar el dichoso
bip. Cuándo se lo comente cambio el tono. Ahora cada vez que llegaba un mensaje sonaba un ring
¡Ese era todavía peor! Así que preferí el bip y me hice a la idea de que éramos él, yo y las decenas de
pacientes que atendía al mismo tiempo. Él hacia un esfuerzo sobrehumano y me regalaba cada minuto
de su tiempo libre. La gente lo necesitaba y él era increíble haciendo su trabajo. Entregado,
responsable, el mejor de su especie.
Con la falta de tiempo, intente regirme a su horario. Hasta que la falta de descanso hizo mella
en mí.
—Estas un poco ojerosa ¿te sientes bien?
—Me siento un poco cansada.
Logre decir antes de que un gran bostezo apareciera.
—Ya te dije que te duermas, no me esperes.
Lo esperaba despierta hasta que regresaba a casa. No me sentía cómoda durmiendo mientras él
seguía trabajando. No tenía idea de cómo lograba dormir cuatro, cinco horas y rendir al cien por
ciento.
—Me siento mal si no estás descansando. Aquí, junto a mí.
Salía del hospital directo a mi casa. Ese departamento de dos habitaciones y cocina diminuta, se
volvió nuestro refugio. A duras penas nos acomodábamos, éramos tres –cuatro, si contábamos a la
siempre presente Nastia— adultos conviviendo en un espacio que era diseñado cuando más, para una
persona y media. Eso no lo detuvo, poco a poco se apodero del espacio. Empezó dejando un cepillo
de dientes, después una camisa aquí, un pantalón allá. Cuándo me di cuenta la mitad de mi espacio le
pertenecía y yo no podía sentirme más feliz de que así fuera.
—Hablando de eso.
Sabía lo que se avecinaba. Solo una vez discutimos por el espacio. Nos estábamos bañando
mientras Teo no paraba de tocar la puerta. Tuvimos que salir corriendo, sino queríamos que Teo
tuviera un accidente. Después de vestirnos, me pidió que nos fuéramos a su departamento que era diez
veces más grande que el mío. Cuándo me negué rotundamente, él no lo tomo muy bien.
—No empieces.
Le advertí mientras doblaba por tercera vez la misma blusa.
—No entiendo. ¿Por qué no quieres ir a mi casa?
—No es que me niegue a ir a tu casa. Solo que prefiero estar aquí.
—Allá hay más espacio. Tenemos un jacuzzi enorme que nos está esperando.
Me arrincono en una de las esquinas de la habitación con la blusa a medio doblar entre nuestros
cuerpos. El efecto que tenía sobre mi cuerpo era electrizante. Cerré mis ojos y entregue mi boca sin
reservas, nos separamos solo por un poco de aire.
—Si crees que me vas a convencer usando esas armas estas muy equivocado.
Me beso el cuello y el escote, mientras sus manos subían y bajaban sin dejar un solo centímetro
sin recorrer.
—Cuando más. Te entrego mi cuerpo.
Sentí su sonrisa en mi vientre. Desabrocho mi pantalón, lo bajo con delicadeza dejándome
desnuda de la cintura a los pies.
—Me encanta tu piel… es tan suave…
Me recorría las piernas con esos dedos de cirujano que hacían milagros. Mi cuerpo dejo de ser
mío, él se encargaba de manejarlo a su antojo. Todo daba vueltas, el piso se convirtió en gelatina y el
murmullo del aire acondicionado se apagó con mis gemidos. La blusa desapareció porque mis
manos estaban enredadas a su cabello mientras sus labios hacían que un vertiginoso orgasmo se
desatara en mi universo.
Cuando volví abrir los ojos estaba en la cama, desnuda, con un hombre precioso de ojos azules
observándome con mucha atención.
—No.
Proteste en el momento que quiso retirarse. Lleve mis piernas alrededor de su cintura y volví a
cerrar los ojos.
—Quédate solo un poquito, me gusta cómo se siente.
Su peso aprisionándome era maravilloso. Me hacía sentir suave y frágil. Nos mantuvimos de
esa forma por un rato, hasta que volví abrir los ojos.
—¿Ni así? ¿Tampoco te convenzo así?
Me susurro acariciando mi mejilla. Reí, volviendo a cerrar los ojos.
—En este momento no pienso moverme de dónde estoy. Mañana vemos.
~~ § ~~
Era de madrugada cuándo sentí pequeños besos en el cuello, sin abrir los ojos ladee la cabeza
para darle mejor acceso a mi cuerpo. Suspire con el susurro en mi oído:
—¿Por qué no quieres ir a mi casa?
No sé si fue por la creciente excitación o porque estaba medio dormida, pero dije la verdad.
—En ese departamento han pasado todas tus muñequitas. En tu cama han dormido muchas
mujeres; En esta cama solo has dormido tú. Si yo duermo en esa cama, me voy a convertir en otra
más de la lista. No quiero eso, no quiero ser otra más.
—Abre los ojos.
La orden no aceptaba protestas. Con mucho trabajo abrí los ojos pestañando varias veces.
—Tú nunca vas a ser parte de ninguna lista. Tú eres única y yo siempre he sido completamente
tuyo. No quiero que te sientas como alguien… común. Tú no eres común.
Eso me hizo sonreír, suspire y lo forcé a acercarse a mí. Justo cuándo se formaba esa aura de
intimidad que tanto me gustaba, él la mando al traste.
—Nic ¿Quiero que te cases conmigo?
Si no había despertado con los besos y las caricias, con su proposición desperté.
Inmediatamente me senté y me desespérese. Ni siquiera oculte mi desnudez. Entrelace mis manos en
mi regazo y con el mejor tono que logre le informe.
—Lo siento mucho Olivier. Tal vez debí ser clara desde un principio.
Trague grueso y continúe.
—Yo no me voy a casar. Nunca.
Entrecerró los ojos y sonrió incrédulo.
—¿Y por qué diablos no?
Él solo decía malas palabras cuando sucedían dos cosas; Estaba muy excitado o estaba muy
enojado. Y en ese momento me pareció que era lo segundo.
—Porque no quiero. Yo ya me case una vez, no voy a volver a cometer el mismo error.
Eso hizo que se sentara todavía más recto.
—No todos los matrimonios son como el que tuviste con él. Te recuerdo que yo soy otra
persona, no soy Dennis.
—¡Por supuesto que no! ¡No digas tonterías! Tú y Dennis no tienen nada que ver, ni siquiera
deben ir sus nombres en la misma oración.
—¿Entonces por qué supones que un matrimonio conmigo, sería como el que tuviste con él?
Me levante de la cama y me envolví en mi bata ¡Esta no era manera de iniciar el día!
—Yo no estoy suponiendo nada. Solo te estoy diciendo que no pienso volverme a casar.
Trago todo el aire que le fue posible, eso me confirmo que la bestia estaba despierta.
—Me voy a tragar el orgullo y voy a volver a preguntar.
Lo pare con la mirada y negando frenéticamente.
—¿Y niños? ¿Tampoco piensas tener hijos?
Volví a negar.
—No he pensado en eso
Balbuce. Entrecerró más los ojos y se recargo en la cabecera con toda calma, mientras yo
deseaba con todas mis fuerzas salir corriendo de ahí.
—Dime una cosa Nic. ¿Qué crees que va a pasar con nosotros? ¿A dónde creías que íbamos a
llegar cuándo iniciamos esto?
Me quede en blanco por segundos o minutos. Pudieron pasar horas y yo seguía sin lograr en
pensar en algo coherente en que responder. Finalmente, volví a decir la verdad.
—No sé
—¿No sabes?
Su prepotencia me irrito, yo era honesta.
—¡No! ¡No sé! Lo que si te puedo asegurar, es que lo último que quiero es atrapar al doctorcito.
Para eso ya tienes a tu sequito de muñecas.
Era un golpe bajo que seguramente no se merecía. Pero la idiotez te hace decir muchas
tonterías, y en ese instante yo era un saco completamente lleno de idiotez.
—Muy bien.
Se levantó y tomo su saco. Hasta ese momento note que él ya estaba bañado y listo para partir.
Busque la hora en el reloj de mi mesa de noche, eran las cinco cuarenta de la mañana. Una hora fatal
para discutir cosas tan importantes como el matrimonio. Decidí que era su culpa y levante la cara.
En cuanto estuvo listo solo murmuro
—Tengo cirugías todo el día, después hablamos.
No hubo beso, ni abrazo, ni siquiera un: “Qué tengas buen día”.
Me senté en la cama y lo vi cerrar la puerta de la habitación. Me recosté y peleando con el
edredón, logre hacerme un ovillo a los pies de la cama.
Desperté sola. Con su calor y aroma impregnado en mi cama. Y completamente sola. Nunca
había estado tan sola. Ni siquiera en mi matrimonio con Dennis me sentí tan sola como en esos
momentos. Ahí me di cuenta de la mayor diferencia que existía entre Dennis y Olivier; A Dennis
nunca lo quise, me case por complacer a mi madre o simplemente porque busque una salida fácil de
su tiranía —una verdadera estupidez—. Pero a Olivier lo amaba con todo mi corazón, con toda mi
alma, con todo mí ser. Él podía causarme mayor daño que el par de golpes que alguna vez me dio
Dennis. Olivier, podía romper mi corazón.
25
Después de mi rutina diaria de ejercicio y un desayuno para pajaritos, me dirigí a la casa-
refugio. No tenía claro si para ayudar o para ser ayudada.
Hacia un par de años caí en cuenta de que, tal vez yo podía hacer una diferencia. Darle un poco
de esperanza a quién no la tenía. Me sentí obligada, era una responsabilidad social. Así que ayude y
transmití mi testimonio. Si yo pude salir con todo y mis carencias. Estaba segura que alguien con un
poquito de entereza lo podía lograr.
Firme como voluntaria y me incorpore al programa de asistencia a mujeres y niños que sufren
abuso intrafamiliar. Para ser honesta, también lo hice por mí misma; estaba cansada de esconderme,
cansada de mentir, de agachar la cabeza. Cansada de sentirme como mierda.
Cuando llegue a la casa-refugio, me encontré con mucho movimiento en la parte superior. Era
el indicio inequívoco de que teníamos inquilina nueva. Eso alumbro un poco mi día. Porque, aunque
es terrible saber de un nuevo abuso, el que estuviera aquí, significaba que estaba buscando ayuda.
Me dirigí a la cocina, el centro de reunión de las voluntarias.
—Buenas…
—¡Nic!
Sarah corrió a mis brazos entusiasmadamente. Ella era única, una belleza de mujer. Como todas
las que andábamos por ahí, sufrió violencia conyugal, sola que su abuso duro cuarenta años. Toda
una vida de gritos, golpes e infelicidad, aun así, era una mujer llena de vida, de entusiasmo y cariño.
Y por si fuera poco, cocinaba como el mejor de los chefs.
—¿Cuándo regresaste?
—Hace unas semanas. He tenido trabajo y no había logrado venir.
Me disculpe
—¿Cómo estás? ¿Cómo están las cosas?
—Yo, bien. Mis hijos ya casi me perdonan.
Sonrío y yo con ella. Aunque parezca increíble, los hijos de Sarah no le perdonaban que
abandonara a su padre. Después de una paliza que la dejo con un brazo y quijada rota, se decidió y lo
dejo. Ya no había hijos en casa, ya había cumplido con su obligación, como ella decía. Pero los hijos
sentían pena por el maldito abusador. Afortunadamente no se dejó convencer y se mantuvo firme con
su decisión. “Al fin y al cabo, ellos no son los que reciben los golpes de su papá ¿Verdad?” Solía
decir cuando la culpa acechaba en su puerta.
—Y por aquí, las cosas bien. No hemos tenido retrocesos, muchas dudas, pero no retrocesos.
Eso es lo importante.
Asentí junto con ella y sonreí cuando me sirvió un té. Ella sabía que yo no tomaba café.
—¿Qué pasa arriba?
Se sentó junto a mí suspirando.
—Chica de veinticinco años, con una beba de ocho meses. Lo usual: abuso emocional y verbal,
aislamiento, pérdida de control de la vida personal, intimidación. La amenazaba con llevarse a la hija.
Y para colmo, parece que también agresión sexual.
Me lleve el té a la boca para deshacerme del sabor agrio que había adquirido en los últimos
segundos.
—La saco su hermano cuando la encontró debajo de una mesa con la beba en brazos. El marido
la ataco mientras le daba de amamantar a la beba. La empujo, le dio un par de puñetazos y después la
agarro a patadas. Ella busco refugio debajo de la mesa y no salió de ahí durante horas. Fue hasta que
su hermano la busco, que salió de ahí. Hace rato subí a curarla, tiene una buena cortada en la frente,
seguro le deja cicatriz.
—¿Necesitan mi ayuda?
—No creo, habla perfectamente inglés. Pero tus chicas siempre esperan por ti.
Sonreí y me acabe mi té. Tenía un par de chicas que solo hablaban español cuando llegaron a la
casa-refugio. Yo les ayudaba para que aprendieran inglés. No importaba donde estuviera, la tarea
siempre estaba en sus mesas los lunes por la noche. El tiempo que estuve lejos, les mande libros y
sitios de internet para que practicaran, ahora era tiempo de ver los resultados. Le di un abrazo a Sarah
y me dispuse a ir con “mis chicas”.
Al llegar al pie de la escalera, me esperaban unos sollozos; Ver llorar siempre causaba que mi
corazón temblara, sin embargo, cuando el llanto emanaba sufrimiento con cada una de las lágrimas,
me resquebrajaba el corazón. Siempre he pensado que cuando lloramos las mujeres, sacamos el
dolor. Cuando lloran los hombres, es porque en ese momento están sufriendo el dolor.
Un hombre de unos treinta años, de lentes empapados de lágrimas, se encontraba sentado al pie
de la escalera. Retiro las gafas e intento limpiarlas, al mismo tiempo que intentaba limpiarse la cara.
Saque un paquete de pañuelos desechables de mi bolso y se los entregue.
—Gracias.
Murmuro con voz quebrada. Aun con la cara roja y los ojos hinchados, se veía que era un
hombre fuerte y varonil.
—¿Me puedo sentar?
Asintió despacio. Se notaba que no tenía deseos de ser acompañado, mucho menos de hablar,
sin embargo, ya estaba ahí y por experiencia sabía que hablar siempre ayudaba.
Espere a que se calmara completamente para empezar hablar.
—¿Puedo ayudar en algo? ¿Ya tienes toda la información que necesitas?
Supuse que era el hermano salvador.
—¿Eres una de las asesoras?
En ese momento volteo a verme y se sonrojo.
—No. Soy una sobreviviente.
Los ojos se le abrieron desmesuradamente. Se puso nuevamente los lentes y volvió a sonrojarse
cuando me observo con más detenimiento. Tenía años viviendo de mi aspecto, en ese momento, mi
aspecto no podía ser mejor.
—¿Segura?
Sonreí asintiendo.
—Nadie piensa que le puede pasar a uno, hasta que te pasa. A todos nos puede pasar.
Suspiro y asintió viendo a la nada.
—Nunca sufrimos de golpes en casa. Fuimos una familia normal ¡hasta que ese desgraciado
llego a su vida!
¿Cómo reconfortarlo?
—El abuso no respeta nada. Ni clase social, ni educación, ni color, nada.
En ese tipo de casos donde la victima cuenta con una familia, la familia es la primera en sentir
la culpa.
—Ahora, lo importante es salir del hoyo. La recuperación puede ser larga y dolorosa, hay que
apoyarla.
Asintió un poco más firme.
—La quiero llevar a casa, a mi casa. Ella se niega rotundamente, me tiene miedo. Piensa que
soy como él…
Su voz empezaba a quebrarse nuevamente. Trago aire y se recompuso.
—Piensa que todos los hombres somos iguales. Dice que es cuestión de tiempo para que ella se
equivoque y me saque de quicio. Que también le voy a pegar. Que son patrones.
Un viento helado entro por la puerta. Y se adentró en mi cuerpo por cada uno de mis poros,
incluso los que estaban cubiertos.
—Yo jamás la tocaría. Jamás abusaría de ella. Yo la quiero ¡es mi hermana por dios santo!
¿Cómo puede pensar eso de mí?
La voz no soporto más dolor y se quebró. Se quitó los lentes, bajo la cabeza y volvió a llorar.
Un dolor profundo salió de su pecho cuando susurro.
—¿Cómo deje que le pasara eso?
Definitivamente no era su culpa. Tampoco era culpa de ella. Muchas veces ni siquiera del
abusador; Los que abusan regularmente también sufren de abuso. Son círculos viciosos que hay que
romper.
Lleve mi mano a sus hombros y lo acerque al mío, poco después se calmó y me pregunto
esperanzado.
—¿Se va a recuperar? ¿Alguna vez va a volver a confiar?
Quise decir “si”. ¿Cómo podía decir “si”? Seguí consolándolo y subimos juntos a ver a su
hermana. Los deje abrazados con una beba en sus brazos. Llenos de esperanza. Con el firme deseo de
que “si” fuera la respuesta a sus preguntas.
Camino a casa, con las primeras hojas doradas del otoño como horizonte, recapacite. Viví
asustada por miedo a contestar, a decir lo que sentía o lo que pensaba. Mi espíritu sufrió, mi salud
mental sufrió, mi cuerpo sufrió. Todo eso era en pasado. Ya había pasado por una recuperación, ya
había aprendido lo que era el amor; su belleza, su alegría, incluso su dolor. Es el más increíble
regalo que podemos dar o recibir como seres humanos. Y merecía vivir la experiencia de sentirme
completa e incondicionalmente amada, sin vergüenza o compromisos.
Yo no iba a ser la que se interpusiera entre mi felicidad y yo. Olivier era mi felicidad. Lo único
que realmente tenía que hacer, era agradecer; agradecer la inspiración, el que me brindara esperanza,
el que me enseñara a amar, el que cambiara mi vida. ¿Qué diablos estaba haciendo? ¿Qué esperaba?
Saque el teléfono de mi bolsa y le marque.
—Lo siento.
—Yo también.
El silencio nos acompañó por primera vez. No creo que lamentáramos lo mismo, pero si tenía
que sucumbir y arrastrarme hasta el infierno por él, hoy lo iba a hacer.
—¿Sabes a qué hora te desocupas?
—No, no estoy seguro. No me esperes, creo que hoy duermo en mi casa. Hace varios días que
no voy por ahí.
Sentí que se me escapaba como jabón entre las manos. Que si dejaba correr el agua, iba a
desaparecer.
—Me gustaría dormir contigo. Cuando te desocupes ¿me mandas un mensajito y voy a tu casa?
Guardo silencio por unos interminables segundos. Si se negaba me moría.
—Tienes llaves de mi casa en tu bolsa. Las puse ahí cuando me entregaste las de tu
departamento. Llevan ahí semanas.
Tenía que revisar mi bolsa más seguido.
—Está bien ¿Verdad? ¿Si está bien que me quede en tu casa?
—Ni siquiera lo preguntes Nic. Además… no es mi casa, es nuestra casa. Aunque no lo quieras
aceptar.
Lo último lo dijo en un murmullo. Y fue lo más doloroso.
—Te veo en casa entonces.
Guardamos silencio sin querer terminar la llamada.
—Me tengo que ir. Nos vemos en la noche.
Asentí como si me pudiera ver. Escuche como terminaba la comunicación y volví a ver a
colores. No podía enojarme con Olivier, cuando nos enojábamos veía todo en blanco y negro, en un
ensombrecido gris.
26
Me dirigí a la agencia. Ese día no tenía trabajo programado y quería empezar a buscar en el saturado
mercado de los traductores. Eran las seis de la tarde cuando entre a la oficina, todavía había una o dos
personas terminando de trabajar. Era inquietante el silencio, normalmente había mucho bullicio, lo
más seguro es que Teo ya no estuviera ahí. Para confirmarlo me dirigí a su oficina. Con el puño
levantado para tocar la puerta, me pareció escuchar una voz conocida. Baje el puño y acerque mi
oído a la puerta.
—La verdad es… que quiero casarme con ella, tener hijos que sean igualitos a ella. Con sus ojos, su
boca, su carácter. Sé que suena descabellado, sé que tenemos muy poco de habernos encontrado, pero
estoy seguro que la puedo hacer feliz.
—Ella no quiere nada de eso.
Teo me conocía muy bien.
—¿Por qué?
—Vamos Olivier. ¿No creerás que después de lo que paso, ella va a ir corriendo por un vestido de
novia?
—Entiendo perfectamente lo traumático que fue. Pero ahora esta tan cambiada, tan entera ¿Por qué se
resiste a avanzar?
—¡Nic no se resiste a cambiar!
—Calma. Solo quiero entenderla mejor. No la estoy atacando, ni estoy menospreciando lo que paso.
Te recuerdo que yo la conozco desde niña y viví con ella los maltratos de su madre. Te juro que esa
mujer es la reencarnación de Chucky
No pude evitar mi sonrisa. Nunca había escuchado que Olivier llamara así a mi madre. Además el
gruñido le salió muy sexy.
—Solo quiero comprenderla. Yo estoy tan convencido, que no entiendo por qué su resistencia. Sé que
tú la ayudaste a superar lo que paso. Solo estoy buscando tu ayuda.
¡Me muero! Era sexy cuando actuaba en modo bestia, pero cuando se abría y dejaba a la luz ese lado
humilde y necesitado de amor, era irresistible.
—Si la hubieras visto cuando la conocí lo entenderías. Nic no se resiste a avanzar, se resiste a caer en
los mismos patrones.
—¿Cuál patrón? ¡Yo nunca le tocaría un pelo!
—No, no lo harías. Por eso te permito que estés junto a ella.
—¡Tú a mí no me permites nada!
Aaagh, hombres. En ese momento sentí movimiento a mi espalda y casi me vi descubierta. Voltee
rápidamente y sonreí al ver a Nastia dirigiéndose hacia mí con un gesto diabólico en su cara.
—¿A quién espías?
Susurro mientras se ponía a mi lado
—A Teo y Olivier
—¿Olivier? ¿Qué hace aquí Olivier?
—Exacto ¿Qué hace aquí Olivier?
Nos reímos de nuestras burradas y nos dispusimos a escuchar. Cuando volví a acercar mi oído a la
puerta, Teo y Olivier reían a carcajada abierta. Nastia y yo nos vimos con cara de interrogación y
pusimos los ojos en blanco. Me había perdido un pedazo de la conversación.
—¿Cómo llego a ti?
Le pregunto Olivier a Teo. El tono de voz era más calmado y ecuánime. Volvía a ser el doctor
Adams.
—Destrozada. Machacada. Muerta en vida.
Mi respiración seso. Cerré los ojos y recargue mi espalda a la pared. Teo se escuchaba dolido. Nastia
me ayudo a sentar en el piso y segundos después me acompaño.
—Físicamente venía muy maltratada. Pequeños moretones en todo el cuerpo, en la quijada, en los
brazos, las manos a penas y podía moverlas, estaba muy mallugada. Lo más notorio era el ojo, tenía
una combinación de morado con verde espantoso y eso que ya habían pasado varios días desde el
ataque. Evito imaginar como la dejo ese día.
Guardaron silencio un momento, imagino que controlando la furia.
—Pero lo peor no era lo físico, lo peor era lo emocional. Tartamudeaba, no hablaba, no respiraba,
era… era doloroso verla.
Nastia tomo mis manos y las apretó brindándome consuelo. Si alguien entendía lo doloroso de esos
días, era ella. Ella también tenía equipaje.
—¡Hijo de su puta madre!
Me asusto la reacción de Olivier. Estaba furioso, tanto como para hablar con groserías, él no hablaba
así. Cuando éramos niños solía decir: “Los que se expresan con malas palabras, connotan su poca
cultura”. Yo ni siquiera sabía lo que significaba connotar. Chris se burlaba de él y le decía que era un
estirado, pero las dos intentamos seguir su ejemplo y evitábamos hablar con ese tipo de expresiones,
sobre todo cuando él estaba presente.
—Sí. Yo también pase por esa fase, pero esa no es la peor. La peor es la frustración. No saber cómo
ayudarla, como protegerla, como curarla. Mi único consuelo es que lo dejo para el hospital y hasta
por eso se sentía mal. Fueron unos meses muy difíciles.
—¡Lo hubiera matado!
—Claro, eso nos ayudaría a ti y a mí, sobre todo con la culpa. Pero piensa en lo que hubiera pasado
con ella. Ella nunca se lo hubiera perdonado. Su corazón es todo esperanza y alegría, ella no está
hecha para ser agresiva. Nada que ver con la loca de Nastia.
Los dos empezaron a reír, mientras yo veía apenada a Nastia. Nastia me guiño un ojo y asintió.
—Él maldito me conoce bien.
Eso me hizo reír. Nastia tenía muy mal carácter. Volví a poner atención a lo que se hablaba en la
oficina, pero ya no logre escuchar nada. Le hice una señal a Nastia con la cabeza para ver si ella
escuchaba algo, negó acercándose más a la puerta.
Las dos brincamos cuando la puerta se abrió inesperadamente exponiendo nuestro delito. Sentí que
me ponía como mi adorado Barnie ¡morada de la vergüenza! Nastia se levantó con la gracia de una
gacela y con la cabeza muy en alto, me brindo su mano para ayudarme a levantar. Yo seguía sumida
en el valle del bochorno. No logre tomar la mano de Nastia, Olivier se agacho y me tomo entre sus
brazos ágilmente.
—¿No sabes que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas?
Me regaño mimosamente. No conteste, en vez de eso, hundí mi cabeza en su cuello y aspire su olor,
enseguida sentí como mi cuerpo se llenó de alivio, de protección. No había mejor lugar, que en los
brazos de Olivier Adams.
—¡Es el colmo Nastia!
Olivier y yo sonreímos cuando escuchamos a Teo. Su falso enojo no logro esconder su diversión.
—¡Jodete Teo! Si se me antoja escuchar tras las puertas, escucho. ¿Quién me lo va a impedir? ¿Tu?
Nastia como siempre retaba y sacaba de quicio a mi pobre Teo. Lo último que vimos fue la mano de
Teo sujetando la muñeca de Nastia arrastrándola hacia la oficina y la puerta cerrándose
estrepitosamente detrás de ellos.
Segura de que, lo que seguía no era apropiado para mis oídos, señale mi oficina.
—Por ahí esta mi oficina.
Olivier se dirigió ahí conmigo en brazos. Era como caminar entre nubes.
—No me puedo quedar, me hablaron del hospital.
Gruñí y asentí. No había manera que lo detuviera para poder competir con Teo y Nastia a los jadeos y
gemidos.
—Te veo más tarde. En mi casa.
Aclaro. Lo abrace más fuerte y suspire aliviada. Ya no había enojo en su voz. Ya estábamos bien.
Cuando llegamos a la puerta, me bajo y le di un beso ligero en los labios. Él bajo sus manos a mi
trasero y me apretó hacia él.
—Si sigues por ahí, te voy a encerrar en mi oficina y no te voy a dejar salir hasta nuevo aviso. Te
debo sexo de reconciliación.
Sonrió pegado a mi boca y se disculpó.
—Lo siento Osa. En la noche te lo compenso, y prepárate porque el sexo de reconciliación es intenso.
No brinque, porque era una mujer de un metro con setenta y siete centímetros, usando tacones de
trece. Me podía romper una pierna. Pero por dentro, los fuegos artificiales no paraban.
Aunque la verdad era que sentí alivio cuando se fue. Era la primera vez que me sentía así por su
partida. Era un alivio que no mencionara nada sobre mi curiosidad en conversaciones ajenas.
Después de escavar en mi bolso encontré un juego de llaves con la figura de un rey como llavero.
Olivier y yo jugábamos ajedrez cuando niños. Después de que se fuera a la universidad no volví a
jugar. Era muy considerado de su parte recordar esos pequeños detalles, eso merecía un pequeño
detalle de mi parte. Llegando a casa prepare lo necesario para mi noche en casa de Olivier,
incluyendo mi detalle. Olivier iba a tener una pasarela muy exclusiva.
La chispeante luz de las velas era el fondo exacto para lo que tenía preparado. Champagne, fresas y
tres cambios de lencería. Eso era suficiente como detalle. Escuche la puerta y mi corazón empezó a
bombear con fuerza. La simple anticipación estaba preparando mi cuerpo. Entro a la habitación y me
encanto darme cuenta que mi detalle funciono.
Olivier ya no usaba traje, ya venía con pantalón de mezclilla y playera tipo polo azul marino. Yo lo
recibí con medias negras hasta medio muslo detenidas por un liguero negro a la cintura y unos
Giuseppe Zanotti negros de tacones altísimos, eso era todo. Levante los tres ganchos de lencería y
pregunte en una voz muy formal.
—¿Negro, rojo o rosa?
Sonreí por su expresión. Era toda lujuria y deseo. Dio un paso hacia mí y yo di un paso atrás
deteniéndolo.
—Escoge.
—Nada, así quédate.
Volvió a dar un paso y se quitó la camisa. Yo volví a dar un paso atrás.
—Vamos.
Dije con voz mimosa.
—Te quiero consentir.
Negó y volvió a gruñir.
—No Nic. Ya estoy consentido.
Hice un pequeño puchero y él sonrió. Logre mi cometido con el puchero.
—Negro, por favor.
Avente los ganchos de la lencería roja y rosa a la cama y desatore el chemise negro. Era un conjunto
de seda negra con encaje festoneando el escote, un diseño retro de una diseñadora portuguesa que
adoraba el siglo XVIII. Levante la tanga en una pregunta muda. Negó y la avente a la cama junto con
el gancho. Pase un pie y luego el otro. Fui levantando el chemise muy despacio, la seda resbalo en mi
cuerpo como chocolate caliente en la boca. Pase los tirantes por los brazos e incline mi torso hacia
adelante para ajustar mi busto en las copas. Tenía un gran escote y la parte baja cubría… no,
realmente no cubría, solo llegaba media nalga.
—Si te sientas puedo empezar.
Dije señalando el sillón reclinable que estaba junto a la mesa de lectura. Olivier se había quedado
parado a la mitad de la habitación, calladito, quietecito y con las pupilas muy dilatadas.
No me dio tiempo de nada. Me levanto y aprisiono entre la pared y su precioso cuerpo. El gemido
ronco que salió de su pecho cuando sus manos redondearon mi trasero hizo que mi cuerpo se
estremeciera. Una de sus manos se movió con un propósito claro entre mis piernas. Mi intento de
pasarela se disolvió cuando su boca descendió a mi cuello, un suspiro de puro deleite se escapó de mi
boca.
Su mano estaba a nada de hacer contacto con un punto muy sensible de mi cuerpo. ¡Diablos! Mi
cuerpo se prendió como un cohete con su toque en mi centro. Mi humedad debería causar vergüenza.
Sin embargo, los sonidos de aceptación en Olivier hacían que me humedeciera todavía más. Quería
rogarle que me tomara en la forma más indigna que se le ocurriera, en la forma más obscena que
pudiera.
Sus suaves labios mordisquearon mi cuello, mi quijada, mi barbilla. Todo el camino hacia mi boca
fue con hambrientos mordiscos. Su beso sabía a vino fino. Por un segundo me pregunte “¿Por qué
sabe a vino?” El pensamiento desapareció cuando su mano libero mi busto derecho de los confines
del chemise mientras un dedo o dos de su otra mano se deslizaban en mi interior. Mis ojos se
cerraron por la sensación. Me volví a estremecer cuando su boca regreso a mi cuello. Salió de mí y
levanto mis dos piernas para enredarlas a su cintura. Volví a recargar mi cuerpo en la pared y me
perdí.
—Si
Gemí
—Si ¿Qué?
Gruño antes de que sus labios se encontraran con la piel de mi busto. Mi pecho lleno su boca mientras
sus dedos regresaban a mi interior y se movían con exquisita precisión hacia adentro y afuera. Su
pulgar rozaba expertamente mi clítoris. Superada por la energía que crecía en mi cuerpo, dije.
—Por favor…
Mi ruego murió en un grito cuando el orgasmo exploto en mi interior. Olivier continúo el
movimiento de sus experimentados dedos prologando el placer. Mis piernas se debilitaron y las deje
caer. Él aprovecho el movimiento y se liberó de lo que restaba de su ropa.
Respondió a mi ruego, tomándome del trasero y levantándome nuevamente. Levanto una de mis
piernas a su hombro y la otra la enredo a su cintura. Me abrió completamente para él. No tuve tiempo
de pensar en que mostraba mucha habilidad como para haberlo hecho por primera vez, ya que me
lleno profundamente de un solo movimiento. Mi aliento se detuvo por el placer y también por el
dolor. Olivier era un hombre grande y todo venia en proporción. Se quedó muy quieto en lo más
profundo de mi cuerpo, mientras gemía muy cerca de mi oído.
—Estas muy estrecha.
Quería decir “No soy yo, eres tú” pero empezó a mover su cuerpo hacia adentro y afuera. Sentía todo
de él en cada movimiento. Apretaba cada mágico botón que mi cuerpo tenía, me hizo perder la
habilidad del habla. Dejo de importarme todo y nada, simplemente me dedique a disfrutar.
Mi espalda y cabeza empujaban la pared que se resistía a sucumbir a mis golpes. No importaba,
especialmente cuando el orgasmo número dos me atrapo. Levanto una mano y la interpuso entre mi
cabeza y la pared, tomo todo el cabello que alcanzaron sus dedos y apretó con fuerza desmedida.
Cambio de ritmo a mayor velocidad y chupo mi cuello, mañana seguro amanecía con chupetones.
Sentí que el orgasmo número tres se formaba y me apreté más a él. Mis dedos se entrelazaron en su
cabello y lo guie a mi boca. Mordí sus labios perdida en la lujuria y la desesperación.
—¡Carajo!
Bramo. Y bombeo con más fuerza mi cuerpo. Atrapo mi labio superior y lo succiono justo antes de
tomar el inferior y aprisionarlo entre sus dientes. Se hincho, se calentó y dejo ir toda su simiente en
mi interior, un primitivo sonido escapo de sus labios, fue lo último que necesite para que mis paredes
se contrajeran en un poderoso orgasmo.
Por unos minutos nos mantuvimos así, con el calor que embriagaba nuestros cuerpos y mis tacones
en su espalda. Con lentitud se separó de mí, relaje mis piernas y permite que él me dejara en pie. Con
mis tacones estábamos a la misma altura.
—Osa
Susurro sin aliento.
—¿Te gusto el sexo de reconciliación?
Solo alcance a asentir débilmente.
27
—Es muy probable que pase más tiempo en la casa de Olivier.
—¡Ya era hora! O te ibas o comprábamos un departamento más grande. Ahí no cabemos todos.
El ego ya se escurre por las ventanas.
Teo disfrazo su pesar con desdén. Yo lo conocía bien, sabía que le dolía nuestras separaciones,
de la misma manera que me dolían a mí.
—El tuyo seguramente, es el más grande.
Rio desdeñoso.
—¿El mío? No lo creo fierecilla. Entre el Doctor-Bestia y tú, pueden llenar varios edificios de
ego.
—Pues tu todo Boston
—Y tú todo el país
—Y tú el conti…
—¿Ya acabaron de arañarse?
Nastia se levantó del regazo de Teo indignada.
—¡Jebemti! A veces parecen niños.
Se inclinó y lo beso. El beso parecía corto y frio. Pero yo los conocía bien y sabía que aunque
corto, sus besos no tenían nada de fríos.
—Ya pueden volver a ser adultos y decir lo que realmente sienten. No se va a caer el cielo, se
los prometo.
Nastia salió de la oficina y cerró la puerta detrás de ella. Teo y yo nos quedamos callados con
la mirada hacia abajo, como niños regañados. Después de suspirar un par de ocasiones nos
envalentonamos.
—Sabíamos que esto iba a pasar tarde o temprano. Me alegra que sea con Olivier. Es buen tipo
y te quiere bien.
A Teo se le quebró la voz de comercial. Me levante y rodee su escritorio para sentarme en el
suelo junto a su silla. Él me imito y se sentó junto a mí.
—No voy a llorar.
Me aviso. Asentí y empecé a lagrimar por los dos.
—No pensé que me fuera a pasar esto Teo. Te lo juro. Pensé que íbamos a terminar viviendo
juntos toda la vida, que íbamos a trabajar duro para poder ir de compras durante meses a Milán,
Paris, Florencia.
—Mmm, me gusta el plan.
Dijo recargando la cabeza en el escritorio.
—¿Recuerdas esa tienda de antigüedades de Florencia? ¿Esa donde compramos la escultura de
Rómulo y Remo, porque dijimos que nosotros éramos iguales a ellos?
—¡Somos ellos! Tú eres Remo y yo soy Rómulo. Somos hijos del Dios Marte y fundamos la
ciudad de Roma, solo que en forma de agencia de modelos. Tenemos madres que hubieran preferido
que nos amamantara una loba en vez de ellas y yo te voy a matar como Rómulo mató a Remo en el
nombre de la capital, es decir, la agencia.
Me empecé a reír por las similitudes. Realmente éramos Rómulo y Remo, sobre todo por
nuestras madres.
—Esa. Yo quería que acabáramos así. En un pueblito cerca de Florencia, discutiendo por los
precios y vendiendo recuerdos de vidas pasadas.
—No Nic. Tú naciste para estar en pareja. Y no una pareja como Rómulo y Remo, sino en una
como la de Olivier y Nic. Una donde hay amor, bestias y fierecillas disfrazadas de ninfómanas. Esas
parejas son las que valen la pena.
Con voz temblorosa confesé mi pecado más grande.
—Creo que estoy enamorada.
Me eche a llorar por la desdicha. Me había esforzado tanto por recuperarme, por ser
independiente, por no necesitar ser aceptada o amada. Y ahí me hallaba, lloriqueando porque estaba
enamorada hasta el tuétano y anhelando ser necesitada y amada. Teo me acuno en sus brazos, aspire
el consuelo y me di cuenta que hacía mucho que no necesitaba ser consolada. Hacía tiempo que me
había recuperado, ya era tiempo de avanzar.
—Vamos a estar bien.
Afirme
—¡Por supuesto que vamos a estar bien! Esto es el principio de una era, no el fin.
