El poeta encuentra semejanzas entre el viento y un concierto celestial.
La naturaleza,
seria, un reflejo de lo divino. El eterno cantar de las ramas, crean la sensación de un
arpa, que se entiende, era el instrumento que tocaba el dios Apolo. El hombre sería un
testigo activo de todas estas acciones, porque presencia el orden y el eterno desarrollo
de lo divino. La naturaleza, como agente divino, es eterna, y el hombre, condenado a la
muerte y al olvido, observa su majestuosidad. Por lo anterior, William Wordsworth,
poeta inglés, haciendo referencia a lo efímero del vivir, y más exactamente, a la infancia
y al candor de las épocas pasadas, escribe:
Nuestro nacer es solo un sueño y olvido
Octavio Paz, refiriéndose a los anhelos de William Wordsworth, menciona: “el tiempo
de la infancia es el tiempo de la imaginación, esa facultad que Wordsworth llama alma
de la naturaleza, para significar que es un poder trashumano”. (O. Paz, pp66) el pasado
es la época donde la vida, en plenitud, crecía. Uno de esos momentos del pasado es el de
la infancia que, por más que el poeta quiera volver a vivir, no puede, puesto que ya
murió. Pero hay algo que todavía le parece intacto y en eterna armonía con el vivir; algo
que él, de niño, contemplo y sigue contemplando: la naturaleza. A través de esta última,
el poeta recuerda su infancia, o sea, el orden. En este caso, la naturaleza se puede
representar como un medio y no como un fin. A través de los puros cristales de la
naturaleza, el poeta recuerda su infancia. John keats, diciendo algo similar, encuentra a
la naturaleza progenitora de todos los poetas:
¡Oh madre de los dulces poetas ¡oh de
Deleite y de sus moradores amables!
El poeta se familiariza con la naturaleza, al nombrarla como madre. ¿Qué hace una
madre con su hijo? Lo arrulla, lo mima, le brinda amor, y quizá, lo más importante, lo
protege de todo peligro. El poeta, como el hijo, siente el calor de su madre.
Pretendiendo olvidarse de su destino humano, se entrega a los brazos de su madre:
A lo lejos perderme, disiparme, olvidar…
El anhelo se proyecta en una acción: olvidar. El único lugar donde se puede derrocar las
eternas murallas de la carne es la naturaleza, porque allí todo esta vestido con el manto
de la pureza. Desnudos de todo impedimento, los seres que habitan en la naturaleza
(animales, ríos, montañas, hierbas, flores), también, lucen su más hermoso vestido: la
inocencia. Cobijado por los sinceros dones de su madre, el poeta solo quiere morir. La
naturaleza engendra al hijo, y este al morir, desea volver al seno de su prodigiosa
madre:
Más que nunca morir parece amable…
Keats, en otro poema, reconoce su aciago destino, y ve al ruiseñor, eterno morador de
los bosques, como una presencia inmortal:
Pero tú no naciste para la muerte, ¡oh,
Pájaro inmortal!
El poeta entiende que el cantar del ruiseñor fue escuchado “el emperador”, haciendo
referencia, quizá, a la eterna renovación de la naturaleza: un ruiseñor muere, otro lo
reemplaza, cantando, con los mismos sonidos, la misma eterna canción. El olvido, que
será el único y verdadero destino de todos los seres humanos, es, para Keats, igual a la
muerte:
¡De olvido! Esa palabra me aleja de ti,
Hacia mis soledades
Ahora al poeta la incertidumbre lo consume. Esta tan embargado pesadumbre; tan
pletórico de desengaño; tan consumido por el tiempo (temporalidad) y por el destino del
ser humano (muerte), que piensa que todo lo que vio fueron puras fantasías y puros
sueño que su mente creo mientras dormía: