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Revolución Pasiva en Gobiernos Progresistas

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Revoluciones pasivas en América Latina

Una aproximación gramsciana a la caracterización


de los gobiernos progresistas de inicio del siglo

Massimo Modonesi*

“¿Tiene un significado ‘actual’ la concepción de revolu-


ción pasiva? ¿Estamos ante un periodo de ‘restauración-
revolución’ que se ha de establecer permanentemente,
organizar ideológicamente, exaltar líricamente?”
Antonio Gramsci

En este ensayo pretendo esbozar una línea de interpretación de


los gobiernos progresistas latinoamericanos de inicio de siglo a partir del
concepto gramsciano de revolución pasiva y de sus correlatos de cesarismo
progresivo y transformismo.
El concepto de revolución pasiva avanzado por Antonio Gramsci en
sus Cuadernos de la cárcel ha sido objeto de diversos estudios específicos que
sopesan y resaltan el valor y el alcance del concepto al interior del andamiaje
conceptual gramsciano y su aplicación concreta a la historia del Risorgimento
italiano (Voza, 2004; Mena, 2011; De Felice, 1988), mucho menos han
sido analizados los conceptos de cesarismo progresivo y transformismo (Liguori
y Voza, 2009: 123-125 y 860-862), probablemente por ser menos recu-
rrentes a lo largo de los Cuadernos, por tener un peso teórico menor y por ser,
como lo argumentaremos más adelante, subsidiarios respecto al primero. Asu-
miendo las aportaciones de estos estudios, pero manteniéndome relativamen-
te al margen del debate gramsciológico entre las diversas interpretaciones, me
interesa ver en qué medida es posible sintetizar -a partir de las notas de los
Cuadernos en las cuales aparece- los elementos constitutivos de la categoría de
revolución pasiva en vista de la delimitación de un concepto operativo de al-
cance general -un criterio de interpretación histórica1- suficientemente preci-

* Profesor titular y Coordinador del Centro de Estudios Sociológicos de la Facultad de


Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, Director de
la revista OSAL de CLACSO. I.
1
Gramsci aclara que la idea de revolución pasiva es, para el marxismo, un criterio o canon
de interpretación y no un programa como lo sería para la burguesía (y para sus intelectuales,
Benedetto Croce in primis).

139
so y elástico para ser susceptible de ser aplicado a procesos históricos actua-
les, en particular los latinoamericanos.
En esta dirección, partiremos de la textualidad del surgimiento y
de la forja del concepto en la obra de Gramsci para movernos hacia una
construcción categorial de mayor amplitud y esbozar un breve ejercicio
de aplicación analítico-interpretativa relacionado con el debate sobre la
caracterización de los gobiernos progresistas surgidos en la última déca-
da en Latinoamérica.
La posibilidad de la aplicación de estos conceptos a diversas reali-
dades históricas se sostiene en la medida en que refleja la ampliación
progresiva del uso de la noción que traza el propio Gramsci a lo largo de
los Cuadernos.
En efecto, la idea de revolución pasiva –prestada de la obra del
historiador Vincenzo Cuoco- es rastreada y usada por Gramsci en pri-
mera instancia para formular una lectura crítica de un pasaje fundamen-
tal de la historia italiana: el Risorgimento. Posteriormente Gramsci la
utilizará como clave de lectura de toda la época de “reacción-superación”
de la revolución francesa, es decir de reacción conservadora en clave anti-
jacobina y anti-napoleónica. La historia de Europa del siglo XIX le apa-
recerá entonces como una época de revolución pasiva. Finalmente –y no
casualmente ya que es obvia la analogía que lo inspira- esta extensión del
concepto se vierte en la época de Gramsci y la idea de revolución pasiva
será aplicada al fascismo, al New Deal y al americanismo para identifi-
carlos como reacciones a la oleada revolucionaria desencadenada por el
octubre bolchevique, cuando en dos lugares lejanos con regímenes tan
diferentes, se dan un mismo empuje modernizador –vía el corporativis-
mo y el industrialismo fordista- centrado en el pasaje a una racionaliza-
ción de la economía y la sociedad. (Gramsci, 1981-1999: C 1, §150,
189, tomo 1; C 4, §57, 216-217, tomo 2; C 10, parte I, 114, tomo 4;
C 8, §236, 344, tomo 3). En este traslado a otra época el concepto
alcanza un nivel, al decir del propio autor, de canon o criterio de inter-
pretación general. En este sentido, asumiendo la intención explícita de
Gramsci de forjar un concepto teórico, partimos del potencial generali-
zador del concepto, de su posible ampliación histórica y teórica ya ensa-
yada por el mismo autor.
Sostiene Frosini que Gramsci sigue el hilo rojo de la pasividad de
las clases subalternas hacia una forma nueva en la época de la moviliza-
ción y politización total, es decir, la época posterior a la primera guerra

140
mundial, en particular le interesa la contradicción entre la activación de
las masas y su recondución a la pasividad en el Estado totalitario, algo
totalmente nuevo en los años treinta. ¿Hay otro salto epocal entre las
formas de pasivización desde los años de Gramsci a los nuestros, desde
su perspectiva euro-americana y Latinoamerica? Sin duda, no obstante,
como trataremos de argumentar nuevas modalidades de pasivización y
despolitización pueden ser leídas a la luz de una clave de lectura general
y abarcadora como es la de revolución pasiva.
Veamos, después de haber señalado y apostado a su elasticidad
analítica e interpretativa, cuáles son sus coordenadas constitutivas tales
y como fueron apareciendo en los Cuadernos.
La primera vez que la expresión “revolución pasiva” aparece es
como sinónimo de “revolución sin revolución” (Gramsci, 1981-1999: C
1, §44, 106, tomo 1)2 lo cual define de entrada, con toda claridad, el
punto de ambigüedad y contradicción que constituye el meollo del con-
cepto y de su alcance descriptivo-analítico. En efecto, la noción de revo-
lución pasiva busca dar cuenta de una combinación –desigual y dialécti-
ca- de dos tensiones, tendencias o momentos: restauración y renova-
ción, preservación y transformación o, como señala el propio Gramsci,
“conservación-innovación” (Gramsci, 1981-1999: C 8, §39, 238, tomo
3). Es importante reconocer dos niveles de lectura: en el primero se
reconoce la coexistencia o simultaneidad de ambas tendencias, lo cual
no excluye que, en un segundo nivel, pueda distinguirse una que se
vuelve determinante y caracteriza el proceso o “ciclo”. Lo que Gramsci
acaba nombrando como revolución pasiva remite a un fenómeno históri-
co relativamente frecuente y característico de una época que se presta
para ser clave de lectura de otra época en la cual los factores parecen
engarzarse de forma similar.
En un pasaje crucial de los Cuadernos escribe Gramsci:

“Tanto la «revolución-restauración» de Quinet como la «revolución


pasiva» de Cuoco expresarán el hecho histórico de la falta de iniciativa
popular en el desarrollo de la historia italiana, y el hecho de que el
progreso tendría lugar como reacción de las clases dominantes al sub-
versivismo esporádico e inorgánico de la masas populares como «restau-
raciones» que acogen cierta parte de las exigencias populares, o sea

2
En la nota 44 del C1 Gramsci habla de “revolución sin revolución”, solo posteriormente
agregará “o de revolución pasiva”. Será solo hasta el C4, nota 57 donde el concepto aparece
con una explícita referencia a Cuoco.

141
«restauraciones progresistas» o «revoluciones-restauraciones» o también
«revoluciones pasivas»” (Gramsci, 1981-1999: C 8, §25, 231, tomo
3, texto A y C 10, §41, 205, tomo 4, texto C)3.