Me levante y fui por una botella de Champagne de la heladera que Teo instalo en su oficina. Él
siempre tenía reservas. Mientras Teo abría el Gonet-Médevillel busque las copas y me volví a sentar
junto a él.
—Por Olivier y Nic.
Tintineamos nuestras copas y las levantamos en señal de salud. Antes de llevar la copa a mis
labios también hice un brindis.
—Y por Teo y Nastia. Porque se den cuenta de que el amor puede estar disfrazado de lujuria.
¡Santé!
Volví a levantar la copa en señal de salud y me la lleve a los labios. Teo me asesino con la
mirada antes de volver a levantar la copa y beberla hasta el fondo.
—Eres una listilla Nicole Jerez.
Le sonreí y le guiñe un ojo antes de rellenar su copa.
—Me parezco a mi hermano.
—Mmm, aduladora.
Me reí con él y acabe mi champagne.
—Te quiero Teo.
—Y yo a ti fierecilla.
Pasamos las siguientes horas festejando el principio de una era. Nastia termino la prueba de
vestuario que tenía programada y se nos unió. Era una reunión de tres amigos y ¿Qué se hace en esas
reuniones? Hablar de sexo.
—Sus besos me calman y no porque no me exciten, porque me excitan ¡Oh Dios, como me
excitan!
—¡Nic! No necesito saber eso.
Teo tenía a Nastia en su regazo con una mano en su trasero y ¿yo no podía hablar de besos?
—¡Qué ridículo eres!
Nastia tomo la mano libre de Teo y se la llevó al busto. Él entrecerró los ojos sin mover la
mano.
—Continua Nic. Tenemos un par de horas hasta que vuelva a pensar.
Dijo Nastia con su sonrisa diabólica. Me reí y rellene mi copa. El champagne ya corría por mis
venas libremente.
—Cuando hacemos el amor, siento que levito, siento que soy de él. ¡Es ridículo!
—No. No es ridículo. Es la vida. Cuando encuentras a tu par, es lo que se siente. Encuentras tu
lugar en el universo.
Contesto Nastia viendo a Teo a los ojos. Nastia también tenía el champagne corriendo en sus
venas, en su juicio jamás hubiera aceptado algo así. El ambiente se cargó de erotismo y no emanaba
de mí. Afortunadamente unos golpes en la puerta evitaron que presenciara como explotaban de
pasión.
—¿Lista?
Mi Oso llego al rescate. Me levante tambaleando del suelo y corrí a sus brazos.
—¡Oso! ¡Dame un beso!
Se rio y me complació. Acerco sus labios a los míos y lleno mi cuerpo de lujuria. Lo atrape del
cuello y restregué mi cuerpo al suyo ¡Dios, como lo deseaba!
—Nic, calma.
Separo mis manos de su cuello y las apretó posesivamente. Mis entrañas estallaron. Intente
acercarme nuevamente, pero me detuvo a su manera; Cargándome.
—Vamos. Creo que nadie está en condición de manejar.
Sonreí y eche la cabeza hacia atrás. Disfrute del techo que daba vueltas y vueltas. Cuando volví
a abrir los ojos ya estaba sentada en la parte trasera de la camioneta de Teo, con la cabeza de Nastia
en mis piernas.
—¿Qué tan íntima es la relación que tienes con Nic?
Al oír mi nombre intente poner atención, el champagne en mis venas lo dificultaba.
—Es intima. Llevamos viviendo juntos casi ocho años.
Reto Teo a Olivier.
—¿Has dormido con ella?
—Sí.
Contesto Teo sin dudar.
—¡Carajo Teo!
Huy, mi bestia estaba desatada. Me lo quería comer.
—¡Cállate! Vas a despertarlas.
No pude evitar reírme; entre la inconciencia de mi cerebro, la efervescencia de mi cuerpo que
crecía cada vez que Olivier abría la boca y la voz de comercial de Teo jugando con mi Oso, era casi
imposible no hacerlo.
—Fierecilla, dile al doctor cuantas veces hemos dormido juntos.
Hice una trompetilla muy impropia de mí. ¡Diablos, estaba muy borracha!
—¡Muchas! es fantástico como compañero de cama.
Logre decir justo antes de soltar una carcajada, Teo me acompaño y Olivier negando y
gruñendo regreso su vista al camino.
~~ § ~~
—¿Qué tanto escuchaste?
Le pregunte mientras me desvestía. Teo y Nastia se iban a comer vivos en uno de los pasillos del
edificio y decidimos acompañarlos al departamento. En cuanto entramos, fui directo a mi habitación.
Hoy dormíamos aquí.
—Lo suficiente.
Me dio la vuelta para terminar de desabrochar mi blusa. Toco mi nariz con la suya y como arte de
magia el aura apareció.
—Ya sé el secreto.
—¿Cuál secreto?
Dije desabrochando su camisa. Acerco su boca a mi oído y susurrando dijo:
—Que eres mía.
Baje la cabeza y la recargue en su hombro.
—Eso no cambia nada.
Me recargo en la pared detrás de la puerta y se separó de mi cuerpo. Sin tocarnos aclaro.
—Yo no soy él.
—Lo sé. Pero yo soy yo. Una mujer con tendencia a caer en círculos viciosos. Y mis círculos
viciosos son imparables. No quiero arrastrarte conmigo.
Acerco su cadera e hizo presión en la mía, mis ojos amenazaban con cerrarse por el estímulo.
—Sí. Arrástrame contigo. Llévame al más oscuro de los infiernos. Atrápame, no me sueltes.
Por el champagne, por mi deseo, por la ferocidad de su deseo, sucumbí. Lleve mis manos a su
cabello y lo arrastre conmigo. Yo sé lo advertí, solo era cuestión de tiempo para que llegáramos al
infierno.
Desperté en una cama vacía. Al percibir su olor en las sabanas recordé todas y cada una de las cosas
que hicimos la noche anterior; lascivas, sucias, sobretodo exquisitas. Él quería ser atrapado, yo lo
atrape, ese había sido el trato y cumplí con mi parte. Sentí movimiento a un lado mío y me di cuenta
de que la cama estaba vacía, pero no la habitación. No abrí los ojos porque la vergüenza ya había
entrado a mi cuerpo.
—Osa, dime buenos días. Ya sé que despertaste.
Me puse boca abajo enredándome más entre las sabanas. Con la voz apagada por la almohada le
conteste.
—Noooo, no es cierto. Sigo dormida. Estoy soñando… ¿Ya te vas?
—Sí.
Sentí como se hundía el colchón a mi lado y acariciaba mi pierna desde el tobillo hasta el muslo,
llevándose la sabana con él.
—Estate quieto.
—¡Anoche estuvo fenomenal!
Oí el deseo y el asombro en su voz. Voltee a verlo y lleve mi mano a su pierna. Ya estaba cambiado
—afortunadamente tenía ropa en mi casa—, tan formal con su traje de tres piezas, todo limpio,
elegante y guapo.
—¿En serio?
—¡En serio!
La maravilla de su voz me alabo.
—Fue sucio.
—Mmm, delicioso.
Reí apenada, moví mi cuerpo para apreciar la vista y que él apreciara lo que yo le ofrecía.
—A ver si entiendo. O sea, que mientras más sucio y lascivo ¿mejor?
—¡Absolutamente! Quien diga lo contrario no sabe nada de nada.
Me vino a la mente mi madre y sus creencias. Deseche el pensamiento inmediatamente.
—¿De veras, ya te vas?
Yo quería seguir haciendo cosas lascivas y sucias.
—Sí, ya voy tarde para mi ronda.
—No te vayas.
Me recargue en mi codo y subí mi talle mostrándole mi pecho. Él sonrió acariciando lo que le
ofrecía.
—No me lo pongas difícil Osa.
Baje el brazo y me cubrí.
—A veces odio tu trabajo.
—Sí, yo sé.
Me extraño que lo aceptara. Él sentía una gran devoción por su trabajo.
—¿En serio? ¿En serio lo odias?
—En serio. Yo también odio tu trabajo. No sabes cómo apreciaría que lo dejaras para ser mi sirvienta
sexual.
Bufe y le di un manotazo en la pierna, justo antes de acariciarla.
—Eres un listillo
—¿Verdad?
Le volví a dar un manotazo, esta vez en el brazo y me gire para darle la espalda. Cuando sentí que
acariciaba la curva de mi cadera seguí con los elogios.
—También eres un engreído, odioso, pedante e insufrible hombre-bestia.
Él continuo acariciando mi espalda mientras yo sacaba toda mi frustración, finalmente pare y suspire.
—¿Y qué más?
—Y que más ¿Qué?
—Y qué más sigue después de engreído, odioso e insufrible, sobre todo listillo. ¿Qué más?
Suspire y afirme.
—Eres romántico, tierno, bondadoso, fuerte, amoroso y sobretodo, un fabuloso amante. Eres el
paquete completo.
—¡Eso!
Me dio una nalgada antes de voltearme y acercar su boca a la mía para darme un sabroso beso de
buenos días. Después de disculparse por no desayunar conmigo se fue.
Tras pelearme con Morfeo, —por más vueltas que diera ya no iba a dormirme—, y no lo
convenciera de que me regalara otra hora de sueño, me levante.
Las señales de mi noche de depravación se veían escritas claramente sobre mi cuerpo: el revoltijo de
mi cabello, mis enrojecidas mejillas, los mordiscos que dejo a lo largo y ancho de mi cuerpo, la
placentera hinchazón entre mis piernas, sobretodo, el inmejorable olor de Olivier en mi piel, eran
señales inequívocas de mi depravación. Oficialmente, era una ninfómana.
Me aleje de mi ensoñación cuando me encontré a Teo y a Nastia desayunando perezosamente. Los
tres despertamos completamente cuando ellos empezaron a aplaudir. Teo grito un “¡Wow!” muy
fuerte. No entendí la ovación, de todos modos hice una reverencia y agradecí. Me acerque y me senté
junto a Teo.
—Así da gusto amanecer.
Dije, mientras le agregaba miel al té que Nastia me sirvió. Después de un trago, seguí agradeciendo
la ovación.
—¿Puedo saber por qué los aplausos? Sé que tengo muchas cosas aplaudibles, pero me gustaría saber
el motivo de esta mañana.
—¡Porque ayer estuviste mortal! ¡Bravo por mi recién graduada ninfómana! Te costó trabajo, pero lo
lograste.
Volvieron a aplaudir y a gritar su admiración. Sentía rojas hasta las pestañas, aunque, sintiéndome en
sincronía con ellos, también empecé a aplaudir y a juntar mis manos en señal de triunfo. Terminamos
brindando con nuestras respectivas bebidas.
—¿Cómo sabes de mi recién ingreso al lado oscuro?
—Fierecilla, el edificio entero se dio cuenta de qué eres una ninfómana.
—¡¿Me escucharon?!
—Yo, el edificio, ¡todo Boston te escucho!
Me lleve las manos a la cara para cubrir mi vergüenza. Alguna vez los escuche a ellos y no es lindo.
—¡Qué pena! Perdón…
Nastia acaricio mi pelo y me dio un beso en la mejilla.
—Perra, deja los lamentos. La próxima vez nos unimos y ya.
—¡¿Qué?!
—Oh sí. Tuve que detener a la emperatriz para que no se les uniera, ya iba preparada sin ropa y todo.
No lo dude por un segundo. Si yo me sentía lasciva y sucia, Nastia me decía: “disculpa, que yo voy
tres pisos arriba”.
28
¿Cómo diablos me hacía esto? Dos largos y malditos días y el señor no daba muestras de vida.
Cuando escuche que tocaban a la puerta me pregunte si lo había conjurado para que viniera a mí. No
creí en mi suerte y me dirigí a abrir la puerta.
—Es tarde.
Dijo en cuanto abrí la puerta. Llevo sus dedos a la nuca, aliviando sus tendones.
—Está bien. Pasa.
—Pensé que tal vez estuvieras despierta.
—Pensaste bien.
“Algo paso” Me dije cuando escanee su rostro, había mucha tensión.
—Estoy terminando mi currículum, voy a empezar a buscar trabajo.
—Cierto, cierto. ¿Cómo va?
—Bien
No se movió para tocarme o besarme. Me acerque a él y roce mis labios con los suyos, tratando
de reconfortarlo más que excitarlo.
—Casi terminado.
—Bien.
Se recargo en el sillón, era obvio su cansancio. “Dime que está mal” pensé. Podía preguntar,
pero había una barrera entre nosotros y odiaba presionarlo. Suficiente tenía con su trabajo.
—Olivier… ¿Una cerveza, vino?
—Claro.
Tiempo, él necesitaba tiempo para abrirse. Nos dirigimos a la cocina, él atrás de mí. Sin
tocarme.
—Supongo que ha sido un día largo.
—Algo. Acabe mi consulta a tiempo, pero… algo surgió.
Saque una cerveza y un vaso.
—En la botella está bien.
La acepto, pero no bebió de ella. ¿Cómo diablos no podía manejarlo? Podía manejar mujeres
que habían pasado la mitad de su vida famélicas o mujeres que habías sido maltratadas hasta
desfallecer, pero no podía manejar a este… humano.
—¿Quieres algo de comer? Tengo…
—No estoy bien.
“No. No estás bien. Habla conmigo.” Era suficiente, ahí voy.
—Dime qué pasa.
Guardo silencio y me observo. No alcanzaba a ver si estaba luchando para decirme o no.
—Tenía cosas que hacer, las hice y pensé en venir en vez de ir a casa. Es todo.
Levanto la cerveza, le dio un solo trago y la volvió a poner en la encimera.
—Ya que estas despierta. Tal vez puedo llevarte a la cama.
La frustración y la decepción se mezclaron con el resentimiento. Después de dos días de no oír
nada de él, es lo último que quería escuchar.
—Si hubiera sabido que solo venias por una cerveza y llevarme a la cama, me hubiera
preparado para ello. Pero como no es así. No. No puedes llevarme a la cama.
No hubo reacción física de mi rechazo. Nada.
—Valía la pena preguntar. Me voy, entonces.
Y el enojo se integraba a la mezcla. Mis ojos no creían lo que veían, realmente estaba
caminando rumbo a la puerta.
—¿De veras crees que puedes irrumpir en mi casa e irte cuando no obtienes lo que quieres?
Porque no es bajo tus términos.
Su cara reflejaba una calma que yo estaba muy lejos de sentir. Era el reflejo del doctor Adams,
del doctor que nunca perdía el control.
—No recuerdo que ninguno de los dos tuviéramos términos para ir a la cama.
Guardo silencio por unos segundos. Estaba luchando
—La vibra es errónea, lo mejor es que vaya a casa. Así los dos podemos dormir un par de
horas.
—Por supuesto. Voy a ir directo a dormir después de que me dejas enojada.
Volvió a llevar la mano a su nuca y empezó a masajear.
—Lo lamento. Ese no era mi plan. Debí ir a casa.
—Si, tal vez debiste hacer eso. Ya que tu sientes que la única que debe hablar de lo que le pasa o
siente soy yo. Tú eres demasiado perfecto para compartir conmigo lo que te está molestando.
Su expresión de “yo puedo resolver todo” se convirtió en enojo como un rayo.
—Eso no es cierto.
—No me digas que no es cierto, cuando estoy viendo que algo paso y no me dices qué es… Ya
sabes dónde está la puerta.
Lo vi, y vi el momento exacto en que controlo al animal. Llevo su mano a mi mejilla y la
acaricio con sus nudillos.
—Mira, es una mala noche, eso es todo. Traigo un humor de perros, no debí traerlos aquí.
—Tienes toda la razón, no debiste traerlos aquí. Llévalos contigo cuando salgas de aquí.
Le señale la puerta y espere a que saliera. En cuanto oí el clic de la puerta agarre la botella y
luche contra el impulso de aventarla contra la pared para que se estrellara y explotara junto con mi
frustración. En vez de eso, la vacié y la tire. En vez de asegurarme que la puerta tuviera seguro y
empezar mi rutina de todas las noches: Desnudarme, limpiar mi cara, aplicar crema de noche e irme a
la cama. Toque la puerta de Teo
—¡Nastia, vamos a emborracharnos!
Cinco minutos después me encontraba con Nastia, despotricando toda mi frustración en contra
de los hombres.
—Estas jodida perra. ¿Qué vas a hacer?
—No sé… ¿emborracharme?
—Me suena a plan
Contesto Nastia chocando mi champagne con su vino blanco.
Para mi infortunio, después de una botella de Virginie T y otra de Renski. Las dos teníamos un
gran dolor de cabeza y una pequeña embriaguez. Ella regreso con Teo y yo me acosté enojada,
frustrada, miserable y muy despierta por lo que faltaba de la noche.
~~ § ~ ~
—No tuvimos una pelea.
Iba por el cuarto kilometro en la bicicleta. El gimnasio estaba casi vacío, una ventaja de
empezar el día a las once de la mañana.
—Solo llegamos a un punto muerto.
—Pues a mí me suena a pelea.
Teo mantenía las mancuernas recargadas en sus piernas, sentado en frente de mi bicicleta.
—En una pelea discutes o gritas, dices cosas inapropiadas. Esta no fue una pelea.
—Él se fue, tus estas enojada y con resaca. Requisitos indispensables para una pelea.
—Como sea, se portó mal y se tiene que disculpar.
No llamo, no mando mensajes, no nada. Ya no pude con el enojo y sucumbí. A las once de la
noche abrí la puerta de su departamento y lo encontré escondido en su estudio. Con un trago en las
manos y perdido en la vista de la noche bostoniana. Ahí me di cuenta del pesar que le rodeaba los
ojos.
—¿Qué paso?
No volteo, no respiro, no contesto. Mi temperamento se estaba inflando.
—¿Qué paso?
Pregunte con más premura
—No puedo hablar. Necesito estar solo.
¿Solo? Ya había estado solo por tres días. No me iba a dejar atrás.
—¿Alguna vez te he dicho que Teo me enseño como ser testaruda?
No contesto. Aparte de que mi temperamento ya había roto compuertas, me empecé a
preocupar. Él no se alejaba de mí. Él era insistente en estar conmigo. Me acerque y me hinque para
estar a su altura. Sus ojos eran fuego puro, angustia, pesar, ira. Todo mezclado en color acre.
—Habla conmigo.
Suplique
—¿Qué paso?
Dejo caer el vaso al piso y me tomo por el pelo. Levanto mi cabeza y la llevo a su altura, ahí vi
lo que necesitaba. Necesitaba mi cuerpo para desahogar lo que lo estaba consumiendo. Lo aferre a
mis manos e hice que me diera toda su angustia.
~~ § ~ ~
—Soy una bestia.
Recargo su cabeza en mi pecho y dejo caer todo su cuerpo en mí.
—Lo siento.
Acaricie su cabeza y sentí claramente cómo terminaba de relajarse. Sin necesidad de que yo
presionara las compuertas se abrieron y se desahogó. Había perdido un paciente. Recordé lo que
alguna de sus muñecas había dicho, él se desahogaba en la cama. Bueno, pues ya tenía cama y mujer
para desahogarse, porque nadie más lo iba a tocar.
29
Yo ya había estado en las vegas, pero venir acompañada con el doctor Adams era una
experiencia completamente diferente. Nos hospedamos en el hotel Trump. Apenas nos alcanzamos a
instalar en la habitación y ya se nos hacía tarde para la bienvenida que estaba otorgando el consejo
médico. Era en el Empire penthouse, en el último piso del hotel. La vista era esplendida, luces, lujo y
una comunidad de doctores y doctoras tomando cinco minutos de descanso de todas sus
responsabilidades. Por supuesto el vino corría como agua. El ambiente era relajado y entusiasta. Solo
eran tres días de convención y la gente estaba dispuesta a aprovecharlos hasta el último minuto.
Me separe de Olivier para ir al tocador y me detuvieron un par de ocasiones, los hombres y el
alcohol son una mala combinación. Más si están en busca de una aventura de tres días. Poco a poco se
armaban los grupos y las parejas. Me pregunte cuantas veces mi precioso Oso habrá participado en
una de esas “convenciones”.
Al regreso del baño me pareció ver una cara conocida. Brinque y ni siquiera lo pensé. Corrí a
los brazos de Adam Duncan.
-¡Adam!
Lo abrace y lo bese en la mejilla. Él inmediatamente me regreso el abrazo, aunque de una
manera manos efusivas. Me extraño mucho. Adam era de los que abrazaba todo el tiempo. Ahí se me
ocurrió que tal vez venía acompañado y yo había corrido sin fijarme primero.
Intente separarme y él me detuvo. Empecé a reír, ahí estaba mi amigo.
-¿Cómo estás? ¿Qué haces aquí?
Permitió que me separara un poco y me sonrió coquetamente.
-Ahora estoy perfectamente. ¡Qué guapa eres!
-No seas tonto. Acabo de llegar y no tuve tiempo de arreglarme, soy un desastre.
Negó sin soltarme.
-Mentirosa. Si eres una hermosura.
Me alejo de su cuerpo lo suficiente para poder admirarme. Por las prisas solo cambie mis
pantalones de mezclilla por un vestido lila strapless de caída ligera hasta las rodillas. Era lindo, pero
no el mejor de mi colección. Adam siempre pecaba de adulador.
-¿Nic?
La voz de mi Oso me hizo ver que seguía en los brazos de Adam. Di un paso atrás y me gire.
Ahí estaba mi bestia. Con los ojos llenos de fuego y el semblante de niño malo.
-Olivier, te presento a Adam. Adam, él es mi novio. El doctor Olivier Adams.
Vi como Olivier luchaba con su subconsciente para no ser maleducado. Levanto el brazo con
muchísimo trabajo. Al cambio Adam sonría abiertamente sin quitar su mano de mi cintura.
-Lamento mucho contrariarte. Pero no soy Adam, soy Andy.
-¡Andy!
Lo volví abrazar ¡finalmente conocía al gemelo de mi amigo Adam!
-Es increíble, son iguales.
Se rio conmigo y asintió. Si, eran iguales, los mismos ojos color miel con toques de verde, la
misma altura, el mismo pelo ondulado color chocolate. A lo mejor su única diferencia es que Adam
era un poco más musculoso. Y yo volvía a estar en los brazos del extraño. ¿Qué pasaba conmigo? Me
separe y me di la vuelta para ver a Olivier. No estaba enojado, estaba furico.
-¿Recuerdas que te platique de Adam? Él es Andy, su hermano, es pediatra.
Negó muy despacio, peligrosamente despacio.
-Es un amigo de años. ¿Seguro que no te acuerdas?
De ahí venia la fama de que las modelos somos medio idiotas. En ese momento estaba
reafirmando el dicho.
-Andrew Duncan
Andy le ofreció la mano y Olivier no tuvo más remedio que aceptarla.
-¿Nos disculpas?
Andy alcanzo a asentir antes de que Olivier me tomara de la mano y me llevara a un rincón del
penthouse.
-No.
Lo gélido de la voz me hizo asentir.
-No vuelvas a hacer eso. ¿Está claro?
Levante la barbilla y ladee la cara.
-¿Puedo ir por una bebida señor?
Empezaba a gruñir cuando pase a un lado de él. Fui directo por una copa de champagne, la iba a
necesitar.
Esa noche fue la primera que dormimos enojados. Bueno, enojados o no, su posesiva mano en
mi vientre me mantuvo a su lado toda la noche.
~~ § ~ ~
Tumbada boca abajo a la orilla de la enorme alberca de hotel, bajo los cálidos rayos del sol,
con Olivier a unos pasos en uno de los centros de conferencia, sin citas, sin fotógrafos, sin
maquillaje y lo más importante, sin tacones, estaba a punto de explotar por la felicidad.
Sentí una presencia. Me resistí a abrir los ojos y fingí dormir. A veces los hombres son
increíblemente persistentes. Ya había mandado a más de dos a freír espárragos y aun así seguían
insistiendo. Fingir dormir era más sencillo.
—Qué bueno que eres modelo. Como actriz podrías morir de hambre.
El tono de voz era tan familiar, que no pude evitar sonreír. Abrí los ojos poco a poco e hice
sombra con mi mano.
—Tienes la misma voz que tu hermano.
—Y también los mismos gustos. Ayer hable con él, te manda saludos.
Sonrió y eclipso al sol. Los gemelos Duncan eran guapísimos.
—Adam y yo solo somos amigos.
—Adam y su mediocridad.
Sonreí junto con él. Adam podía ser muchas cosas, nunca mediocre. Aunque me temía que su
gemelo y él compartían la misma testarudez.
—¿Alguna vez cenaron?
Asentí coquetamente. Era biológicamente imposible no hacerlo.
—¿Besos?
Mi sonrisa se amplió. Con la mano que cubría mis ojos, le señale el número uno. Negó
chasqueando la lengua.
—Yo puedo romper ese record.
Lo dijo tranquilamente, sin pretensiones, solo como una realidad. Tenía que levantarme de ahí
si quería sobrevivir al encanto Duncan. Torpemente intente abrochar la parte superior del bikini.
—¿Puedo?
Yo y mi vanidad. La marca del bikini era mucho mejor que sentir los dedos del doctor Duncan
tocando mi piel. Pero soy mujer y toda mujer merece pecar de vez en cuando.
Asentí y cerré los ojos. Con dedos eficientes y delicados, apretó los tirantes de mi diminuto top
para hacer un nudo a media espalda. Cuando termino volvió a apretar los tirantes comprimiendo mi
busto y susurro.
—¿Así, o más apretado?
Mi busto le contesto llenándose de deseo. ¡¿Qué diablos estaba haciendo?! Con manos
temblorosas abroche los tirantes que iban al cuello. Antes de levantar el torso revise que todo
estuviera en su lugar y con gracia aprendida, me senté para enfrentarlo. Desafortunadamente no solo
me iba a enfrentar a él, sino también a la malhumorada bestia que se encontraba justo atrás del doctor
Duncan.
Les sonreí titiritando. ¡¿Cómo diablos iba a salir de esta?!
Olivier dio dos pasos y me cubrió con la enorme toalla que me había servido de almohada. Y
volvió a usar la misma táctica.
—¿Nos disculpas?
El camino a la habitación fue eterno, éramos conscientes de la respiración de cada uno, incluso
del parpadeo. Aun así, ninguno de los dos dijo nada hasta que estuvimos en la habitación.
—¿Qué pasa?
—¿Qué pasa de qué?
Ladeo la cabeza y podría jurar que los ojos estaban a punto de sacar llamas.
—Es solo un amigo
—¡¿Un amigo?! ¿De los que dan besos y mordidas?
Dijo con toda la ironía que le fue posible
—Vamos Oso. No puedes estar celoso. Es solo el hermano de un amigo. Está lejos, lejos, en la
lista de pretendientes.
Dio un paso atrás y me fulmino con los ojos.
—¿Tienes una lista de pretendientes? ¿Me puedes comunicar, quién diablos esta en los primeros
lugares?
Creo que en vez de aportar razones a mi causa, lo estaba empeorando. Así que use la mejor
arma, el contraataque.
—No sé de qué te quejas. Tu lista de muñecas es mucho más amplia que la mía. Crees que no sé
que por ahí anda un grupo de muñecas que me odia. Que finja demencia no significa que este
demente.
—Sí. Sí eres una demente.
Lo dijo con su voz de bestia, pero logre advertir un poco de diversión en sus ojos. Apostando a
su lujuria por mí. Deje caer la toalla y me acerque a él sonriendo.
—Estoy enojado.
Sonreí todavía más y lleve mis manos a la espalda. Me deshice de la parte alta de mi traje de
baño y me apreté a él.
—Lo dicho, eres el diablo.
Fue lo último que dijo antes de cerrar los ojos y perderse en mi cuerpo.
Desafortunadamente me advirtió que era la última vez que lo acompañaba a un evento de este
tipo. Dijo algo así como: “Estoy más preocupado por cuidarte, que por aprender. La próxima vez te
quedas en casa”.
30
Era difícil, aun así lográbamos cenar juntos casi todos los días. Normalmente en un restaurante
cerca del hospital o en el departamento de Teo, a Nastia le gustaba cocinar.
Era viernes y como pocas ocasiones conseguimos cenar en casa. Sol, la chica que nos ayudaba
con la limpieza, nos dejó una cena ligera. Ya había hablado con ella sobre un aumento y mi estancia
ahí. Era más trabajo para ella y no quería que se sintiera explotada. Llegamos a un acuerdo muy
cómodo, ella hacia la limpieza, la comida, mantenía mi ropa en buen estado y la despensa llena. Y yo
le subía el sueldo y le regalaba todas las muestras que me llegaban. Era un buen trato considerando
que las muestras valían casi su sueldo.
Siguiendo la regla, una llamada rompió el encanto de nuestra cena.
—No señor Luna. Mi trabajo es decirle lo que necesita hacer para que la operación funcione.
No lo voy a operar si sigue fumando. Es una pérdida de mi tiempo y de recursos, la operación no va
a funcionar si usted no deja ese espantoso vicio.
Guardo silencio mientras escuchaba resignadamente a su paciente adicto al tabaco.
—Yo le garantizo una buena operación, si usted me garantiza que deja de fumar. Cada vez que
enciende uno de esos asesinos, la probabilidad de que la operación funcione baja. Justo en la misma
proporción. Más cigarros; Menos vida. De usted depende ¿Quiere una vida larga disfrutando de sus
seres queridos o una corta, rodeada de humo y mal aliento?
Volvió a guardar silencio y aprovecho para darle un trago a su vino.
—Por supuesto que puede pedir otra opinión. Solo le pido que si le dan un diagnostico
diferente al mío, lo dude inmediatamente porque están equivocados. Vaya y busque otra opinión.
Cuando acabe de buscar opiniones, lo espero en mi consultorio. Ya sabe el número.
Después de unos momentos escuchando al simpatizante de las tabacaleras sonrío.
—Bien, lo espero en mi consultorio el próximo lunes. Hasta luego.
Olivier no era nada delicado con sus pacientes. En un principio me pareció interesante como
cambiaba el tono de voz. Era más imperante, más autoritaria, más exótica para mí, lo malo es que me
ponía de muy mal humor cuando se volvía déspota.
Colgó y le reñí.
—¡Oye! ¿No crees que eres un poco insensible? La gente está enferma, se sienten mal. Lo que
menos quieren es que su doctor los regañe.
Me vio como si me hubiera crecido un tercer ojo.
—¿Sabes qué es lo que busca la gente en mí?
Su tono de voz me molesto, dejo de ser mi Oso y se convirtió en la maldita bestia.
—No sé ¿Cuidado? ¿Qué los entiendas bien? ¿Apoyo?
—No Nic, lo que ellos quieren de mí, es que los cure. Que los cuiden las enfermeras, que los
apoyen las familias, que los entiendan sus sacerdotes. Mi trabajo es componer la maquinaria
defectuosa. Atrás de cada caso hay una historia triste, si yo me involucro con cada uno, no podría
hacer mi trabajo. Necesito distancia.
Asentí y no volví a abrir la boca. Cuando acabe de cenar, me levante de la encimera y salí de la
cocina. Me dirigí directo a mi estudio. Hacia unos días los trabajadores habían acabado con él.
Olivier mando separar una de las habitaciones en dos; La mitad era mi guardarropa, la otra era mi
estudio, las dos estancias fueron remodeladas y decoradas completamente a mi gusto. Era una bestia,
pero una bestia que me quería.
Después de trabajar un rato mandando solicitudes, me di cuenta de que no estaba sola. Olivier
estaba recargado en el arco de la puerta observándome.
—¿Te hable con mal tono?
Sonreí y asentí.
—Un poquito.
—Perdón. Es la costumbre.
Volví a asentir y lleve mi vista al ordenador. El tono y la postura seguían siendo de la bestia.
—Nic.
Cerré los ojos y respire profundo
—Párate y ven acá.
Levante la mirada y lo rete con ella. ¿Quién diablos se creía?
—Levántate y ven acá.
Hablo todavía más despacio enervando mi temperamento.
—No.
Conteste firme. Me sorprendió cuando se dio la media vuelta y salió del estudio. Me quede
frustrada y gruñendo. Baje la mirada y volví a concentrarme en la pantalla. Dos segundos después
regreso con mis botas y una chamarra.
—Ven, vamos a salir.
No dijo más y a tirones me puso las botas y la chamarra. Enojada, irritada y dolida me subí a la
camioneta GL-Class color ocre como sus ojos. Ya había iniciado el invierno, la Ducati se fue al
garaje y surgió la camioneta.
No volvimos a hablar, las calles estaban cubiertas de nieve regalándome una vista impresionante.
Finalmente apago el motor y me di cuenta que estábamos en el hospital.
—¿Qué hacemos aquí?
Me agarro de la mano mientras me ayudaba a salir y sin hablarme me guio por el hospital. Abrió
unas puertas y me vi en terapia intensiva de cardiología.
—Doctor Adams, no sabía que venía.
Una enfermera se apresuró a recibirlo.
—¿Cómo sigue mi paciente?
—Bien.
Revisando un informe que la enfermera le dio, nos dirigimos hacia una habitación donde había batas,
gorros y guantes, todo lo necesario para esterilizarse. Él se puso su traje de trabajo mientras lo
admiraba desde la puerta. Salió y solo dijo:
—Sígueme
Lo seguí obedientemente, después de pasar por un par de habitaciones me señalo un cristal.
—Ahí.
Atreves del cristal, observe como entraba a una habitación con una cama pequeña y llena de aparatos
y bips. En una de las esquinas, se encontraba una mujer con la misma ropa que Olivier sentada en una
silla. Y en la cama, un cuerpecito de una niña delgadita y llena de tubos y agujas. Mi corazón se
contrajo en cuanto la niña abrió los ojos. Se veía tan delicada e indefensa. Un nudo se instaló en mi
garganta y reprimí un sollozo trabajosamente.
—Princesa ¿Cómo te sientes? ¿Hay dolor?
Mi corazón se rompió cuando escuche el tono de voz con el que le hablaba. No era ni bestia, ni oso,
ni doctor, era un ser humano preocupado por otro.
La niña negó y sonrío. Tenía un tubo en la boca que le impedía hablar, aun así, mostro una gran
sonrisa.
—Bien
Olivier le regreso la sonrisa y acerco su mano protectoramente a la cabeza de la princesa. La veía
con adoración, como si fuera su propia hija. Después de revisar la información de los aparatos y
llenar el informe, se despidió con una sonrisa de la niña.
—Mami ¿Podemos hablar?
Volvió a usar su voz de doctor con la mamá de la niña. Una chica más o menos de mí edad con
semblante cansado, con unos ojos enormes esperanzados y una deslumbrante sonrisa. Esa mujer
había sufrido más de lo debido. Apresuradamente siguió a Olivier a las afueras de la habitación.
Mientras Olivier hablaba con ella, me retire hacia el módulo de enfermería y espere pacientemente
brindándoles un poquito de espacio.
Vi como la chica abrazaba agradecidamente a Olivier y lo besaba en la mejilla mientras rompía a
llorar. Olivier no le devolvió el abrazo, solo le toco el brazo inexpresivamente y la mando de vuelta
a la habitación. En cuanto se quedó solo dos enfermeras se acercaron, él les daba indicaciones
mientras caminaba en mi dirección. Se quitó el gorro, el cubre bocas y los guantes, los tiro a la
basura y me tomo de la mano. Salimos del área intensiva dejando atrás enfermeras, madres
esperanzadas y princesas en recuperación.
Nos dirigimos a los elevadores sin hablar. Solo hablo cuando se cerraron las puertas del elevador y
conseguimos un poco de intimidad.
—Esa niña tuvo dos paros cardiacos mientras la operaba ayer por la mañana. Murió dos veces en mi
mesa de operaciones y las dos veces la regrese. Si yo me involucrara con cada persona que pasa por
mi mesa, no podría regresarlas. Su madre en vez de tener ojos llenos de esperanza, los tendría llenos
de dolor, porque estaría enterrando a su hija. ¿Entiendes?
Asentí calladamente. Se volvieron a abrir las puertas y entro gente acabando con la intimidad.
Yo quería y respetaba profundamente a Olivier, pero nunca con la admiración que nació en ese
momento en mí. Acepte que Olivier sabía lo que hacía, cómo lo hacía y no volví a abrir la boca
mientras hablaba con sus pacientes.
~~ § ~~
Para quitarnos el mal sabor de boca del día anterior, me deshice del trabajo y me presente en su
oficina sin avisar. Mi plan era secuestrarlo para almorzar. Ahí conocí a Sandra, su secretaria, una
mujercita de unos treinta y muchos años, delgada, con unos enormes ojos llenos de odio dirigido a
mí. Definitivamente ella y yo no íbamos a ser amigas.
—El doctor Adams está ocupado, no atiende a nadie sin previa cita.
Me dijo con voz altanera. Últimamente mi nivel de tolerancia estaba sufriendo cambios. Podía
esperar horas por una sesión fotográfica sin alterarme por un segundo, no obstante, podría jurar que
si pasaba cinco minutos con esa mujer bajo el mismo techo, era muy probable que cometiera
homicidio. Así que trate de ser pacifista y matar solo mi sorpresa en vez de la altanera secretaria.
Saque mi teléfono y le marque enfrente de la nariz aguileña de Sandrita.
—¡Osa! ¿Todo bien?
Me reí encantada y recargue una mano en el escritorio de Sandrita.
—¿Adivina quién va a almorzar con el doctor Adams sin previa cita?
—¿En serio? ¿Dónde estás?
—Afuera de tu oficina, conociendo a tu adorable secretaria.
Olivier suspiro y sin regañarme, solo informándome, dijo:
—No seas mala con ella. Tiene un modo extraño, pero es buena con los pacientes.
—¡Por supuesto! Si yo soy un amor.
Olivier se rio y me dio la razón.
—Si Osa, eres un amor. Mi amor. Ya salgo.
Sandrita me estaba matando con la mirada. Las cosas empeoraron cuándo un par de enfermeras
se acercaron a ella y ella les cuchichió en el oído demostrando muy poca educación. No alcance a oír
que les dijo, fue obvio que no era bueno, ahora tenía tres pares de ojos dirigiendo su fuego contra mí.
En ese momento salió Olivier de su oficina y me olvide de los ojos hecha flamas. Olivier me sonrió
y ya no existió nada más.