Aquí las equivalencias pueden ser leídas, más que como sinóni-
mos, como importantes matices de distinción en la medida en que in-
troducen otro concepto antitético al de revolución como es el de restaura-
ción y otro criterio diferenciador como es el de progresividad que volvere-
mos a encontrar cuando Gramsci trata de definir la idea de cesarismo. En
todo caso, más allá de esta aproximación por sinónimos, Gramsci se
queda con la fórmula de revolución pasiva porque, suponemos, lo con-
vence en la medida en que expresa con mayor claridad el sentido de lo
que quiere señalar. Escoge revolución como substantivo -con toda la car-
ga polémica que implica esta elección y asumiendo una versión amplia o
no político-ideológica del concepto - y pasiva como adjetivo para distin-
guir claramente esta específica modalidad de revolución, no caracteriza-
da por un movimiento subversivo de las clases subalternas sino como
conjunto de transformaciones objetivas que marcan una discontinuidad
significativa y una estrategia de cambio orientada a garantizar la estabi-
lidad de las relaciones fundamentales de dominación. Por ello insistire-
mos en que el aspecto más sobresaliente y contundente de la definición
es el de la elección del criterio de la pasividad.
La caracterización del substantivo revolución se refiere en efecto al
contenido y el alcance de la transformación, como se infiere de la fórmu-
la “revolución sin revolución” que Gramsci asume como equivalente a la
de revolución pasiva: transformación revolucionaria sin irrupción revolu-
cionaria, sin revolución social. El quid del contenido revolucionario o
restaurador de las revoluciones pasivas remite substancialmente a la com-
binación de dosis de renovación y de conservación y da cuenta de la
pendiente más estructural de la fórmula y de la caracterización de los
fenómenos históricos: los contenidos de clase de las políticas emprendi-

3
La segunda redacción –texto C- es la siguiente: “Hay que ver si la formula de Quinet puede
ser aproximada a la de revolución pasiva de Cuoco; ambas expresan seguramente el hecho
histórico de la ausencia de una iniciativa popular unitaria en el desarrollo de la historia
italiana y el otro hecho de que el desarrollo se ha verificado como reacción de las clases
dominantes al subversivismo esporádico, elemental, inorgánico de las masas populares con
«restauraciones» que han acogido una cierta parte de las exigencias de abajo. Por lo tanto
«restauraciones progresivas» o «revoluciones-restauraciones» o incluso «revoluciones pasi-
vas»”.

142
das por las clases dominantes. ¿En qué medida reproducen o restauran
el orden existente o lo modifican para preservarlo? ¿En qué medida “aco-
gen cierta parte de las exigencias populares”? ¿Cuánta y qué parte? Las
variaciones posibles son variadas pero acotadas por dos puntos límites:
la revolución pasiva no es una revolución radical –al estilo jacobino o
bolchevique- y la restauración progresiva no es una restauración total, un
restablecimiento pleno del estatus quo ante. Escribe Gramsci:

“se trata de ver si en la dialéctica «revolución-restauración» es el elemen-


to revolución o el restauración el que prevalece, porque es cierto que en
el movimiento histórico no se vuelve nunca atrás y no existen restaura-
ciones in toto” (Gramsci, 1981-1999: C 9, §133, 102).

Por otra parte, en relación a su dinámica, la modernización con-


servadora implícita en toda revolución pasiva, señala Gramsci, es condu-
cida desde arriba. El arriba remite tanto al nivel de la iniciativa de las
clases dominantes como a la cúpula estatal, ya que el lugar o el momen-
to estatal aparece crucial a nivel estratégico para compensar la debilidad
relativa de las clases dominantes, las cuales recurren, por lo tanto, a una
serie de medidas “defensivas” que incluyen coerción y consenso. Se po-
dría argumentar, siguiendo a Gramsci en sus ejemplos y en particular en
relación al fascismo, más coerción que consenso, más dictadura que he-
gemonía 4.
No obstante, es evidente que si Gramsci está forjando un concep-
to original y textualmente lo compone de los términos de revolución y de
pasividad tenemos que deducir que no quiso destacar ningún rasgo dic-
tatorial ni particularmente coercitivo en tanto tienden a reconocer o
destacar la legitimidad y la inevitabilidad del proceso. Más bien parece
apuntar hacia la constitución de una forma de dominación basada en la
capacidad de promover reformas conservadoras maquilladas de transfor-
maciones “revolucionarias” y de promover un consenso pasivo de las cla-
ses dominadas.

4
Observa Liguori que la hipótesis del fascismo como revolución pasiva está centrada en la
valoración del lado “rivoluzionario” del fascismo ligado a la renovación en el campo de la
vida de la masas y de la intervención de lo político en lo económico, así como en la
concertación corporativa: una forma de hacer lo que hace la URSS pero con orientación
política. Pero todo esto queda más bien como proyecto y en los 20 años de fascismo no hay
mucha renovación real. Así que esta hipótesis está planteada en forma provisional, como
muchas otras que plantea Gramsci en los Cuadernos.

143
Aunque el concepto de revolución pasiva remite al ámbito super-
estructural es evidente que, más allá de la dimensión socio-política, en
la ejemplificación por medio del caso del fascismo y del americanismo es
clara la referencia a una consolidación capitalista por medio de la inter-
vención estatal en la vida económica en función anti-cíclica. En este
sentido cabe toda la extensión bicéfala de la expresión “formas de go-
bierno de las masas y gobierno de la economía” usada por Gramsci para
referirse al estatalismo propio de una época de revolución pasiva –un
Estado ampliado que incluye a la sociedad civil y pretende controlar las
relaciones de producción y el desarrollo de las fuerzas productivas me-
diante la planificación-, lo cual, dicho sea de paso, alude también a
problemáticas propias de la URSS de aquello años5.
Escribe Pasquale Voza:

“En el tiempo de la revolución pasiva la concepción del Estado amplia-


do, vinculada con los procesos inéditos de difusión de la hegemonía no
comporta la puesta en mora o la disminución de la concepción del
Estado «según la función productiva de las clase sociales», sino significa
una complejización radical de la relación entre política y economía, una
intensificación molecular de una primacía de la política entendida como
poder de producción y de gobierno de los procesos de pasivización,
estandardización y fragmentación” (Voza, 2004, 204).

Pero, además de la cuestión del contenido ambiguo y contradic-


torio del proceso en el plano de la base estructural y de la identificación
del Estado como el ámbito superestructural por medio del que se im-
pulsa el proceso, en el concepto gramsciano está claramente y principal-
mente colocado el tema de la forma revolucionaria, es decir, el problema
de la subjetividad como actor, de la subversión como acto y de la subor-
dinación-insubordinación de las clases subalternas en el proceso históri-
co en términos de procesos de subjetivación, movilización y acción polí-
tica. A esto apunta la idea de pasividad o subordinación de las clases
subalternas y su contraparte, la iniciativa de las clases dominantes y su
capacidad de reformar las estructuras y las relaciones de dominación
para apuntalar la continuidad de un orden jerárquico.
En el Cuaderno 15 Gramsci pone en relación el concepto de revo-

5
Si el caso de la URSS podía ser pensado como revolución pasiva por parte de Gramsci es
objeto de controversia y de interpretación ya que no existen referencias textuales que lo
avalen.

144
lución pasiva con el de guerra de posiciones hasta sugerir una eventual
“identificación” -lo cual nos lleva a pensarla como una forma específica
de hegemonía- y dice que:
“Se puede aplicar al concepto de revolución pasiva (y se puede docu-
mentar en el Risorgimento) el criterio interpretativo de las modificacio-
nes moleculares que en realidad modifican progresivamente la compo-
sición precedente de las fuerzas y por lo tanto se vuelven matrices de
nuevas modificaciones” (Gramsci, 1981-1999, C 15, §11, 187-188,
tomo 5).

En este sentido, toda revolución pasiva es la expresión histórica de


determinadas correlaciones de fuerza y, al mismo tiempo, un factor de
modificación de las mismas. Por ello, en relación con su génesis, Grams-
ci anota que se trata de reacciones de las clases dominantes al “subversi-
vismo esporádico, elemental e inorgánico de las masas populares” que
“acogen cierta parte de las exigencias populares”. En el inicio del proceso
está entonces una acción desde abajo –aunque sea, esporádica, elemen-
tal, inorgánica y no “unitaria”- la derrota de un intento revolucionario o,
en un sentido más preciso, de un acto fallido, de la incapacidad de las
clases subalternas de impulsar o sostener un proyecto revolucionario
(jacobino o típico o desde abajo según los acentos que encontramos en
distintos pasajes de los Cuadernos) pero capaces de esbozar o amagar un
movimiento que resulta amenazante o que aparentemente pone en dis-
cusión el orden jerárquico. En efecto, si bien el empuje desde abajo no
es suficiente para una ruptura revolucionaria sin embargo alcanza a im-
poner –por vía indirecta- ciertos cambios en la medida en que algunas
de las demandas son incorporadas y satisfechas desde arriba.
Este precario equilibrio de fuerzas se manifiesta en fórmulas de
compromiso de diverso tipo. Escribe Gramsci, tratando de generalizar:

“Del tipo Dreyfus encontramos otros movimientos histórico-políticos


modernos, que ciertamente no son revoluciones, pero que no son com-
pletamente reacciones, al menos en el sentido de que también en el
campo dominante rompen cristalizaciones estatales sofocantes e intro-
ducen en la vida del Estado y en las actividades sociales un personal
distinto y más numeroso que el anterior: también estos movimientos
pueden tener un contenido relativamente «progresivo» en cuanto indi-
can que en la vieja sociedad eran latentes fuerzas operosas que los viejos
dirigente no supieron aprovechar, aunque sea «fuerzas marginales»,
pero no absolutamente progresivas, en cuanto no pueden «hacer épo-
ca». Se hacen históricamente eficientes por la debilidad constructiva del

145
adversario, no por una íntima fuerza propia, y entonces están ligadas a
una situación determinada de equilibrio de las fuerzas en lucha, ambas
incapaces en su propio campo de exprimir una voluntad reconstructiva
por sí mismas” (Gramsci, 1975: 1681)6.

La revolución pasiva es en todo caso un movimiento de “reacción”


desde arriba, lo cual implica –subordina y subsume- la existencia de
una “acción” previa sin que esto necesariamente desemboque en la sim-
plificación dicotómica revolución-contrarrevolución, siendo los dos po-
los planteados por Gramsci mucho más matizados y relacionados dia-
lécticamente. Sin embargo, Gramsci pensaba a la revolución pasiva des-
de el paradigma de la revolución activa o de una “anti-revolución pasi-
va”7, así como –agregaría- pensaba la guerra de posiciones de cara a la
hipótesis de la guerra de movimiento y la revolución permanente, así que
lo que no hay que perder de vista que la concepción, escribe Gramsci:

“sigue siendo dialéctica, es decir presupone, mejor dicho postula como


necesaria, una antítesis vigorosa” [para evitar] “peligros de derrotismo
histórico, o sea de indiferentismo, porque el planteamiento general del
problema puede hacer creer en un fatalismo” (Gramsci, 1981-1999 C
15, §62, 236, tomo 5).

Regresando a nuestro argumento principal, abonan a la conceptua-


lización de la pasividad como elemento definitivo del criterio de interpre-
tación revolución pasiva8, los conceptos correlativos y subsidiarios de trans-
formismo y de cesarismo, que Gramsci aborda como dispositivos posibles y
recurrentes de las revoluciones pasivas concretas e históricamente identifi-
cables. La categoría de revolución pasiva parece, en efecto, de orden general
e incluye mecanismos más particulares o específicos como el transformis-
mo -“una de las formas históricas” de la revolución pasiva (Gramsci, 1981-
1999: C 8, §36, 235, tomo 3)- y el cesarismo (Burgio, 2007, 82).

6
Traducción propia desde la edición Gerratana ya que en esta nota la traducción al español
de la edición mexicana es tan defectuosa que altera el sentido (Gramsci, 1981-1999: C 14,
§23, p. 116-117, tomo 5).
7
Voza (2004: 206) refiere de estas formulaciones de Gianni Francioni y de Christine Buci-
Glucksmann.
8
Sobre este punto, Fabio Frosini señala que no hay que mantener el equilibrio entre los dos
puntos para no caer en una lectura “moralista” del adjetivo “pasivo” Al respecto observa, en
un comentario a un borrador de este texto, que pasividad y pasivización no son lo mismo,
siendo la segunda algo típicamente post-68 cuando se empieza a pensar en términos de
nuevas subjetividades, movimientos sociales, etc.

146
En el haz de relaciones posibles entre fuerzas antagonistas aparece
la hipótesis del “empate catastrófico” como situación típica de surgi-
miento del cesarismo como una modalidad específica de la revolución
pasiva. El cesarismo es un concepto que Gramsci utiliza como sinónimo
de bonapartismo y por medio del cual, aún sin distinguirlo nominal-
mente del primero, amplía de hecho su acepción corriente al introducir
una posible lectura positiva del fenómeno por medio de la distinción
explícita entre modalidades progresivas y regresivas (Gramsci 1981-1999:
C 9, §133 y 136 texto A C 13, §27 texto C). Gramsci asume –siguien-
do a Marx- que frente a un “empate catastrófico” el cesarismo ofrece una
“solución arbitral” ligada a una “gran personalidad heroica” pero sugiere
que esta salida transitoria no “tiene siempre el mismo sentido histórico”.
Otro elemento significativo de esta definición en relación con el criterio
de la pasividad y que evoca indirectamente el carácter “esporádico e inor-
gánico” de las luchas populares, es que Gramsci señala agudamente que el
equilibrio catastrófico puede ser el resultado de las divisiones al interior de
la clase dominante o a deficiencias simplemente “momentáneas” y no siem-
pre “orgánicas” que producen una crisis de la dominación y no de una
maduración o fortalecimiento de las clases subalternas. Al mismo tiempo
señala que el equilibrio catastrófico de donde emerge el cesarismo es siem-
pre precario y no duradero en la medida en que los contrastes de clase
afloran inexorablemente (Gramsci, 1981-1999: C 9, §136, 105-106,
tomo 4). En función de este desenlace, el factor de distinción entre cesa-
rismos progresivos y regresivos remite a la “ayuda” que proporcionarían en
cada caso al triunfo posterior de una fuerza regresiva o progresiva, pero
siempre con “compromisos y atemperamientos limitativos de la victoria”:
César y Napoleón vs Napoleón III y Bismarck9.
Otro elemento significativo es que Gramsci asume que en la era
de las organizaciones de masas (partidos y sindicatos) puede haber
“solución cesarista” sin César –sin personalidad heroica-, por medio
de organizaciones de masas o vía parlamentaria o vía coaliciones y que,
más que militar, el cesarismo tiende a ser policiaco, entendiendo por

9
La distinción se hará más fina y compleja cuando Gramsci introduce los criterios “cualita-
tivo” y “cuantitativo”, asumiendo que en algunos casos del tipo Napoleón I se da un “paso
de un tipo de estado a otro tipo, un paso en el que las innovaciones fueron tantas y tales que
representaron una completa transformación” mientras que en casos como el de Napoleón
III se observa sólo una “evolución del mismo tipo, según una línea ininterrumpida” (Grams-
ci, 1981-1999, C 13, §27, 67, tomo 5).

147
policía algo más que la represión, como un conjunto de mecanismos
de control social y político. (Gramsci, 1981-1999, C 9, §133, 102-
103 tomo 4 y C 13, §27, 65-68, tomo 5). Sin embargo, al margen de
estas posibilidades, la noción de cesarismo progresivo resulta más eficaz
en su alcance descriptivo y analítico, en tanto alude directamente a la
emergencia y centralidad de una figura carismática que cumple una
función política específica en un contexto de empate catastrófico y, en
particular, desde la óptica que nos interesa destacar, impulsa y viabili-
za una revolución pasiva operando como factor de equilibrio entre cla-
ses y entre tendencias conservadoras y renovadoras y de pasivización,
en particular canalizando las demandas populares y asumiendo -por
delegación- la representación formal de los intereses de las clases sub-
alternas.
Junto al de cesarismo progresista, otro concepto gramsciano viene a
complementar el andamiaje teórico de la noción de revolución pasiva.
Por medio del neologismo de transformismo Gramsci designa un proceso
de deslizamiento molecular que lleva al fortalecimiento del campo de las
clases dominantes, a través de un paulatino drenaje (absorción) por medio
de la cooptación de fuerzas del campo de las clases subalternas o, si se
quiere, viceversa, un debilitamiento del campo subalterno por medio
del abandono o traición de sectores que transforman oportunistamente
sus convicciones políticas y cambian de bando. Veamos el pasaje más
significativo a este respecto de los Cuadernos:

“Puede incluso decirse que toda la vida estatal desde 1848 en adelante
está caracterizada por el transformismo, o sea por la elaboración de clase
dirigente cada vez más numerosa en los cuadros establecidos por los
moderados después de 1848 y la caída de las utopías neoguelfas y
federalistas, con la absorción gradual, pero continua y obtenida con
métodos diversos en su eficacia, de los elementos activos surgidos de los
grupos aliados e incluso de los adversarios y que parecían irreconcilia-
blemente enemigos. En este sentido, la dirección política se volvió un
aspecto de la función de dominio, en cuanto que la absorción de las
élites de los grupos enemigos conduce a la decapitación de éstos y a su
aniquilamiento por un periodo a menudo muy largo. De la política de
los moderados resulta claro que puede y debe haber una actividad
hegemónica incluso antes de la llegada al poder y que no hay que contar
sólo con la fuerza material que el poder da para ejercer una dirección
eficaz: precisamente la brillante solución de estos problemas hizo posi-
ble el Risorgimento en las formas y los límites en el cual se efectuó, sin
«Terror», como «revolución sin revolución» o sea como «revolución

148
pasiva», para emplear una expresión de Cuoco en un sentido un poco
distinto del que Cuoco quiere decir” (Gramsci, 1981-1999, C 1, §44,
106, tomo 1 y C 19, §24, 387, tomo 5).