Las tres mujeres cambiaron su postura inmediatamente. Me impresionó la rapidez con la que
cambiaron, eran camaleones. Olivier le aviso a Sandra que salía a almorzar sin ni siquiera mirarla,
estaba muy ocupado besando mi mejilla. Sandra le recordó que tenía una cita en cuarenta minutos, él
asintió y salimos de ahí. No conseguí un almuerzo en forma. Lo más que conseguí, fue una ensalada
insípida de la cafetería del hospital, aun así, su compañía hacia mi día.
—Tengo una gala este miércoles. ¿Crees poder hacer un espacio e ir conmigo?
A mi ensalada se le fue el poco sabor que tenía cuando vi su expresión.
—No te enfades…
¡Huy! Ese no era un buen comienzo para ninguna charla.
—Pero mi trabajo requiere de toda mi concentración. No puedo salir seguido, ni a cenar, ni al
cine, ni a galas. En realidad a ningún lugar. A veces duermo tres o cuatro horas, cuando duermo. No
puedo ir a una gala un miércoles por la noche. Esa es tu vida, no la mía.
Pensé en levantarme y dejarlo con su insípida ensalada. ¡¿Yo si tenía que para mi vida por él,
pero él no me concedía una noche?! En ese momento nos interrumpieron y a partir de ahí, no
pararon: colegas, enfermeras, administradores, todos querían hablar con él. Los pretextos eran
variados: por un paciente, por una conferencia, o solo para desearle un buen día. Olivier usaba un
tono de voz frio cuándo hablaba con la gente, no era el mismo tono que usaba conmigo. Era distante,
no vi que tuviera una relación de amistad con ninguna de las personas que se acercaron, todo era
trabajo. Ahí me di cuenta que Olivier no tenía respiro. Siempre estaba trabajando o estudiando, y
cuando tenía un tiempo libre, lo usaba en hacerme el amor o dormir. ¡Por supuesto que no quería ir a
una gala un miércoles por la noche! Mi ego bajo tres pisos y deje que la indignación se esfumara. Ya
solo deseaba llevarlo a su oficina, darle un último beso enfrente de Sandrita y sus enfermeras, y salir
del ambiente estéril del hospital.
31
Caminar junto a Olivier era toda una experiencia. Jamás me soltaba de la mano, parecía que
temiera que me fuera a escapar. Caminaba muy erguido, con pasos firmes y pausados, con la
seguridad propia de un hombre. Y yo, babeando a su lado sin perderlo de vista.
Ese día la suerte no estaba de mi parte. Íbamos caminando por uno de los pasillos
dirigiéndonos a su oficina. Él revisando su teléfono y yo disfrutando de tener mis dedos entrelazados
con los suyos, cuándo nos tropezamos con otra muñequita. Una jodida doctorcita.
—Olivier, corazón.
¡Maldita mujerzuela! ¡¿Quién diablos se creí para decirle corazón?! Y para colmo, ¡le hablo por
su nombre! ¡Nadie le hablaba por su nombre!
Lo beso en la mejilla con una confianza que solo la intimidad compartida daba. No fue una ola,
fue un tsunami de celos lo que lleno mi cuerpo. Desde la punta de los pies, hasta el último jodido
cabello, todo mi cuerpo se llenó de furia. Olivier tuvo la gracia de separarse rápidamente de ella y
acercarme a él.
La chica me veía de arriba-abajo con total descaro, era más alta que ella, aunque su petulancia
me sobrepasaba por mucho.
—Nic, te presento a la doctora Morris.
La doctora Morris no tuvo intenciones de darme la mano, yo seguí su ejemplo. Empezó a
balbucear algo sobre un baile de beneficencia sin reparar en mi persona, actuaba como si yo no
estuviera ahí, como si no existiera. Y como yo soy una buena alumna, seguí su paso, actúe como si no
existiera.
Mirándola a los ojos, me acerque al oído de Olivier y susurre.
—Tengo unas ganas locas de hincarme, bajarte el zíper y tomarte enterito en mi boca;
Profundo, húmedo, apretado. Hacerte mío, hasta que me des la última gota de ti.
—¡¿Oliver me estas escuchando?!
Oliver dejo de verme por un segundo y llevo su mirada a la antipática mujercita.
—Te estoy escuchando Vanesa. ¿Cuándo dices que es?
—El sábado
Volteo a verme y con sus ojitos llenos de deseo me pregunto;
—¿Estas libre el sábado?
—¡Oh! No es necesario que contrates una escort. Yo estoy libre, pode….
—¡Vanesa! Nic no es una escort, es mi novia ¡Discúlpate!
Con una sonrisa maliciosa lleve mi vista a la despechada Vanesa. Mientras trataba de esconder
mi sorpresa al título de “novia”, ni siquiera el “escort” me disturbio, pero novia era otra cosa. ¡Era la
novia de Olivier!
Vanesa bufo y con una sonrisa tan falsa como las monedas de chocolate se disculpó. Yo acepte
la disculpa con la barbilla tan alta como me lo permitió el cuello y navegando en una nube de ego.
Novia ¡Oliver me había presentado como su novia! Por un segundo el pánico ataco bruscamente,
pero mi esperanza lo derribo sin esfuerzo. Yo también lo quería.
Dejamos a la despechada Vanesa y llegamos a su oficina. Estaba por darle un beso y salir
corriendo de ahí, cuando otra muñequita apareció. Una enfermera jovencita, bonita y enamorada
hasta la medula de Olivier. Los ojos tenían forma de corazón y la voz dulce empalagaba hasta a las
abejas.
—Doctor Adams ¿Puedo hablar con usted en privado?
Dócil, sumisa y peligrosa. Esa muñeca tenía las garras escondidas, ella era más peligrosa que la
doctora Morris. Su tatuaje en el cuello lo demostraba, un tatuaje muy fino con la palabra: “Déesse”,
diosa en francés. Evite pensar en donde más tendría tatuajes.
Olivier ni siquiera titubeó, no soltó mi mano, no la apretó, nada. Se mantuvo frio y en control.
-Dime.
La muñeca bajo la mirada y se acercó a él.
-Podría ser en privado.
El susurro, hasta a mí me pareció erótico.
-No creo. No tenemos ningún caso en común y no me gustaría que una reunión a solas con
usted se prestara a malas interpretaciones. Si necesita decirme algo, lo puede decir aquí.
A la muñeca se le encendieron los ojos.
-No dijiste eso la última vez que estuvimos juntos.
Solo ahí, la mano de Olivier se tensiono. Había tres personas en la sala de espera y Sandra con
una enfermera en su escritorio. Todos estaban muy atentos a la conversación.
-La última vez que nos reunimos yo no estaba en ninguna relación y sabías perfectamente que
era una situación de una sola vez. Nadie prometió o dijo algo que se pudiera mal interpretar. Ahora
estoy en una relación, como puedes ver…
Levanto nuestras manos entrelazadas para dar énfasis a sus palabras y siguió con su discurso.
-Le debo todo mi respeto a mi novia y de ninguna manera me voy a presar a malos entendidos.
La muñeca trago todo el aire disponible del hospital. Cerró los ojos, se le salió una lágrima y
asintió.
-Disculpe la molestia doctor. No era mi intención molestarlo. Con permiso.
Dio la media vuelta y salió de la oficina corriendo. Sentí que mi rostro se encendía. Olivier
volteo, saludo a un paciente y le pidió unos minutos. El paciente ni siquiera rechisto, hombre al fin, le
dijo que se tomara el tiempo que necesitara. Olivier pasó de Sandra que tenía la boca muy abierta y
entramos a su oficina.
—¡Diablos Olivier! ¿Te tiraste a todo el hospital? No he encontrado unos ojos amigables en
todo el hospital. ¡Carajo! Ni siquiera bajaste la voz.
Él no se tomó muy bien mis palabras.
—¡No empieces!
—No empiezo ¡Continuo! Ese es el problema; Que la lista continúa y continúa y continúa. ¿Te
costaba mucho trabajo ser más selectivo? ¿Tienes idea de lo que es la monogamia? ¡No me lo puedo
creer! En serio, ¿Te has hecho un test? Porque esto parece el harem de Olivier Adams. Además, un
poco de amabilidad no te costaba nada. ¿No tienes corazón? Una cosa es que no le hagas caso a la
perra de la doctora esa. Pero a esa mujer le rompiste el corazón. Y para colmo, tal parece que yo soy
la intrusa que les está quitando al semental. Carajo Olivier ¿Tanto trabajo te habría costado esperarme
un poquito?
—¡Qué no te espere! ¡Qué no te espere!
Las lágrimas estaban a punto de aflorar, se mantenían adentro de mis ojos por simple orgullo.
El enojo, la frustración era lo que me mantenían de pie. Él caminaba de lado a lado con un aura de
frustración como compañía. Por un momento parecía que le iba a salir humo por los oídos.
—¡Escúchame bien! Porque solo lo voy a decir una vez y va a ser la última vez, ¿Entiendes?
Levante la barbilla y lo rete con la mirada.
—Un buen día llame a casa para saber cómo estabas, cómo estaban. Esa llamada cambio mi
vida. Hable con mi mamá, con Chris. Me di cuenta que algo no estaba bien por el tono de angustia que
tenían en la voz y los cientos de veces que me repetían que me querían. Finalmente mi papá tomo el
teléfono y con la voz llena de angustia me rompió el corazón. ¿Sabes qué me dijo? ¿Sabes qué paso,
para que me convirtiera en este “hombre sin corazón”?
Negué despacio, esto no se veía bien.
—Me dijo: “La única noticia que hay por aquí, es que Mari se casa con el jovencito ese, el
buscapleitos” ¿Dennis? Pregunte incrédulo ¡¿Dennis?! ¡Te casaste con Dennis! ¡Maldita sea Nicole!
¿Yo no te espere? ¡Tú fuiste la que salió corriendo a los brazos de Dennis, mientras yo me pasaba las
noches pensando en ti y en cómo sacarte de ese maldito pueblo!
El enojo lo estaba rebasando. Le temblaba el cuerpo entero, las manos eran un par de puños
listos para reventar y las lágrimas estaban a punto de delatar, que si tenía corazón.
Con la respiración entre cortada me acerque a él. Lo agarre por el cuello y lo bese con todo mí
ser. Él atrapo mi cuerpo con sus dos brazos, dio media vuelta y me estampo contra la pared. Nos
besamos con pasión, con rabia, con dolor. Jadeando se separó unos centímetros de mi boca y me vio
a los ojos. En ese momento una lágrima lo traiciono y callo por su mejilla. Con esa lágrima pasaron
dos cosas: La primera, con un gruñido lamí la lágrima traicionera, y seguí con cada parte de su
cuerpo. La segunda, es que me prometí no volver a ese hospital.
32
Tenía tres opciones; verde, azul y negro. Mi humor decía que negro, así me sentía. Una mezcla
de mal humor, miedo e irritabilidad. Esa mezcla hacia que fuera una terrible compañía. Olivier
llegaba en diez minutos y yo todavía no me decidía acerca del vestido que debía usar. Yo solo deseaba
estar en la cama con él, pero insistió en que lo acompañara y yo no pretendía dejarlo solo con su
harem.
—¿Qué haces? ¡Deja de perder el tiempo y vístete!
Me senté en la cama con la ropa interior cubriendo lo necesario. Afortunadamente el cabello y
el maquillaje estaban listos, me faltaba escoger los accesorios, que dependían del vestido.
Teo me acerco el vestido azul y me señalo que levantara los brazos sobre la cabeza.
—¡No soy una muñeca Teo! ¡Soy perfectamente capaz de vestirme sola!
—¡Pues no se nota! Deja de perder el tiempo y levántate para que te suba el cierre.
Con una mueca me levante de la cama y deje que me acomodara el vestido.
—¡Además!
Dije separándome de él para ir nuevamente al espejo.
—Yo prefiero el verde.
—No. El verde te hace ver grinch.
—¿Grinch?... Tal vez me sienta grinch.
Susurre
—Esa no es razón para que lo luzcas. Puedes estar grinch y lucir como toda una fierecilla.
Deje salir un gruñido de frustración y me ajuste el vestido. Era de corte princesa y escote “V”
hasta la cintura. De un azul real que transformaba en verde-agua el color de mis ojos. Sin mangas y
con la espalda cubierta solo por dos tirantes cruzados que se anudaban en mi cintura. El satén hacia
que la caída fuera muy suave. El vestido fue el regalo de una nueva diseñadora a la que le había
trabajado unos meses atrás. Fue el bono por trabajar tres días seguidos hasta las cuatro de la
madrugada.
—¿Ves? No fue tan difícil. Y te vas a sentir mejor, porque sabes que luces maravillosa.
Sonreí y acerque mi cabeza hacia su hombro.
—Luces bellísima, muy elegante. ¡Yo! me estoy poniendo grinch de la envidia.
Me dio una nalgada y se dirigió a la puerta. Estaba por cerrarla cuándo volteo y me señalo
sacudiendo su dedo anular.
—¡Y ahí de ti! dónde no recibas a Oliver con una sonrisa en esa cara grinchesca. Ese hombre
está loco por ti, trabaja como burro y está muy emocionado con presumirte en esa gala, parece niño.
Dale una buena noche. Se la merece.
No espero mi respuesta, salió cerrando la puerta tras de él. Me encantaba que Teo y Olivier se
hubieran relacionado tan bien. Solo basto que hablaran unos minutos a solas y se convirtieron en
cómplices. Además Teo tenía razón, Oliver trabajaba muchísimo y pocas eran las ocasiones que tenía
para relajarse y divertirse. Deje salir mi malhumor y le sonreí a mi reflejo. Como siempre, Teo tenía
razón; me sentía bella y glamurosa. Yo le iba a dar a Oliver una noche memorable.
Olivier llego a casa listo para detener corazones. En general todos los hombres se ven bien en
esmoquin, pero este hombre no tenía piedad. Perfecto, lo que le sigue, así se veía. Masculino,
elegante, distinguido, justo como mis entrañas lo necesitaban. Afortunadamente el hambre que había
en mis ojos, era bien correspondida; en mi carrera me habían visto con deseo, hasta podía decir que
con pasión. Pero no con esa hambre, con esa necesidad de tenerme. Se acercó y me dio un beso muy
ligero en los labios.
—Mmm ¿Solo un besito? ¿No te gusta el vestido?
Trago saliva y aferrándose a mi cuello para crear esa aura que nos protegía del mundo, me
dijo:
—Si me gustaras más, no podría respirar
Elogiada por su respuesta, me puse el abrigo y tomándolo de la mano, lo lleve a la puerta.
—Vamos, no quisiera ir por la calle con un hombre muerto como acompañante. Hace mucho
frio y necesito que me calientes.
En cuanto llegamos a la fiesta me vi rodeada por gente y por primera vez en mucho tiempo, no
era por mí. Me sentí fuera de lugar, incomoda. Me di cuenta que mi lugar no era ser la protagonista,
sino la compañía del protagónico. Me había acostumbrado a ser la reina de la fiesta, a las alabanzas.
Después de que me presentaran y me dieran su aprobación, la gente del salón se dedicó a lo suyo. A
ser doctores en busca de un cóctel y bajar el estrés. No falto el pasante que hizo su aparición e intento
hacerme conversación. Olivier los detuvo con una mirada desafiante, los pobres cachorros huyeron
rápidamente de la bestia.
-Qué bueno que no soy celoso. Sino no podríamos salir en público.
No conteste, yo no podía decir lo mismo. Olivier me invito a una de los salas para disfrutar de
la exposición. El evento era en el museo de arte de Harvard. Una edificación recién renovada con
varias exposiciones muy interesantes de nuevos artistas. Entramos a la exposición de fotografía
antigua y como arte de magia me relaje. Con una copa de champagne en una mano y Olivier Adams
en la otra, era casi imposible no hacerlo. Todo se fue al traste cuando se acercó Peggy, la muñeca del
restaurante. Lo tomo del brazo y juro que su mirada decía “follame”. Un espíritu asesino me poseyó.
Le sonreí a Peggy y tome sus dedos del brazo de Olivier y los apreté con todas mis fuerzas. Soy
delgada, pero también fuerte, paso muchísimo tiempo en el gimnasio y tengo mucho musculo. Peggy
hizo un ruido que era una mezcla entre chillido y quejido. Afortunadamente retiro inmediatamente su
mano de lo mío, en ese momento era capaz de arrancarle la mano.
-Lo siento Peggy, estoy disfrutando de la exposición con mi novio. Cuando lo encuentres solo,
puedes hablar con él.
No deje que digiera una sola palabra. Seguí caminando y Olivier en ningún momento se apartó
de mí. No hablamos por unos momentos, me enfoque en la obra del artista que era suave y elegante,
ayudo a que el espíritu asesino se tranquilizara.
-No puedes hacer eso. Es…es
Olivier se quedó sin palabras cuando lo vi a los ojos.
-No me voy a disculpar por defender lo mío. Ya estoy cansada de tus muñecas. Que sepan desde
ya que tienes dueña, ya se acabó el festín.
No sé si fue mi tono de voz o el que estábamos en público, pero no contesto. Me apretó a su
cuerpo y seguimos caminando disfrutando de la exposición. Cuando terminamos con la sala me
disculpe y me dirigí al baño. Necesitaba calmarme. No podía avergonzar a Olivier con mi histeria.
En el tocador me encontré a la doctora Vanesa Morris, alias "muñeca número tres" No se podía
decir que Olivier tuviera malos gustos. Vanesa, aparte de ser inteligente, era una mujer muy guapa;
Un poco más bajita que yo, con el cabello corto, pero muy cuidado, ojos verdes, piel clara y
facciones delicadas. Toda una muñeca de porcelana.
—Finalmente si contrato una escort.
Dijo, escupiendo veneno mientras se lavaba las manos. Podía dejarlo pasar y no hacer caso,
pero la muñeca de Peggy ya había acabado con mi poca paciencia. Me erguí y mirándola a los ojos
por medio del espejo, la enfrente.
—¿Cuál es el problema?
Dejo de ver el espejo para enfrentarme de frente.
—Que no eres lo suficiente mujer para él. Que una cosa es que lo entretengas en la cama y otra
que seas apta para ser su compañera. Eres como Peggy, él necesita otro tipo de compañía.
Deje pasar el insulto de que me comparara con Peggy y con calma conteste.
—Parece que sabes muy bien lo que él necesita.
—Sí, él me necesita a mí.
—¡Wow! Todas las veces que me ha dicho que me quiere, que me desea, que soy la mujer de su
vida, que me necesita. O las noches en que se ha perdido en mí, disfrutando de lo que nadie más le da.
En ninguna de esas ocasiones ha necesitado de ti. ¡Es más! Podría jurar que desde que estamos juntos,
él no ha pensado en nadie más, solo en mí. Eres tan... común, no puedes esperar que él te recuerde.
—¡Eres una perra!
Dio un paso adelante y por un momento pensé que iba a empezar la pelea de gatas ¡Ahora
necesitaba a Nastia! No me amedrente y me clave en mi sitio.
—Cierto, tu eres una perra, yo soy una perra. Al menos podemos decir que es constante.
—¡Pero si no eres más que piel y huesos!
—¡Otra vez tienes razón! Solo que Olivier no puede vivir sin esta piel y sin estos huesos. Así
que mejor lo aclaramos de una vez.
Di un pasito hacia ella y viéndola directo a los ojos, le garantice.
—Tú te acercas a Olivier y yo me olvido que soy una perra y me convierto en una fiera. Me
importa un carajo si eres su compañera de trabajo, su amiga o su muy dolida examante. ¡No. Te.
Acerques. A. Él! O atente a las consecuencias.
Levantando la barbilla, afirmo.
—Eres una corriente.
Dándole la razón me dirigí a la salida.
—Cierto. Mantente alejada de nosotros, no se te vaya a pegar.
Salí del baño cuando entraban dos personas. Esto se estaba saliendo de proporción. Yo no
servía como acompañante.
Llegue con Olivier que seguía rodeado de personas. En cuanto me vio, me ofreció la mano y
me acerco a él. Alguien le hablaba sobre una nueva técnica del levantamiento sistólico o algo así.
Muy educadamente alcanzo a susurrarme al oído.
—¿Todo bien?
—Perfecto
Mentí. No tenía ningún sentido comentarle mi enfrentamiento con otra de sus muñecas. Solo
había exagerado un poco la verdad, yo no sabía si extrañaba o no a su harem. Podía estar
completamente equivocada y en realidad Olivier extrañaba su vida anterior, con variedad de mujeres
y libertad de acostarse con una u otra cuando se le diera la gana. Deseche el pensamiento de mi
cabeza inmediatamente, esas eran las debilidades que corrían por mis genes, esos pensamientos eran
mis fisuras, eso era lo que tenía que combatir.
Un cuarteto de cuerdas fue la responsable de amenizar la beneficencia. El cello, viola, y dos
violines iniciaron los primeros acordes de “Overture” Quería deshacerme del mal rato con las
muñecas, así que lo invite a bailar. Para mi sorpresa, acepto encantado. Se disculpó con la gente que
hablaba y me guio a la pequeña pista. Instalada en medio de la sala principal.
-No pensé que bailaras.
Levanto el mentón presuntuosamente, aunque con un ligero sonrojo en las mejillas.
-Por supuesto que bailo. Yo hago de todo y lo sé todo.
Le acaricie el brazo posesivamente. Me guiaba con facilidad y soltura por la pista. Di una
vuelta en mi eje y regrese a sus brazos llena de felicidad. Poco a poco la gente se acercó para
observarnos y no pude evitar sentirme la reina de la noche. La música seso y varios aplausos nos
recibieron. Sonreímos y agradecimos la atención con un asentimiento de cabeza. Ahora estaba en mi
elemento.
El cuarteto empezó a tocar la versión instrumental de All of me de Jonh Legend y lo retuve en
la pista. Él no se resistió, al contrario, me apretó a él.
-Me siento como Fred Astaire y Ginger Rogers
Dije medio idiota. Olivier tenía el poder de convertirme en una total y completa idiota.
-No, no Ginger, mejor Eleanor y Fred.
-¿Eleanor?
-Sí. Eleanor Powell. Fred y ella bailaron solamente una vez, pero cuando lo hicieron, se
escribió la mejor página en la historia del baile. Parecían la sombra de cada uno. Eran uno. Él nunca
tuvo una pareja más competitiva y perfecta. Ella tenía una maestría inigualable, ella era él.
¿Era posible sentir celos de alguien que ya no existía? Si, si es posible.
-Fred Astaire bailo con muchas parejas, en realidad solo bailaron juntos en una ocasión. Pero
ninguna tenía la altísima perfección de ella. Era fina, elegante, delicada.
Me acerco más a su cuerpo y me olvide de los celos. Solo me deleite en los brazos de mi Fred.
-Me encanta que me abraces. Cuando me abrazas siento que el tiempo se detiene. Es como sí el
tiempo no pasara.
-A lo mejor tienes razón. Tú sigues siendo la mujer más bella que mis ojos hayan visto, así ha
sido desde chicos.
Cuando estaba en modo romántico, era el mejor. Desafortunadamente no tenía razón.
-No. Ya no soy esa mujer.
Me vio con adoración, este hombre me quería.
-No. Ahora eres una mujer renovada. Más inteligente, más hermosa, sí eso es posible. Y con el
cuerpo más rico que existe.
Le di un golpecito juguetón en el brazo y volví a acercar mi mejilla a la suya.
-Creeme, ya he estado dentro de ti. No hay cuerpo más rico que el tuyo.
-Si tú lo dices.
Sonreí cuando su boca beso mi cuello. Fue un beso húmedo con promesa de más. Nada
apropiado para una beneficencia. Pare de bailar y sin palabras, salimos de ahí.
33
Voy a Nueva York, regreso mañana
Más tarde en mandar el texto, que en sonar el celular.
—¿Cómo que vas a Nueva York? ¡No te puedes ir así!
Me empecé a reír encantada.
—Parece que sí puedo, porque ya estoy en el aeropuerto.
—¡Qué no te puedes ir así! ¿A qué vas?
El tono no era amable. Mi intento de broma, se estaba yendo al traste.
—A trabajar Olivier. ¿A qué más puedo ir?
—No me dijiste nada.
Me reclamo en un puchero. Era adorable, pero se estaba pasando dos rayitas.
—Teo me aviso hace un rato, no te marque porque sabía que estabas en quirófano. Mañana
regreso en la tarde, no pasa nada.
—¡Si pasa! ¿Con quién vas? ¿Qué vas a hacer?
Tres rayitas… cuatro rayitas… cinco rayitas.
—A ver Olivier. Voy sola, voy a trabajar, regreso mañana en la tarde y no doy más
explicaciones.
Los dos tragamos aire tratando de calmar el temperamento.
—¿Las fotos son con hombres?
¡Aaah! Olivier era magnifico, mi locura por él iba en aumento cada segundo que pasaba. Pero
no iba a permitir esto.
—¿Qué te pasa?
—¡Contéstame! ¿Hay hombres?
Y cual relámpago, la luz llego a mí. Olivier era un simple mortal, no era el superhéroe que yo
insistía en poner en un pedestal.
—¡¿Estas celoso?!
Pregunte alucinada. El silencio fue mi respuesta.
—Tú me dijiste que no eras celoso.
—Parece que te mentí.
Mi carcajada despertó a más de un pasajero moroso.
—Pues que mentiroso.
Con tono mucho más dócil, me contesto:
—Hace mucho tiempo que no me sentía así… No me gusta.
¡Huy! El camino de los celos era de doble vía.
—¿Con qué tipo de mujerzuela salías, qué te hacía sentir celos?
Ahora el que rio fue él.
—Fue hace mucho tiempo, no quiero hablar de eso.
—¡Ah no! Dime quién fue para ir a reclamarle. ¡Habla!
Lo dudo, hasta yo lo dude. No era bueno que le preguntara por las muñecas que habían pasado
por su vida. Eso, a la única que le iba a hacer daño, era a mí. Antes de que pudiera cambiar de tema,
contesto.
—Fue hace mucho tiempo… Ella me gustaba mucho, la quería, pensé que podíamos tener un
futuro juntos. Pero ella prefirió seguir otro camino, a otra persona y se fue con él.
La odie, simplemente la odie. Se escuchaba claramente como lo habían herido.
—¿Te dejo? Lo siento… No, no es cierto. La odio y quiero ir a jalarle los pelos. ¡Qué idiota!
¡Se rio de mí! Las rayitas ya iban por el numero cincuenta.
—Ya paso.
—¿Todavía la quieres? ¿Todavía piensas en ella? ¿Cómo se llama?
—Cada día más, todos los días, a todas horas y Mari.
¡Zaz! Me trague el nudo que se formó en mi pecho. No supe que decir. Simultáneamente, me
dijo las cosas más lindas y las más dolorosas que había escuchado en mi vida.
—No me gusta sentirme así. Cuándo tengas que viajar trata de avisarme con tiempo para que
me haga a la idea y pueda amarrarte a la cama, para que no te separes de mí. ¿Está bien?
Mucho más relajada, conteste.
—A veces cancela una modelo o en la marcha de la sesión, la modelo no convence y en ese
momento empiezan a buscar quién la remplace. Tengo que ir a dónde haya trabajo, no puedo
rechazarlo. Si lo rechazo corro el riesgo de que no me vuelvan a llamar.
Intente explicar mi punto cuándo llamaron para embarcar.
—Tengo que irme…
—Llámame en cuanto aterrices.
—Si…yo…
—Cuídate mucho, hablamos en un rato.
Justo antes de que colgara, susurre
—Lo siento…
Y de verdad lo sentía. Si yo hubiera sabido… Pase las siguientes veintisiete horas pensando en
el daño que le había causado a Olivier sin imaginármelo.
El regreso se tornó horroroso. Me tome un té y trate de respirar profundo. Estaba nevando en
las dos ciudades, en Boston y en Nueva York. Y si en Boston nevaba, los vuelos se retrasaban. Era un
acto fiel de empatía entre los dos. Afortunadamente mi vuelo solo se atrasó dos horas.
“Podría haber sido peor” pensé distraídamente cuándo lo vi. Con su traje gris a rayas y la
inmaculada camisa blanca, era un orgasmo para la vista. Corrí hacia él soltando maleta y bolsa en el
camino.
—No lo sabía. Te lo juro que no lo sabía. Perdóname.
Le llene la cara de besos y lágrimas. Él me atrapo en sus brazos con absoluta propiedad.
—¿De qué hablas?... No llores, por favor no llores.
Siguió acunando mi cuerpo protectoramente, mientras me consolaba dándome pequeños besos
en el cabello.
—Calma … No pasa nada, calma.
Levante la vista y lo vi a los ojos. Antes que pudiera volver a disculparme, me dijo:
—Me encanta ver el cielo en tus ojos. Por más llorosos, legañosos o hinchados que estén.
Siempre he podido ver el cielo en tus ojos. Nada más importa, solo eso. ¿Entiendes?
Me veía con absoluta devoción, la misma que yo sentía por él.
—Desde que eras una chiquilla horrorosa, con tu cabello todo revuelto y lleno de tierra. O
cuándo te empeñabas en que te enseñara a jugar ajedrez, cuando lo único que yo quería era
mantenerme alejado de ti. O el día que levantaste tu cara, me miraste llena de anhelo y nos besamos.
Justo así…
Enterró su mano en mi cabello, mientras la otra acariciaba el contorno de mi cuerpo. Y me
daba el beso más maravilloso; húmedo, lento, con hambre, delicioso, que me habían dado en esta
vida.
—Exquisita, eres exquisita. Nada más importa ¿Esta bien?
Asentí. Aceptando que el viera el cielo en mis ojos y que yo estaba absoluta y completamente
enamorada de él.
Caminamos rumbo al estacionamiento y me informo que Nastia había enfermado.
—No es nada grave, pero Teo está un poco… perdido.
—Mi pobre Teo. ¿Vamos a verlos antes de ir a casa?
Arranco el motor de la camioneta y asintió.
—No quiero sonar imprudente, pero ¿Qué es Teo?
Sonreí fingiendo confusión. Sabía a qué se refería, pero era lindo hacerlo sufrir.
—¿A qué te refieres?
Volteo a verme, mientras le cobraban el estacionamiento y me amenazo.
—No juegues conmigo Osa. Sabes perfectamente a que me refiero.
¡Caray! No es divertido salir con un hombre inteligente ¡Es fantástico! Sucumbí a su escrutinio
y conteste.
—Es un hombre de opciones múltiples. A él no le gusta el género, le gustan los seres humanos.
Le atraen hombres o mujeres de la misma manera, todo depende de la persona.
—Mmm.
Fue su respuesta. Después de un par de minutos atino a decir.
—O sea que si puede sentirse atraído hacia ti.
—¡Por Dios Olivier! No todos los hombres del planeta se sienten atraídos hacia mí.
—Eso crees tú.
Contraataco. Cerré los ojos con frustración.
—Teo es mi hermano. Sé que no es de sangre, pero es por convicción, por decisión. Ese lazo es
igual o más fuerte que el sanguíneo. ¿Tú te sientes atraído a Chris?
—Osa…
Dijo con voz de “te estás pasando”.
—Es lo mismo. Nosotros somos hermanos. No somos amigos o compañeros. Somos
hermanos.
Con un suspiro se rindió.
—Está bien. Solo quería aclararlo.
Agarre su mano y la bese. Sonrió y llevo mi mano a su nuca, me guiño un ojo y yo sonreí
como idiota mientras le acariciaba la nuca.
—Pues para que sepas. Tu hermano está enamorado de Nastia.
—Sí, ya sé. ¿No es lindo?
—¿Lindo? No sé si lindo sea la palabra. Tienen una relación un poco… diferente.
No pude evitar la carcajada. Diferente era la definición de Teo y Nastia, ellos eran únicos.
—Se quieren y se odian al mismo tiempo. En realidad se aman, pero les cuesta trabajo
aceptarlo. ¿Está preocupado?
—No preocupado. Trastornado.
Nos reímos los dos mientras estacionábamos en el edificio de Teo.
Si llegue a tener duda de los sentimientos de Teo hacia Nastia en ese momento se disiparon. Teo
se veía más pálido que Nastia, las ojeras pronunciadas y el cabello revoltoso, eran pruebas
fehacientes de su pesar. Nunca lo había visto así, con un semblante de angustia tan profundo que me
erizo la piel.
—¿Qué paso?
—No sé. Almorzamos en el Bond y estaba bien. Cuando llegamos a la oficina empezó a
quejarse, ha vomitado varias veces y no deja de temblar.
La voz de comercial se apagó, ahora era un murmullo.
—¿Por qué no la llevaste al hospital?
—No quiso. Quiso venir a casa y acostarse. Olivier ya la reviso y dice que no es nada
peligroso, solo una pequeña infección en el estómago. Tiene unos minutos de haberse dormido.
Parece que el medicamento que le receto Olivier funciono. Ha sido muy amable.
—¿Quieres qué me quede con ella?
—No. Yo la veo. Vete a acostar, debes estar exhausta.
Volvió a ver a Nastia y se olvidó de que estaba yo ahí.
—Te dejo entonces. Si necesitas algo aquí estamos. Hoy nos quedamos aquí por si necesitas
algo.
Ni siquiera me volteo a ver cuándo asintió. Salí de la habitación y cerré la puerta tras de mí.
Dude que él se haya percatado de mi salida, estaba anonadado con la indefensa imagen de Nastia.
—Parece que te portaste bien con Nastia y Teo.
Dije mientras cerraba mi habitación.
—No fue nada.
Contesto sin darle importancia
—Significo mucho para Teo. Que estuvieras para Nastia es muy importante para él. Ellos son
muy importantes para mí. Eso significa que te debo un gran favor y yo siempre pago mis favores.
Olivier sonrío diabólicamente y beso mi cuello bajando lentamente a mi pecho.
—¿Qué tan agradecida estas?
—Mucho. Y te lo puedo demostrar por el tiempo que tú quieras, en el lugar que tú quieras y en
la posición que tú quieras.
Su aliento se detuvo y con un gruñido muy animal me cargo. Sentí su excitación en mi cadera
mientras me llevaba en brazos a la cama.
—¡Ay Osa! La de cosas que te voy a hacer.
¡La de cosas que me hizo! Solo tres palabras pueden describir lo que paso en la habitación: La
comunión perfecta. Sus manos en mi rostro. Su boca en la mía. Sus labios en mi pecho. Su piel
rozando la mía. Su cuerpo adentro del mío. La comunión perfecta.
34
—¿Adivina qué me dijo un pajarito?
Chris me hablaba como si el tiempo no hubiera pasado ¡La adoraba!
—¿Qué? ¿Qué te dijo un pajarito?
—¡Qué vas a pasar navidad con nosotros!
Me quede callada, intentando saber que contestar.
—Nic ¿estás ahí?
—Sí, yo… yo...
—Tú, tú. ¡Tú te estas acostando con mi hermano!
¿Dónde me quitaba la cabeza y la escondía?
—Yo, yo…
—Si Nic. Tú, tú… Ya establecimos que tú eres tú y que yo soy yo. Y que mi hermano no cabe de
la felicidad. Ya puedes decir otra cosa.
—Yo… ¿No te molesta?
—¿Estás loca? ¡Me parece magnifico! Y mis papás no te digo.
—¡Le dijo a tus papás! ¿Qué les dijo? ¿Qué estamos saliendo?
—No, no les dijo que estaban saliendo. Les dijo que se estaban acostando, que eran pareja y que
ibas a pasar navidad con nosotros, junto con Teo por supuesto.
Lo mataba, juro que lo mataba.
—Muero por conocer a Teo, por lo que me has dicho debe de ser increíble. ¿Crees que quiera
contratarme? No como modelo, como abogada. Aunque mi último galán juraba y perjuraba que debía
ser actriz, espero que lo haya dicho por mis dotes actorales y no por los pucheros que le armaba…
Chris continuo hablando, mientras yo pensaba como iba a matar a Olivier.
No lo mate, ni siquiera me enoje. Cuándo lo vi en la noche, solo lo mordisque. Todas y cada
una de sus partes. Empecé por los dedos de los pies, subí poco a poco, tomándome todo el tiempo del
mundo. Cuándo llegue a su pecho, Olivier ya había suplicado un par de veces. Ese era un mejor
castigo que matarlo.
Llegamos a New Hampshire el veinticuatro de diciembre a medio día. Lo aplace lo más que
pude, me daba miedo, vergüenza. Sentía que la cara se me caía con solo pensar en lo que pensarían
Nicole y Jordán.
Cuando entramos me escude atrás de Teo. Él se mantenía encantado con mi pudor.
—¡No seas ridícula! Ya no eres una niña y él definitivamente tampoco lo es. Solo actúa como su
novia y listo.
Teo tenía días con muy poca paciencia, él decía que eran las fiestas, que siempre era difícil para
él el tema familia. A mí no me lo parecía, habíamos pasado todas las fiestas juntos desde que nos
encontramos y nunca se había portado así. Yo se lo atribuí a una rubia llamada Nastia, que lo había
dejado hacia unos días. En cuanto se recuperó de la infección, partió para su casa a pasar las fiestas
en su natal Eslovenia.
—No entiendes Teo, yo soy como su hermana. No entiendo cómo diablos se te ocurrió decirles
que salíamos.
Le di un pequeño golpe a Olivier en la pierna, mientras manejaba rumbo a New Hampshire.
—No les dije que estábamos saliendo. Les dije que nos estábamos acostando y que íbamos a
usar la misma habitación.
Lleve mis manos a mi cara para cubrir mi frustración.
—¿Cómo diablos les dices eso? ¿Qué van a pensar de nosotros?
—Así: Papá, mamá. Me estoy acostando con Nic y se va a quedar conmigo cuándo vayamos en
Navidad. Y sobre lo que van a pensar. Yo creo que les gustó la idea de que su hijo haya cometido
incesto.
—¡Cállate! No digas eso. Se escucha terrible.
Ellos se empezaron a reír, mientras yo sentía que iba a vomitar.
—¿Sabes qué es lo único que nos salva del infierno?
—¿Qué?
Dije sin ánimos de hablar
—Que tú y yo, no somos hermanos. Éramos vecinos, amigos, pero no somos hermanos. Así
que deja de angustiarte y trata de no ser tan remilgosa.
La carcajada de Teo me indigno. ¡Yo no era remilgosa! Solo era un poco… un poco prudente.
El resto del camino fue más de lo mismo: Que si era una niña mimada, que si era puritana. Lo
único bueno del camino es que Olivier y Teo fortalecieron el lazo de compañerismo. Aun cuando su
único objetivo fuera burlarse de mí.
—Tú debes ser Teo.
Nicole salió a recibirnos con una gran sonrisa, abrazo a Teo y le presento a su esposo. En
cuanto le dieron la bienvenida a Teo, Jordán me busco atrás de él y me sonrió comprensivamente.
—Ven acá Nic.
Me llevo a sus brazos y me dio un beso en el cabello. Era un distintivo de los hombres de la
familia Adams.
—Estamos felices de saber que están juntos. No te sientas mal por nada.
Pasamos a la sala y nos invitaron una copa de vino rojo para entrar en calor.
—Imagínate a mis nietos. ¡Van a ser bellísimos!
Me atragante con el vino y le sonreí con pánico a Nicole. Por eso es que solo bebía champagne,
con ese no me atragantaba.
—Mamá.
Le advirtió Olivier a Nicole.
—¡Oh Vamos! Con su altura y su cara, voy a tener unos nietos preciosos.
A Nicole no le importo nuestra incomodidad, ella siguió imaginando a sus nietos. Yo sentía que
ardía y que necesitaba con urgencia salir de ahí. Afortunadamente en ese momento llego Christine.
Todos la recibimos entusiasmados. Chris se había establecido muy lejos de la familia y sus padres la
extrañaban mucho. Ellos no perdían oportunidad de insistirle en que regresara al este del país. Chris
decía que lo iba a pensar, pero no decía cuándo. Llego mi turno de saludarla y con mucho tiento me
acerque a ella.
—Estas muy cambiada.
La vi a los ojos y asentí. Extendí mi mano para tomar la suya, en cuanto sentí el contacto, se me
escapo un sollozo y un par de lágrimas. Me sorprendió cuándo a ella se le escaparon otras más y me
abrazo con fuerza. Ella también había cambiado.
—Y sigues siendo la misma chillona de siempre.
Asentí pegada a su cabello. Así nos mantuvimos durante un buen rato. Sollozando,
disculpándonos y perdonándonos.
Finalmente nos calmamos y le presente a Teo. Hicieron química inmediatamente, muchos
besos, abrazos y buenos recuerdos. Era magnifico estar con la gente que más quieres.
Olivier me dio la mano y me sentó junto a él, deje que me envolviera en sus brazos y me perdí
en su calor.
—¡Yo sabía! sabía que iban a terminar así.
Dijo Christine. Intente separarme, pero Olivier no permitió que me moviera un centímetro.
—Nic siempre estaba encima de Olivier ¿Olivier me enseñas a jugar ajedrez? ¿Olivier me
ayudas con esto, con aquello? Siempre le andaba buscando la cara.
Le decía Chris a Teo, mientras yo moría de la vergüenza.
—Y el otro quejándose todo el tiempo. Gruñendo y pataleando porque lo distraíamos. Aunque
siempre terminaba sentado junto a ella. Explicándole todo con una paciencia muy poco común en él.
Ni siquiera conmigo era así.
Teo se la estaba pasando de lo lindo escuchando mi bochornosa pubertad. Riendo y asintiendo
con deleite. Me alegro, siquiera se olvidó de Nastia por unos momentos.
—¡Huy! Y cuándo le dijimos a Olivier que Nic se casaba. ¿Te acuerdas mamá? Se puso todo
histérico. ¡Dile qué no se puede casar! ¡Qué está muy joven! ¡Qué es un error!
Chris imitaba a Olivier sin darse cuenta de la tensión que había surgido en la habitación. Olivier
y yo no tocábamos el tema “Dennis”, resultaba muy doloroso para las dos partes. Voltee a ver a
Oliver y vi la tensión reflejada en sus facciones. Ahí reafirme mis sentimientos. Si, estaba enamorada
de Olivier Adams y si, nada ni nadie me iba a separar de él. Sin importar que toda la familia nos
viera, me acerque a su oído.
—Te quiero.
Él sonrió inmediatamente y perdiéndose en mi mirada susurro:
—Yo más. Y antes que tú.
Le sonreí de vuelta y asentí.
—Solo te voy a dar esa. Tú antes, pero yo más.
Antes de empezar una discusión de quién quería más que quién. Acercamos nuestros labios y
nos fundimos en un beso absolutamente lleno de adoración. Antes, después, más, menos, nada de eso
importaba. Lo importante es que en ese momento, nos queríamos incondicionalmente.
~~ § ~ ~
Convocada por el olor de chocolate caliente, baje las escaleras y me encontré con Chris sentada
junto a la chimenea. Olivier estaba dormido, pocas eran las ocasiones que tenía para dormir y lo deje
descansando. El chocolate me llamaba. En cuanto Chris me vio, se levantó y me ordeno.
-Siéntate.
Le sonreí y me senté en el sofá de dos plazas donde ella estaba sentada. Aproveche el tiempo y
cubrí mis piernas con una de las mantas de lana que Nicole siempre tenía a la mano en invierno.
—¿Te puedo preguntar algo?
—Por supuesto
Conteste nerviosamente. Chris se sentó a mi lado y también se cubrió con la manta de lana. Nos
sonreímos como chiquillas. Por un momento volvimos a ser unas chiquillas. Calenté mis manos con
la taza de chocolate que Chris me había acercado y espere a que preguntara.
—¿Por qué no hablaste conmigo? ¿Por qué no me dijiste nada?
No hubo necesidad de aclarar de qué hablaba. Era obvio, se sentía traicionada.
—Yo te hubiera ayudado, yo hubiera ido y te hubiera defendido, yo… yo
En ese momento se rompió y empezó a llorar. Pocas eran las ocasiones que Chris se permitía
llorar, deje mi chocolate en la mesa de centro y me acerque a ella. La abrace y la acune. Por primera
vez me sentí como la hermana mayor, como la protectora. Le di un beso en la cabeza y deje que
sacara toda la angustia, impotencia, enojo y frustración, que se fue acumulando en su cuerpo desde
que éramos un par de chiquillas. Cuándo la sentí más calmada empecé a hablar.
—Me sentía muy avergonzada. Eso es todo. Me avergonzaba que los golpes solo hubieran
cambiado de manos, que yo solo fuera un imán de problemas. No quería distraerte con ellos, lo único
que tú tenías que hacer, era estudiar.
—Tú no eras un imán de problemas.
—En ese momento así me sentía. Un gran imán de torpeza, de humillación, de vergüenza. No
era tu responsabilidad sacarme de ese mundo, era completamente mi trabajo.
—Te pude haber ayudado
Dijo más determinada. Ahí estaba mi Capitán América.
—No lo dudo, nunca lo dude. Pero era… es, algo que yo tengo que solucionar sola.
—¿Todavía tienes problemas? ¿Todavía te sientes… un imán de problemas?
Me eche a reír antes de volverla a abrazar.
—No Chris. Ahora soy una supermodelo, con más dinero del que me puedo gastar y con un
superhéroe como galán. ¿Qué más puedo pedir?
Problemas. Dijo el Universo.
—Ahora dime ¿Qué pasa contigo?
—¿Conmigo? Conmigo nada.
El instinto pocas veces me fallaba y sabía que en esta ocasión no era el caso. Algo pasaba con
Chris o paso. Se escondió atrás de su chocolate y bajo la mirada.
—Pase muchos años culpándome de algo que no tuve la culpa. Recuérdalo. Cuando quieras
hablar. Aquí estoy. Lo sabes ¿verdad?
Confirmo mis sospechas cuando vi rodar una lágrima cargada de dolor por su mejilla mientras
asentía.
Escuchamos pasos que se acercaban, rápidamente se deshizo de la lágrima y volvió a adquirir
la compostura de capitán américa. Nicole nos sonrió y con emoción en sus ojos se sentó entre Chris y
yo. Chris la cubrió con la manta que teníamos en nuestras piernas y se acercó al refugio que era
Nicole Adams. Nicole extendió sus brazos y nos abrazó a las dos.
—Mis niñas.
Susurro cariñosamente. Fue como tocar la divinidad. Sentir el cariño de alguien que te ama
incondicionalmente, como una madre, es divino.
—Gracias Nicole.
Me dio un beso en la frente y pregunto:
—¿Por qué?
—Porque siempre me aceptaste.
—Ya te lo he repetido. Tú siempre has sido una Adams. Chris siempre te ha querido como una
hermana.
Aprovecho para darle un beso a su hija en la frente y Chris lo recibió encantada.
—Y Olivier siempre te ha querido meter en su cama.
Me quede tiesa de la impresión, mientras Chris y Nicole se doblaban de la risa. Todos los tonos
de rojo pasaron por mi cuerpo. Cubrí mi cara con la manta que nos cubría y decidí que no iba a
moverme hasta que el infierno se helara.
—¡Oh vamos! No es para tanto. Nosotros siempre lo supimos.
Negué bajo la manta queriendo desaparecer.
—¿Recuerdas como la observaba mientras Nic luchaba con las matemáticas? Se le caía la baba
a mi pobre hermano.
—¡Y lo loco que se puso cuando supo que se casaba! Uf, pensé que se moría mi pobrecito hijo.
La que se iba a morir era yo ¡Qué vergüenza!
—Mi pobrecito hijo. Todo el tiempo encerrado en su habitación tratando de ocultar sus
sentimientos. Acechando sin ser visto.
Descubrí mi cara sin importar la paleta de colores que la cubrían.
—¿En serio?
Las dos asintieron sonriendo.
—Nunca me di cuenta.
—En esos días tenías la cabeza en otras cosas.
Me justifico Nicole. No quise que la sombra de mi madre arruinara el momento y sonreí.
—Bueno. No podemos negar su buen gusto.
Rompimos a reír las tres. Rodeadas de cariño, esperanza y bienestar. Una excelente navidad.
35
Regresamos de New Hampshire tres días después. En Boston nos esperaba la realidad.
—¿Seguro que no hay otra forma?
—Sí, sí la hay. Pero el proceso puede durar meses, incluso años. Ya tenemos dos años con esto
y no hemos avanzado por este diminuto detalle.
¿Diminuto detalle? Ya quisiera ver cómo sería un diminuto detalle para él, si se tuviera que
enfrentar al hombre que abuso por dos años de su cuerpo y de su mente.
Obviamente Dennis tenía mejores abogados que los míos. Ni siquiera la amenaza de cárcel por
bigamia lo asusto. Es un delito en treinta y siete estados del país y él seguía caminando con la cabeza
en alto. De hecho, sus abogados lograron voltear la amenaza con la pequeña agresión que infiltre en
él. Alegaron que nuestro caso era una excepción; según la ley, el primer matrimonio terminó porque
el cónyuge —O sea yo— había estado perdido y fuera de contacto de cinco a siete años antes de la
segunda unión. Brinque cuando supe eso, di por hecho que ya estábamos divorciados. Mi abogado
rápidamente me saco de mi error.
Precisamente por las fechas, es que seguíamos casados. Aun cuando las fechas nos favorecían
—yo pedí el divorcio a tres años de mi desaparición, él se volvió a casar a los dos años de mi huida
—. Aun así, mis abogados no lograron buenos resultados. Estaban cansados, yo ya estaba cansada.
Quería acabar con el trámite lo más rápido posible, ya me habían sacado el dinero suficiente.
Con un gran suspiro y las piernas temblando acepte, lo inaceptable. Me iba a reunir con Dennis.
—Solo asegúrame que no voy a estar a solas con él.
Matt, el abogado a cargo de mi caso, guardo silencio
—¡Olvídalo! Sigue el trámite hasta que se acaben los recursos. Yo no tengo prisa por
divorciarme. Haz algo. Busca una ley que me ampare.
¡Diablos! La verdad es que ahora si quería divorciarme. No tenía planeado casarme, pero
Olivier…
—Él solicito hablar contigo en privado, sin abogados. No aclaro la compañía de personas
externas, puedo arreglar que te acompañe tu hermano.
¡Vaya! Finalmente una idea.
—Solo asegúrate de que firme los papeles antes de la reunión. Lo conozco, él puede tensar la
cuerda hasta que nos volvamos locos. Mándame el lugar y la hora de la reunión por correo. Yo hablo
con mi hermano.
Después de despedirnos colgué e inmediatamente le marque a Teo.
—Adivina con quién nos vamos a reunir en unos días.
—¿Con el papa? He seguido mandando cartas para que acepte el matrimonio gay. Así me
convierto al catolicismo y me caso con Nastia.
—No seas idiota Teo. Te he repetido un millón de veces que no me gustan las bromas
religiosas.
A mi madre se le estaban saliendo los ojos en ese momento.
—No es broma. Este papa es culto y latinoamericano. Ahora es el momento del cambio.
Teo estaba acabando con mi paciencia.
—No Teo. No nos vamos a reunirnos con el papa.
—¿Entonces?
—Con mi marido.
—¡¿Cómo?!
Teo me colgó y tardo treinta segundos en llegar de su oficina a la mía.
—Así. Mi maravilloso abogado insiste en la reunión. Según él, la reunión finaliza el trámite.
No juez, no abogados, no problemas. Solo pide reunirse conmigo a solas.
—¡¿Esta loco?! ¡No te vas a reunir con él a solas!
Teo se sentó en el único sillón que tenía en mi oficina. Era un espacio solo para mí, no
necesitaba más.
—¿Qué dice Olivier?
—Nada. No le vamos a decir nada.
Le advertí.
—No. Yo no entro en los juegos de “vamos a proteger al pobre doctor Adams”. El doctor está
bastante crecidito para entender la situación. Habla con él.
Me dijo señalando el teléfono. En ese momento entro un mensaje de mi abogado.
Jueves 6, 5:00 p.m., en mis oficinas.
Dennis tenía prisa, aunque nos iba a permitir pasar año nuevo sin la sombra de su presencia.
Además de que me regalaba varios días, para hacerme a la idea.
Pasamos la noche vieja y el día de año nuevo solos en su departamento. Enredados en la cama y
en la lujuria que siempre estaba presente cuando estábamos juntos.
Nastia había regreso corriendo para pasar noche vieja con Teo. Y es literal cuando digo que
llego corriendo. Su vuelo llego a Nueva York retrasado por varias horas. Teo manejo para recogerla,
las campanadas que marcaban el cambio de año los alcanzaron en un lugar entre Nueva York y
Boston. No supe de ellos hasta días después.
Afortunadamente Olivier salió de viaje por una emergencia médica a Houston el tres de enero.
Él era una eminencia en su campo, no solía hablar de eso, pero tenía las paredes del estudio en casa
llena de reconocimientos y diplomas. Desde pequeño decidió que quería ser doctor y desde esos
tiempos estudio su campo. Logro recibirse con honores de Harvard, hacer su internado y sus años de
servicio junto con la especialización en tiempo record. Era común que solicitaran sus servicios en
varias partes del país. Eso, en estos momentos, era de gran ayuda.
Me sorprendió y no precisamente con una buena sorpresa cuando apareció el miércoles en la
tarde, yo lo esperaba cuatro días después.
—¡Hola!
Brinque a sus brazos y enrede mis piernas a su cintura. Pero en vez de manosearme y
devolverme la efusividad, entro al departamento y cerró la puerta con llave, reviso el armario junto a
la puerta, se dirigía al cuarto de Teo cuándo intente bajarme, él no lo permitió.
—¿Qué pasa? ¿Qué buscas?
—Nada… Deja de moverte, vas a lograr tirarnos a los dos.
—¿Por qué regresaste antes? ¿Qué pasa?
—Nada
Después de que reviso el departamento conmigo en brazos, se dirigió a mi habitación. Ahí fue
cuándo intento besarme.
—¡No!
—¿Por qué no? Ven acá.
Me aprisiono con la ayuda de la pared y busco mi boca.
—¡Suéltame!
No se movió. Sus ojos eran color acre; algo paso, algo sucedió y por eso estaba furioso.
Esperaba que fuera una de sus muñecas, trabajo, cualquier cosa y no mi indeseable cita del día
siguiente.
—¡¿Qué diablos pasa?!
Yo también sabía cómo ser bestia. Me vio abriendo mucho los ojos y con esa sonrisa maliciosa
que lo hacía lucir todavía más guapo, se acercó a mí.
—Me encanta que salga la fiera que tratas de esconder. Grúñeme Nic, grúñeme fuerte para que
entienda. Dame una lección.
Se recargo en mi cuerpo e hizo un espacio entre mi hombro y cuello para lamer y llevarse mi
cordura con él. Mis piernas dejaron de sostenerme, poso su mano debajo de mi trasero y me sostuvo
para que no termináramos en el piso.
—No hagas eso Oliver… No me trates como si fuera estúpida…
Susurre. Tratando de controlar mis gemidos, la humedad de mi vientre y la necesidad de mis
pechos por él.
Detuvo su descenso e hizo que nuestras miradas se entrelazaran.
—Yo jamás te trataría de esa manera. No vuelvas a decir eso.
Me bajo y termino de separarse, dejándome necesitada y furiosa. En tres pasos ya estaba
sentado en la cama.
—Entonces dime qué pasa.
Se llevó la mano a la nuca masajeando sus adoloridos músculos. Un gesto que hacia cuándo lo
sacaba de sus casilla, algo que yo lograba hacer continuamente. Odiaba que yo lograra ponerlo de
esa manera. Trague aire para calmar a la fiera y me acerque a él.
—Me gusta saber qué pasa. Quiero que me digas la verdad. Ya seré yo la que decida si me duele
o no. Si puedo manejarlo o no. No me trates con… condescendencia.
Cerró los ojos negando. Algo estaba realmente mal. El reflejo de angustia en su cara, termino
con mi fiera. Me acerque a él, me senté a su lado y empecé a acariciar su nuca. Bajo la cabeza
dándose por derrotado, algo que también lograba con solo tocarlo.
—Dennis está en Boston.
Solo cuatro palabras. Cuatro palabras que lograron dar vuelta a mi mundo. Aun cuando mi
mente sabía que era inevitable, que era lo más sencillo, que lo tenía que ver para acabar finalmente
con ese lazo que nos mantenía “unidos”. Mi cuerpo reacciono con total independencia. Las náuseas
llegaron como una ráfaga y corriendo me refugie en el baño. Oliver tomo mi cabello y recorrió mi
espalda tratando de calmarme, mientras yo regresaba la comida del día.
Después de enjuagarme, me senté en el piso. Necesitaba del frio que proporcionaba el azulejo
para bajar la temperatura de mi cuerpo. Oliver me dio agua mientras enjuagaba mi cara con un paño
húmedo.
—Escúchame Nic. No voy a permitir que nada te pase. ¡Él no te va a tocar!
La fiereza de sus palabras me sacaron de mi transe. Yo sabía, sentía cuanto me quería. El
problema radicaba en que Oliver no tenía el gen de maldad que a Dennis le sobraba.
Mi vida con Dennis, las acciones que había tomado para estar en ese punto de mi vida. En ese
lugar y con él. No siempre habían sido las adecuadas, de hecho, había cometido un delito y dejado a
un hombre moribundo para que terminara de morir. Eso era algo que Oliver jamás haría. Yo no
podía permitir que mis decisiones del pasado afectaran a Oliver, no iba a a permitir que nunca nadie
lo dañara.
Asentí mientras la realidad me azotaba en la cara. Tenía que alejarme de Oliver, por lo menos
en el tiempo que arreglaba mis asuntos legales.
—¡No!
Abrí los ojos alarmada.
—¡No te atrevas a alejarte! ¡No me dejes afuera!
—Yo no…
—¡No Nic! ¡No me mientas! Te conozco perfectamente y se cuándo me estas mintiendo. No se
te ocurra huir y dejarme atrás. ¡No seas cobarde y quédate conmigo!
Pase la culpa por mi garganta negando.
—Tú y yo podemos con esto. Él no te va a tocar, porque yo no se lo voy a permitir. Yo también
tengo recursos. Ahora eres mía y nada ni nadie te va a hacer daño. ¿Entiendes?
Mi bestia se presentó en el momento indicado. Sonreí abrazándolo, la idea de alejarme se
evaporo en ese instante, algo de lo que me iba a arrepentir más tarde. Pero en ese momento, lo quería
así, junto a mí, adentro de mí.
—¿Tienes idea de por qué esta aquí?
Evite mencionar a Dennis y justo ahora me iba a arrepentir.
—Hace un par de años empecé el trámite de divorcio. Después de dos años separados, era
sencillo obtenerlo. Yo espere tres, pensé que lo iba a aceptar sin preguntar, él ya se había casado
nuevamente. Podía demandarlo por bigamia, pero quise llevar las cosas por el lado amable. Él se ha
resistido, pidió una audiencia conmigo y como me negué rotundamente, el proceso se ha alargo más
de lo esperado. Cuando supe la fecha de mi regreso de Europa, le pedí a Teo que volviera a hablar
con los abogados e insistir por la vía amable.
Mi subconsciente se resistía a decir más.
—¿Por qué lo iniciaste? ¿No hubiera sido más fácil olvidarse de él?
—Lo pensé muchas veces. Simplemente podía olvidarme de que alguna vez estuve casada. Pero
no deseo tener ningún tipo de lazo con él. Y aunque la gente no lo sepa, yo sé que sigo casada.
Simplemente me quiero deshacer completamente de él. Además, él no sabe dónde vivo, o dónde
estoy. Siempre maneje todo por medio de los abogados.
Asintió, dándome la razón.
—Supongo que el bufet que maneja eso está aquí, en Boston.
—Sí, los contratamos justo cuando iniciamos los trámites para la agencia.
Suspiro y asintió más tranquilo. Con mucho miedo empuje a mi subconsciente de su rincón y lo
obligue a decir lo que faltaba.
—Eso no es todo.
Volvió a tensionarse. No sé por qué sentía que esto me iba a doler más a mí, que a él.
—Hable con mi abogado la semana pasada.
Me moje los labios buscando un poco de valor.
—Y me dijo que lo mejor es que me reúna con Dennis para acabar con el trámite de una buena
vez.
Se levantó de la cama estrepitosamente. Pero no le deje hablar, preferí arrancar la bandita de un
solo tirón.
—Mañana me reúno con él. Teo me va a acompañar.
Sentí la necesidad de añadir lo último para evitar la tormenta. No funciono.
—¡¿Me mentiste?!
¡Oh, Dios! No estaba enojado, estaba furioso.
—No, no te mentí.
—¡Sí! ¡Sí me mentiste! ¡No lo puedo creer!
No me permitió replicar. Salió de la habitación. Después del departamento. Sin mirar atrás.
36
Llegue con Teo a las oficinas de Matt a las 4:30 en punto. Quería asegurarme de que Dennis
firmara los documentos antes de cualquier reunión.
—Ya los firmo, yo atestigüe. En el momento que él entre a la sala, su abogado me los da. Han
sido muy quisquillosos.
“¿No me digas?” iba a contestar. Aunque a estas alturas ya no tenía sentido. Matt nos hizo pasar
a una sala de juntas que no tenía vista al exterior.
—¿Por qué aquí?
Pregunto Teo. Matt tenía la leyenda “Quiero acabar con este caso ¡Ya!” sobre toda la cara.
—Porque el señor Rader así lo solicito. Él piensa que se va a reunir con la señorita Jerez a
solas y quería un poco de privacidad.
—¡Ese hijo de puta!
Se quejó Teo. Matt y yo asentimos. Parecía que mi exmarido tenía planes conmigo.
—Si lo ven por el lado bueno, se van a dar cuenta que es algo bueno. A si no se va a percatar de
que está acompañada hasta que este adentro. Yo me encargo de tener los papees en la mano antes de
cualquier queja.
Pues sí. Si lo veíamos por el lado bueno, era a nuestro favor su lado oscuro.
La oficina estaba forrada en madera, muy clásica, en realidad un poco anticuada para mi gusto.
Contaba con una mesa para seis personas, sus respectivas sillas, un enorme librero con tomos de
derecho del año de la prehistoria y una mesa esquinera con una cafetera. Todos los muebles eran de
madera muy oscura, era el lugar idóneo para una reunión con el diablo.
El inesperado ruido de la puerta abriéndose nos hizo brincar a los tres. Si Dennis se daba cuenta
de que no estaba sola, podía retener los papeles sin que lográramos hacer mucho. Olivier Adams
entro con el semblante sombrío. Usando un traje de tres piezas azul marino y una camisa
exquisitamente blanca. ¡Cómo me gusta ese hombre!
—Buenas tardes.
Saludo a todos y a ninguno.
—Esta es una reunión privada señor…
Si Matt pretendía sacar a Olivier de la sala, se iba a topar con pared.
—Viene conmigo Matt. Ya estamos listos, a la hora que quieras puedes hacer pasar al diablo.
Lo interrumpió Teo. Matt salió de la sala y yo me senté en medio de Teo y Olivier, mis
guardianes con vaina desenvainada.
—¿Cómo sabías que…?
—Teo. Él es un adulto, puedo confiar en lo que dice.
Olivier obviamente seguía enojado.
—¿Les doy cinco minutos?
Pregunto el traidor de Teo, levantándose de la silla.
—No Teo, no es necesario. No hay mucho de que hablar.
La bestia venía con las garras filosas, ya me ocuparía de él.
En ese momento lo que realmente me angustiaba eran los pasos acercándose. Un escalofrió me
cubrió cuando vi cómo se abría la puerta despacio. En cuanto lo vi, recordé cada ruido, cada aliento,
cada grito que viví. Me hundí en la silla hasta que sentí la mano de Olivier en mi pierna. Enseguida se
levantó.
—Se acabó.
Mi respiración paro, se acercaba un ataque de pánico. Afortunadamente Teo me tranquilizo con
la mirada y susurrando:
—Calma. No te puede hacer nada.
Volví a respirar. Moje mis labios y pase el nudo de miedo en mi pecho. Tome de la mano a
Olivier y lo jale hacia mí.
—Vamos a acabar con esto de una vez. Ya estamos aquí.
No le gusto. No le gusto ni tantito. Los ojos acre mataban a Dennis que seguía parado junto a la
puerta. Dennis no había cambiado mucho, seguía con la misma mirada asesina, los mismos músculos
productores de golpes y el mismo semblante burlón.
—Pedí hablar en privado con mi esposa.
Incluso su voz seguía siendo la misma, tan llena de mierda. Y sin expresión, no mostro señales
de reconocer a Olivier.
—Esto es lo más privado que vas a conseguir. ¿Entendido?
La voz de la bestia estaba cargada de amenaza. Dennis asintió despacio y camino hacia las sillas
vacías que se encontraban enfrente de nosotros. En silencio se sentó y nos observó.
Sabía, yo sabía que no debía haber aceptado esta reunión. El ambiente se cargó de rabia y odio.
—Solo quiero disculparme. No tienen que estar a la defensiva.
Ninguno de los tres contesto.
—Mari…
Estilo la mano por encima de la mesa que nos separaba e hizo el intento de tocarme. No puedo
decir quien gruño, solo sé que se escucharon gruñidos en forma de advertencia. Dennis levanto las
manos mostrando las palmas en forma de rendición. Aclaro su garganta y hablo con odio disfrazada
de cortesía.
—Mari ¿Estas bien? Estas muy guapa.
Asentí ligeramente. ¿Qué le contestaba? Bien y ¿tu? ¿Cómo sigues de la fractura de cráneo que
te hice la última vez que nos vimos? No creo que fuera muy apropiado.
—Solo quiero disculparme. Los dos nos hicimos mucho daño, es tiempo de dejarlo atrás.
Asentí aceptando que era tiempo de dejarlo atrás.
—Nunca fue mi intención lastimarte.
Esperaba mi respuesta. Algo con lo que pudiera trabajar. No se lo di.
—Creo que ya sabes que encontré una mujer que si cree en el amor. Estoy seguro que tú
también vas a encontrar a alguien que te haga más feliz de lo que fuiste conmigo.
Me estaba provocando. Solo que él no contaba, con que los años separados fueron para
aprender sus métodos de abuso.
—¿Es todo?
Dije firmemente.
—No.
Dejo de observarme y se dirigió a Olivier.
—Olivier Adams ¿Cierto?
Olivier no dio señal de emoción. Ni para arriba, ni para abajo.
—Tu sabes que si Dennis.
—No sabía que estuvieras en contacto con mi esposa. Me hubiera gustado saberlo.
—Ya no es tu esposa.
—Pero lo era. ¿Desde cuándo están en contacto?
—No creo que sea de tu incumbencia. Solo que te quede claro, que ahora estamos juntos.
Dennis movió la cabeza de tal forma que no se sabía si estaba asintiendo o planeando su
venganza.
—Sí. Me da gusto. Es muy guapa ¿cierto?
—¿Ya acabaste Dennis?
La bestia estaba a punto de ver la luz. Yo no sabía de una sola ocasión en que Olivier usara la
fuerza en contra de otra persona. Era muy inteligente como para llegar así de bajo. Aunque si Dennis
no se andaba con cuidado, podía lograr sacar a la bestia.
—No. También quisiera disculparme contigo. No me porte muy bien contigo cuando éramos
niños. Nunca supe medir mi fuerza.
Olivier sonrió burlonamente. Era cierto, cuando niños Dennis era mucho más fornido, Olivier
era un flacucho. Pero ahora las cosas eran más parejas. Olivier no tenía un solo gramo de grasa, todo
era musculo, desafortunadamente Dennis también era puro musculo. En realidad, si solo te guiabas
por el aspecto, Dennis era más… agradable a la vista; Tenía la cara de niño bonito. Olivier no, mi
Oso tenía el atractivo de un hombre. Simplemente eran de diferente especie.
—Disculpa aceptada. ¿Algo más?
Observo a mis guardianes y se dio cuenta de que no iba a lograr mucho de la reunión.
—Qué bueno que estas bien. Ojala continúes así.
¿Eso fue una amenaza? Olivier no espero a ver si lo era o no. Se levantó y me dio la mano para
que saliéramos de la sala.
—Adiós Mari.
Su voz era la promesa de que no era la última vez que lo iba a ver. No lo mire, no conteste, solo
salí con paso firme de su vida.
Mis guardianes me siguieron sin titubear. Afuera se encontraba mi abogado con el suyo. Seguí
caminando para tener un poco de privacidad y espere que Matt se acercara.
—¿Tienes los papeles?
—Sí. Ya están firmados. Unos días más y te mando el documento oficial.
Se escuchaba muy orgulloso de sí mismo.
—Felicidades. Ya estas divorciada.
Levante las cejas y asentí. Si, estaba divorciada y no gracias a él.
—¿Puedo preguntarte algo?
¿Ahora éramos amigos?
—¿Quién es el acompañante de tu hermano? ¿Su novio?
En un segundo me quito el sabor agrio de la reunión. Chispeante conteste.
—¿Por qué? ¿Es de tu tipo?
Titubeo y un sonrojo ligero cubrió sus mejillas, eso me hizo reír aún más.
—Solo pregunto.
Poco le falto para morderse las trenzas. Una chiquilla de trece años aparentaba mejor.
—No es su pareja. Solo son amigos.
Le brillaron los ojos y a mí me brillaron más. Esto era divertido.
—¿Me lo presentas?
Mi fierecilla se la estaba pasando de lo mejor. Voltee y les hice una señal para que se acercaran.
Teo y Olivier se habían quedado a unos pasos de la puerta de la oficina para formar una barrera entre
Dennis y yo. No me percate si Dennis ya había salido de la sala de reuniones. Tenía que agradecerle a
Matt la distracción.
Teo y Dennis se acercaron e hice la presentación.
—Matt, te presento al doctor Adams, mi novio.
Olivier le ofreció la mano y disfrute la incomodidad de Matt. Eso le pasaba por ser tan mal
abogado. Me hizo pasar por uno de los momentos más incomodos de mi vida e hizo que un trámite
que debió durar meses se alargara por años.
Le agradecí su tiempo y salí de esa oficina. Llegamos al estacionamiento en silencio. Ni
siquiera Teo hablaba. Justo antes de que entrara en “Lady” mi Oso hablo.
—Un chofer te está esperando en las oficinas de Infinity. No quiero que estés sola un solo
momento. No viajes sorpresa. No sesiones hasta tarde. Nada.
Lo vi a los ojos y busque a Olivier. Porque el que hablo fue la bestia, no el hombre al que
amaba.
—No…
Trague grueso para que mi voz fuera más firme.
—No creo que sea necesario.
—No te estoy preguntando. Te estoy diciendo.
Entramos en una batalla de miradas. No retire mi mirada de los ojos acre. Estaba a punto de
sucumbir cuando Teo intervino
—Nic, creo que Olivier tiene razón.
Dirigí la mirada a Teo y poco falto para que callera muerto en el asfalto por mi mirada. Mi
adorado hermano había cambiado de bando, ahora era “Team bestia”.
—No creo que…
—Escuchame Nic.
Olivier me tomo del brazo e hizo que lo viera.
—Ese hombre está loco. No quiero correr riesgos innecesarios. Por favor, acepta mi cuidado.
Por un segundo vi a Olivier Adams en los ojos de la bestia, fue lo suficiente para que hiciera lo
que él quisiera. Yo era suya.
37
Cuando acepte su demanda, sonrió, me dio un beso casi imperceptible en los labios y se fue.
Una cosa era que estuviera junto a mí en uno de los momentos más horrorosos de mi vida y al
parecer, otra muy diferente, el que le haya mentido –por omisión— unos detalles sobre Dennis. Se
despidió y nos dejó descuadrados con “Lady”.
—¿Sigue enojado?
—Eso parece.
Teo y yo teníamos la inauguración de una boutique nueva de una marca muy conocida. Nastia
ya nos esperaba con vestuario y equipo listos para el Evento. El trabajo era la mejor de las terapias,
así que me concentre en ello y me olvide de mi vida amorosa.
Después de casi seis horas de arduo trabajo, ya no recordaba ni mi nombre. Mientras esperaba a
Teo y Nastia, entre la gente, me pareció ver una cara conocida. Sentí como la sangre abandono mi
cara al pensar que Dennis nos había seguido. A últimas fechas, parecía que el pasado retomaba
espacio en mi vida, también los malos hábitos, últimamente sentía un poco de paranoia. Era una
tontería y aun cuándo me regañaba yo sola, la incertidumbre iba en aumento.
Guarde un poco de calma y escondida atrás de la cortina que cubría el pequeño escenario
donde se realizó la pasarela, busque, sin encontrar nada. La llamada que había tenido con mi padre
llegando a Infinity, tampoco ayudaba. Hacia un par de días Dennis hizo un escándalo en casa de mis
padres por el divorcio, ni siquiera le importo el que supuestamente estaba perdidamente enamorado
de su esposa. Mi papá me pedio que no asomara las narices. No confiaba en el amor de Dennis hacia
Sasha —Su nueva esposa— y sentía que era solo una artimaña para encontrarme. Había cambiado
nuevamente la historia del asaltado y secuestro. Él nunca iba a aceptar que por una vez me defendí. Mi
papá me prohibió comunicarme con él, mi madre seguía apoyando a Dennis y mi papá temía que
dieran conmigo por medio de él. Mi papi seguía preocupado por mí, no le mencione nada sobre la
reunión para evitarle la angustia. Cada vez nos comunicábamos menos, no quería que un día
definitivamente no contestara por miedo a que alguien me hallara. Le volví insistir para que viniera a
vivir conmigo, pero se negó rotundamente, otra vez.
Me zarandee a mí misma e intente calmarme. No quería que la paranoia que me acompaño
durante dos años regresara, ya había logrado tener seguridad, no la iba a perder por Dennis.
Finalmente deje a Teo que seguía socializando sin reparar en mi angustia. No quise agriarle el
rato y le mande un mensaje avisándole que me iba a casa, al fin y al cabo, ya tenía chofer a mi
disposición. Placido Barrera, era un expolicía, tenía unos cuarenta y cinco años, pero se retiró
temprano de las fuerzas por un problema en el corazón. Era justo lo que necesitaba: De ojos castaños,
con cara de malo y dulce como el azúcar. Lo mejor es que era de padres mexicanos y hablaba
perfectamente el español. Inmediatamente nos hicimos cómplices. El pobre llevaba horas esperando
afuera de la boutique.
—Lo siento Placido. No pude salir antes.
Dije entrando en “Lady”.
—No se preocupe señorita. El tiempo pasa rápido cuando se ve tanta gente bonita.
¿Señorita? Sonaba muy raro
—Hablame de tu.
—No creo señorita.
Empecé a reírme, el “señorita” sonaba chistoso. Pase todo el camino a casa convenciéndolo
para que me hablara por mi nombre.
Finalmente llegamos al edificio de Teo a las dos de la mañana. Los dos cansados y media
adormilados. Intercambie mi horario del día siguiente con Placido y lo mande a dormir.
—Subo contigo.
Así sonaba mejor. Finalmente si lo convencí para que me hablara de tu.
—No. Ya es tarde. Vete a descansar, ahí está mi portero, no va a pasar nada. Olivier ya debe
estar dormido.
Ni siquiera estaba segura donde iba a dormir Olivier. No me contesto los mensajes que le
mande, así que preferí posponer la pelea hasta el día siguiente y me dirigí al departamento de Teo.
Cuándo vi a Noah leyendo el periódico me relaje un poco. Él tenía de vigilante lo que yo tenía
de científica ¡Nada! Mi buen portero siempre estaba leyendo el periódico con las piernas extendidas
abajo del escritorio del recibidor. Pronuncie un “Buenas Noches” con reproche, él continuo con su
lectura tranquilamente.
Placido, sin importar mis demandas me acompaño hasta los elevadores. Le dije adiós con la
mano cuando las puertas del ascensor se cerraban y descanse cuando me vi sola. La paranoia estaba
jugando con mi cerebro y haciendo estragos en mi cuerpo; durante el camino voltee para atrás tantas
veces que el cuello empezó a doler. La tensión se estaba convirtiendo en dolor muscular en cada parte
de mi cuerpo.