El transformismo aparece entonces como un dispositivo vinculado


a la revolución pasiva en la medida en que modifica la correlación de
fuerzas en forma molecular en función de drenar –por medio de la coop-
tación- fuerzas y poder hacia un proyecto de dominación en aras de
garantizar la pasividad y de promover la desmovilización de las clases
subalternas.
Estrechamente ligados entre sí, revolución pasiva, cesarismo y
transformismo forman un entramado conceptual útil y sugerente para
interpretar fenómenos y procesos históricos, en particular aquellos que
se presentan en forma discordante y contradictoria.

II.

Aunque en buena medida las referencias anteriores hablan por sí


mismas y sin la pretensión de agotar aquí un ejercicio que requeriría un
desarrollo extenso y minucioso para evitar el riesgo de encasillar teórica-
mente a realidades históricas rebosantes de especificidades, pretendo
dejar abierta en las páginas siguientes una veta de análisis al postular
que las experiencias de los gobiernos progresistas latinoamericanos de la
década pueden ser leídas como revoluciones pasivas y, de la mano, a la luz
de los conceptos complementarios de cesarismo progresivo y transformis-
mo. Inclusive se podría sostener que, metodológicamente, el estableci-
miento de un patrón general sería una condición para el reconocimiento
de las particularidades. En este sentido las categorías que proponemos
avanzan algunos pasos en términos analíticos respecto de la fórmula “go-
biernos progresistas” que convencionalmente ha sido adoptada y está
siendo utilizada.
En efecto, si bien resulta imprudente asimilar procesos distintos,
como los son los de los gobiernos encabezados por Lula-Dilma, Hugo
Chávez, Tabaré Vázquez-Pepe Mujica, Evo Morales, Rafael Correa, Nés-
tor-Cristina Kirchner, Daniel Ortega, Mauricio Funes, Francisco Lugo
y Ollanta Humala –que incluye a la gran mayoría de los países de Amé-
rica del Sur- existen varios argumentos relevantes que apuntan hacia la
posibilidad e inclusive la necesidad de compararlos. Justamente el deba-

149
te sobre la actualidad latinoamericana se orientó hacia la caracterización
de estos gobiernos como un desafío interpretativo central y existen siempre
más ejercicios analíticos e investigaciones que apuntan en esta dirección.
Mientras la vertiente más político-ideológica se ha dislocado en torno a
tres posturas generales: apoyo, crítica desde la derecha, crítica desde la
izquierda10, en el terreno analítico el problema teórico mayor parece ser
el de sintetizar las contradicciones y las ambigüedades que marcan estas
experiencias. En este sentido, los conceptos gramscianos, por su carácter
dialéctico, parecen ofrecer una articulación posible al dar cuenta de las
contradicciones y las tensiones internas a los procesos, sin que esto ex-
cluya la posibilidad de una toma de partido o una postura político-
ideológica. Al mismo tiempo, y como contrapunto en el terreno teórico-
metodológico, la “prueba” del alcance interpretativo de los conceptos
puede relevarse en la posibilidad de esta generalización. Dicho de otra
manera, si el conjunto de estos fenómenos puede ser leído en clave de
revolución pasiva-cesarismo progresivo-transformismo esto abonaría a
favor de la capacidad explicativa de estas categorías y de sus conexiones.
Así que, en este nivel de generalidad, a modo de marco hipotético
abierto que evite caer en esquematismos que subordinan la realidad a la
teoría, quiero simplemente esbozar algunas ideas preliminares que po-
demos resumir así:
1. Las transformaciones ocurridas en la década a partir del impul-
so de los gobiernos progresistas latinoamericanos pueden ser de-
nominadas revoluciones -asumiendo la acepción amplia y centrada
exclusivamente en los contenidos mencionada en el apartado an-
terior- en tanto promovieron cambios significativos en sentido
antineoliberal y posneoliberal que pueden visualizarse en un ran-
go de oscilación, según los casos, entre reformas profundas y subs-
tanciales y un “conservadurismo reformista moderado” –usando
una expresión de Gramsci. Brasil podría representar un punto de
referencia del conservadurismo y Venezuela uno de reformismo
fuerte con alcances estructurales.

10
Cada una de ellas tiene a su interior matices y diferencias. Por ejemplo, convergen y
difieren las críticas de corte autonomista, marxista-leninista o ambientalistas y las oposicio-
nes de derecha pueden ser más liberales o más conservadoras en temáticas diferentes como
las económicas o las sociales y culturales. De la misma manera existen variaciones significa-
tivas –y particularmente interesantes y poco analizadas y estudiadas- de apoyo crítico al
interior de las coaliciones sociales y partidarias que sostienen a estos gobiernos.

150
2. Al mismo tiempo, impulsada inicialmente por, pero posterior-
mente, a contrapelo de la activación antagonista de movilizacio-
nes populares y en razón de sus limitaciones, la conducción y
realización del proceso fue sostenida desde arriba, -aun cuando
incorporó ciertas demandas formuladas desde abajo. A nivel cla-
sista, desde la altura del gobierno, las fuerzas políticas progresis-
tas reconfiguraron sus alianzas incorporando sectores de las clases
dominantes, tanto en términos de intereses y de orientación de
las políticas públicas, como por la sobreposición de nuevas capas
burocráticas a las anteriores. Por otra parte, en términos de diná-
mica y de procedimiento político, los cambios y las reformas fue-
ron impulsadas estrictamente desde arriba, por medio del Estado,
el gobierno y, en particular, el poder presidencial, haciendo uso
de la institucionalidad y la legalidad como único resorte e instru-
mento de iniciativa política.
3. En particular, las fuerzas políticas instaladas en este peldaño
gubernamental promovieron, fomentaron o aprovecharon una des-
movilización o pasivización más o menos pronunciada de los mo-
vimientos populares y ejercieron un eficaz control social o, si se
quiere, una hegemonía sobre las clases subalternas que socavó –
parcial pero significativamente- su frágil e incipiente autonomía y
su capacidad antagonista, de hecho generando o no contrarres-
tando una re-subalternización funcional a la estabilidad de un
nuevo equilibrio político. De allí que el elemento pasivo se volvió
característico, sobresaliente, decisivo y común a la configuración,
en el reflujo de una politización antagonista a una despolitización
subalterna11, de los diversos procesos latinoamericanos.
4. En el contexto de estas revoluciones pasivas, operaron importan-
tes fenómenos de transformismo en la medida en que elementos,
grupos o sectores enteros de los movimientos populares fueron
cooptados y absorbidos por fuerzas, alianzas y proyectos conserva-
dores y, en particular, se “mudaron” al terreno de la instituciona-
lidad y de los aparatos estatales para operar o hacer efectivos tanto
las políticas públicas orientadas a la redistribución, generalmente
de corte asistencialista, como los correspondientes procesos de

11
Ver Massimo Modonesi (2010), Subalternidad, antagonismo, autonomía. Marxismo y sub-
jetivación política, Prometeo-CLACSO-UBA, Buenos Aires.