Justo cuándo abría la puerta del departamento, sentí una mano rozar mi brazo. El escalofrió me
congelo y no reaccione como lo había repasado en mi cabeza durante años. Levante la cara y me
encontré con unos ojos conocidos. Odio, rencor, aborrecimiento por mí, eso había en esos ojos.
Cerré los ojos intentando desaparecer o en el mejor de los casos hacerlo desaparecer.
—¡Qué coincidencia Mari!
Cruzo su brazo por mi cintura y me empujo para entrar. Alcance a plantar los pies en el suelo y
mi cara reboto con la puerta. Enseguida deguste el hierro caliente de mi sangre.
—Mira lo que te has hecho. Sigues igual de torpe.
Me resistí torpemente, me tomo desprevenida y él seguía igual de fuerte.
—Solo quiero hablar contigo, no quiero otra cosa.
Se burlaba de mí, se creía con el poder de burlarse de mí. ¡No esta vez! Di tres pasos y me aleje
de él.
—¡No! ¡Definitivamente no!
Me grite a mí misma
—Tú y yo ya no tenemos nada que ver. Por favor vete.
Me aleje todavía más de él. Interpuse mi solitario sillón entre nosotros y me acerque al
ventanal. Él empezó a rodearlo despacio, cazando.
—Vamos Mari. Tú y yo siempre vamos a ser uno. Creías que tus pe…
Un dique se rompió dentro de mí. Y la furia se desbordo.
—¡Uno! ¡Tú y yo no somos nada!
Vi cómo se acercaba con aquella mirada asesina. Era el momento de hacerle saber que ya no
era una pobre tarada. De demostrarle que aquella pobre mujer con la que se casó años atrás, había
dejado de existir.
—¿Sabes qué Dennis? ¡Vete mucho a la mierda!
Gruñí con toda mi furia. Abrió mucho los ojos. Jamás le había hablado con malas palabras,
creo que ni siquiera le había contestado. Ruegos, suplicas, eso es lo que él conocía de mí.
—¡Te puedes ir mucho a la mierda! ¡Yo no soy nada de ti! ¡Tú y yo, no tenemos nada que ver!
Vete a la mierda y no regreses ¡Ahí perteneces! ¡Tú, eres una mierda!
Los ojos se le desorbitaron. Cerró los puños, se acercó en dos zancadas y casi pude sentir el
puño en mi cara. Pero en vez de bajar la mirada, la alce y le ofrecí mi rostro.
—¡Venga Dennis, pega duro! ¡Maldito cobarde infeliz! Nada más te atreves conmigo. Ya te mate
una vez, bien puedo matarte dos veces.
El desprecio de mi voz lo desconcertó y dio un paso atrás.
—¡Vete de mi casa infeliz! ¡Vete a la mierda y no regreses! ¡Ahí perteneces! En esta casa, solo
mando yo ¡Venga! ¡Al carajo!
Con la adrenalina colmando mi cuerpo, agarre el atizador junto a la chimenea eléctrica y me
prepare para matarlo. Esta vez no se me iba a escapar. Su cara, sus ojos, su cuerpo, estaban llenos de
incredulidad, de desconcierto. Lo pensó dos veces y sin voltear, busco la puerta. Tenía mucha razón
en no bajar la guardia. En ese momento estaba dispuesta a matarlo.
En cuanto salió, me abalance hacia la puerta. Mis manos no respondían bien y me costó trabajo
cerrar los cerrojos. Cuándo lo logre, busque el teléfono y marque.
—¡Teo! Acaba de estar aquí. Dennis, acaba de estar aquí…
—¿Estas bien? ¡Esa recepción de mierda! Voy para allá, enciérrate. Voy para allá.
—No. No hace falta, ya lo saque. No creo que regrese.
— Ese cabrón está loco, no podemos bajar la guardia.
En ese momento la compostura me abandono. La adrenalina, el miedo, la furia, ¡Todo! llego
como un tsunami. Empecé a temblar y a lagrimear. Me deje caer al suelo y me hice un ovillo. Así me
encontró Olivier.
~~ § ~ ~
—¡¿Qué paso?!
Fue por unos cubos de hielo y con mucho cuidado los acerco a mi boca. Mi pobre Oso se
olvidó de su enojo y me acuno con infinita ternura.
—Me caí.
Otra vez, otra vez mentía y cubría por Dennis. Iban a pasar los años y nunca iba a deshacerme
de él.
—¿Cómo? ¿Dónde?
Olivier estaba excesivamente alarmado por un labio roto. En ese momento agradecí el que
nunca viera uno de los ojos morados que Dennis me dejaba, eso sí era de alarma.
Él angustiado y yo con el mayor de los descaros le iba a mentir en la cara. Un sentimiento de
poca valoración hacia mí, de vergüenza por mentir, por no ser valiente y afrontar las cosas, me hizo
ver la realidad; Yo, no era buena para él, no era merecedora de él. Sabía lo que tenía que hacer,
aunque el corazón se resistía.
—Quiero dormir un rato.
La frialdad de mi voz le extraño, su entrecejo se contrajo y con posesión me llevo a la
habitación.
—Sola.
En el tiempo que llevábamos juntos, jamás lo había sacado de mi habitación. Con el corazón en
la mano y lágrimas luchando por salir, le cerré la puerta en la cara. A través de la puerta escuche que
preguntaba:
—¿Qué pasa?
¿Qué pasa? Que mi exmarido regreso. Me tape la boca con las dos manos para no gritar que lo
amaba y que lo hacía por su bien.
Me tire en la cama y ahogue mis sollozos en la almohada. Después de un rato salí de la
habitación esperando que se hubiera ido y al mismo tiempo deseando que estuviera esperando por mí.
Mis esperanzas le ganaron a mis deseos, Olivier se había marchado.
Llorar y llorar, así pase las siguientes horas. No salí de mi habitación. Con gruñidos aparte a
Teo y a Nastia cuándo se atrevieron a tocar a mi puerta. Olivier se había marchado y me había dejado.
No. Yo lo obligue a dejarme. Lo eche todo a perder.
38
—Nic… Nic, despierta fierecilla.
Me costó mucho trabajo abrir los ojos. Era la primera vez en muchísimo tiempo que no sentía
deseos de levantarme de la cama.
—¿Qué hora es?
—Las doce. Tenemos prueba de vestuario ¿Quieres que busque a alguien para que te
reemplace?
Por unos largos segundos lo considere. Desde que inicie a modelar, nunca quede mal con un
trabajo. No iba a empezar en ese momento. Me senté con los ojos cerrados y me recargue en la
cabecera; Necesitaba unos minutos para poder despertar. Me dolía la boca, en realidad toda la
mandíbula. Aunque el peor de los dolores, se hallaba en mi corazón destrozado.
—No. Ya voy. Dame unos minutos.
Sentí que el colchón se hundía y me moví para darle un poco más de espacio.
—¿Qué vamos a hacer con este labio?
—Maquillarlo.
Lleve mi mano a mi boca y sentí la hinchazón.
—¿Esta morado?
—Un poco. Es una combinación de morado, con rojo y un poco de azul. Parece un arcoíris.
Teo agarro mis manos y me las apretó brindándome consuelo. Recargue mi cabeza en su
hombro y volví a respirar.
—En estos momentos tengo un instinto asesino, que a duras penas puedo controlar. Ayer lo
fuimos a buscar, pero no lo encontramos en ningún lado.
—¿Quién? ¿Quién fue contigo?
Sonrió y volvió a consolarme.
—No fierecilla. No he visto a Olivier. Me llamo un par de veces anoche, me dejo un mensaje
dándome instrucciones precisas para cuidarte, pero no lo he visto.
Mi mundo se volvió a oscurecer.
—Fui con la loca de Nastia. No pude deshacerme de ella, es muy necia.
Mi preciosa amiga. Ella si era lo suficientemente perra como para matar.
—Como no logramos hacer nada. Hablamos con el inútil del abogado. Ya se está armando una
orden de restricción. Ya no se va a poder acercar a ti.
Eso me causo gracia. Las órdenes de restricción solo funcionan si te mantienes agarrada de la
mano a un oficial. Las experiencias de la casa-refugio me enseñaron eso.
—¿Alguna vez te he platicado, de la única vez que intente reportarlo?
—No, creo que no. Platicame.
Paso sus piernas por abajo del edredón y se acurruco junto a mí.
—Fue la primera vez que me pego. Pegar bien. Fuerte. Ya no recuerdo el motivo, solo recuerdo
que sentía que la cara me explotaba. En cuanto se durmió, agarre las llaves de su carro y maneje
como loca a casa de mis padres. Mi madre ni siquiera me abrió la puerta. Esa fue la primera vez que
mi padre realmente me vio. Estaba sentado en el porche, cayéndose de borracho. Mi madre no lo
dejaba entrar a la casa hasta que la borrachera aminorara. Así que mi papá se sentaba en las escaleras
del porche y esperaba a que el alcohol se evaporara un poco de sus venas.
Recuerdo que mi papa me toco la cara con adoración. En su inconciencia, algo despertó. Esa
fue la última vez que vi borracho a mi papá. Pero en ese momento él no podía hacer nada. Me dio un
beso y se quedó dormido en el porche.
Maneje sin rumbo un rato hasta que vi el letrero del Walmart, era una sucursal pequeña
comparada con otras, pero era el centro comercial del pueblo. Me metí al estacionamiento y
estacione lo más cerca de la puerta que pude. Salude a Luther con la mano. Luther era el vigilante de
la tienda y había ido conmigo a la escuela desde kínder. Él me regreso el saludo y desvió la mirada.
Fue como si no pasara nada, como si los golpes fueran invencibles. Entre a la tienda y en transe tome
un carro y me dirigí a comprar. Tome las cosas habituales, latas de atún, papel de baño, jabón,
champó.
Me dirigí a la caja cuando termine de hacer la despensa. La caja la manejaba Linda, una de las
amigas de mi madre de la iglesia. Le sonreí y vacié mi carro. “¿Fue tu marido o tu madre?” Pregunto
fríamente. ¡Qué mal me sentí en ese momento! ¿Tu marido o tu madre?
Guarde silencio porque las lágrimas amenazaban con regresar.
—Baje la mirada avergonzada y murmure “Dennis”. Ella me vio por uno o dos minutos,
finalmente se decidió, se quitó el gafete de la tienda y me tomo de la mano. No le importo dejar su
trabajo. Me dijo: “El salvaje de tu marido te va a matar si se lo permites. Vamos a detenerlo” La
verdad es que no sabía que tenía que hacer o que decir. En ese momento no pensaba, deje que Linda
pensara por mí.
Rebusque en mi mente, hacía mucho que no recordaba nada de eso.
—En la puerta de salida nos encontramos una patrulla, Linda sin titubear se dirigió a ella y
demando atención. Le informo al oficial que queríamos levantar un reporte. El oficial me observo y
me hizo sentar en la parte trasera de la patrulla. Le dijo que él se hacía cargo y la dejo ahí.
Manejamos durante unos minutos. No dijo nada, no me miro, solamente manejo. Cuando levante la
mirada, estacionaba en mi jaula, en la casa de Dennis.
—¡¿Qué?!
Asentí y sonreí tristemente. No eran recuerdos lindos.
—Sí. Me regreso con Dennis. Un oficial de policía, alguien que se supone que me tenía que
proteger. Resulto que el oficial era amigo de Dennis y de su familia. Él fue el encargado de que nunca
levantara un informe, de regresarme a la jaula cuando me quería escapar. Esa es una de las ventajas
de vivir en pueblos pequeños; Todos se conocen entre todos. Nunca lo volví a intentar, no tenía
sentido. Lo peor es que Linda perdió su trabajo, mi madre le hizo la vida imposible en la iglesia hasta
que renuncio al grupo y todo mundo la enjuicio por intentar “separar lo que Dios junto”.
Obviamente, después de ver la suerte de Linda, nunca nadie me brindo la mano. Me quede más sola
que nunca.
—Ya no estás sola.
Dijo Teo firmemente.
—Si Teo, lo sé.
~~ § ~~
Pase las siguientes treinta horas en estado puro de sufrimiento. Hasta que entro a la habitación y
volvió a iluminar mi vida.
Con el cabello revuelto, las ojeras marcadas, la insipiente barba y la ropa arrugada, era el
hombre más guapo del planeta. Se sentó junto a mí con los puños cerrados y los ojos color acre. Su
respiración trabajosa me excito, mis brazos hormigueaban con la necesidad de tocarlo, de olvidarnos
de todo y de todos. Deseaba tanto que solo existiéramos él y yo.
Acerco su cuerpo al mío, vi claramente como esperaba mi rechazo. Cuando no llego, sus labios
rozaron los míos susurrando.
—No puedo estar sin ti.
Termino de acercar sus labios e intento darme un beso, el respingo salió involuntario. El dolor
de mi labio era fuerte y aun cuando él fue muy cuidadoso, el dolor se hizo presente. Se separó
angustiado y disculpándose se apartó de mí. Lo que menos deseaba en ese momento era separarme de
él. Sonriendo me acerque a su boca y dije algo que nunca pensé decir. Algo que nunca hubiera
cruzado por mi cabeza, si no fuera con él.
—¿Sabes? El dolor puede ser bueno.
Termine con la distancia que me separaba de sus labios y lo bese. El dolor valía la pena, si
podía sentir sus labios junto a los míos una vez más. Ahí me di cuenta de lo egoísta que era, de lo
codiciosa que era sobre él. No me importo su seguridad, simplemente lo quería para mí. Sentí como
entreabría sus labios y me regalaba su aliento, su lengua, su sabor. Su amor.
El siguiente día tocaron a la puerta en la madrugada. Yo no tenía intención de levantarme tan
temprano, mi labio todavía dolía y la mano de Olivier en mi vientre me capturaba en la cama.
Con una sonrisa escuche como Teo se levantaba y tropezaba con todo para abrir la puerta.
Olivier estaba junto a mí y dormía plácidamente, Teo refunfuñando y maldiciendo en el pasillo, y
Nastia en la habitación de Teo. Todos estaban en casa, no había nadie más que me importara ver.
El “¡No!” de Teo hizo que me despejara casi instantáneamente. Me levante lo más calladamente
posible y con rapidez me puse la bata.
—¿Qué pasa?
—Vuelve a la habitación Nicole.
La firmeza de Teo me alarmo. Su voz de locutor contenía más fuerza de la acostumbrada.
—¡Tu! ¡Maldita zorra!
Una mujercita que era el ejemplo viviente de que mientras más loco eres, más colorías quemas
—por eso todos los psicópatas son siempre tan delgados—, se abalanzo con una mirada asesina hacia
mí. “Buenos días” pensé. Cruella De Vil Junior venía con las garras por delante, afortunadamente Teo
la atrapo en el aire y sin mucho tacto la arrojo en el sillón.
—¡Tu! ¡Deja a mi marido en paz!
Mi cara demostró mi desconcierto, porque inmediatamente volvió a gritar.
—¡No te hagas la inocente! ¡Si a leguas se nota lo zorra que eres!
Eso pudo conmigo. Perra si, zorra no.
—Mira chiquita, no sé quién eres y no sé quién es tu marido. Te voy a pedir que salgas de mi
casa antes de que llame a la policía.
En ese momento apareció Olivier con solo un pantalón de franela cubriéndole las caderas y el
cabello maravillosamente revuelto.
Mi atención se enfocó en Teo que con una sonrisa me dijo “Perra”. Me reí y asentí. Si, era una
perra muy suertuda. Olivier se veía buenísimo. Hasta Cruella De Vil Junior guardo silencio por unos
momentos.
—Mira chiquita, como puedes ver. Yo tengo pareja. No sé quién es la tuya, pero te aseguro que
no está mejor que él.
Dije señalando a Olivier, con absoluta seguridad de que tenía razón.
—Así que mejor te vas, antes de que me enoje.
Afortunadamente Cruella De Vil Junior me dio la razón. Sin mucho ruido y con poca gracia, se
levantó del sillón y con la cara muy levantada se dirigió a la puerta. La mujercita tenía ovarios,
porque al llegar a la puerta se dio la vuelta, y sin importarle que yo le doblara en estatura y tuviera a
dos guardianes a mi lado, me advirtió.
—Mantente alejada de Dennis.
Salió, cerró la puerta y me dejo con dos hombres increíblemente furiosos.
—¡¿Dennis?!
—¡Te lo dije!
—¡Maldita sea!
—¡Te dije que había que tener cuidado!
—¡Lo voy a matar!
No supe distinguir cuál de los dos estaba más enojado. Y lo peor de todo, es que estaban
enojados conmigo.
Nastia salió de la habitación medio adormilada y me tomo de la mano.
—¿Qué paso?
—La esposa de Dennis acaba de estar aquí. Quiere que deje en paz a su marido.
Nastia dejo salir una sonrisa diabólica mientras Teo y Olivier seguían discutiendo, no supe si
entre ellos o contra mí. El caso es que ellos seguían sacando su frustración.
—Yo conozco gente que puede ayudarnos a deshacernos de ese problema.
Nastia era como un angelito vestido de rojo, con cuernos y cola integrados.
—No. Lo mejor es esperar a que se calmen y discutir las opciones. Siempre existe la
posibilidad de volver a desaparecer.
—¿Por qué estás tan calmada?
—No sé. Tal vez porque ahora no estoy sola.
Le guiñe un ojo y seguí con la mirada a Olivier, que dejo la estancia para dirigirse a la
habitación.
—Voy a la horca, deséame suerte.
—Suerte.
Bostezo Nastia. Toque a la puerta antes de entrar, esperando que la bestia se hubiera calmado.
No tuve suerte.
—Solo dime una cosa. ¿Te pego?
El siseo estaba cargado de rabia. El hielo emanaba de sus poros. Nunca lo había visto tan fuera
de sí. Caminaba de un lado a otro buscando su ropa. Se vestía, sin ver, sin sentir.
—No precisamente. Me rodeo por la cintura, me quise detener y por el impulso revote en la
puerta.
—¡Pero si te toco!
Se detuvo a la mitad de la habitación, me observo con los ojos fuera de sí y una bestia llena de
amargura hablo.
—Nic. No me vuelvas a mentir.
¡Oh, Dios! Me sentí miserable. Lo herí. Vio que estaba por desmoronarme y tuvo piedad de mí.
Se acercó y me abrazo. Baje mi cabeza y la hundí en su cuello.
—No hay nada que yo no haría por ti, para protegerte, para ayudarte. ¡Nada! Tú eres mía y yo
soy tuyo. No me mientas.
La vibración de su voz traspaso su piel y la mía. Cada una de sus palabras se coló hasta lo más
profundo de mi corazón. Eran palabras que venían desde lo más fondo de su ser.
39
Después de la visita de Dennis la calma rodeo mi vida. Olivier tenía razón. Si estaba con él,
nada me podía hacer daño. Dennis y su pequeña Cruella De Vil habían regresado a Great City. Mi
papá me lo confirmo un par de días después. Dos investigadores de la policía de Boston se habían
presentado en el hotel de Dennis. ¿Qué hablaron? ¿Qué le dijeron? Fue algo que no intente averiguar.
Lo importante era que se había dado por derrotado y se había alejado de nosotros.
Para aumentar la fascinación que sentía por Olivier. Me di cuenta que era excelente con las
relaciones públicas. Hablaba poco, pero Olivier había atendido a varios policías, bomberos,
abogados, políticos. Todos eran humanos y todos enfermaban. Y todos se mostraban muy
agradecidos con él.
Agradecida, fascinada, idiotizada por él. Así me encontraba después de estar unos meses con él.
No me imaginaba mi estado en un año. Seguramente limpiando con mi lengua por dónde él pasara.
Poco a poco me envolvió en él; con su inteligencia, su terquedad, su decisión. Así que tome una
decisión.
—Hoy decidí que me voy a retirar del modelaje.
Pasaron tres meses después de la firma del divorcio de mucha calma. Me fui a vivir con Olivier
definitivamente, el pretexto de la poca seguridad en el edificio de Teo, fue el motivo perfecto para
cambiarme definitivamente. Mis contratos se estaban acabando y ya le había comentado a Teo que
quería descansar un poco, así que no había contratos nuevos. Era el momento justo de hacer un
cambio.
—¡¿Qué?!
Se atraganto con el café, me levante de un brinco y lo asistí lo mejor que pude. Cuando se
calmó volví a respirar.
—No me hagas eso, casi me matas.
No se veía muy enojado con esa sonrisa.
—Pensé que te iba a gustar la idea.
—Oh, no me gusta ¡Me encanta! Se acabaron los viajes, los horarios interminables y lo más
importante de todo, ahora vas a ser para mi solito.
Me abrazo por la cintura mientras acariciaba mi rostro con sus labios.
—No Olivier. Me retiro del modelaje, pero no dejo de trabajar. Ya lo pensé bien y creo que
puedo ayudar más en un hospital o en un centro de ayuda como el refugio. Un lugar donde pueda ser
de utilidad, más en forma. ¿Si me entiendes?
La sonrisa de Olivier era contagiosa. Pocas veces sonreía tan ampliamente. Y me encanto ser la
causante de esa sonrisa.
—Te entiendo perfecto. Y te apoyo al cien por ciento en todo. Puedo hablar con el hospital y en
men…
—¡No! ¿Ya vamos a empezar? No quiero que me arregles la vida. Quiero que me digas que me
apoyas y que no importa si ya no visto de diseñador y dejo de usar tacones que parecen zancos. Que
tú me vas a querer sea lo que sea y me vea como me vea.
Me apretó casi dolorosamente a su cuerpo. Bajo su cabeza a mi oído y murmuro.
—Yo siempre te voy a querer, seas lo que seas y te veas como te veas.
Retiro el cabello de su paso y me demostró cuanto me quería a base de orgasmos. Una manera
deliciosa de evidenciar amor.
~~ § ~ ~
—Toma
Me dio un sobre con mi nombre en el. Era extraño, Olivier no era un hombre de regalos, de
hecho, no me había regalado nada. Mmm, un detalle del que no me había dado cuenta y que tenía que
cambiar inmediatamente.
Abrí el sobre y me encontré con un contrato y una tarjeta de banco.
—¡¿Qué es esto?!
Dije, mientras cerraba el sobre y lo aventaba a la mesa. Él lo tomo nuevamente y con
muchísima más calma que la mía, lo volvió a abrir y saco la tarjeta.
—Escucha antes de que te pongas loca.
—Demasiado tarde.
Me senté enfrente de él cruzada de brazos ¿Quién diablos se creía? ¡Yo me podía mantener
perfectamente!
—Escucha, esto no es lo que crees. No es una tarjeta de crédito, es una cuenta de cheques.
Quiero que tengas la libertad de comprar lo que quieras, de que te sientas independiente. No quiero
que te preocupes por el dinero.
—¡¿Me ves preocupada por el dinero?! Ayer fui de compras y me gaste más de lo que te
imaginas. ¿Me queje? ¿Lo comente? No verdad. ¡Yo soy perfectamente capaz de solventar mis gastos!
—Por supuesto que lo eres. No te cierres, escúchame.
Jalo la silla que se encontraba junto a la mía y se sentó. Intento agarrar mi mano, pero la separe
inmediatamente. Suspiro poniendo los ojos en blanco y se conformó con tocar mi rodilla.
—Sé que no quieres sentirte dependiente de mi… o de nadie. Sé lo importante que es para ti
tener libertad. También sé que dejando el modelaje no vas a recibir los ridículos salarios que
obtienes.
—No son ridículos.
—Sí, sí lo son. No te pueden pagar cantidades de cinco o seis cifras por fotografías que de
todos modos van a retocar.
—Yo lo valgo.
—Tú vales más. No estamos discutiendo eso.
Me abrazo por la cintura y acerco mi cuerpo al suyo, beso mi cabello e inmediatamente me
calme.
—¿Cuál es tu punto?
—Que vas a dejar de percibir esos ridículos salarios y que no quiero que te preocupes por el
dinero por un solo segundo. Sé que tienes ahorros, que no eres una derrochadora. Pero también sé
que vas a empezar a medirte, que vas a empezar a checar precios antes de decidir comprar algo. No
quiero eso.
Olivier me conocía mejor de lo que yo creía.
—No es una tarjeta de crédito y no te voy a decir “gasta lo que quieras, yo pago”. Es una cuenta
de cheques donde te voy a depositar mensualmente una cantidad para tus caprichos. Tú sabrás si lo
gastas o no, si lo tiras o si te compras otro centenar de zapatos. Lo único que quiero es que tengas
libertad.
Suspire y recargue mi cabeza en su hombro.
—Sé que en parte dejas el modelaje por mí, cosa que te agradezco infinitamente. Soy un
hombre muy egoísta y te quiero solo para mí.
—No voy a dejar de trabajar.
Dije separándome de su hombro.
—También lo sé. Pero en ningún trabajo te van a pagar lo que ganabas como modelo y eso lo
sabemos los dos.
—Un porcentaje de la agencia es mía.
Dije orgullosa. Infinity crecía cada vez más. Teo Jerez era un genio.
—¿En serio? No lo sabía ¿Por qué no lo sabía?
—Porque tu dinero es tuyo y mi dinero es mío.
Su semblante cambio, su quijada se endureció y los ojos empezaban a cambiar de color.
—No se trata de dinero Nic. Se trata de libertad, de seguridad. Yo me voy a sentir inmensamente
mejor si sé que te sientes libre, cuidada, protegida.
—¿Me estas pagando por estar contigo?
Agarre la tarjeta y leí mi nombre en ella. Necesitaba que la bestia se calmara.
—Sí. Por tus servicios sexuales.
¡Y lo logre! La bestia se calmó.
—¡Ja! Todavía no ganas lo suficiente para pagar mis favores.
—Ya lo sé. Ahora solo voy a trabajar para hacer ese depósito mensual y que me sigas
brindando un buen servicio. No vaya a ser que se presente un mejor cliente.
—Cierto. Mejor ponte a trabajar. No vaya a aparecer un mejor partido.
Acerco su boca a la mía y deje que me besara. Los tratos así se cerraban. Con besos lentos y
exquisitos.
40
—Fierecilla, que bueno que llegas. Mira lo que tengo para ti.
Las chispas de la emoción brincaban de sus ojos.
—¿Qué es?
Me dio un folder con un contrato. Un muy buen contrato. Se trataba de mi participación en las
pasarelas más importantes de la industria para la temporada “semanas de la moda” era un evento
semi-anual y aunque ya había participado anteriormente. Esta vez iba a participar en tres de las
ciudades más importantes. Empezaba con Londres, Madrid y terminaba con Milán. Eran casi siete
semanas de vuelos, fotos, presentaciones, mal dormidas y mal comidas. Era el broche perfecto para
cerrar mi carrera como modelo y Teo lo sabía.
—¿Ya lo reviso el abogado?
El color esmeralda de sus ojos brillo como nunca. Me daba gusto terminar con mi carrera con
un trabajo tan importante. En realidad era importante por muchas cosas: por mi carrera, obviamente
para Teo, para la agencia y no lo iba a dejar pasar.
—Sí. Ya está todo revisado. ¿Si lo vas a firmar?
Teo era otro angelito vestido de rojo, con cuernos y cola. Chasquee la lengua, tome un
bolígrafo y lo firme sin pensar.
En cuanto se marcó el punto final, me di cuenta de un gran detalle que no considere. Olivier
Adams. Mi Oso iba a desaparecer y se iba a transformar en la bestia. Teo se dio cuenta y aplico una
de sus habilidades, cambiar de tema.
—¿Adivina quién llamo ayer?
—¿Quién?
Pregunte, mientras recibía la copa de champagne. Teníamos que festejar el cierre del nuevo
contrato.
—El chocolatote, Adam Duncan.
Inmediatamente sonreí.
—¿Cómo está?
Teo se sentó junto a mí y brindamos por el nuevo contrato.
—Bien. Le comente que te habías mudado con el doctor y que estabas enamorada hasta las uñas.
—¿Y qué dijo?
Pregunte subiendo las piernas al sillón. En la oficina de Teo había muchas superficies donde
acomodarse, no quería saber para que las usaba.
—Que en cualquier momento viene por ti, te lleva a las vegas y se casa contigo. Dice que ya es
tiempo de terminar con el tonto romance que tienes con Olivier.
No pude evitar reírme. Adam era un encanto de hombre. Todo se fue al traste cuando escuche la
voz de la bestia.
—¿Quién va a venir por ti y terminar nuestro “tonto romance”?
Fue la primera vez que el champagne me atraganto. La carcajada de Teo resonó en todo el
edificio. Fingí demencia y empecé a reír nerviosa.
—Osa.
Su advertencia me puso todavía más nerviosa.
—Nadie. Ya sabes que Teo está loco.
Como vio que yo no daba respuestas cambio de fuente.
—¿Teo?
Teo ni siquiera titubeo. Lo invito a sentarse y canto como pajarito.
—Hasta donde yo sé, es el único hombre con el que Nic sale a cenar y se da besitos.
—¡Teo!
Grite histérica. ¿Cómo le decía eso a la bestia? ¿No lo conocía? Olivier volteo a verme entre
divertido y molesto. Y no sé porque razón me sonroje, pero me sonroje.
—Vaya, vaya. Otro secreto.
Eche la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. Deje que Teo le informara quien era Adam Duncan.
Y no le faltó ni una coma. Le conto de las cenas, de las invitaciones a Filadelfia para conocer a su
familia, de que era un ingeniero exitoso, un chocolatote y que babeaba por mí.
Dejo de hablar porque le llamaron del estudio fotográfico que teníamos adjunto. Salió de su
oficina y me dejo a solas con la bestia. Olivier me volteo a ver con los ojos entrecerrados y el
semblante sombrío. Aplique la habilidad de Teo.
—¿Qué haces aquí? Pensé que nos veíamos en el restaurante.
Quedamos de almorzar juntos y todavía no era tiempo.
—Me invito a almorzar uno de los directivos del hospital, no pude negarme. Así que te traje el
almuerzo, para compensarlo.
Hasta ahí me di cuenta que traía una bolsa de comida.
—¡Qué bonito gesto! ¿Vamos a mi oficina?
Me levante y le ofrecí mi mano. La tomo posesivamente y la electricidad empezó a correr.
Olvide el almuerzo, me lo iba a comer a él.
En cuanto cerramos la puerta, me abalance hacia él.
—Te quiero tanto que me duele. Olvidate de los demás, yo solo quiero más de ti: de tus besos,
de tus caricias… Es insano que te desee tanto… Simplemente quiero más.
Mi desesperación se vio reflejada en el beso lleno de deseo y necesidad que le di. Él me
devolvió el beso sumado con caricias fuertes y demandantes, con ansia de más. Me rasgo el vestido y
atrapo un seno con su boca. La visión de mi diminuta ropa interior causo un gemido muy profundo
en su garganta. El calor que se acumuló en mis entrañas buscaba una salida. Mis entrañas estaban a
punto de explotar. Me tomo en brazos y arrincono contra la puerta, bajo su pantalón y me penetro con
ferocidad. Sentí maravillada el largo y ancho de todo su ser. Llena, completa y perfecta. Cada
estocada era más fuerte y llena de necesidad. Necesidad de mí, de él, de nosotros. De nada más, solo
nosotros.
—¿El ingeniero te hizo sentir esto?
Me dio media vuelta y termino de rasgar mi precioso Dsqusred negro. Ese vestido costaba una
cifra muy importante, en ese momento no me importo.
Me empujó hacia la puerta y mi pecho quedo comprimido en el frio cristal de la puerta. Si
alguien pasaba por ahí, mi busto les iba a decir “Hola”. Uso sus manos y me abrió dolorosamente,
perfectamente. La explosión fue sublime, empezó con un cosquilleo hasta formar corrientes de
electricidad que estimularon cada musculo y nervio de mi cuerpo, dejando una languidez perfecta.
Pero él aún no acababa conmigo. Entro en mí y mis dedos volvieron a temblar, los pies picaban y las
piernas se volvieron gelatina. Me traslade a un plano entre la realidad y la lujuria. No pensé, no me
preocupe, solo disfrute.
~~ § ~ ~
—Eres preciosa.
Murmuro adormilado debajo de mi cuerpo. El sillón de mi oficina se convirtió en el lecho
perfecto. A duras penas logramos acomodarnos, uno encima del otro, fue una buena forma. Descanse
mi cabeza en su pecho y disfrute del murmullo de su voz.
Algo que adoraba de Olivier era su constancia. Me repetía lo bella que era a cada instante, con
cierta tono que me hacía creerle cada silaba; Acabando de despertar, recién salida de una ducha,
después de llorar y terminaba hinchada con los ojos como rana, entre jadeos de placer, sobre todo,
cuándo no quería escucharlo, incluso cuándo no le creía. Él nunca paraba de decir “Eres preciosa”.
—Hablame del Ingeniero. Es el otro gemelo ¿Cierto?
Sin levantar la cabeza asentí y me confesé.
—Adam fue un peldaño de mi recuperación. Como sabes mi recuperación fue lenta. Fui
adquiriendo la seguridad que siempre se me fue negada a cuenta gotas. La independencia económica
me ayudó mucho. El saber que yo podía sola, era un derecho que nunca pensé tener. En varias
ocasiones estuvimos a punto de cambiar de empleo, pero a mí me gusta modelar. Me brindo una
seguridad en mi físico que nunca tuve, poco a poco fui llenando mi mente de esa seguridad y después
de trabajar dos años, casi estaba como nueva. Adam es un chocolatote, un hombre que nunca haría
daño, de hecho, prometía quitarme lo grinch.
Dejo salir de su pecho una pequeña risa, eso me tranquilizo.
—Teo solía decir que el chocolate es energético, antioxidante y lo más importante, afrodisiaco.
Siempre me persuadió para que cediera mi cuerpecito al chocolatote.
Gruño un poquito. Sonreí, levante mi cara y le di un beso en la mejilla.
—Nunca estuve lista para comer chocolate. Te estaba esperando a ti.
Mi Oso se relajó y yo con él.
41
—No entiendo. ¿No quieres casarte? ¿O no quieres casarte conmigo?
Últimamente el tema del matrimonio estaba muy presente en nuestras vidas. Aun cuando
nuestros horarios eran disfuncionales. Nosotros lográbamos dormir una o dos horas juntos todos los
días. Pero al despertar siempre regresaba el mismo tema: “Matrimonio”. Olivier se quería casar,
quería formar una familia y quería hacerlo conmigo. Por supuesto yo lo iba a salvar de el mismo.
—¿Cuál es la prisa Olivier? ¿Por qué el apuro de casarse?
—Porque ya espere suficiente.
—¡Oh, vamos! Todavía eres muy joven para tener crisis de la mediana edad. Tienes tiempo, no
te apures.
Le di una nalgada y me dispuse a huir de la habitación. Mi intento de huida se vio frustrado
cuándo me tomo del brazo y acerco su boca a la mía.
—¡Ya espere demasiado por ti!
—Pues… pues lamento que haya sido tan… tan difícil.
—No te equivoques Nic. Cada segundo que ha pasado, ha valido la pena solo por tenerte así:
Enojada, asustada…
Acerque mis labios y lo callé con un beso. Empecé a desabrocharle la camisa con
desesperación y justo cuando empezaba a cantar victoria, se separó.
—No hagas eso. Dime por qué no quieres casarte.
—¿Por qué te quieres casar? Estamos perfectamente así como estamos. ¿Por qué arruinarlo?
—¡¿Arruinarlo?! ¿Crees que casándote conmigo, vas a arruinar tu vida?
—¡Por supuesto que no! Eres el príncipe azul de cualquiera. Hasta mi madre estaría feliz de que
me casara contigo.
Dije con ironía. Mi intención era bromear, pero él no se lo tomo muy bien.
—¿Te estas burlando de mí?
Su ceño fruncido me estaba fulminando.
—¡No! Oh Dios, cuándo te pones así, me da pena la pobre chica que se vaya a casar contigo.
—Que no eres tu ¿verdad?
El tono de su voz me molesto. Se estaba comportando como un patán.
—No. No soy yo. No me perdonaría si le quitara la oportunidad a toda la bola de furcias que
babean por ti. También ellas merecen una probadita del doctor Adams.
Sus brillantes ojos azules se oscurecieron. Y con voz filosa contesto.
—Ya me probaron, por eso babean.
¡Maldito! ¡Era un maldito!
—¡Pues que te sigan probando!
—¡Bien!
Se dio la media vuelta y con camisa en mano salió de la habitación. El portazo del departamento
retumbo en todo el edificio. Me tomo cinco minutos darme cuenta de lo que había pasado. ¿Lo había
mandado a los brazos de la bola de muñecas que se desvivían por él? ¿Pero qué carajos hice? Busque
el teléfono para disculparme, pero mi inseguridad marco otro número.
—¿Teo?
~~ § ~~
—Hay que verlo por el lado positivo. De amor nadie se muere. Te deprimes, pierdes peso, te
duele todo, quieres que se abra la tierra y te trague. Pero no te mueres.
Olivier desapareció. No llamo en una semana, se quedó a dormir en el hospital con el pretexto
del trabajo, no mensajes, no correos, no visitas inesperadas, nada de nada. Y yo, me estaba muriendo
por dentro. Lo corrí de su propia casa.
—¡No estoy para bromas Teo!
—No estoy bromeando. Esa apariencia grinchesca que tienes cuándo te deprimes o estas de mal
humor te hace ver muy sexy. La pérdida de peso siempre es bienvenida y el deseo de que te trague la
tierra, es un deseo que compartimos los que estamos a tu alrededor. Con ese humor, mejor que te
trague la tierra.
Le tire la almohada que había mantenido en mi pecho durante todas mis horas de autocastigo. Él
la cacho al vuelo y con una sonrisa malévola, la acomodo para recostarse en ella.
—¿Por qué no le has marcado?
—Porque él fue el que se fue. Él es el que tiene que regresar.
La carcajada que broto de Teo me irrito todavía más. Cerré los ojos y me dispuse a seguir
durmiendo, esa era mi nueva actividad favorita.
—¡Qué tontería! El hombre quiere casarse contigo, tener hijos contigo. Tú lo rechazas, te
burlas de él y aparte ¿tiene que buscarte?
Siguió riendo, mientras yo me sentía cada vez más miserable.
—Toma ¡háblale!
Me aventó el teléfono. Y con el orgullo maltrecho, marque.
—Oficina del doctor Adams.
La maldita voz de Sandra termino de empeorar mi humor.
—Comunícame con Olivier por favor.
—El doctor Adams se encuentra ocupado. ¿Gusta dejar un mensaje?
Sandra estaba disfrutando más de lo debido. En cuanto mi pequeña bestia me hiciera el favor de
contestar. Esa secretaria iba a saber, quién era la dueña del corazón del doctor Adams.
—Comunícame con Olivier… por favor.
Antes que nada la educación.
—¿De parte de quién?
¡Aghhh! la iba a jalar de los pelos y restregar por toda la ofi… Antes de seguir con mis planes
destructivos, necesitaba hablar con la manzana de la discordia.
—Sandra. Comunícame con Olivier antes de que vaya y te deje bien claro quién lo busca.
Lo dije lento para darle tiempo a que lo entendiera. Afortunadamente soné lo suficientemente
agresiva y me comunico con Olivier antes de que perdiera la calma.
—Dime.
Mi precioso Oso seguía enojado.
—¿Todavía estás enojado? ¿No te vas a disculpar?
Teo negó reprobando mi intento de disculpa.
—¡Yo! Pero mira que eres atrevida. Yo no tengo nada de que disculparme ¡Tú eres la que no se
quiere casar conmigo! Tú…tú.
—¡Yo ¿Qué?! ¡Venga dilo! Te vas a sentir mucho mejor cuándo lo digas.
Se tragó una bocanada de aire y lo saco despacio. Estaba contando hasta diez, tal vez hasta
veinte. A veces necesitaba hasta cincuenta para calmarse.
—Estoy trabajando Nic, ¿Qué necesitas?
—Que hables conmigo.
—¿Para qué? Ya me quedo claro que solo soy... que soy. ¡Carajo! Ni siquiera sé qué diablos soy
para ti.
—Mi corazón. Eres mi corazón y mi cuerpo y mi vida. Y también eres el ser más orgulloso que
vive sobre la faz de la tierra.
Guardo silencio. Un silencio que no supe interpretar.
—Pero no soy lo suficiente como para que te cases conmigo.
¡¿Otra vez con lo mismo?! Cuándo se subía al caballo, no había poder humano que lo bajara.
—¡Esta bien! Mi cuerpo se está desgarrando. Me estoy muriendo sin ti. Déjate de berrinches y
cásate conmigo. ¿Contento?
—No. Definitivamente no estoy contento… Te llamo luego.
Y sin más, colgó. Definitivamente no fue una buena llamada.
Teo se burló de mi lo que resto del día, y de la semana. Olivier siguió sin dar señales de vida.
~~ § ~ ~
Paso otra semana de miseria antes de que se dignara a marcar y me invitara a cenar “para
hablar”. Cuándo dijo “hablar” casi me da el soponcio. ¡Iba a terminar conmigo! Acepte, solo para que
terminara de apuñalar mi pobrecito corazón de frente. Muchas veces nos habíamos separado, aun así,
siempre me sentía segura de él, de su cariño. Esta era la primera vez que sentía que se abría el suelo y
se caía el cielo. Entre sollozos y lamentaciones me prepare para la orca y por primera vez en mi vida,
rogar. Me iba a tragar mi orgullo y le iba a pedir otra oportunidad. Y justo cuando estaba lista, me
llego un mensaje
Me surgió algo. Te llamo luego
¡Lo iba a matar! Seguro lo mataba. Vestida, maquillada, lista para ir y arrastrarme hacia él y
¡¿me cancelaba?! Tome aire por millonésima vez y me descalce. Ya me había acostumbrado a su
horario caótico. No era una mujer exigente, pero si él decía que llegaba a cierta hora o que tenía un
tiempo libre, siempre cumplía. Solo cuándo era una verdadera emergencia me cancelaba y siempre
con tiempo, ¡no cuándo ya estaba en la puerta! ¡Se estaba burlando de mí!
Empecé a desabrochar mi precioso vestido cuándo sonó el teléfono.
—¿Bueno?
Conteste un poco fuerte, el berrinche estaba en su apogeo y lo que menos necesitaba era que me
interrumpieran.
—¿Terminaste con Olivier?
¿Terminar con Olivier? Lo quería matar, pero no terminar. No era masoquista, si de veras
terminábamos, la que más iba a sufrir, era yo.
—No. ¿Por qué preguntas?
—No. Por nada… Olvídalo… ¿Vas a estar en casa? ¿Quieres que lleve Pizza y nos atiborremos
de carbohidratos?
Teo era la persona más segura que conocía, pocas veces lo había escuchado dudoso y esta era
una de ellas.
—¿Qué pasa?
—Nada... ¿Voy o no?
—¿Qué pasa?
Con un bufido volvió a mentirme.
—Nada.
Saque el aire y volví a preguntar.
—¿Qué pasa?
—¡Dios! Pero que pesada eres. Ya te dije que nada.
—Teo ¿vas a hacer que lo repita? Porque así podemos pasar horas y lo sabes. Déjate de
idioteces y dime qué pasa.
Lo pensó por unos segundos que se me hicieron eternos.
—No sé qué pasa entre Olivier y tú, pero la morenaza que trae colgada al cuello, no eres tú.
Un chorro de agua recién salida del Everest empapo mi cuerpo. Sentí un escalofrió muy fuerte
cuándo la sensación de ira fue en aumento.
—¿En dónde estás?
—En el Bond.
¡¿En el Bond?! ¿En nuestro restaurante? ¡Ese hombre no tenía límites! Nosotros teníamos
reservación en el Bond. No podía creer el cinismo de ese maldito hombre.
—¡Maldita sea! ¡No te muevas de ahí!
Furiosa. Estaba furiosa. ¿Cómo llegue al restaurante? Otro misterio de la humanidad. Me di
cuenta que había llegado, porque Teo toco la ventana del taxi dónde iba. Una nube negra se había
instalado en mi mundo y unos rayos de ira amenazaban con matar mi conciencia. ¿Cómo? ¿Cómo
diablos me hacía esto? Todo el esfuerzo para ganarse mi confianza. Tantas horas en la cama haciendo
que vibrara mi cuerpo. Todas esas palabras de amor que me dijo ¿Para qué? ¿Para qué acabara en los
brazos de otra mujer?
Baje del taxi, mientras Teo pagaba. Me pareció que Teo estaba disfrutando de mi dolor, en
cuanto lo mire a los ojos se recompuso y con una calma que yo no entendía, intento aplacarme.
—Tranquilízate, estoy seguro que es un mal entendido. No vayas a hacer un drama porque no
nos vuelven a dejar entrar y este es uno de mis restaurantes favoritos.
Negué cerrando los ojos. No podía creer que Teo se hubiera vuelto tan trivial. Que estuviera
más preocupado porque nos dieran acceso a un restaurante, que al hecho de que mi mundo se estaba
partiendo en cachitos. Una lagrima reto mi poca compostura y con una bocanada de aire la frene.
—No lágrimas, nada de dramas.
Me recordé a mí misma. Si no me lo recordaba era muy posible que me tirara al suelo a llorar
por siempre. Teo se rio y con una nalgada me mando al matadero.
—Ahora ve y pártele la cara a la zorra que tiene todo manoseado a mi pobre doctor-bestia.
¿Pobre? ¡Endemoniado! No sabía con quién se había metido.
Cruce las puertas con todo mi metro y setenta y siete centímetros de estatura. A mí nadie me iba
a dejar así. La mujer que se dejaba pisotear se había muerto hacia años. Esta mujer les iba a dar una
buena patada en el trasero.
En cuanto entre, Nastia me sonrió. Un brillo de emoción cubrió sus ojos y se acercó para
darme un beso en cada mejilla.
—¡Nic, llegaste!
Nastia tenía el temperamento fuerte, solo la veía dócil cuándo salía de la habitación de Teo. Ese
día, como pocas veces, estaba alegre. Negando me acerque a su oído y susurre.
—Estoy buscando a mi perro.
Se rio de lado y dejo sacar el temperamento esloveno que bien escondía.
—Pasa y haz de Bond, tu campo de batalla.
Sabía que un escándalo podía perjudicarla, ella llevaba las relaciones públicas del restaurante,
pero en ese momento lo único que me importaba era ir y patear. Camine despacio buscándolo
desesperadamente y justo en el momento que lo tuve en frente, me congele.
En medio del restaurante, rodeado de glamour y sofisticación. Se encontraba Oliver y una
nueva muñeca —ahora morena—, que lo tenía aprisionado con su brazo rodeando su cuello y su cara
a centímetros de su boca. Él se notaba incomodo, aunque no hacía nada para separarse. Solo mostraba
ese encantadora timidez que mostraba en público.
Una mezcla de furia, desesperación y dolor hincho mi cuerpo. Por un momento me tambaleé,
sentí que iba a llorar cuándo la mano de Teo me sostuvo.
—Tranquila, aclara las cosas.
¡Ya no era una cobarde! Ya no era una cobarde. Me lo repetí un par de veces porque mi
subconsciente gritaba desesperadamente que saliera corriendo de ahí. Pero ya no era una cobarde,
tenía que enfrentar lo doloroso que a veces es la vida.
—Olivier…
Él subió la mirada y por un instante lo vi levantarse. Se lo pensó mejor y se volvió a sentar sin
separarse de la muñeca morena.
—Hola Nic. Pensé que te ibas a quedar en casa.
Una ráfaga de adrenalina subió y bajo por mi cuerpo. Sentí claramente, como se derrumbaba
todo dentro de mí. ¡No lo podía creer! Simplemente no lo podía creer ¿Quién diablos era ese
hombre? Él…él no era así. Él no mentía. Él no engañaba. Él era honesto. ¡Hijo de perra!
La chica se levantó de la mesa rápidamente, seguramente resguardando su vida. La furia había
ganado terreno y se apodero rápidamente de mi cabeza, mi cuerpo, mi mundo. Yo solo quería
golpear, aplastar, matar. Y justo cuándo me le iba encima a la chica me detuve. ¿Ella? ¿Por qué me iba
contra ella? Él era el que me estaba engañando. Voltee a verlo y él muy descarado estaba reprimiendo
una sonrisa. Era un hecho ¡lo iba a matar!
Pase el nudo de furia instalado en mi garganta y segundos después se me llenaron los ojos de
lágrimas. La furia quedo en segundo plano y fue sustituida por la impotencia y el dolor más grande
que alguna vez allá sentido. Sobre todo dolor, un dolor que me robaba el aire. Sin poderlo evitar una
lágrima recorrió mi mejilla y justo en ese momento su semblante cambio.
Me di la media vuelta intentando controlar mis emociones cuándo Teo me tomo de los brazos.
—Nic, mírame.
Levante la cara buscando una vía de escape.
—¿Lo quieres?
¡Pero que pregunta!
—…Lo quiero ¡Lo quiero matar!
—¡No! ¿Lo quieres?
Cerré mis ojos y susurre.
—Desde lo más profundo de mi corazón.
Ahí ya no hubo poder humano que me detuviera y eche a llorar. Me refugie en su pecho y rogué
para que me sacara de ahí.
—No llores, habla con él. Él te quiere. Solo habla con él.
Negué queriendo salir de ahí. Me fundí todavía más en su pecho y después de unas grandes
bocanadas de aire logre calmarme lo suficiente para poder salir corriendo de ahí. Cuando volví a
levantar la cara, Teo sonreía tan abiertamente que lo odie.
—Te quiero mucho Teo… Gracias por estar aquí… conmigo. Pero si sigues sonriendo te voy a
partir la cara.
Su sonrisa se amplió todavía más y negó con la cabeza.
—Voltea.
Negué. Él levanto una ceja y con esa voz grave que hacía temblar rodillas, me repitió.
—Voltea Nic.
Sobre la inmaculada alfombra dorada del Bond, se encontraba Oliver arrodillado. Por un
momento quise aprovecharme de su posición y patearlo, pero empezó a hablar.
—Desde que regresaste a mi vida vivo en un sueño del que no quiero despertar. Sé que eres
necia, caprichosa, testaruda, que no eres perfecta. Sobre todo sé, que yo no soy perfecto. Pero cuándo
estamos juntos… cuándo despertamos juntos. Todo es… perfecto. ¿Quieres hacerme el honor de
despertar conmigo todos los días y hacer mis días perfectos? Déjame vivir, para hacerte feliz... Nic
¿Te casarías conmigo?
Abrió su palma dejando al descubierto un anillo de oro blanco con una turquesa redonda,
enmarcada de pequeños diamantes. Un anillo que yo conocía perfectamente. El anillo de compromiso
de su mamá y de su abuela. El anillo que había pasado de generación en generación durante años en
la familia Adams. Un anillo que ni en mis más aventureros sueños pensé en tener. Y él me lo estaba
ofreciendo.
—Di que sí…
Dentro de mi asombro no había pronunciado una sola palabra… y seguía sin hacerlo. No lo
podía creer.
—Espero que esas lágrimas sean de felicidad, así que… aquí voy.
Tomo con su mano derecha el anillo y con la izquierda tomo mi mano. Muy despacio levanto
mi dedo anular y con mucha calma deslizo el anillo por mi dedo mientras me susurraba que me
quería.
No me importo que estuviéramos en público, ni que mi vestido dejara ver más de lo necesario.
Abrí mis brazos, me hinqué y lo encerré con mi cuerpo. Lo bese con todo mí ser. Cerré mis ojos y
me perdí en la extraordinaria sensación de plenitud. En la fascinante sensación de tenerlo en mis
brazos. Él siguió mi ejemplo y me envolvió con sus brazos, la temperatura subió varios grados
porque cuando Teo nos separó. Yo estaba ardiendo por él.
La gente empezó a aplaudir y por el rabillo del ojo vi como Nastia y Teo se abrazaban.
¡Canallas!
Cuando llegamos a casa me deshice de mi minúsculo vestido con un rápido movimiento,
aunque no tan rápido como él se deshizo de su ropa. En dos minutos estábamos tirados en el frio
mármol del lobby. Sentí su mano fría recorrer despacio mi piel, su pecho en mi pecho, su desnudez.
Su cuerpo complementándose perfectamente al mío.
Olvide reproches, dudas, solo nos rodeaba la promesa de días perfectos, de noches perfectas,
de sueños perfectos. De una vida perfecta, con dos seres completamente imperfectos.
42
—Estoy tan feliz, que no necesito nada más que a ti. No necesito una gran boda, ni fiesta, mucho
menos invitados. Ni siquiera necesito una ceremonia. Solo te necesito a ti.
Pase mi pierna desnuda sobre su cintura y acerque mis labios a los suyos. Lo último que
deseaba era una gran boda. Teo ya había comprado un puñado de revistas y la lista de invitados de
Oliver era kilométrica. Yo solo quería estar junto a él. Ya había tenido una gran boda y un infierno de
matrimonio. Ahora solo esperaba una ceremonia pequeña con un matrimonio maravilloso. Solo
quería estar junto a él.
—Pero entiendo perfecto si quieres una gran boda. Solo intenta que no sea… grande.
Me observo con los ojos entre cerrados durante un largo minuto. No quise decir más y
decepcionarlo todavía más, o peor aún, que se retractara de su propuesta.
—Quieres una boda pequeña, vas a tener una boda pequeña. Lo que tú quieras está bien. Yo solo
quiero que seas feliz.
Bajo su boca y beso mis parpados. No me convenció, sabía que él quería una gran boda.
—¿Tú quieres tener una gran boda?
Se rio negando.
—No Osa. Yo solo quiero tenerte junto a mí. ¡Así! Desnuda y enredada en mi cuerpo. Brillando,
alumbrado mí camino.
Sonreí mordisqueándole la barbilla. Mi Oso, era el Oso más romántico de todo el planeta. Y la
mejor parte era eso, que era mío.
—¿Pero?
Dejo salir un pequeño bufido y susurro.
—Pero me gustaría que todos se enteraran de que ahora eres Nicole Adams.
Nic Adams. Saboree el sonido del nombre, Nicole Adams… ¡Sonaba fabuloso!
—Vamos a hacer esto: Nos casamos en una boda pequeña, solo tú y yo. Y después hacemos una
fiesta con todos los invitados que quieras, tan grande que… que hasta Teo pueda invitar a todos los
que quiera.
Se rio mientras me llevaba a su regazo, bese su cuello y me acomode en su cuerpo.
—No taaan grande. Solo… lo necesario…
Cerré los ojos mientras me llenaba de su cuerpo.
—… como tú digas…
Alcance a decir. Nos besamos, mordisqueamos, gemimos, gritamos, mientras planeábamos
nuestra boda.
~~ § ~~
Las siguientes semanas fueron días de organización. Teo empezó a hacerse cargo de toda la
logística. Nastia me ayudo con los vestidos para ella y Chris. Hubo muchas llamadas y mensajes entre
ellas, no se conocían, eso no hizo mucha diferencia, las dos eran auténticas mujeres. Me vi en un
predicamento a la hora de escoger dama de honor. A las dos las quería y mucho. Nastia me evito el
dolor de cabeza.
—No te estreses perra. Chris creció contigo, es la hermana de Olivier, sería una grosería que
no la eligieras. Que ella sea tu dama de honor y yo la dama encargada de la despedida de soltera.
Me cerró un ojo y siguió hablando con los diseñadores que trabajaban con la agencia para
buscar los vestidos perfectos. Chris se mostró encantada con la idea. Me pidió el teléfono de Nastia y
se olvidaron de mí.
A mí solo me toco decir “si” o “no” cuando me preguntaban algo. Y claro, hablar con mis
padres. El más difícil de los trabajos.
—Muchas felicidades Nic. Olivier es un buen muchacho.
—Si pa. Es un buen hombre.
Mi voz debió transmitir mi adoración, porque mi papá empezó a reír.
—Estas feliz.
Me dijo aliviado. La palabra feliz era pobre en comparación de cómo me sentía. No tenía
palabras para describir mi felicidad.
—Si pa, muy feliz. Y voy a ser todavía más feliz, si vienen a mi boda.
Guardo silencio unos segundos, lo oí caminar y cerrar una puerta.
—Es difícil Nic. Los gastos y el tiem…
—Pa, nosotros cubrimos todos los gastos. Solo tienen que aceptar y organizar su equipaje, eso
es todo. No vamos a hacer una gran boda. Solo Ustedes, Nicole, Jordán, Chris, Nastia y Teo. Solo la
gente que más queremos.
—¿Cuándo es?
Mi papá se escuchaba nervioso, incluso temeroso.
—En tres semanas. Sé que es apresurado, pero estoy segura de que lo podemos arreglar. Va a
ser una boda de quince días. Llegamos el jueves en la tarde, nos casamos el sábado y nos vamos de
luna de miel el domingo en la mañana. Vamos a alquilar un yate durante dos semanas. Mientras,
ustedes se quedan a disfrutar de Manzanillo. Regresando, volamos todos juntos.
—Es mucho dinero Nic. No está bien que derrochen el dinero así.
—Es mi boda pa. Te prometo que esta si es definitiva.
Mi papá rio y eso hizo que yo también sonriera.
—Anda pa. Son vacaciones pagadas, con el plus de la boda de tu única hija.
Era un golpe bajo, pero a momentos desesperados…
—Pásame a mi mamá y lo platico con ella.
Era algo que temíamos los dos. Mi madre no volvió a dirigirme la palabra, deje de existir para
ella. La única vez que me contesto la llamada, fue para preguntar dónde me encontraba. Cuando me
negué a responder, me dijo: “estas muerta para mi” antes de colgar. Después de eso, no hubo más
comunicación.
—¡No! No creo que sea buena idea.
—Papá…
Tome aire antes de continuar. Era doloroso, incluso tormentoso, pero llegue a la conclusión de
que, si yo no le importaba a mi madre, a mí tampoco tenía que importarme ella. No estaba dispuesta a
que ensombreciera el momento más brillante de mi vida.
—Si mamá no quiere venir, no importa. Lo importante es que tú camines junto a mí, y me
entregues al hombre que amo.
Mis palabras hicieron mella en mi papá. Enseguida acepto y compartió conmigo mi felicidad.
~~ § ~ ~
Una semana antes de mi gran día me despertó el sonido de un teléfono. Busque en mi mesa de
noche y solo encontré mi teléfono dormido igual que yo. Volteé hacia el otro lado de la cama y lo
encontré vacío. Me estire y tome el teléfono de Olivier. Me levante adormilada con el sonido de
Yesterday de los Beatles como fondo. La regadera paro en ese momento.
—Te llaman.
Le dije a través de la puerta.
—Sí, ya voy. Contesta, ahora salgo.
Aclare mi garganta para no sonar dormida y conteste.
—Teléfono del doctor Adams
Tardaron un par de segundos antes de contestar.
—Así que todavía andas por ahí.
La doctora Vanesa Morris en persona.
—Pensé que a estas fechas ya había cambiado de golfa.
Trague mucho aire y contuve la ira.
—Escucha Vanesa
Si ella me llamaba golfa, yo podía llamarle por su nombre. Lo considere equitativo.
—Sé que Olivier no puede evitar trabajar contigo. Le complicaría mucho la vida si se lo
prohíbo.
Bufo. No me importo, yo seguí hablando.
—Pero es la última vez que te diriges a mí con esas expresiones. Pronto voy a ser la señora
Adams y no me gustaría que, cada vez que nos crucemos tengas que sacar las garras. Lo estoy
haciendo por tu bien. Cambia de actitud.
—¡Estás loca, si realmente crees que él se va a casar contigo!
Disfrute enormemente su malestar. Ella ya sabía de nuestro compromiso. Era una manera
excelente de iniciar el día.
—No Vanesa. Tú eres la loca por imaginar que él se fijaría en ti. Y desde ahora te lo digo, no
estas invitada a la boda del doctor Adams. Vuelve a llamar en cinco minutos.
Cuando colgué las manos me temblaban. Y no por miedo o nervios, sino por lo poderosa que
me sentí. ¡Una sensación fantástica!
Levante la mirada y me encontré con mi magnifico prometido en ropa interior.
—Era Vanesa. La doctora Morris.
Guardo silencio y asintió despacio.
—Llama en cinco minutos.
Avente el teléfono al lado de la cama que le correspondía y me estire. No podía olvidar mis
rituales.
—No está invitada a la fiesta para celebrar la boda.
—¿No?
Me pregunto sonriendo.
—No.
Conteste justo antes de cerrar la puerta del baño. “Buenos Días” le dije a la sonriente mujer del
espejo. Nunca antes se había visto mejor.
43
Yo quería color Champagne; Teo casi me mata por la sugerencia. Yo lo quería corto; Teo casi
se infarta. Yo quería un arco; Teo decidió escenario. Así que no hubo opción. Permití que Teo Jerez
organizara la boda de sus sueños. Afortunadamente tenía un gusto muy delicado y elegante. Todo iba
a resultar perfecto.
Cinco semanas después de mi compromiso llegamos a Manzanillo. Oliver tomo todas sus
vacaciones atrasadas y logro tres semanas completas para casarse e ir de luna de miel.
Teo hizo milagros a larga distancia, contrato el servicio del hotel para la organización y le dio
su toque personal a cada uno de los detalles. Empezando porque el hotel estaba a solo veinticinco
minutos del aeropuerto. En cuanto tocamos tierra nos empapamos del aire salado de la costa y nos
sumergimos en el ambiente festivo de Manzanillo. Afortunadamente el clima estaba a nuestro favor y
aunque era época de lluvia, solo brizaba lo suficiente para refrescarnos.
Chris y yo chillamos como niñas en cuanto nos subimos en la limosina, ahí nos esperaban un
par de botellas heladas de mi champagne favorito y un bol de fresas frescas. Nos servimos con
grandes sonrisas en nuestras caras, hasta Nastia y su temperamento esloveno sonrió. Le dio un beso a
Teo que termino en mordisco y lo felicito por su trabajo.
Llegando al hotel nos recibió el equipo que estaba a cargo de nuestro Evento. El equipo incluía
la organizadora del evento, Ara, una mujer bellísima con un carácter excepcional, desde que
llegamos no dejo de sonreír. Con ella, cualquier boda terminaba en “felices para siempre”. Conchita,
nuestra mucama. Bacisco –Asís, para los amigos— y Domingo, nuestros todólogos —meseros,
choferes, guías, etcétera— era un equipo de cuatro personas para atender a siete, ocho si
considerábamos a Placido. Se hizo el papeleo en dos minutos y nos trasladaron a la villa privada del
hotel. La cabaña estaba instalada en la orilla más lejana del hotel, nos brindaba privacidad absoluta.
Era enorme, con seis habitaciones, estancia, cocina, una terraza que rodeaba la cabaña y que tenía
acceso a todas las habitaciones, con alberca y playa privada. El nido perfecto. Por dentro todo era
color arena con los muebles en color azul, exactamente del azul del cielo al atardecer, era el cielo.
Teo inmediatamente tomo el control y junto con Nastia y Placido, empezó a organizar los
últimos detalles. Yo, lo deje ser. En cuanto llegamos a tierras mexicanas me olvide de todo y me
dedique a disfrutar de mi boda.
Nastia organizo quien se quedaba con quien. Nicole y Jordán en una habitación, mi papa en
otra. Chris y yo íbamos a compartir habitación esa noche —Teo había insistido en que pasáramos la
noche separados, Olivier gruño, aunque no se negó—. El ambiente estaba cargado de emociones,
nervios, entusiasmo, sobretodo felicidad. A los ocho nos faltaba poco para brincar de la felicidad.
Incluso mi papá se olvidó de mi madre y se relajó. Sonreía, platicaba, ayudaba, era otro, nunca lo
había visto tan relajado.
~~ § ~~
—¡No es justo! ¡Ustedes son modelos!
Chris se veía preciosa haciendo pucheros. Las tres ya estábamos más que listas para salir a
festejar mi despedida de soltera. Solo íbamos a dar un pequeño tour a todos los bares del complejo,
incluso Placido nos acompañaba a petición de Olivier. Nada ostentoso, pero Nastia era Nastia e iba a
matar. Con un micro vestido L.K. Bennett y unas zapatillas Ruthie Davis era la prefecta imagen de una
modelo internacional. Chris no se quedaba atrás. En realidad Chris era muy guapa, solo que en
empaque compacto; chaparrita, con los ojos azules de su hermano y piel delicada de porcelana. Tenía
un porte muy fino, pero aun con tacones nos llegaba al hombro a Nastia y a mí.
Nastia y yo empezamos a reír, mientras la abrazábamos.
—Vamos Chris, si la que roba el aliento eres tú. Nosotras parecemos jirafas: flacas y altas.
—Mmm, tienes razón. Parecen jirafas.
Se afianzo a esa idea y se dirigió al carro de golf que Ara nos había proporcionado para
movernos dentro del complejo. Placido ya estaba atrás del volante.
—No vayas a hacer nada que yo no haría.
—Prometido.
Le dije a Olivier. Nos abrazamos y así nos quedamos, sin querer separarnos. Disfrutaba mucho
estas en los brazos de Olivier.
—¡Oh, vamos! Si no es para tanto, un par de horas y ya.
Nastia me tomo del brazo y me arrastro hacia el carro de golf.
—¡Portate bien! ¡Nada de strippers!
~~ § ~~
—¡Con Ustedes el rey del musculo! ¡De la gran Rusia! ¡Eugine!
Fue lo primero que escuche cuando entramos al club de strippers más exclusivo de Manzanillo.
Y lo que vi, fue a un grupo de mujeres perturbadas, por las ansias de tocar al pobre Eugine.
-¡Oh! Hogar, dulce hogar.
Dijo Nastia sin notar mi consternación. Incluso Placido estaba con la boca abierta. Se acercó la
hoster, nos dio la bienvenida y nos guio a la mesa más cercana a la pista, Retiro el letrero de
reservado y nos ayudó a sentar. Ya nos estaba esperando una heladera con una botella de Virginie T.
—Nicole. Estoy en la barra. Diviértete.
Placido se retiró al área del bar, donde había más de tres hombres sentados vigilando a las
mujeres. Al parecer, más de una mujer iba con seguridad. Me acerque a Nastia e intente reprenderla.
—Nastia, dijimos que no íbamos a salir del complejo.
—Relajate perra. Traemos guardaespaldas. Además, dijimos que la madrina de la despedida era
yo ¿Cierto Chris?
Chris sacaba un bonche de billetes de su minúsculo bolso y asentía siguiendo el bum-bum de la
música.
—Sí. Nastia es la jefa hoy. Relajate.
Un mesero con una pequeña tanga y un mandil a la cintura como uniforme se acercó a servir el
champagne. Nos entregó dos menús y nos sonrió de una manera que decía: “se aceptan propinas”.
—Por Nic.
Brindo Chris.
—Porque sea muy feliz junto a mi hermano.
—Y porque follen todos los días como perros en brama.
Termino el brindis Nastia. Sonreí y bebí mi champagne por mi felicidad junto a Olivier y por
las noches en brama que me esperaban.
Desafortunadamente no fue solo esa copa, ni siquiera fue solo esa botella. Hubo muchos tragos,
muchas botellas, muchos strippers, muchos bailes privados y mucha diversión. Chris se quedó sin
dinero, Nastia sin zapatos y yo sin sobriedad. No supe cómo llegamos a la cabaña, ni como llegue a
la cama de Olivier. Desperté sobre las sabanas, desnuda y con el piso dando vueltas.
—¿Ya despertaste?
Susurro Olivier a mi lado.
—¿Dónde estoy?
Se empezó a reír y me dio una nalgada. El calor de la nalgada corrió por mi cuerpo como agua
caliente en la ducha, me despertó.
—¿No dijimos que no ibas a hacer nada que yo no haría?
Mi cerebro tenía problemas procesando la información.
—¿Qué hora es?
—La una.
—¡¿La una?!
Intente levantarme de un solo movimiento. Mala idea. Ahora el techo acompañaba al piso en
forma circulatoria.
—Tengo cita en el Spa.
Dije volviéndome a acostar. El cuarto no paraba de dar vueltas.
—Te están esperando en la estancia. Teo ya arreglo todo para que las atiendan aquí.
—Ayudame a bañar. Se va a enojar si no salgo.
Me cargo con la agilidad de siempre y me llevo al baño.
—Demasiado tarde. Está furioso. Se supone que hoy ibas a empezar el día con gimnasio y a
pasar todo el día en el spa.
—¿Gimnasio? ¿Quién hizo ese plan?
Se echó a reír mientras abría el cancel de la ducha y me bajaba en ella.
—Tu.
Me recargue en los azulejos mientras el agua tibia me arrullaba. En ese momento me
acorde de las chicas.
—¿Y Chris? ¿Cómo llegamos? ¿Nastia regreso con nosotras?
Recordaba vagamente que Nastia quería seguir festejando mí felicidad.
—Osa ¿Qué dijimos? ¿No se iban a portar bien?
—¿Me porte mal?
Deje que el agua se llevara el shampoo y el jabón de mi cuerpo. Empezaba a sentirme
humana otra vez.
—Llegaste arrastrándote, literalmente, a las cinco de la mañana, borracha hasta las
trancas, no sabes cómo llegaste, ni siquiera sabes si regresaste sola o acompañada y ¿me
preguntas si te portaste mal? Sí. Sí te portaste mal.
Termine de enjuagarme un poquito más sobria.
—Estaba festejando lo felices que vamos a ser juntos y las noches de brama que nos
esperan. Tenía que festejar.
—¡¿Con strippers?!
Sonaba enojado, pero yo lo conocía mejor. Me empecé a reír tontamente mientras me
vestía.
—Oso. Ni siquiera Eugene te llega. No te estreses.
—¡¿Quién diablos es Eugine?!
~~ § ~~
—¿Qué tal luzco pa?
Mi papi me veía con ojos emocionados. Con su pantalón y camisa de manta color marfil, él
lucia muy guapo.
—Como un ángel que cayó del cielo.
Las lágrimas se acumularon en sus ojos. Nunca lo había visto tan emocionado, a lo mejor era la
ceremonia. En mi primera boda estaba un poco inconsciente por el alcohol.
—Para mí siempre ha sido así. Nunca lo olvides. Tu eres el ángel que el cielo me regalo.
La playa de Melaque fue el fondo perfecto de un escenario hecho de bambú y seda. El camino
marcado por pétalos de rosas de diferentes colores daba el color exacto para una playa desierta
dónde el silencio solo era interrumpido por el ronroneo de las olas al romper. Pero por muy
paradisiaco que era el lugar, lo mejor se encontraba en en el escenario. Oliver esperándome en el
altar, era lo mejor de todo.
Llegue a él de la mano de mi padre. Con Nicole y Jordán a nuestro lado. Y Chris, Teo y Nastia
acompañándonos. No podía ser más perfecto. Mí vestido de corte en línea A, con escote corazón
color marfil, bañado con una cortina de encaje satinado y su traje de manta con una pequeña gardenia
en la solapa, eran el marco de dos almas a punto de estallar por la felicidad.
Llego la hora de los votos y mis ojos ya no lograron contener las lágrimas.
—Nos costó un tiempo llegar aquí.
Todos sonreímos con las primeras palabras de Olivier ¡Vaya si nos tomó tiempo!
—Pero a partir de hoy, solo seremos nosotros dos, como uno solo. Te ofrezco mis manos…
Extendió sus manos con las palmas hacia arriba ofreciéndomelas.
—como símbolo de todo lo que soy. Usalas, atrapalas, dañalas si quieres. Solo no las sueltes,
quedate siempre a mi lado y haz mis días perfectos.
Tome sus manos con las mías y las apreté. Solo las solté un momento para poder limpiar mi
cara. El maquillaje profesional se fue con las lágrimas en el pañuelo que Chris me ofreció. Sonreí
apenada y volví a tomar sus manos.
—No es casualidad que nos haya tomado tanto tiempo. Tenía que crecer para poder amarte
como te amo. Todo lo que soy es tuyo, tu eres el centro de la mi vida. Y ahora que estamos juntos…
Apreté sus manos nuevamente.
—nada, ni nadie podrá separarnos. Tú eres mi vida. Perfecta.
Chris nos acercó los anillos y justo al inicio del ocaso, cuándo el cielo cambia de color y se
convierte en una ráfaga de anaranjado y rojo para darle paso a la oscuridad. Me convertí en Nicole
Adams.
44
Las antorchas daban la luz y el calor necesario para que todo fuera perfecto.
Lleve mis manos a la camisa de Oliver y la apreté hacia mí, lo abrace tan fuerte como pude. Ya
era un hecho, ya era real, ya había otra Nicole Adams.
La cena se realizó en el área de la alberca. Fue tipo bufete con la comida favorita de mis seis
invitados y con las bebidas favorita de los novios ¡Mucho Champagne!
Me dio un acalorado beso en mi cien, exactamente en medio de mi ceja y el nacimiento del
cabello, mis parpados se rindieron y se cerraron.
—Podemos terminar el baile si insistes, pero no más, vas a caer rendida en mi noche de bodas.
Sentí su pelvis rozar la mía y el cansancio se esfumo.
—Nunca he sido gran fan del baile en realidad.
Sonrió con malicia y me felicito.
—¡Tan lista!
Me soltó y nos dirigimos a la entrada de la cabaña. Antes de entrar cruce una mirada con Teo,
Nastia y Chris, les guiñe un ojo y les brinde una sonrisa de disculpa. Aunque fue muy grande, como
para que la disculpa fuera real. Ellos levantaron sus copas y brindaron por nosotros, devolviéndome
la sonrisa.
Camino a nuestra habitación, en lo único que podía pensar era en la frescura de la noche, la
suavidad de las sabanas y la dureza que me iba a atravesar. Su mano tibia cubrió palmo a palmo cada
centímetro de mi piel. Era como volver a creer; Creer en el amor, en los sueños, en la felicidad.
Lo quería como a nadie en el mundo, lo deseaba con desesperación, iba a seguir sus pasos, su
camino, lo iba a cuidar como perra en celo. Ya era oficial. Él era mío.
~~ § ~ ~
—Sabes bucear.
Dije impresionada.
—¿Qué te hace pensar eso?
Sonreí y recargue mi cuerpo en el barandal del Yate —un auténtico palacio flotante—, para
poder apreciar la vista de mi esposo, retirando el traje de neopreno de su cuerpo. Paso más de una
hora buceando expertamente en un arrecife cerca de Mazatlán.
—Y eres bueno.
—Sí, lo soy.
—¡Valla! Y también increíblemente humilde.
—La humildad es reconocer tus debilidades y tus fortalezas. Yo conozco ambas.
Bufe un poco y cruce los tobillos.
—Ya conozco cada una de tus fortalezas. ¿Puedo conocer tus debilidades?
Con el traje cubriendo solo la parte inferior de su cuerpo, se levantó y ajusto su cuerpo al mío.
Acerco sus labios a los míos y susurro solo para mí, sus debilidades.
—Osa. La ves todos los días en el espejo. Esa mujer es mi cielo y mi infierno. Y adoro cada
célula de su cuerpo.
Deje caer los parpados y nos bañamos del sol, de la esencia salada del océano y del amor
incondicional que nos profesábamos. Después de unos minutos de sentir el contacto de su piel sobre
la mía. El calor de mi cuerpo se tornó insoportable.
—¿Húmeda?
Pregunto demasiado satisfecho consigo mismo.
—Naa. No mucho
Sonrió de lado y se separó de mi acalorado cuerpo.
—Ven acá. Vamos a hacer algo al respecto.
Entramos al camarote jadeantes de la anticipación. El traje de neopreno nos dificultaba las
cosas, en cuanto logre bajalo lo suficiente para que se liberara su dureza, me olvide del traje.
Me puse de rodillas y vi como la expectación salía de sus ojos. Su pecho empezó a subir y bajar
incontrolablemente cuando resbale mi mano de su estómago a la base de su dureza. Lo tome con una
mano y con la otra me aferre a su pierna. Dejo caer su cuerpo en el sofá del camarote y lo seguí
ávida de tenerlo a mi disposición. El traje dificultaba su movilidad haciendo mi trabajo más fácil.
Roce la punta con mi lengua y vi como su cerebro se perdía en una nebulosa de placer.
—¡Carajo!
Gimió.