151
desmovilización y control social o, eventualmente, de moviliza-
ción controlada.
5. La modalidad de revolución pasiva latinoamericana abreva de la
tradición caudillista y se presenta bajo la forma de cesarismo pro-
gresivo, en la medida en que el equilibrio catastrófico entre neolibe-
ralismo y antineoliberalismo se resolvió a través de una síntesis
progresiva (es decir tendencialmente anti y posneoliberal) en tor-
no a una figura carismática como fiel de la balanza colocado en el
centro del proceso. Los gobiernos progresistas giran, en efecto, en
torno a la figura de un caudillo popular que garantiza no sólo la
proporción entre transformación y conservación sino que, ade-
más, viabiliza y asegura su carácter fundamentalmente pasivo y
delegativo, aun cuando pueda recurrir esporádicamente a formas
de movilización puntuales y contenidas.
Antes de argumentar brevemente estas hipótesis, cabe señalar que
esta línea de interpretación no está orientada a desconocer la importan-
cia de las transformaciones en curso, ni a descalificar un conjunto de
gobiernos que están impulsando procesos en buena medida antineoli-
berales y antimperialistas –que bien pueden reflejarse en la ideas de
revolución y de progresismo que aparecen en los conceptos que estamos
utilizando- sino de reconocer una dimensión fundamental y en efecto
profundamente crítica como es la de la pasividad y, peor aún, de la
pasivización que acompaña y caracteriza estas experiencias.
La idea de revolución sugerida en la primera hipótesis alude a un
pasaje histórico marcado por el agotamiento y la superación (relativa)
del neoliberalismo como paradigma político-económico y como modelo
dominante en la mayoría de los países latinoamericanos. El debate en
curso sobre antineoliberalismo, posneoliberalismo, neodesarrollismo,
anticapitalismo y socialismo del siglo XXI es sintomático de este proce-
so general aunque las posiciones, lejos de encontrar un consenso, se ra-
mifican no sólo en relación con las posturas político-ideológicas sino en
función de los distintos ámbitos y las diferentes experiencias nacionales.
Al mismo tiempo, a la hora de evaluar el alcance del cambio de paradig-
mas no es lo mismo sopesar y valorar el relance o estancamiento del
gasto público y social que reconocer la escasa dinamización del sector
productivo interno o la re-prim misma manera en relación con diversos
productos y distintas economías nacionales y es transversal a toda la
región, al margen del color y la orientación de los gobiernos. En relación

152
con la fórmula gramsciana, esta evaluación sobre el alcance de las trans-
formaciones socio-económicas atañe a la dimensión estructural del ca-
rácter revolucionario del cambio. Todo sumado, asumiendo en este ru-
bro una postura lo más ecuánime posible, hay que reconocer un giro –
aún sea relativo- respecto al neoliberalismo en cuanto a los énfasis nacio-
nalista y social que se reflejan en un conjunto de medidas soberanistas y
redistributivas, mientras que en relación con el relance de la producción
industrial, la inserción en el mercado mundial y la persistencia e inclu-
sive reforzamiento de un perfil primario-exportador –y los consiguien-
tes costos ambientales- no se observaron cambio substanciales o dignos
de ser apreciados e inclusive hay quienes sostienen la hipótesis de una
regresión. Si esto no alcanza para ser posneoliberal, anticapitalista y so-
cialista y si este último umbral es viable en el corto plazo es un tema que
rebasa el ejercicio analítico que quiero desarrollar. Aún en el rango de
oscilación entre reformas estructurales y un “conservadorismo reformis-
ta moderado”, los procesos en curso no dejan de marcar un giro signifi-
cativo que lleva más allá del neoliberalismo tal y como fue implemen-
tándose en América Latina y que, asumiendo la fórmula gramsciana,
podemos definir revolución en el sentido acotado y restringido ya men-
cionado 12.
Por otra parte, hay consenso en reconocer que las transformaciones
ocurridas pasan por una iniciativa que surge desde arriba y pone en el
centro, como motor de las dinámicas reformistas y conservadoras, al apa-
rato y la relación estatal. Regresemos a una fórmula de los Cuadernos que
–mutatis mutandis- bien podría aplicarse a la realidad latinoamericana:

“La hipótesis ideológica podría ser presentada en estos términos: se


tendría una revolución pasiva en el hecho de que por la intervención

12
Carlos Nelson Coutinho en un intento de entender el neoliberalismo sugería que más que
revolución pasiva había que hablar de contrareforma en la medida en que no el elemento
fundamental de la recepción de parte de las demandas desde abajo. No sólo comparto esta
opinión respecto al neoliberalismo sino que, a partir de ella, agregaría que este elemento
está presente en la actualidad y complementa el cuadro que nos permite afirmar que, allá
donde gobiernan fuerzas políticas progresistas, en América Latina se está viviendo un pro-
ceso de revolución pasiva, Coutinho, C. N. (2007) “L’epoca neoliberale: rivoluzione passiva
o controriforma?” en Critica Marxista, Roma, Editori Riuniti, núm. 2. El mismo Coutinho
aplicó fructuosamente el concepto de revolución pasiva a la historia brasileña, véase Coutinho,
C. N. (1999), Gramsci. Un estudo sobre seu pensamento político, Civilizacao brasileira, Rio de
Janeiro, en particular el Capítulo IX, titulado “As categorías de Gramsci e a realidade
brasileira”.

153
legislativa del Estado y a través de la organización corporativa, en la
estructura económica del país serían introducidas modificaciones más o
menos profundas para acentuar el elemento «plan de producción», esto
es, sería acentuada la socialización y cooperación de la producción sin
por ello tocar (o limitándose sólo a regular y controlar) la apropiación
individual y de grupo de la ganancia” (Gramsci, 1981-1999: C 10, 9,
129, tomo 4).

Es indiscutible que, con diferente intensidad, los gobiernos pro-


gresistas latinoamericanos, a contrapelo del neoliberalismo, volvieron a
colocar al Estado -y las políticas públicas que de él emanan- como ins-
trumento central de intervención en lo social y lo económico. Más allá
del debate sobre los vicios y/o las virtudes socio-económicas de una apuesta
o ilusión neodesarrollista, el estatalismo actualmente en boga en Améri-
ca Latina corresponde al modelo de la revolución pasiva en la medida en
que combina eficazmente la capacidad de innovación desde arriba con el
control hacia abajo. Esto no implica una condena ideológica del princi-
pio del papel del Estado al estilo autonomista sino el simple y llano
reconocimiento del papel que está cumpliendo en el contexto de las
experiencias de los gobiernos progresistas latinoamericanos. Uno de los
cuestionamientos más destacados apunta al uso de las políticas sociales
asistencialistas –que responden parcialmente a demandas formuladas
desde abajo- a las cuales recurrieron abundantemente todos estos go-
biernos y que, por un parte, operan una redistribución de la riqueza –
que hay que festejar- mientras, por la otra, no sólo no garantizan a los
pobres medios propios y durables para garantizar su bienestar sino que
además operan y son operados como poderosos dispositivos clientelares
y de construcción de lealtades políticas. Sin embargo me interesa desta-
car, en la óptica de esta presentación, más que la evaluación de los logros
socio-económicos y el carácter de clase de estos procesos, la constatación
de los límites socio-políticos, el desfase entre activación movimientista y
pasivización gubernamental, y evidenciar la iniciativa desde arriba, des-
de viejas y nuevas élites, desde el Estado o la sociedad política y la co-
rrespondiente o paralela construcción de la pasividad hacia abajo, de las
clases subalternas, organizadas y no.
En este sentido, en un manuscrito de los años ochenta, pero pu-
blicado sólo hace un año, José Aricó señalaba claramente las aristas críti-
cas de una vertiente o versión progresista de la revolución pasiva:

154
“La revolución pasiva puede ser ejercida a través de las tendencias auto-
ritarias centralizadoras, caso de un Estado dictatorial, pero, como dice
Gramsci no está separada del consenso, de la hegemonía, que es lo que
ocurre fundamentalmente en la Unión Soviética. Es decir, o bien se da
una restructuración social, una modificación de la propiedad social
desde arriba a través de la dictadura que opera sobre el conjunto de las
clases que la soportan, o bien este proceso puede ser llevado a cabo por
una tendencia corporativa, es decir una tendencia socialdemocratiza-
dora que fragmenta el conjunto de las clases, que las divide a través de
una política de reforma que impide la conformación de un bloque
histórico capaz de reconstruir la sociedad sobre nuevas bases. De este
modo, todo proceso de transición que no está dirigido, conformado y
regido por el ejercicio pleno de la democracia como elemento decisivo
de la conformación de la hegemonía (democracia que significa el proce-
so de autogobierno de las masas) adquiere el carácter de una revolución
pasiva, de un poder de transformación que se ejerce desde la cúspide
contra la voluntad de las masas y que, en última instancia acaba siempre
por cuestionar la posibilidad concreta de constitución del socialismo”
(Aricó, 2011: 273-274).