—Nic…
Resbale su entera longitud en mi boca, la punta empujo mi apretada garganta y una carga de
éxtasis recorrió su cuerpo y el mío. Dejo caer la cabeza hacia atrás y los músculos de sus brazos se
contrajeron, prolongue el placer haciendo círculos alrededor de su anchura con mi lengua y
succionando todo lo que pude.
—¡Diablos Nic! eso se siente… bien.
Gimió con la cabeza débil hacia atrás y las piernas temblando. Reí suave sobre su piel.
—Calma, señor “fortalezas”. Ahora vas a saber lo que puede hacer tu debilidad.
Cuando lo volví a introducir en mi boca ya no me medí. Mi boca estaba hambrienta de él, mi
lengua insistía en succionarlo y mis uñas en incrustaban en su piel. Sus dedos cavaban dentro de la
tela del sofá y el sonido que atravesó su garganta fue más animal que humano.
Vi como luchaba para mantener las manos en el sofá y no ahuecar mi cabeza. Separe mi mano
de su pierna y guie su mano a mi cabello. Cuando empuñó mi cabello un jadeo de placer salió por mi
boca.
—¡Carajo Nic! No… no…
Sonreí y lo volví a tomar entero. Su cuerpo empezó a temblar cuando lo envolví completo,
adentro y afuera. Su boca se abrió, sus ojos se apretaron y un profundo gemido recorrió su pecho.
Amaba que se perdiera, que se olvidara del mundo y solo sintiera.
Abrí mi garganta y me permití apretar su punta en pequeñas succiones.
—¡Carajo! Nic, eso es… increíble.
Sabía que intentaba ser delicado conmigo, pero yo deseaba sacar a la bestia. Lo lleve hasta el
fondo de mí garganta y apreté ligeramente con los dientes. ¡Se perdió! Empezó a mover las caderas
incontrolablemente, empujo mi cabeza hacia él y una ola de excitación me recorrió. ¡Adoraba esto!
Cuando sentí que se endurecía más, me retire.
—¡Nic!...
Sonreí y lo lamí despacio.
—No Nic. No hagas eso.
Su pecho subía y bajaba sin control. Le guiñe un ojo y susurre con mis labios pegados a su
sedosa piel:
—Entonces… ¿Quién lo sabe y lo hace todo?
Me moje los labios rozando su piel. Ni siquiera lo pensó.
—Tu mujer, tu.
—Buen niño.
Lo volví a tomar en mi boca e hice que su mundo explotara.
—¡Oh dios! ¡Nic!
Varié la velocidad y la profundidad disfrutando de la vista. La bestia se volvió demente.
—Nic… voy a … terminar…
Dejo ir mi cabello para que me retirara. Profundice más el movimiento y saboree cada gota de
él. Todos sus músculos se comprimieron justo antes de dejarse ir. Seguí con los labios
comprimiendo su dureza mientras se hinchaba y bombeaba, limpiando su piel hasta que la última ola
de placer lo abandono. Gimió y dejo caer los brazos a un lado del sillón, su espalda y cabeza se
desvanecieron y el tamboreo de su corazón se escuchaba por todo su cuerpo. Acaricie la piel de sus
piernas y recargue mi cabeza en su vientre, escuchando el incontrolable palpitar de su corazón.
Levanto una mano y acaricio mi cabello, mientras volvía a la tierra.
—¡Diablos!
Su voz era lisa y suave como la de un bebe. No pude evitar reír y darle un beso en su ombligo.
—¿Estas bien?
Su pecho seguía subiendo y bajando intentando controlar su respiración. Una pequeña capa de
sudor lo cubría desde la raíz del cabello, hasta donde llegaba el traje. Uso la poca fuerza que tenía
para levantar el torso, cargarme y acomodarme en su regazo. Volví a sentir como perdía la fuerza y
no pude contener la risa.
—¿Crees que es divertido?
Bajo la cabeza y empezó a lamer mi cuello.
—¿Y si esperamos a que te repongas? No me gustaría llamar a urgencias, estamos muy lejos de
la costa.
Suspiro y volvió a dejar caer la cabeza.
—Tienes razón Osa, dame dos minutos. Acabaste conmigo.
Era lo justo, él siempre acababa conmigo.
~~ § ~ ~
—¿En serio? Estamos de Luna de Miel.
—Media hora. No, una hora. No más. Lo prometo.
Bufo, y dio media vuelta para hundir la cara en la almohada.
—Es increíble que quieras hacer ejercicio en tu luna de miel.
Me acerque y le di un beso en la frente.
—Es la ventaja de ser joven.
Volvió a gruñir. Solté una pequeña carcajada y tome mi toalla. Ya estaba preparada para nadar
un par de metros.
Mis brazos y piernas empezaban a cosquillear por el cansancio, cuando sentí que algo chocaba
con mi cabeza. Saque la cara del agua y vi un salvavidas anaranjado enfrente de mí. Voltee hacia el
yate y un par de manos me hacía señas. Nade hacia la escalera y sin salir del agua pregunte.
—¿Qué pasa?
No podía ver claramente su cara por el reflejo del sol, no fue necesario, el tono de voz me dijo
que estaba furioso.
—Sal del agua por favor. Llevas más de dos horas nadando.
¡Tanto! Nunca había nadado en el mar. Era una delicia y el tiempo paso volando.
—Dame cinco minu…
—Sal.
Su voz tenía un deje de ansiedad que contrastaba con el filo de su furia. Considere regresar a
mar abierto y volver a nadar, pero estaba en mi luna de miel. No quería tener una pelea antes del
desayuno.
Salí con la cabeza muy en alto. El personal del yate nos observaba y no quería hacer un
espectáculo. Rechace la toalla que me ofreció y camine directo a nuestro camarote. Ya estaba en la
regadera cuando entro.
—Toma.
Me ofreció una botella de agua. El tono de voz mejoro, la actitud no.
—¿Puedo bañarme en paz?
Termino de abrir el cancel de la regadera y pude ver el acre de sus ojos.
—¿Estás loca? No puedes nadar tanto tiempo en agua salada, debes estar deshidratada. No has
desayunado. Además, es peligroso.
Lo mire por un minuto tratando de encontrar una solución. Sabía que se preocupaba por mí, a
lo mejor fue más tiempo del que tenía previsto en un principio. Pero no podía tratarme así ¡porque
hice un poco más de ejercicio!
—¿No vas a decir nada?
—Estoy decidiendo si estoy furiosa o si estoy halagada por tu preocupación.
Sonrió y me deshice.
—Estaba preocupado. Me quede dormido y cuando despierto tu lado de la cama está vacío.
Miro el reloj y recuerdo que ibas a nadar. ¡Dos horas Nic¡ Si sigo durmiendo, tú sigues en el agua.
Puedes sufrir quemaduras. El sol y la sal no son buena combinación.
Decidí que me iba a sentir halagada. Sus ojos color acre regresaron al azul y la preocupación
en su voz termino con mi enojo. Más calmada aclare.
—Yo decido cuanto tiempo hago o no hago ejercicio.
Vi la lucha en sus ojos. Sabía que la bestia quería pelea. Sonreí y la bestia se calmó. Se acercó y
finalmente nos dimos el beso de buenos días.
—¿Ya desayunaste?
—No. Desperté y fui a buscar a mi sirena.
Mi sonrisa se amplió.
—Ya salgo. Ve pidiendo el desayuno.
Volvió a subir la mano para ofrecerme el agua embotellada. Puse los ojos en blanco, la arrebate
de sus manos y me la tome.
45
En cuanto tocamos tierra empezó a recibir llamadas y mensajes, se presentó una emergencia y
necesitaban que se presentara en el hospital. Por un momento me dio gracia su expresión,
acabábamos de llegar y ya me estaba abandonando. Hice que su pesar terminara pronto y me acerque
a sus labios.
—No te preocupes. Sabía que las cosas iban a ser así. Tu trabajando como burro y yo gastando
el dinero que ganas.
Le sonreí tratando de aligerar el ambiente. Hacia un par de días volvimos a discutir sobre el
dinero. Él insistía que dejara de trabajar definitivamente, “Lo mío es tuyo. Ya no necesitas trabajar”, a
lo cual yo me negué rotundamente. Con su horario iba a pasar días enteros sola. Mi horario, se
aligero considerablemente a partir de que hable con Teo, aparte del contrato de siete semanas —del
cual, Olivier todavía no sabía nada— ya no acepte ningún trabajo. Yo di por terminada la discusión
cuándo acerque mi cuerpo al suyo y le prometí que iba a valer la pena los cinco minutos que nos
viéramos. Acepto mi trato con los brazos abiertos y maquiavelando un plan para que cumpliera su
voluntad. Oliver tenía un lado maquiavélico que me encantaba. Siempre se salía con la suya.
—Eres terrible Nic.
Me dio un beso en la frente y me abrazo.
—Pero si tengo que ir a trabajar. Te paso a dejar a la casa y salgo al hospital. ¿Está bien?
—Sí, no te preocupes. Si quieres, solo dejamos las maletas y sigues en el mismo taxi.
Le dimos unos días a Placido, por acompañarnos dejo a su familia y merecía unos días libres.
—A esta hora va a ser difícil que encuentres servicio disponible. Oscar puede ayudarme a subir.
Le di un apretón en la mano y no le di importancia al hecho de que iba a llegar a casa sola. El
taxi paro y mientras el chofer bajaba las maletas yo aproveche para perderme en los labios de mi
nuevo esposo.
—Te quiero… Te quiero mucho.
Acerque mi cara a su hombro y lo abrace muy fuerte. Era increíble que ahora fuera mío, solo
mío. Que ahora fuera Nicole Adams.
Oscar, uno de los porteros, se acercó y recibió las maletas. Era un chico joven y eficiente, se las
arregló para llevar dos maletas enormes y un neceser. Le di un último beso a Oliver y me encamine a
la entrada de mi hogar. Justo a la entrada del edificio voltee una última vez y despedí a Oliver con la
mano. Nunca me imaginé que esa era la última vez que lo veía libre de culpa.
~~ § ~ ~
Oscar me mantuvo ocupada con una serie de preguntas sobre Manzanillo, al parecer le
interesaba todo acerca de los tiburones. Después de asegurarle que no había visto un solo tiburón
seso desilusionado de preguntar.
En cuanto busque las llaves para abrir la puerta me di cuenta que algo estaba fuera de lugar. La
puerta no se encontraba completamente cerrada, con un ligero empujón se abrió totalmente.
El organizado y acogedor departamento, ahora era un campo de batalla. Habían entrado y
volteado cada uno de los muebles: ropa, libros, comida, todo estaba fuera de lugar. Si yo me
sorprendí, Oscar estaba indignado. Se adelantó a mí y me detuvo cuándo intente pasar.
—No Sra. Adams. Pueden estar adentro.
Negué segura, algo me decía que habían entrado hace días, todo se encontraba muy callado.
—No Oscar, no hay nadie aquí.
Me adentre a mi casa y lo primero que vi fue la pantalla de plasma intacta, ni siquiera se habían
tomado la molestia de intentar separarla de la pared. Algo estaba muy mal, era una zona de guerra y
no se habían llevado nada, solo habían desordenado.
—Por favor no toque nada. Voy a llamar a la compañía de seguridad y a la policía…
—¡No! Espera un momento por favor.
Corrí a la habitación buscando la caja de seguridad de Oliver. Intacta, sin rasguño. Una oleada
de nauseas se apodero de mi cuerpo, tuve que sentarme en la cama para no caerme. Yo sabía quién
había entrado a mi casa.
—¿Señora?... ¿Nic?
La voz de Oscar me devolvió a la realidad.
—Por favor no llames a la policía, no se llevaron nada. No quiero que tengas problema con tu
compañía, mejor háblale al conserje para que cambiemos las chapas y pongan nuevos seguros en las
dos puertas —Estaban la puerta principal y la de servicio, por las ventanas era imposible entrar,
estábamos en el piso treinta y siete—. No quiero que Oliver se entere.
Oscar dudo, sin embargo siguió mis instrucciones. A él no le convenía que la gente se enterara
que uno de los departamentos que estaba bajo su cuidado había sido irrumpido.
Mientras el cerrajero cambiaba las cerraduras y aseguraba las ventanas, me dedique a ordenar.
Dennis se tomó su tiempo, no tuvo prisa en ser descubierto. Sabía que no estábamos en casa. Por más
que le di vueltas, no se me ocurrió la manera en que se había enterado de nuestra ausencia. Yo había
cortado con todos los lazos que me unían a ese maldito pueblo. Y mi padre era incapaz de decir una
sola palabra. La familia de Oliver sabía lo que había pasado, yo sabía que me querían. Era imposible
que ellos mencionaran algo a alguien.
Cuando termine de ordenar y desempacar, le marque a Teo.
—¡¿Y por qué diablos no me hablaste?!
—Porque no era necesario. Él no estaba aquí. No quiero que Oliver se preocupe, solo lo voy a
molestar y él tiene cosas más importantes que el estarse preocupando por la seguridad de su esposa.
Además, yo se defenderme.
—Una cosa te puedo asegurar; Oliver te va a matar cuándo se entere que no le avisaste
inmediatamente.
~~ § ~~
Olivier paso la noche en el hospital, aproveche el tiempo y desempaque las maletas. Me dio
oportunidad de volví a revisar y confirmar que no faltara nada. Desperté a la mitad de la noche
completamente alterada. Dennis logro alterar a mi subconsciente y se coló en forma de pesadilla.
Dormí muy poco. En la mañana lo primero que hice fue salir de ahí. Pase el día en la agencia, no
quería estar sola en casa. El día se me fue ideando una forma de instalar más seguridad sin que
Olivier sospechara, de prevenir cualquier movimiento que se le ocurriera al psicópata de Dennis.
Llegando a casa lo primero que note fue que el departamento estaba completamente alumbrado.
Era muy extraño que la luz estuviera prendida. Sol se iba a las cuatro y nunca olvidaba apagar la luz.
Me entusiasme pensando en Olivier “Probablemente encontró a alguien que cubriera su guardia y
llego temprano” pensé. La puerta estaba sin seguro, aún más extraño. Él sabía que tenía la costumbre
de siempre poner el seguro. El recibidor estaba con la luz prendida y completamente ordenada y
vacía. Pase cada una de las instancias, cuándo llegue a su despacho y lo encontré vacío me empecé a
preocupar. Yo solita me regañe.
—Está jugando y yo soy una paranoica.
Dije en voz alta. Y como si me hubiera escuchado, un murmullo llamo mi atención. Salí del
despacho y camine en dirección a la parte trasera, a la terraza, o más bien dicho, al recién armado
jardín exterior. Contratamos un paisajista y armamos un jardín con un par de bancas de piedra, una
fuente pequeñita en medio de la terraza y decenas y decenas de macetas. Incluso logramos integrar
tres pinos de cada lado de la terraza.
Hacia frio, una corriente de aire gélido me dio la bienvenida al jardín en cuanto abrí las puertas
de cristal. En la banca central se encontraba Olivier sentado. Me llamo la atención la falta de luz y que
él se encontrara sin sweater. Estaba anocheciendo y la noche venía con viento gélido, se estaba
congelando. Corrí hacia él para hacerlo entrar a la casa. Me colmo una necesidad apremiante de
abrazarlo con todos mis sentidos, con todo mi amor. Que no escuchara más sonido que él de mi voz.
De proteger su cuerpo con el mío. En seguida supe por qué; Olivier tenía las manos atadas a la
espalda.
El dolor me cegó. Fue el dolor más grande que alguna vez había sentido. Ver a Olivier
lastimado, fue millones de veces peor, que haber sufrido el dolor en mi propia piel. Sin pensarlo me
abalancé hacia él y pasando una pierna por su cintura lo protegí con mi cuerpo.
Cuándo lo tuve bajo mi resguardo volví a respirar. Recargue mí frente a la suya y lleve mis
manos a su nuca para desatar la mordaza que le impedía hablar.
—Hola
Susurre cuándo libere su boca.
—Hola
Contesto con un hilo de voz. Una descarga de veneno saturo mi cuerpo al ver el daño que le
había hecho. El veneno arraso con el respiro que había sentido cuándo lo vi sentado. Tenía la quijada
y el pómulo deforme de la hinchazón. Un hilito de sangre recorría la comisura de su boca y con
sumo cuidado acerque mi pulgar para limpiarlo.
—Lo siento
Solloce.
En cuanto me senté en las piernas de Olivier, sentí el cañón en mi cabeza incrustándose en mi
cuero cabelludo haciendo daño. Mi mente se rompió en dos; Una parte, la parte buena; Se centró en
Olivier, en abrazarlo y protegerlo con todo mi cuerpo. La otra parte, la oscura, esa que no tenía alma;
Quería voltear y matar sin piedad a Dennis. ¿Cómo entro a mi casa? ¿Cómo sorprendió a Olivier?
era lo de menos. Lo importarte es que iba a morir si se atrevía a tocar a Olivier otra vez.
—Te amo tanto…
Lo abrace y enterré mi cabeza en su cuello. Estaba congelado.
—Si le haces daño te mato.
La voz inhumana de Olivier me arrebato de mis pensamientos asesinos. Separe mi cara de su
cuello y lo vi a los ojos. Era una mirada homicida, vacía, una que jamás le había visto.
—No creo que puedas hacer mucho doctorcito.
Dennis enredo su mano en mi cabello y jalando mi cabeza hacia atrás me separo de Olivier.
—Esta perra es mía. Yo la hice mujer, yo soy su dueño.
Me resistí lo más que pude, lo que menos quería es que se diera cuenta del daño que me estaba
provocando, pero un gemido de dolor se me escapo.
—Así… así le gusta a mi perra.
Me levanto de un tirón y enterrando el cañón en mi sien, acerco su cuerpo al mío.
—¿Le enseñamos como te follo?
Siseo escupiendo odio. El estómago se me revolvió cuándo sentí su erección en mi trasero —
Bonito momento escogió para revivir—. La cara de dolor de Olivier me estaba matando, él sufría
más que yo. Se abalanzo sobre Dennis y cayo dolorosamente a nuestros pies. No solo tenía sujetadas
las manos a la espalda, también sus rodillas y pies estaban privados de movilidad. Dennis aprendió de
sus errores y no le dio oportunidad a Olivier de poder mover un solo dedo.
Intente arrojarme hacia Olivier. Dennis me detuvo con un fuerte tirón de cabello y con un
disparo al aire cargado de amenazas. Con una tranquilidad espumosa, me di cuenta de lo que tenía
que hacer. Afloje mi cuerpo y lo deje hacer.
Dennis sonrió y mordió el lóbulo de mi oído.
—¿Me extrañaste?
Asentí despacio con los ojos cerrados. No podía ver a Olivier, no quería que él me viera. Lleve
mi mano a la pierna de Dennis y empecé a acariciarlo. Lo hice despacio, con cuidado. Intente voltear
para verlo a la cara y cuándo permitió el movimiento, sabía que ya tenía la mitad del camino
recorrido.
—¿Nic?
Estaba torturando a Olivier, no quise ver su dolor y me centre en Dennis. Cerré los ojos y
levante una muralla entre su voz y mis oídos. Bese la mandíbula de Dennis y subí y baje mis manos
acariciándolo.
Con su mano enredada en mi cabello me separo de él y grito.
—¡Dile! ¡Dile cuanto me extrañaste! ¡Dile quién es tu hombre! tu esposo.
Llene mis pulmones de odio y susurre.
—Tu, tu eres mi hombre. Tu eres mi esposo.
Acerque mi cara a su cuello y empecé a besarlo, mordí su barbilla fuerte y sentí su
estremecimiento, así le gustaba a él. Cuando estuve lo suficientemente cerca de su oído susurre.
— Él es demasiado suave para mí.
Aflojo el amarre y empujo mi cuerpo hacia abajo. Rápidamente desabroche el pantalón y lo
baje, dejando su asquerosa erección a la vista. En cuanto lo toque con mis dedos gimió.
—¡Nic! ¡¿Qué haces?! ¡¿Qué…?!
Dennis dejo de apuntarme y le apunto a Olivier
—¡Cállate!
—¡No! Déjalo… por favor…
Volví acariciarlo y acerque mi boca a su cuerpo. Dennis gruño y dejo caer su brazo. Volví a
respirar y lleve mis manos a sus manos, entrelazando mis dedos con los suyos. No logre que soltara
la pistola, ni que guiara las manos hacia la espalda. Sin darme por vencida, trague una bocanada de
aire para controlar las náuseas que amenazaban con traicionar mis planes. Me acerque y con un solo
movimiento llene mi boca de su asquerosa carne bañada de odio y repulsión. Eso basto para que me
permitiera guiar sus manos hacia su espalda. Reía y gemía diabólicamente, disfrutaba del sufrimiento
de Olivier. Justo cuándo lo tuve en posición. Acaricie la punta con la lengua y lleve los dientes al
final del hongo. Solo tenía su punta, con eso era suficiente.
Sentí el momento exacto en que se dio cuenta de mis intenciones. Fue justo un instante antes de
morder con toda mi fuerza su erección. Fue una sincronización perfecta.
El grito de dolor derribo la barrera que mantenía mis oídos sin funcionar. Por instinto abrió las
manos y soltó la pistola, aunque no antes de soltar un disparo. El ensordecedor estallido hizo que
apretará más los dientes, el grito de dolor que atravesó su cuerpo me hizo más fuerte. Intente con
todas mis fuerzas agarrarle las manos para que no me separara, no logre atraparlas. Con una
desesperación loca empezó a golpearme para que lo soltara, pero yo estaba trabada. Me había
convertido en una fiera y como fiera iba a cuidar lo que más quería. Seguí su cuerpo que callo en
seco hacia atrás, mientras la boca se me llenaba de sangre. No lo deje libre hasta que el dolor me dejo
sin fuerza; En ningún momento paro de golpearme y yo aguante firmemente. Sin embargo el dolor
que me produjo cuándo me reventó el oído, fue insoportable.
Me separe en un grito, buscando con desesperación la pistola. Ya no sentía nada. Todos los
golpes habían desaparecido. Lo único que sentía era: Rabia. Furia. Odio. Lo quería muerto, lo quería
muerto ya. Encontré la pistola a un metro del cuerpo adolorido de Dennis. Él no paraba de gritar
desesperadamente y sin titubear la tome.
La pistola pesaba horrores, a cada segundo que pasaba el peso se hacía mayor. Temblando
cerré los ojos y me dispuse a empujar el gatillo.
—Nic… Nic, suelta la pistola.
Oliver no se podía mover. Su voz era tenue, calmada. Todo un contraste con la adrenalina que
emanaba de mi cuerpo. Lo vi y con la poca luz que nos regalaba la luna, pude observar la palidez de
su cara y la sangre que emanaba de su pierna derecha.
—Suéltala…
Temblando baje la mano y deje de apuntar. Dennis no se movía, se mantenía hecho un ovillo
apretando su vientre para contener el sangrado. Aun así, sus ojos y voz inyectados de odio y
desprecio no daban tregua.
—Hazle caso al doctorcito.
Gimió burlándose Dennis.
—Ahora ve y manda traer una ambulancia... Esta vez no me puedes dejar tirado como a un
perro.
Estaba transparente del dolor, pero su odio era más grande que cualquier cosa.
— Ahora eres una mujer respetable… Es una lástima que esta vez sí vayas a terminar en la
cárcel.
Así termino
—Me dijo con su acostumbrado odio. Entre a la cocina, los llame y sonó un disparo. Regrese
corriendo y abrace a mi esposo. Eso es todo.
Nicole termino su historia con un suspiro. Loca por salir de ahí y dirigirse al hospital.
—Ustedes llegaron, las ambulancias llegaron y se lo llevaron.
—No señora Adams. Eso no es todo. ¿Quién le disparo a Dennis Rader?
Los detectives la sentenciaron culpable desde un principio. Aunque no contaban con la
extraordinaria dureza, que resulta ser el corazón de una mujer. No logro proteger a Olivier, pero
estaba determinada a proteger al ser que todavía no veía la luz.
—Ya le dije, Dennis no venía solo. Todo paso muy rápido. Mientras yo buscaba ayuda para
Olivier…
Se tragó el nudo que tenía instalado en su pecho para poder continuar.
—alguien le disparo a Dennis.
—¡¿Y las armas?!
A los detectives se les acababa la paciencia y el tiempo. En cualquier momento entraba el
abogado de Nicole y se acababa el interrogatorio.
—Si no cuida su tono, me temo que esto se acabó. Estoy contestando sus preguntas por simple
cortesía.
El detective Marón se acercó peligrosamente a ella. Tenían horas jugando al bueno y el malo;
Marón era el malo, Cortez era el bueno.
—Creo que la que no entiende es usted señora Adams.
A Nicole no le gusto ni tantito el tono que uso el detective Marón. Era un hombre de ojos
tiernos y expresión cálida con tono de voz filoso y mortal. Nicole hizo lo posible por esconder el
escalofrío que le provoco.
—La podemos acusar de asesinato, inclusive de tortura. Usted le infringió mucho dolor al
señor Rader.
Eso acabo con la paciencia de Nicole.
—¡Se acabó! Quiero hablar con mi abogado o con mi hermano. No voy a decir una sola
palabra más si mi abogado no está presente.
—Señora Adams…
El detective Cortez intento por la vía amable.
—¡No!
Lo interrumpió Nicole.
—Dije que se acabó. Vayan a jugar al bueno y el malo con alguien más. ¿Ya empezaron a
investigar? ¿O solo me están acosando a mí? Necesito hablar con mi hermano.
Levanto el mentón y saco a la modelo de su escondite.
—Ahora mismo.
Se reacomodo en la incómoda silla. Tenía horas sentada en la misma posición.
—Si no coopera con nosotros, no podemos ayudarla.
Insistió Cortez.
—Si no veo a mi abogada o a mi hermano en los próximos minutos los voy a demandar. Sé mis
derechos y esto es completamente inconstitucional.
Se levantó de la incómoda silla y se arregló su ropa teñida con grandes manchas de sangre.
—Necesito un cambio de ropa y si no me van a arrestar, me gustaría salir de aquí.
Dijo más calmada, aunque firme como un mástil. Los detectives se acercaron a la puerta entre
bufidos y gruñidos.
—¡Esperen!
Los detectives voltearon esperanzados. “¡La tenemos!” pensaron. Lo que vieron los
desconcertó; Nicole se quitó la blusa por la cabeza y se quedó solo con su diminuto sostén. ¡Eso era
algo que no se veía todos los días! Nicole aventó la blusa a los aturdidos detectives y con voz firme y
cabeza levantada los reto.
—Revisen mi blusa. Yo no le dispare a nadie y mi esposo estaba atado de manos y pies
desangrándose. Nosotros no disparamos ningún arma.
—¿Entonces quién?
Intento nuevamente el detective Cortez.
—No sé. Ese es su trabajo. Investiguen.
Los detectives salieron de la sala de interrogación entre murmullos recordando a su madre.
¡Ahí estaba la respuesta a su pregunta! ¿Cómo entraron a su casa? ¿Cómo supo Dennis, que ella y
Olivier estaban fuera de la ciudad? Su madre.
A los pocos segundos entro Teo con sus enormes ojos esmeralda y su fuente inagotable de paz.
—¿Sabes algo? ¿Cómo está?
Nicole corrió al refugio de los brazos de Teo. Él la recibió protectoramente, como el hermano
que era.
—Nastia está en el hospital, dice que perdió mucha sangre. Todavía no se sabe nada. Nicole y
Jordán ya están con él y Chris está volando.
Hizo una pausa antes de suplicar.
—Nic, déjame llamar a los abogados de aquí. No podemos esperar a Chris.
Christine no debía estar lejos; esa misma noche Christine regresaba a California, después de
pasar un par de días en casa de sus padres. Se comunicaron con ella cuando hacia escala en Atlanta,
enseguida compro su vuelo de regreso a Boston, era cuestión de tiempo para que llegara.
—No. Esos abogados fueron los que nos pusieron en esta posición. Vamos a esperar a Chris.
—Afuera hay tres firmas buscando representarte, solo escoge a alguien hasta que llegue Chris.
Teo no hacía nada por disimular su preocupación. Con manos temblorosas la ayudo a ponerse
el sweater que traía en las manos.
—No te preocupes. No tienen nada contra mí. Dennis irrumpió en mi casa, ataco a Olivier, me
hirió, lo hirió…
La voz le empezó a temblar, requirió de varios segundos para recomponerse. No podía dejarse
vencer en esos momentos.
—Ni él, ni yo disparamos ningún arma. Todo va a estar bien. Solo están buscando un culpable,
eso es todo.
Nicole hablo más calmada de lo que realmente se sentía. En realidad tenía temor por ella,
principalmente por Olivier. Necesitaba ver a Olivier.
Llevo sus manos a las sienes y masajeo la dolorosa piel. Le habían dado solo un par de
aspirinas para el dolor. Necesitaba algo un poco más fuerte, el dolor del oído era extremo.
—¡¿Por qué diablos dejaste que te interrogaran?!
Christine entro a la sala echando fuego.
—¡Vámonos!
Agarro de la mano a la temblorosa Nicole y la guio a la puerta. Los detectives Marón y Cortez
le cerraron el paso y les obstruyeron la salida.
—La señora Adams no se puede ir.
Dijo con voz dura Marón. Christine lo fulmino con la mirada y se acercó a él con la cabeza
hacia atrás. Le llegaba al pecho.
—¿Tiene una idea de los delitos que cometió contra mi cliente? La interrogo sin su abogado
presente, la privo de su libertad por horas, no dejaron que la atendiera un médico. ¿Ya le vio la cara?
Es una modelo internacional ¿Y usted la priva de atención médica?
Christine levanto la mano y enterró uno de sus finos dedos en el pecho del recién mudo
detective.
—Usted tiene muchos problemas. No sabe con quién se metió.
Lo empujo con la palma abierta para quitarlo del paso.
—Es posible que su cliente haya matado al señor Rader a sangre fría…
Hizo una pausa y se acercó a ella.
—Y también pudo dispararle a su hermano. ¿Lo ha pensado?
Christine levanto todavía más la cara y lo vio directo a los ojos.
—¿Es usted idiota? Nicole es incapaz de matar una mosca. Si hubiera matado a Dennis, yo sería
la primera en felicitarla, ese hombre era un monstruo. Pero no es así. Ella no le disparo a nadie.
Dio un pasito y se acercó al furioso detective.
—En cuanto a mi hermano…
Le tembló la voz un segundo antes de continuar.
—estoy segura que tendrá mucho que hablar con usted cuando salga del hospital. Si mi
hermano quiere a alguien, es a su esposa.
Christine dio la media vuelta y salió de la sala. Le cedió el paso a Nicole y a Teo. Antes de
seguirlos, añadió.
—Mi hermano le salvo la vida a su jefe, y al jefe de su jefe. Hable con ellos antes de hacer
acusaciones a lo idiota, no vaya a perder su trabajo.
La amenaza se mantuvo en el aire mientras ellos salían de la estación. A las afueras del edificio
se encontraban un par de reporteros y Placido con la camioneta de Teo prendida. Teo se encargó de
los reporteros, mientras Nicole y Christine subían a la camioneta. Se dirigieron directamente al
hospital.
Al llegar al hospital fueron recibidos por una Nicole temblorosa y un Jordán angustiado.
—¿Cómo está? ¿Está bien?
Al llegar los servicios de emergencia a su casa, la separaron de Olivier. Ella se los permitió
ávida de ayuda para Olivier. Cuando la subieron a la patrulla pensó que la llevaban al hospital, nunca
se imaginó que la llevarían a la estación para interrogarla por horas y sin descanso.
—Ya salió de cirugía, pero todavía no podemos verlo…
Jordán trago aire, estaba pálido y sudaba frio.
—perdió mucha sangre.
Por unos minutos todos guardaron silencio. Hacia unos días todos reían y disfrutaban, ahora
todo era angustia.
—¡Nic, mirate! ¿Ya te reviso un médico?
El instinto maternal de Nicole los saco de su congoja por un momento. Nic negó despacio. Lo
único que quería era ver a Olivier y permanecer a su lado, no estaba segura si él la perdonaría.
Jordán se puso en acción y llamo una enfermera. En ese momento llego Nastia con una charola
de cafés. Teo se acercó a ella y le ayudo a repartirlos, en cuanto la tuvo libre, la abrazo y la llevo a un
rincón. Nastia lo abrazo fuerte y le susurro algo al oído, Teo asintió y roso sus labios con los suyos.
Fue un gesto sencillo, pero lleno de significado.
—¡No! ¡Tú no!
La voz de Nic sonaba firme aun con el deje de cansancio que la ensombrecía. La doctora
Morris, acerco la silla de ruedas que manejaba la enfermera atrás de ella y la puso a lado de Nic.
—Te voy a revisar.
—¡No!
La miro a los ojos y le aseguro.
—Estoy bien, solo necesito ver a mi esposo.
Vanesa Morris entre cerro los ojos.
—Necesitó revisarte, Olivier se va a enojar si no te reviso.
El uso del nombre de Olivier en los labios de Vanesa disturbo a Nic. Se levantó
apresuradamente e inmediatamente sintió el látigo del mareo.
Teo y Jordán estuvieron a su lado en un segundo.
—¡Quiero ver a Olivier!
Demando Nic, todavía mareada.
—¡Llevame con él!
Vanesa la estudio por unos momentos. Finalmente asintió y Nic se sentó en la silla de ruedas.
—Lo veo y salgo a decirles como esta.
Les dijo a Nicole y Jordán antes de perderse por las puertas que anunciaban “Solo personal
autorizado”.
Era extraño recorrer los pasillos esterilizados del hospital en las manos de la doctora Morris.
Más aun cuando no dudo en preguntar por el hombre de sus sueños.
—¿Ya lo viste? ¿Sabes si está bien?
Vanesa suspiro y con voz trémula contesto.
—Estuve en la operación.
Nic intento voltear a verla y con el movimiento se mareo. La cabeza empezaba a dar vueltas sin
control.
—Perdió mucha sangre y costo trabajo estabilizarlo, pero se logró. Ahora hay que esperar a
ver cómo reacciona, es cuestión de tiempo y cuidados.
Nic no contesto a la advertencia. Lo último que deseaba era discutir con la colega de Olivier.
Llegaron al área de cuidado intensivo y entraron a una de las habitaciones privadas.
—¿Por qué esta en cuidados intensivos?
Pregunto Nic angustiada.
—Acaba de salir de cirugía Nicole, es lógico que este en cuidados intensivos.
Nic se tragó la rabia, lo único que deseaba era ver a Olivier. Al entrar a la habitación, se
encontró una habitación llena de mujeres. Las muñecas de Olivier Adams rodeando el inconsciente y
pálido cuerpo de su esposo.
46
Nic no dudaba del buen gusto de Olivier. Todas las mujeres que se habían atravesado en su
camino eran bellas. La variedad y la libertad que le brindaba la soltería fue un beneficio que Olivier
Adams disfruto hasta el cansancio. Pero él ya no era soltero, ni libre. Alguien tenía que comunicarle
las noticias al harem de muñecas. Nic alzo la mano como voluntaria.
—¿Se les ofrece algo?
Se levantó de la silla de ruedas y con todo y el mareo se coló hasta quedar a un lado de Olivier.
Al rozar su mano, la electricidad que siempre le recorría la piel cada vez que lo tocaba, le reconforto.
Su piel se sentía cálida, mucho mejor que la última vez que lo había tocado.
—¿Quién es la enfermera a cargo?
Una mujer delgadita dio un paso adelante. No se le hizo conocida, eso ayudo a que pudiera
hablar con más entereza. No deseaba una confrontación con alguna de las muñecas.
—Soy la señora Adams y no autorizo la visita de nadie más que no sea su familia. No sé qué
hace toda esta gente aquí. Mi esposo necesita descansar.
Un murmullo de enojo se levantó en la esterilizada habitación. Nadie se movió.
—¿Vanesa?
La doctora Morris la miro evaluándola. Entraron en un duelo de miradas, finalmente hacia tres
semanas se dictamino la ganadora, era tiempo de aceptarlo.
—La señora Adams tiene razón. El doctor Adams necesita descanso. Todo mundo afuera.
El tono de voz de la doctora Morris era el mismo que usaba Olivier cuando hablaba con sus
pacientes. Nicole se preguntó si era una materia en la universidad. ¿Cómo hacer que los demás se
sientan inferiores? 101. Si era así, Vanesa también salió con sobresaliente.
Salieron tres chicas con el uniforme de enfermeras, un par salieron al pasillo asesinando a
Nicole con la mirada, ella les regreso la mirada con un extra de enojo.
—Sandra.
La secretaria de Olivier se detuvo en la entrada de la habitación sin voltear.
—Avise a mi familia que Olivier está estable. Nadie ha salido a darnos información.
Se quejó Nicole. Sandra contesto sin voltear.
—Si señora Adams, ahora busco al doctor a cargo.
—Ya voy yo.
Intervino Vanesa
—En cuanto regrese te reviso.
Nic asintió y se centró en Olivier. Por fin pudo observarlo con detenimiento. Se encontraba
pálido, ojeroso, con el ojo y quijada hinchada, pero vivo. Eso era lo importante. Él estaba vivo.
Pasaron días y Olivier no regresaba a la conciencia completamente. Iba y venía. Nicole
necesitaba disculparse. Paso todas las noches a su lado murmurando cuanto lo quería, cuanto
lamentaba haber llevado la maldad a su casa e implorando su perdón. Necesitaba su perdón. Las cosas
que hizo enfrente de Olivier, la manera en que ataco a Dennis en frente de él… era… imperdonable.
Lloro, rezo, imploro, como nunca en su vida.
Finalmente al cuarto día del ataque, escucho lo que más quería.
—Nic…
Murmuro Olivier agotado. Nic levanto la mirada con una felicidad imposible de ocultar en los
ojos. Estaba despierto, ¡despierto!
Corrió por la enfermera y el doctor a cargo. Su oído se estaba recuperando, todavía se mareaba
y escuchaba todo con un ligero zumbido. Nada que no se arreglara escuchando la voz de su Oso.
Después de que evaluaron su estado, y se reconfortaran por su mejoría llego la familia. Hacia
un día, lo habían trasladado a piso, así era más fácil las visitas. El ambiente se relajó
considerablemente cuando Olivier empezó a dar órdenes. Todos extrañaban su tono de voz y su
testarudez. Nicole y Jordán se retiraron un poco más relajados. Chris le volvió a insistir a Nic para
relevarla. Nicole no se había separado de Olivier en ningún momento, dormía, comía y oraba junto a
su cama.