Se puede aplicar esta caracterización a las versiones nacional-popu-


lares del pasado como a las que circulan en la actualidad latinoamericana.
Al mismo tiempo, para no resucitar aquí el viejo y eterno debate sobre el
populismo que produjo no pocas posturas sectarias por parte de la iz-
quierda marxista, insisto en el aspecto decisivo de la pasividad, el contrario
del “ejercicio pleno de la democracia” que evoca Aricó, sin el cual no hay
revolución en el sentido integral de la palabra: transformaciones objetivas
impulsadas y acompañadas por transformaciones subjetivas.
Es un hecho que los gobiernos progresistas latinoamericanos sur-
gieron después de oleadas de movilizaciones populares, con mayor o me-
nor cercanía temporal o relación directa. Entre los gobiernos surgidos
directamente de crisis políticas (Argentina, Ecuador y Bolivia) y los que
nacieron de procesos relativamente ordinarios centrados en elecciones
(Uruguay, Brasil, Nicaragua, El Salvador, Perú, Paraguay y también, con
algunas salvedades, Venezuela13). Al mismo tiempo, al margen de las
rupturas institucionales provocadas por la irrupción de movimientos
populares que se dieron en los primeros casos, en todos los demás pre-

13
Ya que el proceso de desgaste de la partidocracia no se expresó en una ruptura sino en un
ciclo de fisuras que arrancó en el caracazo, pasó por el intento de golpe y desembocó en la
sorpresiva victoria electoral de Chávez en 1998.

155
existe cierto ciclo de protestas o de oposición al neoliberalismo más o
menos intenso pero siempre significativo e influyente en la medida en
que trastocó la correlación de fuerzas como resultará reflejado en los
posteriores resultados electorales14.
En efecto, desde mediados de los años noventa, como ha sido
ampliamente estudiado y documentado (más en los distintos planos
nacionales que a escala latinoamericana), después de años de replie-
gue defensivo y resistencial, aparecieron en la escena política de la
gran mayoría de los países latinoamericanos actores y movimientos
populares que rápidamente -no raras veces provocando crisis políti-
cas y destituyendo gobernantes- asumieron un papel protagónico y
marcaron una raya antagonista entre el campo de defensa del orden
neoliberal y las luchas antineoliberales, repolitizando las prácticas
de resistencia, modificando la correlación de fuerzas, posicionando
demandas y ocupando lugares importantes en la disputa hegemóni-
ca en el contexto de la sociedad civil.
Posteriormente, a partir del inicio del siglo y del milenio, sobre la
base de esta acumulación de experiencias y de fuerzas, los movimientos
pasaron de acciones destituyentes, plasmadas en el ejercicio de acción
de lucha y confrontación callejera, que les permitían ejercer un poder de
veto, a proyectar su fuerza política en el juego institucional y particular-
mente electoral, impulsando o sólo apoyando explícita o implícitamen-
te –con distintos niveles de vinculación orgánica- partidos y candidatos
progresistas que se proclamaban más o menos radicalmente antineolibe-
rales. Resultante de eso, se produjo una oleada de derrotas electorales
para los partidarios del neoliberalismo y la correspondiente apertura de
uno de los más grandes procesos de recambio relativo de los grupos
dirigentes que ha visto la historia latinoamericana –probablemente sólo
comparable con el giro antioligárquico de los años treinta. En la primera

14
En esta secuencia temporal se juega gran parte del alcance de las distintas interpretaciones
en tanto algunos consideran que los gobiernos se legitiman como expresión de los movi-
mientos populares y se orientan a evaluarlos sólo en función de las transformaciones concre-
tas, sociales y económicas promovidas en tanto respuestas a las demandas formuladas en las
protestas antineoliberales, mientras que, por el contrario, se sostiene que en el pasaje de
unos a otros se produce una traición o simplemente modificación substancial del proceso
que desemboca en un fracaso o un perversión ya que, además de limitados o nulos cambios
en sentido antineoliberal, el saldo de los gobiernos progresistas es considerado negativo e
involutivo en la medida en que promueve una desmovilización que debilita y desarticula las
organizaciones populares que se habían forjado o fortalecido en el ciclo de ascenso de las
luchas sociales.

156
década del siglo se contaron tantos gobiernos de tinte progresista como
no se veían desde los años treinta y cuarenta15.
En la actualidad, salvo los casos de más reciente instalación (El
Salvador y Perú), la mayoría de éstos ya cumplió un ciclo temporal rela-
tivamente extendido que contempló además de tres procesos constitu-
yentes, varias re-elecciones presidenciales y renovaciones de mandatos
de gobernadores y legisladores, e inclusive, en el caso de Argentina, Bra-
sil y Uruguay, el recambio del titular del Ejecutivo con el pasaje de
mando de Néstor a Cristina, de Lula a Dilma y de Tabaré Vázquez a
Pepe Mujica, lo cual implicó ciertos ajustes y deja abiertas problemáti-
cas propias de los liderazgos carismáticos y de la forma cesarista.
En este terreno, como ya anunciado anteriormente, el problema
interpretativo puede plantearse a partir de la hipótesis que señala que la
presencia y las acciones de los llamados gobiernos progresistas en Amé-
rica Latina aprovechan/propician/promueven una relativa desmoviliza-
ción y despolitización o, en el mejor de los casos, una movilización y
politización controlada y subalterna de los sectores populares y los mo-
vimientos y organizaciones sociales. Si en los primeros años, en particu-
lar en Venezuela, Ecuador y Bolivia, cuando las derechas buscaron el
camino del conflicto social e institucional para desestabilizar a los go-
biernos antineoliberales, los índices de conflictualidad se mantuvieron
relativamente altos pero, desde que esta ofensiva fue frenada y las oposi-
ciones conservadoras o neoliberales volvieron a jugar sus fichas princi-
palmente a nivel electoral -cuando no se adhirieron pragmáticamente o
se articularon felizmente en una alianza con las fuerzas progresistas gu-
bernamentales esperando que llegue el momento de una revancha o que
sea más rentable otra opción política-, la disminución cuantitativa de la
conflictualidad social ha sido evidente y así lo registran los analistas y

15
Comparando una época con la otra, encontramos, a grandes rasgos, una interesante
similitud en la secuencia ciclo de movilización popular e instalación de gobiernos progresis-
tas en los años treinta-cuarenta, los cuales operaron como solución de compromiso, como
forma de temperar y desactivar el conflicto, abriendo una época de revolución pasiva que
resultó bastante exitosa hasta que apareció otro ciclo de movilización y de conflicto que
inició entre finales de los años cuarenta y mediados de los años cincuenta y terminó en los
años setenta, con la oleada militarista que arrasó con la diversas expresiones –nacional-
populares y socialistas revolucionarias- de movimientos populares construidos y fortaleci-
dos a los largo de por lo menos medio siglo de historia. La hipótesis de una similitud en la
composición de estos dos ciclos históricos merecería ser explorada por medio de un trata-
miento mucho más profundo y sistemático.

157
puede constatarse en diversos ejercicios de recopilación cuantitativa,
mientras que en los últimos dos- tres años parece haber un repunte
hacia una nuevo aumento de episodios de protesta16. Al mismo tiempo,
el proceso de desmovilización y pasivización, más allá de lo cuantitativo,
se refleja en un claro pasaje de una politización antagonista a una subal-
terna, lo cual permite evitar los rasgos más esquemáticos de la antinomia
activo-pasivo. En efecto, si bien existen márgenes de acción y moviliza-
ción de matriz subalterna estos son cualitativamente distintos de los que
surgen de procesos caracterizados por rasgos antagonistas y autónomos.
Esta brecha cualitativa permite hablar, aún en presencia de formas sub-
alternas de acción, de resistencia y de protesta, de una tendencia general
a la desmovilización y la pasivización que registre en forma combinada
una relativa, variable y oscilante disminución cuantitativa de aconteci-
mientos pero fundamentalmente la despolitización subalterna que la
acompaña y la caracteriza.
En cuanto a las causas, entre las evaluaciones críticas que con
siempre mayor frecuencia circulan en los países en donde se encuen-
tran los gobiernos progresistas, se suelen enlistar en orden variable
algunas de ellas: el contexto de crisis de las instituciones políticas y
de los partidos; la instalación de gobiernos y de césares que desaho-
garon tensiones y demandas que catalizaban las organizaciones y los
movimientos sociales en los años anteriores; la cooptación y el ingre-
so voluntario y entusiasta de dirigentes y militantes de movimientos
populares a las instituciones estatales en vista de traducir las deman-
das en políticas públicas; y la presión y el manejo clientelar de los
actores gubernamentales y eventualmente la represión selectiva, en-
tre otras.
La hora de los llamados gobiernos progresistas fue, más allá de
la evaluación de los saldos en términos de políticas públicas y de un
futuro balance histórico, también la hora de la desmovilización y de
la despolitización, de la fallida oportunidad de ensayar o de dejar
fluir una democracia participativa basada en la organización, la mo-
vilización y la politización como vectores de un proceso de fortaleci-
miento y empoderamiento de las clases populares. Por el contrario,
las fuerzas políticas encaramadas en los gobiernos no contrarresta-

16
Debido posiblemente a que un número siempre más creciente de actores y organizaciones
populares se alejan de los gobiernos progresistas y asumen que la lucha por las reivindicacio-
nes tiene que darse por medio de la presión y la protesta.

158
ron, aprovecharon o inclusive impulsaron la tendencia al repliegue
corporativo-clientelar de gran parte de las organizaciones y los movi-
mientos que habían protagonizado las etapas anteriores. En esta ge-
neralización que pone en evidencia la tendencia más gruesa no hay
que perder de vista, en el trasfondo del proceso, que existen tres
vertientes de movilización en curso en los países que estamos con-
templando: las promovidas desde los gobiernos y las instancias par-
tidarias y sindicales que los sostienen; las que son impulsadas por las
oposiciones de derecha; las que surgen desde disidencias y oposicio-
nes sociales de izquierda.
Como ya señalé, las primeras dos tendieron a disminuir en los
años conforme se dieron acuerdos de gobernabilidad (salvo las co-
yunturas electorales y la rutinaria gimnasia de movilización que le
corresponde). La existencia del último tipo, en forma creciente en
los últimos años, podría parecer como una confutación de la hipóte-
sis de la pasividad. Al mismo tiempo, al margen de su valoración
cualitativa hay que reconocer que no se trata, salvo excepciones y
coyunturas (en particular en Bolivia), de fenómenos cuantitativa-
mente masivos y prolongados, o sea ni intensiva ni extensivamente
logran invertir la tendencia general que, más bien, confirma la hipó-
tesis de re-subalternización, es decir de reconfiguración de la subal-
ternidad como matriz subjetiva de la dominación, como condición
para la revolución pasiva. Al mismo tiempo, en este terreno se juega
la posibilidad de relanzar un ciclo de conflicto, de iniciativas desde
abajo así que, por escasas o mínimas que sean, las luchas populares a
contrapelo de los gobiernos progresistas tienen un enorme valor sim-
bólico, político y estratégico en la medida en que son experiencias
que se acumulan y pueden potenciarse dando vida a una nueva etapa
marcada por el protagonismo popular.
Además, como bien señala Álvaro Bianchi, no hay que asumir que
la pasividad y el consenso generados por una revolución pasiva son abso-
lutos o totales:

“La ausencia de iniciativa popular y de un consenso activo no indica


total pasividad de las masas populares y tampoco ausencia total de
consenso. Lo que de hecho hay es un subversivismo <esporádico, ele-
mentar e inorgánico> que, por su primitivismo, no elimina la capacidad
de intervención de las clases dominantes, más bien fija sus límites e
impone la necesaria absorción de una parte de las demandas desde

159
abajo, justamente aquellas que no son contradictorias con el orden
económico y político. Se crea sí el consenso pasivo e indirecto de las
clases subalternas”17.

Por otra parte, en este pasaje en el cual afloran contratendencias


significativas en los países latinoamericanos se hace evidente que la hi-
pótesis de caracterización por medio del concepto de revolución pasiva
implica desdoblarlo distinguiendo proyecto y proceso. En este sentido,
cabe preguntarse en qué medida el proyecto se está realizando y, asu-
miendo que no lo está siendo plena sino parcialmente, si es suficiente
para determinar el proceso. A nivel provisional asumimos que así es y,
por lo tanto, con los matices necesarios, es posible reconocer y analizar
algunos rasgos que, por inacabados que sean, permiten trazar el contor-
no y perfil de la revolución pasiva como modalidad y forma operante en
las experiencias de los gobiernos progresistas latinoamericanos.
En realidad, el punto más delicado y problemático de la aplicación
de estos conceptos es el carácter de clase inequívoco que atribuye Gramsci
a los fenómenos de revolución pasiva. En el caso de las experiencias lati-
noamericanas que estamos tratando de caracterizar, más que en los ejem-
plos que utiliza Gramsci, no es posible afirmar de forma tajante que los
gobiernos progresistas sean expresiones directas de las clases dominantes y
de la burguesía así como de ninguna manera podríamos afirmar lo contra-
rio, es decir, que surjan estrictamente de las clases subalternas y de los
trabajadores. Sin embargo, entre las mediaciones y las contradicciones
interclasistas que, con distintos matices y énfasis, aparecen en todos estos
casos, se perciben claramente unos límites conservadores al horizonte de
transformación y el color ideológico del proyecto y, en ellos, se vislumbra
el rasgo de clase -en última instancia- al cual evidentemente se refería
Gramsci. Dicho de otra manera, sin llegar a decir que se trate de gobier-
nos ejercidos directamente o completamente por las clases dominantes,
son gobiernos cuya actuación no se contrapone frontalmente y de forma
sistemática a los intereses de ellas –algunos dirían que son cómplices de
ellas- sino que buscan forjar una hegemonía inter o transclasista que rom-
pa la unidad de éstas para promover el desgajamiento de un sector progre-
sista o nacionalista del campo oligárquico hacia un proyecto reformista
conservador que se realice como revolución pasiva.

17
Bianchi (2005), “O pretérito do futuro” en Crítica Marxista, Campinas, Centro de Estu-
dios Marxistas-Universidade de Campinas, núm. 23, p. 16

160
Por otra parte, no se puede no hacer el recuento de las limitacio-
nes que, desde los movimientos populares, permitieron la realización de
experiencias de revolución pasiva es decir, para evitar usar otras palabras,
las que enlistaba Gramsci: falta de iniciativa popular unitaria y subversi-
vismo esporádico, elemental e inorgánico. Elementos a partir de los cua-
les se configura la posibilidad de la revolución pasiva y, al mismo tiem-
po, condiciones actuales para su continuidad y prolongación en el tiem-
po, como puede observarse en los fragmentarios y ocasionales fenóme-
nos de resistencia y oposición desde abajo que aparecen en los países
gobernados por fuerzas progresistas.
En efecto, no hay que perder de vista la naturaleza contradictoria
e inacabada de los procesos de pasivización de los movimientos popula-
res. Existe una tensión que los atraviesa y, como se hizo evidente en la
larga tradición de experiencias populistas, existen convocatorias a la
movilización controlada que a veces pueden ser rebasadas e incluso des-
bordarse y, señala Franklyn Ramírez, posiblemente se les trata de “doci-
lizar” justamente por esta tendencia al desborde18.
Este mismo autor considera que hay que reconocer que, en la fase
de institucionalización, aparecen instancias de democracia directa esta-
blecidas las tres nuevas constituciones (Venezuela, Ecuador y Bolivia).
Se pregunta entonces si no habría que matizar las acusaciones al autori-
tarismo a los gobiernos progresistas asumiendo que también existe, en
particular en estos países, una “apuesta por socavar el peso de las institu-
ciones liberales de la democracia representativa para abrir un mayor di-
namismo de la acción colectiva de los de abajo en los procesos de control
y toma de decisiones públicas”. Creo que esta apuesta existió en el ori-
gen de los gobiernos, en las agendas de los movimientos, pero fue dilu-
yéndose en las prácticas de gobierno aunque siga reproduciéndose dis-
cursivamente o siga siendo una bandera de algunos sectores o grupos al
interior de las coaliciones gobernantes, grupos no suficientemente fuer-
tes o influyentes para determinar el rumbo general.
Más allá de las buenas intenciones de unos cuantos, es cierto que,
por lo menos en el caso de Venezuela, el diseño y la práctica de demo-
cracia participativa ha sido colocado en un lugar prioritario tanto a nivel
simbólico como en el plano del financiamiento público. Pero, esta cons-