Finalmente se quedaron solos y empezó el verdadero dolor.
—Quiero olvidarlo todo, solo quiero olvidarlo. ¿Está bien?
Olivier no quería olvidar, quería revivir a Dennis para poder matarlo con sus propias manos.
—No. Necesito que me digas qué pasó. ¿Qué paso con Sasha?
—¿Sabías que estaba ahí?
—Sí. Ella fue la primera en hablarme cuando llegue. Me dijo que Dennis te tenía encerrada en
el departamento. No pensé y abrí la puerta. En cuanto la abrí Dennis me golpeo en la cabeza.
Susurrando le pregunto.
—¿Le disparaste?
Nic negó despacio. ¿Dudaba de ella?
—¿Hasta dónde recuerdas?
Olivier cerró los ojos y recordó. Recordó el dolor al ver a Nic llegando a casa, el terror de su
mirada cuando lo vio herido, el odio que sintió por Dennis cuando la jalo del cabello. El dolor al
darse cuenta que Nic se iba a entregar a ese hombre por salvarlo, la impotencia… Recordó todo.
—Te levantaste y entraste al departamento.
Nic asintió y limpio su garganta. Ella no quería hablar de ello, pero como ella solía decir.
“Hablando se arreglan las cosas”.
—Me levante y cuándo tenía un pie adentro del departamento. El sonido ensordecedor de un
disparo me detuvo. Por un largo segundo me imagine que Dennis había agarrado la pistola y te había
disparado. Fue el segundo más largo de mi vida.
Un par de lágrimas salieron de sus ojos. Aclaro su garganta y continúo. Olivier la quería, la
admiraba más, cada segundo que pasaba. Siempre tan fuerte.
—Voltee y me costó trabajo que mis ojos entendieran lo que veían. Dennis estaba recargado al
pie de la fuente, con los ojos abiertos y una mueca de burla en la boca. También tenía un disparo
directo en la frente. Parada, entre el cuerpo de Dennis y el tuyo, se encontraba Cruela de Vil junior,
Sasha, la esposa de Dennis. Con el corazón desbocado regrese a tu lado. La mirada de Sasha estaba
perdida, fría, sin alma. Esa mirada yo la conocía, era la misma que reflejaban mis ojos cuándo deje a
Dennis moribundo.
Nic empezó a jadear por el pesar, las lágrimas escurrían por su cara sin descanso.
—Sé perfectamente que en ese estado no te importa nada, dejas de sentir, dejas de pensar, dejas
de ser… humano. También note que su vientre estaba abultado, está embarazada.
—¡¿Embarazada?!
Nicole asintió angustiada.
—Me agache junto a ti. La pérdida de sangre empezaba a hacer mella, estabas entre la
conciencia y la inconciencia. Tome la pistola que estaba a tu lado y le apunte.
Los ojos de Olivier se abrieron por la preocupación.
—“Dámela” murmuro Sasha, le conteste que no.
Aunque susurro, la voz de Nic fue lo suficientemente firme como para que Sasha centrara su
atención en ella.
—Ella no había dejado de observar el cuerpo inerte de Dennis. Me repitió que se la diera. Que
era por mi bien. Lo dude. Una mujer con la mirada vacía y dos pistolas, no parecía muy seguro.
Nic negó recordando su desesperación.
—En ese momento deje de apuntarle. Me percate de un gran moretón en su quijada izquierda,
estaba ligeramente hinchado y había tratado de disimularlo con maquillaje. Le dije que a mí también
me pegaba, y le pedí que dejara de apuntarte. Miro con extrañeza la pistola que tenía en la mano, era
como si hasta ese momento se diera cuenta de que te apuntaba. Fue como si lo hubiera hecho
instintivamente. Tenías los ojos cerrados y cada vez te sentías más frio.
Se le escapo un sollozo. Olivier levanto la mano y le acaricio la mejilla, ese primer contacto
hizo que se estremeciera todo su cuerpo. Nicole tomo su mano esperanzada. Olivier no parecía
enojado con ella.
—Le volví a pedir que bajara la pistola y que me dejara pedir ayuda. Le dije que estabas
inconsciente, que no le ibas a hacer daño… le suplique.
Nic empezó a llorar sin poder evitarlo
—Dejo de apuntarte, al mismo tiempo que extendía su mano hacia mí. Dijo: “Dame la pistola y
ve por ayuda. Yo me quedo con él”. Mi cuerpo temblaba por la desesperación. No sabía qué hacer.
El cuerpo de Nicole volvió a temblar. Nunca en su vida había tenido tanto miedo como en ese
momento. No podía perder a Olivier.
—Le suplique que no te hiciera daño. No tenía alternativa, tenía que confiar en ella. Le di la
pistola y corrí por el teléfono. No había terminado de marcar y ya había regresado. Ella se
encontraba en cuclillas tratando de despertarte. Corrí a tu lado y aparte sus manos de ti.
—Nic te pudo haber disparado.
Nicole negó.
—Grite ¡que no te tocara! Me perdí cuando vi que me sonreía. La operadora de emergencias
contesto y me centre en pedir ayuda y darle la información que me pedía. Yo seguía hablando cuándo
la vi levantarse e ir atrás de los tres pinos que están en la esquina. Ahí se había escondido.
—No me acorde de ella. Empezaste a actuar… raro y me olvide de ella.
Nic no quería tocar ese tema y continúo.
—La vi sacar un gran bolso y meter las dos pistolas en ella. Tomo aire y dándole una última
mirada a Dennis, me dijo: “Nos hubiéramos ahorrado muchos problemas, si hubieras terminado el
trabajo cuándo tuviste la oportunidad”. Hizo una mueca y suspiro. “Yo no iba a correr el riesgo.
Tengo una niña que proteger”. Se tocó el vientre amorosamente y paso a nuestro lado sin detenerse.
Dijo: “Ahora soy viuda, tengo una gran casa y una herencia que reclamar. ¿Cierto?”
Nicole paso saliva al recordar la frialdad de Sasha, lo vacío de sus ojos. Sasha se dio cuenta que
Dennis amenazaba la vida de su hija. ¿Qué haces cuando amenazan lo que más quieres? Matar, una
madre mata por sus hijos.
—Volteo a vernos justo cuando entraba al departamento y empezaban a sonar las sirenas. Asentí
y con la boca seca murmure: “Puedes dejar la puerta abierta por favor” Movió la cabeza
afirmativamente y con una sonrisa en la cara, la vi partir. Pocos minutos después escuche movimiento
en el departamento. Entraron paramédicos, policías, los guardias de seguridad.
Nicole tomo las dos manos de Olivier y las apretó, se las llevó al pecho y le pidió perdón por
no protegerlo.
—No me importo nada más, solo quería que te atendieran, alguien trato de separarme de ti, me
resistí lo más que pude. Todos se movían con eficacia y rapidez, intente no entrometerme, deje que
trabajaran. Cuándo te inyectaron medicamentos y el suero, intentaste abrir los ojos sin lograrlo. Ahí
me vi repitiendo incontrolablemente, si ibas a estar bien. Te pusieron oxígeno, parches y con gran
facilidad te subieron a la camilla. Estabas inconsciente, no te movías, no respirabas.
El llanto de Nicole se tornó incontrolable. Él era lo que más quería y le había fallado, no lo
protegió.
—Cuándo me levante para ir contigo, me percate de la gran mancha de sangre que cubría tu
cuerpo, el piso estaba inundado con tu sangre. La adrenalina me abandono, me maree y creo que me
desmaye. Cuando abrí los ojos estaba en la patrulla rumbo a la estación.
—¡Esos animales!
Los detectives pasaban todos los días esperando poder hablar con Olivier. El personal del
hospital lo había evitado. Olivier era un miembro consentido de ese hospital, nadie lo iba a ver a
menos que él lo autorizara. Y el necesitaba hablar con su esposa primero. Necesitaba protegerla,
como no lo hizo antes.
Epílogo
—Ella es la mujer más bella que conozco, la más bella que hay en esta tierra.
Olivier miro con adoración la foto de Nic en el escritorio. Fue la manera como sobrevivió el
tiempo sin ella. Viéndola en retrato.
—No puedo evitar que mis ojos la sigan. ¿Recuerdas cuando dijo? “Teo me sano, pero Olivier
me enseñó a vivir de nuevo. Como el champagne; fresco y burbujeante”
Katy lo escuchaba con atención. Aun atreves de la pantalla, alcanzaba a ver el amor que
profesaba por ella.
—Sí. Si lo recuerdo.
—Eso no es cierto. Ella fue la que me enseñó a mí, ella ha sido la que ha dado más.
—Para Nic es difícil entender eso. Es difícil ver más allá del maltrato y sus consecuencias,
cuando es lo único que has tenido en tu vida.
—Ella no solo ha conocido el maltrato. Tiene a Teo, a Nastia. Me tiene a mí.
—Si te tiene a ti y tú la tienes a ella. ¿Se te ha ocurrido que ella tiene la misma capacidad de
cuidarte, que la que tienes tú?
—Por supuesto.
Mientras decía las palabras, las dudaba ¿Realmente sabia eso?
—Creo que no Olivier. Creo que el problema radica justamente en eso. En que no aceptas que
ella intenta cuidarte de la misma manera en que tú quieres cuidarla. Ella se siente igual de responsable
que tú.
La honestidad de las palabras hizo eco en su pecho durante mucho tiempo.
Era un hombre de retos, fue el primero en admitir que ellos solos no podían sobrevivir al
trauma que vivieron. La culpa los estaba acabando. Que necesitaban ayuda. Contactaron a Katy y
ahora tenían sesiones a larga distancia, cada semana.
Incluso con el compromiso adquirido con los votos que se hicieron hacia no más de cinco
meses, hubo muchas veces que la vio tentada a renunciar. Se sentía culpable y él no entendía por qué.
Después llegaron los momentos donde él se cerró. Olvido lo que ella había vivido, creyó que nunca
iba a ser lo suficiente para ella. Ella era más.
Ella tenía problemas, él tenía problemas, mezclados, se creó una nueva dimensión de lucha.
Había mucho por sanar, los problemas nunca dejan de existir, pero estaban trabajando para no
engrandecer sus debilidades: La inseguridad, los celos, la culpa,
Aun así, con cada una de sus debilidades, Olivier amaba a Nic, toda ella, cada cabello, cada uña,
cada centímetro de su dorada piel. Él solo pedía que lo dejara entrar: en su mirada, en su alma, que
aprendiera de sus besos lo que llevaba por dentro. Pero a ella se le dificultaba. Para amar a otra
persona, tienes que aceptarte y amarte cómo eres, con tus fortalezas y tus debilidades. Ella estaba
aprendiendo a aceptar su debilidad; El pasado.
La curación de él fue más tenaz. Como buen estudiante que siempre fue, aprendió que la culpa
nunca se iba a ir, que tenía que vivir con ella, sin que interfiriera con sus decisiones, con sus
sentimientos. Con la entereza de ella resulto casi fácil; Ella es tan dulce y compasiva. Incluso le ayuda
con los ejercicios que Katy le mandaba, sobre todo con los que tenían que ver con sexo.
Después de un tiempo las cosas empezaron a correr de una manera natural. Eso fue lo que más
le costó a él, la parte más difícil de la recuperación. Aceptar que fallo y que ya nada podía hacer. Pero
tanto ella como él, aceptaron que nunca se iban a separar, que la lucha valía la pena. Que ella era de él
y él de ella, completa y absolutamente de ella.
Desde la primera vez que la vio. Con las mejillas sonrojadas, el cabello alborotado, los ojos
rojizos, la boca hinchada por los bofetones, la que nunca perdió el brillo, ni siquiera cuando el
mundo se le fue encima, la que nunca dejo de brillar. Desde esos tiempos, ella era suya. Flaquita y
sucia, la criatura más inocente y cándida que se creó. Él era un niño y aún recordaba lo dulce de su
voz al pronunciar su nombre. El efecto que ella tuvo sobre él, fue simplemente más allá de las
palabras.
Después llego aquel beso, el que cambio su vida. Crecieron y se resistió a la idea de querer a
una niña. Le ayudaba, le enseñaba, empezó a ver el cielo atreves de sus ojos, creció y cada vez fue
más difícil resistirse al sentimiento.
Y cuando el destino le regalo el más impresionante de los regalos. Cuando la vio sentada en la
sala de espera del Mount Sinai. Con su confianza, con su altives, con su inteligencia, impresionante
con cada palabra que salía de su boca. Con las chispas de sus ojos de fiera; Lo que paso ahí, fue más
allá de los sentidos. Fue el reencuentro de almas, la suya y la de él. La unión de lo que nunca debió
separarse.
Era increíble que una parte de él, siempre la buscara; En cada sala de espera, en cada calle, en
cada mujer. Sabía que ella estaba ahí afuera, esperando por él, esperando a ser encontrada. Para que él
pudiera regresar a la vida.
Ahora no paraba de venerar su esencia en las sabanas, en su piel. De adorar la manera en que se
estiraba todas las mañanas de una manera inconsciente, para recordarse que ella daba forma a su día a
día. Ella era su día a día. Era la que alumbraba su camino. Era su principio y su fin, era su A y su Z.
Su esposa, suya. La que se enreda en su pensamiento, la que le cortaba la respiración.
Era algo que no se esperaba; él aprendía, él sanaba, él ayudaba. Nunca pensó necesitar ayuda,
alguien que lo impulsara, que le ayudara, que lo acariciara tan profundamente.
La misma que después de un ataque que casi les cuesta la vida y con un oído medio sano, se
fuera a Londres, Madrid y Milán para lucir su belleza. La que espero a que Chris se encargara de los
detectives y dejara bien limpios sus nombres antes de partir. Todo porque ya había firmado un
contrato y ella no renuncia a lo que firmaba. Afortunadamente firmo por él, con él.
Ella era su todo, es tan simple o tan complejo como eso, ella simplemente era todo para él. ¡Y
él le fallo! Por eso es que necesitaron ayuda con la recuperación, porque le fallo a su todo. Lo tenía
vigilado, sabía que nunca la iba a dejar ir. Ella es una mujer, que era imposible dejar ir.
La simple mención de su nombre, hizo que se olvidara de todo, incluso de el mismo. Dennis
sabia de su debilidad y se aprovechó de ella. Solo que para Dennis, Nicole también era su debilidad,
por eso cayo.
No sabe si ella alguna vez entendería lo que significa para él, pero estaba más que feliz, de
pasar toda su vida tratando de demostrárselo.
Es increíble lo feliz que se sentía por verla. Las siete semanas sin dormir con ella, fueron
eternas. En cuanto anunciaron que su vuelo había aterrizado una sonrisa se instaló en su cara, cuando
finalmente vio su precioso cabello, su sonrisa se amplió. Estaba seguro que lucía absolutamente
ridículo.
—¡Oso!
Dijo Nic con la voz elegante que la distinguía. La que hacía que sus células explotaran.
La manera en que se apretó a su cuerpo y acerco su mejilla a la suya. La sensación de su aliento
en su oído, la fragancia que emanaba de ella. El aroma de Nicole Adams, un aroma que simplemente
no podía describir, pero que reconocería en cualquier parte. Lo hacía estallar de dicha.
Tenía mucho que decirle, mucho que expresarle, pero el sentirla finalmente en sus brazos lo
llevo a otro plano. Empezaron a mecerse juntos, a reconocerse.
Su teléfono como siempre intento interrumpir el momento, ahora no se lo permitió. Dejo que
sonara y fuera el fondo de la reunión con su amor. Sin darse cuenta empezaron a bailar, a seguir el
ritmo de Yesterday. Y como dice la canción; Los problemas se veían muy, muy lejos de ellos. Ahora
no era la mitad de hombre que solía ser, ahora era un hombre completo, porque ahora era de ella.
Nic empezó a reír y sus ojos se cerraron con el sonido, sintió como se llenó su corazón de la
pureza de ese sonido.
—Te extrañe…
La apretó más y beso su cabello. Ella era todo lo que necesitaba, todo lo que alguna vez quiso.
Y venia envuelto en el más hermoso de los empaques.
Solo había un tema que le costaba trabajo: Niños. Su mujer temblaba con la mención de hijos,
no porque no los quisiera, sino porque temía equivocarse. “Tengo los genes de Chucky” solía decir,
cuando ella es perfecta, es todo amor.
No se pudo detener. Se separó de ella y pensando que probablemente había lugares y momentos
más oportunos, lo dijo.
—Quiero tener hijos.
Para su desconcierto, Nic sonrió. Sonrió y acerco sus labios a los suyos. En ese momento
estaban solos en el mundo, todo despareció.
—Van a ser preciosos, tuyos y míos.
Dijo sin dudar, sin mortificación en su voz, sin miedo.
—Te amo
—Yo primero…
—Pero yo más.
Lo interrumpió. No era cierto, pero por ahora, eso se lo iba a conceder.
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Como siempre:
Gracias, muchas gracias por Leer.
Dedicatoria
Para todas aquellas mujeres que alguna vez se han cruzado con un bastardo y les toco un pelo.
De mi parte ¡Fuck them!
Nota del Autor
Este libro es ficción. Lo que no es ficción, es las miles de mujeres maltratadas cada día
Solo necesitamos tres minutos para descubrir nuestra belleza, la belleza de los demás. Hay que
usarlos para bien, no hay que dedicarlos para hacer miserable la vida de los demás, o peor aún, para
hacer miserable la vida de nosotros mismos.
No es difícil, es un acto hermoso que puede salvar vidas. El decir te quiero, que bella
amaneciste hoy, o un simple, que tengas un buen día. Pueden hacer una gran diferencia.
El mundo sería mucho mejor si nos dedicáramos a ser menos horribles unos con los otros.
Así que;
Sigue bella, te quiero y que tengas un buen día.
Azminda
Para contactar a la Autora
azmincangar@gmailcom
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@AzminCan
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“Mis Hombres”
Antes de un hombre,
Estaba recargada en un árbol a las afueras del dormitorio de Larry. Íbamos a almorzar juntos.
Pero no pretendía meterme a la boca del león, si entraba a esos dormitorios, era muy probable que no
saliera. Cerré los ojos y estiré las piernas cuando sentí que algo me pegaba a la altura de la rodilla,
un chico muy delgado de cabello negro estaba a mis pies rodeado de libros. Reprimí una carcajada y
me agaché a ayudarlo.
—¿Te lastimaste?
Se acomodó los lentes y se paró como rayo. Tenía el cabello un poco descuidado, era muy
delgado y tenía unos enormes ojos negros. Su mirada me traspasó.
—¡No! ¡Deberías pararte bien! Estás a la mitad del camino.
Me sorprendió su respuesta, normalmente los chicos se portan amables y solícitos conmigo.
Era raro que alguien me contestara mal. Más me sorprendí cuando bajé la cabeza y me agaché para
ayudarle a recoger sus libros.
—Disculpa, tenía los ojos cerrados y no te vi venir.
Sin hacerme mucho caso, me arrebató un libro de las manos y siguió caminando. Para su
frustración al subir un escalón, se volvió a tropezar. El hombre traía más libros que brazos.
Me adelante y tomé los libros que se habían caído.
—¿Te ayudo?
No me contestó, sólo hizo una mueca de fastidio y se dirigió a la entrada. Lo seguí cual perrito
faldero, afortunadamente en el camino recapacité.
—¿Eres todo un patán o es mi día de suerte?
Abrió la puerta de su dormitorio, dejó los libros en el escritorio y sin mucho miramiento cerró
la puerta tras de mí. Dejé los libros en su cama y escuché un gruñido de frustración salir de su pecho.
Me pregunté si había sido yo, él se veía realmente frustrado.
—Mi novia acaba de terminar conmigo... ahora no estoy para lidiar con princesas.
¡Maldito! Me di la vuelta y justo cuando abría la puerta, su mano envolvió la mía. No me
permitió mover, puso su brazo junto a mi cabeza y sentí su cuerpo muy cerca del mío.
—Perdón, estoy enojado.
Asentí y cerré los ojos. Un extraño calor me había inundado y temía que mi color me
avergonzara.
—¿Cómo te llamas?
Con voz temblorosa contesté.
—Amy.
—Amy... me gusta.
Su voz había bajado de tono, sentí su aliento junto a mi oído y mis piernas debilitarse. La
temperatura subió un par de grados porque empecé a sudar frío.
—¿Tienes novio Amy?
No me tocó, sólo acercó más su cuerpo hasta que mi frente rozó la puerta.
—No.
Todo mi cuerpo hormigueaba y mi respiración se tornó corta y rápida.
—Yo tampoco.
Sonreí y me permití disfrutar “Total, que tanto es tantito”. Soltó mi mano, subió muy despacio
por mi brazo y llegó a mi cuello, ladeé la cabeza y le di acceso. Acercó su boca y me besó desde el
hombro hasta mi oído. Regresó al hombro mientras no dejaba de acariciarme la espalda, la cadera, la
cintura.
Me relajó muy despacio, mostraba mucha calma, no tenía esa prisa a la que me había
acostumbrado. Me volteó y me besó, nunca me había sentido tan relajada y excitada al mismo tiempo.
Me acostó y subió mi blusa. Usó su boca en todo mi torso. Con sus manos, acariciaba mi
cuerpo con mucha delicadeza. Poco a poco, empezó a morder, y mi cuerpo se derritió. Jadeé mientras
desabrochaba mi pantalón e introducía su mano bajo mis pantis.
Sentí una ola de excitación en cuanto tocó mis labios.
—Shss calma, ábrete nena, déjame entrar.
Obedecí sin protestar, un enorme nudo se instaló en mi vientre y pedía a gritos liberarse. Gemí
con el primer dedo, con el segundo jadeé, pero el tercero ofrecía la tierra prometida.
—Apriétame nena, no me dejes entrar.
Mi cuerpo se contrajo mientras él entraba y salía. Besó mi cara, mi cuello, bajó y llegó a mi
pecho.
—Más, más.
Sus palabras lograron que cada nervio de mi cuerpo hormigueara sin control. Él subió el ritmo
y la profundidad. Me contraje hasta que cada poro de mi piel dolió. Mis pechos dolían, mi vientre se
contraía, y mi sangre ardía. Bajó la boca y a través del brassier me mordió. ¡Me liberó! una ola de
infinita felicidad inundó mi cuerpo, se desplazó por cada miembro y me dejó en el limbo.
Así entré al maravilloso mundo de los orgasmos, bendito mundo. La novia de Eddy le rogó
hasta que él la perdonó —yo hubiera hecho lo mismo—, Eddy regresó con su novia y no lo volví a
ver, pero hasta el día de hoy, es uno de mis hombres favoritos.
Capítulo 3
Mi abuela decía que la vida era una cuestión de actitud, siempre traté de imitarla.
—¡Vamos chicos! Sí, es difícil, pero estoy segura que si podemos...
—Mira Amy, tú lo dices porque si fallamos, llegas a casa, le pides trabajo a papá y asunto
arreglado. Pero Karen y yo no tenemos segundo plan.
Nico tenía muchas dudas, en su casa había poco dinero y necesitaba encontrar trabajo rápido,
para poder salir adelante.
—Nico, el punto es que si funciona, nunca vas a volver a sufrir. Vas a tener algo tuyo, Nadie te
va a correr y si hacemos las cosas bien, nunca nos va a faltar el trabajo. Es cierto, va a ser difícil y la
vamos a regar, pero si queremos que nuestra vida sea diferente, tenemos que actuar diferente.
—Amy, no te enojes pero creo que yo paso. Es mucho dinero y la verdad, no tengo de donde
sacarlo.
—¿Quieres que hable con mi papá? Podría ayudarte, ¡vamos! Hay que darnos una oportunidad.
—¡Sí!, el papá de Amy es ley, él te podría ayudar.
—Karen, tú deberías estar de acuerdo conmigo y no con Amy. Amy regresa a su casa y toma
uno o dos años sabáticos. Tú y yo nos quedamos sin nada.
Karen se quedó callada y eso era raro en ella. Era cierto, ellos tenían las de perder. Mark era el
más solvente. Su mamá estaba casada con un actor de renombre, mientras él estuviera fuera de su
casa, su mamá le mandaría lo que él quisiera.
El caso de Larry era diferente, su papá trabajaba para el mío. Era el administrador de la fábrica
de mi papá. No sufrían de dinero pero Larry no podía tener años sabáticos, tenía que trabajar.
La parte de Karen fue punto de discusión. Ella lo quería conseguir sola. Iba a pedir un préstamo
pero los intereses se la iban a acabar. La convencí e hice que fuera a hablar con mi papá. Karen le
hizo una presentación y mi papá quedó completamente convencido. Le prestó su parte con intereses
mínimos —mi papá se resistía a cobrarle intereses pero Karen no lo iba aceptar de otra forma—,
eran pagos bimestrales a pagar en cinco años, Karen le pago a mi papá en tres.
Yo sabía que tenía el apoyo de mi familia y no me iban a dejar caer. A lo mejor era cierto; Yo
podía fallar pero no lo iba hacer.
—Mira Nicholas, si no lo quieres hacer, está bien. Nadie te está forzando. Yo solo digo que es
un buen plan.
—¿Cómo sabes? Tú no sabes si va a funcionar.
—Sí, sí sé.
—¡Por favor! ¡Tú nunca has trabajado en tu vida! Tú…
—¡¡Yo nada!! ¡Tú no sabes por lo que hemos pasado! No me la paso quejándome como tú, pero
he visto a mis papas trabajar de 8 a 8 toda su vida. Mi papá enfermo, cansado o como sea, jamás ha
faltado a trabajar un solo día de su vida. Tú no sabes que hace años, la fábrica de mi papá se incendió,
¡una fábrica de tela se incendió! ¿Sabes qué quedó? ¡Nada! ¡No quedó nada! Tuvimos que empezar de
cero. El seguro no cubrió todo. Un día estábamos a manos llenas y al siguiente amanecimos sin
trabajo. A todos los trabajadores se les indemnizó y a empezar otra vez… Vi a mis papas sufrir y
llorar pero nunca desistieron. Eso es lo que tengo de mis papas… no es el dinero, es el empeño, las
ganas, el conocimiento de que las cosas van a salir bien; Y estoy segura de que va a funcionar.
Ambos se quedaron callados. Sin querer, hablé con mucha vehemencia.
—Además Karen está conmigo. ¿No quieres entrar? Es tu pérdida.
Nico me veía con los ojos muy abiertos, no esperé su respuesta, que se joda.
—¡Ven Karen! Hoy es el día, vamos a poner las reglas.
Tomé de la mano a mi amiga y nos fuimos. Ese día no dormimos, amanecimos con las reglas y
el plan para que nuestro futuro no fallara.
Se decidió que en la empresa, los cinco teníamos el mismo poder y voto. Afortunadamente
éramos cinco y nunca teníamos empates. Dialogábamos mucho y eso era bueno. Los cinco
pondríamos la misma cantidad de dinero. Los cinco trabajaríamos las mismas horas. Cada uno se iba
a especializar en su rubro; Karen el dinero, Larry lo administrativo, Mark y Nico el trabajo sucio y
yo la gente. Pero sobre todo, los cinco íbamos a dar lo mejor de nosotros mismos.
*****
Cuando era niña, mi papá y yo nos hicimos aficionados al tenis. No a jugarlo, solo a verlo. Al
final de un buen partido entrevistaron, a Boris Becker. Se hizo famoso porque fue el primer jugador
alemán y el más joven en ganar Wimbledon. En la entrevista mencionó algo que siempre me ha
gustado “Me gusta ganar, me es difícil soportar la derrota, pero lo que más amo, es jugar”. Igual que
mi amigo Boris, adoro jugar.
A partir de la discusión que tuve con Nico, él empezó a ser muy atento y a coquetear conmigo.
Yo me resistía a la idea, no era bueno que saliera con mis amigos. Me hizo cambiar de opinión el día
que rompí con un chico de mi clase de sociología. Cuando llegué al restaurante me fui directo con
los chicos y me pedí un tequila, Karen estaba trabajando y esperábamos que diera la hora para
ponernos a bailar. De los cinco, a mí, era a quien más le gustaba. Cuando llegó la hora de recoger las
mesas, yo ya estaba mareada, ese estado en que no estás perdida pero tampoco estás sobria, vamos a
decir que es el estado perfecto de ebriedad, sabes lo que haces, pero no te importa mucho lo que
haces.
En cuanto empezó la música, Nico me sacó y no me soltó en toda la noche, bailamos de todo y
cada pieza más y más cerca. Él bailaba muy bien y era muy fácil seguirlo, al final de la noche,
estábamos sudadísimos, cansadísimos y excitadísimos.
Fuimos directo a mi piso. La ropa fue cayendo a cada paso. Cuando cerré la puerta de mi
recamara, ya estábamos en ropa interior. Nos fuimos con todo. Bailamos horizontal. Era muy bueno.
Tenía un movimiento de cadera que madre! Era divertido. Él siempre se veía estresado pero lo que
hacíamos era divertido.
—Ahora tú arriba.
—No, ya no puedo… necesito descansar.
Apenas podía respirar y estaba muy mareada.
—¡Vamos Amy, tú puedes! Yo te ayudo.
Nico jadeaba y se oía cansado, pero no paraba.
—¡Nico! Mañana no voy a poder caminar, necesito descansar…
—Tú puedes Amy, tú eres la que siempre andas diciendo que nosotros podemos, anda, ¡dale!
Me reí y como pude me puse arriba, intenté hacer un buen trabajo, pero la realidad es que el
hombre venía con baterías y por más que busqué no le encontré el interruptor. Arriba, abajo, a un
lado, al otro, cuando me soltó, todos mis labios me dolían… ¡todos!
A la mañana siguiente, encontré una nota en mi cama.
Te veías cansada y no quise despertarte, tengo que ir al gimnasio, te veo en la tarde. Besos
¡¡Gimnasio!! ¿Estaba loco? Yo apenas me podía mover. Arrugué la nota y seguí durmiendo.
Cuando me cansé de la cama, me levanté y me bañé. Apestaba a todo; alcohol, sexo, sudor. Qué bueno
que se había ido. Seguro lo mataba si despertaba conmigo.
Apenas terminé de desayunar, eran las tres, pero para mí era desayuno, cuando tocaron a mi
puerta. Karen ya se había ido a trabajar. Solo entró a mi recámara para darme un jugo que usaba para
la resaca y un par de aspirinas.
—¡Qué escandalosa estabas anoche! Parecía que te estaban matando. Cuando venía preparada
con el bate, empezaste a jadear y luego se carcajeaban, nadie durmió en el edificio.
Mitad se burlaba, mitad se quejaba.
—Karen, solo sé que era Nico, creo… me acuerdo que me reí mucho, pero no me acuerdo por
qué.
—Pues no te estaba contando chistes.
Por cómo me dolía el cuerpo, definitivamente, no eran chistes lo que me había dado.
Cuando por fin llegué a la puerta Nico apareció como la fresca primavera. No ojeras, no ojos
caídos, no hinchazón, ¡nada! Yo me sentía mejor, pero en cuanto acabara de desayunar, me iba directo
a la cama a llorar por… ¿cómo se llamaba?.. ¡Diablos! ¡Michael!, se llamaba Michael “mi
sociólogo”.
—Hola, vámonos.
—¡¿Qué?! ¡Estás loco! Yo de aquí no salgo. Estoy cansada, quiero seguir durmiendo.
Di la media vuelta e iba a sentarme cuando me levantó y me cargó como bebe, directo a mí
recamara.
—¡No! ¡En serio no! Estoy irritada, hinchada, todo me duele, necesito descansar!
Se empezó a reír a carcajada abierta.
—Mira en lo que estás pensando. Solo quiero que te pongas algo de ropa, te voy a llevar a una
caminata, es un grupo de ap….
—¡No Nico!, en serio. Ve y diviértete, te veo mañana o el lunes o luego..
—Amy, no sé si te enteraste, pero estamos saliendo, eres mi novia, ya es oficial, ayer cerramos
el trato.
Hablaba mientras me quitaba la bata y me pasaba la ropa que estaba en el sillón. Se movía de un
lado al otro y poco faltó para que me vistiera como si fuera una muñeca. Le arrebaté la playera y
busqué un par de pantalones que no estuvieran muy ajustados.
—¡Carajo Nico! ¿Dónde tenías toda esta energía? Si casi no hablas y ahora pareces caballo
desbocado.
—Así amanecí. ¡Vamos! Y después tengo una fiesta…
—¿Qué? No, no hay fiestas hoy.
Me levantó con una facilidad apabullante, me aventó a la cama y besando mi cuello dijo:
—¿Nos quedamos aquí entonces?
Fue mi llamada de alerta, no había manera que me metiera en la cama con él y sus baterías
incluidas, ¡me podía matar!
—¡No!, vamos, seguro necesitan nuestra presencia a donde quiera que vamos…
Nos paramos y fuimos a la caminata, a una reunión con un grupo que hablaba y hablaba. Ahí
medio me dormí. Cuando salimos fuimos directo a la fiesta. Afortunadamente el baile siempre me
levanta, regresamos a las 3 o 4 de la mañana, el domingo no salí de mi habitación, ¡el hombre no
tenía llenadero!
El lunes no lo vi, le hui durante la semana. Así era nuestra relación, me daba tiempo de
recuperarme en la semana, pero los fines de semana era de locos. Siempre me habían gustado los
fines de semana, pero con él, empecé a temerles.
Me cansé, no podía seguir el ritmo. Mi cuerpo no iba a resistir mucho, después de salir cuatro
meses con él, no había otra opción… ¡Next!
—Nico, vamos a hacer una cosa… tú me gustas, creo que yo te gustó, pero no podemos tener
una relación más duradera si queremos seguir siendo amigos. ¿Qué tal si me enamoro de ti? ¿Y
luego? Yo prefiero que seamos amigos, justo ahora estoy preocupada por si ya no volvemos a tener
la relación que teníamos, no te quiero perder como amigo… ¿está bien?, ¿está bien si seguimos
siendo amigos?
Me sorprendió su expresión. Teníamos una relación muy divertida, bailábamos mucho y
teníamos mucho sexo, pero casi no hablábamos. Era raro que nos llamáramos, supuse que íbamos a
estar de acuerdo y aquí no ha pasado nada.
Equivocada, estaba muy equivocada, se veía muy herido, se mordió los labios y bajó la mirada
cohibido. ¡Mierda!, lo estaba hiriendo, pero yo no quería seguir con él. Primero cuatro, luego seis y
sin darte cuenta pasan los años. ¡No! Yo no quería eso, yo tenía un plan.
—Cómo tú digas Amy…
Habló en susurros y dudando. Eso me pasa por salir con mis amigos, me recriminaba yo solita,
a partir de ahí establecí la regla, “nunca salir con amigos cercanos”.
—Nico, ¿somos amigos verdad?
Tardó un poco, suspiró y contestó:
—Claro Amy, ya me voy, nos vemos mañana.
Se levantó y salió de mi puerta muy calmado. No lo volví a ver en las siguientes semanas. Me
evitaba y se fue separando del grupo.
—¡Carajo Amy! ¿No podías mantener las piernas cerradas? Nico está jodido. Ni siquiera quiere
venir a bailar o tomarse una cerveza con nosotros.
Larry estaba muy enojado. Nuestro grupo se estaba rompiendo por mi culpa, Larry y Mark
estaban indignados. A Karen, no le importaba mucho. Pero yo me sentía muy culpable. ¡Y con todos
los planes que teníamos! Pensé la opción de regresar con él, pero mi amiga tuvo una mejor idea.
—No te apures, yo lo arreglo.
Karen salió del restaurante y no la volví a ver hasta el siguiente día.
—¿Dónde te metiste?
Mi amiga se veía cansada pero cero estresada.
—Fui arreglar nuestro problema con Nico, todos se estaban poniendo muy tensos por esto.
—¿Qué hiciste Karen?
—Vamos a decir que ya no tiene por qué sentirse jodido, si duermes con la mejor amiga de la
que se supone que estás “enamorado”, no te sientes tan jodido, verdad?
—¿Te metiste en su cama?!
—Nooo… él me metió en su cama, ¡es diferente!
—¿Cómo diferente?
Mi amiga estaba muy a gusto sentada en su cama con las piernas abiertas.
—Fui a platicar con él… tú sabes que me afectó mucho que ya no quisiera estar con nosotros.
Karen usaba su expresión de “no rompo un plato”.
—¡Eres una retorcida Karen!
—¡Retorcido él! Él fue quien metió en su cama a la mejor amiga de su novia, ¿quién hace eso?
Con una sonrisa conteste:
—Mi amiga la retorcida.
Karen se paró y se quitó el pantalón, lo aventó en una esquina, y se volvió a sentar con las
piernas separadas.
—¡Carajo! ¿Qué tiene entre las piernas? ¡Estoy toda hinchada!
Mi sonrisa se expendio y se convirtió en carcajada
—Lo sé, y las baterías... no lo paras.
—Cuando amanecía tuve que dar mi mejor actuación… “¡Nico!, ¿qué estamos haciendo?” Qué
no joda con que está dolido. ¡Me usó como muñeca de trapo! Si no lo paraba, no iba a caminar en los
siguientes tres días.
A partir de ese día Nico fue nuestro “Terminator” no importaba cuanto le dieras, él seguía y
seguía y seguía.
—Bueno, ¿y qué pasó?
—Después de pestañear y mostrar mi culpa por lo sucedido, llegamos a la conclusión que lo
mejor es que las cosas siguieran como estaban antes de que ustedes dos salieran. Tenemos el plan de
la empresa y no queremos que las cosas estén raras entre ustedes… ¡y lo que te hicimos nosotros!
Nooo, lo mejor es fingir que nunca ha pasado nada. No queremos hacerte daño. Imagina si te
enteraras, estarías muy dolida.
Mi amiga mostraba su arrepentimiento entre bostezos. Pobrecita.
El siguiente día, Nico se presentó en el restaurante como si nunca hubiera pasado nada ¡Cínico!
Mira que engañarme con mi amiga… los hombres son criaturas muy, muy raras.
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