18
En unos comentarios a una primera versión de este ensayo, Franklyn Ramírez, 27 de julio
de 2012.

161
tatación no impide reconocer que el mecanismo ha sido viciado por
lógicas clientelares y por la verticalidad emanada del PSUV, lo que nos
lleva a preguntarnos si el rumbo del proceso venezolano se define desde
abajo, desde la “democracia protagónica”19.
Ahora bien, hay que considerar que el reflujo de los procesos es-
pontáneos de participación ligados a coyunturas no se resuelve mecáni-
camente agregando y sobreponiendo mecanismos de ingeniería institu-
cional de corte participativo. Al mismo tiempo, toda forma de institu-
cionalización acarrea necesariamente un grado de pasividad y de pasivi-
zación, lo cual no quiere decir que es irrelevante la existencia de anda-
miajes institucionales que contemplan e incluyen instancias participati-
vas, siempre y cuando no se vacíen de contenido, no se vuelvan simples
eslabones burocráticos y se conviertan en mecanismos de control social.
Por otro lado, evitando el maniqueísmo propio de la dicotomía
institucionalización- autonomía, aparecen las tendencias de fondo a la
desconfianza política, a la crisis de las instituciones políticas occidenta-
les, que llevan a plantear la tesis de la pasividad como una tendencia
societal20. Por último, hay que señalar que la contradicción entre el
momento movimientista y gubernamental encuentra sus raíces en la
misma sobreposición de estos momentos a lo largo del proceso. Dicho
de otra manera, como lo mencionamos anteriormente, fueron los pro-
pios movimientos populares los que buscaron y en medidas distintas
encontraron los caminos hacia las instituciones bajo una perspectiva de
construcción de poder que resultó tendencialmente exitosa.

19
Véase, al respecto, los artículos de Andrés Antillano, Martha Harnecker y Yanahir Reyes
en Miriam Lang y Alejandra Santillana (compiladoras) (2010), Democracia, participación,
socialismo. Bolivia, Ecuador, Venezuela, Fundación Rosa Luxemburgo, Quito.
20
Al respecto Franklyn Ramírez sugiere que se deben considerar “las bases sociológicas de
la pasivización”, fenómenos que van más allá de los movimientos sociales pero los atraviesan
y condicionan la política de los gobiernos progresistas en tanto “No solo ellos no promue-
ven la movilización popular como deberían (aunque si lo hicieran también podrían ser
criticados por recortar la autonomía de lo social) sino que aún si lo hicieran los efectos se
limitarían, muy probablemente, al campo de los “ya” movilizados. Eso ya sucedió en cierta
forma en los años noventa con el propio ejercicio antagónico de los movimientos sociales y
su imposibilidad de irradiación política más allá de ciertos circuitos (la tesis de la masividad
del anterior ciclo de movilización también debe ser tomada con pinzas). Ahí un límite
estructural para la revolución, y ahí el quid del asunto en tiempos actuales”. En este sentido,
para Ramírez, el problema central no es la pasivización de los siempre activos sino “la
inmovilidad de los que desde siempre (o desde hace mucho) han sido pasivos y subalterni-
zados por formas de coordinación social y comprensión que liquidan la centralidad de la
política / de la acción pública estatal / de la acción colectiva y la subordinan al ethos del
mercado, de la familia, de las religiones, de la sociabilidad/subjetividad pre-y-anti política”.

162
En cuanto al transformismo y al cesarismo progresivo, se trata de
conceptos que aluden a fenómenos que aparecen tan visibles que resul-
tan obvias las referencias a ellos. Es evidente que la instalación de go-
biernos progresistas produjo fenómenos de cooptación desde el aparato
estatal, que drenaron sectores y grupos importantes e inclusive masivos
de dirigentes y militantes de los movimientos y las organizaciones po-
pulares. Este acontecimiento es central para explicar la pasivización, sub-
alternización, control social o movilización controlada o heterónoma.
De la misma manera, es particularmente notorio como la forma política
asumida por estos hechos remite a un formato caudillista y, en los tér-
minos que estamos proponiendo, un cesarismo progresivo que cumple
una función fundamental en tanto no sólo equilibra y estabiliza el con-
flicto sino que además afirma y sanciona la verticalidad, la delegación y
la pasividad como características centrales y decisivas.
El elemento recurrente, sobresaliente y determinante es entonces
la pasividad o, en términos de proceso y de iniciativa heterónoma, la
pasivización o subalternización que en palabras más corrientes y en la
lógica de la década latinoamericana es más adecuado llamar desmovili-
zación en tanto responde o sucede a un fenómeno de movilización.
Regresando al lenguaje estrictamente gramsciano, escribe Fabio
Frosini:

“Existe por lo tanto una relación entre hegemonía realizada, sujetos esta-
blecidos por ella, y el modo en el que la organización de las relaciones
sociales expresa o critica un poder, una determinada subordinación de
clase. Más preciso: si es verdad que la diferencia entre la composición
«pasiva» de los conflictos y su despliegue «en permanencia» marca la
diferencia entre hegemonía burguesa y proletaria, esto tendrá consecuen-
cias ya sea sobre el modo en que la hegemonía establece a los sujetos, ya
sea, por consecuencia, sobre la naturaleza de estos últimos. No en el
sentido de un retorno a la «vieja concesión de la efectividad histórica de
las fuerzas sociales» (Laclau 1996: 43), porque los sujetos, lejos de ser algo
original o también un efecto ideológico unitario, son más bien la intersec-
ción contingente entre el conjunto de los conflictos y la forma en que son
políticamente organizados y entonces «representados», es decir transferi-
dos hacia el plano imaginario” (Frosini, 2011: 9).

Centrando entonces la cuestión en el ámbito de los procesos de


subjetivación política, hay que reconocer un reflujo hacia la subalterni-
dad, una pérdida de capacidad antagonista y de márgenes de autonomía

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de los actores y movimientos sociales que fueron protagonistas de las
luchas sociales en América Llatina a la hora de la activación del ciclo
antineoliberal. Como contraparte, se hacen evidentes tendencias a la
institucionalización, delegación, desmovilización y despolitización (cuan-
do no al autoritarismo, burocratización, clientelismo, cooptación y re-
presión selectiva) que caracterizan los escenarios políticos dominados
por la presencia de gobiernos progresistas. Afloran las “perversiones” de
proyectos de transformación que, al margen de las declaraciones de in-
tención, están negando o limitando la emergencia y el florecimiento de
la subjetividad de las clases subalternas, centrándose en iniciativas y
dinámicas desde arriba que lejos de promover procesos democráticos
emancipatorios, reproducen la subalternidad como condición de exis-
tencia de la dominación. Al margen de la valoración de los saldos y los
alcances socio-económicos de las políticas públicas impulsadas por los
gobiernos progresistas, aparecen las miserias del estatalismo y del parti-
dismo que lejos de operar como dispositivos de democratización real y
de socialización de la política se convierten en obstáculos y en instru-
mentos de revolución pasiva. Al controlar, limitar y, en el fondo, obsta-
culizar cualquier despliegue de participación, de conquista de espacios
de ejercicio de autodeterminación, de conformación de poder popular o
de contrapoderes desde abajo –u otras denominaciones que se prefieran-
se estaría no sólo negando un elemento substancial de cualquier hipóte-
sis emancipatoria sino además debilitando la posible continuidad de
iniciativas de reformas –ni hablar de una radicalización en clave revolu-
cionaria- en la medida en que se desperfilaría o sencillamente desapare-
cería de la escena un recurso político fundamental para la historia de las
clases subalternas: la iniciativa desde abajo, la capacidad de organiza-
ción, de movilización y de lucha.

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